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Metternich. Julius Evola

Metternich. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este artículo sobre Metternich nos ha sido enviado por su traductor, José Antonio Hernández García, sin indicación de dónde apareción por primera vez. Por su extensión probablemente sea un artículo escrito para"Il Secolo d'Italia". Evola experimentaba una particular sensación de afinidad con la obra de Metternich al que califica en varios de sus escritos como uno de los políticos más preclaros del siglo XIX, uno  de los pocos capaces de entender lo que significó la revolución francesa y el proceso de "internacionalización" de la subversión. El artífice de la Santa Alianza, todavía hoy odiado por el progresismo y la izquierda e ignorado por la derecha liberal, mantiene hoy su alta estatuta política y su alta talla moral.

 

Metternich

Julius Evola

Traducción de José Antonio Hernández García

Las cosas en Italia no parecen propicias hoy día para tener una apreciación correcta de la figura de Metternich. Él fue la bestia negra del Risorgimento, y se piensa que Italia conoció una renovación después en un segundo Risorgimento, en referencia a los aspectos más dudosos de este movimiento. Pero incluso para quienes no comparten tales ideas, les es difícil superar ciertos prejuicios arraigados y tener la libertad de juicio de la que gozan algunos historiadores extranjeros. Sus conclusiones, a decir verdad, no dejan de estar en relación con los problemas y las crisis de la Europa contemporánea.

Entre dichos historiadores se pueden citar, en primer lugar, a Melynski y a L. Poncins, quienes, en su muy importante libro La guerra oculta (cuya traducción italiana apareció en 1938) han presentado a Metternich como el «último gran europeo», aquel que supo reconocer –superando cualquier punto de vista particularista– el mal que amenazaba a toda la civilización europea y a la que quiso prevenir en el marco de una solidaridad supranacional de las fuerzas tradicionales y dinásticas, pues le parecía que ya era supranacional también la solidaridad de las fuerzas de la subversión.

Entre las obras más recientes, hay que señalar la de A. Cecil, Metternich. Este libro es interesante no sólo en razón de la nacionalidad de su autor –un inglés– sino porque en su más reciente edición responde a quienes únicamente habían visto en sus tesis una provocación, pues ponía de relieve el sentido que tenía la intención y la acción europeas de Metternich, y hacía un balance de lo que sucede después, hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial.

Cecil escribe: «Los métodos de Metternich ameritan un estudio más serio por parte de quienes están interesados en impedir la desintegración completa de Europa». Es también, y sobre todo, la idea europea la que Cecil analiza. Resulta interesante observar que, para este autor, mediante Metternich se reafirma una tradición cuyo espíritu es clásico, romano (p. 446): la tradición que quiere abarcar en una unidad supranacional a pueblos diferentes pero respetándolos; la que supo reconocer que la verdadera libertad tiene lugar al amparo de una ley ordenadora superior y mediante la idea jerárquica, y no a través de ideologías democráticas y jacobinas. Es el propio Metternich quien declara que «cualquier despotismo es una declaración de debilidad».

Cecil enuncia justamente que «quien firma la sentencia de muerte de la vieja Austria, ratifica la fórmula de destrucción de Europa». Y esto es así porque Austria encarnaba todavía –al menos en términos generales– la idea del Sacro Imperio Romano, la de un régimen capaz de reunir numerosas nacionalidades sin oprimirlas ni desnaturalizarlas. Ante la ausencia de una fórmula de este género, y frente a la persistencia de nacionalismos exasperados y de internacionalismos devastadores, parecería que estaba prohibido pensar que Europa reencontraría algún día su unidad que, al parecer, es la única condición esencial para su propia existencia en tanto civilización autónoma.

Metternich mismo supo reconocer en la democracia y en el nacionalismo a las principales fuerzas que iban a arrasar a la Europa tradicional, a menos que una acción radical hubiera acabado por sofocarlas. Vio la profunda concatenación de las diferentes formas de subversión que, partiendo del liberalismo y del constitucionalismo, conducirían hasta el colectivismo y el comunismo. Sobre este punto pensaba que cualquier concesión sería fatal. Cecil tiene razón al escribir que si Robespierre arrastra tras su estela a Napoleón, éste a su vez arrastraría a Stalin, pues bonapartismo y totalitarismo no son lo opuesto a la democracia sino, más bien –como Michels y Burnham lo han demostrado– sus consecuencias extremas.

A los ojos de Metternich, el remedio era la idea del Estado: el Estado como realidad elevada y fundada sobre el principio de una soberanía y una autoridad verdaderas, y no como simple expresión del demos. Metternich se rehúsa a creer en las «naciones», en las que ve sólo una máscara de la revolución, un mito antidinástico. En cuanto a su creación, la Santa Alianza, fue la última tentativa que aseguraba a Europa una paz fecunda durante toda una generación, pero que no estuvo a la altura de su principio fundador. De cualquier manera, Cecil recuerda que de Maistre ya había dicho lo esencial cuando afirmaba que no se trataba de hacer una «revolución contraria» sino «lo contrario de la revolución», es decir, proceder a una acción política positiva a partir de bases sólidas espirituales y tradicionales, con lo que la eliminación de todo lo que es subversión y usurpación de lo bajo sería una consecuencia natural.

Así, no hay duda de que una idea de ese tipo, asociada a la solidaridad combativa de todas las fuerzas que –en nuestra Europa– aún son buenas y reaccionan en contra del virus de los «principios inmortales» (el «mal francés», ya no es sólo físico sino espiritual, para retomar la fórmula de Cecil), es la única que, al admitirla, coloca a los hombres –y de ser posible, esencialmente a los soberanos– a su altura, lo que todavía podría salvar lo poco que puede ser salvado de nuestra civilización.

Nota:

Klemenz Wenzel Lothar, príncipe de Metternich-Winneburg (1773-1859). Estadista austriaco que nació en Coblenza. Durante cuarenta años fue canciller de Francisco I y de Fernando I. Negoció el matrimonio de Napoleón I con María Luisa. En 1813 se pronunció contra el emperador francés y contribuyó a su derrota. A partir de 1815 constituyó, con Rusia y Prusia, la Santa Alianza, y se convirtió en jefe de la reacción absolutista en Europa, enemigo de cualquier idea revolucionaria. Reprimió férreamente los movimientos liberales surgidos en Italia y Alemania, y se mostró hostil a la sublevación griega contra Turquía y a los movimientos revolucionarios de las colonias hispanoamericanas. En 1848 fue destituido a consecuencia de la revolución que estalló ese mismo año. (N. del T.)

 

 

 

"Servicio al Estado" y Burocracia. Julius Evola

"Servicio al Estado" y Burocracia. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este artículo fue publicado en marzo de 1953 en el diario del Movimiento Social Italiano. A Evola la preocupaba el problema de como restaurar la autoridad del Estado, especialmente en unos momentos -como en plena postguerra- en donde el fascismo había sido sustituido por la partitocracia y por una burocracia cada vez más absorvente y omnipresente. Evola recuerda el carácter casi sacerdotal que tuvieron en la antigüedad los "servidores del Estado" y que, incluso en regímenes tardíos implicaba que llevaran "uniforme", casi un indicativo de su condición de "hábito sacerdotal".

 

"SERVICIO AL ESTADO" Y BUROCRACIA

Julius Evola

 

Una señal característica de la decadencia de la idea de Estado en el mundo moderno está representada por la pérdida del significado de aquello que, en una acepción superior, significa el servicio al Estado.

Allí donde el Estado se nos presenta como la encarnación de una idea y de un poder, en el mismo tienen una función esencial aquellas clases políticas definidas por un ideal de lealismo, clases que, en la acción de servir al Estado, sienten un elevadísimo honor y que, sobre tal base, ellas participan de la autoridad, de la dignidad y del prestigio inherentes a la idea central, de modo tal de diferenciarse de la masa de los simples ciudadanos "privados". En los Estados tradicionales tales clases fueron sobre todo  la nobleza, el ejército, la diplomacia y, finalmente, aquello que hoy se denomina como la burocracia. Es sobre esta última que nosotros queremos dirigir una breve consideración.

Tal como ha sido definida en el mundo democrático moderno del último siglo, la burocracia no es más que una caricatura, una imagen materializada, opacada y desfasada de aquello a lo cual debería corresponder su idea. Aun prescindiendo del presente inmediato, en el cual la figura del "estatal" se ha convertido en la imagen escuálida de un ser en lucha permanente con el problema económico, de modo tal de ser ya el objeto preferido de una especie de ludibrio y de amarga ironía, aun prescindiendo de esto, el sistema presenta caracteres inverosímiles. En los actuales Estados democráticos se trata de burocracias privadas de cualquier autoridad y de cualquier prestigio, privadas de una tradición en el mejor sentido de la palabra, con personal en exceso, mediocre, mal retribuido, caracterizado por prácticas lentas, desganadas, pedantes y farragosas. El horror hacia la responsabilidad directa y el servilismo hacia el "superior" son aquí otros rasgos característicos; en lo alto, otro rasgo que se encuentra es un vacío oficinismo. En general, el funcionario estatal medio de hoy en día se diferencia muy poco del tipo genérico moderno del "vendedor de trabajo"; efectivamente, en los últimos tiempos los "estatales" han asumido justamente la figura de una "categoría de trabajadores" que va detrás de las otras en cuanto a las reivindicaciones sociales y salariales en base a agitaciones e incluso huelgas, cosas éstas absolutamente inconcebibles en un Estado verdadero y tradicional, tan inconcebibles como el caso de un ejército que se pusiese a hacer huelga en una determinada circunstancia para imponer al Estado, comprendido como un "dador de trabajo" sui generis, sus exigencias.

En la práctica, hoy se llega a ser empleados del Estado cuando se carece de iniciativas y no se tiene ninguna perspectiva mejor en la vida, teniendo en vista un sueldo modesto, pero seguro y continuo: por lo tanto algo propio de un espíritu más que pequeño burgués y utilitario.

Y si en la baja burocracia la distinción entre quien sirve al Estado y un trabajador o empleado privado cualquiera es a tal respecto casi inexistente, en las altas esferas el burócrata se confunde con el tipo del politiquero y del "puntero". Tenemos así "honorables" y "personas influyentes" investidas del poder de gobierno, pero las más de las veces sin el correlato de una verdadera y específica competencia, las cuales en las componendas ministeriales toman o se intercambian las carteras de uno u otro ministerio, apurándose en llamar a su alrededor a amigos o a compañeros de partido, teniendo menos en vista el hecho de servir al Estado o al Jefe del Estado, cuanto el de recabar provecho de la propia situación.

Éste es el lamentable espectáculo que hoy nos presenta todo lo que es burocracia. Pueden influir aquí razones técnicas, el desmedido acrecentamiento de las estructuras y superestructuras administrativas y de los "poderes públicos": pero el punto fundamental es una caída de nivel, la pérdida de una tradición, la extinción de una sensibilidad, todos éstos fenómenos paralelos al del ocaso del principio de una verdadera autoridad y soberanía.

Nos viene a la mente el caso de un funcionario, que pertenecía a una familia de la nobleza, el cual presentó sus dimisiones cuando cayó la monarquía en su país. Se le preguntó entonces: "¿Cómo es que Ud., poseedor de riquezas incalculables, podía ser un funcionario a sueldo, sin tener ninguna necesidad de ello?". El estupor de quien se sintió hacer semejante pregunta no fue menor del de aquel que se la había hecho: puesto que él no podía concebir un honor mayor que el de servir al Estado y a su soberano. Y, desde la perspectiva práctica, no se trataba aquí de una "utilidad", sino de la adquisición de un prestigio, de un "rango", de un honor. Pero hoy en día, ¿quién no se asombraría si el hijo de un gran capitalista ambicionara convertirse en un..."estatal"?

En los Estados tradicionales el espíritu antiburocrático, militar, del servicio al Estado tuvo su símbolo en el uniforme el cual, así como los soldados, endosaban también los funcionarios (nótese como en el fascismo existió un deseo de retomar tal idea). Y en contraposición con el estilo del alto funcionario de hoy en día que hace servir su puesto a sus utilidades individuales, existía en ellos el desinterés de una impersonalidad activa. En la lenguafrancesa la expresión: "On ne le fait pas pour le Roi de Prussie" quiere decir aproximadamente: se lo hace aun cuando no nos viene una moneda en el bolsillo. Es una referencia a aquello que, por el contrario, fue el estilo de puro y desinteresado lealismo que constituyó el estilo de la Prusia de Federico II. Pero también en el primer self-government inglés las funciones más altas eran honoríficas y confiadas a quien gozara de una independencia económica, justamente para garantizar la pureza e impersonalidad de la función y simultáneamente el correspondiente prestigio.

Tal como se ha mencionado, la burocracia en sentido negativo se ha formado paralelamente con la democracia, mientras que los Estados de Europa central, por haber sido los últimos en conservar rasgos tradicionales, conservan también mucho del estilo del puro y antiburocrático "servicio al Estado". Cambiar las cosas, en especial en Italia, es hoy una empresa desesperada. Existen gravísimas dificultades técnicas, así como financieras. Pero la mayor dificultad se encuentra en aquello que deriva de la caída de nivel, del espíritu burgués, del espíritu materialista y ventajista, de la carencia de una idea de verdadera autoridad y soberanía.

De "Il Secolo d'Italia", 21 de Marzo de 1953

 

 

Las profecías de Donoso Cortés. Julius Evola

Las profecías de Donoso Cortés. Julius Evola

Bibioteca Evoliana.- Este artículo de Evola publicado en la revista "Il Conciliatore" en marzo de 1972 e incluida en el volumen "Ultimi Scritti" publicado por Editorial Controcorrente en 1978, demuestra que Evola conocía a la perfección las raíces del pensamiento conservador europeo, incluido el español. Entre nuestros autores del siglo XIX se encuentran, acaso, los mejores intelectuales de la contrarrevolución, empezando por Donoso y terminando con Balmes. Evola evidencia la justeza del análisis realizado por Donoso sobre la revolución francesa y su propuesta de un gobierno fuerte para combatir los desmanes de la revolución y de sus tontos útiles.

 

LAS PROFECÍAS DE DONOSO CORTÉS

por Julius Evola

Un notorio escritor de Derecha, Karl Schmitt, ha hecho notar que, si se examina la historia europea del último siglo, la misma nos presenta una especie de reiteración. Se trata de la situación que ya se había perfilado con el surgimiento de los movimientos revolucionarios liberales y radicales de 1848-1849; mutatis mutandis, la misma se ha vuelto a presentar de manera más aguda en nuestros días. Además Schmitt hace notar que, mientras que a partir de aquella época y luego del último Manifiesto del comunismo, del lado de la Izquierda ha sido elaborada con rasgos cada vez más precisos una interpretación de la vida y de la historia, del lado opuesto, es decir de la Derecha, no se ha hecho nada semejante, se ha estado muy lejos de retomar y desarrollar posturas contrarrevolucionarias y tradicionales ya asumidas por contraposición en aquel período.

A tal respecto, un factor puede estar constituido por la defección de la Iglesia. Se ha arribado al punto en el cual los que quisiesen organizar a pesar de todo una Derecha, no se encuentran a su lado a la Iglesia, sino que ven de una manera cada vez más notoria cómo desde el campo del catolicismo se expresan abiertas adhesiones a encuadramientos políticos decididamente democráticos e incluso de Izquierda. Existen católicos que sin ser anatemizados, han arribado a afirmar que en el fondo, desde un plano fáctico, democracia, socialismo y comunismo representan al “nuevo cristianismo”, esto es las formas modernas,“aggiornadas”, de aparecer del antiguo espíritu “social” y comunitario del cristianismo de los orígenes, poniendo desenvueltamente a cargo de defectos pasajeros e inevitables de juventud y de crecimiento todo lo que en estos movimientos se nos presenta en su carácter materialista, ateo y subversivo, y que en cambio constituye su núcleo esencial en los términos de una verdadera y propia “contra religión”. Es tan sólo con extrema prudencia que a veces se reacciona, cuando no puede evitarse, casi como disculpándose por la reacción, en vez de proceder a una abierta y decidida denuncia. A nivel “conciliar” se tolera en cambio que sean estigmatizados como “residuos medievales” todos los aspectos mejores del catolicismo.

Para dar un sentido de perspectivas muy diferentes no estará privado de interés recordar la figura y las ideas de un católico, teólogo, diplomático y hombre de acción español del primer período de la contrarrevolución europea, Donoso Cortés. Con una mirada histórica de una lucidez casi alucinante, Cortés supo reconocer, hace más de un siglo, las alternativas fundamentales hacia las cuales se dirigía inevitablemente Europa luego del trauma constituido por la Revolución Francesa. Así como lo fuera ya en su momento de De Maistre, fue un mérito de Cortés el haber comprendido que en su significado más profundo las antítesis que antes esta revolución y luego los movimientos de 1848-49 habían suscitado en el conjunto de los principales Estados europeos tenían un carácter no tanto social y económico sino religioso, por no decir metafísico. En 1848 la antítesis fundamental parecía ser entre autoridad y anarquía.

Cortés, viendo las cosas más a fondo y apoyándose en la teología, remitió el conflicto a todo lo que procede de dos interpretaciones antitéticas respecto de la naturaleza humana. Mientras que del dogma católico de la caída deriva la idea de la natural maldad del hombre (que Cortés desarrolló al indicar el carácter obtuso, irracional y demoníaco de las masas, del demos), las fuerzas de la Izquierda partían de una pseudo religión que, por un lado, enarbolaba un optimismo y el mito del progreso indefinido de la humanidad, pero por el otro practicaba el terror, dando así a conocer su rostro verdadero. De la primera concepción derivaba la necesidad del principio de la autoridad, de un poder legítimo desde lo alto para imponer una forma y un orden a aquello que en el hombre decaído no tiene forma y que pertenece al solo dominio físico y natural. En cambio la segunda concepción desembocaba en el culto de la humanidad puramente terrestre y materializada soberana de sí misma: la voluntad del pueblo, el individualismo (liberalismo), luego la masa en revuelta contra todo principio superior de autoridad y por lo tanto contra la esencia misma del verdadero Estado (socialismo, marxismo).

Al formularse las cosas de tal manera, Cortés consideró como inevitable un choque decisivo entre catolicismo y socialismo ateo. Es importante destacar también que ya en ese entonces Cortés supo reconocer que el constitucionalismo parlamentario era algo híbrido, que el mismo no habría llevado a ninguna solución, que tan sólo habría dilatado, a través de una especie de interregno, el choque decisivo de las fuerzas, sino también la capitulación definitiva de la Derecha. Para él, como para De Maistre, lo esencial se encontraba en reconocer el principio de autoridad como detentador de un derecho supremo e inapelable de decisión: ello también en un ámbito más vasto en relación con el centro necesario para las fuerzas de la Derecha a fin de organizar una defensa eficaz de Europa. Cortés escribía: “Llega el día de las negaciones radicales y de las afirmaciones soberanas”. Su crítica en contra de la inanidad del sistema parlamentario democrático y del régimen de los compromisos políticos es premonitor. Con una frase lapidaria él definió a la burguesía como “la clase discutidora”, es decir como la clase que “discute” en vez de decidir, de organizarse, de hacer frente al combate. Pero una clase dirigente que agota su actividad en los bellos discursos, en la prensa, en el parlamento, no se encuentra a la altura de los tiempos que Cortés veía avecinarse.

Esto fue lo que condujo a Cortés a afirmar una tesis original y audaz: el reconocimiento del derecho de una dictadura. Tal fue el contenido del famoso discurso por él pronunciado el 9 de enero de 1849 al parlamento español. Cortés no podía no constatar la crisis en la cual ya entonces había entrado el régimen monárquico, quebrantado por el constitucionalismo, con soberanos reducidos a reinar, pero no preparados para gobernar, como para reputarse todavía como el centro vivo de las fuerzas de Derecha. “Las figuras de reyes son ya raras”, él escribía, “y entre éstas son pocas las que tengan verdaderamente el coraje de reputarse reyes de otra forma que no sea por la voluntad del pueblo”. Pero el frente de la contrarrevolución necesitaba de un poder de decisión supremo. La fórmula de Cortés fue: dictadura coronada; una especie de dictadura consagrada por encima de toda mera legitimidad formal. Es que él reconoció tal solución como impuesta por el carácter de los tiempos que venían para prevenir de las otras dictaduras, de las que podrían imponer las fuerzas de la Izquierda o, en modo general, de la subversión mundial, dotadas ya de una conciencia clara de sus objetivos últimos. Ello significaba prever el espectro del totalitarismo destructor, ocupar pues el área del poder que había permanecido vacía. No sólo: algo realmente sorprendente si se piensa que entonces la Rusia autocrática era considerada como un baluarte de la “reacción” y que la misma aun militarmente había contribuido a la represión de los movimientos del ’48, Cortés profetizó que habría llegado “la gran hora de Rusia”, que Europa se habría encontrado frente al temible peligro constituido por la posible asociación entre el imperialismo ruso y el socialismo revolucionario, que ya no más la Inglaterra democrática y la Francia de los “inmortales principios”, sino Moscú habría sembrado en el continente europeo el virus revolucionario: tal como efectivamente aconteció.

Todos los principales problemas del futuro europeo habían sido de tal modo formulados, hace ya más de 100 años, por la mente clarividente de un ultra católico. Y aquello que Cortés había reputado como ineluctable, el choque decisivo entre catolicismo y socialismo, hoy con el avance de las fuerzas de Izquierda se impondría en forma natural, en tanto uno de los frentes no hubiese cedido. Ha sido vana la apelación de Donoso Cortés a un frente espiritual y católico de defensa europea bajo el signo de una Derecha homologable a aquella que por un breve período había dado lugar a la “alianza del trono con el altar”. Dentro de tal perspectiva, desde el tiempo de Cortés hasta nuestros días no hay sino un vacío. De las dos cosas que Cortés preveía para el futuro, las “negaciones radicales” y las “afirmaciones soberanas”, parece ser que sólo la primera es la que prevalece.

Sin embargo nos parecen válidas y dignas de ser meditadas las acusaciones que Cortés dirigiera a la clase discutidora, que hoy en día en Italia prospera dentro del marco parlamentarista, cultivando bajo la excusa del antifascismo una especie de odio teológico hacia cualquier principio de autoridad, y también la fórmula de la dictadura coronada como verdadera antítesis hacia cualquier comunismo o deletérea democracia. Por cierto, hoy en día no es fácil dar un contenido preciso a tal fórmula. Quizás es en la España contemporánea, donde ha sido revalorizada la figura de Donoso Cortés (1) y sus obras han sido reeditadas y donde el catolicismo tradicionalista no ha perdido su fuerza, que la misma ha sido prácticamente considerada, con el propósito de Franco de preparar un futuro régimen en el cual se mantenga el principio de autoridad por él encarnado, dadas las circunstancias, en términos de carácter dictatorial, pero con un crisma superior, puesto que el mismo debería pasar a exponentes monárquicos, a soberanos que sepan hacer propia la fórmula: rex est qui nihil metuit, “rey es quien nada teme”, si es que aun existen.

(1) Hoy en día a 32 años de la edición de este artículo las cosas han cambiado sustancialmente en la sociedad española, la que se ha puesto a tono con los tiempos. Ni el catolicismo tradicional conserva su fuerza ni el monarca ungido por el dictador Franco antes de morir es otra cosa que un rey democrático que reina, pero que no gobierna, es decir las cosas han seguido el rumbo unilateral de las negaciones absolutas.

(Il Conciliatore, Marzo de 1972)

 

 

Los dos rostros del liberalismo. Julius Evola

Los dos rostros del liberalismo. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Publicado en la revista italiana "Il Borghese", próxima en esa época, al MSI, Evola analiza aquí el origen del liberalismo y sus distintos rostros asumidos a través de los últimos 200 años. Si hoy se tiene al liberalismo como una ideología de "derechas" (en España, por supuesto, de "centro-derecha"), no siempre fue así. Evola se remonta a los orígenes del liberalismo en Inglaterra y traza su sendero en un artículo particularmente brillante y clarificador, no solamente a nivel histórico, sino a nivel de principios.

 

 

LOS DOS ROSTROS DEL LIBERALISMO

Julius Evola

Resulta sumamente sintomático y humorístico el hecho de que hoy en día se repute al liberalismo como una formación de Derecha cuando en épocas anteriores los hombres de la Derecha vieron a éste como a un cuco, como a una fuerza subversiva y disgregadora de la misma manera que en la actualidad son considerados (también de parte de los mismos liberales) el marxismo y el comunismo. En efecto, a partir de 1848 el liberalismo, el nacionalismo revolucionario y la ideología masónica antitradicional aparecen en Europa como fenómenos estrechamente vinculados entre sí y es siempre interesante revisar los antiguos ejemplares de la publicación Civiltá Catolica para ver cómo ésta se expresaba en lo relativo al liberalismo de aquella época.

Pero nosotros dejaremos a un lado tal circunstancia para hacer una breve mención, necesaria para nuestros fines, con relación a los orígenes del liberalismo. Es sabido que tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra, y puede decirse que los antecedentes del liberalismo fueron feudales y aristocráticos: hay que hacer referencia a una nobleza local celosa de sus privilegios y de sus libertades, la cual, desde el Parlamento, trató de defenderse de cualquier abuso de la Corona. Luego de ello, simultáneamente con el avance de la burguesía, el liberalismo se reflejó en el ala whig del parlamento oponiéndose a los conservadores, los Tories. Pero hay que resaltar que hasta ayer el partido desarrolló la función de una “oposición orgánica”, manteniéndose firme la lealtad hacia el Estado, en modo tal que pudo hablarse de la His Majesty’s most loyal opposition (la lealísima oposición de Su Majestad). La oposición ejercía en el sistema bipartidista una simple función de freno y de control.

El factor ideológico de izquierda no penetró en el liberalismo sino en un período relativamente reciente, y no sin relación con la primera revolución española, en modo tal que la designación originaria de los liberales fue la española, es decir liberales (y no liberals, como en el inglés). Y es aquí donde empieza el declive. Debe resaltarse pues que el primer liberalismo inglés tuvo un carácter aristocrático: fue un liberalismo de gentleman, esto es un liberalismo de clase. No se pensó en libertades que cualquiera pudiese reivindicar indistintamente. Subsiste aun hoy en día en Inglaterra este aspecto sano y en el fondo apolítico del liberalismo: el liberalismo no como una ideología político-social, sino como la exigencia de que, prescindiendo de la particular forma del régimen político, el sujeto pueda gozar de un máximo de libertad, que la esfera de su privacy, de su vida personal privada, sea respetada y sea evitada la intromisión de un poder extraño y colectivo. Desde el punto de vista de los principios éste es un aspecto aceptable y positivo del liberalismo que debería diferenciarlo de la democracia, puesto que en la democracia el momento social y colectivista predomina sobre el de la libertad individual.

Pero aquí nos hallamos también con un cambio de dirección, puesto que un liberalismo generalizado e indiscriminado, al asumir vestimentas ideológicas, se fusionó en el continente europeo con el movimiento iluminista y racionalista. Aquí alcanzó el primer plano el mito del hombre que, para ser libre y verdaderamente sí mismo, debe desconocer y rechazar toda forma de autoridad, debe seguir tan sólo a su razón, no debe admitir otros vínculos más allá que los extrínsecos, los que deben ser reducidos al mínimo, pues sin los cuales ninguna vida social sería posible. En tales términos el liberalismo se convirtió en sinónimo de revolución y de individualismo (un paso más y se arriba a la idea de anarquía). El elemento primario es visto en el individuo, en el sujeto. Y aquí son introducidas dos pesadas hipotecas bajo la dirección de lo que Croce denominó como la “religión de la libertad”, pero que nosotros denominaríamos más bien como fetichismo de la libertad.

La primera hipoteca es que el individuo ya se encuentra “evolucionado y conciente”, por lo tanto capaz de reconocer por sí mismo o de crear cualquier valor. La segunda es que del conjunto de los sujetos humanos dejados en el estado de total libertad (laissez faire, laissez aller) pueda surgir en manera milagrosa un orden sólido y estable: por lo cual, habría que recurrir a la concepción teológica de Leibniz de la denominada “armonía preestablecida” (por la Providencia), en modo tal que, para usar una comparación, aunque los engranajes del reloj funcionen cada uno por su cuenta, el reloj en su conjunto marcará siempre la hora exacta. A nivel económico, del liberalismo deriva el “liberismo” o “economía de mercado” que puede denominarse como la aplicación del individualismo al campo económico-productivo, afectado por una idéntica utopía optimista respecto de un orden que nace por sí mismo y que es capaz de tutelar verdaderamente la proclamada libertad (bien sabemos adónde va a parar la libertad del más débil en un régimen de pirateril y desenfrenada competencia, tal como acontece en nuestros días no sólo entre individuos, sino entre naciones ricas y pobres). El espectáculo que hoy nos muestra el mundo moderno es un crudo testimonio de lo arbitrarias que sean tales posiciones.

Arribados a este punto podemos recabar algunas conclusiones. El liberalismo ideológico en los términos recién mentados es evidentemente incompatible con el ideal de un verdadero Estado de Derecha. No puede aceptarse la premisa individualista, ni el fundamental rechazo por todo tipo de autoridad superior. La concepción individualista tiene un carácter inorgánico; la presunta reivindicación de la dignidad del sujeto se resuelve, en el fondo, en un menoscabo de la misma a través de una premisa igualitaria y niveladora. Así pues en los tiempos más recientes el liberalismo no tuvo nada que objetar al régimen del sufragio universal de la democracia absoluta, en donde la paridad de cualquier voto, que reduce a la persona a un simple número, es una grave ofensa al individuo en su aspecto personal y diferenciado. Luego, en materia de libertad, se descuida la esencial distinción entre la libertad respecto de algo y la libertad para algo (es decir, para hacer algo). Tiene muy poco sentido manifestarse celosos respecto de la primera libertad, de la libertad externa, cuando no se saben indicar ideales y fines políticos superiores en función de los cuales el uso de la misma adquiera un verdadero significado. La concepción básica de un verdadero Estado, de un Estado de Derecha, es “orgánica” y no individualista.

Pero si el liberalismo, remitiéndose a su tradición pre-ideológica y pre-iluminista, se limitara a pregonar la mayor libertad posible de la esfera individual privada, a combatir toda abusiva o no necesaria intromisión en la misma de poderes públicos y sociales, si el mismo sirviese de rémora a las tendencias “totalitarias” en sentido negativo y opresivo, si defendiese el principio de libertades parciales (si bien el mismo debería defender también  la idea de cuerpos intermedios, dotados justamente de parciales autonomías, entre el vértice y la base del Estado, lo cual llevaría de lleno al corporativismo) si estuviese dispuesto a reconocer un Estado omnia potens, pero no omnia facens (W. Heinrich), es decir que ejerce una superior autoridad sin entrometerse por doquier, la contribución “liberal” sería sin más positiva. En especial si tenemos en cuenta la actual situación italiana, podría ser también positiva la separación, propugnada por el liberalismo ideológico, de la esfera política respecto de la eclesiástica, siempre que ello no signifique la laicización materialista de la primera. Sin embargo aquí se encontraría un obstáculo insuperable, puesto que el liberalismo tiene una fobia hacia todo lo que puede asegurar a la autoridad estatal un fundamento superior y espiritual y profesa un fetichismo por el denominado “Estado de derecho”: es decir, un Estado de la legalidad abstracta, como si la legalidad existiese por afuera de la historia, y como si el derecho y la constitución cayesen del cielo hechos y derechos y con un carácter de irrevocabilidad.

El espectáculo de la situación a la que ha conducido la partidocracia en este régimen de masas y de demagogia debería hacernos reflexionar respecto de la antigua tesis liberal (y democrática) de que el pluralismo desordenado de los partidos sea garantía verdadera de libertad. Y con respecto a la libertad reivindicada a cualquier precio y en cualquier plano, por ejemplo en el de la cultura, sería necesario hacer hoy en día una serie de precisiones oportunas, si es que no se quiere que todo vaya a la deriva en forma acelerada. Hoy en día puede verse muy bien de qué cosas el hombre moderno, convertido finalmente en “adulto y conciente” (de acuerdo al liberalismo y a la democracia progresista) se ha hecho capaz en los tiempos últimos con su “libertad”, la que muchas veces ha sido la de producir sistemáticamente bacilos ideológicos y culturales que están llevando a la disolución a toda una civilización.

Pero a tal respecto el discurso sería demasiado largo y nos sacaría del marco de nuestro análisis. Suponemos que con estas notas, aun de una manera extremadamente sumaria, ha sido puesto en evidencia desde el punto de vista de la Derecha todo aquello que de positivo y negativo pueda presentarnos el liberalismo.

(Il Borghese, 10-10-1968)

 

 

Actualidad de Wilfredo Pareto. Julius Evola

Actualidad de Wilfredo Pareto. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El presente artículo fue escrito por Evola y publicado en la revista italiana "Il Conciliatore", en 1972. No es la doctrina sociológica de Pareto lo que atrae a Evola, sino los contenidos antidemocráticos de algunos de sus escritoos y, particularmente, su visión de la historia que entra en contradicción con la "políticamente correcta". Pareto, como se sabe, era admirador de la Edad Media. La fría objetividad, de la que hace gala siempre Pareto, es otro de los elementos que atraen a Evola, el cual da una visión particularmente favorable de este autor.

 

 

ACTUALIDAD DE WILFREDO PARETO

¿DEBE EL EJÉRCITO LLEVAR EL FUSIL O EL ROSARIO?

por Julius Evola

Aun prescindiendo de su sistema sociológico, cuya validez puede ser objetable desde muchos puntos de vista, Wilfredo Pareto es un autor que siempre es leído y releído con placer, además por su estilo claro y vivaz, por un anticonformismo, un valeroso amor por la verdad y por una insufribilidad hacia las ideologías, los mitos y las mentiras de aquel mundo burgués pre-fascista existente en la época en la cual él había concebido sus obras principales. Tal mundo es el que hoy en día ha resucitado, pero de manera más virulenta, por lo cual muchas de las consideraciones de Pareto mantienen un carácter de sorprendente actualidad.

Aparte de su aversión congénita hacia todo tipo de democracia, en el campo de la sociología positiva Pareto ha hecho una importante contribución al principio antidemocrático al demostrar la ley de la “circulación de las élites”, cuya validez es cada vez más notoria. Es decir que Pareto ha acertado en sostener que en cualquier tipo de sociedad el fenómeno de la existencia de una élite, de una minoría que domina, es una cosa constante. Así pues una jerarquía en mayor o menor medida elaborada representa un dato sociológico siempre presente, aun en los casos en los cuales la misma es negada de palabra. Lo que sucede es que las élites pueden modificarse, que grupos sociales diferentes, pueden, “circulando”, sustituirse el uno al otro y eventualmente desplazarse entre sí, justamente en su acción formativa de una élite. Pareto se ha limitado a demostrar el fenómeno estructural sociológico de carácter general de la élite; él no ha desarrollado una filosofía de la historia para descubrir cuáles cualidades de élite se han sucedido en el transcurso de los tiempos conocidos por nosotros. Desde el punto de vista tradicional, es dable constatar un proceso de regresión que en nuestros días está alcanzando un límite.

Pareto no ahorra dardos cuando hace frente a los mitos de las que él denomina como “las religiones laicas del mundo burgués”, que se han sustituido a las verdades y valores de otros tiempos: Humanidad, Democracia, Progreso, Libertad, Voluntad del Pueblo, Igualdad, moralismo puritano, etc.. Todas estas palabras escritas habitualmente con mayúscula del mismo modo como antes se escribía tan sólo el nombre de Dios, y objeto todas de un nuevo culto y de un nuevo fanatismo. Será interesante recordar algunos pasajes de su obra principal, Tratado de sociología general (2ª Edición).

Comencemos con el igualitarismo. Objetivamente toda igualdad es un absurdo. Pareto (#1227) dice que si en algún momento los sentimientos de igualdad pueden alcanzar algún impulso, ello se debe al hecho de que los mismos no tienen nada que ver con la verdadera igualdad, puesto que se refieren no

a un valor abstracto, como todavía creen ciertos ingenuos intelectuales, sino a los intereses directos de personas que quieren sustraerse a desigualdades que les resultan contrarias e instituir nuevas que les sean favorables, siendo para éstas la meta principal”.

En otras palabra, toda ideología igualitaria es tan sólo un instrumento, usado hipócritamente para una finalidad destructiva. Luego de un análogo análisis efectuado por Tácito, también Vico había notado cómo se exalta y enarbola la igualdad primero para destituir a los superiores, luego para mancomunarse a éstos y finalmente para ponerlos por debajo de los que son inferiores, instituyendo así nuevas desigualdades con una jerarquía al revés. Refiriéndose a Esparta, a las antiguas estirpes nórdicas y también a Inglaterra, Pareto recuerda que como efectivamente “iguales” o “pares” (en griego omoioi) valieron de hecho tan sólo los miembros de una aristocracia sumamente restringida a los cuales se les imponía la estricta observancia de difíciles y rigurosos deberes de casta. Nada de esto es pues lo que corresponde al igualitarismo nivelador de nuestros días.

Además Pareto ataca la interpretación difamatoria del régimen feudal, presentado por al historiografía “progresista” como un régimen de violencia y de atropellos. Él escribe (#1154):

Es una cosa absurda representarse a la antigua feudalidad de Europa como una cosa impuesta exclusivamente a través de la fuerza; en cambio se mantenía en parte por sentimientos de recíproco afecto los cuales se observaron también en otros países, en donde existía la feudalidad, como por ejemplo en Japón... De manera general, ello se verifica en todos los ordenamientos sociales en donde existe una jerarquía, la cual, tan sólo cuando está por desaparecer y para dar lugar a otra cesa de ser espontánea, para ser impuesta exclusivamente y de manera predominante, a través de la fuerza”.

Pareto recuerda justamente el papel que en los sistemas tradicionales tiene el principio de la “fidelidad”, concebida en términos tales por lo que jurarla equivalía a un sacramento, convirtiendo en “mártires a aquellos que sacrificaban la propia vida para mantenerla y malditos en cambio a aquellos que la violaban”. Varias citas interesantes son hechas a tal respecto.

El realismo de Pareto resulta del siguiente pasaje (#2183):

Todos los gobiernos usan la fuerza y todos sostienen tener un fundamento en la razón. En los hechos, con o sin sufragio universal, es siempre una oligarquía la que gobierna y la que sabe dar a la “voluntad del pueblo” la expresión que ella desea... desde  los votos de la mayoría de una asamblea elegida de manera variada, hasta el plebiscito que dio el imperio a Napoleón III y así sucesivamente, para terminar con el sufragio universal sabiamente conducido, comprado y manipulado por nuestros politiqueros. ¿Quién es este nuevo dios que tiene por nombre el de “sufragio universal”? No se encuentra mejor definido, ni es menos misterioso, menos afuera de la realidad que las cosas referentes a tantas otras divinidades: ni tampoco faltan en su teología, como en las otras, tantas contradicciones patentes”.

Con respecto a las nuevas hipocresías, afirma Pareto (#1462):

En los tiempos bárbaros un pueblo llevaba la guerra a otro, saqueaba sus tierras, sustraía sus dineros, sin tantos discursos; en nuestros tiempos en cambio esto se lo sigue haciendo, pero se dice actuar en nombre de los “vitales intereses” y ello sería un inmenso progreso”.

De una manera no muy distinta se echa mano a los ideales, a los valores morales, al “derecho” a fin de enmascarar los verdaderos fines. Se cita el caso de la guerra de los Boxers en China a comienzos del siglo XX, la que en realidad fue combatida por los europeos para imponer el comercio del opio. Por lo tanto no hay duda respecto del modo en el cual Pareto habría juzgado los casos más recientes y notorios: la etiqueta de “Cruzada europea”, aplicada por los Norteamericanos (y propiamente por parte de Eisenhower) a su intervención en la segunda guerra mundial, y la macabra farsa del proceso de Nüremberg celebrado en nombre de la “humanidad” y de la “civilización”. ¡Cómo era mejor la cruda franqueza de quien se limitaba a declarar: Vae victis? (1)!

Pareto se indigna cuando escucha hablar de la llamada “voluntad popular” y pone de relieve la adulación demagógica del “pueblo”. En otros tiempos, él dice, por ejemplo (#1713), incluso los reyes podían ser duramente atacados por su misma nobleza o por los papas,

mientras que hoy nadie tiene el valor suficiente como para reprender al “pueblo” y menos que menos el de resistírsele abiertamente; lo cual no obsta de que lo engatusen, lo engañen, lo exploten como ya en otra época los sicofantes y los demagogos explotaban al demos de Atenas.

Es obvio que esto puede valer en aun mayor medida en relación al más reciente y sacrosanto tabú constituido por la “clase obrera”.

Pareto resalta también que la proclamada “libertad de pensamiento” de los “tiempos del Progreso” es comprendida en modo tal de que se la reivindica para sí y se la niega en cambio a los adversarios. Ello no tan sólo en el plano social, sino también en el religioso: los ortodoxos y tradicionalistas, en nombre de tal libertad, deberían tolerar a los herejes y revolucionarios, pero éstos no piensan para nada en reconocerles a los primeros la libertad de pensar como quieren y de defender la propia tradición: para ellos éstos carecerían de tal derecho, puesto que son unos “oscurantistas” (# 1852). Y de una intolerancia puede hablarse en lo que se refiere a la misma “libre democracia”; se observa que pocas sociedades son tan fanáticas como las que proclaman justamente la libertad (véase el caso de los Estados Unidos). Se podría agregar el caso de más recientes acontecimientos en los cuales la “libertad” ha sido impuesta a pueblos que no la reclamaron para nada (2). Resulta superfluo recordar luego todas las intrigas e intervenciones armadas de las potencias comunistas para “liberar” a otras naciones. Del mismo modo que en un nuevo maniqueísmo, a la democracia se le asocian el humanitarismo y el pacifismo a la manera de ángeles de la luz que combaten y se oponen a entidades denominadas retrógradas y que salvan y defienden a la mísera humanidad de las insidias de éstas (# 1891).

Respecto de las ideas humanitarias, Pareto resalta que el influjo que pueden tener en las personas representa una señal de debilitamiento del impulso que tiende a la conservación del individuo, de la sociedad y del Estado.

Los charlatanes se creen que sus declaraciones puedan ser sustituidas por los sentimientos que mantienen el equilibrio social y político” (#2741).

Por lo cual Pareto afirmó siempre la necesidad de un Estado fuerte, del Estado que actúa sobre el plano de las realidades y no de ficciones cuyo subsuelo verdadero nunca parece. En consecuencia, él reconoció el significado que tuvo el Estado prusiano y no pudo no simpatizar con el fascismo.

Sobre tal línea él combatió el mito anti-alemán y el de una falsificada “latinidad”. En contra de aquellos católicos sectarios que quieren ver en el catolicismo latino el principio de todo orden y de toda disciplina y en el protestantismo en cambio la matriz de toda anarquía (con tales antítesis se deleitaron más tarde por ejemplo Guido Manacorda y Francisco Orestano en el mismo período fascista), Pareto resaltaba (#1856) que, si bien Italia sea católica, “los sentimientos de disciplina son menos poderosos que en Prusia”; así como reconocía que en Alemania regían impulsos sumamente más concretos y eficaces, es decir que “la fe monárquica, el espíritu militar, la sumisión a la autoridad eran muy débiles en Italia”.

Justamente en relación a la actitud que predominaba en Alemania, Pareto hace observaciones que hoy en día en Italia se deberían compartir plenamente:

Se pretende que si las fuerzas revolucionarias o aun tan sólo populares chocan contra las fuerzas del orden las primeras tengan cualquier derecho y las segundas en cambio solo posean deberes, principalmente el deber de soportar todo antes de hacer uso de las armas: injurias, golpes, pedradas, todo es perdonado si es que viene del pueblo... mientras que la fuerza pública debería tener una paciencia inagotable, si es golpeada en una mejilla ella debería ofrecer la otra, los soldados (se refiere aquí a un período en el cual el ejército era empleado para combatir los desórdenes) deben ser santos ascetas; no se entiende por qué se le pone en sus manos un fusil o una daga en vez de un rosario del Santo Progreso”.

Es decir que Pareto a la concepción democrática vigente en nuestros días contraponía la visión prusiana que todo Estado verdadero debería hacer propia, en el sentido de que “reaccionar en contra de los insultos y los golpes no sólo es concedido, sino impuesto a la fuerza pública; un oficial es deshonrado si se deja rozar impunemente por el más leve de los golpes” (#2147).

Pareto también fue un anticonformista en el dominio de la moral sexual. Él escribió una pequeña obra que saliera primeramente en francés, Le virtuisme, en la cual estigmatizaba al puritanismo sexófobo, que no es sino la contracara del pansexualismo de nuestros días. Él puso de relieve que el moderno “virtuismo” sexual no encuentra su equivalente en ninguna gran civilización del pasado. Roma antigua lo ignoró, pues puso en primer plano la dignidad y la medida. Pareto relata dos ejemplos referidos al famoso Catón el censor. Éste estaba presente en las Floralia, fiesta romana en la cual en el escenario en un determinado momento una joven tiene que ser totalmente desvestida. El director del espectáculo, al darse cuenta de la presencia de Catón entre el público, dudaba si ofrecer tal escena. Entonces Catón se retiró, para no privar al público de una diversión. Otra vez Catón vio a un joven discípulo salir de un prostíbulo. No le dijo nada. Tan sólo cuando ello se repitió otras veces le dijo que no había nada malo en tales visitas, pero que él no debía confundir el prostíbulo con su habitación.

He aquí una graciosa reflexión de Pareto (#1890):

¿Si se tiene la manía de proteger, por qué ocuparse tan sólo de la seducción de las mujeres y descuidar la de los hombres? ¿Por qué no se inventa alguna otra expresión, como la de “trata de blancas” que valga también para los “blancos”?”.

Y también:

Entre los dogmas de la actual religión sexual (el “virtuísmo” burgués) se encuentra aquel de que la prostitución es un “mal absoluto” que no se discute... de la misma manera que no se discute un dogma religioso; pero bajo el aspecto experimental queda por saber si la prostitución es, o no es, el oficio que mejor se vincula con la índole de ciertas mujeres, a las cuales, más que cualquier otro oficio que podría encarar, le resulta grato, y si es o no es, dentro de ciertos límites, útil a toda la sociedad” (#1382).

Y él pone de relieve el carácter “honesto” de la prostitución de la mujer, la cual en el fondo comercia con lo que le pertenece, su cuerpo, con respecto a la prostitución que debe denunciarse en tantos hombres públicos de hoy en día que comercian indignamente con los bienes colectivos y de otros, traicionando la confianza obtenida a través de la seducción de las masas....

(Il Conciliatore, abril de 1972)

NOTAS:

1-      “¡Hay de los vencidos!” Tal expresión fue usada por lo galos vencedores de Roma en ocasión de una protesta del cónsul romano vencido en razón de que la balanza con la que pesaba el vencedor el botín a pagar estaba excedida.

2-      Las recientes invasiones a Afganistán y a Irak así lo atestiguan en manera cada vez más clara y contund

 

 

Notas sobre la "Divinidad" de la Montaña. Julius Evola.

Notas sobre la "Divinidad" de la Montaña. Julius Evola.

Biblioteca Evoliana.- El presente texto es un artículoescrito por Evola e integrado posteriormente en la recopilación titulada "Meditaciones sobre las Cumbres" traducido por oaquín Bochaca y publicado en una primera edición por Editorial Thor y actualmente reeditado por las Ediciones Nueva República. Lamentablemente no disponemos de la referencia sobre donde fue publicado iriginariamente. La temática de este artículo la volvemos a reencontrar en algunas obras de Evola: tanto en "Revuelta contra el Mundo Moderno" como en "Cabalgar el Tigre", escritos en dos períodos distanciados temporalmente. Lo que evidencia la atracción que Evola experimentaba hacia la montaña y sus significados.

 

NOTAS SOBRE LA "DIVINIDAD" DE LA MONTAÑA

Julius Evola

En un editorial publicado en la revista del C.A.I., S.E. Manaresi ha subrayado, con eficaces palabras, un punto sobre el cual hoy no sabríamos insistir con exceso: la necesidad de superar la doble antítesis limitativa, constituida de una parte por el hombre de estudios, exangüe y separado -en su "cultura" hecha de palabras y de libros- de las fuerzas más profundas del cuerpo y de la vida; de otra, por el hombre simplemente deportivo, desarrollado en una disciplina simplemente física y atlética, sano, pero privado de todo punto de referencia superior. Más allá de la unilateralidad de estos dos tipos, hoy se trata de llegar a algo más completo: a un tipo en el cual el espíritu se transforme en fuerza y vida, y la disciplina física, por su parte, se convierta en el encauzamiento, símbolo y casi diríamos "rito" para la disciplina espiritual.

S.E. Manaresi en muchas ocasiones ha tenido también la oportunidad de decir que entre los diversos deportes, el alpinismo es seguramente el que ofrece las posibilidades más amplias y más próximas para una integración del género. En realidad, la grandeza, el silencio y la potencia de las grandes montañas inclinan naturalmente al ánimo hacia aquello que no es exclusivamente humano, aproximan a los mejores al punto en el que el ascenso material, en todo lo que presupone de coraje, de superación y de lucidez implica, y una elevación interna llegan a ser partes solidarias e inseparables de una sola y misma cosa.

Ahora, puede ser interesante realzar que estas ideas, que hoy comienzan a ser recalcadas por las personalidades representativas para la justa orientación de los mejores de las nuevas generaciones, llegan simultáneamente a un transfondo de antiquísima tradición... a algo que se puede llamar "tradicional", en el sentido más amplio de este término. Si los antiguos no conocían más que por vía de excepción y en una forma enteramente rudimentaria el alpinismo, poseían, no obstante, del modo más vivo el sentido sacro y simbólico de la montaña, y la idea, en ese caso simbólica, del ascenso de la montaña y de la residencia en la montaña como algo propio de los "héroes", de los "iniciados", de seres -en suma- que se consideraba que habían superado los limites de la vida común y gris de las "llanuras".

En estas páginas, por tanto, no estará fuera de lugar alguna breve alusión sobre el concepto tradicional de la divinidad de la montaña, tomado fuera de los símbolos, en su sentido interno: porque ello permitirá definir y precisar algo del aspecto interno y espiritual de aquellas vicisitudes, de las cuales la descripción o relación técnica alpinística no representa más que el aspecto externo y, casi diríamos, el caput mortuum.

* * *

El concepto de la divinidad de los montes procede, de modo uniforme en Oriente y en Occidente, de las tradiciones extremo-orientales a las de los aztecas de la América precolombina, de las egipcias a las arias nórdico-germánicas, de las helénicas a las iránicas e hindúes: bajo la forma de mitos y leyendas sobre la montaña de "1os dioses" o sobre la montaña de "los héroes", sobre la cumbre de aquellos que "son arrebatados por el éxtasis", o sobre los parajes donde se encuentran misteriosas fuerzas de "gloria" y de "inmortalidad".

El fundamento general para el simbolismo de la montaña es simple: asimilada la tierra a todo lo que es humano (como, por ejemplo en las antiguas etimologías que hacen proceder "hombre de humus"), las culminaciones de la tierra hacia el cielo, transfiguradas en nieves eternas -las montañas- deben presentarse espontáneamente como la materia más adecuada para expresar mediante alegorías los estados trascendentes de la conciencia, las superaciones interiores o las apariciones de modos supra-normales del ser, a menudo representados figuradamente como "dioses" y deidades. De donde tenemos no sólo los montes como "sedes simbólicas" -tomemos nota- de los "dioses", sino que también tenemos tradiciones, como las de los antiguos Arios del Irán y de Media que, según Jenofonte, no conocieron los templos por su divinidad, sino precisamente sobre las cumbres; sobre las cimas montañosas ellos celebraban el culto y el sacrificio al Fuego y al Dios de la Luz: viendo en ellas un lugar más digno, grandioso y analógicamente más próximo a lo divino que cualquier construcción o templo hecho por los hombres.

Para los hindúes la montaña divina es, como es notorio, el Himalaya, nombre que en sánscrito quiere decir "La sede de las nieves"; en ella, el Meru es, específicamente, el monte sacro. Aquí debemos tener en cuenta dos puntos. Ante todo, el monte Meru es concebido como el lugar en que Siva, imaginado como el "gran asceta", llevó a cabo sus meditaciones realizadoras, tras las cuales fulminó a Kama, el Eros hindú, cuando este intentó abrir el espíritu a la pasión. En esta cumbre suprema del mundo, aún virgen para el pie humano, vemos por lo tanto cómo coinciden, en la tradición hindú, la misma idea de áscesis absoluta, de la purificación viril de una naturaleza ya inaccesible a todo lo que sea pasión y deseo, y por eso mismo "estable" en sentido trascendente. Así, en las mismas fórmulas védicas -antiquísimas- de las consagraciones de los reyes, vemos figurar precisamente la imagen de la "montaña" por la solidez del poder y del imperium que el rey asumirá. Por otra parte, en el Mahabbarata vemos a Arjuna ascender el Himalaya para realizar su exaltación espiritual, siendo dicho que "sólo en la alta montaña habría él podido conseguir la visión divina"; de la misma manera que hacia el mismo Himalaya se dirige el emperador Yudhisthira para consumar su apoteosis y subir al "carro" del "rey de los dioses".

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta que la expresión sánscrita paradesha significa región elevada, región suprema y así, en un sentido material específico, altura montañesa. Pero Paradesha se deja asimilar etimológicamente al caldeo pardés, del que deriva el término "paraíso" que pasa, bajo formas teológicas, a las sucesivas creencias hebráico-cristianas. En la idea original aria del "paraíso", encontramos pues, una asociación íntima con el concepto de las "alturas", de las cumbres: asociación que, como es notorio, vuelve a encontrarse después bien claramente en la concepción dórico-aquea del "Olimpo".

A este último respecto debe decirse algo sobre las tradiciones helénicas relativas a los "arrebatados en el monte". Se sabe que los Helenos -como, por otra parte, casi todos los antiguos arios- tenían una concepción evidentemente aristocrática del post-mortem. Como destino para unos pocos -para los que de ningún modo se habían elevado por encima de la vida común- se había concebido el Ades, es decir, una existencia residual y larvaria a partir de la muerte, privada de verdadera consciencia, en el mundo subterráneo de las sombras. La inmortalidad, además de la de los olímpicos, era un privilegio de los "héroes", es decir, una conquista excepcional de unos cuantos seres superiores. Ahora bien, en las más antiguas tradiciones helénicas encontramos que la inmortalidad de los "héroes" se deduce específicamente en el símbolo de su ascensión a las montañas y de su "desaparición" en las montañas. Vuelve, pues, el misterio de las "alturas" porque, por otra parte, en esa misma "desaparición" debemos ver un símbolo material de una transfiguración espiritual. Desaparecer, o "volverse invisible", o "ser arrebatado en las alturas", no es algo que deba ser tomado en un sentido literal, sino que significa esencialmente ser traspasado, de modo virtual, desde el mundo visible de los cuerpos particulares a la común experiencia humana, hasta el mundo suprasensible en el cual "no existe la muerte".

Y esta tradición no se encuentra únicamente en Grecia. En el budismo se sabe del "Monte del Vate", donde "desaparecen" los hombres que han alcanzado el despertar espiritual, llamados por Majjihimonikajo "más que hombres, seres invictos e intactos, inasequibles a las apetencias, redimidos". Las tradiciones taoístas extremo-orientales, originarias del Monte Kuen-Lun, donde seres legendarios "regios" habrían hallado la "bebida de la inmortalidad": es algo parecido a lo que encontramos en las tradiciones del Islam oriental relativo al "arrebatamiento" en el monte, de seres que unieron la iniciación de la pureza y que fueron arrebatados hacia las cumbres a su muerte. Los antiguos egipcios hablaban de un monte (el Set Amentet) atravesado por un camino, siguiendo el cual los seres destinados a la inmortalidad "solar" llegaban a la "tierra del triunfo" donde -según una inscripción jeroglífica- "los jefes que presiden el trono del gran dios proclaman vida y potencia eternas para ellos". Atravesando el Atlántico, en el México precolombino, encontramos, con singular concordancia, los mismos Símbolos: esencialmente, en la gran montaña de Culhuacan, o "montaña curva", porque su cima se reclina hacia abajo, lo que quiere expresar que el hecho de que la altura fuera concebida como un punto "divino" que, no obstante, conservaba conexiones con las regiones inferiores. En un monte análogo, según estas antiguas tradiciones americanas, habrían desaparecido sin dejar rastro ciertos emperadores aztecas. Ahora bien, corno es sabido, este mismo tema se halla en las leyendas de nuestro medioevo occidental romano-germánico: ciertos montes, como el Kuffhauser o el Odenberg, son los lugares en los que habrían sido "arrebatados" determinados reyes que alcanzarían significaciones simbólicas, como Carlomagno, el Rey Arturo, Federico I y II, los cuales, de tal modo, "nunca habrían muerto" y esperarían su hora para manifestarse visiblemente. También en el ciclo de la leyenda del Grial se encuentra la "montaña" en el Montsalvat, al que se puede dar, según Guénon, el significado de "Montaña de la Salud" o de la "Salvación"; el grito de guerra de la caballería medieval era Mont-joie, y en una leyenda a la cual no corresponde naturalmente ninguna realidad histórica, pero que no por ello es menos rica en significación espiritual, el hecho de haber pasado por la "montaña" habría constituido la acción que precedía a la coronación "imperial", sagrada y romana de Arturo. Aquí no podemos detenernos en desarrollar el aspecto interno específico de estos últimos mitos simbólicos, especialmente los referentes a los reyes "desaparecidos" que reaparecerán, tema que, por otra parte, hemos tratado exhaustivamente en otro lugar; pero haremos notar, en general, cómo vuelve el tema del monte concebido como sede de inmortalidad y cómo retorna también a la antigua tradición helénica relativa a los "héroes".

Diremos algo más sobre dos puntos: sobre la montaña como sede del haoma y de la "gloria" y sobre la montaña como Walhalla.

El término iránico haoma, equivalente al sánscrito soma, expresa la mencionada "bebida de inmortalidad". En aquellas antiguas doctrinas arias hay, a ese respecto, una asociación de conceptos diversos, en parte reales y en parte simbólicos, en parte materiales y en parte susceptibles a ser traducidos en términos de experiencia espiritual efectiva. Del soma, por ejemplo, las tradiciones hindúes hablan, ya como de un "dios", ya como del jugo de una planta, capaz de producir particulares efectos de exaltación, que eran tomados en espectacular consideración por ritos de transfiguración interna susceptibles de proporcionar un presentimiento y, casi diríamos, una presentación de lo que significa la inmortalidad. Pues bien, por la misma razón por la cual Buda no viene a parangonar el estado "que no es ni de aquí ni de allí, ni el venir ni el ir, sino tranquila iluminación como en un océano infinito" (el nirvana) en la alta montaña, así nosotros en el Yaçna leemos igualmente que el misterioso haoma crece en la alta montaña. Es decir, que otra vez encontramos la asociación de la idea de las alturas con la idea de un entusiasmo capaz de transfigurar, de exaltar, de guiar hacia aquello que no es únicamente humano, mortal y contingente. Y así del Irán pasamos a Grecia, en el seno del primer período dionisíaco encontramos el mismo tema, por cuanto, según los más antiguos testimonios, aquellos que en las fiestas eran arrebatados por el "divino furor de Dionisio" eran arrastrados hacia las cimas salvajes de los montes tracios cual si se hallaran poseídos por un poder extraño y arrollador surgido del fondo de sus propias almas.

Pero allí hay algo más que rectifica lo que de descompuesto y de no completamente puro pueda existir a nivel "dionisíaco"; ello es el concepto iránico expuesto en el Yasht respecto a la montaña, "el poderoso monte Ushi-darena" que es, por otra parte, la sede de la "gloria".

Debe saberse que en la tradición iránica la "gloria" -hvarenó o farr- no era un concepto abstracto: muy al contrario, ella era concebida como una fuerza real y casi física, aunque invisible y de origen "no humano", portada en general por la luminosa raza aria pero, eminentemente, por los reyes, sacerdotes y caudillos de esa raza. Una señal testimonia la presencia de la "gloria": la victoria. Se atribuía a la "gloria" un origen solar, por cuanto en el sol se veía el símbolo de un ente luminoso, triunfante sobre las tinieblas todas las mañanas. Trasponiendo sub especie interioritatis estos conceptos, la "gloria" -hvarenó- expresaba, por consiguiente, la propiedad conquistada por las razas o naturalezas dominantes, en las cuales la superioridad es potencia ("victoria") y la potencia es superioridad, "triunfalmente", como en los seres solares e inmortales del cielo. Pues bien, esto es lo que en los Yasht se dice, que en la montaña no sólo "crece" la planta del haoma -de los estados "dionisiacos"- sino que la montaña más poderosa, el Ushi-darena, es la sede de la "gloria" aria.

Llegamos al último punto. A la montaña como Walhalla.

La palabra Walhalla (Walhöll) es notoria a través de todas las obras de Ricardo Wagner, en las cuales, no obstante, en muchos puntos se deforman y se "literalizan" los antiguos conceptos nórdico-escandinavos de los Edas, de los que Wagner nutre especialmente su inspiración y que son susceptibles de significados más profundos. Walhalla quería literalmente decir "el palacio de los caidos", del cual Odín era el rey y el jefe. Se trata del concepto de un lugar privilegiado de inmortalidad (aquí, como en las tradiciones helénicas, para los seres vulgares no hay, tras la muerte, más que la existencia oscura y mediocre en el Niflheim, el Ades nórdico), reservado a los nobles y esencialmente a los héroes caídos en el campo de batalla. Casi como el dicho según el cual "la sangre de los héroes esta más cerca de Dios que la tinta de los sabios y las plegarias de los devotos", en estas antiguas tradiciones el culto y el sacrifico más grato a la divinidad máxima -Odin-Wotan o Tiuz- y más fecundo de frutos supramundanos consistía en morir en la guerra. Los caídos por Odín quedaban transformados en sus "hijos" e inmortalizados junto a los reyes divinizados, en el Walhalla, lugar que frecuentemente se asimilaba al Asgard, a la ciudad de los Asen, es decir, de las luminosas naturalezas divinas en perenne lucha contra los Elementarwessen, contra las criaturas tenebrosas de la tierra.

Ahora bien, los mismos conceptos del Walhalla y del Asgard originariamente se presentan en una relación inmediata -de nuevo- con la montaña, hasta el punto que Walhalla aparece como nombre de cumbres suecas y escandinavas y en montes antiguos, como el Helgafell, el Krosshòlar y el Hlidskjalf fue concebida la sede de los héroes y de los príncipes divinizados. El Asgard aparece a menudo en Edda como el Glitmirbjorg, la "montaña resplandeciente" o el Himinbjorg, donde la idea de monte y la de cielo luminoso, de calidad luminosa celeste, se confunden. Queda pues el tema central del Asgard como un monte altísimo, sobre cuya cumbre helada, por encima de las nubes y de las nieves, brilla una claridad eterna.

Así, el "monte" como Walhalla es también el lugar donde prorrumpe tempestuosamente y sobre el cual vuelve a posarse el sedicente Wildes Heer. Aquí se trata de un antiguo concepto popular nórdico, expresado en la forma superior de un ejército mandado por Odín e integrado por los héroes caídos. Según esta tradición, el sacrificio heroico de la sangre (lo que en nuestras tradiciones romanas se llamaba la mors triunphalis, y por la cual el iniciado victorioso sobre la muerte venía asimilado a la figura de los héroes y de los vencedores) sirve también para acrecentar con nuevas fuerzas aquel ejército espiritual irresistible -el Wildes Heer- del cual Odín, dios de las batallas, tiene necesidad para alcanzar un objetivo último y trascendente; para luchar contra el ragna rökkr, es decir, contra el destino del "oscurecimiento" de lo divino que corresponde al mundo de las edades lejanas.

A través de estas tradiciones, unidas en su significado íntimo y no en su forma exterior mitológica, llegamos pues al concepto más elevado del ciclo de los mitos sobre la divinidad de la montaña; y afirmaremos encontrar personalmente, en nuestros recuerdos nostálgicos de la guerra en la alta montaña, casi un eco de esta lejana realidad. Sede del amanecer, del heroísmo, y, si es necesario, de la muerte heroica transfigurante, lugar de un "entusiasmo" que tiende hacia estadios trascendentes, de un ascenso desnudo y de una fuerza solar triunfal opuesta a las fuerzas paralizantes, que oscurecen y bestializan la vida... así resulta ser, pues, la sensación simbólica de la montaña entre los antiguos, cual resulta de un circulo de leyendas y de mitos provistos de grandes caracteres de uniformidad, de los cuales los citados no son más que algunos de los escogidos en una lista muy amplia.

Naturalmente, no se trata de detenerse en reevocaciones anacrónicas... pero tampoco se trata de curiosas búsquedas de una simple erudición histórica. Detrás del mito y detrás del símbolo condicionado por el tiempo existe un "espíritu", que puede siempre revivir y tomar expresión eficaz en nuevas formas y en nuevas acciones. Esto, precisamente, es lo que importa.

Que el alpinismo no equivalga a profanación de la montaña; que los que, oscuramente empujados por un instinto de superación de las limitaciones que nos ahogan en la vida mecanizada, aburguesada e intelectualizada de las "llanuras", se van hacia lo alto en valeroso esfuerzo físico, en lúcida tensión y en lúcido control de sus fuerzas internas y externas, por sobre las rocas, crestas y paredes en la inminencia del cielo y del abismo, hacia la helada claridad... que los que siempre en mayor medida puedan volver a encenderse hoy y obrar luminosamente según aquellas sensaciones profundas que permanecen en las raíces de las antiguas divinizaciones mitológicas de la montaña: éste es el mejor augurio que puede hacerse a nuestras jóvenes generaciones.

 

Radiografía de la Democracia. Dos derechos. Julius Evola

Radiografía de la Democracia. Dos derechos. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Dentro de la serie de artículos que Evola dedicó a la crítica la democracia, emerge este publicado en la revista "Il Conciliatore" en enero de 1969. Evola y la democracia eran absolutamente incompatibles si entendemos por democracia, la preeminencia del "demos". Esto afecta profundamenta a la misma concepción del derecho. Evola en el artículo critica el "derecho de Nuremberg" y la falsificación del "derecho natural". El artículo estuvo publicado, originariamente, en una revista conservadora con mucha presencia monárquica y, de hecho, remite a los textos de De Maistre y de los teóricos de la contrarrevolución francesa.

 

Radiografía de la Democracia

DOS DERECHOS

por Julius Evola

En 1948 una comisión especial de la ONU presentó, como resultado de sus trabajos, una especie de Charta en la que se definía la concepción del derecho. Una vez aprobada, y obtenido su reconocimiento también en los ambientes católicos, la misma sancionaba en mayor o menos medida las ideas del denominado “derecho natural”, con un lugar destacado para los principios jacobinos del ’89 y los de la Declaración de la Independencia Norteamericana, fijando por lo tanto la base universal para la democracia. Con la misma, era también convalidada la famosa “ideología de Nüremberg”, es decir, de aquella macabra farsa jurídica con la cual, para desprecio de toda anterior tradición de honor militar, los vencedores se han unilateralmente constituido en jueces de los vencidos refiriéndose así a principios tan sólo por ellos elaborados y hechos valer retroactivamente y por encima de cualquier frontera.

En efecto, éste es uno de los aspectos fundamentales del denominado derecho “natural” en su oposición a lo que es denominado como “derecho positivo” o “político”. El fondo último de tal doctrina (el “iusnaturalismo”), el cual ha tenido un papel relevante en todas las ideologías subversivas modernas, es éste: para lo justo y lo injusto, para lo lícito y lo ilícito existirían principios inmutables y congénitos en la naturaleza humana, de carácter universal, que aquella que es denominada como la “recta razón” podría siempre reconocer de manera directa. El punto esencial es el de atribuir al conjunto de estos principios una superior validez y dignidad, de hacerlos valer no tanto en términos de derecho cuanto en términos de moral. Éstos tendrían una autoridad y una fuerza íntimamente imperativa que el “derecho positivo”, es decir las leyes concretas que rigen todo Estado y toda sociedad organizada, no poseen puesto que estas leyes se basarían en la simple necesidad o sobre la coerción, no tendrían un crisma superior y deberían ser simplemente medidas, en su legitimidad, justamente sobre la base del “derecho natural” del hombre.

Hemos hablado de un uso subversivo de este derecho puesto que es evidente que, refiriéndose al mismo, puede ponerse bajo acusación al Estado, se pueden sancionar rebeliones, contestaciones y desobediencias de los individuos y de las masas, sin excluir la “objeción de conciencia” y posturas análogas por un lado y por el otro hasta arribar a la mencionada “ideología de Nüremberg” y a la pretensión de constituir un tribunal universal democrático al cual todo Estado debería plegarse renunciando así a lo que constituye su misma esencia, es decir su soberanía. Los ataques múltiples, hoy tan frecuentes, sostenidos sea contra uno u otro régimen reputado como “fascista”, con ingerencia en los asuntos internos de otros países (aunque sin abrir la boca en general cuando se trata de regímenes marxistas), proceden evidentemente de presupuestos análogos.

Ahora bien, sobre todo esto es dable hacer una serie de consideraciones.

Por un lado tal “derecho natural” no es sino una abstracción, lo cual resulta históricamente del hecho de que después de siglos de controversias jurídico-filosóficas nadie ha podido arribar nunca a definir exacta y unívocamente cuál sea la “naturaleza humana” en singular, la naturalis ratio y el criterio objetivo para juzgar qué cosa se encuentre realmente en conformidad con la misma y qué es lo que le sería congénito como si se tratase de una sagrada herencia. En su ausencia, se ha podido hacer referencia tan sólo a algunos principios elementales que se juzgan como necesarios a fin de que una vida social fuese posible. Pero con esto viene a menos la “trascendencia” del derecho natural, su pretendida superior dignidad, puesto que se nos manifiestan entonces como evidentes un conjunto de condicionamientos históricos y puesto que (sobre este punto esencial volveremos enseguida) para la “vida social” son concebibles formas sumamente diferentes. En efecto, cuando de lo abstracto se ha pasado a lo concreto, al derecho natural, de acuerdo a los autores y las épocas, se le ha agregado ahora uno u otro principio. Baste pensar que en la antigüedad hubo quien hizo ingresar dentro del derecho natural a la misma esclavitud.

Puede ser interesante una ejemplificación histórica respecto de los orígenes del “derecho natural”. Por parte de la Corona británica habían sido reconocidos a los ciudadanos paulatinamente una serie de derechos en el plano puramente político, luego de conflictos y diferentes circunstancias locales. Y bien, estos derechos, por parte de filósofos como Locke y luego por la Declaración de independencia norteamericana, fueron “absolutizados”, fue olvidado su origen empírico y político, los mismos fueron transformados en “derechos naturales” autónomos y superiores a cualquier sociedad política, inalienables y conferidos nada menos que por Dios a toda criatura humana.

Sin embargo el punto fundamental es éste: allí donde se habla de derecho natural se encuentra a pesar de todo, un cierto común denominador, se encuentran ciertos principios que, por lo demás, son intrínsecos no de la naturaleza humana en general, sino más bien de una determinada naturaleza humana y ofician de presupuesto no de todo tipo posible de sociedad, sino de un determinado tipo de sociedad. En otros términos, no se trata para nada del derecho en singular, sino tan sólo de un derecho, de la especial concepción que del derecho tuvieron (y tienen) un determinado tipo de sociedad y un determinado tipo humano. Todo lo demás, su presunto carácter ético y casi sagrado, su correspondencia nada menos que a la “ley divina impresa en el corazón de los hombres”, su ser normativo en sí mismo, no es sino pura mitología (un marxista diría que es una superestructura); es un aparato especulativo al servicio de quienes defienden y buscan de hacer prevalecer lo que corresponde a una determinada mentalidad y a un determinado ideal de vida asociado: es decir los que han hallado una esencial expresión en la democracia y en el igualitarismo democrático.

Pero no nos debemos detener aquí: es necesario ir más a fondo y rastrear el origen o la genealogía de este derecho.

Para hacer esto, nos debemos remitir a tiempos remotos y a una morfología de las civilizaciones, utilizando concepciones como las formuladas por el suizo J. J. Bachofen, genial estudioso del derecho y de los mitos y de las tradiciones antiguas, contemporáneo de Nietzsche y de Burckhardt. La “constante” de toda la teoría iusnaturalista se encuentra en la igualdad y la indiscriminada, innata, intangible libertad atribuida a todo ser humano, más aun, de acuerdo a algunos escritores antiguos, a todo ser viviente. Todos los hombres son iguales y hermanos. Toda autoridad es violencia, las leyes políticas positivas fueron ya llamadas magis violentiae quam leges. En rigor, el corolario sería una concepción comunista de la propiedad, la communis omnium possessio, en tanto que es igual el derecho de los iguales.

Y bien, todo ello tiene un preciso trasfondo cultural y religioso, que es la concepción “matriarcal” del mundo y de la vida. “Matriarcal” aquí debe ser tomado no en sentido literal material, sino en sentido generalizado. Se trata de las civilizaciones que vieron el supremo principio del universo en una divinidad femenina materna, sobre todo en la Madre Tierra, Magna Mater. Frente a la Madre generadora todos los seres son iguales. Su ley no conoce exclusivismos o diferencias, su amor aborrece todo límite, su soberanía no admite que el sujeto se arrogue un derecho particular sobre aquello que por naturaleza pertenece colectivamente a todos los seres. La cualidad de “hijo de la Madre” asegura una intangibilidad e iguales derechos a cada uno. A la igualdad se le acompaña la intangibilidad física y en el conjunto viene definido como “conforme a la naturaleza” un ideal fraterno-social y promiscuo de la vida organizada. Los orígenes pueden ser olvidados, este trasfondo religioso con la primacía del principio femenino-materno y ctonio (es decir vinculado a la Tierra) puede hacerse totalmente invisible, y sin embargo subsistir como un espíritu y un ethos bien determinados, como una interna conformación: lo cual se vincula justamente con el hecho de que se hacen valer por sí mismos, en abstracto, los principios del derecho natural.

El cual, por lo demás, desde tal perspectiva parece corresponder tan sólo a lo que es propio de una determinada línea espiritual y, si se lo puede decir así, a una determinada “raza interior”. Es así como Bachofen ha indicado la existencia, ya en los orígenes, de una orientación opuesta, de una concepción “paterna”, base, a su vez, de otro derecho, de otro ideal de sociedad, de otro ethos, teniendo como trasfondo a otra concepción religiosa: mitológicamente, la primacía es atribuida a las divinidades masculinas paternas de la luz y del cielo luminoso (en especial en las civilizaciones de origen indoeuropeo) frente a las divinidades femeninas-maternas de la tierra y del mismo cielo. Y a las primeras divinidades, uránicas y olímpicas, les fue referido el mundo concebido como kosmos y ordo, es decir como un todo ordenado y bien articulado que tiene su reflejo en una concepción no menos articulada, orgánica y jerárquica de la sociedad así como del derecho (se vincula aquí el clásico dicho sui cuique); se puede decir que la misma funda el principio y el derecho del verdadero Estado, en oposición a lo que es simple sociedad naturalista. Bachofen ha puesto en luz también que en las grandes civilizaciones antiguas basadas en el derecho viril, en lo que con Vico se podría llamar “el derecho natural de los pueblos heroicos”, en forma notoria en la civilización romana, el derecho promiscuo propio del otro tipo de civilización no subsistió sino en los estratos inferiores, en la plebe. Así en Roma es significativo que una antigua designación de la plebe fue justamente la de “hijos de la Tierra”, que los cultos predominantes de la plebe fueron de divinidades femeninas y que a las mismas se hizo siempre alusión en las sublevaciones en contra de las malignae leges, es decir en contra de las formas del derecho positivo político y patricio. Sólo con el derrumbe y decadencia de la antigua romanidad aristocrática este substrato volvió a emerger y pasó casi a la contraofensiva y es desde tal perspectiva que debe verse la génesis del “derecho natural” cual fue profesado por varios juristas, incluso Ulpiano, en el tardío período de decadencia universalista del Imperio. Desde varios puntos de vista el cristianismo contribuyó a esta acción dando un crisma religioso al principio de la igualdad de todos los hombres, principio que demasiado fácilmente desde el plano teológico (igualdad de todos ante Dios o lo Absoluto) fue hecho valer absurdamente en el plano social.

Considerando los desarrollos sucesivos en el sentido de una secularización, es así como se arriba al “derecho natural” del cual se empezó a hablar en especial a partir del siglo XVII y al cual se remite la democracia moderna, que lo ha convertido en una cosa sagrada, intangible, originaria por un lado y por el otro como una conquista del progreso humano.

Pero si se considera aquello que aquí, aun sea en una forma necesariamente sumaria (en otras oportunidades nos hemos referido con un mayor desarrollo a este orden de ideas), ha sido expuesto, se debe reconocer que justamente lo opuesto es lo verdadero: se trata de un fenómeno regresivo. La ideología democrática, la revalorización del “derecho natural” en contra de cualquier ley política articulada, el presunto humanismo que convierte en fetiche a una libertad indiscriminada y todo lo demás, hasta la Charta formulada por los juristas de la ONU, de lo cual se ha hablado al comienzo de este artículo, que debería tener un valor supranacional mundial, no son sino las señales indicativas de una involución, de la emergencia y del predomino del hombre de una determinada raza interior, paralelos con el declinar de un tipo humano superior con sus símbolos y su derecho.

La crisis del mundo tradicional ha propiciado la reviviscencia, aun secularizada, de un substrato de trasfondo “matriarcal”, naturalista y plebeyo, a expensas del principio que antes tenía el símbolo paterno, que ha subsistido en las mayores civilizaciones dinásticas europeas de “derecho divino”, con el ideal de la autoridad y de la jerarquía, fundamento del verdadero Estado. Muchas son las variedades del fenómeno: democracia, masa, “pueblo”, “nación”, societarismo y socialismo, comunidad de sangre y de etnía en función antitética con respecto a todo lo que es Estado, y así sucesivamente. El comunismo constituye el término final de tal regresión. Es significativo cómo los distintos filósofos marxistas de la historia, comenzando por el mismo Engels, remitiéndose también, aunque de manera obtusa y unilateral, a las teorías de Morgan y del mismo Bachofen, han hablado de una fase matriarcal comunista de los orígenes, absurdamente generalizada por ellos, y en ella han visto casi el estado normal al cual el régimen de propiedad privada y todo el resto le han hecho violencia. Es pues un “iusnaturalismo” en estado puro.

(Il Conciliatore, Enero 1969)

 

 

El "Amor por lo lejano", Julius Evol€a

El "Amor por lo lejano", Julius Evol€a

Biblioteca Evoliana.- Este pequeño artículo de Evola apareció en la revista "Il Conciliatore" en septiembre de 1972 y toca algunos de los problemas que, posteriormente a la desaparición de Evola, han ido aumentando su vigencia. En efecto, el "democratismo", el "populismo", lo que Evola cita como "nuestrismo", ha terminado por hacerse omnipresente. Evola recuerda en este artículo la importancia de marcar las "distancias" poniendo algunos ejemplos del trato social. Un artículo extremadamente simple en su desarrollo pero que cada vez tene más actualidad.

 

EL “AMOR POR LO LEJANO”

por Julius Evola

En el campo de las reacciones interiores y de aquella disciplina que, con un neologismo, ha sido denominada la etología, se pueden distinguir dos formas fundamentales, marcadas respectivamente con las fórmulas de “amor por lo cercano” y “amor por lo lejano” (que no es otra que la nietzscheana Liebe der Ferne). En el primer caso uno se siente atraído por aquello que se le encuentra cerca, en el segundo en cambio por lo que le resulta lejano. Lo primero tiene que ver con la “democracia”, en el sentido más amplio y sobre todo existencial del término; lo segundo en cambio tiene relación con un tipo humano más alto, rastreable en el mundo de la Tradición.

En el primer caso, a fin de que una persona, un jefe, sea seguido, es necesario que se lo sienta como “uno de los nuestros”. Así pues alguien ha acuñado a tal respecto la feliz expresión de “nuestrismo”. Las relaciones de éste con la “popularidad”, con el “ir hacia el pueblo” o “entre el pueblo”, así como también, consecuentemente, con su insufribilidad hacia todo lo que signifique diferencias cualitativas, resultan sumamente evidentes. Casos recientes y significativos de tal orientación son conocidos por todos nosotros, pudiéndose incluir entre los mismos también a la insípida vocación “viajera” de los mismos Pontífices, allí donde lo normal hubiera sido en cambio alimentar una casi-inaccesibilidad, esa misma por la cual ciertos soberanos aparecieron ante el pueblo como “alturas solitarias”. Hay que subrayar aquí el pathos de la situación, puesto que puede existir una cercanía física que no excluye sino que mantiene la distancia interior.

Se sabe del papel relevante que el “nuestrismo” ha tenido aun en los regímenes totalitarios de ayer y de hoy en día. Son patéticas las escenas, que no se han dejado de resaltar por doquier, de dictadores que se complacen por figurar entre el “pueblo”. Allí donde la base del poder es en gran medida demagógica, ello resulta por lo demás casi una necesidad. El “Gran Compañero” (Stalin) no ha cesado de ser el compañero. Todo esto pertenece a un preciso clima colectivo. Hace ya más de un siglo y medio que Donoso Cortés, filósofo y hombre de Estado español, tuvo ocasión de escribir con amargura que ya no existen soberanos que pretendan presentarse verdaderamente como tales; y que si ellos lo hicieran, quizás casi nadie los seguiría. De modo tal que parece como si se impusiera hoy en día una especie de prostitución, ya puesta en relieve por Weiniger en el mundo de la política. No es azaroso afirmar que si hoy existiesen jefes en un auténtico sentido aristocrático, éstos muchas veces estarían obligados a esconder su naturaleza y a presentarse bajo la vestimenta de agitadores democráticos de masas, si es que pretendiesen ejercer una influencia. El único sector que en parte ha permanecido aun inmune de tal contaminación es el del ejército, aun si ya no es fácil hallar allí el estilo severo e impersonal que caracterizó por ejemplo al prusianismo.

Al “nuestrismo” le corresponde un tipo humano esencialmente plebeyo. El tipo opuesto es aquel al cual se le puede referir la fórmula del “amor por lo lejano”. No la cercanía “humana”, sino la distancia suscita en él un sentimiento que en el fondo lo eleva y, al mismo tiempo, lo impulsa a seguir y a obedecer, en términos sumamente diferentes del otro tipo. Antiguamente se pudo hablar de la magia o de la fascinación de la “superioridad olímpica”. Vibran aquí otras cuerdas del alma. En un dominio diferente, nosotros no podemos por cierto ver un progreso en el pasaje del hombre-dios del mundo clásico (por más símbolo o ideal que fuese) al dios-hombre del judeo-cristianismo, a aquel dios que se hace hombre y funda una religión de fondo humano, con un amor que debería mancomunar a todos los hombres así como hacerlos cercanos el uno con el otro. No equivocadamente Nietzsche denunció en esto a lo opuesto de lo que designó con la palabra vornehm, que se traduce por “distinto” o “aristocrático”.

El cielo nocturno estrellado por encima de sí era exaltado por Kant por su indecible lejanía, y tal sentimiento es probado por muchos seres no vulgares, en manera totalmente natural. Nos encontramos aquí en el límite. Sin embargo un reflejo puede ser resaltado también en planos infinitamente más condicionados. A la distancia “anagógica” (es decir, a la distancia que eleva), se le puede oponer en cambio aquello que se esconde bajo la vestimenta de una cierta humildad. Es de Séneca el dicho de que no existe un orgullo más detestable que el de los humildes. Este dicho deriva de un agudo análisis del fondo de la humildad ostentada por personas que, en el fondo, se complacen consigo mismas, sintiéndose en cambio sumamente insufribles hacia todo lo que es superior a ellas. El sentirse juntas en éstas es natural y remite a lo que hemos dicho más arriba.

Como en muchos otros casos, las consideraciones aquí expuestas son comprendidas con la finalidad de establecer criterios de discriminación, de medida, y se encuentran en verdad en una posición de contracorriente con lo actual.

Respecto de la manía de popularidad de los grandes, no resistimos a la tentación de referir un episodio personal. Años atrás hicimos llegar uno de nuestros libros a un soberano respetando las normales reglas de etiqueta, es decir, no de manera directa, sino a través de un intermediario. Y bien, nosotros decimos la pura verdad cuando afirmamos haber probado casi un shock al recibir una carta de agradecimiento que comenzaba con las palabra “Querido (!) Evola”, sin que yo hubiese conocido nunca personalmente a tal personaje o le hubiese ni siquiera escrito. Esta “democraticidad” parece estar muy en boga. En cambio hoy en día disgusta aquella persona que aun tiene una sensibilidad por los antiguos valores.

En un dominio sumamente banal se podría recordar como índice de una línea similar, un uso muy difundido en los Estados Unidos, el país más plebeyo de la Tierra. En especial en la nueva generación no se puede intercambiar un par de palabras con alguien sin que éste nos invite a tutearlo y a llamarlo con su nombre de pila, Al, Joe, etc. En contraste con esto podemos recordar a aquellos hijos que trataban de Usted a sus mismos padres y de una cierta persona, a nosotros sumamente cercana, la cual continuaba tratando de Usted a chicas (chicas bien) aun luego de haberse acostado con ellas, mientras que películas, que seguramente reflejan las costumbres del más allá del océano, nos presentan al estereotipo de aquel que, luego de un simple e insípido beso enseguida tutea a la mujer.

(De Il Conciliatore, septiembre de 1972)