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Evola frente al fatalismo, por Eduard Alcántara

Evola frente al fatalismo, por Eduard Alcántara

Una rígida interpretación de la Doctrina de las 4 Edades podría comportar predeterminismo atentatorio contra el principio Tradicional de la Libertad inalienable del Hombre Reintegrado a su esencia metafísica. Julius Evola mostró esa especial y añadida dosis de ´sensibilidad´ y de poder de interpretación que le posibilitaron el no estancarse en una visión rígida de los diferentes textos Sapienciales y Sagrados del mundo de la Tradición cuando éstos nos hablan de la doctrina de Las Cuatro Edades, pues el proceso de decadencia que ésta nos expone no es irreversible ni está impregnado de un fatalismo contra el que nada pueda oponer el Hombre. El maestro italiano le dio una especial relevancia a la idea de que la involución podía ser frenada e incluso eliminada antes de que aconteciera el final de un ciclo cósmico; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre -así en mayúscula-, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total Despertar interior, también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo. Igualmente creía que la pasividad fatalista del hombre podría prolongar el fin de una etapa. Para los tiempos crepusculares Evola barajaba la posibilidad de acelerar el fin del kali-yuga cabalgando el tigre: acelerando los procesos disolventes que se dan en estos tiempos deletéreos.

DESARROLLO

A la pregunta de ¿qué tipo de hombre es el que puede aspirar a su Reintegración interior y a encauzar a su comunidad por el camino de la Tradición?, se debe responder que no es otro que aquél que es capaz de dominarse a sí mismo, de autogobernarse y (echando mano del taoísmo) de ´ser señor de sí mismo´. Sólo el autarca, del que nos había hablado Evola durante los años ´20 del pasado siglo -durante la que ha sido definida como su etapa filosófica (que ya apuntaba claramente hacia su definitiva etapa Tradicionalista)-, sólo, decíamos, el autarca que no depende del otro, de lo otro, del exterior ni del tú porque no hay circunstancia, ni condicionamiento externo a él, que lo pueda mediatizar y hacer dependiente, sólo él puede, tras haber conseguido gobernarse a sí mismo, ser apto para gobernar a su comunidad. Hablamos, en definitiva, del Iniciado: de aquél que se empezó sometiendo a rigurosos, metódicos y arduos ejercicios/prácticas de autocontrol y descondicionamiento frente a lo exterior (acabamos de hacer alusión a ello) e interno (con respecto a emociones, sentimientos exacerbados, pulsiones e instintos primarios) y que, tras lo cual, ha preparado su alma/mente, en primera instancia, para que sea apta para captar otras realidades (sutiles) que se hallan más allá de las que pueden aprehender los sentidos y para que, más tarde (y tras este último y difícil logro) pueda, asimismo, llegar al Conocimiento de Aquello que se halla más allá, incluso, del mundo sutil y, en definitiva, de cualquier modo de manifestación y que se encuentra, además, en el origen del cosmos. Hablamos, pues, del Conocimiento del Principio Primero o Supremo Eterno, Incondicionado e Indefinible y, hablamos, por otro lado, de la Identificación ontológica del Iniciado con dicho Principio.

El iniciado o (echando mano del léxico budista) Despertado plasmará en sí la Imperturbabilidad del Principio Primero que ha desarrollado en su interior y dicha Imperturbabilidad e Identificación con lo Permanente y Eterno le hará inmune a cualquier tentación hacia lo caduco y superfluo y le hará, por ende, idóneo para dirigir a su comunidad hacia las metas que enfocan hacia lo Alto, Sacro, Estable y Permanente y le alejarán de cualquier veleidad que tienda hacia lo bajo, lo materialista, lo transitorio, lo inestable y lo perecedero.

¿Es posible que se afirme este tipo de Hombre Superior en medio del marasmo vermicular y disoluto por el que discurre el hombre del mundo moderno? ¿Es posible esto en el cenagal de la etapa crepuscular de la Edad oscura –Kali-yuga o Edad de Hierro- por la que atravesamos? El Tradicionalismo, especialmente en boca de Julius Evola, nos responde afirmativamente, aun consciente de lo enormemente complicado que puede resultar. Pero complicado no equivale a imposible. No existe nada imposible para el hombre que se lo proponga. El hombre que opta transitar por las vías de la Tradición no encuentra fatalismos: no encuentra determinismos que no pueda superar.

Para la Tradición el Hombre Absoluto e Integrado no es una quimera, sino, al contrario, una posibilidad que alberga el hombre y que ha pasado de potencia a acto. Si es posible Despertar la semilla de la Eternidad que anida en nuestro fuero es porque la Tradición concibe que somos portadores de ella. Si es posible Espiritualizar nuestra alma, psyché o mens es porque el Espíritu, atman o nous (eso sí, en forma aletargada) también se halla en nosotros gracias a que procedemos, por emanación, del Principio Primero cuya manifestación dio lugar a la formación del cosmos. Somos, pues, portadores de dicho Principio Superior e Imperecedero del que emanamos y tenemos la posibilidad de emprender la tarea heroica de Despertarlo en nuestro interior.

Si el emanacionismo o emanatismo como certidumbre defendida por la Tradición abre las puertas a la consecución del Hombre Reintegrado no ocurre lo mismo con las creencias propias de religiosidades que han de ser enmarcadas en la cuesta abajo propia del mundo moderno. Religiosidades de corte lunar que no conciben el que el hombre comparta esencia ( ni aunque sea en estado quasi larvario que deba ser activada) con el Principio Supremo sino que, por el contrario, afirman que el hombre fue creado (creacionismo) ex nihilo (de la nada) por Dios y que, al no emanar de Él, no comparte nada de Su divinidad. No admiten, por tanto, la Iniciación y la consecuente posibilidad del hombre de transmutarse interiormente (metanoia) y aspirar a Ser Más que hombre: a ser Hombre Trascendente.

Las religiosidades de tipo lunar están por el creacionismo, pues de la misma manera que la luna carece de luz propia y la luminosidad que de ella nos llega no es más que un reflejo de la solar, de la misma manera, decíamos, en este tipo de religiosidad no nos arriba de lo Alto más que un reflejo o aproximación mental que no es otro que el aportado por la única herramienta de encaro del hecho Trascendente que la religiosidad lunar pone al alcance del hombre: la simple fe, la creencia y la devoción. Por lo cual niega la posibilidad de la Gnosis de lo Absoluto y la posibilidad del hombre de llegar a Ser uno con la dicha Trascendencia. Y la niega, repetimos, aduciendo que el hombre no comparte esencia con lo Trascendente y no puede, pues, actualizarlo en sí; aduciéndolo, recuérdese, por sostener que no emana de Él y que en la naturaleza de dicho hombre no se esconde el Espíritu en potencia.

La convicción Tradicional del hombre como portador de Atman o Espíritu hace concebir la esperanza de su Despertar y del heroico cometido de aspirar a culminar la Restauración del Orden Tradicional mediante lo que, etimológicamente, comporta la auténtica Revolución, en el sentido de Re-volvere; esto es, de volver a recuperar la cosmovisión, los principios y los valores que siempre han caracterizado al Mundo Tradicional y que se hallan en las antípodas de la desacralización, del materialismo, del positivismo, del hedonismo, del consumismo y del gregarismo despersonalizado propios de este mundo moderno.

Por el contrario, el hombre concebido por las religiones lunares-creacionistas (aparte de no ser apto para emprender intentos de Restauración de la Tradición) será la antesala de posteriores procesos de decadencia aun mayores, pues al habérsele amputado su dimensión sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel ontológico. Ya no podrá entender más sobre lo Trascendente, tal como en la Tradición sí le era posible gracias a lo que él poseía de más que humano; de Sobrehumano, diríamos. Sin Espíritu únicamente le queda el alma, la psyqué o mens para vivir “en orden” con su/s dios/es. Es decir, que ya sólo cuenta con medios meramente humanos para mirar a lo divino y que no son otros que aquéllos que su mente pone a su disposición, a través de la fe y la creencia. Por esto habrá de contentarse con no ser más que un fiel devoto de su/s divinidad/es. E irremediablemente cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano –sin más- humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva, nadie podrá extrañarse que la facultad racional que en ella (en la mente) se halla inmersa se atrofie y pueda dudar de la existencia de cualquier realidad no sensible; como lo es una Realidad Trascendente (más que humana) que no podrá aprehender con sus tan solo humanas herramientas (el método discursivo, el especulativo,…). Nos hallaremos, pues, en los albores del racionalismo, del posterior relativismo para el que no existen Verdades Absolutas y todo plano de la realidad (aun el Superior) puede ser cuestionado y nos hallaremos asimismo, como consecución lógica posterior, en la antesala del agnosticismo y del materialismo.

Las religiosidades de carácter lunar, propias del mundo moderno, fueron segregando un tipo de hombre inclinado, irremisiblemente, a posturas evasionistas con respecto a la posibilidad de búsqueda del Espíritu y con respecto a la posibilidad de actuar sobre el medio circundante con la intención de modificarlo y, más aun, rectificarlo. Frente a ellas se alza un tipo de Espiritualidad Solar y activa (la Tradicional) para la que el fatalismo no existe y para la que el hombre debe trazar su camino (recordando una adecuada imagen aportada por el mismo Evola) tal cual el río circula por el cauce que él mismo ha socavado.

Si el creacionismo excreta un hiato ontológico insalvable entre Creador y criaturas no debe extrañar que de religiones que a esta convicción se adhieren (como las conocidas como religiones del Libro) surgiera un maniqueísmo que dejó, de manera extrema, sin solución de continuidad a Dios y al hombre y que estimó como creaciones del Mal todo el contenido de la manifestación cósmica. Tal aconteció con excrecencias como el catarismo que despreciaban al cuerpo en particular y al mundo físico en general por considerarlos obras del ángel rebelde y caído (Lucifer) y no, como sí consideró siempre la Tradición, como emanaciones del Principio Primero Inmanifestado. El Mundo Tradicional observó y trató siempre al cuerpo humano como el templo del Espíritu, mientras que, p. ej., el judeocristianismo lo contempló como la mazmorra que impedía la liberación del alma (entiéndase, del Espíritu); asimismo la vida terrenal en la que este encarcelamiento tenía lugar la definió como un valle de lágrimas.

Las también conocidas como Religiones del Desierto no conciben la posibilidad del Retorno de la Tradición gracias al accionar del Hombre, pues para ellas el hombre no atesora semilla divina que poder despertar y poderle, así, hacerle apto para revertir los procesos disolventes por los que pueda atravesar el mundo que le circunda, sino que estas Religiones del Desierto provocan una espera pasiva ante el fin de los tiempos, ante la venida de un Salvador o Mesías o ante la Parusía (la vuelta de Cristo) para que la humanidad pueda ser salvada, suba a los cielos, reciba el premio del Paraíso Terrenal (la Tierra Prometida) o para que acontezca la resurrección de la carne.

En la misma línea –y como fiel reflejo de estas Religiones del Libro- el protestantismo representa una vuelta de tuerca más y un intento de corrección de un catolicismo que había adoptado muchas improntas y posturas de espiritualidades precristianas que se situaban muy en la órbita de la Tradición. El protestantismo afirma que es la fe y no las obras las que permiten la Salvación. De este modo cierra las puertas a cualquier aspiración a la Transustanciación de la persona mediante la acción interior (Iniciación), pues accionar no es más que obrar.

El catolicismo o helenocristianismo (opuesto al judeocristianismo) se hallaría en una situación de superioridad frente a otra de las Religiones del Libro como lo es el islamismo, ya que el concepto trinitario defendido por el primero reconoce la posibilidad de divinización del hombre (su palingénesis o segundo nacimiento: a la Realidad del Espíritu) al considerar a la divinidad también en su expresión humana de Hijo. Nada de esto ocurre con (en palabras de Marcos Ghio) el árido monoteísmo semita postulado por un Islam en el que la diferencia de esencia entre Dios (Allah) y el hombre es abisal e insalvable y en la que, por este motivo, a éste se le cierran las puertas de su entronización Espiritual y, en consecuencia, de la posibilidad de ser señor de sí mismo y de trazar su destino y el de sus comunidades.

Quizás, también, no estaría de más realizar algún distingo entre los libros vestotestamentarios y los del Nuevo Testamento, pues hay quien afirma que evangelios como el de San Juan contienen vetas de esoterismo; y no hay que olvidar que este último se afana en la búsqueda y Conocimiento de la Verdad (de la Realidad Suprasensible) y en la consecución de un tipo de Hombre Descondicionado y Diferenciado apto, entre otras cosas, para no dejarse arrastrar por las corrientes disolutorias dominantes en el mundo moderno.

En la misma línea acorde con la Tradición se hallarían todas aquellas manifestaciones que en el entorno de la Cristiandad se reflejaron ya en la Saga Artúrica alrededor de un Ciclo del Grial que se prolongó en el Medievo asociado a órdenes ascético-militares como la de unos templarios que practicaban la Iniciación y cuya veta esotérica también fue consustancial a organizaciones como la de los Fieles de Amor (a la que, p. ej., perteneció un Dante) o la de los Rosacruces. Y en la misma línea Tradicional, dentro también del contexto del mundo cristiano, se hallaría el Sacro Imperio Romano Germánico, cuya cúspide jerárquica, en la figura del Emperador, aunaba las funciones sacra y temporal (política) como es propio de cualquier ordenamiento Tradicional en el que, por este motivo, el gobernante también ejerce de Pontifex o ´hacedor de puentes´ entre lo terrestre y lo celestial; entre sus súbditos y la Trascendencia.

Pero no en esta línea Tradicional se hallaría el misticismo cristiano, pues si la Iniciación prepara al adepto para descondicionarlo mediante prácticas y ejercicios metódicos y convertirlo en Hombre Diferenciado que pueda acceder al Conocimiento de lo Absoluto el misticismo, por contra, no lo prepara para ello sino que se detiene en el cumplimiento de la fe, la devoción y la piedad, siendo por ello que con estos medios mentales (y por ello humanos) no podrá acceder nunca a la Gnosis de lo Superior, sino que, a mucho estirar, se tendrá que conformar con recibir de lo Alto (como si se tratase de una especie de dádiva en agradecimiento por la devoción mostrada) una especie de fogonazo cegador que tan sólo le dará una idea poco aproximativa y muy difusa de lo que se halla más allá de la realidad sensitiva. Esto acontecerá en el mejor de los casos, ya que en muchos de ellos dicho fogonazo no será, en realidad, más que una especie de alucinación provocada en el místico por sus ayunos extremos enajenantes, por la repetición hasta la saciedad -extenuante- de letanías y/o por su actitud mental obsesiva hacia lo divino.

El árido monoteísmo semita al que citábamos más arriba encuentra también fiel reflejo en el judaísmo. Ya hemos hecho alusión párrafos atrás, al mito inmovilizante y fatalista de la resurrección de la carne y del Paraíso Terrenal que sólo acontecerá con la venida del Mesías, pero podríamos reforzar esta ausencia de posibilidad de transustanciación del hombre y de posibilidad de hacer frente a los procesos deletéreos con los que se encuentra, recordando cómo hay muchos judíos ultraortodoxos (como los de la organización Naturei Karta) que consideran al Estado de Israel actual como una impostura que atenta contra sus convicciones religiosas, por cuanto ellos creen que la Tierra Prometida que -más que aproximadamente desde el punto de vista geográfico- se halla en el territorio de dicho Estado sólo les pertenecerá legítimamente tras la venida del Mesías libertador; la cual, obviamente, todavía está por acontecer. No cabe aquí, pues, lucha que llevar a cabo sino la espera pasiva y resignada más absoluta que pueda caber.

Este pasivo dejarse llevar por un movimiento de inercia hacia adelante, esta ausencia de posibilidad de modificar este rumbo no supone más que una especie de caída libre en el vacío que no puede ser cortocircuitada por la acción del hombre y que responde a una cosmovisión de naturaleza lineal, ante la cual se levanta una totalmente disímil que es la propia de la Tradición y que es de orden circular o, como en ocasiones se la ha preferido denominar, de orden esférico.

En su momento hablamos con profundidad de estos dos tipos contrapuestos de manera de concebir la vida y la existencia: la lineal propia del mundo moderno y la circular propia del Tradicional (1). No vamos, pues, a extendernos en este capítulo ya por nosotros trabajado. Tan sólo vamos a apuntar que la cosmovisión lineal no sólo atañe al hecho religioso (de carácter lunar y pasivo) sino también a las excrecencias que ha originado su secularización. Así pues el liberalismo apunta a un camino marcado por una suerte de fatalismo, irremisible como tal y “superior” a las potencialidades del hombre, que está marcado por el progreso continuo (progresismo) y conducirá a una suerte de paraíso terreno atestado de bienes de consumo inacabables, de abundancia ilimitada y, por tanto, de total “felicidad” (vacuna, añadimos nosotros). Y en la misma línea el marxismo trazó otra línea inalterable que conduciría al ideal del comunismo y de su sociedad sin clases sociales y sin superestructuras de ningún tipo: ni Estados, ni ejércitos,…

Ya en su momento hemos apuntado el porqué en lugar de hablarse de cosmovisión cíclica, como propia de la Tradición, en ocasiones se ha preferido hablar de cosmovisión esférica, ya que en una esfera se pueden trazar infinidad de circunferencias que corresponderían a las diversas concretizaciones que el hombre (haciendo uso de su libertad y poder de trazar su destino) puede hacer de las cuatro edades de las que, según diferentes textos Sapienciales Tradicionales, consta un ciclo cósmico humano.

Igualmente en otras ocasiones (2) hemos señalado la posibilidad que tiene el hombre de provocar una especie de cortocircuito en la dinámica propia de la sucesión de las cuatro edades (de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro), poniendo freno al proceso involutivo en lo que la Tradición ha denominado como Ciclos Heroicos, que suponen la Restauración de la Tradición Primordial (Edad de Oro perdida).

De hecho el hombre, haciendo buen uso de la libertad que posee en el sentido de poder marcar su propio camino superando determinismos y condicionantes que pueden parecer fatalmente insalvables, el hombre, decíamos, tiene en sus manos el que el final de la etapa crepuscular del Kali-yuga o Edad de Hierro, porque atraviesa, acontezca antes y, dé, en consecuencia, paso, a una nueva Edad de Oro o Satya-yuga dentro de un nuevo ciclo humano o manvântara o, por el contrario, el que (como consecuencia de posturas pasivas, conformistas, alienadas o marcadas por determinismos varios) dicho final pueda prolongarse más allá de lo que las dinámicas cósmicas podrían hacer indicar.

Pocos como Evola nos han hecho con más nitidez ver cuál es el camino más apropiado para que el hombre sea capaz de llegar a su Integralidad y emprender, después, la tarea de Reconstrucción Tradicional de su derrumbadas sociedades. Este camino, nos dice el maestro italiano, no es otro que el de la vía de la acción, ya sea ésta interna, buscando el desapego y transformación interiores, o ya sea externa, luchando por intentar demoler el deletéreo edificio en ruinas en el que vivimos, con el objetivo de construir, en su lugar, un Orden cimentado en valores imperecederos y en principios inmutables.

Es acción interior lo que se precisa a lo largo de todos estos procesos conocidos con el nombre de Iniciación. El ascesis no es otra cosa que ejercicio interno. La necesaria e imprescindible práctica interior es, en definitiva, acción. Y es por todo esto por lo que la vía más apropiada para completar el arduo y metódico proceso iniciático es, repetimos, aquella conocida como ´vía de la acción´ o ´vía del guerrero´ o shatriya.

Las sociedades Tradicionales estaban constituidas, en su organización jerarquizada, por una élite sacro-guerrero-dirigente, bajo la cual se hallaba la casta guerrera y por debajo de la cual se situaban los estamentos cuya actividad vocacional tenía su eje en las actividades económico-productivas (comerciantes y maestros de talleres, por un lado, y mano de obra por el otro). Con la degradación sufrida en los estertores del Mundo Tradicional las funciones regia o dirigente y sacra se escinden y ya no estarán representadas por aquella élite; dándose paso, por ello, ya en el seno del mundo moderno, a sociedades divididas en las siguientes castas –no representativas del Mundo Tradicional-: brahmanes o sacerdotes, shatriyas o guerreros, viashias o mercaderes y sudras o mano de obra.

En tal estado de cosas la casta a la cual le resulta consustancial la vía de la acción es la más capacitada para emprender la gesta heroica de Restauración de la Tradición. Y así ocurrió a lo largo de las edades que sucedieron al Mundo de la Tradición Primordial o Edad de oro (Satya o Krita-yuga): así ocurrió, pues, en diferentes períodos -Ciclos Heroicos- de la Edad de Plata o Treta-yuga, de la Edad de Bronce o Dvâpara-yuga y de la Edad de Hierro o kali-yuga. Ciclos Heroicos como los protagonizados por héroes como aquéllos que nos refiere la mitología griega al hablarnos de unos Heracles, Aquiles, Ulises o Perseo que se elevan desde su condición de guerreros a la de la Inmortalidad (o, para hablar con más propiedad, Eternidad) a la que les ha llevado, sin duda, un proceso de transustanciación interior. Las polis en que ellos reinen recibirán la impronta sagrada de estos reyes sacros y volverán -aunque sea por un tiempo- a la Edad de Oro perdida: así en la Ítaca de Ulises o en la Atenas de Perseo.

Igual Ciclo Heroico ocurre en buena parte del discurrir de la Antigua Roma, muestra de lo cual es la unión en una misma persona de aquellas dos funciones o atributos que en el Mundo de la Tradición siempre había estado aunados, no sólo en una única persona sino también en la aristocracia a la que aquélla pertenecía; así, la función sagrada (Pontifex) y la función dirigente (como Imperator o jefe de los ejércitos y como Princeps o principal rector político) se unifican en la figura de los emperadores romanos. Su carácter sacro se hace patente por la condición de Iniciados en diferentes ritos -como los de Eleusis o de Mitra- que tuvieron muchos de los emperadores de la Antigua Roma, tales como Octavio Augusto, Tiberio, Marco Aurelio o Juliano.

También, con anterioridad a estos párrafos, hemos mencionado otros Ciclos Heroicos que igualmente se suceden en los momentos menos propicios (Edad de Hierro o, acorde con la ciclología mítica nórdica, Edad del Lobo) para enfrentar una tarea de Revolución (recuérdese: de re-volvere) Tradicional. Ciclos Heroicos como los que rodean la Saga Artúrica y el misterio del Grial o como el que representa el Sacro Imperio Romano Germánico en buena parte de la Edad Media. En este último caso el Emperador es un Ser Iniciado y así lo explicarían, entre otras evidencias, los poderes taumatúrgicos que poseía y que representarían una consecuencia sutil de su condición Sobrenatural. Además se trata de una figura que aúna el poder sacro y el temporal como sucedía en la Edad de Oro. El poder religioso del Papado, en esta etapa, se halla por debajo del sacro ostentado por el Emperador y así quedaba reflejado en la ceremonia de coronación de los Emperadores oficiada por los Papas y que sellaba el reconocimiento, por parte de éstos, de la superior competencia Espiritual del Emperador. En ocasiones algunos emperadores retrasaron en años dicha ceremonia o murieron sin que ella se hubiera realizado y esto aconteció como síntoma de que el Emperador no necesitaba de la acción papal para que su legitimidad fuera reconocida.

Cuando el Papado se negó a reconocer la superioridad Espiritual del Emperador se iniciaron, a raíz de las Querellas de las Investiduras, las guerras entre gibelinos y güelfos. Los primeros reconocían dicha Superior legitimidad del Emperador y los segundos eran partidarios de desposeer al Emperador de su competencia sacra y otorgársela en exclusiva al Papa. El que en una época poco propicia (avanzando el Kali-yuga) estas querellas se fueran decantando del lado güelfo-papal no resulta extraño. La consecuencia de ello es doble: por un lado se desacraliza paulatinamente el poder temporal (representado por el Emperador) y, por ende, poco a poco se desacraliza la misma sociedad y por otro lado se empieza a atomizar Europa en repúblicas (como las italianas) y en reinos que irán dando al traste con cualquier tipo de aspiración unitaria Transnacional (el Imperium) basada en principios Superiores y que tiene la función de representar en la Tierra (el microcosmos) el Ordo reinante en el macrocosmos. (3)

Los Ciclos Heroicos relacionados son un ejemplo más que representativo de la posibilidad real que el hombre posee de trazar su rumbo al margen de las adversidades que pueda encontrar en su periplo vital, destruyéndose, así, cualquier visión del mundo y de la existencia marcada por el fatalismo.

El Héroe, pues, no puede surgir -contrariamente a la opinión de algunos autores tradicionalistas- a partir de la casta sacerdotal o brahmana sino de la guerrera o shatriya, pues con la simple fe (actitud pasiva) del sacerdote es imposible operar transmutaciones en el interior del hombre, pero, en cambio, a través de la vía activa consustancial al guerrero sí es más factible pensar en procesos internos (que deben ser activos) de Liberación Espiritual del hombre.

La primera tarea (la interior) que debe, pues, emprender el hombre es la que puede llevarle a Ser Hombre Diferenciado y Absoluto gracias al Despertar, en su fuero interno, de esa Trascendencia pura e Imperecedera de la que la esencia humana no es ajena. Y para ese fin hay que empezar por derrotar a aquellas fuerzas (tamas, echando mano del tantrismo) que, desplegadas en el mundo manifestado, arrastran hacia lo bajo, hacia lo primario, lo pulsional y lo pasional.

Recalquemos que el Héroe es un Iniciado y que, por tanto, si en el terreno del hecho Trascendente se destierra la Iniciación sólo queda la perspectiva religiosa. Sólo quedan, pues, la fe y las creencias en que todos los píos, creyentes, devotos y cumplidores de una serie de dogmas y preceptos religioso-morales (establecidos pensando en las posibilidades de cumplimiento de la mayoría de los mortales) alcanzarán la salvación, en una suerte de democratismo espiritual marcado por la accesibilidad de la masa a la vida celestial, cuando, por el contrario, el Despertar al que va asociada la Iniciación es un logro que sólo una minoría apta y voluntariosa puede alcanzar. Según la perspectiva religiosa no cabe acción transfiguradora interior y la consecuencia de esto es la promoción de un evasionismo en el plano de lo interno que, por lógica consecuencia, acabará afectando al plano externo del individuo conduciéndole a la inacción exterior y a su pasividad ante la posibilidad de cambiar los signos deletéreos de los tiempos.

Hemos ya indicado el porqué, con Evola, sostenemos que debe ser a través del guerrero -y de su arquetipo- mediante quien se pueden operar los actos heroicos Reintegradores. Y lo hemos sostenido negándole esta posibilidad a la figura sacerdotal. Un signo más de esta no aptitud del brahmana para la transustanciación interna vendría dado por un dato básico que ilegitimiza su misma existencia social y que, sencillamente, es el de que esta casta no existía en el Mundo Tradicional sino que su aparición viene directamente ligada con los procesos involutivos que desembocaron en el mundo moderno, al separarse las funciones espiritual y temporal que antes estaban encarnadas por la aristocracia sacro-guerrera-dirigente. Podemos comprobar cómo en civilizaciones como la de la China o el Japón Tradicionales no existía casta sacerdotal o cómo en la antigua Roma tampoco. En ésta los ritos sacros eran oficiados por la élite de un patriciado cuya función dirigente y guerrera también le eran propias; así lo vemos, p. ej., en un Julio César como flamen dialis u oficiante de los ritos sacros consagrados al dios Júpiter. También “en la antigua India aparecen, como proceso involutivo, los brahmanes (a partir de los purohitas, que eran sacerdotes que dependían del rey sacro y cuyo origen hay que buscarlo en cultos dravídicos anteriores a las invasiones de pueblos indoeuropeos) y se convierten en casta dominante. Casta, por tanto, inexistente en el mundo Tradicional, en cuya pirámide social encontramos en primer lugar, en su cúspide, la casta regioguerrera y aristocrática de atributos sagrados, en segundo lugar, por debajo de ella, la guerrera propiamente dicha y en tercer puesto, en su base, la de todos aquellos que se dedican a actividades de tipo económico: comerciantes, artesanos, agricultores, campesinos,…” (4)

En la misma línea señalábamos en su día que “…Sin duda las formas espirituales precristianas –el mal llamado paganismo- habían entrado, desde hacía ya tiempo, en un proceso de decadencia que, por ejemplo, en buena parte del mundo celta había dado pie a la aparición y hegemonía de la casta sacerdotal de los druidas. La irrupción de esta casta coincide con una cierta deriva matriarcal en el seno de muchos pueblos celtas. Antes de darse este declive, el patriarcado del mundo celta corría paralelo al hecho de que los ritos sagrados eran ejercidos por la aristocracia dirigente.” (5)

Por estas razones si nos colocásemos en la problemática que se vivió en el Medievo y que llevó a los enfrentamientos entre gibelinos y güelfos o a la eliminación de la Orden del Temple (que se selló, definitivamente, con la quema en la hoguera de su último Gran Maestre Jacques de Molay, en 1.314, en la îlle des juifs del río Sena, en París) por decisión de unas jerarquías eclesiásticas (personificadas en la figura de Clemente V) que abominaban de todo lo que fuera esoterismo e Iniciación y por decisión, asimismo, de un Estado francés (en la figura de Felipe el hermoso) que quería asentar su poder en forma omnímoda y opuesta a cualquier ideal Imperial como el del Sacro Imperio Romano Germánico al cual los templarios siempre habían apoyado, si nos colocásemos, decíamos, en tal problemática y la enfocáramos desde el punto de vista Tradicional, aplicado a la estructuración social que debe tener cualquier sociedad Tradicional que se precie de ser tal, deberíamos situar en la legítima cúspide de la pirámide social al Emperador y a la élite sacroguerrera que representarían órdenes ascético-militares como la de los templarios. Bajo este primer estamento se hallaría el meramente guerrero y por último el económico-productivo. Siendo de esta manera no cabe, pues, el Papado en un ordenamiento Tradicional ni caben los eclesiásticos (cardenales, arzobispos, obispos, monjes, sacerdotes,…) por representar, todos ellos, un tipo de religiosidad lunar y pasiva.

La adecuada interpretación de la Tradición es la que debería llevar a las certidumbres que estamos sosteniendo. Y las sostenemos por haber visto en Evola el más adecuado intérprete de los parámetros esenciales en que sustenta el Mundo Tradición. Así, p. ej., lo supo también ver un encriptado grupo de personas que allá por los años ´70 de la pasada centuria redactaron una serie de interesantes escritos que bebían del legado Tradicional transmitido por Julius Evola. Se dieron a conocer como los dioscuros (así eran conocidos los hermanos Cástor y Pólux de los que nos habla la mitología griega) y nos dejaron sentencias y reflexiones muy ilustrativas al respecto de las ideas que pretendemos transmitir con el presente trabajo. Algunas de estas sentencias y reflexiones las relacionamos a continuación:

“…ni se llegue a un compromiso consigo mismos fingiendo encerrarse en una torre de marfil en la cual se espera el último derrumbe, el dicho justo sea en vez ´si cae el mundo un Nuevo Orden ya está listo´”.

“´Existe quien no tiene armas, pero el que las tiene que combata. No hay un Dios que combata por aquellos que no están en armas´. Tal es la invitación a la lucha dirigida por el maestro pagano Plotino”.

“Sólo del hombre y exclusivamente de él dependerán las elecciones futuras”.

“No hay justificación o comprensión, sino inexorable condena hacia aquellos que, teniendo las posibilidades no combaten y que por inercia se dejan abandonar en forma masoquista a un perezoso fatalismo”.

“Preparar silenciosamente las escuadras de los combatientes del espíritu para que, si y cuando los tiempos se tornen favorables, este tipo de civilización pueda ser destruida en sus raíces y ser sustituida con una civilización normal. Recordando siempre al respecto que los tiempos pueden ser convertidos en favorables y que el hombre es el artífice del propio destino”.

“No existe una condición externa en la cual no se pueda sin embargo estar activos por sí y para los otros”.

“Ha habido una indulgencia en femeninas perezas permaneciendo en la espera de lo que debe acontecer, casi como si se tratara de un buen espectáculo televisivo en el cual el espectador no está directamente implicado”.

“La espera pasiva y mesiánica no pertenece al alma occidental”.

“Verdad tradicional que justamente en la edad oscura son preparadas las semillas de las cuales surgirá el Árbol del ciclo áureo futuro, por lo que nunca, ni siquiera en la época férrea, la acción tradicional se perderá”

“El prejuicio materialista remite las causas de los acontecimientos únicamente a fenómenos de carácter natural. A tal obtusa concepción nosotros oponemos resueltamente la enseñanza según la cual cada pensamiento viviente es un mundo en preparación y cada acto real es un pensamiento manifestado”.

“Nosotros encendemos tal llama, en conformidad con el precepto ariya de que sea hecho lo que debe ser hecho, con espíritu clásico que no se abandona ni a vana esperanza ni a tétrico descorazonamiento.” (6)

El hombre de alma pasiva y mesiánica (del que hablaban los dioscuros) aceptará con bíblica resignación el destino que le ha impuesto su dios y, a diferencia del Héroe Solar, nunca pensará en rebelarse contra sistemas políticos antitradicionales, injustos, alienantes y explotadores.

El Hombre de la Tradición, por contra, más que amilanarse por la tremenda dificultad de encontrar el Norte que supone el vivir en la etapa crepuscular de la Edad Sombría o Kali-yuga, más que amilanarse verá en ello una oportunidad de arribar más Alto que, tal vez, donde hubiera podido llegar en otras edades no tan abisales del discurrir del hombre por la existencia terrena, pues al encontrarse en las ciénagas más espesas necesita de un mayor impulso para salir de ellas y este mayor impulso le puede catapultar mucho más Arriba: a la actualización del Principio Eterno que aletarga en su fuero interno.

La Tradición concibe que el Hombre Diferenciado puede entrar en las moradas celestiales dando una patada en las puertas del Cielo, sin complejos de inferioridad, mirando cara a cara a la divinidad, de tú a tú. Y, más aun, puede aspirar a superar la esencia de los mismos dioses o numens (como parte de la manifestación que éstos son) para pasar a Ser uno con el Principio Primero que se halla por encima y más allá del mundo manifestado.

En contraste con el Héroe Olímpico que nunca supo ni sabe de complejos de inferioridad ni de ineptitudes cuando miraba y mira a la Trascendencia encontramos al hombrecillo producto del mundo moderno alicorto e incapaz de arribar al Despertar a la Realidad Metafísica. Hombrecillo al que, p. ej., ya vemos cómo en la antigua Roma los Libros Sibilinos (7) obligan a practicar la genuflexión dentro del contexto representado por el alejamiento del mundo romano con respecto al Ciclo Heroico que le fue propio.

Hemos tratado en otro lugar de la Doctrina de las Cuatro Edades (8) y de la posibilidad heroica de ponerle freno a la espiral desintegradora e involutiva que ella nos explica. Autores como René Guénon nos han hablado (9), a partir del estudio de los textos Sapienciales del hinduismo, de la duración de cada una de las cuatro edades de que consta un Manvântara o ´ciclo de humanidad´, diciéndonos que la Edad de Oro, Satya-yuga o Krita-yuga tiene una duración de 25.920 años, la Edad de Plata o Trêta-yuga 19.920, la Edad de Bronce o Dvâpara-yuga 12.960 y la Edad de Hierro, del Lobo o kali-yuga 6.480. Igualmente afirma el Tradicionalista francés que nos hallamos en una fase avanzada del kali-yuga. Nótese que la duración de cada edad sigue una proporción de 4, 3, 2, 1, lo cual nos hace comprender que cada edad dura menos que la anterior en cuanto comporta un mayor nivel de decadencia, tal cual acontece con la bola de nieve que a medida que va bajando por la pendiente de la montaña se va haciendo mayor al igual que la velocidad que va tomando: su aceleración acaba resultando ciertamente vertiginosa. Si la Edad de Oro equivale al Mundo de la Tradición Primordial y puede ser calificada como la Edad del Ser y de la Estabilidad (de ahí su mayor duración) las restantes edades comportan la irrupción de un mundo moderno que puede, a su vez, ser denominado como mundo del devenir y del cambio (de ahí la cada vez menor duración de sus sucesivas edades). En verdad, no en balde, se puede constatar que en los últimos 50 años la vida y las costumbres han cambiado mucho más de lo que habían cambiado en los 500 años anteriores. Los traumáticos conflictos generacionales que se sufren, hoy en día, entre padres e hijos no se habían dado nunca en épocas anteriores (al menos con esta intensidad) debido a que los cambios en gustos, aficiones, hábitos y costumbres se sucedían con más lentitud. Los cambios bruscos, frenéticos y continuos propios de nuestros tiempos han dado lugar a lo que Evola definió como el hombre fugaz. Hombre fugaz que es el propio de la fase crepuscular por la que atraviesa la presente Edad de Hierro, caracterizada (esta fase) no ya por la hegemonía del Tercer ni del Cuarto Estado o casta (léase burguesía y proletariado) sino por la del que, con sagacidad premonitaria, Evola había previsto, pese a no haber vivido, como preponderancia del Quinto Estado o del financiero o especulador propio del presente mundo globalizado, gregario y sin referentes de ningún tipo. Este sujeto hegemónico en el Quinto Estado equivaldría al paria de las sociedades hindúes que no es más que aquél que ha sido infiel, innoble y disgresor para con su casta y ha sido expulsado del Sistema de Castas para convertirse en alguien descastado y sin tradición ni referentes. El hombre fugaz no se siente jamás satisfecho, vive en continua inquietud y convulsión. Su vacío existencial es inmenso y nada le llena. Intenta distraer dicho vacío con superficialidades, por ello su principal objetivo es poseer, tener y consumir compulsivamente. Cuando consigue poseer algo enseguida se siente insatisfecho porque ansía poseer otra cosa diferente, de más valor económico o de mayor apariencia para así poder impresionar a los demás. Y es que el mundo moderno es el mundo del tener y aparentar, en oposición del Mundo Tradicional que lo es del Ser. Este hombre fugaz se mueve por el aquí y ahora, pues lo que desea lo desea inmediatamente, no puede esperar. Su agitación no le permite pensar en el mañana.

El politólogo Samuel Huntington habló del fin de las ideologías (la llamada postmodernidad), bien que pensando que con el fin del comunismo en el poder, escenificado con la Caída del Muro de Berlín, se rendía el orbe a las excelencias del capitalismo liberal. Aunque más bien el mundo caía en manos de los caprichos del capitalismo financiero, alma de la globalización. Las ideologías que surgieron como consecuencia de los efectos nefastos que acarreó la Revolución Francesa habían quedado relegadas a un muy segundo lugar. Un cierto altruismo que aún conservaban los adalides del liberalismo y del marxismo cuando más que pensar en sus satisfacciones personales pensaban en un futuro (al que más que probablemente ellos no llegarían a conocer) de paraíso liberal (con provisión ilimitada de bienes de consumo) o comunista (con el triunfo definitivo del proletariado y la desaparición de cualquier superestructura), ese cierto altruismo, decíamos, quedaba defenestrado con el fin de las ideologías y el advenimiento del Quinto Estado con la hegemonía del hombre fugaz egoísta e individualista por antonomasia. (10)

Ante este desolador panorama actual sin duda resulta más difícil derrotar a los fantasmas del fatalismo e insuflar la convicción de que se puede voltear semejante emponzoñado estado de cosas.

Un cierto determinismo expele el posicionamiento de quienes interpretando los datos aportados por Guénon se han aventurado a datar los inicios y finales de cada una de las Cuatro Edades de que consta un manvântara. Así tenemos que se ha escrito que la Edad de Oro habría empezado el año 62.800 a. C. para acabar el 36.880 a. C. La Edad de Plata habría, lógicamente, comenzado con el fin de la anterior y se habría alargado hasta el año 17.440 a. C. Tras acabar ésta se habría dado paso a una Edad de Bronce que habría concluido en el 4.480 a C. Finalmente este último año sería cuando se habría iniciado la actual Edad de Hierro; la cual concluiría el año 2.000 d. C…

En otros sitios se puede observar cierta variación en cuanto a la datación de las Cuatro Edades, situando el comienzo del Kali-yuga el año 3.012 a. C., su mitad el año 582 a. C., el inicio de su crepúsculo el año 1.939 d. C. y en el 2.442 d. C. el final de la Edad de kali (esa especie de demonio de piel oscura de la que nos habla el Bhagavad Purana) o de la que ya los textos Sacros de la Tradición hinduista denominaron era de la riña y de la hipocresía.

Contrariamente a Guénon, Evola nunca habló de la duración de cada yuga o edad, porque para el gran intérprete romano (aunque siciliano de nacimiento) de la Tradición ello suponía un cierto tic fatalista de no poca consideración. Datar el año exacto de inicio y fin de una Edad comporta no creer en que el hombre, si se lo propone, puede convertirse en protagonista de su andadura existencial y de la andadura de sus comunidades. Pues el hombre es libre para Despertar al igual que lo es para condenarse. Sin duda la duración de cada yuga que hemos visto, párrafos atrás, en Guénon anda en relación directa con las dinámicas propias de las fuerzas sutiles que forman el entramado del Cosmos y que pueden adoptar un cariz disolvente para el hombre o, por contra, reintegrador de su Unidad perdida. De estas dinámicas nos habla el I Ching o Libro de las Mutaciones y entiende, asimismo, una deriva del mismo cual es el Tao-tê-king de Lao-tsé. Según estas enseñanzas aportadas por ambas fuentes Tradicionales de Ciencia Sagrada llega un momento en el que la expansión de ciertas fuerzas catagógicas o alienantes llega a tal punto que deberá detenerse, para después retroceder y dejar que el espacio que habían ocupado pase a ser enseñoreado por fuerzas de índole anagógica o Elevadora. Se habría, de esta manera, puesto punto y final al kali-yuga para dar paso a otro nuevo ciclo humano o manvântara con el inicio de una nueva Edad de Oro o Satya-yuga (Edad de Sat -Ser, en sánscrito). Sin duda en la mentalidad de Evola datar con exactitud cuándo estos cambios cósmicos acontecen significaba anular el protagonismo y la libertad del hombre a la hora de trazar el cauce de su andadura. Para el maestro italiano se trataba de aprovechar los estertores del predominio de las fuerzas catagógicas para ponerle fin a su hegemonía cuanto antes mejor. Y se trataba, asimismo, de acabar con la pasividad fatalista del hombre moderno con el objeto de que dichos estertores no se alargaran más allá de lo que los textos Tradicionales habían calculado (sin duda, de modo aproximativo). Por otro lado, volvemos a reincidir en el tema clave de este ensayo en el sentido de que incluso en pleno auge hegemónico de fuerzas disolventes el hombre no debe renunciar a la gesta Heroica de Reconstituir en sí mismo la Unidad perdida y de Restaurar el Ordo Tradicional (sea, eso es otro cantar, de manera más o menos duradera).

En una de las dataciones que hemos aportado hemos indicado que la mitad de la Edad de Hierro tendría lugar el año 582 a. C. Vamos a aprovechar esta fecha por tratarse de un s. VI a. C. sobre el que Guénon vertió una serie de reflexiones dignas de comentar. Para éste, no obstante, la mitad del kali-yuga había acaecido antes. Se queja el Tradicionalista francés (12) de las conclusiones vertidas por la historiografía al uso por haber catalogado como de oscurantista todo lo acontecido antes de ese siglo y porque dicha historiografía oficial hace comenzar en el transcurso de dicha centuria la etapa de “civilización” del mundo clásico cuando, en cambio, según su parecer (el de Guénon) existe una continuidad con los siglos anteriores y más concretamente con las vetas de Tradición que aún existían. Así pues, para él la aparición del pitagorismo en aquel siglo, en Grecia, no supone ningún punto de inflexión en ningún sentido sino que representa una readaptación del orfismo. La irrupción del segundo Zaratrusta (este nombre equivaldría más a una función que a una persona) en Persia también supondría una adecuación del mazdeísmo. La elaboración del Confucionismo (siempre durante el mismo siglo) en China sería el aporte ideal de códigos sociales y éticos destinados a una mayoría no apta para aprehender las Verdades Metafísicas que ofrecía el taoísmo para una minoría metafísicamente apta. Sí, como primera excepción a lo dicho, contempla Guénon un punto de inflexión en la aparición de la filosofía en Grecia, pues a su loable motivo de aparición (inscrito etimológicamente en el mismo vocablo filosofía: amor a la sabiduría) le sucede la problemática de la adopción de herramientas humanas (los métodos especulativo y discursivo) para intentar comprender Realidades Suprahumanas como lo son las Realidades Metafísicas (11); sin obviar la deriva posterior que, en cuanto a los fines de sus elucubraciones, protagonizaron muchos filósofos y muchas escuelas filosóficas (cada vez en mayor número a medida que discurría el tiempo). Y como segunda excepción considera Guénon que la aparición del budismo en el s. VI a. C. supone una caída con respecto al hinduismo imperante en la India, pues opina que el budismo estaría atentando contra la jerarquía consustancial a cualquier sociedad Tradicional al abrírsele la posibilidad de acceso a la Realidad Absoluta a cualquier hombre, independientemente de la casta a la que pertenezca, que tenga la aptitud y la voluntad para intentarlo; además de sopesar como de antitradicional el que quien sigue la vía del budismo abandona su pertenencia social a la casta en la que nació. Para Guénon, con toda seguridad, sólo el brahman o sacerdote podría aspirar al acceso al Plano de la Trascendencia. Para Guénon, tengámoslo en cuenta, sólo el brahman puede Restaurar la Tradición perdida.

Contrariamente a lo expuesto por Guénon, Evola no considera la aparición del budismo como un punto de involución con respecto al hinduismo sino como un punto de superación con respecto a un hinduismo que había caído en un ritualismo vacío y le había dado la espalda al esoterismo. El budismo, además, es fundado por Gautama Siddharta: un shatriya miembro de uno de los linajes guerreros más tradicionalmente valerosos de la India (Shankya). Para Evola, la formulación del budismo constituye, pues, un acto Heroico protagonizado por alguien perteneciente a la única casta capaz de emprender gestas de Reconstitución de la Tradición. Para Evola el budismo no atenta contra la jerarquización social Tradicional y no lo hace por dos motivos: uno, porque la estratificación social de la India de entonces no se puede definir como de Tradicional, ya que las funciones sacra y guerrero-dirigente se hallan divididas entre brahmanes (que profesan, además, un tipo de religiosidad lunar) y shatriyas y no se encuentran, como correspondería a un Ordenamiento Tradicional, encarnadas en una misma élite. Y el otro motivo por el que el budismo, en opinión de Evola, no atenta contra la jerarquización social del Mundo Tradicional es que para el Hombre Superior -y tan solo para este tipo de Hombre- no deben existir normas, morales ni reglamentos (entre ellos los que exige cumplir una casta para con sus miembros) que puedan ejercer el papel de cortapisas y obstáculos para aquél que pretende elevarse más allá de su condición humana con el fin de acceder a una de tipo Suprahumano. Sí, en cambio -como no podía ser de otro modo- en el parecer de Evola el resto de personas (que no tienen la capacidad y/o la voluntad de encarar la praxis de las Realidades Suprasensibles) debe someterse al sistema Tradicional estamental que ayudará a gobernar sus vidas, ya que estas personas no son capaces de llegar a autogobernarse; a ser señores de sí mismos.

Si el Hombre de la Tradición es un Hombre que no conoce de fatalismos paralizantes huelga comentar que tampoco concibe de la existencia de determinismos inmovilizantes con respecto a la aspiración de emprender cualquier empresa Superior:

-Ni determinismos de casta, por más que los miembros de unas (guerreros) sean más propicios para emprender actos Heroicos que los de las restantes o resulten más aptos para llegar a estados de conciencia más sutiles de la Realidad Suprasensible; o para llegar, incluso, más allá de cualquier Realidad sutil.

-Ni determinismos históricos (el determinismo histórico que, de acuerdo a los postulados del materialismo dialéctico, postula que la historia se hace a sí misma: tesis más antítesis= nueva tesis; o igual a cambios y nueva etapa histórica). El historicismo considera al hombre como sujeto pasivo, sin posibilidad de escribir la historia por sí mismo; sin posibilidad de hacer historia. Ésta última sería algo así como una entidad con vida autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica económica, social, cultural y política de un período dado serían la lógica, fatal, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior.

-Ni determinismos religiosos concretados en un dios omnipotente que hace y deshace a su antojo y sin que, fatalmente, el hombre-criaturilla pueda hacer nada para marcar su propio rumbo.

-Ni determinismos ambiental-educativos que condicionen totalmente el camino a elegir y a seguir por el hombre.

-Ni determinismos cósmicos en la forma de un Destino que todo lo tiene irremisiblemente programado de antemano.

Y que para el Hombre Verdadero no existen determinismos cósmicos se cerciora si se tiene presente el que todas las doctrinas Sapienciales nos hablan de fuerzas (o numens) que interactúan armónicamente en el Cosmos. La dinámica de estas fuerzas cósmicas influye en la existencia de los hombres y en el devenir de los acontecimientos, pero no de manera fatalista e insoslayable. El Mundo Tradicional ofició, siempre, ritos sagrados que hacían posible el conocimiento de cuáles eran las dinámicas que, en un momento determinado, seguían o seguirían dichas fuerzas cósmicas, pero también ofició sacrificios (oficios o ritos sacros) que tenían como objetivo el poder influir –a favor propio- sobre estos numens para hacerlos propicios en momentos en que podían no serlos para los intereses personales o de la comunidad. Es por lo cual que con estos sacrificios el hombre podía labrarse su propio destino operando sobre determinadas dinámicas cósmicas que, en ciertos momentos, no les eran favorables.

Evola sabía que dichas dinámicas influían en el hombre (que comparte fuerzas sutiles con el Cosmos), pero también era consciente de que influir no significa fijar ni significa determinar irremisiblemente. Además, hay siempre que tener presente que el que ha elegido con éxito la vía de la transustanciación interior vence todas estas influencias porque se encuentra por encima de cualquier numen o fuerza cósmica: se halla por encima de cualquier atisbo (por muy sutil que éste sea) del mundo manifestado porque ha realizado en sí la Gran Liberación y el total descondicionamiento.

El Héroe se niega a ser arrastrado por la corriente porque está convencido de que nada puede a su voluntad y de que, por tanto, puede sobreponerse al accionar de las leyes cósmicas. Está convencido de que la libertad que ha conseguido en su interior (su descondicionamiento con respecto a cualquier atadura y determinismo) le ha hecho invulnerable a estas leyes cósmicas, a estos numens; en definitiva, al Destino.

El mundo nouménico constituido por todo un entramado de fuerzas sutiles explica la armonía y el dinamismo del cosmos. Y en consonancia y en armonía con ese mundo nouménico es como deben estar dinamizadas las fuerzas sutiles del ser humano, ya que si éstas no están armonizadas con sus análogas del resto del cosmos discurrirán a tal fuerte contracorriente que acabarán por desarmonizarse también entre ellas mismas (en nuestro interior). De aquí, pues, la importancia que en el Mundo de la Tradición se le dio siempre a la realización y correcta ejecución de los ritos sagrados. Ritos que tenían o bien la finalidad de hacer conocer a sus oficiantes cuál era la concreta dinámica cósmica de un momento dado, bien con tal de no actuar aquí abajo contrariamente a dicha dinámica (en batallas, empresas arriesgadas, en la elección del momento de la concepción de la propia descendencia o del momento más idóneo para contraer matrimonio o para coronar a un rey,…) o bien con tal de poder adoptar las medidas apropiadas para actuar a sabiendas de que se hará a contracorriente de ese mundo Superior. O bien estos ritos se efectuaban con la intención de que fuesen operativos, esto es, de que tuviesen el poder de actuar sobre ese mundo Superior para (en la medida en que fuera posible) modificar su dinámica y hacerla favorable –o menos antagónica- a las actuaciones que se quisieran llevar a cabo aquí abajo.

Hay quien se pregunta por las razones por las cuales hombres como el de origen indoeuropeo, que tan adecuadamente conoció de este tipo de ritos operativos y los ejecutó y que protagonizó siempre tantos Ciclos Heroicos, ha podido hundirse en simas tan profundas como en las que se halla a día de hoy. Seguramente ha sido el que más aceleración le ha impreso a su caída; cierto es que en el actual estado de globalización, por el que atraviesa todo el planeta, prácticamente todos los pueblos del orbe se han igualado en niveles de sometimiento a los dictados de la materia y de lo infrahumano.

Seguramente para encarar la respuesta a esa pregunta habría que empezar resaltando la evidencia de que el hombre indoeuropeo (antes de la postración en la que caído) siempre fue muy dado a la libertad, tanto en lo social, como en lo político y en lo Espiritual. Por ello siempre conformó sociedades de tipo comunal y orgánico unidas a entes políticos superiores (el Regnum y, mejor aun, el Imperium) por el mero principio de la Fides y no por la fuerza ejercida desde las altas jerarquías. Por ello, también, aspiró siempre a la suprema libertad: la libertad interior que se obtiene tras un duro, riguroso y metódico ascesis que no es otra cosa que la Iniciación y en cuyos estadios iniciales pugna por el descondicionamiento del Iniciado con respecto de todo aquello que lo mediatiza y esclaviza.

Siempre, repetimos, fueron muy propias del mundo indoeuropeo el tipo de sociedades orgánicas (como corresponde a cualquier sociedad que se precie de Tradicional) que no basan, por tanto, su cohesión a través de la fuerza material ejercida por los que detentan el poder sino que basan su unidad en la libre elección hecha (a través de la fides juramentada al Regnum o al Imperium) por los entes sociales o políticos que armónica y orgánicamente las componen.

Este hombre mostró muy a menudo su capacidad de ser señor de sí mismo (de autogobernarse y autodominar su mundo psíquico), sin que, por tanto, necesitase que le reglamentaran todos los aspectos de su vida cotidiana hasta el más ínfimo detalle; como, por el contrario, aconteció siempre –y acontece- con otros pueblos –pelásgicos, semitas,…- cuyas religiones ordenaron –y/u ordenan- hasta el extremo, mediante normas y dogmas, toda la existencia de sus miembros. Para la élite Espiritual de ese hombre indoeuropeo cualquier ligadura social y moral hubiera representado un obstáculo en medio de la vía de descondicionamiento que estaba recorriendo.

Pero, cuando dicho hombre se aleja de la Tradición y rompe, por tanto, con lo Alto no halla en su caída ni férreas morales ni dogmas ni reglamentaciones omnipresentes que atenúen dicha caída; morales y dogmas que, al modo de ataduras, si bien le hubieran impedido Ascender también le hubieran evitado el estrellarse, de forma tan estrepitosa y categórica, contra los abismos.

Aquí podemos encontrar las razones de esa caída libre que este hombre viene protagonizando. Caída libre no fatal ya que, no lo olvidemos, siempre puede ser frenada en acto heroico que, de realizarse, le puede volver a catapultar desde lo más bajo hacia lo más Elevado.

Hemos señalado, a lo largo de este escrito, ciertas discrepancias de enfoque habidas entre Julius Evola y René Guénon. Se trata de unas discrepancias que no afectan a las coincidencias básicas que ambos Tradicionalistas mostraron en sus disecciones del Mundo Tradicional y sus denuncias del mundo moderno, pero no está carente de relevancia el que sigamos mostrando alguna otra divergencia, por cuanto está íntimamente relacionado con el tema del presente trabajo. Se trata de una divergencia que ambos autores estuvieron, a finales de los años ´20 del s. XX, dirimiendo en forma epistolar y que ha sido agrupada bajo la cabecera de “Polémica sobre la metafísica hindú”. Evola denuncia algunos ciertos contenidos del libro de Guénon “El hombre y su devenir según el Vedânta” en el sentido de los peligros evasionistas a los que puede conducir el vedântismo (sobre todo el vedântismo advâita) que tuvo a bien exponer Guénon en dicha obra (13). Es así como Evola lo percibe cuando opina sobre esta interpretación de los Vedas que es el Vedânta. En tal línea el maestro italiano afirma que “el punto de vista del Vedânta es que el mundo, procedente de estados no manifestados, vuelve a sumergirse en ellos al final de cierto período, y ello recurrentemente. Al final de tal período, todos los seres, bon gré mal gré, serán por tanto liberados, ´restituidos´.” Evola nos advierte del fatalismo que envuelve a estas creencias y nos advierte de que si el hombre, junto a toda la manifestación, volverá a Reintegrarse en el Principio Supremo del que procede y será, así, restituido a lo Eterno e Inmutable no se hace necesaria ninguna acción: ni interna tendente a la Liberación ni externa que apunte a la Restauración del Orden Tradicional, ya que, tarde o temprano, toda la humanidad (así como todo el mundo manifestado) acabará Liberada cuando haya sido reabsorbida por el Principio Primero. Ni que decir tiene la pasividad a la que dichas creencias pueden llevar.

Igualmente nos advertía Evola de que considerar, tal como hace el Vedânta, al mundo manifestado como mera ensoñación (Mâya) puede abocar a posturas evasionistas con respecto al plano de la inmanencia. Puede llevar al refugio en el Mundo de la Trascendencia y a dar la espalda a una realidad sensible sobre la que el Hombre Tradicional debe tener muy claro que debe actuar para sacralizarla y convertirla en un reflejo de lo Alto (recuérdese el Imperium, en el microcosmos, como reflejo del Ordo macrocósmico). De no actuar en este sentido nos olvidaríamos -empleando terminología del hermetismo alquímico- del coagula que debe seguir al solve en todo proceso de metanoia o transformación interna; nos olvidaríamos, pues, de la materialización del Espíritu que debe seguir a la fase de Espiritualización de la materia propia de los procesos Iniciáticos.

No es nuestra intención la de resaltar desavenencias doctrinales entre Evola y Guénon sino la de hacerlo sólo si tienen una incidencia directa en el tema que estamos trabajando en este escrito. Pocos años después de haberse producido esta discrepancia epistolar, el mismo Evola reconocía, en un artículo intitulado “René Guénon, un maestro de los tiempos nuestros”, la alta competencia Tradicionalista de Guénon y lo imprescindible de su obra; opinión que no podemos por menos que compartir.

Pensamos que a lo largo de todas estas líneas ha quedado bien aclarada la postura existencial que defiende Evola como aquélla que debe adoptar cualquier persona que vea en la Tradición Perenne el faro y la luz que debe guiar su existencia. Esta postura ha quedado claro que es la de la vía de la acción (que puede convertirse en heroica) y la del rechazo a concepciones deterministas, fatalistas, evasionistas, pasivas e inmovilizantes. La lucha (interna y externa) debe ser el arma utilizada por el hombre que aspire a Restaurar lo Permanente y Estable frente a lo caduco y corrosivo del mundo moderno. La lucha externa le hará siempre concebir, a Evola, la esperanza de acabar con las manifestaciones políticas, económicas, sociales y culturales combatiéndolas en lid directa con el fin de abatirlas y hacer triunfar un nuevo Ciclo Heroico en plena Edad del Lobo. Esta esperanza y este objetivo son los que transmiten libros suyos que no son precisamente de los primeros que escribió en su definitiva etapa Tradicionalista: obras tales como “Orientaciones” (1.950) y “Los hombres y las ruinas” (1.953). Más adelante se apercibió de que pese a la inconsistencia interna de que hacía gala la modernidad los aparatos políticos que le eran propios a ésta se habían dotado de una fuerza represiva tan fuerte que resultaba casi ilusorio el aspirar a acabar con ella, por lo cual Evola creyó que antes que enfrentarse directamente con el Sistema que abanderaba los antivalores propios del mundo moderno se hacía más conveniente emplear otra táctica también extraída de las enseñanzas del Mundo Tradicional; concretamente de las enseñanzas extremoorientales. Y esta táctica no era otra que la de “Cabalgar el tigre” (14) y que nos transmitió en una obra homónima escrita por él el año 1.961. Para Evola ´cabalgar el tigre´ es adoptar tácticas como la de fomentar las contradicciones de nuestro degradante mundo moderno y del Establishment que lo sustenta y que a la vez es su consecuencia. Se trata de fomentar sus contradicciones y ponerlas de manifiesto y en evidencia. El desarrollo de sus contradicciones debe provocar tales tensiones, fricciones, desajustes y desequilibrios que acabe en el estallido de todo el entramado plutocrático materialista de este orbe globalizado (que Evola definió como el de la hegemonía del Quinto Estado) y que dé, en consecuencia, paso a una nueva Edad Áurea. Sin la acción heroica del hombre el final de esta etapa terminal de la Edad de Hierro podría prolongarse más de lo que las dinámicas cósmicas podrían indicar. ´Cabalgar el tigre´ que representa el mundo moderno hasta que éste se agote y llegue a su fin, en lugar de enfrentarlo directamente, pues, de este modo, el tigre nos destrozaría.

Evola contempla los procesos disolventes por los que se atraviesa y piensa que el principio de ´Cabalgar el tigre´ se puede, también, aplicar en el plano interno en el sentido de utilizar los venenos (como el sexo, el alcohol, las drogas, ciertos bailes/ritmos frenéticos,…) -que, por su naturaleza o por su omnipresencia, embriagan a la modernidad crepuscular- como medio de alterar el estado de conciencia ordinario y hacer más accesible el paso a otros estados de conciencia superiores. Sobra señalar lo peligroso de esta vía de la mano izquierda (como la definió el tantrismo), vía húmeda (en términos hermético-alquímicos) o vía dionisíaca por cuanto aquél que se aventura por el camino de la Iniciación y elija el tránsito por esta vía sin la preparación ardua de descondicionamiento previo seguramente se verá desgarrado y devorado por el tigre de estos venenos y convertido en adicto y en esclavo de ellos. Es por ello que sólo unos pocos hombres cualificados son aptos para aventurarse por semejante peligrosa vía de acceso a planos Superiores de la realidad.

Por otro lado se precisa no dejar de señalar que los tipos de más alta prestación Espiritual no necesitan de ayudas externas, en la forma de estos venenos, para que su conciencia pueda penetrar en la esencia de otro tipo de planos suprasensibles de la realidad, sino que será por su propia preparación metódica encarada al dominio y eliminación de su submundo emocional, pulsional e instintivo como habrá dado los primeros pasos para -tras aplicar otro tipo de rigurosas técnicas y de estrictos ejercicios de concentración, visualización,…- iniciar el acceso al conocimiento de otras realidades de orden metafísico y para hacer efectiva su progresiva transformación interior (la del Iniciado). Estaríamos hablando, ahora, de la vía de la mano derecha, vía seca o apolínea.

De aquel Hombre que es capaz de ´convertir el veneno en remedio´ también se pueden aplicar expresiones como aquélla que afirma que ´la espada que le puede matar, también le puede salvar´ o la que asevera que ´el suelo que le puede hacer caer, también le puede servir para apoyarse y levantarse´. Sin duda se trata de otra vía heroica adoptada por un Hombre para el que no existen situaciones -por muy irreversibles y fatales que puedan parecer- ante las que no se pueda actuar, ya sea luchando de frente o, como en este caso acabamos de explicar, cabalgando el tigre.

Ha quedado claro a lo largo de todo este escrito el que para el Hombre de la Tradición no existe fatalismo ninguno que le relegue a un vegetar pasivo y ovino a la espera de cambios predeterminados que le vendrán de fuera y cuyo cumplimiento le será totalmente ajeno a su voluntad. Ha quedado diáfana la idea de que las potencialidades Espirituales que anidan aletargadas en su seno interno pueden actualizarse y Liberarlo. Y no querríamos concluir este trabajo sin recurrir a una imagen sugerente que nos llega del hinduismo y que nos presenta a la diosa Shakti (símbolo de la fuerza sutil que se conoce con el mismo nombre: shakti) bailando alrededor del dios Siva (o Shiva: representación del Principio Supremo y Primero) y habiendo finalmente logrado, con su danza erótica, que el miembro viril de él se vigorice. Vigorización que no representa otra cosa que la de actualización del Espíritu dormido que, en potencia, albergamos en nuestro interior. No otra, sino ésta, es el gran reto heroico que debe acometer el hombre que aspire a convertirse en Hombre Diferenciado, para el que las adversidades son retos y no obstáculos impregnados de un fatalismo insalvable.

NOTAS:

(1) Consúltese nuestro escrito “Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/07/27/cosmovisiones-ciclicas-y-cosmovisiones-lineales/

(2) “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/

(3) Esta idea del Imperium fue desarrollada en nuestro ensayo “El Imperium a la luz de la Tradición”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/el-imperium-a-la-luz-de-la-tradicion/

(4) Aparecido en nuestro “Jerarquía y trifuncionalidad”: http://septentrionis.wordpress.com/2010/02/14/jerarquia-y-trifuncionalidad/

(5) Ídem.

(6) Pueden leerse estas reflexiones y sentencias, y otras más, en los volúmenes 1, 2 y 3 de “La magia como ciencia del Espíritu”, editados por Ediciones Heracles en 1.996.

(7) Para una profundización mayor en la problemática que la aparición de los Libros Sibilinos supuso en la antigua Roma se puede consultar el capítulo titulado “Los Libros Sibilinos” que forma parte de nuestro escrito “Evola y el judaísmo (Segunda parte)”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/evola-y-el-judaismo-2%c2%aa-parte/

(8) “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”. Op. cit.

(9) “Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos”, artículo de René Guénon editado por Ediciones Obelisco en 1.984, junto a otros textos, dentro del volumen “Formas tradicionales y ciclos cósmicos”.

(10) Para un mejor entendimiento de la Doctrina de la Regresión de las Castas volvemos a remitirnos a nuestro artículo “Los ciclos heroicos. Las doctrinas de las cuatro edades y de la regresión de las castas y la libertad en Evola”.

(11) Este tema fue estudiado en nuestro redactado “Ciencia sacra y conocimiento”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/07/05/ciencia-sacra-y-conocimiento/

(12) “La crisis del mundo moderno”. Capítulo I: “La Edad de sombra”. Editorial Obelisco. 1ª edición de 1.982 y 2ª edición de 1.988.

(13) Problemática tratada en nuestro “Críticas de Evola al Vedânta”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/07/09/criticas-de-evola-al-vedanta/

(14) Se puede consultar nuestro escrito “Cabalgar el tigre”: http://septentrionis.wordpress.com/2009/07/28/cabalgar-el-tigre/


EVOLA Y EL JUDAÍSMO (Segunda parte), por Eduard Alcántara

EVOLA Y EL JUDAÍSMO (Segunda parte), por Eduard Alcántara

No hace mucho publicamos bajo este mismo título un texto en el que se trazaban las coordenadas que al decir de Julius Evola definían la esencia del pueblo judío, sus grandes (y/o a menudo diversificados) rasgos actitudinales, las causas profundas de su/s manera/s de actuar y el papel que el judaísmo podía haber ejercido en los procesos de decadencia por los que se ha visto arrastrado -especialmente- el llamado Occidente en los períodos que la historiografía oficial conoce como la edad moderna y la contemporánea.
     Quedó bien clara entonces la profundidad de los análisis realizados por nuestro egregio autor, que le alejaba drásticamente de cualquier intención y proceder panfletarios y demagógicos. En esta línea nos fue dado afirmar que:
     "Julius Evola, impregnado de ese sentido Superior y Metafísico de la existencia inherente a la Tradición, abordó desde sus más genuinas raíces todo tipo de cuestión doctrinal y de asunto político, social o cultural. Y para la cosmovisión Tradicional estas genuinas raíces se sitúan en un plano Suprasensible y tienen, por tanto, mucho que ver con el hecho espiritual. Es así que el mismo tema de la cuestión judía fue analizado por Evola abordando en primer lugar y como causa primera, y más importante, de toda su problemática los avatares religiosos por los que ha ido pasando el judaísmo a lo largo de su devenir. Evola, pues, nos ofrece un enfoque del tema judío mucho más completo e integral que la mayoría de las interpretaciones al uso. Y es que puede ser que se haya tenido acceso a detallados y acertados estudios sobre el psiquismo y la caracterología de los judíos pero difícilmente estos estudios abordan las causas con las se pueden explicar las peculiaridades de la psique de la generalidad de los judíos; y si se han embarcado en la tarea de discernirlas no han mostrado competencia para adentrarse en el ámbito de lo espiritual, que es el que nos da las claves originales del accionar del judío. Sobre esta indispensable base Evola, con su singular agudeza, desgrana los principales episodios y las más influyentes corrientes “culturales”, de pensamiento, políticas y científicas que han ejercido un papel de acelerador de los procesos de decadencia y de disolución por los que transita, de manera vertiginosa, “nuestro” deletéreo mundo moderno. Y en este desgrane el gran intérprete italiano de la Tradición nos muestra el contundente protagonismo que ha tenido el elemento judío en la obra de demolición de los vestigios que del recto Mundo de la Tradición pudiesen subsistir; protagonismo que representa un hecho fehaciente independientemente de que los primeros procesos disolventes por los que empezó a discurrir el llamado Occidente haya que buscarlos en parámetros, e incluso personajes, ajenos al judaísmo."
 
     No vamos, obviamente, a volver a incidir en lo que ya explicamos en el anterior artículo dedicado a este tema, sino que con esta segunda parte pretendemos darle al asunto de estudio una vuelta de tuerca más para poder, así, ofrecer el análisis y el examen que Evola efectuó sobre cuestiones concretas en las que el judaísmo ejerció (o ejerce) un papel determinante. Pasemos, pues, a tratar de ellas:


     Conexiones entre la masonería y el judaísmo (*)
 
     Como aperitivo de las posibles interrelaciones que hayan podido (y/o puedan tener) la masonería y el judaísmo nos recuerda Evola que el personaje al que se le atribuye un papel fundamental en el ordenamiento interno de la masonería no es otro que el judío Elías Ashmole (1.617-1.692). Personaje que vive en un s. XVII en el que la masonería va configurándose en la forma que resultará tan perniciosa para la salvaguarda de los resquicios que del Orden Tradicional pudieran pervivir en los siglos venideros. Va, por aquel entonces, dejando de ser la masonería operativa que podemos hacer remontar a los ´Colegios romanos de Artífices´ (arquitectos) y que en el Medievo conservó su carácter iniciático en el seno de los gremios relacionados, sobre todo, con las construcciones de catedrales (arquitectos, canteros, picapedreros,...) para ir transformándose en su imagen contrapuesta: la de la ´masonería especulativa´ que tan papel decisivo ejerció, con su defensa del libre examen y del relativismo más destructivo, en el triunfo de las revoluciones liberales que encumbraron a los mercaderes (la burguesía) al poder político. Una masonería especulativa que se considera formalmente constituida con la fundación de La Gran Logia de Inglaterra en 1.717.
 
     Existe, nos escribe Evola, una sospechosa y especial inclinación expresada por muchos masones de que la masonería se erija en garante, de manera especial, de los derechos del pueblo judío. Buen ejemplo de lo cual sería el del masón Otto Hieber (primera mitad del s. XX). Y en este abanderamiento de la lucha por los derechos humanos -tan central en la religión del cosmopolitismo- muchos personajes judíos adoptan un papel predominante. Éste sería el caso de un Elie Eberlin, que aboga porque Israel asuma el papel de "Mesías colectivo" en pos de los derechos del hombre y en favor del "régimen igualitario y nivelador de las repúblicas". Para Eberlin se han de suprimir "patrias, cortes, ejércitos y aristocracias hereditarias" (no es espacio éste para comentar el estado de decrepitud en el que muchas monarquías y la nobleza se hallaban ya por aquel entonces y no vamos a ser nosotros quienes neguemos esta evidencia; otro asunto bien diferente es el de la intencionalidad de Eberlin…). Nos sigue escribiendo Evola que el también judío Ludwig clamaba por el aniquilamiento de las formas imperiales y monárquicas. Y, en total coincidencia, por la "destrucción de las formas imperiales y monárquicas", además de por la constitución de la Sociedad de Naciones (precursora de la universalista O.N.U.), se declaró el congreso internacional masónico celebrado en París en 1.917 (durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial). Una Sociedad de las Naciones (establecida en Ginebra) que, al decir del hebreo Fritsch, "no es tanto una creación del presidente de los EE.UU. Wilson sino una obra magnífica del judaísmo". En total concordancia con la filosofía humanitarista y pacifista de que hacía gala la institución ginebrina (eso sí, no tan pacifista contra los Estados en los que sobrevivían, según sus criterios, sistemas políticos no "democráticos") interpretaba el ya citado Fritsch las palabras del profeta Isaías cuando profetizaba que "las espadas deberán ceder el lugar a las carretas".
 
       Por lo expuesto hasta ahora se van haciendo patentes las concomitancias entre los objetivos de la masonería y los de un buen número de miembros del pueblo hebreo.
 
     A estas alturas se tercia una pregunta de calado: ¿Esta ideología de los derechos humanos por la que abogan muchos personajes del pueblo judío es anhelada para todos los pueblos del mundo sin excepción o es querida para todos menos para el suyo? La legitimidad de esta pregunta viene dada porque otros judíos (al igual que lo que ya dijimos del mencionado Elie Eberlin) también defendían la idea del pueblo judío como "Mesías colectivo", pero con intenciones esclarecedoras y nada "beneficiosas" para el resto de la humanidad, pues, así, el rabino y masón Baruch Levi aspiraba a que "el pueblo judío, en tanto que colectividad, fuera su propio Mesías" y que por medio de la unión de las otras razas (no la suya...) -buen precursor, Baruch Levi, de la promoción del mestizaje actual-, la eliminación de las fronteras, de las monarquías, de cualquier otro elemento o cualquier otra institución garante de las diferencias, de la supresión de la propiedad privada y del acaparamiento en manos judías de los bienes del mundo acabara –el pueblo hebreo- dominando el mundo y realizando, de este modo, las promesas del Talmud. Baruch Levi escribe todos estos propósitos en carta que dirige a Karl Marx; del cual era confesor... ¿Podemos creer en la honradez ideológica y de intenciones de Marx cuando éste aboga por el ateísmo y anatemiza a la religión como "el opio del pueblo" si, por otro lado, tenía un confesor espiritual...? ¿o se trata tan solo de tretas de cierto judaísmo para hacerse con el control político y económico mundial?
 
      Este presumible doble rostro de cierto judaísmo empuja a Evola a preguntarse si tras este presunto judaísmo laico desgajado de su tradición religiosa y que converge con la masonería no existe, oculto, en realidad un judaísmo fiel a su tradición y, por tanto, a la ley mosaica. En esta línea nos recuerda nuestro romano autor que un historiador de la masonería como lo fue Schwarz-Bostunitsch (de la minoría alemana de Ucrania durante aquella época de los años ´30 y ´40 del pasado siglo) afirmó que "el secreto de la masonería es el judío"; en definitiva, quien mueve los hilos de aquélla. Al igual que nos recuerda que un especialista en sociedades secretas como lo fue Leon de Poncins (1) escribió en su libro "La Vérité Israélite" que "el espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo".
 
     En la misma línea de todo lo anterior se enmarcan las palabras del también (como Baruch Levi) rabino M.J. Merrit cuando afirmó, en el transcurso de una reunión o tenida masónica, que no había mejor lugar para realizarla que ése en el que se estaba llevando a cabo, que no era otro que una sinagoga, pues sostenía, textualmente, la convicción de que "la masonería había nacido en Israel".
 
     A pesar de todo lo dicho hasta ahora y de todo lo, por pura lógica, deducible Evola no cierra las puertas a la posibilidad de que la similitud de objetivos perseguidos por la masonería especulativa y por cierto judaísmo no se deba tan solo a una acción planeada por un judaísmo que, en realidad, seguiría fiel a su tradición religiosa (como aquél que hemos visto que echaba mano del profeta Isaías), sino que también podría deberse a que si la masonería promueve el internacionalismo homogeneizador es normal que muchos judíos laicos se sientan identificados con este ideal que no entiende de patrias, de razas, de identidades o de pertenencias, pues al judío que se ha alejado de la ley mosaica no le queda ningún símbolo de identidad con el que se sienta atraído e identificaddo: pues su origen racial es variadísimo y desconocido para muchos judíos, sus referencias originales geográficas también y sus costumbres lo son otro tanto. Por esto, en un mundo sin referentes ni peculiaridades él se siente más a gusto.
 
     Las concomitancias entre masonería y judaísmo afloran igualmente en su común anticatolicismo, que en el judaísmo religioso encuentra su explicación en esa visión hereje que del cristianismo tiene desde el mismo momento de su aparición, mientras que en el judaísmo laico se basa en esa especie de sentimiento de venganza quasi atávico que contra las Iglesia Católica conserva debido a las persecuciones que por mor de ésta, y a manos de la misma, padeció el pueblo judío en diferentes épocas y lugares y, finalmente, en la masonería encuentra su razón de ser en el obstáculo que le supuso secularmente la Iglesia Católica de cara al proyecto y al anhelo masónicos de implantación de sus postulados librepensadores y relativistas. 
 
     Nuestro gran intérprete italiano de la Tradición concluye planteando la disyuntiva de que o bien luchando contra la masonería se lucha "simplemente" contra una organización que pugna por el triunfo del igualitarismo nivelador o, en cambio, lo que se puede conseguir si se sale victorioso en esta lid es eliminar uno de los resortes que utiliza el judaísmo para llevar a buen puerto sus deseos de hegemonía mundial.


     El judío y los movimientos políticos, culturales y científicos de los siglos XIX y XX (**)
 
     Evola nos ofrece una extensa relación de destacados personajes de extracción judía cuyo papel acelerador de los procesos de disolución acaecidos en Occidente, a lo largo de las dos últimas centurias, ha resultado decisivo.
 
     Es así cómo nos recuerda que el mismo fundador del marxismo -Karl Marx- no era otro, en realidad, que el hebreo Mardochai. Nos dice, igualmente, que todos los cabecillas del bolchevismo que triunfó en la Revolución de Octubre de 1.717 en Rusia eran también, a excepción de Lenin, judíos; León Trotsky sería también un claro ejemplo de ello.
     En Alemania el mismo fundador del Partido Socialdemócrata fue el judío Lasalle (quien ya en su momento había trabajado, políticamente, con los redactores de "El Manifiesto Comunista" (1.848): Marx y Engels). La misma extracción compartía la líder del Partido Comunista Alemán: Rosa Luxemburg; máxima responsable de las revoluciones espartaquistas que sacudieron duramente la Alemania inmediatamente posterior al final de la Primera Guerra Mundial. Y lo mismo sucedía con todos los principales dirigentes de este partido: Liebneckt, Kautzky o Haase.
 
     En el campo de la filosofía no nos hemos de olvidar del francés Henry Bergson. Filósofo que en su justa crítica al racionalismo y al intelectualismo no adopta la postura restauradora de superarlos por lo Alto sino que se aleja de ellos bajando un peldaño más de la escalera involutiva y clamando, así, por la religión de la vida y de lo irracional: la religión de los instintos más primarios y la del turbulento e incontrolado mundo del subconsciente.
 
     Haciendo malabares de un sincretismo contranatura, artificioso y de intencionalidad diáfanamente niveladora, igualitarizante y cosmopolita el judío Samenhof (o Zamenhof), nacido en territorio del Imperio Ruso (hoy perteneciente a Polonia), elabora, en el siglo XIX, un nuevo idioma (apelotonando elementos lingüísticos de lenguas diferentes) que pretende convertir en idioma universal: el esperanto.
 
     La música no se ve exenta de influencias deletéreas provenientes de compositores de origen hebreo, tal como sucede con lo que Evola define como ironismo operístico (humorístico e irreverente) del decimonónico alemán Offenbach; que en sus obras intenta ridiculizar cuanto pudiera subsistir, en su época, de lo que, en su día, pudo considerarse acorde con la Tradición. O tal como ocurre con el alemán Schonberg y su música dodecafónica atonal que rompe con la escala musical tradicional de ocho notas (o, como se la suele denominar, de una octava). Escala de ocho notas utilizada durante siglos por todos los compositores, en Occidente, porque es el fruto de reconocer que la distancia y diferencia de sonido que, de este modo, existe entre una nota y otra es la que de manera más natural puede percibir el oído humano. Distancias de sonido que son conocidas como tonos; o como semitonos (entre la nota mi y la fa y entre la nota si y la do) en los casos de notas cuya diferencia de altura (más o menos agudas o graves) es menor que la habitual existente entre la mayoría de notas que se sitúan en la escala musical de manera correlativa. Pues bien, en esta línea, tan común entre muchos autores judíos, consistente en romper referencias y en desangelar cualquier atisbo de vida, de institución o de actividad ordenada Schonberg crea el dodecafonismo e introduce otro elemento de caos más en el seno de la cultura Occidental de su época. Elemento de caos, al decir de Evola, acorde con la misma naturaleza caótica del judío que le vendría dada por la amalgama racial tan dispar de la que procede (2). Schonberg verá cómo su dodecafonismo será abrazado por, entre otros, el también judío -en este caso ruso- Strawinsky, cuya música será definida por Evola como rítmico-orgiástica.
 
    A nuestro gran intérprete italiano de la Tradición no se le pasa por alto la enorme influencia (casi podríamos mejor afirmar: el tremendo monopolio) que los judíos ejercían ya en su época en el mundo del cine. Concretamente nos recuerda que es en manos de hebreos en quienes estaban compañías cinematográficas como la Paramount, la Metro Goldwin Mayer, la United Artists, la Universal Pictures o la Fox Film. De todos es sabido que dicha influencia ha ido in crescendo arroyadoramente hasta la situación en que se encuentra en la actualidad (especialmente en Hollywood) y por esta razón se haría interminable la lista no sólo de compañías sino también de productoras, de artistas,...
 
     La teoría de la relatividad
 
     Antes de pasar a comentar las críticas que Evola realiza a esta teoría, nuestro autor nos recuerda las fuentes de las que bebe el judío Albert Einstein para formularla y el eco que ellas tuvieron inmediatamente en el mundo de la física moderna. Es así que Einstein se basa, para su elaboración, en la teoría del espacio creada por el judío Minkowsky y en reformas del cálculo infinitesimal como las llevada a cabo por el igualmente judío italiano Levi-Civita. El principal desarrollo que ha tenido esta teoría de la relatividad, con posterioridad a ser formulada por Einstein, ha venido de la mano del hebreo Weyll y entre los principales seguidores de la misma nos encontramos al judío italiano Enriques o al también judío (en este caso alemán) Born.
    
     La teoría de la relatividad elaborada por Einstein supone, tal como nos expone Evola, un salto enorme en el abismo al que nos conducía la física moderna desde hacía ya unos cuantos siglos. La ruptura es total con respecto a la esencia de las ciencias sagradas Tradicionales. Unas ciencias sagradas que concebían los fenómenos naturales como la exteriorización del accionar de las fuerzas sutiles que componen el entramado suprafísico del cosmos y que explican la armonía consustancial de éste. Bajo este prisma las Ciencias Tradicionales entendían que lo que acontecía en el microcosmos era un reflejo de lo que sucedía a nivel macrocósmico. La modernidad, por el contrario, rompe sus vínculos con lo Alto y, por esto, las ciencias modernas se centran en los estudios, análisis, experimentación y formulación -exclusivamente- de lo fenoménico o superficial. Y siguiendo esta línea descendente la teoría de la relatividad se desvincula incluso de lo natural y de lo fenoménico y los sustituye por fórmulas matemáticas o los somete a ellas. Fórmulas matemáticas que son el producto de elucubraciones mentales que rozan el pensamiento abstracto más extremo y se alejan de cualquier tipo de realidad; inclusive de la material.
 
     Para la física elaborada por Einstein, de este modo, el ente tiempo y el del espacio son superados y no tienen validez como tales. El físico judío "crea" una nueva realidad (paradójicamente irreal): la de la noción espacio-temporal; una especie de todo continuo que no tiene otro sustento que el de las disquisiciones mentales de su autor. Si la física profana había reducido cualquier idea de realidad a la meramente material, la física de Einstein no tiene otro soporte que el mental: el de sus elucubraciones mentales.
     
     ¿Nos debe extrañar esta reducción de la física a fórmulas matemáticas de lo más abstracto? ¿Nos debe, en definitiva, sorprender esta matematización de la física? Pues la respuesta que nos da Evola es que no, pues nos recuerda que no sólo el judío sino que en general el alma semita (3) ha demostrado siempre tener una inclinación especial hacia el número y la matemática. El álgebra nos vino introducida a través de los árabes. La numerología actual tiene esta procedencia y por ello también las cuatro operaciones básicas; por contra, por ejemplo, en la Antigua Roma se empleaban otros sistemas diferentes para calcular. 
 
     La inclinación del judío, en particular, hacia la matemática y el número puede hallar su explicación en su percepción cuantitativa, igualitarista y masificadora de la realidad y de la existencia. Esta vocación hacia el número se encuentra en la base de su querencia hacia la cábala; que, por otro lado, nos dice Evola que es de lo mejor que ha cultivado el judaísmo. Una cábala desarrollada especialmente por unos judíos sefardíes (como sería el caso de un Maimónides) que al decir de Houston Stewart Chamberlain ha representado siempre lo mejor y más granado del pueblo hebreo (4).


     La psicología criminalística judía
 
     En el Mundo de la Tradición la noción de orden que se tenía carecía de puntos en común con la idea de orden burgués tan en uso desde hace varias centurias. No se limitaba, pues, a aspectos sociales sin nexos con lo Superior, sino que, al contrario, hacía referencia al anhelo de reflejar aquí abajo -en la forma del Regnum o, mejor, del Imperium- el ordo que regía, equilibrada y armónicamente, arriba.
     El Orden a establecer y por el que se luchaba debía sustentarse sobre una serie de pilares, uno de los cuales era el de la Justicia. El maestro romano nos señala cómo en esa línea de actuar y pensar tan cáustica y propia de cierto judaísmo la misma institución y el mismísimo concepto de la Justicia reciben fuertes impactos en su línea de flotación.
 
     Es por esto por lo que algunos literatos judíos llegan a hacer aseveraciones del tipo de que "todo el mundo es culpable excepto el criminal" (Aschaffenburg) o de que "el culpable no es el asesino sino el asesinado" (Werfel). En la misma línea el escritor judío checo Franz Kafka nos relata en su obra "El Proceso" el cómo un acusado de un delito, que no es consciente de haber cometido, se enfrenta a un juicio en el que una Justicia deshumanizada, que no conoce ni de eximentes ni de atenuantes, le dicta sentencia condenatoria. El protagonista no es consciente de cuál será su destino dictado por esta sentencia hasta justo antes del momento en que ésta sea ejecutada (5).
 
     Los más destacados psicoanalistas y/o psicocriminalistas judíos reman en la misma dirección de debilitar los fundamentos y la institución de la Justicia. De este modo los adscritos al marxismo (de fines del s. XIX y principios del XX) siempre han defendido la idea de que el criminal no es más que una víctima del sistema opresivo capitalista y que, por ende, no merecería punición alguna.
     El judío italiano César Lombroso (cuyas peregrinas ideas asociaban y relacionaban, intrínsecamente, genio, criminalidad y epilepsia...) se posicionaba en su certidumbre de que los impulsos criminales tenían un origen genético y que, por esta razón, el criminal no podía nada contra ellos, pues constituían una especie de fuerza superior a él. Por lo cual Lombroso, también, pensaba que el criminal no merecía recibir ningún castigo.
     Evola nos sigue recordando que en la misma línea de debilitar la potestad de la Justicia nos topamos con el judío austríaco (de Viena) Alfred Adler (discípulo de Freud) que postulaba el que en el seno de la sociedad, por mera lógica estadística, existe un porcentaje de personas con tendencias criminales y que, por este motivo, al individuo que tenga la desdicha de formar parte de este desgraciado porcentaje no hay que condenarlo sino que hay que ponerlo en manos de un psicoanalista, ya que aquél no ha pedido formar parte de este desdichado segmento de la población…
     También nos hace saber Evola que Adler afirmaba que el criminal es un individuo que padece de complejo de inferioridad y que si se le castiga por sus actos delictivos se sentirá, a causa de sus complejos, humillado y su reacción será la de vengarse de dicha "humillación" volviendo a delinquir. Por lo tanto Adler aboga por que no se le castigue para evitar, así, su reincidencia delictiva.
     Igualmente nos hace saber el gran maestro italiano de la Tradición que Sigmund Freud defendía la idea de que el potencial delincuente es un ser que padece de un sentimiento de culpabilidad a causa de un complejo de Edipo no superado y que para intentar atenuar la culpa que siente buscará que se le castigue. ¿De qué manera?: delinquiendo. La "brillante" solución que aporta Freud es la de suprimir el castigo porque de esta manera el potencial delincuente no delinquirá al saber que si sí lo hiciera no le correspondería el ser castigado por la Justicia (que es lo que perseguía); una Justicia, por otro lado, que pierde, así, todo poder, toda respetabilidad y toda razón de ser.


     Los libros sibilinos
 
     Hemos querido, de la mano de Evola, dejar al descubierto el papel deletéreo que cierto judaísmo ha protagonizado en el
seno de las sociedades del llamado Occidente a lo largo, especialmente, de las dos últimas centurias, pero igualmente de la mano del maestro italiano echaremos la vista mucho más atrás para comprobar cómo dicha acción disolvente no es ajena a épocas bastante lejanas en el tiempo. Es así, que ya en la antigua Roma se puede vislumbrar. Un buen ejemplo de ello sería el de los Libros Sibilinos que, según cuenta la tradición, le fueron dados por una vieja señora al último rey etrusco que reinó en Roma (en su primera etapa histórica: la de la monarquía): a Tarquino el soberbio. Se trata de unos libros en los que, a través de la sibila, supuestamente el dios Apolo comunicaba las profecías que daban respuesta a una serie de cuestiones que, normalmente, las gentes le habían formulado a la divinidad. Sin duda, atendiendo al contenido de las "profecías" emitidas, no podía tratarse del Apolo Solar e hiperbóreo que tan fidedignamente encarnaba los principios inmutables de la Tradición. Se puede deducir que el nombre de Apolo fue utilizado para introducir en Roma toda una serie de cultos exóticos, orientales, antirromanos, antisolares y antiolímpicos e introducir, además, todo tipo de divinidades de carácter telúrico y directamente emparentadas, por tanto, con la percepción sensual y emotiva de la vida y con cosmovisiones de tipo matriarcal y lunar. Las profecías transmitidas por las sibilas exigían al pueblo fidelidad a este tipo de cultos -extraños a las más genuinas esencias de Roma- si se quería evitar el padecimiento de calamidades.
     Historiadores como Tito Livio ya advertían en su época de que muchas mujeres romanas hacían abandono de los tradicionales ritos romanos (oficiados por el pater de familia) para acudir, en cambio, a escuchar a la sibila en plan meramente devocional y gregario.
     En el s. I d. C., por culpa de un incendio en el Capitolio, se quemaron y su posterior "reconstrucción" rezuma, como muy bien nos hace ver Evola, el sello del judaísmo, pues estos Libros Sibilinos "reconstruidos" destilan un odio hacia Roma cargado con ese cariz apocalíptico tan consustancial a la religiosidad hebrea. Visión apocalíptica que advierte de terribles calamidades para los opresores, en general, del pueblo judío (así, a las claras; sin disimulos) y, en particular, para contra Roma.
     Por estas y otras razones muchos son los que han venido a llamar a estos Libros Sibilinos "reconstruidos" como los Libros Sibilinos Hebraicos. No es para menos, pues son continuas las referencias que en ellos se hacen al dios único (a buen entendedor léase Yahvé) como el que será venerado exclusivamente. Las evidencias de estos mensajes intentan, en ocasiones, ser disimuladas con referencias a un supuesto Apolo que en realidad tiene mucho de dionisíaco y antiviril y nada de apolíneo, mayestático y sereno. Sólo estas referencias a un supuesto Apolo podían evitar cualquier lógica reacción en contra de estos Libros por parte del segmento más genuino, sano, viril y uránico de la sociedad romana. 
     La mano del judaísmo se pone también al descubierto cuando los Libros hablan del pueblo que, según las profecías, orará en el templo (huelga decir que se trata del templo de Salomón y del pueblo judío) y que dominará al mundo con sus espadas. También cuando uno de los oráculos, en boca de la sibila, exigió la genuflexión de los que a su escucha habían acudido. Genuflexión inconcebible en los ritos Tradicionales romanos enraizados en un tipo de Espiritualidad Solar. Así escribíamos en cierta ocasión que "la conciencia que se tenía, en el Mundo de la Tradición, de la potencialidad divina existente en el interior del hombre hacía que éste orara y se dirigiera a sus divinidades casi de tú a tú, en pie, con dignidad y no, como se hacía y se hace en el marco de las religiones que surgieron en el seno del mundo semita, arrodillándose, humillado y con el pesado sentimiento de culpa que, por ejemplo y significativamente, desprende la idea del pecado original."
      Fue enorme la influencia que los Libros Sibilinos Hebraicos ejerció, en Roma, entre los siglos I y III d. C. Como colofón a esta evidencia diremos que ellos fueron introduciendo en la cosmovisión de amplios sectores de la población romana una concepción lineal de la existencia (a través de la idea de un Apocalipsis que acababa con el Juicio Final) contrapuesta a la cosmovisión cíclica del tiempo propia de la Tradición (6).


     Conclusión
 
     Tal como ya señalamos en el artículo que se ha de considerar como la primera parte de éste que estamos a punto de concluir es bien evidente que un buen número de judíos llevan protagonizando, en los últimos siglos, un papel de catalizador de los procesos destructivos a los que se ve abocado, principalmente, "nuestro" mundo occidental, pero también debe quedar claro que nadie obliga a nadie a transitar por estos nefastos derroteros. Ni al llamado Occidente, en general, ni a nadie en particular se le ha obligado a ello. No vamos a repetir las tesis de Evola al respecto pues, en caso de hacerlo, se trataría de reiterar algo que ya explicamos en la mencionada primera parte de este tema. Pero, en relación al principio de la libertad profunda del hombre para elegir entre el camino de la alienación total o el del autodominio interno, recordemos lo que en alguna ocasión habíamos escrito (7):
     "Nadie como el gran Tradicionalista romano defendió el principio de la Libertad del Hombre. El Hombre Reintegrado no es esclavo ante nada. No es esclavo de sí mismo: no es un títere manejado a antojo por sus pasiones, pulsiones, bajos instintos o por sus sentimientos engordados. No está sujeto irremediablemente a sus circunstancias. No se halla determinado ni por presuntas dinámicas históricas (el determinismo característico del historicismo, basado en el materialismo dialéctico, que postula que la historia se hace a sí misma: tesis+antítesis=tesis; o, lo que es lo mismo, igual a cambios históricos irremediables) ni se encuentra mediatizado por condicionantes sociales ni por ningún tipo de dios omnipotente que haga y deshaga a antojo sin la posibilidad de que uno pueda trazar su propio rumbo y sin que el ser humano pueda llegar a ser tratado como algo más que una simple criaturilla que no pueda albergar en su seno la semilla de la eternidad sino que tenga que resignarse bovinamente a postrarse devocionalmente antes su “creador”. El Hombre Superior no se encuentra tampoco cercenado en sus potencialidades por ninguna especie de determinismo ambiental-educativo. Ni tampoco por otros de orden cósmico en la forma de un “Destino” cuya fatalidad lo tenga irremisiblemente programado de antemano."
     En el mismo sentido también afirmábamos que:
     "Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución –con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada antes del final de un ciclo cósmico, humanidad o manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga. Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del Hombre. Porque creía que el Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional. Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo." (8)
     No hay, pues, que buscar chivos expiatorios a los que responsabilizar de estos procesos de caída, porque aunque hayan existido personajes nefastos pertenecientes a un determinado pueblo –el judío- también ha demostrado ser igual de nefasto aquél que se ha dejado "conducir" por los derroteros enajenantes que han trazado los primeros. Y esto lo comentamos sin olvidarnos del hecho incontestable de que fuera del ámbito del pueblo aludido podemos encontrar, desde mucho tiempo atrás, numerosos y significativos ejemplos de personajes que también han trazado senderos de aquéllos que acaban precipitando al abismo más degradante a quienes cometen la irresponsabilidad de recorrerlos.
 
                              ...................................................................................
 

NOTAS:

(*) Las tesis de Evola sobre este asunto se pueden leer en su artículo "Acerca de las relaciones entre el judaísmo y la masonería", que ha sido traducido al castellano, por un lado, por Ernesto Milà y, por otro, por Marcos Ghio; el cual, junto a otros artículos de nuestro autor por él mismo traducidos, ha sido publicado por Ediciones Heracles en un libro que lleva por título "Escritos sobre masonería" y que fue publicado en el año 2.001.
 
(**) Tanto el presente capítulo como todos los siguientes de este escrito y las reflexiones que nosotros hemos creído conveniente verter se basan en lo expuesto por Julius Evola en una serie de artículos que Marcos Ghio tradujo y publicó, en 2.002, bajo el sello de Ediciones Heracles -junto a otros escritos de nuestro autor- en un libro intitulado "Escritos sobre judaísmo".
 
(1) Leon de Poncins redactó junto a Emmanuel Malinsky otra imprescindible obra titulada "La guerra oculta", que pone al descubierto lo que se esconde tras las bambalinas de los escenarios mundiales. Obra que fue traducida al italiano por Evola y que también tiene edición en castellano traducida por Marcos Ghio y editada por Ediciones Heracles.
 
(2) Esta tesis planteada por Evola ya fue explicada en la que se puede considerar como la primera parte que precede al presente artículo y que ya hemos comentado, en las primeras líneas, que llevaba por título el mismo que el de nuestro actual escrito.
 
(3) Evola, hablando de pueblos semitas, nos hace una pequeña acotación para comentarnos cómo ciencias Tradicionales como la astrología en civilizaciones como la asiria, la babilonia o la caldea (de extracción semita) se basaban en la observación de la luna y de los planetas -tal como corresponde a un tipo de "espiritualidad" lunar- y no en el estudio del Sol y las estrellas como, en cambio, sucedía en otras civilizaciones caracterizadas por una espiritualidad de índole solar.
     Tengamos presente que la "espiritualidad" lunar no concibe la posibilidad del Despertar a la Realidad Suprasensible ni al Principio Supremo que se halla en el origen del Cosmos. No admite, pues, la posibilidad de que determinados Hombres puedan llegar a Ver la Luz (a la Gnosis de lo Absoluto; además de a la Identificación Ontológica del Hombre con Ello); una luz propia de la que carecen la luna y los planetas y que sí poseen el Sol y las estrellas objeto de la observación y del estudio de la Espiritualidad de tipo Solar. La de naturaleza lunar se ha, pues, de contentar con la mera fe y devoción hacia lo Alto.
 
(4) Seguramente la mayoría de judíos sefarditas son de origen hispanorromano. Se trataría de hispanorromanos que en los primeros siglos del cristianismo se convirtieron al judaísmo, bien abandonando sus debilitadas creencias politeístas o bien renunciando a un cristianismo recién abrazado. No ha de extrañar este segundo caso debido a las semejanzas existentes entre el judaísmo y un cristianismo de los orígenes de corte humanitarista, igualitarista y muy dado a la pusilanimidad.

     Es lógico pensar que estas conversiones al judaísmo existieron y no, precisamente, en pequeña escala puesto que sabemos que el número de personas de religión judía existente en la España de los Reyes Católicos (concretamente a fines del s. XV) era elevado, pues con motivo del Decreto de Expulsión de 1.492 tuvieron que abandonar el Reino un mínimo de 200.000 personas (algunas cifras barajadas llegan incluso hasta hablar de 400.000) a las que hay que añadir un nada desdeñable número correspondiente a los supuestamente conversos al cristianismo que pudieron continuar viviendo en España.

     Esta elevada población no podía ser, de ninguna manera, el resultante de la Diáspora que se originó en Palestina, a partir del año 70 d. C., tras las destrucciones del templo y de la ciudad de Jerusalén por orden del general romano Tito, ya que la población total existente por aquel entonces en la semidesértica Palestina era poco numerosa y, además, por lógica de distancia, no sería a la provincia más alejada del Imperio Romano, en relación a Palestina, a la que llegaría, precisamente, el mayor contingente de exiliados. A estos razonamientos hay que añadir el hecho de que no todos los judíos tuvieron que abandonar Palestina tras el citado año 70 d. C., como lo demuestra el hecho de que en el s. II d. C. se tienen noticias fehacientes de revueltas judías contra el poder y la autoridad de Roma, como es el caso de la encabezada por Bar Kohba y cuyo episodio final tuvo lugar en la fortaleza de Massada o Masadá.

 

(5) Resulta contrastante esta defensa de los atenuantes y eximentes por parte de ciertos personajes judíos si echamos la vista atrás y recordamos el tipo de justicia que regía en el seno del judaísmo fiel a la ley de Moisés: la Ley del Talión; el ojo por ojo y diente por diente...
 
(6) Para un mejor desarrollo de estas cosmovisiones del tiempo tan dispares remitimos al lector a nuestro escrito "Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales": http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Cosmovisiones.htm
 
(7) Extractado de nuestro documento titulado "Los ciclos heroicos" y subtitulado "La Doctrina de las Cuatro Edades y de la Regresión de las Castas y la concepción de la Libertad en Evola". Se puede leer en su totalidad en http://septentrionis.wordpress.com/2009/02/08/los-ciclos-heroicos/ o bien en http://juliusevola.blogia.com/2009/020605-los-ciclos-heroicos-las-doctrinas-de-las-4-edades-y-de-la-regresion-de-las-casta.php o en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Ciclosheroicos.htm
 
(8) Ibíd.
 
(c) EDUARD ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX
http://septentrionis.wordpress.com/
septentrionis@hotmil.com

 

 

 

La montaña como Walhalla. Julius Evola

La montaña como Walhalla. Julius Evola

La palabra Walhalla (Walholl) es notoria a través de todas las obras de Ricardo Wagner, en las cuales, no obstante, en muchos puntos se deforman y se "literalizan" los antiguos conceptos nórdico-escandinavos de los Edas, de los que Wagner nutre especialmente su inspiración y que son susceptibles de significados más profundos. Walhalla quería literalmente decir "el palacio de los caídos", del cual Odin era el rey y el jefe. Se trata del concepto de un lugar privilegiado de inmortalidad (aquí, como en las tradiciones helénicas, para los seres vulgares no hay, tras la muerte, más que la existencia oscura y mediocre en el Niflheim, el Ade nórdico), reservado a los nobles y esencialmente a los héroes caídos en el campo de batalla. Casi como el dicho según el cual "la sangre de los héroes está más cerca de Dios que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos", en estas antiguas tradiciones el culto y el sacrifico más grato a la divinidad máxima -Odin-Wotan o Tiuz- y más fecundo de frutos supramundanos consistía en morir en la guerra. Los caídos por Odin quedaban transformados en sus "hijos" e inmortalizados junto a los reyes divinizados, en el Walhalla, lugar que frecuentemente se asimilaba al Asgard, a la ciudad de los Asen, es decir, de las luminosas naturalezas divinas en perenne lucha contra los Elementarwessen, contra las criaturas tenebrosas de la tierra.

   Ahora bien, los mismos conceptos del Walhalla y del Asgard originariamente se presentan en una relación inmediata -de nuevo- con la montaña, hasta el punto que Walhalla aparece como nombre de cumbres suecas y escandinavas y en montes antiguos, como el Helgafell, el Krossholar y el Hlidskjalf fue concebida la sede de los héroes y de los príncipes divinizados. El Asgard aparece a menudo en Edda como el Glitmirbjorg, la "montaña resplandeciente" o el Himinbjorg, donde la idea de monte y la de cielo luminoso, de calidad luminosa celeste, se confunden. Queda pues el tema central del Asgard como un monte altísimo, sobre cuya cumbre helada, por encima de las nubes y de las nieves, brilla una claridad eterna.

   Así, el "monte" como Walhalla es también el lugar donde prorrumpe tempestuosamente y sobre el cual vuelve a posarse el sedicente Wildes Heer. Aquí se trata de un antiguo concepto popular nórdico, expresado en la forma superior de un ejército mandado por Odin e integrado por los héroes caídos. Según esta tradición, el sacrificio heroíco de la sangre (lo que en nuestras tradiciones romanas se llamaba la mors triunphalis, y por la cual el iniciado victorioso sobre la muerte venía asimilado a la figura de los héroes y de los vencedores) sirve también para acrecentar con nuevas fuerzas aquel ejército espiritual irresistible -el Wildes Heer- del cual Odin, dios de las batallas, tiene necesidad para alcanzar un objetivo último y trascendente; para luchar contra el ragna rokkr, es decir, contra el destino del "obscurecimiento" de lo divino que corresponde al mundo de las edades lejanas.

   A través de estas tradiciones, unidas en su significado íntimo y no en su forma exterior mitológica, llegarnos pues al concepto más elevado del ciclo de los mitos sobre la divinidad de la montaña; y afirmaremos encontrar personalmente, en nuestros recuerdos nostálgicos de la guerra en la alta montaña, casi un eco de esta lejana realidad. Sede del amanecer, del heroísmo, y, si es necesario, de la muerte heroíca transfigurante, lugar de un "entusiasmo" que tiende hacia estadios trascendentes, de un ascenso desnudo y de una fuerza solar triunfal opuesta a las fuerzas paralizantes, que oscurecen y bestializan la vida... así resulta ser, pues, la sensación simbólica de la montaña entre los antiguos, cual resulta de un círculo de leyendas y de mitos provistos de grandes caracteres de uniformidad, de los cuales los citados no son más que algunos de los escogidos en una lista muy amplia.

   Naturalmente, no se trata de detenerse en reevocaciones anacrónicas.. . pero tampoco se trata de curiosas búsquedas de una simple erudición histórica. Detrás del mito y detrás del símbolo condicionado por el tiempo existe un "espíritu", que puede siempre revivir y tomar expresión eficaz en nuevas formas y en nuevas acciones. Esto, precisaente, es lo que importa.

   Que el alpinismo no equivalga a profanación de la montaña; que los que, oscuramente empujados por un instinto de superación de las limitaciones que nos ahogan en la vida mecanizada, aburguesada e intelectualizada de las "llanuras", se van hacia lo alto en valeroso esfuerzo físico, en lúcida tensión y en lúcido control de sus fuerzas internas y externas, por sobre las rocas, crestas y paredes en la inminencia del cielo y del abismo, hacia la helada claridad... que los que siempre en mayor medida puedan volver a encenderse hoy y obrar luminosamente según aquellas sensaciones profundas que permanecen en las raíces de las antiguas divinizaciones mitológicas de la montaña: éste es el mejor augurio que puede hacerse a nuestras jóvenes generaciones.

Meditaciones en las Cumbres

Evola o el camino más peligroso. Sergio Fritz Roa

Evola o el camino más peligroso. Sergio Fritz Roa

Este artículo fue escrito el 2002. Usé el pseudónimo Antonino Bosco y lo incluí en "Bajo los Hielos". La intención era dar una breve síntesis del pensamiento evoliano, y porqué leerlo. Esto se hacía muy importante en aquellos años, en los cuales aun Evola -salvas raras excepciones, iluminadas especialmente por la revista "Ciudad de los Césares" y la editorial "Heracles"- seguía siendo casi un desconocido en los ambientes cultos del pensamiento de disenso. Hoy, Evola tiene el lugar que le corresponde; pero aun su obra no ha sido bien estudiada en los países de habla hispana.

Aun cuando hay puntos controversiales, la obra evoliana exige una meditación en estos tiempos de ruinas.

Espero que este humilde escrito sea de vuestro agrado.




No es fácil tarea lograr un eficaz resumen sobre la obra y doctrina de una de las personalidades más apasionantes de los últimos tiempos. Habría tanto que decir que, sin duda, terminaríamos escribiendo un libro en vez de un artículo. O incluso una novela, pues su existencia sería buen material para una bella y heroica narración literaria. Y sin embargo nuestro objetivo se presenta más modesto: tratar solo una de las regiones que constituye el prodigioso universo evoliano.

Hablemos de Evola y su actitud existencial.

1.-

Uno de los rasgos distintivos del aludido pensador italiano, es éste: su inconformismo. O lo que es lo mismo, defender la autonomía del ser.

A diferencia de la mayoría de los intelectuales, Evola no sólo leyó historia, sino que la vivió. Nietzsche ya había precavido en una aguda crítica a los historiadores que la historia no se escribía sólo con pluma, sino con sangre. Es decir, tanto para Nietzsche como para Evola hemos de transformarnos en partícipe de los movimientos históricos, y por tanto rehuir aquella actitud de quienes sólo son meros observadores del acaecer y que viven extasiados en su narcisismo o en su propia cobardía - la cual les impide enfrentar la realidad de los hechos -.

Por esto Evola nunca esquivó temas como la política, la espiritualidad, el deporte, el sexo, la creciente socialización de la cultura, el jazz, el existencialismo, la guerra, la historia. Y así fue alpinista, pintor, escribió algunos poemas, fue partícipe de revistas, no evitó - cuando la ocasión lo exigía - el ser un gran polemista, estudioso de temas ocultos, militar, viajero, mago, ensayista.

Y en todas estas actividades siempre entregó una visión distinta a las preponderantes en la modernidad. Se lo acusa por los ignorantes y malintencionados de fascista, pero nada más alejado de aquello. Sí fue un hombre libre que no se afiliaba a ninguna idea sin antes haberla explorado a cabalidad. Su visión amplia de la realidad le permitió acercarse a círculos fascistas para intentar darle a aquéllos una doctrina firme y no moderna. Así pudo publicar en revistas como Régimen Fascista, en la cual, gracias al escritor italiano, el mismo René Guénon pudo incluir algunos de sus trabajos. Pero siempre mostró sus discrepancias con el fascismo, el cual, aunque parecía una oportunidad de rescatar ciertos valores tradicionales, como la idea de Imperio - que nada tiene que ver con imperialismo- y la de Jerarquía, sin embargo contenía elementos modernos que estaban en abierta pugna con el mundo de la Tradición, especialmente el aspecto socializante de su doctrina y su práctica, como también el culto mussoliniano al Estado.

En una ocasión cuando el mismo Duce le solicitó escribir algo sobre el racismo pero desde una perspectiva italiana, Evola concurrió al llamado de aquél, intentado de esta manera hacer una aguda crítica a la visión alemana y nórdica de Alfred Rosenberg. Frente al racismo biológico defendido por el nacional-socialismo, Evola opuso el racismo del Espíritu, es decir la diferenciación de los hombres conforme a parámetros inmateriales, como lo es la actitud existencial.

Pero así como Evola criticaba el racismo nacional-socialista, también atacaba al filósofo del fascismo, Giovanni Gentile, al comunismo y con mucha mayor energía a la democracia liberal. Además era capaz de mostrar los equívocos o puntos débiles de los semejantes, incluso de quienes fueron sus maestros espirituales: Nietzsche y Guénon.

¿Alguien podría criticar al pensador italiano elevarse a estas alturas para buscar la Verdad?

2.-

Evola no silenció jamás su pensamiento. Incluso durante la ruda represión que provino de los aliados y sus vasallos en Italia. El proceso de desnazificación, que se presentó como el mayor imperativo en Alemania a la caída de aquel Reich que se pretendía de mil años, llegó a la península itálica, y, en verdad a todo el globo. Persecuciones, Tribunal de Nüremberg, proscripción de toda literatura "fascista", eliminación de la palabra "raza" a nivel antropológico, fotografías de campos de concentraciones alemanes, han sido notas características de la historia que va desde 1945.

Y aun cuando nunca fue fascista - si así hubiere sido, él no lo habría negado, como no calló su amor por ideas jerárquicas y su visión orgánica de la sociedad, totalmente contraria a la democracia -, fue juzgado como tal en su país, acusándole la camarilla pro-aliados el intento de reconstituir tal doctrina, a la cual siempre vio como viciada desde dentro. Esto incluso físicamente no podría haberlo hecho, dado que se encontraba en aquella fecha y hasta su muerte postrado e inválido, "gracias" a los misiles no muy democráticos de los norteamericanos. Un tribunal lo citó, y declaró con una valentía impresionante. Aludió a que sus ideas no eran otras que las que forjaron el mundo occidental, y que encuentran asidero ya en Platón y en la Roma imperial. Si él debiera ser cuestionado por sus ideas totalizantes y antidemócratas también lo debieran ser los textos de Platón.

La Verdad primó y Evola fue absuelto.

Siguió escribiendo textos sobre religiones, tradiciones, símbolos, política, trascendencia. Y sus agudas críticas a la sociedad actual no pararon. Era un Kshatriya, un guerrero, para quien silenciar el mal es una forma de traición a su propia visión.

Crítico del nacionalismo, habló de una confederación europea. Crítico de la sociedad de consumo, defendió el Espíritu. Crítico de la moralina de ciertos círculos, la que les impide expresarse sobre ciertos temas, dijo las cosas tal cual son.

Hay postulados evolianos respecto de los que podemos discrepar: su crítica al matrimonio, su visión "machista", su idea de defender una "derecha", la cual escribe con "D" mayúscula para querer diferenciarla de lo que hoy se entiende por tal idea; actitud que, sin embargo, sólo tiende a equívocos.

Pero nadie podría negar que fue fiel a su modo de pensar. La identidad predicación-práctica es un rasgo del italiano, que pocos pueden lograr en esta vida.

3.-

Hay quienes, como Guénon, que piensan que el hombre actual debe adherir a una tradición particular. Sin embargo, Evola creyó que si bien tal conducta es un verdadero deber en ciertos tiempos, en la actualidad se hace inútil, dado que no existen agrupaciones tradicionales puras.

Evola hace primar aquí lo aprendido en la filosofía "moderna" (Nietzsche) por sobre la escuela tradicionalista (Guénon, Schuon, etc).

Y señala que el hombre que se encuentra entre las ruinas, debe seguir un camino solitario; siendo su única ley hacer lo que debe hacerse.

El desierto crece, dijo el filósofo alemán, y Evola dedujo que este aforismo lo es en todo sentido. La religión no podría librarse del oscurantismo o yermo espiritual. El modernismo todo lo toca, y nada queda puro. ¿A quién hemos de recurrir? A uno mismo, dice Evola. Y así plantea una postura de enfrentamiento constante con todo lo decadente. Sin esperanza, pero sin decepción. Este es el camino o vía del Héroe.

Grande entre los grandes, Evola marcará una línea de pensar y actuar digna de imitar. Tal vez las nuevas generaciones sean capaces de entender su legado y librarse de toda la nefasta estructura mental y existencial del burgués.

Tal vez. Mientras, el desierto seguirá creciendo.

Julius Evola: Tiempo cíclico y tiempo lineal




Metafísica del Sexo. CAPITULO V. APENDICE AL CAPITULO QUINTO. 49. Sobre la significación del Sabbat y de las "misas negras"

Metafísica del Sexo. CAPITULO V. APENDICE AL CAPITULO QUINTO. 49. Sobre la significación del Sabbat y de las "misas negras"

Como apéndice a lo que acabamos de exponer sobre evoca-ciones suprasensibles de base erótica, se puede señalar brevemente alguna cosa sobre el contenido real de las experiencias del Sabbat, así como de las llamadas misas negras.

En general, la "demonología" de los siglos pasados es un dominio interesante que todavía espera ser estudiado desde su punto de vista justo. Tal punto de vista no es ni el de los autores que teológicamente lo anotan todo en la cuenta del satanismo, como fue el caso de los jueces de la Inquisición, ni el de esos otros que quisieran reducirlo todo a puras supersticiones, o bien a mani-festaciones de la psicopatología y de la histeria. Los defensores del segundo punto de vista -psiquiatras y psicoanalistas- se han esforzado recientemente en liquidar toda interpretación teológica y sobrenatural por medio de pruebas experimentales, indicando los casos en que unos simples tratamientos psicoterapéuticos hicieron desaparecer diversos fenómenos atribuidos antes a influencias y contactos demoníacos. Es, una confirmación más de la superficialidad característica de todo cuanto, en nuestro días, se ha convenido en llamar "científico" o "positivo". Se ha olvidado la posibilidad de que ciertos individuos tarados presentan sin duda perturbaciones psíquicas reales, pero que todo esto constituye una simple condición o causa ocasional para la producción o la inserción suprasensible de hechos de orden diferente. En todos los casos de este género es evidente que si, de una manera o de otra, se llega a "curar" al individuo, al desaparecer la base, la posibilidad material de estas manifestaciones, las manifestaciones cesarán también, sin que esto signifique sin embargo nada respecto a su verdadera naturaleza ni a la existencia de una manifestación más profunda de los fenómenos observados. Esto, abstracción hecha de otros casos que, por pertenecer al pasado, no pueden ya ser objeto de un examen apropiado, pero que sin embargo se han hecho entrar por las buenas en el número de los que ofrecen un pretexto para la interpretación psicopatológica simplista a que nos hemos referido.

En lo que concierne al Sabbat, inclusive dejando un gran margen a todo cuanto se puede atribuir a la superstición y a la sugestión (sugestión espontánea o creada en los acusados durante el curso del proceso), están atestiguados hechos de experiencia interior de estructura suficientemente constante y típica. Para favorecer estas experiencias en determinados individuos, predis-puestos o no, se empleaban substancias cuyos efectos eran análo-gos a los de los filtros. Del lado material, figuran, bien polvos afrodisíacos, bien narcóticos y estupefacientes. Los textos de la época mencionan la belladona, el opio, el acónito, el beleño, las hojas de álamo, ciertas clases de adormideras, etc., además de gra-sas animales que facilitaban las mezclas y permitían hacer con ellas un ungüento que, por absorción cutánea intoxicante, provo-caba un doble efecto. De un lado, se obtenía un sueño profundo y la liberación de la fuerza plástica de la imaginación para la produc-ción de imágenes de sueños lúcidos y de visiones; de-otro lado, el despertar de la fuerza elemental del sexo y su activación sobre ese plano extático-visionario e imaginativo. Los autores mencionan sin embargo también una especie de consagración ritual de las substancias empleadas. Se dice, por ejemplo: "no olvidando en esta composición la invocación particular de sus demonios ni las ceremonias mágicas instituidas por ellos" (70). Estas palabras hacen alusión, evidentemente, a una operación secreta encamina-da a dar una "dirección de eficacia" particular a la acción de las drogas en cuestión. Está claro que este factor debía tener una importancia fundamental en este conjunto. Reconocerle o no una realidad cualquiera depende de la medida en que, por ejemplo, se piensa que los sacramentos no se reducen a simples ceremonias simbólicas. Verosímilmente es a este factor al que se debe la dife-rencia entre la acción general y desordenada que, todavía hoy, determinados estupefacientes y afrodisíacos pueden ejercer sobre el primero que llegue, y la acción específica ligada a hechos evo-cadores, que daban lugar a las experiencias del Sabbat. En fin, como factor todavía más esencial, hay motivos para suponer algo así como una "tradición": un fondo fijo de imágenes tendría que ser llevado por una corriente psíquica colectiva, en la que cada individualidad estaba inserta en el acto mismo de agregarse a los grupos que se entregaban a estas prácticas; de ahí la gran concor-dancia existente entre las experiencias fundamentales.

Ya Johannes Vierus, en su Daemonomanía, había sostenido, contra Bodin, la tesis de que estas experiencias, aun teniendo por base una experiencia sobrenatural (el "diablo"), se producían en un estado de sueño o de trance, permaneciendo inmóvil el cuerpo allí donde se encontraba, mientras que el sujeto creía dirigirse físicamente al Sabbat. Górres ha aportado ciertas experiencias hechas a partir del siglo XIV por un benedictino (otros las repetirían después, entre ellos el propio Gassendi) con personas que, después de haber acabado los preparativos rituales para dirigirse -al Sabbat, fueron atados a sus lechos y observados. A menudo caían en un profundo sueño, letárgico o cataléptico, hasta tal punto que inclusive ni quemaduras ni picaduras lograban despertarles. De todas maneras, en las informaciones que nos han llegado, hay un dato constante: es que, "para dirigirse al Sabbat", es preciso dormirse después de haber sido untado de ungüento y haber pronunciado determinadas fórmulas. Así la más simple interpretación sería que se trataba de orgías de la imaginación erótica, vividas durante el sueño. Pero quien sabe que este estado comporta un cambio del nivel de la conciencia, en la enseñanza tradicional hindú, su paso virtual al plano llamado "sutil", puede pensar en algo más que una sugestiva fantasmagoría del mismo género que un sueño cualquiera. De otra parte, el autor ya citado, de Nynauld, clasificando las diferentes especies de ungüento según su acción, distingue en ellos varios que provocarían "un transporte que no se hace simplemente por la ilusión estando profundamente dormido", es decir, que tendrían por efecto, si no una verdadera proyección, al menos una bilocación: así pues, un "ir al Sabbat" diferente de una pura alucinación subjetiva solitaria. Esta última posibilidad se puede considerar como real, en la medida en que, en principio, se admite que, en ciertos casos, los fenómenos de bilocación son reales; fenómenos que, como es sabido, se mencionan en la vida de algunos santos cristianos (71). De todas formas, es preciso hacer notar que en el curso de los controles indicados más arriba, se constatan al menos casos de desdoblamiento, en el sentido de que quien por efecto de las drogas permanecía inmóvil e inanimado sobre el lecho, podía a veces relacionar con exactitud lo que pasaba a su alrededor (Górres). No se debe pues excluir del todo la posibilidad de experiencias que, si bien permaneciendo esencialmente "psíquicas", no tuvieron el carácter de irrealidad de los sueños ordinarios y de las aluci-naciones de los esquizofrénicos, sino que han presentado una dimensión objetiva sui generis. No se debe excluir tampoco que, en la Edad Media, persistieran residuos de ritos muy antiguos; extáticos, que culminaban con el acto sexual, como en un sacra-mento, y que poseían muchos caracteres atribuidos al Sabbat. En ellos figuraba una divinidad cornuda llamada Cernunnos. Se ha descubierto, bajo los fundamentos del templo de la Gran Diosa cristiana, de Notre Dame de París, un altar consagrado a esta divi-nidad cornuda (72). Cualquiera que fuese el plano sobre el que se desarrollara la experiencia de los adeptos, es preciso sin embargo hacer notar que participantes en la ceremonia, real o vivida en un trance lúcido, hicieron confesiones espontáneas, sin tortura; morían sin miedo y sin remordimientos, convencidos de haber asegurado su vida inmortal. Mujeres jóvenes declararon haber sido llevadas a la ceremonia "por rapto" del dios, en su corazón y su voluntad, que esta era la "religión suprema", que el Sabbat era el verdadero paraíso, fuente de placeres extáticos tales que era imposible describirlos; se mostraban orgullosas de sus experiencias y afrontaban la muerte con la misma tranquila firmeza de los primeros cristianos (73).

Pero, en general, por lo que se refiere al contenido de las experiencias del Sabbat en sentido propio, se trata esencialmente de evocaciones turbias de arquetipos y de situaciones rituales, justamente relacionadas con cultos antiguos.

Si se quiere, puede relacionarse con la subconsciencia colectiva considerada como receptáculo de imágenes ya vividas, capaces de actualizarse de nuevo, de ser revitalizadas sobre el plano sutil: toda suerte de desechos del subconsciente individual se mezclaban con ellos sin embargo, porque hay que recordar que en principio los sujetos de estas expereiencias pertenecían al pueblo y no tenían ni una preparación ni una tradición regulares comparables a las de los antiguos Misterios. Además, aquí hay que tener en cuenta el hecho de una deformación o degradación particular debida a la presencia de una tradición diferente estigmatizante, por encima de todo lo que es sexo, como era la tradición cristiana. En tales circunstancias, dentro de un régimen de evocaciones confusas y desordenadas, pueden producirse en las manifestaciones formas "antinómicas", "diabólicas". A menudo, el demonismo no concierne más que a la manera particular y desviada en la que se presentan motivos y figuras de un culto precedente en el marco de otro culto por el que el primero ha sido suplantado. Se encuentran numerosos casos de esto en la historia de las religiones. En el mecanismo de la subconsciencia, cuando se revitalizan residuos psíquicos de este género, es muy fácil que tomen automáticamente como apoyo imágenes contrarias, demoníacas, hasta satánicas. Se puede pues pensar que, en casos de experiencias como la del Sabbat, quien las intentaba raramente se daba cuenta de su contenido real, de que él no vivía este contenido más que indirectamente, a través de la fantasmagoría, de la zarabanda, para suministrar de buena fe confesiones conformes con el escenario diabólico ya fabricado por los Inquisidores.

Finalmente, diremos dos palabras a propósito del elemento animal que figura en estas fantasmagorías. Aquí se deben recordar los efectos eventuales de una agitación de las capas más profundas, prepersonales, del ser, donde se encuentran también potencialidades latentes y coposibilidades animales, excluidas por el proceso evolutivo que ha formado la figura humana típica. Estas potencialidades también, que tienen una participación importante en el totemismo de los pueblos primitivos, pueden ser activadas y entrañadas en el proceso evocatorio y producir, por proyección (casi como su "signatura") imágenes humano-animales o deformaciones animalescas de la figura humana, correspondiendo, en general, a lo que se manifiesta de más degradado e informe (como antiforme) en el proceso global. Pero, a todo otro respecto, este proceso es semejante al desencadenamiento dionisíaco y a los antiguos ritos de iniciación erótico-orgíacos.

S. de Guaita, sobre el testimonio de las informaciones suministradas por los autores que, en el curso de los siglos pasados se han ocupado de este tema -Buguet, N. Remigius, Bodin, Del Río, Binsfeldius, Dom Calmet, etc. (74)- ha reconstruido efectivamente la estructura principal de las experiencias del Sabbat en los siguientes términos. En la cita' diabólica, la "reina del Sabbat" aparecía como una joven desnuda, de una belleza particular, llevada por un cordero negro (Pierre de Lancre dice: "Todas las que nosotros hemos visto cualificadas por el título de Reinas eran dulces, de cierta belleza, más singulares que las otras"). El macho cabrío iniciaba a la virgen mediante una serie de sacramentos (volveremos a encontrar el equivalente de esto en la consagración tántrica de las mujeres por medio del nyasa), ella era primero ungida y luego violada sobre un altar. Seguía una orgía general, pandémica, en la que el modo antinómico de manifestación que tenía un eros elemental, es decir, un eros en estado libre y desligado de toda forma, se dramatizaba a menudo en relaciones adúlteras, incestuosas o contra natura; aparte la experiencia de una posesión carnal poliforme simultánea, vivida por la nueva sacerdotisa. Sobre su cuerpo extendido como un altar palpitante, el macho cabrío, que se había transformado en figura humana o semihumana, oficia, ofreciendo trigo al "espíritu de la tierra", principio de toda fecundidad, a veces liberando también unos pájaros, como rito simbólico de una liberación por los asistentes a la asamblea (evocación del "demonio de la libertad"; un nombre de Dionyssos en Roma era también Liber). Se amasaba un bizcocho para proceder a una confarreatio, es decir, a una comunión por medio de la consumación de sus partes distribuidas entre los asistentes. Algunos pretenden que, al final, la reina del Sabbat se levantaba y, víctima triunfante, gritaba una fórmula como ésta: "Rayo de Dios, hiere si te atreves." En un rito del mismo género, de fondo sexual, atestiguado hasta el siglo XII en Eslavonia, la fórmula empleada habría sido la siguiente: "Alegrémonos hoy, porque Cristo ha sido vencido" (75). Un elemento objetivo a su manera estaría constituido por el hecho de que el que participaba en esta iniciación orgíaca habría obtenido la revelación de secretos y de procedimientos, como composición de filtros, venenos y elixires. La posesión de semejantes dones parece estar suficientemente atestiguada (76). Según los datos recogidos en ciertos procesos, en el Sabbat se invocaba a Diana; con ella, a Lucifer, transposición evidente "invertida" del dios masculino luminoso (77). Como es sabido, en el área germánica, era una de las figuras centrales Vrowe Holda; poseía los rasgos ambivalentes, suaves y terribles, de la dispensadora de gracias y de la destructora; rasgos ya considerados por nosotros en el arquetipo femenino; mientras que aquí el monte del Sabbat y de la noche de Walpurgis se confundía con aquel donde Venus habría elegido su domicilio, monte que, según las perspectivas cristianas, se habría transforma-do en un lugar demoníaco y de pecado.

A menudo se ha hecho notar que, en el escenario fantasma-górico del Sabbat, con el macho cabrío, retorna el hircus sacer, el animal sagrado simbólico, asimilado por los griegos unas veces a Pan y otras a Dyonysos, por el cual, en el sentido de una hieroga-mia, se dejaban poseer las jóvenes en uno de los cultos de la anti-güedad egipcia. La mujer desnuda, adorada como la diosa viva, es una variante de un antiguo tema mediterráneo. Por ejemplo, ya hemos recordado que en el área egea, el culto de la diosa se confundía a menudo con el de la sacerdotisa, y también hemos hablado de residuos análogos que subsistían en las ceremonias orgíacas secretas de algunas sectas eslavas. Aunque tendenciosa-mente, estructuras rituales semejantes a las del Sabbat habían sido ya atribuidas a los gnósticos; según estas atribuciones, Marco el gnóstico habría desflorado a jóvenes excitadas que el hacía subirse desnudas sobre el altar, consagrándolas por este medio y convirtiéndolas en profetisas. Si esto es exacto, se trataría evi-dentemente de la técnica de iniciación sexual que ya hemos considerado, hablando también del factor específico constituido por la desfloración. Además, por lo que respecta a la antigüedad, se tiene conocimiento, por el testimonio de Plinio (78), de sabbats nocturnos sobre el monte Atlante: danzas desenfrenadas y desencadenamiento orgíaco de-las fuerzas elementales del hombre, con la presencia o la manifestación de antiguas divinidades de la naturaleza. Como fondo del Sabbat, se debe pues pensar en una reactivación de estas estructuras rituales basadas sobre una oscura liberación de energías sobre el plano sutil, plano sobre el que efectivamente pueden actuar formas arquetípicas y verificarse formas de éxtasis raramente realizables en el dominio de la conciencia de vigilia. Por lo demás, veremos suficientemente atestiguada la idea de que, en el mismo caso de los ritos cumplidos con personas humanas reales, con actos materiales y accesorios físicos, si estos ritos han de tener una eficacia cualquiera, la condición previa es que la consciencia se disloque justamente sobre el plano sutil.

Ya hemos hecho alusión a las causas técnicas de la "diaboli-zación" de la experiencia y también al papel que puede haber representado en ella un factor específico, es decir, la inhibición y la condena teológica de la sexualidad, propia del cristianismo. Sin embargo, en principio, es preciso considerar también la posibilidad de una empleo instrumental consciente de todo lo que tiene el carácter de un substratum demoníaco e informe, frenado por las formas de una religión determinada; empleo ligado al fin de una superación particular de estas formas y de una participación potencial de lo incondicionado. Más claramente quizá, podríamos decir que, en estos casos, al presentarse la forma como una limitación, lo que se encuentra por debajo de la forma es peligrosamente movilizado como medio contra la forma para alcanzar lo que se encuentra por encima de la forma (en las reli-giones teístas, a estas formas, sobre todo, corresponden figuras divinas particulares, dogmas, preceptos positivos, prohibiciones, etcétera). Puesto que, en tales casos, se permanece, a pesar de todo, en la corriente psíquica de la tradición correspondiente, una tal técnica puede efectivamente presentar en el exterior los rasgos de una contrareligión o religión invertida. En este contexto, surge un detalle interesante. Según la descripción del Sabbat, el carisma de la fe "satánica" de los participantes habría sido un beso obsceno, el obsculum sub cauda, que habrían tenido que dar al dios del rito, a su imagen o a quien lo representara como oficiante. Pero en ciertos testimonios fue claramente declarado que no era requerido ningún rito de este género. Como quiera que sea, se puede tratar de una versión deformada, de una manera increible y obscena, de una cosa completamente diferente. El propio De Lancre informa de que el acto de que se trataba realmente concernía a un segundo rostro negro que el ídolo o el oficiante tenían detrás de la cabeza, a veces como una máscara atada a la nuca, lo que le hacía presentar dos rostros, como la cabeza de Jano (79). El simbolismo de todo esto es bastante transparente: si el rostro anterior, claro, representaba al Dios "exterior" y manifestado, el rostro posterior, negro, representaba la divinidad abisal, informe y superior a la forma; es la divinidad a la que, en los misterios egipcios, se relacionaba la fórmula del último secreto: "Osiris es un dios negro", mientras que alusiones bastante precisas a esta fórmula se encuentran también en la primera patrística griega influenciada por la misteriosofía y el neoplatonismo; por ejemplo en Dionisio el Areopagita. Así, en lugar de un rito obsceno de brujería, podía tratarse de una profesión de fe o de una "adoración" cuyo objeto era justamente la divinidad informe en el marco de la técnica indicada más arriba, es decir, del empleo de lo que es inferior a la forma, para alcanzar lo que es superior a la forma, el "dios negro". Si éste es un aspecto operativo posible del satanismo, es difícil decir en qué medida se trata justamente de esto en el caso de varias ceremonias y de varios cultos oscuros, entre los que se podrían contar también las misas negras.

Respecto a estas últimas, si las informaciones de que disponemos a propósito de sus celebraciones efectivas son raras y dudosas, por contra la técnica de una inversión "diabólica" del ritual católico está suficientemente atestiguada. Se puede hacer abstracción aquí de la manera absolutamente blasfema, grotesca y sacrílega, propia de descripciones como la novelada por Huysmans. Lo poco que se sabe concierne a operaciones con fines menos extáticos que básicamente mágicos: como en el caso de la misa negra que Catalina de Médicis habría hecho celebrar. Como quiera que sea, en la estructura de la ceremonia reaparece la de los ritos antiguos del Misterio afrodisiano, al ser operado aquí lo que era vivido en la fantasmagoría del Sabbat en parte sobre el plano de la realidad. El centro del rito estaba en efecto constituido por una mujer desnuda tendida sobre un altar y sirviendo ella misma de altar. La posición indicada a veces -las piernas separadas para mostrar el sexo- es la misma adoptada por antiguas divinidades mediterráneas antiguas. Aparte la celebración invertida de la misa, parece ser que el rito comportaba los mismos desarrollos descritos anteriormente al hablar del Sabbat. El detalle más horrible, el sacrificio de un niño delante del altar, además de la idea de una contraforma demoníaca del rito sacrificial eucarístico de la misa, conduce al tema de los sacrificios y de la efusión de sangre en que la Diosa se deleitaba en diversas formas del culto antiguo, pero desde otro lado: se trataba de una técnica tendente a suministrar un cuerpo para su presencia real en un lugar dado. No solamente en relación con este punto particular, sino en general, he aquí un detalle importante: se juzgaba absolutamente necesario que el rito fuese cumplido por un sacerdote regularmente ordenado. En efecto, según la doctrina católica, dejando de lado aquéllos que pueden pretender haber sido directamente consagrados por el Señor, sólo el sacerdote puede operar el misterio de la transubstanciación de las especies, por medio de un poder objetivo que se le puede prohibir ejercer, pero que, gracias al character indelebilis conferido por la ordenación, no puede ser destuido o revocado. Ahora bien, los ritos indicados no pueden tener una eficacia cualquiera más que bajo el supuesto de que el oficiante dispone de un tal poder de transubstanciación, de un poder capaz de evocar y de activar presencias reales en las especies sensibles, no solamente en las cosas inanimadas (como la hostia eucarística), sino también en los seres humanos. Un "misterio" de este género debía producirse, o se suponía que él tenía lugar, en la persona misma de la mujer desnuda tendida sobre el altar, de manera que se provocara en ella una encarnación mágica momentánea del arquetipo, del poder de la mujer trascendente, de la diosa. Al ser evocada esta fuerza suprasensible, se podía concebir también su uso operativo. Es preciso sin embargo hacer notar que el empleo de la técnica de la contra-religión con la activación de todo lo que es informe e inferior, y que frena una tradición histórica, comporta un peligro extremo: presupone, pues, en los oficiantes, una cualificación particular, excepcional, a fin de que el conjunto no se convierta en un "satanismo" en sentido propio, peyorativo y solamente tenebroso de la palabra. El peligro es menor allí donde, para entrar en el marco de una tradición no antitética a ellos, los ritos análogos de magia sexual no recurren a la técnica de la inversión y no presentan el carácter antinómico del que ya hemos hablado, como en los casos de que pronto nos ocuparemos.

Parece que la divinidad de las prácticas de magia negra de los siglos XVII-XVIII fuese predominantemente del sexo femenino. Se llamaba Astaroth, nombre que tiene la misma raíz que Astarté, Ashtoreth, Attar, Ach-tur-tu, etc., lo que hace suponer su relación con Astarté-Ishtar (en la lengua semítica, oth -Astaroth- es la desinencia del plural) también si el sexo de aquella divinidad era indeterminado (80). Algunas veces las misas negras eran oficiadas por mujeres.

Como una última observación referente sólo al Sabbat, seña-laremos que, inclusive empleando las mismas técnicas, al no redu-cirse las experiencias sobre el plano sutil a simples orgías oníricas de la fantasía erótica individual, sino que implican evocaciones y contactos reales, difícilmente son posibles para el hombre moder-no. Ya no existe el clima psíquico necesario y un proceso de materialización creciente ha encerrado en sí mismo, en su sinple subjetividad, al individuo humano. Menos en casos muy excep-cionales, en nuestros días, el único plano de experiencias posibles más allá de los procesos psíquicos normales es tal que, en principio, se les puede aplicar interpretaciones banales del género de las de Jung.

Notas a pie de página


(70) Cf. J. DE NYNAULD, De la lycanthropie, transformation et extase des sorciers, París, 1615; Les ruses et tromperies du diable descou-vertes, sur ce qu'II prétend avoir envers les corps et les rimes des sorciers, ensemble la composition de leurs onguens, París, 1611 (apud DE GUAITA, op. cit., v. II, págs. 172-174) que son las obras que contienen la mayoría de los detalles sobre los ungüentos mágicos.
(72) Cf. M. MURRAY, The God of the witches, Sampson Low, 1933.
(73) Cf. G. BATTRAY TAYLOR, Sex in History.
(74) S. DE GUAITA, cit., v. I, págs. 154 sgg. La bibliografía de los textos utilizados por él para lo que sigue se encuentra en Le Temple de Satan, págs. 156-157.
(75) Cf. TAYLOR, Op. cit., págs. 298-299.
(76) También en los primitivos se encuentran tradiciones referentes a los poderes transmitidos a mujeres a raíz de su unión con entidades no-humanas, Cf. por ej. B. MALINOWSKI, The sexual life of savages. London, 1929, pág. 40.
(77) COLLUM, en "Eranos Jahrbücher", 1938, págs. 257 sgg (apud Pryluski, op. cit., pág. 167).
(78) (78) Nat. Hist., V, i.
(79) Cf. TAYLOR, Op. cit., págs. 134-135.
(80) H. T. RHODES, The satanie Mass, London, 1958, X, II.

Metafísica del Sexo. CAPITULO V. 48. Sobre las experiencias iniciáticas de los "Fieles de Amor"

Metafísica del Sexo. CAPITULO V. 48. Sobre las experiencias iniciáticas de los "Fieles de Amor"

En cuanto al contenido esencial de estas experiencias, tenemos que repetir más o menos cuanto ya hemos tenido ocasión de exponer en otros libros (43). La aparición de la mujer iniciática por la transformación de la mujer real está claramente expresado en algunas poesías de Guido Cavalcanti, que parece haber sido uno de los principales jefes de la organización: "Me parece ver salir de sus labios - una tan bella mujer, que el espíritu - no  puede comprenderla, porque en seguida - nace de ella otra de una felicidad nueva - de la que parece que se desprende una estrella - y ella dice: tu salud ha aparecido" (44). Tanto Cavalcanti como Dante y Cino de Pistoia dicen que es "por la virtud que le daba mi imaginación", es decir, gracias al hecho evocativo de que ya hemos hablado, como Amor se apodera del alma de su fiel. Se debe hacer notar la anfibología semántica propia de las palabras "salud" y "saludo" en casi toda la poesía del "Nouveau Style". El "saludar" a la dama misteriosa, indicado como fin del amor (Vita Nuova, XVIII, 4) es siempre de nuevo capaz de conferir la "salud" a quien la recibe; es decir, que ella favorece una experiencia y una crisis de la que puede venir la salud en sentido espiritual, gracias a su poder que pone a prueba la fuerza del que lo obtiene y que a menudo inclusive la supera. Dante dice precisamente: "El que soporta la contemplación [de la Mujer] - se convertirá en algo noble o morirá: - y cuando ella encuentra a alguno que sea digno - de verla, éste experimenta su salud [su fuerza] - porque le adviene lo que da la salud" (45). Con el mismo orden de ideas se puede relacionar la visión en la cual Amor se muestra bajo rasgos inhabituales, diferentes a los arcaicos y sentimentales, de "un Señor de aspecto espantoso". En sus brazos, dice Dante, me parece ver dormir a una persona desnuda, salvo que ella me parecía envuelta "en una sábana ligeramente color de sangre; como yo la miraba... supe que era la dama de salud (salute), que se había dignado saludarme el día precedente" (46). Activar por medio del amor a esta mujer vista desnuda y durmiente, es decir, latente -es la mujer que los textos herméticos llaman "nuestra Eva oculta" (47)- significa dejar actuar en sí un poder capaz de matar, de provocar la muerte iniciática. El tema que aparece una y otra vez, hasta la monotonía, en esta literatura, es que a la aparición de la "mujer del espíritu", "el corazón muere". Al ver a la mujer y al recibir de ella la "salutación", Lappo Gianni dice: "Entonces yo me esforzaba por no caer; - el corazón, que estaba vivo, murió." Guido Guinizelli habla de una salutación y de una mirada mortales y se compara a sí mismo con aquél que "ha visto su muerte". Pasa por los ojos como el rayo que penetra por la ventana de la torre y rompe o rasga todo cuanto encuentra en el interior" (48).

El amor pone en guardia a aquel que quiere ver a la mujer, dole: ,"Huye, si la muerte te asusta" (49). En esta experiencia, no se debe pues temer a la muerte; de ella puede resultar en efecto un profundo rompimiento interior. Una canción, que quizá es del mismo Cavalcanti, habla de "una pasión nueva - tal que me he quedado lleno de temor; - porque a todas mis fuerzas le han puesto un freno - súbitamente, de forma que caí en tierra - por causa de una luz que me golpeó el corazón: y si el libro no se equivoca - el espíritu superior tiembla con tal fuerza, - que me parece bien qué la muerte - llegase por él a este mundo". Dante describe esta experiencia de fulguración en términos similares; cuando él percibe la presencia inesperada, cerca de él, de la"mujer del milagro", siente todos los espíritus destruidos por la fuerza del Amor, no subsisten más que los de la vista, pero separados de los órganos físicos, como en un raptus extático. Así, Dante tiene la impresión de caer por tierra, y dice: "Puse los pies en esa parte de la vida más allá de la cual no se puede pasar con propósito de volver"; más lejos, habla de una "transfiguración" (50); en otro pasaje, vuelve sobre el motivo de la destrucción operada por el amor (51). Por otra parte, en el cabalismo medieval se hablaba de la mors osculi, de la muerte transmitida por el beso, y se encuentran también expresiones análogas en los poetas del sufismo árabo-persa (52).

Considerando en su conjunto los escritos de los Fieles de Amor, parece que, a veces, estos efectos son producidos por la acción directa de la mujer (por su aparición), otras veces por su acción indirecta: su imagen, su "salutación", su idea lleva el Amor de la potencia al acto, bajo la forma de una fuerza que crea el terror y que mata iniciáticamente. A este respecto, Cavalcanti habla también de una acción sobre la "inteligencia posible", término éste extraido del aristotelismo averroista por el que designa el nous, el principio intelectual en su aspecto trascendente que en el hombre ordinario existe justamente sólo a título de posibilidad (53). Según la vía seguida por el verdadero Fiel de Amor, es pues gracias a la mujer-vida como esta posibilidad pasa al acto, es decir, que se convierte en una realidad en su conciencia al transformarla. Cavalcanti escribe: "Vos que, a través de los ojos, pasáis a mi corazón y despertáis la inteligencia que dormía", y añade que el Amor toma plaza y domicilio, como una persona, en la inteligencia posible. Guinizelli señala el "corazón" como la sede de la "nobleza" que pasa al acto por la acción de la mujer. En el desarrollo de la experiencia, el momento emotivo-traumático parece pues transformarse en un puro acto intelectual (el "re-na-cimiento en la inteligencia" de que habla el Corpus Hermeticum). La "nobleza" de la que se habla a menudo a este respecto (señalando también el Amor como el "Señor de la nobleza"), llevada a acto por la mujer en el éxtasis que ella provoca, es una perfección ontológica que no deja de estar relacionada con ese despertar de la esencia intelectual; en todas las cosas, dice Dante citando también a Aristóteles (54), la "nobleza" es la perfección de su naturaleza, y a propósito de esto se habla también de un desnudamiento, se emplea de nuevo el simbolismo de la desnudez: Amor es la fuerza que puede hacer salir el espíritu de su "morada", "hacerle volar, desnudo, sin corteza" (55).

En general, el tema típico que aparece una y otra vez en estos escritores es una crisis seguida del estreno de una vida nueva o transformada y, para expresarlo, no faltan referencias explícitas al misterio androgínico. De Barberino (56) hace decir a Amor: "Los golpes son de tal naturaleza, que aquel que cree ser muerto por ellos se encuentra en una vida superior." En un grabado, dispone los grados de la experiencia de que se trata, según una especie de jerarquía. En esta ilustración, se ven figuras masculinas y femeninas simétricas que, como es bastante evidente y como ya había hecho notar Valli (57), deben ser tomadas por parejas, por pares. Hombres y mujeres son heridos por las flechas del Amor de una forma más o menos grave; al principio, ellos caen por tierra, pero a medida que se aproximan a una figura central, aparecen de pie y portan rosas, símbolos del renacimiento iniciático. Después de la última pareja, que porta la didascalia: "De esta muerte se seguirá la vida", no hay ya un hombre y una mujer separados, sino una única figura andrógina, por encima de la cual el Amor, sosteniendo rosas él mismo, emprende el vuelo en su caballo blanco. La figura andrógina sostiene una didascalia con estas palabras: "Amor, de dos tú nos has hecho uno, por la virtud superior del matrimonio." Los sentidos claves del conjunto no podrían ser dados de una manera más clara: después de la crisis, que también en los primeros grados hiere, tira por tierra, mata, la unión con la mujer y la "virtud superior del matrimonio" conducen al andrógino (que en la ilustración está representado exactamente como el Rebis hermético), estado más allá del cual Amor hará desenvolver la experiencia hacia lo alto, en un vuelo o raptus, en una dirección trascendente. Y, en efecto, otro Fiel de Amor, Nicolo de Rossi, al tratar de los "grados y de los poderes del verdadero amor" considera como culminación de todos ellos el éxtasis qua dicitur excessus mentis (añade: sicut fuit raptus Pau-lus), lo que viene a decir: la apertura del espíritu a estados super-individuales y superracionales del ser.

Lo que es particularmente interesante es que Dante relaciona también con la acción del Amor un sometimiento del "espíritu vital", es decir, de la parte naturalista o parte yin del ser, a la cual hace decir: Ecce deus fortior me, qui veniens dominabitur mihi (58). Es como si, gracias al despertar de un principio superior (la "inteligencia posible" o nous convertido en acto, la "nobleza"; en términos hindúes se diría: el principio luminoso Shiva) se esta-bleciera una nueva jerarquía entre los diferentes poderes del ser humano. En el Convivio, pese a que la interpretación general sea más alegórico-doctrinal que anagógica e iniciática (es en la primera en la que Danta dice explícitamente detenerse), la "milagrosa dama de virtud" se dice que despierta el "apetito recto", el que "deshace y destruye su contrario"; de ella emana un fuego que "rompe los vicios innatos", teniendo "el poder de renovar la naturaleza de los que la contemplan, lo que es una fuerza milagrosa" (59). La "salud" alcanzada por el despertar y esta nueva situación interior de las potencias del ser aseguran la participación en la inmortalidad iniciática. Ya hemos mencionado la etimología convenida de la que se sirvió un representante provenzal de la misma corriente, Jacques de Baisieux, para identificar el amor al "sin muerte", a la destrucción de la muerte; así, habla de los amantes como de "aquéllos que no mueren" y que vivirán "en otro siglo de alegría y de gloria" (60). En todo caso, es cierto que los Fieles de Amor concibieron a la mujer con la que se está unido como el posible principio de una vida superior, de suerte que en el momento en que ella se separa de su amante de muevo la sombra de la muerte se pone ante él (61). Cecco d’Ascoli dice justamente: "Estoy transformado en el tercer cielo -en esta Dama, de tal suerte que no sé quien era yo. - Por eso me siento cada vez más venturoso - al mostrarme sus ojos la salvación, - al contemplar la virtud en su presencia. - Puesto que yo soy Ella; y si ella se separa de mí - entonces yo sentiré la sombra de la muerte" (62).

En lo que concierne a los Fieles de Amor, concluiremos seña-lando todavía dos puntos. El primero a propósito del simbolismo numérico. Es sabido el papel que el número tres y sus múltiplos representan en la obra principal de Dante, así como en la Vita Nuova. En ésta es en particular la primera potencia o cuadrado de tres, el nueve, el que está en primer plano. En el primer encuentro, la mujer tiene nueve años (lo que, dados los efectos traumáticos producidos por su visión, debería servir para excluir la inter-pretación realista de Beatrice como una muchachita de esa edad). Es a la novena hora cuando ella da su "salutación" e igualmente a esta hora se produce una de las visiones más significativas narradas por el poeta. El nombre de su dama, dice Dante, "no sufre de estar en otro número que el nueve". El número nueve reaparece como la duración de cierta dolorosa enfermedad de Dante (63). Como explicación, Dante se limita a decir que "el número tres es la raíz del nueve, por sí mismo [es decir, multiplicado por sí mismo] hace nueve". En cuanto al tres, Dante, refiriéndose a la Trinidad cristiana, la llama "el factor por sí mismo de los milagros" y con-cluye diciendo: "A mi amada la acompañó el número nueve, para dar a entender que era un nueve, es decir, un milagro cuya raíz -a saber, la raíz del milagro- es solamente la Santísima Trinidad" (64). En el fondo, esto es hablar con medias palabras, mientras que en los medios a los que pertenecía Dante se debía ciertamente conocer un aspecto más preciso y universal del simbolismo del tres y de sus potencias. Ya hemos recordado que el tres es el número del yang y que designa también lo que nace, cuando el Uno se añade al número femenino, al Dos, para llevar más allá de sí, a la unidad (65). En el antiguo Egipto, el tres era el número del rayo, pero también el de la fuerza vital y del ser-vida invisible encerrado en el cuerpo, del Ka. Por otra parte, también fue asociado el nueve al yang y, en fin, el ochenta y uno, hasta tal punto tiene este número un papel curioso, que señalaremos, inclusive en un detalle de las técnicas sexuales taoistas. El sentido del nueve es el de ser la primera potencia del tres; la del ochenta y uno es la potencia perfecta. Este último número lleva, de una cierta manera, más allá de la experiencia de la "dama del milagro" y el hecho de que Dante, en el Convivio (IV, 24), hable de él, dándolo como la "edad" de una vida perfecta y acabada, es significativo. Dante recuerda que tal fue la edad de Platón, y llega a decir que Cristo hubiese alcanzado esta edad si no le hubiesen matado. Pero esta edad simbólica figura también en otras tradiciones; tal edad fue atribuida, entre otros, a Lao-Tse. En el conjunto, se trata de ciclos de la realización del Uno, que se encuentra a través de la diada, el Dos, desplegándose lo femenino como el acto, la potencia de sí mismo hasta hacerse idéntico a esta potencia y establecerse en la "nobleza". Ahora bien, Dante, que hace morir a Beatriz el noveno día del mes de julio, señala por otra parte que en Siria junio es el noveno mes y añade que esta muerte llega cuando "el número perfecto nueve estaba cumplido", es decir, en el año 81 del siglo XIII.

El segundo punto del que queremos hablar concierne justa-mente a la muerte de la dama, de Beatrice. Primero Pérez y después Valli (66) establecieron una relación entre esta muerte y la de la Raquel bíblica, recordando cómo la muerte de Raquel había sido tomada por San Agustín y por Ricardo de Saint-Victor como un símbolo del éxtasis; del excesus mentís. Valli piensa que también en la Vita Nuova la muerte de la dama es una "figuración de la superación del espíritu en el acto de la contemplación pura: representación mística del espíritu que se pierde en Dios" (67). Pero esta interpretación nos parece poco apropiada; no solamente considera el plano simplemente místico, plano que no es el de los Fieles de Amor, sino que, según nosotros, trastoca inclusive la situación de que se trata. Ciertamente, la muerte de la dama marca la última fase de la experiencia que comienza por su "salutación" y, a este respecto, en el capítulo XXVIII de la Vita Nuova se encuentran algunas expresiones enigmáticas. Después de haberse referido a la muerte de Beatrice, Dante añade estas misteriosas palabras: "no me conviene tratar de ello, por cuanto habría de convertirme en un apologista de mí mismo", como si el acontecimiento, la muerte de Beatrice, redundara en gloria suya. La interpretación "mística" de Valli no encaja, porque si se tratase de la muerte de lo mental (del manas, según la terminología yóguica hindú) se habría referido simplemente a uno de los efectos de la dama y de Amor sobre el amante; por no decir que la muerte, interpretada como un naufragio místico, concernería entonces, no a la dama, sino al Fiel de Amor, en tanto que lo que se dice es lo contrario: es la mujer la que muere para gloria del Fiel de Amor. No nos parece pues demasiado aventurado sostener la idea opuesta, a saber, que el último término de la experiencia esté representado por la superación de la mujer en la reintegración completamente realizada. Esto es lo que, en el hermetismo, corresponde a la "obra al rojo" después de la "obra al blanco" (la cual es precedida por la "obra al negro", por la "muerte" o "disolución"), es decir, a una condición de virilidad restablecida más allá de la apertura estática; estado final éste que los hermetistas, para referirse a él, emplean a veces el simbolismo de matar a esta mujer por la que ellos habían sido matados antes, pero también "engendrados" (regenerados). Y, como se ha visto, para la muerte de la dama, además de hacer intervenir al nueve, Dante hace justamente intervenir el ochenta y uno.

Un punto que nos parece que no ha sido jamás puesto de relieve nos lleva también a una tal interpretación: es decir que, mientras que en el misticismo cristiano el alma representa el papel de mujer como "novia" del esposo celeste, en toda esta literatura, así como en todas las variedades del simbolismo de la mujer ante-riormente recordados, en la leyenda y en el mito, los papeles se invierten, porque es el sujeto de la experiencia quien posee la cua-lidad masculina (68). No se habría podido esperar otra cosa, dadoque los Fieles de Amor constituían una organización iniciática y no mística. Un último detalle que no carece de significación: Guido Cavalcanti, quien, como ya hemos dicho, debió de ser uno de los jefes de esta organización, afirma como una aparente anomalía qui Amor viene y mora no en el cielo de Venus, sino en el de Marte: "viene de Marte y allí mora"; y parece que, tácitamente, Dante participa de este punto de vista. Es un punto éste cuyo valor signalético no escapará a nadie.

Nos hemos detenido un poco sobre los Fieles de Amor porque con ellos se establece, de una cierta manera, una relación entre varios de los principales motivos puestos por nosotros de relieve en el curso de este estudio, así como en el dominio del amor profano. En este dominio, un Knut Hamsum ha podido hablar, refiriéndose al amor, de un "poder de aniquilar al hombre y de elevarlo después de nuevo y marcarle con su marca brillante". Stendhal aporta las siguientes expresiones para un caso real de lo que se llama flechazo: "Una fuerza superior que me da miedo me ha arrebatado a mí mismo y a la razón". Al sentir el aliento de Lotte, dice Werther: "Creo desplomarme como herido por el rayo." Hay motivos para pensar que, en los Fieles de Amor; experiencias semejantes procuradas por la mujer fueron desarrolladas e integradas fuera de todo cuanto es literatura e hipérbole. En sus composiciones, el mismo tema es preciso y constante, como son constantes y evidentes los otros temas esporádicamente recogidos por nosotros al estudiar los fenómenos de trascendencia del amor profano: raptus y muerte, significación profunda del corazón, traumatismo en el corazón considerado como un lugar oculto (la "muy secreta cámara del corazón", dice’Dante) y lugar a purificar ("el corazón a purificar"), porque en él comenzará a
producirse el misterio fulgurante del tres por la acción de Ja mujer-milagro, y del segnore el/ nobilitate.

En conclusión, respecto a los Fieles de Amor, se deben pues rechazar tanto las interpretaciones estéticas y realistas, que quieren relacionarlo todo con mujeres reales y con experiencias de un simple, amor humano transportado, sublimado e hiperbolizado por el póeta, como las interpretaciones puramente simbólicas que hacen entrar en juego puras abstracciones doctrinales o personificaciones de una Gnosis (la "Santa Sabiduría"), concebida como un poder de iluminación, pero sin ninguna relación real con la fuerza de la femineidad. El segundo punto de vista ha sido seguido no solamente porlas exégesis de Valli, sino también de René Guénon y A. de Reghini; puede resultar aceptable en el caso de medios místicos de derivación más o menos neoplatónica (entre ellos, Giordano Bruno) y también de la poesía arabo-persa que floreció entre el siglo IX y el XIV; pero, para nosotros, resulta incompleto en el caso de los Fieles de Amor. Para ellos, la alternativa debe ser superada, y como fondo esencial es preciso considerar la posibilidad de evocaciones y de contactos, con fines iniciáticos, con el principio oculto de la femineidad en una región liminal, inmaterial, más allá de la cual ya no hay más que las formas de la magia sexual en sentido propio, como desarrollo extremo de las posibilidades del eros sobre un plano no profano. Este dominio es el que tendremos todavía que tratar, después de haber hecho alusión a la tercera de las soluciones enumeradas al principio, a la de las transmutaciones ascéticas y yóguicas de la fuerza del sexo.

Esto aparte, en el conjunto de todo lo que es evocación y participación, se pueden distinguir dos vías que, respectivamente, se encuentran bajo el signo de los dos arquetipos femeninos fundamentales: Deméter y Durga. La primera vía se basa sobre el principio femenino-maternal, considerado como manantial de lo sagrado, y conduce hacia una inmortalidad, una paz y una luz casi sobre el mismo plano de lo que, inclusive en el dominio profano y humano, puede ocurrir a quien se refugie cerca de la mujer mater-nal. En este orden de ideas, el pitagorismo puede reconocer a la mujer un carácter sagrado particular y pudo inclusive hablar de la madre iniciática, te metri telure, resaltando claramente la orienta-ción de esta corriente, que aquí ofrecemos como ejemplo, del hecho de que, después de la muerte de Pitágoras, su casa fue transformada en un santuario de Deméter (69). La misma figura de mujer reaparece en el mito, con rasgos de grandeza, bajo la forma de la Virgen celeste y de la Madre divina mediadora. La otra vía pasa por el contrario por Durga, lo femenino afrodisiano abisal, y puede constituir, ya un camino de perdición, ya un camino de superación de la Madre, bajo el signo de los que hemos llamado Grandes Misterios en sentido propio.

Notas a pie de página

(43)    Sobre todo en Il mistero del Graal, cit. § 25-26 y Lo Yoga della Potenza, cit., apéndice II.
(44)    Le rime, ed. Rivalta, Bolonia, 1902, pág. 156.
(45)    Vita Nuova, II, 19; cf. I, 12; XI, 13.
(46)    Ibid., In, 1-6.
(47)    Escolio en MANGET, Biblioth. chemica curiosa, I, 147 y DORN en Theatrum chemicum, pág. 578.
(48)    En VALLI, op. cit., págs. 185, 186: aparte las referencias dan-tescas, las que siguen están sacadas de este libro y también de A. RICOLFI, Studi sui Fedeli d’Amore, v. Milano, 1933, v. II, 1941; Rapimento e ini-ziazione nei Fedeli d’Amore, extr. de "Rivista di sintesi letteraria", 1935, núm. 4.
(49)    Vita Nuova, XV, 4.
(50)    Ibid., XIV, 8, 14. Aquí es interesante que Dante previene que las experiencias de este género no podrían ser comprensibles más que por quien sea "Fiel de Amor del mismo grado"; lo que significa una referencia evidente a una jerarquía iniciática.
(51)    Ibid., IV, 3; V, í.
(52)    Aunque sus interpretaciones sean solamente de orden simbólico y doctrinal, G. BRUNO (Eroici Furori, II, i, 47; I, iv, 19) hace alusión a esto en los siguientes términos: "Esta muerte de los amantes, que viene de la alegría suprema, es llamada mors osculi por los cabalistas: esta misma muerte es la vida eterna, que el hombre puede preparar en este siglo y realizar en la eternidad." Cf. IBN FARID (apud MORENO, op. cit., pág. 215): "Cuando mis ojos vieron la belleza de este rostro, antes inclusive de que naciese el amor, dije adiós a la vida." En el lenguaje popular la presencia de la expresión "ojos asesinos" no está desprovista de interés. En la literatura del siglo de oro español se encuentra a menudo la expresión: "ojos que arrojan amor y muerte".
(53)    El equivalente hindú de la "inteligencia posible" es la buddhi; por otra parte, la Gran Diosa hindú es concebida también como "la que reside en todos los seres bajo la forma de buddhi", aquélla cuya naturaleza es iluminar (djotanashílá) cf. A. y E. AVALON, Hymns to the Goddess, cit. pág. 130.
(54)    Convivio, IV, 16; XII, 4.
(55)    Cf. RICOLFI, Rapimento e iniziazione, cit. pág. 358.
(56)    Reggimento e costumi delle donne, pág. V.
(57)    Op. cit., pág. 247, donde se encuentra la ilustración; F. DA BARBERINO, Do cumenti d ’A more , ed. Egidi, Roma, 1905-1924, v. III, págs. 407 sg. Tractatus Amoris et operum ejus.
(58)    Vita Nuova, II, 4.
(59)    Convivio, III, 2, 8.
(60)    En RICOLFI, Studi sui Fedeli d’Amore, cit., v. I, pág. 61.
(61)    DANTE: "Esta mujer que espiritualmente era una con mi alma" (Convivio, III, 2); el abandono de la parte de la mujer es llamado el abandono de su "salud" (Vita Nuova, XXXII, 6).
(62)    Apud ALESSANDRINI, Ceceo d Ascoli, Roma, 1955, pág. 195.
(63)    Vita Nuova, II, i; III, i; XII, p; VI, 2; XXIII, i.
(64)    Ibid., XXIX, 3.
(65)    DORN (Clavis philosphiae chemisticae, en Theatrum Chemicum, v. I, págs. 214-215) refiriéndose también a TrithIme, dice que el Uno rechaza el Binario (el Dos) que, en relación con la materia, ha causado el desasimiento del hombre de él; y el "Ternario [el Tres] podrá ser reconducido a la simplicidad del Uno... Ascensión bien conocida de aquéllos en cuyo pensamiento está presente el Ternario; al rechazar el Binario, su ascensión del Ternario los eleva a la simplicidad del Uno".
(66)    Op. cit., págs. 94-99; F. PEREZ, La Beatrice svelata, Palermo2, 1898.
(67)     Es preciso hacer notar que en el sufismo se encuentra a menudo la misma relación: la divinidad es considerada en él como una mujer: ella no es la "esposa celeste", sino la "Novia" o la "Amante". Así por ejemplo, en Athár, Ibn Farid, Geláleddín el R úmi, etc.
(68)    Op. cit., pág. 100.
(69)    Cf. I Versi d’Oro pitagorei, presentados por J. EVOLA, Roma, 1959.

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 47. Proceso de evocación en el amor caballeresco medieval

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 47. Proceso de evocación en el amor caballeresco medieval

Es conveniente, de entrada, circunscribir convenientemente las corrientes que nos interesan aquí. Ciertamente, ha existido un trovadorismo y un "amor cortés" a los cuales cuadra en gran parte el juicio corriente de los historiadores de las costumbres y la literatura medieval. Existieron verdaderas "Cortes de Amor", como las que, entre 1150 y 1200, tuvieron por centro a mujeres que verdaderamente existieron y eran bien conocidas, como la reina Eleonor, la condesa de Flandes, la condesa de Champagne, Hermenegilda vizcondesa de Narbona, Stéphanette des Baux, Odalasie vizcondesa de Aviñón, etc. En estas Cortes, el culto a la mujer tuvo un carácter estereotipado y convencional; pero no está excluido, al menos en parte, que derivaba de la incompresión de ciertos medios respecto a una doctrina esotérica que tomaron al pie de la letra, no captando el dominio con el que en realidad se relacionaba. El papel que representó la mujer en el marco de la caballería, más que en el de las Cortes y los trovadores, fue diferente, como verdaderamente vivido a menudo hasta las últimas consecuencias. Es conveniente poner de manifiesto el contraste existente entre el papel de la mujer y el estado real de las costumbres predominantes en la época. La mujer real, en la Edad Media, aparecía muy poco "idealizada" y fue tratada muy poco idealmente. El comportamiento marital fue generalmente muy rudo, cuando no auténticamente brutal. Las costumbres de las mujeres podían ser bastante libres, en absoluto conformes con un dechado de modestia, de pudor, de idealidad mogigata; en los relatos épicos de la primera Edad Media se encuentran mujeres que toman iniciativas amorosas y galantes, mientras los hombres permanecen indiferentes o son simplemente condescendientes. Sin hablar de la promiscuidad de los baños, no había el menor escrúpulo en que, en los castillos, las muchachas desnudasen a los caballeros que se alojaban en ellos o le hiciesen compañía en el lecho durante la noche. Guilbert de Nogent, en el siglo XII, deplo-raba el grado alcanzado por la impudicia femenina. En cuanto al comportamiento de los hombres, C. Meiners hace notar que, "durante la Edad Media, nunca fueron raptadas y violadas tantas nobles damas ni tantas doncellas como en los siglos XIV y XV, cuando la caballería estaba en todo su apogeo. Cuando, en estas dos centurias, los guerreros desenfrenados conquistaban ciudades o se apoderaban de ciudadelas, se consideraba como derecho de guerra hacer violencia a las mujeres y a las muchachas que a menudo, después de esto, eran muertas. Y los caballeros que violaban y mataban a las mujeres y a las hijas de sus enemigos y sus súbditos, por lo general se preocupaban poco del hecho de que así exponían a sus mujeres y a sus hijas al derecho de represalia (38).

Si un tal cuadro resulta quizá un poco exagerado, sin embargo en el conjunto es incontestable, dada la diferencia existente entre las relaciones reales predominantes entre los dos sexos en la Edad Media y el papel que, por el contrario, tuvo la mujer en ciertas costumbres caballerescas. Es pues bastante verosímil que éstas tuvieran por centro menos mujeres que existían realmente, que una "mujer del espíritu" asociada a un régimen de evocaciones: una "Dama" que, teniendo en el fondo una realidad autónoma, independiente de la persona física de la que, como mujer real, podía eventualmente servirle de soporte y, de una cierta manera, encarnarla. Era en la imaginación donde vivía y residía esencial-mente esta mujer; en consecuencia, era sobre un plano sutil donde el caballero hacía actuar su amor, su deseo y su exaltación. Sólo así se puede comprender todo cuanto hemos revelado con ante-rioridad, es decir, que la mujer a la cual se consagraba la vida y por la cual se cumplían toda suerte de empresas peligrosas, era a menudo elegida de tal manera que la posibilidad de poseerla realmente estaba ya excluida de antemano; podía también tratarse de la mujer de otro, con la que no podía esperarse contraer matrimonio, o de una mujer inaccesible cuya "crueldad" era aceptada e inclusive exaltada; podía, en fin, ser la simple imagen que uno se había formado de una mujer existente, sí, pero sin embargo nunca vista (la "princesa lejana"). Sin embargo, esta mujer alimentaba un deseo e incitaba a un servicio hasta la muerte de los hombres que, como guerreros, feudatarios y caballeros, tenían por ley a otros respectos su propia voluntad, no estaban acostumbrados al menor renunciamiento ni coacción y estaban lejos de todo sentimentalismo. Bajo el nombre de donnoi o domnei, en ciertos medios provenzales, fue exactamente entendido un tipo de relación erótica que, por principio, evitaba la posesión física de la mujer. En el grabado muy sugestivo que ilustra un manuscrito, el hombre tiene las manos atadas simbólicamente, y uno de los representantes de esta corriente dice abiertamente: "El que quiere poseer enteramente a su Dama, no sabe nada del donnoi." En otros casos, se tenía y se poseía a una mujer, pero el objeto de un tal eros no era ella (39). De una parte, ya lo hemos dicho, es preciso aquí pensar también en una voluntad tácita de evitar que las relaciones eróticas concretas marquen el fin o la crisis de la alta tensión interior despierta (así, lo que hace notar R. M. Rilke es justo, a saber, que lo que se tenía casi más que ninguna otra cosa era el éxito del cortejamiento); pero, de otra parte, como contrapartida objetiva de todo esto, se debe también pensar en los hechos que forman parte de lo que nosotros hemos llamado el régimen de la evocación de lo femenino en sí, de su absorción y de la integración con ello sobre un plano superfísico, invisible. Estas son, si se quiere, aproximaciones confusas a la posesión de la "mujer interior", paralelas a un impulso constante a la autosuperación (empresas heroicas, peligros, aventuras y todo lo demás que se hacía casi fanáticamente por su "Dama"). En particular, el hecho de que entre estas proezas entrase a menudo la participación en las Cruzadas es significativo. La teología de los castillos y de las Cortes de Amor prescribía la doble fidelidad a Dios y a la "mujer" y afirmaba que no había la menor duda sobre la salvación espiritual del caballero que moría por la dama de sus pensamientos: cosa que, en esencia, conduce también a la idea del poder inmortalizante propio, en el límite, del eros. Y en cuanto a la integración oculta, androgínica, a la cual hemos hecho alusión, hemos obtenido una noticia interesante, relativa a los Templarios: se suponía que los "demonios" venían a casa de los Templarios -caballeros que, sin embargo, practicaban la castidad- en forma de mujer y que cada caballero tenía su mujer (40). En esto, es bastante visible precisamente el tema de la unión con lo femenino sobre un plano no físico, tema que, por lo demás, se encuentra también en ciertas tradiciones de magia y a las cuales hace también alusión Paracelso. Y es preciso hacer notar que el "ídolo" que servía de centro en los ritos secretos de los Templarios -Bafomet- tuvo, según algunos, la apariencia, entre otras, de una figura andrógina o también de una Virgen.

Pasando ahora a los Fieles de Amor, se debe señalar que ellos, como los templarios (con los cuales tuvieron relaciones reales, históricas), constituían una organización iniciática. Recientemente, una investigación crítica sistemática y bien documentada, que esencialmente se debe a L. Valli y a A. Ricolfi, ha confirmado y hecho de dominio público lo que en círculos muy cerrados se conocía desde hace mucho tiempo por tradición, sobre el tema del fondo de lo que se llama la poesía del "dolce stile nuovo", a saber, que esta poesía emplea en granparte un lenguaje secreto, completamente inteligible solamente pósr los iniciados que pose-yeran su clave. El amor que se exaltaba en esta poesía no era la pasión profana más o menos idealizada o sublimizada, y las muje-res glorificadas no eran mujeres verdaderamente reales: esto a par-tir de la Beatrice de Dante y del amor del que se habla en la Vita Nuova.

Ya hemos tenidos ocasión de tratar este tema en otra parte; por eso nos limitaremos a una puesta a punto del problema según la especial perspectiva que aquí nos interesa.

L. Valli ha expuesto en síntesis su tesis en el pasaje siguiente: "Estos poetas, al vivir en un ambiente místico e iniciático, y al cultivar un arte que no tenía nada que ver con el arte por el arte o con la expresión por la expresión, tenían la costumbre de hacer de todos sus sentimientos de amor emociones verdaderas que tenían materia en su vida amorosa, para expresar pensamientos místicos e iniciáticos. Si la realidad de sus amores de hombres suministraba alguna ocasión concreta o algunas imágenes a sus versos, ella era sin embargo filtrada a través del simbolismo, de manera que esta materia de amor iba a tener un "verace intendimento", es decir, una significación de verdad profunda que era mística e iniciática. Una corriente de pensamientos iniciáticos se introducía en un cierto momento en la poesía de amor [en la poesía corriente de los trovadores] y poco a poco la invadía hasta el punto de que el gran nudo central de los poetas del amor, el que vivió alrededor de Dante, terminó por escribir, ’según la regla’, en un lenguaje simbólico de amor, con una jerga artificial" (41). Así era, según Valli. Por nuestra parte, añadiremos las precisiones siguientes.

En primer lugar, Valli otorga demasiado relieve a lo que, en esta poesía, puede haber tenido conexiones con el lado militante de la organización de los Fieles de Amor -porque estos poetas, a partir de Dante, fueron al mismo tiempo casi todos hombres de partido, gibelinos adversarios de las intrigas hegemónicas de la Iglesia. En lo que concierne al nudo más esencial de sus escritos, es preciso excluir que se trataba de una suerte de correspondencia de información entre los miembros de la secta, bajo el aspecto de un disfraz poético (como piensa Valli). Sin tener necesidad de esperar la inspiración y de ponerse a escribir versos, otros modos de comunicación secreta hubiesen resultado mucho más cómodos y seguros que el de unas poesías cifradas, sí, pero sin embargo accesibles siempre a todo el mundo.

El segundo punto, el más importante, es la necesidad de no sobrepasar los límites que se imponen a una interpretación puramente simbólica, como hace Valli. Las diferentes mujeres cantadas por. los Fieles de Amor, cualquiera que fuese su nombre, no eran mál que una mujer única, imagen del "Santo Conocimiento" o de la Gnosis, es decir, de un principio de iluminación, de salvación y de conocimiento trascendente. No se debe pensar sin embargo que se trata de alegorías y de simples abstracciones doctrinales personificadas, según lo que, en los estudios corrientes sobre Dante, se había ya supuesto respecto de Beatriz. El plano con el que se debe relacionar es, por el contrario, el de una experiencia efectiva, como en los Misterios antiguos y en los ritos secretos de los Templarios. Al mismo tiempo, se debe pensar que la elección del simbolismo de la mujer y del amor no era accidental e insignificante en estos medios, si bien ellos habrían podido emplear cualquier otra materia para expresar lo que tenían inten-ción de decir y, al mismo tiempo, para despistar al profano, corno hacían los hermetistas hablando de metales y de operaciones alquímicas. Al contrario de lo que Valli ha supuesto (y, con él, Rossetti, Aroux y Guénon), la experiencia de los amantes, en este caso, no se limitaba a suministrar la materia casual en un lenguaje artificial y simbólico con, todo lo más, alguna relación de analogía con un contenido secreto, que en sí no tuviese nada que ver con el eros (como, por ejemplo, en el empleo eclesiástico del lenguaje amoroso del Cantar de los Cantares); así pues, no se debe pensar tampoco en la transposición de los mismos términos de un sentido erótico a un sentido místico, a la que, en particular, se prestan algunos textos orientales, hasta el punto de que se ha podido traducir el título de un tratado de una erótica más que cruda como el Ananga Ranga por The bodiless One or the Hindu Art of Love y se ha podido afirmar que cada tina de sus estancias, además de un sentido literal, admite un sentido sagrado (42).

Aunque se trate esencialmente de la "mujer iniciática", de la "gloriosa mujer del espíritu" (como la llama Dante, que añade: "ella fue llamada Beatrice por muchos, que no sabían llamarla más que así"), en los Fieles de Amor, esta mujer no se reducía a un símbolo; todo hace pensar que aquí un régimen de contactos con la fuerza oculta de la femineidad representaba un papel esencial, régimen que puede tomar eventualmente por punto de partida el amor suscitado por mujeres reales, pero llevándole a actuar y a desarrollarse en una dirección iniciática. Solamente considerando las cosas así es como se puede, entre otras cosas, dar razón de todo lo que, aparte el el ento cifrado y simbólico de los "versos extraños", estas creacione poéticas presentan como contenido humano no del todo árido, sino vivo y natural, evidente, espontáneo, a menudo inclusive dramático. La interpretación de la "mujer" como el Santo Conocimiento personificado, o la pura doctrina secreta considerada como abstracta (hasta como la organización que la guardaba: Valli), no podría dar cuenta de hechos casi traumáticos de una experiencia emotiva intensa y a veces de fulguraciones, tan a menudo descritas de una manera sugestiva en esta literatura. Es improbable que entre los Fieles de Amor se llegue a experiencias similares mediante el empleo concreto, sexual, de la mujer, como en los ritos tántricos o dionisíacos; no nos ha llegado ninguna información susceptible de hacer de alguna manera verosímil esta suposición y, en cuanto a la terminología, las referencias eróticas en casi todos estos poetas están expurgadas, carecen por completo de un carácter excesivo cualquiera.

Debía pues tratarse del dominio intermedio que hemos indicado -ni de simple amor humano sublimado, ni de técnicas sexuales-, en el que la mujer real es importante, pero pasa al segundo rango, porque sirve de simple soporte para la toma inma-terial de contacto con el poder del que, en principio, es la encarnación viviente. Al contrario de la devoción caballeresca por la mujer y de los estados "exaltados" correspondientes, en los Fieles de Amor la fenomenología y la estructura iniciática son suficien-temente visibles y, como hemos dicho, no se trata ya aquí de casos aislados, dispersos, tan a menudo desprovistos de una conciencia exacta de lo que se había puesto en movimiento, sino de la orientación de una cadena entera, de la que quizá no conocemos siquiera toda la extensión, de las individualidades que no han dejado detrás de sí ni poesías, ni otros rastros tangibles, que han podido pertenecer a él e incluso haber desempeñado un papel importante.

Notas a pie de página:

(38) C. MEINERS, Geschichte des weiblichen Geschlechtes, Hannover, 1899, pág. 58; cf. también P. LA CROIX, Moeurs, usages et coutumes au Moyen Age et á l’époque de la Renaissance, París, 1873.

(39) Cf. C. FAUREL, Histoire de la poésie provenvale, París, 1896.

(40) G. GARIMET, Histoire de la magie en France, París, 1818, pág. 292.

(41) L. VALLI, Il linguaggio segreto di Dante e dei Fedeli d’Amore, Roma, 1928, págs. 205-206.

(42) Cf. R. SCHMIDT, Indische Erotik, cit., págs. 30-31.