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Biblioteca Evoliana

Julius Evola y la Sociedad Teosófica Independiente de Roma

Julius Evola y la Sociedad Teosófica Independiente de Roma

Biblioteca Julius Evola.- Hemos traducido este interesante artículo escrito por Marco Colorado y que fue traducido al francés por la web VoxNR. Evoa y, sobre todo, René Guenon, frecuentaron en su juventud los ambientes ocultistas, de los que pronto terminarían por renunciar y que posteriormente criticaron con conocimiento de causa. Las relaciones de Julius Evola con la Sociedad Teosófica Independiente de Roma apenas eran conocidas, pero el paso apresurado por la revista Ultra, fue un intermedio entre su salida del dadaismo y el inicio de su período filosófico. Vale la pena conocer este período con detalle.


 

Julius Evola y la Sociedad Teosófica Independiente de Roma

   

La Sociedad Teosófica romana, la Liga Teosophica Indépendante, fue fundado el 22 de febrero de 1897 por Gualtiero Aureli, AC Loyd, la Señora de Moskvitinoff, Enrico Mannucci, Oliviero Boggiani y Decio Calvari, en enlace directo con la logia de Londres. Esta sociedad reunió dos grupos de teósofos romanos que existieron alrededor del 1895 con una biblioteca circulante financiada por la condesa Constancia Wachtmeister.    

Este centro de cultura teosófica atrajo enseguida a intelectuales, escritores y artistas, muy importantes. Basta con señalar que un hombre muy célebre que Giovanni Amendola fue miembro de ella para tener conciencia del interés que despertó la creación de esta sociedad. Eva Kuhn, la incansable novia de Amendola, recuerda: “A diez ocho años, Giovanni tuvo su primer contacto con la rama romana de la Sociedad Teosófica. He encontrado en su biblioteca un libro de Lady Isabel Oakley, entonces presidenta de este grupo, con una dedicatoria fechada en 1900. Fue un trabajo sobre los elementos místicos en la masonería". Además, su hijo Giorgio, uno de los primero miembros del Partido Comunista italiano, recuerda como Annie Besant, “la gran sacerdotisa del nuevo orden espiritual ", tenía a su padre en alta estima.   

En enero de 1907, Decio Calvari, alto funcionario del estado, fundó una revista de estudios y búsquedas espirituales a la que dio el nombre de “Ultrao”. Calvari se impuso como jefe de la Sociedad Teosófica romana a la que condujo con autoridad e inteligencia durante las polémicas creadas por los conflictos entre Rudolf Steiner -que fundó un nuevo concepto, la Antroposofía que atribuyó una importancia particular a los misterios cristianos- y Annie Besant, fiel a la enseñanza de Blavatsky. Decio Calvari tuvo la inteligencia de permanecer independiente en la polémica, emitió críticas personales y originales, y se posicionó como propagador y analista de los problemas más serios y más profundos que la cultura espiritualista debatió en estos años. Tuvo en su revista a colaboradores entre los mejores especialistas de la época como Arturo Reghini [NDLR: miembro del OTO, franc-masón especialista en la filosofía pitagórica]. 

Después de la primera guerra mundial, Ultra continuó presentándose no sólo como un órgano calificado de discusión de temas teosóficos, sino también de otros temas espiritualistas, religiosos y filosóficos. Otras actividades que van desde cursos sobre la historia de las religiones, a la organización de conferencias y debates, a menudo reunieron a la intelectualidad de esos años, a pesar de su dispersión entre diferentes polos artísticos y radicalismos políticos. La cultura de esta época se distinguió por una apertura de mente notable, por la publicación de numerosas revistas interesantes y por los debates incesantes. De forma óptima Ultra fue el catalizador de estos encuentros y de estos enfrentamientos intelectuales gracias a la dirección hábil de Calvari. Años después, Evola lo definió como una personalidad que tuvo un valor real y que fue deudor de “su primera introducción al tantrismo".   

Ultra publicó bajo el título de Movimiento Espiritualista una agenda que ocupó las últimas páginas de la revista y que señaló las reuniones, conferencias, debates, etcétera. Así sabemos que el “Barón J Evola tuvo el 13 de diciembre de 1923 bajo la égida del periódico una conferencia sobre el tema El idealismo, el ocultismo y el problema del espíritu moderno”; la conferencia dio lugar a la redacción de un artículo que Evola publicó en el mismo número bajo el título ligeramente diferente de “El idealismo, el ocultismo y el problema del espíritu contemporáneo”. Fechado en Cortina d’Ampezzo, en agosto de 1923, siguió al cierre de sus experiencias artísticas futurista y dadaísta en pintura y poesía a finales de 1922. Esta fue, probablemente, la primera publicación de Evola concerniente a los temas esotéricos, filosóficos y espirituales.

En ese mismo período, redactó “Teoría y fenomenología del individuo absoluto”,  trabajo fundamental que no fue publicado sin embargo hasta 1927. Es pues particularmente significativo que Evola haya elegido a Ultra y a la Sociedad Teosófica de Calvari para empezar su nuevo ciclo de actividad.   

Es interesante notar que “El idealismo, el ocultismo y el problema del espíritu contemporáneo” declara que la Teosofía de Blavatsky y el Antroposofia de Steiner son “los únicos medios esotéricos y mágicos mediante los cuales el hombre moderno puede ser ayudado en su construcción de la inmortalidad", en otras palabras convertirse en "Dios" en la realidad concreta. En esto se de cita una larga tradición filosófica que va de Kant al idealismo alemán, a Nietzsche y al individualismo de Stirner. Bajo esta iluminación, el ocultismo teosófico sólo tiene el defecto de no estar en plano de igualdad con el nivel teórico con las alturas especulativas y las posiciones gnoséologiques alcanzadas por la tradición idealista.

La insuficiencia gnoséologique y teórico de la Teosofía puede ser integrada, sin embargo, con la ontología idealista, así que se podría decir, más o menos, que el idealismo mágico -tal es el nombre dado por Evola a su concepción filosófica- es la fusión cultural de estas dos concepciones. Así la teosofía representaría la “práctica", el "trabajo" heredero de la acción espiritual y mágica que el ego tiene que emprender para alcanzar la inmortalidad concebida en términos de convertirse en Dios, y, al mismo tiempo, es la realización práctica de la teoría steinerienne de “lo único”.    

En 1924, año de crisis a causa del fascismo y de las protestas democráticas y antifascistas, Evola siguió entregando sus contribuciones a Ultra y a la Sociedad Teosófica. También reforzó sus relaciones con los medios culturales masónicos y con una corriente antifascista agrupada en torno a la personalidad de Giovanni Amendola, Colonna de Cesaro y Adriano Tilgher.   

En junio de 1924, Ultra publicó el texto de una conferencia dada por Evola el 10 de abril del mismo año en la Sociedad Teosófica de Roma. En esta contribución titulada “El poder como valor metafísico”, Evola reafirmó la idea de que “el ego sólo consiste en la voluntad y que el espíritu y Dios no son nada más de las posibilidades autarquicas y solipsistas, determinadas por el poder infinito y absoluto del individuo que trata de convertirse en un individuo absoluto".   

Durando todo el año, Evola continuó una serie de contribuciones que aún más lo ataron a los círculos espiritualistas. También escribió en Athanor y en Ignis, dos revistas publicadas por Reghini. Este último, miembro de la fansmasonería, defendió ideales aristocráticos, fue un especialista del esoterismo y el pitagorismo, amigo de René Guénon y defensor de un imperialismo pagano en el campo político y religioso. Evola también colaboró con el periódico Il Mondo que se hizo campeón de la política antifascista de Giovanni Amándola, al que definió como un antifascista aristócrata.   

A fin año, Ultra salió con un ensayo de Evola sobre la escuela de sabiduría de Hermann Keyserling en la que reconoció de numerosos méritos al trabajo de este filósofo y ocultista alemán, especialmente concerniente a su presentación de lo que era el itinerario espiritual del ego.   

En 1925, Evola continúa su colaboración con Ultra. Es el período en el que profundiza en sus búsquedas sobre el tantrismo. Da conferencias sobre este tema y reelabora su interpretación de esta tradición sobre la base de su idealismo mágico. Esto acaba con la publicación de su libro a “El hombre como potencia”, a finales del año 1926.   

La primera parte del libro tuvo su origen en los artículos publicados en tres números sucesivos de Ultra, bajo el título “El problema del oriente y el occidente” y “La teoría del conocimiento según el Tantra”. Se trató superar las fronteras entre  oriente y el occidente sobre las bases de la práctica tántrica. Esta interpretación fue inmediata y severamente criticada por Guénon; luego, Evola, en su madurez, rescribió el texto que debía finalmente convertirse en “El yoga de la potencia”. Sea como fuere, la publicación en Ultra es un indicador importante de las relaciones de Evola con la Sociedad Teosófica en esta época.   

Ese mismo año, los cursos de cultura espiritual organizados por la Sociedad Teosófica de Roma conocieron un interés creciente. Además de Evola, Calvari, el célebre psicólogo Roberto Assagioli y los colaboradores tradicionales de éste, tomaron la palabra Adriano Tilgher, Colonna de Cesaro, el eminente orientalista Giuseppe Tucci, Bernardino Varisco, el poeta Arturo Onofri, Nicolás Moscardelli y Luigi Volpicelli.   

En el último número de Ultra en 1925, se publicó otro ensayo de Evola, “El individuo y el devenir del mundo”. Este ensayo generó tal estruendo que fue traducido al alemán y publicado en 1931 en la prestigiosa revista Logos que contó entre sus redactores Ernst Cassirer y Edmundo Husserl. El artículo en cuestión fue una presentación de la esencia solipsista del Idealismo mágico y de la Teoría y la fenomenología del individuo absoluto, que el autor propuso como una solución espiritual-existencialista audaz a los problemas del alma europea en estos tiempos de decadencia.    

La línea radicalmente solipsista de la filosofía evoliana en este período buscó un desarrollo práctico y teórico en la religión, la iniciación y la magia. Es con esta óptica que tienen que ser vistos sus trabajos sobre el taoísmo y el tantrismo. Sabemos hoy como este itinerario concluyó con un Evola que llega en su madurez a una posición teórica muy próxima a la del tradicionalismo integral de René Guénon. A mediados de los años veinte, sin embargo, la búsqueda de Evola todavía fue extremadamente caótica. En busca de puntos de referencia para sustentar su solipsismo ontológico y espiritual, fue del tantrismo al paganismo grecorromano, del taoísmo a la tradición alquímico hermética, interpretando todo a la fría luz del individuo absoluto. Está vía le hizo entrar en conflicto en 1926 con Calvari y los demás colaboradores de Ultra. En un ensayo titulado “La Vía de la realización del yo según los misterios de Mitra”, Evola distinguió claramente su vía espiritual mágica, iniciática, masculina, de auto-realización y de construcción individual de lo que consideraba como inferior, exaltado por las escuelas que se refieren al Védanta que tendían esencialmente a reducir al individuo a un no-individuo. Pero el Védanta estaba en el corazón mismo de la espiritualidad teosófica, y a causa de eso Calvari se desmarcó enseguida de la posición de Evola.    

En 1926, el gran poeta y filósofo hundú Rabindranath Tagore, fue a Italia, siendo recibido por Mussolini y por el filósofo Benedetto Cruce. Durante todo su estancia, Tagore fue acompañado por Roberto Assagioli, vicedirector de la Sociedad Teosófica romana y secretario de redacción de Ultra. Éste consiguió de Tagore una contribución a la revista y organizó un encuentro entre Tagore y los principales miembros de la redacción de Ultra y la Sociedad Teosófica romana, incluido Evola. Eso no atenuó sin embargo la crisis entre este último y la Sociedad Teosófica. Evola empezó a colaborar regularmente con otro órgano de prensa, Crítica Fascista de Giuseppe Bottai, y de un modo significativo empezó a competir con Ultra publicando en el enero de 1927 el primero número de Ur, “publicación mensual de ciencias initiatiques".   

El choque definitivo tuvo lugar a causa de una crítica de Vittorino Vezzani al libro de Evola sobre el tantrismo, “El hombre como potencia” que fue publicado en 1926. Besan, uno de los pilares de Ultra, escribió a principios de 1927 un artículo que tras haber realizado una alabanza al “joven y genial escritor", abordó el anticristianismo  y el idealismo mágico, definiéndolos como ni morales, ni religiosos, sino como un tipo bajo de una moralidad y de una religión que no comprende: “Es amoral e irreligioso y constituye, por consiguiente, una línea de desarrollo infra-humano trágicamente peligrosa para cualquiera capaz de seguirlo en particular y por la humanidad en general".   

A parte su crítica del cristianismo sobre la que no volvió nunca, incluso reconociendo el valor positivo de la tradición católica, númeras críticas que Vezzani hizo de “El Hombre como potencia” serán retomadas sucesivamente por el mismo Evola. Evola que, vino a admitir en su vejez, que si el hombre occidental hubiera adoptado “directamente tales doctrinas, el efecto casi hubiera sido un cortocircuito inevitable y destructor, locura o automóvil-destrucción".   

En 1927, Evola, estaba lejos de haber aclarado la esencia profunda de la espiritualidad tradicional. Así, el artículo de Vezzani azuzó una polémica violenta que continuó en los siguientes números de Ultra y que confirmó que las dos posiciones era irreconciliables. Evola, fiel a su concepto de Dios como una simple posibilidad del individuo, afirmando que éste, construyendo la inmortalidad, tiene que operar “más allá del bien y del mal”, en un proceso mágico parecido “al proceso químico en la formación de la dinamita que no es bueno ni malo, sino sencillamente posible. El bien y el mal sólo conciernen al uso que puede hacerse de la dinamita". Besan, por  su parte, estimando que la moral es un aspecto fundamental, no sólo de la vía religiosa, sino también de la vía esotérica e iniciática, niega todo “desarrollo autónomo en oposición con la divinidad, queriendo romper sus leyes” y defendió los valores de amor y de caridad que reconocía como fundamental en todas las tradiciones, empezando por el Budismo Mahayana.   

La línea de “experimentación trascendental” sostenida por Evola en Ur y en sus escritos de la época, se opuso lógicamente a la cultura teosófica de Ultra y de la Sociedad dirigida por Calvari. En un largo ensayo, aparecido en noviembre de 1927 sobre Bilychnis, Evola condena el teosofismo como opuesto al verdadero ocultismo ("que sólo es un sistema de experiencias prácticas y trascendentales") y como ejemplo de las divagaciones visionarias y sentimentales mezcladas de un gnosticismo mal comprendido.   

La ruptura, sin embargo, fue mucha violenta y radical como ambiguo bajo ciertos aspectos. Numerosos colaboradores de Ur fueron Antropósofos, otros se refirieron a Kremertz, al cristianismo esotérico o a la tradición masónica. Evola deseó condenar severamente los aspectos irracionales, modernos y democráticos de la cultura teosófica y antroposófica, pero no pudo al mismo tiempo negar algunos aspectos intelectuales e iniciáticos que este conjunto contenía.   

Ya, en el número de junio/julio de 1925, de Ignis, mientras seguía colaborando con Ultra, Evola había atacado calurosamente a la Antroposofía creada por el teósofo Rudolf Steiner en 1913, mientras que sus principales colegas estuban en camino de convertirse en steinerianos. Algunos años más tarde, en el junio de 1930, Evola volvió a la Teosofía para denunciar sus pretensiones espirituales, aún reconociendo  la calidad y la dignidad de diferentes personalidades de la escena teosófica europea empezando por Decio Calvari.   

Finalement dans Masques et visages du spiritualisme contemporain publié en 1932, Evola confirma sa condamnation de la Théosophie et de l’Anthroposophie tout en leur reconnaissant encore quelques aspects positifs.

Por fin, en “Máscara y Rostros del Espiritualismo Contemporáneo” publicado en 1932, Evola incluso confirmó todavía su condena de la Teosofía y a la  Antroposofía aun reconociendo algunos aspectos positivos.   

Sea como fuere, más allá de los acontecimientos particulares que marcaron la colaboración de Evola con Ultra y la Sociedad Teosófica durante los años veinte, parece que un elemento mayor sobresale. La experiencia de la cultura teosófica fue para Evola un acontecimiento de importancia fundamental para construir las bases sólidas de su ideal personal y de su panorama espiritual.   

Durante los años veinte, Evola, como muchos intelectuales, vivieron a través de la cultura teosófica una experiencia efectiva de realización intelectual y espiritual. Tuvo la oportunidad de encontrar nuevos escenarios y otros horizontes, más allá de las visiones estrechas del cristianismo y el materialismo.   

 

[Adaptado de un artículo de Marco Colorado, Julius Evola and the Independent Theosophical Asociation of Roma, Theosophical History]   

 

Síntesis de la Doctrina de la Raza (03) Consecuencias del sentimiento de Raza

Síntesis de la Doctrina de la Raza (03) Consecuencias del sentimiento de Raza

Biblioteca Evoliana.- Evola aborda en este capítulo una temática que hoy se ha olvidado. El verdadero racismo de base biológica, apareció en el siglo XIX en los medios liberales e imperialistas británicos. Al considerar a cada raza como compuesta por individuo iguales entre sí, pero diferenciados en relacion a otros grupos raciales, ese racismo era de base democrática, liberal e igualitaria. Frente a esas formasde racismo biológico, Evola sigue apurando en este capítulo las consecuencias de toda doctrina de la raza, que van mucho más allá de las normas eugenésicas aprobadas en los años 20 y 30, no solamente en Alemania.

 

3. CONSECUENCIAS DEL SENTIMIENTO DE RAZA

El conde de Gobineau que, desde cierto punto de vista, puede ser considerado como el padre del racismo moderno, no ocultó jamás las razones profundas de su opción; lo que le incitó a escribir su famoso: "Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas" en 1853 fue una reacción de todo su ser contra la "ciénaga democrática e igualitaña" en la que se hundían cada vez más las naciones europeas.

Ahora bien, es precisamente ese pathos el que debería acompañar toda actitud racista coherente y, por deducción, producir efectos precisos en el ámbito político-social. Bien entendido, tales deducciones no pueden ir más que en el sentido de las ideas maestras del fascismo, las cuales se encuentran de este modo reforzadas y dinamizadas, por casi decir.

Proclamarse racista significa efectivamente levantarse contra el mito democrático según el cual el va lor supremo sería "la humanidad" en singular míen tras que todos los seres serían por esencia iguales puesta por el evangelio de los inmortales príncípios no existe o representa a nuestros ojos bien poco.

Debe de quedar bien claro que no entra dentro de nuestras intenciones el negar la existencia de un cierto número de elementos que son comunes a la gran mayoría de seres humanos; pero también se plantea la existencia de otros aspectos que presentan diferencias igualmente evidentes e incontestables no menos reales. Ahora bien, si se quiere establecer una escala de valores entre unos y otros, hay que tomar posición: para las vocaciones internas, se trata aquí de una nueva "puesta en acción". El racismo, lo podemos afirmar sin reservas, se define conforme con el espíritu clásico, ese espíritu cuya característica fue la exaltación de todo lo que tiene una forma, un rostro, una indicación por oposición a todo lo que es informe o bueno para todos o indiferenciado. El ideal clásico (y añadiremos nosotros) igualmente "ario", es el del cosmos, es decir de un conjunto de naturalezas y de sustancias bien individualizadas, unidas de modo orgánico y jerárquico a un todo: no tiene nada que ver con el ideal más o menos romántico o panteista de( caos en tanto que principio que, en su indiferenciación se sitúa por debajo de todo lo que tiene una forma.

En esta concepción, la mítica "humanidad" de la fábula democrático aparece desde nuestro punto de vista, simplemente como un denominador común, un substrato colectivo que no tiene para nosotros mayor interés salvo en el marco de las formas vivas, concretas y bien definidas en los cuales se articula. Ahora bien, esas formas son precisamente las razas en tanto que unidades tanto de sangre y de instinto como de espíritu. El racista, consecuentemente, reconoce la diferencia y quiere la diferencia para él: ser diferente, ser cada uno si mismo no es un mal sino un bien. )En qué momento existió verdaderamente esa famosa humanidad? Cuando de un mundo bien articulado se involuciona a un mundo caótico, colectivista, indiferenciado, que no se puede concebir sino como el estado final espantoso de un proceso de nivelación y de disgregación social y espiritual. En este momento cuando en la hipótesis en el que cualquier diferencia corporal subsistiría aún cuando se la consideraría como accidental, no esencial, insignificante y despreciable. He aquí lo que se oculta detrás del mito igualitario y detrás la ideología democrática y liberal.

En la visión racista de la vida, por contra, toda diferencia (incluso física) es simbólica lo interior se manifiesta al exterior, lo que es exterior es símbolo signo o síntoma de algo interior: tales son los pñncipios fundamentales de un racismo completo. Desde el punto de vista romano y fascista que es el nuestro, es particularmente importante insistir sobre esta vocación clásica, a la cual ya hemos hecho alusión del racismo: firmeza de voluntad, rechazo de todo lo interés salvo en el marco de las formas vivas, concretas y bien definidas en los cuales se articula. Ahora bien, esas formas son precisamente las razas en tanto que unidades tanto de sangre y de instinto como de espíritu. El racista, consecuentemente, reconoce la diferencia y quiere la diferencia para él: ser diferente, ser cada uno si mismo no es un mal sino un bien. )En qué momento existió verdaderamente esa famosa humanidad? Cuando de un mundo bien articulado se involuciona a un mundo caótico, colectivista, indiferenciado, que no se puede concebir sino como el estado final espantoso de un proceso de nivelación y de disgregación social y espiritual. En este momento cuando en la hipótesis en el que cualquier diferencia corporal subsistiría aún cuando se la consideraría como accidental, no esencial, insignificante y despreciable. He aquí lo que se oculta detrás del mito igualitario y detrás la ideología democrática y liberal.

En la visión racista de la vida, por contra, toda diferencia (incluso física) es simbólica lo interior se manifiesta al exterior, lo que es exterior es símbolo signo o síntoma de algo interior tales son los principios fundamentales de un racismo completo. Desde el punto de vista romano y fascista que es el nuestro, es particularmente importante insistir sobre esta vocación clásica, a la cual ya hemos hecho alusión del racismo: firmeza de voluntad, rechazo de todo lo que es indiferenciado, reasumir los principios mismos de nuestra antigua sabiduría: Conócete y se tú mismo. Fidelidad a su propia naturaleza, es decir, a su sangre y a su raza tal es la contrapartida interior ética y espiritual de las ideas que la genética, las ciencias de la herencia y la biología suministran a las formulaciones del racismo científico. Y tales son las directivas precisas que se derivan para la educación racial.

 

Síntesis de la Doctrina de la Raza (02) Significado interior de la raza

Síntesis de la Doctrina de la Raza (02) Significado interior de la raza

Biblioteca Evoliana.- Para Evola, la raza es sobre todo el conjunto de rasgos interiores que caracterizan a la persona, esto es, las potencias del alma dominantes en cada grupo étnico. En este segundo capítulo de su "Síntesis sobre la Doctrina de la Raza", Evola contribuye a aclarar el concepto de raza interior y las diferencias con la raza biológica. La "raza del espíritu" no es solo un racimo de rasgos antropológicos, sino que desemboca en algo más profundo: las convicciones espirituales de los pueblos y sus cultos religiosoos

 

2.- SIGNIFICADO INTERIOR DE LA RAZA

Si con este rápido repaso de los trabajos más recientes en la materia hemos podido constatar una evolución de( concepto de "raza" no hemos podido liberarla sin embargo de( ámbito de las definiciones abstractas. Nos queda por precisar lo que debería hoy significar de un modo viviente la raza para el individuo y consiguientemente, lo que hay que entender por "conciencia de raza" propiamente dicha. Estamos ante un punto fundamental a propósito de( cual nos podemos referir a experiencias de todos los días.

La expresión "hombre de raza" no es de ayer. E general, se refería a una idea aristocrática: de la ma yoría de individuos comunes y mediocres se desta caban seres de raza, es decir seres superiores, "nobles". Tal nobleza (insistimos sobre este punto) no equivale necesariamente a un significado "heráldico", sino que de un campesino, de un hombre del pueblo que permanezca puro y sano podría emanar esta impresión de raza como de los representantes de una auténtica aristocracia. No era por casualidad si entre la nobleza ciertas tradiciones favorables han conseguido salvaguardar durante mucho tiempo la pureza de sangre, e igualmente ciertas condiciones favorables en el campo, lejos de las ciudades, donde las ocupaciones y los hábitos sanos han podido producir efectos comparables en otros elementos no aristocráticos de un pueblo dado.

Por otra parte, la palabra "raza" como la de "sangre" ha revestido en el pasado una significación precisa y viva bien diferente de la que le han dado hoy y que es sobre todo de orden científico y biológico. Se dice por ejemplo: "Buena sangre no sabía mentir". Se habla de "instinto de sangre". Hay injurias sangrientas, situaciones frente a las cuales la "sangre forma un charco". )Qué significa todo esto? En lo más profundo del ser humano, más allá de la raza de los conceptos abstractos, del razonamiento discursivo y de las convenciones nacidas de la vida en sociedad, existen instintos que poseen una forma determinada unida a la posibilidad de reacciones directas y absolutas que en el hombre de "raza" son normales, mientras que en el hombre vulgar todo esto no se manifiesta sino de fon-na esporádica: en casos extremos y situaciones de excepción.

Se trata aquí de impulsos pertenecientes a la pura vida animal y psicológica? Sería temerario afirmado aquí. Las fuerzas a las cuales hacemos alusión, las reacciones instintivas del hombre de "raza", lejos de ser una prolongación de los instintos animales, lo contradicen a menudo imponiendo a la simple vida una norma superior, prescribiéndole obediencia a un cierto "linaje", a un "estilo" hecho de dominio de si, tensión interior, afirmación y que se convierte en él en natural y espontáneo. Las reacciones de la raza no tienen en común con los instintos animales sino la posición y la inmediatez, no proceden del razonamiento o de las consideraciones intelectuales, sino más bien al contrario, manifiestan en su espontaneidad toda la personalidad de un ser. Mas eso no es todo; inciden igualmente en el ámbito del intelecto pues se manifiestan según formas específicas y di rectas de sensibilidad, de juicio y de adhesión a cier tos valores. A través de la raza, mediante la sangre, el hombre llega a evidencias que no se discuten y que a su nivel son tan directas como las de las idea suministradas por los sentidos sanos y normales. Al igual que nadie se pierde en discusiones sobre la ra zón por la cual el color rojo es rojo, igualmente e una características propia al hombre de "raza" un cierto número de evidencias naturales y precisa (mientras que en el mismo ámbito, el hombre "moderno" intelectualizado y degenerado está reducid a avanzar a tientas, intentando substituir la faculta perdida de la vista así como la del tacto, por el sesgo del discurso y del instrumento intelectual, lo qu frecuentemente tiene como flaco resultado el permi tirle pasar sin advertirlo, de una crisis a otra o adoptar simples criterios conformistas).

Tal es, pues, el plan sobre el cual conviene comprender y vivir la raza. La raza vive en la sangre e incluso más allá, a un nivel aún más profundo, allá donde la vida individual comunica con una vía supraindividual que, no obstante no debe entenderse en sentido naturalista (en tanto que "vida de la especie") sino como un ámbito donde actúan ya fuerzas realmente espirituales.

Los antiguos conocían bien todo esto; los cultos dados a los lares, a los penates, a los héroes, al "daimon" de la gens, entidades que simbolizaban el misterio de la sangre y las fuerzas místicas de la raza.

La ciencia ciertamente está en vías de evidenciar por medio de los resultados obtenidos por la genética, la teoría de la herencia, la demografía, o la patología y la importancia de la raza. Pero esto, puede, todo lo más, favorecer el despertar de un sentimiento de raza, no creado. Así es preciso que una reacción interna se produzca y para esto el "mito" (en tanto que idea-fuerza, que idea animadora) es mucho más eficaz que no importa que orden de consideraciones científicas. )Qué es el mito? Ya hemos hecho alusión a él: es la raza, en tanto que confiere a la existencia una plenitud, una superioridad y una rectitud. Hay seres culpables y hay seres de raza. Vengan de la clase social que vengan, constituyen una aristocracia en la cual vive una misteriosa herencia venida del fondo de las edades.

Esta es la razón por la que al nivel mismo de sus definiciones más generales, el racismo posee un valor de reactivo. Las reacciones de los individuo con respecto a las ideas racistas constituyen una es pecie de barómetro que revela la "cantidad" de raza presente en ellos. DECIR SI O NO AL RACISMO NO ES UNA SIMPLE ALTERNATIVA INTELECTUAL, NO ES UNA ELECCION SUBJETIVA Y ARBITRARIA. Dice sí al racismo aquel en el que la raz vive aún; y por el contrario se opone aquel que bus cando coartadas en todos los ámbitos a fin de justificar su aversión y desacreditar el racismo, demuestra que ha sido interiormente vencido por la antiraza (aquél en el cual las fuerzas originales han sido re primidas, ya por el peso de los deshechos étnicos, herederos de cruzamientos y de procesos de dege neración, ya sea por un estilo de vida burgués, afe minado e intelectualizante) habiendo perdido tra numerosas generaciones todo contacto con lo qu es auténticamente original.

Esto debe ser puesto en relieve claramente, casi a título de premisa, en toda exposición seria de la ideas racistas.

 

Entrevista a Julius Evola en "La Nation Europeenne"

Entrevista a Julius Evola en "La Nation Europeenne"

Biblioteca Evoliana.-A finales de 1966 y principios de 1967 la revista "La Nation Europeenne" publicó la entrevisa con Julius Evola que reproducimos a continuación, con introducción de Claudio Mutti. La "La Nation Europeenne" fue la revista que sucedió al movimiento paneuropeo "Joven Europa". La revista estaba dirigida por Gerard Berdes y Thiriart, su fundador, era el "consejero político". La entrevista es particularmente interesante porque resume los puntos esenciales del pensamiento evoliano con sencillez y claridad, incluso su postura contraria a los lineamientos de la revista en la que se publicaba. La hemos traducido por primera vez al castellano.

 

JULIUS EVOLA: ¿UN PESIMISMO JUSTIFICADO?

La entrevista que traducimos aquí en seguida apareció originariamente en francés, sobre los números. 13, del 15 de diciembre de 1966 al 15 de enero de 1967 y 14, del 15 de febrero al 15 de marzo de 1967, de la publicación mensual "La Nation Européenne" (París). La revista, dirigida por Gérard Bordes, tuvo como "consejero político" a Jean Thiriart, que la fundó en 1966, y contó con una red paneuropea de colaboradores. La entrevista, realizada por Franco Rosados, fue acompañada de una foto y de una bibliografía francesa de la producción evoliana y fue precedida por una breve presentación en la que, a pesar de Evola fuera definido como "uno de los más grandes pensadores europeos un líder, un maestro", se establecieron  distancias respecto a su "desconfianza hacia el futuro unitario de Europa". Al texto de la entrevista siguió, en el nº 14, una nota editorial que expresó en términos claros la divergencia existente entre el tradicionalismo de Evola y el pragmatismo de Thiriart: "La 'Tradición', ciertamente, es respetable. Admitimos que extraemos de ella cierto modo de ver el mundo y cierto método de acción. Pero no podemos aceptar hacer de ésta 'Tradición' un nuevo 'sentido de la historia' y considerarla como una Biblia que lo encierra todo. Para nosotros, la verdad se construye cada día por métodos y vías diferentes. (...) La verdad no es colocada desde principio como un faro que alumbra la calle. Nosotros pensamos, antes bien, que, al final, el lento y difícil descubrimiento de la verdad nazca, en la mayoría de los casos, de la acción y gracias a la acción." 

Claudio Mutti 

¿Usted cree que existe una relación entre la filosofía y la política? ¿Puede influir una filosofía en una empresa de reconstrucción política nacional o europea? 

Yo no creo que una filosofía entendida en sentido estrechamente teórico pueda influir en la política. Para influir, necesita que se encarna en una ideología o en una concepción del mundo. Y cuánto ha ocurrido, por ejemplo, con el Ilustración, con el materialismo dialéctico marxista y con algunas concepciones filosóficas que fueron incorporadas a la concepción del mundo del nacionalsocialismo alemán. En general, la época de los grandes sistemas filosóficos ha concluido; hoy, no existen más que filosofías bastardas y mediocres. En una de mis obras pasadas, de mi período filosófico, yo puse en exergo estas palabras de Jules Lachelier: "La filosofía, moderna, es una reflexión que ha acabado por reconocer la misma impotencia y la necesidad de una acción que parta del interior". El dominio propio de una acción de este tipo tiene un carácter metafilosofico. De aquí, la transición que se observa en mis libros, que no hablan de "filosofía", sino de "metafísica", de visión del mundo y doctrinas tradicionales. 

¿Piensa usted que moral y ética son sinonímicas y que tengan que tener un fundamento filosófico? 

Es posible establecer una distinción, si por "moral" se entiende específicamente la costumbre y por "ética" una disciplina filosófica (la llamada la "filosofía moral"). En mi opinión, cualquier ética o cualquier moral que quiera tener un fundamento filosófico de carácter absoluto, es ilusoria. Sin referencia a algo trascendente, la moral no puede tener más que un alcance relativo, contingente, "social", y no puede resistir una crítica del individualismo, del existencialismo o del nihilismo. Lo he demostrado en mi libro Cabalgar la tigre, en el capítulo titulado En el mundo donde Dios ha muerto. En este capítulo también he afrontado la problemática planteada por Nietzsche y por el existencialismo. 

¿Usted cree que la influencia del Cristianismo ha sido positiva para la civilización europea? ¿No piensa que al haber adoptado una religión de origen semítico haya desnaturalizado algunos valores europeos tradicionales? 

Hablando de Cristianismo, a menudo he usado la expresión "la religión que ha prevalecido en Occidente". En efecto el mayor milagro del Cristianismo es haber logrado afirmarse entre los pueblos europeos, incluso teniendo en cuenta la decadencia en que cayeron numerosas tradiciones de estos pueblos. Sin embargo no hace falta olvidar los casos en los que la cristianización de occidente ha sido solamente exterior. Además, si el Cristianismo ha alterado, sin ninguna duda, algunos valores europeos, también hay casos en los que estos valores han resurgido del Cristianismo, rectificándolo y modificándolo. De otro modo el catolicismo sería inconcebible en sus diferentes aspectos "romanos"; del mismo modo sería inconcebible una parte de la civilización medieval con fenómenos como la aparición de las grandes órdenes caballerescos, del tomismo, cierta mística de alto nivel, por ejemplo Meister Eckhart, el espíritu de las Cruzadas, etcétera 

¿Usted piensa que el conflicto entre güelfos y gibelinos en el curso de la historia europea sea algo de más que un simple episodio político y constituya un conflicto entre dos formas de espiritualidad? ¿Cree posible un recrudecimiento del "gibelinismo?" 

La idea de que los orígenes de la lucha entre el Imperio y la Iglesia no haya sido solamente una rivalidad política, sino que esta lucha tradujo la antinomia de dos tipos de espiritualidad, constituye el tema central de mi libro El misterio del Grial y la tradición gibelina del Imperio. Este libro ha sido publicado en alemán y Se editará pronto también en francés. En el fondo, el "gibelinismo" atribuyó a la autoridad imperial un fundamento de carácter sobrenatural y trascendente, algo que sólo la Iglesia pretendió poseer, el propio Dante defiende en parte la misma tesis. Así, algunos teólogos gibelinos pudieron hablar de "religión real" y, en particular, atribuir un carácter sagrado a los descendientes de los Hohenstaufen. Naturalmente, con el imperio cristalizó un tipo de espiritualidad que no puede ser identificado con la espiritualidad cristiana. Pero si éstos son los datos del conflicto güelfo-gibelino, está claro, entonces, que una resurrección del "gibelinismo" en nuestra época es muy problemático. ¿Dónde encontrar, en efecto, las "referencias superiores" para oponerse a la Iglesia, si eso no ocurre en nombre de un Estado laico, secularizado, "democrático" o "social", desprovisto de la concepción de la autoridad procedente de lo alto? Ya el "los von Rom" y el "Kulturkampf" del tiempo de Bismarck tuvieron solamente un carácter político, por no hablar de las aberraciones y de la ficción de cierto neopaganismo. 

En su libro El Camino del Cinabrio, dónde expone la génesis de sus obras, admite que el principal defensor contemporáneo de la concepción tradicional, René Guénon, ha ejercido cierta influencia sobre de ella, al punto que le han definido "el Guénon italiano". ¿Existe una correspondencia perfecta entre su pensamiento y el de Guénon? ¿Y no cree, a propósito de Guénon, que ciertos entornos sobrestimen la filosofía oriental? 

Mi orientación no difiere de la de Guénon en lo que atañe al valor atribuido al Mundo de la Tradición. Por Mundo de la Tradición se entiende una civilización orgánica y jerárquica en la que todas las actividades están orientadas por lo alto y hacia lo alto y están ligadas a valores que no son sencillamente valores humanos. Cómo Guénon, he escrito muchas obras sobre la sabiduría tradicional, estudiando directamente sus manantiales. La primera parte de mi obra principal Revuelta contra el mundo moderno es precisamente una "Morfología del Mundo de la Tradición". También hay correspondencia entre Guénon y yo en lo que se refiere a la crítica radical del mundo moderno. Sobre este punto hay sin embargo divergencias menores entre él y yo. Dada su "ecuación personal", en la espiritualidad tradicional, Guénon ha asignado al "conocimiento" y a la "contemplación" la primacía sobre la “acción”; ha subordinado la majestad al sacerdocio. Yo, en cambio, me he esforzado en presentar y valorizar la herencia tradicional desde el punto de vista de una espiritualidad de la "casta guerrera" y de enseñar las posibilidades igualmente ofrecidas por la "vía" de la acción. Una consecuencia de estos puntos de vista diferentes es que, si Guénon asume como base para una eventual reconstrucción tradicional de Europa una elite intelectual, yo, por mi parte, soy bastante propensa a hablar de Orden. También divergen los juicios que Guénon y yo damos sobre el Catolicismo y la Masonería. Creo sin embargo que la fórmula de Guénon no se sitúa en la línea del hombre occidental, que a pesar de todo, por su naturaleza, está orientado especialmente hacia la acción. 

No se puede hablar aquí de "filosofía oriental"; se trata, en realidad, de una modalidad de pensamiento oriental que forma parte de un saber tradicional que, también en Oriente, se ha mantenido más íntegro y más puro y ha tomado el lugar de la religión, pero que estuvo difundido igualmente en el occidente premoderno. Si estas modalidades de pensamiento valorizan lo que tiene un contenido universal metafísico, no se puede decir que sean sobrestimadas. Cuando se trata de concepción del mundo, hace falta guardarse de las simplificaciones superficiales. Oriente no comprende sólo la India del Vêdanta, de la doctrina del Mâyâ y la contemplación separada por el mundo; también comprende a la India que, con el Bhagavad Gîtâ, ha dado una justificación sacra a la guerra y al deber del guerrero; también incluye la concepción dualista y combativa de la Persia antiguo, la concepción imperial cosmocrática de la antigua China, la civilización japonesa, tan lejana por ser únicamente contemplativa e introvertida, donde una fracción esotérica del budismo ha dado nacimiento a la "filosofía" de los Samurais, etcétera 

Desdichadamente, lo que caracteriza el mundo europeo moderno no es la acción sino su falsificación, es decir un activismo sin fundamento, que se limita al dominio de las realizaciones puramente materiales. "Está separada del cielo con el pretexto de conquistar la tierra", hasta no saber ya qué es realmente la acción. 

Su juicio sobre la ciencia y sobre la técnica parece, en su obra, negativo. ¿Cuáles son las razones de su posición? ¿No cree que las conquistas materiales y la eliminación del hambre y la miseria permitirán de afrontar con más energía los problemas espirituales? 

En lo que respecta el segundo tema que plantea, le diré que, al igual que existe un estado de embrutecimiento debido a la miseria, así también existe un estado de embrutecimiento debido al bienestar y a la prosperidad. Las "sociedades" del bienestar, en las que no se puede hablar de existencia de hambre y de miseria, están  lejos de engendrar un aumento de la verdadera espiritualidad; más bien, allí consta una forma violenta y destructiva de revuelta de las nuevas generaciones contra el sistema en su conjunto y contra una existencia desprovista de sentido, EEUU-Inglaterra-Escandinavia. El problema consiste en fijar un justo límite, frenando el frenesí de una economía capitalista creadora de necesidades artificiales y liberando al individuo de su creciente dependencia del engranaje social y productivo. Haría falta establecer un equilibrio. Hasta hace poco, el Japón dio el ejemplo de un equilibrio de este tipo; se modernizó y no se dejó distanciar de occidente en los dominós científicos y técnicos, incluso salvaguardando sus tradiciones específicas. Pero hoy la situación es bien diferente. 

Hay un otro apunto fundamental a subrayar: es difícil adoptar la ciencia y la técnica circunscribiéndolas dentro de los límites materiales y como instrumentos de una civilización; al revés, es prácticamente inevitable que se empapen de la concepción del mundo sobre que se basa la moderna ciencia profana, concepción prácticamente inculcada en nuestros espíritus por los métodos de instrucción habitual que tiene, sobre el plano espiritual, un efecto destructivo. El concepto mismo del verdadero conocimiento viene así a ser falseado totalmente. 

¿D. - Usted también ha hablado de su "racismo espiritual". Cuál es el sentido exacto de esta expresión? 

En mi fase anterior, he creído bien formular una doctrina de la raza que habría impedido al racismo alemán e italiano concluir como una forma de "materialismo biológico". Mi punto de partida ha sido la concepción del hombre como ser constituido de cuerpo, de alma y de espíritu, con la primacía de la parte espiritual sobre la parte corpórea. El problema de la raza debió pues considerar cada uno de estos tres elementos. De aquí la posibilidad de hablar de una raza del espíritu y del alma, además de una raza biológica. La oportunidad de esta formulación reside en el hecho de que una raza puede degenerar, aún permaneciendo biológicamente pura, si la parte interior y espiritual ha muerto, menguado u obnubilada, si ha perdido la misma fuerza, como ocurre con algunos tipos norteños actuales. Además los cruces, de los que hoy pocas estirpes quedan fuera, pueden tener como resultado que a un cuerpo de determinada raza estén ligados, en un individuo dado, el carácter y la orientación espiritual propia de otra raza, de donde deriva una concepción más compleja del mestizaje. La "raza interior" se manifiesta por el modo de ser, por un comportamiento específico, por el carácter, por no hablar de la manera de concebir la realidad espiritual, los muchos tipos de religiones, de ética, de visiones del mundo etcétera, pueden expresar "razas interiores" bien ajustadas. Este punto de vista permite superar muchas concepciones unilaterales y ampliar el campo de las investigaciones. Por ejemplo, el judaísmo se define sobre todo en los términos de una "raza" del alma, de una conducta, única, observable en individuos que, desde el punto de vista de la raza del cuerpo, son muy diferentes. De otra parte, para decirse "arios", en el sentido completo de la palabra, no es necesario tener la mínima gota de sangre hebrea o de una raza de color; haría falta ante todo examinar cuál es la verdadera "raza interior" o sea el conjunto de calidad que en origen correspondieron al ideal del hombre ario. He tenido ocasión de declarar que, hoy en día, no debería insistirse demasiado sobre el problema hebreo; en efecto, las calidades que dominaron y dominan hoy en muchos tipos de judíos son, así mismo, evidentes en tipos "arios", sin que en este últimos se pueda invocar como atenuante la mínima circunstancia hereditaria. 

En la historia de Europa, han sido muchos los intentos de formar un "Imperio europeo": Carlomagno, Federico I y Federico II, Carlos V, Napoleón, Hitler, pero nadie ha logrado rehacer, de manera estable, el Imperio de Roma. ¿Cuáles han sido, según usted, las causas de estos fracasos? ¿Piensa que hoy la construcción de un Imperio europeo sea posible? ¿Si no, cuales son las razones de su pesimismo? 

Para contestar, incluso de manera sumaria, a esta pregunta, haría falta poder contar con un espacio más grande que el de una entrevista. Me limitaré a decir que los obstáculos principales, en el caso del Sacro Romano Imperio, ha sido la oposición de la Iglesia, el inicio de la revuelta del Tercer Estado, como en el caso de las Comunas italianas, el nacimiento de Estados nacionales centralizados que no admitieron alguna autoridad superior y, por fin, la política, no imperial, sino imperialista de la dinastía francesa. Yo no atribuiría, al intento de Napoleón, un verdadero carácter imperial. A pesar de todo, Napoleón ha sido el exportador de las ideas de la Revolución francesa, ideas que han sido utilizadas contra la Europa dinástica y tradicional. 

En lo que se refiere a Hitler, haría mantener algunas reservas en la medida en que su concepción del imperio se basó en el mito del Pueblo, Volk = Pueblo-raza, concepción que revistió un aspecto de colectivización y exclusivismo nacionalista, etnocentrismo. Sólo en el último período del Tercer Reich los puntos de vista se extendieron, de una parte gracias a la idea de un Orden, defendida por algunos entornos de las SS, de otra gracias a la unidad internacional de las divisiones europeas de voluntarios que combatieron sobre la frente del este. 

Por el contrario, convendría recordar el principio de un Orden europeo que ha existido con la Santa Alianza, cuya decadencia fue imputable en gran parte a Inglaterra, y también con el proyecto llamado Drei Kaiserbund, en tiempos de Bismarck: la línea defensiva de los tres emperadores que habría tenido que englobar también a Italia, con la Tríple Alianza y al Vaticano y oponerse a las maniobras antieuropeas de Inglaterra y de la misma América. 

Un "Reich Europeo", no una "Nación Europea", sería la única fórmula aceptable desde el punto de vista tradicional por la realización de una unificación auténtica y orgánica de Europa. En cuánto a la posibilidad de realizar la unidad europea de este modo, no puedo no ser pesimista por las mismas razones que me han inducido a decir que hoy, hay poco espacio para un renacimiento del "gibelinismo": no hay un punto de referencia superior, no existe un fundamento para dar solidez y legitimidad a un principio de autoridad supranacional. No se puede en efecto descuidar este apunto fundamental y conformarse con recurrir a la "solidaridad activa" de los europeos contra las potencias antieuropeas, pasando por encima de las divergencias ideológicas. Incluso cuando se llegara, con este método pragmático, a hacer de Europa una unidad, siempre existiría el peligro de ver nacer, en esta Europa, nuevas contradicciones disgregadoras, en particular en lo que respecta a las divergencias ideológicas y a causa de la falta de un principio de autoridad superior. Hoy es difícil hablar de una "común cultura europea": la cultura moderna no conoce fronteras; Europa importa y exporta "bienes culturales"; no sólo en el dominio de la cultura, sino también en el dominio del modo de vivir, manifiesta cada vez más una nivelación general que, conjugada con la nivelación producida por la ciencia y la técnica, provee argumentos no a los que quieren una Europa unitaria, sino a los que desearían edificar un Estado mundial. De nuevo, nos estrellamos con el obstáculo constituido por la inexistencia de una verdadera idea superior diferenciadora, que debería ser el núcleo del imperio europeo. Más allá de todo esto, el clima general es desfavorable: el estado espiritual de devoción, de heroísmo, de fidelidad, de honor en la unidad, que debería servir de cemento al sistema orgánico de un Orden europeo imperial es hoy, por así decirlo, inexistente. Lo primer a realizar debería ser una purificación sistemática de los espíritus, antidemócrata y antimarxista, en las naciones europeas. Sucesivamente, haría falta poder sacudir las grandes masas de nuestros pueblos con medios diferentes, sea recurriendo a los intereses materiales, sea con una acción de carácter demagógico y fanático que, necesariamente, influiría en la capa subpersonal e irracional del hombre. Estos medios implicarían fatalmente ciertos riesgos. Pero todos estos problemas son extremadamente difíciles de solventar en la práctica; por otra parte, ya he tenido ocasión de hablar de ello en uno de mis libros, Los hombres y las ruinas.  

  

 

 

Tristán Tzara y la filosofía

Tristán Tzara y la filosofía

Biblioteca Evoliana.- Reproducimos aquí este texto del que ignoramos su procedencia y que nos ha sido enviado por un lector. A pesar de tratarse de un artículo sobre Tristan Tzara y no sobre Evola, éste último es mencionado en varias ocasiones. Por otra parte, sabemos la importancia que tuvo el dadaismo en la vida de Evola, una primera opcion estético-artística que le ayudó a modelar sus concepciones antiburguesas y su primer intento de superación del nihilismo, al que volvió en la última etapa de su vida con la publicación de "Cabalgar el Tigre".

 

Tristan Tzara y la filosofía

Tzara y "nihilismo"

Esta tesis tiene como objeto de estudio el pensamiento de Tristan Tzara durante el periodo dadá, esto es, desde 1916 hasta 1923. Como se sabe bien, es un periodo especialmente interesante por el importante papel que en el movimiento dadá jugó Tzara quién, entre otras cosas, fue el redactor del conjunto de manifiestos más conocido del movimiento.

Esto nos plantea, inmediatamente, una pregunta: ¿cómo entender la relación entre Tzara y el movimiento dadá, o mejor dicho, entre la obra de Tzara y la idea de "Dadá"? Naturalmente, no todo el pensamiento de Tzara se puede reducir a la palabra "Dadá", pero podemos afirmar que sí confluye en ella la mayor parte de sus reflexiones y de sus propuestas. Y no sólo en la etapa dadá, objeto de nuestro estudio, sino en toda su obra posterior. No sólo porque hasta el último momento de su vida, no cesará de intentar aclarar el impulso del movimiento dadá, sino que seguirá desarrollando este mismo impulso por su cuenta. Y es que si toda actividad creativa supone una idea, en la palabra "Dadá" está contenida la idea directriz de toda la producción de Tzara. Esta idea, este impulso no es otro que el de unir arte y vida, el de liberar, al mismo tiempo, uno y otra de los límites que cada uno de ellos tienen al ser separados, y de exponer las potencialidades o virtualidades que una tal unión suponen. Desde este punto de vista, podemos considerar que nuestro objeto de investigación ocupa un lugar clave para la comprensión tanto de la obra entera de Tzara como del movimiento dadá, independientemente de la pertinencia de las líneas desplegadas en nuestra investigación.

Generalmente, Tzara y el movimiento dadá han compartido, hasta el momento, un destino común: el de ser considerados "nihilistas". Y han compartido este destino, sobre todo, en virtud de los escritos de Tzara (y en particular, de sus Manifiestos) que han sido tomados como sostén teórico del movimiento dadá. Han redundado y siguen redundando en este prejuicio no sólo los manuales de historia de arte, sino, incluso, la gran mayoría de la obra crítica específicamente dedicada a Dadá y a Tzara —apenas podemos mencionar autores que escapen claramente a este lugar común, entre los cuales los más sobresalientes serían Won Ko, quien se propone disolver el presunto nihilismo de Tzara en el pensamiento oriental, y Marc Dachy. Este último, con razón, intenta liberar a Dadá del esquema dialéctico en el que históricamente ha sido situado a causa del surgimiento del surrealismo —es decir, se ha considerado a Dadá como "negativo" desde el punto de vista del surrealismo que se supone "positivo"—, y así sacar a la luz los aspectos propiamente positivos del dadaísmo. Pero, sin duda, quien ha hecho el trabajo más consistente en este sentido, es Rita Eder, al considerar el pensamiento de Ball —y parte de Dadá­— a la luz de su relación con Nietzsche. Así, nos dice por ejemplo: "Un análisis de la filosofía de Nietzsche aclara la complejidad que se encuentra bajo el aparente nihilismo de los dadaístas." Por nuestra parte, precisamente, uno de los objetivos principales de esta tesis es aclarar, desde nuestro punto de vista, lo plenamente afirmativo del pensamiento de Tzara tras su "negatividad" aparente.

Ciertamente, algunos textos de Tzara —sobre todo algunos de sus manifiestos— son fáciles, a primera vista, de conectar con la negatividad debido al carácter agresivo de la crítica contenida en ellos. Sin embargo, pensamos que esto no es más que una apariencia. El aspecto crítico de los manifiestos de Tzara, incluso en sus momentos más virulentos, es inseparable (e incluso, indiscernible) de su aspecto afirmativo. Por tanto, no sólo nos parece inadecuado el extraer únicamente ese aspecto supuestamente negativo y extenderlo a todo el manifiesto, sino que, en el caso de Tzara (como, por ejemplo, en el caso de Nietzsche), la crítica no puede entenderse simplemente como ejercicio negativo. En efecto, una lectura algo cuidadosa bastaría para ver que Tzara, al mismo tiempo que critica, afirma la vida, afirma la alegría y la fuerza para acabar con el régimen de miseria y de tristeza —enfermo, en una palabra— en que se hallan sumidas la cultura y sociedad de su tiempo. Por lo demás, si vamos a otros textos de Tzara —así los que componen su revista Dada como las conferencias—, encontraremos prácticamente la misma composición de elementos críticos y afirmativos; pues, durante el periodo dadá, Tzara no deja nunca de mantener estos dos elementos en activo. En este sentido, podemos afirmar que el pensamiento afirmativo de Tzara no es necesario buscarlo en otro lugar que en sus textos hechos públicos en su día, incluyendo también los manifiestos, esto es, precisamente los textos que han servido comúnmente para "demostrar" el carácter "nihilista" de su pensamiento y en gran parte de Dadá.

Que Tzara rechace —con un rigor e insistencia inusitados— el estatuto mismo del arte tal y como aparece determinado por la sociedad y la cultura de su tiempo, y que tanto el arte como la sociedad y la cultura, dado su carácter enfermo, precisen de una "operación" es ciertamente un sorprendente diagnóstico realizado desde un movimiento artístico. ¿Cómo un movimiento artístico puede ir tan lejos y rechazar el suelo mismo que pisa y sobre el que ejerce su arte? Sin embargo, precisamente para Tzara, el arte que no cuestiona de manera radical la función, el sentido del mismo en el conjunto de la cultura, y sobre todo, con respecto a la vida, no es plenamente arte, sino que es cómplice del estado general de cosas —estado que se caracteriza esencialmente por limitar la vida más que por acrecentarla. En síntesis, podemos decir que el aspecto destructivo de la obra de Tzara no proviene del supuesto nihilismo de su pensamiento, sino que, al contrario, se hace necesario precisamente para vencer el nihilismo inherente al arte, a la sociedad y la cultura de su época.

Por otro lado, aparte de estos textos aparentemente negativos, existen momentos manifiestamente afirmativos en el pensamiento de Tzara durante el periodo dadaísta. Se trata de momentos que articularemos en torno a la noción de "lo cósmico". Esta noción contiene toda una concepción del mundo que implica un nuevo modo de relacionar al elemento humano con los otros elementos de la existencia. Pero, en cualquier caso, como ya hemos dicho, consideramos que también los momentos críticos de los que está impregnada toda su obra durante este periodo, no son menos afirmativos. Esos momentos también son susceptibles de articulación, y en último extremo constituyen una parte esencial de lo que Tzara llama "dictadura del espíritu". En esta última, la invitación a destruir lo que en nosotros y en la cultura hay de caduco, convencional y rígido nos parece parte fundamental del proceso de afirmación de la vida, y de un arte para la vida, o en otras palabras, de un "arte para la diversidad cósmica".

Arte y filosofía: influencias de Nietzsche y Bergson

A nuestro parecer, uno de los elementos que ayudaron a consolidar, de alguna manera, esta lectura parcial (o prejuicio, simplemente) de reconocer en el dadaísmo sólo su parte destructiva, es un cierto determinismo histórico, desde el cual Dadá —movimiento que se considera agresivamente opuesto a la guerra— se comprende única y exclusivamente como fenómeno derivado de la primera guerra mundial. En una palabra, Dadá sería una simple reacción a la guerra. El hecho de que naciera en plena guerra mundial y en un país neutral reafirmó esa idea. Y no es extraño que desde este punto de vista se haga extremadamente difícil ver algo más en el movimiento dadá y en Tzara.

Por nuestra parte, no reduciremos al mínimo el valor de la guerra, como en algún caso se ha hecho, lo que nos conduciría a otra lectura parcial. Pero lo cierto es que la guerra no explica todo el movimiento dadá, ni su aspecto crítico ni su producción artística y literaria; la guerra podría considerarse, eso sí, como detonante del movimiento, pero de ningún modo un factor determinante. Tal vez el problema del determinismo histórico sea, paradójicamente, su falta de la historia (no necesariamente de la Historia mundial): los dadaístas vivieron la guerra, pero también otros "devenires" —otras historias, hasta cierto punto independientes, como la del pensamiento. En el caso de Dadá, pensamos que esta última no sólo habría que considerarla realmente como importante, sino incluso como decisoria. La misma actitud de Dadá y de Tzara frente a la guerra corrobora este punto: ellos no la veían como un hecho aislado sino como una consecuencia de una cultura enferma —diagnosis imposible de realizar sin participar ya de una determinada corriente de pensamiento de su tiempo.

A este respecto, cabría señalar la importancia manifiesta de la filosofía en los movimientos que preceden inmediatamente a Dadá. Sobre todo, la importancia de la filosofía de Nietzsche y de Bergson, dos filósofos que en la época tenían una gran celebridad. Si bien, las obras de estos filósofos dieron lugar a violentos debates políticos y religiosos, en el campo artístico dieron lugar a fértiles experiencias. Veamos rápidamente algunas de estas influencias positivas, a través de la bibliografía existente —ciertamente escasa— sobre el tema.

Varios autores han destacado ya la influencia ejercida por Nietzsche —"acontecimiento" europeo antes de 1914— en diversos artistas. Así en Gabriele D'Annunzio o André Gide, autores que expresaron tempranamente su entusiasmo por el pensamiento de Nietzsche. Si estos escritores están influidos por el simbolismo, Nolte ve también una clara influencia de Nietzsche en Dimitri Mereschkowski, el "cofundador del simbolismo ruso".

Algunos autores han señalado asimismo las resonancias nietzscheanas en la crítica del arte y en el individualismo anarquista de Guillaume Apollinaire.

En Alemania, evidentemente, se deja ver también el influjo de la filosofía de Nietzsche. A este respecto, Nolte se refiere, por ejemplo, a un grupo de poetas relacionado con la Freie Bühne, revista considerada como "uno de los órganos principales de penetración del influjo de Nietzsche". En un manifiesto de esta revista, "se subraya « la grande, saludable y creadora convicción en el gran derecho fundamental del artista al desarrollo libre de la personalidad », así como se acentúa la « interna conexión entre arte y vida »."

Se ha resaltado igualmente la influencia de Nietzsche en el expresionismo —y en general, en toda la cultura alemana y en la vanguardia—, como veremos en las siguientes citas de Paolo Bertetto y de Giulio Carlo Argan respectivamente, citas en las que se mencionan a dos artistas dadaístas, Hugo Ball y Max Ernst:

Ball era fortemente influenzato dall'espressionismo, e, come tutta la cultura espressionista, da Nietzsche. ... E, d'altra parte, Nietzsche e la sua critica dei valori costituiscono un punto di riferimento essenziale di tutta l'avan­guardia.

La cultura de Ernst tiene un origen romántico, y posteriormente pasa a través de Nietzsche, cuyo pensamiento domina la cultura alemana de las dos primeras décadas del siglo.

Respecto a la influencia de Bergson en el campo artístico, ésta no puede considerarse mucho menor. Precisamente, en la obra Modernism. A guide to European Literature 1890-1930, podemos leer: "Bergson's ideas exercised an influence on twentieth-century European literature second only to Nietzsche's." Varios autores han puesto de relieve la influencia de Bergson sobre los movimientos de vanguardia.

Así, Mark Antliff advierte que la historia del arte trata aún a Bergson como una figura marginal de la cultura, y en especial, no se le tiene en cuenta, en lo que respecta a la importancia de su pensamiento "en el reino de la innovación formal". Antliff, por su parte, destaca la influencia de Bergson en los movimientos artísticos siguientes: cubismo, futurismo, neosimbolismo, fauvismo, orfismo, y otros. Evidentemente, como señala el autor, el bergsonismo de estos movimientos es diferente (así el del cubismo y futurismo).

Esta influencia de Bergson sobre algunos movimientos de vanguardia —así el cubismo y el futurismo—, ya había sido señalada por Ivor Davies, quien habla tanto de la "adopción" de vocabulario o pasajes del filósofo, como del estilo o de ilustraciones gráficas, las cuales considera derivadas directamente de las obras y conferencias de Bergson:

The terms "operation of thought"; "duration"; "fusion of ob­jects"; "multiplicity of conscious states" and the method used by Picasso and Braque of representing different view­points simultaneously are suggested by Henri Bergson at the beginning of his first thesis "Time and Free Will" (1889).

Though this only indicates parallel affinities between Bergson's philosophy and Futurism and certain contemporary movements in art, other passages in "Time and Free Will" and more particularly "Creative Evolution" (1907) resemble the works and manifestations of these artists enough to conclude that they derived the conception of reality as movement from Bergson and that words, style and subjects of his graphic illustrations came to art direct from his text or from his popular lectures.

Estos dos autores, Antliff y Davies, además, han resaltado que Bergson mismo se interesaba por el cubismo e incluso que lo apoyaba.

Finalmente podemos subrayar que ya en el vocabulario de la obra Du cubisme realizada por los cubistas Metzinger y Gleizes, algunos autores han visto tanto resonancias bergsonianas como nietzscheanas.

Los dadaístas y la filosofía

¿Qué ocurre con Dadá? ¿Hay en Dadá, alguna alguna relación con estos filósofos? A este respecto es significativa la observación de Hugo Ball, el fundador del Cabaret Voltaire, medio donde nace Dadá: "À l'époque du Cabaret, nous nous sommes beaucoup intéressés à Bergson, y compris à son simultanéisme. Le résultat en fut un art de l'assemblage."

El comentario de Ball nos hace entrever como la filosofía, para los dadaístas, no era sólo un punto más de esa experiencia colectiva inicial de Dadá, sino que a ella hace responsable de la dirección que tomaría su producción artística. Y esto no es de sorprender si tenemos en cuenta el interés común por la filosofía entre los considerados fundadores del movimiento: Hugo Ball, Tristan Tzara, Hans Arp, Richard Huelsenbeck y Marcel Janco. Así, Ball realizó estudios de filosofía terminando por realizar una disertación sobre Nietzsche. Arp, en el seno de sus actividades creativas, no dejaba de leer a los presocráticos. La importancia de la filosofía para Huelsenbeck se deja ver en la siguiente frase: "o el dadaísmo se sitúa dentro de alguna tendencia del pensamiento moderno o pronto será olvidado". Y finalmente, es innegable la profunda relación —aunque esta relación, a veces, resulte ser paradójica— que Tzara tuvo con la filosofía. De hecho, podríamos decir que sus años de juventud son marcados por su interés por la filosofía: se dice que ya en su época de liceo leía Nietzsche, y en 1914, Tzara se inscribe en la Facultad de Filosofía de Bucarest, al igual que hará un año después en Zurich. El testimonio de Tzara mismo, el cual habla de "algunos años perdidos en la filosofía", no indica sino el recuerdo de su antiguo entusiasmo. Y no es sólo un recuerdo de primera juventud, como destaca Jacques Gaucheron:

Après ses études secondaires, il s'oriente vers des travaux universitaires de mathématiques et de philosophie. Celle dernière, on le sait, prépare à l'esprit critique, nécessaire à la création, mais également, sur le plan humain, à la remise en question des « valeurs », qui la rendent suspecte, comme discipline, à tous les conservatismes. On sait que dès son arrivée en Suisse, il substitue l'activité poétique et dadaïste aux études philosophiques. Mais il en garde quelque chose, et dans le mode d'approche des problèmes et dans le ton.

En realidad, como veremos, Tzara no rechaza toda filosofía y de hecho, como señalará su mujer, Greta Knutson, Tzara sigue leyendo a Nietzsche después de Dadá. Los libros de este autor, sobre todo los de su última etapa, son los libros preferidos de Tzara, según su testimonio.

Que los fundadores del movimiento dadá, sobre todo Tzara y Ball, tuvieran un contacto tan significativo con la filosofía nos permite valorar Dadá como un movimiento con una profunda dimensión filosófica. Y en este sentido, es sorprendente que la literatura secundaria sobre Dadá y Tzara no haya resaltado apenas su aspecto filosófico. A pesar de que algunos autores (como, por ejemplo, Sanouillet, además del ya mencionado Huelsenbeck) han expresado la necesidad de un acercamiento de este tipo, en nuestro conocimiento no se ha publicado ningún monográfico sobre la relación entre Dadá y la filosofía. Entre la escasa bibliografía sobre el tema, contaremos con el artículo ya mencionado de Eder en el que trata la relación entre la filosofía y Ball. Respecto a Tzara, podemos resaltar el trabajo de Won Ko que, como dijimos, conecta el pensamiento de Tzara con el pensamiento oriental, cosa que ya hizo por su parte el dadaísta japonés, Shinkichi Takahashi. Asimismo, en un artículo, Paolo Bertetto relaciona directamente a Tzara y Nietzsche, pero, desafortunadamente para nosotros, con el fin de reafirmar el nihilismo (eso sí, "activo") de Tzara.

Tzara, Nietzsche y Bergson

Sea como sea, es indudable la existencia de un componente filosófico en el pensamiento de Tzara. Y lo cierto es que muchos pasajes de la obra de Tzara, que parecen incomprensibles, se iluminan bastante si los relacionamos con algunas problemáticas y conceptos de los filósofos que Tzara conocía. Y entre ellos, nos ha parecido especialmente fructífero el relacionar y contrastar el pensamiento de Tzara con los dos filósofos ya mencionados: Nietzsche y Bergson.

¿Cómo, concretamente, el pensamiento de Tzara se cruza con el de Nietzsche y de Bergson? Para ver muy rápidamente sólo un aspecto de esta relación fecunda, tal vez nos convenga partir del siguiente comentario de Deleuze sobre la "voluntad de poder" en Nietzsche: "La volonté comme volonté de puissance a donc deux degrés extrêmes, deux états polaires de la vie, d'une part le vouloir-prendre ou vouloir-dominer, d'autre part le vouloir identique au devenir et à la métamorphose, « la vertu qui donne »." A nuestro parecer, estos dos estados polares de la voluntad de poder son precisamente los que sirven mejor para caracterizar el pensamiento de Tzara tanto en su momento destructivo como en su momento afirmativo (y la indiscernibilidad de estos dos momentos). Por un lado, Tzara ataca al "querer dominar" en el campo que sea: religioso, social, artístico, intelectual, etc. El objetivo de su crítica es este: descubrir las estrategias de esa voluntad, que aparece enmascarada en el burgués, en el "filósofo" universitario, en el profeta, en el artista, el científico, etc. Por otra parte, ¿qué significaría para Tzara el otro grado extremo de la voluntad de poder: "el querer idéntico al devenir"? A nuestro parecer, "Dadá", tal como lo ve Tzara, no es otra cosa que la actualización de esta voluntad de poder: es, como insiste Tzara, un espíritu activo o libre, transparente o camaleónico, en devenir, metamorfosis, forma de vida. De aquí que Tzara conciba Dadá como un espíritu que no se limita al movimiento artístico que lleva el nombre, aunque se aplique a él específicamente. Dadá se aplica a todos los individuos, pues Dadá, como dice Tzara, no es una cosa sino un estado de espíritu, y como tal está en todos los individuos. Podríamos decir que Dadá, más allá de un movimiento artístico, es un movimiento molecular del espíritu. En síntesis, Dadá, para Tzara, será un modo de afirmar la vida dos veces: una vez como crítica vital del "querer-dominar", y otra vez como un nuevo comienzo, como un movimiento encaminado a una plena afirmación del devenir de la vida misma. O, en otras palabras, es un estado de espíritu que primero selecciona, es decir, toma de la vida sólo lo que en ella hay ya de afirmativo, su riqueza inmanente, y luego la lleva a su máxima potencia o intensidad...

Así, pensamos que el pensamiento de Tzara se desarrolla en una fructuosa resonancia con algunas ideas claves de Nietzsche. Sin embargo, cabe destacar en seguida que un acercamiento demasiado estrecho a Nietzsche nos puede llevar a una interpretación parcial, porque, como veremos en la parte que corresponda de la tesis, reconocemos en el pensamiento de Tzara una relación no menos fecunda con el pensamiento de Bergson. Así, por ejemplo, pensamos que en el rechazo de Tzara a lo mecánico, a lo solidificado, a todo lo que obstaculiza el contacto inmediato con la fluidez de la vida, con el devenir, hay una inspiración claramente bergsoniana —aunque esto de ningún modo excluye su probable compenetración con ciertas ideas nietzscheanas.

Si, sólo con el fin de indicar la orientación global de nuestra investigación, tuviéramos que resumir grosso modo la aportación de uno y otro, diríamos que Nietzsche tiene más peso en la crítica que Tzara realiza a la cultura, y que Bergson estaría más relacionado con la concepción de la naturaleza o de la vida de Tzara. Esta tendencia la indica el vocabulario mismo utilizado por Tzara: algunas nociones usuales en la "crítica" de Tzara, a nuestro juicio, están íntimamente ligadas a la gran crítica nietzscheana (como moral, impotencia, piedad, etc.), y pensamos que el uso de la noción de "espíritu"—noción igualmente esencial en Tzara— se entiende plenamente sólo cuando lo contrastamos con el uso del mismo término por Bergson. Pero insistimos que esta separación no es más que una primera aproximación, ya que, como veremos, en la crítica que Tzara realiza al conocimiento es esencial la crítica que Bergson realizó a la inteligencia o al pensamiento lógico. Y esto no es de extrañar porque, en este campo, las críticas de los mismos Nietzsche y Bergson se cruzan. Por otro lado, la concepción ética de Tzara, que tiene, a nuestro parecer, una clara inspiración en Nietzsche, se articula con una concepción vital muy cercana a la de Bergson.

Por nuestra parte, el interés principal de esta investigación radica en presentar, de un modo articulado, el pensamiento de Tzara, y de ningún modo en hacer un listado exhaustivo de la relación entre el pensamiento de Tzara y el pensamiento de Nietzsche o el de Tzara y Bergson. Por tanto, nos contentaremos con exponer, en la medida en que creamos imprescindible ciertas coincidencias entre Tzara y ellos. Y, además, nos parece imposible poder hacer otra cosa sin reducir el propio pensamiento de Tzara que, en cierta medida, es una recreación artística profundamente original de las ideas de los filósofos arriba citados. A este respecto podríamos decir, que si Dadá ha mostrado una gran maestría en el uso del collage (visual o verbal o las dos cosas a la vez), los textos de Tzara no son menos un collage, un collage espiritual, cuya unidad transmuta los elementos heterogéneos que contiene.

Finalmente, añadiremos que, así como no queremos reducir el pensamiento de Tzara a las influencias recibidas tampoco queremos reducir la filosofía de Dadá al pensamiento de Tzara. Es otro lugar común del que queremos escapar, resaltar el valor de Tzara con respecto a los otros integrantes del grupo (así por ejemplo diciendo que Tzara es el " inventor" del movimiento dadá). Se ha querido así, suponemos, rendir homenaje a Tzara, pero a costa de eliminar la fuerza colectiva de la que precisamente se nutre el pensamiento de Tzara, como los otros del suyo. A nuestro modo de ver, lo que hace rico a Dadá es precisamente, la falta de un reductor u homogeneizador de sus integrantes. El pensamiento de Tzara, no germina solitario; su riqueza se funda en la interrelación de elementos propios y ajenos. Así, el pensamiento de Ball, el de Huelsenbeck o el de Arp tienen problemáticas distintas y puntos en común.

Contenido de la tesis

Como ya hemos dicho, el propósito de nuestra investigación es presentar el pensamiento de Tzara en una unidad. Concretamente, la tesis se compondrá de tres partes que se caracterizarán, respectivamente, por los tres elementos claves de Tzara: el "asco", la "dictadura del espíritu" y lo "cósmico".

En la primera parte, "El asco", estudiaremos la crítica —extremadamente variada y compleja— que realiza Tzara a la cultura y a la sociedad de su tiempo. Al examinar detalladamente los diferentes aspectos de esta crítica, que aparece diseminada en sus textos y expuesta en pinceladas, veremos cómo ella se articula, sobre todo, en torno a lo que Tzara llama la "selfcleptomanía" y el "instinto de dominación".

La segunda parte trata de la noción, tan singular como compleja, de la "dictadura del espíritu". Esta noción, que ha sido prácticamente olvidada por los investigadores de la obra de Tzara, nos parece que tiene una importancia decisiva en tanto que sirve para expresar el sentido mismo de la actividad dadá. Para Tzara, el espíritu dadá se contrapone, por su propia intensidad y por su carácter afirmativo, a la cultura burguesa europea. Y una cierta "dictadura" de este espíritu dadá —"la dictadura del espíritu"— es, para Tzara, el único procedimiento para abolir esta cultura enferma. En este sentido, podríamos decir que se trata de una especie de paideia del espíritu; y la crítica, desde este punto de vista, no es otra cosa que una parte de esta dictadura. Especifícamente, la tarea de esta "dictadura" consiste esencialmente en liberarnos de las mediaciones: intelectuales, morales, estéticas, etc. Es porque estas mediaciones —que esconden su orden totalmente artificial y arbitrario— no nos permite tener una relación inmediata y libre con la realidad; y de esa manera nos impide la comunión con la totalidad del mundo, con la diversidad cósmica.

La última parte de este trabajo trata de lo "cósmico". Lo cósmico en Tzara tiene una dimensión múltiple: ética, estética e incluso, por así decirlo, ontológica. Y tal vez también política, en el sentido más amplio. Cabría preguntarnos si esta última dimensión no acoge a todas las otras, pues lo cósmico se opone, en su afirmación misma, a los ejercicios de poder (el querer-dominar o querer-imponer) en todas las áreas del pensamiento y de la actividad humanos. En definitiva, lo cósmico nos muestra la concepción del mundo en Tzara —un mundo que, a través de su obra, aparece como un movimiento continuo y profundamente vital.

B. Tristan Tzara: su vida y sus escritos

Tzara antes de Dadá

Se sabe poco de la vida de Tzara antes de su etapa dadá. Ello es debido a la discreción del autor —quien nunca hablaba de su pasado— y a la inexistencia de una investigación específicamente biográfica. Entre los datos existentes, resaltaremos los que creemos más significativos.

Samuel Rosenstock (quien luego se llamará Tristan Tzara) nació el 16 de abril de 1896 en Moinesti, un pueblo de provincia (Bacau) de Rumania.

Su padre era contable a la vez que se dedicaba a la compraventa de maderas. Era también el representante de los habitantes judíos de su barrio. El origen judío de la familia de Tzara, no deja de tener una gran importancia dado que, en la época, en los documentos oficiales se especificaba la etnia a la que se pertenecía. Así, por ejemplo, en el certificado de fin de estudios de Tzara —obtenido en 1914—, consta que es de "nacionalidad israelita".

Este certificado de estudios, Tzara lo consigue en la capital rumana, Bucarest, donde ha realizado sus estudios de secundaria. Respecto a estos, Béhar indica que las notas obtenidas revelan una "escolaridad brillante", así como un conocimiento particularmente alto de la lengua francesa, alemana e inglesa. Simultáneamente a estos estudios, Tzara se entrega, en profundidad, a la vida literaria. Así, en 1912, crea, junto con Marcel Janco e Ion Vinea, la revista Simbolul ["Símbolo"]. El título de la revista apenas deja dudas sobre la influencia del simbolismo que recibe. Los poemas de Tzara, con los que contribuye a esta revista, se puede considerar, pues bajo esa influencia simbolista. Estos poemas, por otro lado, se presentan ya con el primer seudónimo de Tzara: S. Samyro, "formé du diminutif de son prénom et de la première syllabe du patronyme." como dice Béhar.

En el año que acaba sus estudios de secundaria (1914), Tzara se inscribe en la Facultad de Matemáticas y en la Facultad de Filosofía de Bucarest. En esta nueva fase, según Akira Hamada, Tzara se entrega más a la literatura que a los estudios universitarios, lo que lleva a su familia a reunirse para ver qué hacer con tal situación. Finalmente, la familia decidió enviarlo a estudiar muy lejos de Bucarest, a Zurich.

Cabe añadir que, en octubre de 1915, aparece publicado, en una revista rumana, el seudónimo definitivo "Tristan Tzara" (patronímico que será legalizado en 1925 por el gobierno rumano).

Al llegar a Zurich, este mismo año, Tzara se inscribe en la Facultad de Filosofía y letras. Tzara cuenta entonces 19 años.

Zurich, Cabaret Voltaire y Dadá

Obviamente es imposible dar cuenta aquí de la enorme actividad desplegada por Tzara a lo largo de los siete años de existencia del movimiento dadá. Por tanto sólo resaltaremos los elementos que tienen relevancia para nuestra investigación.

Dadá nace en 1916 en el marco del Cabaret Voltaire, cabaret fundado en febrero del mismo año, en Zurich, por el poeta, escritor y director de teatro alemán Hugo Ball en compañia de la poeta, cantante y bailarina alemana Emmy Hennings. El objetivo de este Cabaret es, como anuncia Ball en un periódico de Zurich, "créer un centre de divertissement artístique". Pero Ball también cifra su éxito en la repercusión social del mismo como confiesa en su diario: "Aussi longtemps que toute la ville ne sera pas soulevée par le ravissement, le Cabaret n'aura pas atteint son but" Este fin será alcanzado ampliamente: su importante incidencia social llevará a las autoridades a clausurar el cabaret "a petición de los burgueses". Los dadaístas habían inquietado más a las autoridades que sus vecinos revolucionarios —así, Lenin, entonces residente en Zurich—, y por ello estuvieron sometidos a vigilancia.

El día de la inaguración del Cabaret Voltaire, se presentan en la sala los rumanos Tristan Tzara y el pintor Marcel Janco. También se encuentra en la sala el pintor y poeta alsaciano Hans Arp y la pintora y bailarina suiza Sophie Taeuber. Seis días después se unirá a éstos el escritor alemán Richard Huelsenbeck, con quien ya queda configurado el primer núcleo dadá (después se unirán a este núcleo el pintor y luego cineasta alemán Hans Richter y el escritor austriaco Walter Serner). Por otra parte, el nombre "Dadá" es escontrado en el mismo mes de la inaguración del cabaret.

Entre otras cosas, el Cabaret Voltaire permitirá a Tzara tener un profundo conocimiento de las teorías de los más importantes y diversos movimientos artísticos de la vanguardia. Así, por ejemplo, la revista dirigida por Ball, Cabaret Voltaire, recoge textos de los "fondateurs de l'expressionnisme, du futurisme et du cubisme". No menos le servirá para entrar en contacto con la vanguardia filosófica, así con los textos de Bergson (como señalaba la observación de Ball ya mencionada), autor que pudo unir al ya conocido Nietzsche (y probablemente éste también profundizado por las conversaciones con Ball).

Las sesiones del Cabaret Voltaire son tan heterogéneas como el contenido de la revista Cabaret Voltaire: se presentan obras de los más diversos artistas y tendencias. El programa mismo de las sesiones es amplio: números de danza, piezas musicales, literarias, poéticas, etc., en intensas sesiones de temáticas también diversas (Dadá también realizará veladas temáticas, así por ejemplo, una velada "Sturm", otra "Art nouveau", etc.).

Ball deja pronto el movimiento dadá, y es principalmente Tzara quien se hace cargo de la organización de la mayor parte de las actividades dadás. Varios autores han resaltado la importancia de esta labor de Tzara. Así, Marc Dachy dice: "D'emblée il en assume la plupart des tâches (organisation, publications, prêts d'oeuvres, expositions) et lui assure un retentissement mondial". Estas tareas no eran fáciles de efectuar en un contexto de guerra, como señala Richter. En general, nadie duda del esencial papel que Tzara jugó a este respecto.

A estas tareas contribuye la entrada en contacto de Tzara con los artistas más diversos a través de viajes y numerosas cartas. Respecto a esto último y sólo por citar a los más relevantes, Tzara entra en relación epistolar con Apollinaire, Max Jacob, Reverdy, así como con varios poetas italianos, en 1916. En 1918, Tzara amplia sus relaciones epistolares. Entre muchos otros, inicia una correspondencia con Francis Picabia, Paul Éluard, Raoul Hausmann y Franz Jung. Y en 1919 entra en correspondencia con André Breton, Louis Aragon y Philippe Soupault. Son estos contactos epistolares, en gran parte, los que permiten un flujo recíproco entre las obras dadaístas y de otros artistas (materializado en exposiciones y revistas), además de impulsar la internacionalización del movimiento dadá.

Claro que Tzara no contribuye sólo como organizador, sino también con sus aportaciones creativas. Ya en la inauguración del Cabaret, Tzara lee poemas suyos y declama cantos negros. Y en la primera velada dadá (14 de julio de 1916), Tzara lee su primer manifiesto —y primer manifiesto dadá— "Manifeste de Monsieur Antipyrine", y el texto "Le poème bruitiste", en el que se exponen algunas experiencias poéticas dadaístas. Este mismo mes, Tzara inaugura, además, la "Colección Dadá" publicando su obra teatral La Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine, con grabados de Janco (en 1918, Tzara publicará también en esta colección Vingt-cinq poèmes con grabados de Arp).

En las veladas dadás de 1917, Tzara leerá también poemas negros de diferentes grupos étnicos además de otras composiciones propias. Respecto a sus manifiestos —los cuales forman igualmente parte de las veladas dadás—, además del primero ya mencionado, en una velada dedicada a él (julio de 1918), Tzara lee su "Manifeste Dada 1918". Este manifiesto se publicará en diciembre en su revista, alcanzando una gran resonancia. Por último, en abril de 1919, Tzara presenta el manifiesto "Proclamation sans prétention".

Señalaremos asimismo, lo que tiene gran relevancia para nuestra investigación, que Tzara realiza varias conferencias en el marco de diversas exposiciones dadaístas. Así, a principios de 1917, Tzara realiza tres: en torno al arte antiguo y moderno, sobre el cubismo y sobre los artistas de la exposición. En el mes de marzo, en la Galería Dadá recién inaugurada, Tzara realizará dos conferencias más, una sobre el expresionismo y el arte abstracto, y otra sobre el arte nuevo. En 1919, Tzara pronunciará otra conferencia sobre el arte abstracto.

A estos manifiestos y conferencias, se ha de añadir otro elemento: la publicación de su revista Dada (que comienza en julio de 1917 y que contará con siete números). Esta revista —con una tipografía revolucionaria— contiene numerosos artículos y algunos manifiestos, lo que la convierte en una parte fundamental de nuestra investigación.

Actividad de Tzara en París

En 1920, Tzara se desplaza a París. Señalaremos, no obstante, que ya existía una profunda relación con Francia y su cultura antes de este desplazamiento.

Tzara tiene preferencia por la cultura francesa. Esta influencia viene probablemente del ambiente cultural de Rumania. Como ha señalado Théodore Cazaban, la influencia francesa en este país es enorme. Y de hecho, Tzara deja su lengua materna (el rumano) por la francesa; ya en Suiza, sus escritos son en francés, lengua que elige definitivamente para su producción artística. En esto, Tzara parece seguir los pasos de dos extranjeros que escribían en francés, Apollinaire y Lautréamont, dos autores que Tzara valora mucho, sobre todo el último, a quien, junto con Rimbaud y Jarry considerará escritores "cósmicos".

Por otra parte, como ya hemos señalado, Tzara tenía contacto epistolar con el grupo que dirige la revista Littérature —Breton, Aragon y Soupault— y que posteriormente se considerará el núcleo dadá parisién, junto con Paul Éluard, Georges Ribemont-Dessaignes y Francis Picabia. Pero sobre todo, Tzara se escribe con Apollinaire, la principal figura literaria de la vanguardia parisina. Por otra parte, desde 1917, diversas revistas francesas acogen ya sus poemas.

Respecto a los últimos autores mencionados, destacaremos la figura de Picabia, al que Tzara conoció personalmente en Suiza, en 1919. Y es que podríamos decir que del mismo modo que Arp es la relación más importante de Tzara en Zurich, Picabia lo es en Francia. No podemos dejar de señalar que una de las principales fuentes de la gran sintonía entre ambos autores es Nietzsche. Es un nombre común para ambos. Sobre la importancia de este filósofo para Picabia, existen numerosos testimonios, entre los cuales cabe destacar el de su propia mujer, Gabrielle Buffet, quien dice de él: "Les seuls livres qu'il ait je crois vraiment lus et approfondis ... sont Nietzsche et Max Stirner."

No es extraño pues que cuando Tzara llega a París en 1920, se aloje precisamente en casa de Picabia, quien le había invitado el año anterior.

Al margen de esta relación, en esta etapa parisina no hay novedades notables con respecto a Zurich, desde el punto de vista de nuestra investigación. Tzara sigue organizando manifestaciones dadaístas.

Tzara publicará libros de poemas y la única novela que hizo: Faites vos jeux (1923). Publicará también los dos últimos números de su revista y realizará conjuntamente con otros dadaístas dos revistas más: Dada Augrandair (junto con Arp y Max Ernst), y Le Coeur à barbe.

Asimismo presenta, en diversas manifestaciones dadaístas, su manifiesto "Dada manifeste sur l'amour faible et l'amour amer" (1920), además de tres obras teatrales: Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine (1920), Deuxième Aventure céleste de Monsieur Antipyrine (1920) y Coeur à Gaz (1921).

También prologará catálogos de Picabia, de Ribemont-Dessaignes y de Man Ray, y realizará varias conferencias sobre Dadá, en París y Alemania.

La novedad más importante en el plano artístico consiste en la participación de Tzara en el Congreso Internacional Constructivista de Weimar (1922). Este congreso, al que asiste junto con Richter y Arp, y al que también acude Kurt Schwitters, se convierte en una manifestación dadaísta. Será a partir de aquí que la Bauhaus, proyectará dedicar un volumen de su colección a Tzara.

Mientras, se van haciendo patente las diferencias entre los artistas próximos a Tzara y el grupo de Littérature encabezado por Breton. Los primeros percibían en los últimos tendencias muy alejadas del espíritu dadá.

En 1923, Breton —acompañado por sus colegas de Littérature— interrumpe violentamente una manifestación dadaísta: sube al escenario y golpea a un actor dadaísta. Este será el acontecimiento que pone fin a las actividades conjuntas de los dadaístas en París. En 1924, sin embargo, Tzara presenta otra obra de teatro suya, Mouchoir de nuages, y publica en un volumen sus Sept Manifestes Dada, con algunos dibujos de Picabia. Y otros muchos dadaístas, al igual que Tzara, continuarán reivindicando Dadá individualmente.

Expansión de Dadá

Dejemos de lado un momento la biografía de Tzara y veamos de manera muy sucinta, la expansión de Dadá fuera de Zurich y París. El lugar donde se desarrolla el espíritu dadá de manera tan intensa como en Zurich y París, es sin duda Alemania, que cuenta con tres centros: Berlín, Colonia y Hanover.

Entre los numerosos artistas que participan en estos centros, podemos resaltar los siguientes nombres: de Berlín, Huelsenbeck (quien fue el artífice de este grupo), Raoul Hausmann (apodado Dadásofo), Franz Jung, Johannes Baader, Hannah Höch, los hermanos Wieland y Johannes Herzfelde, y Georg Grosz; de Colonia, Max Ernst y Alfred Gruenwald, más conocido como Theodor Baargeld; y finalmente de Hanover, Kurt Schwitters.

Estos centros se desarrollan de manera independiente tanto entre ellos como en relación con Zurich y París. De todos modos, Tzara tiene amistad —sobre todo a través de cartas— con varios de ellos, y participa en sus publicaciones, además de firmar algunos de sus manifiestos.

Cabe añadir que Schwitters es quien prolongará por más tiempo el espíritu dadá a través de su revista Merz. Tzara mantendrá una fértil correspondencia con este artista.

Además de Alemania, el espíritu dadá se extiende por muchos lugares. Así, New York, Italia, Georgia, Barcelona, Bélgica, etc. Como dicen Béhar y Carassou, "dans presque tous les pays européens —et dans quelques pays d'Amérique latine—, des groupes ou des individus isolés ont exprimé des conceptions dadaïstes."

Curiosamente también Japón —a pesar de la distancia geográfica y cultural del lugar de origen de Dadá— desarrolla un centro dadá.

Después de Dadá

Después de concluido el movimiento dadá, Tzara continuará su obra poética y su labor reflexiva. De la primera, destacaremos su obra L'homme approximatif, obra que comienza en 1925 y publica en 1931. Asimismo, publicará L'Arbre des voyageurs (1930), Où boivent les loups (1932), Parler Seul (1950), A Haute Flamme (1955) o Frère bois (1958), entre muchas otras obras. Señalaremos que la mayor parte de sus obras poéticas publicadas se acompañan de algún o varios grabados, aguafuertes o litografías de muy diversos autores (Ernst, Klee, Picasso, Kandisky, Sonia Delaunay, Miró, etc.), siguiendo la línea emprendida en la etapa dadá (con obras de Arp, Janco o Picabia).

Simultáneamante, Tzara realizará a lo largo de su vida numerosos artículos, en los que trata los más diversos temas, así sobre artistas, obras, la poesía, etc. Algunos de estos artículos los citaremos a lo largo de esta tesis ya que esas reflexiones, a menudo, están estrechamente unidas a sus ideas de la época dadá.

No falta tampoco alguna obra en las que Tzara mantiene la combinación entre el momento poético y el reflexivo, modalidad que predomina en el periodo dadá. Así, Grains et issues, obra publicada en 1933, año en el que también publica L'Antitête, donde Tzara retoma varios textos dadaístas.

Al margen de su producción, destacaremos otros hechos relevantes de su biografía. Así que en 1929, Tzara se une a los surrealistas, unión que concluirá en 1935. Por otra parte, y en lo que a política se refiere, Tzara tiene un papel muy activo. En 1932, Tzara se une a la Asociación de escritores y artistas revolucionarios. En 1936 y 1937, desarrolla un importante papel en defensa de la España republicana. Así, como secretario del Comité para la defensa de la cultura española, organiza en 1937 el II Congreso Internacional de Escritores en Madrid y Valencia. Publica además, junto con Vicente Alexandre, "Deux Poèmes" para recaudar fondos para el pueblo español.

Durante la segunda guerra mundial, Tzara es perseguido por el régimen de Vichy y la Gestapo, y debe mantenerse en la clandestinidad durante dos años, en los cuales colabora con la resistencia.

En 1947, año en el que le dan la nacionalidad francesa, Tzara se inscribe en el partido comunista, partido con el que mostrará sus divergencias a su vuelta de un viaje a Hungría en 1956. En 1960, Tzara firmará la declaración sobre el derecho a la insumisión en relación con la guerra de Argelia.

Destacaremos que si bien la participación en el partido comunista supone una diferencia clara con la postura del periodo dadá, como veremos, Tzara sigue manteniéndose firme en su rechazo a la instrumentalización política del arte o a la politización del arte, como se refleja en su polémica con Sartre en 1948, en torno a la "poésie engagée". Del mismo modo, Tzara se mantiene firme en su interés por el arte y culturas africanas, y un año antes de su muerte participa en el Congreso por la Cultura Africana realizado en Rodesia.

Por otro lado, no podemos dejar de mencionar la gran tarea que ocupa los últimos años de su vida: el estudio de los anagramas de Villon y de Rabelais. Esta tarea que emprende en 1956, no la abandona literalmente, hasta el final de su vida (el último día de su vida, su hijo le lee cien páginas de su estudio sobre Rabelais e indica, sin palabras, un error contenido en el texto).

Tzara, que no ha cesado durante toda su vida de escribir y hablar sobre Dadá, reimprime sus manifiestos dadaístas —y una serie de artículos dadaístas que se titula Lampisteries— en el año de su muerte, 1963 (Tzara muere el 24 de diciembre).

 

Notas sobre el III Reich (04).Aspecto Racial y Cuestión Judía

Notas sobre el III Reich (04).Aspecto Racial y Cuestión Judía

Biblioteca Evoliana.- No es este un capítulo particularmente fvorable para la política nacional-socialista en estos dos terreno. Evola acusa l partido hitleriano de haberse reducido a la dimensión exclusivamente biológica de la doctrina sobre la raza, eludiendo el nivel espiritual de la cuestión. En cuanto al tema judío, Evola achaca al nacional-socialismo el tener una opinión simplista y errónea del papel del judaismo en la historia. En otras obras insistirá en este tema, especialmente en "Los hombres y las ruinas", afirmando que una de las técnicas de la subversión es crear "falsos señuelos".

 

CAPITULO IV

ASPECTO RACIAL Y CUESTION JUDIA

 

Debemos pasar ahora a un breve estudio de todo lo que se refiere en el Tercer Reich a la raza, a la visión del mundo y a la cuestión judía.

Ya hemos hecho alusión al fondo racial presentado por el concepto de VOLK, propio para engendrar una especie de "nacionalismo étnico" o "racial". El parágrafo 4 del programa original del partido nacional‑socialista distinguía ya, sobre una base biológico‑racial, al ciudadano propiamente dicho (REICHBURGER) del "dependiente del Estado" (STAATSANGEHORIGER) en los términos siguientes: "Debe ser considerado como ciudadano con plenos derechos solo quien es compañero de raza (VOLKSGENOSSE) y solo es tal quien es de sangre alemana al margen de su confesión religiosa". El concepto de "dependiente del Estado", por el contrario, no es más que jurídico; se refiere a todos los que están ligados por una simple pertenencia formal al Estado por el único hecho de que no son extranjeros. Hitler había juzgado escandaloso el hecho de que, durante tiempo, no se hubiera  tenido en cuenta del todo el fundamento étnico‑racial de la ciudadanía y que la adquisición de esta podía "llegar a la misma forma que la admisión en un círculo automovilístico"; bastaba, en suma, una "petición para que por decisión de un funcionario se hiciera lo que el mismo cielo no podría jamás realizar: una firma y un zulú o un mongol se convertirían en un alemán puro". El nacimiento en territorio alemán no podía facilitar más que la simple cualidad de "dependiente del Estado"; solo esto no debía dar derecho a asegurarle cargos públicos o ejercer una actividad política. Según los puntos de vista expuestos por Hitler en "Mein Kampf", para convertirse en "ciudadano", miembro verdadero del Reich, debería exigirse un elemento suplementario; debía reposar sobre la raza, la salud física y, luego, sobre una fidelidad solemne afirmada y probada  a la volksgemeinschaft, a la "comunidad racial". Solo podía ser concedido un "certificado de ciudadanía" el cual era "como el lazo que une a todas las clases y salvo todos los abismos". Hitler llegó a afirmar que "ser un barrendero en este Reich sería un honor mayor que ser rey en un país extranjero". Esas palabras y otras del mismo género, atestiguan el espíritu completamente plebeyo del fundador del nacional‑socialismo. Hitler ofrecía lo que era preciso para no importa que alemán no nacido de un cruce con sangre "no aria" levantara la cabeza. Además, el punto 6 del programa original del Partido Nazi decía: "El derecho de decidir la dirección del Estado no puede ser reconocido más que a los ciudadanos compañeros de raza. Pedimos, en consecuencia, que todas las funciones públicas en Reich, las provincias y los distritos sean ocupadas por ciudadanos del Reich".

Una vez conquistado el poder se inició la realización de este programa. Todos los funcionarios a los que no se podía aplicar la plena calificación de "compañeros de raza" (para lo que era necesario no tener entre sus antepasados hasta tres generaciones, sangre judía o de otra raza no aria) fueron retirados. La misma medida se aplicó luego a los funcionarios que, aun siendo "arios", hubieran contraído o lo contrajeron con una persona de raza no‑aria. En caso de matrimonio consumado de un funcionario, oficial, etc. casado con una mujer no‑aria antes de la promulgación de estas leyes, se daba la posibilidad de elegir entre el divorcio y la pérdida del empleo. En un primer tiempo, algunas excepciones fueron hechas para los combatientes o parientes de combatientes condecorados o caídos durante la primera guerra mundial. Otras excepciones pudieron ser tomadas en consideración por el Ministerio del Interior de acuerdo con un servicio especializado por funcionarios destacados en el extranjero para los cuales se seguía un criterio esencialmente discrecional y pragmático; en fin, ciertas excepciones eran dictadas por razón de Estado: afectaban a los que había adquirido grandes méritos a los ojos del Reich, a los que se otorgaba la curiosa cualificación de enhrenarier, "arios de honor", la cual, para ser coherente, hubiera debido tener como contrapartida la calificación enhrenjude, es decir, "judíos de honor, "levantino de honor", etc. que habría podido ser aplicado a los numerosos que aun, "arios" sobre el plano biológico, lo eran muy poco en cuanto al carácter, comportamiento o mentalidad.

Otras leyes extendieron medidas análogos más allá de la esfera política y estatal, hasta los dominios cultural, profesional y religioso incluso. Sobre este último punto, la "cláusula aria" hizo nacer conflictos tanto con los católicos como con los protestantes, porque en razón de esta cláusula los pastores y los demás religiosos de las dos iglesias que no tenían entre sus ancestros, hasta la tercera generación, sangre no‑aria, no eran autorizados para ejercer sus funciones bajo el III Reich. Esto era, naturalmente, inaceptable desde el punto de vista católico que sostiene la igualdad esencial de todas las criaturas y del carácter supra‑racial del sacerdocio establecido solo por un sacramento en el catolicismo. Solo los que se llamaron cristianos‑alemanes en el campo protestante aceptaron la nueva situación, votaron también ciertas leyes y eligieron obispos dependientes de un Episcopado Central del Reich, los cuales debían prestar juramento al jefe del Estado, es decir, a Hitler. En la misma perspectiva, algunos habían llegado a anhelar la creación de una "Iglesia Nacional Alemana" (Rosemberg, Hauer, Bergman, etc.).

La idea racial influenció de tal forma el plano político que Hitler escribió: "El Estado no es un fin sino un medio. Es la condición necesaria para la formación de una civilización humana superior, sin ser, sin embargo, el principio que crea esta civilización. Este principio, o esta causa, es solo la presencia de una raza que sea apta para la civilización. Aun cuando se encuentre sobre la tierra  centenares de Estados‑modelo que no existieran siquiera en el caso en que desapareciera el hombre ario portador de civilización, una sola civilización a la altura espiritual de las naciones superiores de hoy... debemos distinguir con el máximo de precisión el Estado, que es el "continente", la raza que es el "contenido". Este continente tiene sentido solo si es capaz de contener y proteger al contenido; en el caso contrario, no lo tiene". El objetivo primordial del Estado es pues "la defensa de la raza". De ahí las "leyes para la Defensa de la Sangre y del Honor Alemanes", de un lado prohibiendo los casamientos e incluso las uniones mixtas, a menos de querer sufrir las consecuencias; se quería proteger la sustancia racial de todos los ciudadanos del Reich contra las mezclas suplementarias alteradoras de la raza; de otro, diferentes medidas eugenésicas fueron adoptadas para impedir, en el seno mismo de los alemanes, de los "arios", una descendencia hereditaria tarada.

Se ve claramente el papel que jugaron en todo esto el "mito" y la confusión de la noción de "raza" con la de "nación" (lo que contribuía, en el fondo, a democratizar y degradar la noción de raza); además, no se cuida en absoluto de definir en términos positivos, e igualmente espirituales, la noción de "arianidad". Implícitamente se deja a cada alemán el derecho de pensar que él mismo será este "ario" al cual se atribuye la creación y el origen de toda civilización superior. Esto incitaba naturalmente a una nefasta arrogancia más que nacionalista (totalmente ajena a la derecha tradicional) que tuvo ciertamente una incontestable eficacia para la movilización emocional de las masas alemanas, pero también tuvo consecuencias deletéreas, como por ejemplo la política seguida por la Alemania nazi en los territorios ocupados, sobre la que insistiremos más adelante. En realidad, cuando los autores racistas más serios, hablan de "ario", contemplan una amplia especie en la cual el "alemán" (o también el "germano") no podía figurar más que como un género particular. H.S. Chamberlain, tenido en alta estima por Rosemberg, principal ideólogo del nazismo, había relacionado el "ario" con el "conjunto céltico‑germano‑eslavo".

La noción de raza tenía pues, en la propaganda de la legislación nacional‑socialista, un contenido indeterminado y subsistía una degradación colectivizante; pero, por lo demás, y menos oficialmente, otra orientación selectiva nació en el III Reich. El lector puede remitirse aquí a lo que ya hemos dicho estudiando el sentido, la finalidad y los aspectos aceptables del giro "racista" del fascismo italiano. El racismo, en general, era un simple expediente para reforzar la conciencia nacional ‑y a este respecto, tal como ya hemos apuntado, la actitud no era muy diferente de la que había tenido, por ejemplo, Inglaterra en su Imperio respecto a otras razas; pero dado que la doctrina moderna de la raza no estudia solo las grandes reparticiones antropológicas, sino también "razas" en tanto que articulaciones especiales en el interior de cada repartición  y en el interior de la raza "blanca" o "aria" misma, es preciso reconocer que si se refería a estas razas, Alemania no se presentaba como la expresión de una sola raza pura y homogénea, en general, sino como una mezcla de varias "razas" (en el sentido más diferenciado que acabamos de indicar). Es por ello que se pasa, por así decirlo, a un racismo de segundo grado. El colectivismo del volk y de la volksgemeinschaft ario‑alemana que era preciso delimitar, defender y utilizar de forma totalitaria a fuerza de gleichalstung, era superada gracias a la idea según la cual todos los componentes raciales del pueblo alemán no tenían el mismo valor que el elemento más cualificado, superior, el de la raza nórdica. Por otra parte, una acción destinada a favorecer en el III Reich a esta componente, a asegurarle posiciones dominantes, estaba prevista. Más allá del elemento biológico se tuvo en cuenta igualmente ciertos datos caractereológicos y una visión de la vida bien precisa y, por ello, fue forjado el término aufnordung, a saber "nordización" del pueblo alemán. Parecía necesario dar al pueblo alemán, para mejorarlo, una impronta esencialmente "nórdica". Si esta exigencia, en el seno del III Reich no tuvo nivel oficial propiamente dicho, un curso fue sin embargo mirada con simpatía en la cumbre y jugó un papel importante en ciertas organizaciones de las que hablaremos algo y en las SS en particular.

Sin embargo, el hombre de la calle alemán no carecía de buenas razones para hacer precisiones irónicas en relación con este hecho: por que en materia de raza, Hitler o tenía nada del puro tipo "nórdico", al igual que sus máximos colaboradores como Goebels, Himmler mismo, Ley, Borman, etc. (en el mejor de los casos podían encajar Rosemberg, Heidrich, von Sirach). Además,  Hindemburg y Bismarck eran físicamente de raza nórdica, pero de su variante "fálica", mientras que en Prusia el elemento nórdico estaba fuertemente mezclado con el elemento dinárico‑eslavo. Era más bien en el cuerpo de oficiales, en la aristocracia y en algunos linajes campesinos de provincias, donde el elemento nórdico era bastante reconocible.

De todas formas, en cuanto a la apreciación de conjunto del racismo alemán desde nuestro punto de vista, el juicio es el siguiente: es preciso ver una aberración demagógica en la pretensión germano‑aria que llevaba a pensar, como había afirmado Hitler, que ser "un barrendero del Reich debía ser considerado como un honor mayor que ser rey en un país extranjero". Esto no resta nada al hecho de que desde el punto de vista de la Derecha, una cierta conciencia racial equilibrada y una cierta dignidad de "raza" puedan ser juzgadas saludables, si se piensa el punto que hemos alcanzado hoy de exaltación de la negritud, con la psicosis anticolonialista y el fanatismo de la "integración": fenómenos paralelos a la decadencia de toda Europa y de Occidente. En segundo lugar, hemos reconocido ya, hablando del fascismo, que sería legítimo proponer el ideal de un nuevo tipo humano superior en el centro  de un proceso global de cristalización, de rectificación y de formación de la sustancia de una nación: a condición de no dar demasiada importancia en esta idea, al aspecto biológico, sino insistiendo sobre todo en la "raza del espíritu". Inversamente, en el racismo nacional‑socialista, fue precisamente el aspecto biológico el que ocupó una parte esencial. A causa de una deformación mental "cientifista" se creó la ilusión de que bastaba proceder a una profilaxis y erigir barreras contra los mestizages, sin olvidar las medidas eugenésicas, a fin de que las virtudes desaparecidas volvieran y que el hombre creador de una civilización superior reapareciera automáticamente. Hoy existen pueblos tales como los noruegos, suecos u holandeses, que presentan un grado elevado de pureza racial, incluso "nórdica", pero que están más o menos apagados interiormente, espiritualmente bastardizados, privados de las virtudes que en otro tiempo les caracterizaron.

Un punto esencial, que no puede ser olvidado aquí sino que es imposible eludir es el del antijudaismo nacional‑socialista y el juicio al que es preciso someterlo. Para Hitler el judío era el enemigo mortal de las razas arias y del pueblo alemán en particular; estimaba que el judío era portador de una fuerza que actuaba en un sentido destructor, subversivo, contaminador en el seno de las civilizaciones y de las sociedades, en el seno de las cuales buscaba asegurarse, además, poder e influencia. Debe reconocerse que el antisemitismo fue en Hitler como una idea fija, es imposible descubrir enteramente los orígenes de éste aspecto casi paranoico que tuvo dramáticas consecuencias. En sus escritos y discursos, Hitler atribuyó siempre al judío la causa de todos los males. Creía seriamente que el judío era el único obstáculo para la realización de una sociedad alemana ideal, e hizo de este tema un ingrediente esencial de su propaganda. Fuera del marxismo, para él, todo el bolchevismo era una creación y un instrumento del judaismo, incluida también la "plutocracia capitalista" occidental y la masonería: temas que en la época actual se habría debido ya reconocer su carácter unilateral. Hay motivos para preguntarse si, mediante esta, "fijación" Hitler no fue víctima de una de las tácticas de lo que hemos llamado "guerra oculta", táctica consistente en hacer que toda la atención se concentre sobre un sector particular donde actúan las fuerzas a combatir, desviando así de otros sectores donde la acción de estas fuerzas pueda entonces proseguir tranquilamente. No queremos decir con esto que la cuestión judía no existiera; por el contrario, pronto hablaremos de ella. Pero tal como Hitler la profesó, teniendo como antecedentes posiciones propias que hacía largo tiempo sostenía lo que se llamó el "movimiento alemán", el antisemitismo tomó la forma de un fanatismo obsesivo; si hoy muchos cometen el error de confundir racismo y antisemitismo esto se ha debido esencialmente al hitlerismo.

La actitud de Hitler creó una especie de círculo vicioso diabólico. Sus ideas sobre los judíos y la lucha contra ellos fueron ya declaradas en el primer programa del partido. Esto no pudo concentrar contra Alemania otra cosa que a todo el judaismo internacional ‑y tanto más cuanto el nazismo ganaba terreno‑ que, entre otras cosas controlaba buena parte de las grandes agencias de información. A  su vez, esta polarización reforzó el feroz antisemitismo de hitler, le facilitó los medios para una justificación y así sucesivamente. En Alemania, a parte de los medios ya señalados del "movimiento alemán", incluso si bien no existía una especial simpatía por los judíos y estos eran frecuentemente excluidos de puestos públicos y de diferentes organizaciones, el pueblo, en general, no alimentaba contra ellos un odio violento, contrariamente a lo que ocurría en Polonia y en la vieja Rusia (como se sabe en estos países se produjeron persecuciones masivas y crueles contra los judíos especialmente con los pogroms). En el III Reich nazi se redujo primero al boicot a los judíos, como si se tratara de un apartheid; el judío no era considerado como miembro de la volksgemeischaft, de la "comunidad étnico‑nacional" alemana, sino solo como un ciudadano de raza no‑aria, casi como un extranjero (para Hitler los judíos no eran alemanes de otra confesión religiosa, sino un pueblo aparte), se quería que vivieran separadamente, que tuvieran sus comercios, sus profesiones, sus escuelas, etc. y que se distanciaran de la sociedad aria, pues era preciso evitar que ejercieran actividades juzgadas parasitarias, materialistas, prevaricadoras y turbias. Se dejaba a los judíos que no se sentían atraídos por esta perspectiva,  abandonar el Reich pero no podían llevarse todos los bienes que habían adquirido. Sin embargo, el hecho ‑cosa que generalmente se silencia‑ es que para la mayor parte de las naciones, eran elementos indeseables y que les era muy difícil obtener un visado de entrada;  se conoce, por ejemplo, la tragedia de un mercante cargado de judíos alemanes que fue detenido en el límite de las aguas territoriales de los EE.UU. hundiéndose finalmente y durante la guerra, la otra tragedia de cierto número de judíos refugiados en Hungría que habrían podido escapar a su destino funesto si tras las negociaciones favorecidas por el mismo mando de las SS, el gobierno británico no hubiera rechazado acogerlos en Egipto. En general, la solución global e ideal para la cuestión judía se veía así: liberarse dando a los judíos una tierra, incluso se habló de Madagascar. Se sabe, por otra parte, que el Estado de Israel, realizando el "sionismo" no ha resuelto del todo esta función y hay quienes plantean aun hoy la cuestión judía ‑aunque las persecuciones sufridas por los judíos los hayan convertido en "intocables"‑ estiman que los judíos más peligrosos no piensan del todo confinarse en el territorio palestino y abandonar sus posiciones en los países occidentales donde están arraigados y tienen las manos libres y muchas posibilidades.

En el III Reich, las verdaderas persecuciones comenzaron en las represalias que fueron organizadas tras el asesinato en 1938 de un diplomático alemán de la Embajada de París, von Rath, por un judío, atentado cometido con un fin propagandístico. Dejando aparte devastaciones y excesos, esto favoreció la ocasión para promulgar duras leyes antihebreas que tuvieron como efecto endurecer hasta el límite la campaña llevada en el extranjero contra el III Reich, añadiendo así a la espiral un círculo suplementario. Italia misma, la Italia fascista amiga de Alemania se encontró implicada parcialmente, porque, como hemos dicho, esta campaña fue una de las causas que movieron a Mussolini a tomar medidas de tipo antisemita, más moderadas. Pero la liquidación física de judíos debe referirse esencialmente al período de la guerra y a los territorio ocupados, pues se estima generalmente que no quedaban en Alemania, en el inicio de las hostilidades, más de 25.000. Y por las masacres conocidas en un segundo tiempo por la mayoría del pueblo alemán, ninguna justificación, ninguna excusa, es concebible.

La cuestión judía presenta un aspecto social y un aspecto cultural. Bajo el primer aspecto no aparece más que en un período relativamente reciente, tras al revolución francesa y la emancipación de los judíos: antes, se podía hablar de un antisemitismo religioso que no tenía nada que ver con el antisemitismo social y racial (para los racistas modernos, un judío converso al cristianismo sigue siendo judío y debe ser obligado a considerarse como tal). Es la razón por la cual, desde el punto de vista de la Derecha no puede hacerse referencia a la actitud de los Estados de antes de la revolución francesa, Estados en los cuales el lealismo se encontraba en primer plano y no el origen étnico. Prusia mismo fue bastante liberal respecto a los judíos; en Inglaterra, figuraron judíos entre los conservadores, y es un judío, Disraeli, quien construyó en parte el Imperio Británico. En el Imperio de los Habsurgo, igualmente, el judío aunque no se beneficiaba de simpatías, tuvo concretamente bastante libertad. La tesis del antisemitismo social y nacional es que el judío emancipado habría aprovechado el espacio libre que se le habría concedido para dominar en dichas sociedades el antisemitismo; tuvo lugar como reacción provocada por el hecho de que los judíos, estrechamente solidarios, habían conseguido asegurarse la dirección gracias a posiciones en la vida económica, profesional y cultural, según proporciones que no tenían ninguna medida comparativa con el porcentaje numérico del grupo judío en relación al conjunto de la población "aria" de las diferentes naciones. En Alemania, en ciudades como Berlín, Frankfurt, Breslau, la proporción de abogados y médicos judíos parece haber alcanzado el 50%; en la Universidad de Berlín, la proporción de profesores de Derecho era de 15 judíos por 29 no judíos; en Medicina, 118 por 147. Además, en Viena y Bucarest, por ejemplo, existía poco más o menos la misma situación, los judíos eran igualmente muy numerosos en el periodismo y en la edición. En fin, la presencia de numerosos judíos entre los dirigentes del marxismo y del comunismo alemán era incontestable. Por lo demás, Metternich había notado ya que los judíos ocupaban puestos de importancia y eran "revolucionarios de primer orden" como "escritores, filósofos, poetas, oradores, publicistas y banqueros", añadiendo que iban probablemente a preparar un "porvenir nefasto" para Alemania.

Desde el punto de vista del liberalismo democrático no hay nada que decir de todo esto y toda limitación del numerus clausus parecía absurdo e injusto. La aparición de la cuestión judía se refería y se refiere al punto de vista precisamente, de un "nacionalismo étnico" y a la suposición de que el judío es un elemento extraño a la comunidad nacional. Pero de una manera más general el problema se plantearía en la posición a tomar frente a la "integración" en el caso, no solo de los judíos, sino también de elementos heterogéneos, tales como el negro. Y entonces, objetivamente, hay motivos para preguntarse si puede suponerse que a una población que no tenga simpatía por una cierta raza en función de sus aspectos específicos, físicos y de carácter deba ser impuesta la promiscuidad por medio de la "integración", en "homenaje a la libertad democrática". Es lo que hoy deberían plantearse en los EE.UU.

Por las exigencias antisemitas contra la invasión judía de hecho puestas de lado al igual que las reacciones a menudo instintivas de la población, si se desea ser imparcial, además de las proporciones numéricas en los puestos claves ‑estimados como injustos y peligrosos‑, haría falta demostrar que el hecho de ser judío da una impronta particular, negativa, a la actividad; en ciertas profesiones, por ejemplo la medicina y las ciencias naturales, sería difícil de demostrar. Sin embargo, por regla general, en todas las épocas de judaísmo en tanto que manera de ser, comportamiento y forma particular del carácter, ha sido reconocido que tratar a alguién de judío jamás se ha considerado como una alabanza. A un nivel más elevado, el antisemitismo tiene a la vista influencias juzgadas negativas en los dominios cultural, ético y político (limitémonos a citar dos nombre, Karl Marx y Sigmund Freud) y es en este terreno, donde la polémica se desarrolla. Sería preciso entonces definir el judaismo ante todo en términos generales y espirituales (lo que un judío genial Otto Weininger, había hecho precisamente) poniendo de relieve ciertos rasgos característicos que deberían ser los únicos en tenerse en cuenta a  fin de indicar contra qué hay que defenderse y de lo que hay que alejarse. Una investigación de este tipo podría incluso intentarse; en otra obra hemos indicado ya los elementos de análisis (J. Evola, Il mito della sangue, 2ª Ed., Milano, 1942). Cuando un antisemita de tendencia conservadora del período wilhemiano, Adolf Stocker, afirma en el Reichtag que la cuestión judía era un "problema ético", indicaba en el fondo un punto de referencia bastante próximo para plantear la cuestión de manera justa. Por otra parte, un escritor muy apreciado en los medios "nacional‑alemanes", Paul de Lagarde, había distinguido entre el judío fiel a su propia tradición, por el cual mantenía cierto respeto, del judío moderno secularizado. En realidad, cuando se hacía referencia a motivos éticos se apuntaba, únicamente, al judío moderno. Se le atribuía una visión materialista de la vida y una práctica análoga, la avidez por el dinero, la inclinación por una especulación sin escrúpulos (un sociólogo serio e ilustrado, liberado de las ideologías, como Werner Sombart, había ya estudiado las relaciones existentes entre el espíritu judío y el desarrollo del capitalismo moderno), el racionalismo y el "modernismo" bajo su aspecto corrosivo, antitradicional, la deshonestidad de una doble moral respecto a los no‑judíos, enfin todo lo que podía derivar, incluso sin una intención consciente, de su condición de hombre "desarraigado" (en consecuencia, igualmente sus relaciones con un cosmopolitismo y un internacionalismo juzgados como mortales para el volk y sus valores), eventualmente la sed de poder (como "supercompensación" de su complejo de inferioridad creado en él por la condición impuesta durante siglos al "pueblo elegido").

De manera más general, el racismo nacional‑socialista empleó continuamente en su batalla cultural arteigen y artfremd, es decir, conforme o ajeno a la naturaleza del volk. Pero a este respecto, una delimitación precisa y convincente, por otra parte difíl de realizar, falta; de hecho, toda una serie de aspectos de la civilización y de la cultura modernas son intrínsecamente negativas para todos valor y toda forma superiores. Es preciso igualmente recordar que si se puede encontrar la presencia de judíos en diferentes corrientes intelectuales, ideológicas y artísticas modernas que se resienten incontestablemente de una subversión y de una desnaturalización, nunca esta acción habría sido posible si el terreno no hubiera sido ya preparado desde mucho antes, no por judíos, sino por "arios", a menudo bajo formas irreversibles.

 

 

Síntesis de la Doctrina de la Raza (01) Qué significa la palabra raza

Síntesis de la Doctrina de la Raza (01) Qué significa la palabra raza

Biblioteca Evoliana.- En los años 30, Evola aborda sus estudios sobre la raza de los que "Síntesis de la Doctrina de la Raza" constituye, sin duda, su más alta expresión. Estos estudios figuran entre los más "conflictivos" de Evola, dado que la mera evocación de la palabra raza parece tener connotaciones negativas en nuestros días... Ni que decir tiene que en el cuerpo de esta doctrina no existe absolutamente ningún rastro de prejuicio racista, ni mucho menos de xenofobia. La intención de la obra es establecer una doctrina de la raza que permita realizar una interpretación de la historia en función de la misma, una clasificación de los tipos raciales y, sobre todo, que permita extraer conclusiones sobre el estilo y las cualidades de cada raza.

 

1. QUE SIGNIFICA LA PALABRA RAZA

¿Qué es la raza? Citemos algunas de entre las más conocidas definiciones- "La raza es una unidad viviente de individuos de/ mismo origen cuyas características corporales y espirituales son idénticas" (Woltman). "Es un grupo humano que por el hecho de compartir de un modo que le es propio un cierto número de características físicas y de disposiciones psíquicas se distingue de cualquier otro grupo humano y da nacimiento a individuos siempre semejantes a ellos mismos" (Gunther); "Es un tipo hereditario" (Topruard); "es un linaje defínído por grupos de genotípos (es decir de potencialidades hereditarias) idénticas y no por hombres exteriormente semejantes morfológicamente" (Fischer, Lenz); "Es un grupo definido no por el hecho de poseer tales o cuales característícas espirituales o corporales sino por el estilo que se expresa a través de ella" (Claus).

No hemos citado estas definiciones al azar. Hemos pasado de una a la otra según una especie de progresión que corresponde a la que durante estos últimos años ha registrado la misma teoría de la raza. Por otra parte, la raza se ha venido definiendo como un concepto antropológico, es decir, como revelador de una disciplina que ha dejado de tener el sentido antiguo y etimológico de "ciencia del hombre" en general, para adoptar el de una ciencia natural particular, considerando al hombre simplemente bajo el ángulo de las características respecto a las cuales no representa sino una especie natural entre otras.

De este modo, al principio no se disponía sino de un concepto puramente naturalista y descriptivo de la raza, al igual que se describían en su evidente igualdad, las diferentes variedades animales y vegetales, de igual modo se agrupaban los seres humanos en diversas categorías a partir de la verificación de ciertas características recurrentes, las cuales eran esencialmente corporales, semánticas. Criterio puramente estático y cuantitativo, por consecuencia eran las características comunes manifestadas encontradas en la mayoría de los individuos lo que es considerada como definitorio de la raza.

En los orígenes de la antropología moderna, la investigación se centraba en lo inmediatamente más externo: color de la piel, de los cabellos y de los ojos, estatura, rasgos del rostro, proporciones, forma del cráneo. Un primer paso consistía en la adopción de medidas-. se fijan mediante cifras las proporciones del cuerpo, se miden los índices craneales y las ayudas parciales. Las técnicas descriptivas se esfuerzan en convertirse en "positivas ideas de la psicología, se busca identificar las disposiciones que por su carácter repetitivo corresponden -o se hacen corresponder- a los diversos grupos humanos.

La antropología de ayer considera también el elemento hereditario una vez contrastadas las diferencias existentes entre los seres humanos vivos, se vienen naturalmente a suponer las constancias de esas diferencias tanto entre los genitores como entre sus descendientes. Sin embargo, la particular importancia dada al elemento herencia es propio de una antropología más reciente, próxima al racismo propiamente dicho. De aquí, esas definiciones de Spinar, Lenz y Fischer evocadas más arriba. Para el racismo moderno, la teoría de la herencia es fundamental. Se afirma, contrariamente a las concepciones de la vieja antropología, que no son todas las características o disposiciones que se dan en un grupo humano las que deben ser atribuidas a una raza, sino únicamente las aptas para ser transmitidas de modo hereditario.

Pero esto no es todo. Tras haber constatado un cierto número de modificaciones externas (llamadas también paravadaciones) que por diversas razones pueden surgir en un tipo dado sin que por tanto se transmitan hereditariamente, se formula la distinción fundamental entre el genotipo y su fenotipo. El "genotipo" es, por así decir, una potencialidad: es la fuerza que da nacimiento a un tipo, o a una sede de tipos, los cuales no pueden variar sino entre ciertos límites bien determinados. La forma exterior (exterior en sentido amplio pues la teoría de la herencia aplicada al hombre considera no solamente las características morfológicas, sino también las disposiciones psíquicas) que nace cada vez del "genotipo" puede en realidad ser variable y puede aparentemente alejarse del tipo original hasta el punto de no ser reconocible. Esta forma exterior se llama fenotipo. Entre las especies naturales se ha podido constatar que las modificaciones que conciernen al "fenotípo" no tocan la esencia. Bajo las influencias de fenómenos exteriores a él (bien sean subjetivas o bien debidas al medio). La potencialidad del "genotipo" se comporta casi como una substancia elástica: parece perder, -dentro de ciertos límites- su forma propia pero la recupera cuando cesa la solicitación en los tipos a los cuales éste da nacimiento en el curso de las generaciones siguientes. Un ejemplo típico nos lo da el mundo vegetal, la planta primavera china produce a temperatura normal, flores blancas. Pero si al cabo de cierto tiempo decidimos plantar una semilla de esas plantas en su medio a temperatura normal, veremos brotar unas plantas de flores rojas idénticas a su progenitor. La variación del fenotipo no es pues esencial, sino transitoria e ilusoria, la potencialidad subsiste, intacta, conforme al tipo original.

Lo que es hereditario (y según las concepciones mas recientes "de raza") no son pues las formas exteriores en sí mismas, sino las potencialidades, los modos constantes de reaccionar frente a circunstancias diversas, eventualmente de manera diferente, pero siempre en conformidad con ciertas leyes.

Tal es el fundamento de la actual concepción de la raza. Con la definición de Claus evocada más arriba, fundador de lo que se ha dado en llamar psicoantropología, se va aún más lejos y se constata una cierta "espiritualización" del genotipo. La esencia de la raza debe buscarse en un estilo, en su modo de ser. Aquí la raza se convierte en una especie de linaje constante que se expresa no sólo através de las características físicas (es decir através de la raza del cuerpo), sino también en el modo de utilizar ciertas disposiciones o aptitudes psíquicas, así como lo demostramos seguidamente a partir de este estilo (hereditario del mismo) se define un grupo humano, grupo que con relación a otros grupos de estilo diferentes corresponde a una raza.

 

La Tradición Hermética (05) 3. El conocimiento hermético

La Tradición Hermética (05) 3. El conocimiento hermético

Biblioteca Evoliana.- El fin de la tradicion hermética en el aspecto que Evola trata en su libro, es decir hermético-alquímico, es una forma de gnosis, esto es de obtener el conocimiento. Evola en este capítulo aclara qué se entiende por este "conocimiento", una percepción objetiva, real y directa de la realidad última de la naturaleza, del ser humano y del cosmos.  Para este fin, Evola maneja un material documental excepcionalmente abundante compuesto por las obras clásicas de la alquimia. Manejando esas referencias, el lector podrá dirigirse luego a esas obras, casi completamente situadas on line en Internet.

 

3. El conocimiento hermético

 

Sobre esta base hay que entender todo el sentido de la ciencia hermético‑alquímica: en cierto sentido, podríamos llamarla también una «ciencia natural», pero prescindiendo por entero de todo aquello que este término puede evocar en nuestras mentes por su significado actual. Ya la denominación medieval de filosofía natural expresa, por el contrario, la síntesis de dos elementos, que hoy se hallan en dos planos separados, uno de íntelectualidad irreal (filosofía) y el otro de conocimiento material (ciencia). Pero, dado el carácter de unidad orgánica, de cosmos, que para el hombre tradicional presentaba el universo, en este conocimiento «natural» estaba implícita también una fuerza anagógica, es decir, la posibilidad de elevarse también a un plano trascendente, metafísico. Sobre esta base se comprende las expresiones de «ciencia hierática», de «arte divino» y «dogmático», de «Misterio de Mitra», de «obra divina», que aparecen en los orígenes de la alquimia, y que se conservan en toda la tradición ‑«ciencia divina y sobrenatural», dirá Zacarías[1]. Y cuando la sensibilidad psíquica hacia las fuerzas profundas de la naturaleza comenzó a debilitarse en las épocas más tardías, entonces, para prevenir el equívoco, en las expresiones de la tradición hermética se hizo común la distinción entre los «elementos vulgares» y «muertos», y los «vivos», los cuales son los «elementos nuestros» («nuestro» se refería a aquellos que habían conservado el estado espiritual al que correspondía la tradición): «nuestra» Agua, «nuestro» Fuego, «nuestro» Mercurio, etc. ‑no los del vulgo, los cornunes‑; era toda tina jerga para significar que se trata de elementns (físicamente) invisibles, ocultos, mágicos, conocidos sólo por los «Sabios» ya que todos los «tenemos escondidos»; que se trata de los «elementantes» que debemos conocer en nosotros y no de los «elementados»[2], sensibles, terrestres, impuros, que son modificación de la materia física. Los cuatro Elementos de los que todas las cosas participan ‑‑dice Flamel‑[3] «no son aparentes a la vista, sino que se conocen por sus efectos». El Aire y el Fuego, de los que se habla en Bernardo Trevísano, son «tenues y espirítuales» y «no pueden ser vistos con los ojos corporales»; su Azufre, Arsénico y Mercurio «no son los que piensa el vulgo» y que los farmacéutícos venden», «sino que son los espíritus de los filósofos».[4] Así pues, «Filosofía Alquímica es la que enseña a investigar, no según la apariencia, sino según la verdad concreta, las formas latentes (es decir, aristotélicamente, los ocultos principios forma­dores) de las cosas»[5]; idea confirmada por Razzi en el Lumen Luminum: «Este Arte trata de Filosofía Oculta. Para conseguirlo hay que conocer las naturalezas internas y desconocidas. Se habla en ella de la elevación (estado incorpóreo) y de la caída (estado visible) de los elementos y de sus compuestos».[6] Los verdaderos elementos son «como el aíma de los míxtos», los otros «no son más que el cuerpo», explica Pernety.[7]

Y en el caso de que, espontáneamente, la presencia o ausencia de la necesaria sensibilidad metafísica determinase por sí misma la separación entre aquellos que están iniciados, y a los cuales únicamente hablan los textos, y cuyas acciones dan frutos de potencia, y aquellos otros que no lo son, y para los cuales se ha escrito que no hay que arrojar perlas a los cerdos[8] aun para estos últimos quedaba la posibilidad de alcanzar el estado necesario mediante una dura ascesis, si faltase el milagro de una iluminación transformadora. En su momento hablaremos sobre esta ascesis, pero ahora nos limitaremos a destacar que, en el marco del hermetismo, ésta no tiene una justificación moral o religiosa, sino simplemente técnica: se dirige a proporcionar el tipo de experiencia posible que no se detiene en el aspecto «muerto» y «vulgar» de los Elementos (como sucede en la experiencia sobre la cual se asientan las ciencias profanas modernas), sino que entretejido con él aprehende un elemento «sutil», incorpóreo, espiritual, tal como se enseña en la expresión de Paracelso: «Ella (la naturaleza) me conoce, y yo la conozco. Yo he contemplado la luz que hay en ella, y la he comprobado en el microcosmos y la he vuelto a encontrar en el macrocosmos».[9]

Como dice el llamado Triunlo Hermético,[10] «conocer interior y exteriormente las propiedades de todas las cosas» y penetrar en el fondo de las operaciones de la naturaleza» es la condición que se impone a quien aspira a poseer esta ciencia. Y así podrá decirse que «quien no comprende por sí mismo, nunca nadie podrá hacérselo comprender, hiciere lo que hiciere».[11]

Esta ciencia no se adquiere con los libros y con razonamientos ‑afirman otros‑ «sino con un movimiento, con una impetuosidad del espíritu». «Por eso declaro que ni los filósofos que me han precedido, ni yo mismo, hemos escrito nunca sino para nosotros» ‑nisi solis nobis scripsimus‑, y para los filósofos, «nuestros sucesores, y para nadie más»[12].

 



[1] 1. Q., por ejemplo, CAG, 11, 209, 124, 145; 188, 114.

 

[2] ZACAMAS, De la Philosopbie Naturelle des Métaux, § 1.

 

[3] N. FLAMEL, Le Désir désiré, § VI.

 

[4] B. TREVISANO, La Parole Delaissée (ed. en SALMON, Bibliothéque des Nilosophes chimiques, París, 1741, que en adelante indicaremos como BPQ t. II, pp. 401, 416. CI. UEsPAGNET, Arcanum Herm. Pbilosophiae Opus, § 44: «Quien diga que la Luna o el Mercurio de los Filósofos es el Mercurio vulgar, o quiere engañar o se engaña a sí mismo». FILALETES, Epist. de Ripley, § LXI: «Son esos ignorantes que tratan de encontrar nuestro secreto en las materias vulgares, y que, sin embargo, esperan encontrar oro».

 

[5] G. DORN, Clavis Pbilosopbiae Chemisticae, citado en Manget, 1, p.210.

 

[6] En BERTHELOT, La Chimie au Moyen‑Age, París, 1893, t. 1, p. 312.

 

 

[7] PERNETY, Fables, cit., t. 1, p. 75.

 

[8] CI. C. AGRIPPA, De Occulta Philos., 111, 65; DoRN, op. cit., 1, 244. Este tema procede de los alquimistas griegos (CAG, 11, 62, 63), quienes declaraban hablar para aquellos que han sido iniciados y tienen el espíritu adiestrado ‑«para quien posee ínteligencia», dirían luego los autores árabes (CAIA, 111, 64)‑‑‑ «Todo cuanto decimos se dirige únicamente al Sabio, no al Ignorante» (Libro del Fuego de la Piedra, CMA, 111, 220)

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[9] Thesaurus Thesaurorum Alchimistorum, citado en A. POISSON, Cinq Traités d'Alchimie, París, 1890, p. 86.

 

[10] Colloquio di Eudosso e Pirolilo sul Trionfo Ermetico, BPQ III, 225.

 

[11] B. TREVISANO, De la pbil. Nat. des Mét., BPQ 11, 398.

 

[12] GEBER, Summa Perlectionis Magisterii, Manget, 1, 383.€