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Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (II). LA NAVEGACION

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (II). LA NAVEGACION

Biblioteca Evoliana.- El artículo "Simbolismo de la Navegación" fuepublicado el 26 de abril de 1933, en la revista "Il Regime Fascista". En esa época, Evola empezaba a pensar en la posibilidad de actuar en los márgenes del régimen político italiano. Mussolini, en aquel momento había recordado que el Mediterráneo era el "Mare Nostrum" e incluso había recordado en uno de sus discursos, el famoso adagio latino "Vivir no es necesario, navegar es una necesidad". A partir de estas consideraciones, Evola compone este artículo en el que asume y amplía todos estos significados

 

II

SIMBOLISMO DE LA NAVEGACION

Si algo caracteriza a las nuevas generaciones es la superación de todo romanticismo y el retorno a lo EPICO.

Las grandes frases, las complicaciones seudo-psico lógicas e intelectualistas solicitan infinitamente menos que las ACCIONES, pues en el fondo lo que sucede es esto: al encuentro de lo que es propio, al fanatismo y a las desviaciones "deportivas" de los pueblos anglosajones, nuestras nuevas generaciones tienden a superar el aspecto puramente material de la acción. Buscan integrar y clarificar este aspecto mediante un elemento espiritual, volviendo -más o menos conscientemente- a esta acción que es liberación, toma de contacto real (y no escepticismo o sen timentalismo) con las grandes potencias de las cosas y de los elementos.

Hoy existen medios naturales más particularmente propicios para estas posibilidades de liberación y reintegración en la épica de la acción: la alta montaña. ALTA MONTAÑA, y la ALTA MAR con los dos símbolos de ascenso Y de navegación. Aquí, de una forma más inmediata, la lucha contra las dificultades y los peligros materia un medio de realizar simultáneamente un proceso de superación interior incon los elementos que pertenecen a la naturaleza inferior de hombre y que deben ser dominados y transfigurados.

Supersticiones positivistas y materialistas han relegado al olvido durante algunas generaciones las profundas tradiciones de la antiquedad o bellas y las han colocado al nivel de curiosidad para eruditos: ignoran y hacen ignorar el significado superior que pueden asumir y que puede ser siempre reencontrado y revivido.

Esto, por ejemplo, es válido para el antiguo simbo lo de la navegación, uno de los más extendidos en todas las civilizaciones pre-modernas, reconocible en estos caracteres de una inquietante uniformidad que obliga a pensar hasta qué punto algunas experiencias espirituales han debido ser universales y profundas ante las grandes fuerzas de los elementos. Pensamos que no es inútil consagrarle algunas anotaciones.

La navegación y en particular la travesía de aguas tumultuosas, ha sido tradicionalmente elevada a valor de símbolo en la medida en que las aguas -las de los océanos y los ríos- siempre han figurado como el elemento inestable, contingente, de la vida terrestre, de la vida sujeta al nacimiento y a la muerte. Además representan al elemento pasional e irra cional que altera la vida. Si la tierra firme, bajo cierto aspecto, era sinónimo de mediocridad, de existencia tímida y mezquina, apoyándose sobre certidumbres y apoyos cuya estabilidad no es más que ilusión -el dejar la tierra firme, tomar lo amplio, afron tar intrépidamente las corrientes o la alta mar, "navegar", en suma, aparecía como el acto épico por excelencia, no en el sentido inmediato, sino en el espiritual.

El navegante es pues el homóloga del héroe y del iniciado, el sinónimo de aquel que, abandonando el simple "vivir" quiere ardientemente un "mas que vivir", un estado superior a la caducidad y a la pasión. Entonces se impone el concepto de OTRA tierra firme, la verdadera, la que se identitica con el fin del "navegante", con la conquista propia a la misma épica, de la mar: y la "otra rivera" es la tierra, primero desconocida, inexplotada, inaccesible, dada por las antiguas mitologias y tradiciones con los símbolos más diversos, entre los cuales aparece bastante frecuentemente el de la ISLA, imagen de firmeza interior, de calma y del Imperio sobre sí de quien, feliz y victoriosamente, ha navegado sobre las olas o las corrientes impetuosas, sin convertirse en víctima de las mismas.

Atravesar un río a nado o pilotar un navío era la fase simbólica fundamental en la "iniciación real" que se celebraba en Eleusis y Janus, la antigua divinidad de la romanidad, dios de los comienzos y luego, por excelencia de la iniciación como "vida nueva", era también el dios de la navegación. Entre sus atributos característicos figuraba la BARCA. la barca de Janus como sus dos atributos, las llaves, han pasado luego a la tradición católica, como barca de Pedro y en el simbolismo de las funciones pontificales. Se podría señalar también que la palabra PONTIFEX, etimológicamente significa "hacedor de puentes" y que PONS tenía, arcaicamente, el sentido de vía; el mar era concebido como "vía" y el Puente fue así llamado por esta razón. Vemos pues como tramas ocultas, en las palabras y en los signos,hoy casi incomprensibles, han podido transmitir los ele mentos de la antigua concepción de la navegación como símbolo.

En el mito caldeo del héroe Gilgamesh, encontra mos un FACSIMIL del Herakles dorio que toma el fruto de la inmortalidad en el jardín de las Hespérides tras haber atravesado el mar guiado por el titán Atlante. Gilgamesh también afronta la vía del mar, despliega la vela, toma la vía occidental, es decir, atlántica, hacia una tierra o ISLA donde busca el "árbol de la vida" mientras que el océano es significativamente comparado a las "aguas oscuras de la muerte". Si nos desplazamos hacia Oriente y Extremo-Oriente, encontraremos ecos de estas expe riencias espirituales, idénticas y ligadas a los símbolos heróicos de la navegación, del cruce a nado y de la travesía por mar.

Igualmente el asceta budista fue comparado frecuentemente con aquel que afronta, atraviesa y alcanza la orilla, la cruza a nado, navega gloriosa mente contra la corriente, pues las aguas representan todo lo que procede de una sed de vida animal y de placer, de los lazos del agoismo y del apego a los hombres, al igual que en extremo-oriente, se en cuentra el tema helénico de la "travesía y del abordage" en las "islas" donde la vida no está sujeta a la muerte como el Avallon o el Mag Mell atlántico de las leyendas irlandesas o celtas.

Del Egipto antiguo hasta el Méjico precolombino: directa o indirectamente encontramos elementos parecidos. Los encontraremos también en las leyendas nórdico-arias. El éxito del héroe Sigfrido en la isla de Brunilda procede esencialmente del símbolo de la navegación a través del mar: Sigfrido, según el NIBELUNGENLIED es quien dice: "Las verdaderas vías del mar me son conocidas. Puedo conduciros sobre las olas".

Podríamos demostrar que el éxito de Cristóbal Colón no estuvo sin relación, contrariamente a lo que generalmente se piensa, con ciertas ideas poco claras concernientes a una tierra que, según ciertas leyendas medievales, abrigarla a los "profetas jamás muertos", en un "Elíseo trasanlántico", bastante conforme a nuestro simbolismo. Además, podríamos demostrar por que el concepto de THALASOCRATA "dueño de los mares" o de las "aguas", está frecuen temente relacionado con el de LEGISLADOR en el sentido más alto (por ejemplo, en el mito pelásgico de Minos); podríamos desarrollar la idea contenida en las representaciones de aquel que "está sobre las aguas" (de Narayana a Moisés, de Rómulo a Cristo), pero todo esto nos llevaría muy lejos y quizás volvamos en otra ocasión.

"Vivir no es necesario. Navegar es una necesidad" tales palabras viven todavía hoy, plenamente sentidas y ofrecen uno de las mejores desembocaduras a la épica de la acción - "Debemos volver a amar los mares, a sentir la embriaguez por la mar, por que VIVERE NON NECESSE SED, NAVIGARE NECCESSE SED" declaró Mussolini. Y en esta fórmula, tomada en su aspecto más alto )no está implicito el eco de antiguos significados?

La idea del navegante como ser "más que vivo", como actitud heróica, como encaminamiento hacia formas superiores de existencia )no subsiste acaso? Aquí o allí reina el gran, el libre viento de lo ancho, donde se siente toda la fuerza de lo que está sin limite -en su calma potente y profunda o en su terrible elementareidad- que sobre los mares y océanos nuevas generaciones sepan vivir "épicamente" la aventura, navegar y tomar lo amplio en una perspectiva metafísica capaz de conferir al heroismo y al ardor el valor de una transfiguración, resucitando así lo que velaban las antiguas tradiciones del símbolo de la navegación y de la mar como vía hacia algo que no es solo humano.

 

 

 

 

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (I). EL AGUILA

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (I). EL AGUILA

Biblioteca Evoliana.- El artículo que lleva como único título "El Águila" fue publicado inicialmente por Evola el 30 de noviembre de 1941 e incluido posteriormente en 1977 en la recopilación "Símbolos de la Tradición Occidental" y posteriormente en "Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental" publicado en 1980 por las Ediciones Arché. Los artículos sobre simbolismo no son habituales en la obra de Evola. Sin embargo, en los años 40 publicó una serie de artículos sobre esta materia y, especialmente en su relación con la tradición romana. Los iremos publicando sucesivamente en esta Biblioteca virtual

 

 

I

SIMBOLISMO DEL AGUILA

 

El simbolismo del Aguila tiene un carácter eminentemente tradicional. Inspirándose en precisas analogías, entre los símbolos y los mitos de todas las civilizaciones de tipo tradicional, es uno de los que mejor atestiguan una impronta invariable e inmutable fuera de las diferentes formulaciones de que fue objeto según las razas. Precisemos a continuación que en la tradición aria, el simbolismo del Aguila siempre ha tenido un carácter olímpico y heroico. Tal es lo que vamos a intentar demostrar mediante referencias y aproximaciones.

El carácter olímpico del simbolismo del Aguila está directamente relacionado con la consagración de este animal al dios olímpico por excelencia, Zeus quién entre los ario-helenos (al igual que Júpiter entre los ario-romanos) es la representación de la divinidad de la luz y de la realeza, venerado con otro símbolo, el del rayo, elemento que no puede olvidarse pues, como veremos, este atributo complementará muy frecuentemente el simbolismo del Aguila. Recordemos también que, según la antigua visión aria del mundo, el elemento olímpico se definía por su antítesis con el elemento titánico, telúrico y prometéico. Además es con el rayo que Zeus, en el mito abate a los titanes. Entre los Arios que vivían toda lucha como un reflejo de la lucha metafísica entre las potencias olímpicas y las fuerzas titánicas, considerándose como la milicia de los primeros, vemos el Aquila, el rayo como símbolos y enseñanzas cuyo profundo significado se olvida generalmente.

Según la antigua visión aria de la vida, la inmortalidad es un privilegio: no significa simplemente supervivencia tras la muerte, sino participación heróica y real en el estado de conciencia que define a la divinidad olímpica. Establezcamos alguna s correspondencias. La concepción de la inmortalidad se reencuentra en la antigua tradición egipcia. Solo una parte de] ser humano está destinado a una existencia eterna y celeste en estado de gloria -BA- que está representada por un águila o halcón (en función de las condiciones ambientales, el halcón es aquí el sucedáneo del águila, el soporte más próximo ofrecido por el mundo físico para expresar la misma idea. Es bajo la forma de halcón que, en el ritual contenido en el LIBRO DE LOS MUERTOS el alma transfigurada del muerto asusta a los dioses pronunciando estas soberbias palabras: "Soy coronado como Halcón Divino a fin de que yo pueda penetrar en la Región de los Muertos y tomar posesión del dominio de Osiris..." Esta herencia ultra-terrestre corresponde exactamente al elemento olímpico. En efecto, en el mito egipcio, Osiris es una figura divina que, tras haber sufrido alteración y corrupción (muerte y descuartizamiento de Osiris), es resucitado por Horus. El muerto, participando en la fuerza resurrectora de Horus, obtiene pues la inmortalidad que lleva Osiris y que provoca el "renacimiento" o la "recomposición".

Es pues fácil constatar las múltiples correspondencias de las tradiciones y los símbolos. En el mito helénico, se comprende que seres como Ganímedes sean llevados por ''águilas" y conducidos al Olimpo. Es gracias a un águila que, en la antigua tradición persa, el rey, Kei-Kaus intenta, a la manera de Prometeo, subir al cielo. En la tradición indo-aria, es el Aquila quien lleva a Indra la bebida mágica que lo volverá dueño de los dioses. la tradición clásica añade aquí un detalle sugestivo: para ella, aunque sea inexacto, el Aguila era el único animal que podía mirar el sol sin bajar los ojos.

Esto aclara el papel del Aquila en algunas versiones de la leyenda de Prometeo. Prometeo aparecía no como aquel que está realmente cualiticado para hacer suyo el fuego olímpico, sino como aquel que, permane ciendo con la naturaleza titánica, quiere usurpar yhacer no una cosa de los dioses sino de los hombres. Como expiación, en estas versiones de la leyenda, Prometeo encadenado, tiene el hígado continuamente devrado por un Aquila. El Aquila, el animal sagrado del Dios Olímpico, asociado al rayo que abate a los titanes, se nos presenta como una representación equivalente al mismo fuego, este fuego del que Prometeo deseaba apropiarse. Se trata pues de una especie decastigo inmanente. Prometeo no tiene la naturaleza del Aguila que debe mirar "olímpicamente" a la tuz absoluta. Esta fuerza que quiere hacer suya se convierte en el principio de su tormento y de su castigo. Esto podría ayudarnos a comprender la tragedia interior de los diferentes representantes modernos de la doctrina del "superhombre" titánico. Obsesiona la romanidad y el ideal olímpico. En este rito, el vuelo de un Aquila por encima de la pira funeraria simbolizaba el tránsito del alma del emperador muerto al estado de "Dios". Recordemos los detalles de este rito que fue codificado sobre el modelo del ritual original celebrado a la muerte de Augusto.

El cuerpo del emperador difunto era depositado en un féretro recubierto de púrpura, llevado sobre una litera de oro y márfil, luego situado sobre la pira rodeada de sacerdotes que se levantaba en el Campo de Marte. Entonces tenía lugar la DECURSIO. Tras haber encendido la pira, un Aquila se elevaba entre las llamas y se pensaba que, en ese instante, el alma del muerto se elevaba simbólicamente hacia las regiones celestes, para ser acogido en el seno de los Olímpicos.

La DECURSIO era una ceremonia de soldados, caballeros y jefes en torno a la pira imperial en la cual lanzaban las recompensas que hablan recibido por sus acciones. Hay en este rito un significado profundo Arios y romanos creían que sus jefes posetan en si mismos la verdadera fuerza de la victoria, no en tanto que individuos sino como portadores de un elemento sobrenatural, olímpico, que les era atribuido. Es por, esto que, en la ceremonia romana del triunfo, el general vencedor se atribuía los símbolos del dios olímpico, Júpiter, y que era en su templo donde depositaba su corona de laurel, honrando as! al verdadero autor de la victoria, bien distinto de la partida simplemente humana. En el curso de la DECURSIO, se producía una REMISSIO del mismo orden: los soldados y los jefes restituían sus condecoraciones, pruebas de su valor y de su fuerza victoriosa, al emperador como a aquel que, en su potencialidad olímpica, en el momento de liberarse y de trascenderse sobre el plano divino, era el verdadero agente.

Esto nos lleva a examinar el segundo testimonio del espíritu olímpico de la romanidad, marcado también por el simbolismo del Aquila. Era tradicionalmente admítido que aquel sobre el cual se posaba un Aguila estaba predestinado por Zeus a un alto destino o a la realeza, signo de la legitimidad olímpica o de una u otra. Pero era igualmente admitido por la tradición clásica y más especificamente aún por la tradici6n romana, que el Aguila era un presagio de victoria, es decir, la idea que, a través de la victo ria de la "raza" aria y romana, son las fuerzas de la divinidad olímpica, del dios de la luz, quienes son victoriosas. La victoria de los hombres refleja la victoria de Zeus sobre las fuerzas anti-olímpicas y bárbaras, era pronosticada por la aparición del animal de Zeus, el Aguila.

Esto permite comprender bien en relación con el significado profundo de origen tradicional y sagrado y no como una alegoría cualquiera, el papel que tenía el Aguila en las enseñas romanas entre los SIGNA y los VEXILIA de los orígenes. Ya en la época repu blicana, en Roma, el Aguila era la enseña de las legiones, se decía: "un Aquila por legión y ninguna legión sin Aguila".

En general la enseña se componía de un Aquila con las alas desplegadas que mantenía un rayo entre las garras. Así se encuentra confirmado el simbolismo olímpico: el signo de la fuerza de Júpiter se une con el animal que le es consagrado, pues es con el rayo que el dios combate y extermina a los titanes.

Detalle que merece ser subrayado, las enseñas de las tropas bárbaras no tenían Aquila: en los SIGNA AUXILIARIUM encontramos por el contrario animales sagrados o totémicos referidos a otras influencias, como el toro o el carnero. No fue sino más tarde cuan do estos signos se infiltraron en la romanidad, asociándose al Aquila y dando lugar frecuentemente a un doble simbolismo: el segundo animal añadido al Aguila en las enseñas de una legión representaba su característica, mientras que el Aquila permanecía como símbolo general de Roma. En la época imperial, la en seña militar se convirtió a menudo en el símbolo mismo del IMPERIUM.

Sabemos el papel que juega el Aquila en la historia sucesiva de los pueblos nórdicos y germánicos. Este símbolo parece haber abandonado por un largo periódo el suelo romano y transportado a las razas germánicas, hasta el punto de aparecer como un simboli mo genuinamente nórdico. Esto no es exacto. Se ha olvidado el origen del Aquila que figura aun hoy como emblema de Alemania, como lo fue también del Imperio Austríaco, último heredero del Sacro Imperio Romano Germánico. El Aquila germánica es simplemente el águila romana. Fue Carlomagno quien, en el año 800, en el instante de declarar la RENOVATION ROMANII IMPERII recuperó el símbolo fundamental, el Aguila y lo declaró emblema de su Imperio. Históricamente, es el águila romana quien se ha conservado hasta hoy como símbolo del Reich. Sin embargo esto no impide que desde un punto de vista más profundo, supra-histórico, pueda pensarse en algo más que en una simple importación. En efecto, el Aguila figuraba ya en la mitología nórdica, como uno de los animales sagrados consagrados a Odin-Wotan y este animal fue añadido a las enseñas romanas de las legiones, incluso figuraba sobre las cimeras de los antiguos jefes germánicos. Puede pues concebirse que Carlomagno, tomando el Aquila como símbolo del Imperio resucitado, tuvie ra presente a la Roma antigua y, simultáneamente de forma inconsciente, recuperaba también un símbolo de la antigua tradición ario-nórdica, conservado solo bajo la forma fragmentaria y crepuscular por diferen tes pueblos del período de las invasiones. Fuera como fuese, posteriormente el Aquila terminó por no tener más que un valor exclusivamente heráldico y se olvidó su significado originario y profundo.

Como muchos otros se convirtió en un símbolo que se sobreviviría y en consecuencia se convertirla en susceptible de servir de soporte a ideas y formas diferentes. Sería pues absurdo suponer la presencia "fonanbulesca" de concepciones como las que acabamos de recordar, por todas partes donde hoy se ven Aquilas sobre estandartes de emblemas europeos. Para no sotros, herederos de la antigua romanidad, podría ser diferente, igual que para el pueblo, hoy a nuestro lado, que es el heredero del Sacro Imperio Germánico. El conocimiento del significado original de simbolismo ario del Aquila, emblema resucitado de nuestros pueblos, podría incluso marcar el sentido más alto de nuestra lucha y relacionarse con esta tarea que repite en esto, en cierta medida, la aventura idéntica en la cual el antiguo pueblo ario, bajo el signo olímpico y evocador de la fuerza olimpica exterminadora de las entidades oscuras y titánicas, podría sentirse como la milicia de las fuerzas de lo alto, afirmar un derecho y una función superiores de potencia y orden.

 

 

 

 

La Civilización Americana. Julius Evola

La Civilización Americana. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.-  Con este texto publicado en 1945 (es decir, antes de que Evola resultara gravemente herido por un bombardeo aliado, encontrándose en Viena) creemos haber publicado ya lo esencial de su análisis sobre la civilización americana. Ciertamente, el autor recupera y amplia esta temática en el último capítulo de la II Parte de "Revuelta contra el Mundo Moderno". Lo fundamental es recordar que, a pesar de haber sido escrito hace más de sesenta años, este artículo conserva toda su actualidad y vigencia. Ha sido traducido por Carlos Gómez, autor también de la introducción que precede.

 

Civilización Americana

Julius Evola

[Traducción: Carlos Gómez]

Introducción


En aquellos tiempos EE.UU. se descubría la nación líder del mundo y el modelo de civilización a seguir. Después de la Segunda Guerra Mundial parecía que el futuro de la Humanidad seria definido por el enfrentamiento entre EE.UU. y la URSS. En un lado estaba la Unión Soviética, como encarnación pura del ideal proletario; en el otro, estaba Estados Unidos, ofreciendo la ideología mas burguesa que el mundo haya visto. Esos dos ideales eran percibidos modelos opuestos e irreconciliables de existencia, dos alternativas sociales, ideológicas, políticas y culturales contrapuestas; sin embargo,  Evola afirmaría la similitud entre los dos sistemas en un articulo de 1929 en Revuelta contra el mundo moderno. Pese a las diferencias culturales, en comportamiento, en temperamento, y trayectoria histórica, habían aspectos que hacían converger a los dos sistemas: la ausencia de significado de una vida centrada en la esfera económica y productiva, la tendencia a la mecanización y despersonalización de toda actividad humana, la colectivización de inmensas masas de individuos alienados por la movilidad de una sociedad frenética e incansable, la negación de toda noción de trascendencia (ya sea por la imposición del ateísmo estatal o por medio de la reducción de toda perspectiva religiosa a un moralismo banal y ridículo); el carácter sin forma y sin alma del arte, la utilización de todos los recursos intelectuales en exclusivo beneficio del crecimiento cuantitativo. Según Evola, los dos sistemas solo tenían una diferencia relevante: la que radicaba en el tipo de estructura política que tenía cada uno y en la forma de proceder en la implementación de su programa común. La dictadura soviética se sostenía en la propaganda y en el uso de métodos brutales de administración que negaban todo derecho cívico, entre los que se incluía la represión armada de cualquier rebelión popular. En la América "democrática" y capitalista el mismo fin se lograba con el discurso sobre el inevitable desarrollo de la sociedad que era realizado solo una vez que el hombre se hiciera más materialista y desligado de todos los lazos con la realidad espiritual y se absorbiera en una existencia unidimensional. En ese sentido el modelo de existencia americano era mas destructivo que el marxista. 

Evola afirma que la "igualdad" es el principio dominante de la sociedad americana, aunque, no es mas que una igualdad en degradación. Un principio que es el resultado de la laicización del discurso igualitario de los Evangelios del "Nuevo Testamento", en el que, por ejemplo, Jesús promete que después de haber destruido completamente la Tierra y torturado a los pecadores entre la población durante el Apocalipsis, sus escogidos se levantaran de sus tumbas, transformados milagrosamente en seres iguales sin diferencias sexuales, étnicas, económicas, cronológicas o de estatura, e indistinguibles unos de otros como abejas de un panal y vivirán para siempre felices en una Jerusalén dorada carente de las privaciones padecidas en la tierra. América seria otra materialización herética de la utopía milenarista cristiana.  

Evola acusa a la sociedad americana de crear un tipo de ser humano vacío, cuyo único punto de referencia es el enriquecimiento personal, financiero o "psicológico"; un ser incapaz de criterio autónomo, conformista, que ha sido domesticado por una vida fácil material desprovista de todo impulso idealista. Mas que ser la cumbre del progreso humano, la sociedad americana representa la etapa mas avanzada de desintegración de la civilización moderna. Y así sucede porque la regresión que sufre América se realiza en todos los niveles sociales y no es resistida por nadie: por lo tanto es un fenómeno espontáneo y natural que permea también a Europa (gracias a la influencia política de EE.UU.). 

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 El recientemente fallecido John Dewey ha sido declarado por la prensa norteamericana la figura mas representativa de la civilización americana. Esto es bastante acertado. Sus teorías son representativas del concepto del hombre y de la vida que tienen el Americanismo y su "democracia."

La esencia de esas teorías es esta: todos pueden convertirse en lo que quieran, dentro de los límites que marquen los medios tecnológicos disponibles. Igualmente, una persona no es lo que dicta su verdadera naturaleza,  por lo que no hay diferencias reales entre las personas, solo diferencias en cualificaciones. Según esta teoría todos pueden ser como otra persona si saben como entrenarse a si mismos.

Este es el ideal del "self-made man"; en una sociedad que ha perdido todo sentido de tradición el ideal del engrandecimiento individual se extiende a todos los aspectos de la existencia humana, reforzando la doctrina igualitaria de la democracia pura. Si se aceptan tales ideas, entonces toda la diversidad natural tiene que ser abandonada. Así, cada persona puede presumir de poseer el mismo potencial que otra y los términos "superior" e "inferior" pierden su significado; también toda noción de distancia y respeto; ya que todos los estilos de vida están abiertos a todos. Frente a todas las concepciones orgánicas de la vida, los americanos oponen una concepción mecanicista.  En una sociedad que "empezó desde abajo," todo tiene la característica de ser fabricado. En la sociedad americana las apariencias son mascaras y no rostros. Al mismo tiempo, los proponentes del American way of life son hostiles al ideal de la personalidad.

La "apertura mental" de los americanos que a veces es citada a su favor, es simplemente la otra cara de su vacío interior. Igual sucede con su "individualismo." El individualismo y la personalidad no son lo mismo: el primero pertenece al mundo sin forma de la cantidad, el otro al mundo de la cualidad, la diferencia y la jerarquía. Los americanos son la refutación viviente del axioma cartesiano "pienso, luego existo": los americanos no piensan, sin embargo, existen. La "mentalidad" americana, pueril y primitiva, no tiene una forma característica y así esta abierta a todos los tipos de estandarización.

En una civilización superior, como, por ejemplo, aquella de los indoarios, el ser que carece de una forma característica o casta (en el sentido original de la palabra), es un paria. En este aspecto, América es una sociedad de parias. Hubo un papel para los parias: someterse a seres que tienen forma y leyes propias definidas. Sin embargo, los parias modernos se han emancipado y desean ejercer su dominio en todo el mundo.

Hay una idea popular que sostiene que Estados Unidos es "una nación joven" con "un gran futuro por delante." Así, los defectos americanos son descritos "errores de la juventud" o "dolores del crecimiento." No es difícil observar como el mito del progreso ha tenido una gran influencia en tal juicio de valor. Según la idea de que todo lo nuevo es bueno, América tendría un papel privilegiado que jugar entre las naciones civilizadas. Estados Unidos intervino en la Primera Guerra Mundial como el defensor del "mundo civilizado" por excelencia. La nación "mas evolucionada" no solo se creyó con el derecho sino también con el deber de intervenir en los destinos de otros pueblos. Sin embargo, la estructura de la historia es cíclica mas no evolutiva. La mayoría de las civilizaciones recientes no son necesariamente "superiores". Mas bien, son seniles y decadentes. Hay una correspondencia entre la etapa mas avanzada de un ciclo histórico y la mas primitiva. América es la etapa final de la trayectoria histórica de Europa moderna. Guenon llamo a América "el lejano oeste", en el sentido que EE.UU. representa el reductio ad absurdum de los aspectos mas negativos y seniles de la Civilización occidental. Lo que en Europa existe en forma diluida es magnificado y concentrado en Estados Unidos revelándose como los síntomas de desintegración y de regresión cultural y humana. La mentalidad americana solo puede ser interpretada como un ejemplo de regresión, que se manifiesta en su incapacidad e incomprensión de toda sensibilidad superior. La mente americana tiene horizontes limitados, reducidos a todo lo que es inmediato y simplista, con la consecuencia inevitable de que todo lo que existe es banalizado, reducido y nivelado hasta que pierde todo carácter espiritual. La vida en sentido americano es enteramente mecánica. El sentido del "Yo" en América es reducido enteramente al plano físico-material de existencia. El americano típico no tiene dilemas ni complicaciones espirituales: es un conformista "natural" que se integra fácilmente al resto del enjambre sin rostro.  

La primitiva mentalidad americana solo puede ser comparada a una mentalidad infantil. La mentalidad americana es característica de toda sociedad regresiva.

La moralidad americana

Es ficticio el tan admirado sex appeal de la mujer americana que es mostrado en las peliculas y revistas. Una reciente investigación medica en EE.UU. mostró que el 75% de las jóvenes americanas carecen de una fuerte sensibilidad sexual y que en vez de satisfacer su libido prefieren buscar el placer narcisista en el exhibicionismo, la vanidad del culto al cuerpo y la salud en sentido estéril. Las chicas americanas no "tienen problemas con el sexo", son "fáciles" para el hombre que ve el proceso sexual como algo aislado y por consiguiente poco interesante. Así, por ejemplo, luego de ser invitada a ver una película o a bailar, es positivo, según las costumbres americanas, que una chica se deje besar sin que tal acto signifique nada en el plano sentimental. Las mujeres americanas son frías, frígidas y materialistas. El hombre que "tiene algo" con una chica americana esta bajo obligación material con ella. La mujer le ha concedido un favor material. En el divorcio la ley americana favorece mayoritariamente a la mujer. Las mujeres americanas piden el divorcio una vez que han conseguido un mejor candidato. Es un caso frecuente en América que una mujer este casada con un hombre pero que ya este "comprometida" con el futuro esposo, el hombre con el que piensa casarse luego de un divorcio muy enriquecedor. En América, el matrimonio no es mas que una relación monetaria, una forma de prostitución legal.   

 "Nuestros" medios de comunicación americanos

La americanización de Europa se extiende y se hace cada vez mas evidente. En Italia, es un fenómeno que se ha desarrollado rápidamente en estos años de la posguerra y que es considerado por la mayoría de las personas, sino en forma entusiasta, al menos algo natural. Hace algún tiempo escribí que de los dos grandes peligros que confronta Europa - el americanismo y el comunismo -- el primero era el mas negativo. El comunismo solo es un peligro por las consecuencias represivas que acompañarían a la imposición de la dictadura del proletariado. Mientras que la americanización se impone por medio de un proceso de infiltración gradual, que modifica las mentalidades y costumbres, y que parece inofensivo pero realiza una perversión y degradación contra la cual es imposible de luchar directamente. 

Los italianos son débiles para empezar una lucha tal. Al olvidar su propia herencia cultural, rápidamente ven en EE.UU. una especie de guía en el mundo. Cualquiera que desee ser moderno tiene que medirse según el criterio americano de vida. Es triste ver a una nación europea devaluarse así. La actual veneración de América no tiene nada que ver con el interés cultural respecto a como otro pueblo vive. Al contrario, el servilismo hacia Estados Unidos lleva implícita la idea que no hay otra forma de vida aceptable que la americana. 

Nuestro servicio radial ha sido americanizado. Sin ningún criterio de lo que es superior o inferior, solo sigue los temas de moda del momento y de lo que es considerado "aceptable" -- es decir, aceptable para el segmento mas americanizado del publico, el cual también es el mas degenerado.  El resto de nosotros simplemente es arrastrado por esta ola. El estilo de presentación de la radio también ha sido americanizado. "¿Quien, luego de escuchar un programa de radio americano, no puede sino considerar que la única forma de escapar al comunismo es americanizandose?" Esas no son las palabras de observador externo sino de un sociólogo americano, James Burnham, profesor en la Universidad de Princeton. Tal juicio de parte de un americano debería avergonzar a los programadores italianos de la radio. 

Una de las consecuencias de la "democracia" es la intoxicación de la gran mayoría de la población, la cual no es capaz de discriminar y que cuando no esta guiada por un poder y un ideal, rápidamente pierde todo sentido de identidad. 

 

El orden industrial en América

Werner Sombart resumió en su estudio clásico sobre el capitalismo, el significado de la ultima etapa del capitalismo en el adagio "Fiat producto, pareat homo" [Un producto de Fiat, parece el Hombre"].   Asi, el capitalismo es un sistema en el que el valor del hombre es estimado según la cantidad de mercancía que produzca o invente. Las doctrinas socialistas nacieron en reacción a la inhumanidad de este sistema.

Una nueva fase se ha iniciado en los Estados Unidos donde hay un incremento del interés en las llamadas relaciones laborales. En vez de una mejora: realmente es un fenómeno nocivo. Los empresarios y los patronos terminaron por reconocer la importancia del "factor humano" en una economía productiva, y que es un error ignorar el individuo implicado en la industria: sus motivos, sus sentimientos, su vida en el trabajo. Así pues, se ha desarrollado toda una escuela que estudia las relaciones humanas en la industria, basada en el conductismo. Estudios como Human Relations in Industry por B. Gardner y G. Moore proporcionan un análisis desmenuzado del comportamiento de los empleados y de sus motivaciones con el objetivo preciso de definir los mejores medios de hacer frente a todos los factores que pueden obstaculizar la maximización de la producción. Algunos estudios no vienen ciertamente de trastienda sino de la dirección, fomentados por especialistas de distintas escuelas. Las investigaciones sociológicas llegan hasta a analizar el ambiente social entre los empleados. Esta clase de estudio tiene un objetivo práctico: el mantenimiento de la satisfacción psicológica del empleado es tan importante como la física. En los casos donde un trabajador está vinculado a un trabajo monótono que no pide una gran concentración, los estudios llamarán la atención sobre el "peligro" que su espíritu pueda extraviarse en una dirección que pueda finalmente reflejarse negativamente en su actitud hacia el trabajo. 

Las vidas privadas de los empleados no se olvidan -- por ello el aumento de la denominada asesoría personal. Se llama a especialistas para disipar la ansiedad, las perturbaciones psicológicas y los "complejos" de no adaptación, hasta el extremo de dar consejos relativos a los problemas más personales. Se utiliza mucho la técnica psicoanalítica para hacer "hablar libremente" al individuo y de poner de relieve los resultados obtenidos por esta "catarsis".

Nada de eso intenta la mejora espiritual de los seres humanos o la solución de problemas verdaderamente humanos, tal como los comprendería un Europeo en esta "edad de la economía". Del otro lado de la Cortina de Hierro, se trata al hombre como una bestia de carga y su obediencia es garantizada por el terror y el hambre. En los Estados Unidos se ve al hombre también como un factor de trabajo y consumo, y ningún aspecto de su vida interior se descuida, y cada factor de su existencia tiende a la misma finalidad. En el "país de la libertad", por todos los medios de comunicación, se le dice al hombre que alcanzó un grado de felicidad inigualada. Se le invita a olvidar quien es, de dónde vino, y a simplemente gozar del presente.

La "democracia" americana en la industria

Hay una contradicción significativa y creciente en los Estados Unidos entre los valores de la ideología política dominante y las estructuras económicas efectivas de la nación. Se ha consagrado una gran parte de los estudios sobre la "morfología del trabajo" a este tema. Los estudios corroboran la impresión de que la empresa americana está muy lejos de ser una organización que corresponda al ideal democrático señalado por la propaganda americana. Las empresas americanas tienen una estructura "piramidal". Constituyen la cumbre de una jerarquía articulada. Las grandes empresas americanas son dirigidas de la misma manera que los Ministerios gubernamentales y son organizadas según líneas similares. Tienen cuerpos de coordinación y control que separan a los dirigentes de la empresa de la masa de los empleados. Más que devenir más flexible, en sentido social, "la élite gerencial" (Burnham) se hace más autocrática que nunca - lo que permite que sintonice bien con la Política Exterior americana. 

Es el fin de otra ilusión americana. América: "el país donde todo el mundo tiene su oportunidad", dónde todas las posibilidades existen para todo el que sepa aprovecharlas, un país donde cada uno puede elevarse de la miseria a la riqueza. Al principio había una "frontera abierta" que conquistar, para todos. Aquella fue cerrada y la próxima nueva "frontera abierta" era el cielo, el potencial ilimitado de la industria y el comercio. Como Gardner, Moore y muchos otros lo mostraron, también ha alcanzado sus limites, y las oportunidades van reduciéndose. Por la especialización del trabajo, siempre creciente en el proceso productivo, y de la insistencia en la valoración de las "calificaciones", es evidente para los Americanos que sus hijos no "llegaran más lejos" que ellos. Así es que en la democracia política de los Estados Unidos, la fuerza y el poder del país, es decir, la industria y la economía, son cada vez más manifiestamente antidemocráticos. El problema es entonces: ¿la realidad debe adaptarse a la ideología, o viceversa? Hasta una fecha reciente, se demandaba la solución antigua, es decir, el retorno a la "verdadera América" igualitaria de la empresa sin obstáculos y del individuo emancipado de todo control del Gobierno central. Sin embargo, hay también quienes preferirían limitar la democracia para poder adaptar la teoría política a la realidad comercial. Si se retira la máscara de la "democracia" americana, se vería claramente hasta qué punto la "democracia" en América (y en otras partes) es solamente el instrumento de una oligarquía que utiliza un método "de acción indirecta", garantizándose la posibilidad de abusar y engañar a una gran mayoría de aquellos en otra circunstancia aceptarían un sistema jerárquico porque simplemente es el único que funciona. Este dilema de la "democracia" en los Estados Unidos podría un día dar lugar a interesante evolución. 

[Artículo publicado en 1945]

 

Etica Aria (II) El derecho sobre la vida

Etica Aria (II) El derecho sobre la vida

Biblioteca Evoliana.- El segundo artículo que incluye la recopilación "Ética Aria", "El derecho sobre la vida" es una reflexión sobre "El derecho sobre la vida", publiado en la revista "Il Regime Fascista", el 17 de mayo de 1942. A Evola le llamó la atención el hecho de que solamente algunas doctrinas orientales y el estoicismo de Séneca, consideraban lícito el suicidio. En este artículo se preocupa por analizar bajo qué circunstancia el suicidio es una "salida honorable". El artículo inspira un capítulo entero de "Cabalgar el Tigre" que reproduce las mismas reflexiones y evidencia la tendencia que ya tenía Evola en los años 40 a transgredir las fronteras de lo politicamente correcto.

 

Queremos tratar aquí, brevemente, no sobre el derecho sobre la vida en general, sino sobre el derecho sobre la misma vida, según la trasposición de la antigua fórmula ius vitaes necisque, que equivaldría a la potestad de aceptar la existencia humana o bien de ponerle fin. 

Vamos a considerar este problema desde el punto de vista puramente espiritual, por tanto nos situaremos más allá de las consideraciones de carácter social. Debe pues entenderse esta responsabilidad frente a uno mismo, en lugar de restringirla a los estrechos horizontes de la vida individual, considerando el sentido general de la propia existencia terrestre y supraterrestre. Nuestras consideraciones se mantendrán igualmente alejadas de cualquier referencia de carácter devocional, del plano condicionado y poco iluminado, al que habitualmente se alude. Aspiramos a mantenernos fieles a criterios propios de un realismo de carácter superior. 

La opinión de Séneca 

Sobre tal plano, la forma más severa y viril en la que se ha afirmado el derecho absoluto a disponer de la propia vida, ha sido afirmado por el estoicismo, especialmente en las formulaciones de Séneca. En los puntos de vista de esa filosofía se percibe –a ojos de muchos- un espíritu típico, no sólo romano, sino también ario-romano, aun cuanto se vea limitado por cierto entumecimiento y exasperación. 

Para entender el alcance del punto de vista de Séneca -y, en. general, la esencia de las ideas que aquí queremos exponer- hace falta condenar cualquier justificación del derecho a quitarse la vida, en casos en los que intervenga un motivo pasional. El hombre que se suicida impulsado por un sentimiento pasional es digno de ser condenado y despreciado. Es un vencido, un derrotado. Su acto de suicidio solamente atestigua su pasividad, su incapacidad para afirmarse y responder a los impulsos de la vida sensitiva, por encima de la cual es preciso situarse para poder considerarse verdaderamente hombre. No vale la pena, pues, dedicar ninguna línea a estos casos. 

La justificación de Séneca del derecho al suicidio, en cambio, es interesante, porque se sitúa, decididamente, más allá de ese plano. La visión general de la vida de Séneca y el estoicismo romano se basa en la idea de que la vida es una lucha y una prueba. Según Séneca, el hombre verdadero está por encima de los mismos dioses porque estos, por naturaleza, no están expuestos a la adversidad y a las desgracias, mientras que el ser humano si está expuesto a ellas y, por tanto, tiene el poder de triunfar. Infeliz no es quien ha conocido la desgracia y el dolor, nos dice Séneca, porque no ha tenido ocasión de experimentar y de conocer su propia fuerza. A los hombres les ha sido concedido algo más que estar exento de males; se le ha dado la fuerza para triunfar sobre ellos. Y las personas más golpeadas por el destino deben ser consideradas como las más dignas, de la misma forma que durante las batallas, se encomienda la defensa de las posiciones más expuestas y difíciles y las misiones más peligrosas a los elementos más fuertes y calificados, mientras que los menos osados, atrevidos y fuertes, los menos fuertes, son destinados a la retaguardia. 

Ahora, en función de esa precisa afirmación de una visión viril y combativa de la vida, Séneca justifica el matarse. La justificación la pone en boca de la divinidad en De providentia, VI, 7-9, cuando escribe que dice no sólo se ha concedido al hombre verdadero, al sabio, una fuerza más fuerte que cualquier contingencia, sino que se le ha dado la posibilidad de abandonar el terreno de juego cuando lo desea: la vía de "salida" está siempre abierta, pater exitus. "Cuando no queráis combatir, siempre os es posible la retirada. Nada os ha sido dado más fácil que morir." 

Enseñanzas arias

La expresión “si pugnare no vultis, licet fugere”, aludía a la muerte voluntaria que el sabio tenía derecho a darse a mismo, en el espíritu del texto no debe ser entendida como una cobardía, en tanto que fuga. No se trata de apartarse de la vida porque uno no se siente lo bastante fuerte como para afrontarla como prueba. Implica, por el contrario, decir basta a un juego, cuyo sentido ya no se comparte, tras haber demostrado así mismo tener la capacidad para superar pruebas similares. Se trata de una “separación de la vida” fría, casi podríamos decir “olímpica”, realizada por quien no se ha dejado dominar por los elementos que han ido apareciendo en su vida. 

En las antiguas tradiciones arias se encuentran justificaciones para "salir" voluntariamente de la vida terrenal, con evidentes afinidades a la vía del estoicismo romano. Allí donde se ha renunciado a la vida en nombre de la vida misma, es decir cuando algo nos impide gozar o encontrar satisfacción (una carencia, una situación personal desesperada, un desengaño, un fracaso) el suicidio es condenado sin paliativos. En tales casos, este acto no significa una “liberación”, sino justo lo contrario: la forma más extrema, aunque bajo la apariencia de un rechazo, de apego a la vida, de dependencia de la vida y de sometimiento a los "deseos". Ningún "más allá" espera a quien utiliza tal violencia contra sí mismo; la ley de una existencia sin “luz” se reafirmará en torno a quien haya optado por esta vía. 

Tendría, en cambio, derecho a poner fin a la vida terrenal quien permaneciera en una situación de distanciamiento y separación frente a la vida, hasta el punto de que le daría igual vivir o no-vivir. En esos casos, se podría plantear la pregunta de qué es lo movería a una persona en tal coyuntura interior a asumir la iniciativa del suicidio. Tanto más por el hecho de que quien ha alcanzado tal estado de perfección interior ha asumido también en uno alguna medida el sentido suprapersonal de su existencia en tierra, sintiendo, al mismo tiempo, que el conjunto de esta existencia no es sino un breve tránsito, un episodio, el aparecer para una misión dada o una prueba particular, un viaje durante las horas "a través de la noche", como dicen los orientales. Advertir un aburrimiento absoluto, una impaciencia o una intolerancia ante el paso del tiempo y lo que todavía tenemos por adelante ¿acaso no sería un resto humano, una debilidad, algo todavía no “resuelto" y aún no aplacado por el sentido de la eternidad, o, al menos, por las "grandes distancias" no-terrenales y no-temporales?

¿Es “mía” la vida?  

Dicho esto, hay otra consideración de principio que es posible realizar. Se puede tener realmente derecho sólo sobre aquello que nos pertenece. El derecho a dar fin a la propia vida está condicionado por lo tanto a que esta vida pueda ser verdaderamente “mía”. Y hablando de "vida", no podemos reducirla solamente al cuerpo, el organismo fisico-psíquico sobre el que,  generalmente, se juzga que se tiene el derecho de poner término a su duración; ni se tiene que excluir la misma vida de los sentimientos y las sensaciones. 

Ahora, en términos absolutos, ¿puede decirse que, verdaderamente, todo eso es "mío" o se refiere a "yo mismo"?. Aquí cada cual se forja sus propias ilusiones que, sin embargo, un instante de reflexión bastan para disipar. Un texto de la tradición aria, sitúa el problema de modo muy tangible en forma de diálogo. El sabio pregunta: “¿Tiene un soberano poder para ejecutar, exiliar o amnistiar a quién quiera en su reino"? -"Ciertamente". "Que piensas entonces sobre esto: ¿el cuerpo soy yo mismo? O también, qué dices: La sensación soy yo mismo, la percepción soy yo mismo, puede realizarte este deseo: Así debe ser mi sensación o percepción, así no debe ser?” La respuesta al interrogatorio debe ser por fuerza negativa. No se puede hablar de "mi cuerpo" o de "mi vida", porque entonces debería tratarse de cosas sobre las que no tengo poder, mientras que, de hecho, tal poder o es nulo, o bien mínimo. No es el principio y la causa de "nuestra" vida, aquello que nosotros recibimos, sino que en las antiguas tradiciones arias todo esto es considerado como un "préstamo" que va parejo al deber restituir a otro tal vida, engendrando a un hijo. De aquí que el primogénito fuera llamado "el hijo del deber." 

Por lo demás, allá dónde la vida fuera de nuestra propiedad, debería ser posible separarse de la existencia terrenal a través de un puro acto del espíritu o la voluntad, sin actos violentos exteriores, algo imposible para la casi totalidad de los hombres, porque sólo algunas tradiciones antiguas consideraron la posibilidad de una "salida" de este tipo en figuras absolutamente excepcionales. Suicidándose y matando al cuerpo físico, se ejerce por tanto violencia sobre algo que no puede decirse que sea nuestro, algo que no depende de nosotros mismos: algo sobre lo que no puede decirse que tengamos, en derecho, jus vitae necisque: menos incluso que sobre los propios hijos, que, al menos, han sido engendrados por nosotros. 

Aquí sin embargo puede presentarse una objeción. Puede decirse que, precisamente porque no hemos querido ni creado nuestra vida, no estamos obligados a aceptar o conservar en todos los casos este “préstamo” o “regalo” y, por tanto, en un momento determinado tenemos el derecho a ponerle fin. Para aceptar este razonamiento, naturalmente, deberemos presuponer que se ha realizado la condición ya señalada, es decir, que se ha operado un distanciamiento con la vida misma, capaz de demostrarse a sí mismo con pruebas positivas y no con simples palabras o sugestiones. De otra forma, considerar la vida como algo extraño que se puede conservar o devolver a quién sin nuestro consentimiento, nos la ha dado, sería una simple ficción mental. Así pues, seguimos, en el terreno aplicable solo a casos excepcionales. 

Pruebas de reacción sobre el destino 

La solución de esta dificultad está condicionada por los puntos de vista que derivan de la visión general del mundo. La  mayor parte de los occidentales modernos, a causa de la religión predominante, se han acostumbrado a considerar el nacimiento físico como el principio de su vida. Para ellos el problema, naturalmente, es bastante grave, porque allí dónde el nacimiento, y por tanto la vida terrenal, no son consideradas como efecto de una causa o de una confluencia de circunstancias externas, el nacimiento queda vinculado únicamente a la voluntad divina. 

Tanto en un caso como en el otro, la voluntad propia no juega ningún papel, por lo que, allí dónde no se sea lo suficientemente devoto para aceptar la vida por amor de Dios, con resignación y obediencia, puede aparecer siempre la actitud de quien reivindica la misma libertad frente a lo que él no ha deseado. 

Pero el examen de la mayor parte de las más antiguas tradiciones indo europeos no coinciden con este punto de vista. Afirmaban, inicialmente, una preexistencia con respecto a la vida terrenal y una relación de causa y efecto -a veces incluso de elección-, entre la fuerza preexistente al nacimiento físico y la misma vida. Ésta, en tal caso, no pudiendo ser atribuida a una voluntad exterior y humana del individuo, va a representar un orden penetrado por un determinado sentido, algo que tiene su significado para el Yo, como una serie de experiencias importantes no en sí mismos, sino respecto a nuestra realización. En una palabra, entonces aquí abajo, la vida ya no es una casualidad, sino que más bien puede considerarse como algo a aceptar o rechazar según mi libre albedrío, ni como una realidad que se impone frente a la que solamente se puede permanecerse pasivo, bien con una resignación obtusa o manifestando una constante resistencia. Surge en cambio la sensación de que la vida terrenal es algo, sobre lo que nosotros, antes de ser seres terrenales, nos hemos, por así decirlo, "comprometido" y, en cierta medida, implicado, incluso como en una aventura o como en una misión o una elección, asumiendo los aspectos problemáticos y trágicos de la misma. 

Es difícil que esta superioridad o, también, sencillamente aquel distanciamiento frente a la vida, que permitiría arrojarla, no se acompañe, como ya hemos señalado, por un sentido de la existencia, el cual, en muy pocos casos, induciría a comprender la decisión de “acabar” con ella. Todos sabemos que antes o después el fin vendrá, por lo tanto, la actitud más sabia frente a las contingencias sería descubrir el sentido oculto, la parte que tiene en el todo, que en el fondo -según el punto de vista señalado- se basa en nosotros y está contenido en nuestro deseo de trascendencia. Y allí dónde fuera sincera y decisiva nuestra impaciencia ante lo eterno, por conocer la existencia más allá de la terrenal, daría sentido a la frase de una mística española: “en tan alta vida espero, que muero porqué no muero”; a partir de ese momento, se concibe la vida como prueba, en lugar de interrumpirla con una intervención directa y violenta. Mediante las intervenciones heroicas en un conflicto bélico, o en las ascensiones en alta montaña, o en exploraciones y misiones arriesgadas, hay miles de posibilidades para interrogar a la vida sobre el “destino” y obtener respuestas sobre las razones profundas para proseguir aquí una vida humana. 

Publicado en la sección “Diorama mensile” de la revista “Il Regime Fascista”, 17 de mayo de 1942.

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

[revisado]

Etica Aria (I) Rostros del Heroismo

Etica Aria (I) Rostros del Heroismo

Biblioteca Evoliana.-  En 1982, el Centro de Estudios Evolianos de Génova publicó en el nº 3 de sus Quaderni Evola, tres artículos esritos en 1942 y 1943. Diez años despiués, las Edizioni Settimo Sigillo reprodujeron estos textos en un pequeño cuaderno titulado Ética Aria, título, seguramente algo abusivo. El volumen incluía cuatro artículos; el primero de los cuales lleva el nombre de Rostros del Heroismo y ha sido traducido por Ernesto Milà para su blog infokrisis. Las ideas contenidas en los cuatro artículos fueron incluidas en Cabalgar el Tigre

 

 I

ROSTROS DEL HEROISMO

Un punto sobre el que a menudo hemos aludido y que en una investigación acerca de la "raza interior" no está carente de interés, se relaciona con el hecho de que, además del morir y del combatir, debe considerarse un "estilo" diferenciado, una diferente aptitud y un diferente sentido propio a la lucha y al sacrificio heroico. Más bien, generalmente, se puede hablar, aquí, de una escala, que varia según los casos, para medir el valor de la vida humana. 

Precisamente los hechos de esta guerra [el texto fue escrito durante la II Guerra Mundial] revelan, a este respecto, contrastes que desearíamos ilustras brevemente. Nos limitaremos esencialmente a los casos límite, representados, respectivamente, por Rusia y el Japón. 

Subpersonalidad bolchevique 

Qué la conducta de guerra de la Rusia soviética no tenga ni lo más mínimo en cuenta la vida humana y la personalidad, es algo que ya conocemos. Los bolcheviques reducen sus combatientes al nivel de un verdadero "material humano", en el sentido más brutal de esta siniestra expresión que se ha convertido en habitual en cierta literatura militar: un material por el que no se tiene que tener ningún respeto y que, por lo tanto, no hay que titubear a la hora de sacrificar de la forma más despiadada dondequiera que haga falta mínimamente. Por lo general, tal como ya se ha resaltado, el ruso siempre ha sabido ir con facilidad al encuentro de la muerte por una especie de innato y oscuro fatalismo; desde hace tiempo la vida humana siempre ha tenido un bajo precio en Rusia. Pero la utilización actual del soldado ruso como "carne de cañón" también es una consecuencia lógica de la concepción bolchevique que demuestra el desprecio más radical por el valor de la personalidad y afirma querer liberar al individuo de las supersticiones y "prejuicios burgueses", es decir, del “yo” y de “lo mío”, intentando reducirlo a una dimensión de miembro mecanizado de un conjunto colectivo que se considera como lo único vital e importante. 

Sobre esta base se perfila la posibilidad de una forma que nosotros llamaríamos "telúrica" y subpersonal del sacrificio y del heroísmo: es el rasgo del hombre colectivo omnipotente y sin rostro. La muerte sobre el campo de batalla del hombre bolchevizado representa para esta vía la fase extrema del proceso de despersonalización y destrucción de cada valor cualitativo y personal, que se encuentra en la base del ideal bolchevique de "civilización". Así puede realizarse verdaderamente lo que, en un libro tristemente famoso, Erich Maria Remarque dio como significado total de la guerra: la trágica irrelevancia del individuo en el hecho bélico, en el cual los puros instintos, las fuerzas elementales desatadas y subpersonales toman ventaja sobre cualquier valor e ideal.

En realidad, este dramatismo tampoco se experimenta en la medida en que el sentido de la personalidad ya se ha perdido y cualquier horizonte superior está previamente cerrado; la colectivización, también del espíritu, ya ha hundido sus raíces en una nueva generación de fanáticos, educada según el verbo de Lenin y Stalin. Se tiene así una forma precisa, casi incomprensible para nuestra mentalidad europea, de predisposición para morir y sacrificarse, e incluso hasta llegar a experimentar una siniestra alegría por la destrucción propia y ajena.  

La mística japonesa del combate 

Algunos episodios recientes de la guerra japonesa han hecho conocer un "estilo" del morir, que, sin embargo, tiene similitudes con el del hombre bolchevique, para atestiguar, al menos en apariencia, el mismo desprecio por el valor del individuo y, generalmente, de la personalidad. Se sabe, en efecto, que aviadores japoneses que se han precipitado sobre blancos, deliberadamente, con su carga de bombas, o de “hombres mina” predestinados a morir en su acción. E incluso parece que en Japón se haya sido organizado desde hace tiempo un cuerpo con estos “voluntarios de la muerte” [NdA: el autor alude a los “kamikazes”]. De nuevo, nos encontramos ante algo poco comprensible para la mentalidad occidental. Sin embargo, si intentamos penetrar en el sentido más íntimo de esta forma extrema de heroísmo, encontramos valores que representan la perfecta antítesis con el "heroísmo telúrico" y sin luz del hombre bolchevique. 

En el caso japonés, las premisas, en efecto, son de carácter rigurosamente religioso, e incluso diríamos mejor ascético y místico. Esto no hay que entenderlo en el sentido más habitual,  es decir, con la idea de que en Japón la idea religiosa y la idea imperial son una sola y misma idea y  que el servicio al emperador se identifica con un servicio divino y el sacrificarse por el Tenno y por el Estado tiene el mismo valor que el sacrificio de un misionero o de un mártir, pero en un sentido absolutamente activo y combativo. Todo esto es cierto y forma parte de los aspectos de la idea político religiosa japonesa: sin embargo la última y más exacta referencia debe de ser buscada  en un nivel superior, esto es en la visión del mundo y de la vida propia que sostiene el budismo y sobre todo la escuela Zen, que ha sido definida justamente como la "religión" del samurai, es decir de la casta específicamente guerrera en el Japón. 

Tal visión del mundo y de la vida aspira esencialmente a desplazar el sentimiento de uno mismo sobre un plano transcendente, y relativiza el sentido y la realidad del individuo y de su vida terrenal. 

Primer punto a considerar: el sentimiento de “venir de lejos". La vida terrenal no es sino un episodio, no empieza ni acaba aquí, tiene causas remotas, es la tensión de una fuerza que se proyectará de otras formas, hasta la liberación suprema. Segundo punto: en relación a eso, se niega la realidad del yo, del yo simplemente humano. La "persona" vuelve a tener el sentido que este término tuvo originariamente en latín, donde equivalía a “máscara” de actores, es decir un determinado modo de aparecer, una forma de “manifestación”... Según el Zen, es decir según la religión del samurai, existe algo inaprensible e indomable en la vida, algo infinito, susceptible de asumir infinitas formas, y que simbólicamente se designa como shûnya, es decir "vacío", opuesto a todo aquello que es materialmente consistente y vinculado a una forma. 

Sobre tal base se perfila el sentido de un tipo de heroísmo que puede llamarse en rigor "suprapersonal", en oposición al bolchevique de naturaleza "subpersonal". Se puede tomar la propia vida y arrojarla a la destrucción con una intensidad extrema, en la certeza de una existencia eterna y de la indestructibilidad que, no habiendo tenido principio, tampoco puede tener un fin. Lo que puede parecer extremo para alguna mentalidad occidental, resulta aquí natural, claro y evidente. No se puede hablar tampoco de tragedia sino en un sentido opuesto al del bolchevismo: no se puede hablar de tragedia a causa de la irrelevancia del individuo y por la posesión de un sentido y de una fuerza que, en la vida, va de allá de la vida. Es un heroísmo, que casi podríamos llamar "olímpico." 

Y aquí, de paso, señalamos la diletante banalidad de quienes han tratado de demostrar con cuatro renglones el carácter deletéreo que similares puntos de vista - opuestos a quienes suponen que la existencia terrenal sea única e irrevocable- tendría para la idea de Estado y de servicio al Estado. El Japón representa el más flagrante desmentido para semejantes elucubraciones;  la vehemencia con que, junto a nosotros [NdA: en la época Japón era aliado de Italia en el Pacto Tripartito], Japón conduce una lucha heroica y victoriosa, demuestra sin embargo, el enorme potencial guerrero y espiritual que procede de un sentimiento experimentado de la transcendencia y de la suprapersonalidad tal como el que hemos aludido.

La "devotio" romana 

Aquí conviene subrayar que, si en el occidente moderno se reconocen los valores de la persona, ello conduce también a una acentuación, casi supersticiosa, de la importancia de la vida terrenal que luego, al “democratizarse”, dio lugar a los famosos "derechos" del hombre y a una serie de supersticiones sociales, democráticas y humanitarias. Cómo contrapartida de este aspecto en absoluto positivo, se ha tendido a otorgar un similar énfasis a la concepción "trágica" -por no decir "prometeica"- algo que, así mismo, equivale a una caída de nivel. 

Debemos, contrariamente a esto, recordar los ideales "olímpicos" de nuestras más antiguas y auténticas tradiciones; así podremos comprender que nuestro heroísmo aristocrático, libre de pasión, aparece en seres en los que el centro de su vida se sitúa verdaderamente sobre un plano superior, desde el que se lanzan, más allá de cada tragedia, de cada vínculo, de cada angustia, como fuerzas irresistibles. 

Conviene realizar una breve evocación histórica. Aunque las antiguas tradiciones romanas sean poco conocidas, presentan rasgos similares a aquellos que suponen el don heroico de la misma persona en nombre del Estado y de los objetivos de la victoria, que hemos visto también aparecer en la mística japonesa del combate. Aludimos al llamado rito de la “devotio”. Las bases de este rito son, naturalmente, sagradas. En él está también presente el sentimiento general del hombre tradicional, de que fuerzas invisibles están actuando tras el mundo visible y que el hombre, a su vez, puede influir sobre ellas. 

Según el antiguo ritual romano de la “devotio”, un guerrero y, sobre todo un Jefe, puede facilitar la victoria a través de un misterioso desencadenamiento de fuerzas desencadenadas a partir del sacrificio deliberado de su persona cuando se realiza con la voluntad de no salir vivo de la experiencia. Se recuerda la ejecución de este ritual por parte del cónsul Decio en la guerra contra los latinos el 340 A.C., al igual que su repetición -exaltada por Cicerón (Fin. 11, 19, 61; Tusc. 1, 37, 39)- por otros dos representantes de la misma familia. El ritual tuvo un preciso ceremonial que atestigua la perfecta conciencia y lucidez de esta ofrenda heroica y sacrificial. Según el orden jerárquico, fueron invocadas inicialmente las divinidades olímpicas del Estado romano, Jano, Júpiter, Quirino; luego el dios de la guerra, Pater Mars; luego los dioses indigetas [dioses propios e los latinos que vivieron en el Lacio donde fueron adorados: Saturno, Quirino, Vesta y Jano, NdT], "dioses que tenéis potencia sobre los héroes y sobre los enemigos"; en nombre del sacrificio que se propone de ralizar, se invocó "conceder fuerza y victoria al pueblo romano de los Quiriti y arrollar con terror, pánic y muerte a los enemigos de nuestro pueblo" (cfr. Livío, VIII, 9). Propuestas por el pontifex, las palabras de esta fórmula son pronunciadas por el guerrero, revestido por la praetesta [la toga praetesta era de lana blanca, tejida en el propio hogar, estaba revestida por un borde púrpura y era utilizada sólo en las grandes ocasiones, podía ser utilizada solamente por los niños menores e 16 años, los senados y los altos magistrados. NdT], con un pie sobre de una jabalina. Después de toda esta ceremonia se lanzaba al combate para morir. 

La transformación del sentido de la palabra devotio es, así mismo, significativa. Aplicada originariamente a este orden de ideas, es decir a una acción heroica, sacrificial y evocadora, en el Bajo Imperio significó la simple fidelidad del ciudadano y hasta el esmero en el pago de la hacienda (devotio rei annonariae). Según las palabras de Bouché Lequerq, al final, "al ser reemplazado el César por el Dios cristiano, “devotio” pasó a significar simple religiosidad, la fe dispuesta para todos los sacrificios y, más tarde, una posterior degeneración de la expresión, convirtió a la “devotio” en “devoción”, en el sentido actual de la palabra, es decir una preocupación constante por la salvación, afirmada en una práctica minuciosa y recta del culto". 

En la antigua “devotio” romana tenemos pues signos bien precisos de un mística consciente del heroísmo y del sacrificio, que mantiene una estrecha conexión entre el sentimiento de una realidad sobrenatural y la lucha y dedicación en nombre del propio Jefe, del justo Estado y de la misma raza. No faltan testimonios acerca de un sentimiento "olímpico" del combate y de la victoria en nuestras antiguas tradiciones. De eso, nos hemos ocupado extensamente en otro lugar [especialmente en Rivolta contro il mondo moderno. NdT]. Sólo recordamos ahora que en la ceremonia del triunfo el “duce” victorioso asumía en Roma las insignias del dios olímpico, expresando así cuál era la verdadera fuerza que en él determinaba la victoria; recordaremos también que más allá del César mortal, la romanidad veneró al César como un "vencedor perenne", es decir como una especie de fuerza suprapersonal que encarnaba los destinos del Imperio. 

Así, si en tiempos posteriores han prevalecido experiencias diferentes, las tradiciones más antiguas nos demuestran que el ideal de un heroísmo "olímpico" también ha sido un ideal nuestro, que también nuestra gente ha conocido la ofrenda absoluta, la consumación de toda una existencia en acto de arrojo contra el enemigo hasta el límite de la evocación de fuerzas abisales; una victoria, por fin, que transfigura y propicia participaciones en potencias suprapersonales. Así también sobre la base de nuestro legado ancestral se perfilan puntos de referencia en radical oposición al heroísmo subpersonal y colectivista que hemos indicado al principio, y también a cada visión trágica e irracional, que ignora aquello que es más fuerte que el fuego y el hierro, que la muerte y la vida. 

 

Publicado en la sección Diorama mensile de la revista Il Regime Fascista, 19 de abril de 1942. 

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

(Entrada revisada)