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Biblioteca Evoliana

El fascismo visto desde la derecha (VII) Cesarismo y culto a la personalidad

El fascismo visto desde la derecha (VII) Cesarismo y culto a la personalidad

Biblioteca Evoliana.- Uno de los aspectos sobre lo que Evola se muestra más crítico en relación al fascismo es en el tema que da título a este capítulo. Evola percibe en el fascismo italiano una tendencia bien visible a utilizar los resortes de la moderna propaganda de masas para rendir un culto a la personalidad del Duce. Para ser "aceptado" por las masas, el Duce debe ser bien promocionado, como si se tratara de un producto cualquiera de marketing. Evola sitúa esta tendencia que se dió también y de forma aún más excesiva, en el nazismo alemán, entre los aspectos más negativos del fascismo. 

 

 

CAPITULO VII

CESARISMO Y CULTO A LA PERSONALIDAD

 

Otro aspecto negativo del sistema, ligado a las dualidades no resueltas o insuficientemente integradas que acabamos de indicar, no puede ser silenciado, ya que ha tenido, desgraciadamente, una gran importancia en la mitologización del fascismo, hasta el punto de que si no se atiende a lo que puede ser separado en el sistema, de las contingencias históricas, este aspecto puede llegar a constituir una de las características esenciales. Se trata del fenómeno del "ducismo" presentado por Mussolini cuando se contempla en él la cualidad, conservada en el interior del sistema, de jefe de un movimiento y de un partido; su aspiración a un prestigio bonapartista de tribuno; la importancia que tuvo su personalidad en cuanto tal; la inclinación sino demagógica, si por lo menos algo democrática de "ir hacia el pueblo", de no desdeñar los aplausos de las masas, las cuales, tras tantas concentraciones "oceánicas" en la Piazza Venezia, debían definitivamente abandonarlo en 1945... Existe una evidente inconsecuencia entre este aspecto de Mussolini de una parte y de otra su doctrina del Estado y declaraciones bien conocidas como las hechas en un discurso en Udine en septiembre de 1922: "No adopto la nueva dignidad de las masas. Esto es una creación de la democracia y el socialismo".

Esta precisión no debe parece contradecir lo que hemos dicho antes respecto de las cualidades personales y de prestigio particulares que un DUX, en tanto que tal, debe poseer y de prestigio particulares que igualmente deben estar presentes en su formación típica. Pero aquí entra en juego lo que ha sido revelado a propósito del clima específico y "anagógico", clima que es preciso crear en todo Estado de tipo tradicional. Este  clima no puede ser obtenido por una animación que, aunque pueda llegar en ciertos casos hasta el fanatismo y el entusiasmo colectivo, se apoya siempre en los aspectos infra‑personales del hombre en tanto que hombre‑masa y sobre el arte de hacer actuar estos aspectos contra cualquier otra forma de reacción individual posible. Se debe recordar que, por intensa que pueda ser la fuerza magnética así creada, no cesa por ello de tener un carácter efímero, diferenciándose profundamente de lo que puede, por el contrario, derivar de la fuerza formadora de lo alto de una verdadera tradición. El agregado que puede producirse de esta suerte es comparable a la adhesión de numerosas parcelas de metal atraídas por un imán, pero cuando la corriente que determina el campo magnético se interrumpe, todas ellas, instantáneamente, se separan y dispersan, demostrando de esta forma cuan contingente era el precedente estado de reagrupamiento informe. Igualmente es preciso explicarse en buena parte lo que ha sucedido en Italia y aún más en Alemania cuando los acontecimientos destruyeron ‑para continuar empleando la misma imagen‑ la corriente generadora del campo magnético.

Naturalmente, es preciso preguntarse en qué medida otras técnicas de coagulación pueden ser eficaces hoy, dado que el mundo actual es esencialmente un mundo de "hombres‑masa". En efecto, no hay verdadera diferente cualitativamente  entre el fenómeno en cuestión, que se desearía poner exclusivamente a cargo de ciertas formas dictatoriales y todo lo que presenta igualmente el mundo político de la democracia antifascista con sus métodos de propaganda demagógicos, de "aturdimiento de cerebros", de fabricación de la "opinión pública". Pero por válida que sea esta objeción y las consecuencias que puedan extraerse para una política como simple "arte de lo posible" de tipo más o menos maquiavélico, no pueden alcanzar el dominio de los principios y de las estructuras: el único dominio que nos interesa aquí. Un punto conserva su importancia capital en función de la discriminación que nos interesa aquí y de la que nos ocupamos. Hoy, no se da prácticamente cuenta nadie, pero existe una diferencia precisa entre la autoridad natural de un verdadero jefe y la autoridad que se apoya sobre un poder informe y sobre la capacidad y el arte de nivelar fuerzas emotivas e irracionales de las masas, autoridad realizada por una individualidad excepcional. Para ser más precisos diremos que en un sistema tradicional se obedece y se es servidor o sujeto en función de lo que Nietzsche llama el "PATHOS de la distancia", es decir, por que se tiene la impresión de estar ante alguién de otra naturaleza. En el mundo de hoy, con la transformación del pueblo en plebe y en masa, se obedece al máximo en función de un "PATHOS de proximidad", es decir, de la igualdad; no se tolera más que al jefe que en esencia es "uno de los nuestros"; que es "popular", que expresa algo inferior, tal como es afirmado sobre todo en el hitlerismo y el stalinismo (el "culto a la personalidad", que remite al concepto confuso de los "Héroes" de Carlyle), corresponde a esta segunda orientación que es antitradicional e incompatible con los ideales y el ETHOS de la verdadera DERECHA (1)

En cierta forma, se es llevado aquí a lo que hemos indicado antes hablando de los puntos de referencia que diferenciaban un sistema tradicional de los que pueden ser determinados en un sistema con un carácter globalmente "autoritario": lo esencial está representado por la naturaleza y los fundamentos de la autoridad, es decir, igualmente por la situación existencial general que corresponde.

Puede decirse pues que en el régimen fascista, lo que se presenta sobre el plano institucional como una diarquía o como las otras dualidades señaladas precedentemente, tuvo una contrapartida interna, expresándose en la coexistencia de dos centros distintos de animación del movimiento nacional. El uno presenta precisamente un carácter "ducista" y populista, a pesar de todo un transfondo democrático (por lo demás, se sabe que Mussolini tuvo frecuentemente afición a emplear el recurso de una especie de consenso, incluso cuando estaba claro que este era prefabricado u obligatorio) y este residuo actuó también a menudo en las estructuras del partido (2). Las proporciones que tomó se explican, sin embargo, por la debilidad del otro centro, el de la Monarquía y de todo lo que podía referirse a una orientación tradicional. Se está, pues, una vez más obligado a reconocer lo que iba en detrimento del sistema: la debilidad del Estado que precede al fascismo. Pero la fuerza animadora engendrada por la otra fuente que fue la única en revelar el Estado italiano, dió lugar, por otro lado, a algo ambiguo, a causa de la naturaleza en ocasiones problemática de esta misma fuente. Sin embargo, todo esto nos remite de nuevo al terreno de las contingencias históricas.

Es innegable que Mussolini fue influenciado, fuera de algunos puntos de vista nietzscheanos, por las teorías de Oswald Spengler; este anuncia una nueva época de "grandes individualidades" de tipo "cesarista" (esquematizando bastante abusivamente la compleja personalidad de Julio César), época que debía suceder a la de las democracias. Pero parece que Mussolini, que debía tomarse por una de esas individualidades, no concedió mucha atención al hecho de que, en el sistema de Spengler, el nuevo "cesarismo", próximo al "ducismo" en el sentido inferior, pertenecía, sobre el plano de la morfología y de la situación, a la conclusión oscura de un ciclo de civilización (una fase de ZIVILISATION, opuesta a la fase precedente de KULTUR, es decir de civilización cuantitativa, diferenciada y orgánica, según la terminología spengleriana) en su declive y, en este caso preciso, a la famosa "decadencia de occidente"; aunque él mismo, si se coloca a parte el carácter inevitable que Spengler creyó poderle dar, el cesarismo no debe del todo ser considerado como un fenómeno positivo. Para serlo, debería ser rectificado bajo el efecto de una tradición superior y de una justificación diferente. Sobre el plano práctico, la sucesión continua y en un mismo nivel de "grandes individualidades", una tras otra, es por otra parte, inconcebible. En Italia, las posibilidades existentes dieron nacimiento a un equilibrio o a una moderación provisional no privada de aspectos positivos, hasta que el fascismo monárquico del Ventennio se encontró sometido a una dura prueba de fuerza.

Habiendo hecho estas consideraciones necesarias, es preciso separar en el conjunto del fascismo otra componente que revelaba en principio un espíritu diferente, oponiéndose a todo lo que está bajo el signo de masas y de los jefes de masas vociferantes. Queremos referirnos, pues, a la componente militar del fascismo.

Las palabras siguientes son de Mussolini: "nos convertimos y nos convertiremos cada vez más, y es nuestra voluntad, en una nación militar. Ya que no tenemos miedo a las grandes palabras añadiremos: militarista.Para completar: guerrera, es decir, dotada en un grupo cada vez más elevado de las virtudes de la obediencia, el sacrificio y la entrega" (1934). Precedentemente ya habían dicho:"cada uno debe considerase como un soldado; como un soldado incluso cuando no lleve el hábito militar, un soldado incluso cuando trabaje, en la oficina, en las obras o en los campos: un soldado ligado a todo el resto del ejército" (1925). A este respecto, si hay una reserva a hacer, concierne al "militarismo"; además, es preciso distinguir entre "militar" y "soldadesca", el segundo término puede aplicarse a ciertas formaciones al margen del partido, datando del período precedente y no muy bien seleccionados.Pero cuando hace referencia a una cierta militarización de la existencia y al "soldado" como símbolo general, desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista tradicional y de la Derecha, no hay gran cosa a reprochar, una vez que se ha puesto de relieve que aquí se trata esencialmente de un estilo de comportamiento, de una ética la cual puede tener también un valor autónomo, independientemente de objetos militares obligados. La formación "militar", bajo sus aspectos positivos, vivientes, no de simple "cuartel" no puede rectificar todo lo que puede proceder de estados de agregación irracional y emotiva de la "masa" y del "pueblo". El fascismo busca hacer entrar en el pueblo italiano una de las cualidades de las que en razón de su individualismo, estaba más desprovisto: la disciplina y el amor por la disciplina. Ve además "los peligros del espíritu burgués", desprecia la "inmovilidad de una existencia insípida" y la "orientación militar" le parece estar en relación natural con el elemento político, según la oposición, que hemos subrayado precedentemente, entre este último y el elemento "social". El estilo militar, es también el de una despersonalización activa y antiretórica; realizado, es un factor esencial de estabilidad para un organismo político‑social, de la misma forma que el ejército y la monarquía solidarios, han representando siempre los dos pilares fundamentales del estado auténtico antes de las revoluciones del Tercer Estado, de la democracia y del liberalismo. José Antonio Primo de Rivera habla de un sentimiento "ascético y militar de la vida".Es este un punto de referencia de valor incontestable, una piedra angular de las vocaciones. El clima de la "civilización del bienestar" o "civilización consumo", con su acción espiritualmente agobiante que hace nacer múltiples formas de contestación, es, en efecto la antítesis.

Un aspecto esencial de la ética militar es la concepción y el sentido del servicio como honor.Es superfluo hablar de su valor sobre el plano de la vida política y social. El fascismo introduce, como se sabe, el uso   del uniforme igualmente para los funcionarios del Estado, recuperando así una tradición que había existido ya en otros países, en Prusia y Rusia por ejemplo. En realidad, esto debía servir de símbolo para la superación de la mentalidad burocrática y para una mejora de la administración. Al tipo grisáceo, huidizo de cualquier responsabilidad, de la burocracia para quien servir al Estado tiene más o menos el mismo sentido que estar empleado por una firma comercial o una sociedad privada en vistas exclusivamente del salario y, naturalmente, del retiro (que antes de la extensión de la Seguridad Social era privativo de los funcionarios), se oponía el tipo de funcionario para quien servir al Estado es, ante todo, otra cosa, un honor, hasta el punto de que esto supone, en el fondo, una vocación particular: como contrapartida del honor de servir a una bandera. A la dirección involutiva de la burocratización de la vida militar, se debía, en consecuencia, oponer la de la "militarización" como medio de "desburocratizar" la burocracia,  verdadero  cáncer de los Estados modernos. El uniforme del funcionario podía aparecer, como hemos dicho, como símbolo, como un ritual. Hemos querido indicar, en fin, mediante un ejemplo y una imagen, lo opuesto de todo lo que es propio de un sistema totalitario mecánico, sino también del pedagogismo impertinente o del moralismo del "Estado ético".

Las camisas negras, los ORBACCI (3) y todo lo demás no entran precisamente en este marco. Forman parte más bien de todo lo que el fascismo tuvo frecuentemente de forzado y paródico y que se desarrolló en el seno de las oposiciones no resueltas de las que vemos con un escaso sentido del límite y de la medida. De ahí la imposibilidad evidente de una mezcla positiva y negativa en el caso que no puedan hacerse objeto de estudio aquí al pertenecer al dominio de las contingencias.

Por la misma razón, no es este el lugar de considerar el "militarismo" fascista, del que Mussolini, como hemos leído, había hablado, no teniendo "miedo a las palabras" (pero dejándose llevar quizás por ellas). En efecto, en muchas otras ocasiones Mussolini habló de una "nación fuerte", cosa que no equivale necesariamente a una "nación militarista". Naturalmente, una nación fuerte debe disponer de un potencial militar, guerrero, para utilizarlo si esto se ve necesario y para imponer respecto a otras naciones su poder. Puede contemplar la posibilidad del ataque, y no solo de la defensa, según las circunstancias: pero todo esto no debe ser pensando de forma "militarista". La verdad es que resulta ventajoso para la polémica democrática y "social" confundir "militar" y "militarista" y el ataque verdadero ser dirigido contra los valores generales, no obligatoriamente ligados a la guerra que, como hemos indicado antes y que comprenden en primer lugar la disciplina, el sentido del honor, la impersonalidad activa, las relaciones de responsabilidad, de mando y de obediencia, el poco gusto por las habladurías y las "discusiones", una solidaridad viril, teniendo como punto de partida la verdadera libertad ‑la libertad PARA hacer algo, algo que valga la pena y lleve más allá del inmovilismo de la existencia burguesa, "próspera" y vegetativa, por no hablar de la existencia proletaria y del "Estado del Trabajo".

Es pues natural que en una nación "liberada" ‑liberada en primer lugar de esta grave carga que había sido propuesta al pueblo italiano, fue bajo formas en ocasiones discutibles y que habían apare

 

Evola y el Tao-Te-King de Lao-Tsé.

Evola y el Tao-Te-King de Lao-Tsé.

Biblioteca Evoliana.-  Lamentablemente, en el número de "Totalité", dedicado íntegramente a Evola y a su relación con las distintas tradiciones de Oriente y Occidente, no se daba cabida al taoismo chino. Sin embargo, Evola, en varias de sus obras, alude a Lao-Tsé y a sus doctrinas, si bien de manera tangencial y evidentemente influido por la obra de Guénon, "La Gran Triada". Este hueco lo ha suplido Francisco García Barán con este artículo que nos ha sido remitido y que, creemos, fue publicado inicialmente en la web del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires.

 

 

Evola y el Tao-tê-king de Lao-tsé

por Francisco García Bazán

 

Comenzaré para referirme a la presentación del libro de Julius Evola, El Tao-tê-king de Lao-tsé editado recientemente por Ediciones Heracles de Buenos Aires, por hacer una breve alusión a la bibliografía cercana sobre el tema, con la tentativa de emplazar el volumen del pensador y estudioso italiano en el marco natural que le corresponde en relación con la producción bibliográfica del pasado y del presente de la obra, en la que ocupa un lugar de relieve y que le es propio.

Cuando en 1929 Marcel Granet publicaba en La Renaissance du Livre su trabajo llegado a ser de cita obligada La civilisation chinoise, los estudios y trabajos diversos de nivel académico sobre China y su cultura, apenas alcanzaban las 3 páginas y media de bibliogarfía, La lista de sus autores incluía los nombres de los precursores de este tipo de investigaciones que habían entrado en contacto directo con materiales del taoísmo: desde el jesuita, P. León Wieger –Los padres del sistema taoísta- y J.J. M. de Groot, hasta las incursiones laterales de los sabios Éd. Chavannes y P. Pelliot. Posteriormente cuando el libro vino a conformar el tomo XXV° de la Biblioteca de Síntesis Histórica «La Evolución de la Humanidad» en la Editorial Albin Michel –traducido al español-, esa misma bibliografía fue ampliada y actualizada, primero, hasta 1947 por el discípulo de Henri Maspéro, Paul Demiéville. Más tarde, Jeanne-Marie Boch-Puyraimond se encargó, además, de completar este apoyo bibliográfico con otro complementario que abarca 6 páginas y media en el que ya están presentes todos los grandes títulos que han permitido en lo que se refiere a las tres grandes religiones de la China con vigencia -taoísmo, budismo y confucianismo-, el avance de las traducciones, investigaciones, conocimientos e interpretaciones del Tao-tê-king y su medio metafísico-religioso, desde los estudios pioneros de Henri Maspéro –bien representados en lengua castellana por el volumen El taoísmo y las religiones chinas, traducido por Editorial Trotta de Madrid en el año 2000-, hasta las traducciones críticas apegadas al manuscrito original del sinólogo holandés L. Duyvendak (Leiden 1954) y del filósofo chino Liou Kia-hway (París 1967 –posteriormente en 1980 ha republicado el texto la misma editorial Gallimard en una colaboración con B. Grynpas-, así como la síntesis de Max Kaltenmarx, Lao-Tseu et le taoïsme (París 1965). Se debe agregar a lo expresado que en nuestros días a estos trabajos han venido a sumarse complementaria y analíticamente los estudios que unen el trasfondo metafísico del Tao-tê-king (el libro -king- del Principio –Tao- y de su acción –-, como lo define Evola) a su presencia concreta en el I-king (el libro de las mutaciones –i-) con una riquísima bibliografía asimismo en la que sobresalen los aportes del norteamericano Th. Cleary y entre nosotros el sugestivo libro de Olivia Cattedra, Oráculo y sabiduría. Guía para el estudio del I-Ching, Buenos Aires, 2003, investigadora del Oriente quien nos honra con su asistencia esta tarde.

Debe asimismo ponerse de relieve dentro del círculo de ideas e informaciones en que nos estamos moviendo que Jean-Christophe Demariaux publicó en 1990 en Éditions du Cerf una síntesis brillante: Le Tao en cuya bibliografía selecta se incluyen los datos del libro de Evola según su versión francesa de 1989, así como La gran tríada de René Guénon, y que la reconocida investigadora del Consiglio de la Ricerca Italiano Mónica Esposito no duda en comenzar del siguiente modo el artículo “Tao” en el Dictionnaire Critique de l’Ésoterisme dirigido por Jean Servier para Presses Universitaires de France, 1998: «La palabra ”Tao” no es una invención de la sola escuela taoísta, como podría creerse, o de Laozí, el presunto autor del célebre Dao-de-jing, sino que es un término que pertenece a las diversas escuelas chinas de pensamiento, símbolo de una “vía” ideal perseguida por los hombres. Sin embargo, a partir de Laozí es cuando retoma una acepción altamente esotérica. Entonces para comprender el Tao, es necesario volver a Laozí y a su libro, base del pensamiento taoísta, emprendiendo el camino por una vía distinta de la simple búsqueda intelectual» (ibídem, p. 1262).

Nos interesa retomar este punto de vista anudado al estado de la investigación de mayor calidad o más confiable de la actualidad, pues éste es el sendero que luminosamente abre y fortalece el Tao-tê-king de Lao-tsé editado por Julius Evola y que para alcanzar este fin ha debido corregir a fondo en su publicación actual de 1959 la que había realizado en 1923 en la que sobre la base de las versiones de Wieger y de De Groot, en particular, retoma con libertad ideas de R. Guénon desarrolladas en La gran tríada –o sea, básicamente, el ternario extremo oriental Cielo-Tierra-Hombre, para reafirmar el sentido metafísico-tradicional que envuelve la figura de Lao-tsé y el libro emblemático que se le atribuye. Como una lejana sombra se delinea la influencia inspiradora de Albert Puyou, Conde de Pouvourville, el que había recibido la iniciación taoísta en Indochina bajo el nombre de Matgioi (“Ojo del día”) y cuyos dos libros, La voie métaphysique y La voie rationnelle son apreciados explícitamente tanto por Guénon como por Evola.  

 Teniendo en cuenta las observaciones que hemos anticipado, si bien el lector riguroso debe leer las 81 estrofas de esta versión castellana del Tao-tê-king en cotejo con otras traducciones directas en lenguas occidentales, la interpretación que desde el ángulo de visión tradicional ofrece Evola en la Introducción y las notas explicativas, son insoslayables para poder aproximarse al libro en su esencia.

 De este modo se deben poner de relieve los diversos puntos que ateniéndose a la enseñanza de la sabiduría tradicional Evola distingue y explica con precisión para evitar los múltiples equívocos que este escrito oriental puede suscitar entre sus innumerables lectores:

1° Lao-tsé –“Infante anciano”, es decir, el Hombre realizado-, como Confucio –ambos han vivido, uno, entre el 570 y 490 a. de n. e., y entre el 552 y el 479 a. de n. e., el segundo- son una reformulación y adaptación personal de la tradición primordial extremo oriental sobre dos planos diferentes: el metafísico y el político-moral, respectivamente. Lao-tsé inserta al hombre en el ámbito de lo incondicionado, Confucio en el plano de lo social como el modelo “noble” que humanamente atrae. Es éste últimamente aludido el ideal prototípico del kaloskagathós ateniense. Por eso asimismo en Lao-tsé adquiere primacía la forma de lenguaje de la paradoja y en Confucio, el lenguaje discursivo. Esto lo confirma el mismo Confucio cuando sostiene que Lao-tsé es inaferrable, como «el dragón que se evade en el éter por encima de las nubes».

2° Existe una asociación íntima entre el Tao-tê-king y el I-King, al punto de poderse haber llegado a hablar de un “Lao-i”, un “libro de Lao-Tsé del Principio y de su acción en las mutaciones”.

3° Pero dicho lo anterior debe entenderse que desde esta perspectiva la síntesis doctrinal taoísta encerrada en el Tao-tê-king incluye tres niveles de significación profundamente entrelazados: metafísico, antropológico y ético-político.

4° Lo metafísico y sus dos términos fundamentales: Tao y . El Tao es absolutamente trascendente, pero, a su vez, lo inmanente y mudable es inseparable del Tao. Luego con conceptualización helena que nos puede ser más familiar, el Uno y lo múltiple constituyen una unidad. En tal sentido el Tao es el gran Principio, fuente y origen de todo que permanece sin merma. Todo deriva de él, torna hacia él y en él se sostiene. Por eso desde la perspectiva interior o del repliegue, no actúa, es naturaleza incondicionada, inmanifiesto, carece de forma y no tiene nombre. En cambio, enfocado desde la dimensión inmanente es la actividad perfecta y el camino autónomo que se refleja en el equilibrado proceso del yang y del yin. Dualidad de componentes de la manifestación, activo y conformante uno y pasivo e indeterminado el otro. El símbolo del Cielo (Tien) se adapta convenientemente al gran Principio trascendente y sus intrínsecas propiedades, mientras que los símbolos de la Tierra (Kien)y el Hombre (Jên) se ofrecen como los otros dos símbolos de la tríada. Y el del Rey (Wang) como el perfecto intermediario.

5° En este entramado descripto précosmico y simultáneamente cosmológico el Hombre cumple su actividad especialmente humana como microcosmos, cuya composición encierra la mismidad una trascendente y la corporalidad cambiante diversificada. Por consiguiente por su estructura y naturaleza refleja macro-microcósmica causa final del hombre es llegar a experimentar la realidad del gran Principio, el realizarse como Hombre trascendente u Hombre universal (chen-jên) que coincide con la simultaneidad del uno-todo en el uno y todo interior y en la medida en que como ser humano lo logre es Hombre realizado que tuvo acceso a tal estado mediante el cumplimiento de la etapa del Hombre verdadero (sheng-jên). El estado primero de Hombre verdadero representa el plano de los pequeños misterios, la posición de la inmutabilidad del eje en el seno del movimiento, mientras que al estado superior del Hombre Universal se llega por la realización de los grandes misterios, el punto que supera al eje.

6° Las proyecciones sociales, éticas y políticas que se desprenden de la anterior antropología de fundamento metafísico y cosmológico según son transmitidas por la tradición extremo-oriental deben ser tenidas en cuenta y asimismo dignas de observar sus contrastantes diferencias con los mensajes sociales, éticos y políticos que difunden los usos y costumbres del Occidente moderno y actual carentes de toda fundamentación y jerarquía espiritual. En primer lugar los grupos humanos entendidos colectivamente y con sus variaciones históricas no son ajenos a las transformaciones orgánicas de la actividad completa espaciotemporal, por lo tanto han de operar dentro de los arreglos del que el orden cósmico es el modelo, reflejo de un arquetipo oculto. Para que esto se pueda realizar las comunidades humanas han de atenerse a las pautas que provienen del orden interior que emana de la participación del hombre exterior y sus comportamientos de la conducta buena orientada por los dictados de la conciencia del hombre realizado, el verdadero intermediario entre el cielo y la tierra. Por lo tanto estando en el mundo el hombre debe obrar, pero siguiendo el designio del Todo, debe obrar como si no actuara (wei-wu-wei), nunca teniendo en cuenta su designio o interés particular, sino su función y actividad en relación con la totalidad. Su conducta buena queda definida por la característica axial, antes que por el hecho de su ejemplaridad personal. Si el comportamiento individual en la comunidad merece ser conocido y en este sentido irradia nobleza, ello es una consecuencia secundaria que deriva más de la entrega desinteresada al gran Principio y a las leyes de su acción, que a la actividad personal que es su movimiento efímero. Es el motor inmóvil el móvil de la moral y no los méritos del sujeto moral. Para ser más explícitos. Por semejanza y a diferencia de Kant. Es buena la voluntad libre, pero no porque personal y espontáneamente actúe por deber, sino porque personalmente se adapta a la espontaneidad de las leyes del gran Principio cuyo desenvolvimiento nada condiciona. En última instancia y dicho evangélicamente: no es la voluntad la que merece el calificativo de buena, sino que “sólo Dios Padre debe ser llamado bueno”. Nada, por consiguiente, de un formalismo inspirado por la conciencia trascendental, que oculta las apetencias individuales, sino adaptación completa entre lo cóncavo y lo convexo de la realidad.

7° Y en este plano que toca a la conducta humana en interferencia de los sujetos, la política avanza un paso más y marca su costado colectivo. Es al mismo tiempo técnica de lo actual y de lo posible porque nace del Principio y se desarrolla dentro de las vicisitudes de las sociedades, los estados y países. Pero en la medida en que la potencia verdadera, la autoridad espiritual, carente de movimiento y sin necesidad de él, porque todo lo capta, dirige a la capacidad temporal de mando o poder -su facultad ejecutiva, jurídica y administrativa- alcanza su propio fin nuevamente, el de actuar sin tener en cuenta los resultados de la acción.

Desde este punto de vista si el hombre es el necesario intermediario entre Cielo y Tierra, el rey, como Hombre realizado al frente de la comunidad, la rige como una causa agente que encerrando en sí mismo la causa formal y final, conduce al colectivo de acuerdo con el desarrollo manifiesto del mismo Tao permitiendo la realización comunitaria y su situación de satisfacción plena o de felicidad constante.

 Se ha comentado con anterioridad la influencia que la Gran tríada de R. Guénon ha ejercido sobre la nueva edición de esta obra de J. Evola, un hecho admitido por el mismo autor, pero se ha de afirmar del mismo modo que la flexibilidad conceptual de éste permite que el lector pueda acceder con más facilidad al núcleo de la tradición en su vertiente extremo-oriental.

En consecuencia tres aspectos positivos al menos se quieren señalar en esta ocasión en relación con la presente traducción española del Tao-tê-King de Lao-tsé de J. Evola llevada a cabo por Marcos Ghio y por el esfuerzo constante del Centro de Estudios Evolianos.

 En primer lugar, como se nos enuncia también por sus editores, que la traducción de esta obra constituye un nuevo jalón en el friso de un justo empeño por ofrecer en la lengua española el conjunto total de la producción evoliana, que tanto enseña cultural y filosóficamente.

 Igualmente debe anotarse que el conjunto de la producción sobre el pensamiento taoísta se ve enriquecido con la versión castellana de una obra cuya interpretación tradicional coloca al libro de Lao-tsé en su medio de transmisión normal.

 Finalmente, debe ponerse de relieve con satisfacción, que el empeño intelectual notable que en el Siglo Veinte han llevado a cabo un grupo selecto de estudiosos por recuperar la enseñanza de la tradición única y universal en su aspecto hermético tradicional, que conserva y ostenta rasgos diversos del indoiránico y helenístico, aporta con la lucidez de este libro notas que las investigaciones que se ajustan a los criterios de una ciencia de la sabiduría tradicional le deben infinitamente agradecer.

Nada más por el momento.  

 

 

Notas sobre la "Divinidad" de la Montaña. Julius Evola.

Notas sobre la "Divinidad" de la Montaña. Julius Evola.

Biblioteca Evoliana.- El presente texto es un artículoescrito por Evola e integrado posteriormente en la recopilación titulada "Meditaciones sobre las Cumbres" traducido por oaquín Bochaca y publicado en una primera edición por Editorial Thor y actualmente reeditado por las Ediciones Nueva República. Lamentablemente no disponemos de la referencia sobre donde fue publicado iriginariamente. La temática de este artículo la volvemos a reencontrar en algunas obras de Evola: tanto en "Revuelta contra el Mundo Moderno" como en "Cabalgar el Tigre", escritos en dos períodos distanciados temporalmente. Lo que evidencia la atracción que Evola experimentaba hacia la montaña y sus significados.

 

NOTAS SOBRE LA "DIVINIDAD" DE LA MONTAÑA

Julius Evola

En un editorial publicado en la revista del C.A.I., S.E. Manaresi ha subrayado, con eficaces palabras, un punto sobre el cual hoy no sabríamos insistir con exceso: la necesidad de superar la doble antítesis limitativa, constituida de una parte por el hombre de estudios, exangüe y separado -en su "cultura" hecha de palabras y de libros- de las fuerzas más profundas del cuerpo y de la vida; de otra, por el hombre simplemente deportivo, desarrollado en una disciplina simplemente física y atlética, sano, pero privado de todo punto de referencia superior. Más allá de la unilateralidad de estos dos tipos, hoy se trata de llegar a algo más completo: a un tipo en el cual el espíritu se transforme en fuerza y vida, y la disciplina física, por su parte, se convierta en el encauzamiento, símbolo y casi diríamos "rito" para la disciplina espiritual.

S.E. Manaresi en muchas ocasiones ha tenido también la oportunidad de decir que entre los diversos deportes, el alpinismo es seguramente el que ofrece las posibilidades más amplias y más próximas para una integración del género. En realidad, la grandeza, el silencio y la potencia de las grandes montañas inclinan naturalmente al ánimo hacia aquello que no es exclusivamente humano, aproximan a los mejores al punto en el que el ascenso material, en todo lo que presupone de coraje, de superación y de lucidez implica, y una elevación interna llegan a ser partes solidarias e inseparables de una sola y misma cosa.

Ahora, puede ser interesante realzar que estas ideas, que hoy comienzan a ser recalcadas por las personalidades representativas para la justa orientación de los mejores de las nuevas generaciones, llegan simultáneamente a un transfondo de antiquísima tradición... a algo que se puede llamar "tradicional", en el sentido más amplio de este término. Si los antiguos no conocían más que por vía de excepción y en una forma enteramente rudimentaria el alpinismo, poseían, no obstante, del modo más vivo el sentido sacro y simbólico de la montaña, y la idea, en ese caso simbólica, del ascenso de la montaña y de la residencia en la montaña como algo propio de los "héroes", de los "iniciados", de seres -en suma- que se consideraba que habían superado los limites de la vida común y gris de las "llanuras".

En estas páginas, por tanto, no estará fuera de lugar alguna breve alusión sobre el concepto tradicional de la divinidad de la montaña, tomado fuera de los símbolos, en su sentido interno: porque ello permitirá definir y precisar algo del aspecto interno y espiritual de aquellas vicisitudes, de las cuales la descripción o relación técnica alpinística no representa más que el aspecto externo y, casi diríamos, el caput mortuum.

* * *

El concepto de la divinidad de los montes procede, de modo uniforme en Oriente y en Occidente, de las tradiciones extremo-orientales a las de los aztecas de la América precolombina, de las egipcias a las arias nórdico-germánicas, de las helénicas a las iránicas e hindúes: bajo la forma de mitos y leyendas sobre la montaña de "1os dioses" o sobre la montaña de "los héroes", sobre la cumbre de aquellos que "son arrebatados por el éxtasis", o sobre los parajes donde se encuentran misteriosas fuerzas de "gloria" y de "inmortalidad".

El fundamento general para el simbolismo de la montaña es simple: asimilada la tierra a todo lo que es humano (como, por ejemplo en las antiguas etimologías que hacen proceder "hombre de humus"), las culminaciones de la tierra hacia el cielo, transfiguradas en nieves eternas -las montañas- deben presentarse espontáneamente como la materia más adecuada para expresar mediante alegorías los estados trascendentes de la conciencia, las superaciones interiores o las apariciones de modos supra-normales del ser, a menudo representados figuradamente como "dioses" y deidades. De donde tenemos no sólo los montes como "sedes simbólicas" -tomemos nota- de los "dioses", sino que también tenemos tradiciones, como las de los antiguos Arios del Irán y de Media que, según Jenofonte, no conocieron los templos por su divinidad, sino precisamente sobre las cumbres; sobre las cimas montañosas ellos celebraban el culto y el sacrificio al Fuego y al Dios de la Luz: viendo en ellas un lugar más digno, grandioso y analógicamente más próximo a lo divino que cualquier construcción o templo hecho por los hombres.

Para los hindúes la montaña divina es, como es notorio, el Himalaya, nombre que en sánscrito quiere decir "La sede de las nieves"; en ella, el Meru es, específicamente, el monte sacro. Aquí debemos tener en cuenta dos puntos. Ante todo, el monte Meru es concebido como el lugar en que Siva, imaginado como el "gran asceta", llevó a cabo sus meditaciones realizadoras, tras las cuales fulminó a Kama, el Eros hindú, cuando este intentó abrir el espíritu a la pasión. En esta cumbre suprema del mundo, aún virgen para el pie humano, vemos por lo tanto cómo coinciden, en la tradición hindú, la misma idea de áscesis absoluta, de la purificación viril de una naturaleza ya inaccesible a todo lo que sea pasión y deseo, y por eso mismo "estable" en sentido trascendente. Así, en las mismas fórmulas védicas -antiquísimas- de las consagraciones de los reyes, vemos figurar precisamente la imagen de la "montaña" por la solidez del poder y del imperium que el rey asumirá. Por otra parte, en el Mahabbarata vemos a Arjuna ascender el Himalaya para realizar su exaltación espiritual, siendo dicho que "sólo en la alta montaña habría él podido conseguir la visión divina"; de la misma manera que hacia el mismo Himalaya se dirige el emperador Yudhisthira para consumar su apoteosis y subir al "carro" del "rey de los dioses".

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que la expresión sánscrita paradesha significa región elevada, región suprema y así, en un sentido material específico, altura montañesa. Pero Paradesha se deja asimilar etimológicamente al caldeo pardés, del que deriva el término "paraíso" que pasa, bajo formas teológicas, a las sucesivas creencias hebráico-cristianas. En la idea original aria del "paraíso", encontramos pues, una asociación íntima con el concepto de las "alturas", de las cumbres: asociación que, como es notorio, vuelve a encontrarse después bien claramente en la concepción dórico-aquea del "Olimpo".

A este último respecto debe decirse algo sobre las tradiciones helénicas relativas a los "arrebatados en el monte". Se sabe que los Helenos -como, por otra parte, casi todos los antiguos arios- tenían una concepción evidentemente aristocrática del post-mortem. Como destino para unos pocos -para los que de ningún modo se habían elevado por encima de la vida común- se había concebido el Ades, es decir, una existencia residual y larvaria a partir de la muerte, privada de verdadera consciencia, en el mundo subterráneo de las sombras. La inmortalidad, además de la de los olímpicos, era un privilegio de los "héroes", es decir, una conquista excepcional de unos cuantos seres superiores. Ahora bien, en las más antiguas tradiciones helénicas encontramos que la inmortalidad de los "héroes" se deduce específicamente en el símbolo de su ascensión a las montañas y de su "desaparición" en las montañas. Vuelve, pues, el misterio de las "alturas" porque, por otra parte, en esa misma "desaparición" debemos ver un símbolo material de una transfiguración espiritual. Desaparecer, o "volverse invisible", o "ser arrebatado en las alturas", no es algo que deba ser tomado en un sentido literal, sino que significa esencialmente ser traspasado, de modo virtual, desde el mundo visible de los cuerpos particulares a la común experiencia humana, hasta el mundo suprasensible en el cual "no existe la muerte".

Y esta tradición no se encuentra únicamente en Grecia. En el budismo se sabe del "Monte del Vate", donde "desaparecen" los hombres que han alcanzado el despertar espiritual, llamados por Majjihimonikajo "más que hombres, seres invictos e intactos, inasequibles a las apetencias, redimidos". Las tradiciones taoístas extremo-orientales, originarias del Monte Kuen-Lun, donde seres legendarios "regios" habrían hallado la "bebida de la inmortalidad": es algo parecido a lo que encontramos en las tradiciones del Islam oriental relativo al "arrebatamiento" en el monte, de seres que unieron la iniciación de la pureza y que fueron arrebatados hacia las cumbres a su muerte. Los antiguos egipcios hablaban de un monte (el Set Amentet) atravesado por un camino, siguiendo el cual los seres destinados a la inmortalidad "solar" llegaban a la "tierra del triunfo" donde -según una inscripción jeroglífica- "los jefes que presiden el trono del gran dios proclaman vida y potencia eternas para ellos". Atravesando el Atlántico, en el México precolombino, encontramos, con singular concordancia, los mismos Símbolos: esencialmente, en la gran montaña de Culhuacan, o "montaña curva", porque su cima se reclina hacia abajo, lo que quiere expresar que el hecho de que la altura fuera concebida como un punto "divino" que, no obstante, conservaba conexiones con las regiones inferiores. En un monte análogo, según estas antiguas tradiciones americanas, habrían desaparecido sin dejar rastro ciertos emperadores aztecas. Ahora bien, corno es sabido, este mismo tema se halla en las leyendas de nuestro medioevo occidental romano-germánico: ciertos montes, como el Kuffhauser o el Odenberg, son los lugares en los que habrían sido "arrebatados" determinados reyes que alcanzarían significaciones simbólicas, como Carlomagno, el Rey Arturo, Federico I y II, los cuales, de tal modo, "nunca habrían muerto" y esperarían su hora para manifestarse visiblemente. También en el ciclo de la leyenda del Grial se encuentra la "montaña" en el Montsalvat, al que se puede dar, según Guénon, el significado de "Montaña de la Salud" o de la "Salvación"; el grito de guerra de la caballería medieval era Mont-joie, y en una leyenda a la cual no corresponde naturalmente ninguna realidad histórica, pero que no por ello es menos rica en significación espiritual, el hecho de haber pasado por la "montaña" habría constituido la acción que precedía a la coronación "imperial", sagrada y romana de Arturo. Aquí no podemos detenernos en desarrollar el aspecto interno específico de estos últimos mitos simbólicos, especialmente los referentes a los reyes "desaparecidos" que reaparecerán, tema que, por otra parte, hemos tratado exhaustivamente en otro lugar; pero haremos notar, en general, cómo vuelve el tema del monte concebido como sede de inmortalidad y cómo retorna también a la antigua tradición helénica relativa a los "héroes".

Diremos algo más sobre dos puntos: sobre la montaña como sede del haoma y de la "gloria" y sobre la montaña como Walhalla.

El término iránico haoma, equivalente al sánscrito soma, expresa la mencionada "bebida de inmortalidad". En aquellas antiguas doctrinas arias hay, a ese respecto, una asociación de conceptos diversos, en parte reales y en parte simbólicos, en parte materiales y en parte susceptibles a ser traducidos en términos de experiencia espiritual efectiva. Del soma, por ejemplo, las tradiciones hindúes hablan, ya como de un "dios", ya como del jugo de una planta, capaz de producir particulares efectos de exaltación, que eran tomados en espectacular consideración por ritos de transfiguración interna susceptibles de proporcionar un presentimiento y, casi diríamos, una presentación de lo que significa la inmortalidad. Pues bien, por la misma razón por la cual Buda no viene a parangonar el estado "que no es ni de aquí ni de allí, ni el venir ni el ir, sino tranquila iluminación como en un océano infinito" (el nirvana) en la alta montaña, así nosotros en el Yaçna leemos igualmente que el misterioso haoma crece en la alta montaña. Es decir, que otra vez encontramos la asociación de la idea de las alturas con la idea de un entusiasmo capaz de transfigurar, de exaltar, de guiar hacia aquello que no es únicamente humano, mortal y contingente. Y así del Irán pasamos a Grecia, en el seno del primer período dionisíaco encontramos el mismo tema, por cuanto, según los más antiguos testimonios, aquellos que en las fiestas eran arrebatados por el "divino furor de Dionisio" eran arrastrados hacia las cimas salvajes de los montes tracios cual si se hallaran poseídos por un poder extraño y arrollador surgido del fondo de sus propias almas.

Pero allí hay algo más que rectifica lo que de descompuesto y de no completamente puro pueda existir a nivel "dionisíaco"; ello es el concepto iránico expuesto en el Yasht respecto a la montaña, "el poderoso monte Ushi-darena" que es, por otra parte, la sede de la "gloria".

Debe saberse que en la tradición iránica la "gloria" -hvarenó o farr- no era un concepto abstracto: muy al contrario, ella era concebida como una fuerza real y casi física, aunque invisible y de origen "no humano", portada en general por la luminosa raza aria pero, eminentemente, por los reyes, sacerdotes y caudillos de esa raza. Una señal testimonia la presencia de la "gloria": la victoria. Se atribuía a la "gloria" un origen solar, por cuanto en el sol se veía el símbolo de un ente luminoso, triunfante sobre las tinieblas todas las mañanas. Trasponiendo sub especie interioritatis estos conceptos, la "gloria" -hvarenó- expresaba, por consiguiente, la propiedad conquistada por las razas o naturalezas dominantes, en las cuales la superioridad es potencia ("victoria") y la potencia es superioridad, "triunfalmente", como en los seres solares e inmortales del cielo. Pues bien, esto es lo que en los Yasht se dice, que en la montaña no sólo "crece" la planta del haoma -de los estados "dionisiacos"- sino que la montaña más poderosa, el Ushi-darena, es la sede de la "gloria" aria.

Llegamos al último punto. A la montaña como Walhalla.

La palabra Walhalla (Walhöll) es notoria a través de todas las obras de Ricardo Wagner, en las cuales, no obstante, en muchos puntos se deforman y se "literalizan" los antiguos conceptos nórdico-escandinavos de los Edas, de los que Wagner nutre especialmente su inspiración y que son susceptibles de significados más profundos. Walhalla quería literalmente decir "el palacio de los caidos", del cual Odín era el rey y el jefe. Se trata del concepto de un lugar privilegiado de inmortalidad (aquí, como en las tradiciones helénicas, para los seres vulgares no hay, tras la muerte, más que la existencia oscura y mediocre en el Niflheim, el Ades nórdico), reservado a los nobles y esencialmente a los héroes caídos en el campo de batalla. Casi como el dicho según el cual "la sangre de los héroes esta más cerca de Dios que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos", en estas antiguas tradiciones el culto y el sacrifico más grato a la divinidad máxima -Odin-Wotan o Tiuz- y más fecundo de frutos supramundanos consistía en morir en la guerra. Los caídos por Odín quedaban transformados en sus "hijos" e inmortalizados junto a los reyes divinizados, en el Walhalla, lugar que frecuentemente se asimilaba al Asgard, a la ciudad de los Asen, es decir, de las luminosas naturalezas divinas en perenne lucha contra los Elementarwessen, contra las criaturas tenebrosas de la tierra.

Ahora bien, los mismos conceptos del Walhalla y del Asgard originariamente se presentan en una relación inmediata -de nuevo- con la montaña, hasta el punto que Walhalla aparece como nombre de cumbres suecas y escandinavas y en montes antiguos, como el Helgafell, el Krosshòlar y el Hlidskjalf fue concebida la sede de los héroes y de los príncipes divinizados. El Asgard aparece a menudo en Edda como el Glitmirbjorg, la "montaña resplandeciente" o el Himinbjorg, donde la idea de monte y la de cielo luminoso, de calidad luminosa celeste, se confunden. Queda pues el tema central del Asgard como un monte altísimo, sobre cuya cumbre helada, por encima de las nubes y de las nieves, brilla una claridad eterna.

Así, el "monte" como Walhalla es también el lugar donde prorrumpe tempestuosamente y sobre el cual vuelve a posarse el sedicente Wildes Heer. Aquí se trata de un antiguo concepto popular nórdico, expresado en la forma superior de un ejército mandado por Odín e integrado por los héroes caídos. Según esta tradición, el sacrificio heroico de la sangre (lo que en nuestras tradiciones romanas se llamaba la mors triunphalis, y por la cual el iniciado victorioso sobre la muerte venía asimilado a la figura de los héroes y de los vencedores) sirve también para acrecentar con nuevas fuerzas aquel ejército espiritual irresistible -el Wildes Heer- del cual Odín, dios de las batallas, tiene necesidad para alcanzar un objetivo último y trascendente; para luchar contra el ragna rökkr, es decir, contra el destino del "oscurecimiento" de lo divino que corresponde al mundo de las edades lejanas.

A través de estas tradiciones, unidas en su significado íntimo y no en su forma exterior mitológica, llegamos pues al concepto más elevado del ciclo de los mitos sobre la divinidad de la montaña; y afirmaremos encontrar personalmente, en nuestros recuerdos nostálgicos de la guerra en la alta montaña, casi un eco de esta lejana realidad. Sede del amanecer, del heroísmo, y, si es necesario, de la muerte heroica transfigurante, lugar de un "entusiasmo" que tiende hacia estadios trascendentes, de un ascenso desnudo y de una fuerza solar triunfal opuesta a las fuerzas paralizantes, que oscurecen y bestializan la vida... así resulta ser, pues, la sensación simbólica de la montaña entre los antiguos, cual resulta de un circulo de leyendas y de mitos provistos de grandes caracteres de uniformidad, de los cuales los citados no son más que algunos de los escogidos en una lista muy amplia.

Naturalmente, no se trata de detenerse en reevocaciones anacrónicas... pero tampoco se trata de curiosas búsquedas de una simple erudición histórica. Detrás del mito y detrás del símbolo condicionado por el tiempo existe un "espíritu", que puede siempre revivir y tomar expresión eficaz en nuevas formas y en nuevas acciones. Esto, precisamente, es lo que importa.

Que el alpinismo no equivalga a profanación de la montaña; que los que, oscuramente empujados por un instinto de superación de las limitaciones que nos ahogan en la vida mecanizada, aburguesada e intelectualizada de las "llanuras", se van hacia lo alto en valeroso esfuerzo físico, en lúcida tensión y en lúcido control de sus fuerzas internas y externas, por sobre las rocas, crestas y paredes en la inminencia del cielo y del abismo, hacia la helada claridad... que los que siempre en mayor medida puedan volver a encenderse hoy y obrar luminosamente según aquellas sensaciones profundas que permanecen en las raíces de las antiguas divinizaciones mitológicas de la montaña: éste es el mejor augurio que puede hacerse a nuestras jóvenes generaciones.

 

Cabalgar el Tigre (02) Orientación. Fin de un ciclo. "Cabalgar el tigre"

Cabalgar el Tigre (02) Orientación. Fin de un ciclo. "Cabalgar el tigre"

Biblioteca Evoliana.- En el parágrafo 2 de "Cabalgar el Tigre", permanecemos todavía en la introducción a la obra. Evola nos sitúa el tiempo presente dentro de la doctrina de los ciclos. Nos encontramos -explica- en el último tramo de la "Edad Oscura". No puede pensarse en una posibilidad inmediata de "recuperación" y superación de la crisis. De la misma forma que no parece razonable intentar parar un alud, so pena de verse arrastrado irremediablemente por él, tampoco es posible pensar en detener el proceso de la decadencia actualmente en curso. Solamente algunos raros hombres pueden aspirar a superar la corriente de la decadencia y crear espacios interiores de libertad. Pero eso no evitará que el mundo exterior en crisis siga existiendo: de lo que va a hablar a partir de ahora, es de como el "hombre diferenciado" puede aprovechar los aspectos de la crisis.

 

 

2.- Fin de un ciclo. "Cabalgar el tigre".

Esta última idea se refiere a una perspectiva que, rigurosamente hablando, no es la de este texto, pues concierne, no ya al comportamiento interior y personal, sino al medio, no a la realidad de hoy, sino a un porvenir que no es posible hipotecar y del que es esencial que no se haga depender de ninguna forma el propio comportamiento.

Se trata de la perspectiva ya mencionada anteriormente, según la cual nuestra época podria ser, en último análisis, una época de transici6n. Vamos a consagrar algunas palabras a este tema antes de abordar el problema principal que nos ocupa, refiriéndonos a la doctrina de los ciclos y a la idea de que la época actual, así como a todos los fenómenos que la caracterizan, corresponderá la fase terminal del ciclo.

La fórmula que hemos escogido como título de este libro "Cabalgar el tigre " puede servir de transición entre lo que hemos dicho hasta aquí y la doctrina en cuestión. Esta fórmula extremo oriental significa que si uno consigue cabalgar a un tigre, si se le impide lanzarse sobre nosotros y si, además, no se desciende de él, si uno permanece agarrado, puede que al final se logre dominarlo; recordemos, para quien le interese, que un tema análogo se encuentra en algunas escuelas de sabiduría tradicional, como el Zen japonés, (las diversas situaciones del hombre y del toro) y que la antigüedad clásica misma desarrolló temas paralelos (las pruebas de Mitra que se deja arrastrar por el toro furioso sin soltarlo, hasta que el animal se detiene; entonces Mitra lo mata).

Este simbolismo, se aplica en varios planos. Puede referirse a una línea de conducta a seguir en el plano interior, pero también a la actitud que conviene adoptar cuando situaciones criticas se manifiestan en el plano histórico y colectivo. En este último caso, lo que nos interesa es el lazo que existe entre este símbolo y lo que enseña la doctrina general de la historia, en particular sobre la sucesión de las "cuatro edades". Esta doctrina, tal como hemos tenido ocasión de exponer en otras partes, ha revestido aspectos idénticos en Oriente y Occidente.

En el mundo clásico se habla de un descenso progresivo de la humanidad desde la Edad de Oro hasta lo que Hesíodo llama Edad de Hierro. En la enseñanza hindú correspondiente, la edad final es llamada el Kali Yuga (Edad Sombría) y expresa el carácter esencial que le es propio: precisamente en un clima de disolución, el paso al estado libre de las fuerzas individuales y colectivas, materiales, físicas y espirituales que, anteriormente habían permanecido contenidas, de diversas formas, por una ley procedente de lo alto, y por influencias de orden superior. Los textos tántricos han dado una imagen sugestiva de esta situación diciendo que corresponden al "despertar" de una divinidad femenina -Kali- símbolo de la fuerza elemental y primordial del mundo v de la vida, pero presentándose bajo aspectos infernales, como una diosa del sexo y de los ritos orgiásticos. "Adormecida" hasta ahora -es decir, latente, en cuanto a estos últimos aspectos-, estaría, durante la "Edad Sombría", completamente despierta y en acción.

Todo parece indicar que es precisamente la situación que se desarrolla en el curso de estos últimos tiempos y que tiene su epicentro en la civilización y en la sociedad occidentales, la que se ha extendido rápidamente al mundo entero; el hecho de que la época actual se encuentra colocada bajo el signo zodiacal de Acuario podría encontrar, por otra parte, una interpretación normal, referida a las aguas, en las cuales todo permanece en estado fluido e informe. Previsiones formuladas hace muchos siglos -pues es a una época lejana a la que se remontan las ideas aquí expuestas- se revelan hoy singularmente actuales. Este contexto se refiere, como hemos dicho, a los puntos de vista expuestos, en lo que presenta de forma análoga el problema de la actitud a adoptar durante la última edad, actitud asociada aquí al símbolo del tigre que se cabalga.

En efecto, los textos que hablan del Kali-Yuga y de la Edad Sombría, proclaman también que las normas de vida que fueron válidas para las épocas en que las fuerzas divinas permanecían, en cierto grado, vivas y actuantes, debían ser consideradas como obsoletas durante la última edad. Esta vería aparecer un tipo de hombre esencialmente diferente, incapaz de seguir los antiguos preceptos cada vez más, en razón de la diferencia del medio histórico, es decir, planetario; estos preceptos, incluso si fuesen seguidos, no aportarían ya los mismos frutos. Es por esto por lo que normas diferentes se proponen ahora y por lo que se abroga la ley del secreto que cubría anteriormente algunas verdades, cierta ética y ciertos ritos particulares, a causa de su carácter peligroso y de la antítesis con las formas de una existencia normal, reglamentada por la Tradición sagrada. La significación de esta convergencia de puntos de vista no escapa a nadie. En esto, como en otros puntos, nuestras ideas, lejos de tener un carácter personal y contingente, se refieren esencialmente a perspectivas que el mundo de la Tradición ya había conocido cuando fueron previstas y estudiadas situaciones generales de un carácter anormal.

Examinamos ahora cómo se aplica al mundo exterior, al medio general, el principio consistente en cabalgar al tigre. Puede entonces significar que cuando un cielo de civilización toca a su fin, es difícil alcanzar un resultado cualquiera resistiendo, oponiéndose directamente a las fuerzas en movimiento. La corriente es muy fuerte y uno correría el riesgo de verse arrastrado. Lo esencial es no dejarse impresionar por aquello que parece todopoderoso, ni tampoco por el triunfo aparente de las fuerzas de la época. Privadas de lazo con cualquier principio superior, estas fuerzas tienen, en realidad, un campo de acción limitado.

No hace falta pues autosugestionarse por el presente, ni por lo que nos rodea sin entrever también las condiciones susceptibles de presentarse más tarde. La regla a seguir puede consistir, entonces, en dejar libre curso a las fuerzas y a los procesos de la época, permaneciendo firmes y dispuestos a intervenir "cuando el tigre, que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, esté fatigado de correr". Interpretado de una forma particular, el precepto cristiano de no-resistencia al mal, podría tener un sentido análogo. Se abandona la acción directa y se retira uno hacia posiciones más interiores.

Las perspectivas que ofrece la doctrina de las leyes cíclicas está implícita aquí: cuando el ciclo termina, otro comienza, y el punto culminante del proceso es también aquel en donde se produce el enderezamiento en la dirección opuesta. El problema de la continuidad entre un ciclo y otro permanece, no obstante, planteado. Para recuperar una imagen de Hofmansthal (4), la solución positiva sería la de un reencuentro entre los que han sabido velar durante la larga noche y los que quizás aparezcan en el nuevo amanecer. Pero no se puede estar seguro de este desenlace: no se puede prever con certidumbre de qué forma y en qué planos podrá manifestarse una cierta continuidad entre el ciclo que toca a su fin y el siguiente. Conviene pues conferir a la línea de conducta, válida en la época actual, de la que antes hemos hablado, un carácter autónomo y un valor inmanente e individual. Nosotros entendemos aquí que la atracción ejercida por perspectivas positivas a más o menos breve plano no debe jugar un papel importante. Incluso podrían estar ausentes por completo hasta el fin del ciclo y las posibilidades ofrecidas por un nuevo movimiento más allá del punto cero podrían concernir a otros hombres que tras nosotros, se hayan mantenido igualmente firmes, sin esperar ningún resultado directo, ni ningún cambio exterior.

Antes de abandonar el dominio introductivo para abordar nuestro tema principal, será quizás útil mencionar aún otro punto particular que está igualmente relacionado con las leyes cíclicas. Se trata de relaciones entre la civilización occidental y las otras civilizaciones, la civilización oriental particularmente.

Entre los que han reconocido la crisis del mundo moderno y han renunciado también a considerar la civilización moderna como la civilización por excelencia, el apogeo y la medida de cualquier otra, hay quienes han vuelto su mirada hacia Oriente, en donde ven subsistir una orientación tradicional y espiritual de la vida que, desde hace largo tiempo, ha cesado de servir en Occidente como base de organización efectiva de los diferentes dominios de la existencia. Se ha preguntado incluso si no se podrían encontrar en Oriente puntos de referencia útiles para la reintegración de Occidente. René Guenon ha sido el defensor más serio de esta tendencia.

Pero es preciso ver claramente sobre qué plano se sitúa el problema. Si se trata de simples doctrinas y de contactos "intelectuales", esta búsqueda es legítima. Pero conviene señalar que, al menos en parte, se podrían también encontrar ejemplos y referencias claras en nuestro propio pasado occidental y tradicional, sin necesidad de volverse hacia una civilización no-europea. Se ganaría poco en todo esto. Se trata de intercambios de alto nivel entre elementos aislados que cultivan sistemas metafísicos. Si, por el contrario, se aspira a algo más, a influencias reales con una repercusión importante sobre la existencia, uno no puede hacerse ilusiones. Oriente mismo sigue ahora la senda que nosotros hemos tardado varios siglos en recorrer.

El "mito de Oriente", fuera de los círculos de sabios y especialistas de disciplinas metafísicas, es pues falaz. "El desierto crece", no hay otra civilización que pueda servirnos de apoyo, debemos afrontar solos nuestros problemas. La única perspectiva, pero hipotética, que nos ofrecen en contrapartida las leyes cíclicas, es esta: el proceso descendiente de la "Edad Sombría", en su fase final, ha empezado entre nosotros; no está pues descartado que seamos también nosotros los primeros en superar el punto cero, en el momento en que otras civilizaciones, entradas más tardíamente en la misma corriente, se encuentran, por el contrario, más o menos, en un estadio similar al nuestro en la actualidad, tras haber abandonado -"superado"- lo que ofrecen aun hoy los valores superiores y las formas de organización tradicionales susceptibles de atraernos. Resultaría pues que Occidente, invirtiendo los papeles, se encontraría en un punto situado más allá de¡ límite negativo y estaría cualificado para una nueva función general de guía o de jefe, muy diferente de lo que ha realizado en el pasado con la civilización técnico-industrial y material y que ahora ya periclitada, ha tenido como único resultado una nivelación general,

Para algunos, estas breves indicaciones sobre perspectivas y problemas de orden general quizás no hayan sido inútiles. Volveremos, pues, como hemos dicho, al plano de la vida personal que nos interesa aquí; desde este punto de vista, definiendo la orientación a dar a algunas experiencias y procesos actuales en vistas a extraer resultados diferentes de los que extraen la mayoría de nuestros contemporáneos, importa establecer posiciones autónomas, independientes de lo que podrá o no podrá llegar a ocurrir en el futuro.

 

 

Cabalgar el Tigre (01) Orientación. El mundo moderno y los hombres de la tradición

Cabalgar el Tigre (01) Orientación. El mundo moderno y los hombres de la tradición

Biblioteca Evoliana.-  En este primer parágrafo de su obra, Evola explica las razones que le han llevado a escribir esta obra y lo que pretende: ser una orientación para el hombre diferenciado que se ve obligado a vivir en un mundo en crisis. Explica al lector la posibilidad de convertir este clima de crisis permanente, en la mejor ayuda para el despertar interior. Utiliza la fórmula extremo-oriental de "Cabalgar el Tigre" que da título a esta obra. Es evidente que Evola ha variado algunos de sus puntos de vista desde que escribió en plena postguerra "Los hombres y las ruinas" cuando todavía se forjaba esperanzas de que aún podía hacerse algo. Ahora sus consejos no van dirigidos a una reconstrucción del mundo de la tradición sino al dominio íntimo del hombre diferenciado.

 

 

CABALGAR EL TIGRE

ORIENTACION

 

1.- El mundo moderno y los hombres de la tradición.

En esta obra nos proponemos estudiar algunos de los aspectos de la época actual, precisamente aquellos que la han convertido esencialmente en una época de disolución y abordar al mismo tiempo el problema del comportamiento y de las formas de existencia que, en una situación así, interesa adoptar a un cierto tipo humano.

Esta última restricción no deberá ser nunca perdida de vista. Lo que se va a leer no afecta al conjunto de nuestros contemporáneos, sino únicamente al hombre que, aun estando comprometido con el mundo actual, incluso allí donde la vida moderna ha alcanzado el punto más álgido, problemático y paroxístico, no pertenece interiormente, sin embargo, a este mundo, no contempla la posibilidad de ceder a él, y se siente, por su esencia, de una raza diferente a la de la mayor parte de los hombres.

El lugar natural de un hombre así, la tierra en la que no sería un extraño, es el mundo de la Tradición: esta expresión tiene aquí un carácter particular que ya hemos precisado en otras ocasiones próximo a las categorías utilizadas por René Guenon en su análisis crítico del mundo moderno. Según esta acepción particular, una civilización o una sociedad son "tradicionales" cuando están regidas por principios que trascienden lo que no es más que humano e individual, cuando todas sus formas le vienen de lo alto y cuando está enteramente orientada hacia lo alto. Más allá de la diversidad de sus formas históricas, el mundo de la Tradición se caracteriza por una identidad y una constancia esenciales. En otros libros, hemos intentado precisar cuáles eran estos valores y las categorías fundamentales e inmutables que constituyen la base de toda civilización, sociedad y organización de la existencia que se pueda calificar de normales, en el sentido superior de una significación rectora.

Todo lo que ha terminado por prevalecer en el mundo moderno, representa la exacta antítesis del tipo tradicional de civilización. Y la experiencia muestra, de una forma cada vez más evidente, cómo partiendo de los valores de la Tradición (admitiendo que haya alguien que hoy sepa todavía reconocerlos y asumirlos), es muy probable que se pueda, mediante acciones o reacciones eficaces, modificar de una forma apreciable el actual estado de cosas. No parece que tras los últimos trastornos mundiales, ni las naciones, ni tampoco la gran mayoría de individuos, las instituciones y las condiciones generales de la sociedad, así como las ideas, los intereses y las fuerzas que predominan en esta época, puedan servir de palancas para una acción de este género.

Hay, sin embargo, algunos hombres que permanecen, por así decirlo, de pie entre las ruinas, en medio de esta disolución y que, más o menos conscientemente, pertenecen a este otro mundo. Una pequeña tropa parece dispuesta a combatir aún en posiciones perdidas. Cuando no se doblegan, cuando se niegan a compromisos o a dejarse seducir por aquello que podría asegurarles algún éxito. Entonces su testimonio es válido; otros, por el contrario, se aislan completamente, lo que exige sin embargo disposiciones interiores y también condiciones materiales privilegiadas que se hacen cada día más raras. En todo caso es la segunda de las posibilidades. Es preciso mencionar por fin, a los muy escasos espíritus que, en el campo intelectual, pueden aún afirmar "valores tradicionales", independientemente de todo fin inmediato, con objeto de desarrollar una acción "de presencia", acción ciertamente útil para impedir que la coyuntura actual no entrañe un oscurecimiento completo del horizonte, no solo sobre el plano material, sino también sobre el plano de las ideas, y no permita ya distinguir ninguna otra escala de valores que la que les es propia. Gracias a estos hombres, las distancias pueden ser mantenidas: otras dimensiones posibles, otros significados de la vida pueden ser indicados a quien es capaz de desviarse, de no fijar solamente su mirada en las cosas presentes o próximas.

Pero esto no resuelve el problema de orden personal y práctico que se plantea, no a quienes tienen la posibilidad de aislarse materialmente, sino a aquellos otros que no pueden o no quieren cortar los puentes con la vida actual y que por esto mismo deben resolver el problema del comportamiento a adoptar en la existencia, aunque sea sólo en el plano de las reacciones y de las relaciones humanas más elementales.

Precisamente, pensando en este tipo de hombres, se ha escrito la presente obra, es a él a quien se aplica esta consigna de un gran precursor: "El desierto crece. Desgracia a aquel que oculta dentro de sí desiertos". No encuentra, en efecto, ningún apoyo en el exterior. Las organizaciones y las instituciones que en una civilización tradicional le habrían servido corto punto de apoyo y permitido realizarse íntegramente, organizar de una manera clara y unívoca su propia existencia, defender y aplicar en el medio que le es propio, los valores esenciales que reconocía interiormente, estas organizaciones y estas instituciones ya no existen hoy. No conviene pues continuar proponiéndole líneas de acción que, adecuadas y normativas en toda civilización normal, tradicional, no lo son en una civilización anormal, en un medio social, psíquico, intelectual y material completamente diferente, en un clima de disolución general, en un sistema de desórdenes mal contenidos y faltando, en todo caso, una legitimidad superior. De aquí resulta una serie de problemas específicos que nos proponemos estudiar a continuación.

Un punto que interesa aclarar ante todo es el de la actitud a adoptar respecto a las "supervivencias". Especialmente en Europa Occidental, subsisten hábitos, instituciones, costumbres. del mundo de ayer, es decir, del mundo burgués, que dan muestra de cierta persistencia. Cuando se habla hoy de crisis, es, en el fondo, de la crisis del mundo burgués de lo que se trata: son las bases de la civilización y de la sociedad burguesa quienes sufren esta crisis son objeto de esta disolución. No es lo que hemos llamado el mundo de la Tradición. Socialmente, política y culturalmente, el mundo que se desintegra es aquel que se ha formado a partir de la revolución del Tercer Estado y de la primera revolución industrial, incluso si en él se mezclaban, a menudo, algunos restos debilitados de un orden más antiguo.

¿Cuáles son las relaciones que hay y que puede haber entre este mundo y el tipo de hombre que nos interesa?. Esta cuestión es esencial, pues de la respuesta que se le dé depende evidentemente el sentido que se atribuirá a los problemas de crisis y disolución, cada vez más aparentes en nuestros días y la actitud a adoptar, tanto a su respecto, como respecto a lo que no ha sido aún completanente minado o destruido por ellos.

La respuesta no puede ser más que negativa. Nuestro tipo de hombre no tiene nada que ver con el mundo burgués. Debe considerar todo lo que es burgués como algo reciente y antitradicional, nacido de procesos negativos y destructores. Se ve a menudo en los fenómenos actuales de crisis una especie de Némesis o de vuelta del péndulo: son precisamente las fuerzas que, en su tiempo, fueron puestas en marcha contra la antigua civilización tradicional europea (no vamos a entrar aquí en detalles) quienes se han vuelto contra quienes los habían evocado, minándolos a su vez y llevando más lejos, hacia una fase ulterior más avanzada, el proceso general de desintegración. Esto se ve muy claramente en el plano político-social, por ejemplo, en las relaciones evidentes que existen entre la revolución burguesa del Tercer Estado y los movimientos socialistas y marxistas que siguieron, entre la democracia y el liberalismo de un lado y el socialismo del otro. Los primeros han servido simplemente para abrir la vía a los segundos y éstos, en un segundo tiempo, tras haberles dejado cumplir su funci6n, no piensan más que en eliminarlos.

Ocurriendo esto, hay una solución que es preciso rechazar resueltamente: la que consistiría en apoyarse sobre lo que sobrevive del mundo burgués, en defenderlo y en tomarlo como base para luchar contra las corrientes de disolución y subversión más violentas, tras, eventualmente, haber intentado animar o fortalecer estos restos con ayuda de algunos valores más altos y más tradicionales.

Ante todo, existiendo la situación general que se precisa cada día más, desde estos acontecimientos cruciales que fueron las dos guerras mundiales y sus repercusiones, adoptar esta actitud seria hacerse ilusiones sobre las posibilidades materiales que existen. Las transformaciones ya operadas son demasiado profundas como para ser reversibles. Las fuerzas que están en estado libre o en trance de serlo, no son susceptibles de ser reintegradas al marco de las estructuras del mundo de ayer. Es precisamente el hecho de que las tentativas de reacción no se hayan ligado más que a estas estructuras cuando están desprovistas de toda legitimidad superior, lo que ha dado vigor y mordiente a las fuerzas de la subversión. Por otra parte, tal vía conduciría a un equívoco tan inadmisible sobre el plano ideal, como peligroso sobre el plano táctico. Como hemos dicho, los valores tradicionales -los que nosotros llamamos "valores tradicionales"- no son los valores burgueses, son su antítesis. Reconocer un valor a estas supervivencias, asociarías, de una forma u otra a los valores tradicionales, fiarse de ellas para el fin que acabarnos de indicar, volvería pues, ya sea a testimoniar una pobre comprensión de estos mismos valores, ya sea a disminuirlos y a descender a una forma de compromiso, a la vez rechazable y peligroso. Peligroso, pues el hecho de ligar, de una u otra forma las ideas tradicionales a las formas residuales de la civilización burguesa, expondría a estas a sufrir el ataque, en más de un aspecto inevitable, legítimo y necesario, actualmente emprendido contra esta civilización.

Es, pues, hacia la solución opuesta a donde hace falta orientarse incluso si esto vuelve las cosas difíciles y comporta otro tipo de riesgo. Es positivo cortar todo lazo con lo que está destinado a desaparecer en más o menos breve plazo. El problema será entonces el mantener una dirección general sin apoyarse en ninguna forma dada o transmitida, comprendidas las del pasado, que son auténticamente tradicionales pero que pertenecen ya a la historia. La continuidad no podrá ya ser mantenida más que, por así decirlo, sobre el plano existencias, o más precisamente, bajo la forma de una orientación íntima del ser que debería ir pareja con la mayor libertad individual de cara al exterior. Tal como se expondrá de manera detallada a continuación, el apoyo que podrá ir aportando la tradición no podrá proceder de esquemas regulares y reconocidos de una civilización nacida antiguamente, sino, ante todo, de los principios doctrinales que contenía, como en un estado preformal, a la vez superior y anterior a las formas particulares que se desarrollaron en el curso de la historia, doctrina que, en el pasado no pertenecía a las masas, sino que tenía el carácter de una "doctrina interna".

Por lo demás, existiendo la imposibilidad de actuar de manera positiva en el sentido de un regreso al sistema normal y tradicional, existiendo la imposibilidad de ordenar orgánicamente y con coherencia su propia existencia en el clima de la sociedad, de la cultura y de las costumbres modernas, queda por ver en qué medida se puede aceptar plenamente un estado de disolución, sin ser influido interiormente por él. Convendrá examinar igualmente, lo que en la fase actual -en último análisis, fase de transición- puede ser escogido, separado del resto y asumido en tanto que forma libre de un comportamiento que exteriormente no sea anacrónico y que permita incluso medirse con lo que hay de más avanzado en el pensamiento y las costumbres contemporáneas, aun permaneciendo interiormente determinado y regido por un espíritu completamente diferente.

La fórmula; "Ir, no ahí donde se defiende, sino donde se ataca", propuesta por algunos, podrá, pues, ser adoptada por el grupo de hombres diferenciados, epígonos de la Tradición, de los que vamos a tratar aquí. Esto significa que podría ser bueno contribuir a hacer caer lo que vacila y pertenece al pasado, al mundo de ayer, en vez de tratar de apuntalarlo y prolongar su existencia. Es una táctica posible cuya naturaleza es impedir que la crisis final sea obra de las fuerzas contrarias cuya iniciativa se debería entonces sufrir. El riesgo de tal actitud es evidente: no se sabe quien tendrá la última palabra. No hay nada en la época actual, asimismo, que no sea peligroso. Para quien permanece en pie es quizás la última ventaja que tal actitud representa. De lo que precede, conviene retener las siguientes ideas fundamentales:

Es preciso subrayar el sentido de la crisis y el proceso de disoluci6n que muchos deploran hoy y mostrar que el objeto real y director de este proceso de destrucción es la civilización y la sociedad burguesas. las cuales, medidas a escala de los valores tradicionales tomaban ya el sentido de una primera negación del mundo que les había precedido y les era superior. A continuación, que la crisis del mundo moderno podrá eventualmente representar, según la expresión hegeliana, una "negación de la negación", y en consecuencia un fenómeno positivo a su vez. La alternativa es la siguiente: o bien la negación de la negación conducirá a la nada -la nada que brota de formas múltiples del caos, de la dispersión y del caos que caracteriza las numerosas tendencias de las últimas generaciones, o esta otra negación que apenas se esconde tras el sistema organizado de la civilización material- o bien esta negación creará para los hombres que nos interesan aquí, un nuevo espacio libre, que podrá eventualmente representar la condición previa de una acción formadora ulterior.

 

 

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Biblioteca Evoliana.- En 1985 tradujimos este texto que había sido publicado inicialmente, casi diez años antes, por el Centro de Estudios Evolianos de Nantes,, dirigido por Leon Colas, con el nombre de "Evola o la Afirmación Absoluta". El texto fue publicado artesanalmente en España por Ediciones Alternativa. El contenido tiene la virtud de resumir, no solamente los episodios biográficos más importantes en la vida de Evola, sino también un resumen bastante completo y preciso (dada la extensi´no del texto) de su obra.

 

 

INTRODUCCION A JULIUS EVOLA

Philipe Baillet

NOTA DEL TRADUCTOR

En 1978 ó 79 recibimos del Centro de Estudios Evolianos de Nantes (si no recordamos mal, lo dirigía León Colas), este texto fotocopiado. Era un pequeño folleto escrito por Philipe Baillet al que conocí personalmente dos años después durante mi exilio parisino. Hasta 1985 no tuve ocasión de traducir este pequeño texto y publicarlo en la pequeña editorial artesanal “Ediciones Alternativa” de la que fue un “éxito” de ventas (algo más de 400 ejemplares…). En estos momentos en los que se preparan unas jornadas evolianas en Madrid de las que daremos más información en breve, consideramos fundamental el colocar en línea esta obra que podemos calificar como “Introducción general a la vida, a la obra y a las ideas esenciales de Julius Evola”.

Vale la pena conocer a Evola. No se trata de un autor fácil. Las traducciones que se han hecho de él no han sido todo lo precisas que hubiera sido de desear. Salvo “El Misterio del Grial”, “La tradición hermética” y “Metafísica del Sexo”, el resto de sus obras se han difundido muy escasamente. Hoy Evola está esperando todavía que alguien tenga el tiempo suficiente para escasear todo este material precioso y ofrecerlo en Internet, tal como se ha hecho con la obra de Guenon.

El texto original se había perdido y ha sido gracias al encuentro fortuito en un desván de un ejemplar que se ha podido realizar el OCR del original. Los scaneos y tratamiento OCR son imprecisos y suelen adornarse con todo tipo de faltas y errores. Rogamos a nuestros lectores sepan disculparlos y si alguien tiene tiempo y ganas para realizar la corrección de estilo y la corrección ortográfica, se lo agradeceremos.

Ernesto Milá

© Por la obra, Philipe Baillet – Centro de Estudios Evolianos de Nantes.

© Por la traducción del texto: Ernesto Milà – infoKrisis –administración@krisis.info – 15.09.04


"El progreso filosófico o incluso la simple sabiduría, consisten siempre en la capacidad de distinguir entre marcos de referencia, entre niveles de verdad, y situar al mismo tiempo la propia vida en re1ación a estos distintos niveles de universalidad creciente"

Allan Watts.

"Nos preocuparemos poco en discutir y demostrar. Las verdades que pueden hacer comprender el mundo tradicional no son de las que se "aprenden” o "discuten". Son o no son. Solo se las puede recordar y esto se produce cuando uno se libera de los obstáculos y prejuicios que representan las diversas construcciones humanas (y en primer lugar los resultados y los métodos de los "investigadores" autorizados) y cuando se ha suscitado la capacidad de ver desde este punto de vista no humano que es el punto de vista tradicional"

Revuelta contra el mundo mo­derno. Julius Evola.

I

LA BUSQUEDA DEL ORDEN EN LA VIDA DE EVOLA

Julius Evola nació en Roma en el seno de una vieja familia patricia y cristiana el 19 de mayo de 1.898 y no en 1.892 como se ha escrito en dos de sus obras publicadas en Francia.

Desde la adolescencia se manifestaron en él dos disposiciones fundamentales, dos predisposiciones, deberíamos decir, pues Evola parece atribuirles un origen prenatal. La primera es un impulso hacia la trascendencia, y un cierto distanciamiento respecto a lo humano, cuya contrapartida negativa durante su juventud, fue una relativa insensibilidad y frialdad del alma, no exenta de desviaciones seudo-místicas. La segunda predisposición es la de khsatriya, de guerrero, la cual coloca a Evola en disposición de formular una afirmación desequilibrada del Yo y a exponer de manera especulativa una doctrina de potencia y autarquía. Pero fue también la base existencial que le hizo sentir como absolutamente evidentes, a pesar de su anacronismo, los valores y la realidad de otro mundo, el mundo de una civilización jerárquica, aristocrática y feudal. Por fin, le dio también el gusto por las posiciones netas, sin compromiso y es­ta especie de intrepidez intelectual coherente y lógica que se encuentra siempre en todas sus obras y en lo que concierne a las influencias de orden intelectual, Evola, hacia la edad de 15/1ó años, lee a Wilde, D'Annunzio y a dos autores desconocidos que aun hoy siguen siéndolo; dos autores judíos, es preciso establecerlo para aclarar por anticipado el "antisemitismo" de Evola. Estos dos autores, que se suicidaron antes de cumplir los treinta años, son Michelstaedler y Otto Weininger. El segundo escribió un libro muy interesante sobre la sexualidad al que Evola se referirá más tarde e; su "Metafísica del Sexo", Evola lee también a Stirner y a Nietzsche. La lectura de este último refuerza su disposición de khsatriya y su revuelta contra el mundo burgués y su pequeña moralina.

Justo antes de la primera guerra mundial y durante el principio de la misma, Evola se pone en contacto con Giovanni Papini, director de varias revistas bastante próximas al futurismo y, como él, bastante exhibicionistas y sin raíces profundas. Evola no será deudor de Papini salvo por el hecho de haberle dado a conocer las corrientes extranjeras del arte de vanguardia, así como a ciertos místicos, entre ellos Meister Eckhart. Aun rechazando completamente el chauvinismo propio a la corriente futurista, Evola participa en la primera guerra mundial como oficial de artillería, pero sobre el plano interior la experiencia bélica no le reportó nada nuevo no habiéndose encontrado nunca en el curso de las hostilidades en momentos de grave peligro. De regreso a Roma los años que siguieron fueron para él los de una grave crisis, Evola realiza entonces varias experiencias con drogas poco conocidas, experiencias que serán, por otra parte, las únicas de su vida. Las cosas empeoraron de tal forma que contempló incluso la posibilidad de suicidarse. Tenía entonces 23 años. Evitó finalmente el suicidio gracias a la lectura de un fragmento del Majhima Nikaya, una de las antologías del canon budista palí que provocó en él una especie de ruptura. El fragmento en cuestión decía: "Consideró el Nirvana como Nirvana y habiendo considerado el Nirvana como Nirvana pensó: "Nirvana", se identificó con el Nirvana, pensó como el Nirvana. Se dijo: "El Nirvana es mío" y se regocijó con el Nirvana ¿y esto por qué? a causa de su ignorancia te digo". Es tras esta lectura que Evola dice haber adquirido una firmeza capaz de resistir todas las crisis.

De este período datan igualmente la adhesión de Evola al dadaísmo, del que fue uno de sus principales representantes en Italia, así como sus producciones en el terreno artístico, bajo la forma de poemas y pinturas.

Evola estuvo atraído por el dadaísmo ya que no se trata ba solamente de una tendencia entre otras del arte de vanguardia, sino más bien, según él, de una "visión general” de la vida en la cual el impulso hacia una liberación absoluta de todas las categorías lógicas, éticas y estéticas se manifiestan, bajo formas paradójicas y desconcertantes". Algunas palabras de Tristán Tzara, a quien cono­ció personalmente, encuentran en él cierto eco, como por ejemplo: "Buscamos la fuerza recta, pura, única, no busca mas nada más". Pero la atracción hacia el dadaísmo estaba indisolublemente ligada a la crisis que Evola atravesaba entonces. Pasada la crisis, murió en él algo de todo esto.

Al período artístico continuó el periodo especulativo y filosófico con dos libros sobre el "Individuo absoluto" período que va desde 1.921 a 1.927. Pero la atención de Evola se había fijado ya en las doctrinas sapienciales, sobre todo en las orientales. Publica una presentación del Tao-Te-King, de Lao-Tsé, entra en contacto con Jhon Woodroofe, traductor de los Tantras hindúes y escribe "El hombre como potencia" del que "El yoga tántrico", publicado veinte años después, no será más que una profundización. Evola conoce también a Arturo Reghini, futuro cola­borador de "El Velo de Isis" que le facilita ideas interesantes sobre la tradición romana y le pone en contacto ~ con René Guenon. En 1.928, aparece "Imperialismo Pagano", obra violentamente anticristiana, donde se encuentran expuestas las concepciones sobre el Imperium. El libro, que alimentaba la esperanza, bastante quimérica, según reconoce el mismo Evola, de actuar sobre las corrientes político-culturales de su tiempo, no tuvo prácticamente resonancia la edición alemana de 1.933 fue, por contrario, mucho mejor acogida y muchos alemanes vieron en Evola, aunque de forma equivocada, al representante más conspicuo de una potente corriente cultural "gibelina" en el fascismo.

En 1.927 se constituye bajo la dirección de Evola el "Grupo de Ur". El nombre del grupo se había elegido como referencia al término griego PYR, fuego, y también en el sentido primordial y original, del prefijo UR, en la lengua alemana. Durante tres años, el grupo publicará monografías abundantes sobre diferentes doctrinas tradicionales extractos comentados como los de Kremmerz, Meyrink, Crooley y traducciones de textos tradicionales entre los que pueden citarse el "Ritual Mithriaco del Gran Papiro Mágico de París", el texto hermético de la Turba Philosopharum los Versos Áureos de Pitágoras, extractos de un Tantra del Milindapala budista, algunos cantos del asceta tibetano Milarepa, etc. Todo será recopilado más tarde en los cuatro grandes tomos que fueron publicados bajo el título de "Introducción a la magia en tanto que ciencia del Yo" y forma verdaderamente un conjunto de este género, tanto por la importancia de la materia reunida, como por la calidad de los diferentes estudios.

Hacia el fin de su segundo ano de existencia, el grupo: conoce una escisión de la que no se recuperará, escisión provocada a instigación de ciertos elementos que pretenden mantener en vida a la francmasonería, por entonces prohibida por el régimen fascista. En cuanto a la cuestión discutida de saber si el "Grupo de UR" revistió un carácter: operativo, Evola responde que si. Las instrucciones correspondientes a este carácter operativo fueron expuestas en dos monografías hoy disponibles.

Tras el cese de las publicaciones del grupo, la materia esencial había sido ya tratada, Evola crea en 1.930, con algunos amigos, entre los cuales se encuentra Guido de Giorgio, muy apreciado por Guenon y que colabora también: con él en "El velo de Isis", una revista mensual, "La To­rre". Se trata de una nueva intentona, tras la defectuosa de "Imperialismo pagano", de influir positivamente en el ambiente político cultural. En el editorial del primer nú­mero de su revista, Evola afirmará que ha sido creada para defender los principios que se encuentran más allá del plano político, pero que, aplicados sobre este plano pueden dar lugar a un orden de diferenciaciones cualitativas, es decir, de jerarquía, también, de autoridad y de Imperium, en el sentido más amplio del término y añade también: "En la medida en que el fascismo sigue y defiende tales principios y en esta medida solamente nosotros podemos considerarnos como fascistas". Volviendo sobre esta cuestión en el número 5, Evola precisa su posición: "No somos ni fascistas ni antifascistas. El antifascismo no es nada... el fascismo es muy poco quisiéramos un fascismo más radical, más intrépido, un fascismo realmente absoluto, hecho de fuerza pura, inaccesible a todo compromiso”. Con la experiencia de "La Torre" desearíamos probar que existe en la Italia fascista la posibilidad de expresar un pensamiento rigurosamente imperial y tradicional libre de cualquier servilismo, adherido a la pura voluntad de defender una idea".

Al expresar tan libremente sus posiciones, la revista no tarda en tener problemas con el poder político. Excepcionalmente -pues no era adecuado prohibir una revista abiertamente pro-fascista por lo menos en su conjunto- el número 3 había sido suspendido por haber condenado la campaña demográfica entonces orquestada por el régimen. Pero Evola debe enfrentarse muy pronto a la hostilidad declarada de los jerarcas del partido único, él que ha rechazado siempre adherirse a los escuadristas, veteranos combatientes de las calles contra los militantes de izquierdas, por ironías de la suerte es este el único período de su vida en que deberá circular por Roma acompañado por un cuerpo de guardia. Siguiendo las órdenes de las altas instancias del partido, todas las empresas de artes gráficas de Roma rechazan imprimir la revista de Evola que cesará de aparecer el 15 de junio de 1.930 tras haber publicado 10 números.

La interrupción de la revista envalentona a Evola a volver sobre sus trabajos personales y es en este momento que comienza a escribir "Revuelta contra el mundo moderno". De este período data también "La Tradición Hermética" pub1icado en 1.931 y "Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo" que aparecerá en 1.932. Curiosamente la segunda intentona abortada de "La Torre" va a reencarnarse en uno de los bastiones de la ortodoxia fascista. Evola se pone en relación con Roberto Farinacci, hombre que goza de cierto prestigio en el séquito de Mussolini y en quien Evola encuentra una especie de "santo protector". Farinacci dirige un diario, "El Régimen Fascista" y acepta que Evola dis­ponga en su diario de una página especial reservada a la defensa ya afirmación de los valores tradicionales. La colaboración durará de 1.932 hasta el inicio de la guerra y en "El Régimen fascista", Evola y sus amigos, así como repre­sentantes de la derecha europea tendrán una tribuna asegurada. Entre otros colaborarán Gonzague de Reynol, el Príncipe Karl Anton Rohan, el economista austriaco Otmar Span, poetas judíos alemanes como Wolfskehl, del grupo de Stefan George, pero también -y esto merece ser subrayado- artículos traducidos de René Guenon y estractos de sus libros, primero bajo el seudónimo de "Ignitus" y luego bajo su propio nombre.

En 1.934 se publica "Revuelta contra el mundo moderno". La edición germana aparecerá un alto des pues y recibirá una elogiosa acogida entre los medios alemanes tradicionalistas: especialmente en la tendencia denominada "revolución conservadora" y en algunos circulas de la aristocracia. Un período de actividades intensas comienza entonces para Evo la: viaja a Alemania y a diversas partes de la Europa Central, da conferencias, multiplica sus entrevistas interesantes, entre ellas con Corneliu Codreanu, jefe del movi­miento rumano fascista de la "Guardia de Hierro" y con Mircea Eliade, entonces miembro de este movimiento y que se había interesado ya en el "Grupo de UR". Es igualmente el período durante el cual Evola elabora su doctrina de la raza, apoyándose en la división tradicional del hombre: soma, psique y nous. En 1.937, aparece "El mito de la sangre", una historia del racismo desde sus formas antiguas hasta las teorías modernas de la antropología y de la genética, pasando por el estudio de precursores como Gobineau, Vacher de Lapouge, Chamberlain, etc. El primer libro sobre la cuestión es seguido en 1.941 de "Síntesis de la doctrina de la raza" que expone de forma sistemática la concepción clásica de la "raza interior" o "raza del espíritu" en oposición al racismo moderno exclusivamente biológico de origen materialista. La Raza se define así como una energía formadora, como un modo de ser válido en sí y para sí y se dice que el deber de un verdadero estado seria precisamente ejercer una acción formadora y diferenciadoras sobre el sustrato étnico del que recibe su empuje, en vistas a hacer surgir una élite auténtica, encarnada en un tipo humano superior, no solo en el plano de la raza física exterior, sino sobre todo en el plano interior, a la manera de las antiguas aristocracias del mundo de la tradición.

Estos años de actividades exteriores no impiden a Evola continuar sus trabajos sobre las doctrinas tradicionales: en 1.938 publica "El misterio del Grial" luego, con algo de retraso a causa de la guerra, aparece "La Doctrina del despertar", considerada por muchos como la mejor exposición doctrinal del canon budista pali. Los dos últimos años de guerra, Evola los pasa en condiciones muy particulares. En el momento en que Italia se pasa a los aliados de la mano del Mariscal Badoglio, el 2 de septiembre de 1.943, se encuentra en Rastemburgo, en Prusia, en el Cuartel General de Hitler, en compañía de algunos antiguos jefes fascistas que habían abandonado Italia y es uno de los primeros que saludan a Mussolini una vez liberado del Gran Sasso por los comandos SS del Comandante Skorzeny. En 1.944, Evola vuelve a Roma, pero la ocupación aliada le obliga a abandonar la ciudad. De regreso a Austria, en Viena insiste en su proyecto de escribir una "Historia Secreta de las Sociedades Secretas", trabajando sobre los numerosos materiales puestos a su disposición por las autoridades alemanas. Uno de los objetivos de esta obra que jamás podrá ser terminada a causa de las circunstancias era el demostrar, con documentos en la mano, la acción subversiva y antitradicional operada por la inmensa mayoría de la franc-masoneria, antes y después de 1.789.

Y es en la capital austriaca, justo antes de la entrada de las tropas soviéticas en la ciudad, en abril de 1.945, cuando sobreviene el accidente. En el curso de un bombardeo Evola recibe un fragmento de metralla que le ocasiona una lesión en la médula espinal que tendrá como consecuencia una parálisis de los miembros inferiores. Es preciso aña­dir a este respecto que Evola había tomado el hábito de circular normalmente bajo los bombardeos sin colocarse jamás al abrigo.

Tras haber pasado dos años en una clínica austriaca Evola vuelve a Roma en 1.948, aquí encuentra las ruinas, rui­nas aun más espirituales que materiales. Sin embargo, los grupos de jóvenes formados en los duros combates de los últimos meses del fascismo, mantienen valientemente la antorcha, su obra es conocida entre ellos y para ellos escribe en 1.949 un pequeño opúsculo titulado "Orientaciones" en donde indica las posiciones a mantener, política y espiritualmente. En 1.953, aparece "Los hombres y las ruinas", que puede ser considerada como la obra maestra del pensamiento político europeo de la verdadera derecha. La obra contiene definiciones esenciales sobre la doctrina del Estado, el Imperio, la Autoridad, la primacía de la política sobre la economía, del Estado sobre el Demos, el espíritu militar, la guerra oculta, etc... Este libro influencia ampliamente los cuadros de la tendencia "dura" del Movimiento Social Italiano y se puede decir, sin exagerar que una parte de la renovación neofascista que conoce Italia desde hace algunos años parece apoyarse sobre bases doctrinales sólidas facilitadas por la lectura y difusión de Los Hombres y las Ruinas que ha sido ya reeditado varias veces

En 1.949 Evola inicia una serie de traducciones de sus obras a la lengua alemana: reúne y presenta extractos de los escritos de Jacob Bachofen, mitólogo del siglo pasado, traduce "La decadencia de Occidente" de Oswald Spengler y tres novelas esotéricas de Gustav Meyrink. En 1.958, Evola publica "Metafísica del Sexo", seguido en 1.960 de un estudio sobre "El Obrero", obra maestra del gran escritor Ernest Junger, libro muy importante. Y es hacia 1.961 cuando aparece "Cabalgar al Tigre" que permanecerá como el testamento espiritual de Julius Evola, aunque posteriormente haya editado "El fascismo visto desde la Derecha", libro complementario de "Los hombres y las ruinas" y "El arco y la maza", una recopilación de ensayos diversos y títulos aparecidos antes y des pues de la guerra.

El mismo Evola ha dicho de "Cabalgar al Tigre", que era su testamento, añadiendo en "El camino del cinabrio" a este respecto "bajo ciertos aspectos, refleja mi propia vida; las máximas y las orientaciones que se han indicado son también las que yo me he esforzado en general en seguir a lo largo de mi propia existencia". De cierta manera, Evola, con este libro riza en rizo, volviendo a la posición de partida de su juventud, es decir, a una negación radical del mundo actual y sus valores, esta vez" con el apoyo de cuarenta años de investigación.

Hasta el fin de su vida, continúa dando regularmente ar­tículos a revistas de derecha y a órganos doctrinales de orientación tradicional. Su vida se extingue el 11 de junio de 1.974. Debido a malversaciones infames y a la dejadez de los ejecutores materiales de su testamento, los restos de Evola, no pudieron ser inmediatamente icinerados como había solicitado. La icineración se produjo finalmente ello de julio, es decir, un mes más tarde de su muerte gracias a la valerosa intervención de nuestros amigos del Centro de Estudios Evolianos. Luego, hacia finales de agosto del mismo año, nuestros amigos italianos transportaron la urna que contenía las cenizas de Evola al glaciar del Monte Rosa, a 2.500 metros de altura, en la frontera italo-suiza, donde será enterrará conforme a las últimas voluntades del difunto.

II

EN EL MUNDO DE LA TRADICION

A nivel interior

La comprensión de lo que significaba el Orden para el hombre de la Tradición solo es posible haciendo referencia a la doctrina tradicional universalmente extendida de las dos naturalezas y de su oposición. Estas dos naturalezas son la naturaleza terrestre o materia, "fisis" "hyle" para los griegos y la naturaleza divina o celeste o, mejor aún, sobrenatural, la "metatafisis". A nivel microcósmico, toda doctrina verdaderamente tradicional afirma que el hombre está formado por tres entes, de una parte el ente fisiológico, el "soma" y el ente psicológico, "psique", de otra parte el ente metafísico o espiritual, "nous". Para el hombre de la tradición, era evidente el reconocimiento de la insatisfacción fundamental inherente a los dos primeros entes, en tanto que no fueran de alguna manera "absorbidos" por el tercer ente, el ente metafísico, del cual este hombre suponía, presentía, al menos, que era una fuente de perfección.

Desde el punto de vista tradicional, la materia no tiene, en sí misma, ninguna realidad. Está marcada por una necesidad y una privación eterna, es el dominio de las cosas que fluyen, su cuantificación y su divisibilidad infinitas prueban que es el desorden asegurado. Es pesada e informe.

Realizar el ente metafísico, realizarse, es pues, depurar toda la materia que uno lleva en sí mismo, volver a la unidad; es darse un orden, una forma. Es adoptar una actitud -tal es el sentido etimológico de "samadhi"- ante la vida, es construirse, en y por ciertos límites. Tal es el sentido de la antigua máxima "conócete a ti mismo" y de la palabra délfica "nada de más", tal es también la razón de la insis­tencia de los antiguos sobre la noción del limite, que "conduce precisamente -dice Evola- a la exigencia fundamental de circunscribir, activa y conscientemente, el terreno en el cual se puede ser verdaderamente uno mismo".

En el mundo tradicional un medio de conseguirlo era, naturalmente, la existencia de las castas que ordenaban funcionalmente y cualitativamente toda la sociedad hacia lo alto. Se consideraba que el hecho de nacer en tal o cual casta hombre o mujer, en talo tal otra condición, no era un mero azar sino más bien el reflejo de lo que había querido o había sido trascendentalmente, el principio convertido en él "Yo" humano, en el momento de comprometerse en un nacimiento terrestre. La casta permitía al individuo recordar su propia naturaleza. Desde entonces, toda su libertad ,recuerda Evola, consistía en no apartarse, sino, por el contrario en unirse a la matriz más profunda de su voluntad, que está en relación con el misterio de su propia forma existencial, a reducir las tensiones entre las diferentes fuerzas que componen la personalidad y a centrarse sobre la tendencia dominante. La casta era, en suma, el molde al que iban a deslizarse las potencialidades virtuales del ser. Y la jus­tificación del régimen de castas era tan profunda que podía leerse en el Baghavad-Gita (111, 33): "Mas vale cumplir, aun que sea de forma imperfecta, el propio dharma, que realiza; incluso perfectamente, el dharma de otra condición; antes perecer perseverando en su dharma; asumir el dharma de otra condición no aporta más que desgracias".

Romper la ley de la casta era ir en contra de la propia naturaleza, era caer más bajo que por no importa que otra falta. Los que cometían tal acción eran llamados precisamente en la India aria, "pathitas", es decir, los caídos, los que han caído. Igualmente, Evola dice en "Revuelta contra el mundo moderno" que, precisamente la civilización medieval consideraba la rebelión contra la autoridad y la ley imperial como una herejía religiosa y los rebeldes fueron tenidos, no menos que los herejes, como enemigos de su propia naturaleza, contradiciendo la ley de su esencia". Precisamente uno de los méritos de la obra de Evola es que nos ha restituido la mejor vena de la tradición clásica en una época en que sus principios parecían más necesarios que nunca pues, ahora que el marco preestablecido de la casta ha desaparecido, ¿cómo cada uno de nosotros puede desarrollar regularmente sus potencialidades, descubrir su verdadero querer y unirse a sí mismo?

Con la aparición de la "segunda religiosidad" propia del fin del ciclo ¿no ve los horizontes ampliarse ante él y multiplicarse las llamadas y las solicitudes de todo tipo hacia lo suprasensible o, más a menudo, a lo infrarracional? Aquí también la cuantificación exterior marcha pareja con la anarquía interior, signo indiscutible de decadencia, que hace salir una multiplicidad de tendencias, instintos, movimientos irracionales, etc. Frente a esta desintegración del espíritu, en una época en que la desesperanza y la angustia se venden bien, donde se llega a valorizar sistemáticamente la división interior como fuente de tensión creadora, Evola ha recordado en varias ocasiones que la primera tarea que se impone a aquel a quien ha llamado "humedo diferenciado", es la unificación interior, que abre al ser hacia el equilibrio y la armonía. Esta unificación debe hacerse a través del descubrimiento experimental de la tendencia dominante y la transformación de esta en un imperativo ético que rija toda la existencia (nos proponemos volver más ampliamente sobre este punto en la tercera parte de esta obra a propósito de la diferencia entre lo ético y lo espiritual y la superación de lo primero para desembocar en lo segundo).

Pero antes de llegar aquí es preciso decir que el hombre diferenciado puede y debe ante todo, frente al caos de mercancías seudo-espirituales que se instala ante él, guardar una cierta tranquilidad de espíritu, superior a todo apetito de "recetas" para la realización interior y reencontrar, lo que la teología católica llamó el "discernimiento de los espíritus", Es así como empieza la búsqueda del orden a nivel interior.

A nivel exterior

Lo que llama inmediatamente la atención en la concepción tradicional del Orden, es el carácter orgánico, eminentemente flexible y viviente de este Orden, en oposición a todo lo que éste término connota de rigidez e incluso de constreñimiento para los modernos.

En su cúspide, el Orden se confunde con el Principio, que es la suma de la infinitud de posibilidades no manifestadas y manifestadas, las segundas saliendo de las primeras por combinación, por probabilidad. Bajo su aspecto no manifestado, el Principio es la materia prima de los escolásticos, la "prakriti" de la tradición hindú. retención de todos los gérmenes, potencialidad pura e indistinta. Bajo su aspecto manifestado, se puede hablar con propiedad de "Ordo rerum", el orden de las cosas, sometidas a la alternancia de los pares opuestos: construcción-destrucción, vida-muerte, guerra-paz, salud-enfermedad, etc.

Estar de acuerdo con el Principio, estar en el Orden, consiste pues en pasar a la otra orilla, para, desde allí, con templar con serenidad la dualidad inherente a todo lo que; se ha manifestado, el juego sin fin de la alternancia de los contrarios. No regocijarse con la juventud y la vida, no entristecerse con la vejez y la muerte, sino considerarlas con indiferencia. Estar en el Orden, es renunciar al vivir individual frenético y sediento para aceptarse totalmente en tanto que impermanencia universal, remolino en el remolino d; la espiral cósmica. Estar en el orden, es despojarse de todo lo que hay de opaco en el individuo angustiado para acceder: a la dignidad transparente de la Persona, a través de la cual suena el eco del Principio.

Aquí radica la fuente de la práctica de la sabiduría, el no actuar, que recibe indiscutiblemente de la tradición china su mejor formulación. En la óptica taoísta, ya que el mundo es un campo de fuerzas en perpetua interpenetración, ya que el mundo es actividad o proceso, es absurdo buscar por encima de su cabeza razones de actuar. Tal como dijo Allan Watts, "no existe alternativa a la acción, ya que todo es acción comprendidos nosotros mismos. Presentar una acción como motivada traiciona el vacío afamado del ego". La buena conducta, la del sabio, consiste pues en modelarse sobre el Tao del que sin embargo no puede más que el hombre ignorante ni aproximarse ni alejarse. Como el Tao, el sabio no se apropia de nada, no espera nada, no quiere nada, no persigue ningún fin. Pues Lao-Tsé dijo: "Es a través de la ausencia de deseo y de la quietud como el universo se regula a sí mismo" (XXVII)

En esta comprensión muy antigua del Orden, todo reposa sobre la verdadera espontaneidad que está siempre dispuesta a expresarse. Una sociedad idealmente taoísta, guiada por sa­bios se mantendría en lo invariable del medio, en la inmaterialidad esencial del eje de la rueda, guardándose mucho de intervenir, vería al pueblo transformarse en sí mismo, todo esto teniendo la sensación de ser libre y de actuar él misma y en tal sociedad, los actos más arbitral desórdenes parciales no harían evidentemente más que contribuir al Orden total.

Se ve muy bien como, en relación a esta concepción antigua algunas sociedades tradicionales codificadas y ritualizadas, han ido degenerando. La raíz de la palabra "rito" es "ceremonia", lo que más que un orden implica una celebración convencional, es decir, un alejamiento del orden original. En Lao-Tsé, el rito viene des pues de la pérdida de la justicia, que ella misma sigue a pérdidas sucesivas del Tao, de la virtud, de la bondad. El Tao Te King dice a este respecto: "El rito es la cáscara de la fidelidad y de la confianza, pero también es la fuente del desorden, la inteligencia cauta es la flor del Tao, pero también el inicio de la idiotez" (XXVII 1)

De una forma más general, el carácter orgánico de todo orden tradicional está probado por el hecho, dice Evola, de que supone "fuerzas del caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y modela; implica el dinamismo de dos polos antagonistas, cuyo polo superior, ligado al elemento supranatural de las castas superiores, busca arrastrar consigo al otro hacia lo alto, mientras que éste -el polo inferior ligado a la masa, al demos- busca atraer al primero hacia lo bajo". A titulo de ilustración muy particular de esto, puede recordarse que en la Edad Media, locos y los idiotas eran dejados en libertad. Estaban vistos como portadores de influencias determinadas que no era bueno encerrar sistemáticamente. En cuanto a la comunidad de hombres, estaba tan segura de la solidez de su fundamento que podía sin peligro para ella misma, franquear cotidianamente la ancarnación de su propia negación. En el mundo de la Tradición, los Hijos del Cielo deben dominar y elevar a los hijos de la Tierra, pero estos no son nunca excluidos y también tiene su papel a jugar.

En Occidente la mejor representación del carácter dinámico, y orgánico del Orden fue ciertamente el régimen feudal. Este régimen, recuerda Evola "dejó un campo considerable al dinamismo de las fuerzas libres, alineadas unas contra otras, sin atenuación y sin alteraciones -el sujeto frente al señor, el señor frente al señor- de forma que todo -libertad, honor, gloria, destino, propiedad- se fundó sobre el valor y el factor personales y nada o casi nada sobre un elemento colectivo, un poder público o una ley abstracta". Es también por esto que Evola ha podido muy justamente evocar la "soberbia elementareidad" de la Edad Media -época en absoluto uniforme, sino en la que se opusieron, por el contrario, fuerzas simples y desnudas- y no ha silenciado la extrema dureza del régimen feudal. Pero todo esto se acompañó perfectamente de un sentimiento de libertad y solidaridad de hombre a hombre prácticamente inimaginable hoy.

Aspectos de la estética "uránica" de Evola

Estas consideraciones sobre el Orden nos llevan de forma natural a detenernos un instante sobre la estética "uránica" de Evola que se desprende del estilo de sus mismas obras. Ya que el orden es fuente de armonía, la cual, idealmente, es expresión de una relación perfecta entre las diferentes partes de un conjunto. Y para nosotros que también en esto -siguiendo a Evola- somos fieles a la tradición clásica, solo lo que es armonioso es bello ..

Hemos calificado de "uránica" a la estética de Evola, ahora es preciso explicar el por qué, pero recordando en primer lugar que no es evidentemente por casualidad que Evola escogió el prefijo UR para nombrar' al grupo de investigaciones esotéricas que dirigió a finales de los anos 20. En la mitología, Urano simboliza el despertar del fuego primordial. Más ampliamente, el adjetivo "uránico" o "uraniano"; puede aplicarse para designar la, llama pura del Espíritu que se alimenta de sí misma y no arde. En el plano espiritual, Urano evoca un impulso irresistible hacia la trascendencia hacia lo descondicionado, impulso que puede acompañarse con una conciencia aguda y dolorosa de la privación y de la sed inseparables de la condición humana. En el plano psicológico, Urano nos remite a la imagen de una sobrecarga de tensión, de una corriente muy fuerte que tiene necesidad de "pasar" cueste lo que cueste, de un encaminamiento discontinuo, no progresivo, que avanza a través de crisis sucesivas. Sobre el plano estético, Urano se encuentra en todo lo que es austero, monumental, frío, lacónico. Sobre estos tres planos -espiritual, psicológico y estético- Urano es la marca de los "hijos del Norte" -la expresión se entiende aquí sin ninguna referencia a un conjunto étnico o de geografía física, aun cuando la geografía física y la geografía espiritual tengan frecuentemente interferencias- y de la vía que le es propia, la vía heroica. Urano define y circunscribe así una de las "razas del espíritu" de la que nos habla Evola. En Occidente, esta raza ha creado, por ejemplo, la desnudez de las columnas dóricas y ha encarnado el espíritu ascético y guerrero de Esparta. Pero la misma raza del espíritu ha hablado también en Oriente, en el budismo zen precisamente, cuya estética, tal como se nos pre­senta a nosotros a través de las artes que ha influenciado , puede legítimamente, fuera de cualquier sincretismo, ser llamado también "uránica". Queremos presentar corno prueba las 7 características de estas artes, características comentadas por el maestro contemporáneo, Shin'ichi Hisamatsu. Estos 7 caracteres, cuya enumeración no dejará de evocar recuerdos a los lectores asiduos de Evola son:

1) La asimetría: no se percibe la belleza en la regularidad ni en la exactitud "sino por el contrario en la forma tras la que se han superado estos aspectos".

2) La simplicidad: cuya "razón reside en el estado de lucidez desligado, sin objeto particular que se pide al practicante del zen".

3) La austeridad gélida: que es "la belleza potente, la dignidad majestuosa que aparecía cuando la cosa deviene “esencia” sola o “núcleo” aislado, después de que toda superfluidad inútil haya sido eliminada con el tiempo". Ejemplo: el pino viejo que ha perdido su juventud y su ligereza en una lucha sostenida contra el viento y la nieve, se ha convertido en un núcleo provisto de dignidad y de fuerza, sin fisuras.

4) Lo natural o la expontaneidad: "lo que no quiere decir instintivo, ingenuo y sin cambio desde el nacimiento, sino que implica que un ser, a pesar de superabundancia de su voluntad creadora, sabe preservarse de la influencia del artificio",la base natural residente en el estado interesado (Mu-Shin) del Zen.

5) La sutilidad profunda: palabras que, en japonés, evocan lo que está velado, dicho de otra forma "muchas implicaciones y repercusiones en el interior para permitir una expresión fuera", profundidad insoldable, oscuridad, calma.

ó) La libertad descondicionada sin ninguna ligazón con los fenómenos, ni con el despertar, ni con los esfuerzos en vis­tas de ahogar el compromiso.

7) La serenidad: lo que significa estar "calmado en un medio calmado, pero sobre todo, calmado en un medio en efervescencia".

En "Cabalgar al Tigre", Evola ha consagrado una veintena de páginas verdaderamente fundamentales al sentimiento de la naturaleza que debe tener el hombre diferenciado. Fundamentales por que desembocan sobre una visión mágica de la naturaleza que puede borrar la habitual dualidad entre un sujeto y un objeto; fundamentales también por que a este nivel, como en todos los demás, Evola vuelve al leit-motiv de su último gran libro: a saber, que lejos de lamentar la destrucción cada vez más profunda realizada por el mundo moderno de los últimos lazos naturalistas, es decir, del pueblo y de la ciudad, del matrimonio y de la familia, de la patria y, en fin de la intimidad burguesa, con la naturaleza humanizada, es preciso, por el contrario, asumir plenamente estas destrucciones y convertirlas en ventajas para acceder, sobre el plano existencial, a una libertad auténtica. Pero para que la naturaleza vuelva a ser para el hombre moderno lo que había sido para el hombre tradicional -el lugar de estupor original y de una libertad superior- se trata de ponerse en búsqueda del objetivo, "se trata, nos dice Evola, de descubrir el lenguaje de lo inanimado, que no se manifiesta antes que el alma haya cesado de verterse sobre las cosas". Para descubrir este lenguaje, es preciso amar los paisajes "más lejanos, más inmensos, mas calmados, más fríos, más duros" que otros y, para esto hace falta ir "a los desiertos, en las rocas, las estepas, los glaciares, los negros fiordos nórdicos, bajo los soles implacables de los trópicos antes que entre los árboles, los ruiseñores, los bellos jardines" o que enternecerse "ante las puestas del solo los cromos de románticos claros de luna".

Con claridad y para recuperar la expresión muy significativa de uno de los representantes de la corriente de la "Nueva Objetividad", es preciso partir del mundo para mirar el alma y no partir del alma para mirar al mundo, a fin de que todo lo que es humano parezca verdaderamente muy humano, insignificante y risible.

Pero que la palabra "naturaleza" y la evocación de sus paisajes salvajes y desolados no se presten sobretodo a confusión. Nada en la actitud de Evola revela la presencia de una pequeña moralina sofocada por el final del ciclo y por la inhumanidad del mundo moderno, tal como se ve hoy con la presencia de la moda ecológica. Es bueno amar los paisajes desérticos, por que son más grandes que lo humano, pero lo que es superior a lo humano, puede ser también experimentado en el centro del mundo moderno. Es la naturaleza bajo sus dos caras, la naturaleza inviolada y la naturaleza dominada, utilizada, son fundamentalmente una sola y misma naturaleza. Evola recuerda que la naturaleza es también "los diques, las turbinas y las fundiciones, la red tentacular de grúas y los muelles de un gran puerto moderno o un complejo de rascacielos funcionales". Todo, añade, consiste "en saber mantenerse presente, libre a sí mismo, ante una u otra naturaleza, en medio de las estepas o sobre las cumbres casi invioladas, tanto como en las boîtes nocturnas". Esto se une exactamente a la fórmula de choque de otro guerrero, Ernst Junger, que afirma que para el hombre completamente separado e interiorizado "hay bosques en el corazón de las capitales", los bosques designan aquí el lugar donde reina la libertad de espíritu. En varias tendencias de la arquitectura contemporánea, que ha recurrido cada vez más a líneas desprovistas de ornamentos, desnudas, se puede advertir también una inversión de la desnudez dórica. Asumir esta inversión, esta negación y el cuadro esencialmente inhumano que crea, es ya negar y utilizar positivamente la barbarie que se perfila siempre con más claridad en el horizonte de nuestro mundo, barbarie en comparación a la cual, las consideraciones sobre la decadencia están ahora completamente superadas.

III

LA CONCIENCIA DE LOS ORIGENES Y LA VIA HEROICA

Luz del Norte y Luz del Sur

Estas reflexiones sobre la estética de Evola nos han llevado a entrever una forma específica de espiritualidad, la espiritualidad "uránica", así como la vía de su reconquista, la vía heroica.

En la exposición extremadamente documentada hecha por Evola de la doctrina tradicional de las cuatro edades, la espiritualidad "uránica" u olímpica está ligada a la Edad de Oro, que se percibe como "ciclo del Ser, ciclo polar, ciclo de la luz como gloria, ciclo de los Vivientes", en el sentido interno de este término; este ciclo, que conoció la espiritualidad original, se puso a su vez en relación con el Norte, representación del Polo en la geografía sagrada. En su búsqueda sobre la conciencia de los orígenes Evola revela numerosos testimonios en apoyo de esta relación, entre los cuales pueden mencionarse a los siguientes: en la tradición hindú, el saludo; de homenaje a los textos sagrados -anj-ali- se hace siempre; volviéndose hacia el norte; la tradición tibetana hace del Norte el lugar donde renacerá Guesar, el héroe místico e invencible que exterminará a los usurpadores y restablecerá un reino de justicia y es en Shambala, la ciudad sagrada del norte, en donde deberá renacer el Kalki-avatara , aquel que pondrá fin a la Edad Sombría; en la tradición romana, por fin, Virgilio dice que es el Apolo Hiperbóreo quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el sig­no de Roma.

Estos testimonios confirman la perennidad de lo que Evola llama "la Luz del Norte", expresión de la espiritualidad propiamente real de la Edad de oro en oposición a la "Luz del Sur", luz de la Edad de Plata de la que se puede avanzar que fue la edad de la preponderancia de los sacerdotes y de la magia sacerdotal. Todas las corrientes tanto orientales como occidentales, portadoras de la Luz del Norte, se caracterizan por la insistencia sobre el simbolismo solar, "en todas partes -afirma Evola- en que el sol continúa estando concebido en su aspecto de pura luz, como una "virilidad incorpórea" sin historia y sin generación o, en la línea de esta significación olímpica, la atención se concentra sobre la naturaleza luminosa y celeste de las estrellas fijas... subsiste la espiritualidad más altai más pura, más original". Por el contrario, "cuando el centro está constituido por el principio masculino-solar concebido en tanto que vida, pues asciende y declina, que tiene un invierno y una primavera, una muerte y un renacimiento, como los dioses de la vegetación, mientras que lo idéntico, lo inmutable está representado por la madre universal se encuentra ya una civilización de decadencia, en la segunda era, colocada bajo el signo acuoso o lunar". Es la diferencia fundamental entre Apolo, el sol en si, y Helios, el sol bajo la ley de los ascensos y descensos.

A la Edad de Plata y, para descender más en la involución cíclica, a todas las corrientes portadoras de la Luz del Sur, corresponde la dominante de la luna, símbolo del cambio y del elemento femenino, sobre todo sobre el plano de la organización de la sociedad, orientada en el sentido de una ginecocracia. Pero es al nivel del simbolismo celeste y de los culto; funerarios que la antítesis norte-sur se advierte más netamente. El Norte se liga al simbolismo solsticial, con el eje polar norte-sur; el sur, al simbolismo equinoccial con el eje este-oeste. En una glosa muy instructiva, el Emperador Julia no dice a este respecto que el equinoccio es el momento en que el sol parece escapar de su órbita y de su ley, dispersa se en lo ilimitado, alcanzar su momento, en suma, el más antipolar. Y puede también recordarse que el equinoccio de prima­vera era frecuentemente el momento de las fiestas mixtas de la Gran Madre, en ocasiones relacionada con el mito de la emascu1ación de su hijo-amante solar.

A nivel de los cultos funerarios que se recuerdan pueden ~ citarse los ritos de icineración de los Arios de la India, las hogueras alumbradas sobre los barcos celtas o vikingos; lo que refiere también el budismo, que ha continuado adoptan­do el procedimiento de cremación de los cuerpos, lo cual no es por simple azar, cuando se sabe que esta doctrina fue enseñada por un khsatriya, que relacionó míticamente su clan al = linaje solar de Ichvaku y que es -y de lejos entre todas las doctrinas orienta1es- la que presenta más rasgos específica ­mente "uránicos". Así, arden los últimos residuos terrestres de los hijos del cielo, amados de los devas radiantes, que suben a través de los estados del ser progresivamente más sutiles. En el caso de la inhumación, el individuo va a disolver­se en la "Magna Mater" cristiana, origen y fin de su vida efímera. Hemos visto así la expresión de la oposición radical de dos razas del espíritu, de dos aspiraciones verdaderamente incompatibles. Es la razón por la cual la vuelta de Occidente a la práctica de la inhumación, a través del cristianismo, mere ce una muy amplia reflexión. Prueba en todo caso, entre otras cosas, la extrañeidad original de la casi totalidad del cristianismo a la mentalidad del viejo Occidente.

Tradicionalmente, la oposición entre la Luz del Norte y la Luz del Sur nos remite a una oposición entre dos vías, es la distinción operada en la Tradición hindú entre el Deva-yana el sendero de los dioses, y el Pitr-yana, el sendero de los antepasados. Un fragmento del Bhagavad-Gita asocia el Deva-yana al fuego, a la luz, al día, al Norte y el Pitr-yana, al humo, a la oscuridad y a la noche al Sur. El Deva-yana se con funde con la vía heroica. Es la vía de las naturalezas uranias, fundamentalmente insatisfechas por el estado humano condicionado y que quieren romper el círculo aparentemente sin fin del nacimiento y de la decadencia y muerte, para no regresar nunca a una matriz humana. El Pitr-yana, por su parte, es especialmente la vía de las naturalezas que se podrían llamar, muy esquemáticamente dionisíaca y titánica. El ser dionisiaco es un adepto del Carpe-diem, quiere gozar de todos lo; aspectos de la existencia, mientras aun haya tiempo, y la perspectiva de tener que regresar a este mundo -queda claro que según la verdadera doctrina de los renacimientos, no es este individuo quien renace, sino la sed de vivir impersonal que está en él y que se transmite a otra individualidad fisiopatológica- tal perspectiva, pues, regocija más aún, y la vive con gusto. Por encima del ser dionisíaco se encuentra el ser titánico que pretende aceptar en principio toda existencia, comprendidas sus partes más penosas, por que quiere que sea así, a titulo de prueba de fuerza, y que puede alzarse hasta querer el Eterno Retorno del mismo al seno del devenir. Pero, tampoco sobre esta via, hay liberación efectiva.

Oriente y Occidente

Es ahora necesario hablar de la interferencia de la Luz del Norte con el Misterio de Occidente, pues si Oriente puede ser elevado a un espacio más allá del meramente geográfico, si bien puede ser legítimo considerarlo, según la expresión de Herman Hesse, como "patria de la juventud de las almas", no se sabe por qué Occidente no podría estar revestido de la misma dignidad. A diferencia de René Guenon, particularmente, Evola ha afirmado siempre para Occidente en tanto que Idea, la posibilidad de adquirir un valor universal "más allá de toda referencia geográfica o histórica". Ha sostenido también que si una verdadera élite espiritual se formase al fin de la "Edad Sombría", es en Occidente mucho más probable que en Oriente donde se constituiría, precisamente por que Occidente había iniciado su proceso evolutivo antes que Oriente y antes de alcanzar y supe­rar el punto cero de los valores, es allí donde aparecerá primero una reacción saludable por parte de hombres diferenciados. Los hechos parecen dar hoy la razón a Evola. Para convencerse basta precisamente mirar a Oriente. Hay un Oriente eminentemente respetable, el islámico, que permanece por el momento en varios países, bastante próximo al orden tradicional. Este Oriente, precisamente por que es tradicional, no viene a instalar su sabiduría en nuestras tierras. Ciertos países cubiertos por este Oriente vuelven de lejos y, por encima de la eliminación benéfica de las clases dirigentes corruptas y occidentalizadas, quieren incluso, por lo que parece, regresar a las fuentes de la tradición islámica Pero todo esto es muy reciente y demasiado incierto pa­ra que pueda hablarse de un verdadero renacimiento. y además, sobre un plano más amplio, no se ve como Orien­te escaparía milagrosamente a las leyes cíclicas que hacen su trabajo mortífero por todas partes, a través de la modernización y la occidentalización de las formas de vida.

El otro Oriente, está no solo permitido, sino que también es una muestra de salud, el detestarlo cordialmente. Es el Oriente de la India actual, continente de locura indescriptible, de conglomerado racial y físico. Su jungla ha terminado por colocar sus venerables raíces en el asfalto de nuestras grandes ciudades cosmopolitas a menudo a través de seres venidos de allí en estado ruinoso tras la absorción de sustancias alucinógenas. Este Oriente y sus seudo-maestros, Vivekananda, Aurobindo Saravasti y también Krisnamurti -hombres separados incluso de su propia tradición, educados en su mayor parte en colegios anglosajones, que terminan por no ser ni orientales ni occidentales- este Oriente, pues, no puede servirnos para vivificar espiritualmente Occidente . Por el contrario, no será más que un modo de perversión entre tantos otros, un nuevo camino de disolución.

Se quiera o no existe de cualquier forma, un "misterio de Occidente". Pues si Occidente es efectivamente el lugar donde la luz física, sometida al nacimiento y a la decadencia, se apaga, es también el lugar donde la luz inmutable y espiritual se alumbra. Aquí también, como en lo que concierne a la polarización hacia el Norte los testimonios tradicionales que registran una interferencia del polo con el misterio de Occidente son numerosos, en relación con el recuerdo de la Atlántida y de Hiperbórea, conservado en distintos pueblos. Según la tradición egipcia, las primeras dinastías habrían si do constituidas por una raza venida de Occidente, llamada de los "compañeros de Horus", colocada bajo el signo de Osiris, designada a sí misma, como "el primero de los habitantes de la tierra de Occidente". En la misma tradición el rito funerario comprendía la fórmula "¡hacia Occidente¡" y es en esa dirección que comenzaba tras la muerte del iniciado el viaje en la "barca del sol" hacia la Tierra de los Inmortales. En la Odisea, es hacia Occidente que aparece Ulises para alcanzar el otro mundo; es también en Occidente donde se sitúa el jardín de las Hespérides, allí donde los héroes prueban los frutos de la inmortalidad. Es en Occidente-Norte de donde venían los Tuatha De Dannan, los hijos solares de la diosa Dana, fundadores legendarios de Irlanda, posee dores de una ciencia incomparable y, en las leyendas del ciclo arturiano, es en la misma dirección donde se encuentra la isla sagrada de Avalon. Seria inútil multiplicar los ejemplos. Mejor vale interrogarse sobre el significado del misterio de Occidente y el estadio al cual corresponde en la involución cíclica total. "Lo que caracteriza -dice Evola- es un dualismo, y un paso discontinuo la trascendencia es "subterránea". La supra-naturaleza no existe más, como en el estado olímpico, es el fin de la iniciación, objeto de una conquista problemática". El misterio de Occidente pertenece pues a la segunda fase de la tradición primordial y se liga al símbolo solar más estrechamente que al polar. La luz que emana es la del heroísmo, cuyo significado último es el intento de restaurar la espiritualidad original a través de la superación tanto de la Madre como del Titán. Tocamos aquí un estadio en el cual ha aparecido la vía heroica. Es un estadio relativamente tardío que procede de los tiempos históricos y que viene tras las degeneraciones de la Luz del Sur, llamadas por Evola afroditismo y amazonismo y las de la luz del Norte, entre las cuales hay que mencionar sobre todo la desviación titánica que viene a predominar durante la Edad d; Bronce. Son quizás los fragmentos de la tradición germánica los que nos informan mejor del momento transhistórico. Tras la revuelta titánica, sobreviene el advenimiento de todas las potencias elementales, del fuego in feriar del "Sur, mantenidas hasta entonces fuera de los muros del Asgard, el dominio de los dioses. De una for­ma muy sugerente se dice que no solo es el sol "quien ha perdido su fuerza", sino también la luna, que ha si­do devorada por los dos lobos. Lo que quiere decir que la espiritualidad solar, igual que la lunar, desaparecen. El arco Bifrost, que unía el cielo y la tierra, se desploma y el destino de la decadencia -rök- se realiza La tierra es abandonada a sí misma, privada de todo con tacto con lo divino. Es la edad del hierro, la "edad del lobo", tras la del bronce.

Importa insistir muy particularmente sobre este punto pues nos remite a la distinción esencial entre la vía del héroe y la desviación titánica, distinción en la cual Evola ha insistido en diferentes ocasiones. Lo que vuelve absolutamente injustificados los reproches que algunos le han dirigido afirmando que Evola propone una vía de potencia basada en un endurecimiento unilateral del Yo. Esto es falso, total y absolutamente falso. El riesgo de desviación titánica por mala lectura de Evola existe, pero en ningún caso puede atribuirse a su autor Sea como fuere, antes de llegar a lo que pueden significar hoy estos dos conceptos de héroe y titán, es preciso primeramente referirse a las enseñzas tradicionales sobre la vía heroica, la vía del guerrero.

La Vía del Guerrero

Sobre esta vía -y la tradición griega y germánica son formales a este respecto- no hay nunca una revuelta contra el destino, sino cumplimiento total del destino por identificación con él, cualquiera que fuesen las consecuencias. El guerrero trasciende su individualidad identificándose con las fuerzas cósmicas de la destrucción con la faz de la muerte del Príncipe, con Shiva, por referirnos a lo tradición hindú. Lo hace a través de sus pasiones, que no ve como suyas, sino de una forma que podríamos llamar "tántrica", como atenuaciones extremas de poderes, de potencias contenidas en el universo. Ago ta sus pasiones de odio y destrucción remitiéndolas algo infinitamente mayor que él, se "lava ardiendo".Tal es el sentido de la Gran Guerra Santa, cuya guerra física, la Pequeña Guerra Santa, no es más que la manifestación exterior; tal es también una de las enseñanzas del Bagavad Gita donde Evola ha encontrado la más alta jus­tificación metafísica de la vía de la acción y en la cual el dios Krisna, hipóstasis del ser sin forma, enseña al guerrero Arjuna: "Soy yo, quien primeramente = golpea a todos estos guerreros; se solamente tú, hábil arquero, el instrumento en mi mano" (XI,33). Lo cual implica que: "Creer que uno mata, creer que otro es muerto, es igualmente equivocarse; ni uno mata, ni el otro es muerto" (11, 19). Los actos son definidos como "el lazo que encadena al mundo" (111, 9) habitualmente pueden convertirse en medios de liberación cuando son ejecutados en tanto que objeto de sacrificio, sin ningún apego ni interés. Luego viene para el guerrero la revelación del Ser innombrable, bajo el aspecto de la mordedura devoradora del tiempo, que disuelve los mundos: "Así como las olas de los ríos que ruedan raudas hacia el océano, igualmente los héroes se precipitan en tus mandíbulas ardientes" (XI, 28). Es el momento de la "mors triunphalis", de la muerte realizada como una necesidad para destruir el soporte carnal convertido en incapaz de acoger una energía suprahumana. Es el paso, la iniciación del guerrero. En la tradición nórdica, los mejores de entre los guerreros, los Einheriar, es decir, los que "combaten aislados", son llevados por las walkirias al Walhalla. Todos son invitados a beber la hidromiel sagrada en la mesa de Odin, el rey de los dioses, el cual, sea cual fuere la causa terrestre por la que han combatido, lo que nos recuerda la famosa frase de Nietzsche "Decís que es buena la causa que santifica la guerra, pero yo os digo que es buena la guerra que santifica toda causa", Odin los recibe en su palacio y corno para el héroe no hay revuelta contra el destino, no existe tampoco revuelta contra los dioses. Por el contrario, hay colaboración entre ellos y las fuerzas que combaten al caos, lo que pone de relieve la importancia decisiva del papel que corresponde al héroe . Hércules ayuda a los olímpicos a vencer a los titanes y entre los germanos, Odín llama a los Einheriar para combatir el desencadenamiento de las potencias elementales; Dioses y héroes perecen todos en el incendio cósmico final. Todo esto contribuye a demostrar que, en las antiguas tradiciones, el heroísmo fue también una vía total de realización.

IV

ACTUALIDAD Y SITUACION DE LA OBRA DE EVOLA

Problemática existencial del hombre moderno y vocación heroica

Es preciso ahora, para iniciar la cuarta parte de esta obra, definir rápidamente la problemática existencial del hombre moderno diferenciado, es decir, del hombre que vive en el mundo moderno, aun sabiendo que su naturaleza profunda es radicalmente extraña a este. Frente a esta problemática, no se hablará ya de una vía heróica, habiéndose perdido, sino de una actitud o, mejor dicho, de una vocación heroica. Esta vocación, el hombre diferenciado la reconocerá como una predisposición natural que le impulsa a no huir del mundo, sino a asumirlo, si es posible bajo todos sus aspectos.

A este respecto, el hecho de que Evola haya escrito un libro como "Cabalgar al Tigre" debe disipar algunos equívocos que se creían poder deducir a través dé los textos procedentes una impronta prusiana extraña para un italiano, pero tras "Cabalgar al Tibre" tal equívoco se ha disipado para dar lugar a una adaptabilidad, a una adecuación perfecta a las situaciones. Por otra parte, incluso si "Cabalgar al Tibre" no hubiera sido escrito, en la introducción misma de "Revuelta contra el mundo moderno" se hubieran encontrado motivos más que suficientes para desmontar esta acusación de rigidez, ya que Evola decía que el único punto de partida, por difícil que fuese, era el de ser capaz de asumir en bloque el mundo moderno, hasta percibir su sentido final. Pero con la publicación de esta última obra, todo ha quedado mucho más clarificado. "Cabalgar al Tigre" impide abso­lutamente que pueda hablarse de Evola como de un nostálgico de no se sabe que paraíso tradicional, o de un romano extraviado en nuestro siglo que se alimenta de la morgue y del desprecio. A este respecto, todos los calificativos que algunos le han dirigido elogiosamente como, por ejemplo, el de "último gibelino", o "último gran aristocrata", "gran reaccionario", para no hablar de otro político y particularmente ridículo, no son más que literatura y coquetería inútil... Pues si hubo jamás un hombre por encima de su tiempo y plenamente consciente del por qué le había sido dado el vivir en este tiempo, este fue Evola.

Además y para pasar a un nivel más elevado, no puede olvidarse sobre todo que Evola no concibió jamás a la oposición entre el mundo tradicional y el mundo moderno como una oposición histórica, sino más bien como una oposición metafísica y morfológica. El mundo tradicional y el mundo moderno son considerados por él como "dos tipos universales, dos categorías apriorísticas de la civilización", lo que le permitirá afirmar: "... el hecho de que las civilizaciones de tipo tradicional se sitúen en un pasado en relación a la época actual es algo completamente accidental". Si Evola se refiere constantemente a formas, instituciones y conocimientos no modernos, es por que "estas formas, instituciones y conocimientos resultan ser, por su naturaleza misma, símbolos más transparentes, aproximaciones más estrechas, de lo que es anterior a los tiempos y a la historia, de lo que pertenece pues al ayer tanto como al mañana, y puede solo producir una renovación real, una "vida nueva" en quien es aún capaz de recibir la". Por esto, Evola no ha dudado en aclarar -insistimos- "que el destino del mundo moderno no es en absoluto diferente ni más trágico que el advenimiento sin importancia de una nube que se eleva, toma forma y desaparece sin que el libre cielo pueda verse alterado". Lo que enlaza exactamente bajo otra forma, con lo que dijo René Guenon hacia el final de su obra maestra "El reino de la cantidad y los signos de los tiempos", a saber, que el fin del mundo moderno no será sino el fin de una gigantesca ilusión.

Pero antes de intentar asumir el mundo moderno, es preciso haberlo comprendido en profundidad. Lo que caracteriza todo lo que es moderno, es decir, para nosotros occidentales, todo lo que se desarrolla a partir del seudo-renacimiento, es, dice Evola, un "irrealismo radical, una inorganicidad fundamental". En el mundo moderno, tanto interior como exteriormente, nada ., e tá vivo, todo es destrucción. Los hombres modernos no vi­ven, no conocen más' que el reflejo de si mismos. Con la psicología primero, luego a través del psicoanálisis, han buscado y buscan explicarse, encerrándose así, cada vez más en sus fantasmas. Este prisma del reflejo de la imagen, que falsea todos los momentos de la existencia, ha llegado hoy a establecer un poder absoluto sobre los hombres. A este respecto, el desarrollo sin precedentes desde hace un siglo de las técnicas de reproducción, con los descubrimientos e invenciones de la fotografía, el cinematógrafo y la televisión, debe ser visto como un signo de los tiempos, un signo decisivo, anunciador del extremo fin de la edad sombría. Es con mucha agudeza que un par de siglos atrás, el filósofo alemán Luwdig Feuerbach escribía: "y sin duda nuestro tiempo ... lo que es sagrado para él, no es más que la ilusión, lo que es profano, aquello es la verdad. Mejor : lo sagrado crece a sus ojos en la medida en que decr~ ce la verdad y que la ilusión crece, si bien el colmo de la ilusión es para él también el colmo de lo sagra do".

Hemos llegado de hecho al tiempo del Ultimo Hombre, proféticamente descrito por Nietzsche. El último hombre "que empequeñece todo lo que toca, cuya calaña es tan indestructible como la del pulgón" pues es "el que vivirá más tiempo", dice "hemos inventado la felicidad. Habrán abandonado los parajes donde la vida es dura; pues tienen necesidad de calor. Amarán aún a su prójimo y lo frotarán con ellos pues necesitarán calor ... ¿Quien querrá aún gobernar? ¿quién querrá obedecer? Lo uno y lo otro son muy penosos. ¡No hay pastor y sí un solo rebaño Todos querrán la misma cosa, todos serán iguales",

El situacionista Guy Debord que ha analizado con una finura extraordinaria los mecanismos de alienación de las últimas formas del mundo moderno, ve en nuestra sociedad -y por ello entiende con razón lo que pasa tanto en Washington como en Moscú, en París o en Pekín- la sociedad del espectáculo. El espectáculo es definido como una relación social "entre personas, mediatizada por imágenes", como "imagen de la economía reinante", que se somete "a los hombres vivientes en la medida en que la economía los ha sometido totalmente", pues "no existe más que economía desarrollándose para sí misma". Otra de las características de nuestro mundo, del mundo del espectáculo es la tautología: "sus medios son al mismo tiempo un fin", "no quiere llegar a nada, más que a sí mismo". "Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna", En un universo así añade Debord, "la vida terrestre se convierte. en opaca e irrespirable. No deshecha solo el cielo, sino que alberga en él su recusación absoluta, su paraíso falaz. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión finalizada en el interior del hombre". Bastante lógicamente, por poco que se reflexione, Debord coincide así, en su des­cripción de nuestro mundo con Evola quien dice que la ciencia moderna "facilitando hoy los medios de controlar y utilizar todas las fuerzas de la naturaleza según los ideales de una búsqueda arhimánica del mundo, ha hecho nacer la tentación más peligrosa que se ha podido ofrecer jamás al hombre: la de considerar como una gloria su propia renuncia y confundir la potencia con el fantasma de la potencia".

Cualquiera que sea el nivel en el cual debe realizarse el hombre diferenciado que quiere poner a prueba su vacación heroica debe, en primer lugar, según Evola, "romper todo lazo con lo que está destinado a desaparecer en más o menos breve plazo". La primera tarea será "mantener una dirección general sin apoyarse sobre ninguna forma dada o transmitida, comprendidas las del pasado, que son auténticamente tradicionales, pero que pertenecen a la historia". Este hombre deberá aprender a formarse íntima mente y a conferir a su línea de conducta un "carácter autónomo y un valor inmanente e individual", lo que significa "que la atracción ejercida por perspectivas positivas a más o menos breve plazo no debe jugar un papel importante". Debe pues aprender a vivir en el presente, aquí y ahora.

Vocación heroica y combate político

El primer molde sobre el cual puede fundirse una vacación heroica es el molde del combate político de la verdadera derecha. A este respecto la expresión "verdadera derecha" no puede inducirnos a error. Empleándolo no pensábamos evidentemente en las clasificaciones habituales al uso de las pequeñas políticas cotidianas. Lo empleamos pues creemos que existe, en un nivel que podríamos llamar casi existencial, una oposición entre un tipo de hombre de derecha y un tipo de hombre de izquierda. Tres rasgos dominantes nos parecen definir, a este nivel, al hombre de derecha: Un sentido innato de las jerarquías naturales; el conocimiento de que todo orden humano verdadero no es más que una transposición de un Orden "celeste" o supra-humano; y una comprensión de la libertad tal que implique ante todo deberes y no derechos.

Hablemos pues del combate político. Pero no de cualquier combate. Aquí también, es preciso eliminar ilusiones. Evola había escrito en "Los hombres y las ruinas" por que la situación de los años 50 en Italia y fuera de ella le había sugerido que valía aun la pena que se intentara una acción rectificadora teniendo por fin una unidad europea a fin de hacer frente a los dos bloques, capitalista y comunista, surgidos de los acuerdos de Yalta. Pero tras haber, en este terreno como en todos los demás, "hacer lo que debía hacerse", Evola ha reconocido en "Cabalgar al Tigre" que "las condiciones necesarias para alcanzar un resultado, apreciable y concreto, en una lucha de este tipo están actualmente ausentes". Que esto sin embargo no paralice la acción del combatiente político: debe estar solamente dispuesto a combatir, con toda lucidez, aún en posiciones perdidas. Que lo haga con claridad, sin ningún gusto "celiniano" por el fracaso en sI mismo, aún menos pensando en la situación de "maldito" que sería la suya a causa de la derrota de 1.945. Que no descienda a ningún compromiso bajo pretexto de oportunidad. Que esté en guardia ante el vocabulario político moderno, y que sea consciente, por fin, de que las palabras son portadoras de influencias positivas o negativas Que testimonie, en la esfera política, los valores metapolíticos ordenadores de este Estado ideal del que nos habla Platón en "La República", Estado "que existe en el cielo para todo hombre. que quiera verlo y viéndolo, ponga en orden su vida interior"; que se convierta en un verdadero militante, en el sentido etimológico del término es decir, un soldado que "para actuar y alcanzar una me­ta, así es como lo subraya Evola, no exija anteriormente ninguna justificación trascendente, ni ninguna seguridad casi teológica respecto a la justeza de su causa"; en fin, que se refiera a las dos experiencias pasadas, la experiencia fascista y la experiencia nacional-socialista~ pero con una mirada crítica y distanciada. Al respecto de la primera experiencia, debe comprender que si "las ideas fascistas deben ser aún defendidas, deberían serlo no en tanto que tales, sino en la medida en que represen tan, bajo unos rasgos particulares, la expresión y la afirmación de ideas anteriores y superiores al fascismo" Respecto a la segunda experiencia, la experiencia nacional-socialista, el combatiente de la Tradición entre la pureza del movimiento en sus inicios, pureza encarnada en algunos hombres y el titanismo inherente al poder que terminó predominando tras 1.933. si hay alguien que conozca la doctrina de los ciclos, no se extrañará y se asegurará de que también esto estaba en el orden de las cosas. El nacional-socialismo, no sentó las premisas de algo nuevo, sino que más bien fue el último sobresalto de energía de una élite, aunque todo lo que cierra un ciclo está ya en el umbral de lo que se abrirá en el ciclo siguiente. El sentido último de este fenómeno metapolítico, es decir, el de un suicidio sacrificial colectivo, se desvelará a si mismo en quien medite sobre el fin del nacional socialismo, sobre "el crepúsculo de los dioses" de Wagner interpretado sin interrupción en radio Berlín por orden del Fuhrer, los últimos días del Reich, y sobre el hecho muy sintomático de que los últimos alemanes que se opusieron heroicamente, junto a combatientes europeos de varias nacionalidades, al avance de las ardas bolcheviques, fueron en su mayoría los ancianos de la Volkstrum y los niños de las Hitler Jugend. En lo que pasó en Berlín en 1.945, en ese enfrentamiento de niños que habían recordado como se amaba al sol y en quienes parecían condensarse todos los destinos de una raza,. de un lado, y los mongoles borrachos de alcohol, quemando, violando y dedicándose al pillaje, al servicio de la ideología más desviada que haya podido concebir jamás cerebro humano, de otro, en este enfrentamiento todo hombre llamado a una vocación heroica y ligado a la causa sagrada de Occidente, debe ver uno de estos momentos privilegiados de la historia donde el mito hace su irrupción en medio de las luchas de los hombres para mostrarles un significado más amplio. Este hombre debe ver aquí la reproducción, al nivel microcósmico, de las enseñanzas de la tradición nórdica sobre el Ragna-Rök, sobre el combate final de los dioses y de los héroes contra las fuerzas liberadas del caos.

Vocación heróica y realización ética

El segundo nivel de integración de la vocación heroica es el de la realización ética. Es el nivel donde, en lugar de poder dirigirse uno mismo, se obedece. La realización ética, es frecuentemente, la realización de quienes F. Schuon ha llamado en su clasificación de los diferentes temperamentos espirituales, los "volitivos", para distinguirlos de los "gnósticos" que, solos, .realizan verdaderamente el modelo metafísico. Los "volitivos" se apoyan, no sobre lo que es, sino sobre lo que debería ser, no sobre los que están, sino sobre los que deberían estar. Existe en ellos una comprensión "voluntarista" de la Via, más meritoria en un sentido que la de los gnósticos”, pero menos verdadera. La realización ética es el primer estadio de unificación del Yo, lo que consiste, dice Evoca, en darse una ley, hacer “coincidir el propio ser y el querer”. Es la ascensión hacia la autonomía. Esto, continúa Evoca, permite resolver el problema “sobre el plano de la forma; de la determinación o si se prefiere de la individualización; lo que da una base suficiente para orientarse, cualquiera que sean las contingencias”.

Pero este plano, el plano ético, adolece de falta de transparencia y no contiene un sentido absoluto si se le detiene, precisa Evola, "se es activo en tanto que se quiere ser uno mismo, pero no en tanto que se es tal como se es y no de otra forma". El gran peligro, en el nivel ético, es olvidar la vulnerabilidad esencial del Yo empírico, gracias a la estructura unificadora que el ser se bate en torno a su Yo y decaer en un endurecimiento arrogante y estoico de la individualidad. Pues esto, es la muerte interior.

Vocación heroica y realización espiritual

En un tercer y último nivel, el de la realización espiritual propiamente dicha, el calificativo de heroico ya no conviene, es superfluo. No hay realización de algo sin realización pura, visión de las cosas tal como son, conocimiento trascendental. El yo, visto como vacío y sin realidad propia en un momento intemporal está totalmente desmontado, hundido, lo que confiere a todos los aspectos de la existencia una espontaneidad que hace que no pueda hablarse aquí de heroísmo. Es la octava etapa -ocho es la cifra que se abre al infinito- en la tradición extremo-oriental, de la doma de la vaca, la vaca es el símbolo, en esta ocasión, de la naturaleza original del hombre. Es el satori-acontecimiento, el Despertar descrito así en un admirable texto Zen: "Desaparecidos los sentimientos que nos inducen al equivoco; negada la misma idea de santidad, no se esfuerza en ser un Buda, se burla de no ser uno, no difiere de la idea de Buda. En él no existe fisura ni dualismo. Un millón de ojos no descubrirían en él el menor defecto, ni la menor falla. Cuando reina este estado, el espíritu de los viejos maestras se ha manifestado". Es el ascesis más allá de la autonomía, la anomia positiva, la "impecabilidad" desde esta vida hacia la cual se ponen en marcha los verdaderos gnósticos, entre los que Evola ha ocupado un puesto destacado en nuestro siglo, gnósticos a decir verdad muy alejados de los que renacen desde hace un tiempo -es aún una moda reciente, no recuperada en su totalidad por el sistema- del lado del underground, quienes, para compensar el hecho de no ser más que "estudiantes en revoluciones" (Debord) en lugar de revolucionarios, giran su mirada hacia los marginales del Bajo Imperio.

En el nivel de esta "impecabilidad" la máxima de Nietzsche "lo que no me destruye me fortalece" es ya inutilizable. Pues hace ya mucho tiempo que no intenta probarse a sí mismo. "El estado del que se trata, afirma Evola, es el del hombre que, seguro de sí por que es el ser y no la vida, que es el centro esencial de su persona, puede aprovecharlo todo, abandonarse a todo y abrirse a todo sin perderse: aceptar, de este hecho no importa que experiencia, no para probarse y conocerse, sino para desarrollar todas sus posibilidades en vistas a las transformaciones que pueden producirse en él, en vistas de los nue vos contenidos que pueden, por esta vía, ofrecerse y revelarse. "Es el perfecto distanciamiento, el estado del hombre que, según palabras de Nietzsche, tiene un "cuello de toro" pero una "mirada de ángel", al que nada puede manchar.

Sin embargo, para el hombre diferenciado de nuestro tiempo, hay pocas ocasiones de alcanzar estas cumbres de la vida interior. No es mas que a través de una crisis o de una sucesión de crisis como puede conocer la experiencia de la trascendencia, experiencia que le abre, no a otro mundo, a otra realidad, sino a otra dimensión de la realidad. Por lo que respecta a lo espiritual, más aún que en ningún otro dominio, debe de tener en él una disposición sacrificial. Lo esencial para él es realizar = una orientación fundamental que se imprimirá en todo el ser con, al mismo tiempo una conciencia afinada y ampliada de los horizontes de la existencia comprendida, para recuperar una fórmula extremo-oriental, como "un viaje de noche". Un viaje, es decir, algo que tiene un "antes" y un "después", lo que nos remite a la doctrina tradicional de la pre-existencia, de la que Evola dice que "representa un elemento absolutamente esencial de la actitud requerida para permanecer en pié en nuestros días" y "cabalgar al tigre", así como a una contemplación especial de la muerte.

Pero, en último análisis, todo está en función de la profundidad de la vocación heroica, ya que Evola en su libro más existencial, vuelve sobre la vieja identificación con el destino, al "amor fati". Tan numerosos como puedan ser para el hombre diferenciado, los aspectos del mundo moderno extraños a su naturaleza y susceptibles de herirlo, debe convencerse que está en este mundo, aquí y ahora, lo que no es el resultado ni de un azar brutal, ni de una falta, ni de un pecado, sino por que ha querido estar en virtud de una elección trascendental para medir se a la vida de un mundo que no es normalmente el suyo.

Evola y el cristianismo. Visión aria del mundo

La visión que Evola tiene del cristianismo nos remite a un punto absolutamente capital de su pensamiento. Es preciso decir que la actitud de Evola evolucionó poco con respecto a su anticristianismo. La moral evangélica permaneció siempre ajena a su mentalidad de khsatriya y no le impidió ver en ella y en alguno de sus aspectos, ciertos fermentos de la subversión antitradicional. Niega la presencia en el cristianismo de los orígenes, de una gnosis auténtica. Su sentido de lacción, de la responsabilidad y de la dignidad en la ascesis le volvían impermeable a una religión que afirma que todo es Gracia. Sin embargo, todo ello no impidió a Evoca reconocer en el catolicismo de la antigüedad un factor de autoridad y de equilibrio en la historia de Occidente. Un factor de autoridad, pero también un límite, debido a sus orígenes que impide a los occidentales, salvo, quizás a través de ciertas corrientes del monaquismo y de la caballería medievales, expresar sus cualidades de base en la búsqueda del conocimiento, con la consecuencia de que sus cualidades, sin encontrar una desembocadura, se perdieron en conquistas titánicas. Sobre el plano existencial y contemporáneo, Evoca, en fin, afirma muy justamente que el cristianismo era mucho… o demasiado poco: es mucho para algunos, si se concibe como una vía de renuncia, como la vía monástica –y precisamos que la palabras “renuncia” no se toma aquí en un sentido negativo, pues la regla de San Benito, que ha inspirado al monaquismo occidental, es un modelo de equilibrio- y con los riesgos que implica; es muy poco si se piensa solo en las formas devocionales. En relación a esta situación, la vía propuesta por Evoca, la vía del drama, del “cabalgar el tigre”, no está del todo entre el demasiado y el demasiado poco. Está en otra parte y, sobre esta vía abrupta, no se trataría, en principio, ni de crisis religiosa, ni de sentimiento de estar abandonado por Dios. La crisis religiosa, si sobreviene, sería interpretada como incapacidad de sostenerse sin apoyo en el período post-nihilista, en el seno del cual nos encontramos, pero el abandono por parte de Dios es imposible, ya que esta vía postula la superación tanto del teismo como del ateismo.

Sin embargo esto no es lo esencial. La oposición profunda se sitúa en el nivel de la visión del mundo. Es aquí donde la divergencia fundamental alcanza las más altas especulaciones del pensamiento ario, tanto el de Occidente como el de Oriente y el cristianismo que, en buena parte, es una encarnación de la Luz del sur. Lo que sorprende a todo espíritu ario del cristianismo es su antropocentrismo. Hay en la óptica judeo-cristiana esta insoluble contradicción: que el hombre no es nada en relación a Dios, pero Dios es solo concebido en función del hombre. Para el espíritu ario, el cristianismo equivoca al hombre asignándole un papel muy particular y único y dando a esta tierra una importancia especial, mientras que todo, empezando por nuestra razón, concurre a probarnos que estamos íntegramente en el juego del Principio que no es ni bueno ni malo, sino indiferente. Y, so bre todo, con su hipótesis creacionista y su doctrina de la Redención, el cristianismo introduce en el mundo la finalidad, la finalidad que asegura y limita al mismo tiempo, el hecho de perder en el devenir "su inocencia", como decía Nietzsche.

De este punto de vista, Evola no podía sino sentirse mucho más próximo a dos doctrinas orientales radicalmente anti-finalistas, a saber, el tantrismo y el budismo. Sin forzar las cosas, se puede decir, que ha expuesto, en una formulación occidental, una visión tántrica del mundo. En esta visión el mundo es la manifestación libre de la Shakti, cuyo nombre tiene por raíz SHAK que significa "capaz", tener la fuerza de hacer. El mundo es visto en tanto que potencia, la SHAKTI estando en cada poder, el "poder en tanto que tal", la que sostiene todas las cosas sin tener en sí misma "ningún sustento". No es más que por su poder que Brahman crea, que Visnhu conserva y que en el fin de los tiempos, Shiva disuelve el universo. Pero preguntar por qué la SHAKTI se manifiesta, por qué hay creación, conservación y destrucción es un punto de vista muy humano, es para hablar en términos Zen "querer poner patas a la serpiente". La SHAKTI se manifiesta sin ninguna incomodidad, ni constreñimiento, no conoce más que su propia espontaneidad, los tantra dicen que su. substancia es fuego (Lilamaya-shakti).

En el budismo se viene a decir, poco más o menos la misma cosa, pues para·que haya despertar, es necesario precisamente haber cesado de proyectarse sobre el mundo, haber suspendido todo juicio, toda interpretación individual, haber abandonado definitivamente el "por qué" y el "como". Es la experiencia-del Satori en el Zen del que Evola ha hablado muy extensamente en "Cabalgar al Tigre": "El ciprés en la explanada, una nube que proyecta su sombra sobre la colina, la lluvia que cae, una flor que se abre, el monótono rumor del cimbrearse de las hojas; todos estos hechos "naturales" y banales pueden pro vacar la iluminación absoluta, el satori: estos hechos ~ precisamente en tanto que carecen de significado, de finalidad, ni dé intención, tienen un sentido absoluto. Es así como aparece la realidad, en la cualidad pura de las "cosas-que-son-como-son".

La concepción no finalista del mundo fue también conocida en Occidente, especialmente en las formas purificadas del dionisismo y fue reencontrada por Nietzsche que dice en "Así habló Zaratustra": "He colocado sobre todas las cosas esta libertad, esta serenidad celeste, el día donde he ensenado que encima de ellas y por ellas no hay un querer eterno que actúe".

Antes de concluir resta solo situar la obra de Evola en relación a la de Guenon. Antes de interrogarse sin fin sobre la primacía originaria del sacerdocio sobre la realeza, o recíprocamente, vale más mostrar la complementareidad de las dos obras y mencionar de paso las desviaciones posibles por una mala lectura.

Evola es complementario de Guenon en la medida en que, tras la aproximación al mundo de la Tradición desde el punto de vista del Brahman, intentada por Guenon, él ha dado la aproximación de un Khsatriya. Esta aproximación ha sido mucho más existencial y, si nos referimos al estilo de las dos obras -lo que no es criterio en sí- menos impersonal. De la primera característica, sería absurdo querer extraer una superioridad de Evola sobre Guenon, sí mismo, sería igualmente absurdo querer resaltar la superioridad del segundo sobre el primero, Guenon ha tenido plenamente razón en mantenerse siempre al nivel de los principios y Evola ha tenido también razón en dar prueba en su obra de la "frialdad apasionada" del Khsatriya, que implica que en toda acción se puede estar simultáneamente comprometido y desprendido.

El fariseismo parece ser la principal desviación posible de Guenon. Se trata de una comprensión rígida y fija de la Tradición, de una adhesión solamente intelectual a principios, con dos consecuencias obligatorias: primeramente, una cierta rigidez expresada o de hecho; en segundo lugar una voluntad de ignorar o incluso de desprecia sistemáticamente encarrilamientos más existenciales hacia la Tradición -encarrilamientos que irán de todas maneras multiplicándose en nuestra época- bajo el pretexto de que no entran en el cuadro de una ortodoxia preestablecida. La segunda desviación posible es aquella que consiste en lo que podría llamarse un sincretismo superior. Esta desviación es imposible con Evola, a causa de la oposición esencial desprendida por él entre la Luz del Norte y la Luz del Sur, ante la cual la oposición incluso existente entre Oriente y Occidente pasa a segundo plano. La sola desviación posible en Evola es el titanismo, que puede cubrir aspectos muy diferentes sobre los cuales hemos insistido en varias ocasiones.

Es interesante insistir sobre el hecho de que Evola, a diferencia de Guenon, quien ha pretendido ser el único en haber presentado las doctrinas orientales desde el punto de vista tradicional -lo que no estaba exento de humor para quienes conocían lo que había escrito primeramente sobre el budismo- no ha pretendido jamás hablar ex-cathedra. Esto es importante, pues arruina el reproche que algunos han hecho a Evola de haber hablado de varias vías tradicionales sin haber entrado en ninguna ~ de las que aún hoy son practicables.

A titulo de comparación en lo que concierne a la actitud que tenemos respecto a la obra y la persona de Evola citaremos, en principio, un extracto de un artículo de Michel Valsan, aparecido en la revista "Estudios Tradiciona1es", en donde se escribe sobre la obra y la persona de René Guenon: "Conviene precisar que el privilegio especial que tiene esta obra de jugar un papel de criterio de verdad, de regularidad, y de plenitud tradicional ante la civilización occidental, deriva del carácter sagrado y no individual que ha revestido la función de René Cuenon. El hombre que debía cumplir esta misión fue enteramente preparado desde lejos y no improvisado. Las matrices de la sabiduría divina habían predispuesto y formado su entidad según una economía precisa y su carrera se realiza en el tiempo a través de una correlación constante entre sus posibilidades y las condiciones cíclicas exteriores". Esto implica revestir a René Guenon de una verdadera infalibilidad en la interpretación de las enseñanzas tradicionales. Nosotros nos guardaremos muy bien de hacer otro tanto con Julius Evola, sabiendo que, para los discípulos, la mejor manera de honrar al maestro es no ser siempre discípulos suyos, siendo así que el mejor maestro es aquel del que uno se puede reir.

Philipe Baillet.

 

Julius Evola, Reaccionario Radical y Metafísico Comprometido. Alain. de Benoist

Julius Evola, Reaccionario Radical y Metafísico Comprometido. Alain. de Benoist

Biblioteca Evoliana.- Este largo ensayo fue redactado por Alain de Benoist como prefacio para la edición definitiva de "Orientaciones" y "Los hombres y las ruinas", en n volumen de las "Obras de Julius Evola" que apareció en enero de 2002 en las Edizioni Mediterraéne de Roma. Fue publicado posteriormente en el número doble 53-54 de la revista francesa Nouvelle Ecole, año 2003, páginas 147-169. Nos ha sido remitido por su traductor José Antonio Hernández García. El artículo puede ser considerado como la toma de posición de la Nouvelle Droit ante el pensamiento de Julius Evola.

JULIUS EVOLA, REACCIONARIO RADICAL Y

METAFÍSICO COMPROMETIDO

Análisis crítico del pensamiento político de Julius Evola


Alain de Benoist

Traducción de José Antonio Hernández García

En El camino del cinabrio, Evola cuenta la sorpresa que se llevó al regresar a Roma en 1948 1 y constatar que todavía existían en Italia «grupos, sobre todo de jóvenes, que no se dejaron arrastrar por el hundimiento general. Particularmente en esos medios mi nombre era conocido y mis libros eran muy leídos»2. Es gracias a dichos jóvenes –lo que después confirmaría reiteradamente3– que el autor de Rebelión contra el mundo moderno decide redactar, primero, un folleto titulado Orientaciones –cuya primera edición apareció en 1950 a iniciativa del grupo fundador de la revista Imperium, que entonces dirigía Enzo Erra–, y tres años después el libro Los hombres y las ruinas, que fue publicado en las ediciones romanas dell’Ascia. Con estas dos obras, Evola quería responder a la demanda que sus jóvenes lectores le habían hecho para obtener de él las «directrices capaces de conferir una orientación positiva a su actividad». Él mismo describiría a Orientaciones –en el prefacio que escribe para la edición de 1971– como una «rápida síntesis provisional de algunos puntos esenciales y generales», síntesis destinada a proponer, no tanto órdenes o un programa político sino «consignas» de valor existencial destinadas a «aquellos que seguramente combaten estando conscientes que la batalla estaba materialmente perdida». Pero es también en este pequeño libro donde escribe las siguientes líneas: «Estamos hoy en medio de un mundo en ruinas. Y la cuestión que hoy debemos plantearnos es ésta: ¿existen todavía hombres de pie entre estas ruinas? ¿Y qué deben hacer, qué puede aún hacer?» Los hombres y las ruinas le permitiría responder de manera más completa a esta cuestión

Tomando en cuenta lo anterior, quizá podríamos considerar Orientaciones y Los hombres y las ruinas como simples escritos de circunstancia; pero eso sería un error, al menos por dos razones. La primera es la influencia considerable que ambas obras no han dejado de ejercer desde la época en que fueron escritas. De ello dan testimonio el gran número de ediciones y traducciones de las que han sido objeto4; Orientaciones y Los hombres y las ruinas han servido indudablemente de «lectura de despertar» a varias generaciones de jóvenes, salidas particularmente de los medios de la derecha radical. Allí encontraban una síntesis de las ideas políticas de Julius Evola, a las que accederían de manera relativamente fácil, y no hay duda de que, en muchos casos, es gracias a la lectura de dichos libros que comenzaban a familiarizarse con el pensamiento evoliano, lo que les permitiría descubrir después otros aspectos más propiamente metafísicos.

La segunda razón es que ambos libros están lejos de constituir un bloque marginal o aislado en la obra de Evola. Éste, prácticamente jamás había dejado de escribir –al menos desde inicios de los años treinta si no es que desde finales de los años veinte– textos de carácter directamente político. Ese rasgo es uno de los que distinguen claramente la corriente de pensamiento «tradicionalista» con la que generalmente se le relaciona. Contrario a otros teóricos de la Tradición, desde René Guénon hasta Frithjof Schuon, Evola constantemente tomó posición sobre problemas políticos y él mismo adoptó posiciones políticas, especialmente en sus artículos de periódicos y revistas, la mayoría de los cuales se han reunido en forma de libro sólo hasta después de su muerte5. Esta particularidad, que ha hecho que su obra se considere una

sorprendente mezcla de inactualidad aristocrática, de intempestividad soberana o de supra-historicidad metafísica, y con una continua implicación en problemas de actualidad, de compromiso en el campo ideológico-político6,

está en relación, sin duda, con su voluntad de afirmarse como un «guerrero» (kshatriya) más que como un «sacerdote» –y por consiguiente con su afirmación, tan contraria a la opinión de René Guénon, según la cual el guerrero o el rey es portador, en las sociedades tradicionales, de un principio espiritual de dignidad igual al del sacerdocio. Dicho interés es incluso tan constante en él, que a veces nos podemos preguntar si debemos considerarlo un pensador de la Tradición particularmente interesado en la política, o un teórico político que se refiere a los principios de la Tradición. Pero la duda se disipa cuando vemos la definición que Evola da de la política. Dicha definición basta, en efecto, para reconocerlo como metafísico –«metafísico comprometido» sin duda alguna, pero primero y ante todo metafísico.

Contrario a un politólogo como Julien Freund, para quien la política es «originariamente sustancial a la sociedad en tanto esencia»7 y que sostiene el carácter estrictamente autónomo de dicha esencia, Evola forma parte de los autores que reconducen o llevan la política a una instancia distinta a la suya propia. Según él, en último análisis, la política depende de la ética y de la metafísica: sólo representa la aplicación, en un terreno particular, de principios que, lejos de caracterizar o de pertenecerle con toda propiedad, encuentran fuera de su origen su significación y su legitimidad. Mientras que para Julien Freund la política es

la actividad social que se propone asegurar, mediante la fuerza, generalmente fundada en el derecho, la seguridad exterior y la concordia interior de una política particular, garantizando el orden en medio de luchas que nacen de la diversidad y de la divergencia de opiniones e intereses8,

para Evola es la «aplicación de las directrices del supra-mundo», es decir, una actividad puesta en marcha por una autoridad cuyo fundamento no puede ser más que «metafísico»9, autoridad identificada a una «cualidad trascendente y no únicamente humana»10. «El verdadero fundamento del Estado –escribe Evola– es la trascendencia de su principio»11. De allí se deduce que las reglas de la acción política no son autónomas sino derivadas. La política no es, en el fondo, política sino metafísica: en tanto es una «traducción», carece de esencia propia. Es por ello –asegura Evola– que el metafísico está mejor situado que nadie para decir en qué debe consistir12.


El primado del Estado

Los hombres y las ruinas es un libro que contiene, menos de lo que se podría creer, la marca de la época en la que fue escrito. Esa es la razón por la cual ha podido ser leído, con el mismo interés, por varias generaciones sucesivas de lectores. Sin darnos cuenta de su magnitud, Evola de repente se sitúa fundamentalmente a nivel de los principios. Esto es particularmente cierto en los once primeros capítulos, en los que expone precisamente cuáles son estos principios –términos que, para él, siempre tiene el sentido de ideas o de reglas superiores absolutas. La segunda parte, que trata tanto del corporativismo como de la «guerra oculta», es, en cambio, más disperso, más desigual, y es sin duda el que hoy en día podría parecer el más «envejecido».

Debemos darle el crédito a Evola de expresarse siempre sin artificio, sin concesiones tácticas ni de la coyuntura ni en espera de la impresión que sus propósitos podrían producir. Philippe Baillet pudo hablar, a este respecto, de un «estilo desnudo en extremo, a veces altivo y solemne pero, incluso en ese caso, carente de cualquier artificio literario y de cualquier retórica fácil»13. Evola es además el primero en reconocer no solamente su radicalismo, sino también el primero en gloriarlo y pregonarlo a quienes lo escuchan: «Nosotros debemos tener como propia la valentía de las elecciones radicales (il coraggio del radicalismo), el no lanzado a la decadencia política bajo todas sus formas, sean de izquierda o de la que a sí misma se llama derecha»14. Habremos de hablar más adelante del radicalismo. Digamos por lo pronto que debe ser puesto en relación, ante todo, con lo que Evola llama la «intransigencia de la idea». Para Evola, la idea no puede ser producto de las circunstancias. Pertenece y tiene su origen en una esfera separada de todas las contingencias, escindida incluso de cualquier otra forma de pertenencia: «La idea, y solo la idea, debe representar la verdadera patria»15.

Esta forma de abordar las cosas explica la economía general de una obra como Los hombres y las ruinas. Al hablar de política, Evola casi no hace referencia a ningún gran teórico clásico de la cosa pública. Aunque hace patente su escasa simpatía por Maquiavelo, y ocasionalmente evoca a Juan Jacobo Rousseau, guarda silencio en nombres como los de Locke, Hobbes, Althusio y Bodino, tanto como por los de Tocqueville o de Max Weber. Subraya que lo económico es, para él, un «factor secundario», pero no elabora ninguna refutación argumentada del pensamiento de Adam Smith o del de Karl Marx, y tampoco examina a detalle las complejas relaciones entre el poder político y el dominio jurídico. Su propósito, que es ante todo metafísico, casi no se ilustra con las experiencias políticas que conoció durante los años treinta. No hay nada qué buscar en él desde el punto de vista de la teoría politológica propiamente dicha. Por lo mismo, se afana muy poco en trasladar a nivel de aplicaciones concretas los principios normativos que enuncia. En las raras ocasiones que lo intenta, sus proposiciones frecuentemente revisten un carácter muy general16, incluso enigmático17.

En una palabra, Evola se esfuerza en permanecer siempre al nivel de aquello que para él es lo esencial. Pero, ¿qué es lo esencial? Se sabe que para Evola toda la historia humana, desde hace dos milenios y medio, puede leerse como un proceso de involución, demasiado lento al principio, y después cada vez más acelerado, y que culmina en la modernidad. Este proceso de decadencia obedece a la ley de «regresión de las castas», que acabó por consagrar los valores mercantiles, económicos –que para Evola también son los de la mujer y del pueblo– y por dar el poder a sus representantes. Se caracteriza por la pérdida progresiva del elemento espiritual, viril y heroico, que es propio de la «Luz del Norte», y por la llegada correlativa de los valores disolventes de las culturas «ginecocráticas» del Sur. Su resultado es el eclipsamiento de las «visiones del mundo» (Weltanschauungen) impersonales, ordenadas conforme a principios metafísicos superiores, en favor únicamente del saber libresco y del intelectualismo abstracto, pero también de la primacía del «alma», dominio de las pulsiones instintivas y de las pasiones indiferenciadas por encima del «espíritu», que es el dominio de la claridad «apolínea» y de la racionalidad. Para Evola, dicho proceso constituye un hecho primigenio que justifica la mirada peyorativa que tiene respecto de la historia: ésta no es más que la historia de una decadencia siempre más acentuada y, a la inversa, dicha decadencia comienza desde que el hombre quiere inscribirse en la historia.

Esta visión se encuentra en una estructura de tipo dualista y jerárquica a la vez. Todo el sistema de Evola se funda sobre una doble oposición: por una parte, lo que está «en lo alto» y lo que está «en lo bajo»; por la otra, entre lo que está en el origen más lejano (a lo que llama la «Tradición Primordial») y el final del ciclo actual. Los términos de dicha oposición se recuperan: el origen remite a los principios fundadores superiores; el estado presente, al rebajamiento final. La decadencia se resume en el movimiento ascendente de la base y el movimiento descendiente de la cima.

El pensamiento evoliano se ve orientado fundamentalmente, a las claras, hacia lo alto, es decir, es rigurosamente elitista y «jerárquico». Evola recuerda que, etimológicamente, «jerarquía» significa «soberanía de lo sagrado». La perspectiva jerárquica debe entenderse, a la vez, en sentido sincrónico («mientras más vasta es la base, la cima deberá estar más alta») y en sentido diacrónico: el pasado, por definición, siempre es mejor que el presente –y mejor mientras más alejado esté. La idea clave aquí es que lo inferior jamás puede preceder a lo superior, pues lo más no puede salir de lo menos. (Esta es la razón por la cual Evola rechaza la teoría darwiniana de le evolución). Resuelto adversario de la idea de igualdad, Julius Evola condena con fuerza cualquier forma de pensamiento democrático y republicano –las repúblicas de la antigüedad no eran, de acuerdo con él, más que aristocracias u oligarquías– tanto porque dichas formas de pensamiento provienen de lo «bajo» como porque son productos de la modernidad; ambas razones son, para él, sólo una. La historia es concebida como una caída acelerada; no hay, pues, desde el liberalismo hasta el bolchevismo, más que una diferencia de grado:

Liberalismo, democracia después, posteriormente socialismo, radicalismo y, finalmente, comunismo y bolchevismo, no aparecen en la historia más que como grados de un mismo mal, estadios en el que cada uno prepara al siguiente en el conjunto del proceso de caída18.

De cara a esta evolución negativa, en política Evola pone todas sus esperanzas en el Estado. Pero ya que para él siempre lo «bajo» debe derivar de lo «alto», y no a la inversa, le importa que dicho Estado no proceda de ningún elemento «inferior». Al rechazar todas las doctrinas clásicas que hacen del Estado una forma organizada de la nación, producto de la sociedad o creación del pueblo, afirma entonces –y reafirma sin cesar– que, por el contrario, es el Estado el que debe fundar a la nación, poner al pueblo en forma y crear a la sociedad. «El pueblo, la nación –escribe– no existen más que en tanto Estado, dentro del Estado y, en cierta medida, gracias al Estado»19. Dicho Estado debe fundarse exclusivamente en principios superiores, espirituales y metafísicos. Solamente así será un «Estado verdadero», un «Estado orgánico», no trascendente por sí mismo sino fundado en la trascendencia de su principio.

Tal «estatismo» es, ciertamente, el que resulta más sorprendente en el pensamiento político de Evola, aunque proporciona, sin duda, algunas precisiones destinadas a disipar cualquier malentendido. Evola tiene así el cuidado de decir que la «estatolatría de los modernos», tal y como se encuentra por ejemplo en Hegel, nada tiene que ver con el «Estado verdadero» a la manera en que él lo entiende. Enfatiza también que, aunque hayan existido Estados fuertes en la historia, no fueron más que caricaturas de lo que él llama por sus fueros. Además, critica con vigor tanto el bonapartismo, al que califica de «despotismo democrático», como el totalitarismo, en el que ve una «escuela de servilismo» y una «extensión agravante del colectivismo». La primacía que le atribuye al Estado no es poco significativa, sobre todo cuando se relaciona con lo que dice del pueblo y la nación. Mientras que la noción de «Estado» casi siempre tiene en él una connotación positiva, las de «pueblo» o de «nación» casi siempre tienen un valor negativo. El Estado representa el elemento «superior», mientras que el pueblo y la nación no son más que elementos «inferiores». Ya sea demos o ethnos, plebs o populus, a los ojos de Evola el pueblo no constituye más que una «simple materia» que conformará al Estado y al derecho. Lo mismo sucede con la nación y la patria. Términos como «pueblo», «nación», «sociedad», parecen incluso en sus propios escritos prácticamente intercambiables: todos corresponden a una dimensión puramente física, «naturalista», indiferenciada –fundamentalmente pasiva– de la colectividad; pertenecen a la dimensión de la «masa materializada» que, en oposición a la forma que sólo puede conferir el Estado, permanece en el orden de la materia bruta. Evola se sitúa, desde este punto de vista, en exacta oposición a los teóricos del Volksgeist, como Herder: para él, el pueblo no representaría un valor en sí, y no podría ser el depositario privilegiado del «espíritu» creador de una colectividad determinada. Evola es también del todo indiferente a la cuestión del lazo social, e incluso a todo lo propiamente social, que a veces engloba en lo «económico-social», otra designación que él utiliza para el mundo horizontal o el reino de la cantidad. «Todo lo que es social –escribe– se limita, en la mejor de las hipótesis, al ámbito de los medios»20. Es por ello que no se encuentra en él un pensamiento sociológico ni tampoco un verdadero pensamiento económico.

Esta mirada dirigida hacia el pueblo no explica solamente la hostilidad de Evola hacia cualquier forma de democracia o de socialismo, aunque sea «nacional»21; subyace igualmente en su crítica al nacionalismo. Ésta descansa en dos elementos distintos: por una parte, su adhesión al modelo del Imperio, contra el cual se estrellan los reinos nacionales y los nacionalismos modernos –Evola subraya aquí, afortunadamente, que la idea de Imperio nada tiene que ver con los imperialismos modernos, que en general sólo son nacionalismos extrapolados– y, por otra parte, la idea de que la nación, como la patria, es de esencia fundamentalmente «naturalista», pues es resultado, a la vez, tanto del dominio de la «cantidad» como del «sentimiento» puro. Evola admite ciertamente que el nacionalismo es mejor que el cosmopolitismo político, en la medida en que representa un nivel de existencia más diferenciado, por lo que también puede constituir el «preludio de un renacimiento», pero describe el nacionalismo al menos como una doctrina sentimental y naturalista que encuentra su principio en la primacía de lo colectivo y, por ese hecho, no se ajusta a su concepción del Estado. «Disolverse» en la nación apenas es un poco mejor que «disolverse» en la humanidad22.

Al rechazar volver al Estado la expresión de la sociedad y reaccionar en contra de quienes ven en el Estado una especie de familia agrandada (en la que el soberano desempeñaría el papel de pater familias), Evola explica su origen a partir de la «sociedad de hombres». Se une así a Hans Blüher, quien colocaba a los antiguos «Männerbünde» como la fuente de toda verdadera autoridad política. Tal sociedad de hombres va a concebirse, primero, como una asociación exclusivamente masculina y, después, como el lugar de reagrupamiento de una élite. La forma de asociación «viril» por excelencia es, para Evola, la de la Orden. Los ejemplos que proporciona son principalmente la Orden de los Templarios y la de los Caballeros Teutónicos.

La noción de Orden permite comprender todo aquello que separa el elitismo que Evola encomia –el elitismo esencialmente ético– del elitismo liberal o meritocrático. Pertenece a la élite no el «mejor» en el sentido darwiniano del término o el más efectivo en el sentido de Pareto, sino aquel cuyo ethos domina sobre el pathos, aquel que posee «el sentido de superioridad respecto de todo lo que no es simple apetito de vivir»23, y quien ha hecho suyo «del principio de ser él mismo un estilo activamente impersonal, del amor a la disciplina, una disposición heroica fundamental»24.

Para él, la élite es por principio una aristocracia. Encarna una «raza del espíritu», un tipo humano particular que Evola define como «hombre diferenciado», y cuyo advenimiento (o renacimiento) es un requisito indispensable para la acción en el mundo:

Lo que se debe propiciar es [...] una revolución silenciosa, desde lo profundo, a fin de que primero se creen en el interior del individuo las premisas de orden que después deberá afirmar también en el exterior, suplantando en un destello, en el momento indicado, las formas y las fuerzas de un mundo de subversión25.

Su propuesta final, siempre la misma, es entonces regresar a la Idea y suscitar el nacimiento de una Orden en cuyo seno se encontrarían los hombres superiores que se mantienen fieles a dicha Idea:

No comprender este realismo de la Idea significa permanecer en el plano en que se está, infra-político en el fondo: el plano del naturalismo y del sentimentalismo, por no decir rotundamente de la retórica patriotera [...] Idea, Orden, élite, Estado, hombres de Orden, estas líneas son las que debemos mantener, ¡tanto como sea posible!26

Esta consigna tiene en Evola valor de solución. En cuanto cierto tipo ético surja o resurja, los problemas políticos y sociales serán, sino resueltos, al menos «simplificados»: «Cuado se afirme este espíritu, numerosos problemas, comprendidos los de orden económico y social, se simplificarán»27. La posición adoptada por Evola de cara a los problemas políticos es, pues, en definitiva, la de un elitismo ético con un fuerte contenido «viril» que se deduce de una concepción metafísica de la historia.

La polaridad masculino-femenina

A primera vista, al historiador de las ideas Julius Evola le puede parecer la encarnación típica, e incluso extrema, del teórico anti-democrático, del teórico del elitismo aristocrático y de los valores del Ancien Régime, adversario implacable de las ideas de 1789, o sea, de todo aquello que le permitió surgir y de todo lo que ha producido; además, así es como frecuentemente se le ha considerado. Pero ver a Evola sólo de esta manera es perder de vista lo que constituye su originalidad y lo que lo vuelve, a final de cuentas, tan difícilmente clasificable en la historia del pensamiento político. Más que resumir o de parafrasear sus ideas, como frecuentemente se hace, quisiéramos demostrar que su aproximación a la política abre interrogantes e impone problemas que nos gustaría señalar aquí, sin tener que responderlos necesariamente o pretender resolverlos.

Ya hemos aludido a la manera en que Evola opone el Estado y el pueblo; dicha oposición no es, en sí, original. Lo que en cambio sí resulta muy singular en Evola es el paralelismo que constantemente establece entre tal oposición y la polaridad masculino-femenina, sobre la base del antiguo simbolismo analógico de la forma y la materia.

Para los antiguos –escribe– la «forma» designaba al espíritu, la «materia» a la naturaleza; la primera se asociaba con el elemento paterno y viril, luminoso y olímpico [...] mientras que la segunda al elemento femenino, maternal, puramente vital28.

La idea que él deduce es que «el Estado se encuentra bajo el signo masculino, la sociedad y, por extensión el pueblo, el demos, bajo el signo femenino»29. Esta idea ya estaba presente en Rebelión contra el mundo moderno:

Es Estado es al pueblo lo que el principio olímpico y uránico es al principio ctónico e «infernal»; el Estado es como la «idea» y la «forma» (nous) en relación a la «materia» y a la «naturaleza» (hyle); se trata, pues, de la relación de un principio luminoso, masculino, diferenciador, individualizador y fecundador frente a una sustancia femenina, inestable, heterogénea y nocturna. Son dos polos entre los cuales existe una tensión íntima. En el mundo tradicional esto se resuelve mediante una transfiguración y una estructuración desde los alto30.

En el mismo libro, Evola ya afirmaba que

el apego plebeyo a la Patria, que se afirma con la Revolución francesa y que fue desarrollado por las ideologías nacionalistas como una mística de la raza y, a mayor abundancia, de la Madre Patria sagrada y omnipotente, es la revivificación de una forma de totemismo femenino31.

En Los hombres y las ruinas, añade:

Los conceptos de nación, patria y pueblo [...] pertenecen por esencia al plano «naturalista» y biológico, no al plano político, y corresponden a la dimensión «maternal» y física de una colectividad determinada32.

Y aún más:

La imagen de la Patria como Madre, como Tierra de la que somos hijos y respecto de la cual todos somos iguales y hermanos, corresponde claramente a este orden físico, femenino y maternal del que, como lo hemos dicho, los «hombres» se separan para crear el orden viril y luminoso del Estado33.

Podríamos multiplicar las citas. Estamos ante la presencia de una constante mayor del pensamiento de Evola, así como ante un rasgo que lo distingue todavía más claramente respecto de otros pensadores de la Tradición. Jean-Paul Lippi llega incluso a escribir –a justo título en nuestra opinión– que la visión del mundo evoliano «se despliega toda entera, comprendida su dimensión propiamente política, a partir de la bipolaridad masculino-femenina»34, y que

la interpretación metafísica del fenómeno político al cual se abandona Evola no adquiere sentido más que al estar sobredeterminado por la importancia que en él reviste la bipolaridad masculino-feminina35.

Para ser breves, digamos que en Evola la «virilidad» está asociada constantemente a nociones tales como la forma, lo sobrenatural superior, el espíritu, la razón, la abstracción, la luminosidad «solar», la verticalidad, lo absoluto –mientras que la «feminidad» evoca, por el contrario, la materia, la naturaleza, el alma, el sentimiento, lo concreto, las tinieblas «ctónicas» o «lunares», la horizontalidad, lo relativo, etcétera. La cuestión que surge, entonces, es saber cómo deben plantearse o articularse las relaciones entre ambas series de términos. Ante esta cuestión, Evola aporta una respuesta ambigua. Cuando él habla del hombre y de la mujer, en numerosas ocasiones insiste en la complementariedad de los sexos y en el hecho de que, a partir de su propia diferencia, la cuestión de su respectiva superioridad o inferioridad carece de sentido. Sin embargo, también afirma que el elemento masculino se coloca como forma autónoma que debe imponer su marca, su huella, al elemento femenino, que aparece como materia heterónoma. La complementariedad va, pues, a la par de la subordinación. Es una complementariedad jerarquizada, fundada en la preeminencia del primer término (masculino, esto es, anagógico) sobre el segundo (femenino, catagógico). Es, por otra parte, una complementariedad no dialéctica, e incluso abiertamente anti-dialéctica, ya que Evola afirma que «desde el punto de vista de la ética tradicional, es malo y un antivalor lo que es masculino en la mujer y aquello que es femenino en el hombre»36.

Pero Evola no se limita a plantear la polaridad masculino-femenina en el interior de la sociedad. Es también una clave de su concepción de la historia y de su visión de las relaciones entre las culturas y las civilizaciones. Es así como opone las civilizaciones producto de la «Luz del Norte» –la «Tradición Primordial» y, para él, de origen «hiperbóreo o nórdico-occidental»–, portadoras de un ethos viril, «luminoso», y de una espiritualidad heroica y guerrera, a las culturas del Sur, que para él corresponden al «mundo ctónico» de la Madre y de la Mujer. Sin embargo, aquí ya no hay complementariedad sino oposición irreductible. Evola lo dice con la mayor claridad:

Dos actitudes son posibles frente a la realidad sobrenatural. Una es solar, viril, afirmativa, y corresponde al ideal de la realeza y de la caballería sagrada. La otra es lunar, femenina, religiosa, pasiva y corresponde al ideal sacerdotal. Si la segunda pertenece principalmente a las culturas semíticas y meridionales, la nobleza de raza nórdica e indoeuropea siempre ha sido solar37.

Lo que Roma tiene de más romano –dice también– se formó

a través de una lucha incesante del principio viril y solar del Imperium contra un oscuro sustrato de elementos étnicos, religiosos e incluso místicos [...] en el que el culto telúrico y lunar de las grandes Diosas Madres de la naturaleza desempeñaba un papel muy importante38.

En el plano mitológico, los dioses celestes, diurnos, viriles, olímpicos, se oponen a las divinidades ctónicas, nocturnas, terrestres, femeninas y maternales, «caras sobre todo a los estratos plebeyos»39. En el plano social, el patriarcado indoeuropeo debe contrastarse con el «matriarcado oriental»40. Esta «lucha incesante» no se limita, según Evola, sólo a la Antigüedad. Constituye para él, por el contrario, uno de los elementos centrales de la historia en la medida en que el proceso de decadencia que él estigmatiza reside precisamente en la llegada progresiva de valores inherentes al mundo ctónico matriarcal y ginecocrático, al mundo de las «razas obscuras» y «lunares», en decadencia correlativa a los valores inherentes del espíritu viril «olímpico» e «hiperbóreo», y que los primeros constantemente amenazan con «disolver»41. Las críticas que endereza contra sus adversarios son inequívocas desde ese punto de vista. El cristianismo, al que describe en su forma primitiva como una «religión típica del Kali-yuga»42, le recrimina haber contribuido –en tanto religión del «amor» y como portadora de la idea «lunar» de la igualdad moral de todos los hombres– a la «desvirilización espiritual» de Occidente. Acusa a los güelfos, adversarios de los gibelinos en la querella de las investiduras, de haber transmitido la «vieja concepción ginecocrática» de una «dominación espiritual del principio maternal sobre el principio masculino»43. Cuando denuncia la democracia y el socialismo, es para decir que con ellos también «se completa la traslación de lo femenino a lo masculino»44, porque el demos, al ser «femenino por naturaleza», jamás tendrá «voluntad propia y clara»45: la «ley del número», característica del «reino de la masa», es también de inspiración «ginecocrática». Lo mismo pasa cuando alude al arte moderno, en el que comprueba la manifestación de «tendencias intimistas, expresiones características de una espiritualidad femenina»46. Además, se refiere a Otto Weininger para subrayar las afinidades del espíritu femenino con el espíritu judío. Denuncia incluso el racismo biológico como una doctrina característica del reino de la cantidad, del que enfatiza el carácter «naturalista» y, por lo tanto, femenino. De manera inversa, cuando hace el elogio de la autarquía económica, es porque ésta le parece una transposición de la idea masculina de autonomía de sí, lo que basta para conferirle un valor «ético»47.

No hay duda de que, para Evola, el rasgo más evidente de la crisis existencial moderna reside en el eclipsamiento de la «virilidad espiritual» –título del capítulo 7 de Rebelión contra el mundo moderno– por efecto, primero, del ascenso de los valores femeninos y, después, debido a la indiferenciación de los sexos.

La difusión pandémica del interés por el sexo y la mujer –escribe–carateriza cualquier época crepuscular [...] La pandemia del sexo es uno de los signos de carácter regresivo de la época actual [cuya] contraparte natural es la ginecocracia, el predominio tácito de todo aquello que, directa o indirectamente, está condicionado por el elemento femenino48.

Colocada así bajo el signo de la involución –observa Jean-Paul Lippi– la historia [...] aparece como un proceso de feminización49; [la historia es] dominación acentuada sin cesar del polo femenino sobre el polo masculino del ser50.

La modernidad se identifica, pues, con un «retorno del matriarcado», con una «materia» emancipada de cualquier «forma». La morfogénesis de la modernidad es, ante todo, desvirilizante y potencialmente castradora. Nos sorprende la manera en que, para Julius Evola, el principio femenino o los valores femeninos siempre son representados como una amenaza al «poderío masculino», como un riesgo de «destitución de la virilidad»51. Y lo estamos aún más en la medida en que Evola, que se quiere a la vez soberano y guerrero, atribuye a la noción de poderío –con la que la lectura de Nietzsche lo había familiarizado en su juventud– una importancia decisiva. En tanto característica más evidente de la virilidad –afirmaba en los años veinte– el poder extrae de sí mismo su propia justificación. Es el «principio de lo absoluto», la «arbitraria causalidad incondicionada», el «hacer que se justifica a sí mismo». Además, yendo una vez más a contracorriente de los otros pensadores del «tradicionalismo integral», Evola no dudó jamás en definir a la Tradición como si fuera ante todo «fuerza», «energía», «poder». Su segundo libro, aparecido en 1926, consagrado al tantrismo, se titulaba El hombre como potencia (El yoga de la potencia en su edición de 1949). El tantrismo es, en efecto, por principio, una «visión del mundo como potencia»52, una doctrina que concibe el cuerpo como una vasta reserva de potencia (Çakti). La temática de la «potencia», en Evola, está evidentemente ligada a la de la «virilidad espiritual». No se habla más del contraste que aparece aquí entre la Tradición como potencia y la modernidad como castración potencial que pone en peligro a la virilidad. Las observaciones que preceden no permiten, indubitablemente, disipar la ambigüedad evocada un poco antes a propósito de las relaciones entre el Estado «masculino» y el pueblo «femenino» en el pensamiento evoliano, pero pueden ayudar a aproximarnos. Dicha ambigüedad resulta del hecho de que el modelo bipolar al que se refiere Evola es utilizado tanto para fundar una complementariedad jerarquizante, como para ilustrar una oposición irreductible o una incompatibilidad radical. En muchos casos –observa Jean-Paul Lippi– Evola parece «privilegiar la jerarquización de los polos masculino y femenino respecto de su complementariedad, lo que prácticamente conduce a excluir al segundo»53. Pero la jerarquización supone todavía una unidad, lo que implica un englobamiento en el interior de una misma estructura. Sin embargo, en la mayoría de los casos no hay duda de que no es la complementariedad ni el englobamiento jerarquizante lo que Evola recomienda respecto de los valores femeninos, sino más bien su aislamiento, su relegación a distancia así como una lucha activa en contra de todo lo que ellos representan. Los valores femeninos, entonces, son definidos como valores enemigos con los que no se asume el menor compromiso. ¿Qué debe pasar entonces en el interior de la sociedad? A Evola le parece correcto, de hecho, que los hombres sean los únicos que pueden pertenecer a la élite –sobre todo cuando ésta se reúne en el seno de una Orden– y se separen de las mujeres. Declara explícitamente, en efecto, que los hombres no pueden crear el «orden viril y luminoso del Estado» más que separándose del «orden femenino»54. Proclama el renacimiento de un «mudo claro, viril, articulado, hecho de hombres y de jefes de hombres55. Además, no oculta su predilección por el celibato, ni tampoco su rechazo a procrear, al afirmar que es bueno para los hombres libres y creadores estar sine impedimentis, sin nada que los apegue o los limite:

El ideal de una «sociedad de hombres» no podría ser el parroquial y pequeño burgués, que consiste en tener «una casa y niños». [Él mismo se enorgullece de haber sido siempre] «ajeno a las rutinas profesionales, sentimentales y familiares56.

Igual que para san Pablo, el matrimonio es, para él, lo peor. Pero su advertencia va más allá de un desprecio justificado por la «pequeña vida burguesa». Hay en sus amonestaciones algo que no solamente hace de la mujer una amenaza intrínseca para la «virilidad», sino que tiende a devaluar todo aquello que es simplemente del orden de lo viviente, de lo simplemente natural, de lo simplemente carnal. En esta crítica al «naturalismo» y a la «carne», así como en su denuncia del «absurdo de la procreación», no sería un exceso descubrir una tendencia «gnóstica», que bien podría calificarse de marcionita o de cátara.

El individualismo evoliano

Otra interrogante que surge del pensamiento político de Evola tiene que ver con el papel que desempeña en él la noción de individuo. Si nos atenemos a su crítica del liberalismo en tanto doctrina fundada en el individualismo y en una concepción «informe» de la libertad –crítica de corte completamente clásico entre los medios antiliberales– estaríamos obligados a concluir, evidentemente, que dicha noción reviste parta él una resonancia negativa. No obstante, si tomamos en cuenta su evolución personal y si ponemos en perspectiva todo lo que escribió acerca de este tema, rápidamente nos percatamos de que dicha problemática es mucho más compleja en él de lo que parece.

En los años veinte, el joven Julius Evola había comenzado, en efecto, a profesar un «individualismo absoluto». Incluso redactó en esta época una obra importante, Teoría y fenomenología del Individuo absoluto, el cual da nacimiento finalmente a dos libros distintos57 de los que no vacila en decir que representan la «exposición sistemática y definitiva» de su «doctrina»58. En el individualismo profesado por Evola durante su período dadaísta se siente, sobre todo, las influencia del idealismo alemán, del pensamiento de Nietzsche y del anarquismo individualista de Max Stirner. Evola se fija como finalidad enunciar una teoría filosófica que se esforzaría en llevar el idealismo hasta sus consecuencias más extremas al expresar la «exigencia de auto-afirmación absoluta del individuo». Enseguida, dirá además que extrajo de la lectura de Nietzsche, sobre todo, la idea de una revuelta fundada en «la afirmación de los principios de una moral aristocrática y en los valores del ser que se liberan de cualquier lazo y que son, para sí mismos, su propia ley»59 –formulación que no está exenta de ambigüedad, ya que en la doctrina liberal el individuo también es considerado autosuficiente y, por ende, es «para sí mismo su propia ley». De hecho, el «individuo absoluto» es el que impone su propia voluntad como principio central y como árbitro de cualquier determinación. Su voluntad está libre de cualquier constreñimiento, de cualquier limitación, y es libre en el doble sentido de arbitrario y de incondicionado; es sinónimo de poder puro. El individuo absoluto ve, pues, la existencia como proceso continuado de afirmación de sí, siendo libre de cualquier tipo de contingencia y de determinación. Hay en esta visión cierto carácter solipsista: el individuo único y absoluto es, a final de cuentas y ante sus propios ojos, todo lo que existe.

La cuestión que es necesario saber es si el «tipo de hombre» que Evola propone en sus escritos políticos está muy alejado del individuo absoluto hacia el que tendía en los años veinte, o si no existen algunas similitudes entre el individuo absoluto –centro de poder y de voluntad, en quien la voluntad de ser y la voluntad de dominar son una– y el hombre absolutamente soberano tal y como lo redefinirá Evola en el marco de la visión tradicionalista.

Es hacia principios de los años treinta que Evola parece haber abandonado o modificado sus presupuestos individualistas. A partir de esa fecha, vuelve a tomar en cuenta la crítica que oponía clásicamente el individuo y la persona, y denuncia un individualismo en el que ya no verá más la «esencia del liberalismo». Su individualismo, desde entonces, ya no fundará la actitud aristocrática, sino la contradirá directamente. No será más sinónimo de superioridad individual, sino de universalismo igualitario y de disolución social. Sin embargo, mientras que la crítica clásica del individualismo le opone regularmente entidades colectivas (pueblo, nación, comunidades, etcétera) desde una perspectiva resueltamente holista, al acusar al individualismo liberal de destruir el carácter eminentemente orgánico de dichas entidades, Evola emprende una vía totalmente diferente. Bien entendida, hay allí, como siempre en él, una gran coherencia: en la medida en que cualquier comunidad, cualquier grupo colectivo, adquiere para sus ojos un nivel «naturalista» inferior, una dimensión femenina de «abajo», no hay problema para situar al pueblo, a la sociedad o a la nación por encima del individuo. Es entonces en nombre de otra concepción del individuo, la del individuo «diferenciado», que Evola va a combatir el individualismo liberal. Al individualismo que piensa al individuo como átomo indiferenciado, como elemento «atómico», Evola opone una concepción que, mediante diferenciaciones sucesivas, apunta hacia el ideal de la «persona absoluta»:

Ser simplemente «hombre» es menos al hecho de ser hombre en una nación y una sociedad determinadas, pero esto es, a su vez, menos respecto del hecho de ser una «persona», cualidad que ya implica un plano que es más que simplemente «naturalista» y «social». A su vez, la persona constituye un género que se divide asimismo en grados, funciones y dignidades [...] de acuerdo con una estructura piramidal y en cuya cima deberían aparecer los tipos más o menos próximos a la persona absoluta –es decir, aquel que presenta el más alto grado de realización y constituye, a este respecto, la finalidad y el centro de gravedad natural de todo el conjunto60.

El uso de la palabra «persona», al que Evola opone el de «individuo», no debe engañarnos. Mientras que la crítica antiliberal clásica da a este término una definición que pone inmediatamente el acento en su dimensión social –la persona en tanto sujeto concreto, inscrito y sometido en un contexto determinado, en oposición al individuo como sujeto abstracto separado de sus pertenencias– Evola le confiere otra definición. Para él, la persona no se define para nada por sus pertenencias, sino por el hecho de que está «abierta hacia lo alto», es decir, que se adhiere a principios superiores. Ser persona, en esta acepción, no es pertenecer a una sociedad o a una comunidad de tipo orgánico, sino formar parte de una élite. Ese es un punto esencial que frecuentemente se pierde de vista.

Si tomamos la oposición clásica trazada por Louis Dumont entre el individualismo y el holismo61, Evola para nada se sitúa del lado del holismo. Todas las doctrinas holistas sostienen que el hombre es indisociable de sus pertenencias, que no sabemos de qué hombre se habla más que cuando se sabe también a qué colectividad pertenece. Añaden que la humanidad no está compuesta de individuos, sino de conjuntos de individuos: pueblos, comunidades, culturas, etcétera. Evola afirma, por el contrario, que la persona acabada está, de alguna manera, liberada de cualquier dimensión social, precisamente porque se ha deshecho de todo lo que es «inferior». No obstante, el liberalismo es también la doctrina según la cual el hombre no es ni inmediata ni fundamentalmente social, lo que funda su concepción de la libertad como el derecho individual para disponer libremente de sí. Es por ello por lo que Enrico Ferri pudo afirmar que ante el individualismo igualitario Evola se limita a oponer una «versión aristocrática del individualismo», y agrega que

las principales tesis fundantes del individualismo son, de hecho, compartidas por el tradicionalista Evola; la primera es que la naturaleza humana es individual y que la humanidad no se compone de conjuntos sociales sino de individuos62.

El punto en común entre el liberalismo y el pensamiento evoliano sería aquí que la sociedad no predomina –ya sea sobre la persona o sobre el individuo. Otro punto en común, que se desprende del anterior, es la misma hostilidad visceral hacia la idea de «justicia social», incluso si ésta se expresa mejor a partir de premisas diferentes.

Cualquier tesis «social» –escribe Evola– es una desviación, solidaria con la tendencia al nivelamiento regresivo [...] aunque el individualismo y el anarquismo, que lo hacen como reacción a esta tendencia, poseen indudablemente una razón de ser, un carácter menos degradante63.

Esta última observación es significativa. Cuando Evola denuncia el universalismo político o el cosmopolitismo, no es tanto porque el universalismo desprecie las identidades colectivas sino debido a que la noción de «humanidad» representa, para él, lo más alejado del individuo tal y como lo concibe. El pueblo o la nación, se ha dicho, valen más para él que la humanidad, pero sólo en la medida en que representan niveles más diferenciados. En cambio, se sitúan muy por debajo de la élite aristocrática, que es portadora de valores superiores a cualquier interés de la colectividad, y cuya función es acelerar «el proceso que va de lo general a lo colectivo, y de lo colectivo a lo individual [el subrayado es nuestro], dirección que es la de todo progreso verdadero»64.

La persona diferenciada, en otros términos, prevalece sobre toda entidad colectiva o social, cualesquiera que ésta sea. Christophe Boutin –autor de una importante biografía dedicada a Julius Evola– creyó descubrir en este último una «profunda naturaleza de guerrero individualista»65. Si es individualista lo es a la manera del individuo que se prueba a sí mismo, con o sin razón, como alguien absolutamente superior a la masa. Para él, el individualismo es indisociable del elitismo, con todo lo que supone de horror al conformismo, de rechazo a ser «como los otros» –actitud evidentemente susceptible de adquirir direcciones muy diferentes. Tal elitismo constituye el denominador común de todos los períodos de su existencia. Durante toda su vida, Evola quiso distinguirse de una «plebe» respecto de la cual jamás disimuló su desprecio. El se distinguió como dandy, como dadaísta, como defensor del individuo absoluto, y después como representante de una escuela tradicionalista que proveyó a su elitismo con poderosas justificaciones doctrinales. Su gusto por el esoterismo, por la magia, por la alquimia o por el hermetismo está en fuerte consonancia con su sentimiento de pertenecer a un número reducido (la «Orden») y de ser él mismo una «persona absoluta»: por definición, el esoterismo está dirigido a «iniciados». Se podría decir que, desde este punto de vista, en Evola la voluntad (y el sentimiento) de no ser «como los otros» precedió, y no siguió, el enunciado de lo que justificaba dicha toma de distancia y de altura, es decir, la clara conciencia de las razones de tal actitud. Su oposición radical al mundo circundante no dejó de oscilar entre el rechazo y la negación, ya fuera en su juventud en nombre de la libertad incondicionada del individuo absoluto (el mundo exterior como si fuera inexistente o una pura limitación del yo) o, en su período de madurez, en nombre de la metafísica de la historia que interpreta toda la historia acaecida como decadencia y devalúa absolutamente el período presente en tanto es final de un ciclo. Quizás es, además, la mencionada tendencia al solipsismo con la que debemos relacionar lo que dice Evola a propósito de la «impersonalidad activa». Mediante esta fórmula Evola designa al hombre que ha superado su yo propiamente humano y que se eleva al nivel metafísico y lo hace de conformidad solamente con los principios. Resta saber cómo la «impersonalidad activa» puede ser todavía lo que hace a una «persona diferenciada». Las cosas se esclarecen si admitimos que la «impersonalidad activa» caracteriza ante todo al «rey del mundo», quien gobierna el mundo a la manera en que la Estrella Polar «gobierna» el cielo: por la inmovilidad en la que parece derivar todo movimiento. Evola dice que el objetivo final de la existencia de la élite es hacer que aparezca «el primero de los aristócratas»66, el Monarca, en quien se manifiesta «algo de supra-personal y de no humano»67. Dicho Monarca es a la vez, en ciertos aspectos, el centro del mundo y el mundo para él solo –soberanía absoluta, libertad absoluta, poder absoluto.

¿Estado orgánico o sociedad orgánica?

Julius Evola frecuentemente califica el Estado al que aspira de «Estado orgánico». Así, afirma que «cualquier Estado verdadero siempre tuvo cierto carácter de organicidad»68. Y declara que la «auténtica estructura imperial» podría definirse como un «organismo compuesto de organismos»69. Igualmente habla de una «analogía natural que existe entre el ser individual y ese gran organismo que es el Estado»70. Parece adoptar, así, el punto de vista de los teóricos políticos del organicismo. La noción misma de «Estado orgánico» tiene, sin embargo, algo de problemático. Julius Evola es, en efecto adversario de cualquier forma de «naturalismo»; sólo siente desconfianza de todo aquello que se encuentre en el orden de lo biológico. La cuestión es saber, pues, cómo un riguroso anti-naturalismo puede conciliarse con su « organicismo».

El que la cualidad «orgánica» sea atribuida por Evola al Estado ya es revelador. Los teóricos políticos del organicismo –con la posible excepción de Othmar Spann– prácticamente jamás hablan de «Estado orgánico». Hablan más bien de sociedad orgánica, de cultura orgánica, de comunidades orgánicas, etcétera. Y el modelo al que se refieren es indudablemente un modelo que se toma prestado de las ciencias de la vida: una sociedad con buena salud es una sociedad en donde hay, en sus relaciones sociales, la misma flexibilidad que existe entre los órganos de un ser viviente. Evidentemente, se sobre entiende que si Evola prefiere hablar de «Estado orgánico» es porque, para él, el Estado es inconmensurablemente superior a la sociedad. ¿Pero podría ser orgánico el mismo Estado? Para los teóricos clásicos del organicismo la respuesta es, generalmente, negativa: sólo la sociedad puede ser orgánica, precisamente porque un organismo se define como un todo que no podría reducirse o identificarse con alguna de sus partes, aunque fuera con la más eminente. Una sociedad orgánica puede, claramente, tener instituciones que funcionen de tal manera que mantengan su carácter orgánico, pero dichas instituciones no podrían calificarse de orgánicas: un Estado jamás es solo un organismo. En la perspectiva organicista clásica, lo más frecuente es que se amenace la mayor organicidad de la sociedad. Evola escribe que «un Estado es orgánico cuando tiene un centro y cuando ese centro es una idea que modela eficazmente, por su propia virtud, sus diversas partes»71. Por el contrario, para el organicismo clásico, una sociedad tiene menos necesidad de un «centro» en la medida en que es precisamente orgánica, pues lo que define la organicidad del cuerpo social no es su dependencia respecto de un centro (la «cabeza»), sino más bien de la complementariedad de todas las partes.

El «organicismo» de Evola es, pues, muy distinto del organicismo clásico. Este último, que frecuentemente se encuentra ligado a las doctrinas holistas, sistemáticamente tiende a desvalorizar al Estado y a las instituciones estatales, a las que considera como intrínsecamente «mecanicistas», y le asigna un papel principal a las colectividades de base y al pueblo. Entre los teóricos del organicismo, la organicidad siempre se encuentra asociada con lo que está «abajo» y con lo que es «espontáneo». Su crítica, en general, consiste en oponer a una concepción mecánica, racionalista, abstracta, incluso excesivamente «apolínea» de la existencia social, las prerrogativas de lo viviente, de lo sensible, de lo carnal que se manifiestan en el espíritu dionisiaco y en el «alma del pueblo». Sin embargo, es precisamente el camino inverso el que adopta Evola, pues para él son el alma, lo sensible, el pueblo, lo colectivo los que remiten sistemáticamente a las dimensiones más «inferiores» de la existencia. Evola llega incluso a decir que «la idea orgánica tiene por contrapartida una forma que moldea desde lo alto»72. Y esto es justamente lo que recriminan los teóricos del organicismo clásico: para ellos, la organicidad es un dato real, presente desde el inicio; no podría resultar de un impulso «desde lo alto», pues, por el contrario, sólo lo debilitaría. En la medida en que implica una desconexión radical de lo orgánico y de lo biológico, el alcance exacto de un «organicismo de lo alto» queda aún por establecerse. ¿Se puede hablar de «organicismo» en una sociedad que, lejos de ser un fin, solamente es un medio para que aparezca una élite que por sí misma tiende a la «persona absoluta»?

¿Puede un «Estado verdadero», que desea liberarse de cualquier condicionamiento naturalista, ser verdaderamente «orgánico»? ¿Puede la organicidad, a final de cuentas, ser resultado de la autoridad, del poder y de la voluntad? Acerca de este punto, la experiencia histórica invita, al menos, a la prudencia. Efectivamente, en el curso de la historia, cada vez que un Estado se ha afirmado como titular de un poder soberano absoluto, la organicidad de lo social no aumentó sino decreció. El caso de Francia es, a este respecto, muy ilustrativo. Evola justamente notó que, en su voluntad de liberarse de la autoridad del papa y del emperador, el poder real se escindió en Francia de cualquier principio espiritual superior. Empero, tampoco es menos cierto que Francia constituyó el modelo más acabado de creación de una nación por el Estado. No obstante, también es el país donde la autoridad soberana del Estado –definida desde Juan Bodino como indivisible e inalienable– empobreció más la organicidad social y destruyó las autonomías locales, mientras que las libertades siempre se han preservado mejor allí donde, por el contrario, el pueblo o la nación han creado el Estado. El modelo contrario, el del Imperio, al que Evola ha consagrado algunas de sus mejores páginas, lo es todo, por decirlo de alguna manera.

El Imperio romano-germánico respetó indudablemente mejor la organicidad de la sociedad que el Estado-nación. Pero la respetó mejor en la medida en que su poder era no absoluto e incondicionado sino, por el contrario, relativamente débil, y donde la soberanía era compartida o repartida y el poder se preocupaba menos de imponer su «forma» a las diferentes colectividades locales que de respetar lo más posible su autonomía. El principio mismo de cualquier construcción imperial es, en efecto, el principio de subsidiaridad. No podemos olvidar que dicho principio implica dejar en la base el máximo de poder posible y no hacer que remonte hacia lo «alto» más que la parte de autoridad y decisión que no pueda ejercerse allí.

Entre la monarquía y la Revolución Conservadora

Julius Evola siempre se consideró representante de la «verdadera Derecha», a la que definía como la «guardiana de la idea del verdadero Estado» y como la familia del pensamiento que supo hacer suyos los «valores políticos jerárquicos, cualitativos, aristocráticos y tradicionales»73. Hay que entender con ello una Derecha que no solamente rechaza la Revolución de 1789 y sus secuelas, sino que se esfuerza por mantener vivo un conjunto de principios, de actitudes mentales y de valores espirituales característicos de una concepción metafísica de la existencia derivada de la «Tradición Primordial». De cualquier manera, esta definición permanece ambigua, no solamente en razón de la polisemia de la palabra «Derecha» –ha habido en la historia muchas derechas diferentes, y cada una se considera a sí misma como la única auténtica– sino porque, en muchos aspectos, la división izquierda-derecha parece hoy cada vez más relativa; pero también por el hecho mismo de la originalidad extrema del pensamiento evoliano que parece ser irreductible a cualquier familia política instituida.

Determinar y calificar con exactitud la posición política de Evola es, de hecho, más difícil de lo que parece. Muchas cosas, comenzando por su crítica a la democracia y su toma de posición en favor de una forma de autoridad trascendente y absoluta lo aproximan, a primera vista, a la corriente monárquica y contrarrevolucionaria. Él mismo se declaró en numerosas ocasiones partidario de la monarquía. «Se puede afirmar, con sólidas razones –escribe, por ejemplo– que una verdadera Derecha sin monarquía está privada de su centro de gravedad y de su fijación natural»74. Y también: «Nos resulta difícil concebir una verdadera Derecha sin una monarquía»75. Sin embargo, su anti-cristianismo, su apología de las «sociedades de hombres», su predilección por las doctrinas esotéricas y orientales, su condena a la política de los reyes de Francia, e incluso la manera en que hacía que fueran rigurosamente a la par monarquismo y aristocratismo76, difícilmente pueden ser aceptadas (y de hecho frecuentemente han sido rechazadas) por los medios realistas y contrarrevolucionarios. Él mismo jamás habría suscrito la opinión de Louis de Bonald de acuerdo con la cual «el hombre no existe más que para la sociedad, y la sociedad sólo lo forma para ella»77.

Su crítica a los reinos nacionales y al Estado-nación lo aleja también de la familia nacionalista. E inversamente, su concepción absolutista de la soberanía contradice de golpe las ideas federalistas según las cuales es desde «abajo» de donde debe provenir la voluntad de federar las autonomías locales. Su pensamiento, finalmente, parece inconciliable con el ecologismo integral que se pronuncia por un «retorno a la Tierra-Madre» y rehúsa dejar al hombre que imponga, sin reservas, su «forma» al medio, ideas en las que sólo habría podido ver, ciertamente, nuevas manifestaciones del espíritu «naturalista» y «femenino»78.

A veces se le ha presentado como el representante italiano más eminente de la vasta corriente del pensamiento político alemán de los años veinte y treinta a la que se le ha dado el nombre de «Revolución Conservadora». Esto no es falso del todo, y es cierto que él mismo se sentía próximo con al menos algunos de los representantes de dicha corriente. Se sabe además que, durante gran parte de su vida, Evola se volvió hacia Alemania no solamente porque su doctrina lo conducía naturalmente hacia la «Luz del Norte», sino también porque esperaba encontrar en aquel país, cuya lengua hablaba perfectamente, un reconocimiento que, antes de la última guerra mundial, casi no había podido encontrar en el suyo. No obstante, la etiqueta de «revolucionario conservador» no le sienta más que imperfectamente. Los medios «völkisch», que fueron los primeros en interesarse por él en razón de su «paganismo»79, rápidamente se dieron cuenta que la idea que tenía de los orígenes «nórdicos» difería totalmente de la suya. Si bien podían estar de acuerdo con su gusto por el esoterismo, dichos medios no podían, en efecto, aceptar su visón meramente metafísica de la antigüedad «indogermánica», sin raíces inmediatas en la sangre y en el suelo. La crítica hecha por Evola a la noción de pueblo (Volk), la afirmación de su antinatalismo y de su antibiologismo, su elitismo, así como sus posiciones favorables a un «Orden» compuesto por hombres célibes, lo sitúan en las antípodas de su propio ideal comunitario, populista y seguramente más aristo-democrático que aristo-monárquico. Entre estos medios, de suyo poco favorables a la latinidad («Los von Rom!» era una de sus consignas favoritas), la supremacía que Evola atribuía al Estado y su hostilidad hacia los valores femeninos80 no podían ser vistos más que como rasgos «típicamente mediterráneos». Evola no tuvo tampoco contactos muy duraderos con los Völkische.

Tuvo algo de éxito con el grupo de los jóvenes-conservadores (Edgar J. Jung, Othmar Spann, Wilhelm Stapel, Albrecht Erich Günther, Karl Anton Rohan, etcétera), que eran, en principio, más abiertos al mundo latino y con quienes pudo entablar una relación más continua. Al día siguiente de pronunciado su discurso, en 1934, en Berlín, ante el Herrenklub que presidía el barón Heinrich von Gleichen, pudo experimentar el sentimiento de desenvolverse en su «medio natural». Pero incluso allí no se podría exagerar el impacto que sus ideas tuvieron. A pesar de algunos ecos favorables –suele citarse el testimonio de Gottfried Benn sobre Rebelión contra el mundo moderno, que fue traducido en Alemania en 1935– la recepción del pensamiento evoliano en Alemania tuvo, antes de 1945, un impacto muy limitado. Inclusive en las revistas de los jóvenes conservadores, en las que el nombre de Evola aparecía de vez en cuando, jamás constituyó una verdadera referencia. La principal razón era probablemente que la concepción evoliana del mundo apelaba a conceptos metafísicos «tradicionales» demasiado alejados de la mentalidad neoconservadora germánica, imbuida ampliamente por la herencia romántica. La noción de Imperio (Reich) así como la «ética prusiana» ocupan, ciertamente, un gran lugar dentro de las preocupaciones de los jóvenes conservadores, quienes siempre estuvieron interesados en la dimensión histórica de los problemas políticos, y entre quienes el elemento aristocrático, además, estaba bien representado. El interés de Evola por la «Tradición Primordial», por la «espiritualidad olímpica» e, incluso, por el esoterismo les resultaba, en cambio, muy ajeno. En la mayoría de ellos, la noción de Volk conservaba, desde Herder, una carga eminentemente positiva y, siguiendo la tradición germánica, les parecía extravagante colocar –como era el caso en la antropología «tradicional» en la que se afincaba Evola– al «espíritu», del que sospechaban que transmitía una concepción abstracta y racionalista de la existencia, por encima del «alma», a la que veían, por el contrario, como la depositaria privilegiada de la «autenticidad» del pueblo81.

La crítica que Evola hace de la técnica podría aproximarlo a Heidegger, pero su metafísica es inconciliable con la ontología heideggeriana, a la que además denuncia como carente totalmente de matices en Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo. Su crítica a la obsesión economicista así como la importancia central que le atribuye al Estado (al que vuelve el gran kat-echon, el gran «desacelerador» de la decadencia) podría situarlo incluso en vecindad con Carl Schmitt, pero su rechazo a reconocer la autonomía de lo político, así como su indiferencia hacia las cuestiones constitucionales, su insistencia en el carácter «ético» de la soberanía y la manera en que sostiene que la «significación original del Estado» remite a una «formación sobrenatural»82, lo alejan completamente de él. Está igualmente alejado del «primer Jünger» –a pesar del justificado interés que mostró hacia El trabajador83– en razón de la predilección que le confería a la técnica, pero también del «segundo Jünger», debido a sus preocupaciones «naturalistas». En cuanto a Spengler, Evola mismo tuvo la ocasión de explicar, en el prefacio a la primera edición italiana de La decadencia de Occidente –de la que fue su traductor– en qué difería su propia teoría de los ciclos de la aproximación spengleriana mediante la «morfología» de las culturas84. En suma, no hay ningún autor de la Revolución Conservadora con el que pudiera identificársele verdaderamente y ni siquiera comparársele.

Fascismo y nacionalsocialismo

Sus relaciones con el fascismo y el nacionalsocialismo son aún más complejas. No es éste el lugar adecuado para examinar a detalle lo que fue la vida de Julius Evola durante el Ventennio mussoliniano, ni la evolución de sus ideas durante este período. Él mismo lo explicó ampliamente en las ediciones sucesivas de su libro sobre el fascismo85, así como en su autobiografía. Solamente es preciso recordar que hacia 1928 fue, al menos, amigo del ministro Giuseppe Bottai, y con mayor duración lo fue de Giovanni Preziosi, quien le abrió las columnas de su revista La Vita italiana, así como de Roberto Farinacci, quien le permitió disponer dos veces al mes –a partir de 1934– de una página especial («Diorama Filosófico») en el diario Il Regime fascista. Además, se encontró con Mussolini dos o tres veces durante la guerra86.

Evola lanza en febrero de 1930 una revista titulada La Torre, que, criticada duramente por algunos medios oficiales, debió dejar de aparecer el 15 de junio del mismo año, después de haber publicado solamente diez números87. En el quinto número, fechado el 1° de abril, escribía:

No somos ni «fascistas» ni «antifascistas». El «antifascismo» no es nada. Para nosotros, [...] enemigos irreductibles de cualquier ideología plebeya, de cualquier ideología «nacionalista», de cualquier intriga y de cualquier espíritu de «partido» [...] el fascismo es demasiado poco. Quisiéramos un fascismo más radical, más intrépido, un fascismo verdaderamente absoluto, hecho de fuerza pura, inaccesible a cualquier compromiso.

Sería un grave contrasentido interpretar estas líneas, que son citadas con frecuencia88, como la prueba de que Evola habría deseado un fascismo más extremista, «más fascista» incluso de lo que fue. El «fascismo verdaderamente absoluto» del que hablaba Evola era de hecho un fascismo que habría hecho suyos los principios absolutos de la Tradición, es decir, un fascismo que habría sido, simultáneamente, «más radical» y... menos fascista. Dicho «superfascismo» habría sido en realidad un suprafascismo. Esto es lo que aparece claramente en la declaración que Evola haría en su proceso en 1951:

He defendido, y defiendo, «ideas fascistas», no tanto porque fueran «fascistas», sino en la medida en que recogían una tradición superior y anterior al fascismo, de la que heredan la concepción jerárquica, aristocrática y tradicional del Estado –concepción que tenía un carácter universal y que se mantuvo en Europa hasta la irrupción de la revolución francesa. En realidad, las posiciones que he defendido y que defiendo como hombre [...] no deben ser llamadas «fascistas» sino tradicionales y contrarrevolucionarias89.

A lo que se adhiere Evola es a una concepción del mundo «superior y anterior» al fascismo, una concepción «de Antiguo Régimen», que tiene un «carácter universal» y a la que, según él, el fascismo se habría adherido parcialmente. Lo que lo lleva precisamente a decir que él no apreciaba del fascismo lo que no fuera específicamente fascista –o si se prefiere, que rechazaba lo que había de más específicamente fascista en el fascismo.

Cuando leemos el libro que Evola consagró al fascismo y al nacionalsocialismo, comprobaremos además que las censuras que dirige a ambos regímenes político no son menores. Del fascismo critica la retórica nacionalista, la idea del partido único, la tendencia «bonapartista» y plebiscitaria del régimen, sus aspectos moralizantes y pequeño-burgueses, el fracaso de su política cultural, sin olvidar el énfasis que se pone sobre el «humanismo del trabajo» (Giovanni Gentile), al que interpreta como una especie de llamado a «una involución de la política en la economía». No nos sorprende, en cambio, que hubiera dado crédito al fascismo por haber «realzado en Italia la idea de Estado» y de haber reafirmado, con fuerza, la supremacía de este último sobre el pueblo y la nación.

Respecto del nacionalsocialismo es aún más severo. Al sintetizar un conjunto de críticas que tuvo la oportunidad de desarrollar en sus artículos de inicios de los años treinta90, atribuye al régimen hitleriano el mérito de haber percibido la necesidad de una «lucha por una visión del mundo», así sea para rechazar casi todos los componentes de dicha visión. Es así como denuncia el pangermanismo, el nacionalismo étnico y el irredentismo, la idea misma de un socialismo «nacional», el racismo biológico –al que definía como una asociación de «una variante de la ideología nacionalista de fondo pangermanista junto con ideas del cientificismo biológico»91–, el darwinismo social, la «megalomanía efectiva» de Hitler con sus «caprichos milenaristas» y su espíritu completamente plebeyo», el «mito del Volk» y la importancia dada a la «comunidad popular» (Volksgemeinschaft), la idealización de la función maternal en la mujer, la exaltación de la «nobleza del trabajo» y el igualitarismo inherente al Servicio del Trabajo92, la liquidación del Estado prusiano y de la tradición de los Junkers, los aspectos «proletarios» de un régimen desprovisto de cualquier «legitimidad superior», e incluso un antisemitismo que en Hitler tomó –nos dice– la forma de un «fanatismo obsesivo». Como vemos, la lista es larga. Y sin embargo, es indudable que Evola igualmente consideró que el fascismo y el nacionalsocialismo se situaban, en términos generales, «del lado correcto». Si por una parte él no escatimó sus críticas, por la otra presentó dichas críticas explícitamente como prueba no de una oposición de principio, («el antifascismo no es nada»), sino más bien como una voluntad o un deseo por «rectificar» lo que le parecían errores o insuficiencias graves. O para decirlo de otra manera, puesto que Evola jamás fue fascista ni nacionalsocialista en el sentido estricto del término, tampoco tuvo el sentimiento de que, habidas todas las cuentas, dichos regímenes valían al menos más que sus adversarios, y que sus numerosos defectos podían ser «corregidos». Un sentimiento tal puede sorprender, pues cuando se ve todo lo que Evola recrimina al fascismo y al nacionalsocialismo, a veces nos preguntamos que queda aún que sea susceptible de suscitar su simpatía. Es, pues, acerca de este sentimiento sobre el que hay que cuestionarse.

No hay duda de que aquello en lo que Evola da crédito por principio al fascismo y al nacionalsocialismo es por su marcado «anti-iluminismo» y su anti-democratismo. Fascismo y nacionalsocialismo representan, para él, fundamentalmente una reacción en contra de las ideas de 1789, incluso si la forma dada a esta reacción fue de las más criticables –ya que encuentra en ellas la presencia persistente de rasgos típicamente «democráticos»– a pesar de que aprecia que dicha reacción era, en el inicio, saludable. Evola llega a la doble conclusión del parentesco de fondo del fascismo y el nacionalsocialismo, y de la posibilidad de «rectificarlos» en un sentido más «tradicional» «reorientándolos a sus propios orígenes». El hecho de que ambos regímenes hayan combatido a los mismos adversarios que él –a las democracias liberales, a los socialistas y a los comunistas– confirmaba evidentemente la naturaleza de esta opinión. Lo que la historiografía contemporánea ha permitido establecer a propósito del fascismo y del nacionalsocialismo conduce, sin embargo, a preguntarnos si no se equivocó trágicamente Julius Evola en su apreciación. No es para nada evidente, en efecto, que los regímenes fascista y nacionalsocialista hayan pertenecido al «mismo mundo», y es menos evidente aún que se hayan inscrito en el universo espiritual de Evola, es decir, en esa «tradición superior y anterior», de «carácter universal», que habría transmitido desde siempre la «concepción jerárquica, aristocrática y tradicional del Estado» que se mantuvo en Europa hasta la revolución francesa». El carácter totalitario del nacionalsocialismo hoy no podría ser seriamente cuestionado, mientras que el fascismo es clasificado generalmente entre los regímenes autoritarios. Desde Renzo De Felice hasta Ernst Nolte, las diferencias de inspiración ideológica de ambos regímenes han sido, además, frecuentemente enfatizadas. Revelador a este respecto es el hecho de que, para Evola, el mérito principal del fascismo fue haber afirmado la «preeminencia del Estado sobre el pueblo y la nación», mientras que esto es lo que precisamente más le recriminaban los teóricos nacionalsocialistas. El parentesco del régimen nacionalsocialista con el régimen bolchevique, que es sin duda la forma política que más repugnaba a Julius Evola, es hoy día cada vez más reconocido, como lo atestiguan los trabajos de Hannah Arendt, Raymond Aron, François Furet o Stéphane Courtois, por solo citar a ellos.

Finalmente, el vínculo profundo de los dos regímenes con esa modernidad que Evola rechazaba con todas sus fuerzas, también ha sido puesto a la luz en numerosas ocasiones. Detrás de una retórica a veces arcaizante, fascismo y nacionalsocialismo constituyeron fenómenos resueltamente modernos que, como tales, conferían una importancia central al desarrollo científico, técnico e industrial, al tiempo que conferían un lugar preponderante a la movilización política de las masas. Mussolini lo había declarado además con claridad:

Las negaciones fascistas del socialismo, de la democracia, del liberalismo, no deben [...] hacer creer que el fascismo quiera llevar al mundo a lo que era antes de 1789, fecha que es considerada como el año inaugural del siglo demo-liberal. No se puede ir hacia atrás. La doctrina fascista no escogió a de Maistre como profeta93.

Característico de tal equívoco es la atención que, en el interior del III Reich, Evola prestó a las SS, muy probablemente porque estos se presentaban como una «Orden» y a que la noción de Orden desempeñaba, como lo hemos visto, un papel central en su pensamiento político. Evola tuvo además la oportunidad, en 1938, de realizar, para la revista de Preziosi, un reportaje acerca de los célebres «Ordensburgen» nacionalsocialistas94; pero tras una misma palabra pueden esconderse realidades muy distintas. Aunque Himmler podía estar personalmente fascinado por los caballeros teutónicos y por el recuerdo de los «antiguos germanos», su concepción del mundo no era menos que las antípodas del de Evola. Los SS no fueron para nada concebidos como una «sociedad de hombres», como una «élite definida por una solidaridad exclusivamente viril» tendiente a la «persona absoluta»: cada uno de sus miembros estaba destinado, al contrario, a fundar un hogar que se inscribiría en una «línea hereditaria». Mucho más aún que el propio partido nazi, los SS hacían del «materialismo biológico» el centro mismo de su visión del mundo95. Evola probablemente no captó en toda su magnitud la voluntad del fascismo y del nacionalsocialismo de luchar contra las ideologías que él mismo combatía, no solamente con los medios modernos, sino igualmente en nombre de otra forma de modernidad, de allí la ambigüedad de su posición. Apreciaba en el fascismo aquello que no era específicamente fascista sino «tradicional», creyendo que era posible «rectificar» el fascismo llevándolo a abandonar lo que le pertenecía con toda propiedad –subestimando así la importancia de lo que, en el propio fascismo, hacía que fuera eso y no otra cosa. Philippe Baillet se refirió, a propósito de esto, de «sobrestimación de las potencialidades reaccionarias» del fascismo y del nacionalsocialismo, «y por cuya causa [Evola] pasa de lado lo que fundaba propiamente a ambos regímenes y les confería su especificidad»96. La cuestión que se puede plantear es saber si el fascismo «rectificado», tal y como lo deseaba Evola, habría tenido todavía algo que ver con el fascismo.

La influencia política de Evola

La influencia propiamente política de Julius Evola no comenzó a dejarse sentir más que después de la Segunda Guerra mundial, especialmente después de la publicación de Orientaciones y de Los hombres y las ruinas. Es igualmente a partir de los años cincuenta cuando sus adversarios comenzaron a ver en él, de manera excesivamente sumaria, a un «doctrinario fascista», mientras que casi no había sido reconocido como tal bajo el fascismo realmente existente.

Esta influencia política se ejerció evidentemente primero en Italia, antes de manifestarse en Francia en los inicios de los años setenta, después en España, en América Latina, en Alemania y en los países del Este. No hay duda de que el pensamiento político evoliano sedujo sobre todo a las corrientes emparentadas directa o indirectamente con la derecha radical. Los grupos que pugnaban por una «derecha revolucionaria» encontraron en su obra una coherencia doctrinal insuperable, así como las palabras de orden de una radicalidad crítica apropiadas para consolidar sus posiciones.

Otros grupos, simpatizantes de un «fascismo extremo», partidarios incluso a veces del nacionalsocialismo, igualmente tomaron en cuenta algunas de sus ideas, pasando por alto las críticas extremadamente duras que había vertido sobre el régimen hitleriano. Pero la influencia política de Evola no se limitó a estos medios. Los monárquicos igualmente sacaron provecho de sus múltiples argumentos en favor del sistema monárquico. Los individualistas radicales se apoyaron en su pensamiento para justificar su desprecio narcisista por la «plebe» y su repugnancia por el mundo moderno. Los jóvenes militantes de los partidos clásicos de derecha encontraron en sus libros cómo alimentar la intransigencia a la que sus propios dirigentes no respondían. E incluso ciertos católicos tradicionalistas se pudieron inspirar en su apología de la «Tradición», tal y como lo atestigua Fausto Gianfranceschi, para quien, a pesar de las críticas dirigidas por Evola y que menospreciaban el cristianismo,

sus obras, paradójicamente, lograban –entre aquellos de nosotros que éramos [católicos]– reforzar la convicción de que la filosofía perenne de la Iglesia era la única forma de pensamiento viviente o institucionalizado capaz de dictar las reglas de acción y de juicio para aquello que no se dejaban atrapar por las ideologías materialistas97.

Dicha diversidad resulta también muy significativa.

Si Evola sedujo a la derecha radical fue debido, en primer lugar evidentemente, a su propia radicalidad ideológica, a su crítica sin compromiso hacia el mundo actual, así como a su capacidad para oponer a la modernidad triunfante una serie de negaciones abruptas, que en él son la contraparte de un conjunto de «afirmaciones soberanas». Pero la predilección de la que gozó en esos medios no siempre estuvo exenta de ambigüedad. La derecha radical, por ejemplo, siempre se declaró de buen grado más «revolucionaria» que «reaccionaria»; ese no es el caso de Evola. Él ciertamente llegó a escribir –en referencia implícita a la Revolución Conservadora alemana– que «en relación a todo lo que hoy día forma la civilización y la sociedad modernas, efectivamente se puede decir que nada es tan revolucionario como la Tradición»98. Por regla general, sin embargo, más bien se muestra reticente a utilizar este término, y frecuentemente se pone en guardia contra el «alma secreta» de la palabra «revolución», mientras que constantemente recriminaba a la Derecha por no atreverse a afirmarse rotundamente «reaccionaria» –aunque podría decirse que su pensamiento, fundado en la «idea jerárquica integral», expresa ante todo una forma particular de radicalidad reaccionaria.

Por lo mismo, la derecha radical admiró más el fascismo de la República Social que el fascismo «clásico» de antes de 1943. Sin embargo, allí también Evola profesaba una opinión contraria. A pesar de su admiración por el «aspecto combatiente y legionario»99 de la República Social, el vuelco «republicano» del fascismo de Saló, considerado por algunos como un «retorno a las fuentes» iniciales del movimiento, representaba para él una «regresión involutiva»: «Desde nuestro punto de vista –escribe– no hay nada a este respecto que pueda sacarse de la República Social»100.

La derecha radical, finalmente, con frecuencia manifestó una simpatía más o menos explícita hacia no importa qué forma de radicalidad, ya fuera de izquierda o de extrema izquierda. Esta derecha, de forma general, tiende a identificarse con el «pueblo», a proclamar un socialismo «nacional», a colocarse a la «izquierda de la derecha», y a veces se declara más próxima de un revolucionario de izquierda, bolchevique (o «nacional-bolchevique»), que de un burgués. Evola, de quien de paso hay que señalar que raramente se desentiende de quienes se proclaman sus seguidores, jamás adoptó ninguna de estas actitudes ni sostuvo ninguna de estas opiniones. Su desconfianza respecto del «pueblo», su rechazo explícito a lo que llamaba el «ideal social», y su extrema hostilidad hacia el bolchevismo se lo impedían de manera absoluta. Ciertamente él sostenía un punto de vista netamente «anti-burgués», pero lo hacía para enfatizar que la burguesía podía ser refutada tanto «por lo alto» como «por lo bajo», pero agregaba que el anti-burguesismo de izquierda, obrero o socialista, debía ser rechazado porque llevaba «aún más abajo». Para Evola, todo dependía, a fin de cuentas, en nombre de qué se declaraba desear combatir a la burguesía.

Para él, el anti-burguesismo era aceptable, e incluso necesario, si apelaba a una «concepción superior, heroica y aristocrática de la existencia»101, pero no lo era en nombre de cualquier ideal. Asimismo, aunque haya llegado a fustigar al americanismo o al liberalismo por su poder disolvente –superior al del comunismo102– no hay duda de que el bolchevismo representaba para él algo peor que el liberalismo burgués, precisamente porque correspondía, en su sistema, a un agravamiento, a un punto terminal (la «noche» respecto del «crepúsculo»). Este es todavía un punto sobre el que su pensamiento se separa de la derecha radical o «revolucionaria», para la cual, el reino del liberalismo burgués es aún peor, más destructivo y descompone mucho más que lo que el comunismo jamás haya hecho.

Retorno a la «apoliteia»

Las últimas líneas de Los hombres y las ruinas contienen una interrogación análoga a la que ya figuraba a manera de conclusión en Orientaciones: «Queda por ver cuántos hombres permanecen todavía de pie entre las ruinas». Implícitamente, tal interrogante vuelve a suscitar la cuestión de la posibilidad misma de una acción política que se inspirase en principios «tradicionales». El mismo Evola no vacila en responder de manera negativa. Desde 1961, en Cabalgar el tigre, subrayaba ya «la imposibilidad de obrar de manera positiva en el sentido de un retorno real y general al sistema normal y tradicional»103. En su autobiografía, aparecida en 1963, afirmaba su

convicción de que nada puede hacerse para provocar una modificación importante de esta situación, para hacer que los procesos tomen posteriormente –después de los últimos hundimientos– un curso irreparable [...] No existe nada, en el dominio político y social, que verdaderamente amerite una adhesión total y un compromiso profundo104.

Un año mas tarde, en la primera edición de El fascismo visto desde la derecha, declaraba: «Hay que decir que hoy día no existe, en Italia, una Derecha digna de este nombre»105. Finalmente, poco tiempo antes de su muerte, en la segunda edición de El camino del cinabrio, escribía:

Fuera de la adhesión de los representantes de las jóvenes generaciones, atraídos por los fundamentos que las doctrinas tradicionales ofrecen a una orientación de Derecha, no hay personas cualificadas que, al llegar a la madurez –en el terreno de los estudios y partiendo de las posiciones que he defendido o que hice conocer– vayan más allá mediante desarrollos personales serios, metódicos y meditados [...] tales personas son prácticamente inexistentes106.

Y es precisamente porque estaba convencido de que nada podía ser logrado en el dominio de los fines externos que Evola publica, en 1961, Cabalgar el tigre, obra en la que se esfuerza en señalar de nuevo «orientaciones existenciales», pero esta vez desde una perspectiva estrictamente «individual». Sin modificar para nada sus principios, en este libro Julius Evola abandona radicalmente cualquier perspectiva política y aduce que es posible hacerlo en el fuero interno.

Hemos hecho alusión –escribe– [...] al exiguo número de aquellos que, hoy, sea por su temperamento o por su vocación, todavía creen, a pesar de todo, en la posibilidad de una acción política rectificadora. Es para guiar la orientación ideológica de ellos que escribimos hace algunos años Los hombres y las ruinas. Pero en razón de las experiencias que hemos tenido después, sólo podemos reconocer abiertamente que las condiciones necesarias para llegar a un resultado cualquiera, apreciable y concreto, en una lucha de esta tipo, están actualmente canceladas [...] La única norma valiosa que dicho hombre [el que se mantiene fiel a la Tradición] puede extraer de un balance objetivo de la situación, es la ausencia de interés y el desapego respecto de todo aquello que hoy es «político». Su principio sería, pues, lo que en la antigüedad se llamó apoliteia107.

Nada podría completarse en el terreno político; sería mejor tomar distancia y refugiarse en la apoliteia, es decir, alejarse. Evola invita, pues, a los «hombres diferenciados», a aquellos que se sienten «absolutamente fuera de la sociedad», a «abandonar cualquier finalidad positiva externa, que se ha vuelto irrealizable en una época de disolución como la nuestra»108, para concentrarse en el «actuar sin actuar», en la construcción y el perfeccionamiento de sí mismo, en la conquista de una posición espiritual inexpugnable, de una patria interior «que ningún enemigo jamás podrá ocupar ni destruir»109. Esta posición no deja de recordarnos la del Anarca de Ernst Jünger, pero que no puede confundirse para nada con ella. Considera obsoleta cualquier esperanza política y desalienta cualquier veleidad de la acción en la vida publica: «Nada puede hacerse»110.

Parecería que Evola se hubiera encerrado dentro de un largo paréntesis, para continuar con ciertas actitudes «rectificadas» en su itinerario interior. Es lo que él mismo dirá al recordar Cabalgar el tigre, y consignará en su autobiografía:

Un ciclo se cierra con este libro; en cierto sentido, he vuelto a las posiciones de partida –hacia las que había sentido, a veces inconscientemente, un impulso profundo durante mi primera juventud– que me condujeron a la negación radical de los valores existentes en el mundo111.

El repliegue hacia el fuero interno conduce, en efecto, a la época del Individuo absoluto, de este individuo solitario que, al no querer depender de nada externo a él mismo, y al ver necesariamente al Otro como una privación, una alteración o una deficiencia contaminante, ha llegado a la «negación radical del mundo existente».

¿Cuáles son las razones de la imposibilidad de una política «tradicional»? Evola habla de razones estrictamente coyunturales: son las circunstancias del momento las que impiden la puesta en acción concreta de cualquier principio político «verdadero». Debido a las circunstancias, aparentemente vinculadas al estado de degradación o de disolución del mundo exterior, resulta legítimo concluir que hay una relación directa entre el hecho de que no se pueda hacer nada en el plano político y ese otro hecho según el cual, en la concepción «tradicional» de la historia –que es la de Evola– el momento actual corresponde a un «final de ciclo», a una fase crepuscular, terminal, identificada frecuentemente con el Kali-yuga de los indios o con la «era del lobo» de la tradición nórdica.

Pero es claro que la idea de «final de ciclo» posee, por sí misma, algo de paralizante o incapacitante. Si se vive en un final de ciclo y nada puede impedir que dicho ciclo llegue a su término, ¿dónde puede residir la «libertad fundamental de movimiento», si no es en el fuero interno? Esto lo había comprendido bien Alain Daniélou, quien escribió: «En un mundo que se encamina a su pérdida –de acuerdo con la teoría de los ciclos– sólo existe la salvación individual»112. Ante tal perspectiva, no existe ninguna paradoja, en efecto, en promover una acción política cualquiera, ya que la finalización del ciclo actual –y el surgimiento de uno nuevo– es resultado no de la acción de los hombres sino de las leyes absolutas de la metafísica. La acción política supone la esperanza de llegar a un fin. Sin embargo, ¿qué fin se le puede asignar a un mundo que está en vías de llegar a su final? La acción política implica también, por definición, la reversibilidad de situaciones juzgadas indeseables. No obstante, desde el punto de vista de la teoría de los ciclos, la crisis del mundo moderno se caracteriza por su irreversibilidad. Cuando Evola declara que la batalla está «materialmente perdida», comprendemos sin trabajo que no lo puede estar espiritualmente. ¿Pero qué sentido político dar a esta propuesta?

Evola escribe, sin embargo, que «son los hombres, en tanto verdaderamente hombres, los que hacen y deshacen la historia»113. Pero también dice que la historia es una «entidad misteriosa» que «no existe», que no es más que un «mito» que debe «combatirse»: «pensar en términos de historia es absurdo». Finalmente, denuncia cualquier historicismo, y llega a escribir incluso que cuando se ha rechazado el historicismo, «el pasado deja de ser algo que mecánicamente determina el presente»114. Jean-Paul Lippi concluye que

la crítica fundamental que Evola hace al historicismo se debe a que vuelve imposible, para quien la adopta, cualquier toma de posición voluntarista y, en consecuencia, verdaderamente libre115.

La cuestión que de cualquier forma es menester plantearse es saber si este punto de vista resulta compatible con la teoría de los ciclos.

¿No se ha vuelto «imposible» el voluntarismo político debido a la afirmación de una decadencia obligada ocasionada por un progreso ineluctable? En realidad, lo que Evola rechaza con mayor firmeza no es tanto el historicismo propiamente dicho como el optimismo inherente a las formas modernas del historicismo, comenzando por la ideología del progreso. El cuadro general que bosqueja en Rebelión contra el mundo moderno, por ejemplo, confiere efectivamente a la historia un sentido muy preciso –a la vez como dirección y como significación. Evola busca también, más allá de la simple concatenación de los acontecimientos, identificar las líneas de fondo del desarrollo histórico –y los momentos o etapas de la historia que él considera más significativas casi no difieren de las que la ideología del progreso ha mantenido. Se limita a dotarlas de un coeficiente de valor rigurosamente opuesto.

Al presentar a las sociedades «tradicionales» como sociedades ahistóricas o indiferentes, al menos, a la historia, Evola no rechaza para nada la noción de «sentido de la historia» que, además, es inherente a la teoría de los ciclos. Al interpretar a la historia no como un movimiento progresivo en perpetuo ascenso, sino como un movimiento constantemente descendente, como decadencia siempre acentuada, solamente reafirma que dicho «sentido» es puramente negativo: sí hay «progreso», ¡pero progreso en la decadencia!116 Revelador a este respecto es el hecho de que denuncia, en el marxismo, una forma evidente de historicismo, al reconocer en Marx el mérito de haber intentado «definir una dirección general de la marcha de la historia en función de fases muy precisas»117. Es por ello que propone

un esquema historiográfico que, en cierta medida, corresponde al esquema marxista y, al igual que este último, considera los procesos generales y esenciales más allá de los factores contingentes, locales y nacionales, pero que, de cualquier forma, indican la regresión, el hundimiento y la destrucción de aquello que, por el contrario, es exaltado en el marxismo como progreso y como conquista del hombre118.

En otras palabras, Evola critica fundamentalmente el historicismo en nombre de un historicismo de sentido contrario, en el que la ideología de la decadencia constituiría un espejo invertido, la calca negativa de la ideología del progreso: lo que es impensable en ambos casos es que la historia pueda, en cualquier momento, rodar en cualquier sentido. De aquí resulta una tensión evidente entre esta filosofía de la historia –con el inevitable resultado de una especie de fatalidad metafísica inherente al movimiento mismo de la historia– y la importancia que Evola da, además, a la idea de voluntad, de poder absoluto y de libertad incondicionada.

Pero la imposibilidad de una política «tradicional» no resulta quizás solamente de factores vinculados a la coyuntura y a la teoría de los ciclos. La política que Evola propone es una política que se ordena hacia ideas y principios absolutos. Es, en otros términos, una política ideal. No obstante, si consideramos que la política es ante todo el arte de lo posible, y que lo posible es, de entrada, un asunto del contexto y de la situación, una política ideal corre el elevado riesgo de aparecer como una contradicción en sus propios términos. Al situarse a nivel de los principios, Evola coloca demasiado alto su exigencia, lo que en sí es encomiable. Pero el problema con las ideas puras es que la mejor manera que tienen para mantenerse puras es jamás concretizarse en la realidad: los horizontes más elevados son también los más inalcanzables. Desde este punto de vista, hay una contradicción cierta entre la política –que siempre se inscribe en lo relativo y jamás constituye una modalidad de la acción histórica– y la tradición, que se considera con un alcance metahistórico, es decir, absoluto.

Evola, podríamos decir, ejerció una innegable influencia política, mientras que las ideas que proponía volvían más problemática la acción política. La «política evoliana» –distinta de la crítica evoliana de la política– parece conducir, así, sin más, a no hacer política.

*

Tanto por su contenido como por la influencia que ha ejercido, Los hombres y las ruinas constituye, sin discusión, una obra importante desde el punto de vista de la historiografía de las ideas de la Derecha. Cerca de medio siglo después de su publicación, la validez y actualidad de las ideas que allí encontramos expresadas dependen evidentemente, en gran medida, del grado de empatía del lector. Por nuestra parte, son sobre todo ciertas críticas formuladas por Evola las que nos parecen susceptibles de inspirar una reflexión –oportuna por añadidura– para el mundo actual. Incluso si no se comparten sus premisas, la crítica evoliana al Estado-nación, por ejemplo, resulta aún muy pertinente en una época en que esta forma política, emblemática de la modernidad, parece cada día más tocada por la impotencia y la obsolescencia. Lo mismo sucede con su crítica a la «superstición moderna del trabajo», que se acerca a algunas reflexiones de Hannah Arendt; esta profunda observación la compartiría también con Friedrich Nietzsche:

Cada día el trabajo acapara crecientemente la buena conciencia en beneficio suyo: el gusto por la alegría ya se llama «necesidad de reposo»; comienza a sonrojarse de sí misma [...] Pero en otro tiempo era lo contrario: era el trabajo el que daba remordimiento119.

Evola tuvo igualmente el gran mérito de denunciar con firmeza, en una época en que no era corriente, cualquier concepción general de la vida o de la sociedad que se fundara solo en el plano de la economía, o que le atribuyera, en última instancia, un papel decisivo. Incluso aunque no se sepa muy bien si Evola se limita a colocar a la economía en un lugar subordinado o si le confiere una importancia mínima –lo que no es lo mismo– no se puede más que estar de acuerdo con él cuando afirma que «no es el valor de un sistema económico o de cualquier otro el que hay que poner en cuestión, sino la economía en general»120, o cuando con fortuna estigmatiza la obsesión economicista que «ha tomado el cuerpo y el alma del hombre y que, finalmente, lo ha condenado a una marcha sin respiro, a una expansión ilimitada del hacer y el producir»121. Evola lo dice con gran justeza:

la verdadera antítesis no contrapone el capitalismo con el marxismo, sino un sistema en donde la economía es soberana –cualquiera que sea su forma– en oposición a un sistema que se encuentra subordinado a factores extra-económicos, dentro de un orden mucho más vasto y completo, de tal naturaleza que le confiera a la vida humana un sentido profundo y le permita desarrollar sus posibilidades más elevadas122.

Pero en último análisis, y como siempre sucede con Evola, es indudablemente en el dominio de la ética en donde encontramos las consideraciones más apropiadas para inspirar la reflexión de todos los días. Como cuando dice que «la medida de lo que se puede exigir a los otros está dada por lo que se sepa exigir a sí mismo»123, o cuando recuerda que «el poder se funda en la superioridad, y no la superioridad en el poder»124, e incluso cuando describe el antagonismo entre el sistema del honor y la dignidad indistintamente asignada a cada cual. Es en dichas páginas en las que hombres y mujeres pueden tomar lecciones.


Notas

* Este texto fue redactado como prefacio a la edición definitiva de Orientaciones y Los hombres y las ruinas, en un volumen de las «Obras de Julius Evola» que apareció en enero de 2002 en las ediciones Mediterranee de Roma. Fue publicado posteriormente en el número doble, 53-54, de la revista francesa Nouvelle École, año 2003, pp. 147-169.

1 Se sabe que Evola, después del bombardeo a Viena en 1945, sólo regresó a Roma tres años después de haber estado bajo cuidados en Austria, y únicamente lo hace durante un breve período, ya que pasa dos años y medio en diferentes clínicas de Bolonia. Evola no se instalará de manera definitiva en la capital italiana más que hasta la primavera de 1951. Sin embargo, en el mes de abril de 1951 es arrestado y hecho prisionero bajo la acusación de ser el inspirador de dos grupos neofascistas clandestinos, los FAR (Fascios de Acción Revolucionaria) y la Legión Negra. Fue absuelto después de su proceso, el 29 de diciembre de 1951, luego de haber estado detenido durante seis meses.

2 Le chemin du Cinabre, Milán-Carmagnola, Archè-Arktos, 1982, p. 162. Aquí citamos las obras de Evola a partir de su edición más reciente.

3 Cfr. especialmente su entrevista con Gianfranco de Turris, en Il Conciliatore, 15 de enero de 1970, pp. 16-19.

4 Aparecieron en Italia después de 1950 cerca de doce ediciones diferentes de Orientaciones, algunas de ellas casi clandestinas. A las dos ediciones francesas íntegras («Orientations», en Julius Evola, le visionnaire foudroyé, París, Copernic, 1977, pp. 29-54, traducción de Pierre Pascal; Orientations, Puiseaux, Pardès, 1988, 94 pp., traducción de Philippe Baillet), se suman las dos traducciones españolas (Orientaciones, Madrid, Graal, y Barcelona, Bau, 1974, 61 pp., traducción de Francesco Z. Giorcelli y Sol Muñoz Lafitta; Orientaciones, Imperium, Buenos Aires 1977, y la reedición mexicana, hecha a partir de le versión madrileña, y editada por el Frente Nacional de la Juventud, 1984, con una “Nota para los camaradas iberoamericanos” de Juan Pablo Herrera), así como la traducción griega («Prosanotolismoi», en Anthropines Skeseis, Atenas, diciembre de 1972, pp. 28-33 y 50, traducción de Harry Guitakos), holandesa (Oriëntaties, Gent-Brussel, Centro Studi Evoliani, 1982, 23 pp., traducción de Peter Logghe), polaca (Orientacje, Chorzów, Parzival, 1993, traducción de Bogdan Koziel) y húngara (Orientációk, Budapest, Stella Maris Kiadó, 1998, 89 p., traducción de Gábor Zsuzsa). Los hombres y las ruinas ha sido reeditado seis veces en Italia, mientras que la versión francesa ha sido objeto de dos ediciones diferentes (Les hommes au milieu des ruines, París, Sept couleurs, 1972, 252 p., traducción anónima; 2a edición aumentada: París, Guy Trédaniel-La Maisnie y Puiseaux, Pardès, 1984, 284 p., traducción revisada y completada por Gérard Boulanger). Existe también traducción española (Los hombres y las ruinas, Barcelona, Alternativa, 1984, 254 p., traducción de Marcos Ghio), alemana (Menschen inmitten von Ruinen, Tübingen, Hohenrain, 1991, 406 p., traducción de Rainer M. Natlacen) e inglesa (Men Among the Ruins. Post-War Reflections of a Radical Traditionalist, Rochester, Inner Traditions International, 2002, traducción de Guido Stucco).

5 Cfr. especialmente los Saggi di dottrina politica. Crestomazia di saggi politici (Sanremo, Casabianca-Mizar, 1979; 2a edición: Saggi di dottrina politica, Génova, I Dioscuri, 1989; traducción francesa: Essais politiques. Idée impériale et nouvel ordre européen –Economie et critique sociale– Germanisme et nazisme, Puiseaux, Pardès, 1988), compilación en la que se encuentran textos que frecuentemente desarrollan de manera sugestiva consideraciones igualmente presentes en Los hombres y las ruinas o que abordan temas no examinados en este libro.

6 Pierre-André Taguieff, «Julius Evola penseur de la décadence. Une “métaphysique de l’histoire” dans la perspective traditionnelle et l’hyper-critique de la modernité», en Politica Hermetica, 1, Lausana, L’Age d’homme, 1987, p. 16.

7 Julien Freund, L’essence du politique, París, Sirey, 1965, p. 25.

8 Qu’est-ce que la politique?, París, Seuil, 1982, p. 177.

9 Révolte contre le monde moderne, Lausana, L’Age d’homme, 1991, pp. 42.

10 Ibid., p. 41.

11 Les hommes au milieu des ruines, París-Puiseaux, Guy Trédaniel-Pardès, 1984, p. 29.

12 Es dicha actitud –que Julien Freund describe como profundamente «impolítica»– la reconducción de lo político a la metafísica, la que para él constituye una forma entre otras de negarle una esencia autónoma (para otros autores, la política debe estar sometida, reducida o colocada en dependencia de la moral, el derecho, la técnica, la economía, etcétera).

13 Prefacio a la segunda edición francesa de Orientations, Puiseaux, Pardès, 1988, p. 9.

14 Orientations, op. cit., p. 58.

15 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 41.

16 «Deberíamos estudiar las fórmulas que transformen gradualmente al obrero en propietario en pequeño» (Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 172).

17 «Haría falta que el anonimato y el desinterés propios del antiguo corporatismo resurgieran en el mundo de la técnica bajo una forma inédita, lúcida, esencial» (ibid., p. 171).

18 Orientations, op. cit., pp. 55-56.

19 «Vedute sull’ordine futuro delle nazioni», en La Vita italiana, septiembre de 1941.

20 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 52.

21 «El socialismo es el socialismo, y añadirle el adjetivo “nacional” no es más que disfrazarlo a la forma del caballo de Troya» (Le fascisme vu de droite. Suivi de: Notes sur le Troisième Reich, Puiseaux, Pardès, 1993, p. 102).

22 Es dicha oposición a todo lo que se encuentra en el orden de la cantidad y de a sola «naturaleza» la que conduce a Evola a tomar una posición netamente anti-natalista, demasiado original entre los medios «de derecha». Sin dudar en hablar del «desbordamiento de los nacimientos», e incluso de la «plaga de los nacimientos», y en lo que ve en una transformación de la «potencia del número», Evola hace un enérgico llamado por una «política anti-demográfica». Sin embargo, no se interroga antes para saber las razones de la menor fecundad democrática de las élites.

23 «Signification de l’aristocratie», en Julius Evola, Tous les écrits de «Ur» & «Krur» («Introduction à la magie»). «Krur» 1929, Milán, Archè, 1985, p. 43.

24 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 94.

25 Orientations, op. cit., p. 51.

26 Ibid., pp. 77-79.

27 Ibid., p. 55.

28 «L’idée olympienne et le droit naturel», en L’arc et la massue, París-Puiseaux, Guy Trédaniel-Pardès, 1983, pp. 77.

29 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 34.

30 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 64.

31 Ibid., p. 383.

32 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 36.

33 Ibid., pp. 37.

34 Julius Evola, métaphysicien et penseur politique. Essai d’analyse structurale, Lausana, L’Age d’homme, 1998, p. 210.

35 Ibid., p. 12. Cfr. también p. 179: «Toda la doctrina política evoliana se inscribe en el esquema general de la bipolaridad masculino-femenino y descansa en la convicción de que el Estado puede y debe ser la expresión política de la virilidad espiritual».

36 Métaphysique du sexe, Lausana, L’Age d’homme, 1989, p. 224.

37 Conferencia del 10 de diciembre de 1937, pronunciada en el Studienkreis de Berlín («Restauración de Occidente dentro del espíritu ario original», en Totalité, octubre de 1985, pp. 15-35).

38 «Historia secreta de la Roma antigua: los Libros sibilinos», en Totalité, junio-agosto de 1978. Se notará que Evola clasifica a los etruscos y los pelasgos entre los pueblos no indo-europeos, afirmación discutible al menos (y hoy cada vez más discutida). Tomado globalmente, el elemento griego llamó, en cambio, menos su atención que el elemento romano.

39 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 34.

40 Aquí se reconoce la influencia de Bachofen, así como la idea –hoy un poco abandonada (si no en ciertos medios feministas)– según la cual el culto a divinidades femeninas o la existencia de un sistema de filiación matrilineal va necesariamente a la par de una verdadera «ginecocracia», es decir, de una autoridad preponderante de las mujeres en el dominio político y social. Cfr. Julius Evola, Il matriarcato nell’opera di J. J. Bachofen, Roma, Fondazione Julius Evola, 1990. En este punto de la demostración, Evola se cuida bien de evocar el omnipresente patriarcado del Israel antiguo. Igualmente olvida que, en el panteón indoeuropeo, los dioses no se planteaban para nada como «adversarios» de las divinidades femeninas.

41 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 259 («composante dissolvante»).

42 Masques et visages du spiritualisme contemporain. Analyse critique des principaux courants modernes vers le «suprasensible», Puiseaux, Pardès, 1991, p. 140. Como ya lo hemos visto, Evola, llega incluso a atribuir una naturaleza «femenina» al «ideal sacerdotal», opinión que no podía más que escandalizar a René Guénon. Al sentirse él mismo como un «guerrero», afirma que el elemento viril reside no en el sacerdocio sino en la realeza, lo que lo lleva a definir el «tipo real» como el «tipo masculino que determina y domina la sustancia original concebida como madre y femenino» («Autorité spirituelle et pouvoir temporel», en Julius Evola, «Krur» 1929, op. cit., p. 182). «La realeza –escribe todavía– tiene primacía sobre el sacerdocio, precisamente como, en el símbolo, el sol tiene la primacía sobre la luna, y el hombre sobre la mujer » (Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 112).

43 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 346.

44 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 35.

45 Ibid., p. 39.

46 Chevaucher le tigre, París, Guy Trédaniel, 1982, p. 188.

47 «Eticità dell’autarchia», en Il Regime fascista, 7 de junio de 1938.

48 Métaphysique du sexe, op. cit., pp. 15-16.

49 Op. cit., p. 73.

50 Ibid., p. 101.

51 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 264.

52 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 59.

53 Op. cit., p. 62.

54 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 37.

55 Orientations, op. cit., p. 54.

56 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 9.

57 Teoria dell’Individuo assoluto, Turín, Bocca, 1927; Fenomenologia dell’Individuo assoluto, Turín, Bocca, 1930. Cfr. también los escritos de este período reunidos en: Julius Evola, L’Idealismo Realistico, 1924-1928, editados por Gianfranco Lami, Roma, Antonio Pellicani, 1997.

58 Carta a Mircea Eliade, 28 de mayo de 1930.

59 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 9.

60 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 53.

61 Louis Dumont, Homo aequalis. Genèse et épanouissement de l’idéologie économique, París, Gallimard, 1977; Essais sur l’individualisme. Une perspective anthropologique sur l’idéologie moderne, París, Seuil, 1983.

62 «Cavalcare la tigre et l’individualismo di Julius Evola», en La Società degli individui, 1998, 3, p. 77.

63 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 52. Cfr. también la 4a parte de Cabalgar el tigre, titulada «Disolución del individuo». En su libro de 1928, Imperialismo pagano, Evola vuelve sobre sus tesis acerca del «individuo absoluto», en donde dice deplorar ante todo «la decadencia, en Occidente, del valor de la individualidad». «Aunque pueda parecer extraño –escribe– en la base de nuestro imperialismo se encuentran los valores que aparecen, igualmente, como presupuestos de las formas liberales de la democracia. La diferencia estriba en el hecho de que, en el liberalismo, dichos valores son afirmados por una raza de esclavos [sic] que no se atreve a pensarlos y quererlos hasta el extremo, para y en el individuo, sino que, al contrario, los desplaza de manera ilegítima e igualitarista, hacia la “sociedad” y hacia la “humanidad”». Resulta revelador que Evola, en este pasaje, lejos de denunciar los presupuestos individualistas de la doctrina liberal, recrimina al liberalismo, por el contrario, no atreverse a «pensarlos y quererlos hasta el extremo». Esta absolutización del individuo –en oposición al pueblo– que amenaza en todo momento en desembocar en el solipsismo, ha sido bien notada por Philippe Baillet, quien escribió lo siguiente a propósito de Imperialismo pagano: «El “individualismo” nietzscheano aquí se extiende hasta la caricatura: algunos pasajes […] parecen erigir simplemente en filosofía personal una agorafobia absoluta. La “socialidad”, cuyo origen se atribuye sin medias tintas al cristianismo primitivo, aquí es sinónimo de “contaminación”. No existe la comunidad, o más bien se confunde también con la aborrecida “colectividad”. El “pueblo” es una ficción, un flatus voici que desenmascara la lucidez nominalista: se identifica con la masa, que no es nada mientras no haya sido moldeada por la voluntad de los “dominadores”, de los “amos”. Hay que insistir sobre esta ausencia tota de dimensión comunitaria. Enunciada aquí bajo una forma extremista, la “asocialidad” evoliana sólo cambiará sus modalidades de expresión, pero no su estatuto, en toda su obra posterior» («Comme une bouteille à la mer…», prefacio a Julius Evola, Impérialisme païen, Puiseaux, Pardès, 1993, p. 19). En otro texto sobre Evola, Philippe Baillet añade: «Al rechazar en su juventud (y no reparar jamás verdaderamente acerca de este rechazo) la tradición realista u “objetivista” de la filosofía clásica […] en favor de la “contingencia” del individuo absoluto que afirma la libertad suprema del Yo hasta lo arbitrario, [Evola] ingresaba necesariamente a la órbita del “culto” fascista a la acción, entendido en su sentido más profundo: el activismo como solipsismo vivido, en acto […] El solipsismo evoliano, indisociable de un itinerario muy personal participa, por un lado, de cierta estética nada despreciable; es también, para nuestra sensibilidad, la causa primera, debido al relativismo que le es inherente, a su imposibilidad intrínseca, y no accidental, de ver nacer algún día, a partir de la obra de Evola, una escuela autónoma de pensamiento, con contornos claramente definidos y con objetivos unitarios» («Julius Evola et les “électrons libres”. Autour du Dossier H consacré à Julius Evola», en Politica Hermetica, 12, 1998, p. 266).

64 «Les deux visages du nationalisme», en Essais politiques, op. cit., p. 56.

65 «Tradition et réaction: la figure de Julius Evola», en Mil neuf cent, 9, 1991, p. 93. Se puede notar que uno de los reportes secretos sobre Evola redactados en el contexto de la Ahnenerbe –reporte que fue dirigido el 31 de agosto de 1938 a Himmler– alude a su «individualismo extremo» y a su «individualismo absoluto». Cfr. Bruno Zoratto, Julius Evola nei documenti segreti dell’Ahnenerbe, Roma, Fondazione Julius Evola, 1977, pp. 35-43.

66 «Les deux visages du nationalisme», artículo citado, p. 56.

67 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 83.

68 Les hommes au milieu des ruines, 2a edición, op. cit., p. 66.

69 Ibid., p. 239.

70 «L’Etat et le travail», en Explorations. Hommes et problèmes, Puiseaux, Pardès, 1989, p. 42.

71 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 66.

72 «Fonction et signification de l’idée organique», en: Julius Evola, le visionnaire foudroyé, París, Copernic, 1977, p. 56.

73 «L’Etat et le travail», artículo citado, p. 35.

74 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 59.

75 «La droite et la culture», en Explorations, op. cit., p. 280. Cfr. también Julius Evola, Citazioni sulla Monarchia, Palermo, Thule, 1978.

76 Es oportuno recordar aquí que, al menos en el caso de Francia, las relaciones entre el rey y la aristocracia fueron con mucha frecuencia conflictivas: los soberanos franceses constantemente lucharon contra los señores «feudales». Hermann de Keyserling, por quien Julius Evola difícilmente sentía estima, escribe por su parte: «Los aristócratas siempre son, por sí mismos, republicanos; la forma normal del Estado para los pueblos de estructura aristocrática es, en consecuencia, la república y no la monarquía, pues aquel que tenga conciencia señorial difícilmente soporta por encima de él a alguien que se crea superior» (L’analyse spectrale de l’Europe, París, Gonthier-Médiations, 1965, p. 156).

77 Théorie du pouvoir politique et religieux [1796], París, UGE/10-18, 1966, p. 21.

78 Al hablar del cristianismo, él llega sin embargo a escribir que «el rechazo, el desapego violento de la naturaleza conduce a la desacralización, a la destrucción de la concepción orgánica del mundo como cosmos» (L’arc et la massue, op. cit., p. 202). Pero no veríamos cómo se conciliarían estas líneas con los llamados constantes en favor de una dominación por parte del elemento «viril» de todo aquello que sólo está en el orden de la «naturaleza». En Cabalgar el tigre, Evola precisa: «Cualquier “retorno a la naturaleza” (fórmula que, generalizada, también puede incluir todas las reivindicaciones en nombre de los derechos del instinto, del inconsciente, de la carne, de la vida inhibida por el “intelecto” y así por el estilo) es un fenómeno de regresión» (op. cit., p. 154).

79 El primer libro de Evola traducido al alemán, Imperialismo pagano (Todi-Roma, Atanor, 1928), fue publicado en una versión revisada y ampliamente modificada por el autor para una casa editora directamente ligada a los medios völkisch: Heidnischer Imperialismus, Leipzig, Armanen, 1933 (retraducción al italiano a partir de la versión alemana: «Heidnischer Imperialismus», Treviso, Centro Studi Tradizionali, 1991). Acerca de las relaciones de Evola con la Revolución Conservadora, cfr. también: H. T. Hansen, «Julius Evola und die deutsche Konservative Revolution», en Criticón, Munich, abril-junio de 1998, pp. 16-32.

80 Diversos teóricos völkisch, entre los que se encuentran Ernst Bergmann y sobre todo Herman Wirth, de quienes Evola apreciaba los trabajos sobre los orígenes «atlántico-occidentales» de la civilización europea, sostenían en lo concerniente a la polaridad masculino-femenina una idea totalmente opuesta a la suya, pues hablaban de una clara superioridad de los valores femeninos sobre los valores masculinos. Cfr. Ernst Bergmann, Erkenntnisgeist und Muttergeist. Eine Soziosophie der Geschlechter, Breslau, Ferdinand Hirt, 1932; Herman Wirth, Der Aufgang der Menschheit. Untersuchungen zur Geschichte der Religion, Sumbolik und Schrift der Atlantisch-Nordischen Rasse, Jena, Eugen Diederichs, 1928.

81 En su célebre libro, Der Geist als Widersacher der Seele, cuya influencia fue considerable en el seno de la Revolución Conservadora, Ludwig Klages pudo describir precisamente el «espíritu» como el peor adversario del «alma».

82 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 65.

83 Cfr. Julius Evola, L’« Operaio » nel pensiero di Ernst Jünger, Roma, Armando Armando, 1960 (2a edición: Roma, Giovanni Volpe, 1974; 3a edición: Roma, Mediterranee, 1998).

84 Cfr. Oswald Spengler, Il tramonto dell’Occidente, Milán, Longanesi, 1957. El texto del prefacio de Evola fue reeditado, junto con otros, en Julius Evola, Spengler e il Tramonto dell’Occidente, Roma, Fondazione Julius Evola, 1981.

85 Julius Evola, Il fascismo. Saggio di una analisi critica dal punto di vista della Destra, Roma, Giovanni Volpe, 1964; 2a edición: Il fascismo visto della Destra. Note sul Terzo Reich, Roma, Giovanni Volpe, 1970. Cfr. También: Philippe Baillet, «Les rapports de Julius Evola avec le fascisme et le nationalsocialisme», en Politica Hermetica, 1, 1987, pp. 49-71.

86 Además, hoy día se sabe –gracias a los documentos recuperados del antiguo Ministerio de Cultura Popular («Minculpop»)– primero, que fue despojado de su grado de lugarteniente en abril de 1934, después de haberse rehusado a batirse en duelo con un joven periodista de nombre Guglielmo Danzi, quien se había declarado hostil a sus opiniones; y, por otra parte, que en diciembre de 1939 solicita adherirse al Partido Nacional Fascista (PNF) a fin de poderse enrolar como voluntario en el frente, petición que fue rechazada oficialmente en abril de 1943 por la Corte Central de Disciplina del Partido, debido a que «toda la actividad cultural de Evola, tal y como surge de las informaciones recopiladas y a partir de lo que se conoce de sus escritos y de sus discursos, hacen dudar fuertemente de su incondicional adhesión a la doctrina fascista». Cfr. Dana Lloyd Thomas, «Quando Evola fu degradato», en Il Borghese, 24 de marzo de 1999, pp. 10-13.

87 Los diez números de La Torre fueron objeto de una reimpresión integral: La Torre. Foglio di espressioni varie e di tradizione una, Milán, Il Falco, 1977.

88 Incluido el propio Evola, quien las ha retomado en su autobiografía. Cfr. Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 95.

89 «Autodéfense», en Totalité, octubre de 1985, p. 87. «Si las ideas “fascistas” todavía deben ser defendidas –leemos igualmente en Los hombres y las ruinas– deberían serlo no en tanto son “fascistas”, sino en la medida en que representan, bajo una forma particular, la expresión y la afirmación de ideas anteriores y superiores al fascismo» (op. cit., p. 26). El hecho de que Evola haya tomado casi textualmente sus propuestas de 1951 induce a mostrar que éstas no eran fruto de un discurso de circunstancia.

90 Cfr. especialmente los Essais politiques, op. cit.

91 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 146.

92 Al criticar la institución del Servicio del Trabajo (Arbeitsdienst), Evola muestra especialmente indignado de que «una joven de la aristocracia así [haya podido] verse obligada a vivir en común con un campesino o un proletario, en una granja o en una fábrica» (Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 172).

93 Benito Mussolini, «La doctrine du fascisme», en Le fascisme. Doctrine, institutions, París, Denoël et Steele, 1933, p. 49.

94 «Le SS, guardia e “Ordine“ della rivoluzione crociuncinata», en La Vita italiana, agosto de 1938. Se apreciará que los «Ordensburgen» construidos en la Alemania hitleriana no tenían estrictamente nada que ver con la SS. Se trataba de centros de formación hechos a petición del Frente del Trabajo (Arbeitsfront), construidos expresamente sólo para miembros del partido. Es un error que Philippe Baillet haya hablado, como muchos otros, de los «famosos “Castillos de la Orden” de la SS» en su prefacio a la primera edición francesa de el Fascisme vu de droite (París, Cercle Culture et Liberté, 1981, p. 15). Antes hicimos alusión (nota 65) al reporte dirigido a Himmler en agosto de 1938, en el momento mismo en que aparecía el artículo de Evola. Dicho reporte aludía a la incompatibilidad de las ideas de Julius Evola con el nacionalsocialismo. Cfr. Bruno Zoratto, Julius Evola nei documenti segreti dell’Ahnenerbe, op. cit.; Gianfranco de Turris y Bruno Zoratto [editores], Julius Evola nei rapporti delle SS, Roma, Fondazione Julius Evola, 2000. Cfr. también Francesco Germinario, Razza del sangue, razza dello spirito. Julius Evola, l’antisemitismo e il nazionalsocialismo, 1930-1945, Turín, Bollati Boringhieri, 2001. Recordemos además que están lejos de esclarecerse los contactos que Evola pudo trabar en Alemania y en Austria antes de 1945.

95 Lo que además reconoce Evola cuando, al recordar las reglas de vida de los miembros de las SS, escribe: «Así se reafirmaba en el biologicismo racista –ligado a cierta banalización del ideal femenino– un relieve particular dado el aspecto “maternal” de la mujer» (Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 207).

96 «Les rapports de Julius Evola avec le fascisme et le national-socialisme», artículo citado, p. 60. Por falta de espacio, sólo podemos hacer alusión aquí al interés mostrado por Evola hacia la Guardia de Hierro y al Movimiento Legionario rumano (la Legión de San Miguel Arcángel). Se sabe que Evola testimonió una admiración casi incondicional hacia Corneliu Codreanu, el jefe de este movimiento, en quien incluso llegó a ver el«arquetipo mismo ario-romano» («La tragédie de la Garde de Fer», en Totalité, 18-19, 1984, p. 180). Cfr. también Julius Evola, La tragedia della Guardia di Ferro, Roma, Fondazione Julius Evola, 1996; Claudio Mutti, Julius Evola sul fronte dell’Est, Parma, All’insegna del Veltro, 1998. Pero, como bien se ha percatado Jean-Paul Lippi, este elogio deja perplejo si se tiene en cuenta el carácter profundamente cristiano del movimiento legionario y, sobre todo, su carácter místico, cuando Evola siempre había denunciado en la mística, este movimiento del alma, un elemento relevante de la «espiritualidad lunar» y del «polo femenino del espíritu».

97 «L’influenza di Evola sulla generazione che non ha fatto in tempo a perdere la guerre», en Gianfranco de Turris [editor], Testimonianze su Evola, 2a edición, Roma, Mediterranee, 1985, p. 132.

98 «La Droite et la Tradition», en Explorations, op. cit., p. 305.

99 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 124.

100 Ibid., p. 61.

101 Orientations, op. cit., p. 85.

102 «En cierto sentido, el americanismo es, para nosotros, mucho más peligroso que el comunismo: porque es una suerte de caballo de Troya» (Orientations, op. cit., p. 61). Con esto, Evola quiere decir claramente que lo más que se le puede reprochar al «americanismo» es conducir, con dulzura, al bolchevismo…

103 Chevaucher le tigre, op. cit., p. 15.

104 Le chemin du Cinabre, op. cit., pp. 195 et 201.

105 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 21.

106 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 210.

107 Chevaucher le tigre, op. cit., p. 215.

108 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 195.

109 Orientations, op. cit, p. 94.

110 La fórmula «cabalgar el tigre» no obstante ha podido ser interpretada en ciertos medios políticos activistas como susceptible de legitimar un deseo, pero no para rectificar el curso de las cosas, sino al contrario, para acelerarlo: puesto que el final del ciclo debe llegar de cualquier manera, hay que acelerarlo para salir más rápido. Quienes sostienen esta posición a veces está apoyados por lo que Evola, en referencia a las doctrinas tántricas, ha llamado la «Vía de la mano izquierda», manera en que supuestamente se intensificarán los procesos hasta que se transformen en su contrario, de acuerdo con el «principio de la “transformación de los tóxicos en medicamentos”» (Julius Evola, «Sexe et contestation», en Julius Evola, le visionnaire foudroyé, op. cit., p. 119). Sin embargo, el propio Evola ha rechazado esta interpretación. Subraya, en efecto, que la Vía de la mano izquierda sólo puede darse en un plano espiritual para operar la destrucción del yo que permite acceder a lo absoluto. «En el contexto en el que hablamos –precisa– la idea de “destrucción” está asociada a la de “trascendencia”: no se trata de destruir por destruir, sino de destruir para trascender» («Sur la “Voie de la Main gauche”», en Explorations, op. cit., p. 144). Volviendo sobre la expresión de «cabalgar el tigre», igualmente subraya, en su autobiografía, que «en este libro, la fórmula se aplica únicamente a los problemas interiores de la persona, a su comportamiento, a su actuar y su volver a hacerlo en una época de disolución, sin ninguna finalidad exterior, sin tener tampoco a la vista el futuro, es decir, el eventual cierre de un ciclo y el comienzo de un nuevo ciclo» (Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 196; hemos corregido el inicio de la traducción francesa de este pasaje, que erróneamente indica: «la fórmula no es aplicada a los problemas interiores...»).

111 Le chemin du Cinabre, op. cit., pp. 204-205.

112 Le chemin du labyrinthe. Souvenirs d’Orient et d’Occident, París, Robert Laffont-Opera Mundi, 1981, p. 340.

113 Orientations, op. cit., p. 59.

114 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 107.

115 Op. cit., p. 107.

116 «La decadencia –escribe, por ejemplo– aparece como el sentido de la historia [las cursivas son nuestras], lo que comprueba, en el seno de la historia, la desaparición de las civilizaciones de tipo “tradicional” y el advenimiento cada vez más pronunciado, general, planetario, de una nueva civilización común de tipo moderno» («Le problème de la décadence», p. 53).

117 «L’avènement du “cinquième état”», en Explorations, op. cit., p. 27.

118 «Fonction et signification de l’idée organique», artículo citado, p. 60. Pierre-André Taguieff nota a este propósito que «basta invertir los signos para [...] encontrar la ley fundamental de la metafísica de la historia» («Julius Evola penseur de la décadence», artículo citado, p. 28).

1|9 Le gai savoir.

120 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 90.

121 Ibid., p. 96.

122 Ibid., p. 90.

123 Ibid., p. 55.

124 Ibid., p. 56.

© Alain de Benoist © José Antonio Hernández García, por la traducción

Conversación sin complejos con el "Último Gibelino", Enrico de Boccard

Conversación sin complejos con el "Último Gibelino", Enrico de Boccard

Biblioteca Evoliana.- El autor de "Metafísica del Sexo" no podía sino ser entrevistado por una revista erótica italiana, "Playmen". La entrevista fue realizada por el periodista Enrico de Boccard, antiguo colaborador de la Republica de Saló. Se nota que de Boccard conoce a fondo la obra de Evola y le pregunta por aquellos temas en los que sabe que va a explayarse y que van a satisfacer al público de la publicación. El artículo fue traducido por Fernando Márquez y publicado inicialmente en su revista "El corazón del Bosque". 

 

 

 Tradición y Sabiduría Universal

Conversación sin complejos con el "Último Gibelino":

Julius Evola

entrevista de Enrico de Boccard

En el último piso de un viejo edificio del centro de Roma vive su intensa jornada uno de los últimos hombres verdaderamente libres en un tiempo en que la libertad se ha convertido en un lujo que se paga cada día, personal y colectivamente, siempre más caro. Este hombre, que ha sobrepasado no hace mucho los setenta años de una existencia riquísima en experiencias intelectuales, artísticas y personales, marcado contsantemente por el signo del más declarado y valeroso anticonformismo, tiene un nombre de resonancia mundial, pese a que la llamada "cultura oficial" italiana, tanto en el Ventennio fascista como después, siempre ha procurado por todos los medios de sofocarlo con una impenetrable cortina de silencio. Este hombre es el filósofo y escritor Julius Evola, autor de unos treinta libros nada superfluos, "revolucionario conservador" por temperamento y por trayectoria. Julius Evola: un aristócrata del espíritu más que de la sangre, que gusta definirse a sí mismo como "el Último Gibelino".

Pregunta - Es bien conocido que usted concede raramente entrevistas y le agradecemos, en nombre de nuestros lectores, por el privilegio gentilmente concedido. Por otra parte, usted es un escritor, un estudioso dotado de tal doctrina y preparación, y con tal bagaje de experiencias que nos encontramos un poco embarazados en el momento de plantearle preguntas, las cuales son tantas en nuestra mente como vasto es el campo de sus intereses (metafísica, crítica de la política, historia de las religiones, orentalismo, etc.). Trataremos de restringirnos a los argumentos que consideramos puedan interesar más a los lectores de la revista o que presenten un carácter de actualidad. Empecemos con una obra, recientemente reeditada (y también con dos ediciones francesas y otra alemana), sistemática y sugestiva, Metafísica del sexo (hay edición en castellano). Usted precisa, a propósito del título, haber usado el término "metafísica" en un doble sentido. ¿Puede aclararnos esto?

Respuesta - El primer sentido es el corriente en filosofía, donde por metafísica se entiende una búsqueda de los principios o significados últimos. Una metafísica del sexo será, por tanto, el estudio de lo que, desde un punto de vista absoluto, significa el eros y la atracción de los sexos. En segundo lugar, por metafísica se puede entender una exploración en el campo de lo que no es físico, de lo que está más allá de lo físico. Es unpunto esencial de mi búsqueda el sacar a la luz lo que el eros y la experiencia del sexo supone de trascendencia de los aspectos físicos, carnales, biológicos y también pasionales o convencionalmente sentimentales o "ideales" del amor. Esta dimensión más profunda fue considerada en otro tiempo, en múltiples tradiciones, y constituye el presupuesto para un posible uso "sacro", místico, mágico y evocatorio del sexo; pero ello también influye en muchos actos del amor profano, revelándose a través de una variedad de signos que yo he tratado de individuar sistemáticamente. En mi libro señalo también cómo hoy, en una inversió quasidemoníaca, cierto psicoanálisis resalta una primordialidad infrapersonal del sexo, y opongo a esta primordialidad otra, de carácter "metafísico" o trascendente, pero no por esto menos real y elemental, de la que la anterior sería la degradación propia de un tipo humano inferior.

P - Usted también ha afrontado el problema del sexo sobre el terreno de la costumbre y de la ética, y siempre de manera anticonformista. ¿Qué piensa, por tanto, de lo que hoy se denomina "revolución sexual"?

R - A mí, qué cosa significa esta "revolución" no lo veo nada claro. Parece que se busca la absoluta libertad sexual, la completa superación de toda represión social sexófoba y de toda inhibición interna. Pero aquí hay un gravísimo malentendido, debido a las instancias llamadas "democráticas". Una libertad semejante no puede reivindicarse para todos: solamente pocos se la pueden permitir, no por privilegio sino porque, para no ser destructiva, hace falta una personalidad bien formada. En particular, el problema debe ser situado en modo distinto para el hombre y para la mujer, insisto, no por prejuicio sino por el distinto significado que la experiencia erótica, la auténtica e intensa, tiene para la mujer. Justamente Nietzsche había indicado que la "corrupción" (aquí, la "libertad sexual") puede ser un argumento sólo para quien no puede permitírsela, por ejemplo, para quienes no pueden hacer suyo el principio de querer sólo las cosas a las cuales también son capaces de renunciar.

La "revolución sexual" en clave democrática comporta, pues, una consecuencia gravísima, hacer del sexo una especie de género corriente, de consumo de masas, lo que significa necesariamente banalizarlo, superficializarlo, acabando en un insípido "naturalismo". En otro libro mío, "L´Arco e la Clava" ("El Arco y la Clava", existe traducción al castellano), he mostrado cómo las nuevas reivindicaciones sexuales son paralelas a una concepción siempre más primitiva de la sensualidad por parte de sus principales teóricos, a partir de Reich. Un caso particular es la falta de pudor femenina, vinculada con similares propuestas antirepresivas. A fuerza de ver mujeres desnudas o casi en espectáculos teatrales y cinematográficos, en locales porno, en top-less, etc, este desnudo acaba por convertirse en una banalidad que poco a poco dejará de producir efecto, al margen de los directamente dictados por el primitivo impulso biológico. Este impudor debería ser despreciado no desde el punto de vista de la "virtud" sino del exactamente opuesto. Por ese camino se puede llegar a un resultado de "naturalidad" e indiferencia sexual mucho mayor al soñado por cualquier sociedad puritana. (...)

P - De su exposición, parece que su juicio sobre el psicoanálisis sea negativo (...)

R - Evidentemente que no puedo profundizar exhaustivamente en esta argumentación. Pero sí señalaré que ante todo ha de relativizarse la idea de que el psicoanálisis descubre por vez primera la dimensión subterránea del Yo, el subconsciente y el inconsciente psíquico. Ya antes de Freud la psicología occidental, conectada con la fenomenología de la hipnosis y del histerismo, había prestado atención sobre este "subsuelo" del alma. Bastante más profundamente, y en muy diversa amplitud, ello estaba considerado en Oriente desde siglos, gracias al Yoga y técnicas análogas. El psicoanálisis puede ser una psicoterapia, y ofrecer resultados singulares en un plano clínico especializado. Pero no más: en su esncia es una concepción absolutamente desviada y mutilada del ser humano. Al colocar la verdadera fuerza motriz del hombre sobre el plano del inconsciente infrapersonal e instintivo, Freud concretamente bajo el signo de la libido, niega la existencia de un superior principio consciente, autónomo y soberano, porque en su lugar pone cualquier cosa del exterior, el llamado SuperYo, que sería una construcción social y el producto de la asunción de formas inhibitorias creadas por el ambiente o las estructuras sociales. Ello equivale a decir que el psicoanálisis niega en el hombre lo que lo hace verdaderamente tal, y su imagen, la cual querría aplicar al hombre de manera genérica, o es una mixtificación o vale únicamente para un tipo humano dividido, neurótico, espiritualmente inconsistente. Es bien posible que el éxito del psicoanálisis sea debido a la gran difusión que en la época moderna ha tenido este tipo. Como praxis y como tendencia, el psicoanálisis propicia esencialmente aperturas hacia abajo y significa una capitulación más o menos explícita de todo lo que es verdadera personalidad. La posible existencia de un "superconsciente", opuesto al "inconsciente", luminoso frente a lo turbio y "elemental" es ignorada por completo. (...)

P - Ha mencionado antes a Wilhelm Reich. Queremos conocer su opinión sobre su persona y su obra. ¿Reich le parece un estudioso serio o un exaltado? ¿Y qué piensa de las aplicaciones de los principios de él y de sus seguidores en el plano sociológico y político/sociológico, de sus denuncias de los sistemas "autoritarios"?

R - Reich me parece afectado por una variedad de paranoia. Su mérito es haber intuido que en el sexo existe algo trascendente, más allá de lo individual. Ello concuerda con las enseñanzas de múltiples tradiciones. pero esta intuición está muy desviada. No debe decirse que el sexo es algo trascendente, sino que en ello se manifiesta (potencialmente y en ciertas circunstancias, incluso hoy día) algo trascendente, que como tal no pertenece al plano físico. Este elemento Reich lo concibe en términos materialistas como una energía natural, como la electricidad o algo así, al punto que, como "energía orgónica", ha buscado dotarla (gastando verdaderos capitales) de sustancia física, construyendo finalmente "condensadores" de la misma. Todo esto no son sino divagaciones. A lo que hemos de añadir una "teoría de la salvación", en cuanto que Reich ve en la obstrucción de dicha energía la cuas de todos los males, individuales y sociales (hasta el mismo cáncer) y, en su completa y desenfrenada explicación, el orgasmo sexual integral como una especie de medicina universal, presupuesto para un orden social sin tensiones, armonioso, pacífico.

Es interesante detenernos un momento sobre el presupuesto de esta concepción, porque así podremos comprender las aplicaciones político/sociales de los reichianos. Freud en su madurez había admitido la existencia, junto al impulso de placer, la libido, de un opuesto, el instinto de destrucción (o "de muerte"). Reich niega esta dualidad y deduce el segundo instinto, el destructivo, del impulso único de placer. Cuando este instinto resulta impedido o "bloqueado", nacería una tensión, una angustia y sobre todo una especie de "rabia", de furia destructiva (en caso de no tomar la vía del "principio del nirvana": una evasión, una fuga de la vida). Este impulso destructivo (y agresivo) cuando se vuelve contra sí, da al hombre la orientación masoquista, y cuando se dirige a los otros, al orientación sádica.

De todo ello resulta en primer lugar que sadismo y masoquismo serían fenómenos patológicos, causados por la represión sexual. Lo que es una estupidez: existen ciertamente formas de sadismo y masoquismo vinculadas a la psicopatología sexual (según el concepto normal, no ya psicoanalítico), pero también existe un sadismo (masculino) y un masoquismo (femenino) como elementos constitucionales intrínsecos y en un cierto modo normales en toda experiencia erótica intensa. De hecho, esta experiencia tiene siempre algo de destructivo y autodestructivo (por las relaciones, múltiplemente demostradas, entre voluntad y muerte, entre la divinidad del amor y la divinidad de la muerte); y es en este aspecto que se piensa cuando, en ciertas escuelas, se cree que el clímax adecuadamente conducido puede tener, en su momento "fulgurante", algo que destruye por un momento los límites de la conciencia mortal individual. Pues bien, con la concepción de Reich, toda esta intensidad desaparece, y la consecuencia es una concepción pálida, blandamente dionisíaca, o idílica (como en Marcuse) de la sexualidad: es una de las paradojas de la llamada "revolución sexual".

No menos absurda es, en particular, la deducción de la agresividad por la inhibición del impulso primordial del sexo a cristalizar en un orgasmo completo, según la cual, cuando la obstrucción remite (en el individuo o en una sociedad "permisiva" y no "represiva" o "patriarcal") no habrá más agresividad, guerra, violencia, etc; lo que viene al mismo tiempo a decir que todo lo que hace referencia a actitudes guerreras, de conquista (en la jerga moderna, de "agresión") tendrñia la represión sexual por causa y origen. Ante esto, sólo puedo reír. La actitud agresiva es en primer lugar comprobada en los animales, evidentemente no sometidos a tabúes sexófobos y "patriarcales". En segundo lugar ya el mito ha indicado el perfecto acuerdo entre Marte y Venus, y la historia nos muestra como todos los más grandes conquistadores carecían de complejos de frustración sexual y hacían un libre y amplío uso del sexo. En la práctica, la consecuencia de la teoría de Reich es un ataque contra elementos fundamentales congénitos en todo tipo "viril" de humanidad o ser humano, que son presentados grotescamente en clave de patología sexual.

En cuanto a las conclusiones político/sociales. Proyectada sobre ese plano, la tendencia masoquista daría lugar al tipo del gregario, de aquel que gusta de servir y obedecer, que se pone al servicio de un jefe, con o sin "culto a la personalidad", y está siempre dispuesto a sacrificarse. La tendencia sádica daría lugar al tipo del dominador, de quien ejercita una autoridad, autoridad evidentemente concebida en los exclusivos términos parasexuales de una libido. De la unión de estas dos tendencias nacerían las estructuras "autoritarias" y "fascistas". Una vez más, se deforman grotescamente los datos reales de la conciencia. Del obedecer y del mandar pueden darse desviaciones. Pero, en general, se trata de disposiciones normales: existe una autoridad que tiene por contrapartida una superioridad, como existe una obediencia debida no a un servilismo masoquista sino al orgullo de seguir libremente a gentes a quienes se reconoce una superioridad. Así, mientras por un parte Reich proclama una mística mesiánica del abandono integral al orgasmo, al mismo tiempo ello actúa como preciosas coartadas para un puro anarquismo.

P - En relación con el asesinato de la actriz Sharon Tate y otros se ha hablado de "satanismo" y en los periódicos hoy se insiste en buscar conexiones entre sexo, magia y satanismo. ¿Nos puede aclarar esto?

R - En principio, existen conexiones posibles entre magia y sexo. Considerando la dimensión "trascendente" del sexo, a la que ya me he referido, se recoge en diversas tradiciones que por medio de la unión sexual conducida de determinado modo y con una orientación particular es posible destilar energías y usarlas mágicamente. La continuidad de estas tradiciones hasta un tiempo relativamente reciente es testimoniada, entre otros, en un libro, Magia sexualis de P. B. Randolph. Un ejemplo ulterior lo constituyen las prácticas mágico/sexuales y orgiásticas de Aleister Crowley, figura interesante que, por desgracia, se suele presentar con los colores más "negros" posibles. Pero en este campo se debe distinguir entre las mixtificaciones y lo que tiene un valor auténtico y una realidad. Ante todo ha de verse, por ejemplo, si se hace el amor para hacer magia o si se hace magia (o pseudomagia) para hacer el amor, o sea, si se usa la magia como un pretexto para montar orgías o para darle al acto un aire más excitante. Es cierto también que existe una tercera posibilidad, la de usar medios siríamos "secretos" con el concurso de fuerzas suprasensibles para dar un particular desarrollo paroxístico a la experiencia del coito, sin forzar por ello la naturaleza: esta vía es algo extremadamente peligroso, por razones que no viene al caso indicar ahora.

En cuanto al "satanismo" señalaré que donde predomina un clima "sexófobo" (como en el cristianismo) es fácil calificar de "diabólico" todo lo que suponga potenciar la experiencia sexual. Más genéricamente, es obvio que un "satán" existe sólo en las religiones donde ello es la contraparte "oscura" de un Dios con características "morales"; cuando como vértice del universo, en vez de Dios, se pone una "Potestad" como tal superior y más allá del bien y del mal, evidentemente un "Satán" a la cristiana no es concebible. Hay lugar sólo para la idea de una fuerza cósmica destructora, presente en el mundo y en la vida, en lo sensible y lo suprasensible, al lado de las fuerzas creadoras y conservadoras, como la "otra mitad" del Absoluto. Y existen tradicones sacras -la más característica es la tántrico/shivaica- que tienen por objeto asumir esa fuerza, diversamente concebida. Característica es la llamada "Vía de la Mano Izquierda", donde, por ejemplo, el uso de la mujer, de sustancias embriagadoras y eventualmente de la orgía, se asocia a una moral del "más allá del bien y del mal" que haría palidecer de envidia al "superhombre" Nietzsche. De dicha vía, que algunos timoratos occidentales han calificado como la "peor de las magias negras" he hablado en mi libro Lo Yoga della Potenza. Pero el punto importante es que en sus formas auténticas tales prácticas están concebidas en los mismos términos del Yoga, y no son elementos disociados, como los hippies americanos, quienes pueden permitírselas. Volvemos aquí, pero aumentadas, a poner las mismas reservas que he hecho acerca de la "revolución sexual" y sus reivindicaciones. En las tradiciones la base para darse a estas prácticas está constituida por una disciplina de autodominio profundo similar a la de los ascetas, tras una regular "iniciación".

P - Pasando a un campo distinto pero en parte relacionado, me llama la atención cómo en algunos libros históricos o pseudohistóricos sobre el III Reich hitleriano se habla de un fondo oculto, mágico/tenebroso, del nacionalsocialismo alemán. ¿Puede decime brevemente qué le parece este argumento?

R - Para quien busque los supuestos trasfondos "ocultos" del III Reich, el argumento me llevaría más allá de los límites en los cuales estoy manteniendo esta entrevista. Me limitaré a decir que, como persona que ha tenido oportunidad de conocer bastante de cerca la situación del III Reich, puedo declarar que se trata de puras fantasías, y así se lo dije a Louis Pauwels, quien en su libro El retorno de los brujos ha contribuido a defender tales rumores; él vino una vez a conocerme, hablamos y en ningún momento me presentó dato alguno mínimamente serio que apoyase su tesis. Se puede hablar no de "iniciático" sino de "demoniaco", en un sentido general, en el caso de todo movimiento que en base a una fanatización de las masas creer cualquier cosa cuyo centro será el jefe demagógico que produce esta especie de hipnosis colectiva usando tal o cual mito. Dicho fenómeno no está relacionado con lo "mágico" o con lo "oculto", aunque tenga un fondo tenebroso. Es un fenómeno recurrente en la Historia, por ejemplo, la Revolución Francesa o (en parte) el maoísmo.

P - Usted es autor de una obra considerada como fundamental por cuantos siguen atentamente su actividad, Revuelta contra el mundo moderno. Se afirma por muchos que usted, con este libro (publicado por vez primera en 1934), anticipó en varios lustros las visiones, hoy tan en boga, expresadas por Marcuse. En otras palabras, desde posiciones absolutamente distintas a la del profesor germano/americano, usted habría sido el primero en tomar postura contra "el sistema". ¿Le parece válida esta comparación con Marcuse? Y, de otra parte, ¿dado el papel que Marcuse tiene en las actuales formas de "contestación" juvenil contra el mundo moderno, qué significado y qué imagen tiene para usted este movimiento contestatario?

R - En verdad, como precedentes de Marcuse, y planteando cosas bastante más interesantes, muchos otros autores deberían ser nombrados: un Tocqueville, un John Stuart Mill, un A. Siegfried, el mismo Donoso Cortés, en parte Ortega y Gasset, sobre todo Nietzsche, y aún más el insigne escritor tradicionalista francés René Guenón, especialmente en su Crisis del mundo moderno que yo traduje al italiano en su momento. A finales del siglo pasado Nietzsche había previsto uno de los rasgos destacados de las tesis de Marcuse, con las breves, incisivas frases dedicadas al "último hombre": "próximo está el tiempo del más despreciable de los hombres, que no sabe más que despreciarse a sí mismo", "el último hombre de la raza pululante y tenaz", "nosotros hemos inventado la felicidad, dicen, satisfechos, los últimos hombres", que han abandonado "la región donde la vida es dura". Y esta es la esencia de la "civilización de masas, del consumo y del bienestar" pero también la única que el mismo Marcuse ve como perspectiva en términos positivos, cuando los desarrollos ulteriores de la técnica unidos a una cultura de transposición y sublimación de los instintos habrán sustraído a los hombres de los "condicionamientos" del actual sistema y de su "principio de prestación". La relación con mi libro no es tal porque, en primer lugar, el contenido de éste no corresponde con el título: no es mi obra de naturaleza polémica, sino una "morfología de la civilización", una interpretación general de la Historia en términos no "progresistas", de evolución, sino más bien de involución, indicando sobre estas premisas el nacimiento y el declive del mundo moderno. Sólo por caminos naturales y consecuentes se propone una "revuelta" a los lectores y, más concretamente, tras un estudio comparado de las más diversas civilizaciones, he procurado indicar lo que en diversos dominios de la existencia puede reivindicar un carácter de norma en sentido ascendente: el Estado, la ley, la acción, la concepción de la vida y de la muerte, lo sagrado, las relaciones sociales, la ética, el sexo, la guerra, etc. Esta es la primera diferencia fundamental respecto a las diversas contestaciones de hoy: no se limita a decir "no", sino que indica en nombre de qué debe decirse "no", aquello que puede verdaderamente justificar el "no". Y un "no" auténticamente radical, que no se restrinja a los aspectos últimos del mundo moderno, a la "sociedad de consumo", a la tecnocracia y demás, sino mucho más profundo, denunciando las causas, considerando los procesos que han ejercido desde hace tanto tiempo una acción destructiva sobre todos los valores, ideales y formas de organización superior de la existencia. Todo esto ni Marcuse ni los "contestatarios" en general lo han hecho: no tienen la capacidad ni el coraje. En particular, la sociología de Marcuse es absolutamente rechazable, determinada por un grosero freudismo con tonalidades reichianas. Así, no resulta extraño que sean tan escuálidos e insípidos los ideales que se proponen para la sociedad que siga a la "contestación" y a la superación del llamado "sistema".

Naturalmente, quien comprenda el orden de ideas expuesto en mi libro no puede permitirse el menor optimismo. Por ahora encuentro solamente posible una acción de defensa individual interior. Es así que en otro libro mío, Cabalgar el tigre, he procurado señalar las orientaciones existenciales que debería seguir un tipo humano diferenciado en una época de disolución como la actual. En él, he dado particular relieve al principo de la "conversión del veneno en medicina", según la medida en que, a partir de una cierta orientación interior, de experiencias y procesos mayormente destructivos se puede extraer cierta forma de liberación y autosuperación. Es una vía peligrosa pero posible. (...)

(entrevista: Enrico de Boccard)

(traducción: Fernando Márquez. Página)