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Las malas interpretaciones del nuevo "paganismo". Julius Evola

Las malas interpretaciones del nuevo "paganismo". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- La traducción de este artículo nos ha sido remitida sin más indicación que el haberse publicado originariamente en el "Grundisse" en 1942. Parece ser que se trata de un estracto del artículo (o ensayo) originario. Evola denuncia los contenidos románticos y naturalistas del fenómeno que por entonces se conocía como "nuevo paganismo" y que circulaba como una moda en la Alemania de la época. Una parte importante de esta "recuperación neopagana" hay que atribuirla a Alfred Rosemberg, ideólogo del nacional-socialismo, así como a el conjunto de sectas y movimientos "ariosóficos" inmediatamente anteriores.

 

LAS MALAS INTERPRETACIONES DEL NUEVO "PAGANISMO"

Por Julius Evola

 

Es quizá apropiado, subrayar las malas interpretaciones que actualmente son corrientes en estos  momentos en algunos círculos radicales, que creen que la solución está en la adopción de un nuevo paganismo.

Este mal entendimiento ya está plausible en el simple hecho de usar el término "paganismo" o "paganidad". Personalmente, habiendo usado estos términos como slogan en un libro publicado en Italia en 1928, y en Alemania en 1934, han hecho que me arrepienta. Ciertamente el término pagano, aparece en algunos antiguos autores latinos como Livy sinningún tipo de apreciación negativa. Pero esto no cambia el hecho de que con la llegada de la nueva fe, la palabra pagano se volvió decididamente una expresión desacreditadora como lo hicieron los apologistas cristianos.

Deriva de "pagus", refiriéndose a las pequeñas villas o pueblos, por esto refiere a la forma rústica de pensar: una forma inculta, primitiva y supersticiosa de pensar. Para promover y glorificar la nueva fe, los apologistas tenían el mal hábito de elevarse a través de la denigración de otras creencias. Usualmente existía una conciente y a veces sistemática desacreditación y mal interpretación de casi todas las tradiciones, doctrinas y religiones tempranas, que eran agrupadas bajo el concepto-sábana de paganismo.

Para este fin, los apologistas obviamente hicieron un esfuerzo premeditado por subrayar aquellos aspectos de las religiones y tradiciones pre-cristianas que carecían de un carácter normal o primordial, pero eran claramente formas que habían caído en plena decadencia.

Tal polémico procedimiento llevó, en particular, a la caracterización de todo lo que hubiera precedido al cristianismo, y era por tanto no-cristiano, por lo tanto necesariamente anti-cristiano.

Uno debería considerar, entonces, que "paganismo" es un concepto fundamentalmente tendencioso y artificial que raramente corresponde a la realidad histórica de lo que el mundo pre-cristiano siempre fue en sus manifestaciones normales, más allá de algunos pocos aspectos y elementos decadentes derivados de los degenerados estertores de culturas mas antiguas. Una vez teniendo todo esto claro, nos damos cuenta hoy de una increíble paradoja: que este paganismo imaginario, que nunca existió, pero fue inventado por los apologistas cristianos, sirve hoy de punto de partida para algunos auto-nombrados círculos paganos, y por lo tanto está amenazando por primera vez en la historia, con convertirse en realidad, ni más ni menos que eso.

¿Cuales son las principales características del modo pagano de hoy de ver la vida, como sus propios apologistas creen y declaran ser?

El primero es el encerrarse en la naturaleza.

Toda trascendencia es totalmente desconocida para la forma pagana de ver la vida: permanece encadenado en una mezcla de espíritu y naturaleza, en una unidad ambigua de cuerpo y alma.

No hay nada en su religión sino una supersticiosa deificación del fenómeno natural, o de energías tribales promovidas al status de dioses menores.

Fuera de esto se levanta antes que nada un particularismo de frontera de sangre (y suelo). Luego viene una negación de los valores de personalidad y libertad, y una condición de inocencia meramente identificada con el hombre primitivo, totalmente dormida a cualquier verdadera llamada supra-natural. Más allá de esta inocencia solo existe una falta de inhibición, "pecado", y el placer de pecar. En otros terrenos no hay mas que superstición, o una puramente profana cultura de materialismo y fatalismo.

No es sino hasta el nacimiento del cristianismo (ignorando algunos precursores insignificantes) que se le permite al mundo de lo supra-natural manifestarse y liberarse, en contraste con las fatalistas y naturalistas creencias adscriptas al "paganismo" trayendo consigo un ideal católico (en el sentido etimológico de universalidad) y un sano dualismo, que hizo posible subyugar la naturaleza a una ley superior, y por el"Espíritu" de triunfo sobre las leyes de la carne, la sangre y los falsos dioses.

Estas son las principales características del dominante entendimiento del paganismo, por ejemplo, de todo lo que no está vinculado a una visión del mundo específicamente cristiana. Cualquiera que posea cualquier contacto directo con historia religiosa y cultural, aunque sea elemental, puede ver cuan incorrecta y unidimensional es esta actitud.

Además, en los primeros padres de la Iglesia hay usualmente signos de un ntendimiento superior de los símbolos, las doctrinas y las religiones de culturas precedentes. Aquí daremos un ejemplo.

Lo que mas distinguió al mundo pre-cristiano, en todas sus formas normales, no fue la divinización supersticiosa de la naturaleza, sino un entendimiento simbólico de ella, en virtud de lo cual (como yo siempre subrayé) cada fenómeno y cada evento aparece como la revelación sensible de un mundo supra-sensible. El entendimiento pagano del mundo y del hombre fue marcado por el simbolismo sagrado. Todavía más, la forma pagana de vida no fue absolutamente de esa inocencia descerebrada, ni un abandono natural a las pasiones, más allá de que ciertas formas fueran obviamente degeneradas. Estuvo ya conciente de un sano dualismo, que se refleja en sus concepciones metafísicas o religiosidad universales. Aquí podemos mencionar el dualismo guerrero-religioso de los antiguos ario-iranios, ya discutido y conocido por todos; la antítesis helenística entre las "dos naturalezas" entre el mundo y el sub-mundo, o la nórdica entre los Ases y los seres elementales; y por último el contraste indo-ario entre sams'ra, y el "fluido de las formas", y m(o)kthi, "liberación" y "perfección".

En las bases, todas las grandes culturas pre-cristianas compartieron la lucha por una libertad supra-natural, por ejemplo, por la perfección metafísica de la personalidad, y todos conocían los misterios y las iniciaciones. Ya he señalado que los misterios usualmente significan la reconquista del estado primordial, la espiritualidad solar, razas de Hiperbórea, en la fundación de una tradición y un conocimiento que estaba guardado a través del secreto y la exclusividad de la polución de un ambiente ya en decadencia. También hemos visto que en las tierra del Este, la cualidad aria ya era asociada con un "segundo nacimiento" alcanzado a través de la iniciación. Sobre la inocencia natural y el culto al cuerpo, es todo un cuento de hadas ni siquiera evidente entre los salvajes, más allá de la falta propia de capacidad de diferenciación ya mencionada en conexión con razas "cercanas a la naturaleza", esta gente inhibía y aprisionaba sus vidas a través de incontables taboos en una forma que era a veces hasta mas estricta que la moral de las llamadas "religiones positivas".

Y a lo que se refiere a una visión superficial de la encarnación del prototipo de tal "inocencia", del ideal clásico, eso no era culto a lo corporal: no pertenecía a ese lado de la dualidad cuerpo-espíritu, sino al otro lado.

Como ya afirmamos, el ideal clásico es aquél del espíritu que es tan dominante que bajo ciertas condiciones espirituales favorables moldea el cuerpo y el alma a su imagen y semejanza alcanzando entonces perfecta armonía entre lo interior y lo exterior. Por último, existe una aspiración fuera de particularismos, identificable dentro de la totalidad del mundo "pagano", por el cual fue gracias al emplazamiento de imperios que marcó la fase ascendente de las razas nórdico-derivadas. Tales emplazamientos eran usualmente metafísicamente realzados y refinados, y aparecieron como la consecuencia natural de la expansión del antiguo concepto del estado sagrado; también como la forma en la cual la victoriosa presencia del "mundo superior" y del principio paternal y olímpico se pensó ocurriría en el mundo por venir.

A este respecto podemos volver a nombrar el antiguo concepto iranio de Imperio y del "Rey de reyes", con su doctrina del hvarenÙ (la "gloria celestial" con la que los dominantes arios fueron agraciados), y la tradición indo-aria del "Rey del mundo" o cakravarto, etc., hasta la reaparición de estos símbolos en las "Olímpicas" suposiciones de la antigua cultura romana del Estado y el imperio.

El imperio Romano, también, tenía su contenido sagrado, que fue sistemáticamente malinterpretado o subevaluado no solo por el cristianismo, sino también por los escritores de historia "positiva". Incluso el culto al Emperador tuvo el sentido de una unidad jerárquica en el tope del panteón, que eran una serie de cultos territoriales y ancestrales pertenecientes a la gente no-romana, quienes eran respetados libremente mientras se mantuvieran tras sus fronteras naturales.

Finalmente, en lo concerniente a la unidad pagana de los dos poderes, espiritual y temporal, esta muy lejos de pretender que fueron fusionados como una raza "solar" lo entendería, expresó los derechos superiores que debían acumularse a la autoridad espiritual en el centro de cualquier estado normal; por ende algo muy diferente de la emancipación y "supremacía" de un Estado meramente secular. Si nos dispusiéramos a realizar similarescorrecciones en el espíritu de una verdadera objetividad, las posibilidades serían enormes.

Más malas interpretaciones de la forma de vida "pagana".

Habiendo dicho esto, sobrevive la posibilidad real de trascender ciertos aspectos de la cristiandad. Pero algo debe quedar bien claro: el término latino "trascendere" significa literalmente dejar algo atrás mientras uno se eleva, hacia arriba, no hacia abajo!

Vale la pena repetir que lo principal no es rechazar al Cristianismo: no tiene que ver con mostrar la misma incomprensión hacia él, que él ha mostrado, y continúa mostrando, hacia el antiguo paganismo. Tendría más que ver con completar el cristianismo, con una herencia superior y mucho más antigua, eliminando algunos de sus aspectos y enfatizando otros, mas importantes, en los que esta fe no necesariamente contradice los conceptos universales de la espiritualidad pre-cristiana.

Este, no es el camino tomado por estos círculos radicales que mencionamos. Muchos de estos nuevos "paganos" parecen haber caído en una trampa deliberadamente tendida para ellos, usualmente terminando en una advocación y defendiendo ideas que mas o menos corresponden a ese particular paganismo, inventado, encerrado en la naturaleza, careciendo de luz y trascendencia, que fue la polémica creación de una mal interpretación cristiana del mundo pre-cristiano, y que está basada, a lo sumo, en unos pocos elementos de ese mundo en su decadencia e involución. Y por si esto fuera poco, la gente usualmente recurre a una polémica anti-católica, cualquiera sea su justificación política, generalmente se tambalea y se adapta a los viejos clichés de tipo puramente moderno, racionalista e iluminista que han sido muy bien usados por el liberalismo, la democracia, y la masonería.

Este ha sido también el caso, hasta un punto, de H. S. Chamberlain, y aparece nuevamente en un cierto movimiento italiano que ha estado tratando de conectar el pensamiento racial con la doctrina "idealística" de la inmanencia.

Hay una tendencia general e inequívoca en el neo-paganismo de crear un nuevo, y supersticioso misticismo, basado en la glorificación de la inmanencia, de la vida y la naturaleza, que contrasta radicalmente con el ideal Olímpico y heroico de las grandes culturas arias de la antigüedad pre-cristiana.

Indicaría mas una vuelta al materialismo, maternal, y telúrico, si no se cansara con nubilosos y dilatantes filosofares. Para dar un ejemplo, deberíamos preguntarnos ¿que exactamente se quiere denominar con esta "Naturaleza" en la que estos grupos están tan interesados?

No vale la pena subrayar que no es ciertamente la naturaleza que fue experimentada y reconocida por el hombre antiguo y tradicional, sino una construcción racional del período de la Enciclopedia Francesa. Fueron los enciclopedistas quienes con definitivamente subversivos y revolucionarios motivos, crearon el mito de la naturaleza como "bien" sabia, y todopoderosa, en oposición a la "podredumbre" de cualquier cultura humana.

Podemos ver que el mito naturista optimista de Rousseau y los enciclopedistas va por el mismo camino que "derecho natural", universalismo, liberalismo, humanitarismo, y la negación de toda forma de positiva y estructurada soberanía.  Todavía más, el mito en cuestión no tiene absolutamente ninguna base en la historia natural.

Cualquier científico honesto sabe que no hay lugar para "Naturaleza" en el marco de sus teorías, que tiene como objetivo la determinación de equivalencias puramente abstractas y relaciones matemáticas. En cuanto a investigación biológica y genética se refiere, podemos ver ya, el desequilibrio que ocurriría si uno sostuviera ciertas leyes  como definitivas, cuando solo se aplican a aspectos parciales de la realidad. Lo que la gente llama "Naturaleza" hoy no tiene nada que ver con lo que "Naturaleza" significó para el hombre tradicional, solar, o al conocimiento de ella que fue accesible a tal hombre gracias a su posición real y Olímpica. No hay signo de esto en los adscriptos a este nuevo misticismo.

Malas interpretaciones más o menos del mismo tipo surgen en cuanto al pensamiento político. Aquí, paganismo es a menudo usado como sinónimo para un meramente mundial e incluso exclusivo concepto de soberanía, que vuelve las relaciones cabeza abajo.

Ya hemos visto que en los Estado antiguos, la unidad de los dos poderes significaba algo bastante diferente. Proveía la base para la espiritualización de la política, mientras el neo-paganismo termina politizando la espiritualidad, y por lo tanto recorriendo una vez mas el falso camino de los Galicanos y Jacobinos.

En contraste, el antiguo concepto de Estado e Imperio siempre mostró una conexión con la idea Olímpica. ¿Que debemos pensar de la actitud de Jewry, Roma, la iglesia católica, masonería, y comunismo como mas o menos lo mismo, solo porque su presupuestos difieren del pensar llano del pueblo? El pensamiento del pueblo junto con estas líneas amenaza perderse en la oscuridad, donde no existe ya la posibilidad de diferenciación. Muestra que ha perdido el sentir genuino por la jerarquía de valores, y que no puede escapar la alternativa del internacionalismo destructivo y el particularismo nacionalista, mientras el entendimiento tradicional del imperio es superior a estos dos conceptos.

Para limitarnos a un simple ejemplo: el dogmatismo católico en realidad cumple un rol preventivo y útil evitando que el misticismo mundial de este tipo cruce cierta frontera; marca un fuerte obstrucción que protege el área donde el conocimiento trascendente y donde reinó lo genuinamente supra-natural y no-humano--o por lo menos debía reinar. Uno puede criticar la forma en la cual esa trascendencia y ese conocimiento han sido entendidos en el cristianismo, pero no puede trasladarse a un criticismo "profano" que fantasea sobre una supuesta naturaleza aria de la doctrina-inmanente, de "religión natural" de culto a la "vida" etc., sin realmente perder su propio nivel: en pocas palabras, uno no debe por ende alcanzar el mundo de los seres primordiales, sino aquel de la Contra-Tradición o de los modos telúricos y primitivos del ser. Este puede ser el mejor modo de reconvertir a esa gente con los mejores talentos "paganos" al catolicismo!

Uno debe cuidarse de caer en malos entendimientos y errores que ya hemos mencionado, que básicamente contribuyen solamente para defender a un enemigo común. Uno debe tratar de desarrollar la capacidad de ubicarse al nivel donde la confusión didáctica no puede llegar, y donde todo diletantismo y actividad intelectual arbitraria es excluida; donde uno resiste enérgicamente toda influencia de deseos confusos y pasionales y de un placer agresivo por polemizar; donde, finalmente y fundamentalmente, nada cuenta mas que el  conocimiento preciso, estricto y objetivo del espíritu de la Tradición Primordial.

Extracto de "Grundrisse" (1942) por Julius Evola

 

 

El Emperador Juliano. Julius Evola

El Emperador Juliano. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Evola dedicó varios artículos a emperadores romanos y del Sacro Imperio, pero este artículo destaca sobre cualquier otro al glosar la figura de un gigante de la historia: el Juliano Emperador. El artículo fue originariamente publicado en el diario "Roma" el 17 de marzo de 1972 y posteriormente incluido en la recopilación publicada bajo el título de "Ultimi Scritti, publicado en 1977 por Editorial Controcorrente.

 

EL EMPERADOR JULIANO

Julius Evola

Es alentador dar con trabajos eruditos que van más allá de los prejuicios y distorsiones que caracterizan la mayoría de los puntos de vista de los historiadores contemporáneos. Este es el caso de Raffaello Prati, quien ha traducido al italiano e introducido al público los escritos especulativos del emperador romano Juliano Flavius, titulados colectivamente "De dioses y hombres".

Es destacable que Prati empleara el término "emperador Juliano" en lugar de la expresión predominante de "Juliano el apóstata". El término "apóstata" es difícilmente apropiado en este caso, puesto que más bien debería ser aplicado a aquellos que abandonaron las sagradas tradiciones y los cultos que eran el verdadero alma de la antigua grandeza de Roma y a quienes aceptaron una fe nueva, que no era la de la estirpe romana o latina sino de un origen asiático y judío. De este modo, el término "apóstata" no debería caracterizar a aquellos que, como Juliano Flavius, osaron ser fieles al espíritu de la tradición, tratando de reafirmar el ideal solar y sagrado del imperio.

La lectura de los textos publicados, que fueron escritos por Juliano en su tienda de campaña, entre largas marchas y batallas (como tratando de sacar nuevas energías de su espíritu para afrontar eventuales dificultades), debería de servir de provecho a los que siguen la corriente de opinión que define el paganismo, en sus componentes religiosos, como más o menos sinónimo de superstición. De hecho, Juliano, en su intento por restaurar la Tradición, opuso al cristianismo una visión metafísica. Los escritos de Juliano nos permiten ver, tras los elementos alegóricos y externos de los mitos paganos, una substancia de calidad superior.

Juliano es muy directo cuando escribe:

"Siempre que los mitos sobre asuntos sagrados sean absurdos según el pensamiento racional, siendo gritados en voz alta, como lo fueron, nos llaman a no creerlos literalmente, sino a estudiarlos y seguirles la pista de su significado oculto... Cuando el significado es expresado incongruente hay una esperanza de que los hombres descuiden el significado más obvio (aparente) de las palabras, y que la pura inteligencia pueda ascender a la comprensión de la naturaleza inequívoca de los dioses que trasciende todos los pensamientos actuales".

Este debería ser el principio hermético empleado por los que estudien los antiguos mitos y teologías. No obstante, cuando los eruditos utilizan términos despreciativos como "superstición" o "idolatría", vienen a demostrar que son cerrados de mente y de mala fe.

Por lo tanto, en la reevaluación de la antigua tradición sagrada de Roma, intentada por Juliano, es el punto de vista esotérico de la naturaleza de los "dioses" y su "conocimiento" el que finalmente importa. Este conocimiento corresponde a una realización interior. Desde esta perspectiva, los dioses no son retratados como invenciones poéticas o como abstracciones de teologías filosóficas, sino más bien como los símbolos y las proyecciones de estados trascendentes de consciencia.

De este modo, el mismo Juliano, como iniciado en los misterios de Mitra, vio una estrecha relación entre un conocimiento superior de uno mismo y la vía que conduce al "conocimiento de los dioses"; esta es una noble meta que a él no le impidió decir que incluso el dominio sobre las tierras de Roma y las bárbaras palidece en comparación.

Esto nos lleva de nuevo a la tradición de una disciplina secreta a través de la cual el conocimiento de uno mismo es transformado radicalmente y fortalecido por nuevos poderes y estados internos, que son simbolizados en la teología antigua por varios numina. Esta transformación se dice que ocurre tras una preparación inicial, consistente en vivir una vida pura y en la práctica del ascetismo y finalmente recibiendo experiencias especiales que están determinadas por ritos iniciátorios.

Helios es el poder al cual Juliano dedica sus himnos, cuyo nombre invoca incluso en sus últimas palabras, cuando muere al ponerse el sol en un campo de batalla en Asia Menor. Helios es el sol, el cual no es concebido como un cuerpo físico, sino más bien como un símbolo de una luz metafísica y un poder trascendente. Este poder se manifiesta en la humanidad y en aquellos que han sido regenerados, como soberano nous y como una fuerza mística de lo alto. En los días antiguos e incluso en la misma Roma, a través de la influencia persa, se consideraba que esta fuerza estaba estrictamente asociada con la dignidad real. El auténtico significado del culto imperial Romano que Juliano intentara restaurar e institucionalizar por encima de y contra el cristianismo, sólo puede ser apreciado dentro de este contexto. El motivo central en este culto es: el auténtico y legítimo líder es el único que está dotado de una superioridad sobrenatural ontológica y el cual es imagen del rey del cielo, llamado Helios. Cuando esto ocurre (y sólo entonces), la autoridad y la jerarquía están justificadas; el regnum es santificado; y un centro luminoso de gravedad viene a fundarse, el cual atrae hacia sí a un número de humanos y fuerzas naturales.

Juliano añoraba realizar este ideal "pagano" dentro de una jerarquía imperial estable y unitaria, dotada de un fundamento dogmático, un sistema de disciplinas y leyes y una clase sacerdotal. La clase sacerdotal se suponía tener como líder al mismo emperador, el cual, habiendo sido regenerado y elevado por encima de las meras condiciones mortales gracias a los Misterios, encarnaba simultáneamente la autoridad espiritual y el poder temporal. De acuerdo con este punto de vista, el emperador era tenido como el Pontifex Maximus, un término antiguo recuperado por Augusto. Los presupuestos ideológicos sobre los que se fundamenta la visión de Juliano, son: 1) la naturaleza, es entendida como formada por un todo armonioso y penetrada por fuerzas vivas pero invisibles; 2) un monoteísmo profesado por el estado; 3) un cuerpo de "filósofos" (sería más apropiado llamarles hombres sabios) capaces de interpretar la teología tradicional de la antigua Roma y de actualizarla mediante ritos iniciáticos.

Esta visión está en duro contraste con el temprano dualismo cristiano, ejemplificado por la frase de Jesús que dice: "dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César". Esta frase lleva finalmente al cristianismo a rechazar rendir homenaje al emperador en ningún otro rol que no sea el de un gobernante. Este rechazo, ocasionalmente, fue considerado como una manifestación de anarquía y de subversión, y culminó en la persecución estatal contra los cristianos.

Desgraciadamente el tiempo no estaba maduro para la realización del ideal de Juliano. Una realización semejante habría requerido la participación activa, mediante sinergía, de todos los estratos de la sociedad así como un relanzamiento de la antigua Weltanschauung en términos más vibrantes. En lugar de esto, dentro de la sociedad pagana se dio una separación irreversible entre forma y contenido.

Incluso el consenso que había conseguido el cristianismo fue un signo fatal de la decadencia de los tiempos. Para una amplia mayoría del pueblo, hablar acerca de dioses como experiencias internas o considerar los principios solares y trascendentes arriba mencionados como requisitos necesarios para el imperio era nada más que una ficción o mera "filosofía". En otras palabras, lo que faltaba era una fundación existencial. Además, Juliano se engañó creyendo que sería capaz de transformar ciertas enseñanzas esotéricas en fuerzas formativas políticas, culturales y sociales. Debido a su verdadera naturaleza, esas enseñanzas estaban destinadas, no obstante, a caer únicamente dentro de la competencia de círculos restringidos.

Esto no debería llevarnos a la conclusión de que, al menos en principio, existiera una contradicción entre la visión de Juliano y el ideal de un estado forjado en la aplicación de estos elementos espirituales y trascendentes. La misma existencia histórica de una sucesión de civilizaciones que fueron centradas en una espiritualidad "solar" (abarcando desde el antiguo Egipto y el antiguo Irán, hasta el Japón anterior a la II Guerra Mundial) debería demostrar que esta contradicción no existe en realidad. Debería decirse más bien que Roma, en tiempos de Juliano, carecía ya de la sustancia humana y espiritual capaz de establecer las conexiones y relaciones de participación que caracterizan a una nueva jerarquía viva que pueda crear un organismo imperial totalitario merecedor del nombre pagano.

El célebre texto de Dimitri Merezhkovsky, "Muerte de los dioses", reúne de modo admirable y sugestivo el ambiente cultural de tiempos de Juliano con sus presagios de un ocaso de los dioses.

Tras un largo paréntesis, algunos elementos de la antigua Tradición fueron destinados a resurgir. Gracias a la emergencia de las dinastías germánicas en las escenas de la historia europea, fue posible hablar de nuevo de restauratio imperii, en la forma del Sacro Imperio Romano Germánico medieval. Esto es cierto especialmente si consideramos la tradición gibelina que trató de reclamar para el Imperio, contra las demandas hegemónicas de la Iglesia de Roma, una dignidad sobrenatural no inferior a la que la misma Iglesia disfrutaba.

Atendiendo a esto, es importante para un examen más de cerca tener en cuenta lo que fue ocultado en la literatura caballeresca, en la así llamada leyenda imperial y también en otros documentos. He tratado de reunir e interpretar adecuadamente todas estas fuentes en nuestra obra "El misterio del Graal y la tradición gibelina del imperio", año 1937.

 

 

Ungern-Stenberg, "El Barón Loco". Julius Evola

Ungern-Stenberg, "El Barón Loco". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El 9 de febrero de 1973, Julius Evola publicó este artículo sobre la figura semidesconocida de Unger Khan von Stenberg, llamado "el Barón loco" o el "Barón Sanguinario", un personaje histórico de los ejércitos "blancos" durante la revolución rusa. Dicho artículo, publicado inicialmente en el diario "Roma", fue incluido en el volumen titulado "Ultimi Scritti, publicado en 1977 por "Controcorrente". Todo el artículo, en sí mismo, es una pequeña biografía de Ungern Khan, con referencias a Ferdinand Ossendowsky y a su obre "Bestias, hombres y dioses", gracias a la cual la figura del Baron Urgern no se perdió para la posteridad.

 

UNGERN-STENBERG, "EL BARÓN SANGUINARIO"

por: Julius Evola

El libro de Ferdinand Ossendowski, "Bêtes, Hommes et Dieux", cuya traducción italiana acaba de ser reeditada, conoció una amplia difusión cuando apareció en 1924. Quienes han leído esta obra han sido generalmente sensibles al relato de las peripecias del agitado viaje que realizó Ossendowski en 1921-1922, a través del Asia central, para huir de los bolcheviques, pero también a lo que refiere acerca de un personaje de excepción que encontró, el barón Ungern-Sternberg, sin olvidar lo que le fue dicho a propósito del "Rey del Mundo". Deseamos volver aquí sobre estos últimos puntos. En Asia, una especie de mito se habría creado alrededor de , hasta el punto de que habría sido adorado en ciertos templos de Mongolia como una manifestación del dios de la guerra. Existe además una biografía novelada de Ungern, aparecida en alemán con el título "Ich befehle" ("Yo ordeno") (1), mientras que interesantes datos sobre su personalidad, suministrados por el jefe de la artillería de la División de Ungern han sido publicados en la revista francesa Études Traditionnelles. Nosotros mismos tuvimos ocasión de oír hablar directamente de Sternberg por su hermano, que debía ser víctima de un destino trágico: habiendo escapado a los bolcheviques y regresado a Europa a través de Asia tras toda clase de vicisitudes increíbles, él y su mujer fueron asesinados por un portero preso de la locura cuando Viena fue ocupada en 1945.

Ungern-Sternberg pertenecía a una vieja familia báltica de origen vikingo. Oficial ruso, mandaba en Asia, en el momento en el que estalló la revolución bolchevique, numerosos regimientos de caballería, que poco a poco acabaron convirtiéndose en un verdadero ejército. Ungern decidió combatir con éste la subversión roja hasta las últimas posibilidades. Operaba a partir del Tíbet; y fue él quien liberó al Tíbet de los chinos, quienes en la época habían ocupado una parte de su territorio. Mantuvo además estrechas relaciones con el Dalai-Lama, tras haberlo liberado. Las cosas tomaron tal magnitud que acabaron por preocupar seriamente a los bolcheviques, que, regularmente derrotados, fueron obligados a organizar una campaña de gran envergadura, bajo el mando del "Napoleón rojo", el general Blücher. Después de algunos altibajos, Ungern fue vencido, debido a la traición de algunos regimientos checoslovacos. Existen numerosas versiones contradictorias de la muerte de Ungern, pero nada preciso se sabe. Sea como sea, se pretende que tuvo un exacto conocimiento anticipado de su propia muerte, así como de ciertas circunstancias particulares: por ejemplo, habría adivinado que sería herido en el asalto a Urga. Dos aspectos de Sternberg nos interesan aquí. El primero concierne a su personalidad, que presenta una mezcla de rasgos singulares. Hombre de un prestigio excepcional y de un coraje sin límites, era también de una crueldad despiadada, inexorable hacia los bolcheviques, sus mortales enemigos. De ahí el sobrenombre que le fue impuesto: el "barón sanguinario". Es posible que una gran pasión hubiera "quemado" en él todo elemento humano, no dejando subsistir en su persona más que una fuerza indiferente a la vida y a la muerte. Al mismo tiempo, encontramos en Ungern rasgos casi místicos. Antes incluso de ir a Asia profesaba el Budismo (el cual no se reduce a una doctrina moral humanitaria), y las relaciones que mantuvo con los representantes de la tradición tibetana no se limitaban al dominio exterior, político y militar, en el marco de los acontecimientos mencionados anteriormente. Ungern poseía ciertas facultades supranormales: algunos testigos han hablado de una especie de clarividencia que le permitiría leer en el alma del otro, según una percepción tan exacta como la relativas a las cosas físicas. El segundo punto concierne al ideal defendido por Ungern. El combate contra el bolchevismo habría sido la señal de una acción más vasta. Según Ungern, el bolchevismo no era un fenómeno autónomo, sino la última e inevitable consecuencia de procesos involutivos que se han verificado desde hace tiempo en el seno de la civilización occidental. Como antaño Metternich, percibía justamente una continuidad entre las diferentes fases y formas de la subversión mundial, a partir de la Revolución francesa. Ahora bien, según Ungern igualmente, la reacción debería partir de oriente, de un oriente fiel a sus tradiciones espirituales y unido, frente al peligro amenazador, con todos aquellos que hubieran sido capaces de una rebelión contra el mundo moderno.

La primera tarea habría consistido en eliminar al bolchevismo y liberar Rusia. Es interesante, por otra parte, saber que, según numerosas fuentes en cierta medida dignas de fe, Ungern, convertido en el liberador y protector del Tíbet, habría mantenido entonces, en vistas a este plan, algunos contactos secretos con los representantes de las principales fuerzas tradicionales, no solamente de la India, sino del Japón y del Islam. Se trataba de realizar poco a poco la solidaridad defensiva y ofensiva de un mundo todavía no herido de muerte por el materialismo y la subversión.

Enfoquemos ahora el segundo problema, el del "Rey del Mundo". Ossendowski afirmó que los lamas y los jefes del Asia central tuvieron ocasión de hablarle de la existencia de un misterioso centro inspirador denominado Agartha, residencia del "Rey del Mundo". Tal centro sería subterráneo y podría comunicarse, por medio de "canales" situados bajo los continentes y los océanos, con todas las regiones de la Tierra. En la forma en que Ossendowski habla de ello, estas informaciones presentan un carácter demasiado imaginativo. Es preciso reconocer el mérito de René Guénon por haber puesto de relieve, en su libro Le Roi du Monde, el verdadero contenido de estos relatos, no sin señalar este significativo detalle: se trata del mismo centro misterioso en la obra póstuma de Saint-Yves d'Alveydre titulada La mission des Indes, aparecida en 1910, y esta obra no era conocida por Ossendowski. Lo que es necesario comprender es que la idea de un centro subterráneo (difícil de concebir, aunque no sea sino a causa del alojamiento y del aprovisionamiento, desde el momento en que no está habitado por puros espíritus) debe ser más bien traducida por la idea de un "centro invisible". En cuanto al "Rey del Mundo" que allí residiría, esto nos reenvía a la concepción general de un gobierno o de un control invisible de mundo o de la historia; la fantástica referencia a los "canales subterráneos" que permiten a este centro comunicarse con numerosos países debe ser igualmente desmaterializada: de hecho, se trata de las influencias, ejercidas, por así decir, "entre bastidores", por este centro. Sin embargo, incluso si todo ello se entiende en esa forma más concreta, no dejan de aparecer graves problemas, por poco que uno se atenga a los hechos. Es cierto que el espectáculo ofrecido de forma más o menos precisa por nuestro planeta apenas nos indica la idea de la existencia de este "Rey del Mundo" y de sus influencias, admitiendo que éstas deberían ser positivas y rectificativas. Los lamas habrían dicho a Ossendowski: "El Rey del Mundo aparecerá ante los hombres cuando haya llegado el momento de guiar a todos los buenos en la guerra contra los malos. Pero este tiempo aún no ha venido". Se trata aquí de la adaptación de un tema tradicional que también fue conocido en occidente hasta la Edad Media. Lo que es verdaderamente interesante es que este orden de ideas haya sido presentado a Ossendowski en el Tíbet, por los lamas y los jefes de estas regiones, como derivando de una enseñanza esotérica. Y la manera más bien grosera en la cual Ossendowski refiere lo que le fue dicho, insertándolo en el relato de sus peregrinaciones, permite precisamente pensar que no se trata, por su parte, de una quimera personal.

(1)   Edición original: Berndt Krauthof, Ich befehle, Tauchnitz Verlag, Brême, 1938; 2(a) ed.: Leipzig, 1942.

 

Publicado en "Roma" el 9 de febrero de 1973

 

En contra de los jóvenes, por Julius Evola

En contra de los jóvenes, por Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este pequeño artículo publicado en la revista italiana "Totalitá" en junio de 1967, coincide con el pleno desarrollo del underground, la contestación juvenil y el fenómeno hippie. El título es deliberadamente provocador para una persona como Evola que siempre recibía a los jóvenes que querían acudir a plantearle inquietudes, dudas y problemas. Es evidente que Evola no estaba "contra los jóvenes", sino contra el culto a la juventud que se practiaba en aquellos años 60. El artículo puede ser tomado como el testimonio de una época desde el punto de vista de un tradicionalista.  

 

 

EN CONTRA DE LOS JÓVENES

por Julius Evola

 

 

Una de las señales de decadencia de la actual sociedad italiana está representada por el mito de los jóvenes, por la importancia acordada al problema de la juventud en simultaneidad con una especie de tácita desvalorización de todo aquello que “no es joven”. Se diría que hoy en día el pedagogo y el sociólogo tienen miedo de perder el contacto con los “jóvenes” y no se dan cuenta de que así ellos caen en un “infantilismo”. Es la juventud la que debería enseñarnos algo, la que nos tendría que indicar nuevos caminos (de esta manera se han incluso expresado los parlamentarios democristianos), mientras que aquellos que por la edad tienen una verdadera experiencia de la vida deberían apartarse, en una postura totalmente opuesta de aquello que siempre se ha pensado, incluso entre los pueblos primitivos. Y se ha visto a la televisión acoger en forma complaciente las manifestaciones y las agitaciones de tales jóvenes, aun cuando las mismas han alcanzado el límite del absurdo y lo grotesco. Hemos oído a algunos por ejemplo deplorar que las escuelas no sean aun “democráticas” y proponer algo así como soviets o “comisiones internas” posiblemente con la finalidad de “pedagogizar” y de poner en su justo lugar a los docentes. Que de la misma manera que los obreros con las fábricas, los estudiantes ocupen las facultades y escuelas en razón de una u otra reivindicación, y que se los deje hacer, y más aun, que sean protegidos por la policía, ello es un verdadero signo de la “Italia liberada”.

No hay duda de que se vive en una época de disolución y que la condición que tiende siempre más a prevalecer es la de aquel que está “desarraigado”, de aquel para el cual la sociedad no tiene más significado alguno, de la misma manera que tampoco la tienen los vínculos que regulaban la existencia: vínculos que, es cierto, para la época que nos ha precedido, y que aun en varias áreas persisten, eran tan sólo los del mundo y de la moral burguesas. Por lo cual era natural y legítimo que para la juventud surgiese algún problema. Pero la situación debería ser considerada en su conjunto; toda solución válida debería abarcar a la totalidad del sistema; lo demás, aun por lo que se refiere a la juventud no es sino una consecuencia.

Pero que alguna cosa positiva pueda venir de parte de la inmensa mayoría de los jóvenes de la Italia de hoy es algo que debe excluirse sin más. Cuando éstos manifiestan no ser comprendidos, la única respuesta que habría que darles es la de que no hay nada que entender y que si existiese un orden normal, se trataría de ponerlos en su lugar en manera tajante, de la misma manera como se hace con los niños cuando su estupidez se convierte en fastidiosa, invasora e impertinente. No se ve exactamente a dónde puede conducir su anticonformismo, su “protesta” o “rebelión”. No hay nada en común con aquellos anárquicos de hace algún decenio que por lo menos pensaban, que sabían de Nietzsche, de Stirner, o de aquellos que en el plano artístico y de la concepción del mundo se entusiasmaban con el futurismo, con el dadaísmo o con el Sturm und Drang promovido por el primer Papini. Los “rebeldes” hoy entre nosotros son los “melenudos” y los beat. Entre sus representantes se encuentran los fanáticos de ambos sexos por los “gritadores”, por los denominados “cantautores” epilépticos, por el marionetismo colectivo de las ye-ye-sessions y por el shake, por las “grabaciones” de discos. Examinados los rostros que se nos presentan casi sin excepción de todos ellos, no se encuentra casi a ninguno que no tenga aspecto de aturdido, o que presente señales de poseer un “carácter” y en primer término habría que comenzar por sus mismos ídolos: podemos referirnos a tal efecto justamente a los dos cantantes y a la cantante que hoy producen el éxtasis de nuestros beats. En materia de revuelta ideológica, nosotros escuchamos a estos jóvenes que ellos quieren “combatir la guerra con sus guitarras”. El slogan, del cual parece que su responsable es el muy mediocre filósofo pacifista B. Russel, “no hagan la guerra, sino el amor”, los ha entusiasmado. Y bien: si se tratase de una revuelta en serio (aun “sin bandera”, sin la contraparte de puntos positivos a oponer), si, tal como entre los hipsters norteamericanos la civilización actual fuese en verdad considerada “putrefacta y sin sentido”, hecha de “aburrimiento, pútrido bienestar, conformismo y mentira”, sin poder verse dentro de la misma una salida, ¿tales “rebeldes” no deberían en vez asumir, como slogan, la fórmula del buen Marinetti: “Guerra, la única higiene del mundo” y llenarlo todo con pintadas tales como : “¡Viva la guerra atómica!”, tales de hacer finalmente tabula rasa con todo?....

Pero por otra parte es cierto que con el pasar de los años, con la necesidad, para los más, de hacer frente a los problemas materiales y económicos de la vida, esta “juventud”, convertida en adulta se adaptará prontamente a las routines profesionales, productivas, sociales y matrimoniales, con lo cual, por lo demás pasará simplemente de una forma de nulidad a otra. ....

 

(Totalità, 10 de julio de 1967).

 

 

Hitler y las sociedades secretas

Hitler y las sociedades secretas

Biblioteca Evoliana.-  Recibimos la traducción de este artículo sin más mención, aun cuando ha sido citado muy frecuentemente. En é Evola rompe un mito demasiado insistente para que no lo tratara antes o después. Las relaciones del nazismo con las sociedades secretas fueron muy limitadas. Contrariamente a lo que han dicho algunos apologistas del nazismo (Miguel Serrano, fundamentlamente) o muchos de sus detractores (Pawels y Bergier en "El Retorno de los Brujos"), las relaciones del nazismo con el esoterismo y la magia fueron poco menos que nulas. 

 

 

HITLER Y LAS SOCIEDADES SECRETAS

Julius Evola

Es notorio que algunos autores en Francia han investigado la relación del nacionalsocialismo alemán con las sociedades secretas y las organizaciones iniciáticas. La motivación para ello ha sido el supuesto trasfondo ocultista del movimiento hitleriano. Esta tesis fue propuesta primeramente en el bien conocido y muy exitoso libro El amanecer de los magos, ("El Retorno de los Brujos") donde el nacionalsocialismo es definido como la unión del "pensamiento mágico" con la tecnología. La expresión usada para ello fue: "divisiones panzer más René Guénon", una frase que puede haber provocado que el eminente representante del pensamiento tradicional y las disciplinas esotéricas se agitara indignado en su tumba.

El primer malentendido aquí es la confusión del elemento mágico con el mítico, siendo que uno no tiene nada que ver con el otro. El papel de los mitos en el nacionalsocialismo es innegable, por ejemplo, en la idea del Reich (imperio), el Führer carismático, Raza, Sangre, etcétera. Sin embargo, antes de llamarlos "mitos", uno debe aplicar a ellos el concepto "ideas-energías motivadoras" de Sorel (que son todas las ideas sugestivas usadas comúnmente por los demagogos), y no atribuirles ningún ingrediente mágico. De la misma manera, ninguna persona racional relaciona la magia con los mitos del fascismo, tal como el mito de Roma o el del Duce, tampoco con los de la revolución francesa o el comunismo. La investigación debe proceder diferentemente si se dirige hacia el surgimiento de ciertos movimientos, sin saber que están sujetos a influencias que no son meramente humanas. No obstante, no es el caso de los autores franceses. Ellos no están pensando en influencias de este tipo sino de una naturaleza concreta, ejercida por organizaciones que existieron realmente, algunas de las cuales fueron "secretas" en varios grados. Igualmente, algunos han hablado de "superiores desconocidos", que supuestamente han originado el movimiento nacionalsocialista y han usado como médium a Hitler, aunque no es claro qué propósitos tenían en mente cuando lo hacían. Si uno considera los resultados, las consecuencias catastróficas que representó para el nacionalsocialismo, aun indirectamente, tales propósitos debieron ser oscuros y destructivos. Uno podría identificar el "lado oculto" de este movimiento con lo que Guénon llamó la "contrainiciación", pero los autores franceses han propuesto la tesis de que Hitler, el "médium", se emancipó hasta cierto punto de los "superiores desconocidos", casi como un golem, y que el movimiento siguió entonces su dirección fatal; pero en este caso uno debe admitir que tales "superiores desconocidos" no poseían verdadera precognición y tenían un poder muy limitado, al haber sido incapaces de poner un alto a Hitler, su supuesto médium.

Se ha entretejido mucha fantasía sobre los hechos concretos del origen de los temas y símbolos del nacionalsocialismo. Se ha hablado acerca de ciertas organizaciones como predecesoras, pero difícilmente podríamos atribuir a alguna un carácter iniciático genuino y comprobable. No hay duda de que Hitler no inventó la doctrina racial alemana, el símbolo de la esvástica o el antisemitismo ario: todos ellos tenían una larga existencia en Alemania. Un libro titulado El hombre que dio a Hitler sus ideas habla de Jörg Lanz von Liebenfels (el título nobilario se lo otorgó a sí mismo), que había sido monje cisterciense y fundó una orden que usaba la esvástica. Lanz editó desde 1905 el periódico "Ostara", el cual conocía Hitler, en el que las teorías raciales arias y antisemíticas habían sido desarrolladas claramente.

Pero mucho más importante para el "trasfondo oculto" del nacionalsocialismo es el papel de la Sociedad Thule. Las cosas son más complejas aquí. Esta sociedad surgió a partir de la Orden Germánica fundada en 1912 y dirigida por Rudolf von Sebottendorf, quien había estado en Oriente y publicó un extraño folleto titulado La práctica de la antigua francmasonería turca. Las prácticas descritas en él involucraban la repetición de sílabas, gestos y pasos, cuya meta era la transformación iniciática del hombre, tal como la alquimia también mencionada. No es claro con qué organización masónica turca estuvo en contacto Sebottendorf, tampoco si él mismo practicó tales cuestiones o simplemente las describió

Aún más, no se puede establecer si estas prácticas fueron empleadas en la Sociedad Thule que encabezaría Sebottendorf. Sería muy importante saber esto, ya que muchas personalidades nacionalsocialistas de alto rango, desde Hitler hasta Rudolf Hess, frecuentaban dicha sociedad. En cierto modo, Hitler fue introducido al mundo de ideas de la Sociedad Thule por Hess durante su encarcelamiento juntos después del fallido Pustch (golpe de estado) de Munich.

En todos estos hechos debe enfatizarse que la Sociedad Thule fue menos una organización iniciática que una sociedad secreta, que ya usaba la esvástica y que fue marcada por un antisemitismo decidido y un pensamiento racial germánico. Uno debe ser cauto acerca de la tesis de que el nombre Thule es una seria y consciente referencia a una conexión nórdica y polar, con el propósito de hacer una conexión con los orígenes hiperbóreos de los indogermanos, ya que Thule aparece en la tradición antigua como el centro o isla sagrado en el extremo norte. Ciertamente Thule puede tener un papel en el nombre "Thale", una localidad en el Harz donde la Orden Germana tuvo una reunión en 1914, en la que se decidió crear una völkisch o banda secreta para combatir el supuesto judaísmo internacional. Sobre todo, estas ideas fueron enfatizadas por Sebottendorf en su libro Antes de la llegada de Hitler, publicado en Munich en 1933, en el cual indicó los mitos y el punto de vista völkisch que existió antes de Hitler

Así, una investigación seria sobre las conexiones iniciáticas de Hitler con las sociedades secretas no conducen lejos. Unas cuantas explicaciones son necesarias en relación a Hitler como médium y a su poder de atracción. Nos parece pura fantasía que él haya alcanzado dicho poder debido a prácticas iniciáticas. Si fuera así uno tendría que aceptar la misma explicación acerca del poder psíquico de otros líderes, como Mussolini y Napoleón, lo que es absurdo. Es mucho mejor asumir que a partir de los movimientos de masas había surgido un vórtice psíquico, el cual se concentraba en él como centro y le proporcionaba una cierta radiación que percibían especialmente las personas sugestionables.

La cualidad de médium (que, para decirlo contundentemente, es la antítesis de una calificación iniciática), puede ser atribuida a Hitler con unas cuantas reservas pues hasta cierto punto parecía ser un poseso, lo que lo diferencia de Mussolini, por ejemplo. Cuando arengaba a las masas hacia el fanatismo, uno tenía la impresión de que otra fuerza lo dirigía como un médium, aun cuando él era un hombre de un tipo extraordinario y extraordinariamente dotado. Nadie que escuchara cómo se dirigía a las arrobadas masas podría tener otra impresión. Puesto que hemos expresado nuestras reservas acerca de que los supuestos "superiores desconocidos" estuvieran involucrados, no es fácil definir la naturaleza de esa fuerza suprapersonal. Respecto a la teosofía nacionalsocialista (Gotteserkenntnis), esto es, a su supuesta dimensión mística y metafísica, debemos considerarla como el único punto de contacto entre este movimiento y el Tercer Reich con respecto a los aspectos místicos, iluministas e incluso científicos. En Hitler uno puede encontrar muchos síntomas de un típico punto de vista "moderno", fundamentalmente profano, naturalista y materialista; aunque, por otra parte, él creía en la Providencia, cuya herramienta creía ser, especialmente en relación con el destino de la nación alemana (por ejemplo, él veía un signo de la Providencia el que hubiera sobrevivido al intento de asesinato en su jefatura de cuartel en la Prusia Oriental). Alfred Rosenberg, el ideólogo del movimiento, proclamó el mito de la Sangre, en el que hablaba del "misterio" de la sangre nórdica y le atribuía a ésta un valor sacramental; aunque al mismo tiempo atacó todos los ritos y sacramentos del catolicismo como ilusorios, tal como un hombre de la Ilustración. Él maldecía contra el "oscuro hombre de nuestro tiempo", mientras atribuía al hombre ario el mérito de haber creado la ciencia moderna. El nacionalsocialismo se interesó por las runas, las antiguas letras-signos nórdico-germánicos, los cuales deberían reconocerse como puramente simbólicos, antes que haberlos utilizado como el fascismo usó ciertos símbolos romanos, haciendo a un lado su significado esotérico. El programa del nacionalsocialismo de crear un hombre superior tiene algo de "misticismo biológico" implícito, pero esto nuevamente era un proyecto científico. Cuando mucho, puede tratarse de una cuestión del superhombre en el sentido nietzscheano, pero nunca el de un hombre superior en el sentido iniciático.

El plan para "crear una nueva orden racial, religiosa y militar de iniciados, reunida alrededor de un Führer divinizado", no puede ser reconocido como la política oficial del nacionalsocialismo, como escribe René Alleau, aun cuando la relaciona y la compara, entre otros, con los ismaelitas del Islam. Unos cuantos elementos de un nivel elevado fueron visibles únicamente entre los jerarcas de la SS.

En primer lugar, uno puede ver claramente la intención del Reichführer-SS Heinrich Himmler de crear una orden en la que los elementos de la ética prusiana se combinaran con los pertenecientes a las antiguas órdenes de caballería, especialmente la Orden Teutónica. Él buscaba legitimar tal organización, pero no podía lograrlo dado que aquellas antiguas órdenes del catolicismo eran opuestas abiertamente al ala radical del nacionalsocialismo. Himmler también buscaba, sin posibilidad de ninguna conexión tradicional, una relación entre la herencia nórdico-hiperbórea y su simbolismo (Thule), no obstante, aquellas "sociedades secretas" discutidas arriba no tenían ninguna influencia sobre ella. Él estaba enterado, como dice Rosenberg, de las investigaciones del holandés Herman Wirth acerca de la tradición nórdico atlante. Himmler fundó posteriormente, junto con Wirth, la organización de investigación y enseñanza llamada la Ahnenerbe. Esto no carece de interés, pero no hay un "trasfondo oculto" en ello.

Así, el resultado neto es negativo. La fantasía de los autores franceses alcanza su punto más alto en el libro Hitler y la tradición cátara, de Michel Angebert (París, 1971). Trata acerca de los cátaros, llamados también albigenses, quienes fueron una secta herética que se extendió especialmente en el sur de Francia entre los siglos XI y XII, y que tenía su centro en la fortaleza de Montségur. De acuerdo con Otto Rahn, ésta fue destruida en "una cruzada contra el Grial", como se titula uno de sus libros. Lo que el Grial y los Caballeros del Grial tenían que ver con esta secta permanece completamente en la oscuridad. La secta se distinguía por un tipo de maniqueísmo fanático: algunas veces sus propios creyentes morían de hambre o por otra causa como una demostración de su desapego del mundo y su rechazo a la existencia terrestre en carne y materia. Ahora se cree que Rahn, con quien nosotros nos escribimos cuando vivía y tratamos de persuadir acerca de la falta de base de su tesis, era un hombre de la SS y que se envió una expedición para recobrar el legendario Grial que se supone fue puesto a salvo cuando la fortaleza cátara de Montségur fue destruida. Se dice que después de la caída de Berlín una unidad alcanzó el Zillertal y escondió este objeto al pie de un glaciar, en espera de una nueva era.

La verdad es que cuando se habla de una unidad comando, ésta tenía una misión menos mística: el rescate y entierro de los tesoros del Reich. Estos últimos ejemplos muestran a lo que tales fantasías pueden conducir cuando no se refrena la imaginación. La SS (que incluía no sólo unidades de combate sino también investigadores y académicos expertos) montó una expedición al Tíbet con la finalidad de realizar investigaciones en el campo del alpinismo y la etnología, y otra al Ártico, aparentemente para investigación científica pero también con el propósito de establecer la posible situación de una base militar alemana. De acuerdo con aquellas interpretaciones fantásticas, la primera expedición buscaba un vínculo con un centro secreto de la Tradición, mientras que la otra buscaba contactar con la desaparecida Thule hiperbórea.

 

 

Una mirada a la ultratumba bajo la guía de un lama tibetano. Julius Evola

Una mirada a la ultratumba bajo la guía de un lama tibetano. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El problema de la muerte siempre interesó a Evola quien concibió la vida como una preparación para la muerte. Lejos de ser un motivo de tragedia y tristeza, esta concepción da intensidad a la vida, hace que cada instante se aproveche como si fuera el último y, finalmente, supone un choque frontar con el realismo de la naturaleza humana: somos seres hechos para la muerte. De entre todas las escuelas sapienciales actualmente existentes, el budismo tibetano es la que ha hecho del proceso de la muerte, un objeto de estudio e incluso disponen de una "hoja de ruta" para abordarlo: el "Bardo Tödol", libro tibetano de los muertos. El presente artículo fue escrito por Evola en 1943 para el diario La Stampa de Turín. El artículo nos fue remitido por Sergio Fritz y figura en la web del Centro de Estudios Evolianos de buenos Aires.

 

UNA MIRADA A LA ULTRATUMBA

BAJO LA GUÍA DE UN LAMA TIBETANO

 

Julius Evola

 

Uno de los puntos en los cuales existe un preciso contraste entre las posturas que han predominado en Occidente y las que se han conservado –aunque no siempre en forma pura– entre casi todos los pueblos de Oriente, se refiere a la concepción de la muerte.

De acuerdo a las enseñanzas orientales el estado humano de existencia no es sino una fase de un ritmo que viene desde lo infinito y va hacia lo infinito. La muerte, a tal respecto, no tiene nada de trágico: es un simple cambio de estado, uno de los tantos que, en tal desarrollo, ha padecido un principio esencialmente suprapersonal. Y así como el nacimiento terrenal es considerado como una muerte con respecto a estadios anteriores, no-humanos, de la misma manera la muerte terrenal puede tener el significado de un nacimiento en sentido superior, de un despertar transfigurador. Pero en las enseñanzas aludidas, esta última idea no queda como entre nosotros en una dimensión abstractamente mística. La misma adquiere un significado positivo de una especial tradición relativa a un “arte de morir” y a una ciencia de las experiencias que deben esperarse en la ultratumba.

La expresión más característica de esta tradición se la encuentra en algunos textos tibetanos recientemente llevados al conocimiento del público occidental a través de la traducción del lama K. Dawa Samdup y de Evans Wentz. El más importante de tales textos se llama Bardo Thödol, término que se puede traducir aproximadamente así: “Enseñanza a escuchar con relación a las alternativas” (Bardo).

En efecto, la idea central de esta doctrina es que el destino de ultratumba no es unívoco; la ultratumba ofrece diferentes posibilidades, caminos, alternativas, en modo tal que a tal respecto, la actitud y la acción del alma de aquel que ya ha sido hombre, tienen una importancia fundamental.

Lo que impacta en tales enseñanzas es su absoluta asentimentalidad, su estilo casi de sala operatoria, en razón de su calma, precisión, lucidez. “Misterio” y angustias no encuentran lugar aquí. No sin equivocarse el traductor ha hablado a tal respecto de un traveller’s guide to other worlds, es decir una especie de Baedecker, de guía para los otros mundos. El que muere debe mantener el espíritu calmo y firme; con suma fuerza él debe luchar para no caer en un estado de “sueño”, de coma, de desmayo, lo cual sería sin embargo posible tan sólo si ya en la vida nos hemos entregado a especiales disciplinas espirituales, como por ejemplo el Yoga. Las enseñanzas que entonces son comunicadas, o de las cuales él se debe acordar, tienen más o menos este sentido: “Sabe que estás por morir. Probarás ésta o aquella sensación en el cuerpo, sentirás estas fuerzas como si se te escapan, se detendrá la respiración, cesará este sentido después de este otro – y he aquí: desde lo profundo, irrumpirá este estado de conciencia, estos vértigos te tomarán y estas apariciones se formarán mientras eres llevado afuera del mundo de los cuerpos. No te atemorices, no tiembles. Debes en cambio acordarte del significado de aquello que experimentarás y de cómo te conviene actuar”.

El ideal más alto de las tradiciones orientales en general es la “liberación”. La liberación consiste en realizar un estado de unidad con la suprema realidad metafísica. Aquel que, aun teniendo aspiración a ello, no ha sido capaz de realizarlo en vida de hombre, tiene la posibilidad de arribar a ello en el momento de la muerte, o en los estados que inmediatamente le siguen a la muerte, si es capaz de un acto, el cual hace casi pensar en aquella violencia a usar para entrar en el reino de los Cielos, de los cuales se habla también en los Evangelios. Todo dependería de una capacidad intrépida y fulminante de “identificación”.

Para ello la premisa es que el hombre, en su naturaleza más profunda, es idéntico no tan sólo a las diferentes fuerzas trascendentes simbolizadas por las diferentes divinidades del panteón de aquellas tradiciones, sino también al mismo Supremo. El mundo divino no tendría una realidad objetiva diferente del Yo: la distinción sería una mera apariencia, un producto de “ignorancia”. Nos creemos dioses, mientras que no se es sino dioses que duermen. Pero al caer el cuerpo el velo de la “ignorancia” se resquebraja y el espíritu tendría –luego de una breve fase de desfallecimiento correspondiente al compuesto psico-físico– la experiencia directa de estos estados o poderes metafísicos, a partir de la denominada “Luz-fulgor”, estados y poderes que no son sino su misma esencia más profunda.

Entonces se plantea una alternativa: o se es capaz, a través de un impulso absoluto del espíritu, de “identificarse”, de sentirse como aquella Luz –y entonces la “liberación” es alcanzada, el “dios que duerme” se despierta. O en cambio se tiene miedo, se da marcha atrás, y entonces se desciende, se pasa a otras experiencias, en las cuales, como por una sacudida dada a un calidoscopio, la misma realidad espiritual se presentará no más en aquella forma desnuda y absoluta, sino en la semblanza de seres personales y divinos. Y aquí se repite la misma situación, la misma alternativa, la misma prueba.

Habría propiamente dos grados. En primer lugar aparecerían formas divinas calmas, poderosas, luminosas: luego, formas divinas terribles, destructivas, amenazantes. En uno como en otro caso, de acuerdo a la enseñanza en cuestión, no nos debemos engañar ni asustar; es la misma mente que, casi a la manera de una alucinación, crea y se proyecta ante sí misma todas estas figuras: es la misma sustancia abismal del Yo que se objetiva, con la ayuda de las imágenes que fueron más familiares a un muerto. Por lo cual, es admitido sin más que el hindú “verá” las divinidades hindúes, el mahometano al Dios islámico, el buddhista a uno de los Buddha divinificados, y así sucesivamente, tratándose de formas variadas, pero equivalentes, de un fenómeno puramente mental.

Todo tiene que ver con que “aquel que ha partido” (el muerto) logre destruir la ilusión de una diferencia entre sí mismo y tales imágenes y mantener, por decirlo así, su sangre fría. Ello no es sin embargo tan difícil, en cuanto más él, bajo el impulso de fuerzas oscuras e irracionales, se aleje del punto inicial de las experiencias póstumas. En efecto, es más arduo reconocerse en un dios que toma el aspecto de persona y que fue siempre adorado como ser distinto, que en una forma de pura luz; y es sumamente menos probable que luego la identificación pueda acontecer frente a las divinidades “terribles”, a menos que, en la vida, no nos hayamos consagrado a cultos especiales. El velo de la ilusión se hace así paulatinamente siempre más espeso, en un progresivo menoscabo, equivalente a una disminución de la luz interna. Se cae, nos acercamos al destino de pasar nuevamente a una forma finita y condicionada de existencia que, por lo demás, no está dicho que sea nuevamente y terrestre como querrían aquellos que asumen como un dogma, de manera grosera y simplista, la teoría de la reencarnación.

Pero el que se “acuerda”, hasta el último momento tendría posibilidades; los textos en cuestión indican en efecto acciones espirituales, por medio de las cuales o se logra “abrir la matriz”, o bien, por lo menos, se logra “elegir” – elegir el plano, el lugar y el modo de la nueva manifestación, del nuevo estado de existencia, entre todos aquello que, en un último y supremo momento de lucidez, se revelarían a la visión del muerto. La reaparición en el mundo condicionado acontecería a través de un proceso que, en estos textos tibetanos, presenta una singular concordancia con varias posturas del psicoanálisis, y que implicaría una interrupción de la continuidad de conciencia: se borra el recuerdo de las anteriores experiencias suprasensibles, pero se mantiene sin embargo, en el caso de un “nacimiento elegido” el impulso, la dirección. Se tendrá así un ser que, aun hallándose nuevamente en la situación de experimentar la vida como “un viaje en las horas de la noche”, se encuentra animado por una vocación superior, es conducido por una fuerza de lo alto, no es uno de aquellos seres vulgares destinados a “perderse como una flecha lanzada en la oscuridad”, sino un “noble” al que un impulso más fuerte que él lo impulsará hacia el mismo fin hacia el cual en la primera prueba se ha venido a menos, pero que ahora, como un nuevo poder, será nuevamente enfrentada.

Singulares perspectivas se abren pues con estas enseñanzas, fundadas en una tradición milenaria. Cualquier cosa pueda decirse de los mismos, una cosa es segura: los horizontes, con tales enseñanzas, son ampliados, en modo tal que las oscuridades, las tragedias, las contingencias de esta vida humana no pueden sino resultar relativizadas. Aquello que, en una especie de pesadilla, se podía considerar como definitivo, puede no ser sino un episodio, con respecto a algo más fuerte y más alto, que no comienza con el nacimiento y que no concluye con la muerte y que puede aun valer como principio de una calma superior y de una incomparable, inquebrantable seguridad ante toda prueba.

(La Stampa, Diciembre de 1943).

Incluido en :; http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Ultratumba.htm

 

El mayor peligro. Julius Evola.

El mayor peligro. Julius Evola.
Biblioteca Evoliana.- Vale la penaleer y releer este articulo publicado por Evola en la revista conservadora "Il Conciliatore" en noviembre de 1958 en plena Guerra Fría. Evola advierte: existe un peligro inmediado -la URSS-, de carácter material dada la brutalidad del stalinismo. Ahora bien, la tosquedad del peligro stalinista no puede hacer olvidar que, desde el punto de vista del espíritu existe un enemigo aún más peligroso: el americanismo. El artículo fue traducido al castellano y publicado por primera vez en la web del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires.

 

 

EL MAYOR PELIGRO

por Julius Evola

No hay duda alguna de que, desde un punto de vista material y político, Rusia con sus derivaciones comunistas constituye hoy para nosotros el mayor enemigo: ello por el mero hecho de que un triunfo del mismo equivaldría a la inmediata eliminación física de todos aquellos que en Europa aun defienden una superior idea de la existencia humana y del Estado. Por tal razón, debido al actual encuadramiento internacional, quedan totalmente justificadas desde el punto de vista práctico, todas aquellas medidas defensivas y de profilaxis que, a través de un bloqueo capitaneado por Estados Unidos, puedan marginar el peligro ruso. E incluso se puede estar también del lado de tal país, al no estarnos concedida, por el momento, otra alternativa posible. Las premisas para una “tercera fuerza” que pueda desarrollarse en el campo de la gran política mundial, son lamentablemente inexistentes hoy en día.

Sin embargo las cosas se encuentran en una manera distinta si del plano material se pasa al espiritual. En tal plano, para todo aquel que se encuentre orientado en el sentido de una verdadera Derecha tradicional, debería mantenerse firme lo que fue reconocido en manera clara durante el período del Eje, es decir, que Rusia y Estados Unidos representan dos caras de un mismo mal, dos aspectos de una misma negación. Así pues el hecho de que materialmente y militarmente por el momento no podamos no apoyarnos en el encuadramiento “atlántico” no nos debería llevar a formular entre nosotros y Norteamérica, una distancia interior menor que la que nos separa de la Rusia soviética. Las tácticas político-militares antes mencionadas no nos deberían llevar en manera alguna a un vasallaje intelectual.

En efecto, en el domino de la cultura, defenderse de Norteamérica es sumamente más importante que defenderse de todo aquello que proviene de Rusia. Afuera de un campo estrictamente material, el peligro comunista es efectivamente mínimo. A pesar de las veleidades de unos pocos intelectuales cuyo encuadramiento se hace siempre más exiguo, una “cultura” comunista puede reputarse como inexistente. La nueva “civilización proletaria” existe tan sólo como un slogan de agitadores. Se sabe que en los países no dominados por parte de la Rusia soviética, el “comunista”, prácticamente, no es sino el obrero que aspira a hacer propios los modos y los tenores de vida del “burgués”; y aquí es donde comienza y termina todo el potencial sugestivo de la propaganda correspondiente, lo cual es sumamente ostensible para todos nosotros. En los mismos países comunistas, empezando por Rusia, no es el caso de hablar de un “hombre nuevo”, si se prescinde de estrecho círculo de un minúsculo grupo de “puros” y de fanáticos. Por su carácter rudimentario y su craso materialismo, las mismas condiciones marxistas son tales que es suficiente con tener un mínimo de forma interna y de sensibilidad espiritual para advertir todo su carácter bárbaro y ajeno a cualquier sentido mínimamente superior. Así pues, mientras no tengamos que padecer una ocupación, para nosotros la Rusia soviética y el comunismo no representan culturalmente un peligro verdadero. Sumamente diferentes se encuentran las cosas si tenemos que remitirnos a Norteamérica. La americanización de nuestro continente se encuentra en pleno desarrollo y –lo que es más preocupante– posee un carácter que parece espontáneo y natural. A tal respecto es dable decir que quizás sea Italia el país que se encuentra a la vanguardia de todas las demás naciones europeas en su actitud de aceptar pasiva y obtusamente la influencia norteamericana en la cual ella ve la quintaesencia de todo aquello que es verdaderamente “moderno”, interesante, grandioso, digno de ser imitado e importado. Esta fascinación, cuyas formas son múltiples, no ahorra casi a ningún estrato de la población. Cine, radio, televisión, prensa escrita, son los principales focos de todo esto. Y puesto que se trata del dominio de la vida ordinaria de los ciudadanos, nadie se preocupa políticamente de esta intoxicación, nadie se preocupa de perder el amor propio, ningún límite es puesto para asegurar al italiano medio un mínimo de dignidad, de decoro, de independencia interior y también, de libertad y de reflexión. Con respecto a esto último no queremos decir para nada que en una época como la actual tengamos que permanecer cerradamente apegados a lo nuestro sin importar su valor. Podemos también abrirnos a experiencias propias de una vida más vasta, pero eligiendo, discriminado, teniendo una medida propia, no lanzándonos hacia un solo lado, como acontece en cambio hoy en día con relación a la influencia norteamericana.

Un ejemplo típico, si bien archisabido, nos es dado con la llamada música ligera y con el jazz. A tal respecto entre nosotros circula casi con exclusividad mercadería norteamericana o de tal tenor. En la R.A.I., por lo menos en los dos tercios de sus programas, no se siente cantar en otra lengua que no sea el inglés, y no se escuchan sino orquestas norteamericanas o del estilo. Se ha llegado hasta el límite de que se difunden ejecuciones y “arreglos” norteamericanos incluso en temas italianos y vieneses. Una de las más bellas danzas del Príncipe Igor se ha hecho popular entre nosotros a través de un pegajoso “arreglo” aparecido en una película norteamericana, y los ejemplos abundan. Ante tal pasividad, todo aquello de interesante, de menos estereotipado, de más variado y de mucho más cercano a nuestra naturaleza que podrían ofrecernos por ejemplo la Europa central o centro-oriental, vale como inexistente para los compiladores de los programas. Aun desde el punto de vista de la lengua no se entiende cómo al italiano no le repela el inglés (en especial el inglés yanqui), en cuanto a la pronunciación y cadencia, y no se haya sentido más alejado del mismo que de cualquier otra lengua.

Y resulta a su vez sumamente triste y exasperante que ante tal estado de cosas no haya surgido ninguna reacción espontánea, popular para hacer frente a semejante esnobismo y mal gusto de usos ya difundidos que “hacen mucha América”, por parte de una cierta jerga existente en los modales y en las vestimentas, en especial cuando se trata del sexo femenino. A ciertas jóvenes fanáticas de los pantalones y de los blue jeans se los haríamos endosar no en habitaciones lujosas o en halls de hoteles, sino en un campo de concentración, en donde en verdad los mismos corresponden, dado que en su origen tal indumentaria, incluso en los Estados Unidos, era usada exclusivamente en el más duro mundo del trabajo. En ciertos casos especiales un gobierno serio se sentiría obligado a intervenir. En cambio no se ha encontrado nada para decir, por ejemplo, en el hecho de que un grupo de jóvenes de la aristocracia italiana haya ido en tournée a América, poniendo bien de relieve justamente su carácter de nobles, pero tan sólo para exhibirse como modelos, al servicio de una clientela yanqui bien provista de dólares.

En el mismo campo de la literatura, serían sumamente deseables ciertas reacciones. Así pues hallamos la novela norteamericana acompañada de una inflación de traducciones italianas que muchas veces se trata de obras de un nivel ínfimo, vinculadas a ambientes extraños y mezquinos, privados para nosotros de cualquier interés. Debería ser a su vez advertido el peligro de los denominados “intercambios culturales”. Es sabido que sobre la base de un grupo de leyes –la Fullbright y la Smith-Mundt Law– los Estados Unidos han abierto créditos en Europa y especialmente en Italia para estadías y sueldos de jóvenes en ambientes y colleges norteamericanos: con relación a ello hay justamente una oficina especial en la embajada de los Estados Unidos. Y como si esto no bastara, el gobierno italiano ha aportado su cuota, para incrementar tales intercambios, que se resuelven generalmente en otras tantas ocasiones de intoxicación intelectual. En efecto, lamentablemente sobre el joven que no tenga una forma mentis propia, unos principios verdaderos y buen sentido, puede impactar mucho todo aquello que Norteamérica nos presenta en el campo práctico y con su aparente facilidad de vida. Hemos comprobado varias veces esta experiencia respecto de quienes han regresado de los Estados Unidos. Y ello no tan sólo entre gente común, sino entre alguien perteneciente a la más antigua nobleza europea hemos escuchado decir tranquilamente que así como en la antigua área imperial se iba a Roma para formarse, de la misma manera acontecía hoy en día con Norteamérica comprendida como la nueva nación-guía.

Dado el clima de irresponsable democracia hoy vigente en Italia, es imposible que hablemos de un sistema organizado de defensa de tal tipo. Ello puede ser tan sólo algo perteneciente a unos pocos que se encuentran aun espiritualmente de pié. A éstos les correspondería dar el ejemplo con energía. Sin polémicas ni animosidad debe considerarse todo lo yanqui con una fría curiosidad, invirtiendo los roles: remitiendo a Norteamérica al rango de una provincia, de una excrescencia periférica en donde se ha centralizado y desarrollado hasta el absurdo todo aquello que de negativo había producido la civilización última de Europa. Y cuando algo perteneciente a lo norteamericano tuviese que ser admitido, se lo tendría que hacer manteniendo la mirada libre, considerando simultáneamente otras perspectivas, otras posibilidades, otros valores, en un marco tal en el cual, cualitativamente, Norteamérica represente tan sólo un episodio, y su pretensión de ser la portadora de la forma más alta alcanzada por la civilización humana, al cual el resto del mundo debe ser elevado bajo el signo de la democracia, se nos aparezca como una broma de mal gusto.

(de Il Conciliatore, Noviembre 1958)

 

 

El peligro wagneriano. Julius Evola

El peligro wagneriano. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este artículo traducido y publicado en la web del Centro de Estudios Evolianos de la República Argentina, desarrolla alguna de las ideas contenidas en "El Misterio del Grial": a sabar, que Wagner adulteró las leyendas nórdicas que utilizó como base para algunas de sus óperas. Evola achaca a Wagner adulterar estos temas dándoles una interpretación cristiana, dentro de un marco romántico, sentimental, descontextualizado. El hecho de que teósofos como Roso de Luna, Edouard Schuré o Rudolf Steiner hayan atribuido a Wagner el dudoso honor de considerar como un "gran iniciado" es, en cualquier caso, significativo. El artículo fue publicado en el Correo Padano el 6 de marzo de 1937.

 

EL PELIGRO WAGNERIANO

por Julius Evola

Acontece casi siempre que no se pueda profesar un antiwagnerismo, sin que se piense enseguida en una animadversión hacia la música de Wagner en nombre de tradiciones artísticas anteriores, o de música italiana, o de música sinfónica clásica. Por cuenta nuestra, no consentiremos nunca entrar en tal dominio, puesto que, a nuestro parecer, todo se reduce a preferencias en gran medida personales y sentimentales. Existe en efecto un “caso Wagner” que hoy en día se encuentra muy lejos de haber perdido su actualidad: pero en un plano diferente y por lo tanto no en relación con el significado que tiene el arte de Wagner en sí mismo, sino con respecto a gran parte del material y de las tradiciones de las cuales él recabó, tal como se suele decir, su inspiración.

Decir algo a tal respecto es útil desde un punto de vista que no es simplemente abstracto y doctrinal. R. Wagner, con la poderosa influencia ejercida en sus contemporáneos y aun no apagada hoy en día, se encuentra entre los mayores responsables de equívocos muchas veces graves, los cuales han determinado más de una antítesis artificial. Si por ejemplo, entre nosotros Manacorda, con muchos otros, ha formulado en lo referente al antiguo mundo nórdico, la broma de mal gusto de la “selva” por contraposición con el “templo”, ello no habría sido posible sin la deformación y la romantización de aquel mundo, debida en gran medida justamente a Wagner. Por supuesto, en esto Wagner no ha sido un caso aislado: ya existía en Alemania un ambiente en gran medida preparado para acoger su punto de vista y, a tal respecto, su influencia, por decirlo así “avanzó por sí misma”. Si también hoy en día examinamos las concepciones de los “neopaganos” más facinerosos, de aquellos que querrían lanzar todo hacia el mar, no sólo Roma católica, sino el mismo mundo imperial gibelino, y volver a los puros orígenes, al puro mito nórdico y a la pura leyenda heroica germánica, sería fácil reconocer, en tales construcciones, no algo verdaderamente originario, sino un romanticismo fantasioso, que no conduce demasiado más allá de las ideas y las interpretaciones difundidas por Wagner, revelándose así como un producto totalmente reciente y “moderno”, que tiene como principio no una realidad, sino un “mito”.

Aquí no puede tratarse de un análisis aun sumario del mundo wagneriano, sino sólo de lo que se refiere a las relaciones que se establecen entre arte y tradición. En un mundo marcado por la tradición –es decir, según el sentido que nosotros siempre damos a este término, por un sentido de conocimientos, de principios y de símbolos de origen y validez no simplemente “humanos”– en un tal mundo el arte no puede tener sino una función subordinada, y las pretensiones de un “arte puro”, fin en sí mismo, no pueden no aparecer sino heréticas y absurdas: aquí, el arte está destinado a conferir, con los medios específicos propios, vida y evidencia a un contenido tradicional, sin alterarlo en modo alguno, dándole tan sólo una especial expresión y sensibilización, de modo tal de convertirlo en accesible también a aquellos que son incapaces de una comprensión intelectual directa. Por esto, en los tiempos más antiguos el artista tuvo siempre algo de “vate”: se le solicitaba no tanto la función de “crear” o de “inventar” sobre la base de una originalidad, sino la de elevarse hasta un determinado conocimiento supra racional, al cual su genialidad y humanidad de artista le debía luego permanecer estrechamente fiel.

Justamente lo contrario es lo que ha acontecido en el mundo moderno, el cual por lo tanto puede ser llamado en forma indiferenciada como “antitradicional” como “humanista”. Sobre todo, tal como es sabido, el arte, del mismo modo que lo demás, se emancipa y se humaniza. Hasta aquí poco es malo: es poco malo aun que el arte se reduzca a crear fantasmas subjetivos, a suscitar “estados de ánimo”, más o menos elevados y líricos, a ser el mediador complaciente de la sentimentalidad humana. El verdadero mal comienza allí donde el arte moderno, luego de haberse emancipado y humanizado de esta forma, echa mano a formas tradicionales, utilizándolas como nuevos “temas” y nuevas fuentes de inspiración. En una tal coyuntura toda relación normal resulta invertida, y como resultado se tiene una profanación, en el sentido más riguroso del término: aquello que no es “humano” –la tradición– se convierte en instrumento y medio para lo que es humano, es decir, para la creación artística; en el centro se encuentra la “personalidad del artista”, lo demás se le encuentra subordinado, no adquiere vida sino en función de la misma, es decir, en función de algo puramente subjetivo. Allí donde el arte tradicional o “sagrado” (“sagrado” sin embargo no en sentido simplemente religioso y eclesiástico: epopeyas, mitologías, símbolos, etc. entran en tal idea más vasta de lo “sagrado”) espiritualizaba a lo humano, el arte, del cual hablamos aquí, viene en cambio a humanizar y a deformar incluso lo espiritual.

Y tal es en modo característico, también el caso de Wagner. Se dice que él ha revelado a sus contemporáneos el antiguo y olvidado mundo nórdico del Eda, de los Nibelungos, del Grial. Lo contrario es lo opuesto: él ha perjudicado toda comprensión efectiva de un tal mundo con su interpretación romántica, vagamente “heroica”, místico-erotizante e ininterrumpidamente “humanista”, en suma, con un espíritu, lejano como cielo de la tierra, del que es propio del tema, y por lo tanto llevado a asumir, en las diferentes tradiciones, sólo los aspectos más condicionados, y tradicionalmente insignificantes. Y naturalmente, la música, entre las diferentes artes, es la que más podía prestarse para propiciar una tal desviación.

Para mostrar las divergencias que los mismos temas poseen en la ópera wagneriana por un lado, en las tradiciones originarias por el otro, o bien lo que en la primera se encuentra como arbitrariamente agregado o inventado, no se terminaría más, y nosotros ya hemos dicho que no es éste el lugar para entrar en detalles. Haremos tan sólo mención a que sobre todo en lo relativo al antiguo mundo nórdico (ciclo de los nibelungos, Parsifal, Lohengrin) la ópera de Wagner tiene, desde el punto de vista en el cual nosotros nos ubicamos, los caracteres de una verdadera y propia adulteración. Todo es llevado exactamente al nivel de un escenario operístico, el elemento humano y pasional suplanta violentamente todo elemento simbólico y metafísico, todo se convierte en oscuro, inestable, fatalista, turbiamente “heroico” por un lado, malamente “místico” por el otro, no sólo en las circunstancias de los seres morales, sino incluso en las de los celestes; se habla románticamente de Crepúsculo de los dioses, allí donde en cambio se trata simplemente del “cumplimiento de un ciclo” en conformidad con leyes cíclicas, que cualquier tradición conoció: oscurecimiento temporáneo de lo divino que retomará la vida olímpica en otra era. Se lleva la historia del Grial desde el plano del misterio “solar” e imperial de la “piedra de luz” al de una historieta místico-cristiana moralizada por el obligado complejo culpa-amor-redención. La verdadera misión de Lohengrin desaparece en puras divagaciones inficionadas de erotismo. El cual naturalmente sumerge todo en otra leyenda, el contenido más profundo de la cual se sustrae mayormente al ojo inexperto, la de Tristán e Isolda, y se proyecta en el místico epílogo de estilo happy end americano, privado de cualquier vínculo con la leyenda, del Buque Fantasma. Y así se podría fácilmente continuar.

Pero aquí se nos objetará que una cosa es hacer arte, y otra darse a especulaciones metafísicas y a exégesis tradicionales; y que no se pretenderá que un teatro o una sala de conciertos se transformen en una alta escuela. Ello es cierto. Sin embargo hay que saber entonces qué es lo que verdaderamente se quiere. En tanto existiese con la debida autoridad una élite en posesión del justo conocimiento, desarrollos arbitrarios de tal tipo no serían tan peligrosos, todos sabrían que se trata tan sólo de “arte” y con el goce estético cual hoy se lo concibe, todo concluiría. No es lo mismo en un mundo que efectivamente parece haber perdido totalmente sus verdaderas tradiciones y que lo demuestra, creyendo acercarse a través de interpretaciones, como por ejemplo las wagnerianas. ¿Y no se ha visto acaso a Schuré y a Steiner llegar hasta el límite de declarar a Wagner como un “iniciado”? En tal circunstancia el arte se muestra tanto más un instrumento de perversión, en tanto más alta, supraestética, es la misión reveladora que la misma supone desarrollar. No repetiremos lo que hemos revelado al comienzo, es decir que justamente a influencias de tal tipo se debe buena parte de la desviación ideológica de ciertos ambientes alemanes contemporáneos, tal como el de Chamberlain y de su interpretación del germanismo. Insistiremos más bien en decir que de todo esto se está formando un “mito” (identificado con una presunta tradición nórdica) el cual, de acuerdo a lo que suele acontecer en cada procedimiento hipnótico, termina convirtiéndose en verdadero. A un mito entonces se le contrapone otro, a la historia de la “selva” la del “templo”, al mundo nibelúngico, otro mundo por igual fantástico, “construido”, inexistente y, en su carácter puramente polémico, por igual alejado de aquella atmósfera de claridad, de controlada visión y de universalidad, de la cual, en cada pueblo, antes de adaptarse a las condiciones específicas propias del mismo, recaba su origen toda forma verdaderamente tradicional.

(De Corriere Padano, 6 de marzo de 1937)