Blogia

Biblioteca Evoliana

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 46. Incubos y súcubos. Fetichismo y proceso de evocación

Metafísica del Sexo.  CAPITULO QUINTO. 46. Incubos y súcubos. Fetichismo y proceso de evocación

Ahora nos encontramos ante el rico y extraño material de las leyendas y de los mitos heroicos en los cuales una mujer sobre-natural se presenta como la donadora de la vida, de la ciencia, de la salud, de un alimento místico, de una fuerza sagrada, hasta de la inmortalidad: ello muy a menudo relacionado con el motivo del Arbol -por ejemplo, en las representaciones egipcias, la diosa que tiene la "llave de la vida" o la "bebida de la vida", Nut, Mait o Hathor, se confunde a menudo con el árbol sagrado, que única-mente en el mito hebraico se presenta como árbol de la tentación, en lugar de serlo, por ejemplo, de la iluminación (budismo) o de la victoria y el imperio (leyenda del preste Jean) (28). En otro lugar (29), hemos aducido estas leyendas e indicado el sentido que incorporaban en los mitos heroicos. Aquí, además, resaltaremos dos ejemplos particulares.

De una parte, según la doctrina hindú de la realeza, el carisma del poder sería otorgado a cada soberano por su matrimonio con la Diosa -Shri Lakshmi-, esposa suya además de sus mujeres humanas, que asume los rasgos de una fuerza sobrenatural animadora de "fortuna real" -rája lakshmi-, si bien el rey perdería el trono si fuese abandonado por ella. De la misma manera, en el ciclo mediterráneo-oriental, se encuentran frecuentemente representaciones de diosas que tienden a los reyes la "llave de la vida", ideograma que tiene el sonido de anx = vivir, viviente: con la contrapartida de fórmulas del género de la dirigida por Absurbanipal a la diosa: "Yo imploro de ti el don de la vida." Y en el Zohar (III, 51 a, 50 b), se lee: "Todos los poderes del rey están confiados a la Matrona", y: "El camino que conduce al grande y poderoso Arbol de la Vida es la Matrona" -(equivalente a la Shekinah, precisamente como esposa del rey).

De otro lado, se puede hacer notar que un último eco de este género se ha conservado en el propio cristianismo: en la Virgen divina, concebida como la mediadora omnipotente de la gracia, reaparece en efecto el tema general de un principio femenino del que procede una influencia sobrenatural que se añade a las fuerzas solamente naturales de la criatura. Abstracción hecha de atributos como los de un himno acatista que ya hemos citado a título de ejemplo.

Tendremos que volver sobre este conjunto, considerado en su posible fondo de experiencia erótica. Por el momento, indicaremos que no es extraño del todo a ciertas concepciones de la magia, y que se debe ver uno de sus prolongamientos tenebrosos en los fenómenos del "sucubato" y del "incubato", fenómenos que fueron conocidos desde la época de los sumerios. A este respecto, se puede citar el siguiente pasaje de Paracelso: "Esta imaginación deriva del cuerpo sideral como en virtud de una especie de amor heroico; es una acción que no se realiza en el emparejamiento carnal. Aislado, un tal amor es a la vez padre y madre del esperma pneumático. Los íncubos que oprimen a las mujeres y los súcubos que la emprenden con los hombres tienen su origen en este esperma pneumático" (30). Esto es lo que, en la Edad Media alemana, recibió el nombre de Alpminne. En un lenguaje cifrado, Paracelso hace aquí alusión a un poder evocador de la imaginación que puede conducir a contactos psíquicos con las potencias suprasensibles del sexo que, justamente sobre este plano, pueden, por así decir, ponerse al desnudo y por este medio suscitar sensaciones de una intensidad particular, provocando también imágenes alucinatorias. En lo tocante a las variedades menos tenebrosas e involuntarias de fenómenos similares, es justa la interpretación dada por de Guaita, cuando dice que "el íncubo y el súcubo son dos formas espectrales de un hermaphrodisme convertible de predominancia unas veces faloide, otras cteimorfe, si se puede decir" (31). Se trata pues de formas tendenciales de unión absoluta de los dos principios, el masculino y el femenino, desarrollándose sin embargo sobre una línea obsesiva (32), por falta de una cualificación y de una pasividad del sujeto de cara al desarrollo de la experiencia misma; experiencia que, a menudo, factores imponderables favorecen en parte, y que no se desenvuelve sobre el plano material. En realidad, se puede observar un desenlace semejante, bajo la forma casi de una obsesión, en las formas iniciáticas de magia sexual, en los casos en que ellas fracasan o bien si se las aleja de su verdadero fin: esta correspondencia es interesante, porque, en este último caso, se sabe bien de qué se trata, lo que se persigue. En tales situaciones, pueden representar un papel fuerzas reales objetivas. Como en el caso del "sucubato" y del "incubato", no siempre es cuestión de puras imaginaciones de un erotismo esquizofrénico; ello está atestiguado, entre otras cosas, por fenómenos extranormales ("metapsíquicos", según la termonología de hoy), que a menudo se han verificado a continuación de la "posesión". Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, y fue constatado, en el siglo XVIII, en el convento de las Ursulinas de Loudun. En un orden de ideas análogo, la antigüedad conoció igualmente "prodigios" con ocasión del desenfreno de las ménadas y de las bacantes, cuando ellas se sentían poseídas por el dios. Plinio y Eurípides hablan de ello: rupturas de nivel por medio del sexo, que comportaba a veces una abolición temporal del límite entre el yo y la naturaleza, cuya consecuencia es la posibilidad de la irrupción del uno (del Yo) en el dominio de la otra (la naturaleza) o viceversa ("prodigios", en el primer caso; "obsesiones pánicas", en el segundo). En general, se debe recordar que lo que, sobre el plano material, l'eh a realizarse raramente de una manera completa, precisamente sobre el plano "sutil", hiperfísico, desemboca en formas de desenfreno con todas las consecuencias que de ello se derivan.

Con un cuadro semejante se pueden relacionar los aspectos más profundos de lo que se ha llamado el Misterio del amor platónico medieval. Será preciso que nos detengamos un poco sobre este tema, porque, al tratarlo, nos acercaremos al dominio del eros profano mismo, después de la excursión precedente por el dominio inhabitual de las formas místico-rituales y de las insti-tuciones antiguas.

En su momento, hemos visto que, aparte todo condicionamiento contingente, el fundamento de cada experiencia erótica de importancia es la relación que se establece entre una persona y el principio desnudo, el ser de una individualidad de sexo diferente. Esto implica un proceso de evocación que, en el fondo, en el eros profano, no difiere más que por su grado más débil y por su forma instintiva e inconsciente de aquéllas de las que acabamos de hablar. Krafft-Ebing ha visto justamente en todo amor un fenómeno de "fetichismo", recordando por otra parte que esta palabra sacada de la lengua portuguesa significa justamente "encantamiento". A este respecto, habla de una emoción "que no está justificada ni por el valor ni por la realidad intrínseca del objeto simbólico", es decir, de la persona, de la parte de la persona o de la cosa de su pertenencia que provoca la excitación erótica (33). Havelok Ellis ha retomado esta idea; después de haber reconocido en el "simbolismo erótico" --gracias al cual la parte puede representar y evocar el todo (el ser amado o deseado todo entero)-la base para explicar el fetichismo amoroso en sentido específico, es decir, perverso (el efecto afrodisíaco provocado por una parte dada de una mujer e inclusive por un objeto o un vestido suyo), da un paso más y ve con razón el mismo fenómeno repetirse en gran escala a propósito del ser amado tomado en su conjunto, el cual a su vez es a menudo como un símbolo que reenvía aalguna cosa que está más allá de su simple persona (34). Si una persona dada, o ya su sólo cuerpo excita y embriaga, es porque ella evoca oscuramente algo que la sobrepasa; así, el "fetichismo" es un hecho normal y constante, no representando el fetichismo anormal, patológico, más que una variedad aberrante, pero de la misma estructura interior (35). Evocación y "fetichismo" son hechos constantes de toda pasión y de todo amor profundo. Con esto se debe relacionar el impulso del amante a "idealizar" a la mujer amada casi en la forma de un ser divino, a hacer de ella el objeto de un culto, de una veneración: el impulso espontáneo a "adorarla", a ponerse de rodillas delante de ella, inclusive cuando se trata de una persona que en su humanidad no justifica de ninguna manera esta actitud y que, por el contrario, y según un juicio objetivo, es absolutamente inferior al amante en inteligencia, en rango y en género de vida. Una desviación interviene sin embargo en los casos ya indicados (§ 23), en que la mujer, soporte de la evocación, en su humanidad invierte las relaciones, en una vida en sí tan intensa que, por así decir, ella absorbe, devora o quema la imagen: esto es lo que está en la base de la fenomenología de la esclavitud sexual -psíquica o física-, con un carácter más o menos obsesivo; fenomenología que, inevitablemente entremezclada en el amor corriente, paraliza sin embargo, cuando interviene, toda posibilidad "anagógica" de ese amor.

A la interpretación que reduce los hechos que acabamos de señalar a un fenómeno de infatuación y de "proyección" gratuita de valor (según Schopenhauer, dictada por el "genio de la espe-cie" para la realización de sus fines), de tal forma que, cuando se disipa la embriaguez del primer amor o con la satisfacción concreta del deseo, reaparece en toda su banalidad la realidad verdadera del ser idolatrado, a esta interpretación se debe oponer la otra, que no excluye que en los hechos indicados intervenga precisamente, en diferentes grados, un proceso de evocación mediante una fantasía mágica, es decir, de una imaginación que no se reduce a un sueño subjetivo, sino que es una suerte de sexto sentido, capaz de hacer percibir o presentir lo que se oculta detrás de las apariencias fenoménicas y que sin embargo no es del todo irreal, que está provisto de un más alto grado de realidad. En estos casos, lo que verdaderamente transporta y produce la fascinación es la "mujer del espíritu" o "mujer oculta", de la que ya hemos hablado, y el ser humano correspondiente sirve solamente de intermediario para la experiencia o la activación de esta mujer. Una imagen primordial que se lleva en sí, en las capas profundas de su ser, se manifiesta en circunstancias determinadas, en el encuentro de una persona real, dando lugar a una especie de trance clarividente y ebrio: la imagen que se tiene en sí es también el eterno femenino percibido objetivamente en el ser amado, el cual entonces sufre un proceso a menudo fulgurante de transubstanciación y de transfiguración, casi con el sentido de un desprendimiento, de una aparición efectiva, de una hierofanía o cratofanía (36). Este contacto peligroso con algo suprasensible puede ser efecto de un único momento excepcional, pero puede también persistir durante un cierto período de tensión más o menos alta, desarrollándose sin embargo de costumbre en los amantes ordinarios, menos sobre la base de una verdadera percepción, que del efecto creado por el despertar de intensos estados emotivos. En el amor a primera vista y en lo que se llama "flechazo", el proceso tiene un aspecto comparable al de un cortocircuito. Esta realización puede produ-cirse también de una manera inesperada en su encuentro fugitivo, en la aventura de una noche con una mujer desconocida e inclusive con una prostituta a quien no se volverá a ver, según un milagro que puede no repetirse a lo largo de toda una existencia, pese a las relaciones de afecto y de proximidad que se pueda tener con otras mujeres. O bien, en el ser amado, la transparencia del poder superior y su acción en un climax "exaltado" que, para ambos, no es solamente de evocación y de revelación, sino también de participación efectiva, puede establecerse por un cierto tiempo.

Ya hemos dicho en su lugar que la causa ocasional no debe pues ser confundida con el hecho esencial, y se debe también considerar el margen de contingencia inherente a lo que, aun no determinándolo, favorece sin embargo o condiciona el fenómeno. Puede efectivamente ocurrir que el proceso no se alumbre más que en relación con un ser determinado. Aquí, los condicionamientos más inmediatos de orden empírico, biológico, somático, inclusive social, son evidentes. Ante todo, el ideal, no de una belleza abstracta (lo "bello en sí" platónico), sino de la belleza tipo, propia de una raza determinada, tendrá una parte importante, porque no es probable, por ejemplo, que un europeo encuentre en una mujer de color, o perteneciente a una población salvaje, la incitación y la base para la activación de la imagen primordial que hay en él en el mismo grado que si se trata de una mujer de su raza o de una raza cercana. Es preciso considerar a continuación los condicionamientos, asimismo evidentes, de orden biológico, relacionados con la edad, destino al cual ya el hombre, ya, todavía más, la mujer, se encuentran sometidos. Con el envejeci-miento, con el desfallecimiento de la base física del amor sexual, el soporte de la evocación mágica se altera y desaparece, y todo lo que puede subsistir será una cosa diferente, humana solamente. Así, un personaje de H. Barbusse, hablando del tiempo "que nos ha afectado en lo interior como una enfermedad", dice a la mujer cuán preciosa es en un solo momento determinado. "Pienso que este momento no existirá más, que tú tendrás que transformarte, morir; que te vas y que sin embargo estás aquí." He aquí la trage-dia existencial de todo verdadero amor. En efecto, es entre los límites de unas edades dadas entre los que, particularmente la mujer presenta una materia apta para su eventual metamorfosis (prácticamente es sacando partido de las posibilidades fugitivas -de los "atractivos"- que se poseen en este breve período de tiempo, como la mujer intenta ligar a sí para siempre, como persona empírica, a un hombre, en general por el matrimonio). Ahora bien, todo esto no afecta en modo alguno ni la realidad del arquetipo, ni la de su evocación y percepción, en esencia atemporal, no ligada al episodio ni a la persona empírica perecedera: esto concierne únicamente a las coyunturas necesarias como condiciones de la aparición, y no el principio que aparece y que de nuevo puede retirarse, como el fuego se hace invisible, retorna al estado potencial, cuando las condiciones ordinarias para la combustión no están ya presentes. Que entonces vuelva a hacerse visible únicamente la realidad prosaica de un ser demasiado humano y efímero es algo completamente natural, pero no es un argumento en apoyo de una interpretación abusivamente generalizada de todos estos hechos, a saber, de la interpretación que los reduce a ilusiones y a un romanticismo vacío.

En un poema de Schelley (Epipsychidion) el poeta dice: "Mira allí donde surge una mortal - forma divina: vida, amor y luz - le pertenecen, y un movimiento que podrá - cambiar, pero no extinguirse - imagen de una cualquier eternidad resplande-ciente." En una forma más positiva, digna de ser citada, E. Car-penter expresa la misma idea: "El joven ve a la joven; puede tratarse de un rostro común, una figura fortuita del medio mál banal. Pero esto desencadena la puesta en marcha. Surge un recuerdo, una reminiscencia confusa. La figura exterior mortal se ha fusionado con la figura interior inmortal, y entonces emerge en la conciencia una forma luminosa y gloriosa que no pertenece a este mundo... El sueño de esta imagen embriaga al hombre, ella resplandece y arde en él. Una diosa -quizá la misma Venus- se encuentra en el lugar sagrado de su templo: un sentimiento de esplendor que inspira terror lo invade y, a su través, el mundo se transforma... Toma contacto coi la presencia muy real de un poder... y él siente en sí esta vida más vasta, subjetiva si se quiere. pero también intensamente objetiva. En efecto, ¿no es quizá también evidente que la mujer, la mujer mortal que provoca esta visión, tenga una cierta estrecha relación con ella, y que sea preciso algo más que una máscara o una fórmula vacía para recordarla? No menos que en el hombre, en el interior de ella actúan efectivamente profundas fuerzas inconscientes, y el ideal que aparece en el hombre de una manera estática está, con toda probabilidad, estrechamente ligado a lo que [como arquetipo objetivo] ha actuado de la manera más poderosa en la herencia de la mujer, contribuyendo a modelar su forma y su rostro. No hay pues que asombrarse de que su forma la recuerde. Verda-deramente, cuando el hombre mira a sus ojos, distingue, a través de ellos, una vida mucho más profunda que aquella de la que ella misma puede ser consciente -y que sin embargo es la suya-, una vida perdurable y maravillosa. Aquello que hay de más que mortal en él contempla lo que hay de más que mortal en ella y los dioses descienden para encontrarse" (37). Aparte los matices idealizan-tes y poéticos, aparte, también, una cierta acentuación inmanen" tista y biologizante (el capítulo del que se ha extraído este pasaje sé titula: The Gods as apparitions of the race-life, es decir, que los arquetipos son esencialmente concebidos en su aspecto de fuerzas creadoras en el dominio de la vida, de la raza, de la especie, inclusive si se les reconoce la cualidad de entidades); aparte de esto, Carpenter ha fijado, mediante estas palabras, los términos esenciales del proceso de que se trata.

Existe pues una continuidad entre lo que, más o menos, tiene lugar en el amor profano suficientemente intenso y lo que perte-nece a un plano de evocaciones más reales y secretas que mantie-nen la estructura del fenómeno que, con una involuntaria exacti-tud de expresión, ha sido justamente llamado el "flechazo": fulguraciones eróticas, cierres androgínicos de circuito, que tienen el poder de hacer salir de la conciencia ordinaria, en el mismo sentido de lo que se produce en una iniciación. Después de este retorno a hechos que ya examinamos al hablar de la fenomenolo-gía liminal del eros profano, hechos que, gracias al examen del régimen de las antiguas sacralizaciones, se han precisado en su sentido más completo y oculto, nos encontramos en disposición de interpretar convenientemente el ejemplo que nos ofrece el "amor platónico" medieval. Es un ejemplo interesante, porque, en él, los fenómenos en cuestión no se agotan en la excepción de algunas experiencias individuales confusas y esporádicas, sino que se presentan en el marco de una verdadera tradición.

Consideraremos dos grados sucesivos: en primer lugar el culto caballeresco de la mujer; luego las experiencias de los llamados "Fieles de Amor".


Notas a pie de página:

(28)    Para su carácter explícito, vale la pena citar estas palabras diri-gidas a la mujer en los ritos de pubertad de los Siux: "Tú eres el árbol de la vida" (BLACK ELK, The Sacred Pipe, cit., pág. 123).
(29)    EVOLA, II mistero del Graal, cit. § 6.
(31)    Le Temple de Satan, París, 1916, 1, pág. 222.
(32)    No hay que negar la posibilidad de que ciertas formas maníacas de masturbación tengan un fondo hiperfísico de cópula mágica sobre la base de la evocación incosciente de un fantasma erótico vitalizado por la imaginación, que en tal caso asume el papel de un íncubo o un súcubo. Es significativo el caso en que "la excitación y después la satisfacción sexual se produzcan bajo la sola influencia de la imagen primeramente provocada casi intencionadamente y a continuación se reproduzca con una facilidad cada vez más grande, hasta hacerse automática e incluso obsesiva" (HESNARD, Manuel de sexologie, cit. pág. 268). E igualmente son significativos los casos en que el orgasmo sexual obtenido de esta forma pueda producirse un número inverosímil de veces por día (ibid., págs. 266-267), lo que hace pensar en una manifestación posible del "placer no engendrado" o "continuo" de que se habla en el tantrismo.

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 45. La prostitución sagrada. Las hierogamias

Metafísica del Sexo.  CAPITULO QUINTO. 45. La prostitución sagrada. Las hierogamias

En su esencia, todo culto tradicional tiende a la actualización, en un cierto medio, de la presencia real de una entidad suprasensible dada o a la transmisión participativa de la influencia espiritual que le corresponde a un individuo o a un grupo. Los principales medios empleados para este fin son los ritos, los sacrificios y los sacramentos. Ahora bien, en muchas civilizaciones, se emplea también el sexo para este fin. Uno de los casos más típicos se encuentra en el marco de los Misterios de la Gran Diosa, que conocieron prácticas eróticas tendentes precisamente a evocar el principio de la Mujer Divina, y a reavivar su presencia en un lugar dado y en una comunidad dada. Entre otros, tal fue el verdadero fin de lo que se ha llamado la prostitución sagrada, practicada en los templos de muchas divinidades femeninas de tipo afrodisiano del ciclo mediterráneo: Istar, Mylitta, Anaitis, Afro-dita, Innini, Athagatia. Aquí se deben distinguir dos aspectos. De un lado había la costumbre de que cada muchacha llegada a la pubertad no podía casarse antes de haber ofrecido su virginidad, con un fin no de amor profano sino de sacralidad: ella debía entregarse en el recinto sagrado del templo a un extranjero que hacía una ofrenda simbólica y que invocaba en ella a la diosa (23). Por otra parte, en estos templos existía un cuerpo fijo de hiero-dulas, es decir, de siervas de la diosa, de sacerdotisas cuyo culto consistía en el acto para el cual los modernos no saben encontrar otras palabras que "prostituirse". Ellas celebraban el misterio del amor carnal en el sentido no de un rito formalista y simbólico, sino de un rito mágico operativo, para alimentar la corriente de psiquismo sirviendo de cuerpo a la "presencia" de la diosa y, al mismo tiempo, para transmitir la influencia o virtud de esta diosa a quienes, como mediante un sacramento eficaz, se unían a estas jóvenes. Recibían también el nombre de "vírgenes" (parthénoi ierai}, de "puras", de "santas" (qadishtu, mugig, zérmasitu); se pensaba que, de una cierta manera, encarnaban a la diosa, que eran las "portadoras" de la diosa de la cual, en su función erótica específica, venía su nombre: ishtaritu (24). El acto sexual asumía así, de un lado, la función general propia de los sacrificios evocadores o reanimadores de las presencias divinas; de otro lado, tenía una función idéntica, en tanto que estructura, a la de la participación eucarística; era el instrumento para la participación del hombre en el sacrum, en este caso portado y administrado por la mujer; era una técnica para obtener un contacto experimental con la divinidad, para abrirse a ella, constituyendo el traumatismo de la unión sexual, con la interrupción de la consciencia individual que implica, una condición particularmente propicia para esta participación.

Un tal empleo de la mujer no estuvo limitado a los misterios de la Gran Diosa del antiguo mundo mediterráneo; está atestiguado también en el Oriente. En la India, en los templos de Jaggernaut, se encuentra también la ofrenda ritual de las vírgenes para "alimentar" a la divinidad, es decir, para activar eficazmente su presencia. En muchos casos, las danzarinas de los templos tenían la misma función sacerdotal que las hierodulas de Ishtar y de Mylitta: de la misma manera sus danzas consteladas de mudrá -de gestos simbólico-evocadores- presentaban en general un carácter sagrado. Su "prostitución" también era sagrada. Es por esto por lo que, inclusive las familias importantes consideraban, no como una vergüenza, sino como un honor, que desde su infancia sus hijas fuesen consagradas para este servicio en los templos. Bajo el nombre de devadási, ellas se presentaban a veces como las esposas del dios. En estos casos, eran menos las portadoras del sacrum femenino, las iniciadoras del hombre a los Misterios de la Diosa, que las mujeres destinadas en general a servir de fuego en la unión sexual que los textos tradicionales hindúes, -ya lo hemos visto- equiparaban al sacrificio en el fuego.

Además, hay motivos para pensar que inclusive fuera de estos cuadros culturales e institucionales, el heterismo antiguo y oriental tenía aspectos no puramente profanos, estando cualificadas las mujeres para otorgar al acto de amor unas dimensiones y un desenlace ignorado después. Ciertos conocimientos de lo que se puede llamar la fisiología hiperbiológica o conocimientos sutiles están atestiguados en las hetairas extremoorientales, que a menudo estaban unidas en corporaciones que tenían sus "armas", sus insignias simbólicas y una tradición antigua. Se está en el derecho de suponer que, en ciertos casos, el ars amatoria profana ha nacido de la degradación de elementos exteriores de una ciencia sui generis basada sobre un saber tradicional y sacerdotal. No está excluido que, entre las posturas indicadas en obras como las cuarenta y ocho Figurae Veneris de Forberg, las haya que, en el origen, tuvieran valor de mudrá, es decir, de posturas mágico-rituales aplicadas al acto sexual, puesto que, como diremos, significaciones similares han subsistido incluso en las prácticas sexuales de ciertos medios modernos.

Ya hemos hablado de los filtros de amor, cuyo sentido completo se ha perdido igualmente, porque no se conocen más que sus usos degradados o bien los equivalentes, bajo forma de mistificaciones, de supersticiones populares de brujas. En realidad, en esto puede entrar en cuestión menos el arte de hacer nacer de forma anormal una pasión ordinaria, que el arte de dar a la experiencia del sexo dimensiones diferentes a las propias del eros vulgar. Se sabe que Demóstenes hizo condenar a una querida de Sófocles que tenía la reputación de confeccionar filtros de amor; pero en el transcurso del proceso se probó que ella había recibido una iniciación y que frecuentaba medios próximos a los Misterios. En general, muchas hetairas, o figuras de tipo hetérico, inclusive de la saga y de la leyenda, han sido descritas como magas, no solamente a causa de su fascinación femenina, sino también por sus conocimientos particulares de magia. Aunque en el Kama-Sutra (I, i) la lista de los talentos que una ganiká o hetaira de gran categoría debería poseer sea bastante larga y barroca, es sin embargo significativo que en esta lista figuren las artes mágicas, el arte de trazar diagramas místico-evocadores (mandala) y el de preparar encantamientos (25). Se cuenta que la célebre Friné se mostró completamente desnuda, no solamente en el transcurso del bien conocido episodio de su proceso (en el que, por lo demás, sus defensores hicieron resaltar menos el momento estético de su belleza profana que el sacro-afrodisiano; Atheneus recordará todavía: "Los jueces fueron sobrecogidos por el temor sagrado de la divinidad: ellos no se atrevieron a condenar a la profetisa y sacerdotisa de Afrodita"), sino que se mostró así también a los iniciados de Eleusis, y después en las grandes fiestas de Poseidón, es decir, en relación con las "Aguas" de las que Poseidón era el dios. Allí se encontraba sin duda el primer plano, el lado profundo, mágico-abisal, de la desnudez femenina del que ya hemos hablado. En el conjunto, debemos retener que, en el origen, la mujer hetérica no ignoraba la función de administradora del Misterio femenino, según las posibilidades ya naturales, ya tradicionalmente cultivadas, abiertas a la mujer en la medida en que se activa en ella un aspecto fundamental del principio, como ser humano, en una encarnación, una individualización, un símbolo viviente.

Es exactamente esta eventualidad la que se debe considerar en el examen de otros conjuntos rituales antiguos: una posible sexualización trascendental, es decir, la incorporación efectiva, bien momentánea, bien casi duradera, de las divinidades o arquetipos de su sexo, en ciertas mujeres: de la misma manera a como en el catolicismo se habla de la presencia real de la divinidad en las hostias, que el rito ha establecido. En muchos monumentos egeos, a menudo las representaciones de las sacerdotisas se confunden prácticamente con la de la Gran Diosa (26) y dejan suponer que las primeras eran el objeto concreto del culto debido a la segunda, y es bien conocida la figura, inclusive histórica, de soberanas mediterráneo-orientales en las que se reconoce casi imágenes vivientes de Ishtar, de Isis y de otras divinidades del mismo tipo. Pero además se debe considerar el caso de encarnaciones momentáneas de estas divinidades en un ser dado, determinadas por un clima mágico-ritual sobre el tipo de aquel en-el cual, en principio, debería haber tenido lugar el misterio -el mysterium transformationis- de la misa cristiana.

Este mismo orden de ideas entra en cuestión en el caso del hieros gamos en sentido propio, es decir, de teogamias, de uniones rituales y cultuales de un hombre con una mujer, tendentes a celebrar y a renovar el Misterio del Ternario, esa unión del eterno masculino con el eterno femenino, del Cielo con la Tierra, de la que procede la corriente central de la creación. En la persona de los que cumplen estos ritos era pues como si los principios correspondientes se encarnasen y actuasen, convirtiéndose su unión física momentánea en una reproducción evocadora eficaz de la unión divina más allá del tiempo y del espacio. El fin de estos ritos difería del de los que ya hemos mencionado y explicado como ritos de participación en la substancia o influencia de una u otra divinidad. Era el Tres, el Ternario que se evocaba más allá del estado "dual" por el acto nupcial de los dos, por la activación periódica, en una comunidad dada, de una influencia correspon-diente, pero en el cuadro del ritualismo y no de las experiencias individuales iniciáticas de las que se tratará más adelante.

Se podrían recordar numerosos ejemplos de ritos similares, que se pueden recoger en las tradiciones cultuales de civilizaciones muy diferentes. Por todos estos ritos, citaremos el ejemplo de esos Misterios antiguos en los que, una vez por año, la sacerdotisa principal personificando a la diosa, se unía, en el lugar sagrado, con el hombre que representaba el principio masculino. Cumplido el rito, las otras sacerdotisas portaban el nuevo fuego sagrado, considerado como engendrado por esta unión, y con su llama se alumbraba la de los hogares de las diferentes familias o clanes. Un autor ha hecho notar justamente la analogía de este rito con el que todavía se celebra el sábado santo en Jerusalén. Por lo demás, el mismo rito pascual de consagración del agua, como se celebra sobre todo en la Iglesia ortodoxa, conserva rasgos visibles de un simbolismo sexual: la candela, que posee un sentido fálico manifiesto, es por tres veces sumergida en la fuente, símbolo del principio femenino de las Aguas; el sacerdote toma el agua y sopla tres veces sobre ella trazando la letra griega P. La fórmula de consagración pronunciada en esta unión comprende las palabras siguientes: "Que la virtud del Espíritu Santo descienda a toda la profundidad de esta fuente... y fecunde toda la sustancia de este agua, para la regeneración." En Oriente, la tan extendida iconografía del lingam (del phallus) puesto en el lotus (padma) o en el triángulo invertido, signo del yoni femenino y símbolo de la Diosa o Cakti, obedece al mismo sentido; y este simbolismo, como veremos más adelante, puede hacer también alusión a operaciones sexuales concretas.

En efecto, a menudo el rito original de la hierogamia no se conserva más que en formas en que un rito simbólico o una unión simulada tomaron el lugar de la verdadera unión sexual sacral de un hombre con una mujer. En el dominio de las aplicaciones, podemos pasar de esto a una noción sumaria de los que se llaman ritos sexuales estacionales de fertilidad. Ellos son uno de los caballos de batalla de las escuelas etnológicas de nuestros días, que, después de haberlos fijado en un primer momento en el "mito solar", y pasarlos en seguida al "totemismo", pues se veía totemismo por todas partes, al presente, según la moda, los incluyen en las interpretaciones "agrarias", a las que son aplicadas cada dos por tres.

En realidad, en estos ritos hay que ver aplicaciones mágicas operativas posibles en el conjunto indicado más arriba. Al hablar de las orgías, ya hemos mencionado el contacto experimental con lo primordial y con lo preformal que pueden favorecer en el espíritu del que participa en ellas. Por su misma naturaleza, por el cambio de nivel existencial que implican, este estado puede hacer eventualmente posible la inserción eficaz extranormal de la fuerza del hombre en la trama cósmica, en el orden de los fenómenos naturales y, en general, en todo el ciclo de fecundidad: como intervención sobre la misma dirección-base del proceso natural de un poder superior intensificante y galvanizante. Así, en principio, lo que escribe Mircea Eliade sobre este tema es exacto: "Generalmente, la orgía corresponde a la hierogamia. A la unión de la pareja divina debe corresponder, en la tierra, el frenesí genésico ilimitado... Los excesos cumplen un papel preciso y provechoso en la economía de lo sagrado. Rompen las barreras que separan al hombre, la sociedad, la naturaleza y los dioses; ayudan a que circule la fuerza, la vida, los gérmenes de un nivel a otro, de una zona de la realidad a todas las demás" (27). Este sentido es, en efecto, uno de los sentidos posibles de una parte del gran fárrago de los ritos "agrarios" coleccionados por Frazer. Sin embargo, cuando no se trata de poblaciones salvajes, sino de tradiciones históricas en las que los hechos orgíacos colectivos son sustituidos por formas aisladas y bien circunstancritas de hierogamia ritual, hay que tener cuidado en no generalizar, en distinguir el sentido del rito mágico, "naturalista", de una cierta manera puesto de relieve por las escuelas etnológicas indicadas más arriba, de un sentido superior misteriosófico, relacionándose esencialmente con la obra de la regeneración interior; inclusive si en ciertos casos, en virtud de las relaciones de correspondencia analógica, un mismo conjunto hierogámico puede haber incorporado los dos sentidos a la vez. Parece que este caso fue aquel en que, en los Misterios de Eleusis, al hieros gamos como rito iniciático se asoció el rito del laboreo. Olvidar esta bivalencia es un rasgo característico de una investigación que obedece, inclusive sin darse cuenta de ello, a la tendencia general de las disciplinas modernas profanas de llevar constantemente lo superior a lo inferior, o de poner únicamente de relieve lo inferior cuando ello es posible.

Según los casos, en el sistema de las participaciones rituales realizadas por medio del sexo, tanto el hombre como la mujer pueden ser el manantial de lo sagrado. Es por causa de este hecho por lo que se pueden encontrar también hierogamias parciales y no bilaterales, es decir, uniones en las cuales sólo una de las partes es transformada en su naturaleza y reviste un carácter no humano y divino, mientras que la otra conserva rasgos puramente humanos, pudiendo en estos casos ser dirigida la unión no solamente hacia la participación mística, sino también hacia la procreación. Los relatos legendarios en los que aparece este tema -mujeres poseídas por un "dios", hombres que poseen a una diosa- son demasiado conocidos para que haga falta recordarlos aquí. Conviene únicamente señalar ciertos casos en los que estas rela-ciones se presentan en los marcos institucionales regulares. Así, en el Egipto antiguo, no era como hombre, sino como encarnación de Horus, como se unía el soberano a la esposa y la fecundaba para continuar la línea de la "realeza divina". En la fiesta helénica de las Antesterias, el acto más importante era el sacrificio privado que la mujer del arconte-rey hacía a Dionisos en su templo en el Leneon, y su unión con el dios; de la misma manera que en Babilonia se conocía la hierogamia de una joven elegida que, después de haber subido ritualmente los siete pisos en terraza de la torre sagrada, el zikurat, esperaba de noche la entrada del dios, en una cámara nupcial situada más alta que estas terrazas ("más allá de las siete"). Igualmente se creía que la sacerdotisa de Apolo, en Patara, pasaba la noche unida al dios sobre el "lecho sagrado".

El hecho de que, a veces, el dios pudo tener por símbolo un animal dado, a causa de una grosera interpretación literal, dio lugar a la variante constituida por aparejamientos aparentes de seres humanos con animales sagrados. Así Herodoto (II, 46) hace alusión al pico sagrado de Mendes, llamado "el señor de las jóvenes", al que se entregaban en Egipto las muchachas, para tener una progenie "divina". Y también en las tradiciones romanas subsiste un eco de temas similares; Ovidio (Fastos II, 438-442) habla de la voz divina que había ordenado a las esposas sabinas de los romanos dejarse fecundar por el nacer hircus.

Nuevamente, la base doctrinal de todo esto es la idea de que el límite humano e individual puede ser abolido; que, en determinados casos, por transubstanciación en el individuo -hombre o mujer-, puede encarnarse, aparecer o activarse una "presencia real". Esta idea parece natural a la humanidad tradicional gracias a la concepción innata que ella tenía del mundo; no es lo mismo para el hombre moderno, que debe considerarla como una extravagancia y, todo lo más, puede tomarla en serio en la forma, sin realidad y psicologizada, de una irrupción de "los arquetipos del inconsciente". Sin embargo, le será todavía más difícil comprender el contenido de realidad presente en las tradiciones concernientes a las integraciones por el principio femenino, allí donde una mujer real no figura en absoluto, ni siquiera como simple base para uña evocación ritual, allí donde, por el contrario, es esencialmente cuestión de una "mujer invisible", de una influencia que no pertenece al mundo fenoménico, como manifestación más directa y no individualizada del poder dramatizándose en las diferentes imágenes de la mitología del sexo. Es a esta posibilidad a lo que vamos a hacer alusión brevemente a continuación.


Notas a pie de página:

(23)    HERODOTO, I, 99; ESTRABON, XI, 532.
(24)    S. LANGDON, Tammuz and Ishtar, Oxford, 1914, págs. 80-82.
(25)    De tales jóvenes que, aparte su belleza y otros atractivos, están versadas en las diferentes artes indicadas, se dice en el texto: "En una sociedad de hombres, ellas tienen derecho a un puesto de honor... Siempre respetadas por el soberano, y celebradas por los hombres de letras... ellas gozan de una consideración universal."
(26)    La civilisation égéene, cit., págs. 308-312.
(27)    ELIADE, Traité d'histoire des religions, cit., pág. 305.

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 44. El cristianismo y la sexualidad

Metafísica del Sexo.  CAPITULO QUINTO. 44. El cristianismo y la sexualidad

En lo que concierne a las uniones sacralizadas en un cuadro institucional, y más precisamente en las formas de matrimonio monogámicas, haremos alusión al carácter híbrido que éste presenta en el catolicismo, por causa de la moral propia de esta religión. No es sólo a este respecto al que, en el catolicismo, son visibles las consecuencias de la interferencia ilegítima entre principios y normas correspondientes a dos planos muy distintos. Las religiones tradicionales de fondo creacionista han reconocido siempre dos leyes. Una concierne a la vida en el mundo concebido como obra divina, como cosa querida y conservada en su existencia por el Dios creador (por la divinidad según su aspecto de "creador" y de "conservador": Brahma y Vishnú), y esta ley consiste, no en la negación, sino en la sacralización de la vida en el mundo. La segunda ley concierne por el contrario a la pequeña minoría de los que tienen una vocación ascética, a quienes es indicada la vía del desprendimiento, de la trascendencia (vía de Shiva). Al contrario que el hebraísmo antiguo, el mazdeísmo, el hinduismo védico, el mismo Islam, etc., el catolicismo ha confundido los dos órdenes y ha introducido valores ascéticos en el dominio de la vida ordinaria; una de las consecuencias de esto ha sido la condena del sexo, hasta un verdadero odio teológico por el sexo.

Por contra, la indicada distinción estaba muy clara en los Evangelios: En Lucas (XX, 34-36) se lee: "Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, no tomarán mujeres ni marido, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles." Y Mateo (XIX, 12) habla de los que se han hecho eunucos a sí mismos "por amor del reino de los cielos", añadiendo: "el que sea capaz de ello, que lo sea" (18), resultando sin embargo la alusión a los "eunucos" bastante desgraciada; si se trata de la realización de la virilidad en una forma superior, absoluta, está bien. También en Mateo (XIX, 4-6) se encuentran palabras que podrían inclusive llevarnos al tema del andrógino, puesto que dicen: "¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre." En rigor, estas palabras harían pues concebir la unión de los sexos como una obra de restauración androgínica y es en estos términos como ellas la justificarían; la última frase, más que referirse a la indisolubilidad del matrimo-nio como hecho social, podría inclusive reenviar a la doctrina que hemos encontrado profesada por Escoto Erígena, es decir, que la separación de los sexos no es más que un hecho humano, que concierne exclusivamente al ser ordinario caído. En efecto, Pablo, al reproducir el pasaje bíblico que habla de los dos que dejarán al padre y a la madre para formar una sola carne, añade: "Gran misterio éste" (Ef. V, 31-32: to misterion touto mega estin), siendo la voz empleada exactamente "misterio", no "sacramento", como se lee en la Vulgata. También en Pablo hay una alusión, sea al doble estatuto masculino y femenino, e implícitamente a las vías correspondientes para el hombre y para la mujer, con las siguientes palabras: "El varón... es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón (I Cor., XI, 7), sea al misterio de la conversión ("redención") de lo femenino a través de lo masculino (la Cakti reconduce a Shiva) con el precepto de que el marido debe amar a la esposa como Cristo ama a su Iglesia, "y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua, con la palabra"; después de lo cual vienen las siguientes palabras: "Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama" (Ef., V, 25-37). Pero al mismo tiempo, contradictoriamente, se anuncia en Pablo la denegación de toda posibilidad superior del sexo al considerar la experiencia sexual tomada en sí misma como "fornicación" e "impudicia", y el matrimonio como un suplefaltas. En efecto, en la primera epístola a los Corintios, se puede leer: "Bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornica-ción, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido." Y todavía más: "Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse" (I Cor., VII, 1-2, 9).

Justamente este último punto de vista ha sido tomado como básico por el cristianismo post-evangélico. Según él, la vida sexual en general es un pecado (19); no está permitida a los católicosmás que bajo la forma social del matrimonio, y únicamente con vistas a la procreación. Se sabe sin embargo que el matrimonio como "sacramento" regular y no como simple bendición de los esposos, no apareció sino tardíamente en el cristianismo (hacia el siglo XII), y que la imposición del rito religioso para todo matrimonio que no quisiera ser considerado como un concubinato es todavía más reciente: se remonta al concilio de Trento (1563). Además de tardío, este aspecto sacramental tiene en el fondo una finalidad menos espiritual que simplemente secular. Puesto que no se deja de tener la idea de que el sexo no es más que "naturaleza" y pecado y puesto que no se le reconoce al sexo ningún valor aparte del de medio de procreación, el matrimonio se presenta exactamente como Pablo lo había peyorativamente concebido, es decir, como un mal menor, como un remedium infirmitatis concupiscentiae, para aquellos hombres y mujeres que no son capaces de elegir el celibato porque sucumben a la ley de la carne. La idea canónica de que, como sacramento, él "confiere la gracia necesaria para santificar la unión legítima del hombre con la mujer, perfeccionando el amor natural y dándole un carácter de indisolubilidad que el primero no podría tener", esta idea se reduce pues, por necesidad, a un simple hecho de superestructura. No se trata de un rito tendente a establecer o a favorecer de alguna manera dimensiones más profundas, transfigurantes, sacralizadas de la experiencia sexual, porque, en principio, la teología moral condena a quien, inclusive en el marco conyugal, se entrega a esta experiencia sin tener por fin esencial la procreación y se aparta de un régimen de "castas uniones". Esto, entre otras cosas, implica el error, ya denunciado por nosotros, de que eros e "instinto de reproducción" es una sola cosa; además, es preciso recordar la inexistencia, en la sociedad controlada por el catolicismo, de todo cuanto, en la familia antigua, podía conferir a la procreación ese sentido superior al que hemos hecho alusión con anterioridad, sentido ligado a los cultos familiares y nobiliarios. En la práctica, el punto de vista cristiano-católico conduce, no a la sacralización, sino al rechazo y a la "primitivización" del sexo, a causa del indicado hibridismo: por falta de haber dado como precepto general, válido para el común de los mortales y para la vida corriente, 9se desasimiento del sexo que se impone solamente en el cuadro de la tercera de las soluciones enumeradas por nosotros al principio de este capítulo, a saber, en el cuadro de las técnicas de transformación ascética (y no de represión puritana) de la energía sexual. Queda sin embargo el solo aspecto social del precepto religioso cristiano y el del simple, mediocre y obtuso embridamiento exterior del animal humano; aspecto, para nosotros, desprovisto de todo interés.

Es de una confusión del mismo género de donde viene también la norma del celibato sacerdotal en el catolicismo: se ha confundido el tipo del sacerdote (del clérigo secular) con el del asceta (el monje), con el que no se ha dicho en absoluto que el primero deba identificarse y con el que, de hecho, no se ha identificado de ninguna manera en numerosas civilizaciones tradicionales, que a menudo han conocido largas dinastías sacerdotales, sirviendo en estos casos la continuidad de la sangre de soporte natural y de vehículo para la continuidad de la influencia sobrenatural sacralizante, transmitida a lo largo de las generaciones de un mismo tronco. En cuanto a la premisa normal para una ley destinada al que vive en el mundo, en el cuadro de la tradición, y no al asceta, no podría ser demasiado diferente a la expresada por una sentencia como la siguiente de Ibn Atá: "Los hombres de devoción y de austeridad execran todas las cosas porque ellos están lejos de Dios; si ellos le viesen en todas las cosas, no execrarían ninguna" (20).

En el conjunto del cristianismo no se ha llegado a una actitud diferente de cara al sexo más que en determinadas corrientes netamente heterodoxas y condenadas, o bien en ciertos casos esporádicos. Por lo que respecta a las primeras, se puede recordar la corriente de los Almricianos, los Begardos y los "Hermanos del Libre Espíritu" (siglos XII-XIV); de la idea de la omnipotencia divina, esta corriente saca, también para el sexo, conclusiones análogas a las de las tradiciones comentadas anteriormente. Esta corriente distinguía dos religiones: una válida para el ignorante, otra para el iluminado, y afirmaba la posibilidad, para este último, de acceder a un estado en el que podría ver a Dios actuar en sí mismo y en toda cosa (quod dicitur quod homo ad tale statum potest pervenire, quod deus in ipso omnia operatur). Para quien se encuentra en este estado, la idea de pecado desaparece, la regla ascética pierde toda significación, incluso las acciones del cuerpo glorifican a Dios: se siente que, cualesquiera que ellas sean, se cumplen por Dios bajo forma humana. También, en relación con el sexo, es pues declarada la impecabilidad del hombre iluminado, libre en el espíritu; se llega a decir que las mujeres han sido creadas para ser empleadas por aquellos que viven en esta libertad -sic et mulieres creatae sunt ut sint ad usura illorum qui sunt in libertate spiritus- además: se reivindica una anomía que va más allá de todo lo que puede ser demandado por la superación de la concepción cristiana del sexo como pecado e impureza esencial, porque esta anomía conduce a la abolición completa de todo límite; se puede juzgar esto por la siguiente proposición atribuida a ciertos secuaces de la corriente en cuestión: quod talis liber redditur impeccabilis... et si natura inclinaret ad actum venereum, potest licite ipsum perficere cum sorore vel matre et in quocumque loco sicut altari (21). Pero aquí, además de deber distinguir entre lo que profesaron en secreto estos iluminados y lo que malévolamente les fue atribuido por sus adversarios y por la ortodoxia, todo lo que se sabe sobre este tema hace suponer que sobre todo fue cuestión de posiciones doctrinales, es decir, de principios no necesariamente puestos en práctica.

En lo que respecta a casos de experiencias esporádicas individuales, se puede citar como ejemplo el aportado por sir John Woodroffe, que concierne a los resultados de una investigación llevada a cabo en el siglo XVIII en el convento de las dominicas de Santa Catalina en Prato, por el escándalo causado por ciertas formas de erotismo místico que allí se practicaban secretamente. He aquí las declaraciones más significativas de una joven que había sido la abadesa de ese convento: "Al ser libre nuestro espíritu, es la intención la que hace malas las condiciones. Basta pues con elevarse a Dios con la inteligencia, para que cualquier cosa no sea pecado." Estar unidos a Dios -añade ella- es estar unido como hombre y mujer. La vida eterna del alma y el paraíso en este mundo consisten en la "transubstanciación de la unión del hombre con la mujer". Se obtiene el "goce de Dios" mediante el acto por el cual uno se une a Dios, y esto se produce "por medio de la cooperación del hombre y de la mújer", del "hombre en el cual yo reconozco a Dios". La conclusión es: "Ejerciendo lo que llamamos falsamente impureza, es la verdadera pureza: la que Dios nos ordena y quiere que practiquemos, y sin la cual no hay medio de encontrar a Dios, que es la verdad" (22). Con este ejemplo basta porque, en realidad, en los casos de este género no se trata ya de sacralizaciones dentro de un marco institucional y formal cualquiera, sino de experiencias marginales de fondo místico y libre, que entran en otra parte de la materia que nosotros tenemos que tratar, procedentes de tradiciones distintas a la cristiana. Sin embargo, lo que sorprende en este curioso caso es la concordancia con las ideas que, por otra parte, han inspirado la ritualización del régimen conyugal, fuera de toda concepción de un carácter de pecado del sexo.

Ya hemos hablado de los ritos colectivos de los Khlystis eslavos, que comportaban la unión sexual de hombres y mujeres considerados los unos como encarnaciones de Cristo y las otras como encarnaciones de la Virgen. Pero es demasiado evidente que, en ellos, el elemento cristiano es un simple barniz superpuesto a las supervivencias y reviviscencias de ritos paganos precedentes, como para que merezcan ser considerados en este contexto.


Notas a pie de página:

(16)    "El que sea capaz de ello, que lo sea." Esta expresión es traducción literal de la cita según la hace el autor. En la traducción de NacarColunga, de la que nosotros tomamos todas las citas bíblicas, lo que se lee es: "El que pueda entender, que entienda." (N. del T.)
(19)    La idea de que hay alguna relación entre el comercio sexual y el "pecado original" no tiene ninguna base en los textos: en el Génesis (II,24), se habla de los dos, de Adán y Eva, que se convierten en una sola carne, con anterioridad al pecado y cuando ellos no tenían ninguna vergüenza de ir desnudos. Por lo demás, el catolicismo, al contrario que el protestantismo, ha afirmado que la inclinación del hombre por la sexualidad no es la causa del pecado original, sino solamente uno de sus efectos.
(20)    Apud M. M. MORENO, Antologia della mística arabo-persiana, Bari, 1951.
(21)    Sobre todo esto, cf. H. DELACROIX, Essai sur le mysticisme spéculativ en Allemagne au XIVe, París, 1900, págs. 60-63, 65, 91, 125.
(22)    DE PORTER, Vie de Scipion de Ricci, évéque de Pistola et Prato, Bruxelles, 1895, I, págs. 460, 418, 420, 428 (apud WOODROFFE, op. cit., págs. 597-598).

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 43. El matrimonio como "Misterio" en el mundo de la Tradición

Metafísica del Sexo.  CAPITULO QUINTO. 43. El matrimonio como "Misterio" en el mundo de la Tradición

Sobre todo a partir de la obra fundamental de Fustel de Coulanges, se reconoce generalmente que la familia antigua fue una institución de base religiosa, más que una asociación natural. De una manera genera, esto es igualmente válido que respecta a la familia en toda gran civilización de los orígenes o civilización del mundo de la tradición. Este carácter sacral no podía dejar de alcanzar también, en una cierta medida,  las relaciones íntimas entre los dos sexos y el uso conyugal de la sexualidad.

Ante todo hay que notar que, en el matrimonio antiguo, el factor individualista era ordinariamente muy reducido, no aparecía como el factor determinante. A menudo, no se preocupaban sino accesoriamente de la inclinación y del afecto; era especialmente la raza lo que se tenía en consideración. La dignitas matriminii, desde un principio, se relacionaba en Roma con la descendencia nobiliaria. Es por esto que, no solamente en Roma, sino también en Grecia y en otras civilizaciones tradicionales, se distinguía la mujer destinada a alcanzar la dignitas matrimonii de las otras mujeres cuyo uso era eventualmente consentido al mismo tiempo al hombre, con fines de pura experiencia erótica (de ahí la institución del concubinato, legalmente admitido al lado del régimen familiar, como complemento de éste). Además, con respecto a la propia esposa, se daba a menudo una distinción entre su uso puramente erótico y un uso específico con voluntad consciente de procrear. Cuando el esposo se acercaba a la esposa con esa intención se seguía un ritual especial, con ceremonias lustrales o propiciatorias, con detalles particulares en el régimen de la unión sexual. A veces, se hacía preceder ésta de un período de abstinencia. En la antigua China, se daba un régimen del coito en el que el semen masculino era retenido. Determinado ritual, consideraba inclusive el exorcismo del demonio de la lascivia que se había apoderado de la mujer. En algunos casos se oraba y se invocaba a los dioses, se buscaba una fecha propicia y los esposos se aislaban. Han sido revelados elementos de una ciencia concerniente a las circunstancias que hacían más probable el nacimiento de un niño de uno u otro sexo (1).

A continuación, es importante resaltar que, inclusive en las sociedades totémicas, el concepto de procreación no se reducía al concepto naturalista de la continuación de la especie, porque, al engendrar, lo que se quería esencialmente era conservar y transmitir en el tiempo la fuerza mística de la sangre, de la gens, sobre todo la del antepasado primordial, inmanente como genius del linaje, representado bajo una forma sensible, en la antigüedad clásica, por el fuego sagrado eterno de la casa. Y de la misma manera que la participación en los ritos de una familia creaba eventualmente nuevos parentescos, es decir, agregaba a ella un extraño, tambien hay indicios que hacen pensar que en la antigüedad tracional la mujer, antes de pertenecer al marido era "desposada" por esta fuerza mística del linaje ancestral. Es significativo el hecho de que en Roma se llamase lectus genialis, es decir, lecho del genius, al lecho nupcial. Un testimonio residual más preciso concierne al uso nupcial romano según el cual la mujer, antes de unirse al marido, debía unirse al dios Matitus o Tutinus priápico que, en el fondo no constituía más que uno con el genius domesticus o lar familiaris. Despues de entrar en la mansión de su esposa, la joven, la nova rupta, antes de acceder al lecho conyugal, tenía que sentarse sobre el simulacro itifálico de este dios, como si correspondiera a este desflorar primero -ut illarum pudicitiam prior deus delibasse videtur (2). Y también se podrían indicar ritos análogos y dotados de la misma significación en otras civilizaciones. El verdadero fin del matrimonio era una descendencia cualquiera, sino en primer lugar, el "hijo del deber", como se llamaba en la India al primer varón nacido, haciéndose votos para que fue un "héroe"; la fórmula final de la ceremonia nupcial, çraddhá, era ésta: viram me datta pitarah ("¡Oh, padres, haced de manera que yo tenga un héroe por hijo!") (3).

En la familia sacralizada, la polaridad de los sexos aparece subordinada a un régimen de complementariedad; de ahí el papel que a menudo tuvo la mujer en el culto doméstico indo-europeo, en relación con el fuego, de la que ella era la guardiana natural, al tener por principio la naturaleza de Vesta, "llama viviente" o fuego-vida. En cierto modo, la mujer era el sostén viviente de esta influencia suprasensible la contrapartida del principio viril del pater familias. Por eso era a la mujer, sobre todo a quien correspondía vigilar que la llama no se apagase y permaneciera en estado en estao pudo; ella invocaba su fuerza sagrada ofreciéndole sacrificios mediante el fuego (4). En Roma, existía igualmente un régimen similar de complementareidad para el sacerdocio. Es por esto por lo que si la esposa del Flamen -la flaminica dialis- moría, aquél tenía que abandonar su cargo, como si por la falta de complemento vivificante su poder disminuyera o se paralizase. Testimonios análogos se pueden recoger de otras tradiciones, por ejemplo, de la tradición brahmánica en la que ya sentidos ulteriores son también relevantes. La mujer unida al hombre por el sacramento -samskára---. se presenta como la "diosa de la casa" -grhadevatâ- y originariamente estaba asociada al marido en el culto y en los ritos. La mujer sirve, ya de hogar -kunda-, ya dela ama de sacrifisacrificio. Se habla de meditar sobre la mujer concebida como un fuego -yosha-magnin dhyáyita. Y ya se anuncia el plan realizador, además de ritual, si en estos cuadros la unión del hombre y la mujer era concebida como un gran rito -vajna-, como un equivalente del sacrificio en el fuego -honra. Se lee: "El que conoce a la mujer bajo la forma del fuego, alcanza la liberación." Y el Cathapata-brahmán hace decir a la mujer: "Si tú haces uso de mí en el sacrificio, cualquiera que sea la bendición que pidas, la obtendrás a través de mí" (5). Se han homologado los frutos de una de las formas del sacrificio del soma ( Vajapeya) a los producidos mediante la unión con una mujer, cuando se ha cumplido con conocimiento de las correspondencias y los equivalentes cósmicos de ella y de su cuerpo. Se señala la matriz, centro de la mujer, como el fuego sacrificial (6). Otro texto tradicional hace corresponder todas las fases de la unión sexual con las fases de una acción litúrgica y muestra la posibilidad de que la segunda se realice tejida con la primera (7).

En general, el matrimonio podía presentar ya en estos términos los caracteres de un "misterio" en un régimen de ritualización. En un ritual indoeuropeo bien conocido, relativo al acto procreador, la posición consciente de las correspondencias cósmicas de lo masculino y lo femenino -el Cielo y la Tierra- está netamente atestiguado: "Así pues, que el esposo se aproxime a ella pronunciando la fórmula: Yo soy El y tú eres Ella; tú eres Ella y yo soy El. Yo soy el canto (sáman) y tú eres la estrofa (rc)... Yo soy el Cielo y tú eres la Tierra. Ven, abracémonos, mezclemos nuestra simiente, para el nacimiento de un varón, para la riqueza de nuestra casa." A continuación, haciendo que la mujer separe las piernas, dice: " ¡Oh vosotros, Cielo y Tierra, mezclaos!" Y entrando en ella, con la boca unida a su boca, acariciándola tres veces de arriba abajo, dice: "...Como la Tierra acoge al Fuego en su seno, como el Cielo acoge a Indra en su regazo, como los puntos cardinales están llenos de viento, así yo deposito en ti el germen de N. (nombre del hijo) (8)." Así pues, la virilidad en el signo del Cielo, la femineidad en el de la Tierra. De la misma manera en Grecia, según Píndaro, por relación al fundamento ontológico de su naturaleza más profunda, los hombres invocaban en el amor a Helios, el Sol, y las mujeres a Selene, la Luna (9). También se puede notar que en casi todos los dialectos hindúes de origen sánscrito se llama a las mujeres prakriti, palabra que, como ya hemos visto, designa metafísicamente la "naturaleza", como la fuerza-mujer del dios impasible, del purusha (10). Este último término de sacralización del matrimonio mismo debía velarse poco a poco; sin embargo, hasta tiempos recientes han quedado trazos de él en hechos positivos explicables solamente si se les relaciona con ese último término. Con homologaciones divinas y cósmicas precisas, no se conserva más que en el dominio cultural en sentido específico, en las variedades del hieros gamos, de la hierogamia y teogamia rituales según lo que diremos muy pronto. Pero, para la antigüedad, se afirma a justo título que un pueblo en el que las_prácticas nupciales estaban ritualizadas y siempre conformes a las leyes eternas, constituía una gran cadena mágica uniendo la esfera material a las esferas superiores (11). Novalis tenía razón al considerar el matrimo como se le conoce hoy día, como un "misterio profanado"; en el transcurso del tiempo, se ha reducido efectivamente a no ser más que la única alternativa ofrecida a quien siente horror de la soledad. El hecho de que Claude de Saint-Martin no haya ciertamente realizado todo el alcance de sus palabras y no haya tenido una visión de la situación en que ellas son verdaderas, no disminuye la exactitud de lo que escribió: "Si el género humano supiese lo que es el matrimonio, tendría a la vez un deseo extraordinario y un miedo terrible de él, dado que gracias a él el hombre puede hacerse de nuevo semejante a Dios o bien terminar en un desastre total" (12).

En el cuadro de las mismas religiones creacionistas, ha subsistido sin embargo la concepción general de un carácter sagrado del acto procreador, en tanto reflejo, prolongación o reproducción del acto creador divino. Para el Irán mazdeista, se puede recordar un antiguo ritual nupcial en el que la idea de las gracias divinas está inclusive asociado a la intensidad máxima de la unión sexual (13). Para el Islam, un ritual que recuerda en parte el ritual indoeuropeo citado con anterioridad nos dice hasta qué punto sale de estas tradiciones la idea de la sexualidad como algo culpable y obsceno en que toda referencia a la divinidad sería como una blasfemia. Según este ritual, en el momento de penetrar a la mujer el esposo tendría que pronunciar: "En el nombre de Alá clemente y misericordioso -Bismallah alrahman al -rahim" Después la mujer y el hombre dirían al unísono: "En el nombre de Dios", y, finalmente, sólo el hombre, en el momento de sentir desfallecer a la mujer y de emitir el esperma en ella, diría el resto de la fórmula, es decir, las palabras "...clemente y misericordioso" (14). En esta misma línea, un maestro del sufismo, Ibn Arabí, llega inclusive a hablar de una contemplación de Dios en la mujer, en una ritualización de la unión sexual conforme a valores metafísicos y teológicos. En su tratado Fucuc Al-Hikam escribe: "Este acto [conyugal] corresponde a la proyección de la Voluntad divina sobre lo que, en el momento mismo en que El lo crea, lo crea en Su forma, para reconocerse en ello El mismo... El Profeta ama a las mujeres precisamente en razón de su rango ontológico, porque ellas son como el receptáculo pasivo de su acto, y porque se sitúan en relación a él como la Naturaleza Universal (at-tabi'ah ) en relación a Dios. Es sin duda en la Naturaleza Universal donde Dios incuba las formas del mundo mediante la proyección de Su voluntad y por el Acto Divino, el cual se manifiesta como acto sexual en el mundo de las formas constituidas por los elementos, como voluntad espiritual [al-himmah - lo que nosotros hemos llamado la virilidad trascendente] en el mundo de los espíritus de luz y como conclusión lógica en el orden discursivo [a este respecto se le podría relacionar con el rigor lógico concebido como una manifestación esencial del principio masculino - cf. § 38]." Ibn Arabí dice que quien ama así a las mujeres, es decir, realizando estas significaciones mientras se une a ellas, "las ama con amor divino". Pero para quien no obedece más que a la atracción sexual, "el acto sexual será una forma sin espíritu; bien entendido que el espíritu permanece siempre inmanente a la forma como tal, sólo que resulta imperceptible para quien se aproxima a su esposa -o a cualquier mujer- por la sola voluptuosidad, sin conocer el verdadero objeto de su deseo..." "Las gentes saben muy bien que yo estoy enamorado. - Unicamente ignoran de quién..." -estos versos son aplicables a quien ama por la sola voluptuosidad, es decir, a quien ama el soporte de la voluptuosidad, la mujer, pero permanece inconsciente al sentido espiritual de aquello de que se trata. Si lo conociera, sabría en virtud de qué goza y quién goza [realmente] de esta voluptuosidad, y entonces sería [espiritualmente] perfecto (15)." En esta teología sufí del amor se debe ver solamente la amplificación y la elevación' a una conciencia más precisa del modo ritual con el que el hombre de esta civilización ha asumido y vivido más o menos distintamente las relaciones conyugales en general, partiendo de la santificación que la ley coránica confiere al acto sexual, en un régimen no solamente monogámico, sino también poligámico. De ahí nace también el sentido particular que puede revestir la procreación, entendida precisamente como la administración del prolongamiento del poder creador divino existente en el hombre.

El antiguo hebraismo ignoró, también él, la condena ascética y puritana del sexo y concibió el matrimonio no como una concesión a la ley de la carne, más fuerte que el espíritu, sino como uno de los más sagrados misterios. Para la Kabala judía, cada verdadero matrimonio era como una realización simbólica de la unión de Dios con la shekinah (16).

Finalmente, vale también la pena referirse a la doctrina china de las uniones reales. Aparte de la que es propiamente su esposa, el rey tiene ciento veinte mujeres. El uso de todas ellas reviste también el sentido de un rito y obedece a un simbolismo preciso. Las mujeres reales se dividen en cuatro grupos diferentes en rela-ción inversa a su número y su valor: el grupo más numeroso está compuesto por las mujeres consideradas menos nobles. A las mujeres no les es permitido acercarse al rey más que en determinadas noches, en un período decreciente de la noche del plenilunio, comenzando por los grupos más numerosos y exteriores, llamados en las noches casi oscuras, sin luna, hasta el último grupo, compuesto solamente por tres mujeres, que tienen para ellas las dos noches anteriores a la noche sagrada del plenilunio. En esta noche, en que macrocósmicamente la luna, desnuda en toda su luz, se encuentra frente al sol, únicamente la reina perma-nece delante del rey, el Hombre Unico, y ella se hace una unidad con él.

He aquí la idea de una unión que, absoluta en el centro, se multiplica atenuada en los grados en que lo múltiple -la cantidad- crece y la dignidad disminuye, como la fuerza del Uno, cuando fecunda la materia: reflejos, cada vez más condicionados de lo que es absolutamente en acto en la hierogamia de la pareja real, en un sistema de participación que repite un modelo cósmico (17).


Notas a pie de página:


(1)    Cf. S. PELADAN, La Science de l'Amour, París, 1911, págs. 324-325.
(2)    PROPERCIO (Carm., IV, ü, 33); LACTANCIO, Div. Inst. i, 20, 36 (apud PESTALOZZA, Op. cit., págs. 387, 407). Cf. también A. DE MARCHI, // culto privato in Roma antica, Milano, 1896.
(3)    Cf. S. RADHAKRISHNAN, The Hindu view of life, LondonNew York, 1927, pág. 84.
(4)    F. de COULANGES, La cité antique, París, 1900, págs. 107-166.
(5)    I, viii, i, 9. J. WOODROFFE, Shakti and Shdkta, Madra-London3, 1929, págs. 96-97.
(6)    Brhaddranyaka-upanishad, IV, iv, 3.
(7)    Chándoya-Upanishad, II, xii, 1-2.
(8)    Brhadáranyaka-upanishad, VI, iv, 20-22; fórmula análoga abre-viada en Atharva-Veda, XIV, ii, 71.
(9)    Cf. KERENYI, Figlie del Sole, cit., pág. 134.
(10)    Es interesante que, en ciertas lenguas romances -por ejemplo, en italiano y en francés- el órgano sexual femenino es llamado, en el habla popular, "la naturaleza", de la misma manera que prakriti representa la "naturaleza" frente a purusha.
(11)    P. B. RANDOLH, Magia sexualis, París2, 1952, pág. 28.
(12)    C. DE SAINT MARTIN, Le Ministére de l'Homme-Esprit, París, 1802, pág. 27.
(13)    Yaena, 53, 7.
(14)    HALEBY OTHMAN, Les bis secrétes de l'amour, París, 1906. La evocación de Brahma en el momento de eyacular el semen, al mismo tiempo que la fórmula citada con anterioridad, se encuentra por ejemplo en el Mahanirvana-tantra, IX, 112-116.
(15)    IBN ARABI, La Sagesse des Prophétes, Trad. T. Burckhardt, París, 1955, págs. 187-189.
(16)    Cf. SCHOLEM, Mystique juive, cit., pág. 251.
(17)    M. GRANET, La pensée chinoise, París, 1950, págs. 293-295.

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. SACRALIZACIONES Y EVOCACIONES. Introducción

Metafísica del Sexo.  CAPITULO QUINTO. SACRALIZACIONES Y EVOCACIONES. Introducción

El tema del que tendremos que ocuparnos en este capítulo comporta algunas dificultades, en cuanto a la elección de la mejor manera de exponerlo. En esencia, se trata efectivamente de experiencias propias de una humanidad diferente a la actual, sea por el tipo de civilización, sea por el mundo en que esta humanidad vivía: un mundo que tenía otras dimensiones y aceptaba la supra-sensible como una parte fundamental de la realidad y como una "presencia" virtual. No podremos seguir aquí el método de esas investigaciones modernas "neutras", que se limitan a coleccionar y ordenar los hechos de las tradiciones antiguas y de las tradiciones exóticas en su exterioridad opaca. Por el contrario, procedere-mos a una interpretación que, ante todo, considera la dimensión interior de tales hechos, sin dejar por ello de darnos cuenta de que una tal interpretación comporta prácticamente un cierto margen inevitable de duda. En los hechos del eros sacralizado y del empleo no naturalista del sexo, el momento ritual y que da lugar a una evocación ha tenido siempre un papel fundamental. Pero especialmente, cuando se trata de formas institucionales hoy desaparecidas es casi imposible establecer en qué límites y en qué casos todo esto de lo que hablaremos conserva una dimensión auténtica y en profundidad y el elemento ritual comporta en ella evocaciones efectivas, y en qué otros casos todo se reduce simplemente a una rutina, a costumbres continuadas únicamente en su aspecto formal. La situación se agrava todavía más por el hecho de que a menudo nuestros conocimientos en este dominio se basan sobre testimonios fragmentarios y sobre formas ya bastante alejadas de los orígenes. De todos modos, intentaremos ordenar lo mejor posible el material esencial de que disponemos.

En vistas a una orientación general, y volviendo sobre lo que ya hemos indicado más de una vez, distinguiremos como sigue las soluciones fundamentales que, fuera del dominio profano, se dieron al problema del sexo:

1. Sacralización institucional de la unión sexual.

2. Formas culturales evocadoras y sacramentales de la unión sexual.

3. Desprendimiento ascético de la fuerza sexual del plano de la diada, es decir, renunciamiento a su activación a través del complemento femenino -o sea, a través de la mujer- y su transformación interior con vistas a realizaciones sobrenaturales.

4. Régimen particular de la unión sexual tendente a una ruptura existencial -extática o iniciática- de nivel.

5. Cada una de estas posibilidades puede dar lugar, accesoriamente, a aplicaciones operativas, es decir, mágicas, más allá del puro hecho de experiencia interior. Así se puede distinguir: a) una magia sexual primitiva (ritos de fecundidad, orgías sagradas); b) una magia sexual individual operativa, en sentido estricto, ceremonial; c) una magia sexual iniciática.

La Doctrina del Despertar. Parte 2ª, Capítulo IV. 4. La presencia sidérea. Las heridas se cierran

La Doctrina del Despertar. Parte 2ª, Capítulo IV. 4. La presencia sidérea. Las heridas se cierran

El término satipattana se compone del vocablo ya explicado sati (recuerdo como presencia de sí) y panhana, que quiere decir construir, esta­blecer, montar. En inglés ese término se suele traducir como setting‑up of mindfulness (Rhys Davids) y en alemán, como Pjéiler der Geistesklarheit, de donde deriva la expresión que usa De Lorenzo "pilastras del saber" (como saber de sí). La fórmula comprehensiva o global del texto es: rimukham satim upattapeti’[1] que se podría traducir: "colocar la memoria de sí delan­te de sí". La disciplina de que se trata tiene este sentido: comenzar a llevar a cabo el principio central del propio ser por medio de una consideración objetiva, desprendida, de lo que constituye la propia persona y el contenido de la propia experiencia en general. El hecho mismo de colocarse delante de todo esto como frente a algo externo, extraño, purifica y fortifica la conciencia, reconduce a sí mismo, desarrolla la calma­da impasividad. En tal sentido, los cuatro principales grupos de objetos considerados en tal disciplina tienen la función de otros tantos apoyos para el "saber” y representan algo consistente que por reacción permite desarrollarse, regresar a sí mismo. Los cuatro grupos del sattipatthana corresponden al cuerpo (kaya), luego a las emociones o sensaciones (vedana), en tercer lugar al ánimo (citta) y por último a los dhamma, término genérico que se refiere también a los fenómenos y estados pro­vocados por la misma disciplina ascética en sus fases superiores.

 

1. Contemplación del cuerpo. Según la fórmula del canon, el asceta una vez superados los cuidados y deseos del inundo, "con mente clara y perfecta conciencia" se entrega antes que nada a la contemplación del cuerpo, la cual se realiza de distintas formas.

a) En primer lugar, por medio de la realización de la respiración consciente o presencia de sí en la respiración (anapana‑sati), que sería uno de los medios más rápidos de conseguir la calma incólume.[2] El asceta ha de escoger un lugar silencioso y apartado y ejercitarse inspi­rando y espirando conscientemente. Inspira o inhala profundamente y sabe: "Inspiro profundamente"; espira o exhala profundamente y sabe: "Espiro profundamente", y lo mismo hace con inspiraciones y espiraciones breves. Además se ejercita así: "Quiero inspirar sintiendo todo el cuerpo", "Quiero espirar sintiendo todo el cuerpo", "Quiero inspirar calmando esta combinación corporal".Y así sucesivamente. Un símil indica con qué perfecta conciencia se debe ejercitar: como un hábil y atento tornero que, tirando fuertemente, sabe: "Yo tiro fuerte­mente" y tirando lentamente sabe: "Yo tiro lentamente".[3]

Ejercicios de este tipo tienen una particular importancia por el hecho de que, según la enseñanza hindú, la respiración se liga a la fuerza sutil de la vida (prana), que hace de sustrato de todas las funciones psicofísicas del hombre. Todo el organismo está animado y recorrido por corrientes de fuerza sutil o nadi (término que se suele traducir algo primitivamente como "vientos"), los cuales tienen su raíz en el prana y en el soplo. De ahí que en los Upanisad se diga: "Corno los rayos de una rueda se apoyan en el cubo, así todo en el organismo se apoya en el prana"[4]. Tales enseñanzas remiten a una experiencia de la respiración, de que el hombre moderno ya no dispone y que puede despertar sólo mediante un adiestramiento especial. Cuando el soplo o respiración se siente como prana puede ser un "camino": una vez vuelta consciente la respiración, o sea, hecha la clara conciencia a la respiración, se tiene modo de alcanzar la "vida de la propia vida" y de controlar organismo y mente en muchos aspectos que escapan a la conciencia común y al ordinario querer. Además es posible, tomando como vehículo el ritmo de la respiración, volver "corpóreos" y "orgánicos" ciertos estados de conciencia, compenetrando de esos las energías del ser samsárico, para de ese modo estabilizarlos y consolidarlos, por un lado, y producir las modificaciones correspondientes de la sustancia samsárica, por el otro. Es así que en el budismo se consideran ulteriores desarrollos de la disci­plina del soplo. Del campo puramente corpóreo se pasa al psíquico y se proponen fórmulas como ésta: "Quiero inspirar sintiendo placer; quiero espirar sintiendo placer”, "Quiero inspirar sintiendo la mente; quiero espirar sintiendo la ineiite", “Quiero inspirar levantando la mente; quie­ro espirar levantando la inente", "Quiero inspirar recogiendo la mente; quiero espirar recogiendo la mente", y lo mismo para relajarla. Por fin, la respiración se asocia a las demás contemplaciones o realizaciones, acompasándolas e infundiéndolas en la contrapartida sutil y subcons­ciente de la estructura humana. Se dice también que con una inspiración y espiración así practicada, así ejercitada, incluso los últimos respiros cesan de manera consciente y no inconsciente". En los Upanisad[5] se dice: "En verdad, estos seres llegan detrás del soplo, parten detrás del soplo"[6].

En este estadio, el fin de la práctica es sólo contemplativo. Se trata de desautomatizar, en determinados momentos, la respiración, volver­la consciente, colocarse delante del soplo y el soplo delante de sí, expe­rimentando el soplo esencialmente como prana, es decir, como la fuerza‑vida de la corporeidad.

b) En segundo lugar viene la contemplación del cuerpo en todas sus partes, con la imperturbabilidad y la exactitud propias de un cirujano en una autopsia. La fórmula canónica es: "He aquí, este cuerpo lleva un mechón de cabellos, tiene pelos, uñas, dientes, piel y carne, tendones, huesos y médula, riñones, corazón, hígado, intestinos, mucosas, heces, tiene bilis, secreciones, pus, sangre, sudor, linfa, lágrimas, suero, sali­va, moco, sinovia, orina". Y para orientar la operación se da el siguien­te símil: como si un hombre con buena vista tuviera un costal lleno de cereales mezclados, lo desatara y examinara atentamente su contenido: "Esto es arroz, esto son habas, esto es ajonjolí". Naturalmente, lo mejor que puede hacer quien desee seguir estas disciplinas sería precisamen­te dirigirse con el forense y presenciar alguna autopsia; tendría así como base para meditaciones de este género imágenes particularmente vivas y eficaces. La meta es siempre la misma: desidentificarse, crear distancia: "Éste soy yo, éste es mi cuerpo, hecho así y asá, compuesto de estas partes, de estos elementos"[7]. Hay textos en los que como potenciación se propone contemplar las distintas enfermedades a que está expuesto el cuerpo[8].

c) Tercer ejercicio. Ahora se considera el cuerpo en función de los cuatro "grandes elementos" que lo componen. Camine o esté quieto, el asceta ha de considerar el cuerpo que lleva como especificación de todos los elementos: "Este cuerpo tiene las especies de la tierra, las especies del agua, las especies del fuego, las especies del aire"[9]. Seme­jante meditación tenía para el oriental un significado distinto del que puede tener para el hombre moderno, por el hecho de que para aquél los "grandes elementos" (mahabhuta) no eran simples "estados deja materia", sino ‑a la par de los elementos de las enseñanzas tradicionales occidentales antiguas y medievales‑ sensibilizaciones de principios cósmicos. Como sea, el sentido de la meditación es concebir el cuerpo en función de las fuerzas impersonales del mundo, las cuales siguen sus propias leyes con indiferencia para nuestra persona. En se­gundo lugar, es necesario pensar que también estos "grandes elemen­tos" están sometidos a la ley del cambio y de la disolución. Así, en algunos textos se dice que se han de representar vivamente con la mente los periodos tanto de potencia como de decaimiento y disolución de las manifestaciones cósmicas de los cuatro elementos, para llegar a la evidencia: si también para estas potencial del mundo hay mutación y fin, ¿acaso no los va a haber para este cuerpo "de menos de ocho palmos de alto, producto de la sed de existencia?; ¿podría acaso valer para éste "yo", "mío" o "soy"? Lo que en realidad vale es: "nada es suyo”[10]. Tam­bién para esta tercera operación hay un símil: al reconocer en el cuerpo este o aquel elemento es preciso proceder de la misma manera de quien destaza una vaca, separa las partes y las lleva al mercado y luego se sienta; es decir, al final, regreso a sí mismo, calma, memoria de sí. Es preciso despertar el sentido de que, mientras aún está vivo y es "nuestro", el organismo sigue leyes objetivas y elementales, propias de las grandes fuerzas de las cosas e indiferentes respecto del mundo del "yo"; al des­pertar este sentido, el cuerpo ofrece de nuevo una base para una reacción y una desvinculación de lo que en el hombre es extrasamsárico.

d) Maranussati‑conteniplatio mortis. Se prescribe imaginar un ca­dáver en todas las fases de su descomposición: rígido, luego hinchado y pútrido, luego descarnado con los solos tendones, luego sin carne ni tendones, luego como huesos esparcidos, como huesos amontonados y mezclados con otros y por fin como huesos podridos y huesos hechos ya polvo. Junto con todo esto se ha de parar mientes en que "también mi cuerpo tiene tal naturaleza, así se volverá, no puede escapar a esto".[11]

Las imágenes han de despertar sentimientos particularmente vivos, aunque sin conducir a reflexiones como las de Hamlet ni de cantor semita de la vanitas vanitatum*. La visión neta, cruda y vívida de la caducidad del cuerpo se considera aquí como un apoyo porque no ha de conducir a deprimir el ánimo, sino que, por contraste, debe reavivar una conciencia desprendida, capaz de imaginarse el fin del propio cuerpo y la muerte en perfecta calma. Se trata, una vez más, de consolidar el elemento sidéreo, extrasmsárico. Si tales meditaciones tuvieran por efecto un sentido de abatimiento pesimista, de desolación, de naufra­gio leopardiano, estarían por completo equivocadas. Se llevan a cabo de la manera justa cuando de ahí resulta un estado que permite conside­rar cualquier acontecimiento que afecte el propio cuerpo y aun la mis­ma muerte física como si se tratara del cuerpo de otro. Y este estado se puede traducir también en una fuerza capaz de intervenir positivamen­te en el organismo en dadas circunstancias. Se habla así de un asceta que sufre y halla fuerzas para vencer el mal propio desde el momento en que entiende y realiza la enseñanza correspondiente a la perfecta meditación sobre el cuerpo[12]. Y se dice: "Si el cuerpo está enfermo, la mente no estará enferma; así os habéis de ejercitar. Los ariya no se someten a la idea: Yo soy el cuerpo, el cuerpo es mío, el cuerpo es yo mismo, por lo que no se alteran cuando el cuerpo se altera y envejece" o cuando análogas contingencias se verifican en los demás elementos constitutivos de la persona[13].

Ésta es la cuádruple forma de la contemplación budista de la corporalidad, que constituye el primer apoyo. El fin que repetidamente hemos aclarado se confirma con el dicho de que tal contemplación, bien practicada y ejercitada, hace presentir la amata (sánscrito amrta), o sea, la "sin‑muerte"[14].

2. Contemplación de las sensaciones. Después del cuerpo, las sensa­ciones (vedana) constituyen una base para la presencia sidérea en sí. La fórmula canónica es: "El asceta vigila la sensación externa sobre la sensación, vigila la sensación interna sobre la sensación, dentro y fuera vigila la sensación sobre la sensación. Observa cómo se forma la sen­sación, cómo la sensación pasa, cómo la sensación e forma y pasa. He aquí la sensación, saber esto se convierte en su apoyo, precisamente porque sirve para el conocimiento, para la reflexión"[15]. Ejerci­cios de este tipo se pueden asociar con el llamado control de los seis campos interno‑externos, aunque de ordinario se incluyan en la cuarta sección, en la sección de los dhamma. Se trata de los campos de los sentidos, entre los que se comprende el órgano mental. La fórmula es: "El asceta conoce el ojo, conoce las formas, y toda combinación resul­tante de ambos que vincule, conoce. Conoce cuándo tal combinación ocurre, conoce cuándo cesa la combinación acaecida y conoce cuándo la acaecida combinación no aparece ya en el futuro". La misma fórmula se repite para el oído y los sonidos, para el gusto y los sabores, para el tacto y los contactos, para el pensamiento y para los objetos mentales[16]. En primer lugar se puede no comprender la acción que se ha de desa­rrollar: ¿qué es ese conocer por separado las facultades sensibles y sus objetos, como podría hacerlo un extraño a unos y otros y seguir la com­binación en el mismo espíritu de un químico que sigue los efectos de la asociación de dos sustancias que tiene delante de sí? Es preciso enten­der el sentido de la disciplina dándose cuenta, antes que nada, del esta­do de la experiencia común, que se agota en el "flujo". Lo que se ha dicho a propósito de un pensamiento pasivo se repite más o menos para los diferentes sentidos. En realidad, decir "yo veo", "yo gusto", "yo oigo" es, en la existencia samsárica, casi un eufemismo. Aquí existe, en efecto, sólo el hecho visión, el hecho audición, sabor, etc., con una promiscuidad de objeto y de sujeto, con una absorción de la conciencia en su experiencia, propia de los procesos de "combustión". La discipli­na en cuestión apunta a disolver tal mezcla irracional hasta el grado de quien puede verdaderamente decir: "yo veo", "yo gusto", "yo oigo", "yo huelo", "yo pienso", con la misma claridad y presencia de sí de quien, al tomar con la mano o dejar caer un objeto, sabe: "tomo, dejo este objeto". Ha de surgir, pues, respecto de las potencias de los senti­dos y de la misma mente, el sentimiento real como si se tratara de los órganos verdaderos y propios que se usan conscientemente, con cierta distancia: yo, aquí, y allá la cosa vista o sentida o gustada. Y ésta es la experiencia, la "combinación" de ambos como un hecho o "vínculo" elemental, que he esclarecido delante de mí. He aquí un símil de los textos: "Así como del contacto de dos pedazos de madera que se frotan uno contra el otro nace el calor, surge el fuego, pero al separar esos dos pedazos de madera, una vez separados, el calor que habían producido cesa, se extingue", así debe establecerse bien claro el saber: "esta sen­sación ha surgido", "esta sensación se ha extinguido". Y se añade, con referencia precisa al propósito general de tales contemplaciones: "Queda aún la impasibilidad, pura, clara, dúctil, flexible, esplendente".(17) Ejem­plo de tal contemplación en un plano bien común, el de la comida: el bocado es engullido, conscientemente se hace que gire en la boca, para no dejar nada sin masticar y nada se quede en la boca, y luego se toma otro bocado: "el asceta siente el sabor al tomar el alimento, pero no lo goza" (18), o sea, gusta conscientemente, pero se mantiene distanciado. Para extender un control de este cariz más allá de determinados mo­mentos de ejercicio es preciso, naturalmente, una aplicación notable: se trata, en efecto, de sustituir un hábito por otro; más aún, se trata de dar cuenta de la fuerza de identificación sorda e instintiva que actúa y anida en la primera. El desarrollo natural de esta contemplación es la llamada "alerta frente a los sentidos" o "curación de las heridas", de que hablaremos más adelante (véase segunda parte, cap. 4).

3. Contemplación del ánimo. El término vedana, además de sensa­ción puede significar emoción o sentimiento, por lo que existe un paso natural desde el campo de la segunda a la tercera contemplación, que trata de despertar el "saber" frente a cualquier estado o mutación del propio ánimo. La fórmula canónica es: "Un asceta conoce el ánimo afanoso como afanoso, y el ánimo no afanoso como no afanoso; el ánimo rencoroso como rencoroso, y el ánimo no rencoroso como no rencoroso; el ánimo equivocado como equivocado, y el ánimo sin error como sin error; el ánimo recogido como recogido, y el ánimo distraí­do como distraído; el ánimo que tiende a lo alto como tendiente a lo alto, y el ánimo de bajo sentir como de bajo sentir, el ánimo noble como noble, y el ánimo vulgar como vulgar; el ánimo tranquilo como tranquilo, y el ánimo inquieto como inquieto; conoce el ánimo liberado como liberado, y el ánimo vinculado como vinculado".(19) Esto significa cultivar, en primer lugar, una actitud de sinceridad y objetividad res­pecto de la propia vida interior, psicológica y emotiva. En segundo lugar, se trata de nuevo de la fuerza que se despierta en la "visión" desidentificante. El signo del progreso conseguido por tal camino vie­ne dado por la capacidad de considerar las propias emociones, los pro­pios sentimientos, los propios estados de ánimo, las propias pasiones, como si fueran de otro; naturalmente, de otro que nos sea indiferente y nos sirva sólo de objeto de observación. Una vez más, se pretende una forma activa de despersonalización. En un texto se lee: "Como las nu­bes aparecen, van, se transforman y se disuelven en el libre cielo, tal ocurre también con las pasiones del ánimo del sabio". El ánimo del sabio es asimilado, pues, al cielo en su libertad e intangibilidad, en su claridad que no es tocada por el mudable paso de las nubes, de las pasiones y de las emociones que se forman en él, que se transforman y pasan siguiendo sus propias leyes. Si en el Bhagavad‑gita (20) se habla de quien "no desea el deseo, en quien todos los deseos fluyen, como las aguas fluyen hacia el océano que [rellenado continuamente] permane­ce [empero] inmutado", asimismo en el budismo se busca como ideal el estado evocado a la mente desde la "profundidad del océano, donde no surge ola alguna, sino que reina la calma." (21) A propósito de las "con­templaciones irradiantes" veremos que se presentan otras imágenes cósmico‑elementales de libertad y de intangibilidad. Provisionalmen­te, sirva aquí todo esto sólo como signo que señala la dirección y orien­tación de la contemplación.

4. Contemplación de los dhamma. Por la ya señalada indetermina­ción del término dhamma, esta sección comprende la contemplación de fenómenos y estados de conciencia de distinto género, así como de los mismos procesos ascéticos. Se habla, por ende, de una presencia que ejercitar respecto de los "cinco obstáculos" ‑afán, aversión, pere­za apática, soberbia y hastío, dudosa incertidumbre‑ y, alternativa­mente, constatar su ausencia, su desarrollo y su desaparición al intervenir la acción disolvente de que diremos.(22) La presencia se ejercita con refe­rencia al manifestarse y disolverse, caso por caso, del apego en los cinco troncos de la personalidad; se trata, en suma, de variantes de la contemplación de los estados de ánimo, mientras otras disciplinas to­man por objeto estados superiores de la conciencia ascética, como los correspondientes a la manifestación de los "siete despertares espiritua­les" (bojjhanga)(23) y la realización directa, sobrenatural, de las "cuatro verdades".(24) Una conciencia alta y desprendida se ha de mantener, pues, en el mismo desarrollo que la alta ascesis, y la identificación se ha de combatir en la misma experiencia suprasensible. Pero tienen que ocu­rrir pérdidas de control y "agitaciones", mas sobre toda experiencia y sobre toda acción debe difundirse una luz calma y firme. El puro y desprendido elemento conciencia (sati) debe constituir, por así decir, una dimensión ulterior respecto de cualquier contenido de la expe­riencia.

En cuánto se estima el estar consciente se advertirá por el valor que da el budismo a las acciones en general. Una acción "buena" pero in­consciente, según esta doctrina se juzga inferior a una acción "mala" pero consciente. Se admite que una culpa cometida sin querer es más grave que la cometida a sabiendas. Según esta manera de ver, que es contraria a la de la moral corriente, está claro que el mayor o menor grado de conciencia, de presencia de sí, es estimado como el valor fun­damental.

Tal es la cuádruple forma de satimpatthana. Como se ha señalado, las realizaciones conseguidas en particulares ejercicios deben desarro­llarse hasta la forma de un hábitus de clara conciencia que se ha de mantener en todo momento de la vida cotidiana. Lo cual en los textos se concibe como un desarrollo de la primera contemplación, a tenor de esta fórmula: "El asceta sabe, cuando camina, ’Yo camino’; cuando está quieto sabe, ’Yo estoy quieto’; sabe, cuando se encuentra en esta o aquella posición, que es esta o aquella posición". En una palabra, acaba por llevar, literalmente, su propio cuerpo. Es característico el comenta­rio a un texto: "¿Quién camina? La percatación es: ’No es el yo quien camina’. ¿De quién es el caminar?: ’No es de un yo’. ¿Quién determina el caminar? ’Un acto del espíritu, transmitido y asumido por el soplo (prana), que compenetra el cuerpo y lo mueve".(25) Los textos especifi­can más adelante: el asceta está del todo consciente del ir y andar, del mirar y quitar la mirada, de inclinarse y enderezarse, de que está vesti­do, de comer y beber, de masticar y gustar, de evacuar los excrementos y orinar, de caminar, estar de pie y sentarse, de dormirse y despertarse, de hablar y callar.(26) Como en un espejo, "se mira y remira antes de hacer una acción; se mira y remira antes de decir una palabra; se mira y remira antes de abrigar un pensamiento".(27) Se comprende fácilmente que siguiendo este camino un hombre acaba por transformarse en una especie de estatua viviente impregnada de conciencia, en una figura compenetrada de compostura, decoro y dignidad, la cual no puede me­nos de hacernos recordar no sólo el estilo genérico de la antigua aristo­cracia ariya, sino también el celebrado en la antigua tradición romana en el tipo originario del senator, del pater familias, de los majores nostri, del flamen dialis.* En realidad es posible establecer una relación natu­ral entre tales efectos de la disciplina de la clara conciencia y los rasgos de estilo que, junto con los "treinta y dos signos del hombre superior", la tradición ha compendiado en el tipo del Despertado arlya, según los siguientes términos: "Como habla el Completo, así actúa y como actúa así el habla";(28) no va ni demasiado de prisa ni demasiado despacio; la parte inferior del cuerpo, mientras camina, no oscila ni se mueve por la fuerza del cuerpo. Al mirar lo mira todo de una vez: derecho, no hacia arriba ni hacia abajo, ni camina lanzando la mirada aquí y allá. Se sien­ta siempre compuesto, sin abandonarse con el cuerpo, no haciendo movimientos inútiles con las manos, no cruzando las piernas, no apo­yando el mentón en la mano. Está calmado, "rodeado de aislamien­to".(29) En realidad, la calma, sidérea presencia de sí mismo, no puede no tener por consecuencia la estilización, que actúa sobre la parte irracio­nal oblicua y huidiza del ser humano, como la mirada calma y severa del maestro basta para poner en su sitio la turbulencia del escolar que se creía no observado. Se puede decir así que, incluso en el plano exte­rior, se inicia aquí aquella sustitución de fuerzas que constituye la meta esencial de toda la ascesis ariya: mientras primero el sustrato de todo movimiento y de toda acción del particular era un elemento irracionalmente vital, samsárico, ahora tal elemento es sustituido por la pura conciencia, la cual no puede dejar de reaccionar ‑como se ha dicho‑ en el sentido de una simplificación, rectificación y dignificación del continente, del aspecto exterior que presenta el hom­bre que sigue este camino. Por lo que sería posible considerar un signi­ficado de catarsis incluso racial mediante las disciplinas en cuestión, dado que, como se acaba de recordar, esos elementos de estilo los en­contramos como naturales en los orígenes en un tipo superior, que fac­tores varios, y en primer lugar los cruces, han ido alterando y degradando.(30)

Dejemos fijado el punto al que hemos llegado con nuestra exposi­ción. Tras habernos defendido de las formas más inmediatas de desor­den espiritual, el haber hecho propios los principios de la "recta conducta" permite que surja en el ánimo una "íntima e inalterada felici­dad", junto con la firmeza y seguridad de quien se siente en un estado de "justicia", de donde que se use la imagen de un rey que, legítima­mente coronado, sabe que sus enemigos han sido desbaratados y que no hay peligro alguno para su soberanía.(31) Más aún, está la potenciada "neutralidad" o "sideridad" propia de un espíritu que, gracias a la cuá­druple contemplación, se ha desvinculado ulteriormente y se ha colo­cado en el centro de toda su experiencia, no sólo interna sino también externa. En este punto entra la acción propiamente defensiva, dirigida a neutralizar gradualmente toda posibilidad de "combustión" y de aban­dono en la variedad de los "contactos". Los contactos hieren. Los con­tactos consumen, excitando el fuego que quema el cuerpo, que quema la mente, que alimenta el cuerpo sarrisárico, que postra el principio superior. Debe actuarse de modo que donde "el tonto, sacudido con fuerza, perece, el hombre sabio, tocado, no se estremezca", permanez­ca incólume, permanezca inasible.(32) Se trata pues de atacar aquel "de­seo" trascendental que acecha en el ojo, lo mismo que en los demás sentidos, en los kandha (o sea, en los troncos de la personalidad), en los elementos, y que representa una alteración, una enfermedad, una supu­ración.(33) Todo esto en un plano más profundo que el simplemente psi­cológico o moral. El punto de partida de los procesos que alteran está constituido por los sentidos, los cuales son parangonados a otras tantas "heridas".(34) De esos procesos alterantes se presentan formas, sonidos, sabores, olores, sensaciones táctiles, Ias deseadas, amadas, encanta­doras, gratas, correspondientes a los afanes, excitantes", para que "en las cinco cuerdas del deseo, en una u otra sede de los sentidos, surja la inclinación del ánirno", el asentimiento.(35) Traducimos con esta palabra el término anunayo, que Woodward interpreta como lurking tendency* y que, efectivamente, se puede referir a la actitud de quien espía, de quien está al acecho, pronto a identificarse ‑en este caso‑ con el placer, si se trata de una sensación agradable, y con el dolor, si la sensación es dolorosa o con una opaca indiferencia si la sensación no es ni placentera ni dolorosa[17]. Aquí cabe mencionar la angustia primordial de quien se encuentra en la base de la existencia samsárica y es lo que determina el apego. Por ese medio surgen formaciones o combinacio­nes que se disponen en uno u otro de los cinco troncos de la personalidad, o sea, en los de la forma, de los sentimientos, de las representaciones, de las tendencias y de la conciencia individualizada. Así las cosas, para "vendar las heridas" y para neutralizar la alteración provocada por los contactos es preciso que la "vista interna, el olfato interno, el oído in­terno, el gusto interno, el tacto interno, el pensamiento interno no sean distraídos", es decir, hay que estar presente en la séptuple sede de los sentidos, con el fin de impedir de inmediato todo relajamiento, apego, ebriedad, todo dejarse seducir por el goce. Entonces las combinaciones ya no se formarán en primer lugar en el tronco fundamental de la vo­luntad y luego en los cinco troncos de la personalidad[18]. Ésta es la esen­cia del nuevo trabajo.

Como base está, pues, la llamada "guardia de los sentidos", cuya fórmula canónica es: "Al percibir con la vista una forma, el asceta no concibe inclinación o interés algunos. Mientras afán y aversión, pensa­mientos dañinos y nocivos al instante se sobreponen a quien no perma­nece con la vista bien vigilada, el asceta está atento a esa vigilancia, cuida de la vista, vigila atentamente la vista. Al escuchar con los oídos un sonido, al oler con el olfato un perfume, al gustar con el gusto un sabor, al tocar con el tacto una cosa, al representarse con el pensamien­to una imagen, no concibe inclinación alguna, no concibe interés algu­no. Mientras afán y aversión, pensamientos dañinos y nocivos bien pronto se sobreponen a quien permanece con el pensamiento no vigila­do, el asceta está atento a esa vigilancia, cuida del pensamiento, vigila atentamente el pensamiento"[19]. Cejar un punto cualquiera en tal vigi­lancia significa sufrir el destino de una tortuga que, en el momento de sacar imprudentemente un miembro, por ese miembro es asida por el chacal y llevada a la ruina[20]. En esto se trata de acortar la brida del ente samsárico con el que se está asociado y que constituye el doble, hen­chido de sed, del ser vivo. Un círculo cada vez más estrecho se cierra en torno a éste, que es parangonado eficazmente con un enemigo que, sabiendo que no puede vencer a su adversario, hace que éste lo tome como siervo, se granjea su confianza para luego herirlo a traición: tal, se nos dice, es la parte que tiene en nosotros el yo ilusorio creado por la identificación, mientras no nos iniciemos en la doctrina de los ariya[21]. Que luego la disciplina de la vigilancia de los sentidos o de vendar las heridas tenga por culminación una superior libertad derivará de la aso­ciación de su propósito con la conocida imagen de quien, teniendo en la calle un tiro de purasangres, puede guiarlo a donde quiere[22]. Quien ignora esta práctica o la descuida queda dominado por las formas, por los sonidos, por los olores, por las impresiones gustativas, por los contactos, por los pensamientos, en vez de ser su dominador.

Por otro lado, tal disciplina puede ser marcada por la palabra silentium: "ceñirse de silencio", silencio en sentido iniciático, como la iniciación eleusina. Las impresiones son detenidas en la periferia, en las márge­nes de los sentidos. Entre ellas y el yo hay ahora una distancia, un espacio hecho de "silencio". Entiéndase un silencio que consiste en no pronunciar no ya la palabra exterior, sino ni siquiera la palabra interior, que implica asimismo no oír, no ver, no imaginar. Tal motivo se ha expresado incluso de manera popular. Corresponde, en efecto, al signi­ficado más profundo, oculto en la bien conocida estatuilla de los tres simios sagrados de Benarés [actual Varanasi], uno de ellos tapándose los oídos, el otro cubriéndose la boca y el tercero los ojos: no hablar, no oír, no ver. Y aquí se puede recordar también la curiosa fórmula hermé­tica. "Quien tenga oídos, ábralos (en el sentido de una atención vigilan­te ante cualquier impresión); quien tenga boca, manténgala cerrada (en el sentido del susodicho silencio, de la calmada, inalterable ’neutrali­dad’)". Es por este medio como se consolidan las condiciones para la ulterior liberación y luego para el desarrollo del principio extrasamsárico. Veremos que tal desarrollo se continúa directamente en los cuatro jhana.

Como contrapartida de la guardia a la puerta de los sentidos se tiene que efectuar una labor de desintoxicación de la zona aislada, para eli­minar o reducir los focos internos de agitación y de ensimismamiento que se reavivan con todo contacto externo. Esto corresponde a la lla­mada remoción de los cinco nirvarana, término que tiene el significa­do de escorias, obstáculos o impedimentos. Los cinco nirvarana son: deseo (kamcchanda); aversión o ira (vyapada); pereza apática (thina­m¡ddha); soberbia y hastío (udddacca kaccuka) y dudosa incertidum­bre (vicikicca). La acción de estos cinco obstáculos está indicada atinadamente en los siguientes símiles: como quien quisiera ver su pro­pia imagen en un agua donde se mezclan todo color (deseo) o en un agua hirviente (aversión o ira) o en un agua llena de fango y de algas (pereza apática) o en un agua agitada por el viento (soberbia, hastío) o, en fin, en un agua oscura y cenagosa (duda)[23]. La remoción ocurre a través de una acción directa del espíritu sobre el espíritu, junto con un calmado y atento escrutarse a sí mismo. La disciplina se explica así en los textos: El asceta busca un lugar solitario y se entrega a la medita­ción. Se aconseja también una conocida posición del yoga: sentarse con las piernas cruzadas y el cuerpo erguido. Esta postura tradicional hindú se adecua al propósito sólo si se está acostumbrado a ella, hasta el grado de que resulte natural y no requiera esfuerzos ni fatiga. En general, la postura que se recomienda para esta contemplación, lo mis­mo que para otras, tiene que ser tal que se logre un equilibrio, que no se decaiga, que tenga casi un valor simbólico de presencia de sí (de donde el término técnico de mudra, sello) y no requiera esfuerzos que distraigan el espíritu. He aquí cuál es la fórmula de la meditación: "El asceta ha dejado el afán mundano y está ahora con ánimo sin afán: purifica de afán su ánimo. Ha dejado la aversión y está ahora con ánimo sin aver­sión: purifica de aversión su ánimo. Ha dejado la inercia y la pereza; amante de la luz, claramente consciente: purifica su ánimo de soberbia y hastío. Ha dejado de titubear y se ha liberado de la dudosa incerti­dumbre; no duda de lo que es saludable: purifica su ánimo de titubeos"[24]. Se trata, en el fondo, de una quintaesencia de las disposiciones ya pro­piciadas por el sila, por la "recta conducta". Aquí se busca, evidente­mente, llegar a una forma más profunda por medio del reforzado poder de visión interior de quien está predispuesto por las anteriores discipli­nas. Se trata de incidir de cierto modo en los sankhara, o sea, en las tendencias innatas y congénitas, procedentes en parte del legado extraindividual que se ha recibido.

Por esto, aquí, lo que en primer lugar se realiza en determinados momentos se debería desarrollar hasta un estado casi permanente. En tal sentido se puede entender la llamada "triple vela o vigilia": "Duran­te el día, caminando sentado, apartar el ánimo de cosas perturbadoras; en las horas medias de la noche, acomodarse del lado derecho, como el león, un pie sobre el otro, pensando en la hora en que se quiere desper­tar; a últimas horas de la noche, álzate de nuevo, camina o siéntate y aparta el ánimo de cosas perturbadoras[25]. Se trata pues de una especie de continuo examen de conciencia. Los yama, o sea, los periodos de la noche contemplados en esta disciplina, en la tradición budista com­prenden cuatro horas cada uno: el primero, de las seis de la tarde a las diez; el segundo, de las diez a las dos de la madrugada; y el tercero de las dos a las seis de la mañana. Así, en realidad, el periodo de sueño verdadero o del lapso que en el hombre común correspondería al sueño (véase segunda parte, cap. 6) queda reducido a cuatro horas únicamen­te, de las diez de la noche a las dos de la madrugada. En esto no se ha de ver una disciplina "ascética" de mortificación. Es natural que, a medi­da que se adelanta en el camino de la Iluminación, la necesidad de dormir puede disminuir notablemente, sin que se sufra malestar. Tam­bién aquí, la intervención unilateralmente "autoritaria" sólo generaría estados de fatiga y de falta de atención que resultarían contrarios a la vida espiritual de vigilancia.

Con el cuidado atento de las heridas y con la acción en contra de las escorias se refuerza la zona del "silencio", en la que se pone por obra un gradual crecimiento interior extrasarrisárico, que debe ayudarse de un iluminado esfuerzo y que se puede poner en relación con los ya men­cionados "siete despertares" (bojihanga), concebidos como la contra­partida positiva de la acción catártica o profiláctica, o sea, como la "defensa de la intoxicación, realizada actuando". La fórmula canónica es: "A razón vista, [el asceta] opera el despertar de la claridad espiritual derivado del desprendimiento, derivado de la renuncia, derivado del detenimiento [del flujo] que pasa a la consumación; opera el des­pertar de la profundización, de la energía inflexible, del entusiasmo, de la calma, del recogimiento, de la ecuanimidad, de estos despertares derivados del desprendimiento, derivados de la renuncia, derivados de la detención, que pasan a la consumación[26]. Por lo que respecta al lugar de tales despertares en el complejo del desarrollo son posibles diversas interpretaciones. En efecto, su sentido global refleja el de los cuatro jhana, los cuales entran en un orden especial de contemplaciones que se han de realizar con un desprendimiento pleno de la experiencia ex­terna. Aquí los podemos entender en un plano más relativo, a manera de una cierta transfiguración y liberación de facultades que ya están compenetradas del elemento bodhi, (le ahí la expresión bojjhanga. En la fórmula citada no se trata de una enumeración esquemática, sino de una serie en la que la meditación realizadora debe captar la íntima con­catenación causal de cada término, hasta el grado de que pueden ser llevados con naturalidad a que pasen de Lino a otro y a ver en adelante la integración y resolución de lo precedente. Es así, más que nada, como se ha de efectuar la meditación no distraída. Se tiene entonces que des­pertar el estado de "claridad espiritual”, fijarlo en la mente, desarrollar­lo, desenvolverlo, dominarlo y ver por fin cómo tal estado conduce al segundo despertar, lo que conduce a una "profundización", a la que puede servir de sostén determinado elemento de la doctrina; tal profundización, desarrollada, fijada, desenvuelta y dominada debe en­cauzar hacia el despertar de la “Fuerza inflexible", la conquista perfecta de la que debe dar a conocer un estado de especial y purificado "entu­siasmo", de purificada alegría. Desarrollando ulteriormente la medita­ción es preciso intuir que este entusiasmo, esta alegría, despertada y perfectamente desarrollada, en un cuerpo que se calma, en un ánimo que se calma, se resuelve y libera en el siguiente despertar, es decir, en el de la "calma". Desenvuelta, profundizada, fijada y dominada la cal­ma, se despierta el "recogimiento", el cual, completamente desarrolla­do se fija y resplandece en la "ecuanimidad", que es el séptimo despertar[27]. Se trata pues de las correspondientes etapas de una medita­ción realizadora, ligadas por una íntima continuidad. A través de dichas etapas se llega a la confirmación de cuanto ya se había ido determinan­do en el satipanhana, en la cuadruple contemplación desprendida, o sea, en la impasibilidad calificada como "pura, clara, dúctil, flexible, esplendente", lo cual nada tiene que ver ‑se nos advierte‑ con la indiferencia del hombre obtuso, con la del "tonto, del ignorante, del inexperto hombre común, que no pasa el límite[28]. Quizá sea oportuno añadir que el estado del que tratamos no se debe en modo alguno con­fundir con una apatía y una atonía, sino que se desarrolla a la par que un sentimiento de felicidad purificada, intelectual izada y heroica, por cuanto que tal asociación de ideas, a primera vista, puede parecer difícil de comprender. En el Bhagavad‑gita se lee: "Cuando la mente, domeñada por la ascética se aquieta; cuando [el asceta], viendo el sí en sí, goza en sí mismo, conoce la infinita felicidad que, trascendiendo los sentidos, sólo puede ser captada por el intelecto y, fijado en ella, no se mueve de la realidad [...] Téngase por seguro que este desprendimiento de la unión con el dolor es llamado yoga"[29]. De igual manera, en el budismo se habla de una felicidad que se antoja “fangosa y putrefacta" frente a la ligada al desprendimiento, a la calma, a la iluminación[30]. Además se consideran secuencias como ésta: "En el asceta surge la alegría; esta alegría lo hace feliz; el cuerpo feliz se calma; calmado el cuerpo, surge la serenidad; en esta serenidad el ánimo se detiene, se recoge"; esto como camino hacia los cuatro jhana[31]. Otra secuencia presenta el as­pecto de una serie concatenada que se desarrolla en sentido ascendente, después de la descendente que, a través de los doce nidana, ha con­ducido hasta la existencia samsárica (véase primera parte, cap. 6). El punto de partida de esta nueva serie es, en efecto, el estado de sufri­miento, de agitación, de contingencia, que corresponde al último nidana del camino descendente. Más allá de éste surge el estado de la confian­za; éste conduce a la alegría purificada (pamujja); sigue la serenidad, que da lugar a la beatitud, que pasa a la ecuanimidad. El término usado aquí literalmente significa desvanecerse, cesar de estar en un lugar: se trata de un estado de equilibrio liberado, por lo que pamulja a veces figura como antecedente de la extinción[32]. En este texto, la realización suprema lleva tras sí una serie concatenada en la que tienen una parte precisa estados especiales de una felicidad liberada, análoga a la que Platón consideró oponiéndola a toda forma rnixta y condicionada de alegría o de placer. Citemos aún un texto que se refiere al estado en que, aproximativamente, nos encontramos en este punto de nuestra ex­posición: "Tal recogimiento, que no conoce ni aumento ni disminu­ción, que no se basa en una subyugación violenta, que por su carácter desprendido es constante, por su constancia está lleno de beatitud, por su beatitud no se puede eliminar. Tal recogimiento tiene por resultado el supremo saber"[33].

Valga esto para alejar la idea de que el camino del despertar es árido y desolado, que a lo largo del mismo fenece toda alegría y que en dicho camino se consideran únicamente renuncias y destrucciones. Que aque­llos para los que, como extrema instancia, vale el mundo afectivo samsáricamente, condicionado puedan suponer algo por este estilo es natural, pero dice bien poco. En un texto se lee: sólo un Despertado puede comprender al Despertado. Hay un símil bastante expresivo: dos compañeros salen juntos de una ciudad y llegan a una roca que uno escala y le dice al otro: "Desde aquí veo una maravilla de jardines, de selvas, de campos, de lagos", pero el otro le rebate: "Es imposible, es inadmisible, amigo, que tú desde ahí arriba puedas ver todo esto". En­tonces el compañero que ha subido a la roca, baja, toma del brazo a su compañero, lo hace subir con él y luego de hacer que repose un poco, le pregunta: "¿Qué ves tú, amigo, estando sobre la roca?”. El otro le res­ponde: "Yo veo una maravilla de jardines, de selvas, de campos, de lagos". "¿Y tu opinión anterior?”, "Mientras me lo impedía esta gran roca no podía discernir lo visible". Se concluye: lo que es cognoscible, discernible, asequible, realizable con desprendimiento no es posible que lo conozca o discierna o consiga o realice quien vive entre los de­seos y encendido por los deseos[34]. Aparte el principio "sidéreo", tam­bién el budismo conoce una felicidad que es contento, fiesta, júbilo, entusiasmo, exultación, transportación del ánimo; felicidad que, entre otras cosas, es considerada como "un factor del gran despertar" (pitisambojihango)[35].




[1] Pigha. ‑ X X 11, 2.

[2] 1, XI, 5.

[3] Aiigi,tttat‑~i.... V, 96.

[4] Digha.... XXII, 2

[5] Majjima.... LX 11 (11, 120‑12 l); CXVIII (111, 150 y ss.)~ Angunara.... X, 60.

[6] Chandogya, VII, V, 1

[7] Anguitara, IX, N)

[8] Dhiga,, XX 11, 5

[9] Digha..., XXIL 6.

[10] Véase Ma.Múnia.... XXVIII (1, 278)

[11] Digha.... XXII, 7‑10.

* Vanitas vanitarum, en latín "vanidad de vanidades". Así comienza el libro de Qohelet o Eclesiastés uno de los que componen la Biblia. (NdT.)

[12] Angutara, X, 60.

[13] Sanyutta, XXIL 1, 8.

[14] ’’Angutara, I, 32; Malapanhana XIX (111, 106 y ss.).

[15] Mahjimma. X (1, 86).

[16] Digha.... XXII, 15

[17] Majjhima .... XXVIII (11, 281‑83); CXLIX (111, 401‑03).

[18] Dhiga…, II, 75.

[19] Samyutta…, XXXV, 199~ véase XXXV, 202.

[20] Samyutta…, XXII, 85.

[21] Samyutta…, XXXV, 198.

[22] Samyutta…, XXVI 202.

[23] Anguhtara…, V, 193.

[24] Digha.... II, 68‑74~ Anguthara.... 1, 2.

[25] Majjhina…, LII (II, 23-24)

[26] Majjhina…, LXXVII (11, 270)

[27] Majjhima, CXVII (111, 153).

[28] Majhima .... CXXXVI (II, 318).

[29] Bhagavad‑gita, VI, 20‑23.

[30] Anguttara.... VIII, 86; véase 1, 5 1, donde se consideran y contraponen dos especies de felicidad, una ligada a la vida en el mundo, a la manía, al goce; la otra, ligada a la ascesis o a estados supramundanos de desprendimiento y de libertad de la manía; y se dice que la segunda es la felicidad más alta: "La extinción ‑se dice (Majjhima..., LXXV, 11, 323)‑ es la máxima alegría". Ya con referencia al estado del primer jhana (véase segunda parte, cap. 5) se dice que una sensación de voluptuosidad que surgiera en el asceta, la sentiría "como una herida (abadha), como un sufrimiento, como lo es el dolor que perturba al hombre sano" (Anguttara.... IV, 414). Es por poseer un goce superior que no se envidia a quienes gozan encendidos por el deseo Majjhima.... LXXV). Es por haber descubierto, allende este goce, otra felicidad ‑la "félicidad heroica"‑ como algo mejor, que se abandonan afán y aversión (Majjhima.... XIV, 1, 135). La felicidad, en muchas secuencias budistas, llega pre­cisamente después de la fuerza"

[31] Dhiga…, II, 75

[32] Samyutta…, XII, 23.

[33] Anguttara..., IX, 37.

[34] Majjhima.... CXXV (111, 212‑13).

[35] Dhamma‑sagani, 285. Muy oportunamente contra quienes creen que el camino bu­dista es desolación y aridez, L. de la Valléc‑Poussin (Nirvana, París, 1925, p. 62) escribe: “Reconozcamos más bien que la India es, difícil en cuanto a ser y a la felicidad, pues al colocar al ser más allá de la existencia, sitúa la felicidad más allá de la sensación”.

La Doctrina del Despertar. Parte 2. Cap III La Rectitud

La Doctrina del Despertar. Parte 2. Cap III La Rectitud

Biblioteca Julius Evola-. Si en el capítulo anterior quedaron definidas las aptitudes iniciales del asceta que sigue el camino del Despertar, en éste, Evola pormenoriza más en la necesaria actitud y cualidades morales del adepto. Éstas prescripciones quedan delimitadas por la sila, o “recta conducta”, en la que los conceptos de “bien” y de “mal” tienen sólo valor instrumental, como indicadores del grado de conciencia y soberanía adquiridas. Y sigue enfatizándose en el amor hacia la verdad, la soberanía respecto del sexo, el desprecio de las comodidades, los lujos, la molicie, la religión secularizada y el “cotilleo”. El riguroso cumplimiento de los sila genera luego una alegría y entusiasmo personal que crea una base invulnerable de importantísimo valor.

 

3. Rectitud

Como complemento de tales disciplinas, por cuanto miran a la consoli­dación del ánimo, debemos tratar del sila, o sea, de la "recta conducta". El término samma, usado como atributo general de las virtudes com­prendidas en el llamado óctuplo sendero de los ariya (ariyo atthangiko maggo), ha sido traducido en este libro como "recto", entre otras razo­nes por su poder evocador: recta o derecha es la posición de las cosas que están de pie, al contrario de las cosas derribadas o caídas. En el simbolismo, la posición recta -marcada con una barra vertical- es la correspondiente a la virilidad y el fuego, mientras que la posición horizontal -representada por la barra horizontal- corresponde al elemento femenino y a las "aguas". Así, por "rectitud" se puede enten­der algo más que una moralidad convencional; se trata más bien de un estilo interno, de la capacidad de mantenerse seguros, sin oscilar, eli­minando toda tortuosidad y toda cesión. El único punto de referencia, al fin y al cabo, es uno mismo: las "virtudes" aquí corresponden en lo esencial a otros tantos esfuerzos respecto de sí mismo, vueltos eviden­tes por el reavivamiento de la sensibilidad interior. Por otro lado, una vez realizadas propician, refuerzan y estabilizan un estado de calma, de transparencia de la mente y del ánimo, de equilibrio y de "justicia" que facilitan cualquier otra disciplina o técnica que se siga en este camino.

Ya se ha dicho que al budismo le es extraña cualquier mitología moralista. La preocupación moralista o moralizante es otro de los signos del nivel en que se encuentra el mundo moderno. Se ha llegado incluso a pensar que las religiones no existen sino para dar fuerza a preceptos morales, los que servirían, a su vez, sólo para vincular so­cialmente al animal humano, idea que es una verdadera aberración.

Por otro lado, hay quien defiende la llamada "moral autónoma", de­finida por un "imperativo categórico" que se impondría directamente a la conciencia de cada uno. En contra de esto se afirma que no hay mo­ral que pueda justificarse y valer por sí misma y que el plano de la moralidad es harto distinto del de la espiritualidad. En el mundo tradi­cional, por lo demás, no se ha conocido ni una moral del "imperativo categórico" ni una moral social, sino que siempre existió una cierta relación entre las normas de la conducta y un fin sobrenatural, relación que no se ha de concebir necesariamente en la forma burda de un do ut des, de sanciones que aguardarían al alma "buena" o "malvada" en el más allá. En los tiempos modernos, el campo de la moral, como cual­quier otro, se ha secularizado y por lo mismo se ha vuelto relativo y contingente. Así, a la postre, para justificar la moral se ha recurrido a criterios más o menos utilitarios y conformistas, tomando en cuenta las condiciones de hecho que presenta determinada sociedad en dado pe­riodo histórico. Si acabamos en semejante plano, cabe aplicar lo que se lee en un texto budista con referencia a la Orden de los bhikku, a saber, que cuanto más los seres empeoran y la auténtica doctrina decae, tantos más preceptos aparecen y tanto menor es el número de las personas que viven rectamente.

El budismo se ajusta a lo que podríamos llamar la línea esotérica, porque para él no existe una moral absoluta, sino que la moral tiene valor puramente instrumental, aunque condicionado: es un medio para un fin. No es algo que se imponga categóricamente en virtud de una autoridad propia indefectible. Y aunque se actúe de la manera que en el juicio del común parecería moral, la intención es otra. La base es úni­camente el conocimiento, tomando en cuenta los efectos objetivos que en el ser humano se derivan de seguir o quebrantar determinadas nor­mas, y de ese saber se extraen las debidas consecuencias.

Así se dice con razón que "el fuego no ha pensado nunca: ’Ea, quiero destruir al tonto’, sino que el tonto, al tocar el fuego ardiente, se destruye por sí mismo". Se debería hablar, pues, de estulticia o de insensatez, no de "pecado"; de conocimiento o de ignorancia, no de "bien" y de "mal". Por lo demás, se ha citado ya el parangón budista de la almadía o balsa: una vez atravesado el río, se abandona la almadía construida para ese fin; así se han de dejar atrás las nociones de "bien" y "mal" (dharma y adharma), que han servido para determinar una justa con­ducta, una vez que el fin de esa conducta ha sido realizado. Que la esfera de la verdadera espiritualidad se encuentra más allá del "bien" y "mal" y se define esencialmente en términos de conocimiento, era por lo demás un concepto fundamental ya en la precedente tradición indoaria.

Dicho lo anterior, consideremos las distintas partes del sila, en el que se distinguen tres grados. El inferior (cula sila) comprende una conducta a la que le corresponde la siguiente fórmula canónica fija: 1) "[El asceta] ha dejado el matar; se mantiene alejado del matar. Sin maza, sin espada; sensible, lleno de simpatía, nutre para todos los seres vivos amor y compasión. 2) Ha dejado de tomar lo que no le dan. No toma si no le dan; espera lo que es dado, sin intención de robo, con un corazón vuelto puro. 3) Ha dejado la lujuria; vive casto, fiel a la renuncia, extra­ño a la vulgar ley del ayuntarse. 4) Ha dejado el mentir; se tiene alejado de la mentira. Dice la verdad, es devoto de la verdad, recto, digno de fe, no es un hipócrita ni un adulador del mundo. 5) Ha dejado la maledi­cencia; se mantiene lejos de la maledicencia. 6) Ha dejado las palabras ásperas; se mantiene alejado de las palabras ásperas. Palabras que no ofenden, cordiales, urbanas, que alegran a muchos, que levantan el áni­mo a muchos, tales son las palabras que dice. 7) Ha dejado las habladu­rías. Habla a su debido tiempo, conforme a los hechos, atento a su sentido, con discurso rico de contenido y, si conviene, adornado con ejemplos, claro y determinado, adecuado a su objeto". Respecto del no tomar lo que no se da, en un texto se añade: "ni una brizna de hier­ba", y se da este símil: "Como una hoja separada del tronco no puede reverdecer de nuevo, así un discípulo que toma lo que no le dan no es un asceta y no es seguidor del hijo de los Shakya". En otro lugar se aduce un ejemplo característico: el de quien al ver en el suelo una mo­neda de oro no la recoge ni le presta atención. En punto a abstinencia sexual, se da este símil: "Como un hombre a quien le han cercenado la cabeza no puede continuar viviendo entre los demás con el solo tronco, así quien no practica la abstinencia sexual no es un asceta y no es un seguidor del hijo de los Shakya". Por fin, quien le quita intencionada­mente la vida a otros es comparado a un bloque partido en dos, que no se puede volver a unir.

Todo esto constituye el "sila inferior". Los preceptos del "sila medio" se orientan a una especie de espartanización de la vida: reducción de las necesidades, ruptura del vínculo constituido por la vida cómoda en el comer, yacer y descansar. Se añaden prescripciones referidas a un "partir" o dejar el mundo entendido literal y físicamente; por lo tanto, se han de evitar negocios y encargos, no aceptar dones, abandonar los bienes, rechazar aceptarlos y así sucesivamente. Entra en esta parte de la "recta conducta" el abstenerse de las discusiones dialécticas y de las lucubraciones; es decir, se trata de la neutralización del demonio del intelectualismo (véase primera parte, cap. 4).

La última parte de la recta disciplina (maha-sila) respecta a la abs­tención de las artes adivinatorias, astrológicas y de baja magia, y no sólo eso sino que se desconfía incluso de perderse en el culto de talo cual divinidad. En cierta medida se puede hablar de la superación del vínculo religioso, como aquel vínculo que lleva a una vida santa for­mulada así: "Con estas devociones, votos, mortificaciones o renuncias quiero convertirme en un dios o en un ser divino". Pero, evidentemen­te, entran en tela de juicio aquí elementos que, en principio, deberían haber sido superados ya con la determinación de las vocaciones.

Comoquiera, será bueno detenernos en algunas consideraciones, como orientación en el conjunto de estos elementos de la "recta conducta". Está claro que algunos de los mismos se refieren exclusivamente al caso de una forma absoluta de "partida", vale decir, a un desprendi­miento del mundo, no simplemente interior, espiritual, sino incluso material; por ende, se trata de una ascética casi monacal y de anacoreta. Su estricta observancia depende, pues, de la que se pueda o se quiera decidir. Buena parte de las normas del sila medio y superior se pueden aplicar, sin embargo, a una ascética practicada, en cierta medida, en el "mundo", con una simple adaptación o transposición de los preceptos (eso hasta la toma de posición contra la astrología, adivinación y cosas semejantes). Como equivalentes modernos, empeorados por desviacio­nes, se pueden considerar cierto "ocultismo", el teosofismo, el espiri­tismo y similares. Respecto del ideal budista del despertar, todo eso tiene, efectivamente, el carácter de desviación. De mayor momento son los preceptos de "recta conducta" correspondientes al "sila infe­rior", pues tienen amplio margen de aplicabilidad con plena independencia de los tiempos, y su correspondencia con los dictámenes de una moral ariya, de una moral de hombre bien nacido, es suficientemente visible, siendo una máxima general del sila la siguiente: "Aunque me precipite de cabeza en los infiernos, yo no haré nada que no sea noble". Tal es el caso, en primer lugar, del precepto de no tomar lo que no le dan a uno -"ni siquiera una brizna de hierba"-, eliminar sin resi­duo toda intención de hurto. Entre la antigua gente aria, el robo tenía carácter de bastante más gravedad que en nuestros días, porque se to­maba más en consideración el lado interno que el material y social del mismo. Así no se distinguían gradaciones: tomar lo no dado es igual de deshonroso trátese de quitarle a un compañero -para referirnos a la actualidad- un cigarro o el papel de la oficina que llevarse, con un robo verdadero y propio con violencia, una fuerte suma de un banco.

En segundo lugar, es específicamente aria la norma de la veracidad, la incapacidad absoluta de mentir. Nada, entre la gente aria, se conside­ró tan ignominioso y degradante como la mentira y, de nuevo, esencialmente desde el punto de vista de las relaciones consigo mismo, de los deberes que, antes que nada, se tienen con uno mismo para mantener la propia dignidad. "Para quien no tiene el pudor de la mentira a sabien­das, no hay cosa mala que le sea imposible", se dice en un texto; de donde la firme determinación del asceta: "Ni siquiera por broma voy a mentir", equivalente a un conocido rasgo atribuido, en la antigüedad occidental, a la figura de Epaminondas: ne joco quidem mentiebatur. En el texto en cuestión hay incluso un símil: sólo cuando alguien ha formulado tal determinación se puede pensar que se ha comprometido seriamente, de igual modo como cuando se ve que un elefante regio, educado para el combate, compromete incluso la trompa se sabe: "Este regio elefante ha renunciado a la vida: ahora nada será imposible para el regio elefante". Otro texto: "No diré mentira ni aunque los montes fueran movidos por la tempestad, la luna y el sol cayeran sobre la tierra y los ríos corrieran en sentido inverso". Éste es un punto esencial para todo lo que se refiere a la rectitud, para quien es recto e íntegro, no tortuoso, no oblicuo, no larvado. En un texto iranio se llega a afirmar que matar no es tan grave como mentir.

El precepto de evitar la maledicencia no requiere comentario parti­cular. En cuanto a las palabras ásperas, el dejar o no que se escapen depende de la medida en que se conceda a los demás el poder de hacernos montar en cólera, de que lleguen a nuestro ánimo y lo hieran; es como si uno mismo se quisiera herir. Se trata, por lo mismo, de un problema de actitud interior autoconsciente. Por lo demás, para poner en su lugar y golpear a quien de verdad lo merece, la condición es precisamente no dejarse llevar de la ira ni irritarse por una ofensa. El budismo hace suya la antigua máxima romana sobre que es mejor su­frir la injusticia que infligirla, sin devolver mal por mal. Estas máximas tienen la mira de superar el vínculo de la persona y sobre su sentido volveremos en breve al tratar del precepto de no matar. Valen, natural­mente, para quien se entrega al ascetismo, no para la vida en el mundo.

Debemos recalcar la disciplina de la palabra, la eliminación resuelta de toda hablilla inútil, desordenada, intempestiva, que no concluye nada, indeterminada, falta de lógica y de contenido. Hay una analogía de saber "clásico": palabra adecuada al objeto, sobria, clara y precisa, di­cha a tiempo, sin aspavientos ni descompuesta expresividad. Estilo tacitiano. Es con el silencio como a menudo responde el príncipe Siddhartha. Son los pequeños arroyos -se dice-los que rumorean entre sus estrechas y abruptas riberas; el vasto océano es, por el contra­rio, silencioso. "Quien es insuficiente, hace ruido; quien está completo en sí mismo, es calmado." Veremos que los ademanes y el porte de un Completo dan a entender un estilo semejante.

Uno de los fines del sila es crear un estado de armonía y de equili­brio tanto consigo mismo como con el mundo exterior. En tal sentido se ha de entender el precepto de la cordialidad, de la abstención de la maledicencia, del no contribuir a crear discordias y contribuir, en cam­bio, a unir a quienes están desunidos. Esto conduce gradualmente al precepto de no matar intencionalmente, el cual en las formas más tar­días y ya populares del budismo fue exagerado hasta el ridículo (el respeto a la vida se quiso extender hasta a un gusano o un insecto). Pero en su origen el precepto se refería a no matar a seres humanos. Aun con esta precisión, podríamos estar dando la impresión de que era una acti­tud que no se avenía con el espíritu de la tradición ksatriya, guerrera, a la que había pertenecido el príncipe Siddhartha y que el Bhagavad-gita haría propia al justificar metafísicamente el heroísmo que no toma en consideración ni la vida propia ni la ajena en una guerra justa. Pero no se ha de perder de vista que incluso el precepto de no matar lleva una particular finalidad interior y ascética, por lo que, al igual que los demás preceptos, posee valor condicionado. Ya en el plano del sila se trata de fomentar una cierta despersonalización y universalización del yo. Frente a los demás se debe avivar el estado de conciencia a tenor del cual el otro se percibe como uno mismo, mas no en el sentido cris­tiano y humanitario, sino con referencia a una conciencia ya supraindividual, a una trascendencia desde lo alto de la cual se hace evidente que "yo" soy una de las tantas formas que, en dadas condicio­nes, adopta el principio extrasamsárico, el cual puede aparecer en la persona de este o aquel ser diferente de mí y reconocerse en ella. Se trata pues de una cosa distinta del respeto de una "criatura" por otra "criatura". La otra "criatura" es considerada, en cambio, desde un pun­to de vista supracreatural, desde el punto de vista de un "todo": es evidente que, así las cosas, sería anatural actuar o reaccionar contra una parte, pues esto es sólo posible en quien se sienta él mismo parte. Por esto, el precepto de no matar y hacer que otro no mate se correlaciona, en un texto, con la fórmula de la identificación: "Como soy yo, así son éstos; como son éstos, así soy yo" (ya se dio la imagen del bloque partido en dos referida a quien mata; véase segunda parte, cap. 4). De nuevo se trata simplemente de una disciplina que determina una orien­tación virtual de la conciencia, que tiene valor pragmático subordinado a un fin superior. El sentido de esto se encontrará tanto en la "cuádruple meditación irradiante", que comprende también el amor, como al tratar de la pubbe-nivasa-nana, o sea, la mirada supraindividual que abarca múltiples existencias.

El último de los preceptos del cula-sila, referente a la castidad, nos lleva a tratar brevemente el problema sexual. Éste tiene diferentes solu­ciones según el grado de valor absoluto que se quiera dar a la aplicación ascética, más allá del tipo de ascetismo. En el budismo, a quien no es propiamente bikkhu, sino meramente "seguidor", en principio se le prohíbe sólo el adulterio. Respecto de éste es preciso no olvidar que en Oriente quien pertenecía a una casta superior tenía varias mujeres a su disposición, más como "propiedad" que como "esposas" en el sentido occidental o como las "señoras" o "compañeras de la vida" que hoy pueden permitirse la iniciativa de una emancipación o de divorcios en cadena. En aquella sazón, el adulterio entraba simplemente en la cate­goría de tomar lo no dado y como tal era deshonroso.

Por lo que respecta de modo más general a las relaciones entre am­bos sexos es evidente que quien desea realizar la condición-base para el despertar, o sea, el calmo desprendimiento y la suficiencia interior debe orientarse de guisa que cada vez sienta menos la necesidad de una mujer. La necesidad física puede, en cierto grado, ser aún perceptible, como la necesidad de comer o de otras funciones (animales). Es la ne­cesidad "espiritual" la que, ya en una fase elemental, es preciso elimi­nar, porque esa necesidad altera un elemento más profundo que no tiene nada que ver con el cuerpo y da muestras de una deficiencia y de una inconsistencia del ánimo. El peligro constituido por la mujer no se re­fiere tanto al aspecto "femenino" de ésta, cuanto al hecho de que ella alimenta la necesidad que tiene un alma débil de apoyarse, de referirse a otro, y por ese camino ésa se aleja cada vez más de sí misma y no encontrará ya en sí misma el sentido de la vida. Está la anécdota de unos hombres que iban en busca de una mujer huida, a los que Buda preguntó: "¿Qué pensáis ahora, jóvenes, qué puede ser mejor para vo­sotros, que andéis en busca de una mujer o de vosotros mismos?". La respuesta es: "Para nosotros, Señor, es mejor que vayamos en busca de nosotros mismos". Y Buda: "Si es así, jóvenes, sentaos y os expondré la doctrina". Y en la tradición hindú se conoce también el dicho referido al yogui, al asceta: "¿Qué necesidad tengo de una mujer externa? Tengo una mujer interna dentro de mí", con lo que se quiere significar que uno en sí tiene el elemento para completarse, para sentirse entero, elemento que, en cambio, el hombre vulgar busca confusamente en la mujer. También en este punto nos encontramos hoy en condiciones anormales. Los hombres no saben ya casi qué es la virilidad espiritual y la suficiencia interna: por los caminos del "alma" y del "sentimiento" descienden al mismo nivel de las mujeres que hoy, sin que lo parezca, son las que guían la vida masculina.

En un grado más alto de la disciplina se ha de considerar el precepto de la castidad. En el budismo, como en toda doctrina interna tradicio­nal, tiene una justificación técnica. Sólo a una religión influida por el espíritu semita le ha sido propio canalizar la ética hasta el punto de hacer de las cosas sexuales casi el criterio de pecado y virtud. Yen los textos budistas se hace mención oportunamente de formas incomple­tas, impuras o turbias de la práctica de la castidad, en las que se hace entrar la castidad que se practica teniendo en vista un mundo celeste. El precepto de la castidad, para aquellos que con todas sus fuerzas siguen el camino del despertar, no tiene nada que ver con ese orden de cosas, sino que tiene una justificación trascendente, la cual nos lleva ya allende el campo del sila, de la simple "recta conducta". Ocurre que en todo ser sujeto al "afán", la energía sexual es en cierto modo la radical. A través de ésta se entra en la vida samsárica y, a través de ella, de una vida se asciende a otra. Las enseñanzas esotéricas antiguas vieron, por lo mismo, en la suspensión y en el cambio de polaridad de esta fuerza la condición fundamental para poder "detener la corriente" y "ascenderla a la inversa". En algunos ambientes se llegó a conocer una técnica pre­cisa y directa de actuar sobre la fuerza que se manifiesta comúnmente como fuerza del sexo y del deseo sexual, para llevarla a otro estado en el cual pueda hacer de base para un nacimiento no en el tiempo, sino en lo que es superior al tiempo. De esos métodos directos, que tienen relación con el dionisismo y con la magia sexual, en el budismo -al menos en el budismo de los orígenes- no se habla. Una mirada ejerci­tada puede reconocer fácilmente que toda la ascesis budista se encami­na a determinar una cualidad que por sí misma está destinada a actuar sobre la energía sexual, ya no disipada gracias a la disciplina de la castidad, para producir susodicha transformación.

En materia de abstinencia sexual no hay que olvidar, empero, el pre­cepto budista de la gradualidad de toda disciplina y también la imagen de la serpiente, la cual reacciona y muerde si no es aferrada como se debe. Sobre todo el misticismo cristiano nos muestra los mortíferos efectos que, frente a una ascética purificada y consciente, derivan de una sofocación unilateral y no iluminada de todo impulso hacia el sexo. Nos encontramos aquí en el campo de las fuerzas que cuando son sin más reprimidas -verdrangt, para usar el término clásico del psicoaná­lisis- pasan reforzadas al subconsciente y producen toda suerte de estragos, neurosis y perturbaciones. En estas esferas no se debería ac­tuar nunca "dictatorialmente", sino por grados, de modo que toda reali­zación tenga carácter orgánico, carácter de crecimiento gradual. Parejamente, hay que guardarse de transposiciones inconscientes de los impulsos sexuales, o sea, del sistema de compensaciones y super­compensaciones, al que se puede dar lugar engañando a la conciencia, ilusionada de poder acallar dichos impulsos con un simple veto. Esta última observación vale también para poner en guardia frente a puntos de vista unilateralmente psicoanalíticos y freudianos, los cuales en re­ferencia a impulsos sexuales y, en general, a la libido no conocen otra alternativa salvo la "represión", la Verdrangung, generadora de histerismos y neurosis, y las "trasposiciones" o "sublimaciones". En una alta ascética no se trata ni de una ni de otra cosa y se ha de estar bien atento a que en el desarrollo se mantenga el justo equilibrio y que la fuerza central, espiritualmente viril, despertada y reforzada por las dis­tintas disciplinas, absorba gradualmente y sin dejar residuos las ener­gías que se exacerban cuando se les corta el camino hacia la mujer y la generación animal. Sólo quien sienta que el proceso interior se encami­na en tal sentido puede mantenerse firme sin peligro en el precepto de la completa abstinencia sexual. En cualquier otro caso, el esperar es mucho más saludable que el forzar las cosas, siempre que en esto no se trate de coartadas suministradas por el ente de afán a la personalidad consciente. La importancia de que la fuerza toral de la vida quede sus­traída a la ley samsárica del afán y de la sed, la cual precisamente en el campo del sexo tiene una principal manifestación, resulta por lo demás de la ya adoptada imagen budista, según la cual quien no se apropia este precepto del sila se parece a quien quiere continuar viviendo en medio de los demás con la cabeza cercenada.

Prescripción particular, que aún no hemos tocado y que se refiere al campo del sila, es abstenerse de sustancias intoxicantes o "fuertes", entendiendo por éstas esencialmente las bebidas alcohólicas. Incluso este precepto tiene una base técnica. Tales sustancias producen un esta­do de ebriedad, el cual en sí mismo, en especial como se podía mani­festar no en el hombre moderno sino en el antiguo, podría incluso representar una condición favorable, con tal que la "exaltación" (piti) condujera a actuar de la manera justa. Mas se trata de una exaltación "condicionada", que como tal casi siempre lesiona al yo: en el punto en que debería haber intervenido una fuerza propia, interviene una fuerza exterior, de modo que el correspondiente estado queda mancillado en lo profundo por una renuncia y pasividad desde el comienzo. De una u otra forma se ha creado una "deuda", se ha establecido un oscuro "pac­to", como en más alta medida ocurre en muchas formas de la llamada magia ceremonial. Tanto en la India (con el tantrismo) como en Occi­dente (con el dionisismo preórfico) se ha pensado en la posibilidad de mezclar actividad y pasividad en un estado de ebriedad -a su vez no falto de relación con las mismas fuerzas del sexo-, el cual conduce a un punto en el que, con el éxtasis, los antecedentes acaban por no con­tar. Tales métodos no son convenientes para una vida de ascesis des­prendida y diríamos "olímpica", como es la propia de la enseñanza budista primigenia. Se trata de otro camino, que se ajusta a otro tipo humano.

Para examinar los elementos cuyo poder el sila en su conjunto debe reducir haremos mención de la teoría de los cinco vínculos, que en la enseñanza budista tiene parte importante por lo que se refiere a los distintos grados de realización y sus consecuencias. Tales vínculos, a los que queda sometido quien "es un ignaro hombre común, insensible a lo que es ariya, a la doctrina de los ariya extraño, a la doctrina de los ariya inaccesible" son: 1) la manía del yo, o sea, la ilusión individualis­ta tattanditthi o sakkayaditthi 2) la duda (vicikicchav, duda de la doctrina o del Maestro, pero en general también del pasado o del futu­ro o bien, la duda de la vocación que uno advierte en sí mismo, duda del camino que se está siguiendo, y todo cuanto puede provenir de es­tados de aridez, depresión, nostalgia, inevitables en las primeras fases de una vida desprendida; 3) la creencia en la eficacia de un conformis­mo moralista, de los ritos y ceremonias (silabbata-paramasa); 4) el deseo sexual y todo cuanto es placer corporal y ganoso (kama o raga); y 5) la malevolencia, la aversión (patigha). Si estos vínculos no se neu­tralizan, antes bien se refuerzan con una conducta dominada por la "ignorancia", "conducen hacia abajo", hacia las formas más bajas y siniestras de existencia samsárica. Como se ha señalado, por ahora se trata de limitar el poder de tales inclinaciones negativas en sus formas más exteriores e inmediatas. Su completa superación remite a fases avanzadas de ascetismo en las que los "cinco vínculos" aparecen no exentos de relación con las llamadas "cinco escorias del ánimo" (véase segunda parte, cap. 4).

En cuanto al lado positivo de la obra general de consolidación y de sus desarrollos se puede recordar la conocida fórmula (aunque de ca­rácter estereotipado) del óctuplo sendero de los ariya (ariyo atthangiko maggo). Se trata de ocho virtudes, a cada una de las cuales se aplica el término samma ("recto"), vocablo que se ha de entender en el sentido ya indicado, es decir, como el atributo de quien "se mantiene de pie", de quien se mantiene derecho, en oposición a la oblicuidad y a la direc­ción horizontal de quienes "van". Primero: recta visión (es la visión conforme a las "cuatro verdades", con conciencia tanto de la contin­gencia de la existencia como del estado posible en el que ésta, siguien­do determinado método, es eliminada). Segundo: recta intención (el término pali sammasankappo quiere decir determinación, volición o deseo activo y se refiere a la determinación de oponerse al "flujo" y seguir la vía ascendente. Tercero: la recta palabra (inflexible sinceri­dad, hablar abierto, abstención de injurias y charlas, como ya se ha dicho). Cuarto: recta conducta (se entiende una conducta ajustada a los principios ya considerados de no tomar lo que no ha sido dado, no matar intencionalmente, abstenerse de la lujuria). Quinto: recta vida (una vida mantenida con medios no reprobables, sobria, que rehúye la molicie, los lujos y las comodidades). Sexto: recto esfuerzo (interpreta­do en lo esencial en función de las "cuatro justas batallas" (véase segun­da parte, cap. 2). Séptimo: recta meditación (acerca de lo cual se hablará a continuación: se trata de la llamada "perennidad de la clara conciencia" (véase segunda parte, cap. 4); el término aquí es sammasti, donde sati literalmente quiere decir memoria, o sea, perenne ejercicio de justa pre­sencia de sí, de tener memoria de uno mismo). Octavo: recta contempla­ción (conduce a la sección samadhi (de que hablaremos en segunda parte, cap. 4), la cual versa sobre los cuatro jhaña, por medio de los cuales la catarsis conduce hasta el límite de la conciencia condicionada).

Tal fórmula, como se ve, tiene esencialmente el valor de un esque­ma. En el plano del sila tiene que ver con una consolidación ulterior, tal que elimina ya buena parte del material capaz de reavivar y confirmar la llama samsárica. De las "virtudes" del sila se dice que han sido "en­comiadas por los ariya, inflexibles, íntegras, inmaculadas, no ofusca­das, dadoras de libertad, apreciadas por el inteligente, virtudes inaccesibles [para el afán y el engaño] y que conducen a la concentra­ción". La fórmula fija que en los testimonios canónicos acompaña la exposición del sila es: "Con el cumplimiento de estos preceptos de virtud, [el asceta] experimenta una alegría íntima e inmaculada". Ape­nas surja este sentimiento hay que apoderarse de él, fijarlo, estabilizarlo, por ser preciosa base para progresos ulteriores. Esto, naturalmente, no se puede realizar sin un esfuerzo preciso. Pero en este punto, el budismo conoce también instrumentos de una defensa llamémosla preventiva.

Se habla, por ejemplo, de la técnica para conseguir el poder sobre el cuerpo y sobre el ánimo. El principio es que la sensación placentera que surge en el cuerpo vincula el ánimo por la impotencia del cuerpo; la sensación dolorosa, en cambio, vincula el ánimo por la impotencia del ánimo mismo. Tocado por la sensación placentera, "el inexperto hombre común ansía el placer, cae presa del ansia de placer",’ y aquí es preciso intervenir y cerrar el camino que parte del cuerpo, no en el sentido de excluir la sensación agradable, sino para impedir que vincu­le y transporte. Es así como se cura la impotencia del cuerpo. Al surgir la sensación dolorosa, el mismo tipo de hombre "se vuelve triste, que­brantado, se lamenta, cae presa de la desesperación". En este caso hay que actuar directamente sobre el ánimo, que esta vez es el que se mues­tra impotente. Así llegamos a tener poder tanto sobre el cuerpo como sobre el ánimo, hasta el grado de consolidar el equilibrio interior.

El esfuerzo en tal sentido se hace más interior cuando se ha seguido esta disciplina preliminar. Determinada experiencia puede provocar una impresión agradable o desagradable o ni agradable ni desagradable. He aquí cómo debemos ejercitarnos entonces: "Que yo, en lo desagrada­ble, quede con una sensación agradable", o bien, "Que yo, en lo agra­dable, quede con una sensación desagradable", o bien, "Que ni en lo agradable ni en lo desagradable quede con una sensación agradable", o bien, "Que en lo ni agradable ni desagradable quede con una sensación desagradable", o en fin, "Agradable o desagradable, cosas ambas que se deben evitar, quede yo impasible, recogido, presente a mí mismo". Una variante de la misma disciplina se refiere a lo repugnante y lo atrayente. De vez en cuando se debe considerar lo atrayente como re­pugnante, con el fin de mitigar desearlo o la inclinación por ello (por lugares, alimentos, personas, etc.); lo repugnante, como atractivo (con el fin de calmar movimientos de repulsión, de irritación, de intolerancia); lo ni repugnante ni atractivo, como repugnante o atractivo; en quinto lugar, se debe poder conservar un ánimo equilibrado, despierto, que se acuerde de sí mismo, más allá de estados de uno u otro género. En tales disciplinas, el progreso real depende, naturalmente, del conjunto y, sobre todo, de las prácticas dirigidas por modo directo a la desidentificación, de las que pasaremos ahora a tratar.

En un comentario al Anguttara-nikayo se lee: "Cuando la confian­za se liga a la visión y la visión a la confianza; cuando la voluntad se une al recogimiento y el recogimiento a la voluntad, se puede conside­rar alcanzado el equilibrio de las fuerzas. La presencia de sí (sati) es esencial, por ende, en todo esto. Ésta debe ser cultivada siempre enér­gicamente". Tal es la meta de la disciplina llamada satipatthana.

 


 



Majjhinia LXV (11,147).

Majjhinia L (1, 490).

Digha ... , 1, 1, 8 y ss

Mahavagga, 1, LXXVIII, 3.

Maliavagga, 1, LXXVIII, 2.

Maliavagga, 1, LXXVIII, 4.

Dhiga ... , 1, 1, 8 y ss.

Véase Evola, J., Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo (1932), Edizioni

Mediterranee, Roma3, 1971.

Jataka, XL.

Majjhirna ... , LXI (11, 108).

Jataka, DXXXVII.

Mahavagga, 1,42-43

Mahavagga, XI, 27

Mahavagga (Vin.), XIV, 2-3

Véase nuestra obra Lo Yoga della potenza, op. cit

Anguttara ... , VII, 47.

17Tal es el sentido de las prácticas sexuales tántricas. cuyo principio de usar sexual mente a la mujer de manera apta para "transformar el veneno en medicina" ha sido adoptado también en formas posteriores del mismo budismo; véase Evola, J., Lo Yoga della potenza, op.cit.,y Metafisica del sesso (1958), Edizioni Mediterranee, Roma,3 1994

Véase. v. gr., Mahavagga, 1. LVI.

Ya hemos tratado de estos rituales en nuestro Metafísica del sesso, op. cit. Se han usado en una forma de budismo tántrico llamada vajra-yana, o "camino del diamante-rayo" (véase Lo Yoga della potenza, op. cit.).

El término sakkaya puede derivar de sat-kaya, y se trataría de la ilusión de quien cree que la persona definida por el cuerpo es una realidad (sat).

 

Dhanuna-sangani, 1004.

El Dhamma-sangani (1005) especifica así: "Es la teoría sostenida por ascetas y sacer­dotes extraños a nuestra doctrina, según la cual se alcanzaría la purificación por medio de preceptos de conducta moral o por medio de ritos, O bien por medio de preceptos de con­ducta moral y de ritos".

 

Majjliima ... , LXIV (11,133).

Véase, v. gr., Digha ... , XXII, 21.

Anguttara , 111,70; Saniyutta ... , XL, 10.

Majjhima , XXXVI (1,354); CLlI (111,425).

Anguttara, 111,144.

Anguttara VI, 55 (p. 86).

La Doctrina del Despertar. Parte II. Las cualidades del combatiente y la

La Doctrina del Despertar. Parte II. Las cualidades del combatiente y la

Biblioteca Julius Evola-. Luego del necesario encuadre histórico de la doctrina del despertar y habiendo desarrollado en anteriores capítulos sus conceptos más importantes desde el punto de vista de disciplina ascética, comenzamos ahora la segunda parte del libro con el capítulo Las cualidades del combatiente y la "partida". En este capítulo se explican las condiciones preliminares que debe cumplir el asceta para asimilar el contenido de los textos budistas y para, a través de la disciplina de concentración, despertar energías latentes, profundas y sutiles del organismo. El combatiente ha de poseer virtudes tanto internas como externas, de perseverancia, esfuerzo interior, de pensamiento objetivo, gusto por la soledad, salud, vigor, sentido de la lealtad, fuerza en el cuerpo y en la mente, desapego del conformismo y de los vínculos burgueses o sentimentalistas, y sobre todo, placer por la alegría heroica.

 

1. Las cualidades del combatiente y la "partida"

En la doctrina budista, el ejercicio o desarrollo (bhavana) presenta una articulación doble. En primer lugar, como ya se ha dicho, entre las dis­ciplinas que, sin más profundidad ulterior, tienen sólo valor para la vida se distinguen aquellas que tienen como trasfondo la "sabiduría" y que se refieren a una experiencia más que humana (uttari-manussa­dhamma). Más importante y general es, sin embargo, la división de toda la ascética en tres secciones: la sección preparatoria de la "recta conducta" (sila); la sección de la concentración espiritual o de la con­templación (samadhi); y la sección de la "sabiduría" o conocimiento trascendente y de la iluminación espiritual (pañña; en sánscrito pajña).

En lo que sigue expondremos las disciplinas adjudicadas en los tex­tos a alguna de las tres secciones. En cuanto a la interpretación, no pasaremos por alto aquello en lo que, mediante la comparación de dis­tintas tradiciones que se refieren a algún tema análogo, cabe reconocer carácter de "constantes".

El tratamiento de los instrumentos del ascetismo debe ir precedido de una mención sobre las condiciones preliminares que se requieren en el individuo, aparte la ya señalada determinación de las vocaciones.

Antes que nada, para aspirar al despertar es preciso que se trate de un ser humano. Sólo a quien ha nacido persona se le brinda en principio, según el budismo, la posibilidad de conseguir la absoluta liberación. Tal posibilidad no la tienen quienes se encuentran en condiciones de existencia no ya inferiores sino incluso superiores a la humana, como los deva, o sea, las entidades celestes o "angélicas". Mientras, por un lado, la condición humana adolece de una fundamental contingencia y debilidad, por otro lado se la tiene por un estado privilegiado, bien difícil de obtener: "ardua cosa -se lee- es nacer hombres". Es sobre la tierra donde se decide el destino de los seres, con fines sobrenatura­les, hasta el grado de que en la teoría de los bodhisattva se considera incluso la posibilidad de "descensos" a la tierra de seres que ya habían alcanzado estados altísimos, "divinos" de conciencia, para llevar a cabo la obra. Como se verá, la liberación puede ocurrir incluso en estados póstumos, pero aun en esos casos se la concibe como la consecuencia o el desarrollo de una realización o de un "conocimiento" conseguidos en la tierra. El privilegio que también en el budismo se concibe para el hombre parecería estar vinculado con el hecho de disponer de una li­bertad fundamental. Según tal punto de vista, el hombre sería poten­cialmente un atidevo, o sea, una naturaleza superior a los "dioses", por la misma razón apuntada en la tradición hermética, a saber, por el he­cho de comprehender en sí mismo, además de la naturaleza divina, a la que están ligados ángeles y dioses, la mortal: además del ser, también el no ser; de donde la posibilidad de alcanzar aquel ápice superteístico de que se ha hecho mención y que corresponde a la "gran liberación".

A quien pretendía entrar en la Orden creada por el príncipe Siddhartha se le preguntaba: ¿Eres verdaderamente hombre? Hay que señalar aquí que no todos los que tienen semblante humano son verdaderamente "hombres". Las creencias difundidas por la antigua India y en otros pue­blos, según las cuales en algunos hombres encarnan entidades animales (o a la inversa, que algunos hombres "renacen" en alguna "matriz animal") se entienden aquí simbólicamente; es decir, se alude a existencias humanas cuyo elemento central, vía una regresión, está orientado hacia alguna de las fuerzas elementales, que en lo exterior se manifiestan en alguna espe­cie animal. Además, ya hemos hablado acerca de las condicionalidades procedentes de las distintas "razas del espíritu".

En un principio, una condición requerida para la admisión en la Or­den era también ser de sexo masculino. Ni eunucos, ni hermafroditas ni mujeres eran recibidos. El camino del despertar de los ariya fue concebido como esencial y congenialmente viril. "Es imposible, no puede ser -se lee en un texto canónico-" que una mujer ascienda al estado de Despertado santo y perfecto o de soberano universal (cakravartin); de la misma manera es imposible que ella "conquiste el cielo, la naturale­za, el universo", que pueda "dominar espíritus celestes". Buda pensa­ba que las mujeres eran insaciables en dos cosas y que morían sin haberse podido liberar de ellas: la sexualidad y la maternidad. Se opuso taxativamente a que las mujeres entraran en la Orden. Admitiéndolas, empero, al fin llegó a decir que, así como un florecido arrozal no prospe­ra cuando en él penetra y pulula una hierba parasitaria, tampoco pros­pera la vida santa en una Orden que permita que también las mujeres renuncien al mundo, y trató de limitar el mal promulgando reglas opor­tunas. Sin embargo, con el tiempo se impusieron maneras de pensar menos intransigentes. Ya en los textos del canon -en contradicción con las susodichas palabras de Buda- figuran mujeres que entraron en la corriente del despertar y que exponen la doctrina de los ariya, hasta el punto de que en los textos de la prajña-paramita, en vez de que sólo se mencione a los "nobles hijos", se habla a menudo de los "nobles hijos y nobles hijas", indicio éste, entre tantos, de la disminución de la tensión espiritual propia del budismo primigenio.

La consideración de las llamadas cinco cualidades del combatiente que se le exigen al discípulo nos lleva a condiciones tanto internas como externas. La primera es la fuerza propia de la confianza (saddha­bala): confianza (en el budismo histórico) en la calidad de perfecto Despertado de su fundador y en la verdad de su doctrina; o bien, gene­ralizando, confianza en que existen seres, los cuales "han alcanzado el ápice, la perfección, que ellos mismos, con su poder sobrenatural, han realizado en este y en el otro mundo y son capaces de anunciarlo". En la imagen de la "inexpugnable ciudadela de la frontera", esta confianza del noble hijo se equipara a la torre central, con sus sólidos y hondos cimientos, que protege de los enemigos y de los extraños.

Además de la confianza, el "combatiente" debe estar dotado de aquel "saber", de aquella sabiduría de los ariya que "advierte el amanecer y el ocaso". De esto ya hemos hablado extensamente. Recordaremos que, en sentido muy general, por bodhisattva se puede entender aquel que, merced a tal saber, en su intimidad ya está transformado, en su esencia ya está hecho de bodhi o pañña, en vez de estar constituido por fuerza samsárica.

Tercera cualidad: se requiere una persona leal, sincera, que se dé a conocer según verdad por lo que es, ante el Maestro o los condiscípulos inteligentes. Tener el corazón limpio, el alma libre y dúctil, según el símbolo de una tela perfectamente pura, apta para absorber sin man­chas ni imperfecciones el color querido.

En cuarto lugar viene viriya-bala, la energía propiamente viril (la raíz del término viriya es la misma que la del término latino vir, va­rón, en oposición al genérico homo, cualquier ser humano), la fuerza del querer que debe manifestarse aquí como capacidad de rechazar tendencias y estados no saludables y facilitar el surgimiento de los saludables. Se debe contar sobre todo con esta fuerza para remplazar la felicidad afanosa (kama-sukkham), por la felicidad heroica (vira­sukkham),lo que constituye el suelo firme de todo el desarrollo as­cético: para una nueva y fundamental orientación del ánimo es necesario que el placer heroico se sienta como el placer más excelso e intenso. El budismo enseña: "Cada uno es señor de sí mismo; no hay otro señor. Si te dominas, tendrás un señor que es difícil de en­centrar". Y también: "No es posible purificarse por otros". "Solos estamos en el mundo, sin ayuda". De nuevo, entra aquí en acción la viriya-bala, para resistir teniendo conciencia de todo esto. En el bu­dismo primigenio no hubo maestros en sentido propio, guru, sino sólo indicadores de un camino que recorrer esencialmente con las propias fuerzas: "Vosotros mismos habéis de llevar a cabo la obra: Buda sólo puede instruiros".

Quinta cualidad del combatiente ariya: "es seguro, vigoroso, bien plantado, ni deprimido ni exaltado, equilibrado, apto para vencer en la batalla". La presencia de ceguera, sordera y de algunas enfermedades incurables constituye, ya en el canon, motivo de no admisión en la Orden. Ser viejo, enfermo, indigente son algunas de las "condiciones desfavorables para el combate". Bajo el título de "manía que superar cuidándose" se consideran los estados desfavorables que le llegan a quien no cuida su salud y no toma las medidas necesarias para evitar afecciones y molestias físicas de su entorno. La pérdida de las fuerzas por la excesiva abstinencia se considera una de las causas posibles -que se han de evitar- de que se pierda incluso la tranquilidad de espíritu y de caer, a la postre, víctima de alguno de los pastos dispues­tos como cebo por la naturaleza maligna. Ya hemos hablado del re­chazo del budismo al camino de la "mortificación": arrostrar privaciones y sufrimientos es saludable, mas sólo hasta cierto punto; de igual ma­nera, el artesano calienta y pone al rojo vivo una flecha entre los dos fuegos, para volverla dúctil y derecha, y cesa cuando ha conseguido el propósito. Se debe evitar tanto la excesiva tensión como el relaja­miento: "las cuerdas no han de estar ni demasiado flojas ni demasiado tensadas". Las fuerzas se han de equilibrar, La tendencia a levantarse se ha de superar, lo mismo que la tendencia a rebajarse o a envile­cerse sin razón. Ecuánimes, conscientes, no debemos considerarnos ni iguales ni inferiores ni superiores a los demás; no nos han de recono­cer ni entre la gente común ni entre la baja ni entre la alta.

Se puede hablar, pues, de un punto de partida que sería el estado de "neutralidad interior": No dejar que el propio imperturbado ánimo se perturbe por algún dolor y no rechazar un justo placer, aunque aceptán­dolo sin apego"; "el afán hace mal y hace mal la aversión y hay un camino medio para rehuir el afán y para rehuir la aversión, un camino que hace videntes y sabios, que genera la calma, que conduce a la vi­sión clara.

Entre las disposiciones elementales se recomienda la destrucción de las imaginaciones vanas, y aquellas sobre el pasado o sobre el futuro. "Lo que tienes delante, hazlo a un lado. Detrás de ti no dejes nada. A lo que tienes en medio, no te apegues. Y en tal calma progresarás.’ Tal simplicidad es la que se debe presentar en el ánimo de quien desee hollar [pisar] el camino del despertar. Se pone fin a todo el mundo de las complicaciones psicológicas y existenciales, de la "subjetividad", de las esperanzas y de los arrepentimientos, en la misma medida en que se ha sido ya capaz de detener al daimon de la dialéctica. Habituarse a la concentración interior: "a la mirada que, variada, busca variedad, él reniega; la mirada que, unida, busca unidad, donde todo apego y pábu­lo [cebo] humano se desvanece por completo, esta mirada él realiza". He aquí algunas expresiones que recurren en los textos canónicos acer­ca de lo que el simbolismo alquímico llamaría el "régimen del fuego", es decir, el estilo o ritmo del esfuerzo interior: "perseverar constante, sin vacilar, con mente clara, sin confusión, con los sentidos tranqui­los, sin agitación, con ánimo recogido, unificado". "Aferrada la fuer­za, inflexible; presente el saber, irremovible; aplacado el cuerpo, impasible; recogido el ánimo, unificado". "Persistir solitario, despren­dido, incansable, constante, en ardiente e íntima seriedad", tal es la fórmula general que se usa en los textos al aludir a la disciplina de aquellos que, una vez entendida la doctrina, desean realizar el fin su­premo. En todo esto se trata de predisposiciones, dotes, a la par que de conquistas (se verá que entre estas dotes se encuentran algunas que, a su vez, constituyen el fin de precisas prácticas).

Señalada cuál es la dote de la visión objetiva será bueno decir de paso algo acerca del estilo en que están redactados muchos textos budistas antiguos, estilo que alguien ha estimado "el más insoportable" de cuantos existen, a causa de las continuas repeticiones. ¿Qué propó­sito tienen tales repeticiones? La acostumbrada interpretación de los orientalistas sobre que el propósito es mnemónico [de ayuda a la me­moria] es la más superficial. Se trata de otra cosa. En primer lugar, se han querido ligar algunas ideas a un particular ritmo, con el fin de que éstas no se detengan en el simple intelecto discursivo, sino que alcan­cen una zona más profunda y más sutil del ser humano, despertando en éste las correspondientes fuerzas. Esto tiene que ver con una intención más general explícitamente declarada en los textos, los cuales hablan a menudo de la tarea de compenetrar el cuerpo entero con ciertos estados de conciencia, hacer vivir "corporalmente" ciertos conocimientos o cier­tas visiones. El ritmo -mental y aún más el respiratorio- es uno de los medios más eficaces para llegar a esa compenetración. Al intelectual moderno, interesado sólo en captar lo más rápidamente posible, como concepto esquemático, una idea o una teoría, el fin de las repeticiones de los textos budistas escapará por completo, y es natural que entonces se juzgue el estilo budista como "el más insoportable de todos los estilos".

Pero las repeticiones -al menos cierta clase de ellas, que recurren especialmente en el Majjhima-nikayo- tienen también otra intención: permitir en cierta medida un estilo de pensamiento objetivo, impersonal, estrechamente apegado a la realidad. Es fácil, en efecto, constatar que las repeticiones constituyen series en las que la realidad o el hecho descrito, el pensamiento que se formula comprobándolo o el pensamiento oído, la expresión verbal de tal pensamiento o la exposición del hecho, se hallan en correspondencia absoluta y punto por punto. He aquí cómo se articula entonces la estructura de las repeticiones: en el texto se describe antes que nada el hecho (fase objetiva); en segundo lugar aparece aquel que toma conocimiento y se forma su propio pensamiento, que expresa para sí mismo con las mismas palabras con que la cosa se ha dicho ya en el texto (fase subjetiva). En un tercer tiempo, la persona puede referir el hecho a otros, y entonces, de nuevo, se vuelven a usar las mismas pala­bras, como puro reflejo de un pensamiento conforme a la realidad. Puede por fin ocurrir que una segunda persona -de ordinario el propio Buda ­pregunte si el hecho referido es verdadero, y entonces aparece una cuarta repetición de las mismas palabras. Como estilo, todo esto es pleonástico; espiritualmente, en cambio, conlleva un ritmo de Sachbezogenheit, como se diría en alemán. Es el paso puro y transparente del mismo elemento desde la realidad al pensamiento; de la objetividad a la subjetividad y de una subjetividad a otra, sin alteración alguna. Es preciso ver, pues, con qué actitud y en vista de qué se leen textos de este tipo. Su lectura cuida­dosa puede constituir de por sí una disciplina: se tiene un ejemplo de impersonalidad y de pensamiento cristalino, dispuesto ya a actuar formativamente sobre el ánimo del lector, dándole así mucho más que simples "conceptos" estenográficos.

La primera acción en grande sobre la vida ascética está marcada por el término pabbajja, que literalmente significa "partida". Según el es­quema de los textos, a quien (por haber oído la doctrina y haber descu­bierto su más profunda vocación) ha concebido "confianza", se le presenta la evidencia expresada con esta fórmula fija: "Una cárcel es la casa, un lugar impuro. Libre cielo es la vida eremítica. No se puede, quedándose en casa, llevar a cabo punto por punto el ascetismo del todo purificado, del todo iluminado". Si reconoce esto, tras un tiempo más o menos breve, el "noble hijo" se desvincula de las cosas y de las personas, deja la casa y se entrega a la vida de asceta vagante.

Hemos traducido como "asceta vagante" el término bikkhu, que de­signó a los seguidores de Buda y que al pie de la letra significa mendi­go, en el sentido de quien pide limosna. En su origen, los bikkhu eran como monjes vagantes que pedían limosna. Las organizaciones budistas de carácter semiconventual sólo aparecieron más tarde. El término que usamos es quizá el que menos se presta a equívocos. Por ejemplo, res­pecto del mendigar no se olvide que en aquella sazón la sociedad no consideraba una humillación, antes bien una gracia, que un asceta o un brahmán aceptara de un hombre de mundo lo que fuese. Se pensaba que un asceta, al mediar en los contactos entre lo visible y lo invisible, cumplía un cometido sumamente útil, por imponderable, incluso para quienes hacían vida común. El dar (dana) se consideró una acción ca­paz de rendir frutos, igual que la "conducta recta" y el progreso en la contemplación. Como desprecio o como castigo, en las reuniones budistas con decisión solemne se indicaban las familias o las personas de las que los bikkhu habían rehusado recibir cosa alguna volteando simbólicamente la escudilla que llevaban consigo.

Aparte estos detalles, en su origen los bikkhu se presentaban como una Orden libre, con un jefe, casi como un equivalente ascético de lo que en el Occidente medieval fueron las órdenes de los "caballeros errantes" y más tarde los rosacruces con su imperator. Al cabo, Buda recomendó que no fueran nunca dos discípulos por el mismo camino. Como fuese, el punto clave era la ausencia de vínculos, sentir que la compañía sobraba, tomar gusto por la soledad, tener una libertad (cuando fuese posible, también física) similar a la del aire y el libre cielo. "Rehuir la sociedad como grave peso, buscar sobre todo la soledad." El tener mucho que hacer, el ocuparse de muchas cosas, el rehuir la sole­dad, el convivir con la gente de casa y en un ambiente profano son otras tantas "condiciones desfavorables para el combate’. Quien no se ha desprendido del vínculo de la familia -se dice en particular- podrá desde luego ir al cielo, mas no conseguir el despertar, "El asceta esté solo: bastante es tener que combatir con uno mismo." "Únicamente de un asceta que permanezca solo, sin compañía, es de esperar que cuanto es placer de la renuncia, placer de la soledad, placer de la calma, placer del despertar, de tal placer se haga poseedor, con desenvoltura, sin dificultad, sin pena. Y también: "Quien se alegra con la sociedad no puede encontrar gozo en el distanciamiento de la soledad. Si no se encuentra gozo en el distanciamiento de la soledad, no es posible con­centrarse en los objetos del espíritu; si no se tiene este poder de concen­tración, no se puede conseguir perfectamente el justo conocimiento y cuanto de éste procede." El distanciamiento y la soledad implícitos en pabbajja, en el "partir", se han de entender, como es natural, tanto en el aspecto físico como en el espiritual: desprendimiento del mundo y des­prendimiento, sobre todo, de los pensamientos del mundo. De ahí que no se tenga que hacer el menor caso del qué dirán. No hay que compe­tir con el mundo, sino juzgarlo como es: inestable. Se habla de ser "uno mismo una isla", de no buscar refugio en sí mismo y en la Ley ni en ninguna otra cosa. Si no se encuentra un compañero discreto, rec­to, constante, con quien se pueda caminar al paso, "hay que ir solo, como alguien que renuncia a su propio reino, como una fiera del bos­que, calmado, sin hacer daño a nadie." Otras sugestivas expresiones:

"Firme en su voluntad de realizar el fin supremo, con la mente libre de apegos, rehuyendo la inercia, sólido, dotado de fuerza en el cuerpo y en la mente; que [el asceta] vaya solo como un rinoceronte. Semejante al león que no tiembla por cualquier ruido, semejante al viento al que no hay red que lo atrape, semejante a la hoja de loto de que no hace presa el agua, vaya solo como un rinoceronte". Y también: verdadero asceta es "aquel que procede solo, concentrado y en quien ni reproches ni encomios hacen presa, que como un león no se espanta de los ruidos [del mundo] y como hoja de loto no es tocada del agua, que guía a los demás, pero él no guía a nadie".

Quien se plantee el problema de la adaptabilidad de la ascética de los ariya a los tiempos modernos se preguntará hasta qué punto se ha de tomar al pie de la letra el precepto de la "partida" como real abandono de la casa y del mundo y como aislamiento eremítico. En los textos se habla a veces de un triple desprendimiento: uno, físico; otro, mental; y el tercero, físico y mental. Si el primero representa, como es natural, la forma más perfecta, al menos mientras dura el combate, es sobre todo el segundo el que hoy la mayoría pondrá en tela de juicio y, por lo demás, es al que han dado mayor peso los desarrollos mahayánicos del budismo, hasta el zen. Ya en los textos canónicos, por lo demás, se señala la posibilidad de una interpretación sobre todo simbólica del precepto de la "partida". Así, por "casa" se señalan los elementos cons­titutivos de la personalidad común, y también se dan interpretaciones análogas del peregrinar y del abandono de los bienes. Como variante de un texto que hemos citado, se dice que la "vida solitaria está bien realizada en todos sus aspectos cuando lo que ha pasado se hace a un lado, lo que es futuro se abandona y, por lo que se refiere al presente, han sido por completo dominadas la voluntad y las pasiones; se aña­de que vaga por el mundo en el justo modo como bikkhu aquel que ha domeñado el tiempo pasado y el tiempo futuro, teniendo el intelecto puro, así como quien "ha dejado tras sí tanto lo agradable como lo desagradable, quien no se aferra a cosa alguna, quien bajo cualquier aspecto es independiente y está libre de vínculos", y así sucesivamente, al tiempo que por doquier recurren expresiones de este cariz, las cuales en buena medida corresponden ya a las tareas principales de la prepara­ción y de la purificación ascética.

Una vez que el desprendimiento (viveka) se interpreta en este senti­do interno, se antoja quizá más fácil de realizar hoy que en una civiliza­ción más normal y tradicional. En una gran ciudad de Europa o América, entre rascacielos y el asfalto, entre masas políticas y deportivas, entre gente que baila y se explaya o entre exponentes de una cultura desacralizada y de una ciencia sin alma y semejantes, en todo esto se puede uno sentir más solo, desprendido y nómada que en tiempos del budismo sentirse en condiciones de aislamiento físico y de un auténti­co peregrinar. La mayor dificultad en esto consistiría en dar al sentido de aislamiento interno, que ya a muchos se les presenta casi espontá­neamente, carácter de algo positivo, evitando asimilarlo como aridez, angustia, atonía y malestar. La soledad no debería ser un peso, algo de lo que se sufre, que se soporta a disgusto y en donde uno se encuentra por causa de las circunstancias; antes bien, una disposición natural, simple, libre. En un texto se lee: "La soledad es sabiduría (ekattam monam akkhatam): quien está solo se encontrará feliz"; es el equiva­lente, reforzado, del beata solitudo, sola beatitudo.

Incluso desde el punto de vista social es sobre todo la libertad inte­rior la que cuenta; lo que en ningún caso nos ha de inducir a engañar­nos a nosotros mismos. Así, en cuanto a vínculos habría que estar más en guardia contra los vínculos pequeños que contra los grandes, sobre todo si se trata de los vínculos propios de una vida burguesa conformis­ta, como hábitos, inclinaciones y apoyos sentimentales que, creándose uno mismo una coartada a menudo inconsciente, se juzgan demasiado irrelevantes para adoptar alguna postura en contra de ellos. A este res­pecto, en los textos se encuentra un atinado parangón, el de la codorniz, dirigido contra quienes dicen: "¿Por qué tanto aspaviento por esta poca cosa?", Y no se percatan de que así afianzan "un fuerte vínculo, un sólido vínculo, un no podrido vínculo, unos pesados grillos". Una codorniz presa en un lazo, aunque sea de estopa podrida, por ese lazo irá a su perdición, a la jaula o a la muerte, y hablaría tonterías quien dijese:

"Ese lazo de estopa podrida, con que está presa la codorniz y que la llevará a la perdición, a la jaula o a la muerte no es para ella un vínculo fuerte, sino un débil vínculo, un vínculo podrido, un vínculo insignifi­cante". El caso opuesto es el del elefante real, de "grandes colmillos, adiestrado para el ataque, educado para el combate, atado con fuertes vínculos y sogas", el cual empero "con sólo sacudir un poco el cuerpo rompe y deshace sus ligámenes y va a donde quiere". Aquí, de nuevo, hablaría tonterías quien dijese: "Esas sogas y esos vínculos con que está ligado el elefante real de grandes colmillos, adiestrado para el ata­que, educado para el combate, esos vínculos que con sacudir un poco el cuerpo rompe y deshace y va a donde quiere, son para él un fuerte vínculo, un sólido vínculo, un tenaz vínculo, un no podrido vínculo, unos pesados grillos". Este símil señala bastante bien la peligrosidad y el carácter insidioso de muchos ligámenes pequeños, de carácter conformista-burgués y sentimental, cuya aparente insignificancia hace que uno se permita concesiones. Por el contrario, no se han de conside­rar como vínculos aquellos mucho más fuertes que una naturaleza superior con sólo querer puede deshacer.

El desprendimiento, la libertad interior, se ha de entender esencial­mente en el sentido de una ductilidad, y veremos que precisamente en tal sentido se irá desenvolviendo en la disciplina. Es la condición opuesta a la de quien se aferra con ambas manos y difícilmente se deja mover. La imagen, ya recordada, que siempre recurre, es la de un pura sangre perfectamente amaestrado que va en la dirección que se quiere, cual­quiera que ésta sea.

La vida desprendida, sentida como aire y libre cielo frente a la de la "casa" se correlaciona así con un estar "satisfecho con el conocimiento y la experiencia". Es el ánimo abierto a cualquier cosa, a cualquier impresión y por esto es inaprehensible. Esto puede ser el equivalente interior del estado de ánimo acerca del cual en los textos se da la ima­gen del pájaro que, "a donde vuele, vuela con el solo peso de sus plu­mas", y que se refiere al purificado contento del asceta satisfecho con la simplicidad de su vida y de sus necesidades. Aquí aparece de nuevo que ya en los comienzos debe haber algo que de forma eminente, abso­luta aparecerá en el estadio final: el sentido de suñña o suññata, el "vacío", que en la literatura mahayánica concluirá con ser sinónimo del mismo estado de nirvana, se puede presentir por analogía con una con­dición similar del ánimo.

Las disciplinas que en el camino del despertar se consideran prepa­ratorias y retoman las dos secciones de sila y de samadhi se pueden distinguir como sigue: por un lado tenemos orientaciones de carácter propiamente técnico que se refieren a acciones que el espíritu debe llevar a efecto sobre el espíritu en forma concentración o de medita­ción; por otro lado, poseemos normas de conducta que se podrían cali­ficar de "éticas", pero que en el budismo o lo son, sino sólo elementos propiciatorios o instrumentales para crear condiciones más favorables para quien sigue este camino. Una y otra cosa, en el camino del desper­tar, son vivificadas por el "saber" (vipassana) y se ordenan en vistas de la liberación, según el conocido dicho: "Como el océano está compenetrado de un solo sabor, el de la sal, así esta ley y esta doctrina están compenetradas por un solo sabor, el de la liberación’’.

Desde el punto de vista técnico, las tareas de la acción ascética se pueden señalar de la siguiente manera. Se ha dicho que el despertar y adecuada definición de la "vocación heroica" en el individuo testimo­nian ya, como principio, también el despertar de un elemento extrasamsárico, el elemento pañña o bodhi. Se impone antes que nada una acción de defensa inmediata: es preciso hacer frente a los procesos mentales más comunes para impedir que lo que empieza a brotar sea sofocado y trastornado. Luego hay que actuar para desprender el ele­mento central del propio ser de cualquier mezcla con los elementos de la experiencia tanto interna como externa, hasta el grado de suspender los distintos procesos de "combustión" por contacto, sed y apego, y fortificar el mencionado principio extrasamsárico hasta volverlo capaz de proceder libremente, si quiere, en la dirección "ascendente", hacia estados cada vez menos condicionados, en las zonas donde actuaron las nidana de la serie trascendental, anterior a la concepción y al nacimiento.

La fase inicial se podría poner en relación con lo que en el budismo alquímico se llama la obra de "disociación de los mixtos", del aisla­miento del "grano de azufre incombustible" y de la "extracción y fija­ción del mercurio’ (el "mercurio", esa sustancia brillante tan movediza y difícil de asir, es la mente; los "mixtos" son la experiencia con la que el "grano de azufre incombustible", el principio extrasamsárico, se en­cuentra mezclado). Esto implica obviamente una acción de gradual neutralización del poder de los "intoxicantes" y de la manía, los asava, y que se puede definir como sigue: no dejarse llevar, apegarse, embria­garse con el goce (en sentido general, y por lo tanto también en rela­ción con los estados neutros), de modo que en los "cinco troncos" la sed no se confirme y menos se exacerbe; desechar por entero, extin­guir lo que en los deseos es voluntad de deseo, pegamento de deseo, vértigo de deseo, sed de deseo, fiebre de deseo", y esto en relación tanto con lo que aflora directamente a la conciencia, como con las ten­dencias subconscientes, los upadhi y los samkhara. Las formas más externas de tal catarsis se vinculan con la "recta conducta (sila), mientras que las más internas, que recaen sobre las potencias, sobre las raí­ces; sobre los troncos profundos del ente samsárico, requieren especiales ejercicios ascéticos y de contemplación; los jhana. Esta acción llamémosla de "fertilización" de la propia fuerza, conduce hasta el límite de la conciencia individual, límite en el que se presenta la posibilidad virtual de identificarse con el ser, o sea, con la divinidad concebida teístamente. Si se rechaza tal identificación, se pasa al dominio de pañña(tercer grado), en el que la fuerza liberada y deshumanada va gradual­mente allende las "formas puras" (rupa-loka) hasta lo incondicionado, lo no incluido (apariyapannam), donde la manía se extingue y la “ig­norancia" queda removida no sólo por lo que respecta al ser que ya fue hombre, sino también de cualquier otra forma suya de manifestación.

 

 



Majjhima .... LII(II,26); Samyutta ... , XLI, 9

Véase Digha ... , X, passim

Dhammapada, 182

Véase Corpus hermeticum, IX. 4; X. 24-25

Mahavagga (Vinaya), 1, LXXVI, l.

Véase Bardo Thódol, p. 54.

Mahavagga, 1, LXXVI, 1; 11, XXlI. 4.

Majjhima , CXV (III, 132).

Majjhima , CXV (111,132).

Anguttara , 11,48.

Anguttara ...VIII, 51; Cullavagga, X, l. Otras expresiones budistas acerca de las mujeres: "seductoras y astutas, destruyen la vida noble" Uataka, CCLXIII). "Son sensua­les, malas, comunes, bajas ... Las mujeres son presa continuamente de los sentidos. Henchi­das de un ardor impuro e inexorable. se parecen al fuego que todo lo consume" (LXI). Y también: "Es digno de desprecio el país que está dominado por una mujer" (XIII). La doc­trina original de los ariya era por entero antiginecocrática.

Majjhima ... , XC (11,416).

Véase Samyutta ... , XLII, 13.

Anguttara , VII, 63.

Majjhima , VII (1,53-54); LVI (11,55), etc.

Véase Majjhima ... , eXXVII; exxxlx (111, 335).

Dhammapada, 160.

Dhammapada, 165.

Majjhima .. , LXXXII (11,334).

Dhammapada, 176.

Mahavagga, I, CXXVI, l

Anguttara ... , V, 54.

Majjhima. I (11, 17).

Majjhima , xxv, (1, 237).

Majjhima , Cl (111,15).

Anguttara VI, 55.

Anguttara , IV, 106.

Véase, por ejemplo, Anguttara ... , VI, 49; Atthakavagga, X, 8; XV, 20.

Majjhima , CI (III, 12-13).

Majjhima , III (1, 25); véase Dhammapada, 20.

Véase Majjhima ... , CVI (III, 53-54); Dhammapada, 385

Majjhima ... , LIV (11.36).

Por ejemplo, Majjhima ... , IV (1, 34).

Anguttara, 111,40; Majjhima .... XIX (1, 80).

Véase Anguttara ... , VIII, 30. Como punto de referencia véase Mahavagga, V, 15: "A quienes van por el mundo teniéndose a sí mismos por luz, sin que nada los ate. libres en todos los aspectos, a éstos la gente, a su debido tiempo, puede hacerles una ofrenda".

Anguttara ... , VII, 87.

Mahavagga (Vinaya), 1, XI, l.

Majjhima , 111 (1, 24).

Anguttara , V, 90.

Majjliima , LXXI (w. 11. 201-03).

Mahaparinirvana .... 6-8.

Majjhima , CXXII (w. 111, 186) .

Anguttara , VI, 68.

Anguttara , IV, 132.

Majjhima , CXXXIX, 337.

Mahaparinirvana .... 11, l.

Saniyutta ... , 11, 1,

Majjhimn .. , CXXVIII (111,239); Dhammapada, 328, 329.

Uragavagga, III, 34, 37.

Suttanipata, 1, XII, 7; Uragavagga, XXII, 7.

Anguttara ... , IV, 132.

Por ejemplo, Samyutta ... , XII, 3

Samyutta ... , XXI, 10.

Cullavagga, XIII. 15

Cullavagga. XIII, 5-6; véase Mahavagga, VI, 28.

Véase Evola. J., Cavalcare la tigre (1961), Scheiwillcr, Milán’, 1973

Mahavagga, XI, 41.

MajjhimCl .... LXVI (l l, 153-54).

Anguttara ... , VIII, 19.

Véase Evola, J., La tradizione ermetica (1931), Edizioni Meditcrranec, Roma , 1971.

Majjhima ...CXLlX (111.401 Y ss).

Majjhima ... , XXXVI (1,359).