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Biblioteca Evoliana

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XXI. La sede del Grial

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XXI. La sede del Grial

Biblioteca Julius Evola.- Evola nos explica en este parágrafo que la sede del Grial en el mito, jamás fue una iglesia o un templo, sino un castillo. Este tema no está carente de interés porque refleja que el tema del Grial es, eminentemente, un tema heroico. De la misma forma que el Grial al ser rescatado junto con José de Arimatea de la prisión, no pasará a ser custodiado por una orden religiosa, sino por una orden de caballeros, los Templeissen, así mismo, su sede será siempre una fortaleza.

 

XXI. LA SEDE DEL GRIAL

Hemos visto que entre los lugares donde se desarrollan las pruebas de los caballeros del Grial figuran en primer lugar la «Isla» y el «Castillo». El «viaje» a esos lugares se considera esencialmente sub specie interioritatis, o sea a modo de desplazamiento de la conciencia en un mundo habitualmente cerrado al ser humano. Continúa un simbolismo iniciático general y universal, aparte de las referencias específicas que ya hemos mencionado, y que remiten a la tradición de Avalón y de la «Isla Blanca».

Precisamente Píndaro había dicho que a la tierra de los hiperbóreos no se llega ni por tierra ni por mar y que sólo a héroes como Heracles les fue dado hallar el camino. En la tradición del Lejano Oriente, la isla, en el extremo de las tierras septentrionales, se dice que sólo puede alcanzarse con el vuelo del espíritu, y en la tradición tibetana, del Sambhala, la mística sede septentrional que ya hemos visto que tiene relación con el avatara Kalki, se dice que «se encuentra en mi espíritu». Este tema aparece también en la saga del Grial. El castillo del Grial, en la Queste, es denominado palais spirituel, y en el Percevalli Gallois, «castillo de las almas» (en el sentido de seres espirituales). Mordrain llega a la isla rocosa situada allí donde «se efectúa la verdadera travesía hacia Babilonia, Escocia e Islandia», y donde se inician sus pruebas, al haber sido arrebatado por el Espíritu Santo. Y si Plutarco refiere que en la sede hiperbórea la visión de Cronos se produce en el estado de sueño, Lanzarote, en la Morte Darthur; tiene la visión del Grial en un estado de muerte aparente, y en la Queste, en un estado que no sabe si es de sueño o de vigilia, tiene la visión del caballero herido arrastrándose hasta el Grial para aliviar sus sufrimientos. Son experiencias más allá de los límites de la conciencia corriente.

A veces, el castillo se presenta invisible e imposible de alcanzar. Sólo a los elegidos les está permitido hallarlo, o por un feliz azar o mediante un encantamiento, pues si no, se sustrae a los ojos del buscador. En Wolfram, el propio Grial resulta invisible para los no bautizados, pero esta descripción del agua del bautismo: «El agua hace prosperar a todos los seres que denominamos criaturas. Gracias a esa agua pueden ver nuestros ojos. El agua lava las almas y las hace tan brillantes que los propios ángeles no tienen mayor fulgor», basta ya para convencemos de que más que del bautismo cristiano, se trata de una auténtica iluminación, por tener aquí el agua más o menos el mismo significado que tiene el «Agua divina» o «Agua filosofal» en el hermetismo. En muchos casos, el castillo, una vez que el héroe ha llegado a él y lo ha visitado, desaparece de repente, y él se encuentra en una playa desierta o en un bosque. En otros casos, la empresa del héroe se agota ya con el hallazgo del castillo, sin que se tenga que hacer la pregunta sobre el Grial. Cuando se presenta el castillo rodeado por las aguas, por el mar (Queste), por un río impetuoso (Grand Saint Graal), donde se encuentra también el rey pescador (Wolfram), hay símbolos (además de lo que ya hemos dicho sobre las representaciones «polares») de inaccesibilidad, de aislamiento. Se encuentra también el tema del «vado peligroso». En la Queste du Graal, el castillo está custodiado por dos leones, es decir, por el mismo animal al que vencerá Galván en la prueba del «castillo de Orgeluse», que es de nuevo una prueba iniciática. En Wolfram, la llegada al castillo por un camino anormal se da en la forma que Parsifal lo alcanza recorriendo, sobre su caballo blanco abandonado a sí mismo en el bosque, tanto trayecto como podría hacerlo un pájaro. El castillo se nos presenta aquí «sólido y poderoso», con muros lisos que lo harían seguro aunque estuviese asediado por todos los ejércitos del mundo: Swaz erden hât umbslagenz mer, - danc gelac nie hûs sô wol ze wer – als Munsalvaesche. En el castillo hay «esplendores que no tienen igual en la Tierra. Pero, desdichadamente, quien se dedica a buscarlo nunca lo encuentra: sin embargo, muchos son los que se entregan a esa búsqueda. Mas para verlo es necesario llegar a él sin saberlo: er muoz unwizzende geschehen». El lugar donde se encuentra está desierto, es salvaje, mortal; es el Montsalvatsche en las Tierras de Salvatsche. «La vía que conduce a él está llena de combates - swâ diu stêt - von strîte rûher wec dar gêt.» «No se suele cabalgar tan cerca del Montsalvatsche sin tener que pasar un peligroso combate o ir al encuentro de esa expiación a la que todo el mundo da el nombre impiden a los hombres de cualquier nación el acercarse, a excepción de los indicados por una inscripción que aparece en el propio Grial: se consagran a una lucha hasta la última gota de su sangre contra todo invasor. Titurel: En medio del bosque se alza un monte que nadie puede encontrar a menos de ser guiado a él por ángeles, el monte defendido, el monte custodiado, Montsalvatsche. Sobre él se cierne el Grial, sostenido por seres invisibles.

En los textos más posteriores, el monte del Grial, Montsalvatsche, suele pasar del significado de mons silvaticus al de mons salvationis en relación con la tierra de Salvaterra y de San Salvador en España, donde se encuentra el Grial, o sea, de monte de la salvación. Tenemos pues, en general, distintos símbolos en los que siempre se expresa la idea de inviolabilidad frente a cualquier profanación o ruina, y el tema de la invisibilidad, junto a otros afines, subraya el concepto de una inaccesibilidad que es la propia de todo aquello que se sustrae al dominio del mundo corpóreo, de la forma y de los sentidos físicos: conforme a un límite, que para el hombre común se identifica con el de la muerte, o al menos con el del estado de sueño. Hemos visto ya que el castillo del Grial, sobre el que «descienden las llamas del Espíritu Santo», es asimismo aquel donde se desarrolla la «prueba del sueño». Superar esta prueba equivale a pasar activamente más allá de la conciencia de vigilia del individuo físico. Pero esto no sucede sin una crisis y sin una acción difícil y arriesgada: a lo cual, según este punto de vista interpretativo, puede atribuirse uno de los «peligrosos combates» de los que habla Wolfram. Quienes tienen conocimientos en esta materia saben efectivamente que tales aventuras pueden concluir también en la locura, la enfermedad o la muerte.

En relación con esto, es bastante interesante la imagen que se encuentra en un manuscrito: caminar sobre el filo de una espada. Lanzarote llega al castillo de su aventura pasando por el puente constituido por el filo de una espada. Es un tema conocido por más de una tradición, especialmente por la irania e irano-islámica, que se aplica tanto a las experiencias del estado post mortem, del Más Allá, como a las de la vía iniciática: y a la Kata Upanishad comparaba el camino hacia la sabiduría con el caminar sobre el filo de una navaja.

En cuanto a la guarda de que son objeto el Grial y su sede, en un sentido específico y en relación con lo que expondremos dentro de poco, se trata de la defensa de un determinado centro espiritual. A este respecto, es importante que expresemos ya desde aquí también esta consideración. La sede del Grial es siempre un castillo, un palacio real fortificado, nunca una iglesia o un templo. Sólo en los textos más posteriores se comienza a hablar de un altar o capilla del Grial en relación con la forma más cristianizada de la saga, en la que acaba confundiéndose con el cáliz de la Eucaristía. Pero en las redacciones más antiguas de la leyenda no hay nada parecido; y la ya señalada estrecha relación del Grial con la espada y la lanza, además de con una figura de rey, o de aspecto regio, basta para autorizarnos a considerar extrínseca esa posterior formulación cristianizada. Según eso, el centro del Grial que debe defenderse «hasta la última gota de la sangre» no sólo no puede estar relacionado con el cristianismo y con la Iglesia, que ya hemos dicho que constantemente quiere ignorar este ciclo de mitos, sino que, más en general, tampoco puede relacionarse con un centro de tipo religioso o místico. Se trata más bien de un centro iniciático, que conserva el legado de la tradición primordial, según la unidad indivisa -propia de ella- de las dos dignidades: la regia y la espiritual.

 

 

El Mágico Grupo de Ur y la Espiritualidad Romana

El Mágico Grupo de Ur y la Espiritualidad Romana

Biblioteca Julius Evola.- El texto que reproducimos a continuación ha sido tomado de la web del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires y es el texto de la conferencia dada por su presidente, el profesor Macos Ghio, con ocasión de la presentacion del tomo VI de "Introducción a la Magia en tanto que ciciencia del Espíritu", publicada por las Ediciones Herakles. El profesor Ghio centra su intervención en el papel de la espiritualidad romana en la obra de Evola, a la que consagró distintas obras y ensayos.

 

EL MÁGICO GRUPO DE UR Y LA ESPIRITUALIDAD ROMANA

(Conferencia dada el pasado 18-5-00 En Buenos Aires en ocasión de presentarse la obra La Magia como ciencia del Espíritu Tomo VI)

por Marcos Ghio

Hoy presentamos el tomo VI de la obra La Magia como ciencia del espíritu del Grupo Ur, representando el penúltimo en editarse de tal colección que contará con un total de siete volúmenes. Recordemos al respecto que cada vez que se publicaba un tomo de dicha colección hemos efectuado la correspondiente presentación, por lo que, amén de que siempre veamos un público renovado en estas reuniones y en aras de no ser reiterativos con nuestros conceptos, en cada una de ellas hemos tratado de formular la temática del Grupo de Ur desde una perspectiva diferente, en especial ahora en que, tras haber sido leída la casi totalidad de los tomos de la obra iniciática, ciertas cosas que se dirán adquieren un sentido muy especial y diferente, para ese pequeño grupo de entusiastas lectores de tal obra fundamental.

En esta exposición nosotros, tal como se verá, indicaremos en manera ordenada los nombres reales de quienes han escrito con seudónimo y a qué escuela o corrientes del pensamiento los mismos pertenecían.

Pero el tema que nos interesa tratar es el relativo a una ubicación espacio-temporal del Grupo de Ur. Resaltemos en primer término que el mismo tiene una sede geográfica precisa cual es la ciudad de Roma. Dicha situación no significa en manera alguna un acontecimiento azaroso. Y digamos de paso que para el pensamiento iniciático el azar es una cosa inexistente, el mismo representa tan sólo una impotencia ante la incapacidad de hallar una explicación superior de un hecho o de un conjunto de hechos.

Ubiquémonos ahora en la ciudad de Roma en una etapa que resulta crucial y que Renato Del Ponte ubica entre fines del siglo XIX y el primer ventenio del XX, fecha en la cual se escribe esta obra y que es cuando aparece en escena el Grupo de Ur. Algo nuevo e inédito se respiraba en ambiente de ese entonces. Nos dice en su muy singular conferencia el Movimiento Tradicionalista Romano (Ed. Sear, 1986) que algo inusual y diferente flotaba por el aire. Una serie de hechos esperados por algunos con suma expectativa comenzaban a perfilarse a ritmo vertiginoso. Históricamente había sucedido un acontecimiento trascendente para la ciudad de Roma. Luego de un dominio casi bimilenario por parte de la Iglesia sobre la misma, dominio como bien sabemos basado en una fraudulenta y pretendida donación de parte del Emperador Constantino, la misma había sido liberada de dicho dominio en 1870. Es cierto que en ese entonces quienes aparecían a la cabeza de tal liberación eran fuerzas pertenecientes a la masonería, al socialismo, al carbonarismo, etc., es decir a todo ese vasto espectro moderno y subversivo que podría calificarse a secas con el nombre de laicismo. Pero también existía entre bastidores un movimiento que se remontaba a un pasado espiritual más remoto, que el representado por la misma Iglesia el cual, luego de un largo silencio, había podido reaflorar tan sólo durante un prolífico período espiritual conocido como el Renacimiento el que había traído la secuela de un resurgir del antiguo espíritu romano en figuras como Pico de la Mirándola, Marsilio Ficino, Gemisto Pletón y finalmente en mártires y perseguidos como Bruno y Campanella. Luego, tras el fracaso de tal movimiento, tendremos un prolongado silencio de cuatrocientos años. Pero habrá que esperar hasta 1870 cuando, en la epopeya perteneciente al movimiento por la unidad de Italia, es destruido el Estado Pontificio y de allí el gobierno más que milenario del Papa sobre Roma. Y fue también cómo en tal fragor, entreverado entre este movimiento independentista, con todas las limitaciones propias de su laicismo, masonismo y socialismo, que aparece entre bastidores una corriente esotérica, oculta, una corriente que recreaba el antiguo espíritu romano, pero no meramente como una reivindicación patriótica, sino como una restauración de una realidad histórica y espiritual, permanecida escondida y en estado de latencia. Eran aquellos capaces de ver en dicho territorio, en la Roma eterna y en la región del Lacio, no meramente a la capital de una nación, Italia, no sus bellezas paisajísticas, ni su riqueza, ni el ámbito recreador de un sentimiento de pertenencia, sino lo que tradicionalmente fue concebido como una tierra sacra y misteriosa, el Saturnia Tellus (la tierra de Saturno) y Roma como un espacio sagrado, un centro magnético en el cual habían tenido resonancia, quizás por última vez en la historia en forma plena, ciertos principios universales de la tradición primordial. Y esta intuición metafísica efectuada por este grupo de personas emergentes tras un silencio secular, recibirá un testimonio nítido y contundente, casi como un preanuncio que oficiaba como una confirmación del nuevo clima que debía renacer cuando en 1899, es decir en el último año del siglo XIX debajo del Foro de Roma se descubriera la Lapis Niger que testimonia tajantemente la existencia de la monarquía romana de reyes sagrados que eran más que simples hombres y por lo tanto la irrebatible exactitud de los Annales Maximi de los pontífices hasta Tito Livio imperturbables testimonios de la tradición sacra de la Roma transmitida hasta el Imperio.

Debía ser justamente un poeta (Giovanni Pascoli) quien, en rigurosos hexámetros, testimoniara tal nuevo estado de situación.

El arado está quieto: y el toro, de arar sacio,

eleva el humeante hocico hacia la enramada

del olmo; la vaca muge, cansada

y se oye un eco en el frondoso Palacio.

Una mano posada sobre el yugo, otra sobre el anca

del toro, el arador mira el espacio:

debajo de él, verde acuoso, el Lacio;

Y allá sobre el monte, una larga brecha blanca.

Es Alba. Y pasa el Álbula impávido

haciendo que se escuche un ruido que estremece

en el Argileto el arce sonoro.

Por sobre el Tarpeyo un bosque al sol grávido,

como incendio refulge. Desciende en vastas creces

el águila negra en polvareda de oro.

Es también en los albores del siglo XX que dentro de esta nueva mística que se constituye en Roma la Hermandad de Myriam, fundada por Giuliano Kremmerz (es decir el príncipe Ciro Formisano di Portici) en su seno se desarrolla un impulso al espíritu romano por el que uno de sus precursores en un artículo dedicado al dios Pan cierra su artículo con estas palabras.

"…Ante esta era anónima de masas y de democracias puedo decir tan sólo que yo no soy sino pagano y en tanto admirador del paganismo divido al mundo en vulgo y sabios… vulgo, al cual mis antepasados simbolizaban en la figura del perro y lo pintaban encadenado en el vestíbulo del Domus familiae con la conocida frase: Cave canem (Cuidado con el perro); perro porque ladra, muerde, desgarra".

En esos años (1905) inicia su labor de publicista Arturo Reghini quien juntamente a la tradición romana intentará fallidamente revitalizar también la masonería, en su origen tradicional iniciático previo al desvío iluminista. Reghini será fundamental en su intento de recrear el pitagorismo. En el sur de Italia fundará la Asociación Pitagórica. Justamente frente al espíritu moderno masificador, sea laico o cristiano, sea burgués o güelfo, sus frases son también tajantes.

"En nosotros el sentido de la romanidad se funde con el aristocrático e inciático". "Roma se manifiesta también históricamente como la ciudad eterna, se manifiesta como una de estas regiones magnéticas de la tierra". En un célebre artículo aparecido en 1914 de título Imperialismo pagano, más tarde retomado por Evola, se lanzaba en contra del parlamentarismo y el sufragio universal que favorecía por igual a católicos y a socialistas. Ello debía ser contrastado por la unidad e inmutabilidad de la tradición pagana, vinculada en su visión del pitagorismo y que debería ser transmitida a través de las figuras de algunos iniciados.

Mientras se cultivaba tal clima de resurrección de la antigua romanidad un hecho verdaderamente inusual acontecía en la noche del solsticio de invierno de 1913. Este hecho realmente inédito es relatado detalladamente por su importancia al final del tomo VII de la Magia a editarse en julio u agosto de este año.

Debido a su importancia sin igual, justamente en estos días en que se acaba de develar una paródica "profecía", por la cual resulta que nada menos que la Virgen María se habría tomado cuidados especiales por la salud de un conocido apóstata, tanto como para manifestarse alarmada por un atentado fallido que habría de acontecer más de setenta años más tarde en su contra y del cual saliera ileso. Relataremos en cambio de este verdadera profecía los aspectos más singulares en tanto la misma aconteciera en una arcaica tumba en donde habían estado guardados no tan sólo unos féretros milenarios, sino un espíritu listo y a la espera de una resurrección en esta época especial en la misma ciudad de Roma de la cual estamos ahora hablando:

Sobre el final de 1913 comenzaron a manifestarse señales de que algo nuevo reclamaba a las fuerzas de la tradición itálica. Estas señales nos fueron manifestadas de manera directa.

En nuestro "estudio", sin que nunca nos lo pudiésemos explicar por cuáles caminos hubiese arribado a nosotros, recibimos en aquella época una pequeña esquela. Había allí trazada de manera esquemática, una calle, una dirección, un lugar. Una calle que se hallaba más allá de la Roma moderna; un lugar en donde, en el nombre y en los silenciosos vestigios augustos, subsiste la presencia de la Urbe antigua.

Indicaciones sucesivas, obtenidas por medio de quien en ese entonces actuaba para nosotros como intermediario entre lo que tiene cuerpo y lo que no tiene cuerpo, confirmaron el lugar, precisaron una empresa y una fecha, confirmaron una persona.

Fue en el período sagrado a la fuerza que realza al sol en el curso anual, luego de que ha tocado la mágica casa de Aries: en el período del Natalis Solis invicti, y en una noche de tiempo amenazante y de lluvia. El itinerario fue recorrido. El lugar fue encontrado.

Que la inusitada salida nocturna de quien actuó no fuese en manera alguna relevada; que el que condujo, no se acordara luego de nada, que ningún encuentro aconteciera y, luego, que la verja del arcaico sepulcro estuviese abierta, y el custodio ausente – todo esto, naturalmente, lo quiso la "casualidad". Tras picar un poco se nos reveló una cavidad en la pared. En la misma había un objeto oblongo.

Transcurrieron largas horas hasta que pudimos deshacer un envoltorio externo, parecido a un betún endurecido durante siglos, que finalmente nos permitió ver lo que el mismo protegía: una venda y un cetro. Sobre la venda estaban trazados los signos de un rito.

Y el rito fue celebrado por meses y meses, cada noche sin cesar. Y nosotros sentimos maravillados que acudían fuerzas de guerra y de victoria; y vimos centellear en su luz las figuras vetustas y augustas de los "Héroes" de la raza romana; y un "signo que no puede fallar" fue sello para el puente de sólida piedra que hombres desconocidos construían para ellos en el silencio profundo de la noche, día tras día.

La guerra terrible que estalló en 1914, inesperada para cualquier otro, nosotros la presentimos. El resultado de la misma lo conocíamos. Una y otra cosa fueron vistas allí donde las cosas son, antes de ser reales. Y vimos la acción de potencia que una fuerza oculta quiso desde el misterio de un sepulcro romano; y poseímos y poseemos el breve símbolo regio que les abrió herméticamente las vías del mundo de los hombres.

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1917. Diferentes acontecimientos. Y luego el derrumbe. Caporetto.

Un alba. Sobre el cielo tersísimo de Roma, sobre el sagrado monte del Capitolio, la visión del Águila; y luego, conducidos por su vuelo triunfal, dos figuras resplandecientes de guerreros; los Dióscuros.

Un sentido de grandeza, de resurrección, de luz.

En plena desazón por las luctuosas noticias de la gran guerra, esta aparición nos habló con la palabra esperada: un anuncio triunfal estaba marcado en los itálicos faustos.

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Más tarde. 1919. Fue "casualidad" que, de parte de las mismas fuerzas, a través de las mismas personas, se comunicase a quien debía asumir el Gobierno –entonces director de un diario de Milán– el anuncio: "Vosotros seréis Cónsul de Italia". Fue por igual "casualidad" que se le transmitiese a él la fórmula ritual de augurio – la misma que es llevada por la llave pontificia: "Quod bonum faustumque sit".

Más tarde. Luego la Marcha sobre Roma. Hecho insignificante, ocasión aun más insignificante: entre las personas que rinden homenaje al Jefe de Gobierno, una, vestida de rojo, avanza hacia él, y le entrega un Fascio. Las mismas fuerzas quisieron esto: y quisieron el número exacto de las varillas y el modo de su corte y el entrelazamiento ritual del moño rojo; y también quisieron –nuevamente la "casualidad"– que el hacha del Fascio fuera una arcaica hacha etrusca, a cuyas vías misteriosas por igual nos condujeron (1).

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Hoy se trabaja en un gran monumento, en cuyo nicho central será colocada la estatua de Roma arcaica. ¡Pueda este símbolo revivir en toda su potencia! ¡Su luz, resplandecer de nuevo!

En una calle cercana y centralísima, de la vieja urbe, a la cual en el tiempo de la Roma de los Césares le correspondía el lugar del culto isíaco (y restos de obeliscos egipcios fueron hallados allí), surge un extraño edificio pequeño. Del mismo interesa solo esto: como indeleble certeza de la resurgente fortuna romana, en la más recóndita parte de esta construcción se había insertado y hoy todavía está, un signo: un signo que al mismo tiempo es un símbolo hermético: el Fénix coronado que resurge de las llamas. "

Pero este esperanzador movimiento que había creído ver en el fascismo el resurgir de aquellas fuerzas ocultas y latentes de la Roma imperial encuentra su repentina frustración ante la inminente apertura clerical en vísperas del Concordato, es decir ante la inminencia de una alianza turbia y oscura con las mismas fuerzas de cuya matriz se originara la era burguesa y moderna. Nuevamente los dos elementos que componen y fundan la modernidad, la burguesía y la Iglesia, se encontraban preparadas y listas para absorber al fascismo. Arturo Reghini es el primero es vislumbrar tal desvío. Reacciona entonces con vigor:

"Mussolini nos acaba de decir que el monte del Capitolio es luego del Gólgota desde hace siglos lo más sagrado para los pueblos. De esta manera Mussolini, en vez de exaltar la romanidad, llega a menoscabarla y vilipendiarla. Nosotros rechazamos subordinar a una pequeña colina asiática el sagrado monte del Capitolio".

Más tarde en 1927, será Evola en persona quien retomará esta lucha hacia una apertura pagana iniciática y no güelfa por parte del fascismo a través de la edición de su penetrante e incisivo Imperialismo pagano, término tomado de Reghini.

Pertenecen a esta preclara obra del joven esoterista estas agudas intuiciones:

"Inglaterra y Norteamérica, temibles focos del peligro europeo, deben ser las primeras en ser extirpadas, pero no es necesario siquiera gastar demasiadas palabras para mostrar qué resultado tendría una aventura semejante en base a la actual situación de hecho. Debido a la mecanización de la guerra moderna, sus posibilidades se compenetran estrechamente con el poderío industrial y económico de las grandes naciones…" Es decir una guerra concebida tan sólo en función de una superioridad meramente tecnológica es entrar en el juego economicista, y materialista de nuestro enemigo moderno.

Era pues necesario que la guerra en contra de estas fuerzas fuera más una guerra espiritual cifrada en concepciones del mundo diferentes, pues no se puede combatir al enemigo estando rodeado por quienes en el fondo piensan como él. El fascismo tiene un cuerpo, dice Evola, pero aun "le falta un alma". Y ante la disyuntiva que se le presenta es bueno que tome lecciones de la historia, y que recuerde el final que tuvieron los emperadores que pactaron con el papado de Roma. Y es bueno que, ante la disyuntiva histórica que se le presenta, encuentre su fundamento en la Roma precristiana antes de que fuese demasiado tarde, de modo tal de "elegir el Águila y el fascio y no las dos llaves y la mitra como símbolo de su revolución".

Y agrega con fervor pagano: "Nuestro Dios sólo puede ser el aristocrático de los Romanos, el Dios de los patricios al que se le reza de pie con la frente alta y que se lleva en la cabeza de las legiones victoriosas – no el patrono de los miserables y de los afligidos que se implora de rodillas en el derrumbe y desazón de la propia alma".

Y agregaríamos hoy nosotros que el Dios al que veneramos no debe ser nunca el Dios de los pusilánimes que siempre "quieren la paz" y que se pasan la vida entera pidiendo perdón a todo el mundo, aun a aquellos que ni siquiera se han tomado el trabajo de solicitarlo, es decir, ni más ni menos que el dios esgrimido por el papa Wojtyla en la guerra de Malvinas.

Fue justamente ante los preanuncios de este giro güelfo y burgués del fascismo lo que llevara a las fuerzas de la tradición a un último e incisivo intento. Tal es pues la obra del Grupo de Ur. La misma consistía en reagrupar a todos los sectores tradicionales en un nucleamiento capaz de actuar desde los bastidores. Sentar las bases de la doctrina, la misma aparecida magistralmente en Imperialismo pagano. Pero acotemos enseguida ante los detractores que el paganismo que se sustenta aquí es lejano del antimetafísico propio de cierta apologética. Es un paganismo que más que anticristiano en antigüelfo, que abjura de las propensiones temporales de la Iglesia, surgidas en plena edad Media con el conflcito por las investiduras pero que aun puede aceptar el cristianismo en cuanto éste no abjure de la metafísica, del fondo trascendente común a las grandes tradiciones, y como un eco vivo en los dos últimos milenios de la Tradición Primordial. Es por ello que el Grupo de Ur puede incluir en su seno a cristianos como Guido De Giorgio y otros).

La meta era pues influenciar por vía sutil a las jerarquías del régimen. El mismo Evola pudo escribir: "podemos decir que una Gran Fuerza, hoy más que nunca, busca un punto de desemboque en el seno de aquella barbarie que es la denominada "civilización" contemporánea". Y más tarde en El camino del Cinabrio dirá que era objetivo del grupo "despertar una fuerza superior que sirviese de ayuda para el trabajo individual de cada uno, para hacer en modo tal que sobre aquella especie de cuerpo psíquico que se quería crear pudiese establecerse por evocación una verdadera influencia de lo alto de modo tal que no habría estado excluida la posibilidad de ejercer por detrás de los bastidores una acción incluso sobre las fuerzas predominantes en el ambiente de la época".

Dicho intento fracasó, no sabemos si por las desavenencias surgidas en el grupo, recordemos la ruptura entre Evola y el sector de Reghini, o porque los tiempos no estaban preparados para la restauración.

Sin embargo la importancia de la obra se alcanza a valorar por la doctrina y por los principios metafísicos formulados con una claridad meridiana como nunca en otra circunstancia lo fuera en una era oscura como la nuestra y es por lo tanto capaz de trascender el momento histórico particular en que fue escrita.

 

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XX. El Rey Pescador

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XX. El Rey Pescador

Biblioteca Julius Evola.- En la leyenda del Grial aparece con cierta frecuencia la figura del enigmático Rey Pescador, o "Preste Juan". Se decía de él que vivía en las Indias como emperador de un amplio territorio y que, incluso, envió tres regalos a Federico Barbarroja como símbolo de econicimiento del gran emperador gibelino a su gobierno. Evola, en este capítulo de "El Misterio del Grial" analiza la figura y el símbolo del rey pescador así como su papel en la leyenda.  Se trata de uno de los símbolos más clarificadores de la leyenda gibelina que enlaza con el tema del "rey del mundo".

 

XX. EL REY PESCADOR

Un estímulo más bien enigmático se refiere al título de «rey pescador» o «rico pescador», llevado por el rey del Grial a partir del propio José de Arimatea, o bien al desdoblarse del rey herido del Grial en otro personaje, que en un primer momento adopta precisamente los rasgos de un pescador.

Según su lado más externo, ese simbolismo se relaciona probablemente con dos fuentes, cristiana una y céltica la otra. Es conocido el tema evangélico de la pesca milagrosa. La multiplicación de los peces es un equivalente del alimento inagotable proporcionado sobrenaturalmente por el Grial. Eso parece poder aplicarse sobre todo a la leyenda del Grand Saint Graal, donde todos aquellos que no se han alimentado del Grial lo hacen de un pez pescado por Alano: por lo que este caballero recibe el nombre de li riche pescheour, título que se transmite a lo largo de toda la dinastía del Grial. En Robert de Boron se añade que quien llame al recipiente por su verdadero nombre será titulado «el rico pescador», precisamente a causa del pez capturado cuando se inició el misterio del Grial.

Por lo demás, parece establecerse aquí una distinción. Por mucho que los efectos del Grial y del pez sean equivalentes, el pez aparece como una especie de complemento del Grial, completa su eficacia para con cierto grupo de caballeros no «alimentados» por el primero. En cuanto a las fuentes célticas, ante todo la tradición céltica conocía ya un «pez de la sabiduría» - salmon of wisdom - que quema las manos, pero que, introducido en la boca, confiere todo conocimiento. Simbolismo tan diáfano que no requiere una aclaración especial. En segundo lugar, el pez desempeña un papel en la leyenda sobre la transmisión de la tradición primordial en Irlanda.

Cuenta el Leabhar na huidhe que, cuando se extinguió la raza primordial de Partholan, conquistadora de Irlanda, sobrevivió de ella un hombre, Tuan, que adoptando sucesivamente la forma de varios animales simbólicos conservó el recuerdo de la primera generación.

En la época de los Tuatha dé Danann adoptó la forma de un águila o de un gavilán: esta forma pasó a la de un pez cuando subió al poder la raza de Milhead. Pescado y comido por una princesa, Tuan renació en forma humana como hijo de ella y como profeta. El rey del Grial, como pescador, quizá pudiera tener alguna relación con la oscura idea de una continuación de la herencia de la estirpe de Partholan, con la idea de «recuerdo» de esta estirpe concebido como misterio de «nutrición» semejante al del Grial, o parte integrante de éste.

Por lo que respecta a referencias presentes en el ciclo conjunto de las leyendas imperiales expuestas por nosotros al principio, nos limitaremos a recordar que la dinastía del Grial o la tradición de éste suele hacerse remontar a Salomón. Ahora bien, algunas leyendas árabes que durante el medievo occidental se conocieron y divulgaron a través de versiones españolas, presentan el tema del pez en conexión con una búsqueda que, en el fondo, es equivalente a la del Grial como piedra regia y piedra del poder. Se trata de un anillo con una piedra, que posee las propiedades de «un fuego que llena el Cielo y la Tierra», símbolo del poder supremo. Salomón, al haber perdido este anillo, decae. El anillo había sido arrojado al mar. Salomón, pescando, lo encuentra dentro de un pez, y así recobra el poder de un dominio visible e invisible (sobre hombres, animales y demonios). Este anillo de Salomón es a su vez reproducción de la piedra que el propio Alejandro Magno había encontrado en un pez gigantesco y que, como el Grial llevado por el rey pescador, posee propiedades luminosas, manifestándose como gran luz enla noche.

Un último aspecto del simbolismo del pez puede deducirse de la frase evangélica: «Quiero hacer de vosotros pescadores de hombres» y a través del propio Pedro, el apóstol pescador, al cual se aplicará después el simbolismo de la «piedra fundamental», en su calidad de fundador de la Iglesia, del centro de la nueva religión y de la tradición apostólica: y también podríamos recordar aquí que el «anillo del pescador» figura entre las insignias papales. La explicación, que se encuentra en Chrétien de Troyes, es que el rey del Grial, precisamente por haber sido herido, no tiene más ocupación ni goce posible que pescar. Aquí, el rey del Grial aparece evidentemente como aquel que, al comprobar su propia impotencia, como «pescador de hombres» busca al elegido, el héroe. Detalle significativo, en Perceval li Gallois, el anzuelo con el que pesca es de oro, y tanto en este texto como en Wolfram, el pescador es también el que indica a Parsifal el camino al castillo del Grial, donde después reaparece, adoptando la figura del rey enfermo. Pero «también se ha dicho que lo que pesca, cuando los dolores lo atormentan, no basta a su necesidad».

Un significado más profundo de estos símbolos puede obtenerse de cotejos intertradicionales. Guénon destaca justamente que muchos elementos inducen a creer que el simbolismo del pez es de origen nórdico y hasta hiperbóreo, «se ha señalado su presencia en Alemania Septentrional y en Escandinavia (además de en Escocia), y en estas regiones probablemente se está más cerca de su punto de partida que en el Asia Central, adonde fue llevado indudablemente por la gran corriente, salida de la tradición primordial, que debía dar nacimiento a las tradiciones de la India y Persia». Pero hay también otro hecho que respalda tal suposición, y es que precisamente en la tradición hindú «la manifestación en forma de pez -matsya-avatara- esté considerada la primera de todas las manifestaciones de Visnú, la que está en el inicio del ciclo actual y que por tanto guarda relación con el punto de partida de la tradición primordial». Como «pez», Visnú guía sobre las aguas el arca que contiene los gérmenes del mundo futuro y, tras el cataclismo, revela los Vedas, que mediante la raíz vid = saber indican la ciencia por excelencia: del mismo modo que, también en forma de pez, el Oannes caldaico enseña a los hombres la doctrina primordial. Los elementos célticos y cristianos antes indicados del simbolismo del pez aparecen a este tenor como fragmentos de una concepción más vasta, que ilumina particularmente también el tema en cuestión de la leyenda del Grial. El rey pescador es el dominador decaído que trata de reactivar la misma tradición primordial, la herencia hiperbórea. Cosa que sólo se alcanzará cuando llegue el héroe que conozca el Grial y sea consciente de su función y de sus beneficios, que hemos visto que se complementaban y casi se confundían con los propios del «pez». De ahí el otro aspecto del mismo simbolismo, el rey pescador como «buscador de hombres», de hombres en sentido eminente, de seres cualificados para la función de que se trata.

 

Entrevista a Claudio Mutti. Sobre Julius Evola

Entrevista a Claudio Mutti. Sobre Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- Claudio Mutti es uno de los principales especialistas en Evola en Italia, a lo que se une su interés por lasc ulturas del Este Europeo, especialmente la rumana y la húngara. Esta entrevista fue publicada en la revista chilena "Ciudad de los Césares" y ha sido reproducida en varias webs, entre otras la propia gestionada por Claudio Mutti. La entrevista resulta interesante en la medida en que plantea algunos de los problemas de los seguidores de Evola en Italia, en particular de Giorgio Fredda, autor de "La Desintegración del Sistema", especie de manifiesto político (muy discutible por lo demás), insirado en "Cabalgar el Tigre".

 

Entrevista a Claudio Mutti. Sobre Julius Evola

 

(La labor literaria de Claudio Mutti, comprende investigaciones sobre Tradición y política; como este libro, donde trata las relaciones entre el historiador de las religiones Mircea Eliade con el movimiento místico nacionalista rumano "Guardia de Hierro")

 

¿Cómo ha conocido la obra de Julius Evola?

Leí Revuelta contra el mundo moderno cuando tenía  dieciocho años. Fue un dirigente de la sección italiana  de Jeune Europe, organización en la que militaba por aquel entonces, quien me dio una copia del libro. El pragmatismo de Jean Thiriart y su concepción maquiavélica de la política no nos satisfacían del todo, así que en nosotros, jóvenes "nacionaleuropeos" de hace cuarenta años, permanecía viva la exigencia de una visión integral del mundo y de una auténtica consagración de la acción política. La obra de Evola representó por tanto, para mí al igual que para otros, la puerta de acceso a una Weltanschauung espiritualmente fundada.

¿En qué consiste la importancia de Julius Evola para el mundo occidental?

En primer lugar, es preciso despejar el terreno del equívoco que tal sintagma ("mundo occidental") supone inevitablemente. Si bien es cierto que en los siglos pasados una "civilización occidental" ha existido efectivamente, hoy la misma denominación sirve para indicar una Zivilisation spengleriana que, aparte de extenderse sobre un área geográfica mucho más amplia, teniendo su propio epicentro y paradigma en los Estados Unidos de América, se configura como una verdadera pseudoreligión idolátrica, cuyos dogmas principales son el Mercado, los Derechos Humanos y la Democracia. De este modo, Occidente - este Occidente que ha adquirido dimensiones casi planetarias- es la más monstruosa manifestación de lo que, evolianamente, podemos llamar la Antitradición. Tanto Europa como América Latina pueden extraer de la obra de Evola, y de su llamada al valor fundamental de la Tradición, los puntos de referencia esenciales para su redespertar y para una lucha coherente contra esta "civilización occidental" innatural y antihumana.

Usted ha defendido la controvertida lucha llevada a cabo por el autor de la Desintegración del sistema, Giorgio Freda, que, por su radicalismo revolucionario, cumplió una larga condena de prisión. ¿Puede explicarnos el porqué de esta defensa?

En 1969, cuando el fenómeno de la revuelta estudiantil inducía a muchos a creer que la movilización para la destrucción del sistema burgués había comenzado, Freda consideró un deber dirigirse a los jóvenes nacionalrevolucionarios para replantearles los principios del verdadero Estado. Hasta entonces, en la Italia de la posguerra, los defensores de la doctrina "tradicional" del Estado no habían salido del verbalismo académico y nostálgico o habían descendido a la arena política alineándose al servicio de las retaguardias burguesas, usando el evolianismo como burda coartada para sus opciones reaccionarias. Con La desintegración del sistema, en cambio, la doctrina tradicional del Estado era presentada en su oposición integral e irreducible al mundo burgués. La misma organización comunista del "Estado popular" teorizado por Freda se veía como una terapia de emergencia que se hacía indispensable para la eliminación del homo oeconomicus: remedio homeopático en función de "la restauración de lo humano" en una viril Rangordnung. La larga persecución a la que Freda ha sido sometido, más allá de los pretextos judiciales formales, se explica precisamente por su compromiso radical de soldado político. Por tanto, he considerado que por mi parte era un deber emprender una acción de solidaridad militante.

El acercamiento entre los escritores tradicionalistas puros (Guénon, Lovinescu, Välsan, etc.) y algunas personalidades más bien políticas o "metapolíticas" (Evola, Codreanu, Wirth) ha constituido una constante en sus trabajos. Sin embargo, mientras los primeros proponen una lucha interna, es decir la Gran Jihâd, los segundos parecen perderse en la contingencia de una batalla externa... ¿Cuál es su opinión al respecto?
En el contexto de la obra evoliana, la doctrina de "la Pequeña y la Gran Guerra Santa" ocupa una posición muy importante. Enunciando tal doctrina, que es designada mediante una expresión extraída de la terminología islámica (Al-jihïâd al- akbar, Al-jih�d al-a�ghar), Evola retoma la concepción de la acción que caracteriza toda visión tradicional: la acción se encuentra "conforme al orden" cuando ésta es ritualmente consagrada y se convierte en una vía para la realización espiritual. El acercamiento del que usted habla corresponde, por tanto, a una complementariedad: quienes usted define como "escritores tradicionalistas puros" nos proporcionan las indicaciones necesarias para comprender, mientras las personalidades políticas o metapolíticas representan la acción política o cultural a un nivel que no es en absoluto el de la pura contingencia.

Usted dirige las Ediciones "All'insegna del Veltro", que han publicado material de gran valor tanto desde el punto de vista espiritual como metapolítico. ¿Cuáles son las nuevas obras que piensa editar? ¿Qué proyectos tiene al respecto?

Las ediciones "All'insegna del Veltro" han publicado, desde 1978 hasta hoy, cien libros. Este año ha sido inaugurada una nueva colección editorial, en la que tendrían cabida obras de geopolítica de autores tanto "clásicos" como contemporáneos. A los primeros dos textos, que son de Haushofer, les seguirán una conferencia de Omar Amin von Leers, un volumen con escritos de diversos autores sobre Turquía, distintos escritos de Jean Thiriart, etc. En la colección dedicada a la antigüedad greco-latina, además, debería salir otro libro de Bèla Hamvas (1897-1968), un escritor húngaro que, pese a ser muy leído y apreciado en su patria, era del todo desconocido en Italia hasta hace pocos años, cuando las Ediciones "All'insegna del Veltro" han publicado Scientia sacra, un obra suya de síntesis que puede con toda dignidad figurar entre las obras maestras del "tradicionalismo integral"

Su editorial ha publicado el libro de Vasile Lovinescu, quien mantuvo correspondencia epistolar con Guénon y fue discípulo de Schuon, titulado La Dacia iperborea. Usted también ha tratado la temática de la influencia ejercida por Evola en el "frente del Este" (Rumania, Hungría, etc.) y ha escrito un libro obre los autores tradicionalistas rumanos (Vâlsan, Lovinescu, etc.). ¿A qué se debe su interés por Rumania?

Este interés nació hace muchos años, cuando descubrí la maravillosa figura de Corneliu Codreanu. ¿Qué es lo que ha hecho posible un fenómeno como el legionario en la Europa del Novecientos? A partir de esta interrogación se pusieron en marcha aquellas investigaciones que me han llevado a descubrir la realidad de un país que, por citar una frase que circula en Rumania, es "el más guénoniano del mundo". Vasile Lovinescu, en particular, representa precisamente esa complementariedad de contemplación y de acción de la que hablaba hace un momento: muqqadim de una orden iniciática del Sufismo, fue alcalde legionario de su ciudad. De otro autor rumano, Mihai Marinescu, estoy traduciendo ahora el texto de una conferencia sobre "Drácula en la tradición rumana" que dio en Santiago de Chile y organizada en Santiago por "Bajo los Hielos". No es necesario, por tanto, que me extienda explicándoles el rico patrimonio tradicional que ha sido custodiado en Rumania hasta nuestros días.

Bajo los Hielos. 2004

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La Prostitución Sagrada. Julius Evola

La Prostitución Sagrada. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El tema de la prostitución sagrada fue tratado en profundidad por Julius Evola en "Metafísica del Sexo". Esas ideas las desarrolló a partir de los años 30 en varios artículos publicados hasta los últimos años de su vida. Este artículo llegó hasta nosotros en los años 80 por la revista francesa "Rebis". Como es habitual en sus ensayos, Evola reune primeramente una abundante documentación sobre el tema para luego extraer conclusiones. En esta ocasion, el material va desde la antigua mitología hindú hasta el mundo clasico.

LA PROSTITUCION SAGRADA

JULIUS EVOLA

Todo culto tradicional apunta esencialmente a la actualización de la presencia real de cierta entidad suprasensible en un medio dado, o bien a la transmisión participativa, a un individuo o a un grupo, de la influencia espiritual que corresponde a esa entidad. Los principales medios empleados a tal objeto son los ritos, los sacrificios y los sacramentos. Ahora bien, en varias culturas, también la sexualidad se empleó con tal fin.

Uno de los casos más típicos puede observarse en el ámbito de los Misterios de la Gran Diosa, a través de las prácticas eróticas precisamente destinadas a evocar el principio de ésta y a reavivar su presencia en cierto lugar y en una comunidad determinada. Ese, entre otros, era particularmente el verdadero objeto de la prostitución sagrada practicada en los templos de muchas divinidades femeninas de tipo afrodítico pertenecientes al Mediterráneo: Ishtar, Mylitta, Anaitis, Afrodita, Innini y Athagatia. Hay que distinguir aquí dos aspectos. Por una parte, estaba la costumbre de que toda muchacha llegada a la pubertad no podía contraer posibles nupcias antes de haber ofrecido su virginidad, y ello no en un contexto de amor profano, sino de Sacralidad: debía entregarse, en el recinto sagrado del templo, a un extranjero que hiciese una ofrenda simbólica e invocase, a través de ella, a la diosa Por otro lado, había templos con un cuerpo fijo de hierodulas, es decir, de mujeres consagradas a la diosa, sacerdotisas cuyo culto consistía en el acto que los modernos no saben designar de otro modo que con el verbo “prostituirse”. Celebraban el misterio del amor carnal, en el sentido, no de un rito formalista y simbólico, sino de un rito mágico operativo: para alimentar la corriente de psiquismo que daba cuerpo a la presencia de la diosa y, al propio tiempo, para transmitir a los que se unían a ellas, como en un sacramento eficaz, la influencia o virtud de esta diosa. Estas jóvenes llevaban también el nombre de “vírgenes” (Parthónoj hierai), se consideraba que encarnaban en cierta forma a la diosa, que eran las “portadoras” de la diosa, de la que tomaban, en su función erótica específica, su denominación genérica ishtaritu Aquí, el acto sexual desempeñaba por una parte la función general propia de los sacrificios evocatorios o capaces de reavivar presencias divinas y por otra desempeñaba un papel estructuralmente idéntico al de la presencia eucarística era, para el hombre, el medio de participar en el sacrum, llevado y administrado por la mujer en este caso; era una técnica para obtener un contacto experimental con la divinidad, para abrirse a ella, pues el trauma del acto sexual, con la interrupción de la conciencia individual que trae consigo, constituye una condición particularmente propicia para ello. Todo esto, como principio.

Este empleo de la mujer no estaba restringido a los Misterios de la Gran Diosa del antiguo mundo mediterráneo; se sabe que se practicó también en Oriente. La ofrenda ritual de las vírgenes se encuentra igualmente en la India, en los templos de Jaggernaut, para “alimentar” a la divinidad, es decir, para activar eficazmente su presencia. En muchos casos, las danzarinas de los templos cumplían la misma función sacerdotal que las hierodulas de Ishtar y de Mylitta, y sus danzas consteladas de mudras, o sea de gestos simbólico-evocadores presentaba generalmente carácter sagrado. También su “prostitución” era sagrada. Por eso incluso familias muy destacadas consideraban un honor, y no una vergüenza, que sus hijas fuesen consagradas desde la mas tierna edad a este servicio en los templos. Con el nombre de devadási, a estas mujeres se las consideraba a veces las esposas de un dios. En tal caso, más que portadoras del sacrum femenino, iniciadoras de los hombres en los Misterios de la Diosa, eran las mujeres destinadas a servir genéricamente de fuego en la unión sexual, que, como hemos visto, en textos tradicionales hindúes es comparada con el sacrificio en el fuego.

Además, como ya hemos señalado, hay que considerar que, incluso cuando estaba fuera de tales marcos culturales e institucionales, el hetairismo (la actividad de hetaira) antiguo y oriental tenía aspectos no sólo profanos, pues las mujeres estaban calificadas para darle al acto del amor unas dimensiones y un desenlace que hoy en día se ignoran. Entre las hetairas de Extremo Oriente, que solían estar agrupadas en hermandades que tenían sus “armas”, sus insignias simbólicas y una antigua tradición propia, está comprobada la existencia de conocimientos de lo que podría denominarla fisiología suprabiológica y sutil. Hay razones para pensar que, en algunos casos, la ars amatoria profana nació por degradación de elementos externos de una ciencia sui generis basada en un saber sacerdotal y tradicional; no está excluido que, entre posturas indicadas en obras como las cuarenta y ocho Figurae Veneris de Forberg haya algunas que en su origen tuviesen valor de mudra, o sea de posturas mágico-rituales aplicadas al acto sexual, dado que, como señalaremos en su momento, hay significados de este tipo que han subsistido incluso en prácticas de magia sexual de algunos círculos modernos.

Ya hemos hablado de los filtros de amor, de los que también se ha perdido el sentido completo, puesto que ya sólo se conocen sus usos degradados, en la forma de mistificaciones supersticiosas populares propias de brujas. Aquí, en realidad, lo que podría entrar en juego, más que el arte de hacer nacer anormalmente una pasión común es el arte de dar a la experiencia sexual unas dimensiones distintas de las eros corriente. Se sabe que Demóstenes hizo condenar a una amante de Sófocles que tenía fama de confeccionar filtros de amor; pero en el proceso resultó que había recibido una iniciación y que frecuentaba ambientes cercanos a los Misterios. Por lo general, a muchas hetairas, o figuras de tipo hetérico, incluso en las sagas y las leyendas, se las describe como magas; a causa de la fascinación que ejercían, por supuesto pero también a causa de sus conocimientos específicos en el ámbito de la magia. Por lo que se refiere al Kâma Sutra (1, l), la lista de las habilidades que debía poseer una ganika, o hetaira de clase alta, resulta bastante prolija y barroca, pero es significativo que entre ellas figuren las artes mágicas, el arte de trazar diagramas místico-evocatorios (mandala) y la de preparar ensalmos De la famosa Frine se cuenta que se mostró desnuda no sólo en el contexto del conocido episodio de su proceso (donde por demás sus valedores destacan, más que el aspecto estético de su belleza profana. elaspecto sacral-afrodítico; por eso refiere Ateneo: “Los jueces quedaron embargados del sagrado temor de la divinidad: no osaron condenar a la profetisa y sacerdotisa de Afrodita”), sino también a los iniciados de Eleusis y luego en la gran fiesta de Poseidón, o sea en relación con las “Aguas”, de las que Poseidón es dios: ahí probablemente estaba en primer plano el lado profundo, mágico-abismal, de la desnudez femenina, de la que ya hemos hablado. En conjunto, debemos retener que, en el origen a la mujer-hetaira no le era ajena la función de administradora del Misterio femenino, según posibilidades que podían ser naturales o tradicionalmente cultivadas, abiertas a la mujer en la misma medida en que en ella se active un lado fundamental del principio del que ella, como ser humano, es encarnación, individuación, símbolo vivo.

Precisamente es esta posibilidad la que hay que considerar a la hora de examinar otros complejos rituales antiguos: una posible sexuación trascendente, o sea la incorporación efectiva, o momentánea o casi duradera, en determinados seres humanos femeninos, de las divinidades o arquetipos de su sexo: en los mismos términos con los que en el catolicismo se habla de la presencia real de la divinidad en las hostias, establecida por el rito. En muchos monumentos egeos, a menudo las representaciones de las sacerdotisas se confunden prácticamente con las de la Gran Diosa y permite suponer que las primeras eran el objeto concreto del culto rendido a la segunda, mientras que son bien conocidas las figuras, incluso históricas, de soberanas del Mediterráneo oriental en las que se veía la imagen viva de Ishtar. Isis y otras divinidades del mismo tipo. Pero además hay que considerar el caso de encarnaciones momentáneas de estas divinidades en un ser dado, determinadas por un clima mágico-ritual del mismo tipo del que en principio debería efectuarse el misterio “el mvsterium transformationis” de la propia misa cristiana.

Un orden de ideas análogo entra en cuestión en el caso del hieros gamos en sentido estricto, o sea de teogamias, de uniones rituales y culturales de un hombre con una mujer, destinadas entonces a celebrar y renovar el Misterio del Ternario, esa unión del eterno masculino con el eterno femenino, del Cielo con la Tierra, de donde procede la corriente central de la creación. En las personas de los que cumplían estos ritos era, pues, como si se encarnasen y actuasen los correspondientes principios, y su unión momentánea física se convertía en una reproducción evocativa de la unión divina mas allá del tiempo y del espacio. El fin de tales ritos, pues, era distinto del de los otros que ya hemos recordado y explicado como ritos de participación en la sustancia o influencia de una u otra divinidad. Era el Tres, el Ternario más allá del estado dual, el que era evocado a través de la acción nupcial de los dos, para activar periódicamente en una comunidad determinada una influencia correspondiente, pero en el mareo del ritualismo, y no de las experiencias individuales iniciáticas de las que hablaremos más adelante.

De este tipo de ritos podrían recordarse numerosos ejemplos procedentes de tradiciones culturales de civilizaciones muy diversas. De todos ellos, citaremos el ejemplo de los misterios antiguos en los cuales una vez al año la sacerdotisa principal que personificaba a la diosa se unía al hombre, que representaba el principio masculino, en el lugar sagrado. Consumado el rito, las demás sacerdotisas llevaban el nuevo fuego sagrado, que se consideraba generado por tal unión, y con su llama se encendía el fuego de los hogares de las distintas gentes. Algunos han señalado con razón la analogía de este rito con el que todavía se celebra el sábado santo en Jerusalén. Por lo demás, el propio rito pascual de consagración del agua, sobre todo tal como se celebra en la Iglesia ortodoxa, conserva huellas visibles del simbolismo sexual: el cirio, que tiene un significado fálico evidente, se sumerge por tres veces en la fuente, símbolo del principio femenino de las Aguas; se toca el agua, se sopla por tres veces sobre ella marcando la letra griega P, y la fórmula de consagración pronunciada durante este acto de unión incluye estas palabras: “Que la virtud del Espíritu Santo descienda en toda la profundidad de esta fuente.., y fecunde toda la sustancia de esta agua, para la regeneración”. En oriente, la difundidísima iconografía del lingam (el Phallus) puesto dentro del loto (padma) o dentro del triángulo invertido que es signo del yoni femenino y símbolo de la Diosa o Shakti, obedece al mismo significado; y este simbolismo como veremos más adelante, puede aludir también a Operaciones Sexuales concretas.

En efecto, a menudo el rito original de la hierogamia solo subsistió en formas en las que un rito simbólico o una unión simulada ocuparon el lugar de la unión sexual real de un hombre con una mujer. En materia de aplicaciones, esto nos permite pasar a una consideración sobre los ritos sexuales estacionales de fertilidad, que son uno de los caballos de batalla de las escuelas etnológicas actuales, que tras haberse fijado en un primer momento en el “mito solar”, tras haber pasado a continuación al “totemismo” y ver entonces totemismo por todas partes, se inclinan ahora por las interpretaciones “agrarias”, y recurren a ellas a cada instante.

En realidad, en estos ritos hay que considerar una de las posibles aplicaciones mágicas operativas del contexto que hemos examinado hace poco. Hablando de las orgías, ya hemos dicho que éstas pueden propiciar el contacto experimental con lo primigenio y lo preformal en el espíritu de quienes participan en ellas. Por su propia naturaleza, por el cambio de nivel existencial que implica, ese estado hace posible. llegado el caso, una eficaz inserción extranormal de la fuerza del hombre en la trama cósmica, en el orden de los fenómenos naturales y en general en todo ciclo de fecundidad: como intervención, en la dirección fundamental del proceso natural, de un poder superior que intensifica y galvaniza. Así, en esencia, es exacto lo que dice Eliade a este respecto: “Generalmente, la orgía corresponde a la hierogamia. A la union de la pareja divina ha de corresponder, en la tierra, el frenesí genesíaco ilimitado.. Los excesos cumplen una función precisa y saludable en la economía de lo sagrado Rompen las barreras entre el hombre, la sociedad, la naturaleza y los dioses; ayudan a hacer circular la fuerza, la vida, los gérmenes, de un nivel a otro, de una zona de la realidad a todas las demás”. Es, efectivamente, uno de los significados posibles de una parte del vasto acervo de ritos “agrarios” recogidos por Frazer. Sin embargo. cuando no se trata de pueblos salvajes, sino de tradiciones históricas en las que unas formas aisladas y bien circunscritas de hierogamia ritual sustituyen en principio a los fenómenos orgiásticos colectivos, es importante no generalizar, distinguir entre el contenido del rito mágico -naturalista en cierto modo- puesto unilateralmente de relieve por las escuelas etnológicas, y un contenido superior, misteriosófico, que se refiere esencialmente a la obra de regeneración interna: y ello aunque en ciertos casos un mismo complejo hierogámico, basándose en relaciones de correspondencia analogica, puede haber integrado los dos contenidos. Tal parece haber sido el caso de 1os Misterios de Eleusis, en los que el rito de arar se asoció al hieros gamos como rito iniciático. El descuidar esta bivalencia es un rasgo característico de una investigación que, sin darse cuenta, obedece a la tendencia general de las disciplinas profanas modernas, que consiste en reducir constantemente lo superior a lo inferior, o bien en poner de relieve únicamente lo inferior cada vez que es posible hacerlo.

Según los casos, en el sistema de las participaciones rituales realizadas por medio de la sexualidad, la fuente de lo sagrado puede ser ya el hombre, ya la mujer. Por eso pueden encontrarse hierogamias parciales y no bilaterales, o sea uniones, en las que sólo una de las partes se transforma en su naturaleza y reviste carácter no humano sino divino, mientras que la otra conserva rasgos puramente humanos, y entonces la unión puede orientarse no a la participación mística, sino incluso a la procreación. Los relatos legendarios en los que aparece este tema “mujeres poseídas por un “dios”, hombres que poseen a una diosa” son demasiado conocidos para que haga falta recordarlos. Bastará aludir a algunos casos en los que tales conexiones se presentan dentro de marcos institucionales regulares. Así, en el antiguo Egipto, no era el soberano como hombre, sino como encarnación de Horus, quien se unía a la esposa y la fecundaba para continuar la línea de la “realeza divina”. En la fiesta helénica de las Antesterias, la acción más importante era el sacrificio privado que la mujer del arconte-rey hacía a Dioniso en su templo del Leneo, y su unión con el dios, así como en Babilonia se conocía la hierogamia de una joven escogida que, ascendidos ritualmente los siete planos de la torre sagrada aterrazada, el zikurrat, de noche, en una estancia nupcial situada por encima de estos niveles (“más allá de los siete”) esperaba la unión sexual con el dios. Igualmente se consideraba que la sacerdotisa de Apolo en Patara pasaba la noche unida con el dios en el “lecho sagrado”.

El hecho de que el dios (y por tanto también uno de sus representantes) pudiese algunas veces tener por simbolismo un animal determinado, a causa de una tosca interpretación literal, dio paso más tarde a la variante constituida por aparentes acoplamientos de seres humanos con animales sagrados. Así Herodoto (II, 46) habla del carnero sagrado de Mendes, llamado “el señor de las jóvenes”, al que se entregaban las mujeres para tener descendencia “divina”; y en las propias tradiciones romanas subsiste un eco de temas relacionados: lo que dice Ovidio (Fast., II, 438-442) de la voz divina que había mandado a las esposas sabinas de los romanos que se dejasen fecundar por el sacer hircus.

De nuevo el fundamento doctrinal de todo esto es la idea de que pueda suprimirse el límite humano e individual, que en el individuo “hombre o mujer” por transubstanciación, en determinados casos pueda encarnarse, aflorar o atisbarse la “presencia real”. Esta idea le parecía natural a la humanidad tradicional a causa de la concepción del mundo que le era inherente; no ocurre lo mismo con el hombre moderno, que tiene que considerarla pura fantasía y que puede tomársela en serio, como máximo, en la forma desrealizada y psicologizada de irrupción de los arquetipos del inconsciente. Todavía más difícil le resultará, por tanto, entender el contenido de realidad presente en las tradiciones que hablan de integraciones a través del principio femenino, en las que no figura en modo alguno ninguna mujer real, y en cambio interviene esencialmente una “mujer invisible”, una influencia que no pertenece al mundo fenoménico, sino que es una manifestación no individual, e indirecta, del poder que representan las distintas imágenes de la mitología del sexo.

 

 

 

 

Síntesis de la Doctrina de la Raza (06) Significación de la profilaxis racial

Síntesis de la Doctrina de la Raza (06) Significación de la profilaxis racial

Biblioteca Julius Evola.- Una doctrina de la raza no puede prescindir del estudio de una serie de medidas para garantizar la proxilaxis racial. Si las razas tienen unas características específicas, la mezcla racial tenderá a atenuar estos rasgos o desviartuarlos. En realidad se trata de todo lo contrario, de aislar los valores más positivos de cada raza presentes en algunos de sus elementos e intentar extenderlos al mayor número de sus componentes. Evola desarrolla estas ideas en este breve capítulo partiendo de la base de que no toda la profilaxis racial, no solamente deriva de las leyes de la genética.

 

6. SIGNIFICACION DE LA PROFILAXIS RACIAL

En Alemania como sabe todo el mundo, sobre la base de los resultados obtenidos por la teoría de la herencia aplicada a la raza, a la higiene racial y a la demografía, se han adaptado desde hace un cierto tiempo medidas con el fin de impedir la transmisión de una herencia tarada a los descendientes. No es este el lugar para examinar el fundamento de tales medidas ni de discutidas. Diremos simplemente que: en lo que concierne al límite de validez de las leyes de la herencia, en numerosos casos, este no podría ser fijado de modo absoluto. La idea de una simple probabilidad de riesgo debería ser suficiente para imponer a todo hombre dotado de una conciencia ética, una firme línea de conducta y refrenar todo lo que le puede ser dictado por el instinto ciego o el simple sentimentalismo.

Evidentemente, es preciso decir lo mismo en lo que concierne a las cruces con razas europeas. Una de las circunstancias que han favorecido las tomas de posición "racistas" de Italia ha sido precisamente la necesidad de prevenir el mestizaje de nuestro nuevo imperio colonial. Pero, una vez más, lo que debería ser decisivo, es ante todo, una actitud interior de concierto con la clara conciencia de cumplir una pura y simple traición con respecto de su sangre y de sus ancestros al mismo tiempo que un crimen cara a su descedencia, ya que, para satisfacer un capricho y por pasividad frente a sus propios instintos físicos o sus sentimientos, se favorece una contaminación de la raza. No es necesario, llegado a este punto, suponer la pureza racial en sentido absoluto: si el tipo general es "mixto" es una razón suplementaria para precisamente imponerse su defensa contra todo mestizaje y toda necesidad aún de ser protegido ya que no dispone de caracteres "dominantes" de tipo puro que (en ciertas circunstancias sobre las que volveremos) puede perfectamente absorber y organizar bajo su ley, sin alterarse por tanto, a estos elementos relativamente heterogéneos introducidos tras el cruzamiento.

La defensa contra el mestizaje y el aislamiento de los elementos en los cuales la raza está ya extinguida, tales son los principales aspectos del racismo profiláctico y que deben ser objeto de medidas propias de lo que se ha dado en llamar "higiene racial", el cual no deja de tener estrechas relaciones con la demografía general. Pero nuestro racismo va más lejos; este no sólo comprende el promover una acción no solamente negativa, es decir defensiva, sino también positiva, por esto entiende una acción de reforzamiento y de selección intensivas. En este ámbito está claro que sería vano considerar una legislación en el propio sentido de la palabra, como en el primer caso, el principal objetivo es aquí, por el contrario, la formación de un instinto, el refinamiento de una sensibilidad. Esto viene a replantear el problema tan delicado de la elección conyugal, entendiendo aquí que se trata de alguien perteneciente al mismo nivel. En materia de selección es el único ámbito en el que se puede pasar de la teoría a la práctica y obrar de forma positiva a fin de que la raza de las generaciones venideras de una nación dada -(una nación en general)- se purifique gradualmente, se eleve y se acerque aun más al tipo propio al núcleo superior (o raza ideal) presente en ese nivel.

 

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 12.El declive del Ecumene medieval: las naciones

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 12.El declive del Ecumene medieval: las naciones

Biblioteca Julius Evola.- Siguiendo con el análisis de las distintas fases de decadencia de la "Edad Oscura", Evola llega al siglo XIV cuando empiezan a manifestarse las primeras causas que luego darán origen al Renacimiento y al Humanismo y, más tarde, después de las guerras de religión, cristializarán en la Paz de Westfalia y en la destrucción completa del ecumene medieval. A partir de ese momento, la idea de la Tradición va alejándose de Europa, si exceptuamos el breve y reducido episodio de la aparición del fenómeno rosacruciano. La "nación" es, a partir de ese momento, el sustituto del Imperio.

 

12.

DECLIVE DEL ECUMENE MEDIEVAL: LAS NACIONES

 

Fueron a la vez causas de "lo alto" y  de "lo bajo", quienes  provocaron la decadencia del Sacro Imperio Romano y, más  generalmente, del principio de la verdadera soberanía. En cuanto  a las primeras, figuran la secularización y la materialización  progresiva de la idea política. Ya en un Federico II, la lucha  contra la Iglesia, aunque emprendida para defender el carácter  sobrenatural del imperio, deja aparecer el anuncio de una  evolución de este tipo, que se traduce, por una parte, en el  humanismo, el liberalismo y el racionalismo nacientes en la corte  siciliana, la constitución de un cuerpo de jueces laicos y de  empleados administrativos, la importancia dada por los legislae y  los decretistae y para aquellos que un justo rigorismo religioso,  señalado con autos de fé y hogueras sabonarolianas para los  primeros productos de la "cultura" y del "libre pensamiento",  calificaba con desprecio de theologi philosophantes, y, de otra  parte, por la tendencia centralizadora y ya anti‑feudal de  algunas nuevas instituciones imperiales. En el momento en que un  imperio cesa de ser sagrado, comienza a dejar de ser un Imperio.  Su principio y su autoridad bajan de nivel y, una vez alcanzado  el plano de la materia y de la simple "política", no pueden  mantenerse, porque este plano, por su naturaleza misma, excluye  toda universalidad y toda unidad superior. En 1338 ya, Luis IV de  Baviera declara que la consagración imperial ya no es necesaria y  que el prìncipe elegido es emperador legítimo en virtud de esta  mera elección: emancipación que Carlos IV de Bohemia culmina con  la "Bula de Oro". Pero, de hecho, la consagración no fue  reemplazado por nada metafísicamente equivalente y los  emperadores destruyeron así ellos mismos su dignitas  trascendente. Se puede decir que tras esta época, perdieron "el  mandato del Cielo" y que el Sacro Imperio no fue más que una  superviviencia (1). Federico III de Austria fue el último  Emperador coronado en Roma (1452), cuando el rito ya se había  reducido a una ceremonia vacía y sin alma.

En lo que concierne al otro aspecto del declive, se ha señalado  justamente que la mayor parte de las grandes épocas tradicionales  se caracterizan por una constitución de forma feudal, que  conviene más que cualquier otra a la formación regular de sus  estructuras (2). Allí donde el énfasis está puesto sobre el  principio de la pluralidad y de la autonomía política de las  unidades particulares, aparece, al mismo tiempo, el verdadero  lugar de este principio universal, de este unun quod non est  pars, capaz de ordenarlos y utilizarlos realmente, no oponiéndose  a cada uno de ellos, sino dominándolos gracias a la función  trascendente, suprapolítica y reguladora a la cual corresponde  (Dante). Nos encontramos entonces en presencia de una realeza que  se corresponde con la aristocracia feudal, de una "imperialidad"  ecuménica que no atenta contra la autonomía de los principados o  de los reinos particulares y que integra, sin desnaturaliezarlas,  las nacionalidades particulares. Cuando, por el contrario, decae  la dignitas que permite situarse por encima de lo mútiple, de lo temporal y de lo contingente, cuando disminuye, de otra parte, la  capacidad de una fides, es decir de un compromiso más que  simplemente material, de la parte de cada elemento subordinado,  entonces surge la tendencia centralizadora, el absolutismo  político que busca mantener la cohesión del conjunto por medio de  una unidad violenta, política y estática y no ya esencialmente  suprapolítica y espíritual. O bien son procesos de particularismo  puro y de  disociación quienes toman la delantera. Por estas dos  vías  se realiza la destrucción de la civilización medieval. Los  reyes comenzaron a reivindicar para sus unidades particulares el  principio de autoridad absoluta propia al imperio (3),  materializándola y proclamando finalmente la idea nueva y  subversiva del Estado nacional. Un proceso análogo hace surgir  una multitud de comunas, ciudades libres y repúblicas, entidades  que tienden a constituirse cada una para sí, pasando a la  resistencia y a la revuelta, no solo contra la autoridad imperial  sino también contra la nobleza. Y la cúspide desciende, el  ecumene europeo de deshace. El principio de una legislación  única, dejando sin embargo un campo suficiente al jus singulare,  correspondiente a una lengua única y a un único espíritu,  desaparece; la caballería misma decae y, con ella, el ideal de un  tipo humano formado por principios puramente éticos y humanos.  Los caballeros llegan a defender los derechos y a sostener las  ambiciones temporales de sus príncipes y, finalmente, de los  Estados nacionales. Las grandes alineaciones inspiradas por el  ideal suprapolítico de la "guerra santa" y de la "guerra justa"  dan lugar a combicaciones, guerreras o pacíficas, trazadas en  número creciente por la habilidad diplomática. No solamente la  Europa cristiana asiste, inerte, a la caida del Imperio de  Oriente y de Constantinopla provocada por los otomanos, sino que  un rey de Francia, Francisco I, da el primer golpe al mito de la  "cristiandad" base de la unidad europea, no dudando, en su lucha  contra el representante del Sacro Imperio romano, no solamente en  sostener a los príncipes protestantes sublevados, sino incluso en  aliarse con el Sultán. La Liga de Cognac (1526) vió al jefe de la  Iglesia de Roma seguir el mismo camino. Se asiste a este absurdo:  Clemente VII, aliado de la Casa de Francia, entra en liza contra  el Emperador aliándose con el Sultán precisamente en el momento  en que el avance de Soliman II en Hungría amenaza a toda Europa y  donde el protestantismo en armas está en trance de derribar su  centro. Y se verá, igualmente,  a un sacerdote al servicio de la  casa de Francia, Richelieu, sostener de nuevo, en la última fase  de la guerra de los Treinta Años, la liga protestante contra el  emperador, hasta que, tras la paz de Augusta (1555), los tratados  de Westphalia (1648) suprimen a los últimos restos del elemento  religioso, decretan la tolerancia recíproca entre las naciones  protestantes y las católicas y acuerdan a los príncipes  sublevados unas independencia casi completa respecto al Imperio.  A partir de esta época, el interés supremo y la resolución de los  conflictos no serán del todo la defensa ideal de un derecho  dinástico o feudal, sino una simple disputa en torno a un trozo  de territorio europeo: el Imperio es definitivamente suplantado  por los imperialismos, es decir por los movimientos de los  Estados nacionales deseosos de afirmarse militar o económicamente  sobre las demás naciones. La Casa de Francia juega, en estas  convulsiones, tanto sobre el plano de la política europea, como  en su función netamente anti‑imperial, un papel preponderante.

En el conjunto de estos desarrollos y fuera de la crisis de la  idea imperial, la noción misma de soberanía se seculariza sin  cesar del todo. El rey no es más que un guerrero, el jefe  político de su Estado. Encarna también, durante un cierto tiempo,  una función viril y un principio absoluto de autoridad, pero que  no se refieren ya a una realidad trascendente, sino a una fórmula  residual y vacía del "derecho divino", tal como fue definido,  para las naciones católilcas, tras el concilio de Trento, en el  período de la Contra‑refoma. La Iglesia se declaraba dispuesta a  sancionar y a consagrar el absolutismo de soberanos íntimamente desconsagrados, a condición de que se convirtieran en el brazo  secular de esta misma Iglesia que seguía a partir de ese momento  la  vía de la acción indirecta.

Es por ello que en el curso del período consecutivo al declive  del ecumene gibelino, desapareció poco a poco, en cada Estado, la  premisa en virtud de la cual la oposición a la Iglesia podía  proseguirse sobre la base de un sentido superior: un  reconocimiento más o menos exterior es concedido a la autoridad  de Roma en materia de simple religión, cada vez que se puede  obtener, a cambio, algo útil para la razón de Estado. O bien se  asiste a intentos abiertos de subordinar directamente lo  espiritual a lo temporal, como en el movimiento anglicano o  galicano y, más tarde, en el mundo protestante, con las Iglesias  nacionales controladas por el Estado. Avanzando en la edad  moderna, se verá a las patrias constituirse en otros tantos  verdaderos cismas y oponerse unas a otras, no solamente en tanto  que unidades políticas y temporales, sino también en tanto que  entidades casi míticas rechazando admitir un cualquier autoridad  superior .

De todas formas, un punto aparece muy claramente: si a partir de  ahora el Imperio declina y no hace más que sobrevivir a sí mismo,  su adversario, la Iglesia, aunque teniendo el campo libre, no  sabe asumir la herencia, dando así la prueba decisiva de su  incapacidad para organizar Occidente según su propio ideal, es  decir, según el ideal guelfo. Lo que sucede al Imperio, no es la  Iglesia, una "cristiandad" reforzada, sino una multiplicidad de  Estado nacionales, más o menos intolerantes respecto a todo  principio superior de autoridad.

Por otra parte, la "desconsagración" de los príncipes, junto    a  su insubordinación respecto al Imperio, al privar a los  organismos de los que son jefes del carisma de un principio más  elevado, los llevan fatalmente a la órbita de las fuerzas  inferiores, que tomarán progresivamente la delantera. En general,  es fatal que cada vez que una casta se subleva contra  la casta  superior y se vuelve independiente, pierda el carácter específico  que tenía en el conjunto jerárquico, para reflejar el de la casta  inmediatamente inferior (4). El absolutismo ‑transposición  materialista de la idea unitaria tradicional‑ prepara las vías  para la demagogía y las revoluciones nacionales antimonárquicas.  Y allí donde los reyes, en su lucha contra la aristocracia feudal  y en su obra de centralización política, fueron llevados a  favorecer las reivindicaciones de la burguesía y de la plebe  misma, el proceso se realizó más rápidamente. Con razón se ha  fijado la atención sobre la figura de Felipe el Hermoso, en  efecto, quien, destruyendo, de acuerdo con el papa, a los  Templarios, destruyó al mismo tiempo la expresión más  característica de la tendencia a reconstituir la unidad del  elemento guerrero y del elemento sacerdotal, que era el alma  secreta de la caballería; es él quien comienza el trabajo de  emancipación laica del Estado respecto a la Iglesia, proseguido  casi sin interrupción por sus sucesores, al igual que se  prosiguió ‑sobre todo por Luis XI y Luis XIV‑ la lucha contra la   nobleza feudal, lucha que no desdeñaba el apoyo de la burguesía y  toleraba incluso, para alcanzar su fin, el espíritu de revuelta  de capas sociales aún más bajas; es él quien favorece ya una  cultura antitradicional, gracias a sus "legistas" que fueron,  antes que los humanistas del Renacimiento, los verdaderos  precursores del laicismo moderno (5). Es significativo que fuera  un sacerdote ‑el cardenal Richelieu‑ quien afirmó, contra la  nobleza, el principio de centralización, preparando la  sustitucion de las estructuras feudales por el binomio nivelador  moderno del gobierno y de la nación, es incontestable que Luis  XIV, dando forma a los poderes públicos, desarrollando  sistemáticamente la unidad nacional, y reforzándola sobre el  plano político, militar y económico, ha preparado, por así  decirlo, un cuerpo para la encarnación de un nuevo principio, el  del pueblo, de la nación  concebida como simple colectividad  burguesa o plebeya (6). Así, la obra antiaristocrática emprendida  por los reyes de Francia, cuya oposición constante al Sacro  Imperio ya se ha subrayado, debía lógicamente, con un Mirabeau,  volverse contra ellos y expulsarlos finalmente del trono  contaminado. Se puede afirmar que es precisamente por haberse  comprometido la primera en esta vía y haber, por ello,  acrecentrado sin cesar el carácter centralizador y nacionalista  de la noción de Estado, que Francia conoció el primer hundimiendo  de un régimen monárquico y, de una forma precisa y abierta, con  el advenimiento del régimen republicano, el tránsito del poder a  las manos del Tercer Estado. Se convirtió así, en el seno de las  naciones europeas, en el principal foco de este fermento  revolucionario y de esta mentalidad laica y racionalista que  debían destruir los últimos vestigios de  tradicionalidad (7).

Existe otro aspecto complementario de la Némesis histórica  igualmente preciso e interesante. A la emancipación, respecto del  Imperio, de los Estados convertidos en "absolutos", debía suceder  la emancipación, respecto del Estado de los individuos soberanos,  libres y autónomos. Una usurpación llama y prepara a la otra,  hasta que, en los Estados que, en tanto que Estados soberanos  nacionales que habían caido en la estatitación y la anarquía, la  soberanía usurpada del Estado se inclinaba ante la soberanía  popular, en el marco de la cual la autoridad y la ley no son  legítimas más que en la medida en que expresan la voluntad de los  ciudadanos considerados como individuos particulares y soberanos,  esperando la última fase, la fase puramente colectivista.

Si bien fueron causas de "lo alto" quienes determinaron la caida  de la civilización medieval, las de "lo bajo", distintas, aunque  solidarias de las primeras, no deben ser olvidadas. Toda  organizaicón tradicional es una formación dinámica, que supone  fuerzas de caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales  y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y frena:  implica el dinamismo de ambos polos antagonistas, cuyo polo  superior, inherente al elemento supranatural de las castas  superiores, intenta arrastrar hacia lo alto, mientras que el otro  ‑el polo inferior ligado a la masa, al demos‑ busca arrastrar el  primero hacia lo bajo (8). Así, a todo debilitamiento de los  representantes del principio superior, a toda desviación o  degeneración de la cúspide, corresponden, a manera de  contrapunto, una emergencia y una liberación en el sentido de una  revuelta de las capas inferiores. A través de procesos ya  analizados, el derecho de pedir a los sujetos la fides, con el  doble sentido espiritual y feudal, de la palabra, debía  progresivamente decaer, mientras que los mismos procesos abrían  virtualmente la vía a una materialización de esta fides en   sentido político, y luego, a la revuelta en cuestión. En efecto,  mientras que la fidelidad espiritualmente fundada es  incondicionada, la que se relaciona con el plano temporal es, por el  contrario, condicionada y contingente, sujeta a revocación según  las circunstancias y por motivos empíricos, y el dualismo, la  oposición persistente de la Iglesia al Imperio, debían  contribuir por su parte, a arrastrar toda fides a este nivel  inferior y precario.

Por lo demás, ya en la Edad Media, la Iglesia no experimentó  escrúpulos en "bendecir" la infracción a la fides alineándose al  lado de las Comunas italianas, sosteniento moral y materialmente  la revuelta que, al margen de su aspecto exterior, expresaba  simplemente la insurrección de lo particular contra lo universal,  inspirándose en un tipo de organización social que ya no reposaba  en absoluto sobre la casta guerrera, sino indirectamente sobre la  tercera casta, la de los burgueses y mercaderes. Estos usurparon  la dignidad del poder político y del derecho a las armas,  fortificaron sus ciudades, alzaron sus estandartes, organizaron  sus milicias contra las cohortes imperiales y la alianza  defensiva de la nobleza feudal. Es aquí donde empieza el  movimiento de "lo bajo", la sublevación de la marea de las  fuerzas inferiores.

Las Comunas prefiguran el ideal completamente profano y  antitradicional de una organización democrática fundada sobre el  factor económico y mercantil y sobre el tráfico judaico del oro,  pero su revuelta demuestra sobre todo que el sentimiento del  sentido espiritual y ético del lealismo y de la jerarquía, estaba  ya, en ese momento, a punto de extinguirse. No se reconoce ya en  el Emperador más que un jefe político, a cuyas pretensiones  políticas se puede resistir. Se afirma esta mala libertad que  destruirá y desconocerá todo principio de verdadera autoridad,  dejando a las fuerzas inferiores a sí mismas, y haciendo   descender todas las formas políticas a un plano puramente humano,  económica y colectivo, llegando a la omnipotencia del mercader y,  más tarde, de los "trabajadores" organizados. Es significativo  que el núcleo principal de este cáncer haya sido el suelo  italiano, cuna de la romanidad. En la lucha de las Comunas  apoyadas por la Iglesia contra los ejércitos imperiales y el  corpus saecularium principum, se encuentran los últimos ecos de  la lucha entre el Norte y el Sur, entre la tradición y la anti‑  tradición. Federico I ‑figura que la falsificación plebeya de la  historia "patriótica" italiana se ha esforzado en desacreditar‑  combatió en realidad en nombre de un principio superior y de un  deber que su función misma le imponía, contra una usurpación  laica y particularista fundada, entre otras, sobre rupturas  unilaterales de pactos y juramentos. Dante verá en él al "buen  Barbarroja" legítimo representante del Imperio, que es la fuente  de toda verdadera autoridad; considera la revuelta de las  ciudades lombardas como ilegal y facciosa, conforme a su noble  desprecio por las "gentes nuevas y las ganancia rápidas" (9),  elementos del nuevo e impuro poder comunal, al igual que había  reconocido una heregía subversiva en el "libre régimen de los  pueblos particulares" y en la nueva idea nacionalista (10). En  realidad, no fue tanto para imponer un reconocimiento material y  para satisfacer ambiciones territoriales, como en el nombre de una  reivindicación ideal y por la defensa de una derecho  suprapolítico,que lucharon los Ottones y luego los Suavios: exigían  obediencia  no en tanto que príncipes teutónicos, sino en tanto  que Emperadores "romanos" ‑romanorum reges‑, es decir,  supranacionales. Es por el honor y por el espíritu que lucharon  contra la raza de los mercaderes y de los burgueses en armas  (11), y es por ello estos fueron considerados como rebeldes,  menos contra  el emperador que contra Dios ‑obviare Deo. Por  orden divino ‑jubente Deo‑ el príncipe los combate como  representante de Carlomagno, con la "espada vengadora", para  restaurar el orden antiguo: redditu res publica statui votuta  (12).

Enfin, si continuamos considerando sobre todo a Italia, los  Señoríos, contrapartidas o sucesiones de las Comunas, aparecen  como otro aspecto del nuevo clima del cual "El Príncipe" de  Maquiavelo, es un índice barométrico. No se concibe ya, como  jefe, más que al individuo poderoso que no domina en virtud de  una consagración, en virtud de su nobleza, por que representa un  principio superior y una tradición, sino que domina en nombre de  sí mismo, se sirve de la astucia y de la violencia, recurre a las  fuentes de la política entendida a partir de ahora como un  "arte", como una técnica desprovista de escrúpulos: el honor y la  verdad no tienen para él ningún sentido y no se sirve  eventualmente de la religión misma más que como de un instrumento  entre otros. Danta había dicho justamente: Italorum principum...  qui non heroico more sed plebeo, secuntur superbiam (13). La  sustancia de este gobierno no es pues "heroica", sino plebeya; es  a este nivel que se encuentra reducida la virtus antica, al igual  que la superioridad en relación al bien y al mal inherente a  aquel que dominaba en virtud de una ley no‑humana. Se ve  reaparecer aquí el tipo de algunos tiranos de la antigüedad y se  encuentra al mismo tiempo la expresión de este individualismo  desencadenado que, como veremos, caracteriza, bajo formas  múltiples, este momento crucial de la historia. Se puede ver  finalmente la prefiguración brutal de la "política absoluta" y de  la voluntad de poder que se reafirmará, sobre una escala más  amplia, en una época reciente, al producirse el ascenso del  Cuarto Estado.

Estos procesos marcan pues el fin del ciclo de la restauración  medieval. De cierta forma, se reafirma la idea ginecocrático‑  meridional, en los marcos de la cual el principio viril, fuera de  las formas extremas que acaban de ser mencionadas, e incluso  cuando es encarnado en la figura del monarca, no tiene más que un  sentido material (político, temporal), mientras que la Iglesia  permanece depositaria de la espiritualidad bajo la forma "lunar"  de religión devocional y, en pocos los casos, de  contemplación, en las Ordenes monásticas. Una vez confirmada esta  escisión, el derecho de sangre y de la tierra o las  manifestaciones de una simple voluntad de poder imponen su  supremacía. El particularismo de las ciudades, de las patrias y  de los nacionalismos supone la inevitable consecuencia, al igual  que, más tarde, el principio de la revuelta del demos, del  elemento colectivo, subsuelo del edificio tradicional, que  tenderá a apropiarse de las estructuras niveladas y de los  poderes públicos unificados creados en la fase antifeudal  precedente.

La lucha más característica de la Edad Media, la del principio  "heroico"‑viril contra la Iglesia, aborta. A partir de entonces,  el hombre occidental no tiende a la autonomía y a la emancipación  del lazo religioso más que bajo la forma de una desviación  contaminadora y llegando, políticamente, hasta lo que se podría  llamar un retorno demoníaco del gibelinismo, prefigurado por lo  demás por la utilización que los príncipes germánicos hicieron de  las ideas del luteranismo. De manera general, en tanto que  civilización, Occidente  no se emancipa de la Iglesia y de la  visión católica del mundo, tras la Edad Media, más que  laizizándose y cayendo en el naturalismo, exaltando como una  conquista el empobrecimiento propio a un punto de vista y a una  voluntad que no reconocen ya nada más allá del hombre ni más allá  de lo que está enteramente condicionado por lo humano.

La exaltación polémica de la civilización del Renacimiento contra  la de la Edad Media forma parte de las convenciones de la  historiografía moderna. Si bien no se trata aquí más que de una  de las numerosas sugestiones difundidas en la cultura moderna por  los dirigentes de la subversión mundial, habría que ver en ello  la expresión de un incomprensión típica. Si, desde el fin del  mundo antiguo, hubo una civilización que mereció el nombre de  Renacimiento, fue precisamente la de la Edad Media. En su  objetividad, en su "virilismo", en su estructura jerárquica, en  su soberbia elementareidad anti‑humanista, tan frecuentemente  penetrada de lo sagrado, la Edad Media fue como una nueva llama  del espíritu de la civilización, universal y una, de los  orígenes. La verdadera Edad Media nos aparece bajo los rasgos  clásicos, y en absoluto románticos. El carácter de la  civilización que le sucedió tuvo otro significado diferente. La  tensión que durante la Edad Media, había tenido una orientación  esencialmente metafísica, se degrada y cambia de polaridad. El  potencial recogido precedentemente sobre la dirección vertical ‑  hacia lo alto, como en el símbolo de las catedrales góticas‑ se  descarga entonces en dirección horizontal, hacia el exterior,  produciendo, por sobresaturación  de los planos subordinados,  fenómenos capaces de  sorprender al observador superficial:  irrupción tumultuosa, en la cultura, de múltiples manfiestaciones  de una creatividad desprovista prácticamente de toda base  tradicional o simplemente simbólica, es decir profana y  desacralizada, sobre el plano exterior, expansión casi explosiva  de los pueblos europeos en el conjunto del mundo en la época de  los descubrimientos, exploraciones y conquistas coloniales, que  corresponde, más o menos, a la del Renacimiento y el Humanismo.  Estos son los efectos de una liberación de fuerzas idéntica a la  que se produce durante la descomposición de un organismo.

Se querría ver en el Renacimiento, bajo muchos de sus aspectos,  una recuperación de la civilización antigua, descubierta de nuevo  y reafirmada contra el mundo oscuro del cristianismo medieval. Se  trata de un grave malentendido. El Renacimiento no recuperó del  mundo antiguo más que formas decadentes y no las de los orígenes,  penetrados de elementos sagrados y supra‑personales, o los  recuperó olvidando complementamente estos elementos y utilizando  la herencia antigua en una dirección completamente diferente. En  el Renacimiento, en realidad, la "paganidad" sirve esencialmente  para desarrolllar la simple afirmación del Hombre, para fomentar  una exaltación del individuo, que se embriaga de las producciones  de un arte, de una erudición y de una especulación desprovistas  de todo elemento trascendente y metafísico.

Conviene a este respecto, llamar la atención sobre un fenómeno  que se produce con ocasión de semejantes convulsiones y que es el  de la neutralización (14). La civilización, incluso en tanto que  ideal, cesa de tener un eje unitario. El centro deja de dirigir  cada parte, no solo sobre el plano político, sino también sobre  el cultural. Ya no existe una fuerza única que organice y anime  la cultura. En el espacio espiritual que el Imperio abraza  unitariamente en el símbolo ecuménico,  nacen, por disociación,  zonas muertas, "neutras", que corresponden precisamente a las  diversas ramas de la nueva cultura. El arte, la filosofía, la  ciencia, el derecho, se desarrollan separadamente, cada una en  sus fronteras, en una indiferencia sistemática y exhibida  respecto a todo lo que podría dominarlas, liberarlas de su  aislamiento, darles verdaderos principios: tal es la "libertad"  de la nueva cultura. El siglo XVII, en correspondencia con la  guerra de los Treinta Años y con el declive definitivo de la  autoridad del Imperio, es la época donde esta convulsión tomó una  forma precisa y donde se encuentran prefiguradas todas las  características de la edad moderna.

El esfuerzo medieval por recuperar la llama que Roma había  recibido de la Hélade heroico‑olímpica se acaba pues  definitivamente. La tradición de la realeza iniciática cesa, en  este momento, de tener contactos con la realidad histórica, con  los representantes de cualquier poder temporal europeo. No se  conserva más que subterráneamente, en corrientes secretas como  los Hermetistas y Rosacrucianos, que se retiran cada vez más en  las profundidades en la medida en que el mundo moderno toma  forma, cuando las organizaciónes que habían ya animado fueron  víctimas a su vez de un proceso de involución y de inversión  (15). En tanto que "mito", la civilización medieval deja  su  testamento en dos leyendas. La primera es aquella según la cual,  cada año, la noche del aniversario de la supresión de la Orden  del temple, una sombra armada, vestida con túnica blanca y con la  cruz roja, aparecere en la cámara sepulcral de los Templarios  para preguntar quien quiere liberar el Santo Sepulcro. "Nadie,  nadie ‑se le responde‑ porque el Templo está destruido". La otra  es la de Federico I que, sobre las cumbres del Kifhäuser, en el  interior del monte simbólico, continuaría viviendo con sus  caballeros en un letargo mágico. Y espera: espera que la hora  señalada haya sonado para descender al valle con sus fieles y  librar la última batalla de la que dependerá la nueva floración  del Arbol Seco y el comiendo de una nueva edad (16).


 

(1) Cf. J. REYOR, Le Saint‑Empire et l'Imperator rosicrucien  (Voile d'Isis, nº 179, pag. 197).

(2) R. GUENON, Autorité spirituelle et pouvoir temporel, cit.,  pag. 111.

(3) En Europa los legistas franceses fueron los primeros en  afirmar que el rey del Estado nacional tiene directamente su  poder de Dios, que es "emperador en su reino".

(4) R. GUENON, Autorité etc., pag. 111.

(5) R. GUENON, Autorité etc., pag. 112 y sigs.

(6) Se conoce la expresión de Luis XIV: "Contra más aumentemos el  dinero contento, tanto más aumentaremos el poder, el engrandecimiento  y la abundancia del Estado". Es ya la fórmula de la idea política  descendida, a través del nacionalismo, al nivel de la casta de  los mercaderes, el principio de la subversión general que la  soberanía de lo "económico" debía realizar en Occidente.

(7) Cf. Ibid. Por el contrario, el hecho que los pueblos  germánicos, a pesar de la Reforma conservaron, más que todos los  demás, estructuras feudales, expresar que fueron los últimos en  encarnar ‑hasta la guerra de 1914‑ una idea superior opuesta a la  de los nacionalismos y las democracias modernas.

(8) Este concepto dinámico‑antagonista de la jerarquía  tradicional está indicado claramente en la tradición indo‑aria:  es el símbolo mismo de la lucha que tuvo lugar en el curso de la  fiesta del gavamyana, entre un representante de la casta luminosa  de los arya y un representante de la casta oscura de los shudra,  lucha que tenía por objeto la  conquista de un símbolo solar y  terminaba con el triunfo del primero (cf. WEBER, Indischer  Studien, cit., v. X, pag. 5). El mito nórdico de la lucha  constante entre un caballero blanco y un caballero negro tiene un  sentido análogo (GRIMM, Deutsche Myth., cit., pag. 802.)

(9) Inferno, XVI, 73.

(10) Cf. E, FLORI, Dell'idea imperiale di Dante, Bolonia, s.d.,  pag. 38, 86‑87.

(11) Dante no duda en acusar la aberración nacionalista naciente,  combatiendo particularmente a la casa de Francia y reconociendo  el derecho del Emperador. En relación a Enrique VII, comprende  bien, por ejemplo, que Italia, para hacer irradia su civilización  en el mundo, debía desaparecer en el Imperio, ya que solo el  Imperio es universalizado y que toda fuerza rebelde, según el  nuevo principio de las "ciudades" y de las patrias, no podía  representar más que un obstáculo al "reino de la justicia", Cf.  FLORI, Op. ccit., pag. 101, 71.

(12) Son expresiones del Archipoeta. Es interesante notar  igualmente que el simbolismo de Hércules, el héroe aliado de las  potencias olímpicas en lucha contra las del caos, fue aplicado a  Barbarroja, en su lucha contra las Comunas.

(13) De vulgari eloquentia, I, 12. A propósito del Renacimiento,  F. SCHUON ha tenido razón en hablar de un "cesarismo de burgueses  y banqueros" (Perspectives spirituelles et faits humains, París  1953, pag., 48) a los cuales es preciso añadir los tipos oscuros  de "condottieri", jefes de mercenarios que se convirtieron en  soberanos.

(14) Cf. C. STEDING, Das Reich und die Krankheit der europäischen  Kultur, Hamburgo, 1938; J. EVOLA, Chevaucher le Tigre, París,  1964, cap. 26.

(15) Cf. EVOLA, Mistero del Graal, cit, parag. 29, sobre todo en  relación a la génesis y el sentido de la masonería moderna y del  iluminismo.

(16) Cf. B. KUGLER, Storia delle Crociate, trad. it., Milán,  1887, pag. 538; F. KAMPERS, Die Deutsche Kaiseridee in Prophetie  und Sage, Berlín, 1896. Del contexto de las diferentes versiones  de la segunda leyenda, subyace que una victoria es posible, pero  no cierta. En varias versiones de la saga ‑que conservan  probablemente la traza del tema del ragna‑rok édico‑ el último  emperador puede hacer frente a las fuerzas de la última edad y muere, tras haber suspendido en el Arbol Seco el cetro, la corona  y el escudo.

 

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 11.Traslación de la idea del Imperio. La Edad Media gibelina

Revuelta contra el Mundo Moderno (II Parte) 11.Traslación de la idea del Imperio. La Edad Media gibelina

Biblioteca Julius Evola.-  Evola no considera que la cristianización del imperio romano certificara la desaparicion de la tradición de Europa. Antes bien, reconoce que el espíritu del cristianismo primitivo sufrio una primera rectificación con el edicto de Constantino, luego, en la edad media, vivió su última aurora en Europa, especialmente en la Edad Media gibelina con el Sacro Imperio Romano Germánico. Evola considera que este renacimiento de la tradición en Europa se debió a la renovación del ethos pagano con la llegada de las tribus germánicas y cuando éstas renovaron el espíritu de la romanidad.

 

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TRASLACION DE LA IDEA DEL IMPERIO. LA EDAD MEDIA GIBELINA

En relación al cristianismo, la fuerza de la tradición que da a  Roma su rostro se evidencia en el hecho de que la nueva fe, si  bien consiguió derribar a la antigua, no supo conquistar  realmente el mundo occidental en tanto que cristianismo puro;  allí donde alcanzó alguna grandeza, no fue más que traicionándose  a sí mismo, en una cierta medida, y recurriendo a la ayuda de  elementos tomados de la tradición opuesta ‑elementos romanos y  clásicos pre‑cristianos‑ más que a través del elemento cristiano  en su forma original.

En realidad, el cristianismo no "convirtió" más que exteriormente  al hombre occidental, del que constituyó la "fe" en el sentido  más abstracto, pero cuya vida efectiva continuó obedeciendo a  formas más o menos materializadas de la tradición opuesta a la  acción y más tarde, en la Edad Media, a un ethos que, de nuevo,  debía ser esencialmente la impronta del espíritu nórdico‑ario.  Teóricamente, Occidente aceptó el cristianismo, y el hecho de que  Europa acogiese tantos temas que evidenciaban la concepción  hebraica y levantina de la vida, es algo que siempre ha producido  estupor al historiador; pero, prácticamente, Occidente permaneció  pagano. El resultado fue un hibridismo. Incluso bajo su forma  católica atenuada y romanizada, la fe cristiana fue un obstáculo  que privó al hombre occidental de la posibilidad de integrar su  verdadero e irreductible modo de ser gracias a una concepción de  lo sagrado y a relaciones con lo sagrado, conformes a su propia  naturaleza. A su vez, es precisamente este modo de ser lo que  impidio que el crístianismo instaurara en Occidente una tradición  de tipo opuesto, es decir, sacerdotal y religiosa, conforme a los  ideales de la Ecclesia de los orígenes, al pathos evangélico y al  símbolo del cuerpo místico de Cristo. Examinaremos más adelante  los efectos de esta doble antítesis sobre el desarrollo de la  historia de Occidente. Tiene un lugar importante entre los procesos que desembocaron en el mundo moderno propiamente dicho.

En un momento del ciclo, la idea cristiana, al colocar  el  énfasis en lo subrenatural, parece hacer sido absorvida por la  idea romana bajo una forma propia, incluso tendente a dotar otra  vez de una notable dignidad a la misma idea imperial, cuya  tradición se encontraba ya desmantelada en el centro representado  por la "Ciudad Eterna". Nos referimos al ciclo bizantino, el  ciclo del Imperio romano de Oriente. Pero aquí, históricamente,  se repite en amplia medida lo que se había verificado en el bajo  Imperio. Teóricamente, la idea imperial bizantina presenta un  alto grado de tradicionalidad. Se encuentra afirmado el concepto  del dominador sagrado cuya autoridad  viene de lo alto, cuya ley es imagen de la ley divina, con un  alcance universal, y al cual se somete el mismo clero, pues sobre  él recae la dirección, tando de las cosas espirituales como de  las temporales. Se encuentra afirmada igualmente la noción de "Romanos", que expresa la unidad de los que el carisma   inherente a la participación en el ecumene romano‑cristiano eleva  a una dignidad superior a la de cualquier otra persona. De nuevo  el Imperio es sacrum y su pax tiene un significado  supraterrestre. Pero, más aun que en el tiempo de la decadencia  romana, no se trata más que de un símbolo sostenido por fuerzas  caóticas y turbulentas, pues la sustancia étnica, más aun que en  el ciclo imperial romano, lleva el sello del demonismo, la  anarquía y el principio de agitación incesante propio del mundo  helénico‑oriental desagregado y crepuscular. Aquí también, se  creyó que el despotismo y una estructura centralista burocrático‑  administrativa podían reconstruir lo que solo había podido hacer  posible la autoridad espiritual de representantes cualificados,  rodeados de hombres que dispusieran efectivamente, en virtud de  su raza no solo nominal, sino sobre todo interior, de la cualidad  de "Romanos". Aquí también, las fuerzas de disolución debían,  pues, tomar ventaja aunque, en tanto que realidad política,  Bizancio consiguió mantenerse durante casi un milenio. De la idea  romano‑cristiana bizantina no subsistieron más que ecos, que se  encuentran, bajo una forma muy modificada, entre los pueblos  eslavos, o bien en el momento de "recuperación" correspondiente a  la Edad Media gibelina.

A fin de poder seguir el desarrollo de las fuerzas que ejercieron  sobre Occidente una influencia decisiva, es necesario detenernos  un instante, sobre el catolicismo. Este cobró forma a través de  la rectificación de algunos aspectos extremistas del cristianismo  de los orígenes, a través de la organización, más allá del simple  elemento místico‑sotereológico, de un corpus ritual y simbólico,  y gracias a la absorción y adaptación de elementos doctrinales y  de principios de organización extraidos de la romanidad y de la  civilización clásica en general. Es así como el catolicismo  presenta en ocasiones rasgos "tradicionales" que no deben sin  embargo, prestarse a equívoco. Lo que posee en el cristianismo un  carácter verdaderamente tradicional no es en absoluto cristiano,  y lo que tiene de cristiano no es tradicional. Históricamente, a  pesar de todos los esfuerzos tendentes a conciliar los elementos  heterogéneos y contradicotrios (1), a pesar de toda la obra de  absorción y adaptación, el catolicismo siempre delató el espíritu  de las civilizaciones lunar‑sacerdotales hasta el punto de  perpetuar, bajo otra forma, la acción antagonista de las  influencias del sur, a las cuales facilita incluso un cuerpo: la  organización de la Iglesia y sus jerarquías.

Esto aparecerá claramente cuando examinemos el desarrollo del  principio de autoridad reivindicado por la Iglesia. Durante los  primeros siglos del Imperio cristianizado y en el período  bizantino, la Iglesia aparecía aun subordinada a la autoridad  imperial; en los concilios, los obispos dejaban la última palabra  al príncipe, no solo en materia de disciplina sino también de  dogma. Progresivamente, se deslizó siempre la idea de la igualdad  de los dos poderes, de la Iglesia y del Imperio. Las dos  instituciones parecían poseer, una u otra, una autoridad y un  destino sobrenaturales y tener un origen divino. Si seguimos el  curso de la historia, constatamos que en el ideal carolingio  subsiste el principio según el cual el rey no gobierna solo al  pueblo, sino también al clero. Por orden divina debe velar para  que la Iglesia realice su misión y su función. De ahí que no solo  sea consagrado por los mismos símbolos que los de la consagración  sacerdotal, sino que posea también la autoridad y el derecho de  destituir al clero indigno. El monarca aparece verdaderamente,  según Catwulf, como el rey‑sacerdote según la orden de  Melkisedech, mientras que el obispo no es más que el vicario de  Cristo (2). Sin embargo, a pesar de la persistencia de esta alta  y antigua tradición, termina por prevalecer la idea de que el  gobierno real debe ser comparado al de un cuerpo y el gobierno  sacerdotal al del alma. Se abandonaba así implícitamente la idea  misma de igualdad de los dos poderes y se preparaba una inversión  efectiva de las relaciones.

En realidad, si en todo ser razonable, el alma es el principio  que decide lo que el cuerpo ejecuta, ¿cómo concebir que aquellos  que admitían que su autoridad estuviera limitada al cuerpo social  no debieran subordinarse a la Iglesia a la cual reconocían un  derecho exclusivo sobre las almas y su diección? Fue así como la  Iglesia debía finalmente contestar y considerar prácticamente  como una heregía y una prevaricación del orgullo humano, la  doctrina de la naturaleza y del origen divino de la realeza y ver  en el príncipe un laico igual a todos los otros hombres ante Dios  e incluso ante la Iglesia, algo así como un simple funcionario  instituido por el hombre, según el derecho natural, para dominar  al hombre, y que a través de las jerarquías eclesiásticas recibía  la consagración necesaria para que su gobierno no fuera el de una  civitas diaboli (3).

Es preciso ver en Bonifacio VIII ‑que no duda en ascender al  trono de Constantino con la espada, la corona y el cetro,  declarar: "Soy Cesar y Emperador"‑ la conclusión lógica de una  orientación de carácter teocrático‑meridional: se termina por  atribuir al sacerdote las dos espadas evangélicas, la espiritual  y la temporal, y no se ve en el Imperio más que un simple  beneficium conferido por el Papa a alguien que a cambio debe  vasallage a la Iglesia e incluso la misma obediencia que se exige  a un feudatario a quien se ha investido. Pero, aunque el jefe de  la Iglesia romana podía encarnar esencialmente, la función de los     "servidores de Dios", este guelfismo, lejos de significar la  restauración de la unidad primordial y solar de dos dos poderes,  muestra solo hasta que punto Roma se había alejado de su antigua tradición y  representaba en el mundo europeo, el principio opuesto, la  dominación de la verdad del Sur. En la confusión que se  manifestará en los símbolos, la Iglesia, al mismo tiempo que se  arrogaba, en relación al Imperio, el símbolo del Sol en relación  a la Luna, adoptaba por si misma el símbolo de la Madre, y  consideraba al Emperador como uno de sus hijos. En el ideal de  supremacía guelfo se expresa pues un retorno a la antigua visión  ginecocrática: la autoridad, la superioridad y el derecho  la  dominación espiritual del principio materno sobre el masculino,  ligado a la realidad temporal y caduca.

Es así como se efectúa la traslación. La idea romana fue  recuperada por razas puras de origen nórdico, a quienes la  migración había llevado hasta el espacio de la civilización  romana. Es ahora el elemento germánico quien defenderá la idea  imperial contra la Iglesia, que despertará a una vida nueva la  fuerza formadora de la antigua romanitas. Y es así como surgen,  con el Sacro Imperio romano y la civilización feudal, las dos  últimos grandes manifestaciones tradicionales que conoció  Occidente.

Los germanos del tiempo de Tácito aparecían como linajes muy  próximos a los aqueos, paleo‑iranios, paleo‑romanos y nórdico‑  arios en general que se habían conservado, en más de un aspecto ‑  a partir del plano racial‑ en un estado de pureza "prehistórica".  Es la razón por la cual pudieron aparecer como "bárbaros", al  igual que más tarde los godos, lombardos, burgundios, francos, a  lo ojos de una "civilización"  que, "desanimada" en sus  estrucuras juridico‑administrativas y, habiéndose entregado a  formas "afrodíticas" de refinamiento hedonista‑ciudadano, de  intelectualismo, esteticismo y disolución cosmopolita, no  representaba más que la decadencia. En la rudeza de sus  costumbres se expresaba sin embargo una existencia forjada por  los principios de honor, de fidelidad y orgullo. Era precisamente  este elemento "bárbaro" el que representaba la fuerza vital, cuya  ausencia había sido una de las principales causas de la  decadencia romana y bizantina.

Considerar a los germanos como "razas jóvenes" representa pues  uno de los errores desde un punto de vista al cual escapa el  carácter de la alta antiguedad. Estas razas no eran jóvenes más  que en el sentido de la juventud que confiere el mantenimiento de  un contacto con los orígenes. En realidad, descendían de capas  que fueron las últimas en abandonar las regiones árticas y se  encontraron, por ello, preservadas de las  mezclas y alteraciones  sufridas por los pueblos vecinos que habían abandonado estas  regiones en una época muy anterior. Tal había sido el caso de las  capas peleo‑indo‑europeas establecidas en el Mediterréneo  prehistórico.

Los pueblos nórdico‑germánicos, a parte de su ethos, aportaban  también en sus mitos las huellas de una tradición derivada  directamente de la tradición primordial. Ciertamente, cuando  aparecieron como fuerzas determinantes sobre la escena de la gran  historia europea, habían perdido prácticamente el recuerdo de sus  orígenes y esta tradición no subsistió más que bajo forma de  residuos fragmentarios, frecuentemente alterados y  "primitivizados", pero esto no les impedía continuar aportando, a  título de herencia más profunda, las potencialidades y la visión  innata del mundo a partir de la cual se desarrollan los ciclos  "heroicos".

En efecto, el mito de los Eddas conocía tanto el destino de la  caida como la volunad heroica que se le opone. En las partes más  antiguas de este mito persiste el recuerdo de una congelación que  detiene las doce "corrientes" que parten del centro primordial,  luminoso y ardiente, del Muspensheim, situado "en el extremo de  la tierra", centro que corresponde al airyanemvaëjo, la  Hiperbórea irania, la isla radiante del norte de los hindúes y de  las otras representaciones del lugar de la "edad de oro" (4). Se  trata de la "Isla Verde" (5) que flota sobre el abismo, rodeado  por el océano; es aquí donde se situaría el principio de la caida  y de los tiempos oscuros y trágicos, porque la corriente cálida  del Muspelheim reencuentra la corriente helada del Huerghmir (las  aguas, en este género de mitos tradicionales, significaban la  fuerza que da la vida a los hombres y a las razas).  Y al igual  que en el Avesta el invierno helado y tenebroso que vuelve  desierto el airyanem‑vaêjo, fue considerado como un acto del dios  enemigo contra la creación luminosa, como en el mito del Edda  puede ser considerado como alusión a una alteración que favoreció  el nuevo ciclo. La alusión a una generación de gigantes y seres  elementales telúricos, de criaturas resucitadas en el hielo por  la corriente cálida y contra las cuales luchará la raza de los  Ases (6) viene en apoyo de esta interpretación.

A la enseñanza tradicional relativa a la caida que  prosigue a  través de las cuatro edades del mundo, corresponde, en el Edda,  el conocido tema del rakna‑rökkr, el "destino" u "oscurecimiento"   de los dioses. Esto ocurre en un mundo en lucha, dominado por la  dualidad. Esotéricamente, este "oscurecimiento" concierne  metafóricamente a los dioses. Se trata ante todo del  oscurecimiento de los dioses en la conciencia humana. Es el  hombre quien, progresivamente pierde a los dioses, es decir las  posibilidades de contacto con ellos. Sin embargo este destino  puede ser eludido durante largo tiempo en tanto sea mantenido, en  su pureza, el depósito de este elemento primordial y simbólico,  del que había ya hecho, en la región original del Asgard, el  "palacio de los héroes", la sala de los doce tronos de Odín: el  oro. Pero este oro que podía ser un principio de salvación en  tanto que no ha sido tocado por la raza elemental, ni por el  hombre, cae finalmente en poder de Alberic, rey de los seres  subterráneos, que se convertirán en los Nibelungos en la  redacción mas tardía del mito. Se trata manifiestamente aquí de  un eco de lo que corresponde, en otras tradiciones, al  advenimiento de la edad de bronce, al ciclo de la usurpación  titánico‑prometeica, en la época prediluviana de los Nephelin. No  está quizás carente de relación con una involución telúrica y  mágica, en el sentido inferior del término, de los cultos  precedentes (7).

En frente, se encuentra el mundo de los Ases, divinidades  nórdico‑germánicas que encarnan el principio uranio bajo su  aspecto guerrero. Es Donnar‑Thor, exterminador de Thym e Hymir,  "el más fuerte entre los fuertes", el "irremisible", el señor del  "asilo contra el terror" cuya arma terrible, el doble martillo  Mjölnir, es, al mismo tiempo una variante del hacha simbólica  hiperbórea bicúspide y un signo de la fuerza‑rayo propia de los  dioses uranios del ciclo ario. Es Wotan‑Odín, aquel que concede  la victoria y posee la sabiduría, el dueño de las fórmulas  mágicas todopoderosas que no son comunicadas a ninguna mujer, ni  siquiera a una hija del rey, el Aguila, huesped de los héroes  inmortalizados que las Walkirias elijen sobre los campos de  batalla y a quienes hacen sus hijos (8); aquel que da a los  nobles "de este espíritu que vive y no perece, incluso cuando el  cuerpo se disuelve en la tierra" (9); aquel al cual, por otra  parte, los linajes reales remiten su origen. Es Tyr‑Tiuz, dios de  las batallas y, al mismo tiempo, dios del día, del cielo solar  irradiante, al cual se asocia la runa,   Y, que corresponde al  signo muy antiguo, nórdico‑atlántico, del "hombre cósmico con los  brazos alzados" (10).

Uno de los temas de los ciclos "heroicos" aparece en la leyenda  relativa al linaje de los Wölsungen, engendrado por la unión de  un dios con una mujer. De esta raza nacerá Sigmund, que se  apropiará de la espada clavada en el Arbol divino; luego, el  héroe Sigurd‑Siegfried, que se vuelve dueño del oro caido en las  manos de los Nibelungos, mata al dragon Fafnir, variante de la  serpiente Nidhögg, que roe las raices del árbol divino Yggdrassil  (a la caida del cual se hundirá también la raza de los dioses) y  personifica así la fuerza oscura de la decadencia. Si el mismo  Sigurd es finalmente muerto a traición, y el oro restituido a las  aguas, no es menos cierto que el héroe posee la Tarnkappe, es  decir, el poder simbólico que hace pasar lo corporal a lo  invisible, el héroe predestinado a la posesión de la mujer divina  (Brunhilde como reina de la isla septentriotal) sea bajo la forma  de Walkiria, virgen guerrera pasada de la sede celeste a la   terrestre.

Los más antiguos linajes nórdicos consideraron como su patria de  origen Gardarika, tierra situada en el extremo norte. Incluso aun  cuando este país no fuera considerado mas que como una simple  región de Escandinavia, seguiría asociado al recuerdo de la  función "polar" del Mitgard, del "centro" primordial:  transposición de recuerdos y tránsitos de lo físico a lo  metafísico, en virtud de los cuales Gardarika fue,  correlativamente, considerada también como idéntica al Asgard. Es  en el Asgard donde habrían vivido los antepasados no‑humanos de  las familias nobles nórdicas y algunos reyes sagrados  escandinavos, que como Gilfir, habrían ido allí para anunciar su  poder y recibir la enseñanza tradicional del Eda. Pero el Asgard  es también la tierra sagrada ‑keilakt land‑ la región de los  olímpicos nórdicos y de los Ases, prohibida a la raza de los  gigantes.

Estos temas eran pues propios de la herencia tradicional de los  pueblos nórdico‑germánicos. En su visión del mundo, la percepción  de la fatalidad de la decadencia, de los ragna‑rökk, se unía a  ideales y a representaciones de dioses típicos de los ciclos  "heroicos". Más tarde, sin embargo, esta herencia, tal como hemos  dicho, se convirtió en subconsciente, el elemento sobrenatural se  encontró velado en relación a los elementos secundarios y  bastardos del mito y de la leyenda, y con él, el elemento  universal contenido en la idea del Asgard‑Mitgard, "centro del  mundo".

El contacto de los pueblo germánicos con el mundo romano‑  cristiano tuvo una doble consecuencia.

De una parte, si su descenso terminó por trastornar, en el curso  de un primer momento, el aparato material del Imperio, se  tradujo, interiormente, en una aportación vivificante, gracias a  la cual debían ser realizadas las condiciones necesarias para una  civilización nueva y viril, destinada a reafirmar el símbolo  romano. Fue en el mismo sentido que se operó igualmente una  rectificación esencial del cristianismo e incluso del  catolicismo, sobre todo en lo que concierne a la visión general  de la vida.

Por otra parte, la idea de la universalidad romana, al igual que  el principio cristiano, bajo su aspecto genérico de afirmación de  un orden sobrenatural, produjeron un despertar más alto de la  vocación de los linajes nórdico‑germánicos, y sirvieron para  integrar sobre un plano más elevado y  hacer vivir en una forma  nueva lo que se había materializado y particularizado  frecuentemente entre ellos bajo la forma de tradiciones propias a  cada una de las razas (11). La "conversión" en lugar de  desnaturalizar sus fuerzas, las purificó y volvió precisamente  aptas para recuperar la idea imperial romana.

La coronación del rey de los francos comportaba ya la fórmula:  Renovatio romani Imperii; además,  una vez fue asumida Roma como  fuente simbólica de su imperium y de su derecho, los principes  germánicos debieron finalmente agruparse contra la pretensión  hegemónica de la Iglesia y convertirse en el centro de una gran  corriente nueva, tendiente a una restauración tradicional.

Desde el punto de vista político, el ethos innato de las razas  germánicas dió a la realidad imperial un carácter viviente, firme  y diferenciado. La vida de las antiguas sociedades nórdico‑  germánicas se fundaba sobre los tres principios de personalidad,  libertad y fidelidad. El sentido de la comunidad indiferenciada  les era completamente ajeno así como la incapacidad del individuo  para valorizarse fuera de los marcos de una institución  abstracta. La libertad es aquí, para el individuo, la medida de  la nobleza. Pero esta libertad no es anárquica e individualista;  es capaz de una entrega trascendente de la persona, conoce el  valor transfigurante de la fidelidad hacia aquel que es digno y  al cual se somete voluntariamente. Es así como se formaron grupos  de fieles en torno a jefes a los cuales podía aplicarse la  antigua fórmula: "La suprema nobleza del Emperador romano es ser,  no un propietario de esclavos, sino señor de hombres libres, que  ama la libertad incluso de aquellos que le sirven". Conforme a la  antigua concepción aristocrática romana, el Estado tenía por  centro el consejo de jefes, cada uno libre, señor en su tierra,  jefe del grupo de sus fieles. Más allá de este consejo, la unidad  del Estado y, en cierta forma, su aspecto suprapolítico, estaba  encarnado por el rey, en tanto que pertenecía ‑a diferencia de  los meros jefes militares‑ a un linaje de origen divino: entre  los godos, los reyes eran frecuentemente designados bajo el  nombre de amales, los "celestes", los "puros". Originariamente, la  unidad material de la nación se manifestaba solamente con ocasión  de una acción, de la realización de un fin común, particularmente  de conquista o defensa. Es en este caso solamente como funcionaba  una institución nueva. Junto al rex, era elegido un jefe, dux o  heretigo, y una jerarquía rígida se formaba expontáneamente, el  señor libre se convertía en hombre del jefe, cuya autoridad  llegaba incluso hasta la posibilidad de quitarle la vida si  faltaba a los deberes que había asumido. "El príncipe lucha por  la victoria, el sujeto por su príncipe". Protegerlo, considerarlo  como la esencia misma del deber de fidelidad "ofrecer en honor  del jefe sus propios gestos heroicos", tal era, ya según Tácito  (12), el principio. Una vez finalizada la empresa, se recuperaban  la independencia y la pluralidad originales.

Los condes escandinavos llamaban a su jefe "el enemigo del oro"  porque en su calidad de jefe, no debía guardar nada para él y  también "el anfitrión de los héroes" por que constituía para él  un honor acoger en su casa, casi como a sus padres, a sus  guerreros fieles, sus compañeros y sus pares. Entre los francos  también, antes de Carlomagno, la adhesión a una iniciativa era  libre: el rey invitaba, o procedía a realizar un llamamiento, o  bien los príncipes mismos proponían la acción, pero no existía en  todo caso ningún "deber", ni "servicio" impersonal: por todas  partes reinaban relaciones libres, fuertemente personalizadas, de  mando y obediencia, de entente, fidelidad y honor (13). La noción  de libre personalidad se convertía así en la base fundamental de  toda unidad y jerarquía. Tal fue el gérmen "nórdico" de donde  pudo nacer el régimen feudal, sustrato de la nueva idea imperial.

El desarrollo que desembocó en este régimen derivó de la  asimilación de la idea de rey con la de jefe. El rey va ahora a  encarnar la unidad del grupo incluso en tiempos de paz. Esto fue  posible por el reforzamiento y la extensión del principio  guerrero de la fidelidad a los tiempos de paz. En torno al rey se  formó una cohorte de fieles (los huskarlar nórdicos, los  gasindii, longobardos, los gardingis y los palatinos góticos, los  antrustiones o convivae regis francos, etc.) hombres libres, que  consideraban que el hecho de servir a su señor y defender su  honor y su derecho, como un privilegio y como una manera de  acceder a un modo de ser más elevado que aquel que les dejaba, en  el fondo, el principio y fin de si mismos (14). La constitución  feudal se realiza gracias a la aplicación progresiva de este  principio, aparecido originalmente entre la realeza franca, a los  diferentes elementos de la comunidad.

Con el período de las conquistas se afirma un segundo aspecto del  derecho en cuestión: la asignación, a título de feudo, de tierras  conquistadas, con la contrapartida del compromiso de fidelidad.  En un espacio que desbordaba el de una nación determinada, la  nobleza franca, irradiando, sirvió de factor en cohesión y  unificación. Teóricamente, este desarrollo parece traducirse por  una alteración de la constitución precedente; el señorío aparece  condicionado; es un beneficio real que implica la lealtad y el  servicio. Pero, en la práctica, el régimen feudal corresponde a  un principio, no a una realidad cristalizada; reposa sobre la  noción general de una ley orgánica de orden, que deja un campo  considerable al dinamismo de las fuerzas libres, alineadas, unas  junto a otras, o unas contra otras, sin atenuaciones ni  alteraciones ‑el sujeto frente al señor, el señor frente al  señor‑ de forma que todo ‑libertad, honor, gloria, destino,  propiedad‑ se funda sobre el valor y el factor personal y nada, o  casi nada, sobre un elemento colectivo, un poder público o una  ley abstracta. Como se ha señalado justamente, el carácter  fundamental y distintivo de la realeza no fue, en el régimen  feudal de los orígenes, el de un poder "público", sino el de  fuerzas en presencia de otras fuerzas, cada una responsable  respecto a sí misma de su autoridad y su dignidad. Tal es la  razón por la cual esta situación presenta a menudo más similitud  con el estado de guerra que con el de "sociedad" pero es también  por ello que comporta ‑eminentemente‑ una diferenciación precisa  de las energías. Jamás, quizás, el hombre se ha visto tratado más  duramente como bajo el régimen feudal y sin embargo este régimen  fue, no solo para los feudatarios, obligados a velar por sí  mismos y continuamente por sus derechos y su prestigio, sino para  los sujetos también, una escuela de independencia y de virilidad  antes que de servilismo. Las relaciones de fidelidad y de honor  alcanzaron un carácter absoluto y un grado de pureza que no  fueron alcanzados en ninguna otra época en la historia de  Occidente (15).

De forma general, cada uno pudo encontrar, en esta nueva  sociedad, tras la promiscuidad del Bajo Imperio y el caos del  período de las invasiones, el lugar conforme a su naturaleza, tal  como ocurre cada vez que existe un centro inmaterial de  cristalización en la organización social. Por última vez en  Occidente, la división social tradicional en siervos, burgueses,  nobleza guerrera y representantes de la autoridad espiritual (el  clero desde el punto de vista guelfo, las órdenes ascético‑  caballerescas desde el punto de vista gibelino) se constituye de  una forma casi expontánea y se estabiliza.

El mundo feudal de la personalidad y de la acción no agotaba, sin  embargo, las posibilidades más profundas del hombre medieval. La  prueba de esto es que su fides supo también desarrollarse bajo  una forma, sublimada y purificada en lo universal, teniendo por  centro el principio del Imperio, sentido como una realidad ya  supra‑política, como una institución de origen sobrenatural  formando un poder único con el reino divino. Mientras que  continuaban actuando en su espíritu formador unidades feudales y  reales particulares, tenía como cúspide al emperador, que no era  simplemente un hombre, sino más bien, según las expresiones  características, deus‑homo totus deificatus et sanctificatus,  adorandum quia praesul princeps et summus est (16). El emperador  encarnaba también, en sentido eminente, una función de "centro" y  pedía a los pueblos y a los príncipes, contemplando la  realización de una unidad europea tradicional superior, un  reconocimiento de naturaleza tan espiritual como el   que la  Iglesia pretendía para sí misma. Y al igual que dos soles no  pueden coexistir en un mismo sistema planetario, imagen que a  menudo fue aplicada a la dualidad Iglesia‑Imperio, así mismo el  contraste entre estos dos poderes universales, referencias  supremas de la gran ordinatio ad unum del mundo feudal, no debía  tardar en estallar.

Ciertamente, de una y otra parte, los compromisos no faltaron,  como tampoco las concesiones más o menos conscientes al principio  opuesto. Sin embargo, el sentido de este contraste escapa a  quien, deteniéndose en las apariencias y en todo lo que no se  presenta, metafísicamente, más que como una simple causa  ocasional, no ve más que una competición política, un conflicto  de intereses y ambiciones y no una lucha a la vez material y  espiritual, y considera este conflicto como el de dos adversarios  que se disputan la misma cosa, que reivindican cada uno para sí  la prerrogativa de un mismo tipo de poder universal. A través de  esta lucha se manifiesta por el contario el contraste entre dos  puntos de vista incompatibles, lo que nos remite de nuevo a las  antítesis del Norte y del Sur, de la espiritualidad solar y de la  espiritualidad lunar. A la idea universal de tipo "religioso" de  la Iglesia, se opone el ideal imperial, marcado por una secreta  tendencia a reconstruir la unidad de los dos poderes, el  religioso y el hierático, lo sagrado y lo viril. Aunque la idea  imperial, en sus manifestaciondes exteriores, se limitara  frecuentemente a reivindicar el dominio del corpus y de la ordo  del universo medieval; aunque solo fue en teoría,de hecho los  Emperadores encarnaron la lex viva y estuvieran a la altura de  una ascesis de la potencia (17), mientras, se retornó a  la idea de la "realeza sagrada" sobre el plano universal. Y aquí  donde la historia no indica más que implícitamente esta  aspiración superior, es el mito quien habla: el mito que, aquí  también, no se opone a la historia, sino que la completa,  revelando una dimensión en profundidad. Ya hemos visto que en la  leyenda imperial medieval figuran numerosos elementos que se  alinean más o menos directamente con la idea del "Centro"  supremo. A tavés de los símbolos variados, hacen alusiones a una  relación misteriosa entre este centro y la autoridad universal y  la legitimidad del emperador gibelino. Al Emperador se han  transmitido los objetos emblemáticos de la realeza iniciática y  se le aplica el tema del héroe "jamas muerto", oculto en la  "montaña" o en una región subterránea. En él se presenta la  fuerza que debería despertarse al final de un ciclo, hacer  florecer el Arbol Seco, librar la última batalla contra la  invasión de los pueblos de Gog y Magog. Es sobre todo a propósito  de los Hohenstaufen que se afirma la idea de un "linaje divino" y  "romano", que no solo detentaba el regnum, sino era capaz de  penetrar en los misterios de Dios, que los otros pueden solamente  presentir a través de imágenes (18). Todo esto tiene pues como  contrapartida la espiritualidad secreta, de la que ya hemos  hablado (I, 14), que fue propia de la otra culminación del mundo  feudal y gibelino, la caballería.

Formando la caballería de su propia sustancia, el mundo de la  edad media demostró de nuevo la eficiencia de un principio  superior. La caballería fue el complemento natural de la idea  imperial, respecto a la cual se encuentra en la misma relación  que el clero en relación a la Iglesia. Fue como una especie de  "raza del espíritu", en la formación de la cual la raza de la  sangre tuvo una parte en absoluto despreciable: el elemento  nórdico‑ario se purificó en un tipo y un ideal de valor  universal, análogo al que había representado en el origen, en el  mundo, el civis romanus.

Pero la caballería permitió también constatar hasta qué punto los  temas fundamentales del cristianismo evangélico habían sido  superados y en que amplia medida la Iglesia se vió obligada a  sancionar, o, al menos, tolerar, un conjunto de principios,  valores y costumbres prácticamente irreductibles al espíritu de  sus orígenes. Habiéndonos referido a la cuestión en la primera  parte de esta obra, nos contentaremos con recordar aquí algunos  principios fundamentales.

Tomando por ideal el héroe antes que el santo, el vencedor antes  que el martir, situando la suma de todos los valores en la  fidelidad y en el honor antes que en la caridad y la humildad;  considerando la dejadez y la vergüenza como un mal peor que el  pecado; no respetando en absoluto la regla que quiere que no se  resista al mal y que se devuelva bien por mal; aprestándose,  antes bien, a castigar al injusto y al malvado; excluyendo de sus  filas a quien siguiera literalmente el precepto cristiano de "no  matar"; teniendo por principio no amar al enemigo, sino  combatirlo y no ser magnánimo con él hasta haberlo vencido (19),  la caballería afirma, casi sin alteración, una ética nórdico‑aria  en el seno de un mundo que no era más que nominalmente cristiano.

De otra parte, la "prueba de las armas", la solución de todo  problema por la fuerza, considerada como una virtud confiada por  Dios al hombre para hacer triunfar la justicia, la verdad y el  derecho sobre la tierra, aparece como una idea fundamental que se  extiende del dominio del honor y del derecho feudal hasta el  dominio teológico, pues la experiencia de las armas y la "prueba  de Dios" fue propuesta incluso en materia de fé. Esta idea no es  en absoluto cristiana; se  refiere, más bien, a la doctrina  mística de la "victoria" que ignora el dualismo propio a las  concepciones religiosas, une el espíritu y la potencia, y vé en  la victoria una especie de consagración divina. La interpretación  teista atenuada según la cual, en la Edad Media, se pensaba en  una intervención directa de un Dios concebido como persona, no  resta nada al espíritu íntimo de estas costumbres.

Si el mundo caballeresco profesó igualmente la "fidelidad" a la  Iglesia, muchos elementos hacen pensar que se trataba aquí de una  sumisión muy próxima a la que era profesada en relación a los  diversos ideales y respecto a las "damas" a las cuales el  caballero se volcaba impersonalmente, ya que para él, por su vía,  solo era decisiva la capacidad genérica de la subordinación  heroica de la felicidad y de la vida, no el problema de la fé en  el sentido específico y teológico. En fin, ya hemos visto que la  caballería, al igual que las Cruzadas, poseyó, además de su  aspecto exterior, un aspecto interior, esotérico.

Por lo que respecta a la caballería, ya hemos dicho que tuvo sus  "Misterios". Conoció un Temple que no se identificaba pura y  simplemente con la Iglesia de Roma. Tuvo toda una literatura y  ciclos de leyendas, donde revivieron antiguas tradiciones  precristianas: característico entre todos es el ciclo del Graal,  en razón de la interferencia del tema de la reintegración  heróico‑iniciática con la misión de restaurar un reino caido  (20). Se forjó un lenguaje secreto, bajo el cual se escondía a  menudo una hostilidad marcada contra la Curia romana. Incluso en  las grandes órdenes caballerescas históricas, donde se  manifiestaba netamente una tendencia a reconstituir la unidad del  tipo guerrero y la del asceta, corrientes subterráneas actuaron  que, allí donde afloraron, atrajeron sobre estas órdenes la  legítima sospecha e, incluso amenudo, la persecución de las  representantes de la religión dominante. En realidad, en la  caballería, actuó igualmente un impulso hacia una reconstitución  "tradicional" en el sentido más elevado, implicando la superación  tácita o explícita del espíritu religioso cristiano (se recuerda  el rito simbólico del rechazo de la Cruz entre los Templarios). Y  todo esto tenía como centro ideal el Imperio. Fue así como  surgieron incluso leyendas, recuperando el tema del Arbol Seco,  donde la refloración de este árbol coincide con la intervención  de un emperador que declarará la guerra al Clero, hasta el punto  de que en ocasiones ‑por ejemplo en el Compendium Theologiae‑ se  llegará a atribuirle los rasgos del Anticristo: oscura expresión  de la sensación de una espiritualidad irreductible a la  espiritualidad cristiana.

En la época en que la victoria parecía sonreir a Federico II, ya  las profecías populares anunciaban: "El alto cedro del Líbano  será cortado. ¡No habrá más que un solo Dios, es decir, un  monarca! ¡Maldito sea el clero! Si cae, un nuevo orden está  presto" (22).

Con ocasión de las cruzadas, por primera y última vez en la  Europa post‑romana, se realizó, sobre el plano de la acción, por  un maravillso impulso y como en una misteriosa repetición del  gran movimiento histórico del Norte al Sur y de Occidente hacia  Oriente, el ideal de la unidad de las naciones representada, en  tiempos de paz, por el Imperio. Ya hemos dicho que el análisis de  las fuerzas profundas que determinaron y dirigieron las cruzadas,  no sirven para confirmar los puntos de vista propios de una  historia bidimensional. En el flujo en dirección a Jerusalèn se  manifestó a menudo una corriente oculta contra la Roma papal que,  sin saberlo, Roma misma alimentó, de la cual la caballería era la  milicia, el ideal heroico‑gibelino la fuerza más viviente y que  debía concluir con un Emperador que Gregorio IX estigmatizó como  aquel que "amenaza con sustituir la fé cristiana por los antiguos  ritos de los pueblos paganos y, sentándose en el templo, usurpa  las funciones del sacerdocio". La figura de Godofredo de Bouillon  ‑este representante tan característico de la caballería cruzada,  llamado lux monachorum (lo que atestigua de nuevo la unidad del  principio ascético y del principio guerrero propio a esta  aristocracia caballeresca)‑ es la de un príncipe gibelino que no  asciende al trono de Jerusalén más que tras haber llevado a Roma  el hierro y el fuego, tras haber matado con sus manos al  anticésar Rodolfo de Rhinfeld y haber expulsado al papa de la  ciudad santa (24). Además, la leyenda establece un parentesco  significativo entre este rey de los cruzados y el mítico  caballero del cisne ‑el Helias francés, el Lohengrin germánico  (25)‑ que encarna a su vez símbolos imperiales romanos (su lazo  genealógico simbólico con el mismo César), solares (relación  etimológicaposible entre Helias, Helios, Elías) e hiperbóreos (el  cisne que lleva a Lohengrin a la "región celeste" es también el  animal emblemático de Apolo entre los hiperbóreos y es un tema  que se reencuentra frecuentemente en los vestigios paleográficos del culto nórdico‑ario). De estos elementos históricos y míticos  resulta que sobre el plano de las Cruzadas, Godofredo de Bouillon  representa, también, un símbolo del sentido de esta fuerza  secreta en la que no hay que ver, en la lucha política de los  emperadores teutónicos e incluso en la victoria de Otón I, más  que una manifestación exterior y contingente.

La ética caballeresca y la articulación del régimen feudal, tan  alejados del ideal "social" de la Iglesia de los orígenes, el  principio resucitado de una casta guerrera ascética y  sacralmente reintegrada, el ideal secreto del imperio y de las  cruzadas, imponen pues a la influencia cristiana sólidos límites.  La Iglesia los acepta en parte: se deja dominar ‑se "romaniza"‑  para poder dominar, para poder mantenerse en la cresta de la ola.  Pero resiste en parte, quiere erosionar la cúspide, dominar el  Imperio. La ruptura subsiste. Las fuerzas suscitadas escapan aquí  y allí a las manos de sus evocadores. Luego ambos adversarios se  separan y desprenden de la lucha y uno y otro emprenden la senda  de una decadencia similar. La tensión hacia la síntesis  espiritual se aminora. La iglesia renunciará cada vez más a la  pretensión real, y la realeza a la aspiración espiritual. Tras la  civilización gibelina ‑espléndida primavera de Europa,  estrangulada en su nacimiento‑ el proceso de caida se afirmará a  partir de entonces sin encontrar obstáculos.