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Biblioteca Evoliana

Citas de Julius Evola (III) sobre la LA HISTORIA Y EL MITO

Citas de Julius Evola (III) sobre la LA HISTORIA Y EL MITO

Biblioteca Evoliana.- Hay que distinguir en la obra de Evola las referencias puramente históricas que se encuentran en algunas de sus obras (en especial en "El Misterio del Grial") del intento de elaborar una "metafísica de la historia", tarea brillantemente acometida y realiza en las quinientas páginas de "Revuelta contra el Mundo Moderno", especialmnete en su esclarecedora segunda parte. En las citas que siguen, sobre el tema de "La Historia y el Mito" se podrán percibir algunos de los matices y de las ideas que Evola aporta en este terreno, sin duda uno de los más fértiles de su producción.

 

 

 

III

LA HISTORIA Y MITO

 

El mito es concebido por Evola como "el espejo de experiencias profundas del hombre a la luz del espíritu": en el símbolo, en el mito, en la leyenda ve la expresión de un contenido supra-racional, es decir de aquellos significados y fuerzas invisibles que constituirían el fondo último de la historia. La de Evola es, ante todo, una concepción antiprogresista y antievolucionista de la historia, considerada como descenso y no, ciertamente, como "progreso" ineluctable; esta verdad siempre fue reconocida por el mundo tradicional. A partir de tal concepción deriva: el ataque al "historicismo" y consecuentemente una nueva forma de ver la historia y, finalmente, la visión de la historia italiana más allá de las deformaciones corrientes, a través de lo que llama "elección de tradiciones" en sentido positivo.

El problema del devenir histórico ha sido afrontado sobre todo en Revuelta contra el mundo moderno (1934), pero es tratado también en otras obras, con cuyos fragmentos se ha elaborado el presente capítulo: Introducción a la Magia, Imperialismo pagano, Rostro y máscara del espiritualismo contemporáneo, Los hombres y las ruinas, El Misterio del Grial y El fascismo visto desde la Derecha, así como en varios ensayos y artículos.

 

"No existe la Historia, entidad misteriosa escrita con letra mayúscula. Son los hombres, en tanto que verdaderos hombres, quienes hacen y deshacen la historia"

Orientaciones (1950)

 

Mientras el momento contemplativo en Hélade hizo que el mundo divino fuera concebido como una especie de supramundo atemporal y, por decirlo así, de espacio absoluto, Roma se esforzó en tomar aquel mundo en sus manifestaciones en el tiempo, en la historia, en el Estado, en las acciones y en la creación de los hombres, aun sin disminuir mínimamente su carácter augusto. Mucho más que el hebreo, el romano tuvo el sentido de una historia sagrada. Y la concepción romana del Estado, del derecho y del imperium se liga esencialmente a las premisas de tal concepción, activa y sacra al mismo tiempo. La casta guerrera y política en Roma revistió típicamente una dignidad sagrada.

Introducción a la Magia (1928)

 

El cristianismo, con el trascedentalismo de sus seudovalores gravidando a la espera del "Reino", que "no es de este mundo", rompe la síntesis armoniosa de espiritualidad y politicidad, de realeza y sacerdotalidad, que el mundo antiguo conocía. El embrutecimiento político moderno no es más que una consecuencia extrema de esta antítesis y de esta escisión creada por el cristianismo primitivo y contenida en su esencia misma. Tomada en si misma, en su sutil boschevismo y en su profundo desprecio por todo lo mundano, la predicación de Jesús podía conducir a hacer imposible no solo el Estado, sino también la sociedad. Pero al venir a menos aquello que constituía el núcleo animador de tal enseñanza -el advenimiento del "Reino"- el espíritu y la intransigencia de la primitiva predicación fueron traicionados, y como un ir a peor y una "normalización" volvió a fijar un puesto en este mundo a aquello que "no es de este mundo", surgió, como un compromiso hídrido entre cristiandad y paganidad, la Iglesia Católica y el cristianismo. Fijemos sin dudas este punto: una cosa es el cristianismo y otra el catolicismo. El cristianismo en cuanto cristianismo es antiimperio, lo análogo a la revolución francesa de ayer, al bolchevismo y al comunismo de hoy. El cristianismo en cuando es diferente de la Iglesia católica no es más que una sombra de la paganidad, sombra sumamente contradictoria, por que se refleja sobre un contenido, sobre un sistema de valores o seudo-valores, que es la antítesis de la paganidad.

Imperialismo pagano (1928)

 

La Reforma protestante constituyó el retorno del cristianismo primitivo, contra el límite de paganización alcanzado, gracias al humanismo, por la Iglesia Católica. La intransigencia protestante puso fin al compromiso católico, y llegó hasta el final en la dirección anti-imperial. La revolución de la conciencia religiosa, determinó un profunda alteración de la idea política. Desvinculando la conciencia de Roma, inmanentizó y socializó la Iglesia y volvió en acto en una realidad política la forma de la Iglesia primitiva. En el lugar de la jerarquía de lo alto, la Reforma estableció la libre asociación de creyentes emancipados del vínculo de la autoridad, convertidos anárquicamente cada uno en árbitro de sí mismo y a un mismo tiempo igual a todos los demás. Fue, en otras palabras, el principio de la decadencia liberal-democrática europea.

Imperialismo pagano (1928)

 

Al igual que Rusia, América en los temas centrales de su "civilización" y de su forma de considerar las cosas y la vida, ha creado algo nuevo que no es otra cosa que una precisa contradicción de nuestra cultura y de nuestra tradición de europeos, en el seno de los cuales penetra y se impone cada vez más. América ha introducido en nuestra época la religión de la práctica, ha puesto el único interés en el beneficio, en la producción, en las realización mecánica, inmediata, visible, cuantitativa por encima de cualquier otro interés. Construye un ente titánico que tiene oro por sangre, máquinas por miembros, técnica por cerebro, ante el cual Europa -que ha sido la iniciadora de las formas modernas de la gran producción industrial- se detiene: se detiene, por que ve las extremas consecuencias que, lógicamente, proceden de aquel primer impulso, pero contemporáneamente divisa una especie de reducción al absurdo, que podrá aceptar como su destino solo al precio de comprometer irreparabemente una civilización anterior e incompatible, que constituía su personalidad más verdadera.

Nuova Antologia (1? mayo 1929)

 

La misma vida de Jesús -como por lo demás muchos mitos relativos a númenes o héroes del mundo pagano- es susceptible de ser interpretada como una serie de símbolos correspondientes a fases, estados y actos del desarrollo metafisico de la personalidad. Esto no quiere decir, sin embargo, que todo se reduzca aquí, que tales símbolos no puedan también haber sido hechos, es decir, que Cristo haya tenido también una realidad histórica, tal como quiere el dogma. Guénon ha resaltado justamente que una cosa no excluye la otra: puede también ocurrir que determinados acontecimientos o personas de la historia, aparezcan convergencias ocultas hagan que la realidad sea símbolo y el símbolo realidad.

Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo (1932)

 

Mientras la "Luz del Norte" se acompaña, bajo signos solares y uránicos, acompañados por un ethos viril de espiritualidad guerrera, de voluntad ordenadora y dominadora, en las tradiciones del Sur al predominio del tema telúrico y del pathos de la muerte y del resurgir se une una inclinación a la promiscuidad, un sentido de evasión, de remisión o también de amor, un naturalismo panteista e incluso sensualista, o si se quiere místico-contemplativo, en el sentido inferior de estos términos, en lo que respecta al espíritu. Así también sobre el plano exterior, la antítesis Norte y Sur se delínea en dos tipos: el Héroe y el Santo, el Rey y el Sacerdote, como correspondencias analógicas de significados generales encerrados en los símbolos: Edad de Oro y Edad de Plata, Sol y Luna, Cielo y Tierra, Macho y Hembra, Luz y Calor, inmutabilidad (tema olímpico) y transformación (tema "dionisíaco").

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

A pesar de todo, Grecia presenta en el Zeus aqueo, en Delfos, en el culto hiperbóreo de la luz, su centro verdadero, "tradicional", y en el ideal helénico de "cultura" como forma, cosmos que resuelve en ley y claridad el caos, asociado al horror por lo infinito, por el sin-límite, àpeiron, y al alma de los mitos heróico-solares, se converva hasta el final, el espíritu nórdico-ario. Pero el espíritu del Apolo délfico y del Zeus olímpico no consigue formar un cuerpo propio universal (...). Al lado del ideal viril de la verdadera cultura como forma espiritual, de los temas heróicos, de las traducciones especulativas del tema uránico de la religión olímpica, serpentea tenazmente el afroditismo y el sensualismo, el dionisismo y el esteticismo, el énfasis místico-nostálgico de los retornos órficos, el tema de la expiación, la comprensión contemplativa demétrico-pitagórica de la naturaleza, el virus de la democracia y del antitradicionalismo.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

La potencia griega es el llamado "medievo griego", su momento sacro y dórico. La "Grecia civilizada", junto a la "Grecia filosófica" que tanto admiran los modernos y de la que se sienten tan próximos, es la Grecia crepuscular. Esto fue experimentado de forma distinta por gentes que llevaban aun en estado puro el mismo espíritu viril de la época aquea: los Romanos de los orígenes. En un Catón, por ejemplo, es fácilmente perceptible el desprecio por el genio nuevo de los literatos y los "filósofos". La helenización de Roma, bajo el aspecto de desarrollo humanista y casi iluminista de estetas, poetas, literatos y eruditos, bajo muchos aspectos, preludia su decadencia.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

En Roma se encarna la idea de la virilidad espiritual heróica y dominadora, el principio "triunfal" de la tradición nórdico-aria, conectado al símbolo ario del fuego, a las figuras olímpicas del Juno capitolino y del mismo Jano, a la aristocracia sacra marcada por el rígido derecho paterno, de la religión del honor y la fidelidad, experimentada hasta el punto de hacer decir a Tito Livio que lo que definía al pueblo romano entre todos, era el tener una fides, mientras que el seguir las contingencia de la "fortuna", caracteriza al bárbaro frente al romano. En oposición al espíritu religioso-sacerdotal, resulta característico en Romano, la sensación de lo sobrenatural más como numen -es decir, como poder- que como deus, sensaciones individuales según un fuerte momento pluralista; es característica, correlativamente, la ausencia de pathos, de lirismo y de misticismo en relación a lo divino, la desnuda y exacta ley del rito necesario e inexorable, la mirada clara: aquí van a coincidir con el primitivismo del período védico, chino e irano y con el mismo ritual olímpico aqueo en el referirse inequívocamente a una actitud solar y mágica. En rudo contraste con el espíritu semita, la religión romana fue siempre una religión que desconfió de los abandonos del alma y de los impulsos de la devoción; que refrena -frecuentemente, también con al fuerza- todo lo que aleja de aquella dignidad grave que conviene a las relaciones de un civis romanus con un dios.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Si bien no debe ignorarse la complejidad y la heterogeneidad de los elementos presentes en el cristianismo y aun más en el catolicismo, no es posible desconocer el sentido de la fuerza dominante, la neta oposición entre ésta y lo que una análoga reducción al elemento central, constituyó el espíritu de la romanidad. Y esto, sobre todo cuando se contempla el corpus doctrinal y mitológico que, poco a poco, la nueva creencia se contruyó y en la cual aparecen elementos aparentemente esotéricos, en abstracto, podrían reflejar huellas tradicionales; pero, sin embargo, es esencialmente el pathos quien ha dominado todo, actuando formativamente en el orden concreto de la historia como "civilización cristiana".

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

El absolutismo -trasposición materialista de la idea unitaria tradicional- prepara la vía a la demagogia y a las revoluciones nacionales. Y allí donde las monarquías, en su lucha contra la aristocracia feudal y en su obra de centralización política, fueron lógicamente llevados a favorecer la reivindicación de la burguesía y de la misma plebe contra la nobleza feudal, el proceso se realizó más rápidamente (...). Puede decirse que precisamente por haber iniciado antes tal reclamación y, consecuentemente, haber dado un carácter cada vez más centralizado y nacionalista a la idea de Estado, Francia experimentó primeramente el hundimiento del régimen monárquico y el advenimiento del republicano en el sentido del advenimiento del Tercer Estado, tanto para aparacer en el conjunto de las naciones europeas como el principal foco del fermento revolucionario y de la mentalidad laica racionalista, "iluminista", mortal para la supervivencia de cualquier residuo de tradicionalidad. Por otra parte, privado de toda referencia con el pensamiento dinástico europeo, transformado en instrumento en las manos de la plebe, es notorio a todos el uso revolucionario y demagógico que, a partir de la revolución francesa, tuvo que tener el principio de la nacionalidad. Usado por reyes leicos contra el imperio, se vuelve contra ellos, convirtiéndose en instrumento del demos contra el rey.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Desmantelándose el bloque tradicional de Europa central, las fuerzas que abrieron los últimos diques y destruyeron los últimos apoyos propios a la misma sociedad capitalista-burguesa se centralizan en dos focos precisos los cuales, desde Oriente y Occidente, hacen pensar en dos ramas de una tenaza en trance de cerrarse lentamente en torno al núcleo, ahora disperso en su energía y en sus hombres, de la antigua Europa. En Oriente es la Rusia bolchevique; en Occidente es América. Ambos fenómenos, las dos nuevas "civilizaciones", corresponden y convergen. En ellas se anuncia con exactitud el tiempo que la leyenda había descrito con rasgos apocalíticos, en que las gentes "demoníacas" de Gog y Magog, destruida la muralla de hierro con que simbólicamente un tipo imperial les había cerrado el paso, irrumpen para adueñarse de las potencias de la tierra -o del reino de la "Bestia sin Nombre"- sin nombre, en tanto está compuesta por una multitud innumerable.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Al encontrarnos en el mundo del devenir, al que le es como propio, el cambio -convertido en cada vez más caótico y rápido en los tiempos modernos- de acontecimientos, situaciones y fuerzas, el historicismo, como reflejaba justamente Tilgher, por un lado se reduce a ser una "filosofía pasiva del hecho consumado", la teoría de que a todo lo que ha conseguido imponerse, y solo por este mero hecho, debe serle reconocida una "racionalidad" propia. Pero por otro lado, este puede promover también por igual instancias "revolucionarias", cuando no se quiera reconocer como "racional", lo real; en tal caso, en nombre de la "razón" y de la "Historia" interpretada para uso propio se condena aquello que es. Una tercera solución también posible , como una mezcla de las dos precedentes, es lo que podría llamarse "antihistoria", es decir, todo lo que busca afirmarse, que tiende a realizar o restaurar un orden diverso del vigente, sin conseguirlo; a no ser que en caso de triunfar e imponerse, entonces sólo habría alcanzado a convertirse en "real". Así pues, según los casos, el historicismo puede estar igualmente bien al servicio de un conservadurismo en sentido deteriorado, o de utopías revolucionarias -y más a menudo- de aquellos que saben adaptarse a las situaciones, cambiando de bandera según soplan los vientos.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

Debe reconocerse que la historiografía de Izquierda ha sabido llevar la mirada sobre dimensiones esenciales de la historia; más allá de los conflictos políticos episódicos, más allá de la historia y de las naciones, ha sabido vislumbrar el proceso general y esencial en los últimos siglos, en el sentido de un traspaso de un tipo de civilización y de sociedad a otro. Que la base de la interpretación haya sido, a tal respecto, economicista y clasista, no afecta en nada a la amplitud del marco de conjunto de la historiografía. La cual, como realidad esencial más allá de la contingente y particular, nos indica, el curso de la historia, el fin de la civilización feudal y aristocrática, el advenimiento de la burguesía liberal, capitalita e industrial y, tras esta, el anunciarse de la civilización socialista, marxista y, finalmente, comunista. Aquí la revolución del Tercer Estado y la del Cuarto son reconocidas en su natural concatenación causal y táctica (...) Medida con la historiografía de izquierda, la de otras tendencias aparece claramente como superficial, episódica, bidimensional, e incluso frívola. Una historiografía verdaderamente de Derecha debería abrazar los mismos horizontes de la historiografía marxista, con la voluntad de entender el proceso real y esencial de los procesos históricos en los últimos siglos fuera de los mitos, de las superestructuras y también de la crónica plana. Esto, naturamente, interviniendo los signos y las prospectivas, viendo en los procesos esenciales y convergentes de la historia última no las fases de un progreso político y social, sino de una subversión general. Como es lógico, también la promesa económico-materialista resultaría eliminada, reconociendo como meras ficciones el homo oeconomicus y el presunto determinismo fatal de los diversos sistemas de producción. Causas mucho más amplias, profundas y complejas de las que conoce el escuálido primitivismo del materialismo histórico marxista han estado y están en acción en la historia.

Il Conciliatore (1959)

 

Las figuras del mito y de la leyenda -se piensa- son solo sublimaciones abstractas de figuras históricas, que han terminado tomando el puesto de estas últimas y valiendo en sí y para sí, mitológica y fantásticamente. Lo cierto es precisamente la interpretación inversa: existe un orden superior y metafisico que alumbra de diversa forma el mito y el símbolo. Puede suceder que en la historia determinadas estructuras y personalidades encarnen, en cierta medida, tales realidades. Historia y suprahistoria entonces se interfieren y terminan integrándose en los acontecimientos y en algunos personajes a cuya estructura la fantasía puede transferir instintivamente los rasgos del mito, precisamente en base al hecho que, en cierta forma, la realidad se convierte en símbolo y el símbolo se hace realidad.

El Misterio del Grial (II ed. 1962).

 

El catolicismo está tomando, en efecto, una orientación tal que aquellos que defienten valores verdaderamente tradicionales, y por lo mismo de Derecha, deben preguntarse hasta qué punto, sin embargo, una nueva elección de las vocaciones y de las tradiciones conduce potencialmente a la Iglesia sobre la misma dirección de las fuerzas y de las ideologías subversivas preponderantes en el mundo moderno (...). En la historia del cristianismo figuran formas de una "espiritualidad" que -no puede desconocerse- podrían también ir al encuentro de las actuales teorías "sociales" subversivas. Desde el punto de vista sociológico el cristianismo de los orígenes fue efectivamente un socialismo avant la lette; respecto al mundo y a la civilización clásica representó un fermento revolucionario igualitario, se apoyó sobre el estado de ánimo y sobre la necesidad de las masas de la plebe, de los desheredados y de los sin-tradición del Imperio; su "buena nueva" era la inversión de todos los valores establecidos. Este sustrato del cristianismo de los orígenes ha estado en distintas medidas contenido y rectificado con el tomar forma del catolicismo, gracias, en gran parte, a una influencia "romana". La superación se manifestó también en la estructura jerárquica de la Iglesia; históricamente tuvo su apogeo en el Medievo, pero la orientación no disminuye ni siquiera en el período de la Contrareforma y, finalmente, en lo que fue llamado la "alianza del trono con el altar", con el carisma dado por el catolicismo a la autoridad legítima de lo alto, según la doctrina rigurosa de un Joseph de Maistre y de un Donoso Cortés, y con la condena explícita, por parte de la Iglesia, del liberalismo, de la democracia y socialismo y finalmente, en nuestro siglo, por el modernismo. Toda esta superestructura válida del catolicismo parece desintegrarse para dejar volver a emerger precisamente el sustrato promiscuo, antijerárquico, "social" y antiaristocrático del cristianismo primitivo. El retorno a tal sustrato es, por lo demás, lo más adecuado para "ponerse al paso con los tiempos", para ponerse al día con el "progreso" y con la "civilización moderna", mientras la línea a seguir, por parte de una organización verdaderamente tradicional, hoy debería ser absolutamente opuesta, osea la de una triplicada, inflexible intransigencia, de una puesta en primer plano de los verdaderos, puros valores espirituales contra todo el mundo "en progreso".

L'Italiano (junio-julio 1963)

 

El mérito del fascismo ha sido sobre todo haber realzado en Italia la idea de Estado, haber creado las bases para un gobierno enérgico, afirmando el puro principio de la autoridad y de la soberanía política (...) Cuando tomó esta concepción de base el fascismo afirmó el trinomio "autoridad, orden y justicia", es innegable que recuperaba la tradicción que formó a todo gran Estado europeo. Se sabe que el fascismo intentó evocar la idea romana como suprema y específica integración del "mito" del nuevo organismo político, "fuerte y orgánico"; la tradicón romana, para Mussolini, no debía ser mera retórica y oropel, sino "una idea de fuerza" además de un ideal para la formación del nuevo tipo de aquel hombre que habría debido tener en las manos el poder. "Roma es nuestro punto de partida y de referencia. Es nuestro símbolo, es nuestro mito" (1922). Esto supuso una precisa elección de vocaciones, pero también una gran audacia: era como un volver a lanzar un puente sobre un vacío de siglos, para recuperar el contacto con el único fragmento verdaderamente válido de toda la historia desarrollada sobre suelo itlaiano.

El fascismo visto desde la derecha (1964)

 

Alguien ha querido ver una especie de Némesis histórica, una relación secreta de acciones y reacciones concordantes en el hecho de que Italia, vencida en una guerra que no debía de haber hecho (1915-1918), perdió la que debía hacer (1940-1945). Tal punto de vista puede ser justo. Ya que es claro que con la Italia de la derrota, o Italia "liberada" como algunos dicen, se ha producido una recaida de lleno en la dirección más problemática de su historia, en la que hay poco de lo que sentirse orgulloso. Y es así que se ha podido hablar de un "paréntesis fascista", en la medida en que la "constante" de la tradición italiana ha podido interpretarse casi siempre en términos de antitradición y casi como si en el fascismo no se tuviesen que considerar también ideas que no nacieron con él, que preexistían a éste en una o en otra nación europea y que, aparte de la designación contingente de "fascismo" y de aquello que se le agregó en el presupuesto de un clima apto y de una adecuada actitud interior continuarán manifestándose todavía en al historia.

Los hombres y las ruinas (II? ed. 1967)

 

El mito del "Eje" germano-italiano habría podido tener un significado particular no solo desde el punto de vista político sino tambíen del moral y espiritual, a los fines de integración recíproca de los dos polos y culturas. Esta es una de las razones por las que el "Eje" fue saboteado y convertido en "impopular", al existir en el interior del fascismo el contraste entre el confuso nacionalismo petriotero, ligado a los residuos de las ideologías del Risorgimento, y la aspiración hacia un Estado fuerte y "romano". Ahora, Italia ha vuelto a ser ella misma, es decir, a ser la Italia de la mandolina, los museos, del Sole mio y de la industria turística, ha sido "liberada": liberada de la dura tarea de darse una forma inspirada en su más alta tradición, no decirse "latina" sino romana.

Los hombres y las ruinas (II? ed. 1967)

 

Las causas más profundas de la historia -y aquí pueden ser consideradas las que actúan en sentido negativo, o las que pueden eventualmente actual en sentido positivo y equilibrador- operan preferentemente a través de lo que, con una imagen extraida de las ciencias naturales, podemos llamar "imponderables". Determinan mutaciones casi insensibles -ideológicas, sociales, políticas, etc.- destinadas a propiciar efectos notables: al igual que las primeras grietas de una falda nevada, terminen en una avalancha. No actúan casi nunca oponiendo una resistencia directa, sino mediante una dirección adecuada que conduce a las fuerzas hacia el fin prefijado, que termina haciéndo el juego aun cuando se las resiste. Hombres y grupos, que creen perseguir solo algo querido por ellos, sirven como medios gracias a los cuales se realiza algo muy distinto, evidenciando una influencia y un "sentido" supraordenado. Esto no se escapó a Wundt, cuando habló de la "heterogeneidad de fines", y al mismo Hegel, cuando introdujo el concepto de la List der Vernunft en su filosofía de la historia; pero ni uno ni otro supieron hacer valer en marcos adecuados sus intuiciones.

Los hombres y las ruinas (II? ed.: 1967)

 

La exaltación polémica de la civilización del Renacimiento contra la medieval, es una consigna convenida en la historiografía moderna. (...) Debería verse en esto la expresión de una incomprensión típica. Si, tras el fin del mundo antiguo, existe una civilización que merezca el nombre de Renacimiento, esta fue precisamente la Medieval. En su objetividad, en su virilidad, en su estructura jerárquica, en su soberbia antihumanista elementareidad, así mismo compenetrada por lo sagrado, el Medievo fue como un retorno a los orígenes. Con rasgos clásicos, en absoluto románticos, apareció el verdadero Medievo. En un sentido muy diverso debe ser entendido el carácter de la siguiente civilización.

Revuelta contra el mundo moderno (III ed. 1969)

 

Al aliarse con la Rusia soviética para abatir a las potencias del "Eje" y al reflejar un insensato radicalismo, las potencias democráticas repiten el error de quien cree poder utilizar impunemente las fuerzas de la subversión para sus propios fines, ignorando que, por una lógica fatal, cuando fuerzas exponentes de dos grados diversos de subversión se encuentran o se enfrentan, las correspondientes al grado más bajo, finalmente, tomarán la iniciativa (...) Los determinismos de una especie de justicia inmanente están en movimiento y, en cualquier caso, de una forma u otro, el proceso llegará hasta el fin.

Revuelta contra el mundo moderno (III ed. 1969)

 

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