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Biblioteca Evoliana

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 4. El ciclo nórdico-atlántico

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 4. El ciclo nórdico-atlántico

Biblioteca Julius Evola.- En el momento en que empieza a producirse la primera muestra de decadencia, los pueblos originarios de la primera edad, la edad de oro, iniciron sus migraciones. Evola distingue dos: una de norta hacia el sur y otra, posterior, de oeste a este. Ambas definen dos ciclos de civilización y, al mismo tiempo, dos linajes de mitos. El mito hiperbóreo, a partir de ahora, ya no es único, aparece el mito de Thule. No son exactamente lo mismo, sino que son el reflejo de esta migración. Evola para la realización de este capitulo ha manejado un material documental reunido por él y, también a instancias del erudito holandes, Hermann Wirth.

 

4

EL CICLO NORDICO‑ATLANTICO

En la emigración de la raza boreal, conviene distinguir dos grandes corrientes: una que se dirige del norte hacia el sur y otra ‑posterior‑ de occidente hacia oriente. Portadores del mismo espíritu, la misma sangre, el mismo sistema de símbolos, signos y vocablos, grupos de hiperbóreos alcanzaron primero América del Norte y las regiones septentrionales del continente euro‑asiático. Tras varias decenas de miles de años parece que una segunda ola de emigración haya avanzado hasta América Central, concentrándose en una sola región, hoy desaparecida, situada en la región atlántica, donde habría constituido un centro a imagen del centro polar, que correspondería a la Atlántida de los relatos de Platón y Diodoro. Este desplazamiento y reconstitución explican las interferencias de nombres, símbolos y topografías que caracterizan, como hemos visto, los recuerdos relativos a las dos primeras edades. Es pues esencialmente de una raza y de una civilización nórdico‑atlántica de lo que conviene hablar.

Desde la región atlántica, las razas del segundo ciclo habrían irradiado por América (de ahí derivarían los recuerdos, ya mencionados, de los Nahua, los toltecas y los aztecas relativos a su patria de origen), así como en Europa y Africa. Es muy probable que en el alto paleolítico, estas razas alcanzaron Europa occidental. Corresponderían, entre otras, a los Tuatha de Danann, la raza divina llegada a Irlanda desde la isla occidental de Avalon, guiada por Ogma grian‑ainech, el héroe de "rostro solar", cuyo equivalente es el blanco y solar Quetzalcoatl, que habría llegado a América con sus compañeros de la "tierra situada más allá de las aguas". Antropológicamente, este sería el hombre de Cro‑Magnon, aparecido, hacia el fin del período glaciar, en la parte occidental de Europa, en particular en la zona de la civilización franco‑cantábrica de la Madeleine, Gourdon y Altamira, hombre ciertamente superior, como nivel cultural y como tipo biológico, al tipo aborigen del hombre glaciar y musteriense hasta el punto que se ha podido llamar a los hombre de Cro‑Magnon "los Helenos del paleolítico". En lo que concierne a su origen, la afinidad de esta civilización con la civilización hiperbórea, que aparece en los vestigios de los pueblos del extremo‑septentrión (civilización del reno) es muy significativa (1). Vestigios prehistóricos encontrados en las costas bálticas y friso‑sajonas corresponderían al mismo ciclo y un centro de esta civilización se habría formado en una región en parte desaparecida, el Doggerland, la legendaria Vineta. Mas allá de España (2), otras olas alcanzaron Africa occidental (3); otras más, posteriormente, entre el paleolítico y el neolítico, probablemente al mismo tiempo que las razas de origen puramente nórdico, avanzaron, por vía continental, del nor‑oeste al sud‑este, hacia Asia, allí donde se sitúa la cuna de la raza indo‑europea, y más allá, hasta China (4), mientras que otras corrientes recorrieron el litoral septentrional de Africa (5) hasta Egipto donde alcanzaron, por mar, de las Baleares a Cerdeña, hasta los centros prehistóricos del mar Egeo. En lo que concierne, en particular, a Europa y al Próximo Oriente, aquí se encuentra el origen ‑que sigue siendo enigmático (como el de los hombres de Cro‑Magnon) para la investigación positiva‑ de la civilización megalítica de los dólmenes, como la llamada del "pueblo del hacha de combate". Estos procesos se produjeron en su totalidad, en grandes olas, con flujos y reflujos, crecimientos y encuentros con razas aborígenes, o razas ya mezcladas o diversamente derivadas del mismo linaje. Así, del norte al sur, de occidente a oriente, surgieron por irradiaciones, adaptaciones o dominaciones, civilizaciones que, en el origen tuvieron, en cierta medida, la misma impronta, y frecuentemente la misma sangre, espiritualizada en las élites dominadoras. Allí donde se encuentran razas inferiores ligadas al demonismo telúrico y mezcladas con la naturaleza animal, han permanecidos recuerdos de luchas, bajo la forma de mitos donde se subraya siempre la oposición entre un tipo oscuro no divino. En los organismos tradicionales constituidos por las razas conquistadoras, se estableció entonces una jerrquía, a la vez espiritual y étnica. En India, en Irán, en Egipto y Perú y en muchos otros lugares, se encuentran huellas muy claras en el régimen de castas.

Hemos dicho que originalmente el centro atlántico debió reproducir la función "polar" del centro hiperbóreo y que esta circunstancia es la fuente de frecuentes interferencias en materia de tradiciones y recuerdos. Esta interferencias, sin embargo, no deben impedir constatar, en el curso de un período ulterior, pero perteneciendo siempre, sin embargo, a la más alta prehistoria, una transformación de civilización y de espiritualidad, una diferenciación que marca en tránsito de la primera a la segunda era ‑de la edad de oro a la edad de plata‑ y abre la vía a la tercera era, a la edad de bronce o edad de los titanes, que en rigor podría calificarse de "atlántida"; dado que la tradición helénica presenta a Atlante, en tanto que hermano de Prometeo, como una figura emparentada con los titanes (6). Sea como fuere, antropológicamente hablando, conviene distinguir, entre las razas derivadas del tronco boreal originario, un primer gran grupo diferenciado por idiovariación, es decir, por una variación sin mezcla. Este grupo se compone principalmente de  oleadas cuyo origen ártico es el más directo y corresponderá a las diferentes filiaciones de la pura raza aria. Hay lugar a considerar luego un segundo gran grupo diferenciado por mistovariación, es decir por mezcla con razas aborígenes del Mediodía, razas protomongoloides y negroides y otras aun que fueron probablemente los restos en proceso de degeneración de los habitantes de un segundo continente prehistórico desaparecido, situado en el Sur y que algunos designaron con el nombre de Lemuria (7). Es a este segundo grupo al que pertenecen verosímilmente la raza roja de los últimos atlantes (aquellos que, según el relato platónico, estarían separados de su naturaleza "divina" primitiva en razón de sus uniones repetidas con la raza "humana"): debe ser considerada como el tronco étnico original de muchas civilizaciones posteriores fundadas por las oleadas que se desplazaban de occidente hacia oriente (raza roja de los creto‑egeos, eteíkretas, pelasgos, licios, etc., los kefti egipcios, etc.) (8) y quizás también de las civilizaciones americanas, que guardaron en sus mitos el recuerdo de sus antepasados venidos de la tierra atlántica divina "situada sobre las grandes aguas". El nombre griego de los fenicios significa precisamente los "rojos" y se trata probablemente aquí de otro recuerdo residual de los primeros navegantes atlánticos del  Mediterráneo neolítico.

Al igual que desde el punto de vista antropológico, se deben pues, distinguir desde el punto de vista espiritual, dos componentes, uno boreal y otro atlántico, en la vasta materia de las tradiciones y de las instituciones de este segundo ciclo. Una se refiere directamente a la luz del Norte y conserva en gran parte la orientación urania y "polar" original. La otra delata la transformación sobrevenida al contacto con las potencias del Sur. Antes de examinar el sentido de esta transformación que representa, por así decir, la contrapartida interna de la pérdida de la residencia polar, la primera alteración, es necesario precisar un punto.

Casi todos los pueblos guardan el recuerdo de una catástrofe que cerrará el ciclo de una humanidad anterior. El mito del diluvio es la forma bajo la cual aparece más frecuentemente este recuerdo, entre los iranios como entre los mayas, entre los caldeos y los griegos, al igual que en las tradiciones hindúes, en los pueblos del litoral atlántico‑africano, desde los caldeos a los escandinavos. Su contenido original es por lo demás un hecho histórico: es, esencialmente, el fin de la tierra atlántica, descrita por Platón y Diodoro. En una época que, según algunas cronologías mezcladas con mitos, es sensiblemente anterior a la que, en la tradición hindú, habría dado nacimiento a la "Edad sombría", el centro de la civilización atlántica", con la cual las diversas colonias debieron verosímilmente conservar durante largo tiempo lazos, se hundió entre las olas. El recuerdo histórico de este centro desaparece poco a poco en las civilizaciones derivadas, donde fragmentos de la antigua herencia se mantuvieron durante un cierto tiempo en la sangre de las castas dominantes, en algunas raices del lenguaje, en una similitud de instituciones, signos, ritos y hierogramas, pero donde, más tarde, la alteración, la división y el olvido terminaron por imponerse. Se verán en aquel marco donde debe ser situada la relación existente  entre la catástrofe en cuestión y el castigo de los titanes. Por el momento, nos limitaremos a observar que, en la tradición hebraica, el tema titánico de la Torre de Babel, y el castigo consecutivo de la "confusión de lenguas" podrían hacer alusión a un período donde la tradición unitaria se perdió,  las diferentes formas de civilización se disociaron de su origen común y dejaron de comprenderse, despues que la catástrofe de las aguas hubo cerrado el ciclo de la humanidad atlántica. El recuerdo histórico subsistió sin embargo en el mito, en la supra‑historia. Occidente, donde se encontraba la Atlantida durante su ciclo originario, cuando reproducía y continuaba la función "polar" más antigua, expresa constantemente la nostalgia mística de los "caídos", la melior spes de los héroes y los iniciados. Mediante una trasposición de los planos, las aguas que se cerraron sobre la tierra atlàntica fueron comparados a las "Aguas de la muerte" que las generaciones siguientes, post‑diluvianas, compuestas por seres ya mortales, deben atravesar iniciáticamente para reintegrarse en el estado divino de los "muertos", es decir, de la raza desaparecida. Es en este sentido que pueden ser a menudo interpretadas las representaciones bien conocidas de la "Isla de los Muertos" donde se expresa, bajo formas diversas, el recuerdo del continente insular engullido por las aguas (9). Al misterio del "paraiso" y de los lugares de inmortalidad en general, vino a unirse al misterio de Occidente (e incluso del Norte, en algunos casos) en un conjunto de enseñanzas tradicionales, de la misma forma que         el tema de los "Salvados de las aguas" y los que "no se hunden en las aguas" (10), del sentido real, histórico ‑aludiendo a las élites que escaparon a la catástrofe y fundaron nuevos centros tradicinales‑ tomó un sentido simbólico y figuró en leyendas relativas a profetas, héroes e iniciados. De forma general los símbolos propios de esta raza de los orígenes reaparecieron enigmáticamente por una vía subterránea hasta en una época relativamente reciente, allí donde reinaron reyes y dinastías dominadoras tradicionales.

Así, entre los helenos, la enseñanza según la cual los dioses griegos "nacieron" del Océano, pudo tener un doble sentido, pues algunas tradiciones sitúan en el occidente atlántico (o nor‑ atlántico) la antigua residencia de Urano y de sus hijos Atlas y Saturno (11). Es igualmente aquí, por otra parte, donde se sitúa generalmente el jardín divino mismo en el que reside desde el origen el dios olímpico, Zeus (12), así como el jardín de las Hespérides "más allá del río Océano", Hespérides que fueron precisamente consideradas por algunos como hijas de Atlas, el rey de la isla occidental. Este es el jardín que Hércules debe alcanzar en el curso de su empresa simbólica mas estrechamente asociada a su conquista de la inmortalidad olímpica, y en la que tuvo por guía a Atlas, el "conocedor de las oscuras profundidades del mar" (13). El equivalente helénico de la vía nórdico‑solar, del deva‑yana de los indo‑arios, a saber la vía de Zeus que, de la fortaleza de Chronos ‑situada, sobre el mar lejano, en la isla de los héroes‑ conduce a las alturas del Olimpo, esta vía fue pues, en su conjunto, occidental (14). Por la razón ya indicada, la isla donde reina el rubio Radamente se identifica con la Nekya, la "tierra de los que ya no están" (15). Es también hacia Occidente donde se dirige Ulises, para alcanzar el otro mundo (16). El mito de Calipso, hija de Atlas, reina de la isla de Ogigia, el "polo" ‑el "ombligo", Omphalos‑ del mar, reproduce evidentemente el mito de las Hespérides y muchos otros que le corresponden entre los celtas o los irlandeses, donde se encuentra igualmente el tema de la mujer y el del Elíseo, en tanto que isla occidental. Según la tradición caldea, es hacia Occidente, "más allá de las aguas profundas de la muerte", "aquellas donde jamás hubo vado alguno y que nadie, desde tiempo inmemorial, ha atravesado nunca", que encuentra el jardín divino donde reina Atrachasis‑Shamashnapishtin, el héroe que escapó del diluvio, y que conserva por ello el privilegio de la inmortalidad. Jardín que Gilgamesh alcanzó, siguiendo la vía occidental del sol, para obtener el don de la vida y que está relacionado con Sabitu, "la virgen sentada sobre el trono de los mares" (17).

En cuando a Egipto, es significativo que su civilización no conoce prehistoria "bárbara". Surge, por decirlo así, de un solo golpe, y se sitúa, desde el origen, en un nivel elevado. Según la tradición, las primeras dinastías egipcias habrían sido constituidas por una raza venida de Occidente, llamada de los "compañeros de Horus" ‑shemsu Heru‑, situados bajo el signo del "primero de los habitantes de la tierra de Occidente", es decir de Osiris, considerado como el rey eterno de los "Campos de  Yalu", de la "tierra del sagrado Amenti" más allá de las "aguas  de la muerte" situada "en el lejano Occidente" y que, precisamente, alude en ocasiones a la idea de una gran tierra insular. El rito funerario egipcio recupera el símbolo y el recuerdo: implicaba, además la fórmula ritual "¡hacia Occidente!", una travesía de las aguas, y se portaba en el cortejo "el arca sagrada del sol", propia de los "salvados de las aguas" (18). Hemos ya mencionado a propósito de las tradiciones extremo‑orientales y tibetanas, el "paraiso occidental" con árboles en los frutos de oro como el de las Hespérides. Muy sugestiva es igualmente, en lo que concierne al misterio de Occidente, la imagen frecuente de Mi‑tu con una cuerda,  acompañada por la leyenda: "aquel que trae [las almas] hacia  Occidente "(19). Encontramos por otra parte, el mismo recuerdo  transformado en mito paradisíaco, en las leyendas célticas y  gaélicas ya citadas, relativas a la "Tierra de los Vivientes", al  Mag‑Mell, al Avalon, lugares de inmortalidad concebidos como  tierras occidentales (20). En Avalon habrían pasado a una  existencia perpetua los supervivientes de la raza "de lo alto" de  los Tuatha de Dannan, el rey Arturo mismo y los héroes legendarios como Condla, Oisin, Cuchulain, Loegairo, Ogiero el Danés y otros (21). Esta misteriosa Avalon es lo mismo que el "paraiso" atlántico del que hablan las leyendas americanas ya citadas: es la antigua Tlapalan o Tolan, es la misma "Tierra del Sol", o "Tierra Roja" a la cual ‑como los Tuatha en Avalon‑ habrían regresado y desaparecerían tanto el dios blanco Quetzalcoatl, como los emperadores legendarios (por ejemplo Huemac, del Codex Chimalpopoca).

Los diversos datos históricos y supra‑históricos encuentran, quizás, la mejor expresión en la crónica mejicana Cakehiquel, donde se habla de cuatro Tulan: una situada en la "dirección del sol levante" (en relación al continente americano, es decir en el Atlántico) es llamada "la tierra de origen"; las otras dos corresponden a las regiones o centros de América, a los que las razas nórdico‑atlánticas emigradas dieron el nombre del centro original; finalmente se habla de una cuarta Tulan "en la dirección donde el sol se pone [es decir el Occidente propiamente dicho] y es aquí donde mora el Dios" (22). Esta última es precisamente la Tullan de la transposición supra‑histórica, el alma del "Misterio de Occidente". Enoch es conducido a un lugar occidental, "hasta el final de la tierra", donde encuentra montes simbólicos, árboles divinos guardados por el arcangel Miguel, árboles que dan la vida y la salvación a los elegidos pero que ningún mortal  tocará jamás hasta el día del Gran Juicio (23). Los últimos ecos del mismo mito llegan por canales subterráneos hasta la edad media cristiana bajo la forma de una misteriosa tierra atlántica donde los monjes navegantes del monasterio de San Matías y San Albano habrían encontrado una ciudad de oro en la que morarían Enoch y Elias, los profetas "jamás muertos" (24).

Por otra parte, en el mito diluviano, la desaparición de la tierra sagrada que un mar tenebroso ‑las "aguas de la muerte"‑ separó de los hombres, puede también unirse al simbolismo del "arca", es decir, a la preservación de la "semilla de los Vivientes" (Vivientes en sentido eminente y figurado) (25). La desaparición de la tierra sagrada legendaria puede también significar el tránsito a lo invisible, a lo oculto o lo no manifestado, del centro que conserva intacta la espiritualidad primordial no‑humana. Según Hesiodo, en efecto, los seres de la primera edad "que jamás han muerto" continuaron existiendo, invisibles, como guardianes de los hombres. A la leyenda de la ciudad, de la tierra o de la isla tragada por las aguas, corresponde frecuentemente la de los pueblos subterráneos o los reinos de las profundidades (26). Esta leyenda se encuentra en numerosos países (27). Cuando la impiedad prevaleció sobre la tierra, los supervivientes de las edades precedentes emigraron a una residencia "subterránea" ‑es decir, invisible‑ que, por interferencia con el simbolismo de la "altitud" se encuentra amenudo situada sobre montañas (28). Continuaran viviendo allí hasta el momento en que el ciclo de la decadencia se haya agotado, y les sea posible manifestarse de nuevo. Píndaro (29) dice que la vía que permite alcanzar a los hiperbóreos "no puede ser encontrada ni por mar, ni por tierra" y que es solo a gracias a ella que héroes como Perseo y Hércules, les fue dado sobrevivir. Montezuma, el último emperador mejicano, no pudo alcanzar Atzlan más que tras haber procedido a operaciones mágicas y sufrir la transformación de su forma física (30). Plutarco refiere que los habitantes del norte podían entrar en relación con Chronos, rey de la edad de oro, y con los habitantes del extremo‑septentrion, solo en estado de letargo (31). Según Li‑tze (32), las regiones maravillosas de las que habla ‑que hacen refieren tanto a la región ártica, como a la occidental‑ "no se puede alcanzar ni con barcos, ni con carros, sino solamente mediante el vuelo del espíritu". En la enseñanza lamaista, en fin, se dice: Shambala, la mística región del norte, "Está en mi espíritu" (33). Es así como los testimonios relativos a lo que fue la sede real de seres que eran más que humanos, sobrevivieron y tomaron un valor supra‑histórico sirviendo simultáneamente como símbolos para estados situados más allá de la vida o bien accesibles solo mediante la iniciación. Más allá del símbolo, aparece pues la idea, ya mencionada, de que el Centro de los orígenes existe aún, aunque esté oculto, y normalmente es inaccesible (como la teología católica misma afirma para el Edén): para las generaciones de la última edad, solo un cambio de estado o de naturaleza abre el acceso.

De esta manera se produjo la segunda gran interferencia entre metafísica e historia. En realidad, el símbolo de Occidente puede, como el del polo, adquirir un valor universal, más allá de toda referencia geográfica o histórica. Es en Occidente, donde la luz física, sometida al nacimiento y a la decadencia, se extingue, donde la luz espiritual inimitable se alumbra y comienza el viaje del "barco del Sol" a través de la Tierra de los Inmortales. Y el hecho de que en esta región se encuentre el lugar donde el sol desciende tras el horizonte, hace que se la conciba también como subterránea o situada bajo las aguas. Se trata aquí de un simbolismo inmediato, dictado por la naturaleza misma, que fue empleado por los pueblos más diversos, incluso sin estar asociada a recuerdos atlántes (34). Esto no impide, sin embargo, que en el interior de algunos límites definidos por testimonios concomitantes, tales como los que acabamos de referir, este tema pueda tener también un valor histórico. Esto no impide que, entre las formas asumidas por el misterio de Occidente, se puedan aislar algunas, para las cuales es legítimo suponer que el origen del símbolo no ha sido el fenómeno natural del curso del sol, sino el lejano recuerdo, espiritualmente transpuesto, de la patria occidental desaparecida. A este respecto, la sorprendente correspondencia que se constata entre los mitos americanos y los europeos, especialmente nórdicos y célticos, aparece como una prueba decisiva.

En segundo lugar, el "misterio de Occidente" corresponde siempre, en la historia del espíritu, a un cierto estadio que ya no es el estadio original, y a un tipo de espiritualidad que ‑tanto tipológica como históricamente‑ no puede ser considerado como primordial. Lo que lo define, es el misterio de la transformación, lo que le caracteriza, es un dualismo, y un tránsito discontinuo: una luz nace, otra declina. La trascendencia es "subterránea". La supranaturaleza no es ‑como en el estado olímpico‑ naturaleza: es el fin de la iniciación, objeto de una conquista problemática. Incluso considerada bajo su aspecto general, el "misterio de Occidente" parece pues ser propio de civilizaciones más recientes, cuyas variedades y destinos vamos a examinar ahora. Se relaciona con el simbolismo solar de una forma más estrecha que con el simbolismo "polar": pertenece a la segunda fase de la tradición primordial.

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 3. El "Polo" y la sede hiperbórea

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 3. El "Polo" y la sede hiperbórea

Biblioteca Julius Evola.- En este tercer capítulo, Evola aborda un tema capital para comprender el mundo tradicional: el origen nórdico e hiperbóreo en el que se emplazaba la sede originaria. El material documental para apoyar esta tesis no falta. A decir verdad, se trata de otro tema universal que no está justificado si no fuera por algún rastro de verdad transformado en mito a través de los siglos, desde el momento en que se inició su alejamiento. El tema Hiperbóreo tendrá un particular énfasis en la tradición clásica, pero es reconocible en otras.

 

3.

EL "POLO" Y LA SEDE HIPERBOREA

Interesa examinar ahora un atributo particular de la edad primordial, que permite referir a esta representaciones histórico‑geográficas muy precisas. Ya hemos hablado del simbolismo del "polo", Isla o tierra firme que representa la estabilidad espiritual opuesta a la contingencia de las aguas, utilizada como residencia de los hombres trascendentes, héroes o inmortales; al igual que la montaña, la "altitud" o la región suprema, con los significados olímpicos que le están asociados, se unieron frecuentemente, en las tradiciones antiguas, al simbolismo "polar" aplicado al centro supremo del mundo y al arquetipo de toda "dominación" en el sentido superior del término(1).

Pero, fuera de este aspecto simbólico, numerosos datos tradicionales, muy precisos, mencionan el norte como emplazamiento de una isla, una tierra o una montaña, cuyo significado se confunde con el del lugar de la primera edad. Se trata pues de un conocimiento que tuvo un valor a la vez espiritual y real, por el hecho de que se aplica a una situación donde el símbolo y la realidad se identificaron, donde la historia y la suprahistoria, en lugar de aparecer como elementos separados, se fundieron por ósmosis uno a través del otro. Es en este punto preciso donde se pueden insertar los acontecimientos condicionados por el tiempo. Según la tradición, en una época de la alta prehistoria que corresponde a la edad de oro o edad del "ser", la isla o tierra "polar" simbólica habría sido una región real situada en el septentrión, próxima del lugar donde hoy se encuentra el polo ártico. Esta región estaba habitada por seres que poseerían una espiritualidad no‑humana a la que corresponden, como hemos visto, las nociones de "gloria", de oro, de luz y de vida y que fue evocada más tarde por el simbolismo sugerido precisamente por su sede; estos seres constituyeron la raza dueña de la tradición urania en estado puro y "uno" y fue la fuente central y más directa de las formas y de las expresiones variadas que esta tradición revistió en otras razas y civilizaciones (2).

El recuerdo de esta sede ártica forma parte de las tradiciones de numerosos pueblos, bajo la forma de alusiones geográficas reales o de símbolos de su función y de su sentido original, alusiones y símbolos frecuentemente transladados ‑como veremos‑ a un plano supra‑histórico, o bien aplicados a otros centros susceptibles de ser considerados como reproducciones de este centro original. Es por esta razón que se constatan frecuentemente interferencias de recuerdos, es decir, de nombres, mitos y localizaciones, donde el ojo avisado puede fácilmente discernir los elementos constitutivos. Es interesante revelar muy particularmente la interferencia del tema ártico con el tema atlántico, del misterio del Norte con el misterio de Occidente. El centro principal que sucedió al polo tradicional original habría sido, en efecto, atlántico. Se sabe que por una razón de orden astrofísico, a saber la inclinación del eje terrestre, los climas se desplazan según las épocas. Sin embargo, según la tradición, esta inclinación se habría producido en un momento determinado y en virtud de una sintonía entre un hecho físico y un hecho metafísico: como si un desorden de la naturaleza reflejase un hecho de orden espiritual. Cuando Li‑tseu (c.V) habla, bajo una forma mítica, del gigante Kung‑Kung que rompe la "columna del cielo", es a este acontecimiento al que se refiere. Se encuentran incluso, en esta tradición, alusiones más concretas  donde se constatan, sin embargo, interferencias con hechos  correspondientes a catástrofes posteriores: "Los pilares del  cielo fueron destrozados. La tierra tembló sobre su base. En septentrion los cielos descendieron cada vez más. El sol, la luna y las estrellas cambiaron su curso [es decir que su curso apareció cambiado por motivo de la inclinación sobrevenida]. La tierra se abrió y las aguas encerradas en su seno hicieron irrupción e inundaron los diferentes países. El hombre se había revuelto contra el cielo y el universo cayó en el desorden. El sol se oscureció. Los planetas cambiaron su curso [según la perspectiva ya indicada] y la gran armonía del cielo fue destruida"(3). De todas formas, el hielo y la noche eterna no descendieron más que en un momento determinado sobre la región polar. La emigración que resultó marcó el fin del primer ciclo y la apertura del segundo, el inicio de la segunda gran era, el ciclo atlántico.

Textos arios de la India, como los Veda y el Mahabharata, conservaron el recuerdo de la región ártica bajo forma de alusiones astronómicas y calendarios, que no son comprensibles más que en relación a esta región (4). En la tradición hindú, la palabra dvipa, que significa textualmente "continente insular" se emplea frecuentemente, en realidad, para designar a los diferentes ciclos, por transposición temporal de una noción espacial (ciclo = isla). Se encuentra en la doctrina de los dvipa referencias significativas al centro ártico, mezcladas en ocasiones con otros datos. La çveta‑divîpa, o "isla del esplendor", que hemos mencionado está localizada en el extremo septentrión  y se habla frecuentemente de los Uttarakura como una raza originaria del Norte. Pero el çveta‑dvîpa al igual que el kura forman parte del jambu‑dvîpa, es decir, del "continente insular polar, que es el primero de los diferentes dvîpa, y al mismo tiempo su centro común. Su recuerdo se mezcla con el del saka‑dvîpa, situado en el "mar blanco" o "mar de leche", es decir en el mar ártico. No se habrá producido desviación en relación a la norma y a la ley de lo alto: cuatro castas, correspondientes a las que ya hemos mencionado, veneraron a Visnú bajo su forma solar, estando así emparentado con el Apolo hiperbóreo(5). Según el Kurma‑purana la sede de este Visnú solar ‑cuyo símbolo era la esvástica, cruz gamada o "cruz polar"‑ coincide también, con el çveta‑dvîpa, del que se dice en el Padmapurana que más allá de todo lo que es miedo y agitación samsárica, es la residencia de los grandes ascetas, mahayogi, y de los "hijos de Brhama" (equivalentes a los "hombres trascendentes" residentes en el norte de los que se habla en la tradición china): viven próximos a Hari, que es Visnú representado como "el Rubio" o "el Dorado" y cerca de un trono simbólico "sostenido por leones,  resplandeciendo como el sol e irradiando como el fuego". Son variantes del tema de la "tierra del Sol". Sobre el plano doctrinal, se encuentra un eco de este tema en el hecho, ya mencionado, de que la vía de los deva‑yâna que, contrariamente a la del retorno a los manes o a las Madres, conduce a la inmortalidad solar y a los estados supraindividuales del ser, fue llamada la vía del norte: en sánscrito, norte, uttara, significa igualmente la "región más elevada" o "suprema" y se llama uttarâyana, camino septentrional, al recorrido del sol entre los solsticios de invierno y de verano, que es precisamente una vía "ascendente" (6).

Recuerdos aún más precisos se conservaron entre los Arios del Irán. La tierra original de los arios, creada por el dios de la luz, la tierra donde se encuentra la "gloria", donde, simbólicamente, habría "nacido" Zaratustra, donde el rey solar Yima habría encontrado a Aurá Mazda, es una tierra situada en el extremo norte. Y allí se guarda el recuerdo preciso de la congelación. La tradición refiere que Yima fue advertido de la proximidad de "inviernos fatales"(7) y que instigados por el dios de las tinieblas, se lanzó con el Arianem Vaejo la "serpiente del invierno". Entonces "hubo diez meses de invierno y dos de verano" y hubo "frío en las aguas, y en las tierras, frío para la vegetación. El invierno se abatió con sus peores calamidades"(8). Diez meses de invierno y dos de verano, tal es el clima del Artico.

La tradición nórdico‑escandinava, de carácter fragmentarios, presenta diversos testimonios confusamente mezclados, donde se encuentran sin embargo huellas de acontecimientos análogos. El Asgard, la residencia de oro primordial de los Ases, se localiza en el Mitgard, la "Tierra Media". Esta tierra mítica fue identificada a su vez ya sea con Gardarica, una región casi ártica, como con la "isla verde" o "tierra verde" que figura en la cosmología como la primera tierra salida del abismo Ginungagap, y que quizás no esté carente de relación con Groenlandia, Grünes Land. Groenlandia, como su mismo nombre parece indicar, presentó hasta el tiempo de los godos, una rica vegetación y no había sido afectada por la congelación. Hasta el inicio de la Edad Media, subsistió la idea de que región del norte habría sido la cuna de algunas razas y de ciertos pueblos(9). Por otra parte, los relatos épicos relativos a la lucha de los dioses contra el destino, rök, que terminó por golpear su tierra ‑relatos en los cuales recuerdos del pasado interfirieron con temas apocalípticos‑ pueden ser considerados como ecos del declive del primer ciclo. Se encuentra aquí, como en el Vendïdâd, el tema de un invierno terrible. Al desencadenamiento de las naturalezas elementales se añade el oscurecimiento del sol; el Gylfaginnin habla del temible invierno que precedió al final,  menciona tempestades de nieve que impidieron gozar de las bonanzas del sol. "El mar se alzó en tempestad y tragó las tierras; el aire se volvió glacial y el viento acumuló masas de nieve" (10).

En la tradición china, la región nórdica, el país de los "hombres trascendentes", se identifica frecuentemente con el país de la "raza de los huesos blandos". A propósito de un emperador de la primera dinastía se cita un lugar situado sobre el mar del Norte, ilimitado, sin intemperies, con una montaña (Hu‑Ling) y una fuente simbólicas, llamado "extremo Norte" y que Mu, otra figura imperial, (11) debió abandonar muy entristecido. El Tibet conserva igualmente el recuerdo de Tshan Chambhala, la mística "Ciudad del Norte", la Ciudad de la "paz", presentada igualmente como una isla donde ‑al igual que el Zaratustra del aryanem vâejo‑ habría "nacido" el héroe Guesar. Y los maestros de las tradiciones iniciáticas tibetanas dicen que los "caminos del Norte" conducen al yogi hacia la gran liberación (12).

En América, la tradición constante relativa a los orígenes, tradición que se encuentra hasta el Pacífico y la región de los Grandes Lagos, habla de la tierra sagrada del "Norte lejano", situada cerca de las "grandes aguas", de donde habrían venido los antepasados de los Nahua, los Toltecas y Aztecas. Tal como hemos dicho, el nombre de Aztlan, que designa frecuentemente esta tierra, implica también ‑como el çveta‑dvîpa hindú‑ la idea de blancura, de tierra blanca. Las tradiciones nórdicas, guardan el recuerdo de una tierra habitada por razas gaélicas, próxima al golfo de San Lorenzo, llamada "Gran Irlanda" o Hvitramamaland, es decir, "país de los hombres blancos" y los nombres de Wabanikis y Abenikis, que los indígenas llevan en estas regiones, proceden de Wabeya, que significa "blanco" (13). Algunas leyendas de América Central mencionan cuatro antepasados primordiales de la raza Quiché que intentan alcanzar Tula, la región de la luz. Pero no encuentran más que hielo; el sol jamás aparece. Entonces se separan y pasan por el país de los Quichés (14). Esta Tula o Tulán, patria originaria de los toltecas, de la que probablemente extrajeron su nombre y llamaron Tolla, el centro del Imperio que fundaron más tarde sobre la meseta de Méjico, representaban también la "tierra del Sol". Esta, ciertamente, es localizable en ocasiones en el Este de América, es decir, en el Atlántico; pero esto es verosimilmente debido al recuerdo de una sede ulterior (a la cual corresponde quizás más particularmente el Atzlan), que recuperó durante un cierto tiempo, la función de la Tula primordial cuando el hielo se enseñoreó de lo zona y el sol desapareció (15). Tula corresponde manifiestamente a la Thule de los griegos, aunque este nombre, por razones de analogía haya servido igualmente para designar a otras regiones.

Según las tradiciones greco‑romanas, Thule se habría encontrado en el mar que lleva precisamente el nombre del dios de la edad de oro, Mare Cronium, y que corresponde a la parte septentrional del Atlántico (16). En esta misma región las tradiciones más tardías situaron las islas que, sobre el plano del simbolismo y de la suprahistoria, se convirtieron en Islas Afortunadas, islas de los Inmortales (17), o isla Perdida, que, tal como la describía Honorius Augustodumensis en el siglo XII, "se oculta a la vista de los hombres, siendo descubierta solo casualmente, pero se oculta cuando se la busca". Thule se confunde pues con el pais legendario de los hiperbóreos, situado en el extremo norte (18), de donde los linajes aqueos originarios llevaron el Apolo délfico, pero también con la isla Ogigia, "ombligo del mar", que se encuentra lejos, sobre el ancho océano (19) y que Plutarco sitúa en efecto en el norte de la (Gran) Bretana, cerca del lugar ártico donde permanece aún, sumido en el letargo, Cronos, el rey de la edad de oro, allí el sol no desaparece más que una hora por día durante todo un mes y donde las tinieblas, durante esta única hora no son muy espesas, sino que recuerdan a un crepúsculo, exactamente como en el ártico (20). La noción confusa de la noche clara del norte contribuyó por otra parte a hacer concebir la tierra de los hiperbóreos como un lugar de luz sin fin desprovisto de tinieblas. Esta representación y este recuerdo fueron tan vivos, que subsistió un eco hasta en la romanidad tardía. La tierra primordial fue asimilada a la Gran Bretaña y se dice que Constancio Cloro se adelantó hasta allí con sus legiones, no tanto en busca de laureles de gloria militar, como  para alcanzar la tierra "más próxima al cielo y más sagrada", para poder contemplar al padre de los dioses ‑es decir, a Cronos‑ y gozar de un "día casi sin noche", es decir para anticipar así la posesión de la luz eterna propia de las apoteosis imperiales (21). E incluso cuando la edad de oro se proyectó en el futuro como la esperanza de un nuevo saeculum, las reapariciones del símbolo nórdico no faltaron. Es el norte ‑ab extremis finibus plagae septentrionalis‑ que deberá alcanzar, por ejemplo, según Lactancio (22), el Príncipe poderoso que restablecerá la justicia tras la caida de Roma. Es en el norte donde "renacera" el héroe tibetano, el místico e invencible Guesar, para restablecer un reino de justicia y exterminar a los usurpadores (23). Es en Shamballa, ciudad sagrada del norte, donde nacera el Kalki‑avatara, aquel que pondrá fin a la "edad sombría". Es el Apolo hiperbóreo, según Virgilio, quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el signo de Roma (24). Y los ejemplos podrían multiplicarse.

Habiendo precisado estos puntos esenciales, no volveremos sobre esta manifestación de la ley de solidaridad entre causas físicas y causas esprituales, en un dominio en el que se puede presentir el lazo íntimo unificador de lo que, en un sentido más amplio, puede llamarse "caida" ‑a saber la desviación de una raza absolutamente primordial‑ y la inclinación física del eje de la tierra, factor de cambios climáticos y de catástrofes periódicas para los continentes. Observaremos solamente que es despues que la región polar se convirtiese en desierta, se pudo constatar la alteración y desaparición progresivas de la tradición original que debía llegar a la edad de hierro o edad oscura, kali‑yuga, o "edad del lobo" (Edda) y, finalmente, a los tiempos modernos propiamente dichos.

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 2. La Edad de Oro

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 2. La Edad de Oro

Biblioteca Julius Evola.- El capítulo segundo está dedicado a la mítica Edad de Oro, aquella en la que el ser humano se identificaba con la espiritualidad pura. El hecho de que no existan rastros materiales no debe ser considerado como un obstáculo para la demostración de que en el origen´éste fue el estado natural de la humanidad. Evola aporta algunas consideraciones sobre este tema y especialmente nos introduce enuna descripción del mundo de los orígenes. El material que utiliza en esta parte de la obraestá formado por los mitos y las leyendas de pueblos muy diversos.
 

2.

LA EDAD DE ORO

Nos dispondremos ahora a definir, primero sobre el plano ideal y morfológico, y luego sobre el plano histórico, en el tiempo y en el espacio, los ciclos correspondientes a las cuatro edades tradicionales. Empezaremos por la edad de oro.

Esta edad corresponde a una civilización de los orígenes, cuya concordancia con lo que hemos llamado espíritu tradicional era tan natural como absoluta. Por ello frecuentemente se encuentran para designar tanto el "lugar" como la raza a la que la edad de oro está histórica y supra‑históricamente relacionada, los símbolos y los atributos que convienen a la función suprema de la realeza divina (símbolos de polaridad, solaridad, altitud, estabilidad, gloria, "vida" en sentido eminente). Durante las épocas ulteriores y en el seno de tradiciones particulares, ya mezcladas y dispersas. Este hecho permite ‑en un tránsito, por decirlo así, de la derivada a la integral‑ deducir los títulos mismos y los atributos de estas capas dominadoras, los elementos propios que caracterizan la naturaleza de la primera edad.

Esta edad es esencialmente la edad del ser, es decir de la verdad en sentido trascendente (1). Esto es lo que se desprende no solo del término hindú satya‑yuga que lo designa, en donde sat quiere decir ser, o satya, la verdad, sino probablemente también de la palabra Saturno, que designa en latín al rey o dios de la edad de oro. Saturnus, corresponde al Kronos helénico, y evoca oscuramente la misma idea; su nombre está formado por la raíz aria sat, que quiere decir ser, unida a la desinencia atributiva urnus, (como en nocturnus, etc.) (2). Para expresar la edad de lo que es, es decir de la estabilidad espiritual, se verá más adelante que, en algunas representaciones del lugar original en donde este ciclo se desarrolla, se utilizan frecuentemente los símbolos de la "tierra firme" en medio de las aguas, la "isla", el monte o de la "tierra media". El atributo olímpico es pues aquel que mejor le conviene.

En tanto que edad del ser, la primera edad es también, en sentido eminente, la edad de los vivientes. Según Hesíodo, la muerte ‑ esta muerte que es verdaderamente un fin y no deja tras ella sino el Hades (2a)‑ no habría aparecido más que en el curso de las dos últimas edades (de hierro y de bronce). En la edad de Kronos, la vida era "similar a la de dos dioses". Existía una "eterna juventud de fuerza". El ciclo se cerró, "pero los hombres permanecieron" en una forma invisible (3), alusión a la doctrina ya mencionada de la ocultación de los representantes de la tradición primordial y de su centro. En el reino del iranio Yima, rey de la edad de oro, no se habría conocido ni la enfermedad ni la muerte, hasta que nuevas condiciones cósmicas hubieran forzado la retirada a un refugio "subterráneo" en el que sus habitantes escapan al sombrío y doloroso destino de las nuevas generaciones (4), (5). Yima, "el Espléndido, el Glorioso, el que entre los hombres es semejante al sol", hizo de forma que, en su reino, la muerte no existiera (6). Según los helenos y romanos, en el reino de oro de Saturno, los hombres y los dioses inmortales habrían vivido una misma vida; igualmente, los dominadores de la primera de las dinastías míticas egipcias son llamados dioses, seres divinos y, según el mito caldeo, la muerte no habría reinado universalmente más que el la época postdiluviana, cuando los "dioses" hubieron dejado a los hombres la muerte y conservado solo para ellos la vida (7). Las tradiciones célticas, por su parte, utilizan, el término Tir na mBeo, la "Tierra de los Vivientes" y Tir na hOge, la "Tierra de la Juventud" (9) para designar una isla o tierra atlántica misteriosa que, según la enseñanza druídica, fue el lugar de origen de los hombres (8). En la leyenda de Echtra Condra Cain, este se identifica con el "País del Victorioso" ‑Tir na Boadag‑ al que se le llama "el País de los Vivientes, donde no se conoce ni la muerte ni la vejez" (10).

Por otra parte, la relación constante que existe entre la primera edad y el oro, evoca lo que es incorruptible, solar, resplandeciente, luminoso. En la tradición helénica, el oro correspondía al esplendor radiante de la luz y a todo lo que es sagrado y grande ‑tal como dice Píndaro (11); igualmente se califica al oro de luminoso, radiante, bello y regio (12). En la tradición védica el "germen primordial", el hiranya‑garbha es de oro, y más generalmente, se dice: "De oro, en verdad, es el fuego, la luz y la vida inmortal" (13). Ya hemos tenido la ocasión de mencionar la concepción según la cual, en la tradición egipcia, el rey esta "hecho de oro", en la medida en que por "oro" se entiende el "fluido solar" constitutivo del cuerpo incorruptible de los dioses celestes y de los inmortales, si bien el título "de oro" del rey ‑"Horus cuya sustancia es de oro"‑ designaba simplemente su origen divino y solar al mismo tiempo que su incorruptibilidad e indestructibilidad (14). Así mismo, Platón (15) considera el oro como el elemento diferenciador que definía la naturaleza de la raza de los dominadores. La cumbre de oro del Monte Meru, considerado como "polo", patria original de los hombres y residencia olímpica de los dioses, el oro de la "antigua Asgard", residencia de los Ases y de los reyes divinos nórdicos, situada en la "tierra del Centro" (16), el oro del "País puro" Tsing ta, y lugares equivalentes de los que se habla en las tradiciones extremo‑orientales, etc. expresan la idea según la cual el ciclo original vino a manifestar, de forma particular y eminente, su cualidad espiritual simbolizada por el oro. Y debe recordarse además que en numerosos mitos donde se trata del depósito o de la transmisión de un objeto de oro (desde el mito de las Hespérides hasta el de las Nixas nórdicas y de los tesoros de oro de las montañas dejados por los aztecas), no se trata en realidad más que del depósito y de la transmisión de algo que hace referencia a la tradición primordial. En el mito de los Eddas, cuando, tras el ragna‑rök, "el oscurecimiento de los dioses", nacen una nueva raza y un nuevo sol y los Ases se encuentran reunidos de nuevo, descubren la milagrosa tablilla de oro que habían poseído en los orígenes (17).

Las nociones equivalentes, relativas a la primera edad, de luz y esplendor, de "gloria" en el sentido específicamente triunfal ya indicado a propósito del hvarenô mazdeano (17a) precisan igualmente el simbolismo del oro. La tierra primordial habitada por la "semilla" de la raza aria y por el mismo Yima, el "Glorioso, el Resplandeciente" ‑el Airyanem Vaejô‑ aparece, en efecto, en la tradición irania, como la primera creación luminosa de Ahurá Mazda (18). El Çveta‑dvipa, la isla o tierra blanca del norte, que es una representación equivalente (al igual que el Aztlan, residencia septentrional original de los aztecas, cuyo nombre implica igualmente la isla de blancura y luminosidad)(19), es, según la tradición hindú, el lugar del tejas, es decir de una fuerza irradiante, donde habita el divino Narayana considerado como la "luz", "aquel en quien resplandece un gran fuego, irradiando en todas direcciones". En las tradiciones extremo‑orientales, según una transposición supra‑histórica, el "país puro", donde no existe más que la cualidad viril y que es "nirvana" ‑ni‑pan‑ se encuentra la residencia de Amitâbha ‑Mi‑tu‑ que significa igualmente "gloria", "luz ilimitada" (20). La Thule de los Griegos, según una idea muy extendida, tuvo el carácter de "Tierra del Sol": Thule ultima a sole nomen habens. Si esta etimología es oscura e incierta, no es menos significativa la idea que los antiguos se hacían de esta región divina (21) y corresponde al carácter solar de la "antigua Tlappallan", la Tulan o Tula (contracción de Tonalan ‑ el lugar del Sol), patria original de los Toltecas y "paraíso" de sus héroes. Evoca igualmente el país de los Hiperbóreos, que según la geografía sagrada de antiguas tradiciones, era una raza misteriosa que habitaba en la luz eterna y cuyo país habría sido la residencia y la patria del Apolo délfico, el dios dórico de la luz ‑el Puro, el Resplandeciente, representado también como un dios "de oro" y un dios de la edad de oro (22). Algunos linajes, a la vez reales y sacerdotales, como el de los Boreales, extrajeron precisamente su dignidad "solar" de la tierra apolínea de los Hiperbóreos (23). Y no costaría mucho poder multiplicar los ejemplos.

Ciclo del Ser, ciclo solar, ciclo de la Luz entendido como gloria, ciclo de los Vivientes en sentido eminente y trascendente, tales son pues, según los testimonios tradicionales, los carácteres de la primera edad, de la edad de oro, "era de los dioses".

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 1. La doctrina de las cuatro edades

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 1. La doctrina de las cuatro edades

Biblioteca Julius Evola.- La metafísica de la historia es incomprensible si no se accede a ella a través de la doctrina de las cuatro edades. Tal es la temática que aborda Evola en este primer capítulo de la segunda parte. Lo más sorprendente no es la teoría en sí, sino el hecho de que se repita, invariablemente, a lo largo de la geografía en pueblos que jamás han podido estar en contacto físico. Desde los pueblos nórdicos a los indígenas norteamericanos, desde los judíos hasta los persas, de los griegos a los taoistas, esta temática se repite universalmente.

 

1

LA DOCTRINA DE LAS CUATRO EDADES

Mientras que el hombre moderno, en una época reciente ha concebido el sentido de la historia como una evolución y la ha exaltado como tal, el hombre de la Tradición tuvo conciencia de una verdad diametralmente opuesta. En todos los testimonios antiguos de la humanidad tradicional, se encuentra siempre, bajo una u otra forma, la idea de una regresión, de una "caída": de estados originarios superiores, los seres habrían descendido a estados cada vez más condicionados por el elemento humano, mortal y contingente. Este proceso involutivo habría tenido su origen en una época muy lejana. El vocablo ragna‑rökkr, de la tradición nórdica, "obscurecimiento de los dioses", es quizás el que caracteriza mejor este proceso. Se trata de una enseñanza que no se ha expresado en el mundo tradicional, de una manera vaga y general, sino que, por el contrario, ha sido definida en una doctrina orgánica, cuyas diversas expresiones presentan, en amplia medida, un carácter de uniformidad: la doctrina de las cuatro edades. Un proceso de decadencia progresiva a lo largo de cuatro ciclos o "generaciones", tal es, tradicionalmente, el sentido efectivo de la historia y en consecuencia el sentido de la génesis de lo que hemos llamado, en un sentido universal, el "mundo moderno". Esta doctrina puede pues servir de base a los desarrollos que seguirán.

La forma más conocida de la doctrina de las cuatro edades es la que reviste en la tradición greco‑romana. Hesíodo habla de cuatro edades que sucesivamente están marcadas por el oro, la plata, el bronce y el hierro. A continuación inserta entre las dos últimas una quinta edad, la edad de los "héroes", que, tal como la contemplamos no tiene otro significado que el de una restauración parcial y especial de un estado primordial([1]). La misma doctrina se expresa, en la tradición hindú, bajo la forma de cuatro ciclos llamados respectivamente satyâ‑yuga, (o kortâ‑yuga), tetrâ‑yuga, vâpara‑yuga y kali‑yuga (es decir "edad sombría)([2]), al mismo tiempo que mediante la imagen de la desaparición progresiva, en el curso de estos ciclos, de las cuatro patas o fundamentos del toro símbolo del dharma, la ley tradicional. La enseñanza irania es similar a la helénica: cuatro edades marcadas por el oro, la plata, el acero y una "aleación de hierro"([3]). La misma concepción, presentada en términos prácticamente idénticos, se encuentra en la enseñanza caldea.

En una época más reciente, aparece la imagen del carro del universo, cuádriga conducida por el dios supremo y arrastrada en una carrera circular por cuatro caballos representantes de los elementos. Cada edad está marcada por la superioridad de uno de estos caballos que arrastra a los otros, según la naturaleza simbólica más o menos luminosa y rápida del elemento que representa([4]).

La misma concepción reaparece, aunque modificada, en la tradición hebraica. En los Profetas, se habla de una estatua espléndida, cuya cabeza es de oro, el torso y los brazos de plata, el vientre y los muslos de cobre, y finalmente las piernas y los pies de hierro y arcilla: estatua cuyas diferentes partes, así divididas, representan cuatro "reinos" que se suceden a partir del reino del oro del "rey de reyes" que ha recibido "del dios del cielo, poder, fuerza y gloria"([5]). En Egipto, es posible que la tradición, referida por Eusebio, relativa a tres dinastías distintas, constituidas respectivamente por dioses, semidioses y manes([6]), corresponda a las tres primeras eras, las de oro, plata y bronce. Se puede considerar como una variante de la misma enseñanza las antiguas tradiciones aztecas relativas a los cinco soles o ciclos solares, de los que los cuatro primeros corresponden a los elementos y donde aparece, como en las tradiciones euro-asiáticas, las catástrofes del fuego y del agua (diluvio) y las luchas contra los gigantes que caracterizan, como veremos, el ciclo de los "héroes", añadido por Hesiodo a las otros cuatro([7]). Bajo formas diferentes, y de una forma más o menos fragmentaria, el recuerdo de esta tradición se encuentra igualmente entre otros pueblos.

Algunas consideraciones generales no serán del todo inútiles antes de abordar el examen del sentido particular de cada período. La concepción tradicional contrasta en efecto de la manera más neta con los puntos de vista modernos relativos a la prehistoria y al mundo de los orígenes. sostener, como se debe tradicionalmente hacer, que haya existido, en el origen, no el hombre animalesco de las cavernas, sino un "más que hombre", sostener que haya existido, desde la más alta prehistoria, no solo una "civilización", sino también una 2era de los dioses"([8]), es, para muchos, que, de una forma u otra, creen en la buena nueva del darwinismo, caer en la mera "mitología". Esta mitología, sin embargo, no somos nosotros quienes la hemos inventado hoy. Sería preciso explicar su existencia, explicar porque, en los testimonios más antiguos de los mitos y escritos de la antigüedad, no se encuentra nada que confirme el "evolucionismo", y porqué por el contrario se encuentra, la ideaconstante de un pasado mejor, más luminoso y suprahumano ("divino"); sería preciso explicarf porque se ha hablado tan poco de los "orígenes animales", por que uniformemente se ha tratado, por el contrario, del parentesco originario entre hombres y dioses y porque ha persistido el recuerdo de un estado primordial de inmortalidad, ligado a la idea  de que la ley de la muerte ha aparecido en un momento determinado y, a decir verdad, como un hecho contranatura o una anatema. Según dos testimonios característicos, la "caída" ha sido provocada por la mezcla de la raza "divina" con la raza humana en sentido estricto, concebida como una raza inferior, algunos textos llegan incluso hasta comparar la "falta" con la sodomia, con la unión carnal con animales. Existió primeramente el mito de los Ben-Elohim, o "hijos de los dioses", que se unieron a las hijas de los "hombres" de forma que finalmente "toda carne hubo corrompido su vía sobre la tierra"([9]). Hay, por otra parte, el mito platónico de los Atlantes, concebidos igualmente como descendientes y disc´ñipulos de los dioses, quienes, mediante la unión repetida con los humanos, perdieron su elemento divino, y terminaron por dejar predominar en ellos a la naturaleza humana sensible([10]). A propósito de épocas más recientes, la tradición, en sus mitos, se refiere frecuentemente a razas civilizadoras y a luchas entre las razass divinas y razas animalescas, ciclópeas o demoníacas. Son los Ases en lucha contra los Elementarwessen; son los olímpicos y los "Héroes" en lucha contra los gigantes y los monstruos de la noche, de la tierra o del agua; son los Deva arios lanzados contra los Asura, "enemigos de los héroes divinos"; son los Incas, los dominadores que imponen su ley solar a los aborígenes de la "Madre Tierra"; son los Tuatha de Danann que, según la historia legendaria de Irlanda, se afirmaron contra las razas monstruosas de los Fomores. Y se podrían citar otros muchos ejemplos. Podemos depues pues que la enseñanza tradicional conserva perfectamente el recuerdo 'en tanto que sustrato anterior a las civilizaciones creadas por las razas superiores- de linajes que pudieran corresponder a los tipos animalescos e inferiores del evolucionismo; pero el error característico de éste es considerar estos linajes animalescos como absolutamente originales, mientras que no lo son más que de una manera relativa, y concebir como formas "evolucionadas" a formas de cruce que presuponen la aparición de otras razas, superiores biológicamente y en tanto que civilización, originarias de otras regiones y que, sea en razón de su antigüedad (como es el caso de las razas "hiperbóreas" y "atlántica"), sea por motivos goefísicos, no dejaron más que huellas difíciles de encontrar cuando el investigador no se apoya más que sobre testimonios arqueológicos y paleontológicos, los únicos que son accesibles a la investigación profana.

Es muy significativo, por otra parte, que las poblaciones donde predomina aun lo que se presume es el estado original, primitivo y bárbaro de la humanidad, no confirman en absoluto la hipótesis evolucionista. Se trata de linajes que, en lugar de evolucionar, tienden a extinguirse, lo que prueba que son precisamente residuos degenerados de ciclos cuyas posibilidades vitales están agotadas, o bien de elementos heterogéneos, de linajes retrasados respecto a la corriente central de la humanidad. Esto es cierto para el hombre de Neanderthal, cuya extrema brutalidad morfológica parece emparentarlo con el "hombre mono" y que desapareció misteriosamente en cierta época. Las razas que han aparecido tras él -el hombre de Aurignac y sobre todo el hombre de Cro-Magnon- cuyo tipo es hasta tal punto superior que se puede ya reconocer en él el origen de muchas razas humanas actuales, no pueden ser considerados como una "forma evolutiva" del hombre de Neanderthal. Otro tanto ocurre con la raza de Grimaldi, igualmente extinguida. En cuanto a los pueblos "salvajes" aun existentes: no evolucionan, también se extinguen; cuando se "civilizan" no se trata de una "evolución", sino casi siempre de una brusca mutación que afecta a sus posibilidades vitales. En realidad, la posibilidad de evolucionar o de decaer no puede superar ciertos límites. Algunas especies guardan sus características incluso en condiciones relativamente diferentes de las que les son naturales. En casos semejantes, otras, por el contrario, se extinguen, o bien se producen mezclas con otros elementos, que no implican, en el fondo, ni asimilación, ni verdadera evolución sino que entrañan más bien algo comparable a los procesos contemplados por las leyes de Mendel sobre al herencia: el elemento primitivo, desaparecido en tanto que unidad autónoma, se mantiene en tanto que herencia latente separada, capaz de reproducirse esporádicamente, pero siempre con un carácter de heterogeneidad en relación al tipo superior.

Los evolucionistas creen mantenerse "positivamente" en los hechos. No dudan que los hechos, en sí mismos, son mudos, y que los mismos hechos, interpretados de manera diversa, atestiguan a favor de los temas más diversos. Así, alguién ha podido demostrar que, en último análisis, todos los datos considerados como pruebas de la teoría de la evolución, podrían igualmente venir en apoyo de la tesis contraria, tesis que, en más de un aspecto, corresponde a la enseñanza tradicional, a saber que no solo el hombre está lejos de ser un producto de la "evolución" de especies animales, sino que muchas especies animales deben ser consideradas como ramas laterales en las cuales ha abortado un impulso primordial, que no se ha manifestado, de forma directa y adecuada más que en las razas humanas superiores([11]). Antiguos mitos hablan de razas divinas en lucha contra entidades monstruosas o demonios animalescos antes que apareciera la raza de los mortales (es decir la humanidad en su forma más reciente). Estos mitos podrían referirse, entre otros, a la lucha del principio humano primordial contra las potencialidades animales que lleva en él y que se encuentran, por así decir, separadas y dejadas atrás, bajo la forma de razas animales. Los pretendidos "ancestros" del hombre (tales como el antropoide y el hombre glaciar), representaron a los primeros vencidos en la lucha en cuestión: elementos mezclados con ciertas potencialidades animales o arrastrados por estas. Si, en el totemismo, que se refiere a sociedades inferiores, la noción del ancestro colectivo y mítico del clan se confunde a menudo con la del demonio de una especie animal dada, es preciso ver precisamente en ello el recuerdo de un período de mezclas de este tipo.

Sin querer abordar los problemas, en cierta medida trascendentes, de la antropogénesis, que no entrar en el marco de esta obra, observaremos que una interpretación posible de la ausencia de fósiles humanos y de la presencia exclusiva de fósiles animales en la más alta prehistoria, sería que el hombre primordial (si se puede llamar así a un tipo de hombre muy diferente del de la humanidad histórica) ha entrado el último en este proceso de materialización, que, -después de haberse dado en los animales- ha dado a sus primeras ramas ya en fase de degeneración, desviadas, mezcladas con la animalidad un organismo susceptible de conservarse bajo la forma de fósiles. Es a esta circunstancia que conviene referir el recuerdo, guardado en algunas tradiciones, de una raza primordial "de huesos débiles" o "blandos". Por ejemplo Li-tze (V), hablando de la región hiperbórea, donde toma nacimiento, como veremos, el ciclo actual, indica que "sus habitantes (asimilados a los "hombres trascendnetes") tenían los huesos "débiles". En una época menos lejana, el hecho de que las razas superiores, vanidad del Norte, no practicasen la inhumación, sino la incineración de los cadáveres, es otro factor a considerar en el problema que plantea la ausencia de osamentas.

Pero, se nos dirá, de esta fabulosa humanidad, !no existen huellas de otro tipo¡ Aparte de la ingenuidad de pensar que seres superiores hayan podido existir sin dejar huellas tales como ruinas, instrumentos detrabajo, armas, etc., conviene señalar que subsisten restos de obras ciclópeas, que no denotan siempre, ciertamente, la existencia de una alta civilización, pero se remontan a épocas bastante lejanas (los círculos de Stonehenge, las enormes piedras colocadas en equilibrios milagrosos, la ciclópea "piedra cansada"  en Perú, los colosos de Tiwanaco, etc.) y que dejan perplejos a los arqueólogos respecto a los medios empleados, en cuanto a los medios necesarios para reunir y transportar los materiales de construcción. Remontándonos más lejos en el tiempo, se tiene tendencia a olvidar lo que por otra parte se admite, o al menos, no se excluye, a saber la desaparición de antiguas tierras y la formación de territorios nuevos. Se debe preguntarse, por otra parte, si es inconcebible que una raza en relación espiritual directa con las fuerzas cósmicas, como la tradición admite para los orígenes, haya podido existir antes que se empezara a trabajar la materia, priedra o metal, como deben hacer quienes no disponen de otros medios para actuar sobre las cosas y los seres. Que "el hombre de las cavernas" es patrimonio de la fantasía parece ya hoy cierto: se empieza a suponer que las cavernas prehistóricas (muchas de las cuales muestran una orientación sagrada) no eran, para el hombre "primitivo", habitáculos de bestia, sino, por el contrairo, lugares de culto, y que permanecieron bajo esta forma incluso en épocas indudablemente "civilizadas" (por ejemplo el culto greco-minoico de las cavernas, las ceremnonias y los retiros iniciáticos sobre el Ida), que es natural no encontrar allí, en razón de la protección natural del lugar, huellas que el tiempo, los hombres y los elementos no podían que llegara hasta nosotros.

De forma general, la Tradición ha enseñado, y es esta una de sus ideas fundamentales, que el estado de conocimiento y de civilización fue el estado natural, sino del hombre en general, al menos de ciertas élites de los orígenes; que el saber no fue  en principio "construido" y adquirido, que la verdadera soberanía no extrae su origen de los bajo. Joseph de Maistre tras haber mostrado que lo que un Rousseau y  similares habían presumido era el estado natural (aludiendo a los salvajes) no es más que el último grado de embrutecimiento de algunos linajes dispersados o víctimas de consecuencias de ciertas degradaciones o prevaricaciones que alteraron su sustancia más profunda([12]), dice muy jsustamente: "Estamos ciegos sobre la naturaleza y la marcha de la ciencia por un sofisma grosero, que ha fascinado a todos: es juzgar el tiempo donde los hombres veían los efectos en las causas, por aquel donde se elevan penosamente los efectos a las causas, donde no se ocupan más que de los efectos, donde dicen que es inútil ocuparse de las causas, donde no saben ni siquiera lo que es una causa"([13]). Al principio, "no solamente los hombres han comenzado por la ciencia, sino por una ciencia diferente de la nuestra y superior a la nuestra; el hecho de que comenzara más alto la volvía más peligrosa; y esto explica porque la ciencia en su principio fue siempre misteriosa y encerrada en los templos, donde se extinguió finalmente, cuando esta llama ya no servía más que para arder"([14]). Y es entonces que poco a poco, a título de sucedáneo, empieza a formarse la otra ciencia, la ciencia puramente humana y física, de la que los modernos están tan orgullosos y con la cual han creido poder medir todo lo que, a sus ojos, es civilización, mientras que esta ciencia no representa más que un vano intento de desprenderse, gracias a sucedáneos, de un estado no natural y en absoluto original, de degradación, del que ni siquiera se tiene conciencia.

Es preciso admitir, sin embargo, que indicaciones de este tipo no pueden ser más que una débil ayuda para quien no está dispuesto a cambiar su mentalidad. Cada época tiene su "mito" que refleja un estado colectivo determinado. El hecho de que a la concepción aristocrática de un origen de "lo alto", de un pasado de luz y de espíritu, se haya sustituido en nuestros días la idea democrática del evolucionismo, que hace derivar lo superior de lo inferior, el hombre del animal, la civilización de la barbarie, corresponde menos al resultado "objetivo" de una investigación científica consciente y libre, que a una de las numerosas influencias que, por vías subterráneas, al advenimiento en el mundo moderno de las capas inferiores del hombre sin tradición, ha ejercido sobre el plano intelectual,. histórico y biológico. Así, no hay que ilusionarse: algunas supersticiones "positivas" encontrarán siempre el medio de crearse coartadas para defenderse. No son "hechos" nuevos los que podrán llevar a reconocer horizontes diferentes, sino una nueva actitud ante estos hechos. Y todo intento de valorizar, sobre el plano científico lo que vamos a exponer sobre el punto de vista dogmático tradicional, no podrá triunfar más que len aquellos que están ya preparados espiritualmente para acoger conocimientos de este tipo.



([1])HESIODO, Op et Die vv. 109, sigs.

 

([2])Cf. por ejemplo Mânavadharmashastra, I, 81 y sigs.

([3])Cf. F. CUMONT, La fin du monde selon les Mages occidentaux (Rev. Hist. Relig., 1931, nn. 1‑2‑3, pags, 50 y sigs.).

([4])Cf. DION CHRYSOST., Or., XXXVI, 39 y sigs.

([5])DANIEL, II, 31, 45.

([6])Cf. E.V. WALLIS BUDGE, Egyp in the neolithic and archaic periods, London, 1902, v. I, pag. 164 y sigs.

([7])Cf. REVILLE, Relig. du Mexique, cit., pag. 196‑198.

([8])Cf. CICERON, De Leg., II, 11: "Antiquitas proxime accedit ad Deos".

([9])Genesis, VI, 4 y sigs.

([10])PLATON,ritias, 110 c; 120 d‑e, 121 a‑b. "Su participación en la naturaleza divina comenzó a disminuir en razón de múltiples y frecuentes mezclas con los mortales y la naturaleza humana prevaleció". Se dice igualmente que las obras de esta raza eran debidas, no solo a su respecto a la ley, sino "a la continuidad de la acción de la naturaleza divina en ella".

([11])Cf. E. DACQUE, Die Erdzeitalter, München, 1929; Urwelt, Sage und Menscheit, München, 1928; Leben als Symbol, München, 1929. E. MARCONI, Historia de la involución natural, Lugano, 1915 y también D. DEWAR, The transformist illusion, Tenessee, 1957.

([12])J. DE MAISTRE, Soirées de ST. Pétersbourg, Paris, 1960, pag. 59.

([13])Ibid., pag. 60.

([14])Ibid., pag. 75. Uno de los hechos que J. DE MAISTRE (ibid, pags. 96‑97 y II entretien, passim) pone de relieve es que las lenguas antiguas ofrecen un alto grado de esencialidad y de lógica superior a las madernas, haciendo presentir un principio oculto de organicidad formadora, que no es simplemente humano, sobre todo cuando, en las lenguas antiguas o "salvajes", figuran fragmentos evidentes de lenguas aun más antiguas destruidas u olvidadas. Se sabe que Platón había expresado ya ideas análogas.

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) Introducción

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) Introducción

Biblioteca Julius Evola.- Abordamos la reproducción de la Segunda Parte de Revuelta Contra el Munod Moderno. Vamos a intentar publicarla en el plazo más breve posible, dado su interés. Para situar al lector le diremos que si en la primera parte de la obra el autor ha pasado revista a los valores de la tradición y se ha preocupado de definirlos, en esta segunda parte, lo que traza es una morfología de las civilizaciones, una clasificación que va mucho más allá de la división que ya había realizado en "La Tradición Hermética" entre civilizaciones tradicionales y civilizaciones modernas.

 

SEGUNDA PARTE

GENESIS Y ROSTRO DEL MUNDO MODERNO

"El Sabio conoce muchas cosas ‑ prevé los acontecimientos, la decadencia del mundo ‑ el fin de los Ases"

(Völuspa, 44)

"Os revelaré un secreto. Ha llegado el tiempo en que el Esposo coronará a la Esposa. Pero ¿dónde está la corona? Hacia el Norte...

Y ¿de donde viene el Esposo? Del Centro, donde el calor engendra la Luz y se dirige hacia el Norte... donde la Luz se vuelve resplandeciente. Pero ¿qué hacen los del Mediodía? Se han adormecido en el calor; pero despertarán en la tempestad y, entre ellos, muchos se aterrorizarán hasta el punto de morir"

J. Boheme (Aurora, II, XI, 43).

El método adoptado en la primera parte de esta obra presenta, en relación al que seguiremos a partir de ahora, una diferencia que interesa poner de manifiesto.

En la primera parte nos hemos situado en un punto de vista esencialmente morfológico y tipológico. Se trataba ante todo de extraer, a partir de testimonios diversos, los elementos que permitieran precisar mejor en lo universal, es decir, suprahistóricamente, la naturaleza del espíritu tradicional y de la visión tradicional del mundo, del hombre y de la vida. No era preciso, pues, examinar la relación existente entre los datos utilizados y el espíritu general de las diversas tradiciones históricas de las que dependen. Los elementos que, en el conjunto de una tradición particular y concreta, no eran conformes con el puro espíritu tradicional, podían ser ignorados y considerados como carentes de influencia sobre el valor y el sentido de los otros. No se trataba tampoco de determinar en que medida algunas posiciones e instituciones históricas eran "tradicionales" en el espíritu, o solamente en la forma.

A partir de aquí nuestro propósito varía. Consistirá en seguir la dinámica de las fuerzas tradicionales y antitradicionales a través de la historia, lo que excluye la posibilidad de aplicar el mismo método, a saber, aislar y valorizar, en razón de su "tradicionalidad" algunos elementos particulares en el conjunto de las civilizaciones históricas. Lo que contará en el futuro, y constituirá el objeto específico de este nuevo enfoque, será, por el contrario, el espíritu de una civilización determinada, el sentido según el cual han actuado de forma concreta todos los elementos comprendidos en su interior. La consideración sintética de las fuerzas reemplazará al análisis tendiente a desgajar los elementos válidos. Se tratará de descubrir la tendencia "dominante" en los diversos complejos históricos y determinar el valor de sus diferentes elementos, no en lo absoluto y lo abstracto, sino teniendo en cuenta la acción que han ejercido sobre tal o cual civilización contemplada en su conjunto.

Mientras que en la primera parte, hemos procedido a una integración del elemento histórico y particular en el elemento ideal, universal y "típico", se tratará pues, de ahora en adelante, de integrar el elemento ideal en el elemento real. Más que recurrir a los métodos y resultados de la historiografía crítica moderna, esta integración se fundará esencialmente, como en el primer caso, en un punto de vista "tradicional" y metafísico, y sobre la intuición de un sentido que no se deduce de los elementos particulares, sino que se presupone y a partir del cual se puede comprender y medir su valor orgánico así como el papel que han podido jugar en las diferentes épocas y en las diversas formas históricamente condicionadas.

Podrá suceder, pues, que aquello que se ha omitido en la primera integración figure en un plano destacado en la segunda, y otro tanto de forma inversa; en el marco de un civilización dada, algunos elementos podrán ser puestos de relieve y considerados como decisivos, mientras que en otras civilizaciones, donde también se dieron, deberán ser abandonados y considerados como carentes de interés.

Para cierta categoría de lectores estas precisiones no serán inútiles. Contemplar la Tradición en tanto que historia tras haberla contemplado en tanto que supra‑historia, comporta un desplazamiento de la perspectiva; el valor atribuido a los mismos elementos se modifica; cosas que estaban unidas se separan y otras que se encontraban separadas se unirán, según las fluctuaciones de las contingencias inherentes a la historia.

 

Sobre las relaciones entre el judaismo y la masonería. Julius Evola

Sobre las relaciones entre el judaismo y la masonería. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El artículoque hemos traducido de la obra francesa de Evola sobre la francmasonería fue escrito en lo años 30 y establece algunos puntos de discusión que, sin duda, suscitarán polémicas. Evola conocía perfectamente a la masonería a través de Arturo Reghini, masón pitagórico de alto grado y cofundador del Grupo de Ur. Evola trae a colación algunos de los temas más habituales sobre la masonería (su simbolismo y elementos judíos que agrupa) y referencias y declaraciones sobre la implicación de judíos en el interior de la masonería. Pero Evola no cae en la simplificación "judíos controlan masones para sus fines". El problema no es este, sino mucho más profundo.

 

Sobre las relaciones entre el judaísmo y la masonería

 

El problema de las relaciones entre el judaísmo y la masonería es seguramente uno de los más importantes para los que han decidido combatir contra lo que ha podido llamarse, con una expresión eficaz, “la dictadura de los poderes ocultos” de nuestra época. Este problema, por lo demás, no es nuevo: en Alemania, sobre todo, frecuentemente el antisemitismo militante ha suscitado interés. Sin embargo, como suele ocurrir, no siempre se ha llegado a conclusiones sólidas; se ha construido un «mito» (cuya eficacia y justificación práctica no se trata de discutir aquí), pero ahora se trata de llegar a puntos de vista objetivos sobre este tema.

Es preciso, por otra parte, reconocer que las investigaciones de este tipo no son fáciles, no sólo porque afectan a organizaciones más o menos rodeadas de secreto y misterio, sino también y sobre todo, porque afectan, no tanto a estas organizaciones en sí mismas, o a tales sociedades políticas semi-secretas, como a las influencias aún más subterráneas de las que dependen, lo sepan o no, directa o indirectamente. Por ello no se deberá lamentar que desarrollando algunas breves consideraciones sobre este tema, nos mantengamos en un plano inductivo e intentemos alcanzar algo positivo en este orden de ideas antes que en el de los hechos propiamente dichos.

El problema de las relaciones entre la masonería y el judaísmo presenta tres aspectos principales: doctrinal, ético y político.

Empezando por el primero, está bastante extendida la convicción de que la influencia judía ha operado en la masonería, desde sus orígenes históricos, ya que gran parte del ritual y del simbolismo masónico contienen elementos procedentes de la tradición judía, sea bíblica o kabalística. El simbolismo del Templo de Salomón es central en la masonería, hasta el punto de que en algunas logias nórdicas, el Gran Maestre lleva el título de Vicarius Salomonis. Además la estrella de seis puntas, llamada también «sello de Salomón», figura entre los principales emblemas masónicos. La leyenda de Hiram, sobre la que volveremos más adelante, es de origen judío, al igual –y esto es indiscutible- que numerosas “palabras de pase” y diferentes grados masónicos, como por ejemplo Tubalcaïn, Schibboleth, Guiblim, Jachin, Bohaz, etc. En cuanto al personaje al cual se atribuye generalmente un papel decisivo en la organización del aspecto interno de la masonería anglo-sajona, Elías Ashmole, era judío.

Si todo esto es indiscutible, y si se puede añadir numerosos elementos del mismo tipo, sin embargo, algunas reservas se imponen. Es preciso, primeramente, subrayar que junto a estos elementos judíos, existen muchos otros, en el simbolismo masónico, que se refieren a tradiciones no judaicas, herméticas, pitagóricas, rosacrucianas, e incluso algunos secretos de las corporaciones medievales, sobre todo la de los “constructores”.

En segundo lugar, los elementos judaicos, en sí mismos, pertenecen a una especie de esoterismo que, como la Kábala, fue siempre considerada con reservas por la ortodoxia talmúdica, que está en el centro del judaísmo propiamente dicho.

Finalmente, es preciso señalar que si el hecho de haber tomado prestados elementos a la tradición judía es considerada como una acusación, entonces esa misma acusación podría extenderse contra el mismo cristianismo; esta vía es la asumida efectivamente por la vía seguida con coherencia por el antisemitismo racista radical que describe la trayectoria de un boomerang: alimentado originariamente contra los judíos por la Iglesia, la masonería amenaza igualmente con volverse contra esta en razón de lo que ella conserva de judaico. Pero el argumento más decisivo a este respecto, es que en todas partes donde se trata de un esoterismo y de un simbolismo verdaderos, se encuentra un plano virtualmente metafísico, donde convergen, en sus principios fundamentales, todas las tradiciones, donde el aspecto contingente y humano de cada una de ellas no tiene más que un débil peso. El judaísmo, justamente combatido por el frente de las revoluciones nacionales, no tiene nada que ver con este plano: su aspecto “oculto” es de una naturaleza completamente diferente. Es cierto que siempre se puede preguntar por qué la masonería ha privilegiado, precisamente, símbolos judaicos; es cierto que se puede preguntar también si el recurso, incluso inconsciente y formalista, a algunas fórmulas y a ciertos ritos relacionados con una tradición dada no sirve para establecer invisiblemente relaciones con algunas “influencias” inseparables del pueblo portador de la mencionada tradición. Si este último problema es de más importancia de lo que supone buen número de personas, es claro, sin embargo, que su estudio implicaría consideraciones de carácter “técnico” que no podrían tener cabida aquí, en tanto que remiten a nociones ciertamente ajenas a la mayoría de nuestro público. Por lo demás, lo que se podría eventualmente establecer a este respecto, debería encontrar, a título de prueba, una contrapartida en el orden de los hechos, algo que equivale, en el fondo, a definir directamente las relaciones entre judaísmo y masonería en los demás planos, más condiciones y más exteriores.

En lo que respecta al primer punto, no hay pues gran cosa a reprochar a la masonería, bajo pretexto de que posee una componente judaica. Ya hemos demostrado en un precedente artículo que todo lo que es “esoterismo” en la masonería ha sufrido una inversión que ha destruido y pervertido completamente su espíritu original. Lo que comporta sobre todo en la masonería moderna, es su ideología político-social y el pathos que se relaciona con él. Así puede entenderse un segundo aspecto del problema que consiste en ver que el judaísmo y la masonería comparten el mismo plan.

Ya hemos aludido a la leyenda de Hiram. Se trata de un personaje que figura en la Biblia (como Adon­ Hiram), pero sobre todo en el Talmud. En la masonería, es contemplado como el constructor del Templo de Salomón, traidoramente asesinado por sus tres compañeros, que querían arrancarle el secreto del arte de los constructores y que hacen desaparecer su cadáver. Cada masón admitido en la ceremonia del Tercer Grado es considerado como Hirán reencontrado que renace, y que por este renacimiento se eleva a la dignidad de Maestre de la secta. Algunos (Ragon, Reghini) han querido ver aquí una correspondencia con el simbolismo de las iniciaciones clásicas, eleusinas y dionisíacas.

Comparación tendenciosa, y que, de todas formas, no es válida más que en la medida en que estas mismas iniciaciones antiguas sufrieron una influencia asiática, judaica o levantina. El pathos de la víctima predestinada y la espera de su renacimiento conforme a la justicia, son elementos específicamente semíticos, que, por otra parte, impregnan de manera pandémica al «pueblo elegido» a partir de su caída. Esta figura de Hiram, esencial en la masonería, hace obligatoriamente pensar en el personaje llamado, en el Kahal y en un cierto judaísmo sionista internacional, el «Príncipe de la Servidumbre», concebido como el Maestro supremo durante el período que separa aún a Israel de su nuevo “Reino”. Pero, generalmente aún, se puede admitir que leyendas como las de Hiram, ofrecen un gran margen al desarrollo de los puntos de vista a la vez humanitarios y revueltos; y, en este terreno, el encuentro entre judaísmo y masonería, indiscutible, se confunde casi con la identidad. Esto explica que la masonería a menudo haya aparecido a los judíos como un complemento de la ley judía e incluso como el instrumento activo de su esperanza mesiánica, naturalmente y duramente secularizada, democratizada y materializada.

El masón Otto Hieber ha escrito textualmente en sus Leitfa­den durch die Ordenslehre der grossen Landloge von Deutsch­land: «El Maestro nos ha enseñado a amar a cada hombre como un hermano y el judío, es con el mismo derecho que nosotros, hijo de Dios. En tanto haya en nuestro credo la afirmación de los derechos humanos, existirá la cuestión judía, y con la opresión del judío es también nuestro más alto principio el que resultará lesionado». Se encuentra la exacta contrapartida de estas manifestaciones en declaraciones emanadas del judaísmo, por ejemplo esta: «Israel no desea más que la justicia social. La corte, el ejército, la aristocracia hereditaria, le resultan ociosas. La idea de patria es para él la idea de justicia y la idea de justicia es la igualdad social». Israel realiza incansablemente «su misión histórica de redentor de la libertad de los pueblos, de Mesías colectivo de los derechos del hombre» en favor «del régimen igualitario y nivelador (sic) de las repúblicas, naturalmente verdaderas repúblicas y no repúblicas burguesas» (Elie Eberlin, Les Juifs d'aujourd'hui, p. 136, 143, 153). Y cuando se sabe que todo esto corresponde muy exactamente a la ideología y la acción masónicas, palabras como estas no deberían sorprender: «El espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo en sus concepciones más fundamentales: son sus ideas mismas, su lengua misma y casi su organización» (en Vérité Israélite, cf. de Poncins, p. 243).

En el primer artículo de esta serie, los lectores han podido conocer documentos que muestran de manera irrefutable la convergencia de la idea societaria con la idea y la acción masónicas. Entre los numerosos testimonios judíos correspondientes, he aquí uno de los más significativos: «La Sociedad de Naciones no es tanto una creación de Wilson como una obra magnífica del judaísmo, de la que podemos estar orgullosos. La idea societaria se refiere a la de los grandes poetas de Israel. Isaías, dice que las espadas deberán ceder el lugar a las carretas y que nunca un pueblo deberá combatir a otro. La Sociedad de Naciones nos remite a este viejo conjunto de ideas judías. Su origen se remonta a la visión del mundo de los profetas, compenetrando de amor al mundo entero. También la idea de la fraternización de los pueblos es una herencia típicamente judaica» (cf. Fritsch, p. 202). Ya hemos visto que el congreso internacional masónico que tuvo lugar en 1917 en París indicaba, entre los verdaderos objetivos de la guerra mundial, además la constitución de la Sociedad de Naciones, la destrucción de las formas imperiales y monárquicas existen aún en Europa Central; pero es cierto también que los judíos veían en el hundimiento de estas formas «insoportables» (según la expresión del judío Lud­wig) la desaparición de un obstáculo esencial para la realización de su política (cf., por ejemplo, la revista Der Jude, número de enero de 1919).

No deberíamos extrañarnos por un cierto número de elementos judíos que hayan afluido en las filas de la masonería y lo hayan hecho todo para convertirlo en uno de sus primeros y más poderosos instrumentos de trabajo. La hipótesis extremista, según la cual los judíos habrán creado la masonería en vistas de una dominación oculta del mundo, no puede, en nuestra opinión, ser tomado en serio. Pero es preciso admitir que en la internacional judía de un lado, y en la forma política moderna de la masonería, del otro, se manifiestan influencias estrechamente emparentadas. Sobre esta base, a medida que la masonería se orientaba hacia un humanitarismo subversivo y antijerárquico, el judaísmo debía representar en el seno de la secta un papel quizás más importante que el que los profanos, e incluso también de los masones de alto grado, pueden haber sospechado. En 1848 ya, el barón von Knigge, miembro de las diferentes logias de la masonería alemana que tuvieron, hasta tiempos relativamente recientes, como algunas logias inglesas, un carácter conservador, creyó necesario denunciar el peligro de las infiltraciones judías en la masonería, comprendiendo que los judíos «veían en la masonería un medio para consolidar su movimiento hacia un reino secreto». En 1928, tras un discurso entusiasta sobre la masonería, el rabino M.J. Merrit tuvo ocasión de decir: «No pudo existir lugar de culto masónico más propicio que éste, ya que la masonería es inseparable de la historia del pueblo al cual este templo (un templo judío) pertenece: en verdad, la masonería ha nacido de Israel». Otra declaración muy reveladora (citada por Vaulliaud): «La esperanza que sostiene y fortifica la masonería, es la que aclara y confirma Israel en su vida dolorosa, mostrándole el triunfo seguro en el porvenir. El advenimiento de los tiempos mesiánicos, ¿acaso no es la constatación solemne y proclama definitiva de los principios eternos de la fraternidad y del amor, la asociación de todos los corazones y de todos los esfuerzos, la coronación de esta maravillosa oración de todos los pueblos de los que Jerusalén será el centro y el símbolo triunfante? Como siempre, esta declaración de amor encuentra una respuesta inmediata en la masonería. Apoyándose aparentemente sobre el hecho de que la iglesia judía no tiene dogmas, sino símbolos, al igual que la masonería, el diario masónico Acacia afirmó: «Es por esto que la iglesia israelita es nuestra aliada natural, por esto nos apoya, por esto un buen número de judíos militante en nuestras filas».

Hemos llegado aquí al punto más importante para nuestro problema, que recibe sin embargo distintas respuestas según las ideas que uno se haga de la acción efectiva del judaísmo y de sus finalidades, suponiendo que se pueda verdaderamente hablar de finalidades en el sentido de un plano unitario internacional. Hacer estadísticas para establecer el porcentaje de judíos en el seno de la masonería no es decisivo, pues la táctica judía es suficientemente conocida; como la de todo poder enmascarado, no consiste en imponerse por el número, sino mediante una infiltración oportuna que permite controlar insensiblemente, desde lo alto y desde los bastidores, todos los nudos vitales de una organización dada; por ello una investigación en esta dirección está condenado, por la misma naturaleza de las cosas, a perderse entre las arenas. La convergencia entre la masonería y el judaísmo revela más o menos un dominio de «afinidades electivas»: basta recordar que el judío espontáneamente fomenta y sostiene toda idea liberal, democrática e internacional, simplemente porque ningún pueblo más que el pueblo judío, en razón de su condición, gana al triunfar ideologías de este tipo y a la eliminación de todo orden jerárquico y autoritario, nacional y tradicional. Además, el resentimiento secular del judío contra el catolicismo encaja de maravilla con el odio masónico hacia Roma y con el símbolo de un Templo que lleva un nombre judío, el cual, en último análisis, sirve de punto de encuentro a todas las fuerzas de un frente internacional hostil a la autoridad supranacional católica.

Pero las cosas de presentan de otra forma si se estima que la acción destructora ejercida –sea con circunspección o sea instintivamente- en tantos dominios por numerosos elementos judíos, no expresa las verdaderas finalidades secretas del judaísmo. Si se alude al mito de los famosos Protocolos, esta acción no es más que preparatoria en relación a los fines ulteriores perfectamente conocidos por jefes de la internacional judía, suponiendo que estos jefes existan, fines por así decirlo inmanente al «espíritu» de Israel. Por lo demás, no es necesario referirse a un documento tan controvertido como los Protocolos: numerosas declaraciones positivas pueden despertar sospechas análogas, y nos contentaremos recordando, por ejemplo, palabras poco conocidas que Baruch Levi escribió a Karl Marx, que vale la pena reproducir: «El pueblo judío, en tanto que colectividad, será su propio Mesías. Su dominación sobre el mundo será realizada por la unión de las otras razas humanas, la eliminación de las fronteras y de las monarquías, que son los bastiones del particularismo y por la constitución de una república mundial, en el seno de la cual los judíos gozarán de sus derechos. En esta nueva organización de la humanidad, los hijos de Israel, hoy dispersos por todo el mundo, podrán convertirse por todas partes en el elemento dirigente, sobre todo cuando logren situar a las masas obreras bajo el firme control de algunos de ellos. Los gobiernos de los pueblos forman la república mundial, con la ayuda del proletariado, sin que este reclame esfuerzos, caerán todos en manos de los judíos. La propiedad privada podrá ser sometida entonces a los gobiernos de la raza judía, que administrarán los bienes del Estado. Así será realizada la promesa del Talmud, según la cual los judíos, cuando el tiempo haya llegado, poseerán las llaves de los bienes de todos los pueblos de la tierra» (cf. Revue de Paris, XXXV, 11, p. 574).

Resulta una paradoja tan singular como instructiva: el verdadero judío es tanto más antitradicionalista respecto a otros y al medio en que evoluciona, cuando está profundamente unido a su pueblo y a su tradición. Se trata pues de ver si las tendencias humanitaristas y democráticas del judaísmo no son más que formas de hipocresía, en el sentido donde la libertad con la que sueña el judío en el seno del mundo nivelado y « fraternalista » de los ideales masónico-liberales y otros respondería, no a la intención de los judíos de fundirse y desaparecer en este torbellino supranacional, sino que sería por el contrario la condición necesaria de una acción destinada a la afirmación de Israel y al hundimiento, en beneficio de este pueblo, de las relaciones de subordinación que conoció en el mundo antiliberal y tradicional. El hecho es que por todas partes donde los judíos han tenido las manos libres, han sabido llegar rápidamente a importantes puertos dirigentes en la vida pública, son cesar de mantener contactos, conforme a la solidaridad tenaz y “mutualista” de una secta. ¿Es posible  como diría un matemático, «extrapolar» el alcance de este hecho e interpretar en función del mismo la acción global del judaísmo liberal-demócrata? Tal es, ciertamente, una cuestión grave. Equivale a preguntarse si no hay tras el judaísmo como antitradición -mas o menos ligada a todos los elementos subversivos de la época actual- un judaísmo como tradición, manteniendo con el primero la misma relación que el de un estado mayor con sus tropas. Si fuera así, se podría compartir la convicción de un historiador de la masonería, Schwarz‑Bostunitsch, según el cual «el secreto de la masonería, es el judío». Repetimos que no queremos caer en el mito, sino más bien referirnos a algunas conexiones invisible que, en el dinamismo de las fuerzas más profundas de la historia, pueden ser decisivas para comprender el sentido último de algunas corrientes colectivas, sobre todo cuando estas no están privadas de evocaciones rituales y cuando presentan una apariencia de jerarquía, sin que las energías así organizadas tengan un punto de referencia firme en jefes visibles.

De todas formas, es evidente, desde el punto de vista práctico, que la primera hipótesis lleva a las mismas consecuencias que la otra. Política y socialmente hablando, masonería y judaísmo pertenecen al mismo frente. Y oponerse a él es necesario, se trata de combatir simplemente una utopía humanitaria niveladora, encontrando en si misma su principios y su fin, o bien que se trata así de paralizar uno de los principales instrumentos al servicio de la voluntad de poder oculto de una raza que no es la nuestra, y cuyo triunfo, visible o invisible, no tendría otro significado más que el declive de la más preciosa herencia de la mejor cultura indo-europea.

© Por la traducción al castellano: Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

 

 

Cuando Bedenetto Croce "esponsorizaba" a Evola

Cuando Bedenetto Croce "esponsorizaba" a Evola

Biblioteca Julius Evola.- Se suele creer que Evola era un individuo aislado en la Italia de su tiempo. No era así. No solamente pudo relacionarse con las más altas instancias italianas y alemanas de la época, sino que además, logró el respeto de los medios intelectuales y culturales italianos que, aún sin compartir sus opiniones consideraban que sus trabajos estaban realizados con un alto rigor intelectual. Uno de los filósofos cuyo apoyo obtuvo fue Benedetto Croce quien lo introdujo en las Ediciones Laterza. Este artículo de Alessndro Barbera que apareció inicialmente en "L'Italia" y, posteriormente, en la revista belga "Vouloir" asi lo demuestra.

 

 

Cuando Benedetto Croce "esponsorizaba" a Evola...

Alessandro Barbera

El filósofo liberal y antifascista ha jugado un papel extraño, como “protector” de Evola. Alessandro Barbera nos cuenta la historia inédita de una relación que nadie sospechaba...

Julius Evola y Benedetto Croce. En apariencia, se trata de dos pensadores muy alejados uno de otro. Sin embargo, en cierto período de su existencia, han estado en contacto. Y no se trató de un episodio efímero sino de un lazo de larga duración, extendiéndose durante casi un decenio de 1925 a 1933. Para ser más precisos, digamos que Croce, en esta relación, ha representado el papel de “protector” y Evola, el de “protegido”. Esta relación empezaba cuando Evola entra en el prestigioso areópago de autores de la Editorial Laterza de Bari.

En los años 30, Evola había publicado varias obras en Laterza Laterza, que han sido reeditadas en la postguerra italiana. Hoy, se desconocen los detalles de estos lazos en el interior de la propia editorial. De hecho, dos investigadores, Daniela Coli y Marco Rossi, nos habían facilitado en el pasado informaciones sobre la relación triangulas entre Evola, Croce y la Editorial Laterza. Daniela Coli había abordado la cuestión en una obra publicada hace diez años en la editorial Il Mulino (Croce, Laterza e la cultura europea, 1983). Marco Rossi, por su parte, había suscitado la cuestión en una serie de artículos consagrados al itinerario cultural de Julius Evola en los años 30, y aparecidos en la revista de Renzo De Felice, Storia contemporanea (n° 6, diciembre de 1991). En su autobiografía, Il camino dal cinabrio (ed. it., Scheiwiller, 1963; ed. franc., Arke/Arktos, Milan/Carmagnole, 1982), Evola evoca las relaciones que mantuvo con Croce pero nos dice pocas cosas, finalmente, mucho menos en todo caso de lo que se adivina y se sabe hoy. Evola escribe que Croce, en una carta, que le hizo el honor de juzgar uno de sus libros: "con rigor y realizando un razonamiento exacto”- Y Evola añade que conoce bien a Croce, personalmente. La encuesta nos lleva a los archivos de la editorial de Bari, depositadas actualmente en los archivos del Estado de esta ciudad, que consentirán quizás hoy facilitarnos índices mucho más detallados en cuanto a las relaciones que han reunido a ambos hombre.

La primera carta de Evola que se encuentra en los archivos de la Editorial Laterza se remonta a finales de junio de 1925. En esta misiva, el pensador tradicionalista responde a una respuesta negativa precedente y solicita la edición de su Teoria dell'individuo assoluto. Escribe : « No es seguramente una situación simpática en la que me encuentro, obligado a insistir y reclamar su atención sobre el carácter serio y el interés de esta obra: creo que la recomendación del señor Croce es garantía suficiente para demostrarlo".

El interés del filósofo liberal se confirma igualmente en una carta dirigida por la Editorial Laterza a Giovanni Preziosi, enviada el 4 de junio del mismo año. El editor escribe: "Tego sobre la mesa desde hace veinte días las notas que me ha comunicado el Señor Croce sobre el libro de Julius Evola, Teoria dell'individuo assoluto, y me recomienda su publicación". En efecto, Croce había ido a Bari hacia el 15 de mayo y es en esta ocasión que transmite sus notas a Giovanni Laterza. Pero el libro será publicado en Bocca en 1927. Esta es la primera intervención de una larga seria, que el filósofo realiza a favor de Evola.

Algunos años después, Evola vuelve a llamar a la puerta del editor de Bari, para promover otra de sus obras. En una carta enviada el 23 de julio de 1928, el tradicionalista propone a Laterza la edición de un trabajo sobre el hermetismo alquímico. En esta ocasión, recuerda a Laterza la intercesión de Croce para su obra de naturaleza filosófica. Esta vez también, Laterza responde de manera negativa. Dos años pasan antes de que Evola proponga nuevamente su libro, habiendo obtenido, por segunda vez, el apoyo de Croce. El 13 de mayo de 1930, Evola escribe : « El Señor Senador Benedetto Croce me comunica que usted no contempla, en principio, la posibilidad de publicar una de mis obras sobre la tradición hermética en su colección de obras esotéricas”. Esta vez. Laterza acepta la petición de Evola sin oponer obstáculos. En la correspondencia de la época entre Croce y Laterza, que se encuentra en los archivos, no hay referencias a este libro de Evola. Es por ello que puede suponerse que han hablado de viva voz en el domicilio de Croce en Nápoles, donde Giovanni Laterza se había desplazado algunos días después. En conclusión, cinco años después, de su primera intervención, Croce consigue finalmente dar entrada a Evola en el catálogo de Laterza.

La tercera manifestacion de interés por parte de Croce, probablemente germinó en Nápoles y tiene que ver con la reedición del libro de Cesare della Riviera, Il mondo magico degli Heroi. En los comentarios relativos a esta reedición, se encuentra una primera carta del 20 de enero de 1932, en donde Laterza dice a Evola que no ha conseguido encontrar las notas sobre este libro. Un día más tarde, Evola responde y pide que se le procure una copia de la segunda edición original, a fin de que pueda examinarlo. Entre tanto, el 23 de enero, Croce escribe a Laterza : «He visto en los estantes de la Biblioteca Nacional este libro sobre la magia de Riviera, ces un bonito ejemplar de lo que yo creo es la primera edición de Mantova, con fecha 1603. Sería preciso reeditarla, con la dedicación y el prefacio". El libro terminará por ser editado con un prefacio de Evola y su transcripción modernizada. La lectura de la correspondencia nos permite emitir la siguiente hipótesis: Croce ha sugerido a Laterza confiar este trabajo a Evola. Este, en una carta a Laterza, fechada el 11 de febrero da su opinión y juzga que “la cosa puede ser más complicada de lo que había pensado”.

En cuarto intento, que no llegó a buen puerto, tiene que ver con una traducción de escritos seleccionados de Bachofen. En una carta del 7 de abril de 1933 a Laterza, Evola escribe: "Con el Senador Croce, había evocado un día el interés que podría revestir una traducción de fragmentos escogidos de Bachofen, un filósofo del mito en voga en la Alemania actual. Si la cosa os interesa (podría eventualmente tratarse de la colección de « Cultura Moderna »), podría darle mi opinión, teniendo en cuenta también el criterio del Senador Croce”. En efecto, Croce se había preocupado de las tesis de Bachofen, como lo prueba uno de sus artículos de 1028. El 12 de abril, Laterza consulta al filósofo: "Evola me escribió que usted le había hablado de un volumen que compilaría fragmentos escogidos de Bachofen. ¿Creo usted que es un proyecto que debemos tomar en consideración?". En la respuesta de Croce, fechada al día siguiente, no hay ninguna referencia a este proyecto, pero debemos de considera un hecho: la carta no ha sido conservada en su versión original.

Evola, en todo caso, no ha renunciado a la idea de realizar esta antología de escritos de Bachofen. En una carta del 2 de mayo, anuncia que propone «escribir al Senador Croce, a fin de recordarle aquello a lo que se hizo alusión" en una conversación entre ellos. En una segunda carta, fechada el 23, Evola pide a Laterza si ha solicitado a su vez la opinión de Croce, confirmando haber escrito al filósofo. Dos días más tarde, Laterza declara « no haber pedido la opinión a Croce”, a propósito de la tradución, porque, añade, “teme que no lo apruebe ». Se trata, evidentemente, de una mentira. En efecto, Laterna ha pedido la opinion de Croce, pero no sabemos siempre cuál ha sido la respuesta, ni lo que ha sido decidido. La antología de escritos de Bachofen aparecerá finalmente muchos años después, en 1949, en la Editorial Bocca. A partir de 1933, los lazos entre Evola y Croce parecen llegar a su fin, al menos según lo que nos permite concluir los archivos de Laterza.

Para encontrar la huella de una nueva aproximación, precisamos referirnos a la postguerra, cuando Croce y Evola terminaron por encontrarse una vez más en el mundo de la edición, pero sin que el pensador tradicionalista lo advirtiera. En 1948, el 10 de diciembre, Evola propone a Franco Laterza, que acaba de suceder a su padre, publicar una traducción del libro de Robert Reininger, Nietzsche e il senso de la vita. Tras haber recibido el texto el 17 de febrero, Laterza escribe a Alda Croce, la hija del filosofo: “Te adjunto a la presente un manuscrito sobre Nietzsche, traducido por Evola. Parece que se trata de un buen trabajo ; ¿puedes ver si podemos aceptarlo en el marco de la “Biblioteca de la Cultura Moderna”. El 27 del mismo mes, el filósofo responde. Croce estima que la operación es posible, pero emite algunas reservas. Remite su decisión al regreso de Alda, que pasaba unos días en Palermo. La decisión final ha sido tomada en Nápoles, hacia el 23 de marzo de 1949, en presencia de Franco Laterza. La opinión de Croce es negativa, verosímilmente bajo la influencia de Alda, su hija. El 1º de abril, Laterna confirma a Evola que « el libro fue muy apreciado (sin precisar por quién, NDT) en razón de su valor”, pero que, por razones de “oportunidad”, se había decidido no publicarlop. La traducción se editará más tarde, en 1971, en la Editorial Volpe.

Este rechazo a editar la obra, intrigó a Evola, que ignoraba los verdaderos nombres y circunstancias del episodio. Un año más tarde, en algunas cartas, que vuelven a colocar el tema sobre el tapete, Evola considera la hipótesis de una “depuración”. Esta insinuación irritó a Laterza. Tras esta polémica, las relaciones entre el escritor y la editorial, se enfriaron. A fin de cuentas, podemos concluir que Evola entró en Laterza gracias al interés que tenía Croce sobre él. Salió a causa de una negativa emitida por la hija de Croice, Alda, a una de sus propuestas.

(c) Syrgies Européennes, L'Italia (Rome) / Vouloir (Bruxelles), Aout, 1994]

(c) Por la traducción : Ernesto Milá – infokrisis@yahoo.es

 

 

Legionarismo ascético Encuentro con el jefe de la Guardia de Hierro. Julius Evola

Legionarismo ascético Encuentro con el jefe de la Guardia de Hierro. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- En 1938 Evola fue a Bucarest a encontrar a entrevistar al jefe de la Guardia de Hierro Rumana. El texto de la entrevista sería publicado en la revista "Il Regime Fascista" y ha sido citada en múltiples ocasiones. De hecho, Evola reconoció la extraordinaria impresión que le causó el movimiento legionario rumano y su jefe Corneliu Zelea Codreanu. En la entrevista y en el artículo, Evola recoje algunas de las prácticas y de los rituales de la Guardia de Hierro a modo de pinceladas en las que se refleja el carácter místico de la organización.

 

Legionarismo ascético

Encuentro con el jefe de los "Guardias de Hierro"

de Julius Evola, El Régimen Fascista, el 22 de marzo de 1938,

Bucarest, marzo 1938

Rápidamente nuestro coche deja tras de si aquella curiosa zona que es el centro de Bucaresto: un conjunto de pequeños rascacielos y edificios modernísimos, predominantemente de tipo "funcional", con tiendas y almacenes entre parisinos y americanos, el único elemento exótico son los frecuentes sombreros de astracán de los agentes y los burgueses. Alcanzamos la estación del Norte, tomamos una polvorienta calle provincial costeada por pequeños edificios del tipo de la vieja Viena, que alcanza el campo con rigurosa línea recta. Después de media hora, el automóvil dobla de repente a mano izquierda, toma una calle campestre, se para frente a un edificio casi aislado entre los campos: es la llamada "Casa Verde", residencia del Jefe de los "Guardias de Hierro" rumana.

“La hemos construido con nuestras mismas manos", nos dicen con cierto orgullo los legionarios que nos acompañan. Intelectuales y artesanos se han asociado para construir la residencia de su jefe, casi en el sentido de un símbolo y un ritual. El estilo de la construcción es rumano: a los dos lados, se dilata con una especie de porche, casi da la impresión de un claustro.

Entramos y alcanzamos el primer plan. Allí encuentro a un joven alto y esbelto, con vestido deportivo, con un rostro abierto, da enseguida una impresión de nobleza, fuerza y lealtad. Es Corneliu Codreanu, jefe del Guardia de Hierro. El tipo es característicamente ario-romano: parece una reaparición del antiguo mundo ario-itálico. Mientras sus ojos gris-azules expresan la dureza y la fría voluntad propia a los Jefes, en el conjunto de la expresión hay simultáneamente una rara nota de idealismo, de interioridad, fuerza y humana comprensión. También su modo de conversar es característico: antes de contestar, parece absorberse, alejarse, luego, de repente, empieza a hablar, expresándose con precisión casi geométrica, en frases bien articuladas y orgánicas.

"Después de toda una falange de periodistas, de cada nación y color, que no supieron dirigir si no preguntas ligadas a la política cotidiana, es la primera vez, y con satisfacción" -dice Codreanu- "que viene a mí alguien que se interesa, ante todo, en el alma, el núcleo espiritual de mi movimiento. Para aquellos periodistas encontré una fórmula para satisfacerlos y para decirles algo, es decir: nacionalismo constructivo”.

"El hombre se compone de un organismo, es decir de una forma organizada, luego de fuerzas vitales, y luego de un alma. Lo mismo puede decirse de un pueblo. Y la construcción nacional de un Estado, aunque incorpore naturalmente los tres elementos, puros, por razones de diversa cualificación y herencia, puede tomar sobre todo los rasgos particulares de alguno de ellos.

"Para nosotros, en el movimiento fascista predomina el elemento Estado, que equivale a la forma organizada. Aquí habla la potencia formadora de la antigua Roma, maestra del derecho y de la organización política, del cuál el italiano es el más puro heredero. En el nacionalsocialismo, en cambio, se resaltan las fuerzas vitales, la raza, el instinto de raza, el elemento étnico-nacional. En el movimiento legionario rumano el énfasis se pone, sobre todo, en aquello que, en un organismo, corresponde al elemento alma: sobre el aspecto espiritual y religioso.

"De aquí surge la característica de los distintos movimientos nacionales, los cuales comprendan estos tres elementos sin descuidar ninguno, pero en distintas proporciones. El carácter específico de nuestro movimiento procede de una remota herencia. Ya Heródoto llamó a nuestros antepasados: "Los nos Dacios inmortales”. Nuestros antepasados getotracios tuvieron por fe, ya antes del cristianismo, la inmortalidad y la indestructibilidad del alma, lo que prueba su orientación hacia la espiritualidad. La colonización romana ha añadido a este elemento el espíritu romano de organización y forma. Todos los siglos siguientes han hecho miserable y han disgregado a nuestro pueblo: pero al igual que en un caballo enfermo, es posible reconocer la nobleza de su raza, así mismo en el ayer y hoy del pueblo rumano se pueden reconocer los elementos latentes de esta doble herencia.

"Y es esta herencia la que el movimiento legionario quiere despertar" continúa Codreanu. "Parte del espíritu: quiere crear un hombre espiritualmente nuevo. Realizado como "movimiento” esta tarea, nos espera el despertar de la segunda herencia, la de la fuerza romana políticamente formadora. Así el espíritu y la religión son para nosotros el punto de partida, el "nacionalismo constructivo" es el punto de llegada y casi una consecuencia. Al unir un punto con otro aparece la ética ascética y simultáneamente heroica de la "Guardia de Hierro" ".

Le preguntamos a Codreanu en que relación se encuentra la espiritualidad de su movimiento con la religión cristiano-ortodoxa. La respuesta es:

"Generalmente, tendemos a vivificar en la forma de una conciencia nacional y una experiencia experimentado lo que, en esta religión, muy a menudo se ha momificado y se ha convertido en el tradicionalismo de un clero soñoliento. Luego nosotros encontramos en una condición feliz por el hecho que a nuestra religión, articulada nacionalmente, es extraño el dualismo entre fe y política y puede proveernos elementos éticos y espirituales sin imponerse como en todo caso una entidad política. De nuestra religión el movimiento de la Guardia de Hierro retoma una idea fundamental: la del ecumenismo, es decir la superación positiva de cada internacionalismo y cada universalismo abstracto y racionalista. La idea ecuménica implica la de una sociedad considerada como unidad de vida, como organismo vivo, como un vivir junto, no sólo con nuestro pueblo, sino también con nuestros muertos y con Dios. La realización de esta idea en forma de experiencia efectiva es el centro de nuestro movimiento; política, partido, cultura, etcétera, para nosotros no son más que consecuencias y derivaciones. Tenemos que revivificar esta realidad central, y renovar en esta vía al hombre rumano, para luego proceder y construir la nación y el Estado. Un punto particular es que, para nosotros, la presencia de los muertos en la nación ecuménica no es una abstracción sino una realidad: la de nuestros muertos y, sobre todo, la de nuestros héroes. No podemos separarnos de ellos; ellos son como fuerzas libres de la condición humana, penetran y sustentan nuestra vida más alta. Los legionarios se agrupan periódicamente en pequeños grupos, llamados "nidos" ["cuib" n.d.c.]. Estas asambleas siguen rituales especiales. Cada reunión se abre pasando revista a todos nuestros compañeros caídos, a cuyo nombre los demás contestan "Presente". Para nosotros esto no es una ceremonia vacía, ni una alegoría, sino una evocación real.

"Distinguimos el individuo, la nación y la espiritualidad trascendente -continúa Codreanu- y en la dedicación heroica consideramos lo que lleva del uno al otro de tales elementos, hasta a una superior unidad. Nosotros negamos en cada forma el principio de la utilidad bruta y materialista: no sólo sobre el plano del individuo, sino también sobre el de la nación. Por eso en la nación reconocemos principios eternos e inmutables, en nombre de los que se tiene que estar listo para combatir, morir y sobre todo a subordinar, al menos con la misma decisión, nuestro derecho de vivir y de defender nuestra vida. La verdad y el honor son, por ejemplo, de los principios metafísicos, que nosotros ponemos más para arriba nuestra misma nación."

El carácter ascético del movimiento de la Guardia de Hierro no es genérico, sino también muy concreto y, por decirlo así, practicante. Por ejemplo, la regla del ayuno: tres días a la semana, unos 800.000 hombres practican el llamado "ayuno negro", es decir, la abstinencia de comida, de bebidas y de tabaco. Además, la oración tiene en el movimiento una parte importante. El Cuerpo de Asalto seleccionado que lleva el nombre de los dos jefes legionarios caídos a España, Mota y Marin, practica la regla del celibato. Le preguntamos a Codreanu que nos indica el sentido preciso de todo eso. Parece meditarlo durante un momento y luego contesta:

“Existen dos aspectos, que para aclararlos se necesita tener presente el dualismo del ser humano, compuesto de un elemento material naturalista y de un elemento espiritual. Cuando lo primero domina a lo segundo, es el "infierno". El equilibrio entre ambos es precario y contingente. Sólo el dominio absoluto del espíritu sobre el cuerpo es la condición normal y el presupuesto de toda fuerza verdadera, de todo heroísmo auténtico. Practicamos el ayuno porque propicia tal condición, afloja los vínculos corpóreos, propicia la autoliberación y la autoafirmación de la pura voluntad. Y cuando a eso se suma la oración, nosotros pedimos a las fuerzas de lo alto que se unan a nosotros y nos sustenten invisiblemente. Esto conduce a un segundo aspecto: es una superstición pensar que en cada combate salente las fuerzas materiales y sencillamente humanas sean decisivas; en ello entran, en cambio, también en juego las fuerzas invisibles, espirituales, al menos igualmente eficaces como las primeras. Somos conscientes de la positividad y de la importancia de tales fuerzas. Por ésto damos al movimiento legionario un carácter ascético. También, en las antiguas órdenes caballerescas estuvo presente el principios de la castidad. Esta característica, entre nosotros, está estrechamente ligada al Cuerpo de Asalto, con una justificación práctica, es decir que quien debe entregarse completamente a la lucha y no tiene que temer la muerte, conviene que no tenga los impedimentos de la familia. Por lo demás, se permanece en este cuerpo solamente hasta cumplir los 30 años. Pero, en todo caso, permanece siempre una aposición de principio: a un lado existen los que sólo conocen la "vida" y que, por lo tanto, no buscan sino la prosperidad, la riqueza, el bienestar, la opulencia; del otro lado están los que aspiran a algo más que la vida, a la gloria y la victoria en una lucha tanto interior como exterior. La Guardia de Hierro pertenece a esta segunda linea. Y su ascetismo guerrero se completa con una última norma: con el voto de pobreza que debe realizar la elite de los jefes del movimiento, con las reglas de renuncia al lujo, a las diversiones vacuas, a los ocios mundanos, en fin, con la invitación a un verdadero cambio de vida que nosotros hacemos a cada legionario."

(c) Por la traducción Ernesto Milà - infokrisis@yahoo.es