Blogia

Biblioteca Evoliana

LA SUPERACION DEL ROMANTICISMO. Julius Evola

LA SUPERACION DEL ROMANTICISMO. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- Reproducimos la traducción del artículo de Julius Evola, "La speración del romanticismo" que nos ha sido remitido y traducido por la Asociación Joven Europa (www.joveneuropa.org). Esta temática es tocada por Evola en algunas de sus obras, especialmente en "Cabalgar el Tigre" y en "Rostro y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo". Evola ataca las concepciones emotivas, sentimentales y arrebatas propias del romanticismo, contraponiendo la pura estabilidad del espíritu.

 

 

LA SUPERACIÓN DEL ROMANTICISMO

La consigna es pues: Basta con los "valores humanos", basta con el anhelo romántico. Ello sobre todo debe ser realizado a nivel de interioridades, y quiere decir: detenerse, remitir a los hombres hacia sí mismos, obligarlos a hallar en sí mismos el propio fin y el propio valor. Que ellos aprendan nuevamente a sentirse solos, sin ayuda ni ley, hasta que se despierten al acto del mando absoluto y de la absoluta obediencia. Dirigiendo fríamente la mirada alrededor, que reconozcan que no hay adonde "ir", que no hay nada para solicitar, nada que esperar, nada que temer. Que respiren entonces liberados de todo peso y sea respecto del amor como del odio que reconozcan su miseria y debilidad. Se vuelvan a levantar como cosas simples, puras, ya no más humanas.

En la superioridad de los aristócratas, en la alta elevación de almas que son señoras de sí mismas, se burlen de la turbia avidez con la cual los esclavos se precipitan sobre el banquete de la vida. Se determinen con una indiferencia activa capaz de todo según una renovada inocencia. El poder de poner en juego la propia vida y de fijar los báratros sonriendo, de dar sin pasión, de actuar poniendo a la par el vencer que el perder, el éxito que el fracaso, el placer como el dolor, brote de esta misma superioridad que hace disponer de sí como de una cosa en la cual se despierta verdaderamente la experiencia de lo que es más fuerte que cualquier muerte y que cualquier corrupción. El sentido de la rigidez del esfuerzo, del crudo "tú debes" no exista más como el recuerdo de una absurda manía. Reconociendo la ilusión de todos los "planes providenciales", de todas las ideologías historicistas, de todas las "evoluciones", reconociendo a todos los "fines" y "razones" como muletas necesarias tan sólo para quien, aun niño, no sabe ir por sí mismo, los hombres cesarán de ser movidos, sino que se moverán. Siendo centrales en sí mismos, por sí mismos hombres y no más espectros, resurgirá la acción en su sentido primitivo, elemental, absoluto.

Será en este momento que al haberse lacerado la niebla envenenada del mundo romántico, más allá de la intelectualidad, más allá de la psicología, más allá de la pasión y la superstición de los hombres, reaparecerá la naturaleza en su estado libre y esencial. Ningún cielo gravitará más sobre la tierra. Todo alrededor retornará libre, todo respirará finalmente. Aquí también la gran enfermedad del hombre romántico, la fe, será superada. Al hombre así reintegrado se le abrirán entonces espontáneamente nuevos ojos, nuevas orejas, nuevas audacias. Lo sobrenatural cesará de ser una pálida evasión de almas pálidas. El mismo será realidad, y coincidirá con lo natural. En la misma neta, calma, poderosa, desencarnada luz de una resurgida simplicidad helénica, espíritu y forma, interior y exterior, realidad y supra-realidad, volverán a ser una cosa sola en el equilibrio de los dos términos, el uno ni superior ni inferior al otro. Será pues una época de realismo mágico: en las energías de aquellos que se creen hombres, y no saben que son dioses durmientes, volverán a vibrar las energías de los elementos hasta temblores de iluminaciones absolutas y de resurrecciones espirituales.

Y entonces también el otro gran vínculo humano, el de las amalgamas sociales sin rostro, será superado. Vencida la ley que hacía de ellos piezas de máquinas, piedras encadenadas en el cemento impersonal del despotismo colectivo o de la ideología humanitaria, los individuos serán principio y fin en sí mismos, encerrados cada uno en sí como mundos, rocas, cimas, vestidos tan sólo de su fuerza o de su debilidad. Cada uno un lugar, un puesto de combate, una cualidad, una vida, una dignidad, una fuerza distinta, sin par, irreducible. Su moral sonará así: Imponerse a la necesidad de "comunicar" y de "comprenderse", a la contaminación del pathos fraternalista, a la voluntad de amar y de sentirse amados, de sentirse iguales y juntos, imponerse a esta fuerza sutil de corrupción que disgrega y ablanda el sentido de la aristocracia y de la individualidad. La incomunicabilidad será querida, en nombre de un respeto absoluto y viril: valles y cumbres, fuerzas más fuertes y fuerzas más débiles, la una junto a la otra o la una en contra de la otra, lealmente reconocidas en la disciplina del espíritu íntimamente inflamado aunque exteriormente rígido y templado como el acero, que contiene en magnifica medida la desmesura del infinito: militarmente como en una empresa de guerra, como en un campo de batalla. Relaciones precisas, orden, cosmos, jerarquía. Grupos fuertemente individuados y organizados sin intermediarios y sin atenuación a través de acciones, en donde los unos –hombres y razas– luminosamente encenderán, los otros sordamente precipitarán. En lo alto, seres solares y suficientes, raza de Señores de la mirada vasta, temible, lejana, que no toman sino en superabundancia de luz y de potencia dan, y en vida decidida se dirigen, hacia una intensidad siempre más vertiginosa, aun siempre equilibrada en una compostura sobrenatural.

Entonces, el mito romántico, el del "hombre" y de lo "humano", no será más. Y en un mundo de claridad resonará la palabra de Nietzsche, el precursor: "¡Cómo son bellas, cómo son puras estas libres fuerzas no manchadas más por el espíritu!".

 

La Tradición Hermética (08) . 7. La Mujer. El Agua. El Mercurio. El Veneno

La Tradición Hermética (08) . 7. La Mujer. El Agua. El Mercurio. El Veneno

 

Biblioteca Julius Evola.- Evola en este capítulo prosigue su análisis pormenorizado del simbolismo hermético. Parte del análisis de lo que supone el concepto de Caos en el hermetismo. Y acto seguido aborda el papel simbólico de la mujer, asimilada herméticamente al agua y a una forma de Mercurio. En realidad, buena parte de la Obra Hermética gira en torno a los conceptos de la mujer y, especialmente, del mercurio, del que, en los próximos capítulos se verá que tiene dos acepciones y dos simbolismos diferentes.

 

 

7. La Mujer. El Agua. El Mercurio. El Veneno

Hemos hablado del «en to pan». Hay que determinar ante todo el aspecto «caos» o «todo» del «uno». En sentido estricto, el caos es la materia prima: la posibilidad indiferenciada, principio de toda generación. El simbolismo que lo designa en el hermetis­mo es bastante diverso en cuanto que recupera los símbolos uti­lizados en muchas antiguas civilizaciones. Es la Noche, el Abismo, la Matriz; luego el Árbol, y como hemos visto, también la Mujer ‑la Madre, la «Señora de los Filósofos», la «diosa de belleza su­blime»‑.[1] Pero los símbolos técnicos y específicos de los textos hermético‑alquímicos son, sobre todo, el Agua y el Mercurio.

«Sin el Agua divina nada existe», dice Zósirno[2]: «ella realiza cada operación en el compuesto (o sea, en lo que forma con ella). Agua del abismo, Agua Misteriosa, Agua divina, Agua permanente, Agua viva (o Agua de Vida), Agua eterna, Agua‑Pla­ta, Océano, Mate Nostrum, Mate Magnum Philosophorum, Acqua­ Spirito, Fons perennis, Acqua celeste, etcétera, son expresiones que se encuentran por doquier en los textos. Por otra parte, entre los símbolos del principio femenino y el de las Aguas‑‑‑entre Tie­rra Madre, Aguas, Madre de las Aguas, Piedra, Caverna, Casa de la Madre, Noche, Casa de la Profundidad o de la Fuerza o de la Sabiduría‑ existe una conexión que se remonta a los primeros tiempos[3]. Y el hermetismo la recupera.

Al propio tiempo las Aguas, lo «Húmedo radical», la «Seño­ra de los Filósofos», el Caos, el «misterio buscado por todos y finalmente encontrado», etc., son, alquímicamente, el Mercurio. Todo está compuesto de Mercurio (o de agua mercurial), dicen los textos: es lo que constituye, a su decir, la materia, el princi­pio y el fin de la Obra.

Ya hemos mencionado otra asociación: la existente con la Ser­piente o el Dragón. Se trata de la Serpiente universal o cósmica, que, según la expresión gnóstica, «se mueve en el interior de to­das las cosas»[4]. Su relación con el principio del caos ‑«nuestro Caos o Espíritu es un dragón de fuego que a todo vence»[5]y con el principio de la disolución ‑el Dragón Uroboros es la disolu­ción‑ de los cuerpos[6], se remonta a mitos antiquísimos.

Sin embargo, el hermetismo utiliza los símbolos más particu­lares del Veneno, Víbora, Disolvente universal, Vinagre universal para designar el aspecto de la potencia de lo indiferenciado, en cuyo contacto todo lo diferenciado no puede menos que ser destrui­do. Pero, al propio tiempo, para designar el mismo principio en­contramos el término Menstruo y, como tal ‑o sea, como la sangre de la simbólica «Señora» que alimenta la generación‑, asume tam­bién el significado opuesto de Espíritu de Vida, de «Fuente de Agua Víva», la «Vida en los cuerpos, lo que atrae, la Luz de las Luces»[7].

El principio en cuestión tiene pues un «doble sentido», es Muerte y Vida, tiene el doble poder del «solve» y del «coagula»: «Basilisco, Filosófico», como un rayo quema a todo «metal im­perfecto» (Crollío); «Fuente Terrible», a la que si se deja des­bordarse, todo lo devasta, pero que confiere la victoria sobre cual­quier cosa al «Rey» que consiga bañarse en ella (Bernardo Trevi­sano); el Ruach, el Espíritu o Hálito, «principio indeterminado de todos los indíviduos»; 8 es el «Plomo negro», y también la «Magne­sía», la «Quíntaesencia», lo que puede todo en todo, y que a quien sabe y comprende su uso proporciona Oro y Plata.[8]

En realidad, por la propia naturaleza, absolutamente indife­renciada, de lo que ello quiere signíficar, el simbolismo usado por los textos a este propósito es desmesurado: los autores herméticos dicen explícitamente que lo que es el todo puede ser designado con todo ‑incluso con las cosas más extravagantes‑, con el fin de desorientar al ignorante.

Lo que interesa, sin embargo, es relacionar estos símbolos con un estado del espíritu, con el encubrimiento de una experiencia: puesto que para el hermetismo hay que considerar válido aquello que Aristóteles dice acerca de los Misterios, o sea que no se iba a ellos a aprender, sino para realizar a través de una experiencia vivida una profunda impresión[9]. En ese sentido hay que en­tender las expresiones relativas al mismo principio, que encontra­mos en las corrientes afines al hermetismo: «Agua que produce temblores»[10]; «Las Tinieblas son un Agua terrible»[11]; «Potencia entera de la agitación violenta, semejante al agua en movímiento», la que trae «aquello que permanece, libera lo que anda, destruye lo que crece», y a cuya imagen fueron hechos Cefeo, Prometeo y Japeto»[12]. Böhme añade: «El ser se libera de la muerte con una agonía, que se realiza en la gran angustia de la impresión, que es la vida mercurial... Este estremecimiento procede del Mercurio, o angustia de la muerte». Se trata del contacto con el veneno, con la fuerza disolvente que como muerte rompe las esencias fi­nitas.

Así, el Mercurio hermético, «Basilisco Filosófico», que actúa como un rayo (recuérdese el rayo que abatió a los titanes), se co­n­rresponde con el prána la fuerza de vida que en la tradición hin­dú se llama también «causa suprema de estremecimiento», y «rayo blandido», que sin embargo «hace inmortal a quien lo conoce»[13]. En la mitología asiría el dios Merodak tiene rayos en ambas ma­nos cuando combate contra el monstruo del caos, Tiamat. Este combate simbólico nos conduce a la fase siguiente, la de la sepa­ración.



[1] Esta última, en B. VALENTINO (Aurea Occultam Philosophorum, en Manget, 11, 3.' clave) es ofrecida como la «Mujer del Mar», y al mismo tiem. po hay una referencia al «centro del Árbol que hay en el centro del Paraíso», que «los Filósofos han buscado tan afanosamente».

 

[2] CAG, 11, 144.

 

[3] CI. H. WIRTH, Der Aufgang der Menscbheit, Jena, 1928 y J. J. BACHOFEN, Urreligion und antike Symbole, Leipzig, 1926.

[4] Apud HIPÓLITO, PBILOS., V. 9. CI, V, 16, donde la Serpiente es asimilada, como el Mercurio hermético en Basilio VaIentino, a la corriente que nace en el centro del Edén; en segundo lugar al Logos de Juan, aquel por medio del cual todas las cosas se hacen (asimilación que también en­contramos en el hermetismo): para BÖHME el Mercurio es el Sueño, el Verbo, la «Palabra de Dios, manifestación del Abismo eterno» (Morgenróte, IV, § 13‑14, De Signatura Rerum, VIII, § 56).

[5] FILALETES, Introitus, etc., c. II.

[6] Textos Pseudodemocriteos, CAG, 111, 22.

[7] PERNETY, Dict., p. 141.

[8] Cfr. CAG, 11, 91, 94‑96, 99, 144.

 

[9] Gran Papiro Mágico de París, texto en Intr. alla Magia, vol. I, P‑ 144 y ss.

 

[10] Apud HIPOLITO, Philo. S., V, 19.

 

[11] Ibid, 5, 34

 

[12] Böheme, De Signatura Rerum, III, 19, 20

 

[13] Khata Upanishad, II, 4, 2.

 

La Tradición Hermética (07) 6. La creación y el mito

La Tradición Hermética (07) 6. La creación y el mito

Biblioteca Julius Evola.- Evola introduce al lector en una temática apasionante, la doctrina de los elementos cósmicos que tienen su correspondencia en el ser humano. Además alude a que una de las formas posibles de la expresión hermética es el "mito". El mito, lejos de ser un relato novelado o moralizador, expresa el conocimiento hermético. Pero solamente puede ser entendido en su justa medida por aquel que ha pasado por la experiencia hermética. Todos los elementos que entrar en el contexto de los relatos míticos son susceptibles de una interpreación hermética.

 

 

6. La creación y el mito

Queremos llamar la atención todavía sobre un último aspecto de la analogía: según la concepción hermética, como los elemen­tos del cosmos se corresponden con los del hombre, así el proceso de la creación y aquel con el cual el hombre, a través del Arte, se reintegra en sí mismo, siguen una misma vía y tienen el mismo significado. La relación analógica entre el Arte alquímico y la ac­ción demiúrgica aparece ya en los primeros textos griegos: Pela­gio, Comario, Zósimo. En las diversas fases de la realización her­mética se reconocerían las fases de la creación: la experiencia íni­ciática proporcionaría la clave de la cosmogonía, y viceversa: toda cosmogonía tradicional, y también toda mitología, según la exége­sis hermética, tendría, entre otros significados, el de una exposi­ción figurada y velada mediante enigmas de las diversas operacio­nes y transformaciones del Arte[1].

Para hacerse una idea cabal de esta enseñanza es evidentemen­te necesario superar la idea de la creación como un hecho histó­rico agotado en el pasado, espacial y temporal; hay que conce­birla en función de un estado «creativo», metafísico por su pro­pia naturaleza, y por ello supraespacial y supratemporal, fuera tan­to del pasado como del futuro, que es más o menos el mismo con­cepto que algunos místicos designaron con el término creación eterna. En tal sentido, la creación es un hecho siempre presente y la conciencia puede recuperarla actualizándose en estados, que ‑según el «principio de inmanencia»‑ constituyen posibilidades de su naturaleza profunda ‑‑de su «caos»‑, mientras que en el mito cosmogónico se nos presentan bajo la forma de símbolos, dioses y figuras y acciones primordiales[2]. Y puesto que la meta del «ambula ab intra», de la «vía interior» hermética que des­cíende al «interior de la tierra», es precisamente esa «naturaleza profunda», queda esclarecido también este aspecto de la enseñan­za hermética, y cómo los alquimistas no s4lo toman como para­digma las diversas fases de la creación esiodea e incluso bíblica, sino que incluso a veces amplían también la analogía a los mis­mos episodios de las empresas heracleas y jasónicas, las cuales para ellos tampoco tienen valor ni como «hechos históricos» ni como «fábulas», sino como alusiones a estados y actos espiritua­les extra temporales.

Hay que añadir a todo esto que esta «vivencia del míto» no tiene, en el hermetismo, un alcance vagamente «místico». De todo lo expuesto anteriormente se desprende que «vívir el mito» sig­nifica acceder a través de los símbolos a una percepción de orden suprahistórico, en la cual la naturaleza y el propio hombre, por así decir, se hallan en un estado de creación y que, entre otras cosas, contiene por ello el secreto de las energías que actúan en el interior y por detrás de las cosas visibles y de la propia cor­poreidad humana. Como veremos, éste es el presupuesto de todas las operaciones alquímicas en sentido estricto, o sea en el no pura­mente iniciático.

Nos limitaremos por ahora a señalar la relación de tales ideas con el significado más profundo de las antiguas tradiciones según las cuales dioses, demonios o héroes serían los introductores en la «física», o sea, en el conocimiento vivo de los misterios de la naturaleza: herméticamente «conocer» un dios es realizar un «es­tado creativo» que al propio tiempo es un significado metafísico, el «alma desconocida» y el poder oculto de un determinado pro­ceso de la naturaleza.

Las distintas referencias de los textos a «genios», númenes, etcétera, que en visión o en sueño habrían revelado a los «Hijos de Hermes» los secretos del Arte, adquieren sentido cuando se relacionan con esta concepción.



[1] Cf. CAG, 11, 213‑14. Esta idea es explícita en CRASSELLAME, Oda Alchemica (texto en 0. WIRTH, El Simbolismo Hermético, París, 1909, p. 161): «Nuestra Gran Obra muestra claramente que Dios ha hecho el todo de la misma manera que ha producido el elixir físico». MORIENO, Colloquio, etc. BPC, 11, 88: «Contíene en sí los cuatro elementos y se asemeja al mundo y a la composición del mundo». Cf. DELLA RIVIERA, Il Mondo Magico, etc. cit., 46, 98‑99. FILALETES, Introitus apertus ad oc­clusum Regis palatium, c. V. PERNETY, Fables cit., 1, 25: ORTULANO, COMM. alla Tabula Smaragdina: «Nuestra piedra se hace de la misma manera que fue creado el mundo» (BPC, 1, § 11), etc.

[2] En el hermetismo se reafirma por lo demás la idea tradicional de la unidad interna de todos los mitos, expresada también por J. M. RAGON (De la Majonnerie occulte et de VInitiation hermétique, París, 1926, p. 44): «Al reconocer la verdad de la alianza de los dos sistemas, el simbólico y el filosófico, en las alegorías de los monumentos de todas las épocas, en los escritos simbólicos de todos los sacerdotes de todas las naciones, en los rituales de las sociedades mistéricas, obtendríamos una serie constante, un sistema invariable de principios que proceden de un conjunto amplio, im­ponente y verdadero, únicamente en el cual pueden coordinarse debida­mente». Acerca del contenido simbólico del mito, nos limitaremos a re­producir este único testimonio: BRACCESCO, Espositione, cit., ff. 77 b, 42 a: «Los Antiguos ocultaron bajo las fábulas poéticas esta ciencia, y hablaron por semejanzas... Aquel que no tenga conocimiento de esta ciencia, no podrá conocer la intención de los Antiguos, de lo que quisieron indicar tras los nombres de tantos dioses y diosas, y mediante sus generaciones, sus enamoramientos y mutaciones; y no penséis que en esas leyendas se ocultan cosas morales».

La Tradición Hermética (06) 5. La "presencia" hermética

La Tradición Hermética (06) 5. La "presencia" hermética

Biblioteca Julius Evola.- Evola en este capítulo aborda el tema esencial de lo que significa la realizacion hermética. Recuerda, a través del repaso de los textos, que se trata de una percepción diferente del mundo y de la vida, un estado de "metanoia", esto es, de cambio radical de conciancia, difícil de explicar con palabras y con conceptos racionales, como si se tratara de una brusca iluminación, de un fogonazo iluminador, a partir del cual cambia completamente el sentido de la existencia y la percepción que se tiene del mundo.

 

5. La «presencia» hermética

Ahora bien, cuando la coincidencia de lo corporal y lo espi­ritual de que se habla se entiende como debe ser entendida, es decir, no en la referencia a dos principios que, aunque uno de ellos se llame «espiritual», son pensados como partes de un todo en cualquier caso exterior a la conciencia, sino de un modo vivo, como dato de una experiencia real, entonces llegamos a otra de las enseñanzas herméticas fundamentales: la de la inmanencia, de la presencia en el hombre de la «cosa maravillosa», del «caos vivo», en el cual queda comprendida toda posibilidad. Por ello en los textos herméticos hay un continuo pasar con los mismos tér­minos de un significado cósmico‑natural a un significado interior humano: Piedra, Agua, Mina, Matriz, lluevo, Caos, Dragón, Plo­mo, Materia Prima, Árbol, Espíritu, Telesma, Quintaesencia, Mu­jer, Cielo, Semilla, Tierra, etc., son símbolos que en el lenguaje cifrado hermético son objeto continuo de esta transposición, inclu­so dentro de un mismo período, provocando inmensas dificultades para el lector inexperto.

Los textos son también claros acerca de] principio de inma­nencia: El ya citado «Telesma, el Padre de todas las cosas, está aquí», de la Tabla Esmeraldina, se complementa con la terrible revelación del Corpus Hermeticum[1]: «Eres todo en todo, com­puesto de todos los poderes». Morieno, en respuesta al rey Kalid, revelará: «Oh, rey, yo os confieso la verdad: Dios, para su pla­cer, ha creado en vos esta cosa admirabilísima[2], y en cualquier lu­gar donde os halléis, estará en vos, y no podréis ser despojado de ella... Vos sois la Mina, por ella está en vos y, a decir verdad, vos mismo sois quien la recoge y quien la recibe. Y quien busque otra piedra en el Magisterio quedará defraudado en su trabajo»[3]. Las expresiones de Ostano en el texto árabe de Kitab El‑Foçul son las mismas. «Nada hay en el mundo tan común como esta cosa misteriosa: se halla en el rico y en el pobre, junto al que viaja y junto a quien se queda»[4]. Y añade: «¡Por Dios! Si la designara por su nombre verdadero, los ignorantes gritarían: ¡Mentira!, y los inteligentes quedarían perplejos». Y también: «Esta piedra os habla y no la escucháis. Os llama y no le respondéis. ¡Oh asom­bro! ¡Qué sordera cierra vuestros oídos! ¡Qué embeleso oprime vuestro corazón!»[5]. El Cosmopolita: «Vuestro interés se halla ante vuestros ojos; nadie puede vivir sin él, todas las criaturas se sir­ven de él, pero pocos lo distinguen; y nadie lo posee»[6] Y en los Siete Capítulos de Hermes: «He aquí que os declaro lo que es desconocido: la Obra está con vosotros y en vosotros: si la ha­lláis en vosotros, donde está continuamente, la poseeréis también siempre, allí donde vosotros estéis»[7]

La expresión «cielo», de la que evangélicamente se dijo «el reino de los cielos está en vosotros», también se utiliza para el Principio en la tradición hermético‑alquímica, pero para él es aún más frecuente y más típico ‑como ya hemos adelantado y como veremos‑ otro símbolo: el Agua. El hermetismo místico böh­miano habla así de ella: «Esta agua subsiste por toda la eternidad... Se extiende a todos los puntos de este mundo y es Agua de Vida que penetra más allá de la muerte... En ningún lugar es aprehen­sible ni perceptible ("difícil de contemplar", había dicho Zósimo).

Pero lo llena todo igualmente. Se halla también en el cuerpo del hombre y cuando éste tiene sed de esta Agua y bebe de ella, en­tonces se enciende en él la Luz de Vida»[8]. Y acaba afirmando de­cididamente que «el hombre es el centro donde todo tiene fin: encierra la quintaesencia de todo el universo. Participa de las virtudes y de las propiedades de todos los individuos»[9].

Al ser el cuerpo la concreción de la entidad humana; aquello que en el hermetismo viene a designar con los mismos símbolos cósmicos el misterio de la corporeidad, comenzamos a entender mejor lo que es esa «cosa más próxima que cualquier otra», que *todos tienen ante los ojos y bajo las manos», considerada vil por los ignorantes y tenida por los sabios como la más preciosa de todas. El dicho budista: «En este cuerpo de ocho palmos de al­tura está comprendido el mundo, la génesis del mundo, la resolu­ción del mundo y el sendero que conduce a la resolución del mun­do», se complementa rigurosamente con el de la Tabla Esmeral­dina: «Lo que está arriba es como lo que está abajo, y lo que está abajo es como lo que está arriba, para hacer la maravilla de una cosa Única», y que ya había sido formulado en los textos griegos: «Todo aquello que contiene el macrocosmos también el hombre lo contiene»[10], y luego repetido por Böheme así: «El cuer­po terrestre que lleváis es todo uno con la totalidad del cuerpo inflamado (es decir, del cuerpo vivido en el estado especial de "fuego" del espíritu) de este mundo»[11].

Este principio fundamental del hermetismo, como veremos, da lugar a varias formas de correspondencias: reales, analógicas y «mágicas». Algunas estructuras de la realidad, algunas metalidades ‑concebidas como silenciosas fecundaciones astrales en el gre­mium matris terrae‑, algunas naturalezas del mundo urano‑plane­tario, están concebidas como mineralizaciones de fuerzas, que re­velan su secreto en los correspondientes estados del espíritu que duermen en el seno de la corporeidad.

En Oriente se enseñaba que siguiendo las huellas dejadas en nosotros por el átmá, por su intermedio se consigue el conocimien­to del universo[12] y Agrippa, parafraseando a Geber, expone la misma enseñanza de un modo igualmente claro: «Nadie puede so­bresalir en el arte alquímico sin conocer los principios en sí mismo; y cuanto mayor será el conocimiento de sí mismo, mayor será el poder de atracción adquirido, y se realizarán más cosas gran­des y maravillosas*.[13] «Ambula ab intra», es una sentencia del De Pharmaco Catholico.

Y esta «vía ínterior», esta «vía,sacra» que parte de la «pie­dra negra hierática», de esta «piedra que no es píedra» sino «ima­gen del cosmos», de «nuestro plomo negro» (símbolos todos, des­de este punto de vista, del cuerpo humano), y a lo largo de la cual surgirán Héroes y Dioses, cielos y planetas, hombres ele­mentales, metálicos y sidéreós[14], está enigmáticamente contenida en las siglas V.I.T.R.I.0.L., explicadas así por Basílio Valentino: «Visita Interiora Terrae, Rectilicando Invenies Occultum Lapi­dem» (recorre las entrañas de la Tierra (del Cuerpo), y rectífican­do encontrarás la piedra oculta). A lo largo de esa vía el conoci­miento de sí y el conocimiento del mundo se intercondicionan hasta hacerse una sola y la misma cosa maravillosa, verdadero ob­jetivo de la Obra Magna: como aquí, fuera (como arriba así aba­jo, como en el espíritu en la naturaleza), así en el organismo hu­mano se hallan. presentes los Tres, los Cuatro, los Siete, los Doce; Azufre, Mercurio, Sal; Tierra, Agua, Aire, Fuego; los Planetas; el Zodíaco. El horno es único ‑dicen enigmáticamente los Hi­jos de Hermes‑, único el camino y única también la Obra.»[15] «Hay una sola Naturaleza y un solo Arte... La operación es única, y fuera de elli no hay ni existen, otras ‑verdaderas.»[16]

En el Triunfo Hermétíco se dice que «nuestra[17] Piedra» existe, pero que se oculta basta que el «artista» no ayude a la naturale­za[18]. Arte hermético es iluminar de nuevo el sentido de las ana­logías restableciendo la realidad de los contactos: autosuficiente y no necesitada de nada como autosuficiente y no necesitada de nada es la «cosa única»[19], «técnica divina y operativa»; ella, «medíante la afinidad de las naturalezas fascina las naturalezas consustanciales»[20], por lo que se puede decir, de la manera más rigurosa, que «la Obra es un tercer mundo porque es semejante a los otros dos mundos y porque las fuerzas del macrocosmos y del microcosmos están reunidas en él».[21]

 



[1] Corpus Herm., XIII, 2.

 

[2] 2. Este tema teísta‑creacionista, y varios otros semejantes, en los textos medievales, no son sino una concesión a las ideas religiosas exoté­ricas dominantes.

 

[3] Colloquio, etc., cit., BPQ 11, 86, 87, 88.

 

[4] Texto en CMA, 111, 124.

 

[5] Texto en CMA, 111, 117, 124. CI. Commentatio de Pharmaco Catho­lico, Arnsterdam, 1666, IV, § 8.

 

[6] De Sulphure, Venecia, 1644, p. 208; BPQ 111, 273, 279.

 

[7] Texto de la BPQ § 1.

 

[8] J.Böheme, Morgenrotte, XXV-38.

 

[9] Pernety, Fables, I, 72

 

[10] Olimpodoro, Texto en CAG, II, 10

 

[11] Branarandhyaka-Upanishad, I, IV, 7

[12] Op. Cit., 24, 67

 

[13] AGRIPPA, De Occ. Phil., III, § 36.

 

[14] 14. Conviene recordar que los romanos pusieron una piedra negra ‑4apis miger‑ al comienzo de la vía sacra. La obra hermética en los textos griegos se denomina a veces «misterio de Mitra», y Mitra fue concebido como un dios, o Héroe, nacido de piedra, que subyugará al Sol. Sobre «esta piedra» ‑evangélicamente‑ se edificará el «templo»; y «señores del templo», corno ya hemos dicho, se denominaron los maestros herméticos. Podríamos llegar bastante lejos con asociaciones igualmente significativas.

 

[15] Cfr.  BÓHME, Morgenróte, XXV, 83: «Para conocer la generación de las estrellas, hay que conocer la generación de la vída, y cómo la vida se genera en el cuerpo, porque en todo sólo hay una cola clase de generación.»

 

[16] Textos Pseudodemocriteos, CAG. 111, 37.

 

[17] Novum Lumen Chemicc4m, Venecia, 1644, p. 62.

 

[18] Texto en BPC, 111, 272.

 

[19] A esta idea se deben referir, según uno de sus significados prin­cipales, las muy numerosas expresiones herméticas, según las cuales no debe añadirse nada a las simbólicas «materias»; que ellas se bastan para darse su perfección, y que por nada exterior a ellas se le podría conferir; que ellas tienen en sí mismas los principios de todas las operaciones. Cite­mos a MORIENO, por todos (Colloquio, BPC, 11 62): «Aquellos que tienen en sí mismos todo lo que (los maestros herméticos) necesitan, no tienen necesidad de la ayuda de nadie».

 

[20] CAG, 11, 209.

 

[21] Libro delta Misericordia, texto en CMA, 111, 179.

 

LA TRADICIÓN NÓRDICO-ARIA. Julius Evola

LA TRADICIÓN NÓRDICO-ARIA. Julius Evola

Biblioteca Julius Evola.- El artículo "La Tradición Nórdico-Aria" fue publicado por Evola en la revista "Bibliografía Fascista", correspondiente al año 1939. En realidad, es algo más, mucho más que un artículo, es un verdadero ensayo sobre la tradición nórdico-aria, elaborado con una documentación extremadamente sólida que figura al final del texto. Ciertamente estas ideas serán recuperadas luego en "Revuelta" y en otros muchos ensayos y artículos, algunos de los cuales ya hemos publicado en este blog. Lo importante es no confundir "nórdico-ario" con "nórdico-germánico". Penetrar en el fondo de este ensayo supone recuperar la memoria de los orígenes.

 

 
LA TRADICIÓN NÓRDICO-ARIA.

El problema de la raza, en su aspecto más serio y creativo, es inseparable del problema del origen. Incluso por los racistas más extremistas se admite de hecho, que el mundo actual muestra tal mezcla de elementos étnicos, que, en el mismo, hablar de "raza pura" en el sentido absoluto del término, sentido análogo al de los "elementos" o "cuerpos simples indivisibles" de la alquimia, es extremadamente azaroso. Retrocediendo hacia los orígenes se tiene sin embargo el modo de reconocer lo que, sucesivamente, ha entrado en formas varias, más o menos estables, de composición: formas, las cuales corresponden el concepto de raza en su sentido práctico, no absoluto, propio de las asunciones concretas en el plano político o social. Y es de esto de lo que se trata esencialmente, cuando se habla de "raza alemana", o de "raza italiana", etc.

La exploración racista de los orígenes no tiene valor sólo teórico histórico retrospectivo. Al individuar las varias fuerzas que actuaron originariamente, por así decirlo, en estado puro, se tiene también el modo de reconocer aquéllas que poseen una especial dignidad y que en los conjuntos en los cuales han podido entrar (en las "razas" en el sentido no absoluto), fueron a constituir el elemento válido, la herencia más preciosa, a menudo latente, a vivificar y elevar hasta el grado de elemento central directivo de cualquier proceso de reconstrucción.

Ahora, si en Italia, en la actual orientación racista del fascismo, se ha declarado que la raza italiana es esencialmente nórdico-aria hay que entender esta afirmación precisamente en el sentido de que en el compuesto étnico que forma la gente italiana, el nórdico-ario es al que hay que reconocerle una dignidad superior, y que hay que poner en relieve en un ulterior potenciamiento de la conciencia fascista-nacional, ésta es la idea racista nuestra a la que, esencialmente, nos referimos.

Una tarea esencial, en este sentido, es por lo tanto individuar este elemento nórdico-ario en el mundo de los orígenes, en la historia itálica primordial. Con intención hemos dicho, ahora, "elemento". De hecho una búsqueda de este tipo no puede ser eficazmente conducida sobre la base de la idea de "raza", entendida de forma naturalista. Sería necesario más bien partir de la idea de "tradición", concibiendo en ésta el alma interna de la raza, su núcleo formador, respecto al cual todo lo que sólo étnico o biológico no es sino el aspecto externo, no la causa, sino el efecto, el símbolo, el indicio.

En otros términos, en el ámbito, del que ahora se trata, sería necesario concebir la raza y aquí, en particular, la raza nórdico-aria, como una "categoría", como una forma apriorística, en sí universal y súper étnica, por cuanto tiene numerosas manifestaciones étnicas e históricas. Los llamados tiempos prehistóricos, para la tradición nórdico-aria, son los que, lejos de representar un período de animalidad y de primitivismo, nos muestran máximamente una transparencia, en la cual el nórdico-ario, entendido en sentido espiritual y metafísico, y el entendido en sentido étnico, histórico y propiamente racista, coinciden. Este es el caso de lo que, en nuestros trabajos, hemos llamado el “ciclo hiperbóreo”- todavía en una consideración más general, que ya se refiere a tiempos dominados por 1a contingencia y el devenir, en tiempos en los cuales ya se produjeron  las grandes migraciones de pueblos, la distinción entre nórdico-ario  como raza y nórdico-ario como tipo de civilización y como característica visión del mundo debe valernos como una imprescindible premisa metodológica. Si primero no se define el nórdico-ario como categoría, es decir como forma típica de espiritualidad, y no se pasa sólo sucesivamente a estudiar las manifestaciones condicionadas por el tiempo, por el ambiente y por la sangre, nuestra búsqueda tendrá siempre un carácter empírico, contingente, a menudo unilateral y tendencioso. Ni siquiera podríamos hablar con rigor, de una nordicidad y arianidad no sólo de Roma o de la Hélade, sino del propio Egipto, o de otras civilizaciones tradicionales, surgidas, en sus elementos primordiales, del gran tronco hiperbóreo. Lo que aparece por el contrario legítimo y posible si nos situamos en el plano indicado, que puede llamarse el de la raza como elemento metafísico y como

"categoría".

Entonces, en este sentido, ¿qué debe entenderse como propiamente "nórdico-ario"? Aquí podemos indicar algunas características generales, remitiendo, para su justificación, a las obras que citaremos al final, y sobre todo a nuestra Rivolta contra il Mondo moderno. La espiritualidad nórdico-aria tiene dos aspectos esenciales, olímpico uno, heroico el otro.

Las búsquedas, a las que aludimos, han puesto ante todo en claro el carácter solar de la tradición nórdico-aria y han determinado el significado político, social y cultural de tal carácter: El mito hiperbóreo, nos da preciosos testimonios en este sentido: solaridad, fuego solar, luz, claridad, gloria son motivos recurrentes dondequiera que permanezca, en varios pueblos, el recuerdo de la sede primordial de la raza aria, es decir el Airyanem-Váejó (literalmente: "sede de la raza aria") que el Zend-Avesta, concordando, en eso, con testimonios de muchísimas otras tradiciones, sitúa en el extremo septentrión. Así en la tradición helénica la tierra de los hiperbóreos, aquélla de la que sus estirpes, como la dinastía de los Boreadi, trajeron su dignidad al mismo tiempo real y sacerdotal, es la tierra solar de Apolo.

Relativo a Thule, la isla ártica, que en cierta medida es una imagen diversa de la misma sede, aunque no exacta, es todavía significativa esta etimología "solar": Thule a sole nomen habens. En el recuerdo de los Edda, es decir de la antigua tradición germánico-escandinava, Asgard o Mitgard, es considerado como sede originaria de los "héroes divinos" o "Asen", que las familias reales góticas debían reivindicar para sus jefes de estirpe, comporta de modo muy evidente símbolos de claridad y de solaridad. En la tradición iránica, el ya mencionado Airyanem-Váejó es concebido, además de como "sede de la raza aria", como sede del Hvarenó, es decir de la "gloria" entendida como un "fuego divino", propio al Sol y de otras simbólicas naturalezas celestes y centralizado sobre todo en los dominadores arios: y a esta misma sede se liga la figura legendaria de Yima, llamado "el resplandeciente, el glorioso, aquél, entre los hombres, que es igual al Sol".

Pasamos a los recuerdos indo-arios. Aquí tenemos el recuerdo de la Cveta-dvipa, es decir, literalmente, la "isla blanca", la "isla de la luz". La misma es situada en el extremo septentrión; "hijos de los dioses" son todos sus habitantes, o bien seres provenientes del "cielo de Indra", es decir, según la mitología y la terminología de tal tradición, guerreros sacarles o, todavía, ascetas trascendentes: maháyogin. Éstos veneraban a Hari Vishnu bajo la forma del sol, es decir aquél "rubio" o "aureo" (hari) Vishnu, que entre sus símbolos tiene también la "cruz gamada". En esta isla blanca  primordial hay un trono, "luciente como el sol y resplandeciente como el fuego". Éste es asociado al León, el animal solar que hasta nuestro Medioevo gibelino servirá como símbolo para la autoridad trascendente del Imperio. Podemos continuar fácilmente con testimonios del este tipo: incluso las tradiciones de América precolombina tiene el recuerdo de un Tlalocán o Tulla, que etimológicamente recuerda la ya citada Thule de los helenos, y también la Tulla americana es concebida como "Tierra del Sol".

Ahora, ¿cómo se debe entender este simbolismo solar, tan recurrente en relación a la tradición nórdico-aria primordial? Ya de lo señalado se anuncia la explicación. Elemento nórdico-ario es aquél que, en el campo del espíritu, y después de la raza y de los varios elementos de una organización social, encarna análogamente el significado mismo que el Sol tiene en la naturaleza. Este significado es doble: olímpico y heroico.

Acerca del primero, si ya en el mundo clásico la idea del día ártico sin noche, referido a la tierra hiperbórea, hizo nacer una confusa asociación precisamente con las figuras divinas del ciclo originario, de la leyenda de la Edad de Oro, se nos habla de la idea de una luz inmutable, de una luz que no tiene ni nacimiento ni ocaso. Y Apolo, el dios hiperbóreo, tiene exactamente este carácter en el culto de los conquistadores nórdico-arios de la Hélade (dorios y aqueos): no es, como Helios, el sol en ley de ascensión y descenso, sino el Sol en abstracto, como fuerza dominadora e inmutable de la luz pura. A eso nosotros lo llamamos elemento "olímpico" de la solaridad: una especie de sobrenaturalidad natural, si es lícito expresarse así, una espiritualidad calma y dominadora, cuyo poder, por así decirlo, se manifiesta inmediatamente por su presencia, irresistible, se impone sin lucha. Ahora, vale la pena recordar la correspondencia de este concepto con la idea que toda forma más elevada de civilización se formó acerca del extremo ápice jerárquico, acerca del dominador o el rey: en el cual, en las civilizaciones antigua tradicionales, siempre se refleja algo de trascendente y de sobrenatural. Por otro lado, esta dignidad "olímpica" del elemento nórdico-ario se va a testimoniar en las élites dominadoras de todo un ciclo de civilización: incluida la romana.

De aquí, procede un punto fundamental. Este elemento olímpico-solar expresa algo de superior y de anterior a toda separación u oposición de los dos poderes, entre el real y el sacerdotal, entre sacralidad y virilidad. Es evidente que donde en el dominador se reconoce una especie de manifestación viviente y poderosamente personificada del supramundo en el mundo, el rey no podía tener en frente, y todavía menos encima de él, una casta sacerdotal, y a él, eminentemente, se debía referir el jus sacrum. Precisamente esto tenemos en el ciclo de la civilización y de las tradiciones nórdico-arias o indo-arias, el dominador era también el señor del "rito" y del "sacrificio", Y él, a su vez, era tal, en virtud de la misteriosa, simbólica fuerza "solar" de la cual, a diferencia de cualquier otro, estaba compenetrado o casi sustancializado. Por tal vía, estos jefes de las tradiciones nórdico-arias primordial no tenían nada de semejante con los sacerdotes postrados en plegaria ante la divinidad. Ellos eran libres. Nos aparecen como "reyes" también en sentido trascendente. Son olímpicos y, al mismo tiempo, en una temible naturaleza, un fuego divino arde en ellos. La casta suprema de los aryá, de los arios, identificada con la de los dvîja, es decir los que más allá de su nacimiento natural han tenido otro sobrenatural, dicha casta señora del rito, era concebida como dominadora no sólo de hombres, sino también de los dioses. El símbolo permanece hasta los patres, los padres romanos: los patres son señores de la lanza y del sacrificio. En el primer testimonio griego que se tiene en Roma, se dice que los embajadores griegos mientras se creían que en el Senado romano iban a encontrarse con una reunión de bárbaros, se encontraron -literalmente- como "en un concilio de reyes". Éste es el límite supremo de la espiritualidad nórdico-aria.

Ahora podemos pasar al segundo aspecto, el heroico, del simbolismo solar. Se refiere analógicamente al sol, en cuanto es luz que resurge cada día, casi como una perenne victoria sobre las tinieblas de la noche, y después también, y esencialmente, sobre las tinieblas del invierno en el solsticio de invierno. Este solsticio ha tenido en los ritos y en las tradiciones de origen nórdico-ario una impronta fundamental: pero aquí no podemos detenernos. Diremos sólo que, en relación, entra en cuestión el misterio de la "reintegración" o "restauración". La espiritualidad heroica es aquélla que, a través de una lucha y de una victoria, reactualiza formas de espiritualidad "olímpica", perdidas o degradadas.

Una aclaración sobre este punto se puede tener refiriéndose al saber conservado por de Hesíodo, enseñanza que encuentra exacta correspondencia en el de muchas tradiciones arias. Hesíodo nos habla de una "Edad de los Héroes", aparecida cerca de la "Edad del Bronce" con el sentido de una especie de resurrección guerrera de la espiritualidad propia de la Edad Primordial, llamada "de Oro". Esta edad -tal es el resultado de adecuadas búsquedas comparativas hace una con el ciclo solar nórdico primordial, o ciclo hiperbóreo; no es un mito, sino la trascripción mítica de una realidad histórica remota. La Edad sucesiva, la de Plata -continuamos asumiendo los resultados de las anteriores búsquedas- expresa una "feminización" de tal civilización, debida a la influencia de razas no arias, donde predominaba el culto panteístico de la Madre y de las Diosas de la naturaleza, el derecho matriarcal, la promiscuidad mágica con las potencias de la tierra y del agua (civilización ctónica o "telúrica"; en sus aspectos superiores, civilización demetérica). Esta decadencia, bajo un cierto aspecto, se acompaña con el paso de una espiritualidad de tipo "real" a una de tipo sacerdotal. La época demetérica es esencialmente materno-sacerdotal, éste es el efecto de una mezcla de la sangre nórdico aria con la de razas diversas, meridionales, y de aquí surge una separación y una antítesis antes desconocida. Frente a una espiritualidad feminizada, surge una virilidad salvaje, materializada, secularizada. Eso significa también: secularización de la casta guerrera, renuncia del principio propio de la misma y, en el plano mitológico, que siempre constituye una especie de barómetro de profundos revolvimientos racial-espirituales, revuelta titánica, tentativo prometeico de usurpar el fuego olímpico. Todo lo que caracteriza la tercera Era, la Edad del Bronce de Hesíodo, que en una cierta medida corresponde a la "Edad del Lobo", no sólo en la Hélade, sino también entre los celtas y en las razas nórdicas, ha tenido un doble significado. La similitud, tanto inconsistente etimológicamente, como interesante en tanto que señal, entre lobo, y luké, luz, ya hace referir al lobo al principio luminoso y también a Apolo, el dios hiperbóreo. Por otra parte, el lobo expresa una naturaleza feroz, salvaje, "inferior". En tal sentido, en la Edda la época del Lobo se relaciona con el Ragna-Rokk, es decir al período en el cual el poder de los "Asen", de los héroes divinos, declina (por lo que Wagner ha romantizado el término traduciéndolo por "Crepúsculo de los Dioses"). Frente a desencadenamiento de las fuerzas elementales, de los Elementarwasen. El paso del Lobo del significado (luminoso) a otro (inferior) expresa por lo tanto la involución, por la que un principio, que ya fue luminosidad, y real virilidad en el ciclo primordial nórdico-ario, o "Edad de Oro", se convirtió en las formas oscuras, salvajes o titánicas de la "Edad del Bronce". Los símbolos aluden, de nuevo, a la profunda dinámica de las fuerzas profundas de la raza que ascienden, caen, se unen o chocan en visicitudes prehistóricas.

Aquí se manifiesta una tentativa de restauración, y es aquí donde se encuentra su lugar tipológico lo que Hesíodo llama "generación de los héroes" o ciclo heroico. La espiritualidad "heroica", en relación a ello, es aquélla llamada a superar ya sea a la de la Madre ya sea a la del Titán. Madre y Titán son dos opuestos peligrosos, que debe evitar un ser al que lo sobrenatural, es decir el principio solar, no es propio por naturaleza, sino que se ha convertido en una tarea, una mitad, una posibilidad. Aquí el tipo mitológico más expresivo nos lo da el Hércules dorio. Hércules tiene por adversaria permanente a Hera, que era una de las prefiguraciones del tipo pre-ario de la "Mujer divina". Hércules es aliado de Zeus, es decir el principio olímpico, contra los titanes y los gigantes, y esta figura realiza las hazañas, por mérito de las cuales Hércules habría conquistado la inmortalidad olímpica. Lo que significa que el desdeño por una espiritualidad feminizada y panteística y la fidelidad al principio olímpico de la acción "heróica" purificada, trasfigurada, es el camino para la reconquista de los estados espirituales primordiales. Y de hecho no es otro el sentido del mito, según el cual Hércules es también aquél que encuentra la misteriosa vía que conduce a la tierra de los hiperbóreos y de allí la trae el laurel, con el que se consagra los héroes victoriosos: o bien aquél del mito más general, por el cual los héroes son sustraídos de la muerte, convertida en destino de la gran parte de los hombres, en una isla, en la cual la vida es un reflejo de la vida olímpica y que es descrita con rasgos simbólicos, los cuales nos la hacen a menudo aparecer como un facsímil del mismo centro primordial de la tradición nórdico-aria.

Por lo demás, si tuviésemos que precisar el tan maltratado término "ario" sobre la base de rigurosas referencias históricas, seríamos llevados a horizontes de este tipo. El término ario -aryá- aparece de hecho, en vía positiva e incontestable, sólo entre los  indogermanos de la India y de Irán, donde designa una casta: esta casta era definida bien por el nacimiento, bien por una acción espiritual, por la "iniciación", que determina este segundo nacimiento, o "nacimiento supranatural", al que ya nos hemos referido. Ambas cosas eran necesarias. Es decir, ario se nace, no se deviene, la arianidad es un privilegio de la sangre, y una herencia insustituible. Pero, al mismo tiempo, se da la iniciación, la cual a su vez es un privilegio del aryá: a través de la misma, el ario se convierte realmente en tal, "renaciendo", pasa a formar parte efectivamente y definitivamente parte de la gran Familia aria. Esto no se puede interpretar más que de un solo modo: la sangre aria contiene algo de "trascendente", pero de modo "virtual": algo que es actualizado, despertado, "renaciendo". Es algo similar a la "restauración" del ciclo heroico.

Hablando, generalmente, de "nórdico-ario", debemos por lo tanto entender razas que o conservan en forma todavía relativamente pura, elementos de la espiritualidad "olímpica" primordial, o bien supieron reconquistarlos por la vía "heroica", en el sentido técnico, ya definido con la referencia hesiodea, de tal (término. El conflicto entre tales formas de espiritualidad y de cultos, las creencias, os símbolos, los conceptos jurídicos y sociales de los estratos aborígenes pre-arios es; el hilo conductor para comprender la historia interna, la génesis, la grandeza y la decadencia de un ciclo de grandes civilizaciones, comprendidas en un periodo que, desde el Paleolítico (civilización de Cro-magnon) va hasta el umbral de los tiempos que se ha convenido en llamar históricos. A tal respecto, los llamados documentos positivos pueden decirnos bien poco. Puede hablarse en parte de la arqueología, pero son sobre todo los mitos y las leyendas y la épica tradicional lo que constituye el material más precioso.

A este respecto, podrá interesar una rápida indicación sobre dos símbolos hoy han reaflorado enigmáticamente en el centro de las dos principales corrientes anticomunistas occidentales: es decir el fascismo y el nazismo. Se trata del hacha y de la cruz gamada (Hakenkreuz o swástica).

Acerca de esta última es singular que en la propia Alemania se sepa bien poco de su significado más profundo. Se la ha visto como un símbolo del fuego, del sol sobre todo del movimiento. Algo exacto, pero incompleto. La cruz gamada no es un símbolo de simple movimiento, sino de un movimiento rotatorio entorno a un centro o eje inmutable; siendo el punto fijo, más que el movimiento, el elemento esencial del símbolo (Guénon). Y si es también símbolo solar, está siempre en relación con esta idea, o sea no se trata de una simple "revolución" del sol, sino del principio solar reconducido a un elemento central dominador, a un elemento "olímpico" inmutable. Este elemento refleja el movimiento primordial de la tradición nórdico-aria, conectándose todavía integrativamente con un elemento heroico, de orden y de conquista, cuando se recuerda que el símbolo de la rueda tuvo relación ya sea con el llamado "dominador universal" -cakravarti- ya sea con la noción aria de rta- que significa orden. Ley, cosmos victorioso sobre le caos. Como rueda turbinosa que todo arrolla son reconocidos, en las más antiguas tradiciones arias, bien el orden bien el dominador universal. Pero tal movimiento, en el simbolismo total de la cruz gamada, lleva con sí un calmo, inmóvil, elemento, un centro inmutable.

Y éste no es el significado completo de la cruza gamada, sino que es también el significado que tuvo la aparición de razas y de civilizaciones de carácter solar y heroico en la historia, su irrumpir en corrientes, sobre sus estelas encontramos precisamente símbolos fragmentados del signo solar: swástikas, ruedas con cruces y otras variantes o derivados de la cruz gamada o "cruz ártica". Nosotros mismos hemos tenido ocasión de estudiar todos estos símbolos en sus diferentes apariciones prehistóricas mediterráneas, testimoniando las ramificaciones de una única tradición de tipo solar, conectada ciertamente con venas de sangre nórdico-aria más o menos incorrupta.

En cuanto al hacha, es un símbolo hiperbóreo, que como hacha de sílice meteórico forma parte de más antiguos hallazgos prehistóricos y ha tenido un significado sobre todo ritual. En hachas y otros objetos de sílice incluso se han reencontrado trazados, que tenían la intención de reproducir la imagen del sol. Pero el hacha se conecta sobretodo al ciclo de la civilización de tipo "heroico", siempre en el sentido especial de este término, en su afirmarse como superación de una civilizaciones salvajemente guerreras o "titánicas". Nos limitaremos a dos ejemplos: la doble hacha hiperbórea y su equivalente del doble martillo Mjólnir, que es el arma simbólica con la que la divinidad nórdica Thor (Tarann) golpea a los gigantes y a los seres elementales en las visicitudes de los Edda ya mencionada. Con la doble hacha el héroe divino ario Rama extermina a los kshasiriya, es decir a la casta guerrera rebelde, cuando los antepasados de los conquistadores arios de la India habitaban todavía en una zona nórdica. En el ciclo mediterráneo la figura de Zeus Labrandeus nos muestra la asociación entre el hacha y el rayo: y el rayo es el atributo de las divinidades uranias arias, es el arma con la que Zeus extermina a los titanes.

El hacha, por el contrario, la encontramos despedazada, ofrecida a la divinidad, o bien usurpada por divinidades femeninas o amazónicas, en los más antiguos rasgos de la civilización pelasga. Siendo ésta la civilización en la cual domina la figura de la Diosa, en la que las mujeres tiene un papel predominante en el culto, en la que las figuras del dios de las aguas se mezcla con caóticas figuraciones demoníacas y con los dioses telúricos del suelo y de la fecundidad. El mismo Zeus deja aquí de ser un ente olímpico celeste, se convierte en una naturaleza sujeta a la muerte, que tiene una tumba, que retorna a la tierra. Todo esto nos reconduce al ciclo semítico-oriental, al dionisismo, al afroditismo, manifestaciones o reemergencias varias del espíritu no-ario. Es un ciclo que nunca ha conocido, o que no  puede conocer más, ni el ideal hiperbóreo, ni el heroico; es un ciclo que tiene por centro la "pasión" de divinidades que se convierten, sufren, mueren y resucitan perennemente (los llamados "dioses de la vegetación") en una vida vana, frente a la inmovilidad y la eternidad de la gran Madre telúricolunar de la Vida. En Babilonia, se celebraba cada año el misterio antiario por excelencia; cada año el rey deponía las insignias reales, se vestía de esclavo, confesaba sus pecados, y sólo cuando, precedido del sacerdote, representante de la divinidad, las lágrimas le brotaban, era reconfirmado en su función. Ninguna idea de inmortalidad solar se encuentra en el ciclo hebreo original. El que quiere comer del árbol de la sabiduría no es la figura heroica del un héroe como Hércules, sino la de un rebelde y un maldito como Adán. El Cheol oscuro y mudo espera, según la antigua tradición hebrea, todas las almas, sin excluir la de grandes héroes como David; es una especie de Hades, frente al cual no existe ningún "mundo de los héroes". En el ciclo asirio, también semítico, no son más que transposiciones mitológicas de tipos salvajemente guerreros. Las fiestas más características para los misterios siriacos tenían lugar en el equinoccio de primavera, en el momento antisolar y antiolímpico por excelencia, allí donde -según el Emperador Juliano- el sol parecía sustraerse para siempre de su órbita y perderse en lo ilimitado: y estas fiestas tenían como centro la diosa y como característica la promiscuidad, el exceso, el salvaje ímpetu de una evasión antiviril. En el punto culminante de algunas de estas fiestas, los participantes, ya castrados en el espíritu, por un éxtasis disoludor, se castraban finalmente en sus carnes, para volverse similares a la diosa.

Todo esto nos testimonia un núcleo mediterráneo de civilización antisolares y antiaria, cuyos orígenes retroceden a los orígenes de los tiempos, siendo posiblemente las últimas resonancias de aquella legendaria civilización absolutamente arcaica del Sur (antártica), llamada por algunos "lemúrica". Es más o menos conocido que tal fuese, en cualquier caso, el substrato prehistórico, triunfando sobre el cual se construyó, con los aqueos y los dorios, la Hélade "aria", que a nosotros nos puede parece como valor. Pero ésta no es más que una culminación relativamente reciente. Con el ocaso del antiguo régimen aristocrático-sacral, con el aparecer del humanismo, del esteticismo, del afroditismo, del pensamiento naturalista, crítico y filosófico, y después del impuro misticismo de raíz siraico-plebeya, la antigua Hélade olímpica y heroica muere.

El mismo ciclo se repite en Egipto. Las dinastías primordiales, que se alababan de proceder de un dios solar Horus, concebido como jefe de una raza suprehumana llegada a Egipto desde Occidente, encarnaba efectivamente otra forma de tipo solar de espiritualidad, de cultura y de Estado. El título de Hor ahar, es decir de "Horus combatiente", referido a los reyes, expresa característicamente la idea del dominio como manifestación triunfal y combativa del principio solar, pero esta tensión metafísica declina poco a poco. Ya con la construcción de la dinastía tebana, al rey se le opone el sacerdote. Más tarde, con el advenimiento de estratos sociales y de elementos raciales inferiores, el dios solar Osiris se transforma en un demonio lunar y en dios de la ebriedad dionisiaca, en primer plano aparece la idea de Isis, concebida como señora universal y única dadora de vida. Allí donde prima el ideal de la virilidad espiritual se manifestaba en un modo extremo, tanto que el señor del rito podía obligar y amenazar de destrucción incluso a los más altos dioses, más tarde irrumpe un misticismo popular, en el que resuenan ya los temas semitas de la culpa, la expiación, de la salvación o de la anhelante plegaria.

Sería necesario llevar, ahora, nuestra mirada hacia la antigua Italia. Su prehistoria, desde el punto de vista estrictamente racista, es incierta. Es indudable que la misma comporta trazas de razas de civilización nórdico-aria, pero probablemente ya entradas en decadencia o bien alteradas por cruces con elementos heterogéneos. Dionisio de Halicarnaso nos habla de bárbaros muy antiguos autóctonos, llamados sículos, que habrían sido los que primero ocuparon la región donde hoy se alza Roma. Estos sículos junto a otras estirpes itálicas, con gran probabilidad son ramificaciones de la civilización mediterránea prearia; a la cual, en el orden de nuestras búsquedas, a las que aquí nos referimos, se tiende a reportar el propio ciclo etrusco. El ciclo ligur, también éste antiquísimo, nos presenta carácter diverso. En Liguria recientísimamente se han hecho descubrimientos que testimonian el paso de una tradición de la misma edad y del mismo tipo de la paleolítica, nórdico-atlántica y nórdico-aria, de los llamados y ya citados Cro-magnon (civilización de Altamira). La tradición se refiere además a los ligures y a los tirrenos el símbolo del hacha; que sólo en un segundo momento debió pasar a los etruscos, perdiendo su valor originario en esta civilización de tipo oscuramente sacerdotal, pesimistas y predominantemente ctónico. Pero todavía más significativo es el hecho de que la leyenda haga figurar entre los ligures un símbolo nórdico-ario fundamental: el del cisne. El cisne es le animal simbólico de Apolo hiperbóreo. El cisne es el emblema de la "nave solar" e históricamente de las naves de los conquistadores nórdico occidentales, conservándose en incisiones rupestres prehistóricas de Fossum (Suecia) hasta los emblemas vikingos. El cisne reaparece en la tradición indo-aria, simbolizando el fuego y el sol, su nombre hamsah designa al mismo tiempo el "yo trascendente" (âtmâ), como a una raza primordial, anterior a cualquier modificación sucesiva. Y bien, después de todo esto es sin duda elocuente el hecho que en la forma de cisne, según la tradición itálica, Apolo, el dios hiperbóreo, habría hecho inmortal a un rey de los ligures, concebido como amigo y pariente del Sol. El cisne se vuelve a encontrar en las armaduras de los guerreros sacros de la prehistoria itálica septentrional, en las trazas de las inmigraciones célticas se asocia, en Italia, al símbolo del hacha y en el hachas, que llevan inciso el signo de la cruz gamada, se han encontrado en el Piamonte.

 

Si existe una directa continuidad entre estos ecos de la tradición nórdico solar en Italia y las fuerzas que han dado nacimiento a Roma, esto es un problema sobre el que no es fácil pronunciarse. Cierto es sin embargo que Roma se sobre el que nos es fácil precipuo de desarrolla según un ciclo, que en su culmen manifiesta el carácter más precipuo de las civilizaciones heroico-solares. En el mundo mediterráneo ya crepuscular, ya por las fuerzas oscuras, que la Hélade simbolizó con el alterado o reconquistado subyugamiento en la victoria del Apolo délfico sobre el demonio Pitón; en tal mundo ya invadido por el fermento de descomposición semítico-oriental, Roma constituyó el último gran tentativo de restauración universal de la una mas alta civilización. Un símbolo nórdico-ario está en su origen: el de la loba. Y la ambigüedad ya indicada en tal principio, que puede significar bien la luz hiperbórea, bien la ferocidad guerrera, se refleja en la propia dualidad de gemelos, alimentados por la loba: Rómulo y Remo. Esta dualidad nos recuerda en una cierta medida a la misma, egipcia, de Osiris y Set, también ellos hermanos. Osiris encarna el principio solar, Set genera los llamados "hijos de la revuelta impotente", y encuentra su fin por obra de otra figura solar, Horus, hijo de Osiris y su vengador v restaurador. Algo de eso parece reflejarse -digámoslo así- en la "superhistoria" de los orígenes humanos. Rómulo es el que traza el contorno de la ciudad sacra en el sentido de un rito sacro y de un simbólico principio del límite, de orden, de leyes,  habiendo recibido el derecho de poner su propio nombre a la ciudad por la aparición de un número solar: los doce buitres. Remo es por el contrario el que ultraja tal límite, y por eso es asesinado. Él es también quien, contra Rómulo, elige por monte el Aventino; el monte que acogerá a la plebe en revuelta, el monte consagrado no a las divinidades viriles del cielo, sino a las femeninas de la tierra y de la luna; el monte en que los esclavos fugitivos podrían también encontrar la inmunidad y asilo y donde, con preponderancia, la plebe celebraba sus fiestas promiscuas, en antítesis con los ritos severos, cerrados y claros del patriciado. Son oposiciones en las cuales, como en tantas otras, anteriormente indicadas, se manifiesta, certeramente, en mayor o en menor conexión con elementos raciales, la antítesis entre la idea aria y la idea anti-aria.

El triunfo de Rómulo, la muerte de Remo es el primer elemento simbólico de una vicisitud dramática, interior y exterior, espiritual y política, en parte desconocida, en parte -más bien en la gran parte- contenida en símbolos todavía mudos, vicisitudes a través de la cual Roma, bajo símbolos nórdico-arios –el hacha, el lobo, el águila- una espiritualidad heroica buscó crearse un cuerpo universal. Roma fue efectivamente nórdico-aria en su origen ético originario, en su derecho gentilicio, en su espíritu guerrero en su culto a la fidelidad, en su mística de la victoria, en su desdén originario, por lo anecdótico, por lo sentimental, por lo promiscuo. También fue nórdico-aria en un elemento generalmente incomprendido por los modernos: en la potencia que en ella tenía el rito, la acción ritual alejada de dogmas, creencias o efusiones devotas, y concebida como privilegio del patriciado. También aún sólo en parte y en una realidad ya debilitada, nórdico-aria fue también el culto solar y la nueva síntesis de los dos poderes en tiempo de los césares, y esta conciencia, que ya Julio César, naturaleza "sidera", hace reivindicar la doble dignidad divina y real -est ergo in genere (mío) et sanctitas regnum, qui plurimun inter Nomines pollent, et caeremonia deorum, quorum ipsi in potestate sunt reges. Al vértice del Impero, cuando, bajo Augusto, una paz triunfal que se extendía hasta los límites del mundo conocido hizo preconizar a un Virgilio el retomo del Dios hiperbóreo, de los héroes y de la Edad Dorada primordial, lo real y lo sacerdotal parecían de nuevo unificarse. Pero todo esto no se corresponde más que a conatos obstaculizados y a menudo desviados o deshechos por fuerzas adversas, a símbolos aparecidos enigmáticamente, a los que a corresponden ninguna conciencia exacta ni ninguna adecuada nobleza espiritual humana. No vale la destrucción política de la civilización etrusca: fragmentos de la misma permanecieron para alterar, junto a elementos de otras razas igualmente no arias, desde el principio. En el tiempo de las guerras púnicas Roma ya acoge la Diosa pelasga, siendo esto uno de los varios efectos de la misteriosa acción ejercida por los Libros Sibilinos. El elemento asiático-meridional poco a poco desde ese momento, inicia un progresivo avance, casi diríamos, pasa, al contraataque. La influencia creciente de la decadencia, literatizada, afrodítica, no más dórica ni aria de la Hélade acelera la descomposición interna. El misticismo plebeyo de las fiestas dionisiacas y de las fiestas sacarles a las Diosas de Siria y de  Egipto prepara una atmósfera, en la cual debía cumplirse la asianización y la desarianización del mundo clásico mediterráneo en correspondencia al más inverosímil caos étnico y a la extinción del último filón de la antigua sangre aristocrática romana.

En tales términos, en síntesis, se presenta el horizonte del antiguo mundo mediterráneo desde el punto de vista de la tradición nórdico-aria, del elemento verdaderamente creador de nuestros orígenes. Fuera de la penumbra de la prehistoria mediterránea, en la perspectiva de los siglos, Roma se nos presenta como una realidad y como un símbolo. Una misteriosa realidad solar penetra ciertamente en ella, casi como avatar de la luz de los orígenes -pero para pasar poco después significado de algo, que espera a los audaces capaces de retomarla  y de llevarla a su más alta cima. Estos audaces, por un momento, parecieron entrar en la historia, en la figura de los grandes emperadores gibelinos medievales, junto con un renacimiento y una síntesis de espíritu romano-germánico. Pero en el ocaso .del  Medioevo ecuménico también esta tensión conoce su derrota, Esto no impide, que el testamento de aquella tradición nórdico-solar, transmitido por Roma por el Águila por el Hacha al ciclo de la civilización de la Edad Media, haya subsistido en la forma de varios símbolos enigmáticos, como por ejemplo la leyenda del Graal: la espera de un héroe, que soldará de nuevo una espada rota, o desenvainará, otra cuya vaina lleve el nombre de "Memoria de la Sangre", y tendrá el valor de efectuar una pregunta, que dará nueva vida a un rey decaído, herido o en letargo, pero capaz de restaurar un reino, el cual, por clara correspondencia de símbolos, no es más que una imagen de la sede hiperbórea, del centro de la tradición nórdico aria primordial.

"Memoria de la Sangre": este misterio de la leyenda medieval, y puede que también de la Edad que viene. De la crisis última del mundo moderno, fuerzas profundas son llamadas a la superficie, y entre ellas viene una enigmática evocación de símbolos primordiales. Aun cuando burdas, y a menudo materialísticas hoy son muchas las asunciones de la idea de raza; siendo signos de un instinto oscuro pero seguro: cuando éstas se afinen, se espiritualicen, ganen en profundidad, y se liguen cada vez más al mito nórdico-ario, los contactos podrán restablecerse, la "Memoria de la Sangre", podrá hablar, y su verbo convertirse, en un nuevo ciclo imperial de nuestra estirpe, en un poder realmente transfigurador y creador.

 

BIBLIOGRAFÍA.

Como indicaciones bibliográficas para este artículo de síntesis sobre la tradición nórdico-aria, indicaremos algunas obras actuales no teniendo en cuenta la fecha de su publicación, sino la cultura italiana que, por voluntad del Duce, hoy se va orientando en esta dirección. Aparte de nuestras obras: Rivolta contra il Mondo moderno (Milán, 1934), Il Misterio del Graal e la tradizione ghibelina dell Impero (Bari, 1937), Il Mito del Sangue (Milán, 1937). Señalamos: J.J. Bachofen, Die Sage von Tanaquil, Heidelberg 1870; Mutterrecht, Basilea, 1897; W. Rideway, The early Age of Greece, Cambridge 1901; J.E. Harrison, Prolegomena to the Study of Greek Religión, Cambridge, 1903; A. Piganiol, Essai sur les Origines de Rome, París 1917; H. F. K. Gunther, Die nordische Rasse bei den Indogermanen Asiens, Munich, 1935; G.B. Tilák, The Artic Home in the Veda (A new key to the interpretation of many Vedic Texts and Legends), Bombay 1903; J. Déchelette, “La Culture du Soleil aus temps préhistoriques" (Revista Archéol, 1909, vol. 1, 305 ss., vol II, 94 ss.); H. Wirth, Der Ay/gang der Menschheit, Leipzig, 1932; Kynast, Apollon and Dionysos, Munich, 1927; S. Kadner, Urhemait and Wege der kulturmenschen, Jena, 1931; G. Colona di Cesarò, Il "Mistero" Belle origine di Roma, Milán 1939; W. Wilser, Herkunf and Vorgeschiste der Arier, Leipzig, 1939.

 

Un filósofo en la Edad del Lobo.

Un filósofo en la Edad del Lobo.

Biblioteca Julius Evola.-  Publicamos el artículo de Martin Schwarz "Julius EVola: un filósofo en la Era del Lobo". Este pequeño ensayo -pues supera las pautas propias de un artículo- fue publicado inicialmento en la revista Deutsche Stimme, portavoz del NPD y ha sido traducido por José Antonio Hernández García. Vale la pena decir solamente a modo de introducción que la Era del Lobo o la Edad del Lobo en la tradición nórgico-germánica, tiene el mismo sentido que la Edad del Hierro en la tradición clásica o el Kali-Yuga en la tradición hindú.

Julius Evola: un filósofo de la Era del Lobo

Una valoración a treinta años de su muerte

Martin Schwarz

Traducción de José Antonio Hernández García

 

El Barón Julius Evola, cuyo centenario recordamos en 1998 y de cuyo fallecimiento conmemoraremos el 11 de junio del 2004 su 30° aniversario, es justamente apreciado como la figura intelectual de vanguardia de la derecha italiana. Aunque la propaganda antifascista diga lo contrario, nunca fue la "eminencia gris de Mussolini" pero, por encima de todos, rivaliza con la influencia del Duce en varias generaciones de italianos de derecha. El líder del Movimiento Social Italiano (MSI), Giorgio Almirante, lo ha designado con los memorables términos de "nuestro Marcuse, pero mejor". Aunque quizá sería más apropiado llamarlo el "anti-Marcuse", pues Evola, como Marcuse, diagnosticó como "unidimensional" al hombre moderno, pero no buscó reemplazarlo con nuevas ilusiones: en lugar de la Utopía, él ofreció la Tradición.

En Francia, la influencia de Evola ha aumentado desde los años setenta, gracias al círculo de pensadores de la "Nueva Derecha". En Alemania, en contraste, los trabajos más importantes de Evola sólo han estado disponibles muy recientemente, y en algunos casos se han impreso apenas por primera vez; pero aquí también su nombre - y no siempre su obra- ha inspirado a una nueva generación de intelectuales de derecha. En los años treinta, fue de hecho en Alemania donde tuvo una recepción similar a la que tuvo en Italia. El gran poeta alemán Gottfried Benn escribió con entusiasmo sobre el libro de Evola Rebelión contra el mundo moderno:

Es un libro cuyas ideas y supuestos amplían los horizontes de casi cualquier problema europeo a grados hoy desconocidos y nunca vistos. Quien haya leído el libro verá a Europa de una manera diferente. Es la primera presentación de envergadura de uno de los impulsos básicos espirituales que se encuentran activos aún en la Europa de hoy - por "activo" quiero decir que hace época, más allá de la destrucción de los sentimientos sobre el mundo, cambiando y reorientando: es el impulso que se opone a la historia. Por esta razón, es un libro de importancia clave para Alemania, porque la historia es un problema específicamente alemán, y la filosofía de la historia una forma alemana de auto-comprendernos (Die Literatur, 1935).

El mismo Evola buscó contactos no sólo en los círculos nacionalsocialistas, sino también y preferentemente con los representantes de la "Revolución Conservadora" que mostraban sólidos fundamentos religiosos: Wilhelm Stapel, quien intentó dotar al nacionalsocialismo de una base teológica; Carl Schmitt, el católico "Juez con Corona del Tercer Reich"; Othmar Spann, el teórico vienés del Estado combinado, que ejerció una gran influencia en el movimiento nacionalista de los estudiantes alemanes; el Príncipe Rohan, un nacionalista de mirada europea. Estos eran los interlocutores y los contactos que Evola había elegido en Alemania. Pero Evola no estaba completamente a gusto en este terreno. Más que otros, le gustaba ser llamado "solitario", un pensador aislado en un paisaje abandonado: el filósofo de la Era del Lobo.

Junto a la influencia de ciertas corrientes de su época, como el dadaísmo y el existencialismo, que Evola rápidamente dejó tras de sí, fue sobre todo la lectura de Nietzsche la que compartió con muchos otros de su generación, al igual que la experiencia vital de la acción en el frente de batalla en la Primera Guerra Mundial.

Evola descubrió en el tradicionalista francés René Guénon a un gran maestro. Al igual que Evola, Guénon había frecuentado varios círculos de culto esotérico y teosófico, y se sintió alejado de las distorsiones neo-espiritualistas de las antiguas tradiciones y religiones (tal y como lo hace hoy la llamada "New Age") que desarrollaron sus propias doctrinas "tradicionales". El carácter común de las tradiciones indo-germánicas y asiáticas lo condujo a descubrir la Tradición Primordial que había sustentado la oscilación del universo antes de la caída en la historia. Especialmente en el Vedanta de la India, esta tradición es claramente perceptible. El mundo tradicional difiere del mundo moderno porque éste se orienta por un sentido desalmado de la cantidad y por el poder desbordante de las masas.

Además, Evola estuvo muy influido por las investigaciones en la prehistoria, como las llevadas a cabo por Herman Wirth, que le permitieron corroborar los antiguos mitos nórdicos y el origen solar de la cultura. Sin embargo, en la reconstrucción conceptual que Evola hizo de la Tradición Primordial esto tuvo un significado distinto al que Wirth le había conferido.

Jerarquía, forma, virilidad, trascendencia, autoridad, soberanía: estos son algunos de los componentes de la imagen solar del mundo que Evola intenta preservar a través de la incontenible involución de la que forma parte el ciclo cósmico. Su primera acometida magnífica sobre esta condición tomó forma en su libro Rebelión contra el mundo moderno (1934), cuya imago-mundi fue comentada así por Gottfried Benn:

¿Qué es, entonces, este mundo de la Tradición? Primero, es una nueva y evocativa representación; no es un concepto naturalista o histórico, sino una visión, una edificación, un encantamiento. Evoca al mundo como algo universal, supra-terreno, supra-humano. Pero esta evocación solamente puede elevarse y tener efecto cuando hay remanentes de esta universalidad presente, de tal manera que sólo pueda aproximarse y asirlo alguien excepcional: la élite, los elegidos. Este concepto permite a las culturas liberarse de la humanidad y de la historia, y elevar sus diferencias a un plano metafísico, en donde puedan reconstruir en libertad y dar nacimiento a una nueva imagen del hombre: el antiguo, elevado y trascendente hombre que es el portador de la Tradición.

Evola se había dado cuenta que su propuesta previa para un "imperialismo pagano" (Imperialismo pagano, 1928) no era viable y la había abandonado. Pensó que había sido forzado en una estrecha dirección anticatólica bajo la influencia de la francmasonería. De igual forma juzgó errónea su fijación monotemática por la "cuestión judía" de los gobiernos de entreguerras, identificable en los poderes ocultos que sólo así pudieron continuar con sus propias actividades tras bambalinas. 

El movimiento Gibelino, tal y como Evola lo presenta, tenia aparejado como prioridad al Emperador, un Lord secular con sus propias exigencias sacras, opuesto al Papado como portador de valores sacerdotales. Su supremacía no significaba anticlericalismo, porque cualquier anticlericalismo tiende a negar cualquier valor sagrado, incluyendo los del guerrero y del jefe militar.

Esto nos lleva a la siguiente obra mayor de Evola, El misterio del Grial (1937), que tiene que ver precisamente con la realeza sacra, tal y como se vivió en la épica del Grial. Evola señala claramente los orígenes no cristianos de estas sagas: la leyenda del Grial es la Saga del Imperio. Y este Imperio es el Imperium que había sido adoptado por la cristiandad: en última instancia, es el mundo ordenado de acuerdo con los valores tradicionales. Cuando el mundo cae en el desorden, la caballería secreta que continúa y restaura el Orden Solar del Imperio Interior se oculta otra vez, hasta que el Grial sea nuevamente encontrado.

De todas estas obras resulta absolutamente claro que Evola no asumía ninguna posición política, sino una posición que estaba en contra de la política, en contra de la mercantilización operada por los partidos políticos, en contra del cortejo de las masas de votantes, en contra del predominio de lo económico sobre los valores culturales. En consecuencia, él nunca perteneció a ningún partido y nunca emitió ni un voto. De aquí deriva su epíteto de "pensador fascista". Pero entonces los fascistas deberían de haber aspirado a esto, a concretarlo. ¿Fue éste su caso?

Ciertamente hubo esfuerzos en esta dirección en Italia y Alemania, pero hubo muchos más que intentaron nulificarlos. Evola hizo un balance a este respecto en su opúsculo El Fascismo visto desde la Derecha (1964).

Sus dos libros El hombre entre ruinas (1953) y Cabalgar el tigre (1961) tenían que ver con la nueva situación derivada del triunfo total del americanismo y el bolchevismo: dan una orientación para aquellos pocos que todavía tienen la valentía de mantenerse de pie en medio de un mundo en ruinas. El requisito para esta actitud interna es la apoliteia, que se niega a involucrarse en el negocio del alboroto político. Rechaza el ser utilizado por cualquiera de las dos superpotencias materialistas. No hay satisfacción interna por el colapso de las instituciones existentes, porque fueron construidas sobre las arenas de la democracia - hechas por francmasones con el morteroo barato del Iluminismo. Estas instituciones, que son ya una caricatura de las tradicionales, merecen perecer. Parafraseando a Nietzsche: si se están cayendo, basta con darles un empujón. Aunque no se puedan esperar éxitos directos, se trata más bien del ámbito de las acciones propias. Evola no es un pensador pasivo que gimotea incesantemente sobre las miserias del mundo, sino un hombre que convoca a la acción. No es precisamente el hombre que se resigna a una situación desesperada sino que actúa, que se muestra a sí mismo como un guerrero - un Kshatriya. Si Evola señala todos los falsos caminos y los obstáculos, no lo hace para impedir la acción, sino para evitar las ilusiones.

Acción sin ilusión y la renuncia a todas las utopías: esa es la esencia de lo que ha sido llamado el "anarquismo de derecha". Evola inspiró, por lo tanto, a una nueva generación de la derecha italiana que ya no pudo encontrar nada valioso que defender en la Italia de la posguerra. La cabeza rutilante de este grupo, Giorgio Freda, proclamó el grito de batalla en su estudio La Desintegración del Sistema. Freda quería crear un Estado popular a través de la destrucción del sistema, que debía reconstruir las jerarquías y las estructuras tradicionales. Había nacido el "nazi-maoísmo".

Otra dirección fue la de la Nueva Derecha, que llegó a una conclusión absolutamente contraria de su alejamiento de la política: la metapolítica. Se supone que los centros de estudio y los periódicos culturales debían dominar el discurso en nombre de la Derecha, y sólo después de eso se podría cuestionar el poder. Los representantes de esta tendencia, como Alain de Benoist, Robert Steuckers y Marco Tarchi se refieren a menudo a Evola... pero también a muchos otros, incluyendo a pensadores modernos absolutamente incompatibles, como los biólogos sociales, los "investigadores conductuales" y los tecnócratas - algo que de alguna manera pudo ser asimilado por la Derecha.

Recientemente, Evola se ha convertido en una figura importante de una subcultura juvenil completamente apolítica: es el elemento intelectual de la ola Dark y Gótica en escena. La música y la moda por sí solas aquí han sido insuficientes. Evola es presentado como un modelo para un estilo de vida superior sin ninguna conexión política directa. Podemos apreciar una expresión de esto en el CD que reunió a diferentes grupos musicales para el centenario de Evola en 1998 (Cavalcare la Tigre). Este es un síntoma de su nueva popularidad, cuyo aspecto más afortunado puede ser la moda de publicar sus trabajos en alemán, si todo no fuera hecho tan lamentablemente como la pésima traducción de Cabalgar el tigre. Se ha llegado al punto de traducir a Evola no de los originales italianos sino de las ediciones estadounidenses, en un síntoma más del desesperanzador colapso europeo. ¡Evola tiene que ser importado de América debido a que, aparentemente, no hay nadie en Europa que hable italiano ni alemán!

¿Habría esperado Evola ser tan popular en sus aniversarios? ¿Qué significado le habría atribuido a ese hecho? ¿Es la moda de Evola otra estrategia para desvincularlo de su contenido tradicional y distorsionarlo? ¿Resulta Evola como icono más importante que sus enseñanzas sobre la Tradición?

¡Acción, no preguntas! Pero tampoco ilusiones.

 

Actualidad y vigencia del pensamiento evoliano. Marcos Ghio.

Actualidad y vigencia del pensamiento evoliano. Marcos Ghio.

Biblioteca Julius Evola.- Reproducimos el texto de la conferencia dictada el 11 de junio de 2004, por Marcos Ghio, presidente del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires, con motivo del 30 aniversario del fallecimiento de Julius Evola. El profesor Ghio comenta los aspectos del pensamiento evoliano que conservan hoy más vigor e incorpora al texto, algunos aspectos biográficos poco conocidos como el destino de las cenizas de Evola que descansan en un glaciar del Monte Rossa, gracias a los buenos oficios del entonces presidente del Centro Studi Evoliani de Génova, Rebato del Ponte.

 

ACTUALIDAD Y VIGENCIA DEL PENSAMIENTO EVOLIANO

por Marcos Ghio

En un día como hoy, hace exactamente treinta años, inválido desde su lecho de muerte, el barón Julius Evola solicitaba a dos de sus más fervientes seguidores que lo pusieran de pié antes de morir para observar por última vez, desde la ventana de su departamento frente a la antigua Cancillería de Roma, al mundo moderno que estaba a punto de abandonar.

Debió seguramente una vez más percibir la profunda distancia que lo separaba de esas multitudes anónimas que deambulaban por las calles devorando su tiempo en una vida oscura originada en manera azarosa y que a su vez, del mismo modo que casual había sido su comienzo, también habría de serlo irreversiblemente su final, sin nada sustancial que hubiese sido elegido durante todo el trayecto, como el producto de una tenebrosa fatalidad que constantemente la interpreta en un concierto de notas infinitas, de marionetas que rumian apretujadas sin rumbo ni razón de ser. Ellos eran seres en sí mismos insuficientes, sujetos sociales que necesitan irreversiblemente del otro para justificarse, que solicitan diariamente de un foro ante quien explicarse, retóricos precisados de permanentes confirmaciones para continuar con su camino, siempre solícitos a los aplausos y alabanzas, así como de democráticas y promiscuas participaciones. Él en cambio pertenecía al grupo de aquellos que se bastan y son suficientes a sí mismos, que no necesitan de nadie que incremente su yo, y que son por lo tanto capaces de prescindir de las tres metas principales que agitan la existencia mundana tales como el deseo de fama, de poder, de dinero, pues sólo en sí mismos y no en otra cosa encuentran la propia justificación.

Formaba pues parte de la especie de los persuadidos contrapuesta a la de la multitud abundante de retóricos a los que contemplaba por última vez desde su ventana. Se trataba por lo tanto de dos razas, de dos hombres que se hallaban frente a frente sin nada esencial que los identificase, sino tan sólo la superficial circunstancia de compartir un cuerpo semejante, o de hablar una misma lengua. Afuera por lo tanto la muchedumbre moderna, la masa, el ganado sin nombre, afanoso de consumos y de aturdimientos para poder saturar el propio tiempo y olvidarse de sí y del por qué se encuentra aquí. Drogados con cosas superfluas, ensordecidos con ruidos infernales, borrachos de curiosidades que llenan incesantemente su yo. Atrapados por la “vida”, absorbidos en un torbellino ensordecedor que les permite saturarse de sensaciones intensas, escapándose de sí y disolviéndose en la nada, siendo arrastrados así en el ritmo desenfrenado del devenir. Frente a ellos, inconmovible, el mundo del ser parmenídeo, de aquello que nunca cambia, aquel que el Evola que se despide desde siempre respiraba. Porque existir para el hombre de la Tradición, antagónico del moderno, significa trascender la mera vida, tenerse a sí mismo como centro indisoluble e impenetrable, como roca inflexible ante los avatares del tiempo.

 Ya desde su misma infancia él había percibido, tal como nos relata en El Camino del Cinabrio, que no se encontraba aquí de casualidad ni que tampoco su ida, ya inminente, era algo que se le hubiese impuesto involuntariamente; él sabía que había venido de otra parte, de un universo lejano y distinto en donde las apuestas son duras y osadas, en donde los hombres, lejos de buscar la paz, la quietud y la “felicidad”, se encuentran en cambio ansiosos por transitar el peligro y las misiones más difíciles y complicadas, y para los cuales, a diferencia de nuestros tiempos democráticos, no es ni la fama ni el dinero la medida de todo. Por lo tanto ningún paraíso de bueyes apacentados ni aquí en la tierra ni en el cielo lejano representa su meta. Sólo donde no hay paz y donde existe el peligro se halla la verdadera realización. Porque allí donde se encuentra el heroísmo la vida es comprendida como una epopeya y el hallarse en ella no es entendido nunca como una situación azarosa y casual por la que, sin siquiera habérsenos preguntado, nos despertamos de golpe adentro del cuerpo de un hombre determinado, viviendo en un cierto sexo, en una determinada raza o nacionalidad, en una condición social rica o pobre, en un cierto momento de la historia al que nos debemos adaptar así como el yeso a un molde prefijado, es decir, con una existencia que nos ha sido impuesta por encima de nuestra voluntad. Contrariamente a ello la vida es en cambio concebida aquí como un viaje que previamente ha sido minuciosamente proyectado, como una empresa aventurada en la que entra en juego una meta suprema cual es la conquista y búsqueda de la inmortalidad.

Ni tampoco en tal contexto resulta una casualidad el hecho de que se haya elegido vivir justamente aquí en este Kali-yuga, en esta edad del hierro sombría, en su etapa más decadente y terminal, pues ello ha sido en razón de que hemos querido otorgarnos una medida difícil, una prueba sumamente complicada, posiblemente la más arriesgada de todas, en la que es posible más que en cualquier otra extraviarse, perder el rumbo asignado, disolverse en el mundo del devenir y la nada y por lo tanto morir definitivamente arrastrado por el torbellino del número. Pero todo ello ha sido en relación a la apuesta que nos hemos hecho a nosotros mismos, pues quien puede ser libre en un universo de máquinas programadas, ser persona en medio de una sociedad de masas, quien alcanza la conquista de la otra vida en un mundo que se encuentra ebrio de “vida” placentera, de puros instantes sin tiempo, vividos con obtusa intensidad y que se aturde y alucina en sensaciones fugaces, que no son sino huidas y olvidos verdaderos de que realmente se es; aquel que logra sobrevivir en tal sociedad carente de cualquier sostén existencial es sin duda alguna el superior a todos. Y es paradojalmente en un mundo de tal tipo, al que se ha llegado ex profeso, en donde resulta más claro que en cualquier otro que existen en un mismo pellejo que a todos nos identifica dos tipos esencialmente distintos y confrontados de seres humanos que conviven bajo un mismo techo, que se cruzan cotidianamente en una misma circunstancia y situación, en donde sólo un ojo metafísico puede percibir la diferencia esencial que los contrapone. Que se encuentran aquellos, la mayoría, la masa, que son tomados por la vida en un flujo incesante, irracional y reiterativo, siendo apenas átomos mutables de un proceso infinito y vermicular, los que no son otra cosa, al decir de Schopenhauer, que la expresión de una ciega voluntad de vivir que los utiliza como piezas recambiables, como luces fugaces de un concierto infinito de estrellas incesantes que se prenden y apagan raudamente y, en contraposición a éstos, en cambio se encuentran los otros, la otra raza a la que perteneciera el Evola a punto de despedirse, de pié junto a su ventana, de los que han tomado la vida tan sólo como un medio, como un trampolín para lanzarse hacia lo alto a fin de obtener una conquista en donde la muerte, lejos de ser una nada o un velado apagarse de una existencia ansiosa y agotada, es a la inversa la consumación de un proceso, un tránsito victorioso sobre el devenir. No por nada en las grandes religiones de Occidente, como la griega y el cristianismo, dioses y ángeles, divinidades intermedias, envidiaban a los hombres, pues mientras que los primeros estaban determinados a ser siempre inmortales de una misma manera, asemejándose en ello a los animales quienes también estaban signados por un estado de fijedad aunque polarmente inversa, el hombre en cambio, en tanto participaba de dos dimensiones contrapuestas, poseía una libertad esencial de la cual carecían todos los restantes seres, pues sólo a él ninguna fatalidad le estaba prefijada, ni de arriba ni de abajo. Él solo podía elegir entre elevarse hasta la dimensión de un dios o descender hasta el grado más bajo de las bestias y aun hasta de los mismos vegetales, que tan sólo “viven”, “gozan” y se reproducen, como en los momentos últimos y actuales de la gran decadencia y postmodernidad, la que, como indica su mismo nombre, no es sino la modernidad postrera y última que pueda concebirse. Por ello ser meramente hombre, tal como mienta el moderno humanismo, no es propiamente nada, pues lo humano es ser tan sólo un puente, un proyecto existencial entre el animal y el superhombre, entre la bestia y el dios.

“No nos engañemos: somos hiperbóreos”, decía el maestro Nietzsche en la misma línea asumida por el también maestro Evola. Somos diferentes de la inmensa mayoría. Por lo tanto apartémonos del dogma esencial de este mundo de apariencias, en el que la igualdad ya representa un abuso del lenguaje en el nombre de la cual se cometen las más absurdas injusticias. Repitámoslo pues de manera clara y concisa: existen dos tipos de hombre que se encuentran afincados simultáneamente en un mismo tiempo, por un lado los modernos, que son los que han hecho del mismo su principio esencial y por el otro los hombres de la Tradición que en cambio tienen por meta la eternidad, lo que siempre es y nunca deviene y para los cuales la vida representa un medio y no un fin. Tal dualismo es a su vez el que se encuentra presente en todas las grandes religiones las que han contrapuesto dentro de lo humano a dos principios antagónicos e irreconciliables. El origen del hombre, decía la antigua religión griega, surgía a partir de las cenizas de los impuros Titanes destruidos por Zeus en venganza por haber devorado a su hijo Dionisio. Por lo tanto coexistían dos principios antagónicos en nuestra misma especie, divino el uno e impuro y profano el otro, hallándose signados ambos por una lucha incesante e irreversible. En modo tal que los hombres se dividían de acuerdo a si habían sido capaces de hacer primar en sí mismos lo titánico o lo dionisiaco, lo impuro o lo divino, lo sagrado o lo profano, por lo tanto lo moderno o lo tradicional. Y esta lucha interior que cada uno desarrolla en el seno de sí mismo da como consecuencia la coexistencia en la humanidad de dos estirpes antagónicas, determinadas de acuerdo al principio que se haya logrado hacer valer. En modo tal que quienes han hecho primar el devenir y lo mutable, es decir los titánicos, éstos son pues los modernos. Aquellos que en cambio lo han logrado hacer con lo divino y permanente, lo dionisíaco, éstos son los hombres de la tradición. Y aun el cristianismo, en su continuidad aria y occidental, ha reconocido también esta dialéctica incesante en el seno de lo humano cuando ha revelado en el mismo la coexistencia simultánea de dos principios también antagónicos: la imagen y el pecado. El de ser hijo de Dios, de la misma estirpe divina, y la de representar en cambio y por contraposición una tendencia exasperada e impura hacia el no ser y la disolución.

Pero agreguemos esta peculiaridad: que esta gran guerra que nosotros sobrellevamos adentro de nosotros mismos, se exterioriza a su vez en el mundo externo cuando, como una proyección de este combate interior, el hombre de la Tradición y el moderno luchan en manera incesante entre sí. Más aun, la misma representa un paradigma necesario e indispensable para objetivar y mantener vivo ante nuestra conciencia y la de los otros tal hecho irreversible. Porque aquí, en relación a tal dicotomía, digámoslo para entrar de lleno al tema de nuestra ponencia, hay dos cosas esenciales que hacen a lo que caracteriza al más estricto pensamiento evoliano y que lo singularizan en relación con otras tendencias que también dicen reivindicar la tradición, pues en los tiempos oscuros y caóticos en los que vivimos existen términos que es indispensable especificar a fin de no extraviarse. Y agreguemos a partir de este instante que hay un pensamiento evoliano claro y definido que es un signo preciso e identificatorio en los tiempos actuales.

La primera característica del mismo es que no deben confundirse nunca las categorías moderno y tradicional con conceptos históricos, sino que ambos son metahistóricos. Hacer lo contrario, tal como hace cierto “tradicionalismo”, es sucumbir a una sugestión de la modernidad. El hombre moderno no es propiamente ni se agota en lo que hoy se conoce como la Edad Moderna, y a su vez, el hombre tradicional no es tampoco en manera necesaria el perteneciente a sociedades de un remoto pasado. Se trata más bien de dos modalidades existenciales hallables siempre y en todo momento de la historia, con la peculiaridad de que es cierto sí que cuanto más retrocedamos en el pasado más nos aproximamos a paradigmas de sociedades en las cuales rigieron principios tradicionales y es tan sólo por ello, y no por pertenecer a un tiempo que ya fue, que reciben tal nombre y a su vez, del mismo modo, cuanto más nos adentramos en los tiempos actuales, son también mayores los caracteres modernos que las identifican, aunque, nuevamente lo decimos, ello no es porque sean actuales, sino porque han sido el producto de un desvío. Moderno significa aquella modalidad existencial en la cual el modo, lo accidental y consecuentemente lo que es superficial es aquello que prima; por tal razón tiene que ver propiamente con la moda y con todo aquello que siempre es mutable. En cambio el hombre de la tradición (que viene de tradere, y que es lo que por su sustancialidad posee el privilegio y deber de ser transmitido) es aquel que se encuentra afincado en valores que no cambian, es el que adhiere a realidades sustanciales y perennes por contraposición a las accidentales y modales, por lo tanto es aquel que se encuentra más lejos que cualquiera de agotarse en una realidad histórica determinada.

El otro principio que caracteriza al evolianismo y que emana del primero se vincula a su carácter decididamente contrario a las actitudes historicistas y por lo tanto modernas, que consideran a la Historia como una especie de deidad que determina el accionar del ser humano. Él no cree en los cursos fatales de la historia, que no son otra cosa que una extrapolación ilícita hacia un plano espiritual y libre de los cursos fatales que acontecen en cambio en el mundo de la naturaleza física. Por lo tanto lejos se encuentra tanto de la actitud de quien se mantiene a la espera de que los ciclos irreversibles se cumplan, como de aquellos que consideran anacrónica y “ahistórica” una conducta meramente porque no es la que corresponde a las modas vigentes. No hay nada más contrario al evolianismo que el pragmatismo y lo que hoy se conoce como “la muerte de las ideologías”, es decir, la actitud de rendirse ante los hechos y el curso “irreversible” de los acontecimientos en aras de no fracasar. Por lo tanto en la medida que no acepta ningún tipo de fatalismo ni en la evolución ni en la involución del proceso histórico, en él más que en cualquier otro se encuentra una postura activa y de compromiso incesante frente a las circunstancias del tiempo presente. Él cree en manera decidida que es el hombre el sujeto de la historia y rechaza la idea de que ésta sea una realidad extrínseca que se le sobreponga y lo determine de manera irreversible a ser de una cierta manera. El hecho de que el hombre de la Tradición repudie los valores mutables no significa en manera alguna que se escape del mundo del devenir o que niegue idealmente su existencia. Y ello no es algo irrelevante puesto que, ante la negación de los valores representados por la modernidad, significa una indubitable tentación la de alejarse de la realidad mundana, vivir apartado para los que puedan hacerlo e ignorar lo que sucede como encerrado en una campana de cristal. La actitud evoliana se caracteriza en cambio por ser la de aquel que, a pesar de sostener principios anacrónicos y diametralmente opuestos a los de la inmensa mayoría de sus contemporáneos, sin embargo no se escapa ni se aísla, no huye de una responsabilidad existencial, no se llama a un silencio que muchas veces puede terminar siendo involuntariamente cómplice de la situación, como formando parte él también de una misma avalancha. Él considera que lo absoluto sólo lo es en un acto de doblegamiento de lo mutable y relativo y que tal acción debe ser a su vez también absoluta. De tal modo, la lucha que desarrolla en contra de lo impuro que habita en su seno, en tanto expresión del elemento titánico antes mentado, debe exteriorizarse también hacia afuera en un combate irreversible en contra del mundo moderno en tanto expresión histórica de tal dimensión, convirtiéndose así en un enemigo irreconciliable del mismo, pues para él lo exterior representa una extensión de esa lucha incesante y aun una manera de mantenerla actualizada y viva en sí mismo. Al enemigo hay que derrotarlo en todos los planos, en el interno así como en lo externo. Dejarlo vivo en alguno de ellos es un riesgo notorio pues puede revitalizar al que hemos abatido en alguno de los dos lados. Ambas realidades, la interna y la externa, se retroalimentan. Tal principio se hace claro en la tradición que el Islam supiera explicar lúcidamente en su descripción de las dos guerras santas que debe llevar a cabo el sujeto durante toda su existencia. La gran guerra es la que se despliega en lo interior en manera permanente para abatir al enemigo que tenemos adentro y la pequeña es la proyección de esa misma lucha en contra de lo que podría comprenderse como la propia sombra, pues si hubiese algo que escapase de tal guerra, la misma no sería absoluta y entraría en negación consigo misma. Tal imagen es también formulada por Platón en la alegoría de la caverna cuando el prisionero, tras ser liberado de su oscura prisión y haber podido contemplar la luz de frente, siente una necesidad insoslayable de volver hacia sus antiguos compañeros para comunicar su novedad y mensaje y así redimirlos del error. Y ello lo hace aun corriendo el riesgo de ser repudiado y ridiculizado por todos, cuando lo más fácil hubiera sido vivir tranquilo y satisfecho con la verdad descubierta, pero con esta conducta traicionaría la razón principal por la cual se existe, la de combatir siempre e incesantemente, y por lo tanto aun así admite mezclarse con quienes no aceptan en ninguna manera que pueda existir una realidad diferente de la de las sombras.

Por lo dicho, en tanto se considera como necesaria una lucha tradicional en contra del mundo moderno, es que resulta indispensable formular los principios que son propios de una política evoliana distinguiéndola claramente de todas las demás vertientes y en especial de aquellas que, si bien dicen contraponerse al actual sistema vigente, en los hechos no hacen sino consolidarlo. Y al respecto digamos primeramente, para evitar cualquier equívoco, que lo que la caracteriza es que en ella las posturas a asumir frente al mundo moderno son de una radicalidad absoluta, no admitiendo frente al mismo ningún tipo de concesión. Su apotegma principal no es el actualmente aceptado por el que se afirma que “la política es el arte de lo posible”, sino que a la inversa para el mismo en cambio ella representa el arte de saber mantenerse siempre en los principios a pesar y más allá de las modas vigentes. Por ello, si para el moderno lo principal en la política se encuentra representado por la manera como logramos adaptarnos a las circunstancias para tener éxito en nuestra acción, para el evoliano en cambio el esfuerzo principal está centrado en ser capaces de asumir siempre y en todo momento actitudes de intransigencia que lo diferencien de esas mismas circunstancias. ¿Cómo logro mantenerme fiel a los principios y no cómo soy capaz de triunfar? tal es la pregunta principal que se formula, y, como secuela de la misma, sobreviene esta otra: ¿cómo logro que aquello ante lo cual nada puedo en tanto no quiero en manera alguna adaptarme a la “realidad” o a los “procesos históricos”, no pueda nada en mi contra?

Dentro de este contexto el primer problema a resolver es el relativo a la denominación a utilizar por parte de un movimiento verdaderamente alternativo que quiera ser acorde a los valores de la Tradición. Nosotros resaltamos hoy más que nunca que su nombre debe ser a secas evoliano, pues es el único que no puede llamar a engaño ni confusión. En la actualidad, en tanto nos hallamos en un universo de caos y subversión, podemos notar en cuál manera las principales palabras que pueden ser asumidas como un modo de diferenciarse del mundo moderno se encuentran teñidas de un sesgo ambiguo y confuso que termina favoreciendo al mismo sistema que se quiere combatir. Empezando por el término “tradicional” el cual es fuente de una serie incalculable de equívocos, por lo que muchas veces decirse “hombre de la Tradición” puede incluso llegar a significar muy poco o nada, ya que son muchos los que la asumen de manera por lo demás imprecisa y contraria a lo que debe entenderse como un verdadero tradicionalismo. Más aun, podemos decir que no existe nada más antitradicional que muchos de los que se autotitulan como tradicionalistas. Tal es el caso patético del autodenominado “tradicionalismo católico” el cual, además de confundir a la tradición con una expresión histórica en particular, siendo ya tan sólo en ello lo contrario del tradicionalismo, ni siquiera es fiel a la tradición más raigal de su propia religión, convirtiéndose de este modo en una variante más de una iglesia que ha traicionado sus orígenes al combatir a cualquier forma de esoterismo. Y si descendemos a otros léxicos propios de un ideal de tal tipo en su pureza más plena, digamos que tampoco decirse de derecha, tal como correspondería a un hombre de la tradición que desciende a la arena política, representa algo claramente discriminatorio e indicativo en los tiempos actuales. Ello a pesar de tratarse de un término correcto pues en su significado originario, es decir, el que es verdadero más allá de todas las distorsiones, ser de derecha tiene que ver con lo que es recto, con lo que se encuentra alejado de desvíos y ambigüedades, con lo que sigue siempre el camino derecho, más adecuado y acorde, a pesar de todas las dificultades que puedan presentarse. Hoy en día en cambio dicha palabra, de su significado absoluto originario, ha sido degradada a una forma relativa e intercambiable. Se la ha asimilado a una conducta de estricta ortodoxia sin importar la doctrina de la que se trate. De este modo se ha llegado hasta el absurdo de calificar como de derecha desde un liberal hasta un marxista, en tanto tal término se ha reducido meramente a la calificación de quienes se mantengan en una línea de principio en relación a su doctrina originaria, olvidando que el trasfondo de estas últimas, el liberalismo y el marxismo, en tanto negadoras de cualquier valor absoluto, que es en cambio lo propio de la derecha, no significan otra cosa que distintas variantes de la izquierda. Obviamente allí donde se niega el orden natural todo se relativiza, todo se caotiza, hasta el mismo lenguaje. Y más aun, tal término que, como dijéramos, es signo de valor, hoy en día, en épocas subversivas, ha diametralmente invertido su significado, en modo tal que, cuando se quiere descalificar a alguien, se lo acusa despectivamente como “de derecha” y a su vez dentro de tal juego dialéctico impuesto por la modernidad, los que reciben tal terrible calificación, lejos de asumirla, protestan por ello y cuanto más se proclaman como de centro, es decir nada, lo que es lo mismo que decir “ni de izquierda ni de derecha”, todo lo cual en el mejor de los casos no es sino un signo de timidez. La realidad es que solamente puede haber dos posibilidades en materia política, o ser de izquierda, moderno, es decir desviado del sentido recto y absoluto, o de derecha, que es lo contrario. Además hoy en día, puesto que nos encontramos en la etapa más aguda de relativismo y pragmatismo, ser ortodoxo, es decir mantenerse apegado a principios es decir ser coherente con los propios principios, es calificado como algo negativo, por lo que lo bueno en cambio sería ser oportunista. Esta subversión en el lenguaje, que es también parte del conjunto de subversiones a las que la modernidad ha sometido a nuestra especie, se vincula con la otra por la cual un conjunto de términos, usualmente utilizados para calificar valores, tales como los aludidos ortodoxia, derecha, así como también represión, autoridad, etc., hoy en cambio, por hallarnos en los tiempos últimos de total descomposición semántica, son calificados en cambio como disvalores.

Por último, siempre dentro del contexto de la especificación del lenguaje, vale la pena dedicarle dos palabras al termino nacionalismo, en una época utilizado por nosotros como un elemento de distinción respecto de la modernidad. En efecto, desde un punto de vista tradicional y evoliano, ser nacionalista puede ser calificado como positivo tan sólo en un sentido, en tanto signifique rescatar un ideal universal por encima de los intereses singulares y clasistas de las partes que componen la sociedad, por lo que su significado más hondo es el de priorizar valores espirituales por sobre los materiales y económicos, sustentados por los grupos en manera egoísta, expresando en esto una postura tradicional. Pero deja de serlo en tanto se reduzca a un mero factor reivindicativo de los “intereses” de una determinada nación en relación a las restantes, subordinando a ello cualquier otro valor superior, reputándose sin más como una cosa sagrada la defensa de un “sano egoísmo nacional”, que en el fondo no termina siendo otra cosa que una forma más de economicismo. Tal nacionalismo es por lo tanto de carácter burgués y se encuentra expresado con gran precisión por aquel ministro británico que dijera que, en relación a las demás naciones, Inglaterra no tenía principios, sino meramente intereses. El mismo no hace así sino reflejar el pragmatismo de las clases económicas para las cuales el éxito en la vida material lo es todo. En tal caso la nación no se diferenciaría mayormente de la clase o del mero individuo que lucha por hacer valer sus intereses por encima de los restantes, siendo cuanto más una individualidad superior y de mayor alcance. Y de esta manera el nacionalismo, que puede haber tenido un significado positivo, en virtud del virus moderno, pasa a convertirse en una de sus tantas manifestaciones deletéreas. No por nada la Revolución Francesa reivindicó el nacionalismo y tanto nuestros liberales como nuestros marxistas se proclamaron alternativamente nacionalistas. Por lo cual consideramos que, lo mismo que los términos “tradicionalismo” o “derecha”, no debe ser una palabra a adoptar en forma aislada por parte de un movimiento alternativo, si previamente no se los especifica con otro que no dé lugar a confusión alguna. Por ello es que sostenemos una vez más que, puesto que el término evoliano es el único que es ajeno a cualquier ambigüedad, es a partir del mismo únicamente que podemos asumir las palabras antes aludidas en su significado positivo. Es decir, que somos nacionalistas, de derecha y tradicionalistas solamente en tanto somos evolianos y no a la inversa.

Por lo dicho, en tanto evoliano significa tradicional en sentido estricto y absoluto, sin concesiones respecto del mundo moderno y en tanto su significado último se comprende en un combate en contra del mismo (Rebelión contra el mundo moderno no es casualmente el título de su obra principal de la cual se cumplen 10 años de su edición en castellano) formulemos en este momento cuáles son las posturas que debe adoptar dicho movimiento.

La primera y principal consiste en sostener que: No podrá haber nunca un cambio verdadero en una nación si no se logra simultánemente una modificación en la estructura psíquica y espiritual del hombre desintoxicándolo de siglos enteros de contaminación moderna en todos los planos. Todo movimiento evoliano debe arrancar de esta premisa principal y a partir de la misma juzgar a todas las posturas que se asuman en el ámbito político.

Hoy en día, al contemplar la realidad cotidiana, notamos como se parte del equívoco de juzgar como moderno (aunque habitualmente ni siquiera se utilice ese nombre) únicamente a aquello que se califica como inherente a un poder mundial centralizado y uniforme, al denominado “pensamiento único” representado principalmente por los Estados Unidos, frente al cual se propone como alternativa la de constituir un mundo plural compuesto por “grandes espacios”, tales como la Comunidad Europea, la Asiática, el MERCOSUR, etc. Pero en realidad digamos que estos últimos sectores en el fondo no se oponen a la modernidad, sino tan sólo al hecho de que la propia nación o aun ellos mismos no sean quienes ejerzan el liderazgo en el mundo. En el fondo ellos rechazan a los Estados Unidos tan sólo porque no ocupan su lugar. Y es dentro de esta misma tónica que puede encuadrase lo dicho por un pensador nacionalista en el sentido criticado quien, al recordar la frase antes aludida del político británico que formulaba la necesidad de hacer primar los intereses sobre los principios, se lamentaba no por el carácter deletéreo de esa postura filosófica moderna, sino porque no hubiésemos sido nosotros en haberlo hecho. Hoy la gran mayoría de los que dicen oponerse al mundialismo en realidad no se oponen a la modernidad, sino tan sólo a una manera como ésta se manifiesta. Es cierto que repudian el dominio de los Estados Unidos o del “poder financiero internacional”, pero lo hacen en el fondo tan sólo porque ellos no son el sujeto que ejerce tal hegemonía. Y hasta nos quedaría la duda respecto de qué pasaría si ellos viviesen o fuesen ciudadanos norteamericanos. Con mucha seguridad tales personas en razón del nacionalismo relativista que sustentan, serían fervientes patriotas de tal país tal como dicen serlo en la actualidad del propio.

Lo esencial a sostener es que la modernidad, en la que pueden incluirse las dos variantes antes mentadas, la globalizadora y la pluralista como falsa disyuntiva, ha erigido un sistema de vida que ha hecho de la economía y la finanza el destino de las personas y ha convertido a la posesión de objetos tecnológicos, al consumo desaforado y patológico, en los medios principales para alcanzar la felicidad del hombre. De allí que haya sido que en función de ello que en los últimos años los consumos de la humanidad hayan aumentado en ritmo vertiginoso, trayendo como secuela la cada vez mayor desproporción de riquezas entre las naciones y en el seno de las mismas sociedades. Y esto ha sido hecho vulnerando los principios más elementales de cualquier orden cósmico normal y del mismo sentido común. Alguien ha dicho con razón que si todos los pueblos tuviesen un nivel de vida semejante al de los denominados países del Primer Mundo, se necesitaría un espacio equivalente a por lo menos siete veces el planeta Tierra, sin tener en cuenta los desórdenes ecológicos que ya ahora, en donde apenas un 10 por ciento de la población mundial disfruta de un nivel de vida privilegiado, produce este avance desaforado de la tecnología en el mundo.

Nosotros sostenemos inversamente frente al desorden moderno como premisa principal que es indispensable invertir el esquema hasta ahora propuesto en donde la economía gobierna a la política, el interés al principio, la materia al espíritu, sosteniendo exactamente lo contrario. Esto lleva a la siguiente conclusión: que los argentinos si queremos salir de una vez por todas de la crisis absurda que estamos viviendo desde hace décadas debemos primeramente 1) centrarnos en nosotros mismos y consecuentemente vivir con nuestros propios recursos, prescindiendo de toda aquella tecnología que resulte superflua y puramente dadora de lujos. Por lo tanto como medida concurrente debemos sostener que nunca la economía de nuestra nación debe estar basada en el mercado externo, en el aumento de las exportaciones, sino en el interno, en la satisfacción de las necesidades elementales de nuestro pueblo. Surge pues como consecuencia de ello que debemos 2) desintoxicar al hombre del consumismo, generando un espíritu de frugalidad en donde lo tecnológico, hoy fuente de consumos incesantes, sea reducido a su mínima expresión y sosteniendo abiertamente 3) un retorno a la naturaleza con una aparejada descongestión de las grandes ciudades.

Es dentro de este contexto que debemos formularnos nuestra separación respecto de todos los organismos multinacionales que nos tienen atrapados en razón de ser la pretendida llave de entrada para disfrutar de los quiméricos progresos y de sus chiches liberadores por los cuales estamos condenados a disfrutar también de su sistema monetario, de sus créditos y consecuentes endeudamientos. Es de notar al respecto que mantenernos dentro del espíritu moderno y no cobrar sus acreencias es justamente la meta principal de tales organismos. No por casualidad el presidente Bush, cuando se reunió con su colega argentino para discutir sobre la deuda externa, no le dijo “pague”, sino “negocie”, es decir, mantenga el país apegado a tales organismos “benefactores”, encargados de ejercer un control cada vez más incesante y cotidiano de nuestra economía asegurándose así de que no pateemos el tablero y salgamos del sistema. Y hoy mismo curiosamente cuando se habla de una quita sustancial de la deuda, Wall Street acaba de alabar al gobierno argentino. Ello es porque a pesar de todos los desvalijamientos padecidos, lo esencial no se toca.

Por ello nada más lejos de nosotros se encuentran quienes hoy en función de hacer primar “intereses nacionales”, siempre imitándolo a aquel ministro inglés, sostienen la necesidad de agruparnos en forma protectora alrededor de otros grandes organismos como el MERCOSUR, que no es sino una burda imitación del Mercado Común Europeo. De ninguna manera, nuestro destino debe ser por el contrario nuestro aislamiento como nación pues sólo en nuestra interioridad hallaremos las energías necesarias para realmente ser. Tales personas caen en un doble error, el primero ignorar que el capitalismo para poder subsistir ha incrementado hasta límites patológicos el consumo de los seres humanos y lo que es peor lo ha hecho también con las necesidades de consumo de las personas, sin importar si las mismas puedan o no ser satisfechas. Pero digamos además que el avance tecnológico que ha marchado acompañado de una multiplicación ilimitada de riquezas en unas pocas personas, no ha mejorado mayormente la situación de aquellos que viven en tales países altamente desarrollados, los cuales, tal como dijéramos, han hallado en todas las chucherías tecnológicas cada vez más abundantes verdaderas fuentes de alienación y vaciamiento espiritual. Por lo tanto querer competir con tales países a nivel de mercados es el peor de todos los errores que cometería un movimiento que pretendiera ser antiglobalizador en serio, pues no sería otra cosa que participar de su mismo espíritu. Se debe ser principalmente antimoderno, es decir, formular abiertamente el renunciamiento a muchas de la tecnologías hoy existentes, distinguiendo aquella que es necesaria de la mayoría que en cambio es superflua, dando prioridad en vez a un mayor contacto del hombre con la naturaleza y con la propia familia y que la economía en vez de estar volcada hacia el lujo y el consumismo, lo esté hacia la satisfacción de las necesidades elementales de las personas.

Por lo dicho hasta aquí sostenemos como indispensable para un movimiento alternativo contraponerse decididamente a la ola feminista hoy vigente por la cual la mujer va ocupando cada vez más funciones que le corresponden naturalmente al hombre. Resulta curioso constatar cómo por un lado hoy en día, en razón del proceso de incesante mecanización del trabajo, cada vez existen menos empleos. Y ello es un fenómeno corroborable a simple vista. Con las computadoras por ejemplo si en un banco antes había 100 empleados hoy esa misma tarea la pueden realizar 10. Pero por el otro, en forma por demás paradojal, constatamos cómo simultáneamente a tal proceso de disminución de las fuentes laborales existentes, las mujeres, que ocupan más de la mitad de la población mundial, van entrando cada vez más en el mundo del trabajo ocupando lugares que antes eran exclusivos de los hombres, colaborando así de tal modo con el desorden existente aumentando el fenómeno galopante de la desocupación. Una sociedad rectificada debería hacer volver prioritariamente a la mujer hacia el hogar para ocuparse de la crianza de los hijos, elevando en función de ello los salarios, teniendo que ser suficiente el del hombre para mantener a toda su familia. El trabajo en la mujer debería ser admitido solamente como una vía de excepción, en especial cuando se tratase de un talento, pero no a la inversa como ahora que en distintas tareas, como un signo de “antidiscriminación”, se exige un cupo femenino, convirtiéndose así el trabajo de la mujer en una regla. Y ello ha acontecido no porque se haya querido beneficiar a la mujer sino en tanto es la consecuencia de una filosofía que ha hecho del trabajo la mayor fuente de alineación junto con el consumismo desaforado. Ya no se trabaja en función de la satisfacción de necesidades materiales, que no son sino un complemento secundario de lo que en el hombre es lo esencial: disfrutar del ocio, sino que la totalidad de la vida misma es comprendida como trabajo, pues de esa manera con su saturación el hombre ocupa su tiempo restándolo de funciones espirituales de carácter superior.

No hay duda alguna de que, al no aceptar soluciones intermedias, el nuestro es un movimiento revolucionario en el sentido más estricto. Luchamos por la destrucción del mundo moderno y por la instauración de un mundo tradicional y no aceptamos ni aceptaremos ningún tipo de compromiso con el sistema al cual cabe combatirlo no sólo en la Argentina, sino en el mundo entero. El espíritu de Malvinas y no la negociación de nuestra partidocracia es pues la modalidad que sustentamos. Todos aquellos que estén comprometidos activamente en tal lucha son nuestros aliados, estando más cerca de ellos, a pesar de sus diferencias de religión, raza y nacionalidad que de muchos de los que hoy se dicen en nuestro país nacionalistas.

Pero volvamos al inicio de nuestra exposición. El tiempo que hemos hasta ahora utilizado en ella ha sido el mismo que el barón Julius Evola empleara para expirar, habiendo establecido así la última de las distancias que tuviera con los modernos que aun “vivían”. Pero sin embargo su historia personal no concluye en el momento de su muerte, luego de la misma se establecerá un nuevo combate en contra del mundo moderno, combate que hasta diríamos paradigmático y simbólico que concentrará en pocas imágenes toda su existencia pasada. Recordemos que, de acuerdo a la tradición, siendo el hombre un compuesto de tres principios, alma, cuerpo y espíritu, con la muerte física sobreviene tan sólo la del cuerpo. La segunda muerte que consiste en la disolución de los residuos psíquicos, es decir, lo que se conoce como la muerte del alma, es acelerada a través del rito de la incineración. Pero he aquí la última sorpresa. Ciertas extrañas circunstancias tecnológicas impiden que su cuerpo pueda ingresar al horno crematorio del cementerio de Roma, misteriosamente inutilizado justo en esa época. Luego de una serie increíble de gestiones burocráticas y dilatorias, deberá esperarse hasta un mes más tarde para procederse a la ceremonia final. Y no será en Roma, la ciudad eterna que lo viera nacer y en la que viviera durante toda su existencia, en donde se efectuará su cremación por las circunstancias antes aludidas, sino en la localidad de Spoleto, en Umbria cerca de Perugia, y no con un moderno horno eléctrico como el que contara el cementerio romano, sino con uno vetusto a leña. Los aspectos sumamente sugestivos de tal ceremonia son puntualmente relatados por uno de sus más fieles seguidores, Renato del Ponte, quien la presenciara. Dejamos pues para finalizar esta conferencia que la esclarecedora pluma del discípulo nos relate lo sucedido.

“Cuando el féretro de Evola fue abierto luego de un mes de espera se constató que su cuerpo, no obstante el alto calor reinante (recordemos que en Europa el mes de julio es de pleno verano) estaba intacto, con un rostro de marfil que perfilaba una enigmática sonrisa....

Luego mientras esperábamos el comienzo de la ceremonia... he aquí aparecer improvisamente a un enano deforme: habrá tenido unos cincuenta años y era manco de un brazo y además ciego a la luz del día, por el hecho de que nos expresara que él vive únicamente de noche ya que se dedica a este oficio desde que tiene quince años... La realidad nos proporciona un horror que no puede ser imitado por la imaginación.

Nuestro pequeño guía nos acompaña hasta un rincón del cementerio rodeado por un bajo muro pero defendido por una robusta verja: es la sala de cremación fundada –de acuerdo a una inscripción– en 1870. En el salón se encuentra un horno que la ocupa totalmente, con la forma de un inmenso carro metálico, provisto de ruedas. Nos recuerda las grandes cocinas de campo de los ejércitos de otras épocas o bien el toro de bronce con el cual el tirano de Siracusa se deleitaba asando a sus enemigos.

El cuerpo de Evola, sin ropa e intacto, ya ha sido llevado en lo interior de la extraña máquina y ya el fuego está a punto de ser encendido, alimentado con ramas de encina por el minúsculo funebrero. Paulatinamente el salón comienza a recalentarse y bocanadas de humo salen de sus chimeneas exteriores. Si no me equivoco yo fui el único que tuvo el coraje de observar por una rendija cómo el cuerpo de Evola era envuelto y devorado por las llamas, y cómo sus brazos y cabeza, improvisamente elevados en lo alto, se fueron derritiendo por la intensidad del calor. Fue un espectáculo impresionante. Luego de la última carrada de leña el enano nos invita a ir a dormirnos y a volver al día siguiente hacia las nueve de la mañana. ¿Pero quién podrá dormir aquella noche?

La pira durará hasta más allá de la medianoche. Noche de aquelarre pasada solitario con nuestros pensamientos en un hotel cercano.

A la mañana siguiente el horno está caliente todavía y el horrible gnomo se encuentra trabajando alrededor de las tibias cenizas. Al parecer algunos fragmentos óseos y una parte del cráneo han resistido a las llamas. Sin perder tiempo él los tritura con una rudimentaria piedra (la maza, nos explica, le fue robada algunos años antes). El triste trabajo ha concluido. Con una pequeña escoba y una pala recoge todas las cenizas, grises, negras y blancas; luego las coloca en dos urnas de barro de antiguo formato, perfectamente iguales, que son después selladas.

Una de éstas, casi vacía, será destinada al cementerio de Verano, en Roma; la otra llena hasta el borde será destinada al glacial de Lys en el Monte Rosa... La recibirá hacia fines de agosto el antiguo compañero de alpinismo de Evola y con éste escalador de la pared Norte del Lyskamm Oriental, el 29 de agosto de 1930, el emérito guía Eugenio David, gracias al cual, 44 años más tarde, un 29 de agosto de 1974 a las 19,15 horas, los restos mortales de Julius Evola retornan al mismo sitio, a 4.200 metros de altura.”

Nos especifica Del Ponte que tal acto fue ilegal pues la ley italiana sólo consiente la conservación de las cenizas del difunto en los cementerios, pero como a los 10 años tal delito prescribe, no tiene inconveniente alguno en divulgarlo.

 

 

Cabalgar el Tigre (17) Disolución del Individuo. Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Cabalgar el Tigre (17) Disolución del Individuo. Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Biblioteca Julius Evola.- Evola aborda en este parágrafo una temática que le resulta muy querida y que le ha inspirado Ernest Júnger: el papel liberador de las destrucciones en la modernidad. Las destrucciones, especialmente las que tienen lugar en períodos bélicos o las grandes catástrofes naturales, destruye a los débiles y da la ocasión a los fuerte para que muestren su naturaleza. La idea general es que si el ser humano no puede hacer nada para detener las destrucciones, se trata de que esas mismas destrucciones no puedan nada contra los fuertes.

 

 

17.- Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Hemos dicho que la crisis de los valores del individuo y de la persona está destinada, en el mundo moderno, a revestir el carácter de un proceso irreversible y general, a pesar de la existencia de "islas" o "reservas" residuales, donde, relegadas al dominio de la "cultura" o de las ideologías huecas, estos valores conservan aún una apariencia de vida.  Prácticamente, todo lo que está ligado al materialismo, al mundo de las masas, de las grandes ciudades modernas, pero también y sobre todo, todo lo que pertenece propiamente al reino de la técnica, a la mecanización, a las fuerzas elementales despertadas y controladas por procesos objetivos -en fin, los efectos existenciales de catastr6ficas experiencias colectivas, tales como guerras totales con sus frías destrucciones, todo ello golpea mortalmente al "individuo", actúa de forma "deshumanizadora", reduce, cada vez más, lo que el mundo burgués de ayer, ofrecía de variado, de "personal", de subjetivo, de arbitrario y de intimista.

Ernst Junger, es quizás, quien en su libro "Der Arbeiter", ha puesto más y mejor en evidencia estos procesos.  Podemos seguirlo sin titubear, e incluso prever que el proceso en curso en el mundo actual tendrá por consecuencia que el "tipo" reemplazará al individuo al mismo tiempo que se empobrecerá el carácter y el modo de vida de cada uno y que se desintegrarán los "valores culturales" humanistas y personales.  En su mayor parte, la destrucción es sufrida por el hombre de hoy, simplemente como un objeto.  Desemboca entonces en el tipo de hombre vacío, repetido en serie, que corresponde a la "normalización", a la vida uniformada, que es "máscara" en sentido negativo: producto multiplicable e insignificante.

Pero estas mismas causas, este mismo clima y las mismas destrucciones espirituales pueden imprimir un curso activo y positivo a la desindividualización.  Es esta la posibilidad que nos interesa y que debe considerar el tipo de hombre diferenciado de] que tratamos. Junger había ya hecho alusión a lo que había surgido en ocasiones en medio de "temperaturas extremas que amenazan la vida", particularmente en la guerra moderna, guerra de materiales donde la técnica se vuelve contra el hombre, utilizando un sistema de medios de destrucción y la activación de fuerzas elementales, fuerzas a las que el individuo que combate, si no quiere ser destruido -destruido físicamente, pero sobre todo espiritualmente- no puede mantenerse sino pasando a una nueva forma de existencia. Ésta se caracteriza primeramente por una lucidez y una objetividad extremas, luego por una capacidad de actuar y de "mantenerse en pie" sostenido por fuerzas profundas, que se sitúan más allá de las categorías del "individuo", de los ideales, de los "valores" y de los fines de la civilización burguesa.  Es importante que aquí se una de forma natural con el riesgo, más allá del instinto de conservación, ya que pueden presentarse situaciones en las que seria a través de la destrucción física misma como se alcanzaría el sentido absoluto de la existencia y se realizaría la "persona absoluta".  Podríamos hablar en este caso de un aspecto limite del "cabalgar al tigre".

Junger ha creido encontrar un símbolo de este estilo en el "soldado desconocido" (añadiendo, sin embargo, que no sólo existen soldados, sino también jefes desconocidos); aparte de situaciones de las que ningún comunicado jamás ha dado cuenta, en acciones anónimas que han quedado sin espectadores, que no han pretendido ni el reconocimicnto, ni la gloria, que no han sido motivadas por ningún heroismo romántico, aunque el individuo físico arriesgara su vida, fuera de estos casos, Junger subraya que en el curso de este género de procesos, hombres de un nuevo tipo tienden a formarse y diferenciarse, que se reconoce en su comportamiento, es decir en sus rasgos físicos, en su "máscara".  Este tipo moderno, tiene la destrucción tras de sí, no puede ser comprendido a partir de la noción de "individuo" y es ajeno a los valores del "humanismo".

Lo esencial es, sin embargo, reconocer la realidad del proceso que se manifiesta, con una intensidad particular, en la guerra total moderna, repitiéndose bajo formas diferentes y en grados diversos de intensidad, incluso en tiempos de paz, en toda la existencia moderna altamente mecanizada, cuando encuentran una materia adecuada: tienden paralelamente a abatir al individuo y a suplantarlo por un "tipo" impersonal e intercambiable que caracteriza una cierta uniformidad -rostros de hombres y mujeres que revisten precisamente el carácter de máscaras, "máscaras metálicas los unos, máscaras cosméticas los otros": algo, en los gestos, en la expresión, como una "crueldad abstracta" que corresponde al lugar, cada vez más grande, ocupado en el mundo actual por todo lo que es técnica, número, geometría y se refiere a valores objetivos.

Indudablemente estos son algunos de los aspectos esenciales de la existencia contemporánea a propósito de los cuales se ha hablado de una nueva barbarie.  Pero, una vez más ¿cuál es la "cultura" que podría ser opuesta y debería servir de refugio a la persona?.  Aquí n hay puntos de referencia verdaderamente válidos. Junger se hacía verdaderamente ilusiones pensando que el proceso activo de "despersonalización" tópico corresponde al sentido principal de la evolución d un mundo que está en trance de superar la época burguesa (él mismo debía, por otra parte, por una especie de regresión, llegar a un punto de vista completamente diferente).  Son, por el contrario, los procesos destructivos pasivos actualmente en curso los e ejercen y ejercerán cada vez más, una acción determinante, de la que no puede nacer más que una pálida uniformalizaci6n, una " tipificaci6n " privada de la dimensi6n de la profundidad y de toda "metafísica" y que se sitúa así a un nivel existencia¡ más bajo que el ya problemático de¡ individuo y de la persona.

Las posibilidades positivas no pueden concernir más que a una minoría ínfima compuesta únicamente de seres en quienes precisamente, preexiste o puede despertarse la dimensión de la trascendencia.  Y esto nos lleva, como se ve, al único problema que nos interesa.  S61o estos seres pueden proceder a una evaluación muy diferente del "mundo sin alma" de las máquinas, de la técnica, de las grandes ciudades modernas, de todo lo que es pura realidad y objetividad, que aparece frío, inhumano, amenazante, desprovisto de intimidad, despersonalizante, "bárbaro".  Es precisamente aceptando esta realidad y estos problemas como el hombre diferenciado puede esencializarse y formarse según la ecuación personal válida; activando en él la dimensión de la trascendencia y quemando las escorias de la individualidad, puede extraer la persona absoluta.

No es necesario, para esto, considerar exclusivamente situaciones excepcionales y extremas.  Puede tratarse del estilo general de un nuevo realismo activo que libera y abre las vías incluso en el seno del caos y de la mediocridad.  La máquina misma puede convertirse aquí en un símbolo, así corno todo lo que, en ciertos sectores del mundo moderno, se ha creado con un espíritu puramente funcional (en arquitectura especialmente).  Como símbolo, la máquina encarna una forma nacida de medios adaptados exactamente y objetivamente a un fin, donde lo que es superfluo, arbitrario, "dispersante" o subjetivo, está excluido; es una forma que realiza con precisión una idea (la idea aquí del fin al cual está destinada).  En su plano tiene, pues, de alguna manera, el mismo valor que la forma geométrico en el mundo clásico, la cifra en tanto que entidad y el principio d6rico del "nada de más".  Se ha hablado de una "metafísica" de la máquina y de nuevos "arquetipos" que se anuncian en las formas mecánicas y funcionales perfectas de nuestro tiempo.  Si esto no tiene ningún sentido en el plano prosaico de la realidad material y cotidiana moderna, sí tiene uno precisamcnte en el lano simbólico ¡ano sobre el cual no consideramos en absoluto la "mecanización", la "racionalización"- y lo utilitario, sino más bien, el valor de la forma y el amor a la forma donde no hay que confundir la objetividad con la carencia de alma y donde incluso se puede encontrar la via, ya indicada, de la perfección impersonal en toda obra.

Es interesante notar que entre los diversos movimientos que se han manifestado tras la primera guerra mundial, una tendencia de este género se había esbozado, que tenía por consigna "la nueva objetividad " (Neue sachíichkeit).  Un libro como el de F. Matzke, Jugen beketínt: So sindwir! (9) "muestra que no se trata de aspiraciones susceptibles de satisfacerse sobre el plano de las artes y de la literatura, sino de la forma interior que procesos objetivos y generales de la época habían impreso a un cierto tipo de hombre de la nueva generación sin que este lo hubiera querido.  Sobre este plano un realismo podría definirse en términos de frialdad, de claridad, de seriedad y de pureza: ruptura con el mundo de los sentimientos, de los "problemas de¡ yo", de lo trágico melodramático, de toda la herencia crepuscularista, del romanticismo, del idealismo y del "expresionismo" -un realismo comportando el sentimiento de la vanidad del Yo y el rechazo de darse importancia en tanto que individuo, Matzke escribía: "Somos objetivos porque, para nosotros, la realidad de las cosas es grande, infinita y todo lo que es humano es muy pequeño, condicionado y ensuciado por el "alma" ". Hablaba del lenguaje de las cosas y de los actos que era preciso sustituir al de los sentimientos, de una forma interior que no tiene. nada que ver con los libros, la cultura o la ciencia, de forma que pueda ser mucho más neta en el "bárbaro" que en el  “civilizado" mundo burgués.  Es por ello por lo que se ha hablado de ,'objetividad ascética" y recordando la fórmula de Stravinsky: "Helar las cosas".

Importa subrayar que en la base de esta actitud, no hay, ni pesísimo, ni "filosofía de la desesperanza" encubierta: no es que se hayan perseguido valores y fines que ahora son reconocidos como ilusorios, impotentes, para dirigir la realidad o inadecuados en relación a esta: es su sentido mismo el que es inexistente y es por ello por lo que la acción es libre, en una atmósfera pura Y fría.  Matzke, para encontrar analogías en el dominio del arte se refería a los criterios sobre los cuales se había regido Albrecht Schaffer cuando traducía a Homero: devolver "la altura de lo lejano, de lo diferente, de lo extranjero", poner de relieve "no lo que es episódico y sentimental, sino la monumental grandeza, lacónica, rígida, más que conmovedora, enigmática más que familiar, oscura y grave más que lisa y llana".  En efecto, los rasgos esenciales de esta nueva actitud consistían precisamente en la distancia, la "extrañeidad", la altura, la monumentalidad, el laconismo, el distanciamiento en relación a todo lo que es cálida vecindad, "humanidad", efusión, "expresionismo": el estilo de la objetividad en las figuras, de la frialdad y la grandeza en las formas.

Pero, fuera del arte, se trataba de rasgos generales de un comportamiento y del sentimiento de la existencia, pues en el fondo la tesis según la cual el arte sería una de las posibilidades humanas más altas y revelaría la esencia del universo parecía, con justicia, superada y anacrónico.  El amor por la claridad forma parte del estilo objetivo: "Vale más feo y limpio, que bello y sucio".  Es preciso que el mundo vuelva a ser estable, sereno y desnudo.  "En último análisis, incluso la vida del alma, cuenta para nosotros a título de cosa, dado que existe, con los mismos caracteres de objetividad y fatalidad", escribía Matzke. "Antes que mirar el mundo partiendo del alma, es del mundo del que mirarnos al alma.  Y entonces todo nos parece más claro, más natural, más evidente y lo que no es más que subjetivo nos parece cada vez más insignificante y risible".

Tras la primera guerra mundial, la arquitectura funciona] recibe su impulso de corrientes análogas a las de la Neue Sachíichkeit.  Son corrientes donde ha aparecido, en general, el tema de un nuevo clasicismo, comprendido precisamente como una tendencia a la forma y a la simplificación, al "dórico" lineal y esencial, afirmado en oposición a lo arbitrario, a lo fantástico y a lo "gracioso" del arte burgués individualista que prevalecía anteriormente.  Puede recordarse también el espiit nouveau que, en Francia, tuvo lazos particulares con los representantcs de la arquitectura funcional.  Y esto en el momento en que Bontempelli lanzaba el "novecentismo", una exigencia análoga se hacía eco en Italia también, aunque se vio limitada por el dilettantismo de hombres de letras. permaneciendo en el capítulo de las simples " intenciones ". Bontempelli había opuesto a la "edad romántica que va desde jesucristo a los ballets rusos (?) ", la edad nueva que habría debido desarrollarse bajo el signo de un "realismo mágico" y de un l. nuevo clasicismo", mientras que otros hablan de un nuevo estilo dórico de la época de los rascacielos, de los metales blancos y del cristal (10).

Aunque no haya, intrínsecamente, más que poca relación con lo que nos interesa, este nuevo realismo contiene "valencias" que pueden ser referidas a un plano superior, espiritual, cuando se compromete en la tarea de reorie.ntar, en un sentido positivo, las experiencias del mundo más moderno.  Existen hoy procesos objetivos que representan indudablemente un empobrecimiento en relación al mundo precedente de¡ individuo y de la "persona" y a sus supervivencias.  En cambio, para quienes mantienen la tensión interior propia a la dimensión de la trascendencia, este empobrecimiento puede adquirir el carácter positivo de una simplificación y de una "esencialización" del ser en un mundo espiritual en descomposición.

Ya que hemos juzgado bueno hablar de "valencias" del nuevo realismo, aunque éstas estén, en general, completamente "encubiertas", es preciso trazar rápidamente una línea de demarcación muy neta entre el realismo susceptible de contener en potencia la significación de lo que hemos hablado y estos subproductos, pertenecientes al nihilismo puro que son el neo-realismo y el realismo marxista; distinción que se impone tanto más cuanto que han habido connivencias entre el primero y los otros dos.

En general, estos subproductos se han manifestado casi exclusivamente en el dominio del arte y de la crítica literaria y, este, en funci6n de la política.  Es inútil hablar del neo-realismo que ha aparecido en Italia tras la segunda guerra mundial.  Se caracteriza por una tendencia muy neta a presentarse como una realidad humana (en el dominio artístico se ha agotado gracias a un feliz concurso de circunstancias), los aspectos más triviales y mezquinos de la existencia, ligándolos con preferencia a las capas sociales más bajas y vulnerables.  Este realismo desprovisto de toda profundidad, incluso virtual, ha servido de fórmula sofisticado a ciertos intelectuales burgueses ataviados de hombres de la calle.  Cuando no son los tópicos del pasos de los miserables, a menudo no es más que el gusto por la fealdad y el autosadismo, manifestándose en la exhibición complaciente de todo lo que, en el hombre, es abyección, corrupción y quiebra.  Existe toda una clase de novelas -es inútil citar nombres- en donde esta tendencia se manifiesta sin equívoco, mezclada en ocasiones con las variedades más irracionales y oscuras del existencialismo.  Es de tal forma evidente que el carácter de "realidad" ha sido abusivamente monopolizado por lo que, incluso en la vida actual, no es más que una parte de realidad total, que más vale no insistir.

Es más importante subrayar el uso tendencioso que se hace de lo que debería llamarse más que realismo, un "verismo" de alcance muy limitado, el "nuevo realismo" de observancia marxista.  Este pone en evidencia los aspectos unilaterales de la existencia de la que acabamos de hablar, con fines de propaganda y de acción político-social, partiendo de la rebatida fórmula según la cual "el deterioro de la humanidad es consecuencia de la estructura económico-social burguesa y capitalista".  Hemos explicado ya lo que es la "integridad humana" que se contempla aquí: es la del "último hombre", de Nietzsche, es la del hato de bueyes socializados.  El "realismo" y el anti-idealismo que le corresponden deben ser juzgados de esta manera.  La polémica antiburguesa y antiindividualista que inspiran tienen como solo objetivo la regresión del individuo a una vida puramente colectiva ("social") dominada por valores materiales y económicos; regresión presentada como una "integración" y un "nuevo humanismo proletario" (Lukacs deja escapar el verdadero término cuando habla de un "humanismo plebeyo").  El realismo aquí parecería identificarse a un primitivismo trivial (es la forma particular, en el mundo en que Dios ha muerto, de la anestesia existencias de la que ya hemos hablado).  Pero la verdad, es que, como se sabe, el realismo en cuestión extrae su carácter específico de la teoría del materialismo histórico y de otras concepciones que, cuando pretendiendo ser objetivas y "científicas", no son, en realidad, más que "mitología" y pura ideología, exactamente del mismo grado que las que corresponden a las "grandes palabras despreciadas", escritas en letras mayúsculas del "idealismo burgués".  Las palabras de este género no son verdaderamente eliminadas del fondo del "nuevo realismo" marxista, sino que son reemplazadas por otras, de nivel aún más bajo, que sirven de centro a una mística nihilista su¡ geneiis traduciéndose en ideas-fuerza destinadas a actuar sobre las capas sub-intelectuales de las masas.  Esto resta todo carácter "realista" al "realismo marxista" y demuestra que está muy lejos de haber alcanzado el punto cero de los valores y permanece pues ajeno a lo que puede nacer a la vez de una incapacidad positiva, existencias a someterse aún a mitos de cualquier tipo que sean y a la vez, de una visión clara, distanciada, objetiva de la existencia.  Este último rasgo corresponde por el contrario, a la exigencia más profunda del "nuevo realismo" del que nos hemos ocupado anteriormente, de la neue Schíichkeit y de otras tendencias próximas de @ cuales podemos retener lo que, desde nuestro punto de vista, tiene un contenido positivo: una simplificación que, aunque comporte un empobrecimiento y decoloración en relación a los "valores de la persona" no está necesariamente ligado a una caida de nivel y puede dar lugar, en el hombre libre, a una forma de comportamiento adaptada a las estructuras objetivas del mundo contemporáneo.

 

 

 



. (9).  "La juventud se conoce: así somos nosotros" N.d.T. .

 

   . (10). Véase al traductor de J. Evola al alemán, Gottftied Benn.  Un artículo biográfico sobre este autor puede encontrarse en "Thule- 1 ", Ed.  Wotan.  Bar c lona 1 80.