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Evola, Guenon y el Cristianismo (IV) EL CRISTIANISMO COMO FENOMENO METAPOLITICO

Evola, Guenon y el Cristianismo (IV) EL CRISTIANISMO COMO FENOMENO METAPOLITICO

Biblioteca Evoliana.- La gran obra de Evola, "Revuelta contra el Mundo Moderno", especialmente su segunda parte, no es más que un tratado de metafísica de la historia. Así pues la interpretación de la historia es la gran aportación de Evola a los estudios tradicionales. En el capítulo III de su obra, Cologna asume esta tarea, examinando esta parte de la doctrina tradicionalista la metafísica de la historia y, en especial, el papel del cristianismo desde ese punto de vista. Cologne aborda algunos elementos fundamentales en la perspectiva evoliana, en especial la naturaleza del gibelinismo del que Evola es, evidentemente, un heredero. A lo largo de su exposición, Cologne arremete contra algunos puntos de vista de moda en la época, en especial la "Nueva derecha" por la que no siente ninguna simpatía.

 

 

CAPITULO III

EL CRISTIANISMO COMO FENOMENO METAPOLITICO:

GIBELINISMO, HERENCIA Y SIGNIFICADO

 

En uno de sus principales libros, Evola definió el gibelinismo como la afirmación doctrinal de la superioridad del poder temporal sobre el espiritual. Ataca la "intentona teocrática guelfa" de hundimiento de aquello que toma por el estado normal. Atribuye la querella entre el sacerdocio y el imperio al maquiavelismo de la Iglesia incapaz de soportar la presencia de una autoridad superior a la suya.

Evola estima igualmente que, para explicar el conflicto medieval de los guelfos y los gibelinos, es preciso remontarse hasta los orígenes del cristianismo y a sus relaciones con la Roma antigua. "La decadencia interior y finalmente el hundimiento político de la romanidad antigua marcaron el fracaso del intento de conformar Occidente según el símbolo imperial. La penetración del cristianismo, en razón del tipo particular de dualismo que afirmó y en razón del tipo particular de dualismo que afirmó y en razón de su carácter de tradición simplemente religiosa, hizo progresar rápidamente el proceso de disociación, hasta el momento en que, tras la irrupción de las razas nórdicas, la civilización medieval tomó forma resurgiendo el símbolo del Imperio. El Sacro Imperio Romano fue Restauratio y Continuatio (...) su sentido final fue el de una recuperación del movimiento romano hacia una síntesis solar ecuménica, lo que implicaba lógicamente la superación del cristianismo y debía entrar en conflicto con esta hegemonía que la Iglesia de Roma reivindicaba sin cesar primeramente. La Iglesia de Roma no podía admitir en efecto que el Imperio correspondería a un principio superior a lo que representaba ella misma; a lo más intentó, en contradicción manifiesta con las premisas evangélicas, usurpar y absorber el derecho, y fue así como nació el proyecto teocrático guelfo". En los fragmentos que siguen, Evola enumera casos concretos en los que se manifestó bajo una forma represiva, este "intento teocrático": acusación de herejía interpuesta por el Papa Gregorio IX contra la Orden de san Juan (1238), condena de la Orden de los Caballeros Teutónicos por el obispo de Riga (1307), etc. "Pero fueron los templarios quienes constituyeron el principal objetivo del ataque. La destrucción de esta Orden coincidió con la interrupción de la tensión metafísica de la edad media gibelina. este es el punto de partida de la ruptura, de la "decadencia de occidente".

Más tarde Evola admitirá que si el gibelinismo es de alguna forma un fenómeno supratradicional, su "metafísica no dualista del Imperium" está igualmente presente en el cristianismo mismo, tal como lo testimonia la famosa frase de San Pablo: "non est potestas nisi a Deo", y, de manera más perentoria aún, en este fragmento de la Epístola a los Romanos: "qui resistit potetati, Dei ordinationi resistit". En estos criterios hay una concepción que reconoce, al menos, la existencia de una "influencia espiritual" ejercida sobre los detentadores del poder temporal. Esta "influencia espiritual" no es nada más que lo que las tradiciones musulmana y extremo oriental designan respectivamente por la Barakah y el "mandato del cielo". El rito de la "imposición de manos" a través del cual se transmite la Barakah corresponde exactamente al de la consagración de los reyes y emperadores tal como Occidente tradicional y cristiano, ha conocido. Pero la Barakah, al igual que el "mandato del cielo" puede perderse. La influencia espiritual no permanece si el detentador del poder temporal no es digno de su función. En su investidura como en su ejercicio, el poder temporal está sometido a la autoridad espiritual. El sacerdocio tiene la primacía sobre la realeza y evola, contrariamente a Guenon, invierte el orden normal de los dos poderes. tales son los datos del problema. Guenon y Evola )representan, respectivamente, el guelfismo y el gibelismo, o dos aproximaciones al fenómeno gibelismo de las que una -la de Evola- segrega, por su desviación misma, el "intento teocrático guelfo"?.

Existe una revelación evidente entre las consideraciones que vamos a emitir sobre el gibelinismo y el guelfismo, y las que hemos emitido relativas al tipo particular de dualismo introducido por la tradición cristiana en el marco general de la doctrina tradicional de las dos naturalezas. En tanto que propone la síntesis de dos poderes, su distinción implica necesariamente su común origen sobrenatural, el gibelismo es el reflejo político del dualismo distintivo propio de la ortodoxia tradicional. En cuanto al guelfismo, es el reflejo político del dualismo separativo que no es, hablando con propiedad, heterodoxo en relación a la tradición, pero que resulta de las condiciones cíclicas particulares en las cuales el cristianismo ha debido realizar su misión exotérica-social.

Igualmente existe entre el gibelismo y el guelfismo la relación de complementareidad -y no de oposición- que hemos establecido al hablar de las dos líneas de la tradición medieval, la vena tradicional y la vena católica. El gibelismo es la herencia política de la tradición, por la supervivencia de esta en el cristianismo y más particularmente en la doctrina paulista del poder. El guelfismo es el legado político del cristianismo institucionalizado bajo la forma eclesial y llamada ante todo a combatir en el mundo contingente los intentos usurpadores del poder temporal.

La oposición dialéctica del gibelismo y del guelfismo no puede explicarse más que por otro antagonismo que opone esta vez, en el interior mismo de la síntesis primordial y tradicional de los dos poderes, la autoridad espiritual y el poder temporal. Además de la distinción de dos elementos del mismo origen, toda síntesis postula la primacía de uno de los dos elementos constitutivos que de alguna manera es, para recuperar la expresión aristotélica, el "motor inmóvil" del otro. Es evidente que la síntesis de la autoridad espiritual y del poder temporal no es más que el reflejo, sobre el plano específicamente político, de la síntesis más general de los ideales de conocimiento y de acción, o si se quiere, de la indisociabilidad tradicional de las vías gnóstica y heroica, de acceso a la trascendencia. El conocimiento es perfectamente el "motor inmóvil" de la acción. La modalidad heroica de descubrimiento del supra-mundo no puede ejercerse más que a través de la modalidad gnóstica, de alguna manera en el segundo grado, sin que se confunda con la simple voluntad de poder material. Pues, en el interior de la síntesis tradicional de los dos poderes, la autoridad espiritual tiene, en la perspectiva ideal, la primacía sobre el poder temporal. Si, conforme a la doctrina gibelina contenida en embrión en San Pablo, el poder temporal "viene de Dios" al igual que la autoridad espiritual, no puede tratarse más que de un origen sobrenatural en segundo grado. Solo la autoridad espiritual es depositaria del "mandato del Cielo" en primer grado, de una manera directa e inmediata que legitima su papel de "motor inmóvil" del poder temporal.

De todo esto puede concluirse que solo el gibelismo guenoniano es ortodoxo. la concepción evoliana del gibelismo es ya el producto de una inversión de la norma-tradicional. El pensamiento Evola es siempre un pensamiento gibelino en la medida en que afirma la fuente sobrenatural común a los dos poderes y su necesaria síntesis. pero es un pensamiento gibelino no ortodoxo en la medida en que invierte, en el interior mismo de la síntesis tradicional, la jerarquía normal de sus elementos constitutivos. Pensador gibelino no ortodoxo, Evola se encuentra, en relación al guelfismo, en la misma situación que los filósofos burgueses contemporáneos en relación al igualitarismo. Estos critican el igualitarismo mientras que son dialécticamente responsables por las lagunas mismas de su elitismo económico o, en el no menos detestable caso, social-darwinista. Es en efecto esta no ortodoxia misma del gibelismo, tal como lo concibió Evola, lo que alimenta el dualismo separativo guelfo. Pues, una vez invertida la jerarquía normal de los dos poderes, la potencia temporal no tarda en emanciparse de la autoridad espiritual. Se convierte entonces, no solamente legítimo el subrayar el origen diferente de los dos poderes, sino también necesario insistir en la primacía de la autoridad espiritual, a fin de reavivar entre los poderes de este mundo el sentimiento de la trascendencia y favorecer el retorno a la norma.

Para situar las cosas sobre el plano histórico y unir las consideraciones doctrinales expuestas anteriormente a los grandes protagonistas que marcaron con su huella la historia medieval, digamos que el gibelismo ortodoxo está enmarcado, sobre el plano imperial, por un Carlomagno, o sobre el plano de la nobleza francesa, por un San Luis, mientras que un Federico II, al que evola hizo referencia precisamente de forma muy significativa, encarna ya el gibelismo invertido. El hecho de que el vocablo "gibelino" sea tardío y contemporáneo precisamente al gran emperador suavo no constituye una objeción válida, pues es preciso ver de ello la expresión de la relación que, según el mismo Guenon, unió siempre la aparición de un calificativo al obscurecimiento del concepto que quería calificar. Así mismo la palabra "civilización" ha aparecido en el siglo XIX, es decir, en una época donde la noción de civilización se había perdido, igualmente se han comenzado a edificar teorías sobre la raza en una época donde la verdadera raza -la raza del espíritu, la raza interior- no vivía ya más que en una minoría de individuos frecuentemente los más marginados, o tal como se ha exaltado la ciencia a partir del momento donde había desaparecido o, más exactamente, desde que una seudo-ciencia "analítica, microcóspica y cuantitativa" reemplazó a la verdadera ciencia tradicional, "sintética, macroscópica y cualitativa" (Roger-Guy Dommergue), así, en el marco particular de la historia y del pensamiento medievales, el término Gibelino vino a enriquecer el vocabulario en un tiempo en el que su significado profundo se había ya ocultado considerablemente.

Digamos ahora algunas palabras sobre las relaciones entre gibelinismo y los "Fieles de Amor". A la manera de la caballería en general -de la que se tratará en el capítulo siguiente-, los "Fieles de Amor" proponen una concepción de las relaciones hombre-mujer que repose, en el terreno erótico, sobre una inversión comparable a la que, en el terreno político, opera el gibelismo heterodoxo. Tal como veremos más adelante, la mujer es el "motor inmóvil" del hombre, mientras que, en una perspectiva tradicional normal, el hombre es el "motor inmóvil" de la mujer. Pues el conocimiento es el ideal masculino mientras que la acción revela una naturaleza en la que predomina el elemento emotivo tradicionalmente atribuido al principio femenino. Al igual que el gibelismo invertido encarnado por un Federico II, la doctrina de los "Fieles de Amor" y el culto caballeresco a la "Dama" permanecen inscritos en una dirección tradicional, pues la "voluntad de poder" coexiste siempre con el sentimiento de la trascendencia. La involución característica de la modernidad se inicia, sobre el plano político cuando el poder temporal se revuelve definitivamente contra el hombre sucumbe a la tentación del donjuanismo donde el "eterno femenino" es siempre el "motor inmóvil" del hombre, pero donde el hombre busca desesperadamente unirse a este "eterno femenino" cualitativo mediante una vana yuxtaposición de conquista puramente materiales.

Durante la mayor parte de su historia, la Edad Media occidental se caracterizó por una tensión metafísica hacia el gibelinismo bien comprendido. En la fase siguiente vio la luz una tensión dialéctica entre el gibelinismo invertido y la reacción guelfa deseosa de restablecer el equilibrio jerárquico entre los dos poderes. Por fin, el mundo moderno, antitradicional, ofreció una tensión dialéctica, esta vez disgregadora, entre un poder temporal cada vez más prevaricador y un guelfismo degenerado ipso facto en teocracia, cuya consecuencia más reciente fue el voluntarismo que proclamó triunfalmente la "muerte de Dios".

Tal es el significado profundo del gibelismo: la síntesis de la autoridad espiritual y del poder temporal, su común origen sobrenatural, una metafísica del Imperium en base a un dualismo distintivo, el equilibrio jerárquico de los dos poderes mediante la primacía del espiritual. Tal es su doble herencia en el marco del "tradicionalismo integral": de un lado el gibelismo ortodoxo de Guenon, de otro el gibelinismo invertido de Evola donde la primacía heterodoxa de lo temporal; instaurando ipso facto el juego de la alternancia dialéctica, segrega el dualismo separativo y la "intentona teocrática" guelfas.

HISTORIA Y REVOLUCION

Es preciso que regresemos ahora a la filosofía cíclica de la historia propia de la visión tradicional del mundo. la edad de oro y la decadencia son dos nociones axiales. Todas las civilizaciones y las sociedades de tipo tradicional se caracterizan por la nostalgia activa de un illuo tempus coincidente con el estado de perfección primordial de la humanidad. Su común tensión metafísica tiene por objeto la alta espiritualidad considerando que reinó en un tiempo mítico (in illo tempore) y en este espacio mítico que constituyen las dimensiones del Edén, las coordinadas del Paraíso, la Utopía verdadera.

Relacionado con el parágrafo precedente, creemos necesario introducir aquí dos nuevos desarrollos, uno relacionado con el sentido profundo de la utopía y del utopismo, el otro relativo a esta noción de ilo tempus a la cual ha recurrido especialmente Mircea Eliade para explicar la estructura mental de los pueblos "arcaicos" (la "arcaicidad" de Eliade equivale a la "tradicionalidad" de Evola y Guenon).

Según la distinción establecida por A. Cioranescu, el utopismo es una manera de ver las cosas y la utopía el género literario que deriva de esto, una mezcla de fabulación novelesca y de ensayo filosófico donde algunos escritores imaginan un "país de ninguna parte" (tal es el sentido etimológico de "utopía", del griego ou- topos). En la óptica tradicional, esto no quiere decir, sin embargo, que tal país no exista. existen en un mundo diferente del manifiesto, del físico y sensible. Es preciso buscar en otra parte, en un orden superior de realidad, a saber, en el orden metafísico. El utopismo no aparece como un ensueño abstracto e irrealista más que a condición de negar el principio tradicional de las dos naturalezas y la existencia de una realidad más allá del mundo visible y tangible. La definición que da Raymond Ruyer ("el ejercicio mental de las posibilidades laterales") delata un prejuicio materialista en el sentido amplio del término. El utopismo es ante todo la búsqueda intelectual vertical del arquetipo. Escuchemos una vez más a Bernand Dubant: "Conviene distinguir entre dos utopías: la utopía verdadera, el modelo eterno de todas las cosas, la Realidad misma, debe distinguirse de lo que se ha convenido en llamar en nuestros días "utopía". Existe pues un utopismo tradicionalista. Diremos incluso que el tradicionalismo es utópico por definición. Llegaremos incluso hasta hablar de un utopismo de derecha, en la medida en que solo los hombres de la Tradición son auténticamente hombres de derecha. El gran error de la seudo-derecha actual es abandonar a la izquierda el monopolio de la utopía. A través del mesianismo marxista, por ejemplo, se imagina en lucha contra la "metafísica destructiva". No combate en realidad más que la caricatura diabólica de la metafísica, su inversión irrealista, una forma completamente antitradicional de concebir el "bastidor del mundo" confundido con una onírica "sociedad sin clases", cuando no con el reino "rousoniano" del "buen salvaje". En lugar de dirigir contra este falso utopismo el utopismo verdadero de la Tradición, la seudo-Derecha le opone un pretendido "realismo" biológico, un materialismo secundario, coartada ideológica de privilegiados, cobertura de una "voluntad de poder" rebautizada como "subjetivismo heróico".

La disgregación sobre illo tempus será más breve. Nos limitaremos a subrayar el reflejo de esta referencia mítica tradicional en la narración bíblica que repite en numerosas ocasiones la fórmula "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos". El período de la predicación cristiana, los orígenes de la irradiación espiritual del cristianismo son asimilados a una nueva edad de oro en el marco de lo que hemos llamado "la colocación en el abismo de la historia".

La nostalgia tradicional de la edad de oro se acompaña de la creencia en un "deterioro continuo del universo" (Guenon). La decadencia no es solo el destino de cada civilización. Es también la dirección histórica general del ciclo de la actual humanidad (el Manvantara hindú). El fin del ciclo actual coincidirá con el principio de otro ciclo inaugurado por una nueva edad de oro. También, como subraya Guenon, mejor vale hablar del fin de un mundo antes que del fin del mundo. Paralelamente a la visión de la decadencia como sentido de la historia, todas las tradiciones cultivan la esperanza de ver nacer una humanidad nueva sobre las ruinas de la antigua, por una especie de "retorno instantáneo" tal como evoca Jean Robin para describir el tránsito de un ciclo a otro. Así se aclara el significado del simbolismo cristiano relativo al "viejo hombre", utilizado para la decadencia, que debe ceder la plaza al "hombre nuevo" unido con la alta espiritualidad de los orígenes. Habida cuenta de las circunstancias históricas de su irradiación, el cristianismo, religión de fin de ciclo, tradición adaptada a la edad de hierro, exacerva normalmente este mesianismo que sin embargo, por naturaleza, un fenómeno tradicional y donde cierta derecha cree ver una "subversión", bajo pretexto de que el marxismo lo ha recuperado bajo una forma laicisada. Es que la palabra "subversión" -al igual que la palabra "revolución"- no significa la misma cosa según sea empleada por un verdadero tradicionalista o por un moderno hombre de "derecha" o de "izquierda". Ha llegado el momento de precisar el sentido que damos a estas palabras.

La decadencia no es evidentemente un proceso histórico unilineal. Es -repitámoslo- una dirección global, un sentido general que resulta del enfrentamiento permanente de las potencias subversivas del caos y de las fuerzas revolucionarias del orden. Entendemos por "orden" el orden metafísico necesario y no el orden social contingente, la unidad edénica primordial y no las armonías fácticas del mundo material que no son más que los parabrisas manchados por el caos propicio a los privilegiados, las máscaras transparentes del desorden favorable a los que, gracias a sus recursos biológicos o económicos, pueden imponer su "subjetividad heroica". Para muchos hombres de "derecha" hoy, las palabras "subversión" y "revolución" se confunden y designan a las potencias que amenazan el orden social contingente. Para el tradicionalista, la Subversión es la tendencia histórica general (de ahí la mayúscula) que aleja a la humanidad de su estado original, de su condición anterior a la "caida". En cuanto a la revolución, es la tendencia histórica general opuesta, la que tiene por objeto el retorno a la norma, el restablecimiento del estado ideal subvertido por el "pecado original", conforme a la etimología de "revolución" (del latín Re-Volvere, volver yendo hacia atrás). De eso se desprende que el tradicionalismo es revolucionario por definición y, entre los múltiples testimonio de la esencia revolucionaria de la tradición cristiana, no citamos más que estas palabras de un profeta: "Por ti serán reedificadas las antiguas ruinas, tú levantarás los fundamentos de las generaciones pasadas, se te nombrará reparador de brechas y restaurador de los caminos por la habitación". Cuando un marxista se proclama "revolucionario", aun usurpando el adjetivo, lo hace de buena fe. Pues el mesianismo marxista preconiza efectivamente el retorno al estado normal y primordial de la humanidad. desgraciadamente, este estado es definido en términos de "sociedad sin clases", de "comunismo primitivo". El carácter antitradicional del marxismo deriva principalmente de esta materialización de la utopía que del mesianismo propiamente dicho. No es por ello menos temible y para evaluar el peligro que constituye conviene recordar la distinción guenoniana entre anti- tradición y contra-tradición.

Mientras que la Revolución se caracteriza por la tensión metafísica hacia la espiritualidad primordial, la Subversión lo hace por la tendencia materialista, secundaria o primaria. Pero la subversión comporta en sí misma dos fases: la fase antitradicional de negación pura y simple de la espiritualidad, y la fase contradicional, más sutil, donde el materialismo se acompaña de aquello que Guenon llama una "espiritualidad invertida", concepto bastante próximo a la "segunda religiosidad" spengleriana, parodia de la espiritualidad verdadera. El marxismo es comprensible solo como fenómeno contra-tradicional ofreciendo una curiosidad mezcla de materialismo (determinismo de la "infraestructura", lucha de clases) y de espiritualidad paródica (mesianismo de la reconquista de una edad de oro mal interpretada).

Veremos más adelante como algunos fragmentos de los libros sagrados hindúes profetizan con una extraña precisión, la disolución moral del Kali-Yuga, el abandono sexual de nuestra época; de la misma manera el cristianismo ha previsto el advenimiento de la contradicción. así lo atestigua la predicción evangélica: "Se alzarán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes prodigios y cosas sorprendentes, hasta seducir a los mismos elegidos". )Cómo no ver en estas últimas palabras una profética alusión a la actual descomposición de una Iglesia fascinada por el marxismo?. Y Bertrand Dubant, criticando la aplicación del esquema hegeliano a la historia del cristianismo, tiene razón al escribir: "El catolicismo no es una tesis: es una síntesis que lo abarca todo. A esta síntesis no puede oponerse una antítesis, sino un sistema que pretendería ser una síntesis equivalente o superior. A la universalidad verdadera parecen oponerse falsos universalismo". En la primera fila de estos, figura el marxismo, que es en consecuencia vano el querer combatir en el nombre de un "diferencialismo" biológico cualquiera, dejándole el monopolio de lo universal. Solo puede dirigirse victoriosamente contra el seudo-universalismo de la izquierda la universalidad verdadera de la Tradición cuyo descubrimiento puede conducir a una exégesis tradicional del cristianismo. Aquí, y en ninguna otra parte, reside la condición sine qua non de una verdadera revolución espiritual europea.

LOS ERRORES DE UNA SEUDO-DERECHA

Haciendo pasar al cristianismo por una "revolución social" antes que por una revolución espiritual, la "nueva escuela" de "derecha" intenta prevenir contra el comunismo. En su prefacio a un libro de Louis Rougier, A. de Benoist escribe: "M. Rougier mostrándonos lo que ha ocurrido, nos describe al mismo tiempo lo que nos espera". Frase reveladora, como lo es, por otra parte la totalidad de esta obra, comprendido el prefacio. Se acusa al cristianismo de proceder directamente del judaísmo y en particular de la "vieja tradición bíblica del desprecio a los poderosos". Los profetas son denunciados como promotores pre-marxistas de una "exaltación sistemática de los humildes" y de una "revancha de los pobres". se acusa a los salmistas de haber embaucado y teorizado el principio de la lucha de clases. Tras este amasijo de anacronismos, adivinamos sin dificultad el escalofrío típico del intelectual conservador, la reacción atemorizada del privilegio ante el "gran fuego" que trae "a la tierra" toda forma de revolución verdadera, la que lejos de instaurar un igualitarismo, restablece, por el contrario, la "justa desigualdad" querida por Aristóteles.

Al igual que la revolución de izquierda, la Revolución de derecha postula, ciertamente, el combate contra ricos y el triunfo de los "pobres", pero con la diferencia capital de que la riqueza y la pobreza son contempladas menos en un sentido social que espiritual. Con esta última condición fórmulas como: "Los últimos serán los primeros en mi Reino", o también: "Afortunados los pobres por que ellos entrarán en el reino de los Cielos" y, de manera general, las afirmaciones paradójicas sobre las cuales se construyó el sermón de la Montaña. Para el tradicionalista -cristiano o no, y que es políticamente un revolucionario de derecha- la riqueza no se define en términos de pertenencia a una cierta clase económica, como una cierta posición en la esclala salarial. Es ante todo una actitud ante la vida, una cierta manera de utilizar las ventajas materiales -económicas pero también biológicas-, en este caso a fines de gozo y dominación, en una vana búsqueda de bienes de este mundo que se advierte incompatible con la riqueza esencial de la unidad interior. También la riqueza material es sinónimo de pobreza espiritual y la pobreza material sinónimo de riqueza espiritual (esquematización).

"Aquel que a hierro mata a hierro muere". Esta predicción evangélica, de la que Guenon recuerda su sentido profundo, puede aplicarse a la seudo-derecha de hoy e ilustra maravillosamente esta "antiogénesis de fines" a la cual llevaré finalmente su acción. Acusando al cristianismo de "divorcio con el mundo", la seudo-derecha prueba su inaptitud para distinguir, conforme a la doctrina tradicional de las dos naturalezas. El mundo y este mundo (en árabe respectivamente El-Alam y El Dunya). Para ella, el mundo se limita al mundo de aquí abajo, al infra-mundo. No puede desde ese momento concebir más que las tradiciones, cristianas e hindú, por ejemplo, que lo asimilan a un "valle de lágrimas" y su travesía a un "viaje en la noche". pero esta negación del orden metafísico no podría constituir, en la economía general del ciclo actual, un desenlace. Alimenta a corto plazo la "espiritualidad invertida" de la contra-tradición y prepara a largo plazo, para una especie de justicia inmanente, de choque legítimo hacia atrás, la revolución inauguradora de una nueva humanidad.

"Quien no está conmigo está contra mí". Según A. Benoist, es "la palabra clave (consigna) de todos los totalitarismos". Esto no es más que otro anacronismo. Una revolución que tuviera por referencia mítica la edad de oro en el sentido tradicional no podría ser totalitaria. El totalitarismo es un fenómeno típicamente moderno. Se produjo cuando la tensión revolucionaria tuvo (y tiene) por objeto, no la unidad integradora de las diferencias características de la espiritualidad primordial, sino la uniformidad bajo la égida de un elemento material hipostatizado: la economía en el marxismo, la raza en el nacional-socialismo. Dicho esto, sea un totalitarismo o no, toda revolución establece necesariamente una distinción rígida entre sus partisanos y sus adversarios, una línea de demarcación espiritual (en el caso de la revolución tradicional) o ideológica (en el caso de la revolución totalitaria) ante la cual desaparecen las pertenencias de orden naturalista a la patria o a la familia. Así se aclara el sentido de este fragmento de San Pablo: "No hay ni griegos ni judíos ni esclavo u hombre libre". No hay más que cristianos y no cristianos. A la afirmación paulista de que el cristianismo es ante todo una patria ideal transcendiendo a las patrias históricas y carnales, hace eco este fragmento de san Mateo el cual esta vez cuestiona los lazos familiares: "He venido a traer la división entre el hijo y su padre, entre la hija y la madre y se tendrá por enemigos a los de su propia casa". La reacción que tales propósitos suscitan entre los adeptos de la nueva "derecha" anticristiana atestigua como permanecen prisioneros de una "visión del mundo" particularista que acuerda la primacía a la contingencia de los lazos sociales y subordina los fenómenos culturales y religiosos a las exigencias del patriotismo y de la cohesión social. Frente a la necesidad de tomar partido y a la idea de no poder escapar, en un contexto revolucionario al etiquetaje ideológico, la seudo- derecha reacciona con una sensibilidad pequeño-burguesa que la vuelve tanto más vulnerable a la izquierda revolucionaria que ha sabido, a pesar de toda su interpretación contra-tradicional del "mito movilizador" de los orígenes, reafirmar, especialmente mediante el marxismo y el existencialismo sartriano, la noción de patria ideal.

Para terminar el presente parágrafo, una -muy- breve evocación del mito bíblico de Caín y Abel tal como ha sido respectivamente interpretado por Guenon y por la etimología moderna. Uno de los más célebres representantes de esta, Robert Ardrey, ha sorprendido en un libro significativamente titulado Los Hijos de Cain con una alabanza a la humanidad burguesa e industrial que habría puesto al servicio del "progreso" a su agresividad natal, "cicatriz genética" de su origen animal, "imperativo biológico" que debía regir toda la organización social. La muerte perpetrada por Caín sobre Abel simboliza la "selección natural", la eliminación del "buen salvaje" por la bestia de presa, la victoria de la humanidad depredadora, el triunfo del nivel cultural del estado de naturaleza. Esta pretendida "evolución" se traduce, entre otras, en la fundación de la primera ciudad, atribuida precisamente a Caín en la tradición bíblica. En este nacimiento del sedentarismo ciudadano sustituyéndose al nomadismo pastoral, la exégesis tradicionalista ve al contrario una involución, en la medida en que la fijación material en el marco de la ciudad va pareja con una dispersión espiritual creciente, mientras que la dispersión material característica de la existencia nómada tiene por contrapartida la fijeza espiritual interior.

LA ESPADA PURIFICADORA

Los tradicionalistas evolianos niegan al cristianismo cualquier referencia a una forma de ética de la acción. Subrayan ciertamente el ideal guerrero de "impersonalidad activa" tal como aparece en la divisa de la Orden del Temple: Non nobis domine, sed nomine tuo da gloriam. De estos monjes-soldados San Bernardo había escrito en De laude novae militiae: "se diría que toda esta multitud no tiene más que un solo corazón y que una sola alma, pues tanto se afanan, no en seguir su propia voluntad, sino en obedecer la voz de mando". Pero este heroismo les aparece como una supervivencia del ethos ario-romano, asimilado más o menos por el cristianismo, antes que como un producto intrínseco de este.

No faltan sin embargo pruebas textuales de lo contrario, desde la palabra del Apocalipsis según la cual "El Señor aborrece a los tibios" hasta el Evangelio de San Mateo donde estás escrito: "Yo no he venido a traer la paz sobre la tierra, sino la espada" pasando por la imprecación de Jeremías: "Maldito quien hace débilmente la obra del señor. Maldito quien rechaza la sangre para su espada". Aquellos que condenan al cristianismo en nombre de una "espiritualidad pagana" de tipo heroico-guerrero prefieren poner de relieve citas tales como "amar a los enemigos como así mismo". Pero omiten tomar tal cita en su sentido esotérico.

En el seno de cierta franja de la derecha anticristiana, donde se mezclan en ocasiones tradicionalistas evolianos y partidarios de la "nueva escuela", se cultiva una curiosa paradoja: se reprocha a la vez al cristianismo el promover una visión antiheróica del mundo y el ser impuesta en la historia mediante la violencia. Sin duda la violencia no es heroica por definición. No lo es más que cuando restablece un orden metafísico necesario contra las injusticias del orden social contingente, la "justa desigualdad", reflejo político del primero, en detrimento del elitismo depredador que caracteriza al segundo. Y tal es la violencia del cristianismo, como la de cualquier revolución que opere en una dirección tradicional. La espada traída a la tierra por Jesús es una espada purificadora que barre los fermentos de la decadencia espiritual y al abrigo de la cual los "hombres de buena voluntad" pueden reconstruir la edad de oro.

Con una mano el cristiano combate el reino del Mal. Con la otra edifica el reino de Dios. Por ello, para comprender la bella imagen utilizada en la Regla de los Caballeros de Nuestra Señora, el vigor del león que anima su brazo no iguala más que la dulzura del cordero que le inunda el corazón . La exigencia de justicia postula el vigor del león. El imperativo de la paz llama a la dulzura del cordero. paz y justicia: estos son los dos grandes ideales del cristianismo y, de una manera más general, del tradicionalista. Paz y Justicia: son los dos grandes atributos de Melquisedec, según el orden del cual hemos visto que Cristo ha sido consagrado. Es por ello que el Cristo es llamado "Príncipe de la Paz" y "Juez de los vivos y de los muertos".

La paz, en el sentido cristiano y tradicional del término no es el efímero y frágil concepto de coexistencia de intereses y de apetitos diversos a que se limita que la legalización del triunfo del más fuerte. Es al contrario sinónimo de unidad primordial reencontrada y ninguna aristocracia aparte de la del espíritu podría ser su ratificación política. tal es el sentido de la palabra de jesús: "Mi Paz os dejo, mi Paz os doy". En uno de los números de la revista Nartex, que ya hemos citado en otras ocasiones, el llorado Jean Claude Cuin escribía: "Así el aparente trastorno traído por la aplicación del Nomos no es verdaderamente un cambio; poniendo fin al cambio, parece cambiar alguna cosa, mientras que él es la estabilidad de todas las cosas: así el Cristo trayendo aparentemente la guerra, deja la Paz. Su tipo irradia en todos los soberanos guerreros conformes a la justicia, restableciendo, o más bien remanifestando el orden por la guerra santa".

Transitoria y purificadora, la violencia cristiana y, por tanto, toda violencia ejercida en nombre de la Tradición, no se explica y no se legitima más que por la Paz y la Justicia que desea restablecer a largo plazo, conforme al orden verdadero subvertido por el "pecado original", cada vez más ocultos debido a la decadencia, y llamados a manifestarse al fin del ciclo y en el inicio del nuevo Manvantara. Es de la misma forma, conforme al mesianismo marxista y en la perspectiva de una nueva humanidad reintegrada: en el orden primordial, que el comunismo justifica a la vez la necesidad de la violencia en la lucha de clases y el totalitarismo "provisional" de sus regímenes. aquí se detiene la comparación. Hemos mostrado suficientemente que el "mito movilizador" marxista no es más que la inversión diabólica y caricaturesca de la edad de oro tradicional.

 

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