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Acerca de la "Fidelidad". Julius Evola

Acerca de la "Fidelidad". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.-  Julius Evola publico este artículo en la revista conservadora "Il Conciliatore" en febrero de 1972. A lo largo de las páginas de este artículo, Evola pasa revista al concepto de la fidelidad tal como fue entendido en las distintas tradiciones. En ese "últimísimo período" de Evola, una parte de sus artículos -y en especial los publicados en la revista "Il Conciliatore", tendían a exaltar los valores militares en tanto que entreveía en las fuerzas armadas, el último rescondo de la casta militar y, por ello, de las sociedades tradicionales. El artículo fue traducido y publicado por la web del Centro de Estudios Evolianos de Argentina.

 

 

ACERCA DE LA “FIDELIDAD”

Julius Evola

Puede no hallarse privado de interés volver a evocar algunos ideales éticos que tuvieron una particular fuerza y un prestigio en las anteriores civilizaciones de nuestras mismas razas y que fueron un factor de su grandeza, mientras que por otra parte se encuentran prácticamente desvanecidos en las bajuras del mundo actual. Uno de tales casos es el relativo a la fides.

En latín el sentido de tal término no es la “fe”, sino sobre todo la fidelidad: a un compromiso, a un juramento, a un pacto, a la palabra empeñada, a un vínculo libremente aceptado. Más allá del mundo meramente humano, la fides se convierte en “fe”, se extiende a las relaciones con potencias superiores, y entonces ella funda la religio, término que en su origen significaba “vinculación”: vinculación entre el individuo y lo divino. El presupuesto existencial de la fides en el primer sentido y, simultáneamente, aquello de lo cual la misma es su manifestación, es la virtus, no en su acepción moralista o incluso sexual, sino en el de una firmeza interior, de una derechura.

Por lo tanto es a la romanidad antigua que nos podemos referir en primer lugar con relación al ideal en cuestión. En tanto se le diera a la fides la figura de una diosa, en Roma la misma fue objeto de un culto entre los más antiguos y sentidos. Fides romana, se decía ya en tiempos prehistóricos; alma fides, fides, sancta, casta, incorrupta, se dirá más tarde. La misma es una característica de los romanos, afirma Livio, ella define al romano ante el “bárbaro”, en la antítesis de una norma de una adhesión incondicionada a un pacto jurado y la conducta de quien en cambio sigue a las contingencias y la oportunidad, bajo el signo de aquella entidad que era denominada “Fortuna”. Máxima era la adhesión a aquella norma entre los antiguos, nos refiere Servio, máxima erat apud majores cura fidei. Con su decadencia, advierte proféticamente Cicerón, también la virtus decae, así como la costumbre, la interior dignidad y la fuerza de los pueblos.

Es así como la fides en Roma pudo tener un templo simbólico, aedes Fidei populi romani, en el centro de la ciudad, en el Capitolio, cerca del tempo del máximo Dios, de Júpiter. Esta contigüidad posee un significado particular. De la misma manera que Zeus entre los Griegos, Mitra entre los Iranios, Indra entre los Hindúes, Júpiter, representación romana de un no diferente principio metafísico, era en Roma el dios del juramento y de la lealtad. Cual dios del cielo luminoso, Lucetius, él era también el de los pactos jurados, del compromiso claro y privado de reticencias. Se decía: Jovis fiducia: con lo cual la fides recibía un crisma religioso y una sanción sobrenatural.

Y este valor se insertó también en la realidad política. Así pues el mismo Senado pudo aparecer como un “templo viviente de la fidelidad”, fides templum vivum, y a veces el mismo se reunía alrededor del altar capitolino de la diosa. Por otro lado, el emblema más corriente para la fides fue el estandarte del águila de las legiones, y la fidelidad asumió la forma esencial de fidelidad guerrera ante el jefe y el soberano, fides equitum, fides militum. La mencionada interferencia con la esfera sagrada encuentra una nueva confirmación en el hecho de que en Roma existió una enigmática relación entre los conceptos de fidelidad, de victoria y de vida inmortal. A la Victoria, concebida y personificada como una entidad mística, el Senado romano le prestaba en efecto su juramento de fidelidad con un rito tradicional que fue el último en resistir ante el advenimiento de los nuevos cultos cristianos: fides Victoriae. La síntesis más sugestiva fue, a tal respecto, una representación de la época imperial en la cual la Fides personificada y divinificada lleva entre otras cosa la imagen de la Victoria y un globo sobrevolado por el fénix, es decir por el simbólico animal de las resurrecciones, mientras que en lo alto se ve a un emperador en el acto de sacrificar a Júpiter, mientras que es coronado por la Victoria.

Puesto que con el Sacro Imperio Romano en el Medioevo retornó la idea romana, en el mismo se tuvo un retorno de la ética de la fidelidad, que, como una común herencia indoeuropea, era propia en modo eminente de las estirpes germánicas. De este modo trust, Treue, fides, o como se pudiese haber denominado un mismo principio, tuvo un papel esencialísimo en el mundo medieval, en especial en el feudal, del cual se constituyó en la premisa fundamental, Se puedo hablar de un sacramentum fidelitatis y un dicho del Código Sajón, del Sachenspiegel fue: “Nuestro honor se llama fidelidad”, mientras que en la epopeya de los Nibelungos, en el Niebelungenlied, se encuentra el dicho de que “la fidelidad es más fuerte que el fuego”.

La tradición se perpetuó más allá del Medioevo sobre todo en el área germánica, en modo tal que en Alemania se buscó casi, con un monopolio unilateral, de convertirla en una característica nacional o de raza acuñando la fórmula Deutsche Treue, es decir: “fidelidad germánica”. No hay duda sin embargo de que el concepto de fidelidad tuvo un particular relieve en el prusianismo, en especial en el ejército, en el cuerpo de los oficiales y en la nobleza, y se sabe que la imposibilidad que se sintió de violar la fidelidad al juramento prestado fue aquello que bloqueó acciones intentadas en contra de Hitler, a pesar de todo aquello que podría haber justificado, desde un cierto punto de vista, tal infracción. Por otro lado, uno de los aspectos positivos del nacional socialismo fue su intento  de poner justamente en la fidelidad, asociada al honor, como fundamento de una reconstrucción orgánica y antimarxista de la economía. En la correspondiente legislación, en contra del clasismo, de la lucha de clases y del sindicalismo, se postulaba la solidaridad ética. El empresario habría tenido que corresponder a la figura de un jefe (Führer), con una correspondiente autoridad y correspondientes responsabilidades, las maestranzas a la de un “séquito” propio (Gefolgshaft) asociado a él y fiel en la actividad productiva. Un denominado “tribunal de honor” era llamado a dirimir los eventuales conflictos.

Lamentablemente en la moderna área latina los mencionados principios no han tenido la misma fuerza, ello en gran medida también por el predominio de la tendencia individualista. En el plano político militar se recuerde el caso, en la última guerra, del comportamiento del Soberano italiano cuando le dio al embajador alemán la seguridad formal de que Italia seguía combatiendo del lado del aliado, mientras que simultáneamente a ello había establecido acuerdos con el enemigo; agréguese a ello su actitud respecto de Mussolini. Las distintas circunstancias contingentes que pueden haber justificado una tal conducta desde el punto de vista pragmático, no reflejan de ninguna manera la ética de la cual la Roma antigua, tal como se ha visto, se sentía tan orgullosa. Quizás en Italia la última manifestación de tal orientación se la tuvo al final de la segunda guerra mundial, cuando un número no indiferente de Italianos no hesitó en batirse aun en posiciones perdidas justamente en el nombre del principio de la fidelidad y del honor.

Hoy en día todo esto aparece como anacrónico o vale tan sólo como una mera retórica, tan grande es la prevalencia de un tipo de hombre fugaz y sin carácter, siempre listo a cambiar de bando de acuerdo a la dirección hacia la que sople el viento y movilizado tan sólo por un bajo interés. La democracia es el suelo más apto para la “cultura” de un tipo semejante. En realidad, existe una relación estrecha entre fides y personalidad. La fidelidad es algo que no se puede ni vender ni comprar. A una ley se la obedece, a una necesidad uno se pliega, la conveniencia puede ser sopesada, pero la fides, la fidelidad, tan sólo el acto libre de una interior nobleza puede establecerla. Fides significa pues personalidad.

(De Il Conciliatore, Febrero de 1972)

 

Espiritualidad pagana en el seno de la Edad Media Católica. Julius Evola

Espiritualidad pagana en el seno de la Edad Media Católica. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Hace veinte años tradujimos este artículo aparecido en la revista "Kalki", publicada por Editorial Pardès. El artículo fue impreso por Ediciones Alternativa en 1988, en la colección "DisidenciaS". Ignoramos en qué revista apareció por primera vez. Es fácil reconocer en los temas tratados en este artículo el capítulo V de la Segunda Parte de "Revuelta contra el Mundo Moderno". El artículo es importante porque explica los dos filones que contribuyeron a la creación de lo mejor de la Edad Media y a la formación del catolicismo medieval: la tradición romana y la tradición nordico-germánica.

 

LA ESPIRITUALIDAD PAGANA

EN EL SENO DE LA EDAD MEDIA CATÓLICA

I. INTRODUCCION

Quien haya tenido ocasion de leer regularmente nuestros artículos y especialmente los publicados en diversas ocasiones en Vita Nuova, conoce ya el punto de partida que será el hilo conductor de las presentes notas: nos referiremos a la idea de una oposición fundamental entre dos actitudes distintas del espíritu en las que es preciso ver el origen de dos tradiciones bien diferenciadas, tanto sobre el plano histórico como suprahistórico.

La primera, es la actitud guerrera y real, la segunda, la actitud religiosa y sacerdotal. Una constituye el polo viril, la otra, el polo femenino del espíritu. Una tiene como símbolo el Sol, el "triunfo", corresponde al ideal de una espiritualidad cuyas consignas son la victoria, la fuerza, el poder ordenador y que afecta a todas las actividades y todos los individuos en el seno de un organismo simultáneamente temporal y supratemporal (el ideal sagrado de Imperium), afirmando la preeminencia de todo lo que es diferencia y jerarquía. La otra actitud tiene por símbolo a la Luna, es como ella, recibe de otro la luz y la autoridad, se remite a otro y vehiculiza un dualismo reductor, una incompatibilidad entre el espíritu y la potencia, pero también una desconfianza y un desprecio por toda forma de afirmación superior y viril de la personalidad: lo que la caracteriza es el pathos de la igualdad, del "temor de Dios", del "pecado" y de la "redención".

Lo que la historia -hasta nuestros días- nos ha mostrado sobre la oposición entre autoridad religiosa y poder "temporal", no es sino un eco, una forma tardía y materializada, en la que ha degenerado un conflicto que, desde el origen, se refiere a esos dos términos, es decir, un conflicto entre dos autoridades, igualmente espirituales, entre dos corrientes referidas con el mismo título, aunque de manera opuesta, al supramundo.

Hay más: la actitud "religiosa", lejos de corresponder sin más a lo espiritual y agotar lo que emana del dominio supremo del espíritu, no es más que un producto, relativamente reciente, de procesos degenerativos que han afectado a una tradición espiritual más antigua y primordial, de tipo precisamente "solar". En efecto, si examinamos las instituciones de las civilizaciones tradicionales más grandes -de China a Roma antigua, de Egipto a Irán, del Perú precolombino al viejo mundo nórdico-escandinavo- encontramos constantemente, bajo rasgos uniformes, la idea de una fusión absoluta de los dos poderes, el real y el espiritual; respecto a la jerarquía, no encontramos una iglesia, sino una "realeza divina", no el ideal del santo, sino el de aquel que, por su naturaleza superior misma, por la fuerza imprecante del rito en tanto que "técnica divina", juega, en relación a las potencias espirituales (o "divinidades") el mismo papel viril y dominador que un jefe militar ante sus hombres. Es un proceso de desvirilización espiritual que, a partir de aquí, ha conducido a la forma religiosa, luego -aumentando constantemente la distancia entre el hombre y Dios, y la servidumbre del primero respecto al segundo en beneficio exclusivo de la casta sacerdotal- ha terminado por minar la unidad tradicional dando lugar a la doble antítesis de una espiritualidad antiviril (sacerdotalidad) y una virilidad material (secularización de la idea de Estado y de Realeza, materialización de las aristocracias antiguas y sagradas). Si se debe a las ramas arias las formas luminosas de las antiguas civilizaciones "solares", en Occidente, hay que atribuir sobre todo al elemento levantino el triunfo del espíritu religioso, desde la asiatización del mundo greco-latino, hasta la decadencia de la idea imperial augusta y la llegada misma del cristianismo. En las presentes notas nos proponemos aclarar algunos aspectos poco conocidos de la civilización medieval, a fin de demostrar que incluyó el intento (tanto visible como oculto) de una gran reacción, la voluntad de reconstruir una tradición universal cuyo fin, a pesar de las apariencias formales y la concepción corriente de la Edad Media como una edad "católica"por excelencia, es anticristiana o, más bien, supera el cristianismo.

II. EL DESPERTAR NORDICO-ARIO DE LA ROMANIDAD

Muy verosimilmente, esta voluntad de restauración extrae su origen primigenio de las razas nórdico-bizantina, es un hecho universalmente reconocido.

En los más antiguos testimonios -comprendidos, desde cierto punto de vista, las indicaciones del mismo Tácito-, estas razas aparecían como un tipo extremadamente próximo a los Aqueos, los paleo-aranas, los paleo-romanos y, en general, los nórdicos-arios, que se habría conservad, por decirlo de alguna manera, en el estadio de una pureza "pre-histórica".

Y el hecho de que, en razón de sus rasgos superiores rudo, sin florituras, groseros y agriamente esculpidos en su existencia y en sus costumbres, estas razas hayan podido aparecer como "bárbaras" frente a una civilización que, por un lado había degenerado bajo el peso de estructuras jurídico-administrativas y, por otro, se había ablandado en afanes de refinamiento hedonistas, literarios y ciudadanos, siendo casi sinónimos de decadencia, este contraste no pudo impedir casi que estas razas vehiculizaran en propiedad y albergasen en sus mitos y en sus leyendas la profunda espiritualidad de una tradición aria original, cuyo soporte era una existencia impregnada de relaciones guerreras y viriles, de libertad, de honor y fidelidad.

Por otra parte constatamos que no era el espíritu "religioso", sino el perteneciente al espíritu "heroico", emanado de las encarnaciones de las divinidades principales el que, en su origen, estas razas desconocían y veneraban.

Es el panteón de los Asen, en lucha perpetua contra los "gigantes" y las naturalezas elementales de la tierra; es Donnat-Thor, destructor de Thyr y de Hymir, el "fuerte entre los fuertes", el "irresistible", el dueño del "abrigo contra el terror"; es Odin-Wotan, el dador de la victoria, el detentador de la sabiduría, el huésped de los héroes inmortales que las Walkirias elegían sobre los campos de batalla a los que hacían sus propios hijos -el Señor de los batallones tempestuosos, aquel cuyo símbolo es idéntico al de la grandeza romana y de la "gloria" -hvareno irania-, el Aguila, cuya fuerza alimenta la sangre no-humana de las dinastías reales.Además, ya mezcladas con los hombres, tenemos razas heroicas, como la de los Wälsungen, a la que pertenece Sigmun y Sigurd-rökr, contra el obscurecimiento de los dioses, símbolos de las edades sombrías que serán el destino de las generaciones futuras; tenemos a las razas reales góticas que se consideran como âmals, los "puros" o los "celestes" y que hacen remontar su origen a la simbólica Mitgarhz,la "tierra media", situada -como la Hiperbórea del Apolo solar y el Airymen-vaêjo de los aranas- en el extremo- Norte; tenemos una variedad de otros temas y mitos de origen ario muy antiguo, igualmente y siempre impregnados de espiritualidad guerrera y ajenos a toda relajación "religiosa".

Si, desde el exterior, la irrupción de los "bárbaros" ha podido parecer destructora por su contribución al hundimiento de la ordenación material del Imperio romano asiatizado, por el contrario, desde el punto de vista interior, significa una aportación vivificadora des espíritu ario, un nuevo contacto galvanizador con una fuerza aún en estado puro y que debía dar lugar a una lucha y a una reacción bajo el signo, precisamente de esta Romanitas y de este Imperium, que había extraído su grandeza, en el mundo antiguo, de su conformidad con un tipo de espiritualidad viril y solar. Tras los primeros siglos de nuestra era, los invasores tomaron en efecto conciencia de una misión de restauración. Su "conversión" deja casi intactos su ethos y su íntima tradición original que, un vez adoptado el símbolo de la antigua Roma, debía dirigirse contra la usurpación y la voluntad hegemónica de la Iglesia, mientras que al mismo tiempo emprenderían la formación, espiritual y material, de una nueva civilización europea. Sabemos que ya en el momento de la coronación del rey de los francos, que tenía lugar el día considerado por la Antigüedad como el del renacimiento del dios solar invencible (Natalis solis invicti), se adoptó la fórmula Renovatio Romano Imperii. Tras los francos, fueron precisamente los germanos quienes asumieron de una manera aún más neta esta función. La designación de su ideal imperial ecuménico, no fue "teutónico", sino "romano"; hasta en las tierras más alejadas, llevaron las señas y las divisas romanas; basilei y augusti, sus reyes se apropiaron del título de Romanorum Reges, y Roma permaneció siempre como la fuente simbólica de su Imperium y de su legitimidad.

Lo semejante se reconoce en lo semejante. Lo semejante despierta e integra a lo semejante. El águila paleonórdica de Odín se renueva con el águila romana de las legiones y del dios capitolino. El espíritu antiguo renace bajo nuevas formas. Se crea una gran corriente a la vez formadora y unificadora. La Iglesia, por una parte, se deja dominar -"romanizada" su propio cristianismo- para poder dominar a su vez, mantenerse en la cresta de la ola; y, por otra parte, resiste, quiere llegar al poder, privar sobre el Imperio. Si es en la tensión donde se liberan las luces más claras en significados, no es menos cierto que, si la Edad Media se presenta ante nosotros bajo el aspecto de una gran civilización "tradicional" en su expresión más perfecta, esto no es gracias al cristianismo, sino a pesar del cristianismo, en virtud de la aportación nórdica que no hacía sino uno con la idea antigua de la Roma pagana, y determina una fuerza actuante en dos direcciones: sobre el plano político y ético, a través del régimen feudal, de la ética caballeresca y del ideal gibelino; y sobre el plano espiritual de una manera oculta en el aspecto "interno" de la caballería e incluso de las Cruzadas, a través del mito pagano que reunía en torno a la idea imperial, a través de venas ocultad de una tradición que desembocará en Dante y en los Fieles de Amor.

III. EL ETHOS PAGANO DEL FEUDALISMO

Evidentemente es necesario detenerse sobre el carácter anticristiano del régimen social y de las ideales éticos de la Edad Media, en tanto que se trata de cosas conocidas por todos, con rasgos demasiado evidentes.

El régimen feudal caracterizó a la sociedad medieval. Tal régimen nació directamente del mundo nórdico-ario; se basaba en dos principios: individualidad libre y fidelidad guerrera, y nada le era más extraño que el pathos cristiano de la "socialidad", de la colectividad, del amor. Antes del grupo se encuentra aquí al individuo.

El valor más alto, la verdadera medida de la nobleza, desde la más antigua tradición nórdica (como desde la paleoromana), residía en el hecho de ser libre. La distancia, la personalidad, el valor individual eran elemento absolutamente unidos a toda expresión de la vida. El Estado, bajo su aspecto político temporal -al igual que según el antiguo concepto aristocrático romano- se resumía en el consejo de los jefes, permaneciendo cada uno de ellos libre y señor absoluto de su tierra, pater dux y sacerdote de su propia gens. A partir de tal consejo, el Estado se imponía como idea suprapolítica a través del rey, ya que este, en la antigua tradición nórdica, no lo era sino por su sangre "divina", por el hecho de no ser finalmente más que un avatar del mismo Odin-Wotan. Pero, en el caso de una empresa común de defensa o conquista, una condición nueva se superponía sobre la otra: se formaba espontáneamente una jerarquía rígida, un principio nuevo de fidelidad y disciplina guerrera se afirmaba. Un jefe -dux o heretigo- era elegido, y el libre señor se transformaba entonces en vasallo de un jefe cuya autoridad se extendía hasta el derecho de matarlo si dejaba de cumplir los deberes que había aceptado. Al termino de la empresa, sin embargo, se retornaba al estado normal, anterior, de independencia y de individualidad libre. El desarrollo que, de esta constitución paleonórdica, se desemboca sobre el régimen feudal, puede ser ante todo caracterizada por una identificación con la idea sacral del rey con la idea militar del jefe temporal. El rey encarna la unidad del grupo, incluso en tiempos de paz, mediante el refuerzo y la extensión a la vida civil del principio guerrero de la fides o fidelidad. En torno al rey, se forma una corte de "compañeros" -fideles- libres, pero encontrando en el ideal de la fidelidad, en el servicio a su señor, en el hecho mismo de combatir por su honor y su gloria, un privilegio y la realización de un modo de ser más elevado que el que, en el fondo, les correspondía en sí mismos.

La constitución feudal se elabora a través de la aplicación progresiva de este principio. Exteriormente, parece alterar la antigua constitución aria: la propiedad terrenal, de origen absoluto e individual, parece ahora condicionada; es un beneficium que implica lealtad y servicio. Sin embargo, no lo altera en profundidad más que allí donde la fidelidad dejó de ser concebida como una vía que permitiera alcanzar una libertad verdadera, bajo una forma superior y supraindividual. Sea como fuere, el régimen feudal fue un principio y no una realidad petrificada; fue la idea genérica de una ley de organización directa que dejaba campo libre al dinamismo de las fuerzas, así mismas, libres, alineadas unas bajo las otras o unas junto a otras, sin medios términos y sin alteraciones -vasallo frente soberano y señor frente a señor- de manera tal que todo -libertad, gloria, honor destino- pudo reposar sobre el valor y sobre el factor personalidad, y no - o de manera mínima- sobre un elemento colectivo o sobre un poder "público". Aquí puede decirse que el mismo rey podía perder y reconquistar en cualquier momento sus prerrogativas.

Probablemente, el hombre no ha sido tratado jamás de una manera más severa e insolente, y sin embargo este régimen fue una escuela de independencia y de virilidad, y no de servidumbre; en este marco, las relaciones de fidelidad y de honor supieron ofrecer un carácter de pureza y de absolutez que, posteriormente, no se alcanzaría jamás.

Llegados a este punto, no hay necesidad de extenderse mucho para demostrar como esta constitución, que fue característica del espíritu de la Edad Media, no tenía gran cosa en común con el ideal social judeo-cristiano. En ella, por el contrario, reaparecía esta fides que, antes de ser la deutsche Treue, fue la fides de los romanos; objeto de uno de los más antiguos cultos, hizo decir a

Tito Livio que caracterizaba de la manera más rotunda al Romano del "bárbaro", y nos remite al ideal de la bhakti de los arios de la India, recordando sobre todo el ethos pagano que anima a las sociedades iranias; si, junto con el principio de autoridad y de fidelidad hasta el sacrificio (no solo en la acción sino también en el pensamiento) volcada a los soberanos deificados, se afirmaba también el principio de la fraternidad, esta última permanecía como totalmente extraña al sentimentalismo femenino y comunistizante introducido por el cristianismo. Las cualidades viriles, hasta sobre el plano de la iniciación (cfr. el mitraismo), tenían un valor más elevado que la compasión y la mansedumbre, de forma que tal fraternidad -parecida a la de los pares y los hombres libres de la Edad Media- se mostraba leal, clara, fuertemente individualizada y, podemos incluso añadir, romana, que podía existir entre guerreros unidos por una empresa común.

IV. LA TRADICION SECRETA DEL IMPERIO

La fides que cimentaba las unidades feudales particulares en virtud de una especie de purificación, de sublimación en lo intemporal, hacía nacer una fides superior, que remitía a una entidad situada más alto, universal y metapolítica, representada, como se sabe, por el Imperio, -sobre todo tal como se afirma idealmente con los Hohenstaufen- se presenta como una unidad de naturaleza tan espiritual y ecuménica como la Iglesia.

Como la Iglesia, el Imperio reivindica un origen y una finalidad supranaturales y se ofrece como una vía de "salvación" a los hombres. Pero, aunque dos soles no puedan coexistir en un mismo sistema planetario (y esta dualidad Imperio-Iglesia) fue, precisamente, representada frecuentemente por la imagen de dos soles), igualmente el conflicto entre estos dos poderes universales, puntos culminantes de la gran ordenatio ad unum del mundo feudal, no debió tardar estallar.

El sentido de tal conflicto escapa fatalmente a quienes, se deteniendo en las apariencias exteriores y en todo l que, desde un punto de vista más profundo, no es más que simple causa fortuita, no viendo más que una competición política, un choque brutal de orgullos y voluntades hegemónicas, mientras que se trató en cambio de una lucha a la vez material y espiritual, debida al choque de dos tradiciones y actitudes opuestas de las que hemos hablado al inicio de este texto. Al ideal universal de tipo "religioso" de la Iglesia, se oponía el ideal imperial como voluntad oculta de reconstruir la unidad de dos poderes, del real y del espiritual, de lo sacro y lo viril. En lo que respecta a sus expresiones exteriores, la idea imperial se limita frecuentemente a no reivindicar más que el dominio del corpus y de la ordo de la Cristiandad; Pero es clara que en lo que respecta a la idea imperial en sí se reencuentra finalmente en ella la idea nórdico-aria y pagada de la realeza divina que, conservada por los "bárbaros", supero , al contacto con los símbolos de la romanidad antigua, los límites de una raza específica, es decir, de las tradiciones de las razas nórdicas particulares, se universalizó, alzándose frente a la Iglesia como una realidad ecuménica tan verdadera como la Iglesia y como el alma más auténtica, el centro de unión y de sublimación más adecuado para este ethos guerrero y feudal de tipo pagano que, ya, transcendía las formas particulares y simplemente política de la vida en aquella época.

La misma pretensión de la Iglesia y la ideología antiimperial que le fue propina confirman este carácter de la lucha. La idea gregoriana es una idea antitradicional por excelencia: es la de la dualidad de poderes y de una espiritualidad antiviril que se afirma superior a una virilidad guerrera que se intenta rebajar mezquinamente a un plano completamente material y político: es la idea del clero soberano dominando encima del jefe de un Estado concebido como poder puramente temporal, en consecuencia por encima de un "laico" que extrae únicamente su autoridad del derecho natural y recibe el Imperium como si se tratara de un beneficium concedido por la casta sacerdotal.

Naturalmente no puede tratarse sino de una pretensión nueva, prevaricadora y subversiva. Sin referirnos a las grandes tradiciones precristianas, en la Iglesia de este imperio "convertido" que fue el del período bizantino, no sólo los obispos eran dependientes del Estado, sin que desde los concilios se remitían a la autoridad de los príncipes para sancionar y aprobar definitivamente sus decisiones, comprendidas las relativas al dogma, sino que la consagración de los reyes, por consiguiente, no podía distinguirse de forma esencial de la de los sacerdotes.

Hay que señalar a continuación que, si los reyes y emperadores, desde el período franco, adquirían el compromiso de defender a la Iglesia, esto está muy lejos de suponer una "subordinación a la Iglesia", sino todo lo contrario. En el lenguaje de la época, "defender" tenía un sentido muy diferente del que ha adoptado en nuestros días . Asegurar la defensa de la Iglesia, era, según el lenguaje y las ideas del momento, ejercer sobre ella, simultáneamente, protección y autoridad. Lo que se llamaba "defensa" era un verdadero contrato que implicaba la dependencia del protegido, sometido a todas las obligaciones que la lengua de entonces resumía en la palabra fides.

Según el testimonio de Eginhard, tras las aclamaciones, el pontífice se postra ante Charles, según el rito establecido en el tiempo de los antiguos emperadores"; y el mismo Carlomagno, además de la defensa de la iglesia, reivindica el derecho y la autoridad de "fortificarla desde el interior según la verdadera fé", mientras que no faltaban las tomas de posición que iban en el mismo sentido, como esta: Vos gens sancta estis atque regale estis sacerdotium (Esteban III a los Carolingios) y también: Melkisedh noster, merito rex atque sacerdos, complevit laïcus religionis opus.

La oposición guelfa contra el Imperio es pues una pura y simple revuelta que recupera como slogan la palabra de Gelasio I: "Tras Cristo, ningún hombre puede ser a la vez rey y sacerdote" y tiende a desacralizar la idea de imperio, a ahogar el intento nórdico-romano de la reunificación "solar" de los dos poderes y, en consecuencia, de la reconstrucción de una autoridad superior a la que la Iglesia, en tanto que institución religiosa, no habría debido reivindicar jamás para sí misma.

Y cada vez que la Historia no habla más que implícitamente de esta aspiración superior, es el mito quien lo hace: el mito que no se opone, aquí a la Historia, sino que se integra en ella revelando una dimensión más profunda. En el período franco se vuelve frecuentemente a aplicar al rey (y la frase citada antes nos da un ejemplo) el símbolo enigmático de Melquisedek y de su religión regia: de este Melquisedek rey de Salem, sacerdote de una religión de rango más alto que la de Abraham y que debe ser considerado como la representación bíblica de la idea extrabíblica, pagana y tradicional en el sentido superior del Señor Universal (chakravarti hindú), aquel que reúne en sí de forma solar los dos poderes y encuentra como punto de unión entre el mundo y el supra-mundo. Pero este mismo significado reaparece también en las muy numerosas leyendas relativas a los emperadores germánicos, en las que lo real se interfiere con lo irreal, la historia con el mito. Además de Carlomagno, Federico I y Federico II, según la leyenda, no habrían muerto jamás. Habrían recibido como don del misterioso "Preste Juan", -que no es otro que una representación medieval des "Señor Universal"- los símbolos de una vida eterna y de un poder no humano de victoria (la piel de salamandra, el agua viva, el anillo de oro). Proseguirían se existencia en la cúspide de una montaña (por ejemplo, el Odemberg o el Kyffhaüser), otras veces en un lugar subterráneo. Aquí igualmente retornan los símbolos que podemos definir como universales, de una tradición pagana muy antigua.

En efecto, es sobre una montaña o en un lugar subterráneo donde había encontrado refugio y se encontraría siempre el rey paleo iranio Yima, es "resplandeciente, aquel, que entre los hombres es semejante al sol"; el Walhalla nórdico, sede de los reyes divinizados y de los héroes inmortalizados, fue concebido frecuentemente bajo la forma de una montaña (la montaña de los Ancestros) donde, según las leyendas budistas, desaparecerían los "despertados" y los "seres libres y sobrehumanos", como suelen ser los héroes griegos divinizados comprendido Alejandro Magno, en algunas leyendas del mundo helénico.

En Agarta, nombre tibetano de la residencia del "Señor Universal" que corresponde por otra parte, etimológicamente hablando, al Asgard de los Edda, residencia de los Aseen y de los reyes divinos primordiales) estaría en el corazón de una montaña. En general, las montañas simbólicas de las leyendas medievales, como también el Monte Merhu hindú, el Kef islámico, el Mont Salvat de las leyendas del Graal e incluso el Olimpo, no son más que diversas versiones de un tema único; a través del símbolo de la "altura", expresan estados espirituales trascendentes y "celestes" (convergencia con el simbolismo de los lugares subterráneos, es decir, ocultos, sise piensa en la relación entre coelum, cielo y celare, ocultar), que confería, tradicionalmente, la autoridad y la función absoluta, metafísica del Imperium.

La leyenda de los emperadores jamás muertos y ocultos en una montaña nos confirma el hecho de que en estas figuras se quería ver a las manifestaciones de la función eterna, en sí misma inmortal, del terreno espiritual universal que, por otra parte, según un tema tradicional recurrente (cfr. el Edda, el Brahamaâna, el Avesta, etc.) debe manifestarse de nuevo con ocasión de una crisis decisiva de la historia del mundo. En efecto, en las leyendas medievales, se encuentra también la idea de que los Emperadores del Sacro Imperio Romano se despertarán el día en que hagan irrupción las hordas de Gog y Magog -símbolos del demonismo de la pura colectividad- antiguamente encerrados por Alejandro Magno tras una muralla de hierro. Los emperadores librarán la última batalla de la que dependerá la floración del "Arbol Seco", el Arbol de la Vida y del Mundo, que no es más que la "planta despojada" de Dante, y también el Ydrasgil del Edda, cuya muerte marcará el inicio del Ragna-Rökkr, es obscurecimiento de los dioses.

Es pues significativo que, entre los mitos que evidencian la relación del ideal imperial medieval con la idea "solar" tradicional -pero igualmente superan la concepción "religiosa" del espíritu y de la limitación política y laica del imperio y de la realeza- hay en algunos (cfr. por ejemplo, el Speculum Theologiae) que plantean la oposición a la Iglesia y al cristianismo hasta el punto de dar al Emperador resucitado, que hará florecer el Arbol Seco, los rasgos del Anticristo; naturalmente, no en sentido Habitual (ya que seguirá siendo aquel que combate a las hordas de Gog y Magog), sino probablemente a título de símbolo de un tipo de espiritualidad irreductible a la de la Iglesia, hasta el punto de ser obscuramente asimilada, en la leyenda, a la figura del enemigo del dios cristiano.

El fermento gibelino, la áspera lucha por la reivindicación imperial, además de su aspecto visible, tenía también un aspecto invisible. Tras la lucha política se escondía una lucha entre dos tradiciones espirituales opuestas, y, en el momento en que la victoria parecía sonreír a Federico II, ya las profecías populares anunciaban: "El Cedro del Líbano será cortado. No habrá más que un solo dios, es decir, un monarca. ?Desgracia al clero! Si cae, un orden nuevo habrá nacido"!

V. EL SENTIDO DE LA CABALLERIA

La caballería es la Imperio, lo que el sacerdote a la Iglesia.Y así como el Imperio conoció el intento de reconstruir la unidad suprema de los dos poderes según el ideal pagano, igualmente la caballería conoció un intento de referir a un plano ascético, es decir, metafísico e iniciático, el tipo del guerrero, del aristócrata y del héroe. En el ideal político medieval, donde hemos señalado un doble aspecto -uno relativo al "ethos" feudal, el otro al aspecto interno del mito del Imperio- de irreductibilidad, ética y esotérica.

Por lo que respecta al primer aspecto, relativo al ethos, la constatación es casi banal. La caballería, teniendo por ideal al héroe antes que al santo y al vencedor antes que al mártir; para quien todos los valores se resumían en la fidelidad y el honor, más que en la caridad y el amor; viendo en la dejadez y la vergüenza males peores que el "pecado": poco inclinado a no resistir al mal y a devolver bien por mal, sino, más bien, habituada a castigar la injusticia y devolver mal por mal; excluyendo de sus filas aquellos que mantuvieran el principio cristiano de "No matarás", teniendo por principio no amar al enemigo sino combatirlo y no demostrar magnaminidad con él sino tras haberlo vencido; en todo esto la Caballería afirma, casi sin alteración, una ética heroico-pagana y aria en el seno de un mundo que tenía de católico solo el nombre.

Hay más. Si la "prueba de las armas", la solución de las conflictos por l fuerza, considerada como una virtud concedida por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia y la verdad, es la idea fundamental sobre la que reposa el espíritu caballeresco y se extiende del derecho feudal al plano teológico proponiendo el uso de las armas y el "juicio de Dios", incluso en materia de fé, tal idea pertenecía, también, al espíritu pagano; más directamente aún, se refería a la doctrina mística de la "Victoria", que, extraña a los dualismos propios de las concepciones religiosas, unía el espíritu a la potencia, transformando la victoria en una especie de consagración divina, al vencedor y al héroe en un ser tan próximo a los "cielos" como podía estarlo un santo o un asceta; mientras que asimilaba al vencido, por el contrario, al culpable y casi al pecador. Las edulcoraciones teístas en nombre de las cuales, en la Edad Media se quería ver, alegóricamente, una intervención personal y directa de Dios, no muestran nada del fondo anticristiano presente en las costumbres de los que acabamos de hablar y que restituye al concepto de "gloria" (reducida por el cristianismo a la aureola de los santos y de los mártires) su significado original y viril, ya que la "gloria", es el varenô iranio, el arr de las más recientes tradiciones, es decir, el fuego divino propio de las naturalezas solares que alumbra a los reyes de la victoria su derecho de orden trascendental. Se nos objetará: la caballería ¿acaso no ha reconocido la autoridad de la Iglesia? La caballería ¿no emprendió las cruzadas en defensa del cristianismo? si, esto es cierto, pero debe ser situado en su justo lugar, sin olvidar todo lo demás. Si el mundo caballeresco, en general, proclama su fidelidad a la Iglesia, y también, al mismo tiempo al Imperio, demasiados elementos hacen pensar que, más que una aceptación de la creencia cristiana, se trataba de un homenaje similar al que se rendía igualmente a los diversos ideales y a las "damas" hacia las cuales el caballero se volvía de forma desindividualizada, pues, para él, y conforme a la vía que se había trazado, solo era decisiva la facultad genérica del sacrificio heroico de su propia felicidad y de su vida, y no el problema mismo de fe en el sentido específicamente teológico. En realidad, el espíritu mismo de las Cruzadas no fue diferente. En el ideal de las Cruzadas, se reencuentra aquel, no reductible evidentemente solo al cristianismo evangélico, pero fácilmente reconocible, por el contrario, tanto en la tradición irania como en la hindú (Bhagavad-gita) o en el Corán, sin hablar de las concepciones clásicas referidas a la mors triunphalis o la "guerra santa" como vía heroica de superación de la muerte y de inmortalización.

Incluso admitiendo que se combatiese para liberar a la tierra en la que murió el apóstol galileo, en las Cruzadas se encuentra una vez más, un fenómeno que, por su origen, entraba en el marco de estas visiones del mundo a las cuales pertenece la máxima: "La sangre de los héroes está más cerca Dios que las oraciones de los devotos y la tinta de los sabios", que mantenía el Walhalla (el

"palacio de los héroes") como ideal celeste, la "isla de los héroes" donde reina el rubio Radamante sobre el trono de los inmortales -y no de la concepción que participando del horror pelasgo-meridional hacia la sangre, había adoptado la sentencia agustiniana: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla sin grave dolor, verdaderamente ha perdido todo sentido de lo humano", y expresiones aun más drásticas como las de un Tertuliano, fiel al evangelio de "quien a hierro mata a hierro muere" y al mandato de Jesús a Pedro de retornar la espada a su vaina.

En realidad, si los cruzados pudieron aparecer como cristianos y ser queridos y santificados por la Iglesia, la conclusión que debe extraerse de todo esto, es que la tradición heroica, nórdico-germánica, ha terminado por privar sobre el cristianismo, incluso durante las Cruzadas. En lugar de una edulcoración de esta tradición en cristianismo, se constata, por el contrario, tras las formas cristianas, la restauración de la antigua virilidad espiritual, donde la vía del guerrero sacro, sustituye a la del santo y el devoto.

El tipo de guerrero sacro es, en el fondo, el tipo del caballero de las grandes órdenes medievales. En ellas la idea ascética se une al ethos nórdico, y fueron órdenes que practicaban, no en el sentido religioso, sino en el heroico, los mismos votos que los monjes: en fortalezas, en lugar de la del incienso. Poseyeron ceremonias regulares de consagración, llegaron en ocasiones hasta a ser dotados de iniciaciones en el sentido propio y de símbolos enigmáticos propios de una espiritualidad superior. A este respecto, la orden de los Templarios fue naturalmente una de las más significativas: y aún más significativa, fue su feroz destrucción bajo los golpes de la Iglesia y de un soberano, enemigo de la aristocracia y ya próximo al tipo laico moderno, como Felipe el Hermoso. Se sabe que, entre las acusaciones llevadas contra los Templarios, existía, en el grado preliminar de su iniciación, el imponer al neófito el rechazo al símbolo de la cruz, de ver en Jesús un falso profeta cuya doctrina no conducía a ninguna salvación. Otra acusación se refería a ritos abominables entre los cuales, se decía, figuraba, la quema de los niños. La colaboración sacrílega expresamente dad a estas supuestas confesiones arrancadas mediante la tortura: a pesar de la declaración clara y concordante de parte de los acusados de que se trataba de símbolos, no debe impedirnos presentir un sentido mucho más profundo.Rechazando la cruz, no se trataba, con toda seguridad, más que de rechazar una forma inferior de creencia, en nombre de una forma superior. La famosa acción de quemar a un recién nacido no significa otra cosa que el bautismo del fuego destinado a la regeneración (este símbolo puede ser aproximado al de la salamandra animal que, como el Fénix inmortal, se baña en el "fuego" del renacimiento heroico) -que es también uno de los signos que Federico II habría recibido del "Preste Juan"- rito que puede también hacer pensar en la ceremonia ritual de los cadáveres practicada por casi todas las grandes civilizaciones arias, y especialmente prescrita por Odín para aquellos que están destinados a entrar en el WalHalla.

Por otra parte, el simbolismo del Templo, al cual se habían consagrado los templarios, y por el cual la mayor parte de los cruzados luchaban y morían en la esperanza de transmutar la muerte en vida nueva e inmortalidad, de obtener la "gloria absoluta" y "conquistar un lecho en el paraíso", no se reduce sin más a ser un sinónimo de Iglesia. Justamente se ha dicho que el Templo es un término más augusto, vasto y menos condicionado que el de "Iglesia". El Templo está por encima de la Iglesia: las iglesias pueden destruirse, pero el Templo permanece como el símbolo del parentesco de todas las grandes tradiciones espirituales y de la peremnidad de su espíritu. Es por ello que el gran movimiento universal de las Cruzadas hacia Jerusalem, hacia el Templo en vista del cual Europa realiza, por primera y última vez, el ideal imperial de una unidad supranacional a través del rito de la acción y de la guerra santa, no está desprovisto, en nuestra opinión de un significado esotérico. El papel que jugaron los albigenses y los templarios, su carácter eminentemente gibelino, deberían bastar para atraer la atención. En realidad, en la corriente hacia Jerusalen se esconde frecuentemente una corriente oculta contra la Roma de los papas y que Roma, sin percibirlo, alimentaba ella misma, de la que la caballería era la militia y que debía encontrar su apoteosis con un emperador estigmatizado por Gregorio IX como aquel "que amenaza con sustituir a la fe cristina por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, acusado en medio del templo, de usurpar las funciones del sacerdocio".

La figura de Godofredo de Bouillon -representante más significativo de la caballería de las Cruzadas, llamado lux monachorum (lo que nos lleva de nuevo a la unidad del principio ascético y espiritual y del principio guerrero propio de estas órdenes)- tal figura es la de un príncipe que no acepta ascender al trono de Jerusalem, sino después de haber traído a Roma la sangre y el fuego, matando con su propia mano al anticésar Rodolfo de Rhinfeld, y expulsa al papa de la ciudad d los Césares.

Además, la leyenda establece un "parentesco" significativo entre este rey de los Cruzados y el mítico "Caballero del Cisne" (el Helias francés, el Lohengrim germánico) quien, a su vez, se refiere a símbolos imperiales paganos (se piensa incluso en una conexión genealógica con el mismo César), solares (ver las relaciones etimolóligas entre Helias, Helio y Elías) y pagano- hiperbóreas (el cisne que conduce Helias o Lohengrin a la "sede celeste" es el mismo animal emblemático que lleva Apolo entre los Hiperbóreos y aparece frecuentemente en las huellas paleográficas del culto nórdico-ártico prehistórico). Tal conjunción de elementos hace de Godofredo de Bouillon fuera un símbolo más -en relación con las mismas Cruzadas- dando el verdadero sentido a esta fuerza secreta que, en la lucha política de los emperadores germánicos y en el triunfo mismo de un Otón I, no revela más que su manifestación superior más visible.

VI. EL "GRAAL" Y LA "DAMA"

Además, el Templo se encuentra en el centro de la caballería so solo en tanto que Templo de Jerusalem, sino igualmente en tanto que Templo del Graal. El Graal, en muchos aspectos encarna la faz esotérica de la caballería, pero el conjunto de leyendas que se refieren a él no hace sino evocar su significado secreto.

Ya en la forma cristiana de esta leyenda, el Grial, el vaso místico de propiedades maravillosas, que hace innecesario cualquier alimento terrestre y procura una eterna juventud, habría sido transportado, después de la Ultima Cena, por los ángeles del Cielo, de donde habría descendido solo en el momento en que apareció sobre la tierra una raza de héroes capaces de constituirse en guardianes suyos. El jefe de este linaje hizo construir para el Graal un Templo a imagen del de Jerusalem, e instituyó la Orden del Graal, compuesta por doce caballeros llamados "caballeros perfectos" e incluso "celestes". Si este objeto místico, cuya búsqueda es el ideal más elevado del caballero -y que, desde cierto punto de vista, encarna la tradición espiritual antigua perdida o convertida en invisible (el Graal secuestrado en los "cielos", puede relacionarse con lo ya dicho a propósito del coelum y celare, ocultar) puede unirse a la ortodoxia de Roma y a la tradición sacerdotal de la Iglesia, si se piensa que esta tradición es directamente posterior al Cristo, ?cómo puede explicarse la idea de que el Grial haya podido desaparecer, así como la idea de que haya sido necesaria que se alce una nueva raza,no la de los sacerdotes sino de los héroes, de los caballeros, a fin de que el Graal pueda volver nuevamente sobre la tierra, en su Templo? Está claro que aquí, una vez más, se hace alusión a otra espiritualidad, a algo que no se encuentra en la Iglesia y para la cual la tradición de esta última no es de ningun utilidad.

Por otra parte, la leyenda del Grial no es más que la adaptación cristiana de una tradición pre-cristiana, pagana. Los des objetos místicos de la leyenda del Graal, al copa y la lanza, se reencuentran, en efecto entre los que los miembros de la raza divina de los Tuatha Da Dannan (verosímilmente llamados Cro-Magnon, y también los "Helenos del paleolítico") se habría llevado en ella al abandonar Avalon, "donde la muerte no existe", residiría, por otra parte, el rey arturo, a quien se atribuye la institución de la Orden de los Caballeros del Graal: y las representaciones del castillo en el cual habría sido guardado -según la antigua leyenda celta- un recipiente que prodigaba un alimento sin fin (que, posteriormente, tomará el nombre de Graal), coincidiendo frecuentemente con las de la sede simbólica del "rey universal", del palacio del Preste Juan, del Asgard del Edda, sede de los Asen y fundadores de las casas reales nórdicas, y con numerosas otras representaciones alegóricas del "lugar" de la autoridad espiritual suprema, detentadora de los dos poderes. Antes de ser la copa de la que se sirvió Jesús para la Cena, el Graal, idealmente, es el recipiente mágico dado por el hijo de Llyr, Brân, a Marholwch, recipiente que contiene el poder de resucitar a los "muertos" y curar cualquier herida, no sin relación con numerosos otros vasos del mismo tipo conocidos en las leyendas celtas, de los que en ocasiones se dice que rechazaban dar el contenido místico no a los pecadores sino a los perjuros y perezosos. Pero hay algo aún más "curioso", Numa habría recibido del "cielo" a título de pignus imperii, de garantía para la eternidad de Roma, un escudo sagrado, correspondiente a la antigua vasija destinada a contener la ambrosía, es decir, el alimento no terrestre de los inmortales. En la romanidad pagana, el escudo sagrado era guardado por el colegio de los Salii; estos últimos, además del escudo, poseían la lanza y su número era de doce, como los caballeros del Graal y del rey Arturo que, también tenían bajo su custodia un objeto inestimable: el Graal, la copa de la bebida inmortal y una lanza. He aquí que de nuevo, por las vías subterráneas, reaflora un simbolismo idéntico, una misma tradición enigmática relacionada con las formas de antiguas civilizaciones heroico-paganas.

Todo esto evoca de una forma significativa, los entre bastidores de la caballería y de sus misterios, por emplear la expresión de Aroux. Aroux, y con él Rossetti, aunque la ignorancia de una cierta cultura académica apenas lo haya entrevisto, habían abierto ya la vía a otros descubrimientos; habían demostrado la existencia de un lenguaje cifrado, alegórico, en los restos y los relatos de la Caballería hasta el mismo Dante y los que pueden llamarse "Fieles de Amor". Gracias a este lenguaje, no se disimulaba solamente una enseñanza poco ortodoxa que se salía de los límites impuestos por el cristianismo, sino que igualmente estaba presente, en ocasiones una viva y radical aversión hacia a Iglesia. No es este el lugar para desarrollar este tema; por lo demás, en nuestros días, el llorado Luigi Valli ha facilitado a este respecto una notable contribución demostrando el doble aspecto, gibelino e iniciático de una literatura únicamente considerada como "poética" en la época del Stil Nouvo. Nos limitarmos a decir que cualquiera que piense que la reacción contra la Iglesia, de la que se encuentran huellas n las sectas y en las tradiciones secretas hasta los tiempos de Dante, era debida a la corrupción y a la decadencia de la Iglesia misma, se equivoca burdamente. Aquí se trata -una vez más- de otro ideal que, por su misma naturaleza, se opone al de la Iglesia, corrupta o no, en tanto que órgano del cristianismo, es decir, de una simple religión y que jamás ha podido representar. Aquí también, existe oposición política y simultáneamente, oposición espiritual. A este respecto y antes de concluir, conviene evocar el simbolismo caballeresco de la "Dama".

Como se sabe, el culto a la "dama" era propio de la caballería y fue llevado tan lejos que, si se toma al pie de la letra, puede aparecer como aberrante, tal como algunos han pensado. El hecho de volcarse a una "Dama", consagrarle fidelidad incondicional, fue uno de los temas más frecuentes de las cortes caballerescas. A la "Dama" se dejaba el juzgar sobre el valor y el honor de los caballeros y, según la teología de los castillos, no era dudoso que el caballero muerto por su "Dama" participase del mismo destino de inmortalidad bienaventurada asegurado al cruzado muerto por la liberación del Templo. Cosa curiosa, si se consideran algunos ritos, se constata que la "Dama" del aspirante a caballero debía desvestirlo para conducirlo al baño a fin de que pudiera purificarse y revestirlo nuevamente -como los neófitos de los misterios paganos- con los vestidos inmaculados de la Vela de Armas y, recibir finalmente, la investidura caballeresca. Vemos, por otra parte, que los héroes de las aventuras, en ocasiones escabrosas, en las cuales figura la "Dama", héroes como Tristán (Sir Tristán) y Lancelot, son simultáneamente caballeros del rey Arturo en busca del Graal, es decir, miembros de la misma orden mística a la que pertenecían tanto Parsifal como Kundry seducido en vano y los caballeros celestes, como el hiperbóreo "Caballero del Cisne".

La verdad, es que tras todo esto se escondían significados más profundos, no destinados ni a los jueces de la Inquisición ni al público grosero, sino a inteligibles simbólicamente bajo la cobertura de costumbres extrañas y relatos eróticos. En la mayor parte de los casos, por "Dama" de la antigua caballería es preciso entender lo que vale igualmente para la "Dama" de los "Fieles de Amor" y revela, por otra parte, un simbolismo tradicional bien preciso. La "Dama" a la que se jura fidelidad incondicional y a quien uno se entrega haciéndose cruzado, la "Dama" que conduce a la purificación (que el caballero considera como su recompensa y que le vuelve inmortal cuando muere por ella), es en el fondo el equivalente al mismo Graal.

Es -como ha demostrado Valli- para los Fieles de Amor, la "inteligencia" en el sentido trascendente, la "santa sabiduría", la personificación, pues, de una espiritualidad transfigurante y de una vida que ignora la muerte; es, por así decirlo, un avatar de Hebe, la eterna juventud que se convierte en la esposa del héroe Herakles, del "hermoso vencedor", en el seno del Olimpo y de Atenea, nacida de la frente divina, que sirve de guía a este héroe; de la Freya del Edda, diosa de la luz,constantemente cortejada por seres telúricos, los Elementarwesen, que buscan en vano conquistarla; de Sigrdrifa-Brynhilde, que Wotan destina a convertirse en la esposa terrestre del héroe que atraviesa la barrera de fuego (y aquí volvemos a encontrar un equivalente del "bautismo de fuego" de los Templarios); de la Virgen Sofía, representación que, en todo el ciclo mítico tradicional de Oriente y Occidente, está en relación con el Arbol del Mundo y de la Vida, personificación de la fuerza vital original, la vida de la vida, e incluso la potencia, conforme al doble significado del término sánscrito shakti, a la vez esposa y potencia. Con el Arbol, está presente no solo en las diversas leyendas relativas a la conquista de la inmortalidad o de la sabiduría por l héroe, sino también y de manera más significativa aún en nuestro caso, en las que se refieren al poder real y sacerdotal de un "vencedor" (cfr. por ejemplo, la leyenda itálica del Rex Nemorensis)? Habría una aspiración religiosa tras todo este simbolismo femenino y erótico? No lo creemos. En la medida en que, hablando de resurrección en el sentido religioso, no se encubría evidentemente, en el marco del cristianismo, el peligro de ser acusado de herejía, el empleo de tal enmascaramiento por la caballería y los Fieles de Amor sería completamente incomprensible si, efectivamente, se tratara de esto...

Algo diferente e incomprensible para los profanos y los adeptos al cristianismo debía ser ocultado: otra aspiración, irreductible a los límites religiosos, vuelto a una esfera más alta; algo que, sin duda pertenecía a las grandes tradiciones del paganismo ario, tradiciones que ignoraban el pathos del pecado y de la salvación, los terrores del más allá y la Redención; que, en lugar de la verdad "democrática" que transforma cualquier alma mortal en inmortal, reconocía la doble vía, el doble destino, la doble posibilidad: de un lado, la vía de los ancestros y los demonios de la tierra , el Hades, el glacial Niflheim, las aguas de la disolución y del olvido, de la otra, la vía de los dioses -devayana- y de los héroes, la religión olímpica de los inmortales, el Walhalla, las aguas del despertar, la "vida sin sueño" del Avesta. Al igual que en la cumbre de la sociedad medieval se encontraba el ideas del Imperio que entroncaba con la Tradición pagana de una suprema autoridad "solar", al igual que el símbolo del Templo y del Grial era una transposición cristiana de una idea superior a l religión; así como en las premisas de la ética feudal y caballeresca, se reencontraba el tipo viril y pagano de la espiritualidad y, en las Cruzadas y en la "prueba de las Armas", la doctrina antigua de la mors triunphalis y de la victoria, igualmente es posible que en el simbolismo de la "Dama" y en la relación entre ella y los caballeros del Graal se hayan ocultado los elementos propios a la doctrina y a las iniciaciones paganas, los temas del despertar y del tránsito, no místico ni sentimental, sino real, de un modo de ser a otro, realizado según una vía viril y heroica, ajena a cualquier evasión de tipo religioso y a toda servidumbre ante lo divino. Y que se haya querido mantener la actitud solar según la cual el elemento de la sabiduría, de la vida espiritual y de la potencia, a la cual se consagra y a la que es "fiel" hasta la muerte, debe, sin embargo, conservar los rasgos femeninos respecto a la virilidad espiritual del iniciado en tanto que valor central. En definitiva, el significado exacto de todo esto, se encuentra, en los Fieles de Amor, tras el símbolo aún más impenetrable de la literatura hermético-alquímica, propia a la tradición que, hecho significativo, toma el nombre de "Ars Regia", arte real, y recupera los temas de las iniciaciones de la realeza divina egipcia misma estableciendo el "mito" de una "raza inmortal y autónoma", de los "sin rey", "herederos de la sabiduría de los siglos", "esposo de la Dama" y "Señores de ambos poderes".

VII. CONCLUSION

Todo lo que precede no constituye más que algunos aspectos de un material documental extremadamente amplio, que podría ser objeto de más vastos desarrollos, aptos para demostrar nuestros puntos de vista.

Las civilizaciones y las grandes épocas históricas tienen un aspecto visible (una Oberwelt) y un aspecto oculto (Underwelt) en donde reside el significado más auténtico de las formas de la conciencia exterior sin tener la menor idea de los entre bastidores del subconsciente y de los procesos internos de los que estas formas no son más que el resultado. Un método histórico que diera cuenta del "subsuelo" de la Historia, de esta Unterwelt der Kultor, se anuncia apenas en nuestros días, obscurecidos aún d ignorancia positivista.

Aplicándolo a la Edad Media, nos ha parecido reconocer en este momento de la Historia algo radicalmente diferente de las suposiciones de los que no ven con nostalgia más que una especie de edad de oro de la cristiandad, la realización más diáfana del ideal católico. Nos ha parecido, por el contrario, reconocer, predominantes e indomables, fuerzas de otra naturaleza muy diversa, fuerzas que llevaron la marca de las más radiantes civilizaciones antiguas y convergieron hacia el glorioso símbolo que debía hacer decir al gran gibelino, a Dante, que "el Cristo mismo fue romano".


Polémica Evola - Guénon sobre la Metafísica Hindú

Polémica Evola - Guénon sobre la Metafísica Hindú

Biblioteca Evoliana.-  Varios sites de Internet han publicado esta polémica entre Julius Evola y René Guénon en torno a la metafísica hindú. Inicialmente, los textos fueron publicados en Italia por la editorial "Il Basilisco", ligada a la librería genovesa del mismo nombre. La edición inicial se redujo a 500 ejemplares y hubiera pasado casi completamente desapercibida de no ser por el multiplicador que supone Internet. Nos ha sido remitida por un amigo sin indicar el origen. 


 

 
Julius Evola & René Guénon

POLÉMICA SOBRE LA
METAFÍSICA HINDÚ

Polemica sulla metafisica indiana, Genova, Il Basilisco, 1987. Edición limitada de 500 ejemplares.

Sin duda nuestro contradictor continuará diciendo que "nuestros escritos no salen del mundo de las palabras"; ésto es más que evidente, por la fuerza de las cosas, y otro tanto puede decirse de aquéllos que escribe él mismo, pero por lo menos hay una diferencia esencial: aunque pueda estar persuadido de lo contrario, sus palabras, para quien no comprende el sentido último, traducen únicamente la actitud mental de un profano; y le rogamos creer que por nuestra parte ésta no es de hecho una injuria, sino sólo la expresión técnica de un puro y simple estado de hecho" (1).

Con estas palabras, firmes pero medidas, René Guénon replicaba a quien, con una buena dosis de presunción y una incomprensión bastante profunda, avanzaba tesis "dialécticas" en último análisis similares a aquellas que Julius Evola, autor del ensayo que sigue, ha sostenido siempre tercamente, aunque sea con argumentos diferentes.

La curiosa óptica asumida por Evola en relación a las doctrinas tradicionales expuestas magistral (y providencialmente) en las obras de Guénon requeriría sin duda, dada la particular difusión de los textos evolianos en nuestro país, un cuidadoso y profundo análisis crítico para alcanzar la necesaria discriminación entre las visiones fuertemente individuales del autor y el pensamiento tradicional en sus varias expresiones y formas.

Sin poder aquí afrontar decididamente tal asunto, nos parece no obstante oportuno poner en evidencia la clave de bóveda, en negativo, del sistema evoliano al completo: la cuestión es que Evola nunca ha llegado a un punto de vista realmente metafísico y, por ello, exclusivamente intelectual. (2).

A pesar de que en la fraseología evoliana aparecen términos como Principio, Metafísica, Contemplación, etc., es clara la impresión de un uso inapropiado y artificioso que revela que no se atribuye a dichos términos su verdadero significado (3), mientras que es constante, en las obras de Evola, la referencia, esta vez clara y precisa, a un dualismo claro y de fondo, sintomático de una visión mutilada y peligrosamente adecuada para conclusiones desviantes y desviadas típicas de concepciones heterodoxas.

No habiendo superado las oposiciones en una síntesis principial, Evola evidencia así una ausencia de discernimiento y una carencia intelectual que lo induce a detenerse en visiones parciales sobre la base de un procedimiento lógico que da lugar a una sucesiva subdivisión en argumentos antinómicos opuestos.

De ahí emerge, como es obvio, una serie de dicotomías y de oposiciones racionalmente irresolubles que, en opinión de Evola, demostrarían irrefutablemente la inconsistencia gnoseológica de las doctrinas mas puramente intelectuales, por ejemplo el Vedânta, ancladas axiomáticamente en nociones nebulosas y destinadas irremediablemente a desembocar en círculos viciosos y en pseudo-soluciones.

Se puede rápidamente advertir en estas cerradas críticas un uso muy impropio de la lógica por parte de Evola; existen de hecho dos maneras muy distintas de considerarla: la primera, absolutamente tradicional, hace de ella una verdadera ciencia ligada directamente a los principios metafísicos y expresando, a su modo particular, un reflejo de la Verdad Superior e Inmutable; la segunda, sustancialmente moderna, la trata en modo filosófico, esforzándose por reunirla o por conectarla con alguna concepción sistemática.

Y es propiamente este segundo modo de considerar la lógica el que de hecho utiliza Evola, que no tiene inconveniente, en sus especiales deducciones, en apoyarse además en elementos desviados de doctrinas perfectamente válidas en el ámbito de una particular forma tradicional como la hindú.

Queremos aquí referirnos al Tantrismo, presentado por Evola en una forma más bien excéntrica y ambigua, capaz de generar equívocos de amplio alcance, alimentados sobre todo por ficticias e inconciliables oposiciones como la presumiblemente existente entre dos de los ángulos visuales de la Tradición Hindú: el tántrico ya apuntado y el vedantino, los cuales, muy lejos de ser incompatibles, surgen de la misma fuente y revelan la misma Realidad.

No es así según Evola, que considera unilateralmente como exenta de defectos solamente la visión tántrica, no dándose cuenta de cómo esta última no hace sino afrontar y resolver los problemas en términos diferentes, aunque, en todo caso, creando otros igualmente espinosos, cosa de la cual, como decíamos, desgraciadamente no se percata Evola, a pesar de su forma lógica, debido a su aproximación (pseudo) congnoscitiva sistemática y casi obsesivamente condicionada por la idea de potencia; y que, desgraciadamente, esta actitud deletérea no haya cesado de hacer sentir sus efectos en la entera producción evoliana se puede fácilmente deducir de la atención prometeica que aflora inconsistentemente en su involución lingüística con acento heroico, casi como si el verdadero egoísmo se explicase en las actuaciones "diferenciadas" de un cuando menos improbable "individuo absoluto".

Sobre la base de tales incomprensiones no es por tanto difícil convencerse de que las aserciones evolianas son tan claras y radicales como insuficientes e inadecuadas para el asunto tratado, teniendo en cuenta además, en las cuestiones de detalle, ciertas inexactitudes que, junto a un tono mas bien exaltado, contribuyen a aumentar el desconcierto de quien las lee, y admitir la tesis de que Evola no se atenga tanto a la Verdad como a "su" Verdad, sobre todo por el hecho de que es "suya" mas que por la intrínseca validez de las tesis sostenidas.

Por ello cuando Evola se refiere a la "gran tradición de las ciencias mágicas y herméticas, que tratan sin embargo de potencia, de individuación y de dominación", surge legítimamente la duda de encontrarse no frente al "recto sendero" sino, por el contrario, con una vía que procede en dirección diametralmente opuesta inflando el Yo hasta la desmesura y provocando aquella ebriedad mágica que tanto discurre por la prosa evoliana. Estamos muy distantes de aquella pobreza espiritual que conduce a la extinción del Yo y a la realización del Si Mismo, en la perspectiva justa de que cada ser, no teniendo en sí mismo su propia razón suficiente, como es el caso del ser humano, no puede más que encontrarse en una relación de total subordinación y dependencia con relación al Principio: ¿Y qué es por consiguiente el potenciamiento del Yo sino el potenciamiento de una ilusión y un espesamiento del velo que lo oscurece?

No hay peor "pecado" en nuestra existencia, pero ésto Evola parece no haberlo advertido.

A. Z.


Julius Evola

EL HOMBRE Y SU DEVENIR SEGÚN EL VEDÂNTA


El interés creciente que muestra hoy nuestra cultura por todo aquello que es oriental es un hecho indudable y no puede ser explicado como una simple oleada de moda exotica, sino que debe ponerse en relación con algo bastante mas profundo. Sin embargo, acerca del significado de tal hecho, queda aún un problema que merecería ser estudiado bastante mas de lo que lo ha sido hasta ahora.

En un primer momento, la costumbre era despreciar a oriente con un simple encogerse de hombros desde las alturas de una suficiencia basada esencialmente en las conquistas de nuestra civilización en el campo de la materia y de la discursividad abstracta. Pero, alejado de esta frívola presunción, a alguien comenzó a ocurrírsele la sospecha de que tales dominios no fuesen quizá la última instancia después de todo, y considerando a oriente con una visión renovada, comenzó a comprender su realidad espiritual; y dándose cuenta al mismo tiempo hacia qué puntos críticos gravita en el fondo el conjunto de la jactanciosa civilización europea cuando se la lleva hasta sus últimas consecuencias, además de reconocer a oriente comenzó a preguntarse si, por ventura, podría éste ofrecer algo que integrara la civilización europea misma con el fin de dirigirla, más allá de la crisis, hacia una más alta positividad.

Hubo aún quien cayó en el exceso opuesto, esto es, en la idea de que oriente sea como el ancla de salvación o el maná del cielo, de que todo aquello hecho por nosotros, desde los griegos hasta hoy, sea un valor negativo, un descarrío, una degeneración de la cual importa sobre todo salvarse reconociéndola como tal y retornando a la concepción oriental y tradicional de la vida como hijos pródigos.

Es curioso advertir que gran parte de esta gente acompaña a tal incomprensión de occidente otra análoga respecto al propio oriente. Esto es: de oriente no ven más que el lado más externo y deteriorado, cuando no hasta falsificado; aquel lado que permite sobre todo empequeñecer todo aquello que es seriedad científica, disciplina, voluntad, conciencia, para caer en los brazos de un desenfrenado divagar y disolverse en sentimientos, sueños y palabras huecas.

Ahora bien, así como hay que condenar la suficiencia materialista con respecto a oriente, creemos que otro tanto -si no más- debe hacerse con semejante actitud que, tan solo por ello, refleja la disgregación de algunos elementos de nuestra civilización.

Nosotros afirmamos que si oriente representa una realidad espiritual, del mismo modo lo representa occidente; que por lo tanto se trata de términos distintos y ambos positivos, susceptibles, si acaso, de síntesis, pero no de una plana reducción del uno al otro. Con esta síntesis no se quiere decir que sólo occidente, u oriente, tenga que vencer, ya que pensamos que tal síntesis, si debe ser fecunda, debe tomar su carácter precisamente del espíritu de la cultura occidental, que es potencia, impulso a celebrar y actuar con el espíritu sin negar al "mundo" -el sistema de las determinaciones y de las individuaciones- sino queriéndolo, afirmándolo y dominándolo y, de este modo, realizándolo. Esta es la simple declaración de una tesis; acerca de su demostración reenviamos al conjunto de nuestros escritos, que puede decirse que la tiene como su centro de gravedad, y específicamente al Ensayo sobre el idealismo mágico (Roma, 1925) y a la primera sección de El hombre como potencia, de inminente aparición, publicada ya en los números 2, 3 y 4 de la revista Ultra. Aquí solo deseamos tomar en consideración la obra de un autor francés, René Guénon, y ver, a través de un análisis crítico de sus tesis, qué puede representar para nosotros uno de los máximos sistemas indios: el Vedânta.

Guénon ha publicado una serie de libros a los que podemos dividir en dos grupos. Uno comprende Le Théosophisme, Introduction générale aux doctrines hindoues y Orient et Occident; el segundo, el estudio de recientisima aparición L'homme et son devenir selon le Vedânta (Ed. Bossard, París, 1925, 271 pp.), el cual preludia algunos otros. El primer grupo puede denominarse negativo, el segundo positivo, en el sentido de que la finalidad de las primeras obras es:

a) Despejar el campo de todas las deformaciones, incomprensiones y parodias a las cuales ha estado sujeta la sabiduría oriental por obra de ciertas corrientes occidentales;

b) Criticar a fondo la civilización de occidente y mostrar la crisis y la ruína que la corroen en tanto no adopte un orden de valores totalmente distinto.

En la segunda serie, Guénon se aplica a exponer sistemáticamente la sabiduría tradicional oriental, por él identificada absoluta y precisamente a un tal orden de valores.

En referencia al primer punto, no podemos dejar de adherirnos a la obra purificadora y desenmascaradora de Guénon. Compromisos, incomprensiones y divagaciones como los de cierto "espiritualismo" inglés y los de la antroposofía steineriana, junto a todos los tonos menores neomísticos, al estilo de Rabindranath Tagore, Gandhi y similares, nunca pueden ser tratados con severidad suficiente, y son verdaderamente los peores obstáculos para un entendimiento y una integración real de oriente y occidente. Sin embargo, tenemos ciertas reservas que hacer sobre los medios elegidos por Guénon para este fin, medios más ad hominem que demostrativos (nos estamos refiriendo al Théosophisme) ya que en lugar de asumir las doctrinas y hacer ver su absurdo intrínseco, se limita a desvelar las intrigas de las personas y de las asociaciones, cuya eventual escasa transparencia respecto a aquello que verdaderamente importa significa no obstante bastante poco. Más allá de esto, estamos de acuerdo con Guénon en orden a la exigencia de un conocimiento metafísico y, por lo tanto, hacia el nivel propio de las tradiciones iniciáticas. Este es un punto sobre el cual nunca se podrá insistir suficientemente. Entre los occidentales existe la costumbre de denominar "espiritual" a aquello que es un simple contorno, un accesorio de un estado físico de existencia. Lo que más importa, lamentablemente, es sólo la relación real, concreta, con las cosas y los seres, relación que para los hombres es algo extrínseco y contingente propio de la percepción física y de las categorías espacio-temporales que la rigen.

En cuanto a todo lo que es conocimiento discursivo, mundo cardíaco, mental, moral, devocional, etc., -todo esto es algo que hace referencia a ese mismo estado físico, y con todos sus "superiores" e "inferiores", "altos" y "bajos" ,"divinos" y "humanos", "bien" y "mal", etc., no lleva ni un paso más allá de ello, no transforma en nada aquéllo que metafísicamente, en el orden de una absoluta concreción, el hombre es (mejor: el Yo es, como hombre). Lo espiritual no debe ser una palabra hueca; se precisa pues que el hombre tenga la fuerza de comprenderlo, de afrontar globalmente todo aquello que él es, siente y piensa, ponerlo aparte y caminar hacia adelante en una transformación radical de la relación según la cual o se está con las cosas o con sí mismo. Tal es la realización metafísica, que ha sido el interés constante de toda tradición esotérica, cuyas raíces se confunden con las de la historia misma.

Guénon reafirma tales exigencias, y ello es de agradecer. Sin embargo, se asienta ante todo en los aspectos negativos, es decir, más en orden a sus ideas sobre aquello que lo metafísico no es que en orden a sus ideas sobre aquéllo que lo metafísico es. Ciertamente, aquí nos encontramos en un terreno bastante inseguro, puesto que la lengua acuñada por la vida material y discursiva ofrece escasas posibilidades para expresar adecuadamente lo que es propio a tal metafísica. Creemos por consiguiente poder dar una indicación aproximada diciendo que la actitud de Guénon hacia lo metafísico se resiente de una mentalidad a la que podríamos denominar racionalista, y que explicamos así: el presupuesto del racionalismo (del racionalismo como sistema filosófico, se entiende, y no en su sentido vulgar, que de ningún modo se puede vincular a Guénon) es la "objetividad ideal", esto es, la creencia en leyes existentes en y por sí mismas, en principios que son lo que son, sin ninguna posibilidad de convertibilidad, fatal y universalmente, y en el mundo como algo en lo cual todo lo que es contingencia, tensión, oscuridad, arbitrio, indeterminabilidad, no tiene lugar alguno, pues ya está todo realizado y un orden superior aglutina a todos los elementos. En este cosmos, el principio no es la voluntad y la potencia, sino el conocimiento y la contemplación; no el dominio, sino la identidad. El individuo es como una sombra ilusoria y contradictoria si desaparece en el todo. En esta raíz profunda las cosas y las leyes -sean sensibles o no- son ellas y no otras; está hecha de pura contingencia que se hace abstracción o, mejor dicho, se extingue en algo puramente ideal: se realiza por tanto el interior según su modo "apolíneo" o intelectual, del cual el principio del Yo, antes que reafirmado en un "ente de potencia", queda abolido. Ciertamente, éstas son expresiones filosóficas que solamente deben valer como sugestiones; sugestiones de las cuales está impregnado un particular modo de ponerse en relación con las cosas, en un orden que está mas allá de todo lo que es filosófico y mental.

Dicho esto, el error de Guénon consiste en creer que tal actitud debe representar la última instancia , que "metafísico" e "intelectual" (este término es usado por Guénon no en su acepción moderna sino, en cierto modo, en la escolástica y neoplatónica) sean términos convertibles, lo cual es discutible. Guénon sabe -y nosotros con él- que su concepción se religa a toda una tradición de sabiduría iniciática; pero lo que demuestra desconocer o hacer como que desconoce es que una tradición tal no es la única, que -igualmente mas allá de todo lo que es experiencia mundana y saber "profano"- contra la tradición del conocimiento, de la contemplación y de la unión está la gran tradición de las ciencias mágicas y herméticas, que es sin embargo de potencia, de individuación y de dominación. De donde, antes que atribuirse el monopolio de la sabiduría iniciática como parece haber hecho, habría sido conveniente que Guénon hubiese reflexionado un poco más, ya que mas allá de los profanos y de los ingenuos hay quien podría hacerse ciertas preguntas e invitarlo a una revisión de ideas que podría no resultar demasiado simple.

Este es un punto importante, dado que de la particular actitud de Guénon con respecto a lo espiritual no puede dejar de desprenderse un completo desconocimiento de todo lo que occidente, en relación a lo propiamente espiritual -aunque sea solamente en tanto que exigencias y tendencias- ha realizado, y, por tanto, de la indicada remisión al oriente casi como al ancla de salvación de alguien que nada tiene y pide todo. De hecho, el espíritu occidental está caracterizado específicamente por la libre iniciativa, por la afirmación, por el valor de la individualidad, por una concepción trágica de la vida, por una voluntad de potencia y de acción, elementos éstos que, si bien podrían ser el reflejo sobre el plano humano, exterior, del superior valor mágico, chocan sin embargo contra quien desee a su vez el mundo universal, impersonal e inmóvil del intelectualismo "metafísico". Destaquemos todavía lo siguiente: en sus referencias al mismo oriente Guénon, conscientemente o no, es, por necesidad, unilateral. De hecho, se limita a la tradición védica, tal como ha sido desarrollada hasta los Upanishads y el Vedanta, desatendiendo otras varias escuelas que, si bien son poco reductibles a ella, no por ello son menos "metafísicas". Indicaremos solamente el sistema de los Tantra y las corrientes mágicas y alquímicas del Mahâyâna y del Taoísmo, en las que el acento es colocado precisamente sobre la vertiente "potencia", de donde, antes que contradecirlo, podría ofrecer a occidente materia para una más alta reafirmación. Guénon, de hecho, no ignora tales escuelas, pero las considera "heterodoxas", lo que, en él, es un explícito veredicto de condena; para nosotros, sin embargo -permítanos Guénon decirlo- éstas son simples palabras: está por ver si habrá que denominar verdadera y elevada una doctrina porque es tradicional, o bien si debe ser llamada tradicional porque es verdadera y elevada. También aquí Guénon presupone hechos y evidencias, los cuales quedan sin embargo perfectamente inconclusos -tendencia ésta dogmática y autoritaria que se refleja un poco por todas partes en sus escritos, por otro lado, por claridad y erudición, bastante apreciables-. Podemos por tanto ver hasta qué punto el Vedanta -que para Guénon sería casi el sistema "metafísico" por excelencia- puede representar algo para un occidental que no sea un degenerado, esto es, que no haya perdido en cuanto a conciencia crítica y espíritu de afirmación lo que ha realizado la civilización a la cual pertenece, que no abandone sus posiciones para retroceder, sino que quiera sin embargo llevarlas adelante. Pero antes se impone una advertencia. Hemos señalado el carácter transcendente de la realización metafísica y la dificultad de poder darle un sentido en función de las categorías habituales. Pero este punto -explícitamente concedido por nosotros- no debe convertirse en refugio para un desenfrenado, dogmático, arbitrario y subjetivo divagar. Precisamente esto es lo que hacen algunos diletantes "ocultistas": no permanecen callados en lo puramente inefable, sino que hablan; con todo, cuando se les pide que determinen el sentido de sus expresiones y que se den cuenta de las dificultades que suscitan, se vuelven atrás vaporizándose de nuevo en la referencia a un puro intuir interior, el cual queda de ese modo como un hecho en bruto que no da cuentas de sí mismo, que se impone un poco como el gusto de uno al que agrada el queso contra aquel de otro, que prefiere las fresas. Por consiguiente, o se permanece encerrado en el ámbito iniciático, cuyos sistemas autoverificativos y comunicativos no pueden sin embargo, salvo algunos casos excepcionales, entrar en el horizonte de un "profano", o bien se habla. Pero, si se habla, hay que atenerse a hablar correctamente, es decir, a rendir cuentas de aquello que se dice, a respetar las exigencias lógicas que aquí son tan inofensivas como las gramaticales, a hacer ver que el objeto de la realización metafísica, aunque sea por accidente (en su "forma propia", en la pura interioridad del Yo) proporciona satisfacción real a todas aquéllas exigencias y aquéllos problemas que en el ámbito puramente humano y discursivo están destinados a permanecer puramente como tales. Es demasiado fácil, de hecho, resolver los problemas no presentándolos, imitando así al avestruz que evade el peligro escondiendo la cabeza bajo el ala. Es preciso, por el contrario, mantenerse firme, afrontar al enemigo mirándolo cara a cara y abatirlo usando sus mismas armas.

Decimos esto para prevenir que se acuse a nuestra crítica -si no incluso a nuestra obra en general- de tener un alcance puramente filosófico. Ello, antes que nada, no es exacto, puesto que en nosotros lo que está primero es una determinada "realización" y, solamente después, como revestimiento, un determinado sistema lógicamente inteligible. Pero aunque así fuese, cada expresión en cuanto tal es pasada por la prueba de fuego del logos; y si parte de lo supraracional, tanto mejor, pues vencerá ciertamente esta prueba, ya que lo que es superior implica y contiene en modo eminente a lo que es inferior. Y esperamos que Guénon sea consciente de que su libro sobre el Vedânta no es más que una exposición filosófica. Él habla ciertamente de algo que no es precisamente filosófico pero, con todo, habla (y no es culpa suya, puesto que no hay otra posibilidad, a menos que se recurra a los símbolos) filosóficamente, o sea, se esfuerza por presentar algo inteligible y justificado. Si, por lo tanto, aferrándonos a este aspecto de la cuestión, demostramos la relatividad de tal inteligibilidad y justificación, él, por su parte, no puede retroceder y salir del paso refiriéndose a una superior validez tradicional metafísica, con respecto a la cual, por lo demás, y sobre el mismo terreno, sabremos reafirmar nuestra adhesión; nuestras críticas filosóficas no son más que siervas obedientes. Por consiguiente, ¿qué dice el Vedântâ sobre el mundo, sobre el hombre y sobre su devenir?

En primer lugar, está el presupuesto optimista, el que exista un Dios, esto es, que el conjunto contingente y fenoménico de las cosas no sea lo primero, sino solamente el aspecto accidental de un todo que, actualmente, es ya perfecto y está comprendido en un principio superior. Que esto sea un mero presupuesto, y que Guénon preste bastante poca atención a la teoría del conocimiento propia de los hindúes, todo el mundo puede verlo por sí mismo con solo saber que para el hindú no cualquier cosa es verdadera, sino sólo en cuanto sea actualmente experimentada. En nuestro caso no hay ninguna certeza de Dios fuera de la experiencia del Yo que lo tenga por contenido. Ahora bien, puesto que tal experiencia no es inmediata y general, sino que, para llegar a ella, se precisa un determinado proceso, no existen argumentos demostrativos aptos para afirmar que Dios existe ya (y por tanto que el proceso es simplemente re-cognoscitivo) antes de aparecer como un resultado de este proceso que ha hecho divino algo que no era tal. Pasemos adelante. De este presupuesto -Dios o Brahman- el mundo sería la manifestación . Pero el concepto de manifestación según el Vedânta es algo sumamente ambiguo. De hecho, se dice que Brahman en la manifestación permanece aquello que es -inmutable, inmóvil-. No sólo eso, sino que la manifestación misma (y, por lo tanto, todo lo que es particularidad, individualidad y devenir) es, respecto a Ello, algo "rigurosamente nulo". Es una modificación que de ningún modo Lo altera. En el Brahman, en eterna y actual presencia, están todas las posibilidades; la manifestación es solamente un modo accidental que revisten algunas de ellas. Cómo tales proporciones puedan tornarse inteligibles difícilmente podría demostrarse. Adviértase: aquí no es válida la escapatoria del ex nihil católico, donde el nihil se transforma en un principio distinto y a su modo positivo, del cual las criaturas serían materializadas a fín de que existan y, al mismo tiempo (en cuanto hechas de "nada", de "privación"), no existan. Brahman no tiene sin embargo nada fuera de sí: menos aún la "nada". Las cosas son sus modificaciones: ¿cómo se puede decir por tanto que no son?

En conexión con ello: si Brahman es la síntesis absoluta de todo, ¿qué puesto hay para un modo contingente de considerarla? ¿cómo es posible que surja un modo tal, un oscurecimiento semejante de Brahman? ¿cómo no advertir que la frase solo tiene sentido presuponiendo la existencia de un principio distinto de Brahman, capaz precisamente de incluirlo en modo relativo y accidental, lo que va contra la premisa principal? dice Guénon (p. 30-31): "metafísicamente la manifestación no puede ser considerada mas que en su dependencia del principio supremo y a título de simple soporte para elevarse al conocimiento transcendente". Nos preguntamos: ¿quién es el que se eleva a tal conocimiento? o es Brahman mismo, y entonces es preciso entender, con Eckhart, Scoto Erigena, Hegel, Schelling y tantos otros, que el mundo es el mismo proceso autocognoscitivo del Absoluto -pero entonces tiene un valor y una realidad, y antes de ser un fantasma frente a la síntesis eterna preexistente es el acto mismo con el cual esta síntesis se da a sí misma-, o bien es "otro" frente a Brahman, lo que significa hacer de Brahman algo relativo, "uno entre dos", contra la hipótesis considerada. Aún añade: "inmutable en su naturaleza propia, Brahman desarrolla solamente las posibilidades indefinidas que porta en sí mismo, mediante el paso de la potencia al acto... y ello sin que su permanencia esencial sea afectada, precisamente porque este pasaje no es sino relativo y este desarrollo no es desarrollo mas que en cuanto se lo considera desde el lado de la manifestación, fuera de la cual no puede ser cuestión de una sucesión cualquiera, sino solamente de una perfecta simultaneidad" (p. 36). La dificultad es la misma: todo estaría muy bien siempre que hubiese modo de hacer entender cómo puede existir un punto de vista distinto al del Absoluto y coexistente con él. Pero si ello no es posible, la sucesión, el desenvolvimiento y el resto no pueden ser denominados accidentales e ilusorios, sino absolutamente reales. El único refugio sería el creacionismo como projectio per iatum dei de los teólogos católicos, es decir, la posibilidad divina de separar de sí misma centros distintos de consciencia, que puedan por tanto ver desde el exterior aquello que El interiormente incluye en modo eterno. Pero prescindiendo incluso de la inconsistencia lógica de tal punto de vista, queda el hecho de que es enteramente desconocido para la sabiduría hindú.

Guénon multiplica los puntos de vista para explicar las antinomias y no advierte que ésta es una pseudo-solución, o, mejor dicho, un círculo vicioso, salvo que se parta de un dualismo originario, esto es, propiamente desde lo opuesto a aquello a lo que se quiere llegar. Traspuestas a aquéllas propias de los diferentes puntos de vista, las oposiciones no sólo permanecen, sino que resultan exasperadas.

Guénon acierta cuando dice (p. 44) que no se puede separar la manifestación de su principio sin que ésta se anule -de donde el profundo sentido de las doctrinas Vedânta y Mahayana acerca de que las cosas son a un tiempo reales (con referencia a su principio) e ilusorias (si se toman en sí mismas)-. No le reprochamos tal separación, sino la del principio respecto a la manifestación. De decir que, si bien el mundo no puede distinguirse de Brahman, sin embargo Brahman puede distinguirse del mundo (como su causa libre), a decir que "la manifestación al completo es rigurosamente nula respecto a su infinidad", hay un buen salto, que consiste en la introducción subrepticia de una concepción muy dudosa de la infinidad misma. Esto es: la infinidad entendida como indeterminación, como lo que para cada determinado no puede más que significar la muerte de sí. Para nosotros, la verdadera infinidad no es tal, si bien ésta es su hipóstasis abstracta, casi el carácter propio del ser ignorante e impotente. La infinidad verdadera es potestas, es decir, energía de ser incondicionadamente aquello que se desea. Lo Absoluto no puede tener, como una piedra y una planta, una naturaleza propia (y tal sería la misma infinidad si se entendiera como algo fatal, inmutable, luego pasivo respecto a sí mismo). Ello es aquello que quiere ser; y lo que quiere ser es, sin duda, el Absoluto, el Infinito. Al manifestarse es, en consecuencia, lo finito, lo individual, etc. Así pues, no es ya la muerte y la contradicción de lo Infinito (luego un no ser), una nada que oscurece la plenitud (omnis determinatio negatio est), sino al contrario, Su acto, Su gloria, aquello por lo cual testimonia y afirma en Sí mismo Su libertad potente.

Tal punto de vista reaparece en una escuela oriental (a la que naturalmente Guénon llama "heterodoxa"): la de los çakti-tantra, los cuales dirigen al Vedânta una crítica cuyo alcance es indiscutible. Solamente a condición de colocar en el lugar de las nebulosas e intelectuales nociones de espíritu (âtma) e Infinito (Brahman) aquélla activa y concreta de potencia (çakti) -dicen ellos- puede resolverse, desde un punto de vista no dualista, las varias dificultades inherentes al concepto de manifestación. Lo Absoluto es potencia de manifestación, el mundo es su acto: por tanto, es real, con una suprema realidad. Si en cambio lo Absoluto se comprende como una infinidad actual existente ab aeterno, ¿qué lugar queda ya para la manifestación? ¿no se percata Guénon del absurdo del concepto de que ésta sea "desarrollo " de algunas "posibilidades" presentes en el principio supremo? De hecho, o se le da un sentido al término "desarrollo", o no se le da. En el primer caso, se tendría algo que es, a un tiempo y en la misma relación, potencia y acto, lo cual es una contradicción de términos. Tal es la "posibilidad" de la cual habla, ya que ésta, en cuanto referida a la eventual manifestación, debería estar en potencia, pero en cuanto, por otra parte, es posibilidad del principio supremo, ya no es posibilidad sino actualidad, algo ya "desarrollado", pues nada hay en Brahman que no sea actual (4). Puede notarse cómo Guénon, en su entusiasmo (casi diríamos fanatismo) por oriente, ve la paja en el ojo del vecino, pero no la encuentra en el suyo propio: de hecho, precisamente, esta crítica él la dirige a la concepción de Leibnitz (que, naturalmente, para él es mera "filosofía profana") y no se percata de que ésta se hunde en las raíces mismas del Vedânta.

La contradicción, por lo tanto, solamente cesa si consideramos a Brahman no ya como eterna luz intelectual, sino como pura potencialidad que en lo manifestado tiene, no su negación, sino su afirmación. Y la necesidad de tal concepción se filtra frecuentemente en el mismo Guénon -allí donde se refiere a una "voluntad creadora divina", a un "supremo principio causal"-. Así, se acerca a la coherencia -pero, al mismo tiempo, se aleja del Vedânta tal cual es verdaderamente-. De hecho, el Vedânta afirma explícitamente que lo Absoluto no es causa ni actividad, que causa y actividad no recaen en él, sino en la inconsciente "mâyâ", de lo que se deduce que cuando se le atribuye cualquier tipo de función ("Yo causo, Yo actúo, Yo creo"), se cae víctima de la ilusión y de la ignorancia. Causalidad, creación y todo lo que es devenir y determinación no recaen, para el Vedânta, en lo Absoluto, que, por ello, es existencia pura, indeterminada, privada de cualquier atributo (nirguna-Brahman), sino en el Absoluto oscurecido por mâyâ (saguna-Brahman), siendo mâyâ un principio inexplicable e indefinible, un "dato" frente al cual es preciso detenerse. Y entre saguna-Brahman y nirguna-Brahman hay un abismo inagotable (5): uno es, el otro no es. Concepto éste al cual de hecho Guénon, por otra parte, se atiene rigurosamente, reafirmando así la originaria concepción abstracta de lo Absoluto y de lo universal.

La originalidad y, al mismo tiempo, el defecto de origen del Vedânta está precisamente en la separación del principio de una síntesis con respecto a lo que está ya sintetizado, separación que hace de los dos términos algo contradictorio uno con respecto al otro. Mientras en un no-dualismo consecuente lo universal es el acto que comprende a lo particular como la potencia de la cual es el acto y a través de la cual se realiza, en el Vedânta lo universal no comprende sino que excluye a lo particular, ya que aquél no puede comprender a éste más que negándolo en una indeterminada identidad, en el mero éter de consciencia (cit-âkâça), noche -por decirlo en términos hegelianos- en la que todas las vacas son negras.

Se puede preveer desde ahora que, acercándose a tal visión, todo significado del hombre y de su devenir se disuelve. El individuo, en cuanto tal, pertenece a la manifestación y es entonces una nada, una bagatela; ésta es la única consecuencia rigurosa de la premisa. Es inútil negar la legitimidad de asumir para sí al individuo y decir por tanto que la distinción entre el Yo y Brahman es un ilusión propia del Yo (p. 210), porque precisamente aquí está el problema: esta ilusión es real y haría falta explicar cómo nace y cómo es posible la demostrada imposibilidad de duplicar los puntos de vista. Es inútil también desdoblar la unidad de consciencia en un "Si" (personalidad, Yo metafísico) y un "Yo" (individualidad, yo empírico), ya que nos encontramos con las mismas contradicciones antes señaladas procedentes de la presuposición de la absoluta heterogeneidad entre universal y particular, entre metafísico y empírico. Entre este "Si" y este "Yo" no puede haber una unión real (como en una doctrina de la potencia, donde el "Si" sería la potencia de la cual el Yo es el acto, o bien, desde otro punto de vista, al contrario), sino una composición extrínseca, incomprensible (confirmada por lo demás por la doctrina de los "cuerpo sutiles" tal como la expone Guénon), análoga a la de "esencia" y "existencia" escogida por la Escolástica; y otra confirmación de ello nos la da el propio Guénon cuando dice que el pasaje del estado manifestado al de Brahman (correspondiente a los dos principios del hombre) implica un salto radical (p. 200).

La inconsistencia de tal opinión (que, entre otras cosas, en lo referente a la "salvación" o "liberación" debería coherentemente desembocar en el misterio cristiano de la "gracia") del Vedânta la han mostrado con pericia precisamente los Tantra. Éstos hacen a los vedantinos el siguiente razonamiento: "decís que lo verdaderamente real solamente es el inmóvil Brahman sin atributos, y el resto -el conjunto de los seres condicionados- es ilusión y falsedad. Ahora responded: ¿quiénes sois vosotros, que afirmáis esto, Brahman o un ser condicionado? pues si sois un ser condicionado (y otra cosa lealmente no podéis decir), sois ilusión y falsedad y, por consiguiente, con mayor razón, ilusorio y falso será todo lo que decís y asímismo vuestra propia afirmación, puesto que solamente Brahman es, y el resto es ilusión".

Por lo demás el mismo concepto de "ser condicionado", con el cual Guénon define al hombre y a las otras "manifestaciones" semejantes a él, conduce una vez más al dilema ya indicado. De hecho, o se admite un principio distinto, susceptible de experimentar ciertas condiciones, contra una potencia condicionante, pero eso es radicalmente contrario a todo el espíritu del Vedânta, o bien se niega la distinción, y entonces lo condicionado y lo condicionante devienen una sola y misma cosa: Brahman, que en los diversos seres se quiere determinado de una forma o de otra. Por lo que nada hay relativo y dependiente, todo es al contrario absoluto, todo es libertad. Y aquí, una vez más, no cabe la solución de los puntos de vista. No tiene sentido hablar de un punto de vista de la criatura que vive como condición y dependencia aquello que para Brahman no es tal: el punto de vista no puede ser mas que único, el de Brahman. Y es Brahman quien en los diversos seres se alegra y entristece y en los yoguis se apresta a darse a Sí mismo la propia "liberación". Tal es el punto de vista de los tantra (y, con ellos, de todo el inmanentismo occidental), el cual sin embargo no puede ser el del Vedânta, precisamente porque para el Vedânta el Absoluto como causa inmanente es ilusión y entre él y lo relativo y "manifestado" hay discontinuidad, salto radical. Por ello el mundo es una nada, el hombre es una nada, el devenir del hombre es el de una nada que se resuelve en la nada. ¿Cuál es de hecho el sentido de tal desarrollo según el Vedânta? un reabsorverse del estado de existencia concreta en el estado de existencia sutil y después de tal estado en el no-manifestado, donde las condiciones (leyes, determinaciones) individuales son al fin canceladas totalmente. No se trata por lo tanto -como dice el propio Guénon (p. 175)- de una "evolución" del individuo, ya que siendo el fin "la reabsorción de lo individual en el estado no-manifestado, desde el punto de vista del individuo habría que denominarlo más bien una "involución". Nosotros vamos, por el contrario, más allá: concibiendo la manifestación como el acto de lo Absoluto (recuérdese siempre que es imposible duplicar los puntos de vista) diremos que tal devenir es verdaderamente un venir a menos del propio Absoluto a su acto, su arrepentirse; regresión, degeneración, y no progresión.

Por lo demás, es dudoso que las ideas de Guénon y del Vedânta sobre este punto sean claras. De hecho, acerca de la "reabsorción", se habla también de una identificación del Yo con Brahman, en el cual sin embargo no se pierde de ningún modo (p. 233), y de una "resolución" que más que aniquiladora es trans-formadora, pues concurre a una expansión mas allá de todo límite y realiza la plenitud de las posibilidades (p. 196-97); ambigüedad ésta en la que se refleja el conflicto de un dato de experiencia interna, espiritual, válido en sí mismo, que no ha encontrado, para expresarse, un cuerpo lógico adecuado, pues está deformado por una concepción limitada y extática, como es la propia del universalismo abstracto del Vedânta. En todo caso, la dificultad principal permanece: cualquiera que sea la dirección, ¿tiene o no el devenir del hombre un valor, un valor cósmico? En suma ¿por qué debo yo devenir, transformarme? De nuevo, no queda más que la escapatoria de los puntos de vista. Respecto al infinito, considerado como existente actualiter et tota simul ab aeterno, como idéntico rigurosamente a sí mismo en cualquier estado o forma, todo lo que es devenir de "seres condicionados" no puede tener ningún significado real; no puede realizar a Brahman en más, del mismo modo que su no porvenir no podría realizarlo en menos. Brahman es, y no puede más que ser, indiferente: ya sea el estado de un bruto (paça), el de un héroe (vîra) o el de un dios (deva), para Él deben ser perfectamente la misma cosa, y por tanto el progreso desde uno de estos estados hasta otro, desde Su punto de vista, no puede tener ningún sentido y justificación. Al contrario, en rigor, no se puede hablar de progreso y regreso, sino solamente de pasaje; pero ni siquiera eso, ya que el mismo devenir es una ilusión referida a un punto de vista distinto al de Brahman.

Cada uno puede ver qué consecuencias prácticas se derivan de ello. Se nos presentan dos opciones: o bien una contemplación pasiva y estupefacta del sucederse incomprensible de los estados, o bien una moral utilitaria. Utilitaria porque el motivo animador del eventual desarrollo y transformación del hombre no podría conectarse a un valor cósmico, en el sentido de que el mundo, Dios mismo, exige algo que no existe si no es por el "Yo", y que solamente podría justificarse en función de una utilidad personal, de la conveniencia que pueden ofrecer al individuo ciertos estados particulares de existencia. Pero esto no basta. Desde el punto de vista de un vedantismo coherente se deriva un derrotismo moral tal que no es capaz de justificar siquiera una ética utilitaria. Y ello porque el pasaje a través de una jerarquía de estados hasta el no manifestado Brahman, que un ser particular puede realizar mediante el largo, áspero, austero proceso de autosuperación propio del Yoga, no es más que una especie de aceleración de algo que acaecerá naturalmente a todos los seres, es la "liberación actual" en lugar de la "liberación diferida", donde todo se reduce a una cuestión de... paciencia. De hecho, el punto de vista del Vedânta es que el mundo, procedente de estados no manifestados, vuelve a sumergirse en ellos al final de cierto período, y ello recurrentemente. Al final de tal período, todos los seres, bon gré mal gré, serán por tanto liberados, "restituidos". De donde una nueva negación: no sólo falta toda real y suprapersonal justificación para dicho desenvolvimiento, sino que la misma libertad es, según esto, negada: los seres, en última instancia, están fatalmente destinados a la "perfección" (creemos que está permitido dar este atributo, ésta "relatividad" a lo no manifestado respecto a lo manifestado, desde el momento en que no somos tan no-dualistas como para no distinguir entre aquéllo y esto); esta visión contrasta con muchas otras de la misma sabiduría hindú -especialmente del Budismo- en el cual, por el contrario, es muy vivo un sentido trágico de la existencia, el convencimiento de que si el hombre no se hace el salvador de sí mismo nadie podrá nunca salvarlo, de que solamente su voluntad puede sustraerlo al destino de la generación y de la corrupción (samsâra) en el cual, de otra forma, permanecería para la eternidad.

Creemos que no hace falta añadir más para dar cuenta del sentido de lo que quiere el Vedânta. Lo cierto es que de ningún modo es esto lo que queremos. Y si un "profano" nos dijese que, si tal es la "metafísica" -el nihilismo de la realidad, de los valores y de la individualidad-, él no sabría qué hacer con ella, no bastándole ni sirviéndole, nosotros, verdaderamente, no sabríamos como quitarle la razón. Ciertamente, hemos desatendido algunos de los elementos positivos contenidos en el Vedânta (aunque no por ello los negativos ya encontrados cesen de ser tales), bien sea porque tales elementos no constituyen lo más específico del Vedânta, sino que son comunes a otras tradiciones esotéricas y especialmente a las que hemos denominado mágicas, bien sea porque se debe insistir en aquello que oriente tiene de negativo contra quienes, como Guénon, no quieren ver en occidente nada positivo. Adviértase lo siguiente: quien esto escribe tiene con respecto a oriente la máxima consideración, y con él ha estrechado unos vínculos mucho más profundos de cuanto pueda parecer a primera vista. Pero no puede y no quiere proceder dogmáticamente: tanto oriente como occidente deben ser sometidos a una crítica que, ya sea en el uno o en el otro, separe lo positivo de lo negativo. Solamente tras una tal separación -a decir verdad, con un espíritu exento de prejuicios y de manías polémicas mas o menos femeninas- se puede pensar en tal síntesis, que quizás sea problema de vida y de muerte para una o para otra cultura.

Con relación a ello, dos nos parecen ser los puntos fundamentales. La consciencia racional, el puro nivel lógico y discursivo -en el cual está el culmen de la civilización occidental- está superada. Pero aquello que está verdaderamente más allá del concepto no es el "sentimiento", como tampoco la moralidad, la devoción, la contemplación o la identificación "intelectual". Lo que está mas allá del concepto es, sin duda, la potencia. Más allá del filósofo y del científico no está el santo, el artista, el contemplativo, sino el mago: el dominador, el Señor. En segundo lugar: la consciencia extrovertida, perdida en el mundo material y haciendo de éste la última instancia, queda trascendida. Pero esta superación no debe consistir en accesis, desapego, fuga de la realidad, fe soñadora en los cielos e inmersión intelectual en la identidad suprema: debe ser, al contrario, inmanente resolución del mundo en el valor, espíritu que haga de la realidad la expresión misma de la perfección de su actualidad. La realidad del mundo queda reconocida, a decir verdad, como la del lugar mismo donde de un hombre se saca un dios y de la "tierra" un "sol".

Estas dos exigencias encuentran su mejor expresión en dos máximas que, a propósito, no extraemos -como podríamos hacer- de la "profana filosofía intelectual", sino de un sistema metafísico oriental, el de los Tantra:

"Sin çakti (=potencia) la liberación es mera burla".

"¡Oh, señora del Kula! En Kuladharma (vía tántrica de la potencia) el disfrute deviene realización (yoga) perfecta, el mal se hace bien y el mundo mismo se convierte en el lugar de la liberación".


René Guénon

A PROPÓSITO DE LA METAFÍSICA HINDÚ.

UNA RECTIFICACIÓN NECESARIA


En el artículo aparecido en estas mismas páginas (p. 21-24 de 1925) a propósito de nuestro libro sobre el Vedânta (L'homme et son devenir selon le Vedanta, Bossard, París, 1925), J. Evola ha cometido cierto número de errores bastante singulares; no lo habríamos puesto de manifiesto si se tratase sólo de nosotros, pero, y esto es bastante mas grave, versan sobre la interpretación de la doctrina misma que hemos expuesto, y por ello no es posible dejarlos pasar sin aportar una rectificación.

Ya anteriormente, en un artículo publicado en la revista Ultra (septiembre de 1925), Evola había creído incidentalmente tomar contra nosotros la defensa de la ciencia occidental actual, de la cual reconoce sin embargo, bajo ciertos aspectos, su insuficiencia, y al mismo tiempo nos había tratado de "racionalista". Esta equivocación, verificada a propósito de un libro (Orient et Occident), en el cual habíamos denunciado precisamente al racionalismo como uno de los principales errores modernos, es verdaderamente sorprendente. Ahora vemos que el reproche de "racionalismo" viene dirigido al mismo Vedânta; es cierto que esta palabra está quizás distorsionada de su verdadero sentido, y que en todo caso la definición que viene dada de ella, en términos visiblemente tomados en préstamo de la filosofía alemana, está lejos de ser clara. Sin embargo la cosa es bien simple: el racionalismo es una teoría que pone la razón por encima de todo, que pretende identificarla, sea con la entera inteligencia, sea al menos con la parte superior de la inteligencia, y que, por consiguiente, niega o ignora todo aquello que sobrepasa a la razón. Es éste un tipo de concepciones propio de la filosofía, y por lo tanto específicamente moderno; Descartes es el primer auténtico representante del racionalismo. No vemos que pueda tratarse de otra cosa más que de ésta, tanto más cuanto que Evola tiene el cuidado de precisar que pretende hablar "del racionalismo como sistema filosófico"; ahora bien, el Vedânta nada tiene en común con un "sistema filosófico" cualquiera, y hemos hecho observar frecuentemente que las etiquetas occidentales no podrían de ningún modo ser aplicadas a las doctrinas metafísicas de oriente.

Verdaderamente, Evola está mucho más cercano que nosotros a admitir las pretensiones del racionalismo, porque rechaza ver una diferencia entre la razón y lo que hemos llamado la intelectualidad pura; él demuestra así, simplemente, ignorar por completo qué es esta última, si bien afirma lo contrario de manera bastante imprudente. Si la expresión "intelectualidad pura" le disgusta, que proponga otra en sustitución; pero ¿con qué derecho alega la pretensión de que ésta, en el uso que hacemos, signifique otra cosa de lo que nosotros hemos querido designar así? Continuamos sosteniendo que el conocimiento metafísico es esencialmente "supra-racional", pues o es tal o no es, y el único resultado lógico del racionalismo es la negación de la metafísica. He aquí, por otra parte, sobre el carácter de este conocimiento metafísico, otro y no menos deplorable error, pues, de acuerdo con la doctrina hindú, hablamos de conocimiento puro y de "contemplación".

Evola se imagina que se trata de un actitud puramente "pasiva", mientras que es exactamente lo contrario. Una de las diferencias fundamentales entre la vía metafísica y la vía mística consiste en que la primera es esencialmente activa, mientras la segunda es esencialmente pasiva; y esta diferencia es análoga, en el orden psicológico, a la diferencia que hay entre la voluntad y el deseo. Nótese bien que decimos análoga y no idéntica, primero porque se trata de conocimiento y no de acción (no hay que confundir "acción" y "actividad"), y después porque aquello de lo que hablamos está absolutamente fuera del dominio de la psicología, pero no es menos cierto que se puede considerar a la voluntad como el motor inicial de la realización metafísica, y al deseo como el de la realización mística. Esto, por lo demás, es todo lo que podemos conceder al "voluntarismo" de Evola, cuya actitud a este respecto no tiene sin duda nada de metafísico ni, comoquiera que se piense, de iniciático. La influencia ejercida sobre él por filósofos alemanes como Schopenhauer y Nieztsche es bastante llamativa, mucho más que la del Tantra en el cual se escuda, pero al que no parece comprender mejor que el Vedânta y al cual ve más o menos como Schopenauer veía al Budismo, es decir, a través de las concepciones occidentales. La voluntad, como todo lo que es humano, no es más que un medio; sólo el conocimiento es un fin en sí mismo; por supuesto, aquí hablamos del conocimiento por excelencia, en el sentido verdadero y completo de la palabra, conocimiento "supra-individual", luego "no-humano", según la expresión hindú, y que implica la identificación con lo que es conocido. Sobre esto, el Vedânta y el Tantra, para quien los comprenda bien, están perfectamente de acuerdo; ciertamente, hay entre ellos diferencias, pero versan en suma sólo sobre los medios de la realización; ¿porqué Evola se esfuerza por encontrar una incompatibilidad que no existe entre estos distintos puntos de vista? haría bien en remitirse a lo que hemos dicho acerca de los darshanas y de sus relaciones en nuestra Introduction générale à l'étude des doctrines hindoues. Cada uno puede seguir la vía que mejor le convenga, la más adaptada a su naturaleza, porque todas conducen al mismo fin y, cuando se ha superado el dominio de las contingencias individuales, las diferencias desaparecen.

Sabemos al menos, al igual que Evola, que hay tradiciones iniciáticas semejantes, que son precisamente estas varias vías a las que hemos aludido; pero no difieren más que en las formas exteriores y su fondo es idénticamente el mismo, porque la Verdad es una. Naturalmente hablamos de verdaderas tradiciones "ortodoxas", las únicas que nos interesan; esta noción de la ortodoxia no ha sido comprendida por nuestro contradictor, aunque hayamos tenido la precaución de precisar en ocasiones parecidas en qué sentido había que entenderla, y de explicar por qué, en este campo, ortodoxia y verdad no son sino una y la misma cosa. Hemos quedado estupefactos al ver afirmar que, para nosotros, son "heterodoxos" ¡el Tantra, el Mahayana... y el Taoísmo! ¡y, sin embargo, hemos declarado lo mas claramente posible que este último representa, en el extremo oriente, la metafísica pura e integral! Y, en L'homme et son devenir selon le Vêdânta, hemos citado también un número bastante elevado de textos taoístas para mostrar su perfecta concordancia con la doctrina hindú; ¿Evola no se habrá dado cuenta? Es cierto que el Taoísmo no es ni "mágico" ni alquímico, contrariamente a lo que él supone; nos preguntamos de dónde ha podido hacerse una idea tan ilusoria. En cuanto al Mahayana, se trata de una transformación del Budismo por reincorporación de ciertos elementos tomados prestados a las doctrinas ortodoxas; esto es lo que hemos escrito contra el Budismo propiamente dicho, eminentemente heterodoxo y antimetafísico. En fin, en cuanto al Tantra, habría que distinguir: existe una multitud de escuelas tántricas de las cuales algunas son de hecho heterodoxas, al menos parcialmente, mientras que otras son estrictamente ortodoxas. Hasta hoy no hemos tenido nunca ocasión de explicarnos sobre esta cuestión del Tantra, pero Evola, por decirlo de pasada, no capta más que muy imperfectamente el significado de la "Shakti". Sin duda, no ha observado que nosotros afirmamos bastante a menudo la superioridad del punto de vista shivaíta sobre el punto de vista vishnuita; esto habría podido abrirle otros horizontes.

Naturalmente, no nos detendremos aquí en las críticas de detalle, que proceden todas de la misma incomprensión; por otra parte, estamos muy poco convencidos de la utilidad de ciertas discusiones por medio de procedimientos sacados de la filosofía profana, y que verdaderamente no están en su lugar más que en ella. Se sabe, hace ya tiempo, que hay cosas que no se discuten; hay que limitarse a exponer la doctrina tal como es, para aquéllos que son capaces de comprenderla, y es lo que pretendemos hacer en la medida de nuestros medios. A quien busca verdaderamente el conocimiento nunca se le deben ser negadas las aclaraciones que solicita, si es posible proporcionárselas, y si no se trata de algo absolutamente inexpresable; pero si alguien se presenta con una actitud de crítica y de discusión, "las puertas del conocimiento deben cerrarse ante él"; por otra parte, ¿de qué serviría explicar algo a quien no quiere comprender? Nos permitimos invitar a Evola a meditar sobre estos pocos principios de conducta, que por otro lado son comunes a todas las escuelas verdaderamente iniciáticas de oriente y occidente. Nos limitaremos a destacar algunos ejemplos de manifiesta incomprensión: Evola habla de la identificación del "yo" con Brahman, mientras que se trata del "Si mismo" y no del "yo", y, si esta distinción fundamental no es captada desde el principio, nada de lo que viene a continuación podría ser tampoco captado. Él cree que el Vedânta considera al mundo como una "nada", siguiendo la errónea interpretación de los occidentales, que piensan traducir de esta manera la teoría de la "ilusión", mientras que esta realidad es relativa y participativa, en oposición a la realidad que no pertenece más que al Principio Supremo. Él traduce "estado sutil" como "cuerpo sutil", mientras que ya hemos hecho observar que de ninguna manera podría tratarse de "cuerpos", contrariamente a las concepciones ilusorias de los ocultistas y de los teosofistas, y, por otra parte, en el conjunto de la manifestación formal o individual el "estado sutil" se opone precisamente al "estado corpóreo". Confunde también "salvación" y "liberación", aun cuando hemos explicado que estas son dos cosas esencialmente diferentes y que no se refieren en modo alguno al mismo estado del ser (p. 187 y 218 de nuestra obra); y todavía hay algo más: él escribe que para el Vedânta, "al final de cierto periodo, todos los seres, de grado o por fuerza, serán liberados", mientras que nosotros hemos citado (p. 191) un texto que dice lo contrario de modo suficientemente explícito: "En la disolución (pralaya) de los mundos manifestados el ser se sumerge en el seno del Supremo Brama; pero, también entonces, puede estar unido a Brama del mismo modo que en el sueño profundo (es decir, a falta de la realización plena y efectiva de la Identidad Suprema)". Y, para evitar equívocos, añadiremos una explicación sobre la comparación aquí hecha con el sueño profundo, y que indica que en semejante caso hay retorno a otro ciclo de manifestación, de donde resulta que el estado del ser de que se trata no es de hecho la "liberación". Decididamente, hay que decir que Evola, a pesar de su intención de hablar de nuestro libro, ¡no lo ha leído mas que muy distraídamente!

Para hablar francamente, diremos que aquello que falta sobre todo a Evola es una conciencia clara de la distinción entre el punto de vista iniciático y el punto de vista profano; si tuviera esta conciencia, no los mezclaría constantemente tal como hace, y ninguna filosofía tendría influencia sobre él. Sabemos bien que podrá responder, como ya lo ha hecho comprender, que él no toma el lenguaje filosófico más que como un simple medio de expresión; probablemente está persuadido con toda sinceridad de que es así , pero no obstante, por nuestra cuenta, no terminamos de creerle. Por lo demás, el simple hecho de escoger, entre todos los posibles medios de expresión, el menos apropiado, el más inadecuado, el menos capaz de expresar las cosas de que se trata, porque estas cosas pertenecen a muy distinto orden que aquél para el cual está hecho especialmente, este simple hecho, decimos, demuestra una falta de discernimiento de las más deplorables. Lo mas extraordinario es que Evola afirma que nuestro libro sobre el Vedânta "no es más que una exposición filosófica", y añade que "espera que nosotros seamos conscientes de ello" (nos preguntamos qué puede importarle); muy al contrario, nosotros lo negamos formalmente, porque nada podría ser más opuesto a nuestras intenciones, que después de todo debemos conocer mucho mejor que nadie, que el hablar "filosóficamente" de asuntos que ninguna relación tienen con la filosofía; y repetimos una vez más: ninguna expresión -verbal o no- tiene para nosotros más que un valor exclusivamente simbólico.

Siempre hemos pretendido situarnos en un terreno puramente metafísico e iniciático, y nadie podrá hacernos salir de él, ni siquiera las críticas formuladas sobre un terreno distinto, que, por ello mismo, golpean necesariamente en falso; Evola no duda de que las cuestiones no se presentan de hecho del mismo modo para él y para nosotros, y que ciertas dificultades filosóficas que sostiene no tienen metafísicamente ningún sentido, pues los términos mismos en que vienen expresadas no corresponden ya a nada cuando se quiere hacer la transposición a un orden superior . Sólo añadiremos una última observación: no concierne a Evola decir que "habríamos hecho mejor en reflexionar un poco mas" en ciertas cosas, porque él no ha trabajado y reflexionado, como nosotros, sobre estas cuestiones, durante mas de quince años antes de decidirse a publicar su primer libro. Es muy joven, y esto es sin duda lo que le excusa; aún tiene muchas cosas que aprender, pero tiene tiempo por delante y podrá quizás aprenderlas... a condición, claro está, de que cambie de actitud y que no se imagine saberlo ya todo.


Julius Evola

NOTA CONCLUSIVA


A Guénon hacemos notar, por nuestra parte, lo siguiente:

1) Que antes de usar una palabra, estamos habituados a definirla. Ahora bien, hemos definido como racionalista toda actitud que "cree en leyes existentes por sí mismas, en principios que son aquello que son, incontrovertiblemente; que entiende el mundo como algo en lo que todo lo que es contingencia, tensión, oscuridad, arbitrio, indeterminabilidad, no tiene ningún lugar". Diganos Guénon si piensa lo contrario o si, pensándolo, permanece en el ámbito del Vedânta; de otro modo, su protesta queda como algo hueco. Y que la realización metafísica sea esencialmente supra-racional (en el sentido totalmente empírico de razón usado por Guénon), no nos parece que pueda ser más resueltamente afirmado por quien, como nosotros, ha escrito para llegar solamente "a aquél que tiene la fuerza de tomar en bloque todo aquello que es, siente y piensa; cogerlo, e ir adelante".

2) Si Guénon entiende la "realización intelectual" (con la cual intercambia la metafísica) como "algo esencialmente activo", reflejando, en cierto sentido, el modo de la voluntad, ciertamente retiramos la reserva hecha a tal propósito (aconsejándole sin embargo el término "actualidad pura") para reafirmarla, no obstante, cuando nos habla de una voluntad que no tiene finalidad en sí, sino en un conocimiento. Y respecto a que "conocimiento" signifique también "identificación con el objeto conocido", por nuestra parte, mas allá de esto, afirmamos un valor superior: el dominio sobre el objeto conocido. Y si complace a Guénon creer que nuestro "voluntarismo" nada tiene de iniciático y de metafísico (¡casi como si la potencia de la que hablamos fuese la voluntad muscular de los hombres!), créalo también; nosotros nada podemos hacer puesto que -lo dice exactamente él mismo- no hay modo de hacer comprender a quien no quiere comprender; y como él amenaza con "cerrar las puertas del conocimiento", nosotros cerramos las puertas de algo que estimamos bastante más que su conocimiento o que cualquier otro.

3) No es el caso, en estas líneas, de tratar sobre una rectificación acerca de las varias escuelas orientales y de su "ortodoxia"; por ejemplo, el juicio de heterodoxia de Guénon lo hemos referido no al Mahayana y al Taoísmo en sí, sino a corrientes mágicas y alquímicas de estas escuelas que si Guénon (como parece) no conoce, podremos hacerle conocer nosotros cuando quiera. Destacamos solamente que Guénon no ha respondido a nuestra pregunta fundamental: si una doctrina se acepta como verdadera por el simple hecho de ser tradicional, o bien si dejamos juzgar el valor de la tradicionalidad de la inmanente verdad por la doctrina; el hecho de que Guénon permanezca firme en un puro autoritarismo que se acredita a sí mismo para salvar la unidad de las tradiciones iniciáticas crea un círculo vicioso: define a priori como no iniciáticas, profanas, filosóficas, etc., todas aquellas direcciones que no coinciden con su gusto o concepción. En cuanto a nuestra pretendida incomprensión de hecho de la sabiduría hindú, y, en especial, tántrica, tenemos suficiente seguridad de ello gracias a personas que han tenido con ella directas e interiores relaciones, porque las insinuaciones que, a propósito, con mucha frivolidad y sin la mínima prueba, avanza Guénon, nos dejan perfectamente impasibles.

4) En cuanto a lo que se refiere a la relación o mezcla entre filosofía y esoterismo, habría que pedir a Guénon (y, junto a él, a quien nos lee) que releyera lo que, previniéndolo, hemos escrito a propósito en el ensayo en cuestión. Pero, también aquí, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Hemos dicho, por ejemplo, que el "carácter transcendente" de la realización metafísica no debe convertirse en refugio para un desenfrenado, dogmático y arbitrario divagar subjetivo"; hemos hablado de "algunos buenos espíritus diletantes en ocultismo" (¡atentos a quienes toca!), los cuales "no permanecen silenciosos en lo puramente inefable, sino que hablan; con todo, cuando se les pregunta que determinen bien el sentido de sus expresiones y rindan cuenta acerca de las dificultades que suscitan, se vuelven atrás vaporizándose de nuevo en la referencia a un puro intuir interior, el cual queda así como un hecho bruto que no da cuenta de sí mismo, que se impone así un poco como el gusto de uno al que agrada el queso frente al de otro que prefiere las fresas"; hemos presentado por tanto el dilema: "o se permanece encerrado en el ambiente iniciático o bien se habla. Pero si se habla, hay que atenerse a hablar correctamente, es decir, a respetar las exigencias lógicas, a hacer ver que el objeto de la realización metafísica, aunque sea accidentalmente, da satisfacción real a todas aquellas exigencias y aquellos problemas que, en el ámbito puramente humano y discursivo, están destinadas a permanecer puramente como tales". Ahora bien, Guénon no sólo habla, sino que escribe, y se dirige a todo un público, a toda una cultura de la que hace la crítica. Por consiguiente, no puede retroceder, no puede cambiar de tema, sustraerse a las que son las condiciones de tal ámbito. Ello, con plena abstracción de lo que nosotros podamos representar en un ámbito que no se reduce precisamente a esto, y para lo cual no sentimos en absoluto la necesidad de pedir un reconocimiento cualquiera a Guénon. A las fundamentales dificultades objetivamente destacadas por nosotros en el Vedânta y en su exégesis por parte de Guénon, a la pseudosolución de las antinomias con los puntos de vista, al absurdo de la pura actualidad transcendente, de la teoría de la "realidad menor" y del "ser condicionado", al nihilismo de todo valor, de todo sentido en la manifestación y en el devenir, Guénon no ha contestado ni una palabra sino que, por el contrario, ha creído concluir con pseudo-rectificaciones exteriores y casi gramaticales, que no atañen para nada al nudo de la argumentación, para después tomar por "manifiestas incomprensiones de elementos de la doctrina lo que es simplemente la profundización crítica que, ciertamente, no puede respetar la forma ingenua y provisional en la que son dados" (refiriéndose esto a la distinción entre el "yo" y el "sí mismo", a la ilusión como "realidad menor", al subsistir de los seres no identificados en el pralaya, etc.).

Podemos, por lo demás, tomar nota de la declaración que hace tras que le hayamos dicho explícitamente que para nosotros "filosófico" no significa algo "que se presente en modo inteligible y justificado". Luego se trata de una obra ininteligible e injustificada por explícita declaración de su autor. Esto nos deja bastante perplejos en cuanto que, por un lado, el autor declara que "después de todo sus propias intenciones las conoce mejor que cualquier otro", y, por otro, ciertamente sentiremos (quizás porque, de creer a Guénon, no hemos leído atentamente el volumen) pronunciar propiamente tal apreciación sobre lo que escribe Guénon, para el cual mantenemos bastante mayor estima de la que, quizás, él suponga y crea necesario corresponder.

Convenimos sobre la escasa utilidad de ciertas polémicas sobre determinadas cuestiones, especialmente cuando éstas, más que para eliminarlas, sirven para añadir a las eventuales incomprensiones de una parte al menos otras tantas de la otra. Nosotros, naturalmente, tenemos muchas cosas por aprender aún, del mismo modo que de otras tenemos muchas por enseñar. De lo cual se deduce que, aunque creemos que el argumento de quien nos echa en cara nuestra edad (sin saber nada preciso, sin embargo) no es válido, podemos responder que debe envidiarsenos por el hecho de disponer de un tiempo para aprender que la canosa edad de otros, que al menos tienen necesidad de otro tanto, no permite. Y, en cuanto a actitud, corresponde quizás mas el cambiar a quien siente la necesidad de hablar excátedra, desde la tribuna de un autoritarismo intolerante y dogmático, ciertamente más propia de pastor protestante que del serio estudioso de asuntos iniciáticos que, con las debidas reservas, continuamos reconociendo en Guénon.


NOTAS:

1. "Iniciación y realización espiritual", Turín, Rivista di Studi Tradizionali, 1967.

2. Es obvio que tal punto de vista, si podemos expresarnos así, no se funda, como ocurre sin embargo con los sistemas de pensamiento y con la filosofía, sobre una facultad cualquiera de orden formal, sino sobre la evidencia intuitiva de la Realidad absoluta a la cual Guénon ha denominado la "sensación de eternidad" aunque, si queremos ser rigurosos, esta última no corresponde exactamente a la intuición del Principio Absoluto, privado de "aspectos" y transcendente a cualquier determinación.

3. Aún reconociendo a Evola cierta purificación doctrinal y terminológica con respecto a sus posiciones juveniles, cierta alergia congénita y latente hacia la Metafísica pura no ha cesado nunca de ejercer una acción sombría que podría decirse como de clausura hacia ciertas luces espirituales.

4. Adviértase: la crítica efectuada pretende eliminar la dificultad de estos aspectos contradictorios presentes en una misma cosa refiriéndolos a dos distintos puntos de vista.

5. Las tentativas de conciliación, tendentes, por ejemplo, a concebir la inmovilidad de lo Absoluto como la del aristotélico "motor inmóvil", si bien encuentran fundamento en otras escuelas orientales, no podrían sin embargo darse correctamente en el Vedânta.

 

El Ejército y la Obediencia, por Julius Evola

El Ejército y la Obediencia, por Julius Evola

Biblioteca Evoliana.-  He aquí uno de los artículos más tardíos de Evola, publicado en la revista Il Conciliatore, correspondiente a 1973. Dejando aparte las reflexiones muy atinadas sobre el tema del artículo, en sí mismo, demuestra que Evola, hasta el final de sus días, fue un hombre preocupado por la realidad de su tiempo y que tenía una opinión sobre cualquier materia. Lejos de ser alguien alejado en las altas cumbres de la espiritualidad, Evola era capaz de preocuparse por todo y por todos. En 1973, el ejército italiano estaba en boca de todos a raíz de rumores de golpe de Estado y decisiones de tipo político. Evola reconoce en la milicia el último reducto de valores tradicionales.  

 

 

EL EJÉRCITO Y LA OBEDIENCIA

por Julius Evola

Es posible pensar que hoy en día el ejército sea la única institución en la cual aun se conservan algunos de los valores superiores pertenecientes a un mundo ya pasado, los cuales, luego del advenimiento de la sociedad burguesa y democrática, se encuentran en vías de disolución. Así pues no resulta asombroso que, simultáneamente con el “progreso”, desde varios sectores y de múltiples maneras se traten de rechazar los principios fundamentales y el espíritu que constituyen el fundamento del ejército.

Aquello que en la ética del honor y del deber del soldado hasta ayer aparecía como algo claro y natural, hoy en día se tiende a ponerlo en discusión influenciando en todas las maneras posibles a la opinión pública por medio de escritos, películas y novelas. Así pues hoy en día vemos que mientras por un lado se avanza en la pretensión y en la ideología de los denominados “objetores de conciencia”, con un trasfondo humanitario-pacifista y derrotista, por el otro se impugna abiertamente el principio de la disciplina y de la obediencia militar. Se pretende que el soldado no tenga más que obedecer simplemente y que cumplir impersonalmente con su deber, sino que tenga el derecho de discutir, de juzgar al que manda, de sustentar un criterio propio individual por encima de la autoridad a la cual se encuentra sometido.

Tal como se sabe, este último punto ha sido la bisagra con la que se sustentó la famosa ideología de Nüremberg, de esta macabra farsa jurídica sin precedentes, mezcla de hipocresía, de prepotencia y de fanatismo. El vencedor, en vez de respetar al adversario al cual no lo había favorecido la suerte de las armas, tal como siempre había sido el código de honor de las mejores tradiciones militares, se ha transformado en un juez, arrogándose una autoridad que trasciende a la de cualquier Estado, pretendiendo así de hacer valer incluso retrospectivamente y para toda la humanidad sus propios dictámenes. Así es como se ha fabricado e impuesto un código de los denominados deberes humanos que todo soldado estaría obligado a seguir ante todo, teniendo no el derecho sino el deber de no obedecer y de rebelarse cuando él reputara, de acuerdo a su criterio personal, de tener que hacerlo.

Naturalmente que esto significa hacer saltar por el aire el mismo principio de toda autoridad y de cualquier disciplina y quitarle al ejército su espina dorsal. Con mucha razón se ha resaltado la relación que existe entre una tal ideología y el protestantismo anglosajón, dado que la primera refleja todo lo que ha sido propio, en el campo religioso, de la Reforma: con el protestantismo el sujeto ha rechazado la autoridad positiva de la Iglesia, ha constituido la propia conciencia de individuo como juez supremo en materia de fe, presumiendo poder estar inspirado directamente desde lo alto. Naturalmente que la anarquía de las diferentes sectas y confesiones contrastantes y rivales ha sido, en el área protestante, la consecuencia de todo ello. En el caso del soldado, de acuerdo a la ideología de Nüremberg se tiene algo análogo. Más propiamente retorna también el denominado iusnaturalismo, la oposición entre el “derecho natural” y el “derecho positivo”, imaginando para el primero un conjunto de valores que serían evidentes en sí mismos, reconocidos por parte de todo el género humano, y que tendrían un carácter verdaderamente moral y hasta divino: mientras que el derecho positivo sería tan sólo el creado ocasionalmente por el hombre y los Estados, quedando privado de cualquier validez moral intrínseca.

No es necesario decir que ésta es una mera ficción, puesto que el presunto derecho natural no ha sido nunca demostrado por nadie y precisado en términos unívocos: sus principios aparecen como mutables, varían de acuerdo a los pueblos y las épocas. Baste hacer mención que en el mundo antiguo el “derecho natural” aceptaba la esclavitud, la cual naturalmente el “derecho natural” de los tiempos sucesivos ha rechazado con horror.

Lo mismo puede decirse respecto de estros presuntos valores “humanos” de la ideología de Nüremberg en nombre de los cuales el soldado y el oficial tendrían eventualmente el deber de no obedecer, de rebelarse, de traicionar. De todo esto la única consecuencia puede ser tan sólo el arbitrio y la anarquía. En verdad, el tenue barniz jurídico y humanitario nos deja fácilmente ver de qué es lo que en realidad se ha tratado, cual es que por tal vía se pueda difundir un peligrosísimo fermento de desmoralización: todo soldado y todo oficial que hayan aprendido la lección de Nüremberg (en un mañana puede incluso suceder con los vencedores de ayer) deberían prestar mucha atención, pues en caso de derrota deberían esperarse ser arrastrados como criminales ante un farsesco tribunal extranjero que juzga en función de un concepto de “humanidad” fijado por su cuenta por parte del vencedor. (1)

Pero prescindiendo de estas absurdidades, que además de la hipocresía mantienen un cierto valor sintomático, se debe reconocer en general la crisis a la cual la ética y las tradiciones militares son expuestas a través del transformismo de los sistemas políticos. Puede decirse que la moral principal del soldado se resume en la antigua máxima del Sachsenspiegel: “Mi honor es mi fidelidad”. La expresión más típica de tal orientación quizás se la ha tenido, hasta ayer, en la tradición prusiana, con su carácter casi ascético de una disciplina severa e impersonal: tan firme que pudo decirse que el oficial que había jurado sobre su bandera y sobre su soberano no se pertenecía más a sí mismo, de la misma manera que el monje que ha hecho voto de obediencia. No por nada en el mundo feudal la fidelidad tuvo el valor de un sacramento: sacramentum fidelitatis. No sin una cierta relación con todo ello más recientemente ha sido afirmado el principio de la apoliticidad o neutralidad del ejército: el soldado en cuanto tal no debe tener ideas políticas; debe simplemente servir al Estado en cuanto Estado (por supuesto que aquí se prescinde de las coyunturas extraordinarias en las cuales se imponen regímenes militares).

Pero obviamente todo esto presupone una firme base, algo estable y superior, es decir el Estado según su concepto tradicional. Todos los valores de honor, de lealtad y de disciplina de la profesión militar aparecen claros y obvios en el clima de un Estado monárquico y dinástico, no sólo porque el soberano como jefe supremo del mismo tenía una conexión directa, viva y personal con las fuerzas armadas, era el primero entre los soldados, sino también porque la soberanía estaba encarnada en algo estable, continuo, sustraído a las ideologías y a los intereses de las partes. El ocaso del Estado tradicional debido a la revolución burguesa del Tercer estado y al sistema parlamentario no pudo pues no implicar también un principio latente de incertidumbre para la misma ética militar.

En efecto, en los Estados “modernos”, en los nuevos sistemas democráticos, en la cúspide del Estado se encuentra el elemento “civil”, “burgués” o como se lo quiera llamar. Éste es el que gobierna. Y éste es el que hace la “política” siguiendo la línea impuesta por las coyunturas parlamentarias y por los partidos, por los humores de un electorado masificado y en mayor o menor medida maniobrado por influencias oscuras. El jefe del Estado es uno u otro Tipo sin un nombre y sin una tradición, sin un especial carisma, es simplemente un “funcionario” que ocupa una oficina durante un tiempo limitado. Así pues el vértice, o centro natural de gravitación, ya no existe más. Nos hallamos en un clima de contingencia y de mutabilidad, esto es, lo opuesto exacto a lo que es el Estado, el que significa por su mismo nombre algo estable. Y el ejército se encuentra en un cierto modo desorientado; no ve más reflejarse sobre el plano superior, político, aquellos principios de autoridad y de jerarquía que le son intrínsecos; se convierte en un instrumento de burgueses politiqueros, los cuales lo usan en los casos de una “triste necesidad”, puesto que a la democratización del Estado le hace de contraparte justamente la ideología humanitaria, la cual tiene muy poca simpatía por los valores guerreros; a las virtudes heroicas y viriles ella tiende a sustituirle las “cívicas” de la vida pacífica y hedonista, con “las artes y las ciencias”, las conquistas sociales y materiales en primer plano cuales expresiones de la “verdadera” civilización. Cuanto más se recurre a la retórica de la “defensa de la Patria” y cosas similares, avergonzándose de hablar de la guerra de otra manera que no sea como defensa de una agresión. En relación con esto debe notarse el cambio significativo que en Italia tuvo la designación Ministerio de Guerra por el de Ministerio de Defensa: quizás en la idea de la eficacia mágica de esta designación puesto que, evidentemente, si todos “se defienden” y nadie ataca, la guerra desaparecería en forma automática del mundo entero, lo cual por otra parte ha significado una simple utopía pues no solamente la guerra no ha desaparecido, sino que las mismas se han hecho cada vez más encarnizadas y sanguinarias.

Aparte de las más recientes ideologías en contra del ejército, hasta arribar a las objeciones de conciencia, el suelo permanece minado justamente a causa de tal sistema, y se debe reconocer que lamentablemente luego de tales modificaciones las cosas para el ejército, para el oficial y para el soldado, dejan de resultar claras y evidentes como lo eran en otros tiempos. Como consecuencia de la inexistencia de quien encarne el vértice estable del Estado como soberano y alto exponente de una verdadera, superior e inobjetable autoridad, vinculado orgánicamente con el ejército, antes que con cualquier otra institución o cuerpo, y de crearse por lo tanto un vacío en lugar de aquel vértice en los regímenes de tipo burgués y democrático, pueden producirse fenómenos lamentables. Uno de éstos es la emancipación anárquica del mismo ejército, como en los múltiples casos de “pronunciamientos” o “golpes” recurrentes por parte de generales u otros jefes militares, que realizan efímeras revoluciones sin lograr crear un orden nuevo, tal como sucede generalmente en América Latina (2) (tal como se ha ya mencionado, resulta una excepción cuando se impone un régimen militar en situaciones de emergencia).

Pero en la situación mencionada pueden también presentarse casos en los cuales el principio de fidelidad jurada se convierte en problemático por razones sumamente diferentes de las derrotistas y anárquicas antes mencionadas. Uno de estos casos se lo tiene cuando, en lo alto, en la esfera puramente política, se caiga en la traición. La fidelidad no puede pues no ser puesta en discusión por parte del que obedece, cuando aquel que de la fidelidad y del honor debería dar el ejemplo más algo viene a menos. Así ayer partes del ejército francés se habían considerado libres del vínculo de fidelidad militar ante De Gaulle cuando éste se apartó de los principios en el caso de la sublevación de Argel. Algo análogo pudo acontecer ayer entre nosotros en las muy notorias contingencias (3).

Sin embargo es claro que se trata aquí de casos-límite. Los mismos no pueden ser sustentados por parte de quien trata de socavar las bases sobre las que se apoyan la consistencia del ejército y su mejor tradición: o en nombre de una deletérea ideología, o también, en muchos otros casos, actuando en razón de fines subversivos precisos pero no declarados.

En efecto, si nos referimos a Italia, si bien la tradición militar italiana no tenga raíces tan profundas como las tuvieron otras naciones  a raíz de una más larga historia y de una más adecuada estructura política, el ejército es la única fuerza sobre la cual quizás se puede contar, sobre el cual se pueda apoyar en eventuales horas decisivas. La disolución democrática interna, la claudicación ante las fuerzas de la Izquierda parece hoy tener en Italia un tal ritmo, que aquellas horas bien podrían avecinarse. Y si las fuerzas políticas de una verdadera Derecha que aun defienden un más alto ideal del Estado tuviesen, en aquel momento, que buscar un aliado, probablemente podrán hallarlo tan sólo en el ejército: en un ejército que resista contra las influencias disgregadoras de las cuales hemos hablado, y restituya el antiguo prestigio a la profesión de las armas.

(de Il Conciliatore, abril de 1973)

(1)        Lamentablemente nuestros militares argentinos no leyeron en su momento tales premonitorias indicaciones, sino que con una ingenuidad absoluta entregaron el poder a los políticos democráticos, quienes serían más tarde los encargados de juzgarlos y condenarlos como en Nüremberg.

(2)        Afirmación realmente acertada en lo relativo a nuestro país en donde los pretendidos golpes de estado, lejos de significar revoluciones que restauraran el perdido principio antidemocrático de autoridad, significaron intentos de corrección de tal sistema caduco, con las consecuencias nefastas vividas luego por los mismos militares. Por lo tanto los mismos no fueron sino efectos de una subversión previa acontecida.

(3)        Se refiere aquí a lo acontecido con el gobierno italiano en 1943 cuando su monarca traicionó los compromisos pactados por su aliado de ayer pasándose de manera traicionera al bando de los enemigos. En tal caso muchos militares italianos se sintieron liberados del vínculo de fidelidad.

 

 

Meditaciones desde la Cartuja de Haim

Meditaciones desde la Cartuja de Haim

Biblioteca Evoliana.-  Evola apreció las vías propuestas por el cristianismo para alcanzar la realización interior. Y, no solo eso, las conoció bien. En el mes de febrero de 1943 se fue a meditar a la Cartuja de Haim y escribió un artículo para el diario "La Stampa". Para algunos les puede resultar paradójico que alguien con la mentalidad de guerrero, elogie la vida monacal y, en especial, la vida cartuja caracterizada por silencio y soledad. No es tan raro si tenemos en cuenta que los samusais, cuando alcanzaban cierta edad en la que veían mermadas sus facultades físicas, pasaban los últimos años de su vida como monjes. La vía de la Acción y la vía de la Contemplación no están tan alejadas como a primera vista parece. Hemos encontrado este artículo en la web del Centro de Estudios Evolianos de la República Argentina.

 

 

MEDITACIONES DESDE LA CARTUJA

Julius Evola

Un pálido paisaje invernal de campos esparcidos de nieve y charcos de agua. Esqueletos negros de árboles desnudos. Un alto cielo de cinc. Un gran silencio. En esta soledad, llevada desde una altura, surge la clara linealidad de una fachada de iglesia, a la que se le enlaza un alto cerco, más allá del cual se ve una serie regular de edificios pequeños. En la parte delantera, una explanada con una gran cruz negra. El ingreso está cerrado –se diría que desde tiempos remotos- con una pesada puesta negra de madera esculpida. Un símbolo: siete estrellas alrededor de una esfera con una cruz encimada, acompañada de la frase: stat dum volvitur orbis. Tal es la Cartuja de Hain, cerca de Düsseldorf.

La Orden de los cartujos se encuentra entre las muy pocas sobrevivientes de la tradición contemplativa occidental. Surgida en 1084, la misma hasta el día de la fecha –es decir durante casi nueve siglos– ha mantenido sin modificaciones su regla y su constitución. Por casi nueve siglos unos hombres separados del mundo han pues practicado la misma ascesis y cumplido los mismos ritos, en las mismas horas han repetido idénticas plegarias; han ritmado su jornada en una misma manera, que no deja casi margen alguno al arbitrio individual, a través del uniforme desenvolvimiento de las estaciones, de los años, de los siglos. La inmutabilidad, representada por la cruz, por encima del movimiento del mundo, es el sentido del símbolo y de la divisa latina, aquí citada. Pero la cruz sobre una esfera en aquel particular modo fue también el antiguo signo del poder universal...

Wir haben überhaupt keine Ruhe- nos ha dicho sonriendo uno de los patres cartujos, es decir: no tenemos ni un momento de descanso, de tregua. Es lo opuesto de lo que se imagina habitualmente la gente respecto de la vida contemplativa. La regla cartuja no deja un solo instante inactivo al sujeto: la totalidad de la jornada se encuentra rigurosamente subdivida, en modo tal que a cada hora le corresponde una tarea precisa, un cierto acto ritual, una determinada realización litúrgica, con un único breve intervalo de trabajo manual para interrumpir una tensión interior que de otra manera sería insostenible.

El aislamiento y el silencio son conocidas reglas de los Cartujos. Toda Cartuja está construida de acuerdo un mismo tipo arquitectónico. Un jardín claustral en el centro oficia también de cementerio –un cementerio en el cual el “hombre” no figura– hay allí tan sólo cruces negras, sin nombre. En su alrededor, y separadas las unas de las otras, se encuentran dispuestas las habitaciones, en las que cada cartujo concentra su trabajo, su plegaria, su ascesis: allí él come, vela y descansa, encontrándose con los otros tan sólo en el templo, para las acciones litúrgicas colectivas, o en raras solemnidades, en las cuales se celebra una comida en común: en la clara severidad de un refectorio, en el medio de la pared de fondo, en un lugar elevado, toma el lugar el Prior, concebido, en la Orden, casi como una manifestación viviente del Cristo y provisto pues de una suprema autoridad.

El silencio del cartujo no es interrumpido sino para un uso sagrado de la palabra, para el oficio litúrgico: el cual es sea diurno como nocturno. En el medio de la noche invernal, bajo la señal dada por la campana, luces vacilantes surgen casi simultáneamente, desde la oscuridad entre los lentos copos de nieve, para iluminar las extrañas sombras blancas encapuchadas que se encaminan con sus linternas hacia la capilla. Allí toman silenciosamente su lugar; y las luces son apagadas. Todo permanece en una penumbra diáfana. Algunos minutos de recogimiento, luego, tras un breve y seco golpe, se inicia la liturgia. Es un crudo canto gregoriano sin acompañamiento, sin variedad de tonos; es un ritmo, que recuerda el de las melodías árabes, pero que en su monotonía encierra una mucho más alta intensidad espiritual que delata una especie de insensible anhelo o ímpetu, que sería  sumamente difícil de describir: es como conducirse hacia un límite, que se es incapaz de trascender, aun estando totalmente desapegados del vínculo terrenal. Entre los temas principales del canto, propuesto por una u otra voz, se insertan pausas de recogimiento, que dan una impresión más fuerte: son momentos de un silencio viviente, de un silencio intenso, en los cuales se diría que está presente “algo” en el templo, una fuerza ya diferente de la de todos aquellos que se encuentran allí en recogimiento. El rito nocturno alcanza a veces tres horas de duración. Ante una nueva señal, las sombras blancas se apartan de la penumbra, se mueven, las linternas son vueltas a encender, los patres retornan a sus residencias para volver a encontrarse alguna hora más tarde para el oficio del alba. Los cartujos no se arrodillan nunca. Se inclinan profundamente, o bien, en los momentos más importantes, se recuestan en el suelo como si hubiesen sido abatidos.

Se nos ha dicho en Hain de no hacernos ilusiones respecto del futuro de la Orden. Y en verdad, en especial en nuestros días, para muchos no existe nada más anacrónico que la pura vida contemplativa. Incluso en varios ambientes católicos se cree que el religioso pueda tener aun una función tan sólo dejando a un lado la ascesis y pasando a una acción militante o proselitista, en directo contacto con las fuerzas del mundo y de la historia.

Es un hecho irrebatible que no desde hoy en Occidente nos hemos avenido a identificar la acción en sus modalidades más exteriores, materiales y contingentes. Por lo cual se concibe como inercia o fuga a todo aquello que, aun no siendo para nada no-acción (la vida ascética, además de las renuncias, implica una disciplina y una concentración interiores por lo menos tan grandes como las propias de cualquier “hombre de acción”), no se deja remitir a semejantes modalidades. Además existen las confusiones propias de quien, encerrado en el horizonte más groseramente sensible, piensa que sólo las fuerzas materiales y los modos directos de combatir y resistir sean los decisivos y determinantes  en la historia

Donoso Cortés, que fue también un hombre de acción pública, tuvo a bien decir que, a fin de que una sociedad sea firme, “es necesario que exista un cierto equilibrio, conocido tan sólo por Dios, entre la vida contemplativa y la activa”. La necesidad de que el mundo mutable e incierto de la acción encuentre su complemento y casi diríamos su eje en el inmutable de la verdadera contemplación –es decir de una interioridad virilmente desapegada y proyectada hacia la trascendencia– ha sido reconocida por parte de cualquier civilización normal, hasta en aquella de la cual sea Dante como Federico II fueron sus exponentes. Y, en relación con ello, fue también concebida la realidad de una acción de otro género, de una acción silenciosa, comprendida en función de establecer “contactos”, de mover fuerzas que, por ser invisibles, no son menos eficaces que las puramente humanas, sino que sólo a través de las vías de la ascesis y del rito pueden ser alcanzadas. Es sobre esta base que toda enseñanza tradicional ha querido que los ascetas estuviesen al lado de los guerreros, que la contemplación iluminara, justificara y convirtiese en absoluta a la acción, que hombres adecuadamente dotados cumpliesen de manera ininterrumpida, con su aparente retiro respecto del mundo, con la función de vincular la realidad humana con una realidad más que humana. Pontifex, antiguamente, significaba para los Romanos “hacedor de puentes”. Una antigua fórmula nórdica era: “El que es jefe que sea puente...”.

Un mundo que no quiera ser de agitados, sino de seres que conozcan verdaderamente la acción y sepan dominarla, debe tener en cuenta todo esto, evitando peligrosas unilateralidades. Por cierto hoy más que nunca se trata de apartar del modo que sea a todas las fuerzas evocadas a fin de actuar y de combatir en este mundo. Sin embargo se puede también pensar que si en los últimos tiempos las cosas no han ido aun peor, ello no se deba tan sólo a los jefes visibles de los pueblos, sino que por lo menos en igual medida a la acción invisible y silenciosa de pocos seres esparcido y de ignotos que, en éste como en otros continentes, han mantenido todavía, de alguna manera, las relaciones entre el mundo visible y un mundo superior. Más aun es posible que para el ojo de la “otra orilla” sean justamente éstos los que aparezcan como los únicos puntos luminosos y firmes en un mundo de niebla y agitación, como pequeñas hogueras encendidas en la noche por parte de aquellos que “velan” y que aun se mantienen de pié.

Aquí por supuesto que no pretendemos referirnos a los ascetas de una determinada fe o tradición y no tocamos el problema relativo a la medida, en la cual las formas sobrevivientes de ascesis realizan en verdad la mencionada función. Sin embargo Europa presenta hoy rasgos de similitud con aquel período de convulsión en el cual, como reacción, surgieron a la vida las primeras Órdenes monásticas occidentales. Y muchos espíritus, incapaces de hallar los más altos y originarios puntos de referencia, se dirigen hoy hacia el catolicismo. No es por nuestro nuestra función entrar en tales problemas; sin embargo un punto nos parece claro: no es siendo indulgente hacia actitudes militantes que a veces confluyen incluso en el plano de las motivaciones político-sociales, no es insistiendo en veleidades proselitistas y apologéticas, no buscando compromisos con el pensamiento “moderno” e incluso con las ciencia profanas de hoy en día, sino desapegándose decididamente, insistiendo tan sólo en el punto de vista de la ascesis, de la pura contemplación y de la trascendencia, que la Iglesia podría quizás, dentro de determinados límites, volver a convertirse verdaderamente en una fuerza y asegurarse así una inviolable autoridad. Sí, justamente en tiempos como los modernos en los cuales el mundo de la acción ha arribado a un paroxismo sin comparación alguna en la historia, casi por contraposición, dejando todo lo demás, subordinando cualquier ambición semi-temporal, se debería dar un relieve tanto más decidido al polo de la pura trascendencia y de la ascesis, y que una fuerza encuentre en la otra su equilibrio, y que en las horas más angustiantes y en las pruebas más duras a cada uno le sea dado la posibilidad de transfigurar todo sacrificio y toda lucha y de hallar incluso en la muerte la vía hacia una vida superior.

Hain, Febrero de 1943

(La Stampa, Febrero de 1943).

 

 

Etica Aria (III) FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

Etica Aria (III) FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

Biblioteca Evoliana.- El tercer y último artículo publicado en la recopilción "Ética Aria" supone una insistencia habitual, no solo en Evola, sino en toda la filosofía clásica: "¿Quién soy yo?". Algunas escuelas sapienciales aseguran en que solamente la respuesta a esta pregunta es suficiente para alcanzar la iluminación. Por otra parte, se dice que en las dos columnas de acceso al templo de Delfos se encontraban inscritas estas dos frases: "Nada de más" como símbolo de la austeridad necesaria en la vida y "Sé tu mismo", como recuerdo de la necesidad del ser humano de encontrarse a sí mismo. Evola escribió estas líneas cuando Italia vivía los momentos más trágicos de su historia. En efecto, el artículo fue publicado en la revista "La Vita Italiana", en marzo de 1943.

III

FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

 

Hoy más que nunca sería preciso comprender, que incluso los problemas sociales, en su esencia, siempre remiten a problemas problemas éticos y que afectan a la visión general de la vida. Quien aspira a solucionar los problemas sociales en un plano puramente técnico, sería algo parecido a un médico que únicamente se dedicara a combatir los síntomas epidérmicos de un mal, en lugar de indagar y llegar hasta la raíz profunda del problema. La mayor parte de las crisis, de los desórdenes, de los desequilibrios que caracterizan a la sociedad occidental moderna si bien, en parte, dependen de factores materiales, al menos en la misma medida también dependen de la silenciosa sustitución de una visión general de la vida por otra, de una nueva aptitud con respecto a sí mismos y a la propia suerte, celebrada como una conquista, cuando en realidad supone una desviación y una degeneración.

En el orden de cosas que aquí queremos tratar, tiene un relieve particular la oposición existente entre la ética “activista” e individualista moderna y la doctrina tradicional y su espacio dedicado a la “propia naturaleza".

En todas las civilizaciones tradicionales -aquéllas que la vacua presunción "historicista" considera "superadas" y que la ideología masónica juzga "obscurantistas"- el principio de la igualdad de la naturaleza humana siempre fue ignorado y considerado como una aberración. Cada ser tiene, con el nacimiento, una "naturaleza propia", lo que equivale a decir un rostro, una cualidad, una personalidad, siempre, más o menos, diferenciada. Según las más antiguas enseñanzas arias y también clásicas, esto no fue “casual”, sino que se consideraba como efecto de una especie de elección o determinación anterior al mismo estado humano de existencia. La constatación de la "propia naturaleza" no fue nunca el producto de la suerte o del azar. Se nace incontestablemente con ciertas tendencias, con ciertas vocaciones e inclinaciones, en ocasiones sin que sean patentes ni precisas, pero que afloran y salen a la superficie en determinadas circunstancias o pruebas. Frente a este elemento innato y distinto en cada uno de nosotros, ligado al nacimiento, si no incluso -como sugieren las enseñanzas ya señaladas- a algo que viene de más lejos, e incluso que precede al mismo nacimiento, cada uno tiene un margen de libertad.

Y esto aquí desemboca en la oposición entre las “vías” y las “éticas”: las primeras son tradicionales, las segundas son "modernas". El punto esencial de la ética tradicional es “ser uno mismo y permanecer fiel a uno mismo”. Es preciso reconocer y querer lo que se es, en vez de intentar realizarse de manera diferente a lo que se es. Eso no significa para nada pasividad y quietismo. Ser uno mismo siempre es, en cierta medida, una tarea, una forma de "mantenerse firme". Implica una fuerza, una determinación, un desarrollo. Pero esta fuerza, esta determinación, este desarrollo, tienen una base, amplía las predisposiciones innatas, se relaciona con un tipo de carácter, se manifiesta con rasgos de armonía, de coherencia consigo mismo, de organicidad en definitiva. El hombre se va construyendo, es decir, va pasando a ser “de una pieza”. Sus energías son dirigidas a potenciar y refinar su naturaleza y su carácter, a defenderlo contra cada tendencia extraña, contra cada influencia que pretenda alterarlo. 

Así la antigua sabiduría formuló principios como éste: "Si los hombres hacen una norma de acción no conforme a su naturaleza, no deberá ser considerada como norma de acción". Y también: "Mejor cumplir el propio deber aunque de forma imperfecta, que el deber de otro bien ejecutado. La muerte en cumplir el propio deber es preferible; el deber de otro tiene peligros mucho mayores". Esta fidelidad al propio modo de ser ascendió hasta alcanzar un valor religioso: "El hombre alcanza la perfección –se dice en un antiguo texto ario- adorando a aquel del cual proceden todo los vivientes y que penetra todo el universo, a través del cumplimiento del propio modo de ser". Y, finalmente: “Siempre haz lo que tenga que ser hecho, de conformidad con tu propia naturaleza, sin experimentar apego, porque el hombre que actúa con desinterés activo alcanza lo Supremo".

Todo esto se ha convertido en horrible e insoportable para la civilización moderna, especialmente cuando se hace alusión al régimen de castas. Pero se elude completamente hablar de castas y casi no se habla siquiera de "clases" y apenas se realizan alusión a "categorías sociales". Hoy se hacen saltar los "compartimentos estancos" y se "va hacia el pueblo"... Tales prejuicios son el fruto de la ignorancia y a lo sumo se explican por el hecho que, en lugar de considerar los principios de un sistema, se pasa a formas extraviadas, vacías o degeneradas del mismo. Hay que recordar que la "casta", en sentido tradicional, no tiene absolutamente nada a ver con las "clases"; la clase es una distribución completamente artificial realizada sobre una base esencialmente materialista y economicista, mientras que las castas se relacionan con la teoría de la “propia naturaleza” y la ética de la fidelidad a ella.

Por esta razón -en segundo lugar- frecuentemente aparece un régimen de castas de facto, sin fundamentación doctrinal y, por lo tanto, sin tampoco que fuera usada la palabra "casta" o una palabra parecida: tal como en cierta medida ocurrió durante la Edad Media.

Reconociendo la misma naturaleza, el hombre tradicional también reconoció su "lugar", su función y las justas relaciones de superioridad e inferioridad. Las castas o los equivalentes de las castas, antes de definir grupos sociales, definieron funciones, modos típicos de ser y de actuar. El hecho de que la casta correspondiera a las tendencias innatas y aceptadas y a la naturaleza propia de los individuos vinculados a estas funciones, determinó su pertenencia a la casta correspondiente, de modo que, en los deberes propios a ellas, cada uno pudo reconocer el cumplimiento normal de su propia naturaleza. Por eso, en el mundo tradicional, el régimen de las castas tuvo una calma y una serenidad institucional, evidente a los ojos de todos, y no se asentó sobre ningún exclusivismo, sobre abusos de autoridad o sobre la voluntad de unos pocos. En el fondo, el principio romano bien conocido “suum cuique tribuere” [dar a cada uno lo suyo. NdT] remite exactamente a la misma idea. En tanto que los seres eran considerados fundamentalmente desiguales, resulta absurdo que todo fuera accesible a todos y a cada uno; se consideraba que cada casta tenía sus elementos y leyes adecuadas a su función específica. No tenerlas implicaba una desnaturalización y una deformación.

Las dificultades que surgen en quienes viven en las condiciones actuales -muy diferentes del sistema que estamos describiendo- se relaciones con individuos que manifiestan vocaciones y aptitudes diferentes a las del grupo en el que se encuentran por nacimiento y tradición. En un mundo “normal” -esto es, tradicional- tales casos son una excepción y ello por una razón precisa: porque en aquellos tiempos los valores de sangre, de raza y de familia fueron reconocidos de forma natural y por ello se realizaba, en gran medida, una continuidad biológico hereditaria, vocacional, de cualificaciones y de tradiciones. Precisamente, ésta es la contrapartida de la ética del ser uno mismo: reducir a lo mínimo la posibilidad de que el nacimiento sea verdaderamente una casualidad y que el individuo en un momento dado de su vida se encuentre desarraigado, en disonancia con su entorno, con su familia, e incluso consigo mismo, con el propio cuerpo y la propia raza. Además, hay que señalar que el factor materialista y utilitario en estas civilizaciones y sociedades estuvo notablemente reducido y estaba subordinado a valores más altos, íntimamente experimentados. Nada parecía más digno que seguir a la propia actividad natural, que la vocación que realmente estuviera conforme al propio modo de ser, por humilde o modesta que fuera: hasta tal punto, que pudo concebirse, que quien se mantenía de conformidad a su propia función y seguía la ley de la casta, cumpliendo con impersonalidad y pureza los deberes inherentes a la misma, tenía la misma dignidad que el miembro de cualquier casta "superior": un artesano, igual a un miembro de la aristocracia guerrera o un príncipe.

De aquí también procede aquel sentido de dignidad, de calidad y de diligencia que se ha descubierto en todas las organizaciones y profesiones tradicionales; de aquí, aquel estilo, que hacía de un herrero, un carpintero o un zapatero no hombres embrutecidos por su condición sino casi como "Señores", personas que libremente tenían elección y ejercían su actividad, con amor y entrega, siempre dejando en su trabajo una huella personal y cualitativa, manteniéndose desapegados de la pura preocupación por las ganancias y los beneficios.

El mundo "moderno", sin embargo, ha optado por seguir el principio opuesto, la vía un olvido sistemático de la naturaleza propia, la vía del individualismo, del "activismo" y del arribismo. El ideal ya no es ser aquello que realmente se es, sino "construirse", aplicándose a cada actividad, al azar, o bien por consideraciones completamente utilitarias. No es actuar con fidelidad y pureza, el propio ser, sino usar todas las energías para ser lo que no se es. El individualismo, está en la base de tales puntos de vista, es decir el hombre atomizado, sin nombre ni rostro, sin raza y, sin tradición, ha pregonado, lógicamente, la pretensión de la igualdad, ha reivindicado el derecho a poder ser todo lo que cualquier otro también pueda ser, y no ha querido reconocer diferencia más verdadera y justa que la construida por sí mismo de manera artificial, en el seno de una una civilización materializada y secularizada. Como sabemos, esta desviación ha llegado al límite en los Países anglosajones y puritanos. Haciendo frente común la Ilustración masónica, la democracia y el liberalismo, se ha alcanzado un punto en el que para muchos, cada diferencia innata y natural aparece como un feo elemento "naturalista", cada punto de vista tradicional es juzgado como algo oscurantista y anacrónico y no se oye más que la absurda idea de que todo está abierto a todos, que se tengan iguales derechos e iguales deberes, que exista una única moral, común para todos que debería incluso imponerse, permaneciendo indiferentes sino hostiles antes las individuales naturales y las diferentes dignidades. De aquí, también, procede todo antirracismo, la negación de los valores de la sangre o de la familia concebida tradicionalmente. En rigor podríamos hablar, sin eufemismos, de una real "civilización" compuestas por los "excluidos de las casta", por los parias felices con su condición.

Precisamente en el marco de tal seudocivilización surgen las “clases”, grupos sociales que no tienen nada que ver con las castas, carentes de base orgánica y verdadero sentido tradicional. Las clases son agrupaciones sociales artificiales, determinadas por factores extrínsecos y casi siempre materialistas. La clase, casi siempre, tiene una base individualista; es el "lugar" que recoge a todos los que han alcanzado una misma posición social, con independencia de aquello que por naturaleza realmente son. Estas agrupaciones artificiales tienden luego a cristalizar, engendrando tensiones interclasistas. En la disgregación propia a este tipo de "civilización", también se produce la degradación de las "artes" que se convierten en simple "trabajo", el antiguo artífice o artesano se convierte en el "obrero" proletarizado, cuya tarea únicamente sirve como medio para obtener un jornal, que sabe sólo pensar en términos de "sueldos" y "horas de trabajo" y, poco a poco, va a despertar en su interior necesidades artificiales, ambiciones y resentimientos, puesto que las "clases superiores", finalmente, no muestran ningún rasgo que justifique su superioridad, sino, tan solo, una mayor posesión de bienes materiales. Por tanto, la lucha de clase es una de las consecuencias extremas de una sociedad que se ha desnaturalizado y ha terminado considerando proceso de desconocimiento de la propia naturaleza y de pérdida de la tradición, como una conquista y como un progreso.

También aquí se puede considerar una perspectiva racial. La ética individualista corresponde indudablemente a un estado de mezcla de los linajes, en la misma medida en que la ética del ser uno mismo corresponde, por otra parte, a un estado de pureza racial predominante. Allí dónde las sangres se cruzan, las vocaciones se confunden y cada vez resulta más difícil ver claramente la propia naturaleza, crece cada vez más la volubilidad interior, señal inequívoca de la falta de verdaderas raíces. Las mezclas étnicas propician el surgir y el potenciarse como conciencia del hombre como mero individuo, mientras uqe también favorecen todo lo que es actividad "libre", "creativa", en sentido anárquico, "habilidad" irónica, "inteligencia" en sentido racionalista o estérilmente crítica: todo eso, a expensas de las calidades del carácter, de un debilitamiento del sentimiento de la dignidad, del honor, de la verdad, de la rectitud, de la lealtad. Se determina así también, a nivel espiritual una situación oblicua y caótica, que para muchos de nuestros contemporáneos resulta normal; por ello, los casos de individuos llenos de contradicciones, que ignoran lo que significa vivir, que no saben lo que quieren, más allá de los bienes materiales, en contraste con la tradición, el nacimiento y su destino natural, ya no aparecen como anomalías, sino como si se tratara del orden natural de las cosas, que refutaría y demostraría lo artificial, absurdo y opresivo de la tradición, la raza y el nacimiento. 

Los que aluden habitualmente a problemas sociales y predican “justicia social”, deberían preocuparse más intensamente de los problemas éticos y de la visión general de la vida, si desean tener éxito en la lucha contra los males que, de buena fe, combaten.

El punto de partida de un proceso de rectificación no puede partir de la absurda idea clasista, sino de su superación a través de una vuelta a la ética de la fidelidad a la naturaleza propia y por lo tanto a un sistema social bien distinto y articulado. A menudo hemos dicho que el marxismo no ha surgido porque existiera una real indigencia proletaria, sino al revés: es el marxismo quien ha creado una clase social, la clase obrera proletarizada por desnaturalización, llena de resentimiento y de ambiciones contra natura. Las formas más externas del mal pueden curarse con la "justicia social", en el sentido de una distribución de los bienes materiales más equitativa que la actual; pero estas medidas nunca alcanzarán a la raíz interior sino se actúa enérgicamente afirmando y sosteniendo una visión general de la vida; si no se despierta el amor por la calidad, la personalidad y la naturaleza propia; si no se devuelve su prestigio al principio, desconocido solamente en los tiempos "modernos", de una justa diferencia conforme a la realidad y si de tal principio no se extraen, en todos los terrenos, las justas consecuencias, respecto al tipo de civilización que prevalece en el mundo moderno. 

 

Publicado en “La Vita Italia” marzo de 1943.

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

[revisado]

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (IV). EL TRECE Y EL ELEGIDO

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (IV). EL TRECE Y EL ELEGIDO

Biblioteca Evoliana.- Este cuarto artículo sobre simnbolismo, alude a algo que en nuestro ámbito cultural es sinónimo de mala suerte y desgracia asegurada. Pero no siempre ha sido así. Por caminos que Evola analiza breveme pero brillantemente, el número 13 pasó de ser el símbolo del caballero "elegido" en la temática del Grial, a símbolo de mala suerte. Y, sin embargo, este proceso se ha realizado siguiendo una lógica extrema que Evola analiza en este artículo publicado inicialmnete en la revista "Il Regime Fascista" correspondiente al 9 de agosto de 1939.

 

IV

EL TRECE Y EL ELEGIDO

 

Una precisión de Guenon, de capital importan cia para toda nueva orientación de los estudios etnológicos y folkloristas, dice en sustancia que el primitivismo y la expontaneidad atribuidos comunmente a las tradiciones populares, usos, costumbres y leyendas de las capas sociales y de las poblaciones inferiores, no es más que una fábula. No hay en todo esto, a parte de algunas raras excepciones, más que una forma involutiva y degenerada de elementos y significados que pertenecieron, en su origen a un plano más elevado. Las autotituladas supersticiones populares deben ser consideradas desde este ángulo. Por su misma etimología, la palabra lo confirma: superstición significa supervivencia, lo que sobrevive y subsiste. Las supersticiones populares frecuentemente no son más que restos de las concepciones superiores de antaño, actualmente incomprendidas y, en consecuencia, degradadas que subsisten como algo mecánico y sin alma, que continúa ejerciendo cierta fascinación, movilizando fuerzas irracionales e instintivas de fé, mediante una especie de atavismo, sin poder facilitar una explicación inteligible.

Queremos ofrecer aquí un simple ejemplo que podrá servir de aclaración. Nadie ignora las supersticiones populares relativas a la cifra trece. Son comunes a más de una nación. La cifra trece tiene una naturaleza ambigua: trae desgracia y fortuna. El elemento negativo de desgracia predomina frecuentemente (y no por casualidad como veremos). Pero existe otro aspecto: la cifra trece es también portadora de fortuna, tanto y tan bien que figura entre los amuletos modernos, que atraen sobre todo al sexo débil, un poco por diversión y un poco por convicción. )De dónde viene pues esta creencia o superstición?

Al desvelarse su origen primigenio, la mayor parte permanecerá estupefacta, pues es preciso hacer referencia a muy antiguas tradiciones de carácter metafísico, sagrado e incluso imperial. El punto de partida es el simbolismo del doce. El "doce" es una especie de signo que se encuentra en todas partes donde se constituyó el centro de una gran tradición hist6rica de tipo "solar", en función de precisas analogías. En efecto, el zodiaco se compone de doce signos que definen el circuito solar. Un ciclo completo de] astro de la luz comprende doce fases que están marcadas por las constelaciones zodiacales, a las cuales estuvieron así atribuidos otros tantos modos de ser y, sobre otro plano, otras tantas funciones de la "solaridad" en el ciclo. Es por ello que, por analogía y por vías misteriosas, las tradiciones que en la antiquedad encarnaron sobre la tierra y en la historia una función "solar", nos hacen encontrar siempre la "sigla" del doce. Así, el más antiguo código ario, el de las Leyes de Manú, se divide en doce partes; los grandes dioses y anfictorios helénicos eran doce, al igual que los miembros de numerosos colegios sacerdotales romanos (los Arvales y los Salienos, por ejemplo y era doce el número de líctores); doce: los discípulos de Lao-Tsé, los héroes divinos de los Ases del Mitgard de la tradición nórdica, los miembros del Consejo Circular del Dalai-lama en el Tibet, los principales caballeros de la Cort del Rey Arturo y del Grial, los trabajos simbólicos de Hércules, etc. El cristianismo refleja también el mismo orden de ideas: doce apóstoles... pero ADEMAS, el TRECEAVO. En la reunión de los Doce el Trecreavo es aquel que encarna el principio solar, es pues el centro y el jefe supremo de todos; los otros, en relación a él no corresponden más que a funciones aspectos derivados del ciclo solar de la tradición civilización o religión de la que nos ocupamos.

Ya hemos tenido ocasión de exponer como, en el mundo de los orígenes allí donde faltan los llamados "testimonios positivos" o ante su ambiguedad, el SIMBOLO y el MITO pueden facilitar un hilo conductor precioso para una exploración más en profun didad que en superficie. Esto fue admitido, y no solo hoy por el "racismo alemán", sobre todo cuan do se propuso completar sus investigaciones antropológicas y biológicas por una espiritualidad y una "visión del mundo" que le permitieran afirman de nuevo los principios en el dominio de la historia de las religiones, de la mitología comparada, de las tradiciones primordiales y de las sagas. En Italia, este terreno aun permanece casi virgen. Y sin embargo, en un mundo como el de la antigua peninsula itálica que, desde la más lejana prehistoria, ha sufrido la influencia de civilizaciones y pueblos muy diversos y que raramente ofrece un paralelismo riguroso entre pureza étnica y las tradiciones correspondientes, una búsqueda asimilando el símbolo y el mito a un documento podría tener resultados de una singular importancia.

Naturalmente para esto es preciso una cualificación adecuada y un ojo particularmente avezado. Como la lengua, el símbolo y el mito de una raza pueden pasar a otras razas, de unas civilizaciones a otras, cambian de alguna manera, de FUNCION, sirven de soporte a otros significados que los que tenían normalmente en el origen. Es preciso pues saber orientarse e integrar todo lo que este género de encuesta puede aportar de sólidos conocimientos de orden tradicional.

Este será nuestro punto de partida para algunas consideraciones que deseamos hacer aquí a propósito de algunos símbolos cuya presencia en el antiguo mundo itálico y luego romano, atestiguan a su manera la existencia de una tradición de origen y de tipo netamente nórdico-ario o, como preferimos llamar, HIPERBOREO. Preferimos utilizar este térmi no para prevenir cualquier falsa interpretación o aprensión justificada. Hablando de "nórdico ario", podría creerse que nos adherimos a las tesis pan germanistas y que, por ello, reconocemos que lo que hay de más válido en nuestro pueblo y en nuestra tradición derivó de razas puramente nórdicas o nórdico-germánicas. Utilizado como hacemos, "hiperbóreo" tiene una extensión muy diferente. Hace referencia a un tronco absolutamente primordial, base del grupo GLOBAL de los pueblos y de las civil( zaciones arias, cuyas razas nórdico-germánicas no son más que una ramificación particular. Las fuerzas originales creadoras de las civilizaciones de la antigua India, del Irán, de la primera Hélade y de Roma misma pueden reivindicar un origen idéntico y, al menos, una misma dignidad.

Precisado este punto, los principales símbolos de la antigua red que deseamos examinar y penetrar en su significado más puro y profundo son: el HACHA, el LOBO, el CISNE, el AGUILA y la CRUZ RADIADA. Para este examen es necesario emplear el método comparativo aplicándolo al conjunto del ciclo de las civilizaciones y de los mitos aríos: lo que nos ofrece una de estas tradiciones arias, lo que se encuentra en otra y está entonces integrado confirmado o ulteriormente aclarado.

El presente artículo se limitará al HACHA. El hacha es uno de los símbolos más característicos de la tradición hiperbóreo primordial. Sus rasgos no llevan a la más lejana prehistoria según unos, a la última época glaciar segun otros, al menos al período paleolítico. En una obra reciente, Paulsen ha dirigido, entre otros, mapas que ilustran la amplia difusión del hacha hiperbóreo, según los diferentes yacimientos prehistóricos europeos. El tipo más antiguo es el "hacha sideral", en silex, o hierro meteórico, es decir, una "sustancia caída del cielo". El uso de estas hachas siderales, era sobre todo, ritual y sagrado. Dada la sustancia de la que estaban hechas, nos llevarán finalmente al simbolismo más general de las "piedras divinas" , "piedras caidas del cielo" que tuvieron tan gran importancia por todas partes donde se creo en la antiquedad un centro tradicional: del OMPHALOS de Delfos a la "piedra del destino" -LIA GSIL- de las antiguas tradiciones británicas, de los ANCILIA, confeccionados en la Roma antigua con piedras caidas del cielo cuyo significado era de instrumento de soberanía, PIGNUN IMPERII, hasta el Grial que, según la tradición que nos ha conservado Wolfram von Eschembach, es igualmente una piedra caida del cielo.

En el caso del Hacha, este símbolo genérico toma un significado especial en relación más estrecha con una tradición heróica y sagrada. Las piedras de los aerolitos simbolizan el "rayo" (de aquí la expresión "piedra de rayo") la fuerza celeste fulminante, significa que se extiende al Hacha side ral prehistórica: como el rayo, rompe y rasga. Tal es la base de] significado que el Hacha, arma simbólica, tuvo en las tradiciones arias y nórdico arias de los hiperbóreos primordiales hasta la Roma antigua y a la época de los vikingos.

En la concepción aria de la guerra -de la que hemos hablado en ocasiones- el elemento material era inseparable del elemento espiritual, trascendente. En toda lucha o conquista, el antiguo ario veía el reflejo de una lucha metafísica, del eterno conflicto entre las potencias olímpicas y celestes de la luz y las potencias oscuras y salvajes de la materia y del caos. El Hacha como arma y símbolo, está estrechamente ligado a estos significados. El Hacha aparece como un arma "celeste" empuñada, sea por el guerrero o conquistador hiperbóreo, sea por el sacrificador o el sacerdote. En los graffiti, que se remontan a una lejana antiquedad, en Fossum (Suecia) puede verse a numerosas figuras que empuñan el hacha, próximos a los símbolos solares. Es interante notar estas convergencias. Estos antiguos símbolos nórdicos corresponden a rasgos aún más antiguos, los de la civilización franco-cantábrica de la Madeleine o de Cro-Magnon (10.000 años antes de nuestra era aproximadamente), llamada "Civilización del reno" que, en nuestra opinión, ha llegado hasta la región ligur. Por otra parte en las huellas arcaicas de la civilización ítalo-ligur se vuelve a encontrar el hacha acompañada de símbolos solares e hiperbóreos como el cisne, la cruz radial (la svástika). Franz Altheim recientemente ha demostrado la correspondencia de los restos prehistóricos de Val Camónica y los yacimientos suecos. Se encuentran igualmente en esta región italiana graffiti en los que figuran el hacha simbólica y el símbolo solar y astral análogo. A este respecto, Altheim ha hablado incluso de una verdadera "Migración dórica en Italia" y le ha parecido evidente la similitud de la civilización que ha dejado estas huellas en el Norte de Italia, y que debla concluir por enigmáticas vías, en la creación de Roma, con la de los dorios en Grecia, cuya conclusión debía ser Esparta.

En cuanto al significado espiritual del "hacha sideral", la encontramos nuevamente en el culto nórdico-ario de Thor. Thor es una figura divina cuyo atributo eran dos armas que, en el fondo, son equivalentes: el hacha y el martillo de dos cabezas, MJOLNIR. Las dos armas son análogas, pues el martillo representa también la potencia del rayo como el hacha; además, el doble martillo por su forma incluso se confunde con el Hacha bipene con dos filos que emanan del mismo simbolismo y nos, lleva especificamente a la tradición hiperbóreo. Thor combate con este arma a las "fuerzas celestiales", los ELEMENTARWESSEN, que intentan apropiarse de las potencias celestes (simbólicamente: la "Luna" y el "Sol"); es también con ella que, en la tropa de los "Héroes divinos" o ASES, lucha contra el "oscurecimiento de lo divino", el RAGNA-ROCK, que es preciso no confundir con el "crepúsculo de los dioses" como Wagner, sino considerar como el eco mítico del fin trágico de un ciclo de civiliza ci6n y de tradición de origen hiperbóreo, del mito.

En la historia, hasta la época de los vikingos Thor aparecía como un dios guerrero. Los vikingos admitían que las virtudes divinas de Thor, su potencia y su fuerza, se transmitían de cierta manera a los que habrían tomado su emblema, el Hacha, como símbolo de la presencia de la divinidad. Esta creencia era la base de la realeza nórdica. Los reyes nórdicos, daneses y suecos, tenían el hacha como símbolo de su poder y de su dinastía; se la puede ver sobre los estandartes de las tropas de Sven de Dinamarca al marchar para la conquista de Inglaterra en una miniatura de Mathieu de París; ha sido conservada entre las armas reales de Noruega, en donde el hacha y no el león, es el elemento más significativo y original. El prestigio místico del símbolo hiperbóreo fue tan grande en el norte que cuando la cristianización, la nueva fe no pudo des terrarlo: pensemos en unos cultos muy extendidos en el Norte, el de San Olaf, quien es una especie de reencarnación cristiana de Thor. Como Thor, tiene una barba dorada y lleva el hacha y como él, es el protector mítico del país y como este santo rey se convirtió en el "rey eterno de Noruega" -PERPETUUS REX NORVEGAIAE- hasta el punto de que los soberamos que le sucedieron pensaron reinar bajo su hombre.

De otra parte, la relación de1 poder supremo con la consagración trascendente por el signo hiperb6reo del Hacha se encuentra en Italia, a través de los ligures, entre los que el Hacha estaba igual mente en relación con la realeza; en fin, el Hacha formaba parte del símbolo de los líctores de la Ro ma antigua; símbolo del poder y del derecho del cual muchos ignoran el significado primordial y sagrado y que no interpretan más que en términos jurídicos y políticos, es decir, profanos y seculares.

Se encuentra la confirmación de estos significados en otras tradiciones arias. Recordaremos la de Parashu-Rama (indo-aria): Rama tiene el hacha. Es con el Hacha hiperbóreo de doble filo como -según las tradiciones transmitidas de una manera más o menos mitica por el MAHABARATA- este héroe divino, o jefe creador de civilización, mientras que los progenitores de los conquistadores habitaban aún en una región septentrional, habría exterminado a los MLECCHAS, raza de titanes, casta guerrera degradada, que habla intentado usurpar la suprema autoridad espiritual.

En el ciclo mediterráneo, la figura de Zeus Labraundos, o Júpiter con la doble hacha, recuerda la relación existente entre el Hacha y el Rayo, arma articular del dios olímpico. El rayo es la fuerza utilizada por Zeus para abatir a los Titanes y a los Gigantes tras su intento de apropiarse del Olimpo, mito que refleja también el tema de la "guerra metafísica eterna", característica de la espiritualidad heróica y aria y del recuerdo de los conflictos entre las diferentes espiritualidades y las diversas razas de la más antigua Hélade. Sobre estas bases, el Hacha fue efectivamente considerada como un símbolo de la espiritualidad heróica aria. Los troncos arios primordiales lo utilizaron en sus empresas guerreras, que eran, para ellos, la dramatización y la continuación de la lu cha metafísica velada por el mito. Figura en la misma época en los ritos destinados a evocar y a determinar gracias al sacrificio, las fuerzas invisibles. Más tarde, cuando el concepto "sagrado" se desplazo, identificándose, en otro orden de ideas, con el de "santo", el Hacha perdió poco a poco su significado primigenio y se relegó al rango de arma y de instrumento sin alma.

Volviendo al antiguo mundo mediterráneo, es muy significativo el encontrar el Hacha, pero ROTA, en los más antiguos yacimientos y cultos de la CIVILIZACION PELASGA: hachas rotas son ofrecidas a la divinidad en una inversión de significados que, en relación al culto ario, es casi satánica. En realidad, la civilización pelasga pertenece al Medite rráneo pre-ario y pre-helénico, a un ciclo religioso dominado por la figura de una mujer divina, en cuyo culto las mujeres y los hombres afeminados te ntan un lugar fundamental. En este ciclo, Zeus cesa de ser un dios olímpico para convertirse en una especie de demonio sujeto a la muerte (en Creta se mostraba en la tumba). Aquí la figura del dios de las aguas o del fuego subterráneo se mezcla con el culto y las costumbres semitico-asiáticas, marca das por la violencia confusa, dionislaca y afroditica de un éxtasis desordenado.

El Hacha, en el mundo mediterráneo antiguo y pre-ario, es anexionado a divinidades femeninas y a AMAZONAS; detalles significativos cuando se sabe que las Amazonas, "mujeres viriles" y querreras,no son más que la representación mítica, a través de un símbolo, del intento de formas "femeninas" de la espiritualidad por suplantar a la tradición heróico-solar y "urania" (celeste) de origen hiperbóreo. Pero el mito nos habla también de Herakles, el héroe particularmente representativo de las capas dorio-aqueas Y de los otros héroes aliados de la potencia olímpica, que combatieron a las amazonas matando a la reina y entre los trofeos de sus victimas recuperaron -entre otros- el Hacha, símbolo hiperbóreo usurpado. El mito no nos podía hablar más claramente.

Sería fácil indicar trastornos análogos en la trama de la antigua historia itálica y en la de Roma: conflictos entre las fuerzas profundas de las razas, las fuerzas humanas y divinas que, mientras se manifestaron bajo formas diferentes, políticas, sociales, religiosas. Por ejemplo, la civilización etrusca es considerada generalmente como pertene ciente al ciclo mediterráneo-oriental de las razas pre-arias contra las cuales la Hélade aquea y doria tuvo que luchar ya. Roma, que incluyó el hacha símbolo etrusco, en el emblema de los líctores, signo del poder, repite casi idénticamente el gesto vengador que el mito atribuye a Herakles y que acabamos de recordar. Todo lo que Roma realiza de grande, lo realiza por un esfuerzo tenaz de purifi cación y superación de los elemento itálicos no-arios mezclados, en el origen, con las fuerzas de la tradición aria y nórdico-aria. Hacha, Lobo, Aguila, Cruz Radiada, etc. -símbolos de los con quistadores hiperbóreos- hacen su reaparición en el seno de la grandeza romana como los signos silenciosos de su "misterio".

 

 

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (III). EL GUERRIN MESCHINO

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (III). EL GUERRIN MESCHINO

Biblioteca Evoliana.- En el siglo XV, Andres de Berberino publicó un relato sobre el "Guerrin Meschino". Evola analiza este relato y descubre tras su aparente banalidad un tema metafísico: el de nuestros orígenes. Hemos recordado quienes somos y cuál es nuestro origen. En España, algunos cuentos aluden también a este tema: el individuo que vive una vida miserable, porque no conoce que es hijo de un Rey. Este tema no es sino la perífrasis simbólica de un tema eterno: la necesidad que el ser humano tiene de buscarse a sí mismo y de conocer cuál es su verdadero origen y naturaleza. El artículo fue inicialmnete publicado en la revista "Il Regime Fascista", el 24 de diciembre de 1939.

 

 

III

EL GUERRIN MESCHINO

Lo que nos ha llegado bajo la forma de folklore, es decir, de tradiciones populares extraídas de leyendas o fábulas, podría ser comparado a esos conglomerados minerales que, junto a una ganga inutilizable contienen ricos filones. Este material no es menos precioso sobre el plano estético y literario, y todavía lo es más sobre el plano espiritual, pues se trata de hecho, de la forma involutiva, casi inconsciente, en la que sobreviven los significados trascendentes, base de ciertos ciclos de civilización.

El folklore medieval (o de origen medieval) es, a este respecto, más interesante. En una de nuestras obras, EL MISTERIO DEL GRIAL Y LA TRADICION GIBELINA DEL IMPERIO, ya hemos tenido ocasión de individualizar lo que revelan en varias tradiciones o canciones de gesta de la Edad Media, figuras como la del Rey Arturo, el Preste Juan, Perceval, Ogiero, "Federico", etc. Aquí nos proponemos estudiar breve mente un ciclo de civilización análogo que conoció también en Italia, una amplia audiencia popular (antes que la literatura policíaca y pornográfica toca se la delantera), sin que sea comparable a la de nuestros clásicos o a la DIVINA COMEDIA. Queremos hablar de los relatos que tuvieron por héroe al "Guerrin" llamado "Meschino" (el pobre Guerin) juzgados hoy como muy adecuados para divertir a los niños y considerados como literatura de escasa calidad.

En verdad estos relatos pueden figurar más que legítimamente entre aquellos en los que la vocación oscura demos incluso decir, "el misterio" de lo Occidental de la Edad Media, intenta expresarse figurativamente. El "Guerrino" no es un tipo de caballero inventado, es un símbolo. Simboliza el alma medieval en su esfuerzo por conocerse a sí misma. Para comprender el sentido oculto de los relatos fantásticos o pueriles de este ciclo, es preciso conocer el resto de ciclos con los que se emparenta e interfiere frecuentemente. Lo importante es que estos temas fundamentales nos refieren a lejanas tradiciones, a un mundo y a una espiritualidad anteriores al cristianismo.

El Guerrino está representado como un individuo que ignora sus orígenes "nobles", que conquista su nobleza en tanto que ser, combatiendo y mostrándose como el caballero más valeroso y que, devorado por un irresistible deseo de conocer su extracción (figurativamente, de conocer y encontrar a sus propios "padres"), es impulsado a realizar toda una serie de empresas y aventuras alegóricas. Llegaremos incluso a ver un elemento racial además del elemento tradicional. El nombre italiano de Guerrino corresponde al de Guerin o Garin en francés [o incluso Garí, en catalán, nombre del protagonista de una leyenda montserratina muy difundida en al Cataluña tardomedieval. NdT], tipo de caballero simbólico que interfiere con el caballero llamado Helias, Helios, Lohengrin o Loengrin, en definitiva, "Caballero del Cisne". Se trata del caballero que llega de una tierra misteriosa, y en ocasiones de la del Rey Arturo o del Grial, en ocasiones la de Venus incluso el mismo Paraiso. En nuestro libro "El Misterio del Grial" hemos demostrado que esta tierra no es otra que la llamada "tierra de los Hiperbóreos", del extremo norte, consagrada a Apolo, dios solar de la raza dórico-aria; tierra que debe ser considerada como el centro y el lugar de origen de las diversas razas blancas que se han replegado sucesivamente hacia el sur a causa de la glaciación.

Podemos, por consiguiente, considerar a "Guerrino" el cual se presenta así: "Soy de este mundo, no sé de donde vengo ni a donde voy", como una especie de "Caballero del Cisne", de Lohengrin, que ha perdido el recuerdo de sus orígenes; bajo el símbolo, siempre es el hombre de la civilización nórdico-aria medieval quien va a la búsqueda del hilo perdido de su más alta tradición y de su oscura herencia.

No es el caso esbozar aquí los diversos viajes simbólicos de Guerrino hacia Oriente. Se ha dicho que allí el Preste Juan podrá aclararle algo sobre sus orígenes. El legendario reino del Preste Juan no es, a su vez, más que una de las representaciones donde se encarna, en la imaginación popular medieval, el recuerdo de la "tierra sagrada" primordial y sobre todo de la suprema función real y sacerdotal, natural y sobrenatural, al mismo tiempo, que ejerce la tradición hiperbóreo que le corresponde. En las representaciones medievales, este centro está localizado frecuentemente en diversos lugares, pero con preferencia hacia el Oriente. En los relatos del Guerrino se encuentra "al final de la tierra, hacia Levante". Es descrito como situado sobre "una montaña cuya cima parece alcanzar el cielo", símbolo de su función relacionadora, en cierta forma, del elemento terrestre humano, con el elemento sobrehumano. Pero el hecho más importante es que la montaña de su reino sea un centro de culto y del oráculo de Apolo, es decir, un enclave no cristiano, sino ario-helénico, venido de la región hiperbóreo, aunque el Preste Juan, rey de esta tierra "de la verdad y el bienestar", por reverencia hacia la religión dominante, sea descrito como rey y sacerdote cristiano.

En las diferentes tradiciones legendarias, el motivo de los conquistadores que han emprendido un recorrido análogo al de Guerrino en la tierra del Preste Juan o en otros lugares similares, se repite frecuentemente. Todos estos lugares están marcados por los mismos árboles "Solares", típicos del oráculo apolíneo, recibiendo así la consagración sobrenatural del poder que resulta y, casi se estaría tentado de decir, para recuperar el contacto con los orígenes, obscuramente presentido por su grandeza. Se reencuentra este motivo en los relatos del Guerrino que durante cierto lapso de tiempo, va a asumir el poder del Preste Juan en su aspecto específicamente guerrero, ya que convirtiéndose en general en jefe es venerado por todos, según el deseo del Preste Juan, como si se tratase de él mismo. Pero la búsqueda de sus orígenes en el reino del Preste Juan solo tiene éxito a medias. Guerrino consigue solamente saber que sus antepasados y su linaje es regio. Para conocer realmente a sus padres, debe desplazarse hacia Occidente y hacia el Norte, tras haber sufrido diversas pruebas, sobre todo el paso a través del reino del hada Alcina. En el fondo, Alcina personifica el principio genérico de las seducciones y de las renuncias antiviriles, sugestiones venusianas y ginecocráticas que constituyen un tema central en las civilizaciones pre-arias del Sur. Por otra parte, el hecho de que Guerrino regrese hacia Occidente compensa, por así decir, la deformación de la imaginación popular y de las circunstancias contingentes de localización en Oriente de un centro que en realidad es la imagen del centro realmente nórdico-occidental, lugar de origen del linaje de conquistadores arios primordiales.

Es así como en una de las versiones del relato, es en Irlanda, en el "Pozo de San Patrick" donde Guerrino tiene al fin una información definitiva sobre sus orígenes. Una vez más, se asiste a una situación de asimilación cristiana que oculta un significado más profundo, dado que la Irlanda prehistórica tiene efectivamente testimonios entre los más característicos de la tradición prehistórica nórdico-occidental. De todas formas, es en Occidente donde se realiza la odisea de Guerrino, quien al fin reencuentra a sus padres. Pero elige renunciar a la dignidad real y a las grandezas de este mundo para consagrarse a la vida ascética. "Hijo de Dioses" lo llaman sus adversarios. "Raza de Dioses" era el nombre de la raza legendaria venida de Avallon hasta Irlanda, según las antiguas tradiciones irlandesas de la raza de los Tuatha-da-Danan; Avallon no es más que uno de los nombres que designaban el mismo centro primordial nórdico-atlántico. Los símbolos hablan claramente a propósito del sentido último de esta aventura. La vía del regreso a los orígenes, al menos para la raza de los conquistadores occidentales, resucitados bajo el signo del Sacro Romano Imperio Germánico (las aventuras de Guerrino parecen desarrollarse bajo el reinado de Carlomagno) no es el que -según las absurdas teorías "evolucionistas" llevaría a condiciones animales de existencia-, sino que, poco a poco, lleva de la tierra al cielo y, en consecuencia, -en términos dantescos- de la VIDA ACTIVA a la vida contemplativo. No como evasión, sino como realización final, tras toda clase de pruebas heróicas, finaliza pues, bajo este signo ascético, la odisea del Guerrino. Esta "canción de gesta" tan popular, delicia de la juventud de generaciones precedentes, resume pues, según una lógica perfecta, las etapas funda mentales de un itinerario espiritual completo, válida también como vocación de un individuo aislado o como tradición de toda una raza.

Con esto disponemos de lo necesario para compren der la cifra trece como número positivo, benéfico y "solar". Cómo ha podido convertirse, más específicamente, en el número de la felicidad y más frecuente mente de la desgracia, es algo que vamos a comprender a continuación.

Una tradición puede sufrir un obscurecimiento, una decadencia, de forma que, aun dejando sobrevivir las formas, se haya retirado la fuerza suprema que debería penetrarla y reanimarla. Una de las formas simbólicas más expresivas de este estadio es la reunión de los doce a quien falta, sin embargo, el treceavo. Si nos referimos a la fórmula medieval de estas ideas, nos encontramos con la representación muy interesante de la Tabla Redonda en torno a la cual se sientan los doce caballeros, pero cuyo treceavo lugar está vacío y lleva el nombre significativo de ASIENTO PELIGROSO. Nadie puede sentarse en él sin deber enfrentarse a una prueba terrible. Está reservado a un caballero elegido, predestinado, mejor que todos los demás, cuyo nombre, en las novelas de caballería es en ocasiones Galahad, en otras Perceval o Gawain. La cualificación particular de este caballero le da derecho a ocupar la plaza, es decir, encarnar la función solar suprema y ser el jefe de los. otros doce, es decir, de la tradición, organización, o del ciclo que les reunía. Si cualquier otro caballero quisiera ocupar la plaza sin ser digno, encontrarla la desgracia: sería fulminado o la tierra se abrirla bajo sus pues. Por el contrario, el caballero elegido a pesar de estos fenómenos permanecería indemne. Se presenta a menudo como el que es capaz de reparar, a diferencia de los otros, una espada rota, símbolo evidente de la decadencia a la cual va a poner término. He aquí como puede aclararse el doble significado de felicidad y desgracia de la cifra trece. El aspecto maléfico debe evidentemente prevalecer, por la simple razón que, sobre el plano que ya hemos indicado, es natural que la mayor parte de los que intentan ocupar el treceavo puesto, no estén a la altura de la prueba.

Júzguese con este ejemplo lo que puede subsistir de manera obtusa, nocturna, subconsciente, en las supersticiones populares. La potencia de la superstición no es más que la automatización y la materialización de lo que, en el origen, se relacionaba con significados espirituales. La Edad Media en Occidente, es el último período en donde tradiciones, como las relativas al doce, al trece, al puesto peligro so, conservaron aun significados de éste género. Para apreciar la distancia que existe entre ellas y su supervivencia supersticiosa evocaremos una vez más nuestro libro EL MISTERIO DEL GRIAL Y LA TRADICION GIBELINA DEL IMPERIO. Hemos ilustrado y demostrado que las leyendas de caballería de las que acabamos de hablar, tenían un estrecho lazo con el problema político-espiritual del imperio gibelino. El héroe del Grial, que habría debido restituir a su antiguo esplendor un reino misterioso y se identificaba con el caballero elegido, capaz de sentarse sin temor en el "lugar peligroso", el treceavo lugar vacío, no es más que el dominador que todo el mundo gibelino esperaba para poner fin a la usurpación y realizar íntegramente en el mundo entero el Sacro Imperio Romano Germánico. Corresponde también, más o menos, al misterioso DUX y al VELTRO dantesco, que tenía mucha más relación de lo que generalmente se cree con las tradiciones a las que nos hemos referido, mientras que Richard Wagner ha falseado de la forma más lamentable, su verdadero sentido.

Pero esta esperanza, como se sabe, se vio decepcionada. Tras una breve culminación todo se hundió: Renacimiento, Humanismo, Reforma, crecimiento anárquico y violento de las naciones, absolutismo y, en fin revolución y democracia. Puede imaginarse hasta que punto hoy el treceavo lugar está vacío. El símbolo que encierra, corresponde rigurosamente a aquel muy conocido, del emperador gibelino, jamás muerto, que duerme un sueño secular y que espera que los tiempos "hayan llegado" para despertar y combatir a la cabeza de los que no lo han olvidado y que le son fieles en la última batalla.