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Biblioteca Evoliana

Cabalgar el Tigre (07) Ser uno mismo

Cabalgar el Tigre (07) Ser uno mismo

Biblioteca Evoliana.- Una vez diagnosticado el gran problema de los tiempos modernos, Evola aborda la parte positiva del asunto: en ninguna época anterior a la actual ha sido tan preciso retornos a la antigua máxima clásica inscrita en una de las columnas de acceso al templo de Delfos: "Ser uno mismo". Si el "exterior" es imposible de ser ordenado y reconstruido en función de los principios de la tradición, nada impide, sin embargo, reconstruir y ordenar la propia interioridad. ¿Cómo? Enlazando con el sustrato más profuindo, con el núcleo íntimo del Ser. 

 

7.- Ser uno mismo

Por el momento, es preciso que dejemos de lado las alusiones a una dimensión superior de la experiencia de un mundo liberado.  Nos dedicaremos, en primer lugar, a definir más exactamente lo que nos aporta de sólido esta visión de la existencia, a saber eí principio del puro ser uno múmo.  Es lo que queda después que se ha eliminado lo que la filosofía Rama "moral heteronóma", es decir, la moral basada en una ley exterior.  Nietzsche ha podido escribir respecto a ello: "Se os llama destructores de la moral; pero no sois más que los descubridores de vosotros mismos", y también: "Debemos liberarnos de la moral para poder vivir moralmente"; en este "vivir moralmente" entiende precisamente vivir según la propia ley, según la ley definida por la propia naturaleza (lo que no puede desembocar en la vida del superhombre más que a título de excepciones).

Se trata de algo comparable con la "moral autónoma" del imperativo categórico de Kant, pero con la diferencia de que el mandamiento absoluto interior, distanciado de todo móvil extranjero, no se funda sobre una ley hipotética y abstracta de la razón práctica válida para todos y revelándose en tanto que tal a la conciencia del hombre, sino más bien sobre el ser es de cada uno.

Nietzsche mismo presentó a menudo esto como el equivalente de un naturalismo.  La interpretación simplemente fisiológica, materialista, de la propia naturaleza, aunque es frecuente en él, en el fondo, es inauténtico, accesoria, dictada por un motivo de polémica contra el "espíritu puro".  En realidad, también Nietzsche ha sido más profundo, no se ha detenido en el ser físico cuando ha hablado de la "gran razón" encerrada en el cuerpo y opuesta a la pequeña razón, de la gran razón que no dice "Yo, sino soy Yo", que se sirve del 1 espíritu" y de los mismos sentidos "como pequeños instrumentos y pequeños juguetes"; "potente dominador, sabio desconocido, que se llama el propio ser (Selbst)", "hilo que guía el Yo y le sugiere sus ideas y sus conceptos", que "busca con los ojos de los sentidos y escucha con las orejas del espíritu".  Se trata, pues, no de lafysis, sino del "ser" en toda la plenitud ontológica de la palabra das Selbst puede ser también entendida también como el "Si-mismo", opuesto al Yo (Ich): oposición que recuerda la ya considerada de las doctrinas tradicionales, entre el principio supraindividual de la persona y lo que ha sido llamado "Yo Físico".

Una vez apartada la grosera interpretación "fisiológica", se precisa pues una actitud válida para quien debe mantenerse en pie como un ser libre en plena época de disolución: asumir su ser en un querer, haciendo de ello la propia ley, una ley marcada por el mismo absoluto y autonomía del imperativo categórico kantiano, afirmada sin tener en cuenta valores convenidos, de "bien" y "mal", como tampoco de felicidad, placer y dolor -hedonismo y eudemonismo en tanto que la búsqueda abstracta, inorgánico, del placer y de la felicidad, no siendo para Nietzsche también más que signos de debilitamiento y decadencia.  Afirmar y actualizar, pues, el propio ser sin miedo de sanciones o esperanza de frutos, ni aquí, ni más allá, decir: "No existe la vía: esto es mi querer, ni bueno, ni malo, sino mío".  En una palabra, es, a través de Nietzsche, la antigua fórmula "Sé tú mismo", "Conviértete en lo que eres", lo que se propone de nuevo, hoy, después del hundimiento de todas las superestructuras.  Veremos que un tema análogo ha sido recuperado, aunque en términos menos netos, por los existencialistas.  No nos referimos a Stirner como precursor, porque en él la abertura en el "único" de las dimensiones más profundas de¡ ser es casi inexistente.  Nos podríamos, más bien, referir aj.M. Guyau, que se había propuesto igualmente el problema de una línea de conducta por encima de toda sanción o "deber".  Había escrito: "Las metafísicas autoritarias y las religiones son andadores para niños: es tiempo de avanzar solos... Es preciso buscar en nosotros mismos la revelación.  Ya no hay Cristo: que cada uno sea el Cristo para sí mismo, que esté atado a Dios como quiera o pueda, o que niegue a Dios".  Es como si la fe subsistiese, pero "sin cielo que espere o una ley positiva que guíe", como un simple estadio.  La fuerza y la responsabilidad no deben, sin embargo ser menores que los que ya, anteriormente, en un tipo de hombre diferente, en un clima diferente, nacían de la fe religiosa y de un punto de apoyo determinado.  La idea de Nietzsche es idéntica.

Por lo que a nosotros concierne, si esta temática debe ser aceptada como válida para el problema que nos interesa, es preciso eliminar cualquier eventual restricción implícita susceptible de proporcionar un nuevo e ilusorio soporte.

Después de Rousseau, las doctrinas anárquicas habían comportado prcmisas de este género: el nihilismo de los clásicos de la anarquía postulaba el carácter fundamentalmente bueno de la naturaleza humana.  El autor que acabamos de citar, Guyau, nos facilita otro ejemplo.  Había intentado fundamentar sobre la "vida" una moral "sin obligación, ni sanción", una moral "libre".  Pero, en él, esta "vida", no es totalmente la vida desnuda, verdadera, sin atributos, es, en su concepción, una vida preventiva y arbitrariamente "moralizada" o esterilizada, una vida en la que son consideradas como congénitas tendencias bien determinadas: la expansión, el don de sí, la superabundancia.  Guyau había formulado una nueva idea del deber: el deber que deriva del poder, del empujón de la vida, del sentimiento de una vida que "pide ejercitarse" ("puedo, por lo tanto debo").  Las restricciones se vuelven evidentes cuando Guyau atribuye al impulso expansivo de la vida un carácter exclusivamente positivo, es decir, social, considerando la afirmación de sí mismo, la expansión, no hacia los otros como una autonegaci6n y una contradici6n de la vida, opuesta a su movimiento natural de expresión, a su florecimiento y enriquecimiento.  Basta preguntarse lo que podría impedir una vida que quisiera "negarse" o "contradecirse" de hacerlo y lo que tendría que decir si intentara tomar esa vía, para darse cuenta que no se ha hecho totalmente tabula rasa, que le han sido introducidos subrepticiamente premisas que se intentaba superar debido a que la critica nihilista había demostrado su vulnerabilidad.

Pero eliminando verdaderamente todo postulado, se conmueve también una gran parte de la doctrina de¡ superhombre de Nietzsche, donde la importancia, a menudo dada a aspectos de la vida opuestos a lo que entrevé Guyau ("voluntad de poder", dureza, etc.) no es menos unilateral.  Con todo rigor, para ser puramente "uno mismo", para tener una existencia absolutamente libre, es preciso poder asumir, querer, decir absolutamente "sí" a lo que es, incluso cuando nada exista en nuestra propia naturaleza que se aproxime al ideal del "superhombre", cuando nuestra vida y nuestro destino no presenten ni heroismo, ni nobleza, ni esplendor, ni generosidad, ni "virtud que da", sino decadencia, corrupción, debilidad, perversión.  Un lejano reflejo de esta vía existe incluso en el mundo cristiano, en el calvinismo: es la doctrina del hombre decepcionado, roto por el pecado original, pero salvado por la "fe", fórmula del hombre justificado y pecador a un tiempo frente a lo Absoluto.  Pero en el mundo sin Dios, el resultado de tal actitud es que se es abandonado a sí mismo ante una terrible prueba de fuerza, del desnudamiento del Yo.  Así la pretensión nietzscheana de "haber reeencontrado la via que conduce a un s y a un no: enseño a decir no a todo lo que debilita y degrada, enseño a decir sí a todo lo que fortifica, acumula fuerzas, justifica el sentimiento del vigor", esta pretensión no es justa más que si se traspone, interioriza y purifica la correspondiente exigencia, separándola de todo contenido específico y especialmente de toda referencia a una vitalidad más o menos intensa.  Se trata más bien de una alternativa: ser o no ser capaz de mantenerse firme interiormente, en su ser desnudo, absoluto, sin temer ni esperar nada.

A este plano puede entonces aplicarse lo que ha dicho sobre la liberación de todo pecado: "No hay ningún lugar, ningún fin, ningún sentido sobre los cuales pudiéramos descargarnos, de una forma u otra, del peso de nosotros mismos", ni en el mundo físico, ni en el ambiente social, ni en Dios.  Es un modo existencia¡.  En cuanto al contenido de la ley de cada uno, como hemos dicho, permanece y debe permanecer indeterminado.

Haciendo un primer balance, podríamos fijar en estos términos lo que de positivo tiene el sistema de Nietzsche y de otros pensadores que han seguido la misma línea.  No olvidemos, sin embargo, que este análisis no sería conforme a nuestro propósito, si permaneciese en el plano de las abstracciones; debe, por el contrario, ayudarnos a encontrar lo que puede tener valor, no para el conjunto de los hombres, sino para un tipo humano especial.

Esto exige algunas consideraciones suplementarias, sin las cuales no puede servir verdaderamente de base s6lida la solución de ser uno mismo".  Veremos más adelante, que no es más que una solución de primer grado".  Por el momento indiquemos simplemente la siguiente dificultad.  Está claro que la regla de "ser uno mismo" implica que se pueda hablar para cada uno de "naturaleza propia" (cualquiera que sea) como de algo bien definido y reconocible.  Pero esto es problemático, sobre todo en nuestros días.  La dificultad podría ser menor en las sociedades que ignoraban el individualismo, en las sociedades tradicionales organizadas en cuerpos y castas, donde los factores ligados a la herencia, al nacimiento y al medio favorecían un alto grado de unidad interior y de diferenciación de tipos, la articulaci6n natural era luego reforzada y sostenida por costumbres, una ética, un derecho, incluso algunas veces por cultos particulares, no menos diferenciados.  Para el hombre occidental moderno todo ello ha cesado hace largo tiempo de existir, ha sido "superado" sobre la vía de la "libertad"; también el hombre moderno medio es un hombre cambiante, inestable, desprovisto de toda forma verdadera.  La palabra pauliniana y fáustica "dos almas, ¡ay!, viven en mi seno" se ha convertido ya en una afirmación optimista, las gentes deberían admitir como hace un personaje característico de Herman Hesse, que estas almas son legi6n.  El mismo Nietzsche ha admitido esta realidad cuando escribió: "Es preciso guardarse de suponer que muchos hombres son personas.  Hay también quienes tienen varias personas en ellos, pero la mayor parte no tienen nada".  Y aún: "Conviértete en ti mismo: es una llamada que no está destinada más que a un pequeño número de hombres que solo es superfluo ara una minoría restringida todavía".  Por lo tanto vemos @i que el principio n-iismo que habiamos considerado primeramente como positivo, es decir, la fidefidad a uno mismo y a la ley autónoma absoluta basada sobre el propio "ser", cuando se la considera en términos abstractos y generales.  Todo puede ser discutido y ciertos personajes de Dostoymky, tales como Raskólnikov o Stavroguin, nos lo muestran de manera precisa. En el momento mismo en donde se apoyan solo en su sola voluntad buscando probársela a ellos mismos por un acto absoluto, se desmoronan: se desmoronan precisamente porque son seres divididos, porque se habían hecho ilusiones sobre su verdadera naturaleza y su fuerza real.  Su libertad se vuelve contra ellos mismos y los destruye; se frustran en el mismo momento en que habrían debido afirmarse de nuevo, no encuentran nada en el fondo de ellos que los sostengan y los lleven hasta el final.  Recuérdese el testamento de Stavroguin: "He querido probar mi fuerza en todas partes, me lo habéis aconsejado una vez para poderme conocer... ¿pero dónde aplicar esta fuerza?.  He aquí lo que todavía no he visto, lo que todavía hoy no veo... Mis dedos dos demasiado débiles, no pueden dirigirme.  Puede atravesarse un irlo sobre una viga, pero no sobre una viruta".  El abismo vence a Stavroguín; el suicidio sella su fracaso.

El mismo problema se encuentra evidentemente en la doctrina nietzscheana de la voluntad de poder.  El poder, en sí, es informe.  No tiene sentido más que si se apoya sobre un "ser" preciso, con una dirección interna, con una unidad esencial.  Sin esto, todo se hunde nuevamente en el caos.  "Aquí se encuentra la fuerza suprema pero no se sabe para qué emplearla.  Los medios existen pero el fin falta".  Veremos más adelante de qué manera esta situación se agrava cuando la ilusión de la trascendencia se manifiesta de una forma activa.

Señalamos mientras tanto que, en general, el fenómeno del remordimiento se manifiesta cuando subsiste, a pesar de todo, en el ser una tendencia central que aflora de nuevo, después de haber realizado actos que lo han violentado o lo han renegado al haber nacido de impulsos secundarios demasiado débiles para suplantarla completa y definitivamente.  Es en este sentido en el que Guyau habla de una mofa¡ ,,que no es más que la unidad del ser", de una inmoralidad que "es, or el contrario un desdoblamiento una o oposición de tendencias que se limitan la una con la otra".  Ya se conoce la imagen de¡ "criminal pálido" de Nietzsche, verdadero espejo de los personajes dovstoyevskyanos anteriormente recordados, "cuya acción ha paralizado la pobre razón como la línea trazada con tiza ha paralizado a la gallina".

Todo esto demuestra claramente que hemos llegado a un punto en donde ya no se puede ser más "neutro" en la exposición del problema; conforme a nuestro propósito, es preciso trazar una línea de conducta que, en una época de disolución, no convenga a todos, sino solamente a un tipo diferenciado, y singularmente al que es el heredero del hombre del mundo de la Tradición y mantiene sus raíces en este mundo, aun cuando, en su existencia exterior ha quedado privado del apoyo que le daba una forma establecida.

 

 

 

Cabalgar el Tigre (05) Coberturas al nihilismo europeo. El mito económico-social y la "contestación"

Cabalgar el Tigre (05) Coberturas al nihilismo europeo. El mito económico-social y la "contestación"

Biblioteca Evoliana.- Una vez constatada la existencia del nihilismo a partir de la "muerte de Dios", de lo que se trata para la modernidad es de ocultar esta situación. Evola llama a este sistema de oculturamiento las "coberturas del nihilismo". Las coberturas son, en realidad, falsos señuelos utilizados para mantenerse en pie y evitar que el pensamiento se centre en la única realidad: el nihilismo. Evola trata en este parágrafo del Primer Capítulo de "Cabalgar el Tigre", de dos formas de cobertura: el progreso económico social y los movimientos "contestarios" que limitan su protesta a aspectos parciales, e incluso muy secundarios, de la modernidad.

 

 

5.- Coberturas del nihilismo europeo.  El mito económico-social y la "contestación"

Acabamos de reconocer la importancia que conviene dar a la indiferencia adoptada por cierta juventud en crisis respecto a las perspectivas ofrecidas por la revolución social.  No será inútil, a este respecto, ampliar algo el horizonte poniendo en evidencia el género particular de evasión y los procesos anestésicos que se ocultan, en una humanidad que ha perdido el sentido de la existencia, tras las diferentes variedades del mito económico-social moderno: prospeiity "occidental" o ideología marxista-comunista.  En ambos casos nos encontramos siempre en la órbita del nihilismo que, materialmente, toma proporciones mucho más espectaculares que las de los grupos extremistas de los que hemos hablado, en los que la crisis se mantiene en estado agudo, desprovista de cobertura.

Ya hemos dicho que lo que sirve de base al mito en cuestión es el hecho de que una historiografía bien organizada presente como un progreso los procesos que han preparado el nihilismo europeo.  Esta base es esencialmente la misma en el mito "occidental" y en el mito comunista.  Uno y otro se encuentran en una relación, por así decirlo, dialéctica, que desvela su verdadero sentido existencias.

Por su pesada rusticidad y por su referencia directa al motivo de base -la economía- es más fácil deducir del mito comunista los elementos que indican su sentido final.  Como se sabe, el comunismo se ha comprometido en una violenta polémica contra todos estos fen6menos de degeneración espiritual que ya hemos mencionado aquí; estos son ciertamente reconocidos, pero imputados al "decadentismo burgués", al "crepuscularismo", al "individualismo anárquico" que caracterizaba a estos elementos burgueses separados de la realidad; serían las formas finales de la descomposición del sistema, de un sistema económico condenado, el sistema capitalista.  La crisis actual se presenta, pues, como la de los valores y los ideas que sirven de superestructura a este sistema y que convertidos en hipócritas y mentirosos, no pueden dirigir la conducta práctica de los individuos y de las fuerzas motrices de la época.  La lesión existencias de la humanidad se presenta, en general, como una consecuencia de la organización económica, material, de una sociedad como la capitalista. 

El verdadero remedio, el principio de un "nuevo verdadero humanismo", de una integridad humana, de una felicidad "aún jamás conocida" residiría pues en un cambio en el sistema económico-social, en la abolición de] capitalismo y en la instalación de una sociedad proletaria comunista de los trabajadores parecida a la que se elabora en el mundo soviético.  Ya Carlos Marx había exaltado en el comunismo "la toma de posesión real de la esencia humana por el hombre y para el hombre, la vuelta del hombre a sí mismo en tanto que el hombre social, es decir, en tanto que hombre humano", siendo este comunismo para él un perfecto humanismo y, por ello, el verdadero humanismo.

En sus formas radicales este mito -que allí donde se ha afianzado controlando movimientos, organizaciones y pueblos se acompaña de una lobotomía psíquica tendiente a neutralizar metódicamente desde la infancia toda forma de sensibilidad y de intereses superiores, cualquier modo de pensar que no se exprese en términos de economía o de procesos econ6mico-sociales- este mito es el que reposa sobre el vacío más absoluto y que, de todos los estupefacientes administrados hasta el presente a una humanidad desarraigada ejerce la acción más deletérea.  Sin embargo la impostura es aquí la misma que en el mito de la prosperity, particularmente en las formas que reviste en "Occidente"; éstas, indiferentes al hecho que se viva material y políticamente sobre un volcán, en razón de la lucha por la supremacía mundial, se desarrollan en la euforia tecnológica favorecida por ciertas perspectivas de la "segunda revolución industrial" de la era atómica.

Hemos hablado de una especie de dialéctica en virtud de la cual esta teoría se encuentra interiormente minada: en los países comunistas el mito en cuestión extrae su fuerza motriz del hecho de ser presentado como estados futuros de realización, con el sentido de estados en los que los problemas "individuales" y las crisis "decadentistas" no existirán, condiciones económico-sociales que en el área "occidental" moderna o de los Estados nórdicos, existen ya de hecho.  Es la fascinación de un fin que se desvanece en el momento en que se alcanza.  El ideal económico-social, meta para la humanidad proletaria, en realidad aparece espiritualmente caducada en el momento presente.  Precisamente en la sociedad occidental, donde a pesar de los pronósticos de Marx y Engels, un clima de prospeiity se ha extendido ya a amplias capas sociales, bajo la forma de una existencia reposada, fácil y confortable que el marxismo, en el fondo, no condena en sí, sino en la medida en que se convierte en el privilegio de una clase superior de "explotadores" capitalistas y no en el bien común de una colectividad proletarizada.  Pero los horizontes permanecen siendo esencialmente los mismos.

El error y la ilusión de cada una de las ideologías económicosociales son idénticos: consisten en pensar seriamente que la miseria existencias se reduce a sufrir, de una manera o de otra, de la indigencia material, de la depauperación debida a un sistema económico-social dado que es más grande en la desheredad o en el proletariado antes que en condiciones económicas favorables o privilegiadas; que, en consecuencia, debe desaparecer automáticamente con "el alumbramiento de la necesidad", con la elevación general de las condiciones materiales de la existencia.  La verdad, por el contrario, es que el sentido de la existencia puede faltar tanto en los unos como en los otros, y que la miseria material y la espiritual carecen de relación.  Solamente en las capas más bajas y obtusas de la sociedad puede hacerse creer que el secreto de la felicidad y de la plenitud humana residen en lo que se llama justamente el "ideal animal", en un bienestar casi bovino.  Hegel ha escrito con razón que las épocas de bienestar material son páginas en blanco del libro de la historia y Toynbee ha demostrado que el desafio que constituyen para el hombre condiciones ambientales y espirituales duras y problemáticas, provocan frecuentemente el despertar de fuerzas creadoras y el nacimiento de civilizaciones.  En ciertos casos no resulta en absoluto paradójico decir que el hombre verdaderamente compasivo deberia procurar volver la vida más dicil a su prójimo. Que la virtud más alta se debilita en un clima de facilidad, es decir cuando el hombre no está obligado a probarse a sí mismo, de una forma u otra y no importa, para el resultado final, si en tales coyunturas, por selección natural, una buena parte cae y se pierde.  Es precisamente lo que A. Breton escribió: "Es preciso impedir que la precareidad completamente artificial de las condiciones sociales vele la precareidad real de la condición humana".

Pero a fin de no alejarnos mucho de¡ tema, constatemos que precisamente hoy en día, en el marco de una civilización de prosperitj es cuando se han manifestado las formas más agudas de la crisis existencia¡ moderna: reportémonos en particular a estas tendencias de las nuevas generaciones mencionadas precedentemente en donde la rebelión, el asco, la cólera se han manifestado, no ya en el subproletariado miserable y oprimido, sino también en jóvenes a los que no les faltaba nada, incluso en hijos de multimillonarios.  Es significativo, entre otros, y esto está demostrado por las estadísticas, que es mucho menor en los paises pobres que en los países ricos: esto quiere decir que el carácter problemático de la vida es más sensible en los segundos que en los primeros.  Lo que se llama la "desesperanza blanca" podría muy bien acechar al mesianismo económico-social al final de su carrera, como en la parodia de una comedia musical -"Mahagonny"- esta isla de la utopía en donde se tiene de todo, "juego, mujeres y whisky", pero donde siempre aparece el vacío de la existencia, el sentimiento de que "falta alguna cosa".

Por otra parte se han constatado en la misma URSS fenómenos parecidos al hípsterism, lo que prueba que tales fenómenos no son la consecuencia de un sistema económico-social particular.  Aquí también algunos elementos que se complacen en acciones brutales, las desprecian, sin embargo, cuando se inspiran en un móvil material (como en la criminalidad corriente) o pasional lo que muestra la originalidad real y profunda de estas acciones.

Concluímos repitiendo que no existe ninguna relación –sino quizás una relación inversa- entre el sentido de la vida y el bienestar económico, ejemplo insigne y que no es de hoy sino perteneciente al mundo tradicional: aquel que sobre el plano metafísico denunció la vacuidad de la existencia y los engaños de¡ "dios de la vida" indicando la vía de¡ despertar espiritual, el Buda Sakyamuni, no era un oprimido ni un hambriento, ni un representante de las capas sociales sim - ilares a esta plebe que en el imperio Romano era la destinataria de la predicación cristiana revolucionaria; fue, por el contrario, un príncipe de raza en todo el esplendor de su potencia y en toda la plenitud de su juventud.  El verdadero significado del mito económico-social, sea cual sea su variedad, es, pues, la de un medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente no solo a eludir el problema de una existencia privada de todo sentido, sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia de sentido en la vida del hombre moderno.  Podemos pues hablar sea de un opláceo mucho más real que el que, según los marxistas, habría sido administrado a una humanidad aún no ilustrada y evolucionada, mixtifiada por las creencias religiosas, o bien sea desde el punto de vista más elevado de la organización metódica de un nihilismo activo.  Las perspectivas que ofrece una cierta parte del mundo actual         podrían bien ser las que entrevé Zaratustra para el "último hombre":         "Tiempos hay próximos en los que el hombre más despreciable no   se sabrá despreciar a sí mismo".  El último hombre "de raza tenaz y pululante".  "Hemos inventado la felicidad, dicen, guiñando un ojo, los últimos hombres", que han "abandonado las comarcas en donde era duro vivir",

Por otro lado, un fenómeno más reciente toma todo su sentido en este contexto: el de la "contestación global".  Inspirada parcialmente en este tipo de ideas que acabamos de mencionar, ha llegado, en la estela de las tesis de Marcusse, a afirmar que existe una concordancia profunda, que se manifiesta bajo la forma de la sociedad tecnológica y de consumo, entre el sistema de los países comunistas avanzados y el de la zona capitalista, puesto que en los primeros las reivindicaciones proletarias y revolucionarias se han vuelto mucho más débiles.  De hecho están superadas ya, en parte, al menos, pues la "clase obrera" ha entrado en el sistema de consumo, lo que le ha asegurado un estilo de vida no ya "proletario" sino burgués cuya privación había sido precisamente el aguijón revolucionario.  Pero fuera de esta convergencia, también se ha puesto de relieve el poder condicionante de es 11 sistema" único, poder que tiende a destruir todo valor superior de 1 vida y de la personalidad.  Encontrándose, más o menos, al mismo ni ve¡ que el "último hombre" anunciado por Nietzsche. el individuo de la sociedad de consumo contemporánea estima ahora que renunciar al confortal bienestar medio que le ofrece esta sociedad evolucionada para reivindicar una libertad abstracta, costaría demasiado caro y seria absurdo.  Es por ello que acepta gustosamente, concretamente, todos los condicionamientos liberadores del sistema.  Esta constatación ha provocado el paso del marxismo revolucionario, privado de su dinámica original, a una "contestación global" del sistema.  Pero ésta, no disponiendo de ningún principio superior, muestra por su carácter irracional, anarquizante e instintivo, y por sus llamamientos, a falta de otra cosa mejor, a miserables minorías marginales, incluso alguna vez al "Tercer Mundo" (en este caso son las manías marxistas las que reaparecen), o a los negros, como el único potencia¡ revolucionario, está puesto efectivamente bajo el signo de la nulidad, es una histérica "revolución de la nada y del subsuelo" (underground) - "avispas enloquecidas encerradas en un recipiente de cristal que chocan frenéticamente contra sus partes": con lo que se confirma, por otra parte, el carácter general nihilista de la época, a decir verdad, en un marco mucho más amplio, por lo que la "contestación" contemporánea ya no es más la de los individuos singulares y de círculos muy restringidos como los que hemos hablado hasta ahora, donde, sin embargo, el nivel intelectual era mucho más alto.

Otro punto merece ser considerado, aunque sea superficialmente, en el proceso actual de disolución.  El desplome de las estructuras -de todo lo que no puede considerarse más que como superestructura- no se manifiesta solamente bajo la forma sociológica de una denuncia de las mentiras y de las hipocresías de la vida burguesa que recuerdan a Max Nordau y a las palabras de Relling a Gregers, en Ibsen: ("¿Por qué empleas la palabra extraña "ideales"?.  Tenemos una palabra más bella y propia: "mentiras"), sino también bajo la forma del nihilismo moral y filos6fico.  Hoy, esto se prolonga y se completa por una ciencia que, falsa y contaminadora cuando se aplicaba a hombres pertenecientes a otro tiempo y a otras civilizaciones, aparece bien fundada cuando trata al hombre moderno traumatizado.  Nos referimos al psicoanálisis.  El esfuerzo apasionado del filósofo que intenta remontarse al origen secreto, la "genealogía" de los valores morales predominantes a las raíces mismas de todos los impulsos vitales reprimidas o condenadas en su nombre, que intentó pues "naturalizar" la moral negándole toda dignidad autónoma y eminente, este esfuerzo apasionado ha sido reemplazado por los métodos fríos, cínicos "científicos" de la "psicología profunda" de la exploración del subconsciente y del inconsciente.  Es el subconsciente, subsuelo irracional del ser, que ha sido reconocido como la fuerza motriz esencial de toda la vida del alma; a él se le han imputado los determinismos que hacen nacer el supramundo ilusorio de la conciencia moral y social, con sus valores, sus inhibiciones y sus prohibiciones, con su voluntad histérica de dominio, mientras que en esta zona subterránea no actúa más que una mezcla de impulso hacia el placer y de impulso hacia la muerte (Lustp7inzip y Todert7ieb) (5).

Como se sabe, tal es lo esencial del freudismo.  Las otras corrientes psicoanalíticas no se apartan sustancialmente de este esquema.  Tienen todas como tema evidente y constante la regresión al subsuelo psíquico, estrechamente ligado a un profundo traumatismo de la personalidad humana.  Es otro aspecto del nihilismo contemporáneo y, además, el signo de una conciencia enferma y muy debilitada como para poder enfrentarse a los bajos fondos del alma con sus presuntos "arquetipos" y todo lo que puede ser comparado con el "mundo de las Madres" de Goethe.

Vale la pena subrayar que estas destrucciones van en el mismo sentido que la tendencia reflejada por otro tipo de literatura contemporánea, donde el sentimiento de la "espectralidad de la existencia" se asocia al de un oscuro, incomprensible destino, de una fatalidad y de una condena absurda que domina la eterna soledad del hombre, incluso el conjunto de la condición humana: es casi el sentimiento de un fondo incomprensible hacia el cual la vida humana desciende gradualmente hasta una oscuridad impenetrable y angustiosa.

Este tema, afirmado de una forma típica con Kafka, no es ajeno al mismo existencialismo especulativo; de aquí en breve volveremos a ello.  Lo que nos parece interesante subrayar es que no se trata solamente de una verdad captada "por quien ha sabido sentir y ver más profundamente" sino solo por aquel que está precipitado en la misma atmósfera del nihilismo europeo, a la humanidad que ha tomado forma tras la muerte de Dios.

(5).     Para una critica del psicoanálisis cfr. nuestro Maschera e voílo sello spiritismo contemporáneo Laterza 2 a. ed. (editado en España por Ediciones Alternativa) y en particular, en lo referente a las teorias de jung,

 

 

 

El fascismo visto desde la derecha (VII) Sobre las instituciones fascistas

El fascismo visto desde la derecha (VII)  Sobre las instituciones fascistas

Biblioteca Evoliana.- Para Evola el fascismo presenta algunos aspectos erróneos en relación a la doctrina tradicional del Estado, especialmente en lo que se refiere a las instituciones. La idea general es que hay que huir de todo "democratismo" y, en segundo lugar, donde Evola percibe aspectos excepcionalmente negativos en el Estado Fascista es en la segunda etapa, posterior al "ventennio", la República Social Italiana en donde el fascismo acentuó la idea de "Estado del Trabajo". Evola ve en todas estas tendencias un aspecto preocupante y que figura entre los más negativos del fascismo.

 

CAPITULO VIII

SOBRE LAS INSTITUCIONES FASCISTAS

La crisis a la cual el fascismo debió hacer frente durante el período de la secesión "aventiniana" (1) fue una ocasión favorable para la superación de la solución de compromiso representada por el primer gobierno de coalición.El fascismo se encontró rápidamente obligado a resolver completamente el problema institucional en lo que respecta al sistema de representaciones y al principio del gobierno. Aquí tampoco la doctrina precedió a la práctica;hicieron falta diferentes desarrollos para que la reforma parlamentaria se afirmase y estableciese bajo la forma del nuevo parlamento corporativo.

"La cámara de los diputados es ahora anacrónica hasta en su nombre mismo, declara Mussolini en 1933. Es una institución que hemos encontrado ajena a nuestra mentalidad". "Supone un mundo que hemos demolido; supone la pluralidad de los partidos y a menudo y gustosamente, el ataque a la diligencia. Desde el día en que hemos anulado esta pluralidad, la Cámara de los Diputados ha perdido la excusa esencial de su razón de ser", Mussolini estimaba que el parlamentarismo "reproduce un cierto movimiento de ideas, en tanto que sistema de representación es una institución que ahora ha agotado su ciclo histórico". Ligado de forma inseparable a la democracia, el parlamentarismo, visto el nivel al cual había descendido en Italia ‑pero también en otros Estados, particularmente en Francia, donde el politicastro reemplazó al hombre político, en donde se afirmaba un sistema que reposaba sobre la incompetencia, la corrupción y la irresponsabilidad, donde ninguna estabilidad gubernamental era asumida dado el carácter propio a un "Estado vacío", es decir, privado de un centro de gravedad sustraido a las contingencias ‑ este parlamentarismo, a los ojos de Mussolini, simbolizaba la absurdidad del sistema.

A decir verdad, el problema tenía un triple aspecto: el del principio electoral en general, el del principio de la representación y en fin el principio político de la jerarquía. La solución fascista fue una solución parcial.Pero, desde nuestro punto de vista, puede decirse que la dirección tomada fue positiva.

Sobre el principio de la representación y la concepción misma del parlamento, hoy se está habituado a asociarlas exclusivamente al sistema democrático absoluto que reposa sobre el sufragio universal directo. Lo cual es absurdo y se resiente ante todo del individualismo que, combinado con el simple criterio cuantitativo, define a la democracia moderna. Decimos individualismo en un sentido peyorativo, pues se trata quizás aquí del individuo en tanto que unidad abstracta, y atómica, teniendo un estado civil y no de "persona". La cualidad expresada por esta última palabra ‑es decir la persona en tanto que ser provisto de una dignidad específica y rasgos diferenciados‑ está por el contrario, con toda evidencia negado y ofendido, en el sistema donde todos los votos valen igual, el voto de un gran pensador, de un príncipe de la Iglesia, de un jurista, o de un sociólogo eminente, de un jefe militar y el voto de un analfabeto, de un semi‑idiota, del hombre de la calle que se deja sugestionar en las reuniones públicas o que vota por quien la paga. Que pueda hablarse de "progresivo" y de "progreso" refiriéndose a una sociedad donde se ha llegado a encontrar todo esto normal, es uno de los numerosos absurdos que, en tiempos mejores quizás, serían un motivo de extrañeza y diversión.

Pero si se hace abstracción de los casos manifiestamente inferiores, es evidente que en razón de la naturaleza misma del principio democrático de la representación, es imposible asegurar la primacía del interés general, especialmente si se da a este interés un cierto contenido trascendente "político", en un sentido opuesto a lo que es "social", sentido ahora ya conocido por nuestros lectores. El individuo, en efecto, no puede tener más que intereses particulares, en medio de intereses de categoría. Además, dado el materialismo creciente de las sociedades modernas, estos intereses tienen un carácter cada vez más economicista, físico. Es pues evidente que aquel que quiere asegurarse una "mayoría" es decir, el número, bastará con tener en cuenta el condicionamiento y deberá pues contemplar únicamente la protección, aunque sea equívoca, de estos intereses inferiores en su programa electoral, personal o de partido.

A esto se añade, en el sistema parlamentario democrático, la "politización" que en el marco del régimen de partidos, golpea numerosos intereses individuales o sociales, los cuales, en sí mismos, no deberían ser políticos. Los partidos del sistema democrático no son simples representaciones de categorías de intereses; tácticamente, se presentan en una especie de concurso o competición para la mejor defensa de los intereses de tal o cual grupo de electores, pero en realidad tienen cada uno una dimensión política, cada uno una ideología; no conocen ni intereses ni exigencias que los superen, actúan en el "Estado vacío", y tienden cada uno a la conquista del poder: de ahí deriva una situación que no puede ser sino caótica e inorgánica.

Esta plusvalía política de los partidos es evidente en la tesis demo‑liberal según la cual la pluralidad de los partidos constituiría una garantía para la "libertad"; las numerosas opiniones en oposición, los múltiples puntos de vista, la "discusión" permitirían escoger sin equivocación la dirección más justa. Todo esto naturalmente carece de sentido, ya que en el Parlamento o, mejor, en la "Cámara de los Diputados" el criterio numérico del voto directo está igualmente en vigor, si bien los diputados son iguales en el voto individual, al igual que los ciudadanos electores; en consecuencia, tras la "discusión", es siempre el número el que se impone de hecho y siempre habrá una minoría que sufrirá la violencia puramente númerica de la mayoría. Pero es preciso también considerar que la pluralidad de los partidos y de los puntos de vista no puede ser fecunda más que en un marco de consulta y colaboración, lo que supone una unidad de principio y de intenciones; y no cuando cada partido tiene, precisamente, una plusvalía política y una ideología, y no tiende, del todo a jugar su papel en un sistema orgánico y disciplinado, sino a "atacar la diligencia", es decir a conquistar el Estado, a tomar el poder. En efecto, es de "lucha política" que se habla siempre hoy, sin términos medios: una lucha en donde, precisamente en la democracia, todos los principios son buenos.

El hecho es que debería distinguirse entre sistema representativo en general y sistema representativo igualitario, nivelador, con base puramente numérica. Incluso el Estado que llamamos tradicional conoció el principio representativo, pero en un marco orgánico. Se trata de una representación, no de individuos, sino de "cuerpos", los individuos no existen más que en la medida en que formaban parte de unidades diferenciadas teniendo cada una, una cualidad y un peso diferente. Como representación de cuerpos, el parlamento y cualquier otra institución análoga tenía un valor incontestable, abrazada los intereses de la nación en toda su riqueza y en toda su diversidad. Es así como junto al principio representativo, el principio de jerarquía podía afirmarse por que no era la simple fuerza numérica de los grupos, de los cuerpos o de las unidades parciales con sus propios representantes en el parlamento, lo que era considerado, sino su función y dignidad. El clima y los valores de un Estado tradicional, siendo además diferentes, excluían automáticamente la preponderancia automáticamente impuesta por el número, intereses de orden inferior: lo que, por el contrario, sucederá siempre en las democracias absolutas modernas, por que son los partidos de masas quienes prevalecen necesariamente. Los Estados Generales, el parlamento tal como existía en Hungría y Austria, con el esquema del STANDESTAAT, designación características para el sistema de una unidad representativa cualitativa, articulada y graduada, eran semejantes a la estructura de la cual hemos hablado. Las corporaciones, la nobleza, el clero, el ejército, etc. estaban representados como cuerpos correspondientes a la nación cualitativamente diferenciada, para trabajar de concierto con los intereses nacionales y generales (2).

Estas consideraciones de principio, a las cuales hemos dado cierta amplitud son necesarias a fin de que, regresando sobre este punto, el lector pueda tener elementos para juzgar de forma adecuada lo que el intento de reforma fascista de las representaciones comporta de positivo, reforma que puede calificarse, según el punto de vista, de contra‑revolucionaria o revolucionaria (contra‑revolucionario, si se considera que el sistema parlamentario reposaba sobre una base inorgánica y cuantitativa derivada directamente de las ideologías revolucionarias de 1789 y 1848). La Cámara fascista de las Corporaciones significa, en principio, el regreso al sistema representativo por "cuerpos". La dirección tomada puede pues ser juzgada como esencialmente positiva.

Pero había una diferencia, a causa de la acentuación del aspecto de una representación de las "competencias" bajo formas sobre todo técnicas, correspondientes a la época: cosa que servía sin embargo para eliminar categóricamente lo que hemos llamado la plusvalía política o ideológica de las representaciones; pero esta restricción del dominio y del concepto de los "cuerpos", sustituidos a los partidos, permitía superar el absurdo sistema electoralista democrático, sistema que puede conducir al parlamento a politicastros incompetentes, los cuales, gracias a ciertas combinaciones o maniobras de pasillo, podrían incluso formar parte de un gabinete en tanto que ministros o subsecretarios de estado para sectores de la actividad nacional para los cuales están privados de toda preparación, de formación serie y de experiencia directa. La designación de inspiración corporativa y sindical de la representación parlamentaria evita esta incoherencia. Este sistema hace que no sea la masa electoral informe y agitada quien elija a su representante, sino el medio específico el que escoje a una persona cualificada para esta función según su competencia en ese terreno concreto.

Pero el fascismo contempla además un sistema mixto, en el cual la designación por nominación de lo alto, se añadía a la elección: la elección o designación por el "cuerpo" no concernía solo a una persona, sino a varias, entre las cuales el gobierno hacia la elección; se podía así hacer valer otros criterios igualmente políticos, sin perjudicar el principio fundamental de las competencias. Considerada bajo esta perspectiva la reforma fascista presenta pues un carácter racional y plausible. Lo que ha seguido, la práctica efectiva en el régimen fascista, es aquí otra cuestión que afecta, como ya hemos señalado, a un terreno que está alejado de nuestras competencias y de nuestro objeto de estudio.

La Cámara Corporativa no debía presentarse como un lugar de "discusiones", sino de trabajo coordinado donde la crítica, admitida sobre el plano técnico y objetivo, no lo era sobre el plano político. Sin embargo, esta delimitación del dominio inherente a la representación de las competencias, con el inevitable relieve dado también a la esfera de la producción económica, habría reclamado una definición adecuada e institucional del principio jerárquico, en el sentido de una exigencia superior ligada al dominio de los objetivos finales. Siendo eliminados los partidos, y despolitizadas las representaciones, el puro principio político habría debido ser concentrado y hecho actuar sobre un plano distinto y supraordenado.

El Estado de tipo tradicional frecuentemente representa el modelo o el esquema de todo esto, con el sistema de las Dos Cámaras, la Cámara Baja y Cámara Alta. El ejemplo más próximo fue la doble existencia, en Inglaterra, de la Cámara de los Comunes y de la Cámara de los Lores, bajo su forma originaria. Una dualidad de este género parece tanto más necesaria en razón del carácter cada vez más técnico y corporativo del parlamento y a causa de la inexistencia, en las sociedades modernas, de "cuerpo" organizados que sean los representantes de los valores de la tradición. El fascismo había encontrado en Italia la dualidad de la Cámara de los Diputados y del Senado. La reforma fascista respeta esta dualidad pero no provoca una revisión adecuada y enérgica de la "Cámara Alta", el Senado, que guardó en general, durante el Ventennio su precedente característica de superestructura decorativa e ineficaz. Un Senado, con miembros exclusivamente designados desde lo alto, escogidos, sobre todo, en función de su cualidad política, cualidad de representantes de la dimensión transcendente de Estado, es decir, de factores espirituales, meta‑económicos y supranacionales, habrían podido realizar una instancia jerárquica más elevada en relación a la Cámara Corporativa. En todas partes donde esto se habría mostrado necesario habría debido hacerse prevalecer el "orden de los fines", comprendidos en su sentido más alto, sobre el "orden de los medios" y, en consecuencia, establecer y actualizar la jerarquía natural de los valores y de los intereses.

Pero, a este respecto, la fuerza institucional revolucionaria y reconstructora del fascismo se detuvo a medio camino. El senado conservó globalmente su fisonomía propia que le había dado la tradición de fines del siglo XX en Italia, quedando así privada de una función verdadera. Sobre este punto igualmente se hace sentir la influencia negativa del pluralismo de las instituciones: las jerarquías del partido; la herencia del institucionalismo monárquico de la Italia precedente, a la cual pertenecía precisamente el senado de tipo antiguo; y se podría añadir, la Academia de Italia, en la medida en que habría debido reunir, en principio, a representantes de los valores superiores, que no había por que confinar en la esfera de una cultura pomposa, sino volverlos, por el contrario, operativos. Todo esto habría debido ser depurado, unificado y revisado, y es evidente que aquí hubiera sido preciso referirse igualmente a lo que hemos dicho respecto de la constitución de una "Orden" que habría debido servir, precisamente, de núcleo esencial de la Cámara Alta. A pesar de todo esto, hágase una comparación pensando en lo que son en Italia la actual Cámara de los Diputados y, sobre todo, el nuevo Senado, al cual se ha extendido en gran parte, el absurdo principio electivo de la democracia absoluta, y no debería dudarse, desde el punto de vista de los principios, si fuera cuestión de pronunciar un juicio.

Ciertamente, en el fascismo, la fórmula aberrante del "Estado del trabajo", además proclamado por la nueva constitución del Estado democrático italiano, apareció un poco por todas partes; ciertamente, además de la concepción del "Estado Etico" (el Estado pedagogo para individuos espiritualmente menores), desembocó, en el aún más lamentable "humanismo del trabajo" (también aquí se trataba de teorías de Gioavanni Gentile). Pero todo esto puede ser referido a las escorias, a las partes no esenciales y no válidas del fascismo.

En efecto, por boca misma de Mussolini, el fascismo afirma explícitamente que las "corporaciones pertenecen al orden de los medios y no al de los fines" (1934). La corporación es la institución por medio de la cual "el mundo de la economía, hasta ahora desordenado y extraño, entra también en el estado", la disciplina política puede así asociarse a la disciplina económica. Pero esta inmicción no debía ser una forma o una cobertura a través de la cual se realizaría la conquista del Estado por la economía, y aun menos significar la degradación y la involución de la idea misma del Estado. Esta habría sido efectivamente la tendencia del "pancorporativismo" expresada por algunos intelectuales inspirados en Gentile, sobre todo después del congreso corporativo que se celebró en Ferrara en 1932. Y sobre esta línea se ve como llegaron a concebir una especie de comunismo corporativo ("la corporación propietaria", más o menos estatizada) y a pedir la disolución del partido institución a favor del puro Estado Sindical y corporativo. Pero todas estas intentonas permanecieron como veleidades ideológicas sin valor.

De otra parte, la distinción entre esfera política y esfera corporativa no fue tampoco abolida en el sentido opuesto, partiendo de lo alto, por un "totalitarismo" estatizante. Pero si Mussolini, en efecto, indica el "Estado Totalitario" (en 1933) como una de las tres condiciones para desarrollar un "corporativismo pleno, completo e integral", las otras dos eran una tensión ideal elevada y la entrada en acción "junto a la disciplina económica, de la disciplina política (...) para que haya, por encima de la oposición de intereses, un lazo que lo una todo", declara también: "La economía corporativa es multiforme y armoniosa. El fascismo no ha pensado jamás en reducirla a un máximo común denominador: es decir, transformar en monopolio de Estado todas las economías de la nación. Las corporaciones los reparten y el Estado no los recupera más que en el sector que interesa para su defensa". De manera muy clara, fue declarado que "el Estado corporativo no es el Estado económico", lo que podía entenderse en dos sentidos: oponerse a una función de la corporación, sea como instrumento de estatización centralizadora, sea como instrumento de conquista del estado por la economía.

 

 

"Servicio al Estado" y Burocracia. Julius Evola

"Servicio al Estado" y Burocracia. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Este artículo fue publicado en marzo de 1953 en el diario del Movimiento Social Italiano. A Evola la preocupaba el problema de como restaurar la autoridad del Estado, especialmente en unos momentos -como en plena postguerra- en donde el fascismo había sido sustituido por la partitocracia y por una burocracia cada vez más absorvente y omnipresente. Evola recuerda el carácter casi sacerdotal que tuvieron en la antigüedad los "servidores del Estado" y que, incluso en regímenes tardíos implicaba que llevaran "uniforme", casi un indicativo de su condición de "hábito sacerdotal".

 

"SERVICIO AL ESTADO" Y BUROCRACIA

Julius Evola

 

Una señal característica de la decadencia de la idea de Estado en el mundo moderno está representada por la pérdida del significado de aquello que, en una acepción superior, significa el servicio al Estado.

Allí donde el Estado se nos presenta como la encarnación de una idea y de un poder, en el mismo tienen una función esencial aquellas clases políticas definidas por un ideal de lealismo, clases que, en la acción de servir al Estado, sienten un elevadísimo honor y que, sobre tal base, ellas participan de la autoridad, de la dignidad y del prestigio inherentes a la idea central, de modo tal de diferenciarse de la masa de los simples ciudadanos "privados". En los Estados tradicionales tales clases fueron sobre todo  la nobleza, el ejército, la diplomacia y, finalmente, aquello que hoy se denomina como la burocracia. Es sobre esta última que nosotros queremos dirigir una breve consideración.

Tal como ha sido definida en el mundo democrático moderno del último siglo, la burocracia no es más que una caricatura, una imagen materializada, opacada y desfasada de aquello a lo cual debería corresponder su idea. Aun prescindiendo del presente inmediato, en el cual la figura del "estatal" se ha convertido en la imagen escuálida de un ser en lucha permanente con el problema económico, de modo tal de ser ya el objeto preferido de una especie de ludibrio y de amarga ironía, aun prescindiendo de esto, el sistema presenta caracteres inverosímiles. En los actuales Estados democráticos se trata de burocracias privadas de cualquier autoridad y de cualquier prestigio, privadas de una tradición en el mejor sentido de la palabra, con personal en exceso, mediocre, mal retribuido, caracterizado por prácticas lentas, desganadas, pedantes y farragosas. El horror hacia la responsabilidad directa y el servilismo hacia el "superior" son aquí otros rasgos característicos; en lo alto, otro rasgo que se encuentra es un vacío oficinismo. En general, el funcionario estatal medio de hoy en día se diferencia muy poco del tipo genérico moderno del "vendedor de trabajo"; efectivamente, en los últimos tiempos los "estatales" han asumido justamente la figura de una "categoría de trabajadores" que va detrás de las otras en cuanto a las reivindicaciones sociales y salariales en base a agitaciones e incluso huelgas, cosas éstas absolutamente inconcebibles en un Estado verdadero y tradicional, tan inconcebibles como el caso de un ejército que se pusiese a hacer huelga en una determinada circunstancia para imponer al Estado, comprendido como un "dador de trabajo" sui generis, sus exigencias.

En la práctica, hoy se llega a ser empleados del Estado cuando se carece de iniciativas y no se tiene ninguna perspectiva mejor en la vida, teniendo en vista un sueldo modesto, pero seguro y continuo: por lo tanto algo propio de un espíritu más que pequeño burgués y utilitario.

Y si en la baja burocracia la distinción entre quien sirve al Estado y un trabajador o empleado privado cualquiera es a tal respecto casi inexistente, en las altas esferas el burócrata se confunde con el tipo del politiquero y del "puntero". Tenemos así "honorables" y "personas influyentes" investidas del poder de gobierno, pero las más de las veces sin el correlato de una verdadera y específica competencia, las cuales en las componendas ministeriales toman o se intercambian las carteras de uno u otro ministerio, apurándose en llamar a su alrededor a amigos o a compañeros de partido, teniendo menos en vista el hecho de servir al Estado o al Jefe del Estado, cuanto el de recabar provecho de la propia situación.

Éste es el lamentable espectáculo que hoy nos presenta todo lo que es burocracia. Pueden influir aquí razones técnicas, el desmedido acrecentamiento de las estructuras y superestructuras administrativas y de los "poderes públicos": pero el punto fundamental es una caída de nivel, la pérdida de una tradición, la extinción de una sensibilidad, todos éstos fenómenos paralelos al del ocaso del principio de una verdadera autoridad y soberanía.

Nos viene a la mente el caso de un funcionario, que pertenecía a una familia de la nobleza, el cual presentó sus dimisiones cuando cayó la monarquía en su país. Se le preguntó entonces: "¿Cómo es que Ud., poseedor de riquezas incalculables, podía ser un funcionario a sueldo, sin tener ninguna necesidad de ello?". El estupor de quien se sintió hacer semejante pregunta no fue menor del de aquel que se la había hecho: puesto que él no podía concebir un honor mayor que el de servir al Estado y a su soberano. Y, desde la perspectiva práctica, no se trataba aquí de una "utilidad", sino de la adquisición de un prestigio, de un "rango", de un honor. Pero hoy en día, ¿quién no se asombraría si el hijo de un gran capitalista ambicionara convertirse en un..."estatal"?

En los Estados tradicionales el espíritu antiburocrático, militar, del servicio al Estado tuvo su símbolo en el uniforme el cual, así como los soldados, endosaban también los funcionarios (nótese como en el fascismo existió un deseo de retomar tal idea). Y en contraposición con el estilo del alto funcionario de hoy en día que hace servir su puesto a sus utilidades individuales, existía en ellos el desinterés de una impersonalidad activa. En la lenguafrancesa la expresión: "On ne le fait pas pour le Roi de Prussie" quiere decir aproximadamente: se lo hace aun cuando no nos viene una moneda en el bolsillo. Es una referencia a aquello que, por el contrario, fue el estilo de puro y desinteresado lealismo que constituyó el estilo de la Prusia de Federico II. Pero también en el primer self-government inglés las funciones más altas eran honoríficas y confiadas a quien gozara de una independencia económica, justamente para garantizar la pureza e impersonalidad de la función y simultáneamente el correspondiente prestigio.

Tal como se ha mencionado, la burocracia en sentido negativo se ha formado paralelamente con la democracia, mientras que los Estados de Europa central, por haber sido los últimos en conservar rasgos tradicionales, conservan también mucho del estilo del puro y antiburocrático "servicio al Estado". Cambiar las cosas, en especial en Italia, es hoy una empresa desesperada. Existen gravísimas dificultades técnicas, así como financieras. Pero la mayor dificultad se encuentra en aquello que deriva de la caída de nivel, del espíritu burgués, del espíritu materialista y ventajista, de la carencia de una idea de verdadera autoridad y soberanía.

De "Il Secolo d'Italia", 21 de Marzo de 1953

 

 

Julius Evola y la Magia. Por Sergio Fritz

Julius Evola y la Magia. Por Sergio Fritz

Biblioteca Evoliana.- Sergio Fritz Roa publicó este artículo en abril del 2004 en su web y centra su tema en el Grupo de Ur, después de realizar una introducción al concepto evoliano de Magia. Entre los elementos más interesantes figura la relación de los miembros del Grupo de Ur entre los que vemos a discipulos de Kremmerz (Ciro Formisano), de Rudolf Steiner, francmasones pitagóricos (especialmente Arturo Reghini) y el propio Guénon. Como muy bien subraya el autor el Grupo de Ur no fue especulativo sino que se preocupó especialmente de la práctica operativa. 

 

JULIUS EVOLA Y LA MAGIA

Sergio Fritz Roa

 

         "Ayudadnos a domar el Espíritu de la Tierra,

aprended a comprender el sentido de la Muerte

y a encontrar la palabra de la Vida.

Emprended el camino de vuelta" [1]

 

Julius Evola (1898-1974) es conocido de manera preponderante gracias a sus trabajos en el área que se ha llamado "metapolítica" y como expositor de temas tradicionales, más allá del debate sobre la plena ortodoxia de la visión del italiano con dichos postulados.

         Sin embargo, un aspecto desconocido y  fundamental de su vida y obra lo constituye la Magia, asunto del  que anhelamos dar algunas claves.

LA MAGIA EN EL UNIVERSO EVOLIANO

La primera consideración que puede hacerse en relación al tema que aquí nos reúne es la que sigue: el concepto evoliano de Magia no encuadra con el que la mayoría de los modernos sustentan. Al comentar su experiencia en este terreno, el italiano exclama: "no se trataba de ciertas prácticas, reales o supersticiosas,  dirigidas hacia la producción  de uno u otro fenómeno extranormal. Hablando de magia se quería más bien significar que la atención del grupo se dirigía esencialmente  hacia aquella especial formulación del saber iniciático que obedece a una actitud activa, soberana y dominante con respecto a lo espiritual" [2].

         Esta posición que resalta la actividad como nota esencial en la vía mágica, encuentra sus raíces en Ciro Formisano, más conocido por su seudónimo Giuliano Kremmerz, sin duda una de las fuentes en que Evola bebió de esta ciencia. En efecto, para el líder de la organización Myriam, la Magia es un "estado activo de conquista de la voluntad ..." [3]. En ello Magia se diferencia de los "misticismos" o de técnicas como la meditación cristiana o budhista, en las cuales el hombre tiene un papel pasivo, de simple receptor de lo sagrado.

         En esta perspectiva Julius Evola propondrá "la toma del cielo por asalto", en contraposición a René Guénon, quien privilegiará la contemplación frente a la acción. Evola en un artículo donde polemiza con el autor de El simbolismo de la cruz, señala: "en un plano general es muy exacto lo que dice Éliphas Levi, es decir, que el conocimiento iniciático no es donado, se lo atrapa, siendo esto por lo demás de la esencia de aquella cualidad activa que, dentro de ciertos límites, el mismo Guénon reconoce. Querer o no querer, un cierto trato "prometeico" bien entendido pertenecerá siempre al tipo más alto del iniciado" [4].

De lo que se trata es de hacer sobresalir el carácter práctico de la Magia, a la vez que potenciar su cualidad "viril", solar, heroica. No por nada Evola [5] nos recuerda el sentido que tuvo esta disciplina del Ser en los tiempos no modernos. Así, un Roger Bacon se atrevió a decir que Magia es la metafísica práctica; y un alquimista como Della Riviera enfatiza el carácter "heroico" de los verdaderos magos o adeptos. Es lo que Evola ha llamado "virilidad espiritual", actitud que dice relación con la sugerida en los textos tántricos. En efecto, lo perseguido por ambas ciencias (Magia y Tantra) se asemeja notablemente, y su quintaesencia subyace en este pensamiento:

         "Es propio de mujeres esforzarse por establecer la superioridad de una verdad mediante argumentos discursivos, pero es propio de hombres conquistar el mundo con tu propio poder" [6].

Siendo fiel a esta visión Evola dirá:

         "En otros términos, se presenta una disciplina que permite ser libre e invulnerable hasta en el gozo pleno del mundo, de todo lo que el mundo ofrece. Pero, al mismo tiempo, se le quitan a este mundo todos los caracteres de apariencia pura, de ilusión o de espejismo, de maya, que se le habían atribuido en los Vedanta. El mundo no es maya, sino potencia" [7].

         Mircea Eliade, estudioso rumano de las religiones, al referirse al Yoga da a conocer elementos que también hallaremos en la Magia tradicional:

         "La "tendencia hacia lo concreto" y la importancia concedida a la "acción", que caracterizan las técnicas yogas, explican también el esfuerzo de éstas hacia la "cosmización" del hombre. La Creación de los mundos, la cosmogonía, es el arquetipo de la "acción". En un cierto sentido, el yogui repite en su propio ser la transformación del caos en Cosmos; se lleva a cabo, otra vez, una interiorización de la Creación cosmogónica. Antes de separarse del Cosmos, el yogui se homologa con él, lo repite y se apropia de sus ritmos y de sus armonías. Pero, como hemos visto, esta "repetición" no constituye un fin en sí misma; la "cosmización" que sigue a un caos psicomental es sólo una etapa hacia la liberación final" [8].

         De lo expuesto, fácil es concluir que existe una ineludible semejanza entre Magia y Tantra. De allí, el sincero interés que el italiano tuviera por ambas gnosis.

EL GRUPO DE UR

Es deber mencionar que Julius Evola no sólo se dedicó al estudio de los viejos manuscritos mágicos, sino que tomó una actitud comprometida que lo llevó incluso a adherir a una sociedad esotérica denominada "Grupo de Ur", durante el periodo 1927-1929; siendo por tanto su conocimiento de la disciplina mágica teórico y práctico a la vez.

La experiencia del "Grupo de Ur" es única, y no encuentra paralelo en la historia. En efecto, se trata de un grupo heterogéneo que intenta presentar directivas doctrinales a la vez que mostrar algunas vivencias en relación a la Magia; ello de manera aguda y seria, cualidad que separa a esta organización de la falsa espiritualidad y del ocultismo.

Según Evola: "Las monografías del "Grupo de Ur" querían pues dar puntos de arranque, sugestiones, direcciones de la mencionada ciencia, sobre todo y en primer lugar con "la exposición de métodos, de disciplinas, de técnicas" conjuntamente con una profundización del simbolismo, en segundo lugar "relatos de experiencias efectivamente vividas", en tercer lugar se iba a promover "la reedición o traducción de textos, o partes de textos, raros o poco conocidos, de las tradiciones de Oriente y Occidente, oportunamente esclarecidos y anotados" (por ejemplo publicamos la primera traducción italiana del griego del Ritual Mitraico del Gran Papiro Mágico de París, algunos capítulos de un Tantra, textos herméticos como la Turba Philosophorum, algunos cantos de Milarepa, los Versos Áureos pitagóricos, pasajes del Milandaphña buddhista, extraídos de Meyrink, Kremmerz y Crowley, etc.), en cuarto lugar "encuadres doctrinarios sintéticos" y precisiones críticas. Eran presentadas direcciones múltiples de diferentes escuelas a fin de que el lector tuviese manera de elegir en base a sus particulares predisposiciones o inclinaciones" [9] .

Este corpus, constituido por artículos, reseñas, poemas, experiencias y meditaciones, brindará de manera eficaz - y tal vez definitiva - material suficiente para comprender lo que es Magia [10], como además entender aspectos relacionados con psicologismo, contra - iniciación, Budhismo, elementos rituales, drogas, mundos sutiles, modernidad, tradición romana, sexualidad, y Hermetismo. De allí su importancia para la hora presente.

Guiados por Arturo Reghini (gracias a quien el autor de Rebelión contra el mundo moderno dejará de lado ciertas taras de carácter ocultista)  y el mismo Julius Evola [11], los colaboradores ocultan sus nombres reales con seudónimos, a fin de aplacar el egoísmo y personalismo. En la revista que publican - llamada primero "Ur" y luego de la división del grupo "Krur" -, es factible encontrar textos de masones, steinerianos,  pitagóricos, kremmerzianos, como de escritores independientes.

Renato del Ponte, uno de los mayores estudiosos de la opus evoliana,  realizó un listado de los participantes del "Grupo de Ur", intentando determinar su filiación y seudónimos; información que a continuación damos [12]:

a) Masónico-Pitagóricos:

    Arturo Reghini (Pietro Negri y Heníocos Áristos)

    Guido Parice (Luce)

    Aniceto del Massa (Sagitario)

b) Católicos:

    Guido de Giorgio (Havismat)

    Nicola Moscardelli (Sirius)

c) Antroposofistas:

    Arturo Onofri (Oso)

    Girolamo Comi (Gic)

    Giovanni Colazza (Leo)

    Giovanni Colonna de Cesaró (con quien Evola  habría compartido con la sigla Arvo)

    Alba (aun no identificado)

d) Kremmerzianos:

    Ercole Quadrelli (Abraxa y Tikaipós)

    Leone Caetani (Ekatlos)

e) Figuras independientes:

    Corallo Reginelli (Taurulus)

    Emilio Servadio (probablemente Apro y Es)

    René Guenón (Agnostus)

    Julius Evola (Ea, Agarda, Iagla, Breno, Krur, y algunos de Arvo, y todos los textos pertenecientes a Glosas Varias)

f) Miembros de escuelas esotéricas sin identificar:

    Arom, Nilius, Primo Sole, Gallus y Zam.

Textos originales:

Anagarika Govinda, Arthur Avalon, Ottokar Brezina, Aleister Crowley, Giuliano Kremmerz, Paul Masson-Oursel, Gustav Meyrink, Narayanaswami Aiyar Shiyalli.

Un dato ilustrativo. Tan grande ha sido el interés que ha despertado el Grupo de Ur en las nuevas generaciones que en Italia se han escrito libros sobre el tema, existiendo en Internet un foro dedicado exclusivamente a dicha organización. Su dirección es: http://it.groups.yahoo.com/group/gruppo_di_ur/      

LA MAGIA "EVOLIANA" Y LA TRADICION

No puede desconocerse que la Magia en el sentido que aquí hemos plasmado juega un papel importante en la totalidad o mayoría de las formas tradicionales. Si bien para algunos solo es una ciencia tradicional (es decir lo que correspondería en el lenguaje ortodoxo guénoniano a un "Misterio Menor"[13]), para otros (como es el caso de Julius Evola) es mucho más que eso, pudiendo incluso considerarse en sí misma una vía tradicional completa, y, que, por tanto, no requiere para subsistir la dependencia a una forma tradicional exotérica.

        No nos es posible detallar aquí las enormes diferencias que implica adoptar una u otra visión; sin embargo, más allá de esta confrontación deben ser dichas ciertas cosas [14].

         Así,  urgente es reivindicar la Magia auténtica para los estudios esotéricos. Seamos enfáticos, aun cuando se nos acuse de reiterativos: La Magia, al igual que la Alquimia [15] y otras gnosis antiguas, poco o nada tiene que ver con lo que los medios sensacionalistas dicen de aquéllas. La primera no busca el poder personal, como muchos han señalado. El cultivo de la voluntad es requisito esencial en toda praxis espiritual, y, en verdad, en todo orden de cosas. La nota esencial de la Magia no es entonces "el poder"; sino la realización espiritual a través de técnicas e influencias - imaginales, mentales, visuales, rituales, orales - dirigidas fundamentalmente al mismo practicante, que le permitirán posteriormente hacer caer el Velo de Isis; es decir, facultarán al Adepto a percibir la realidad desnuda, libre de toda ilusión. La Alquimia, por su parte, no es un camino tendiente a la obtención del oro físico; sino del Oro astral, mucho más valioso: e incluye aspectos sutiles como otros operativos, lo que sin duda la transforma en uno de los conocimientos más integrales, aun cuando en la actualidad pocos podrían iniciar al neófito en sus ígneas sendas [16].

         Desde el amplio horizonte de la Tradición,  Magia se asemeja a Teurgia; quedando fuera de esta definición aquellas búsquedas y operaciones nigrománticas u otras de dudosa fuente, que explota hasta la saciedad el mundo ocultista. El monje benedictino y alquimista Antoine Dom Pernety, en su célebre Diccionario, al referirse a los Magos [17], señala: "hacían profesión de la Magia, pero de esa magia sublime, y por decirlo así, ejercida por los más grandes hombres de la antigüedad, a la que se dio el nombre de Teurgia para distinguirla de la Magia supersticiosa y condenable que se ejerce por el abuso de las cosas naturales  y de las cosas santas, con la invocación de espíritus malignos, en tanto la Teurgia consiste en el conocimiento y práctica de los más curiosos y menos conocidos  secretos de la Naturaleza" [18]. Es éste el sentido que aquí debemos retener y que predominó durante la Edad Media, e incluso el Renacimiento; concepto sustentado  por los grandes autores, entre ellos Paracelso, Agrippa y von Eckartshausen [19].

También queremos señalar que Magia constituye un grave peligro para quienes no están cualificados [20]. Cierta tendencia al psiquismo en los estudiantes de Magia ha llevado a muchos de ellos a trastornos mentales de carácter real; pues solo un hombre austero en sentimientos podrá traspasar los innumerables muros de esta vía. Las energías mal empleadas fácilmente se transforman en entidades psíquicas llamadas por algunos  "larvas".

Por último, y aquí anhelamos extendernos un poco, debemos prevenir de un equívoco reiterado y decir que no puede calificarse la visión evoliana de la Magia como una simple postura de "autoiniciación". Ello es fácilmente demostrable; y así una prueba de lo que indicamos se encuentra en uno de los textos evolianos, llamado "La magia, el maestro, el canto" [21], donde se señala lo siguiente: "Un verdadero Maestro se pone siempre en un punto en el cual todas las posibilidades son ofrecidas en modo de que cada uno pueda luego desarrollarlas separadamente..." [22] Y en otra parte, al hacer explícito los requisitos para la práctica ritual mágica, indica lo urgente de tener en primer lugar un Maestro. De todas maneras, tal como lo hace presente el mismo Julius Evola, lo dicho no obsta a que en ciertas eventualidades muy particulares no sea urgente en el proceso iniciático la presencia del Maestro humano [23]; pero, como René Guénon ha indicado, estos casos son más bien excepciones; por lo cual no ahondaremos en ellos.

LOS ESCRITOS EVOLIANOS SOBRE MAGIA

Para finalizar este trabajo, y sin ánimo de pretender realizar una bibliografía exhaustiva y total de los libros y artículos evolianos que dicen directa o cercana relación con la Magia, plasmamos la siguiente lista, que,  sin embargo, será  útil a nuestros lectores [24]:

1.-     Saggi sull' idealismo magico, Atanor, Todi-Roma, 1925.

2.-     L' uomo come Potenza,  Atanor, Todi-Roma, 1926.

3.-     Introduzione alla magia quale scienza dell'io,  Gruppo di Ur, Roma, 1927-1929. Se trata de artículos incluidos en la "Revista Ur", posteriormente denominada "Krur". La editorial Bocca en 1955-1956 editó una antología en 3 tomos.

4.-     Maschera e volto dello spiritualismo contemporaneo, Bocca, Turín, 1932.

5.-     Lo yoga della potenza, Bocca, Milán, 1949.

6.-     Metafisica del sesso, Atanor, Roma, 1958.

7.-     La via della realizzazione di si secondo i misteri de Mithra, Fondazione Julius Evola, Quaderni di testi evoliani, n° 4, Roma, 1977.

8.-     La dottrina della palingenesi nell’ermetismo medioevale (artículo que poseemos, aunque desconocemos sus datos de publicación).

9.-       Perchi la magia? Se trata de una entrevista realizada por Gianfranco de Turris, (Turín, Planeta, n° 47, 7/1972, p. 8), en "Ommagio a Julius Evola per il suo LXXV compleanno", Volpe, Roma, 1973.

10.-    Magia sessuale et vampirismo sessuale nella China antica (V.T., II, n° 8, 10/1972). Traducción francesa: Magie sexuelle et vampirisme sexuel dans le Chine ancienne, en Rebis, n° 6, 1984.

Sergio Fritz Roa (Santiago de Chile, Abril  de 2004)



[1] Trozo de un poema del gran escritor Novalis que formaría parte de su iniciático Enrique de Ofterndingen, novela inconclusa en donde los amantes del Arte Real o Alquimia podrán encontrar varias claves simbólicas. La versión que damos se encuentra incluida en Himnos a la noche. Novalis. Ediciones Orbis, S.A., 1985, p. 216.

[2] El camino del cinabrio. Julius Evola. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1998,  pp. 88-89.

[3] Citado por Julius Evola en Metafísica del sexo. José J. de Olañeta, editor, Palma de Mallorca, 1997, p.310.

[4] "Acerca de los límites de la regularidad iniciática", incluido en el Tomo VI de La Magia como ciencia del espíritu.  Grupo de Ur y otros. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 2000, p.129.

[5] Ver el artículo "Consideraciones sobre la magia y sus poderes" en el Tomo II de La Magia como ciencia del espíritu,  Grupo de Ur y otros, Op. cit., 1998, pp. 109 -177.

[6] Citado por Mircea Eliade en Técnicas del yoga. Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, p. 53.

[7] El yoga tántrico. Julius Evola. Editorial Edaf, S.A., Madrid, 1991, p.19.

[8] Técnicas del yoga. Mircea Eliade. Op. cit., p.203.

[9] El camino del cinabrio. Julius Evola. Op. cit., p. 89.

[10] Si bien es cierto que la mayor parte del conjunto de monografías incluidas en "Ur" y en "Krur" es en el fondo bastante homogéneo e indudablemente tradicional,  no puede decirse lo mismo respecto de algunas de ellos, que denotan una visión más bien "de baja magia" que mágica en el sentido que aquí hemos presentado. De partida, llama la atención que junto a notables trabajos que muestran una visión trascendente  de la Magia, coexistan textos como el "Conjuro mágico pagano" (destinado a saciar una venganza) o del ocultista Crowley, cuya "magia" no puede tener ningún punto de unión con la de un von Eckartshausen y otros magos. Hay aquí una contradicción que debe señalarse; pues, si se desea explicar una concepción esotérico-tradicional de la Magia, mal podrían darse como ejemplos textos y/o autores relacionados con brujería.

[11] No son claros todos los motivos por los cuales se disgregó el "Grupo de Ur". Sin embargo,  sabido es que la mayoría de sus miembros se abanderizaron por una u otra ala: la "evoliana" (entre otros, aquí se encuentra su amigo inicialmente steineriano, pero luego católico, Arturo Onofri, 1885 - 1928) y la "reghiniana" ( es decir, el grupo masónico). Evola alude en su autobiografía a un intento de quitarle de las manos la publicación de parte de "elementos que mantenían con vida a la Masonería a pesar de su supresión en el período fascista" (El camino del cinabrio. Julius Evola. Op. cit., p. 90). La heterodoxia del grupo, así lo creemos,  es otro factor que necesariamente habría repercutido en esta ruptura.

[12] Esta información originalmente apareció en el trabajo de Renato del Ponte Evola e il magico "Gruppo di Ur", Ed. Sear, Borzano, 1994. En castellano se encuentra disponible en el Tomo VII de La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Op. cit., pp.183 -184.

[13]   Es curioso que para René Guénon deba considerarse un error de Evola el usar la palabra Magia, la que estaría llena de malas connotaciones, mientras que él sí se permite utilizar términos como Metafísica y Tradición, tan denigrados o desvirtuados en la actualidad  como la palabra Magia. Así, en su reseña al libro de Julius Evola, La tradición hermética, dice: "En efecto, inevitablemente, tan pronto como se habla de "magia", se piensa en una ciencia destinada a producir fenómenos más o menos extraordinarios, particularmente (pero no exclusivamente) en el orden sensible; cualquiera que haya podido ser el origen de la palabra, este significado se le ha hecho inherente hasta tal punto que es conveniente dejarlo" (Formas tradicionales y ciclos cósmicos. Ediciones Obelisco, Barcelona, 1984, p.103).

[14]  Es precisamente en la defensa de la acción y por tanto de la Magia donde Evola se diferencia de Guénon. Mientras el primero enseña que es la acción la mejor postura tradicional, Guénon, por su parte, advierte los peligros de aquélla, recordando el carácter "titánico", de rebeldía "kshatriya", de Evola. Mientras el italiano privilegia el poder regio, el segundo lo hace con la potestad sacerdotal, que representa para nuestro mundo la vía contemplativa.

[15]  Ambas ciencias son denominadas "Arte" por sus seguidores; el grado de Adepto existe en ambas; la muerte ritual o nigredo es una de las etapas imprescindibles en Magia y Alquimia. Por cierto, pueden hallarse más paralelos; pero basta con éstos. Lo fundamental aquí es mostrar su  plena validez operativa y su inserción dentro del mundo de la Tradición.

[16]  Algunas ideas sobre Alquimia ya han sido dadas en anteriores trabajos nuestros; especialmente en Mujer y Alquimia (Ciudad de los Césares N°58, Septiembre - Noviembre, 2000, Santiago de Chile; versión en italiano La donna e l´Alchimia, en  L´Idea il giornale di pensiero, N°2, Año VII, 2001, Roma) y en Nota acerca del conocimiento hermético y palabras relativas a la iniciación de los alquimistas (Bajo los Hielos N° 10, www.angelfire.com/zine/BLH; pronto en www.bajoloshielos.cl)

[17] Los Magos eran una comunidad religiosa, posiblemente meda, que en el Zoroastrismo tardío intentó introducir las viejas deidades cuya adoración Zarathushtra rechazó (lo que se aprecia en los Gathas, cánticos del Avesta atribuidos al Profeta persa), al enseñar el monoteísmo. En el imperio persa los Magos tuvieron prácticamente el monopolio del culto religioso.

[18] Voz "Magos", en Diccionario Mito-Hermético. Dom Antoine-Joseph Pernety. Ediciones Índigo, S.A., Barcelona, 1993, p.295.

[19] Recomendamos a nuestros lectores el monográfico Magia de la revista La Puerta, publicado en septiembre de 1993 por la española Ediciones Obelisco. Allí encontrarán reunida bastante información sobre el tema desde el punto de vista que aquí nos interesa, es decir el esotérico tradicional.

[20] Nunca será suficiente insistir en puntos tan delicados como el presente. La cualificación iniciática es la barrera que impide los peligros a los que aludimos. Hoy día cualquiera que pague una cantidad de dinero considerable puede ingresar a unas autodenominadas "sociedades secretas"; hecho que demuestra la incomprensión por los modernos de los fenómenos espirituales. Pero tampoco cualificación implica acumular erudición, como otros han pretendido. Ya en 1957, el primer tradicionalista chileno advertía de tales males: "Ningún profano puede realizar por sí mismo este proceso (la muerte iniciática). Ninguna lectura ni la acumulación más prodigiosa de conocimientos científicos y filosóficos puede tener efectos equivalentes a la iniciación. El Candidato debe reconocer su estado de pobreza y, totalmente desvalido, necesita ser conducido por un guía..."; y más abajo: "Al Candidato se le exigen sí determinadas calificaciones intelectuales y morales, por un lado, y por el otro, que demuestre firmeza de propósito hasta expresarlo en el Juramento" (Espiritualidad en el conocimiento y en la acción. Mario Antonioletti. Centro Estudios Tradicionales Americanos, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1957,  p.65).

[21] Incluido en el Tomo IV de La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1997, pp. 53 -58. En esta oportunidad Evola borra su nombre civil, y en su lugar se dice "Glosas varias".

[22] La magia como ciencia del espíritu. Grupo de Ur y otros. Tomo IV, Op. cit., p. 54.

[23] Sin duda es este uno de los aspectos más difíciles de comprender para quienes se acercan por primera vez al estudio de la iniciación. Naturalmente la referencia a un "maestro no humano" es algo a lo que no estamos habituados en la vida moderna; sin embargo, la existencia del Kidhr en el Islam, de los ángeles en el cristianismo, de Elías Artista en el hermetismo medioeval y renacentista, dan pruebas suficientes de la posibilidad de una iniciación directa a través de potencias celestiales. En Alquimia se enseña que la materia primera y los pasos que debe conocer el operador para alcanzar la Piedra Filosofal, sólo pueden conocerse a través de dos vías: por la intervención de un Maestro o de la revelación divina. Esta última posibilidad es la que los alquimistas han denominado con precisión "Donum Dei". 

[24] Los más importantes de estos textos ya han sido traducidos al castellano.

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) IX Vida y muerte de las civilizaciones

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) IX Vida y muerte de las civilizaciones

Biblioteca Evoliana.- El Capítulo IX de la I Parte de "Revuelta contra el mundo moderno", trata de diversos temas que hacen honor a su título, pero, sin duda, uno de los más importantes es el establecimiento de dos modelos de civilización: las civilizaciones tradicionales de las que Evola dice que están "vueltas hacia el Espíritu" y las civilizaciones modernas de las que indica que están "vueltas hacia la materia". No se trata de una diferenciación temporal, sino cualitativa. También alude a la "raza del espíritu" y define el concepto que luego reiterará en otras obras anteriores y posteriores a la publicación de "Rivolta". 

IX

VIDA Y MUERTE DE LAS CIVILIZACIONES

Allí donde la tradición conserva toda su fuerza, la dinastía o sucesión de reyes sagrados representa pues un eje de luz y de eternidad en el tiempo y la presencia victoriosa del supramundo en el mundo, la componente "olímpica" que transfigura el elemento demoníaco del demos y da un sentido superior a todo lo que es Estado, nación y raza. E incluso en las capas más bajas, el lazo jerárquico creado por una relación consciente y viril constituía un medio de avance y participación.

De hecho, incluso la simple ley, emanada de lo alto e investida de una autoridad absoluta, era, para los que no podían alumbrar ellos mismos el fuego sobrenatural, una referencia y un sostén más allá de la simple individualidad humana. En realidad, la adhesión íntima, libre y efectiva de toda una vida humana a las normas tradicionales, incluso en la ausencia de una plena comprensión de su dimensión interna susceptible de justificarla, actuaba de tal forma que esta vida adquiría objetivamente un sentido superior: a través de la obediencia y la fidelidad, a través de la acción conforme a los principios y a los límites tradicionales, una fuerza invisible la modelaba y la situaba sobre la misma dirección que la de este eje sobrenatural, que en los demás –el pequeño número en la cúspide– vivía en el estado de verdad, de realización, de luz. Así se formaba un organismo estable y animado, constantemente orientado hacia el supramundo, santificado en potencia y en acto según sus grados jerárquicos y en todos los dominios del pensamiento, del sentimiento, de la acción y de la lucha. Era en este clima que vivía el mundo de la Tradición. "Toda la vida exterior era un rito, es decir, un movimiento de aproximación, más o menos eficaz según los individuos y los grupos, hacia una verdad que la vida exterior, en sí, no puede dar pero permite, si es vivida santamente, realizarla parcial o íntegramente. Estos pueblos vivían la misma vida que habían vivido durante siglos; se servían de este mundo como de una escala para llegar a liberarse del mundo. Estos pueblos pensaban santamente, actuaban santamente, amaban santamente, odiaban santamente, se mataban santamente, habían esculpido un templo único en un bosque de templos, a través del cual rugía el torrente de las aguas, y este templo era el lecho de un arroyo, la verdad tradicional, la sílaba santa en el corazón purificado" (1) .

A este nivel, salir de la Tradición significaba salir de la verdadera vida; abandonar los ritos, alterar o violar las leyes, confundir las castas; retrotraerse del cosmos al caos, caer bajo el poder de los elementos y de los totems, seguir la "vía de los infiernos", donde la muerte es una realidad, y un destino de contingencia y de disolución domina en todas las cosas.

Y esto era válido para los individuos tanto como para los pueblos.

Resulta de todas las constataciones históricas que las civilizaciones están destinadas, como el hombre, tras una aurora y un período de impulso, a decaer y a desaparecer. Se ha intentado descubrir la ley que preside tal destino: la causa del declive de las civilizaciones. Esta causa no podrá jamás ser encontrada en el mundo exterior, no podrá jamás ser definida por factores puramente históricos y naturales.

Entre los diversos autores, Gobineau es quizás quien ha sabido mostrar mejor la insuficiencia de la mayor parte de las causas empíricas, adoptadas para explicar el crepúsculo de las grandes civilizaciones. Nos ha mostrado, por ejemplo, que una civilización no se hunde en absoluto por el mero hecho que su potencia política haya sido rota o transtornada. "La misma forma de civilización, persiste en ocasiones bajo una dominación extranjera, desafía los acontecimiento más calamitosos, mientras que, otras veces, en presencia de desgracias oscuras, desaparece" (2) . No son siquiera las cualidades de los gobiernos, en un sentido empírico –es decir, administrativo–organizador– quienes tienen gran influencia sobre la longevidad de las civilizaciones: al igual que los organismos, estos –observa siempre Gobineau– pueden incluso resistir largo tiempo aun sufriendo afecciones desorganizadoras. La India y, ante todo, la Europa feudal, se caracterizan precisamente por un "pluralismo" evidente, por la ausencia de una organización única, una economía y una legislación unificadas, –factores de antagonismos siempre renacientes– y ofrecen el ejemplo de una unidad espiritual, la vida de una tradición única. No se puede siquiera atribuir la ruina de las civilizaciones a lo que se ha llamado la corrupción de las costumbres, en el sentido profano, moralista y burgués, del término. Puede ser, como máximo, un efecto o un signo: jamás es la verdadera causa. En la mayor parte de los casos, es preciso reconocer, con Nietzsche, que allí donde empieza a existir preocupación por una "moral", allí, ya hay decadencia (3) : el mos de las antiguas "edades históricas" de las que habla Vico no había tenido jamás nada que ver con limitaciones moralistas. La tradición extremo–oriental, en particular, ha puesto perfectamente en claro la idea de que la moral y la ley en general (en el sentido conformista y social) aparecen allí donde no se conoce ya la "virtud", ni la "Vía": "perdida la Vía, resta la virtud; perdida la virtud, queda la ética; perdida la ética, queda el derecho; perdido el derecho, queda la costumbre. La costumbre no es más que el aspecto exterior de la ética y marca el principio de la decadencia" (4) .

En cuanto a las leyes tradicionales, el hecho de que su carácter sagrado y su finalidad trascendente les confieran un valor no humano, no pueden de ninguna manera ser remitidos al plano de una moral, en el sentido corriente del término. El antagonismo de los pueblos, el estado de guerra, no es tampoco, en sí mismo, susceptible de causar la ruina de una civilización: la idea del peligro, y de la conquista, puede, por el contrario, volver a soldar, incluso materialmente, las mallas de una estructura unitaria, reavivar una unidad espiritual en sus manifestaciones exteriores, mientras que la paz y el bienestar pueden conducir a un estado de tensión reducida, que facilita la acción de las causas más profundas de una posible desintegración (5) .

Ante la insuficiencia de estas explicaciones, se invoca en ocasiones la idea de la raza . La unidad y la pueza de la sangre estarían en la base de la vida y de la fuerza de una civilización; la mezcla de la sangre sería la causa inicial de su decadencia. Pero se trata, aquí también, de una ilusión: una ilusión que rebaja además la idea de civilización al plano naturalista y biológico, ya que es más o menos sobre este plano que se concibe hoy la raza. Contemplada bajo este ángulo, la raza, la sangre, la pureza hereditaria de la sangre, no son más que una simple "materia". Una civilización en el sentido verdadero del término, es decir tradicional, no nace más que cuando, sobre esta materia, actúa una fuerza de orden superior y sobrenatural: la fuerza a la cual corresponde precisamente una suprema función "pontifical", la componente del rito, el principio de la espiritualidad en tanto que fundamento de la diferenciación jerárquica. En el origen de toda civilización verdadera había un hecho "divino" (el mito de los fundadores divinos ha sido común a todas las grandes civilizaciones): por ello ningún factor humano o natural podrá verdaderamente explicarlo. La alteración y el declive de las civilizaciones se deben a un hecho del mismo orden, pero de sentido opuesto degenerante. Cuando una raza ha perdido el contacto con lo único que posee y puede darle estabilidad, con el mundo del "ser"; cuando también ha decaido en lo que constituye el elemento más sútil, pero al mismo tiempo mas esencial, a saber la raza interior , la raza del espíritu , respecto a la cual la raza del cuerpo y del alma no son más que manifestaciones y medios de expresión (6) , entonces los organismos colectivos de los que se ha formado, cualquiera que sea su grandeza y su poder, descienden fatalmente en el mundo de la contingencia: están a merced de lo irracional, de lo variable, de lo "histórico", de lo que es condicionado por lo bajo y por lo exterior.

La sangre, la pureza étnica, son elementos que, incluso en las civilizaciones tradicionales, tienen su valor: valor cuya naturaleza no justifica el empleo, para los hombres, de los criterios en virtud de los cuales el carácter de "pura sangre" decide perentoriamente cualidades de un perro o de un caballo, como han afirmado, o poco más, algunas ideologías racistas modernas. El factor "sangre" o "raza" tiene su importancia, por que no es en lo mental –en el cerebro y en las opiniones del individuo– sino en las fuerzas más profundas de vida donde viven y actúan las tradiciones en tanto que energías típicas y formadoras (7) . La sangre registra los efectos de esta acción, y ofrece, a través de la herencia, una materia ya afinada y preformada, tal que a lo largo de generaciones, realizaciones similares a las originarias estén preparadas y puedan desarrollarse de forma natural y casi expontánea. Es sobre esta base –y solo sobre esta base– que el mundo de la Tradición, como se verá, reconoce a menudo el carácter hereditario de las castas e impone la ley endogámica. Pero, si se considera la Tradición allí donde el régimen de las castas fue precisamente el más riguroso, es decir, en la sociedad indo–aria, el simple hecho del nacimiento, aunque necesario, no era considerado suficiente: era preciso que la cualidad virtualmente conferida por el nacimiento fuera actualizada mediante la iniciación. Tal como hemos indicado ya, se llega hasta a afirmar en el Manavadharmashastra que el arya mismo, mientras no ha pasado por la iniciación o "segundo nacimiento", no es superior al shudra . Así mismo, las tres diferenciaciones especiales del fuego divino servían de almas a los tres pishtra iranios los más elevados en la jerarquía y la pertenencia definitiva a ésta era confirmada igualmente por la iniciación. Así, incluso en estos casos, era preciso no perder de vista la dualidad de los factores, no confundir el elemento formador con el elemento formado, lo condicionante con lo condicionado. Las castas superiores y las aristocracias tradicionales, y de una forma más general, las civilizaciones y las razas superiores –las cuales, en relación a las demás, tienen la misma posición que las castas, que han recibido una consagración en relación a las castas plebeyas de los "hijos de la Tierra"– no se explican por la sangre, sino a través de la sangre, por algo que va más allá de la sangre misma y que posee un carácter metabiológico.

Cuando esta "cosa" tiene verdaderamente poder, cuando constituye el núcleo más profundo y sólido de una sociedad tradicional, mientras una civilización puede mantenerse y reafirmarse frente a mezclas y alteraciones étnicas que no presentan un carácter netamente destructor, puede incluso reaccionar sobre los elementos heterogéneos, formarlos, reducirlos gradualmente a su tipo o reproducirse asi, en tanto, podríamos decir, que nueva unidad "expansiva". Incluso en los tiempos históricos, no faltan ejemplos de este tipo: China, Grecia, Roma, el Islam. Cuando la raíz generadora "de lo alto" deja de estar viviente en una civilización y su "raza del espíritu" está postrada o quebrada, es en ese momento cuando –paralelamente a su secularización y a su humanización– su declive ha comenzado (8) . En esta situación disminuida, las únicas fuerzas sobre las cuales es aun posible contar son las de una sangre que, por raza e instinto, lleva aun en él, atávicamente, como eco, la impronta del elemento superior desaparecido: y solo desde este punto de vista la tesis "racista" de la defensa de la pureza de la sangre puede tener una razón de ser, al menos para impedir, o retardar la desembocadura fatal del proceso de degeneración. Pero prevenir verdaderamente esta desembocadura es imposible sin un despertar interior.

Podemos desarrollar consideraciones análogas respecto al valor y a la fuerza de las formas, los principios y las leyes tradicionales. En un orden social tradicional es preciso que haya hombres en quienes el principio sobre el cual se apoyan, por grados, las diversas organizaciones, legislaciones e instituciones, sobre el plano del ethos y del rito, esté verdaderamente presente en acto, no siendo un simulacro a exterior, sino una realización espiritual objetiva. Es preciso, en otros términos, que un individuo o una élite estén a la altura de la función "pontifical" de los señores y de los mediadores de las fuerzas de lo alto. Mientras que quienes son solo capaces de obedecer, y no puedan asumir la ley más que a través de la autoridad y la tradición exterior, comprendan porqué deben obedecer y su obediencia –tal como hemos dicho– no sea estéril, sino que les permita participar efectivamente en la fuerza y en la luz. Al igual que al paso de una corriente magnética en un circuito principal se producen corrientes inducidas en otros circuitos dispuestos sincrónicamente, así mismo, en aquellos que no siguen más que la forma y el rito, pero con un "corazón puro y fiel", pasa invisiblemente una parte de la grandeza, de la estabilidad y de la "fortuna" que se encuentran reunidos y vivientes en la cúspide de la jerarquía. Mientras la tradición es sólida, el cuerpo es uno y todas sus partes se encuentran relacionadas por un lazo oculto más fuerte que las contingencias exteriores.

Pero cuando no existe en el centro más que una función que se sobrevive a sí misma, cuando los atributos de los representantes de la autoridad espiritual y real no son más que nominales, mientras la cúspide se disuelve, el apoyo desaparece, la vía solar se cierra (9) . Muy expresiva es la leyenda según la cual las gentes de Gog y Magog –que, tal como hemos dicho pueden simbolizar las fuerzas caóticas y demoníacas frenadas por las estructuras tradicionales– atacan cuando perciben que nadie hace sonar las trompetas sobre la muralla con la cual un emperador les había cerrado el camino, y solamente es el viento quien produce el sonido . Los ritos, las instituciones, las leyes y las costumbres pueden aun subsistir durante un cierto tiempo, pero su significado se ha perdido, su virtud está paralizada. No son más que algo abandonada a su suerte y, una vez entregadas a si mismas, secularizadas, se fracturan como la arcilla reseca al margen de todos los esfuerzos con los cuales se intenta mantener desde el exterior, incluso por la violencia, la unidad perdida; se desfiguran y se alteran cada día más. Pero mientras quede una sombra, y en tanto que subsista en la sangre un eco de la acción del elemento superior, el edificio pérmanece en pié, el cuerpo parece tener aun un alma, el cadáver –según la imagen de Gobineau– camina y puede aun abatir lo que encuentra en su paso. Cuando el último residuo de la fuerza de lo alto y de la raza del espíritu está agotada en las generaciones sucesivas, no queda nada: ningún lecho contiene ya al torrente, que se dispersa en todas direcciones. El individualismo, el caos, la anarquía, el hibrys humanista, la degeneración, hacen su aparición por todas partes. El dique se rompe. Incluso cuando subsiste la apariencia de una grandeza antigua, basta el menor choque para hacer hundir un Estado o un Imperio. Lo que podrá reemplazarlo será su inversión arimánica, el Leviatán moderno omnipotente, la entidad colectiva mecanizada y "totalitaria".

Desde la preantigüedad hasta nuestro días, tal es la "evolución" que nos será preciso constatar. Tal como veremos, del mito lejano de la realiza divina, regresando de casta en casta, se llegará hasta las formas sin rostro de la civilización actual, donde se despierta, de una forma rapida y avasalladora, en las estructuras mecanizadas, el demonismo del puro demos y del mundo de las masas.

 

(1) Expresiones de G. de GIORGIO ( Azione e contemplazione , en "La Torre", nº 2, 1930). [retorno al texto]

(2 ) GOBINEAU, Essai sur 'inegalité des races humaines , París, 1884, pag. 1. [retorno al texto]

(3) GOBINEAU ( op. cit. , pag. 10), dice con razón: "Lejos de descubrir en las sociedades jóvenes una superioridad moral, no dudo que las sociedades, envejeciendo, y en consecuencia aproximàndose a su caida, no presentan a los ojos del censor un estado mucho más satisfactorio". [retorno al texto]

(4) LAO–TSE, Tao–te–king , XXXVIII. [retorno al texto]

(5) Para la crítica de las causas presumidas del crepúsculo de las civilizaciones, cf. GOBINEAU, op. cit. , pag. 16–30, 77. [retorno al texto]

(6) Sobre la noción competa de raza y las relaciones entre la raza del cuerpo, del alma y del spíritu, cf. nuestra obra: Sintesi di dottrina della razza , Milán, 1941. [retorno al texto]

(7) Si por "religión" se entiende simplemente el fenómeno devocional, hecho de creencias y sentimientos subjetivos –es decir, esencialmente humanos– que ha sucedido al poder antiguo del rito y a la función objetiva de los mediadores divinos, se debe reconocer con GOBINEAU, ( op. cit. , cap. II) que el debilitamiento de las ideas religiosas no es tampoco la verdadera causa del declive de las civilizaciones. [retorno al texto]

(8) Podemos tomar en consideración la tesis de A. J. TOYNBEE ( A study of History , London, 1941) según la cual, a parte de algunas excepciones, no hay ejemplos de civilizaciones que hayan sido asesinadas, sino civilizaciones que han muerto. Por todas partes donde la fuerza interior subsiste y no abdica, las dificultades, los peligros, los ambientes hostiles, los ataques e incluso las invasiones se vuelven un estimulante, en un desafío que obliga a esta fuerza a reaccionar, de una forma creadora. Toynbee ve incluso en este desafío la condición para la afirmación y el desarrollo de las civilizaciones. [retorno al texto]

(9) Según la tradición hindú ( Mânavadharmashastra , IX, 301–302), del estado de los reyes, dependen las cuatro grandes edades del mundo, o yuga : y la edad oscura, kâli–yuga , corresponde a aquel donde la función real duerme ; la edad de oro, a aquel donde el rey reproduce aun las acciones simbólicas de los dioses arios. [retorno al texto]

 

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) VIII Las dos vías de ultratumba

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) VIII Las dos vías de ultratumba

Biblioteca Evoliana.- La muerte siempre ha interesado a Evola. En su análisis de las civilizaciones tradicionales ha identificado dos vías de ultratumba. La idea que se hacen de la muerte las tradiciones antiguas, no es siempre la misma.  La concepcion de los cultos exóticos mediterráneos atribuía al ser humano un sentido sombrío tras la muerte, sin embargo, la gran tradición procedente de los linajes indo-arios nos plantea otra posilidad: la vía heroica, la reintegración en el estado primordial mediante la "prueba".  Evola lo que está haciendo es establecer rasgos de identidad entre las distintas tradiciones. En la II Parte de la obra abordará la identificación concreta de tales tradiciones y expondrá su devenir histórico.

 

 

VIII

LAS DOS VIAS DE ULTRATUMBA

En este punto, conviene indicar las relaciones que existen entre las ideas ya expuestas y el problema de los destinos de ultra– tumba. Es necesario, aquí también, referirse a enseñanzas que, en la época actual, casi han desaparecido.

Pensar que el alma de todos los hombres sea inmortal, es una creencia extraña y de la que se encuentran muy pocas huellas en el mundo de la Tradición. Tradicionalmente, se distinguía, ante todo, la verdadera inmortalidad (que equivalía a una participación en la naturaleza olímpica de un dios) de la simple supervivencia; se consideraban luego diversas formas posibles de supervivencia; se planteaba el problema del post–mortem de una forma particular para cada individuo, teniendo en cuenta, además, diversos elementos comprendidos en la componente humana, pues se estaba lejos de reducir el hombre al simple binomio "alma–cuerpo".

En las tradiciones antiguas, se enseñaba, en efecto, bajo formas variadas, que fuera del cuerpo psíquico, el hombre se compone esencialmente de tres entidades o principios, teniendo cada uno un carácter y un destino propios. El primero corresponde al "Yo" consciente que se despierta con el cuerpo y se forma paralelamente al desarrollo biológico de este último: es la personalidad ordinaria. El segundo fue designado bajo el nombre de "demonio", de "manes" o de "lares" y también de "doble" y de "totem". El tercero corresponde a lo que procede de la primera entidad tras la muerte: para la mayoría es la "sombra".

Durante el tiempo que pertenece a la "naturaleza" la raíz última de un ser humano es el "demonio" palabra que, sin embargo, no tiene aquí el sentido moral de entidad malvada que le ha dado el cristianismo. El demonio podría definirse respecto al hombre, considerado de forma naturalista, como la fuerza profunda que, originalmente, ha determinado una conciencia en la forma finita y en el cuerpo, donde se encuentra viviendo en el mundo visible, y que permanece luego, por así decirlo, "tras" el individuo, en el preconsciente y en el subconsciente, a base de procesos orgánicos y relaciones sutiles con el ambiente, con los demás seres y con el destino pasado y futuro, relaciones que escapan habitualmente a toda percepción directa. A este respecto, muchas tradiciones han hecho corresponder a menudo el "demonio" a lo que se llama el "doble", por ejemplo cuando se alude a un alma del alma y a un alma del cuerpo mismo. Se ha puesto también en estrecha relación con el ancestro primordial o totem, concebido como alma y vida unitaria generadora de un linaje, de una familia, gens o tribu, es decir. en un sentido más general que el que le atribuye una cierta etnología moderna. Los individuos del grupo aparecen entonces como otras tantas encarnaciones o emanaciones de este demonio o totem, "espíritu" de su sangre: viven en él y de él, que sin embargo los supera, como la matriz supera cada una de las formas particulares que produce y modela a partir de su sustancia. En la tradición hindú, lo que corresponde al demonio es el principio del ser profundo del hombre, llamado linga sharira . Linga evoca precisamente la idea de un poder generador, al cual corresponde el origen posible de genius o genera , actuar en el sentido de engendrar, y la creencia romana y griega que el genius o lar (=demonio) es la fuerza procreadora misma sin la cual una familia se extinguiría (1) . Por otra parte, el hecho de que los totems hayan estado a menudo asociados a las "almas" de especies animales determinadas y que sea sobre todo la serpiente , animal esencialmente ctònico, quien haya estado relacionado por el mundo clásico con la idea del demonio y del genio nos indica que esta fuerza, bajo su aspecto inmediato, es esencialmente subpersonal, que pertenece a la naturaleza, al mundo inferior. Según el simbolismo de la tradición romana, la residencia de los lares está bajo tierra , bajo la custodia de un principio femenino, Mania, que es Mater Larum (2) .

Según la enseñanza esotérica, a la muerte del cuerpo el hombre ordinario pierde en general lo que ha constituido su personalidad, –ya ilusoria, por lo demás– durante la vida. No queda más que la personalidad reducida de una sombra, destinada a disolverse tras un período más o menos largo, cuyo término corresponde a lo que se llamaba "la segunda muerte" (3) . Los principios vitales esenciales del muerto, vuelven al totem, casi como a una materia prima eterna e inagotable, de donde renacerá la vida bajo otras formas individuales, sometidas a un destino idéntico. Tal es la razón por la cual los totems, manes, lares o penates –reconocidos precisamente como "los dioses que nos hacen vivir" pues "alimentan nuestro cuerpo y dirigen nuestra alma" (4) – se identificaban también con los muertos , y es igualmente porque el culto de los ancestros, de demonios y de la fuerza generadora invisible presente en cada uno, se confundía a menudo con el de los muertos. Las "almas" de los difuntos continuaban viviendo en los dioses manes –dii manes– en quien se resolvían también en estas fuerzas de la sangre del linaje, de la raza o de la familia, donde se manifiesta y prosigue, precisamente, la vida de estos dioses manes.

Esta enseñanza concierne al orden natural. Pero hay otra, relativa a una posibilidad de orden superior, es decir, a una solución diferente, privilegiada, aristocrático–sagrada, del problema de la supervivencia. Esta segunda enseñanza sirve de punto de unión con las ideas ya expuestas respecto de los ancestros que, por su "victoria", determinan una herencia sagrada para la descendencia patricia que sigue y renueva el rito.

Los "héroes" o semi–dioses, a los cuales las castas superiores y las familias nobles de la antigüedad tradicionales hacían remontar sus orígenes, no eran seres que, a su muerte, emitían como los otros una "sombra", larva del Yo, destinada a su vez a morir, o que habían sido vencidas en las pruebas del más allá; eran, por el contrario, seres que habían conseguido la vida propia, subsistente en sí misma, trascendente e incorruptible, de un "dios"; eran seres que "habían triunfado sobre la segunda muerte". Lo cual era posible en tanto que, más o menos directamente, habían hecho sufrir a su fuerza vital este cambio de naturaleza, del cual ya hemos hablado a propósito del sentido trascendente del "sacrificio". Es en Egipto donde fue expuesto en los términos más claros la tarea consistente en formar, gracias a una operación ritual apropiada, en la sustancia del ka –no designando el "doble" o demonio– una especie de nuevo cuerpo incorruptible –el sahu – destinado a reemplazar el cuerpo de carne y a "permanecer en pié" en lo invisible. La misma concepción se encuentra en otras tradiciones en relación con la noción de "cuerpo inmortal"; "cuerpo de gloria" o de "resurrección". En otras tradiciones griegas del período homérico (como por lo demás en el período ario de los Vedas), no se concebía la supervivencia solo del alma, sino la supervivencia total de los que eran "arrebatados" o "hechos invisibles" por los dioses en la "Isla de los Bienaventurados" donde no se muere y se pensaba que conservan el alma y el cuerpo unidos indisolublemente (5) , es preciso no ver en todo esto, como muchos historiadores de las religiones creen hoy, una representación materialista grosera, sino que se trata frecuentemente de lo contrario, esto es la expresión simbólica de la idea de un "cuerpo inmortal" en tanto que condición de la inmortalidad, idea que ha encontrado en el esoterismo extremo– oriental, en el taoismo operativo, una expresión clásica (6) . El sahu egipcio, formado por el rito, gracias al cual el muerto puede habitar entre los dioses solares, "designa un cuerpo que ha obtenido un grado de conocimiento, de poder y de gloria, asegurándole la duración y la incorruptibilidad". A él corresponde la fórmula: "Tu alma vive, tu cuerpo crece, al mandato de Ra mismo, sin disminución y sin falta, como Ra, eternamente" (7) . La conquista de la inmortalidad, el triunfo sobre las potencias adversas de disolución, están precisamente en relación, aquí, con la integralidad , con la inseparabilidad del alma del cuerpo, de un cuerpo que no perece (8) . Esta fórmula védica es particularmente expresiva: "Habiendo abandonado toda falta, vuelve a la casa. Unete, lleno de esplendor, con el cuerpo " (9) . El dogma cristiano de la "resurrección de la carne" en el "juicio final" es el último eco de esta idea, del cual la huella se encuentra hasta en la alta prehistoria (10) .

En estos casos, la muerte no es un fin, sino una realización. Es una "muerte triunfal" e inmortalizante, aquella, por la que en algunas formas tradicionales helénicas el muerto era llamado "héroe" y morir se decía "engendrar semi–dioses" ;por ello se representaba frecuentemente al difundo con una corona –a menudo colocada sobre su cabeza por la diosa de la victoria– hecha del mismo mirto que señalaba a los iniciados en Eleusis; el día de la muerte, en el lenguaje litúrgico católico mismo, es llamado dies natalis ; así mismo en Egipto las tumbas de los muertos "osirificados" eran llamadas "casas de inmortalidad" y el más allá concebido como el "país del triunfo", ta–en–mâaXeru ; el "demonio" del Emperador en Roma era adorado como divino; y, de una forma más general, los reyes, los legisladores, los vencedores, los creadores de las instituciones o tradiciones que, se pensaba, implicaban precisamente una acción y una conquista más allá de la naturaleza, aparecían, tras su muerte, como héroes, semi–dioses, dioses o avatares de dioses. En concepciones de este género es preciso también buscar la base sagrada de la autoridad que los ancianos poseían en muchas civilizaciones antiguas: pues se reconocía en ellos, –al estas más próximos que los otros del fin–, la manifestación de la fuerza divina que, con la muerte, habría culminado su total liberación (11) .

El destino del alma en el ultra–tumba comporta pues dos vías opuestas. La una es el "sendero de los dioses", llamado también la "vía solar" o de "Zeus", que conduce a la estancia luminosa de los inmortales, representada con cumbres, cielos o islas, del Walhalla y del Asgard nórdicos hasta la "Casa del Sol" azteco– peruana reservada igualmente a los reyes, a los héroes y a los nobles. La otra es la vía de los que no sobreviven realmente, que se disuelven poco a poco en el tronco originario, en los totems, los únicos que no mueren: es la vía del Hades, de los "Infiernos", del Niflheim, y divinidades ctónicas (12) . Se encuentra exactamente la misma enseñanza en la tradición hindú en la que expresiones deva–yana y pitr–yana significan precisamente "sendero de los dioses" y "sendero de los ancestros" (en el sentido de totem). Se ha dicho: "Estos dos senderos, uno luminoso, y el otro oscuro, son considerados como eternos en el universo. Siguiendo el uno, el hombre se va y no vuelve más; siguiendo la otra, vuelve de nuevo". El primero, asociado analógicamente al Fuego , a la luz, al día, a los seis meses del ascenso solar, más allá de la "puerta del sol" y la región de la claridad, conduce a Brahma", es decir al estado incondicionado. El otro, que corresponde al humo, a la noche, a los seis meses del descenso solar, lleva a la Luna , símbolo del principio de las transformaciones y del devenir, que aparece aquí como el símbolo del ciclo de los seres finitos, pululando y transpasando como otras encarnaciones caducas de las fuerzas ancestrales (13) . El simbolismo según el cual los que recorren la vía lunar deben alimentar a los manes y son luego de nuevo "sacrificados" por estos en la semilla de nuevos nacimientos mortales, es particularmente interesante (14) . Otro símbolo muy expresivo se encuentra en la tradición griega: los que no han sido iniciados, es decir, la mayoría son condenados, en el Hades, al trabajo de las Danaides, dicho de otra forma, a llevar en agua, en ánforas agujereadas en toneles sin fondo, sin poder jamás llenarlos, imagen de la insignificancia de su vida pasagera que sin embargo renace siempre en vano. Otro símbolo griego equivalente es el de Oknos que, en la llanura del Leteo, fabrica una cuerda, que súbitamente devora un asno. Oknos simboliza la obra del hombre (15) mientras que el asno, tradicionalmente, encarna la potencia "demoníaca", hasta el punto de que en Egipto se encuentra asociado a la serpiente de las tinieblas y a Am–mit, el "devorador de los muertos" (16) .

Se encuentran también, en este terreno, las ideas fundamentales ya indicadas a propósito de las "dos naturalezas", a partir de las cuales podemos entender el significado que revestía la existencia en la antigüedad, no solo de dos órdenes de divinidades, las unas urano–solares, las otras telúrico–lunares, sino también de dos tipos esencialmente distintos y en ocasiones incluso opuestas, de ritos y de cultos (17) . Se puede decir que la medida según la cual una civilización pertenece al tipo que hemos llamado "tradicional" está determinada precisamente por el grado de preponderancia de cultos y ritos del primer tipo en relación a los del segundo. Así se encuentran precisadas, desde este punto de vista particular, la naturaleza y la función de los ritos igualmente propios al mundo de la "virilidad espiritual".

Una de las características de lo que pretende ser hoy la "ciencia de las religiones" es precisamente esta: desde que, por casualidad, se descubre la llave para cierta puerta, se cree poder servirse de ella para abrir cualquier otra. Es así como habiendo llegado al conocimiento de los totems, algunos se han puesto a ver totems por todas partes. Se ha llegado a aplicar, con desenvoltura, la interpretación "totémica" incluso a las formas de grandes tradiciones, pensando encontrar su mejor explicación en el estudio de las poblaciones salvajes. Y como si esto no bastara, se llega a formular una teoría sexual de los totems.

No diremos, por nuestra parte que, de los totems de estas poblaciones a la realeza tradicional, haya habido una evolución en el sentido temporal del término. Pero desde un punto de vista ideal, es sin embargo posible, a este respecto hablar de progreso. Una tradición real o incluso solo aristocrática nace allí donde no hay dominación de los totems, sino dominación sobre los totems, justo donde el lazo se invierte y las fuerzas profundas del linage son asumidas y orientadas supra– biológicamente por un principio sobrenatural, hacia una conlcusión de "victoria" y de inmortalización olímpica (18) . Establecer promiscuidades ambiguas que abren primeramente los individuos a los poderes de los que dependen en tanto que seres naturales, haciendo caer cada vez más bajo el centro de su ser en lo colectivo y lo pre–personal; apaciguar o volver propicias algunas influencias del mundo inferior permitiéndoles encarnarse, como aspiran, en el alma y en el mundo de los hombres, tal es esta la esencia de un culto subterráneo, totémico, goético, que no es pues, en realidad, más que una prolongación del modo de ser de los que no tienen ni culto ni rito, o es el signo de la extrema degeneración de los formas tradicionales más elevadas. Arrancar los seres a la dominación de los totems, fortificarlos, encaminarlos hacia la realización de una forma espiritual y de un límite, llevarlos invisiblemente sobre la línea de las influencias capaces de favorecer un destino de inmortalidad heroica y liberada, tal era, por el contrario, el fin del culto aristocrático (19) . Si se permanece fiel a este culto, el destino del Hades era suspendido y la "vía de la Madre" abolida. Si, por el contrario, los ritos divinos eran abandonados, este destino se restablecía, la fuerza ambigua y demoníaca del totem volvía a ser todopoderosa. Tal era el sentido de la enseñanza oriental ya mencionada, según la cual aquel que olvida los ritos no escapa al "infierno", incluso si por "infierno" no se entiende un cierto nivel existencial en esta vida, sino un destino en el más allá. En su sentido más profundo, el deber de mantener, alimentar o desarrollar sin interrupción el fuego místico, cuerpo del dios de las familias, ciudades e imperios y, –según una expresión védica particularmente significativa a este respecto–, guardián de inmortalidad (20) , ocultaba la promesa ritual de mantener, alimentar y desarrollar sin interrupción el principio de un destino superior y el contacto con el supramundo creados por el ancestro. Contempládolo así, este fuego presenta una relación más estrecha con el de –segun la concepción hindú y griega y, en general, según el ritual olímpico y ario de la cremación– la pira funeraria, un símbolo de la fuerza que consume los últimos restos de la naturaleza terrestre del muerto hasta que se actualiza, más allá de esta, la "forma fulgurante" de un inmortal (21) .

notas fuera de texto

(1) Cf. MARQUARDT, Cult. Rom. , cit. v. I, pag. 148–9. [retorno al texto]

(2) Cf. VARRON, IX, 61. [retorno al texto]

(3) La tradición egipcia utiliza precisamente la expresión de "dos veces muertos" para los que resultan condenados durante el "juicio" post–mortem . Terminan por convertirse en la proyección del mundo inferior Amâm (el Devorador) o Am–mit (El Devorador de muertos) (cf. W. BUDGE, Book of the Dead , Papyrus of Ani, Londres, 1895, pag. CXXX, 257; y el texto c. XXXb, donde se dice: "Pueda no ser dado al devorador Amemet prevalecer sobre ella (la muerte)" y cap. XLIV, I, sigs., donde se dan las fórmulas "para no morir una segunda vez en el otro mundo"). El "juicio" es una alegoría; se trata de un proceso impersonal y objetivo, tal como lo atestigua el símbolo de la balanza que pesa el "corazón" de los difuntos, pues nada puede impedir que una balanza se incline hacia el platillo más pesado. En cuando a la "condena", implica la incapacidad de realizar ninguna de las posibilidades de inmortalidad concedidas post–mortem , posibilidades a las cuales hacen alusión muchas enseñanzas tradicionales de Egipto y el Tibet, que poseen, una y otra, un "Libro de los Muertos" especial, y hasta las tradiciones aztecas sobre las "pruebas" del muerto y sobre sus salvoconductos mágicos. [retorno al texto]

(4) MACROBIO, Sat. , III, v. [retorno al texto]

(5) Cf. RODHE, Psyche , cit., v. I, pag. 97, sigs. [retorno al texto]

(6) Cf. Il Libro del Principio e della sua azione , de LAO–TSE, traducido y comentado por J. EVOLA, Milán, 1960. [retorno al texto]

(7) BUDGE, op. cit., pag. LIX–LX. [retorno al texto]

(8) Ibid ., pag. LIX y texto, c. XXVI, 6–9; XXVII, 5; LXXXIX, 12: "Pueda conservarse su cuerpo, pueda ser una forma glorificada, pueda no perecer jamás y jamás conocer la corrupción. [retorno al texto]

(9) Rg–Veda , X, 14, 8. [retorno al texto]

(10) Cf. J. MAINAG, Les religions dans la préhistoire (París, 1921). Es con razón que D. MEREJKOWSKY escribe ( Dante , Bolonia, 1939, pag. 252): "En la antigüedad paleolítica el alma y el cuerpo son inseparables; unidos en este mundo, permanecen unidos en el otro. Aunque esto pueda parecer extraño, los hombres de las cavernas sabían ya a propósito de la "resurrección de la carne" algo que Sócrates y Platón, con su "inmortalidad del alma" ignoraban o habían olvidado ya". [retorno al texto]

(11) Esta justificación de la autoridad de los ancianos se ha conservado en algunas poblaciones salvajes. Cf. LEVY–BRUHUL, Alma primitiva , cit., pag. 269–271. [retorno al texto]

(12) Se encuentran entre los pueblos asirio–babilonios concepciones relativas a un estado larvario, análogo al del Hades helénico, para la mayor parte de las edades recientes (post–diluvianas): como el scheol oscuro y mudo de los judíos, donde las almas de los muertos, comprendidas las de los patriarcas, como Abraham o David, debían llevar una existencia inconsciente e impersonal. Cf. T. ZIELINSKI, La Sybile , París, 1924, pag. 44. La idea de tormentos, terrores y castigos en el más allá –la idea cristiana del "infierno"– es reciente y ajena a las formas puras y originarias de la Tradición donde se encuentra solo afirmada la alternativa entre la supervivencia aristocrática, heroica, solar, olímpica, para los unos y el destino de disolución, de pérdida de la conciencia personal, de vida larvaria o de retorno al ciclo de las generaciones para los demàs. En diversas tradiciones –como, por ejemplo, la del Egipto de los orígenes y, en parte, la del antiguo México– el problema de una existencia post mortem , para los que sufren el segundo destino, ni siquiera se planteaba. [retorno al texto]

(13) Cf. Maitrâyanî–upanishad , VI, 30 donde la "vía de los ancestros" es también llamada la "vía de la Madre" (se verá la importancia de esta última designación, cuando hablaremos de la civilización de la "Madre"); Bhagavad–gitâ , VIII, 24–5–6. PLUTARCO se reciere a una enseñanza casi idéntica, De facie in orb. lun. , 942 a 945 d. [retorno al texto]

(14) Brhadâranyaha–upanishad , VI, 15–16. [retorno al texto]

(15) Cf. ROHDE , Psyche, op. cit., I, 316–317. [retorno al texto]

(16) Cf. BUDGE , cit., pag. 248. [retorno al texto]

(17) Para el mundo clásico, cf. A, BAEUMLER, Intr. a BACHOFFEN, Der Mythos von Orient und Okzident, cit., pag. XLVIII: "Todas las características esenciales de la relaciòn griega se refieren a la oposición entre los dioses ctónicos y los dioses olímpicos. La oposición no existe simplemente entre Aides, Perséfone, Démeter y Dionisos de una parte –Zeus, Hera, Atenea, Apolo, de otra. No se trata solo de la diferencia existente entre dos órdenes de dioses, sino también de la oposición entre modos de cultos completamente distintos. Y las consecuencias de esta posición se manifiestan hasta en las instrucciones más detalladas del culto divino cotidiano". En la segunda parte de esta obra, constataremos que una oposición análoga se encuentra en la otras civilizaciones cuya desarrollo detallaremos. [retorno al texto]

(18) En las tradiciones helénicas, esta concepción recibió una de sus expresiones en los templos donde se encuentra, junto al lado de la "tumba" de un antiguo dios ctónico, el altar del culto de un "héroe" o de una divinidad de tipo olímpico. Esto quiere decir que un antiguo "demonio" ha sido vencido y "muerto, que ha sufrido la transformación "sacrificial". Su morada ctónica es concebida como una "tumba" cuando el demonio pasa a la forma superior, bajo el aspecto de un dios que lleva diferentes nombres (p. ej. el Apolo del templo de Delfos, donde se encontraba la tumba de Python) o de un hombre que, en tanto qu héroe, adquiere la inmortalidad privilegiada (cf. RONDE, Psyche, I, pag. 134, 141, 144). Las asociaciones clásicas entre las serpientes y los héroes deben ser interpretadas como la subsistencia del símbolo ctónico propio a una fuerza inferior, en un principio, que ha dominado la naturaleza (Cf. HARRISON, Prolegomena, cit., pag. 328 y sigs.). [retorno al texto]

(19) De aquí nace la idea, en muchas tradiciones, de un doble demonio: uno divino y propicio –el "buen demonio", agathos daimon– el otro terretre, relacionado sobre todo al cuerpo y a las pasiones (cf. p. ej. SERVIUS, Aen., VI, 743, CENSORIUS, De Die Nat., 3 y sigs.). El primero puede representar las influencias transformadas, la herencia "triunfal" que el individuo puede confirmar y renovar, o bien traicionar cuando cede a su naturaleza inferior, expresada por el otro demonio. [retorno al texto]

(20) Rg–Veda , VI, 7, 7. Para la relación que existe entre el fuego de las familias nobles y el destino de una supervivencia divina, cf. también Mânavadharmashastra, II, 232. [retorno al texto]

(21) Esta forma es, en cierta manera, la forma –supra–individua– del ancestro divino o del dios, en el cual la conciencia limitada del individuo se transforma (por ello, en Grecia, el nombre del muerto era en ocasiones reemplazado por el del héroe de su linaje: cf. ROHDE, Psyche, v. II, pag. 361). En el límite, se trata de esta "forma hecha de gloria", anterior al cuerpo y "puesto en este para darle una actividad propia", forma que, en la tradición irania, se relaciona con el "primer hombre hecho de luz' cuya fuerza vital, cuando muere, "fue ocultada bajo la tierra", y da nacimiento a los hombres (cf. REITZTENSTEIN–SCHAEDER, Studien zum antiken Synkretismus aus Iran und Griechenland, Leipzig, 1926, pag. 230 y sigs.). Se podría también aludir al "propio rostro, tal como existía antes de la creación" de la que habla el Zen. [retorno al texto]

 

 

 

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) VII De la "Virilidad Espiritual"

Revuelta contra el Mundo Moderno (I PArte) VII De la "Virilidad Espiritual"

Biblioteca Evoliana.- En el Capítulo VIII de la I Parte de "Revuelta contra el Mundo Moderno", Evola aborda el tema de la "Virilidad Espiritual" esto es, de las concepciones heroicas a través de las que se han expresado las distintas tradiciones indo-arias principalmente. Evola maneja una documentación exhaustiva y difícilmente contestable, con especial insistencia en la Tradición Romana y en la tradición brahamánica. El autor pasa revista a los distintos símbolos a través de los cuales se expresan estas tradiciones.

  

VII

DE LA "VIRILIDAD ESPIRITUAL"

Hemos hablado hasta aquí de lo sagrado, los dioses, el sacerdocio, el culto... interesa subrayar que estas expresiones al estar referidas a los orígenes, no tienen más que una relación lejana con las categorías propias al mundo de la "religión" en el sentido que ha tomado esta palabra desde hace tiempo. En la acepción corriente, la religión reposa sobre la noción de divinidades concebidas como entidades en sí, cuando no sobre la noción de un Dios que, en tanto que ser personal, rige providencialmente el universo. El culto se define entonces esencialmente como una disposición afectiva, como la relación sentimental y devocional que une el "creyente" a este ser o a estos seres, en quienes una ley moral juega, a su vez, un papel fundamental.

Sería vano buscar algo parecido en las formas originales del mundo de la Tradición. Se conocen civilizaciones que no tuvieron, en su principio, ni nombres, ni imágenes para los dioses: fue, entre otros, el caso de los pelasgos. Los romanos mismos, durante dos siglos, no representaron tampoco a sus divinidades: como máximo los representaban con ayuda de un objeto simbólico. No es ni siquiera "animismo" –es decir, la representación general de lo divino y de las fuerzas del universo teniendo como base la idea del alma– lo que corresponde al estadio original, sino que es, por el contrario, la idea o la percepción de puros poderes (1) cuya concepción romana del numen es, aun una vez, una de las expresiones más apropiadas. El numen , a diferencia del deus (tal como este fue concebido luego), no es un ser o una persona, sino una fuerza desnuda, que se define por su facultad de producir efectos, actuar, manifestarse –y el sentido de la presencia real de estos poderes, de estos numina , como algo trascendente e inmanente, maravilloso y temible a la vez, constituía la sustancia de la experiencia original de lo "sagrado" (2) . Una frase bien conocida de Servius (3) evidencia el hecho de que en el origen "religión" no era otra cosa que experiencia . Y si los puntos de vista más condicionados no eran excluidos en el exoterismo, es decir, en las formas tradicionales destinadas al pueblo, según la enseñanza correspondiente a las "doctrinas internas", las formas personales más o menos objetivas de divinidades no eran más que símbolos de los modos suprarracionales y suprahumanos del ser. Tal como hemos dicho, lo que constituía el centro del mundo de la Tradición era, sea la presencia inmanente, real y viviente, de estos estados en el seno de una élite, sea la aspiración a realizarlas gracias a lo que se llama en el Tibet, y de una manera expresiva, la "vía directa" (4) la que corresponde, en el conjunto, a la iniciación, en tanto que cambio ontológica de naturaleza. Se encuentra en los Upanishads esta frase que podría servir bien de consigna a la doctrina interna tradicional: "Aquel que venera una divinidad diversa del Yo espiritual (atmâ) y que dice: "Ella es diferente a mí, y yo soy diferente que ella", no es un sabio sino tan solo un animal útil a los dioses" (5).

Sobre el plano más exterior, existía el rito. Pero apenas se encontraba nada de "religioso" en él y, en aquel que lo celebraba, bien poco del pathos devoto. Se trataba antes de una "técnica divina", es decir de una acción determinante ejercida sobre fuerzas invisibles y estados interiores, técnica parecida, en su espíritu, a la que se ha elaborado en nuestros días para actuar sobre las fuerzas físicas y los estados de la materia. El sacerdote era simplemente aquel que, gracias a su cualificación y a la "virtud" inherente a esta, era capaz de volver esta técnica eficaz. La "religión" correspondía a los indigitamenta del mundo romano antiguo, es decir al conjunto de fórmulas que convenía emplear alternativamente respecto a los diversos numina. Es pues comprensible que oraciones, miedo, esperanza y otros sentimientos, frente a lo que tiene carácter de numen, es decir de poder, tenían tan poco sentido como para un un moderno todo esto puede tener en relación con la producción, por ejemplo, de un fenómeno mecánico. Se trataba, por el contrario –sobre el plano ténico– de conocer relaciones tales, que una vez creada, una causa, por medio del rito correctamente ejecutado, sucede un efecto necesario y constante en el orden de los "poderes" y, en general, sobre el plano de las diferentes fuerzas invisibles y de los diversos estados del ser. La ley de la acción tiene pues la primacía. Pero la ley de la acción es también la de la libertad: ningún lazo se impone espiritualmente a los seres. Estos no tienen nada que esperar, ni nada que temer; tienen que actuar.

Así, según la más antigua visión indo–aria del mundo, se entronizaba, en la cúspide de la jerarquía, la raza brâhmana constituida por naturalezas superiores, dueñas, a través de la fuerza del rito, del brahaman entendido aquí como la fuerza–vida primordial. En cuando a los "dioses", cuando no son personificaciones de la acción ritual, es decir, de los seres actualizados o renovados por esta acción, son fuerzas espirituales que se inclinan ante ella (6). El tipo de hombre que, según la tradición extremo–oriental, posee la autoridad, es asimilada a las inteligencias celestes. Constituye incluso "un tercer poder entre el Cielo y la Tierra". "Sus facultades son amplias y extensas como el Cielo; la fuente secreta de la que deriva es profunda como el abismo". "Sus facultades, sus poderosas virtudes, son iguales a las del cielo" (7) . En el antiguo Egipto, incluso los "grandes dioses" podían ser amenazados por la destrucción por los sacerdotes que se encontraban en posesión de las fórmulas sagradas (8) . Kamutef , que significa "toro de su madre", es decir aquel que, en tanto que macho, posee la sustancia original, es uno de los títulos del rey egipcio. Desde otro punto de vista, es, como hemos dicho, el que da a los diversos dioses el "don de la vida", el hijo que "regenera al padre" y que, por esto, en relación a lo divino, es más que lo condicionado, es condicionante. Así lo atestigua, entre otras, esta fórmula pronunciada por los reyes egipcios durante los ritos: "O dioses, estais salvados si yo lo estoy; vuestros dobles están salvados si mi doble está salvado a la cabeza de todos los dobles vivientes; todos viven si yo vivo" (9) . Fórmulas de gloria, potencia e identificación absoluta son pronunciadas por el alma "osirificada" en el curso de sus pruebas, que se pueden por otra parte asimilar a los grados mismos de la iniciación solar (10) . Son las mismas tradiciones quienes prosiguen cuando la literatura alejandrina habla de una "raza santa de reyes–santos", "autónoma e inmaterial", que "opera sin sufrir la acción" (11) ; y es a esta raza que se refiere una "ciencia sagrada de siglos antiguos", propia a los "Señores del espíritu y del templo", que no está carente de relación con los ritos de la realeza faraónica y que debía precisamente tomar más tarde, en Occidente, el nombre de Ars Regia (12) .

En las más altas formas de la luminosa espiritualidad aria, tanto en Grecia como en la Roma antigua y en Extremo–Oriente, la doctrina era inexistente o casi inexistente: solo los ritos eran obligatorios y no podían ser olvidados. A través de ellos y no por los dogmas, se definía la ortodoxia: por prácticas más que por ideas. No era el hecho de no "creer", sino el olvido de los ritos, lo que constituía sacrilegium e impiedad. No se trata aquí de un "formalismo" –como lo desearía la incomprensión de los historiadores modernos más o menos influenciados por la mentalidad protestante– sino, por el contrario, de la ley desnuda de la acción espiritual. En el ritual aqueo–dórico, ninguna relación de sentimientos sino como do ut des (13). No era "religiosamente" como eran tratados los dioses del culto funerario: no amaban a los hombres y los hombres no los amaban. Se quería solo, gracias al culto, apropiarse de ellos e impedir que se entregasen a una acción funesta. La expiatio misma tuvo, originalmente, el carácter de una operación objetiva, comparable al tratamiento médico de una infección, sin nada que se asemejara a un castigo o a un arrepentimiento del alma (14). Las fórmulas que todas las familias patricias, como todas las ciudades antiguas, poseían en propiedad, en el marco de sus relaciones con las fuerzas del destino, eran aquellas cuyos antepasados divinos se habían servido y a los cuales los "poderes", los numina habían cedido; no eran pues más que la herencia de una dominación mística; no una efusión de sentimientos sino un arma sobrenatural eficaz, pero siempre a condición (que vale para toda técnica pura) que nada fuera cambiado en el rito, pues hubiera perdido entonces su eficacia y los poderes se habían encontrado libres de sus lazos (15).

Por todas partes donde el principio tradicional recibió una aplicación completa, nos encontramos en presencia de diferenciacioes jerárquicas de una virilidad trascendente cuya mejor expresión simbólica es la síntesis de dos atributos del patriciado romano, la lanza y el rito. Se encuentran seres que son reges sacrorum y, libres en sí mismos, a menudo consagrados por la inmortalidad olímpica, presentan, en relación a las fuerzas invisibles y divinas, el mismo carácter de centralidad y jugando el mismo papel que los jefes en relación a los hombres, a quienes guían y mandan en razón de su superioridad. Para llegar, hablando de estas cumbres, a todo lo que es "religión" e incluso sacerdocio, en el sentido corriente y moderno de estos términos, la ruta es larga y es sobre la pendiente de la degeneración que es preciso recorrerla.

En relación al mundo concebido en términos de "poderes" y de numina , el mundo del "animismo" marca ya una atenuación, una caída. Esta se acentuará cuando del mundo de las "almas", las cosas y los elementos, se pasará al de los dioses concebidos como personas, en un sentido objetivo y no como alusiones representativas de estados, fuerzas y posibilidades no humanas. Cuando la eficacia del rito declina, el hombre tuvo en efecto tendencia a prestar una individualidad mitológica a estas fuerzas, que tenía primero rasgos según simples relaciones de técnica o que había concebido como máximo en términos de símbolos. Más tarde los concibió según su propia imagen, ya limitadora de las posibilidades humanas mismas; vio a seres personales más potentes hacia los cuales debería ahora volverse con humildad, fe, esperanza y temor, en vistas de obtener, no solo una protección o un éxito, sino también la liberación y la "salvación". El mundo suprarreal sustanciado de acción pura y clara, fue sustituido por un mundo confuso y subreal de emociones e imaginaciones, esperanzas y terrores, que se convirtió de día en día en cada más unánime y "humano", según las fases sucesivas de una involución general, y de alteración de la tradición primordial.

Podemos ahora constatar que no es sino durante esta decadencia que se volvió posible distinguir e incluso oponer, función real y función sacerdotal. De hecho, incluso cuando domina una casta sacerdotal, sin alejarse sin embargo del puro espíritu tradicional, ésta, como fue el caso de la India más antigua, tuvo un carácter mucho más "mágico" y real, que religioso, en el sentido usual de este término.

En cuando a lo "mágico", es, sin embargo, bueno señalar que no se trata aquí de lo que, hoy, un gran número de personas piensa del término "magia", tras los prejuicios o falsificaciones, ni el significado que toma este término, cuando se refiere a una ciencia experimental sui generis de la antigüedad (16). La magia designa, por el contrario, aquí, una aptitud especial frente a la realidad espiritual, una actitud de "centralidad" que, como se ha visto, posee relaciones estrechas con la tradición y la iniciación real.

En segundo lugar, es absurdo establecer una relación entre la actitud mágica, el rito puro, la percepción impersonal, directa, "numinosa" de lo divino, y las formas de vida de los salvajes aun ignorantes de la "Verdadera religiosidad". Tal como ya hemos dicho, los salvajes, en la mayor parte de los casos, deben ser considerados, no como representantes de estados infantiles y pre–civilizados de la humanidad, sino como formas residuales extremadamente degeneradas de razas y civilizaciones muy antiguas. Es por ello que el hecho, según el cual ciertas concepciones se reencontraban, entre los salvajes, bajo formas materializadas, tenebrosas y embrujadoras, no debe impedir reconocer el significado y la importancia que tienen, desde que son reconducidas a sus verdaderos orígenes. Así mismo, la "magia" no puede ser entendida sobre la base de estos miserables residuos degenerados, sino, por el contrario, sobre las formas, en que se mantiene de manera activa, luminosa y consciente: formas que coinciden precisamente con lo que llamamos la virilidad espiritual del mundo de la Tradición. No tener la menor idea de todo esto es una de las características entre otras, de algunos modernos "historiadores de la religión", naturalmente muy admirados. Las adulteraciones y las condenas que se encuentran en sus obras tan abundantemente documentadas, figuran entre las más dignas de desprecio.

notas fuera de texto:

(1) Cf. G.F. MOORE, Origin and growth of religion , London, 1921.

(2) Cf.MACCHIORO, Roma Cata , pag. 20; J. MARQUARDT, Le cute chez les Romains , trad., París, 1884, v. I, pags. 9–11; L. PRELLER, Römische Mythologie , Barlín, 1858, pag. 8, 51–52. Como se sabe R. OTTO ( Das Heilige , Gotha, 1930) ha empleado la palabra "numinoso" (de numen ) para designar precisamente el fondo esencial de la experiencia de lo sagrado.

(3 SERVIUS, ( Ad Georg ., III, 456): "Majores enim exugnando religionem totum in experientia collocabunt .

(4) A. DAVID–NEEL, Mystiques et magiciens du Tibet , París, 1929, pag. 245, sigs.

(5) Bnhadâranvaka–upanishad , I, iv, 10.

(6) Cf. OLDENBERG, Vorwissenschaftliche Wissenschaft , Leipzig, 1918; BOUGLE (Reg. Cast., op. cit., pag. 251, 76), muestra que, en la tradición hindú, "el acto religioso por excelencia parece concebido sobre el tipo de un proceso mágico, es una especie de operación mecánica, que, sin la menor intervención moral, coloca los bienes y los males entre las manos del operador", de forma que el brâhamana se impone, no indirectamente, como el representante de otro, sino por su misma personalidad.

(7) Tshung–yung , XXIV, I; XXIII, I; XXXI, I, 3–4.

(8) Cf. De Mysteriis , VI, 7; PORFIRIO (Epist. Aneb., XXIX) no deja de señalar el contraste que existe entre esta actitud respecto a lo divino y a la adoración religiosa timorata, presente ya en algunos aspectos del culto greco–romano.

(9) MORET, Royaut. Phar., pag. 232–233. Por ello es comprensible que uno de los primeros egiptólogos haya sido llevado, desde el punto de vista de la religiosidad devocional, a reconocer en los rasgos de la realeza faraónica los del Anticristo o del princeps hujus mundi (J.A. de GOULIANOF, Archéologie égyptienne, Leipzig, 1839, v. II, pag. 452 y sigs.

(10) Cf. E.A. WALLIS BUDGE, The Boock of the Dead, Papyrus of Ani, Londres, 1895, c. XVII, 3: "Soy el poderoso que crea su propia luz"; XXVII, 5: "Yo, Osiris, victorioso en la paz y triunfante en el bello Amenti y sobre la montaña de la paz"; XLIV, 2–3, 6: "Me he escondido con vosotros, estrellas sin declive... mi corazón está sobre su trono; pronuncio palabras y sé; en verdad, soy Ra mismo... Soy el primogénito y veo tus misterios. Estoy coronado rey de los dioses y no moriré de la segunda muerte en el otro mundo"; LXXVII, 4: "Pueden los dioses del otro mundo tener miedo de mì; que ante mi se escondan en sus residencias"; CXXXIV, 21: "Soy un espléndido vestido de poder, más poderoso que no importa quien de los seres resplandecientes".

(11) Cf. HIPOLITO, Philos., I, 8; M. BERTHELOT, Coll. des anc. alchymistes grecs, París, 1887, v. II, pag. 218. Este "operar sin sufrir la acción, corresponde manifiestamente al "actuar sin actuar" ya mencionado que, según la tradición extremo–oriental, es el modo de la "virtud del Cielo" de la misma forma que los "sin–rey" corresponden a los que LAO–TSE (Tao–té–king, XV) llama "individuos autónomos" y "señores del yo", los "hombres de la ley primordial" iranios.

(12) Cf. J. EVOLA, La Tradición Hermética, Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1975, passim. Los títulos de filiación en los reyes – "Hijos del sol", "hijos del cielo", etc. no están en contradicción con estos puntos de vista, en tanto que no se trata de concepciones dualistas y "creacionistas" sino de un descenso que es la continuidad de una "influencia", espíritu o emanación única: es –como observa C. AGRIPPA (De Occulta Philos. III, 36), "la generación un'voca donde el hijo es parecido al padre en todos sus aspectos y donde el engendrado según la especie es el mismo que el engendrador".

(13) Cf. J. E. HARRISON, Prolegomena to the study of the Greek Religion , Cambridge, 103, passim y pag. 162.

(14) F. CUMONT, Les religions orient. dans le paganisme romain , París, 1906.

(15) Cf. CICERON, De Harusp. resp. , XI, 23; ARNOBE, IV, 31; Fuestel de COULANGES, op. cit. , pag. 195.

(16) Es únicamente a esta ciencia inferior que René GUENON reserva el término "magia" ( Aperçus sur l'initiation , París, 1945, c. II, XX, XXII), a pesar del sentido superior, más amplio, que la palabra guarda en Occidente hasta el inicio de a edad moderna (se puede citar, a título de ejemplo, Campanella, Agrippa, Della Riviera, Paracelso).