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Biblioteca Evoliana

Roma y USA: dos imperios, dos mundos. Marcos Ghio

Roma y USA: dos imperios, dos mundos. Marcos Ghio

Biblioteca Evoliana.- El profesor Marcos Ghio pronunció esta conferencia -cuyo texto hemos encontrado en la web del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires- el pasado 5 de abril de 2006 en Buenos Aires al presentarse la edición castellana de "La Tradición Romana" de Julius Evola. Como se sabe, algunos teóricos del imperialismo de los EEUU tienen tendencia a enlazar su proyecto de dominación con el de "Roma la Grande". Es evidente que Berzezinsky, Kissinger y Runsfeld, se engañan. Este artículo se incluye en la serie de artículos y ensayos de Evola en la que manifiesta su profunda aversión hacia el "americanismo".


 

ROMA Y USA: DOS IMPERIOS, DOS MUNDOS

por Marcos Ghio

1) La tradición Romana como antítesis superior

No podía Julius Evola, en todas las notas escritas sobre el problema romano, reducirlo meramente a una temática “nacionalista” en la que Roma, en razón de haber representado la realización exitosa de un ideal imperial, apareciera como el antecedente y la confirmación del sentimiento de potencia que en ese entonces, en la primera mitad del pasado siglo, se desplegaba vertiginosamente en el seno de la sociedad italiana a la que pertenecía. Del mismo modo que hoy en día no podría reputarse tampoco, siempre en concordancia con la perspectiva de nuestro autor, al “imperialismo” constituido en forma paradigmática por Norteamérica, como la manifestación actual y vigente de un mismo y recurrente ideal de dominio universal del que Roma habría constituido su principal antecedente en la antigüedad. Se trataba en cambio para el mismo de un concepto mucho más vasto del que tienden a reducirlo las mentalidades actualmente vigentes. Representaba por sobre todas las cosas un principio irreductible a categorías étnicas o geográficas, es decir “nacionalistas”, así como en consecuencia tampoco equiparable con el concepto moderno y degradado que hoy se tiene de imperio. Es verdad sin embargo que se manifestó en un determinado espacio y lugar y en el seno de una cierta raza, así como también es cierto que supo imponerse a los otros utilizando también la fuerza de las armas, pero todo ello no ha representado sino apenas vehículos e instrumentos utilizados en razón de algo superior, así como el cuerpo lo es respecto del alma, la cual lo usa como un medio propio para sus fines sin verse por ello reducida a su dimensión.

Quienes ignoran tal realidad superior y todo lo reducen a la esfera de las meras apariencias deberían esforzarse por comprender que no tiene forzosamente por qué ser un dogma universalmente reconocido e irrebatible el considerar a la historia de la humanidad como el ámbito en el que se libra una incesante lucha y antagonismo entre pueblos y naciones rivales por lo que habría regido en todo tiempo y lugar un sentimiento de dominio que se encontraría como el trasfondo último de cualquier idea o concepción del mundo que se sustente. Aquellos que así piensan consideran que estas últimas, más allá de las metas universales que esgriman sus ejecutores, serían apenas los vehículos y los instrumentos justificatorios de los que se vale un impulso de poder impersonal e incoercible que las utiliza en manera astuta con la finalidad de doblegar y confundir la voluntad de los otros cuando se trata de evitar el uso doloroso de la fuerza militar o cuando también se pretende convertir a un dominio en una cosa más vasta y efectiva que la que se basa exclusivamente en la coerción. Un dominio sobre el otro que implique también lograr que éste llegue a compartir los mismos puntos de vista de quien lo posee, el que a su vez sea tan sutil y eficaz que muchas veces resulte inasible por parte del que lo padece.

Por lo cual desde tal óptica sería totalmente irrelevante el tipo de concepción del mundo a la que se adhiriese, siendo las mismas, a pesar de los antagonismos diametrales que pudiesen contraponerlas, apenas las coberturas encargadas de esconder un sentimiento de dominio que a todos nos gobernaría en grados diferentes y maneras disímiles. Y como la realidad resultaría un proceso de incesante mutación en el que las naciones y los pueblos serían aquellos puntos de referencia encargados de asumir una posición frente a las variables circunstancias, de acuerdo a dicha perspectiva, por ejemplo, no serían factores relevantes las diferencias ideológicas que pudiesen haber tenido en el seno de alguna de ellas un Luis XIV respecto de un Napoleón Bonaparte en Francia por ejemplo, o un Pedro el Grande respecto de un Lenin en Rusia, etc., en tanto que los mismos, más allá de los puntos de vista antitéticos que sustentaron en épocas distintas, habrían bregado por igual y a su manera, conciente o inconscientemente, por un mismo fin consistente en el triunfo y realización de los “intereses históricos” de esa macro-individualidad que es la propia nación. La misma, así como la Idea hegeliana, sería aquella realidad trascendente que utiliza como medios e instrumentos a diferentes hombres y grupos, como simples mediaciones que actúan con independencia de las ideas e intenciones que sustenten y aunque desconociesen ingenuamente tal fatalidad, siendo por lo tanto todos los integrantes de una determinada comunidad en última instancia meros instrumentos de dicho “espíritu universal”, el que se les sobrepone de manera fatal y necesaria doblegando toda voluntad en contrario o utilizándola astutamente en provecho propio. El mismo aúna las diversidades con independencia de los puntos de vista dispares que pudiesen haberse formulado, los que no son otra cosa que un medio adecuado según las circunstancias para ejercer un mismo impulso hacia el dominio universal. Y aquí hasta puede intervenir la misma ciencia biológica que aporta también su cuota de determinismo “positivista”, el que como bien sabemos influyera durante tanto tiempo sobre nuestro “nacionalismo maurrasiano” y güelfo en la Argentina y en otras naciones. Desde tal punto de vista toda nación sería como un macroorganismo viviente que, cual una ameba insaciable, expresa su instinto a la supervivencia a través de una expansión ilimitada que tan sólo se detiene cuando encuentra ante sí a otro más fuerte con capacidad de doblegarlo.

Ha sido justamente bajo el influjo de dicha óptica positivista y “nacionalista”, la que por otra parte no se encontraba muy lejos de los ideales modernos y carbonarios que hicieran la independencia italiana, cómo en la época en que Evola escribía estos artículos solía decirse también que Benito Mussolini no era para su contemporaneidad sino la actualización en el presente de un mismo impulso telúrico y cultural que lo tuviera a Julio César y a Augusto entre otros como a sus antecesores y modelos. Todos ellos habrían sido por igual las manifestaciones de una realidad común e impersonal cual era lo itálico o latino que siempre se manifestaba gestándose a partir de un mismo territorio y de una misma comunidad, y que ellos en tiempos diferentes no eran sino la realización histórica de tales “intereses” que los mancomunaban en razón de una misma pertenencia geográfica e histórica. En todos los casos aquí mencionados en el fondo lo que ellos habrían querido, con léxicos y lenguajes distintos, era la grandeza del propio pueblo y, en tanto la misma se plasmaba a través del señorío ejercido sobre los otros, utilizaban a la ideología como un mecanismo de dominación una vez que las armas no hubiesen sido lo suficientemente poderosas y efectivas para el logro de su fin, en aras de doblegar la voluntad del adversario. Justamente una de las características principales que distinguía a aquellas naciones que habían alcanzado a constituirse en imperios estribaba en el hecho de haber sido capaces de captar eficazmente la circunstancia de que un dominio efectivo, verdadero y universal no podía ser solamente físico, sino que debía estar acompañado necesariamente también de uno psicológico. Que un sometimiento fundado exclusivamente en el poder material era forzosamente efímero y limitado como la intensidad de fuerza de una mano que mantiene a un cuerpo apretado, la que desfallece luego de un cierto tiempo. Ello se lo ve hoy en día con claridad meridiana cuando observamos la manera como los Estados Unidos, el imperio actualmente vigente, pretenden ejercer tal señorío universal. Ellos no lo hacen simplemente con las armas, sino que acompañan el procedimiento militar, al que dejan habitualmente como alternativa última, con distintas sugestiones psicológicas ejercidas a través de una persistente e incesante penetración cultural con la que someten a las diferentes comunidades del planeta haciendo gala de una pluralidad de recursos dispares, tales como el cine, la televisión, la música, etc., acompañando todo ello con una verdadera acción de atontamiento colectivo efectuada sobre las multitudes inculcándoles un conjunto de quimeras que tanto las entusiasman, tales como la de la democracia absoluta, la que bien sabemos que nunca ha existido como tal y que es apenas la cobertura por la cual, a través de una sofisticada suma de engaños y halagos, se doblega a las diferentes comunidades haciéndoles creer a quienes las integran que se gobiernan a sí mismas cuando en realidad, justamente gracias a tal lavado de cerebro efectuado, son en cambio ellos los que efectivamente lo hacen, contando para tal fin con la complicidad de esa caterva de mediocridades que son nuestros políticos “demócratas” así como sus ideólogos y “comunicadores” de todas las especies. Por lo tanto todos los imperios serían aquellas naciones que, además de haber logrado imponer su voluntad a las restantes, también habrían sido capaces de someterlas psicológicamente a través de diferentes medios de opresión cultural. Sin embargo, debido a los “avances” de la ciencia y de la tecnología, el imperio norteamericano sería mucho más eficaz que el romano por la pluralidad de recursos a su alcance, en tanto que este último contaba apenas con un solo y muy precario instrumento de dominación, el “derecho romano”, que solamente se refería a la “superestructura” política no teniendo en cambio una verdadera influencia en el plano cultural. Roma desde dicha óptica sería un antecedente menor, más primitivo, de ese verdadero aparato sofisticado y moderno que es el imperialismo norteamericano.

Y es también, de acuerdo a este punto de vista en el que se preeminencia el trasfondo irracional e impersonal que regiría a la totalidad de los seres humanos, por el que se diría que tampoco en Rusia por ejemplo serían en el fondo cosas muy diferentes la religión cristiano ortodoxa que primara en la época de los zares, con su ideal de pueblo teóforo encargado de evangelizar al mundo entero, del marxismo leninismo que rigiera a tal país durante la casi totalidad del pasado siglo, el que formularía también esa misma inquietud de dominio universal, pero adaptada a las circunstancias variables del tiempo, en tanto que, en una época “científica”, positivista y unidimensional como la que vivimos, no era recomendable acudir a los argumentos “supersticiosos” de una religión de carácter trascendente, sino a una que poseyese por fundamento a la “ciencia” y entre éstas especialmente a la economía, que bien sabemos que las castas inferiores han convertido en forma obligatoria en el destino de los seres humanos. Por lo cual las dos serían expresiones diferentes y en circunstancias distintas de esa cosa impersonal actuante entre bastidores que es en tal caso el “alma rusa”. Del mismo modo que tampoco desde tal punto de vista el absolutismo monárquico francés o el despotismo ilustrado de los “filósofos” serían en el fondo algo tan antagónico respecto del liberalismo que triunfara luego con la Revolución Francesa, en la medida que también aquí todas ellas habrían sido las expresiones de una misma “alma” anidada en tal nación. Así también, siempre en concordancia con la aceptación de tal concepción reivindicativa de un sentimiento de dominio universal existente de manera natural en todas las comunidades humanas, aunque no siempre reconocido como tal por la totalidad de sus integrantes, no serían muy diferentes en el fondo lo que antiguamente fuera el imperio romano, con lo que hoy en día sería su actual expresión similar, los USA, los cuales se asemejarían muchísimo en tanto que en los dos casos nos encontraríamos con un despliegue casi absoluto del poder en el planeta y sin rival alguno que fuera capaz de hacerle frente. Por lo que la existencia de estos dos “imperios” en épocas tan dispares nos testimoniaría plenamente también la del sentimiento de poder como realidad excluyente y omnicomprensiva presente en todas las épocas y entre todas las naciones en un grado de diferente intensidad.

Se trata aquí de una máxima universalmente aceptada e impuesta como un dogma entre todos los hombres, o al menos entre una inmensa mayoría de éstos, la de que los seres humanos en el fondo se movilizan principalmente por intereses y no por principios. Que las ideas, si bien se conciben y se poseen, son apenas instrumentos de los mismos y no factores determinantes de la acción. Éste es en el fondo el materialismo esencial a nivel antropológico que caracteriza a la modernidad en cualquier momento de la historia del que se trate y aquello por lo cual se puede calificar también al orden que la misma concibe como el de una sociedad de masas, en la medida en que se comprenda al sujeto como un simple instrumento de una potencia impersonal que lo trasciende, lo cual se ha convertido además en un dogma religioso asumido e impuesto en forma universal, obligatoria e incluso fastidiosa, aunque las deidades que se veneren puedan ser distintas de acuerdo a épocas, modas o naciones. Así como hoy en día se ha prácticamente aceptado que la libertad representa una quimera pues en el fondo seríamos un manojo de instintos que gobiernan a la totalidad de nuestras acciones, a pesar muchas veces de nuestra voluntad en contrario, que seríamos prácticamente marionetas de algún impulso irracional, trátese del instinto sexual (Freud) o del de dominio (Adler); de la misma manera se acepta también que a un nivel histórico y social, lo que hoy se denominaría con la palabra sincopada “macro”, existe una fuerza impersonal que lo hace en forma colectiva con todos nosotros utilizándonos como meros medios de realización de los fines de tal realidad superior. La misma ha adquirido con el tiempo una serie de denominaciones dispares aunque obedientes por igual a un mismo principio moderno: o es la economía en el caso sea del marxismo como del liberalismo, o la raza, o la “vida” si de lo que se trata es del nazismo biológico rosenbergiano o maurrasiano, o la historia si es en cambio el historicismo hegeliano, o la “Divina Providencia” a través de una determinada iglesia si es que se trata del güelfismo sea católico, judaico, etc.. A su vez tales cosmovisiones son tan categóricas en sus aseveraciones y creencias que conceptúan que aun el acto de negárselas en sus principios esenciales estaría manifestando también el carácter categórico y global de su sistema el que como tal tiene la capacidad de incluir en sí aun a las conductas contrarias al mismo. De tal modo que cada vez que alguno interviniera para negar o refutar tales puntos de vista materialistas, por ejemplo diciendo que no es el sexo, ni la raza, ni la economía, ni la Historia, ni el Dios providencial lo que nos gobierna y moviliza cual pasivas marionetas, sino que el hombre es libre y en el fondo dueño y señor de su destino, capaz de evitar que los diferentes condicionamientos que existen a su alrededor se conviertan en él en modo necesario en determinismos, pues es esto lo que distingue al hombre del animal, estaría en cambio demostrando lo contrario. Frente a ello tales dogmas supersticiosos e institucionalizados nos responden que esto no significa otra cosa que dar un argumento adicional a sus fanáticas sugestiones. Ellos consideran que el acto de negación de tal fatalismo, en tanto el mismo representaría un hecho expresado por seres que son minoritarios, quedaría incluido como la excepción respecto de la regla, no representando por lo tanto otra cosa que una anomalía de sujetos que, ante el carácter omnicomprensivo y fatal de tal dogma “aceptado” y asumido por las “amplias mayorías populares”, presas de un infantilismo intentan “reprimirlo” con “inmadurez” debido a su incapacidad de “soportarlo” o “asumirlo”, como en cambio haría una persona adulta, informada, equilibrada y “realista”. Hegel llamaba a tales actitudes inmaduras como “conciencias infelices” que no querían “reconciliarse” con la realidad histórica, Freud los definía como productores de “censuras” y “represiones” (términos éstos que bien sabemos que, en razón de la publicidad masiva que han tenido tales panegíricos, se han convertido en malas palabras en todos los sentidos) surgidas vanamente para frenar la fuerza espontánea e irreversible del “ello” instintivo. Marx los llamaba los “sembradores de opios” que ocultaban los “intereses históricos” de una determinada clase fabricando “superestructuras” y alucinógenos para mantener así “la explotación del hombre por el hombre”, y podríamos extendernos aun más.

De este modo, cuando se comprueba la existencia de personas que sostengan la primacía de la idea y el principio por sobre el mero interés material, ello es inmediatamente negado socarronamente por los pregoneros del instinto de dominio, de la soberanía de la “realidad empírica” y de la “vida” ilimitadamente expansiva y promiscua, brindándosenos el ejemplo de lo que acontece en la vida cotidiana. Vemos justamente allí que nuestros políticos y demás hombres “exitosos” que nos circundan, han dado pruebas cabales de tal “realismo” justamente no siendo principistas y jactándose en cambio de ser lo opuesto, en lo cual se encontraría la clave del “éxito”, es decir ser pragmáticos, maquiavélicos y “heterodoxos”, términos éstos que se han convertido hoy en día en cosas sumamente buenas y signos de “madurez” (en la actualidad la palabra ortodoxo, es decir la actitud de aquel que es fiel hasta las últimas consecuencias a los propios principios, es también sinónimo de algo feo asimilable a las ya mencionadas “censura” y “represión”). Efectivamente son ellos los que demuestran siempre el valor que poseen los ideales y los principios en su condición de “superestructuras”, es decir anzuelos idóneos para atrapar a los débiles y tontos a fin de poder alcanzar el poder sin preocuparse luego por contradecirlos, denotando así con tal conducta que es la satisfacción de los instintos y los intereses, y entre éstos principalmente el de dominio, aquello que nos gobierna a todos, aunque pueda haber algunos que no lo reconozcan. En todos los casos realizarse como personas (término que ellos capciosamente confunden con individuo) significa seguir el rumbo fatal e irreversible de tal realidad impersonal que siempre se sobrepone a nosotros y nos gobierna aun cuando nos opongamos a ella. Así como Dios se sirve del demonio y del pecado, así como la idea lo hace con las “conciencias infelices”, etc. para obtener sus fines, siendo vanas las oposiciones a tal fatalismo, por lo que es el más fuerte y astuto, el “realista”, el que comprende y acepta tal fatalidad, el que triunfa, del mismo modo que en la esfera interior del yo lo hace el instinto sexual sobreponiéndose y triunfando toda vez que elimina las distintas “censuras” que se establecen en su contra.

Ante lo cual la primera y esencial pregunta que cabría hacerse sería la siguiente: ¿no es también sostener un principio determinado manifestar que los hombres son gobernados por intereses instintivos e inconscientes? Un principio que por supuesto se opone a aquel que expresa que no es la materia y el tiempo la única realidad que pueden “interesar” al hombre, sino también y principalmente el espíritu y la eternidad. Que el hombre no es necesariamente un esclavo de la “historia”, del instinto, del “Dios providente” o más sencillamente de la “realidad”, del mismo modo que no es cierto tampoco que todos los seres humanos provengan del animal, sino que puede haber también algunos que sean libres.

Luego de lo cual cabe también esta otra objeción. ¿Por qué suponer obligatoriamente que quienes sostienen esta última posibilidad deban tratarse necesariamente de individuos desapegados de la “realidad” y por lo tanto “utopistas”, “apolíticos” y “ahistóricos”? o más todavía, ¿por qué debemos denominar “realidad” lo que ellos reputan como tal? ¿Por qué no pueden existir también seres que transitan por la política y por la historia con principios que trascienden sus puntos de vista y que por lo tanto no se agotan en ellos? Si esto es así formulémonos esta última pregunta decisiva: Si es verdad -y no lo rebatimos- que actualmente rige el principio de la soberanía del interés material en la vida política e histórica y la economía hoy resulta el destino universal ¿por cuál razón es que debemos decir que ello siempre ha sido así? ¿Por qué tenemos que reducir todos los tiempos históricos al actual? ¿Por qué tiene que existir forzosamente una “Historia” y no diferentes historias, diferentes tipos de hombre y consecuentemente diferentes modos de percibir lo real? O más sencillamente: ¿Por qué debemos manifestar que en todo momento el hombre fue moderno? O también: ¿por qué no concebir algún tipo de orden en el cual lo moderno, que siempre existió como una forma determinada de ser y no como se cree actualmente la única posible, no fue sin embargo el principio que rigió en todo momento a las sociedades, que hubo otras en las cuales las que estuvieron vigentes fueron categorías diametralmente diferentes, de carácter tradicional, es decir principios en los cuales la experiencia que captan nuestros sentidos externos, la “realidad material” o “vital” no fue concebida como la única posible, como algo que se agotaba en sí mismo y ante la cual nos debíamos plegar y venerar como si se tratara de la única y excluyente en la que se reducía la totalidad de nuestro ser y destino, sino en vez apenas un momento, un símbolo de una cosa superior que la trascendía y que se consideró a la vida no como una realidad concluida y acabada y en la cual estábamos condenados a estar fatalmente a la manera de un individuo o parte encargado de perpetuarla, sino como una instancia provisoria a transitar en función de otra cosa superior, aquello que es más que la mera vida.

Es exclusivamente dentro de esta óptica que debe entenderse la romanidad en Julius Evola. Roma tuvo importancia en él no como la confirmación de que imperialismos como el norteamericano representan una cosa natural y explicable por la naturaleza siempre “interesada” e instintivamente dominadora del hombre, sino todo lo contrario. Fue en cambio el último intento con una cierta continuidad de querer establecer un orden universal no moderno y de carácter sagrado en donde el cosmos no fuera concebido como en la actualidad como una cosa a poner a nuestra absoluta disposición para llegar a ser “felices”, sino como una escala jerárquica ordenada hacia la eternidad. En donde se comprendió a la vida como teniendo sentido en tal función superior, y no como una cosa que se agotaba en sí misma.

Es decir que Evola concibe que hay un modo moderno y un modo tradicional de percibir una misma realidad. Lo actitud moderna consiste esencialmente en el materialismo a nivel de concepción del mundo y la sociedad de masas a nivel de concepción social y política. Materialismo, de su raíz mater, principio femenino que consiste en concebir la relación del hombre con las cosas de una manera pasiva y de subordinación. Desde tal óptica el materialismo es un fenómeno muy vasto y no limitado tan sólo a las expresiones fragmentarias que habitualmente se conocen como tales (materialismo histórico, dialéctico, mecanicista, etc., las que no son sino modos diferentes de manifestación de un mismo fenómeno) siendo todas ellas maneras de expresar un mismo hecho por el que se concibe al hombre como un mero medio o instrumento de una cosa reputada como superior a él frente a la cual él permanece en estado de subordinación y dependencia. La misma puede ser Dios, la Historia, la Naturaleza, la Raza, la Sociedad, la especie humana, o algún tipo de Instinto irracional como podría ser el sexual, etc. Y a su vez concibe a la existencia del sujeto como teniendo sentido únicamente integrándose o reconociéndose en tales realidades superiores a las que hay que adaptarse en manera pasiva, dependiendo de ello nuestra “felicidad”, estando relacionado a las mismas así como un instrumento lo está respecto de aquel que lo utiliza. Este tipo de hombre, el individuo en serie, repetitivo y que se disuelve en los momentos espacio-temporales de la historia, no es propiamente persona, sino masa, es decir un ser incapaz de encontrar en sí mismo la propia razón de ser, sino que en cambio la remite a otra cosa que se le sobrepone como algo superior y respecto de la cual él acepta cumplir con la función de simple medio o instrumento. Por supuesto que la modernidad ha tenido grados diferentes de manifestación en tal tendencia materialista y masificadora a lo largo de toda su historia por lo que no es una misma cosa el proceso de masificación que tuviera el Occidente en la edad Antigua del que en cambio acontece en esta era terminal en la que nos hallamos en la cual el proceso hacia la despersonalización y por ende hacia la incesante masificación ha alcanzado niveles realmente aterradores. Acotemos además que la masificación debe tener como correlato necesario en primer término la igualdad ya que la masa se caracteriza por ser un compuesto de seres casi idénticos y sin un carácter propio que los singularice. En segundo lugar la democracia concebida en esta fase terminal como una forma totalitaria de gobierno y de sociedad en donde las simples mayorías debidamente domesticadas por la propaganda y los medios subliminales de atontamiento colectivo es la que determina lo que debe hacerse en detrimento de la libertad de aquellos que son verdaderamente personas en tanto que, como tales, piensan y reflexionan y por lo tanto poseen un carácter propio. Esta democracia coercitiva y masificadora en sus tiempos finales adquiere también la forma de “imperialismo”, tal como acontece en nuestros días a través del despliegue invasivo de los USA por el mundo entero, por el que invade a las naciones, encarcela a las personas en cualquier lugar del planeta en que se encuentren, transgrede hasta la más elemental norma de derecho en aras de imponer coercitivamente la “democracia”, tal como ha acontecido en los casos Irak, Afganistán, etc..

Frente a tal tipo de hombre y cosmovisión se yergue la figura antitética del hombre tradicional para el cual se es persona únicamente en tanto se encuentre en sí mismo y no en otra cosa la razón última del propio ser. Es decir que, a diferencia del mundo animal, lo propio del hombre es ser persona, lo cual no es una realidad encontrada y ya hecha naturalmente, sino algo que debe construirse uno mismo a lo largo de la propia existencia. Mientras que ser individuo, que es lo que se trae al nacer, significa ser dependiente de otra cosa, persona es en cambio ser independiente, esto es, libre. En tanto es la libertad lo que categoriza esencialmente a las personas, distinguiéndolas de los restantes individuos y en tanto la misma representa una conquista realizada por uno mismo, ésta no es igual en todos los seres por lo que éstos se distinguen entre sí por el grado que han desarrollado de la misma. Por tal motivo una sociedad regulada en función de la libertad que puedan poseer las personas no puede ser nunca igualitaria y debe contraponerse necesariamente a la actual y masificada propia de la modernidad. Frente a la nivelación igualitaria de una humanidad sin nombre ni carácter propio, como la existente en la actual sociedad democrática, se yergue su antagonista absoluta que es la sociedad jerárquica, graduada en función de la libertad que hayan conquistado los seres. Ante el igualitarismo masificador la sociedad tradicional impuso un orden de castas de tipo jerárquico en donde las personas hallaban una tipificación respecto del grado de libertad al que alcanzaban a desplegar en su existencia.

El moderno en su materialismo ha equiparado ilícitamente el concepto de persona con el mero hecho de estar vivo, por lo cual hoy en día son reputados como sinónimos los conceptos de individuo y de persona. La gran diferencia que existe con la concepción tradicional es que para ésta no solamente se trata de conceptos distintos y antitéticos sino que se es persona o individuo de acuerdo al grado de libertad que se haya desplegado. Individuo es el sujeto que se reduce simplemente al papel de parte de un todo que lo trasciende, persona es en cambio aquel que se constituye a sí mismo como ese todo. Y así como se es más o menos persona de acuerdo al grado de libertad que se posea, se es más o menos individuo a la inversa de acuerdo al grado de dependencia. Individuo y persona son los equivalentes a los dos polos ideales en que se constituye lo real, la materia y la forma, el cuerpo y el espíritu. Y así como no existe ni la materia ni la forma absoluta, sino grados de mayor o menor aproximación a las mismas, las dos polaridades en que se ordena una sociedad jerárquica y de castas son el paria, lo más cercano al mero individuo y el Emperador que es en cambio aquel que se encuentra más cerca de la persona absoluta pues es el único totalmente libre. Tales dos polaridades constituyen pues dos órdenes distintos y antitéticos: el Imperio, símbolo de la persona absoluta y la Democracia, símbolo y sociedad del paria o del individuo absoluto.

El imperialismo Norteamérica es de carácter impersonal en tanto desconoce la figura del emperador, es por lo tanto el dominio abusivo y estrepitoso del paria.

2) Lo ario y lo semítico en la historia universal

Ahora bien, volviendo a la obra sobre La Tradición Romana que nos convoca en esta fecha, digamos que para Evola resulta de singular importancia poder indicar el significado histórico que ha tenido Roma justamente dentro del contexto de antagonismo entre estos dos tipos de humanidad antes mentada: aquella que se asienta en la masa, que sostiene como sistema político la democracia y que tiene como concepción del mundo al materialismo, y la que en cambio lo hace en la persona, en el imperio como forma política, y en la  Tradición como concepción del mundo. En tanto fundado en la metafísica su planteo es consecuentemente metahistórico, es decir fundado en una metafísica de la historia que interpreta al mito como un ente significativo que indica orientaciones existenciales paradigmáticas diferentes y presentes en todo tiempo y lugar. En toda época histórica los hombres han tenido siempre en mayor o menor grado dos metas y direcciones diferentes:  la persona o el individuo, es decir la de tener como paradigma a un ser autosuficiente y libre capaz de darse a sí mismo una ley o en cambio reducirse a la comprensión de sí como mera parte de un proceso o de un todo que lo trasciende. Las diferentes mitologías de los diversos pueblos, sea arios como semitas, occidentales u orientales, nos hablan siempre de un antagonismo esencial que habría existido desde los orígenes mismos de la humanidad y que, de la resolución que las diferentes culturas han dado del mismo, se han recabado también distintas direcciones siendo la una hacia el determinismo representado en la figura del individuo-masa comprendido y reducido al papel de parte de un todo y la otra hacia el individuo-persona es decir un ser libre y autosuficiente por participación y grados. Y ello estaría determinado de acuerdo al tipo de elección realizada. Todo pueblo, todo tipo de humanidad ha estado sometido a una decisión trascendental consistente en la superación de un obstáculo. Algunos triunfan, mientras que en cambio otros sucumben. En esto él considera que los pueblos arios han expresado históricamente una ventaja en tanto que, ante un mismo antagonismo, han dado una resolución diferente que la acontecida en el caso de los pueblos semitas. Mientras que ante una misma prueba consistente en la superación de un obstáculo el hombre semita arquetípico, Adán, sucumbe ante el mismo (el árbol, la manzana, etc.) y es doblegado al ser sometido a una existencia posterior de pecado y dependencia, a una situación de simple criatura en la que la muerte se convierte en él en su estado natural, quedando así reducido al rol de mera parte subordinada a un proceso superior. El ario en cambio, a través de figuras arquetípicas como la de Heracles, pasa también por esa misma prueba, pero el resultado es en el mismo diferente, pues sale victorioso. Se recuerda que en los dos casos está presente la figura de la mujer como tentación (Eva en el primero y las Hespérides en el segundo) y de una manzana como un límite que debe ser sorteado, aunque los resultados son distintos en los dos casos. La misma semejanza aparece también en las sagas de los hermanos antagónicos representando los mismos dos posibilidades diferentes: Caín y Abel entre los semitas y en el ámbito Romano aparecen en cambio las figuras de Rómulo y Remo, en donde el primero representa un principio sagrado de elevación espiritual e inmortalidad olímpica, la política comprendida como una misión redentora, en cambio el segundo representa el asentamiento en la mera “vida”, en el bienestar, en la economía y la administracion y el acto de asentarse y reducirse a tales dimensiones inferiores. En los dos casos al verificarse el antagonismo irreversible, el uno mata al otro imponiendo su propia ley. Pero los resultados son una vez más diferentes. Mientras que entre los pueblos semitas triunfa el principio impuro, meramente telúrico representado por Caín, entre los arios es en cambio Rómulo, es decir el principio sidéreo y celestial el que triunfa sobre el lunar y terrestre representado por Remo.

Pero lo interesante a señalar aquí es que, si bien en Roma ha tenido una resolución favorable la victoria definitiva de un principio superior sobre uno inferior, no significará ello que se haya producido una aniquilación del que fuera vencido. Lo telúrico y moderno existirá como una posibilidad siempre lista a eclosionar en el momento de debilidad de la otra. Es decir que no significa en manera alguna que el triunfo de un principio implique una determinación fatal para la descendencia. Ni un semita está condenado a subordinarse a una religión lunar, ni el ario siempre participará de un espíritu sidéreo. Si bien se encontrarán ciertas ventajas por la existencia de un ámbito propio que así lo favorece, la existencia es concebida como una lucha entre ambos principios la que será de carácter incondicional y sólo se resolverá con el triunfo de uno de los dos términos. El principio telúrico representado por Remo estará siempre presente en la plebe, teniendo incluso una localización geográfica en el monte Aventino, por contraposición al principio sidéreo, representado por Rómulo, cuyos herederos serán los patricios y su sede el monte Palatino. El principio plebeyo y telúrico tendrá sucesivas confirmaciones en otros pueblos, principalmente de origen asiático y semítico, como los Etruscos, los Cartaginenses, los Egipcios y finalmente el judeo-cristianismo. En síntesis lo propio de lo semita es el sustentar una religiosidad fundada en un estado de servilismo y dependencia del hombre-masa o simple individuo, sometido a una divinidad trascendente ante la cual su condición es la de mera “criatura” o “parte”, o “mediación” de un todo superior que puede ser la especie, la Historia, la Idea, etc. de acuerdo a los tiempos o modas que se sucedan. Por contraposición a ello se yergue el hombre-persona, creador y no criatura, divino e incondicionado y no mortal y condicionado, compañero y colaborador de Dios y no siervo y dependiente del mismo, ante el cual se le reza de pie y no de rodillas y postrado, ante el cual se permanece con la frente alta y no en estado de humillación, al cual hay que ser capaz de hacer descender hacia sí y no de “aniquilarse a sí mismo”. Todo ello no es otra cosa que el antagonismo que hoy en día se ha sintetizado con la dicotomía entre el hombre moderno y el tradicional.

3) Ética aria y ética semita

De los dos mitos antes mentados emanan dos antropologías diferentes, la que ensalza al hombre persona, tal la concepción ario-romana y patricia y por contraposición a ella la plebeya que reduce a la humanidad a la condición de individuo-masa. Espiritualismo y materialismo, modernidad y tradición son las dos posibilidades existentes de las cuales derivan dos éticas distintas propias de dos humanidades, de dos razas diferentes, una patricia y otra plebeya, en una misma colectividad. ¿Qué es lo que distingue a la una y a otra? Ambas son antagónicas e irreconciliables, tal como el agua y el aceite.

Pues bien en el primer caso la ética aria y patricia se caracteriza por tenemos un amor por las distancias, por un estilo rudo, severo y viril de la existencia para el cual el contenido y la intención valen más que las formas externas. Es máxima esencial de tal forma de moral que es preferible ser antes que tener. El estilo patricio es “monumental”, el plebeyo en cambio coreográfico y teatral. Este último, al cual denomina también como mediterráneo, se caracteriza por una constante inclinación hacia la exterioridad, hacia el individualismo que se distingue por la insufribilidad respecto de cualquier autoridad superior, de cualquier ley general de orden. Es una característica propia del plebeyo el desesperado afán por ponerse insistentemente de relieve. Ante el estilo severo de aquel que preeminencia la manifestación del principio por encima de todo y ante el cual está dispuesto a sacrificarse a sí mismo y a su “interés”, el plebeyo insiste en cambio en resaltarse constantemente a sí mismo no importándole si en aras de ello puede echar por la borda a más de un principio. A tal respecto resulta ser un crítico a ultranza y más que la verdad le interesa siempre destacarse y es habilísimo en encontrar siempre algún recoveco para escapar de un obstáculo o una ley, así como poseedor de un gusto estrepitoso por mostrarse sumamente inteligente aun a costa de convertir al otro en estúpido, tal como lo vemos cotidianamente entre nuestros periodistas o comunicadores sociales preocupados por mostrase siempre como muy vivos e inteligentes ante el público. Se destaca también por una descontrolada fiebre romántica, por un deseo exacerbado por comunicarse y exteriorizar los propios sentimientos, por ser extremadamente expansivos.

La segunda característica de lo moderno es lo cuantitativo, lo cual determina su carácter dual y con dobles y hasta triples mensajes y discursos formulados de acuerdo a las circunstancias variables. Frente a ello encontramos las máximas de Séneca: “Mantenerse firme en el ser”, nos decía, lo cual equivale a mantener la propia coherencia y la unidad de sí mismo en todas las circunstancias múltiples. Al respecto él opinaba que “Es más grave mentir que matar”. Matar es en efecto un acto que puede tener significados distintos, en cambio mentir tiene un solo significado: significa una degradación, una lesión de la unidad interior, el pasaje de la cualidad de quien es “derecho” a la de quien es “oblicuo”. Es importante manifestar aquí que desde tal perspectiva relativa a la unidad de la persona, las proporciones no cuentan. La pequeña traición es igual absolutamente a la gran traición. No mantener la palabra empeñada en una cuestión secundaria relativa a la vida práctica es lo mismo que hacerlo en una cuestión de honor. Infringir una promesa en algo en apariencias secundario como dejar de fumar puede tener un valor semejante a no cumplir con un compromiso dirigido hacia los otros. De la misma manera es tan grave robar una caja de fósforos a un compañero de trabajo que asaltar un banco. Más aun lo primero resulta más grave que lo segundo pues en el primer caso se trata de algo carente de riesgos, como en cambio puede serlo asaltar un banco que exige tener una cierta valentía. “Mejor padecer una injusticia antes que cometerla” o también: “Lo que no es honesto ni siquiera puede reputarse como útil”. Tal como vemos, y podríamos extendernos muchos más, estas dos humanidades diferentes y antitéticas se caracterizan por éticas diametralmente opuestas.

Con esto hemos tratado de resaltar algunos valores propios de lo romano en contraposición con lo norteamericano, modalidad democrática impuesta en nuestro mundo moderno. Podría decirse que mientras uno es simplemente un “imperialismo” que pretende imponer el modo de ser moderno y democrático, el otro es en cambio un imperio, en tanto expresión exacta de lo que es opuesto a la democracia, es decir la expresión de una sociedad tradicional y jerárquica.

(Conferencia dictada el pasado 5-4-06 en la ciudad de Buenos Aires en ocasión de presentarse la edición castellana de La Tradición Romana, de Julius Evola)

 

 

Radiografía de la Democracia. Dos derechos. Julius Evola

Radiografía de la Democracia. Dos derechos. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Dentro de la serie de artículos que Evola dedicó a la crítica la democracia, emerge este publicado en la revista "Il Conciliatore" en enero de 1969. Evola y la democracia eran absolutamente incompatibles si entendemos por democracia, la preeminencia del "demos". Esto afecta profundamenta a la misma concepción del derecho. Evola en el artículo critica el "derecho de Nuremberg" y la falsificación del "derecho natural". El artículo estuvo publicado, originariamente, en una revista conservadora con mucha presencia monárquica y, de hecho, remite a los textos de De Maistre y de los teóricos de la contrarrevolución francesa.

 

Radiografía de la Democracia

DOS DERECHOS

por Julius Evola

En 1948 una comisión especial de la ONU presentó, como resultado de sus trabajos, una especie de Charta en la que se definía la concepción del derecho. Una vez aprobada, y obtenido su reconocimiento también en los ambientes católicos, la misma sancionaba en mayor o menos medida las ideas del denominado “derecho natural”, con un lugar destacado para los principios jacobinos del ’89 y los de la Declaración de la Independencia Norteamericana, fijando por lo tanto la base universal para la democracia. Con la misma, era también convalidada la famosa “ideología de Nüremberg”, es decir, de aquella macabra farsa jurídica con la cual, para desprecio de toda anterior tradición de honor militar, los vencedores se han unilateralmente constituido en jueces de los vencidos refiriéndose así a principios tan sólo por ellos elaborados y hechos valer retroactivamente y por encima de cualquier frontera.

En efecto, éste es uno de los aspectos fundamentales del denominado derecho “natural” en su oposición a lo que es denominado como “derecho positivo” o “político”. El fondo último de tal doctrina (el “iusnaturalismo”), el cual ha tenido un papel relevante en todas las ideologías subversivas modernas, es éste: para lo justo y lo injusto, para lo lícito y lo ilícito existirían principios inmutables y congénitos en la naturaleza humana, de carácter universal, que aquella que es denominada como la “recta razón” podría siempre reconocer de manera directa. El punto esencial es el de atribuir al conjunto de estos principios una superior validez y dignidad, de hacerlos valer no tanto en términos de derecho cuanto en términos de moral. Éstos tendrían una autoridad y una fuerza íntimamente imperativa que el “derecho positivo”, es decir las leyes concretas que rigen todo Estado y toda sociedad organizada, no poseen puesto que estas leyes se basarían en la simple necesidad o sobre la coerción, no tendrían un crisma superior y deberían ser simplemente medidas, en su legitimidad, justamente sobre la base del “derecho natural” del hombre.

Hemos hablado de un uso subversivo de este derecho puesto que es evidente que, refiriéndose al mismo, puede ponerse bajo acusación al Estado, se pueden sancionar rebeliones, contestaciones y desobediencias de los individuos y de las masas, sin excluir la “objeción de conciencia” y posturas análogas por un lado y por el otro hasta arribar a la mencionada “ideología de Nüremberg” y a la pretensión de constituir un tribunal universal democrático al cual todo Estado debería plegarse renunciando así a lo que constituye su misma esencia, es decir su soberanía. Los ataques múltiples, hoy tan frecuentes, sostenidos sea contra uno u otro régimen reputado como “fascista”, con ingerencia en los asuntos internos de otros países (aunque sin abrir la boca en general cuando se trata de regímenes marxistas), proceden evidentemente de presupuestos análogos.

Ahora bien, sobre todo esto es dable hacer una serie de consideraciones.

Por un lado tal “derecho natural” no es sino una abstracción, lo cual resulta históricamente del hecho de que después de siglos de controversias jurídico-filosóficas nadie ha podido arribar nunca a definir exacta y unívocamente cuál sea la “naturaleza humana” en singular, la naturalis ratio y el criterio objetivo para juzgar qué cosa se encuentre realmente en conformidad con la misma y qué es lo que le sería congénito como si se tratase de una sagrada herencia. En su ausencia, se ha podido hacer referencia tan sólo a algunos principios elementales que se juzgan como necesarios a fin de que una vida social fuese posible. Pero con esto viene a menos la “trascendencia” del derecho natural, su pretendida superior dignidad, puesto que se nos manifiestan entonces como evidentes un conjunto de condicionamientos históricos y puesto que (sobre este punto esencial volveremos enseguida) para la “vida social” son concebibles formas sumamente diferentes. En efecto, cuando de lo abstracto se ha pasado a lo concreto, al derecho natural, de acuerdo a los autores y las épocas, se le ha agregado ahora uno u otro principio. Baste pensar que en la antigüedad hubo quien hizo ingresar dentro del derecho natural a la misma esclavitud.

Puede ser interesante una ejemplificación histórica respecto de los orígenes del “derecho natural”. Por parte de la Corona británica habían sido reconocidos a los ciudadanos paulatinamente una serie de derechos en el plano puramente político, luego de conflictos y diferentes circunstancias locales. Y bien, estos derechos, por parte de filósofos como Locke y luego por la Declaración de independencia norteamericana, fueron “absolutizados”, fue olvidado su origen empírico y político, los mismos fueron transformados en “derechos naturales” autónomos y superiores a cualquier sociedad política, inalienables y conferidos nada menos que por Dios a toda criatura humana.

Sin embargo el punto fundamental es éste: allí donde se habla de derecho natural se encuentra a pesar de todo, un cierto común denominador, se encuentran ciertos principios que, por lo demás, son intrínsecos no de la naturaleza humana en general, sino más bien de una determinada naturaleza humana y ofician de presupuesto no de todo tipo posible de sociedad, sino de un determinado tipo de sociedad. En otros términos, no se trata para nada del derecho en singular, sino tan sólo de un derecho, de la especial concepción que del derecho tuvieron (y tienen) un determinado tipo de sociedad y un determinado tipo humano. Todo lo demás, su presunto carácter ético y casi sagrado, su correspondencia nada menos que a la “ley divina impresa en el corazón de los hombres”, su ser normativo en sí mismo, no es sino pura mitología (un marxista diría que es una superestructura); es un aparato especulativo al servicio de quienes defienden y buscan de hacer prevalecer lo que corresponde a una determinada mentalidad y a un determinado ideal de vida asociado: es decir los que han hallado una esencial expresión en la democracia y en el igualitarismo democrático.

Pero no nos debemos detener aquí: es necesario ir más a fondo y rastrear el origen o la genealogía de este derecho.

Para hacer esto, nos debemos remitir a tiempos remotos y a una morfología de las civilizaciones, utilizando concepciones como las formuladas por el suizo J. J. Bachofen, genial estudioso del derecho y de los mitos y de las tradiciones antiguas, contemporáneo de Nietzsche y de Burckhardt. La “constante” de toda la teoría iusnaturalista se encuentra en la igualdad y la indiscriminada, innata, intangible libertad atribuida a todo ser humano, más aun, de acuerdo a algunos escritores antiguos, a todo ser viviente. Todos los hombres son iguales y hermanos. Toda autoridad es violencia, las leyes políticas positivas fueron ya llamadas magis violentiae quam leges. En rigor, el corolario sería una concepción comunista de la propiedad, la communis omnium possessio, en tanto que es igual el derecho de los iguales.

Y bien, todo ello tiene un preciso trasfondo cultural y religioso, que es la concepción “matriarcal” del mundo y de la vida. “Matriarcal” aquí debe ser tomado no en sentido literal material, sino en sentido generalizado. Se trata de las civilizaciones que vieron el supremo principio del universo en una divinidad femenina materna, sobre todo en la Madre Tierra, Magna Mater. Frente a la Madre generadora todos los seres son iguales. Su ley no conoce exclusivismos o diferencias, su amor aborrece todo límite, su soberanía no admite que el sujeto se arrogue un derecho particular sobre aquello que por naturaleza pertenece colectivamente a todos los seres. La cualidad de “hijo de la Madre” asegura una intangibilidad e iguales derechos a cada uno. A la igualdad se le acompaña la intangibilidad física y en el conjunto viene definido como “conforme a la naturaleza” un ideal fraterno-social y promiscuo de la vida organizada. Los orígenes pueden ser olvidados, este trasfondo religioso con la primacía del principio femenino-materno y ctonio (es decir vinculado a la Tierra) puede hacerse totalmente invisible, y sin embargo subsistir como un espíritu y un ethos bien determinados, como una interna conformación: lo cual se vincula justamente con el hecho de que se hacen valer por sí mismos, en abstracto, los principios del derecho natural.

El cual, por lo demás, desde tal perspectiva parece corresponder tan sólo a lo que es propio de una determinada línea espiritual y, si se lo puede decir así, a una determinada “raza interior”. Es así como Bachofen ha indicado la existencia, ya en los orígenes, de una orientación opuesta, de una concepción “paterna”, base, a su vez, de otro derecho, de otro ideal de sociedad, de otro ethos, teniendo como trasfondo a otra concepción religiosa: mitológicamente, la primacía es atribuida a las divinidades masculinas paternas de la luz y del cielo luminoso (en especial en las civilizaciones de origen indoeuropeo) frente a las divinidades femeninas-maternas de la tierra y del mismo cielo. Y a las primeras divinidades, uránicas y olímpicas, les fue referido el mundo concebido como kosmos y ordo, es decir como un todo ordenado y bien articulado que tiene su reflejo en una concepción no menos articulada, orgánica y jerárquica de la sociedad así como del derecho (se vincula aquí el clásico dicho sui cuique); se puede decir que la misma funda el principio y el derecho del verdadero Estado, en oposición a lo que es simple sociedad naturalista. Bachofen ha puesto en luz también que en las grandes civilizaciones antiguas basadas en el derecho viril, en lo que con Vico se podría llamar “el derecho natural de los pueblos heroicos”, en forma notoria en la civilización romana, el derecho promiscuo propio del otro tipo de civilización no subsistió sino en los estratos inferiores, en la plebe. Así en Roma es significativo que una antigua designación de la plebe fue justamente la de “hijos de la Tierra”, que los cultos predominantes de la plebe fueron de divinidades femeninas y que a las mismas se hizo siempre alusión en las sublevaciones en contra de las malignae leges, es decir en contra de las formas del derecho positivo político y patricio. Sólo con el derrumbe y decadencia de la antigua romanidad aristocrática este substrato volvió a emerger y pasó casi a la contraofensiva y es desde tal perspectiva que debe verse la génesis del “derecho natural” cual fue profesado por varios juristas, incluso Ulpiano, en el tardío período de decadencia universalista del Imperio. Desde varios puntos de vista el cristianismo contribuyó a esta acción dando un crisma religioso al principio de la igualdad de todos los hombres, principio que demasiado fácilmente desde el plano teológico (igualdad de todos ante Dios o lo Absoluto) fue hecho valer absurdamente en el plano social.

Considerando los desarrollos sucesivos en el sentido de una secularización, es así como se arriba al “derecho natural” del cual se empezó a hablar en especial a partir del siglo XVII y al cual se remite la democracia moderna, que lo ha convertido en una cosa sagrada, intangible, originaria por un lado y por el otro como una conquista del progreso humano.

Pero si se considera aquello que aquí, aun sea en una forma necesariamente sumaria (en otras oportunidades nos hemos referido con un mayor desarrollo a este orden de ideas), ha sido expuesto, se debe reconocer que justamente lo opuesto es lo verdadero: se trata de un fenómeno regresivo. La ideología democrática, la revalorización del “derecho natural” en contra de cualquier ley política articulada, el presunto humanismo que convierte en fetiche a una libertad indiscriminada y todo lo demás, hasta la Charta formulada por los juristas de la ONU, de lo cual se ha hablado al comienzo de este artículo, que debería tener un valor supranacional mundial, no son sino las señales indicativas de una involución, de la emergencia y del predomino del hombre de una determinada raza interior, paralelos con el declinar de un tipo humano superior con sus símbolos y su derecho.

La crisis del mundo tradicional ha propiciado la reviviscencia, aun secularizada, de un substrato de trasfondo “matriarcal”, naturalista y plebeyo, a expensas del principio que antes tenía el símbolo paterno, que ha subsistido en las mayores civilizaciones dinásticas europeas de “derecho divino”, con el ideal de la autoridad y de la jerarquía, fundamento del verdadero Estado. Muchas son las variedades del fenómeno: democracia, masa, “pueblo”, “nación”, societarismo y socialismo, comunidad de sangre y de etnía en función antitética con respecto a todo lo que es Estado, y así sucesivamente. El comunismo constituye el término final de tal regresión. Es significativo cómo los distintos filósofos marxistas de la historia, comenzando por el mismo Engels, remitiéndose también, aunque de manera obtusa y unilateral, a las teorías de Morgan y del mismo Bachofen, han hablado de una fase matriarcal comunista de los orígenes, absurdamente generalizada por ellos, y en ella han visto casi el estado normal al cual el régimen de propiedad privada y todo el resto le han hecho violencia. Es pues un “iusnaturalismo” en estado puro.

(Il Conciliatore, Enero 1969)

 

 

El fascismo visto desde la derecha (VI) PARTIDO Y "ORDEN"

El fascismo visto desde la derecha (VI) PARTIDO Y "ORDEN"

Biblioteca Evoliana.- El capítulo VI de "El Fascismo visto desde la Derecha" aborda la principal contradicción entre la doctrina fascista y el concepto tradicional del Estado: la existencia de un partido. El pensamiento politico tradicional rechaza la idea de "partido" y mucho más la de "partido único" en el que ve una contradicción en sí mismo. A pesar de que en el fascismo italiano el partido se situaba por debajo del Estado (no así en el caso alemán), la idea que Evola contrapone a la de "partido único" es la de "Orden", élite encuadrada que agrupa a hombres diferenciados.

 

CAPITULO VI

PARTIDO Y "ORDEN"

 

Tras este paréntesis concerniente a las contingencias históricas, volvemos al examen estructural del régimen fascista. Si no pensamos pues, desde nuestro punto de vista, que la "Diarquía" representase en principio un absurdo, es preciso subrayar por el contrario una situación dual más general en el conjunto de las estructuras y a este respecto nuestro juicio debe ser diferente. En efecto, por su naturaleza misma, un movimiento revolucionario de Derecha tras una primera fase, debe tender al restablecimiento de la normalidad y de la unidad sobre un plano nuevo, por medio de procedimientos de integración adaptados.

es preciso pues revelar en primer lugar el carácter híbrido de la idea del "partido único" en la medida en que toma en el nuevo Estado el carácter de una institución permanente. A este respecto, es preciso separar la exigencia positiva que se encontraba en el origen de esta idea e indicar en que marco más adecuado habría debido actuar, tras la conquista del poder.

El Estado auténtico ‑apenas es necesario decirlo‑ no admite el poder de los partidos propio de  los regímenes democráticos y la reforma parlamentaria, de la que hablaremos más adelante, representa sin ninguna duda uno de los aspectos más positivos del fascismo. Pero la concepción de un "partido único" es absurda; perteneciendo exclusivamente al mundo de la democracia parlamentaria, la idea de "partido" no podía ser conservada más que de manera irracional en un régimen opuesto a todo lo que es democrático. Decir "partido" de otro lado, quería decir "parte" y el concepto de partido implica el de una multiplicidad, si bien el partido único sería la parte deseosa de convertirse en todo, en otros términos, la facción que elimina a las otras sin por tanto cambiar de naturaleza y elevarsea un plano superior, precisamente por que continúa considerándose como partido. En la Italia de ayer el partido fascista en la medida en que se da un carácter institucional y permanece, representa en consecuencia una especie de Estado dentro del Estado, o un doble del Estado, con su milicia, sus responsables federales, el gran Consejo y todo lo demás en detrimento de un sistema verdaderamente orgánico y monolítico.

En la fase de conquista del poder, un partido puede tener una importancia fundamental como centro cristalizador de un movimiento, como organizador y guía de este movimiento. Tras esta fase su mantenimiento como tal más allá de un cierto período es absurda. Esto no debe ser comprendido bajo la forma de una "normalización", en el sentido inferior del término, con una caida de la tensión política y espiritual. La exigencia "revolucionaria" y renovadora del fascismo poseía incluso como tarea una acción global permanente, adaptada y, en un sentido, capilar en la sustancia de la nación. Pero entonces es bajo otra forma que las fuerzas válidas de un partido deben mantenerse, no dispersarse, permanecer activas: insertándose en las jerarquías normales y decisorias del Estado, remodelándolas eventualmente, ocupando los puestos clave y constituyendo, además una especie de guardia armada del Estado, una élite portadora de la Idea en un grado eminente. En este caso, será necesario hablar, más que de un "partido", de una especie de "Orden". Tal es  la función misma de la nobleza en tanto que clase política que ostentó el poder en otros tiempos, hasta un período relativamente reciente en los Estados de la Europa Central.

El fascismo, por el contrario, quiso mantenerse en tanto que "partido" si bien lo que se tuvo, como  hemos dicho, fue una especie de desdoblamiento de las articulaciones estáticas y políticas en superestructuras que sostuvieron y controlaron un edificio privado de estabilidad, en lugar de una síntesis orgánica y de una simbiosis: por que el foso no estaba funcionalmente superado por el simple hecho que se declaraba, por ejemplo, que el "partido" y la milicia fascista deberían estar "al servicio de la nación". Esto no puede ser considerado como elemento válido del sistema fascista, ni siquiera es permisible imaginar el porvenir en función de los desarrollos ulteriores que el régimen habría podido tener si fuerzas más importantes no hubieran provocado el hundimiento final, e incluso si se debe reconocer el valor de la objeción según la cual la existencia de fuerzas que no siguieron el nuevo curso, o bien que lo seguían pasivamente, volvió peligrosa toda evolución prematura en el sentido normalizados y anti‑dual mencionado anteriormente. Y lo que sucedió tras una veintena de años de régimen es elocuente a este respecto.

Pero precisamente, en relación con este último punto es preciso recordar que la concepción fascista del "partido" se resiente desde los orígenes de este último fenómeno, es decir de la solidaridad intrínseca entre el concepto de partido y la idea democrática, a causa de la ausencia de un criterio rigurosamente cualitativo y selectivo. Incluso después de la conquista del poder, el partido fascista persistió en ser un partido de masas; se abrió en lugar de purificarse. En lugar de hacer aparecer la pertenencia al partido como un privilegio difícil de obtener, el régimen lo impuso prácticamente a cada uno. ¿Quién es el que ayer no tenía "carnet"? Aún más: ¿Quien podía permitirse el lujo de no tenerlo si quería dedicarse a ciertas actividades? De aquí la consecuencia fatal de innumerables adhesiones, conformistas u oportunistas, con efectos que, inmediatamente, se manifestaron en el momento de la crisis; crisis, sin mencionar la prueba suplementaria y retrospectiva representada por numerosos "fascistas" de ayer, no siempre simples ciudadanos, sino escritores e intelectuales, que han cambiado de bandera tras los acontecimientos, intentando hacer olvidar su pasado, renegado de él, o bien declarando cínicamente que habían actuado, en la época, de mala fe. En su origen, en el comunismo soviético y en el nacional‑socialismo, la concepción del "partido" (mantenida también en estos movimientos) tuvo por el contrario rasgos mucho más exclusivistas y selectivos. Pero,en el fascismo prevaleció   la idea de un "partido de masas", comprometiendo incluso la función positiva que el partido, eventualmente, podía continuar teniendo.

Desde nuestro punto de vista, la finalización positiva de coyunturas de este género, contrapartida positiva del concepto revolucionario de "partido único" en un marco institucional normalizado e integrado, debe ser pensada en términos de una especie de Orden, espina dorsal del Estado, que participa, en cierta medida, de la autoridad y de la dignidad concentradas en la cúspide indivisible del Estado.

A esto debía conducir la exigencia del paso de la fase de conquista del poder por un movimiento de renacimiento nacional y político a la fase en que la misma energía se manifestará como fuerza natural motriz formadora y diferenciadora del elemento humano. En general, los residuos "partidistas" fueron precisamente un obstáculo al desarrollo completo y feliz del régimen fascista en el sentido de una verdadera Derecha y  sobre el plano práctico se le deben diversas interferencias endiabladas: como cuando, de una parte, los méritos de partido, en relación sobre todo con la fase activista e insurreccional (el haber sido "squadristi", por ejemplo) fueron considerados como válidos para la atribución de cargos y funciones que reclamaban cualificaciones y competencias específicas, incluso aunque se tuviera una formación mental "fascista"; o igualmente, cuando, por el contrario, se acogieron en el partido a hombres de un cierto renombre, sin preocuparse de saber si esta adhesión era puramente formal, si no eran en el interior agnósticos o simplemente antifascistas (tal fue el caso de numerosos miembros de la Academia de Italia instituida por el fascismo).

 

 

El "Amor por lo lejano", Julius Evol€a

El "Amor por lo lejano", Julius Evol€a

Biblioteca Evoliana.- Este pequeño artículo de Evola apareció en la revista "Il Conciliatore" en septiembre de 1972 y toca algunos de los problemas que, posteriormente a la desaparición de Evola, han ido aumentando su vigencia. En efecto, el "democratismo", el "populismo", lo que Evola cita como "nuestrismo", ha terminado por hacerse omnipresente. Evola recuerda en este artículo la importancia de marcar las "distancias" poniendo algunos ejemplos del trato social. Un artículo extremadamente simple en su desarrollo pero que cada vez tene más actualidad.

 

EL “AMOR POR LO LEJANO”

por Julius Evola

En el campo de las reacciones interiores y de aquella disciplina que, con un neologismo, ha sido denominada la etología, se pueden distinguir dos formas fundamentales, marcadas respectivamente con las fórmulas de “amor por lo cercano” y “amor por lo lejano” (que no es otra que la nietzscheana Liebe der Ferne). En el primer caso uno se siente atraído por aquello que se le encuentra cerca, en el segundo en cambio por lo que le resulta lejano. Lo primero tiene que ver con la “democracia”, en el sentido más amplio y sobre todo existencial del término; lo segundo en cambio tiene relación con un tipo humano más alto, rastreable en el mundo de la Tradición.

En el primer caso, a fin de que una persona, un jefe, sea seguido, es necesario que se lo sienta como “uno de los nuestros”. Así pues alguien ha acuñado a tal respecto la feliz expresión de “nuestrismo”. Las relaciones de éste con la “popularidad”, con el “ir hacia el pueblo” o “entre el pueblo”, así como también, consecuentemente, con su insufribilidad hacia todo lo que signifique diferencias cualitativas, resultan sumamente evidentes. Casos recientes y significativos de tal orientación son conocidos por todos nosotros, pudiéndose incluir entre los mismos también a la insípida vocación “viajera” de los mismos Pontífices, allí donde lo normal hubiera sido en cambio alimentar una casi-inaccesibilidad, esa misma por la cual ciertos soberanos aparecieron ante el pueblo como “alturas solitarias”. Hay que subrayar aquí el pathos de la situación, puesto que puede existir una cercanía física que no excluye sino que mantiene la distancia interior.

Se sabe del papel relevante que el “nuestrismo” ha tenido aun en los regímenes totalitarios de ayer y de hoy en día. Son patéticas las escenas, que no se han dejado de resaltar por doquier, de dictadores que se complacen por figurar entre el “pueblo”. Allí donde la base del poder es en gran medida demagógica, ello resulta por lo demás casi una necesidad. El “Gran Compañero” (Stalin) no ha cesado de ser el compañero. Todo esto pertenece a un preciso clima colectivo. Hace ya más de un siglo y medio que Donoso Cortés, filósofo y hombre de Estado español, tuvo ocasión de escribir con amargura que ya no existen soberanos que pretendan presentarse verdaderamente como tales; y que si ellos lo hicieran, quizás casi nadie los seguiría. De modo tal que parece como si se impusiera hoy en día una especie de prostitución, ya puesta en relieve por Weiniger en el mundo de la política. No es azaroso afirmar que si hoy existiesen jefes en un auténtico sentido aristocrático, éstos muchas veces estarían obligados a esconder su naturaleza y a presentarse bajo la vestimenta de agitadores democráticos de masas, si es que pretendiesen ejercer una influencia. El único sector que en parte ha permanecido aun inmune de tal contaminación es el del ejército, aun si ya no es fácil hallar allí el estilo severo e impersonal que caracterizó por ejemplo al prusianismo.

Al “nuestrismo” le corresponde un tipo humano esencialmente plebeyo. El tipo opuesto es aquel al cual se le puede referir la fórmula del “amor por lo lejano”. No la cercanía “humana”, sino la distancia suscita en él un sentimiento que en el fondo lo eleva y, al mismo tiempo, lo impulsa a seguir y a obedecer, en términos sumamente diferentes del otro tipo. Antiguamente se pudo hablar de la magia o de la fascinación de la “superioridad olímpica”. Vibran aquí otras cuerdas del alma. En un dominio diferente, nosotros no podemos por cierto ver un progreso en el pasaje del hombre-dios del mundo clásico (por más símbolo o ideal que fuese) al dios-hombre del judeo-cristianismo, a aquel dios que se hace hombre y funda una religión de fondo humano, con un amor que debería mancomunar a todos los hombres así como hacerlos cercanos el uno con el otro. No equivocadamente Nietzsche denunció en esto a lo opuesto de lo que designó con la palabra vornehm, que se traduce por “distinto” o “aristocrático”.

El cielo nocturno estrellado por encima de sí era exaltado por Kant por su indecible lejanía, y tal sentimiento es probado por muchos seres no vulgares, en manera totalmente natural. Nos encontramos aquí en el límite. Sin embargo un reflejo puede ser resaltado también en planos infinitamente más condicionados. A la distancia “anagógica” (es decir, a la distancia que eleva), se le puede oponer en cambio aquello que se esconde bajo la vestimenta de una cierta humildad. Es de Séneca el dicho de que no existe un orgullo más detestable que el de los humildes. Este dicho deriva de un agudo análisis del fondo de la humildad ostentada por personas que, en el fondo, se complacen consigo mismas, sintiéndose en cambio sumamente insufribles hacia todo lo que es superior a ellas. El sentirse juntas en éstas es natural y remite a lo que hemos dicho más arriba.

Como en muchos otros casos, las consideraciones aquí expuestas son comprendidas con la finalidad de establecer criterios de discriminación, de medida, y se encuentran en verdad en una posición de contracorriente con lo actual.

Respecto de la manía de popularidad de los grandes, no resistimos a la tentación de referir un episodio personal. Años atrás hicimos llegar uno de nuestros libros a un soberano respetando las normales reglas de etiqueta, es decir, no de manera directa, sino a través de un intermediario. Y bien, nosotros decimos la pura verdad cuando afirmamos haber probado casi un shock al recibir una carta de agradecimiento que comenzaba con las palabra “Querido (!) Evola”, sin que yo hubiese conocido nunca personalmente a tal personaje o le hubiese ni siquiera escrito. Esta “democraticidad” parece estar muy en boga. En cambio hoy en día disgusta aquella persona que aun tiene una sensibilidad por los antiguos valores.

En un dominio sumamente banal se podría recordar como índice de una línea similar, un uso muy difundido en los Estados Unidos, el país más plebeyo de la Tierra. En especial en la nueva generación no se puede intercambiar un par de palabras con alguien sin que éste nos invite a tutearlo y a llamarlo con su nombre de pila, Al, Joe, etc. En contraste con esto podemos recordar a aquellos hijos que trataban de Usted a sus mismos padres y de una cierta persona, a nosotros sumamente cercana, la cual continuaba tratando de Usted a chicas (chicas bien) aun luego de haberse acostado con ellas, mientras que películas, que seguramente reflejan las costumbres del más allá del océano, nos presentan al estereotipo de aquel que, luego de un simple e insípido beso enseguida tutea a la mujer.

(De Il Conciliatore, septiembre de 1972)

 

 

Las malas interpretaciones del nuevo "paganismo". Julius Evola

Las malas interpretaciones del nuevo "paganismo". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- La traducción de este artículo nos ha sido remitida sin más indicación que el haberse publicado originariamente en el "Grundisse" en 1942. Parece ser que se trata de un estracto del artículo (o ensayo) originario. Evola denuncia los contenidos románticos y naturalistas del fenómeno que por entonces se conocía como "nuevo paganismo" y que circulaba como una moda en la Alemania de la época. Una parte importante de esta "recuperación neopagana" hay que atribuirla a Alfred Rosemberg, ideólogo del nacional-socialismo, así como a el conjunto de sectas y movimientos "ariosóficos" inmediatamente anteriores.

 

LAS MALAS INTERPRETACIONES DEL NUEVO "PAGANISMO"

Por Julius Evola

 

Es quizá apropiado, subrayar las malas interpretaciones que actualmente son corrientes en estos  momentos en algunos círculos radicales, que creen que la solución está en la adopción de un nuevo paganismo.

Este mal entendimiento ya está plausible en el simple hecho de usar el término "paganismo" o "paganidad". Personalmente, habiendo usado estos términos como slogan en un libro publicado en Italia en 1928, y en Alemania en 1934, han hecho que me arrepienta. Ciertamente el término pagano, aparece en algunos antiguos autores latinos como Livy sinningún tipo de apreciación negativa. Pero esto no cambia el hecho de que con la llegada de la nueva fe, la palabra pagano se volvió decididamente una expresión desacreditadora como lo hicieron los apologistas cristianos.

Deriva de "pagus", refiriéndose a las pequeñas villas o pueblos, por esto refiere a la forma rústica de pensar: una forma inculta, primitiva y supersticiosa de pensar. Para promover y glorificar la nueva fe, los apologistas tenían el mal hábito de elevarse a través de la denigración de otras creencias. Usualmente existía una conciente y a veces sistemática desacreditación y mal interpretación de casi todas las tradiciones, doctrinas y religiones tempranas, que eran agrupadas bajo el concepto-sábana de paganismo.

Para este fin, los apologistas obviamente hicieron un esfuerzo premeditado por subrayar aquellos aspectos de las religiones y tradiciones pre-cristianas que carecían de un carácter normal o primordial, pero eran claramente formas que habían caído en plena decadencia.

Tal polémico procedimiento llevó, en particular, a la caracterización de todo lo que hubiera precedido al cristianismo, y era por tanto no-cristiano, por lo tanto necesariamente anti-cristiano.

Uno debería considerar, entonces, que "paganismo" es un concepto fundamentalmente tendencioso y artificial que raramente corresponde a la realidad histórica de lo que el mundo pre-cristiano siempre fue en sus manifestaciones normales, más allá de algunos pocos aspectos y elementos decadentes derivados de los degenerados estertores de culturas mas antiguas. Una vez teniendo todo esto claro, nos damos cuenta hoy de una increíble paradoja: que este paganismo imaginario, que nunca existió, pero fue inventado por los apologistas cristianos, sirve hoy de punto de partida para algunos auto-nombrados círculos paganos, y por lo tanto está amenazando por primera vez en la historia, con convertirse en realidad, ni más ni menos que eso.

¿Cuales son las principales características del modo pagano de hoy de ver la vida, como sus propios apologistas creen y declaran ser?

El primero es el encerrarse en la naturaleza.

Toda trascendencia es totalmente desconocida para la forma pagana de ver la vida: permanece encadenado en una mezcla de espíritu y naturaleza, en una unidad ambigua de cuerpo y alma.

No hay nada en su religión sino una supersticiosa deificación del fenómeno natural, o de energías tribales promovidas al status de dioses menores.

Fuera de esto se levanta antes que nada un particularismo de frontera de sangre (y suelo). Luego viene una negación de los valores de personalidad y libertad, y una condición de inocencia meramente identificada con el hombre primitivo, totalmente dormida a cualquier verdadera llamada supra-natural. Más allá de esta inocencia solo existe una falta de inhibición, "pecado", y el placer de pecar. En otros terrenos no hay mas que superstición, o una puramente profana cultura de materialismo y fatalismo.

No es sino hasta el nacimiento del cristianismo (ignorando algunos precursores insignificantes) que se le permite al mundo de lo supra-natural manifestarse y liberarse, en contraste con las fatalistas y naturalistas creencias adscriptas al "paganismo" trayendo consigo un ideal católico (en el sentido etimológico de universalidad) y un sano dualismo, que hizo posible subyugar la naturaleza a una ley superior, y por el"Espíritu" de triunfo sobre las leyes de la carne, la sangre y los falsos dioses.

Estas son las principales características del dominante entendimiento del paganismo, por ejemplo, de todo lo que no está vinculado a una visión del mundo específicamente cristiana. Cualquiera que posea cualquier contacto directo con historia religiosa y cultural, aunque sea elemental, puede ver cuan incorrecta y unidimensional es esta actitud.

Además, en los primeros padres de la Iglesia hay usualmente signos de un ntendimiento superior de los símbolos, las doctrinas y las religiones de culturas precedentes. Aquí daremos un ejemplo.

Lo que mas distinguió al mundo pre-cristiano, en todas sus formas normales, no fue la divinización supersticiosa de la naturaleza, sino un entendimiento simbólico de ella, en virtud de lo cual (como yo siempre subrayé) cada fenómeno y cada evento aparece como la revelación sensible de un mundo supra-sensible. El entendimiento pagano del mundo y del hombre fue marcado por el simbolismo sagrado. Todavía más, la forma pagana de vida no fue absolutamente de esa inocencia descerebrada, ni un abandono natural a las pasiones, más allá de que ciertas formas fueran obviamente degeneradas. Estuvo ya conciente de un sano dualismo, que se refleja en sus concepciones metafísicas o religiosidad universales. Aquí podemos mencionar el dualismo guerrero-religioso de los antiguos ario-iranios, ya discutido y conocido por todos; la antítesis helenística entre las "dos naturalezas" entre el mundo y el sub-mundo, o la nórdica entre los Ases y los seres elementales; y por último el contraste indo-ario entre sams'ra, y el "fluido de las formas", y m(o)kthi, "liberación" y "perfección".

En las bases, todas las grandes culturas pre-cristianas compartieron la lucha por una libertad supra-natural, por ejemplo, por la perfección metafísica de la personalidad, y todos conocían los misterios y las iniciaciones. Ya he señalado que los misterios usualmente significan la reconquista del estado primordial, la espiritualidad solar, razas de Hiperbórea, en la fundación de una tradición y un conocimiento que estaba guardado a través del secreto y la exclusividad de la polución de un ambiente ya en decadencia. También hemos visto que en las tierra del Este, la cualidad aria ya era asociada con un "segundo nacimiento" alcanzado a través de la iniciación. Sobre la inocencia natural y el culto al cuerpo, es todo un cuento de hadas ni siquiera evidente entre los salvajes, más allá de la falta propia de capacidad de diferenciación ya mencionada en conexión con razas "cercanas a la naturaleza", esta gente inhibía y aprisionaba sus vidas a través de incontables taboos en una forma que era a veces hasta mas estricta que la moral de las llamadas "religiones positivas".

Y a lo que se refiere a una visión superficial de la encarnación del prototipo de tal "inocencia", del ideal clásico, eso no era culto a lo corporal: no pertenecía a ese lado de la dualidad cuerpo-espíritu, sino al otro lado.

Como ya afirmamos, el ideal clásico es aquél del espíritu que es tan dominante que bajo ciertas condiciones espirituales favorables moldea el cuerpo y el alma a su imagen y semejanza alcanzando entonces perfecta armonía entre lo interior y lo exterior. Por último, existe una aspiración fuera de particularismos, identificable dentro de la totalidad del mundo "pagano", por el cual fue gracias al emplazamiento de imperios que marcó la fase ascendente de las razas nórdico-derivadas. Tales emplazamientos eran usualmente metafísicamente realzados y refinados, y aparecieron como la consecuencia natural de la expansión del antiguo concepto del estado sagrado; también como la forma en la cual la victoriosa presencia del "mundo superior" y del principio paternal y olímpico se pensó ocurriría en el mundo por venir.

A este respecto podemos volver a nombrar el antiguo concepto iranio de Imperio y del "Rey de reyes", con su doctrina del hvarenÙ (la "gloria celestial" con la que los dominantes arios fueron agraciados), y la tradición indo-aria del "Rey del mundo" o cakravarto, etc., hasta la reaparición de estos símbolos en las "Olímpicas" suposiciones de la antigua cultura romana del Estado y el imperio.

El imperio Romano, también, tenía su contenido sagrado, que fue sistemáticamente malinterpretado o subevaluado no solo por el cristianismo, sino también por los escritores de historia "positiva". Incluso el culto al Emperador tuvo el sentido de una unidad jerárquica en el tope del panteón, que eran una serie de cultos territoriales y ancestrales pertenecientes a la gente no-romana, quienes eran respetados libremente mientras se mantuvieran tras sus fronteras naturales.

Finalmente, en lo concerniente a la unidad pagana de los dos poderes, espiritual y temporal, esta muy lejos de pretender que fueron fusionados como una raza "solar" lo entendería, expresó los derechos superiores que debían acumularse a la autoridad espiritual en el centro de cualquier estado normal; por ende algo muy diferente de la emancipación y "supremacía" de un Estado meramente secular. Si nos dispusiéramos a realizar similarescorrecciones en el espíritu de una verdadera objetividad, las posibilidades serían enormes.

Más malas interpretaciones de la forma de vida "pagana".

Habiendo dicho esto, sobrevive la posibilidad real de trascender ciertos aspectos de la cristiandad. Pero algo debe quedar bien claro: el término latino "trascendere" significa literalmente dejar algo atrás mientras uno se eleva, hacia arriba, no hacia abajo!

Vale la pena repetir que lo principal no es rechazar al Cristianismo: no tiene que ver con mostrar la misma incomprensión hacia él, que él ha mostrado, y continúa mostrando, hacia el antiguo paganismo. Tendría más que ver con completar el cristianismo, con una herencia superior y mucho más antigua, eliminando algunos de sus aspectos y enfatizando otros, mas importantes, en los que esta fe no necesariamente contradice los conceptos universales de la espiritualidad pre-cristiana.

Este, no es el camino tomado por estos círculos radicales que mencionamos. Muchos de estos nuevos "paganos" parecen haber caído en una trampa deliberadamente tendida para ellos, usualmente terminando en una advocación y defendiendo ideas que mas o menos corresponden a ese particular paganismo, inventado, encerrado en la naturaleza, careciendo de luz y trascendencia, que fue la polémica creación de una mal interpretación cristiana del mundo pre-cristiano, y que está basada, a lo sumo, en unos pocos elementos de ese mundo en su decadencia e involución. Y por si esto fuera poco, la gente usualmente recurre a una polémica anti-católica, cualquiera sea su justificación política, generalmente se tambalea y se adapta a los viejos clichés de tipo puramente moderno, racionalista e iluminista que han sido muy bien usados por el liberalismo, la democracia, y la masonería.

Este ha sido también el caso, hasta un punto, de H. S. Chamberlain, y aparece nuevamente en un cierto movimiento italiano que ha estado tratando de conectar el pensamiento racial con la doctrina "idealística" de la inmanencia.

Hay una tendencia general e inequívoca en el neo-paganismo de crear un nuevo, y supersticioso misticismo, basado en la glorificación de la inmanencia, de la vida y la naturaleza, que contrasta radicalmente con el ideal Olímpico y heroico de las grandes culturas arias de la antigüedad pre-cristiana.

Indicaría mas una vuelta al materialismo, maternal, y telúrico, si no se cansara con nubilosos y dilatantes filosofares. Para dar un ejemplo, deberíamos preguntarnos ¿que exactamente se quiere denominar con esta "Naturaleza" en la que estos grupos están tan interesados?

No vale la pena subrayar que no es ciertamente la naturaleza que fue experimentada y reconocida por el hombre antiguo y tradicional, sino una construcción racional del período de la Enciclopedia Francesa. Fueron los enciclopedistas quienes con definitivamente subversivos y revolucionarios motivos, crearon el mito de la naturaleza como "bien" sabia, y todopoderosa, en oposición a la "podredumbre" de cualquier cultura humana.

Podemos ver que el mito naturista optimista de Rousseau y los enciclopedistas va por el mismo camino que "derecho natural", universalismo, liberalismo, humanitarismo, y la negación de toda forma de positiva y estructurada soberanía.  Todavía más, el mito en cuestión no tiene absolutamente ninguna base en la historia natural.

Cualquier científico honesto sabe que no hay lugar para "Naturaleza" en el marco de sus teorías, que tiene como objetivo la determinación de equivalencias puramente abstractas y relaciones matemáticas. En cuanto a investigación biológica y genética se refiere, podemos ver ya, el desequilibrio que ocurriría si uno sostuviera ciertas leyes  como definitivas, cuando solo se aplican a aspectos parciales de la realidad. Lo que la gente llama "Naturaleza" hoy no tiene nada que ver con lo que "Naturaleza" significó para el hombre tradicional, solar, o al conocimiento de ella que fue accesible a tal hombre gracias a su posición real y Olímpica. No hay signo de esto en los adscriptos a este nuevo misticismo.

Malas interpretaciones más o menos del mismo tipo surgen en cuanto al pensamiento político. Aquí, paganismo es a menudo usado como sinónimo para un meramente mundial e incluso exclusivo concepto de soberanía, que vuelve las relaciones cabeza abajo.

Ya hemos visto que en los Estado antiguos, la unidad de los dos poderes significaba algo bastante diferente. Proveía la base para la espiritualización de la política, mientras el neo-paganismo termina politizando la espiritualidad, y por lo tanto recorriendo una vez mas el falso camino de los Galicanos y Jacobinos.

En contraste, el antiguo concepto de Estado e Imperio siempre mostró una conexión con la idea Olímpica. ¿Que debemos pensar de la actitud de Jewry, Roma, la iglesia católica, masonería, y comunismo como mas o menos lo mismo, solo porque su presupuestos difieren del pensar llano del pueblo? El pensamiento del pueblo junto con estas líneas amenaza perderse en la oscuridad, donde no existe ya la posibilidad de diferenciación. Muestra que ha perdido el sentir genuino por la jerarquía de valores, y que no puede escapar la alternativa del internacionalismo destructivo y el particularismo nacionalista, mientras el entendimiento tradicional del imperio es superior a estos dos conceptos.

Para limitarnos a un simple ejemplo: el dogmatismo católico en realidad cumple un rol preventivo y útil evitando que el misticismo mundial de este tipo cruce cierta frontera; marca un fuerte obstrucción que protege el área donde el conocimiento trascendente y donde reinó lo genuinamente supra-natural y no-humano--o por lo menos debía reinar. Uno puede criticar la forma en la cual esa trascendencia y ese conocimiento han sido entendidos en el cristianismo, pero no puede trasladarse a un criticismo "profano" que fantasea sobre una supuesta naturaleza aria de la doctrina-inmanente, de "religión natural" de culto a la "vida" etc., sin realmente perder su propio nivel: en pocas palabras, uno no debe por ende alcanzar el mundo de los seres primordiales, sino aquel de la Contra-Tradición o de los modos telúricos y primitivos del ser. Este puede ser el mejor modo de reconvertir a esa gente con los mejores talentos "paganos" al catolicismo!

Uno debe cuidarse de caer en malos entendimientos y errores que ya hemos mencionado, que básicamente contribuyen solamente para defender a un enemigo común. Uno debe tratar de desarrollar la capacidad de ubicarse al nivel donde la confusión didáctica no puede llegar, y donde todo diletantismo y actividad intelectual arbitraria es excluida; donde uno resiste enérgicamente toda influencia de deseos confusos y pasionales y de un placer agresivo por polemizar; donde, finalmente y fundamentalmente, nada cuenta mas que el  conocimiento preciso, estricto y objetivo del espíritu de la Tradición Primordial.

Extracto de "Grundrisse" (1942) por Julius Evola

 

 

El Emperador Juliano. Julius Evola

El Emperador Juliano. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Evola dedicó varios artículos a emperadores romanos y del Sacro Imperio, pero este artículo destaca sobre cualquier otro al glosar la figura de un gigante de la historia: el Juliano Emperador. El artículo fue originariamente publicado en el diario "Roma" el 17 de marzo de 1972 y posteriormente incluido en la recopilación publicada bajo el título de "Ultimi Scritti, publicado en 1977 por Editorial Controcorrente.

 

EL EMPERADOR JULIANO

Julius Evola

Es alentador dar con trabajos eruditos que van más allá de los prejuicios y distorsiones que caracterizan la mayoría de los puntos de vista de los historiadores contemporáneos. Este es el caso de Raffaello Prati, quien ha traducido al italiano e introducido al público los escritos especulativos del emperador romano Juliano Flavius, titulados colectivamente "De dioses y hombres".

Es destacable que Prati empleara el término "emperador Juliano" en lugar de la expresión predominante de "Juliano el apóstata". El término "apóstata" es difícilmente apropiado en este caso, puesto que más bien debería ser aplicado a aquellos que abandonaron las sagradas tradiciones y los cultos que eran el verdadero alma de la antigua grandeza de Roma y a quienes aceptaron una fe nueva, que no era la de la estirpe romana o latina sino de un origen asiático y judío. De este modo, el término "apóstata" no debería caracterizar a aquellos que, como Juliano Flavius, osaron ser fieles al espíritu de la tradición, tratando de reafirmar el ideal solar y sagrado del imperio.

La lectura de los textos publicados, que fueron escritos por Juliano en su tienda de campaña, entre largas marchas y batallas (como tratando de sacar nuevas energías de su espíritu para afrontar eventuales dificultades), debería de servir de provecho a los que siguen la corriente de opinión que define el paganismo, en sus componentes religiosos, como más o menos sinónimo de superstición. De hecho, Juliano, en su intento por restaurar la Tradición, opuso al cristianismo una visión metafísica. Los escritos de Juliano nos permiten ver, tras los elementos alegóricos y externos de los mitos paganos, una substancia de calidad superior.

Juliano es muy directo cuando escribe:

"Siempre que los mitos sobre asuntos sagrados sean absurdos según el pensamiento racional, siendo gritados en voz alta, como lo fueron, nos llaman a no creerlos literalmente, sino a estudiarlos y seguirles la pista de su significado oculto... Cuando el significado es expresado incongruente hay una esperanza de que los hombres descuiden el significado más obvio (aparente) de las palabras, y que la pura inteligencia pueda ascender a la comprensión de la naturaleza inequívoca de los dioses que trasciende todos los pensamientos actuales".

Este debería ser el principio hermético empleado por los que estudien los antiguos mitos y teologías. No obstante, cuando los eruditos utilizan términos despreciativos como "superstición" o "idolatría", vienen a demostrar que son cerrados de mente y de mala fe.

Por lo tanto, en la reevaluación de la antigua tradición sagrada de Roma, intentada por Juliano, es el punto de vista esotérico de la naturaleza de los "dioses" y su "conocimiento" el que finalmente importa. Este conocimiento corresponde a una realización interior. Desde esta perspectiva, los dioses no son retratados como invenciones poéticas o como abstracciones de teologías filosóficas, sino más bien como los símbolos y las proyecciones de estados trascendentes de consciencia.

De este modo, el mismo Juliano, como iniciado en los misterios de Mitra, vio una estrecha relación entre un conocimiento superior de uno mismo y la vía que conduce al "conocimiento de los dioses"; esta es una noble meta que a él no le impidió decir que incluso el dominio sobre las tierras de Roma y las bárbaras palidece en comparación.

Esto nos lleva de nuevo a la tradición de una disciplina secreta a través de la cual el conocimiento de uno mismo es transformado radicalmente y fortalecido por nuevos poderes y estados internos, que son simbolizados en la teología antigua por varios numina. Esta transformación se dice que ocurre tras una preparación inicial, consistente en vivir una vida pura y en la práctica del ascetismo y finalmente recibiendo experiencias especiales que están determinadas por ritos iniciátorios.

Helios es el poder al cual Juliano dedica sus himnos, cuyo nombre invoca incluso en sus últimas palabras, cuando muere al ponerse el sol en un campo de batalla en Asia Menor. Helios es el sol, el cual no es concebido como un cuerpo físico, sino más bien como un símbolo de una luz metafísica y un poder trascendente. Este poder se manifiesta en la humanidad y en aquellos que han sido regenerados, como soberano nous y como una fuerza mística de lo alto. En los días antiguos e incluso en la misma Roma, a través de la influencia persa, se consideraba que esta fuerza estaba estrictamente asociada con la dignidad real. El auténtico significado del culto imperial Romano que Juliano intentara restaurar e institucionalizar por encima de y contra el cristianismo, sólo puede ser apreciado dentro de este contexto. El motivo central en este culto es: el auténtico y legítimo líder es el único que está dotado de una superioridad sobrenatural ontológica y el cual es imagen del rey del cielo, llamado Helios. Cuando esto ocurre (y sólo entonces), la autoridad y la jerarquía están justificadas; el regnum es santificado; y un centro luminoso de gravedad viene a fundarse, el cual atrae hacia sí a un número de humanos y fuerzas naturales.

Juliano añoraba realizar este ideal "pagano" dentro de una jerarquía imperial estable y unitaria, dotada de un fundamento dogmático, un sistema de disciplinas y leyes y una clase sacerdotal. La clase sacerdotal se suponía tener como líder al mismo emperador, el cual, habiendo sido regenerado y elevado por encima de las meras condiciones mortales gracias a los Misterios, encarnaba simultáneamente la autoridad espiritual y el poder temporal. De acuerdo con este punto de vista, el emperador era tenido como el Pontifex Maximus, un término antiguo recuperado por Augusto. Los presupuestos ideológicos sobre los que se fundamenta la visión de Juliano, son: 1) la naturaleza, es entendida como formada por un todo armonioso y penetrada por fuerzas vivas pero invisibles; 2) un monoteísmo profesado por el estado; 3) un cuerpo de "filósofos" (sería más apropiado llamarles hombres sabios) capaces de interpretar la teología tradicional de la antigua Roma y de actualizarla mediante ritos iniciáticos.

Esta visión está en duro contraste con el temprano dualismo cristiano, ejemplificado por la frase de Jesús que dice: "dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César". Esta frase lleva finalmente al cristianismo a rechazar rendir homenaje al emperador en ningún otro rol que no sea el de un gobernante. Este rechazo, ocasionalmente, fue considerado como una manifestación de anarquía y de subversión, y culminó en la persecución estatal contra los cristianos.

Desgraciadamente el tiempo no estaba maduro para la realización del ideal de Juliano. Una realización semejante habría requerido la participación activa, mediante sinergía, de todos los estratos de la sociedad así como un relanzamiento de la antigua Weltanschauung en términos más vibrantes. En lugar de esto, dentro de la sociedad pagana se dio una separación irreversible entre forma y contenido.

Incluso el consenso que había conseguido el cristianismo fue un signo fatal de la decadencia de los tiempos. Para una amplia mayoría del pueblo, hablar acerca de dioses como experiencias internas o considerar los principios solares y trascendentes arriba mencionados como requisitos necesarios para el imperio era nada más que una ficción o mera "filosofía". En otras palabras, lo que faltaba era una fundación existencial. Además, Juliano se engañó creyendo que sería capaz de transformar ciertas enseñanzas esotéricas en fuerzas formativas políticas, culturales y sociales. Debido a su verdadera naturaleza, esas enseñanzas estaban destinadas, no obstante, a caer únicamente dentro de la competencia de círculos restringidos.

Esto no debería llevarnos a la conclusión de que, al menos en principio, existiera una contradicción entre la visión de Juliano y el ideal de un estado forjado en la aplicación de estos elementos espirituales y trascendentes. La misma existencia histórica de una sucesión de civilizaciones que fueron centradas en una espiritualidad "solar" (abarcando desde el antiguo Egipto y el antiguo Irán, hasta el Japón anterior a la II Guerra Mundial) debería demostrar que esta contradicción no existe en realidad. Debería decirse más bien que Roma, en tiempos de Juliano, carecía ya de la sustancia humana y espiritual capaz de establecer las conexiones y relaciones de participación que caracterizan a una nueva jerarquía viva que pueda crear un organismo imperial totalitario merecedor del nombre pagano.

El célebre texto de Dimitri Merezhkovsky, "Muerte de los dioses", reúne de modo admirable y sugestivo el ambiente cultural de tiempos de Juliano con sus presagios de un ocaso de los dioses.

Tras un largo paréntesis, algunos elementos de la antigua Tradición fueron destinados a resurgir. Gracias a la emergencia de las dinastías germánicas en las escenas de la historia europea, fue posible hablar de nuevo de restauratio imperii, en la forma del Sacro Imperio Romano Germánico medieval. Esto es cierto especialmente si consideramos la tradición gibelina que trató de reclamar para el Imperio, contra las demandas hegemónicas de la Iglesia de Roma, una dignidad sobrenatural no inferior a la que la misma Iglesia disfrutaba.

Atendiendo a esto, es importante para un examen más de cerca tener en cuenta lo que fue ocultado en la literatura caballeresca, en la así llamada leyenda imperial y también en otros documentos. He tratado de reunir e interpretar adecuadamente todas estas fuentes en nuestra obra "El misterio del Graal y la tradición gibelina del imperio", año 1937.

 

 

Ungern-Stenberg, "El Barón Loco". Julius Evola

Ungern-Stenberg, "El Barón Loco". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El 9 de febrero de 1973, Julius Evola publicó este artículo sobre la figura semidesconocida de Unger Khan von Stenberg, llamado "el Barón loco" o el "Barón Sanguinario", un personaje histórico de los ejércitos "blancos" durante la revolución rusa. Dicho artículo, publicado inicialmente en el diario "Roma", fue incluido en el volumen titulado "Ultimi Scritti, publicado en 1977 por "Controcorrente". Todo el artículo, en sí mismo, es una pequeña biografía de Ungern Khan, con referencias a Ferdinand Ossendowsky y a su obre "Bestias, hombres y dioses", gracias a la cual la figura del Baron Urgern no se perdió para la posteridad.

 

UNGERN-STENBERG, "EL BARÓN SANGUINARIO"

por: Julius Evola

El libro de Ferdinand Ossendowski, "Bêtes, Hommes et Dieux", cuya traducción italiana acaba de ser reeditada, conoció una amplia difusión cuando apareció en 1924. Quienes han leído esta obra han sido generalmente sensibles al relato de las peripecias del agitado viaje que realizó Ossendowski en 1921-1922, a través del Asia central, para huir de los bolcheviques, pero también a lo que refiere acerca de un personaje de excepción que encontró, el barón Ungern-Sternberg, sin olvidar lo que le fue dicho a propósito del "Rey del Mundo". Deseamos volver aquí sobre estos últimos puntos. En Asia, una especie de mito se habría creado alrededor de , hasta el punto de que habría sido adorado en ciertos templos de Mongolia como una manifestación del dios de la guerra. Existe además una biografía novelada de Ungern, aparecida en alemán con el título "Ich befehle" ("Yo ordeno") (1), mientras que interesantes datos sobre su personalidad, suministrados por el jefe de la artillería de la División de Ungern han sido publicados en la revista francesa Études Traditionnelles. Nosotros mismos tuvimos ocasión de oír hablar directamente de Sternberg por su hermano, que debía ser víctima de un destino trágico: habiendo escapado a los bolcheviques y regresado a Europa a través de Asia tras toda clase de vicisitudes increíbles, él y su mujer fueron asesinados por un portero preso de la locura cuando Viena fue ocupada en 1945.

Ungern-Sternberg pertenecía a una vieja familia báltica de origen vikingo. Oficial ruso, mandaba en Asia, en el momento en el que estalló la revolución bolchevique, numerosos regimientos de caballería, que poco a poco acabaron convirtiéndose en un verdadero ejército. Ungern decidió combatir con éste la subversión roja hasta las últimas posibilidades. Operaba a partir del Tíbet; y fue él quien liberó al Tíbet de los chinos, quienes en la época habían ocupado una parte de su territorio. Mantuvo además estrechas relaciones con el Dalai-Lama, tras haberlo liberado. Las cosas tomaron tal magnitud que acabaron por preocupar seriamente a los bolcheviques, que, regularmente derrotados, fueron obligados a organizar una campaña de gran envergadura, bajo el mando del "Napoleón rojo", el general Blücher. Después de algunos altibajos, Ungern fue vencido, debido a la traición de algunos regimientos checoslovacos. Existen numerosas versiones contradictorias de la muerte de Ungern, pero nada preciso se sabe. Sea como sea, se pretende que tuvo un exacto conocimiento anticipado de su propia muerte, así como de ciertas circunstancias particulares: por ejemplo, habría adivinado que sería herido en el asalto a Urga. Dos aspectos de Sternberg nos interesan aquí. El primero concierne a su personalidad, que presenta una mezcla de rasgos singulares. Hombre de un prestigio excepcional y de un coraje sin límites, era también de una crueldad despiadada, inexorable hacia los bolcheviques, sus mortales enemigos. De ahí el sobrenombre que le fue impuesto: el "barón sanguinario". Es posible que una gran pasión hubiera "quemado" en él todo elemento humano, no dejando subsistir en su persona más que una fuerza indiferente a la vida y a la muerte. Al mismo tiempo, encontramos en Ungern rasgos casi místicos. Antes incluso de ir a Asia profesaba el Budismo (el cual no se reduce a una doctrina moral humanitaria), y las relaciones que mantuvo con los representantes de la tradición tibetana no se limitaban al dominio exterior, político y militar, en el marco de los acontecimientos mencionados anteriormente. Ungern poseía ciertas facultades supranormales: algunos testigos han hablado de una especie de clarividencia que le permitiría leer en el alma del otro, según una percepción tan exacta como la relativas a las cosas físicas. El segundo punto concierne al ideal defendido por Ungern. El combate contra el bolchevismo habría sido la señal de una acción más vasta. Según Ungern, el bolchevismo no era un fenómeno autónomo, sino la última e inevitable consecuencia de procesos involutivos que se han verificado desde hace tiempo en el seno de la civilización occidental. Como antaño Metternich, percibía justamente una continuidad entre las diferentes fases y formas de la subversión mundial, a partir de la Revolución francesa. Ahora bien, según Ungern igualmente, la reacción debería partir de oriente, de un oriente fiel a sus tradiciones espirituales y unido, frente al peligro amenazador, con todos aquellos que hubieran sido capaces de una rebelión contra el mundo moderno.

La primera tarea habría consistido en eliminar al bolchevismo y liberar Rusia. Es interesante, por otra parte, saber que, según numerosas fuentes en cierta medida dignas de fe, Ungern, convertido en el liberador y protector del Tíbet, habría mantenido entonces, en vistas a este plan, algunos contactos secretos con los representantes de las principales fuerzas tradicionales, no solamente de la India, sino del Japón y del Islam. Se trataba de realizar poco a poco la solidaridad defensiva y ofensiva de un mundo todavía no herido de muerte por el materialismo y la subversión.

Enfoquemos ahora el segundo problema, el del "Rey del Mundo". Ossendowski afirmó que los lamas y los jefes del Asia central tuvieron ocasión de hablarle de la existencia de un misterioso centro inspirador denominado Agartha, residencia del "Rey del Mundo". Tal centro sería subterráneo y podría comunicarse, por medio de "canales" situados bajo los continentes y los océanos, con todas las regiones de la Tierra. En la forma en que Ossendowski habla de ello, estas informaciones presentan un carácter demasiado imaginativo. Es preciso reconocer el mérito de René Guénon por haber puesto de relieve, en su libro Le Roi du Monde, el verdadero contenido de estos relatos, no sin señalar este significativo detalle: se trata del mismo centro misterioso en la obra póstuma de Saint-Yves d'Alveydre titulada La mission des Indes, aparecida en 1910, y esta obra no era conocida por Ossendowski. Lo que es necesario comprender es que la idea de un centro subterráneo (difícil de concebir, aunque no sea sino a causa del alojamiento y del aprovisionamiento, desde el momento en que no está habitado por puros espíritus) debe ser más bien traducida por la idea de un "centro invisible". En cuanto al "Rey del Mundo" que allí residiría, esto nos reenvía a la concepción general de un gobierno o de un control invisible de mundo o de la historia; la fantástica referencia a los "canales subterráneos" que permiten a este centro comunicarse con numerosos países debe ser igualmente desmaterializada: de hecho, se trata de las influencias, ejercidas, por así decir, "entre bastidores", por este centro. Sin embargo, incluso si todo ello se entiende en esa forma más concreta, no dejan de aparecer graves problemas, por poco que uno se atenga a los hechos. Es cierto que el espectáculo ofrecido de forma más o menos precisa por nuestro planeta apenas nos indica la idea de la existencia de este "Rey del Mundo" y de sus influencias, admitiendo que éstas deberían ser positivas y rectificativas. Los lamas habrían dicho a Ossendowski: "El Rey del Mundo aparecerá ante los hombres cuando haya llegado el momento de guiar a todos los buenos en la guerra contra los malos. Pero este tiempo aún no ha venido". Se trata aquí de la adaptación de un tema tradicional que también fue conocido en occidente hasta la Edad Media. Lo que es verdaderamente interesante es que este orden de ideas haya sido presentado a Ossendowski en el Tíbet, por los lamas y los jefes de estas regiones, como derivando de una enseñanza esotérica. Y la manera más bien grosera en la cual Ossendowski refiere lo que le fue dicho, insertándolo en el relato de sus peregrinaciones, permite precisamente pensar que no se trata, por su parte, de una quimera personal.

(1)   Edición original: Berndt Krauthof, Ich befehle, Tauchnitz Verlag, Brême, 1938; 2(a) ed.: Leipzig, 1942.

 

Publicado en "Roma" el 9 de febrero de 1973

 

En contra de los jóvenes, por Julius Evola

En contra de los jóvenes, por Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este pequeño artículo publicado en la revista italiana "Totalitá" en junio de 1967, coincide con el pleno desarrollo del underground, la contestación juvenil y el fenómeno hippie. El título es deliberadamente provocador para una persona como Evola que siempre recibía a los jóvenes que querían acudir a plantearle inquietudes, dudas y problemas. Es evidente que Evola no estaba "contra los jóvenes", sino contra el culto a la juventud que se practiaba en aquellos años 60. El artículo puede ser tomado como el testimonio de una época desde el punto de vista de un tradicionalista.  

 

 

EN CONTRA DE LOS JÓVENES

por Julius Evola

 

 

Una de las señales de decadencia de la actual sociedad italiana está representada por el mito de los jóvenes, por la importancia acordada al problema de la juventud en simultaneidad con una especie de tácita desvalorización de todo aquello que “no es joven”. Se diría que hoy en día el pedagogo y el sociólogo tienen miedo de perder el contacto con los “jóvenes” y no se dan cuenta de que así ellos caen en un “infantilismo”. Es la juventud la que debería enseñarnos algo, la que nos tendría que indicar nuevos caminos (de esta manera se han incluso expresado los parlamentarios democristianos), mientras que aquellos que por la edad tienen una verdadera experiencia de la vida deberían apartarse, en una postura totalmente opuesta de aquello que siempre se ha pensado, incluso entre los pueblos primitivos. Y se ha visto a la televisión acoger en forma complaciente las manifestaciones y las agitaciones de tales jóvenes, aun cuando las mismas han alcanzado el límite del absurdo y lo grotesco. Hemos oído a algunos por ejemplo deplorar que las escuelas no sean aun “democráticas” y proponer algo así como soviets o “comisiones internas” posiblemente con la finalidad de “pedagogizar” y de poner en su justo lugar a los docentes. Que de la misma manera que los obreros con las fábricas, los estudiantes ocupen las facultades y escuelas en razón de una u otra reivindicación, y que se los deje hacer, y más aun, que sean protegidos por la policía, ello es un verdadero signo de la “Italia liberada”.

No hay duda de que se vive en una época de disolución y que la condición que tiende siempre más a prevalecer es la de aquel que está “desarraigado”, de aquel para el cual la sociedad no tiene más significado alguno, de la misma manera que tampoco la tienen los vínculos que regulaban la existencia: vínculos que, es cierto, para la época que nos ha precedido, y que aun en varias áreas persisten, eran tan sólo los del mundo y de la moral burguesas. Por lo cual era natural y legítimo que para la juventud surgiese algún problema. Pero la situación debería ser considerada en su conjunto; toda solución válida debería abarcar a la totalidad del sistema; lo demás, aun por lo que se refiere a la juventud no es sino una consecuencia.

Pero que alguna cosa positiva pueda venir de parte de la inmensa mayoría de los jóvenes de la Italia de hoy es algo que debe excluirse sin más. Cuando éstos manifiestan no ser comprendidos, la única respuesta que habría que darles es la de que no hay nada que entender y que si existiese un orden normal, se trataría de ponerlos en su lugar en manera tajante, de la misma manera como se hace con los niños cuando su estupidez se convierte en fastidiosa, invasora e impertinente. No se ve exactamente a dónde puede conducir su anticonformismo, su “protesta” o “rebelión”. No hay nada en común con aquellos anárquicos de hace algún decenio que por lo menos pensaban, que sabían de Nietzsche, de Stirner, o de aquellos que en el plano artístico y de la concepción del mundo se entusiasmaban con el futurismo, con el dadaísmo o con el Sturm und Drang promovido por el primer Papini. Los “rebeldes” hoy entre nosotros son los “melenudos” y los beat. Entre sus representantes se encuentran los fanáticos de ambos sexos por los “gritadores”, por los denominados “cantautores” epilépticos, por el marionetismo colectivo de las ye-ye-sessions y por el shake, por las “grabaciones” de discos. Examinados los rostros que se nos presentan casi sin excepción de todos ellos, no se encuentra casi a ninguno que no tenga aspecto de aturdido, o que presente señales de poseer un “carácter” y en primer término habría que comenzar por sus mismos ídolos: podemos referirnos a tal efecto justamente a los dos cantantes y a la cantante que hoy producen el éxtasis de nuestros beats. En materia de revuelta ideológica, nosotros escuchamos a estos jóvenes que ellos quieren “combatir la guerra con sus guitarras”. El slogan, del cual parece que su responsable es el muy mediocre filósofo pacifista B. Russel, “no hagan la guerra, sino el amor”, los ha entusiasmado. Y bien: si se tratase de una revuelta en serio (aun “sin bandera”, sin la contraparte de puntos positivos a oponer), si, tal como entre los hipsters norteamericanos la civilización actual fuese en verdad considerada “putrefacta y sin sentido”, hecha de “aburrimiento, pútrido bienestar, conformismo y mentira”, sin poder verse dentro de la misma una salida, ¿tales “rebeldes” no deberían en vez asumir, como slogan, la fórmula del buen Marinetti: “Guerra, la única higiene del mundo” y llenarlo todo con pintadas tales como : “¡Viva la guerra atómica!”, tales de hacer finalmente tabula rasa con todo?....

Pero por otra parte es cierto que con el pasar de los años, con la necesidad, para los más, de hacer frente a los problemas materiales y económicos de la vida, esta “juventud”, convertida en adulta se adaptará prontamente a las routines profesionales, productivas, sociales y matrimoniales, con lo cual, por lo demás pasará simplemente de una forma de nulidad a otra. ....

 

(Totalità, 10 de julio de 1967).