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Metafísica del Sexo. CONCLUSION

Metafísica del Sexo. CONCLUSION

El sexo es "la más grande fuerza mágica de la naturaleza"; en él actúa un impulso que conlleva algo del misterio del Uno, incluso cuando, en las relaciones hombre-mujer, casi todo se degrada en caricias animales, se agota y se dispersa en una senti­mentalidad ñoña e idealizante, o en el régimen habitual de las uniones conyugales socialmente autorizadas. La metafísica del sexo subsiste hasta en los casos en que ante el espectáculo de la miserable humanidad, y de la vulgaridad de infinitos amantes de infinitas razas —máscaras e individuaciones innumerables del Hombre Absoluto a la busca de la Mujer Absoluta, en una aven­tura siempre de nuevo sincopada en el círculo de la generación animal— difícilmente se consigue vencer un sentimiento de rebel­día y de disgusto, y se estaría tentado de aceptar la teoría bioló­gica y física que hace derivar la sexualidad humana de la vida de los instintos y de la simple animalidad. No obstante, si un refle­jo cualquiera de una trascendencia vivida toma forma involunta­riamente en la existencia ordinaria, esto llega a través del sexo, y cuando se trata del hombre ordinario, a través del sexo solamente. No son los que se entregan a especulaciones, a actividades intelec­tuales, sociales o "espirituales", sino sólo los que se elevan hasta una experiencia heroica o ascética los que van más lejos en este sentido. Pero para la humanidad corriente, únicamente el sexo, ya fuese en el arrebato, en el espejismo o en el oscuro traumatis­mo de un instante, proporciona aberturas más allá de las condicio­nalidades de la existencia puramente individual. Aquí reside el verdadero fundamento de la importancia que el amor y el sexo han tenido y tendrán siempre en la vida humana, y que no iguala ningún otro impulso.

Podemos concluir este estudio con estas palabras. Somos de sobra conscientes de sus insuficiencias, especialmente en cuanto concierne a la fenomenología del amor sexual profano normal y "anormal", a propósito del cual, sólo el especialista conveniente­mente orientado —el psiquiatra, el neurólogo, el ginecólogo—habrá tenido oportunidad de recoger un material más rico, para corroborar ulteriormente muchas cosas que en estas páginas no han podido ser más que señaladas. Pese a ello, creemos haber alcanzado el fin principal que nos habíamos propuesto: dar el sentido de un conjunto que tiene tanto dimensiones metafísicas como hiperfísicas, en el cual debe integrarse todo cuanto se conoce habitualmente como amor y sexo, si se quiere comprender su aspecto más profundo.

A este fin, hemos tenido que abordar asimismo dos dominios inhabituales: el de las experiencias liminales que muchos se senti­rían tentados de excluir del curso "sano y normal" de toda expe­riencia erótica, y el dominio de las enseñanzas secretas, de los mitos, de las tradiciones cultuales y rituales de civilizaciones ale­jadas de nosotros en el espacio y en el tiempo. Pero, en este conjunto, hemos podido recoger los elementos necesarios para explicar la parte por el todo, y para extraer de lo superior la clave para comprender lo inferior. De este modo, la consideración de estos dos dominios, del segundo particularmente, se ha llevado la parte más importante en la economía de nuestra investigación, y nos hemos adentrado en ellos, sin preocuparnos de las impre­siones de extrañeza, incluso quizá de divagación y de extravagan­cia que cierta categoría de lectores puede haber experimentado.

En realidad, respecto a lo que presenta un carácter aparente de "anormalidad", ya en nuestra Introducción señalamos el error consistente en tomar por "normal" lo que se presenta en la mayor parte de los casos. En el riguroso sentido de la palabra, debe ser por el contrario considerado como "normal" lo que es típico, lo que no tiene nada que ver con el número o la mayor frecuen­cia, porque, en general, no se lo encuentra más que muy rara­mente. En este mismo sentido, un hombre perfectamente sano, bien formado, poseyendo todos los rasgos morfológicos del tipo ideal, es empíricamente una aparición excepcional, pero no por esto es "anormal"; por el contrario, es justamente el que atestigua la normalidad. La misma idea se debe aplicar a los aspec­tos del eros, del amor y de la sexualidad que, inclusive cuando se les tiene por posibles, en nuestros días y para la mayoría se presentarán como anormales y excepcionales, de tal forma que sería preciso no tenerlos prácticamente en cuenta. Nuevamente, en una consideración de orden superior, pueden invertirse los cri­terios: lo anormal (lo típico) es lo normal, y lo normal (lo que se encuentra ordinariamente en la mayoría) es lo anormal.

Esta consideración encuentra una aplicación especial, si se comparan 4.as formas de sexualidad universalmente difundidas hoy día con los horizontes enteramente diferentes que nos ha abierto el estudio de otros tiempos y otras civilizaciones. El hombre moderno se ha acostumbrado a contemplar su civili­zación como normal y, en consecuencia, el conjunto de los comportamientos que mejor la caracterizan. Y casi nadie pone en duda que cualquier otra civilización y cualquier diferente for­ma dada a la existencia en el pasado tenga que ser medida única­mente por la escala de lo que hoy en día resulta familiar. Si se persiste en esta singular infatuación, incluso en los aspectos del sexo se impondrá una idea completamente deformada y muti­lada respecto a lo que es "normal" y "real". En efecto, como en todo dominio que interesa espiritualmente, también en el dominio del amor y del sexo lo que nuestros días y la época moderna en general pone casi exclusivamente de relieve presenta un carácter regresivo. A la moderna "manía del sexo" a la que hemos hecho alusión en la Introducción, corresponden en general formas de una sensualidad primitivista, informe o rayana en la neurosis y en la corrupción más banal. De ahí el nivel de la lite­ratura sexológica, erótica o criptopornográfica de nuestros días, como asimismo el de tantas obras que quisieran ser de divulga­ción y servir de guía para la vida sexual. Ahora bien, el desplaza­miento y la ampliación de las perspectivas a que hemos intentado contribuir con nuestros trabajos sobre otros temas, este estudio se los ha propuesto en uno de sus principales aspectos, justamente por su relación con el dominio del eros y del sexo. Así como el mundo tradicional, y lo que se ha conservado de él hasta tiempos relativamente recientes, en civilizaciones distintas a la del Occi­dente moderno, conocía una imagen del hombre que, por no estar limitada a la materialidad, a la "psicología" y a la fisiología, era infinitamente más completa que la imagen moderna, de la misma manera, en ese mundo tradicional se considera íntegramente el sexo, se le estudia y se le practica en sus valores y en sus posibili­dades superiores. Y no es sino refiriéndonos a las categorías, los conocimientos y las experiencias de este mundo diferente, como se puede alcanzar una comprensión real, es decir, genética de las formas mismas a las que hoy día el sexo se ha reducido y, en gene­ral, de las formas accesibles a la mayoría de los tipos humanos menos diferenciados, formas que muy bien podríamos considerar como subproductos del sexo.

He aquí pues las perspectivas que ha querido cubrir este ensayo, proponiéndose solamente una ampliación del saber: dar el sentimiento de que lo que ya nos hemos habituado a mirar y que casi sin excepción encontramos a nuestro alrededor, de mane­ra que nos parece normal y evidente, no agota la totalidad, y de que en cuanto a las teorías sexológicas corrientes, especialmente las influenciadas por el biologisMo evolucionista o por las ideas fijas psicoanalíticas, no dejan ver siquiera lo que más importa. Si el hecho de hablar de una metafísica del sexo no se le aparece ahora al lector como una extravagancia, será ya suficiente. Por lo demás, diferentes cosas de las que hemos dicho podrán servir a alguna persona más calificada y diferenciada para esclarecer sus experiencias y sus problemas. Respecto al dominio del sacrum sexual y de todo cuanto ha sido especialmente considerado en el último capítulo, con la referencia a enseñanzas secretas, la instruc­ción adquirida será eventualmente la idea de que un tal orden de cosas tiene posibilidades atestiguadas por tradiciones concordan­tes a menudo pluriseculares. Pese a que hayamos mencionado casos de prolongaciones de estas tradiciones hasta nuestros días, ha sido sólo para tomar conciencia de ellas, pero excluyendo a la mayoría de nuestros contemporáneos; y quizá lo mismo vale para esos dominios de frontera del mismo ecos profano ante el que a veces nos hemos detenido. El hombre es diferente, el ambiente es diferente, prácticamente no se puede contar más que con los casos excepcionales. De todas formas, como ya dijimos al princi­pio, repitiendo lo que en otras ocasiones y en otras obras hemos escrito respecto al fin y a la aclaración de uno u otro aspecto de la concepción no-moderna de la vida y de los correspondientes comportamientos, es ya suficiente llegar a tener sentido de las distancias, a fin de darnos cuenta de donde nos encontramos hoy. Igualmente, en lo que concierne al sexo, el redescubrimiento de su sentido primario es el más profundo, y el uso de sus posi­bilidades superiores depende de la reintegración eventual dél hombre moderno, de su enderezamiento y de la superación de los bajos fondos psíquicos y espirituales a los que le conducen los espejismos de su civilización material. En efecto, en estos bajos fondos, el sentido mismo del hecho de ser verdaderamente hombre o verdaderamente mujer está destinado a desaparecer; el sexo no servirá sino para arrastrar todavía más hacia abajo; inclusive fuera de lo que concierne a las masas, reducido a su contenido de simple sensación, el sexo será únicamente el leni­tivo ilusorio, sombrío, desesperado, para el disgusto y la angustia existenciales del que se ha comprometido en un callejón sin salida.

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