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Biblioteca Evoliana

Etica Aria (I) Rostros del Heroismo

Etica Aria (I) Rostros del Heroismo

Biblioteca Evoliana.-  En 1982, el Centro de Estudios Evolianos de Génova publicó en el nº 3 de sus Quaderni Evola, tres artículos esritos en 1942 y 1943. Diez años despiués, las Edizioni Settimo Sigillo reprodujeron estos textos en un pequeño cuaderno titulado Ética Aria, título, seguramente algo abusivo. El volumen incluía cuatro artículos; el primero de los cuales lleva el nombre de Rostros del Heroismo y ha sido traducido por Ernesto Milà para su blog infokrisis. Las ideas contenidas en los cuatro artículos fueron incluidas en Cabalgar el Tigre

 

 I

ROSTROS DEL HEROISMO

Un punto sobre el que a menudo hemos aludido y que en una investigación acerca de la "raza interior" no está carente de interés, se relaciona con el hecho de que, además del morir y del combatir, debe considerarse un "estilo" diferenciado, una diferente aptitud y un diferente sentido propio a la lucha y al sacrificio heroico. Más bien, generalmente, se puede hablar, aquí, de una escala, que varia según los casos, para medir el valor de la vida humana. 

Precisamente los hechos de esta guerra [el texto fue escrito durante la II Guerra Mundial] revelan, a este respecto, contrastes que desearíamos ilustras brevemente. Nos limitaremos esencialmente a los casos límite, representados, respectivamente, por Rusia y el Japón. 

Subpersonalidad bolchevique 

Qué la conducta de guerra de la Rusia soviética no tenga ni lo más mínimo en cuenta la vida humana y la personalidad, es algo que ya conocemos. Los bolcheviques reducen sus combatientes al nivel de un verdadero "material humano", en el sentido más brutal de esta siniestra expresión que se ha convertido en habitual en cierta literatura militar: un material por el que no se tiene que tener ningún respeto y que, por lo tanto, no hay que titubear a la hora de sacrificar de la forma más despiadada dondequiera que haga falta mínimamente. Por lo general, tal como ya se ha resaltado, el ruso siempre ha sabido ir con facilidad al encuentro de la muerte por una especie de innato y oscuro fatalismo; desde hace tiempo la vida humana siempre ha tenido un bajo precio en Rusia. Pero la utilización actual del soldado ruso como "carne de cañón" también es una consecuencia lógica de la concepción bolchevique que demuestra el desprecio más radical por el valor de la personalidad y afirma querer liberar al individuo de las supersticiones y "prejuicios burgueses", es decir, del “yo” y de “lo mío”, intentando reducirlo a una dimensión de miembro mecanizado de un conjunto colectivo que se considera como lo único vital e importante. 

Sobre esta base se perfila la posibilidad de una forma que nosotros llamaríamos "telúrica" y subpersonal del sacrificio y del heroísmo: es el rasgo del hombre colectivo omnipotente y sin rostro. La muerte sobre el campo de batalla del hombre bolchevizado representa para esta vía la fase extrema del proceso de despersonalización y destrucción de cada valor cualitativo y personal, que se encuentra en la base del ideal bolchevique de "civilización". Así puede realizarse verdaderamente lo que, en un libro tristemente famoso, Erich Maria Remarque dio como significado total de la guerra: la trágica irrelevancia del individuo en el hecho bélico, en el cual los puros instintos, las fuerzas elementales desatadas y subpersonales toman ventaja sobre cualquier valor e ideal.

En realidad, este dramatismo tampoco se experimenta en la medida en que el sentido de la personalidad ya se ha perdido y cualquier horizonte superior está previamente cerrado; la colectivización, también del espíritu, ya ha hundido sus raíces en una nueva generación de fanáticos, educada según el verbo de Lenin y Stalin. Se tiene así una forma precisa, casi incomprensible para nuestra mentalidad europea, de predisposición para morir y sacrificarse, e incluso hasta llegar a experimentar una siniestra alegría por la destrucción propia y ajena.  

La mística japonesa del combate 

Algunos episodios recientes de la guerra japonesa han hecho conocer un "estilo" del morir, que, sin embargo, tiene similitudes con el del hombre bolchevique, para atestiguar, al menos en apariencia, el mismo desprecio por el valor del individuo y, generalmente, de la personalidad. Se sabe, en efecto, que aviadores japoneses que se han precipitado sobre blancos, deliberadamente, con su carga de bombas, o de “hombres mina” predestinados a morir en su acción. E incluso parece que en Japón se haya sido organizado desde hace tiempo un cuerpo con estos “voluntarios de la muerte” [NdA: el autor alude a los “kamikazes”]. De nuevo, nos encontramos ante algo poco comprensible para la mentalidad occidental. Sin embargo, si intentamos penetrar en el sentido más íntimo de esta forma extrema de heroísmo, encontramos valores que representan la perfecta antítesis con el "heroísmo telúrico" y sin luz del hombre bolchevique. 

En el caso japonés, las premisas, en efecto, son de carácter rigurosamente religioso, e incluso diríamos mejor ascético y místico. Esto no hay que entenderlo en el sentido más habitual,  es decir, con la idea de que en Japón la idea religiosa y la idea imperial son una sola y misma idea y  que el servicio al emperador se identifica con un servicio divino y el sacrificarse por el Tenno y por el Estado tiene el mismo valor que el sacrificio de un misionero o de un mártir, pero en un sentido absolutamente activo y combativo. Todo esto es cierto y forma parte de los aspectos de la idea político religiosa japonesa: sin embargo la última y más exacta referencia debe de ser buscada  en un nivel superior, esto es en la visión del mundo y de la vida propia que sostiene el budismo y sobre todo la escuela Zen, que ha sido definida justamente como la "religión" del samurai, es decir de la casta específicamente guerrera en el Japón. 

Tal visión del mundo y de la vida aspira esencialmente a desplazar el sentimiento de uno mismo sobre un plano transcendente, y relativiza el sentido y la realidad del individuo y de su vida terrenal. 

Primer punto a considerar: el sentimiento de “venir de lejos". La vida terrenal no es sino un episodio, no empieza ni acaba aquí, tiene causas remotas, es la tensión de una fuerza que se proyectará de otras formas, hasta la liberación suprema. Segundo punto: en relación a eso, se niega la realidad del yo, del yo simplemente humano. La "persona" vuelve a tener el sentido que este término tuvo originariamente en latín, donde equivalía a “máscara” de actores, es decir un determinado modo de aparecer, una forma de “manifestación”... Según el Zen, es decir según la religión del samurai, existe algo inaprensible e indomable en la vida, algo infinito, susceptible de asumir infinitas formas, y que simbólicamente se designa como shûnya, es decir "vacío", opuesto a todo aquello que es materialmente consistente y vinculado a una forma. 

Sobre tal base se perfila el sentido de un tipo de heroísmo que puede llamarse en rigor "suprapersonal", en oposición al bolchevique de naturaleza "subpersonal". Se puede tomar la propia vida y arrojarla a la destrucción con una intensidad extrema, en la certeza de una existencia eterna y de la indestructibilidad que, no habiendo tenido principio, tampoco puede tener un fin. Lo que puede parecer extremo para alguna mentalidad occidental, resulta aquí natural, claro y evidente. No se puede hablar tampoco de tragedia sino en un sentido opuesto al del bolchevismo: no se puede hablar de tragedia a causa de la irrelevancia del individuo y por la posesión de un sentido y de una fuerza que, en la vida, va de allá de la vida. Es un heroísmo, que casi podríamos llamar "olímpico." 

Y aquí, de paso, señalamos la diletante banalidad de quienes han tratado de demostrar con cuatro renglones el carácter deletéreo que similares puntos de vista - opuestos a quienes suponen que la existencia terrenal sea única e irrevocable- tendría para la idea de Estado y de servicio al Estado. El Japón representa el más flagrante desmentido para semejantes elucubraciones;  la vehemencia con que, junto a nosotros [NdA: en la época Japón era aliado de Italia en el Pacto Tripartito], Japón conduce una lucha heroica y victoriosa, demuestra sin embargo, el enorme potencial guerrero y espiritual que procede de un sentimiento experimentado de la transcendencia y de la suprapersonalidad tal como el que hemos aludido.

La "devotio" romana 

Aquí conviene subrayar que, si en el occidente moderno se reconocen los valores de la persona, ello conduce también a una acentuación, casi supersticiosa, de la importancia de la vida terrenal que luego, al “democratizarse”, dio lugar a los famosos "derechos" del hombre y a una serie de supersticiones sociales, democráticas y humanitarias. Cómo contrapartida de este aspecto en absoluto positivo, se ha tendido a otorgar un similar énfasis a la concepción "trágica" -por no decir "prometeica"- algo que, así mismo, equivale a una caída de nivel. 

Debemos, contrariamente a esto, recordar los ideales "olímpicos" de nuestras más antiguas y auténticas tradiciones; así podremos comprender que nuestro heroísmo aristocrático, libre de pasión, aparece en seres en los que el centro de su vida se sitúa verdaderamente sobre un plano superior, desde el que se lanzan, más allá de cada tragedia, de cada vínculo, de cada angustia, como fuerzas irresistibles. 

Conviene realizar una breve evocación histórica. Aunque las antiguas tradiciones romanas sean poco conocidas, presentan rasgos similares a aquellos que suponen el don heroico de la misma persona en nombre del Estado y de los objetivos de la victoria, que hemos visto también aparecer en la mística japonesa del combate. Aludimos al llamado rito de la “devotio”. Las bases de este rito son, naturalmente, sagradas. En él está también presente el sentimiento general del hombre tradicional, de que fuerzas invisibles están actuando tras el mundo visible y que el hombre, a su vez, puede influir sobre ellas. 

Según el antiguo ritual romano de la “devotio”, un guerrero y, sobre todo un Jefe, puede facilitar la victoria a través de un misterioso desencadenamiento de fuerzas desencadenadas a partir del sacrificio deliberado de su persona cuando se realiza con la voluntad de no salir vivo de la experiencia. Se recuerda la ejecución de este ritual por parte del cónsul Decio en la guerra contra los latinos el 340 A.C., al igual que su repetición -exaltada por Cicerón (Fin. 11, 19, 61; Tusc. 1, 37, 39)- por otros dos representantes de la misma familia. El ritual tuvo un preciso ceremonial que atestigua la perfecta conciencia y lucidez de esta ofrenda heroica y sacrificial. Según el orden jerárquico, fueron invocadas inicialmente las divinidades olímpicas del Estado romano, Jano, Júpiter, Quirino; luego el dios de la guerra, Pater Mars; luego los dioses indigetas [dioses propios e los latinos que vivieron en el Lacio donde fueron adorados: Saturno, Quirino, Vesta y Jano, NdT], "dioses que tenéis potencia sobre los héroes y sobre los enemigos"; en nombre del sacrificio que se propone de ralizar, se invocó "conceder fuerza y victoria al pueblo romano de los Quiriti y arrollar con terror, pánic y muerte a los enemigos de nuestro pueblo" (cfr. Livío, VIII, 9). Propuestas por el pontifex, las palabras de esta fórmula son pronunciadas por el guerrero, revestido por la praetesta [la toga praetesta era de lana blanca, tejida en el propio hogar, estaba revestida por un borde púrpura y era utilizada sólo en las grandes ocasiones, podía ser utilizada solamente por los niños menores e 16 años, los senados y los altos magistrados. NdT], con un pie sobre de una jabalina. Después de toda esta ceremonia se lanzaba al combate para morir. 

La transformación del sentido de la palabra devotio es, así mismo, significativa. Aplicada originariamente a este orden de ideas, es decir a una acción heroica, sacrificial y evocadora, en el Bajo Imperio significó la simple fidelidad del ciudadano y hasta el esmero en el pago de la hacienda (devotio rei annonariae). Según las palabras de Bouché Lequerq, al final, "al ser reemplazado el César por el Dios cristiano, “devotio” pasó a significar simple religiosidad, la fe dispuesta para todos los sacrificios y, más tarde, una posterior degeneración de la expresión, convirtió a la “devotio” en “devoción”, en el sentido actual de la palabra, es decir una preocupación constante por la salvación, afirmada en una práctica minuciosa y recta del culto". 

En la antigua “devotio” romana tenemos pues signos bien precisos de un mística consciente del heroísmo y del sacrificio, que mantiene una estrecha conexión entre el sentimiento de una realidad sobrenatural y la lucha y dedicación en nombre del propio Jefe, del justo Estado y de la misma raza. No faltan testimonios acerca de un sentimiento "olímpico" del combate y de la victoria en nuestras antiguas tradiciones. De eso, nos hemos ocupado extensamente en otro lugar [especialmente en Rivolta contro il mondo moderno. NdT]. Sólo recordamos ahora que en la ceremonia del triunfo el “duce” victorioso asumía en Roma las insignias del dios olímpico, expresando así cuál era la verdadera fuerza que en él determinaba la victoria; recordaremos también que más allá del César mortal, la romanidad veneró al César como un "vencedor perenne", es decir como una especie de fuerza suprapersonal que encarnaba los destinos del Imperio. 

Así, si en tiempos posteriores han prevalecido experiencias diferentes, las tradiciones más antiguas nos demuestran que el ideal de un heroísmo "olímpico" también ha sido un ideal nuestro, que también nuestra gente ha conocido la ofrenda absoluta, la consumación de toda una existencia en acto de arrojo contra el enemigo hasta el límite de la evocación de fuerzas abisales; una victoria, por fin, que transfigura y propicia participaciones en potencias suprapersonales. Así también sobre la base de nuestro legado ancestral se perfilan puntos de referencia en radical oposición al heroísmo subpersonal y colectivista que hemos indicado al principio, y también a cada visión trágica e irracional, que ignora aquello que es más fuerte que el fuego y el hierro, que la muerte y la vida. 

 

Publicado en la sección Diorama mensile de la revista Il Regime Fascista, 19 de abril de 1942. 

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

(Entrada revisada)

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