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El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XVI La prueba del orgullo

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XVI La prueba del orgullo

Biblioteca Evoliana.- El Capítulo XVI de "El Misterio del Grial" nos sitúa ante la desviación titánica.  Evola examina diversos episodios del Ciclo del Grial y extrae como conclusión que la humanidad medieval ya conocía la antigua diferencia entre el Titán y el Héroe, presente en el Antiguo Testamento en el episodio de la revuelta de los ángeles malvados. El orgullo, en el fondo, no es más que una sobresaturación del Ego. Por tanto, es un impedimento para alcanzar el objetivo buscado: la experiencia de la trascendencia. 

 

XVI. LA PRUEBA DEL ORGULLO

Estos significados se precisan y se confirman en Wolfram con relación al personaje tanto de Galván como de Amfortas. En Wolfram, Trevrizent es hermano del rey del Grial derrocado, que se retira a la vida ascética junto a la «Fuente Salvaje» - Fontâne la Salvâtsche -, tratando de aliviar, precisamente mediante su ascesis, los sufrimientos del hermano y de remediar la decadencia del reino del Grial. Su mismo nombre pudiera traducirse como «tregua reciente», cosa que hace pensar en una solución provisional basada en el principio ascético en espera de la verdadera restauración. Ahora bien, Trevrizent no deja de recordar a Parsifal, justamente después de que éste decide proseguir la aventura sin Dios, ni más ni menos que la suerte de Lucifer y de sus huestes. Pero, al propio tiempo, indica el verdadero límite, la verdadera causa de la caída: si para tener derecho a custodiar el Grial hay que demostrar una fuerza y un valor excepcionales, también es necesario «estar puros de orgullo». Trevrizent le dice a Parsifal: «Quizá vuestra juventud os llevaría a carecer de la virtud de la renuncia», y aquí pasa a recordar significativamente el caso de Amfortas, «la miseria que le atormenta y que fue la recompensa de su orgullo». Debido a que «en su búsqueda del amor, no supo respetar la castidad - unt daz er germe minne - uzerhaip der kiusche sinne- (Amfortas) fue afectado de los males que también hubieron de sufrir todos los que lo rodean».

Wolfram representó en Arnfortas el tipo del rey herido e inútil a la espera del héroe que le curará y al cual después transmitirá el mandato del rey del Grial. La caída de Amfortas queda explicada del modo siguiente: Escogiendo por grito de guerra el lema «Amor, que no se dice mucho con la humildad», se puso al servicio de Orgeluse de Logrois, llevando a cabo esforzadas aventuras «dominadas por el anhelo de amor». Pero, en una de esas aventuras, acabó siendo herido en sus partes viriles por la lanza envenenada (mit einem gelüppeten sper - wart er ze tjostieren wunt) de un caballero pagano, que se creía seguro de conquistar el Grial. El adversario fue muerto, pero Amfortas quedó herido y su fuerza se desvaneció, ya no estaba en condiciones de ejercer adecuadamente la función de rey del Grial, por lo que todo el reino cayó en un profundo estado de postración y de desolación.

Detrás del simbolismo erótico de este episodio resulta bastante fácil reconocer la alusión a una desviación demoníaca, o sea a una afirmación o acción guiada no por una orientación transfiguradora, sino de anhelo y de orgullo. La castidad corriente no es la ley del Grial - en Wolfram, los reyes del Grial pueden también tener una mujer, designada por el propio Grial, y en otros textos los caballeros del Grial aceptan los favores de la mujer de los castillos y hay incluso quien la violenta; pero no pueden entregarse y unirse a esa «mujer», que es símbolo de orgullo, la Orgeluse (la «Orgullosa»). Esto significa ya lesionar, envenenar la virilidad heroica, condenándola a un ardor atormentado e inextinguible, que en cierto modo tiene el mismo significado que el castigo de Prometeo. Ese es, por tanto, el sentido de la herida de Amfortas, sinónimo de su propia caída.

Así pues, se comprende el motivo de que Trevrizent hable de Amfortas tras haber puesto en guardia a Parsifal recordándole la caída de Lucifer.

Ahora bien, es interesante que Wolfram nos hable también de otro caballero que emprende, en el fondo, la misma aventura de Amfortas, pero con un resultado diferente. Es Galván. Galván ha seguido el consejo de Parsifal de encomendarse a la «mujer», más bien que a Dios. En Oblilote encuentra a la que «lo defenderá en cualquier fea aventura», que le será «escolta y séquito», «techo que le protege en las tempestades de la desdicha», la que dice: «Mi amor nos dará la paz, nos salvaguardará felizmente de todo peligro aunque vos, con vuestro valor, no dejaréis de defendernos hasta el extremo. Estoy en vos, mi suerte va estrechamente ligada a la vuestra y quiero estar a vuestro lado en el combate. Si creéis firmemente en mí, fortuna y valor no os abandonarán jamás». Definida en estos términos la unión con su «mujer» y la eficiencia oculta de ella, Gawain se enfrenta a la aventura del «Castillo de las Doncellas» o Schastel Marveil. Esta aventura había sido indicada por la mensajera del Grial, Cundria, como a la que deben arriesgarse los caballeros de la Tabla Redonda, dado que Parsifal, aun habiendo llegado al castillo del Grial, todavía no había sabido realizar en él su misión restauradora. Esta, en Wolfram, se considera la más atrevida de todas las aventuras, y en la Morte Darthul; «una gran locura». Ahora bien, en Wolfram esta aventura se desarrolla exactamente durante el sueño de la que ya fuera causa de la ruina de Amfortas, o sea de Orgeluse. Y la aventura le salió bien a Galván, no le condujo a la ruina. Los detalles los expondremos más adelante. Aquí sólo hay que destacar que, en esa aventura, Galván debe mostrarse dispuesto a ejecutar empresas de toda clase, juntamente con toda suerte de humillaciones, de escarnios y de incomprensiones. Se trata, en suma, de una especie de prueba del orgullo, de la facultad ascética de saber luchar y vencer superando todo hybris, o sea junto a un sutil dominio interior, que bien pudiera estar contenido en la alegoría del paso de Galván por la estroite Voie con la que se inicia la aventura, vía peligrosa, que en el Diu Crône es de acero y apenas tan ancha como una mano sobre un torrente oscuro y profundo, única vía de acceso al «castillo que gira», y en la que otro caballero, Keii, no se atreve a entrar . (Generalizando, ese es el simbolismo de un arduo camino que equidista del «prometeísmo» y de una sacralidad no viril). Galván triunfa y hace a Orgeluse su esposa, en vez de acabar como Amfortas. Y es también símbolo significativo que Galván llegue al reino de Orgeluse en pos de quien ha «herido» a un caballero hallado por él en brazos de una mujer; es decir, que se vuelve a recorrer el mismo camino, se busca la misma causa, pero la empresa se lleva a bien.

En relación con ello, señalemos, pues, el doble aspecto que, conforme a cuanto hemos expuesto ya, adquiere en la leyenda el tema de la «mujer». En cierto aspecto, se plantea aquí la distinción entre una «caballería terrenal», cuyo móvil es la mujer, y una «caballería celestial», cuyo objetivo es el Grial, Esto se desprende, por ejemplo, de la Queste du Graal, donde los caballeros que parten en busca del Grial quisieran llevarse consigo a las mujeres, pero se lo impide un anacoreta, que en esa ocasión declara precisamente que «la caballería terrenal debe transformarse en caballería espiritual». Más interesante todavía, además, es que los textos del Grial den, frecuente y abiertamente, en forma de tentación de la mujer la propia tentación de Lucifer: cosa singular, si se prescinde de la interpretación dada por nosotros, porque la acción de Lucifer, tradicionalmente, nada ha tenido que ver con una tentación sensual. Pero la saga del Grial repite, en múltiples formas, el tema ya conocido de reinos obtenidos de una mujer, conquistada superando victoriosamente toda prueba heroica. Precisamente por esa razón, por ejemplo, no sólo el padre de Parsifal, Gamuret, llega dos veces a ser rey, sino que el propio Parsifal consigue tal dignidad mediante Condwiramur, cuya invocación por Wolfram acaba siendo asimilada a la misma del Grial. Incluso Gerbert relaciona el fracaso inicial de Parsifal con el hecho de haber abandonado a su «mujer» (aquí es Blancheflour). El propio Grial nos aparece en estrecha relación con las «mujeres». Vírgenes regias y mujeres coronadas son siempre sus portadoras y, a veces, acaban incorporando algunos atributos del mismo Grial. El hermanastro de Parsifal, el «pagano» Feirefis, que «deseaba ardientemente la recompensa que las mujeres saben dar», dedicándose por eso a toda empresa heroica y peligrosa, precisamente concentrando la mente en la «mujer», adquiere tanta fuerza como para vencer al propio Parsifal; se casa con la portadora del Grial, Repanse de Schoye, y por esa razón, habiéndose además «bautizado», obtiene la visión del Grial y participa de la función regia trascendental convirtiéndose en el jefe de la estirpe de los «prestes Juanes». El «beso» de Antikonia tiene un poder singular: dado a un caballero, «lo inflamaba con su ardor, de tal suerte que estaba dispuesto a devastar un bosque para procurarse lanzas sin número». Pero Antikonia es también la que hace prometer «ir lealmente y sin demora a conquistar para ella el Grial».

Pero, sobre todo, en Heinrich von dem Turlin es bien visible la vinculación y casi la identificación del tema de la mujer como «mujer sobrenatural», Vrowe Saelde, con el tema del Grial. El palacio de Frau Saelde - hecho de oro y de piedras preciosas, de un esplendor tan deslumbrante que en un primer momento a Galván le parece que todo el país está en llamas y que contiene un símbolo equivalente al de la «Isla Giratoria» - es una reproducción del castillo del Grial, y la búsqueda de esta residencia de Frau Saelde presenta muchos rasgos en común con la del Grial, está condicionada por pruebas análogas (por ejemplo, vencer a un león que arroja fuego ya un mago, o bien aparece como fase propiciatoria de la verdadera conquista del Grial. El texto ofrece algunos símbolos muy significativos. En primer lugar, la prueba del Guante. Es un guante que, calzado por los «puros», vuelve invisible la mitad derecha de su cuerpo, mientras que en los otros acusa la parte del cuerpo que ha pecado. Quien supera la prueba recibe precisamente de Frau Saelde el segundo guante y obtiene de ella asistencia y protección para la búsqueda del Grial.

Aunque no se diga explícitatamente, cabe imaginar que el segundo guante produce también la invisibilidad de la otra mitad del cuerpo de los elegidos, o sea, la completa invisibilidad. Es un simbolismo que puede interpretarse como sigue: la virtud de la invisibilidad corresponde al poder de transferirse en lo invisible, o sea adoptar un estado que esté libre de la forma física; la «mujer» (en relación con el segundo guante de Saelde) actúa aquí en el sentido de completar lo que en ese aspecto puede derivar de la «pureza» de los caballeros puestos a prueba (aquí sólo Arturo y Galván superan la prueba). En segundo lugar, en otro episodio de la misma narración, Galván llega a la residencia de la propia Saelde, obtiene de ella augurio de «salud y de victoria para todos los tiempos» para él, y de «eterna duración» para el reino de Arturo, al cual pertenece. Pero inmediatamente después de esta especie de crisma, Galván debe enfrentarse a una prueba que en sus efectos corresponde a la del Galván de Wolfram, o sea la prueba de la inquebrantabilidad, del dominio interior: debe seguir adelante impasible, sin atender ni a provocaciones, ni a desafíos a combatir, ni a gritos de socorro, ni a cometidos caballerescos de justa venganza. Y el texto dice que si Galván hubiese faltado a esa prueba deseada por Frau Saelde, «la Corte se habría disuelto - der hof zergangen waere»: efecto análogo al provocado por la caída de Amfortas. Una vez más en otra forma, se presenta de nuevo el mismo símbolo cuando Galván, puesto a elegir entre la posesión de una mujer regia y, por tanto, asimismo de su reino, y la juventud eterna, no vacila en preferir la segunda, o sea una vida sobrenatural. Y justamente esta aventura precede a una prueba, que es la copia exacta de la que el Galván de Wolfram lleva a cabo en el «Castillo de las Doncellas» y que termina con la posesión de Orgeluse.

Resumiendo, el sentido de todo ello es esotéricamente que la «mujer» - la fuerza vivificadora, la potencia, el conocimiento trascendente - no es un peligro sino como objeto de codicia. Sólo como tal materializa la tentación luciferina y es causa de la herida en la  «virilidad» que degrada y paraliza a Amfortas: es la mujer que en el mito de Kalki, que antes hemos referido, en el fondo no se casa en verdad con nadie, excepto con el héroe restaurador, ya que los otros, en el acto de desearla, se transforman de hombres en «mujeres», o sea, que pierden como Amfortas su virilidad espiritual. Como anhelo, o sea como impulso salvaje, el eros heroico es un peligro. La castidad significa aquí freno, límite, pureza antititánica, superación del orgullo e inquebrantabilidad inmaterial, no un trivial precepto moralista y sexófobo. Son significativas estas palabras de Trevrizent a Parsifal: «Sólo hay una cosa que el Grial y sus virtudes secretas no podrán tolerar jamás en ti: la desmesura en los deseos».

La «paz triunfal» corresponde al «estado olímpico» reconquistado por el héroe: «A fuerza de combatir, has conquistado la paz del alma». Ascesis de la potencia, superación tanto del elemento viril salvaje como del elemento deseo y pureza en la victoria: sólo con ello cobra forma en un ser humano el núcleo viril inquebrantable, sidéreo, purificado, que hace apto para asumir el Grial, para tener la plena visión de él sin quedar cegado, quebrantado o abrasado.

Todo esto en cuanto al significado más esencial de ciertas partes de la leyenda del Grial. Tras haberlo establecido, pues, tal vez convenga en todos los sentidos aludir a otra posible perspectiva interpretativa del episodio de Amfortas, en la que cabe el motivo de la mujer, tomado ahora en un sentido más concreto. La posibilidad de admitir subordinadamente también una interpretación de este tipo va ligada a la medida en que sea legítimo suponer que los ambientes desde los que se difundió la «literatura de amor» medieval estaban en posesión de algunos conocimientos en materia de magia sexual y también que quisieran aludir a ellos en su simbolismo. No es fácil responder a esta cuestión de modo terminante. En cualquier caso, he aquí, en resumen, los puntos de referencia.

Según las tradiciones secretas, el hombre posee el principio de una fuerza eminentemente viril que, liberada de la materialidad, se manifiesta como poder mágico y de mando. Esa fuerza se ve paralizada por la sexualidad, a menos que a ésta se le dé una orientación muy particular. Así, la mujer, cuando despierta en el iniciado el deseo y lo atrae al acto destinado a la generación, actúa de modo letal para dicha fuerza; y como el poder de la virilidad mágica y supramaterial es también el que hace sobrepasar «la corriente de la muerte», así se ha podido hablar con razón de una «muerte succionadora que procede de la mujer».

Se presenta, pues, un nuevo aspecto del simbolismo, que justo acabamos de recordar, del hombre que – paradójicamente - se vuelve mujer en el momento de desear a una mujer y, además, sobre todo en el punto de cumplir lo que vulgarmente se cree que es «poseerla». Al margen de cualquier moralismo, para el iniciado, cuando ello suceda bajo el signo del deseo y de un abandono, equivale a una castración, a una herida o lesión de su virilidad mágica. Con las debidas reservas, se podría esgrimir una visión de este género para una interpretación adicional, subordinada, del motivo de Amfortas herido y vuelto inútil, con particular atención por el hecho de que esa herida envenenada suele referirse a las partes genitales. En el campo de la magia sexual, la mujer se presenta como una fuerza tan esencial como peligrosa, en medida no diferente de como lo es en el plano del que hemos hablado más arriba y que - convendrá subrayarlo - debe quedar aquí como básico punto de referencia.

 

El fenómeno Henry Miller. Julius Evola

El fenómeno Henry Miller. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Evola dedicó algunas líneas a Henry Miller en su "Metafísica del Sexo" y referencias en "Cabalgar el Tigre". El artículo que reproducimos a continuación fue publicado como Capítulo XXIX de la obra "Ricognizioni, uomini e problemi" y ha sido traducido por José Antonio Hernández García. Es seguro que, anteriormente, había sido publicado como artículo en Il Conciliatore o alguna otra revista de la época. No es que Evola aprecie en particular la obra de Miller -cuya temática gira, al menos en sus obras más conocidas, sobre la sexualidad- sino que lo considera como un "signo de los tiempos".

 

EL FENÓMENO HENRY MILLER
Julius Evola
Traducción de José Antonio Hernández García
  En la galería de las figuras representativas de nuestra época se puede  atribuir una particular significación a Henry Miller. Ha gozado de un  reconocimiento casi unánime en el mundo literario internacional, y para bien de las personas ha conservado una reputación de escritor pornográfico, escandaloso y anarquista. Nosotros mismos hemos manifestado cierto interés  por él, sobre todo en función de la lectura de sus libros del primer  período, como Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, que fueron  prohibidos en numerosos países. Se podría en efecto clasificar a las obras  de este género como uno de los testimonios de un mundo en plena disolución,  desesperado y revuelto. Es también por esta razón que algunos  representantes de las recientes generaciones perdidas, sobre todo del otro  lado del Atlántico -como los hipsters, los beats y otros más- han podido  ver en Miller a uno de sus maestros y portaestandartes.
En nuestra opinión, es precisamente el aspecto negativo el que resulta  valioso en Miller; es el Miller que ataca todo lo que es la civilización moderna («bosque petrificado en cuyo seno se mueve el caos») y la especie americana (América, «que ha recibido lo más degenerado que hay en Europa»)  con todo y su cultura («que se cuela como por la abertura de las cloacas»). Es el Miller anticonformista quien escribe: «¿Quién, entre aquellos que lo  han visto con avidez y desesperación, puede tener el menor respeto por los  gobiernos existentes, por sus leyes, códigos, principios, ideales, ideas,  tabúes?», y quien también habla de situaciones existenciales tales como «ninguna solución nos parece posible, fuera del asesinato o el suicidio; rigurosamente hablando, ninguna; pero si no escogemos ni uno ni otro, nos  volveremos bufones».
 En general, los libros de Miller se presentan en gran parte como una  autobiografía interrumpida (más o menos alterada) llena de reflexiones, de  descripciones de los más variados personajes y de toda clase de episodios. 
 Encontramos también pasajes interesantes en los que, como bajo el efecto de un traumatismo, se presentan momentos de iluminación o de una lucidez  superior en medio de una historia caótica y enredada: como la claridad de  certezas más altas en el seno de un caos extremo; la percepción de la  evidencia casi mágica de una realidad de cosas consideradas en su esencia y  en su pureza («todo estaba cargado de sentido, se justificaba; todo era  eternamente real -nada que demostrar, nada que esperar-»), gracias a la  salida de esta especie de trance o inconciencia en la que habitualmente  viven los hombres modernos sin darse cuenta. En medio de la descomposición  y de las situaciones más absurdas, se manifiesta una tendencia confusa  hacia una auto-liberación, una búsqueda de «(su) propia autenticidad» 
 («Sean ustedes mismos. ¿Y si no son nada? Entonces no sean nada, pero  séanlo absolutamente», o también: «pudrirse de conocimiento, asir la  insignificancia de todo; desvelar todo, volverse desesperado, y después humillarnos para borrarnos del pizarrón negro con la finalidad de recuperar su autenticidad»). Son también los temas de cierto existencialismo. 
Pero esta orientación -a condición de que sea profundizada seriamente- podría tener alguna analogía con el Zen, antigua escuela extremo-oriental de la que Miller había tenido conocimiento (de manera confusa: leyó todo tipo de cosas) y que, por esta razón, recientemente ha atraído la atención de las generaciones «en llamas».
Pero más bien resulta arduo reencontrar esta orientación en los libros de Miller, más si afloran de manera desordenada temas divergentes, 
impresiones  contradictorias y, también, -para no decir sobre todo- digresiones un tanto  literarias, filosofantes e introspectivas. En cuanto a la reprochable  «obscenidad» de Miller, figura en realidad -desde cierta perspectiva- como  pariente pobre. Se confina casi en su totalidad a los primeros libros,  Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, que parecerían desmerecen  frente a sus otros escritos. Cualquier aspecto excitante lo vuelve un  defecto; Miller se refiere a las cosas más escabrosas del sexo como si hablara de fenómenos puros sin ninguna atmósfera erotizante susceptible de  inflamar la imaginación de cualquier lector o lectora, pero tan cruelmente que es casi grotesco. Es más bien la vulgaridad de las expresiones la que  acaba por fastidiarnos. Desafortunadamente, Miller es de los que se  regodean en un lenguaje vulgar, que si ayer era prerrogativa de la plebe  hoy ha conducido a que se arraigue tanto en la literatura como en la forma  de hablar de la gente, quienes, así, se imaginan «sin prejuicios» cuando en  realidad son sólo estúpidos. El fondo de todo esto es además una  auto-contaminación que cualquier psicoanalista llevaría hasta el «complejo  de culpa» o, bien, a la compensación desviada de un «complejo de  inferioridad». Por esto también se puede decir que la «obscenidad» de Miller pierde su carácter incisivo, se vuelve banal y se reduce a un mal  gusto. Por el contrario, podemos recordar a un poeta célebre, Alfred de  Musset, quien gana una apuesta escribiendo un libro absolutamente  «pornográfico» -Gamiani- sin emplear una sola palabra trivial.
Haciendo abstracción de todo esto, no es menos cierto que el valor del  testimonio de la obra de Millar en los términos señalados anteriormente ha disminuido mucho para nosotros. Hemos comprobado, al paso de los libros, el sentido que ha adquirido hacia una orientación distinta y, a final de  cuentas, poco interesante: ya no el nihilismo y el esfuerzo por asir algo absoluto, más allá del «punto cero de los valores», sino, antes bien, una adhesión primitivista a la «vida» en todos sus aspectos, adhesión que, sin embargo, se hace sin fe ni entusiasmo (son los momentos «eufóricos» que se  alternan, en Miller, con los depresivos). Es por ello que, considerando  todo, Miller sea por mucho un tipo humano verdaderamente «en llamas». 
Sus libros frecuentemente lo muestran entusiasmado, aunque sea de la manera más  pasajera y pueril por cualquier idea o autor. A propósito de Dostoievski,  escribió que después de él «el mundo había cambiado». «Descubre» a Spengler (¡!). Exalta a D. H. Lawrence y su sospechosa filosofía de la vida y de la  carne. Se dice fascinado por Joyce. Manifiesta una deuda profunda hacia el  swami Vivekananda, mediocre vulgarizador -fuertemente europeizado- de  algunas doctrinas orientales. Se extasía ante un historiador del arte como  Elie Faure. Se complace en hablar del homenaje que le rinde a H. von  Keyserling, narcisista filósofo de salón. Toma conciencia del dadaísmo  quince años mas tarde. Y después escribe frases como ésta: «Toma y espera  la venida del Señor, y despójate de la obsesiva admiración por los autores vivos o muertos cuyas palabras obstruyen tu vida». Lo mejor y lo peor (la fase maníaca y la fase depresiva, diría cualquier psiquiatra) se suceden en  el conjunto de este interminable monólogo narrativo, que lo único que hace  es adquirir una forma precisa.
Desde un punto de vista personal las cosas no son de otra manera. Miller confiesa: «Lo que desearía ardientemente, sería admirar y adorar». Pone de  manifiesto una desesperanza romántica porque «Mona» -una de sus mujeres- lo  ha abandonado. No evita sucumbir a las esperanzas utópicas a propósito de  una civilización futura o al «oscuro fundamento femenino» o «maternal» de  la existencia que desempeñará un papel esencial -algo que, mientras tanto,  constituirá su ataque en contra del «aspecto criminal del espíritu», es  decir, del Yo racional (véase a Klages y, en parte, a Bergson, Spengler,  etc.)- en el arte del futuro. Miller se muestra capaz de formas de admiración de lo más ingenuas y, para nosotros los europeos, demasiado provincianas (por ejemplo, en lo que respecta a todo lo que es la cultura  francesa). Acusa a los hombres de ignorar el amor «amor que no pide nada»,  y ve en ello una especie de remedio universal al que se sobreponen los  temas pacifistas y la condenación de todo lo que sea guerra y combate. 
Allí  están algunos pliegues que revelan, en el Miller nihilista, un temperamento profundo de «hombre valiente», ni siquiera «en llamas», sino simplemente  decepcionado.
Y aún más, Miller el hombre parece normalizarse poco a poco en la vida  práctica. Su anti-americanismo y su angustia existencial deben atenuarse si se piensa que acabó por establecerse en California y por fundar allí su ménage. Después de mucho tiempo, Miller pagó su cuota al conformismo: efectivamente se casó -cuatro veces, lo que acentúa el cariz puramente externo y frívolo del asunto. En una carta que envió a un tribunal de Oslo, en ocasión de un proceso que se le seguía a uno de sus libros, escribió:
¿Haría el favor de hacerle saber a la Corona que no he sido considerado  como un maniático ni como un perverso ni mucho menos como un energúmeno? Que como marido, padre y vecino he sido presentado como ejemplo por la  comunidad. Soy un poco ridículo ¿no le parece?. Y acaba por preguntarse si  el autor de libros escabrosos de inspiración autobiográfica y el hombre que se apellida Miller son la misma persona, a lo que responde afirmativamente. 
 Esto nos conduce a pensar en cierta senilidad debida a la edad y al éxito literario, o bien a considerar la presencia de una estructura  contradictoria que solamente se reduce al valor simbólico y representativo de la figura de Miller. Junto a los otros aspectos que ya hemos indicado,  hay una caída brusca de nivel, y es necesario admitir que sólo el Miller  «negativo» resulta interesante para quienes se erige como testimonio y  síntesis de las experiencias liminares de una época. 
Respecto de otros de sus libros aparecidos en italiano, como por ejemplo Nexus -que acabó de escribir en 1959- no hay gran cosa que decir. A primera vista, el libro nos presenta un simpático ménage à trois entre Miller, Mona y Stasia, amiga lesbiana de Mona (esta cohabitación y esta combinación 
son 
 explicadas así por Mona: «Mientras más lo amo [a Miller], más amo a  Stasia»). Es el período en el que Miller se moría de hambre, por decirlo de  alguna manera, y en que creía escritor aunque se limitaba tentativas de escritura. Era sobre todo Mona quien lo entretenía entonces y que, sin demasiados escrúpulos, con esa finalidad se mostraba «complaciente» en un bar de la villa de artistas en donde trabajaba con la impedancia típica de los eslavos. En una página del libro Miller nos la describe en rebelión contra el universo petrificado y vacío de los  rascacielos, «donde ya no hay hombres ni poetas» y donde «todo mundo salta  como loco», buscando la verdad de la naturaleza en la que «todo es perfecto, terriblemente real y auto-suficiente». Pero dos páginas después, nos damos cuenta que en una ocasión ella se había dejado montar por un perro, a lo que dice: «¡Era tan torpe! Al final, ¡sólo me mordió el muslo!». Después de estos alentadores inicios, el libro cae en un desfile de personajes, impresiones y reflexiones de acuerdo con una confusa alternancia de temas de la que ya hemos hablado.
Lo mejor de Miller: tal es el título de la traducción de fragmentos escogidos y «depurados» de los escritos y ensayos de Miller, selección  hecha por Lawrence Durrell. Allí se presentan los aspectos de la obra de Miller que son aceptables tanto para el público común como para el  puritano. Es un Miller considerado esencialmente como hombre de letras, 
 hábil en la descripción de tipos, hombre de sensibilidad peculiar, escritor poseedor de un excelente estilo. Alrededor de una tercera parte de la antología la integran ensayos y extractos de crítica literaria: aunque todo esto pueda interesar a algunas personas, en realidad nos parece secundario y de consumo corriente, pero no nos parece que forme parte precisamente de lo «mejor de Miller». Pero para juzgarlo, deberíamos ponernos a hacer crítica literaria, cuestión a la que somos ajenos. Aquí, hemos tratado sobre todo de atraer la atención sobre el «fenómeno Miller»: menos como artista que como expresión de una época.
[Tomado de: Julius Evola, Ricognizioni, uomini e problemi, Roma: Edizioni Mediterranee, 1974, capítulo XXIX.]

 

Evola y Jünger. Gianfranco de Turris

Evola y Jünger. Gianfranco de Turris

Biblioteca Evoliana.- En varias de sus obras, Evola demuestra ser un admirador del primer período literario de Ernst Jünger, sin embargo ambos autores jamás se encontraron. En la postguerra Evola intentó una aproximación a Jünger que no tuvo continuidad. Júnger, por su parte, le había hecho llegar un ejemplar dedicado de su "Heliópolis". Gianfranco de Turris, buen conocedor de la obra de Evola y prologuista de algunas de sus obras, ha elaborado este pequeño artículo -que hemos traducido en la versión que nos han enviado sin hacer constar su origen- en donde resume las relaciones entre Evola y Jünger. 

 

EVOLA y JÜNGER

di Gianfranco de Turris

A pesar de los paréntesis dededicados a las artes inferiores ¿qué otra cosa podía hacer un hombre que siempre había estado intelectualmente activo, además de físicamente, encontrando en torno a si un "mundo en ruinas" no sólo materiales, sino también y sobre todo espirituales? No podía hacer otra cosa que recuperar su actividad de escritor polemista, de promotor cultural, en el intento de ofrecer las justas “armas” metapolíticas para una nueva, buena batalla, para la que definió una “revolución espiritual".

Cuanto hizo Julius Evola a partir de 1949; mientras lo conocíamos perfectamente, los libros que meditó y escribió en aquel período, las obras que revisó, los artículos que publicó, su actividad como organizador cultural, eran, sencillamente, portentosos; en aquella época el contacto con los jóvenes que lo tomaban como referencia, o con personalidades del exterior, era, así mismo, continuado. Todo esto solamente puede reconstruirse sobre la base de los recuerdos de los protagonistas y las cartas que Evola escribió.

Entre finales de los Años Cuarenta y el inicio de los Cincuenta, Evola intentó relanzar los contactos con las personalidades extranjeras cuya contribución de ideas podía parecer útil en la nueva situación cultural de la postguerra, sea por que fueron sus amigos, o por que los conociera solamente a través de sus escritos. Un compromiso «militante», por así decir, conforme a su personalidad, y que no siempre encontró una acogida adecuada en sus interlocutores.

Una de sus principales actividades en la época, incluso como fuente de ingresos, era la traducción de libros, o la propuesta a las casas editoriales que había ya traducida o que había traducido, moviéndose siempre en la óptica de dar a conocer textos importantes para la batalla político-intelectual de aquel momento. (Se sabe de la infructuosa oferta del Nietzsche de Reininger a Laterza, rechazada por Croce, que provocó la ruptura entre Evola y el editor).

Precisamente con esta intención, el 17 de noviembre de 1953, esribió a Ernst Jünger una carta que hasta ahora ha permanecido inédita. La carta, que el Archivo del escritor alemán nos ha transmitido casi un año antes de la muerte de éste, que parece ser la única que Evola hubo escrito a Jünger o, como mínimo, es la única que el Archivo ha conservado. Será publicada en la nueva edición de L'"Operaio" nel pensiero di Ernst Jünger, ampliada con otros escritos evolianos que ha sido publicada por Edizioni Mediterranee.

La carta es típica de las motivaciones ideales que impulsaban a Evola a tomar contacto con personalidades consideradas por él como afines: la petición de traducir Der Arbeiter, veinte años después de su publicación, las "analogías entre la primera y la segunda postguerra”, "la problemática estudiada en este libro es de nuevo actual”; el ensayo pues, "podría ejercitar aún un efecto de despertar". Si no existen otras cartas evolianas en el Archivo Jünger ¿debe deducirse que el escritor nisiquiera respondió? Parece extraño, dado que en el inicio de su carta, Evola afirma haber recibido la novela Heliopolis dedicada: quizás Jünger respondió negativamente y Evola no insistió, contentándose con realizar amplios comentarios de la obra, explicada y analizada, que apareció en 1960 en el editor Armando y que ahora espera ser reeditada nuevamente.

Es evidente que Jünger no tenía ya aquel espíritu "militante" que todavía animaba a Evola: en parte lo demuestran las obras publicadas en las postguerra, que el filósofo italiano no siempre acogió positivamente, mientras había demostrado el interés y aprecio (tanto por el contenido como por el estilo) en relación a la producción jüngeriana interbélica, incluida la novela “antinazi”, Sobre los acantilados de mármol de la que en 1943 señalaba su profundo sentido simbólico. La misma relación, por lo demás, se dio también con Carl Schmitt: el intento evoliano de traducir algunas de sus obras en los años sesenta con el editore Volpe fue un fracaso tal como demuestra el epistolario entre ambos.

De esta carta, finalmente, además del compromiso activo y positivo de Evola emergen también dos notas biográficas importantes: mientras se había encontrado personalmente con Schmitt y lo había conocido, no sucedió lo mismo por lo que respecta a Jünger. La carta de 1953 representa el primer (y quizás también el último) contacto entre ambos, quizás al percibir que los intereses y las perspectivas de ambos eran diferentesi: tal como resulta de las recensiones evolianas de algunas obras de Jünger aparecidas luego (inéditas o traducidas al italiano), mientras permanece el aprecio por el estilo, se acentúan las críticas por el contenido, tanto que entre las diversas disposiciones, Evola eligió y tradujo para Volpe, en los años sesenta, sólo El muro del tiempo, fue comentada positivamente, quizás porque tenía puntos de contacto con El Obrero. (El muro del tiempo se anuncia ahora por Editorial Adelphi, pero podemos estar seguros de que la edición evoliana será ignorada).

La crítica de las nuevas posiciones del escritor alemán por parte de Evola hace que, en algunas ocasiones, no se pongan de relieve las consonancias recíprocas, al menos en la inmediata postguerra. El filósofo tradicionalista no tiene una buena opinión, por ejemplo, de Der Waldgang (traducido en italia comoTrattato del Ribelle), mientres, un análisis atento, puede constatar que similares posiciones existenciales y psicológicas de aquel que “se encuentra en el bosque”, son similares a las expresadas, precisamente en aquel período (1950-51) por Evola en Orientamenti y, diez años más en Cavalcare la tigre: para dar un solo ejemplo, la jüngeriana "via de la salamandra" tiene muchos contactos con la "apolitia" evoliana. El fin es el mismo: pasar indemne a través de las combustiones de la Modernidad.

 

Roma, 17 XI 1953

Apreciado Señor,

Mi nombre debería serle familiar, porque a través del dr. Mohler he recibido un ejemplar de  Heliopolis con su dedicatoria y también por que en el Reich tuvimos muchos conocidos comunes, como el prof. C. Schmitt y el barón Von Gleichen.

Des hace tiempo sigo su actividad con particular interés y a menudo he hecho referencia a sus obras. Entre estas, me siento particularmente próximo a las de su primer período, digamos hasta a Los Acantilados de Mármol. Con tal fin me permito dirigirme a usted. Espero poder hacer una traducción italiana de Der Arbeiter. Dada la analogía de la primera con la segunda postguerra, la problemática tratada en aquel libro, en mi opinión vuelve a ser actual, y las soluciones que en aquel tiempo se había esperado encontrar en el Reich y en Italia eran para los más soluciones ficticias, subrogadas y manifestaciones efímeras. Además espero que el libro pueda también hoy ejercer un “efecto de despertar".

Ahora tenemos que luchar contra un obstáculos por que no peseo el citado libro y es muy difícil de encontrarlo. El dr. Mohler me ha escrito precisamente que usted solamente dispone de un ejemplar de archivo. Quizás le sería posible encontrar alguno en el ámbito de su conocimiento, que pudiera o venderme el libro o simplemente prestármelo durante el período del análisis y de la traducción, bajo formal y personal rpmesa de restituirlo.

¿A quién debería dirigirme para las cuestiones relativas a los derechos de traducción?

Le ruego me excuse por este atrevimiento: me he visto obligado a retrasar esta toma de contacto continuamente a causa de las circunstancia y me alegro de tener el honor de tomar ahora contacto con usted.

Con particular consideración.

Suo devoto

J. Evola

Corso Vittorio Emanuele 197

Roma

 

Cabalgar el Tigre (09) Más allá del teismo y del ateismo

Cabalgar el Tigre (09) Más allá del teismo y del ateismo

Biblioteca Evoliana.- Evola rechaza las dos posturas encontradas, teismo y ateismo, en beneficio de una percepción real, directa y objetiva de la trascendencia. En esta parte de su obra, Evola se apoya sobre todo en la espiritualidad del Budismo originario, recuperada posteriormente en el Zen. La existencia (o inexistencia) de "dios" no tiene sentido como elemento ajeno y exterior a la propia personalidad. Lo importante es vivir la "experiencia de la trascendncia" en sí mismo. Una vieja máximabudista recordaba la inutilidad de rendir culto a Buda: "De nada serviviría que Buda naciera y muriera miles de veces, sino nace en tu interior".

 

9.- Más allá del teísmo y del ateísmo

Antes de abordar la parte positiva de nuestro tema, es bueno volver a lo que hemos dicho anteriormente cuando hemos intentado precisar, lo que en el mundo moderno ha sido o está en vías de ser afectado por la crisis.

Ya hemos precisado, desde el punto de vista social, que se trata de la civilización y de la sociedad burguesa. Desde el punto de vista espiritual, hemos hablado del doble aspecto del proceso de "emancipaci6n" que ha conducido a la presente situación: primero su aspecto únicamente destructor y regresivo, luego su aspecto correspondiente a la prueba, llena de riesgos, de una total liberación interior que este proceso impone al tipo de hombre diferenciado. En relación a este segundo aspecto, es preciso poner de relieve otro punto, a saber, que una de las causas que han favorecido a las fuerzas de disolución ha sido la sensación confusa de una verdad de hecho, el sentimiento de que todo lo que, en el Occidente más reciente, ha tomado la iorma de una religión, la religión cristiana particularmente, pertenece al "demasiado humano", no teniendo gran cosa que ver con valores trascendentes y además ofrece un clima general o una línea interior poco compatible con las disposiciones y las vocaciones propias de un tipo de hombre superior.

En particular, un factor importante ha actuado en este sentido: el carácter mutilado del cristianismo en relación a la mayor parte de las demás formas tradicionales: mutilado que no posee "esoterismo", una doctrina interna de carácter metafísico que lo sitúe más allá de las verdades y de los dogmas de la fe propuestos al hombre ordinario. Las prolongaciones que representan las experiencias esporádicas, simplemente "místicas" e insuficientemente comprendidas, no podían, en el conjunto de¡ cristianismo, suplir esta carencia esencial. La obra de demolición se ha encontrado, por ello, facilitada a partir de la aparición de lo que se ha llamado el "libre pensamiento", mientras que en una tradición de tipo diferente y completo, la existencia de un cuerpo de doctrina de un nivel más elevado que el simple nivel religioso, la habría contenido probablemente.

¿Cual es el Dios cuya muerte se ha anunciado?. He aquí la respuesta que da el mismo Nietzsche: "Solo el Dios de la moral ha sido superado". Y se pregunta también: "¿Tiene acaso sentido concebir un dios más allá del bien y del mal?". La respuesta debe ser afirmativa. "Que Dios se despoje de su epidemia moral y se le verá reaparecer más allá del bien y del mal". Lo que desaparece no es el dios de una metafísica, sino el dios del teísmo, el dios personal que es una proyecci6n de los valores morales y sociales o un apoyo para las debilidades humanas. Concebir un dios en términos diferentes no es sólo posible, sino que ha sido lo propio de las doctrinas internas de todas las grandes tradiciones pre y extra-cristianas que insistían también en el principio de no-dualidad. De hecho, estas tradiciones han reconocido igualmente, como último fundamento del mundo, un principio anterior y superior a todas las antítesis, comprendida la de la inmanencia y de la trascendencia cuando son consideradas de forma unilateral: principio que confiere, pues, a la existencia, a toda la existencia, con lo que ella ofrece de problemático, de destructor y de "mal", esta suprema justificación, que se buscaba para tener una visión liberada del mundo que se afirmase más allá de las destrucciones nihilistas. Es verdad, nada nuevo anunciaba el Zaratustfa nietzscheano, cuando decía: "Todo devenir me parece como una danza divina y como un capricho divino, y el mundo libre vuelve a mismo"; es la misma idea que está contenida en el simbolismo hindú bien conocido de la danza y del juego del dios desnudo, de Shiva. podría hablarse también de la doctrina de la identidad trascendente del samsara (el mundo del devenir) y del nirvana (lo incondicionado), como última cumbre de la sabiduría esotérica. En el mundo mediterráneo, la fórmula de la iniciación última de los Misterios: "Ositis es un dios negro" se sitúa en un nivel análogo; puede relacionarse con esto las enseñanzas del neo-platonismo y suprapersonal y hasta la alegoría de William Blake de las "bodas del ciclo y del infierno" y la idea de Goethe sobre el Dios de la " visión libre", que no juzga según el bien y el mal, ideas que se encuentra a menudo, desde la antigüedad occidental hasta el taoismo extremo-oriental. Una de las expresiones más vigorosas de esta sabiduría se encuentra en las palabras de un asceta hindú a punto de ser matado por un soldado inglés: " ¡No me engañarás!. ¡Tú también eres Dios!".

En el curso del proceso involutivo del que hemos hablado en la introducción, tales horizontes han sido gradualmente perdidos. En algunos casos, como los del taoismo o el budismo, el paso del plano metafísico al plano religioso y devocional es muy visible; parece como una regresión debida a la difusión y a la profanación de la doctrina interna y original que la mayoiria es incapaz de comprender y de seguir. En Occidente, la concepción devocional y moral de lo sagrado y de lo trascendente que en los otros sistemas solamente es propio de las formas populares y regresivas, se volvió la concepción predominante y prácticamente exclusiva.

Es preciso, sin embargo, señalar, que incluso en el mundo cristiano, las alusiones no han faltado, al margen de la mística juanista, a una época futura de libertad superior; la "tercera época", la época del Espiritu, tras la del Padre y la del Hijo, de Joaquim de Fiote que fue considerada como la de la libertad, y en un orden de ideas análogo, los que se llamaron "Hermanos del Libre Espiritu" proclamaron una anomía", una libertad en relación a la Ley, al bien y al mal, en términos tales que incluso el superhombre nietzscheano habiria osado profesar. Se encuentran rcflejos de tales anticipaciones en cijacopone da Todi cuando dice en su Inno alía santa poverta e aí suo tríplice cielo, "no temer al infierno, no esperar el cielo' 1, cuando es cuestión de "no regocijarse con ningún bien, no atormentarse por niguna adversidad", cuando se refiere a una "vi"d que no tiene motivo", que incluso llega a despojarse de la virtud misma poseyendo a tod costa "en libertad de espíritu": esto corresponde para él al sentido interior, simbólico, de la verdadera "pobreza".

La conclusión a extraer de todo esto es que un conjunto de conceptos, que en el Occidente cristiano han sido considerados con esenciales e indispensables a toda "verdadera" religión (el dios personal de¡ teismo, la ley moral con sus sanciones de paraíso y de infierno, la concepción restringida de un orden providencia¡ y de un finalismo ,,moral y racional" de¡ mundo, la fe reposando sobre una base principalmcnte emotiva, sentimental y sub-intclectual) todo esto puede ser ajeno a una visión metafísisca de la existencia, visión universalmente testificada en el mundo de la Tradición. No es más que el Dios concebido como el centro de gravedad de todo este sistema exclusivamente religioso quien ha sido golpeado. Pero, por esto, la perspectiva de una nueva esencialidad puede abrirse a los que asumen, como una prueba de su fuerza -paramos decir: por su "fe" en sentido superiortodos los procesos de disolución a los que ha dado lugar la orientación reciente de la civilización occidental. La "epidermis moral" de un Dios que había terminado por servir de opio o contrapartida a la pequeña moral sustituida por el mundo burgués a la gran moral cae. Pero el núcleo esencial, representado por las doctrinas metafísicas del género del que ya hemos hablado, para quien sabe percibirlas y vivirlas, permanece intocable, inaccesible a todos los procesos nihilistas, a toda disolución.

Después de esta clarificación esencial y de esta ampliación de perspectivas, vamos a reunir lo que, en los diversos temas que hemos estudiado hasta aquí, es susceptible, hoy, de tener un valor positivo para el tipo de hombre que nos interesa.

La visión del mundo de la que se trata se funda sobre una concepción de la realidad liberada de las categorías del bien y del mal, pero con un fondo metafísico, no naturalista o panteista. El Ser no conoce el bien ni el mal, como tampoco la gran ley de las cosas. Un bien y un mal sólo existen en relación a un fin y ¿cual es el criterio para juzgar este fin y legitimar @i, en última instancia a un acto o una existencia?. En la misma concepción teológico de la Providencia, en las tentativas hechas por la teodicea teísta para fundamentar el concepto del Dios moral, se ha incluido necesariamente la idea de la Gran Economia, la cual comprende el mal, en la cual el mal aparece solamente como un aspecto particular de un orden superior que trasciende las pequeñas categorías humanas del individuo y de la colectividad de los individuos.

El "otro mundo" alcanzado por el nihilismo europeo, presentado por él como una simple ilusión o condenado en tanto que evasión, no es más que otra realidad; es otra dimensión de la realidad, allí donde lo real, sin ser negado, adquiere uná significación absoluta, en la desnudez inconcebible del ser puro.

En una época de disolución, aquí reside el fondo esencial de una visión de la vida apropiada para el hombre abandonado a si mismo y que debe probar su fuerza. Es preciso, en contrapartida, ser uno mismo su propio centro o hacer algo para convertirse en tal, constatar o descubrir la suprema identidad consigo mismo. Percibir en sí mismo la dimensión de la trascendencia y anclarse, hacet de gozne que permanece inmóvil incluso cuando se cierra la puerta (la imagen es del Maestro Eckehart). A partir de este momento toda "invocación" y toda plegaria se convierten en existencialmente imposibles. La herencia de "Dios", que no se osa asumir, no es la del delirio lúcido de lwllov: es el sentido sereno de una presencia y de una posesión intangible, de una superioridad a la vida inserta en la vida misma. Idéntico es el sentido más profundo de la palabra sobre la "nueva nobleza": "En esto consiste precisamente la divinidad, que existen los dioses y ningún dios existe". Para emplear una imagen: como el rayo de luz que lleva en él, en su carrera sin tener necesidad de volver hacia atrás la fuerza luminosa y el impulso del centro donde se originó. Es también asumir su posición de una manera absoluta, en términos que excluyen el tema de las crisis religiosas, es decir, el sentimiento de 1 sentirse abandonado por Dios". En este estadio, ello equivale a un Dios que se habría abandonado a sí mismo y del mismo modo no ha aquí una negación posible de Dios: negar o poner en duda a Dios se negarse a sí mismo o dudar de si mismo. Una vez desaparecida la idea de un Dios personal, Dios cesa de ser un "problema", un objeto de "creencia" o una necesidad del alma; el término "creyente", con el del "ateo") "librepensador" aparecen privados de sentido. Una y otra actitud son superadas.

Una vez establecido este punto, conviene indicar primeramente cómo es posible asumir el desafío existencia¡, asumir todo lo que la vida puede presentar de negativo, de trágico, de doloroso, de problemático y de absurdo. Séneca decía ya que ningún espectáculo es más agradable a los dioses que el del hombre superior enfrentado con la adversidad; sólo esto le permite conocer su fuerza. Y Séneca añade: "Estos son los hombres de valor que es preciso enviar a las posiciones más peligrosas o encargar las misiones más difíciles, mientras los cobardes y los débiles son dejados atrás". Se conoce la máxima: "Lo que no destruye, fortalece". Ahora, en nuestro caso, la intrepidez debe fundarse sobre la dimensión de la trascendencia en nosotros: es preciso atestiguarla y confirmarla en todas las situaciones en provecho propio. Es lo opuesto a un endurecimiento arrogante de la individualidad física, bajo todas sus formas, unilateralmente estoicas o nietzscheanas. Se trata, por el contrario, de la activación consciente en !rl mismo del otro principio y de su fuerza con ocasión de experiencias que no son simplemente sufridas, sino que son incluso buscadas, tal como expondremos más adelante. Esto no debe ser jamás perdido de vista.

Hoy, en algunos casos, el enftcntan-úcnto con la realidad y el traumatismo consiguiente, eventualmente, pueden servir, no para probar la existencia de una fuerza ya presente y a acrecentarla, sino más bien para despertarla. Son los casos en que sólo un sutil diafragma separa en una persona el principio del ser, del individuo puramente humano. Estados de depresión, de vacío o situaciones trágicas cuya soluci6n negativa es la vuelta a la religión, pueden, gracias a una feacción positiva llevar a este despertar. Es así como, incluso en cierta literatura moderna de lo más "avanzado", se encuentran en ocasiones curiosos testimonios de momentos de liberación nacidos en el seno de la desintegración. Un ejemplo bastará, sacado de un autor que ya hemos citado, Henry Miller, en medio de todas las manifestaciones de desintegración caótica, de una vida que no tiene sentido y de su estupor ante el "grandioso hundin-úcnto de todo un mundo", habla de una misión donde son justificadas las cosas tal como son -"una especie de eternidad en suspensión donde todo está justificado, supremamente justificado". Se busca un milagro fuera, dice "mientras que un contador cuenta en el interior y no hay mano que pueda alcanzarlo o detenerlo ". Solo un choque imprevisto lo consigue. Entonces en el ser fluye una nueva corriente, lo que le hace decir: "Quizás leyendo estas páginas se tiene aún la impresi6n del caos; pero estas líneas parten de un punto central viviente y lo que puede haber de ca6tico en ellas no es más que periferia, una franja tangencial, por así decirlo, de un mundo que no me interesa". Volvemos aquí, en cierta forma, a esta ruptura de nivel de la que hemos hablado, que tiene la virtud de inducir una cualidad diferente en el circuito de la simple "vida".

 

 

La Tradición Hermética (02) I Parte. Los símbolos y la doctrina. Introducción

La Tradición Hermética (02) I Parte. Los símbolos y la doctrina. Introducción

 

Biblioeca Evoliana.- La primera parte de "La Tradición Hermética" está dedicada a los símbolos y a la doctrina. Los distintos símbolos de los que parte Evola tienen todos el mismo común denominador: nos hablan de una empresa titánica, un intento de "tomar el cielo por asalto" que aparece en distintas tradiciones y en las que el protagonista -héroe o titán- aspira a vivir una experiencia de trascendencia mediante la lucha heroica, la prueba y la conquista. No siempre triunfa (el titán), pero en caso de que lo logré, conseguirá haber transmutado su naturaleza de plomo opaco en oro resplandeciente.

 

Primera parte

Los simbolos y la doctrina

Introducción: El Arbol, la Serpiente y los Titanes

Uno de los símbolos que encontramos en las tradiciones más diversas y más alejadas en el tiempo y en el espacio es el del Árbol. Metafísicamente, el árbol expresa la fuerza universal que se despliega en la manifestación del mismo modo que la energía de la planta se despliega desde las raíces invisibles al tronco, a las ramas, a las hojas y al fruto.

Se asocian, además, al árbol, con un alto grado de uniformidad, ideas de inmortalidad y de conocimiento sobrenatural por una parte, y, por otra, figuraciones de fuerzas mortales y destructivas, naturalezas temibles, como dragones, serpientes o demonios. Existe también todo un ciclo de mitos referidos a acontecimientos dramáticos que tienen como centro al árbol, y tras cuya alegoría ocultan significados profundos. Es popularmente conocido, entre otros, el mito bíblico que relata la caída de Adán. Destacaremos el conjunto más amplio al cual pertenece este mito y determinaremos sus variantes, no sin antes hacer referencia a la universalidad de los elementos simbólicos que lo componen.

Ya en el Veda y en los Upanishad hallamos el «árbol del mundo», a veces invertido, para significar que en «lo alto», en los «cielos», reside el origen de su fuerza[i]. Ya en él encontramos la convergencia de varios de los elementos a que antes nos hemos referido, puesto que él segrega la bebida de la inmortalidad (soma o amrta); quien se.acerca a él recibe la inspiración, y una visión que, superando el tiempo, es como un recuerdo de infinitas formas de existencia, y puesto que en el interior de su follaje se oculta Yama, el dios de ultratumba, concebido también, no obstante, como un rey primordial.[ii]

En el Irán encontramos también la tradición de un doble árbol, uno de los cuales comprende, según el Bundabesh, todas las semillas, mientras que el otro es capaz de proporcionar la bebida, de la inmortalidad (haoma) y la ciencia espiritual; [iii] lo que nos lleva a pensar inmediatamente en los dos árboles bíblicos del Paraíso, uno el de la Vida y el otro, precisamente, el de la Ciencia. El primero se convierte luego en Mateo (XIII, 31‑32) en la figura del reino de los cielos que surge de la semilla arrojada por el hombre en su simbólico «campo»; lo encontramos más tarde en el Apocalipsis de Juan (XXII, 2) y sobre todo en la cábala, como «el grande y potente Árbol de la Vida», del que «nos llega la Vida desde lo alto» y con el cual se relaciona una «rociada» en virtud de la cual se produce la resurrección de los «muertos»: equivalencia patente con la fuerza de inmortalidad del amrta védico y del haoma iranio.[iv]

La mitología asirobabilónica conoce también un «Árbol. cósmico» radicado en Eridu, la «Casa de la Profundidad», llamado también «Casa de la Sabiduría». Pero, por encima de todo, lo que nos importa subrayar en estas tradiciones –porque nos valdremos de este elemento inmediatamente‑ es otra asociación de símbolos: el Árbol se nos presenta también como la personificación de una Mujer divina, del tipo general de las grandes diosas asiáticas de la Naturaleza, como Ishtar, Anat, Tammuz, Cibeles, etc. Encontramos, pues, la idea de la naturaleza femenina de la fuerza universal representada en el Árbol. Esta idea no sólo se confirma en la diosa a la ‑que se hallaba consagrada la encina de Donona, que, por lo demás, al ser un lugar de oráculos es también una fuente de ciencia espiritual, sino que incluso eran las Hespérides las encargadas de custodiar el árbol, cuyo fruto tiene el mismo valor simbólico que el Vellocino de Oro, la misma fuerza inmortalizante que aquel otro árbol que en la saga irlandesa de Mag Mell está custodiado también por tina entidad femenina; en el Edda es la diosa ldhunn la encargada de guardar las manzanas de la inmortalidad, mientras que en el árbol cósmico Yggdrassill volvemos a encontrarnos con el símbolo central, va que se levanta ante la fuente de Nlimir (guardándola, lo que confirma y reíntroduce el símbolo del dragón en las raíces del Árbol), la cual, por lo demás, contiene el principio de toda sabiduría.[v] Finalmente, según una saga eslava, en la isla de Bujan hay una encina guardada por un dragón (que has, que asociar con la serpiente bíblica, con los monstruos de la aventura de Jasón, y con el jardín de las Hespérides), que al propio tiempo es el lugar de residencia de un principio femenino, llamado «la Virgen del Alba».

Es también muy, interesante la variante según la cual el Árbol se nos presenta como el árbol del poder y del Imperío universal, tal como lo encontramos en sagas como las de Ogiero y del Preste Juan, de quien ya hemos hablado en otro lugar.[vi] En estas sagas el Árbol se desdobla a veces en un Árbol del Sol y en un Árbol de la Luna.

El hermetismo recupera íntegramente la tradición simbólica primordial y presenta la misma asociación de ideas. El símbolo del árbol en los textos alquímicos es muy frecuente: el árbol cobija la «fuente» de Bernardo Trevisano, en cuyo centro se halla el símbolo del dragón Uroboros, que representa el «Todo»[vii]; personifica el «mercurio», principio primero de la Obra hermética, pero representa al Agua divina o «de la Vida» que da la resurrección a los muertos e ilumina a los hijos de Hermes, o bien a la «señora de los filósofos»; pero además también representa al dragón, o sea a una fuerza disolvente, a un poder que mata. También el Árbol del Sol y el Árbol de la Luna son símbolos herméticos que producen a veces, en lugar de frutos, coronas.

Este rápido recorrido a través de un material simbólico que podríamos multiplicar indefinidamente basta para comprobar la permanencia y universalidad de una tradición de un simbolismo vegetal, que expresa la fuerza universal, preferentemente concebida bajo la forma femenina; con la que se relaciona el depósito de una ciencia sobrenatural, de una fuerza capaz de dar la inmortalidad y de una capacidad de dominio, pero al mismo tiempo la idea de un peligro, cuya naturaleza es diversa y que complica el mito en orden a diversas voluntades, a varias verdades y a diferentes visiones.

Por lo general, el peligro es el mismo que corre quien se lanza a la conquista de la inmortalidad o de la Sabiduría mediante un contacto con la fuerza universal, y cuyo empuje arrollador debe soportar. Pero además conocemos formas del mito en las que son héroes quienes se enfrentan con el árbol, y naturalezas divinas (en la Biblia el propio Dios hipostatizado) las que lo defienden e impiden el acceso. Y el resultado, entonces, es una lucha diversamente interpretada, según las tradiciones.

La posibilidad es doble: por un lado el Árbol se concibe como una tentación, que lleva a la ruina y a la maldición a quien sucumbe a ella; por otro lado, se concibe como el objeto de una conquista posible que, tras vencer a los dragones o a los seres divinos que lo defienden, transforma al audaz en un dios, y a veces, transfiere el atributo de la divinidad y de la inmortalidad de una estirpe a otra estirpe.

Así, la ciencia por la cual se deja tentar Adán[viii], para «hacerse igual a Dios», y que sólo conquista para ser inmediatamente abatido y privado del propio Árbol de la Vida, precisamente por aquel a quien había querido igualarse. Esa misma ciencia sobrenatural, sin embargo, la consigue Buda bajo el Árbol, a pesar de los esfuerzos de Mara, quien, según otra tradición, consiguió robar el fuego al dios Indra[ix].

El propio Indra, a su vez, había robado el amrta a un linaje de seres anteriores, con caracteres a veces divinos, a veces titánicos, los Asuras, quienes con el amrta detentaban el privilegio de la inmortalidad.

El mismo resultado victorioso alcanzan Odín (mediante un autosacrificio junto al árbol), Hércules y Mitra, quien, tras fabricarse un manto simbólico con las hojas del Árbol y comer sus frutos, domina al Sol[x].

Y en el viejo mito itálico del Rev de los Bosques, Nemi, esposo de una Diosa (árbol = mujer), debía mantenerse siempre en guardia porque su poder y su dignidad pasarían a quien lo sorprendiera y matara[xi]. La realización espiritual de la tradición hindú va asociada con el hecho de cortar v abatir el árbol de Brahmán con la poderosa arma de la sabiduría[xii].

Pero Agni, que en forma de gavilán había arrancado una rama del Árbol, es también alcanzada: sus plumas, sembradas en la tierra, producen una planta cuyo jugo es el «soma terrestre»: oscura alusión, quizás, al paso de la herencia de la empresa a otra raza (esta vez terrestre): la misma en cuyo favor realizó Prometeo la misma hazaña, y por la cual cayó y, encadenado, sufrió el tormento del gavilán o del águila que le comía las entrañas. Y si Hércules cuyo prototipo de héroe «olímpico» libera a Prometeo y a Teseo, nueva personificación del tipo heroico, Jasón, por el contrario, de estirpe urania, quien había salido en busca del Vellocino de Oro colgado del árbol, muere al final bajo las ruinas de la nave de Argos, la cual, al estar hecha de la Encina de la Dodona, expresa el mismo poder que había sufrido el robo. La historia se repite para el édico Loki que robó las manzanas de la inmortalidad ¡tinto a la diosa ldhunn que las guardaba[xiii]; y el caldeo Gilgamesh, después de coger el «gran fruto cristalino» en una selva con «árboles semejantes a los de los dioses», encuentra la entrada impedida por las guardianas. El, dios asirio Zu, que aspirando a la dignidad suprema se apoderó de las «tablas del destino» y con ellas del poder del conocimiento profético, es alcanzado por Raal, quien, convertido en pájaro de presa, lo recluye en la cima de una montaña.

El mito nos habla, pues, de un acontecimiento que entraña un riesgo y tina incertidumbre fundamentales. En las teomaquias hesiodeas, y peculiarmente en la levenda del Rey de los Bosques, los dioses o los hombres se muestran como propietarios de un poder que puede transmitirse junto al atributo de la divinidad a quien sea capaz de alcanzarlo. En tal caso la fuerza primordial tiene naturaleza femenina (árbol = mujer divina): y puede sufrir la violencia que, según los propios Evangelios, hay que hacer al «Reíno de los Cielos». Pero entre quienes lo intentan hay quien fuerza el paso y triunfa, y quien cae y lamenta su propia audacia padeciendo los efectos del aspecto letal del mismo poder que trataba de conquistar.

Ahora bien, la interpretación de tal acontecimiento pone de manifiesto la posibilidad de dos concepciones opuestas: la heroico‑mágica y la religiosa. Según la primera, quien sucumbe en el mito es únicamente un ser cuya fortuna y cuya fuerza no han sido iguales a su audacia. Pero según la otra concepción, la religiosa, el sentido es muy distinto: en este caso la mala fortuna se convierte en culpa, la empresa heroica en un sacrilegio y maldíta, no por no haber acabado victoriosamente, sino en sí misma. Adán no es un ser que ha sucumbido en un intento en el que otros triunfaron, sino que es un pecador, y lo que le ha ocurrido es lo único que podía sucederle. No tiene más remedio que reparar su pecado expiando, y sobre todo renegando del impulso que lo embarcó en aquella empresa: la idea de que el vencido puede pensar en la revancha, o trate de «mantenella y no enmendalla» reivindicando la dignidad que su acto le ha reportado, aparece, desde el punto de vista «religíoso», como el «luciferismo» más reprobable.

Pero el punto de vista religioso no es el único. Como ya hemos apuntado más arriba, este punto de vista se asocia a una variante de la tradición «sacerdotal» (como opuesta a la regia) y con igual derecho a la existencia que el otro ‑el heroico‑, que se impone en la otra antigüedad de Oriente y de Occidente, y cuyo espíritu está reflejado en gran medida en el hermetismo: Una exégesis nos da, de hecho, la «verga de Hermes»[xiv] como símbolo de la unión de un hijo (Zeus) con la madre (Rea, símbolo de la fuerza universal), a la que ha conquistado tras matar al padre y apoderarse de su reino: es el símbolo del «incesto filosofal», que encontraremos en toda la literatura hermética. Hermes es, desde luego, el mensajero de los dioses, pero tambien aquel que consigue quitar a Zeus el cetro, a Venus el ceñidor, a Vulcano, dios del «Fuego de la Tierra», los utensilios de su arte alegórico; y en la tradición egipcia, tal y como nos cuentan los autores más tardíos, Hermes, investido de una triple grandeza ‑Hermes Trismegisto‑, se confunde con la imagen de uno de los reyes y de los maestros de la edad primordial que dieron a los hombres los principios de una civilización superior. El sentido concreto de todo esto no escapará a nadie.

Pero eso no es todo. Una tradición, contada por Tertuliano, y que reaparece en el hermetismo árabe‑sirio, nos lleva de nuevo al mismo punto. Dice Tertuliano[xv] que las obras de la naturale­za, «malditas e inútiles»; los secretos de los metales; las vírtudes de las plantas; las fuerzas de los conjuros mágicos y de «todas aquellas extrañas doctrinas que van hasta la ciencia de los astros» ‑es decir, todo el corpus de las antiguas ciencias mágico‑hermétícas‑ fue revelado a los hombres por los ángeles caídos. Esta idea aparece en el Libro de Enoch, donde se completa en el contexto de esta tradición más antigua, traicionando así la unilateralidad propia de la interpretación religiosa. Entre los Ben Elobim, los ángeles caídos, descendidos ‑sobre el monte Hermón, de los que se habla en Enoch[xvi], y la estirpe de los Veladores y de los Vigilantes ‑«egregoroi»‑ que descendieron a instruir a la humanidad ‑del mismo modo que Prometeo «enseñó a los mortales todas las artes»‑[xvii], de que se nos habla en el Libro de los Jubileos[xviii], como ha puesto de manifiesto Mereslikowskij,[xix] existe una evidente correspondencia. Más aún: en Enoch (LXIX, 6‑7), Azazel, «que sedujo a Eva», habría enseñado a los hombres el uso de las armas que matan, lo que, dejando a un lado la metáfora, significa que habría infundido en los hombres el espíritu guerrero. Ya se sabe, en este sentido, cuál es el mito de la caída: los ángeles se encendieron de deseo por las «mujeres»; ahora bien, ya hemos explicado qué significa la «mujer» en su relación con el árbol, y nuestra interpretación se confirma si examinamos el término sánscrito qakti, que se emplea metafísicamente para referirse a la «mujer del dios», y al mismo tiempo a su potencia.[xx]

Estos ángeles fueron presa del deseo por la potencia, y apareados cayeron ‑descendieron a la tierra‑ sobre un lugar elevado (el monte Hermón): de esta unión nacieron los Nephelin, una poderosa raza (los titanes), alegóricamente descritos como gigantes, pero cuya naturaleza sobrenatural queda al descubierto en el Libro de Enoch (XV, 11): «No necesitan comida, no padecen sed, y escapan a la percepción (material)».

Los Nephelin y los ángeles caídos no son otros que los titanes y «los que vigilan», la estirpe llamada en el Libro de Barucb (111, 26), «gloriosa y guerrera», la misma raza que despertó en los hombres el espíritu de los héroes y de los guerreros, que inventó sus artes, y que les transmitió el misterio de la magia.[xxi] Ahora bien, ¿qué prueba puede ser más decisiva, en lo tocante a la investigación, acerca del espíritu de la tradición hermético-alquímica, que la explícita y continua referencia de los textos precisamente a aquella tradición? Leemos en un texto hermético: «Los libros antiguos y divinos ‑dice Hermes‑ enseñan que ciertos ángeles se encendieron de deseo por las mujeres. Descendieron a la tierra y les enseñaron todas las operaciones de la Naturaleza. Ellos fueron quienes compusieron las obras ‑herméticas y de ellos procede la tradición primordial de este Arte».[xxii] El mismo término chemi, de chema, del que derivan las palabras alquimia y química, aparece por vez primera en un papiro de la XII Dinastía, referido precisamente a una tradición de este género.

Pero ¿cuál es el sentido de este arte, del arte de «los hijos de Hermes», del «Arte Regia»?

Las palabras del dios teístamente concebido en el mito del Árbol son las siguientes: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros, en virtud de su conocimiento del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y, comiendo de él, viva para siempre» (Gén., 111, 22‑24). Hay que distinguir en esta cita dos puntos: ante todo el reconocimiento de la dignidad divina que Adán, en cualquier caso, ha conquistado; y, además, la referencia implícita a la posibilidad de trasponer esta realización en el orden de la fuerza universal, simbolizada en el árbol de la vida, y de confirmarla en la ínmortalidad. En el desenlace de la aventura de Adán, el Dios hipostatizado, que no ha impedido su primer logro, consigue, sin embargo, detenerlo antes de conseguir la segunda posibilidad: el acceso al árbol de la vida queda cerrado por la espada de fuego del querubín. El mito titánico del orfismo tiene un sentido análogo: el rayo abate y reseca «en una sed que arde y consume» a aquellos que han «devorado» al dios, sed que está simbolizada asimismo en el ave rapaz que muerde a Prometeo. Y en Frigia se lloraba a Atis, «espiga segada aún verde», y su emasculación, es decir, la privación del poder viril que sufre Atis, podría corresponder a la prohibición «del potente árbol del centro del paraíso» y al encadenamiento de Prometeo a la roca.

Pero la llama no se extingue, sino que se transmite y se purifica en la tradición secreta del Arte Regia, que en determinados textos herméticos se identifica explícitamente con la magia y tiende a la construcción de un segundo «Árbol de la Vida» que sustituya al perdido[xxiii]; persigue forzar el acceso «al centro del árbol que se halla en medio del paraíso terrestre», lo cual implica un atroz combate[xxiv]; es ni más ni menos que una reiteración de la antigua temeridad, según el espíritu del Hércules Olímpico, vencedor de los titanes y liberador de Prometeo, de Mitra, subyugador del Sol; en una palabra, de aquella misma personalidad que en el Oriente búdico recibió el nombre de «Señor de los hombres y de los dioses».

Lo que distingue y caracteriza al Arte Regía es su carácter de necesariedad. Berthelot, a propósito de las expresiones anteriormente citadas de Tertuliano, nos dice que: «La ley científica es fatal e indiferente: el conocimiento de la naturaleza y el poder que de ello se deriva lo mismo puede ser aplicado para el bien que para el mal», y que esto es el punto fundamental de contraste con la visión religiosa, la cual lo subordina todo a elementos de dependencia devota, de temor de Dios y de moralidad. Y continúa Berthelot, «algo de esta antinomia en el odio contra las ciencias (herméticas) se deja transparentar ya en el Libro de Enoch y en Tertuliano»[xxv]. Lo cual no‑ puede ser más exacto: aunque la ciencia hermética no es la material, que es la que debería estar en la idea de Berthelot, el carácter amoral y determinante que él reconoce a la última pertenece igualmente a la primera. Una máxima de Ripley, a este respecto, está llena de significado: «Si los principios con los cuales se trabaja son verdaderos y las operaciones son correctas, el efecto debe ser cierto, y no otro es el verdadero secreto de los Filósofos (herméticos)».[xxvi] Agripa, citando a Porfirio, habla del poder determinante de los ritos, en los cuales las divinidades son forzadas por la plegaria, son vencidas y obligadas a descender; añade que las fórmulas mágicas obligan a intervenir a las energías ocultas de las entidades astrales, las cuales no escuchan la plegaria sino que actúan sólo en virtud de un lazo natural de necesidad.[xxvii] No es diferente la idea de Plotino: el hecho en sí de la oración produce el efecto según una relación determinista, y no porque tal entidad preste atención a la plegaria propiamente dicha y deliberadamente.[xxviii] En un comentario a Zósimo, se lee: «La experiencia es la maestra suprema, porque sobre la base de los resultados probados ense­ña a quien comprende lo que mejor le puede conducir al fin».[xxix] El Arte hermético consiste, pues, en un método determinante que se ejerce sobre las fuerzas espirituales, por vía sobrenatural si se quiere (el simbólíco, Fuego hermético es con frecuencia denominado «no natural» o «contranatura»), pero siempre con exclusión de cualquier clase de lazo religioso, moral, final o extraño en cualquier modo a una ley de simple determinismo de causa a efecto. Referida por la tradíción a los «que velan» ‑«egregoroi»‑, a aquellos que consiguieron robar el Árbol y poseer la mujer, refleja un símbolo «heroico» y se aplica en el mundo espiritual para constituir algo que ‑como veremos‑ dice poseer una dignidad superior a todo lo precedente;[xxx] que no se define con el término religioso santo, sino con el guerrero de Rey; siempre un rey, un ser coronado y un color regio, la púrpura, al final de la obra hermético‑alquímica, y con el metal real y solar, el oro, como el centro de todo su simbolismo, como ya hemos dicho.

Por lo que se refiere a la dignidad de quien ha sido reintegrado por el Arte, las expresiones de los textos son precisas: Zósimo llama a la raza de los filósofos «autónoma, inmaterial y sin rey, y custodios de la sabiduría de los siglos».[xxxi] Es superior al destino.[xxxii] «Superior a los hombres, inmortal», dice Pebechio de su Maestro.[xxxiii] Y la tradición ulterior, hasta Gagliostro, será: «Libre y dueño de la Vida, con poder de señorear sobre las naturalezas angélicas»?[xxxiv] Plotíno había hablado ya de la temeridad de aquellos que han entrado en el mundo, o sea, que han adquirido un cuerpo, cosa que, como veremos más adelante, tiene una relación cierta con uno de los sentidos de la caída, y Agripa 3' habla del terror que sobrecogía al hombre en su estado natural, es decir, antes de que, a causa de su caída[xxxv], en lugar de producir miedo, sucumbiera él mismo al miedo: «Este temor, que es como el signo impreso de Dios en el hombre, hace que todas las cosas le estén sometidas y lo reconozcan como superior», como portador del «carácter, llamado Pahad por los cabalistas, y mano izquierda y espada del Señor».

Pero aún hay más: el dominio de las «dos naturalezas» que encierra el secreto del «árbol del Bien y del Mal». La enseñanza se encuentra en el Corpus Hermeticum: «El hombre no pierde dignidad por poseer una parte mortal, sino muy al contrario, esta mortalidad aumenta su posibilidad y su poder. Sus dobles funciones le son posibles precisamente gracias a su doble naturaleza, porque está constituido de forma que le es posible abrazar a un tiempo lo terrestre y lo divino».' «Así pues, no temamos decir la verdad. El hombre verdadero está por encima de ellos (de los dioses celestes), o por lo menos igual que ellos. Puesto que ningún dios deja su mundo para venir a la tierra, mientras que el hombre sube al cielo y lo mide. Por lo que nos atrevemos a decir que un hombre es un dios mortal y que un dios uranio es un hombre inmortal.»

Tal es la verdad de la «nueva raza» que el Arte Regio de los «hijos de Hermes» construye sobre la tierra, elevando lo que había caído, calmando la «sed», restituyendo la potencia a quien quedó inane, confiriendo mirada fija impasible de «águila» al ojo herido y enceguecido por «el relampagueo del rayo», otorgando dignidad olímpica, pero regia, a quien fue titán. En un texto mistéríco perteneciente al mismo mundo ideal donde la alquimia griega recibió sus primeras expresiones, se dice que la «Vida‑luz», de la que se habla en el evangelio de san Juan, es «la raza misteriosa de los hombres perfectos, desconocida para las generaciones anteriores»; a este texto le sigue una referencia precisamente a Hermes: el texto recuerda que en el templo de Samotracia se erguían las estatuas de dos hombres desnudos con los brazos elevados hacia lo alto y con el miembro erecto, «como en la estatua de Hermes en Cillene», los cuales representaban al hombre prímordial, Adamas, y al hombre renacido, «que es en todo de la misma naturaleza que el primero». Y se agrega: «Antes es la naturaleza beata del Hombre de arriba; luego la naturaleza mortal de aquí abajo; en tercer lugar la raza de los sin rey que procede de allá arriba, donde está Mariam, la buscada». «Este ser bienaventurado e incorruptible ‑aclara Simón el Mago‑, reside en todo ser, se halla escondido; en potencia y no en acto. Precisamente quien se mantiene erguido, quien se mantuvo erguido y quien se mantendrá erguido; quien se mantuvo erguido arriba, en la potencia increada; quien se ha mantenido erguido aquí abajo, al ser engendrado de la imagen (refleja) en la avenida, de las aguas; y quien se mantendrá erguido de nuevo arriba, ante la potencia infinita, cuando se haga perfectamente igual a ella.»

Esta misma enseñanza es la que se repite en los textos de la tradición hermética,' y que encierra todo su significado, como trataremos de ilustrar en sus aspectos principales en las páginas que siguen.



[i]. Q Katba‑Upanishad, VI, 1; Bbagavad‑gitá, XV, 1‑3; X, 26.

[ii] GOBLET WALVIELLA, La Migration des Symboles, París, 1891, pp. 151‑206.

[iii] ]aqna, IX y X.

[iv] Zobar, 1, 226 b; 1, 256 a; 111, 61 a; 111, 128 b; 11, 61 b; 1, 225 k, I, 131a.

[v] Q. UALVIELLA, 10C. Cit.

[vi] EVOLA, Il mistero del Graal e la tradizione ghibelina dall'Impero, Milán, 1964.

[vii] Cf el ex‑libris hermético reproducido por L. CHARBONNEAu‑LASSAY, en Regnabit, n. 3‑4 de 1925. En el espacio central del árbol se halla el Fénix, símbolo de la inmortalidad, que trae el amrta y el haorna.

[viii] Aunque volveremos sobre el tema, dejamos por el momento que el lector intuya el significado profundo del símbolo, según el cual la «tenta­ción» se presenta a través de la «mujer» ‑Eva la «Viviente»‑‑, la cual en el origen formaba parte de Adán.

[ix] CI. WEBER, Indiscbe Studien, t. III, p. 466.

[x] CI. F. CUMONT, Les MyWres de Mithra, Bruselas, 1913, p. 133.

[xi] Este mito es el centro alrededor del cual gira el exhaustivo mate­rial de la conocida obra de G. FRAZER, Tbe Golden Bougb.

[xii] Bhagavad‑Gítá, XV, 3.

[xiii] . Es evidente su correspondencia con las Hespérides. Este texto, incompleto, no excluye una frase ulterior de la aventura (cf. UALVIELLA, p. 190). El texto más conocido de la Epopeya de Gilgamesh ofrece un desen­lace negativo de la aventura; Gilgamesh pierde, durante el sueño, la hierba de la inmortalidad que había conquistado tras llegar, a través de las «aguas de la muerte», a la tierra del rey del «estado primordial».

[xiv] En ATENÁGORAS, XX, 292: encontramos también una interferen­cia con el ciclo heroico de Hércules: aquello con lo que Rea es atada se denomina el «lazo de Hércules».

[xv] TERTULIANO, De Cultu Fem., 1, 2 b.

[xvi] Libro de Enoch, VI, 1‑6; VII, 1.

[xvii] ESQUILO, Prometeo, 506.

[xviii] IV, 15 apud KAUTZSCH, Aprokryphen und Pseudoepigraphen, Tu­binga, 1900, t. II, p. 47.

[xix] D. MERESHKOWSKij, Das Gebeimnis des Westens, Leipzig, 1929, cc. IV‑V.

[xx] FABRE D'OLIVET (Langue Hébraique rest.) en su comentario al pa­saje bíblico (Gén. IV, 2), ve también en las «mujeres» un símbolo de los «poderes generadores». Además tiene especial relación con lo que diremos acerca del carácter vinculante del arte hermético, el simbolismo tibetano en el cual la Sabiduría aparece de nuevo como una «mujer», y quien desempeña el papel de varón en el coito con ella es el «método», el «arte» (cf. Shricakraasmbbara, ed. A. Avalon, Londres‑Calcuta, 1919, p. XIV, 23), DANTE (COM, II, XV, 4) llama a los «Filósofos» los «amantes» de la «mujer», la cual en la simbología de los «Fieles de Amor» representa tam­bién la gnosis, el Conocimiento esotérico.

[xxi] En la concepción más originaria, que encontramos también en Hesiodo, los «vigilantes» se identifican con los seres de la edad primordial, de la Edad del Oro, que no han llegado a morir, sino que únicamente se han hecho invisibles para los hombres de las épocas sucesivas.

[xxii] En la antología de Berthelot, La Chimie au Moyen Age, París 1893.

[xxiii] CESARE DELLA RiVIERA, El mundo mágico de los héroes, Milán, 1605, pp. 4, 5, 49.

[xxiv] BASILIO VALENTINo, Azoth (Manget, 11, p. 214). En S. TRISMOSIN, Aurum Vellus, Rorschah, 1598, en una ilustración llena de sentido se ve a un hombre en actitud de subir al Árbol cuyo tronco está atravesado por la corriente simbólica. Las invocaciones a Hércules, a Jasón y a sus empresu son además explícitas y muy frecuentes en los textos, y en ellos ‑‑cosa aún más significativa‑ suele llamarse Prometeo al alma.

[xxv] BERTHELOT, Les origines de l'Alcbimie, París, 1885, pp. 10, 17‑19.

[xxvi] FILALETFs, Epist. de Ripley, § VIII.

[xxvii] AGRIM, De occulta Nilosoffia, 11, 60, 111, 32.

[xxviii] PLOTINO, Enneadas, IV, 42; 26.

[xxix] Cit. en BERTHELOT, Coll. des Alchimistes Grecques, París, 1887 (que para mayor brevedad indicaremos desde ahora como CAG), t. 11, 284

[xxx] Se debe tener presente que esta superioridad depende de la pers­pectiva específica del punto de vista heroico; por lo cual, en última instancia, es relativa. Se consideran las épocas de oscurecimiento de la tradición prímor­dial, con sus generaciones. Desde el punto de vista puramente metafísico, la esencia de toda auténtica iniciación es siempre la reintegración del hombre al estado «primordial».

[xxxi] Citado en CAG, t. 11, 213.

[xxxii] Citado en CAG, t. 11, 229.

[xxxiii] Citado en CMA, t. 11, 310. Que los alquimistas tenían conciencia de construirse una inmortalidad contraria a la intención de «Dios», se ob­serva, por ejemplo, en GEBER, quien en el Libro de la Misericordia (CMA, t. 111, 173), dice: «Si él (Dios) ha puesto en él (el hombre) elementos divergentes es porque ha querido asegurar el fin del ser creado. Así como Dios no ha querido que los seres subsistieran para siempre, aparte de él, así le infligió al hombre la disparidad de las cuatro naturalezas, que conduce a la muerte del hombre, y a la separación de su alma y su cuerpo». Pero en otro lugar (Libro de los equilibrios, CMA, t. 111, 147,7148) el propio autor se propone equilibrar las naturalezas en el hombre, una vez descompuestas, para darle una nueva existencia, «tal, que no podrá volver a morir», porque «una vez obtenido este equilibrio, los seres no se cambian, ni se alteran ni se modifican jamás».

[xxxiv] Ver este texto en la revista «Ignis»,1925, pp. 277, 305.

[xxxv] Enneadas, V, IX, 14; ci. V, 1, 1. En el Corpus Hermeticum encon­tramos la audacia semejante de «salir de las esferas», en el mismo sentido que Lucifer (BÚHME, De Signatura, XVI, 40) habría salido de la «armonía» del mundo.

 

La Tradición Hermética (01) Presentación

La Tradición Hermética (01) Presentación

Biblioteca Evoliana.- En la introducción a uno de sus mejores libros, Julius Evola, define em campo de estudio de su obra. Nos dice que no intenta hacer filosofía, ni rememorar los textos neoplatónicos desde su aspecto metafísico, sino que está hablando de "ciencia hermética". El objeto de estudio de esta obra es la tradición hermético-alquímica. No nos va a hablar de la historia del hermetismo y la alquimia occidental, ni tampoco de las leyendas de los hermetistas: nos va a hablar de sus símbolos, de sus principios y de su práctica operativa. 

 

La Tradición Hermética

Presentación

Prefacio

En esta obra utilizamos la expresión «tradición hermética» en el sentido concreto que recibió durante la Edad Media y el Renacimiento. No se trata del antiguo culto egipcio y helénico de Hermes, ni tampoco sólo de las doctrinas incluidas en los textos alejandrinos del llamado Corpus Hermeticum. En este sentido, el hermetismo está íntimamente relacionado con la tradición alquímica. La tradición hermético‑alquimica es precisamente el objeto de nuestro estudio. En él tratamos de precisar el sentido real y el espíritu de una enseñanza secreta, de naturaleza sapiencial pero, al mismo tiempo, práctica y operativa, que se ha transmitido con grandes caracteres de uniformidad desde los griegos y, a través de los árabes, hasta textos y autores que llegan a los mismos umbrales de los tiempos modernos.

Por lo que se refiere a la alquimia, ya en la introducción se pone de manifiesto el error de los historiadores de la ciencia, algunos de los cuales quisieran reducirla a una mera química en estado infantil y mitológico. Contra esta idea se levantan todas las exhortaciones explícitas de los autores herméticos más renombrados a que no ‑nos engañemos al tomar sus palabras al pie de la letra, porque todas ellas están pronunciadas en un lenguaje cifrado y expresadas mediante símbolos y alegorías[i]. Estos mismos autores han insistido hasta la saciedad en que «el objeto de nuestro precioso arte es desconocido»; en que las operaciones a que aluden no se realizan con las manos; en que sus «elementos» son invisibles y no aquellos que todo el mundo conoce. Por otra parte, ellos mismos han llamado despectivamente «sopladores» y «quemadores de carbón» que han «arruinado a la ciencia» y de cuyas manipulaciones no debe esperarse «más que humo», a todos los ingenuos alquimistas que, en su incomprensión, se entregaron a experimentos del mismo género que imaginan ahora los modernos como propios de la ciencia hermética. Siempre han enunciado, con respecto a la Obra, condiciones éticas y espirituales, y al referirse al sentido vivo de la naturaleza su mundo ideal se presenta inseparable de aquel otro ‑que podremos llamar como queramos, pero no químico‑, del gnosticismo, del neoplatonismo, de la cábala y de la teurgia. Asimismo, a través de medias palabras, han dado a entender «a quien pueda entender», que el azufre alquímico representa la voluntad (Basilío Valentino y Pernety); que el humo es «el alma separada del cuerpo» (Geber); que la «virilidad» es el misterio del «arsénico» (Zósimo); y así podríamos citar infinidad de textos y autores. De esta forma, a través de una variedad desconcertante de símbolos, los «Hijos de Hermes» consiguen decir todos lo mismo y repetir el quod ubique, quod ab omnibus et quod semper[ii]'

El objeto real sobre el que gravita este conocimiento único esta tradición que reivindica para sí caracteres de universalidad y de primordialidad, nos lo revela Jacob, Böheme: «No hay diferencía alguna entre el nacimiento eterno, la reintegración y el descubrimiento de la piedra filosofal»[iii].

¿Estaremos acaso ante una corriente mística? Si es así, ¿por qué el disfraz y la ocultación hermética? Ateniéndonos al sentido predominante del término «misticismo» (sentido que ha adquitido en Occidente a partir del período de los Misterios clásicos, y fundamentalmente con el cristianismo), advertiremos que no se trata de un verdadero misticismo. Más bien se trataría de una ciencia real, en la cual la reintegración no tiene un significado moral, sino concreto y ontológico, hasta el punto de conferir eventualmente determinados poderes supranormales, una de cuyas aplicaciones contingentes puede ser la trasmutación referida incluso a sustancias metálicas.

Este carácter de la realización hermética constituye el primer motivo de su ocultación; ocultación no por razones extrínsecas y monopolísticas, sino por razones internas y técnicas. Cualquier ciencia de este tipo se ha protegido siempre y en todas partes bajo el secreto iniciático y tras una exposición efectuada a través de símbolos. Pero hay aún una segunda razón para cuya comprensión hay que referirse a los datos fundamentales de una metafísica general de la historia. El conocimiento hermético‑alquímico ha sido siempre considerado como una ciencia «sagrada», pero la designación que mejor la caracteriza y la que ha prevalecido, es la de Ars Regia o Arte Real. Todos aquellos que hoy estudian las variedades de las formas de espiritualidad que se han ido desarrollando en los tiempos llamados históricos, han podido comprobar una oposición fundamental que puede trasponerse analógicamente a los conceptos de «realeza» y de «sacerdotalidad». Existe una tradición iniciática «real» que, en sus formas puras puede considerarse como la filiación más directa y legítima de la Tradición única primordial[iv]. En tiempos más recientes, ésta se nos revela en sus variantes heroicas, es decir, como una realización y una reconquista condicionada por cualidades viriles análogas, en el plano del espíritu, a las propias del guerrero. Pero, por otro lado, existe una tradición sacerdotal,'en sentido restringido, con caracteres diferentes de la primera, y a veces opuestos a ella, sobre todo cuando, profanada en formas teístas‑devocionales, se encontró frente a las que hemos llamado variantes «heroicas» de la tradición regia. Respecto al punto originario, al cual podríamos atribuir el símbolo de la «realeza divina», esta segunda tradición representa ya algo deshojado y roto, sobre cuyos restos precisamente ganarían terreno sin cesar  ‑especialmente en Occidente‑ los elementos sentimentales, emocionales, teológicos y místicos, hasta el oscurecimiento casi total de sus primitivos elementos esotéricos.

Es significativo el hecho de que la tradición hermético‑alquímica se haya denominado Arte Regia, y que como símbolo central haya elegido el regio y solar del Oro, que a su vez nos remite a la tradición primordial. Semejante tradición se nos presenta esencialmente como celadora de una luz y de una dignidad irreductibles a la visión religioso‑sacerdotal del mundo. Y si bien en ella no se habla (como en un ciclo de otros mitos) de descubrir el oro, sino de fabricarlo, ello no es más que una muestra de la importancia que tuvo precisamente el momento heroico, en el sentido ya indicado de reconquista y de reconstrucción. Pero al propio tiempo advertimos, por la misma razón y tanto más fácilmente, el motivo ulterior del ocultamiento de la doctrina. A partir del momento del derrumbamiento del Imperio romano, Occidente, en sus corrientes principales, pasó a estar de hecho bajo el signo de otra tradición, que además se había desembarazado casi por completo de todo su alcance esotérico, para convertirse en una doctrina de la «salvación» en el nombre de un «Redentor». Así las cosas, los hermetistas, a diferencia de otras organizaciones inícíátícas, tributarias de la misma vena secreta regía, en lugar de salir a la luz y presentar batalla, prefirieron ocultarse. Y el Arte Regio fue presentado como el arte alquímico de la trasmutación de los metales viles en oro y plata. Como tal tampoco cayó bajo la sospecha de herejía, e incluso pasó como una de tantas formas de «filosofía natural» que no interfería con la fe; más aún, entre las propias filas de los católicos, desde Ramon Lluil y Alberto Magno hasta el abate Pernety, encontramos figuras enigmáticas de Maestros herméticos.

En un ámbito más reducido, y dejando aparte el hecho de que los diversos autores alquímicos de Occidente declaran haber empleado un lenguaje cifrado diferente para referirse a las mismas cosas y a las mismas operaciones, es indudable que la alquimia no es un fenómeno simplemente occidental. Existe, por ejemplo, una alquimia hindú y una alquimia china. Y quien se halle al tanto del tema, verá que los símbolos, las «materias» y las operaciones principales se corresponden; pero sobre todo se corresponde la estructura de una ciencia física y al propio tiempo metafísica, a la vez interior y exterior. Tales correspondencias se explican por el hecho de que, una vez presentes, las mismas concepciones respecto a la visión general y «tradicional» del mundo, de la vida y del hombre, conducen con la mayor naturalidad a las mismas consecuencias, incluso en la consideración de problemas técnicos especiales, como el de la transmutación. Así, mientras esta concepción «tradicional» permanece, aunque sea en residuos y en trasposiciones lógicas y filosóficas carentes ya de fuerza, mientras sigue en pie esta «tradición» respecto a la cual las diferencias entre Oriente y Occidente fueron mínimas en comparación con las que existirían luego entre ella y la mentalidad moderna, mientras siguió viva, encontramos la alquimia admítida y cultivada por espíritus ilustres, pensadores, teólogos, «filósofos de la naturaleza», reyes, emperadores e incluso por papas: la dedicación a una disciplina de este género no se consideró incompatible con el más alto grado espiritual o intelectual.

La tradición alquímica se ha extendido enigmáticamente no sólo a través de por lo menos quince siglos de la historia de Occidente, sino incluso a través de los continentes, tanto en Oriente como en Occidente.

Nuestro trabajo no va dirigido a convencer a quien no quiere ser convencido. Pero proporcionará puntos de apoyo firmes a todo aquel que lo lea sin prejuicios. Por otra parte, quien esté de acuerdo aunque sólo sea con una sola de nuestras conclusiones no podrá por menos de reconocer toda su importancia: es como el descubrimiento de una nueva tierra cuya existencia se desconocía: una tierra extraña, alarmante, sembrada de espíritus, metales y dioses, cuya laberíntica fantasmagoría se concentra poco a poco en un único punto luminoso: el «mito» de una raza de «sin rey», de criaturas «libres», «señores de la Serpiente y de la Madre», para emplear las orgullosas expresiones de los mismos textos herméticos.

Al margen de la introducción, dirigida a poner de manifiesto lo que nosotros hemos llamado la formulación «heroica» de la tradición regia, la presente obra consta de dos partes: la primera dedicada a los símbolos y a la doctrina, y la segunda a la práctica.

Los límites de la presente edición nos han impuesto la renuncia a una serie de citas, y textos griegos, árabes y latinos, de modo que no hemos conservado más que lo esencial. Hemos procurado igualmente ser claros en lo posible. Pero el lector no debería hacerse falsas ilusiones: más que una simple lectura, se trata de un estudio; por eso, después de que haya adquirido una visión de conjunto, debería volver sobre enseñanzas concretas y símbolos particulares, que nunca podrán entenderse aislados de los demás, para agotar así, poco a poco, todos sus posibles y diferentes significados. Por nuestra parte, creemos poder asegurar al lector que en el presente libro encontrará una sólida base para afrontar el estudio de cualquier texto alquímico‑hermético por oscuro y sibilino que sea. Por lo demás, sólo insistiremos en que en la parte práctica hay mucho más de lo que parece a primera vista, en el caso de que el lector quisiera conocer por experiencia la realidad y las posibilidades de que hablan los «Hijos de Herines». En cualquier caso, en otro lugar[v] ya hemos ofrecido todo lo necesario para integrar todo aquello que puede aprenderse en este libro, con vistas a evocaciones y contactos efectivos del espíritu con el elemento metafísico, suprahistórico, de dicha tradición.



[i]1. Q., para todas ellas, las dríásticas expresiones utilizadas por ARTEFIO (Libro de Artelio, en la Bibl. des Nilos. Chimiques, Paris, 1741, t. II, p. 144): «¿No es de sobras conocido que nuestro Arte es un arte cabalístico, es decir, que sólo hay que revelarlo oralmente, y que rebosa misterios? ¡Pobre idiota! ¿Cómo puedes ser tan ingenuo que creas que te enseñaríamos abierta y claramente el mayor y más importante de los secretos? Yo te aseguro que quien trate de explicar lo que los Filósofos (herméticos) han escrito mediante el sentido ordinario y literal de las palabras se encontrará encerrado en los meandros de un laberinto del que nunca podrá salir, puesto que no existe un hilo de Ariadna que le sirva de guía».

[ii]2. Q., por ejemplo, GEBER, Libro del Mercurio Oriental (citado en Berthelot, cf. más adelante, p. 248): «En realidad, hay acuerdo entre los autores, aunque a los no iniciados les parezca ver divergencias». J. PERNETY, Fables Egyptiennes et Grecques d¿voilées, París, 1786, t. I, p. 11: Los filó­sofos herméticos están todos de acuerdo; ninguno contradice los principios de los demás. Y el que ha escrito hace treinta años, habla igual que quien escribió dos mil años antes... Y no cesan de repetir el axioma de la Iglesia: «Quod ubique, quod ab omnibus et quod semper». Y aún más claramente la Turba Pbilosopborum, que es uno de los textos hermético‑alquírrúcos occidentales más antiguos y más divulgados (texto citado en Introducción a la Magia, Edizioni Medíterranee, Roma, 1971, vol. II, p. 245): «Notad que, cualquiera que sea la manera en que (los filósofos herméticos) han hablado, la naturaleza es una, y ellos se hallan de acuerdo y hablan de lo mismo. Pero los ignorantes toman las palabras tal y como las decimos, sin comprender el qué ni el porqué: deberían considerar si nuestras pala­bras son o no razonables y naturales, y entenderlas en consecuencia; pero si no fueran razonables, deberían tratar de elevarse a nuestra intención en lugar de atenerse a la letra. En cualquier caso habéis de saber que nosotros estamos todos de acuerdo, digamos lo que digamos. Así pues, comparad unos con otros y estudiadnos; porque en uno está claro lo que en otro permanece oculto, y quien verdaderamente busque, encontrará».

3. J. Bóhme, De Signatura Rerum, VI I, § 78.
    4. Para la cabal comprensión de las nociones de tradición y estado primordial, de héroe, etc., es casi indispensable la referencia a nuestra obra Rivolta contro il mondo moderno (3ª. ed., Edízioni Mediterranee, Roma, 1969), así como a los libros y ensayos de R. GUÉNON. CI. también nuestro Maschera e Volto dello Spiritualismo contemporaneo (3.' ed., Edizioni Medi­terranee, Roma, 1971) 
    5. CI. los tres volúmenes de la obra colectiva Introducci6n a la Magia, 3.* ed., Edizioni Mediterrance, Roma, 1971.


El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XV Las Piedra Luciferina

El Misterio del Grial - Capítulo II - El ciclo del Grial. XV Las Piedra Luciferina

Biblioteca Evoliana.- En la leyenda medieval, el Grial aparece como tallado en una esmeralda verde que, previamente, había caído de la frente de Lucifer en el momento en el que fue despeñado junto a los demás ángeles malvados hacia el infierno. La leyenda es de carácter titánico y supone el reconocimiento de un fracaso. Evola explica en este capítulo estos simbolismos, uniéndolos a otras leyendas y tradiciones que le situarán en condiciones de establecer las diferencias entre la "experiencia heroica" y la "experiencia luciferina".

 

XV. LA PIEDRA LUCIFERINA

En estas leyendas, una vez liberadas de los revestimientos de orden religioso en sentido estricto, aparece de nuevo la conexión del Grial como piedra celeste con una herencia y un poder misterioso conectado con el «estado primordial», y en cierto modo conservado en el período del «exilio». La referencia a Lucifer, en sí misma, al margen del marco de carácter cristiano y teísta, puede verse como una variante del tema de un intento, abortado o desviado, de reconquista «heroica» de ese estado. En cuanto al tema del grupo de ángeles bajados del Cielo con el Grial, recuerda el de la misma raza de los Tuatha dé Danann, que también se considera formada por «seres divinos» llegados a Irlanda desde el Cielo, trayendo también una piedra sobrenatural - la piedra de los reyes legítimos -, así como objetos que, como hemos señalado. Corresponden exactamente a los del ciclo del Grial: una espada, una lanza y un recipiente que proporciona inagotablemente su alimento a cada ser. Al propio tiempo, la patria de los tuathas - como sabemos - es aquel Avalón que según una tradición ya señalada, es también la sede de que hablan los libros del Grial y que, en cualquier caso, se ha confundido a menudo, debido a oscuras asociaciones, con el lugar donde principalmente se manifestó el Grial. Pero eso no es todo. En algunas leyendas célticas, los ángeles caídos son identificados precisamente con los Tuatha de Danann: en otras leyendas, se habla exactamente de espíritus que, como castigo por su neutralidad, tuvieron que descender a la Tierra. Se dice de ellos que habitan una región occidental trasatlántica, a la que llegó San Brandán, región que también es una reproducción de Avalón, lo mismo que ese viaje es una imagen cristianizada de lo efectuado por varios héroes célticos para llegar a la «Isla», patria originaria y centro inviolable de los tuathas.

Tenemos, pues, una curiosa interferencia de motivos, que halla expresión, por ejemplo, en el Leabhar na hvidhe, donde se lee que los tuathas son «dioses y falsos dioses a los que notoriamente se remonta el origen de los sabios irlandeses. Es probable que a Irlanda llegasen de los Cielos, y de ahí la superioridad de su ciencia y de sus conocimientos». Por tanto, habría que proceder aquí a una separación un tanto delicada de los motivos en los que basar todo cuanto se refiere a los elementos auténticamente luciferinos, a los que puede aplicarse correctamente la idea de una «caída» y la presencia sobre la Tierra como castigo, y aquellos otros que, en cambio - a través de una representación tendenciosamente deformada -, pueden referirse a los custodios en la Tierra del poder de lo alto y de la tradición, cuyo símbolo es el Grial: casi como una presencia persistente, inalterada y secreta de lo que fue precisamente en estado primordial y «divino». En Wolfram, la «neutralidad» de los ángeles del Grial empuja a pensar, en efecto, que se encuentran en una fase idealmente anterior a esa diferenciación de la espiritualidad, en t'unción de la cual puede definirse generalmente el espíritu luciferino, y si Wolfram da más tarde una versión diferente al hacer decir a Trevrizent que los ángeles neutrales no volvieron a subir al Cielo (como se retiraron de nuevo los tuathas a Avalón), sino que causaron su eterna ruina, y «quien quiere ser recompensado por Dios debe mostrarse adversario de esos ángeles caídos» , hay que tener en cuenta precisamente de qué modo deformó el cristianismo tradiciones anteriores, sustituyendo su sentido originario por significados muy distintos. Debido al carácter general propio de su visión preponderantemente «lunar» de lo sagrado, el cristianismo estigmatizó a menudo como «demoníaco» y «diabólico» no sólo lo que efectivamente lo era, sino también todo intento de reintegración de tipo «heroico» y toda espiritualidad ajena a las relaciones de devoción y dependencia terrenal de lo divino concebido de modo teísta. Así, en otro lugar hemos tenido ocasión de observar mezclas de motivos análogas a las que acabamos de ver en el caso de los Tuatha dé Danann, por ejemplo en cierta literatura siriaco-hebraica en la que los ángeles caídos terminan formando una sola cosa con una estirpe de «Vigilantes», -concebida como instructora primordial de la humanidad . Tertuliano no duda en atribuir  globalmente a los ángeles caídos el conjunto de las doctrinas mágico-herméticas, a las que hemos visto ya ayudar a Flegetanis a descifrar los textos originarios del Grial, y que la Morte Darthur atribuye a Salomón, concebido como cabeza de estirpe de los héroes del Grial, justamente con los mismos términos de Tertuliano: «Aquel Salomón era un sabio y conocía todas las virtudes de las piedras y de los árboles, así como el curso de los astros y muchas cosas más». Cuando Inocencio III acusó a los templarios de haberse entregado, a su vez, a la doctrina «de los demonios» - utentes doctrinis daemonorium -, muy probablemente tuvo en cuenta los misterios anticristólatras de los templarios y procedió instintivamente a la misma asimilación por la que la «raza divina» primordial fue presentada como la raza culpable o demoníaca de los ángeles caídos.

Por nuestra parte, ya hemos proporcionado puntos de referencia suficientemente exactos para orientarse frente a distorsiones de este tipo y para fijar el límite que separa el espíritu luciférico del que no lo es, y el punto de vista cristiano del de una más elevada espiritualidad. Así, cualquiera podrá distinguir fácilmente el distinto alcance de cada elemento que se encuentra en nuestra leyenda, junto con muchas interpolaciones y deformaciones. Habiendo demostrado que el elemento «titánico» es la materia prima de la que se podía extraer el «héroe», es comprensible que, pese a todo, Wolfram diera a Parsifal algunos rasgos «luciferinos», haciéndole llevar, sin embargo, a término felizmente su aventura, hasta el punto de que finalmente adoptó la forma luminosa de rey del Grial y de restaurador. De hecho, Parsifal acusa a Dios de haberle traicionado, de no haber tenido fe en él, por no haberle asistido hasta la conquista del Grial. Se rebela, y en su cólera dice: «yo servía a un ser al que se da el nombre de Dios, antes de que me hubiese permitido exponerme a ultrajante escarnio y que me cubriese de vergüenza... He sido su servidor sumiso, porque creía que me concedería su favor; pero, de ahora en adelante, me negaré a servirle... Si me persigue con su odio, me resignaré. Amigo [le dice a Galván], cuando te llegue el momento de combatir, que lo que te proteja sea el pensamiento de una mujer [se sobrentiende, no de Dios]». Animado por ese desdén y ese orgullo, Parsifal, tras no haber triunfado en su primera visita al castillo del Grial, lleva a cabo sus aventuras. Y él, así separado de Dios, evitando iglesias, entregándose a empresas «salvajes» de caballería - wilden Aventüre, wilden, ferren Ritterschaft -, acaba venciendo igualmente, y al propio tiempo consigue la gloria de rey del Grial. Trevrizent tiene que decirle: «Rara vez se vio milagro más grande: al mostrar vuestra ira, habéis obtenido de Dios lo que deseabais».

Señalemos además que, en Wolfram, Parsifal aparece como aquel que llega al castillo del Grial de modo excepcional, sin haber sido designado o llamado como los otros. Su elección se produce posteriormente; por decirlo así, son las mismas aventuras de Parsifal las que la determinan y casi la imponen. Trevrizent dice: Nunca había ocurrido que el Grial pudiese ser conquistado combatiendo: Es was e Ungewolhnheit, dasz den Gral ze keine ze keine zêten jeman möchte erstriten.

También este rasgo hace reconocer al tipo «heroico»: el que no por naturaleza, como el tipo «olímpico» (que podría hacerse corresponder con el rey legítimo del Grial, que después cae en la decadencia, en la senectud, es herido o se vuelve inútil), sino por el despertar de una vocación profunda y gracias a su acción, llega a participar en aquello de lo que el Grial es símbolo, y se acerca hasta el punto de convertirse en caballero del Grial y, por último, como para hacer suya la suprema dignidad de la Orden del Grial.

 

 

Revuelta contra el Mundo Moderno. I Parte. Cap XI. Relaciones jerárquicas entre realeza y sacerdocio

Revuelta contra el Mundo Moderno. I Parte. Cap XI. Relaciones jerárquicas entre realeza y sacerdocio

Biblioteca Evoliana.- El Capítulo XI del "Revuelta contra el Mundo Moderna" sienta las bases de la relación jerárquica entre Realeza y Sacerdocio. Evola considera la espiritualidad sacerdotal como una forma telúrica y ginecocrática de espiritualidad, mientras que la espiritualidad Regia estaría relacionada con formas masculinas, virilesy solares de espiritualidad. Esta diferenciación será importante a la hora de establecer los distintos modelos de civilización (que realiza Evola en los primeros capítulos de la Segunda Parte de la misma obra).

 

XI

RELACIONES JERARQUICAS ENTRE
REALEZA Y SACERDOCIO

Si la síntesis original de los dos poderes se reconstituye, en cierto sentido, en el rey consagrado, se percibe claramente la naturaleza de las relaciones jerárquicas que, en todo orden normal, deben existir entre la realeza y la casta sacerdotal (o Iglesia) contemplada en tanto que simple mediadora de las influencias sobrenaturales: la primacía pertenece a la realeza frente al sacerdocio, al igual que, sobre el plano simbólico, pertenece al sol en relación a la luna, al hombre respecto a la mujer. Desde cierto punto de vista, se trata de la misma primacía tradicionalmente reconocida a la realeza sacerdotal de Melquisedech, sacrificador del Altísimo, Dios de la Victoria ("el Altísimo hace caer a los enemigos en tus manos". Gén. , XIV, 20) frente al sacerdocio de Abraham. Como hemos dicho, los defensores medievales de la idea imperial no han dejado de referirse al símbolo de Melquisedech, para reivindicar, respecto a la Iglesia, la dignidad y el derecho sobrenaturales de la realeza (1) .

Para volver a las civilizaciones puramente tradicionales, se desprende de alguno textos arios, más precisamente indo–arios, que incluso en una civilización cuyo carácter parecería, a primera vista, esencialmente "sacerdotal", subsiste, en amplia medida, la noción de la relación justa entre las dos dignidades. Se trata de textos ya citados, donde se dice que la estirpe de las divinidades guerreras nace de Brahman como una forma más alta y más perfecta que él mismo. Y sigue a continuación: "No hay nada superior a la aristocracia guerrera – kshâtram – y los sacerdotes – brahman – veneran al guerrero cuando tiene lugar la consagración de los reyes".

En el mismo texto, la casta sacerdotal, asimilada al Brahman – comprendido aquí de una forma impersonal, en un sentido que corresponde, en el cristianismo, a las influencias del Espíritu Santo, del que la Iglesia es detentadora– aparece en una relación de Madre o matriz materna – yoni – con la casta guerrera o real (2) , lo que es particularmente significativo. El tipo real se presenta aquí con su valor de principio masculino que supera, individualiza, domina y gobierna "triunfalmente" la fuerza espiritual, concebida a imagen de una madre y de una mujer. Ya hemos hecho alusión a las antiguas tradiciones relativas a una realeza obtenida convirtiéndose en esposo de una mujer divina, la cual aparece a menudo también como una madre (tránsito al símbolo del incesto, de donde procede el título de "toro de su madre" atribuida, en un contexto más general, al rey egipcio). Todo remite al mismo punto. El hecho de reconocer la necesidad del rito de investidura no implica que se le consagre y reconozca la subordinación del rey a la casta sacerdotal. Ciertamente, una vez desaparecida la raza de los seres que, por naturaleza ya, no son simplemente humanos, el rey, antes de la consagración –admitiendo que no se haya elevado individualmente por otro medio, a un plano más alto (3) – no es más que un "guerrero"; pero, mediante la consagración, más que recibir un poder, lo asume asume , y este poder, la casta sacerdotal lo "posee" menos que lo "guarda": el poder pasa entonces a una "forma más elevada". En este acto, la cualidad viril y guerrera de aquel que recibe la iniciación se libera, se transporta sobre un plano superior (4) ; sirve de eje y de polo a la fuerza sagrada. Se comprende pues porqué el sacerdote consagrador debe "venerar" al rey por él consagrado aunque este –dice el texto– debe al brahmana el respeto que se puede tener por una madre. Incluso en el Manavadharmashastra , –que intenta, sin embargo, defender la primacía del brahmana – éste es comparado al agua y a la piedra, mientras que el khsatriya es comparado al fuego y al hierro, y se reconoce que si "los khsatriya no pueden prosperar sin los brahmana , los brahmana no pueden elevarse sin los khsatriya " e incluso si "los brahmana son la base, los khsatriya están en la cumbre del sistema de las leyes" (5) . Por sorprendente que esto pueda parecer a algunos, estas ideas, en el origen, no fueron enteramente ajenas a la cristiandad misma. Según el testimonio de Eginhard, despues que Carlomagno hubiera sido consagrado y aclamado según la fórmula: "A Carlos augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos, ¡vida y victoria!" el papa "se postra ( adoravit ) ante Carlos, según el rito establecido en los tiempos de los antiguos Emperadores" (6) . Además, en el tiempo de Carlomagno y de Luis el Piadoso, como también en los emperadores cristianos, romanos y bizantinos, los concilios eclesiásticos eran convocados, o autorizados, y presididos por el príncipe a quien los obispos iban a someter sus conclusiones, no solo en materia de disciplina, sino también en materia de fé y de doctrina, utilizando la fórmula: "Al Señor y Emperador, para que Su sabiduría añada lo que falta, corrija lo que está contra la razón, etc..." (7) . Esto significa que se reconocía al soberano, incluso en el dominio de la sabiduría, como un eco, el primado y una imprescriptible autoridad rspecto al sacerdocio. La liturgia del poder , propia de la tradición primordial, subsistía. No es un pagano, sino un católico –Bossuet– quien ha declarado, en una época ya moderna, que el soberano "es la imagen de Dios" sobre la tierra, llegando incluso hasta proclamar: "Sois dios, aunque murais y vuestra autoridad no muere" (8) .

Cuando, por el contrario, la casta sacerdotal pretende que en razón de la consagración que da, la autoridad real debe reconocerla como jerárquicamente superior ("aquel que bendice es superior al que es bendecido") (9) y por tanto obedecerle –y tal ha sido precisamente en Europa la pretensión de la Iglesia en la "Querella de las investiduras"– se cae en plena herejía, en pleno trastorno de la verdad tradicional. En realidad, encontramos ya, en la penumbra de la prehistoria, los primeros episodios del conflicto entre la autoridad real y la autoridad sacerdotal, la una y otra reivindican para sí mismas la primacía perteneciente a lo que es anterior y superior a cada una de ellas. En el origen, este conflicto no fue en absoluto motivado, como se cree generalmente, por preocupaciones de supremacía social y política; tenía profundas raíces, más o menos conscientes, en dos actitudes opuestas frente al espíritu, actitudes de las que tendremos ocasión de hablar más adelante. Bajo la forma que debía esencialmente asumir tras la diferenciación de las dignidades, el sacerdote, en efecto, es siempre, por definición, un intérprete y un mediador de lo divino: aunque potente, tendrá siempre conciencia de dirigirse a Dios como a su señor. El rey sagrado se siente, por el contrario, de la misma raza que los dioses. Ignora el sentimiento de la subordinación religiosa y no puede ser sino intolerante respecto de toda pretendida supremacía reivindicada por el sacerdote. Sea como fue, se desliza, con el tiempo, hacia formas de anarquía antitradicional, anarquía que reviste un doble aspecto: o bien el de una realeza que es un simple poder temporal en rebelión contra la autoridad espiritual; o el de una espiritualidad de tipo "lunar" en revuelta contra una espiritualidad encarnada por la monarquía que ha conservado la memoria de su antigua función. En uno y otro caso, la heterodoxia surgirá de las ruinas del mundo tradicional. La primera vía es la que conducirá a la usurpación "titánica" y, poco a poco, a la secularización de la idea de Estado, a la destrucción de toda verdadera jerarquía, y, enfin, a las formas modernas de una virilidad y de una potencia ilusorias y materializadas, finalmente derribadas por el demonismo del mundo de las masas bajo sus aspectos más o menos colectivistas. La segunda vía, paralela a la anterior, se manifestará primeramente por el advenimiento de la "civilización de la Madre", con su espiritualidad de base panteista; se manifestará luego a través de las diversas variedades de lo que es, hablando con propidad, la religión devocional.

Veremos como en la Edad Media se asiste al último gran episodio del conflicto, antes evocado, bajo la forma de una lucha entre el universalismo religioso representado por la Iglesia, y la idea regia, encarnada, no sin compromiso, por el Sacro Imperio Romano, idea según la cual el Emperador es efectivamente el caput ecclesisiae (10) , no solo el sentido que sustituye al jefe de la jerarquía sacerdotal (el papa), sino tambien porque la función imperial es aquella en la cual la fuerza misma alcanzada por la Iglesia y animando a la cristiandad, puede unise en una relación eficaz de dominación. Aquí "el mundo, concebido como una vasta unidad representada por la Iglesia, asumía la imagen de un cuerpo cuyos miembros están coordinados bajo la dirección suprema del Emperador, que es a la vez el jefe del reino y de la iglesia (11) . El Emperador, aunque debió su trono al rito de la investidura celebrado en Roma tras las otras investiduras correspondientes a su aspecto secular de príncipe teutónico, afirmaba tener directamente de Dios su poder y su derecho y no tener más que a Dios sobre él: el papel del jefe de la jerarquía sacerdotal que le había consagrado no podíaser pues, lógicamente, más que el de un simple mediador, incapaz –según la concepción gibelina– de recuperar, por la excomunión, la fuerza sobrenatural a partir de ahora asumida (12) . Antes que la interpretación gregoriana trastornase la esencia misma de los símbolos, la antigua tradición permaneció, el Imperio –como siempre y por todas partes– era asimilado al sol y la Iglesia a la luna (13) . Por otra parte incluso en la época de su mayor prestigio, la Iglesia se atribuye un símbolo esencialmente femenino, el de una madre , en relación al rey, que es su hijo: simbolismo donde se reencuentra precisamente la expresión upanishadica (el brahaman en tanto que madre del kshatram ) pero unida a los ideales de la supremacía de una civilización de tipo ginecocrático (subordinación anti–heroica del hijo a la Madre, derecho de la Madre). Por lo demás, el hecho de que el jefe de la religión cristiana, es decir, el papa, asumiendo el título de pontifex máximus cometa más o menos una usurpación, se desprende de lo que ha sido ya dicho, a saber que pontifex maximus fue originalmente una función del rey y del Augusto romano. Igualmente, los simbolos característicos del papado, como la doble llave y la nave, han sido recuperados del antiguo culto romano de Janus, del que ya se ha indicado su relación con la función real. La triple corona misma correspodne a una dignidad que no es ni religiosa ni sacerdotal, sino esencialmente iniciática: la del "Señor del Centro", soberano de los "tres mundos". En todo esto aparece pues claramente una distorsión y un desplazamiento abusivo del plano, que,aun habiéndose realizado oscuramente, no es menos real e indica una desviación significativa de la pura idea tradicional.


notas a pie de página:

(1) En la Edad Media, la figura misteriosa del "sacerdote real Juan" reproduce, en cierta manera, la de Melquisedec, en tanto que se relaciona con la figura de un centro supremo del mundo. La leyenda concerniente al regalo que hizo el preste Juan a "Federico" de "una piel de salamandra, augua viva y un anillo que confiere la inmortalidad y la victoria" (A. GRAF, Roma nelle mem. , etc. cit., v. II, pag. 467) expresa la sensación confusa de una relación existente entre la autoridad imperial y una especie de mandatario de la autoridad detentada por este centro. Cf. J. EVOLA, Misterio del Graal, op. cit. [retorno al texto]

(2) Brhadaranyaka–upanishad , I, iv, II; cf. también Shatapatha , XIV, iv, 2, 23–27. [retorno al texto]

(3) En la tradición hindú misma, no faltan ejemplos de reyes que poseen ya o adquieren un conocimiento espiritual superior al de los brahamana. Tal es, por ejempo, el caso del rey Jaivala, cuya ciencia no habría sido transmitida por ningún sacerdote, sino reservada a la casta guerrera, kshatram . Por ello se dice que "la soberanía de todas las regiones – loka – pertenece hasta aquí [solo] al "kshatram" ( Shatapatha–brâm , XIV, ix, I, II). En el mismo texto (XI, vi, 2, 10 cf. Bhagavad–gitâ , III, 20) se cita también el caso bien conocido del rey Janaka que alcanza, mediante el ascesis, la realización espiritual y en el Brhadâranyaka– upanishad , IV, iii, I. sigs. se ve al rey Janaka enseñar al brahamana Yânavalka la doctrina del Yo trascendente. [retorno al texto]

(4) Así, en el Pancavimsha–brham , XVIII, 10, 8, se dice que si se emplean, para la consagración real – râjasurya – las mismas fórmulas – trivrt – que para el brahman (es decir, la casta sacerdotal), este debe, sin embargo, someterse al kshatran (es decir a la casta guerrera real). Son procesiamente las cualidades que el aristócrata y el guerrero –y no el sacerdote en el sentido limitado de término– poseen en propiedad y que, integrados en lo sagrado, reproducen la cúspide "solar" de la espiritualidad y justifican el hecho, ya mencionado, que en las organizaciones tradicionales más perfectas, los sacerdotes, en el sentido superior del término, eran excusivamente elegidos entre las clases patricias y que la iniciación y la transmisión de la ciencia trascendente les era originariamente reservado. [retorno al texto]

(5) Mânavadharmashastra , IX, 321–322; XI, 83–84. [retorno al texto]

(6) Apud F. de COULANGES, op. cit , pags. 315–16. El Liber Pontificalis (II, 37) dice textualmente: "Post laudes ad Apostolico more antiquorum, principum adoratus est ". Cf. las expresines de PIERRE DE BLOIS ( apud BLOCH, op. cit. , pag. 41): "Asistir al rey [para un clèrigo] es realizar una cosa santa, pues el rey es santo; es el Cristo del Señor y no en vano ha recibido el sacramento de la unción". El autor añade que si alguién dudaba de la eficacia mística de este sacramento, bastaría invocar, como argumento, el poder taumatúrgico real. [retorno al texto]

(7) Cf. F. de COULANGES, op. cit. , pag. 524–5, 526, 292–3. Se puede recordar, por lo demás, que fue un emperador –Segismund– quien convocó el Concilio de Constanza despues de la Reforma, para intentar remediar el cisma y la anarquía en los cuales el clero había caido. [retorno al texto]

(8) BOSSUET, Sermon sobre los Deberes de los Reyes . [retorno al texto]

(9) A esta expresión paulina se puede oponer, en la tradición judaica, el simbolismo de Jacob que lucha con el ángel y lo obliga a "bendecirlo" ( Génesis , XXXII, 25). [retorno al texto]

(10) Cf. Liber de Lite , v. II, pag. 536–7. [retorno al texto]

(11) A. SOLMI, Stato e Chiesa secundo gli scritti politici da Carlomagno al concordato di Worms , Módena, 1901, pag. 156, 85. Mientras duró el imperio romano de Oriente, la Iglesia, por lo demás, tuvo siempre el carácter de una institución de Estado, dependiendo del Emperador, el cual ejerce un poder casi soberano (cf. E. LOENING, Gresch. des deutschen Kirchenrechts , Estrasburgo, 1878, v. II, pag. 3–5). El principio de la usurpación sacerdotal se remonta teóricamente, como se verá, a las declaraciones del papa Gelasio I. [retorno al texto]

(12) Cf. de STEFANO, L'Idea Imper. , etc., op. cit., pags. 36–37, 57–8; KANTOROWICZ, Friedrich II , op. cit., pag. 519. [retorno al texto]

(13) Igualmente en Hugues de FLEURY ( de Regia Potest. , I, 13, Liber de Lite , v. II, pag. 482. [retorno al texto]