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Biblioteca Evoliana

Civilización del Tiempo y Civilizaciones del Espacio. Julius Evola

Civilización del Tiempo y Civilizaciones del Espacio. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Evola en este ensayo recupera una temática que ya había tocado René Guénon en su obra "El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos": las civilizaciones del espacio contrapuestas a las civilizaciones del tiempo, las primeras devoran el tiempo, las segundas el espacio, las primeras son tradicionales, las segundas modernas. El artículo ha sido publicado en castellano en la web rusa Arctogaia , originariamente fue publicado en la revista "Il Regime Fascista" en 1935 e incluido en 1968 en la recopilación de ensayos de Evola publicada con el nombre de "El Arco y la Maza".

CIVILIZACIONES DEL TIEMPO Y CIVILIZACIONES DEL ESPACIO

Julius Evola

Las huellas que subsisten -tan sólo en piedra la mayoría de los casos- de algunas grandes civilizaciones de los orígenes ocultan a menudo un sentido raramente comprendido. Ante lo que queda del mundo grecorromano más arcaico, y aún más allá, de Egipto, de Persia o de China, hasta los misteriosos y mudos monumentos megalíticos esparcidos por los desiertos, los montes y los bosques, como últimos vestigios visibles e inmóviles de mundos sepultados y desaparecidos -y, como límite, en la dirección opuesta de la historia, hasta ciertas formas de la Edad Media europea-, ante todo ello, uno llega a preguntarse si la milagrosa resistencia al tiempo de estos testimonios, dejando de lado la favorable ayuda de circunstancias externas, no contiene además un significado simbólico.

Esta impresión se acentúa si se piensa en el carácter general de la vida de las civilizaciones a las que pertenecen la mayoría de estos vestigios, es decir, al carácter general de la vida llamada "tradicional". Es una vida que permanece idéntica a través de los siglos y las generaciones, con una fidelidad esencial a los mismos principios, al mismo tipo de instituciones, a la misma visión del mundo; susceptible de adaptarse y de modificarse exteriormente frente a acontecimientos calamitosos, pero inalterable en su núcleo, en su principio animador, en su espíritu.

Un mundo así parece remitirnos sobre todo a oriente. Piénsese en lo que eran, hasta épocas relativamente recientes, China y la India, y el propio Japón hasta hace muy poco. Pero, en general, más nos remontamos en el tiempo, más se resiente el vigor, la universalidad y la potencia de este tipo de civilización, hasta el punto de que oriente acaba por ser considerado como la parte del mundo en que, por circunstancias fortuitas, ésta ha podido subsistir durante más tiempo y desarrollarse mejor. En este tipo de civilización, la ley del tiempo parece estar en parte suspendida. Más que en el tiempo, estas civilizaciones parecen haber vivido en el espacio. Han tenido un carácter "acrónico".

Según la fórmula hoy en día de moda, estas civilizaciones habrían sido "estacionarias", "estáticas" o "inmovilistas". En realidad, son éstas civilizaciones en las que incluso los vestigios materiales parecen destinados a vivir durante más tiempo que todas las creaciones o todos los monumentos del mundo moderno, que, sin excepción, son impotentes para durar más de medio siglo, y a propósito de los cuales los términos "progreso" y "dinamismo" significan solamente una sumisión a la contingencia, al cambio incesante, un rápido ascenso y un declive también rápido y vertiginoso. Se trata de procesos que no obedecen a una verdadera ley interna y orgánica, que no se mantienen en límite alguno, que se tornan autónomos y se yuxtaponen incluso a los factores por los que se han visto favorecidos: he ahí la principal característica de este mundo diferente, en todos los sectores que lo componen. Pero ello no impide que se haga de él una especie de criterio de medida respecto a todo lo que tendría derecho, en el sentido más amplio, a llamarse "civilización" en el marco de una historiografía que hace suyos los juicios de valor arrogantes y despreciativos del genero de aquéllos a los que hemos aludido.

A este respecto, es típico el equívoco de quienes entienden por inmovilidad lo que tenía, en las civilizaciones tradicionales, un sentido muy diferente: un sentido de inmutabilidad. Estas civilizaciones fueron civilizaciones del ser. Su fuerza se manifiesta justamente en su identidad, en la victoria sobre el devenir, sobre la "historia", sobre el cambio, sobre la fluidez informe. Son civilizaciones que descendieron a las profundidades y que establecieron sólidas raíces, más allá de las aguas peligrosas en movimiento.

La oposición entre las civilizaciones modernas y las civilizaciones tradicionales puede expresarse del siguiente modo: las civilizaciones modernas son devoradoras del espacio, mientras que las civilizaciones tradicionales fueron devoradoras del tiempo.

Las primeras dan vértigo por su fiebre de movimiento y de conquista del espacio, generadora de un inagotable arsenal de medios mecánicos capaces de reducir todas las distancias, de acortar todo intervalo, de contener en una sensación de ubicuidad todo lo que está esparcido en la multitud de los lugares. Orgasmo de un deseo de posesión; angustia oscura ante todo lo que está alejado, aislado, lejano, profundo; impulso a la expansión, a la circulación, a la asociación, deseo de encontrarse en todas partes, aunque jamás en uno mismo. La ciencia y la técnica, favorecidas por este impulso existencial irracional, a su vez lo refuerzan, lo alimentan, lo exasperan: intercambios, comunicaciones, velocidad por encima del muro del sonido, radio, televisión, estandarización, cosmopolitismo, internacionalismo, producción ilimitada, espíritu americano, espíritu "moderno". La red se extiende rápidamente, se afirma, se perfecciona. El espacio terrestre ya no ofrece prácticamente ningún misterio. Las vías terrestres, marítimas, aéreas, están abiertas. La mirada humana ha sondeado los cielos más alejados, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Ya no se habla de otras tierras, sino de otros planetas. Una simple orden y se produce la acción, fulminante, allí donde deseamos. Tumulto confuso de mil voces que poco a poco se funden en un ritmo uniforme, atonal, impersonal. Son éstos los últimos efectos de lo que se ha denominado la vocación "fáustica" de occidente, la cual no escapa al mito revolucionario bajo sus diferentes aspectos, incluido el aspecto tecnocrático formulado en el marco de un degradado mesianismo.

A la inversa, las civilizaciones tradicionales dan vértigo por su estabilidad, su identidad, su intangible e inmutable firmeza en medio de la corriente del tiempo y de la historia, si bien fueron capaces de expresarse en formas sensibles y tangibles como un símbolo de la eternidad. Ellas fueron islas, relámpagos en el tiempo; en ellas actuaban fuerzas que consumían el tiempo y la historia. Por ese mismo carácter que les es propio, es inexacto decir que "fueron". Se debería decir, más justa y simplemente, que son. Si parecen alejarse y desvanecerse en las lejanías de un pasado que incluso a veces posee rasgos míticos, ello no es sino efecto de la ilusión a la que necesariamente sucumbe quien se ve transportado por esa corriente irresistible que lo aleja cada vez más de los lugares de la estabilidad espiritual. Por lo demás, esta imagen corresponde exactamente a la imagen de la "doble perspectiva" dada por una antigua enseñanza tradicional: las "tierras inmóviles" huyen y se mueven para aquél que es arrastrado por las aguas; las aguas mudan y huyen para quien está firmemente anclado en las "tierras inmóviles".

Comprender esta imagen, refiriéndola no ya al plano físico sino al plano espiritual, significa percibir también la justa jerarquía de los valores, desde el momento en que la mirada trasciende el horizonte en el cual están encerrados nuestros contemporáneos. Lo que parecía pertenecer al pasado se hace presente, debido a la relación esencial que une las formas históricas (y, como tales, contingentes) a sus contenidos metahistóricos. Lo que se había juzgado "estático" se revela saturado de una vida pletórica. Los vencidos, los descentrados, son los otros. Primacía del devenir, historicismo, evolucionismo, aparecen como los delirios de un náufrago, como verdades apropiadas para quien huye (¿hacia dónde huís, imbéciles?, dijo Bernanos), para quien está privado de consistencia interior e ignora esta consistencia, para quien no conoce la fuente de toda verdadera elevación y de toda conquista efectiva, conquistas que no solamente fueron culminaciones espirituales intangibles y a menudo invisibles, sino que se expresaban igualmente en los hechos, en las epopeyas, en los ciclos de civilización que, precisamente, incluso en sus pétreos vestigios mudos y dispersos, parecen reflejar algo intemporal, eterno. A lo cual se añaden además ciertas creaciones artísticas tradicionales, monolíticas, rudas y potentes, extrañas a todo lo que es subjetivo, casi siempre anónimas, como prolongaciones de las propias fuerzas elementales.

Es preciso en fin recordar cuál fue, en las civilizaciones tradicionales, la concepción del tiempo: no una concepción lineal, irreversible, sino una concepción cíclica, periódica. Del conjunto de costumbres, ritos e instituciones propias ya a las civilizaciones superiores, ya a las huellas de éstas en ciertos pueblos llamados "primitivos" (a este respecto se puede acudir a los materiales recopilados por la historia de las religiones: Hubert, Mauss, Eliade y otros), surge la intención constante de reconducir el tiempo a los orígenes (de donde la idea de ciclo), en el sentido de una destrucción de lo que, en él, es simple devenir, de frenarlo, de hacerle expresar o reflejar estructuras supra-históricas, sagradas o metafísicas, a menudo ligadas al mito. De esta forma, y no como "historia", el tiempo -en tanto que "imagen móvil de la eternidad"- adquiere valor y sentido. Regresar a los orígenes significa renovarse, beber de la fuente de la eterna juventud, afirmar la estabilidad espiritual frente a la temporalidad. Los grandes ciclos de la naturaleza sugerían esta actitud. La "conciencia histórica", inseparable de la situación de las civilizaciones "modernas", no confirma sino la fractura, la caída del hombre en la temporalidad. Y sin embargo es presentada como una conquista del hombre actual, es decir, del hombre crepuscular.

No es extraño que ciertos descubrimientos, en el origen de las concepciones generales destinadas a revolucionar una época, incluso cuando entran en el dominio de una presumible objetividad científica, tengan carácter de síntoma, aunque su aparición en un determinado período, y no en otro, no sea fruto del azar. Para referirnos, por ejemplo, a la ciencia de la naturaleza, es más o menos conocido por todo el mundo que según la última teoría en boga -Einstein y sus continuadores- es indiferente afirmar que la Tierra gire alrededor del Sol, o a la inversa: tan sólo es cuestión de preferir una mayor o menor complicación de los cálculos astrofísicos en la fijación de los sistemas relacionales. Ahora bien, es muy significativo que el "descubrimiento copernicano", con el cual el hecho de que la Tierra sea el centro fijo e inmóvil de las entidades celestes deja de ser "cierto" -mientras que se hace "verdad" lo contrario, que es ella la que se mueve, que su ley consiste en errar en el espacio cósmico como parte insignificante de un sistema disperso o en expansión hacia lo indefinido- se haya producido más o menos en la época del Renacimiento y del humanismo, es decir, en la época de los trastornos más decisivos para el advenimiento de una nueva civilización, en la cual el individuo debía perder poco a poco toda relación con lo que "es", debía alejarse de toda centralidad espiritual hasta hacer suyo el punto de vista del devenir, de la historia, del cambio, de la corriente incoercible e imprevisible de la "vida" (y lo más singular es que, al comienzo de esta revolución, existía por el contrario la pretensión -la ilusión- de haber descubierto finalmente al "hombre", de afirmarlo y glorificarlo, de donde el término "humanismo"; en realidad, fue una reducción a lo "simplemente humano", con un empobrecimiento de la posibilidad de una apertura y de una integración a lo "más que humano").

No es éste el único de los trastornos simbólicos que podrían indicarse a este respecto. En el ejemplo ofrecido -la "revolución copernicana"- debe ser precisado un punto: en el mundo tradicional, ninguna verdad llamada "objetiva" era importante; verdades de este género podían ser igualmente tomadas en consideración, aunque accesoriamente, y ello a causa de su relatividad efectiva, por un lado, y de su valor humano, por otro, teniendo en cuenta criterios de oportunidad con respecto al sentimiento general. Una teoría tradicional de la naturaleza podía ser entonces "errónea" desde el punto de vista de la ciencia moderna (en uno de sus estadios), pero su valor, la razón por la cual había sido adoptada, consistía en su capacidad para servir de medio expresivo a algo cierto sobre un plano diferente y más interesante. Por ejemplo, la teoría geocéntrica captaba en el mundo de las apariencias sensibles un aspecto adecuado para servir de soporte a una verdad de otra especie e inatacable: la verdad concerniente al "ser", la centralidad espiritual, como principio de la verdadera esencia del hombre.

Esto bastará para aclarar morfológicamente la oposición entre civilizaciones del espacio y civilizaciones del tiempo. Sería igualmente fácil deducir de esta oposición la antítesis correspondiente, tipológica y existencial, entre el hombre del primer tipo de civilización y el hombre del segundo. Y si se debiera pasar al problema de la crisis de la presente época, apoyándonos sobre lo que ha sido dicho, la inutilidad de cualquier crítica, de cualquier reacción o cualquier veleidad de acciones rectificadoras aparecería muy claramente, en tanto que, en el hombre mismo o, al menos, en un cierto número de hombres capaces de ejercer una influencia decisiva, no se produzca un cambio interior de polaridad -una metanoia, por retomar el término antiguo, en el sentido de un desplazamiento hacia la dimensión del "ser", de "lo que es", dimensión que se ha perdido y disuelto en el hombre moderno hasta el extremo de que son muy raros los que conocen la estabilidad interior, la centralidad, y, en consecuencia, también la seguridad calma y superior; mientras que, a la inversa, un oculto sentimiento de angustia, de inquietud y de vacío se extiende cada vez más a pesar del empleo sistemático a gran escala y en todos los dominios de los sedantes espirituales recientemente inventados. Del sentido del "ser", de la estabilidad, no podría no provenir de forma natural el sentido del límite, como principio, en un dominio igualmente más exterior, para reafirmarse sobre las fuerzas y los procesos aún más potentes que aquéllos que desconsideradamente los pusieron en movimiento en la temporalidad.

Pero considerando la situación en su conjunto, permanece como algo problemático poder encontrar sólidos puntos de apoyo en una civilización que, como la civilización moderna, es en todo y para todo, en una medida sin precedentes en el pasado, una civilización del tiempo. Por otra parte, es evidente que en tal caso se tendría, más que una rectificación, el fin de una forma y el nacimiento de una nueva forma. Así, razonablemente, y por regla general, no se pueden considerar sino orientaciones diferentes en ciertos dominios particulares y, sobre todo, aquello que pocos hombres diferenciados, como si despertaran, aún pueden proponerse y realizar invisiblemente2.


NB:

1. Civiltà del tempo e civiltà dello spazio, aparecido originalmente en Il Regime Fascista, X, 20/4/1935. Incluido en L'arco e la clava, Milano, Vanni Scheiwiller, 1968, 1971. Trad. francesa: L'Arc et la massue, Puiseaux, Pardes, y París, Guy Trédaniel-La Maisnie, 1983. Incluido en Diorama Filosofico. Problemi dello spirito nell'etica fascista. Antologia della pagina speciale di "Regime Fascista" diretta da Julius Evola. Vol. 1: 1934-1935, Roma, Ed. Europa, 1974. Incluido en I tempi e la storia, Roma, Fondazione Julius Evola, Quaderni di testi evoliani, nº 16, 1982. Trad. alemana: Kultur der Zeit und Kultur des Raums, en Europäische Revue, XII, 7/1936, p. 564. Trad. belga: Warum tijdbeschavingen en ruimbeschavingen een verschillende geschiednis hebben, en Teksten, Kommentaren en studies, nº 57. Trad. francesa: Civilisations du temps et civilisations de l'espace, en Totalité, nº 11, 1980). Traducción: G.E.T.V., 1995.

2. A este tipo diferenciado, definido por la posesión de la dimensión del "ser", se refieren las orientaciones existenciales adaptadas a una época de disolución, como la época actual, ofrecidas en nuestra obra Cavalcare la tigre (trad. cast.: Cabalgar el tigre, Barcelona, Nuevo Arte Thor, 1987).

 

 

El peligro wagneriano. Julius Evola

El peligro wagneriano. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este artículo traducido y publicado en la web del Centro de Estudios Evolianos de la República Argentina, desarrolla alguna de las ideas contenidas en "El Misterio del Grial": a sabar, que Wagner adulteró las leyendas nórdicas que utilizó como base para algunas de sus óperas. Evola achaca a Wagner adulterar estos temas dándoles una interpretación cristiana, dentro de un marco romántico, sentimental, descontextualizado. El hecho de que teósofos como Roso de Luna, Edouard Schuré o Rudolf Steiner hayan atribuido a Wagner el dudoso honor de considerar como un "gran iniciado" es, en cualquier caso, significativo. El artículo fue publicado en el Correo Padano el 6 de marzo de 1937.

 

EL PELIGRO WAGNERIANO

por Julius Evola

Acontece casi siempre que no se pueda profesar un antiwagnerismo, sin que se piense enseguida en una animadversión hacia la música de Wagner en nombre de tradiciones artísticas anteriores, o de música italiana, o de música sinfónica clásica. Por cuenta nuestra, no consentiremos nunca entrar en tal dominio, puesto que, a nuestro parecer, todo se reduce a preferencias en gran medida personales y sentimentales. Existe en efecto un “caso Wagner” que hoy en día se encuentra muy lejos de haber perdido su actualidad: pero en un plano diferente y por lo tanto no en relación con el significado que tiene el arte de Wagner en sí mismo, sino con respecto a gran parte del material y de las tradiciones de las cuales él recabó, tal como se suele decir, su inspiración.

Decir algo a tal respecto es útil desde un punto de vista que no es simplemente abstracto y doctrinal. R. Wagner, con la poderosa influencia ejercida en sus contemporáneos y aun no apagada hoy en día, se encuentra entre los mayores responsables de equívocos muchas veces graves, los cuales han determinado más de una antítesis artificial. Si por ejemplo, entre nosotros Manacorda, con muchos otros, ha formulado en lo referente al antiguo mundo nórdico, la broma de mal gusto de la “selva” por contraposición con el “templo”, ello no habría sido posible sin la deformación y la romantización de aquel mundo, debida en gran medida justamente a Wagner. Por supuesto, en esto Wagner no ha sido un caso aislado: ya existía en Alemania un ambiente en gran medida preparado para acoger su punto de vista y, a tal respecto, su influencia, por decirlo así “avanzó por sí misma”. Si también hoy en día examinamos las concepciones de los “neopaganos” más facinerosos, de aquellos que querrían lanzar todo hacia el mar, no sólo Roma católica, sino el mismo mundo imperial gibelino, y volver a los puros orígenes, al puro mito nórdico y a la pura leyenda heroica germánica, sería fácil reconocer, en tales construcciones, no algo verdaderamente originario, sino un romanticismo fantasioso, que no conduce demasiado más allá de las ideas y las interpretaciones difundidas por Wagner, revelándose así como un producto totalmente reciente y “moderno”, que tiene como principio no una realidad, sino un “mito”.

Aquí no puede tratarse de un análisis aun sumario del mundo wagneriano, sino sólo de lo que se refiere a las relaciones que se establecen entre arte y tradición. En un mundo marcado por la tradición –es decir, según el sentido que nosotros siempre damos a este término, por un sentido de conocimientos, de principios y de símbolos de origen y validez no simplemente “humanos”– en un tal mundo el arte no puede tener sino una función subordinada, y las pretensiones de un “arte puro”, fin en sí mismo, no pueden no aparecer sino heréticas y absurdas: aquí, el arte está destinado a conferir, con los medios específicos propios, vida y evidencia a un contenido tradicional, sin alterarlo en modo alguno, dándole tan sólo una especial expresión y sensibilización, de modo tal de convertirlo en accesible también a aquellos que son incapaces de una comprensión intelectual directa. Por esto, en los tiempos más antiguos el artista tuvo siempre algo de “vate”: se le solicitaba no tanto la función de “crear” o de “inventar” sobre la base de una originalidad, sino la de elevarse hasta un determinado conocimiento supra racional, al cual su genialidad y humanidad de artista le debía luego permanecer estrechamente fiel.

Justamente lo contrario es lo que ha acontecido en el mundo moderno, el cual por lo tanto puede ser llamado en forma indiferenciada como “antitradicional” como “humanista”. Sobre todo, tal como es sabido, el arte, del mismo modo que lo demás, se emancipa y se humaniza. Hasta aquí poco es malo: es poco malo aun que el arte se reduzca a crear fantasmas subjetivos, a suscitar “estados de ánimo”, más o menos elevados y líricos, a ser el mediador complaciente de la sentimentalidad humana. El verdadero mal comienza allí donde el arte moderno, luego de haberse emancipado y humanizado de esta forma, echa mano a formas tradicionales, utilizándolas como nuevos “temas” y nuevas fuentes de inspiración. En una tal coyuntura toda relación normal resulta invertida, y como resultado se tiene una profanación, en el sentido más riguroso del término: aquello que no es “humano” –la tradición– se convierte en instrumento y medio para lo que es humano, es decir, para la creación artística; en el centro se encuentra la “personalidad del artista”, lo demás se le encuentra subordinado, no adquiere vida sino en función de la misma, es decir, en función de algo puramente subjetivo. Allí donde el arte tradicional o “sagrado” (“sagrado” sin embargo no en sentido simplemente religioso y eclesiástico: epopeyas, mitologías, símbolos, etc. entran en tal idea más vasta de lo “sagrado”) espiritualizaba a lo humano, el arte, del cual hablamos aquí, viene en cambio a humanizar y a deformar incluso lo espiritual.

Y tal es en modo característico, también el caso de Wagner. Se dice que él ha revelado a sus contemporáneos el antiguo y olvidado mundo nórdico del Eda, de los Nibelungos, del Grial. Lo contrario es lo opuesto: él ha perjudicado toda comprensión efectiva de un tal mundo con su interpretación romántica, vagamente “heroica”, místico-erotizante e ininterrumpidamente “humanista”, en suma, con un espíritu, lejano como cielo de la tierra, del que es propio del tema, y por lo tanto llevado a asumir, en las diferentes tradiciones, sólo los aspectos más condicionados, y tradicionalmente insignificantes. Y naturalmente, la música, entre las diferentes artes, es la que más podía prestarse para propiciar una tal desviación.

Para mostrar las divergencias que los mismos temas poseen en la ópera wagneriana por un lado, en las tradiciones originarias por el otro, o bien lo que en la primera se encuentra como arbitrariamente agregado o inventado, no se terminaría más, y nosotros ya hemos dicho que no es éste el lugar para entrar en detalles. Haremos tan sólo mención a que sobre todo en lo relativo al antiguo mundo nórdico (ciclo de los nibelungos, Parsifal, Lohengrin) la ópera de Wagner tiene, desde el punto de vista en el cual nosotros nos ubicamos, los caracteres de una verdadera y propia adulteración. Todo es llevado exactamente al nivel de un escenario operístico, el elemento humano y pasional suplanta violentamente todo elemento simbólico y metafísico, todo se convierte en oscuro, inestable, fatalista, turbiamente “heroico” por un lado, malamente “místico” por el otro, no sólo en las circunstancias de los seres morales, sino incluso en las de los celestes; se habla románticamente de Crepúsculo de los dioses, allí donde en cambio se trata simplemente del “cumplimiento de un ciclo” en conformidad con leyes cíclicas, que cualquier tradición conoció: oscurecimiento temporáneo de lo divino que retomará la vida olímpica en otra era. Se lleva la historia del Grial desde el plano del misterio “solar” e imperial de la “piedra de luz” al de una historieta místico-cristiana moralizada por el obligado complejo culpa-amor-redención. La verdadera misión de Lohengrin desaparece en puras divagaciones inficionadas de erotismo. El cual naturalmente sumerge todo en otra leyenda, el contenido más profundo de la cual se sustrae mayormente al ojo inexperto, la de Tristán e Isolda, y se proyecta en el místico epílogo de estilo happy end americano, privado de cualquier vínculo con la leyenda, del Buque Fantasma. Y así se podría fácilmente continuar.

Pero aquí se nos objetará que una cosa es hacer arte, y otra darse a especulaciones metafísicas y a exégesis tradicionales; y que no se pretenderá que un teatro o una sala de conciertos se transformen en una alta escuela. Ello es cierto. Sin embargo hay que saber entonces qué es lo que verdaderamente se quiere. En tanto existiese con la debida autoridad una élite en posesión del justo conocimiento, desarrollos arbitrarios de tal tipo no serían tan peligrosos, todos sabrían que se trata tan sólo de “arte” y con el goce estético cual hoy se lo concibe, todo concluiría. No es lo mismo en un mundo que efectivamente parece haber perdido totalmente sus verdaderas tradiciones y que lo demuestra, creyendo acercarse a través de interpretaciones, como por ejemplo las wagnerianas. ¿Y no se ha visto acaso a Schuré y a Steiner llegar hasta el límite de declarar a Wagner como un “iniciado”? En tal circunstancia el arte se muestra tanto más un instrumento de perversión, en tanto más alta, supraestética, es la misión reveladora que la misma supone desarrollar. No repetiremos lo que hemos revelado al comienzo, es decir que justamente a influencias de tal tipo se debe buena parte de la desviación ideológica de ciertos ambientes alemanes contemporáneos, tal como el de Chamberlain y de su interpretación del germanismo. Insistiremos más bien en decir que de todo esto se está formando un “mito” (identificado con una presunta tradición nórdica) el cual, de acuerdo a lo que suele acontecer en cada procedimiento hipnótico, termina convirtiéndose en verdadero. A un mito entonces se le contrapone otro, a la historia de la “selva” la del “templo”, al mundo nibelúngico, otro mundo por igual fantástico, “construido”, inexistente y, en su carácter puramente polémico, por igual alejado de aquella atmósfera de claridad, de controlada visión y de universalidad, de la cual, en cada pueblo, antes de adaptarse a las condiciones específicas propias del mismo, recaba su origen toda forma verdaderamente tradicional.

(De Corriere Padano, 6 de marzo de 1937)

 

Cabalgar el Tigre (18) EL "IDEAL ANIMAL". EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA

Cabalgar el Tigre (18) EL "IDEAL ANIMAL". EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA

Biblioteca Evoliana.- El parágrafo 18 del Capítulo IV de "Cabalgar el Tigre" es particularmente interesante por que muestra una forma de experimentar el sentido de la trascendencia en la contemplación y en el enfrentamiento con la naturaleza y con las fuerzas que se vehiculizan en ella. Evola dedicó a este tema algunos artículos y ensayos que luego fueron refundidos en el volumen titulado "Meditaciones sobre las Cumbres". Como se sabe, Evol, en su juventud fue escalador y conocía bien el sentido de la soledad en la montaña y el poder transfigurante de la grandeza de los espacios naturales.

 

 

EL "IDEAL ANIMAL"

EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA

Julius Evola

La dimensión de la trascendencia puede ser también activada en las reacciones existenciales a los procesos recientes que han llevado y llevan aun a una ruptura progresiva de numerosos vínculos naturalistas y por lo tanto a estados de "desarraigo". Es evidente, por ejemplo, que el clima burgués desaparece cada vez más y de manera irreversible debido a los progresos de la técnica, de los medios de comunicación, por la posibilidad de recorrer grandes distancias por tierra, mar y aire y de acceder a las comarcas más lejanas. La vida moderna se desarrolla en un medio cada vez menos protegido, recogido, cualitativo y orgánico; la nueva posibilidad de viajar fácilmente, de desplazarse rápidamente, de encontrar en poco tiempo paisajes y países lejanos, nos han introducido en lo amplio del mundo. De aquí una tendencia hacia una amplia experiencia cosmopolita, a una experiencia de "ciudadano del mundo" en el sentido material y objetivo, no ideológico y aún menos humanitario del término. Por lo menos, el tiempo del "provincialismo", bajo todas sus formas, ha concluido.

Para determinar lo que la generalización de este estado de cosas puede aportar de positivo a un hombre diferenciado y en plena posesión de sí mismo, es preciso referirse a algunas ideas propias, a ciertas variedades de ascesis tradicional. El carácter metafísico del, "tránsito", que es el de la existencia terrestre y el distanciamiento del mundo, han recibido dos expresiones características ya la vez simbólicas y orientadas hacia la realización: la primera fue la vía eremítica que iba hasta el aislamiento en lugares desiertos y salvajes, la segunda, la vida errante: no tener ni casa ni tierra, vagar por el mundo. Esta segunda vía fue seguida por ciertas órdenes religiosas occidentales: en el budismo antiguo estuvo ligada, sobre todo, a la noción particular de "partida", principio de la existencia no profana y en el hinduismo, al último estadio de la vida. Se reencuentra, en parte, una significación análoga en la idea de "caballería errante" , de la edad media y se puede añadir también las figuras enigmáticas y, en otro tiempo, desconcertantes, de los "nobles viajeros", de los cuales no se conocía su patria, pues no tenían patria ya los que jamás debía preguntarse su origen.

Hecha esta salvedad, pues el caso que nos interesa es diferente del del asceta que se vuelve ajeno al mundo se puede decir que las situaciones descritas, tal como se presentan en la civilización actual, invadida por a técnica, pueden eventualmente servir de estimulante para realizaciones de este género. Al igual que en una gran ciudad, donde reina la masa, en medio de seres hormigueantes, casi irreales, sin rostro, se puede a menudo experimentar un sentimiento profundo de aislamiento o distanciamiento de forma más natural quizás que en la soledad de las landas y de las montañas, también lo que acabamos de comentar respecto a las técnicas ultramodernas de comunicación que hacen desaparecer las distancias y la ampliación de los horizontes del hombre actual a las dimensiones planetarias, puede servir para alimentar el distanciamiento, la superioridad interior, la calma trascendente en el corazón de la acción y del movimiento en el vasto mundo: estar por todas partes y en ninguna parte en su propia casa. De esta forma, lo negativo puede, una vez más transformarse en positivo. La experiencia ofrece y a menudo impone, en una medida creciente, a nuestros contemporáneos, el cambiar de ciudad, de frontera, incluso de continente, el salir del círculo donde antes podían encerrarse, con sus particularidades y vivir toda una existencia tranquila, ello puede perder lo que en nuestros días ofrece de banal, de matter-of-fact, de turístico o de utilitario, pudiendo por el contrario, formar parte integrante de una vida diferente, liberada, que toma un sentido profundo, tal como hemos indicado: basta para esto que se presente en nosotros la justa capacidad de reacción.

Dado que en la victoria técnica moderna sobre la distancia, el factor velocidad juega un papel esencial, se puede, de paso, mencionar "valencias", propias a la experiencia misma de la velocidad. Se sabe que son numerosas las gentes –hombres y ahora también mujeres– que usan de ella casi como del alcohol para obtener una embriaguez especialmente física, alimentando un yo, básicamente físico, que tiene necesidad de fuertes emociones para aturdirse y anestesiarse.

Pero, al igual que la máquina, algunas "situaciones de velocidad", en nuestro mundo actual, invadido por la técnica, pueden tener un valor simbólico virtual y ser un medio de realización: cuando el movimiento, estando ligado al riesgo, requiere una lucidez tanto más grande cuanto más rápido es provocando entonces una calma una impasibilidad interior de orden superior. En este contexto, la embriaguez de la velocidad puede también cambiar de naturaleza, pasar de un plano a otro y presentar algunos rasgos comunes con el tipo de embriaguez del que ya hemos hablado describiendo el estado de dionisismo integrado. Estas consideraciones podrían prestarse a amplios desarrollos.

Para regresar a lo que decíamos anteriormente, la expresión "nómada del asfalto", aunque se haya abusado de ella, ilustra bien el efecto negativo y "despersonalizador", que provoca en la vida de las grandes ciudades modernas la liberación del género de lazos de los que ya hemos hablado. Pero no se trata. para nosotros. de desembocar, aquí, todavía. en esta forma de revuelta y de protesta que, para defender los "valores humanos", cae en una "vuelta a la naturaleza", hablando de la antítesis entre ciudad y naturaleza, entre "civilización" , y "naturaleza", .Este tema pertenece ya al repertorio burgués del siglo pasado. Pero ha sido recuperado hoy en el marco de lo que podríamos llamar la. "primitivización física", de la existencia.

Este es uno de los defectos de la regresión en virtud de la cual el occidental se siente cada vez menos un ser privilegiado de la creación y se ha habituado, cada vez más, a considerarse, por el contrario, como un miembro de una de las numerosas especies naturales, véase animales. La aparición y la propagación del darwinismo y del evolucionismo han sido indiscutibles índices de esta orientación interior. Pero fuera del dominio teórico y científico, esto se manifiesta en la vida cotidiana bajo forma de comportamientos y ha dado nacimiento a lo que alguien ha llamado el "ideal animal", pensando sobre todo en América del Norte que es donde ha aparecido primero.

Este término se aplica al ideal del bienestar biológico, del confort, de la euforia optimista, que enfatiza sobre todo lo que no es más que salud, juventud, fuerza física, seguridad y éxito material, satisfacción primitiva de los apetitos de vientre y del sexo, vida deportiva etc. y cuya contrapartida es una atrofia de todas las formas superiores de sensibilidad y de interés. Ya hemos hablado algo de esto. Es evidente que sólo un hombre que desarrolla exclusivamente aquellos aspectos que no le diferencian de una especie animal puede haber hecho de semejante ideal el "standard" de la civilización "moderna", .No volveremos sobre el hecho de que este ideal encuentra una correspondencia en el nihilismo velado de las corrientes político-sociales que predominan hoy. Deseamos solamente aclarar esta tendencia hacia un regreso a la naturaleza bajo el signo de una especie de culto físico de la personalidad.

No se trata de formas simples y legítimas, incluso banales, de una compensación orgánica. Ningún problema se plantea cuando el hombre de hoy siente la necesidad de recuperarse físicamente, de distenderse los nervios, fortificar su cuerpo fuera del ambiente de las grandes ciudades modernas. Desde este punto de vista, en a naturaleza, la cultura física y algunas variedades del deporte individual, pueden ciertamente jugar un papel útil. Pero ocurren cosas diferentes cuando se hacen intervenir factores espirituales, por así decirlo, en un plano polémico: es decir cuando se piensa que el hombre que vive en la naturaleza y fortifica su ser físico, está más próximo de si mismo que entre las experiencias y las tensiones de la vida "civilizada". Cuando, sobre todo, se supone que sensaciones más o menos físicas de bienestar y recuperación tienen una relación cualquiera con lo que es profundo, o con lo que, desde un punto de vista superior debe ser considerado como el ser humano integral.

Además de la tendencia que sobre tales bases, conduce al "ideal animal" y al naturalismo moderno, es preciso denunciar, de forma general, el equívoco que se refiere a la fórmula de una "vuelta a los orígenes" confundida con una vuelta a la "Madre Tierra" y, precisamente, a la "naturaleza". Aunque frecuentemente haya sido mal aplicada, la enseñanza teológica según la cual nunca ha habido un estado puramente "natural" para el hombre, sin embargo no es menos cierto; desde el principio el hombre se ha encontrado situado en un estado "supra-natural" del que a continuación ha caído. En efecto, para el hombre en sentido propio, "típico", no puede ser jamás cuestión de regresar a estos "orígenes", ni a esta "Madre", en virtud de los cuales nadie puede superar la promiscuidad de sus semejantes, ni incluso la de las especies animales. Toda "vuelta a la naturaleza", (fórmula que, generalizada, puede también incluir todas las reivindicaciones en nombre de los derechos del instinto, del inconsciente, de la carne, de la vida inhibida por el "intelecto", y todo lo demás) es un fenómeno de regresión. El hombre que se vuelve "natural" en este sentido, en realidad se "desnaturaliza".

Podemos volver aquí al punto del cual habíamos partido, pues el rechazo de esta concepción entraña, como consecuencia particular, en el marco del comportamiento que debe ser "natural" al tipo de hombre que estudiamos, la superación de la antítesis entre "ciudad" y "naturaleza". Es la actitud del que no tiene su lugar ni en la ciudad ni en la naturaleza, aquel que es normal, y entero en sentido superior, que mantiene una distancia-presencia respecto de una y otra y no ve más que una forma de evasión, un síntoma de fatiga y de inconsistencia interior, en la necesidad y en el placer de abandonarse, de relajarse, de sentirse uno mismo de una forma animalescamente física. El cuerpo, forma parte de la "persona" en el sentido ya precisado como un instrumento definido de expresión y de acción en la situación que se asume viviendo; es pues evidentemente necesario que también esté sometido a esta disciplina, a esta fragua activa y formadora que debe asegurar a todo ser una unidad. Esto no tiene, sin embargo, nada que ver con el culto de la personalidad física, ni tampoco con la manía de los deportes, especialmente de los deportes colectivos que constituyen hoy una de las formas de opio más vulgares y más extendidas entre las masas.

Por lo que se refiere al "sentimiento", de la naturaleza, en general, el tipo de hombre que nos interesa debe considerar la naturaleza como formando parte de un todo más amplio y más "objetivo": la naturaleza, es, para él, tanto en el campo como la montaña, el bosque, el mar, o los diques, las turbinas, y las fundiciones, la red tentacular de las grúas y los muelles de un gran puerto moderno, o un complejo de rascacielos funcionales. Es esto, el lugar de una libertad superior. Mantenerse presente, libre a sí mismo, ante una u otra "naturalezas", en medio de las estepas o sobre las cimas casi invioladas, tanto como en las "boites".

La contrapartida del "ideal animal", es la banalización del sentimiento de la naturaleza y del paisaje. Esto valía ya para la naturaleza idílica de la que se hizo un mito en tiempo de la Enciclopedia y de Rousseau. Más tarde, fue la naturaleza cara a la burguesía, la que se inscribía en la misma línea: la naturaleza bucólica o lírica, caracterizada por todo lo que es bello, gracioso, pintoresco, relajante, todo lo que inspira "nobles sentimientos", la naturaleza de los riachuelos y de los bosques, de las puestas de sol románticas y de los patéticos claros de luna, la naturaleza donde se declaman versos, comienzan idilios, o se evocan poetas que hablan de "bellas almas". Aunque sublime y dignificado, es el clima eternizado por la Pastoral de Beethoven.

Esta fue, finalmente, la fase de "plebeyización" de la naturaleza, la irrupción en todos los lugares de las masas y de la plebe, motorizada o no, con agencias de viaje, la organización del ocio y todo lo demás; ya nada es respetado. El naturismo y el nudismo representan el fenómeno límite. La pululación vermicular sobre playas de millares y millares de cuerpos masculinos y femeninos, ofreciendo un aspecto insípido de semi-desnudez, son otro síntoma. Y otro más es el asalto que libran a la montaña teleféricos, funiculares, telesillas y pistas de esquí. Todo esto muestra el grado extremo de desintegración de nuestra época. No vale, pues, la pena detenerse.

Se trata, por el contrario, para nosotros, de precisar el papel que puede jugar el contacto auténtico con la naturaleza en la búsqueda de esta despersonalización activa de la que ya hemos hablado. A este respecto puede ser útil examinar algunas posiciones que se inscriben en la línea de la neue Sachlichkeit pero que no puede cobrar significado más que para nuestro tipo de hombre diferenciado.

Matzke ha escrito: '"La naturaleza es el gran reino de las cosas, de las cosas que no quieren nada de nosotros, que no nos hostigan, que no exigen de nosotros ninguna reacción sentimental, que ante nosotros están mudas como un mundo en sí, eternamente cerrado, eternamente extranjero. Es esto, exactamente esto, lo que nos hace falta. .. esta realidad grande y lejana, relajante en sí misma, más allá de todas las pequeñas alegrías y los pequeños dolores del hombre. Un mundo de objetos encerrado en sí mismo, donde nos sentimos nosotros mismos un objeto, distanciamiento completo de todo lo que no es más que subjetivo, de toda banalidad y nulidad personales: para nosotros esto es la naturaleza. Se trata pues de devolver a la naturaleza –al espacio, a las cosas, al paisaje– este carácter lejano y ajeno al hombre que estaba cubierto en la época del individualismo cuando el hombre proyectaba en la realidad, para volverla próxima, sus sentimientos, sus pasiones, sus pequeños impulsos líricos. Se trata de descubrir el lenguaje de lo inanimado, que no se manifiesta antes de que el alma haya cesado de derramarse sobre las cosas.

Es de esta forma como la naturaleza puede hablar a la trascendencia. Entonces, por ella misma, la mirada se desplazará de ciertos aspectos particulares de la naturaleza a otros, más favorables a la abertura sobre la no-humano y lo no-individual. Nietzsche también había hablado de la "superioridad" del mundo "inorgánico", definiendo lo "inorgánico", como la "espiritualidad sin individualidad". Vio una analogía entre la "clarificación suprema de la existencia" y "la pura atmósfera de las cimas y de las nieves, donde no hay brumas ni velos, donde las cualidades elementales de las cosas se revelan desnudas y rígidas, pero con una absoluta ininteligibilidad" y donde se capta "el inmenso lenguaje cifrado de la existencia", "la doctrina del devenir que se hace piedra", .Hacer que el mundo vuelva otra vez a la calma, la estabilidad, claridad y profundidad: devolverle su carácter elemental, su grandeza cercada, fue también, como hemos dicho, la exigencia de la "nueva objetividad", y se ha subrayado, justamente, que no se trataba de insensibilidad, sino de una sensibilidad diferente. Para nosotros también, se trata de un tipo de hombre al cual la naturaleza no interesa por la que le ofrece de "artístico", raro o característico, que no busca en la naturaleza la "belleza", ni lo que alimentaría una confusa nostalgia o hablaría a la fantasía. Para este tipo de hombre no habrá paisajes más "bellos que otros", sino paisajes más lejanos, más inmensos, más calmados, más fríos, más duros, más primordiales que otros: el lenguaje de las cosas, del mundo, no nos llega entre los árboles, los ruiseñores, los bellos jardines, las puestas de sol de postal o románticos claros de luna, sino más bien entre los desiertos, las rocas, las estepas, los hielos, los negros fiordos nórdicos, bajo los soles implacables de los trópicos, precisamente en todo la que es primordial e inaccesible. y es natural que el hombre que experimenta este sentimiento diferente de la naturaleza adopte una actitud activa respecto a ella casi por inducción de la fuerza pura así percibida, antes que entregarse a una contemplación confusa, imprecisa y divagante.

Si para la generación burguesa, la naturaleza era una especie de intermedio idílico y dominical de la vida ciudadana, y si, para la generación más reciente, esta es el desagüe de una bestialidad obtusa, invasora y contaminadora, es, para nuestro hombre diferenciado, la escuela de lo objetivo y de lo lejano, un elemento fundamental de su sentido de la existencia que termina por presentar un carácter de totalidad. Lo que hemos dicho anteriormente se vuelve entonces evidente: puede hablarse de una naturaleza que, en su aspecto elemental, es el gran mundo donde los paisajes de piedra y acero de las capitales, las calles rectilíneas y sin fin, los complejos funcionales de los barrios industriales se encuentran sobre el mismo plano que los bosques inmensos y solitarios bajo el signo de una austeridad, de una objetividad y de una no-personalidad fundamentales.

* * * *

Ya hemos hecho constar más de una vez que, en el fondo, nos referimos siempre, en el estudio de los problemas de orientación interior que se plantean en la época actual, a ideas que se pueden encontrar en las "doctrinas internas", tradicionales. Esto se aplica también a lo que acabamos de decir. Una de las características del hombre que recupera en beneficio propio los procesos objetivos de destrucción del hombre moderno, es que para él la naturaleza está liberada de lo humano y se abre al lenguaje del silencio y de lo inanimado. Pero algunas escuelas de sabiduría tradicional, como el Zen, siguieron una vía parecida a la que dieron el sentido de un lavado real, de una clarificación de la mirada o de una abertura del ojo, de una abertura iluminando la conciencia que ha vencido el lazo del yo físico: el lazo de la "persona" y de sus "valores".

Esto conduce a una experiencia que se coloca sobre otro plano, fuera de la conciencia ordinaria y no forma propiamente parte del tema de este libro; es interesante a veces indicar la relación que ofrece con la visión del mundo centrada sobre la libre inmanencia de la que acabamos de hablar en un capítulo precedente (a propósito de la cual habíamos hecho ya una rápida alusión al Zen) y que, con ocasión de consideraciones de otro orden, se presenta, una vez más, como el límite del nuevo realismo, Una vieja tradición decía ya: '"Infinitamente lejano es el regreso". Entre las máximas del Zen que indica la dirección indicada, citaremos esta: «la "gran revelación", que se alcanza tras una serie de crisis mentales y espirituales consiste en reconocer que no existe más allá nada de "extraordinario", que sólo existe lo real. Pero lo real es percibido en un estado donde no hay sujeto de la experiencia ni objeto experimentado», un estado caracterizado por una especie de presencia absoluta, donde «lo inmanente se hace trascendente y lo trascendente inmanente". Se enseña que en la medida en que se busca la vía, uno se aleja de ella, lo que vale también para la búsqueda de la perfección y de la realización de sí mismo. El ciprés en la explanada, una nube que proyecta su sombra sobre una colina, la lluvia que cae, una flor que se abre, el monótono rumor de la marea: todos estos hechos "naturales" y banales pueden provocar la iluminación absoluta, el satori: estos hechos, precisamente en tanto que no tienen significación, finalidad ni intención, tienen un sentido absoluto. Es así como aparece la realidad, en a cualidad pura de "las cosas tal como son". La contrapartida moral es evocada por fórmulas como esta: "El asceta puro e incontaminado no entra en el nirvana y el monje que viola los preceptos no va al infierno". "Tú no tienes necesidad de buscar liberarte de los lazos, pues jamás has estado ligado". En qué medida se puede alcanzar estas cumbres de la vida interior en el marco definido más alto, permanece indeterminado. Solo hemos querido señalar la convergencia de las tendencias de algunos temas y la dirección.

 

Rostros y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo. Capítulo VII. Paréntesis sobre el catolicismo esotérico y sobre el tradicionalismo integral

Rostros y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo. Capítulo VII. Paréntesis sobre el catolicismo esotérico y sobre el tradicionalismo integral

Ya hemos destacado que una de las causas que han propiciado la difusión del neoespiritualismo es el carácter mismo de la religión que ha predominado en Occidente: el cristianismo y, en particular, el catolicismo. Con su doble aspecto de sistema teológico-ritual y praxis devocional moralizante, el catolicismo parece ofrecer muy poco para satisfacer la necesidad de lo sobrenatural, experimentada por muchas personas en los últimos tiempos; estas personas han buscado fuera del cristianismo lo que no encontraban dentro, entre doctrinas que parecían prometer algo más.

El "espiritismo", que ofrecía dialogar con los "espíritus", contemplaba lo sobrenatural como experiencia, mientras que el catolicismo, caracterizado por la pretensión de poseer en exclusiva y sobre cualquier otra religión, una verdadera teología de lo sobrenatural, contempla a Dios como un ser personal separado y muy por encima del mundo natural. Esta teología difería de cualquier otra en que el Dios-persona parecía ser insuficiente para admitir una relación "dual" de "yo" a tú", entre la criatura y el creador. Ciertamente, junto a esto, existe una mística cristiana y, por lo demás, el catolicismo ha conocido órdenes monásticas que pretendían cultivar una vida de pura contemplación. Pero, dejando aparte el hecho de se trata de una vía apta solo para vocaciones muy específicas, la revisión del concepto de Dios personal que implicaba la vía mística, frecuentemente ha sido contemplada por la ortodoxia como una peligrosa herejía (limitando el concepto de la unio mystica o "vida unitiva"); el catolicismo más reciente incluso tiende a olvidar cualquier corriente mística en beneficio de la llamada "atención pastoral de las almas"; la causa de su principal preocupación ha consistido en callar ante los cambios postconciliares que sitúan en primer plano las meras instancias sociales y socializantes, acompañadas de escuálidos ingredientes humanitarios, pacifistas y democráticos; cualquier elemento que pudiera tener un carácter de verdadera trascendencia, ha sido relegado a un plano secundario o simplemente olvidado. De aquí el vacío que, junto con la crisis del mundo moderno, ha impulsado a muchos a buscar en otras corrientes, frecuentemente en la misma línea del neoespiritualismo contemporáneo, con el riesgo de que fuerzas sombrías perviertan las más altas aspiraciones.

Pero un análisis objetivo implica algunas precisiones.

El primer cristianismo se nos presenta como una típica religión del kali-yuga de la "edad oscura", época correspondiente a la enseñanza occidental de la "edad del Hierro", de la que Hesiodo dijo que el destino de la mayoría era "extinguirse sin gloria en el Hades". La predicación cristiana, dirigida originariamente, a los des­heredados y a los que carecían de tradición en el mundo romano, terminó generando un tipo humano muy distinto al que contemplaban tradiciones de nivel más elevado, un tipo cuya relación y acceso a lo divino se encontraba en una situación desesperada. De esta manera, la predicación tomó la forma de una doctrina trágica de salvación. Se afirmó el conocido mito del "pecado original" y, para remediarlo, se indicó una alternativa de salvación o perdición eterna, que debía dirimirse de una vez y para siempre sobre esta tierra; la alternativa quedaba, finalmente dramatizada con representaciones impresionantes del más allá y visiones apocalípticas. Era una manera de provocar en ciertas personas una tensión extrema, una ansiedad, que asociada especialmente al mito de Jesús, entendido como "Redentor", podía dar sus frutos: si no en esta vida, si, al menos, en el momento de la muerte o en el postmortem, en tanto que los medios indirectos que actúan sobre la emotividad humana llegaran a modificar en lo más profundo la fuerza fundamental del ser humano.

Al dirigirse a un mayor número de personas, el catolicismo ha atenuado en cierta medida la crudeza extremista de sus ideas originarias, preocupándose de suministrar apoyo a los hombres en favor de la personalidad humana -cuyo destino sobrenatural reconoce- y de ejercitar una acción sutil sobre su ser más profundo, mediante el rito y el Sacramento.

En este contexto pueden indicarse algunos aspectos pragmáticos del catolicismo. Ciertos principios de la moral católico-cristiana -los de humildad, caridad y renuncia al propio deseo- entendidos en forma y lugar justos, podrían haber sido formulados como un correctivo a la autoafirmación individualista muy acusada en el hombre occidental. La misma limitación sobre el plano intelectual y la correspondiente humanización de toda perspectiva, pudo haber aconsejado presentar tal doctrina bajo la forma de dogma, sometida a una autoridad situada más allá del intelecto común, pero que a un nivel más alto, pudo suponer en cambio, conocimiento, evidencia directa, gnosis. Es posible que por razones similares se haya considerado oportuno hablar de "revelación" y de "gracia", a fin de subrayar el carácter trascendente de lo verdaderamente sobrenatural respecto a la posibilidad de un tipo humano caduco, que debía manifestarse cada vez más inclinado a todo tipo de prevaricaciones racionalistas y humanistas. Finalmente, ya hemos mencionado que, en un marco teísta, las relaciones de la "fe" con la distancia que deja subsistir, aunque verdaderamente limitan (en tradiciones más estrictas tales relaciones han sido consideradas solamente para los estratos inferiores de una civilización) pueden garantizar la integridad de la persona, que, en comparación con místicas panteístas y con excesos sin límites en lo suprasensible, pueden no encontrar un terreno firme.

Las limitaciones de la doctrina católica con sus posibles valores positivos, son adecuados para la gran masa de la humanidad y para las condiciones negativas de la última época, la "edad oscura". Manteniéndonos en este nivel, las ideas de católicos como H. Massis y A. Cuttat, podrían ser también justas: el catolicismo es una defensa del hombre occidental, mientras que cualquier forma que no sea dualista y teísta de espiritualidad (frecuentemente se alude muchas veces a Oriente) puede representar para él un peligro. Pero, al margen de ese nivel, las cosas cambian mucho. Si se atiende en el cristianismo a aperturas positivas hacia lo sobrenatural y se contempla lo que podríamos llamar suprapersonalidad -o sea la personalidad in­tegrada por encima de las limitaciones humanas- lo que aparece no es más que una limitación y un factor de petrificación que se justifica por sí mismo. Sus reacciones de intolerancia y sedición pueden alejar a quien observa la realización de si mismo a partir de tradiciones o doctrinas ni occidentales ni cristianas, en las que es más notorio un contenido metafísico o iniciático, en lugar del reduccionismo religioso, dogmático o ritualista del catolicismo con una rígida mitología teísta.

Hoy, la potencialidad del cristianismo de los orígenes como "doctrina trágica de salvación", solo puede ser ritualizada, en casos excepcionales y próximos a crisis existenciales muy peligrosas. Para quien fuera capaz de hacerlo, el problema se plantea para personas que han conocido las vanas construcciones de la filosofía y de la cultura profana popular-universitaria de hoy o las contaminaciones de los variados individualismos, esteticismos o romanticismos contemporáneos, se "convirtieran" al catolicismo y solo estuvieran en condiciones de vivir, por lo menos, la fe, con una entrega total y posiblemente como un "sacrificio"; para ellos, la fe no significaría una abdicación, sino, a pesar de todo, un progreso.

Sin embargo, debemos centrarnos en la problemática ya indicada para un tipo humano diverso y con una vocación diferente. Entonces podríamos preguntar: ¿Es posible concebir y admitir un catolicismo que no obligue a buscar un camino en otra parte?

Existen ambientes espiritualistas que han considerado esta posibilidad dentro del campo que se ha llamado el esoterismo cristiano y el "tradicionalismo integral". Veamos cómo se presentan las cosas a este respecto.

Primeramente, es positivo distinguir el concepto de esoterismo cristiano del de una iniciación cristiana; el primero tiene un carácter doctrinal, mientras el segundo es operativo y experimental. La existencia o no de una iniciación cristiana es motivo de controversias que, incluso referidas a un tiempo antiguo, en nuestra opinión, admite una respuesta esencialmente negativa. Si se tiene claro el concepto de iniciación en el sentido integral y auténtico del término, hay que advertir una oposición entre el cristianismo, como doctrina centrada en la fe, y la vía iniciática. En los orígenes pudieron haber existido mezclas e interferencias con las antiguas tradiciones mistéricas por su proximidad con ellas; de ahí que se encuentren huellas, de estas últimas, en la patrística griega. En el capítulo sobre el Teosofismo señalamos, por ejemplo, la distinción hecha por Clemente de Alejandría entre los gnostikos (que aspiran al conocimiento natural) con algunos rasgos propios del iniciado, y el pistikos, que simplemente cree. La existencia de elementos que apoyen la existencia de una hipotética iniciación cristiana, se refiriere a la Iglesia de Oriente, no al catolicismo romano que evidencia un carácter menos iniciático. Los que no piensan así, sostienen que los ritos cristianos, originalmente dotados de un carácter iniciático, no han logrado sobrevivir y se han transmitido solo en parte o con transcripciones meramente religiosas y simbólicas, incluso a partir del Concilio de Nicea. Desde entonces solo queda más que el mundo de la mística. Dentro de la Iglesia no hay vestigios de ningún tipo de transmisión iniciática, que por su misma naturaleza debería estar rigurosamente subordinada a la de las jerarquías apostólicas existentes.

Por lo que respecta a las pretensiones de iniciaciones del cristianismo en ambientes exteriores a la Iglesia y en nuestros días, cuando no se trata de mistificaciones, apenas tiene como base combinaciones espurias en las cuales el cristianismo no es más que uno de los ingredientes sin ninguna raíz verdadera en transmisiones tradicionales. Otro tanto puede decirse para aquellos que se han autocalificado, todavía en nuestros días, como "rosacruces".

El problema sigue todavía en pie, no solo en lo que respecta a una iniciación cristiana comprobable, sino a un "esoterismo cristiano", o sea a la posibilidad de integrar lo que está presente en el catolicismo (y no en un vago cristianismo) dentro de un sistema más amplio en el cual pueden indicarse la dimensión y el significado más profundo de estructuras, símbolos y ritos. La integración, como se ha dicho, tiene un carácter sobre todo doctrinal. No es necesario decir que el plano al que se debe hacer referencia no es el "cristianismo esotérico" de Besant y Leadbeater, omitiendo la exégesis de los evangelios hecha por Steiner que contiene un cúmulo de errores. En cambio, puede cuestionarse aquí el "tradicionalismo integral", surgido esencialmente de la escuela de René Guénon. La idea de base es la noción de una tradición primordial, metafísica y unitaria, más allá de toda tradición o religión particular. El término "metafísico" debe entenderse, no en el sentido abstracto, propio de la filosofía, sino como conocimiento en torno a lo que no es "físico" en una acepción que trasciende el mundo humano con todas sus construcciones. En las diversas tradiciones históricas particulares, esta Tradición Primordial habría tenido manifestaciones más o menos completas, con adaptaciones a las diferentes condiciones ambientales, históricas y raciales, efectuadas por medios que escapan a la investigación profana. Así se tendría la posibilidad de volver a encontrar elementos constantes u homólogos en las enseñanzas, simbolos y dogmas de dichas tradiciones históricas particulares y empezar de nuevo en un plano superior de objetividad y universalidad. Ideas semejantes se habían manifestado en forma inadecuada en el teosofismo y en algunos ambientes de la masonería; es precisamente la escuela guenoniana la que ha sabido presentar y desarrollar estas ideas seria y rigurosamente, con la correspondiente tesis de la "unidad trascendente de las religiones" (la expresión pertenece a F. J. Schuon y es el título a un interesante libro suyo). Se debe subrayar que no se trata aquí de un "sincretismo" ni de nada parecido. Al igual que de la definición del triángulo, se pueden deducir teoremas valederos para cada caso particular, así también, el estudio de la Tradición Primordial se basa en un método deductivo y en conocimientos fundamentales. Estos principios permiten comprender cómo, bajo ciertas condiciones y en relación a una variedad de posibles formas expresivas, se manifiesta la adhesión al corpus de enseñanzas, creencias, dogmas, mitos y hasta de supersticiones, que tienen un carácter "invariable" al margen de cualquier conflicto y contraste aparente.

Pues bien, la primera integración "esotérica" del catolicismo consistiría precisamente en esto: partiendo de las doctrinas y de los símbolos de la Iglesia, habría que saber percibir lo que en ellas va más allá del catolicismo, para adquirir un rango verdaderamente "católico", es decir, universal (catholikos en griego quiere decir universal), recurriendo a relaciones esclarecedoras de carácter, que podríamos llamar, "inter-tradicional". Esto permitiría, no una alteración de las doctrinas católicas, sino la valorización de sus contenidos esenciales sobre un plano superior al de la simple religión, sobre un plano metafísico y con perspectivas realizables que puedan ayudar a quien aspire a lo trascendente[1]. Para ello se requiere no invertir el procedimiento, como desgraciadamente sucede cuando se asume como elemento primario las doctrinas católicas en sus limitaciones específicas y se yuxtapone a alguna relación "tradicional". Son, en cambio, estas relaciones las que deberán constituir el elemento primario y el punto de partida.

No es necesario decir que únicamente en esta perspectiva "tradicional" (o supratradicional) podría ser válido el axioma de la Iglesia: "Quod ubique, quod ab omnibus et quod semper"[2] y no en el nivel de cierta apologético católica que se podría muy bien llamar "modernista". Esta, desde sus principios ha insistido fanáticamente en el carácter de novedad y en la imposibilidad de repetición del cristianismo, aparte de las anticipaciones que se refieren al pueblo hebreo como "elegido por Dios". La novedad puede ser concebible solamente en lo que se refiere a la adaptación de una doctrina que es nueva solo en tanto que se adapta a las nuevas condiciones existenciales e históricas. Para poder afirmar con sensatez el axioma católico antes indicado, la actitud debería ser la opuesta: en lugar de insistir sobre la "novedad" de las doctrinas, como si se tratase de un honor, debería destacarse su antigüedad y peremnidad; sería necesario mostrar precisamente la medida en que pueden obtenerse, en su esencia, un conjunto ordenado de enseñanzas y de símbolos verdaderamente "católicos" (= universales) para no limitarse a ningún tiempo o fórmula particular, midiéndose con cada una de ellas, tanto en el mundo precristiano como en el no cristiano, occidental u oriental, ya sea en tradiciones ex­tinguidas o pasadas bajo formas complicadas y oscuras, como es el caso para creencias frecuentemente conservadas entre los mismos pueblos salvajes. El catolicismo admite la idea de una "revelación primitiva" o "patriarcal" hecha al género humano antes de que sobreviniera el diluvio y la dispersión de los pueblos[3]. Pero el catolicismo no ha hecho uso de ninguna de estas ideas que lo llevarían más allá de las limitaciones ya conocidas. La única excepción es quizá la del etnólogo católico, el padre W. Schmidt, quien en su valiosa obra titulada "La idea de Dios" aprovechó, precisamente, la etnología. El catolicismo corriente sigue teniendo, por lo tanto, los rasgos de un círculo cerrado unido a un exclusivismo sectario.

En cuanto al origen de los contenidos que en el catolicismo se muestran susceptibles de una interpretación "tradicional" y a la singularidad de tantas equivalencias en mitos, nombres, símbolos, ritos, fiestas y así sucesivamente, con muchas otras tradiciones, hacen pensar en algo más de una simple casualidad. Pero, aquello a lo que pueden conducir las investigaciones empíricas e históricas o el concepto de los teosofistas, que suelen ver en todas partes la acción personal de "maestros" y de "grandes iniciados", es muy simplista. En cambio es útil tener en cuenta una acción no perceptible y no ligada necesariamente a personas, una influencia "subliminal" que pudo hacer actuado sobre los constructores de la tradición católica sin que estos lo sospecharan; éstos, inclinados muchas veces, a hacer todo lo contrario o dejarse impulsar por circunstancias exteriores, inconscientemente se transformaran en instrumentos de la conservación de la tradición, de la transmisión de algunos elementos de una sabiduría primordial y universal que, tal como dice Guénon, permanecen en "estado latente" dentro del catolicismo, ocultos bajo una forma religiosa, mística y teológicamente dogmática. Por lo demás, una idea semejante podría ser aceptada en parte por la ortodoxia católica, a condición de que comprendiera en término más concretos la acción del Espíritu Santo que, a lo largo de la historia de la Iglesia, habría desarrollado la "revelación" primitiva estando presente sin ser vista como inspiración en todos los concilios. En la formación de cada gran corriente de ideas se debe tener en cuenta lo que pueda ser atribuido a influencias del género mucho más de cuanto el hombre común puede imaginar.

Desde el punto de vista del catolicismo actual, aparece una seria dificultad para la integración tradicional de la que hemos hablado. Nos referimos a la personalidad del fundador de esta misma religión, Jesucristo y a la idea, ya mencionada, de que su persona, su misión y su mensaje de "salvación" presentan un carácter único y decisivo en la historia universal (aquí está, precisamente, la pretensión de exclusividad católica), idea que resulta inaceptable y que, mientras constituye el primer artículo de fe para el cristianismo en general.

La misma concepción de la función salvadora o redentora del Jesucristo histórico, en la medida en que es presentada en los términos de una "expiación vicaria", es decir, de expiación por parte de un inocente, de culpas cometidas por otros (en este caso del "pecado original" que recae sobre la raza de Adán), presenta un absurdo intrínseco. Lo supuesto aquí constituye, en el fondo, una concepción materialista y determinista de lo suprasensible. En efecto, la teoría de que una culpa no puede ser cancelada si alguno no la expía, implica por lo tanto el reconocimiento de una clase de determinismo o fatalismo, de una especie de karma: como si la culpa hubiera creado un género de carga de la que en cualquier caso hay que liberarse, si no sobre uno, al menos sobre otro, valiendo el sacrificio de un inocente o de un extraño que, objetivamente, expía la culpa del reo. Todo esto entra en un orden de ideas muy distante de aquella religión de la gracia y de la libertad sobrenatural que desearía ser el cristianismo en oposición a la antigua religión hebraica-farisea de la ley. Ya en los primeros siglos, los enemigos del cristianismo destacaron justamente que si Dios quería rescatar a los hombres habría podido hacerlo con un simple acto de gracia y de poder, sin verse obligado a sacrificar, por la vía de la expiación vicaria, a su hijo proporcionando de esa forma, con ello, a los hombres la ocasión de volver a cometer un nuevo horrendo delito y como si el perdón fuera una ley férrea, casi física, en contra de la cual el Dios no podía hacer nada[4]. Esto dice mucho sobre las dificultades que surgen para quien se mantiene en la línea exotérica-religiosa y no sabe separar el lado interior y esencial de la doctrina de los motivos que proceden de concepciones inferiores y que sólo sobre la base de exigencias sentimentales (sacrificio divino por la humanidad, amor, etcétera) han podido pasar a primer plano y constituir­se en "artículos de fe" dentro del catolicismo.

Con relación a las narraciones de los Evangelios, el problema de la realidad histórica es, en el fondo, poco relevante. Desde el punto de vista considerado aquí, sería también importante establecer la medida en que la vida de Jesús, de la misma manera que en los mitos relativos a semidioses o "héroes" del mundo pagano, puede ser interpretada también como una serie de símbolos que se refieren a fases, estados y actos del desarrollo del ser conforme a un camino previamente determinado. Hemos dicho "también" por qué determinados acontecimientos o figuras de la historia y ciertas convergencias ocultas pueden hacer que la realidad sea símbolo y que el símbolo realidad. De esta manera la vida de un ser real puede tener simultáneamente el valor de una dramatización o sensibilización de enseñanzas metafísicas, casi como en las representaciones dramáticas de los misterios clásicos, destinadas a despertar en los iniciados emociones profundas, aptas para encaminarlos a realizar ellos mismos determinadas transformaciones de su ser.

Solamente que desde el punto de vista esotérico lo que tiene más valor en las interferencias casuales entre símbolo y realidad, no es el aspecto realidad, el cual, en esta perspectiva, tiene un carácter instrumental y contingente, sino su aspecto simbólico, mediante el cual es posible alcanzar algo universal, suprahistórico e iluminador.

Ya desde los tiempos de los Padres de la Iglesia se había concebido una interpretación simbólica de los Evangelios y, en parte también, del Antiguo Testamento; pero la interpretación siempre se detuvo en un plano moral y como máximo místico-devocional, del que ha derivado la llamada "imitación de Jesús", en la que, junto a los hechos históricos, Jesús es representado exactamente como un modelo a reproducir y guía de un camino. Sin embargo, debe hacerse notar que atribuir a Jesús este significado, descuidando su realidad histórica y humana y la creencia en su acción mágica de redención de la humanidad, ha sido declarada una herejía. Por otra parte, también en los relatos de la "imitación de Cristo" y en el uso de esta figura sub specie interioritatis [bajo forma de interioridad] es necesario tener siempre presente la distinción entre el plano místico-devocional y el de una realización metafísica, al que se puede también ensalzar, según las perspectivas del "tradicionalismo integral". El hecho es que, en general, en el cristianismo el más alto ideal es siempre moral y no ontológico, correspondiente al santo y a la sanctificatio, y no en el de la divinificatio (divinización), a la cual alude la patrística griega: es el ideal de la "salvación" y no de la "gran liberación".

En cuanto a la interpretación esotérica, en términos de "ciencia espiritual", se puede decir que es inexistente en la ortodoxia, incluso desde los primeros tiempos; casi exclusivamente los significados morales y alegóricos han sido los únicos tomados en consideración. El sentido de la "Virgen", la llamada "inmaculada concepción"[5] y el nacimiento del niño divino[6], la espera de la venida del "Mesías", la curiosa relación por la que Belén, lugar del nacimiento de Cristo, se atribuye a Bethel, nombre dado por Jacob al lugar donde, durmiendo sobre una piedra, tuvo la visión y el conocimiento del "umbral de los cielos", "caminar sobre las aguas" (no exento de relación con San Cris­tóbal quien pasa por el "río" al Niño Jesús); la transformación del agua en vino; caminar por el "desierto"; subir al "monte" y hablar desde el "monte"; ser revestido con un manto regio y después desnudado; crucificado en medio de dos cruces; la lanzada en el corazón, el salir agua y sangre roja, el oscurecimiento del "cielo" y el abrirse la "tierra"; el "infierno" al que descendió Jesús para visitar, como Eneas, a los "muertos"; el hecho de que ningún cadáver fuera encontrado en el sepulcro y la resurrección y ascensión a los "cielos", a la que siguió la venida del Espíritu Santificador (Pentecostés) y el don de las lenguas; la alusión al cuerpo espiritual y a la "resurrección de la carne", el agua que quita para siempre la "sed", el bautismo, no según el agua sino el "fuego" y el "espíritu" y, en fin, el "no haberle roto los huesos" y el "juzgar a los vivos y a los muertos"; el por qué fueron doce los discípulos de Jesús y tres los Reyes Magos (y su verdadero significado); el hecho de que fueran cuarenta días con sus respectivas noches las que Jesús pasó retirado en el "desierto" y cuarenta, una vez más, las horas de permanencia en el sepulcro, y así sucesivamente: dar una explicación a todo ello sub specie interioritatis, uniéndolo sistemáticamente en un doctrina esotérica global, es una tarea que no puede resolverse mientras se ciña uno a las limitaciones de la fe, la devoción y cuanto es propio de la simple conciencia re­ligiosa.

Tal vez sea oportuno aludir brevemente a los "milagros" en tanto que, como ya se ha dicho, lo "milagroso" es para el espiritualismo moderno, sobre todo, lo que sorprende a los hombres. Admitir la realidad de los milagros, a partir de los realizados por Jesús, no significa ir muy lejos. Es conocido que los representantes de la antigua tradición ro­mana no se escandalizaban ni se admiraban por los milagros atribuidos a Cristo, ya que en las antiguas civilizaciones han sido admitidas siempre algunas posibilidades extranormales, susceptibles también de una ciencia sui géneris (magia en sen­tido estricto), para producir ciertos "fenómenos"; solamente los "librepensadores" de ayer han cuestionado cosas de este tipo. Las plebes de todos los tiempos, encuentran en el milagro un motivo para su fe. Pero el catolicismo, justamente, no se satisface con eso y distingue entre milagros y milagros; no tiene como criterio el "fenómeno", sino la causa que lo provoca; y ésta, aun tratándose de un mismo fenómeno, puede ser muy diversa. El criterio católico para la distinción es bastante endeble. Decir que los fenómenos "ocultos" se deben a fuerzas diabólicas o a fuerzas latentes, pero siempre "naturales", del hombre y de las cosas, mientras el verdadero milagro es debido a "Dios", no es algo que, en la práctica, nos pueda suministrar prácticamente un criterio se­guro; por otra parte, se necesitaría precisar ob­jetivamente, los límites de la "naturaleza" y olvidar lo que escrito en los Evangelios, a propósito la capacidad del Anticristo para producir "señales" de igual poder de aquellos que realizó el "Hijo del Hombre". Condicionar el fenómeno a fines éticos o de conversión significa situarse en un nivel bastante bajo. El único elemento de cierta consistencia es que serequiera un significado, una fuerza iluminadora, que actúa en el fenómeno de manera esencial y, además, la presencia de una personalidad verdaderamente superior.[7]

Esto nos encamina al punto de vista metafísico, según el cual, un fenómeno es verdaderamente "so­brenatural" cuando presenta simultáneamente, como partes inseparables de un todo, tres aspectos: mágico, simbólico y de transfiguración interna.  "Caminar sobre las aguas", por ejemplo, es un símbolo esotérico que no es exclusivo del cristianismo, y relaciona un significado determinado con una condición de existencia concreta. Sobre las "aguas" equivale a decir sobre "el desbordamiento de las formas", sobre el modo de ser de las naturalezas sujetas a transformación compuestas por un deseo que altera continuamente la vida y priva de cualquier estabilidad. Es posible pensar que, en determinadas circunstancias, la realización integral del significado de aquel símbolo en una personalidad concreta se acompañe de la realización de un poder mágico que confiera la posibilidad efectiva de caminar sobre el agua sin hundirse, de manera que el símbolo se transforma en realidad, que a su vez es símbolo, y se vuelve signo y testimonio, iluminando una realidad y una ley de orden superior. Se sabe que el ejemplo escogido corresponde a uno de los prodigios de los Evangelios. Otros del mismo tipo se podrían encontrar en ellos o en los textos de otras tradiciones[8]. Quien quisiera descubrir el con­tenido metafísico latente en la "historia sagrada" enseñada por el catolicismo y alcanzar el sentido de lo que en ella es verda­deramente "sobrenatural" y no fenoménico, debería disponer de capacidad para comprender las cosas desde este punto de vista. Aprendería a leer, más allá de los Evangelios y de la Biblia, incluso en muchos dogmas y doctrinas teológicas católicas; podría comprender, como Guénon lo ha hecho notar, mucho de lo que la teología ha dicho respecto a los ángeles y, metafísicamente, sobre los estados trascendentes de la conciencia a los cuales puede conducir la exaltación mística, la renovación o el renacimiento interior; los "demonios", por el contrario, simbolizan fuerzas y estados inferiores al nivel humano.

Sería preciso contemplar todo lo que en el catolicismo está situado más allá de su parte doctrinal, si de lo que se trata es de forjarnos un juicio sobre su realidad objetiva; así comprenderíamos lo que implica su rechazo a la magia en sentido estricto. La magia se basa en la existencia de fuerzas sutiles de carácter psíquico y vital, y contempla la utilización de técnicas para operar sobre ellas con un carácter impersona­l y con independencia de las dotes morales en el ob­jeto y en el sujeto de la operación. Tales caracteres son visibles en lo que la Iglesia Ortodoxa atribuye a los ritos y a los sacramentos del catolicismo, en los que ciertamente no hay nada de "arbitrario" y "formal".  Pensemos en el rito del bautismo, considerado como sacramento capaz de determinar un principio de vida sobrenatural en aquella persona que lo recibe, independientemente de cualquier intención o mérito propios; "otro ejemplo es la calidad establecida por la ordenación del sacerdote, la cual no se destruye ni cuando éste es culpable de indignidades morales; y también, por supuesto, en el poder de la absolución, ordinaria e in extremis que consiste, en el fondo, en dominar y suspender la ley denominada en la tradición hindú, del karma. Estos son solamente algunos casos en los cua­les el catolicismo se sitúa en un plano de objetividad espi­ritual, superior al irrealismo de la exagerada sensibilidad y de la moralidad humana, colocándose precisamente en el plano de la magia. Si prescindiéramos de una relación de este género, la defensa de la doctrina católica de los sacramentos contra la mentalidad profana y racionalista de los modernistas, que consideran todo esto como "supersticioso" e incluso "inmoral" sería extremadamente débil.

Pero, a decir verdad, es difícil que un católico pueda asumir un punto de vista semejante. Más bien tienden a pensar que se trata solo de ritos y sacramentos. Por nuestra parte pensamos que la doctrina católica de los sacramentos, aun cuando haya teni­do una verdadera potencialidad "mágica", terminó perdiéndola y quedó reducida al nivel de facsímil religioso que tan sólo repite formalmente la estructura de los ritos mágicos o iniciáticos.

Precisamente en este contexto es examinada la doctrina ca­tólica de los llamados efectos ex opere operato [independien­temente de la disposición del ministro]. En rigor, esta doctrina, si se entiende correctamente, establece el aludido carácter ob­jetivo de las fuerzas que operan en el rito, las cuales, una vez determinadas las condiciones requeridas, actúan por sí mismas, creando un efecto necesario, independiente del sujeto y no ex opere operantis [teniendo en cuenta la disposición del ministro] casi como si se tratara de un fenómeno natural. Sin embargo, de la misma forma que se necesita que concurran ciertas condiciones en la realización de los fenómenos naturales, ocurre otro tanto con los efectos ex opere operato. Las estructuras del rito, en sí mismas, son tan ineficaces como las articulaciones y los mecanismos de una dínamo, a los que no llegue la energía eléctrica. Para operar, es decir, para crear ciertos efectos siquicos conscientes o infraconscientes, el rito necesita ser vitalizado, o sea, precisa que exista una relación con el plano suprasensible, el cual suministra simultáneamente el conocimiento de los símbolos primordiales e inhumanos y la fuerza mágica que proporciona la eficacia a las operaciones rituales;  a este aspecto, precisamente, se refiere la noción de "Espíritu Santo", especialmente en los orígenes, cuando no había sido todavía objeto de la teología y podía tratarse de algo más. Sin esto, el corpus ritual y sacramental es una simple superestructura que coloca en primer plano todo aquello que es simple religión, "fe" y moralidad, tal como ha hecho coherentemente el protestantismo, desechando lo demás como algo superfluo.

Puede establecerse una relación, irregular y esporádica, con el plano metafísico mediante estados de exaltación y "entusiasmo sagrado" del alma, siempre que se sostenga una orientación adecuada capaz de preservarla de las evocaciones de fuerzas invisibles de carácter inferior. Cuando se trata de una tradición, se necesita alguien que haga de puente sólido y consciente entre lo visible y lo invisible, entre lo natural y lo sobrenatural, entre el hombre y Dios. Según la etimología de la misma palabra, ese puente era el pontifex (literalmente, "hacedor de puentes"). El pontifex constituía precisamente el punto de contacto que hacía posible la manifestación en el mundo de los hombres de influencias eficaces y reales procedentes de lo alto. La cadena de pontífices -que en las formas superiores y más primarias de la civilización tradicional formaba una unidad con la cadena de los representantes de la "realeza divina"- garantizaba la continuidad y la perennidad de este contacto, constituía el eje de la tradición en sentido literal, es decir, de la transmisión de una "presencia" y de una fuerza sagrada vivificante e iluminadora[9], de la cual, por participación, podía beneficiarse un oficiante sagrado debidamente ordenado, fuerza sin la que, como ya se ha dicho, todo rito es inoperante y se convierte en mera ceremonia o símbolo.

Nominalmente, el pontificado ya existía como institución en la romanidad antigua, luego formó parte del catolicismo, situándose en el centro de la Iglesia y en el vértice de sus jerarquías. Pero es interesante preguntarse qué subsiste hoy de todo esto en su función primigenia y en su tradición. La esperanza profética de un Joaquín de Fiore reflejada en la venida del "papa angélico" con actitudes muy semejantes a las de un iniciado fundador de un nuevo "reino" -el del Espíritu Santo, viviente, operante y vivificante- quedó desgraciadamente en una utopía. Y si nos volvemos hacia las contingencias de tiem­pos más recientes, sobre todo a las figuras de los dos últimos pontífices, Juan XXIII y Paulo VI, en medio de un clima de renovación y modernización, con la creciente aversión hacia el "integrismo" católico y a los llamados "residuos medievales", parece inclinar la balanza hacia un caos desastroso.

En estas condiciones, dar una respuesta positiva a la cuestión que hemos formulado al principio, sobre las posibilidades de que el catolicismo pudiera proporcionar lo que muchos han buscado en otros lugares y que, a menudo, los ha empujado a confusiones y errores del neoespi­ritualismo, es prácticamente imposible, por lo menos si se consi­dera el problema desde un punto de vista más amplio. Después de todo lo que hemos dicho, resulta problemático considerar a la Iglesia, "Cuerpo Místico de Cristo", como portadora y administradora de una fuerza verdaderamente sobrenatural, representante objetiva de ritos y sacramentos, capaces de beneficiar a quienes aspiren a experiencias que superen los límites de cuanto es religión confesional y vean en la llamada "santidad" el fin supremo.

Sin embargo, reconocemos que el catolicismo contiene, a pesar de todo, vestigios de una sabiduría que puede servir de base para una exaltación "esotérica" de varios contenidos; reconocemos también la validez del criterio difundido por un exponente del "tradicionalismo integral": "El hecho de que los representantes de la Iglesia católica entiendan tan poco de sus mismas doctrinas (se refiere aquí a su dimensión interna) no debe ser causa de que nosotros mostremos la misma incomprensión." De otra manera se presentan todos los obstáculos y todas las limitaciones difícilmente removibles, considerados con anterioridad. Prescindiendo del catolicismo secular, podríamos aludir a la ascética católica y, sobre todo, a las antiguas tradiciones monásticas, que, aun cuando no se trata de una iniciación, sí por lo menos supone una disciplina interior que encamina a la trascendencia y a un acer­camiento hacia lo sobrenatural. Pero, incluso aquí, se impon­dría una labor fatigosa de purificación y "esencialización" dada la presencia de elementos devocionales y complejos es­pecíficamente cristianos, para la que tal vez sea difícil reunir instrumentos válidos para la acción interior sin el conocimiento, también, de lo que ofrecen otras tradiciones.

Un catolicismo que se eleve al nivel de una tradición ver­daderamente universal, unánime y peremne, en la que pueda integrarse en una realización metafísica en la vía del despertar, el símbolo, el rito y el sacramento en acción de poder, el dogma en expresión de un conocimiento absoluto e infalible, que no sea una expresión humana y como tal viviente en seres desligados del vínculo terrestre mediante una exaltación mística, donde el pontificado revista su función mediadora originaria, un catolicismo de tal índole podría suplantar a cualquier "espiritualismo" presente o futuro. 

Pero observando la realidad ¿no es quizá un sueño?

 



     [1]V. GIOBERTI en su obra Della Riforma Cattolica, 1856, pp. 317 y 318, ya habla hablado sobre un "catolicismo trascendente" en estos términos: "La verdadera universalidad no se encuentra más que en el catolicismo trascendente. El catolicismo vulgar, práctico, restringido a un lugar, tiempo y a un número determinado de hombres, tiene siempre más o menos el semblante y las características de una secta. El catolicismo, por lo tanto, no es verdaderamente católico, sino en la medida en que sea trascen­dente. Y el catolicismo vulgar no puede llamarse católico sino en cuanto se adhiere a lo trascendente." Con excepción de Gioberti, situado en una ideo­logia del tipo hegeliano, saturado de política, era seguramente el último que podía tener una idea adecuada acerca de la esencia del "catolicismo trascendente".

     [2]Lo que en todas partes, lo que por todos y lo que siempre

     [3]Estos acontecimientos no son "místicos" a no ser en la forma en la que han sido presentados en el Antiguo Testamento y se refieren sola­mente a un determinado ciclo histórico. La narración del "diluvio" viene considerada como el eco del recuerdo de las catástrofes, que destruyeron las residencias originarias, árticas y atlánticas septentrionales, de la raza prehistórica, que tuvo como herencia la tradición primordial única, ocasionando una escisión y una dispersión. Sobre esto cfr.  EVOLA, "Rivolta contra il mondo moderno" (cit.) y tainhién Sintesi di Dottrina della Razza, Milán 1941.

     [4]La ley de las expiaciones, que es un caso particular de la de cau­salidad, es válida solamente sobre un cierto plano de la realidad, en el que justifica varios ritos de pueblos antiguos, que no eran supersticiosos; pero no puede valer tal ley con carácter de invencible para el orden di­vino, si en él se entiende lo que se verdaderamente sobrenatural.

     [5]También la fecha del Nacimiento puede ser integrada en un con­junto más vasto con una perspectiva cósmica, ya que ella corresponde apro­ximadamente a la del solsticio del invierno, punto de la subida de la luz otra vez en el orden del año, el cual sirvió también de base para un simbolismo primordial sacro ya en la prehistoria atlántica septentrional.  Con excepción del cristianismo se sabe que la romanidad "pagana", en una cierta relación con el mitracismo, conoció igualmente aquella fecha como la del Natalis Domini = Natalis Solis Invicti. (Nacimiento del Seiíor Nacimiento del Sol invicto).

     [6]Su interpretación literal, que es artículo de fe en el cristianismo común y que constituye la base de la mariolatría o "culto mariano" tolera lo absurdo del esoterismo más oscuro.  Aparte de seiíalar el tema sexual en relación con la exaltación de la virginidad física, no se ve por qué se debiera recurrir a una familia anormal en la que una mujer casada per­manece virgen, ni está indicado en los Evangelios algún título excepcional de mérito o de excelencia por el que esta "Virgen", María, debiera ser pregcogida y después servir como instrumento para la encarnación, fue­m exaltada como imagen divina y "Reina de los Cielos", con todos los atributos que se hallan en la liturgia católica. El hecho es que en Malía ha resurgido un mito ya existente en la prehistoria mediterránea (corres­pondencias de la Madre con el Divino Niño existen también en la antigua iconografía egipcia) en un cuadro de "ginecocracia" preponderante.

     [7]Sobre la distinción entre fenómenos síquicos y milagros desde un punto de vista católico se puede consultar el libro del jesuita G. BILCH­MAIR, Okkultismus und Seelsorge, Innsbruck, 1926,

donde se encuentran también algunas críticas atinadas sobre las variadas formas del espiritua­lismo moderno.

     [8]Sobre esto, véase el libro de EVOLA, La Dottrina del Risveglio, cit., donde se mencionan otros ejemplos, con la distinción, hecha a propósito, por el budismo entre milagros "arios" y nobles santos "no arios".

     [9]Lo que se entiende en el cristianismo por "Espíritu Santo" que habita en la Igiesia, es la shekinah de la kábbala (kábbala, entre otras cosas, literalmente quiere decir "transmisión"), el pr¿na o brahmán traído de la casta brahmánica, la "gloria", hvarenb, revestida como un "fuego celeste" de "victoria", de los reyes del Irán, y así sucesivamente.  Dada la naturaleza de la presente obra se debe pasar por alto la consideración de las relacio­nes de la espiritualidad y tradición real con la espiritualidad y tradición sacerdotal.  Sobre esto consúltese a EVOLA, Rivolta contro il mondo mo­derno, cit.  Tales consideraciones no pueden menos que traer a la luz la función también negativa que el cristianismo y catolicismo tuvieron en el mundo occidental, como fuerzas históricas.

 

 

Acerca de la "Fidelidad". Julius Evola

Acerca de la "Fidelidad". Julius Evola

Biblioteca Evoliana.-  Julius Evola publico este artículo en la revista conservadora "Il Conciliatore" en febrero de 1972. A lo largo de las páginas de este artículo, Evola pasa revista al concepto de la fidelidad tal como fue entendido en las distintas tradiciones. En ese "últimísimo período" de Evola, una parte de sus artículos -y en especial los publicados en la revista "Il Conciliatore", tendían a exaltar los valores militares en tanto que entreveía en las fuerzas armadas, el último rescondo de la casta militar y, por ello, de las sociedades tradicionales. El artículo fue traducido y publicado por la web del Centro de Estudios Evolianos de Argentina.

 

 

ACERCA DE LA “FIDELIDAD”

Julius Evola

Puede no hallarse privado de interés volver a evocar algunos ideales éticos que tuvieron una particular fuerza y un prestigio en las anteriores civilizaciones de nuestras mismas razas y que fueron un factor de su grandeza, mientras que por otra parte se encuentran prácticamente desvanecidos en las bajuras del mundo actual. Uno de tales casos es el relativo a la fides.

En latín el sentido de tal término no es la “fe”, sino sobre todo la fidelidad: a un compromiso, a un juramento, a un pacto, a la palabra empeñada, a un vínculo libremente aceptado. Más allá del mundo meramente humano, la fides se convierte en “fe”, se extiende a las relaciones con potencias superiores, y entonces ella funda la religio, término que en su origen significaba “vinculación”: vinculación entre el individuo y lo divino. El presupuesto existencial de la fides en el primer sentido y, simultáneamente, aquello de lo cual la misma es su manifestación, es la virtus, no en su acepción moralista o incluso sexual, sino en el de una firmeza interior, de una derechura.

Por lo tanto es a la romanidad antigua que nos podemos referir en primer lugar con relación al ideal en cuestión. En tanto se le diera a la fides la figura de una diosa, en Roma la misma fue objeto de un culto entre los más antiguos y sentidos. Fides romana, se decía ya en tiempos prehistóricos; alma fides, fides, sancta, casta, incorrupta, se dirá más tarde. La misma es una característica de los romanos, afirma Livio, ella define al romano ante el “bárbaro”, en la antítesis de una norma de una adhesión incondicionada a un pacto jurado y la conducta de quien en cambio sigue a las contingencias y la oportunidad, bajo el signo de aquella entidad que era denominada “Fortuna”. Máxima era la adhesión a aquella norma entre los antiguos, nos refiere Servio, máxima erat apud majores cura fidei. Con su decadencia, advierte proféticamente Cicerón, también la virtus decae, así como la costumbre, la interior dignidad y la fuerza de los pueblos.

Es así como la fides en Roma pudo tener un templo simbólico, aedes Fidei populi romani, en el centro de la ciudad, en el Capitolio, cerca del tempo del máximo Dios, de Júpiter. Esta contigüidad posee un significado particular. De la misma manera que Zeus entre los Griegos, Mitra entre los Iranios, Indra entre los Hindúes, Júpiter, representación romana de un no diferente principio metafísico, era en Roma el dios del juramento y de la lealtad. Cual dios del cielo luminoso, Lucetius, él era también el de los pactos jurados, del compromiso claro y privado de reticencias. Se decía: Jovis fiducia: con lo cual la fides recibía un crisma religioso y una sanción sobrenatural.

Y este valor se insertó también en la realidad política. Así pues el mismo Senado pudo aparecer como un “templo viviente de la fidelidad”, fides templum vivum, y a veces el mismo se reunía alrededor del altar capitolino de la diosa. Por otro lado, el emblema más corriente para la fides fue el estandarte del águila de las legiones, y la fidelidad asumió la forma esencial de fidelidad guerrera ante el jefe y el soberano, fides equitum, fides militum. La mencionada interferencia con la esfera sagrada encuentra una nueva confirmación en el hecho de que en Roma existió una enigmática relación entre los conceptos de fidelidad, de victoria y de vida inmortal. A la Victoria, concebida y personificada como una entidad mística, el Senado romano le prestaba en efecto su juramento de fidelidad con un rito tradicional que fue el último en resistir ante el advenimiento de los nuevos cultos cristianos: fides Victoriae. La síntesis más sugestiva fue, a tal respecto, una representación de la época imperial en la cual la Fides personificada y divinificada lleva entre otras cosa la imagen de la Victoria y un globo sobrevolado por el fénix, es decir por el simbólico animal de las resurrecciones, mientras que en lo alto se ve a un emperador en el acto de sacrificar a Júpiter, mientras que es coronado por la Victoria.

Puesto que con el Sacro Imperio Romano en el Medioevo retornó la idea romana, en el mismo se tuvo un retorno de la ética de la fidelidad, que, como una común herencia indoeuropea, era propia en modo eminente de las estirpes germánicas. De este modo trust, Treue, fides, o como se pudiese haber denominado un mismo principio, tuvo un papel esencialísimo en el mundo medieval, en especial en el feudal, del cual se constituyó en la premisa fundamental, Se puedo hablar de un sacramentum fidelitatis y un dicho del Código Sajón, del Sachenspiegel fue: “Nuestro honor se llama fidelidad”, mientras que en la epopeya de los Nibelungos, en el Niebelungenlied, se encuentra el dicho de que “la fidelidad es más fuerte que el fuego”.

La tradición se perpetuó más allá del Medioevo sobre todo en el área germánica, en modo tal que en Alemania se buscó casi, con un monopolio unilateral, de convertirla en una característica nacional o de raza acuñando la fórmula Deutsche Treue, es decir: “fidelidad germánica”. No hay duda sin embargo de que el concepto de fidelidad tuvo un particular relieve en el prusianismo, en especial en el ejército, en el cuerpo de los oficiales y en la nobleza, y se sabe que la imposibilidad que se sintió de violar la fidelidad al juramento prestado fue aquello que bloqueó acciones intentadas en contra de Hitler, a pesar de todo aquello que podría haber justificado, desde un cierto punto de vista, tal infracción. Por otro lado, uno de los aspectos positivos del nacional socialismo fue su intento  de poner justamente en la fidelidad, asociada al honor, como fundamento de una reconstrucción orgánica y antimarxista de la economía. En la correspondiente legislación, en contra del clasismo, de la lucha de clases y del sindicalismo, se postulaba la solidaridad ética. El empresario habría tenido que corresponder a la figura de un jefe (Führer), con una correspondiente autoridad y correspondientes responsabilidades, las maestranzas a la de un “séquito” propio (Gefolgshaft) asociado a él y fiel en la actividad productiva. Un denominado “tribunal de honor” era llamado a dirimir los eventuales conflictos.

Lamentablemente en la moderna área latina los mencionados principios no han tenido la misma fuerza, ello en gran medida también por el predominio de la tendencia individualista. En el plano político militar se recuerde el caso, en la última guerra, del comportamiento del Soberano italiano cuando le dio al embajador alemán la seguridad formal de que Italia seguía combatiendo del lado del aliado, mientras que simultáneamente a ello había establecido acuerdos con el enemigo; agréguese a ello su actitud respecto de Mussolini. Las distintas circunstancias contingentes que pueden haber justificado una tal conducta desde el punto de vista pragmático, no reflejan de ninguna manera la ética de la cual la Roma antigua, tal como se ha visto, se sentía tan orgullosa. Quizás en Italia la última manifestación de tal orientación se la tuvo al final de la segunda guerra mundial, cuando un número no indiferente de Italianos no hesitó en batirse aun en posiciones perdidas justamente en el nombre del principio de la fidelidad y del honor.

Hoy en día todo esto aparece como anacrónico o vale tan sólo como una mera retórica, tan grande es la prevalencia de un tipo de hombre fugaz y sin carácter, siempre listo a cambiar de bando de acuerdo a la dirección hacia la que sople el viento y movilizado tan sólo por un bajo interés. La democracia es el suelo más apto para la “cultura” de un tipo semejante. En realidad, existe una relación estrecha entre fides y personalidad. La fidelidad es algo que no se puede ni vender ni comprar. A una ley se la obedece, a una necesidad uno se pliega, la conveniencia puede ser sopesada, pero la fides, la fidelidad, tan sólo el acto libre de una interior nobleza puede establecerla. Fides significa pues personalidad.

(De Il Conciliatore, Febrero de 1972)

 

El fascismo visto desde la derecha (IV) ESTADO FASCISTA Y ESTADO TRADICIONAL

El fascismo visto desde la derecha (IV)  ESTADO FASCISTA Y ESTADO TRADICIONAL

Biblioteca Evoliana.- El Estado fascista y el Estado tradicional no tienen la misma forma y estructuras. Evola, en el Capítulo Evola define uno y otro, desmintiendo a los que lo consideran un "autor fascista". Vale la pena recordar que Clemente Graziani, secretario general de Ordine Nuovo, cuando fue procesado por "reconstrucción del partido fascista", presentó como memorial defensivo un documento inspirado esencialmente en este capítulo. Evola definió los contenidos del "Estado Tradicional" en varias obras y artículos e incluso la revista "Civilta", publicada por el Centro Studi Ordine Nuovo en 1969 publicó el texto de una "Constitución" de inspiración tradicional, inspirado en todos estos textos.

 

 

CAPITULO IV

ESTADO FASCISTA Y ESTADO TRADICIONAL

 

En las líneas esenciales de su doctrina del Estado, el mensaje del fascismo debe ser considerado desde el punto de vista de la Derecha, a buen seguro, como positivo. Se encuentra precisamente en la órbita de un sano pensamiento político tradicional, y es partiendo de este pensamiento como es preciso rechazar netamente la polémica sectaria de denigramiento unilateral impuesta por el antifascismo. Pero una clarificación se impone. De un lado, es bueno precisar lo que había debido acentuarse para asegurarle un carácter inequívoco; del otro, es preciso indicar los puntos en donde se manifestaron, en el sistema y en la práctica fascista, las principales desviaciones.

En lo que respecta al primer punto, nos contentaremos con señalar que el principio de preeminencia del Estado sobre todo lo que es simplemente pueblo y nación debería articularse además a través de la oposición ideal entre Estado y "sociedad", debiendo estar reunidos bajo el término de "sociedad" todos los valores, todos los intereses y todas las disposiciones que entran en el dominio físico y vegetativo de una comunidad y de los individuos que la componen. En realidad, la antítesis entre los sistemas políticos que gravitan en torno a la idea del Estado y los que, por el contrario, lo hacen en torno a la idea de "sociedad" (tipo "social" del Estado) es fundamental sobre el plano de la doctrina. Entre los segundos, se encuentran las variantes del derecho natural, doctrinas del contrato con base utilitaria y de la democracia, con los desarrollos en cadena que llevan de la democracia liberal a las "democracias populares", es decir, marxistas y comunistas.

A este dualismo está ligada la definición del plano político en tanto que tal en términos, en cierto sentido, de una "trascendencia". Así, el contenido "heroico" o militar, por el servicio como honor y el lealismo en el sentido superior, que la existencia o al menos ciertos aspectos de la existencia, pueden adquirir en referencia al Estado, entra en juego. Se trata de una cierta tensión ideal elevada que lleva más allá de los valores no solo hedonistas (de simple bienestar material) sino también eudemonistas (incluso de bienestar espiritual). Es innegable que el fascismo se esfuerza en valorizar esta dimensión de la realidad política (que es preciso juzgar como opuesta a la realidad social), por su aspiración a una existencia antiburguesa, hecha de lucha y peligro (el famoso "vivir peligrosamente", prestado por Nietzsche a Mussolini, todo esto se resiente, además de la componente existencial, la de los antiguos combatientes, del movimiento fascista), y por la exigencia de una integración del hombre en medio de una "relación inmanente con una ley superior, una voluntad objetiva que transciende al individuo particular". La formulación de esta exigencia es significativa, incluso si no se llega a precisar el contenido de manera adecuada.

Juzgar las formas concretas por las cuales el fascismo busca adaptarse a esta exigencia, contrapartida irreprochable de la doctrina del Estado de la que hemos hablado antes, no es cosa fácil. Si puede reconocer el carácter exterior y forzado de diferentes usos e iniciativas de la Italia de ayer, esto no debe servir como pretexto para olvidar un problema de importancia capital. Se trata en el fondo, de la siguiente cuestión: de qué forma canalizar el impulso a la "autotrascendencia", impulso que puede ser reprimido y no expresado en el hombre, pero que no puede jamás ser completamente extirpado, salvo en el caso límite de una sistemática bastardización de tipo bovino. Las "revoluciones nacionales" de ayer intentaron facilitar un centro político de cristalización a este impulso (es, de nuevo, la acción ya mencionada de una "forma" sobre una "materia"), para impedir su bastardización y su manifestación o irrupción bajo formas destructoras. En efecto, nadie puede ignorar la crisis profunda de la "racionalización de la existencia operada por la civilización burguesa, la múltiple emergencia de lo irracional y de lo "elemental" (en el sentido mismo donde se habla del carácter elemental de las fuerzas naturales) a través de las fisuras de esta civilización sobre todos los planos.

Hoy con la recuperación de quimera de la "racionalización" se tiende, por el contrario, a rechazar y desacreditar todo lo que es tensión existencial, heroísmo y fuerza galvanizadora de un mito, precisamente bajo el signo de un ideal ya no político, sino "social" y de bienestar físico. Pero se ha precisado justamente que una crisis profunda es inevitable pues, al fin, PROSPERITY y bienestar ABURRIRAN. Los signos anticipadoras de esta crisis no faltan: están representados por todas las formas de revuelta ciegas, anárquicas y destructoras de una juventud que precisamente en las naciones más prósperas, perciben el absurdo y el sin sentido completo de la existencia socializada, racionalizada, materializada, encuadrada en la "sociedad de consumo". En estas naciones, el impulso elemental no encuentra más objeto y, abandono a sí misma, vuelve a la barbarie.

En las sociedades tradicionales, una cierta liturgia o una cierta mística de la potencia y de la soberanía han existido siempre; era parte integrante del sistema y facilitaban una solución al problema del cual acabamos de hablar. No hay pues lugar para rechazar algunas iniciativas tomadas por el fascismo ni su voluntad de mantener un clima general de tensión elevada; se trata más bien de reconocer el límite más allá del cual esto solo tuvo algo de teatral  e inauténtico, en un marco, a menudo determinado por la inadecuación entre principios e intenciones de un lado, y por un cierto material humano de otro.

A decir verdad, un problema grande se plantea sin embargo en este contexto, que no puede ser estudiado a fondo en el presente análisis. Se refiere a la acusación según la cual un sistema político como el que estudiamos, usurpa un significado religioso, desvía la capacidad humana de creer y sacrificarse y, en general el poder de autotrascendencia del hombre en relación a su objeto legítimo, que sería precisamente la religión, para orientarlo hacia sucedáneos profundos. Se ve claramente que esta objeción es válida en la medida que se parte de un dualismo esencial e insuperable entre, mundo del Estado y mundo espiritual o de lo sagrado. Es preciso entonces aceptar netamente lo que comporta tal dualismo: implica, de un lado, la desacralización y la materialización de todo lo que es político, poder, autoridad; de otra la "des‑realización" de todo lo que es espiritual y sagrado. es preciso entonces aceptar netamente también, como consecuencia natural el "Dar al César", y todas las tentativas de la teología política para resolver la fractura así operada no pasando del simple compromiso.De otra parte, es preciso recordar que esta escisión fue ignorada por toda una serie de organismos políticos tradicionales europeos, en los cuales tal o cual forma de sacralización del poder y de la autoridad representó incluso el pivote de la legitimidad de todo el sistema. En principio, si la autoridad y la soberanía no poseen un cierto carisma espiritual, no pueden ni siquiera merecer ese nombre, y todo el sistema del estado auténtico queda falto de un sólido centro de gravedad para todo lo que no se reduzca a lo simplemente administrativo y "social".

Pero la situación general de la época y el significado que el catolicismo en tanto que fuerza social ha tenido en Italia debían impedir al fascismo afrontar directamente la grave cuestión de la justificación suprema del Estado, aunque fue debido y se intentó mediante la recuperación verdadera y valiente de la idea romana. Y, de hecho, todo no cesa de vascular. De un lado, Mussolini reivindicó en varias ocasiones un valor "religioso" para el fascismo,pero de otro no llegó a precisar cual debía ser en concreto esta religiosidad, en la medida en que debería estas asociada a la idea política y, en consecuencia, diferente de una evolución común e informe orientada hacia el supra‑mundo. Mussolini declara que "el Estado no tiene teología, sino una moral". Pero con esto continúa el equívoco, pues toda moral, para tener una justificación profunda y un carácter intrínsecamente normativo, no debe ser una simple convención de la vida en sociedad; es preciso que tenga un fundamento "trascendente", a fin de remitir a un plano no diferente del plano religioso donde  nace la "teología". Era pues natural que se llegara a menudo al enfrentamiento, especialmente cuando se entraba en el terreno de la educación y de la formación espiritual de las jóvenes generaciones, entre el fascismo y los representantes de la religión dominante, deseosos de monopolizar todo lo que tuviera un carácter propiamente espiritual, apoyándose sobre las cláusulas del Concordato (1)

De otra parte, es bastante evidente que si no se afronta el problema es imposible separar completamente ciertas interpretaciones de los movimientos de tipo "fascista" que hacen de ellos sucedáneos en un mundo desacralizado, incluyéndolos en el marco de las modernas místicas secularizadas y "paganas": incluso elementos como la lucha y el heroísmo, la fidelidad y el sacrificio, el desprecio por la muerte y así sucesivamente, pueden tomar un carácter irracional, naturalista, trágico y oscuro (Keiselring había hablado concretamente de una coloración TELURICA de la "revolución mundial"), cuando falta este punto de referencia superior y, en cierta forma, transfigurante del que hemos hablado y que pertenece necesariamente a un plano trascendente diferente del dominio de la simple ética.

Para pasar a otro tema, en materia de compromisos, se debe recordar que si una oposición fundamental entre lo que es político y lo que es "social" fue suficientemente puesta de relieve en la doctrina fascista, por el contrario, una oposición análoga no fue formulada respecto al nacionalismo apelando simplemente a los sentimientos de patria y de pueblo, y asociados a un "tradicionalismo" que, en Italia, por el carácter mismo de la historia precedente de la nación, no tenía nada en común con la tradición entendida en el sentido superior, sino que se reducía a un mediocre conservadurismo de tipo burgués "bienpensante", más o menos católico y conformista. La unión de la corriente nacionalista, en la medida en que también, partiendo de estas posiciones de referencia, había buscado organizarse sobre el plano activista (los "camisas azul celeste") contra los movimientos subversivos italianos, y del movimiento fascista, contribuyó a una cierta desnaturalización de la idea política fascista. Ciertamente, no pueden olvidarse las condiciones en las cuales sucumbe la política cuando es el "arte de lo posible". En los últimos tiempos el PATHOS de la "patria" y la llamada a los sentimientos nacionales en la lucha contra las corrientes de izquierda han sido uno de los raros medios aún a disposición. Por ello en la Italia actual "ser nacional" sirve a menudo como sinónimo de "ser Derecha". Pero desde el punto de vista de los pincipios se tiene aquí una desnaturalización análoga a la ya observada que hace que el liberalismo, antigua bestia negra de los hombres de derecha, haya podido ser considerada hoy como orientado a derecha.

Históricamente, la relación entre movimientos "nacionales" y movimientos revolucionarios referidos a los principios de 1789, en innegable, incluso aunque no queramos remontarnos hasta el lejano período de la aparición y emanación de las "naciones" bajo la forma de "estados nacionales" monárquicos que provocaron la desintegración de la civilización imperial y feudal de la Edad Media europea. Desde el punto de vista de la doctrina es muy importante comprender el carácter naturalista y, en cierta forma, prepolítico que presentan los sentimientos de patria y de nación (carácter prepolítico y naturalista no diferente del sentimiento de la familia) en relación a lo que une, por el contrario, a los hombres sobre el plano específicamente político, en torno a una idea y un símbolo de soberanía. Además, todo PATHOS patriótico tendrá siempre algo de colectivista: se resiente de lo que se ha llamado el "Estado de las masas". Volveremos sobre este punto. Por un instante, creemos legítimo hablar de la desnaturalización habida en el fascismo (a parte de lo que puede referirse a la componente señalada antes del precedente partido nacionalista) por el mito de la nación en general, con consignas, referencias y prolongaciones que llevaban al populismo. Si la mezcla de todo esto con la doctrina, formulada además claramente, cuyo valor tradicional hemos puesto en evidencia, de la preeminencia del estado sobre la nación, puede ser considerado como una característica del fascismo en tanto que realidad de hecho, esto no impide que en esta mezcla se practique, según un puro pensamiento de Derecha, un compromiso, y que las diversas componentes deban ser separadas y referidas a dos mundos ideales bien distintos.

Con la mentalidad hoy dominante, esta precisión sobre el valor del concepto de patria y de nación en vistas a una purificación del ideal de estado auténtico, podrá no parecer del todo evidente. Sin embargo, bastará quizás hacer observar cuan fácil es abusar de los llamamientos a la patria y a la nación mediante una retórica verbalista e imprudente, con fines inconfesables. Es fácil advertirlo hoy en el patriotismo anclado en Italia, con fines inconfesables, igualmente, pero de carácter táctico y electoral, incluso en partidos que, realmente, no tienden solo al anti‑estado, sino también a la negación del contenido superior eventual que podría recogerse en un nacionalismo purificado y mejorado. Por lo demás, se ha podido hablar en Rusia de una "patria soviética" y ayer, durante la guerra de los soviéticos contra Alemania, ha sido posible apelar al patriotismo de los "camaradas": puro absurdo, desde el punto de vista de la verdadera ideología comunista. Es preciso recordar, en fin, que a pesar de los compromisos indicados, la idea de la realidad trascendente del estado no deja de ser una característica del fascismo, que le diferenciaría de movimientos similares: esta idea fue a menudo percibida como un elemento distintivo, "romano", en relación a la ideología nacional‑socialista en la cual el énfasis se colocaba más bien (al menos en la doctrina) en el pueblo‑raza y sobre la VOLKSGEMEINSCHAFT (2).

De entre los peligros presentados por el sistema fascista desde el punto de vista, no de una informe democracia liberal, sino de la verdadera Derecha, el más grave puede ser quizás el totalitarismo.

El principio de una autoridad central inatacable se "esclerotiza" y degenera cuando se afirma a través de un sistema que lo controla todo, que militariza todo y que interviene por todas partes según la famosa fórmula "Todo dentro del estado, nada fuera del estado, nada contra el Estado" Si no se precisa en ALGUNOS TERMINOS como se debe concebir tal inclusión, una fórmula de este tipo no puede valer más que en el marco de un estatismo de tipo soviético, estando presentes las premisas colectivistas, materialistas de este: no por un sistema de tipo tradicional reposando sobre valores espirituales, sobre el reconocimiento del sentido de la personalidad y sobre el principio jerárquico. Por ello, en la polémica política, se ha podido concebir un común denominador hablando de un totalitarismo de derecha y de un totalitarismo de izquierda: lo que no es sino un verdadero absurdo.

El Estado tradicional es orgánico y no totalitario.Es diferenciado y articulado, admite zonas de autonomía parcial. Coordina y hace participar en una unidad superior a fuerzas cuya libertad sin embargo reconoce. Precisamente por que es fuerte, no tiene necesidad de recurrir a una centralización mecánica: esta no es reclamada más que cuando es necesario controlar una masa informe y atómica de individuos y voluntades, lo que hace, además, que el desorden no pueda jamás ser verdaderamente eliminado, sino solo provisionalmente contenido. O por emplear una afortunada expresión de Walter Heyndrich, el Estado auténtico es OMNIA POTENS, no OMNIA FACENS, es decir que detenta en el centro un poder absoluto que puede y debe hacer valer sin trabas en caso de necesidad o en las decisiones últimas, más allá del fetichismo del "estado de derecho"; pero no interviene en todas partes, no se superpone a todo, no tiende a imponer una vida cuartelera (en sentido negativo), ni un conformismo nivelador, en lugar del reconocimiento libre y del lealismo; no procede a intromisiones  impertinentes e imbéciles de lo público y de lo "estatal" en lo privado. La imagen tradicional es la de una gravitación natural de sectores y unidades parciales en torno a un centro que dirige sin apremio, actúa por su prestigio, su autoridad, ciertamente puede recurrir a la fuerza, pero  se abstiene lo más posible. La prueba de la vitalidad efectiva de un Estado la   da la medida del margen que puede conceder a una descentralización parcial y racional (3). La ingerencia sistemática del Estado no puede ser un principio más que en el socialismo del Estado tecnocrático y materialista.

En oposición a esto, la tarea esencial del Estado auténtico es crear un cierto clima general, inmaterial en un sentido, según lo  propio a los regímenes de la época precedente. Tal es la condición necesaria a fin de que un sistema en que la libertad es siempre el factor fundamental tome cuerpo de manera prácticamente espontánea y funcione de forma justa con un mínimo de intervenciones rectificaciones. A este respecto, la oposición es significativa, sobre el plano económico, entre el ejemplo norte‑ americano, donde el gobierno federal ha debido promulgar una severa ley anti‑trust para combatir las formas de piratería y de cínico despotismo económico nacidos en el clima de la "libertad" y del libre‑cambio, y el ejemplo de la actual Alemania Federal donde, bajo otro clima ‑que es preciso considerar en buena parte como una herencia residual ligada a ciertas predisposiciones raciales de los regímenes precedentes‑ la libertad económica se desarrolla en una dirección esencialmente positiva y constructora, sin intervenciones particulares, centralizadoras del Estado.

Cuando el fascismo presenta un carácter "totalitario" debe pensarse en una desviación en relación a su exigencia más profunda y válida. En efecto, Mussolini ha podido hablar del Estado como de un "sistema de jerarquías" jerarquías que "deben tener un alma" y culminar en una élite: el ideal diferente del ideal totalitario. Ya que hemos hablado de economía ‑aunque volveremos sobre esta cuestión‑ la tendencia "pancorporativa" que tenía efectivamente un carácter totalitario fue desaprobada por Mussolini, y en la Carta del Trabajo la importancia de la iniciativa privada fue ampliamente reconocida. Por lo demás, podría hacerse referencia al símbolo mismo del fascio litorio, del que el movimiento de revolución antidemocrática y antimarxista de los Camisas Negras extrajo su nombre y que, según una frase de Mussolini, debía significar "unidad, voluntad, disciplina". El fascio, en efecto, se compone de varas distintas unidas entorno a un hacha central, la cual, según un simbolismo arcaico común a numerosas tradiciones antiguas expresa la potencia de lo alto, el puro principio del Imperio. Se tiene pues a la vez unidad y multiplicidad, en sinergia y orgánicamente unidos, en correspondencia visible con las ideas mencionadas anteriormente.

De otra parte, es preciso observar que el Estado democrático italiano actual, ha mostrado que podría ser, bajo pretextos "sociales", mucho más invasor y estatizante que el régimen precedente, el fascismo y, es sobre todo en otro sector, en relación con lo que fue el "Estado ético", que el mundo del Estado automáticamente debe ser rectificado. Hemos reconocido un carácter positivo a la concepción del Estado en tanto que principio o poder supra‑ordenado que da forma a la nación, y hace poco hemos hablado de la tarea consistente en crear un cierto clima general. Una de las principales aspiraciones del fascismo fue también marcar el comienzo de un nuevo estilo de vida: al Estado agnóstico demoliberal, "el colchón sobre el cual todo el mundo pasa", Mussolini opone un Estado "que transforme al pueblo continuamente", llegará incluso a decir: "hasta en su aspecto físico".

Pero para todo esto el peligro y la tentación de medidas directas y mecanicistas, de tipo "totalitario" en concreto, se presenta inevitablemente. En efecto lo que se trata esencialmente debería ser pensado en términos análogos a lo que se llama en química acción catalítica o a lo que fue designado en Extremo‑Oriente, con una expresión que no es paradójica más que en apariencia, el "actuar sin actuar", es decir, la acción debida a una influencia espiritual, no por medidas exteriores y obligatorias. Cualquiera que tenga suficiente sensibilidad no puede dejar de presentir la oposición entre esta idea y la dirección propia al Estado ético tal como la concibió una cierta filosofía representada esencialmente por Giovanni Gentile (4). En esta interpretación el clima de un Estado desciende al nivel de un centro de reeducación o de reforma, y el carácter del jefe es el de un pedagogo invasor y presuntuoso. Y aunque se refieran  a un dominio particular, las palabras siguientes son del mismo Mussolini: "Que no se piense que el Estado tal como lo concebimos y queremos, toma al ciudadano por la mano como el padre la de un hijo para guiarlo". Las relaciones existentes entre soberanos y sujetos, así como entre jefes y subordinados, sobre un plano viril y combatiente, reposan sobre la libre adhesión y el respeto recíproco, sin ingerencia en lo que es solamente personal y cae fuera de lo que es objetivamente requerido por los fines de toda acción común, ofrecen otro ejemplo claro de la dirección opuesta y positiva. Todo lo que ha revestido en el fascismo el carácter de una pedagogía del Estado y de una expresión ejercida no sobre el plano político y objetivo sino sobre el de la vía normal personal, como uno de los aspectos del "totalitarismo", debe ser pues incluido en la lista de las desviaciones del sistema. A este respecto, fue típico entre todos el ejemplo de la "campaña demográfica" fascista, odiosa independientemente del hecho de que reposaba sobre el absurdo principio de que el "número es potencia", principio desmentido por toda la historia, el "mando" ha estado siempre contenido en pequeños grupos de dominadores y no por la explosión democrática de masas de desheredados y de parias invasores de las tierras más ricas sin otros derechos que su miseria y su incontinencia procreadora. Que a una campaña demográfica en Italia, cuya población era ya excedentaria, fue además absurda como en no importa que otra nación, aparte del equívoco sobre la significación del "número", eran hechos evidentes. En general, prejuicios y una cierta irresponsabilidad impidieron reconocer un punto cuya importancia no será jamás subrayada suficientemente, a saber, que el crecimiento natural de la población global es uno de los primeros factores de la crisis y de la inestabilidad política y social de los tiempos modernos. En el caso donde medidas enérgicas apareciesen como verdaderamente necesarias al bien común, precisamente para limitar este mal pandémico, y no para agudizarlo más (como con la campaña demográfica fascista) deberían ser recuperadas sin ninguna duda.

Sobre la misma línea que el "Estado ético", es decir, de pretensión pedagógica, la preocupación por la "pequeña moral" antes que por la "gran moral" se evidencia a menudo en el fascismo: en lo que concierne a la vida sexual particularmente, con medidas públicas represivas e inhibitorias. Esto se debió en parte a la componente burguesa del fascismo, que no fue muy diferente por su moralismo ‑hay que reconocerlo‑ de un régimen más o menos puritano de tipo demócrata‑cristiano, pero el ETHOS, en el sentido antiguo, es cosa diferente de la moral tal como la ha concebido la sociedad burguesa. Una civilización "guerrera" ‑y la ambición del fascismo era precisamente dar nacimiento a una civilización "moralista" o, mejor, para utilizar un término de Wilfredo Paretto, una civilización de "virtuosismo".

Aquí también la libertad de la persona debe ser respetada y se debe tender a una tensión ideal elevada y no a una "moralización".

Todo esto nos lleva sin embargo fuera del dominio particular de las presentes consideraciones. Lo que es preciso establecer aquí, en general, es la idea de la acción por el prestigio, por la llamada a formas especiales de sensibilidad, de vocación y de interés de los individuos, idea que debe ser propia del Estado auténtico y de sus jefes. Si el llamamiento no encuentra eco, no se podrá siquiera alcanzar por otras vías lo que importa verdaderamente; un pueblo, y una nación irán a la deriva o se reducirán a una masa impotente entre las manos de los demagogos expertos en el arte de actuar sobre las capas sub‑personales, pre‑personales y las más primitivas del ser humano.

Habiendo entrado en consideración el concepto de libertad en estas últimas precisiones críticas, será bueno añadir algunas breves consideraciones sobre el sentido que la libertad puede tener en un Estado de tipo voluntarista, como quiso ser el Estado fascista, y no de tipo contractual.

Hay una palabra de Platón que hemos citado ya en otras ocasiones y que dice que es bueno que quien no tiene un soberano en sí mismo, tenga al menos un buen soberano fuera de sí mismo.Esto lleva también a distinguir una libertad positiva de la libertad puramente negativa, es decir, exterior, de la que puede igualmente gozar quien, libre en relación a los otros, no lo es del todo en relación a sí mismo, en relación a la parte naturalista  de su ser; a lo que es preciso añadir la distinción bien conocida entre el hecho de ser libre DE alguna cosa y el de ser libre PARA alguna cosa (para una tarea, para una función dada). En una obra reciente, hemos indicado que la conquista de una libertad "negativa" con la que no se ha sabido que hacer, visto el no‑sentido y el absoluto absurdo de la sociedad moderna, es la causa principal de la crisis existencial del hombre contemporáneo. En verdad, personalidad y libertad no pueden ser concebidas más que a medida en que el individuo se libera más o menos de los lazos naturalistas, biológicos, individualistas que caracterizan las formas pre‑estatales y pre‑políticas en un sentido puramente social, utilitario y contractual. Puede entonces concebirse que el Estado auténtico, el Estado caracterizado por la "trascendencia" del plano político, facilite un medio propicio para el desarrollo de la personalidad y de la verdadera libertad, en el sentido de una VIRTUS, según la acepción clásica; por su clima de tensión elevada, se dirige una llamada permanente al individuo para que este se recupere, vaya más allá de la simple vida vegetativa. Evidentemente, todo tiene justos puntos de referencia, especialmente el hecho de dar, debe ser realmente "anagógico", es decir, "tendiente hacia lo alto" (para esto, digámoslo de paso, poner como punto de referencia un "bien común" abstracto que refleja, en mayor medida, el "bien individual" concebido en términos materiales, es absolutamente inadecuado). Una vez eliminado el equívoco del totalitarismo, es preciso  desterrar de la forma más neta la acusación según la cual un sistema político que repose sobre la autoridad es en principio incompatible con los valores de la persona y elimina la libertad. La libertad que puede sentirse negada por un sistema de este tipo, no es más que la libertad insípida, sin forma, la pequeña y, en el fondo, poco interesante libertad: y todas las argumentaciones de un "nuevo humanismo" de intelectuales descentrados no pueden nada contra esta verdad fundamental.

Para evitar todo equívoco, y recuperando lo que hemos dicho anteriormente sobre el arte de los demagogos, es preciso sin embargo reconocer fuera de toda duda que además de la posibilidad "anagógica", existe la posibilidad "catagógica" (tendiente hacia lo bajo). Es decir que el individuo puede "transcenderse", salir de sí subordinando incluso sus propios intereses inmediatos, en un sentido no ascendente sino descendente. Lo que sucede precisamente en los "Estados de masa", en los movimientos colectivistas y demagógicos con fondo pasional e infra‑racional, los cuales pueden también dar al individuo la sensación ilusoria, momentánea de una vida exaltada e intensa; pero esta sensación es condicionada por una regresión, por una disminución de la personalidad y de la verdadera libertad. Los casos donde es difícil distinguir entre las dos posibilidades no faltan, los dos fenómenos pueden incluso presentarse simultáneamente. Pero lo que hemos dicho facilita puntos de referencia precisos y permite impedir que se haga valer de forma tendenciosa contra el sistema político que buscamos definir en función de elementos positivos y tradicionales (incluso cuando estos no superan el estado de exigencias y aspiraciones) argumentos que no pueden haber tomado cuerpo más que sobre un sistema de tipo completamente diferente. Ya hemos afirmado que era absurdo establecer paralelismo hablando de totalitarismo de derecha y de totalitarismo de izquierda. Si se quiere emplear el término "totalitarismo" de manera precisa, la diferencia esencial podría ser expresada de forma perentoria diciendo que el totalitarismo de Derecha es "anagógico", mientras que el de izquierda es "catagógico", y  es solo porque ambos están igualmente opuestos al inmovilismo del individuo burgués, limitado y hueco, que un pensamiento miope cree que tienen algo en común.

 

 

El Misterio del Grial - Capítulo I - PRINCIPIOS Y ANTECEDENTES

El Misterio del Grial - Capítulo I - PRINCIPIOS Y ANTECEDENTES

Biblioteca Evoliana.- En este primer capítulo, Evola entra en lo esencial de la materia de "El Misterio del Grial", situando el tema. Los parágrafos de este primer capítulo son significativos:  "El Ciclo Olímpico","Sobre el "Heroe" y sobre la "mujer"", "El Tema Hiperbóreo", "La tradición en Irlanda", "El ciclo artúrico", "La saga imperial. El señor Universal", "Federico, el Preste Juan. El Árbol del Imperio", y "Dante: el Veltro y el Dux". Ninguno de estos capítulos es superfluo y recomendamos a los lectores de la web una lectura atenta y pormenorizada porque su comprensión es esencial para poder captar el sentido de los capítulos siguientes.

 

PRINCIPIOS Y ANTECEDENTES

 

V. EL CICLO OLÍMPICO

 

Según la línea de pensamiento que seguimos, lo que en los distintos pueblos se ha manifestado como verdadera «tradición» no es algo relativo, algo determinado por factores externos o simplemente históricos, sino que remite siempre a elementos de un saber único en su esencia que tienen carácter de «constantes».

Ahora bien, la enseñanza tradicional en una u otra forma ha afirmado siempre y en todo lugar la existencia de una raza de los orígenes portadora de una espiritualidad trascendente y por ello a menudo considerada «divina» o «similar a la de los dioses». Hemos definido como olímpica su estructura, queriendo significar además con ese término una superioridad innata, «una naturaleza que, inmediatamente como tal, es supranaturaleza». Una fuerza de lo alto en una raza como ésa es «presencia», y ésta la predestina al mando, a la función regia, la presenta como la raza de «los que son» y «que pueden», y a veces como raza solar.

Si la Edad de Oro, de la que hablan de un modo u otro múltiples tradiciones, es un recuerdo lejano del ciclo de esa raza, al propio tiempo -ya de ella, ya de su función y de su propia sede- se formuló también una concepción suprahistórica basada en el hecho de que, en un momento dado, la que había sido manifiesto se volvió oculto. A causa de una progresiva involución de la humanidad, recordada también por múltiples tradiciones, la función ejercida por esa raza se fue haciendo gradualmente invisible y quedó interrumpido el contacto directo entre el elemento histórico y el suprahistórico. Ese es el sentido, por ejemplo, de las enseñanzas de Hesíodo de que los seres de la edad primordial no murieron, sino que pasaron de forma invisible a guiar a los mortales. Del tema de la Edad de Oro se pasa, pues, al de un reino metafísico, con el que se hallan en cierta misteriosa relación objetiva u ontológica todos los dominadores de lo alto, ya quienes pueden ser considerados herederos reales de la tradición primordial, ya quienes más o menos perfecta y conscientemente reprodujeron de ella el tipo de regnum en un lugar determinado y en el marco de una civilización determinada. Así se define la noción tradicional de un invisible «Rey de Reyes», «Señor Universal» o «Rey del Mundo», asociada a símbolos bien determinados, algunos de los cuales derivan directamente de analogías, mientras que otros son recuerdos mitologizados de la tierra o tierras donde se desarrolló el ciclo primordial olímpico.

Son, en primer lugar, símbolos de centralidad: el centro, el polo, la región en el centro del mundo, la piedra central o de fundamento, o el imán. Luego, símbolos de estabilidad: la isla firme en medio de las aguas, la roca, la piedra inquebrantable, y símbolos de inviolabilidad y de inaccesibilidad: el castillo o país invisible o imposible de hallar, la cumbre montañosa salvaje, o una región subterránea. y también: la «Tierra de la Luz», la «Tierra de los Vivientes» o la «Tierra Santa». Y además todas las variantes del simbolismo del oro, que al propio tiempo que abarca igualmente los conceptos de solaridad, luz, realeza, inmortalidad e incorruptibilidad, siempre ha mantenido alguna relación con la tradición primordial y con la Era tan a menudo indicada por el oro. Otros símbolos se refieren a la «Vida» en sentido eminente (el «alimento perenne», el «Árbol de la Vida»), a un conocimiento trascendental, a una fuerza invencible, y todo ello aparece diversamente combinado en las representaciones fantásticas, simbólicas o poéticas que en las diferentes tradiciones han representado ese tema constante del regnum invisible y del «centro supremo» del mundo, en sí o en sus emanaciones y reproducciones.

VI. SOBRE EL «HÉROE» Y SOBRE LA «MUJER»

Como es sabido, la doctrina de la Edad de Oro forma parte de la de las cuatro edades, que nos habla de la ya citada involución progresiva verificada en el curso de la historia a partir de tiempos remotísimos. Pero cada una de estas edades tiene además un significado morfológico, expresa una forma típica y universal de civilización. Tras la Edad de Oro, tenemos la de Plata, que corresponde a un tipo de espiritualidad sacerdotal más femenino que viril: nosotros la llamamos espiritualidad lunar porque el símbolo de la plata siempre fue tradicionalmente al del oro la que la Luna es al Sol, y una correspondencia de este tipo resulta aquí particulannente clarificadora: la Luna es el astro femenino que ya no tiene en sí, como el Sol, el principio de la luz propia. De ahí el paso a todo cuanto es espiritualidad condicionada por una mediación, o bien espiritualidad extrovertida, caracterizada por una actitud de remisión, de abandono, de arrebato amante o estático.

Tenemos así la raíz del fenómeno «religioso» en sentido estricto, desde sus variantes teístico-devocionales hasta las místicas. La aparición de una virilidad salvaje y materializada contra esas formas espirituales define una Edad de Bronce. Es la degradación de la casta guerrera, su rebelión contra quien representa al espíritu en cuanto éste ya no es el jefe olímpico, sino sólo un sacerdote; es el desencadenamiento del principio propio de esa rebelión como orgullo, violencia y guerra.

El mito correspondiente es la rebelión titánica o demoníaca, el intento prometeico de usurpar el fuego olímpico. Una representación equivalente es la Era de los «gigantes», o del Lobo, o de los «seres elementales», que se encuentra en distintas tradiciones y en los fragmentos que de ellas se conservan en las leyendas y en las epopeyas de los diferentes pueblos.

La última es la Edad de Hierro o, según la denominación correspondiente -expresión hindú -, la edad oscura. Entra en ella toda civilización idólatra, toda civilización que únicamente conozca y exalte lo que es humano y terreno. Contra esas formas de decadencia se define la idea de un posible ciclo de restauración, denominado por Hesíodo ciclo heroico, o edad de los héroes. Aquí hay que aceptar el término «heroico» en sentido especial, técnico, distinto del usual. Según Hesíodo, la «generación de los héroes» fue creada por Zeus, o sea por el principio olímpico, con la posibilidad de reconquistar el estado primordial y, por consiguiente, dar vida a un nuevo ciclo «áureo». Mas para realizarla, como precisamente se trata tan sólo de una posibilidad, y no de un estado de naturaleza, se impone la doble condición de superar tanto la espiritualidad «lunar» como la virilidad materialista, lo que equivale a decir tanto el sacerdote como el simple guerrero o el titán. Estos rasgos aparecen en los personajes «heroicos» de casi todas las tradiciones. Así, por ejemplo, se describe precisamente en estos términos, en la tradición helénico-aquea, a Heracles como prototipo heroico: tiene por perenne adversaria a Hera, figura soberana del culto panteístico-lunar; se gana la inmortalidad olímpica sobre todo por ser aliado de Zeus, del principio olímpico, contra los «gigantes». Y según uno de los mitos de ese ciclo, por su mediación es liberado el elemento «titánico» (Prometeo) y se reconcilia con el olímpico.

Hay que destacar que si por «titán» se entiende quien no acepta la condición humana y quiere arrebatar el fuego divino, sólo un rasgo separa al héroe del titán. De ahí que ya un Píndaro exhortara a no querer «convertirse en dioses». Y, en la mitología hebrea, el símbolo de Adán sirviera de admonición análoga e indicara un peligro fundamental. El tipo titánico -o desde otro punto de vista el tipo guerrero- es en el fondo la materia prima del héroe. No obstante, para la solución positiva, o sea para la transformación olímpica como reintegración del estado primordial, se impone una doble condición.

Ante todo la prueba y la confirmación de la cualificación viril - en el simbolismo épico y caballeresco, una serie de empresas, de aventuras, de gestas, de combates -, pero de tal tipo que no se transforme en un límite, en hybris, en encierro del Yo, que no obstaculice la capacidad de abrirse a una fuerza trascendente, únicamente en función de la cual puede el fuego volverse luz y liberarse. Por otra parte, una liberación de este tipo no debe significar el cese de la tensión interior, por lo que otra prueba consiste en reafirmar de forma adecuada la cualidad viril en el plano suprasensible, lo cual tiene precisamente por consecuencia la transformación olímpica, conseguir la dignidad que en las tradiciones iniciáticas siempre se ha calificado de «regia». Este es el punto decisivo que diferencia la experiencia heroica de toda evasión mística y de toda confusión panteísta, y entre los simbolismos que a ello puedan referirse debemos recordar aquí sobre todo el de la mujer.

En la tradición indoaria, cada dios - cada poder trascendental - va unido a una esposa, y el término shakti, esposa, quiere decir también potencia. En Occidente, la Sabiduría, Sophia, a veces el propio Espíritu Santo, tuvieron por símbolo una mujer de sangre real, igual que aparece como Hebe la perenne juventud olímpica entregada por esposa a Heracles. En las representaciones egipcias, las mujeres divinas ofrecen a los reyes el loto, símbolo de renacimiento, y la «llave de la vida». Como las fravashi iraníes, las valquirias nórdicas son simbolismos de partes trascendentales de los guerreros, son las fuerzas de su destino y de su victoria. La tradición romana conoció una Venus Victrix, con el carácter de «generadora» de una estirpe imperial (Venus Genitrix), y la céltica, mujeres sobrenaturales que raptan a los héroes en islas misteriosas, para hacerlos inmortales con su amor.

Eva, según cierta etimología, quiere decir la Vida, la Viviente. Sin continuar con la serie de tales ejemplos, que ya hemos desarrollado en otro lugar, comprobamos que un simbolismo muy difundido ha reconocido en la «mujer» una fuerza vivificante y transfigurante, por medio de la cual puede superarse la condición humana. Por otra parte, ¿cuál es el fundamento de la imagen femenina de esa fuerza? Todo simbolismo se basa en relaciones precisas de analogía, por lo que es necesario partir de las posibles relaciones entre hombre y mujer. Estas relaciones pueden ser normales o anormales. Son anormales cuando la mujer se vuelve dominadora del hombre. El simbolismo de la mujer que se liga a este segundo caso no afecta al tema que ahora tratamos, por lo que no nos extenderemos sobre él. Señalaremos, al respecto, que se trata tan sólo de concepciones ginecocráticas (matriarcales) que se consideran restos del ciclo de la civilización «lunar», en las que se refleja el tema de la dependencia y pasividad del hombre con respecto al espíritu concebido en forma femenina (Madre cósmica o Magna Mater, Madre de la Vida, etc.), tema característico, precisamente, de dicho ciclo.

Sin embargo, no encaja necesariamente en ese marco la idea más general de la mujer como administradora del sacrum y como principio vivificante, como portadora de una «vida» que libera, anima y transforma al «ser» mismo. Donde sí puede encajar en cambio esta idea, y efectivamente a menudo así ha sido, es en el mundo de la espiritualidad que nosotros llamamos «heroica». Sin embargo, en ese caso debemos referirnos, como base de la analogía y del simbolismo, a las relaciones normales entre hombre y mujer, y de ellas resulta el concepto fundamental de una situación en la que el principio viril conserva su propia naturaleza; el espíritu, frente a él, es la «mujer»: aquél es lo activo, y éste es lo pasivo; incluso frente a la fuerza que lo transfigura y vivifica, el héroe mantiene el carácter que el hombre posee como señor de su mujer. Destaquemos de pasada que aquí estamos en el punto opuesto al simbolismo nupcial predominantemente usado en la mística de orientación religiosa, sobre todo en la cristiana, donde es al alma, por el contrario, a quien se atribuye el papel femenino, el de la «esposa».

Una vez sentado esto, recordando los «signos» del centro, tenemos símbolos compuestos: la Mujer de la Isla, la Mujer del Árbol, la Mujer de la Fuente, la Mujer o Reina del Castillo, la Reina de la Tierra Solar, la Mujer escondida en la Piedra, etc. En particular, en cuanto Viuda, la mujer expresa una época de taciturnidad, es decir, la tradición, la fuerza o la potencia que ya no es poseída, que ha perdido a su «hombre» y espera a un nuevo señor o héroe : análogo es el significado de la «Virgen» aprisionada que espera ser liberada y desposada por un caballero predestinado. Partiendo de esta base, todo cuanto en las leyendas épicas y en muchas narraciones caballerescas se encuentra reflejado en hechos de aventuras y de luchas heroicas emprendidas sobre la fidelidad a una «mujer» y con la esperanza de poseerla, casi siempre puede interpretarse a modo de simbolismo para las pruebas de la calidad viril, que se le imponen a modo de premisa para la integración trascendental de la personalidad. Y si en esta literatura también encontramos mujeres, a las que se atribuye un motivo de seducción y de peligro para el héroe, esto no debe entenderse tan sólo en su sentido primitivo y directo, o sea como simple seducción carnal, sino también, situándose en un plano más elevado, por el peligro de que la aventura «heroica» conduzca a una caída titánica. La mujer expresa entonces la seducción que constituye el poder y el conocimiento trascendental, cuando el significado de su posesión es la usurpación prometeica y la culpa del orgullo prevaricador. Otro aspecto opuesto puede tener relación con lo que alguien ha denominado «la muerte succionadora que procede de la mujer», refiriéndose a la pérdida del principio más profundo de la virilidad.

VII. EL TEMA HIPERBÓREO

La localización del centro o sede ongmaria de la civilización «olímpica» del ciclo áureo en una región boreal o nórdico-boreal, que se hizo inhabitable, es otra enseñanza tradicional fundamental que hemos expuesto en otra obra, con la correspondiente documentación.

Una tradición de origen hiperbóreo, en su primitiva forma olímpica o en sus reminiscencias de tipo «heroico», está en el origen de acciones civilizadoras desarrolladas por razas que, en un período que va desde finales de la edad glacial hasta el neolítico, se extienden por el continente eurasiático. Algunas de estas razas debieron de proceder directamente del Norte; otras, al parecer, eran originarias de una tierra atlántico-occidental en la que se había constituido una especie de imagen del centro nórdico. Esa es la razón por la que varios símbolos y recuerdos concordantes se refieren a una tierra que unas veces es nordártica y otras occidentales.

El centro hiperbóreo, entre sus distintas denominaciones, que también se aplicaron al atlántico, tuvo la de Tule, de Isla Blanca o del «Esplendor» - el çveta-dvîpa hindú, la isla Leuké helénica -, de «semen originario de la raza aria» - airyanem-vaêjô -, de Tierra del Sol o «Tierra de Apolo», y de Avalón. En todas las tradiciones indoeuropeas hay recuerdos concordantes que hablan de la desaparición de esa sede, posteriormente mítica, en relación con una congelación o con un diluvio. Esa es la contrapartida real, histórica, de las distintas alusiones a algo que se supone que a partir de un período determinado se perdió o se hizo oculto e imposible de hallar. Esa es también la razón de que la «Isla» o «Tierra de los Vivientes» -entendiendo por «Vivientes» (en sentido estricto) los miembros de la raza divina originaria-, la región a la que más o menos se refieren los símbolos ya conocidos del centro supremo del mundo, se confunda a menudo con la «región de los muertos», equivaliendo los «muertos» a la raza desaparecida. Así, por ejemplo, según una leyenda céltica, los hombres tenían por principal antepasado al Dios de los Muertos –Dispáter-, que habita en una región lejana de allende el océano y mora en las «Islas extremas», adonde según la enseñanza druídica había ido directamente una parte de los habitantes prehistóricos de la Galia. Por otra parte, es tradición clásica que. tras haber sido Señor de la Tierra, el rey de la Edad de Oro, Cronos-Saturno, destronado o castrado (o sea privado del poder de «procrear», de dar vida a una nueva estirpe), sigue viviendo, «en sueños», en una región del extremo Septentrión, por el mar Ártico, que por ese motivo también era llamado mar Crónido.

Eso dio lugar a varias confusiones, pero en esencia se trata siempre de la transposición, sea en la suprahistoria, sea en la forma de una realidad o centro espiritual latente o invisible, de ideas referentes al tema hiperbóreo. Para lo que aquí nos interesa, es necesario detenerse brevemente a considerar la forma que esos recuerdos adoptaron en el ciclo céltico, irlandés sobre todo. Se trata esencialmente de las tradiciones que se refieren al Avalón, a los Tuatha dé Danann y luego al propio reinado de Arturo. Estas tradiciones tienen un alcance que va más allá de lo local e histórico; a menudo, hasta los datos geográficos que aparecen en ellas tienen, como suele suceder con frecuencia en tales casos, significado únicamente simbólico.

VIII. LA TRADICIÓN EN IRLANDA

La historia legendaria de Irlanda se centra en las vicisitudes de las razas que sucesivamente la ocuparon y la dominaron, procedentes de un misterioso centro nordatlántico, al cual a veces regresaron. La Historia Brilorum da a menudo a ese centro el nombre de Hiberia, pero este término es en realidad sólo la transcripción fantasiosa de los vocablos irlandeses mag-mô, trag-môr o mag-mell, que designan la «Tierra de los Muertos», o sea el centro primordial nordatlántico . Estas razas atraviesan por variadas vicisitudes: se encuentran en lucha perpetua contra los fomores, gigantes o seres oscuros y monstruosos, que en los elementos cristianizados de la saga son significativamente semejantes a los gigantes antediluvianos o a naturalezas salvajes descendientes de Cam y de Caín. Estos fomores son el equivalente de las «naturalezas elementales» o los «gigantes» que en la tradición nórdica de los Eddas corresponden a los ases, los «héroes divinos».

Representan las fuerzas de un ciclo de la «Edad de Bronce», oscuras fuerzas telúricas, asociadas a las profundidades de las aguas (en el ciclo de Ulster), igual que se asoció a éstas al telúrico Poseidón; o bien corresponden a fuerzas del ciclo originario materializadas o degradadas en sentido titánico. Este segundo aspecto, en las tradiciones célticas. Parece deducirse del hecho de que al rey de los fomores, Tetra, se le atribuye a veces la misma patria misteriosa del otro lado del océano, y que la inexpugnable torre de Connan, otro rey de los fomores, en la «isla de Cristal en medio del mar», en el fondo también es visiblemente una imagen del centro primordial.

En todo caso, a los fomores, en su aspecto esencial de raza oscura y telúrica, los vence un primer núcleo de civilizadores llegados a Irlanda de la región atlántica, de la raza de Partholon. Esta raza se extingue, y le sucede otro pueblo de igual origen, la raza de Neimheidh. El nombre de Neimheidh, que tiene una raíz céltica con significado de «celestial», y también de «amigo», «venerable», «sagrado», nos permite concebir ese mismo nuevo ciclo como creación de los representantes de la tradición primordial todavía en estado puro, «olímpico». En la época de Neimheidh destaca un episodio simbólico, que tiene correspondencia con otro análogo de los Eddas. En los Eddas, los ases, «los héroes divinos», se dirigen a los «seres elementales» para hacerles reconstruir la fortaleza de la «región central», el Asgard del Milgard. Como compensación por esa obra, los gigantes quieren tener la «mujer divina», Freya, y con ella «la Luna y el Sol». Al no obtenerla –pues los ases impiden esta usurpación de las fuerzas superiores provocada por haberse servido ellos de las potencias elementales -, se desencadena una lucha que finaliza con la fatal consecuencia del «ocaso de los dioses». Asimismo, en el ciclo irlandés, Neimheidh se sirve de los fomores para hacerles construir una fortaleza, pero luego, temiendo que se adueñen de ella, los extermina. Esto no sirve de nada, ya que los descendientes de Neimheidh acaban siendo sojuzgados por los fomores que habitan la Tor-inis, fortaleza de una isla -nuevamente- al noroeste de Irlanda; y cerca de ésta, cuando intentan rebelarse, son aniquilados, igual que, en la saga de los Eddas, la lucha contra las fuerzas elementales concluye en un primer momento con el ocaso de los ases. En uno y otro caso, probablemente tenemos el simbolismo del advenimiento de un ciclo «titánico» sobre las ruinas de una civilización directamente derivada de la primordial.

Aquí, en el desarrollo de la saga irlandesa, aparece una tentativa de restauración «heroica». Se trata del ciclo de los Tuatha dé Danann, término que quiere decir «gente de la diosa Anu o Dana». Por una parte, se dice que esta raza llega a Irlanda venida «del cielo», de ahí, según el Leabbar na hvidhe, «su sabiduría y la superioridad de su saber»; por otra parte, su conocimiento sobrenatural se supone que lo adquirió en la región hiperbórea. Las dos versiones no se contradicen, sino que se complementan recíprocamente, ya sea debido al carácter no sólo humano del centro primordial, ya sea porque, según la saga, la raza de los tuathas desciende de supervivientes de la raza de Neimheidh, que se habían dirigido a la tierra hiperbórea o atlántico-occidental precisamente para aprender las ciencias sobrenaturales, y de ahí también procede una relación con algunos objetos místicos, de los que hablaremos más adelante. La raza de Neimheidh es la «celestial» y «antigua» que acabó siendo arrollada por un ciclo titánico, y el sentido del conjunto es que probablemente se trata de un contacto reintegrador con el centro espiritual originario - celestial y, en la transposición geográfica del recuerdo, hiperbóreo o atlántico-occidental -, convenio que reanima y da sentido «heroico» a la nueva estirpe, a los Tuatha dé Danann , que vencen de nuevo a los fomores y razas afines - los Fir bolg - y se adueñan de Irlanda. El jefe de los tuathas, Ogme, es un personaje «solar» - Grian Ainech -, con rasgos similares a los del Heracles dórico. Él conquista la espada del rey de los fomores.

Pero también el dominio de los tuathas llega a su fin. El Lebor Gabala (Libro de las Conquistas) habla de la llegada a Irlanda de una nueva raza, la de los «hijos de Mileadh», cuya fisonomía no está del todo clara. Predomina en ella el aspecto guerrero – Mileadh parece tener la misma raíz que miles -, pero no faltan restos de la más elevada tradición propia del anterior ciclo de los tuathas. Así, también en la civilización de Mileadh subsiste el simbolismo de la «sede central»: la constitución de este pueblo es feudal, con una realeza suprema establecida en Tara, en la «tierra del medio» - Meadhon -, antes centro sagrado de los tuathas, donde el rey era consagrado por la «piedra del destino» -lia-fail-, de la que ya hablaremos, y que pertenecía igualmente a la tradición de los tuathas. En cuanto a los propios tuathas, según algunos textos, abandonaron el país y adoptaron una forma invisible como habitantes de maravillosos palacios «subterráneos» o de cavernas montañosas inaccesibles a los hombres, entre los cuales no volvieron a manifestarse sino en casos excepcionales; según otros textos, regresaron a su patria de origen, a Avalón. Según lo dicho hasta aquí, ambas versiones son equivalentes, pues se trata de dos distintas representaciones del centro primordial que se ha vuelto oculto («subterráneo» e inaccesible.

En las tradiciones célticas, se le siguieron aplicando las imágenes de la «Isla» atlántica de Avalón, y aquí interesa destacar que, ante todo, esta isla fue concebida en tiempos posteriores como lugar de «mujeres» que atraen a los héroes para hacerlos inmortales. Por lo demás, el nombre de Avalón se explica basándolo en el término címrico a/al, que quiere decir manzano, como «isla de los manzanos»; lo cual nos hace recordar naturalmente la isla de las Hespérides «allende el océano», con las simbólicas manzanas de oro de las que se apoderó Heracles en otro de los trabajos que le valieron ganar la inmortalidad heroica. Las mujeres sobrenaturales de la isla de Avalón parecían poseer el don de la «salud» -en la saga de Tir-nan-og ellas mismas afirman que en su tierra jamás «se verá la muerte o la disolución del cuerpo» y que allí el héroe Oisin podrá obtener la «corona de rey de la juventud eterna». Pero al propio tiempo. Avalón, la «Isla Blanca», posee también valor de isla «polar» y «solar». La isla de Avalón, según otra etimología posible, en realidad no es sino la isla de Apolo, dios, con el nombre céltico de Ablun o Belen; por tanto, representa la tierra «solar» y la región hiperbórea, pues a Apolo también se le consideró rey solar, precisamente de la Edad de Oro y de la región hiperbórea. Y si esta isla se confunde a menudo con la «isla de cristal», ello debe atribuirse al simbolismo general de paredes de cristal, e incluso de aire, usado para significar una especie de defensa invisible que circunda algunos lugares, para impedir su acceso, como ocurre con otro símbolo, el de un muro de fuego que gira en torno a esa isla. Son variantes de la idea de inviolabilidad, que siempre se refiere al centro supremo.

El texto conocido con el nombre de Battle of Mag-Tured, se refiere que los tuathas se llevaron consigo de la sede nordatlántica cuatro objetos estrechamente relacionados con la enseñanza allí recibida: una piedra, una lanza, una espada y un recipiente. La piedra es la «piedra fatídica» o «piedra regia», así denominada porque, como una especie de oráculo, permite reconocer quién puede ser legítimamente rey; la lanza es la lanza de Lug, dios del rayo, de la que se ha dicho que «jamás perdió ninguna batalla quien la empuñó»; la espada es la invencible e inexorable espada de Nuadu; el recipiente, por último, es el recipiente de Dagdé, capaz de saciar mágicamente con su contenido a cualquier cantidad de guerreros.

Estos objetos de los tuathas resurgirán en los correspondientes objetos del ciclo del Grial, de igual modo que la sede de éste resultará estar en estrecha relación con la misma isla de Avalón, o «Isla Blanca».

En las tradiciones recogidas en los Anales de los Cuatro Maestros es particularmente visible, además, el tema de la lucha y de la victoria como prueba. Una fórmula que siempre se repite es: «El rey X fue abatido por Y, quien se convirtió en rey». Su sentido más profundo se refiere en la saga del Rey de los Bosques de Nemi, del que yahemos tratado en otra obra, donde el vencer y matar a un determinado personaje parece introducir directamente a la función ya la dignidad regia y sacerdotal ostentada por aquél, pero igualmente a la calidad de esposo de la «mujer divina». Ahora bien, la literatura caballeresca medieval está llena de variantes de este tema: a menudo la prueba de las armas conduce casi automáticamente a la posesión de una mujer, que de un héroe pasa a otro.

Basándose en el denominado «derecho de amor», según la ética de aquella literatura era algo casi natural que un caballero pudiese hacer objeto de su deseo a la Dama de su propio señor, caso de que creyese, y pudiera demostrarlo, ser más valiente que él en la prueba de las armas. El carácter singular que todo esto presenta tomado al pie de la letra, incluso su escasa correspondencia con las costumbres reales de la época, ya deberían inducir a suponer un contenido oculto como sentido verdadero de esas «aventuras», en las que probablemente se trata de lejanos ecos del tema de la selección de esa cualidad viril que más cualifica para obtener la posesión de la «mujer».

Según la Hisloria Regum Britanniae, Britania estaba habitada en un principio por gigantes. Al principal de ellos se le dio el nombre de Goemagog. «Bruto», considerado descendiente de los troyanos que también fundaron Roma, los exterminó e instituyó la

tradición britana. Goemagog equivale claramente a Gog y Magog. Es una reminiscencia bíblica significativa. Gog y Magog son personajes demoníacos a los que en el mito imperial veremos desempeñar un importante papel. Equivalen a los fomores, a los «seres elementales» o rinthursi a quienes los ases, los «héroes divinos» de los Eddas, cerraron el paso con una muralla para que la «sede del Centro» - el Mitgard, o sea una determinada reproducción del centro primordial - les resultase inaccesible. En cierto sentido, no representan sino lo demoníaco del mundo de las masas.

Los Anales de los Cuatro Maestros refieren varias rebeliones contra la dinastía sagrada de los Tuatha dé Danann e igualmente contra la sucesiva dinastía guerrera de los hijos de Mileadh, insurrecciones promovidas por la raza de los Fir-Domhnain, o «raza de las profundidades», raza telúrica, asociada a restos degenerados de anteriores habitantes de Irlanda, como los Fir-Bolg. Por último, se habla de una «raza plebeya» - aithe-ach-tuatha -, que, aprovechando una fiesta, mata a la nobleza, o bien que induce a los Cuatro Señores a rebelarse contra el rey supremo de la «sede del Centro». Pero como castigo por esa violencia, el país es azotado por una esterilidad general, acompañada de toda clase de plagas: el reino seguirá en ese estado de desolación hasta que el hijo del último rey, que había sido derrotado y muerto, vuelva a la casa del padre. Ahora bien, en la saga oriental de Alejandro, se habla de la devastación y la sequía «de todos los ríos y arroyos, hasta el punto de no dejar un solo sorbo de agua», y eso lo sitúa en el tiempo de la venida de las gentes de Gog y Magog. Son las mismas circunstancias en que acaba el reino del Grial, convertido en la Gaste Terre, la tierra devastada a causa del denominado «golpe doloroso», y que no cesará hasta el regreso del héroe vengador y restaurador. Ya este conjunto de antiguas tradiciones y de arcaicos símbolos célticos precristianos presenta los temas principales que, por decirlo así, se reencamarán en las leyendas del Grial. El otro eslabón de conexión es la saga del rey Arturo.

IX. EL CICLO ARTÚRICO

En el conjunto de las formas de esta saga, la realidad histórica de Arturo - que se supone que fue el dux bellorum de los cimbrios nórdicos en lucha contra los anglosajones entre los siglos V y VI - pasa a segundo orden frente al aspecto de que se tendió a ver en su reino una especie de imagen de la función regia central estrechamente vinculada a la tradición hiperbórea, hasta equivaler finalmente a esta función considerada en sí misma con caracteres simbólicos y suprahistóricos.

La relación del reino de Arturo con Inglaterra resulta por ello accidental; en la literatura medieval. dicho reino tuvo más bien un significado supranacional, abarcaba lo mejor de la caballería, y la sugestión por ella ejercida sobre la cristiandad heroica medieval fue tan enorme que ésta veía precisamente en Arturo a su jefe simbólico y que la ambición de todo caballero era ser miembro de la misteriosa Orden del «rey Arturo», hecho particularmente significativo.

El nombre de Arturo puede recibir distintas interpretaciones, la más autorizada de las cuales es la que lo refiere a las palabras célticas arthos = oso y viros = hombre. Ya lo había explicado Nennio: Artur latine sonat ursum horribilem. Este significado de una fuerza viril que infunde espanto va unido además a un simbolismo de origen hiperbóreo y a la vez remite de nuevo a la idea de una función central o «polar». El oso, en efecto, es uno de los símbolos sagrados del antiguo culto nórdico y, simultáneamente, en el simbolismo astronómico corresponde a la constelación «polar» (Osa Mayor). Y no sólo eso: en el conjunto de los textos tradicionales, símbolos y nombres físicos acaban estableciendo una relación entre esa constelación, con el consiguiente simbolismo del polo o centro a ella referido, y Tule, uno de los nombres que designaron la «Isla Blanca» hiperbórea, el centro tradicional primordial. El elemento «polar», el elemento hiperbóreo y el elemento regio convergen, pues, en el personaje de Arturo. El aspecto unilateralmente viril y guerrero que pudiera suponerse en Arturo como ursus horribilis aparece rectificado también por el hecho de que, en la leyenda, Arturo siempre se acompaña, como con una especie de complemento o contrapartida suya, con Myrddhin o Merlín, poseedor de un saber y un poder supramaterial, que en el fondo aparece menos como persona distinta que como personificación del lado trascendental y espiritual del propio Arturo. La estrecha conexión entre estos dos principios, guerrero uno, espiritual el otro, además, ya define a la «caballería» de la Corte de Arturo y el significado de las aventuras más características atribuidas a miembros de aquélla. La caballería de la Tabla Redonda, o sea del rey Arturo, no es simplemente guerrera - los elegidos para formar parte de ella, se lee en la Morte Darthur, «se sienten más benditos y dignos de veneración que si hubiesen obtenido la mitad del Mundo -. Y dejan a sus padres, sus parientes, esposas e hijos para seguir la Orden». El propio Grial puede representar en el fondo el elemento trascendental con el que aquella caballería aspiraba a completarse: cosa que se verá claramente en las formas de la saga en que el reinado de Arturo acaba confundiéndose con el del Grial.

Conviene referir aquí el episodio sobre las piedras de Stonehenge, piedras que aún existen y son motivo de asombro para muchos, porque es un misterio el modo en que esos gigantescos bloques pudieron ser tallados y transportados, en tiempos tan remotos, al lugar donde han sido hallados, como restos de un gran templo solar que al parecer se remonta al megalítico o al neolítico. Merlín, al ordenar a los guerreros que saquen aquellas enormes piedras de lejanas canteras, dice: «Poned manos a la obra, valerosos guerreros, y aprended, haciendo bajar esas piedras, si la fuerza es superior al espíritu o es el espíritu el que es superior a la fuerza». Los guerreros se muestran incapaces, y Merlín, riendo, ejecuta la obra sin dificultad alguna. Que la virtud guerrera tuviese en el ciclo artúrico un punto de referencia espiritual resulta ya de la siguiente exhortación, contenida en el mismo texto, o sea en la Historia Regum Britanniae: «Combatid por vuestra tierra y aceptad, si es menester, la muerte, pues la muerte es una victoria y una liberación del alma». Es exactamente la antigua concepción de la mors triumphalis, punto central de la ética propia de las tradiciones de tipo «heroico».

Según la leyenda, Arturo demostró su derecho innato a ser el legítimo rey de toda Inglaterra superando la prueba de la espada, o sea consiguiendo extraer una espada clavada en una gran Piedra cuadrangular situada en el altar del templo, piedra que parece ser evidentemente una variante de la «piedra de los reyes» que existía ya en la antigua tradición de los Tuatha dé Danann. Se nos presenta aquí un simbolismo doble y convergente. Por un lado, tenemos el simbolismo general de la «piedra de fundamento», que remite a la Idea «polar», según la cual la alegoría y el mito aludirán a un poder viril (la espada) que hay que extraer de ese principio. En segundo lugar, arrancar la espada de la piedra puede significar también liberar un poder de la materialidad, puesto que la piedra tiene con frecuencia este significado, la cual concuerda con otro episodio de la leyenda, cuando Arturo, guiado por «Merlín», se apodera de la espada Caliburn o Escalibor, empuñada por un brazo misterioso encima de las aguas. Pero dicen que esta arma había sido fabricada en Avalón, o sea que tenía relación con el «centro superior»; y el ser empuñada sobre las aguas expresa de nuevo una fuerza apartada de las condiciones de la vida material, pasional y contingente, vida a la que siempre se refirió un aspecto fundamental del simbolismo de las aguas. Por encima de esa vida se ponen no sólo quienes aspiran a recibir el mandato regio del «centro» y a ser jefes en sentido superior, sino también todo caballero que desea hacerse digno de pertenecer al séquito del rey Arturo y, por último, de encontrar el Grial.

Para nuestros propósitos, entre los motivos ya propios de la antigua tradición británica aludiremos de nuevo a la institución de la Tabla Redonda y al simbolismo de la sede del rey Arturo. Cuando se habla de ésta suelen aparecer los conocidos símbolos de la tierra inaccesible: el de Arturo, según Andrés el Capellán, es un reino separado del mundo de los hombres por un río muy ancho, cruzado tan sólo por un peligroso puente. Está defendido por gigantes, y en él hay un castillo en perenne movimiento giratorio. En ese castillo, que también tiene el nombre de «castillo regio» - caer rigor - o castillo de los «ricos» -caer golud- se conserva un recipiente sobrenatural conquistado (según la tradición del The Spoiling of Annwn) por el rey Arturo al rey del «otro mundo», recipiente que, reproducción de uno de los símbolos propios ya de la tradición hiperbórea de los Tuatha dé Danann (el recipiente Dagdé, ya citado), como el Grial en el castillo del «rico» rey, «sacia» a cualquiera, cura cualquier herida y preserva de la acción del tiempo, negando, sin embargo, sus dones a los cobardes y a los perjuros . Tal sede, como castillo giratorio - revolving castel, caer sidi - es similar a la «isla giratoria» que en la antigua saga céltica a menudo ocupa el lugar de la «Isla de Cristal» y, en general, de Avalón, y aquí hay seguramente una alusión a la «Tierra Polar», que, en efecto, gira sobre su eje y transporta al mundo en su movimiento de rotación, la cual nos puede hacer pensar en la imagen del «Señor Universal» como chakravartí, expresión que quiere decir exactamente «el que hace girar la rueda», aludiendo a aquel que, como centro inmóvil, mueve la rueda del regnum y, en general, del Universo ordenado. Estas son ideas que, por la demás, hallan verificación en el propio simbolismo de la Tabla Redonda, que Arturo, por consejo de «Merlín», había instituido para distinguir a la orden de caballería de la que era jefe supremo. Según el texto de Malory, la Tabla Redonda, en efecto, estaba construida a imagen del mundo y en ella encontraba cobijo el Universo entero, terrenal y celestial. En otros textos se refiere generalmente al curso de los astros y a la rotación del cielo con respecto a un centro inmóvil, de donde resulta claramente que los caballeros que se sientan a la Tabla Redonda son otros tantos representantes del poder central ordenador. Ahora bien, es importante destacar que, en distintas narraciones, estos caballeros de la Tabla Redonda, o al menos los mejores de ellos, aparecen en número de doce, de donde resulta una visible correspondencia con los doce Pares que, en el Roman de Brul, «se dividen la Tierra en doce partes, de las que cada uno de ellos toma una en feudo y se hace llamar rey». La importancia de este detalle estriba en el hecho de que el doce es un número solar que, de una u otra forma, siempre apareció allí donde se constituyó, o intentó constituirse, un centro tradicional: los doce tronos del Midgard, los doce dioses supremos olímpicos, los doce troncos del centro délfico, los doce lictores en Roma, los doce residentes de Avalonia, los doce condes palatinos de Carlomagno, y así sucesivamente. Pero en la saga del Grial y del rey Arturo a ese simbolismo se agrega otro motivo: el del asiento peligroso. Es un asiento dejado vacío en la Tabla Redonda y reservado a un caballero esperado y predestinado, superior a cualquier otro, que a veces parece ser el caballero decimotercero y que entonces corresponde de modo manifiesto a la misma función suprema de centro, jefe o polo de los «doce» y es imagen o representante del propio cakravartî, o «Rey del Mundo».

Naturalmente, cuando se presenta el tema del «asiento peligroso» concebido como asiento vacío, hay que pensar en un estado de involución del reinado de Arturo o de tal decadencia de sus representantes que necesitase una restauración. En un plano ideal, ahí es precisamente cuando se ponen a buscar el Grial los caballeros de la Tabla Redonda, y ahí es cuando, en la literatura correspondiente, se entrelazan inextricablemente las aventuras del Grial y de los caballeros del rey Arturo. En general, el reino de Arturo se identifica entonces con el de Locris o Logres, una antigua designación de Inglaterra, como «Albania» e «Isla Blanca», y como sede del Grial; y los caballeros de Arturo se dedican a buscar el Grial para devolver el antiguo esplendor al reino y destruir los sortilegios que, tal como aparece ya en el Mabiscagian, han afectado a aquella tierra. El Grial es el símbolo de lo que se ha perdido y hay que encontrar de nuevo. Un hombre debe conseguir que el Grial manifieste de nuevo sus virtudes, y a menudo ese es también el caballero que se sentará en el «asiento peligroso».

En relación con todo esto, se obtiene una especie de desdoblamiento del personaje del rey Arturo. Por un lado, hay un «rey Arturo» suprahistórico, que simboliza una función; por otro, hay un rey Arturo que, como modelo de representante histórico de esta función, se encuentra en el centro de acontecimientos con resultado tan fatal que cabe relacionarlos con los antiguos relatos sobre la destrucción y desaparición de los Tuatha dé Danann y de sus descendientes. Para no anticipar, aquí sólo nos referiremos al epílogo de la antigua leyenda de Arturo, en la que, entre otras cosas, reaparece el simbolismo de la mujer.

Hay dos personajes que tratan de quitarle a Arturo su «Mujer»: Quennuwar, o sea Ginebra (este nombre quiere decir «el espíritu blanco», cosa que confirma su carácter simbólico). El primero es Maelvas, que la conduce a su ciudad de Glastonbury, identificada con la «Ciudad de Cristal» oceánica y con Avalón. Glastonia id est urbs vitrea - etiam insula Avalloniae celebriter nominatur. Por eso es asediada la «Isla de Cristal» hasta que finalmente se llega a una reconciliación. En ese punto se insinúa en la saga un elemento cristiano, porque se dice que en tales circunstancias sería necesario que Arturo entregase la isla como feudo a un representante de la Iglesia, asegurándole la inmunidad. En realidad, se refiere un intento de la tradición cristiana de sustituir a la céltico-hiperbórea, apropiándose de todos sus temas importantes. Glastonbury fue uno de los centros principales de la difusión en Inglaterra del cristianismo y, para conseguir prestigio, éste trató de absorber, en forma cristianizada, las anteriores tradiciones nórdico-célticas, hasta reivindicar para sí el significado del antiguo Avalón. Glastonia, o sea Glastonbury - explica el texto principal en cuestión, el De anliquilale Glastoniensis Ecclesiae -, antes se llamaba ygnis gutrin, y gnis, en bretón, quiere decir ínsula, y gutrin, vítrea; a la llegada de los ingleses se convirtió en Glastiburi, de glas = vitrum y buria = civitas, Glastiberia. La historia de la donación de la isla a la Iglesia por parte de Arturo es, pues, una especie de coartada de «sucesión tradicional», elaborada por los evangelizadores cristianos, y que no terminó ahí: en referencia al trágico epílogo de la antigua leyenda, se declaró que el rey Arturo había muerto, y que su sepulcro se encontraba en Glastonbury. Así permanecía el antiguo centro, con tan sólo el nuevo significado de centro del cristianismo misionero.

En segundo lugar, mientras Arturo estaba en vías de realizar su legendario imperio mundial y de conquistar incluso Roma para ser coronado en ella, su sobrino Modred, que había permanecido en la patria, usurpó el trono y se adueñó de la «Mujer» de Arturo, de Ginebra. En la guerra que siguió, murió el traidor, pero cayeron los mejores caballeros de la Tabla Redonda y el propio Arturo quedó herido de muerte. Lo llevaron a Avalón, para que la ciencia de la salud que poseían las «mujeres» que habitaban aquella tierra, y sobre todo Morgande («la Nacida del Mar»), lo sanase y le permitiese reasumir su función (. Pero las heridas del rey Arturo (particularmente, según algunos, la causada por una lanza envenenada) vuelven a abrirse cada año, y sus fieles esperan en vano su regreso. Pero subsiste la tradición de que un día Arturo volverá a manifestarse desde Avalón, y que recobrará su reino; tanto que los britanos, desde entonces, no habían querido nombrar ningún rey. En otras formas de la leyenda -por ejemplo, en los Otia Imperialia de Gervasio de Tilbury- Arturo aparece postrado en un lecho en un palacio maravilloso que se alza en la cima de una montaña. Según otra versión, está «muerto» y su cuerpo se encuentra sepultado en la abadía de Glastonbury, a la cual hemos visto que se trató de presentar como si fuese el propio Avalón.

Todo esto puede referirse a una crisis y un interregno, tras lo cual vendrá la demanda del Grial. Entretanto, hemos señalado otro tema fundamental del ciclo del Grial: el rey herido, que en la sede inaccesible y misteriosa espera la curación para poder «volver». Recordemos, al propio tiempo, el otro tema ya existente en la saga céltica, el Reino sometido a la devastación ya la esterilidad por la revuelta plebeya, o también por la herida causada por una lanza o por una espada flamígera.

X. LA SAGA IMPERIAL. EL SEÑOR UNIVERSAL

Según el aspecto al que acabamos de aludir, parece que la saga de Arturo es una de las muchas fonnas del mito general del emperador o dominador universal invisible y de sus manifestaciones. Es un motivo que se remonta a la más lejana antigüedad y que también guarda cierta relación con la teoría de las «manifestaciones cíclicas» o avalara: la manifestación, en momentos determinados y en distintas formas, de un principio único que en los períodos intermedios subsiste en estado latente. Así, cada vez que un soberano ha presentado las características de una especie de encarnación de ese principio, ha surgido oscuramente en la leyenda la imagen de que «no ha muerto», que se ha retirado a una sede inaccesible donde se manifestará un día, o que «duerme» y deberá despertarse. Y puesto que en estos casos se superpone el elemento suprahistórico al histórico convirtiendo en símbolo a un personaje regio determinado, resulta que, en contrapartida, los nombres de estos personajes reales sobreviven a veces, pero designan algo que está más allá de ellos.

Pero la imagen de una realeza en estado de «sueño» o de muerte aparente es afín a la de una realeza alterada, herida, paralizada, no por lo que se refiere a su principio intangible, sino a sus representantes exteriores e históricos. De donde se deriva el tema del rey herido, mutilado o inanimado, que sigue viviendo en el «Centro» inaccesible, donde no rige la ley del tiempo y la muerte.

Sin repetir lo que hemos expuesto en otro lugar sobre el tema, para dar una idea conjunta y universalizada del contexto en cuestión, recordaremos algunas formas típicas que en los tiempos más antiguos dieron expresión a dicho simbolismo.

En la tradición hindú encontramos el tema de Mahâkâçypa, que duerme en una montaña, pero que despertará al son de las caracolas, cuando de nuevo se manifieste el principio, aparecido ya en la encarnación de Buda. Este período es también el de la venida de un «Señor Universal» - chakravartî -, que lleva el nombre de Çankha, pero Çankha quiere decir precisamente «concha», con lo que, a través de esta semejanza fonética, se expresa la idea de un despertar del sueño en función de la nueva manifestación del «Rey del Mundo» y de la propia tradición primordial que el relato en cuestión concibe encerrada, en los períodos intermedios de crisis, precisamente en una «concha».

Una tradición irania análoga se refiere al héroe Kereshaspa, quien, herido por una flecha mientras estaba sumido en un estado de «sueño» (volvemos a tener el mismo símbolo), sobrevive en letargo a través de los siglos, asistido por las fravashi (tal como permanece con vida el rey Arturo en la isla de las mujeres expertas en el arte esotérico), aunque resurgirá en la época de Çaoçyant y luchará a su lado. Çaoçyant es el Señor de un futuro y triunfal reinado del «Dios de Luz» y el destructor de las fuerzas oscuras arimánicas; convendrá destacar ya aquí que la concepción hebraica de «Mesías» y la cristiana de «Reino», a la que muchos quisieran someter directamente el mito imperial medieval, no es sino un eco de esa antigua concepción ario-irania pre-cristiana.

Para disponer de la pauta más importante del motivo en cuestión, sin embargo, debemos remitimos a la doctrina del avatara Kalki, que tiene que ver con la historia de Paraçu-Râma, una de las representaciones típicas del exponente heroico de la tradición olímpico-hiperbórea primordial. Con su hacha, cuando los antepasados de los colonizadores arios de la India se encontraban todavía en una sede septentrional, exterminó a los guerreros rebeldes y además mató a su culpable madre: se trata de símbolos de la doble superación que ya hemos dicho que caracterizaba al espíritu «heroico» - superación tanto de la virilidad degradada como de una espiritualidad que ha adoptado una forma femeninomaterna confonne a una involución y una degradación en sentido opuesto -, tanto más cuanto que su acción se sitúa en un período entre la Edad de Plata, o lunar, y la Edad de Bronce, o titánica, entre el tretâ yuga y el dvâpara yuga. Paraçu-Râma nunca murió, se retiró a llevar vida de asceta en la cumbre de un monte, el Mahendra, donde vive eternamente. Sentado esto, cuando lleguen los tiempos, de conformidad con las leyes cíclicas, habrá una nueva manifestación de lo alto en forma de rey sagrado, que saldrá victorioso sobre la «edad oscura», como el avatar Kalki. Kalki nace simbólicamente en Sambhala, uno de los nombres con que en las tradiciones hindúes y tibetanas se designa el centro sagrado hiperbóreo, tiene precisamente a Paraçu-Rama por maestro espiritual, y tras haber sido iniciado en la ciencia sagrada, obtiene la investidura regia. De Siva había recibido entretanto un caballo blanco alado (al cual se le concede en la historia tanta importancia que a menudo se encuentra identificado con el propio Kalki), un papagayo omnisciente y una espada luminosa; y aquí, en cuanto a similitudes, cabe recordar que igualmente sobre un caballo blanco se manifestará el rey Arturo y que el mismo símbolo tiene una conocida representación en el Apocalipsis de Juan; y sobre la espada, digamos que se habla igualmente de la espada desaparecida que Arturo volverá a empuñar y que en su momento emergía de las aguas lanzando destellos. Guiado por el pájaro, consigue a la «mujer», es decir, se casa con Padma o Padmavati, hija del rey, a la que nadie había podido poseer nunca, ya que cada hombre que la codiciaba, por voluntad divina se Transformaba en mujer - símbolo de profundo significado -. Kalki, con sus guerreros, atraviesa a pie un mar, al haberse solidificado éste a su paso milagrosamente, y llega de nuevo a su ciudad nata!, Sambhala, que encuentra tan transformada y esplendorosa que le parece la morada de Indra, Rey de los Dioses y Dios de los Héroes. Es un símbolo para una nueva manifestación de las fuerzas del Centro primordial, por la que reaparecen también los representantes de la dinastía solar y de la lunar, el rey Maro y el rey Dêvâ, que gracias al poder de sus ascesis habían pennanecido en vida, a través de las edades del mundo y hasta la «edad oscura», en las cumbres del Himalaya, concebido como la región donde la edad primordial «dura eternamente». Se produce finalmente la última batalla, la lucha de Kalki contra la «edad oscura», personificada por Kali, así como por los dos jefes de los demonios, Koka y Vikoka: es una lucha particularmente dura, pues dichos demonios se resucitaban mutuamente y resurgían intactos tan pronto como tocaban tierra, pero finalmente sale victorioso Kalki.

Más adelante precisaremos los elementos simbólicos incluidos en dicha historia, por si su sentido no le resulta claro al lector. Aquí hemos pretendido ante todo dar algunas referencias adecuadas para situar desde un punto de vista intertradicional el mito imperial de la nueva manifestación del Regnum, y evitar que las expresiones que este mito tuvo en la Edad Media se consideren por separado, sobre todo con una dependencia unilateral de creencias cristianas. Por lo demás, la romanidad, en su período imperial pagano, les parece a muchos que significa un despertar de la edad de oro, cuyo rey, Cronos, como hemos visto, se concebía eternamente vivo, sumido en un estado de sueño en la región hiperbórea. En el reinado de Augusto, las profecías sibilinas anunciaron un soberano «solar», rex a coelo o ex sole missus -, al que parece referirse el propio Horacio cuando invoca que el dios hiperbóreo de la edad de oro, Apolo, venga por fin; así también Virgilio cuando anuncia de modo similar la inminencia de una nueva «edad de oro», de Apolo y de los héroes. Por eso concibió Augusto una «filiación» simbólica según la cual descendía de Apolo, y el fénix que aparece en las imágenes de Adriano y de Antonino está en estrecha relación precisamente con esta idea de una restauración de la edad primordial a través del Imperio romano. El presentimiento de la conexión de Roma con el principio suprahistórico y metafísico del Imperium, con tal que se tenga presente el ya explicado proceso de transposición de lo que es propio de ese principio en una determinada imagen suya en la historia, puede considerarse en el fondo la base de la misma teoría de la perennidad y de la aelernilas de Roma.

En el período bizantino, el mito imperial recibe de Metodio una formulación que, en mayor o menor relación con la leyenda de Alejandro Magno, repite algunos de los temas anteriormente considerados. Tenemos el motivo del rey dado por muerto, que despierta de su sueño y crea una nueva Roma; pero tras un breve reinado irrumpen las hordas de Gog y Magog, a las que había cerrado el paso Alejandro, y comienza la «última batalla». Es la misma forma que repetirá y desarrollará ampliamente el medievo gibelino. El emperador esperado, latente, jamás muerto, retirado en un centro invisible e inaccesible, se transforma aquí en alguno de los principales representantes del Sacro Imperio Romano: Carlomagno, Federico I, Federico II. Y el tema complementario de un reino devastado o esterilizado que espera la restauración encuentra equivalente en el tema del Árbol Seco. El Árbol Seco, asociado a una representación de la sede del «Rey del Mundo», de la que hablaremos más adelante, reverdecerá en el momento de la nueva manifestación imperial y de la victoria contra las fuerzas de la «edad oscura» presentadas, conforme a la nueva religión, en términos bíblico-cristianos: como las gentes de Gog y Magog irrumpiendo en la edad del Anticristo. Esto no impide que la imagen de Federico II o del rey Arturo en la montaña, así como la de los caballeros de Arturo que irrumpen de cacería desde el monte, nos recuerden también antiguas concepciones nórdicas paganas, al Walhalla como sede montañesa de Odín, jefe de los «héroes divinos» y al tropel de las almas de los héroes escogidos por las «mujeres» - por las valquirias -, que de la forma de cuadrilla salvaje de cazadores pasa a la de ejército místico que, conducido por Odín, combatirá en la última batalla contra los «seres elementales».

Esta leyenda, en innumerables variantes, se repite en el período de oro de la caballería occidental y del gibelinismo, y en el fermento profético despertado por la idea procedente del «tercer Federico» halla nueva conclusión en la fórmula enigmática del emperador vivo y no vivo: Oculus eius morte claudet abscondita supervivetque sonabit et in populis; vivit, non vivit, uno ex pullis pullisque pullorum superstite.

«Vive$, no vive»: la fórmula sibilina encierra el misterio de la civilización medieval en el punto de su ocaso. El rey herido, el rey en letargo, el rey que ha muerto aunque parezca vivo, y que está vivo aunque parezca muerto, y así sucesivamente, son temas equivalentes o convergentes, temas que volveremos a encontrar exactamente en el ciclo del Grial, animados de vida particular y fuerza sugestiva en el punto final del supremo esfuerzo de Occidente de reconstituirse como gran civilización espiritualmente viril y tradicionalmente imperial.

XI. FEDERICO. EL PRESTE JUAN. EL ÁRBOL DEL IMPERIO

Una antigua leyenda italiana refiere que el «preste Juan, muy noble señor indio», mandó una embajada al emperador Federico, como a aquel «que verdaderamente era  el espejo del mundo, para darse cuenta de si era prudente en palabras y en obras». Le entregaron, pues, a «Federico» (probablemente, se refiere a Federico II), de parte del «preste Juan», tres piedras, y al propio tiempo le preguntaron qué era lo mejor del mundo. «El emperador las tomó y no preguntó por sus virtudes»; en cuanto a la pregunta, respondió que la «mesura» era la mejor cosa del mundo. De ese comportamiento, el preste Juan dedujo que «el emperador era prudente en palabras, pero no en hechos; por cuanto no había preguntado sobre la virtud de las piedras que eran de tan gran nobleza». Creyó que con el paso del tiempo esas piedras «perderían sus virtudes, pues no eran conocidas por el emperador» y procedió a hacerlas retirar. Esto ocurrió esencialmente con una de ellas, que tenía la virtud de volver invisible y de la que se dice: «vale más que todo vuestro imperio».

Según otra leyenda, conservada por Oswald der Schreiber, Federico II recibió del preste Juan un vestido incombustible de piel de salamandra, el agua de la eterna juventud y un anillo con tres piedras, que tenían la virtud de permitir vivir bajo el agua, de volver invulnerable y de hacer invisible. Sobre todo, la piedra del preste Juan se menciona en los escritos alemanes del período próximo al año 1300, juntamente con la alusión a la fuerza que vuelve invisible.

Estas leyendas son muy significativas, si se tiene presente que el reino del preste Juan no es más que uno de los simbolismos del «Centro supremo». Se supone que estaba situado en una región misteriosa y maravillosa del Asia Central, o de Mongolia, o la India, o incluso de Etiopía, término que, sin embargo, en aquel tiempo tenía un significado bastante vago y variado. Pero no cabe duda sobre el carácter simbólico de los atributos referidos a este reino. Los «regalos» del preste Juan al emperador Federico constituyen una especie de «mandato» de carácter superior, ofrecido al representante alemán del Sacro Imperio Romano, para que éste estableciese un contacto real con el principio del «Señor Universal». El agua de la eterna juventud tiene visiblemente significado de inmortalidad; el vestido incombustible va unido a la virtud del Fénix de permanecer ileso, de subsistir y renovarse en el fuego; la invisibilidad suele simbolizar el poder de establecer contacto con lo invisible y lo suprasensible, de transferirse a esa esfera; el poder vivir bajo las aguas equivale en el fondo a no hundirse en las aguas, a poder andar sobre las aguas (lo cual debe recordarnos el episodio de la travesía del avatar Kalki, la espada de Arturo sostenida sobre las aguas, etc.): significa participar en un principio que está por encima de la corriente del mundo, del flujo del devenir. Se trata, en suma, de calificaciones y poderes de tipo estrictamente iniciático.

Sentado esto, la leyenda italiana parece aludir a una especie de falta de adecuación de Federico para tal mandato. El límite de Federico es una virtud de la caballería laica y del simple régimen temporal; «la mesura» es la cosa mejor del mundo. No hace la pregunta – la pregunta sobre los poderes que le ofrece el preste Juan -. Por esta inconsciencia del mandato más elevado, su función se veía condenada con el tiempo a decaer, motivo por el que le retiró el mandato el preste Juan. Una nueva forma del «vive y no vive» del emperador, cuya vida es sólo aparente, o del rey en letargo, pero ahora estrechamente asociado a un tema fundamental del Grial: el sentimiento de culpa por «no hacer una pregunta» que hubiera tenido una virtud restauradora.

Agreguemos algún detalle sobre la imagen que se tenía del preste Juan. El Tractatus pulcherrimus lo denomina «rey de reyes»: rex regum. Unía la autoridad espiritual a la potestad regia, y podía decir de sí mismo: Johannes presbyter, divina gratia Dominus dominacium omnium, quae sub coelo sunt ab ortu solis usque ad paradisum terrestrem. Pero, esencialmente, el «preste Juan» es un título, es un nombre que designa no a un individuo determinado, sino una función. Así, en Wolfram von Eschenbach y en el Titurel encontramos el «preste Juan» precisamente como título, y el propio Grial, como veremos, señala quién debe ser sucesivamente el «preste Juan». En la saga, por lo demás, «preste Juan» es el que refrena a las gentes de Gog y Magog, ejerce un dominio visible e invisible (en sentido figurado. dominio sobre los seres naturales y sobre los invisibles), hace que defiendan el acceso a su reino «leones» y «gigantes». En este reino se encuentra también la «fuente de la juventud» y no es raro que se confunda con la sede de los tres reyes magos, o bien con la ciudad Seuva, mandada construir, cerca del Monte de la Victoria - Vaus o Victorialis - por los propios tres reyes magos. Además, reaparece aquí el simbolismo «polar» del «castillo giratorio» a imagen de los cielos, y el del lugar donde existen piedras de luz y piedras «que devuelven la vista a los ciegos» y que hacen invisible. En particular, el preste Juan posee la piedra que tiene la virtud de hacer resucitar, según algunos, al Fénix, según otros, al Águila: referencia, ésta, de la que todos captarán el alcance, dado que el Águila siempre, y especialmente en la época de esas leyendas, ha servido como símbolo de la función imperial, que, en su aspecto «eterno», ya hemos visto que en Roma iba igualmente unido al símbolo del Fénix. Ahora bien, según algunos, el rey persa Jerjes, Alejandro, los emperadores romanos, y hasta Ogier de Dinamarca y Guerrino habían «visitado» el reino del preste Juan. Se trata de la figuración legendaria de la oscura sensación de contactos, que los grandes dominadores históricos y los héroes legendarios habían tenido en forma más o menos directa, a modo de una especie de sanción invisible de su legitimidad o dignidad- con el Centro supremo, donde reside la piedra que hace resucitar al Águila.

De hecho, según la saga, Alejandro, como límite final de sus conquistas, seguido el camino de la India ya recorrido por Heracles y por Dioniso, pidió a la divinidad la suprema prenda de la victoria. Más allá de la fuente de la juventud, llega a los dos árboles -masculino y femenino- del Sol y de la Luna, que le anuncian su destino y su Imperium. En el contexto de las leyendas de este ciclo se habla conjuntamente del «Árbol del Centro», del «Árbol Solar», del Árbol que confiere precisamente la victoria y el Imperio, pero, al mismo tiempo, del «Árbol de Set».

A partir de vagas y maravillosas noticias de distintos viajeros, durante la Edad Media la imagen del lejano y magnífico imperio del Gran Kan, emperador de los tártaros, hizo despertar nuevamente la del «Rey del Mundo», por lo que a menudo se confundió el imperio del Kan con el reino del propio preste Juan. Así, sobre todo en relación con la saga del Gran Kan, aparece desarrollado el motivo de un árbol misterioso que asegura la victoria y el imperio universal a quien llega a él o cuelga su escudo en él. He aquí un texto bastante característico de Johannes von Hildesheim: Et in ipsa civitate in templi Tartarorum est arbora arida, de qua plurima narratur in universo mundo... ab antiquo in omnibus partibus Orientis, fuit consuetudinis, et est, quod si quis rex vel dominus vel populus tan potens efficitur; quod sculum vel clipeum suum polentur in illam arborem pendet, tunc illi regi vel domino in omnibus et per omnia obediunt el intendunt.

El árbol de que se trata se convierte en punto de interferencia de varios significados a causa de asonancias fonéticas, No se trata del símbolo antes explicado del Árbol Seco,  sino que «Árbol Seco» es aquí una de las interpretaciones del término Arbre Solque, al cual se dieron también los significados de «árbol solar» - arbor solis -, de «árbol solitario» -arbre seul-, de árbol de Set - arbor Selh -, Marco Polo, refiriéndose al país del Gran Kan, había escrito: Et il y a un grandisme plain, où est l'Arbre Solque, que nous appelons l'Arbre Sec.

Solque, por lo demás, si se hace remontar a una raíz árabe, puede significar «vasto, alto, duradero», y un manuscrito inglés revela que no se trata del Árbol Seco, sino del Árbol de Set, porque es el que Set hizo nacer de un brote sacado del Árbol de la Ciencia, o sea del Árbol central del Paraíso Terrenal . En este contexto, ese árbol que confiere a quien lo alcanza el poder y la soberanía universal nos remite una vez más a una tradición referida al «estado primordial» (aludido por el Paraíso Terrenal), mientras que tanto la duplicidad del árbol solar y del lunar como el doble aspecto de árbol de la ciencia y de árbol de la victoria nos conducen a la síntesis de los dos poderes inherentes a aquel mismo estado: síntesis que antecede a la posterior separación, la feminización de lo espiritual y la materialización de lo viril. La conexión del árbol del imperio con el árbol central del paraíso, tal como resulta en esas leyendas, es natural, dada la citada relación que existe entre cada verdadera manifestación del «Imperio» y el estado primordial. En cuanto a la atribución de «seco», ya hemos dicho de ello que este aspecto del árbol se refiere a un período de decadencia que superar. Este significado es claro, por ejemplo, en la saga, según la cual el árbol reverdecerá cuando «se encuentren» el preste Juan y Federico.

En cuanto a la imagen del reino del preste Juan, también sirvió históricamente de apoyo a la oscura idea de una integración de las fuerzas desplegadas en los símbolos de la caballería, del Imperio y de las Cruzadas. En una transposición materialista, a aquel príncipe misterioso y poderoso de Oriente, que no era cristiano pero era amigo de los cristianos, le mandaron un mensaje pidiendo ayuda para la causa cristiana, en sus momentos más trágicos, para obtener un resultado victorioso en la guerra santa. Una vez perdidas aquellas esperanzas al no manifestarse la ayuda en la forma militar que ingenuamente habían imaginado, al no encontrar el modo de percatarse de lo que había detrás del símbolo del preste Juan y de su «ayuda», subsistió la «leyenda» como elemento de distintas sagas.

A este respecto conviene mencionar el ciclo de Ogier. En la tradición danesa, Ogier u Holger es una reproducción del emperador gibelino que no ha muerto: es un héroe nacional secuestrado en lo más profundo de un monte o en la parte subterránea del castillo de Kronburg, pero que reaparecerá cuando su tierra necesite de un salvador. Es en el ciclo de Carlomagno donde la saga de Ogier presenta los desarrollos más interesantes para nosotros, porque reúne significativamente en un solo conjunto los diferentes motivos hasta ahora separados. Ogier de Dinamarca se nos presenta como uno de los paladines de Carlomagno que, tras haber estado en conflicto con este emperador, acaba adoptando los rasgos de un salvador de la cristiandad en el momento de máximo peligro, y de un conquistador universal. Extiende su poderío sobre todo el Oriente y llega, como Alejandro, al reino del preste Juan donde están los dos árboles, el lunar y el solar, que hemos visto que equivalen al árbol del poder universal de la saga del Gran Kan y al árbol del centro que se asocia al estado primordial («paradisíaco»). Pero es sumamente interesante que aquí el reino del preste Juan acaba identificándose con Avalón, es decir, con el centro de la tradición hiperbórea , aparte de que se establece una estrecha relación entre el «bálsamo» de los dos árboles y el paso de Ogier a la forma del que «vive siempre» y que «un día volverá». A este respecto, en la traducción alemana que Otto von Diemeringen hizo de los relatos de viajes de John Mandeville, se lee: Man saget auch in den selben Landen das Oggier by den selben boumen were und sich spyset mit dem balsam und do vo lebt er so lang, und meinen er lebe noch und solle har wider zu inen komen. Tras su conquista de Oriente, Ogier de Dinamarca llega, pues, a Avalón, donde se convierte en amante de la mujer sobrenatural Morgana, hermana del rey Arturo. Aquí vive apartado del mundo en una juventud perenne. Pero la cristiandad, que se encuentra en sumo peligro, vuelve a tener necesidad de él. El arcángel Miguel visita a Morgana, y por orden divina reaparece Ogier en el mundo y alcanza la victoria. En este punto interviene un nuevo tema característico, que volverá a aparecer en el ciclo del Grial, sobre todo en relación con el «hijo» del rey del Grial, Lohengrin: el héroe enviado por el centro supremo no debe revelar su nombre, ni el lugar de dónde viene. La misión que encarna y lo que verdaderamente actúa en él deben permanecer ignorados, no deben tomarse por su persona ni relacionarse con ella de ningún modo. Como Ogier transgrede esta ley y revela dónde «ha estado», vuelve a hacerle mella la ley del tiempo transcurrido, envejece de repente y está a punto de morir. En el último momento, aparece Morgana para llevarlo de nuevo a Avalón, donde permanecerá hasta que, por séptima vez, la cristiandad tenga necesidad de él.

Si se tiene presente todo eso, resulta al menos significativo el hecho de que en Wolfram von Eschenbach el preste Juan esté considerado descendiente de la dinastía del Grial, que en el Titurel precisamente Parsifal asuma la función del «preste Juan» y que sea al país de éste adonde se transfiere finalmente el Grial para señalar sucesivamente el nombre de quienes han de convertirse en el «preste Juan».

En el relato alemán de la saga de Ogier, el preste Juan y el Gran Kan se nos presentan como dos compañeros de Ogier que fundan dos poderosas dinastías. Se trata de distintas representaciones de la unidad interna del tema, expresado distintamente en el ciclo de cada una de las sagas que tienen como centro uno u otro de esos personajes simbólicos.

XII. DANTE: EL VELTRO Y EL DUX

Para concluir esta serie de aproximaciones, destacaremos que la misma concepción dantesca del «Veltro» y del Dux se refiere a un orden de ideas y de símbolos muy similar.

Desde el punto de vista externo, no se excluye que Dante eligiese el término «Veltro» - can, lebrel -, basándose en la semejanza fonética de «can» y Kan, título del gran jefe del Imperio mongol. En aquella época, como hemos dicho, aquel Imperio se confundía a veces con el imperio del rey Juan, de Alejandro, de Ogier y así sucesivamente, es decir, generalmente, con oscuras representaciones del «Centro del Mundo». El Gran Kan de los tártaros todavía no se había convertido entonces en el terror de Europa, sino que, según las descripciones de un Marco Polo, de un Haithon, de un Mandeville, de un Johannes de Plano Carpini, etc., precisamente estaba considerado el poderoso emperador de un misterioso, lejano y extenso imperio, un prudente y feliz monarca amigo de los cristianos pese a ser «pagano». La asimilación fonética que de Kan conduce a Veltro, por lo demás, ya aparece en la versión alemana de Mandeville: Heisset der grosse hundl, den man gewonlich nennr Can... der Can ist der oberst und machligst Kaiser den die sunne überscheinet; y el propio Boccaccio, aun rechazándola, tuvo que aludir a una interpretación del Veltro dantesco, precisamente refiriéndose al Gran Kan. Por lo demás, en la antigua lengua alemana huno significaba señor, dominador, y esta palabra se repite en diversos nombres de antiguas familias nobles alemanas, como Huniger y otras.

Esto no es del todo absurdo, pues la singularidad que de entrada puede presentar es menor, si nos referimos a lo que hemos dicho para demostrar que el Gran Kan, en el ciclo en cuestión, era sólo una forma de designar una función que no estaba ligada a ninguna persona particular ni a ningún reino propiamente histórico. En Dante se evoca esta función, en él se convierte en símbolo y al propio tiempo en fe política y esperanza; lo cual se aproxima bastante a lo que veremos que fue el espíritu animador y generador del ciclo del Grial.

No es el momento de examinar aquí el simbolismo de la Divina Comedia según las diversas interpretaciones de que es susceptible. Nos limitaremos a señalar que, en líneas generales, el viaje al otro mundo de Dante puede interpretarse como el esquema dramatizado de una purificación e iniciación progresivas. Pero tal «aventura», como la del Grial, guarda en Dante estrecha relación con el problema del Imperio. Dante, extraviado en la selva oscura y salvaje, que fuerza «el paso que nunca dejó persona viva» , sus alusiones a la «playa desierta» y a la «muerte contra la que él combate - encima del torrente sobre el que el mar no prevalece» , a su ascensión al «delicioso monte» y a su «esperanza de altura» no pueden sino hacer pensar en situaciones análogas que veremos presentarse a los caballeros en su búsqueda del Grial, obligados a salvar caudalosos torrentes ya correr peligros mortales en la «tierra salvaje» para finalmente poder ascender el monte salvaje. Monlsalvatsche, donde también se encuentra el «Castillo del Gozo».

En la «Beatriz» de Dante - y lo veremos más detenidamente cuando aludamos al simbolismo general de los «Fieles de Amor», organización a la que pertenecía Dante - vuelve el tema de la «mujer sobrenatural»; y en el amor. que la mueve a ayudar a Dante desde lo alto, hay algo que recuerda el tema de la predestinación o «elección», de máxima necesidad para que los caballeros puedan alcanzar el Grial y superar esa serie de aventuras y de combates simbólicos que expresan en el fondo el mismo proceso de purificación que en Dante, quizá por la referencia a una vía distinta, menos impregnada del espíritu de una tradición heroica que del de una tradición teológico-contemplativa, adquiere forma de travesía del infierno y del purgatorio.

Volviendo al tema inicial, a Dante se le impide la ascensión directa al monte, esencialmente por parte de un león y de una loba, que tienen una visible correspondencia en los símbolos de la meretriz «segura, casi como roca en alto monte» y en el gigante feroz que copula con ella, del que se habla en la segunda parte del poema. La interpretación más corriente, según la cual la loba y la prostituta representan a la Iglesia católica, mientras que el león y el gigante simbolizan la Casa de Francia, nos parece también la justa; sólo que va un paso más allá quien, de la referencia histórica contingente (que entonces afectaba al episodio de la destrucción de la Orden de los Templarios) se remonta a los correspondientes principios. León y gigante se nos aparecen entonces, más en general, como representaciones del principio de una realeza degradada, laica, prevaricadora, del salvaje principio guerrero; mientras que la loba y la prostituta se referirán a una involución o degradación correspondiente sobrevenida al principio de la autoridad espiritual. Sin embargo, por lo que se refiere a este segundo punto, la concepción de Dante sufre de una limitación derivada de su adhesión al cristianismo. Cuando acusa a la Iglesia - más o menos como lo hará Lucero -, la acusa con motivo de su corrupción en sentido de mundanización y de intriga política; no la acusa partiendo del principio de que, aunque la Iglesia hubiese seguido siendo la pura e incorrupta representante de la enseñanza originaria de Cristo, también entonces habría constituido un obstáculo, por reducirse el cristianismo generalmente, en su esencia, a una espiritualidad de carácter lunar, ascético-contemplativo como máximo, incapaz de constituir el punto supremo de referencia para una reconstrucción tradicional integral. Pero sobre este punto volveremos a insistir aunque sin tener que remitir de nuevo a nuestra obra principal ya citada.

En cualquier caso, Dante predica el advenimiento de aquel que pondrá fin a la doble usurpacicm. Es precisamente el «Veltro», que según la citada convergencia de símbolos es similar al Dux, «mensajero de Dios» que «matará a la lujuria con ese gigante que con ella

delinque».

El símbolo conjunto es el de vengador y de restaurador, como imagen del «Señor

Universal» del que habla Dante en De Monarchia, y de una «restitución» basada en la

destrucción de los dos principios solidarios de decadencia antes señalados, restitución que recuerda directamente las empresas del propio Paraçu-Râma (véase más arriba),

independientemente de las personalidades históricas en las que Dante, según sus esperanzas de gibelino militante, creyese reconocer a aquel personaje. A lo cual se añaden referencias directas a otros símbolos hallados por nosotros en la saga del Gran Kan, del preste Juan, de Ogier de Dinamarca, de Alejandro y en la saga imperial en general, sobre todo el Árbol Seco, y su reflorecimiento, el Águila.

En Dante, el Árbol adquiere igualmente el doble significado de Árbol de la Ciencia y del «Paraíso Terrenal» (por su referencia a Adán) y de Árbol del Imperio (por su referencia al Águila); en conjunto, significa, pues, el Imperio justificado en función de la tradición primordial. El árbol dantesco es ante todo el Arbre Sec, el Dürre Baum de la saga imperial: «planta despojada», «viuda coqueta» - y de él se dice que «quien roba aquélla (la planta) o la arranca con blasfemia ofende de hecho a Dios - que sólo para uso suyo la creó santa». Sobre el desarrollo de la visión de Dante que a ello sigue, y omitiendo los elementos que tienen una referencia histórica contingente (los símbolos de las distintas fases de la Iglesia y de sus relaciones con el Imperio), detengámonos para destacar lo que sigue: la visión del árbol que florece la tiene Dante inmediatamente después de haber tenido la del rostro descubierto de la «mujer sobrenatural», que él compara significativamente con «esplendor de viva luz eterna». En segundo lugar, mientras que la visión del Árbol reverdecido lleva a la profecía de la venida del Dux, es decir, de una nueva manifestación vengadora del «Señor Universal», al propio tiempo se presenta la imagen del «estado primordial», del «paraíso terrenal», y se dice: «Aquí serás poco tiempo salvaje – después serás conmigo (con la mujer sobrenatural) sin fin, ciudadano - de aquella Roma donde Cristo es romano». O sea, la participación efectiva en el Regnum metafísico, para el que se recurre al símbolo romano y, a decir verdad, de modo que se subordina al mismo cristianismo («romanidad» de Cristo). Por lo demás, a esa visión sucede la regeneración de Dante mediante el agua del recuerdo, cambio éste que le abre la vía celestial, o sea la que conduce hacia estados de existencia puramente metafísicos, desarrollo al que se aplica el mismo simbolismo del reflorecimiento antes referido a la «planta despojada»: «regresé de la santísima onda - tan rehecho como plantas nuevas - renovadas con nuevas ramas, - puro y dispuesto a subir a las estrellas».

En Dante, el itinerario espiritual representado por el simbolismo de la Commedia acaba desembocando en lo contemplativo: de conformidad con la idea dualista de Dante, según la cual el Imperio, con la inherente vida activa, en su propia espiritualidad, representa una mera preparación para la vida contemplativa. Se verá algo análogo en algunas formas de la misma saga del Grial, en las más tardías que, como la saga italiana de Guerrino, concluyen con la retirada del protagonista a una vida ascética. Pero en el ciclo del Grial eso aparece en el sentido de una especie de conclusión pesimista, pues sus formas fundamentales participan de un espíritu diferente, de una tensión más elevada, de una actitud más incondicional, signo de la influencia de una tradición más originaria que aquella a la que se remite el pensamiento de Dante.

Reunidas ya todas las referencias necesarias para orientarnos, pasemos, pues, a considerar el misterio del Grial.

 

 

La Leyenda del Grial y el "Misterio" del Imperio. Julius Evola

La Leyenda del Grial y el "Misterio" del Imperio. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El artículo "La Leyenda del Grial y el Misterio del Imperio" ha sido reproducido en infinidad de ocasiones desde finales de los años 60. Forma parte de los trabajos del Grupo de Ur y, como tal, está reunido en la trilogía "Introducción a la Magia". En España fue traducido a principios de los años 70 e incluido en la recopilación de textos publicada en 1988 por Ediciones Alternativa, titulada "Documentos Templarios". El artículo fue el núcleo a partir del cual Evola desarrolló los contenidos de una de sus principales obras "El Misterio del Grial y la Tradición Gibelina del Imperio".

 

 

LA LEYENDA DEL GRIAL
Y EL "MISTERIO" DEL IMPERIO

JULIUS EVOLA

En una o en otra forma, en las tradiciones de los pueblos más variados siempre se encuentra la idea de un poderoso "Señor del Mundo", de un reino misterioso que se encuentra por encima de todo reino visible. De una residencia que tiene, en sentido superior, el significado de un polo, de un eje, de un centro inmutable, representado como una tierra firme en medio del océano de la vida, como una comarca sagrada e intangible, como una tierra de la luz, o tierra solar.

Significados metafísicos, símbolos y oscuros recuerdos se entrelazan aquí innseparablemente. La idea de la realeza olímpica y del "mandato del cielo" constituye un tema central: "Aquel que reina a través de la Virtud (del Cielo)–dice Kong-tze – se asemeja a la estrella polar: él permanece inmóvil, pero todas las cosas se mueven a su alrededor". La idea del "Rey del Mundo" concebido como cakravartî se encuentra por encima de una serie de temas subordinados : el kravarti –Rey de los reyes– hace girar la rueda –la rueda del Regnum, de la "Ley"– permaneciendo él mismo inmóvil. Invisible como la del viento, su acción tiene sin embargo la irresistibilidad de las fuerzas de la naturaleza. En mil formas, y en estrecha conexión con la idea de una tierra nórdico-hiperbórea, irrumpe el simbolismo de la sede del medio, de la sede inmutable: la isla, la altura montañosa, la ciudadela del sol, la tierra defendida, la isla blanca o isla del esplendor, la tierra de los héroes: "Ni por tierra ni por mar se alcanza la tierra sagrada" – se dice en la tradición helénica. "Sólo el vuelo del espíritu os puede conducir allí" –susurra la tradición extremo-oriental. Otras tradiciones hablan de un monte magnético misterioso y del monte, en el cual desaparecen o son raptados aquellos que han obtenido la perfecta iluminación espiritual. Otros hablan aun nuevamente de una tierra solar, desde la cual provienen aquellos que son destinados a asumir la dignidad de reyes legítimos entre pueblos sin príncipes. Ésta es también la isla de Avalón, es decir, la isla de Apolo, del dios solar hiperbóreo, denominado a su vez Aballún por parte de los Celtas. También respecto de legendarias razas "divinas", como los Tuatha dè Danann, que vinieron del Avalón, se dice que vinieron "del cielo". Los Tuatha llevaron consigo desde el Avalón algunos objetos místicos: una piedra que indica a los reyes legítimos, una lanza, una espada, un vaso que provee un alimento permanente, el "don de vida". Son los mismos objetos que figurarán en la leyenda del Grial.

Desde los tiempos primordiales estos temas originarios descienden hasta el Medioevo asumiendo en esta época formas características. De aquí, por ejemplo, las tradiciones relativas al reino del Preste Juan y del Rey Arturo.

"Preste Juan" no es un nombre, sino un título: se habla de una dinastías de "Prestes Juan" la cual, del mismo modo que la estirpe de David, habría revestido a un mismo tiempo la estirpe regia y la sacerdotal. El reino de Juan asume muchas veces los rasgos del "lugar primordial", del "paraíso terrestre". Es allá donde crece el Árbol; un árbol que, en las diversas redacciones de la leyenda, aparece a veces como Árbol de la Vida, otras como un Árbol de la Victoria y del dominio universal. Allí se encuentra también la piedra de la Luz, una piedra que tiene la virtud de resucitar al animal imperial, el Águila. Juan domina a los pueblos de Gog y de Magog – las fuerzas elementales, el demonismo de lo colectivo. Varias leyendas hablan de viajes simbólicos que los más grandes dominadores de la historia habrían hecho hasta el país del preste Juan, o hacia tierras que tenían un significado análogo, para recibir allí una especie de consagración sobrenatural de su poder. Por otro lado, el Preste Juan habría enviado a emperadores, como "Federicus", donaciones simbólicas que tenían el significado de un "mandato divino". Uno de los héroes que habría alcanzado el reino del Preste Juan es Oyero de Dinamarca. Pero en la leyenda de Oyero de Dinamarca el reino del Preste Juan se identifica con el Avalón, es decir con la isla hiperbórea, con la tierra solar, con la "isla blanca".

En Avalón se ha retirado el Rey Arturo. Acontecimientos trágicos, descriptos en formas diferentes de acuerdo a los textos, lo obligan a buscar allí refugio. Este retiro de Arturo no tiene el significado de la conversión de un principio de una función, en algo latente. Arturo, de acuerdo a la saga, no ha muerto nunca. Él vive todavía en el Avalón. Él se volverá a manifestar nuevamente. En la figura del Rey Arturo debe verse una de las múltiples funciones del "dominador polar", del "rey del mundo". El elemento histórico se encuentra aquí revestido por el suprahistórico. Ya la antigua etimología vinculaba el nombre de Arturo con arkthos, es decir, "oso", lo cual, a través del simbolismo astronómico de la constelación polar, remite nuevamente a la idea del "centro". El simbolismo de la "Mesa Redonda", de cuya caballería Rey Arturo es el jefe supremo, es "solar" y "polar". El palacio de Rey Arturo –así como el Mitgard, la residencia luminosa de los Asen, de los "héroes divinos" nórdicos– está construido en el "centro del mundo" – in medio mundi constructum. De acuerdo a algunos textos, el mismo gira alrededor de un punto central: gira, como en la "isla blanca" –çvetadvîp – recordada por los indoeuropeos de Asia, en la tierra hiperbórea cuyo dios es el solar Vishnu, gira la swastika, como "la isla de vidrio" céltico-nórdica –un facsímil del Avalón– gira; como la rueda fatal del cakravartî, del "Rey del Mundo" ariano, gira. Los rasgos sobrenaturales, "mágicos", propios de esta figura se encarnan, por decirlo así, en Myrddhin, es decir, en Merlín, consejero inseparable de Rey Arturo, que es, en el fondo, más un ser diferente de él, la representación personificada de la parte sobrenatural del mismo Arturo. La caballería de Arturo irá a la búsqueda del Grial. La caballería de Arturo, que recluta sus miembros entre todas las patrias, tiene como consigna: "El que es jefe, que sea nuestro puente". De acuerdo a la antigua etimología, pontifex significaba por lo demás el "hacedor de puentes", aquel que establece el lazo entre las dos riberas, entre los dos mundos.

A ello se le agregan oscuros recuerdos históricos y transposiciones geográficas de nociones temporales. La "isla" situada "en la extremidad del mundo", respecto de lo cual, en varias tradiciones, en realidad significa el centro primordial en las lejanías remotas del tiempo. La tierra del sol es, para los Griegos, Thulé – Thule ultima a sole nomen habens – y Thulé equivale al Airyanem-Vaêjô, al país del extremo norte de los antiguos Persas. El Airyanem-Vaêjô ha conocido el reino del solar rey Yima, la "edad del Oro". Pero Hesíodo recuerda: "Cuando esta edad (la edad del Oro) declinó, aquellos hombres divinos continuaron a vivir toí mèn…eisí y se convirtieron, en forma invisible eóra essamenou en los guardianes de los hombres". Ello porque el "sentido de la historia" es la decadencia: a la edad del Oro le sucede la de la Plata – la edad de las Madres; luego la del Bronce – la edad de los Titanes; finalmente la edad del Hierro; "edad oscura", kali-yuga, "crepúsculo de los dioses". ¿Por qué? Muchos mitos parecen querer establecer una relación entre "caída" e hybris, es decir, usurpación prometeica, revuelta titánica. Pero nuevamente, Hesíodo nos recuerda: Zeus, el principio olímpico, ha creado en la edad del Hierro una generación de héroes, que son más que "titanes" y tienen la posibilidad de conquistar una vida similar a la de los dioses, iós te òesí. Un símbolo: el Heracles dórico-aqueo, aliado de los Olímpicos, enemigo de los titanes y de los gigantes.

La doctrina del centro supremo y de las edades del mundo está estrechamente vinculada con la de las leyes cíclicas y de las manifestaciones periódicas. Si se dejase a un lado tales puntos de referencia, muchos mitos y muchos recuerdos tradicionales nos remitirían a unas situación de fragmentos casi incomprensibles. "Ello aconteció una vez – ello acontecerá de nuevo", enseña la tradición. Y también: "Cada vez que el espíritu declina y la impiedad triunfa, yo me manifiesto; para la protección de los justos, para la destrucción de los malvados, para establecer firmemente la ley, de edad en edad yo revisto un cuerpo". En todas las tradiciones, bajo diferentes formas, más o menos completas, recorre siempre la doctrina de las manifestaciones cíclicas de un principio único, subsistente en los períodos intermedios en estado latente. Mesías, Juicio Universal, Regnum, etc.: todo esto no representa otra cosa que una traducción religiosa y fantasiosamente deformada, de este conocimiento; conocimiento que por lo demás se encuentra también en la base de aquellas confusas leyendas, en las que se narra acerca de un dominador que no habría muerto nunca, sino que se habría retirado en una sede inaccesible –idéntica en el fondo, al "Centro"– para volver a manifestarse en el día de la "última batalla"; de un emperador que duerme y que se volverá a despertar; de un príncipe herido, que espera a aquel que lo curará y que conducirá a su reino decaído o devastado hacia un nuevo esplendor. Todos estos muy notorios temas de la leyenda imperial medieval nos remiten sumamente lejos en los tiempos. El mito primordial del Kalki-avatâra contiene ya todas estas ideas en una relación sumamente significativa con otros símbolos ya indicados por nosotros. Kalki-avatâra ha "nacido" en Shambala, que es una de las designaciones del centro hiperbóreo primordial. La enseñanza le ha sido transmitida por parte de Paraçu-Râma, el representante "nunca muerto" de la tradición de los "héroes divinos", el destructor de la casta guerrera en rebelión. Kalki-avatâra combate en contra de la "edad oscura" y sobre todo contra los jefes de las fuerzas demoníacas de la misma, Koka y Vikoca, los cuales, aun etimológicamente remiten a Gog y Magog, a las fuerzas subterráneas que, ya dominadas y subyugadas por el regio Preste Juan, se desencadenarán en la edad oscura y contra las cuales también el emperador vuelto a despertar deberá combatir.

*        *        *

La leyenda del Grial debe ser referida a tal orden de ideas y sólo sobre la base de estos datos tradicionales y de este simbolismo universal la misma puede ser comprendida sea desde el punto de vista histórico como desde el suprahistórico. Aquel que en la historia del Grial considera tan sólo una leyenda cristiana, o una expresión del "folklore céltico pagano", o la creación de una literatura caballeresca sublimada, no captará de los respectivos textos, sino el aspecto más exterior, accidental e insignificante. De la misma manera sería equivocado también todo intento de deducir los temas del Grial del espíritu de un pueblo en particular. Se puede afirmar, por ejemplo, que el Grial es un "misterio" nórdico; pero tan sólo a condición de entender por "nórdico" a algo sumamente más profundo y más comprensivo que "alemán" o aun "indogermánico", algo que en vez remita a la tradición hiperbórea, la cual hace una misma cosa con la misma tradición primordial del presente ciclo. En realidad, justamente desde esta tradición se pueden deducir todos los temas principales de las leyendas en cuestión.

A tal respecto es sumamente significativo que, según el "Perceval li Gallois", los textos que contienen la historia del Grial habrían sido hallados en la "Isla de Avalón", en donde "está la tumba de Arturo". Además otros textos llaman al país, en el cual José de Arimatea habría llevado el Grial y en donde habitaban ciertos enigmáticos antepasados del mismo José, la "Isla Blanca" e "Insula Avallonis": son, nuevamente, designaciones del centro nórdico primordial. Si Inglaterra en esta literatura aparece muchas veces como una especie de tierra prometida del Grial y como el país en el cual se desarrollan esencialmente las aventuras del Grial, muchos indicios nos dicen que, al respecto, se trata de un país simbólico. Inglaterra fue llamada también "Albión" e "Isla Blanca"; "Albania" fue una parte de la misma; Avalón la localidad de Glastonbury. La antigua toponomástica céltico-británica parece pues haber transpuesto a Inglaterra, por lo menos a una parte de ésta, algunos recuerdos y algunos significados referidos esencialmente al centro nórdico primordial, a Thulé, a la "tierra solar". Éste es el verdadero país del Grial. Y es por esto que el reino del Grial se encuentra en estrecha relación con el reino simbólico de Arturo, con el reino devastado –la terre gaste– con el reino cuyo soberano se encuentra herido, en letargo y decaído. Una isla montañosa, una isla de vidrio, una isla que gira sobre sí misma (the isle of the tournance), una residencia rodeada por las aguas, un lugar inaccesible, una cumbre alpina, un castillo solar, un monte salvaje y un monte de la salvación (Montsalvatsche y Mons Salvationis), una ciudadela invisible, tal de poder ser alcanzada sólo por los elegidos, e incluso por éstos corriendo un peligro mortal, etc. – he aquí las escenas principales sobre las cuales se dirigen las principales aventuras de los héroes del Grial: no son sino tantas representaciones del "Centro", de la residencia simbólica del Rey del Mundo. También el tema de la tierra primordial es recurrente: un texto llama "Edén" a la tierra del Grial. El ciclo de Lohengrin y la Sachsenkronik von Halberstadt refieren: "Arturo se encuentra con sus caballeros, en el Grial, que ya fue el paraíso y que ahora se ha convertido en un lugar de "pecado".

En la literatura caballeresca el Grial es propiamente un objeto sobrenatural, que tiene esencialmente estas virtudes: alimenta ("don de vida"); ilumina (iluminación espiritual); convierte en invencible (quien lo ha visto, n’en court de bataille venchu, según Robert de Boron). En cuanto a los restantes aspectos, hay que señalar dos.

Sobre todo el Grial es una piedra celeste, que no sólo designa a los reyes –como la piedra que los Thuata llevaron consigo al Avalón– sino que indica también a los dominadores destinados a convertirse en "Preste Juan" (de acuerdo al "Triturel").

En segundo lugar, el Grial sería la piedra caída de la corona de Lucifer en el momento de su derrota (de acuerdo al "Wartburgkrieg"). Como tal, el Grial simboliza un poder que Lucifer, al caer, perdiera, y el mismo también en otros textos conserva el carácter de un mysterium tremmendum. Como una fuerza temible, el Grial mata, despedaza, enceguece a los caballeros que se le acercan sin ser dignos del mismo y sin ser los elegidos (según el "Grand St. Graal", "Joseph de Arimathia", etc.). Este aspecto del Grial se encuentra en relación con la prueba del "lugar peligroso". A la Mesa Redonda de Arturo le falta ya alguien, Un lugar se encuentra vacío, el cual, en el fondo, es el del jefe supremo de la Orden. Aquel que lo ocupa sin ser el héroe esperado, es fulminado o es tragado por una súbita vorágine. El Grial puede ser alcanzado tan sólo combatiendo –er nuos erstriten werden – dice Wolfram von Eschenbach.

El misterio del Grial comprende dos temáticas. La primera retoma la idea de un reino simbólico, concebido como una imagen del centro supremo; reino, que debe ser restaurado. El Grial no está más presente allí, o bien ha perdido su virtud. El rey del Grial está enfermo, herido, decrépito, o bien padece un sortilegio, en razón del cual él parece vivir, conserva una apariencia de vida, aun estando muerto desde siglos (según el "Diû Krone"). La otra temática consiste en la llegada de un héroe que, habiendo visto al Grial, debe sentirse llevado hacia una tal restauración; de otro modo él traicionará su misión y su fuerza heroica será maldita (según Wolfram von Eschenbach). Él debe volver a unir una espada partida. Él debe ser el vengador. Él debe "formular la pregunta".

¿De qué pregunta se trata? ¿Y cuál es propiamente la misión de este "elegido"? Parece ser la misma que Hesíodo atribuye a los "héroes", es decir, a aquella misma generación que, nacida en la edad oscura de la decadencia, tiene sin embargo aun la posibilidad de restaurar la "edad del Oro". Y así como el héroe hesiódico debe superar y gobernar el elemento titánico, de la misma manera vemos que el héroe del Grial debe superar el peligro luciférico. No basta que el caballero del Grial se muestre como "el mejor y el más valiente caballero del mundo" y un corazón de acero –"ein stählernes Herz"– en cada tipo de aventuras naturales y sobrenaturales: él debe también "estar libre de orgullo" y debe "conquistar la sabiduría" (según Wolfram y Gautier). Si el Grial ha sido perdido por lucifer, he aquí que algunos textos (Grand St, Graal, Gerbert de Mostreuil, "Morte Darthur") refieren justamente a Lucifer el poder demoníaco que actúa en diferentes pruebas en contra de los caballeros del Grial. Además el viejo rey del Grial se ha hecho impotente e incapaz de reinar en razón de una herida que se le hiciera con una lanza envenenada mientras él se encontraba al servicio de Orguelluse: pero es bastante visible que esta Orguelluse no es sino una personificación femenina del mismo principio del "orgullo". Además otros caballeros del Grial, por ejemplo Gauvain ("Galvano"), son puestos a la prueba en el castillo de esta misma Orguelluse. Pero ellos no sucumben. Vencen, desplazan –"poseen"– a Orguelluse. El sentido de esta prueba es la realización de una fuerza pura, de una virilidad espiritual; es la transposición de la calificación heroica sobre un plano separado de todo lo que es caos y violencia, "La caballería terrestre debe convertirse en caballería celeste" – se dice (Queste du Graal). Ésta es la condición para poder abrirse el camino hasta el Grial, para poder ocupar el "lugar peligroso" sin ser fulminados, así como lo fueron los titanes por parte del Dios olímpico.

Sin embargo como tema fundamental de todo el ciclo del Grial debe ser considerado el siguiente: al héroe de todas estas pruebas se le impone una tarea ulterior y decisiva. Una vez que ha sido admitido en el castillo del Grial, él debe sentir la tragedia del Rey del Grial herido, paralizado o viviente sólo en apariencia y debe tomar la iniciativa de una acción de restauración absoluta. Ello es expresado por los textos en varias formas enigmáticas: el héroe del Grial debe "formular la cuestión". ¿Cuál cuestión? Aquí se diría que los autores han querido callar. Se tiene la impresión de que algo les impide hablar y que una explicación banal esconda la respuesta verdadera. Pero si se sigue la lógica interna del conjunto no es difícil comprender aquello de lo que en verdad se trata: la cuestión a formular es la cuestión del Imperio. No se trata de saber –como según la letra de los textos– lo que significan ciertos objetos del castillo del Grial, sino que se trata de comprender la tragedia de la decadencia y, luego de haber "visto" el Grial, de formular el problema de la restauración. Sólo sobre esta base la virtud milagrosa de esta enigmática pregunta se convierte en comprensible: puesto que el héroe que no ha sido indiferente y que ha "formulado la cuestión", con esta cuestión redime el reino. Entonces aquel que tenía tan sólo una apariencia de vida desaparece; aquel que estaba herido se cura. A veces, el héroe se convierte en el nuevo y verdadero rey del Grial sustituyendo al precedente. Un nuevo ciclo comienza.

Según algunos textos, el caballero muerto, que parece querer recordar al héroe la misión a cumplir y la venganza, aparece en un ataúd transportado sobre el mar por cisnes. Pero el cisne es el animal de Apolo en el país de los Hiperbóreos, en la tierra nórdica primordial. Conducidos por cisnes parten los caballeros del centro supremo, en el cual Arturo es rey: desde el Avalón.

En otros textos, el héroe del Grial es llamado el caballero de las dos espadas. Pero en la literatura teológico-política de la época, sobre todo en la gibelina, las dos espadas significaban nada más que el doble poder, temporal y sobrenatural. Un texto clásico habla del país hiperbóreo como de la tierra de la que vinieron dinastías que, como las de los Heraclidas, encarnaron a un mismo tiempo la dignidad regia y la sacerdotal. En un texto del Grial la espada que será vuelta a unir tiene una custodia cuyo nombre es: memoria de la sangre.

*        *        *

El reino inaccesible e intangible del Grial es una realidad también en la forma, según la cual el mismo no está vinculado a ningún lugar, a ninguna organización visible y a ningún reino terrestre. El mismo representa una patria, a la cual se pertenece por un nacimiento diferente del corporal, que tiene el sentido de una dignidad espiritual e iniciática. Este reino une en una cadena infrangible a hombres que pueden también aparecer como dispersos por el mundo, por el espacio, por el tiempo, por las naciones, hasta el límite de aparecer como aislados y de no conocerse recíprocamente. En este sentido el reino del Grial –como el de Arturo y del Preste Juan, como Thulé, como Mitgard, Avalón, etc.– está siempre presente. Según su naturaleza "polar", el mismo permanece inmóvil. En consecuencia, no es que el mismo esté a veces más cerca y a veces más lejos de la corriente de la historia, son los hombres y sus reinos los que pueden estarle más o menos cerca.

Ahora bien, en un cierto período, el Medioevo gibelino pareció presentar una mayor aproximación y ofrecer, por decirlo así, una materia histórica y espiritual de tal carácter, que el reino del Grial habría podido convertirse, de oculto, también en sensible, y dar lugar a una realidad al mismo tiempo interior y exterior, como en las civilizaciones tradicionales de los orígenes. Sobre tal base se puede sostener que el Grial fue la coronación y el "misterio" del mito imperial medieval y la suprema profesión de fe del alto gibelinismo. Una tal profesión de fe se manifiesta más en la leyenda y en el mito que en la clara voluntad política de la época, según lo que acontece también en el individuo, en donde lo que hay de más profundo y de más peligroso se expresa menos a través de las formas de su conciencia refleja que a través del simbolismo y de una espontaneidad subconciente.

El Medioevo esperaba al héroe del Grial a fin de que el Árbol Seco del Imperio volviera a florecer, a fin de que toda usurpación, todo contraste, toda oposición fuese destruida y reinara verdaderamente un nuevo orden solar. El reino del Grial, que habría debido resurgir con un nuevo esplendor, era el mismo Sacro Imperio Romano. El héroe del Grial, que habría podido convertirse en el "dominador de todas las criaturas" y aquel al cual "ha sido confiado el poder supremo", es el Emperador histórico –"Federicus"– si él hubiese sido el realizador del misterio del Grial, del misterio hiperbóreo.

Historia y suprahistoria, parecieron pues, por un instante, interferir: resultó de ello un período de alta tensión metafísica, una culminación, una suprema esperanza – luego, nuevamente, derrumbe y dispersión.

Toda la literatura del Grial parece agruparse en un período relativamente breve: ningún texto parecer ser anterior al último cuarto del siglo XII. A partir del primer cuarto del siglo XIII se cesa de golpe, como por una consigna, de hablarse del Grial. Sólo luego de muchos años, y ya bajo un espíritu diferente, se escribirá nuevamente sobre el Grial. Parece pues como si en un cierto momento una corriente subterránea hubiese vuelto a aflorar, para luego volver a ocultarse (Weston). La época de esta repentina desaparición de la primera tradición del Grial coincide aproximadamente con la tragedia de los templarios. Quizás éste es el inicio de la fractura.

En Wolfram von Eschenbach los caballeros del Grial son llamados Templeise –"templarios"– si bien en su relato no figure para nada un templo, sino sólo una corte. En algunos textos los caballeros-monjes de la "isla" misteriosa llevan el signo de los Templarios: una cruz roja sobre un fondo blanco. En otros textos las aventuras del Grial toman una dirección típica de "crepúsculo de los dioses": el héroe del Grial cumple, es cierto, con la "venganza" y restaura el reino, pero una voz celeste le anuncia que él debe retirarse con el Grial en una tierra insular misteriosa. La nave que viene a buscarlo es la nave de los Templarios: tiene una vela blanca con una cruz roja.

Como arterias esparcidas, organizaciones secretas parecen haber custodiado los antiguos símbolos y las tradiciones del Grial aun luego del derrumbe de la civilización imperial ecuménica: "Fieles del Amor" gibelinos, trovadores del período más tardío, hermetistas. Así arribamos hasta los Rosacruces. Entre los Rosacruces se presenta todavía una vez más el mismo mito: la ciudadela solar, el Imperator cual "Señor del Cuarto Imperio" y destructor de toda usurpación, una confraternidad invisible de personalidades trascendentes, unida únicamente a través de su esencia y su intención, finalmente, el extraño misterio de la resurrección del Rey, misterio que se transforma en la constatación de que el Rey a resucitar ya vivía y estaba despierto. El que asiste a este misterio lleva el signo de los Templarios: un estandarte blanco con una cruz roja. También el pájaro del Grial –la paloma– está presente.

Pero una consigna parece haber sido transmitida en este caso. En un determinado momento, se deja súbitamente de hablar de los Rosacruces. De acuerdo a la tradición, los últimos Rosacruces, en el período en el cual el absolutismo, el racionalismo, el individualismo y el iluminismo estaban por preparar el camino a la Revolución Francesa y los tratados de Westfalia iban a sellar la decadencia definitiva de la autonomía del Sacro Romano Imperio, habrían abandonado el Occidente para retirarse en "India".

La "India" es aquí el símbolo. Equivale a la residencia del Preste Juan, del Rey del Mundo. Es Avalón. Es Thulé. Según el "Titurel", tiempos oscuros han arribado para Salvatierra, donde residen los caballeros de Monsalvat. El Grial no puede permanecer más en aquel lugar. Es transportado a la "India", en el reino del Preste Juan, que se encuentra "cerca del paraíso". Una vez que los caballeros del Grial han arribado allí, el mismo Monsalvat y su ciudadela se les aparecen a ellos, son transportados allí mágicamente, porque "nada de todo esto debe permanecer entre pueblos pecadores". El mismo Parcifal revestirá la función de "Preste Juan".

Y aun hoy ascetas tibetanos dicen respecto de Shambala, la ciudad sagrada del Norte, hacia donde conduce la "vía del Septentrión", es decir la "vía de los dioses" –devayâna– : "Ella reside en mi corazón" (1).

 

(1) Una exposición sistemática y documentada de la leyenda del Grial sobre la base de esta interpretación se la encuentra en la obra de J. Evola, Il mistero del Graal e la tradizione ghibellina dell’impero. Ceschina, 2ª Ed. Milano, 1964. Hay traducción española.

(Extractado de "Introduzione alla Magia" T. III, Ed. Mediterranee, Roma, 1985, pg. 77)