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Artículos sobre Evola

Evola y Jünger. Gianfranco de Turris

Evola y Jünger. Gianfranco de Turris

Biblioteca Evoliana.- En varias de sus obras, Evola demuestra ser un admirador del primer período literario de Ernst Jünger, sin embargo ambos autores jamás se encontraron. En la postguerra Evola intentó una aproximación a Jünger que no tuvo continuidad. Júnger, por su parte, le había hecho llegar un ejemplar dedicado de su "Heliópolis". Gianfranco de Turris, buen conocedor de la obra de Evola y prologuista de algunas de sus obras, ha elaborado este pequeño artículo -que hemos traducido en la versión que nos han enviado sin hacer constar su origen- en donde resume las relaciones entre Evola y Jünger. 

 

EVOLA y JÜNGER

di Gianfranco de Turris

A pesar de los paréntesis dededicados a las artes inferiores ¿qué otra cosa podía hacer un hombre que siempre había estado intelectualmente activo, además de físicamente, encontrando en torno a si un "mundo en ruinas" no sólo materiales, sino también y sobre todo espirituales? No podía hacer otra cosa que recuperar su actividad de escritor polemista, de promotor cultural, en el intento de ofrecer las justas “armas” metapolíticas para una nueva, buena batalla, para la que definió una “revolución espiritual".

Cuanto hizo Julius Evola a partir de 1949; mientras lo conocíamos perfectamente, los libros que meditó y escribió en aquel período, las obras que revisó, los artículos que publicó, su actividad como organizador cultural, eran, sencillamente, portentosos; en aquella época el contacto con los jóvenes que lo tomaban como referencia, o con personalidades del exterior, era, así mismo, continuado. Todo esto solamente puede reconstruirse sobre la base de los recuerdos de los protagonistas y las cartas que Evola escribió.

Entre finales de los Años Cuarenta y el inicio de los Cincuenta, Evola intentó relanzar los contactos con las personalidades extranjeras cuya contribución de ideas podía parecer útil en la nueva situación cultural de la postguerra, sea por que fueron sus amigos, o por que los conociera solamente a través de sus escritos. Un compromiso «militante», por así decir, conforme a su personalidad, y que no siempre encontró una acogida adecuada en sus interlocutores.

Una de sus principales actividades en la época, incluso como fuente de ingresos, era la traducción de libros, o la propuesta a las casas editoriales que había ya traducida o que había traducido, moviéndose siempre en la óptica de dar a conocer textos importantes para la batalla político-intelectual de aquel momento. (Se sabe de la infructuosa oferta del Nietzsche de Reininger a Laterza, rechazada por Croce, que provocó la ruptura entre Evola y el editor).

Precisamente con esta intención, el 17 de noviembre de 1953, esribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta, que el Archivo del escritor alemán nos ha transmitido casi un año antes de la muerte de éste, que parece ser la única que Evola hubo escrito a Jünger o, como mínimo, es la única que el Archivo ha conservado. Será publicada en la nueva edición de L'"Operaio" nel pensiero di Ernst Jünger, ampliada con otros escritos evolianos que ha sido publicada por Edizioni Mediterranee.

La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter, veinte años después de su publicación, las "analogías entre la primera y la segunda postguerra”, "la problemática estudiada en este libro es de nuevo actual”; el ensayo pues, "podría ejercitar aún un efecto de despertar". Si no existen otras cartas evolianas en el Archivo Jünger ¿debe deducirse que el escritor nisiquiera respondió? Parece extraño, dado que en el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliopolis dedicada: quizás Jünger respondió negativamente y Evola no insistió, contentándose con realizar amplios comentarios de la obra, explicada y analizada, que apareció en 1960 en el editor Armando y que ahora espera ser reeditada nuevamente.

Es evidente que Jünger no tenía ya aquel espíritu "militante" que todavía animaba a Evola: en parte lo demuestran las obras publicadas en las postguerra, que el filósofo italiano no siempre acogió positivamente, mientras había demostrado el interés y aprecio (tanto por el contenido como por el estilo) en relación a la producción jüngeriana interbélica, incluida la novela “antinazi”, Sobre los acantilados de mármol de la que en 1943 señalaba su profundo sentido simbólico. La misma relación, por lo demás, se dio también con Carl Schmitt: el intento evoliano de traducir algunas de sus obras en los años sesenta con el editore Volpe fue un fracaso tal como demuestra el epistolario entre ambos.

De esta carta, finalmente, además del compromiso activo y positivo de Evola emergen también dos notas biográficas importantes: mientras se había encontrado personalmente con Schmitt y lo había conocido, no sucedió lo mismo por lo que respecta a Jünger. La carta de 1953 representa el primer (y quizás también el último) contacto entre ambos, quizás al percibir que los intereses y las perspectivas de ambos eran diferentesi: tal como resulta de las recensiones evolianas de algunas obras de Jünger aparecidas luego (inéditas o traducidas al italiano), mientras permanece el aprecio por el estilo, se acentúan las críticas por el contenido, tanto que entre las diversas disposiciones, Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, sólo El muro del tiempo, fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero. (El muro del tiempo se anuncia ahora por Editorial Adelphi, pero podemos estar seguros de que la edición evoliana será ignorada).

La crítica de las nuevas posiciones del escritor alemán por parte de Evola hace que, en algunas ocasiones, no se pongan de relieve las consonancias recíprocas, al menos en la inmediata postguerra. El filósofo tradicionalista no tiene una buena opinión, por ejemplo, de Der Waldgang (traducido en italia comoTrattato del Ribelle), mientres, un análisis atento, puede constatar que similares posiciones existenciales y psicológicas de aquel que “se encuentra en el bosque”, son similares a las expresadas, precisamente en aquel período (1950-51) por Evola en Orientamenti y, diez años más en Cavalcare la tigre: para dar un solo ejemplo, la jüngeriana "via de la salamandra" tiene muchos contactos con la "apolitia" evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.

 

Roma, 17 XI 1953

Apreciado Señor,

Mi nombre debería serle familiar, porque a través del dr. Mohler he recibido un ejemplar de  Heliopolis con su dedicatoria y también por que en el Reich tuvimos muchos conocidos comunes, como el prof. C. Schmitt y el barón Von Gleichen.

Des hace tiempo sigo su actividad con particular interés y a menudo he hecho referencia a sus obras. Entre estas, me siento particularmente próximo a las de su primer período, digamos hasta a Los Acantilados de Mármol. Con tal fin me permito dirigirme a usted. Espero poder hacer una traducción italiana de Der Arbeiter. Dada la analogía de la primera con la segunda postguerra, la problemática tratada en aquel libro, en mi opinión vuelve a ser actual, y las soluciones que en aquel tiempo se había esperado encontrar en el Reich y en Italia eran para los más soluciones ficticias, subrogadas y manifestaciones efímeras. Además espero que el libro pueda también hoy ejercer un “efecto de despertar".

Ahora tenemos que luchar contra un obstáculos por que no peseo el citado libro y es muy difícil de encontrarlo. El dr. Mohler me ha escrito precisamente que usted solamente dispone de un ejemplar de archivo. Quizás le sería posible encontrar alguno en el ámbito de su conocimiento, que pudiera o venderme el libro o simplemente prestármelo durante el período del análisis y de la traducción, bajo formal y personal rpmesa de restituirlo.

¿A quién debería dirigirme para las cuestiones relativas a los derechos de traducción?

Le ruego me excuse por este atrevimiento: me he visto obligado a retrasar esta toma de contacto continuamente a causa de las circunstancia y me alegro de tener el honor de tomar ahora contacto con usted.

Con particular consideración.

Suo devoto

J. Evola

Corso Vittorio Emanuele 197

Roma

 

El 30º Aniversario de su muerte: Julius Evola y la crítica al fascismo.

El 30º Aniversario de su muerte: Julius Evola y la crítica al fascismo.

Biblioteca Evoliana.- Nuestro amigo José Luis Ontiveros elaboró este artículo del que no nos consta cuando ni donde se publicó por primera vez, conmemorando el trigésimo aniversario del fallecimiento de Evola. El artículo trata exhaustivamente los conceptos de Evola en especial en relación al fascismo. Más que de un artículo, Ontiveros ha realizado un ensayo sobre el núcleo central del pensamiento evoliano, haciendo especial énfasis en la crítica realiza por Evola en relación al fascismo.  Recomendamos la lectura atenta de este artículo.

 

 

En el trigésimo aniversario de su muerte:
Julius Evola y la crítica al fascismo

José Luis Ontiveros

En la idea se reconoce nuestra verdadera Patria. No el ser de una misma tierra o de una misma lengua, sino el ser de una misma idea es lo que hoy cuenta.

Julius Evola

Tópicos de la "inteligencia estúpida"

La crítica al fascismo es uno de los hábitos más imbéciles y rutinarios de nuestros contemporáneos, al punto que una izquierda declinante, reciclada en visiones ginecocráticas -feminismo de las ménades posmodernas-, o restringida a un credo humanitario, –todos somos iguales, unos más que otros–, o derivada al colapsado progreso, –no hay mejor credencial que decirse progresista, aunque no se entienda bien qué se espera de un progreso exterminacionista y ecocida–, o atrincherada en el sentido de la historia, –cuando ésta ha demostrado a la saciedad que carece de finalidad y que su tensión es la aventura y el conflicto–, o arrellanada en la lucha puramente reactiva contra el neoliberalismo, –paradoja insostenible, puesto que para Marx el capitalismo y su consolidación son una condición indispensable para la "liberación" de la masa de los esclavos proletarios, de los parias de la tierra, de los desheredados del mundo, concepción cuyo origen radica más en la tradición rabínica del profetismo judío, que en el presunto cientificismo marxista, derivación del positivismo burgués–, estima esta desventurada izquierda de calzador que el mayor enemigo sigue siendo el fascismo, y peor aún, un indefinido neofascismo que acecharía, pese a que no exista o sea virtual, al siglo XXI, para cobrarse la derrota sufrida en el vigesémico.

De ahí que no haya mejor práctica para la moribunda izquierda, derretida por la mantequilla del consumo, que luchar contra el fantasma que recorre el mundo, y éste es el fascismo, al contrario de lo que afirmara el Manifiesto comunista, lo que demuestra que el paso romano es con todos los anatemas que soporta, el mejor paso, el de los vencedores por el Espíritu y el de los señores de la virtus romana y de la Alemania Nibelunga.

Esta crítica se ha convertido en un lugar común y en una forma de dicterio, si alguien en el futbol orina a sus cofrades que ven saltar la bolita es "fascista", si los antimotines "democráticos" emplean sus toletes de manera indiscriminada son "fascistas", si se expulsa a alguien por motivos de conciencia, se incurre en el "fascismo", si una señora gorda pisa a un mongoloide distraido, la salvaje rubicunda es "fascista", y el colmo, si el subnormal Bush, máximo exponente del Sanedrín, de la Kahal y de la Cábala consuma su genocidio contra el Islam es "fascista". De alguna forma, como señalara con ironía el escritor rumano Vintila Horia ser fascista es algo así como una tautología: lo peor de lo pésimo. Lo que no deja de ser, pese a sus censores moralistas, el irresistible atractivo del derecho a lo abominable.

Esta forma de descalificación ontológica es patrimonio de la civilización democrática-burguesa, por ello el fascismo es una palabra bumerang, que regresa a quien la lanza, y forma parte del repertorio de vituperios de la academia intelectual de los eunucos. Por ello es importante revisar en verdad y con un genuino sentido crítico lo que el fascismo tiene de rescatable, que lo es más en sus intenciones y propósitos, que en sus plasmaciones históricas diversas y discutibles.

 La crítica de Julius Evola

Al respecto la mejor crítica hecha al fascismo, en su representación política, bajo la Italia de Mussolini, es la del pensador de la Tradición, el barón Julius Evola, del que se cumple el trigésimo aniversario de su desaparición física, dado que nació en Roma en 1898 y murió el 11 de junio de 1974. Evola es un Maestro de la herencia de la Tradición Primordial, junto con René Guénon, Titus Burckhardt, Frithjof Schuon. La referencia a la Tradición podría definirse como una revelación suprahumana de un orden normal que rigió la existencia de las sociedades ligadas a principios solares y ascendentes, y que Mircea Eliade describe como arcaicas o premodernas.

Julius Evola nunca fue fascista, mas tuvo abiertas simpatías por los movimientos que en el siglo pasado con diferentes formas y matices, pretendieron afirmarse soberanamente en la historia en contra tanto del credo del Tercer Estado y los "inmortales" principios de la Revolución Francesa de 1789 como del Cuarto Estado de la "masa sin rostro" del comunismo, el bolchevismo bovino de 1917 aplicado a los mujiks con el "método filantrópico" del Gulag .. Todo ello sin demeritar el respeto que me debe el comunismo nacional y la corriente nacional-bolchevique. Yo soy un nostálgico del comunismo, de su férrea voluntad de victoria, de sus gestas y de su epos heroico, independientemente de mi adhesión a la figura del Comandante Fidel Castro, representante del honor de nuestro Rey Don Felipe II.

Fascismo: forma, fuerza, espíritu y corazón

Así, Corneliu Zelea Codreanu, Jefe de la Legión de San Miguel Arcángel, quien se entrevistara con Evola en Bucarest por 1938, reunión en que estuvo Mircea Eliade, quien luego abjuró de sus principios legionarios por labrarse una carrera en el exilio como prestigiado académico estudioso de las religiones e incansable y brillante escritor, precisó de manera plástica las diferencias fundamentales entre el fascismo, el nacionalsocialismo y la Guardia de Hierro rumana o Movimiento Legionario, empleando para ello una analogía con las funciones orgánicas: el fascismo es la forma, la estética, el orden de la doctrina romana del Estado; el nacionalsocialismo es la fuerza vital, el poder del instinto, la voluntad de poder, de ahí su referencia a la raza y al Volk como la expresión de la plenitud de la vida, y el Movimiento Legionario es el espíritu, por ello Codreanu y la tradición dacia se expresaron a través de la mística y del canto.

Su heredero en la conducción del Movimiento Legionario, Horia Sima, luego de que Codreanu fuera asesinado, estrangulándolo, con 13 jefes legionarios, la noche de San Andrés, el 30 de noviembre de1938, crimen que según el príncipe Michel Sturdza, se comprende en los crímenes rituales talmúdicos, escribió en el exilio en España, un libro muy interesante, que acaba de rescatar Ediciones Nueva República, en su valiosa e ingente labor, la cual se ha impuesto, a contracorriente, a la dictadura del pensamiento único y de la nueva inquisición democrática, con un coraje admirable, que lleva por título Dos movimientos nacionales, mismo que conociera desde 1975, –publicado por Ediciones Europa, Madrid, 1960–, en que hace referencia a la unión eucarística entre la Guardia de Hierro y la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas en lo que sería, –haciendo una paráfrasis del pensamiento de Codreanu–, el corazón, el que se ilumina por la fe, se angustia por la decadencia "queremos a España porque no nos gusta", y que se enciende por torrentes, y arroja la sangre salvífica por la pasión amorosa del sacrificio y de la muerte: "se alzará como una espiga de la pólvora y la sangre mi bandera"

He aquí una tetralogía wagneriana del fascismo: la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón. En el campo opuesto a esta simbología, las heces son las marcas hediondas de la democracia burguesa y el regurgitamiento la expresión más clara del odio proletario. Y hay quien sólo se ventosea y respira su descomposición: es el suspiro culoide del diletante, de quien no toma partido, si no es por él mismo, el letrado descastado, el histrión de los signos. ¿Usted conoce a alguien así…?

El maestro Julius Evola en su obra El fascismo visto desde la derecha (Edizioni Europa,1970) cuyo título fuera IL fascismo con note sul Terzo Reich, que comprende la época posterior a la segunda guerra, en la línea de varios de sus libros que tratan aspectos del debate contemporáneo y que dan una respuesta a la crisis existencial del último hombre de las tinieblas democráticas como Orientaciones (1950), Los hombres y las ruinas (1953), Cabalgar el Tigre (1961) ), El arco y la clava (1968), -que en su gran mayoría han sido publicados en castellano por el Círculo de Estudios Evolianos en Argentina que conduce Marcos Ghio, con el sello editorial Heracles-, fija varias posturas en una implacable y lúcida crítica al fascismo desde la visión de un Ksatriya –casta aria guerrera– a la que perteneciera Evola y que siempre consideró superior a la Brahmánica o sacerdotal, y que es el punto central que nos ocupa.

En este sentido, la crítica de Julius Evola al fascismo, tiene una advertencia, la de que ésta en el periodo de la guerra, no se manifestó con un valor contestatario, en la medida, en que se consideró que las fuerzas que enlazaban con la Tradición, por parte del propio fascismo, podrían rectificar una serie profunda de desviaciones de la civilización moderna, que lo desvirtuaban, y lo despojaban de ser una andadura Iniciática, al término victorioso de la guerra, lo que no pasó de ser un anhelo, toda vez, que el fascismo, en cuanto tal, –de acuerdo a Evola vale no por sí, no per se, sino por ser una expresión de la herencia de la concepción romana de la soberanía política y su afinidad con un Estado auténtico, que entroncaba con el Imperium –romano y medieval– y con los remanentes de una verdadera autoridad, que en la historia de Italia no tenía ya referentes y puntos de sustento.

¿Una alternativa para Sudamérica?

Ello es particularmente importante por lo que se refiere a la tradición política, propiamente española, que mantuvo nexos estructurales con el Sacro Imperio Romano Germánico a través de la Sacra, Cesárea y Católica Majestad de Carlos I de España y V de Alemania, e igualmente por la fidelidad a principios superiores de los Habsburgo, y en especial del Rey Católico Felipe II, opuesto decididamente a la expansión mercantilista y protestante que ha erigido el mundo actual de la usurocracia y el capitalismo (Max Weber), sin que por ello Evola reivindique, por su adhesión al gibelinismo, el propósito de mayor hondura del combate de España contra la subversión, mismo que sucumbió ante poderes nefastos coaligados tanto en el episodio de la Armada Invencible, que no fue derrotada militarmente, –según aclara el historiador William Thomas Walsh, en su magna obra Felipe II (Espasa Calpe, Madrid, 1958)–, como por la concentración de un bloque metafísico que representó la Contrarreforma, en una misma línea que es lo opuesto a la depredación borbónica y a la monarquía constitucional domesticada, como a un conservacionismo puramente reactivo y superficial, que nada tiene que ver con una doctrina trascendente del Estado.

Mas en el caso de Sudamérica, el ejemplo italiano –al que se refiere Evola- es muy aplicable: "En cuanto al pasado italiano mismo, hemos dicho que desgraciadamente no hay gran cosa que extraer para la definición del punto de vista de una verdadera Derecha. En efecto como cada uno sabe, Italia se unificó en tanto que nación principalmente bajo la influencia de las ideologías procedentes del Tercer Estado y de los "inmortales principios" de1789, ideologías que no han jugado un papel puramente instrumental y provisional en los movimientos del Risorgimento" ( ).

Este es precisamente el escenario desolador prevaleciente en Sudamérica con los movimientos de insurgencia, que tuvieron genéricamente como modelos las revoluciones francesa y norteamericana, así como la influencia deletérea de la fracmasonería, que se distinguió como un instrumento jacobino al servicio del expansionismo del pueblo elegido por el destino manifiesto, en la transposición que los yanquis toman de la herencia bíblica protestante y de su referencia a Israel, como el nuevo pueblo predilecto de Jehová.

Por ello es que la crítica de Evola es del todo aplicable a la experiencia política sudamericana, y ello explicaría la impostergable necesidad de restablecer como nuestros referentes al Imperio español, y en un sentido tradicional, a las estructuras políticas solares no occidentales de los símbolos originales de Aztlán y a la determinación guerrera azteca, como al sentido de la guerra sagrada –Xochicayotl–, que contienen en sí, un valor regenerativo fundado en la barbarie como centro de los nuevos valores (Nietzsche), opuestos –en nuestros díasa la subversión democrática y colectivista, y al propio marco ocidentafílico del neocolonialismo, ver al respecto mi libro Apología de la barbarie (UAM,1987, Barbarroja, España, 1992, Huguin, Portugal, 1997).

Superación de la izquierda y de la derecha

Evola aclara que su referencia a la derecha, no es en función de la dualidad del régimen demoparlamentario de los partidos, en oposición a una izquierda que se guía por la misma lógica, lo que sería tomar como punto de partida la degeneración partidocrática, involutiva y destructora, o las falsas restauraciones de un artificial orden conservatista, cuando en rigor nada existió en esas manifestaciones reaccionarias que fuera digno de ser conservado: "En principio representa, o debería representar, una exigencia más elevada, debería ser depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del Estado verdadero: valores en cierta forma CENTRALES, es decir, superiores a toda oposición de partidos, según la superioridad comprendida en el concepto mismo de la autoridad o soberanía tomado en su sentido más completo" (las citas que se hacen a continuación corresponden al libro mencionado).

Esta referencia de Evola se hace en función de valores permanentes y no de las condiciones externas cambiantes, sujetas al agotamiento o a la deformación, que se sitúan: "naturalmente en un momento dado en el pasado, no tiene y no debe tener incidencia angular en toda hojeada que quiera recoger lo esencial y no sucumbir al embrutecimiento HISTORICISTA".

Mitologización y denigramiento

De ahí que se refiera a dos graves peligros en la comprensión cabal de las ideas-fuerza de la Tradición, retomadas por el fascismo, que se expresan por la "mitologización y el denigramiento": "El fascismo ha sufrido un proceso que puede calificarse de MITOLOGIZACION y la actitud adoptada respecto a él por la mayor parte de las gentes reviste un carácter pasional e irracional, antes que crítico e intelectual.". Ello da lugar a una idealización nostálgica e insostenible del fascismo, que niega sus aspectos negativos como en contrapartida, denuncia, la aplastante "pasión partisana" con su enorme maquinaria de propaganda orwelliana, dedicada a la denigración sistemática de este movimiento, lo que da lugar a: "la construcción de un mito del fascismo en el cual se evidencia, de manera tendenciosa, sólo los aspectos más problemáticos del fascismo, a fin de desacreditarlo y hacerlo odioso en su conjunto".

Esta corriente de denigración que nunca acude a las fuentes del pensamiento fascista, sino a imprecisas interpretaciones sectarias es la hegemónica, y la que norma el romo "criterio" de los mandarines de la nomenklatura intelectual para rechazar al fascismo sin conocerlo, como un prejuicio consagrado por la estulticia compartida por la ignorancia y el temor pánico a que alguien pudiese identificarse como "fascista", lo que no deja de mostrar la hipocresía y fragilidad de los pontífices de bolsillo que graznan como los gansos capitolinos o cacarean gallináceamente contra lo que los refleja, y que califican, sin el mínimo rigor intelectual como fascismo.

¡Qué pena ajena produce tal espectáculo de moralina galilea y burguesa, en la –inextinguiblehora de los enanos¡

Este problema de apreciación se acrecienta, si se piensa, además, que el meollo de la cuestión si bien reside en el análisis de la estructura del sistema fascista, en su organización estatal e institucional, considerando la existencia del fascismo del Ventenio, y otro muy distinto en el plano ideológico, que surge con la República Social Italiana. El Ventenio se presenta como una depuración de elementos revolucionarios, como la tradición anarquista de los Camisas Negras, el sindicalismo de Sorel y la proyección socialista del propio Mussolini, que hizo decir a Lenin: "Mussolini es el único hombre que garantiza el triunfo del socialismo en Italia", que si bien, son estimados por Julius Evola como un decantamiento de la doctrina o purificación de la idea romana del Estado, trajo consigo una serie de adulteraciones perniciosas como la coexistencia con una monarquía espuria, la carencia de facistización en el ejército, la obligada adhesión y militarización de la sociedad, la teatralidad operística kistch y la vigencia del Concordato, de los Tratados de Letrán, suscritos el 11 de febrero de1929, que otorgaron a la Iglesia Católica privilegios inadmisibles en el terreno del culto y de la educación, contradicciones que condujeron a la traición de Badoglio y a la deposición de Mussolini por el Gran Consejo Fascista en 1943.

La República Social Italiana, en cambio, retornó a los principios revolucionarios que Evola considera desviaciones, pero que dieron, a esta etapa postrimera del fascismo, su carácter socialista, cuando el Último Mussolini se alza con los verdaderos fascistas en una defensa épica de principios insobornables que lo conducen a la tragedia, en que su sacrificio lo eleva sobre su postración, en la lucha interna por la Victoria espiritual.

Joseph de Maistre y Donoso Cortés

Por lo que concierne a los juicios de Evola, como podrá observar el lector, se discrepa de algunos de ellos, puesto, que en ese momento, pasada ya su época iconoclasta, dadaísta, neopagana y del superhombre nietzscheano, –se aproxima mucho más a Joseph de Maistre y a Donoso Cortés–, en la línea del pensamiento contrarrevolucionario, exaltando como el mayor escritor alemán del siglo XX, Ernst Jünger, la figura del pensador español Donoso Cortés: "Un gran espíritu del siglo pasado –(s.XIX)–, Donoso Cortés, habló de los tiempos que preparaban Europa para las convulsiones revolucionarias y socialistas, como los de las negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas"

La concepción romana del Estado

Sin embargo, en la perspectiva del pensador italiano, lo auténticamente importante en el fascismo, más allá de las circunstancias históricas siempre polémicas reside en que: "El mérito del fascismo, es pues, ante todo, haber alzado la idea del Estado en Italia, de haber creado las bases de un gobierno enérgico, afirmando el principio puro de la autoridad y de la soberanía política", dado que el Estado, en un sentido naturalista, utilitario, de contrato social, de bienestar y de garantizar libertades negativas a sus ciudadanos, no merece tal apelativo, ya que es la negación de la autoridad firme y trascendente: "un Estado privado en su conjunto de un mito en sentido positivo, a saber, de una idea superior, animadora y formadora, que fuera algo más que una simple estructura de la administración pública".

Por ello la genuina audacia del fascismo reside en los valores que lo religan con una Tradición anterior y superior a su propia doctrina, que en todo caso es posterior a la acción fascista, ya que se trató de un movimiento en que la acción, precedió a la ideología, es el principio de orden que se refiere al sentido hiératico y anagógico, –de elevar hacia lo alto-–, de toda verdadera autoridad: "La tradición romana, para Mussolini, no debía ser retórica sino una "idea-fuerza" y un ideal para la formación de un nuevo tipo humano que habría debido tener el poder entre las manos: "Roma es nuestro punto de partida y referencia. Es nuestro símbolo y nuestro mito" (1922), y agrega: "Esto testimonia una vocación precisa, pero también una gran audacia: que era proponerse el tender un puente sobre un abismo de siglos, para recuperar el contacto con la única herencia verdaderamente válida de toda la historia desarrollada sobre el suelo italiano".

El símbolismo tradicional del Fascio

Esta es la suprema osadía de Mussolini "tender un puente sobre un abismo de siglos" y para ello nada mejor que el emblema romano del Fascio Litorio: "del que el movimiento de revolución antidemocrática y antimarxista de los Camisas Negras extrajo su nombre y que, según una frase de Mussolini, debía significar "unidad, voluntad y disciplina".

Evola profundiza en el significado del Fascio en la Tradición: "El Fascio, en efecto, se compone de varas distintas unidas en torno a un hacha central, la cual, según un simbolismo común a varias tradiciones antiguas expresa la potencia de lo alto, el puro principio del Imperio".

La pastaciutta de la tripa

La crítica de Julius Evola al fascismo es la más completa y precisa, para todo aquél que se sienta llamado a una misión diferenciada, que aliente en él un afán de radical inconformismo, y un aceptar alegre y vital de la divisa "vivir peligrosamente", aun cuando esta ética viril y un estilo de dureza y disciplina, que ofreció el fascismo a los italianos, haya terminado en una tractoria, siendo devorado como un plato más de pastaciutta, a la que se refiere con desprecio el genial creador del Futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, en La cocina futurista, una comida que evitó un suicidio, ( F.T, Marinetti y Fillia, Gedisa, Barcelona,1985): "Una vez más, el futurismo italiano se hace impopular con un programa para la renovación de la cocina italiana. El bacalao, el roast-beef y el pudín pueden ser la dieta adecuada para los ingleses; carne guisada y queso para los holandeses; sauerkraut, costillas de cerdo ahumadas y salchichas para los alemanes, pero la pastaciutta es mala para los italianos…Al comerla se desarrolla en ellos ese escepticismo irónico y sentimental que les es típico y que con frecuencia frena sus entusiamos".

El rechazo al totalitarismo

Cabe terminar esta visión panorámica sobre el fascismo refiriéndose a la crítica que hace Evola del totalitarismo y de las "libertades negativas" que tratan de abolir por la racionalización el impulso a la autotrascendencia del hombre: "El principio de una autoridad central inatacable se ‘esclerotiza’ y degenera cuando se afirma a través de un sistema que lo controla todo, que militariza, todo y que interviene por todas partes, según la famosa fórmula ‘Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado’".

Para el Maestro de la Tradición, el Estado es orgánico y no totalitario, coordina y articula la vida colectiva, sin hurgar en la existencia privada, a través de la presencia intangible de su soberanía y de un clima de libertad positiva, en que se admiten zonas de autonomía parcial, actuando por su prestigio y su reconocimiento, sin necesidad de coacción ni de una nivelación burocrática masiva, respetando las vocaciones, y la multiplicidad, en que la camaradería y la libre adhesión a los principios como el respeto mutuo rigen la vida de un pueblo formado y determinado como la nación por la voluntad creadora del Estado, acción "debida a una influencia espiritual, no por medidas exteriores y obligatorias", por lo cual: "La injerencia sistemática del Estado no puede ser un principio más que en el socialismo del Estado tecnocrático y materialista". El Estado auténtico, entonces, ejerce el OMNIA POTENS y no el OMNIA FACENS (Walter Heyndrich).

El problema de la autotrascendencia

Respecto a la libertad, Julius Evola, se refiere a la concepción de Platón que dice: "que es bueno que quien no tiene soberano en sí mismo, tenga al menos un buen soberano fuera de sí mismo", lo que lleva a distinguir entre la libertad creativa y la puramente negativa, esto es, externa, de la que puede disfrutar quien siendo libre en relación a los otros,no lo es en cuanto a sí mismo, a lo que es preciso añadir la distinción: "entre el hecho de ser libre DE alguna cosa y el de ser libre PARA alguna cosa (para cumplir una misión, para servir, para forjar el hombre nuevo, para amar –en el deber– el sacrificio). La libertad negativa, puramente nihilística ha acentuado el sinsentido absoluto de la decadente civilización occidental y su putrefacción planetaria.

Mas precisa Evola que el actual Estado democrático se funda en la reducción de la personalidad y en la prisión ubicua del consumo, tratando de extirpar todo aquello que es vida intensa y elevada, siendo mucho más invasor de las determinaciones propias de la vida privada, a la que regula por los continuos mensajes condicionadores de masas, definiendo el éxito y el fracaso, en función de intereses unidimensionalmente materialistas, a ello se une que la actual sociedad intenta suprimir la tendencia a la autotrascendencia del hombre, que, en realidad, es una forma totalitaria de negar la excepcionalidad, la singularidad y la diferencia, lo que lleva a una conciencia lancinante del absurdo que se expresa en la contracultura negativista, o bien, en una vida empequeñecida, inmovilista y apática: "Hoy con la recuperación de esta quimera de la "racionalización" se tiende a rechazar y desacreditar todo lo que es tensión espiritual, heroismo y fuerza galvanizadora de un mito, precisamente bajo el signo de un ideal ya no político, sino "social" y de bienestar físico. Pero se ha precisado justamente que una crisis profunda es inevitable pues, al fin, PROSPERITY y bienestar aburrirán".

El instinto fascista

La precipitada descomposición de Occidente confirma que el instinto fascista del hombre surge de la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón, en el combate del heroismo cotidiano por sobreponerse al desplome interno en la vía solar y ascendente, que requiere de pruebas continuas y que cumple con la tensión guerrera, misma que expresa una revuelta metafísica por la afirmación de un estilo de vida diferenciado, lo que ya manifestara Joseph de Maistre al referirse al instinto monárquico, en cuanto que el hombre para ser necesita de un sueño, de un amor apasionado por lo invisible, de una devoción viril y sacra que potencialice al héroe y al santo, por ello el fascismo es la liturgia postrimera de una mística de la potencia, y al ser esto así, el fascismo en su esencia final es imbatible.

 

 

El budismo "aristocrático" de Julius Evola. Jean Varenne

El budismo "aristocrático" de Julius Evola. Jean Varenne

Biblioteca Evoliana.- El artículo del escritor tradicionalista frances Jean Vareen que reproducimos a continuación, constituye la introducción a la edición española de "La Doctrina del Despertar", publicada por Editorial Grijalbo. Varenne resalta especialmente el carácter aristocrático y guerrero del budismo originario, y dando la razón a Evola en su percepción del fenómeno budista. Es preciso recordar que la exposición de Evola es reconocida -todavía- como la mejor exposición del Canon Budista Palî, es decir, del budismo originario.

 

 

El budismo "aristocrático" de Julius Evola

Jean Varenne

Era 1943 cuando Evola publicaba La doctrina del despertar, o sea, un momento en que la historia daba un trágico giro, en particular en Italia, donde el estallido de una de las más crueles guerras civiles se injertaba en un conflicto mundial que parecía haber echado a doblar las campanas pregonando la muerte de la cultura europea. Ciudades enteras, transformadas en piras, habían dejado de existir, y esto no era más que el preludio del inminente apocalipsis... En esta atmósfera trágica, cuando cabría haber esperado de los intelectuales una actitud combativa, fundada sobre los valores de la acción, del coraje y del heroísmo, Julius Evola daba a leer a su público un libro ¡sobre budismo! Habida cuenta de la imagen que el Occidente se había formado de las tradiciones orientales y más en particular de la enseñanza de Shakya Muni, cabe pensar que entre los numerosos posibles lectores de obra tan inesperada en un periodo crucial de la historia de Italia, hubiera quienes vieran en este "ensayo sobre el ascetismo budista" una especie de ¡provocación! Tanto más que los orígenes aristocráticos del autor no parecían predisponerlo, en modo alguno, a interesarse de manera particular por una religión donde los monjes, ajenos al inundo, desempeñan el papel principal.

Se trataba, en realidad, de un malentendido. Se olvidaba, por ejemplo, que el futuro Buda era también de estirpe noble o, más exactamente, era h¡jo de rey y príncipe heredero y había sido educado en vistas a que un día heredaría la corona. Se le había enseñado la profesión de las armas y el arte de gobernar y, a la edad justa, se había casado y tenido un hijo. Cosas, todas éstas, que evocarían rnas la formación física y mental de un futuro samurai que la de un seminarista que se prepara a tomar las Ordenes. Un hombre como.Julius Evola era el mas apropiado para dlsipar tal error.

Y lo hace en dos frentes: por un lado, no deja de recordar en su libro cuáles fueron los orígenes de Buda, el príncipe Siddhartha, destinado al trono de Kapilavastu; por otro, se empeña en demostrar que el ascetismo budista no es una resignación pusilánime frente a las desgracias de la vida, sino un combate de orden espiritual no menos heroico que el de un caballero en el campo de batalla. Como dice el propio Buda (Mahavagga 2, 15): "Mejor morir combatiendo que vivir como vencido". Tal resolución coincide con el ideal de Evola de triunfar sobre las resistencias materiales con el fin de alcanzar el Despertar a través de la meditación; no obstante, hay que señalar que el vocabulario guerrero está contenido en los escritos más antiguos del budismo, o sea, los que mejor reflejan la enseñanza viva del Maestro. Evola se entrega incansablemente a borrar esa imagen flaca y desteñida que el Occidente se ha creado de una doctrina que en sus orígenes se la quería aristocrática y reservada a "campeones".

Es sabido que después de Schopenhauer, en la cultura occidental se difundió la idea de que el budismo enseñaba una doctrina de renuncia al mundo, entendida como actitud pasiva: "dejernos que las cosas sigan su curso; al fin y al cabo no nos interesan". Dado que en este mundo inferior "todo es malo", sabio es aquel que, como san Simeón Estilita, se retira, si no a vivir sobre una columna, por lo menos a un lugar aislado para meditar. Y la imagen más corriente que nos hacemos de los budistas es de monjes con hábitos color azafrán que van mendigando su alimento y no hacen ‑según se cree‑ más que recitar textos aprendidos de carretilla, puesto que la oración propiamente dicha está prohibida, por lo cual su religión se antoja una forma de ateísmo.

Evola demuestra muy bien que esa noción del budismo está radicalmente falseada por una serie de prejuicios. ¿Pasividad?, ¿inacción? ¡Todo lo contrario! Buda no cesa de exhortar a los discípulos a "esforzarse por la victoria" y él mismo, en el ocaso de la vida, podrá decir con ufanía: katam karaniyam (¡lo que tenía que hacer lo he hecho!). ¿Pesimismo? Es cierto que Buda, tomando una fórmula del brahmanismo, religión en la que había sido educado antes de partir de Kapilavastu, afirma que sobre la tierra "todo es sufrirniento"; pero es así, aclara él mismo, porque esperamos que nuestros actos nos reporten de inmediato beneficios concretos. Los guerreros arriesgan su vida por el ansia del saqueo y por el placer de la gloria; pero quedan inevitablemente decepcionados: el botín es magro y pronto malversado y la gloria se marchita con rapidez... Mas si se toma conciencia de este estado de cosas (he aquí un aspecto del Despertar), el pesimismo se disipa, por cuanto que la realidad es la que es, ni buena ni mala de por sí: pertenece a un devenir que no puede ser interrumpido. Es preciso vivir y actuar, pues, a sabiendas de que para nosotros ha de contar sólo el instante. Por lo tanto, el deber (el dhanuna) se afirma como la única referencia válida: "haz lo que debes", o sea, "haz, pero de modo que tu actuar sea del todo desinteresado".

Se adivina cómo Evola no ha tenido que fatigarse mucho para mostrar que este ideal es el de los caballeros andantes de nuestro Medievo, los cuales ponían su espada al servicio de toda causa noble, sin aguardar recompensa alguna. Combatían porque un día fueron preparados para rendir tal servicio y no para enriquecerse despojando a sus adversarios. ¿Eran pesirnistas? Desde luego que no, si al concluir su vida podían decir, como Buda: "¡Lo que debía hacer lo he hecho!" Tampoco eran optimistas, puesto que el principio "todo marcha bien en el mejor de los mundos posibles" no es menos ilusorio que su contrario.

Por fin, el término de "ascetismo" es susceptible de generar errores en quien observe el budismo desde el exterior. Evola recuerda, a tal propósito, que el sentido original de esta palabra es "ejercicio práctico", "disciplina" y, se podría decir también, "aprendizaje". Mas no, como estamos inclinados a creer, una voluntad de mortificación ligada a la idea de penitencia que llega, por ejemplo, a la autoflagelación, pues "es preciso sufrir para espiar los propios pecados", sino una escuela de la voluntad, un heroísmo puro (o sea, desinteresado), que Evola, conocedor de la materia, parangona con el esfuerzo del alpinista. Para el profano, la escalada es un esfuerzo inútil, para el montañista es un desafío que se lanza a sí mismo con el solo propósito de poner a prueba su valentía, su perseverancia y, eventualmente, su heroísmo. Hay aquí una actitud que el brahmanismo conocía ya bajo ciertas formas del yoga, en especial las tántricas. A esto, Evola, unos años antes, había dedicado el libro El hombre como potencia (1926).

En el ámbito espiritual el modo de proceder es el mismo. Buda en determinado momento, según se sabe, estuvo tentado de una forma de ascetismo semejante a la del ermitaño del desierto; ayunos prolongados, prácticas tendientes a "quebrantar la resistencia del cuerpo", etc. Pero llegó a ser verdaderamente él mismo, obtuvo el Despertar, sólo cuando comprendió que este camino no llevaba a ninguna parte. Con gran escándalo de sus primeros discípulos dejó de mortificarse, comió hasta satisfacer el hambre y volvió a mezclarse con el mundo de los hombres. Pero a partir de entonces comenzó a actuar con desprendimiento: el mundo ya no podía hacer presa de él, que se había convertido en un “héroe", como habrían dicho los griegos antiguos, o casi un dios.

Tal es el significado profundo de la enseñanza del príncipe Siddhartha, transformado en "el Despertado", el buddha, o "el asceta salido de la dinastía real Shakya (Shakya Muni)". Y todo el valor del libro de Evola está en poner de manifiesto este budismo auténtico. Para ello recurre masivamente a las fuentes originales, las recogidas en el canon en lengua pali, la lengua utilizada por Buda en su predicación. Aunque se trata siempre de una erudición mantenida bajo control, que no se tiene ella misma como fin, cual a menudo ocurre con los especialistas, sino que cumple su papel, esencial pero subalterno, de medio de demostración. La obra de Evola, como él mismo recalca en el título, es un "ensayo", un compendio, no una summa. No es una historia del budismo primitivo, antes bien una reflexión sobre la verdadera naturaleza del ascetismo budista y sobre su posible integración en el mundo moderno.

¿Quién puede saber lo que Evola pensaba mientras escribía este libro? Por mi parte me inclino a creer que, presintiendo la tragedia inminente, quiso ilustrar la virtud de la perseverancia y de la fidelidad, aunque el combate no tuviera camino de salida. Y cuando, en 1945, recibió en Viena la terrible herida que lo dejó inmovilizado los treinta años que aún le quedaban por vivir, se puede creer que, sobreponiéndose a sus sufrimientos y a su desazón por no poder ya escalar las cimas que siempre lo habían atraído, se dijo que, como fuera, había hecho lo que tenía que hacer, habiendo nacido tal día y en tal lugar: testimoniar la verdad. Y si, por desgracia, en esta edad oscura en la que el universo se precipita hacia su fin (necesario para que aparezca un mundo nuevo, según la doctrina cíclica del tiempo), la gente no es capaz de recibir tal testimonio, ¿qué más da? Como dijo el propio Buda: "Quien ha despertado es sernejante a un león que ruge hacia las cuatro direcciones del espacio". ¿Quién puede saber cómo resonará el eco de este rugido? Como quiera, es el rugido de un vencedor y esto es sólo lo que cuenta.

JEAN VARENNE

 

Julius Evola y la Magia. Por Sergio Fritz

Julius Evola y la Magia. Por Sergio Fritz

Biblioteca Evoliana.- Sergio Fritz Roa publicó este artículo en abril del 2004 en su web y centra su tema en el Grupo de Ur, después de realizar una introducción al concepto evoliano de Magia. Entre los elementos más interesantes figura la relación de los miembros del Grupo de Ur entre los que vemos a discipulos de Kremmerz (Ciro Formisano), de Rudolf Steiner, francmasones pitagóricos (especialmente Arturo Reghini) y el propio Guénon. Como muy bien subraya el autor el Grupo de Ur no fue especulativo sino que se preocupó especialmente de la práctica operativa. 

 

JULIUS EVOLA Y LA MAGIA

Sergio Fritz Roa

 

         "Ayudadnos a domar el Espíritu de la Tierra,

aprended a comprender el sentido de la Muerte

y a encontrar la palabra de la Vida.

Emprended el camino de vuelta" [1]

 

Julius Evola (1898-1974) es conocido de manera preponderante gracias a sus trabajos en el área que se ha llamado "metapolítica" y como expositor de temas tradicionales, más allá del debate sobre la plena ortodoxia de la visión del italiano con dichos postulados.

         Sin embargo, un aspecto desconocido y  fundamental de su vida y obra lo constituye la Magia, asunto del  que anhelamos dar algunas claves.

LA MAGIA EN EL UNIVERSO EVOLIANO

La primera consideración que puede hacerse en relación al tema que aquí nos reúne es la que sigue: el concepto evoliano de Magia no encuadra con el que la mayoría de los modernos sustentan. Al comentar su experiencia en este terreno, el italiano exclama: "no se trataba de ciertas prácticas, reales o supersticiosas,  dirigidas hacia la producción  de uno u otro fenómeno extranormal. Hablando de magia se quería más bien significar que la atención del grupo se dirigía esencialmente  hacia aquella especial formulación del saber iniciático que obedece a una actitud activa, soberana y dominante con respecto a lo espiritual" [2].

         Esta posición que resalta la actividad como nota esencial en la vía mágica, encuentra sus raíces en Ciro Formisano, más conocido por su seudónimo Giuliano Kremmerz, sin duda una de las fuentes en que Evola bebió de esta ciencia. En efecto, para el líder de la organización Myriam, la Magia es un "estado activo de conquista de la voluntad ..." [3]. En ello Magia se diferencia de los "misticismos" o de técnicas como la meditación cristiana o budhista, en las cuales el hombre tiene un papel pasivo, de simple receptor de lo sagrado.

         En esta perspectiva Julius Evola propondrá "la toma del cielo por asalto", en contraposición a René Guénon, quien privilegiará la contemplación frente a la acción. Evola en un artículo donde polemiza con el autor de El simbolismo de la cruz, señala: "en un plano general es muy exacto lo que dice Éliphas Levi, es decir, que el conocimiento iniciático no es donado, se lo atrapa, siendo esto por lo demás de la esencia de aquella cualidad activa que, dentro de ciertos límites, el mismo Guénon reconoce. Querer o no querer, un cierto trato "prometeico" bien entendido pertenecerá siempre al tipo más alto del iniciado" [4].

De lo que se trata es de hacer sobresalir el carácter práctico de la Magia, a la vez que potenciar su cualidad "viril", solar, heroica. No por nada Evola [5] nos recuerda el sentido que tuvo esta disciplina del Ser en los tiempos no modernos. Así, un Roger Bacon se atrevió a decir que Magia es la metafísica práctica; y un alquimista como Della Riviera enfatiza el carácter "heroico" de los verdaderos magos o adeptos. Es lo que Evola ha llamado "virilidad espiritual", actitud que dice relación con la sugerida en los textos tántricos. En efecto, lo perseguido por ambas ciencias (Magia y Tantra) se asemeja notablemente, y su quintaesencia subyace en este pensamiento:

         "Es propio de mujeres esforzarse por establecer la superioridad de una verdad mediante argumentos discursivos, pero es propio de hombres conquistar el mundo con tu propio poder" [6].

Siendo fiel a esta visión Evola dirá:

         "En otros términos, se presenta una disciplina que permite ser libre e invulnerable hasta en el gozo pleno del mundo, de todo lo que el mundo ofrece. Pero, al mismo tiempo, se le quitan a este mundo todos los caracteres de apariencia pura, de ilusión o de espejismo, de maya, que se le habían atribuido en los Vedanta. El mundo no es maya, sino potencia" [7].

         Mircea Eliade, estudioso rumano de las religiones, al referirse al Yoga da a conocer elementos que también hallaremos en la Magia tradicional:

         "La "tendencia hacia lo concreto" y la importancia concedida a la "acción", que caracterizan las técnicas yogas, explican también el esfuerzo de éstas hacia la "cosmización" del hombre. La Creación de los mundos, la cosmogonía, es el arquetipo de la "acción". En un cierto sentido, el yogui repite en su propio ser la transformación del caos en Cosmos; se lleva a cabo, otra vez, una interiorización de la Creación cosmogónica. Antes de separarse del Cosmos, el yogui se homologa con él, lo repite y se apropia de sus ritmos y de sus armonías. Pero, como hemos visto, esta "repetición" no constituye un fin en sí misma; la "cosmización" que sigue a un caos psicomental es sólo una etapa hacia la liberación final" [8].

         De lo expuesto, fácil es concluir que existe una ineludible semejanza entre Magia y Tantra. De allí, el sincero interés que el italiano tuviera por ambas gnosis.

EL GRUPO DE UR

Es deber mencionar que Julius Evola no sólo se dedicó al estudio de los viejos manuscritos mágicos, sino que tomó una actitud comprometida que lo llevó incluso a adherir a una sociedad esotérica denominada "Grupo de Ur", durante el periodo 1927-1929; siendo por tanto su conocimiento de la disciplina mágica teórico y práctico a la vez.

La experiencia del "Grupo de Ur" es única, y no encuentra paralelo en la historia. En efecto, se trata de un grupo heterogéneo que intenta presentar directivas doctrinales a la vez que mostrar algunas vivencias en relación a la Magia; ello de manera aguda y seria, cualidad que separa a esta organización de la falsa espiritualidad y del ocultismo.

Según Evola: "Las monografías del "Grupo de Ur" querían pues dar puntos de arranque, sugestiones, direcciones de la mencionada ciencia, sobre todo y en primer lugar con "la exposición de métodos, de disciplinas, de técnicas" conjuntamente con una profundización del simbolismo, en segundo lugar "relatos de experiencias efectivamente vividas", en tercer lugar se iba a promover "la reedición o traducción de textos, o partes de textos, raros o poco conocidos, de las tradiciones de Oriente y Occidente, oportunamente esclarecidos y anotados" (por ejemplo publicamos la primera traducción italiana del griego del Ritual Mitraico del Gran Papiro Mágico de París, algunos capítulos de un Tantra, textos herméticos como la Turba Philosophorum, algunos cantos de Milarepa, los Versos Áureos pitagóricos, pasajes del Milandaphña buddhista, extraídos de Meyrink, Kremmerz y Crowley, etc.), en cuarto lugar "encuadres doctrinarios sintéticos" y precisiones críticas. Eran presentadas direcciones múltiples de diferentes escuelas a fin de que el lector tuviese manera de elegir en base a sus particulares predisposiciones o inclinaciones" [9] .

Este corpus, constituido por artículos, reseñas, poemas, experiencias y meditaciones, brindará de manera eficaz - y tal vez definitiva - material suficiente para comprender lo que es Magia [10], como además entender aspectos relacionados con psicologismo, contra - iniciación, Budhismo, elementos rituales, drogas, mundos sutiles, modernidad, tradición romana, sexualidad, y Hermetismo. De allí su importancia para la hora presente.

Guiados por Arturo Reghini (gracias a quien el autor de Rebelión contra el mundo moderno dejará de lado ciertas taras de carácter ocultista)  y el mismo Julius Evola [11], los colaboradores ocultan sus nombres reales con seudónimos, a fin de aplacar el egoísmo y personalismo. En la revista que publican - llamada primero "Ur" y luego de la división del grupo "Krur" -, es factible encontrar textos de masones, steinerianos,  pitagóricos, kremmerzianos, como de escritores independientes.

Renato del Ponte, uno de los mayores estudiosos de la opus evoliana,  realizó un listado de los participantes del "Grupo de Ur", intentando determinar su filiación y seudónimos; información que a continuación damos [12]:

a) Masónico-Pitagóricos:

    Arturo Reghini (Pietro Negri y Heníocos Áristos)

    Guido Parice (Luce)

    Aniceto del Massa (Sagitario)

b) Católicos:

    Guido de Giorgio (Havismat)

    Nicola Moscardelli (Sirius)

c) Antroposofistas:

    Arturo Onofri (Oso)

    Girolamo Comi (Gic)

    Giovanni Colazza (Leo)

    Giovanni Colonna de Cesaró (con quien Evola  habría compartido con la sigla Arvo)

    Alba (aun no identificado)

d) Kremmerzianos:

    Ercole Quadrelli (Abraxa y Tikaipós)

    Leone Caetani (Ekatlos)

e) Figuras independientes:

    Corallo Reginelli (Taurulus)

    Emilio Servadio (probablemente Apro y Es)

    René Guenón (Agnostus)

    Julius Evola (Ea, Agarda, Iagla, Breno, Krur, y algunos de Arvo, y todos los textos pertenecientes a Glosas Varias)

f) Miembros de escuelas esotéricas sin identificar:

    Arom, Nilius, Primo Sole, Gallus y Zam.

Textos originales:

Anagarika Govinda, Arthur Avalon, Ottokar Brezina, Aleister Crowley, Giuliano Kremmerz, Paul Masson-Oursel, Gustav Meyrink, Narayanaswami Aiyar Shiyalli.

Un dato ilustrativo. Tan grande ha sido el interés que ha despertado el Grupo de Ur en las nuevas generaciones que en Italia se han escrito libros sobre el tema, existiendo en Internet un foro dedicado exclusivamente a dicha organización. Su dirección es: http://it.groups.yahoo.com/group/gruppo_di_ur/      

LA MAGIA "EVOLIANA" Y LA TRADICION

No puede desconocerse que la Magia en el sentido que aquí hemos plasmado juega un papel importante en la totalidad o mayoría de las formas tradicionales. Si bien para algunos solo es una ciencia tradicional (es decir lo que correspondería en el lenguaje ortodoxo guénoniano a un "Misterio Menor"[13]), para otros (como es el caso de Julius Evola) es mucho más que eso, pudiendo incluso considerarse en sí misma una vía tradicional completa, y, que, por tanto, no requiere para subsistir la dependencia a una forma tradicional exotérica.

        No nos es posible detallar aquí las enormes diferencias que implica adoptar una u otra visión; sin embargo, más allá de esta confrontación deben ser dichas ciertas cosas [14].

         Así,  urgente es reivindicar la Magia auténtica para los estudios esotéricos. Seamos enfáticos, aun cuando se nos acuse de reiterativos: La Magia, al igual que la Alquimia [15] y otras gnosis antiguas, poco o nada tiene que ver con lo que los medios sensacionalistas dicen de aquéllas. La primera no busca el poder personal, como muchos han señalado. El cultivo de la voluntad es requisito esencial en toda praxis espiritual, y, en verdad, en todo orden de cosas. La nota esencial de la Magia no es entonces "el poder"; sino la realización espiritual a través de técnicas e influencias - imaginales, mentales, visuales, rituales, orales - dirigidas fundamentalmente al mismo practicante, que le permitirán posteriormente hacer caer el Velo de Isis; es decir, facultarán al Adepto a percibir la realidad desnuda, libre de toda ilusión. La Alquimia, por su parte, no es un camino tendiente a la obtención del oro físico; sino del Oro astral, mucho más valioso: e incluye aspectos sutiles como otros operativos, lo que sin duda la transforma en uno de los conocimientos más integrales, aun cuando en la actualidad pocos podrían iniciar al neófito en sus ígneas sendas [16].

         Desde el amplio horizonte de la Tradición,  Magia se asemeja a Teurgia; quedando fuera de esta definición aquellas búsquedas y operaciones nigrománticas u otras de dudosa fuente, que explota hasta la saciedad el mundo ocultista. El monje benedictino y alquimista Antoine Dom Pernety, en su célebre Diccionario, al referirse a los Magos [17], señala: "hacían profesión de la Magia, pero de esa magia sublime, y por decirlo así, ejercida por los más grandes hombres de la antigüedad, a la que se dio el nombre de Teurgia para distinguirla de la Magia supersticiosa y condenable que se ejerce por el abuso de las cosas naturales  y de las cosas santas, con la invocación de espíritus malignos, en tanto la Teurgia consiste en el conocimiento y práctica de los más curiosos y menos conocidos  secretos de la Naturaleza" [18]. Es éste el sentido que aquí debemos retener y que predominó durante la Edad Media, e incluso el Renacimiento; concepto sustentado  por los grandes autores, entre ellos Paracelso, Agrippa y von Eckartshausen [19].

También queremos señalar que Magia constituye un grave peligro para quienes no están cualificados [20]. Cierta tendencia al psiquismo en los estudiantes de Magia ha llevado a muchos de ellos a trastornos mentales de carácter real; pues solo un hombre austero en sentimientos podrá traspasar los innumerables muros de esta vía. Las energías mal empleadas fácilmente se transforman en entidades psíquicas llamadas por algunos  "larvas".

Por último, y aquí anhelamos extendernos un poco, debemos prevenir de un equívoco reiterado y decir que no puede calificarse la visión evoliana de la Magia como una simple postura de "autoiniciación". Ello es fácilmente demostrable; y así una prueba de lo que indicamos se encuentra en uno de los textos evolianos, llamado "La magia, el maestro, el canto" [21], donde se señala lo siguiente: "Un verdadero Maestro se pone siempre en un punto en el cual todas las posibilidades son ofrecidas en modo de que cada uno pueda luego desarrollarlas separadamente..." [22] Y en otra parte, al hacer explícito los requisitos para la práctica ritual mágica, indica lo urgente de tener en primer lugar un Maestro. De todas maneras, tal como lo hace presente el mismo Julius Evola, lo dicho no obsta a que en ciertas eventualidades muy particulares no sea urgente en el proceso iniciático la presencia del Maestro humano [23]; pero, como René Guénon ha indicado, estos casos son más bien excepciones; por lo cual no ahondaremos en ellos.

LOS ESCRITOS EVOLIANOS SOBRE MAGIA

Para finalizar este trabajo, y sin ánimo de pretender realizar una bibliografía exhaustiva y total de los libros y artículos evolianos que dicen directa o cercana relación con la Magia, plasmamos la siguiente lista, que,  sin embargo, será  útil a nuestros lectores [24]:

1.-     Saggi sull' idealismo magico, Atanor, Todi-Roma, 1925.

2.-     L' uomo come Potenza,  Atanor, Todi-Roma, 1926.

3.-     Introduzione alla magia quale scienza dell'io,  Gruppo di Ur, Roma, 1927-1929. Se trata de artículos incluidos en la "Revista Ur", posteriormente denominada "Krur". La editorial Bocca en 1955-1956 editó una antología en 3 tomos.

4.-     Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo, Bocca, Turín, 1932.

5.-     Lo yoga della potenza, Bocca, Milán, 1949.

6.-     Metafisica del sesso, Atanor, Roma, 1958.

7.-     La via della realizzazione di si secondo i misteri de Mithra, Fondazione Julius Evola, Quaderni di testi evoliani, n° 4, Roma, 1977.

8.-     La dottrina della palingenesi nell’ermetismo medioevale (artículo que poseemos, aunque desconocemos sus datos de publicación).

9.-       Perchi la magia? Se trata de una entrevista realizada por Gianfranco de Turris, (Turín, Planeta, n° 47, 7/1972, p. 8), en "Ommagio a Julius Evola per il suo LXXV compleanno", Volpe, Roma, 1973.

10.-    Magia sessuale et vampirismo sessuale nella China antica (V.T., II, n° 8, 10/1972). Traducción francesa: Magie sexuelle et vampirisme sexuel dans le Chine ancienne, en Rebis, n° 6, 1984.

Sergio Fritz Roa (Santiago de Chile, Abril  de 2004)



[1] Trozo de un poema del gran escritor Novalis que formaría parte de su iniciático Enrique de Ofterndingen, novela inconclusa en donde los amantes del Arte Real o Alquimia podrán encontrar varias claves simbólicas. La versión que damos se encuentra incluida en Himnos a la noche. Novalis. Ediciones Orbis, S.A., 1985, p. 216.

[2] El camino del cinabrio. Julius Evola. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1998,  pp. 88-89.

[3] Citado por Julius Evola en Metafísica del sexo. José J. de Olañeta, editor, Palma de Mallorca, 1997, p.310.

[4] "Acerca de los límites de la regularidad iniciática", incluido en el Tomo VI de La Magia como ciencia del espíritu.  Grupo de Ur y otros. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 2000, p.129.

[5] Ver el artículo "Consideraciones sobre la magia y sus poderes" en el Tomo II de La Magia como ciencia del espíritu,  Grupo de Ur y otros, Op. cit., 1998, pp. 109 -177.

[6] Citado por Mircea Eliade en Técnicas del yoga. Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, p. 53.

[7] El yoga tántrico. Julius Evola. Editorial Edaf, S.A., Madrid, 1991, p.19.

[8] Técnicas del yoga. Mircea Eliade. Op. cit., p.203.

[9] El camino del cinabrio. Julius Evola. Op. cit., p. 89.

[10] Si bien es cierto que la mayor parte del conjunto de monografías incluidas en "Ur" y en "Krur" es en el fondo bastante homogéneo e indudablemente tradicional,  no puede decirse lo mismo respecto de algunas de ellos, que denotan una visión más bien "de baja magia" que mágica en el sentido que aquí hemos presentado. De partida, llama la atención que junto a notables trabajos que muestran una visión trascendente  de la Magia, coexistan textos como el "Conjuro mágico pagano" (destinado a saciar una venganza) o del ocultista Crowley, cuya "magia" no puede tener ningún punto de unión con la de un von Eckartshausen y otros magos. Hay aquí una contradicción que debe señalarse; pues, si se desea explicar una concepción esotérico-tradicional de la Magia, mal podrían darse como ejemplos textos y/o autores relacionados con brujería.

[11] No son claros todos los motivos por los cuales se disgregó el "Grupo de Ur". Sin embargo,  sabido es que la mayoría de sus miembros se abanderizaron por una u otra ala: la "evoliana" (entre otros, aquí se encuentra su amigo inicialmente steineriano, pero luego católico, Arturo Onofri, 1885 - 1928) y la "reghiniana" ( es decir, el grupo masónico). Evola alude en su autobiografía a un intento de quitarle de las manos la publicación de parte de "elementos que mantenían con vida a la Masonería a pesar de su supresión en el período fascista" (El camino del cinabrio. Julius Evola. Op. cit., p. 90). La heterodoxia del grupo, así lo creemos,  es otro factor que necesariamente habría repercutido en esta ruptura.

[12] Esta información originalmente apareció en el trabajo de Renato del Ponte Evola e il magico "Gruppo di Ur", Ed. Sear, Borzano, 1994. En castellano se encuentra disponible en el Tomo VII de La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Op. cit., pp.183 -184.

[13]   Es curioso que para René Guénon deba considerarse un error de Evola el usar la palabra Magia, la que estaría llena de malas connotaciones, mientras que él sí se permite utilizar términos como Metafísica y Tradición, tan denigrados o desvirtuados en la actualidad  como la palabra Magia. Así, en su reseña al libro de Julius Evola, La tradición hermética, dice: "En efecto, inevitablemente, tan pronto como se habla de "magia", se piensa en una ciencia destinada a producir fenómenos más o menos extraordinarios, particularmente (pero no exclusivamente) en el orden sensible; cualquiera que haya podido ser el origen de la palabra, este significado se le ha hecho inherente hasta tal punto que es conveniente dejarlo" (Formas tradicionales y ciclos cósmicos. Ediciones Obelisco, Barcelona, 1984, p.103).

[14]  Es precisamente en la defensa de la acción y por tanto de la Magia donde Evola se diferencia de Guénon. Mientras el primero enseña que es la acción la mejor postura tradicional, Guénon, por su parte, advierte los peligros de aquélla, recordando el carácter "titánico", de rebeldía "kshatriya", de Evola. Mientras el italiano privilegia el poder regio, el segundo lo hace con la potestad sacerdotal, que representa para nuestro mundo la vía contemplativa.

[15]  Ambas ciencias son denominadas "Arte" por sus seguidores; el grado de Adepto existe en ambas; la muerte ritual o nigredo es una de las etapas imprescindibles en Magia y Alquimia. Por cierto, pueden hallarse más paralelos; pero basta con éstos. Lo fundamental aquí es mostrar su  plena validez operativa y su inserción dentro del mundo de la Tradición.

[16]  Algunas ideas sobre Alquimia ya han sido dadas en anteriores trabajos nuestros; especialmente en Mujer y Alquimia (Ciudad de los Césares N°58, Septiembre - Noviembre, 2000, Santiago de Chile; versión en italiano La donna e l´Alchimia, en  L´Idea il giornale di pensiero, N°2, Año VII, 2001, Roma) y en Nota acerca del conocimiento hermético y palabras relativas a la iniciación de los alquimistas (Bajo los Hielos N° 10, www.angelfire.com/zine/BLH; pronto en www.bajoloshielos.cl)

[17] Los Magos eran una comunidad religiosa, posiblemente meda, que en el Zoroastrismo tardío intentó introducir las viejas deidades cuya adoración Zarathushtra rechazó (lo que se aprecia en los Gathas, cánticos del Avesta atribuidos al Profeta persa), al enseñar el monoteísmo. En el imperio persa los Magos tuvieron prácticamente el monopolio del culto religioso.

[18] Voz "Magos", en Diccionario Mito-Hermético. Dom Antoine-Joseph Pernety. Ediciones Índigo, S.A., Barcelona, 1993, p.295.

[19] Recomendamos a nuestros lectores el monográfico Magia de la revista La Puerta, publicado en septiembre de 1993 por la española Ediciones Obelisco. Allí encontrarán reunida bastante información sobre el tema desde el punto de vista que aquí nos interesa, es decir el esotérico tradicional.

[20] Nunca será suficiente insistir en puntos tan delicados como el presente. La cualificación iniciática es la barrera que impide los peligros a los que aludimos. Hoy día cualquiera que pague una cantidad de dinero considerable puede ingresar a unas autodenominadas "sociedades secretas"; hecho que demuestra la incomprensión por los modernos de los fenómenos espirituales. Pero tampoco cualificación implica acumular erudición, como otros han pretendido. Ya en 1957, el primer tradicionalista chileno advertía de tales males: "Ningún profano puede realizar por sí mismo este proceso (la muerte iniciática). Ninguna lectura ni la acumulación más prodigiosa de conocimientos científicos y filosóficos puede tener efectos equivalentes a la iniciación. El Candidato debe reconocer su estado de pobreza y, totalmente desvalido, necesita ser conducido por un guía..."; y más abajo: "Al Candidato se le exigen sí determinadas calificaciones intelectuales y morales, por un lado, y por el otro, que demuestre firmeza de propósito hasta expresarlo en el Juramento" (Espiritualidad en el conocimiento y en la acción. Mario Antonioletti. Centro Estudios Tradicionales Americanos, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1957,  p.65).

[21] Incluido en el Tomo IV de La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1997, pp. 53 -58. En esta oportunidad Evola borra su nombre civil, y en su lugar se dice "Glosas varias".

[22] La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Tomo IV, Op. cit., p. 54.

[23] Sin duda es este uno de los aspectos más difíciles de comprender para quienes se acercan por primera vez al estudio de la iniciación. Naturalmente la referencia a un "maestro no humano" es algo a lo que no estamos habituados en la vida moderna; sin embargo, la existencia del Kidhr en el Islam, de los ángeles en el cristianismo, de Elías Artista en el hermetismo medioeval y renacentista, dan pruebas suficientes de la posibilidad de una iniciación directa a través de potencias celestiales. En Alquimia se enseña que la materia primera y los pasos que debe conocer el operador para alcanzar la Piedra Filosofal, sólo pueden conocerse a través de dos vías: por la intervención de un Maestro o de la revelación divina. Esta última posibilidad es la que los alquimistas han denominado con precisión "Donum Dei". 

[24] Los más importantes de estos textos ya han sido traducidos al castellano.

 

Introducción a la edición castella de Imperialismo Pagano. Marcos Ghio

Introducción a la edición castella de Imperialismo Pagano. Marcos Ghio

Biblioteca Evoliana.- Reproducimos la introducción a la edición castellana de "Imperialismo Pagano" publicada por la editorial argentina Herakles y realizada por Marcos Ghio, presidente del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires. "Imperialismo Pagano" es una obr, casi podríamos decir, de juventud de Evola. Llama la atención la energía puesta por el autor en sus puntos de vista anticristianos que, posteriormente, a medida que iba madurando y profundizando en las ideas tradicionales, fue modificando y moderando, aunque sin abandonar por completo jamás. Recomendamos la lectura de esta obra y la introducción realizada por Ghio.

 

 

IMPERIALISMO PAGANO

por Marcos Ghio

La obra que a continuación presentamos es uno de los primeros escritos de Julius Evola, correspondiente a su etapa juvenil, cuando apenas contaba con 30 años de edad, en 1928, y en el momento en el cual se hallaba transitando por el último tramo de su experiencia mágica e iniciática a través del Grupo de Ur 1.

Pero además Imperialismo Pagano tiene una significativa importancia en la trayectoria del pensamiento de nuestro autor pues representa su primer intento serio por acceder a un público más vasto que el que en cambio leía las muy especializadas monografías elaboradas por dicho grupo. Y ello estará motivado por un acontecimiento significativo en la sociedad de su tiempo, el que trataremos brevemente de exponer. En aquel entonces Italia se hallaba transitando desde hacía nueve años por la experiencia fascista, movimiento que pretendía representar un cambio radical con respecto al sistema político propio de la modernidad, es decir, el régimen partidocrático hasta ese entonces vigente y heredero de los ideales del Risorgimento y de su antecedente, la Revolución Francesa, el cual, en líneas generales, presentaba en ese entonces caracteres muy semejantes a los que con tanto dramatismo vivimos en nuestros días. Frente a la ineptitud y corrupción reinante entre la clase política que llevaba al país hacia una incesante decadencia y disgregación, el fascismo representaba un movimiento de reacción  que apelaba a las reservas morales y espirituales existentes en la nación italiana intentando, en el plano político y cultural, asumir una actitud de neta oposición a las dos principales ideologías en las que se dividía la modernidad: el capitalismo liberal y el socialismo marxista. Pero el fascismo, según Evola, si es que quería tener realmente éxito, debía profundizar aun más en su rechazo del sistema vigente, llegando hasta las últimas consecuencias de la modernidad al atacar su fundamento cuasi-religioso acerca de cuya pureza justamente ambas ideologías gemelas disputaban entre sí su representación: el dogma de la democracia. Y ante ello no era suficiente con negar algunas de las consecuencias de ésta, tales como el parlamentarismo o el clientelismo, sino que había que ir hasta la raíz última de dicha creencia, sosteniendo principios que fueran realmente alternativos y que incursionaran en la instancia decisiva que la determinaba, pues de lo contrario, si la crítica no llegaba hasta el final, se terminaba favoreciendo la continuidad del sistema y con el tiempo iba a significar el fracaso de dicho movimiento, lo cual fue lamentablemente lo que habría de suceder más tarde.

En su crítica al régimen democrático, un gran mérito de Mussolini había sido el de haber reivindicado un principio esencial inserto en la tradición itálica, cual era la idea de Imperio y de Roma como centro espiritual del mismo, dador de sentido y orden a todo el Occidente durante una vasta etapa de su historia. Pero aun dicha idea, si no era llevada hasta el final de su significado, es decir, hasta el concepto que de la misma primara en la antigüedad, se corría el peligro de convertirla en una mera consecuencia última de un valor también moderno cual es un nacionalismo irredentista y extremo, el que, si bien buscaba fundar un imperio, lo hacía tan sólo en función de satisfacer necesidades económicas basadas en un mero acrecentamiento del poder material. Nos hallaríamos entonces con la idea moderna de imperialismo, el que no representa otra cosa que una extensión de la economía, queriendo significarse con ello además el otro irrebatible dogma moderno de que los hombres en última instancia sólo se movilizan en la vida en función de satisfacer apetitos materiales y que por lo tanto la política y el imperio no serían sino la consecuencia o “superestructura” de dicha disciplina. Sin embargo, así como no es cierto que lo económico es lo esencial en el hombre y lo que en última instancia determina todas sus actividades, y aun reconociendo que actualmente la economía se ha convertido en el destino de las personas, no lo es consecuentemente la idea de que siempre haya sido así en todos los tiempos, en especial en aquellos en que no fue la clase burguesa la gestora de la historia. Justamente la idea romana de imperio representa una corroboración de lo aquí manifestado, ella era la expresión de un principio espiritual y sacro, de carácter metafísico, volcado a la esfera política, siendo la economía en cambio para la misma una disciplina auxiliar y meramente subsidiaria. El romano buscaba el imperio, más que para poder vender sus productos y comerciar mejor, más que para enriquecerse, tal como acontece con los actuales “imperialismos”, para plasmar en la existencia una idea de justicia y de sacralidad; y era dentro de tal contexto místico como Roma se erguía a sí misma como el centro espiritual del universo, en el cual los distintos pueblos de la tierra hallaban un orden superior a su mera inmediatez y a sus apetitos materiales, consistente en un equilibrio dador de sentido último a sus acciones. Así como el alma es el centro ordenador de un cuerpo  evitando por su acción que sus partes se desintegren en una lucha incesante entre sí y en un flujo espontáneo hacia la nada, el Imperio es ese mismo orden superior en el seno de los pueblos y partes diferentes en que se compone una civilización, o aun la humanidad en su conjunto, de arribarse a la idea última de Imperio universal.

Lo originario de Roma es que en la misma la idea de sacralidad nunca estuvo separada del destino político de tal ciudad. Dios no era una entidad abstracta del “otro mundo”, al que había que buscar escapándose de éste, sino que estaba presente en forma viva, aquí y ahora, a través de personas que lo expresaban con sus acciones y ritos y entre éstas se destacaba por encima de todas y de manera eminente el Emperador Romano, el cual era la manifestación viviente más plena de la divinidad sobre la Tierra.

Pero sin embargo la idea de Roma a través de su historia incluía también a otro movimiento religioso que se afincó más tarde en su seno y que, desde su misma sede y apartándose en sus orígenes de su espíritu esencial, se irguió también como un centro espiritual durante un largo período que abarcara dos mil años hasta nuestros días. El mismo trastocó el concepto de espíritu y de sacralidad, generó un hiato entre este mundo y el otro mundo y al hombre de ser divino que era eminentemente, representado como tal por el emperador y por los dioses, lo convirtió en criatura pecadora y miserable a merced de una gracia impartida por un Dios omnipotente  y caprichoso.

Ante tal dicotomía, el fascismo, si quería volver realmente al espíritu de Roma, debía efectuar en primer término la necesaria discriminación entre estas dos tendencias antagónicas coexistentes en sí misma y luego, en forma decidida, enarbolar en todos sus principios  el primer espíritu originario, que era de carácter pagano y no cristiano. Porque el gran enigma y significado último de Roma es que desde su mismo seno y de manera tangible se gestaron los dos grandes procesos antagónicos de la historia universal: el que asienta sus  valores en el mundo de la tradición, siendo el paganismo una representación del mismo y el que en cambio, a través del cristianismo, precipitará el rumbo moderno en el que nos hallamos y que vivimos en forma multiplicada hoy en día. Y ésta es pues la idea central que aparece en la obra que aquí presentamos: el cristianismo no es lo opuesto a la modernidad, sino la causa lejana y el origen de esta última. El cristianismo representa en sus comienzos la fase acelerativa del movimiento de desvío de la tradición de Occidente y no su coronación como en cambio pretende el güelfismo, el que falsamente intenta considerarlo como la consecuencia natural del espíritu romano.

Fue justamente, dentro del contexto de ordenamiento de las instituciones sociales que se había planteado en ese entonces el régimen, que Mussolini decidió zanjar un viejo conflicto existente desde hacía varias décadas en el seno de la sociedad entre el Estado y la Iglesia. En efecto, desde 1870, culminando, tras la conquista de Roma, el proceso unificador de la nación italiana, el papa derrotado se había recluido en el palacio del Vaticano considerándose desde ese entonces en condición de prisionero y desconociendo así los derechos del gobierno peninsular a la soberanía sobre la ciudad eterna. Mussolini, con la intención de sanear esa vieja herida y poder así pacificar su país, pergeñó entonces un acuerdo con la Iglesia. A cambio del reconocimiento por parte de ésta del Estado italiano y de Roma como capital del mismo, le otorgaba una serie de concesiones históricas, tales como la enseñanza religiosa, la prohibición del divorcio y principalmente la asunción del catolicismo como la religión del Estado. Ante esta eventualidad, Evola y el grupo tradicionalista romano que se nucleaba a su alrededor, percibió el peligro de una acentuación de la tendencia hacia el aburguesamiento por parte del fascismo y consecuentemente una acentuación de las influencias deletéreas que se anidaban en su seno. Justamente al ser el cristianismo el origen de la modernidad y de la democracia, retornar a él y aceptarlo como fundamento espiritual del Estado iba a significar un paso hacia atrás y una traición a los ideales de la revolución que el fascismo pretendía efectuar. Fue así como surgió la idea de esta obra, primero en la forma de un folleto adjunto como una separata de una publicación adicta al régimen, Crítica Fascista, dirigida por un notorio jerarca del mismo, Giuseppe Bottai 2, con la intencionalidad de impedir la firma del Concordato con el Vaticano y lograr con su difusión el impulso hacia la constitución de un fascismo pagano y gibelino, es decir, opuesto al güelfismo y consecuentemente al ingreso de la Iglesia dentro del Estado.

La intencionalidad principal de dicho trabajo será entonces la de mostrar que del cristianismo habían emanado todas las herejías modernas, las mismas que en sus consecuencias el fascismo pretendía combatir. Al sostener la igualdad de todas las almas ante Dios y por ende la inmortalidad universal de todo ser con forma humana, el cristianismo había sentado las bases para que se instaurara con el tiempo el principio de la igualdad a nivel político y social y su consecuencia será posteriormente la democracia. En segundo lugar, como una expresión plebeya de rechazo por todo aquello que de divino había en la existencia, fue la religión que con más vigor había instalado el dualismo y el espíritu de la escisión entre todo lo viviente, el que fue extendiéndose paulatinamente a todos los planos. Primero comenzó con un dualismo entre el hombre y Dios (vinculados ambos entre sí en una relación entre criatura y Creador), por lo que  lo divino fue así recluido en otra esfera y dimensión diferente de este mundo, depreciándolo así a éste, reduciendo lo humano a una dimensión pecaminosa y corrupta, de la cual sólo sería posible salir mediante la gracia omnímoda de un Dios, el que, a través de la figura del sacerdote, solicita y exige la sumisión y la obediencia absoluta y ciega por parte del hombre para otorgar la “salvación”. Desvalorizadas todas las obras humanas, como consecuencia de ello, a nivel social se producirá la desacralización del Estado, el que, cuando no es asimilado a la imagen del Anticristo en la figura del Emperador, en el mejor de los casos se convertirá tan sólo en el dispensador del bien común o en el auxiliar de la Iglesia en su labor de salvación de las almas y luego, en un vasto proceso de descenso que llega hasta nuestros días, llegaremos a la figura del Estado meramente económico y administrador, gobernado por el ministro de economía o por los grandes amos de las finanzas del planeta.

En segundo lugar tendremos un dualismo entre el hombre y la naturaleza. Depreciada la naturaleza a la mera condición de materia, expulsados de la misma sus dioses, y al ser convertido el mundo en un “valle de lágrimas” originariamente, en un tránsito provisorio para la “otra vida”, la eternidad, dejando de ser así el lugar de las teofanías, el ámbito en el que se manifiesta el espíritu, terminará, del mismo modo que el Emperador suplantado por el ministro de economía, convirtiéndose en un territorio expoliable a voluntad, mensurable y cotizable a valores mercantiles, profundamente ajeno a nosotros mismos, y sobre el cual se podrán producir las mil y una depredaciones tecnológicas de nuestra era.

En consecuencia, si el fascismo quería verdaderamente ser una revolución en serio y adecuarse al espíritu romano, tenía una única solución posible cual era la de apartarse de la subversión cristiana, mantenerse ajeno a tal religión y tolerarla simplemente como podría hacerlo con las otras, aunque sin caer por ello en el laicismo, sino constituir un principio de sacralidad íntimamente asociado al Estado y a la figura arquetípica del Emperador, tal como se trasuntara de los principios de la paganidad romana y que fuera luego la esencia del gibelinismo en la Edad Media.

Dicho folleto, como era de esperarse, causó un profundo impacto en el ambiente cultural de la Italia fascista, generando duras réplicas de parte del Vaticano, tomando en ese entonces la pluma de contestación entre otros el sacerdote Giuseppe Montini, más tarde papa con el nombre de Paulo VI, quien fuera el principal gestor del Concilio Vaticano II, el que revolucionaría la historia de la misma Iglesia acentuando, en consonancia con los tiempos últimos de socialismo y democracia, un retorno pleno a los orígenes judeocristianos más autóctonos que la constituyeron. Se recuerda entre estos escritos condenatorios a uno de ellos que se titulaba “Respuesta a Satanás”, lo cual nos da una muestra del vigor en el que se llegara en dicho embate.

El escándalo que produjo esta sucesión de ataques, y debido a la influencia que la Iglesia y el güelfismo tenían en la sociedad de ese entonces, hizo que Evola fuera desautorizado por la revista que publicara su artículo, lo cual lo obligó entonces  a elaborar una respuesta a partir de un libro que se tituló justamente Imperialismo Pagano, el que incluía la separata aparecida originariamente en tal publicación, acompañada de las réplicas elaboradas por Evola a los sectores güelfo-católicos. La aparición de dicha obra fue ahogada con un manto de silencio en la sociedad italiana de ese tiempo y no produjo en modo alguno los cambios de orientación que Evola deseaba. Sin embargo es de resaltarse aquí que, tras la firma del Concordato, la influencia de la Iglesia en la sociedad italiana iría, tal como Evola formulara en su obra,  incrementándose notoriamente y fomentando a su vez la tendencia al aburguesamiento que él denunciara, tal como se revelará plenamente luego con la llegada de la “Liberación” en 1945 en donde ésta participaría activamente del poder influyendo decisivamente en la política de dicho país, inspirando en modo abierto y manifiesto al partido que lo gobernara durante las primeras décadas de la posguerra hasta llegar a su decadencia final tras los escándalos mafiosos de Tangentópolis y del Banco Ambrosiano.

Sin embargo, un destino muy diferente habría de tener dicha obra cinco años más tarde, en 1933, en vísperas del acceso al poder en Alemania del Partido Nacional Socialista de Adolfo Hitler. Siempre acorde con sus principios tradicionalistas y gibelinos, Evola, en un intento por poder influir en el seno de la nueva reacción antidemocrática que se gestaba en tal país, resolvió intentar suerte nuevamente con otra edición de Imperialismo Pagano. Para tal efecto, y a fin de hacerla accesible al nuevo público lector, dicha obra fue totalmente revisada y traducida al alemán. Esta vez el éxito fue muy grande llegando hasta a agotarse. Se pensó, debido al impacto causado en el ambiente germánico, de manera equivocada que se trataba de un trabajo escrito por el principal exponente de una tendencia existente en el seno del régimen fascista, lo cual no era así en modo alguno, porque el tradicionalismo evoliano carecía de influencia efectiva en el régimen y la obra, tal como dijéramos, había sido profundamente ignorada por los medios locales.

Pero esta nueva versión, que es la que nosotros hemos tomado para la traducción al castellano, más allá del detalle anecdótico planteado, tendrá a nuestro entender una gran ventaja sobre la italiana inicial. Aquí, al no ser más el tema del Concordato el que determina el escrito, se permite evitar una serie de puntos polémicos y urticantes, producto de un debate fogoso y exasperado, no siempre ajustado a un clima de imparcialidad objetiva. Resulta indudable a nuestro entender que Imperialismo en la primera edición no hace una justicia adecuada respecto de todas las tendencias que habitaron en el cristianismo a lo largo de su historia milenaria. No está marcada la diferencia existente desde sus mismos orígenes entre el influjo judaico y el helénico o clásico, el que aparecerá incluso en los mismos evangelistas. Esta distinción en cambio sí aparece en la nueva versión alemana, a través de la dicotomía que se establece entre catolicismo y cristianismo, la cual luego en su obra más madura, Rebelión contra el mundo moderno 3, se instalará de manera más neta y marcada. De acuerdo a esta dicotomía que es, según lo reconoce nuestro autor, la misma que asumiera años antes el autor tradicionalista francés Charles Maurras, el cristianismo representa el lado negativo al haber sido una rebelión de esclavos, convirtiéndose en factor permanente de subversión y caos respecto de los valores tradicionales clásicos que se manifestaran a través de la paganidad. Ese primer cristianismo apocalíptico consideraba la inminencia del fin de los tiempos y el juicio final y concebía toda la realidad de este mundo como perversión y por lo tanto a la Roma pagana, en tanto personificación del Imperio tradicional, es decir la obra humana más elevada, como a la gran ramera de Babilonia. Dicho cristianismo tenía en común con el judaísmo la actitud mesiánica de sentirse el elegido en tanto depositario de tal profecía en exclusividad. Pero con el tiempo, al comprobarse el no cumplimiento de la misma, se fueron desarrollando con vigor dos tendencias antitéticas en su seno. Por un lado la de aquellos que continuaron depreciando a este mundo y fomentando en él todos los procesos subversivos en una inveterada lucha en contra del Estado y éste fue el judeo-cristianismo o simple cristianismo, del cual la imagen más plena ayer la tuviéramos con el Protestantismo y hoy en día con el Concilio Vaticano II; y por otro aquellos que, por el contrario, trataron de reinsertarse en el mundo buscando una síntesis o sincretismo con el saber pagano, y ello será propiamente el catolicismo. Dicha postura se manifestará en dos niveles. Por un lado con la asunción de doctrinas de filósofos paganos tales como Platón, Aristóteles o Plotino, como parte del patrimonio cultural de la Iglesia y por otro cuando el catolicismo acepta la figura del Emperador y la institución imperial incluso en una relación de subordinación y ello acontece en la fase del Sacro Imperio Romano Germánico el que, de acuerdo a Evola, representa el último intento no consumado en Occidente por constituir un orden universal basado en la Tradición. Sin embargo la Iglesia a lo largo de su historia nunca logró liberarse totalmente del espíritu judaico que se anidó en su seno. Y ello se manifestaría en la misma Edad Media en el conflicto por las investiduras, en la lucha entre güelfos y gibelinos. El güelfismo, en tanto continuidad histórica del judeo-cristianismo, fue la tendencia hacia la depreciación del Estado, al que le desconoció funciones espirituales, exigiéndole su subordinación al clero, de acuerdo al esquema judaico de dependencia del hombre respecto del Creador, del cual en la tierra el sacerdocio pretendía ser su representación.

Ahora bien, una vez que se ha formulado en tal modo el problema y se considera que el desvío de la Iglesia respecto del catolicismo se habría producido inicialmente no con el Concilio Vaticano II, tal como sostienen en la actualidad los grupos integristas, sino a través del güelfismo ¿cuál es la postura que debe sostenerse con respecto a ésta en relación a los principios tradicionales e iniciáticos? Vemos también aquí un cambio sustancial en relación a la primera edición de la obra. Mientras que allí se hablaba de una simple tolerancia del cristianismo como una religión más, acá encontramos una aceptación de la Iglesia como una institución necesaria para la sociedad, en tanto tiene que ser la encargada de agrupar a “los que creen”. Así pues su punto de vista es al respecto el siguiente. En primer lugar, en un mundo en el cual los valores del espíritu han sido expulsados por doquier, “el catolicismo es al menos algo”, algo preferible antes que el laicismo y el cientificismo de la era actual. En segundo lugar, de acuerdo a lo que decía el filósofo Averroes y la Tradición en general, en tanto los hombres no son iguales, existen por lo tanto maneras diferentes de relacionarse con la divinidad. Están primeramente la de los que saben y luego aquella de los que creen. Los primeros son aquellos que tienen una visión directa de lo divino, porque, a través de un proceso ascético de elevación y vencimiento de sí mismos, han llegado a ser casi como de su misma naturaleza, y a ellos pues les corresponde ser los guías del resto de la comunidad. Éste es el sentido último que daba Platón cuando decía que los sabios debían gobernar, no entendiendo por tales a los meros “intelectuales” de hoy en día, sino a seres superiores en cuanto han sido capaces de modificar su naturaleza meramente humana. Por debajo de ellos se encuentran aquellos que no pueden ver, pero que sin embargo son capaces de creer en lo que los que son más les indican y por lo tanto los siguen, en tanto fieles. La Iglesia sólo puede ser aceptada en la medida en que se convierta en aquella institución que agrupe a estos últimos y por lo tanto renuncie a su exclusivismo, a considerarse como la depositaria excluyente de la espiritualidad y reconozca pues su función exotérica y la superioridad del Emperador, como representante máximo de los que saben. De este modo cumpliría con una función necesaria y útil para el ordenamiento de una sociedad normal.

Ante ello el güelfismo representa justamente la actitud contraria. Desdeñando la capacidad del hombre de relacionarse con Dios de manera directa, se yergue a sí mismo, en tanto Iglesia, como el intermediario obligado y necesario que permite alcanzarlo y “salvarse”, condenando como luciférica y pecaminosa a la pretensión de querer conocer a Dios de frente en esta vida, y exigiendo en cambio que todos sean iguales en tanto que creyentes, es decir, como en la actual democracia, nivela por lo bajo, y por lo tanto exige que los que son realmente superiores se resignen a ser subordinados como cualquier otro respecto de quien sería el depositario de la fe, de la misma manera que en el actual sufragio universal todos valen por igual un voto.

Digamos además que otra diferencia entre las dos versiones es la perspectiva desde la cual se formulan los principios imperiales de la paganidad. Si en la italiana el punto a atacar era el del güelfismo que confundía Roma con el accionar histórico de la Iglesia, es decir, había aquí un conflicto entre dos formas de espiritualidad, solar una y lunar la otra, aquí, con el nacional socialismo, la problemática es muy diferente. El choque es contra las tendencias modernas que en el seno de dicho movimiento y con un carácter de notoria influencia, contrariamente al güelfismo, pecan en cambio por cientificistas, laicistas y, si bien se reivindican paganas lo hacen el sentido negativo de dicho término, es decir, el que la apologética cristiana le asignaba cuando hablaba de paganismo, por el que era reducido a un fenómeno meramente vitalista, y carente de cualquier espiritualidad. El carácter cientificista del nazismo se manifestará principalmente en su racismo biológico, por el cual reducirá lo humano a lo animal concibiendo la restauración de la raza aria germánica como el producto de una serie de cruzas, similares a las que se operarían en el mundo animal. Dicho cientificismo, además de su connotación positivista, tiene un trasfondo moderno también en su herencia romántica y nacionalista. De acuerdo al aserto de Fichte de que no existen verdades universales, sino que lo verdadero es lo relativo al propio pueblo, el que nos proporciona un patrón de medida y guía para conducirse ante los hechos, la doctrina del principal teórico del nacional socialismo, Alfred Rosenberg interpreta la historia en clave puramente germánica. Así pues fenómenos regresivos desde el punto de vista tradicional, tales como la Reforma Protestante, las rebeliones campesinas, etc., en tanto fueron hechos por dicho pueblo, se convierten en positivos y rescatables. Lutero es para tal autor el libertador respecto de Roma, es decir, valiendo para él más el hecho de ser alemán que el de haber retrotraído al cristianismo hasta su raíz última judaica y bíblica, repudiando el “paganismo” y sincretismo católico. De la misma manera es también rechazado el Imperio y la dinastía de los Hohenstaufen, concebida como una dinastía traidora que impulsara en suelo germánico los intereses del imperialismo romano. Dicho desvío se asocia a su vez con tendencias socialistas de tal movimiento (de allí el sospechoso segundo nombre que llevaba adosado). No fue casual que en el mismo ciertos sectores extremos sostuvieran que el nazismo debía unirse con el comunismo soviético en una lucha atávica conjunta en contra de Roma que representaba el Occidente contra el cual lucharan los pueblos bárbaros. Y no era de extrañar esta apelación. Fue el mismo Lenin, nos hace notar Evola, quien manifestara que el gran enemigo del comunismo era el espíritu greco-romano. Tenemos así que desde puntos de vista opuestos, de la misma manera que el güelfismo, se consideraba acá también al cristianismo como una continuidad histórica de Roma. Agreguemos por último que no resulta para nada casual hoy en día, aunque afortunadamente en escala menor y casi insignificante, hallarnos nuevamente con esa misma confluencia nacional comunista, la cual afortunadamente no prosperara durante el régimen de Hitler 4.

Como alternativa al nacionalismo moderno presente en tal movimiento Evola proponía, ya en 1933, la unión de las Dos Águilas, del Águila germánica y del Águila romana, rescatando en los dos casos la tradición imperial tal como aconteciera en la época de los Hohenstaufen, dinastía germánica, pero al mismo tiempo de carácter universal y romana. Para ello sostenía la irreversible necesidad de que ambas naciones y ambos movimientos fascistas,  en el poder o a punto de estarlo, renunciaran por igual a sus nacionalismos extremos y que asumieran la idea de nación en tanto que en ésta, en su historia,  se manifestara la idea de Imperio, esto es, en tanto que en ambas historias se hallasen puntos que permitiesen la adhesión política a un conjunto de ideales tradicionales y antimodernos. Para ello era indispensable remover una serie de prejuicios. En el caso italiano, había que superar la antigua idea, fundada en la lucha por la independencia, de que lo austro-germánico era lo enemigo, y que en cambio se estaba más cerca de los pueblos latinos, como Francia, por ejemplo. En verdad, si la problemática es vista desde el punto de vista de la Roma imperial, que es la verdadera y auténtica tradición que debe reconocer el movimiento fascista, fueron las naciones germánicas durante la primera guerra, con el Imperio Austro-Húngaro a la cabeza, las que estuvieron más cerca de dicho ideal, que Francia, Inglaterra y Estados Unidos democráticos y liberales. De la misma manera el nazismo debería liberarse del sentimiento antiromano, producto de una nacionalismo sectario y miope, y remitirse a los ejemplos imperiales hallables en su historia, aun en su remoto pasado de las tribus bárbaras, las que luego de un primer rechazo se asimilarían al ideal romano superior y otorgarían fuerza y vigor en la defensa del ideal imperial. Es  de resaltar aquí que tal idea fue en gran medida profética en tanto que con muchos años de distancia pronosticó la constitución del Eje durante la Segunda Gran Guerra. Pero sin embargo hay que reconocer también que en ningún modo fueron los principios tradicionales sustentados por Evola los que estuvieron en la base de tal entendimiento.

También puede agregarse un hecho significativo en relación con las simpatías que Evola pudo haber despertado entre el público alemán y en especial en el régimen vigente en ese entonces.  Si bien Imperialismo Pagano tuvo en su momento una muy buena acogida, no sucedió lo mismo con sus obras posteriores como la que editara sobre el tema de la raza, tales como La raza del espíritu 5. Allí es interesante resaltar el rechazo que la misma produjo esta vez entre los sectores oficiales (en la cual por otro lado se ampliaban ciertas posturas ya manifestadas en la anterior) en tanto que era crítica con respecto al racismo biológico resaltando en cambio la dimensión del espíritu como un ámbito superior al del mero cuerpo y lugar en donde se operaba el ejercicio de la libertad por encima de los determinismos biológicos. En varios informes separados se lo califica a Evola como católico encubierto y figura determinada en su doctrina por su origen romano 6. Tenemos así cómo desde perspectivas diferentes, el güelfismo por un lado y el nazismo biológico, en tanto exponente de un pensamiento antimetafísico, cientificista y moderno, por el otro, se rechaza el pensamiento de Evola.

Expliquemos finalmente un último punto. En su obra retrospectiva  El camino del Cinabrio 7, nuestro autor será singularmente crítico en relación al libro que aquí presentamos, empezando por el título que en su momento le eligiera. Atribuye su publicación a un exceso de fervor juvenil y a una carencia de medida producto de la edad. Incluso en distintas ocasiones se negará a que el mismo fuera reeditado en vida. Ello acontecerá tan sólo después de su muerte y en varios casos, sea a favor como en contra, servirá para resaltar el paganismo de Julius Evola, aunque obviándose a veces las especificaciones que el mismo merece y que de alguna manera hemos intentado efectuar aquí.

 En relación con el título del mismo él manifestará lo poco feliz que habría sido elegir el nombre de Imperialismo el cual es un término que con frecuencia se confunde con los modernos fenómenos producto de los nacionalismos exasperados, justamente como una consecuencia última de la modernidad. Y pagano a su vez sería otra palabra equívoca pues es el término despectivo y descalificatorio que el cristianismo en su apologética atribuyó a quienes, viviendo en el campo, en los pagos, continuaban venerando a los dioses de una antigua religión, ya vaciada de todo significado espiritual, y que por lo tanto fueron los últimos en convertirse por fuerza de inercia a la nueva que triunfaba por doquier. Él sugiere más bien como términos pertinentes los de “Tradicionalismo o tradicionalidad romana”.

Más allá de que aun estos dos términos, a nuestro entender, podrían también producir equívocos, quizás mucho más en nuestra época en donde la confusión semántica ha arribado a extremos patológicos, hoy en día probablemente, luego de la aparición de nuevos palabras sustitutos, tales como globalización, Mundo Uno, Nuevo Orden Mundial, etc., haya quedado más liberada la palabra imperialismo e imperio en tanto son menos usadas que antes en sentido equívoco. Y con respecto a la palabra “pagano”, si bien es cierto que puede conducir también a confusiones, en especial por el mote despectivo con que es utilizada, puede sin embargo servir para reivindicar la existencia de otro tipo de espiritualidad en la antigüedad que agrupe a todo aquello que no ha sido cristiano. Y en cuanto al estilo, a veces violento asumido por el autor, lo reputamos sin embargo eficaz para los tiempos actuales. Quizás las frases cortas, categóricas y tajantes manifestadas a lo largo de toda la obra permitan a algunos una más rápida cercanía con el mundo de la Tradición que la que puedan producir en cambio obras más especializada y de mayor vuelo intelectual. Reputamos no obstante todo que Imperialismo Pagano es una calificación impactante, casi provocativa en tiempos como los actuales en los que no cabe presentarse ya con atenuaciones, y que de la lectura atenta de esta obra se evitará cualquier equívoco al respecto. Aunque la palabra final la tendrá siempre el público lector.

                                                                      

 NOTAS

1  Tales monografías han sido publicadas al castellano por esta editorial en una colección de siete tomos bajo el título de “La Magia como ciencia del espíritu”.

 2 Es de destacar que Giuseppe Bottai fue uno de los integrantes del Gran Consejo Fascista que votara en Julio del 43 la destitución de Mussolini.

 3 Véase  J. Evola, Rebelión contra el mundo moderno, Ed. Heracles, Buenos Aires, 1994.

 4 Respecto de una crítica del nacional comunismo desde la perspectiva de un pensamiento afín al de Julius Evola puede verse nuestro trabajo titulado “El Quinto estado: una réplica a Alexander Dugin” en El Fortín, Nº 12, Buenos Aires, 1999.

 5 J. Evola, La raza del espíritu, Ed. Heracles, Buenos Aires, 1996.

 6 En el primer apéndice de La raza del espíritu se transcribe un informe crítico de dicha obra efectuado por el Dr. Gross de la oficina política de las SS, totalmente crítica de la postura de Evola y acusándolo de criptocatólico. En la actualidad dicha objeción “racista” sobre Evola, el que por su origen romano estaría determinado en sus apreciaciones, es sostenida por el autor chileno Miguel Serrano.

 7 J. Evola, El camino del cinabrio, Ed. Heracles, Buenos Aires, 1998.

 

 

Evola y el Tao-Te-King de Lao-Tsé.

Evola y el Tao-Te-King de Lao-Tsé.

Biblioteca Evoliana.-  Lamentablemente, en el número de "Totalité", dedicado íntegramente a Evola y a su relación con las distintas tradiciones de Oriente y Occidente, no se daba cabida al taoismo chino. Sin embargo, Evola, en varias de sus obras, alude a Lao-Tsé y a sus doctrinas, si bien de manera tangencial y evidentemente influido por la obra de Guénon, "La Gran Triada". Este hueco lo ha suplido Francisco García Barán con este artículo que nos ha sido remitido y que, creemos, fue publicado inicialmente en la web del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires.

 

 

Evola y el Tao-tê-king de Lao-tsé

por Francisco García Bazán

 

Comenzaré para referirme a la presentación del libro de Julius Evola, El Tao-tê-king de Lao-tsé editado recientemente por Ediciones Heracles de Buenos Aires, por hacer una breve alusión a la bibliografía cercana sobre el tema, con la tentativa de emplazar el volumen del pensador y estudioso italiano en el marco natural que le corresponde en relación con la producción bibliográfica del pasado y del presente de la obra, en la que ocupa un lugar de relieve y que le es propio.

Cuando en 1929 Marcel Granet publicaba en La Renaissance du Livre su trabajo llegado a ser de cita obligada La civilisation chinoise, los estudios y trabajos diversos de nivel académico sobre China y su cultura, apenas alcanzaban las 3 páginas y media de bibliogarfía, La lista de sus autores incluía los nombres de los precursores de este tipo de investigaciones que habían entrado en contacto directo con materiales del taoísmo: desde el jesuita, P. León Wieger –Los padres del sistema taoísta- y J.J. M. de Groot, hasta las incursiones laterales de los sabios Éd. Chavannes y P. Pelliot. Posteriormente cuando el libro vino a conformar el tomo XXV° de la Biblioteca de Síntesis Histórica «La Evolución de la Humanidad» en la Editorial Albin Michel –traducido al español-, esa misma bibliografía fue ampliada y actualizada, primero, hasta 1947 por el discípulo de Henri Maspéro, Paul Demiéville. Más tarde, Jeanne-Marie Boch-Puyraimond se encargó, además, de completar este apoyo bibliográfico con otro complementario que abarca 6 páginas y media en el que ya están presentes todos los grandes títulos que han permitido en lo que se refiere a las tres grandes religiones de la China con vigencia -taoísmo, budismo y confucianismo-, el avance de las traducciones, investigaciones, conocimientos e interpretaciones del Tao-tê-king y su medio metafísico-religioso, desde los estudios pioneros de Henri Maspéro –bien representados en lengua castellana por el volumen El taoísmo y las religiones chinas, traducido por Editorial Trotta de Madrid en el año 2000-, hasta las traducciones críticas apegadas al manuscrito original del sinólogo holandés L. Duyvendak (Leiden 1954) y del filósofo chino Liou Kia-hway (París 1967 –posteriormente en 1980 ha republicado el texto la misma editorial Gallimard en una colaboración con B. Grynpas-, así como la síntesis de Max Kaltenmarx, Lao-Tseu et le taoïsme (París 1965). Se debe agregar a lo expresado que en nuestros días a estos trabajos han venido a sumarse complementaria y analíticamente los estudios que unen el trasfondo metafísico del Tao-tê-king (el libro -king- del Principio –Tao- y de su acción –-, como lo define Evola) a su presencia concreta en el I-king (el libro de las mutaciones –i-) con una riquísima bibliografía asimismo en la que sobresalen los aportes del norteamericano Th. Cleary y entre nosotros el sugestivo libro de Olivia Cattedra, Oráculo y sabiduría. Guía para el estudio del I-Ching, Buenos Aires, 2003, investigadora del Oriente quien nos honra con su asistencia esta tarde.

Debe asimismo ponerse de relieve dentro del círculo de ideas e informaciones en que nos estamos moviendo que Jean-Christophe Demariaux publicó en 1990 en Éditions du Cerf una síntesis brillante: Le Tao en cuya bibliografía selecta se incluyen los datos del libro de Evola según su versión francesa de 1989, así como La gran tríada de René Guénon, y que la reconocida investigadora del Consiglio de la Ricerca Italiano Mónica Esposito no duda en comenzar del siguiente modo el artículo “Tao” en el Dictionnaire Critique de l’Ésoterisme dirigido por Jean Servier para Presses Universitaires de France, 1998: «La palabra ”Tao” no es una invención de la sola escuela taoísta, como podría creerse, o de Laozí, el presunto autor del célebre Dao-de-jing, sino que es un término que pertenece a las diversas escuelas chinas de pensamiento, símbolo de una “vía” ideal perseguida por los hombres. Sin embargo, a partir de Laozí es cuando retoma una acepción altamente esotérica. Entonces para comprender el Tao, es necesario volver a Laozí y a su libro, base del pensamiento taoísta, emprendiendo el camino por una vía distinta de la simple búsqueda intelectual» (ibídem, p. 1262).

Nos interesa retomar este punto de vista anudado al estado de la investigación de mayor calidad o más confiable de la actualidad, pues éste es el sendero que luminosamente abre y fortalece el Tao-tê-king de Lao-tsé editado por Julius Evola y que para alcanzar este fin ha debido corregir a fondo en su publicación actual de 1959 la que había realizado en 1923 en la que sobre la base de las versiones de Wieger y de De Groot, en particular, retoma con libertad ideas de R. Guénon desarrolladas en La gran tríada –o sea, básicamente, el ternario extremo oriental Cielo-Tierra-Hombre, para reafirmar el sentido metafísico-tradicional que envuelve la figura de Lao-tsé y el libro emblemático que se le atribuye. Como una lejana sombra se delinea la influencia inspiradora de Albert Puyou, Conde de Pouvourville, el que había recibido la iniciación taoísta en Indochina bajo el nombre de Matgioi (“Ojo del día”) y cuyos dos libros, La voie métaphysique y La voie rationnelle son apreciados explícitamente tanto por Guénon como por Evola.  

 Teniendo en cuenta las observaciones que hemos anticipado, si bien el lector riguroso debe leer las 81 estrofas de esta versión castellana del Tao-tê-king en cotejo con otras traducciones directas en lenguas occidentales, la interpretación que desde el ángulo de visión tradicional ofrece Evola en la Introducción y las notas explicativas, son insoslayables para poder aproximarse al libro en su esencia.

 De este modo se deben poner de relieve los diversos puntos que ateniéndose a la enseñanza de la sabiduría tradicional Evola distingue y explica con precisión para evitar los múltiples equívocos que este escrito oriental puede suscitar entre sus innumerables lectores:

1° Lao-tsé –“Infante anciano”, es decir, el Hombre realizado-, como Confucio –ambos han vivido, uno, entre el 570 y 490 a. de n. e., y entre el 552 y el 479 a. de n. e., el segundo- son una reformulación y adaptación personal de la tradición primordial extremo oriental sobre dos planos diferentes: el metafísico y el político-moral, respectivamente. Lao-tsé inserta al hombre en el ámbito de lo incondicionado, Confucio en el plano de lo social como el modelo “noble” que humanamente atrae. Es éste últimamente aludido el ideal prototípico del kaloskagathós ateniense. Por eso asimismo en Lao-tsé adquiere primacía la forma de lenguaje de la paradoja y en Confucio, el lenguaje discursivo. Esto lo confirma el mismo Confucio cuando sostiene que Lao-tsé es inaferrable, como «el dragón que se evade en el éter por encima de las nubes».

2° Existe una asociación íntima entre el Tao-tê-king y el I-King, al punto de poderse haber llegado a hablar de un “Lao-i”, un “libro de Lao-Tsé del Principio y de su acción en las mutaciones”.

3° Pero dicho lo anterior debe entenderse que desde esta perspectiva la síntesis doctrinal taoísta encerrada en el Tao-tê-king incluye tres niveles de significación profundamente entrelazados: metafísico, antropológico y ético-político.

4° Lo metafísico y sus dos términos fundamentales: Tao y . El Tao es absolutamente trascendente, pero, a su vez, lo inmanente y mudable es inseparable del Tao. Luego con conceptualización helena que nos puede ser más familiar, el Uno y lo múltiple constituyen una unidad. En tal sentido el Tao es el gran Principio, fuente y origen de todo que permanece sin merma. Todo deriva de él, torna hacia él y en él se sostiene. Por eso desde la perspectiva interior o del repliegue, no actúa, es naturaleza incondicionada, inmanifiesto, carece de forma y no tiene nombre. En cambio, enfocado desde la dimensión inmanente es la actividad perfecta y el camino autónomo que se refleja en el equilibrado proceso del yang y del yin. Dualidad de componentes de la manifestación, activo y conformante uno y pasivo e indeterminado el otro. El símbolo del Cielo (Tien) se adapta convenientemente al gran Principio trascendente y sus intrínsecas propiedades, mientras que los símbolos de la Tierra (Kien)y el Hombre (Jên) se ofrecen como los otros dos símbolos de la tríada. Y el del Rey (Wang) como el perfecto intermediario.

5° En este entramado descripto précosmico y simultáneamente cosmológico el Hombre cumple su actividad especialmente humana como microcosmos, cuya composición encierra la mismidad una trascendente y la corporalidad cambiante diversificada. Por consiguiente por su estructura y naturaleza refleja macro-microcósmica causa final del hombre es llegar a experimentar la realidad del gran Principio, el realizarse como Hombre trascendente u Hombre universal (chen-jên) que coincide con la simultaneidad del uno-todo en el uno y todo interior y en la medida en que como ser humano lo logre es Hombre realizado que tuvo acceso a tal estado mediante el cumplimiento de la etapa del Hombre verdadero (sheng-jên). El estado primero de Hombre verdadero representa el plano de los pequeños misterios, la posición de la inmutabilidad del eje en el seno del movimiento, mientras que al estado superior del Hombre Universal se llega por la realización de los grandes misterios, el punto que supera al eje.

6° Las proyecciones sociales, éticas y políticas que se desprenden de la anterior antropología de fundamento metafísico y cosmológico según son transmitidas por la tradición extremo-oriental deben ser tenidas en cuenta y asimismo dignas de observar sus contrastantes diferencias con los mensajes sociales, éticos y políticos que difunden los usos y costumbres del Occidente moderno y actual carentes de toda fundamentación y jerarquía espiritual. En primer lugar los grupos humanos entendidos colectivamente y con sus variaciones históricas no son ajenos a las transformaciones orgánicas de la actividad completa espaciotemporal, por lo tanto han de operar dentro de los arreglos del que el orden cósmico es el modelo, reflejo de un arquetipo oculto. Para que esto se pueda realizar las comunidades humanas han de atenerse a las pautas que provienen del orden interior que emana de la participación del hombre exterior y sus comportamientos de la conducta buena orientada por los dictados de la conciencia del hombre realizado, el verdadero intermediario entre el cielo y la tierra. Por lo tanto estando en el mundo el hombre debe obrar, pero siguiendo el designio del Todo, debe obrar como si no actuara (wei-wu-wei), nunca teniendo en cuenta su designio o interés particular, sino su función y actividad en relación con la totalidad. Su conducta buena queda definida por la característica axial, antes que por el hecho de su ejemplaridad personal. Si el comportamiento individual en la comunidad merece ser conocido y en este sentido irradia nobleza, ello es una consecuencia secundaria que deriva más de la entrega desinteresada al gran Principio y a las leyes de su acción, que a la actividad personal que es su movimiento efímero. Es el motor inmóvil el móvil de la moral y no los méritos del sujeto moral. Para ser más explícitos. Por semejanza y a diferencia de Kant. Es buena la voluntad libre, pero no porque personal y espontáneamente actúe por deber, sino porque personalmente se adapta a la espontaneidad de las leyes del gran Principio cuyo desenvolvimiento nada condiciona. En última instancia y dicho evangélicamente: no es la voluntad la que merece el calificativo de buena, sino que “sólo Dios Padre debe ser llamado bueno”. Nada, por consiguiente, de un formalismo inspirado por la conciencia trascendental, que oculta las apetencias individuales, sino adaptación completa entre lo cóncavo y lo convexo de la realidad.

7° Y en este plano que toca a la conducta humana en interferencia de los sujetos, la política avanza un paso más y marca su costado colectivo. Es al mismo tiempo técnica de lo actual y de lo posible porque nace del Principio y se desarrolla dentro de las vicisitudes de las sociedades, los estados y países. Pero en la medida en que la potencia verdadera, la autoridad espiritual, carente de movimiento y sin necesidad de él, porque todo lo capta, dirige a la capacidad temporal de mando o poder -su facultad ejecutiva, jurídica y administrativa- alcanza su propio fin nuevamente, el de actuar sin tener en cuenta los resultados de la acción.

Desde este punto de vista si el hombre es el necesario intermediario entre Cielo y Tierra, el rey, como Hombre realizado al frente de la comunidad, la rige como una causa agente que encerrando en sí mismo la causa formal y final, conduce al colectivo de acuerdo con el desarrollo manifiesto del mismo Tao permitiendo la realización comunitaria y su situación de satisfacción plena o de felicidad constante.

 Se ha comentado con anterioridad la influencia que la Gran tríada de R. Guénon ha ejercido sobre la nueva edición de esta obra de J. Evola, un hecho admitido por el mismo autor, pero se ha de afirmar del mismo modo que la flexibilidad conceptual de éste permite que el lector pueda acceder con más facilidad al núcleo de la tradición en su vertiente extremo-oriental.

En consecuencia tres aspectos positivos al menos se quieren señalar en esta ocasión en relación con la presente traducción española del Tao-tê-King de Lao-tsé de J. Evola llevada a cabo por Marcos Ghio y por el esfuerzo constante del Centro de Estudios Evolianos.

 En primer lugar, como se nos enuncia también por sus editores, que la traducción de esta obra constituye un nuevo jalón en el friso de un justo empeño por ofrecer en la lengua española el conjunto total de la producción evoliana, que tanto enseña cultural y filosóficamente.

 Igualmente debe anotarse que el conjunto de la producción sobre el pensamiento taoísta se ve enriquecido con la versión castellana de una obra cuya interpretación tradicional coloca al libro de Lao-tsé en su medio de transmisión normal.

 Finalmente, debe ponerse de relieve con satisfacción, que el empeño intelectual notable que en el Siglo Veinte han llevado a cabo un grupo selecto de estudiosos por recuperar la enseñanza de la tradición única y universal en su aspecto hermético tradicional, que conserva y ostenta rasgos diversos del indoiránico y helenístico, aporta con la lucidez de este libro notas que las investigaciones que se ajustan a los criterios de una ciencia de la sabiduría tradicional le deben infinitamente agradecer.

Nada más por el momento.  

 

 

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Introducción a Julius Evola. Philipe Baillet.

Biblioteca Evoliana.- En 1985 tradujimos este texto que había sido publicado inicialmente, casi diez años antes, por el Centro de Estudios Evolianos de Nantes,, dirigido por Leon Colas, con el nombre de "Evola o la Afirmación Absoluta". El texto fue publicado artesanalmente en España por Ediciones Alternativa. El contenido tiene la virtud de resumir, no solamente los episodios biográficos más importantes en la vida de Evola, sino también un resumen bastante completo y preciso (dada la extensi´no del texto) de su obra.

 

 

INTRODUCCION A JULIUS EVOLA

Philipe Baillet

NOTA DEL TRADUCTOR

En 1978 ó 79 recibimos del Centro de Estudios Evolianos de Nantes (si no recordamos mal, lo dirigía León Colas), este texto fotocopiado. Era un pequeño folleto escrito por Philipe Baillet al que conocí personalmente dos años después durante mi exilio parisino. Hasta 1985 no tuve ocasión de traducir este pequeño texto y publicarlo en la pequeña editorial artesanal “Ediciones Alternativa” de la que fue un “éxito” de ventas (algo más de 400 ejemplares…). En estos momentos en los que se preparan unas jornadas evolianas en Madrid de las que daremos más información en breve, consideramos fundamental el colocar en línea esta obra que podemos calificar como “Introducción general a la vida, a la obra y a las ideas esenciales de Julius Evola”.

Vale la pena conocer a Evola. No se trata de un autor fácil. Las traducciones que se han hecho de él no han sido todo lo precisas que hubiera sido de desear. Salvo “El Misterio del Grial”, “La tradición hermética” y “Metafísica del Sexo”, el resto de sus obras se han difundido muy escasamente. Hoy Evola está esperando todavía que alguien tenga el tiempo suficiente para escasear todo este material precioso y ofrecerlo en Internet, tal como se ha hecho con la obra de Guenon.

El texto original se había perdido y ha sido gracias al encuentro fortuito en un desván de un ejemplar que se ha podido realizar el OCR del original. Los scaneos y tratamiento OCR son imprecisos y suelen adornarse con todo tipo de faltas y errores. Rogamos a nuestros lectores sepan disculparlos y si alguien tiene tiempo y ganas para realizar la corrección de estilo y la corrección ortográfica, se lo agradeceremos.

Ernesto Milá

© Por la obra, Philipe Baillet – Centro de Estudios Evolianos de Nantes.

© Por la traducción del texto: Ernesto Milà – infoKrisis –administración@krisis.info – 15.09.04


"El progreso filosófico o incluso la simple sabiduría, consisten siempre en la capacidad de distinguir entre marcos de referencia, entre niveles de verdad, y situar al mismo tiempo la propia vida en re1ación a estos distintos niveles de universalidad creciente"

Allan Watts.

"Nos preocuparemos poco en discutir y demostrar. Las verdades que pueden hacer comprender el mundo tradicional no son de las que se "aprenden” o "discuten". Son o no son. Solo se las puede recordar y esto se produce cuando uno se libera de los obstáculos y prejuicios que representan las diversas construcciones humanas (y en primer lugar los resultados y los métodos de los "investigadores" autorizados) y cuando se ha suscitado la capacidad de ver desde este punto de vista no humano que es el punto de vista tradicional"

Revuelta contra el mundo mo­derno. Julius Evola.

I

LA BUSQUEDA DEL ORDEN EN LA VIDA DE EVOLA

Julius Evola nació en Roma en el seno de una vieja familia patricia y cristiana el 19 de mayo de 1.898 y no en 1.892 como se ha escrito en dos de sus obras publicadas en Francia.

Desde la adolescencia se manifestaron en él dos disposiciones fundamentales, dos predisposiciones, deberíamos decir, pues Evola parece atribuirles un origen prenatal. La primera es un impulso hacia la trascendencia, y un cierto distanciamiento respecto a lo humano, cuya contrapartida negativa durante su juventud, fue una relativa insensibilidad y frialdad del alma, no exenta de desviaciones seudo-místicas. La segunda predisposición es la de khsatriya, de guerrero, la cual coloca a Evola en disposición de formular una afirmación desequilibrada del Yo y a exponer de manera especulativa una doctrina de potencia y autarquía. Pero fue también la base existencial que le hizo sentir como absolutamente evidentes, a pesar de su anacronismo, los valores y la realidad de otro mundo, el mundo de una civilización jerárquica, aristocrática y feudal. Por fin, le dio también el gusto por las posiciones netas, sin compromiso y es­ta especie de intrepidez intelectual coherente y lógica que se encuentra siempre en todas sus obras y en lo que concierne a las influencias de orden intelectual, Evola, hacia la edad de 15/1ó años, lee a Wilde, D'Annunzio y a dos autores desconocidos que aun hoy siguen siéndolo; dos autores judíos, es preciso establecerlo para aclarar por anticipado el "antisemitismo" de Evola. Estos dos autores, que se suicidaron antes de cumplir los treinta años, son Michelstaedler y Otto Weininger. El segundo escribió un libro muy interesante sobre la sexualidad al que Evola se referirá más tarde e; su "Metafísica del Sexo", Evola lee también a Stirner y a Nietzsche. La lectura de este último refuerza su disposición de khsatriya y su revuelta contra el mundo burgués y su pequeña moralina.

Justo antes de la primera guerra mundial y durante el principio de la misma, Evola se pone en contacto con Giovanni Papini, director de varias revistas bastante próximas al futurismo y, como él, bastante exhibicionistas y sin raíces profundas. Evola no será deudor de Papini salvo por el hecho de haberle dado a conocer las corrientes extranjeras del arte de vanguardia, así como a ciertos místicos, entre ellos Meister Eckhart. Aun rechazando completamente el chauvinismo propio a la corriente futurista, Evola participa en la primera guerra mundial como oficial de artillería, pero sobre el plano interior la experiencia bélica no le reportó nada nuevo no habiéndose encontrado nunca en el curso de las hostilidades en momentos de grave peligro. De regreso a Roma los años que siguieron fueron para él los de una grave crisis, Evola realiza entonces varias experiencias con drogas poco conocidas, experiencias que serán, por otra parte, las únicas de su vida. Las cosas empeoraron de tal forma que contempló incluso la posibilidad de suicidarse. Tenía entonces 23 años. Evitó finalmente el suicidio gracias a la lectura de un fragmento del Majhima Nikaya, una de las antologías del canon budista palí que provocó en él una especie de ruptura. El fragmento en cuestión decía: "Consideró el Nirvana como Nirvana y habiendo considerado el Nirvana como Nirvana pensó: "Nirvana", se identificó con el Nirvana, pensó como el Nirvana. Se dijo: "El Nirvana es mío" y se regocijó con el Nirvana ¿y esto por qué? a causa de su ignorancia te digo". Es tras esta lectura que Evola dice haber adquirido una firmeza capaz de resistir todas las crisis.

De este período datan igualmente la adhesión de Evola al dadaísmo, del que fue uno de sus principales representantes en Italia, así como sus producciones en el terreno artístico, bajo la forma de poemas y pinturas.

Evola estuvo atraído por el dadaísmo ya que no se trata ba solamente de una tendencia entre otras del arte de vanguardia, sino más bien, según él, de una "visión general” de la vida en la cual el impulso hacia una liberación absoluta de todas las categorías lógicas, éticas y estéticas se manifiestan, bajo formas paradójicas y desconcertantes". Algunas palabras de Tristán Tzara, a quien cono­ció personalmente, encuentran en él cierto eco, como por ejemplo: "Buscamos la fuerza recta, pura, única, no busca mas nada más". Pero la atracción hacia el dadaísmo estaba indisolublemente ligada a la crisis que Evola atravesaba entonces. Pasada la crisis, murió en él algo de todo esto.

Al período artístico continuó el periodo especulativo y filosófico con dos libros sobre el "Individuo absoluto" período que va desde 1.921 a 1.927. Pero la atención de Evola se había fijado ya en las doctrinas sapienciales, sobre todo en las orientales. Publica una presentación del Tao-Te-King, de Lao-Tsé, entra en contacto con Jhon Woodroofe, traductor de los Tantras hindúes y escribe "El hombre como potencia" del que "El yoga tántrico", publicado veinte años después, no será más que una profundización. Evola conoce también a Arturo Reghini, futuro cola­borador de "El Velo de Isis" que le facilita ideas interesantes sobre la tradición romana y le pone en contacto ~ con René Guenon. En 1.928, aparece "Imperialismo Pagano", obra violentamente anticristiana, donde se encuentran expuestas las concepciones sobre el Imperium. El libro, que alimentaba la esperanza, bastante quimérica, según reconoce el mismo Evola, de actuar sobre las corrientes político-culturales de su tiempo, no tuvo prácticamente resonancia la edición alemana de 1.933 fue, por contrario, mucho mejor acogida y muchos alemanes vieron en Evola, aunque de forma equivocada, al representante más conspicuo de una potente corriente cultural "gibelina" en el fascismo.

En 1.927 se constituye bajo la dirección de Evola el "Grupo de Ur". El nombre del grupo se había elegido como referencia al término griego PYR, fuego, y también en el sentido primordial y original, del prefijo UR, en la lengua alemana. Durante tres años, el grupo publicará monografías abundantes sobre diferentes doctrinas tradicionales extractos comentados como los de Kremmerz, Meyrink, Crooley y traducciones de textos tradicionales entre los que pueden citarse el "Ritual Mithriaco del Gran Papiro Mágico de París", el texto hermético de la Turba Philosopharum los Versos Áureos de Pitágoras, extractos de un Tantra del Milindapala budista, algunos cantos del asceta tibetano Milarepa, etc. Todo será recopilado más tarde en los cuatro grandes tomos que fueron publicados bajo el título de "Introducción a la magia en tanto que ciencia del Yo" y forma verdaderamente un conjunto de este género, tanto por la importancia de la materia reunida, como por la calidad de los diferentes estudios.

Hacia el fin de su segundo ano de existencia, el grupo: conoce una escisión de la que no se recuperará, escisión provocada a instigación de ciertos elementos que pretenden mantener en vida a la francmasonería, por entonces prohibida por el régimen fascista. En cuanto a la cuestión discutida de saber si el "Grupo de UR" revistió un carácter: operativo, Evola responde que si. Las instrucciones correspondientes a este carácter operativo fueron expuestas en dos monografías hoy disponibles.

Tras el cese de las publicaciones del grupo, la materia esencial había sido ya tratada, Evola crea en 1.930, con algunos amigos, entre los cuales se encuentra Guido de Giorgio, muy apreciado por Guenon y que colabora también: con él en "El velo de Isis", una revista mensual, "La To­rre". Se trata de una nueva intentona, tras la defectuosa de "Imperialismo pagano", de influir positivamente en el ambiente político cultural. En el editorial del primer nú­mero de su revista, Evola afirmará que ha sido creada para defender los principios que se encuentran más allá del plano político, pero que, aplicados sobre este plano pueden dar lugar a un orden de diferenciaciones cualitativas, es decir, de jerarquía, también, de autoridad y de Imperium, en el sentido más amplio del término y añade también: "En la medida en que el fascismo sigue y defiende tales principios y en esta medida solamente nosotros podemos considerarnos como fascistas". Volviendo sobre esta cuestión en el número 5, Evola precisa su posición: "No somos ni fascistas ni antifascistas. El antifascismo no es nada... el fascismo es muy poco quisiéramos un fascismo más radical, más intrépido, un fascismo realmente absoluto, hecho de fuerza pura, inaccesible a todo compromiso”. Con la experiencia de "La Torre" desearíamos probar que existe en la Italia fascista la posibilidad de expresar un pensamiento rigurosamente imperial y tradicional libre de cualquier servilismo, adherido a la pura voluntad de defender una idea".

Al expresar tan libremente sus posiciones, la revista no tarda en tener problemas con el poder político. Excepcionalmente -pues no era adecuado prohibir una revista abiertamente pro-fascista por lo menos en su conjunto- el número 3 había sido suspendido por haber condenado la campaña demográfica entonces orquestada por el régimen. Pero Evola debe enfrentarse muy pronto a la hostilidad declarada de los jerarcas del partido único, él que ha rechazado siempre adherirse a los escuadristas, veteranos combatientes de las calles contra los militantes de izquierdas, por ironías de la suerte es este el único período de su vida en que deberá circular por Roma acompañado por un cuerpo de guardia. Siguiendo las órdenes de las altas instancias del partido, todas las empresas de artes gráficas de Roma rechazan imprimir la revista de Evola que cesará de aparecer el 15 de junio de 1.930 tras haber publicado 10 números.

La interrupción de la revista envalentona a Evola a volver sobre sus trabajos personales y es en este momento que comienza a escribir "Revuelta contra el mundo moderno". De este período data también "La Tradición Hermética" pub1icado en 1.931 y "Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo" que aparecerá en 1.932. Curiosamente la segunda intentona abortada de "La Torre" va a reencarnarse en uno de los bastiones de la ortodoxia fascista. Evola se pone en relación con Roberto Farinacci, hombre que goza de cierto prestigio en el séquito de Mussolini y en quien Evola encuentra una especie de "santo protector". Farinacci dirige un diario, "El Régimen Fascista" y acepta que Evola dis­ponga en su diario de una página especial reservada a la defensa ya afirmación de los valores tradicionales. La colaboración durará de 1.932 hasta el inicio de la guerra y en "El Régimen fascista", Evola y sus amigos, así como repre­sentantes de la derecha europea tendrán una tribuna asegurada. Entre otros colaborarán Gonzague de Reynol, el Príncipe Karl Anton Rohan, el economista austriaco Otmar Span, poetas judíos alemanes como Wolfskehl, del grupo de Stefan George, pero también -y esto merece ser subrayado- artículos traducidos de René Guenon y estractos de sus libros, primero bajo el seudónimo de "Ignitus" y luego bajo su propio nombre.

En 1.934 se publica "Revuelta contra el mundo moderno". La edición germana aparecerá un alto des pues y recibirá una elogiosa acogida entre los medios alemanes tradicionalistas: especialmente en la tendencia denominada "revolución conservadora" y en algunos circulas de la aristocracia. Un período de actividades intensas comienza entonces para Evo la: viaja a Alemania y a diversas partes de la Europa Central, da conferencias, multiplica sus entrevistas interesantes, entre ellas con Corneliu Codreanu, jefe del movi­miento rumano fascista de la "Guardia de Hierro" y con Mircea Eliade, entonces miembro de este movimiento y que se había interesado ya en el "Grupo de UR". Es igualmente el período durante el cual Evola elabora su doctrina de la raza, apoyándose en la división tradicional del hombre: soma, psique y nous. En 1.937, aparece "El mito de la sangre", una historia del racismo desde sus formas antiguas hasta las teorías modernas de la antropología y de la genética, pasando por el estudio de precursores como Gobineau, Vacher de Lapouge, Chamberlain, etc. El primer libro sobre la cuestión es seguido en 1.941 de "Síntesis de la doctrina de la raza" que expone de forma sistemática la concepción clásica de la "raza interior" o "raza del espíritu" en oposición al racismo moderno exclusivamente biológico de origen materialista. La Raza se define así como una energía formadora, como un modo de ser válido en sí y para sí y se dice que el deber de un verdadero estado seria precisamente ejercer una acción formadora y diferenciadoras sobre el sustrato étnico del que recibe su empuje, en vistas a hacer surgir una élite auténtica, encarnada en un tipo humano superior, no solo en el plano de la raza física exterior, sino sobre todo en el plano interior, a la manera de las antiguas aristocracias del mundo de la tradición.

Estos años de actividades exteriores no impiden a Evola continuar sus trabajos sobre las doctrinas tradicionales: en 1.938 publica "El misterio del Grial" luego, con algo de retraso a causa de la guerra, aparece "La Doctrina del despertar", considerada por muchos como la mejor exposición doctrinal del canon budista pali. Los dos últimos años de guerra, Evola los pasa en condiciones muy particulares. En el momento en que Italia se pasa a los aliados de la mano del Mariscal Badoglio, el 2 de septiembre de 1.943, se encuentra en Rastemburgo, en Prusia, en el Cuartel General de Hitler, en compañía de algunos antiguos jefes fascistas que habían abandonado Italia y es uno de los primeros que saludan a Mussolini una vez liberado del Gran Sasso por los comandos SS del Comandante Skorzeny. En 1.944, Evola vuelve a Roma, pero la ocupación aliada le obliga a abandonar la ciudad. De regreso a Austria, en Viena insiste en su proyecto de escribir una "Historia Secreta de las Sociedades Secretas", trabajando sobre los numerosos materiales puestos a su disposición por las autoridades alemanas. Uno de los objetivos de esta obra que jamás podrá ser terminada a causa de las circunstancias era el demostrar, con documentos en la mano, la acción subversiva y antitradicional operada por la inmensa mayoría de la franc-masoneria, antes y después de 1.789.

Y es en la capital austriaca, justo antes de la entrada de las tropas soviéticas en la ciudad, en abril de 1.945, cuando sobreviene el accidente. En el curso de un bombardeo Evola recibe un fragmento de metralla que le ocasiona una lesión en la médula espinal que tendrá como consecuencia una parálisis de los miembros inferiores. Es preciso aña­dir a este respecto que Evola había tomado el hábito de circular normalmente bajo los bombardeos sin colocarse jamás al abrigo.

Tras haber pasado dos años en una clínica austriaca Evola vuelve a Roma en 1.948, aquí encuentra las ruinas, rui­nas aun más espirituales que materiales. Sin embargo, los grupos de jóvenes formados en los duros combates de los últimos meses del fascismo, mantienen valientemente la antorcha, su obra es conocida entre ellos y para ellos escribe en 1.949 un pequeño opúsculo titulado "Orientaciones" en donde indica las posiciones a mantener, política y espiritualmente. En 1.953, aparece "Los hombres y las ruinas", que puede ser considerada como la obra maestra del pensamiento político europeo de la verdadera derecha. La obra contiene definiciones esenciales sobre la doctrina del Estado, el Imperio, la Autoridad, la primacía de la política sobre la economía, del Estado sobre el Demos, el espíritu militar, la guerra oculta, etc... Este libro influencia ampliamente los cuadros de la tendencia "dura" del Movimiento Social Italiano y se puede decir, sin exagerar que una parte de la renovación neofascista que conoce Italia desde hace algunos años parece apoyarse sobre bases doctrinales sólidas facilitadas por la lectura y difusión de Los Hombres y las Ruinas que ha sido ya reeditado varias veces

En 1.949 Evola inicia una serie de traducciones de sus obras a la lengua alemana: reúne y presenta extractos de los escritos de Jacob Bachofen, mitólogo del siglo pasado, traduce "La decadencia de Occidente" de Oswald Spengler y tres novelas esotéricas de Gustav Meyrink. En 1.958, Evola publica "Metafísica del Sexo", seguido en 1.960 de un estudio sobre "El Obrero", obra maestra del gran escritor Ernest Junger, libro muy importante. Y es hacia 1.961 cuando aparece "Cabalgar al Tigre" que permanecerá como el testamento espiritual de Julius Evola, aunque posteriormente haya editado "El fascismo visto desde la Derecha", libro complementario de "Los hombres y las ruinas" y "El arco y la maza", una recopilación de ensayos diversos y títulos aparecidos antes y des pues de la guerra.

El mismo Evola ha dicho de "Cabalgar al Tigre", que era su testamento, añadiendo en "El camino del cinabrio" a este respecto "bajo ciertos aspectos, refleja mi propia vida; las máximas y las orientaciones que se han indicado son también las que yo me he esforzado en general en seguir a lo largo de mi propia existencia". De cierta manera, Evola, con este libro riza en rizo, volviendo a la posición de partida de su juventud, es decir, a una negación radical del mundo actual y sus valores, esta vez" con el apoyo de cuarenta años de investigación.

Hasta el fin de su vida, continúa dando regularmente ar­tículos a revistas de derecha y a órganos doctrinales de orientación tradicional. Su vida se extingue el 11 de junio de 1.974. Debido a malversaciones infames y a la dejadez de los ejecutores materiales de su testamento, los restos de Evola, no pudieron ser inmediatamente icinerados como había solicitado. La icineración se produjo finalmente ello de julio, es decir, un mes más tarde de su muerte gracias a la valerosa intervención de nuestros amigos del Centro de Estudios Evolianos. Luego, hacia finales de agosto del mismo año, nuestros amigos italianos transportaron la urna que contenía las cenizas de Evola al glaciar del Monte Rosa, a 2.500 metros de altura, en la frontera italo-suiza, donde será enterrará conforme a las últimas voluntades del difunto.

II

EN EL MUNDO DE LA TRADICION

A nivel interior

La comprensión de lo que significaba el Orden para el hombre de la Tradición solo es posible haciendo referencia a la doctrina tradicional universalmente extendida de las dos naturalezas y de su oposición. Estas dos naturalezas son la naturaleza terrestre o materia, "fisis" "hyle" para los griegos y la naturaleza divina o celeste o, mejor aún, sobrenatural, la "metatafisis". A nivel microcósmico, toda doctrina verdaderamente tradicional afirma que el hombre está formado por tres entes, de una parte el ente fisiológico, el "soma" y el ente psicológico, "psique", de otra parte el ente metafísico o espiritual, "nous". Para el hombre de la tradición, era evidente el reconocimiento de la insatisfacción fundamental inherente a los dos primeros entes, en tanto que no fueran de alguna manera "absorbidos" por el tercer ente, el ente metafísico, del cual este hombre suponía, presentía, al menos, que era una fuente de perfección.

Desde el punto de vista tradicional, la materia no tiene, en sí misma, ninguna realidad. Está marcada por una necesidad y una privación eterna, es el dominio de las cosas que fluyen, su cuantificación y su divisibilidad infinitas prueban que es el desorden asegurado. Es pesada e informe.

Realizar el ente metafísico, realizarse, es pues, depurar toda la materia que uno lleva en sí mismo, volver a la unidad; es darse un orden, una forma. Es adoptar una actitud -tal es el sentido etimológico de "samadhi"- ante la vida, es construirse, en y por ciertos límites. Tal es el sentido de la antigua máxima "conócete a ti mismo" y de la palabra délfica "nada de más", tal es también la razón de la insis­tencia de los antiguos sobre la noción del limite, que "conduce precisamente -dice Evola- a la exigencia fundamental de circunscribir, activa y conscientemente, el terreno en el cual se puede ser verdaderamente uno mismo".

En el mundo tradicional un medio de conseguirlo era, naturalmente, la existencia de las castas que ordenaban funcionalmente y cualitativamente toda la sociedad hacia lo alto. Se consideraba que el hecho de nacer en tal o cual casta hombre o mujer, en talo tal otra condición, no era un mero azar sino más bien el reflejo de lo que había querido o había sido trascendentalmente, el principio convertido en él "Yo" humano, en el momento de comprometerse en un nacimiento terrestre. La casta permitía al individuo recordar su propia naturaleza. Desde entonces, toda su libertad ,recuerda Evola, consistía en no apartarse, sino, por el contrario en unirse a la matriz más profunda de su voluntad, que está en relación con el misterio de su propia forma existencial, a reducir las tensiones entre las diferentes fuerzas que componen la personalidad y a centrarse sobre la tendencia dominante. La casta era, en suma, el molde al que iban a deslizarse las potencialidades virtuales del ser. Y la jus­tificación del régimen de castas era tan profunda que podía leerse en el Baghavad-Gita (111, 33): "Mas vale cumplir, aun que sea de forma imperfecta, el propio dharma, que realiza; incluso perfectamente, el dharma de otra condición; antes perecer perseverando en su dharma; asumir el dharma de otra condición no aporta más que desgracias".

Romper la ley de la casta era ir en contra de la propia naturaleza, era caer más bajo que por no importa que otra falta. Los que cometían tal acción eran llamados precisamente en la India aria, "pathitas", es decir, los caídos, los que han caído. Igualmente, Evola dice en "Revuelta contra el mundo moderno" que, precisamente la civilización medieval consideraba la rebelión contra la autoridad y la ley imperial como una herejía religiosa y los rebeldes fueron tenidos, no menos que los herejes, como enemigos de su propia naturaleza, contradiciendo la ley de su esencia". Precisamente uno de los méritos de la obra de Evola es que nos ha restituido la mejor vena de la tradición clásica en una época en que sus principios parecían más necesarios que nunca pues, ahora que el marco preestablecido de la casta ha desaparecido, ¿cómo cada uno de nosotros puede desarrollar regularmente sus potencialidades, descubrir su verdadero querer y unirse a sí mismo?

Con la aparición de la "segunda religiosidad" propia del fin del ciclo ¿no ve los horizontes ampliarse ante él y multiplicarse las llamadas y las solicitudes de todo tipo hacia lo suprasensible o, más a menudo, a lo infrarracional? Aquí también la cuantificación exterior marcha pareja con la anarquía interior, signo indiscutible de decadencia, que hace salir una multiplicidad de tendencias, instintos, movimientos irracionales, etc. Frente a esta desintegración del espíritu, en una época en que la desesperanza y la angustia se venden bien, donde se llega a valorizar sistemáticamente la división interior como fuente de tensión creadora, Evola ha recordado en varias ocasiones que la primera tarea que se impone a aquel a quien ha llamado "humedo diferenciado", es la unificación interior, que abre al ser hacia el equilibrio y la armonía. Esta unificación debe hacerse a través del descubrimiento experimental de la tendencia dominante y la transformación de esta en un imperativo ético que rija toda la existencia (nos proponemos volver más ampliamente sobre este punto en la tercera parte de esta obra a propósito de la diferencia entre lo ético y lo espiritual y la superación de lo primero para desembocar en lo segundo).

Pero antes de llegar aquí es preciso decir que el hombre diferenciado puede y debe ante todo, frente al caos de mercancías seudo-espirituales que se instala ante él, guardar una cierta tranquilidad de espíritu, superior a todo apetito de "recetas" para la realización interior y reencontrar, lo que la teología católica llamó el "discernimiento de los espíritus", Es así como empieza la búsqueda del orden a nivel interior.

A nivel exterior

Lo que llama inmediatamente la atención en la concepción tradicional del Orden, es el carácter orgánico, eminentemente flexible y viviente de este Orden, en oposición a todo lo que éste término connota de rigidez e incluso de constreñimiento para los modernos.

En su cúspide, el Orden se confunde con el Principio, que es la suma de la infinitud de posibilidades no manifestadas y manifestadas, las segundas saliendo de las primeras por combinación, por probabilidad. Bajo su aspecto no manifestado, el Principio es la materia prima de los escolásticos, la "prakriti" de la tradición hindú. retención de todos los gérmenes, potencialidad pura e indistinta. Bajo su aspecto manifestado, se puede hablar con propiedad de "Ordo rerum", el orden de las cosas, sometidas a la alternancia de los pares opuestos: construcción-destrucción, vida-muerte, guerra-paz, salud-enfermedad, etc.

Estar de acuerdo con el Principio, estar en el Orden, consiste pues en pasar a la otra orilla, para, desde allí, con templar con serenidad la dualidad inherente a todo lo que; se ha manifestado, el juego sin fin de la alternancia de los contrarios. No regocijarse con la juventud y la vida, no entristecerse con la vejez y la muerte, sino considerarlas con indiferencia. Estar en el Orden, es renunciar al vivir individual frenético y sediento para aceptarse totalmente en tanto que impermanencia universal, remolino en el remolino d; la espiral cósmica. Estar en el orden, es despojarse de todo lo que hay de opaco en el individuo angustiado para acceder: a la dignidad transparente de la Persona, a través de la cual suena el eco del Principio.

Aquí radica la fuente de la práctica de la sabiduría, el no actuar, que recibe indiscutiblemente de la tradición china su mejor formulación. En la óptica taoísta, ya que el mundo es un campo de fuerzas en perpetua interpenetración, ya que el mundo es actividad o proceso, es absurdo buscar por encima de su cabeza razones de actuar. Tal como dijo Allan Watts, "no existe alternativa a la acción, ya que todo es acción comprendidos nosotros mismos. Presentar una acción como motivada traiciona el vacío afamado del ego". La buena conducta, la del sabio, consiste pues en modelarse sobre el Tao del que sin embargo no puede más que el hombre ignorante ni aproximarse ni alejarse. Como el Tao, el sabio no se apropia de nada, no espera nada, no quiere nada, no persigue ningún fin. Pues Lao-Tsé dijo: "Es a través de la ausencia de deseo y de la quietud como el universo se regula a sí mismo" (XXVII)

En esta comprensión muy antigua del Orden, todo reposa sobre la verdadera espontaneidad que está siempre dispuesta a expresarse. Una sociedad idealmente taoísta, guiada por sa­bios se mantendría en lo invariable del medio, en la inmaterialidad esencial del eje de la rueda, guardándose mucho de intervenir, vería al pueblo transformarse en sí mismo, todo esto teniendo la sensación de ser libre y de actuar él misma y en tal sociedad, los actos más arbitral desórdenes parciales no harían evidentemente más que contribuir al Orden total.

Se ve muy bien como, en relación a esta concepción antigua algunas sociedades tradicionales codificadas y ritualizadas, han ido degenerando. La raíz de la palabra "rito" es "ceremonia", lo que más que un orden implica una celebración convencional, es decir, un alejamiento del orden original. En Lao-Tsé, el rito viene des pues de la pérdida de la justicia, que ella misma sigue a pérdidas sucesivas del Tao, de la virtud, de la bondad. El Tao Te King dice a este respecto: "El rito es la cáscara de la fidelidad y de la confianza, pero también es la fuente del desorden, la inteligencia cauta es la flor del Tao, pero también el inicio de la idiotez" (XXVII 1)

De una forma más general, el carácter orgánico de todo orden tradicional está probado por el hecho, dice Evola, de que supone "fuerzas del caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y modela; implica el dinamismo de dos polos antagonistas, cuyo polo superior, ligado al elemento supranatural de las castas superiores, busca arrastrar consigo al otro hacia lo alto, mientras que éste -el polo inferior ligado a la masa, al demos- busca atraer al primero hacia lo bajo". A titulo de ilustración muy particular de esto, puede recordarse que en la Edad Media, locos y los idiotas eran dejados en libertad. Estaban vistos como portadores de influencias determinadas que no era bueno encerrar sistemáticamente. En cuanto a la comunidad de hombres, estaba tan segura de la solidez de su fundamento que podía sin peligro para ella misma, franquear cotidianamente la ancarnación de su propia negación. En el mundo de la Tradición, los Hijos del Cielo deben dominar y elevar a los hijos de la Tierra, pero estos no son nunca excluidos y también tiene su papel a jugar.

En Occidente la mejor representación del carácter dinámico, y orgánico del Orden fue ciertamente el régimen feudal. Este régimen, recuerda Evola "dejó un campo considerable al dinamismo de las fuerzas libres, alineadas unas contra otras, sin atenuación y sin alteraciones -el sujeto frente al señor, el señor frente al señor- de forma que todo -libertad, honor, gloria, destino, propiedad- se fundó sobre el valor y el factor personales y nada o casi nada sobre un elemento colectivo, un poder público o una ley abstracta". Es también por esto que Evola ha podido muy justamente evocar la "soberbia elementareidad" de la Edad Media -época en absoluto uniforme, sino en la que se opusieron, por el contrario, fuerzas simples y desnudas- y no ha silenciado la extrema dureza del régimen feudal. Pero todo esto se acompañó perfectamente de un sentimiento de libertad y solidaridad de hombre a hombre prácticamente inimaginable hoy.

Aspectos de la estética "uránica" de Evola

Estas consideraciones sobre el Orden nos llevan de forma natural a detenernos un instante sobre la estética "uránica" de Evola que se desprende del estilo de sus mismas obras. Ya que el orden es fuente de armonía, la cual, idealmente, es expresión de una relación perfecta entre las diferentes partes de un conjunto. Y para nosotros que también en esto -siguiendo a Evola- somos fieles a la tradición clásica, solo lo que es armonioso es bello ..

Hemos calificado de "uránica" a la estética de Evola, ahora es preciso explicar el por qué, pero recordando en primer lugar que no es evidentemente por casualidad que Evola escogió el prefijo UR para nombrar' al grupo de investigaciones esotéricas que dirigió a finales de los anos 20. En la mitología, Urano simboliza el despertar del fuego primordial. Más ampliamente, el adjetivo "uránico" o "uraniano"; puede aplicarse para designar la, llama pura del Espíritu que se alimenta de sí misma y no arde. En el plano espiritual, Urano evoca un impulso irresistible hacia la trascendencia hacia lo descondicionado, impulso que puede acompañarse con una conciencia aguda y dolorosa de la privación y de la sed inseparables de la condición humana. En el plano psicológico, Urano nos remite a la imagen de una sobrecarga de tensión, de una corriente muy fuerte que tiene necesidad de "pasar" cueste lo que cueste, de un encaminamiento discontinuo, no progresivo, que avanza a través de crisis sucesivas. Sobre el plano estético, Urano se encuentra en todo lo que es austero, monumental, frío, lacónico. Sobre estos tres planos -espiritual, psicológico y estético- Urano es la marca de los "hijos del Norte" -la expresión se entiende aquí sin ninguna referencia a un conjunto étnico o de geografía física, aun cuando la geografía física y la geografía espiritual tengan frecuentemente interferencias- y de la vía que le es propia, la vía heroica. Urano define y circunscribe así una de las "razas del espíritu" de la que nos habla Evola. En Occidente, esta raza ha creado, por ejemplo, la desnudez de las columnas dóricas y ha encarnado el espíritu ascético y guerrero de Esparta. Pero la misma raza del espíritu ha hablado también en Oriente, en el budismo zen precisamente, cuya estética, tal como se nos pre­senta a nosotros a través de las artes que ha influenciado , puede legítimamente, fuera de cualquier sincretismo, ser llamado también "uránica". Queremos presentar corno prueba las 7 características de estas artes, características comentadas por el maestro contemporáneo, Shin'ichi Hisamatsu. Estos 7 caracteres, cuya enumeración no dejará de evocar recuerdos a los lectores asiduos de Evola son:

1) La asimetría: no se percibe la belleza en la regularidad ni en la exactitud "sino por el contrario en la forma tras la que se han superado estos aspectos".

2) La simplicidad: cuya "razón reside en el estado de lucidez desligado, sin objeto particular que se pide al practicante del zen".

3) La austeridad gélida: que es "la belleza potente, la dignidad majestuosa que aparecía cuando la cosa deviene “esencia” sola o “núcleo” aislado, después de que toda superfluidad inútil haya sido eliminada con el tiempo". Ejemplo: el pino viejo que ha perdido su juventud y su ligereza en una lucha sostenida contra el viento y la nieve, se ha convertido en un núcleo provisto de dignidad y de fuerza, sin fisuras.

4) Lo natural o la expontaneidad: "lo que no quiere decir instintivo, ingenuo y sin cambio desde el nacimiento, sino que implica que un ser, a pesar de superabundancia de su voluntad creadora, sabe preservarse de la influencia del artificio",la base natural residente en el estado interesado (Mu-Shin) del Zen.

5) La sutilidad profunda: palabras que, en japonés, evocan lo que está velado, dicho de otra forma "muchas implicaciones y repercusiones en el interior para permitir una expresión fuera", profundidad insoldable, oscuridad, calma.

ó) La libertad descondicionada sin ninguna ligazón con los fenómenos, ni con el despertar, ni con los esfuerzos en vis­tas de ahogar el compromiso.

7) La serenidad: lo que significa estar "calmado en un medio calmado, pero sobre todo, calmado en un medio en efervescencia".

En "Cabalgar al Tigre", Evola ha consagrado una veintena de páginas verdaderamente fundamentales al sentimiento de la naturaleza que debe tener el hombre diferenciado. Fundamentales por que desembocan sobre una visión mágica de la naturaleza que puede borrar la habitual dualidad entre un sujeto y un objeto; fundamentales también por que a este nivel, como en todos los demás, Evola vuelve al leit-motiv de su último gran libro: a saber, que lejos de lamentar la destrucción cada vez más profunda realizada por el mundo moderno de los últimos lazos naturalistas, es decir, del pueblo y de la ciudad, del matrimonio y de la familia, de la patria y, en fin de la intimidad burguesa, con la naturaleza humanizada, es preciso, por el contrario, asumir plenamente estas destrucciones y convertirlas en ventajas para acceder, sobre el plano existencial, a una libertad auténtica. Pero para que la naturaleza vuelva a ser para el hombre moderno lo que había sido para el hombre tradicional -el lugar de estupor original y de una libertad superior- se trata de ponerse en búsqueda del objetivo, "se trata, nos dice Evola, de descubrir el lenguaje de lo inanimado, que no se manifiesta antes que el alma haya cesado de verterse sobre las cosas". Para descubrir este lenguaje, es preciso amar los paisajes "más lejanos, más inmensos, mas calmados, más fríos, más duros" que otros y, para esto hace falta ir "a los desiertos, en las rocas, las estepas, los glaciares, los negros fiordos nórdicos, bajo los soles implacables de los trópicos antes que entre los árboles, los ruiseñores, los bellos jardines" o que enternecerse "ante las puestas del solo los cromos de románticos claros de luna".

Con claridad y para recuperar la expresión muy significativa de uno de los representantes de la corriente de la "Nueva Objetividad", es preciso partir del mundo para mirar el alma y no partir del alma para mirar al mundo, a fin de que todo lo que es humano parezca verdaderamente muy humano, insignificante y risible.

Pero que la palabra "naturaleza" y la evocación de sus paisajes salvajes y desolados no se presten sobretodo a confusión. Nada en la actitud de Evola revela la presencia de una pequeña moralina sofocada por el final del ciclo y por la inhumanidad del mundo moderno, tal como se ve hoy con la presencia de la moda ecológica. Es bueno amar los paisajes desérticos, por que son más grandes que lo humano, pero lo que es superior a lo humano, puede ser también experimentado en el centro del mundo moderno. Es la naturaleza bajo sus dos caras, la naturaleza inviolada y la naturaleza dominada, utilizada, son fundamentalmente una sola y misma naturaleza. Evola recuerda que la naturaleza es también "los diques, las turbinas y las fundiciones, la red tentacular de grúas y los muelles de un gran puerto moderno o un complejo de rascacielos funcionales". Todo, añade, consiste "en saber mantenerse presente, libre a sí mismo, ante una u otra naturaleza, en medio de las estepas o sobre las cumbres casi invioladas, tanto como en las boîtes nocturnas". Esto se une exactamente a la fórmula de choque de otro guerrero, Ernst Junger, que afirma que para el hombre completamente separado e interiorizado "hay bosques en el corazón de las capitales", los bosques designan aquí el lugar donde reina la libertad de espíritu. En varias tendencias de la arquitectura contemporánea, que ha recurrido cada vez más a líneas desprovistas de ornamentos, desnudas, se puede advertir también una inversión de la desnudez dórica. Asumir esta inversión, esta negación y el cuadro esencialmente inhumano que crea, es ya negar y utilizar positivamente la barbarie que se perfila siempre con más claridad en el horizonte de nuestro mundo, barbarie en comparación a la cual, las consideraciones sobre la decadencia están ahora completamente superadas.

III

LA CONCIENCIA DE LOS ORIGENES Y LA VIA HEROICA

Luz del Norte y Luz del Sur

Estas reflexiones sobre la estética de Evola nos han llevado a entrever una forma específica de espiritualidad, la espiritualidad "uránica", así como la vía de su reconquista, la vía heroica.

En la exposición extremadamente documentada hecha por Evola de la doctrina tradicional de las cuatro edades, la espiritualidad "uránica" u olímpica está ligada a la Edad de Oro, que se percibe como "ciclo del Ser, ciclo polar, ciclo de la luz como gloria, ciclo de los Vivientes", en el sentido interno de este término; este ciclo, que conoció la espiritualidad original, se puso a su vez en relación con el Norte, representación del Polo en la geografía sagrada. En su búsqueda sobre la conciencia de los orígenes Evola revela numerosos testimonios en apoyo de esta relación, entre los cuales pueden mencionarse a los siguientes: en la tradición hindú, el saludo; de homenaje a los textos sagrados -anj-ali- se hace siempre; volviéndose hacia el norte; la tradición tibetana hace del Norte el lugar donde renacerá Guesar, el héroe místico e invencible que exterminará a los usurpadores y restablecerá un reino de justicia y es en Shambala, la ciudad sagrada del norte, en donde deberá renacer el Kalki-avatara , aquel que pondrá fin a la Edad Sombría; en la tradición romana, por fin, Virgilio dice que es el Apolo Hiperbóreo quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el sig­no de Roma.

Estos testimonios confirman la perennidad de lo que Evola llama "la Luz del Norte", expresión de la espiritualidad propiamente real de la Edad de oro en oposición a la "Luz del Sur", luz de la Edad de Plata de la que se puede avanzar que fue la edad de la preponderancia de los sacerdotes y de la magia sacerdotal. Todas las corrientes tanto orientales como occidentales, portadoras de la Luz del Norte, se caracterizan por la insistencia sobre el simbolismo solar, "en todas partes -afirma Evola- en que el sol continúa estando concebido en su aspecto de pura luz, como una "virilidad incorpórea" sin historia y sin generación o, en la línea de esta significación olímpica, la atención se concentra sobre la naturaleza luminosa y celeste de las estrellas fijas... subsiste la espiritualidad más altai más pura, más original". Por el contrario, "cuando el centro está constituido por el principio masculino-solar concebido en tanto que vida, pues asciende y declina, que tiene un invierno y una primavera, una muerte y un renacimiento, como los dioses de la vegetación, mientras que lo idéntico, lo inmutable está representado por la madre universal se encuentra ya una civilización de decadencia, en la segunda era, colocada bajo el signo acuoso o lunar". Es la diferencia fundamental entre Apolo, el sol en si, y Helios, el sol bajo la ley de los ascensos y descensos.

A la Edad de Plata y, para descender más en la involución cíclica, a todas las corrientes portadoras de la Luz del Sur, corresponde la dominante de la luna, símbolo del cambio y del elemento femenino, sobre todo sobre el plano de la organización de la sociedad, orientada en el sentido de una ginecocracia. Pero es al nivel del simbolismo celeste y de los culto; funerarios que la antítesis norte-sur se advierte más netamente. El Norte se liga al simbolismo solsticial, con el eje polar norte-sur; el sur, al simbolismo equinoccial con el eje este-oeste. En una glosa muy instructiva, el Emperador Julia no dice a este respecto que el equinoccio es el momento en que el sol parece escapar de su órbita y de su ley, dispersa se en lo ilimitado, alcanzar su momento, en suma, el más antipolar. Y puede también recordarse que el equinoccio de prima­vera era frecuentemente el momento de las fiestas mixtas de la Gran Madre, en ocasiones relacionada con el mito de la emascu1ación de su hijo-amante solar.

A nivel de los cultos funerarios que se recuerdan pueden ~ citarse los ritos de icineración de los Arios de la India, las hogueras alumbradas sobre los barcos celtas o vikingos; lo que refiere también el budismo, que ha continuado adoptan­do el procedimiento de cremación de los cuerpos, lo cual no es por simple azar, cuando se sabe que esta doctrina fue enseñada por un khsatriya, que relacionó míticamente su clan al = linaje solar de Ichvaku y que es -y de lejos entre todas las doctrinas orienta1es- la que presenta más rasgos específica ­mente "uránicos". Así, arden los últimos residuos terrestres de los hijos del cielo, amados de los devas radiantes, que suben a través de los estados del ser progresivamente más sutiles. En el caso de la inhumación, el individuo va a disolver­se en la "Magna Mater" cristiana, origen y fin de su vida efímera. Hemos visto así la expresión de la oposición radical de dos razas del espíritu, de dos aspiraciones verdaderamente incompatibles. Es la razón por la cual la vuelta de Occidente a la práctica de la inhumación, a través del cristianismo, mere ce una muy amplia reflexión. Prueba en todo caso, entre otras cosas, la extrañeidad original de la casi totalidad del cristianismo a la mentalidad del viejo Occidente.

Tradicionalmente, la oposición entre la Luz del Norte y la Luz del Sur nos remite a una oposición entre dos vías, es la distinción operada en la Tradición hindú entre el Deva-yana el sendero de los dioses, y el Pitr-yana, el sendero de los antepasados. Un fragmento del Bhagavad-Gita asocia el Deva-yana al fuego, a la luz, al día, al Norte y el Pitr-yana, al humo, a la oscuridad y a la noche al Sur. El Deva-yana se con funde con la vía heroica. Es la vía de las naturalezas uranias, fundamentalmente insatisfechas por el estado humano condicionado y que quieren romper el círculo aparentemente sin fin del nacimiento y de la decadencia y muerte, para no regresar nunca a una matriz humana. El Pitr-yana, por su parte, es especialmente la vía de las naturalezas que se podrían llamar, muy esquemáticamente dionisíaca y titánica. El ser dionisiaco es un adepto del Carpe-diem, quiere gozar de todos lo; aspectos de la existencia, mientras aun haya tiempo, y la perspectiva de tener que regresar a este mundo -queda claro que según la verdadera doctrina de los renacimientos, no es este individuo quien renace, sino la sed de vivir impersonal que está en él y que se transmite a otra individualidad fisiopatológica- tal perspectiva, pues, regocija más aún, y la vive con gusto. Por encima del ser dionisíaco se encuentra el ser titánico que pretende aceptar en principio toda existencia, comprendidas sus partes más penosas, por que quiere que sea así, a titulo de prueba de fuerza, y que puede alzarse hasta querer el Eterno Retorno del mismo al seno del devenir. Pero, tampoco sobre esta via, hay liberación efectiva.

Oriente y Occidente

Es ahora necesario hablar de la interferencia de la Luz del Norte con el Misterio de Occidente, pues si Oriente puede ser elevado a un espacio más allá del meramente geográfico, si bien puede ser legítimo considerarlo, según la expresión de Herman Hesse, como "patria de la juventud de las almas", no se sabe por qué Occidente no podría estar revestido de la misma dignidad. A diferencia de René Guenon, particularmente, Evola ha afirmado siempre para Occidente en tanto que Idea, la posibilidad de adquirir un valor universal "más allá de toda referencia geográfica o histórica". Ha sostenido también que si una verdadera élite espiritual se formase al fin de la "Edad Sombría", es en Occidente mucho más probable que en Oriente donde se constituiría, precisamente por que Occidente había iniciado su proceso evolutivo antes que Oriente y antes de alcanzar y supe­rar el punto cero de los valores, es allí donde aparecerá primero una reacción saludable por parte de hombres diferenciados. Los hechos parecen dar hoy la razón a Evola. Para convencerse basta precisamente mirar a Oriente. Hay un Oriente eminentemente respetable, el islámico, que permanece por el momento en varios países, bastante próximo al orden tradicional. Este Oriente, precisamente por que es tradicional, no viene a instalar su sabiduría en nuestras tierras. Ciertos países cubiertos por este Oriente vuelven de lejos y, por encima de la eliminación benéfica de las clases dirigentes corruptas y occidentalizadas, quieren incluso, por lo que parece, regresar a las fuentes de la tradición islámica Pero todo esto es muy reciente y demasiado incierto pa­ra que pueda hablarse de un verdadero renacimiento. y además, sobre un plano más amplio, no se ve como Orien­te escaparía milagrosamente a las leyes cíclicas que hacen su trabajo mortífero por todas partes, a través de la modernización y la occidentalización de las formas de vida.

El otro Oriente, está no solo permitido, sino que también es una muestra de salud, el detestarlo cordialmente. Es el Oriente de la India actual, continente de locura indescriptible, de conglomerado racial y físico. Su jungla ha terminado por colocar sus venerables raíces en el asfalto de nuestras grandes ciudades cosmopolitas a menudo a través de seres venidos de allí en estado ruinoso tras la absorción de sustancias alucinógenas. Este Oriente y sus seudo-maestros, Vivekananda, Aurobindo Saravasti y también Krisnamurti -hombres separados incluso de su propia tradición, educados en su mayor parte en colegios anglosajones, que terminan por no ser ni orientales ni occidentales- este Oriente, pues, no puede servirnos para vivificar espiritualmente Occidente . Por el contrario, no será más que un modo de perversión entre tantos otros, un nuevo camino de disolución.

Se quiera o no existe de cualquier forma, un "misterio de Occidente". Pues si Occidente es efectivamente el lugar donde la luz física, sometida al nacimiento y a la decadencia, se apaga, es también el lugar donde la luz inmutable y espiritual se alumbra. Aquí también, como en lo que concierne a la polarización hacia el Norte los testimonios tradicionales que registran una interferencia del polo con el misterio de Occidente son numerosos, en relación con el recuerdo de la Atlántida y de Hiperbórea, conservado en distintos pueblos. Según la tradición egipcia, las primeras dinastías habrían si do constituidas por una raza venida de Occidente, llamada de los "compañeros de Horus", colocada bajo el signo de Osiris, designada a sí misma, como "el primero de los habitantes de la tierra de Occidente". En la misma tradición el rito funerario comprendía la fórmula "¡hacia Occidente¡" y es en esa dirección que comenzaba tras la muerte del iniciado el viaje en la "barca del sol" hacia la Tierra de los Inmortales. En la Odisea, es hacia Occidente que aparece Ulises para alcanzar el otro mundo; es también en Occidente donde se sitúa el jardín de las Hespérides, allí donde los héroes prueban los frutos de la inmortalidad. Es en Occidente-Norte de donde venían los Tuatha De Dannan, los hijos solares de la diosa Dana, fundadores legendarios de Irlanda, posee dores de una ciencia incomparable y, en las leyendas del ciclo arturiano, es en la misma dirección donde se encuentra la isla sagrada de Avalon. Seria inútil multiplicar los ejemplos. Mejor vale interrogarse sobre el significado del misterio de Occidente y el estadio al cual corresponde en la involución cíclica total. "Lo que caracteriza -dice Evola- es un dualismo, y un paso discontinuo la trascendencia es "subterránea". La supra-naturaleza no existe más, como en el estado olímpico, es el fin de la iniciación, objeto de una conquista problemática". El misterio de Occidente pertenece pues a la segunda fase de la tradición primordial y se liga al símbolo solar más estrechamente que al polar. La luz que emana es la del heroísmo, cuyo significado último es el intento de restaurar la espiritualidad original a través de la superación tanto de la Madre como del Titán. Tocamos aquí un estadio en el cual ha aparecido la vía heroica. Es un estadio relativamente tardío que procede de los tiempos históricos y que viene tras las degeneraciones de la Luz del Sur, llamadas por Evola afroditismo y amazonismo y las de la luz del Norte, entre las cuales hay que mencionar sobre todo la desviación titánica que viene a predominar durante la Edad d; Bronce. Son quizás los fragmentos de la tradición germánica los que nos informan mejor del momento transhistórico. Tras la revuelta titánica, sobreviene el advenimiento de todas las potencias elementales, del fuego in feriar del "Sur, mantenidas hasta entonces fuera de los muros del Asgard, el dominio de los dioses. De una for­ma muy sugerente se dice que no solo es el sol "quien ha perdido su fuerza", sino también la luna, que ha si­do devorada por los dos lobos. Lo que quiere decir que la espiritualidad solar, igual que la lunar, desaparecen. El arco Bifrost, que unía el cielo y la tierra, se desploma y el destino de la decadencia -rök- se realiza La tierra es abandonada a sí misma, privada de todo con tacto con lo divino. Es la edad del hierro, la "edad del lobo", tras la del bronce.

Importa insistir muy particularmente sobre este punto pues nos remite a la distinción esencial entre la vía del héroe y la desviación titánica, distinción en la cual Evola ha insistido en diferentes ocasiones. Lo que vuelve absolutamente injustificados los reproches que algunos le han dirigido afirmando que Evola propone una vía de potencia basada en un endurecimiento unilateral del Yo. Esto es falso, total y absolutamente falso. El riesgo de desviación titánica por mala lectura de Evola existe, pero en ningún caso puede atribuirse a su autor Sea como fuere, antes de llegar a lo que pueden significar hoy estos dos conceptos de héroe y titán, es preciso primeramente referirse a las enseñzas tradicionales sobre la vía heroica, la vía del guerrero.

La Vía del Guerrero

Sobre esta vía -y la tradición griega y germánica son formales a este respecto- no hay nunca una revuelta contra el destino, sino cumplimiento total del destino por identificación con él, cualquiera que fuesen las consecuencias. El guerrero trasciende su individualidad identificándose con las fuerzas cósmicas de la destrucción con la faz de la muerte del Príncipe, con Shiva, por referirnos a lo tradición hindú. Lo hace a través de sus pasiones, que no ve como suyas, sino de una forma que podríamos llamar "tántrica", como atenuaciones extremas de poderes, de potencias contenidas en el universo. Ago ta sus pasiones de odio y destrucción remitiéndolas algo infinitamente mayor que él, se "lava ardiendo".Tal es el sentido de la Gran Guerra Santa, cuya guerra física, la Pequeña Guerra Santa, no es más que la manifestación exterior; tal es también una de las enseñanzas del Bagavad Gita donde Evola ha encontrado la más alta jus­tificación metafísica de la vía de la acción y en la cual el dios Krisna, hipóstasis del ser sin forma, enseña al guerrero Arjuna: "Soy yo, quien primeramente = golpea a todos estos guerreros; se solamente tú, hábil arquero, el instrumento en mi mano" (XI,33). Lo cual implica que: "Creer que uno mata, creer que otro es muerto, es igualmente equivocarse; ni uno mata, ni el otro es muerto" (11, 19). Los actos son definidos como "el lazo que encadena al mundo" (111, 9) habitualmente pueden convertirse en medios de liberación cuando son ejecutados en tanto que objeto de sacrificio, sin ningún apego ni interés. Luego viene para el guerrero la revelación del Ser innombrable, bajo el aspecto de la mordedura devoradora del tiempo, que disuelve los mundos: "Así como las olas de los ríos que ruedan raudas hacia el océano, igualmente los héroes se precipitan en tus mandíbulas ardientes" (XI, 28). Es el momento de la "mors triunphalis", de la muerte realizada como una necesidad para destruir el soporte carnal convertido en incapaz de acoger una energía suprahumana. Es el paso, la iniciación del guerrero. En la tradición nórdica, los mejores de entre los guerreros, los Einheriar, es decir, los que "combaten aislados", son llevados por las walkirias al Walhalla. Todos son invitados a beber la hidromiel sagrada en la mesa de Odin, el rey de los dioses, el cual, sea cual fuere la causa terrestre por la que han combatido, lo que nos recuerda la famosa frase de Nietzsche "Decís que es buena la causa que santifica la guerra, pero yo os digo que es buena la guerra que santifica toda causa", Odin los recibe en su palacio y corno para el héroe no hay revuelta contra el destino, no existe tampoco revuelta contra los dioses. Por el contrario, hay colaboración entre ellos y las fuerzas que combaten al caos, lo que pone de relieve la importancia decisiva del papel que corresponde al héroe . Hércules ayuda a los olímpicos a vencer a los titanes y entre los germanos, Odín llama a los Einheriar para combatir el desencadenamiento de las potencias elementales; Dioses y héroes perecen todos en el incendio cósmico final. Todo esto contribuye a demostrar que, en las antiguas tradiciones, el heroísmo fue también una vía total de realización.

IV

ACTUALIDAD Y SITUACION DE LA OBRA DE EVOLA

Problemática existencial del hombre moderno y vocación heroica

Es preciso ahora, para iniciar la cuarta parte de esta obra, definir rápidamente la problemática existencial del hombre moderno diferenciado, es decir, del hombre que vive en el mundo moderno, aun sabiendo que su naturaleza profunda es radicalmente extraña a este. Frente a esta problemática, no se hablará ya de una vía heróica, habiéndose perdido, sino de una actitud o, mejor dicho, de una vocación heroica. Esta vocación, el hombre diferenciado la reconocerá como una predisposición natural que le impulsa a no huir del mundo, sino a asumirlo, si es posible bajo todos sus aspectos.

A este respecto, el hecho de que Evola haya escrito un libro como "Cabalgar al Tigre" debe disipar algunos equívocos que se creían poder deducir a través dé los textos procedentes una impronta prusiana extraña para un italiano, pero tras "Cabalgar al Tibre" tal equívoco se ha disipado para dar lugar a una adaptabilidad, a una adecuación perfecta a las situaciones. Por otra parte, incluso si "Cabalgar al Tibre" no hubiera sido escrito, en la introducción misma de "Revuelta contra el mundo moderno" se hubieran encontrado motivos más que suficientes para desmontar esta acusación de rigidez, ya que Evola decía que el único punto de partida, por difícil que fuese, era el de ser capaz de asumir en bloque el mundo moderno, hasta percibir su sentido final. Pero con la publicación de esta última obra, todo ha quedado mucho más clarificado. "Cabalgar al Tigre" impide abso­lutamente que pueda hablarse de Evola como de un nostálgico de no se sabe que paraíso tradicional, o de un romano extraviado en nuestro siglo que se alimenta de la morgue y del desprecio. A este respecto, todos los calificativos que algunos le han dirigido elogiosamente como, por ejemplo, el de "último gibelino", o "último gran aristocrata", "gran reaccionario", para no hablar de otro político y particularmente ridículo, no son más que literatura y coquetería inútil... Pues si hubo jamás un hombre por encima de su tiempo y plenamente consciente del por qué le había sido dado el vivir en este tiempo, este fue Evola.

Además y para pasar a un nivel más elevado, no puede olvidarse sobre todo que Evola no concibió jamás a la oposición entre el mundo tradicional y el mundo moderno como una oposición histórica, sino más bien como una oposición metafísica y morfológica. El mundo tradicional y el mundo moderno son considerados por él como "dos tipos universales, dos categorías apriorísticas de la civilización", lo que le permitirá afirmar: "... el hecho de que las civilizaciones de tipo tradicional se sitúen en un pasado en relación a la época actual es algo completamente accidental". Si Evola se refiere constantemente a formas, instituciones y conocimientos no modernos, es por que "estas formas, instituciones y conocimientos resultan ser, por su naturaleza misma, símbolos más transparentes, aproximaciones más estrechas, de lo que es anterior a los tiempos y a la historia, de lo que pertenece pues al ayer tanto como al mañana, y puede solo producir una renovación real, una "vida nueva" en quien es aún capaz de recibir la". Por esto, Evola no ha dudado en aclarar -insistimos- "que el destino del mundo moderno no es en absoluto diferente ni más trágico que el advenimiento sin importancia de una nube que se eleva, toma forma y desaparece sin que el libre cielo pueda verse alterado". Lo que enlaza exactamente bajo otra forma, con lo que dijo René Guenon hacia el final de su obra maestra "El reino de la cantidad y los signos de los tiempos", a saber, que el fin del mundo moderno no será sino el fin de una gigantesca ilusión.

Pero antes de intentar asumir el mundo moderno, es preciso haberlo comprendido en profundidad. Lo que caracteriza todo lo que es moderno, es decir, para nosotros occidentales, todo lo que se desarrolla a partir del seudo-renacimiento, es, dice Evola, un "irrealismo radical, una inorganicidad fundamental". En el mundo moderno, tanto interior como exteriormente, nada ., e tá vivo, todo es destrucción. Los hombres modernos no vi­ven, no conocen más' que el reflejo de si mismos. Con la psicología primero, luego a través del psicoanálisis, han buscado y buscan explicarse, encerrándose así, cada vez más en sus fantasmas. Este prisma del reflejo de la imagen, que falsea todos los momentos de la existencia, ha llegado hoy a establecer un poder absoluto sobre los hombres. A este respecto, el desarrollo sin precedentes desde hace un siglo de las técnicas de reproducción, con los descubrimientos e invenciones de la fotografía, el cinematógrafo y la televisión, debe ser visto como un signo de los tiempos, un signo decisivo, anunciador del extremo fin de la edad sombría. Es con mucha agudeza que un par de siglos atrás, el filósofo alemán Luwdig Feuerbach escribía: "y sin duda nuestro tiempo ... lo que es sagrado para él, no es más que la ilusión, lo que es profano, aquello es la verdad. Mejor : lo sagrado crece a sus ojos en la medida en que decr~ ce la verdad y que la ilusión crece, si bien el colmo de la ilusión es para él también el colmo de lo sagra do".

Hemos llegado de hecho al tiempo del Ultimo Hombre, proféticamente descrito por Nietzsche. El último hombre "que empequeñece todo lo que toca, cuya calaña es tan indestructible como la del pulgón" pues es "el que vivirá más tiempo", dice "hemos inventado la felicidad. Habrán abandonado los parajes donde la vida es dura; pues tienen necesidad de calor. Amarán aún a su prójimo y lo frotarán con ellos pues necesitarán calor ... ¿Quien querrá aún gobernar? ¿quién querrá obedecer? Lo uno y lo otro son muy penosos. ¡No hay pastor y sí un solo rebaño Todos querrán la misma cosa, todos serán iguales",

El situacionista Guy Debord que ha analizado con una finura extraordinaria los mecanismos de alienación de las últimas formas del mundo moderno, ve en nuestra sociedad -y por ello entiende con razón lo que pasa tanto en Washington como en Moscú, en París o en Pekín- la sociedad del espectáculo. El espectáculo es definido como una relación social "entre personas, mediatizada por imágenes", como "imagen de la economía reinante", que se somete "a los hombres vivientes en la medida en que la economía los ha sometido totalmente", pues "no existe más que economía desarrollándose para sí misma". Otra de las características de nuestro mundo, del mundo del espectáculo es la tautología: "sus medios son al mismo tiempo un fin", "no quiere llegar a nada, más que a sí mismo". "Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna", En un universo así añade Debord, "la vida terrestre se convierte. en opaca e irrespirable. No deshecha solo el cielo, sino que alberga en él su recusación absoluta, su paraíso falaz. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión finalizada en el interior del hombre". Bastante lógicamente, por poco que se reflexione, Debord coincide así, en su des­cripción de nuestro mundo con Evola quien dice que la ciencia moderna "facilitando hoy los medios de controlar y utilizar todas las fuerzas de la naturaleza según los ideales de una búsqueda arhimánica del mundo, ha hecho nacer la tentación más peligrosa que se ha podido ofrecer jamás al hombre: la de considerar como una gloria su propia renuncia y confundir la potencia con el fantasma de la potencia".

Cualquiera que sea el nivel en el cual debe realizarse el hombre diferenciado que quiere poner a prueba su vacación heroica debe, en primer lugar, según Evola, "romper todo lazo con lo que está destinado a desaparecer en más o menos breve plazo". La primera tarea será "mantener una dirección general sin apoyarse sobre ninguna forma dada o transmitida, comprendidas las del pasado, que son auténticamente tradicionales, pero que pertenecen a la historia". Este hombre deberá aprender a formarse íntima mente y a conferir a su línea de conducta un "carácter autónomo y un valor inmanente e individual", lo que significa "que la atracción ejercida por perspectivas positivas a más o menos breve plazo no debe jugar un papel importante". Debe pues aprender a vivir en el presente, aquí y ahora.

Vocación heroica y combate político

El primer molde sobre el cual puede fundirse una vacación heroica es el molde del combate político de la verdadera derecha. A este respecto la expresión "verdadera derecha" no puede inducirnos a error. Empleándolo no pensábamos evidentemente en las clasificaciones habituales al uso de las pequeñas políticas cotidianas. Lo empleamos pues creemos que existe, en un nivel que podríamos llamar casi existencial, una oposición entre un tipo de hombre de derecha y un tipo de hombre de izquierda. Tres rasgos dominantes nos parecen definir, a este nivel, al hombre de derecha: Un sentido innato de las jerarquías naturales; el conocimiento de que todo orden humano verdadero no es más que una transposición de un Orden "celeste" o supra-humano; y una comprensión de la libertad tal que implique ante todo deberes y no derechos.

Hablemos pues del combate político. Pero no de cualquier combate. Aquí también, es preciso eliminar ilusiones. Evola había escrito en "Los hombres y las ruinas" por que la situación de los años 50 en Italia y fuera de ella le había sugerido que valía aun la pena que se intentara una acción rectificadora teniendo por fin una unidad europea a fin de hacer frente a los dos bloques, capitalista y comunista, surgidos de los acuerdos de Yalta. Pero tras haber, en este terreno como en todos los demás, "hacer lo que debía hacerse", Evola ha reconocido en "Cabalgar al Tigre" que "las condiciones necesarias para alcanzar un resultado, apreciable y concreto, en una lucha de este tipo están actualmente ausentes". Que esto sin embargo no paralice la acción del combatiente político: debe estar solamente dispuesto a combatir, con toda lucidez, aún en posiciones perdidas. Que lo haga con claridad, sin ningún gusto "celiniano" por el fracaso en sI mismo, aún menos pensando en la situación de "maldito" que sería la suya a causa de la derrota de 1.945. Que no descienda a ningún compromiso bajo pretexto de oportunidad. Que esté en guardia ante el vocabulario político moderno, y que sea consciente, por fin, de que las palabras son portadoras de influencias positivas o negativas Que testimonie, en la esfera política, los valores metapolíticos ordenadores de este Estado ideal del que nos habla Platón en "La República", Estado "que existe en el cielo para todo hombre. que quiera verlo y viéndolo, ponga en orden su vida interior"; que se convierta en un verdadero militante, en el sentido etimológico del término es decir, un soldado que "para actuar y alcanzar una me­ta, así es como lo subraya Evola, no exija anteriormente ninguna justificación trascendente, ni ninguna seguridad casi teológica respecto a la justeza de su causa"; en fin, que se refiera a las dos experiencias pasadas, la experiencia fascista y la experiencia nacional-socialista~ pero con una mirada crítica y distanciada. Al respecto de la primera experiencia, debe comprender que si "las ideas fascistas deben ser aún defendidas, deberían serlo no en tanto que tales, sino en la medida en que represen tan, bajo unos rasgos particulares, la expresión y la afirmación de ideas anteriores y superiores al fascismo" Respecto a la segunda experiencia, la experiencia nacional-socialista, el combatiente de la Tradición entre la pureza del movimiento en sus inicios, pureza encarnada en algunos hombres y el titanismo inherente al poder que terminó predominando tras 1.933. si hay alguien que conozca la doctrina de los ciclos, no se extrañará y se asegurará de que también esto estaba en el orden de las cosas. El nacional-socialismo, no sentó las premisas de algo nuevo, sino que más bien fue el último sobresalto de energía de una élite, aunque todo lo que cierra un ciclo está ya en el umbral de lo que se abrirá en el ciclo siguiente. El sentido último de este fenómeno metapolítico, es decir, el de un suicidio sacrificial colectivo, se desvelará a si mismo en quien medite sobre el fin del nacional socialismo, sobre "el crepúsculo de los dioses" de Wagner interpretado sin interrupción en radio Berlín por orden del Fuhrer, los últimos días del Reich, y sobre el hecho muy sintomático de que los últimos alemanes que se opusieron heroicamente, junto a combatientes europeos de varias nacionalidades, al avance de las ardas bolcheviques, fueron en su mayoría los ancianos de la Volkstrum y los niños de las Hitler Jugend. En lo que pasó en Berlín en 1.945, en ese enfrentamiento de niños que habían recordado como se amaba al sol y en quienes parecían condensarse todos los destinos de una raza,. de un lado, y los mongoles borrachos de alcohol, quemando, violando y dedicándose al pillaje, al servicio de la ideología más desviada que haya podido concebir jamás cerebro humano, de otro, en este enfrentamiento todo hombre llamado a una vocación heroica y ligado a la causa sagrada de Occidente, debe ver uno de estos momentos privilegiados de la historia donde el mito hace su irrupción en medio de las luchas de los hombres para mostrarles un significado más amplio. Este hombre debe ver aquí la reproducción, al nivel microcósmico, de las enseñanzas de la tradición nórdica sobre el Ragna-Rök, sobre el combate final de los dioses y de los héroes contra las fuerzas liberadas del caos.

Vocación heróica y realización ética

El segundo nivel de integración de la vocación heroica es el de la realización ética. Es el nivel donde, en lugar de poder dirigirse uno mismo, se obedece. La realización ética, es frecuentemente, la realización de quienes F. Schuon ha llamado en su clasificación de los diferentes temperamentos espirituales, los "volitivos", para distinguirlos de los "gnósticos" que, solos, .realizan verdaderamente el modelo metafísico. Los "volitivos" se apoyan, no sobre lo que es, sino sobre lo que debería ser, no sobre los que están, sino sobre los que deberían estar. Existe en ellos una comprensión "voluntarista" de la Via, más meritoria en un sentido que la de los gnósticos”, pero menos verdadera. La realización ética es el primer estadio de unificación del Yo, lo que consiste, dice Evoca, en darse una ley, hacer “coincidir el propio ser y el querer”. Es la ascensión hacia la autonomía. Esto, continúa Evoca, permite resolver el problema “sobre el plano de la forma; de la determinación o si se prefiere de la individualización; lo que da una base suficiente para orientarse, cualquiera que sean las contingencias”.

Pero este plano, el plano ético, adolece de falta de transparencia y no contiene un sentido absoluto si se le detiene, precisa Evola, "se es activo en tanto que se quiere ser uno mismo, pero no en tanto que se es tal como se es y no de otra forma". El gran peligro, en el nivel ético, es olvidar la vulnerabilidad esencial del Yo empírico, gracias a la estructura unificadora que el ser se bate en torno a su Yo y decaer en un endurecimiento arrogante y estoico de la individualidad. Pues esto, es la muerte interior.

Vocación heroica y realización espiritual

En un tercer y último nivel, el de la realización espiritual propiamente dicha, el calificativo de heroico ya no conviene, es superfluo. No hay realización de algo sin realización pura, visión de las cosas tal como son, conocimiento trascendental. El yo, visto como vacío y sin realidad propia en un momento intemporal está totalmente desmontado, hundido, lo que confiere a todos los aspectos de la existencia una espontaneidad que hace que no pueda hablarse aquí de heroísmo. Es la octava etapa -ocho es la cifra que se abre al infinito- en la tradición extremo-oriental, de la doma de la vaca, la vaca es el símbolo, en esta ocasión, de la naturaleza original del hombre. Es el satori-acontecimiento, el Despertar descrito así en un admirable texto Zen: "Desaparecidos los sentimientos que nos inducen al equivoco; negada la misma idea de santidad, no se esfuerza en ser un Buda, se burla de no ser uno, no difiere de la idea de Buda. En él no existe fisura ni dualismo. Un millón de ojos no descubrirían en él el menor defecto, ni la menor falla. Cuando reina este estado, el espíritu de los viejos maestras se ha manifestado". Es el ascesis más allá de la autonomía, la anomia positiva, la "impecabilidad" desde esta vida hacia la cual se ponen en marcha los verdaderos gnósticos, entre los que Evola ha ocupado un puesto destacado en nuestro siglo, gnósticos a decir verdad muy alejados de los que renacen desde hace un tiempo -es aún una moda reciente, no recuperada en su totalidad por el sistema- del lado del underground, quienes, para compensar el hecho de no ser más que "estudiantes en revoluciones" (Debord) en lugar de revolucionarios, giran su mirada hacia los marginales del Bajo Imperio.

En el nivel de esta "impecabilidad" la máxima de Nietzsche "lo que no me destruye me fortalece" es ya inutilizable. Pues hace ya mucho tiempo que no intenta probarse a sí mismo. "El estado del que se trata, afirma Evola, es el del hombre que, seguro de sí por que es el ser y no la vida, que es el centro esencial de su persona, puede aprovecharlo todo, abandonarse a todo y abrirse a todo sin perderse: aceptar, de este hecho no importa que experiencia, no para probarse y conocerse, sino para desarrollar todas sus posibilidades en vistas a las transformaciones que pueden producirse en él, en vistas de los nue vos contenidos que pueden, por esta vía, ofrecerse y revelarse. "Es el perfecto distanciamiento, el estado del hombre que, según palabras de Nietzsche, tiene un "cuello de toro" pero una "mirada de ángel", al que nada puede manchar.

Sin embargo, para el hombre diferenciado de nuestro tiempo, hay pocas ocasiones de alcanzar estas cumbres de la vida interior. No es mas que a través de una crisis o de una sucesión de crisis como puede conocer la experiencia de la trascendencia, experiencia que le abre, no a otro mundo, a otra realidad, sino a otra dimensión de la realidad. Por lo que respecta a lo espiritual, más aún que en ningún otro dominio, debe de tener en él una disposición sacrificial. Lo esencial para él es realizar = una orientación fundamental que se imprimirá en todo el ser con, al mismo tiempo una conciencia afinada y ampliada de los horizontes de la existencia comprendida, para recuperar una fórmula extremo-oriental, como "un viaje de noche". Un viaje, es decir, algo que tiene un "antes" y un "después", lo que nos remite a la doctrina tradicional de la pre-existencia, de la que Evola dice que "representa un elemento absolutamente esencial de la actitud requerida para permanecer en pié en nuestros días" y "cabalgar al tigre", así como a una contemplación especial de la muerte.

Pero, en último análisis, todo está en función de la profundidad de la vocación heroica, ya que Evola en su libro más existencial, vuelve sobre la vieja identificación con el destino, al "amor fati". Tan numerosos como puedan ser para el hombre diferenciado, los aspectos del mundo moderno extraños a su naturaleza y susceptibles de herirlo, debe convencerse que está en este mundo, aquí y ahora, lo que no es el resultado ni de un azar brutal, ni de una falta, ni de un pecado, sino por que ha querido estar en virtud de una elección trascendental para medir se a la vida de un mundo que no es normalmente el suyo.

Evola y el cristianismo. Visión aria del mundo

La visión que Evola tiene del cristianismo nos remite a un punto absolutamente capital de su pensamiento. Es preciso decir que la actitud de Evola evolucionó poco con respecto a su anticristianismo. La moral evangélica permaneció siempre ajena a su mentalidad de khsatriya y no le impidió ver en ella y en alguno de sus aspectos, ciertos fermentos de la subversión antitradicional. Niega la presencia en el cristianismo de los orígenes, de una gnosis auténtica. Su sentido de lacción, de la responsabilidad y de la dignidad en la ascesis le volvían impermeable a una religión que afirma que todo es Gracia. Sin embargo, todo ello no impidió a Evoca reconocer en el catolicismo de la antigüedad un factor de autoridad y de equilibrio en la historia de Occidente. Un factor de autoridad, pero también un límite, debido a sus orígenes que impide a los occidentales, salvo, quizás a través de ciertas corrientes del monaquismo y de la caballería medievales, expresar sus cualidades de base en la búsqueda del conocimiento, con la consecuencia de que sus cualidades, sin encontrar una desembocadura, se perdieron en conquistas titánicas. Sobre el plano existencial y contemporáneo, Evoca, en fin, afirma muy justamente que el cristianismo era mucho… o demasiado poco: es mucho para algunos, si se concibe como una vía de renuncia, como la vía monástica –y precisamos que la palabras “renuncia” no se toma aquí en un sentido negativo, pues la regla de San Benito, que ha inspirado al monaquismo occidental, es un modelo de equilibrio- y con los riesgos que implica; es muy poco si se piensa solo en las formas devocionales. En relación a esta situación, la vía propuesta por Evoca, la vía del drama, del “cabalgar el tigre”, no está del todo entre el demasiado y el demasiado poco. Está en otra parte y, sobre esta vía abrupta, no se trataría, en principio, ni de crisis religiosa, ni de sentimiento de estar abandonado por Dios. La crisis religiosa, si sobreviene, sería interpretada como incapacidad de sostenerse sin apoyo en el período post-nihilista, en el seno del cual nos encontramos, pero el abandono por parte de Dios es imposible, ya que esta vía postula la superación tanto del teismo como del ateismo.

Sin embargo esto no es lo esencial. La oposición profunda se sitúa en el nivel de la visión del mundo. Es aquí donde la divergencia fundamental alcanza las más altas especulaciones del pensamiento ario, tanto el de Occidente como el de Oriente y el cristianismo que, en buena parte, es una encarnación de la Luz del sur. Lo que sorprende a todo espíritu ario del cristianismo es su antropocentrismo. Hay en la óptica judeo-cristiana esta insoluble contradicción: que el hombre no es nada en relación a Dios, pero Dios es solo concebido en función del hombre. Para el espíritu ario, el cristianismo equivoca al hombre asignándole un papel muy particular y único y dando a esta tierra una importancia especial, mientras que todo, empezando por nuestra razón, concurre a probarnos que estamos íntegramente en el juego del Principio que no es ni bueno ni malo, sino indiferente. Y, so bre todo, con su hipótesis creacionista y su doctrina de la Redención, el cristianismo introduce en el mundo la finalidad, la finalidad que asegura y limita al mismo tiempo, el hecho de perder en el devenir "su inocencia", como decía Nietzsche.

De este punto de vista, Evola no podía sino sentirse mucho más próximo a dos doctrinas orientales radicalmente anti-finalistas, a saber, el tantrismo y el budismo. Sin forzar las cosas, se puede decir, que ha expuesto, en una formulación occidental, una visión tántrica del mundo. En esta visión el mundo es la manifestación libre de la Shakti, cuyo nombre tiene por raíz SHAK que significa "capaz", tener la fuerza de hacer. El mundo es visto en tanto que potencia, la SHAKTI estando en cada poder, el "poder en tanto que tal", la que sostiene todas las cosas sin tener en sí misma "ningún sustento". No es más que por su poder que Brahman crea, que Visnhu conserva y que en el fin de los tiempos, Shiva disuelve el universo. Pero preguntar por qué la SHAKTI se manifiesta, por qué hay creación, conservación y destrucción es un punto de vista muy humano, es para hablar en términos Zen "querer poner patas a la serpiente". La SHAKTI se manifiesta sin ninguna incomodidad, ni constreñimiento, no conoce más que su propia espontaneidad, los tantra dicen que su. substancia es fuego (Lilamaya-shakti).

En el budismo se viene a decir, poco más o menos la misma cosa, pues para·que haya despertar, es necesario precisamente haber cesado de proyectarse sobre el mundo, haber suspendido todo juicio, toda interpretación individual, haber abandonado definitivamente el "por qué" y el "como". Es la experiencia-del Satori en el Zen del que Evola ha hablado muy extensamente en "Cabalgar al Tigre": "El ciprés en la explanada, una nube que proyecta su sombra sobre la colina, la lluvia que cae, una flor que se abre, el monótono rumor del cimbrearse de las hojas; todos estos hechos "naturales" y banales pueden pro vacar la iluminación absoluta, el satori: estos hechos ~ precisamente en tanto que carecen de significado, de finalidad, ni dé intención, tienen un sentido absoluto. Es así como aparece la realidad, en la cualidad pura de las "cosas-que-son-como-son".

La concepción no finalista del mundo fue también conocida en Occidente, especialmente en las formas purificadas del dionisismo y fue reencontrada por Nietzsche que dice en "Así habló Zaratustra": "He colocado sobre todas las cosas esta libertad, esta serenidad celeste, el día donde he ensenado que encima de ellas y por ellas no hay un querer eterno que actúe".

Antes de concluir resta solo situar la obra de Evola en relación a la de Guenon. Antes de interrogarse sin fin sobre la primacía originaria del sacerdocio sobre la realeza, o recíprocamente, vale más mostrar la complementareidad de las dos obras y mencionar de paso las desviaciones posibles por una mala lectura.

Evola es complementario de Guenon en la medida en que, tras la aproximación al mundo de la Tradición desde el punto de vista del Brahman, intentada por Guenon, él ha dado la aproximación de un Khsatriya. Esta aproximación ha sido mucho más existencial y, si nos referimos al estilo de las dos obras -lo que no es criterio en sí- menos impersonal. De la primera característica, sería absurdo querer extraer una superioridad de Evola sobre Guenon, sí mismo, sería igualmente absurdo querer resaltar la superioridad del segundo sobre el primero, Guenon ha tenido plenamente razón en mantenerse siempre al nivel de los principios y Evola ha tenido también razón en dar prueba en su obra de la "frialdad apasionada" del Khsatriya, que implica que en toda acción se puede estar simultáneamente comprometido y desprendido.

El fariseismo parece ser la principal desviación posible de Guenon. Se trata de una comprensión rígida y fija de la Tradición, de una adhesión solamente intelectual a principios, con dos consecuencias obligatorias: primeramente, una cierta rigidez expresada o de hecho; en segundo lugar una voluntad de ignorar o incluso de desprecia sistemáticamente encarrilamientos más existenciales hacia la Tradición -encarrilamientos que irán de todas maneras multiplicándose en nuestra época- bajo el pretexto de que no entran en el cuadro de una ortodoxia preestablecida. La segunda desviación posible es aquella que consiste en lo que podría llamarse un sincretismo superior. Esta desviación es imposible con Evola, a causa de la oposición esencial desprendida por él entre la Luz del Norte y la Luz del Sur, ante la cual la oposición incluso existente entre Oriente y Occidente pasa a segundo plano. La sola desviación posible en Evola es el titanismo, que puede cubrir aspectos muy diferentes sobre los cuales hemos insistido en varias ocasiones.

Es interesante insistir sobre el hecho de que Evola, a diferencia de Guenon, quien ha pretendido ser el único en haber presentado las doctrinas orientales desde el punto de vista tradicional -lo que no estaba exento de humor para quienes conocían lo que había escrito primeramente sobre el budismo- no ha pretendido jamás hablar ex-cathedra. Esto es importante, pues arruina el reproche que algunos han hecho a Evola de haber hablado de varias vías tradicionales sin haber entrado en ninguna ~ de las que aún hoy son practicables.

A titulo de comparación en lo que concierne a la actitud que tenemos respecto a la obra y la persona de Evola citaremos, en principio, un extracto de un artículo de Michel Valsan, aparecido en la revista "Estudios Tradiciona1es", en donde se escribe sobre la obra y la persona de René Guenon: "Conviene precisar que el privilegio especial que tiene esta obra de jugar un papel de criterio de verdad, de regularidad, y de plenitud tradicional ante la civilización occidental, deriva del carácter sagrado y no individual que ha revestido la función de René Cuenon. El hombre que debía cumplir esta misión fue enteramente preparado desde lejos y no improvisado. Las matrices de la sabiduría divina habían predispuesto y formado su entidad según una economía precisa y su carrera se realiza en el tiempo a través de una correlación constante entre sus posibilidades y las condiciones cíclicas exteriores". Esto implica revestir a René Guenon de una verdadera infalibilidad en la interpretación de las enseñanzas tradicionales. Nosotros nos guardaremos muy bien de hacer otro tanto con Julius Evola, sabiendo que, para los discípulos, la mejor manera de honrar al maestro es no ser siempre discípulos suyos, siendo así que el mejor maestro es aquel del que uno se puede reir.

Philipe Baillet.

 

Julius Evola, Reaccionario Radical y Metafísico Comprometido. Alain. de Benoist

Julius Evola, Reaccionario Radical y Metafísico Comprometido. Alain. de Benoist

Biblioteca Evoliana.- Este largo ensayo fue redactado por Alain de Benoist como prefacio para la edición definitiva de "Orientaciones" y "Los hombres y las ruinas", en n volumen de las "Obras de Julius Evola" que apareció en enero de 2002 en las Edizioni Mediterraéne de Roma. Fue publicado posteriormente en el número doble 53-54 de la revista francesa Nouvelle Ecole, año 2003, páginas 147-169. Nos ha sido remitido por su traductor José Antonio Hernández García. El artículo puede ser considerado como la toma de posición de la Nouvelle Droit ante el pensamiento de Julius Evola.

JULIUS EVOLA, REACCIONARIO RADICAL Y

METAFÍSICO COMPROMETIDO

Análisis crítico del pensamiento político de Julius Evola


Alain de Benoist

Traducción de José Antonio Hernández García

En El camino del cinabrio, Evola cuenta la sorpresa que se llevó al regresar a Roma en 1948 1 y constatar que todavía existían en Italia «grupos, sobre todo de jóvenes, que no se dejaron arrastrar por el hundimiento general. Particularmente en esos medios mi nombre era conocido y mis libros eran muy leídos»2. Es gracias a dichos jóvenes –lo que después confirmaría reiteradamente3– que el autor de Rebelión contra el mundo moderno decide redactar, primero, un folleto titulado Orientaciones –cuya primera edición apareció en 1950 a iniciativa del grupo fundador de la revista Imperium, que entonces dirigía Enzo Erra–, y tres años después el libro Los hombres y las ruinas, que fue publicado en las ediciones romanas dell’Ascia. Con estas dos obras, Evola quería responder a la demanda que sus jóvenes lectores le habían hecho para obtener de él las «directrices capaces de conferir una orientación positiva a su actividad». Él mismo describiría a Orientaciones –en el prefacio que escribe para la edición de 1971– como una «rápida síntesis provisional de algunos puntos esenciales y generales», síntesis destinada a proponer, no tanto órdenes o un programa político sino «consignas» de valor existencial destinadas a «aquellos que seguramente combaten estando conscientes que la batalla estaba materialmente perdida». Pero es también en este pequeño libro donde escribe las siguientes líneas: «Estamos hoy en medio de un mundo en ruinas. Y la cuestión que hoy debemos plantearnos es ésta: ¿existen todavía hombres de pie entre estas ruinas? ¿Y qué deben hacer, qué puede aún hacer?» Los hombres y las ruinas le permitiría responder de manera más completa a esta cuestión

Tomando en cuenta lo anterior, quizá podríamos considerar Orientaciones y Los hombres y las ruinas como simples escritos de circunstancia; pero eso sería un error, al menos por dos razones. La primera es la influencia considerable que ambas obras no han dejado de ejercer desde la época en que fueron escritas. De ello dan testimonio el gran número de ediciones y traducciones de las que han sido objeto4; Orientaciones y Los hombres y las ruinas han servido indudablemente de «lectura de despertar» a varias generaciones de jóvenes, salidas particularmente de los medios de la derecha radical. Allí encontraban una síntesis de las ideas políticas de Julius Evola, a las que accederían de manera relativamente fácil, y no hay duda de que, en muchos casos, es gracias a la lectura de dichos libros que comenzaban a familiarizarse con el pensamiento evoliano, lo que les permitiría descubrir después otros aspectos más propiamente metafísicos.

La segunda razón es que ambos libros están lejos de constituir un bloque marginal o aislado en la obra de Evola. Éste, prácticamente jamás había dejado de escribir –al menos desde inicios de los años treinta si no es que desde finales de los años veinte– textos de carácter directamente político. Ese rasgo es uno de los que distinguen claramente la corriente de pensamiento «tradicionalista» con la que generalmente se le relaciona. Contrario a otros teóricos de la Tradición, desde René Guénon hasta Frithjof Schuon, Evola constantemente tomó posición sobre problemas políticos y él mismo adoptó posiciones políticas, especialmente en sus artículos de periódicos y revistas, la mayoría de los cuales se han reunido en forma de libro sólo hasta después de su muerte5. Esta particularidad, que ha hecho que su obra se considere una

sorprendente mezcla de inactualidad aristocrática, de intempestividad soberana o de supra-historicidad metafísica, y con una continua implicación en problemas de actualidad, de compromiso en el campo ideológico-político6,

está en relación, sin duda, con su voluntad de afirmarse como un «guerrero» (kshatriya) más que como un «sacerdote» –y por consiguiente con su afirmación, tan contraria a la opinión de René Guénon, según la cual el guerrero o el rey es portador, en las sociedades tradicionales, de un principio espiritual de dignidad igual al del sacerdocio. Dicho interés es incluso tan constante en él, que a veces nos podemos preguntar si debemos considerarlo un pensador de la Tradición particularmente interesado en la política, o un teórico político que se refiere a los principios de la Tradición. Pero la duda se disipa cuando vemos la definición que Evola da de la política. Dicha definición basta, en efecto, para reconocerlo como metafísico –«metafísico comprometido» sin duda alguna, pero primero y ante todo metafísico.

Contrario a un politólogo como Julien Freund, para quien la política es «originariamente sustancial a la sociedad en tanto esencia»7 y que sostiene el carácter estrictamente autónomo de dicha esencia, Evola forma parte de los autores que reconducen o llevan la política a una instancia distinta a la suya propia. Según él, en último análisis, la política depende de la ética y de la metafísica: sólo representa la aplicación, en un terreno particular, de principios que, lejos de caracterizar o de pertenecerle con toda propiedad, encuentran fuera de su origen su significación y su legitimidad. Mientras que para Julien Freund la política es

la actividad social que se propone asegurar, mediante la fuerza, generalmente fundada en el derecho, la seguridad exterior y la concordia interior de una política particular, garantizando el orden en medio de luchas que nacen de la diversidad y de la divergencia de opiniones e intereses8,

para Evola es la «aplicación de las directrices del supra-mundo», es decir, una actividad puesta en marcha por una autoridad cuyo fundamento no puede ser más que «metafísico»9, autoridad identificada a una «cualidad trascendente y no únicamente humana»10. «El verdadero fundamento del Estado –escribe Evola– es la trascendencia de su principio»11. De allí se deduce que las reglas de la acción política no son autónomas sino derivadas. La política no es, en el fondo, política sino metafísica: en tanto es una «traducción», carece de esencia propia. Es por ello –asegura Evola– que el metafísico está mejor situado que nadie para decir en qué debe consistir12.


El primado del Estado

Los hombres y las ruinas es un libro que contiene, menos de lo que se podría creer, la marca de la época en la que fue escrito. Esa es la razón por la cual ha podido ser leído, con el mismo interés, por varias generaciones sucesivas de lectores. Sin darnos cuenta de su magnitud, Evola de repente se sitúa fundamentalmente a nivel de los principios. Esto es particularmente cierto en los once primeros capítulos, en los que expone precisamente cuáles son estos principios –términos que, para él, siempre tiene el sentido de ideas o de reglas superiores absolutas. La segunda parte, que trata tanto del corporativismo como de la «guerra oculta», es, en cambio, más disperso, más desigual, y es sin duda el que hoy en día podría parecer el más «envejecido».

Debemos darle el crédito a Evola de expresarse siempre sin artificio, sin concesiones tácticas ni de la coyuntura ni en espera de la impresión que sus propósitos podrían producir. Philippe Baillet pudo hablar, a este respecto, de un «estilo desnudo en extremo, a veces altivo y solemne pero, incluso en ese caso, carente de cualquier artificio literario y de cualquier retórica fácil»13. Evola es además el primero en reconocer no solamente su radicalismo, sino también el primero en gloriarlo y pregonarlo a quienes lo escuchan: «Nosotros debemos tener como propia la valentía de las elecciones radicales (il coraggio del radicalismo), el no lanzado a la decadencia política bajo todas sus formas, sean de izquierda o de la que a sí misma se llama derecha»14. Habremos de hablar más adelante del radicalismo. Digamos por lo pronto que debe ser puesto en relación, ante todo, con lo que Evola llama la «intransigencia de la idea». Para Evola, la idea no puede ser producto de las circunstancias. Pertenece y tiene su origen en una esfera separada de todas las contingencias, escindida incluso de cualquier otra forma de pertenencia: «La idea, y solo la idea, debe representar la verdadera patria»15.

Esta forma de abordar las cosas explica la economía general de una obra como Los hombres y las ruinas. Al hablar de política, Evola casi no hace referencia a ningún gran teórico clásico de la cosa pública. Aunque hace patente su escasa simpatía por Maquiavelo, y ocasionalmente evoca a Juan Jacobo Rousseau, guarda silencio en nombres como los de Locke, Hobbes, Althusio y Bodino, tanto como por los de Tocqueville o de Max Weber. Subraya que lo económico es, para él, un «factor secundario», pero no elabora ninguna refutación argumentada del pensamiento de Adam Smith o del de Karl Marx, y tampoco examina a detalle las complejas relaciones entre el poder político y el dominio jurídico. Su propósito, que es ante todo metafísico, casi no se ilustra con las experiencias políticas que conoció durante los años treinta. No hay nada qué buscar en él desde el punto de vista de la teoría politológica propiamente dicha. Por lo mismo, se afana muy poco en trasladar a nivel de aplicaciones concretas los principios normativos que enuncia. En las raras ocasiones que lo intenta, sus proposiciones frecuentemente revisten un carácter muy general16, incluso enigmático17.

En una palabra, Evola se esfuerza en permanecer siempre al nivel de aquello que para él es lo esencial. Pero, ¿qué es lo esencial? Se sabe que para Evola toda la historia humana, desde hace dos milenios y medio, puede leerse como un proceso de involución, demasiado lento al principio, y después cada vez más acelerado, y que culmina en la modernidad. Este proceso de decadencia obedece a la ley de «regresión de las castas», que acabó por consagrar los valores mercantiles, económicos –que para Evola también son los de la mujer y del pueblo– y por dar el poder a sus representantes. Se caracteriza por la pérdida progresiva del elemento espiritual, viril y heroico, que es propio de la «Luz del Norte», y por la llegada correlativa de los valores disolventes de las culturas «ginecocráticas» del Sur. Su resultado es el eclipsamiento de las «visiones del mundo» (Weltanschauungen) impersonales, ordenadas conforme a principios metafísicos superiores, en favor únicamente del saber libresco y del intelectualismo abstracto, pero también de la primacía del «alma», dominio de las pulsiones instintivas y de las pasiones indiferenciadas por encima del «espíritu», que es el dominio de la claridad «apolínea» y de la racionalidad. Para Evola, dicho proceso constituye un hecho primigenio que justifica la mirada peyorativa que tiene respecto de la historia: ésta no es más que la historia de una decadencia siempre más acentuada y, a la inversa, dicha decadencia comienza desde que el hombre quiere inscribirse en la historia.

Esta visión se encuentra en una estructura de tipo dualista y jerárquica a la vez. Todo el sistema de Evola se funda sobre una doble oposición: por una parte, lo que está «en lo alto» y lo que está «en lo bajo»; por la otra, entre lo que está en el origen más lejano (a lo que llama la «Tradición Primordial») y el final del ciclo actual. Los términos de dicha oposición se recuperan: el origen remite a los principios fundadores superiores; el estado presente, al rebajamiento final. La decadencia se resume en el movimiento ascendente de la base y el movimiento descendiente de la cima.

El pensamiento evoliano se ve orientado fundamentalmente, a las claras, hacia lo alto, es decir, es rigurosamente elitista y «jerárquico». Evola recuerda que, etimológicamente, «jerarquía» significa «soberanía de lo sagrado». La perspectiva jerárquica debe entenderse, a la vez, en sentido sincrónico («mientras más vasta es la base, la cima deberá estar más alta») y en sentido diacrónico: el pasado, por definición, siempre es mejor que el presente –y mejor mientras más alejado esté. La idea clave aquí es que lo inferior jamás puede preceder a lo superior, pues lo más no puede salir de lo menos. (Esta es la razón por la cual Evola rechaza la teoría darwiniana de le evolución). Resuelto adversario de la idea de igualdad, Julius Evola condena con fuerza cualquier forma de pensamiento democrático y republicano –las repúblicas de la antigüedad no eran, de acuerdo con él, más que aristocracias u oligarquías– tanto porque dichas formas de pensamiento provienen de lo «bajo» como porque son productos de la modernidad; ambas razones son, para él, sólo una. La historia es concebida como una caída acelerada; no hay, pues, desde el liberalismo hasta el bolchevismo, más que una diferencia de grado:

Liberalismo, democracia después, posteriormente socialismo, radicalismo y, finalmente, comunismo y bolchevismo, no aparecen en la historia más que como grados de un mismo mal, estadios en el que cada uno prepara al siguiente en el conjunto del proceso de caída18.

De cara a esta evolución negativa, en política Evola pone todas sus esperanzas en el Estado. Pero ya que para él siempre lo «bajo» debe derivar de lo «alto», y no a la inversa, le importa que dicho Estado no proceda de ningún elemento «inferior». Al rechazar todas las doctrinas clásicas que hacen del Estado una forma organizada de la nación, producto de la sociedad o creación del pueblo, afirma entonces –y reafirma sin cesar– que, por el contrario, es el Estado el que debe fundar a la nación, poner al pueblo en forma y crear a la sociedad. «El pueblo, la nación –escribe– no existen más que en tanto Estado, dentro del Estado y, en cierta medida, gracias al Estado»19. Dicho Estado debe fundarse exclusivamente en principios superiores, espirituales y metafísicos. Solamente así será un «Estado verdadero», un «Estado orgánico», no trascendente por sí mismo sino fundado en la trascendencia de su principio.

Tal «estatismo» es, ciertamente, el que resulta más sorprendente en el pensamiento político de Evola, aunque proporciona, sin duda, algunas precisiones destinadas a disipar cualquier malentendido. Evola tiene así el cuidado de decir que la «estatolatría de los modernos», tal y como se encuentra por ejemplo en Hegel, nada tiene que ver con el «Estado verdadero» a la manera en que él lo entiende. Enfatiza también que, aunque hayan existido Estados fuertes en la historia, no fueron más que caricaturas de lo que él llama por sus fueros. Además, critica con vigor tanto el bonapartismo, al que califica de «despotismo democrático», como el totalitarismo, en el que ve una «escuela de servilismo» y una «extensión agravante del colectivismo». La primacía que le atribuye al Estado no es poco significativa, sobre todo cuando se relaciona con lo que dice del pueblo y la nación. Mientras que la noción de «Estado» casi siempre tiene en él una connotación positiva, las de «pueblo» o de «nación» casi siempre tienen un valor negativo. El Estado representa el elemento «superior», mientras que el pueblo y la nación no son más que elementos «inferiores». Ya sea demos o ethnos, plebs o populus, a los ojos de Evola el pueblo no constituye más que una «simple materia» que conformará al Estado y al derecho. Lo mismo sucede con la nación y la patria. Términos como «pueblo», «nación», «sociedad», parecen incluso en sus propios escritos prácticamente intercambiables: todos corresponden a una dimensión puramente física, «naturalista», indiferenciada –fundamentalmente pasiva– de la colectividad; pertenecen a la dimensión de la «masa materializada» que, en oposición a la forma que sólo puede conferir el Estado, permanece en el orden de la materia bruta. Evola se sitúa, desde este punto de vista, en exacta oposición a los teóricos del Volksgeist, como Herder: para él, el pueblo no representaría un valor en sí, y no podría ser el depositario privilegiado del «espíritu» creador de una colectividad determinada. Evola es también del todo indiferente a la cuestión del lazo social, e incluso a todo lo propiamente social, que a veces engloba en lo «económico-social», otra designación que él utiliza para el mundo horizontal o el reino de la cantidad. «Todo lo que es social –escribe– se limita, en la mejor de las hipótesis, al ámbito de los medios»20. Es por ello que no se encuentra en él un pensamiento sociológico ni tampoco un verdadero pensamiento económico.

Esta mirada dirigida hacia el pueblo no explica solamente la hostilidad de Evola hacia cualquier forma de democracia o de socialismo, aunque sea «nacional»21; subyace igualmente en su crítica al nacionalismo. Ésta descansa en dos elementos distintos: por una parte, su adhesión al modelo del Imperio, contra el cual se estrellan los reinos nacionales y los nacionalismos modernos –Evola subraya aquí, afortunadamente, que la idea de Imperio nada tiene que ver con los imperialismos modernos, que en general sólo son nacionalismos extrapolados– y, por otra parte, la idea de que la nación, como la patria, es de esencia fundamentalmente «naturalista», pues es resultado, a la vez, tanto del dominio de la «cantidad» como del «sentimiento» puro. Evola admite ciertamente que el nacionalismo es mejor que el cosmopolitismo político, en la medida en que representa un nivel de existencia más diferenciado, por lo que también puede constituir el «preludio de un renacimiento», pero describe el nacionalismo al menos como una doctrina sentimental y naturalista que encuentra su principio en la primacía de lo colectivo y, por ese hecho, no se ajusta a su concepción del Estado. «Disolverse» en la nación apenas es un poco mejor que «disolverse» en la humanidad22.

Al rechazar volver al Estado la expresión de la sociedad y reaccionar en contra de quienes ven en el Estado una especie de familia agrandada (en la que el soberano desempeñaría el papel de pater familias), Evola explica su origen a partir de la «sociedad de hombres». Se une así a Hans Blüher, quien colocaba a los antiguos «Männerbünde» como la fuente de toda verdadera autoridad política. Tal sociedad de hombres va a concebirse, primero, como una asociación exclusivamente masculina y, después, como el lugar de reagrupamiento de una élite. La forma de asociación «viril» por excelencia es, para Evola, la de la Orden. Los ejemplos que proporciona son principalmente la Orden de los Templarios y la de los Caballeros Teutónicos.

La noción de Orden permite comprender todo aquello que separa el elitismo que Evola encomia –el elitismo esencialmente ético– del elitismo liberal o meritocrático. Pertenece a la élite no el «mejor» en el sentido darwiniano del término o el más efectivo en el sentido de Pareto, sino aquel cuyo ethos domina sobre el pathos, aquel que posee «el sentido de superioridad respecto de todo lo que no es simple apetito de vivir»23, y quien ha hecho suyo «del principio de ser él mismo un estilo activamente impersonal, del amor a la disciplina, una disposición heroica fundamental»24.

Para él, la élite es por principio una aristocracia. Encarna una «raza del espíritu», un tipo humano particular que Evola define como «hombre diferenciado», y cuyo advenimiento (o renacimiento) es un requisito indispensable para la acción en el mundo:

Lo que se debe propiciar es [...] una revolución silenciosa, desde lo profundo, a fin de que primero se creen en el interior del individuo las premisas de orden que después deberá afirmar también en el exterior, suplantando en un destello, en el momento indicado, las formas y las fuerzas de un mundo de subversión25.

Su propuesta final, siempre la misma, es entonces regresar a la Idea y suscitar el nacimiento de una Orden en cuyo seno se encontrarían los hombres superiores que se mantienen fieles a dicha Idea:

No comprender este realismo de la Idea significa permanecer en el plano en que se está, infra-político en el fondo: el plano del naturalismo y del sentimentalismo, por no decir rotundamente de la retórica patriotera [...] Idea, Orden, élite, Estado, hombres de Orden, estas líneas son las que debemos mantener, ¡tanto como sea posible!26

Esta consigna tiene en Evola valor de solución. En cuanto cierto tipo ético surja o resurja, los problemas políticos y sociales serán, sino resueltos, al menos «simplificados»: «Cuado se afirme este espíritu, numerosos problemas, comprendidos los de orden económico y social, se simplificarán»27. La posición adoptada por Evola de cara a los problemas políticos es, pues, en definitiva, la de un elitismo ético con un fuerte contenido «viril» que se deduce de una concepción metafísica de la historia.

La polaridad masculino-femenina

A primera vista, al historiador de las ideas Julius Evola le puede parecer la encarnación típica, e incluso extrema, del teórico anti-democrático, del teórico del elitismo aristocrático y de los valores del Ancien Régime, adversario implacable de las ideas de 1789, o sea, de todo aquello que le permitió surgir y de todo lo que ha producido; además, así es como frecuentemente se le ha considerado. Pero ver a Evola sólo de esta manera es perder de vista lo que constituye su originalidad y lo que lo vuelve, a final de cuentas, tan difícilmente clasificable en la historia del pensamiento político. Más que resumir o de parafrasear sus ideas, como frecuentemente se hace, quisiéramos demostrar que su aproximación a la política abre interrogantes e impone problemas que nos gustaría señalar aquí, sin tener que responderlos necesariamente o pretender resolverlos.

Ya hemos aludido a la manera en que Evola opone el Estado y el pueblo; dicha oposición no es, en sí, original. Lo que en cambio sí resulta muy singular en Evola es el paralelismo que constantemente establece entre tal oposición y la polaridad masculino-femenina, sobre la base del antiguo simbolismo analógico de la forma y la materia.

Para los antiguos –escribe– la «forma» designaba al espíritu, la «materia» a la naturaleza; la primera se asociaba con el elemento paterno y viril, luminoso y olímpico [...] mientras que la segunda al elemento femenino, maternal, puramente vital28.

La idea que él deduce es que «el Estado se encuentra bajo el signo masculino, la sociedad y, por extensión el pueblo, el demos, bajo el signo femenino»29. Esta idea ya estaba presente en Rebelión contra el mundo moderno:

Es Estado es al pueblo lo que el principio olímpico y uránico es al principio ctónico e «infernal»; el Estado es como la «idea» y la «forma» (nous) en relación a la «materia» y a la «naturaleza» (hyle); se trata, pues, de la relación de un principio luminoso, masculino, diferenciador, individualizador y fecundador frente a una sustancia femenina, inestable, heterogénea y nocturna. Son dos polos entre los cuales existe una tensión íntima. En el mundo tradicional esto se resuelve mediante una transfiguración y una estructuración desde los alto30.

En el mismo libro, Evola ya afirmaba que

el apego plebeyo a la Patria, que se afirma con la Revolución francesa y que fue desarrollado por las ideologías nacionalistas como una mística de la raza y, a mayor abundancia, de la Madre Patria sagrada y omnipotente, es la revivificación de una forma de totemismo femenino31.

En Los hombres y las ruinas, añade:

Los conceptos de nación, patria y pueblo [...] pertenecen por esencia al plano «naturalista» y biológico, no al plano político, y corresponden a la dimensión «maternal» y física de una colectividad determinada32.

Y aún más:

La imagen de la Patria como Madre, como Tierra de la que somos hijos y respecto de la cual todos somos iguales y hermanos, corresponde claramente a este orden físico, femenino y maternal del que, como lo hemos dicho, los «hombres» se separan para crear el orden viril y luminoso del Estado33.

Podríamos multiplicar las citas. Estamos ante la presencia de una constante mayor del pensamiento de Evola, así como ante un rasgo que lo distingue todavía más claramente respecto de otros pensadores de la Tradición. Jean-Paul Lippi llega incluso a escribir –a justo título en nuestra opinión– que la visión del mundo evoliano «se despliega toda entera, comprendida su dimensión propiamente política, a partir de la bipolaridad masculino-femenina»34, y que

la interpretación metafísica del fenómeno político al cual se abandona Evola no adquiere sentido más que al estar sobredeterminado por la importancia que en él reviste la bipolaridad masculino-feminina35.

Para ser breves, digamos que en Evola la «virilidad» está asociada constantemente a nociones tales como la forma, lo sobrenatural superior, el espíritu, la razón, la abstracción, la luminosidad «solar», la verticalidad, lo absoluto –mientras que la «feminidad» evoca, por el contrario, la materia, la naturaleza, el alma, el sentimiento, lo concreto, las tinieblas «ctónicas» o «lunares», la horizontalidad, lo relativo, etcétera. La cuestión que surge, entonces, es saber cómo deben plantearse o articularse las relaciones entre ambas series de términos. Ante esta cuestión, Evola aporta una respuesta ambigua. Cuando él habla del hombre y de la mujer, en numerosas ocasiones insiste en la complementariedad de los sexos y en el hecho de que, a partir de su propia diferencia, la cuestión de su respectiva superioridad o inferioridad carece de sentido. Sin embargo, también afirma que el elemento masculino se coloca como forma autónoma que debe imponer su marca, su huella, al elemento femenino, que aparece como materia heterónoma. La complementariedad va, pues, a la par de la subordinación. Es una complementariedad jerarquizada, fundada en la preeminencia del primer término (masculino, esto es, anagógico) sobre el segundo (femenino, catagógico). Es, por otra parte, una complementariedad no dialéctica, e incluso abiertamente anti-dialéctica, ya que Evola afirma que «desde el punto de vista de la ética tradicional, es malo y un antivalor lo que es masculino en la mujer y aquello que es femenino en el hombre»36.

Pero Evola no se limita a plantear la polaridad masculino-femenina en el interior de la sociedad. Es también una clave de su concepción de la historia y de su visión de las relaciones entre las culturas y las civilizaciones. Es así como opone las civilizaciones producto de la «Luz del Norte» –la «Tradición Primordial» y, para él, de origen «hiperbóreo o nórdico-occidental»–, portadoras de un ethos viril, «luminoso», y de una espiritualidad heroica y guerrera, a las culturas del Sur, que para él corresponden al «mundo ctónico» de la Madre y de la Mujer. Sin embargo, aquí ya no hay complementariedad sino oposición irreductible. Evola lo dice con la mayor claridad:

Dos actitudes son posibles frente a la realidad sobrenatural. Una es solar, viril, afirmativa, y corresponde al ideal de la realeza y de la caballería sagrada. La otra es lunar, femenina, religiosa, pasiva y corresponde al ideal sacerdotal. Si la segunda pertenece principalmente a las culturas semíticas y meridionales, la nobleza de raza nórdica e indoeuropea siempre ha sido solar37.

Lo que Roma tiene de más romano –dice también– se formó

a través de una lucha incesante del principio viril y solar del Imperium contra un oscuro sustrato de elementos étnicos, religiosos e incluso místicos [...] en el que el culto telúrico y lunar de las grandes Diosas Madres de la naturaleza desempeñaba un papel muy importante38.

En el plano mitológico, los dioses celestes, diurnos, viriles, olímpicos, se oponen a las divinidades ctónicas, nocturnas, terrestres, femeninas y maternales, «caras sobre todo a los estratos plebeyos»39. En el plano social, el patriarcado indoeuropeo debe contrastarse con el «matriarcado oriental»40. Esta «lucha incesante» no se limita, según Evola, sólo a la Antigüedad. Constituye para él, por el contrario, uno de los elementos centrales de la historia en la medida en que el proceso de decadencia que él estigmatiza reside precisamente en la llegada progresiva de valores inherentes al mundo ctónico matriarcal y ginecocrático, al mundo de las «razas obscuras» y «lunares», en decadencia correlativa a los valores inherentes del espíritu viril «olímpico» e «hiperbóreo», y que los primeros constantemente amenazan con «disolver»41. Las críticas que endereza contra sus adversarios son inequívocas desde ese punto de vista. El cristianismo, al que describe en su forma primitiva como una «religión típica del Kali-yuga»42, le recrimina haber contribuido –en tanto religión del «amor» y como portadora de la idea «lunar» de la igualdad moral de todos los hombres– a la «desvirilización espiritual» de Occidente. Acusa a los güelfos, adversarios de los gibelinos en la querella de las investiduras, de haber transmitido la «vieja concepción ginecocrática» de una «dominación espiritual del principio maternal sobre el principio masculino»43. Cuando denuncia la democracia y el socialismo, es para decir que con ellos también «se completa la traslación de lo femenino a lo masculino»44, porque el demos, al ser «femenino por naturaleza», jamás tendrá «voluntad propia y clara»45: la «ley del número», característica del «reino de la masa», es también de inspiración «ginecocrática». Lo mismo pasa cuando alude al arte moderno, en el que comprueba la manifestación de «tendencias intimistas, expresiones características de una espiritualidad femenina»46. Además, se refiere a Otto Weininger para subrayar las afinidades del espíritu femenino con el espíritu judío. Denuncia incluso el racismo biológico como una doctrina característica del reino de la cantidad, del que enfatiza el carácter «naturalista» y, por lo tanto, femenino. De manera inversa, cuando hace el elogio de la autarquía económica, es porque ésta le parece una transposición de la idea masculina de autonomía de sí, lo que basta para conferirle un valor «ético»47.

No hay duda de que, para Evola, el rasgo más evidente de la crisis existencial moderna reside en el eclipsamiento de la «virilidad espiritual» –título del capítulo 7 de Rebelión contra el mundo moderno– por efecto, primero, del ascenso de los valores femeninos y, después, debido a la indiferenciación de los sexos.

La difusión pandémica del interés por el sexo y la mujer –escribe–carateriza cualquier época crepuscular [...] La pandemia del sexo es uno de los signos de carácter regresivo de la época actual [cuya] contraparte natural es la ginecocracia, el predominio tácito de todo aquello que, directa o indirectamente, está condicionado por el elemento femenino48.

Colocada así bajo el signo de la involución –observa Jean-Paul Lippi– la historia [...] aparece como un proceso de feminización49; [la historia es] dominación acentuada sin cesar del polo femenino sobre el polo masculino del ser50.

La modernidad se identifica, pues, con un «retorno del matriarcado», con una «materia» emancipada de cualquier «forma». La morfogénesis de la modernidad es, ante todo, desvirilizante y potencialmente castradora. Nos sorprende la manera en que, para Julius Evola, el principio femenino o los valores femeninos siempre son representados como una amenaza al «poderío masculino», como un riesgo de «destitución de la virilidad»51. Y lo estamos aún más en la medida en que Evola, que se quiere a la vez soberano y guerrero, atribuye a la noción de poderío –con la que la lectura de Nietzsche lo había familiarizado en su juventud– una importancia decisiva. En tanto característica más evidente de la virilidad –afirmaba en los años veinte– el poder extrae de sí mismo su propia justificación. Es el «principio de lo absoluto», la «arbitraria causalidad incondicionada», el «hacer que se justifica a sí mismo». Además, yendo una vez más a contracorriente de los otros pensadores del «tradicionalismo integral», Evola no dudó jamás en definir a la Tradición como si fuera ante todo «fuerza», «energía», «poder». Su segundo libro, aparecido en 1926, consagrado al tantrismo, se titulaba El hombre como potencia (El yoga de la potencia en su edición de 1949). El tantrismo es, en efecto, por principio, una «visión del mundo como potencia»52, una doctrina que concibe el cuerpo como una vasta reserva de potencia (Çakti). La temática de la «potencia», en Evola, está evidentemente ligada a la de la «virilidad espiritual». No se habla más del contraste que aparece aquí entre la Tradición como potencia y la modernidad como castración potencial que pone en peligro a la virilidad. Las observaciones que preceden no permiten, indubitablemente, disipar la ambigüedad evocada un poco antes a propósito de las relaciones entre el Estado «masculino» y el pueblo «femenino» en el pensamiento evoliano, pero pueden ayudar a aproximarnos. Dicha ambigüedad resulta del hecho de que el modelo bipolar al que se refiere Evola es utilizado tanto para fundar una complementariedad jerarquizante, como para ilustrar una oposición irreductible o una incompatibilidad radical. En muchos casos –observa Jean-Paul Lippi– Evola parece «privilegiar la jerarquización de los polos masculino y femenino respecto de su complementariedad, lo que prácticamente conduce a excluir al segundo»53. Pero la jerarquización supone todavía una unidad, lo que implica un englobamiento en el interior de una misma estructura. Sin embargo, en la mayoría de los casos no hay duda de que no es la complementariedad ni el englobamiento jerarquizante lo que Evola recomienda respecto de los valores femeninos, sino más bien su aislamiento, su relegación a distancia así como una lucha activa en contra de todo lo que ellos representan. Los valores femeninos, entonces, son definidos como valores enemigos con los que no se asume el menor compromiso. ¿Qué debe pasar entonces en el interior de la sociedad? A Evola le parece correcto, de hecho, que los hombres sean los únicos que pueden pertenecer a la élite –sobre todo cuando ésta se reúne en el seno de una Orden– y se separen de las mujeres. Declara explícitamente, en efecto, que los hombres no pueden crear el «orden viril y luminoso del Estado» más que separándose del «orden femenino»54. Proclama el renacimiento de un «mudo claro, viril, articulado, hecho de hombres y de jefes de hombres55. Además, no oculta su predilección por el celibato, ni tampoco su rechazo a procrear, al afirmar que es bueno para los hombres libres y creadores estar sine impedimentis, sin nada que los apegue o los limite:

El ideal de una «sociedad de hombres» no podría ser el parroquial y pequeño burgués, que consiste en tener «una casa y niños». [Él mismo se enorgullece de haber sido siempre] «ajeno a las rutinas profesionales, sentimentales y familiares56.

Igual que para san Pablo, el matrimonio es, para él, lo peor. Pero su advertencia va más allá de un desprecio justificado por la «pequeña vida burguesa». Hay en sus amonestaciones algo que no solamente hace de la mujer una amenaza intrínseca para la «virilidad», sino que tiende a devaluar todo aquello que es simplemente del orden de lo viviente, de lo simplemente natural, de lo simplemente carnal. En esta crítica al «naturalismo» y a la «carne», así como en su denuncia del «absurdo de la procreación», no sería un exceso descubrir una tendencia «gnóstica», que bien podría calificarse de marcionita o de cátara.

El individualismo evoliano

Otra interrogante que surge del pensamiento político de Evola tiene que ver con el papel que desempeña en él la noción de individuo. Si nos atenemos a su crítica del liberalismo en tanto doctrina fundada en el individualismo y en una concepción «informe» de la libertad –crítica de corte completamente clásico entre los medios antiliberales– estaríamos obligados a concluir, evidentemente, que dicha noción reviste parta él una resonancia negativa. No obstante, si tomamos en cuenta su evolución personal y si ponemos en perspectiva todo lo que escribió acerca de este tema, rápidamente nos percatamos de que dicha problemática es mucho más compleja en él de lo que parece.

En los años veinte, el joven Julius Evola había comenzado, en efecto, a profesar un «individualismo absoluto». Incluso redactó en esta época una obra importante, Teoría y fenomenología del Individuo absoluto, el cual da nacimiento finalmente a dos libros distintos57 de los que no vacila en decir que representan la «exposición sistemática y definitiva» de su «doctrina»58. En el individualismo profesado por Evola durante su período dadaísta se siente, sobre todo, las influencia del idealismo alemán, del pensamiento de Nietzsche y del anarquismo individualista de Max Stirner. Evola se fija como finalidad enunciar una teoría filosófica que se esforzaría en llevar el idealismo hasta sus consecuencias más extremas al expresar la «exigencia de auto-afirmación absoluta del individuo». Enseguida, dirá además que extrajo de la lectura de Nietzsche, sobre todo, la idea de una revuelta fundada en «la afirmación de los principios de una moral aristocrática y en los valores del ser que se liberan de cualquier lazo y que son, para sí mismos, su propia ley»59 –formulación que no está exenta de ambigüedad, ya que en la doctrina liberal el individuo también es considerado autosuficiente y, por ende, es «para sí mismo su propia ley». De hecho, el «individuo absoluto» es el que impone su propia voluntad como principio central y como árbitro de cualquier determinación. Su voluntad está libre de cualquier constreñimiento, de cualquier limitación, y es libre en el doble sentido de arbitrario y de incondicionado; es sinónimo de poder puro. El individuo absoluto ve, pues, la existencia como proceso continuado de afirmación de sí, siendo libre de cualquier tipo de contingencia y de determinación. Hay en esta visión cierto carácter solipsista: el individuo único y absoluto es, a final de cuentas y ante sus propios ojos, todo lo que existe.

La cuestión que es necesario saber es si el «tipo de hombre» que Evola propone en sus escritos políticos está muy alejado del individuo absoluto hacia el que tendía en los años veinte, o si no existen algunas similitudes entre el individuo absoluto –centro de poder y de voluntad, en quien la voluntad de ser y la voluntad de dominar son una– y el hombre absolutamente soberano tal y como lo redefinirá Evola en el marco de la visión tradicionalista.

Es hacia principios de los años treinta que Evola parece haber abandonado o modificado sus presupuestos individualistas. A partir de esa fecha, vuelve a tomar en cuenta la crítica que oponía clásicamente el individuo y la persona, y denuncia un individualismo en el que ya no verá más la «esencia del liberalismo». Su individualismo, desde entonces, ya no fundará la actitud aristocrática, sino la contradirá directamente. No será más sinónimo de superioridad individual, sino de universalismo igualitario y de disolución social. Sin embargo, mientras que la crítica clásica del individualismo le opone regularmente entidades colectivas (pueblo, nación, comunidades, etcétera) desde una perspectiva resueltamente holista, al acusar al individualismo liberal de destruir el carácter eminentemente orgánico de dichas entidades, Evola emprende una vía totalmente diferente. Bien entendida, hay allí, como siempre en él, una gran coherencia: en la medida en que cualquier comunidad, cualquier grupo colectivo, adquiere para sus ojos un nivel «naturalista» inferior, una dimensión femenina de «abajo», no hay problema para situar al pueblo, a la sociedad o a la nación por encima del individuo. Es entonces en nombre de otra concepción del individuo, la del individuo «diferenciado», que Evola va a combatir el individualismo liberal. Al individualismo que piensa al individuo como átomo indiferenciado, como elemento «atómico», Evola opone una concepción que, mediante diferenciaciones sucesivas, apunta hacia el ideal de la «persona absoluta»:

Ser simplemente «hombre» es menos al hecho de ser hombre en una nación y una sociedad determinadas, pero esto es, a su vez, menos respecto del hecho de ser una «persona», cualidad que ya implica un plano que es más que simplemente «naturalista» y «social». A su vez, la persona constituye un género que se divide asimismo en grados, funciones y dignidades [...] de acuerdo con una estructura piramidal y en cuya cima deberían aparecer los tipos más o menos próximos a la persona absoluta –es decir, aquel que presenta el más alto grado de realización y constituye, a este respecto, la finalidad y el centro de gravedad natural de todo el conjunto60.

El uso de la palabra «persona», al que Evola opone el de «individuo», no debe engañarnos. Mientras que la crítica antiliberal clásica da a este término una definición que pone inmediatamente el acento en su dimensión social –la persona en tanto sujeto concreto, inscrito y sometido en un contexto determinado, en oposición al individuo como sujeto abstracto separado de sus pertenencias– Evola le confiere otra definición. Para él, la persona no se define para nada por sus pertenencias, sino por el hecho de que está «abierta hacia lo alto», es decir, que se adhiere a principios superiores. Ser persona, en esta acepción, no es pertenecer a una sociedad o a una comunidad de tipo orgánico, sino formar parte de una élite. Ese es un punto esencial que frecuentemente se pierde de vista.

Si tomamos la oposición clásica trazada por Louis Dumont entre el individualismo y el holismo61, Evola para nada se sitúa del lado del holismo. Todas las doctrinas holistas sostienen que el hombre es indisociable de sus pertenencias, que no sabemos de qué hombre se habla más que cuando se sabe también a qué colectividad pertenece. Añaden que la humanidad no está compuesta de individuos, sino de conjuntos de individuos: pueblos, comunidades, culturas, etcétera. Evola afirma, por el contrario, que la persona acabada está, de alguna manera, liberada de cualquier dimensión social, precisamente porque se ha deshecho de todo lo que es «inferior». No obstante, el liberalismo es también la doctrina según la cual el hombre no es ni inmediata ni fundamentalmente social, lo que funda su concepción de la libertad como el derecho individual para disponer libremente de sí. Es por ello por lo que Enrico Ferri pudo afirmar que ante el individualismo igualitario Evola se limita a oponer una «versión aristocrática del individualismo», y agrega que

las principales tesis fundantes del individualismo son, de hecho, compartidas por el tradicionalista Evola; la primera es que la naturaleza humana es individual y que la humanidad no se compone de conjuntos sociales sino de individuos62.

El punto en común entre el liberalismo y el pensamiento evoliano sería aquí que la sociedad no predomina –ya sea sobre la persona o sobre el individuo. Otro punto en común, que se desprende del anterior, es la misma hostilidad visceral hacia la idea de «justicia social», incluso si ésta se expresa mejor a partir de premisas diferentes.

Cualquier tesis «social» –escribe Evola– es una desviación, solidaria con la tendencia al nivelamiento regresivo [...] aunque el individualismo y el anarquismo, que lo hacen como reacción a esta tendencia, poseen indudablemente una razón de ser, un carácter menos degradante63.

Esta última observación es significativa. Cuando Evola denuncia el universalismo político o el cosmopolitismo, no es tanto porque el universalismo desprecie las identidades colectivas sino debido a que la noción de «humanidad» representa, para él, lo más alejado del individuo tal y como lo concibe. El pueblo o la nación, se ha dicho, valen más para él que la humanidad, pero sólo en la medida en que representan niveles más diferenciados. En cambio, se sitúan muy por debajo de la élite aristocrática, que es portadora de valores superiores a cualquier interés de la colectividad, y cuya función es acelerar «el proceso que va de lo general a lo colectivo, y de lo colectivo a lo individual [el subrayado es nuestro], dirección que es la de todo progreso verdadero»64.

La persona diferenciada, en otros términos, prevalece sobre toda entidad colectiva o social, cualesquiera que ésta sea. Christophe Boutin –autor de una importante biografía dedicada a Julius Evola– creyó descubrir en este último una «profunda naturaleza de guerrero individualista»65. Si es individualista lo es a la manera del individuo que se prueba a sí mismo, con o sin razón, como alguien absolutamente superior a la masa. Para él, el individualismo es indisociable del elitismo, con todo lo que supone de horror al conformismo, de rechazo a ser «como los otros» –actitud evidentemente susceptible de adquirir direcciones muy diferentes. Tal elitismo constituye el denominador común de todos los períodos de su existencia. Durante toda su vida, Evola quiso distinguirse de una «plebe» respecto de la cual jamás disimuló su desprecio. El se distinguió como dandy, como dadaísta, como defensor del individuo absoluto, y después como representante de una escuela tradicionalista que proveyó a su elitismo con poderosas justificaciones doctrinales. Su gusto por el esoterismo, por la magia, por la alquimia o por el hermetismo está en fuerte consonancia con su sentimiento de pertenecer a un número reducido (la «Orden») y de ser él mismo una «persona absoluta»: por definición, el esoterismo está dirigido a «iniciados». Se podría decir que, desde este punto de vista, en Evola la voluntad (y el sentimiento) de no ser «como los otros» precedió, y no siguió, el enunciado de lo que justificaba dicha toma de distancia y de altura, es decir, la clara conciencia de las razones de tal actitud. Su oposición radical al mundo circundante no dejó de oscilar entre el rechazo y la negación, ya fuera en su juventud en nombre de la libertad incondicionada del individuo absoluto (el mundo exterior como si fuera inexistente o una pura limitación del yo) o, en su período de madurez, en nombre de la metafísica de la historia que interpreta toda la historia acaecida como decadencia y devalúa absolutamente el período presente en tanto es final de un ciclo. Quizás es, además, la mencionada tendencia al solipsismo con la que debemos relacionar lo que dice Evola a propósito de la «impersonalidad activa». Mediante esta fórmula Evola designa al hombre que ha superado su yo propiamente humano y que se eleva al nivel metafísico y lo hace de conformidad solamente con los principios. Resta saber cómo la «impersonalidad activa» puede ser todavía lo que hace a una «persona diferenciada». Las cosas se esclarecen si admitimos que la «impersonalidad activa» caracteriza ante todo al «rey del mundo», quien gobierna el mundo a la manera en que la Estrella Polar «gobierna» el cielo: por la inmovilidad en la que parece derivar todo movimiento. Evola dice que el objetivo final de la existencia de la élite es hacer que aparezca «el primero de los aristócratas»66, el Monarca, en quien se manifiesta «algo de supra-personal y de no humano»67. Dicho Monarca es a la vez, en ciertos aspectos, el centro del mundo y el mundo para él solo –soberanía absoluta, libertad absoluta, poder absoluto.

¿Estado orgánico o sociedad orgánica?

Julius Evola frecuentemente califica el Estado al que aspira de «Estado orgánico». Así, afirma que «cualquier Estado verdadero siempre tuvo cierto carácter de organicidad»68. Y declara que la «auténtica estructura imperial» podría definirse como un «organismo compuesto de organismos»69. Igualmente habla de una «analogía natural que existe entre el ser individual y ese gran organismo que es el Estado»70. Parece adoptar, así, el punto de vista de los teóricos políticos del organicismo. La noción misma de «Estado orgánico» tiene, sin embargo, algo de problemático. Julius Evola es, en efecto adversario de cualquier forma de «naturalismo»; sólo siente desconfianza de todo aquello que se encuentre en el orden de lo biológico. La cuestión es saber, pues, cómo un riguroso anti-naturalismo puede conciliarse con su « organicismo».

El que la cualidad «orgánica» sea atribuida por Evola al Estado ya es revelador. Los teóricos políticos del organicismo –con la posible excepción de Othmar Spann– prácticamente jamás hablan de «Estado orgánico». Hablan más bien de sociedad orgánica, de cultura orgánica, de comunidades orgánicas, etcétera. Y el modelo al que se refieren es indudablemente un modelo que se toma prestado de las ciencias de la vida: una sociedad con buena salud es una sociedad en donde hay, en sus relaciones sociales, la misma flexibilidad que existe entre los órganos de un ser viviente. Evidentemente, se sobre entiende que si Evola prefiere hablar de «Estado orgánico» es porque, para él, el Estado es inconmensurablemente superior a la sociedad. ¿Pero podría ser orgánico el mismo Estado? Para los teóricos clásicos del organicismo la respuesta es, generalmente, negativa: sólo la sociedad puede ser orgánica, precisamente porque un organismo se define como un todo que no podría reducirse o identificarse con alguna de sus partes, aunque fuera con la más eminente. Una sociedad orgánica puede, claramente, tener instituciones que funcionen de tal manera que mantengan su carácter orgánico, pero dichas instituciones no podrían calificarse de orgánicas: un Estado jamás es solo un organismo. En la perspectiva organicista clásica, lo más frecuente es que se amenace la mayor organicidad de la sociedad. Evola escribe que «un Estado es orgánico cuando tiene un centro y cuando ese centro es una idea que modela eficazmente, por su propia virtud, sus diversas partes»71. Por el contrario, para el organicismo clásico, una sociedad tiene menos necesidad de un «centro» en la medida en que es precisamente orgánica, pues lo que define la organicidad del cuerpo social no es su dependencia respecto de un centro (la «cabeza»), sino más bien de la complementariedad de todas las partes.

El «organicismo» de Evola es, pues, muy distinto del organicismo clásico. Este último, que frecuentemente se encuentra ligado a las doctrinas holistas, sistemáticamente tiende a desvalorizar al Estado y a las instituciones estatales, a las que considera como intrínsecamente «mecanicistas», y le asigna un papel principal a las colectividades de base y al pueblo. Entre los teóricos del organicismo, la organicidad siempre se encuentra asociada con lo que está «abajo» y con lo que es «espontáneo». Su crítica, en general, consiste en oponer a una concepción mecánica, racionalista, abstracta, incluso excesivamente «apolínea» de la existencia social, las prerrogativas de lo viviente, de lo sensible, de lo carnal que se manifiestan en el espíritu dionisiaco y en el «alma del pueblo». Sin embargo, es precisamente el camino inverso el que adopta Evola, pues para él son el alma, lo sensible, el pueblo, lo colectivo los que remiten sistemáticamente a las dimensiones más «inferiores» de la existencia. Evola llega incluso a decir que «la idea orgánica tiene por contrapartida una forma que moldea desde lo alto»72. Y esto es justamente lo que recriminan los teóricos del organicismo clásico: para ellos, la organicidad es un dato real, presente desde el inicio; no podría resultar de un impulso «desde lo alto», pues, por el contrario, sólo lo debilitaría. En la medida en que implica una desconexión radical de lo orgánico y de lo biológico, el alcance exacto de un «organicismo de lo alto» queda aún por establecerse. ¿Se puede hablar de «organicismo» en una sociedad que, lejos de ser un fin, solamente es un medio para que aparezca una élite que por sí misma tiende a la «persona absoluta»?

¿Puede un «Estado verdadero», que desea liberarse de cualquier condicionamiento naturalista, ser verdaderamente «orgánico»? ¿Puede la organicidad, a final de cuentas, ser resultado de la autoridad, del poder y de la voluntad? Acerca de este punto, la experiencia histórica invita, al menos, a la prudencia. Efectivamente, en el curso de la historia, cada vez que un Estado se ha afirmado como titular de un poder soberano absoluto, la organicidad de lo social no aumentó sino decreció. El caso de Francia es, a este respecto, muy ilustrativo. Evola justamente notó que, en su voluntad de liberarse de la autoridad del papa y del emperador, el poder real se escindió en Francia de cualquier principio espiritual superior. Empero, tampoco es menos cierto que Francia constituyó el modelo más acabado de creación de una nación por el Estado. No obstante, también es el país donde la autoridad soberana del Estado –definida desde Juan Bodino como indivisible e inalienable– empobreció más la organicidad social y destruyó las autonomías locales, mientras que las libertades siempre se han preservado mejor allí donde, por el contrario, el pueblo o la nación han creado el Estado. El modelo contrario, el del Imperio, al que Evola ha consagrado algunas de sus mejores páginas, lo es todo, por decirlo de alguna manera.

El Imperio romano-germánico respetó indudablemente mejor la organicidad de la sociedad que el Estado-nación. Pero la respetó mejor en la medida en que su poder era no absoluto e incondicionado sino, por el contrario, relativamente débil, y donde la soberanía era compartida o repartida y el poder se preocupaba menos de imponer su «forma» a las diferentes colectividades locales que de respetar lo más posible su autonomía. El principio mismo de cualquier construcción imperial es, en efecto, el principio de subsidiaridad. No podemos olvidar que dicho principio implica dejar en la base el máximo de poder posible y no hacer que remonte hacia lo «alto» más que la parte de autoridad y decisión que no pueda ejercerse allí.

Entre la monarquía y la Revolución Conservadora

Julius Evola siempre se consideró representante de la «verdadera Derecha», a la que definía como la «guardiana de la idea del verdadero Estado» y como la familia del pensamiento que supo hacer suyos los «valores políticos jerárquicos, cualitativos, aristocráticos y tradicionales»73. Hay que entender con ello una Derecha que no solamente rechaza la Revolución de 1789 y sus secuelas, sino que se esfuerza por mantener vivo un conjunto de principios, de actitudes mentales y de valores espirituales característicos de una concepción metafísica de la existencia derivada de la «Tradición Primordial». De cualquier manera, esta definición permanece ambigua, no solamente en razón de la polisemia de la palabra «Derecha» –ha habido en la historia muchas derechas diferentes, y cada una se considera a sí misma como la única auténtica– sino porque, en muchos aspectos, la división izquierda-derecha parece hoy cada vez más relativa; pero también por el hecho mismo de la originalidad extrema del pensamiento evoliano que parece ser irreductible a cualquier familia política instituida.

Determinar y calificar con exactitud la posición política de Evola es, de hecho, más difícil de lo que parece. Muchas cosas, comenzando por su crítica a la democracia y su toma de posición en favor de una forma de autoridad trascendente y absoluta lo aproximan, a primera vista, a la corriente monárquica y contrarrevolucionaria. Él mismo se declaró en numerosas ocasiones partidario de la monarquía. «Se puede afirmar, con sólidas razones –escribe, por ejemplo– que una verdadera Derecha sin monarquía está privada de su centro de gravedad y de su fijación natural»74. Y también: «Nos resulta difícil concebir una verdadera Derecha sin una monarquía»75. Sin embargo, su anti-cristianismo, su apología de las «sociedades de hombres», su predilección por las doctrinas esotéricas y orientales, su condena a la política de los reyes de Francia, e incluso la manera en que hacía que fueran rigurosamente a la par monarquismo y aristocratismo76, difícilmente pueden ser aceptadas (y de hecho frecuentemente han sido rechazadas) por los medios realistas y contrarrevolucionarios. Él mismo jamás habría suscrito la opinión de Louis de Bonald de acuerdo con la cual «el hombre no existe más que para la sociedad, y la sociedad sólo lo forma para ella»77.

Su crítica a los reinos nacionales y al Estado-nación lo aleja también de la familia nacionalista. E inversamente, su concepción absolutista de la soberanía contradice de golpe las ideas federalistas según las cuales es desde «abajo» de donde debe provenir la voluntad de federar las autonomías locales. Su pensamiento, finalmente, parece inconciliable con el ecologismo integral que se pronuncia por un «retorno a la Tierra-Madre» y rehúsa dejar al hombre que imponga, sin reservas, su «forma» al medio, ideas en las que sólo habría podido ver, ciertamente, nuevas manifestaciones del espíritu «naturalista» y «femenino»78.

A veces se le ha presentado como el representante italiano más eminente de la vasta corriente del pensamiento político alemán de los años veinte y treinta a la que se le ha dado el nombre de «Revolución Conservadora». Esto no es falso del todo, y es cierto que él mismo se sentía próximo con al menos algunos de los representantes de dicha corriente. Se sabe además que, durante gran parte de su vida, Evola se volvió hacia Alemania no solamente porque su doctrina lo conducía naturalmente hacia la «Luz del Norte», sino también porque esperaba encontrar en aquel país, cuya lengua hablaba perfectamente, un reconocimiento que, antes de la última guerra mundial, casi no había podido encontrar en el suyo. No obstante, la etiqueta de «revolucionario conservador» no le sienta más que imperfectamente. Los medios «völkisch», que fueron los primeros en interesarse por él en razón de su «paganismo»79, rápidamente se dieron cuenta que la idea que tenía de los orígenes «nórdicos» difería totalmente de la suya. Si bien podían estar de acuerdo con su gusto por el esoterismo, dichos medios no podían, en efecto, aceptar su visón meramente metafísica de la antigüedad «indogermánica», sin raíces inmediatas en la sangre y en el suelo. La crítica hecha por Evola a la noción de pueblo (Volk), la afirmación de su antinatalismo y de su antibiologismo, su elitismo, así como sus posiciones favorables a un «Orden» compuesto por hombres célibes, lo sitúan en las antípodas de su propio ideal comunitario, populista y seguramente más aristo-democrático que aristo-monárquico. Entre estos medios, de suyo poco favorables a la latinidad («Los von Rom!» era una de sus consignas favoritas), la supremacía que Evola atribuía al Estado y su hostilidad hacia los valores femeninos80 no podían ser vistos más que como rasgos «típicamente mediterráneos». Evola no tuvo tampoco contactos muy duraderos con los Völkische.

Tuvo algo de éxito con el grupo de los jóvenes-conservadores (Edgar J. Jung, Othmar Spann, Wilhelm Stapel, Albrecht Erich Günther, Karl Anton Rohan, etcétera), que eran, en principio, más abiertos al mundo latino y con quienes pudo entablar una relación más continua. Al día siguiente de pronunciado su discurso, en 1934, en Berlín, ante el Herrenklub que presidía el barón Heinrich von Gleichen, pudo experimentar el sentimiento de desenvolverse en su «medio natural». Pero incluso allí no se podría exagerar el impacto que sus ideas tuvieron. A pesar de algunos ecos favorables –suele citarse el testimonio de Gottfried Benn sobre Rebelión contra el mundo moderno, que fue traducido en Alemania en 1935– la recepción del pensamiento evoliano en Alemania tuvo, antes de 1945, un impacto muy limitado. Inclusive en las revistas de los jóvenes conservadores, en las que el nombre de Evola aparecía de vez en cuando, jamás constituyó una verdadera referencia. La principal razón era probablemente que la concepción evoliana del mundo apelaba a conceptos metafísicos «tradicionales» demasiado alejados de la mentalidad neoconservadora germánica, imbuida ampliamente por la herencia romántica. La noción de Imperio (Reich) así como la «ética prusiana» ocupan, ciertamente, un gran lugar dentro de las preocupaciones de los jóvenes conservadores, quienes siempre estuvieron interesados en la dimensión histórica de los problemas políticos, y entre quienes el elemento aristocrático, además, estaba bien representado. El interés de Evola por la «Tradición Primordial», por la «espiritualidad olímpica» e, incluso, por el esoterismo les resultaba, en cambio, muy ajeno. En la mayoría de ellos, la noción de Volk conservaba, desde Herder, una carga eminentemente positiva y, siguiendo la tradición germánica, les parecía extravagante colocar –como era el caso en la antropología «tradicional» en la que se afincaba Evola– al «espíritu», del que sospechaban que transmitía una concepción abstracta y racionalista de la existencia, por encima del «alma», a la que veían, por el contrario, como la depositaria privilegiada de la «autenticidad» del pueblo81.

La crítica que Evola hace de la técnica podría aproximarlo a Heidegger, pero su metafísica es inconciliable con la ontología heideggeriana, a la que además denuncia como carente totalmente de matices en Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo. Su crítica a la obsesión economicista así como la importancia central que le atribuye al Estado (al que vuelve el gran kat-echon, el gran «desacelerador» de la decadencia) podría situarlo incluso en vecindad con Carl Schmitt, pero su rechazo a reconocer la autonomía de lo político, así como su indiferencia hacia las cuestiones constitucionales, su insistencia en el carácter «ético» de la soberanía y la manera en que sostiene que la «significación original del Estado» remite a una «formación sobrenatural»82, lo alejan completamente de él. Está igualmente alejado del «primer Jünger» –a pesar del justificado interés que mostró hacia El trabajador83– en razón de la predilección que le confería a la técnica, pero también del «segundo Jünger», debido a sus preocupaciones «naturalistas». En cuanto a Spengler, Evola mismo tuvo la ocasión de explicar, en el prefacio a la primera edición italiana de La decadencia de Occidente –de la que fue su traductor– en qué difería su propia teoría de los ciclos de la aproximación spengleriana mediante la «morfología» de las culturas84. En suma, no hay ningún autor de la Revolución Conservadora con el que pudiera identificársele verdaderamente y ni siquiera comparársele.

Fascismo y nacionalsocialismo

Sus relaciones con el fascismo y el nacionalsocialismo son aún más complejas. No es éste el lugar adecuado para examinar a detalle lo que fue la vida de Julius Evola durante el Ventennio mussoliniano, ni la evolución de sus ideas durante este período. Él mismo lo explicó ampliamente en las ediciones sucesivas de su libro sobre el fascismo85, así como en su autobiografía. Solamente es preciso recordar que hacia 1928 fue, al menos, amigo del ministro Giuseppe Bottai, y con mayor duración lo fue de Giovanni Preziosi, quien le abrió las columnas de su revista La Vita italiana, así como de Roberto Farinacci, quien le permitió disponer dos veces al mes –a partir de 1934– de una página especial («Diorama Filosófico») en el diario Il Regime fascista. Además, se encontró con Mussolini dos o tres veces durante la guerra86.

Evola lanza en febrero de 1930 una revista titulada La Torre, que, criticada duramente por algunos medios oficiales, debió dejar de aparecer el 15 de junio del mismo año, después de haber publicado solamente diez números87. En el quinto número, fechado el 1° de abril, escribía:

No somos ni «fascistas» ni «antifascistas». El «antifascismo» no es nada. Para nosotros, [...] enemigos irreductibles de cualquier ideología plebeya, de cualquier ideología «nacionalista», de cualquier intriga y de cualquier espíritu de «partido» [...] el fascismo es demasiado poco. Quisiéramos un fascismo más radical, más intrépido, un fascismo verdaderamente absoluto, hecho de fuerza pura, inaccesible a cualquier compromiso.

Sería un grave contrasentido interpretar estas líneas, que son citadas con frecuencia88, como la prueba de que Evola habría deseado un fascismo más extremista, «más fascista» incluso de lo que fue. El «fascismo verdaderamente absoluto» del que hablaba Evola era de hecho un fascismo que habría hecho suyos los principios absolutos de la Tradición, es decir, un fascismo que habría sido, simultáneamente, «más radical» y... menos fascista. Dicho «superfascismo» habría sido en realidad un suprafascismo. Esto es lo que aparece claramente en la declaración que Evola haría en su proceso en 1951:

He defendido, y defiendo, «ideas fascistas», no tanto porque fueran «fascistas», sino en la medida en que recogían una tradición superior y anterior al fascismo, de la que heredan la concepción jerárquica, aristocrática y tradicional del Estado –concepción que tenía un carácter universal y que se mantuvo en Europa hasta la irrupción de la revolución francesa. En realidad, las posiciones que he defendido y que defiendo como hombre [...] no deben ser llamadas «fascistas» sino tradicionales y contrarrevolucionarias89.

A lo que se adhiere Evola es a una concepción del mundo «superior y anterior» al fascismo, una concepción «de Antiguo Régimen», que tiene un «carácter universal» y a la que, según él, el fascismo se habría adherido parcialmente. Lo que lo lleva precisamente a decir que él no apreciaba del fascismo lo que no fuera específicamente fascista –o si se prefiere, que rechazaba lo que había de más específicamente fascista en el fascismo.

Cuando leemos el libro que Evola consagró al fascismo y al nacionalsocialismo, comprobaremos además que las censuras que dirige a ambos regímenes político no son menores. Del fascismo critica la retórica nacionalista, la idea del partido único, la tendencia «bonapartista» y plebiscitaria del régimen, sus aspectos moralizantes y pequeño-burgueses, el fracaso de su política cultural, sin olvidar el énfasis que se pone sobre el «humanismo del trabajo» (Giovanni Gentile), al que interpreta como una especie de llamado a «una involución de la política en la economía». No nos sorprende, en cambio, que hubiera dado crédito al fascismo por haber «realzado en Italia la idea de Estado» y de haber reafirmado, con fuerza, la supremacía de este último sobre el pueblo y la nación.

Respecto del nacionalsocialismo es aún más severo. Al sintetizar un conjunto de críticas que tuvo la oportunidad de desarrollar en sus artículos de inicios de los años treinta90, atribuye al régimen hitleriano el mérito de haber percibido la necesidad de una «lucha por una visión del mundo», así sea para rechazar casi todos los componentes de dicha visión. Es así como denuncia el pangermanismo, el nacionalismo étnico y el irredentismo, la idea misma de un socialismo «nacional», el racismo biológico –al que definía como una asociación de «una variante de la ideología nacionalista de fondo pangermanista junto con ideas del cientificismo biológico»91–, el darwinismo social, la «megalomanía efectiva» de Hitler con sus «caprichos milenaristas» y su espíritu completamente plebeyo», el «mito del Volk» y la importancia dada a la «comunidad popular» (Volksgemeinschaft), la idealización de la función maternal en la mujer, la exaltación de la «nobleza del trabajo» y el igualitarismo inherente al Servicio del Trabajo92, la liquidación del Estado prusiano y de la tradición de los Junkers, los aspectos «proletarios» de un régimen desprovisto de cualquier «legitimidad superior», e incluso un antisemitismo que en Hitler tomó –nos dice– la forma de un «fanatismo obsesivo». Como vemos, la lista es larga. Y sin embargo, es indudable que Evola igualmente consideró que el fascismo y el nacionalsocialismo se situaban, en términos generales, «del lado correcto». Si por una parte él no escatimó sus críticas, por la otra presentó dichas críticas explícitamente como prueba no de una oposición de principio, («el antifascismo no es nada»), sino más bien como una voluntad o un deseo por «rectificar» lo que le parecían errores o insuficiencias graves. O para decirlo de otra manera, puesto que Evola jamás fue fascista ni nacionalsocialista en el sentido estricto del término, tampoco tuvo el sentimiento de que, habidas todas las cuentas, dichos regímenes valían al menos más que sus adversarios, y que sus numerosos defectos podían ser «corregidos». Un sentimiento tal puede sorprender, pues cuando se ve todo lo que Evola recrimina al fascismo y al nacionalsocialismo, a veces nos preguntamos que queda aún que sea susceptible de suscitar su simpatía. Es, pues, acerca de este sentimiento sobre el que hay que cuestionarse.

No hay duda de que aquello en lo que Evola da crédito por principio al fascismo y al nacionalsocialismo es por su marcado «anti-iluminismo» y su anti-democratismo. Fascismo y nacionalsocialismo representan, para él, fundamentalmente una reacción en contra de las ideas de 1789, incluso si la forma dada a esta reacción fue de las más criticables –ya que encuentra en ellas la presencia persistente de rasgos típicamente «democráticos»– a pesar de que aprecia que dicha reacción era, en el inicio, saludable. Evola llega a la doble conclusión del parentesco de fondo del fascismo y el nacionalsocialismo, y de la posibilidad de «rectificarlos» en un sentido más «tradicional» «reorientándolos a sus propios orígenes». El hecho de que ambos regímenes hayan combatido a los mismos adversarios que él –a las democracias liberales, a los socialistas y a los comunistas– confirmaba evidentemente la naturaleza de esta opinión. Lo que la historiografía contemporánea ha permitido establecer a propósito del fascismo y del nacionalsocialismo conduce, sin embargo, a preguntarnos si no se equivocó trágicamente Julius Evola en su apreciación. No es para nada evidente, en efecto, que los regímenes fascista y nacionalsocialista hayan pertenecido al «mismo mundo», y es menos evidente aún que se hayan inscrito en el universo espiritual de Evola, es decir, en esa «tradición superior y anterior», de «carácter universal», que habría transmitido desde siempre la «concepción jerárquica, aristocrática y tradicional del Estado» que se mantuvo en Europa hasta la revolución francesa». El carácter totalitario del nacionalsocialismo hoy no podría ser seriamente cuestionado, mientras que el fascismo es clasificado generalmente entre los regímenes autoritarios. Desde Renzo De Felice hasta Ernst Nolte, las diferencias de inspiración ideológica de ambos regímenes han sido, además, frecuentemente enfatizadas. Revelador a este respecto es el hecho de que, para Evola, el mérito principal del fascismo fue haber afirmado la «preeminencia del Estado sobre el pueblo y la nación», mientras que esto es lo que precisamente más le recriminaban los teóricos nacionalsocialistas. El parentesco del régimen nacionalsocialista con el régimen bolchevique, que es sin duda la forma política que más repugnaba a Julius Evola, es hoy día cada vez más reconocido, como lo atestiguan los trabajos de Hannah Arendt, Raymond Aron, François Furet o Stéphane Courtois, por solo citar a ellos.

Finalmente, el vínculo profundo de los dos regímenes con esa modernidad que Evola rechazaba con todas sus fuerzas, también ha sido puesto a la luz en numerosas ocasiones. Detrás de una retórica a veces arcaizante, fascismo y nacionalsocialismo constituyeron fenómenos resueltamente modernos que, como tales, conferían una importancia central al desarrollo científico, técnico e industrial, al tiempo que conferían un lugar preponderante a la movilización política de las masas. Mussolini lo había declarado además con claridad:

Las negaciones fascistas del socialismo, de la democracia, del liberalismo, no deben [...] hacer creer que el fascismo quiera llevar al mundo a lo que era antes de 1789, fecha que es considerada como el año inaugural del siglo demo-liberal. No se puede ir hacia atrás. La doctrina fascista no escogió a de Maistre como profeta93.

Característico de tal equívoco es la atención que, en el interior del III Reich, Evola prestó a las SS, muy probablemente porque estos se presentaban como una «Orden» y a que la noción de Orden desempeñaba, como lo hemos visto, un papel central en su pensamiento político. Evola tuvo además la oportunidad, en 1938, de realizar, para la revista de Preziosi, un reportaje acerca de los célebres «Ordensburgen» nacionalsocialistas94; pero tras una misma palabra pueden esconderse realidades muy distintas. Aunque Himmler podía estar personalmente fascinado por los caballeros teutónicos y por el recuerdo de los «antiguos germanos», su concepción del mundo no era menos que las antípodas del de Evola. Los SS no fueron para nada concebidos como una «sociedad de hombres», como una «élite definida por una solidaridad exclusivamente viril» tendiente a la «persona absoluta»: cada uno de sus miembros estaba destinado, al contrario, a fundar un hogar que se inscribiría en una «línea hereditaria». Mucho más aún que el propio partido nazi, los SS hacían del «materialismo biológico» el centro mismo de su visión del mundo95. Evola probablemente no captó en toda su magnitud la voluntad del fascismo y del nacionalsocialismo de luchar contra las ideologías que él mismo combatía, no solamente con los medios modernos, sino igualmente en nombre de otra forma de modernidad, de allí la ambigüedad de su posición. Apreciaba en el fascismo aquello que no era específicamente fascista sino «tradicional», creyendo que era posible «rectificar» el fascismo llevándolo a abandonar lo que le pertenecía con toda propiedad –subestimando así la importancia de lo que, en el propio fascismo, hacía que fuera eso y no otra cosa. Philippe Baillet se refirió, a propósito de esto, de «sobrestimación de las potencialidades reaccionarias» del fascismo y del nacionalsocialismo, «y por cuya causa [Evola] pasa de lado lo que fundaba propiamente a ambos regímenes y les confería su especificidad»96. La cuestión que se puede plantear es saber si el fascismo «rectificado», tal y como lo deseaba Evola, habría tenido todavía algo que ver con el fascismo.

La influencia política de Evola

La influencia propiamente política de Julius Evola no comenzó a dejarse sentir más que después de la Segunda Guerra mundial, especialmente después de la publicación de Orientaciones y de Los hombres y las ruinas. Es igualmente a partir de los años cincuenta cuando sus adversarios comenzaron a ver en él, de manera excesivamente sumaria, a un «doctrinario fascista», mientras que casi no había sido reconocido como tal bajo el fascismo realmente existente.

Esta influencia política se ejerció evidentemente primero en Italia, antes de manifestarse en Francia en los inicios de los años setenta, después en España, en América Latina, en Alemania y en los países del Este. No hay duda de que el pensamiento político evoliano sedujo sobre todo a las corrientes emparentadas directa o indirectamente con la derecha radical. Los grupos que pugnaban por una «derecha revolucionaria» encontraron en su obra una coherencia doctrinal insuperable, así como las palabras de orden de una radicalidad crítica apropiadas para consolidar sus posiciones.

Otros grupos, simpatizantes de un «fascismo extremo», partidarios incluso a veces del nacionalsocialismo, igualmente tomaron en cuenta algunas de sus ideas, pasando por alto las críticas extremadamente duras que había vertido sobre el régimen hitleriano. Pero la influencia política de Evola no se limitó a estos medios. Los monárquicos igualmente sacaron provecho de sus múltiples argumentos en favor del sistema monárquico. Los individualistas radicales se apoyaron en su pensamiento para justificar su desprecio narcisista por la «plebe» y su repugnancia por el mundo moderno. Los jóvenes militantes de los partidos clásicos de derecha encontraron en sus libros cómo alimentar la intransigencia a la que sus propios dirigentes no respondían. E incluso ciertos católicos tradicionalistas se pudieron inspirar en su apología de la «Tradición», tal y como lo atestigua Fausto Gianfranceschi, para quien, a pesar de las críticas dirigidas por Evola y que menospreciaban el cristianismo,

sus obras, paradójicamente, lograban –entre aquellos de nosotros que éramos [católicos]– reforzar la convicción de que la filosofía perenne de la Iglesia era la única forma de pensamiento viviente o institucionalizado capaz de dictar las reglas de acción y de juicio para aquello que no se dejaban atrapar por las ideologías materialistas97.

Dicha diversidad resulta también muy significativa.

Si Evola sedujo a la derecha radical fue debido, en primer lugar evidentemente, a su propia radicalidad ideológica, a su crítica sin compromiso hacia el mundo actual, así como a su capacidad para oponer a la modernidad triunfante una serie de negaciones abruptas, que en él son la contraparte de un conjunto de «afirmaciones soberanas». Pero la predilección de la que gozó en esos medios no siempre estuvo exenta de ambigüedad. La derecha radical, por ejemplo, siempre se declaró de buen grado más «revolucionaria» que «reaccionaria»; ese no es el caso de Evola. Él ciertamente llegó a escribir –en referencia implícita a la Revolución Conservadora alemana– que «en relación a todo lo que hoy día forma la civilización y la sociedad modernas, efectivamente se puede decir que nada es tan revolucionario como la Tradición»98. Por regla general, sin embargo, más bien se muestra reticente a utilizar este término, y frecuentemente se pone en guardia contra el «alma secreta» de la palabra «revolución», mientras que constantemente recriminaba a la Derecha por no atreverse a afirmarse rotundamente «reaccionaria» –aunque podría decirse que su pensamiento, fundado en la «idea jerárquica integral», expresa ante todo una forma particular de radicalidad reaccionaria.

Por lo mismo, la derecha radical admiró más el fascismo de la República Social que el fascismo «clásico» de antes de 1943. Sin embargo, allí también Evola profesaba una opinión contraria. A pesar de su admiración por el «aspecto combatiente y legionario»99 de la República Social, el vuelco «republicano» del fascismo de Saló, considerado por algunos como un «retorno a las fuentes» iniciales del movimiento, representaba para él una «regresión involutiva»: «Desde nuestro punto de vista –escribe– no hay nada a este respecto que pueda sacarse de la República Social»100.

La derecha radical, finalmente, con frecuencia manifestó una simpatía más o menos explícita hacia no importa qué forma de radicalidad, ya fuera de izquierda o de extrema izquierda. Esta derecha, de forma general, tiende a identificarse con el «pueblo», a proclamar un socialismo «nacional», a colocarse a la «izquierda de la derecha», y a veces se declara más próxima de un revolucionario de izquierda, bolchevique (o «nacional-bolchevique»), que de un burgués. Evola, de quien de paso hay que señalar que raramente se desentiende de quienes se proclaman sus seguidores, jamás adoptó ninguna de estas actitudes ni sostuvo ninguna de estas opiniones. Su desconfianza respecto del «pueblo», su rechazo explícito a lo que llamaba el «ideal social», y su extrema hostilidad hacia el bolchevismo se lo impedían de manera absoluta. Ciertamente él sostenía un punto de vista netamente «anti-burgués», pero lo hacía para enfatizar que la burguesía podía ser refutada tanto «por lo alto» como «por lo bajo», pero agregaba que el anti-burguesismo de izquierda, obrero o socialista, debía ser rechazado porque llevaba «aún más abajo». Para Evola, todo dependía, a fin de cuentas, en nombre de qué se declaraba desear combatir a la burguesía.

Para él, el anti-burguesismo era aceptable, e incluso necesario, si apelaba a una «concepción superior, heroica y aristocrática de la existencia»101, pero no lo era en nombre de cualquier ideal. Asimismo, aunque haya llegado a fustigar al americanismo o al liberalismo por su poder disolvente –superior al del comunismo102– no hay duda de que el bolchevismo representaba para él algo peor que el liberalismo burgués, precisamente porque correspondía, en su sistema, a un agravamiento, a un punto terminal (la «noche» respecto del «crepúsculo»). Este es todavía un punto sobre el que su pensamiento se separa de la derecha radical o «revolucionaria», para la cual, el reino del liberalismo burgués es aún peor, más destructivo y descompone mucho más que lo que el comunismo jamás haya hecho.

Retorno a la «apoliteia»

Las últimas líneas de Los hombres y las ruinas contienen una interrogación análoga a la que ya figuraba a manera de conclusión en Orientaciones: «Queda por ver cuántos hombres permanecen todavía de pie entre las ruinas». Implícitamente, tal interrogante vuelve a suscitar la cuestión de la posibilidad misma de una acción política que se inspirase en principios «tradicionales». El mismo Evola no vacila en responder de manera negativa. Desde 1961, en Cabalgar el tigre, subrayaba ya «la imposibilidad de obrar de manera positiva en el sentido de un retorno real y general al sistema normal y tradicional»103. En su autobiografía, aparecida en 1963, afirmaba su

convicción de que nada puede hacerse para provocar una modificación importante de esta situación, para hacer que los procesos tomen posteriormente –después de los últimos hundimientos– un curso irreparable [...] No existe nada, en el dominio político y social, que verdaderamente amerite una adhesión total y un compromiso profundo104.

Un año mas tarde, en la primera edición de El fascismo visto desde la derecha, declaraba: «Hay que decir que hoy día no existe, en Italia, una Derecha digna de este nombre»105. Finalmente, poco tiempo antes de su muerte, en la segunda edición de El camino del cinabrio, escribía:

Fuera de la adhesión de los representantes de las jóvenes generaciones, atraídos por los fundamentos que las doctrinas tradicionales ofrecen a una orientación de Derecha, no hay personas cualificadas que, al llegar a la madurez –en el terreno de los estudios y partiendo de las posiciones que he defendido o que hice conocer– vayan más allá mediante desarrollos personales serios, metódicos y meditados [...] tales personas son prácticamente inexistentes106.

Y es precisamente porque estaba convencido de que nada podía ser logrado en el dominio de los fines externos que Evola publica, en 1961, Cabalgar el tigre, obra en la que se esfuerza en señalar de nuevo «orientaciones existenciales», pero esta vez desde una perspectiva estrictamente «individual». Sin modificar para nada sus principios, en este libro Julius Evola abandona radicalmente cualquier perspectiva política y aduce que es posible hacerlo en el fuero interno.

Hemos hecho alusión –escribe– [...] al exiguo número de aquellos que, hoy, sea por su temperamento o por su vocación, todavía creen, a pesar de todo, en la posibilidad de una acción política rectificadora. Es para guiar la orientación ideológica de ellos que escribimos hace algunos años Los hombres y las ruinas. Pero en razón de las experiencias que hemos tenido después, sólo podemos reconocer abiertamente que las condiciones necesarias para llegar a un resultado cualquiera, apreciable y concreto, en una lucha de esta tipo, están actualmente canceladas [...] La única norma valiosa que dicho hombre [el que se mantiene fiel a la Tradición] puede extraer de un balance objetivo de la situación, es la ausencia de interés y el desapego respecto de todo aquello que hoy es «político». Su principio sería, pues, lo que en la antigüedad se llamó apoliteia107.

Nada podría completarse en el terreno político; sería mejor tomar distancia y refugiarse en la apoliteia, es decir, alejarse. Evola invita, pues, a los «hombres diferenciados», a aquellos que se sienten «absolutamente fuera de la sociedad», a «abandonar cualquier finalidad positiva externa, que se ha vuelto irrealizable en una época de disolución como la nuestra»108, para concentrarse en el «actuar sin actuar», en la construcción y el perfeccionamiento de sí mismo, en la conquista de una posición espiritual inexpugnable, de una patria interior «que ningún enemigo jamás podrá ocupar ni destruir»109. Esta posición no deja de recordarnos la del Anarca de Ernst Jünger, pero que no puede confundirse para nada con ella. Considera obsoleta cualquier esperanza política y desalienta cualquier veleidad de la acción en la vida publica: «Nada puede hacerse»110.

Parecería que Evola se hubiera encerrado dentro de un largo paréntesis, para continuar con ciertas actitudes «rectificadas» en su itinerario interior. Es lo que él mismo dirá al recordar Cabalgar el tigre, y consignará en su autobiografía:

Un ciclo se cierra con este libro; en cierto sentido, he vuelto a las posiciones de partida –hacia las que había sentido, a veces inconscientemente, un impulso profundo durante mi primera juventud– que me condujeron a la negación radical de los valores existentes en el mundo111.

El repliegue hacia el fuero interno conduce, en efecto, a la época del Individuo absoluto, de este individuo solitario que, al no querer depender de nada externo a él mismo, y al ver necesariamente al Otro como una privación, una alteración o una deficiencia contaminante, ha llegado a la «negación radical del mundo existente».

¿Cuáles son las razones de la imposibilidad de una política «tradicional»? Evola habla de razones estrictamente coyunturales: son las circunstancias del momento las que impiden la puesta en acción concreta de cualquier principio político «verdadero». Debido a las circunstancias, aparentemente vinculadas al estado de degradación o de disolución del mundo exterior, resulta legítimo concluir que hay una relación directa entre el hecho de que no se pueda hacer nada en el plano político y ese otro hecho según el cual, en la concepción «tradicional» de la historia –que es la de Evola– el momento actual corresponde a un «final de ciclo», a una fase crepuscular, terminal, identificada frecuentemente con el Kali-yuga de los indios o con la «era del lobo» de la tradición nórdica.

Pero es claro que la idea de «final de ciclo» posee, por sí misma, algo de paralizante o incapacitante. Si se vive en un final de ciclo y nada puede impedir que dicho ciclo llegue a su término, ¿dónde puede residir la «libertad fundamental de movimiento», si no es en el fuero interno? Esto lo había comprendido bien Alain Daniélou, quien escribió: «En un mundo que se encamina a su pérdida –de acuerdo con la teoría de los ciclos– sólo existe la salvación individual»112. Ante tal perspectiva, no existe ninguna paradoja, en efecto, en promover una acción política cualquiera, ya que la finalización del ciclo actual –y el surgimiento de uno nuevo– es resultado no de la acción de los hombres sino de las leyes absolutas de la metafísica. La acción política supone la esperanza de llegar a un fin. Sin embargo, ¿qué fin se le puede asignar a un mundo que está en vías de llegar a su final? La acción política implica también, por definición, la reversibilidad de situaciones juzgadas indeseables. No obstante, desde el punto de vista de la teoría de los ciclos, la crisis del mundo moderno se caracteriza por su irreversibilidad. Cuando Evola declara que la batalla está «materialmente perdida», comprendemos sin trabajo que no lo puede estar espiritualmente. ¿Pero qué sentido político dar a esta propuesta?

Evola escribe, sin embargo, que «son los hombres, en tanto verdaderamente hombres, los que hacen y deshacen la historia»113. Pero también dice que la historia es una «entidad misteriosa» que «no existe», que no es más que un «mito» que debe «combatirse»: «pensar en términos de historia es absurdo». Finalmente, denuncia cualquier historicismo, y llega a escribir incluso que cuando se ha rechazado el historicismo, «el pasado deja de ser algo que mecánicamente determina el presente»114. Jean-Paul Lippi concluye que

la crítica fundamental que Evola hace al historicismo se debe a que vuelve imposible, para quien la adopta, cualquier toma de posición voluntarista y, en consecuencia, verdaderamente libre115.

La cuestión que de cualquier forma es menester plantearse es saber si este punto de vista resulta compatible con la teoría de los ciclos.

¿No se ha vuelto «imposible» el voluntarismo político debido a la afirmación de una decadencia obligada ocasionada por un progreso ineluctable? En realidad, lo que Evola rechaza con mayor firmeza no es tanto el historicismo propiamente dicho como el optimismo inherente a las formas modernas del historicismo, comenzando por la ideología del progreso. El cuadro general que bosqueja en Rebelión contra el mundo moderno, por ejemplo, confiere efectivamente a la historia un sentido muy preciso –a la vez como dirección y como significación. Evola busca también, más allá de la simple concatenación de los acontecimientos, identificar las líneas de fondo del desarrollo histórico –y los momentos o etapas de la historia que él considera más significativas casi no difieren de las que la ideología del progreso ha mantenido. Se limita a dotarlas de un coeficiente de valor rigurosamente opuesto.

Al presentar a las sociedades «tradicionales» como sociedades ahistóricas o indiferentes, al menos, a la historia, Evola no rechaza para nada la noción de «sentido de la historia» que, además, es inherente a la teoría de los ciclos. Al interpretar a la historia no como un movimiento progresivo en perpetuo ascenso, sino como un movimiento constantemente descendente, como decadencia siempre acentuada, solamente reafirma que dicho «sentido» es puramente negativo: sí hay «progreso», ¡pero progreso en la decadencia!116 Revelador a este respecto es el hecho de que denuncia, en el marxismo, una forma evidente de historicismo, al reconocer en Marx el mérito de haber intentado «definir una dirección general de la marcha de la historia en función de fases muy precisas»117. Es por ello que propone

un esquema historiográfico que, en cierta medida, corresponde al esquema marxista y, al igual que este último, considera los procesos generales y esenciales más allá de los factores contingentes, locales y nacionales, pero que, de cualquier forma, indican la regresión, el hundimiento y la destrucción de aquello que, por el contrario, es exaltado en el marxismo como progreso y como conquista del hombre118.

En otras palabras, Evola critica fundamentalmente el historicismo en nombre de un historicismo de sentido contrario, en el que la ideología de la decadencia constituiría un espejo invertido, la calca negativa de la ideología del progreso: lo que es impensable en ambos casos es que la historia pueda, en cualquier momento, rodar en cualquier sentido. De aquí resulta una tensión evidente entre esta filosofía de la historia –con el inevitable resultado de una especie de fatalidad metafísica inherente al movimiento mismo de la historia– y la importancia que Evola da, además, a la idea de voluntad, de poder absoluto y de libertad incondicionada.

Pero la imposibilidad de una política «tradicional» no resulta quizás solamente de factores vinculados a la coyuntura y a la teoría de los ciclos. La política que Evola propone es una política que se ordena hacia ideas y principios absolutos. Es, en otros términos, una política ideal. No obstante, si consideramos que la política es ante todo el arte de lo posible, y que lo posible es, de entrada, un asunto del contexto y de la situación, una política ideal corre el elevado riesgo de aparecer como una contradicción en sus propios términos. Al situarse a nivel de los principios, Evola coloca demasiado alto su exigencia, lo que en sí es encomiable. Pero el problema con las ideas puras es que la mejor manera que tienen para mantenerse puras es jamás concretizarse en la realidad: los horizontes más elevados son también los más inalcanzables. Desde este punto de vista, hay una contradicción cierta entre la política –que siempre se inscribe en lo relativo y jamás constituye una modalidad de la acción histórica– y la tradición, que se considera con un alcance metahistórico, es decir, absoluto.

Evola, podríamos decir, ejerció una innegable influencia política, mientras que las ideas que proponía volvían más problemática la acción política. La «política evoliana» –distinta de la crítica evoliana de la política– parece conducir, así, sin más, a no hacer política.

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Tanto por su contenido como por la influencia que ha ejercido, Los hombres y las ruinas constituye, sin discusión, una obra importante desde el punto de vista de la historiografía de las ideas de la Derecha. Cerca de medio siglo después de su publicación, la validez y actualidad de las ideas que allí encontramos expresadas dependen evidentemente, en gran medida, del grado de empatía del lector. Por nuestra parte, son sobre todo ciertas críticas formuladas por Evola las que nos parecen susceptibles de inspirar una reflexión –oportuna por añadidura– para el mundo actual. Incluso si no se comparten sus premisas, la crítica evoliana al Estado-nación, por ejemplo, resulta aún muy pertinente en una época en que esta forma política, emblemática de la modernidad, parece cada día más tocada por la impotencia y la obsolescencia. Lo mismo sucede con su crítica a la «superstición moderna del trabajo», que se acerca a algunas reflexiones de Hannah Arendt; esta profunda observación la compartiría también con Friedrich Nietzsche:

Cada día el trabajo acapara crecientemente la buena conciencia en beneficio suyo: el gusto por la alegría ya se llama «necesidad de reposo»; comienza a sonrojarse de sí misma [...] Pero en otro tiempo era lo contrario: era el trabajo el que daba remordimiento119.

Evola tuvo igualmente el gran mérito de denunciar con firmeza, en una época en que no era corriente, cualquier concepción general de la vida o de la sociedad que se fundara solo en el plano de la economía, o que le atribuyera, en última instancia, un papel decisivo. Incluso aunque no se sepa muy bien si Evola se limita a colocar a la economía en un lugar subordinado o si le confiere una importancia mínima –lo que no es lo mismo– no se puede más que estar de acuerdo con él cuando afirma que «no es el valor de un sistema económico o de cualquier otro el que hay que poner en cuestión, sino la economía en general»120, o cuando con fortuna estigmatiza la obsesión economicista que «ha tomado el cuerpo y el alma del hombre y que, finalmente, lo ha condenado a una marcha sin respiro, a una expansión ilimitada del hacer y el producir»121. Evola lo dice con gran justeza:

la verdadera antítesis no contrapone el capitalismo con el marxismo, sino un sistema en donde la economía es soberana –cualquiera que sea su forma– en oposición a un sistema que se encuentra subordinado a factores extra-económicos, dentro de un orden mucho más vasto y completo, de tal naturaleza que le confiera a la vida humana un sentido profundo y le permita desarrollar sus posibilidades más elevadas122.

Pero en último análisis, y como siempre sucede con Evola, es indudablemente en el dominio de la ética en donde encontramos las consideraciones más apropiadas para inspirar la reflexión de todos los días. Como cuando dice que «la medida de lo que se puede exigir a los otros está dada por lo que se sepa exigir a sí mismo»123, o cuando recuerda que «el poder se funda en la superioridad, y no la superioridad en el poder»124, e incluso cuando describe el antagonismo entre el sistema del honor y la dignidad indistintamente asignada a cada cual. Es en dichas páginas en las que hombres y mujeres pueden tomar lecciones.


Notas

* Este texto fue redactado como prefacio a la edición definitiva de Orientaciones y Los hombres y las ruinas, en un volumen de las «Obras de Julius Evola» que apareció en enero de 2002 en las ediciones Mediterranee de Roma. Fue publicado posteriormente en el número doble, 53-54, de la revista francesa Nouvelle École, año 2003, pp. 147-169.

1 Se sabe que Evola, después del bombardeo a Viena en 1945, sólo regresó a Roma tres años después de haber estado bajo cuidados en Austria, y únicamente lo hace durante un breve período, ya que pasa dos años y medio en diferentes clínicas de Bolonia. Evola no se instalará de manera definitiva en la capital italiana más que hasta la primavera de 1951. Sin embargo, en el mes de abril de 1951 es arrestado y hecho prisionero bajo la acusación de ser el inspirador de dos grupos neofascistas clandestinos, los FAR (Fascios de Acción Revolucionaria) y la Legión Negra. Fue absuelto después de su proceso, el 29 de diciembre de 1951, luego de haber estado detenido durante seis meses.

2 Le chemin du Cinabre, Milán-Carmagnola, Archè-Arktos, 1982, p. 162. Aquí citamos las obras de Evola a partir de su edición más reciente.

3 Cfr. especialmente su entrevista con Gianfranco de Turris, en Il Conciliatore, 15 de enero de 1970, pp. 16-19.

4 Aparecieron en Italia después de 1950 cerca de doce ediciones diferentes de Orientaciones, algunas de ellas casi clandestinas. A las dos ediciones francesas íntegras («Orientations», en Julius Evola, le visionnaire foudroyé, París, Copernic, 1977, pp. 29-54, traducción de Pierre Pascal; Orientations, Puiseaux, Pardès, 1988, 94 pp., traducción de Philippe Baillet), se suman las dos traducciones españolas (Orientaciones, Madrid, Graal, y Barcelona, Bau, 1974, 61 pp., traducción de Francesco Z. Giorcelli y Sol Muñoz Lafitta; Orientaciones, Imperium, Buenos Aires 1977, y la reedición mexicana, hecha a partir de le versión madrileña, y editada por el Frente Nacional de la Juventud, 1984, con una “Nota para los camaradas iberoamericanos” de Juan Pablo Herrera), así como la traducción griega («Prosanotolismoi», en Anthropines Skeseis, Atenas, diciembre de 1972, pp. 28-33 y 50, traducción de Harry Guitakos), holandesa (Oriëntaties, Gent-Brussel, Centro Studi Evoliani, 1982, 23 pp., traducción de Peter Logghe), polaca (Orientacje, Chorzów, Parzival, 1993, traducción de Bogdan Koziel) y húngara (Orientációk, Budapest, Stella Maris Kiadó, 1998, 89 p., traducción de Gábor Zsuzsa). Los hombres y las ruinas ha sido reeditado seis veces en Italia, mientras que la versión francesa ha sido objeto de dos ediciones diferentes (Les hommes au milieu des ruines, París, Sept couleurs, 1972, 252 p., traducción anónima; 2a edición aumentada: París, Guy Trédaniel-La Maisnie y Puiseaux, Pardès, 1984, 284 p., traducción revisada y completada por Gérard Boulanger). Existe también traducción española (Los hombres y las ruinas, Barcelona, Alternativa, 1984, 254 p., traducción de Marcos Ghio), alemana (Menschen inmitten von Ruinen, Tübingen, Hohenrain, 1991, 406 p., traducción de Rainer M. Natlacen) e inglesa (Men Among the Ruins. Post-War Reflections of a Radical Traditionalist, Rochester, Inner Traditions International, 2002, traducción de Guido Stucco).

5 Cfr. especialmente los Saggi di dottrina politica. Crestomazia di saggi politici (Sanremo, Casabianca-Mizar, 1979; 2a edición: Saggi di dottrina politica, Génova, I Dioscuri, 1989; traducción francesa: Essais politiques. Idée impériale et nouvel ordre européen –Economie et critique sociale– Germanisme et nazisme, Puiseaux, Pardès, 1988), compilación en la que se encuentran textos que frecuentemente desarrollan de manera sugestiva consideraciones igualmente presentes en Los hombres y las ruinas o que abordan temas no examinados en este libro.

6 Pierre-André Taguieff, «Julius Evola penseur de la décadence. Une “métaphysique de l’histoire” dans la perspective traditionnelle et l’hyper-critique de la modernité», en Politica Hermetica, 1, Lausana, L’Age d’homme, 1987, p. 16.

7 Julien Freund, L’essence du politique, París, Sirey, 1965, p. 25.

8 Qu’est-ce que la politique?, París, Seuil, 1982, p. 177.

9 Révolte contre le monde moderne, Lausana, L’Age d’homme, 1991, pp. 42.

10 Ibid., p. 41.

11 Les hommes au milieu des ruines, París-Puiseaux, Guy Trédaniel-Pardès, 1984, p. 29.

12 Es dicha actitud –que Julien Freund describe como profundamente «impolítica»– la reconducción de lo político a la metafísica, la que para él constituye una forma entre otras de negarle una esencia autónoma (para otros autores, la política debe estar sometida, reducida o colocada en dependencia de la moral, el derecho, la técnica, la economía, etcétera).

13 Prefacio a la segunda edición francesa de Orientations, Puiseaux, Pardès, 1988, p. 9.

14 Orientations, op. cit., p. 58.

15 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 41.

16 «Deberíamos estudiar las fórmulas que transformen gradualmente al obrero en propietario en pequeño» (Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 172).

17 «Haría falta que el anonimato y el desinterés propios del antiguo corporatismo resurgieran en el mundo de la técnica bajo una forma inédita, lúcida, esencial» (ibid., p. 171).

18 Orientations, op. cit., pp. 55-56.

19 «Vedute sull’ordine futuro delle nazioni», en La Vita italiana, septiembre de 1941.

20 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 52.

21 «El socialismo es el socialismo, y añadirle el adjetivo “nacional” no es más que disfrazarlo a la forma del caballo de Troya» (Le fascisme vu de droite. Suivi de: Notes sur le Troisième Reich, Puiseaux, Pardès, 1993, p. 102).

22 Es dicha oposición a todo lo que se encuentra en el orden de la cantidad y de a sola «naturaleza» la que conduce a Evola a tomar una posición netamente anti-natalista, demasiado original entre los medios «de derecha». Sin dudar en hablar del «desbordamiento de los nacimientos», e incluso de la «plaga de los nacimientos», y en lo que ve en una transformación de la «potencia del número», Evola hace un enérgico llamado por una «política anti-demográfica». Sin embargo, no se interroga antes para saber las razones de la menor fecundad democrática de las élites.

23 «Signification de l’aristocratie», en Julius Evola, Tous les écrits de «Ur» & «Krur» («Introduction à la magie»). «Krur» 1929, Milán, Archè, 1985, p. 43.

24 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 94.

25 Orientations, op. cit., p. 51.

26 Ibid., pp. 77-79.

27 Ibid., p. 55.

28 «L’idée olympienne et le droit naturel», en L’arc et la massue, París-Puiseaux, Guy Trédaniel-Pardès, 1983, pp. 77.

29 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 34.

30 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 64.

31 Ibid., p. 383.

32 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 36.

33 Ibid., pp. 37.

34 Julius Evola, métaphysicien et penseur politique. Essai d’analyse structurale, Lausana, L’Age d’homme, 1998, p. 210.

35 Ibid., p. 12. Cfr. también p. 179: «Toda la doctrina política evoliana se inscribe en el esquema general de la bipolaridad masculino-femenino y descansa en la convicción de que el Estado puede y debe ser la expresión política de la virilidad espiritual».

36 Métaphysique du sexe, Lausana, L’Age d’homme, 1989, p. 224.

37 Conferencia del 10 de diciembre de 1937, pronunciada en el Studienkreis de Berlín («Restauración de Occidente dentro del espíritu ario original», en Totalité, octubre de 1985, pp. 15-35).

38 «Historia secreta de la Roma antigua: los Libros sibilinos», en Totalité, junio-agosto de 1978. Se notará que Evola clasifica a los etruscos y los pelasgos entre los pueblos no indo-europeos, afirmación discutible al menos (y hoy cada vez más discutida). Tomado globalmente, el elemento griego llamó, en cambio, menos su atención que el elemento romano.

39 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 34.

40 Aquí se reconoce la influencia de Bachofen, así como la idea –hoy un poco abandonada (si no en ciertos medios feministas)– según la cual el culto a divinidades femeninas o la existencia de un sistema de filiación matrilineal va necesariamente a la par de una verdadera «ginecocracia», es decir, de una autoridad preponderante de las mujeres en el dominio político y social. Cfr. Julius Evola, Il matriarcato nell’opera di J. J. Bachofen, Roma, Fondazione Julius Evola, 1990. En este punto de la demostración, Evola se cuida bien de evocar el omnipresente patriarcado del Israel antiguo. Igualmente olvida que, en el panteón indoeuropeo, los dioses no se planteaban para nada como «adversarios» de las divinidades femeninas.

41 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 259 («composante dissolvante»).

42 Masques et visages du spiritualisme contemporain. Analyse critique des principaux courants modernes vers le «suprasensible», Puiseaux, Pardès, 1991, p. 140. Como ya lo hemos visto, Evola, llega incluso a atribuir una naturaleza «femenina» al «ideal sacerdotal», opinión que no podía más que escandalizar a René Guénon. Al sentirse él mismo como un «guerrero», afirma que el elemento viril reside no en el sacerdocio sino en la realeza, lo que lo lleva a definir el «tipo real» como el «tipo masculino que determina y domina la sustancia original concebida como madre y femenino» («Autorité spirituelle et pouvoir temporel», en Julius Evola, «Krur» 1929, op. cit., p. 182). «La realeza –escribe todavía– tiene primacía sobre el sacerdocio, precisamente como, en el símbolo, el sol tiene la primacía sobre la luna, y el hombre sobre la mujer » (Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 112).

43 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 346.

44 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 35.

45 Ibid., p. 39.

46 Chevaucher le tigre, París, Guy Trédaniel, 1982, p. 188.

47 «Eticità dell’autarchia», en Il Regime fascista, 7 de junio de 1938.

48 Métaphysique du sexe, op. cit., pp. 15-16.

49 Op. cit., p. 73.

50 Ibid., p. 101.

51 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 264.

52 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 59.

53 Op. cit., p. 62.

54 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 37.

55 Orientations, op. cit., p. 54.

56 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 9.

57 Teoria dell’Individuo assoluto, Turín, Bocca, 1927; Fenomenologia dell’Individuo assoluto, Turín, Bocca, 1930. Cfr. también los escritos de este período reunidos en: Julius Evola, L’Idealismo Realistico, 1924-1928, editados por Gianfranco Lami, Roma, Antonio Pellicani, 1997.

58 Carta a Mircea Eliade, 28 de mayo de 1930.

59 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 9.

60 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 53.

61 Louis Dumont, Homo aequalis. Genèse et épanouissement de l’idéologie économique, París, Gallimard, 1977; Essais sur l’individualisme. Une perspective anthropologique sur l’idéologie moderne, París, Seuil, 1983.

62 «Cavalcare la tigre et l’individualismo di Julius Evola», en La Società degli individui, 1998, 3, p. 77.

63 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 52. Cfr. también la 4a parte de Cabalgar el tigre, titulada «Disolución del individuo». En su libro de 1928, Imperialismo pagano, Evola vuelve sobre sus tesis acerca del «individuo absoluto», en donde dice deplorar ante todo «la decadencia, en Occidente, del valor de la individualidad». «Aunque pueda parecer extraño –escribe– en la base de nuestro imperialismo se encuentran los valores que aparecen, igualmente, como presupuestos de las formas liberales de la democracia. La diferencia estriba en el hecho de que, en el liberalismo, dichos valores son afirmados por una raza de esclavos [sic] que no se atreve a pensarlos y quererlos hasta el extremo, para y en el individuo, sino que, al contrario, los desplaza de manera ilegítima e igualitarista, hacia la “sociedad” y hacia la “humanidad”». Resulta revelador que Evola, en este pasaje, lejos de denunciar los presupuestos individualistas de la doctrina liberal, recrimina al liberalismo, por el contrario, no atreverse a «pensarlos y quererlos hasta el extremo». Esta absolutización del individuo –en oposición al pueblo– que amenaza en todo momento en desembocar en el solipsismo, ha sido bien notada por Philippe Baillet, quien escribió lo siguiente a propósito de Imperialismo pagano: «El “individualismo” nietzscheano aquí se extiende hasta la caricatura: algunos pasajes […] parecen erigir simplemente en filosofía personal una agorafobia absoluta. La “socialidad”, cuyo origen se atribuye sin medias tintas al cristianismo primitivo, aquí es sinónimo de “contaminación”. No existe la comunidad, o más bien se confunde también con la aborrecida “colectividad”. El “pueblo” es una ficción, un flatus voici que desenmascara la lucidez nominalista: se identifica con la masa, que no es nada mientras no haya sido moldeada por la voluntad de los “dominadores”, de los “amos”. Hay que insistir sobre esta ausencia tota de dimensión comunitaria. Enunciada aquí bajo una forma extremista, la “asocialidad” evoliana sólo cambiará sus modalidades de expresión, pero no su estatuto, en toda su obra posterior» («Comme une bouteille à la mer…», prefacio a Julius Evola, Impérialisme païen, Puiseaux, Pardès, 1993, p. 19). En otro texto sobre Evola, Philippe Baillet añade: «Al rechazar en su juventud (y no reparar jamás verdaderamente acerca de este rechazo) la tradición realista u “objetivista” de la filosofía clásica […] en favor de la “contingencia” del individuo absoluto que afirma la libertad suprema del Yo hasta lo arbitrario, [Evola] ingresaba necesariamente a la órbita del “culto” fascista a la acción, entendido en su sentido más profundo: el activismo como solipsismo vivido, en acto […] El solipsismo evoliano, indisociable de un itinerario muy personal participa, por un lado, de cierta estética nada despreciable; es también, para nuestra sensibilidad, la causa primera, debido al relativismo que le es inherente, a su imposibilidad intrínseca, y no accidental, de ver nacer algún día, a partir de la obra de Evola, una escuela autónoma de pensamiento, con contornos claramente definidos y con objetivos unitarios» («Julius Evola et les “électrons libres”. Autour du Dossier H consacré à Julius Evola», en Politica Hermetica, 12, 1998, p. 266).

64 «Les deux visages du nationalisme», en Essais politiques, op. cit., p. 56.

65 «Tradition et réaction: la figure de Julius Evola», en Mil neuf cent, 9, 1991, p. 93. Se puede notar que uno de los reportes secretos sobre Evola redactados en el contexto de la Ahnenerbe –reporte que fue dirigido el 31 de agosto de 1938 a Himmler– alude a su «individualismo extremo» y a su «individualismo absoluto». Cfr. Bruno Zoratto, Julius Evola nei documenti segreti dell’Ahnenerbe, Roma, Fondazione Julius Evola, 1977, pp. 35-43.

66 «Les deux visages du nationalisme», artículo citado, p. 56.

67 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 83.

68 Les hommes au milieu des ruines, 2a edición, op. cit., p. 66.

69 Ibid., p. 239.

70 «L’Etat et le travail», en Explorations. Hommes et problèmes, Puiseaux, Pardès, 1989, p. 42.

71 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 66.

72 «Fonction et signification de l’idée organique», en: Julius Evola, le visionnaire foudroyé, París, Copernic, 1977, p. 56.

73 «L’Etat et le travail», artículo citado, p. 35.

74 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 59.

75 «La droite et la culture», en Explorations, op. cit., p. 280. Cfr. también Julius Evola, Citazioni sulla Monarchia, Palermo, Thule, 1978.

76 Es oportuno recordar aquí que, al menos en el caso de Francia, las relaciones entre el rey y la aristocracia fueron con mucha frecuencia conflictivas: los soberanos franceses constantemente lucharon contra los señores «feudales». Hermann de Keyserling, por quien Julius Evola difícilmente sentía estima, escribe por su parte: «Los aristócratas siempre son, por sí mismos, republicanos; la forma normal del Estado para los pueblos de estructura aristocrática es, en consecuencia, la república y no la monarquía, pues aquel que tenga conciencia señorial difícilmente soporta por encima de él a alguien que se crea superior» (L’analyse spectrale de l’Europe, París, Gonthier-Médiations, 1965, p. 156).

77 Théorie du pouvoir politique et religieux [1796], París, UGE/10-18, 1966, p. 21.

78 Al hablar del cristianismo, él llega sin embargo a escribir que «el rechazo, el desapego violento de la naturaleza conduce a la desacralización, a la destrucción de la concepción orgánica del mundo como cosmos» (L’arc et la massue, op. cit., p. 202). Pero no veríamos cómo se conciliarían estas líneas con los llamados constantes en favor de una dominación por parte del elemento «viril» de todo aquello que sólo está en el orden de la «naturaleza». En Cabalgar el tigre, Evola precisa: «Cualquier “retorno a la naturaleza” (fórmula que, generalizada, también puede incluir todas las reivindicaciones en nombre de los derechos del instinto, del inconsciente, de la carne, de la vida inhibida por el “intelecto” y así por el estilo) es un fenómeno de regresión» (op. cit., p. 154).

79 El primer libro de Evola traducido al alemán, Imperialismo pagano (Todi-Roma, Atanor, 1928), fue publicado en una versión revisada y ampliamente modificada por el autor para una casa editora directamente ligada a los medios völkisch: Heidnischer Imperialismus, Leipzig, Armanen, 1933 (retraducción al italiano a partir de la versión alemana: «Heidnischer Imperialismus», Treviso, Centro Studi Tradizionali, 1991). Acerca de las relaciones de Evola con la Revolución Conservadora, cfr. también: H. T. Hansen, «Julius Evola und die deutsche Konservative Revolution», en Criticón, Munich, abril-junio de 1998, pp. 16-32.

80 Diversos teóricos völkisch, entre los que se encuentran Ernst Bergmann y sobre todo Herman Wirth, de quienes Evola apreciaba los trabajos sobre los orígenes «atlántico-occidentales» de la civilización europea, sostenían en lo concerniente a la polaridad masculino-femenina una idea totalmente opuesta a la suya, pues hablaban de una clara superioridad de los valores femeninos sobre los valores masculinos. Cfr. Ernst Bergmann, Erkenntnisgeist und Muttergeist. Eine Soziosophie der Geschlechter, Breslau, Ferdinand Hirt, 1932; Herman Wirth, Der Aufgang der Menschheit. Untersuchungen zur Geschichte der Religion, Sumbolik und Schrift der Atlantisch-Nordischen Rasse, Jena, Eugen Diederichs, 1928.

81 En su célebre libro, Der Geist als Widersacher der Seele, cuya influencia fue considerable en el seno de la Revolución Conservadora, Ludwig Klages pudo describir precisamente el «espíritu» como el peor adversario del «alma».

82 Révolte contre le monde moderne, op. cit., p. 65.

83 Cfr. Julius Evola, L’« Operaio » nel pensiero di Ernst Jünger, Roma, Armando Armando, 1960 (2a edición: Roma, Giovanni Volpe, 1974; 3a edición: Roma, Mediterranee, 1998).

84 Cfr. Oswald Spengler, Il tramonto dell’Occidente, Milán, Longanesi, 1957. El texto del prefacio de Evola fue reeditado, junto con otros, en Julius Evola, Spengler e il Tramonto dell’Occidente, Roma, Fondazione Julius Evola, 1981.

85 Julius Evola, Il fascismo. Saggio di una analisi critica dal punto di vista della Destra, Roma, Giovanni Volpe, 1964; 2a edición: Il fascismo visto della Destra. Note sul Terzo Reich, Roma, Giovanni Volpe, 1970. Cfr. También: Philippe Baillet, «Les rapports de Julius Evola avec le fascisme et le nationalsocialisme», en Politica Hermetica, 1, 1987, pp. 49-71.

86 Además, hoy día se sabe –gracias a los documentos recuperados del antiguo Ministerio de Cultura Popular («Minculpop»)– primero, que fue despojado de su grado de lugarteniente en abril de 1934, después de haberse rehusado a batirse en duelo con un joven periodista de nombre Guglielmo Danzi, quien se había declarado hostil a sus opiniones; y, por otra parte, que en diciembre de 1939 solicita adherirse al Partido Nacional Fascista (PNF) a fin de poderse enrolar como voluntario en el frente, petición que fue rechazada oficialmente en abril de 1943 por la Corte Central de Disciplina del Partido, debido a que «toda la actividad cultural de Evola, tal y como surge de las informaciones recopiladas y a partir de lo que se conoce de sus escritos y de sus discursos, hacen dudar fuertemente de su incondicional adhesión a la doctrina fascista». Cfr. Dana Lloyd Thomas, «Quando Evola fu degradato», en Il Borghese, 24 de marzo de 1999, pp. 10-13.

87 Los diez números de La Torre fueron objeto de una reimpresión integral: La Torre. Foglio di espressioni varie e di tradizione una, Milán, Il Falco, 1977.

88 Incluido el propio Evola, quien las ha retomado en su autobiografía. Cfr. Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 95.

89 «Autodéfense», en Totalité, octubre de 1985, p. 87. «Si las ideas “fascistas” todavía deben ser defendidas –leemos igualmente en Los hombres y las ruinas– deberían serlo no en tanto son “fascistas”, sino en la medida en que representan, bajo una forma particular, la expresión y la afirmación de ideas anteriores y superiores al fascismo» (op. cit., p. 26). El hecho de que Evola haya tomado casi textualmente sus propuestas de 1951 induce a mostrar que éstas no eran fruto de un discurso de circunstancia.

90 Cfr. especialmente los Essais politiques, op. cit.

91 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 146.

92 Al criticar la institución del Servicio del Trabajo (Arbeitsdienst), Evola muestra especialmente indignado de que «una joven de la aristocracia así [haya podido] verse obligada a vivir en común con un campesino o un proletario, en una granja o en una fábrica» (Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 172).

93 Benito Mussolini, «La doctrine du fascisme», en Le fascisme. Doctrine, institutions, París, Denoël et Steele, 1933, p. 49.

94 «Le SS, guardia e “Ordine“ della rivoluzione crociuncinata», en La Vita italiana, agosto de 1938. Se apreciará que los «Ordensburgen» construidos en la Alemania hitleriana no tenían estrictamente nada que ver con la SS. Se trataba de centros de formación hechos a petición del Frente del Trabajo (Arbeitsfront), construidos expresamente sólo para miembros del partido. Es un error que Philippe Baillet haya hablado, como muchos otros, de los «famosos “Castillos de la Orden” de la SS» en su prefacio a la primera edición francesa de el Fascisme vu de droite (París, Cercle Culture et Liberté, 1981, p. 15). Antes hicimos alusión (nota 65) al reporte dirigido a Himmler en agosto de 1938, en el momento mismo en que aparecía el artículo de Evola. Dicho reporte aludía a la incompatibilidad de las ideas de Julius Evola con el nacionalsocialismo. Cfr. Bruno Zoratto, Julius Evola nei documenti segreti dell’Ahnenerbe, op. cit.; Gianfranco de Turris y Bruno Zoratto [editores], Julius Evola nei rapporti delle SS, Roma, Fondazione Julius Evola, 2000. Cfr. también Francesco Germinario, Razza del sangue, razza dello spirito. Julius Evola, l’antisemitismo e il nazionalsocialismo, 1930-1945, Turín, Bollati Boringhieri, 2001. Recordemos además que están lejos de esclarecerse los contactos que Evola pudo trabar en Alemania y en Austria antes de 1945.

95 Lo que además reconoce Evola cuando, al recordar las reglas de vida de los miembros de las SS, escribe: «Así se reafirmaba en el biologicismo racista –ligado a cierta banalización del ideal femenino– un relieve particular dado el aspecto “maternal” de la mujer» (Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 207).

96 «Les rapports de Julius Evola avec le fascisme et le national-socialisme», artículo citado, p. 60. Por falta de espacio, sólo podemos hacer alusión aquí al interés mostrado por Evola hacia la Guardia de Hierro y al Movimiento Legionario rumano (la Legión de San Miguel Arcángel). Se sabe que Evola testimonió una admiración casi incondicional hacia Corneliu Codreanu, el jefe de este movimiento, en quien incluso llegó a ver el«arquetipo mismo ario-romano» («La tragédie de la Garde de Fer», en Totalité, 18-19, 1984, p. 180). Cfr. también Julius Evola, La tragedia della Guardia di Ferro, Roma, Fondazione Julius Evola, 1996; Claudio Mutti, Julius Evola sul fronte dell’Est, Parma, All’insegna del Veltro, 1998. Pero, como bien se ha percatado Jean-Paul Lippi, este elogio deja perplejo si se tiene en cuenta el carácter profundamente cristiano del movimiento legionario y, sobre todo, su carácter místico, cuando Evola siempre había denunciado en la mística, este movimiento del alma, un elemento relevante de la «espiritualidad lunar» y del «polo femenino del espíritu».

97 «L’influenza di Evola sulla generazione che non ha fatto in tempo a perdere la guerre», en Gianfranco de Turris [editor], Testimonianze su Evola, 2a edición, Roma, Mediterranee, 1985, p. 132.

98 «La Droite et la Tradition», en Explorations, op. cit., p. 305.

99 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 124.

100 Ibid., p. 61.

101 Orientations, op. cit., p. 85.

102 «En cierto sentido, el americanismo es, para nosotros, mucho más peligroso que el comunismo: porque es una suerte de caballo de Troya» (Orientations, op. cit., p. 61). Con esto, Evola quiere decir claramente que lo más que se le puede reprochar al «americanismo» es conducir, con dulzura, al bolchevismo…

103 Chevaucher le tigre, op. cit., p. 15.

104 Le chemin du Cinabre, op. cit., pp. 195 et 201.

105 Le fascisme vu de droite, op. cit., p. 21.

106 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 210.

107 Chevaucher le tigre, op. cit., p. 215.

108 Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 195.

109 Orientations, op. cit, p. 94.

110 La fórmula «cabalgar el tigre» no obstante ha podido ser interpretada en ciertos medios políticos activistas como susceptible de legitimar un deseo, pero no para rectificar el curso de las cosas, sino al contrario, para acelerarlo: puesto que el final del ciclo debe llegar de cualquier manera, hay que acelerarlo para salir más rápido. Quienes sostienen esta posición a veces está apoyados por lo que Evola, en referencia a las doctrinas tántricas, ha llamado la «Vía de la mano izquierda», manera en que supuestamente se intensificarán los procesos hasta que se transformen en su contrario, de acuerdo con el «principio de la “transformación de los tóxicos en medicamentos”» (Julius Evola, «Sexe et contestation», en Julius Evola, le visionnaire foudroyé, op. cit., p. 119). Sin embargo, el propio Evola ha rechazado esta interpretación. Subraya, en efecto, que la Vía de la mano izquierda sólo puede darse en un plano espiritual para operar la destrucción del yo que permite acceder a lo absoluto. «En el contexto en el que hablamos –precisa– la idea de “destrucción” está asociada a la de “trascendencia”: no se trata de destruir por destruir, sino de destruir para trascender» («Sur la “Voie de la Main gauche”», en Explorations, op. cit., p. 144). Volviendo sobre la expresión de «cabalgar el tigre», igualmente subraya, en su autobiografía, que «en este libro, la fórmula se aplica únicamente a los problemas interiores de la persona, a su comportamiento, a su actuar y su volver a hacerlo en una época de disolución, sin ninguna finalidad exterior, sin tener tampoco a la vista el futuro, es decir, el eventual cierre de un ciclo y el comienzo de un nuevo ciclo» (Le chemin du Cinabre, op. cit., p. 196; hemos corregido el inicio de la traducción francesa de este pasaje, que erróneamente indica: «la fórmula no es aplicada a los problemas interiores...»).

111 Le chemin du Cinabre, op. cit., pp. 204-205.

112 Le chemin du labyrinthe. Souvenirs d’Orient et d’Occident, París, Robert Laffont-Opera Mundi, 1981, p. 340.

113 Orientations, op. cit., p. 59.

114 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 107.

115 Op. cit., p. 107.

116 «La decadencia –escribe, por ejemplo– aparece como el sentido de la historia [las cursivas son nuestras], lo que comprueba, en el seno de la historia, la desaparición de las civilizaciones de tipo “tradicional” y el advenimiento cada vez más pronunciado, general, planetario, de una nueva civilización común de tipo moderno» («Le problème de la décadence», p. 53).

117 «L’avènement du “cinquième état”», en Explorations, op. cit., p. 27.

118 «Fonction et signification de l’idée organique», artículo citado, p. 60. Pierre-André Taguieff nota a este propósito que «basta invertir los signos para [...] encontrar la ley fundamental de la metafísica de la historia» («Julius Evola penseur de la décadence», artículo citado, p. 28).

1|9 Le gai savoir.

120 Les hommes au milieu des ruines, op. cit., p. 90.

121 Ibid., p. 96.

122 Ibid., p. 90.

123 Ibid., p. 55.

124 Ibid., p. 56.

© Alain de Benoist © José Antonio Hernández García, por la traducción