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Virilidad espiritual - máximas clásicas. Julius Evola

Virilidad espiritual - máximas clásicas. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- Estas notas de Evola fueron incluidas en el volumen "Símbolos de la Tradición Occidental" publicado por Arché, Milano 1981. Evola, en esta ocasión, agrupa y traduce algunas de las máximas del filósofo neoplatónico Plotino, que expresan con una extraña personalidad, las convicciones más profundas del mundo clásico y, por extensión, de la humanidad indo-europea. Estas máximas sirven también para entender la ruptura que supuso la irrupción del cristianismo y sus conceptos diametralmente opuestos a esta filosofía.

 

Virilidad espiritual - máximas clásicas

Julius Evola

En los notas que siguen, vamos a traducir y comentar brevemente un grupo de máximas que pueden ser calificadas de “romanas", porque reflejan el espíritu y el ethos característico del estilo romano y clásico, no sólo en su aspecto político sino también espiritual. Estas máximas han sido extraidas de las obras de Plotino. No tenemos intención de filosofar ni de considerar las distintas etiquetas aplicadas hoy por los "especialistas" en el néo-platonismo, escuela a la que Plotino perteneció.   

Las máximas que van a seguir son, en sí mismas, suficientemente elocuentes. Permiten entender el sentimiento de virilidad espiritual que se ha desvanecido casi completamente en el hombre moderno, entre las supersticiones "positivas" o "devotas" pero que, sin embargo, permanece como la medida de toda dignidad interior y el secreto de este ideal al cual el sentido antiguo y social hacía corresponder el concepto clásico del «Héroe».

Los dioses al encuentro de los hombres    

«Corresponde a los dioses venir a mí y no ir yo hacia ellos». Ya en esta respuesta dada por Plotino a Amelius (quien lo invitaba a volver a los cielos favorables mediante el culto), está contenido todo el espíritu de una tradición y subrayada la distancia que separa ambos mundos: el de aquellos que “creen” y el de aquellos que «son». Esta frase no se refiere al hombre vulgar, sino al que Plotino llama «spoudaios», es decir al hombre espiritualmente integrado.

Otro gran espíritu romano, Celso, partiendo a la guerra contra las nuevas creencias entonces a punto de invadir el Imperio, dijo: «Nuestro dios es el dios de los patricios, invocado en pie, frente a nuestro fuego sagrado y que se lleva al frente de las legiones victoriosas, y no el dios al que se reza postrado en tierra, con total abandono de su ser».

Si debemos analizar el sentido del culto romano de los orígenes, antes de que aparezca la influencia de las religiones griegas y orientales, es decir, hasta poco después de la época de Catón, no encontraríamos nada de lo que se entiende habitualmente por «religión».

En el antiguo mundo romano, los dioses eran considerados como fuerzas e incluso el hombre mismo era considerado como una fuerza. Entre unos y otros, no había otro intermediario que el rito, comprendido como una técnica precisa y objetiva, que se consideraba apta para captar, impedir o producir tal o cual efecto generado por las fuerzas espirituales, y esto sin que se mezclaran sentimientos o actitudes devotas, sino gracias a una relación de mero determinismo.

La máxima de Plotino referida antes nos da la clave de una «vía» que corresponde a lo que, en la antigüedad, se llamaba «iniciación solar».

En esta vía, se trata de crear en nosotros mismos una cualidad operativa, como podríamos decir, actuando sobre los poderes supra-sensibles (los dioses); es decir como una fuerza mediante la cual estos son atraídos irresistiblemente.

Esta fuerza y esta cualidad se pueden resumir en una sola palabra: “Ser”; y en un solo precepto: “sé”, y consiste en una indestructibilidad interior, serena, clara, «olímpica», y añadimos «ascética», en absoluta insolente y «titánica», según el moderno cliché de Supermán.

Una máxima caracterizaba la aspiración clásica a lo sobrenatural: «Para "conocer" a los dioses, es preciso ser iguales a ellos».

Ser un Numen

«Volverse parecido a los dioses, y no solamente a los hombre de bien. El fin a alcanzar no es estar exento de pecado sino ser un numen».

Estas máximas, pueden parecer algo inquietantes para algunos. Son, sin embargo, verdaderas sobre un plano superior. Para la antigüedad clásica (como para los antiguos arios orientales) el más alto ideal era un ideal divino y no un ideal de «moralidad» burguesa.

Tómese buena nota de esto: la Grecia dórica, al igual que la Roma de los primeros tiempos, aparecen como ejemplos imperecederos de fuerza ética. Lo que significa que lo que es cierto en un nivel superior, «supra-moral», no puede sin embargo ser alcanzado por el derecho común: la necesidad y la fuerza de una ética allí donde debe aplicarse.

Plotino llamaba a la «virtud» de los hombres «imagen de una imagen». Esto implica  que no hay que confundir iniciación y realización. Tomemos un ejemplo: una cosa es el proceso mediante el cual con una «tintura» se puede dar a algo, supongamos un metal, la apariencia exterior de otro y otra cosa es la transformación efectiva de un metal en otro, a consecuencia de la cual, por vía espontánea y fatal, éste metal aparece dotado de nuevas propiedades.

El ideal «divino» de la antigüedad estaba ligado a la noción de iniciación, y esta última era precisamente concebida como un tránsito radical de un estado de existencia a otro.

Para el hombre antiguo, un dios no era un modelo moral; era otro ser.

El hombre bueno no cesa de ser un «hombre» por el hecho de que sea «bueno»; de la misma forma que el mono sigue siendo mono incluso aun cuando consiga reproducir artificial o espontáneamente tal o cual gesto de la criatura humana. Siempre y por todas partes, allí donde el hombre, se ha elevado a tal orden de cosas esta verdad ha sido reconocida.

Así, en algunas tradiciones espirituales de la edad media se enseñaba que: «Nuestra obra es la conversión y el cambio de un ser en otro ser, de una cosa en otra, de la debilidad en fuerza, de la corporeidad en espiritualidad».

En relación con los «misterios», se subrayaba en Eleusis y no sin cierta ostentación paradójica, que un Agesilas o un Epaminondas, dos ejemplos de hombres ilustres sobre el plano humano, en tanto que no habían sufrido la transformación atribuida a los ritos histéricos, se encontraban en la situación misma de cualquier otro mortal frente al estado post mortem, mientras que un destino diferente esperaba a quien hubiera limpiado las faltas humanas mediante la purificación mistérica.

Según la tradición, la fuerza transmitida por el rito de la consagración de un sacerdote reviste un carácter permanente, incluso cuando hubiera caído en la indignidad moral; de esto puede deducirse que subsiste aún hoy un eco de las revelaciones antiguas relativas a un plano de espiritualidad absoluta.

Sin embargo, es preciso ser prudentes en este terreno. Si bien no hay que ilusionarse sobre el carácter de lo que Nietzsche llamaba «pequeña moral», conviene, a pesar de todo, recordar una antigua máxima hindú: “Que el sabio no confunda con su propia sabiduría el espíritu de los ignorantes».
«Los malvados también pueden sacar el agua de los ríos. Aquel que da ignora lo que da, sencillamente da» (Plotino).

«¿Cuál es la posición del hombre frente al Todo? ¿Es una parte? No: es un todo, que se pertenece a sí mismo. Convirtiéndose en Uno, él (el hombre) se posee a sí mismo y a la grandeza total y la belleza. No fluye fuera de sí mismo y no huye indefinidamente. Está ahora enteramente agrupado en su unidad» (Plotino).

La concepción clásica del mundo distinguía dos regiones: la inferior de las cosas que «pasan» y la superior de las cosas que “son”. Las cosas que «fluyen» o que «pasan», que son impotentes para alcanzar la realización y la posesión perfecta de su naturaleza. Las otras son; han trascendido esta vida mezclada con la agitación vana y con la muerte; y que, interiormente, es una fura y un deseo continuos.

¿Qué es el Bien?

Plotino dice: «¿Qué es el bien para el hombre? (para el hombre completo, para el spoudaios). Es, así mismo, su propio bien. La vida que posee es perfecta. Posee el bien, por tanto no está a la búsqueda de nada más. Rechazar todo lo que es otro en relación a su propio ser, es purificarse.

En relación simple contigo mismo, sin obstáculo en una unidad pura, sin nada que esté mezclado interiormente con esta pureza, siendo tú solamente en una pura luz, tu te has convertido en visión. Estando aquí tú te has elevado. No tienes necesidad de un guía. Fija tu mirada y verás». Con una concisión singular se encuentran aquí expresados los rasgos de una ascesis viril y lo que, en un sentido supramoral, metafísico, debe ser cualificado como «bien»: la ausencia de todo lo que penetrando en sí pueda llevar fuera de sí.

Plotino precisa el alcance espiritual de tal concepto diciendo que el hombre superior puede sin embargo « buscar otras cosas en tanto que son indispensables, no para sí mismo, sino para quien está próximo a él: al cuerpo que le está relacionado, a la vida del cuerpo que no es su vida. Sabiendo que da lo que es preciso al cuerpo pero sin que estas cosas hayan dominado a la vida».

El mal, según el espíritu clásico, es el sentido de necesidad en el espíritu, el de toda vida que no sabiendo gobernarse a sí mismo se deja inclinar hacia aquí o hacia allí, dominado por el deseo, intentando completarse mediante la incorporación de esto o de aquello.

En tanto subsiste esta «necesidad», mientras subsiste esta insuficiencia interna y radical, siempre según el espíritu clásico, no puede existir el «Bien». El cual no podría quedar circunscrito por un sustantivo y que es, solamente, una experiencia que puede determinar el espíritu deshaciéndose, naturalmente, de la idea; de toda especie de “otro” y reconciliándose virilmente consigo mismo.

Aparece entonces un estado de ceridumbre y plenitud. Ya que el individuo no se pregunta nada y convierte en inútil toda especulación y toda agitación, mientras que una mutación del espíritu íntimo no puede producir nada, además y que empieza la participación en este espíritu de espiritualidad absolutamente dominadora, contribuye de mera figurada, naturalmente, a los “olímpicos”. Plotino dice precisamente que tal ser posee la “perpetuidad” y que está totalmente en posesión de su propia vida: siendo solamente y de manera subpersonal « yo », nada a partir de ahora, podría ser añadido o retirado, ni en el presente, ni en el porvenir. Vamos ahora a ver los desarrollos que Plotino da a este concepto:

«El estado de ser consiste en estar presente. Ser significa acto y estar en acción. El placer es el acto de la vida. Incluso en este universo, las almas pueden conocer la felicidad. Si no ocurre así, las almas se acusan a sí mismas y no al universo; en tal caso han cecido en esta lucha cuya recompensa corona la virtud”. Plotino precisa también el significado del “ser”: ser significa estar “en acción”. Además, habla de una « naturaleza intelectual sin letargo” como referencia a aquel que « es » por excelencia. Aquí los términos de « despierto » y « siempre despierto” opuesto al estado de letargo al que es asimilado el nombre vulgar, pertenece a un amplio simbolismo tradicional.   

Se sabe que el término Buda significa el « Despierto ». La concepción del dios Mithra concebido como « guerrero sin sueño » que combate contra los enemigos de la religión aria es propia a los indoeuropeos de Irán. En las tradiciones clásicas el «Héroe» convertido en inmortal tras haber bebido  «el agua del Olvido», bebe «el agua del Recuerdo» y «del Despertar». “Ser” equivale pues a estar «despierto». La experiencia de todo el ser, concentrado en la claridad intelectual, en la simplicidad de un acto, da la experiencia de «lo que es».

Abandonarse, desvanecerse, tal es el secreto del no-ser. La fatiga mediante la cual la unidad interna se relaja y se dispersa, la íntima energía que para  dominar cada parte, de forma que brota una multiplicidad de tendencias, de instintos, de movimientos irracionales, es decir, la degradación del espíritu que se humilla en formas cada vez más oscuras, hasta llegar a esta forma-límite de la decadencia que es la oscuridad de la materia. Es un error, afirma Plotino, decir que la materia es, cuando en realidad, la esencia de la materia es no-ser. Su poder de ser dividido hasta el infinito indica precisamente esta «caída» fuera de la Unidad que le da nacimiento.

Su inercia es pesada, resistente, confusa y tal es el la misma propia a aquel que, desvaneciéndose, no puede dirigirse y cae como un “cuerpo muerto”.
Tal es, en términos de interioridad, el secreto de la material de la realidad física.
Que la «verdad» del conocimiento físico sea diferente, importa en realidad poco. La existencia corporal aparece como el no-ser de la espiritual. Este estado supremo en la unidad de un “acto”, el “ser” es uno solo con el “bien”.

He aquí en términos de interioridad el secreto de la materia de la realidad física. Qué la "verdad" del conocimiento físico sea diferente importe poco. La existencia corporal aparece como el no-ser del espiritual.   

De suerte que « materia » y « mal » se identifican a su vez. Y no hay otro mal que la materia. Para comprender esta idea fundamental del pensamiento clásico, es preciso naturalmente perder el hábito de todas las concepciones ordinarias del hombre doméstico, convertido en “sociable ». El “mal” según los hombres no tiene ningún lugar en la realidad, y en una perspectiva metafísica que es una perspectiva según la realidad aplicada a un mundo superior.

Metafísicamente, no existe «bien» o «mal»; existe lo es verdad y lo que no lo es. Y el grado de “realidad” (etendida en el sentido espiritual que hemos definido a propósito del significado del “ser”) da la medida del grado de la “virtud”. Se sabe que Virtus en la época clásica e incluso hasta el renacimiento, no significaba nada más que fuerza, sino energía. Para la mirada fría y viril del hombre clásico solamente un estado de «privación» del ser es un «mal»; la fatiga, el abandono y el letargo de la fuerza interior, esta dirección que en el límite, hace tomar como hemos visto, la «materia».

Ni el «mal» ni la «materia» son pues principios en sí mismos. No son más que derivados a los cuales se llega por «degradación» y «disolución». Plotino se expresa en estos términos: «Es a causa del desvanecimiento del Bien que la oscuridad aparece y se vive. Y para el alma, el mal es este desvanecimiento generador de oscuridad. Tal es el primer mal. La oscuridad es algo que le precede y la naturaleza del mal no actúa en la materia sino antes de la materia (en el cese de la tensión espiritual que ha dado nacimiento a la materia)». Y Plotino añade: «El Placer es el acto de la Vida». Esta opinión había sido ya expresada por otra gran espíritu clásico, Aristóteles, quien había enseñado que toda actividad era feliz si era perfecta.

Tales, al menos, son la felicidad y el placer en su forma pura y libre de una plenitud como coronación de una vida que se realiza y que, realizándose « es » y realiza el « bien » y no la felicidad y el placer pasivos y mezclados, desordenados, escapándose a si mismos, cediendo a una temeridad turbulenta de satisfacción de los deseos y de los instintos. De nuevo, estamos conducidos aquí a un punto de vista « real » sin relación con las concesiones “humanas” y los enternecimientos sentimentales.

De esta misma felicidad, el grado de ser es el secreto y la medida. En consecuencia, Plotino afirma que en este universo también las almas pueden conocer la felicidad, recordando por ello un aspecto importante del pensamiento clásico.

Allí donde la virtud era entendida como actualización espiritual dominadora, implica potencia, no se puede concebir que el “bien” pueda no estar acompañado de la “felicidad”, como tampoco la gloria es separable de la victoria. Cualquiera que resultara vencido por un lazo exterior o un lazo interior, según el orden real de las cosas que mencionamos antes, no podría ser «bueno».

Y que alguien pudiera ser feliz sería contrario a la naturaleza y, en todo caso, el efecto de un puro azar. Y es él mismo y no el mundo quien debería ser la causa de su derrota.

De otra forma, la cosa está clara; reducir la «virtud» a una simple disposición moral, a un fantasma interior corresponde a un alma timorata. Es bueno, entonces, rechazar el concepto de «mi reino no es de este mundo» y rechazar aceptar la ideas de que una fuerza de lo alto pueda dar la felicidad en el más allá, como recompensa a los «virtuosos» que desprovistos de poder en esta vida prefieren sufrir y soportar con humildad y resignación la injusticia. El Espíritu viril del hombre clásico ha despreciado tales planteamientos evasionistas; y los ha despreciado por fidelidad a una concepción metafísica.

Si el mal y su materialización y su expresión mediante impulsos y límites impuestos por las fuerzas inferiores y cosas exteriores arraigan en un estado de degradación del « Bien”, es inconcebible y lógicamente contradictorio que subsista como principio de desgracia y servidumbre en aquel que habría destruido estas raíces en las que había arraigado el bien en el sentido clásico. 

Si el « bien » es, el « mal », el sufrimiento, la pasión, la esclavitud no puede ser porque el bien es también poder. Si subsisten, esto significará entonces que la « virtud » es aún imperfecta y el « ser » aún incompleto y alteradas la unidad y la capacidad de actuar.

Dice Plotino: «Hay quienes no tienen armas. Pero aquel que tiene armas, combate. No hay dios que combate por los que no están en armas. La ley quiere que en la guerra, la victoria pertenezca a los valerosos; no a los que ruegan. Es justo que los cobardes sean dominados por los malvados», nuevas expresiones características de la virilidad espiritual, guerrera, romana, nuevo contraste con las actitudes de renuncia y de evasión de cierta forma de religiosidad de un tipo que no es ni romano, ni ario, sino asiático-semita. Nuevo desprecio hacia los que se extienden en propuestas contra la injusticia de las cosas de la tierra y que en lugar de reconocer su propia cobardía, o de resignarse a su propia impotencia, o afrontar un fin heroico, se entregan al Todo o esperan que los dioses se preocuparán de ellos a fuerza de escuchar plegarias y lamentos.

«No hay dios que combata por aquellos que no están en armas» (Plotino).

Tal es el principio fundamental del estilo guerrero que, además de tener el valor de ejemplo, se refiere, por su justificación superior, a los conceptos ya desarrollados a propósito de la identificación –desde el punto de vista metafísico- entre «realidad», «espiritualidad» y «virtud».

La dejadez y la negligencia no pueden ser buenos; ser «bueno» implica tener un alma de héroe. Y la perfección del héroe es el triunfo.

Pedir la victoria a la divinidad equivaldría a pedirle la «virtud» pues la victoria es el cuerpo en el cual se realiza el estado perfecto y, podríamos decir, sobrenatural y sobrehumano de la virtud.

Tal como ya hemos dicho a propósito de la doctrina mística del triunfo, el cual deja aparecer de la forma más sensible que tales ideas no han nacido en absoluto de un ateismo larvado, sino más bien de la idea de una síntesis superior entre fuerza y espíritu, humanidad y divinidad, presente en los momentos de Transfiguración heróica.

«Polibio dice que los romanos, usan la fuerza en toda circunstencia, seguros de que lo que han decidido tiene necesariamente que suceder y que nada de lo que han decidido un día es imposible de realizar; en muchas ocasiones son llevados a la victoria por efecto de tal hábito».

Los soldados de Fabio partiendo para la guerra no juraron vender o morir. Juraron vencer y regresar vencedores. Y fue como vencedores que regresaron.

El Espíritu romano y el Espíritu de estos conceptos de Plotino coinciden e, incluso en nuestros días nos transmiten un mensaje viviente.

Ahora vamos a ver, de forma breve, como la actitud definida antes de afirmación y de organización interior virilmente asumida se integra y se clarifica con elementos consolidación y de liberación ascética.

«Por lo que respecta al miedo, queda totalmente suprimido. El Alma no tiene nada que temer. Quien está sujeto al temor no ha alcanzado aún la perfección de la “Virtus”; es un mediocre. En el hombre superior (el spoudaios) las impresiones no se presentan como en los otros (los mediocres). No alcanzan hasta el interior (del alma).

Que el sufrimiento pasa la medida importa poco. La luz que está en este hombre perdurará como la luz de un faro que emerge entre los torbellinos del viento y de la tempestad.

Dueño de sí mismo en estas circunstancias (el hombre superior) decidirá lo que conviene hacer.

En él, está en su espíritu (el "Nous" griego) actuar» (Plotino).

Plotino admite que el hombre superior pueda en ocasiones tener movimientos involuntarios e irreflexivos de miedo. Pero son, podríamos decir, como movimientos que le son ajenos y que no pueden producirse más que porque el espíritu está alejado en ese momento. Basta que “vuelva en sí” para hacerlos desaparecer.

La destrucción del «miedo» es un principio de ascesis a seguir no solo sobre el plano humano sino igualmente sobre el del mundo superior.

El llamado temor de Dios era verdaderamente una “virtud” completamente desconocida en nuestra más alta humanidad tradicional de Oriente y de Occidente.

Sea frente a las fuerzas inferior o a las fuerzas “divinas”, el hombre ascéticamente integrado e imperturbable es inaccesible a movimientos irracionales del alma: desesperación o terror.

No fue más que en el alma de las mujercitas de la plebe imperial que las nuevas creencias pudieron tener acceso apoyándose sobre visiones de terrorismo apocalíptico y de salvación gratuita. El sufrimiento, para quien se aproxima a la completa realización de sí mismo podrá como máximo provocar la separación de una parte del espíritu aún sujeto, en su humanidad al sufrimiento, pero no la caída del principio superior. Este último, dice Plotino, «decidirá lo que conviene hacer».

En caso necesario, podría llegar hasta quitarse la vida. Pero no se pierda de vista que, según la concepción a la que se refiere Plotino, todo ser preexistente, en este sentido, ha sido él mismo quien ha escogido nacer en este mundo donde cada hombre, aunque no lo recuerde, es como un actor que juega un papel oscuro, ahora resplandeciente, pero siempre el papel que ha elegido.   

«¿Por qué despreciar el mundo en el cual vosotros os encontráis por vuestra voluntad? Si no os conviene, siempre podéis abandonarlo». Tal es la austera respuesta de Plotino a algunas escuelas gnósticas cristianas que querían ver en el mundo un valle de lágrimas y un lugar de miseria. Tal como ya hemos comentado al referirnos a una máxima precedente, el espíritu –el «Noûs»- del hombre puede definirse como principio del «ser»: es una luz del intelecto, puro y dominador, la forma suprema de la unidad en el hombre, frente a la cual el «Alma» -la “psyque” griega- aparece ya como algo exterior y material.

La vida cotidiana raramente compromete este principio profundo. Como máximo se desliza sobre él sin rozarlo. Pero, en este caso, en cada acción, más que ser verdaderamente nosotros mismo, ¿es un “demonio” quien actuaría?

"Demonio" no debe ser comprendido aquí en el sentido cristiano de entidad maléfica sino en el, clásico, de un ser irracional, infra-personal, de una fuerza psíquica oscura.   

Plotino dice justamente que todo lo que nos sucede sin ser el resultado de nuestra exacta deliberación une a nuestro elemento «divino» un elemento «demoníaco».

Veamos ahora como Plotino marca la condición opuesta propia al estado interior de un hombre integrado.

«En este punto, el porqué del ser no existe como un porqué sino como un ser. Mejor, ambas cosas no son más que una» (es decir que no existe justificación exterior y de tipo intelectual de para acción; la acción está inmediatamente ligada a un significado suyo»). «Que cada una sea él mismo. Que nuestros pensamientos y nuestras acciones sean los nuestros. Que las acciones de cada uno le pertenezcan. Y esto, sean buenas o malas. Cuando el alma tiene el intelecto puro e impasible como guía, la plena disposición de sí mismo, entonces, dirige su impulso allí donde quiere. Solo entonces nuestro acto es verdaderamente nuestro, y de nadie más, procediendo del interior del alma como de una [fuente de] pureza y de un principio puro dominador y soberano y no el efecto de la ignorancia y del deseo, pues, entonces, sería la pasividad y no la acción la que actuaría en nosotros» (Plotino).

De estas máximas surge pues claramente el principio de una autorresponsabilidad trascendente. El hombre superior asume todo lo que es, lo «quiere», lo justifica en referencia al principio según el cual su naturaleza es sobrenatural y soberana.

Y si se puede desear una “liberación” más alta, no hay otro medio de alcanzarla que elevarse más allá del mundo de la corporeidad.

«Las sensaciones (animales) son como visiones de un alma adormecida. En el alma, todo lo que procede del estado corporal está adormecido. Salir de la corporeidad; tal es el verdadero despertar. Cambiar de existencia pasando de un cuerpo a otro equivale a pasar de un sueño a otro, de un lecho a otro. Despertarse verdaderamente, es abandonar el mundo de los cuerpos» (Plotino).

De la misma manera que hemos explicado antes, la materialidad es una especie de estado de delicuescencia del espíritu.

Según la visión clásica, toda realidad sensible no es más que la pálida imitación, y por así decir, la exteriorización de un mundo de potencias vivientes.

Salir del cuerpo y abandonar el mundo de los cuerpos no debe ser comprendido en un sentido material sino solamente espacial: no es exactamente un alma que “sale” de un cuerpo muerto, sino más bien por el contrario de la reintegración total de lo que ya hemos definido como “Naturaleza intelectual sin sueño”. Tal es la verdadera realización iniciática y metafísica, ligada al más alto ideal de la humanidad clásica.

Con una rara agudeza, Plotin asimila el hecho de cambiar de cuerpo al hecho de pasar de una cama a otro. La consistencia de la doctrina de la «re-encarnación» no podría ser mejor estigmatizada. En el «ciclo de los nacimientos», es decir en la sucesición, la mutación y la muerte de las formas de existencia condicionada, cada una de estas formas es, en el fondo, de un punto de vista absoluto, equivalente al otro.

La realización metafísica, coronación de una existencia humana virilmente conducida y fortificada por la ascesis, es, podríamos decir, una "ruptura" en las series de estados condicionados: una [repentina] apertura en otra dirección: trascendencia “perpendicular”.   

A esto no se llega siguiendo el orden de las cosas que «devienen», sino, por el contrario, a través de un camino de «introversión», es decir de interior, de extrema concentración de todo poder y de toda luz, de los que procede la integración metafísica del “yo”, es decir, la efectiva inmortalidad de la personalidad.

Por ello Plotino dice: “Y ahora, debes mirar en ti mismo, hacerte uno con lo que tienes para contemplar, sabiendo que lo que tu tienes para contemplar eres tu mismo. Y que es tuyo. Casi como aquel que estaría invadido por el dios Febo (otro nombre de Apolo, dios de la luz) o por una musa, vería brillar en sí mismo la claridad divina si hubiera tenido tiempo de contemplar en sí mismo esta divina luz”

En el estado de suprema autoconciencia, se disipa la apariencia misma de extrañeidad que las fuerzas divinas en su grandeza pueden revestir, para la mirada de los límites de la vida psíquica ordinaria. Estas fuerzas aparecen como poderes de esta misma alma glorificada.

Así terminamos nuestra evocación de la espiritualidad viril de uno de nuestros más grandes Maestros de Vida. Nos sentiremos ampliamente recompensados por este trabajo si hemos conseguido despertar en nuestros lectores la idea de que no hemos tratado de filosofía abstracta o de un tipo particular de moral o menos aún de visiones de un mundo en la actualidad desaparecido o “superado”, sino más bien de algo vivo, cuyo valor no es de ayer o de mañana, sino de siempre y, se encuentra en todas partes en las que el hombre logre despertar esta dignidad superior sin que la existencia sea algo oscuro y desprovisto de valor.

 

La Prostitución Sagrada. Julius Evola

La Prostitución Sagrada. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El tema de la prostitución sagrada fue tratado en profundidad por Julius Evola en "Metafísica del Sexo". Esas ideas las desarrolló a partir de los años 30 en varios artículos publicados hasta los últimos años de su vida. Este artículo llegó hasta nosotros en los años 80 por la revista francesa "Rebis". Como es habitual en sus ensayos, Evola reune primeramente una abundante documentación sobre el tema para luego extraer conclusiones. En esta ocasion, el material va desde la antigua mitología hindú hasta el mundo clasico.

LA PROSTITUCION SAGRADA

JULIUS EVOLA

Todo culto tradicional apunta esencialmente a la actualización de la presencia real de cierta entidad suprasensible en un medio dado, o bien a la transmisión participativa, a un individuo o a un grupo, de la influencia espiritual que corresponde a esa entidad. Los principales medios empleados a tal objeto son los ritos, los sacrificios y los sacramentos. Ahora bien, en varias culturas, también la sexualidad se empleó con tal fin.

Uno de los casos más típicos puede observarse en el ámbito de los Misterios de la Gran Diosa, a través de las prácticas eróticas precisamente destinadas a evocar el principio de ésta y a reavivar su presencia en cierto lugar y en una comunidad determinada. Ese, entre otros, era particularmente el verdadero objeto de la prostitución sagrada practicada en los templos de muchas divinidades femeninas de tipo afrodítico pertenecientes al Mediterráneo: Ishtar, Mylitta, Anaitis, Afrodita, Innini y Athagatia. Hay que distinguir aquí dos aspectos. Por una parte, estaba la costumbre de que toda muchacha llegada a la pubertad no podía contraer posibles nupcias antes de haber ofrecido su virginidad, y ello no en un contexto de amor profano, sino de Sacralidad: debía entregarse, en el recinto sagrado del templo, a un extranjero que hiciese una ofrenda simbólica e invocase, a través de ella, a la diosa Por otro lado, había templos con un cuerpo fijo de hierodulas, es decir, de mujeres consagradas a la diosa, sacerdotisas cuyo culto consistía en el acto que los modernos no saben designar de otro modo que con el verbo “prostituirse”. Celebraban el misterio del amor carnal, en el sentido, no de un rito formalista y simbólico, sino de un rito mágico operativo: para alimentar la corriente de psiquismo que daba cuerpo a la presencia de la diosa y, al propio tiempo, para transmitir a los que se unían a ellas, como en un sacramento eficaz, la influencia o virtud de esta diosa. Estas jóvenes llevaban también el nombre de “vírgenes” (Parthónoj hierai), se consideraba que encarnaban en cierta forma a la diosa, que eran las “portadoras” de la diosa, de la que tomaban, en su función erótica específica, su denominación genérica ishtaritu Aquí, el acto sexual desempeñaba por una parte la función general propia de los sacrificios evocatorios o capaces de reavivar presencias divinas y por otra desempeñaba un papel estructuralmente idéntico al de la presencia eucarística era, para el hombre, el medio de participar en el sacrum, llevado y administrado por la mujer en este caso; era una técnica para obtener un contacto experimental con la divinidad, para abrirse a ella, pues el trauma del acto sexual, con la interrupción de la conciencia individual que trae consigo, constituye una condición particularmente propicia para ello. Todo esto, como principio.

Este empleo de la mujer no estaba restringido a los Misterios de la Gran Diosa del antiguo mundo mediterráneo; se sabe que se practicó también en Oriente. La ofrenda ritual de las vírgenes se encuentra igualmente en la India, en los templos de Jaggernaut, para “alimentar” a la divinidad, es decir, para activar eficazmente su presencia. En muchos casos, las danzarinas de los templos cumplían la misma función sacerdotal que las hierodulas de Ishtar y de Mylitta, y sus danzas consteladas de mudras, o sea de gestos simbólico-evocadores presentaba generalmente carácter sagrado. También su “prostitución” era sagrada. Por eso incluso familias muy destacadas consideraban un honor, y no una vergüenza, que sus hijas fuesen consagradas desde la mas tierna edad a este servicio en los templos. Con el nombre de devadási, a estas mujeres se las consideraba a veces las esposas de un dios. En tal caso, más que portadoras del sacrum femenino, iniciadoras de los hombres en los Misterios de la Diosa, eran las mujeres destinadas a servir genéricamente de fuego en la unión sexual, que, como hemos visto, en textos tradicionales hindúes es comparada con el sacrificio en el fuego.

Además, como ya hemos señalado, hay que considerar que, incluso cuando estaba fuera de tales marcos culturales e institucionales, el hetairismo (la actividad de hetaira) antiguo y oriental tenía aspectos no sólo profanos, pues las mujeres estaban calificadas para darle al acto del amor unas dimensiones y un desenlace que hoy en día se ignoran. Entre las hetairas de Extremo Oriente, que solían estar agrupadas en hermandades que tenían sus “armas”, sus insignias simbólicas y una antigua tradición propia, está comprobada la existencia de conocimientos de lo que podría denominarla fisiología suprabiológica y sutil. Hay razones para pensar que, en algunos casos, la ars amatoria profana nació por degradación de elementos externos de una ciencia sui generis basada en un saber sacerdotal y tradicional; no está excluido que, entre posturas indicadas en obras como las cuarenta y ocho Figurae Veneris de Forberg haya algunas que en su origen tuviesen valor de mudra, o sea de posturas mágico-rituales aplicadas al acto sexual, dado que, como señalaremos en su momento, hay significados de este tipo que han subsistido incluso en prácticas de magia sexual de algunos círculos modernos.

Ya hemos hablado de los filtros de amor, de los que también se ha perdido el sentido completo, puesto que ya sólo se conocen sus usos degradados, en la forma de mistificaciones supersticiosas populares propias de brujas. Aquí, en realidad, lo que podría entrar en juego, más que el arte de hacer nacer anormalmente una pasión común es el arte de dar a la experiencia sexual unas dimensiones distintas de las eros corriente. Se sabe que Demóstenes hizo condenar a una amante de Sófocles que tenía fama de confeccionar filtros de amor; pero en el proceso resultó que había recibido una iniciación y que frecuentaba ambientes cercanos a los Misterios. Por lo general, a muchas hetairas, o figuras de tipo hetérico, incluso en las sagas y las leyendas, se las describe como magas; a causa de la fascinación que ejercían, por supuesto pero también a causa de sus conocimientos específicos en el ámbito de la magia. Por lo que se refiere al Kâma Sutra (1, l), la lista de las habilidades que debía poseer una ganika, o hetaira de clase alta, resulta bastante prolija y barroca, pero es significativo que entre ellas figuren las artes mágicas, el arte de trazar diagramas místico-evocatorios (mandala) y la de preparar ensalmos De la famosa Frine se cuenta que se mostró desnuda no sólo en el contexto del conocido episodio de su proceso (donde por demás sus valedores destacan, más que el aspecto estético de su belleza profana. elaspecto sacral-afrodítico; por eso refiere Ateneo: “Los jueces quedaron embargados del sagrado temor de la divinidad: no osaron condenar a la profetisa y sacerdotisa de Afrodita”), sino también a los iniciados de Eleusis y luego en la gran fiesta de Poseidón, o sea en relación con las “Aguas”, de las que Poseidón es dios: ahí probablemente estaba en primer plano el lado profundo, mágico-abismal, de la desnudez femenina, de la que ya hemos hablado. En conjunto, debemos retener que, en el origen a la mujer-hetaira no le era ajena la función de administradora del Misterio femenino, según posibilidades que podían ser naturales o tradicionalmente cultivadas, abiertas a la mujer en la misma medida en que en ella se active un lado fundamental del principio del que ella, como ser humano, es encarnación, individuación, símbolo vivo.

Precisamente es esta posibilidad la que hay que considerar a la hora de examinar otros complejos rituales antiguos: una posible sexuación trascendente, o sea la incorporación efectiva, o momentánea o casi duradera, en determinados seres humanos femeninos, de las divinidades o arquetipos de su sexo: en los mismos términos con los que en el catolicismo se habla de la presencia real de la divinidad en las hostias, establecida por el rito. En muchos monumentos egeos, a menudo las representaciones de las sacerdotisas se confunden prácticamente con las de la Gran Diosa y permite suponer que las primeras eran el objeto concreto del culto rendido a la segunda, mientras que son bien conocidas las figuras, incluso históricas, de soberanas del Mediterráneo oriental en las que se veía la imagen viva de Ishtar. Isis y otras divinidades del mismo tipo. Pero además hay que considerar el caso de encarnaciones momentáneas de estas divinidades en un ser dado, determinadas por un clima mágico-ritual del mismo tipo del que en principio debería efectuarse el misterio “el mvsterium transformationis” de la propia misa cristiana.

Un orden de ideas análogo entra en cuestión en el caso del hieros gamos en sentido estricto, o sea de teogamias, de uniones rituales y culturales de un hombre con una mujer, destinadas entonces a celebrar y renovar el Misterio del Ternario, esa unión del eterno masculino con el eterno femenino, del Cielo con la Tierra, de donde procede la corriente central de la creación. En las personas de los que cumplían estos ritos era, pues, como si se encarnasen y actuasen los correspondientes principios, y su unión momentánea física se convertía en una reproducción evocativa de la unión divina mas allá del tiempo y del espacio. El fin de tales ritos, pues, era distinto del de los otros que ya hemos recordado y explicado como ritos de participación en la sustancia o influencia de una u otra divinidad. Era el Tres, el Ternario más allá del estado dual, el que era evocado a través de la acción nupcial de los dos, para activar periódicamente en una comunidad determinada una influencia correspondiente, pero en el mareo del ritualismo, y no de las experiencias individuales iniciáticas de las que hablaremos más adelante.

De este tipo de ritos podrían recordarse numerosos ejemplos procedentes de tradiciones culturales de civilizaciones muy diversas. De todos ellos, citaremos el ejemplo de los misterios antiguos en los cuales una vez al año la sacerdotisa principal que personificaba a la diosa se unía al hombre, que representaba el principio masculino, en el lugar sagrado. Consumado el rito, las demás sacerdotisas llevaban el nuevo fuego sagrado, que se consideraba generado por tal unión, y con su llama se encendía el fuego de los hogares de las distintas gentes. Algunos han señalado con razón la analogía de este rito con el que todavía se celebra el sábado santo en Jerusalén. Por lo demás, el propio rito pascual de consagración del agua, sobre todo tal como se celebra en la Iglesia ortodoxa, conserva huellas visibles del simbolismo sexual: el cirio, que tiene un significado fálico evidente, se sumerge por tres veces en la fuente, símbolo del principio femenino de las Aguas; se toca el agua, se sopla por tres veces sobre ella marcando la letra griega P, y la fórmula de consagración pronunciada durante este acto de unión incluye estas palabras: “Que la virtud del Espíritu Santo descienda en toda la profundidad de esta fuente.., y fecunde toda la sustancia de esta agua, para la regeneración”. En oriente, la difundidísima iconografía del lingam (el Phallus) puesto dentro del loto (padma) o dentro del triángulo invertido que es signo del yoni femenino y símbolo de la Diosa o Shakti, obedece al mismo significado; y este simbolismo como veremos más adelante, puede aludir también a Operaciones Sexuales concretas.

En efecto, a menudo el rito original de la hierogamia solo subsistió en formas en las que un rito simbólico o una unión simulada ocuparon el lugar de la unión sexual real de un hombre con una mujer. En materia de aplicaciones, esto nos permite pasar a una consideración sobre los ritos sexuales estacionales de fertilidad, que son uno de los caballos de batalla de las escuelas etnológicas actuales, que tras haberse fijado en un primer momento en el “mito solar”, tras haber pasado a continuación al “totemismo” y ver entonces totemismo por todas partes, se inclinan ahora por las interpretaciones “agrarias”, y recurren a ellas a cada instante.

En realidad, en estos ritos hay que considerar una de las posibles aplicaciones mágicas operativas del contexto que hemos examinado hace poco. Hablando de las orgías, ya hemos dicho que éstas pueden propiciar el contacto experimental con lo primigenio y lo preformal en el espíritu de quienes participan en ellas. Por su propia naturaleza, por el cambio de nivel existencial que implica, ese estado hace posible. llegado el caso, una eficaz inserción extranormal de la fuerza del hombre en la trama cósmica, en el orden de los fenómenos naturales y en general en todo ciclo de fecundidad: como intervención, en la dirección fundamental del proceso natural, de un poder superior que intensifica y galvaniza. Así, en esencia, es exacto lo que dice Eliade a este respecto: “Generalmente, la orgía corresponde a la hierogamia. A la union de la pareja divina ha de corresponder, en la tierra, el frenesí genesíaco ilimitado.. Los excesos cumplen una función precisa y saludable en la economía de lo sagrado Rompen las barreras entre el hombre, la sociedad, la naturaleza y los dioses; ayudan a hacer circular la fuerza, la vida, los gérmenes, de un nivel a otro, de una zona de la realidad a todas las demás”. Es, efectivamente, uno de los significados posibles de una parte del vasto acervo de ritos “agrarios” recogidos por Frazer. Sin embargo. cuando no se trata de pueblos salvajes, sino de tradiciones históricas en las que unas formas aisladas y bien circunscritas de hierogamia ritual sustituyen en principio a los fenómenos orgiásticos colectivos, es importante no generalizar, distinguir entre el contenido del rito mágico -naturalista en cierto modo- puesto unilateralmente de relieve por las escuelas etnológicas, y un contenido superior, misteriosófico, que se refiere esencialmente a la obra de regeneración interna: y ello aunque en ciertos casos un mismo complejo hierogámico, basándose en relaciones de correspondencia analogica, puede haber integrado los dos contenidos. Tal parece haber sido el caso de 1os Misterios de Eleusis, en los que el rito de arar se asoció al hieros gamos como rito iniciático. El descuidar esta bivalencia es un rasgo característico de una investigación que, sin darse cuenta, obedece a la tendencia general de las disciplinas profanas modernas, que consiste en reducir constantemente lo superior a lo inferior, o bien en poner de relieve únicamente lo inferior cada vez que es posible hacerlo.

Según los casos, en el sistema de las participaciones rituales realizadas por medio de la sexualidad, la fuente de lo sagrado puede ser ya el hombre, ya la mujer. Por eso pueden encontrarse hierogamias parciales y no bilaterales, o sea uniones, en las que sólo una de las partes se transforma en su naturaleza y reviste carácter no humano sino divino, mientras que la otra conserva rasgos puramente humanos, y entonces la unión puede orientarse no a la participación mística, sino incluso a la procreación. Los relatos legendarios en los que aparece este tema “mujeres poseídas por un “dios”, hombres que poseen a una diosa” son demasiado conocidos para que haga falta recordarlos. Bastará aludir a algunos casos en los que tales conexiones se presentan dentro de marcos institucionales regulares. Así, en el antiguo Egipto, no era el soberano como hombre, sino como encarnación de Horus, quien se unía a la esposa y la fecundaba para continuar la línea de la “realeza divina”. En la fiesta helénica de las Antesterias, la acción más importante era el sacrificio privado que la mujer del arconte-rey hacía a Dioniso en su templo del Leneo, y su unión con el dios, así como en Babilonia se conocía la hierogamia de una joven escogida que, ascendidos ritualmente los siete planos de la torre sagrada aterrazada, el zikurrat, de noche, en una estancia nupcial situada por encima de estos niveles (“más allá de los siete”) esperaba la unión sexual con el dios. Igualmente se consideraba que la sacerdotisa de Apolo en Patara pasaba la noche unida con el dios en el “lecho sagrado”.

El hecho de que el dios (y por tanto también uno de sus representantes) pudiese algunas veces tener por simbolismo un animal determinado, a causa de una tosca interpretación literal, dio paso más tarde a la variante constituida por aparentes acoplamientos de seres humanos con animales sagrados. Así Herodoto (II, 46) habla del carnero sagrado de Mendes, llamado “el señor de las jóvenes”, al que se entregaban las mujeres para tener descendencia “divina”; y en las propias tradiciones romanas subsiste un eco de temas relacionados: lo que dice Ovidio (Fast., II, 438-442) de la voz divina que había mandado a las esposas sabinas de los romanos que se dejasen fecundar por el sacer hircus.

De nuevo el fundamento doctrinal de todo esto es la idea de que pueda suprimirse el límite humano e individual, que en el individuo “hombre o mujer” por transubstanciación, en determinados casos pueda encarnarse, aflorar o atisbarse la “presencia real”. Esta idea le parecía natural a la humanidad tradicional a causa de la concepción del mundo que le era inherente; no ocurre lo mismo con el hombre moderno, que tiene que considerarla pura fantasía y que puede tomársela en serio, como máximo, en la forma desrealizada y psicologizada de irrupción de los arquetipos del inconsciente. Todavía más difícil le resultará, por tanto, entender el contenido de realidad presente en las tradiciones que hablan de integraciones a través del principio femenino, en las que no figura en modo alguno ninguna mujer real, y en cambio interviene esencialmente una “mujer invisible”, una influencia que no pertenece al mundo fenoménico, sino que es una manifestación no individual, e indirecta, del poder que representan las distintas imágenes de la mitología del sexo.

 

 

 

 

Sobre las relaciones entre el judaismo y la masonería. Julius Evola

Sobre las relaciones entre el judaismo y la masonería. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El artículoque hemos traducido de la obra francesa de Evola sobre la francmasonería fue escrito en lo años 30 y establece algunos puntos de discusión que, sin duda, suscitarán polémicas. Evola conocía perfectamente a la masonería a través de Arturo Reghini, masón pitagórico de alto grado y cofundador del Grupo de Ur. Evola trae a colación algunos de los temas más habituales sobre la masonería (su simbolismo y elementos judíos que agrupa) y referencias y declaraciones sobre la implicación de judíos en el interior de la masonería. Pero Evola no cae en la simplificación "judíos controlan masones para sus fines". El problema no es este, sino mucho más profundo.

 

Sobre las relaciones entre el judaísmo y la masonería

 

El problema de las relaciones entre el judaísmo y la masonería es seguramente uno de los más importantes para los que han decidido combatir contra lo que ha podido llamarse, con una expresión eficaz, “la dictadura de los poderes ocultos” de nuestra época. Este problema, por lo demás, no es nuevo: en Alemania, sobre todo, frecuentemente el antisemitismo militante ha suscitado interés. Sin embargo, como suele ocurrir, no siempre se ha llegado a conclusiones sólidas; se ha construido un «mito» (cuya eficacia y justificación práctica no se trata de discutir aquí), pero ahora se trata de llegar a puntos de vista objetivos sobre este tema.

Es preciso, por otra parte, reconocer que las investigaciones de este tipo no son fáciles, no sólo porque afectan a organizaciones más o menos rodeadas de secreto y misterio, sino también y sobre todo, porque afectan, no tanto a estas organizaciones en sí mismas, o a tales sociedades políticas semi-secretas, como a las influencias aún más subterráneas de las que dependen, lo sepan o no, directa o indirectamente. Por ello no se deberá lamentar que desarrollando algunas breves consideraciones sobre este tema, nos mantengamos en un plano inductivo e intentemos alcanzar algo positivo en este orden de ideas antes que en el de los hechos propiamente dichos.

El problema de las relaciones entre la masonería y el judaísmo presenta tres aspectos principales: doctrinal, ético y político.

Empezando por el primero, está bastante extendida la convicción de que la influencia judía ha operado en la masonería, desde sus orígenes históricos, ya que gran parte del ritual y del simbolismo masónico contienen elementos procedentes de la tradición judía, sea bíblica o kabalística. El simbolismo del Templo de Salomón es central en la masonería, hasta el punto de que en algunas logias nórdicas, el Gran Maestre lleva el título de Vicarius Salomonis. Además la estrella de seis puntas, llamada también «sello de Salomón», figura entre los principales emblemas masónicos. La leyenda de Hiram, sobre la que volveremos más adelante, es de origen judío, al igual –y esto es indiscutible- que numerosas “palabras de pase” y diferentes grados masónicos, como por ejemplo Tubalcaïn, Schibboleth, Guiblim, Jachin, Bohaz, etc. En cuanto al personaje al cual se atribuye generalmente un papel decisivo en la organización del aspecto interno de la masonería anglo-sajona, Elías Ashmole, era judío.

Si todo esto es indiscutible, y si se puede añadir numerosos elementos del mismo tipo, sin embargo, algunas reservas se imponen. Es preciso, primeramente, subrayar que junto a estos elementos judíos, existen muchos otros, en el simbolismo masónico, que se refieren a tradiciones no judaicas, herméticas, pitagóricas, rosacrucianas, e incluso algunos secretos de las corporaciones medievales, sobre todo la de los “constructores”.

En segundo lugar, los elementos judaicos, en sí mismos, pertenecen a una especie de esoterismo que, como la Kábala, fue siempre considerada con reservas por la ortodoxia talmúdica, que está en el centro del judaísmo propiamente dicho.

Finalmente, es preciso señalar que si el hecho de haber tomado prestados elementos a la tradición judía es considerada como una acusación, entonces esa misma acusación podría extenderse contra el mismo cristianismo; esta vía es la asumida efectivamente por la vía seguida con coherencia por el antisemitismo racista radical que describe la trayectoria de un boomerang: alimentado originariamente contra los judíos por la Iglesia, la masonería amenaza igualmente con volverse contra esta en razón de lo que ella conserva de judaico. Pero el argumento más decisivo a este respecto, es que en todas partes donde se trata de un esoterismo y de un simbolismo verdaderos, se encuentra un plano virtualmente metafísico, donde convergen, en sus principios fundamentales, todas las tradiciones, donde el aspecto contingente y humano de cada una de ellas no tiene más que un débil peso. El judaísmo, justamente combatido por el frente de las revoluciones nacionales, no tiene nada que ver con este plano: su aspecto “oculto” es de una naturaleza completamente diferente. Es cierto que siempre se puede preguntar por qué la masonería ha privilegiado, precisamente, símbolos judaicos; es cierto que se puede preguntar también si el recurso, incluso inconsciente y formalista, a algunas fórmulas y a ciertos ritos relacionados con una tradición dada no sirve para establecer invisiblemente relaciones con algunas “influencias” inseparables del pueblo portador de la mencionada tradición. Si este último problema es de más importancia de lo que supone buen número de personas, es claro, sin embargo, que su estudio implicaría consideraciones de carácter “técnico” que no podrían tener cabida aquí, en tanto que remiten a nociones ciertamente ajenas a la mayoría de nuestro público. Por lo demás, lo que se podría eventualmente establecer a este respecto, debería encontrar, a título de prueba, una contrapartida en el orden de los hechos, algo que equivale, en el fondo, a definir directamente las relaciones entre judaísmo y masonería en los demás planos, más condiciones y más exteriores.

En lo que respecta al primer punto, no hay pues gran cosa a reprochar a la masonería, bajo pretexto de que posee una componente judaica. Ya hemos demostrado en un precedente artículo que todo lo que es “esoterismo” en la masonería ha sufrido una inversión que ha destruido y pervertido completamente su espíritu original. Lo que comporta sobre todo en la masonería moderna, es su ideología político-social y el pathos que se relaciona con él. Así puede entenderse un segundo aspecto del problema que consiste en ver que el judaísmo y la masonería comparten el mismo plan.

Ya hemos aludido a la leyenda de Hiram. Se trata de un personaje que figura en la Biblia (como Adon­ Hiram), pero sobre todo en el Talmud. En la masonería, es contemplado como el constructor del Templo de Salomón, traidoramente asesinado por sus tres compañeros, que querían arrancarle el secreto del arte de los constructores y que hacen desaparecer su cadáver. Cada masón admitido en la ceremonia del Tercer Grado es considerado como Hirán reencontrado que renace, y que por este renacimiento se eleva a la dignidad de Maestre de la secta. Algunos (Ragon, Reghini) han querido ver aquí una correspondencia con el simbolismo de las iniciaciones clásicas, eleusinas y dionisíacas.

Comparación tendenciosa, y que, de todas formas, no es válida más que en la medida en que estas mismas iniciaciones antiguas sufrieron una influencia asiática, judaica o levantina. El pathos de la víctima predestinada y la espera de su renacimiento conforme a la justicia, son elementos específicamente semíticos, que, por otra parte, impregnan de manera pandémica al «pueblo elegido» a partir de su caída. Esta figura de Hiram, esencial en la masonería, hace obligatoriamente pensar en el personaje llamado, en el Kahal y en un cierto judaísmo sionista internacional, el «Príncipe de la Servidumbre», concebido como el Maestro supremo durante el período que separa aún a Israel de su nuevo “Reino”. Pero, generalmente aún, se puede admitir que leyendas como las de Hiram, ofrecen un gran margen al desarrollo de los puntos de vista a la vez humanitarios y revueltos; y, en este terreno, el encuentro entre judaísmo y masonería, indiscutible, se confunde casi con la identidad. Esto explica que la masonería a menudo haya aparecido a los judíos como un complemento de la ley judía e incluso como el instrumento activo de su esperanza mesiánica, naturalmente y duramente secularizada, democratizada y materializada.

El masón Otto Hieber ha escrito textualmente en sus Leitfa­den durch die Ordenslehre der grossen Landloge von Deutsch­land: «El Maestro nos ha enseñado a amar a cada hombre como un hermano y el judío, es con el mismo derecho que nosotros, hijo de Dios. En tanto haya en nuestro credo la afirmación de los derechos humanos, existirá la cuestión judía, y con la opresión del judío es también nuestro más alto principio el que resultará lesionado». Se encuentra la exacta contrapartida de estas manifestaciones en declaraciones emanadas del judaísmo, por ejemplo esta: «Israel no desea más que la justicia social. La corte, el ejército, la aristocracia hereditaria, le resultan ociosas. La idea de patria es para él la idea de justicia y la idea de justicia es la igualdad social». Israel realiza incansablemente «su misión histórica de redentor de la libertad de los pueblos, de Mesías colectivo de los derechos del hombre» en favor «del régimen igualitario y nivelador (sic) de las repúblicas, naturalmente verdaderas repúblicas y no repúblicas burguesas» (Elie Eberlin, Les Juifs d'aujourd'hui, p. 136, 143, 153). Y cuando se sabe que todo esto corresponde muy exactamente a la ideología y la acción masónicas, palabras como estas no deberían sorprender: «El espíritu de la masonería, es el espíritu del judaísmo en sus concepciones más fundamentales: son sus ideas mismas, su lengua misma y casi su organización» (en Vérité Israélite, cf. de Poncins, p. 243).

En el primer artículo de esta serie, los lectores han podido conocer documentos que muestran de manera irrefutable la convergencia de la idea societaria con la idea y la acción masónicas. Entre los numerosos testimonios judíos correspondientes, he aquí uno de los más significativos: «La Sociedad de Naciones no es tanto una creación de Wilson como una obra magnífica del judaísmo, de la que podemos estar orgullosos. La idea societaria se refiere a la de los grandes poetas de Israel. Isaías, dice que las espadas deberán ceder el lugar a las carretas y que nunca un pueblo deberá combatir a otro. La Sociedad de Naciones nos remite a este viejo conjunto de ideas judías. Su origen se remonta a la visión del mundo de los profetas, compenetrando de amor al mundo entero. También la idea de la fraternización de los pueblos es una herencia típicamente judaica» (cf. Fritsch, p. 202). Ya hemos visto que el congreso internacional masónico que tuvo lugar en 1917 en París indicaba, entre los verdaderos objetivos de la guerra mundial, además la constitución de la Sociedad de Naciones, la destrucción de las formas imperiales y monárquicas existen aún en Europa Central; pero es cierto también que los judíos veían en el hundimiento de estas formas «insoportables» (según la expresión del judío Lud­wig) la desaparición de un obstáculo esencial para la realización de su política (cf., por ejemplo, la revista Der Jude, número de enero de 1919).

No deberíamos extrañarnos por un cierto número de elementos judíos que hayan afluido en las filas de la masonería y lo hayan hecho todo para convertirlo en uno de sus primeros y más poderosos instrumentos de trabajo. La hipótesis extremista, según la cual los judíos habrán creado la masonería en vistas de una dominación oculta del mundo, no puede, en nuestra opinión, ser tomado en serio. Pero es preciso admitir que en la internacional judía de un lado, y en la forma política moderna de la masonería, del otro, se manifiestan influencias estrechamente emparentadas. Sobre esta base, a medida que la masonería se orientaba hacia un humanitarismo subversivo y antijerárquico, el judaísmo debía representar en el seno de la secta un papel quizás más importante que el que los profanos, e incluso también de los masones de alto grado, pueden haber sospechado. En 1848 ya, el barón von Knigge, miembro de las diferentes logias de la masonería alemana que tuvieron, hasta tiempos relativamente recientes, como algunas logias inglesas, un carácter conservador, creyó necesario denunciar el peligro de las infiltraciones judías en la masonería, comprendiendo que los judíos «veían en la masonería un medio para consolidar su movimiento hacia un reino secreto». En 1928, tras un discurso entusiasta sobre la masonería, el rabino M.J. Merrit tuvo ocasión de decir: «No pudo existir lugar de culto masónico más propicio que éste, ya que la masonería es inseparable de la historia del pueblo al cual este templo (un templo judío) pertenece: en verdad, la masonería ha nacido de Israel». Otra declaración muy reveladora (citada por Vaulliaud): «La esperanza que sostiene y fortifica la masonería, es la que aclara y confirma Israel en su vida dolorosa, mostrándole el triunfo seguro en el porvenir. El advenimiento de los tiempos mesiánicos, ¿acaso no es la constatación solemne y proclama definitiva de los principios eternos de la fraternidad y del amor, la asociación de todos los corazones y de todos los esfuerzos, la coronación de esta maravillosa oración de todos los pueblos de los que Jerusalén será el centro y el símbolo triunfante? Como siempre, esta declaración de amor encuentra una respuesta inmediata en la masonería. Apoyándose aparentemente sobre el hecho de que la iglesia judía no tiene dogmas, sino símbolos, al igual que la masonería, el diario masónico Acacia afirmó: «Es por esto que la iglesia israelita es nuestra aliada natural, por esto nos apoya, por esto un buen número de judíos militante en nuestras filas».

Hemos llegado aquí al punto más importante para nuestro problema, que recibe sin embargo distintas respuestas según las ideas que uno se haga de la acción efectiva del judaísmo y de sus finalidades, suponiendo que se pueda verdaderamente hablar de finalidades en el sentido de un plano unitario internacional. Hacer estadísticas para establecer el porcentaje de judíos en el seno de la masonería no es decisivo, pues la táctica judía es suficientemente conocida; como la de todo poder enmascarado, no consiste en imponerse por el número, sino mediante una infiltración oportuna que permite controlar insensiblemente, desde lo alto y desde los bastidores, todos los nudos vitales de una organización dada; por ello una investigación en esta dirección está condenado, por la misma naturaleza de las cosas, a perderse entre las arenas. La convergencia entre la masonería y el judaísmo revela más o menos un dominio de «afinidades electivas»: basta recordar que el judío espontáneamente fomenta y sostiene toda idea liberal, democrática e internacional, simplemente porque ningún pueblo más que el pueblo judío, en razón de su condición, gana al triunfar ideologías de este tipo y a la eliminación de todo orden jerárquico y autoritario, nacional y tradicional. Además, el resentimiento secular del judío contra el catolicismo encaja de maravilla con el odio masónico hacia Roma y con el símbolo de un Templo que lleva un nombre judío, el cual, en último análisis, sirve de punto de encuentro a todas las fuerzas de un frente internacional hostil a la autoridad supranacional católica.

Pero las cosas de presentan de otra forma si se estima que la acción destructora ejercida –sea con circunspección o sea instintivamente- en tantos dominios por numerosos elementos judíos, no expresa las verdaderas finalidades secretas del judaísmo. Si se alude al mito de los famosos Protocolos, esta acción no es más que preparatoria en relación a los fines ulteriores perfectamente conocidos por jefes de la internacional judía, suponiendo que estos jefes existan, fines por así decirlo inmanente al «espíritu» de Israel. Por lo demás, no es necesario referirse a un documento tan controvertido como los Protocolos: numerosas declaraciones positivas pueden despertar sospechas análogas, y nos contentaremos recordando, por ejemplo, palabras poco conocidas que Baruch Levi escribió a Karl Marx, que vale la pena reproducir: «El pueblo judío, en tanto que colectividad, será su propio Mesías. Su dominación sobre el mundo será realizada por la unión de las otras razas humanas, la eliminación de las fronteras y de las monarquías, que son los bastiones del particularismo y por la constitución de una república mundial, en el seno de la cual los judíos gozarán de sus derechos. En esta nueva organización de la humanidad, los hijos de Israel, hoy dispersos por todo el mundo, podrán convertirse por todas partes en el elemento dirigente, sobre todo cuando logren situar a las masas obreras bajo el firme control de algunos de ellos. Los gobiernos de los pueblos forman la república mundial, con la ayuda del proletariado, sin que este reclame esfuerzos, caerán todos en manos de los judíos. La propiedad privada podrá ser sometida entonces a los gobiernos de la raza judía, que administrarán los bienes del Estado. Así será realizada la promesa del Talmud, según la cual los judíos, cuando el tiempo haya llegado, poseerán las llaves de los bienes de todos los pueblos de la tierra» (cf. Revue de Paris, XXXV, 11, p. 574).

Resulta una paradoja tan singular como instructiva: el verdadero judío es tanto más antitradicionalista respecto a otros y al medio en que evoluciona, cuando está profundamente unido a su pueblo y a su tradición. Se trata pues de ver si las tendencias humanitaristas y democráticas del judaísmo no son más que formas de hipocresía, en el sentido donde la libertad con la que sueña el judío en el seno del mundo nivelado y « fraternalista » de los ideales masónico-liberales y otros respondería, no a la intención de los judíos de fundirse y desaparecer en este torbellino supranacional, sino que sería por el contrario la condición necesaria de una acción destinada a la afirmación de Israel y al hundimiento, en beneficio de este pueblo, de las relaciones de subordinación que conoció en el mundo antiliberal y tradicional. El hecho es que por todas partes donde los judíos han tenido las manos libres, han sabido llegar rápidamente a importantes puertos dirigentes en la vida pública, son cesar de mantener contactos, conforme a la solidaridad tenaz y “mutualista” de una secta. ¿Es posible  como diría un matemático, «extrapolar» el alcance de este hecho e interpretar en función del mismo la acción global del judaísmo liberal-demócrata? Tal es, ciertamente, una cuestión grave. Equivale a preguntarse si no hay tras el judaísmo como antitradición -mas o menos ligada a todos los elementos subversivos de la época actual- un judaísmo como tradición, manteniendo con el primero la misma relación que el de un estado mayor con sus tropas. Si fuera así, se podría compartir la convicción de un historiador de la masonería, Schwarz‑Bostunitsch, según el cual «el secreto de la masonería, es el judío». Repetimos que no queremos caer en el mito, sino más bien referirnos a algunas conexiones invisible que, en el dinamismo de las fuerzas más profundas de la historia, pueden ser decisivas para comprender el sentido último de algunas corrientes colectivas, sobre todo cuando estas no están privadas de evocaciones rituales y cuando presentan una apariencia de jerarquía, sin que las energías así organizadas tengan un punto de referencia firme en jefes visibles.

De todas formas, es evidente, desde el punto de vista práctico, que la primera hipótesis lleva a las mismas consecuencias que la otra. Política y socialmente hablando, masonería y judaísmo pertenecen al mismo frente. Y oponerse a él es necesario, se trata de combatir simplemente una utopía humanitaria niveladora, encontrando en si misma su principios y su fin, o bien que se trata así de paralizar uno de los principales instrumentos al servicio de la voluntad de poder oculto de una raza que no es la nuestra, y cuyo triunfo, visible o invisible, no tendría otro significado más que el declive de la más preciosa herencia de la mejor cultura indo-europea.

© Por la traducción al castellano: Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

 

 

Legionarismo ascético Encuentro con el jefe de la Guardia de Hierro. Julius Evola

Legionarismo ascético Encuentro con el jefe de la Guardia de Hierro. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- En 1938 Evola fue a Bucarest a encontrar a entrevistar al jefe de la Guardia de Hierro Rumana. El texto de la entrevista sería publicado en la revista "Il Regime Fascista" y ha sido citada en múltiples ocasiones. De hecho, Evola reconoció la extraordinaria impresión que le causó el movimiento legionario rumano y su jefe Corneliu Zelea Codreanu. En la entrevista y en el artículo, Evola recoje algunas de las prácticas y de los rituales de la Guardia de Hierro a modo de pinceladas en las que se refleja el carácter místico de la organización.

 

Legionarismo ascético

Encuentro con el jefe de los "Guardias de Hierro"

de Julius Evola, El Régimen Fascista, el 22 de marzo de 1938,

Bucarest, marzo 1938

Rápidamente nuestro coche deja tras de si aquella curiosa zona que es el centro de Bucaresto: un conjunto de pequeños rascacielos y edificios modernísimos, predominantemente de tipo "funcional", con tiendas y almacenes entre parisinos y americanos, el único elemento exótico son los frecuentes sombreros de astracán de los agentes y los burgueses. Alcanzamos la estación del Norte, tomamos una polvorienta calle provincial costeada por pequeños edificios del tipo de la vieja Viena, que alcanza el campo con rigurosa línea recta. Después de media hora, el automóvil dobla de repente a mano izquierda, toma una calle campestre, se para frente a un edificio casi aislado entre los campos: es la llamada "Casa Verde", residencia del Jefe de los "Guardias de Hierro" rumana.

“La hemos construido con nuestras mismas manos", nos dicen con cierto orgullo los legionarios que nos acompañan. Intelectuales y artesanos se han asociado para construir la residencia de su jefe, casi en el sentido de un símbolo y un ritual. El estilo de la construcción es rumano: a los dos lados, se dilata con una especie de porche, casi da la impresión de un claustro.

Entramos y alcanzamos el primer plan. Allí encuentro a un joven alto y esbelto, con vestido deportivo, con un rostro abierto, da enseguida una impresión de nobleza, fuerza y lealtad. Es Corneliu Codreanu, jefe del Guardia de Hierro. El tipo es característicamente ario-romano: parece una reaparición del antiguo mundo ario-itálico. Mientras sus ojos gris-azules expresan la dureza y la fría voluntad propia a los Jefes, en el conjunto de la expresión hay simultáneamente una rara nota de idealismo, de interioridad, fuerza y humana comprensión. También su modo de conversar es característico: antes de contestar, parece absorberse, alejarse, luego, de repente, empieza a hablar, expresándose con precisión casi geométrica, en frases bien articuladas y orgánicas.

"Después de toda una falange de periodistas, de cada nación y color, que no supieron dirigir si no preguntas ligadas a la política cotidiana, es la primera vez, y con satisfacción" -dice Codreanu- "que viene a mí alguien que se interesa, ante todo, en el alma, el núcleo espiritual de mi movimiento. Para aquellos periodistas encontré una fórmula para satisfacerlos y para decirles algo, es decir: nacionalismo constructivo”.

"El hombre se compone de un organismo, es decir de una forma organizada, luego de fuerzas vitales, y luego de un alma. Lo mismo puede decirse de un pueblo. Y la construcción nacional de un Estado, aunque incorpore naturalmente los tres elementos, puros, por razones de diversa cualificación y herencia, puede tomar sobre todo los rasgos particulares de alguno de ellos.

"Para nosotros, en el movimiento fascista predomina el elemento Estado, que equivale a la forma organizada. Aquí habla la potencia formadora de la antigua Roma, maestra del derecho y de la organización política, del cuál el italiano es el más puro heredero. En el nacionalsocialismo, en cambio, se resaltan las fuerzas vitales, la raza, el instinto de raza, el elemento étnico-nacional. En el movimiento legionario rumano el énfasis se pone, sobre todo, en aquello que, en un organismo, corresponde al elemento alma: sobre el aspecto espiritual y religioso.

"De aquí surge la característica de los distintos movimientos nacionales, los cuales comprendan estos tres elementos sin descuidar ninguno, pero en distintas proporciones. El carácter específico de nuestro movimiento procede de una remota herencia. Ya Heródoto llamó a nuestros antepasados: "Los nos Dacios inmortales”. Nuestros antepasados getotracios tuvieron por fe, ya antes del cristianismo, la inmortalidad y la indestructibilidad del alma, lo que prueba su orientación hacia la espiritualidad. La colonización romana ha añadido a este elemento el espíritu romano de organización y forma. Todos los siglos siguientes han hecho miserable y han disgregado a nuestro pueblo: pero al igual que en un caballo enfermo, es posible reconocer la nobleza de su raza, así mismo en el ayer y hoy del pueblo rumano se pueden reconocer los elementos latentes de esta doble herencia.

"Y es esta herencia la que el movimiento legionario quiere despertar" continúa Codreanu. "Parte del espíritu: quiere crear un hombre espiritualmente nuevo. Realizado como "movimiento” esta tarea, nos espera el despertar de la segunda herencia, la de la fuerza romana políticamente formadora. Así el espíritu y la religión son para nosotros el punto de partida, el "nacionalismo constructivo" es el punto de llegada y casi una consecuencia. Al unir un punto con otro aparece la ética ascética y simultáneamente heroica de la "Guardia de Hierro" ".

Le preguntamos a Codreanu en que relación se encuentra la espiritualidad de su movimiento con la religión cristiano-ortodoxa. La respuesta es:

"Generalmente, tendemos a vivificar en la forma de una conciencia nacional y una experiencia experimentado lo que, en esta religión, muy a menudo se ha momificado y se ha convertido en el tradicionalismo de un clero soñoliento. Luego nosotros encontramos en una condición feliz por el hecho que a nuestra religión, articulada nacionalmente, es extraño el dualismo entre fe y política y puede proveernos elementos éticos y espirituales sin imponerse como en todo caso una entidad política. De nuestra religión el movimiento de la Guardia de Hierro retoma una idea fundamental: la del ecumenismo, es decir la superación positiva de cada internacionalismo y cada universalismo abstracto y racionalista. La idea ecuménica implica la de una sociedad considerada como unidad de vida, como organismo vivo, como un vivir junto, no sólo con nuestro pueblo, sino también con nuestros muertos y con Dios. La realización de esta idea en forma de experiencia efectiva es el centro de nuestro movimiento; política, partido, cultura, etcétera, para nosotros no son más que consecuencias y derivaciones. Tenemos que revivificar esta realidad central, y renovar en esta vía al hombre rumano, para luego proceder y construir la nación y el Estado. Un punto particular es que, para nosotros, la presencia de los muertos en la nación ecuménica no es una abstracción sino una realidad: la de nuestros muertos y, sobre todo, la de nuestros héroes. No podemos separarnos de ellos; ellos son como fuerzas libres de la condición humana, penetran y sustentan nuestra vida más alta. Los legionarios se agrupan periódicamente en pequeños grupos, llamados "nidos" ["cuib" n.d.c.]. Estas asambleas siguen rituales especiales. Cada reunión se abre pasando revista a todos nuestros compañeros caídos, a cuyo nombre los demás contestan "Presente". Para nosotros esto no es una ceremonia vacía, ni una alegoría, sino una evocación real.

"Distinguimos el individuo, la nación y la espiritualidad trascendente -continúa Codreanu- y en la dedicación heroica consideramos lo que lleva del uno al otro de tales elementos, hasta a una superior unidad. Nosotros negamos en cada forma el principio de la utilidad bruta y materialista: no sólo sobre el plano del individuo, sino también sobre el de la nación. Por eso en la nación reconocemos principios eternos e inmutables, en nombre de los que se tiene que estar listo para combatir, morir y sobre todo a subordinar, al menos con la misma decisión, nuestro derecho de vivir y de defender nuestra vida. La verdad y el honor son, por ejemplo, de los principios metafísicos, que nosotros ponemos más para arriba nuestra misma nación."

El carácter ascético del movimiento de la Guardia de Hierro no es genérico, sino también muy concreto y, por decirlo así, practicante. Por ejemplo, la regla del ayuno: tres días a la semana, unos 800.000 hombres practican el llamado "ayuno negro", es decir, la abstinencia de comida, de bebidas y de tabaco. Además, la oración tiene en el movimiento una parte importante. El Cuerpo de Asalto seleccionado que lleva el nombre de los dos jefes legionarios caídos a España, Mota y Marin, practica la regla del celibato. Le preguntamos a Codreanu que nos indica el sentido preciso de todo eso. Parece meditarlo durante un momento y luego contesta:

“Existen dos aspectos, que para aclararlos se necesita tener presente el dualismo del ser humano, compuesto de un elemento material naturalista y de un elemento espiritual. Cuando lo primero domina a lo segundo, es el "infierno". El equilibrio entre ambos es precario y contingente. Sólo el dominio absoluto del espíritu sobre el cuerpo es la condición normal y el presupuesto de toda fuerza verdadera, de todo heroísmo auténtico. Practicamos el ayuno porque propicia tal condición, afloja los vínculos corpóreos, propicia la autoliberación y la autoafirmación de la pura voluntad. Y cuando a eso se suma la oración, nosotros pedimos a las fuerzas de lo alto que se unan a nosotros y nos sustenten invisiblemente. Esto conduce a un segundo aspecto: es una superstición pensar que en cada combate salente las fuerzas materiales y sencillamente humanas sean decisivas; en ello entran, en cambio, también en juego las fuerzas invisibles, espirituales, al menos igualmente eficaces como las primeras. Somos conscientes de la positividad y de la importancia de tales fuerzas. Por ésto damos al movimiento legionario un carácter ascético. También, en las antiguas órdenes caballerescas estuvo presente el principios de la castidad. Esta característica, entre nosotros, está estrechamente ligada al Cuerpo de Asalto, con una justificación práctica, es decir que quien debe entregarse completamente a la lucha y no tiene que temer la muerte, conviene que no tenga los impedimentos de la familia. Por lo demás, se permanece en este cuerpo solamente hasta cumplir los 30 años. Pero, en todo caso, permanece siempre una aposición de principio: a un lado existen los que sólo conocen la "vida" y que, por lo tanto, no buscan sino la prosperidad, la riqueza, el bienestar, la opulencia; del otro lado están los que aspiran a algo más que la vida, a la gloria y la victoria en una lucha tanto interior como exterior. La Guardia de Hierro pertenece a esta segunda linea. Y su ascetismo guerrero se completa con una última norma: con el voto de pobreza que debe realizar la elite de los jefes del movimiento, con las reglas de renuncia al lujo, a las diversiones vacuas, a los ocios mundanos, en fin, con la invitación a un verdadero cambio de vida que nosotros hacemos a cada legionario."

(c) Por la traducción Ernesto Milà - infokrisis@yahoo.es

 

El equívoco del "nuevo paganismo". Julius Evola

El equívoco del "nuevo paganismo". Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- Este artículo publicado por Evola en la revista "Bibliografia Fascista", nº 2, de 1935 disipa algunos equívocos que habían surgido, especialmente, en el entorno de Alfred Rosenberg, ideólogo del partido nacionalsocialista. Inicialmente, al leer el título de la obra de Evola "Imperialismo Pagano" (que el propio autor reconoce que fue una elección desafortunada, no por el contenido de la obra, sino por haber introducido la palabra "pagano" en su título) hizo pensar a Rosenberg que Evola defendía en Italia una línea parecida a la suya. Evola se encarga de disipar este equívoco y establecer la verdadea naturaleza del concepto tradicional de paganismo.

 

El equívoco del "nuevo paganismo"

Recientemente en Viena, con ocasión de una entrevista, un periodista, al que habíamos conocido hace muchos años cuando en Italia defendimos un "Imperialismo Pagano", nos comentó que nuestra hora podía haber llegado, al menos en otro país. Aludía, naturalmente, a Alemania y a las corrientes más o menos próximas al nazismo, comprometidas en crear un nuevo espíritu religioso germánico y no-cristiano. Nosotros contestamos que el tiempo, realmente, parecía haber llegado, en el que casi estábamos obligados a declararnos, si no cristianos, al menos católicos. 

En realidad, la idea del "nuevo paganismo" surgido más allá de los Alpes, es muy equivoca y su análisis podría representar mucho interés tanto en sí misma como, en cierta medida, para nosotros mismos, ya que estamos directamente implicados. Hemos reconocido en efecto, el valor que podía tener la recuperación de algunas grandes tradiciones precristianas para la construcción de nuestra civilización europea en un sentido heroico, imperial e íntegramente “romano”. En el momento actual, estamos muy lejos de pensar de forma diferente que en 1928, cuando nuestra obra titulada precisamente “Imperialismo pagano” se convirtió en piedra de escándalo.

Excepto entre las ideas retomadas por nosotros, y lo que se afirma hoy en Alemania como "nuevo paganismo", existe no sólo una diferencia, sino también una antítesis. Por lo cual -lo sabemos de primera mano, y no por habladurías de algún interesado- si bien es verdadero que algunas de nuestras obras encuentran hoy en Alemania una resonancia mayor que en Italia, es igualmente cierto que tal resonancia se produce en el entorno de la antigua Alemania conservadora y en absoluto de las nuevas corrientes paganas, con los que no tenemos ninguna relación, incluida la tendencia semi-oficial de Alfred Rosenberg. 

Si Rosenberg ha manifestado tanto interés por nosotros cuando creía, en razón del malentendido provocado por la alusión al término algo ambiguo de “pagano”, que estábamos en la misma longitud de onda que él, en el momento actual, cuando ha conocido de forma más precisa nuestro punto de vista, ha debido tomar distancias. Si bien este punto de vista puede ser hoy influyente en Alemania, sirve también para dejar constancia de la deformación que numerosas ideas susceptibles de un significado superior sufren a causa de su adaptación a fines puramente empíricos y tendenciosamente políticos. Pero veamos en qué consiste objetivamente el equívoco del neopaganismo nórdico, intentando examinar el problema de la manera más impersonal posible.

Digamos, en primer lugar, que la elección de la palabra « pagano » para definir Weltanschauungen y modos de vida ajenos a los "contenidos" del cristianismo no es adecuado, y nosotros mismos lamentamos haberlo empleado. Paganus es, en efecto, un término peyorativo, incluso injurioso, empleado en las polémicas de la primera apologética cristiana. Existe, no sólo en tanto que palabra, sino también en tanto que sustancia e idea; un "paganismo" que no es más que una “exogitación” polémica y sin precedentes en el verdadero mundo pre-cristiano y no cristiano, abstracción hecha de los períodos de evidente decadencia.

Para glorificar y afirmar la nueva fe, cierta apologética cristiana procedió a la deformación y a la depreciación, a menudo sistemáticas, de casi todas las doctrinas y tradiciones que la precedieron y a las cuales, acto seguido, se les colgó la etiqueta global y peyorativa de “paganismo”.

Desde entonces estamos confrontados a esta paradoja: Un "paganismo", que no ha existido jamás y que no ha sido engendrado más que polémicamente por la apologética cristiana militante, corre el riesgo en nuestros días de nacer y existir realmente por primera vez, precisamente en razón de una acción “neo pagana”, y sobre todo anticristiana en la nueva Alemania.

¿Cuáles son los rasgos específicos de la visión « pagana » de la vida, tales como la apologética cristiana los ha imaginado y les ha dado vida?

En primer lugar: el naturalismo. La visión pagana habría ignorado toda trascendencia. Habría sostenido la promiscuidad entre el espíritu y la naturaleza. Sus límites habría sido una mística de fuerzas de la naturaleza (la vieja cantinela del "Bosque" contra el "Templo") y una divinización supersticiosa de las energías de la raza exaltadas en forma de ídolos. De aquí derivaría, en primer lugar, un particularismo y un politeísmo condicionados por el suelo y por la sangre.

En segundo lugar: la ausencia de conceptos de personalidad y de libertad, y un estado de inocencia que sería simplemente el propio de los seres que no han despertado aún a una aspiración verdaderamente metafísica. Contra el determinismo y el naturalismo "pagano", con el cristianismo aparecería por primera vez un mundo de libertad supraterrestre, a saber el mundo de la Gracia y de la personalidad, un ideal de “catolicidad” (es decir, etimológicamente, de universalidad), un sano dualismo permitiendo subordinar la naturaleza a un orden superior, a una ley procedente de lo alto.

Tales son, esquemáticamente, los rasgos sobresalientes de la concepción más corriente de lo que se entiende por “paganismo”. Todo lo que contiene de falso y de unilateral salta a la vista –y es casi superfluo subrayarlo-, al menos a cualquiera que tenga un conocimiento directo, incluso superficial, de la historia de las civilizaciones y las religiones “paganas”. Además, en los límites de la primera patrística –en los escritos de Orígenes, de Clemente de Alejandría, de Justino, etc—se encuentra la prueba de una comprensión más profunda de los principios y de los símbolos propios de la civilización anterior.

No podemos, en los límites del presente artículo, más que subrayar algunos de ellos.
Primeramente, lo que caracteriza al mundo pre-cristiano, del mundo en todas sus formas superiores, no tiene nada en común con una divinización supersticiosa de la naturaleza; se trata de una comprensión simbólica de esta, a través de la cual todo fenómeno y toda acción exteriores no aparecen más que como la manifestación sensible de un mundo situado más allá de lo sensible: la esencia de la concepción pagana del hombre y del mundo era en efecto simbólico-sagrada.
Es preciso reconocer, en segundo lugar, que la manera de vivir “pagana” no se parecía en nada a una licencia naturalista. En las formas originales y de intensa tensión ideal de la Roma antigua, de la Hélade clásica, de las civilizaciones primordiales indo-arias de Oriente, etc., no hay ningún terreno de la vida, sea individual, como colectivo, que no estuviera acompañado, sostenido y animado por un rito correspondiente, a saber, por una acción y una intención espirituales reputadas, objetivamente eficaces.

En tercer lugar, el mundo «pagano» conocía ya un sano dualismo. Se le encuentra no solo en las grandes concepciones especulativas –nos limitamos a citar a Platón y Shánkara-, sino también en las concepciones más «comunes» como las, antagónicas, hoy universalmente conocidas, de los indo-europeos del antiguo Irán, de la oposición entre las « dos naturalezas » de los griegos, la del mundo de los “Ases” y del mundo elemental de los antiguos escandinavos, o también la oposición entre la “vía solar de los dioses”, de una parte, y la “vía de la Tierra”, de otra, entre “Vida” y “liberación de la Vida” de los antiguos hindús, y podríamos seguir citando ejemplos.

Sobre la base de estos ejemplos, podemos decir que la aspiración a una liberación sobrenatural, es decir a una realización metapsíquica de la persona humana, fue común a todas las grandes civilizaciones pre-cristianas que, todas, conocieron una “iniciación” y celebraron sus “misterios”. La “inocencia primitiva » es una fábula tal que se encuentra incluso entre las poblaciones salvajes. Esta forma que, para algunos, evocaría la noción de « límite », es decir el ideal clásico, no se sitúa más acá, sino más allá del dualismo entre el espíritu y el cuerpo, ya que se trata del ideal de un espíritu en tal medida dominador que ha conseguido modelar totalmente el cuerpo y el alma según el modelo ideal, en una perfecta correspondencia entre el contenido y el continente. Se debe, en fin, constatar una aspiración universalista. Por todas partes en el mundo « pagano », en el ciclo ascendente de una raza superior, hay una vocación de «Imperio» y esta vocación fue incluso a menudo reforzada metafísicamente manifestándose como una consecuencia natural de la antigua concepción sagrada del Estado y como la forma específica de un mundo donde una presencia victoriosa del supra-mundo tiende a manifestarse en este mundo. Podríamos recordar a este respecto la antigua concepción irania del Imperio en tanto que cuerpo de « Dios de luz », así como la tradición indo-aria del “Señor Universal” o "Kravari", y así sucesivamente, hasta la concepción "solar" del Imperio Romano, cuyo contenido ritual y sagrado se encarna en el culto imperial. Este no era la negación, sino la culminación jerárquica unificadora de un "panteón", es decir de un conjunto de cultos, espacialmente condicionados, por el suelo y la sangre. Si se quisieran multiplicar las rectificaciones de este tipo, y que no tienen nada de tendencioso, existirían problemas de elección-Aquel que es perfectamente consciente de estas cosas comprenderá que es completamente impropio querer defender su propia tradición en detrimento de otra. Le será fácil reconocer la vía a seguir para eliminar todo unilateralismo dictado por un espíritu partisano, para dar a cada uno lo suyo, para separar lo positivo de lo negativo y de lo contingente en las diferentes formas históricas, pero, sobre todo para alcanzar una visión más completa, con un punto de vista universal de forma que verdaderamente pueda aplicarse el axioma “católico”. Quod ubique, quod ab omnibus et quod semper. Se podría así enumerar todo un conjunto de principios "tradicionales" en sentido eminente, por el hecho de que, en el fondo –metafísicamente- eran anteriores y superiores a no importa qué tradición histórica particular o a no importa que religión positivas, y, por tanto, no susceptibles de ser reivindicados como monopolio exclusivo de una de estas tradiciones o religiones históricas. Es sobre este plano, sin la menor animosidad sino con la firmeza que deriva de una justa visión de las cosas, que se puede proceder a una revisión de los valores, sea para limitar y ordenar jerárquicamente la validez de algunas concepciones particulares específicamente hebraicas del cristianismo, sea para presentar bajo un día aspecto más favorable numerosos aspectos casi olvidados por de las grandes tradiciones de un pasado lejano, anterior al cristianismo, a fin de comprobar, verificando cuáles entre ellas podrían todavía, sin anacronismos, ser recordadas hoy para actuar de forma creativa. No contra la Iglesia o contra el cristianismo, sino más bien más allá de este, en el seno de una élite determinada. Pues bien, en el neo-paganismo alemán no encontramos nada parecido. En primer lugar, tal como hemos dicho, es casi cayendo en la trampa preparada por anticipado que los neopaganos terminan por profesar y defender doctrinas que se reducen, por así decir, a un paganismo ficticio y privado de trascendencia, sino ligado a la sangre y sumergido en un misticismo sospechoso, suscitado polémicamente por la dialéctica de sus adversarios. Y como si esto no bastara aún, se silencia, de manera interesada, todos los aspectos superiores del cristianismo y del catolicismo, como antes había ocurrido silenciando los aspectos superiores del verdadero paganismo. La argumentación anti-cristiana se sirve finalmente de concepciones modernas, nacidas de la filosofía de las Luces y del racionalismo, que se han presentado en orden de batalla contra la Iglesia y el cristianismo bajo la enseña –el colmo de lo grotesco- del liberalismo, de la socialdemocracia atea y de la francmasonería.

No se descubre nada cuando el nuevo paganismo se entrega a la exaltación de la inmanencia, de la “vida” y de la “naturaleza”, creando una nueva religión repleta de supersticiones y que contrasta de la manera más radical con el ideal superior “olímpico” de las antiguas civilizaciones de Oriente y Occidente. Por otra parte, este neopaganismo se extiende en acusaciones contra todo dualismo ascético en el cual no ve más que un producto de la degeneración anti-aria que le habría sido inoculada por las razas del “sur”. Niega entonces igualmente toda verdad superior a la raza y a la mística de la raza, no dudando en situar toda concepción sobrenatural del conocimiento y de la acción (y, en consecuencia, igualmente lo « sobrenatural” cristiano y toda la dogmática católica en cuando a los sacramentos y milagros) en el plano de las supersticiones de la “sombría Edad Media” y de una táctica de dominación de los sacerdotes, para exaltar en su lugar a las conquistas propias del llamado “libre examen” y de la conciencia profana moderna. Desentierra igualmente viejos rencores anticatólicos sobre la Inquisición o sobre la Donación de Constantino, y se escandaliza sobre la pretensión de infalibilidad, mientras que esta fue reconocida en todos los tiempos, en las civilizaciones tradicionales, a los que habían alcanzado el verdadero conocimiento metafísico. Recordamos, finalmente que, verdaderamente sobre la angustia del inconsciente ante los horizontes demasiado amplios, no sabe ver en el universalismo otra cosa que una creación del « despotismo judeo-romano » que sería mortal para las nacionalidades, a menos que no viera el producto de un caos étnico derivado del clima de “decadencia”, en lugar de descifrar una unidad jerárquica superior, una exigencia espiritual.

A menudo, este neo-paganismo se relaciona igualmente con un fanatismo nacionalista, que tiene un relente de jacobinismo y de romanticismo sospechoso, en el cual se percibe mucho “heroísmo trágico” y amor fati. De otra parte, despierta la mística de la horda primordial y, de otra, atiza la revuelta del poder temporal contra toda autoridad espiritual, hasta estar tentado de reducir la segunda a una pura y simple emanación del primero. Todo esto no es más que un « paganismo » negativo tal como la antigua apologética militante deseaba ver, pero lo más grave, es que todo esto lleva la marca de la confusión, de la regresión de la pérdida de toda orientación verdadera, de una sumisión a inflluencias irracionales. A fin de cuentas, no refleja nada más que amateurismo, fanatismo e incultura.

En Italia, alguien ha encontrado una fórmula muy afortunada diciendo que si el nacismo acusa al catolicismo de hacer política, él mismo hace otro tanto, haciendo religión. Es fundamentalmente cierto, pues, la religión se transforma así en política. Por el contrario, en los tiempos antiguos, en la concepción aristocrática y sagrada del Estado, incluso la política era religiosa. El nuevo paganismo, lejos de representar, así que pretende, un retorno a los orígenes, no es más que un amasijo de elementos que evidencian únicamente la desintegración antitradicional moderna, y más especialmente de los tres elementos siguientes: el "pathos" de la "nación", más o menos deificado de forma jacobina, el inmanentismo moderno y, finalmente, un sucedáneo de tipo racionalista y cientifista que se encuentra, en la misma asociación paradójica con el misticismo, en todo lo que es específicamente “racista”.

Ciertamente, no oímos contestar más que del lado de los mencionados elementos expresándose igualmente, en la efervescencia cultural alemana actual, exigencias de distinto valor, y es por ello que nos hemos abstenido de referirnos especialmente a los autores. Pero esto no impide que el « paganismo » del que acabamos de hablar no da, en Alemania, nacimiento a nuevos mitos y que no resuelve los conflictos de orden espiritual. Si bien nos resulta necesario salir de la neutralidad que hemos observado hasta aquí en este conflicto entre el nuevo paganismo y el cristianismo, no nos será posible, a pesar de toda nuestra buena voluntad, alinearnos junto al primero –especialmente si se trata del catolicismo y de la Iglesia católica antes que del cristianismo en general. No olvidemos que el catolicismo puede realizar una función de «barrera», pues es portador de una doctrina de la trascendencia: así puede, en cierta medida, impedir que la mística de la inmanencia y de la subversión prevaricadora venida de lo bajo superen cierto umbral.

Julius Evola (Bibliografía fascista) n.2/1936,

© Por la traducción Ernesto Milà – infokrisis@yahoo.es

 

Hitler y las sociedades secretas. Julius Evola

Hitler y las sociedades secretas. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El siguiente artículo fue publicado en la revista Il Conciliatore, correspondiente a octubre de 1971 y posteriormente incluida en la recopilación "Ultimo Scritti" publicada por editorial "Controcorrecte". El autor sale al paso de las exajeraciones realizadas por Louis Pauwels y Jacques Bergier en su obra "El Retorno de los Brujos", sobre las relaciones de Hitler con las sociedades ocultistas y secretas de su tiempo. Evola, que conoció los entresijos del régimen nacional-socialista y, al mismo tiempo, era un esoterista notorio, es quien mejor podía opinar sobre todas estas relaciones.

 

Hitler y las sociedades secretas

Il Conciliatore, Octubre 1971

Es singular que en Francia diversos autores se han entregado a la búsqueda de las relaciones entre el nacionalsocialismo alemán con sociedades secretas y organizaciones iniciáticas, que serían las inspiradoras del “trasfondo oculto” del movimiento hitleriano. En la conocida obra de Pauwels y Bergier El retorno de los brujos, fue la primera en realizar una incursión en este terreno. El nacionalsocialismo es definido en términos de una unión entre el “pensamiento mágico” con la ciencia técnica, e incluso se da la fórmula "divisiones acorazadas + René Guénon", fórmula que la habría conmovido de indignación en su tumba a los huesos de este eminente exponente del pensamiento tradicional y de las disciplinas esotéricas.
En esta frase ya se percibe el equíuvoco habitual de confundir el elemento mágico con el mítico, que no tiene nada que ver con el primero. Es incontestable la parte que en el nacional socialismol han tenido los “mitos”, como el del Gran Reich, el del jefe carismático, de la raza y de la sangre, etc, pero a tal respecto cabe dar al término “mito” el simple sentido soreliano de “idea-fuerza motriz”, de idea dotada de un particular poder sugestivo (como, en general, son los utilizados por la demagogia), sin ninguna implicación “mágica”. Así, por ejemplo, ninguno pensará sensatamente en atribuir una componente “mágica” a los mitos usados por el fascismo, como el de Roma o del jefe, o a los de la Revolución Francesa e incluso del mismo comunismo.

El discurso hubiera sido diverso en el caso de una búsqueda de la influencia del orden simplemente humano al que podía haber obedecido, sin darse cuenta, ciertos movimientos. En los autores franceses a los que hemos aludido no se trata de esto; no se piensa en influencias de carácter general, sino de aquellas influencias concretas ejercidas por organizaciones reales, en distintos grados "secretas". Si ha hablado también de "Superiores Desconocidos" que habría suscitado el movimiento nazi y se habrían servido de Hitler como de un medium. No está claro todavía para qué fines lo habrían hecho; a juzgar por los resultados, y a la vista de las consecuencias catastróficas ue ha tenido, incluso indirectamente, el nacionalsocialismo para Europa, se debería pensar en fines oscuros y destructivos, lo que convergería con las tesis de aquellos que resaltaban el lado oculto de todo aquel movimiento que Guénon llamaría la “contra-iniciación”. Pero los autores franceses a los que nos hemos referido han avanzado también otras tesis, como la de que el medium Hitler en un momento dado se habría emancipado de los "Superiores Desconocidos", casi como un Golem, y que desde entonces el movimiento habría tomado una dirección fatal. Pero entonces sería necesario decir que estos Superiores ocultos tenían verdaderamente facultades de visión y poderes muy limitados, para no saber bloquear a aquel que habían utilizado como su medium.
En un plano más concreto, se ha fantaseado mucho sobre el origen de los temas y de los símbolos esenciales del nacionalsocialismo, aludiéndose a organizaciones preexistentes, pero a las que difícilmente se les podría atribuir un carácter iniciático regular. Indudablemente no ha sido Hitler quien inventó la ideología racista germánica, ni el símbolo de la cruz gama o el antisemitismo ario; todo esto ya existía previamente en Alemania. Un libro titulado El que dio ideas a Hitler habla de Lanz von Liebenfels (el título nobiliario se lo había autoatribuido), antiguo cisterciense, que había fundado una orden cuyo símbolo ya era la cruz gamada y que desde 1905 publicaba la revista Ostara, que Hitler había conocido, donde estaban ya claramente enunciadas las tesis racistas arias y antisemitas.
Pero bastante más relevante en la trastienda oculta del nacionalsocialismo es la parte que se quiere atribuir a la Thule-Gesellschaft ("Sociedad Thule"). Aquí las cosas son un poco más complejas. Esta sociedad fue la emanación de una sociedad preexistente, la Germanenorden ("Orden de los Germanos") fundada en 1912, de la que formaba parte Rudolf von Sebottendorff. Von Sebottendorf había estado en Oriente y en 1924 Había Publicado un extraño volumen sobre las Prácticas operativas de la antigua masonería turca, en el que describe procedimientos, basados en la repetición de sílabas, símbolos, gestos y “pases”, al final de los cuales se producía la misma transformación iniciática del ser humano perseguida por la alquimia. No está claro con qué organización “masónicas” turcas pudo estar en contacto Sebottendorff, ni si él mismo, además de describir los rituales, los había practicado.

Ni siquiera es evidente si en la Thule-Gesellschaft, por él dirigida tales rituales se aplicaban: algo que sería muy importante para evaluar dado el hecho de que en esta organización formaron parte, o tuvieron contactos, muchas personalidades de primer plano del nacionalsocialismo, a partir de Hitler y Hess. Por otra parte, se da por descontado que Hess se habría formado en ella y que a su vez, en cierta forma, habría “iniciado” a Hitler, cuando se encontraba con él preso tras el fallido Putsch de Munich.

En realidad, se debe recordar que además, que existía un lado esotérico en la Thule-Gesellschaft que tenia el aspecto de un sociedad relativamente secreta, que tenía como emblema la cruz gamada, y que estaba caracterizada por sostener un decidido antisemitismo y un racismo germanizante. Se debe considerar con mucha precaución la suposición de que el nombre seleccionado por la organización, Thule, atestiguara una seria y consciente referencia al simbolismo nórdico polar y la intención de una relación con los orígenes hiperbóreos de los indogermanos, dado que Thule es como el centro sagrado, situado en el extremo septentrional, de la Tradición primordial. También se ha considerado la posibilidad de un origen mucho más profano, dado que Thule puede ser una deformación de "Thale", nombre de la localidad del Harz en la que la "Orden de los Germanos" en 1914 había organizado un congreso teniendo como orden del día la formación de una organización secreta racista para combatir la que se suponía existía tras el hebraísmo internacional. Sobre todo este orden de ideas Sebottendorff, jefe de la Thule-Gesellschaft, puso de relieve en su libro aparecido en Munich en 1933 y titulado Bevor Hitler kam ("Antes de que Hitler llegra") para indicar que ya existía antes de hitler, como mitos e ideología.

Así, una investigación seria sobre las relaciones iniciáticas de Hitler con sociedades secretas no conduce muy lejos. En cuanto al Hitler medium y a su fuerza magnética, son necesarias algunas precisiones. Que Führer debiera esta fuerza a prácticas iniciativas, nos parece una fantasía; de otra forma se debería atribuir a otros líderes que poseyeron análoga fuerza física, como Mussolini o Napoleone, a análogas influencias. Más bien habría que suponer que una vez desatado un movimiento colectivo se crea una especie de vórtice psíquico que se concentra en quien constituye su centro hasta conferirle una aureola particular, perceptible, sobre todo, para quien sea sugestionable.

En cuanto a su cualidad de medium (que, dicho sea de paso, es opuesta a una eventual cualificación iniciática), puede ser reconocida, con cierta reservas, en Hitler, en cuanto bajo más de un aspecto se nos presenta como un “poseso” (tal es el rasgo que lo distingue, por ejemplo, de Mussolini). Cuando fanatizaba a las masas, bada la impresión de que otra fuerza lo trasportase teniéndolo, precisamente, como un medium, si bien de un tipo particular y excepcionalmente dotado. Quien ha oído hablar a Hitler ante masas delirantes no puede por menos que haber tenido esta impresión. Dadas las reservas que exponen en relación a supuestos "Superiores Desconocidos", no es posible establecer la naturaleza de tal fuerza subpersonal.

En cuanto a la “gnosis” nacionalsocialista, o sea a una presunta dimensión casi mística y metafísica, sería preciso recordar a este respecto la coexistencia en el Tercer Reich de aspectos· mitioi" con aspectos abiertamente iluministas e incluso cientifistas. En Hitler se pueden encontrar numerosas referencias a una visión del mundo incontestablemente “moderna”, con un fondo profano, naturalista y materialista, mientras simultáneamente tenía fe en una Providencia, de la que se consideraba un instrumento, para la realización del destino de la nación alemana (así ve, por ejemplo, un signo de la providencia en haber escapado por poco al atentado del que fue objeto en su Cuartel General). Alfred Rosenberg, ideólogo del movimiento, agitaba el mito de la sangre, hablaba de un “misterio” de la sangre nórdica que habría tenido un valor sagrado, pero que también cuando se trataba de catolicismo acusaba como mistificación todo rito y sacramento, que se situaba casi como un iluminista, contra los “oscurantismo de nuestro tiempo” y se jactaba de que el hombre ario había inventado la ciencia moderna. En base a todo esto, se explica que le llamaran la atención las runas, los antiguos signos nórdico-germánicos, que concibió en un plano puramente emblemático, casi como en el fascismo se hizo con ciertos símbolos romanos, sin ninguna implicación esotérica. El programa nazista de crear un hombre superior se resiente de una "mística de la biología", de nuevo, con una orientación preferentemente científica: podía tratarse al máximo de un “hombre superior” en el sentido nietzscheano, pero en absoluto en el sentido iniciático.

El proyecto de "creación de un orden racista religioso y militar de iniciados reunidos en torno a una Guía divinizada" no puede ser considerado como el del nazismo oficial, como quiere Alleau, el cual como antecedentes, se ha referido, entre otros, incluso a los ismaelitas islámicos. Solamente en el marco de las SS, finalmente, que se constituyó en el segundo tiempo en el Tercer Reich y que tenía una posición a este respecto, se encuentran algunos motivos de un plazo superior.
En primer lugar en las SS, Heinrich Himmler, había intentado crear una Orden que comprendiera elementos formado según la ética prusiana y la de los antiguas órdenes caballerescas, especialmente la Orden de los Caballeros Teutónicos, para tal organización buscaba una legitimación o carisma, que no podía extraer, como las antiguas Ordenes, del catolicismo, abiertamente aborrecido por la corriente radical del nacionalsocialismo. Aun sin disponer de la posibilidad de una vinculación tradicional, Himmler se refirió al simbolismo nórdico-hiperboreo (Thule), sin que se debiera a la presencia de “sociedades secretas” que se ha pretendido ver, atrayendo la atención (como también hizo Rosenberg) a las investigaciones de un holandés, Herman Wirth, sobre la tradición nórdico-atlántica (Wirth estuvo subvencionado por una oficina creada a propósito por Himmler, la Ahnenerbe). Esto no está carente de interés, pero las “trastiendas ocultas” son completamente inexistentes.

El balance global es negativo. El límite de las divagaciones de autores franceses es el libro Hitler y la tradición cátara de J. M. Angebert (publicado en París en 1970). Aquí entran en escena los cátaros, secta de herejes existente entre los siglos XI y XII, especialmente en Francia meridional y cuyo centro era la fortaleza de Montségur. Fue destruida, en opinión de Otto Rahn, en una "cruzada contra el Graal" (tal es el título de uno de sus libros: Kreuzzug gegen den Gral). Lo que el Grial de los templarios con su secta caracterizada por un maniqueísmo fanático que rechazaba el mundo y era adverso a la existencia terrenal de la carne y de la materia, hasta el punto de que sus partidarios se dejaban morir de hambre o se suicidaban por distintos medios, es completamente oscuro. Tal como se sabe, Rahn (con el cual mantuvimos correspondencia durante un tiempo intentando demostrar la arbitrariedad de sus tesis) fue SS y se sostiene que una expedición alemana habría encontrado secretamente el Grial para el Reich. Tras la caída de Berlín una unidad se habría abierto camino hasta el Zillertal, cerca de la frontera italiana llevando consigo un objeto para esconderlo al pie de un glaciar en espera de una nueva era…

En realidad, se ha hablado de un commando pero parece que tuvo una misión menos mística, la de salvar y esconder el tesoro del Reich. Otros dos ejemplos de hasta dónde puede conducir la fantasía cuando se la subordina a ideas fijas es la expedición organizada por las SS al Tíbet (las SS no comprendían solo formaciones militantes sino también estudiosos y especialistas) con fines alpinistas y etnológicos y otra expedición al Ártico, con fines de exploración y también para la creación de eventuales bases militares. Según estas interpretaciones fantasiosas, la primera expedición había buscado una relación con un centro secreto de la Tradición, la otra habría intentado establecer un contacto con la Thule hiperbórea oculta...

 

Sobre la Masonería (02). Del esoterismo a la subversión masónica. Julius Evola

Sobre la Masonería (02). Del esoterismo a la subversión masónica. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El segundo artículo que traemos a continuación extraído de la recopiración "Escritos sobre la francmasonería", fue publicado, tal como se reseña en el texto, enla revista mensual Vita Italiana y seguía al que aun no hemos publicado en esta Biblioteca sobre "La Sociedad de Naciones como super-Estado masónico". Se trata de un artículo en la que Evola resume lo esencial de su posición sobre la masonería que ha había anticipado en los últimos capítulos de "El Misterio del Grial", unidos bajo el rótulo general de "La herencia del Grial" y uno de cuyos parágrafos estaba destinado a analizar las relaciones entre el Grial y la masonería.

 

DEL ESOTERISMO A LA SUBVERSIÓN MASÓNICA

Nuestro artículo sobre la Sociedad de Naciones como super-Estado masónico, aparecido en el nº de febrero de Vita Italiana, ha provocado en algunas reacciones de las que será bueno hablar, pues la respuesta que es preciso facilitar a este respecto puede interesar a los que se preocupan seriamente del problema masónico.

Para resaltar la importancia de esta pregunta y justificar a todos los efectos la actitud antimasónica, es preciso abordar algunos puntos que habitualmente suelen ignorar o minusvalorar los adversarios políticos y militantes de la masonería. Es cierto que para las tareas inmediatas de la acción, estos puntos no se imponen directamente, y no es tampoco necesario estudiar, histórica y doctrinalmente, la esencia de la masonería bajo su forma actual para tomar posición a este respecto. Sin embargo, nadie negará que una actitud tiene todo a ganar mostrándose sólida no sólo sobre el plano práctico, sino también sobre el plano doctrinal, especialmente si se piensa en los que les gusta insistir sobre el aspecto puramente político de algunas actitudes para poder encerrarlas en un dominio contingente e irracional, así como entregarse a reclamaciones en nombre de un ideal que se presume injustamente lesionado.

Precisamente, las precisiones que nos han sido hechas son útiles para profundizar el problema masónico en esta dirección. Son precisiones que muestran a la vez sorpresa y reproche, hasta el punto de que podrían casi resumirse en un: “Tu quoque?”. «Cuantos espíritus partisanos, naionalistas a ultranza y jesuitas se desencadenas contra la masonería», nos escribe textualmente la persona en cuestión, « no tiene nada extraño: sic sunt tempora. Pero es extraño que se alinee en el mismo campo una persona que, como usted, pretende siempre referirse a puntos de vista superiores; quien ha escritos cosas excelentes sobre el hermetismo, sobre las antiguas tradiciones iniciáticas y sobre el simbolismo; una persona, en fin, cuyas simpatías por la religión dominante no deben ser delirantes, ya que usted es el autor de un libro sobre un imperialismo no precisamente cristiano y el defensor de una interpretación de la Edad Media donde un alto valor es atribuida al gibelinismo, a los Templarios y a otras corrientes análogas».

Tras lo que nuestros corresponsal añade: «¿Debo verdaderamente admitir que usted ignora todo lo que la masonería posee y conserva de tradicionaes y símbolos iniciáticos, sobre todo en el Rito Escocés? Debo creer verdaderamente que los nombres de tantos grados masónicos se han elegido por azar: Chaballero Solar, Sublime Príncipe del Real Secreto, Soberano Príncipe Rosa Cruz, Dignatarios del Sacro Imperio Romano(1), le son desconocidas o no evocan para usted una a una las ideas espirituales y tradicionales que usted tanto aprecia? En el caso de una persona que se aprecia, una manifestación oportunista es siempre penosa. ¿Puede usteddecirme lo que debo pensar cuando usted exponga en las columnas de la Vita Italiana los lugares habituales comunes de la conspiración masónica y sobre la masonería como criatura demoníaca, liberal, judía, etc, etc, dejando todo lo demás al margen».

Nos ha parecido oportuno citar textualmente los reproches que se nos ha formulado, caracterizados tanto por la sinceridad como por la ligereza de nuestro corresponsal. Sin esperar más le diremos lo siguiente: desearíamos que conociera también la realidad de la masonería tal como nosotros la conocemos, aun sin haber sido jamás miembro de la masonería, que conociera las superestructuras simbólicas y todo lo demás sobre lo que usted ha querido atraer nuestra atención. Pues en este caso podría darse perfectamente cuenta de la coherencia de nuestra actitud y comprender que nuestras actitudes políticas no son oportunistas, sino la consecuencia directa de lo que pensamos y profesamos, teórica y doctrinalmente hablando, fuera de toda contingencia ligada a la época.

Dirigiéndonos ahora a los lectores en general, debemos rogarles que nos sigan en una serie de consideraciones que quizás no les serán familiares, porque los elementos en cuestión se refieren esencialmente al aspecto subterráneo ‑si es que puede llamarse así‑ de la historia y porque por primera vez quizás estos lectores serán situados ante los ideales de una espiritualidad que no debe ser juzgada solamente desde el punto de vista de la religión occidental. Esto es necesario, pues no se puede profundizar una cuestión, como la que hemos suscitado, sin referirse a los inicios. Y estos son anteriores al mundo moderno y a las ideas que le son familiares.

No queremos ciertamente abordar el problema de los orígenes históricos de la masonería, problema, por lo demás, complicado, si no fuera necesario empezar precisando lo que se entiende por masonería: a saber, la asociación semisecreta y militantes aparecida en los tiempos modernos, o bien los antecedentes que esta organización ciertamente ha tenido y que presentan un carácter muy diferente. Nuestro objetivo nos obliga a detenernos ante todo en la masonería entendida en el primer sentido, la cual fue verosímilmente organizada (primero en Inglaterra, luego en Francia) entre fines del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, es decir en una época inmediatamente posterior a la que registró la aparición de un movimiento muy enigmático que dio mucho que hablar en Europa –el movimiento Rosa Cruz‑ cuando dejó de manifestarse sobre el plano sensible (2).

Bajo esta forma y en todas sus expresiones prácticas, la masonería ha estado estrechamente relacionada con la filosofía de las Luces, el enciclopedismo, el racionalismo y, en general, a todo el fermento ideológico que precede por poco a la Revolución Francesa. El hecho de que la masonería, política y doctrinalmente, haya permanecido fiel hasta hoy a esta ideología, es algo que nadie puede seriamente contestar; las declaraciones más más explícitas hechas por los representantes más autorizados y más oficiales de la masonería, no pueden confirmar más que esta opinión. Los «Inmortales Principios» permanecen, en lo esencial, como credo másónico. Estos principios son empleados para una acción revolucionaria global y para una lucha contra todo principio de autoridad, sea en el terreno político, sea en el político-espiritual (como la Iglesia). En nuestro artículo precedente que ha sido «incriminado», no hemos inventado nada, sino simplemente nos hemos limitado a resumir el informe oficial de un congreso internacional masónico, y la persistencia de la misma actitud, con la defensa tenaz y militantes de los principios de la democracia, del libre pensamiento y de la antijerarquía, han aparecido claramente.

Pero existe también en la masonería un orden jerárquico interno, no menos que una tradición simbólica y ritual, que parecen abiertamente opuestos a tales actitudes y que parecen remitir a doctrinas o a corrientes anteriores a la forma actual de la masonería y de un carácter espiritual indiscutible. A este respecto, nuestra crítica es razonable. Precisar la naturaleza de estas corrientes bajo el ángulo de la exactitud histórica no es una tarea fácil ; puede decirse, por regla general, que lo que figura en esta parte extrapolítica de la masonería se refiere en primer lugar a elementos reosacrucianos e incluso quizás templarios; en segundo lugar a elementos paganos y herméticos (refiriéndose a los antiguos misterios egipcios y al simbolismo alquímico de las transmutaciones); en tercer lugar a elementos hebraicos. Pero esta última componente hebraica deriva de doctrinas metafísicas, como las de la Kabbale y del Zohar, y no tiene nada que ver con lo que debía ser más tarde la influencia judaica con ocasión de la convergencia internacional masónica y de la internacional judía. Se podría, eventualmente, conceder que el carácter sincrétido de este conjuntom no concierne mas que a las apariencias: en efecto, en razón de su naturaleza misma, las enseñanzas de escuelas de este género remiten siempre a una fundamental unidad de doctrina y de intención. Pero no se trata ahora de insistir en este punto.

La cuestión esencial es más bien esta: ¿existe una relación –y si existe cuál es‑ entre esta doctrina y la tendencia política y revolucionaria de la masonería moderna?

Algunos han abordado la cuestión y han incluso propuesto una solución que, en nuestra opinión, revela más, sin embargo, sobre la prevención que de una estudio correcto del sujeto y de un conocimiento directo de lo cual se trata. Asi puede hablarse de una especie de tradición perenne de naturaleza más o menos luciferina y anticristiana recorriendo a través de toda la historia: una tradición de eterna revuelta, de eterno «rebelismo», como diría nuestro amigo Cavallucci, que habría tomado tal o cual forma, manifestándose primeramente como herejía, revuelta espiritual, como el trabajo subterráneo y maldito de las sectas y de escuelas ocultas, luego como fermento revolucionario propiamente dicho, subversión política, conspiración internacional contra cualquier forma de autoridad y de tradición. De donde deriva la relación con la masonería contemporánea, con su acción desagregadota y su feroz anticatolicismo.

Tal presentación del problema, a primera vista atrayente en razón de su simplicidad, no se muestra sin embargo convincente, y esto por distintas razones. No señalaremos aquí más que dos. Primeramente, si se admite que los antecedentes de la masonería son los indicados antes, nos encontramos entonces que se remite a tradiciones efectivamente anteriores al cristianismo y que no pueden ser, por tanto, definidas como anticristianas o anticatólicas en lo que respecta a su contenido específico y positivo. En segundo lugar, estas tradiciones tuvieron siempre, en su origen, un carácter aristocrático: la iniciación y los misterios fueron originariamente un privilegio de las antiguas castas reales y sacerdotales; constituyeron en Egipto el fundamento mismo de la realeza solar, mientras que en la India definieron la esencia de las casta «arias» dominadoras, concebidas como divinas en oposición a las castas “demoníacas” de los pueblos sometidos, y así sucesivamente. Mas tarde, en fin, corrientes gibelinas presentando aspectos esotéricos lucharon contra la autoridad de la Iglesia, ciertamente, pero no en función de la negación revolucionaria de toda autoridad en general, sino que admitían y veneraban como autoridad suprema la del emperador de derecho divino, a menudo considerado como representante de la religión superior, real y sacerdotal, de Melkisedek. Y hasta los Rosa Cruces, que hasta el siglo XVIII, los mitos del Regnum y de un místico Imperator Romanus no dejaron a animar a estas corrientes. No se podría en consecuencia reunir todo esto bajo un común denominador revolucionario y antijerárquico; en cuanto a la tradición «luciferina» generadora de la masonería, se trata de algo completamente fantasmal.

¿Entonces? ¿Es preciso pensar que la relación entre los antecedentes indicados a los que la masonería ritual toma prestados muchas cosas y la organización masónica revolucionaria, no es una relación de continuidad o de filiación, sino más bien una forma de inversión corruptora y, podríamos añadir incluso, prevaricadora?

Expliquémonos partiendo de una premisa muy precisa. Aquel que observa con una mirada aguda la historia de la civilización, llega a constatar la existencia de una tradición de espiritualidad que no puede ser desviada a la espiritualidad cristiana que ha existido antes de esta religión y que, luego, solamente en razón de circunstancias particulares, todo en ocasiones un aspecto anticatólico. Nos hemos contentado con decir « que no puede ser desviada», en tanto que es «diferente», y nos guardaremos mucho de abordar aquí la cuestión de saber si se trata de una relación de superioridad o de inferoridad. El principio de esta tradición, es que el hombre puede liberarse por sí mismo del lazo de la naturaleza mortal y elevarse hasta la iluminación espiritual (4); que puede acceder en el terreno del espíritu a la misma dignidad que la de un jefe y de un señor libre sobre esta tierra; que existe un Regnum invisible del que forman parte todos los portadores de esta espiritualidad, sea la nación donde han nacido y donde viven; que la suprema autoridad debe proceder de este Regnum y de sus eventuales y más o menos perfectas manifestaciones. En la medida en que la religión cristiana afirma esencialmente la condición de la gracia y de la redención; sitúa al hombre, incluso santo, en una relación infranqueable de subordinación en relación a un Dios personal; afirma, como suprema, la autoridad de la Iglesia, que es la autoridad del clero, no de los seres «divinos», sino de los mediadores de lo divino; en esta medida hay una diferencia efectiva entre las dos tradiciones, diferencia que, en ciertas circunstancias, puede fácilmente degenerar en un antagonismo brutal.

Mientras que el catolicismo permaneció en la historia más o menos idéntico a sí mismo tras el período de su formulación dogmática y jerárquica definitiva, la otra tradición, al menos en el plano exterior e histórico, ha terminado por dispersarse en diversos movimientos y sectas, mientras que los contenidos e ideales de esta tradición fueron completamente pervertidos y sus doctrinas, incomprendidas, terminaron transformándose en peligrosos intrumentos de fuerzas verdaderamente oscuras, que debían adaptarlas de manera falseada y, fundamentalmente, no para crear una réplica de la Iglesia, en el nombre de otro ideal igualmente espiritual, sino para atacar el principio mismo de la autoridad espiritual en el nombre de una revuelta de lo humano como simple individuo o como comunidad laica.

Habría mucho que decir sobre este tema pero debemos contentarnos aquí con una breve alusión. Subrayaremos pues que con la Reforma ya se está ante una situación de este tipo. Mientras que los emperadores gibelinos luchaban contra la Iglesia porque reivindicaban para su función una dignidad suprema y sobrenatural, en sus sucesores, los Príncipes alemanes, no permanece esta actitud más que en su aspecto negativo y polémico, a saber como “pasión antiromana”, que desde entonces procede únicamente de su voluntad de asegurarse una autonomía y una libertad que ningún príncipe superior justificaban. Es por ello que estos Principios no dudaron en sostener y abrazar la herejía de Lucero. Por lo demás, esta precisión no nos aleja ni un poco de nuestro tema: pues se sabe que, bajo su forma actual, la masonería esta igualmente ligada a la internacional protestante de origen calvinista y puritano y que extrae de esta conexión uno de los elementos de su actitud anticatólica.

En un estadio involufi más avanzado, no se dudará en utilizar instrumentos aún más bajos, y es así que el libre pensamiento, las Luces, el racionalismo y todo el bagaje de mitos de la ideología laica y “moderna” se convertirán en los caballos de baalla del combate contra la Iglesia.

En esta etapa tiene lugar la recuperación «inferiorizante», corruptora y casi demoníaca de algunos principios. El equívoco ligado al término « luces” es ya muy significativo. Originalmente, este término se refería de forma exclusiva a la iluminación espiritual suprarracional y a la doctrina que le corresponde, doctrina profesada por algunas escuelas no teniendo, inicialmente, verdadera finalidad politica. Pero luego, tras la interferencia de los «Illuminés de Baviera» con ciertas ramas de la masonería, el término se convirtió en sinónimo de racionalismo, es decir, precisamente de lo opuesto, y el racionalismo, a su vez, se hizo el órgano de una crítica corrosiva de toda enseñanza espiritual, de todo saber de origen trascendente, de toda fe.

Lo mismo, exactamente, se verifica con el individualismo, el liberalismo y la democracia. Mientras que en la India aria y en la Grecia antigua, «libre» implicaba esencialmente al «ser que había despertado», el hombre que ha superado su naturaleza humana mortal; mientras que en el hermetismo la «raza inmortal y autónoma de los sin-rey» designaba a los que, según la enselanza de la tradición, habían «realizado» la eternidad; mientras que hasta la Edad Media –y es preciso ver aquí la última forma de una concepción original espiritual‑ solo era «libre» el noble, «libre señor», Freiherr, el antiguo patriciado, la alta nobleza podían solo aspirar a la igualdad de los «pares»; vemos claramente mediante qué verdadera profanación, realizada mediante el desplazamiento a un lano bajamente humano, laico y temporal todo esto se encuentra deformado en los «Immortales principios» del liberalismo y de la democracia, y como esta perversión debía estar en el principio de toda revuelta. Como también el derecho aristocrático se invirtió en la usurparación democrática, formando el rechazo, en individuos tanto como en las masas, de toda especie de autoridad y de diferencia. Paralelamente a todo esto, incluso el viejo ideal supranacional del Regnum debía secularizarse y corromperse, para terminar al nivel de la  Internationale democrática, y aparecer hasta en las perspectivs últimas de los planes de la subversión mundial, tal como se expresaon en la arte de verdad que poseen escritos del género, por ejemplo, de los famosos Protocolos de los Ancianos Sabios de Sión.

Es así que puede llegar a comprenderse sin duda la forma actual y militante de la masonería, y cada cual podrá extraer, del conjunto de nuestras breves consideraciones, las deducciones particulares que más le interesen. Es precisamente por ello por lo que consideraciones que la masonería posee aún una herencia tradicional –que revela, en ella misma, otro nivel completamente diferente – que permite suponer que es uno de los «cuerpos» en los cuales influencias mucho más subterráneas de lo que imagina la política política, han actuado de una forma siniestramente destructora y, digamos, demoníaca. Esto, naturalmente, si se admite la existencia de tal continuidad entre las antiguas tradiciones iniciáticas o histéricas y la masonería moderna. La otra hipótesis enuncia que la masonería ha utilizado, más o menos abusivamente, mitos y símbolos procedentes de las fuentes más dispares, sin la menor filiación regular y legítima. No vamos ahora a aclarar este último punto: pero es cierto que, si desde el principio, la organización masónica hubiera sido dirigida por jefes tradicionalmente cualificados (en el sentido de las doctrinas mencionadas antes), jamás hubiera podido terminar como terminó, y no desde hace poco, sino desde poco antes de la misma Revolución Francesa. Parece pues verosímil que se pueda hablar de decadencia en el caso de la masonería y cual fue siempre, más o menos, lo que debería convertirse de forma cada vez más explícita luego. Parece también que no haya existido ninguna relación con los “superiores desconocidos» de los que se hablaba tanto en las logias, antes de caer, esto también en una ridícula engañifa (las tradiciones quieren que estos «superiores», como los últimos Rosa Cruces desde un siglo y medio antes, ya habían abandonado definitivamente Europa para retirarse, según cierto simbolismo, allí donde también, según otras leyendas, se retiraron los últimos caballeros del Grial ... ).

Algo es seguro: lo «invisible» juega en la masonería como en la revolución mundial, un papel importante, pero es un «invisible» en el sentido propiamente «infernal» del término, que tenemos el deber de combatir sin tregua en el nombre del espíritu, antes mismo de hacerlo, también, en nombre de una adhesión política, de una confesión religiosa o de un juramento de partido.

 

 

La Guerra Oculta. Malynski y de Poncins. Julius Evola

La Guerra Oculta. Malynski y de Poncins. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- Una de las preocupaciones que Evola mantuvo a lo largo de casi toda su vida, fue el interés por desenmarañar todo lo que René Guénon había llamado "contra-iniciación" y de la que no había aportado, a decir verdad, muchos datos, sino tan solo una base teórica. Evola, prefiere descender al terreno de la concreto y establecer los caminos a través de los que la contra-tradición cristaliza. El artículo que reproducimos se sitúa en este contexto y es un comentario a la obra de Malynski y de Poncins sobre la "guerra oculta"

 La Guerra Oculta

De diciembre de 1936 a septiembre de 1941, Julius Evola publicó cuarenta artículos sobre el problema judío en diversas revistas italianas, especialmente en La Vita Italiana, firmados con el seudónimo de «Arthos», salvo ocho firmados con su nombre, entre ellos "La Guerra occulta - Ebrei e massoni alla conquista del mondo" ("La guerra oculta – Judíos y francmasones a la conquista del mundo"), que, publicado en Vita Italiana en diciembre de 1936, es precisamente el primero de esta serie de artículos, fuera de la "L'Internazionale ebraica e la profezia della nuova guerra mondiale secondo Ludendorff" ("La Internacional judía y la profecía de la nueva guerra mundial sagún Ludendorff"), aparecido en 1932, que permanece actualmente inencontrable.

Treinta y uno de estos textos, entre ellos "La Guerra occulta", todos publicados en La Vita Italiana de Giovanni Preziosi, han sido reunidos por Il Cinabro en una antología a la cual este editor ha elegido para dar el título a una serie de tres artículos de Evola, aparecidos en esta revista en 1936, sobre la acción destructiva del judaísmo: "Il "Genio d'Israele"" ("El "Genio de Israel""). Opcion legítima, porque, tal como Il Cinabro recuerda en la nota bibliotgráfica, es Evola mismo quien había indicado, en el primero de estos tres textos, el carácter orgánico del estudio del judaísmo que debía desarrollar luego en una larga serie de artículos, “cuya coherencia sistemática no escapará sin duda al lector atento de La Vita Italiana".

Y puesto que "La Guerra occulta" est un resumen de "La Guerre occulta" de Malynski y de Poncins (G.Beauchesne, Paris, 1936; Editions Delacroix, 2002), recordamos que Julius Evola tradujo esta obra al italiano, publicado en Hoepli el año 1939: "La Guerra occulta - Ebrei e massoni alla conquista del mondo" (“La guerra oculta – Judíos y masones a la conquista del mundo”); el subtítulo, que no figura en el original, es de él. Comporta variantes, añadidos y supresiones, más o menos notables, siguiendo capítulos, siempre notables en donde se trata sobre la historia oculta contemporánea de Italia.

Los añadidos de Evola al texto de Léon de Poncins y del conde de Malynski están indicados en negrilla; las supresiones, en itálica; las variantes están subrayadas.

"La Guerra oculta"

Judíos y franc-masones a la conquista del mundo

Es ciertamente agradable leer un libro como el que ha sido recientemente publicado por Emmanuel Malynski y Léon de Poncins, "La Guerre occulte" (G.Beauchesne, Paris, 1936). En efecto, esta es una de las únicas publicaciones contemporáneas que tiene el valor de ser incondicional, de adoptar una idea y de estudiar a fondo, sin retroceder. Posiciones de este tipo tienen una justificación pragmática indiscutible. Sometes la validez de una idea a esta acrobacia de la que hablaba Wilde diciendo que, para experimentar la solidez de una verdad, es preciso verla sobre una cuerda raída. Y, actualmente, esto es lo que hay que hacer, al menos sobre el terreno ideológico, no solamente en vistas de clarificar la doctrina, sino también con un fin más concreto, que explicaremos refiriéndonos a consideraciones desarrolladas, en un orden de ideas próximo a aquel al cual se liga el libro en cuestión, para Guénon en un artículo recientemente publicado en "Regime Fascista". Guénon ha señalado con perspicacia que uno de los medios más eficaces utilizados por las fuerzas oscuras que actúan en nuestra época para paralizar o limitar las reacciones de los que ven el carácter anormal y el desorden de una época como esta consiste en dirigir estas reacciones hacia algunos estadios precedentes, y menos avanzados, de la desviación, estadios a los cuales el desorden no se había convertido en tan perceptible y parecía, por así decir, más aceptable. Actualmente, hay muchos que no comprenden el encadenamiento implacable de las causas y de los efectos en la historia, y sus esfuerzos, que se limitan a tal o cual dominio particular y se fijan principalmente en simples consecuencias, se encuentran limitados y neutralizados. Atraídos por formas que parecen positivas porque presentan los mismos virus, sino, por así decir, en más débiles dosis, están lejos de alcanzar el verdadero fin de la reconstrucción.

Estas consideraciones generales no significan sin embargo que aprobemos completamente el libro de Malynski y de Poncins. Su contenido es susceptible de suscitar reacciones, y vivas reacciones, y no solamente en el lector socialista o franc-masón. Sin embargo, lo más interesante y lo más útil, es precisamente analizar la reacción que ha despertado; este análisis nos obligará a profundizar numerosas ideas y a plantear alternativas de importancia capital. Es por ello que pensamos que lo mejor es presentar las ideas esenciales del libro lo más objetivamente posible, planteando también las reservas necesarias..

Se trata pues de una exposición histórica o, mejor dicho, de una interpretación de la historia tendente a comprender la inteligencia secreta que se disimula tras los acontecimiento más significativos del último siglo, su lógica, que, inaccesible para el observador superficial, se muestra, por el contrario, preciso e inexorable desde un punto de vista rigurosamente tradicional, católico y aristocrático. El período estudiado va desde la Santa Alianza a la revolución bolchevique; un siglo de historia, repleto de guerras, de revoluciones, de hundimientos sin fin entre fuerzas económicas y sociales, devastacionds de todo tipo, de las cuales es falso pensar, como se hace a menudo, que se trata de episodios « expontáneos » o que pueden explicarse mediante meros factores históricos aparentes, mientras que, para Malynski y de Poncins, pueden remitir a un verdadero “plan” y comprenderse como episodios de una lucha a muerte contra la antigua Europa jerárquica.

¿A qué se debe la iniciativa y la organización de tal plan? Para los autores del libro en cuestion, la respuesta no deja lugar a dudas : al judaismo y a la francmasonería, cuya acción se ejerce, primeramente, sobre dos frentes aparentemente opuestos, pero, en realidad, complementarios, a juzgar por sus fines últimos : el frente de la Internacional revolucionaria (liberal, social-demócrata, marxista, comunista) y el frente de la Internacional financiera o capitalista; además, por medios aún más ocultos, sobre los jefes de Estado y de gobierno, que no se han dado casi nunca cuenta de las verdaderas intenciones que sus acciones y sus decisiones debían tener.

El libro, vue lleva el subtítulo de “Judíos y franc-masones a la conquista del mundo”, ofrece, por así decir, una especie de contrapartida documentada o descriptiva a los que desearían ver en qué medida, y en virtud de qué acontecimientos, la historia reciente tiene un sorprendente similitud con los famosos “Protocolos de los Sabios de Sión”, sea o no sea auténtico este documento. A este respecto, pensamos sin embargo, que una reserva se impone, reserva que hemos comentado en varias ocasiones (1) y que remite a lo que ha escrito una personalidad conocida, cuyo sentimiento es que el hecho de dirigir la atención general únicamente a los judíos y a los franc-masones, casi como una idea fija, y presentarlos como los únicos responsables de todo tipo de cosas, podría ocultar una trampa y no ser más que una táctica par desviar las miradas de un punto de vista más completo y disimular la verdadera naturaleza de las influencias destructoras en cuestión. Estamos muy lejos de negar hechos precisos y muy conocidos por los lectores deesta revista e incluso contestar el papel que han jugado los judíos en la subversión moderna y en todas las revoluciones, hasta su tutela sobre el aparato dirigente del Estado soviético y de los centros vitales de la Sociedad de Naciones. Pero, para nosotros el problema no es este: la cuestión es saber en qué medida los judíos, su instinto, su resentimiento contra el cristianismo, su organización internacional secreta, han sido ellos mismos instrumentos obedientes de influencias aún más profundas y que deliberadamente llamaremos “demoníacas”. Este sentimiento, que se refuerza si no nos detenemos en los efectos, sino que se remonta, incluso parcialmente, al encadenamiento de causas, como lo hace la exposición socio-histórica de Malynski y de Poncins, aumenta aún si se va aún más lejos y se refiere a fenómenos culturales sin los cuales la acción antitradicional que se ha ejercido a partir de principios del siuglo XIX no sería concebible, fenómenos que entran, incluso aún más rigurosamente, en el “plan”, pero del que es poco probable que puedan explicarse mediante influencias judías y masónicas, ya que, el preciso reconocer, que los elementos más determinantes de estos fenómenos han sido la Reforma, el Renacimiento y el Humanismo (2).

Pero volvamos a la exposición del libro, que explica primeramente los dos resultados de la lucha subterránea y silenciosa que ha comenzado con la Revolución Francesa y se ha transformado en una especie de asedio a Europa, en la cual los sitiadores sabían perfectamente lo que hacían, mientras que los sitiados no se daban cuenta de lo que pasaba.

“El primer resultado ha sido la conversión de la sexta parte del globo habitado en un foco revolucionario impregnado de franc-masonería y de judaísmo, donde la infección, recubierta de ideas liberales, nobles y generosas, maduró y tomó conciencia de las fuerzas que organizó con toda seguridad en vistas de la segunda parte del programa. La segunda ha sido la transformación del resto del planeta en un medio desarticulado y dividido interiormente, por irascibles rivalidades y odios provincianos. La ha vuelto incapaz de toda iniciativa de orden ofensivo e incluso defensivo contra un enemigo cuyas fuerzas y audacia han crecido considerablemente (...)".

La Santa Alianza fue el último gran intento de defensa europea. “La superioridad de Metternich sobre todos los hombre de Estado de su siglo –por no hablar del nuestro- consiste precisamente en que veía la unidad, la síntesis del mar del porvenir”. Intenta agrupar a todas las fuerzas opuestas a la revolución en un solo y mismo frente de resistencia transeuropeo, sin distinción de nacionalidad. Era una idea nueva y creadora, que podía resumirse con estas palabras : « A partir de ahora en Europa sin enemigos a la derecha », y cuyo corolario era: “todo lo que está a la izquierda, o solamente fuera de la derecha integral, es el enemigo”. Era el “Todos para uno y uno para todos » de los reyes que debían considerarse como padres respecto a sus pueblos y como hermanos unos a los otros ; esta Sociedad de Naciones de la Derecha, la verdadera Internacional Blanca, la contrapartida imperial y real anticipada del sueño democrático de Wilson –y, como los autores señalaban con razón, sobre este terreno, la visión supranacional de Metternich no ha encontrado su contrapartida, invertida natujralmente, más que en la de Lenin, y no en la de algunos conservadores contemporáneos. En lo que nos afecta, pensamos vue es muy oportuno hacer algunas precisiones sobre el aspecto interno de la defensa europea de la Santa Alianza, muy a menudo rechazada por razones históricas contingentes y por esta palabra cómoda que da miedo: “Reacción”.

La Santa Alianza fracasa por dos razones. Primeramente, a causa de la ausencia de un punto de referencia espiritual absoluto. “Desde finales del siglo XV, no ha existido unidad espiritual en Europa, sino un conjunto de diversidades con base confesional o ideológica”. La Santa Alianza reafirma con precisión el principio de autoridad. “Para que la autoridad repose sobre algo sólido, es preciso que repose sobre el derecho divino. No hay más que esto para asegurar solidez y permanencia, como Dios mismo”. “Decir que la autoridad es necesaria para el orden, es no tener razón más que a medias. Es preciso que la autoridad repose sobre algo inmutable y universal, no solo lo que es verdadero hoy, error mañana (la democracia), verdad aquí, error allá (los nacionalismos) (3). Además, habrá necesariamente conflicto entre la verdad de hoy y la de mañana, entre la verdad de aquí y la de allá. En este caso, por paradójico que esto parezca, más fuertes serán las autoridades locales y temporales, más convencidas serán sus verdades respectivas y la más grande será la anarquía universal”. Para hacer de la Santa Alianza una cosa viviente, lo que era necesario, era volver, no a la mentalidad del siglo XVIII, ni a la del XVII, o del XVI, sino al espíritu de las Cruzadas : « Un sólo frente de la cristiandad presidida por su jefe, un solo bloque erizado de lanzas, en formación de combate y vuelto contra el infiel, que es uno, aunque aparezca por todas partes y que, como los insector tropicales, sepa tomar el color específico de las horas por las que se arrastra o de los medios en los que se encuentra”. La debilidad de la Restauración fue no ser más que una contra-revolución (4); no solo la reintegración de la idea viviente del Sacro Imperio, sino algo que era a este lo que la Sociedad de Naciones, “una demagogia de demagogos, una incoherencia de incoherentes”, será a la Santa Alianza.

La segunda causa del fracaso de la reacción fue que el frente único europeo contra el retorno de las revoluciones no existía más que sobre el papel: en 1830, ya no se trata del derecho, o más bien del deber de intervención. “Si la solidaridad de los reyes, mientras que eran aún dueños de la situación, había sido parecida a la solidaridad de los judios que debían derribarlos, (...) es bastante probable que no habiera existido, tras 1815, liquidado por 1815, el año 1848, ni que después, todo se encadenara, el año 1866, luego el año 1870, y finalmente, los años 1914 y 1917, seguidos por el marasmo mortal en el cual nos agitamos para mayor gloria del triángulo masónico y del mismo Israel” (5).

Es aquí donde aparece claramente el carácter radical del punto de vista del libro, confirmado por la acusación neta y valiente contra el nuevo principio de 1830: cuando la fórmula “por la gracia de Dios” es reemplazada “por la voluntad nacional”, ya no es la monarquía, “sino la república travestida en monarquía”. “Una vez la tesis de la voluntad del pueblo origen del poder admitido, no hay más abismo a franquear para alcanzar teóricamente hasta el bolchevismo; nada más que un desarrollo lógico y progresivo de la doctrina. Es entre "por la gracia de Dios" y "por la voluntad nacional" que se encuentra el abismo y es a partir de aquí que se entra en el plano inclinado: toda la historia del siglo XIX es la demostración. Este abismo, Francia ha sido la primera sobre el continente, si no contamos a Suiza, en franquarla, por segunda vez, en 1830”. Sin embargo, los autores tienen cuidado en añadir que, para ellos, el gobierno de derecho divino no es ningún sinónimo de arbitrario o absolutista, ya que está guiado y limitado por las leyes supranacionales de la moral cristiana, mientras que la llamada voluntad nacional, es decir, democrática, no tiene cuentas que rendir a nadie y no está subordinada a ningún verdadero principios, si no a los príncipes contingentes de la materia. Nos parece que es este un punto que también conviene reflexionar más de lo que generalmente se hace en razón de los prejuicios.

La revolución francesa de 1830 asesta un golpe fatal al frente de la reacción y es con los movimientos de 1848 que debía empezar la gran ascensión política, social y económica del pueblo judío y de la francmasonería. El pretendido debilitamiento de los pueblos y de los hombres no hizo más que abrir la vía a la dominación oculta de una finanza que extraía un poder acrecentado de las guerras y de las revueltas. Un solo Estado, según los autores, no estaba aún contaminado en esta época: Rusia, la Rusia irreductiblemente antisemita, antiliberal, teocrática. Es aquí donde se realiza la primera acción táctica del complot internacional. La revolucion mundial democrática se sirve de Napoleón III, que se hace campeón de los « Inmortales principios » y se entiende con una Inglaterra ya minada por una francmasonería y medios radical-liberales en connivencia con el movimiento del 48 para atacar a Rusia. No hay aún materia para un conflicto serio entre Francia y Rusia, pero hay mucho entre la revolución francesa y el zarismo, y la guerra de Crimea fue la liquidación definitiva del pacto europeo de la Santa Alianza y la humillación de Rusia. “Acontecimiento y síntoma hasta entonces inédito en la historia, esta guerra ha sido una guerra para la democracia, (...) donde dos monarquías aparecían por vez primera sobre la escena de la historia, en calidad de campeones mercenarios de la Revolución general que desbordaba los marcos aparentemente nacionales de la Revolución Francesa ".

Rusia momentáneamente abatida, concentra todos los esfuerzos sobre la nación que estaba en las antípocas de la idea revolucionaria, el antiguo régimen de naturaleza feudal, el ideas de una unidad católica en la diversidad nacional y étnica, y, por tanto, el reflejo del Sacro Imperio Romano: Austria. Se trata de un punto muy delicado, ya que está indirectamente ligado a la cuestión de la unificación de Italia e impone una distinción muy neta entre las condiciones indispensables de esta unificación y las ideologías, a menudo sospechosas, de origen, no italiano, sino principalmente jacobino, o incluso masónico, que le han favorecido directamente. Son precisamente estas ideologías, tanto como, hasta estos últimos años, el liberalismo, la democracia y el parlamentarismo, que habrían entregado Italia al socialismo, si la contra-revolución fascista no hubiera aparecido en escena. Pero Malynski y de Poncins no hablan casi de esto, se interesan sobre todo en las influencias de las que Napoleón III ha sido el juguete por segunda vez, y, finalmente, al nuevo episodio subterráneo contra los vestigios de la tradición aristocrático-católica europea. Este nuevo episodio es el conflicto austro-alemán. Pero no es Francia quien sirvió de instrumento, sino Prusia.

Las diversas consideraciones que se han expuesto en esta parte del libro tienden a mostrar en que la transformación del capitalismo, indirectamente favorecido por la idea nacionalista y militarista, debía progresivamente permitir a la influencia oculta judía extenderse en Prusia, luego en Alemania. Bismarck es descrito como “un gran prusiano, sino como un pequeño europeo". "Era (...) un monárquico ferviente. Pero su monarquismo era estrictamente prusiano y debía convertirse en alemán cuando Prusia misma se convertiría en Alemania; no debía jamás ser europeo como había sido Metternich". Contrariamente a él, "Bismarck no debía ver (...) dos frentes internacionales (...). "No discernía más vue el beneficio inmediato de Prusia, incluso si era a costa de todos, de Austria e incluso del catolicismo (6). Tampoco advertía que debilitar en los otros el sistema que se defendía, era condenarse a verse atacado más tarde en su propia casa. Con él se afirma un método peligroso consistente en « no remontarse a la corriente impresa en la historia por las fuerzas subversivas, sino seguir, intentando utilizarla para asegurar las ambiciones inmediatas de su propio país y de los suyos". Por otra parte, la burocracia del Estado alemán debía, poco a poco, hacer peligrar las tradiciones aristocráticas e imperiales que había conservado y crear un mecanismo virtual abierto al ascenso de las fuerzas que actuaban tras el capitalismo.

No solamente Prusia fue artífice de un nuevo debilitamiento de Austria, sino que, atacando a Napoleón III, instrumento que se abandonó a su suerte tras haberse servido de él, debía contribuir a la primera revolución proletaria europea, la Comuna de París. Con ella, el Cuarto Estado celebra por primera vez su advenimiento. Hecho significativo, Marx y Lenin, aún reppudiendo con ostentación todo compromiso con las revoluciones burguesas, republicanas y democráticas del tipo 1789 y 1848, proclamaban su filiación directa respecto a la Comuna parisina. “Ha sido el primer campanaso de lo que debía ser la revolución bolchevique”. Aquí también, solo los ingenuos podían pensar que fue un movimiento expontáneo ; se trata, por el contrario del primer fruto de un suelo abonado en buen momento, que señala el inicio de una nueva fase: “La revolución mundial (…), muy estratégicamente , se ha dividido en dos ejércitos teniendo cada uno un objetivo diferente. La misión de uno –el que se reclama ostensiblemente de la revolución francesa y de 1848 y pretende ser la barrera de la otra, con sus inmortales principios- excita en las naciones cristianas, hasta la histeria, sus antagonismos nacionalistas. Al mismo tiempo, debe envenenar en el nombre de la democracia, las viejas animosidades entre grupos e individuos de la misma nación. La misión de la otra -la que comunica en el Manifiesto Comunista- es unificar y concentrar en un solo bloque homogéneo y compacto, en torno al núcleo judío, a todas las fuerzas militantes de la subversión. Estas fuerzas facilitarán batallones de asalto destinados a reforzar el frente adverso previamente dividido, tanto horizontalmente mediante los nacionalismos, como verticalmente, no solo mediante el mito marxista de la lucha de clases, sino también a través de la democracia de todas las tendencias". Tras la Comuna, la llama revolucionaria vuelve bajo tierra, donde incuba durante cuarenta años, con apenas bruscas y violentas llamaradas locales, aquí y allí. Se despierta y se expande en el mundo entero con el drama de 1914, preludio de los trastornos irreversibles.

No podemos tampoco resumir aquí las notas de los autores sobre la preparación de la guerra mundial por el capitalismo y la industria maniobrada mediante la finanza internacional más o menos judaizada. Nos limitaremos a indicar la interpretación del significado general de la conflagración europea, de sus fines secretos y de sus resultados.

Malynski y de Poncins afirman que "La guerra mundial ha sido el duelo de la revolución contra la contra-revolución". La revolución no deseaba en absoluto devolver Alsacia-Lorena a Francia, el Trentino a Italia o gratificar a Inglaterra con un cierto número de colonias de más. Los cambios de fronteras políticas no podían favorecerla en nada. "Su gran meta al término de 5 años (7) de destrucciones sin precedentes, era hacer desaparecer las últimas bastillas que constituían una amenaza para la seguridad del progreso democrático, como declaró más tarde el presidente Wilson"; "la causa de la guerra fue el deseo de cambiar la estructura interna de la Sociedad en general y de hacer avanzar a grandes zancadas el progreso de la subversión mundial". Los autores intentan demostrar esta idea a través de detalles del conflicto. Por ejemplo, habría una desproporción manifiesta entre las causas y los efectos de la intervención americana. Wilson, « criatura del capitalismo judío", tolera hasta abril de 1917 el aprovisionamiento de ambos beligerantes por la industria americana, y no es más que a partir de esta fecha cuando toda la prensa americana se desencadena contra Alemania. Los aspectos ocultos de este asunto, según los autores, son los siguientes: hasta esta fecha, era preciso ayudar a la monarquía de derecho divino alemán a aplastar a Rusia. A partir de abril de 1817, habiendo sido alcanzado este fin por la revolución sostenida secretamente por la democracia inglesa y el oro judío americano, eran sobre todo las grandes democracias occidentales, las que era preciso ayudar a aplastar a los Imperios Centrales de derecho divino. Es la misma lógica que habría sido también utilizada en 1917, con la paz propuesta al emperador de Austria, el rey católico Alfonso III y el papa Benedicto XV, una paz que, según algunos autores, habría sido ventajosa para todos, pero que habría preservado a los Imperios y habría podido permitir a Rusia, que no era aún bolchevique, revelarse. A las consideraciones dictadas por el realismo se opone un radicalismo irracional (8), que quería llevar la guerra hasta el final, es decir hasta la realización de sus fines verdaderos : la revolución y la transformación de Alemania en un república judaizada ; « la demolición del Imperio feudal de los Habsburgo y su reemplazo por una patulea de repúblicas radocales y económicamente inviables, que el comunismo intenta inmediatamente dominar (9) ; la putrefacción judaica del imperio medieval asiático de los Zares y su transformación en una gran fábrica microbios para la futura revolución judía mundial”; la creación del “mayor número posible de nacionalidades soberanas" en las fronteras trazadas de manera que "sus intereses e incluso, en muchos casos, sus necesidades vitales, fueran totalmente inconciliables"; la institución de una asamblea platónica, sin poder ejecutivo, que no correspondía a ningún verdadero interés verdadero; celosos guardianes de un orden y de una paz que no son más que « verdaderos comprimidos de guerra futura”; el crecimiento prodigioso del entendimiento universal para el mayor beneficio de la judería internacional y de la ubicuidad capitalista.

Todo esto es realizado con la conferencia de París. Obra de ingenuos e irresponsables, espíritus irreflexivos, impulsivos, incompetentes, vistos desde el exterior; obra muy inteligente, estudiada hasta en sus menores detalles, si miramos bajo el ángulo del plano de destrucción de la tradición europea; “obra de arquitectos que sabían perfectamente lo que construían y que trabajaban bajo la inspiración del Gran Arquitecto del Universo, el más alto dignatario de las logias masónicas”. Paradójicamente hasta estos últimos años, podemos percibir hoy todo lo que estos juicios contenían de auténtico, a pesar del radicalismo de sus palabras.

De Poncins es también autor de una reciente monografía titulada "La Sociedad de Naciones, Super-Estado masónico". Las influencias judías que han sostenido al bolchevismo, la manumisión del judaismo sobre los puestos clave del Estado soviético actual son cosas suficientemente conocidas por todos los lectores de “Vita Italiana”, que ha revelado a este respecto hechos y estadísticas irrefutables, que no es necesaria referirse a lo que el libro ha dicho a este respecto. Más interesante es la llamada de atención hecha por los autores sobre los dos elementos muy ditintos que se ponen en marcha en el bolchevismo. El primero, plenamente consciente de las verdaderas finalidades, sería el elemento judío o el agente del capitalismo judío (como Trotski). El fin de estas fuerzas es transformar la humanidad en una especie de sociedad anómima mediante acciones iguales, donde el trabajo es un deber universal e Israel, con algunos hombres de paja, es el dirigente, el beneficiario, el consejo dictatorial de administración. El lector puede constatar que este punto de vista es el mismo que el de Mussolini, que, en su reciente discurso de Milán, ha descrito el bolchevismo como la exacerbación del capitalismo y no como su antítesis. El segundo elemento, son los « puros », los ascetas de la idea, como Lenin que no era judío (10). Son los soñadores, los ingenuos, los que verdaderamente han creído y creen trabajar para el bien del proletariado y el comunismo, que es transformado en un capitalismo de Estado exacerbado. Para estos, el comunismo era una creencia y un fin, mientras que, para aquellos, era, por el contrario, un medio. "De todos los renovadores de la humanidad, para bien o para mal, Lenin ha sido probablemente el menos enterado de la finalidad de lo que el realizaba". Su error, específicamente materialista y darwinista, ha sido dividir el género humano en dos especies en conflicto: los ricos explotadores y los pobres explotados. El único motivo de esta separación y de esta lucha reside pues en el vientre y no hay lugar para el Espíritu, como tampoco para un a inspiración divina o satánica. Es justamente en este terreno sobre el que se desarrolla la « guerra oculta »: se trata de un combate de espíritu contra espíritu.

Los autores abordan un punto que nos parece fundamental en cuanto hablan de la fe, a su manera religiosa, de los medios subversivos dirigentes, que no es, “como muchos de nuestros contemporáneos imaginan con ligereza, lo accesorio de la política o de la economía. Era y es precisamente lo esencial de la subversión mundial, y es la política, la economía o el interés nacional (11), según las oportunidades variables, que son lo accesorio". El hecho es que hay hombres capaces de inmolarse por amor desinteresado del mal, sin esperar nada, con el sentimiento de un siniestro deber impersonal, de una misión. "Existe una corriente satanista en la historia, paralela a la del cristianismo y, de forma desinteresada como él, en lucha perpetua con él". Para nosotros, esta consideración no es en absoluto una fantasía teológica, sino algo muy real. Diríamos incluso que es aquí en donde está el punto de referencia, mucho más elevado y profundo que los del antisemitirmo ordinario y unilateral; y no sabríamos decidir cual de los dos elementos separados precisamente en el bolchevismo está más directamente ligado a la verdadera inteligencia de la revolución mundial y al plano de la destrucción anti-tradicional; si es el asceta comunista o el judío enmascarado. Sea como fuere, aquí también, estamos de acuerdo con los autores, los bolcheviques pasan y cargan, pero el plano inicial permanece, inmutable y su ejecución, impecable, progresiva, es independiente de su existencia efímera.

Solo, hasta el presente, Rusia ha llegado al cero absoluto por debajo del cual ya no hay nada. También es el único país en la historia donde la revolución permanece estacionaria y no se extiende en profundidad, sino solamente en amplitud. El Pueblo cree que es el sujeto, mientras que es el objeto. En realidad, cuando el bolchevismo sea perfecto, "no se ocupará de lo que piensa el pueblo, como no nos ocupamos de lo que podrían tener en la cabeza los corderos y los bueyes, ya que sabemos que algunas piezas de artillería bastarían para exterminarlos sin el menor peligro para nosotros" (12).

Es así que una nueva época de la historia del mundo empieza. “Se ha visto donde empieza la crisis de la jerarquía humana, cuando se empieza a distanciarse de Cristo: en el Renacimiento. Se ha visto a los príncipes y a los reyes distanciarse del papa y del Emperador: en la Reforma. Se ha visto a la burguesía cuando se emancipa de la nobleza, reyes y príncipes que constituyen las cimas: en la Revolución Francesa. Se ha visto al pueblo cuando se superar el plano de la burguesía: 1848-1917. No se ven más que la lid guiada por el judío, cuando se ha superado a las masas: 1917". Es aquí en donde “empieza la era de las finalidades apocalípticas”.

Estas son las últimas palabras del libro. Palabras que hacen pensar en un “continuará », como en los folletines, interrumpiendo la narración en el momento más emocionante. Pero los autores podrían replicarnos que los que verdaderamente estén interesados en conocer la continuación, no tendrán que esperar necesariamente a “esperar al próximo número”, si son soluciones absolutas las que quieren. Sea como fuere, es evidente que el libro está, de alguna manera, truncado. Aunque fue publicado en 1936, termina como habría podido acabar en 1918 o 1919. El estudio de toda la agitación contra-revolucionaria posterior y de los diversos movimientos reconstructores, a menudo netamente opuestos a la Sociedad de Naciones y al bolchevismo, que tienen naturalmente al fascismo como ariete, no se ha siquiera perfilado. ¿Sería por que los autores han considerado que este estudio era muy delicado o porque no veían claramente en qué dirección numerosos movimiento en marcha se comprometerán definitivamente, si se orientaron, no hacia simples sistemas de organización y de disciplina social, económica o nacional, sino hacia un orden verdaderamente aristocrático y tradicional?

De todas formas, pensamos no equivocarnos al decir que se trata de un libro extremista, que vale la pena leer, porque presenta la historia bajo un aspecto insólito y abre amplios horizontes a una meditación provechosa, a pesar de cierto carácter unilateral y de una simplificación excesiva. Es preciso no olvidar que fue publicado en Franciam, es decir en un medio en el que cualquiera que aspire a defender hasta el final y sin atenuación la herencia espiritual de la antigua Europa aristocrática y católica no estaría en condiciones de optimista ni conciliador. Pero si este libro hubiera concluido con un estudio de la contra-revolución contemporánea, los autores hubiera cubierto un rol aún más útil y estarían de acuerdo con los que no se limitan a constatar la decadencia moderna, sino que están dispuestos a consagrar todos sus esfuerzos para remediarla.

Julius EVOLA

(1) Cf. Nuestro opúsculo "Tre Aspetti del problema ebraico" (Mediterranee, Roma, 1936) y nuestro ensayo "Sulle ragioni dell'antisemitismo" ("Las causas del antisemitismo"), en Vita Nova, mayo, junio, agosto, 1833 y en esta revista (noviembre de 1932), nuestro ensayo sobre "L'Internazionale ebraica" ("La internacional judía").

(2) Conviene sin embargo subrayar que Lutero estuvo durante largo tiempo bajo la influencia de los medios judíos que, cuando finalmente lo percibió y escribió « Los judíos y sus mentiras », era demasiado tarde, el mal ya estaba hecho; que Calvino conocido en Francia bajo el nombre de Cauvin (Cohen), era de origen judío, como debía reconocerlo la vanidad de la B’nai B¡rith durante su convención de París en 1936 ; que el calvinismo influyó mucho al anglicanismo y, más allá, en la historia y las instituciones de los EEUU (el americanismo es un “espíritu judío destilado” - Werner Sombart); que cuando Enrique VIII trató de encontrar argumentos bíblicos para solicitar al papa que anulara su matrimonio, es al teólogo cabalista Georgi y a los rabinos venecianos a los que se dirigió por medio de su agente, Richard Croke; que el humanista Reuchlin (1455-1522), el principal precursor de la Reforme, estudia hebreo y cábala bajo la dirección del médico judío de Federico III, Jehiel Loans, y más tarde del rabino Obadia Ben Jacob Sforno. Por regla general, la Reforma puede ser considerada como una de las culminaciones del humanismo, el cual debía mucho a las doctrinas gnósticas y cabalísticas. (N.D.T.)

(3) En el original: "no sobre lo que es verdad hoy y error mañana (los nacionalismos)”.

(4) Conforme a lo que anuncia al principio de este artículo, Evola da « las ideas esenciales del libro más objetivamente posible, expresando las necesarias reservas”. Mientras que para Poncins, "la Restauración, y tal es su debilidad, no ha sido, hablando con propiedad, una contra-revolución (...)", Evola, parafraseando al autor francés, escribe: "la debilidad de la Restauración ha sido no ser más que una contra-revolución ("La debolezza della restaurazione fu di esser solo una contro-rivoluzione").

(5) En el original: "y de la estrella de Israel".

(6) En el original: "no discernía más que el beneficio inmediato que podía extraer la Prusia monárquica, al convertirse en el instrumento de la ubicuidad capitalista incluso si era a costa de la idea monárquica en general”.

(7) En el original : «cuatro años».

(8) Por "radicalismo", Evola entiende aquí la doctrina política y filosófica surgida de las doctrinas de las Luces y las ideas de la Revolución de 1789, segùn la cual la política es la prolongación de la moral y el individuo es capaz, en la vida pública como en la vida privada, de dominar su destino, se haya hecho buen uso de su libertad. (N.D.T.)

(9) En el original: "lo que debía fatalmente ponerlos a merced del judío".

(10) Su abuelo era judío (NDT)

(11) En el origianl : « étnica".

(12) En el original: "para exterminar sin el menor peligro para nuestras personas, todas las fieras reunidas".