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El fascismo visto desde la derecha (XII) Política Exterior del Fascismo

El fascismo visto desde la derecha (XII) Política Exterior del Fascismo

Bbilioteca Evoliana.- La política exterior del fascismo es tenida en alta estima por Evola que considera que puede reforzar la componente tradicional del fascismo. El "Pacto Tripartito" firmado entre Alemania, Japón e Italia, introducía dos elementos interesantes para Evola: el Japón de los Samurais y una Alemania vertebrada por la componente Prusiana. Eso podía suponer el establecimiento de un pacto entre potencias "guerreras", frente a un amplio frente de "mercaderes". Evola hubiera deseado que estuviera más presente en la propaganda Fascista el tema del "Sacro Imperio Romano Germánico".

 

CAPITULO XII

POLITICA EXTERIOR DEL FASCISMO


Algunas consideraciones finales deben ser consagradas a la idea fascista en la medida en que fue determinante en las alianzas y coaliciones de las fuerzas políticas mundiales.

Puede indicarse, en primer lugar, la contrapartida posible de los desarrollo de la política exterior italiana, que condujeron al reaproximamiento de Italia y Alemania, al Eje Berlín‑Roma, al "Pacto Tripartito" a principios de la segunda guerra mundial.

Sobre este punto igualmente, el juicio de varias personas que no son antifascistas por principio se resiente de una especie de complejo. No es, ni siquiera necesario ocultar que en Italia, las maniobras diplomáticas de alto nivel colocadas al margen, la aproximación a Alemania no fue muy popular. Esto se debió, en parte, a la ideología precedente que había terminado por influir la forma de pensar de varias capas de la nación. Una cierta "historia patriótica" de inspiración masónica y liberal, nacida con el Risorgimento, había pintado al alemán (confundido además con el austriaco) como una especie de enemigo secular del pueblo italiano (las mistificaciones de esta historiografía llegaron a atribuir ‑cosa absurda‑ un significado "nacional" a la revuelta de las Comunas contra el Sacro Imperio Romano y su representante, Federico I. Dado esto, es preciso también tener en cuenta todo lo que procedía de un rechazo de la "materia" italiana hacia la "forma" que el fascismo quería imprimirle.

Hemos hecho alusión a las afinidades reales que existieron, sobre el plano de la orientación de la vida y las virtudes típicas, entre Esparta y Roma antigua y los pueblos germánicas. Por el contrario, la diferencia es manifiesta entre lo que es romano y lo que "latino" y, en parte, italiano, sobre el plano del temperamento, del estilo y de la visión de la existencia. En la medida en que el fascismo recuperó el símbolo romano intentando asegurarle una acción formadora en los niveles político y ético, era natural que desembocase en una revisión del mito "latino" y del mito anti‑alemán. Respecto al primero, Mussolini habla de "hermandades bastardas"; respecto al segundo, no pudo sino ver en las cualidades de disciplina, orden, aspecto militar, amor por la autoridad y seriedad representadas por los pueblos de Europa central (con una referencia particular al espíritu prusiano), las cualidades más próximas de lo que había caracterizado a la Roma antigua en su período originario y más brillante; mientras que estos venían a predominar en la sustancia de los pueblos latinos y, por eso, igualmente en el pueblo italiano, se habían alejado. Se trataba aquí de aspectos individualistas, indisciplinados, superficiales, pequeño‑burgueses, con el telón de fondo de la Italia para turistas, de las mandolinas y los gondolieros, los museos y las ruinas, del SOLEMMIO y compañía, en perjuicio de la existencia de gentes simples y laboriosas, fieles a antiguas costumbres.

Así desde el punto de vista de los ideales, se podía hablar con propiedad de un conjunto de afinidades intrínsecas. "Romanizar y fascistizar" la nación (por todas partes en las que podía darse un sentido positivo a este último término), esto contribuía a dar, en cierto sentido, una impronta PRUSIANA.  En cuanto a la orientación política, la historia italiana podía ofrecer, por lo demás, un precedente con el gibelinismo, del que Dante fue uno de los partidarios más activos y que tal como representante a una gran parte de la nobleza italiana. Es extraño, incluso, que durante el período del Eje, el fascismo no hubiera jamás hecho uso del mito gibelino; esto es debido quizás a la formación intelectual y a la extracción social de Mussolini y de todos los que estuvieron próximos a él.

De todas formas, estas consideraciones demuestran que las maniobras diplomáticas con Alemania hasta el Eje Berlín‑Roma podían tener  una contrapartida menos contingente, más profunda, de vocación, sobre el plano de los ideales (1). Pero al mismo tiempo se revela el sentido oculto que tuvieron, en una parte de la "raza italiana" e incluso en diferentes representantes del fascismo (caso típico: Galeazzo Ciano), el rechazo, la resistencia y la poca simpatía por una aproximación con Alemania. Pero no queremos forzar las cosas en un sentido único: en la perspectiva de esta aproximación, es preciso tener en cuenta también intereses comunes muy concretos, simpatía entre los dos "dictadores", afinidades entre los dos movimientos fascista y nacional‑socialista, según sus aspectos populistas sobre los que ya hemos hecho constar nuestra opinión. Esto no resta nada al hecho de que lo que asombró particularmente a Mussolini, fue la continuación evidente, en la Alemania hitleriana, de la ética, de las tradiciones y la concepción del estado germano‑prusiano.

Por el contrario, lo que venía directamente de la naturaleza doctrinal y de la visión de la vida afirmadas por el fascismo, era una imposición espontánea tanto al mundo de las democracias occidentales y del capitalismo (del que los EEUU son la expresión extrema) que al mundo comunista, a la Rusia Soviética. En consecuencia, el alineamiento militar de Italia en la Segunda Guerra Mundial, vino de la lógica misma de la ideológica fascista y de los valores que afirmaba. En teoría no hay nada que decir a este respecto.

Las consideraciones de otro género que podrían hacerse sobre la guerra nos alejarían de nuestro tema. Hemos ya indicado que es injustificable extraer de la salida de la guerra un juicio cualquiera sobre el valor intrínseco de la ideología que llegó a Italia a participar junto a Alemania y bajo el signo de la Alianza Tripartita. El problema a plantear, no solamente para Italia, sino también y sobre todo para Alemania sería más bien el siguiente: en qué medida se está comprometido con un perfecto conocimiento de posibilidades y con un cierto sentido del límite. Seguramente, no se rehace el mundo con "sies". Pero no puede contestarse más que tras el hundimiento del frente aliado occidental y con solo una Inglaterra que resistía a la desesperada, atenta a la invasión inminente, solo una minoría podía dudar que la partida no finalizaría en breve en un sentido favorable para Alemania y podía prever una espiral que Mussolini no debía ya estar en condiciones de dirigir y frenar cualquier forma.

No debe olvidarse que Mussolini había puesto sin embargo todo en marcha para evitar, en el último momento, el desencadenamiento de la guerra con una inciativa que no encontró ninguna buena voluntad, particularmente de parte francesa. No debe olvidarse tampoco  que Mussolini había propuesto anteriormente la fórmula del "Pacto Cuatripartito" ‑acuerdo con Alemania, Inglaterra, Italia y Francia‑ fórmula que habría podido tener una importancia fundamental en Europa, pero que se entraba con el egoísmo, los prejuicios ideológicos y la estrechez de miras de los demás parteners.

Además, estimamos que si los dos frentes de la segunda guerra mundial aparecían claros ideológicamente, si se ven las cosas de manera global y abstracta, por el contrario es preciso subrayar las consecuencias funestas de la falta del sentido del límite, de un fanatismo y, en fin, de una megalomanía efectiva en Hitler. En realidad, la causa primera que provoca el conflicto, es la obsesión del mito del pueblo‑raza, con la fórmula de la unidad de éste en un solo Reich y bajo un único führer ("EIN VOLK, EIN REICH, EIN FUHRER"). Si Alemania se hubiera contentado con remontar la pendiente para salir de la situación donde la había colocado el desastre de la primera guerra mundial, hasta convertirse en una gran potencia europea; si, en su ascensión y expansión, hubiera tenido un sentido del límite, si hubiera sabido detenerse, incluso sin perder de vista las oposiciones irreductibles y aun esperando eventualmente coyunturas favorables para tomar posiciones, caso por caso, contra las fuerzas Hitler veía oponerse a su proyecto nacional, por el contrario, consigue atraer a todas contra él, comprometido con él a Italia; si todo esto hubiera sucedido de otra forma el rostro de Europa no hay duda de que sería diferente.

Naturalmente nada como esto hubiera disgustado tanto a los diferentes elementos que anhelaban ardientemente ‑en Alemania y aun más en Italia‑ el desastre militar de sus países, eventualmente su ruina, por que así los regímenes odiados serían desmantelados(2). Y desgraciadamente, en las visicitudes de la guerra italiana, no faltaron casos en que es difícil, aun hoy, decir hasta que punto el sabotaje, por no decir la traición, se asociaba a la impreparación y a la incapacidad de ciertos altos mandos.

Pero las cosas deben presentarse bajo una panorámica diferente para quienes no son antifascistas por principio. Primeramente, no se podían excluir posibles desarrollos rectificadores que si la guerra hubiera sido ganada habrían podido producirse en ambos regímenes, hasta el punto de hacer prevalecer los aspectos positivos. Es sobre todo la aportación del espíritu de los combatientes, tras la primera guerra mundial, que reaccionaron contra el clima político y social que habían encontrado en sus países, dando así nacimiento a un movimiento renovador, igualmente es muy probable que otros elementos hubieran sido templados por la nueva guerra y luego su regreso provocasen una renovación de cuadros del régimen y la eliminación de ciertos aspectos negativos del sistema y de ciertas individualidades, permaneciendo las mismas ideas fundamentales.

Se sabe que existe una propaganda, organizada en proporciones sin precedentes para presentar, en relación sobre todo a Alemania, lo que ocurrió en el período precedente como un conjunto de desviaciones, abyecciones y horrores, estando, en primer lugar, naturalmente, la Gestapo y la Ovra, los campos de concentración y demás, todo repleto de exageraciones, de generalizaciones abusivas e incluso, en ocasiones de invenciones puras y simples útiles para el fin propuesto. No queremos afirmar que todo era perfecto ayer, que diferentes cosas no merecen una severa condena. Pero no hay evolución o  guerra que no haya tenido su parte sombría y no se ve por que se debería solo reprochar al Tercer Reich lo que se calla gustosamente, de manera interesada, respecto, por ejemplo, a las guerras de religión, la revolución francesa o bolchevique y del régimen soviético. Además, el método consistente en atribuir a los adversarios todos los horrores y los crímenes ocultando o negando los propios es bien conocida y no ha sido nunca aplicada tan sistemáticamente y con tanta impudicia como durante y tras la segunda guerra mundial. Y recordando siempre lo que hemos dicho respecto a posibles rectificaciones y normalizaciones del sistema, hay lugar a decir que ningún precio habría sido bastante elevado si, tras una guerra ganada por algún prodigio (dada la enorme desproporción de fuerzas materiales que se produjo al final) se hubiera tenido los siguientes resultados: romper la espira dorsal de la URSS provocando probablemente por lo mismo, la crisis del comunismo (en lugar de la "sovietización" de todos los países europeos situados más allá del telón de acero" y la guerra fría actual entre el "Este" y el "Oeste", guerra que existe aún, quiérase o no); humillar a los EEUU y expulsarlos de la política europea (en lugar de una Europa occidental más o menos a la merced, para defenderse, de los EEUU y de sus presidentes); disminuir la potencia británica pero, asegurando a pesar del paso de algunas de sus colonias a otras manos, en una medida mucho menor de lo que le ha sucedido a la Inglaterra "victoriosa" que ha visto disolverse su Imperio (cosa que sucedió también a la Francia igualmente "victoriosa"); prevenir cuando aún era posible la instauración del comunismo en China gracias a la victoria del Japón y, en consecuencia, el nacimiento de un nuevo foco, potente y peligroso de subversión mundial en Asia; impedir la insurrección de los pueblos de color y el fin de la hegemonía europea, pues nunca bajo el "Nuevo Orden" que debía ser instaurado en el marco de las ideas defendidas  por los pueblos del Eje, hubiera podido afirmarse la psicosis masoquista del anti‑colonialismo y esta revolución no habría podido contar con apoyos de parte soviética. Cualquiera con sentimientos no obligatoriamente "fascistas", sino de Derecha, si permite a su imaginación asomarse sobre estas perspectivas y superar los prejuicios más extendidos, no puede dejar de hacer balance y medir de forma justa la distancia que separa esta situación aquí descrita, de la del mundo actual que se presenta ante sus ojos.

 

Entrevista con Evola. "Ave Lucifer". Elísabet Antebi

Entrevista con Evola. "Ave Lucifer". Elísabet Antebi

Biblioteca Evoliana.- La siguiente entrevista y la instrucción que precede, ha sido extraída del volumen "Ave Lucifer" de Elisabet Antebi, publicado en 1970 por Calman Levy y editado en lengua española por Martínez Roca en 1976 (páginas 225-250). El texto que sigue fue publicado como Capítulo I de la tercera Parte, con el título de "Las Eminencias Grises". Para los que conocen la biografía de Evola y su pensamiento, los errores, por desconocimiento y mala transcripción unos yvisiblemente deliberados otros, sutiles algunos y groseros los más, son extremadamenteevidentes y renunciamos a ponerlos de relieve. Si hemos decidido publicar este texto en la Biblioteca Evoliana es como muestra de toda una gama de textos desaprensivos e ignorantes que se publicaron sobre Julius Evola a lo largo de su vida.

"El cielo desciende sobre la tierra, las aguas se elevan hasta el cielo; s6lo las turbinas rompen este silencio metálico. Tal vez baste pronunciar una sola palabra para que el mundo estalle de aire y de r¡sa."

(Julius Evola)

"A nosotros, estos profesores y estos hermanos de la caridad que no hacen más que recordar mitos nórdicos no nos merecen ningún respeto... Me pregunta usted que por qué los soporto. Pues porque contribuyen a la descomposición”. Difícilmente podría encontrarse una definición que cuadrara mejor a uno de los personajes que maniobraban en la sombra de la Italia fascista: Julius Evola. Este aristócrata romano de amplia frente, manos estilizadas y ojos penetrantes, oficial de la reserva del arma de artillería, teórico de un peculiar racismo, dadaísta, fascista, heredero de Catón y de los antiguos romanos, fiel a la idea del Pontifex‑Rex; este hombre que hoy ignora  pretende ignorar el Black y el Flower Power; este personaje para el que la guerra de Vietnam es sólo un problema muy secundario, que quisiera ver saltar por los aires a dos continentes, que compara a Mao con Hitler y que proclama ideas de extrema derecha en una época en que el viento sopla de la izquierda; este hombre al que podríamos apodar el anti‑Wilhelm Reich por las ideas que expone en su Metafísica del sexo, tuvo su momento de gloria y una misión ‑oculta‑ que desempeñar en los círculos nacionalsocialistas y fascistas, donde trabó excelente amistad con Rosenberg, von Pappen, von Gleichen y Himmler, de un lado, y con Mussolini del otro. Filósofo tendencioso, pero importante, en el que se entremezclan las teorías más discutibles con las ideas más avanzadas, “il barone" Julitis Evola, paralítico a causa del estallido de una bomba que le interesó la columna vertebral, residente en el quinto piso de un austero palacio romano ha querido darnos una explicación completa de cuál fue su papel histórico y definir, conforme a sus ideas monárquicas y extremistas, los conceptos de "acción" y de "activismo” de "doctrina" y de "política” de “cristiandad" y de "antisemitismo", de "rebelión" y de "contestación” de "tradición", de "mujer" y de "revolución sexual".

¿Cuáles son en esencia, las ideas de Evola? Desde su adolescencia se interesó por los poderes mágicos. Antes de la guerra de 1939 fundó el grupo "Ur", dedicado al estudio de las técnicas mágicas. Los trabajos de dicho grupo todavía no son conocidos [comentario absurdo, dado que los trabajos del Grupo de Ur fueron publicados en tres gruesos volúmenes con el título de “Introducción a la Magia”]. Resulta difícil saber lo que piensa Evola de las potestades mágicas. La investigación en este campo sigue siendo un secreto. No es partidario de Aleister Crowley, pero tampoco parece repugnarle la magia negra; incluso se dice que en la oscura y tenebrosa morada del Corso Vittorio Enimanuele celebra cada semana una misa negra [comentario estúpido del plumífero que escribe estas líneas y que no merece siquiera ser comentado]. En su opinión, según afirma en Chevaucher le tigre, el otro mundo no es otra realidad, sino otra dimensión de la realidad. La obra del mago debe ser como la del artista, tal como la entendía Nietzche: "Enseñorearse de la confusión que somos cada uno de nosotros, constreñir al caos individual a convertirse en forma, matemática, leyes: [ ... ] nuestra suprema ambición."

Según la tradición védica, el Arbol del mundo hunde sus raíces en el cielo. Por consiguiente, está vuelto del revés y de él se desprende, gota a gota, el licor de la inmortalidad. Según la tradición hindú, el dios Agni cobró la forma de un gavilán, arrancó una rama del árbol y cayó fulminado. En Grecia, Prometeo robó el fuego celestial y un águila le devoró las entrafias. Gilgamesh se apodera del "fruto cristalino" que vino a buscar, pero no puede abandonar aquel lugar. Más afortunados, los ángeles caídos de que nos habla el libro de Enoc, descendieron sobre la cima del Hermón, y los iluminados transmitieron de forma progresiva la magia, el arte que sepulta sus raíces en el más allá.

La liberación de la mente y del sentimiento, operada mediante la ascesis del despertar, permite la acción ubicuitaria, la lectura del pensamiento, la "posibilidad supranormal aseverada en todas las tradiciones mágicas de atraer o liberar de uno mismo determinadas fuerzas sutiles y vincularlas a materias físicas específicas que se cargan con ellas objetivamente, al modo de condensadores espirituales."

Y es que, para Evola, la magia operativa carece de sentido si falta el trasfondo fundamental del esoterismo, aquel que permite ver lo que los demás no vislumbran. Para ilustrar de manera gráfica lo que es el conocimiento esotérico, Evola expone el siguiente ejemplo: dos amigos salen de excursión; uno de ellos se sube a lo alto de un peñasco y deja que su vista se extasíe en la contemplación de un paisaje maravilloso; el otro no ve nada. Entonces, aquél baja de su atalaya y ayuda al compañero a subir a la peña, y éste descubre la hermosa panorámica. En La Tradición hermética, Evola escribe: "Por definición, el iniciado es un ser oculto, y su senda no es visible ni penetrable. Llega del lado opuesto al que confluyen todas las miradas, y adopta como vehículo de su acción sobrenatural lo que parece más natural. Uno puede ser amigo, compañero o amante suyo, puede poseer toda su estima y confianza, pero no por ello deja de ser otro, distinto del que todos conocen. Sólo cuando hayamos penetrado en su reino nos daremos cuenta de este otro y es posible que entonces casi tengamos la sensación de haber caminado por el borde de un abismo."

El soporte esencial de toda su teoría es la “Doctrina del despertar". Para alcanzar esta iluminación (la raíz budh de Buda significa "despertarse"), es preciso aceptar una ascesis (de askein, "ejercitarse” o sea poner todas las fuerzas al servicio de un principio central. Si uno se aviene a rechazar la tentación de toda "mitología" religiosa, teológica o ética, es posible, bien permanecer en el mundo y convertirse en un "cakravartin", señor de la rueda, soberano universal, rey de los restantes reyes, o bien, renunciando al mundo, transformarse en el Sambuddha, el iluminado absoluto, "el que ha levantado el velo". El yo, principio supraindividual, se define por el "netineti”, "ni eso ni aquello"; o sea, por nada que pertenezca al mundo condicionado.

La muerte no es un problema; la vida no comienza ni termina. En una bella comparación, Evola la parangona al sonido de la cuerda del laúd, nacido del rasgueo, y que muere sin dejar de existir. 0, también, como una vela encendida con la llama de otra vela, sin que la primera sea distinta de la segunda. "No hay nada que esperar, nada que temer. El corazón no debe latir por obra del miedo o la esperanza."

¿En qué consiste el "despertar" de Évola? "Hay personas que, en determinados momentos, tienen la posibilidad de despegarse de ellos mismos, de ir más allá del umbral, de sumirse cada vez más hondo en las oscuras profundidades de la fuerza que sostiene su cuerpo y donde esta fuerza pierde su nombre y su individuación. Es en tales momentos cuando uno tiene la sensación de que esa fuerza se amplifica, recupera el yo y el no yo, invade toda la naturaleza, substantifica el tiempo, transporta miriadas de seres como si estuvieran ebrios o alucinados, adoptando mil formas distintas; fuerza irresistible, salvaje, inagotable, incansable, ¡limitada, consumida por una insuficiencia y una privación eternas”. Quien llega a tan temible percepción, semejante a un abismo que se abre de improviso a nuestros pies, se hace dueño del misterio del samsara y vive plenamente la anatta, la doctrina del no yo. Esa es, en esencia, la base de toda la doctrina del despertar."

Si bien "el tipo del asceta y del iluminado por el déspertar puede darse en el seno de cualquier casta” Evola cree que el budismo es, ante todo, una emanación de la casta guerrera de los Kshatryas. Y es, en este punto, donde difiere profundamente de las opiniones de René Guénon.

Este último nace en Blois, en 1886, de padres muy católicos, y cuenta diez años más que Julius Evola. Tan pronto se instala en París frecuenta el círculo de Papus y de los ocultistas, ingresa en la francmasonería, estudia las doctrinas hindúes y mantiene contacto con diversos eruditos. En 1912, y al igual que hicieran antes Henri de Monfreid, Lawrence de Arabia y Fernando Pouillon, se convierte al Islam. En 1921 publica su primer libro: Introduction á l'étude générale des doctrines hindoues. Se muestra hostil a las falacias espiritistas, a la teosofía y previene a Oriente ante la contingencia de un declive acelerado en Orient Occident, y más tarde, en Crise de la civilisation moderne. "Vivimos en el reinado de lo cuantitativo ‑dice‑; nos dedicamos a escarnecer los valores tradicionales, y entregamos el alma por un poco de bullicio y excitación. ¡Sustituimos los conceptos de «bien, y «verdadero» por la noción de «vida»!"

En El Cairo adopta el nombre de Cheik Abdel Wahed Yahia, conoce a Gide, que lo menciona en su diario, y vive en un retiro secreto junto con su segunda esposa, una mujer árabe. Guénon murió invocando a Alá. Hoy, su influjo se deja sentir cada vez con mayor intensidad. Pero si Julius Evola se vio profundamente influenciado por Guénon en lo tocante a sus ideas sobre la tradición y el esoterismo, siempre se mostró contrario al papel de Pontifez, según lo concebía Guénon, es decir, como intermediario entre el cielo y la tierra, como arca de la alianza. Para Evola, el kshatrya domina al brahmán. Concibe al hombre y al mundo como principios ternarios, trinidad que se encuentra también en los evangelios, donde el demonio tienta primero al cuerpo de Cristo, luego a su alma, y por último a su mente. Esta idea hallará un siniestro eco en su doctrina de la Sangre y de la Raza. En la parábola de los reyes magos, "el Mahánga ofrece a Cristo el oro y le saluda como «rey» (cuerpo), el Mahatma le ofrenda incienso y le saluda como «sacerdote» (alma) y,en fin, el Brahatma le entrega la mirra (bálsamo de la incorruptibilidad) saludándolo como «profeta» o maestro espiritual por excelencia."

En Evola todo parece reforzar ese poder del kshatrya y la preminencia del poder real sobre el poder sacerdotaL Recuérdese que Cristo pertenecía a la tribu real de Judá y no a la tribu sacerdotal de Levi. Por otra parte, "no debe considerarse como fortuito que la tradición hermético‑alquímica haya reivindicado para sí el arte real, y que haya escogido como el principal de sus símbolos el emblema regio y solar del oro". La edad de oro vendría a corresponder a la realeza, la de plata al sacerdocio, la de bronce a la violencia y a la guerra, y la edad de hierro (la nuestra), a la civilización profana.

Las ideas que sustenta Evola en esta materia las desarrolló sobre todo en El misterio del Grial y la idea ¡mperial gibelina: Arturo, nombre del rey de la Tabla Redonda, significa "oso", en céltico, y encarna la fuerza viril, en relación con la constelación polar (vemos asomar aquí las teorías hiperbóreas): "El elemento «polar», el elemento hiperbóreo y el elemento real convergen en la persona de Arturo." Los caballeros de la Tabla Redonda son doce, cifra del Zodíaco. En tal caso, Merlín vendría a representar el poder espiritual y trascendente. Por otro lado, "la sede del Grial se nos presenta siempre como un castillo, nunca como una iglesia o templo."

Pero para acceder a la iniciación del despertar se requiere, además, plantear la pregunta correcta. En este punto enlazamos con la idea de Gurdjieff. En efecto, se dice que un día el rey Federico recibió del preste Juan un ropaje incombustible, el agua de la eterna juventud y un anillo con tres piedras preciosas; pero el monarca no preguntó las propiedades de cada uno de ellos, limitándose a dar las gracias por el obsequio. Entonces, el preste Juan volvió a privarle del obsequio. Y es que los tres poderes: vivir bajo las aguas, ser invulnerable y tornarse invisible son las'tres potestades fundamentales del iniciado, grado que el rey Federico no había alcanzado. En una estampa de Da Barberino vemos representadas siete parejas, una de ellas andrógina: son los estados del ser en los respectivos niveles de iniciación. La misma búsqueda del Grial equivale a la busca de la palabra perdida en la masonería, del nombre de Dios en los judíos, del Soma hindú y del Haoma persa.

Pero es forzoso que el conocimiento iniciático permanezca oculto; de aquí los antiguos "misterios". El término "musticos" deriva de "Muein” que significa "cerrar", y, entre otras acepciones, "cerrar la boca" consiste exactamente en ocultar aquello que se tiene por ins6lito. Hoy hemos entrado en la era de Kali, la diosa maléfica, eri la edad de hierro, en el signo de Acuario. Por consiguiente, es preciso "cabalgar el tigre” y ello conforme a una fórmula del Extremo Oriente según la cual "si uno logra cabalgar a lomos de un tigre, impide que la fiera se arroje sobre él, y, además, si logramos aferrarnos y mantenernos firmes sin caer, incluso puede ocurrir que terminemos por dar buena cuenta de ella." Es también el símbolo degenerado del dios Mitra que hallamos en las carreras de los jóvenes frente a toros de cuya cornamenta pende la divisa de la victoria. Sin embargo, hoy, el hombre es constitucionalmente diferente de como era el mundo de la tra­dición. Evola se da cuenta de ello, pero no concibe ninguna auténtica salida.

"También, bajo el signo de la feminidad, encontramos todo el mundo telúrico y activista moderno; lo que predomina en él es una forma interior, antiaristocrática, de acción." Al contrario de André Breton, Evola no vislumbra el aspecto fecundo y rico en poderes ocultos de la mujer. Esta presenta siempre una doble faz: la de Atenea y la de Afrodita; la que sirve de guía y la pérfida; la fuerza vivif¡cante que permite al hombre acceder al conocimiento trascendente, o bien Orgeluse de Logrois, la que provoca la herida de Amfortas en la obra de Wolfram von Eschenbach.

Si en la entrevista que transcribimos a continuación puede parecer que nos apartamos del esoterismo, debemos precisar que ello no es cierto en modo alguno, ya que, para Julitis Evola, mujer, sexo, política, racismo y tradición derivan de la magia. Los guepardos no han muerto. He aquí "la palabra oscura del paisaje interior" del barón Giulio Caesar Evola, conocido como Julitis Evola:

‑Las ideas de René Guénon, que, por otra parte, usted tradujo al italiano, ¿ejercieron gran influjo en su pensamiento?

‑Sí, con la salvedad de que Guénon es un brahmán, como dirían en la India antigua, un pensador apartado del mundo, mientras que yo soy un Kshatrya, un guerrero, un hombre de acción.

‑En La crise du monde moderne éste es, precisamente, el reproche que Guénon formula al hombre occidental: el haberse convertido en un ser de acción inmediata, olvidándose de los valores espirituales, lo cual, según él, es una de las causas de la decadencia de Occidente.

‑Guénon admite que al principio había un poder único. Realeza y sacerdocio eran la misma cosa. Se trata de un fenómeno que se ha mantenido en países como Japón. Luego, Guénon comprueba ‑y yo estoy de acuerdo con él‑ que en un momento dado ambos polos se separan. Pero, según su idea, la condición normal sería la reincorporación al seno de la antigüedad primordial por me­dio de la realeza, la cual, al modo de autoridad suprema, recibiría el crismón de la casta sacerdotal, o sea de la Iglesia cristiana; y en eso sí que discrepo.

Según mis convicciones, la acción puede integrarse de forma autónoma a la vida espiritual. Estas ideas que ex­preso están contenidas en una de mis obras más importantes: Rivolta contro il mondo moderno, publicada en Italia, en 1934, y un aflo más tarde en Alemania. En ella tuve oportunidad de plasmar todas las luchas entre las fuerzas referidas, de un lado, a la tradición real, y de otro, a la tradición sacerdotal.

‑También aborda el tema en El Misterio del Grial.

‑Sí, quise demostrar que durante la Edad Media, en la literatura caballeresca y, sobre todo, en el ciclo de la Tabla Redonda, se aspiraba a recrear la unidad primordial bajo el signo de la realeza y de la acción, y que la razón más profunda de la lucha entre el Imperio y la Iglesia no es sólo, como pretende la historia, una cuestión de primacía temporal, sino la pretensión de soberanla que siempre mantuvo la Iglesia, y como señala Dante, la que tuvo el Imperio de asumir la dignidad sobrenatural de la Igle­sia. La historia del Grial es esencialmente hiperbórea y precristiana, al contrario de la interpretación que le han dado hombres como Wagner.,

‑Así, pues, ¿trata usted de descubrir en eso obra la auténtica tradición de Occidente?

‑Si. En La Crise du monde moderne, o en Autorité spirituelle, et pouvoir temporel, Guénon afirma que la tradición occidental es el catolicismo, y que las tentativas de recuperación por parte de Occidente deberían apuntar a devolver al catolicismo su dimensión metafísica y tradicional, ahora olvidadas.

Por mi parte, también creo que Occidente se ha orientado hacia la acción; por consiguiente, es más lógico formular una tradición bajo el signo de la acción que no de la contemplación.

A partir de Rebelión contra el mundo moderno mantuve una correspondencia regular con Guénon. El siempre me contestaba, pues era un hombre de exquisita cortesía, pese al violento cariz que adopta en el curso de sus polémicas.

‑¿Cuáles eran, en resumen, las ideas que exponla usted en su libro?

‑No era un panfleto, como el título podría inducir a creer; es un título liviano y superficial, como las famosas "contestaciones" de hoy. En la primera parte, "El mundo de la tradición", tomo como base el estudio comparado de los textos que van desde el Extremo Oriente hasta la Edad Media, desde Egipto al Perú, y del Perú a los antiguos mitos nórdicos, y trato de descubrir las constantes de diferentes fuerzas tradicionales cuya característica general era la de sostener que toda la vida estaba orientada de arriba abajo. En la segunda parte, "Génesis y semblante del mundo moderno” esbozo una especie de metafísica de la historia, desde la prehistoria hasta nuestros días. No intento ser original, sino que pretendo ver qué es lo que puede sacarse en limpio de una cierta ensefianza casi impersonal, pero que existe.

‑¿A qué llama usted una cierta enseñanza casi impersonal?

‑Seguimos un mecanismo de involución y no de evolución. Desde el punto de vista espiritual, la historia experimenta un mecanismo de degradación más que de progreso...

‑...Lo que escribe usted en Metafísica del sexo: «No es el hombre el que desciende del mono, por evoluci6n, sino que el mono proviene del hombre por involución." Al igual que piensa usted de Maistre, nosotros también creemos que los pueblos primitivos no son los pueblos originales, sino vestigios degenerados, crepusculares, nocturnos, de razas más antiguas hoy por completo extintas.

‑Exactamente. Y mi punto de vista se basa en la doctrina de las cuatro edades, que hallamos en todas las traiciones: hindú, germánica, griega, etc. Es una doctrina carente de autor, de paternidad y, por lo tanto, impersonal; pero tiene ese carácter de constancia que descarta la pura coincidencia.

‑Antes de concentrarse de manera específica en el estudio de las ciencias tradicionales, usted ejerció actividades que hoy llamaríamos inconformistas. Oriundo de la nobleza romana, de repente se convierte usted en dadaísta. ¿Por qué?

‑En Il cammino del Cinabro relato ciertos episodios de mi vida, mi itinerario espiritual. Son anotaciones que hubieran debido aparecer después de mi muerte; pero, por desgracia, mi editor no quiso esperar hasta entonces. Un oscuro deseo de liberación, de afán hacia un difuso más allá, me impulsó a interesarme en la vanguardia de la época, por lo que había en ella de anárquico, de anhelo de escapar de los módulos aceptados. En Italia, antes de la Primera Guerra Mundial, estuvo de moda el futurismo. Pero se continuaba atribuyendo demasiada importancia a lo sensorial, a una especie de impresionismo arrebatado y vehemente.

Así pues, primero conocí el dadaísmo indirectamente, a través de la revista Dada, impresa en Zurich y, más tarde, entré en contacto con Tristan Tzara.

‑¿Qué supuso para usted la experiencia dadaísta?

‑Me adherí a este movimiento por su carácter de tendencia‑límite y no en tanto que movimiento artístico. Si se pretendía obrar con seriedad, era imposible mantener eternamente aquella actitud. Uno termina por desandar lo andado, como hicieron Aragon, Breton y, en parte, el propio Tzara; o bien opta por el suicidio, lo que no deja de ser una solución coherente; o se prescinde de todo, que es lo que yo intenté hacer, dentro de mis posibilidades. A partir de 1922 me separé de los dadaístas.

‑¿Nació su interés por la magia en aquellos momentos?

‑Yo poseía ya una cultura oriental, pero poco especializada. justamente después de mi experiencia dadaísta publiqué mis dos libros sobre el individuo absoluto, obras que no aconsejaría leer a nadie porque están escritas con la clásica jerigonza universitaria. Fueron editadas hacia 1930 y cuando quise releerlas, treinta afíos después, tuve que hacer un verdadero esfuerzo para concluir la lectura. Pero, por aquellas mismas fechas, también escribí Ensayos sobre el idealismo mágico, expuestos en la línea de las ideas de Novalis. Por aquel entonces, todo el mundo, en Italia, andaba embarcado en el neohegelianismo de Croce y otros filósofos italianos. Yo conocía algunas obras de cuya existencia apenas tenían noticia los propios franceses, como las de Lachelier, Lagneau, Weber. Lachelier, en particular, decía: "La filosofía moderna es la reflexión que conduce al reconocimiento de su impotencia y a la necesidad de pasar a la acción para resolver sus problenias."

‑¿Y fue, entonces, cuando fundó usted el grupo Ur?

‑"Ur" se ocupaba esencialmente de esoterismo. Intentamos organizar un reducido círculo operativo, absolutamente técnico y privado.

‑¿Por qué ese nombre «Ur"?

‑Esta apelación puede ser la raíz de la palabra "fuego” pyr en griego, y uro en latín. También es el prefijo que, en alemán, significa "primordial". Este grupo desarrolló su actividad en el periodo 1928‑1929. Yo tomaba anotaciones, que luego publicamos en un libro hoy agotado: Introducción a la magia.

‑¿Qué entendía usted, entonces, por filosofía de la acción?

‑Cuando me centré en el estudio de las tradiciones fundamentales, escribí, hacia 1925, El Yoga del Poder. No se trataba de activismo, sino de una superaci6n de la condición humana.

‑¿Conoció usted a Gurdfleff?

‑No, personalmente, pero creo que era más importante lo que hacía que lo que decía. No conviene prestar demasiados oídos a los sujetos que han sido algo en la vida. Se corre el riesgo de que aquéllos no tengan la suficiente cultura para exponer sus ideas o soslayen el verdadero núcleo de su personalidad.

‑En una obra reciente, Werner Gerson escribe: «Según se dice, Evola fue consejero oficioso de Mussolini en materia de romanidad esotérica y de resurrección del Imperio concebido al estilo gibelino. A partir de 1936, fue el director iniciático de un Comité de Acción para la Universalidad de Roma (CAUR), el cual, tras un congreso mundial celebrado en Erfurt, se convirtió en un asociado del Weltdienst nazi que dirigía el coronel Fleischauer." ¿Qué hay de verdad en todo ello?

‑Eltal coronel Fleischauer era un antisemita antimasónico. Yo fui invitado al Congreso de Erfurt en calidad de observador, pero sin tomar parte activa en el mismo. Por otro lado, allí conocí a los miembros de la Revue Internationale des Sociét¿s Secrétes, de Monseñor Jouin.

A diferencia de R. Guénon, yo no me limité a exponer doctrinas tradicionales, sino que traté de indagar cuáles podían ser las posibilidades de llevarlas a la práctica. Guénon era un hombre prudente, un contemplativo, que a pesar de oponerse a todas las academias habidas y por haber, hubiera podido ingresar en la Sorbona.

Por consiguiente, analicé las consecuencias que podían derivarse de las doctrinas tradicionales en el sentido de una organización social y política del Estado. Vistas así las cosas Rivolta contro il mondo moderno puede considerarse como el texto fundamental de la WeItanschaung de un fascismo purificado. Antes, allá por los afíos treinta, publiqué un panfleto rebosante de pathos revolucionario y anarquista, Imperialismo pagano, editado con un "Apéndice polémico sobre la reacción del partido güelfo", en el que confrontaba al fascismo con el siguiente dilema: o bien se dedican ustedes a bromear y a parlotear sobre cuestiones banales, o bien se plantean en serio la idea de "romanidad" (o sea, de tradición romana), como alma que es de su movimiento. En este último caso, deben solventar la cuestión del cristianismo, en la medida en que vuestra moral quedará vinculada a las realidades paganas, incompatibles con una visión católica de la vida.

Este panfleto desencadenó un escándalo. El Osservatore romano, órgano del Vaticano, pidió explicaciones al fascismo. Hubo una revista católica que publicó como folletín Respuesta a Satán. Después de todo ese alboroto, en el extranjero empezaron a fijarse en mí, y creyeron que yo era la eminencia gris del fascismo...

‑Y en Roma continúan pensando así...

‑Rosenberg fue el que más. Por lo visto, creyó que yo era su par italiano. Todo era mentira.

‑¿Y todavía lo es?

‑Atienda. Rivolta contro il mondo moderno era una obra mucho más seria que este panfleto, y no tuvo ningún eco en Italia. En aquellos días, la cultura fascista estaba por los suelos. Se gritaba "viva el Duce” y nadie se preocupaba de las cuestiones doctrinales. Se produjo, entre otros, aquel escándalo de la creación de una Academia italiana calcada sobre el modelo de la Academia francesa, y en cuyo seno todo el mundo era antifascista o agnóstico. El propio Mussolini era un socialista ateo, influido por Sorel y Nietzsche.

En consecuencia, fue en Alemania donde el libro tuvo gran repercusión. La situación allí era muy distinta. Re­queriría demasiado tiempo analizar las fuerzas en presencia, cuando la génesis del nacionalsocialismo. El hecho más importante era que la cultura alemana, aparte ciertos matices académicos y pedantes, estaba sensibilizada al mito y al símbolo, al contrario que los italianos, racionalistas y católicos. En nuestro país, sólo el filósofo Gian Battista Vico, en el siglo XVIII, constituyó una excepición, mientras que en Alemania el romanticismo preparó el terreno.

De otro lado, quedaban los vestigios de una sociedad feudal, el prusianismo y sus ambiciones, la nostalgia del Deutsche Ritterorder de los Caballeros de la Orden Teutánica. Todos esos medios estaban interesadísimos en mis ideas, tanto más cuanto que yo partía de la idea de una raza boreal primigenia más que de una raza aria. Por lo demás, el término "ario" pertenece al vocabulario filosófico.

‑Tengo entendido que conoció usted a Himmler, ¿no es cierto?

‑Sí; demostró por mí un interés especial. En la última fase del nacionalsocialismo, se produjo un encuentro bastante curioso entre el ala conservadora, representada en especial por la Reichswehr, o sea el ejército, y el Herrenklub, el "club de los señores” que presidía el barón von Gleichen, con el cual me unía una íntima amistad. Así pues, a partir de 1935 fui invitado a Berlín. Cada semana, el círculo de los Junkers invitaba a una personalidad, alemana o internacional. Por lo demás, quiero precisar que si alguien se imagina que los concurrentes eran unos gigantes rubios de ojos azules, se hubiera llevado un gran desengaño, pues la mayor parte eran individuos obesos y de corta estatura. Después de la cena y del ritual de los brindis, el invitado tenía que pronunciar una conferencia. Y así, mientras aquellos señores fumaban sus cigarros y bebían a pequeños sorbos su jarra de cerveza, yo hablaba. Fue entonces cuando Himmler tuvo noticias acerca de mí. Tenía el proyecto de recrear las excelencias del orden teutónico y dotarlo de una base filosófica. La noche de los cuchillos largos, del 30 de junio de 1933, en que murieron asesinados Röhm y los mandos de las SA, se produjo porque aquel había reprochado a Hitler su complicidad con los "barones de la industria y del ejército” y porque quería desembarazarse de la Reichswehr prusiana y reaccionaria para sustituirla por un ejército revolucionario y social, al estilo de Mao Tsé­tung.

A partir de entonces, las SS cobraron mayor impor­tancia, y se convirtieron en una especie de Estado dentro de otro Estado gracias a Himmler, que andaba de acá para allá pregonando las excelencias del orden; de un orden fundado en la idea de la raza. Tuvo lugar entonces un acercamiento entre el Herrenklub y las SS. A todo lo cual hay que añadir la importancia que revestía la comisi6n de la Ahnenerbe, o "legado de los ancestros". Bajo el signo de este acercamiento Himmler celebró, entre 1937 y 1938, una serie de conferencias en grupos reducidos para la oficialidad de las SS, en las que participé como invitado. Además, conocía íntimamente al canciller von Pappen y, en Austria, a Karl‑Anton von Rohan.

En este medio, opuesto al "populismo dictatorial" del nacional‑socialismo' mi obra fue muy bien acogida. Por otro lado, siendo extranjero e italiano podía decir cosas que hubieran enviado a cualquier otro a un campo de concentración.

Y, sin embargo, mi doctrina de la raza no era la misma que la de los alemanes. Su concepción de la unidad ‑equívoca‑ del alma y del cuerpo, los llevaba a determinar las cualidades morales a partir del fondo biológico. La concepción de la raza corresponde, a todas luces, a la concepción que uno tiene del hombre. Desde el punto de vista tradicional, el hombre no es "bios", vida, materia animada. Los tres elementos fundamentales siempre han sido el cuerpo, el alma y la mente. Por lo que toca a la cuestión judía, la cosa adquiere matices un tanto especiales puesto que interviene una serie de factores sociales. Pero ser ario no es patrimonio exclusivo de un pueblo. El concepto de una "raza alemana" es absurdo.

‑¿Podría usted precisar su ideario a propósito del problema judío?

‑En El mito de la sangre esbozo el curso de la historia de la raza humana, desde la antigüedad hasta Hitler. En ella dedico todo un capítulo a los judíos, que corresponde al ensayo, publicado en Alemania sobre la Studenten judenfrage, sobre la génesis del hebraísmo como fuerza destructora.

‑Y, según usted, ¿cómo se manifiesta esta fuerza destructora?

‑El judío es un ser desarraigado. El más peligroso no es el hebraísmo tradicional, sino el que carece de patria, de,plataforma visual. Según el Antiguo Testamento, Jehová prometió a Israel todas las riquezas de la tierra y una vara de acero para gobernar el mundo. Ahora bien, resulta que este pueblo que se consideró a sí mismo como el pueblo elegido, como el primero, se ha visto confinado al último lugar, perseguido. Este sentimiento de odio enraizó en el inconsciente y determinó ciertas formas de comportamiento. Como Marx, creen estar en posesión de una cierta ideología, pero esta desazón deriva de una impugnación profunda de todo lo existente.

‑¿Es en esta acusación formal de la "raza judía" cuando usted entroniza determinados valores tradicionales, como la cábala?

‑No, por supuesto. En el plano de la tradición sería un tanto frívolo crear oposiciones de esa índole. Sólo las formulaciones son diferentes. A determinados niveles se produce un acuerdo entre "los que saben". Pero, por otra parte, los judíos oscilan sin cesar entre su naturaleza pri­maria, de apetitos groseros, carnales, y sus aspiraciones de redención. Unos optan así, por el rigorismo ascético y detestan lo carnal; este es uno de los elementos que el judaísmo ha transferido a la religi6n cristiana. Por otro lado, se dan cuenta de que lo absoluto va en contra de la realidad, y entonces se hunden en esta realidad pecaminosa, buscando coartadas para proyectar este fracaso en otros pueblos.

Con esos dos ingredientes de su idiosincrasia: el impulso de rebeldía nacido de un complejo de resentimiento, de un lado, y esta Schadenfreude o placer maligno que les produce subrayar la falsedad de los ideales de otros pueblos, se puede llegar a Freud o a Max Norda.

‑En tal caso, el ideal de trascendencia que usted pro­pone ¿se opone al análisis freudiano de las profundidades del inconsciente?

‑¡Querrá usted decir de los bajos fondos! Con una especie de obsesión enfermiza, Freud indaga cuanto de subpersonal hay en el hombre. Sería preciso psicoanalizar el psícoanálisis.6

‑¿Y sus teorías no llevan a Auschwitz? En una conversación que sostuvimos con anterioridad, usted me confesó que condenaba las atrocidades cometidas por los alemanes. ¿Acaso una cosa no conduce a la otra? ¿No cabría considerar como profético este verso que usted escribió en 1921: "Somos asesinos de manos carbonizadas que contemplamos el sol?»

‑Al principio, en Alemania, sólo se pretendía un apartheid.

‑¿De modo que favorece usted la existencia del Estado de Israel?

‑Si es que existen judíos peligrosos, desde luego no son los que habitan en Israel, cuyas gentes trabajan, se organizan y dan prueba de extraordinarias dotes militares. Los peligrosos son aquellos que habitan en las grandes urbes de Occidente, a los que la democracia deja libres las manos. Por otra parte, en el caso de que alguien pretendiera hoy replantear la cuestión judía, llegaría tarde, pues ya no existe. Como le decía, opino que es mucho más importante la cuestión de la raza “interior". Por lo demás, las actitudes por las que se juzgaba indeseables a los judíos se hallan en la actualidad tan extendidas entre los buenos arios, que sería injusto y carecería de justificación proceder encima a una discriminación.

‑¿Tuvo usted amigos de raza judia?

‑Sí; sobre todo amigas. Si ha leido usted Sexo y carácter, de Weininger, comprenderá el porqué. Weininger, cuya obra traduje al italiano, es un judío que procesa a los demás judíos. Ante todo, señala, es preciso determinar con carácter previo quién es judío, del mismo modo que se establecen las propiedades del triángulo sin tener en cuenta el triángulo de la realidad. Luego, según ese esquema, hay que examinar en qué grado se halla extendida la condición de judío. Los judíos siempre han tenido necesidad de sobrevivir y de saber mentir. Ahora bien, Weininger, que pertenecía a esta raza de ascetas a que antes me refería, y que consideraba a la mujer como un instrumento del diablo, realiza una extraña comparación entre la mujer y el judío: el hombre es a la mujer, dice, lo que el ario es al judío. La mujer miente como miente el judío, y, por lo tanto, nadie es mujer a tan justo título como la hembra judía.

También profesé una gran estima a Michélstaedter, hijo de un judío de Goritzia, autor de un libro sobre la filosofía de la idea pura. Al igual que Weininger, se suicidó a los veinticinco años, y su sobrino, amigo mío, también se suicidó a la misma edad. Teniendo en cuenta su dualismo, estos seres atravesaban una profunda crisis, y terminó por producirse un chispazo, un cortocircuito.

‑Volvamos al capítulo de sus relaciones con Mussolini.

‑Durante la época en que yo pronunciaba conferencias en Alemania, Mussolini empezó a interesarse por el racismo. Por tres razones:

*Italia había conquistado Etiopía. Se trataba de fomentar una especie de orgullo nacional entre los colonos italianos para evitar el mestizaje. Este tipo de racismo se parecía menos al racismo fanático alemán que al racismo sutil que los ingleses practicaban en sus colonias.

*En segundo lugar, Mussolini se dio cuenta de que una revolución no pasaba de ser una humorada sin la imagen previa de un hombre "nuevo", Il nuovo Italiano. Todo ello, partiendo de la base de que si se inculca una idea de forma sistemática y pertinaz, ésta termina por ejercer una influencia en la realidad física.

justo al comenzar la guerra, Mussolini leyó mi Síntesis de una doctrina de la raza, obra en la que yo exponía las teorías que antes había explicado en Alemania, y me mandó llamar. Aquello fue en verano, y por esa época yo tenía la costumbre de recorrer los glaciares en compañía de algunas muchachas, sin dejar ninguna dirección. Cuando, al fin, fui conducido a presencia de Mussolini, éste me espetó todo un discurso en presencia del ministro de Cultura Popular para felicitarme y pedirme que colaborara con él. Yo le dije: "Pero Duce; yo no soy fascista” pues es lo cierto que jamás he estado afiliado a ningún partido, y tanto en Italia como en Alemania, me limitaba a prestar mi apoyo a los movimientos en los que tenía esperanzas de poder inocular fuerzas positivas.

‑¿Y cuáles eran, en su opinión, estas posibilidades positivas?

‑Todas se hallan expuestas en El Fascismo. Ensayo de un análisis crítico desde el punto de vista de la derecha.

Escribí este libro pensando, sobre todo, en los alemanes ‑proseguí diciendo al Duce‑; pero puesto que usted aprueba las ideas que en él se exponen, tal vez sería útil ejercer a nuestra vez, un influjo sobre los alemanes. No hay ningún pueblo europeo de raza pura; por lo tanto, se trataría de realzar el elemento dominante como configurador de los restantes. Con este criterio se planteó en Alemania el mito de la Aufnordung, o sea la "nortizacíón". En el caso de los romanos, predominaba el elemento ario‑romano. "Además, le propongo la creación de una revista ¡talo‑alemana que se llamaría Sangre y Espíritu." Mussolini dio su conformidad. Yo me encargaría de todo lo relativo a Italia y Rosenberg y Gross de la problemática alemana. Por desgracia, el proyecto no llegó a prosperar.

‑¿Cuál era la posición de Himler?

‑Las SS pretendían adueñarse de los centros neurálgicos del Estado, lo que provocaba una tensión entre ellas y el partido nazi.

‑¿Qué impresión le causó? ¿Qué aspecto tenía?

‑Feo. De corta estatura, usaba quevedos, rostro mongólico. jamás lo hubieran admitido en el cuerpo de haberse presentado voluntario.

‑¿Y Mussolini?

‑Cuando tenía que entrevistarse con alguien, en un plano no estrictamente político, procuraba documentarse y asimilar unos cuantos conocimientos que le permitieran salir del paso. Así, mientras yo hablaba, él manifestó su entusiasmo, diciendo: "Estos tres 'grados de la raza se corresponden por entero con los de Platón en su República: en la base de la pirámide se encuentra la masa, que el caudillo necesita; en segundo lugar, los guerreros, la fortaleza de ánimo y, por último, la raza superior: los pensadores y los artistas". A lo que yo repuse: "Un momento, Duce; Platón situaba a los poetas en la base de la pirámide" No volví a verlo hasta su liberación en el Gran Sasso por Skorzeny. Por aquel entonces, yo me encontraba en el cuartel general de Hitler en compañía de otros italianos.

Por mi parte, me distancié del movimiento fascista en el momento en que se procedió a instaurar una república socialista, pues yo era, ante todo, antisocialista y monárquico. Luego fui herido, y sólo asistí de lejos al final de los acontecimientos.

‑¿Se desinteresa usted, hay, de la evolución del mundo?

‑No, en absoluto. Se me considera como el enemigo público número uno de la democracia y del comunismo, y todavía soy más intransigente que antes. En Los hombres y las ruinas planteó la idea fundamental de la gran tradición europea ‑más allá de la oposición fascismo-antifascismo‑, los principios de autoridad de un poder legítimo y la forma y las condiciones de la unificación europea. Escribí este libro para los hombres que todavía se sostenían en pie entre las ruinas. El prólogo está escrito por el comandante príncipe Borghése, jefe de los servicios especiales de la marina, quien, durante la guerra, se dedicó a hundir, con sus hombres rana, acorazados ingleses en el puerto de Alejandría.

‑Dejando a un lado los libros, ¿mantiene usted contacto con los movimientos de extrema derecha?

‑Hace unos años surgió la posibilidad de instaurar en Italia un gobierno tradicional de, signo conservador. En efecto, se fundó un "Movimiento social italiano", integrado en parte por antiguos fascistas, pero también por gente joven, que son los que combaten el comunismo en la calle y en la Universidad. Cuenta con unos dos millones de afiliados.

‑¿Mantienen algún contacto con el NPD alemán?

‑No. Almirante, que sucedió a Michelini en el mando, aboga por una cierta autonom,a. Pero otro grupo, "Ordine nuevo” ha adoptado por entero mis ideas. Nuestra tentativa para publicar una revista llamada reaccionario acabó por irse al traste.

‑Dado que es usted un inconformista integral, ¿es partidario de la "revolución sexual"?

‑Siempre he pugnado contra los tabúes burgueses y jamás contraje matrimonio; pero el movimiento de que me habla es una aberración. Wilhelm Reich, Fromm, Luigi Demarchi, que elaboraron las primeras teorías, querían hacer de la sexualidad un elemento para consumo de las masas, democratizarlas. Reich estima que todo lo sadomasoquista es perversión; cosa que no es cierto. El sadomasoquismo es perversión cuando condiciona una experiencia; pero puede ser uno de los aspectos fundamentales de la misma. Reich habla de un complejo de Nirvana, según el cual, el impulso destructor sería producto de la represión; cuando la carga sexual se halla demasiado comprimida, esta impulsión tiende a manifestarse. Creo, por el contrario, que en toda experiencia sexual auténtica, hay que pensar en la iniciación mística. La verdadera fórmula de una unión, incluso profana, radica en el famoso Cupio dissolvere et dissolvi, destruir y destruirse. So pretexto de valorizar el sexo, se le primitiviza y pierde todo su impacto mágico y sagrado.

‑Al igual que Wilhelin Reich, aunque en el bando opuesto, su visión del sexo se convierte en el núcleo en torno al cual cristaliza su Weltanschaung, ¿no es as!?

‑En efecto. En esta materia, como en todas, la máxima puede ser: "Me permito todo aquello a lo que puedo renunciar." Si uno está seguro de su poder, no existen barreras. Pero sólo en ese caso.

‑¿Hay en su sistema, un puesto para la homosexualidad?

‑Es la consecuencia o resultado tipo de la vía democrática. Para Reich, la homosexualidad, como las restantes perversiones, es algo lícito. Y conste que no las llamo perversiones desde un punto de vista moral, sino metafísico. Aparte de la homosexualidad biológica ‑lo que Magnus Hirschfeld llamaba la Zwischenform‑ en que el amor normal se convierte en anómalo, hay otra de tipo aberrante: el aspecto fundamental en unas relaciones profundas y completas es la polaridad, ya que, repitámoslo, el erotismo es magia antes que nada. Este magnetismo bipolar será tanto más importante cuanto mayor sea la diferencia entre ambos polos.

‑El filósofo Raymond Abellio, que distingue la "mujer original" de la "mujer última", le reprocha el que sólo tenga usted en cuenta la "mujer absoluta"...

‑Es un simple punto de vista. Como ocurre con el triángulo absoluto del que parte Weininger para estudiar la naturaleza de todos los triángulos de la realidad. Es posible subrayar el papel que corresponde a la mujer si recurrimos a los postulados alquímicos. El grado supremo es un grado al que la mujer no puede acceder ‑también los derviches islámicos dan fe de ello‑, lo cual, por otra parte, a ella le tiene sin cuidado. Según el esquema de la gran Obra hay que recorrer las tres fases del negro, blanco y rojo. La primera es el régimen de Saturno; la segunda, la de la Luna, la mujer, la del mercurio, y, la úl­tima, es la del hombre, la del Sol y el azufre. Para que el hombre alcance la purificación, al igual que la del oro, ante todo es preciso destruir la forma del yo durante la fase del negro, también llamada fase de la putrefacción. En la segunda fase, aquél se libera bajo el signo de la mujer. Pero en la tercera, el hombre, que parecía muerto en este baño de "leche de la virgen” resucita y reacciona contra la fuerza que lo ha liberado. En cuanto a la mujer, per­manece en la fase de iluminación mística.

‑En tal caso, esa ascensión está reservada a una élite. .,.

‑No es posible democratizar el sexo ni la magia, los cuales, por otra parte, están estrechamente unidos. En La Metafísíca del sexo he pretendido mostrar una serie de experiencias en las que la fuerza sexual no dimana de la libido freudiana, sino de la trascendencia.

En L'Arco e la Clava titula usted uno de los capítulos: Libertá del sesso y libertá dal sesso". Eso, en francés, tiene el mismo significado. ¿Y en italiano?

‑Quiero decir, con ello, que no basta con liberar el sexo, sino que es preciso liberarse del sexo; liberarse de una persona en el plano sexual es una realización superior En parte, encontrará usted ejemplo de ello en Histoire d'O. La noción de familia, tal como se entiende hoy, es otra cosa absurda, un proceso de disolución. Con tal de que la emancipación de la mujer no sea una mera emancipación, necia y destructora, en el dominio de lo práctico, sino que se trate de una independencia interna, la pareja cobra un aire de dignidad que respeta la individualidad de cada cual, sin dejar de mantenerla unida en el terreno de la sexualidad. Para la mujer que entiende así la unión, ' el problema más bien radica en virilizarse mediante el dominio interno y en renunciar a preservar su feminidad. Ambas cosas no se consiguen con facilidad; pero es el supuesto ideal.

‑Simone de Beauvoir ha escrito un libro en que una "invitada" se introduce en la pareja. ¿Cree usted que una "invitada" puede destruir el núcleo de una pareja?

' ‑No, siempre y cuando el hombre y la mujer no sean cartas de un juego que se apoyan unas contra otras, sin consistencia propia. En este caso ideal, uno puede permitirse algunos "Seitespriinge”, ciertas diletancias. Pero cuando no se está seguro de uno mismo, entonces conviene amar a varias personas, al objeto de no ligarse a una sola.

‑Usted habla con frecuencia del tantrismo...

‑La disciplina interior del tantrismo no apunta de forma exclusiva hacia el otro mundo, sino hacia todo género de cosas, y sabe obtener un antídoto para cualquier veneno, lo cual es aplicable a la sexualidad, pero, también, a todos los restant

El secreto de la Decadencia. Julius Evola

El secreto de la Decadencia. Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El artículo de Julius Evola titulado "El secreto de la Decadencia" fue publicado la revista alemana Deutsches Volkstum, Nr. 11, de 1938. Evola plantea una cuestión que hasta entonces no había sido resuelta por los intelectuales tradicionalistas: ¿a qué se debe que las civilizaciones "decaigan" y degeneran? ¿cómo es posible que "lo más alto" pueda vivir un proeso degenerativo que le lleve a "lo más bajo". No basta con decir que en el momento actual nos encontramos en ell Kali Yuga o en la Edad Oscura, se trata de explicar cuál es el mecanismo de la decadencia y por qué se producen estos fenómenos. Evola, en este artículo, nos da una pauta.

 

El secreto de la Decadencia

Julius Evola

 

Cualquiera que haya rechazado el mito racionalista del «progreso» y de la interpretación de la historia como un desarrollo positivo ininterrumpido de la humanidad, se encontrará gradualmente conducido hacia una visión del mundo que era común a todas las grandes culturas tradicionales, y que tiene en su centro la memoria de un proceso de degeneración, de un lento oscurecimiento, o de la caída de un mundo anterior más elevado. Si penetramos más profundamente en el interior de esta nueva (y antigua) interpretación, nos volvemos a encontrar problemas variados, entre los cuales el principal es el secreto de la decadencia.

En su sentido literal, esta pregunta no supone de ninguna manera una novedad. Si se contemplan los magníficos vestigios de las culturas cuyo nombre mismo ni siquiera ha llegado a nosotros, pero que parecen hacer alcanzado, incluso en sus aspectos materiales, una grandeza y un poder más que terrestres, se pueden difícilmente evitar plantearse problemas sobre la muerte de las culturas, y sentir la insuficiencia de las razones que son habitualmente dadas como explicaciones.

Podemos agradecer al conde de Gobineau por la mejor exposición y la más de conocida, de este problema y también por una crítica magistral de las principales hipótesis que le afectan. Su solución sobre la base del pensamiento racial y de la pureza racial comporta también una gran parte de verdad, pero tiene necesidad de ser ampliado por algunas observaciones que conciernen a un orden de cosas más elevado. Pues han existido numerosos casos donde una cultura se ha hundido incluso cuando su raza ha permanecido pura, y esto es particularmente claro en algunos grupos que han sufrido una lenta, inexorable extinción, aunque hubieran permanecido racialmente asilados como islas. Estos pueblos están hoy en la misma forma acial que en la que estaban dos siglos antes, pero es difícil encontrar en el presente la heroica disposición y la conciencia racial que poseyeron en otro tiempo. Otras grandes culturas parecen simplemente haberse quedado rígidas como momias: desde hacía mucho tiempo estaban interiormente muertas y bastaba el menor soplo para abatirlas. Tal fue el caso, por ejemplo, del antiguo Perú, este imperio solar gigantesco que fue aniquilado por algunos aventureros salidos de los bajos fondos de Europa.

Si consideramos el secreto de la degeneración desde un punto de vista exclusivamente tradicional, resulta más difícil todavía resolverlo completamente. Es entonces una cuestión de división de todas las culturas en dos tipos principales. De una parte, hay culturas tradicionales, cuyos principios son idénticos e invariables, al margen de todas las diferencias superficiales. El eje de estas culturas y la cúspide de su orden jerárquico consisten en poderes y acciones metafísicas, supra-individuales, que sirven para informar y justificar todo lo que es simplemente humano, temporal, sujeto al devenir y a la “historia”. Por otra parte, hay una «cultura moderna», que es verdaderamente la antitradición y que se agota en sí misma en una construcción de formas puramente humanas y terrestres y en el desarrollo total de estas, en la búsqueda de una vida enteramente desvinculada del “mundo de lo alto”.

Desde el punto de vista de esta última, la totalidad de la historia es degeneración, porque muestra el declive universal de las primeras culturas de tipo tradicional y el ascenso decisivo y violento de una nueva civilización universal de tipo “moderno”.

Entonces aparece una doble cuestión.

En primer lugar, ¿cómo fue posible que esto pudiera ocurrir? Existe un error lógico subyacen en toda la doctrina de la evolución: es imposibles que lo más elevado pueda emerger de lo menos evolucionado y lo más grande de lo más pequeño. Pero ¿no existe una dificultad similar en la solución de la doctrina de la involución? Como es posible que lo más elevado pueda caer? Si pudiéramos razonar por simples analogías, sería fácil tratar esta cuestión. Un hombre en buena salud puede convertirse en un enferme; un hombre virtuoso puede volver al vicio. Existe una ley natural que cualquier considerada como emanada de sí mismo: que cada ser viviente empieza con el nacimiento, el crecimiento y la fuerza, luego viene la vejez, el debilitamiento y la desintegración. Y así sucesivamente. Pero esto es precisamente realizar afirmaciones, no explicar, incluso si reconocemos que tales analogías están efectivamente relacionadas con la cuestión aquí planteada.

En segundo lugar, la cuestión no es solamente explicar la posibilidad de la degeneración de un mundo cultural particular, sino también la posibilidad de que la degeneración de un ciclo cultural pueda transmitirse a otros pueblos y los arrastre en su caída. Por ejemplo, no tenemos que explicar solamente como la antigua realidad occidental se hunde, sino también mostrar la razón por la cual fue posible para la cultura «moderna» conquistar prácticamente el mundo entero y, porqué posee el poder de desviar a pueblos de cualquier tipo de cultura y dominar incluso allí donde los Estados de forma tradicional parecían aún vivos (basta recordar el Oriente ario). A este respecto, no basta decir que esto solamente se refiere a una conquista puramente material y económica. Este punto de vista parece muy superficial, fundamentalmente por dos razones. En primer lugar, un país que es conquistado sobre el plano material sufre también, a largo plazo, influencias de un tipo más elevado, correspondientes al tipo cultural de su conquistador. Podemos afirmar, de hecho, que la conquista europea siembra casi por todas partes las semillas de la “europeización”, es decir la forma de pensamiento racionalista, hostil a la tradición. En segundo lugar, la concepción tradicional de la cultura y del Estado es jerárquica, no dualista. Sus alcances no pudieron jamás suscribirse, sin severas reservas, a los principios del «Dar al César lo que es del César» y del «Mi Reino no es de este mundo». Para nosotros, la «Tradición» es la presencia victoriosa y creativa en el mundo de lo que «no es de este mundo», es decir del Espíritu, comprendido como una potencia que es más potente que todo poder puramente humano o material.

Es la idea de base de la visión de la vida auténticamente tradicional, que nos permite hablar con desprecio de las conquistas puramente materiales. Por el contrario, la conquista material es el signo, sino de una victoria espiritual, al menos de una debilidad espiritual o de una especie de “retroceso” en las culturas que son conquistadas y que pierden su independencia. En todas partes donde el Espíritu se considera como la potencia más fuerte, está verdaderamente presente, los medios –visibles o invisibles- no faltaron nunca para resistir a la superioridad técnica y material de todos los adversarios. Pero esto no es lo que se ha producido. Se debe pues concluir que la degeneración era ocultada tras la fachada tradicional de todos los pueblos que el mundo “moderno” ha podido conquistar. Occidente debe pues haber sido la cultura en la cual una crisis que era ya universal todo su forma más aguda. Aquí la degeneración fue equivalente, por así decir, de un golpe, y cuando tuvo lugar, rompió con más o menos facilidad de otros pueblos en los que la involución no había ciertamente «progresado» tanto, pero donde la tradición había perdido ya su potencia original y por tanto estos pueblos no fueron capaces de protegerse de un asalto exterior.

Con estas consideraciones, el segundo aspectos de nuestro problema se une al primero. La cuestión es explicar sobre todo el significado y la posibilidad de la degeneración, sin hacer referencia a otras circunstancias.

Para esto debemos ser claros a propósito de una cosa: es un error presumir que la jerarquía del mundo tradicional está basada en una tiranía de las clases superiores. Esto es solamente una concepción «moderna», completamente ajena a la forma de pensar tradicional. La doctrina tradicional concebía de hecho la acción espiritual como una «acción sin actuar»; hablaba del «motor inmóvil»; en todas partes donde utilizada el simbolismo del «polo», el eje inalterable en torno al cual todos los movimientos ordenados toman plaza (y en otro lugar hemos mostrado que este es el significado de la esvástica, la “cruz gamada”); subrayan siempre la espiritualidad “olímpica” y la autoridad auténtica, así como su forma de actuar directamente sobre sus subordinados, no por la violencia sino por la «presencia»; finalmente utilizaba la imagen del amante, en la cual se encuentra la clave de esta cuestión, tal como vamos a ver.

Solamentehoy alguien podría imaginar que los auténticos portadores del Espíritu, de la Tradición, buscan las gentes para agruparlas y ponerlas en su lugar –es decir, que «dirigen» a las gentes, o tienen un interés personal en establecer y mantener estas relaciones jerárquicas en virtud de las cuales pueden aparecer de manera visible como los dirigentes. Esto sería ridículo e insensato. Es antes bien, no es en el reconocimiento procedente de las clases bajas, lo que está en la base de toda la jerarquía tradicional. No es lo más elevado quien tiene necesidad de lo menos elevado, sino a la inversa. La esencia de la jerarquía es que existe algo viviente como una realidad en algunas personas, que en las otras está presente solamente bajo forma de un ideal, de una premonición, de un esfuerzo ininterrumpido. Así estas últimas son fatalmente atraídas por las primeras y su más baja condición es la de la subordinación, no tanto a algo ajeno, sino a su propio “Yo” verdadero. Aquí reside el secreto, en el mundo tradicional, de toda disponibilidad para el sacrificio, de toda lealtad; y por otra parte, de un prestigio, de una autoridad, y de una calma poderosa que el tirano más sólidamente armado jamás podrá poseer.

Con estas consideraciones, hemos llegado muy cerca de la solución no solamente al problema de la degeneración, sino también a la posibilidad de una caída particular. ¿No estaríamos fatigados de oir que el éxito de cada revolución indica la debilidad y la degeneración de las clases dirigentes anteriores? Una comprensión de esto tipo es muy parcial. Esto sería, en efecto el caso si perros feroces fueran atados y bruscamente soltados: sería la prueba de que las manos que los han asido primero y soldado después se han debilitado. Pero las cosas se presentan de forma muy diferente en la estructura de la jerarquía espiritual, de la que ya hemos explicado su base real. Esta jerarquía degenera y puede ser derribada en un caso solamente: cuando el individuo degenera, cuando utiliza su libertad fundamental para negar el Espíritu, para separar su vida de todo punto de referencia más elevada, y para existir “solamente para él mismo”. Cuando los contactos se interrumpen fatalmente, la tensión metafísica, a la que el organismo tradicional debe su unidad, se diluye, todas las formas vacilan en su camino y finalmente se resquebrajan. Las cumples, naturalmente, permanecen puras e inviolables en sus alturas, pero el resto de dependía de ellos, se convierte a partir de ahora en una avalancha, una masa que ha perdido su equilibrio y que cae, primero imperceptiblemente pero con un movimiento cada vez más acelerado, hacia las profundidades y los más bajos niveles del valle. Es el secreto de todas las degeneraciones y de todas las revoluciones. El europeo, primeramente ha matado la jerarquía en sí mismo extirpando sus propias posibilidades interiores, a las cuales corresponden las bases del orden que desearía, luego, destruir exteriormente.

Si la mitología cristiana atribuye la Caída del Hombre y la Rebelión de los Ángeles a la libertad de la voluntad, entonces esto remite poco más o menos al mismo significado. Esto afecta al sorprendente potencial que permanece en el ser humano, para utilizar la libertad para destruir espiritualmente y para borrar todo lo que podría asegurarse un valor supranatural. Es una decisión metafísica: el flujo que atraviera la historia bajo las formas más variadas de la anti-Tradición, del espíritu revolucionario, individualista y humanista o para resumir, el “espíritu moderno”. Esta decisión es la única causa positiva y decisiva en el secreto de la degeneración, la destrucción de la Tradición.

Si comprendemos esto, podemos quizás comprender el sentido de estas leyendas que hablan de misteriosos jefes que existen “siempre” y no han muerto jamás (la sombra del Emperador durmiente en el interior de la montaña del Kyffhaüser). Tales dirigentes pueden ser redescubiertos sollo si se alcanza a la realización espiritual y si se despierta una cualidad en sí mismo como un metal que bruscamente, siente “al amante”, encuentra al amante y se orienta irresistiblemente hacia él. Por el momento, debemos limitarnos a esta indicación. Una explicación comprensible de las leyendas de este tipo, que nos llevaría desde la antigua cuna de los arios, nos llevaría ahora demasiado lejos. En otra ocasión volveremos quizás al secreto de la degeneración, a la «magia» que es capaz de restablecer la masa caída, sobre las cumbres inalterables, solitarias e invisibles que están todavía allí, en las alturas.

Publicado en Deutsches Volkstum, Nr. 11, 1938

 

Evola y el Postfascismo. Marcos Ghio.

Evola y el Postfascismo. Marcos Ghio.

Biblioteca Evoliana.- Marcos Ghio, el presidente del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires, escribió esta artículo que hemos recuperado de la propia web de esta institución. El profesor Ghio parte de la base de que, tal como dijo Evola, el "fascismo es muy poco" ("y el antifascismo nada"), para recalcar la pequeñez e irrelevancia del post-fascismo. No compartimos necesariamente los criterios expuestos por Ghio, pero consideramos que el artículo supone una de las desembocaduras posibles del pensamiento político de Julius Evola.

 

Evola y el postfascismo

Marcos Ghio

"El fascismo es muy poco"

J. Evola

En concordancia con el proceso de globalización que hoy rige en el planeta, el prefijo post ha sido el término utilizado para referirse a las distintas corrientes de pensamiento propias de tal etapa. Así pues si postmodernidad significa vivir plenamente lo moderno en sus efectos, liberándolo de cualquier estéril idealismo que interfiera con su despliegue, las corrientes post en el plano del pensamiento político han intentado aplicar tales consecuencias en su ámbito propio. Ello ha acontecido especialmente con sus dos expresiones antitéticas sea de izquierda como de derecha. Así pues, el comunismo post representa aquella postura que ha renunciado para siempre a conflictivas tesis tales como la lucha de clases, la dictadura proletaria, etc., para reducirse en cambio a un fenómeno light, gramsciano, reducido a meras reivindicaciones sociales o culturales que no son otra cosa que una vía reformista de adaptación al "curso irreversible" del proceso histórico y moderno. Es decir, vaciar a tal ideología de todo espíritu revolucionario y antiburgués que pudiese haber tenido en algún momento. Faltaba que también el fascismo viviese su experiencia post, esto es, que manifestase plenamente aquellas vetas modernas también presentes en su doctrina, ya denunciadas en su tiempo por Julius Evola, en sus escritos de la revista La Torre en los cuales contrastaba los dos espíritus que combatían en su mismo seno, el burgués y el legionario.

El primero no significaba otra cosa que una simple adaptación al sistema moderno vigente; en vez de corregirlo o rectificarlo, trataba en cambio de llegar a formar parte del mismo. Tal espíritu burgués y conformista fue el que se viviera especialmente durante el primer fascismo, conocido como el del Ventenio. La guerra permitió que esta primera vertiente abandonara rápidamente el carro, pasándose abiertamente del lado del enemigo y que, por contraste, el espíritu legionario se plasmara en la República Social Italiana que significara el de la resistencia heroica ante el incontenible avance de las fuerzas del caos soviético-norteamericanas. Pero el fascismo post, surgido luego de la caída del muro y de la "muerte de las ideologías", hoy consiste en repudiar esta última etapa y retornar en cambio en forma multiplicada al espíritu burgués antes mentado. Gianfranco Fini, ex lider del fascismo italiano en el pasado siglo, hoy abierto adherente a la ideología post, ha mostrado hasta cuáles límites puede arribar tal labor de vaciamiento doctrinario. Luego de haber viajado a Israel, denunciado el Holocausto, repudiado a Mussolini y endosado el kipá, logró alcanzar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Berlusconi, conocido como el Menem italiano. Uno de sus primeros actos de gobierno ha sido justamente viajar hacia el mismo país al cual le debía el reconocimiento por sus arrepentimientos y adhesión a la ideología post. Allí tuvo el honor de ser recibido por el ministro Sharon en persona. Grande fue su sorpresa ante las indicaciones recibidas esta vez. Muy suelto de cuerpo el primer ministro le indicó en forma perentoria que, si quiere seguir contando con su "apoyo", debe impedir la difusión de las doctrinas de Julius Evola. Es que el jefe del sionismo ha comprendido muy bien, seguramente luego de la lectura incesante de nuestros comunicados, que no existe pensamiento más contrastante con el sistema hoy vigente en el mundo que el que se formulara a la luz de tal cuerpo doctrinario. Quizás su comprensible miedo se deba a la posibilidad de que, así como lo moderno puede ser negado por lo que es más y no por lo que resulta su consecuencia más sombría, como el fenómeno post, en consonancia con ello se puede también negar al fascismo en sus facetas burguesas y conformistas que lo convertían en un fenómeno escaso e insuficiente. Tal como dijera Evola, somos suprafascistas y no postfascistas. Somos antimodernos y no postmodernos.

 

El 30º Aniversario de su muerte: Julius Evola y la crítica al fascismo.

El 30º Aniversario de su muerte: Julius Evola y la crítica al fascismo.

Biblioteca Evoliana.- Nuestro amigo José Luis Ontiveros elaboró este artículo del que no nos consta cuando ni donde se publicó por primera vez, conmemorando el trigésimo aniversario del fallecimiento de Evola. El artículo trata exhaustivamente los conceptos de Evola en especial en relación al fascismo. Más que de un artículo, Ontiveros ha realizado un ensayo sobre el núcleo central del pensamiento evoliano, haciendo especial énfasis en la crítica realiza por Evola en relación al fascismo.  Recomendamos la lectura atenta de este artículo.

 

 

En el trigésimo aniversario de su muerte:
Julius Evola y la crítica al fascismo

José Luis Ontiveros

En la idea se reconoce nuestra verdadera Patria. No el ser de una misma tierra o de una misma lengua, sino el ser de una misma idea es lo que hoy cuenta.

Julius Evola

Tópicos de la "inteligencia estúpida"

La crítica al fascismo es uno de los hábitos más imbéciles y rutinarios de nuestros contemporáneos, al punto que una izquierda declinante, reciclada en visiones ginecocráticas -feminismo de las ménades posmodernas-, o restringida a un credo humanitario, –todos somos iguales, unos más que otros–, o derivada al colapsado progreso, –no hay mejor credencial que decirse progresista, aunque no se entienda bien qué se espera de un progreso exterminacionista y ecocida–, o atrincherada en el sentido de la historia, –cuando ésta ha demostrado a la saciedad que carece de finalidad y que su tensión es la aventura y el conflicto–, o arrellanada en la lucha puramente reactiva contra el neoliberalismo, –paradoja insostenible, puesto que para Marx el capitalismo y su consolidación son una condición indispensable para la "liberación" de la masa de los esclavos proletarios, de los parias de la tierra, de los desheredados del mundo, concepción cuyo origen radica más en la tradición rabínica del profetismo judío, que en el presunto cientificismo marxista, derivación del positivismo burgués–, estima esta desventurada izquierda de calzador que el mayor enemigo sigue siendo el fascismo, y peor aún, un indefinido neofascismo que acecharía, pese a que no exista o sea virtual, al siglo XXI, para cobrarse la derrota sufrida en el vigesémico.

De ahí que no haya mejor práctica para la moribunda izquierda, derretida por la mantequilla del consumo, que luchar contra el fantasma que recorre el mundo, y éste es el fascismo, al contrario de lo que afirmara el Manifiesto comunista, lo que demuestra que el paso romano es con todos los anatemas que soporta, el mejor paso, el de los vencedores por el Espíritu y el de los señores de la virtus romana y de la Alemania Nibelunga.

Esta crítica se ha convertido en un lugar común y en una forma de dicterio, si alguien en el futbol orina a sus cofrades que ven saltar la bolita es "fascista", si los antimotines "democráticos" emplean sus toletes de manera indiscriminada son "fascistas", si se expulsa a alguien por motivos de conciencia, se incurre en el "fascismo", si una señora gorda pisa a un mongoloide distraido, la salvaje rubicunda es "fascista", y el colmo, si el subnormal Bush, máximo exponente del Sanedrín, de la Kahal y de la Cábala consuma su genocidio contra el Islam es "fascista". De alguna forma, como señalara con ironía el escritor rumano Vintila Horia ser fascista es algo así como una tautología: lo peor de lo pésimo. Lo que no deja de ser, pese a sus censores moralistas, el irresistible atractivo del derecho a lo abominable.

Esta forma de descalificación ontológica es patrimonio de la civilización democrática-burguesa, por ello el fascismo es una palabra bumerang, que regresa a quien la lanza, y forma parte del repertorio de vituperios de la academia intelectual de los eunucos. Por ello es importante revisar en verdad y con un genuino sentido crítico lo que el fascismo tiene de rescatable, que lo es más en sus intenciones y propósitos, que en sus plasmaciones históricas diversas y discutibles.

 La crítica de Julius Evola

Al respecto la mejor crítica hecha al fascismo, en su representación política, bajo la Italia de Mussolini, es la del pensador de la Tradición, el barón Julius Evola, del que se cumple el trigésimo aniversario de su desaparición física, dado que nació en Roma en 1898 y murió el 11 de junio de 1974. Evola es un Maestro de la herencia de la Tradición Primordial, junto con René Guénon, Titus Burckhardt, Frithjof Schuon. La referencia a la Tradición podría definirse como una revelación suprahumana de un orden normal que rigió la existencia de las sociedades ligadas a principios solares y ascendentes, y que Mircea Eliade describe como arcaicas o premodernas.

Julius Evola nunca fue fascista, mas tuvo abiertas simpatías por los movimientos que en el siglo pasado con diferentes formas y matices, pretendieron afirmarse soberanamente en la historia en contra tanto del credo del Tercer Estado y los "inmortales" principios de la Revolución Francesa de 1789 como del Cuarto Estado de la "masa sin rostro" del comunismo, el bolchevismo bovino de 1917 aplicado a los mujiks con el "método filantrópico" del Gulag .. Todo ello sin demeritar el respeto que me debe el comunismo nacional y la corriente nacional-bolchevique. Yo soy un nostálgico del comunismo, de su férrea voluntad de victoria, de sus gestas y de su epos heroico, independientemente de mi adhesión a la figura del Comandante Fidel Castro, representante del honor de nuestro Rey Don Felipe II.

Fascismo: forma, fuerza, espíritu y corazón

Así, Corneliu Zelea Codreanu, Jefe de la Legión de San Miguel Arcángel, quien se entrevistara con Evola en Bucarest por 1938, reunión en que estuvo Mircea Eliade, quien luego abjuró de sus principios legionarios por labrarse una carrera en el exilio como prestigiado académico estudioso de las religiones e incansable y brillante escritor, precisó de manera plástica las diferencias fundamentales entre el fascismo, el nacionalsocialismo y la Guardia de Hierro rumana o Movimiento Legionario, empleando para ello una analogía con las funciones orgánicas: el fascismo es la forma, la estética, el orden de la doctrina romana del Estado; el nacionalsocialismo es la fuerza vital, el poder del instinto, la voluntad de poder, de ahí su referencia a la raza y al Volk como la expresión de la plenitud de la vida, y el Movimiento Legionario es el espíritu, por ello Codreanu y la tradición dacia se expresaron a través de la mística y del canto.

Su heredero en la conducción del Movimiento Legionario, Horia Sima, luego de que Codreanu fuera asesinado, estrangulándolo, con 13 jefes legionarios, la noche de San Andrés, el 30 de noviembre de1938, crimen que según el príncipe Michel Sturdza, se comprende en los crímenes rituales talmúdicos, escribió en el exilio en España, un libro muy interesante, que acaba de rescatar Ediciones Nueva República, en su valiosa e ingente labor, la cual se ha impuesto, a contracorriente, a la dictadura del pensamiento único y de la nueva inquisición democrática, con un coraje admirable, que lleva por título Dos movimientos nacionales, mismo que conociera desde 1975, –publicado por Ediciones Europa, Madrid, 1960–, en que hace referencia a la unión eucarística entre la Guardia de Hierro y la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas en lo que sería, –haciendo una paráfrasis del pensamiento de Codreanu–, el corazón, el que se ilumina por la fe, se angustia por la decadencia "queremos a España porque no nos gusta", y que se enciende por torrentes, y arroja la sangre salvífica por la pasión amorosa del sacrificio y de la muerte: "se alzará como una espiga de la pólvora y la sangre mi bandera"

He aquí una tetralogía wagneriana del fascismo: la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón. En el campo opuesto a esta simbología, las heces son las marcas hediondas de la democracia burguesa y el regurgitamiento la expresión más clara del odio proletario. Y hay quien sólo se ventosea y respira su descomposición: es el suspiro culoide del diletante, de quien no toma partido, si no es por él mismo, el letrado descastado, el histrión de los signos. ¿Usted conoce a alguien así…?

El maestro Julius Evola en su obra El fascismo visto desde la derecha (Edizioni Europa,1970) cuyo título fuera IL fascismo con note sul Terzo Reich, que comprende la época posterior a la segunda guerra, en la línea de varios de sus libros que tratan aspectos del debate contemporáneo y que dan una respuesta a la crisis existencial del último hombre de las tinieblas democráticas como Orientaciones (1950), Los hombres y las ruinas (1953), Cabalgar el Tigre (1961) ), El arco y la clava (1968), -que en su gran mayoría han sido publicados en castellano por el Círculo de Estudios Evolianos en Argentina que conduce Marcos Ghio, con el sello editorial Heracles-, fija varias posturas en una implacable y lúcida crítica al fascismo desde la visión de un Ksatriya –casta aria guerrera– a la que perteneciera Evola y que siempre consideró superior a la Brahmánica o sacerdotal, y que es el punto central que nos ocupa.

En este sentido, la crítica de Julius Evola al fascismo, tiene una advertencia, la de que ésta en el periodo de la guerra, no se manifestó con un valor contestatario, en la medida, en que se consideró que las fuerzas que enlazaban con la Tradición, por parte del propio fascismo, podrían rectificar una serie profunda de desviaciones de la civilización moderna, que lo desvirtuaban, y lo despojaban de ser una andadura Iniciática, al término victorioso de la guerra, lo que no pasó de ser un anhelo, toda vez, que el fascismo, en cuanto tal, –de acuerdo a Evola vale no por sí, no per se, sino por ser una expresión de la herencia de la concepción romana de la soberanía política y su afinidad con un Estado auténtico, que entroncaba con el Imperium –romano y medieval– y con los remanentes de una verdadera autoridad, que en la historia de Italia no tenía ya referentes y puntos de sustento.

¿Una alternativa para Sudamérica?

Ello es particularmente importante por lo que se refiere a la tradición política, propiamente española, que mantuvo nexos estructurales con el Sacro Imperio Romano Germánico a través de la Sacra, Cesárea y Católica Majestad de Carlos I de España y V de Alemania, e igualmente por la fidelidad a principios superiores de los Habsburgo, y en especial del Rey Católico Felipe II, opuesto decididamente a la expansión mercantilista y protestante que ha erigido el mundo actual de la usurocracia y el capitalismo (Max Weber), sin que por ello Evola reivindique, por su adhesión al gibelinismo, el propósito de mayor hondura del combate de España contra la subversión, mismo que sucumbió ante poderes nefastos coaligados tanto en el episodio de la Armada Invencible, que no fue derrotada militarmente, –según aclara el historiador William Thomas Walsh, en su magna obra Felipe II (Espasa Calpe, Madrid, 1958)–, como por la concentración de un bloque metafísico que representó la Contrarreforma, en una misma línea que es lo opuesto a la depredación borbónica y a la monarquía constitucional domesticada, como a un conservacionismo puramente reactivo y superficial, que nada tiene que ver con una doctrina trascendente del Estado.

Mas en el caso de Sudamérica, el ejemplo italiano –al que se refiere Evola- es muy aplicable: "En cuanto al pasado italiano mismo, hemos dicho que desgraciadamente no hay gran cosa que extraer para la definición del punto de vista de una verdadera Derecha. En efecto como cada uno sabe, Italia se unificó en tanto que nación principalmente bajo la influencia de las ideologías procedentes del Tercer Estado y de los "inmortales principios" de1789, ideologías que no han jugado un papel puramente instrumental y provisional en los movimientos del Risorgimento" ( ).

Este es precisamente el escenario desolador prevaleciente en Sudamérica con los movimientos de insurgencia, que tuvieron genéricamente como modelos las revoluciones francesa y norteamericana, así como la influencia deletérea de la fracmasonería, que se distinguió como un instrumento jacobino al servicio del expansionismo del pueblo elegido por el destino manifiesto, en la transposición que los yanquis toman de la herencia bíblica protestante y de su referencia a Israel, como el nuevo pueblo predilecto de Jehová.

Por ello es que la crítica de Evola es del todo aplicable a la experiencia política sudamericana, y ello explicaría la impostergable necesidad de restablecer como nuestros referentes al Imperio español, y en un sentido tradicional, a las estructuras políticas solares no occidentales de los símbolos originales de Aztlán y a la determinación guerrera azteca, como al sentido de la guerra sagrada –Xochicayotl–, que contienen en sí, un valor regenerativo fundado en la barbarie como centro de los nuevos valores (Nietzsche), opuestos –en nuestros díasa la subversión democrática y colectivista, y al propio marco ocidentafílico del neocolonialismo, ver al respecto mi libro Apología de la barbarie (UAM,1987, Barbarroja, España, 1992, Huguin, Portugal, 1997).

Superación de la izquierda y de la derecha

Evola aclara que su referencia a la derecha, no es en función de la dualidad del régimen demoparlamentario de los partidos, en oposición a una izquierda que se guía por la misma lógica, lo que sería tomar como punto de partida la degeneración partidocrática, involutiva y destructora, o las falsas restauraciones de un artificial orden conservatista, cuando en rigor nada existió en esas manifestaciones reaccionarias que fuera digno de ser conservado: "En principio representa, o debería representar, una exigencia más elevada, debería ser depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del Estado verdadero: valores en cierta forma CENTRALES, es decir, superiores a toda oposición de partidos, según la superioridad comprendida en el concepto mismo de la autoridad o soberanía tomado en su sentido más completo" (las citas que se hacen a continuación corresponden al libro mencionado).

Esta referencia de Evola se hace en función de valores permanentes y no de las condiciones externas cambiantes, sujetas al agotamiento o a la deformación, que se sitúan: "naturalmente en un momento dado en el pasado, no tiene y no debe tener incidencia angular en toda hojeada que quiera recoger lo esencial y no sucumbir al embrutecimiento HISTORICISTA".

Mitologización y denigramiento

De ahí que se refiera a dos graves peligros en la comprensión cabal de las ideas-fuerza de la Tradición, retomadas por el fascismo, que se expresan por la "mitologización y el denigramiento": "El fascismo ha sufrido un proceso que puede calificarse de MITOLOGIZACION y la actitud adoptada respecto a él por la mayor parte de las gentes reviste un carácter pasional e irracional, antes que crítico e intelectual.". Ello da lugar a una idealización nostálgica e insostenible del fascismo, que niega sus aspectos negativos como en contrapartida, denuncia, la aplastante "pasión partisana" con su enorme maquinaria de propaganda orwelliana, dedicada a la denigración sistemática de este movimiento, lo que da lugar a: "la construcción de un mito del fascismo en el cual se evidencia, de manera tendenciosa, sólo los aspectos más problemáticos del fascismo, a fin de desacreditarlo y hacerlo odioso en su conjunto".

Esta corriente de denigración que nunca acude a las fuentes del pensamiento fascista, sino a imprecisas interpretaciones sectarias es la hegemónica, y la que norma el romo "criterio" de los mandarines de la nomenklatura intelectual para rechazar al fascismo sin conocerlo, como un prejuicio consagrado por la estulticia compartida por la ignorancia y el temor pánico a que alguien pudiese identificarse como "fascista", lo que no deja de mostrar la hipocresía y fragilidad de los pontífices de bolsillo que graznan como los gansos capitolinos o cacarean gallináceamente contra lo que los refleja, y que califican, sin el mínimo rigor intelectual como fascismo.

¡Qué pena ajena produce tal espectáculo de moralina galilea y burguesa, en la –inextinguiblehora de los enanos¡

Este problema de apreciación se acrecienta, si se piensa, además, que el meollo de la cuestión si bien reside en el análisis de la estructura del sistema fascista, en su organización estatal e institucional, considerando la existencia del fascismo del Ventenio, y otro muy distinto en el plano ideológico, que surge con la República Social Italiana. El Ventenio se presenta como una depuración de elementos revolucionarios, como la tradición anarquista de los Camisas Negras, el sindicalismo de Sorel y la proyección socialista del propio Mussolini, que hizo decir a Lenin: "Mussolini es el único hombre que garantiza el triunfo del socialismo en Italia", que si bien, son estimados por Julius Evola como un decantamiento de la doctrina o purificación de la idea romana del Estado, trajo consigo una serie de adulteraciones perniciosas como la coexistencia con una monarquía espuria, la carencia de facistización en el ejército, la obligada adhesión y militarización de la sociedad, la teatralidad operística kistch y la vigencia del Concordato, de los Tratados de Letrán, suscritos el 11 de febrero de1929, que otorgaron a la Iglesia Católica privilegios inadmisibles en el terreno del culto y de la educación, contradicciones que condujeron a la traición de Badoglio y a la deposición de Mussolini por el Gran Consejo Fascista en 1943.

La República Social Italiana, en cambio, retornó a los principios revolucionarios que Evola considera desviaciones, pero que dieron, a esta etapa postrimera del fascismo, su carácter socialista, cuando el Último Mussolini se alza con los verdaderos fascistas en una defensa épica de principios insobornables que lo conducen a la tragedia, en que su sacrificio lo eleva sobre su postración, en la lucha interna por la Victoria espiritual.

Joseph de Maistre y Donoso Cortés

Por lo que concierne a los juicios de Evola, como podrá observar el lector, se discrepa de algunos de ellos, puesto, que en ese momento, pasada ya su época iconoclasta, dadaísta, neopagana y del superhombre nietzscheano, –se aproxima mucho más a Joseph de Maistre y a Donoso Cortés–, en la línea del pensamiento contrarrevolucionario, exaltando como el mayor escritor alemán del siglo XX, Ernst Jünger, la figura del pensador español Donoso Cortés: "Un gran espíritu del siglo pasado –(s.XIX)–, Donoso Cortés, habló de los tiempos que preparaban Europa para las convulsiones revolucionarias y socialistas, como los de las negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas"

La concepción romana del Estado

Sin embargo, en la perspectiva del pensador italiano, lo auténticamente importante en el fascismo, más allá de las circunstancias históricas siempre polémicas reside en que: "El mérito del fascismo, es pues, ante todo, haber alzado la idea del Estado en Italia, de haber creado las bases de un gobierno enérgico, afirmando el principio puro de la autoridad y de la soberanía política", dado que el Estado, en un sentido naturalista, utilitario, de contrato social, de bienestar y de garantizar libertades negativas a sus ciudadanos, no merece tal apelativo, ya que es la negación de la autoridad firme y trascendente: "un Estado privado en su conjunto de un mito en sentido positivo, a saber, de una idea superior, animadora y formadora, que fuera algo más que una simple estructura de la administración pública".

Por ello la genuina audacia del fascismo reside en los valores que lo religan con una Tradición anterior y superior a su propia doctrina, que en todo caso es posterior a la acción fascista, ya que se trató de un movimiento en que la acción, precedió a la ideología, es el principio de orden que se refiere al sentido hiératico y anagógico, –de elevar hacia lo alto-–, de toda verdadera autoridad: "La tradición romana, para Mussolini, no debía ser retórica sino una "idea-fuerza" y un ideal para la formación de un nuevo tipo humano que habría debido tener el poder entre las manos: "Roma es nuestro punto de partida y referencia. Es nuestro símbolo y nuestro mito" (1922), y agrega: "Esto testimonia una vocación precisa, pero también una gran audacia: que era proponerse el tender un puente sobre un abismo de siglos, para recuperar el contacto con la única herencia verdaderamente válida de toda la historia desarrollada sobre el suelo italiano".

El símbolismo tradicional del Fascio

Esta es la suprema osadía de Mussolini "tender un puente sobre un abismo de siglos" y para ello nada mejor que el emblema romano del Fascio Litorio: "del que el movimiento de revolución antidemocrática y antimarxista de los Camisas Negras extrajo su nombre y que, según una frase de Mussolini, debía significar "unidad, voluntad y disciplina".

Evola profundiza en el significado del Fascio en la Tradición: "El Fascio, en efecto, se compone de varas distintas unidas en torno a un hacha central, la cual, según un simbolismo común a varias tradiciones antiguas expresa la potencia de lo alto, el puro principio del Imperio".

La pastaciutta de la tripa

La crítica de Julius Evola al fascismo es la más completa y precisa, para todo aquél que se sienta llamado a una misión diferenciada, que aliente en él un afán de radical inconformismo, y un aceptar alegre y vital de la divisa "vivir peligrosamente", aun cuando esta ética viril y un estilo de dureza y disciplina, que ofreció el fascismo a los italianos, haya terminado en una tractoria, siendo devorado como un plato más de pastaciutta, a la que se refiere con desprecio el genial creador del Futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, en La cocina futurista, una comida que evitó un suicidio, ( F.T, Marinetti y Fillia, Gedisa, Barcelona,1985): "Una vez más, el futurismo italiano se hace impopular con un programa para la renovación de la cocina italiana. El bacalao, el roast-beef y el pudín pueden ser la dieta adecuada para los ingleses; carne guisada y queso para los holandeses; sauerkraut, costillas de cerdo ahumadas y salchichas para los alemanes, pero la pastaciutta es mala para los italianos…Al comerla se desarrolla en ellos ese escepticismo irónico y sentimental que les es típico y que con frecuencia frena sus entusiamos".

El rechazo al totalitarismo

Cabe terminar esta visión panorámica sobre el fascismo refiriéndose a la crítica que hace Evola del totalitarismo y de las "libertades negativas" que tratan de abolir por la racionalización el impulso a la autotrascendencia del hombre: "El principio de una autoridad central inatacable se ‘esclerotiza’ y degenera cuando se afirma a través de un sistema que lo controla todo, que militariza, todo y que interviene por todas partes, según la famosa fórmula ‘Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado’".

Para el Maestro de la Tradición, el Estado es orgánico y no totalitario, coordina y articula la vida colectiva, sin hurgar en la existencia privada, a través de la presencia intangible de su soberanía y de un clima de libertad positiva, en que se admiten zonas de autonomía parcial, actuando por su prestigio y su reconocimiento, sin necesidad de coacción ni de una nivelación burocrática masiva, respetando las vocaciones, y la multiplicidad, en que la camaradería y la libre adhesión a los principios como el respeto mutuo rigen la vida de un pueblo formado y determinado como la nación por la voluntad creadora del Estado, acción "debida a una influencia espiritual, no por medidas exteriores y obligatorias", por lo cual: "La injerencia sistemática del Estado no puede ser un principio más que en el socialismo del Estado tecnocrático y materialista". El Estado auténtico, entonces, ejerce el OMNIA POTENS y no el OMNIA FACENS (Walter Heyndrich).

El problema de la autotrascendencia

Respecto a la libertad, Julius Evola, se refiere a la concepción de Platón que dice: "que es bueno que quien no tiene soberano en sí mismo, tenga al menos un buen soberano fuera de sí mismo", lo que lleva a distinguir entre la libertad creativa y la puramente negativa, esto es, externa, de la que puede disfrutar quien siendo libre en relación a los otros,no lo es en cuanto a sí mismo, a lo que es preciso añadir la distinción: "entre el hecho de ser libre DE alguna cosa y el de ser libre PARA alguna cosa (para cumplir una misión, para servir, para forjar el hombre nuevo, para amar –en el deber– el sacrificio). La libertad negativa, puramente nihilística ha acentuado el sinsentido absoluto de la decadente civilización occidental y su putrefacción planetaria.

Mas precisa Evola que el actual Estado democrático se funda en la reducción de la personalidad y en la prisión ubicua del consumo, tratando de extirpar todo aquello que es vida intensa y elevada, siendo mucho más invasor de las determinaciones propias de la vida privada, a la que regula por los continuos mensajes condicionadores de masas, definiendo el éxito y el fracaso, en función de intereses unidimensionalmente materialistas, a ello se une que la actual sociedad intenta suprimir la tendencia a la autotrascendencia del hombre, que, en realidad, es una forma totalitaria de negar la excepcionalidad, la singularidad y la diferencia, lo que lleva a una conciencia lancinante del absurdo que se expresa en la contracultura negativista, o bien, en una vida empequeñecida, inmovilista y apática: "Hoy con la recuperación de esta quimera de la "racionalización" se tiende a rechazar y desacreditar todo lo que es tensión espiritual, heroismo y fuerza galvanizadora de un mito, precisamente bajo el signo de un ideal ya no político, sino "social" y de bienestar físico. Pero se ha precisado justamente que una crisis profunda es inevitable pues, al fin, PROSPERITY y bienestar aburrirán".

El instinto fascista

La precipitada descomposición de Occidente confirma que el instinto fascista del hombre surge de la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón, en el combate del heroismo cotidiano por sobreponerse al desplome interno en la vía solar y ascendente, que requiere de pruebas continuas y que cumple con la tensión guerrera, misma que expresa una revuelta metafísica por la afirmación de un estilo de vida diferenciado, lo que ya manifestara Joseph de Maistre al referirse al instinto monárquico, en cuanto que el hombre para ser necesita de un sueño, de un amor apasionado por lo invisible, de una devoción viril y sacra que potencialice al héroe y al santo, por ello el fascismo es la liturgia postrimera de una mística de la potencia, y al ser esto así, el fascismo en su esencia final es imbatible.

 

 

El budismo "aristocrático" de Julius Evola. Jean Varenne

El budismo "aristocrático" de Julius Evola. Jean Varenne

Biblioteca Evoliana.- El artículo del escritor tradicionalista frances Jean Vareen que reproducimos a continuación, constituye la introducción a la edición española de "La Doctrina del Despertar", publicada por Editorial Grijalbo. Varenne resalta especialmente el carácter aristocrático y guerrero del budismo originario, y dando la razón a Evola en su percepción del fenómeno budista. Es preciso recordar que la exposición de Evola es reconocida -todavía- como la mejor exposición del Canon Budista Palî, es decir, del budismo originario.

 

 

El budismo "aristocrático" de Julius Evola

Jean Varenne

Era 1943 cuando Evola publicaba La doctrina del despertar, o sea, un momento en que la historia daba un trágico giro, en particular en Italia, donde el estallido de una de las más crueles guerras civiles se injertaba en un conflicto mundial que parecía haber echado a doblar las campanas pregonando la muerte de la cultura europea. Ciudades enteras, transformadas en piras, habían dejado de existir, y esto no era más que el preludio del inminente apocalipsis... En esta atmósfera trágica, cuando cabría haber esperado de los intelectuales una actitud combativa, fundada sobre los valores de la acción, del coraje y del heroísmo, Julius Evola daba a leer a su público un libro ¡sobre budismo! Habida cuenta de la imagen que el Occidente se había formado de las tradiciones orientales y más en particular de la enseñanza de Shakya Muni, cabe pensar que entre los numerosos posibles lectores de obra tan inesperada en un periodo crucial de la historia de Italia, hubiera quienes vieran en este "ensayo sobre el ascetismo budista" una especie de ¡provocación! Tanto más que los orígenes aristocráticos del autor no parecían predisponerlo, en modo alguno, a interesarse de manera particular por una religión donde los monjes, ajenos al inundo, desempeñan el papel principal.

Se trataba, en realidad, de un malentendido. Se olvidaba, por ejemplo, que el futuro Buda era también de estirpe noble o, más exactamente, era h¡jo de rey y príncipe heredero y había sido educado en vistas a que un día heredaría la corona. Se le había enseñado la profesión de las armas y el arte de gobernar y, a la edad justa, se había casado y tenido un hijo. Cosas, todas éstas, que evocarían rnas la formación física y mental de un futuro samurai que la de un seminarista que se prepara a tomar las Ordenes. Un hombre como.Julius Evola era el mas apropiado para dlsipar tal error.

Y lo hace en dos frentes: por un lado, no deja de recordar en su libro cuáles fueron los orígenes de Buda, el príncipe Siddhartha, destinado al trono de Kapilavastu; por otro, se empeña en demostrar que el ascetismo budista no es una resignación pusilánime frente a las desgracias de la vida, sino un combate de orden espiritual no menos heroico que el de un caballero en el campo de batalla. Como dice el propio Buda (Mahavagga 2, 15): "Mejor morir combatiendo que vivir como vencido". Tal resolución coincide con el ideal de Evola de triunfar sobre las resistencias materiales con el fin de alcanzar el Despertar a través de la meditación; no obstante, hay que señalar que el vocabulario guerrero está contenido en los escritos más antiguos del budismo, o sea, los que mejor reflejan la enseñanza viva del Maestro. Evola se entrega incansablemente a borrar esa imagen flaca y desteñida que el Occidente se ha creado de una doctrina que en sus orígenes se la quería aristocrática y reservada a "campeones".

Es sabido que después de Schopenhauer, en la cultura occidental se difundió la idea de que el budismo enseñaba una doctrina de renuncia al mundo, entendida como actitud pasiva: "dejernos que las cosas sigan su curso; al fin y al cabo no nos interesan". Dado que en este mundo inferior "todo es malo", sabio es aquel que, como san Simeón Estilita, se retira, si no a vivir sobre una columna, por lo menos a un lugar aislado para meditar. Y la imagen más corriente que nos hacemos de los budistas es de monjes con hábitos color azafrán que van mendigando su alimento y no hacen ‑según se cree‑ más que recitar textos aprendidos de carretilla, puesto que la oración propiamente dicha está prohibida, por lo cual su religión se antoja una forma de ateísmo.

Evola demuestra muy bien que esa noción del budismo está radicalmente falseada por una serie de prejuicios. ¿Pasividad?, ¿inacción? ¡Todo lo contrario! Buda no cesa de exhortar a los discípulos a "esforzarse por la victoria" y él mismo, en el ocaso de la vida, podrá decir con ufanía: katam karaniyam (¡lo que tenía que hacer lo he hecho!). ¿Pesimismo? Es cierto que Buda, tomando una fórmula del brahmanismo, religión en la que había sido educado antes de partir de Kapilavastu, afirma que sobre la tierra "todo es sufrirniento"; pero es así, aclara él mismo, porque esperamos que nuestros actos nos reporten de inmediato beneficios concretos. Los guerreros arriesgan su vida por el ansia del saqueo y por el placer de la gloria; pero quedan inevitablemente decepcionados: el botín es magro y pronto malversado y la gloria se marchita con rapidez... Mas si se toma conciencia de este estado de cosas (he aquí un aspecto del Despertar), el pesimismo se disipa, por cuanto que la realidad es la que es, ni buena ni mala de por sí: pertenece a un devenir que no puede ser interrumpido. Es preciso vivir y actuar, pues, a sabiendas de que para nosotros ha de contar sólo el instante. Por lo tanto, el deber (el dhanuna) se afirma como la única referencia válida: "haz lo que debes", o sea, "haz, pero de modo que tu actuar sea del todo desinteresado".

Se adivina cómo Evola no ha tenido que fatigarse mucho para mostrar que este ideal es el de los caballeros andantes de nuestro Medievo, los cuales ponían su espada al servicio de toda causa noble, sin aguardar recompensa alguna. Combatían porque un día fueron preparados para rendir tal servicio y no para enriquecerse despojando a sus adversarios. ¿Eran pesirnistas? Desde luego que no, si al concluir su vida podían decir, como Buda: "¡Lo que debía hacer lo he hecho!" Tampoco eran optimistas, puesto que el principio "todo marcha bien en el mejor de los mundos posibles" no es menos ilusorio que su contrario.

Por fin, el término de "ascetismo" es susceptible de generar errores en quien observe el budismo desde el exterior. Evola recuerda, a tal propósito, que el sentido original de esta palabra es "ejercicio práctico", "disciplina" y, se podría decir también, "aprendizaje". Mas no, como estamos inclinados a creer, una voluntad de mortificación ligada a la idea de penitencia que llega, por ejemplo, a la autoflagelación, pues "es preciso sufrir para espiar los propios pecados", sino una escuela de la voluntad, un heroísmo puro (o sea, desinteresado), que Evola, conocedor de la materia, parangona con el esfuerzo del alpinista. Para el profano, la escalada es un esfuerzo inútil, para el montañista es un desafío que se lanza a sí mismo con el solo propósito de poner a prueba su valentía, su perseverancia y, eventualmente, su heroísmo. Hay aquí una actitud que el brahmanismo conocía ya bajo ciertas formas del yoga, en especial las tántricas. A esto, Evola, unos años antes, había dedicado el libro El hombre como potencia (1926).

En el ámbito espiritual el modo de proceder es el mismo. Buda en determinado momento, según se sabe, estuvo tentado de una forma de ascetismo semejante a la del ermitaño del desierto; ayunos prolongados, prácticas tendientes a "quebrantar la resistencia del cuerpo", etc. Pero llegó a ser verdaderamente él mismo, obtuvo el Despertar, sólo cuando comprendió que este camino no llevaba a ninguna parte. Con gran escándalo de sus primeros discípulos dejó de mortificarse, comió hasta satisfacer el hambre y volvió a mezclarse con el mundo de los hombres. Pero a partir de entonces comenzó a actuar con desprendimiento: el mundo ya no podía hacer presa de él, que se había convertido en un “héroe", como habrían dicho los griegos antiguos, o casi un dios.

Tal es el significado profundo de la enseñanza del príncipe Siddhartha, transformado en "el Despertado", el buddha, o "el asceta salido de la dinastía real Shakya (Shakya Muni)". Y todo el valor del libro de Evola está en poner de manifiesto este budismo auténtico. Para ello recurre masivamente a las fuentes originales, las recogidas en el canon en lengua pali, la lengua utilizada por Buda en su predicación. Aunque se trata siempre de una erudición mantenida bajo control, que no se tiene ella misma como fin, cual a menudo ocurre con los especialistas, sino que cumple su papel, esencial pero subalterno, de medio de demostración. La obra de Evola, como él mismo recalca en el título, es un "ensayo", un compendio, no una summa. No es una historia del budismo primitivo, antes bien una reflexión sobre la verdadera naturaleza del ascetismo budista y sobre su posible integración en el mundo moderno.

¿Quién puede saber lo que Evola pensaba mientras escribía este libro? Por mi parte me inclino a creer que, presintiendo la tragedia inminente, quiso ilustrar la virtud de la perseverancia y de la fidelidad, aunque el combate no tuviera camino de salida. Y cuando, en 1945, recibió en Viena la terrible herida que lo dejó inmovilizado los treinta años que aún le quedaban por vivir, se puede creer que, sobreponiéndose a sus sufrimientos y a su desazón por no poder ya escalar las cimas que siempre lo habían atraído, se dijo que, como fuera, había hecho lo que tenía que hacer, habiendo nacido tal día y en tal lugar: testimoniar la verdad. Y si, por desgracia, en esta edad oscura en la que el universo se precipita hacia su fin (necesario para que aparezca un mundo nuevo, según la doctrina cíclica del tiempo), la gente no es capaz de recibir tal testimonio, ¿qué más da? Como dijo el propio Buda: "Quien ha despertado es sernejante a un león que ruge hacia las cuatro direcciones del espacio". ¿Quién puede saber cómo resonará el eco de este rugido? Como quiera, es el rugido de un vencedor y esto es sólo lo que cuenta.

JEAN VARENNE

 

Revuelta contra el Mundo Moderno. I Parte. Cap X. Iniciación y Consagración

Revuelta contra el Mundo Moderno. I Parte. Cap X. Iniciación y Consagración

Biblioteca Evoliana.- En el capítulo X de "Revuelta contra el mundo moderno", Evola aborda uno de los aspectos más importantes de las sociedades tradicionales: la distinción entre "iniciación" y "consagración". De aquí iba a surgir un punto de fricción con la visión de René Guénon. En alguno de los ensayos incluidos en la obra "Introducción a la Magia" del Grupo de Ur, esta temática estaba ya presente. El material que manera Evola emn este capítulo es impresionante y sus conclusiones difícilmente discutibles. Evola, en esta parte de su obra está describiendo, capítulo a capítulo, las constantes de las civilizaciones radicionales.

X

INICIACION Y CONSAGRACION

Habiendo definido la concepción de la cúspide o centro de una civilización tradicional, nos queda indicar brevemente algunos aspectos de su fenomenología, refiriéndonos a situaciones existenciales ya condicionadas. Esto nos permitirá determinar igualmente el origen de la alteración del mundo de la Tradición.

Nos encontramos en presencia de una forma condicionada de la idea regia cuando esta se encarna en seres superiores, por naturaleza , en el límite humano, sino en seres que deben suscitar esta cualidad en si mismos. Según la terminología de la tradición helénica, tal distinción podría corresponder analógicamente a la diferencia entre "dios" (ideal "olímpico" y "héroe"; según la tradición romana, corresponde formalmente a los títulos de deus y de divus , designando divus al hombre convertido en dios y deus al ser que fue siempre un dios (1) . La tradición quiere que en Egipto suceda precisamente a la raza real de los Θέοι, la de los (equivalente de los "héroes") ήμίθοεο antes que reinen los νέκυες, expresión que evoca un tipo de jefe esencialmente humano. Esta evolución evidencia el caso donde existe una distancia entre la persona y la función: para que la persona pueda encarnar la función, es preciso que una acción determinada suscite en ella una cualidad nueva. Esta acción puede presentarse, como iniciación, o como investidura (o consagración). En el primer caso presenta un carácter relativamente autónomo y directo; en el segundo, es mediata, procedente, de alguna manera, del exterior, e implica la intervención de una casta sacerdotal que se haya diferenciado de la casta real.

Por lo que se refiere a la iniciación real bastará recordar lo que se ha dicho respecto a las acciones rituales, sacrificiales y triunfales, que repiten las acciones atribuidas a un dios o a un héroe en vistas de actualizar, evocar o renovar, las influencias sobrenaturales correspondientes. Esto fue practicado de una forma particularmente precisa en el antiguo Egipto: como se ha visto, el rey, en el momento de su entronización, repetía el "sacrificio" que convirtió a Osiris en una divinidad trascendente y este rito no servía solo para renovar la cualidad de una naturaleza ya divina de nacimiento, sino también, precisamente, de iniciación a fin de suscitar la dimensión de la trascendencia en el hombre destinado a ser rey y asegurarle el "don de la vida". Nos limitaremos, en lo que concierne a las particularidades de este tipo de rito, con mencionar el que correspondía, en los misterios de Eleusis, al atributo del título real (2) .

El futuro "rey" permanece primeramente, durante algún tiempo, en un lugar de retiro solitario. Atraviesa luego un río en una barca (3) y se cubre con pieles de animales. Estos últimos simbolizan verosímilmente potencias totémicas las cuales son también fuerzas de la colectividad y de las cuales la suspensión del "Yo" exterior caduco provoca la aparición. Se trataba pues de una toma de contacto y de una identificación. En el ritual báquico, las coribantes se cubrían con las pieles de las víctimas, una vez despedazadas y de esta forma se identificaban con el dios representado por éstas, asumiendo su fuerza y naturaleza; el iniciado egipcio pasaba igualmente a través de la piel de la víctima que representaba a Set (4) . Así el simbolismo de conjunto de esta fase del rito se refiere probablemente a la obtención del estado propio a aquel que puede realizar la travesía simbólica, habiendo adquirido algunos poderes relacionados con el lado subterráneo–vital del organismo colectivo por el cual será calificado como Jefe.

El futuro "Rey" alcanza, en cualquier caso, una orilla y debe llegar hasta la cumbre de una montaña . La oscuridad le rodea, pero los dioses le ayudan a recorrer el sendero y atravesar los diversos círculos. Se reencuentran aquí símbolos ya conocidos: la "tierra firme" o "isla", la "montaña" o "altitud". Viene a añadirse la idea de influencias planetarias (los "círculos" pueden corresponder a las siete "ruedas platónicas del destino"), que es preciso dominar alzándose hasta la región simbólica de las estrellas fijas , expresión de los estados del mundo del ser: lo que equivale, según la antigua distinción, al tránsito de los Pequeños a los Grandes misterios, del rito telúrico–lunar al rito olímpico y solar. El candidato a la iniciación es recibido por los otros reyes y por los altos dignatarios; entra en un templo completamente iluminado para tomar contacto con el rey divino. Se le recuerda los principales deberes del rey. Recibe finalmente los vestidos y las insígneas de su dignidad y asciende al trono.

El rito de la iniciación real en Egipto comprendía tres momentos comparables a las fases que acaban de ser descritas: ante todo la purificación; luego el rito mediante el cual adquiere el fluido sobrenatural, representado por la corona, uraeus , o doble corona (la corona era frecuentemente llamada la "gran maga", que "establece a la derecha y a la izquierda del rey los dioses de la eternidad y de la estabilidad"); enfin, la "subida" al templo que representa al "otro mundo" –paduait– y el "abrazo" del dios solar, correspondían a la consagración definitiva de este nuevo nacimiento inmortalizante y esta identidad de la naturaleza, mediante la cual el rey egipcio aparecía como el "hijo" del mismo dios (5) .

El rito de Eleusis es uno de los más completos rituales de iniciación real. Se supone que a cada símbolo correspondía una experiencia interior muy bien determinada. No trataremos aquí, ni de los medios mediante los cuales estas experiencias eran provocadas, ni de la naturaleza específica las mismas (6) . Nos limitaremos a subrayar que, en el mundo de la Tradición, la iniciación fue concebida en sus formas más altas, como una operación intensamente real, capaz de modificar el estado ontológico del individuo y de ingertar en él fuerzas del mundo del ser o supra–mundo. El título de rex, βασιλευς, en Eleusis, indicaba la cualidad sobrenatural adquirida, que, potencialmente designaba por la función de jefe. Si, en la época de los misterios de Eleusis, este título no se acompañaba automáticamente de la autoridad política efectiva, hay que ver en ello la causa de la decadencia de la antigua Hélade. Es por esta razón que la antigua dignidad real no pudo mantenerse más que sobre un plano distinto del propio al poder real, encontrándose, desde entonces, casi totalmente en manos profanas (7) , lo que no impidió, por otra parte que, de tiempo en tiempo, algunos soberanos temporales aspirasen a revestir la dignidad de rey iniciático, muy diferente de la suya. Es así como Adriano y Antotino, ya emperadores romanos, no recibieron el título de rey, comprendido de esta forma, más que tras haber sido iniciados en Eleusis. En cuando a la cualidad conferida por la iniciación es –según los testimonios concordantes– distinta e independiente de todo mérido humano: todas las virtudes humanas hubieran sido incapaces de producirla, al igual que, en cierta medida, ninguna "falta" humana podía corromperla (8) . Un eco de esta concepción se ha conservado en la concepción católica, en virtud de la cual ninguna falta moral de la persona puede destruir la cualidad sacerdotal sacralmente conferida, que subsiste como un caracter indelebilis. Además, tal como lo hemos dicho ya, hablando de la "gloria" mazdea y de la "virtud" extremo–oriental, a esta cualidad correspondía un poder objetivo. En la China antigua se hacía precisamente una distinción entre aquellos que posee ya naturalmente la "ciencia" y la "virtud", capaces de "realizar sin socorro extraño, con serenidad e imperturbabilidad, la ley del Cielo", encontrándose en la cumbre, los "realizados", es decir, los "hombres trascendentes" y aquellos que, "triunfando sobre sí mismos y volviéndose hacia los ritos" han conquistado esta misma virtud (9) . Pero la disciplina –sieu–ki– que conviene a estos últimos y equivale a la iniciación, no era considerada más que como un medio para alcanzar la formación objetiva de este "hombre superior" –kiun–tzé– el cual, gracias, al poder misterioso y real que le es inherente podra asumir legítimamente la función correspondiente a la suprema cúspide jerárquica (10) .

El carácter específico del elemento que forja verdaderamente rey a un rey, aparece de una forma aun más evidente cuando se trata, no de la iniciación, sino de la consagración, por ejemplo en el caso muy característico de la investidura especial que hacía del príncipe teutónico ya coronado el romarorum rex, y que solo le confería la autoridad y los derechos de Jefe del Sacro Imperio Romano. Encontramos, por otra parte, este fragmento de Platón (11) : "En Egipto, no se permite que el rey reine sin tener un carácter sacerdotal y si, por casualidad, un rey de otra raza toma el poder por la violencia, es necesario que luego sea iniciado en esta casta". Plutarco (12) refiere igualmente que en Egipto la elevación a la realeza de una persona de casta no sacerdotal sino guerrera, implicaba eo ipso su tránsito por la casta sacerdotal, es decir su participación en esta ciencia trascendente, "que está frecuentemente disimulada por mitos y discursos que expresan oscuramente la verdad por medio de imágenes y alusiones". Lo mismo se dice de los parsis y fue precisamente por ello que los grandes reyes iranios al afirmar igualmente su dignidad de "magos", reuniendo así ambos poderes, como este país, en el mejor período de su tradición, no conoció conflictos o antagonismos entre realeza y sacerdocio (13). Conviene observar igualmente que si, tradicionalmente, eran reyes quienes habían recibido la iniciación, inversamente, la iniciación y la función sacerdotal misma fueron a menudo considerados como el privilegio de los reyes y de las castas aristocráticas. Por ejemplo, según el Himno homérico a Démeter la diosa habría reservado a los cuatro príncipes de Eleusis y a su descendencia "la celebración del culto y el conocimiento de las orgías sagradas", gracias a las cuales "no se comparte, tras la muerte, el mismo destino que el resto". Y Roma luchó durante largo tiempo contra la usurpación plebeya a fin de que los sacerdotes de los colegios mayores y sobre todo los cónsules –que tenían ellos mismos, en su origen, un carácter sagrado– no fueran escogidos mas que entre las familias patricias. Aquí se manifiesta de forma similar la exigencia de una autoridad unitaria y el reconocimiento instintivo del hecho que esta autoridad repose sobre una base más sólida cuando la "raza de la sangre" y la "raza del espíritu" se reencuentran.

Examinemos ahora el caso de los reyes que acceden a su dignidad supra–individual, no a través de la iniciación, sino a través de una investidura o consagración mediata dada por una casta sacerdotal. Se trata de una forma propia de épocas más recientes y ya, en parte, históricas. Las teocracias de los orígenes no extrajeron, en efecto, su autoridad de ninguna Iglesia ni de ninguna casta sacerdotal. La dignidad real de los soberanos nórdicos se desprendía directamente de su origen divino y eran –como los reyes del período dórico–aqueo– los únicos en celebrar los sacrificios. En China, –como se ha visto– el rey extraía directamente su mandato del "Cielo". En el Japón hasta una época reciente, el rito de la entronización se realizaba a través de una experiencia espiritual individual del Emperador, consistente en tomar contacto con las influencias de la tradición real, en ausencia de todo clero oficiante. Incluso en Grecia y Roma, los colegios sacerdotales no "hacían" los reyes con sus ritos, sino que se limitaban a recurrir a la ciencia adivinatoria para asegurarse que la persona designada "era agradable a los dioses". Se trataba, en otros términos, como en la antigua tradición escocesa representada por la "piedra del destino", de reconocimiento y no de investidura. Inversamente, en la Roma de los orígenes, el sacerdocio apareció como una especie de emanación de la realeza: era el rey quien determinaba las leyes del culto. Tras Rómulo, iniciado en la ciencia augural (14) , Numa delegó las funciones más propiamente sacerdotales al colegio de los Flámines, que él mismo instituyó (15) . Durante el Imperio los colegios sacerdotales fueron de nuevo sometidos a la autoridad de los Césares, como el clero lo estuvo al emperador de Bizancio. En Egipto, hasta la XXI Dinastía, poco más o menos, no es más que a título ocasional que el rey concedía su delegación a un sacerdote, llamado "sacerdote del rey", nutir hon, para realizar los ritos, de forma que la autoridad sacerdotal representó siempre un reflejo de la autoridad real (16) . Al nutir hon del antiguo Egipto corresponde, en más de un aspecto, la función que realiza a menudo en la India el purohita, brahamana sacrificador del fuego al servicio del rey. Las razas germánicas, hasta la época franco–carolingia, ignoraron la consagración –recordemos que Carlomagno se coronó a sí mismo, al igual que Luis el Piadoso, que coronó luego a su hijo Lotario sin ninguna intervención del Papa– y se puede decir otro tanto de las formas originales de todas las civilizaciones tradicionales comprendidas las de la América precolombina, más particularmente la dinastía peruana de los "dominadores solares", o Incas.

Por el contrario, una casta sacerdotal o una Iglesia se presenta como la detentadora exclusiva de la fuerza sagrada, sin la cual el rey no puede ser habilitado para ejercer su función; nos encontramos entonces al principio de la curva descendente. Se trata de una espiritualidad que, en sí, no es verdaderamente real y de una realeza que, en sí, no es verdaderamente espiritual; estamos ante dos realizadaes distintas. Se puede decir también que se encuentra, de una parte, frente a una espiritualidad "femenina" y, de otra, frante a una virilidad material; de una parte, ante un sagrado lunar y de otra, ante una solaridad material. La síntesis, correspondiente al atributo real primordial de la "gloria", fuego celeste de los "vencedores", es disuelta. El plano de la "centralidad" absoluta se ha perdido. Veremos que esta escisión marca el inicio del descenso de la civilización a lo largo de la vía que desemboca en el mundo moderno.

Habiéndose producido la ruptura, la casta sacerdotal se presenta como la que atrae y transmite influencias espirituales, a las que no podría servir de centro dominador en el orden temporal. Este centro está, por el contrario, virtualmente presente en la cualidad de guerrero o de aristócrata del rey designado, al cual el rito de la consagración comunica las influencias antedichas (el "Espíritu Santo", en la tradición católica), a fin de que las asuma y ponga en acto de una forma eficaz. Así, tras un período relativamente reciente, no es más que a través de esta mediación sacerdotal y la virtus deificans de un rito, que se recompone esta síntesis de lo real y lo sagrado que constituye la cúspide jerárquica suprema de todo orden tradicional. Solo de esta forma el rey se convierte en "más que un hombre".

En el ritual católico, el hábito que el rey debe revestir antes del rito de investidura es un hábito "militar". Luego cuando viste el "hábito real", va a situarse en un "lugar elevado" preparado en la Iglesia. El sentido rigurosamente simbólico de las diversas partes de la ceremonia se ha conservado prácticamente hasta los tiempos modernos y es importante señalar el empleo reiterado de la expresión "religion regia", mediante la cual frecuentemente evocó la figura enigmática de Melquisedek; ya en la época merovingia, se tiene, para un rey, la fórmula: Melquisedech noster, merito rex atque sacerdos (17) ; el Rey, que en el curso del rito, abandona el vestido precedentemente utilizado, "abandona al mismo tiempo el estado mundano para asumir el de la religion real" (18) , y el papa Esteban III escribe en 769, que los carolingios son una raza sagrada y un sacerdocio regio: vos gens sancta estis atque regales estis sacerdotium (19) . La consagración real –rito que no difería entonces más que por ligeros detalles de la consagración de los obispos, de forma que el rey se convertía, ante los hombre y ante Dios, en alguien tan sagrado como un sacerdote– se administraba por unción. En realidad, en la tradición hebraica recuperada por el catolicismo, éste era el medio ritual habitualmente utilizado para transferir un ser del mundo profano al mundo sagrado (20) ; por su virtud, según la concepción gibelina, el consagrado devenía deus–homo, in spiritu et virtude christus domini, in una eminentia divinificationis – summus et instructor Sanctae Ecclesiae (21) . Se podía así afirmar que "el rey debe ser distinto de la masa de los laicos, ya que, unge con el óleo consagrado, y participa de la función sacerdotal" (22) , o como declara el Anónimo de York, que "el rey, Cristo del Señor, no puede ser llamado laico" (23) . La idea de que el rito de la consagración real tiene el poder de borrar todas las faltas cometidas, incluso las de sangre (24) , reaparece esporádicamente y en ella se reencuentra el eco de la doctrina iniciática, ya mencionada, relativa a la trascendencia de la cualidad sobrenatural respecto a todas las virtudes o a todos los pecados humanos.

En este capítulo hemos contemplado la iniciación en relación a la función de una soberanía visible. Sin embargo hemos hecho alusión a casos en los que la dignidad iniciática se ha distanciado de esta función, o, por decirlo mejor, a casos en que esta función se separó de la dignidad iniciática secularizándose y revistiendo un carácter puramente guerrero y politico. La iniciación debe, sin embargo, ser considerada, también, como una categoría particular del mundo de la Tradición, sin que esté por tanto ligada al ejercicio de una función visible y conocida en el centro de una sociedad. La iniciación (la alta iniciación, distinta de esta que se refiere eventualmente al régimen de las castas, así como al artesanado y a las profesiones tradicionales) ha definido, en sí, la acción que determina una transformación ontológica del hombre, dando nacimiento a cadenas a menudo invisibles y subterráneas, guardianas de una influencia espiritual idéntica y de una "doctrina interna" superior a las formas exotéricas y religiosas de una tradición histórica. Es preciso reconocer que en algunos casos el iniciado o el adepto han presentado este carácter "distanciado" incluso en el seno de una civilización normal, no solo en el período ulterior de degeneración y de ruptura interna de las unidades tradicionales. Pero, desde una época reciente, este carácter se ha convertido en necesario y general, sobre todo en Europa, en razón de los procesos involutivos que están en el origen del mundo moderno y en razón del advenimiento del cristianismo (de aquí, por ejemplo, el carácter exclusivamente iniciático del Rey Hermético, del Imperator rosacruciano, entre otros).

notas a pie de página:

(1) Cf. E. BEURLIER, Le Culte Imperial , París, 1891, pag. 8. [retornar al texto]

(2) Nos referimos esencialmente a la reconstitución de los Misterios de Eleusis de V. MAGNIOEN, Les Mystères d'Eleusis , París, 1929, pag. 196 y sigs. [retornar al texto]

(3) Por su carácter tradicional, cada una de estas fases podría dar lugar a innumerables interpretaciones. He aquí algunas. La travesía de las aguas, al igual que el simbolismo de la navegación , es una de las imágenes que se repiten con más frecuencia. El navío es uno de los símbolos de Jano, que se encuentra incluso en el simbolismo pontifical católico. El héroe caldeo Gilgamesh que recorre la "vía del sol" y del "monte" debe atravesar el océano para alcanzar el jardín divino donde podrá encontrar el don de la inmortalidad. La travesía de un gran río, comporta una serie de pruebas, enfrentamientos con "animales" (totem), tempestades, etc... se encuentra en el itinerario mejicano de ultra–tumba (cf. REVILLE, Relig. Mex. , cit., pag. 187) así como en el itinerario nórdico–ario (cruce del río Thund para alcanzar el Walhalla). La travesía figura iguamente en la saga nórdica del héroe Siegfried, que dice: "Puedo conduciros, aquí abajo (en la "isla" de la mujer divina Brunhild, país conocido "solo por Siegfried") sobre las aguas. Las verdaderas rutas del mar me son familiares" ( Niebelungenlied , VI); en el Veda, el rey Yama, concebido como "hijo del sol" y como el primero entre los seres que han encontrado la vía del más allá, es aquel que "ha ido más allá de los mares" ( Rg–Veda , X, 14, 1–2; X, 10, I). El simbolismo de la travesía se repite frecuentemente en el budismo y el jainismo conoce la expresión tirthamkara (los "constructores del vado"), etc... Ver más adelante (II, parag. 4), otro aspecto de este simbolismo. [retornar al texto]

(4) Cf. MACCHIORO, Zagreus , cit., pag. 71–72. ( ) Cf. MORET, Royaut, phar. , cit., pag. 100–101, 220, 224. [retornar al texto]

(5) Se puede aludir a las exposiciones contenidas en la Introduzione alla Magia , Milán, 1952. Cf. igualmente J. EVOLA, La Tradición Hermética (op. cit.). Según Nitis^Ara (I, 26–27) la dignida real está condicionada por este mismo dominio del manas (raíz interior y trascendente de los cinco sentidos) que es también una condición del yoga y del ascesis. Y se añade: "El hombre incapaz de domar el manas , ser único, ¿cómo podría sujetar la tierra?" (Expresiones análogas en el Manâvadharmashastra , VII, 44). [retornar al texto]

(6) Cf. Handbuch der klass Alternumswiss , cit., v. IV, pag. 30. En lo que concierne a Roma, se puede señalar el tránsido del concepto integral de la realeza al del rex sacrorum , cuya competencia se limitaba al dominio sacro. Se justifica esto por el hecho que el rey debe comprometerse en actividades guerreras. [retornar al texto]

(7) A este respecto, nos limitaremos a señalar las expresiones características del Manâvadharmashastra , XI, 246 (cf. XII, 101): "Al igual que el fuego, con su llama ardiente, consume rápidamente la madera en la que prende, así también aquel que conoce los Vedas consume pronto sus faltas con el fuego del saber"; XI, 261: "Un brahamana que posee todo el Rig Veda no puede ser mancillado por ningún crimen, aun cuando matara a todos los habitantes de los tres mundos". [retornar al texto]

(8) Cf. Lun–yü , XVI, 8; 1 y XIV, 4–5: Tshung–yung , XX, 16–17; XXII, 1 y XXIII, 1. [retornar al texto]

(9) Cf. MASPERO, Chine ant. , op. cit., pag. 452, 463, 466–467. [retornar al texto]

(10) PLATON, República , 290d. [retornar al texto]

(11) PLUTARCO, De Is. y Os. , IX. [retornar al texto]

(12) Cf. SPIEGEL, Eran. Altert. , op. cit., v. III, pag. 605–606. [retornar al texto]

(13) Cf. CICERON, De Natura Deorum , III, 2. [retornar al texto]

(14) Cf. TITO LIVIO, I, 20. [retornar al texto]

(15) Cf. MORET, Royaut. phar. , pags. 121, 206. [retornar al texto]

(16) BLOCH, Rois thaumat. , cit., pag. 66. [retornar al texto]

(17) Ibid. , pag. 197 (la fórmula es de J. Golein). [retornar al texto]

(18) F. de COULANGES, Les transformations de la royauté pendant l'epoque carolingienne , París, 1892, pag. 233. [retornar al texto]

(19) David recibe de Samuel el óleo santo y "desde este día el espíritu de Dios estuvo con él" ( Rois , I, 16; I, 3, 12–13). En algunos textos medievales el óleo de la consagración real fue asimilado al que consagra también "los profetas, los sacerdotes y los mártires" (BLOCH, pag. 67–73). Durante el período carolingio, el obispo pronuncia esta fórmula de consagración: "Que Dios te corone en Su misericordia con la corona de gloria , que derrama sobre tí el óleo de la gracia de Su Espíritu Santo, como ha vertido sobre las piedras, los reyes, los profetas y los mártires" (HINCMAR, Migne , c. 806, apud Fustel de Coulandes, op. cit., pag. 233). [retornar al texto]

(20) Cf. A. DEMPE, Sacrum Imperium, ed. it. Messina–Milán, 1933, pag. 143. [retornar al texto]

(21) G. D'OSNABRUCK, Lib de Lite , I, 467. [retorno al texto]

(22) Apud BLOCH, cit., pag. 190. [retorno al texto]

(23) Cf. BLOCH, op. cit., pag. 198. [retorno al texto]

(24) Respecto a la definición de la naturaleza específica de la realización iniciática, cf. EVOLA, Ueber das Initiatische in "Antaios", 1964, nº 2, ensayo que se encuentra incluido en L'Arco e la Clava , Milán, 1967, cap. 11. [retorno al texto]

 

El fascismo visto desde la derecha (Xi) El Racismo fascista y el "Orden Nuevo"

El fascismo visto desde la derecha (Xi) El Racismo fascista y el "Orden Nuevo"

Biblioteca Evoliana.- En los años 30, Evola estaba interesado por elaborar una "doctrina de la raza". De ahí que cuando el gobierno fascista, por seguidismo hacia la Alemania nacional-socialista, adoptó algunos de los temas propios de esta y que estaban completamente ausentes en los primeros años del régimen mussoliniano. Evola analiza en este capítulo la naturaleza de estas medidas y concluye que se trató de iniciativas superficiales, con poco contenido y frecuentemente erróneas que no duda en criticar con una lucidez poco frecuente al abordar estos temas.

 

CAPITULO XI

EL RACISMO FASCISTA Y EL "ORDEN NUEVO"

 

Incluso entre los que critican hoy en Italia al régimen democrático y no nieguen el valor de ciertos aspectos del fascismo, el "racismo" es juzgado, en general, como uno de los aspectos oscuros del régimen, sobre el cual es mejor callarse, y en cualquier caso, como una especie de "cuerpo extraño" injertado en el sistema. A este respecto, el fascismo habría sido víctima e imitador del hitlerismo durante el último período de la alianza‑germana, el eje Berlín‑Roma.

 El equívoco consistente en hacer del "racismo" un simple sinónimo de antisemitismo y de persecución brutal contra el judío, juega frecuentemente un papel importante en esta forma de pensar. Es así como ha podido leerse en una revista abiertamente "neo‑ fascista", el dar relieve a diferentes datos recopilados por autores judíos a fin de intentar demostrar que Mussolini, en realidad, no era "racista", por que el fascismo, durante la guerra y en el período más crítico de control alemán sobre Italia, no solo no habría perseguido a los judíos sino que incluso, a menudo, les habría protegido. Es evidente que aquí existe una confusión entre lo que pudo ser imputable a un sentimiento de humanidad y de aversión por ciertos métodos lamentables empleados por los alemanes y una cuestión de principios.

Una breve precisión sobre esta cuestión se impone como necesaria. Puede hablarse de tres factores que, en 1938, condujeron a Mussolini a estudiar la cuestión racial. El 5 de agosto de 1938 en una nota oficial se declaró que el "clima ya está maduro para un racismo italiano", en vistas a lo cual el Gran Consejo, dos meses más tarde, trazó las perspectivas fundamentales, las primeras pedidas legales para "la defensa de la raza italiana" fueron promulgadas al mes siguiente. De los tres factores, el que concierne a la cuestión judía era el más contingente. En  los primeros escritos de Mussolini no se encuentra referencia a alguna a esta cuestión. Se puede citar solamente un viejo artículo con una alusión a un tema conocido, a saber que el judío, sujetado y privado de medios normales para luchar directamente, ha debido recurrir en el mundo moderno a los medios indirectos representados por el dinero, la finanza y la inteligencia (en un sentido profano del término) para ejercer dominación y afirmarse. Además, en un artículo de 1919, Mussolini se había preguntado si el bolchevismo, apoyado en sus orígenes por banqueros judíos de Londres y Nueva York y contando (entonces) con numerosos judíos entre sus dirigentes no era una "revancha de Israel contra la raza aria".

De otra parte, no es necesario recordar que el antisemitismo no ha nacido con el nazismo, que en toda la historia, a partir de la Roma antigua, el judío ha sido objeto de aversión y persecuciones, frecuentemente sancionadas, bajo la era cristiana, por soberanos, papas y concilios. Se debe, sin embargo, reconocer que en Italia, la cuestión judía jamás ha tenido particular importancia y que la postura de Mussolini en 1939 tuvo un carácter más político que ideológico. En efecto, las relaciones diplomáticas y las informaciones se multiplicaban dando cuenta de la creciente hostilidad antifascista militantes demostrada por los judíos en el extranjero, en América particularmente: ello estaba en relación con la alianza germano‑italiana. es por ello que Mussolini estuvo finalmente obligado a reaccionar; mientras los judíos italianos que, aparte de algunas excepciones, no habían alimentado nunca sentimientos particularmente antifascistas (hubo incluso judíos entre los escuadristas), comenzaron a sufrir las consecuencias de la actitud de sus correligionarios no‑italianos, en razón de medidas que, sin embargo, no pueden de ninguna manera ser comparadas a las alemanas y que, muy a menudo, permanecieron como letra muerta. Ya que tratamos aquí de la doctrina, no debemos pues ocuparnos de este aspecto del "racismo" fascista; un estudio de la cuestión judía en toda su complejidad entra dentro de un marco diferente.

En cuanto a la "raza", Mussolini tuvo ocasión de hablar con frecuencia. En un período en el que no pueden sospecharse influencias hitlerianas, en abril de 1921, durante un discurso pronunciado en Bolonia, Mussolini situó el nacimiento del fascismo en relación con "una profunda y constante exigencia de nuestra raza mediterránea que, en un momento dado, se ha sentido amenazada en los fundamentos mismos de su existencia". La afirmación según la cual "es con la raza que se hace la historia" es del mismo año, la frase siguiente es de 1927: "es preciso velar seriamente por el destino de la raza; es preciso cuidar a la raza". Podrían citarse numerosas referencias más del mismo género. En 1938, durante el congreso del partido Fascista, Mussolini recordó estos antecedentes precisos para contestar a la acusación según la cual el fascismo imitaba simplemente a los alemanes, añadiendo incluso que todas las veces que había hablado de linaje había querido "referirse a la raza". Pero mientras que en la primera cita el término "ario" puede tener un contenido propiamente racista, en las demás se habla de la raza en general y se encuentra incluso ante la evidente confusión entre el concepto de raza y el de nación. Esta confusión se mantiene en el MANIFIESTO DE LA RAZA (documento muy cerrado y superficial), sonde se habla de "raza italiana", y en el empleo de esta expresión en la legislación "racista" del fascismo en 1938. Naturalmente, en esto existe un absurdo. Ninguna nación histórica es una "raza". Abstracción hecha de ciertas exigencias subjetivas de carácter eugenésico, hablar de "defensa de la raza" en estos términos llevaba a dar una vaga coloración biologizante y étnica a la posición nacionalista; lo que podía contemplarse era, a lo más, una "etnia histórica", no una verdadera raza. Pero hay más. es preciso señalar que identificando raza y nación, exaltando lo que debía encontrar una expresión típica en el concepto nacional‑ socialista colectivizante de la VOLKSGEMEINSCHAFT (es decir, de la unidad o comunidad nacional‑racial, del pueblo‑raza), en el fondo se golpeaba y vaciaba, democratizándola, la noción misma de raza. Así como apunta precisamente K.A.Rohan, había algo que la democracia no pudo destruir: la raza precisamente, en el sentido aristocrático del término. Pues solo es "de raza" y de una "raza" la élite, mientras que el pueblo no es más que pueblo, masa. Si la raza se identifica y mezcla con la nación hasta el punto de hablarse de "raza italiana", "raza alemana", etc., incluso esa muralla será destruida. Se podía y se debía, pues tomar postura contra ese "racismo" asumiendo un punto de vista aristocrático y jerárquico.

De todas formas, el segundo factor que impulsó el giro racista del fascismo debe ser referido sobre todo al concepto de una especie de conciencia "racial" de la nación. Estuvo ligado igualmente a una circunstancia contingente, a la conquista de Etiopía y a la creación del Imperio africano. A este respecto, el "racismo" fascista tuvo el mismo carácter práctico y no ideológico que la actitud común a numerosas naciones coloniales europeas, Inglaterra en primera línea, las cuales quisieron proteger mediante ciertas medidas adecuadas, que alimentaran un sentimiento de "raza", el prestigio de los blancos frente a los pueblos de color para prevenir mezclas y mestizages. El sentido de un decreto promulgado por el gobierno fascista en 1937 no fue diferente. Mussolini se contentó pues con seguir lo que había sido cursado antes, es decir, que la ideología democrática, con el principio de la "autodeterminación de los pueblos", enarbolado por los blancos, no se volviera contra ellos, provocando la revuelta, las reivindicaciones y la sublevación de los pueblos de color, hasta que los europeos fueran ellos mismos presa de psicosis anticolonialistas.

Mussolini había reconocido "la desigualdad irremediable, fecunda y benéfica, de los hombres" y su línea de conducta fue pues, a este respecto, coherente; desde nuestro punto de vista puede ser aprobada. Las distancias debían ser mantenidas. Un paso adelante fue franqueado cuando en el discurso del 18 de septiembre de 1938, Mussolini habló de la necesidad de despertar en los italianos "una clara y severa conciencia racial que no establezca solamente diferencias, sino también superioridad muy netas". Pero es preciso también recordar que en un precedente discurso, pronunciado ante estudiantes orientales, Mussolini había tomado posición contra el colonialismo inferior y el materialismo, condenando la actitud de los que consideran los territorios coloniales como simples "fuentes de materias primas y de mercados para los productos manufacturados". Se aproxima así el punto de vista esencial. Más allá de todo prejuicio y afrontar la cuestión de la legitimidad del derecho a la dominación por parte de un pueblo y de una civilización correspondiente. No puede ocultarse toda la gravedad del problema. En efecto, si consideramos el período del colonialismo propiamente dicho, sería preciso reconocer que esta legitimidad era inexistente en amplia medida, desde el momento en que no se trataba solamente de salvajes, de negros y de otras razas inferiores, sino también de pueblos que habían tenido ya una vieja civilización y una tradición como, por ejemplo, en el caso de los Hindúes. Comparados a ellos, los "blancos" no podían poner delante más que su civilización técnica y su superioridad material y organizadora. En primer lugar con el cristianismo y su extraña pretensión de ser la única religión verdadera o, al menos, la religión más elevada. De aquí las pesadas implicaciones del principio jerárquico y de la "conciencia racial" (de la nación‑raza) invocada en la medida en que debía incluir no solo un sentimiento de diferencias, sino también un sentimiento de superioridad real. Es evidente que los problemas de los "pueblos sin espacio", eventualmente agravados por una "campaña demográfica", no pueden entrar en consideración de ninguna manera: la pretensión del número no puede revestir el sentido de un derecho cualquiera según el significado superior, ético o espiritual del término, y el famoso apóstrofe de Mussolini en el momento de la campaña de Etiopía: "Italia proletaria y fascista ¡en pie!", es seguramente uno de los más lamentables que jamás hayan sido sugeridos por la componente "populista" de su personalidad. Es de una Italia de trabajadores que se había debido hablar, a lo sumo, sin recuperar la jerga marxista y sin transponer sobre el plano internacional el mito fatal de la lucha de clases (cosa que, además, Corradini había ya empezado a hacer, desde el punto de vista nacionalista).

De otra parte, no puede decirse, visto el estado en el que hoy están reducidos los pueblos occidentales, que los problemas de este género estén privados de sentido. De un lado subsisten hoy formas veladas de colonialismo económico, es decir de condicionamiento de los pueblos de color "sub‑desarrollados" y convertidos finalmente en independientes, por más puestas en marcha de la industria y el capital extranjeros (el "segundo colonialismo", en el cual rivalizan América y la URSS); de otra, hay una renuncia cada vez más precisa a toda independencia verdadera en las nuevas "naciones" no europeas por que se asiste a esta extraña paradoja: abstracción hecha de las etnias primitivas y verdaderamente inferiores una serie de pueblos no europeos no han roto el yugo "colonialista" más que para sufrirlo bajo una forma peor que la simple explotación económica bajo administración extranjera: renunciando cada vez más a sus tradiciones, a menudo seculares, estos pueblos se han occidentalizado, han adoptado la civilización, las ideologías, las formas políticas y los modos de vida de los pueblos blancos, capitulando pues cada vez más ante su seudo‑civilización, no teniendo otra ambición más que "desarrollarse" y afirmarse como facsímiles paródicos de los Estados de pueblos blancos, sin concebir ninguna oposición a estos. Así todo converge hacia la nivelación general, y más que ayer, solo las relaciones de fuerza y las esferas de influencia más brutales pueden ser determinantes.

Para regresar a nuestro problema esencial, es preciso ahora estudiar el tercer y más importante factor del "giro racista" del fascismo. Aquí, seguramente pude hablarse de una continuidad y de una coherencia en relación a ideas que Mussolini profesó siempre. El problema que le interesaba y por el cual creyó que un racismo en el sentido propio, positivo (es decir, separado ya sea del antisemitismo como de la defensa del prestigio del pueblo‑raza ‑ la "raza italiana"‑ frente a los pueblos de color) habría podido aportar una contribución importante, era el de la formación de un nuevo tipo de italiano, que era preciso separar de la sustancia bastante inestable y anáquica, sobre el plano del carácter, de nuestro pueblo (sustancia que presenta estas características precisamente por que está lejos de corresponder a una "raza" homogénea). Mussolini pensaba, no sin razón, que el porvenir del fascismo y de la nación dependían menos de la transmisión de ideas y de instituciones que de una acción formadora capaz de engendrar un "tipo" seleccionado. Crear "un nuevo modo de vida" y "un nuevo tipo de italiano" había sido una exigencia sentida por Mussolini desde el principio del nuevo régimen y, hemos ya visto como esto sucedía en un momento en que no podía hablarse ciertamente de la influencia nazi por que el hitlerismo aún no había llegado al poder; hacia 1929 Mussolini, al informar sobre los pactos de Letrán ante el Parlamento, habló de una acción del estado que, "transformando continuamente la nación" pueda alcanzar hasta "su aspecto físico": esta es una idea que, por lo demás, estaba estrechamente ligada a la doctrina general, ya expuesta por nosotros, de las relaciones entre el Estado y la Nación, como entre "forma" y "materia".

Aquí residía precisamente el aspecto positivo y creador del racismo político. En principio no se trataba de algo quimérico. En materia de razas, tomadas, no como grupos originales dados sino como grupos que se forman con caracteres suficientemente estables en relación a una civilización y a una tradición y se definen, ante todo por una manera de ser, por una "raza interior", la historia nos presenta numerosos ejemplos. Puede precisamente recordarse el caso del pueblo de Israel, que, en sus orígenes estuvo lejos de corresponder a una sola raza pura u homogénea sino que, por el contrario, ha sido un compuesto étnico unido y formado por una tradición religiosa, como luego en los EEUU ha nacido rápidamente un tipo fácilmente reconocible de la mezcla étnica más verosimil bajo el efecto del clima y de cierta civilización, o más bien, de una seudo‑civilización (lo que deja entrever posibilidades más amplias cuando se trate, por el contrario, de una verdadera civilización, de tipo tradicional).

Se podía tender además a un ideal de integralidad humana. Mientras que la referencia a la raza y a la sangre podía valer como exigencia contra todo lo que fuera individualismo, intelectualismo y comportamiento muy exteriorizado, se podrían extraer simples expresiones como "ser de raza", "tener raza", "ETRE RACE" (1), aplicables no solo al ser humano, sino también al animal, con su sentido específico e irreprochable de la raza: se trata de una correspondencia verdadera y máxima con el "tipo" de la especie, cosa que no se verifica en la masa, sino solo en un pequeño número de seres. Todas las protestas de intelectuales o "espiritualistas" no pueden además, nada: si los valores verdaderos eran defendidos por hombres que reproducirían, sobre el plano de la raza física (SOMA) y del carácter (raza del alma), un tipo superior, antes que demostrar una penosa fractura entre el cuerpo y el espíritu, esto sería un bien, un mejor. A este respecto, se puede incluso dejar de lado todo "racismo" moderno y referirse a un ideal clásico, helénico si se quiere.

Nosotros hemos hecho ya alusión al MANIFIESTO DE LA RAZA: publicado por orden del régimen en 1938 como preludio al giro racista por un pequeño grupo formado pro elementos con orientación poco homogénea, rebuscadas aquí y allí, este texto era algo inconsistente, debido a la completa inexistencia, en Italia de estudios preliminares adecuados. Entre otras cosas, se afirmaba en el MANIFIESTO que el concepto de "raza es puramente biológico" y, además el uso de la expresión absurda "raza italiana"; se sostenía que la población "de Italia actual es de sangre aria" y que "su civilización es aria", olvidando precisar qué se debía entender por esto. De hecho, esta arianidad se reducía a algo negativo y problemático, consistía en no ser judío o de una raza de color, sin ninguna contrapartida positiva, sin ninguna definición de un criterio superior para establecer el comportamiento, el estilo de vida, las predisposiciones caractereológicas y espirituales de aquel que podía decirse verdaderamente ario. Además, la influencia extranjera era evidente en este caso, así cuando se precisaba que el racismo fascista debía ser de orientación "nórdico‑aria", era el hitlerismo quien parecía hablar.

En el marco de un estudio serio, todo esto habría debido ser excluido y rectificado. El hecho es que podemos testimoniar personalmente que Mussolini era, sin duda, favorable a rectificaciones de este tipo. Antes incluso del giro racista del fascismo, nosotros mismos tuvimos ocasión de tomar posición contra el racismo biológico y cientifista de un lado, colectivizante y fanático de otro, tal como predominaba en Alemania, oponiéndose un "racismo" que, aunque teniendo a la vista el ideal que esta integralidad humana de la que hemos hablado, insistía sobre todo en lo que llamábamos la "raza interior" habría podido ser el punto de partida y de apoyo para la acción formadora que se deseaba. Y si se debía proponer un "tipo" como ideal y centro de esta cristalización, no había lugar en Italia para referirse al tipo nórdico‑ario, copiando a los alemanes. La ciencia de los orígenes había establecido que, a partir de un tronco común originario ("indo‑europeo", "ario"), se habían diferenciado en Europa, de un lado la rama helénica (sobre todo dórica, en Esparta), del otro la rama romana, en fin la rama germánica; algunos rasgos típicos sobre el plano del carácter, la ética, las costumbres, la visión de la vida y de la civilización, siendo comunes a estas tres ramas, atestiguan un origen único y lejano. Podría elegirse pues, para este centro de cristalización, el tipo "ario romano", con sus características; lo cual podía también constituir una integración adecuada de la audaz vocación "romana" del fascismo sobre el plano concreto quedando independiente del racismo "alemán". Estas ideas, al igual que otras, las expusimos en un libro SINTESIS DE LA DOCTRINA DE LA RAZA. Mussolini leyó la obra y, habiéndonos convocado, es significativo que aprobase las tesis de manera incondicional, hasta el punto de permitir que, apoyándose sobre ellas, tomáramos algunas iniciativas importantes que el desarrollo de los acontecimientos y algunas resistencias interiores, impidieron llevar a la práctica.

Concretamente, se trataba de constatar que una nación no es una "raza" y que en el interior de las naciones históricas existen diversas componentes y posibilidades. Un clima adecuado de tensión elevado pudo obrar el que, entre estas posibilidades, algunos tomen las superiores y actúen en favor de una diferenciación que pueda alcanzar progresivamente el nivel mismo del SOMA. Como caso particular, algunos han puesto de relieve la aparición de un tipo nuevo, comprendido también el plano físico, entre los miembros de los cuerpos especiales a los cuales se han confiado tareas particulares difíciles (hoy, por ejemplo, los paracaidistas y otros cuerpos del mismo tipo). Este orden de ideas no tiene evidentemente nada que ver con un racismo inferior, ni con un vulgar antisemitismo (2), pensamos que puede entrar también en el marco de la acción de un estado jerárquico y tradicional.

Los tres factores de los que hemos hablado, una vez reconocidos al igual que las exigencias correspondientes ‑sin olvidar decir que es arbitrario identificar de forma unilateral el racismo con el fanatismo antisemita‑, no debemos pues considerar el lado racista (si decidimos emplear este término) del fascismo como una simple aberración, o una imitación o un "cuerpo extraño".

Podría también introducirse en este contexto una consideración general retrospectiva concerniente a la experiencia fascista en su globalidad. El valor intrínseco de una idea y de un sistema debe ser juzgado en sí, haciendo abstracción de todo lo que entra en el mundo de la contingencia. Sobre el plano práctico e histórico, lo que decide, es sin embargo, la cualidad de los hombres que afirman y defienden esta idea y este sistema. Si esta cualidad es débil, esto no aportará ningún perjuicio al valor intrínseco de los principios y vice‑versa: puede suceder que un sistema defectuoso y criticable sobre el plano teórico funcione de manera satisfactoria, al menos durante un cierto tiempo, cuando es llevado por un grupo de jefes cualificados. De aquí la importancia que revisten los valores de "raza", en sentido amplio, espiritual y caractereológico, y no simplemente biológico, del que hemos hablado anteriormente.

Dicho esto es preciso preguntarse hasta que punto lo que el fascismo presenta de negativo o lo que existe tras la fachada ideológica del fascismo para revelarse luego en el momento de la prueba, no debe ser referido esencialmente a este factor: el factor humano. No tememos hundir la tesis de un cierto antifascismo, afirmando que no fue el fascismo quien actuó negativamente sobre el pueblo italiano, sobre la "raza italiana", sino lo contrario: fue este pueblo, esta "raza", los que actuaron negativamente sobre el fascismo, o más exactamente sobre el intento fascista, en la medida en que se demostraron incapaces de facilitar un número suficiente de hombres a la altura de ciertas exigencias y de ciertos símbolos, elementos sanos y capaces de promover el desarrollo de las potencialidades positivas que estaban contenidas en el sistema. Esta carencia debe ser contemplado también en función de hombres verdaderamente libres que hubieran podido actuar no fuera del fascismo y contra él, sino en el interior del mismo. Faltaban hombres sin miedo, hombres capaces de decir claramente a Mussolini lo que debía ser dicho, de hacerle conocer lo que era bueno que conociera, en lugar de ilusionarlo en el sentido de sus deseos (un caso particular es que se hiciera creer a Mussolini en las posibilidades industriales y militares efectivas de Italia para la entrada en guerra). Ciertamente, hombres de este temple, existieron durante el Ventennio, pero en número insuficiente. Se habría debido anteponer la vieja máxima romana, según la cual el verdadero jefe no tiene por ambición dirigir a esclavos sino tener junto a él a hombres libres que lo siguieran: y esto para rectificar las disposiciones interiores que casi fatalmente tienden a prevalecer a causa de la debilidad humana, en aquel que detenta el poder y que impulsan la mentalidad del cortesano. De una manera más general, ¿Qué pensar de los fundamentos sobre los cuales el fascismo reposaba en parte, del material que tenía a disposición, cuando se ha visto con que facilidad las masas populares delirantes se han fundido como nieve al sol.¿Cuando el viento sopló?; ¿Qué pensar del número de antiguos fascistas que hoy no dudan en declarar que, durante el período precedente, actuaron de mala fe, actuaron por simple conformismo u oportunismo o bien con el espíritu obtuso? El proceso, creemos, sería preciso pues intentarlo para una buena parte de la "raza italiana" y llegaríamos a la conclusión poco reconfortante de que esta "raza" es refractaria a todo lo que se separa de su "tradición", la cual hace aparecer el fascismo como un sombrío paréntesis y la vuelta a la democracia y a todo lo demás (únicamente debido a la victoria del enemigo) como un "segundo Risorgimento", una ruptura completa con todo lo que podía entrar en el marco de los ideales políticos y estatales de una verdadera Derecha.

Como hemos visto, por nuestra crítica sobre el plano doctrinal, nos hemos referido esencialmente al fascismo del Ventennio. Del segundo fascismo, del fascismo republicano de Saló, creemos que no hay gran cosa a valorar sobre este plano, muchos factores contingentes influyeron sobre lo que este fascismo presentaba como un bosquejo de doctrina estática y político social, para no hablar del hecho de que un período de maduración estática y político social, para no hablar del hecho de que un período de maduración tranquila y serena faltó completamente. El valor del fascismo de saló, por el contrario, existe en su aspecto combatiente y legionario. Como algunos han observado con razón se dió el caso de que, por primera vez quizás en toda la historia de Italia, con el segundo fascismo una masa importante de italianos escogieron conscientemente la vía del combatiente sobre posiciones perdidas, la vía del sacrificio y de la impopularidad para obedecer a los principios de la fidelidad y del honor militar. En este sentido, el fascismo de saló nació de quienes resistieron la prueba ‑queremos subrayarlo claramente‑ desde el punto de vista moral y existencial, que es con el que la "raza italiana" dió en esta coyuntura un testimonio positivo, que es preciso además asociar a todo lo que el simple soldado italiano, en los regimientos regulares o en el seno de los batallones de Camisas Negras, supo dar sobre los campos de batalla.