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Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 51. Las transmutaciones y el precepto de castidad

Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 51. Las transmutaciones y el precepto de castidad

Haremos ahora unas breves consideraciones sobre la cuarta solución al problema de la sexualidad, indicada al principio del capítulo precedente, es decir, a la transmutación ascética de la fuerza del sexo con vistas a realizaciones de orden sobrenatural.

En la mayoría de las tradiciones, ya sean de tipo ascético, ya de tipo iniciático, se encuentra el precepto de la castidad, de la abstención en el uso de la mujer. Generalmente, este precepto no es comprendido justamente, porque sé le atribuye un sentido moralista. Se piensa que hay que excluir o destruir la fuerza del sexo ("hacerse eunucos por el Reino de los Cielos", como dice San Mateo), lo que es un error. La fuerza del sexo está en la raíz misma del individuo y es una ilusión creer que se puede realmente suprimir. Todo lo más, se la puede reprimir en sus manifestaciones más directas, lo que no serviría más que para alimentar estos fenómenos de una existencia neuropática y dividida sobre los que el psicoanálisis moderno ha arrojado inclusive demasiada luz. La alternativa que se plantea frente a la fuerza del sexo es por el contrario ésta: afirmarla o transformarla. Y cuando no se trate de operar la transmutación desde el punto de vista espiritual se debe desaconsejar la represión, pues puede conducir a paralizantes contrastes interiores, a derroche de energías y a peligrosas transposiciones. En particular la mística cristiana, que tiene un fondo emotivo, nos ofrece ejemplos suficientes de ello.

La segunda posibilidad, es decir, la transmutación, es a la que se refiere efectivamente el precepto ascético o iniciático de la castidad y la continencia. Aquí no se trata de excluir la energía del sexo, sino de renunciar a su empleo y a su derroche en relaciones carnales y procreadoras ordinarias con individuos del otro sexo. Su potencial es conservado, pero separado del plano "dual" y aplicado a un plano diferente.

Si con anterioridad hemos considerado en varias ocasiones lo que, inclusive sobre el plano "dual" el eros puede dar en las rela­ciones entre hombre y mujer, más allá de la simple sensualidad concupiscente (y dentro de poco aportaremos enseñanzas ulteriores y más precisas sobre este tema), el "misterio de la transmutación" concierne pues a otra línea de posibilidades, de técnicas, de procedimientos internos. Es preciso sin embargo formarse una idea clara de lo que se trata, sobre todo por los equívocos que pueden surgir por causa de las opiniones difundidas hoy día por los psicoanalistas.

Ante todo, cuando en las doctrinas esotéricas se habla del sexo, se hace alusión a la manifestación de una fuerza mucho más profunda y elemental de lo que en el freudismo es la libido y el Lustprinzip; se hace alusión a una fuerza que tiene un valor meta­físico potencial, como hemos explicado suficientemente al consi­derar el mito del andrógino.

Segundo punto, no menos importante: la transmutación de que se trata en la alta ascesis no debe ser confundida con las dislocaciones y las sublimaciones de las que se ocupa el psicoanálisis ni con las técnicas mediante las cuales éste intenta resolver los problemas personales del sexo. En todo esto, no es caso de hablar de una verdadera transmutación que ataña a la raíz; se trata de una fenomenología periférica, al margen de la vida ordinaria y profana, en vistas sobre todo a situaciones patológicas sin interés para nosotros. Cuando se aplican técnicas conscientes del tipo de las del yoga, a fin de que se produzca la transformación, debe existir en el espíritu del que las pone en práctica un punto de partida verdaderamente trascendente y capaz de absorber la totalidad de su ser, como es precisamente el caso de la alta ascesis, no de los sujetos psicoanalíticos. Esta condición es más que natural: si se reconoce el sentido más profundo, metafísico, de todo eros, se comprenderá fácilmente que, sólo en el caso susodi­cho, la desviación o la revulsión de la sexualidad de su objeto más inmediato no dejará residuos, porque se habrá producido justa­mente en función de este sentido profundo. Cuando todo el espíritu está realmente centrado en algo superior, la transformación de la fuerza que ordinariamente se manifiesta en el sexo tendrá lugar inclusive por sí misma, sin intervenciones violentas y especí­ficas. Es lo que pasa ya en los santos, los místicos y los ascetas de alto rango, los cuales, después de un período inicial de control de sí mismos, no tienen en absoluto que combatir la "carne" ni las "tentaciones de la carne"; este caen de cosas deja sencillamente de tener interés para ellos; no sienten ya necesidad de la mujer, porque, en ellos, la integración del ser se ha producido por otra vía más directa, menos peligrosa. Y la señal más segura de esta realización no es la aversión puritana por el sexo, sino más bien la indiferencia y la calma frente a él.

A este nivel, no se trata de nada de aquello de lo que se ocu­pa el psicoanálisis; el fin no es "curar" a un neurópata sexual sacudido por sus complejos, o bajo la forma de enfermo verdade­ro, o en la más velada y difusa del hombre ordinario, inhibido o frustrado en razón del ambiente social y de circunstancias parti­culares de su existencia personal. El fin es, pór el contrario, la superación de, la misma condición humana, en una regeneración real, en una transformación del estatuto ontológico. La fuerza del sexo transformada debe conducir a este fin. Solamente en un tal conjunto es como, en términos técnicos y no "morales", se justifica el precepto ascético, yóguico o iniciático de la castidad. La misteriosofía ha hablado de una única corriente de doble flujo, simbolizada por el Gran Jordán y por el Océano, la cual, manando hacia abajo, da lugar a la generación de los hombres y, manando hacia arriba, por el contrario, a la generación de los dioses (1). Esta enseñanza indica de una manera transparente la doble posi­bilidad comprendida en la fuerza del sexo según su polarización. Esta es la base del régimen, o misterio de la transmutación, a la que hace alusión la figura de una de las láminas del Tarot, la XIVa, que lleva por título "La Temperancia". Dicha lámina representa a una mujer alada que trasvasa un líquido de un reci­piente de plata a un recipiente de oro, sin derramar una sola gota, mientras que, para simbolizar el crecimiento interior hacia lo alto, se ven al lado de ella unas flores saliendo del sol (2).

Por otra parte, justamente la expresión "corriente hacia lo alto", urdhvaretas, se encuentra en la terminología técnica del yoga. Más adelante hablaremos de esto. Por el momento, será preciso distinguir entre el más alto fin que acabamos de indicar y otros fines más contingentes que a veces se confunden con el primero en varias exposiciones de la enseñanza hindú, cuando se habla del voto de brahmacárya, concebido justamente como el de la continencia sexual. Que el abuso de la sexualidad puede causar una postración nerviosa y repercutir desfavorablemente sobre las facultades mentales, sobre la inteligencia y sobre el carácter es un hecho más bien banal y muy conocido que no puede interesar más que desde el punto de vista de la higiene psíquica personal del hombre ordinario en la vida corriente. Pero inclusive en esta vida, lo que la experiencia sexual puede eventual­mente significar para mucha gente puede conducirles a atribuir muy poca importancia a las consecuencias de este género, como hemos visto cuando hemos resaltado los valores trascendentales que el ecos presenta inclusive en el dominio profano (§ 18). Apar­te los abusos, el eventual efecto deprimente del ejercicio de la sexualidad depende en gran parte —como también hemos visto (§ 26)— del régimen de la unión sexual. En fin, el problema más específico de derrochar la energía vital o nerviosa, o de economizarla limitando la vida sexual, tiene un interés mínimo desde el punto de vista espiritual, si no se tiene a la vista una utiliza­ción superior de esta energía.

Con la teoría del ojas o del ojas-vakti nos aproximamos ya a un plano más adecuado. En un autor moderno como Sivananda Sarasvati, pese a frecuentes interferencias de la higiene y la moral que se dan en sus consideraciones, se puede ver también de qué se trata. "El semen —escribe (3)— es una energía dinámica que es preciso convertir en energía espiritual (olas)", y añade: "Quien busque con verdadero ardor la realización divina debe observar una castidad rigurosa." A este respecto, se debe hacer una distinción. De un lado, lo que dice Sivananda concierne a una fuerza que nace de toda forma de control de sí mismo, de toda inhibición activa. Aquí interviene la ley de la que ya hemos hablado al tratar por ejemplo del poder de seducción más sutil y eficaz que ejerce la mujer casta. No se trata pues de la sola sexualidad. Sivananda reconoce sin embargo que "también la cólera y la fuer­za muscular pueden transformarse en olas" (4). Es una enseñanza esotérica antigua, que el control de cualquier impulso —inclusive de un impulso simplemente físico—, si posee una cierta intensi­dad, libera una energía más alta y más sutil; tal puede ser pues el caso igualmente para una fuerza como la pulsión y el deseo sexual. Como efecto de la acumulación del ojas por este medio se indica, entre otras, la formación de un "aura magnética" especial en una "personalidad que inspira una especie de terror sagrado", al mismo tiempo que el poder de influir sobre los otros mediante la palabra, la mirada, etc... La misma energía, el ojas o el ojaslakti, puede sin embargo ser utilizado también para la contempla­ción y para la realización espiritual (5).

A este propósito, podemos añadir que la castidad a que se someten los guerreros, en el seno de diferentes tradiciones, a menudo inclusive en poblaciones salvajes, se relaciona en princi­pio con un orden de ideas similar. No se trata tanto de econo­mizar energías físicas como de acumular una fuerza en cierta medida sobrenatural, mágica, en el mismo sentido que el ojas, para la integración de las fuerzas naturales del combatiente. Este encadenamiento de ideas aparece claramente, por ejemplo, en un conocido episodio del Mahá'bhárata.

De la noción general del ojas, fuerza sutil que puede, como hemos visto, ser producida también mediante el control de impul­sos elementales diferentes del sexo, hemos de distinguir la de visrya, que es verdaderamente la virilidad espiritual, de la que se dice que perderla o derrocharla conduce a la muerte y retenerla y conservarla, a la vida. La virya, como ya hemos dicho, fue pues­ta en relación con el semen, hasta el punto de que, en la termi­nología técnica y mística de los textos hindúes, a menudo la palabra significa indistintamente una cosa u otra. En este contex­to se representa la idea ya indicada al hablar de la "muerte succionarte que viene por la mujer", es decir, el hecho de que, en una perspectiva metafísica y ascética, en los acoplamientos ani­males y ávidos con la mujer, no es la simple energía vital o nervio­sa la que se derrocha, Sino más bien el principio del "ser" del hombre, su virilidad trascendente. Es por relación a esto como, en su momento, hemos reconocido en el asceta una forma supe­rior de virilidad. De la misma manera concuerda con este plano secundario la doctrina específica de la transmutación y del fluir hacia arriba de la fuerza que en el régimen naturalista del sexo fluye hacia abajo: en el dominio que acabamos de considerar aquí, esto ocurre practicando la castidad y, a continuación, cambiando la polaridad de esta fuerza. Dentro de este cuadro se puede explicar el hecho de que el precepto de la castidad se encuentre no solamente en la ascesis, sino también en el domi­nio mismo de la magia operativa, y con razón dice Eliphas Levi que nada hay más funesto para el "mago" que el deseo de la voluptuosidad. Aquí, la finalidad puramente técnica, extramoral, del precepto de continencia se muestra bien clara: la fuerza obte­nida por inhibición activa y por transmutación de la del sexo bajo la forma de una virilidad trascendente puede ser empleada también para fines "perversos". El precepto de castidad puede ser idéntico e igualmente riguroso, ya en operaciones de "magia blanca", ya en las de "magia negra", por emplear expresiones bastante aproximativas y populares.

(1)     Apud HIPOLYTE, Philos., V. i, II.

(2)     0. WIRTH, Le Tarot des Imagiers du Moyen Age, París, 1927, pág. 169.

(3)     La practique de la méditation, París, 1950, págs. 276-277, 100, 278.

(4)     Ibid., pág. 278.

(5)     Ibid.

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