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Biblioteca Evoliana

El fascismo visto desde la derecha (VII) Cesarismo y culto a la personalidad

El fascismo visto desde la derecha (VII) Cesarismo y culto a la personalidad

Biblioteca Evoliana.- Uno de los aspectos sobre lo que Evola se muestra más crítico en relación al fascismo es en el tema que da título a este capítulo. Evola percibe en el fascismo italiano una tendencia bien visible a utilizar los resortes de la moderna propaganda de masas para rendir un culto a la personalidad del Duce. Para ser "aceptado" por las masas, el Duce debe ser bien promocionado, como si se tratara de un producto cualquiera de marketing. Evola sitúa esta tendencia que se dió también y de forma aún más excesiva, en el nazismo alemán, entre los aspectos más negativos del fascismo. 

 

 

CAPITULO VII

CESARISMO Y CULTO A LA PERSONALIDAD

 

Otro aspecto negativo del sistema, ligado a las dualidades no resueltas o insuficientemente integradas que acabamos de indicar, no puede ser silenciado, ya que ha tenido, desgraciadamente, una gran importancia en la mitologización del fascismo, hasta el punto de que si no se atiende a lo que puede ser separado en el sistema, de las contingencias históricas, este aspecto puede llegar a constituir una de las características esenciales. Se trata del fenómeno del "ducismo" presentado por Mussolini cuando se contempla en él la cualidad, conservada en el interior del sistema, de jefe de un movimiento y de un partido; su aspiración a un prestigio bonapartista de tribuno; la importancia que tuvo su personalidad en cuanto tal; la inclinación sino demagógica, si por lo menos algo democrática de "ir hacia el pueblo", de no desdeñar los aplausos de las masas, las cuales, tras tantas concentraciones "oceánicas" en la Piazza Venezia, debían definitivamente abandonarlo en 1945... Existe una evidente inconsecuencia entre este aspecto de Mussolini de una parte y de otra su doctrina del Estado y declaraciones bien conocidas como las hechas en un discurso en Udine en septiembre de 1922: "No adopto la nueva dignidad de las masas. Esto es una creación de la democracia y el socialismo".

Esta precisión no debe parece contradecir lo que hemos dicho antes respecto de las cualidades personales y de prestigio particulares que un DUX, en tanto que tal, debe poseer y de prestigio particulares que igualmente deben estar presentes en su formación típica. Pero aquí entra en juego lo que ha sido revelado a propósito del clima específico y "anagógico", clima que es preciso crear en todo Estado de tipo tradicional. Este  clima no puede ser obtenido por una animación que, aunque pueda llegar en ciertos casos hasta el fanatismo y el entusiasmo colectivo, se apoya siempre en los aspectos infra‑personales del hombre en tanto que hombre‑masa y sobre el arte de hacer actuar estos aspectos contra cualquier otra forma de reacción individual posible. Se debe recordar que, por intensa que pueda ser la fuerza magnética así creada, no cesa por ello de tener un carácter efímero, diferenciándose profundamente de lo que puede, por el contrario, derivar de la fuerza formadora de lo alto de una verdadera tradición. El agregado que puede producirse de esta suerte es comparable a la adhesión de numerosas parcelas de metal atraídas por un imán, pero cuando la corriente que determina el campo magnético se interrumpe, todas ellas, instantáneamente, se separan y dispersan, demostrando de esta forma cuan contingente era el precedente estado de reagrupamiento informe. Igualmente es preciso explicarse en buena parte lo que ha sucedido en Italia y aún más en Alemania cuando los acontecimientos destruyeron ‑para continuar empleando la misma imagen‑ la corriente generadora del campo magnético.

Naturalmente, es preciso preguntarse en qué medida otras técnicas de coagulación pueden ser eficaces hoy, dado que el mundo actual es esencialmente un mundo de "hombres‑masa". En efecto, no hay verdadera diferente cualitativamente  entre el fenómeno en cuestión, que se desearía poner exclusivamente a cargo de ciertas formas dictatoriales y todo lo que presenta igualmente el mundo político de la democracia antifascista con sus métodos de propaganda demagógicos, de "aturdimiento de cerebros", de fabricación de la "opinión pública". Pero por válida que sea esta objeción y las consecuencias que puedan extraerse para una política como simple "arte de lo posible" de tipo más o menos maquiavélico, no pueden alcanzar el dominio de los principios y de las estructuras: el único dominio que nos interesa aquí. Un punto conserva su importancia capital en función de la discriminación que nos interesa aquí y de la que nos ocupamos. Hoy, no se da prácticamente cuenta nadie, pero existe una diferencia precisa entre la autoridad natural de un verdadero jefe y la autoridad que se apoya sobre un poder informe y sobre la capacidad y el arte de nivelar fuerzas emotivas e irracionales de las masas, autoridad realizada por una individualidad excepcional. Para ser más precisos diremos que en un sistema tradicional se obedece y se es servidor o sujeto en función de lo que Nietzsche llama el "PATHOS de la distancia", es decir, por que se tiene la impresión de estar ante alguién de otra naturaleza. En el mundo de hoy, con la transformación del pueblo en plebe y en masa, se obedece al máximo en función de un "PATHOS de proximidad", es decir, de la igualdad; no se tolera más que al jefe que en esencia es "uno de los nuestros"; que es "popular", que expresa algo inferior, tal como es afirmado sobre todo en el hitlerismo y el stalinismo (el "culto a la personalidad", que remite al concepto confuso de los "Héroes" de Carlyle), corresponde a esta segunda orientación que es antitradicional e incompatible con los ideales y el ETHOS de la verdadera DERECHA (1)

En cierta forma, se es llevado aquí a lo que hemos indicado antes hablando de los puntos de referencia que diferenciaban un sistema tradicional de los que pueden ser determinados en un sistema con un carácter globalmente "autoritario": lo esencial está representado por la naturaleza y los fundamentos de la autoridad, es decir, igualmente por la situación existencial general que corresponde.

Puede decirse pues que en el régimen fascista, lo que se presenta sobre el plano institucional como una diarquía o como las otras dualidades señaladas precedentemente, tuvo una contrapartida interna, expresándose en la coexistencia de dos centros distintos de animación del movimiento nacional. El uno presenta precisamente un carácter "ducista" y populista, a pesar de todo un transfondo democrático (por lo demás, se sabe que Mussolini tuvo frecuentemente afición a emplear el recurso de una especie de consenso, incluso cuando estaba claro que este era prefabricado u obligatorio) y este residuo actuó también a menudo en las estructuras del partido (2). Las proporciones que tomó se explican, sin embargo, por la debilidad del otro centro, el de la Monarquía y de todo lo que podía referirse a una orientación tradicional. Se está, pues, una vez más obligado a reconocer lo que iba en detrimento del sistema: la debilidad del Estado que precede al fascismo. Pero la fuerza animadora engendrada por la otra fuente que fue la única en revelar el Estado italiano, dió lugar, por otro lado, a algo ambiguo, a causa de la naturaleza en ocasiones problemática de esta misma fuente. Sin embargo, todo esto nos remite de nuevo al terreno de las contingencias históricas.

Es innegable que Mussolini fue influenciado, fuera de algunos puntos de vista nietzscheanos, por las teorías de Oswald Spengler; este anuncia una nueva época de "grandes individualidades" de tipo "cesarista" (esquematizando bastante abusivamente la compleja personalidad de Julio César), época que debía suceder a la de las democracias. Pero parece que Mussolini, que debía tomarse por una de esas individualidades, no concedió mucha atención al hecho de que, en el sistema de Spengler, el nuevo "cesarismo", próximo al "ducismo" en el sentido inferior, pertenecía, sobre el plano de la morfología y de la situación, a la conclusión oscura de un ciclo de civilización (una fase de ZIVILISATION, opuesta a la fase precedente de KULTUR, es decir de civilización cuantitativa, diferenciada y orgánica, según la terminología spengleriana) en su declive y, en este caso preciso, a la famosa "decadencia de occidente"; aunque él mismo, si se coloca a parte el carácter inevitable que Spengler creyó poderle dar, el cesarismo no debe del todo ser considerado como un fenómeno positivo. Para serlo, debería ser rectificado bajo el efecto de una tradición superior y de una justificación diferente. Sobre el plano práctico, la sucesión continua y en un mismo nivel de "grandes individualidades", una tras otra, es por otra parte, inconcebible. En Italia, las posibilidades existentes dieron nacimiento a un equilibrio o a una moderación provisional no privada de aspectos positivos, hasta que el fascismo monárquico del Ventennio se encontró sometido a una dura prueba de fuerza.

Habiendo hecho estas consideraciones necesarias, es preciso separar en el conjunto del fascismo otra componente que revelaba en principio un espíritu diferente, oponiéndose a todo lo que está bajo el signo de masas y de los jefes de masas vociferantes. Queremos referirnos, pues, a la componente militar del fascismo.

Las palabras siguientes son de Mussolini: "nos convertimos y nos convertiremos cada vez más, y es nuestra voluntad, en una nación militar. Ya que no tenemos miedo a las grandes palabras añadiremos: militarista.Para completar: guerrera, es decir, dotada en un grupo cada vez más elevado de las virtudes de la obediencia, el sacrificio y la entrega" (1934). Precedentemente ya habían dicho:"cada uno debe considerase como un soldado; como un soldado incluso cuando no lleve el hábito militar, un soldado incluso cuando trabaje, en la oficina, en las obras o en los campos: un soldado ligado a todo el resto del ejército" (1925). A este respecto, si hay una reserva a hacer, concierne al "militarismo"; además, es preciso distinguir entre "militar" y "soldadesca", el segundo término puede aplicarse a ciertas formaciones al margen del partido, datando del período precedente y no muy bien seleccionados.Pero cuando hace referencia a una cierta militarización de la existencia y al "soldado" como símbolo general, desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista tradicional y de la Derecha, no hay gran cosa a reprochar, una vez que se ha puesto de relieve que aquí se trata esencialmente de un estilo de comportamiento, de una ética la cual puede tener también un valor autónomo, independientemente de objetos militares obligados. La formación "militar", bajo sus aspectos positivos, vivientes, no de simple "cuartel" no puede rectificar todo lo que puede proceder de estados de agregación irracional y emotiva de la "masa" y del "pueblo". El fascismo busca hacer entrar en el pueblo italiano una de las cualidades de las que en razón de su individualismo, estaba más desprovisto: la disciplina y el amor por la disciplina. Ve además "los peligros del espíritu burgués", desprecia la "inmovilidad de una existencia insípida" y la "orientación militar" le parece estar en relación natural con el elemento político, según la oposición, que hemos subrayado precedentemente, entre este último y el elemento "social". El estilo militar, es también el de una despersonalización activa y antiretórica; realizado, es un factor esencial de estabilidad para un organismo político‑social, de la misma forma que el ejército y la monarquía solidarios, han representando siempre los dos pilares fundamentales del estado auténtico antes de las revoluciones del Tercer Estado, de la democracia y del liberalismo. José Antonio Primo de Rivera habla de un sentimiento "ascético y militar de la vida".Es este un punto de referencia de valor incontestable, una piedra angular de las vocaciones. El clima de la "civilización del bienestar" o "civilización consumo", con su acción espiritualmente agobiante que hace nacer múltiples formas de contestación, es, en efecto la antítesis.

Un aspecto esencial de la ética militar es la concepción y el sentido del servicio como honor.Es superfluo hablar de su valor sobre el plano de la vida política y social. El fascismo introduce, como se sabe, el uso   del uniforme igualmente para los funcionarios del Estado, recuperando así una tradición que había existido ya en otros países, en Prusia y Rusia por ejemplo. En realidad, esto debía servir de símbolo para la superación de la mentalidad burocrática y para una mejora de la administración. Al tipo grisáceo, huidizo de cualquier responsabilidad, de la burocracia para quien servir al Estado tiene más o menos el mismo sentido que estar empleado por una firma comercial o una sociedad privada en vistas exclusivamente del salario y, naturalmente, del retiro (que antes de la extensión de la Seguridad Social era privativo de los funcionarios), se oponía el tipo de funcionario para quien servir al Estado es, ante todo, otra cosa, un honor, hasta el punto de que esto supone, en el fondo, una vocación particular: como contrapartida del honor de servir a una bandera. A la dirección involutiva de la burocratización de la vida militar, se debía, en consecuencia, oponer la de la "militarización" como medio de "desburocratizar" la burocracia,  verdadero  cáncer de los Estados modernos. El uniforme del funcionario podía aparecer, como hemos dicho, como símbolo, como un ritual. Hemos querido indicar, en fin, mediante un ejemplo y una imagen, lo opuesto de todo lo que es propio de un sistema totalitario mecánico, sino también del pedagogismo impertinente o del moralismo del "Estado ético".

Las camisas negras, los ORBACCI (3) y todo lo demás no entran precisamente en este marco. Forman parte más bien de todo lo que el fascismo tuvo frecuentemente de forzado y paródico y que se desarrolló en el seno de las oposiciones no resueltas de las que vemos con un escaso sentido del límite y de la medida. De ahí la imposibilidad evidente de una mezcla positiva y negativa en el caso que no puedan hacerse objeto de estudio aquí al pertenecer al dominio de las contingencias.

Por la misma razón, no es este el lugar de considerar el "militarismo" fascista, del que Mussolini, como hemos leído, había hablado, no teniendo "miedo a las palabras" (pero dejándose llevar quizás por ellas). En efecto, en muchas otras ocasiones Mussolini habló de una "nación fuerte", cosa que no equivale necesariamente a una "nación militarista". Naturalmente, una nación fuerte debe disponer de un potencial militar, guerrero, para utilizarlo si esto se ve necesario y para imponer respecto a otras naciones su poder. Puede contemplar la posibilidad del ataque, y no solo de la defensa, según las circunstancias: pero todo esto no debe ser pensando de forma "militarista". La verdad es que resulta ventajoso para la polémica democrática y "social" confundir "militar" y "militarista" y el ataque verdadero ser dirigido contra los valores generales, no obligatoriamente ligados a la guerra que, como hemos indicado antes y que comprenden en primer lugar la disciplina, el sentido del honor, la impersonalidad activa, las relaciones de responsabilidad, de mando y de obediencia, el poco gusto por las habladurías y las "discusiones", una solidaridad viril, teniendo como punto de partida la verdadera libertad ‑la libertad PARA hacer algo, algo que valga la pena y lleve más allá del inmovilismo de la existencia burguesa, "próspera" y vegetativa, por no hablar de la existencia proletaria y del "Estado del Trabajo".

Es pues natural que en una nación "liberada" ‑liberada en primer lugar de esta grave carga que había sido propuesta al pueblo italiano, fue bajo formas en ocasiones discutibles y que habían apare

 

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