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Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 28.- Las relaciones entre los sexos

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 28.- Las relaciones entre los sexos

Nos hemos cuidado de distinguir el problema de la familia y del matrimonio, en tanto que problema social, de la cuestión sexual en tanto que problema personal. Todavía, una vez más, esta es una distinción que no es normal ni legítima en un mundo normal, salvo ciertos casos especiales, pero que se impone, al contrario, en un mun­do en disolución. Vamos, pues, aquí a considerar las relaciones entre hombre y mujer en sí mismas y por sí mismas.

También aquí, lo más importante es extraer los aspectos positivos que ofrecen, potencialmente al menos, ciertos procesos actuales de disolución en la medida en que atacan, no solamente lo que pertenece al mundo burgués, sino también, de manera más general, ciertas dis­torsiones y opacas concreciones que, sobre las cosas del sexo, han deri­vado de la religión impuesta en Occidente.

En primer lugar, podemos referirnos aquí a un conjunto de características determinado por ciertas interfetencias entre la morali­dad y la sexualidad, ya que no entre espiritualidad y sexualidad, Es necesario, en efecto, considerar como una anomalía la importancia concedida a las cuestiones sexuales en el ámbito de los valores éticos y espirituales, hasta el extremo de emplearlas frecuentemente como patrón de estas últimas.

El asunto es todavía más singular cuando es raro encontrar en la civilización occidental precedente —queremos decir en la anti­güedad clásica— cualquier cosa análoga.

Pareto ha podido hablar de una "religión sexual" que, en el siglo pasado, se ha sustituido, con sus tabús, sus dogmas y su intole­rancia, a la religión propiamente dicha y que se han manifestado bajo formas particularmente virulentas en los países anglosajones, en don­de ha tenido y todavía tiene, en cierta medida, como adecuadas com­pañeras, otras dos religiones dogmáticas y laicas de un nuevo género: la religión humanitaria y progresista y la religión de la democracia. Pe­ro, aparte de esto, existen distorsiones que afectan a un campo mucho más amplio. Una de ellas, por ejemplo, concierne al sentido que ha tomado el término "virtud" . Como se sabe, virtus en la antigüedad e incluso hasta el Renacimiento tenía un significado de fuerza de áni­mo, cualidad viril, potencia, mientras que, paulatinamente, ha ido tomando un sentido sexual, tanto que el mismo Pareto ha podido for­jar el término de "virtuismo" para caracterizar a la religión puritana que acabamos de mencionar. Otro caso típico de la interferencia entre la sexualidad y la ética y de la deformación resultante se refiere a la no­ción de honor. Es cierto que se trata aquí, sobre todo, del sexo femeni­no; sin embargo la cosa no es, por ello, menos significativa. Durante mucho tiempo se ha considerado y se considera todavía en ciertas ca­pas sociales y regiones que una mujer pierde su "honor" , no solamen­te cuando ha tenido experiencias sexuales libres fuera del matrimonio, sino incluso cuando ha sido violada. Semejante absurdo incluso ha da‑

do origen a algunos temas de cierto "gran arte", el colmo de lo gro­tesco fue alcanzado, quizás, por Lope de Vega en su tragedia El mejor alcalde, el rey: en él se nos muestra a una chica que, al haber sido rap­tada y violada por un señor feudal, había perdido el "honor" , vol­viéndolo a encontrar repentinamente, cuando el rey hace ejecutar al que la ha violado y la casa con su prometido. Por lo demás, la concep­ción según la cual el hombre estaría herido en su "honor" si su mujer le engaña —cuando más bien sería cierto lo contrario— no es menos absurdo: de los dos, en el adulterio, es la mujer y no el hombre quien pierde el "honor" , no debido al hecho sexual en sí, sino desde un punto de vista superior, pues si el matrimonio es algo serio y profun­do, la mujer al casarse, se une libremente a un hombre y, por el adul­terio, rompe este vínculo ético de fidelidad y se degrada en primer lugar ante sus propios ojos. Podemos hacer notar, de paso, cuán estúpido es hacer recaer el ridículo sobre el marido engañado, siendo de este mo­do, también habría que hacerlo recaer sobre el que ha sido víctima de un robo o sobre el jefe al que sus soldados, rompiendo su fe jurada, traicionan o abandonan; a menos que se quiera, a lo mejor, unir la de­fensa del "honor" con el desarrollo de las cualidades de carcelero o de déspota en el marido, ciertamente incompatibles con una concepción superior de la dignidad viril.

Incluso ejemplos tan banales son suficientes para mostrar hasta qué punto los valores morales han sido contaminados por los pre­juicios sexuales. Ya hemos hecho referencia anteriormente a los pre­ceptos de una "gran moral" que, debido a su relación con una especie de raza interior, no pueden ser mellados por las disoluciones nihilis­tas: de tal modo que la verdad, la rectitud, la lealtad, la valentía inte­rior, el sentimiento verdadero, no socialmente condicionado, del ho­nor y de la vergüenza, el dominio de uno mismo, permanecen invul­nerables. Todo ello es "virtud"; los hechos sexuales no tienen apenas relación con ellos, salvo indirectamente, es decir, en el solo caso en donde empujan a una conducta que se aparta de estos valores. Por lo demás, la moral estoica, que desde luego no puede ser tachada de ti­bia, colocaba los placeres sexuales en la categoría de las cosas que des­de el punto de vista del sabio, eran indiferentes. En general, en la an­tigüedad, no existía gran preocupación por las cuestiones sexuales, sal­vo cuando dañaban la conducta digna y mesurada a la que se debían el patricio y el hombre libre. Es con el cristianismo, en parte también bajo la influencia de concepciones soteriológicas de pueblos exóticos de Asia Menor y de Levante que establecieron lazos estrechos entre la sexualidad y el pecado cuando el sexo se puso a infectar, no solamente el dominio ético, sino también el dominio espiritual.

Esto se relaciona con lo que ya hemos dicho a propósito de la imposibilidad intrínseca para el catolicismo de asentar una concep­ción superior del matrimonio y de dar una orientación que conduzca, no a negar y a reprimir, sino a transfigurar y a sacralizar la experiencia sexual. Dentro de este ámbito a los ejemplos aberrantes ya citados, po­demos añadir otro: el del valor atribuido a la virginidad (31). Este va­lor ha sido puesto en evidencia en el plano teológico, por la importan­cia y el relieve, completamente incomprensible (a menos de permane­cer en el plano puramente simbólico) dados a la virginidad de María, de la "Madre de Dios"), pero esto también queda demostrado de una forma más específica por muchas "opiniones probables" (es decir, que hay que seguir porque son predominantes y defendidas por teólo­gos célebres) de la teología moral católica: aquella, por ejemplo, según la cual sería preferible que una mujer se suicidara antes que dejarse violar (idea que ha conducido recientemente a la canonización de María Goretti), o según la cual tendría el derecho de matar a su agre­sor si ello le permitiera salvaguardar su integridad física. Igualmente, según la opinión defendida por la casuística de la teología moral, si el enemigo para no saquear una ciudad, reclama el sacrificio de un ino­cente, éste puede e incluso debe inmolarse y la ciudad debe consentir entregarlo: pero no si se reclama a una mujer para abusar de ella. Por lo tanto se da más peso al tabú sexual que a la vida. Sería fácil multiplicar los ejemplos de este tipo. Pero cuando, por un régimen de prohibiciones y anatemas, se muestra una tal preocupación por las cosas del sexo, es evidente que uno depende tanto de él como si lo exaltara crudamente. De forma general es así como —paralelamente a la desaparición, en la relación positiva, de la dimensión de la contemplación, de la orientación hacia la trascendencia, de la alta áscesis y de la verdadera sacralidad— el dominio de la moral ha sido infectado, en la Europa cristianizada, por la idea del sexo, hasta el punto de desembo­car en los complejos ya mencionados.

Si bien esta situación anormal no es reciente, el signo característico del período burgués es que había asumido los carácteres particulares, disociados y autónomos, de una "moral social": precisa­mente con la "virtuosidad" vejada por Pareto, el cual, en cierta medi­da, ya no se refería a las premisas de la moral religiosa mencionada en los párrafos anteriores. Pero ha sido y es, justamente esa moral basada sobre el sexo y la sexofobia el objeto principal de los procesos disoluti­vos recientes. En diversas regiones, en los países anglosajones y protes­tantes, al igual que en los países latinos y católicos, subsisten, sin du­da, formas organizadas de ostracismo social de base sexual. Además, es necesario tener en cuenta la acción consiguiente, inconsciente, pero no por ello despreciable, que ejercen a menudo las interferencias que se han producido en el curso del tiempo, entre la moralidad y la se­xualidad, incluso cuando el individuo ya no reconoce ningún valor a los principios que le corresponden y que numerosos vínculos exte­riores, sociales, son quebrantados. Tal es una de las causas del carácter neurótico, insano, dividido e inquieto, que presenta frecuentemente la vida sexual actual, mientras estos rasgos eran casi inexistentes en épocas más rigurosas (32). Se ha hablado de una "revolución sexual" en curso, tendiente a superar las inhibiciones interiores, y los tabús represivos sociales. De hecho, en el mundo de hoy la "libertad sexual" se afirma cada vez más, como práctica corriente. Pero a este respecto hay que hacer algunas precisiones.

Sea como fuere los procesos en curso llevan a una eliminación de las inhibiciones, a una vida sexual libre que, evidentemente, tiene un sentido muy diferente al de una vida libre del sexo. Es como si esta obsesión sexual que se había manifestado anteriormente, con la men­talidad puritana, bajo un signo negativo, manifestándose a través de inhibiciones, tomara, hoy en día, incluso adoptando un carácter más agudo, un signo positivo. Que una característica particular de la época actual sea un demonismo del eros (33), que sexo y mujer sean los mo­tivos dominantes en la sociedad actual, es un hecho evidente que, por lo demás, pertenece a la fenomenología normal de toda fase final y crepuscular de un ciclo de civilización (34).

Allí donde el sexo se pone de relieve, es natural que la mujer, su dispensadora y su objeto, domine la situación, como puede consta­tarse hoy en día: a esta especie de "demonismo" , de intoxicación se­xual crónica, característica de la época actual, manifestada de mil ma­neras en la vida pública y en las costumbres, corresponde una gine­cocracia virtual, una tendencia sexualmente orientada a la prepotencia de la mujer, prepotencia que, a su vez, está en relación directa con la involución materialista y utilitaria del sexo masculino; por ello el fenó­meno se manifiesta particularmente en los países como Estados Uni­dos, cuyo proceso involutivo está más adelantado, gracias al "progre­so" . Habiendo analizado en diferentes ocasiones esta cuestión no nos detendremos aquí sobre el tema (35). Nos limitaremos a señalar el ca­rácter colectivo y, en cierto sentido, abstracto del, erotismo y del tipo de fascinación que se concentra actualmente en los ídolos femeninos más recientes, en una atmósfera alimentada de mil maneras: cine, re­vistas ilustradas, televisión, espectáculos, concursos de belleza y de­más. Aquí la persona real de la mujer es frecuentemente una especie de soporte casi enteramente desprovisto de alma, un centro de cristali­zación de esta atmósfera de sexualidad difusa y crónica, de tal modo que la mayor parte de las "estrellas" de rasgos fascinantes, "mujeres fatales" , en realidad, como personas, tienen cualidades sexuales muy mediocres y decadentes, siendo su fondo existencial, más o menos, el de mujeres ordinarias desviadas, con rasgos neuróticos. Respecto a ellas, ha sido empleada muy justamente la imagen de las medusas con sus magníficos colores iridiscentes que se reducen a una masa gelatino­sa y se evaporan cuando se las coloca al sol, fuera del agua; el agua correspondería, en este caso a una atmósfera de sexualidad difusa y co­lectiva (36). Es la contrapartida en la mujer de los numerosos hombres que se distinguen hoy en día por su fuerza, por su masculinidad pura­mente atlética o deportiva, como "duros" , "machos" , etc. (37).

Volvamos ahora a los problemas que nos interesan. Los proce­sos de disolución que se han manifestado en las costumbres sexuales podrían presentar un aspecto positivo cuando contribuyen a eliminar las interferencias anormales entre ética y sexualidad, entre espirituali­dad y sexualidad de las que ya hemos hablado. Por lo tanto, en princi­pio, no hay que lamentar que todo lo que en las costumbres de ayer se fundaba sobre estas interferencias, pierda cada vez más su fuerza y tampoco hay que quedar impresionado por el hecho de lo que era con­siderado, erróneamente, como una corrupción se haya vuelto normal en una gran parte de la sociedad contemporánea. Podríamos repetir aquí lo que ya hemos dicho respecto a cierta literatura corrosiva y "pervertidora" de nuestro tiempo. Lo importante sería sacar partido de esta nueva situación para hacer valer, más allá de las costumbres burguesas, una concepción más sana de la existencia, liberando los va­lores éticos de sus conexiones sexuales. Todo lo que hemos dicho res­pecto a la contaminación que estas interferencias ha hecho sufrir a las concepciones de la virtud, el honor, la fidelidad podrían indicar ya la dirección positiva. Por lo tanto habría que reconocer que los principios.

Es así como en nuestra-época la libertad acrecentada en el do­minio sexual no está unida, ni a una nueva toma de conciencia de los valores que vuelven poco importantes las cosas sexualmente importan­tes, no a una toma de posiciones contra la "fetichización" de las rela­ciones intersexuales, procediendo, al contrario, a un debilitamiento general de todos los valores y de todos los vínculos. Los aspectos positi­vos que hemos mencionado que, teóricamente, podrían extraerse de los procesos en curso, son solamente virtuales y no deben hacer nacer ilusiones sobre las direcciones que tomará la vida moderna. Además de la atmósfera de intoxicación erótica, pandémica y difusa de la que ya hemos hablado, el sexo disociado y liberado puede conducir prácti­camente a una banalización y a un "naturalismo" de las relaciones entre hombre y mujer, a un materialismo y a un inmoralismo expedi­tivo y fácil en un régimen de matter of fact (38) en donde faltan las condiciones más elementales para realizar experiencias sexuales de al­gún interés o intensidad.

Puede considerarse aquí como un detalle no desprovisto de in­terés algún rasgo de la crisis del pudor femenino. Aparte de los casos en los que la desnudez femenina casi completa sirve para alimentar la atmósfera de sexualidad abstracta y colectiva de nuestra época, es pre­ciso estudiar el caso de una desnudez que ha perdido su carácter "fun­cional" serio, que, porque es pública y habitual, habitúa el ojo a la castidad, vuelve capaz de mirar a una muchacha completamente des­nuda casi con el mismo interés puramente estético que si se observa a un pescado o a un gato siamés. De esta despolarización de los sexos —que confirma, por lo demás, el regimen de la vida moderna, en donde la juventud de un sexo se apretuja con la del otro, se mezcla con el otro con "naturalidad" , prácticamente sin ninguna tensión, como coles y nabos en un huerto. Es evidente que el resultado particu­lar, tanto de la crisis de las costumbres precedentes, como la acción de los procesos de disolución, nos remite a lo que dijimos a propósito del "ideal animal". Aquí también hay una correspondencia entre Orien­te y Occidente pues la vida erótica primitiva, tan frecuente en Améri­ca, no está muy alejada de la promiscuidad en la cual viven "camara­das" masculinos y "camaradas" femeninos en la zona comunista, li­berados de los "accidentes individualistas del decadentismo burgués", terminan por interesarse poco por las cosas del sexo, pues sus intereses más importantes, convenientemente orientados, se diri­gen hacia otras direcciones, hacia la vida colectiva y de clase.

También ocurre que, hoy en día, el sexo entra en gran parte en la categoría de los sucedáneos: en un clima de erotismo difuso y cons­tante, se busca en la pura sexualidad, más o menos del mismo modo que con los estupefacientes, sensaciones exasperadas que cubran el vacío de la existencia moderna. A este respecto, los testimonios de ciertos elementos de la beat generation y de grupos análogos son signi­ficativos: muestran el papel que juegan en ellos la búsqueda del puro orgasmo sexual, asociado a una especie de angustia que hace nacer la idea de no llegar a alcanzarlo perfectamente, uno mismo y la compa­ñera.

En esta utilización del sexo se trata de formas negativas y casi caricaturescas, que, sin embargo pueden indicarnos algo más serio, pues la experiencia sexual pura tiene también sus valencias metafísicas, una ruptura existencial de nivel y aberturas más allá de la simple conciencia ordinaria, puede efectivamente producirse a través del trauma del orgasmo. Con la sacralización del sexo, estas posibili­dades fueron claramente reconocidas en el mundo tradicional. Hemos tratado de esta cuestión en otra obra (Metafisica del sexo); será, por lo tanto, suficiente recordar brevemente algunos puntos que conciernen al tipo de hombre diferenciado que nos interesa.

Como ya hemos dicho, la situación actual excluye la posibili­dad de integrar el sexo en una vida llena de sentido que transcurra dentro de marcos institucionales. Solamente pueden plantearse algu­nos casos, excepcionales y esporádicos, comportando, a pesar de todo, una convergencia de situaciones favorables. Ha de quedar bien claro que no puede haber lugar en este tipo de hombre- para una concep­ción romántica y burguesa del amor en tanto que unión de "almas" con un fondo patético o dramático. El significado que tomarán para él las relaciones humanas será relativo y tampoco entontrará el sentido de la vida en una mujer o en la familia y los hijos. Podrá, en particular, renunciar a la idea o a la ambición de una posesión humana, de "te­ner" completamente al otro en tanto que persona. A este respecto la actitud natural podrá ser, al contrario, la de una distancia correspon­diente a un respeto mutuo. Podrán convertirse en valores positivos, la libertad acrecentada de las fuerzas más modernas y la transforma­ción más moderna de la mujer, gracias a relaciones que, sin ser super­ficiales o "naturalistas" , sean claras y se funden, en el plano social y ético, sobre la lealtad, la camaradería, la independencia y la valentía, guardando siempre, el hombre y la mujer, la conciencia de ser dos se­res con vías distintas que en un mundo en disolución sólo pueden sobrepasar o superar su aislamiento existencial y fundamental gracias a lo que proviene de la pura polaridad sexual. No se tratará de la necesi­dad de "poseer" el otro ser humano, y tampoco se hará de la mujer un simple objeto de placer y una fuente de sensaciones buscada para confirmarse uno mismo. El ser integrado ya no necesita tal confirma­ción; necesita, a lo más, un "alimento" y todo lo que pueda nacer de la polaridad en cuestión, asumido de la manera adecuada, puede constituir uno de los principales alimentos de esta embriaguez parti­cular, activa y vivificadora, que ya hemos mencionado numerosas veces, en particular a propósito de ciertos aspectos de la experiencia dionisíaca.

Esto nos lleva a decir unas palabras sobre la otra posibilidad ofrecida por una sexualidad que, en cierta manera, se ha vuelto autó­noma, se ha liberado. Hemos visto que la primera posibilidad corres­ponde a la degeneración "naturalista". Se le puede, por tanto, opo­ner la segunda posibilidad, la de la elementareidad, la posibilidad de asumir la experiencia sexual en su elementareidad. Una de las inten­ciones de nuestra obra, mencionada precedentemente, Metafisica del Sexo, ha sido definida de la manera siguiente: "Hoy, cuando el psi­coanálisis, con su inversión casi demoníaca, ha subrayado la primor­dialidad infrapersonal del sexo, hay que oponer a éste otra primor­dialidad, metafísica esta, de la cual, la primera es una forma degrada­da" . Con esta intención hemos examinado, por una parte, ciertas di­mensiones de la trascendencia que, bajo una forma latente o encubier­ta, no están ausentes en el mismo amor profano y, por otra parte, he­mos recogido en el mundo de la tradición, numerosos testimonios de una utilización del sexo en el sentido ya indicado, cuando hablábamos de qué manera un orden de influencias superior debía transformar las uniones ordinarias entre hombre y mujer. Sin embargo, en la medida en donde no se trata de simples nociones abstractas, sino también de la actualización práctica de estas posibilidades, sólo se puede hablar hoy en día de experiencias esporádicas inhabituales, eventualmente accesibles solamente al hombre diferenciado, porque dependen de una condición previa: la constitución interior y especial que este hombre posee y conserva.

Otra condición previa concerniente a la mujer sería que la cualidad erótica y fascinadora, difusa en el ambiente actual, se con­densara completamente y se "precipitara" (en el sentido químico de la palabra) en ciertos tipos de mujer, precisamente bajo la forma de una cualidad "elemental" . Entonces el contacto de estas mujeres crearía, en el plano sexual, la situación que ya hemos enfocado más de una vez: una situación peligrosa que exige, al que quiera contestar ac­tivamente, una superación de sí mismo, la superación de un límite in­terior. Entonces, aunque con cierta exasperación o crudeza debida a la diferencia del ambiente, el significado que tenía originalmente la po­laridad de los sexos cuando ello todavía no estaba ahogado por la reli­ gión puritana del "espíritu" , cuando todavía no estaba debilitada por la sentimentalidad y aburguesada, ni tampoco se reducía a un sencillo primitivismo, ni a una corrupción decadente, este significado, en tal contexto, podría reaparecer. Ella se manifiesta en gran cantidad de le­yendas, mitos y sagas pertenecientes a las más diversas tradiciones. En la mujer verdadera —típica, absoluta— se reconocía la presencia de al­go espiritualmente peligroso, de una fuerza fascinadora, al mismo tiempo que disolvente; ello explica la actitud y los preceptos de esta áscesis que rechazaba al sexo y a la mujer para cortar el peligro. El hombre que no ha escogido ni la vía de renuncia al mundo, ni la de un desapego impasible en el mundo, puede enfrentarse al peligro y, aquí también, todavía, extraer del tóxico, un alimento de vida, si usa del sexo sin volverse su esclavo y sabe activar las dimensiones profun­das, elementales, que en cierto sentido, son suprabiológicas.

Tal como hemos dicho, estas posibilidades son excepcionales en el mundo actual y sólo pueden presentarse debido a un afortunado azar ya que presuponen cualificaciones, asímismo, excepcionales. Las circunstancias son completamente desfavorables debido al debilita­miento que caracteriza frecuentemente a la mujer moldeada por la ci­vilización actual. No es fácil, en efecto, imaginarse una "mujer abso­luta" bajo los rasgos de una chica "moderna" , más o menos america­nizada. De una manera más general, todavía, tampoco es fácil imagi­nar la coexistencia de las cualidades precisadas en la mujer, tal como han sido mencionadas precedentemente, con aquellas que exigen la relación que, como hemos dicho, deben ser también "modernas" , o sea libres, claras e independientes. Sería para ello necesaria una forma­ción muy especial de la mujer, formación paradójica pues, en cierto sentido, debería reproducir la estructura "dual" del tipo masculino diferenciado: lo que a pesar de ciertas apariencias está muy lejos de corresponder a la orientación que toma generalmente la vida de la mujer moderna.

En realidad, la entrada de la mujer con igualdad de derechos, en la vida práctica moderna, su nueva libertad, el hecho de que se co­dee con hombres en las calles, en las oficinas, en las profesiones, en las fábricas, en los deportes e incluso en la vida política o en el ejército, forma parte de estos fenómenos de disolución de la época de los cuales es difícil ver la contrapartida constructiva. Esencialmente, lo que se manifiesta en todo ello es la renuncia de la mujer a su derecho de ser mujer. La promiscuidad de los sexos en la vida moderna sólo puede "descargar" a la mujer en gran medida de la fuerza de la que ella era portadora, llevando a relaciones ciertamente más libres, pero primiti­vas, obstaculizadas por todos los factores y los intereses prácticos que dominan la vida moderna. De este modo los procesos en curso en la sociedad actual, con la nueva situación de la mujer, si bien pueden ser favorables a una de las dos exigencias que ya hemos mencionado —la que concierne a relaciones más claras, libres y esenciales, más allá del moralismo, así como las delicuescencias sentimentales y del "idealis­mo" burgués— sólo puede ser contraria a la segunda, concerniente a la activación de las fuerzas más profundas que definen a la mujer ab­soluta.

El problema del sentido de la existencia, no sólo para el hombre, sino también para la mujer, no entra dentro del marco de es­te libro. Ciertamente, en una época de disolución la respuesta a este problema es más difícil para la mujer que para el hombre. Es necesario tener en cuenta, a partir de ahora, las consecuencias irreversibles del equívoco que ha permitido a la mujer creer que iba a conquistar una "personalidad" propia tomando la del hombre por modelo; del hombre, por decirlo de alguna manera, porque hoy en día las formas de actividad típicas son casi todas anodinas, ponen en juego facultades "neutras" de orden, sobre todo, intelectual y práctico que no tienen ningún lazo específico con el uno o el otro sexo, así como tampoco con una raza o una nacionalidad determinada y porque ellas se ejercen ba­jo el signo de lo absurdo que caracteriza todo el sistema de vida con­temporáneo. Uno se encuentra en un mundo en donde la existencia está desprovista de cualidades y de máscaras simples, en donde la mu­jer, en el mejor de los casos, sólo guarda entre esas máscaras y cuida su máscara cosmética, pero en donde está íntimamente disminuida y des­fasada porque no se han cumplido las condiciones previas que impli­can esta despersonalización activa y "esencializadora" de la cual he­mos hablado a propósito, precisamente, de las relaciones entre perso­na y máscara.

En una existencia inauténtica, la búsqueda sistemática de di­versiones, sucedáneos o tranquilizantes que caracteriza tantos "diver­ timentos" y "atracciones" de hoy, todavía no deja presentir a la mu­jer la crisis que la espera cuando se dé cuenta de cómo las ocupaciones masculinas para las cuales ha luchado tanto están desprovistas de sen­tido, cuando se desvanezcan sus ilusiones y la euforia que le da la satis­facción de sus reivindicaciones, cuando constatará por otro lado, que, debido al clima de disolución, familia e hijos ya no pueden dar un sentido satisfactorio a su vida, mientras que, debido al descenso de la tensión ocurrido, hombre y mujer ya no podrán significar tampoco gran cosa, no podrán constituir ya, como lo hicieron para la mujer ab­soluta y tradicional, el centro natural de su existencia, no representa­rán para ella más que uno de los elementos de una existencia dispersa y exteriorizada que irá a la par con la vanidad, el deporte, el culto nar­cisista del cuerpo, los intereses prácticos y otras cosas del mismo géne­ro, Es necesario tener en cuenta los efectos destructores que están pro­duciendo en la mujer moderna una vocación falseada, ambiciones des­viadas y, por añadidura, las condiciones objetivas. Así, cuando incluso la raza de los hombres verdaderos no hubiera casi desaparecido entera­mente, ya que el hombre moderno conserva muy poco de lo que es propiamente la virilidad en el sentido superior del término, lo que se dijo respecto a la capacidad del hombre verdadero de "rescatar" , de "salvar a la mujer dentro de la mujer" permanecería problemático. Es de temer que, en la mayoría de los casos, sea otro precepto el que el hombre verdadero tenga que seguir hoy en día, el que proponía la. vieja a Zaratustra: "¿Vas a ver una mujer?. No te olvides tu látigo.", admitiendo que fuera posible, en estos tiempos progresistas, aplicarlo impunemente y con provecho. La posibilidad de devolver al sexo, aunque sólo fuera esporádicamente, su carácter elemental y trascen­dente, y si se quiere, su peligrosidad, en el contexto indicado, parece comprometida, pues, por todos estos factores.

En resumen, el cuadro general de la sociedad actual en el ám­bito sexual está particularmente marcado por los aspectos negativos de un período de transición. El régimen de residuos que se inspira, en los países latinos, en el conformismo católico y burgués, o en los países protestantes, en el puritanismo, todavía conserva cierta fuerza. La vida sexual toma frecuentemente formas neuróticas cuando sólo las inhibi­ciones exteriores han sido eliminadas.

 

(31) Este párrafo fue suprimido en la segunda edición italiana (N.d.T.).

(32) Este párrafo entre paréntesis fue suprimido dela segunda edición italiana (N.d.T.).

(33) La palabra italiana demonismo habitualmente empleada por Evola quiere significar el crecimiento del poder desmesurado y obsesivo de una fuer­za, en este caso, del sexo (N.d.T.).

(34)        Cfr. "Formas tradicionales y ciclos cósmicos", René Guenon. Ediciones Obelisco. Barcelona, 1985.

(35)       Cfr. "Metafísica del sexo", Julius Evola. Ed. Heliodoro. Madrid, 1982 (N.d.T.).

(36)       "La estrella" representa un valor del cual el individuo puede gozar en la medida en que permanece alejado de ella y en donde es evidente para él que su admiración y deseo se confunden con millones de otros seres. Este valor se reduce a cero cuando quiere gozar privadamente de ella o sencillamente apo­derarse de ella mediante el matrimonio. Del mismo modo que una espléndida medusa flota, multicolor, sobre el mar, y se transforma, una vez pescada, en un insípido mucílago, del mismo modo, los espejismos de la sexualidad de masas se vuelven insignificantes y muy aburridos en privado; en efecto, la pro­miscuidad a la que se entregan los ídolos entre ellos evoca una jaula con mo­nos... Es un influjo a distancia que exalta sexualmente la atmósfera" (E. Kuby).

(37)       Párrafo suprimido en la segunda edición italiana (N.d.T.). de continencia y castidad, sólo tienen su justo lugar en el marco de un cierto tipo de áscesis y de las correspondientes vocaciones, tal como ha Pensado siempre el mundo tradicional. Siempre dentro del mismo or­den de ideas, más allá del "virtuosismo" , la eventualidad de una vida sexual libre, en personajes de una estatura excepcional, no debería atentar de ningún modo a su valor intrínseco (de lo cual la historia es rica en ejemplos). Debería poder concebirse, entre hombre y mujer, incluso dentro de la perspectiva de una vida en común, relaciones más claras, más importantes y más interesantes que las que corresponden a las costumbres burguesas y a la intransigencia sexual. Esto implicaría, entre otras cosas, que ya no debería atribuirse a la integridad de la mujer, comprendida en términos puramente físicos, algo más que un valor relativo. Por lo tanto, para un tipo de hombre particular, los pro­cesos de disolución en curso podrían, en principio, favorecer numero­sas rectificaciones de este tipo. Sin embargo, en la práctica, para la mayoría de las personas, estas posibilidades permanecen como muy hipotéticas, porque les faltan las premisas existenciales y generales ne­cesarias.

(38)       matter of fact: hecho consumado. En inglés en el original (N.d.T.).

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 27.- Matrimonio y familia

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 27.- Matrimonio y familia

Los hechos sociales presentan una más estrecha relación con los de la vida privada y de las costumbres, si se considera el problema de las relaciones entre los sexos, del matrimonio y de la familia en la exis­tencia de hoy día.

Por lo que respecta a la institución familiar, su crisis en nuestros días es tan manifiesta como la de la idea romántica ochocentista de patria, tratándose de procesos en amplia medida irreversibles por estar ligados a los factores que caracterizan el tipo de existencia en los últimos tiempos. Naturalmente, también la crisis de la familia suscita hoy preocupaciones y reacciones moralizantes, con intentos más o menos vagos de sabotaje, sin que se sepa hacer valer otra cosa que recurrir a argumentos conformistas y a un tradicionalismo vacío y falso. También, a este respecto, las cosas para nosotros se presentan de una forma diferente y, como en el caso de los demás fenómenos ya considerados, es necesario reconocer friamente la situación en su realidad desnuda. Es preciso, por tanto, extraer consecuencias del hecho de que la familia ha cesado desde hace tiempo de tener un significado superior, de estar cimentada por factores vivos que no sean simplemente de orden individual. El carácter orgánico y, en cierto sentido, "heroico" que ofrecía su unidad en otros tiempos, se ha perdido en el mundo moderno, al igual que se ha desvanecido, o está por desvane­cerse, el último barniz residual de "sacralidad" que esta institución debía a la consagración propia del rito religioso. En la realidad, en la grandísima mayoría de los casos, la familia de los tiempos modernos es una institución de carácter pequeño-burgués, casi exclusivamente de­terminada por factores naturalistas, utilitarios, 'rutinarios, primitiva­mente humanos y, en el mejor de los casos, sentimentales. Sobre todo su eje esencial ha desaparecido, el eje que constituía la autoridad, ante todo espiritual, de su jefe, del padre: la que puede encontrarse en el origen etimológico de la palabra pater: "señor" , "soberano". Así, una de las principales metas de la familia, la procreación, se reduce sencilla y groseramente, a perpetuar la sangre: perpetuación híbrida, por lo demás, ya que en el marco del individualismo moderno, las uniones conyugales ya no quedan sometidas a las limitaciones de lina­je, de casta o raza, dado que, en cualquier caso, no tiene como contra­partida la continuidad más esencial, espiritual, de una tradición, de una herencia ideal. Por otra parte, ¿cómo podría continuar teniendo un sólido centro que la mantuviera unida, si su jefe natural, el padre, es hoy día casi un extraño, incluso físicamente, al estar preso en el engranaje de la vida material, en esta sociedad cuyo absurdo ya hemos demostrado?. ¿Qué autoridad puede revestir el padre, si, en particu­lar en las "clases superiores" , se reduce hoy casi exclusivamente a una máquina de fabricar dinero pluriempleado?. Esto se aplica incluso hoy día tanto al padre como a la madre, debido a la emancipación de la mujer, a su entrada en el mundo de los profesionales y de los trabaja­dores, mientras que el otro tipo de mujer moderna, la "dama" que se entrega a una vida frívola y mundana, es menos capaz todavía de me­jorar el clima interior de la familia y de ejercer una influencia positiva sobre sus hijos. Estando así las cosas en la mayoría de los casos, ¿cómo reconocer a la unidad familiar moderna un carácter diferente de un conglomerado unido por factores extrínsecos, necesariamente expues­to a procesos erosionadores y disolutivos?, ¿cómo no incluir entre las mentiras hipócritas de nuestra sociedad el carácter pretendidamente "sagrado" de la familia?.

La interdependencia que se da entre la ausencia de un principio de autoridad preexistente y el fenómeno de desvinculación indivi­dualista, de interdependencia que ya hemos subrayado en el dominio político, se ha manifestado igualmente en el plano familiar. Al presti­gio decaído del padre corresponde el distanciamiento de los hijos, la ruptura cada vez más nítida y brutal entre las antiguas y las nuevas ge­neraciones. A la disolución de los lazos orgánicos en el espacio (castas, cuerpos, etc.) corresponde en nuestros días, la de los lazos orgánicos en el tiempo, es decir, el corte de continuidad espiritual entre las ge­neraciones, entre padre e hijo. El distanciamiento, la alienación recíproca, es un hecho innegable y de proporciones crecientes, favore­cido además por un ritmo de vida progresivamente más rápido y de­sordenado. Es por lo demás significativo que este fenómeno se mani­fiesta de un modo particularmente crudo en lo que queda de la anti­gua aristocracia nobiliaria y en las clases superiores, donde habría po­dido esperarse, al contrario, que los lazos de la sangre y de la tradición hubieran sido más duraderos. Decir que los padres son solamente para los hijos "modernos" un "mal inevitable" no es solamente un chiste. La nueva generación desea que los padres "se dediquen a sus asuntos" y no se entrometan en la vida de sus hijos porque ellos "no los comprenden" (incluso cuando no hay nada que comprender), los hijos ya no son los únicos en tener tal pretensión, también ahora las hijas "contestan". Naturalmente todo ello agrava el "desarraigo" general. El hecho de que en una civilización materialista y sin al­ma la familia esté desprovista de toda significación superior ha de incluirse en las causas de los fenómenos extremos, del tipo de los que constituyen la "juventud quemada" y la creciente criminalidad juve­nil.

De todos modos, dada esta situación y cualquiera que sea la causa principal, imputable a los padres o a los hijos, incluso la pro­creación asume un carácter absurdo y no puede razonablemente conti­nuar siendo una de las principales razones de ser de la familia. Tal co­mo hemos dicho, es en un régimen de mediocridad, de convenciona­lismos, de comodidad práctica, de rutina y de debilidad de carácter, donde subsiste la familia. No hay que creer que medidas exteriores puedan modificarla en algo. Repitámoslo: la unidad familiar sólo podía permanecer sólida mientras que una manera de sentir suprapersonal tuviera suficiente fuerza para hacer pasar a un segundo plano los hechos simplemente individuales. Antaño, en un matrimonio se podía no ser "feliz" , podían no verse saciadas las "necesidades del al­ma", sin embargo la unidad permanecía. Al contrario, en el clima in­dividualista de la sociedad actual, no puede invocarse ninguna razón superior para que se mantenga la unidad de la familia cuando el hombre y la mujer "ya no se entienden" y los sentimientos o el sexo le conducen a nuevas opciones. Es, por tanto, natural la multiplicación de los "fracasos conyugales" en la sociedad contemporánea, así como las separaciones y los divorcios subsiguientes. Y es absurdo pensar en la eficacia de medidas que puedan frenar el desarrollo de este fenóme­no, ya que la base del conjunto es una modificación del orden existen­cial.

Sería casi superfluo, después de este balance, precisar la acti­tud del hombre diferenciado en este terreno. En principio, no puede conceder ningún valor al casamiento, a la familia o a la procreación. Todo ello sólo puede serle ajeno; no puede reconocer en ello nada que tenga un significado y merezca su atención (en cuanto al problema se­xual, considerado en sí mismo, y no según las perspectivas sociales, lo examinaremos posteriormente).

Sobre el matrimonio, la mezcla de lo sagrado y lo profano y el conformismo burgués son tan evidentes, incluso en el caso del matri­monio católico indisoluble. En realidad tal indisolubilidad, que en el ambiente católico debería proteger a la familia, no es hoy más que una fachada. Las uniones, teóricamente indisolubles, están, de hecho, profundamente taradas y carentes de estabilidad; en este ambiente la moralidad no se preocupa más que de salvaguardar las apariencias. Que hombres y mujeres, una vez casados, actúen, más o menos como quieran, que hagan comedia, que se traicionen o que sencillamente se soporten, poco importa: la moral queda a salvo y se cree que la familia sigue siendo la célula fundamental de la sociedad, mientras se conde­ne el divorcio y se acepte esta sanción o autorización social —no perti­nente como tal— para la convivencia sexual, que corresponde al matrimonio. Por otro lado, incluso cuando no se trata del matrimonio "indisoluble" del rito católico, cuando se' trata de sociedades en las cuales se admite el divorcio, la hipocresía subsiste porque todavía hay que sacrificar en el altar del conformismo social, cuando resulta que hombres y mujeres se separan y se vuelven a casar por los motivos más frívolos y ridículos, como sucede en los Estados Unidos, hasta llegar al extremo de que el matrimonio ya no es más que el barniz puritano pa­ra una especie de sistema de alta prostitución, o de amor libre legaliza­do.

Para evitar todo equívoco, algunas consideraciones teóricas y retrospectivas suplementarias concernientes al matrimonio religioso católico, nos parecen necesarias. De hecho, como es obvio, en nuestro caso, no se trata de argumentos de librepensadores los que intentamos oponer a este matrimonio.

Acabamos de aludir a una mezcla de sagrado y profano. Es ne­cesario recordar que el matrimonio sólo se volvió un rito y un sacra­mento, implicando la indisolubilidad muy tardíamente en la Historia de la Iglesia (no antes del siglo XII), y que la ceremonia religiosa sólo se ha vuelto obligatoria para toda unión que no quiera ser considerada como un mero concubinato en una fecha todavía más reciente (des­pués del Concilio de Trento de 1563). En lo que a nosotros respecta, ello no atenta a la concepción misma del matrimonio indisoluble: es sencillamente para precisar de forma neta el lugar, el sentido y las con­diciones. Hay que subrayar aquí que, como en otros sacramentos, la Iglesia Católica nos coloca frente a una singular paradoja: partiendo de la intención de sacralizar lo profano, ha desembocado, práctica­mente, en hacer profano lo sagrado.

San Pablo anuncia ya el verdadero significado del matrimonio-rito, cuando para designarlo no utiliza la palabra "sacramento", sino "misterio" ("este misterio es grande", dice textualmente - Efesios V, 31-32). Puede admitirse también una idea superior del matrimonio, como unión sagrada e indisoluble no de palabra, sino de hecho. Sin embargo, este tipo de unión solamente es concebible en casos excep­cionales, cuando se parte de la base de una devoción absoluta, casi he­roica, de una persona a otra, en la vida y en el más allá, lo cual fue co­nocido por más de una civilización tradicional, en donde incluso se consideró natural el ejemplo de esposas que no quisieron sobrevivir a sus maridos.

Hemos dicho que lo sagrado ha sido profanado porque esta concepción de una unión sacramental indisoluble, "escrito en el cielo" , superando el plano naturalista, genéricamente sentimental y también, en el fondo, solamente social, ha querido aplicarse, incluso imponerse a no importa qué parejita de esposos, que se unen en la iglesia en vez de en el ayuntamiento por un simple conformismo res­pecto a cierto medio social. Y se ha pretendido que sobre este plano exterior y prosaico, sobre el plano de lo "humano, demasiado huma­no" nietzscheano, deban y puedan valer los atributos del matrimonio propiamente sagrado, al matrimonio "misterio" . De aquí, en una so­ciedad como la nuestra, el régimen de ficciones que hemos menciona­do y los muy graves problemas personales y sociales que se plantean cuando el divorcio no está admitido.

Por otra parte hay que hacer notar que el mismo catolicismo, debido a un descenso de nivel, el carácter teóricamente absoluto del matrimonio-rito ha sido restringido en una medida no despreciable. Baste recordar que la Iglesia, que insiste sobre la indisolubilidad del matrimonio en el espacio, negando el divorcio y la posibilidad de un nuevo casamiento, acepta en cambio, en el tiempo, que viudos y viudas vuelvan a casarse, lo que equivale a una infidelidad y sólo se concibe partiendo de premisas abiertamente materialistas, es decir, si se piensa que el muerto al cual uno estaba indisolublemente ligado por el poder sobrenatural del rito ha cesado absolutamente de existir. Esta incoherencia es uno de los rasgos que muestran que la ley reli­giosa católica, lejos de contemplar valores espirituales y trascendentes, ha hecho de los sacramentos simples auxiliares sociales, elementos de la vida profana, reduciéndolos, por tanto, a una mera formalidad, o bien, degradándolos.

No basta. Puede constatarse en la doctrina católica, además de lo absurdo tendente a democratizar, a imponer a todos, el matrimonio-rito, la incongruencia del hecho de pretender que el rito transforma las uniones naturales, no solamente en indisolubles, sino también en "sagradas" , estando ambas incongruencias ligadas, por lo demás. En razón de premisas traumáticas precisas, lo "sagrado" no puede reducirse aquí a un mero juego de palabras. Se sabe que el ca­tolicismo y el cristianismo se caracterizan por una oposición entre la "carne" y el espíritu, una especie de odio teológico hacia el sexo, que procede de la extensión ilegítima en la vida ordinaria, de un principio válido, todo lo más, para cierto tipo de vida ascética. El sexo, conside­rado como tal, es una mancha, algo pecaminoso y el matrimonio es concebido como un mal menor, como una concesión hecha a la debili­dad humana en favor de quien no sabe escoger como norma de vida la castidad, la renuncia al sexo. No pudiendo anatematizar toda la se­xualidad, el catolicismo intenta reducirla, en el matrimonio, al hecho biológico banal, admitiéndose exclusivamente su uso, dentro del matrimonio, para fines de procreación. A diferencia de otras tradi­ciones antiguas, el catolicismo no reconoce ninguna valencia superior, aunque sólo sea potencial a la experiencia sexual en sí, no existiendo ninguna base para transformarla dando mayor intensidad a la vida, completando y elevando la tensión interior de dos seres de sexo opues­to, cuando es precisamente así como debería, eventualmente, conce­birse una "sacralización" concreta de las uniones y la acción de una influencia superior ligada al rito. Las premisas cristianas de las que ya hemos hablado vuelven todo ello imposible y el ideal católico no es ya más un ideal de "uniones sagradas", sino de "uniones castas": nin­guna "sacralidad" concreta se inserta en el hecho existencial.

Por otra parte, habiendo democratizado el matrimonio-rito, las cosas no podrían ser de otra forma, incluso si las premisas fueran diferentes, o entonces había que atribuir al rito el poder casi mágico de elevar automáticamente las experiencias sexuales de no importa qué parejita al nivel de tensión superior, de embriaguez transfigura-dora, la única capaz que podría llevar, más allá del plano de la natura­leza y que sería entonces el elemento primero del hecho sexual, mientras que la procreación aparecería como algo secundario y perte­neciente, en sí mismo, al plano naturalista. En conjunto, tanto por su concepción de la sexualidad como por la profanación del matrimonio-rito, puesto al alcance de todos, e incluso obligatorio para toda la pa­reja católica, el mismo matrimonio religioso se reduce a una simple sanción religiosa añadida a un contrato profano que no tiene nada de absoluto, mientras que los preceptos católicos relativos a las relaciones sexuales tienden a colocar todas las cosas al nivel de una mediocridad burguesa contenida: animalidad doméstica procreadora encerrada en un marco conformista: un marco que, salvo titubeantes concesiones parciales, hechas por el "aggiornamento" , no se ha movido.

Esto para aclarar los principios. En una civilización y en una so­ciedad materializadas y desacralizadas como las nuestras, es por lo tan­to natural que los diques que se oponían a la disolución de la concep­ción cristiana del matrimonio y de la familia —por más problemática que fuera esta concepción, como acabamos de decir— hayan cedido cada vez más y que, en el actual estado de cosas, nada exista que me­rezca ser sinceramente defendido y conservado. Las consecuencias de la crisis, evidentes en este ámbito también, así como todos los proble­mas relativos al divorcio, al amor libre y todo lo demás, no pueden apenas interesar al hombre diferenciado. En última instancia este hombre no puede considerar la disgregación individualista creciente, no puede ser considerada como un mal peor que la tendencia creciente del mundo comunista a sustituir por el Estado, o cualquier otro "co­lectivo" a la familia, una vez liquidados los sueños de unión libre cul­tivados por el primer socialismo revolucionario antiburgués, mientras que aparte de la "dignidad" de trabajadora asociada al hombre, con­cedida a la mujer, no se reivindica para ella ningún otro papel más que el de mamífero reproductor. En efecto, en la Rusia actual, están previstas algunas condecoraciones para mujeres fecundas, incluso la de "heroina de la Unión Soviética" para las camaradas —incluso no casadas— que hayan tenido al menos diez hijos, de los cuales además pueden desembarazarse confiándoselos al Estado que se ocupará de educarlos de una forma más directa y racional para hacer de ellos unos "soviéticos". Se sabe que esta educación, también respecto al sexo fe­menino, se inspira esencialmente en el artículo 12 de la Constitución Soviética: "El trabajo, considerado antaño como un cansancio inútil y deshonroso, se vuelve una dignidad, una gloria, una cuestión de valentía y heroismo". El título de "héroe del trabajo socialista", asi­milado al de "héroe de la Unión Soviética" es la contrapartida del título mencionado para las mujeres dignas de él por sus funciones reproductoras... Tales son los bienaventurados horizontes ofrecidos en lugar del "decadentismo" y de la "corrupción" de la sociedad bur­guesa capitalista, en donde la familia se descompone en la anarquía, en la indiferencia y en la llamada "revolución sexual" de las nuevas generaciones, al haber desaparecido todo vínculo orgánico y todo principio de autoridad.

Sea como fuere, tampoco esta alternativa tiene mucho sentido hoy en día. La que sigue siendo evidente, en esta época de disolución para el tipo de hombre que nos interesa, es la dificultad de plantearse algún tipo de matrimonio y de familia. No se trata de un ostentoso anticonformismo: se trata de extraer la conclusión de una visión con­forme a la realidad, cuando la exigencia de la libertad interior perma­nece firme. Un hombre como el que contemplamos, dentro de un mundo como el actual, debe poder disponer absolutamente de sí, has­ta el extremo límite de la vida. Los vínculos mencionados precedente­mente le convienen tan poco como en otra época al asceta o al soldado de fortuna. No es que no estuviera dispuesto a asumir cargas todavía más pesadas, pero la cosa estaría, en sí, desprovista de sentido por completo.

Es conocida esta frase de Nietzsche: Nicht fort sollst du dich pflanzen, sondern hinauf Dazu helfe dir der Garten der Ehe (30), re­ferida a la idea de que el hombre actual no es más que una simple for­ma de transición cuya única tarea consiste en preparar el nacimiento del "superhombre", estando dispuesto a sacrificarse para ello y a reti­rarse cuando él aparezca. Ya hemos valorado precedentemente este sueño del superhombre y de un finalismo que remite a una hipotética humanidad futura, la posesión del sentido absoluto de la existencia. Pero de esta cita y de su juego de palabras, se podría retener como váli­da la idea de que el matrimonio no debería servir para reproducirse "horizontalmente" , hacia adelante (tal es el sentido de fortpflanzen), contentándose con engendrar, sino "verticalmente", hacia lo alto (hi­naufpflanzen), elevando su linaje. En efecto, ello sería la única justifi­cación superior del matrimonio y la familia: justificación inexistente hoy en día, debido a la situación existencial objetiva ya mencionada, causada por procesos disolutivos que han roto los lazos profundos sus­ceptibles de unir una generación con otra. Ya un gran católico, Peguy, había hablado del hecho de ser padre como de la "gran aventura del hombre moderno" dada la absoluta incertidumbre total en la que nos encontramos respecto a lo que será nuestra progenie al ser poco probable que actualmente el hijo reciba del padre algo más que la mera "vida" . Como habíamos indicado anteriormente, no se trata sola­mente de poseer o no poseer esta cualidad, no sólo física, de "padre" , que existía en la familia antiguamente y fundamentaba su autoridad, sino también de que esta cualidad, incluso si existiera hoy en día, quedaría paralizada por la presencia, en las nuevas generaciones, de una materia refractaria y disociada. Existe una correlación entre el ni­vel familiar y el social: tal como hemos dicho, en el estado actual de las masas modernas los personajes que tuvieran una verdadera talla de je­fes serían los últimos en ser seguidos, del mismo modo no hay que ha­cerse ilusiones sobre la acción formadora y educadora susceptible de ser todavía ejercida sobre niños en un ambiente como el de la sociedad actual, incluso si el padre no lo fuera solamente en los términos del es­tado civil.

Podría objetarse respecto asesta postura que comportaría el pe­ligro de una despoblación de la tierra, pero ello no es cierto, ya que la reproducción pandémica y catastrófica de la humanidad sería ampliamente suficiente para evitarla. También podría objetarse que serían los hombres diferenciados quienes renunciarían desde el princi­pio a asegurarse una descendencia capaz de recoger sus ideas y sus acti­tudes, mientras que las masas y las clases más insignificantes, tendrían esta descendencia, cada día más numerosa. Pero ello puede rebatirse haciendo una distinción entre la generación física y la generación espi­ritual. Dado que en un régimen de disoluciones, donde ya no existen ni castas, ni tradiciones, ni razas en sentido propio del término, una y otra descendencia han cesado de ser paralelas y que la continuidad he­reditaria de la sangre ya no representa una condición favorable a esta continuidad espiritiual, a la cual, incluso en el mundo tradicional, se le concedía la preeminencia cuando se hablaba de las relaciones de maestro a discípulo, de iniciador a iniciado y, cuando se llegó a formu­lar la idea de un renacimiento o "segundo nacimiento" , indepen­diente de toda paternidad física, capaz de crear, en aquel que fuese su sujeto, un lazo más íntimo y esencial que aquellos que podían unirlo a su padre según la carne, a la familia o a cualquier comunidad y unidad natural.

Tal es la posibilidad particular que puede considerarse como alternativa: se refiere a un orden de ideas análogo al que ha sido ex­puesto al hablar del principio de la nación, cuando decíamos que las unidades naturales que actualmente están en crisis, pueden ser reem­plazadas por una unidad determinada o por una idea. A la "aventura" que representa la procreación física de seres que pueden ser individuos desgajados, "modernos", útiles sólo para acrecentar el mundo insensato de la cantidad, se puede oponer la acción de desper­tar de aquellos que no pertenecen espiritualmente al mundo actual, que pueden ejercitar sobre elementos poseedores de las cualificaciones requeridas a fin de impedir que la desaparición física de los primeros deje un hueco imposible de llenar. Por lo demás, los escasos hombres diferenciados que existen todavía sólo tienen raramente la misma for­ma interior y la misma orientación nacidas de una común pertenencia hereditaria a una misma sangre y a una misma estirpe. No hay ningu­na razón para suponer que ello pueda ocurrir de otro modo en la pró­xima generación. Por importante que sea la tarea de asegurar una su­cesión espiritual, su realización depende de las circunstancias. Ello se­rá realizado allí donde sea posible realizarlo sin que sea necesario dedi­carse a una búsqueda inquieta y, menos todavía, a ningún tipo de proselitismo, Ante todo, en este terreno, lo que es auténtico y válido, se realiza bajo el signo de una sabiduría superior e inasible, con la apa­riencia externa de un azar más que de una iniciativa directs "querida" por uno u otro individuo.

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 26.- La sociedad. La crisis del sentimiento de patria

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 26.- La sociedad. La crisis del sentimiento de patria

Vayamos ahora al dominio social propiamente dicho. Es inevi­table aquí también extraer las consecuencias del hecho de que todas las unidades orgánicas se han disuelto o están en vías de hacerlo: casta, linaje, nación, patria, incluso la familia. Allí en donde estas unidades no han, casi abiertamente, cesado de existir, su fundamento no es una fuerza viva ligada a un significado, sino la mera inercia. Ya lo hemos visto en relación a la persona: lo que hoy existe es esencialmente la masa inestable de "individuos aislados" , privados de lazos orgánicos, masa contenida por estructuras exteriores o movida por corrientes co­lectivas amorfas y cambiantes. Las diferencias que existen hoy en día ya no son verdaderas diferencias. Las clases no son más que clases eco­nómicas fluctuantes. Aquí todavía las palabras de Zaratustra siguen siendo de actualidad: "¡Plebe de arriba y plebe de abajo!. ¿Qué signi­fica todavía "rico" o "pobre" hoy?. He renunciado a distinguir entre unos y otros". Las únicas jerarquías reales son de orden técnico, la de especialistas al servicio de la utilidad material, de las necesidades (en gran parte artificiales) y de las "distracciones" del animal humano: jerarquía en la cual ya no tiene ningún lugar lo que es el rango y supe­rioridad espiritual.

En el lugar de las unidades tradicionales —de los cuerpos parti­culares, de las órdenes, de las castas o clases funcionales, de las corporaciones— articulaciones con las que cada cual se sentía ligado en función de un principio supraindividual que conformaba su vida ente­ra dándole un sentido y una orientación específicos, se tienen hoy en día asociaciones exclusivamente dominadas por los intereses materiales de los individuos que únicamente se unen en función de esta base: sindicatos, organizaciones profesionales, partidos. El estado informe de los pueblos, transformados en simples masas, es tal que no hay un orden posible que no tenga un carácter necesariamente centralizador y coercitivo. Y las inevitables estructuras centralistas e hipertróficas de los Estados modernos, al multiplicar las intervenciones y las restric­ciones, incluso cuando se proclaman las libertades democráticas, si bien impiden un desorden total, tienden en cambio, a destruir todo lo que pueda subsistir de lazos y de unidades orgánicas; el límite de esta nivelación social es alcanzado con las formas abiertamente totalitarias.

Por otra parte, lo absurdo propio del sistema de la vida moder­na queda crudamente en evidencia en los aspectos económicos que ya lo determinan ahora de una manera absoluta y regresiva. Por un lado, hemos pasado decididamente de una economía de lo necesario, a una economía de lo superfluo, una de cuyas causas es la superproducción y el progreso de la técnica industrial. La superproducción exige, por la cantidad de manufacturados, que se alimenten o susciten en las masas un volumen máximo de necesidades: necesidades a las cuales corres­ponden, en la medida en que se vuelven "normales", unos condi­cionamientos crecientes del individuo. Aquí el primer factor es, pues, la naturaleza misma del proceso productivo que, disociado, se ha ace­lerado y casi ha desbordado al hombre moderno, como un "gigante desencadenado" incapaz de frenarse, lo que justifica la fórmula de Werner Sombart (26): Ifiat productio, pereat horno!. Y si bien en el régimen capitalista los factores que actúan en este sentido no son sola­mente la búsqueda ávida de dividendos y beneficios, sino también la necesidad objetiva de reinvertir los capitales para impedir que un estrangulamiento paralice todo el sistema, otra causa más general del aumento insensato de la producción en el sentido de una economía de lo superfluo reside en la necesidad de emplear la mano de obra para luchar contra el paro: tanto es así que el principio de superproducción a ultranza, de necesidad interna del capitalismo se ha vuelto, en muchos estados, una directiva precisa de la política social planificada. Así se cierra un círculo vicioso, en un sentido opuesto al de un sistema equilibrado, de procesos bien contenidos dentro de límites razo­nables.

Naturalmente encontramos un factor todavía más relevante en la génesis de lo absurdo de la existencia moderna, es el crecimiento desenfrenado de la población, que va conjuntamente con el régimen de las masas y se encuentra favorecido por la democracia, las "conquistas de la ciencia" y un sistema de asistencia indiscriminado. La pandemia o demonismo procreadora es efectivamente la fuerza principal que aumenta sin cesar y sostiene todo el sistema de la economía moderna, con su engranaje en el cual se encuentra cada vez más el individuo. He aquí, entre otras, una prueba evidente del carácter irrisorio de los sueños de poder que alimenta el hombre actual: este creador de má­quinas, este amo de la naturaleza, este iniciador de la era atómica se sitúa casi al mismo nivel que el animal o el salvaje en lo que se refiere al sexo: es incapaz de poner el mínimo freno a las formas más primiti­vas del impulso sexual y de todo lo relacionado con él. Así, como si obedeciera a un destino ciego, él aumenta sin cesar, sin tener concien­cia de su responsabilidad, la informe masa humana y provee la más importante de las fuerzas motrices a todo el sistema de la vida econó­mica paroxística, artificial, cada vez más condicionada, de la sociedad moderna, creando innumerables focos de desestabilización y de ten­sión social e internacional, al mismo tiempo. El círculo se cierra, por lo tanto, también desde otro punto de vista: las masas, potencial de ma­no de obra excedente, alimentan la superproducción, que a su vez busca, cada vez más, mercados más amplios y masas cada vez mayores que absorban sus productos. Tampoco hay que despreciar el hecho que el índice de crecimiento demográfico es tanto más elevado cuanto más se desciende en la escala social, lo que constituye un factor suple­mentario de regresión.

Constataciones de este género son evidentes hasta el punto de ser banales y podrían ser fácilmente desarrolladas y corroboradas por análisis particulares. Sin embargo es suficiente extraer de forma suma­ria los puntos esenciales para justificar el principio del distanciamiento interior, no solamente en relación al mundo político actual, sino tam­bién en relación a la sociedad en general: el hombre diferenciado no puede ser miembro de una "sociedad" que, como la nuestra, es amorfa y no solamente ha bajado al nivel de los valores puramente materiales, económicos, "físicos" , sino que también vive y se de­sarrolla en este mismo nivel en una carrera loca bajo el signo de lo ab­surdo. La apoliteia implica también, pues, una toma de postura de las más firmes contra todo mito social. No se trata solamente aquí de las formas más extremas, abiertamente colectivistas de este mito, de las ideologías que sólo conceden un sentido y proclaman, como en la zona marxista-soviética, que no existe ninguna felicidad ni destino distintos o fuera de lo "colectivo" , que el individuo no tiene ninguna existen­cia propia fuera de la sociedad. Hay que rechazar igualmente el ideal más general y más atenuado de lo "social" que tan a menudo es la consigna de hoy en día, incluso en el mundo llamado "libre", des­pués de la desaparición del ideal del Estado verdadero. El ideal del hombre diferenciado del cual nos ocupamos, se siente completamente fuera de la sociedad, no reconoce ninguna justificación moral a la pre­tensión de incluirlo en un sistema absurdo y puede comprender no so­lamente a quien esté fuera de la sociedad, sino incluso a quien está contra la sociedad —contra esta sociedad—. Prescindiendo del hecho de que todo esto no le concierne directamente (porque su vía no coin­cide con la de sus contemporáneos), sería el último en reconocer la le­gitimidad de las medidas mediante las cuales se querría normalizar y "recuperar" para la sociedad a los elementos que acaban por hartarse de este juego y que son estigmatizados como "asociales" e "inadapta­dos" , tales son los terroríficos anatemas lanzados por la sociedad de­mocrática. Tal como ya hemos tenido ocasión de decirlo, el sentido profundo de estas medidas es narcotizar a los que han sabido recono­cer el carácter absurdo y nihilista de la vida colectiva actual tras todas las máscaras "sociales" y la mitología laica correspondiente.

Partiendo de estas consideraciones generales, podemos pasar al examen de las crisis que están sufriendo algunos ideales e instituciones particulares del período precedente, para precisar la actitud que con­viene adoptar al respecto.

Examinemos primeramente las nociones de patria y de nación: Estas nociones padecen, en particular desde la segunda guerra mun­dial, una crisis evidente, debida en gran parte a la consecuencia de procesos objetivos: las grandes fuerzas económicas y políticas en movi­miento vuelven las fronteras, cada vez más relativas, y restringen el principio de la soberanía nacional. Se tiende, cada vez más, a pensar en términos de grandes espacios y de conjuntos o de bloques suprana­cionales, lo que, teniendo en cuenta la uniformización creciente de las costumbres y de las maneras de vivir, de la transformación de los pueblos en masas, del desarrollo y de la facilidad de las comunica­ciones, todo lo que no es más que "nacional" toma un carácter casi provinciano y se vuelve una curiosidad local.

Por otro lado, la crisis afecta incluso a la misma manera de sen­tir y se relaciona con el declive de los mitos y de los ideales del ayer, en los cuales los hombres crean cada vez menos desde los trastornos y hundimientos de los últimos tiempos, siendo cada vez menos capaces de despertar el entusiasmo en las colectividades actuales.

Como en los otros casos, aquí también es necesario identificar precisamente el objeto exacto de esta crisis y valorarlo. Una vez más, no se trata realmente del mundo tradicional, sino de concepciones que han aparecido y se han consolidado esencialmente con la destrucción de este mundo y, sobre todo, con la revuelta del Tercer Estado. Toma­dos en sentido moderno de mitos y de ideas-fuerza colectivas, la "patria" y la "nación" fueron prácticamente ignoradas por el mundo tradicional. El mundo tradicional conocía solamente "nacionalidad", estirpes étnicas y razas como hechos naturales privados del valor específico que acabaron teniendo en el nacionalismo moderno. Repre­sentaban una materia prima diferenciada por las jerarquías y sometida a un principio de soberanía política. En muchos casos este principio superior representaba el elemento primario, la nación el elemento se­cundario y derivado, pues unidad lingüística, territorio, "fronteras naturales" , relativa homogeneidad étnica superando el encuentro y la mezcla de diferentes sangres, todo ello no existía al principio y fre­cuentemente sólo provino de un proceso de formación que duró siglos, determinado por un centro político y por lazos de lealtad y feudalidad con él.

Es notorio, además, que las naciones políticas y los estados na­cionales han surgido en Europa en el momento del ocaso de la unidad ecuménica medieval, como consecuencia de un proceso de disociación y desvinculación de las unidades particulares de un todo (ya hemos hecho alusión a ello en el capítulo precedente), proceso que ofrece en el plano internacional y continental el mismo aspecto de debía, en el interior de cada Estado, provocar la desvinculación de los individuos, el atomismo social y la disolución del concepto orgánico de Estado.

Por lo demás, en cierta 'medida, los dos procesos han sido para­lelos. El primer ejemplo histórico, ofrecido por la Francia de Felipe el Hermoso, nos muestra que el camino hacia el Estado nacional se une a un proceso de nivelación antiaristocrático, una incipiente destrucción de las articulaciones de una sociedad orgánica, provocado por el abso­lutismo y la constitución de estos "poderes públicos" centralizados que debían ocupar un lugar cada vez más importante en un Estado moderno. Se sabe, además, la relación estrecha que existe entre la di­solución correspondiente a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y la idea patriótica, nacionalista y revolu­cionaria. El mismo término de "patriota" era desconocido antes de la Revolución Francesa; aparece por vez primera entre 1789 y 1793 para designar a aquellos que defendían la revolución contra las monarquías y las aristocracias (27). Del mismo modo los movimientos revoluciona­rios europeos de 1848 a 1849 el "pueblo", la "nación", la "idea na­cional" de un lado, revolución, liberalismo, constitucionalismo, ten­dencias republicanas y antimonárquicas de otro, estuvieron ligadas y fueron a menudo inseparables.

Es, pues, en este clima, y por lo tanto al margen de la revolu­ción burguesa o del Tercer Estado, como "patria" y "nación" han asumido un significado político primario y este valor de mitos que debían precisarse cada vez más con las ideologías abiertamente na­cionalistas que sucedieron. Por tanto, los "sentimientos patrióticos" y "nacionales" quedan ligados a la mitología de la época burguesa, y es sólamente en esta época, es decir, durante un período relativamente breve que se extiende desde la revolución francesa hasta la primera, o incluso la segunda guerra mundial, cuando la idea de nación ha juga­do realmente un papel determinante en la historia europea, en estrecha conexión con las ideologías democráticas (es esta misma fun­ción, con idénticos presupuestos, es decir con las mismas disoluciones internas antitradicionales y modernizantes, que tienen esta idea entre los pueblos no europeos en vías de descolonización).

Cuando de las formas atenuadas del patriotismo se ha pasado a las formas nacionalistas radicales, el carácter regresivo de estas tenden­cias se ha vuelto evidente, así como su contribución a la aparición del hombre masa en el mundo moderno: pues lo propio de la ideología nacionalista es considerar la patria y la nación como valores supremos, concebirlas como entidades místicas casi dotadas de una idea propia y teniendo un derecho absoluto sobre el individuo, cuando éstas, en realidad, no son más que realidades disociadas y amorfas porque niegan todo verdadero principio jerárquico y todo símbolo o marco de una autoridad trascendente. En general, el fundamento de las unida­des políticas que se han formado en este sentido son la antítesis del que es propio al Estado tradicional. En efecto, como hemos dicho, su aglutinante eran una lealtad y una fidelidad que podían hacer abstrac­ción del hecho naturalista de la nacionalidad; era un principio de or­den y soberanía que, debido a que no se fundamentaba sobre este na­turalismo, podía también valer para espacios que comprendieran a más de una nacionalidad; eran, finalmente, dignidades, derechos par­ticulares, castas que unían o separaban a los individuos "verticalmen­te" , más allá del común denominador "horizontal" o básico, repre­sentado por la "nación" o la "patria". En una palabra, se trataba de una unificación por lo alto y no por lo bajo.

Una vez reconocido todo ello, está claro que la crisis actual, ob­jetiva e ideal, de los conceptos y del sentimiento de patria y nación se nos presenta bajo una luz particular. Nuevamente podría hablarse de las destrucciones que golpean a algo que ya tenía un carácter negativo y regresivo: por lo tanto estas destrucciones podrían tener el sentido de una liberación posible si no fuera porque la dirección del conjunto no tendiera hacia algo más problemático todavía. Por ello, incluso aun­que no quede más que un vacío, no es una razón para que el hombre que nos interesa pueda deplorar esta crisis e interesarse por reacciones, en un "régimen de residuos"  daría lugar a lo positivo, sólo si los antiguos principios pudieran actuar de nuevo bajo nuevas formas, reemplazando las unidades de tipo na­cionalista en proceso de disolución por unidades de tipo diferente (29); si no fueran ya las patrias y las naciones las que unen y separan, sino las ideas; si no fuera ya una adhesión sentimental e irracional a un mito colectivista quien actuara de manera decisiva, sino un sistema de relaciones de lealtad, libres y fuertemente personalizadas, lo que exigiría naturalmente la presencia de jefes, la calidad de representan­tes de una autoridad suprema e intangible. En tal línea podrían for­marse "frentes" supranacionales, semejantes a los que conocieron di­versos ciclos imperiales y de los cuales la Santa Alianza fue la última manifestación. Lo que se esboza hoy en día, después de la crisis de las soberanías nacionales, no es más que una caricatura degradada de to­do esto: bloques de poder determinados únicamente por factores ma­teriales y "políticos" en el sentido más negativo de la expresión, desprovistos de toda idea. De aquí la insignificancia, antes indicada, de las antítesis entre las dos principales opciones de este tipo que exis­ten hoy en día: el "Occidente" democrático y el "Oriente" comunis­ta y marxista. Y puesto que falta una idea verdadera para unir y sepa­rar, por encima de la patria, de la nación y de la anti-nación, una ter­cera fuerza, la única perspectiva que permanece es la de una unidad invisible en el mundo, por encima de las fronteras, de estos raros indi­viduos que tienen en común una misma naturaleza, diferente de la del hombre de hoy en día y de una misma ley interior. Es casi en estos mismos términos como Platón habla del verdadero Estado como de una idea, siendo resumido este punto posteriormente por la escuela estoica. Bajo una forma desmaterializada es el mismo tipo de unidad que ha servido de fundamento a la? Ordenes y del cual puede en­contrarse un último reflejo deformado hasta ser casi irreconocible en sociedades secretas como la masonería. Si nuevos procesos debieran desarrollarse al agotarse el presente ciclo, es justamente en unidades de este tipo desde donde podría partirse. Es entonces cuando, incluso en el plano de la acción, podría evidenciarse el aspecto positivo de la crisis de la idea de Patria, enfocado como un mito del período romántico-burgués o bien como un hecho naturalista casi sin impor­tancia en relación a una unidad de otro tipo: la pertenencia a una mis­ma patria o a una misma tierra, será reemplazada por la pertenencia o no a una misma causa. La apoliteia, el distanciamiento de hoy en día, contiene una eventual posibilidad de un porvenir. También aquí es preciso marcar bien claras las distancias que separan nuestra actitud de algunos productos últimos de la desintegración política moderna, correspondientes a un cosmopolitismo amorfo y humanitario, a un pa­cifismo paranoico y a las veleidades de los que, aquí y allá, quisieran no ser más que "ciudadanos del mundo" y "objetores de conciencia".

(26). Véase "El burgués" de Werner Sombart, versión española en Alianza Editorial (N.d.T.).

(27). En su "Tratado sobre la Caballería", Enric el Ceremoniós, explica que un caballero debe estar dispuesto a morir: primero por su Santa Madre Iglesia, segundo por su Señor y, en último lugar, por la tierra que le ha visto nacer. Buena explicación de la jerarquía de valores medievales (N.d.T.).

(28). El vacío sería llenado, lo negativo

(28). Para esta noción cfr. W. Pareto de cuya obra existe en castellano una "Antología de Textos", realizada por el Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 19 (N.d.T.).

(29). Cfr. "Bases estructurales y políticas para una unidad europea", J. Evola. Publicado en España en "Atanor" n° 1, Ed. Alternativa. Barcelona, 1984.

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 25.- Estados y partidos. La apoliteia

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 25.- Estados y partidos. La apoliteia

Entre todos, el dominio político social es aquel en el cual, por efecto de los procesos generales de disolución, aparece hoy de una ma­nera particularmente más manifiesta la ausencia de una estructura que posea, para enraizarse a significados superiores, el carisma de una verdadera legitimidad.

Dado este hecho consumado, que es necesario reconocer tam­bién abiertamente, el tipo de hombre que nos interesa no puede dejar de ordenar su comportamiento a principios completamente diversos de los que hubieran sido los suyos en una sociedad diferente.

En la época actual no existe un Estado que pueda, por su pro­pia naturaleza, reivindicar un principio de autoridad verdadera e ina­lienable. Y lo que es más: no puede hablarse, hoy en día, de Estado en el verdadero sentido de la palabra, tradicional. Hoy sólamente exis­ten sistemas "representativos" y administrativos, cuyo elemento prin­cipal ya no es el Estado, comprendido como una entidad en sí, como la encarnación de una idea y de un poder superiores, sino, la "so­ciedad", concebida, más o menos, en términos de "democracia" : es­te trasfondo permanece en los regímenes comunistas totalitarios, lo que explica su afición a ser calificados como "democracias populares". He aquí porque desde hace tiempo ya no existen más monarcas de de­recho divino capaces de sostener la espada y el cetro, símbolos de un ideal humano superior. Ya hace más de un siglo, Donoso Cortés cons­taba que ya no existían reyes capaces de proclamarse de otro modo que no fuera "por la voluntad de la nación", añadiendo que, aunque huhieran existido, no habrían sido reconocidos. Las poquísimas monarquías aún existentes son, notoriamente, supervivencias despro­vistas de sentido y huecas, mientras la nobleza tradicional, ha perdido su carácter esencial de clase política y, con ello, todo prestigio y todo rango existencial: sólo provoca interés por parte de nuestros contem­poráneos cuando, para hacer un artículo en una revista "del corazón", se les sitúa en el mismo plano que las estrellas de cine, los campeones deportivos y los príncipes de opereta, con ocasión de algu­na aventura privada, sentimental o escandalosa de alguno de sus últi­mos representantes.

Pero, hoy en día, fuera de los marcos tradicionales, no existen tampoco verdaderos jefes. "Les dí la espalda a los gobernantes y cuan­do ví a lo que llamaban gobernar: comerciar y pactar con la plebe... Entre todas las hipocresías, esta me parece la peor: que, también los que manden, simulen virtudes de esclavos", estas palabras de Nietz­sche se aplican todavía, sin excepción, a toda la considerada "clase di­rigente".

Del mismo modo que ya no existe un Estado verdadero, el es­tado jerárquico y orgánico, tampoco existe un partido o un movimien­to al que uno pueda adherirse incondicionalmente y por el cual valga la pena luchar con una convicción total porque se presente como de­fensor de una idea superior. A pesar de la variedad de las etiquetas, el mundo actual de los partidos se reduce a un régimen de politicastros, jugando a menudo el papel de hombres de paja al servicio de intereses financieros, industriales o sindicales. Por lo demás, la situación gene­ral es tal, que incluso si existieran partidos o movimientos de otro tipo ya no tendrían casi ninguna audiencia en las masas desarraigadas, da­do que estas masas sólo reaccionan positivamente a favor de quien les promete ventajas materiales y "conquistas sociales". Si bien estos no son los únicos resortes existentes, hoy en día, sólo puede actuarse en el plano de las fuerzas pasionales y subintelectuales, fuerzas que, por su misma naturaleza, carecen de toda estabilidad. Sobre estas fuerzas se apoyan los demagogos, los dirigentes de las masas, los manipuladores de mitos, los fabricantes de la "opinión pública". Es bastante instruc­tivo a este respecto ver lo que ha ocurrido con los regímenes que ayer, en Alemania e Italia, tomaron posición contra la democracia y el marxismo: el potencial de entusiasmo y de fe que entonces habían anima­do a grandes masas, incluso hasta el fanatismo, se desvaneció sin dejar rastro en el momento crítico, e incluso se ha llegado a transferir a mi­tos nuevos y opuestos que han reemplazado a los precedentes por la sola fuerza de las cosas. Es, por lo general, justo lo que debe esperarse de cualquier corriente colectiva a la que le falte una dimensión en pro­fundidad, que se apoye sobre las fuerzas de las que ya hemos hablado, correspondientes al demos y a su soberanía, es decir, a la "democracia" en el sentido literal de la palabra.

Este plano irracional y subintelectual, determinado por la pura utilidad material o "social" , es el único que, tras la desaparición de los antiguos regímenes, se ofrece para una acción política eficaz. Por ello, incluso cuando hoy aparecen jefes dignos de este nombre —hombres que apelan a fuerzas e intereses de otro tipo, que no pro­meten ventajas materiales, sino que exigen, imponiendo a cada uno una severa disciplina, que no consentirían prostituirse y degradarse para asegurarse un poder personal precario, efímero e informe—, es­tos jefes no tendrían ninguna influencia sobre la situación actual. Son los "inmortales principios de 1789 y los derechos niveladores concedi­dos por la democracia absoluta al individuo-átomo, sin tener en cuen­ta ninguna cualificación ni rango, la irrupción de las masas en el cuer­po político, verdadera "invasión vertical de los bárbaros, por lo bajo" (W. Rathenau), lo que ha conducido a ello. Sigue siendo válido, como consecuencia, lo dicho por Ortega y Gasset; "El hecho característico del momento es que el alma vulgar, reconociéndose vulgar, tiene la audacia de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone por todas partes" .

En la introducción se ha hecho alusión al pequeño número de los que, por temperamento y vocación, piensan aún, a pesar de todo, en la posibilidad de una acción política rectificadora. Es para la orien­tación ideológica de estos para lo que hemos escrito Los hombres y las ruinas hace algunos años (24). Pero en razón de las experiencias recogidas desde entonces, es necesario reconocer abiertamente la inexis­tencia de condiciones necesarias para que una lucha de este género lle­gue a resultados apreciables y concretos. Por otro lado, como ya hemos precisado, nos dedicamos particularmente en este libro a un tipo de hombre que, aunque emparentado espirituamente con los elementos ya indicados, dispuesto incluso a pelear sobre posiciones perdidas, tiene una orientación diversa. Tal tipo, sólo puede extraer de un ba­lance objetivo de la situación una ausencia de interés y un desapego por todo lo que hoy en día es "política" . Su principio será, por lo tan­to, el que la antigüedad ha llamado apoliteia.

Conviene, sin embargo, subrayar que este principio se refiereesencialmente a la actitud interior. En la situación política actual, en un clima de democracia y de "socialismo", las condiciones obligato rias del juego son tales para el hombre en cuestión que puede absolutamente tomar parte en él, reconociendo aquello que ha sido dicho: que hoy no existe ninguna idea, causa o meta digna de un compromiso del propio verdadero ser, ninguna exigencia a la cual pueda reconocerse el menor derecho moral y el menor fundamento, fuera de lo que en el plano puramente empírico y profano proviene de un simple estado de hecho. Pero la apoliteia, el distanciamiento, no conlleva necesariamente consecuencias particulares en el dominio de la actividad pura y simple. Hemos considerado precedentemente la ascesis consistente en dedicarse a la realización de una tarea determinada, por amor a la acción en ella misma y en un espíritu de perfección impersonal (25).

En principio no hay ninguna razón para excluir el mismo dominio político, considerándolo como un caso particular entre muchos otros, puesto que el tipo de acción del que acabamos de hablar no requiere ningún valor objetivo de orden superior, ni ningún impulso procedente de las capas irracionales y emotivas del ser. Pero si bien eventualmente es posible dedicarse a alguna actividad política enfocada de este modo, ya que sólo importan la acción en sí y el carácter enteramente impersonal de esta acción, esta actividad política no puede ofrecer o brindar para quien quiera dedicarse a ella un valor y una dig­nidad más grande que si uno se consagrara con el mismo espíritu a ac­tividades muy diferentes, a cualquier absurda obra de colonización, a especulaciones en la Bolsa, a la ciencia y, podríamos incluso añadir, para hacer la idea más evidente y cruda, al contrabando de armas o a la trata de blancas.

Tal como es concebida aquí, la apoliteia no implica ningún cri­terio preliminar especial en el plano exterior, no tiene necesariamente por corolario un abstencionismo práctico. El hombre verdaderamente distanciado no es ni el outsider profesional y polémico, ni el "objetor de conciencia", ni el anarquista. Una vez ha conseguido que la vida, con sus interacciones, no comprometa su ser, podrá eventualmente manifestar las cualidades del soldado que para actuar y para realizar una tarea no exige previamente una justificación trascendente, ni una seguridad casi teológica en cuanto a la justificación de la causa. Podríamos hablar en este caso de un compromiso voluntario referido a la "persona" , pero no al ser, compromiso en virtud del cual, uno per­manece autónomo, incluso asociándose. Ya se ha dicho que la supera­ción positiva del nihilismo consiste precisamente en que la ausencia de sentido no paraliza la acción de la "persona" . Excluida, en términos existenciales, sólo queda la posibilidad de actuar bajo el dominio y el impulso de cualquier mito político o social actual, debido a que uno se lo tomara en serio, considerando significativo o importante todo lo que representa la vida política actual. La apoliteia es la irrevocable dis­tancia interior respecto a la sociedad moderna y a sus "valores" ; es el rechazo a unirse a ella por cualquier lado espiritual o moral. Quedan­do esto bien claro, con un espíritu diverso podrán ser también ejercita­das las actividades que uno puede hacer servir para un fin superior e invisible, tal como hemos indicado, por ejemplo, al hablar de los dos aspectos de la impersonalidad y de cuanto puede retenerse de ciertas formas de la existencia moderna.

Un punto particular merece ser precisado: esta actitud de dis­tanciamiento debe ser mantenida en relación al enfrentamiento de los dos bloques que se disputan, hoy en día, el imperio del mundo, el "Occidente" democrático y capitalista y el "Oriente" comunista. En el plano espiritual, en efecto, esta lucha está desprovista de toda signi­ficación. "Occidente" no representa ninguna idea superior. Incluso su civilización, basada sobre una negación esencial de los valores tradi­cionales, comporta las mismas destrucciones:el mismo fondo nihilista que aparece corr evidencia en el universo marxista y comunista, aun­que en formas y grados diferentes. No nos extenderemos en este pun­to, ya que lo hemos desarrollado en otro libro (Rivolta contro il mondo moderno), dando una concepción de conjunto del sentido de la histo­ria, capaz de destruir toda ilusión en cuanto al sentido último de conclusión de este combate por el control del mundo. Dado que el problema de los valores ya no se plantea, el hombre diferenciado sólo tendrá que resolver aquí un problema de orden práctico. Este pe­queño margen de libertad material que el mundo de la democracia concede todavía, en algunas actividades exteriores, para el que no se deja condicionar interiormente por ellas, desaparecería ciertamente en un régimen comunista. Es sencillamente desde este punto de vista co­mo puede tomarse posición contra el sistema soviético y comunista: por razones que casi podrían calificarse de elementalmente físicas y no, desde luego, porque uno crea que el sistema adverso se inspira en un ideal más elevado.

Por otra parte, puede tenerse presente que, el hombre que consideramos, no tiene ningún interés en afirmarse y exponerse en la vida exterior de hoy en día, su vida interior permanece invisible e in­vulnerable, por lo cual el sistema comunista no tendría para él la signi­ficación dramática que trendría para cualquier otro; y que incluso en este sistema un "frente de las catacumbas", también podría existir. En la lucha actual por la hegemonía mundial, orientarse en un sentido o en otro no es un problema espiritual: es una elección banal que de­pende solamente del gusto o del temperamento.

La situación general es, en todo caso, la que Nietzsche ya había definido en estos términos: "La lucha por la supremacía en medio de condiciones desprovistas de todo valor: esta civilización de las grandes ciudades, de los periódicos, de la fiebre, de la inutilidad" . Tal es el marco que justifica el imperativo interior de la apoliteia, para defen­der el modo de ser y la dignidad de aquel que siente pertenecer a una humanidad diferente y que sólo ve el desierto en torno suyo.

 

(24). Existe una traducción abreviada en Ediciones Alternativa. Barcelona, 1984.

(25). Es lo que ha sido denominado karma yoga, en el hinduismo, pero que también se encuentra en Europa en las Hermandades Artesanales del Medievo (N.d.T.).

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 24.- Paréntesis sobre las drogas

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 24.- Paréntesis sobre las drogas

Puede comprenderse que esta vía lleva más allá de la música y de la danza, hacia un campo mucho más amplio y problemático, que abraza otros muchos medios, cada vez más ampliamente empleados por las nuevas generaciones. Cuando la beat generation norteamerica­na, a la que ya hemos hecho alusión y que tiene numerosas equivalen­cias en nuestro continente, utiliza conjuntamente el alcohol, el orgas­mo sexual y los estupefacientes, como otros tantos ingredientes esen­ciales de su concepción de la vida, asocia de forma radical técnicas que, en realidad, tienen un fondo común —el que acabamos de indi­car y que, por otra parte, aunque separadamente, tiene un contexto menos extremista, están ampliamente extendidos, con el régimen de sucedáneos y compensaciones que es propio a esta última.

No conviene perder mucho tiempo, aquí, en el estudio de esta cuestión. Fuera de lo que diremos en el capítulo siguiente sobre el se­xo, nos limitaremos, para precisar la alusión que acabamos de hacer aquí, a realizar algunas consideraciones sobre este medio que, entre todos los utilizados en algunos sectores del mundo moderno, es el que visiblemente tiene la finalidad de una mayor evasión extática, es decir, la droga.

La difusión creciente de las drogas entre la juventud de hoy es un fenómeno muy significativo. Es por ello por lo que la cruzada contra los estupefacientes, tras el fracaso del prohibicionismo, se ha convertido en la consigna de los legisladores del mundo burgués; este es también un curioso resultado del régimen de libertad que, preten­didamente, reina en este mundo en el seno de la democracia. Admi­tiendo, incluso —como es preciso admitirlo en regla general— que el uso de los estupefacientes lleva a muchos de sus adictos al trastorno, no se comprende con qué derecho la sociedad se opondría a ello, pues de lo único que debería ocuparse el legislador es de los efectos sobre terceros.

Con los estupefacientes se repite, en parte, la situación de la música sincopada, ya descrita precedentemente. Medios utilizados en el origen facilitadores de aberturas a lo suprasersible en el curso de iniciaciones o de experiencias similares, han sido traspuestos al plano "profano" y "físico". Al igual que las danzas modernas con música  sincopada derivan de las danzas extáticas, igualmente gran parte de los  estupefacientes utilizados de maneras variadas en farmacopea, corresponden a las drogas que las poblaciones primitivas empleaban frecuentemente con un fin "sagrado", conforme a las tradiciones. Esto, por lo demás, se aplica al tabaco empleado por los indios de América para preparar a los neófitos que debían retirarse un cierto tiempo de la vida profana a fin de tener "signos" y visiones. En cierta medida, puede decirse lo mismo del alcohol; se conoce la tradición de los "brebajes sagrados" y la utilización del alcohol en los cultos dionisíacos y en otras corrientes similares, el antiguo taoísmo no prohibía para nada las bebidas alcohólicas, que consideraba incluso como "extractos de vida" , que prodigaban una embriaguez suscep­tible de conducir, como la danza, a un "estado de gracia mágica" co­mo la de los "hombres reales" (22). Los extractos de coca, de mescali­na, de peyote y de otros estupefacientes integraban, aún a menudo hoy, gran parte del ritual de sociedades secretas de América Central o del Sur.

En la actualidad no existen ideas claras y precisas sobre todo es­to, pues no se tiene en cuenta el hecho de que los efectos de esas sus­tancias son muy diferentes según la constitución y la capacidad de reacción y —en los casos antes mencionados, en los que se les utilizaba para un fin no profano— de la preparación espiritual y de la intención del que lo empleaba. Se ha hablado con propiedad de una "ecuación tóxica", diferente para cada individuo (Lewin), pero no se ha dado a esta noción toda la extensión necesaria, en parte debido a los límites del campo de observación del que se dispone, pues la situación exis­tencial bloqueada de la gran mayoría de nuestros contemporáneos restringe muy notablemente el radio de acción que puedan tener las drogas.

De hecho, la "ecuación personal" debería ser tenida en cuenta por los que, debido a motivos de higiene social, combaten los estupe­facientes con celo, viendo en ellos una causa de ruina moral. Estos deberían recordar lo que generalmente han reconocido los patólogos y neurólogos, a saber, que, en la mayor parte de los casos graves, el uso de la droga es menos una causa que el síntoma de una profunda alte­ración, de un estado de crisis, de neurosis o de algo parecido en el su­jeto (23). En otros términos, es una situación psíquica o existencial negativa, "encubierta" o patente, preexistente, la que empuja al uso de drogas como una solución efímera. Así se explica la ineficacia, en este género de casos, de terapias de desintoxicación simplistas, es decir, ex­teriores, que olvidan el hecho psíquico primario; así se explica tam­bién el carácter primitivo de las legislaciones represivas, más o menos, draconianas. Privado de la droga, el enfermo que no ha superado por ello su problema, recurrirá a otros medios para obtener más o menos el mismo resultado o se hundirá. Por otra parte, si la ley debiera prohibir todo lo que juega el papel de "estupefaciente" , en el sentido más ge­neral del término, al hombre y a la mujer modernos, y a lo que sirve también de una manera más o menos brutal para obtener una evasión presentada como una "diversión" o algo semejante (se puede a este propósito referirse a todo lo dicho ya en el primer capítulo), haría falta suprimir una gran parte de lo que compone la existencia moderna y alimenta una industria particularmente desarrollada y agresiva.

Para retornar a lo que decíamos, son la "ecuación personal" y la zona específica sobre la que van a actuar las drogas y los estupefa­cientes (entre los que podemos incluir también el alcohol), los que conducen al individuo a una alienación, a una abertura pasiva a esta­dos que le dan la ilusión de una libertad superior, de una embriaguez y una intensidad desconocida de las sensaciones, pero que en realidad tienen un carácter disolvente y que de ninguna manera le "llevan a otro lugar" . Para esperar de experiencias similares un resultado dife­rente haría falta disponer de un grado excepcional de actividad espiri­tual y tener una actitud contraria a la de hombre que las busca y las necesita para escapar a tensiones, traumatismos, neurosis, al senti­miento del vacío y de lo absurdo.

Hemos hablado de la técnica de la polimetría rítmica africana: una fuerza es detenida de una manera repetida en un paroxismo desti­nado a liberar una fuerza de otro tipo. En el extatismo inferior de los primitivos ello abre la vía a una posesión ejercida por potencias oscu­ras. Decimos que en nuestro caso, esta fuerza debería ser producida por la respuesta del "Ser" (del Sí) al estímulo. La situación creada por la acción de las drogas e incluso del alcohol es idéntica. Pero una reac­ción de este género no se produce casi nunca: la acción de la sustancia es demasiado fuerte, brusca, imprevista y externa, lo que dificulta un control y una reacción del "ser". Es como si una corriente poderosa se introdujera en la conciencia y que la persona pudiera solamente darse cuenta del cambio de estado que ya se ha producido sin poder dar su consentimiento; y en este nuevo estado uno queda sumergido, se es "arrastrado" . Es así que el efecto verdadero, aún cuando permanezca inadvertido, es un desfallecimiento, una lesión del Sí, a pesar de la impresión que pueda haberse tenido de una vida exaltada, de beatitu­des y de voluptuosidades trascendentes.

Para que el proceso siga otro curso sería necesario que, expre­sándolo de una manera alegórica y muy esquemática, en el momento en que la acción de la droga libera una cierta energía X de forma exte­rior, un acto del Sí, del "ser", introdujera en la corriente una energía doble, que le perteneciera, X + X, y la mantuviera hasta el final. De manera análoga la ola, incluso imprevista, que golpea al nadador há­bil, puede ser utilizada por él también para tomar impulso y supe­rarla. Entonces ya no habría hundimiento, lo negativo sería transfor­mado en positivo, no se haría el papel de súcubo en relación al medio, la experiencia estaría en cierta medida "descondicionada" y no se desembocaría en una disolución extática, desprovista de toda verdade­ra abertura más allá del individuo, y que solo se alimenta de sensa­ciones. Sería, al contrario, posible, en ciertos casos, llegar a contactos con una dimensión superior de la realidad, a los cuales correspondían, como ya hemos dicho el antiguo uso, no profano, de las drogas. La ac­ción nociva de estas quedaría .entonces ampliamente eliminada.

Estas indicaciones parecerán seguramente muy singulares al lector ordinario que no puede referirse a ninguna experiencia personal para presentir de lo que se trata. Pero, una vez más, es el desarrollo mismo del tema lo que nos ha impuesto esta breve digresión. En efec­to, no es más que teniendo en cuenta estas posibilidades, por inhabi­tuales que sean, como puede llegarse a precisar convenientemente las antítesis necesarias, reconocer el punto en donde quedan neutraliza­das ciertas "valencias" positivas que podrían presentar, en el mundo actual, los procesos de disolución y la evocación de lo elemental: las verdaderas soluciones sólo se ofrecen a un cipo de hombre diferen­ciado, según las modalidades que ya hemos indicado aquí, de una ma­nera muy general.

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 23.- Música moderna y jazz

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 23.- Música moderna y jazz

Será interesante, además, fijar la atención también sobre un aspecto particular que refleja de forma característica algunos procesos típicos de la época y cuyo examen nos conducirá de forma natural a es­tudiar algunos fenómenos generales de la vida contemporánea. Se trata de la música.

A diferencia de lo que es propio en una "civilización del ser", en una "civilización del devenir" como es incontestablemente la mo­derna, es bastante obvio que la música debía tener un desarrollo parti­cular hasta poder hablarse de un demonio occidental de la música. Los procesos de disociación que forman el fondo de todo arte moderno aparecen naturalmente también en este terreno, igual que se les en­cuentra, en las fases terminales de las formas de autodestrucción aná­logas a aquellas, de carácter general, de las que hemos hablado ante­riormente.

A este respecto, puede decirse, sin esquematizar mucho, que la música occidental más moderna se caracteriza por el hecho de que se disocia cada vez más netamente de la línea precedente, sea melodra­mática, melódica y heroico-romántica con grandes pretensiones (esta última tendencia es típicamente representada por el wagnerismo), sea trágico-patética (basta con evocar los "contenidos" que dominan en Beethoven). Esta disociación ha seguido dos vías que no están opues­tas más que en apariencia.

La primera es la intelectualización, en el sentido de que en la música moderna en cuestión, el elemento cerebral predomina, con un decidido interés por la armonía, que conduce a menudo a una tecnici­dad radical en detrimento de la inmediatez y del sentimiento (de los "contenidos humanos") —en este punto ha habido y aún hay cons­trucciones rítmico-armónicas abstractas concebidas según esta norma que parecen un fin en sí mismas. El límite parece alcanzado aquí por la reciente música dodecafónica y por el rigorismo "serial".

Conviene, en segundo lugar, revelar el carácter físico que está impreso, por otra parte, en importantes corrientes de la música más reciente. Este término ha sido empleado ya a propósito de una música esencialmente sinfónica convertida sobre todo en descriptiva; girada en cierto sentido hacia la naturaleza, distanciada del mundo subjetivo y patético y tendiente a tomar sus principales temas de inspiración en el mundo de las cosas, acciones o impulsos elementales. Aquí los pro­cesos son, en cierta medida, parecidos a los que, en el dominio de la pintura, han producido el primer impresionismo, con su intolerancia por la pintura intimista o el academicismo de taller y su inclinación por la pintura de aire libre, en la naturaleza. Se sabe que esta segunda tendencia musical había comenzado ya con la escuela rusa y los impre­sionistas franceses, desembocando en concepciones del género Pacific 231 de Honnegger y Fundiciones de Acero de Mosólov. Esta segunda corriente se ha reunido con la primera —la música hiperintelectuali­zada— y este reencuentro de lo intelectual con lo físico y elemental contribuye a crear, en la música moderna, la situación más interesan­te. A este respecto, es preciso, sobre todo, referirse al Stravinsky del primer período, donde el intelectualismo de las puras construcciones rítmicas sobreelaboradas había de desembocar en la evocación de algo que dependía menos de la psicología del mundo pasional, romántico y expresionista que del sustrato de las fuerzas de la naturaleza. Puede verse en La Consagración de la Primavera la culminación de este esta­dio. Aquí, la música del siglo XIX burgués está casi completamente superada, la música se convierte en ritmo puro, intensidad dinámica de sonido y del timbre: música pura, pero donde interviene un ele­mento orgiástico. Por ello se sigue una referencia particular a la "dan­za". La tendencia de la música-danza a reemplazar a la música-canto y a la música patética, fue, en efecto, otra característica de la corriente mencionada.

Hasta aquí se podría reconocer en el dominio de la música la acción de un proceso paralelo al de las disoluciones liberadoras, proce­so que desde nuestro punto de vista tiene un valor positivo. Podría, en efecto, otorgarse un valor positivo a un cambio de actitud, gracias al cual no solamente la música melodramática de ópera, la música ita­liana del siglo XIX primero y luego la alemana, sino aun la música sin­fónica con altas pretensiones "humanas" no encuentran eco, se reve­lan desfasadas, falsas y pesadas. El hecho es, sin embargo, que al me­nos para la música de concierto "seria" , el período consecutivo al punto culminante e intenso del que hemos hablado, estuvo marcado por formas abstractas dominadas por una técnica virtuosista, formas que, a menudo, tienen la misma significación interior que aquellas en las que hemos visto una huida o una diversión existencial que permitía escapar a una peligrosa tensión.

A este respecto, puede hacerse referencia al Stravinsky del se­gundo período, en que la música-danza está reemplazada por una música formal, luego paródica y más tarde de inspiración neoclásica, ahora caracterizada por esta especie de pura aritmética sonora y diso­ciada ya anunciada en la fase precedente, creando una especie de espe­cialización anacrónica de los sonidos. Y también podemos hacer refe­rencia a Scheinberg, que ha pasado de la música atonal libre, frecuen­temente ligada a un expresionismo existencialista exasperado (la re­vuelta existencial se traduce aquí en la atonalidad contra el "acorde perfecto" símbolo del idealismo burgués), al dodecatonismo. Este pa­so es, en sí, muy significativo de la crisis final que sufre la música ultramoderna. Se sabe que tras la exasperación cromática, a la que la música había llegado en el plano técnico con el postwagnerismo, hasta Richard Strauss y Scriabín, se vio decididamente abandonado, con la música atonal, el sistema tonal tradicional base de toda la música an­terior y, por así decir, vuelto a llevar el sonido al estado puro y libre: como en una especie de nihilismo musical activo. Tras lo que los doce sonidos de la escala cromática eran utilizados sin tener en cuenta nin­guna distinción jerárquica, por lo tanto según todas las posibilidades ilimitadas de combinaciones directas, cuando se había intentado, con el sistema dodecafónico, precisamente, darles una nueva ley formal abstracta, fuera de las fórmulas de la armonía precedente. Reciente­mente se ha ido más lejos todavía, integrando sonidos que no pueden producir los medios tradicionales, los de la orquesta y los procedentes de la técnica electrónica. Aquí también se busca una ley abstracta apli­cable a la música electrónica.

Pero ya se ve, por las posiciones extremas alcanzadas por el do­decafonismo, con las composiciones de Anton Webern, en su Filosofía de la música moderna: "Nuestro destino está en el dodecafonismo", también hay quien ha podido hablar con razón de "una era glaciar" de la música. Se ha llegado a composiciones cuya extrema ratificación y abstracción formal es análoga a las puras entidades algebraicas de la física más reciente o, en otro terreno, de cierto surrea­lismo. Son las mismas fuerzas sonoras liberadas de las estructuras tra­dicionales, que empujan hacia una especie de meandro tecnicista que solo el álgebra pura de la composición preserva una completa disolu­ción en lo amorfo, por ejemplo, en la intensidad de los timbres descar­nados y atómicamente disociados. En la música, como en el mundo creado por la técnica y las máquinas, la perfección mecánica y la amplitud de los nuevos medios han tenido en contrapartida, el vacío, la "desanimación" , la espectralidad o el caos. Sea como fuere, parece inconcebible que el nuevo lenguaje dodecafónico y postdodecafónico pueda servir, en ningún caso, como medio de expresión a lo que for­maba el contenido de la música precedente. Reposa sobre una devas­tación interior subyacente. A lo más es un expresionismo existencialis­ta exasperado que aflora de nuevo sirviéndose en parte de este len­guaje, como en la obra de Alban Berg. O bien el límite es franqueado, como en el caso de la llamada "música concreta" de Pierre Schaeffer, que es una especie de "organización de los ruidos" , de "montaje" de los sonidos del mundo y de los sonidos orquestales. Un caso típico es el de John Cage, músico que declara explícitamente que su música ya no lo es y que, más allá de la disgregación de las estructuras tradicionales realizada por la nueva música serial, que deja lejos tras de sí el mismo Webern y su escuela, mezcla la música con rumores puros, con efectos sonoros eléctricos, largas pausas, inserciones ocasionales, incluso habladas, de emisiones radiofónicas, porque intenta producir un efec­to desorganizador sobre el auditor en el mismo sentido que el del dadaísmo, efecto que, supuestamente, debería abrir horizontes insos­pechados, más allá del dominio de la música e, incluso, del arte en ge­neral.

Si quiere buscarse, por el contrario, cómo se han desarrollado las posiciones de la música-danza, ya no es hacia la música sinfónica de concierto adonde es preciso orientarse, sino hacia la música moderna de danza y, en particular, hacia el jazz. Y se ha podido definir, con ra­zón, la época actual no solamente como la de la emergencia de las ma­sas, de la economía y de la todopoderosa técnica, sino también como la del jazz. Ello muestra que se trata de prolongaciones de la tendencia de la que ya hemos hablado, que no conciernen ya solamente al círculo intelectual de los especialistas de la música, sino que influye sobre la forma general de sentir de nuestros contemporáneos.

El jazz analizado bajo sus aspectos puramente rítmicos y sinco­pados, refleja la tendencia de la que ya hemos hablado anteriormente en particular a propósito de Stravinsky de la primera época; aparte del aspecto accesorio de las cancioncillas se trata, igualmente, de una mú­sica "física" , de una música que apenas se preocupa de hablar del al­ma, sino que tiende a excitar y a mover directamente el cuerpo (19). Esto es un sentido muy diferente del que era propio a las precedentes músicas de danza europeas; en el jazz, en efecto, la gracia, el impulso, el transporte e incluso la sensualidad, llena de ardor, de las otras dan­zas —podemos rememorar los valses vieneses e ingleses y el tango—son reemplazados por algo mecánico y disolvente, al mismo tiempo que extático, en un sentido primitivo, que una repetición temática obstinada vuelve casi paroxístico. Este contenido elemental no puede haber escapado a cualquiera que se haya encontrado en una gran sala de danza de una metrópolis europea o americana, entre los centenares de parejas agitándose a los ritmos sincopádos a ultranza de tal música.

La difusión enorme y espontánea del jazz en el mundo moder­no muestra pues significaciones semejantes a las que han caracterizado la música de concierto físico-cerebral, en su esfuerzo por superar las expresiones musicales melodramáticas y patéticas del alma burguesa del siglo XIX, que, de hecho, han penetrado universalmente en las nuevas generaciones. Y también este fenómeno presenta un doble as­pecto. Que los que estaban locos por los valses o se deleitaban con el pazos, falso y convencional del melodrama, se encuentran hoy a gusto en los ritmos convulsivo-mecánicos o abstractos del jazz reciente, del hot o del cooljazz, es un hecho que debe ser considerado como algo más que una moda aberrante y superficial. Nos encontramos aquí de­lante de un cambio brusco y no solamente periférico en la manera de sentir, que es un elemento integrante del conjunto de las transforma­ciones características de la época actual. El jazz corresponde innegable­mente a uno de los aspectos de este florecimiento de la elementa­reidad en el mundo moderno con el cual se cierra la disolución de la época burguesa. Que la masa de la juventud que ama el jazz hoy en día y lo buscan simplemente para "distraerse" o "divertirse" , sin to­mar conciencia de lo que ocurre, no tiene aquí ninguna importancia. El cambio permanece y si no es comprendido en todo su peso, no mo­difica en nada su realidad, puesto que su sentido verdadero y sus posi­bilidades solamente pueden ser captadas desde el punto de vista muy especial que hemos adoptado en todos nuestros análisis.

Se ha clasificado el jazz entre las formas de compensación a las que el hombre de hoy día recurre porque su existencia es demasiado práctica, árida y mecanizada; el jazz le habría provisto de los conteni­dos brutos de un ritmo y de una vitalidad elemental. Si esta idea tiene algo de acertada, no puede considerarse irrelevante que, para satisfa­cer esta necesidad, Occidente no haya creado formas originales, ni uti­lizado los elementos de un folclore musical europeo que, ofrece como por ejemplo, el de buen número de ritmos de la Europa sud-oriental, rumanos o húngaros, conjuntos interesantes, ricos, no solamente en ritmos, sino también en un auténtico dinamismo. Por el contrario, se ha ido a buscar los temas de inspiración en el patrimonio de las razas exóticas más bajas, en los negros y en los mestizos de las zonas tropica­les y subtropicales.

Según uno de los principales especialistas de la música afro-cubana, F. Ortiz, los motivos principales de estas danzas modernas tendrían efectivamente este origen, incluso en los casos en donde ello se encuentra disimulado por el hecho de que América Latina ha tenido el papel de intermediario. Puede apreciarse que ha sido el primitivismo, al que ha regresado el hombre del tipo más reciente, concretamente el de América del Norte, ha sido el que le ha hecho escoger, asimilar, y desarrollar por una afinidad electiva, una música que tiene una impronta de tal manera primitiva, como la música negra, que además, en el origen, estaba asociada a formas oscuras de éxtasis (20).

Se sabe, en efecto, que la música africana de la cual se han extraído los ritmos principales de las danzas modernas, fue una de las principales técnicas empleadas para producir formas de apertura extática y de posesión. Dauer y el mismo Ortiz han visto, con razón, el rasgo característico de esta música en su estructura polimétrica, elaborada de tal manera que los acentos extáticos que marcan el ritmo correspondiendo constantemente con acentos extáticos; así, las especiales configuraciones rítmicas particulares provocan una tensión destinada a "alimentar un éxtasis ininterrumpido". En el fondo es la misma estructura que se conserva en toda la música de jazz "sincopado". Son como síncopas tendientes a liberar otra energía o a engendrar un impulso. En los ritmos africanos, con esta técnica se debía favorecer la posesión de los danzarines por ciertas entidades, los Orisha de los Yoruba o los Loa del Vudú haitiano, los cuales sustituían o suplantaban a las personas y las "cabalgaban". La potencialidad extática subsiste en el jazz. Pero también ha habido un proceso de disociación, un desarrollo abstracto de las formas rítmicas, separado del conjunto al que pertenecían en su origen. Teniendo en cuenta la desacralización del medio, la ausencia de todo marco institucional o de toda tradición ritual correspondiente, de la ausencia de atmósfera adecuada y de la orientación necesaria, no puede pensarse en efectos específicos comparables a los de la auténtica música evocatoria africana, pero sin embargo, permanece siempre el efecto de una especie de posesión difusa y amorfa, primitiva, de carácter colectivo, (que va más allá de la fachada inofensiva de la "distracción" y de la "diversión"; sin embargo esta posesión queda ligada en el jazz (y es su rasgo característico) a algo abstracto y mecánico, podría decirse incluso, algo mineral (el ostracismo lanzado por las orquestas de jazz sobre los arcos de violín y la preponderancia de los instrumentos de viento, de la trompeta y de la percusión, son significativos). Esto muestra, por lo tanto, en qué línea se inscribe la compensación específica que encuentra en el hombre y la mujer ordinarios de hoy la música de danza —contrapartida popular del apogeo físico-intensivo que la música sinfónica moderna había alcanzado y no mantenido— cuando dejan obrar en ellos las estructruras rítmicas del jazz y se entregan con entusiasmo a las danzas correspondientes.

El hecho de que hayamos subrayado todo esto no implica de ningún modo que nos asociemos a las reacciones moralizantes contra el modernismo en este dominio, a pesar de la indiscutible contamina­ción que aporta, además, el elemento negro. Como hemos dicho no consideraríamos como una mejora que la "era del jazz" fuera reemplazada por una nueva moda de las danzas antiguas y de la músi­ca de fondo sentimental y patética (por lo demás las variedades más gastadas de este tipo, como la "música ligera" y la "canción" están todavía ampliamente representadas en las capas burguesas, sobre todo en Italia, muchas veces mezcladas híbridamente con el jazz). Pero, por otro lado, desde el punto de vista espiritual (independientemente del hecho de que incluso el jazz parezca haber entrado en una crisis, en la etapa barroca y disolvente, sea en las acrobacias anárquicas de los solis­tas, sea con la tendencia a la abstracción del cool jazz o del jazz de chambre), la vía está cerrada, porque, una vez más, la transformación general que ha intervenido en la manera de sentir es pasiva. Sería cier­tamente ridículo ponerse a hablar de la nueva música sincopada como de una vía positiva, pero de todos modos podemos considerar el problema general que se plantea a propósito de todos los medios com­portando virtudes extáticas elementales y que, no la masa, pero si un tipo de hombre diferente, puede utilizar para alimentar la forma par­ticular de ebriedad ya mencionada predecentemente y que es el único alimento que se pueda existencialmente extraer de una época de diso­lución. Los procesos actuales llevan precisamente hacia esos límites; y es allí donde el hombre ordinario busca solamente aturdirse con los contendidos "extáticos" inconscientes y difusos de ciertas experien­cias, esencialmente bajo la forma de sensaciones, otro hombnre puede encontrar, en las mismas situaciones, un "desafío" que exija de él la respuesta justa: una reacción que viene del "ser") (21).

 

(19). No olvidemos que el jazz se empieza a promocionar y desarrollar a partir de los burdeles negros de Nueva Orleans (N.d.T.).

(20). Para ampliación de todas estas ideas cfr. "Rock y satanismo", R. Laban. Ed. Obelisco. Barcelona, 1986.

(21). El párrafo situado entre paréntesis fue eliminado por el autor en la segun­da edición italiana de la obra (N.d.T.).

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 22.- Disolución del arte moderno

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. 22.- Disolución del arte moderno

En el arte moderno, es necesario mencionar, ante todo, el con­junto de las tendencias intimistas, expresiones características de una "espiritualidad" femenina que no quiere saber nada del plano sobre el que actúan las grandes fuerzas históricas y políticas y que, debido a una sensibilidad mórbida (quizás también bajo el efecto de un traumatismo), se retira al mundo de la subjetividad privada del artista y no reconoce valor más que a lo que psicológica y estéticamente es "interesante" . En literatura, la obras de un Joyce, de un Proust, de un Gide, han marcado los límites de esta tendencia.

En algunos casos, a esta orientación se asocia la tendencia que tiene como consigna al "arte puro" , en el sentido específico de puro formalismo, de perfección expresiva, respecto a la cual el "contenido" se transforma en insignificante, hasta el punto de que se considera to­da exigencia referida a un contenido como una intrusión contaminan­te (si no fuese tan insípida, se podría dar aquí el ejemplo de la estética de B. Croce). En estos casos se ha alcanzado naturalmente un grado más avanzado superando al que corresponde al fetichismo de la propia interioridad del artista.

En cuanto a las veleidades que subsisten en nuestros días de conservar un "arte tradicional" , no vale la pena hablar. Hoy no existe ninguna idea de lo que es tradicional, en el sentido superior de la pa­labra. Se permanece en el plano del academicismo, de una reproduc­ción sin vigor de modelos que adolecen de falta de toda fuerza creado­ra original. Es una variedad del "régimen de residuos" , y lo que se llama el "gran arte", relegado en el pasado, no es más que el objeto de una verdadera retórica.

En cuanto a la corriente opuesta, es decir, el arte de vanguardia, su valor y su significado se reducen a los de una revuelta y de un reflejo del proceso general de disolución. Sus producciones son a menudo interesantes, no desde el punto de vista artístico, sino como síntomas del clima de la vida moderna; refleja un estado de crisis (y es en este sentido en el que nosotros hemos hecho algunas alusiones al respecto en el inicio, al hablar de las manifestaciones del nihilismo europeo), pero no aporta nada de constructivo, estable o duradero.  Además en el caos de todas estas tendencias, los movimientos de repliegue rápido a partir de las posiciones más avanzadas son significativos; casi todos los que se encontraban ayer en vanguardia y partiendo de una situación existencial auténtica en el origen habían expresado las tendencias más revolucionarias, han pasado a un nuevo academicismo, a nuevas convenciones y a la comercialización de sus obras. La orientación ulterior de algunos de estos artistas, en sentido abstracto, formalista o neo-clásico, es, por lo demás, típica: es una especie de evasión que pone fin a la tensión agotadora y sin salida característica de la fase precedente, fase revolucionaria y más auténtica (podríamos hablar aquí de un "apolinismo" en el sentido —arbitrario— que Nietzsche ha dado a éste término en El nacionalismo de la tragedia).

Esto no impide que, para el hombre diferenciado que nos interesa aquí, lo que ofrecen precisamente de disolvente algunas formas del arte más avanzado (la música, en particular, como veremos más adelante) con su atmósfera de libertad anárquica o abstracta, puede eventualmente presentarse como una distensión, en contraste con lo que se puede sentir ante el arte de ayer, ante el arte burgués. Pero, aparte de este aspecto, una vez agotado, el expresionismo en tanto que irrupción informe de contenidos físicos disociados, una vez agota­dos el dadaísmo y el surrealismo, se habría estado obligado, si las posi­ciones hubiesen sido mantenidas, a constatar objetivamente la autodi­solución del arte moderno, encontrándonos ante un espacio vacío. En otra época, precisamente en este espacio, habría podido afirmarse un nuevo arte "objetivo", con este "gran estilo" en que pensaba Nietzs­che cuando escribía: "La grandeza de un artista no depende de los bellos sentimientos que hace nacer —sólo las mujerzuelas se interesan por tales cosas— sino en la medida en que se aproxima al gran estilo; este estilo que tiene en común con la gran pasión el desprecio del pla­cer; olvida persuadir, quiere... hacerse el señor del caos que se es, obli­gar al propio caos a convertirse en forma, matemática, ley, tal es la gran ambición. En torno a tales déspotas nace el silencio, un miedo si­milar al que se experimenta ante un gran sacrilegio". Pero es un ab­surdo pensar en cualquier cosa de este género en el mundo actual: precisamente porque falta en nuestra época todo centro, todo sentido y una potencia a este "gran estilo".

Sobre el plano literario, lo que, aquí y allí, se puede hoy reco­ger de interesante pertenece siempre al dominio documental y descriptivo, con más o menos potencia expresiva, de la vida contem­poránea. Es aquí solamente donde el "subjetivismo" está, en oca­siones, superado. Pero en la mayor parte de la producción literaria, en los relatos, dramas y novelas, persiste el régimen de los residuos, con las formas características de la disolución subjetivista. El fondo cons­tante de ésta consiste en lo que justamente se ha llamado el "fetichis­mo de las relaciones humanas", de los problemas sentimentales, se­xuales o sociales de individuos sin importancia (el límite de la banali­dad incolora es alcanzado por cierta categoría epidémica de novelas americanas).

Hemos mencionado también los problemas "sociales" para hacer justicia de las pretensiones, o por decirlo mejor, de las veleida­des estéticas y artísticas del "realismo marxista" , en él sentido ya indi­cado precedentemente. La condena por la crítica marxista de la "nove­la burguesa" como fenómeno de alienación, la voluntad de dar al re­lato un contenido, una interpretación de carácter social con la inten­ción particular de hacer un espejo de la dialéctica evolutiva de las cla­ses, del ascenso del proletariado y de todo lo demás, no es —como decimos— más que una parodia simiesca del realismo y de la integra­ción, en un sentido orgánico, de una cultura neutra y separada. Una disociación mucho más grave reemplaza aquí a otra: el elemento económico-social distanciado de todo contexto, toma un valor absolu­to. Los problemas "sociales" son, en sí mismos, tan poco interesantes y tan insignificantes como los problemas-fetiches de las relaciones per­sonales y sentimentales; ni los unos ni los otros tocan la esencia: sosla­yan lo que debe ser objeto de un relato y de un arte de nivel elevado en una civilización orgánica. Por lo demás, a efectos narrativos, es en sí mismo elocuente, lo poco, penoso y artificial que ha nacido bajo el signo del "realismo marxista": es un material grosero, elaborado si­guiendo un modelo impuesto, a fines de pura propaganda y de "edi­ficación del comunismo"; no puede hablarse a propósito suyo ni de crítica estética ni de arte, sino de agitación política en el sentido más bajo del término. De otra parte, las cosas son tales en el mundo actual que, incluso allí donde se reclama un "arte funcional", un "arte de consumo" (la expresión es de Gropius), no "alienado" , se ha visto obligado más o menos, a desembocar en un mismo nivel: el único sec­tor que ha sido preservado es quizás el de la arquitectura porque su ca­rácter funcional no exige referencias a significados superiores que no existen hoy.

Por lo demás, cuando un crítico de observación marxista como Luckacs escribe: "Estos últimos tiempos el arte se ha convertido en un artículo de lujo destinado a parásitos ociosos; la actividad artística, a su vez se ha convertido en una profesión particular cuyo fin es satisfacer las necesidades suntuarias" dirige, a pesar de todo, un balance exacto de a lo que prácticamente el arte se reduce en nuestros días.

Esta reducción al absurdo de una actividad separada de todo contexto orgánico y necesario corresponde a la disolución interna que la caracteriza hoy y cuya naturaleza facilita una puesta a punto muy general, una revisión radical que se impone para el hombre diferen­ciado, de la importancia atribuida al arte, en el curso del periodo pre­cedente. Hemos dicho ya que en el clima de la civilización actual, con todo lo que comporta de objetivo y elemental —e incluso, si se quiere, de bárbaro— numerosos son los que consideran como perimida la idea según la cual es preciso ver en el arte una de las "supremas actividades del espíritu" , reveladora del sentido del mundo y de la vida, como se afirmaba en la época del romanticismo burgués. Hoy, el hombre que hemos visto puede, también, declararse de acuerdo, sin titubear, sobre esta depreciación del arte. El fetichismo del arte, ligado, en el período burgués, al de la "personalidad creadora" , del "genio" , le es extraño. Puede, pues, sentirse también alejado de cierto "gran arte" de ayer, como lo están naturalmente hoy algunos hombres de acción que no disfrutan con las apariencias, que quieren simplemente "distraerse", interesarse en otras cosas. Desde nuestro punto de vista, parecida actitud puede ser aprobada cuando se funda sobre el realis­mo superior del que hemos hablado y sobre el sentimiento de lo "pu­ramente humano" que es el fondo constante de este arte a través de todo su repertorio patético o trágico. Por ello, como decimos, es po­sible que, a fin de cuentas, un hombre diferenciado se encuentre me­nos mal en el centro, en la atmósfera de un cierto arte muy moderno, precisamente porque éste refleja una especie de autodisolución del ar­te.

Conviene, por lo demás, notar que esta depreciación del arte, justificada por las consecuencias últimas de su "neutralización" y la exigencia de un nuevo realismo activo, tiene antecedentes en el mun­do de la Tradición. El arte, en efecto, no ha tenido nunca en ninguna civilización tradicional orgánica, la posición central que se le ha creído poder atribuir en el período de la cultura humanista y burguesa. Cuando tuvo verdaderamente una alta significación, con los tiempos modernos, era en razón de contenidos que le eran superiores y ante­riores, que no eran ni revelados, ni "creados" por él en tanto que ar­te. Estos contenidos daban un sentido a la vida y podían permanecer, ser evidentes y actuar incluso en la ausencia casi total de arte, en senti­do propio, es decir, en un marco que podría incluso parecer "bárbaro" al esteta y al humanista desprovistos de todo sentido de la elementareidad y de lo primordial.

La actitud esencial que el hombre diferenciado, encarado hacia una nueva libertad, ha de asumir en el período de disolución, frente al arte en general, puede, pues, inspirarse en un orden de ideas análogo. La "crisis del arte" actual no le interesa y no le preocupa en absoluto. Al igual que no ve nada en la ciencia moderna que tenga algo de ver­dadero conocimiento, igualmente, a causa de los procesos de neutrali­zación disociativa ya señalados al principio de este capítulo, no recono­ce ningún valor espiritual al arte que ha tomado forma en el curso de los tiempos modernos, no ve nada que pueda reemplazar los significa­dos susceptibles de brotar de una relación directa con la realidad; en un clima frío, claro y esencial. Por lo demás, si se consideran objetiva­mente los procesos en curso, se siente nítidamente que el arte ya no tiene porvenir, que su posición se convierte, cada vez más, en margi­nal en relación a la existencia y que su valor se reduce a la de un artículo de gran lujo, como lo acusaba la crítica citada anteriormente.

Es preciso volver un instante al dominio particular de las obras literarias para precisar un punto relativo a las obras de carácter corrosi­vo y derrotista. Esto nos permitirá también prevenir el equívoco que podría nacer de lo que hemos dicho contra el neo-realismo. Igualmen­te debe quedar perfectamente claro que nuestra posición crítica no tiene nada en común con los juicios que reposan sobre los puntos de vista burgueses, debe quedar perfectamente claro, incluso, que la acu­sación lanzada contra el carácter dividido y neutro del arte no debe ser presentada como una "moralización" , como un condicionamiento del contenido del arte por la pequeña moral corriente. No se trata, por la producción artística que evocamos, de estos "testimonios existen­ciales" puros y simples a los que podría aplicarse lo que se ha dicho de Schönberg: "Toda su felicidad consistía en reconocer la desgracia; to­da su belleza en prohibirse la apariencia de la belleza". Se trataba, por el contrario, de un arte que, directa o indirectamente, mina todo ideal, se mofa de cualquier principio, reduce los valores estéticos, lo justo, todo lo que es verdaderamente noble y digno a simples pa­labras; todo sin obedecer siquiera a una tendencia declarada (de ahí la diferencia con una literatura de izquierda análoga o con la utilización y la valoración política, por la izquierda, de la producción de la que acabamos de hablar).

Se sabe cuáles son los medios que elevan una protesta indigna­da contra este género de arte muy extendido. Desde nuestro punto de vista, no es la reacción justa, pues se olvida el papel de piedra de toque que puede jugar este arte, sobre todo para el tipo de hombre que nos interesa.

Sin anticipar lo que será precisado en los capítulos siguientes, nos limitaremos aquí a decir que la diferencia entre el realismo infe­rior y mutilado y el realismo positivo consiste en afirmar la existencia de valores que, para un cierto tipo humano, no se reducen a ficciones, ni a fantasías, sino que son realidades, realidades absolutas. Entre es­tas figuran el coraje espiritual, el honor (independiente de los asuntos del sexo), la rectitud, la verdad, la fidelidad. Una existencia que igno­ra todo esto, no es absolutamente "real" , es infra-real. Para el hombre que nos interesa, la disolución no puede tocar estos valores salvo en los casos límites de una absoluta "ruptura de nivel". Es preci­so, sin embargo, distinguir entre la sustancia y algunas formas de expresión determinadas; en razón de las transformaciones generales, ya intervenidas o en curso, de la mentalidad y del medio, estas formas de expresión se han resentido del conformismo, de la retórica, del pa­thos idealista y de la mitología social del período burgués; las bases han sido socavadas. En el dominio del comportamiento, lo que puede ser salvado y mantenido tiene necesidad de ser liberado en formas inte­riorizadas y simplemente sólidas para no apoyarse sobre lo que subsis­te del orden, de las instituciones y de los valores del mundo de ayer. En cuanto al resto, bien puede desaparecer.

Habiendo dejado bien claro este punto, ya abordado, por otra parte, en la introducción, puede observarse que la acción corrosiva de esta literatura contemporánea sólo muy raras veces toca algo verdade­ramente esencial, y que la mayor parte de lo que ataca no merece en absoluto ser defendido, deseado, ni lamentado. Las reacciones escan­dalizadas, alarmadas y moralizantes de las que hemos hablado, pro­vienen aquí de una confusión entre lo esencial y lo contingente, de una incapacidad para concebir valores sustanciales, independiente­mente de las formas condicionadas de expresión, convertidas para muchos en inoperantes y extrañas. El hombre que nos ocupa no se es­candaliza, sino que adopta la actitud serena de quien "desdramatiza" , de quien puede incluso ir más lejos en el derribo de los ídolos, pero pide luego: "¿Y qué más?" . Como máximo trazará una 1 ínea existencial de demarcación en el sentido que ya hemos indi­cado en varias ocasiones. Poco importa, en el fondo, que la menciona­da literatura corrosiva e "inmoral" no obedezca en sí misma a una fi­nalidad superior (como algunos pretenden a menudo) y valga sola­mente como testimonio de los horizontes sombríos, podridos y fre­cuentemente sórdidos de sus autores. El testimonio sigue siendo váli­do: marca distancias. En cuanto al resto, es precisamente en una época como la nuestra cuando se justifica el precepto según el cual es bueno poner a prueba lo que es susceptible de caer, dándole, para colmo, un empujón.

Desde nuestro punto de vista, no parece pues que en literatura se deba desear (incluso si fuera posible) una "reacción" moralizadora en el sentido de una vuelta a la línea de Manzoni, por ejemplo, y en general, de los escritores del XIX especializados en una exposición teatral de nociones de honor, familia, patria, heroismo, pecado, etc. Es preciso superar las dos posiciones: la de los moralizadores y la de los que hacen profesión de este arte corrosivo, arte que es preciso objetiva­mente alinear entre las formas elementales y primitivas de liquidación y de transición, destinadas a agotarse y a dejar lo que se será, para unos un vacío, para otros el espacio, convertido en libre, de un realis­mo superior.

Estas consideraciones muestran claramente que la acusación que precedentemente hemos realizado contra un arte convertido en autónomo e indiferente, no corresponde del todo a una voluntad de dar al arte un contenido "moral" o, mejor, moralizante.

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. De la música física a los estupefacientes. 21.- La enfermedad de la cultura europea

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio del arte. De la música física a los estupefacientes. 21.- La enfermedad de la cultura europea

Ya hemos tenido ocasión, en particular cuando hemos hablado de los valores de la persona y de un nuevo realismo, de hacer alusión al carácter de la cultura y del arte en el mundo. Proponemos continuar este tema abordándolo desde un punto de vista algo diferente y preci­sando luego la significación que ofrece hoy este ámbito particular para el tipo de hombre diferenciado que nos interesa.

A fin de ilustrar la relación que existe, en general, entre el arte y la cultura en estos últimos tiempos y el proceso de disolución, se puede recuperar la tesis principal de una obra de Christof Steding ti­tulada "El imperio y la enfermedad de la cultura europea" donde la génesis y las características de la cultura que se ha formado en Europa tras la disolución de su unidad tradicional, fueron bastante bien estu­diadas. Steding señala que esta cultura encuentra su contrapartida en el hecho de que los dominios particulares se han disociado y emanci­pado, se han convertido en "neutros" y han cesado, así, de formar más o menos, orgánicamente parte de un todo. Se refiere particular­mente a un centro que da forma a toda resistencia, y un sentido a la vida, centro que aseguraba también un carácter suficientemente orgá­nico a la cultura. Hace corresponder la manifestación positiva y nece­saria de este centro sobre el plano político al principio del Imperio, en­tendido, en un sentido, no sólo secular (es decir, estrechamente político), sino también espiritual que tenía aún en el ecumenismo europeo de la Edad Media y sobre el que insistía la teología política de los grandes gibelinos y del mismo Dante.

En Europa, el proceso de disolución que se ha verificado igual­mente en este plano, y siempre tras la desaparición de toda referencia superior, ha tenido dos causas interdependientes. La primera fue una especie de parálisis de la idea que servía de centro de gravedad a todo lo que era Tradición europea —lo que ha provocado el oscurecimien­to, la materialización y la decadencia del Imperio y de su autoridad. De aquí, la segunda causa que está inscrita como contrapartida, a sa­ber, el movimiento centrífugo, la disociación y la autonomía de las partes componentes, provocadas precisamente por el debilitamiento y la desaparición de la fuerza de gravedad original. Desde el punto de vista político, esto tuvo por consecuencia, como se sabe, el fin de la unidad que presentaba, sobre el plano político y social, a pesar de un sistema de amplias autonomías particulares, el antiguo mundo euro­peo; esto fue lo que Steding ha llamado la "suicización" , la "holan­dización" de territorios que formaban parte, antes orgánicamente, de la unidad del Imperio y el fraccionamiento particularista correspon­diente a la aparición de los Estados nacionales. Sobre el plano indivi­dual, esto debía entrañar una cultura dividida, "neutra", privada de todo carácter objetivo.

Es así, en efecto, como se explican la génesis y el carácter domi­nante de la cultura, de las ciencias y de las artes que se han impuesto cada vez más en nuestra época. No podemos entregarnos aquí a un análisis detallado de esta cuestión. Si queremos volver sobre el proble­ma de la ciencia moderna y sus aplicaciones técnicas, sería fácil en­contrar precisamente los carácteres de un proceso convertido en autó­nomo, de un proceso al que ninguna instancia superior es capaz de imponer un límite y de imprimir una dirección, ni control, ni freno: es por lo que a menudo se tiene la impresión de que el desarrollo técnico-científico desborda al hombre y le impone frecuentemente si­tuaciones difíciles, inesperadas y llenas de incógnitas. Es superfluo de­tenerse a considerar el fraccionamiento de la especialización, en la ausencia de un principio superior y unitario en el saber moderno, de­bido a lo evidente del caso. Estas son las consecuencias del dogma progresista, el de la imprescindible "libertad de la ciencia" y de la in­vestigación científica, simple eufemismo para designar y legitimar el desarrollo de una actividad totalmente desprovista de cohesión.

A esta "libertad", va paralela, mientras tanto, con un signifi­cado idéntico, la "libertad de la cultura" , exaltada como algo positi­vo, como una conquista y dando igualmente lugar a los procesos diso­lutivos propios a una civilización inorgánica (lo contrario de lo que Vi­co había reconocido como característico de todos "períodos heroicos" de las civilizaciones precedentes). La antítesis instituida entre la cultu­ra y la política es una de las manifestaciones más típicas de la "neutra­lización" de esta cultura. Se defiende el ideal de un arte puro y de una cultura pura que no deben tener nada que ver con la política. Ba­jo la inspiración del liberalismo y del humanismo literario, esta diso­ciación a menudo termina por transformarse en una oposición declara­da. Se conoce bien el tipo del intelectual y del humanista puro que siente por todo lo que ofrece una relación cualquiera con el mundo político —ideal y autoridad del Estado, disciplina severa, acción y or­den positivo, guerra, potencia e Imperio— una intolerancia casi histé­rica y le niega a todo esto un valor espiritual o "cultural". Y, en con­secuencia, se ha escrito una "historia de la cultura" teniendo gran cuidado en separarla de la "historia política" , convirtiéndola en un dominio en sí. Naturalmente, el pazos antipolítico y el aislamiento propio a un arte y a una "cultura neutra" se justifican ampliamente por la degradación de la "cosa" política por el bajo nivel en que han caído los valores políticos en el curso de los últimos tiempos. Pero se trata además de una orientación de principio, en virtud de la cual no se cuestiona más la anomalía de esta situación: la "neutralidad" se ha, en efecto, convertido en un rasgo constitutivo de la cultura moder­na.

A fin de prevenir todo equívoco, precisemos que la situación inversa, que es preciso considerar como normal y fecunda, no es la de una cultura al servicio del Estado y de la política (de la política en el sentido degradado de hoy), sino la de una idea única, el símbolo ele­mental y central de una civilización dada, que manifiesta su fuerza y ejerce una acción paralela e incluso de la misma naturaleza, a menudo invisible, tanto sobre el plano político (con todos los valores, no sólo materiales, que deberían referirse a un verdadero Estado), como sobre el plano del pensamiento, de la cultura y de las artes: lo que excluye toda escisión o antagonismo de principio entre los dos dominios, como toda necesidad de ingerencia exterior. Es precisamente porque no exis­te una civilización de tipo orgánico, y porque los procesos de disolu­ción se han afirmado en todos los dominios de la existencia, por lo que todo esto ha desaparecido y que hoy no se puede escapar a la alternati­va —falsa y deletérea en sí— de un arte y de una cultura "neutras" , privadas de toda consagración y de todo significación superiores, o de un arte y de una cultura al servicio de fuerzas exclusivamente políticas, degradadas, como es el caso de los "regímenes totalitarios" y particu­larmente de los que existían en las teorías del "realismo marxista" y de las correspondientes polémicas contra el "decadentismo" y la "alienación" del arte burgués.

Este carácter separado del arte y de la cultura es, naturalmente, la consecuencia directa del subjetivismo, de la desaparición de todo es­tilo objetivo e impersonal, y en general, de la ausencia de la dimen­sión de la profundidad, como ya hemos constatado de forma general hablando de los "valores de la personalidad" y de su superación. No queda más que examinar sumariamente las formas más recientes a las que el arte "neutro" ha dado lugar: trazaremos luego el balance de la situación.