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Biblioteca Evoliana

“Americanismo y bolchevismo”. Por Julius Evola

“Americanismo y bolchevismo”. Por Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- El bolchevismo hace casi dos décadas entró en el basurero de la historia, sin embargo, este texto de Evola, escrito en 1929 nos remite otra vez a los primeros tiempos de la ideología soviética y sus concordancias con los valores del americanismo. Se diría que es un texto profético: difícilmente en 1929 podía advertirse de dónde surgiría la ideología globalizadora y el pensamiento único actual. Por eso hemos rescatado del olvido este ensayo publicado por primera vez en la revista "Nuova Antologia" y editado en 1970 y 1982 por las Edizioni di Ar.

 

En 1988 escribimos unas cuantas páginas para la revista DisidenciaS en las que utilizábamos un material precioso que había recopilado por JJ.Colomar en su pasado trotskysta. Colomar y sus compañeros disidentes de la LCR habían recuperado un material escrito por Lenin y otros líderes del a revolución bolchevique, en la que estos expresaban a las claras su intención de que la URSS siguiera el modelo americano. No solamente quedaba demostrado que el “último Lenin”, después del fracaso de la colectivización de las granjas y de la hambruna que siguió, tendió hacia el “realismo”, sino que desde mucho antes ya había tomado como modelo ideal a seguir el americanismo. En 1988 no conocíamos este ensayo de Evola. Aun a pesar de que, por su parte, Evola tampoco conocía los textos de Lenin en los que evidencia su propensión hacia el americanismo, el diagnóstico que traza es impecable.

La diferencia entre el tiempo en el que Evola escribía estas líneas y el nuestro, no consiste solo en los casi setenta años de distancia, ni siquiera en todo lo que ha cambiado en Europa en estos años. Del ascenso de los fascismos a su caída, de la guerra fría a la perestroika, de ahí a la globalización… en realidad, la gran diferencia entre el tiempo en el que fueron escritas estas líneas y el nuestro, reside en el estado psicológico de dos momentos históricos. En 1929, a 10 años de la revolución bolchevique, a ocho del advenimiento del fascismo, todavía se podían albergar esperanzas y encontrar movimientos políticos, valores vivos, y residuos anteriores como para que una respuesta al americanismo y al bolchevismo, pudiera apoyarse con mínimas posibilidades de obtener resultados. Hoy, todo esto queda demasiado lejos y no podemos por menos que ser pesimistas: el americanismo ha quedado como único dueño del tablero de juego, Europa ha asumido casi completamente la “ideología americana”. Y no solo Europa, las naciones que en 1929 todavía seguían apegadas a los valores tradicionales, Japón, China, India, son hoy vanguardias de la tecnología y la modernidad, frecuentemente llegando incluso a superar a Europa y a los mismos EEUU en la encarnación de los valores del americanismo. El cine de Bollyood en la India, la ciudad de la tecnología de Bangalore en donde a partir del años 2000 empezaron a subcontratarse servicios informáticos sistemáticamente, el “Humor amarillo” japonés que nos muestra un país, no solo alejado de sus tradiciones seculares, sino incluso en vanguardia de la estupidez universal, los videojuegos allí diseñados, los rascacielos de Hong-Kong, Singapur y Pekín… todo esto demuestra que aquellos países han viajado a una velocidad vertiginosa por la senda trillada por el americanismo. El mundo, no solo se ha hecho más pequeño, sino que, además, como decía Guénon en “El reino de la cantidad y los signos de los tiempos”, se ha “solidificado”. A causa de esta “solidificación” resulta cada vez más difícil abordar una reacción en sentido tradicional, con garantías de éxito.

El análisis de Evola sobre el americanismo y el bolchevismo nos sitúa en realidad, por lo demás, no ha perdido ni un ápice de su actualidad. Solamente el contexto ha empeorado.

E. Milà.

Americanismo y Bolchevismo

Julius Evola

Ensayo publicado en Nuova Antologia, nº 10, mayo de 1929

Una antigua leyenda que circulaba entre los campesinos rusos mucho antes de la revolución, anunció la llegada de un tiempo, en el cual reinaría una "Bestia sin Nombre"... sin nombre, porque estaría compuesta por una multitud innumerable.

Aquel tiempo, parece que se acerca. Existe una gran sombra que desde las fronteras de oriente y occidente se cierne sobre nuestras razas y sobre nuestras tradiciones y está acompañada del presentimiento confuso de que algo está a punto de acabar; esto se traduce también en distintas imágenes extrañas que aparecen incluso en las mentes equilibradas, y entre las cuales destaca el tema del "Ocaso" de Occidente.

En efecto, algo nuevo está afirmándose en el seno de nuestra cultura y el símbolo que mejor lo define es el de la "Bestia sin Nombre". Dos realidades, precisas e inequívocas, la anuncian en el mundo moderno.

En Oriente, es Rusia.

En Occidente, es América.

Dos formas, dos polos de un peligro que, como las dos pinzas de una única tenaza, empiezan a cerrarse lentamente alrededor del núcleo de nuestra Europa.

Este punto de vista le parecerá extraño a algunos. Lo es, efectivamente, para quien se limita a ver en la Rusia de hoy un fenómeno puramente político, cuando en realidad, se trata bien de algo completamente diferente, con un significado universal que la Rusia soviética trata de realizar en todas las formas, no creando solamente una nueva sociedad, sino además una nueva cultura y una nueva ética.

En cada una de sus manifestaciones, el bolchevismo remite a una transformación efectiva ocurrida en todos los ámbitos, en todos los valores, en todos los sentidos de la existencia, siguiendo un principio central. Este principio, por una especie de reducción al límite, indica la conclusión lógica de procesos en marcha en formas múltiples del mundo contemporáneo, y sobre todo americano.

Rusia, indudablemente, no es América: hay diferencias de raza, de mentalidad, de condiciones de vida, frecuentemente irreductibles. Una lleva la herencia inequívoca de una raza asiática, lo otra una realidad nacida hace poco y que ha producido con un movimiento espontáneo su “standard of living” [nivel de vida, NdT]. Pero si estas diferencias son patentes e incontestables sobre el plano de la realidad política, étnica y sencillamente social, cuando nos remontemos a los principios implícitos en las afirmaciones a las que tienden Rusia o América, el símbolo de una nueva visión de la vida (pues ambos tienen la pretensión de ser presentadoras como nuevos estadios de la cultura mundial); cuando, pues, se parte de este punto de vista, las diferencias se reducen, muestran aquí y allí un mismo motivo que se sitúa sobre los factores étnicos y empíricos, que jamás podrán ocupar el primer plano si atendemos a consideraciones de orden superior.

Por otra parte, ante un "peligro", el mejor punto de vista para la acción consiste en describir lo mejor posible la fisonomía del adversario.

El bolchevismo, considerado como doctrina, presenta una concepción total y radical, y una superación de los ideales precedentes y "burgueses", lo que supone la apertura de una nueva fase de la humanidad. Ante tal concepción, no se trata de simpatías o antipatías políticas o nacionalistas: se trata de decir sí o no íntegramente a nuestra tradición europea y, en particular, a nuestra tradición mediterránea, tomada en bloque, en su sentido más amplio, cultural y universal.

Veremos en que aspectos especiales y en que términos, la visión americana de la vida termina confluyendo con el bolchevismo, hasta el punto de parecer un símbolo, ante el cual todo lo que es preciso realizar y atreverse, va mucho más allá de una simple “defensa de Occidente” que, en sí misma, no puede sino hacernos sonreír.

I

La verdad central del bolchevismo es esta: busca la desintegración del individuo. El nuevo evangelio que proclama es el “hombre colectivo", el “hombre masa", el elemento impersonal de un ente múltiple, titánico, que no "tiene nombre", de la misma forma que carece de jefe.

La potencia y el derecho absoluto corresponden a ese ente: de él será el imperio del futuro. Declarado de "categoría superior", ante él, el individuo asumirá la misma sensación de inutilidad, que puede tener ante las fuerzas fatales de la naturaleza. Y, además, lo deseará todo esto.

Destruir, pues, partiendo de un núcleo negativo, todo lo que en el hombre puede tener algún valor de autonomía e individualidad, todo lo que puede constituir un interés distanciado por esta potencia subpersonal, es la tarea que el bolchevismo asume como misión y que forma parte de un método preciso, radical y lógico, cuya fórmula es: mecanización, desintelectualización y "racionalización" de cada actividad, sobre todos los planos.

Conservando lo que es la conciencia social propia de los primitivos, el pensamiento ruso, a lo largo de toda su historia, siempre fue incapaz de percibir de otro modo la idea de un desarrollo más que en forma de colectividad mística: "pueblo" y "Dios", en el ruso como en el mazziniano, fueron dos términos que se acompañaron mutuamente sobre un fondo mesiánico recurrente. El bolchevismo ha liberado al elemento místico de esta concepción y sólo ha dejado el término "pueblo", restringiendo simultáneamente todo horizonte al de la vida práctica inmediata. A partir de ese momento, la máquina ha tomado el lugar del Dios. En los dibujos "constructivistas" de propaganda soviética de Klinskij, se pueden ver las grúas gigantescas que ocupan el lugar del ostensorio en lo alto de los templos bizantinos cuyos altares se han convertido en engranajes o en los cuales masas de obreros y campesinos han asistido a inmensos mítines.

La idea de que el progreso pueda consistir en una "cultura" en sentido clásico, es decir en la tarea de dignificación, de superación interior, de desarrollo de los seres individuales, es objeto de burlas y rechazada como el más peligroso de los venenos de la era burguesa. Lo que único que puede conducir a un estadio superior, se cree que puede ser, por el contrario, una combinación social externa, mecánica, puramente acumulativo de los seres a través de la organización y del perfeccionamiento técnico de las condiciones de la existencia material.

Cuando se aparta cada valor de la personalidad y de la interioridad, los elementos se transforman en partes, y su unidad tiene que ser propia de un mecanismo. Así mismo, la mecanización es el método a través del cual cada forma de vida puede ser despersonalizada y colectivizada: liberada del "mal" del yo, de la “inútil obstrucción de la espiritualidad", expresiones propias de la ideología bolchevique; cada forma de vida se reducirá a un simple elemento en fatal dependencia con todos los demás según relaciones exteriores colectivas.

El bolchevismo espía lo que está antes de la vida del nuevo ente en aquellas manifestaciones que, en momentos en los que gracias a la uniformidad y simultaneidad, millares de seres se convierten en un único solista, un ser colectivo, elemental y asustadizo: se les llama "estados de masas" con el grito simultáneo de "hurrah!", o entonando el himno, o incluso mostrando su ímpetu en un único movimiento desencadenado por el pánico, el entusiasmo o la exaltación de las masas. En estas formas los ideólogos soviéticos ven solamente la manifestación "primordial" de la vida del “hombre colectivo"; superada en ella todo lo que es caóticamente vital" y "místicamente orgánico", sólo puede dar lugar a una forma gélida de estructura económico-social mecanizada y "racionalizada", de la que se excluirá cualquier forma de espontaneidad y personalidad, de la misma forma que se hará con "cada motivación sobrenatural, extraña a los intereses de clase", según la expresión de Lenin.

Para experimentar todo el dominio de tal concepción de la experiencia bolchevique, hace falta correr el reciente libro de Füllop-Miller. El autor ha pasado un largo período en la Rusia de los Soviets, y ha conocido a los propios bolcheviques; políticos, artistas y estudiantes le han ayudado a recoger todos los elementos necesarios para definir la naturaleza del cambio en la visión del mundo y de la vida, operada por la revolución. El tema de este libro no surge de abstractos esquemas doctrinales, sino de mil formas de la vida concreta y de la cultura de la nueva Rusia: del nuevo teatro a la nueva pintura, del estilo del arte monumental al de las grandes manifestaciones populares, de los métodos de educación y de la formación de una nueva organización del trabajo. De todo esto subyace realmente la sensación de algo nuevo e incomprensible para nosotros, algo que muestra la terrible evidencia de una realidad desconocida antes de la revolución: la llegada del hombre colectivo mecanicizado e indiferenciado, en lugar del individuo humano y de aquella libertad, que fue definida por Lenin como "un prejuicio burgués".

"La completa subordinación de todos los individuos a una colectividad automática en la Rusia soviética pasa textualmente por el bien supremo –escribe textualmente Füllop Miller-. El ideal superpersonal del bolchevismo es concebido como una combinación puramente cuantitativa de individuo-partido-masa en el más amplio y homogéneo conglomerado posible. Mientras la creencia anterior era que la vía hacia una más alta humanidad universal residía en la perfección de la personalidad humana, el bolchevismo enseña que la verdadera vía de la salvación conduce al aniquilamiento del individuo, y a su desembocadura en un "hombre-masa" organizado de manera exterior a él. Por sintonía con esta visión nueva y desconocida, todos los que creen en el bolchevismo han ido, uno a uno, como corderos al matadero, se han ofrecido y han destruido su alma para siempre. Por tanto, no basta con considerar la mera abolición de la propiedad privada si queremos entender a que terrible haraquiri se ha sometido al antiguo ser humano en Rusia. Hace falta conocer la nueva filosofía y la nueva moral de los bolcheviques, escuchar a los poetas soviéticos que son ensalzados por el régimen hoy en día; hace falta tener presentas las ejecuciones de la música orquestal bolchevique y haber visto su teatro geometrizado y sus nuevas pinturas, haber tomado parte en esa alegría desprovista alegría del bolchevismo, antes de poder medir que espantoso e insano gran sacrificio ha hecho Rusia a esa árida idea. En Rusia está surgiendo un mundo sin alegría personal de la vida, con pinturas sin colores, con música sin armonía, con una mirada a una vida vivida sin el soporte interior del espíritu, un mundo mecanizado que no contendrá en el futuro más que a máquinas desanimadas en el futuro”.

Qué la tierra bolchevique no conozca los cielos; qué incluso cada concepción religiosa y cualquier forma de idealismo, y más en general, que cada punto de vista filosófico diferente del materialismo sea considerado por el bolchevismo como un “peligro” y un "veneno burgués" y hecho no tanto objeto de negaciones polémicas, cuánto y más eficazmente de una radical expurgación de cada escuela y universidad eso es bastante conocido, ya, a Europa. La filosofía oficial del bolchevismo es una forma de hegelianismo en que la “Idea” se transforma en “materia” y el juego dialéctico de las oposiciones sirve como inicio de una explicación puramente mecánica del proceso, con respecto al cual cualquier forma de "idealismo" es considerado como mera "superestructura."

Menos notorio es, en cambio, la eficiencia de la concepción central del bolchevismo en las ramas de la cultura y en la vida rusa, que Füllop-Miller sigue estudiando en su esmerado análisis.

En arte, el estilo mecánico futurista está a la orden del día. Por su posibilidad de presentarse directamente a la colectividad y por su carácter público, el arte monumental es tomado en especial consideración. El arquitecto Tatlin declara incompatible con el nuevo espíritu proletario cada motivo heroico, estético o simbólico: él proclama la “imagen mecánica” y el "monumento" a la máquina en arquitectura, como las expresiones mas adecuadas para los tiempos modernos. Tatlin proyectó monumentos con partes móviles, compuestos por materiales variados como los que propuso para la conmemoración de la "Tercera Internacional" y por el Edificio del Trabajo en Moscú. Por una extraño coincidencia, a la mecánico se unió algo primordial e informe, con la intención de que "los accidentes anárquicos del arte individual" fueran desarraigados. Un coloso de hierro que se apoya en una estructura metálica se proyecta como monumento a la revolución comunista. Un montón de plástico cubofuturista recuerda a Bakunin. La imagen de Lenin es grabada de manera sumaria y gigantesca en una roca viva, como los monumentos de las épocas arcaicas. Una especie de monolito sobre bloques escuadrados recuerda a Danton.

El tema de la “imitación de la máquina" dice el Füllop-Miller se está volviendo en Rusia casi en un equivalente de lo que en otras épocas fue la “imitación de Jesús”. Lanzado por una serie de manifiestos "costructivistas" de Grinskij, sin más es asumido en las profundas transformaciones antidecorativas del arte escénico y del teatro soviético de propaganda. Al entusiasmo despertado por los "danza-máquinas" lanzados por Foregger, se une la exigencia, de que el principio de organización penetre en la producción de la nueva poesía proletaria. La "tradición burguesa" de un Puskin, de un Gogol, de un Dostojewskij, es declarada "liquidada", y tres de los poetas promocionados en la nueva Rusia (Bednyi, Maiakowskij y Marienhof) exigen precisamente que a la humanidad colectivizada le corresponda también una poesía colectiva, llegando a la idea de que la poesía y la literatura bolchevique deben ser completamente impersonales, no servidoras del "gusto" y del “capricho estético” del intelectual, sino hacerse instrumentos y "martillos" que inciten el proletario a la acción.

Así mientras la lírica toma un curso demagogico-meánico, empiezan a aparecer obras que en lugar del nombre de un autor individual, llevan el nombre de un grupo: "Grupo de los 23”, "Grupo de los 14” o el "Círculo comunista de Riasin", etcétera. Nada más característico, por ejemplo, que estos versos llevados por la introducción de la obra “Ciento cincuenta millones” de Maiakowskij uno de los poetas soviéticos más cotizados:

Ciento cincuenta millones

Tal es el nombre de quien ha compuesto este poema:

El estrépito de los disparos y los tajos,

Tal es su ritmo...

Yo soy la máquina que habla.

En la música, el mismo principio de liquidar todo lo que es individualidad y calidad, cristaliza con el principio del “humorismo” futurista en una lógica precisa: puesto que el ruido constituye el elemento general e impersonal de la vida, así la nueva música proletaria preferirá el ruido al sonido y a la voz, y abrazará "todos los ruidos de la edad mecánica, el ritmo de las máquinas, el silbido de los establecimientos, el ruido de las grandes ciudades y las granjas". Además, en un intento de superar a la orquesta burguesa, dedicada al placer privado de unos pocos, se han intentado ejecuciones sinfónicas abiertas, audibles a distancia y tocadas a distancia con sirenas, campanas, motores, ametralladoras y baterías, dirigidas megafónicamente. Por otra parte el profesor Zeitlin reafirmó el principio bolchevique de la cooperación en su intento de constituir una orquesta sin director, fundada en Moscú y todavía existente.

Pero el tema de la mecanización y la despersonalización no se detiene aquí: pasa a aspectos más profundos. El rostro se vuelve máscara: sobre la base de la tendencia instintiva de todos los rusos a "dramatizar" sus experiencias personales, Nikolai Evreinoff enuncia la "teatralización" de la vida, que conduce al espíritu de grandes manifestaciones colectivas, estudiadas así para despertar al mismo tiempo el "estado de masas" en que se reaviva la representación del ente-masa exaltando el recuerdo de los fastos de la revolución y los ideales de la futura edad mecánica.

La liquidación de cada vínculo de carácter tradicional e interior en la vida cotidiana, es suficientemente conocido en la Rusia soviética, para que insistamos ahora: se nivelan las clases sociales, los sexos y la mujer pasa a ser algo neutro con su completa equiparación al hombre en cada esfera de la vida pública, tal como se ha llegado actualmente en Rusia. La familia es virtualmente disuelta. Cada relación privada toma un color gris e indiferente con respecto del tema central de la omnipresencia de la conciencia colectiva.

La misma espontaneidad vital del gesto humano se intenta suprimir a través de una oportuna "racionalización". Gasteff funda un "Instituto para la organización científica del trabajo y para la mecanización (sic) del hombre", que no tiene inconveniente en aplicar el taylorismo a la determinación científica de los movimientos a los que debería limitarse el ser humano en el ejercicio de cada oficio. Y como si eso no bastara, hay quien ha denunciado restos de "ideología burguesía" en los métodos de Gasteff, llegando incluso a considerar el gesto individual como un arte separado, sin percatarse de que el verdadero objetivo es disolver al individuo en la "gran máquina moderna, donde el individuo masa tiene que ser parte de un potente conjunto de turbinas". El mundo subterráneo de Cosmopolis o el de La Máquina del Tiempo de Wells, bastante similares, no podrían ser mejores símbolos de lo que la nueva época proletaria soviética siente como más próxima a su propio espíritu.

Quién desee examinar otros cientos de aspectos de la nueva Rusia, se encontraría en todos el mismo espíritu y la misma intención: desintelectualización y mecanización, con el objetivo de destruir desde las raíces el sentido del hombre individual y el valor de lo humano. Está en un mundo sin matices, automático, sin color, donde nunca puede decirse "mío" o "tu" -el pensamiento menos que la tierra, el gesto menos que el ímpetu- y se despierta lentamente la forma titánica y oscura de la "Bestia sin Nombre."

La representa un cartel de Kúpka, provisto de una morbosa potencia sugestiva, con el título de “La masa en marcha”. Se ve una extensión inmensa e igual de hombres que marchan con un idéntico movimiento como algo único y fatal. En los cielos desiertos y grises el mismo hombre se proyecta, agigantado y sobresaliendo, con el mismo gesto. Él indica: ¡Adelante! Su cabeza no tiene rostro.

Trágica marcha, que no conduce a ningún sitio. Ya Tolstoi, precursor bajo varios aspectos del bolchevismo, en “Guerra y Paz” presentó con Napoleón la creencia en los "dominadores" de la historia. Para él, es la multitud anodina y amorfa la que, en cambio, hace la historia; y los "dominadores" que creen crearla, se parecen a quiénes, transportados en una carrera desenfrenada sobre una carroza, se agarran de los tirantes para mantenerse sobre ella, creyendo que son ellos quienes la dirigen. La filosofía bolchevique de la historia no es diferente. El historiador soviético Pokrowskij escribe: "Nosotros no vemos la personalidad como hacedora de la historia, porque para nosotros la personalidad es solamente el instrumento con que la historia misma trabaja". Dejado así, sin jefe y sin espíritu, al gran cuerpo mecánico del “hombre-masa", el cual, en su marcha irresistible, participa pues de la misma ley irracional y fatal de las fuerzas brutas de la materia.

Tal es la pesadilla que la Rusia de hoy incuba asumiendo un carácter profético-místico de "nuevo era", de "nueva humanidad", de "categoría superior". El surco profundo dejado en el pueblo ruso por la servidumbre secular a señores despótico, próximo al aspecto fatalista asiático que siempre ha manifestado, bastan para iluminar la posibilidad psicológica de esta desintegración radical y consciente del individuo en la "Bestia sin Nombre"; loas como la que Preobrashenskij, fundador de una "Ética bolchevique", dedicó al jefe del Cheka, cuando le escribió: "La felicidad humana puede ser alcanzada solamente con la ausencia de la libertad, con la obediencia de esclavos". Por tanto, está en el espíritu de su misión que el bolchevismo usa todos los medios para "hacer felices a los hombres" a pesar de sí mismos, con la idea de liberarlos rigurosa y científicamente del “engorro del yo” y del “libre albedrío", y, si se nos apura, con una extraña concordancia con lo que fue la técnica de la Compañía de Jesús e incluso con idéntica intención. Equivalente a la inquisición a la que los jesuitas no recurrieron que para "salvar las almas", el Katorga el sistema de terror ya al servicio de los Zares pasa implacable al servicio del despotismo colectivo de los Soviets, en lucha por la causa del “hombre nuevo”.

Sobre esta "novedad", sobre este intento de centrarse en el futuro, los bolcheviques se ilusionan ingenuamente. Sabemos, sin embargo, que el estado, en el cual el individuo como tal no existe, sino que vive en él una conciencia colectiva impersonal, "espíritu" del "clan" o de la tribu a la que se pertenece, es la forma propia a las sociedades primitivas de tipo "totémico", las cuales todavía hoy sobreviven en algunos pueblos primitivos. Fue una lenta y pesada ascensión la que despertó a los hombres de ese estado y, según una ley de diferenciación, determinó castas, ordenó jerarquías, distinguió calidades individuales, hasta llegar al cénit solar de los grandes imperios de nuestras tradiciones.

Aquella antigua conciencia solamente difiere en un punto de la conciencia a la que el bolchevismo tiende a reconducir al individuo: que la máquina en lugar de lo que los pueblos primitivos llamaban “maná” es el elemento para constituir el gran cuerpo acéfalo del ente colectivo. Pero no por ello son distintos: es una dirección, no hacia el futuro, sino hacia el pasado, no hacia la “evolución”, sino hacia el retroceso y la degeneración… es un fenómeno de putrefacción.

Qué este tipo de situaciones pueda concebirse en momentos en los que la historia experimenta períodos de postración y abandono puede concebirse sin dificultad. Pero que sea pensado como un “ideas superior”, que sea elevado a principio y a evangelio y hecho objeto de una cultura en el sentido más amplio, tal es la originalidad teratológica que para nosotros representa el bolchevismo.

II

El llamamiento a América como a la “tierra prometida” del “hombre colectivo" en la Rusia soviética –como se prevé fácilmente por lo que precede- es declarado y explícito.

Chicago, "metrópoli electromecánica", es glosada por un himno de Maiakowskij. Gasteff proclama el "superamericanismo", “la tempestad revolucionaria de la Rusia soviética tiene que unirse al ritmo de la vida americano". "Intensificar la mecanización practicada en América, y ampliarla a todos los campos –repiten otros- es la tarea de la nueva Rusia proletaria". El bolchevismo trata así de arrancar paradójicamente a Rusia del tronco asiático de su vida, y resolverla en el mundo americano del hombre-máquina. Sus ideales que por condiciones locales, industriales y étnicas, casi tendrían en la URSS un sentido de mitos utópicos, se perciben como realizados por América. De ahí el misticismo malsano que, a pesar de todo, siempre quedará en el espíritu ruso, partiendo de los antiguos Dioses, al asumir los nuevos ideales, desemboca en algo así como una "América como religión."

Estando así las cosas, podemos plantear el problema de ver hasta que punto se trata de un acercamiento extrínseco y casual o hasta dónde es algo más.

Como hemos dicho inicialmente, no se puede y no se debe descuidar el abismo que existe entre Rusia y América desde el punto de vista tanto de la raza como de la sensibilidad. Esto es tan evidente como la diferencia entre las formas políticas de ambos, uno es un Estado despótico comunista, el otro demócrata, federal y capitalista; el uno impuesto por una minoría de individuos que, con un golpe de mano, han tomado la dirección de las masas, el otro es un producto espontáneamente generado por la organización y del impulso productivo de los individuos.

También la psicología individual es podría ser más opuesta: a los elementos de apatía asiáticos favorables a la frecuente exaltación histérica, a un fatalismo unido a una hipersensibilidad pobre en carácter, frecuentes en el alma rusa, se opone el espíritu práctico, simplificador, activo, independiente, sano y lleno de iniciativas, del americano. Tampoco es posible olvidar que de los ideólogos soviéticos trabajan sobre un medio ruso en estado semi-medieval, en gran parte perdido entre comarcas despobladas, con medios industriales más que primitivos, muy alejados de la civilización y de la organización racional que en América está extendido a cada clase y a cada Estado de la Unión.

Constatadas estas diferencias, si examinamos las impresiones que se han llevado algunos de nuestros intelectuales tras su primer viaje a América –pueden verse, por ejemplo, la correspondencia de Egisto Roggero y Silvio D’Amico, pero, esencialmente, la obra notable del Siegfried sobre los Estados Unidos de hoy- no podemos por menos de asombrarnos cuando percibimos concordancias con la impresión que sufrió Füllop-Miller cuando pasó revista a los ideales que la Rusia soviética intenta realizar. Se trata en ambos casos de la misma sensación del dominio de una grandiosidad sin alma, de naturaleza puramente colectiva, falto de un fondo de trascendencia, de luz interior y espiritualidad verdadera.

Al igual que Rusia, América en los temas centrales de su "civilización" y su modo de considerar las cosas y la vida, ha buscado algo nuevo; ese “algo nuevo” cristaliza en una precisa contradicción con nuestra cultura y nuestra tradición europeas, en seno de la cual, sin embargo, penetra y siempre sobre la que se impone cada vez más. El americanismo ha introducido en nuestra época la religión de la práctica, ha enfatizado el interés de la renta, de la producción, de la realización mecánica, inmediata, visible, cuantitativa, por encima de cualquier otro interés. Construye un ente titánico que tiene oro por sangre, máquinas por elementos, técnica por cerebro, ante del que Europa que incluso ha sido la promotora de las formas modernas de la gran producción industrial se detiene: se detiene, porque percibe las extremas consecuencias que, lógicamente, proceden de aquel primer impulso, pero se divisa, al mismo tiempo, una especie de reducción al absurdo, que solamente podrá aceptar como su destino al precio de comprometer irreparablemente una civilización anterior e incompatible, que constituyó el más auténtico núcleo de su personalidad. Concluyendo su libro, Siegfried enseña que no son dos continentes sino dos concepciones de la vida las que entran en contradicción: aquella en la que el hombre es considerado calidad, vida independiente, valor por sí mismo y aquel otro en donde el hombre se vuelve un mero instrumento de producción y rendimiento material por el progreso del ente colectivo.

Mientras las raíces de las que ha surgido la nueva mentalidad bolchevique son oscuras y casi místicas (Füllop-Milier ve la adaptación de algunos mitos eslavos teosóficos-mesiánicos sobre el “hombre Dios"), el muelle que ha conducido a la correspondiente transformación de valores en América es visiblemente la conquista material: para alcanzarla, América no ha titubeado a la hora de sacrificar lo que para nosotros fue la conquista más preciada del esfuerzo civilizador: la personalidad humana. Escribe Siegfried a propósito: "En su carrera hacia la riqueza y la potencia, América ha desertado el eje de la libertad para seguir el del rendimiento y el beneficio.... Todas las energías, incluidas las del ideal y hasta de la religión, conducen al mismo objetivo productivo: se está en presencia de una sociedad del “rendimiento”, casi de una teocracia del rendimiento, que tiende más a producir cosas que hombres”, u hombres tanto más eficaces y racionales en tanto que productores de cosas.

"Una especie de mística exalta, en los Estados Unidos, los derechos supremos de la comunidad -continua el mismo escritor-; el ser humano se ha convertido en medio más que en objetivo, transformado en un engranaje de una inmensa máquina, sin pensar un instante que pueda ser disminuido. La religión, enrolada en la empresa, exalta a el rendimiento como una mística de la vida y el progreso", de donde deriva "un colectivismo de facto, querido por las élites y alegremente aceptado por la masa, al mismo tiempo que mina la autonomía del hombre y canaliza tan estrechamente su acción que, sin sufrir por ello y hasta sin saberlo, confirman ellos mismos su propia abdicación". De aquí que "ninguna protesta, ninguna reacción entre la juventud americana contra la tiranía colectiva: ella es aceptada libremente, como algo implícito, casi como si fuera justo lo que le conviene.... El beneficio que lleva es tan grande, la seguridad que depara es tan perfecta, que conduce a algo más grande que uno mismo; en este abandono aparece el misticismo, todo lo demás huye de su pensamiento”.

Es pues gracias al impulso productivo que toma cuerpo en América, casi diríamos por elección, el mismo “hombre colectivo” que, en cambio, en Rusia muestra el aspecto feroz de una imposición ejercida por una pesadilla místico-fatalista. Pero el tema, desde un punto de vista especulativo, no es sustancialmente diferente: se aquí o allí, el núcleo de la individualidad como calidad y como valor desaparecen; en ambos casos lo que se produce es la llegada de un modo de vida materializada y sin rostro.

Si América no busca, como el bolchevismo, "liquidar" todo lo que es intelectualidad, nutre, en cambio, un oculto desinterés hacia ella, casi como si se tratara de un lujo casi que impide estar absorto en las “cosas serias”, como el gel rich quick [esperar rápidamente la riqueza], el service, tal o cual manía social, etcétera. Cuando también en América acuden gracias a sus dólares, algunos exponentes de la intelectualidad europea, pues es allí donde se manifiestan los mecenazgos más generosos, todo esto muy raramente tiene una verdadera y raíz interior, y frecuentemente es, en cambio, una forma de esnobismo propio de advenedizos. En América –explica Roggero- el descubridor de un nuevo mecanismo que multiplique el rendimiento recibe más consideraciones sociales que el "señor", el «asceta", o el constructor de una nueva doctrina. En un laboratorio científico -añade Siegfried- el conjunto de los instrumentos apasionará al americano más que la la investigación en sí misma. "Dondequiera que hay algo que hacer, él se encuentra a gusto; cuando no actúa, se siente desorientado.... no le basta nunca de “ser”, siempre le hace falta de realizar, realizar de forma que se vea”.

Si América no ha prohibido, como el bolchevismo, la antigua filosofía ha hecho algo mejor; William James ha declarado que lo útil es el criterio de lo auténtico, y que el valor de cada concepto, incluso metafísico, debe ser medido por su eficacia práctica y, en último análisis, colectivo-social.

El bolchevismo ha abolido la religión. América no llega a tanto, pero sin enterarse, incluso convencida más bien de lo contrario, ya no es capaz de distinguir la “religiosidad” de lo que es realmente religioso. Ya en el protestantismo, la religiosidad, carecía de todo interés metafísico, ritual, ascético y simbólico, reduciéndose a un mero moralismo, que en los países anglosajones y sobre todo en América, trasvasan a la colectividad organizada. "La única verdadera religión nacional americana -sigue Siegfried- es el calvinismo, una concepción que convierte al grupo y no al individuo en la verdadera célula del organismo social", y dónde la misma riqueza es considerada, a los ojos propios y ajenos como una señal de la aprobación divina. Dice Siegfried: "resulta difícil discernir entre aspiración religiosa y caza de la riqueza”. El análisis que realiza sobre el núcleo católico de los Estados Unidos y sobre su eficiencia, no impide llegar a la conclusión de que "la corriente central que amenaza con arrastrar todo en América, y del que cada cual, protestante, católico o judío, sufre su atracción, es la necesidad de la realización material tangible. El objetivo de la sociedad religiosa ya no sea hacer vivir místicamente a los espíritus y a las almas, sino reclutar y organizar las energías.... Se admite como moral deseable que el espíritu religioso sea un factor de progreso social y desarrollo económico". Las virtudes relativas a una realización superior e interior son consideradas como inútiles, e incluso casi como nocivas. Realmente ¿estamos tan lejos del principio de Lenin, de "excluir cada concepción sobrenatural, extraña a los intereses de clase"? ¿No estamos, acaso en la misma línea de rebajar todos los puntos de vista al puramente humano y terrestre, que, en el fondo es lo que consiste la verdadera negación del religiosidad?

América no habla del “hombre-masa”: no habla, porque, de hecho, lo lleva contenido en su alma: el oro, la fuerza monstruosa e impersonal de un consorcio sin patria que conduce a la red inexorable de los trusts que pueblan América, que anima a las metrópolis de cemento y acero hacia la conquista del mundo y que mide a los individuos, dando a cada uno su sitio y su valor: el oro es verdaderamente el cuerpo en el que vive de forma invisible la "Bestia sin Nombre". Y aquí vale la pena tocar un punto importante: la diversidad del sentido que el dinero va adquiriendo en América respecto a lo que ha tenido siempre en Europa, partiendo de la civilización clásica y del feudalismo medieval. Aquí, el dinero fue un medio: al señor, el dinero le servía para ejercitar formas exquisitas que testimoniaron la magnificencia, la calidad, la sensibilidad por cosas diferentes y privilegiadas. En el americano, en cambio, el dinero está volviéndose un fin en sí mismo: sobre la base de la extraña desviación de la ética calvinista antes señalada, y que Max Weber ha analizado perfectamente, la conquista del dinero, el lucro y el beneficio, se realizan como una vocación y una misión, algo que casi debe ser buscada en si mismo y para sí mismo: es la ascesis capitalista. Más que poseer su dinero y ser libre con respecto a él, utilizándolo para trasmutar el poder en un sentido de majestad, el multimillonario americano casi parece un mero administrador, interiormente idéntico a cualquier empleado suyo u obrero, se limita a ser, a menudo, un instrumento impersonal y ascético cuya actividad se dedica a recoger dinero, convertirlo en rentas y ampliar el volumen de negocio en redes cada vez más amplias, que atraen a millones de seres y deciden la suerte de las naciones, mediante la fuerza impersonal del oro.

El anti-individualismo revestido con la promiscuidad comunista y los mecanismos seudo-místicos en la Rusia soviética, en América tiene, en cambio, el aspecto de la estandarización, del prohibicionismo, del conformismo, de la moralización obligatoria y organizada, como si se tratara de una fotocopia de la mentalidad jesuítica hallada por Fülop-Miller en la educación soviética. "Cada americano, se llama Wilson, Bryan o Rockfeller, es un evangelista que no puede dejar tranquila a la gente, y que constantemente tiene el deber de predicar", convencido de su obligación hacia los otros para convertirlos, purificarlos, elevarlos al nivel moral de los Estados Unidos que no dudan es el más alto. Lucha contra el alcohol o el tabaco; propaganda feminista, pacifista, antivivisección, americanización de los inmigrados, hasta el apostolado eugenésico y neomalthusiano, el espíritu siempre es el mismo, y siempre prevalece la misma la voluntad de estandarización, la intolerancia hacia quienes tienen un criterio individual y quieren disponer de su propia existencia. Y esta aptitud –tal como reconoce Siegfried con precisión- es un peligro que va más allá de lo que es simple rectitud personal. Acreedora hacia el mundo entero, todo es permitido a América: puede estrangular o socorrer a gentes y gobiernos, convencida de poderlos juzgar desde lo alto de su superioridad moral y de tener no incluso derecho, sino más bien el deber, de imponer sus lecciones y sus principios.

La comodidad (el confort) al alcance de todo, la superproducción, es el milagro de América: pero "ha pagado por ella un precio trágico, el de millones de hombres reducidos al automatismo en el trabajo. El taylorismo [Evola utiliza la palabra “fordizzazione” NdT], sin el cual no existiría la industria americana, conduce a la estandarización del individuo mismo". El crear con personalidad, el trabajo como arte, en donde cada objeto casi tiene un poco del alma de quien lo hizo, desaparece sustituido por la producción en serie, rápida, automática, desanimada, cuantitativa. Unificado el producto, se trata de unificar quien lo consume. "El teatro, el cine, el cartel, asimismo estandardizado, concurren a esta unificación sin piedad, en el que las diferencias locales y hasta las distinciones de clase tienden a reducirse y a desaparecer”.

Roggero en su correspondencia de Nueva York escribe textualmente: "Americanismo significa supresión del individuo, vida del rebaño, maquinismo, estandarización de las costumbres, supresión de los particularismos y los colores locales, uniformidad, simetría". Lo que es experimentado como complicación e interioridad, lo que es espíritu de delicadeza, de calidad y de matiz en los americanos se hace raro hasta lo increíble. Hasta en su alma están unificados, tampoco aquí quieren preocupaciones, es tan simple y natural como puede serlo una hortaliza: exorcizado cada sentido trágico de la vida, su existencia se desarrolla sin roces sobre dos dimensiones en las que puede percibirse toda su mediocridad y la uniformidad optimista-moralista de su concepción de la vida y del sentir: nos referimos a la cinematografía americana, tan admirablemente perfecta en todo aquello que es dominio de muerta técnica.

En un exhibicionismo soso, sus mujeres parecen hasta castas, sin capacidad para llegar a las “complicaciones” de la sexualidad, considerada como pecaminosa. También aquí existen paralelismo con algunos aspectos bien conocidos de las costumbres de la Rusia Soviética; el sentido de indiferenciación pre-sexual y de contaminación entre camaradas (por que cada amor soviético siempre tiene cierto matiz de incesto) tiene su paralelismo en América cuando encontramos al tipo neutral y masculinizado, de sus mujeres, en su estilo, sus costumbres y su mentalidad. La emancipación soviética de la mujer con la equiparación de todos sus derechos a los del hombre, concuerda exactamente con la realizada en América gracias al feminismo: en ambos casos se ha logrado la desintegración de la familia. El ritmo, si no es idéntico, es indudablemente análogo.

No son solamente estos los puntos comunes que podrían ser indicados en la vida y en la cultura de estos dos pueblos. Aquello con lo que el americano vibra más sinceramente que a cualquier motivo de un Bach, de un Palestrina o de un Wagner, lo expresa e incorpora a la misma lógica de la música hecha de ritmo y ruido similar a la del bolchevismo: es el jazz. En las grandes metrópolis americanas donde centenares de parejas se agitan juntos como fantoches epilépticos y automáticos a los ritmos sincopados negros de los charlestons y los blackbottoms, se percibe realmente el "estado de masas", la psique primordial del ente colectivo mecanizado que despierta. Lo mismo puede ser percibido en el delirio insensato de las competiciones deportivas americanas, realizadas con análogos objetivos a las expresiones teatralizadas de la "vida" en Rusia.

Los poetas bolcheviques que quieren colectivizar y socializar la poesía ¿no tienen quizás su precursor en el americano Walt Whitman, cantor de las muchedumbres proletarios y sin rostro? ¿No hallan quizás su tema en la última filosofía de más allá de océano el neorrealismo cuya desintegración de la individualidad de los fenómenos, de los procesos mentales y de la misma personalidad en un atomismo lógico es expuesta en volúmenes formados por el trabajo colectivo de un grupo de autores? ¿Y aquella exigencia, de desinteletualizar y pragmatizar lo bonito ha tenido quizás una más radical eficiencia que en la transformación, realizada por las razas anglosajonas, del lujo en comodidad, y en el insensible, pero preciso, absorción del criterio de elegancia y "estilo" en aquel de la "funcionalidad" en los vestidos, en las modas, en las viviendas, en todo?

Repitámoslo: en la Rusia soviética se trata de algo que permanece todavía entre tinieblas, trágico ideal de una utopía en lucha contra las costumbres asiáticas, mientras que en América temas análogos salen a la luz y al aire libre, en formas prácticas que prescinden de la ideología y de los matices mesiánicos. Al americano le falta el sentido de la renuncia fatalista, de la inminencia sobre él de la gran sombra casi personificada del “hombre colectivo”, del hombre-masa. Como hemos visto se cree, en cambio, libre a si mismo, quiere ser lo que es, y llama a su tierra, la “tierra de la libertad”. Pero nosotros europeos, pensamos acerca de esto lo mismo que Dostoiewskij dice en “Los Locos”, cuando plantea la doctrina social de Cigaleff, una verdadera anticipación profética del bolchevismo: pensamos en aquel estadio de la humanidad en que, después del tiempo necesario para una educación metódica y razonada durante generaciones, vuelven a la extirpación del "mal" constituida por el “QI” y el "libre albedrío", los hombres, no se percatan de ser esclavos, volverán a la inocencia de un nuevo Edén, diferente del bíblico por el mero hecho de se trabajarár. "El buen improvisador no precisa atar", observó Laotzé: el más profundo grado de intoxicación no reside en el que logra sentirse humillado e inútil, sino en el que ni siquiera percibe su condición de esclavo y, actuando, cree ser autónomo y espontáneo, mientras que, en realidad, nada de lo que supone el Yo, el fuego indomable de libertad infinita que sitúa más allá de cada límite y de cada forma, arde más en su sustancia interior.

Quién está fuera de este engranaje, ve. Detrás de las formas titánicas de la nueva civilización de más allá de océano, divisa asimismo el espectro de la "Bestia sin Nombre."

* * *

Dijimos pues: dos pinzas de una tenaza, desde Oriente y Occidente están cerrándose alrededor de nuestra Europa.

Si el bolchevismo ha despertado, y todavía seguirá despertando, reacciones precisas de quienes lo ven como algo mortal para toda la tradición de nuestra cultura, sin embargo, Europa, de mil manera diferentes, va padeciendo la influencia del americanismo; incluso en el ámbito de la depravación de los valores e ideales que están detrás del americanismo y que el bolchevismo conduce en la cumbre.

No podemos ilusionarnos: las medias tintas no son posibles: se trata de un mundo completo, que debemos aceptar o de rechazar en bloque. Roggero delante de América, lo ha visto de manera diferente: no se puede conservar el propio patrimonio intelectual, la misma tradición, la misma concepción del mundo él escribe y, al mismo tiempo, americanizarse. La americanización de algunos aspectos de la vida europea representa quizás una especie de caballo de Troya con el que América -acaso sin pensarlo y sin quererlo, queriéndolo en cambio nuestra debilidad- disolverá la civilización del viejo continente, en el que ya se han aposentado las ideologías comunista, pacifista, internacionalista, bolcheviques y demócrata, siembran el fermento de descomposición.

Entre las naciones europeas, se puede decir que Italia haya sido la primera que de modo más definida ha planteado una reacción y una alarma. Con el fascismo el peligro bolchevique ha sido bloqueado, y además figura entre las naciones relativamente más inmunes al mal americano. ¿Será capaz de llegar hasta el final?

Además, por largo que pueda ser el camino, no hay que olvidar el hecho que Italia es heredera de aquella tradición occidental, que más que cada otra es el anti Soviética y el anti América. Queremos hablar de la tradición mediterránea, y especialmente clásico y romana.

De la misma forma que la finalidad de la "Bestia sin Nombre" es la destrucción y la desintegración del individuo cuyo valor con respecto a la psique colectiva e impersonal es nulo, la verdad de la Tradición Romana es, en cambio, la afirmación del valor de lo individual y plantea en la individualidad la medida de la realidad. Alejada de la promiscuidad informe de las sociedades primitivas y totémicas, puede asumir por precisamente la visión aristotélica, de donde los "géneros", las "ideas" o los "universales" son considerados como potencialidades abstractas, que se manifiestan solamente en individuos que son capaces de realizarlos bajo una ley de diferenciación y originalidad irreductible. Son mera "materia" que pide al mundo de lo individual su "forma."

El mundo clásico y mediterráneo ha exaltado el sentido de la dignidad individual, de la diferencia, de la aristocracia y de la jerarquía: ha puesto por encima de todo el ideal de la cultura, en el sentido de realización del individuo, de creación de "tipos", obras vivientes de arte expresadas en personas realizadas interiormente. Y en la "autarquía" personal, florecida en el dominio soberbio de los que se poseen a sí mismos, evoca al tipo dórico y homérico cuya pureza es fuerza y cuya fuerza es pureza, ha reconocido el "virtus", verdadero germen de la relación que hace comunicar lo humano no con el humano.

Nuestro tradición no ha conocido jamás piedras atadas en el cemento inaprensible del vínculo colectivo, de la ley mecánica, del despotismo social pero valles y cumbres, fuerzas a lado de fuerzas y a fuerzas contra fuerzas, organizadas él libremente en relaciones directos y orgánicos guerreros, heroicos y sacrificales, en actos de absoluto mando y absoluta dedicación: núcleos fuertemente localizados y solarios, culminantes allá dónde el imperium fue sentido como la presencia de una fuerza por lo alto. Por lo tanto organización en sentido verdadero y viviente, no amalgama, no compuesto. Aquí el individuo está no parte impersonal, pero miembro unido directamente al todo y constituyente una función y una modalidad de vida distinguida e irreductible, que no debe ser borrada o nivelada, pero llevada a ser cada vez más perfectamente e intensamente si mismo para la mayor riqueza y determinación del gran cuerpo completamente.

Nuestra tradición ha vitoreado a los "héroes", ha celebrado a los dominadores, ha celebrado los hombres dioses. Y si, a diferencia de algunas concepciones semíticas y asiáticas, no han separado lo espiritual de este mundo terrenal, de modo inequívoco han afirmado, sin embargo, el derecho soberano de la cualidad, de la idea y de la sabiduría sobre lo que es “práctico” y condicionado, que deben dominar mediante el acto de personas realizadas en el mismo modo que el sentido domina a la palabra y el alma al cuerpo. Y en la pax profunda propiciada por la potencia romana, difunde por todo el Mare Nostrum la luminosa civilización del helenismo.

En la sensación de la unidad inmanente, despertó otros ojos, otras orejas, otros elementos de potencia, y no los conocidos por los novísimos bárbaros. En lugar de materializar y mecanizar incluso lo humano, escuchó el eco de fuerzas vivientes e inmortales en acto tras lo que los modernos llaman “materia” y “leyes mecánicas”, y estableció contactos reales con ellas por medio del ritual y del símbolo; de donde despertó en aquellos en quienes "dios se hizo carne" (en sarkì peripolòn teso), en el sentido de ser "todo en todo, compuesto por todos los poderes" (Corp. Hermet.), libre como "un mundo en el mundo" (Plotino) incluso en su no ser más que sí mismo, en la jerarquía de los seres. Y el Imperio -no la promiscuidad bolchevique, ni el federalismo o el democratismo de las modernas sociedades- coronó lógicamente esta concepción, y su jerarquía armoniosa adquirió el sentido de reflejo y símbolo de la jerarquía del mundo intelectual y divino.

Es una concepción del mundo, de las cosas, de la vida, completamente diferente, entendida, no como una abstracción filosófica, sino como algo viviente y presente en la misma sangre; trasponiéndose como significado en el seno de todas las actividades, articuladas de forma inestable, pero organizadas en torno a un eje único. La contingencia de los tiempos la ha sepultado gradualmente y la gran sombra del “Ente sin forma" supone, finalmente, su negación definitiva.

¿Estará en condiciones Italia de revivir tal tradición? ¿Será capaz de hacerla revivir incluso bajo otras formas, en otros espíritus, en otras potencias? El bolchevismo ha visto (y lo ha declarado por boca de uno de sus principales ideólogos) que "El mayor obstáculo que está ante el hombre nuevo es el mundo romano-germanico."

Si Italia, que ha recuperado en el Águila y en el Fascio los símbolos del mundo de la tradición, sabe asumir todo lo que como tradición mediterránea está detrás de este símbolo, se liberará de las contingencias de una nación particular, y ascenderá asumiendo la defensa del occidente delante del peligro americano-bolchevique.

(c) Edizioni di Ar, “I saggi della Nuova Antologia”

(c) Ernesto Milà, por la traducción en lengua española.

 

Rebelión contra el mundialismo moderno. Carlo Terracciano

Rebelión contra el mundialismo moderno. Carlo Terracciano

Bilioteca Evoliana.-  Uno de los intentos de poner al día la obra de Evola se debe al llorado Carlos Terracciano que escribió este pequeño ensayo "Rebelión contra el mundialismo moderno". Terracciano, fallecido en 2005, es consider$ado como uno de los intérpretes de la obra de Evola. Reproducimos este artículo por su interés intrínseco, aun a pesar de que no compartimos algunos de los puntos de vista del autor. La traducción ha sido realizada por Santyago Rivas. 

 

 

Rebelión contra el mundialismo moderno.

Actualidad revolucionaria de la obra de Julius Evola
en la Era de la Globalización

Carlo Terracciano
[Traducción de Santyago Rivas]



“...Y aunque no se verifique la catástrofe temida por algunos en relación al uso de las armas atómicas, al cumplirse tal destino, toda esta civilización de titanes, de metrópolis de acero, cristal y cemento, de masas pululantes, de álgebras y máquinas que encadenan las fuerzas de la materia, de los dominadores de los cielos y los océanos, aparecerá como un mundo que oscila de su órbita para perderse definitivamente en los espacios, donde ya no vea más ninguna luz, fuera de aquella que produce la aceleración de su propia caducidad...”

“...Solamente podrá salvar a Occidente un retorno al espíritu Tradicional en una NUEVA CONSCIENCIA UNITARIA EUROPEA...”

(Julius Evola, “Rebelión contra el mundo moderno”)


“...También sobre el plano de la acción puede ponerse en evidencia el lado positivo de la superación de la idea de Patria, sea como mito del período romántico burgués, sea como hecho naturalista casi irrelevante frente a una unidad de tipo diverso: al ser de una misma patria o tierra, se contrapone entonces el ser o no ser por una misma Causa...”

(Julius Evola, “Cabalgar el tigre”)


“Conozco mi destino. Un día se pronunciará mi nombre como recordando algo enorme, una crisis como no la hubo tal en la Tierra, el más formidable hurto de conciencia, una declaración de guerra a todo aquello que hasta entonces era creído y santificado. Es la hora en que el concepto de política entra en su plena fase revolucionaria, y todas las formaciones de la vieja sociedad saltarán por los aires, porque todas reposan sobre la mentira: haremos una guerra como no la ha visto el mundo. DESPUÉS DE MÍ COMENZARÁ SOBRE LA TIERRA LA GRAN POLÍTICA.”

(Friedrich Nietzsche, “Ecce Homo”)


“Rebelión contra el mundo moderno”, la obra fundamental de Julius Evola, vio su primera edición italiana en 1934, y al año siguiente ya fue publicada en la Alemania Nacionalsocialista. Es un texto revolucionario que ha representado, para hombres de lugares lejanos y de distintas generaciones, una verdadera y propia “fulminación”, un cambio radical de perspectivas y expectativas, de “Visión del Mundo” desde la época de la “decadencia de Occidente” hasta el fin del ciclo epocal, el “Kali-Yuga” de la tradición hinduista, la era del “Ragna-Rökkr” u “Oscurecimiento de los Dioses” de las sagas nórdicas, “la Edad del Hierro” de la Teogonía de los griegos.

Los años fatales

Un año importante, 1934, mitad de un decenio que representó un vuelco en los destinos de Europa y del planeta entero.

En Alemania, Hitler, recién nombrado Canciller del Reich, se apresta a gestar las bases de una renovada potencia alemana mitteleuropea, dispuesta a conseguir ese “Lebensraum” necesario, aun a costa de incendiar de nuevo el continente, esa Europa que todavía representaba, geopolíticamente hablando, el motor de la política mundial.

Aquí residían todavía los centros políticos, militares, económicos e intelectuales de pequeñas naciones que poseían grandísimos imperios coloniales: Gran Bretaña, como siempre más volcada a los mares abiertos que a los espacios continentales; Francia, que formaba en sus propias escuelas y universidades a las futuras élites revolucionarias de Asia y África, aquellas  que, mediado ya el siglo XX, acaudillarán las luchas de liberación nacional en sus respectivos países precisamente en nombre de la “Libertè” y la “Egalitè” (para la “Fraternitè” siempre habría tiempo...), de los “Inmortales Principios” que hicieron potente a París ante los ojos del mundo. Italia, por su parte, bajo el signo del fascio romano, buscaba su espacio en la geopolítica marítima, a la búsqueda de un imperio unitario mediterráneo-africano que le abriese las puertas del Océano Índico y de las grandes rutas comerciales y políticas.

Al este, el “Hombre de Acero”, Stalin, liquidaba, purga tras purga, los residuos cosmopolitas de una revolución trotskista que había intentado utilizar el Imperio Ruso como trampolín del marxismo mundial, transformando, a la inversa, al bolchevismo en la bandera del patriotismo y el expansionismo político y militar de la Rusia Soviética en Eurasia y otros lugares. Con acero y sangre, el Padrecito de la Santa Rusia Roja daba a luz las bases de la industrialización y la modernización de un imperio elevado al rango de co-potencia mundial, capaz de disputar el mundo entero durante medio siglo al vencedor final.

En el Extremo Oriente era el Imperio Nipón quien elevaba la bandera solar en nombre de la unidad asiática antioccidental, también en antítesis con el gigante chino, gravemente enfermo por guerras intestinas y ocupaciones extranjeras de grandes porciones del territorio nacional, mientras Mao, acosado, emprendía una Larga Marcha buscando refugio...

Pero he aquí que, protegida por la anchura de los dos mayores océanos del globo, la joven nación americana observaba y aguardaba, y al final será ella quien impondrá al planeta entero el dominio de su propia potencia militar y política, de la tecnología, de la propia moneda, de la lengua inglesa, del “way of life” americano, en fin, del control mediático sobre los instrumentos de comunicación de masas; en una sola palabra condensada: GLOBALIZACIÓN.

América, el mito americano del progreso tecnológico y de la eficiencia fordista, representaba y representa la coronación de aquel proceso de modernización contra el cual Julius Evola había escrito el texto más completo y exhaustivo del punto de vista de la visión del mundo Tradicional.

Ya en el prólogo, el autor indicaba que el concepto “modernización” debía ser entendido no solamente en su sentido “técnico-científico”, sino ante todo como una visión “idealtípica” de lo real, de la Historia y de la vida. Escribía Julius Evola:
“Mundo moderno y mundo tradicional son aquí considerados como dos tipos universales, dos categorías apriorísticas de la Civilización”.

Con esta afirmación, por inciso, se quería decapitar de golpe toda la polémica sobre las relaciones entre hombre y máquina, entre ser hombres de la Tradición y usar la tecnología más avanzada.

Con la implosión de la URSS, último anillo de una cadena plurisecular, no sólo se despejaba el campo para una ideología concurrente con sus pretensiones de universalismo y cientificismo, sino que también:

“Se afirmaba una nueva filosofía de la Historia: la idea de que el camino de la humanidad tenía un sentido. A este sentido le fue dado el nombre de globalización”.

Determiniso y globalización

Esta idea de un FATALISMO MONOCÉNTRICO Y UNIDIRECCIONAL del destino de todos los pueblos, en marcha (según el orden indicado de sus varios niveles de “progreso”) hacia una única meta de “redención, que instaure el paraíso en la Tierra”, no es ciertamente nueva. Estamos ante la enésima reproposición de la concepción bíblica lineal-progresista de una historia entendida unitariamente, obviamente sobre el modelo de Occidente.

En sus líneas generales, esta idea es parte de aquel creacionismo que se manifiesta en la perfección de un Edén originario, en el cual el Hombre, que es la criatura por antonomasia, pasando por una Caída (en el pecado original, en la división del trabajo, en la ruptura del Pacto con Dios etc...), y a través de una redención (Cristo, Marx, el Mesías...), accede de nuevo a la perfección, mediante el trámite de una catarsis purificadora (del Holocausto, de la Lucha de Clases, del Juicio Universal...).
Esta ideología de impronta judeocristiana encontró, laicizada, en América su tierra de máxima arraigo, deviniendo la infraestructura ideológica portadora, el instrumento propagandista indiscutido e indiscutible para la afirmación del imperialismo capitalista, del expansionismo económico y político de los EEUU, siguiendo las directrices delineadas de la Geopolítica por la más grande potencia talasocrática que jamás apareció sobre el orbe terráqueo. El “Destino Manifiesto” logró   que los americanos no duden ni por un instante ser los portavoces y los ejecutores de la Voluntad de Dios en la Tierra.

Quien se opone a ellos se opone al mismo Dios, y es entonces más que un criminal, es el Mal personificado, o cuando menos su instrumento en el mundo, en contraste con los “predestinados” del Segundo Israel: los EEUU. Acusando una vez y otra a los enemigos demonizados de turno, Hitler o Stalin, Mao o Jomeini, Saddam Hussein o Milosevic, nazi-fascismo, comunismo o islamismo, de querer “conquistar el mundo”, las élites económicas, políticas e intelectuales estadounidenses logran precisamente la justificación de aquello que dicen combatir... CONQUISTAR EL MUNDO.

Creer que la Globalización sea una NECESIDAD INELUDIBLE de la Historia, un proceso natural y automático impersonal y autogenerado en el camino del Progreso, no solamente es la aceptación sin crítica de un falso reflejo ideológico, también representa una derrota ideológica determinada por la asunción acrítica de la visión del mundo del adversario.

Quien da por descontado los axiomas que pertenecen al otro, aun cuando se presenten laicizados e historizados, ya está preso antes de comenzar a luchar, porque realmente pertenece al otro. Si se implantan mentalmente los axiomas ideológicos del enemigo contra el que se quiere combatir, la batalla está perdida de antemano; y el primero de estos axiomas es la utopía igualitaria y absolutamente niveladora, exactamente funcional a los proyectos de globalización total del Capitalismo, al término de su proceso expansivo.

Proceso degenerativo que hoy día se identifica con la destrucción de las economías subalternas, de los recursos energéticos y con el ecosistema en su conjunto: etnocidio es igual a genocidio, tout court.

El mito MOVILIZANTE del “Progreso” indefinido y necesario, idea-fuerza mayor en la fase de la secularización y laicización del Pensamiento Único, radicado en el biblismo particular de raíz protestante-calvinista, en estos inicios del III Milenio se ha vuelto en su contrario, pero nunca en su “opuesto”.

El "progreso" que mata

Biotec, clonación, mutaciones genéticas de animales y vegetales, manipulaciones del ADN con la excusa de mejorar y prolongar la vida, desastres climáticos y ambientales, desaparición de especies animales y de culturas humanas diferenciadas, etc... están convenciendo cada vez a más personas que el llamado “progreso”, impuesto por Occidente al resto del mundo, se ha revelado en realidad en la perspectiva de una catástrofe incontrolada y cada vez más incontrolable. No es un progreso por lo tanto sino un regreso, que tiene determinada una perversa desintegración de todo tejido social y comunitario, un cáncer devastador que calcifica toda estructura orgánica de la sociedad hasta en los lugares más recónditos del planeta, hasta que una autofagocitación de la especie humana devenga en lo que ha sido definida como la “Sexta Extinción”, tras la cinco precedentes que las especies que le precedieron en el dominio de la Tierra.

El modernismo, el progreso técnico, el maquinismo, pueden ser vistos en perspectiva como los elementos destructores del planeta; los científicos, cada vez más incontrolables, se han convertido en una casta intocable de aprendices de brujos y agentes de la destrucción: “Si esto es el progreso, queremos volver al pasado”, dijo el jefe de la tribu de los Masai al contemplar los efectos de la implacable sequía y a la desertificación que arrasa el África, causadas por los cambios climáticos.

El periodista y escritor Massimo Fini comparó el mundo globalizado con un tren en marcha, cargado de explosivos, que aumenta exponencialmente su velocidad, sin luces en una noche de niebla, destinado fatalmente a descarrilar y hacer perecer a sus ocupantes, a extinguir la Tierra misma y todas las formas de vida que cobija.
Y los maquinistas responsables del futuro desastre preparan las armas para defenderse de la reacción de los pueblos, pensando ingenuamente que la supuesta inexpugnabilidad de la fortaleza continental norteamericana podrá preservarles del desastre.

A tan lenta y confusa falta de conciencia de los peligros de la globalización no corresponde de la otra parte un claro conocimiento de las causas, próximas y remotas, del fenómeno y de sus agentes; ni mucho menos un proyecto realista de resistencia y reconquista.

A lo máximo se está contra los efectos de la globalización, pero nadie se opone a sus verdaderas causas.

Al contrario, por parte de las miles realidades genéricamente etiquetadas como “antiglobal” (portavoces de los intereses y exigencias más dispares, desconectadas y conflictuales entre sí), no se propone sino una “globalización de las bases”, que contemple la mejora del nivel de vida de la mayoría pobre del planeta, preservando contemporáneamente el hábitat, que salve las culturas que son la riqueza del mundo pero abatiendo al tiempo los confines y llevando hasta su culminación el proceso de eliminación de las diferencias nacionales.

Todo y lo contrario de todo: definición aritmética de la Nada.

El rostro inhumano de la globalización

Una “globalización de rostro humano” es una absurdidad que se contradice en su misma formulación de base; la enésima reformulación de un reformismo interno del Sistema Global que no quiere perpetuar las injusticias, pero que desprecia la instintiva rebelión autodefensiva de los pueblos como vehículo ciego.
La Banca, las instituciones financieras, los lobbies industriales y los supergobiernos mundiales sólo de demuestran “humanos” con aquello en donde ven coincidir sus intereses.
Un solo ejemplo: la anulación de la deuda es ciertamente una causa justísima, un acto mínimo reparador de los países depredadores por las riquezas que han sustraído durante decenios.

El débito total de las naciones en vías de...  “subdesarrollo” ha superado con largueza la astronómica cifra de 2.500 millardos de dólares, pero... esto no es un “don humanitario” de los gobiernos sino una necesidad vital de la Banca Mundial que determina las políticas interiores y exteriores. El crédito en verdad, lo sabe la banca, es inexigible, aunque sólo sea en sus intereses acumulados, dadas las condiciones desastrosas de las economías al Sur del Mundo.
Una declaración general de quiebra de la mayoría de los países de la Tierra provocaría el pánico de los mercados y podría determinar la caída de todo el sistema financiero, acelerando la irresistible decadencia del capitalismo, cada vez más frágil en cuanto más enorme y global.

La condonación “humanitaria” del débito no tiene otro fin que evitar escenarios apocalípticos para la Alta Finanza Mundial, y su contrapartida es la aceptación por parte de los estados deudores de vínculos ulteriores, también políticos, y el compromiso de abatir toda defensa contra la liberalización de los mercados, que es la causa primera que ha determinado su miseria y sus deudas.

Es necesario recordar que Ceaucescu fue abandonado a su suerte en Rumanía una semana después de haber saldado hasta el último centavo de la deuda exterior rumana. El Fondo Monetario Internacional, la Banca Mundial, los Estados Unidos y los países ricos no pueden permitir a ningún Estado alcanzar su propia independencia financiera, la nueva forma de esclavitud del capitalismo en los siglos XX y XXI.

La utopía de la igualdad mundial en el bienestar y en la bonanza, propia de los que pretenden la globalización por lo bajo, no está sólo en sintonía con los intereses de las multinacionales en su expandir el mercado en vertical, en profundidad, sino que también determinaría una nivelación cultural y política total, junto a la destrucción última del ecosistema.

Debe quedar bien claro al Norte del mundo que una más justa redistribución de bienes y servicios en el mundo para solamente a través de un proceso revolucionario, local y general, que derribe los parámetros culturales y económicos de referencia también en los países ricos; revolución que habrá de renunciar a la “riqueza” en términos consumistas para dar fórmula a modos más “espartanos” en el vivir, pero también más libres de los potentados mundiales, bajo el fondo de la renovación de las relaciones armoniosas con la naturaleza desde las propias comunidades de pertenencia.

La “cura” propuesta por los “antiglobales” comúnmente entendidos acabará... por matar al paciente. La astucia de un sistema global que proclama la mejora de las condiciones de vida de las clases y de los pueblos es reducirlos a todos al común de productores-consumidores del sistema capitalista global, para alargar así el mercado único de los productos estandarizados, no sólo en el sentido horizontal y geográfico, sino también vertical interclasista, aumentando en sus mínimos aceptables para el mismo Sistema el crédito y la disponibilidad monetaria para la adquisición de nuevos bienes y servicios.

En términos marxistas: disminuir la “pauperización absoluta” es un imperativo para aumentar la expansión del mercado, y para ello hay que alargar la “pauperización relativa”.

O en términos informáticos: el “Digital Divide” de los inputs tecnológicos e informáticos permitirá   a los estratos sociales y populares el acceso o no a la realidad virtual y al telemercado.

Los antiglobalizadores de la “izquierda” moderada (por continuar con ciertas definiciones decimonónicas ya hace tiempo superadas), reciclados del internacionalismo proletario al liberalistas de mercado, están de acuerdo en querer y/o aceptar (que es lo mismo desde el lado práctico) la globalización.
Porque lo que proponen es sólo una GLOBALIZACIÓN DE SIGNO CONTRARIO, y no lo CONTRARIO DE LA GLOBALIZACIÓN.

En términos políticos son los reformistas internos del Sistema Global y no los revolucionarios a él opuestos.

Mundialismo y globalización

La primera batalla del combate es la terminológica, porque ahí es donde se asumen los valores sustanciales en la elección de una contraposición realmente antagonista al Nuevo Orden Mundial.

La globalización, lejos de ser una “fatal necesidad”, una etapa irreversible del “camino del progreso”, no es sino el efecto de una causa, o si se quiere menos genéricamente determinista, el instrumento de una estrategia mundial conducida, CONSCIENTE Y VOLUNTARIAMENTE durante decenios cuando no por siglos.
Y si se debe hablar de determinismo, es sobre un plano metapolítico y por lo tanto metafísico donde debe ponerse atención, como señalaremos cuando toque hablar de la concepción Cíclica de la Historia.

La globalización de los mercados no hubiera podido realizarse sin una obra preventiva preparatoria política y cultural, impuesta por el uso de las armas y las invasiones militares: en el pasado se dieron dos guerras “mundiales” y decenas de decenas de guerras locales, golpes de estado, estragos y genocidios, que terminaron por realizar el “One World” americanocéntrico.

Nosotros definimos ya a este proceso de dominio planetario, desde sus inicios con el nombre de MUNDIALISMO.

Una de las más completas explicaciones de este término es la que ofrece Giuseppe Santoro en su obra “Dominio global. Librecambismo y globalización”, volumen de un centenar de páginas que debiera ser el “libro rojo” de todos los verdaderos revolucionarios antimundialistas.

Escribe Santoro:

“El Mundialismo, en síntesis, es una ideología (y una praxis cultural, social y política) universalista promovida por instituciones internacionales político-militares (principalmente la ONU y la OTAN), por consorcios privados (Council on Foreign Relations, Trilateral, Bilderberg, masonería etc..), asociaciones religiosas (la “capilla” vaticana del Opus Dei, el Consejo Mundial Judío, las numerosas sectas protestantes...) y por una compleja y amplísima red de lobbies y organizaciones internacionales de “presión” política-social-cultural-massmediática (agencias de información, industria cinematográfica, etc.), cuya base principal táctica se localiza en el territorio de los Estados Unidos”.

Y sigue:

“El objetivo del mundialismo es la creación de un gobierno o administración única (el Nuevo Orden Mundial), de una única disposición política institucional y social (el liberalismo), un único sistema de valores (el individualismo igualitario de la doctrina de los “Derechos Humanos”) y un único conjunto de costumbres y estilo de vida (el consumismo) extendidos a toda la Tierra sobre el dominio absoluto de todas las fuerzas políticas, económicas y culturales que lo encarnan: las élites de la finanza mundial”.

Santoro es también autor de “El mito del libremercado”, donde profundiza en el estudio de las “clases económicas”.

Es evidente que lo escrito concluye en que el Mundialismo no es un mecanismo anónimo, sin cabeza, sin dirección ni motor, que pueda autorreproducirse metastáticamente, sino un hecho objetivo producto de la intervención de ideas de unos pocos hombres y unas bien identificadas instituciones, que en conjunto son objeto y no sujeto del mismo proceso globalizador. Quien no lo crea así razona en términos de un ferviente determinismo mecanicista que no es sino otro de los devastadores efectos de la más amplia falsificación histórico-ideológica de los siglos: el Iluminismo, matriz del liberalismo y del marxismo, filtrados por los hegelianismos de “derecha” y de “izquierda”.

La raza de los amos

Del resto, daremos un solo ejemplo, también en términos de crédito; pocos son los supercapitalistas que poseen fortunas en mucho superiores a múltiples estados: los americanos Bill Gates, Larry Hallison Warren Buffet y Paul Allen son propietarios de fortunas que equivalen a la de las 42 naciones más pobres del planeta, y que abarcan una población de 600 millones de almas, un sexto de los habitantes del planeta.

Los “decisión makers” de la política mundial, poseedores de todos los sistemas bancarios, de completos sectores industriales y comerciales, de las fuentes energéticas y estratégicas, son quienes sugieren más o menos de forma soterrada la política de los gobiernos y de las instituciones internacionales. Sucintamente pueden agruparse en 13 clanes familiares. En orden alfabético: Astor, Bundy, Collins, Dupont, Freeman, Kennedy, Li, Onassis, Rockfeller, Rothschild, Russell, Van Duyn y Windsor.

La “raza mundialista de los amos” habita en reductos exclusivos, frecuentados sólo por sus propios iguales, salvo cuando debe condescender a escuchar los “hosannas” populares; se cruzan endogámicamente entre sí y deciden por todos.
La raza de los amos no tiene patria, sólo pasaportes, uno para cada rincón que visitan. Su patria es el mundo.

Son exhibidores del lujo, cosmopolitas por vocación e interés, antiguos parias que, en la época de la caída de las castas, se elevaron a los vértices de la pirámide política y social. Son los anfitriones de las mansiones donde se celebran las reuniones del Bilderberg, de la Trilateral, del CFR. Algunos han guiado directamente estados y gobiernos, como los Kennedy y los Windsor. Para ellos todo está permitido, desde las guerras y las crisis económicas y financieras provocadas, hasta los más prosaicos homicidios por motivos de faldas (¿quién recuerda el caso Palme?).

Para ellos, la reserva, la mentira y el secreto son los instrumentos absolutamente indispensables de dominio.

Hablar de la necesidad “objetiva” y amorfa del proceso de globalización es otro de sus mejores instrumentos para esconder la causa, manifestando sólo el efecto. En la más generosas de las hipótesis imponen al mundo los propios parámetros de referencia, la propia visión cosmopolita de las relaciones internacionales. Católicos, protestantes o judíos, pero también musulmanes o confucianos o simples agnósticos y ateos, son todos portadores de una única visión y estilo de vida, exactamente aquella del “Mundo Moderno”, contra el cual Evola escribió su “Rebelión”.

El semiólogo judío-americano Noam Chomsky, teórico de la antiglobalización desde su cátedra del MIT (Massachussets Institute of Technology), ha sido desde siempre uno de los más feroces críticos del capitalismo y del imperialismo, y a él corresponde la definición de los padrones de la finanza mundial como un “Senado Virtual”, al cual los gobiernos del mundo deben rendir cuantas completamente al margen de los ciudadanos que los han elegido:

“El Senado Virtual es un grupo de auto-investidos capaces de gobernar naciones a través del control de los flujos de capital, las oscilaciones bursátiles y las regulaciones de las tasas de interés. Apenas un estado anuncia la elección del interés colectivo, la amenaza de la retirada absoluta de capitales es inmediata. Todos los gobiernos del mundo, incluso los propios EEUU, son fantoches manipulados por estos senadores enmascarados. Pero a diferencia de los más feroces dictadores, no tienen responsabilidades públicas”.

Aquí nos encontramos en la buena compañía de un hombre que no será acusado de “conspiracionismo complotista”.

A nosotros nos toca añadir que el “Senado Virtual”, para domeñar a los pueblos y los gobiernos, posee otras armas además de las financieras: desde los mass media a la informática, pasando por los golpes palaciegos y militares, hasta la guerra declarada con el uso de “armas inteligentes”.

En Serbia, por ejemplo, usaron de todo: revueltas étnicas, guerrillas montañesas y urbanas, guerra de intervención humanitaria, tráfico de drogas y de blancas, uso de sicarios a sueldo, de uranio empobrecido, de difamaciones y mentiras massmediáticas, de retoque informático de fotografías... hasta la compra literal, con dinero contante y sonante, del Jefe de Estado.

Regresemos de nuevo a Santoro, quien nos ofrece un juicio más neto sobre la “impersonalidad” del proceso histórico que estamos viviendo:

“La denominada globalización (económica, política, cultural y de modos de vida de todos los pueblos de la Tierra) no es de ningún modo un proceso “natural” ni “necesario”, determinado por las leyes internas de un irresistible “desarrollo” del mundo (desde un punto de partida a uno de llegada: Nuevo Orden Mundial, Fin de la Historia, Reino de Dios, Sociedad sin Clases o cualquier otro delirio apocalíptico) y de la lógica de las cosas (¿qué cosas?... y ¿qué lógica?). La globalización es la condición objetiva y autónoma a la que debemos adecuarnos como a una irrevocable voluntad divina, sino sólo el objetivo práctico y deliberado de un grupo de hombres concretos, objetivo tramitado por organizaciones con número de registro leal y que cotizan impuestos, que cuentan con nombre propio, sistemas informativos, massmediáticos y editoriales privados, no necesariamente oscuros ni ocultos en las inmensidades del Universo. En estos grupos no se excluye ni la presencia de conflictos internos ni de resistencias externas”.

(Giuseppe Santoro, “Banqueros y camareros. Soberanía monetaria y soberanía política”).

Simple, ¿no?...

“Derecha” e “izquierda” en el mundo globalizado

Sobre el plano práctico de la acción, la pretendida impersonalidad y necesidad del proceso de globalización determina voluntariamente en las masas un fatalismo impotente, camuflado por los intelectuales orgánicos del Sistema liberal-capitalista como una aprehensión metapolítica e intelectual de la “realidad”. La enésima reproposición, y con mucho la más innoble, es la llamada general a la “apolitización” y la desidia (el pasotismo), a la no-acción. Algo que ya denunciara Evola en obras como “El arco y la maza” y “Cabalgar el tigre”.

Si antaño los militantes de derecha e izquierda pugnaban por la conquista del Poder para así afirmar sus esperanzas en un Mundo Nuevo, hoy día, mucho más burguesamente, se contentan con “gestionar” el poder desde el “ocaso de las ideologías”.

El minimalismo y la localización devienen las coartadas del desempeño y del refugio en lo privado, haciéndolos pasar por el máximo empeño posible contra los poderes fuertes, como si en el mundo moderno hubiese ya lugar para los oasis y las islas de un vivir alternativo, ajeno a la sociedad circundante y alternativa a la misma. ¿Quién recuerda ya las “comunas” del sesentaiocho?

Pero en esta nueva versión tenemos el agravante que esta fuga incapacitante del mundo ya no se dirige a los establos ni los pueblos abandonados, sino a los palacios de cristal y las torres de marfil de los complejos residenciales del extrarradio: comunitarismo sin comunidad, abierto sólo a los pocos elegidos que han podido entenderlo todo (?) y no han hecho nada (!). Aquí crecen y se propagandan las religiones del egoísmo y la falsificación del espíritu: desde la “new age” hasta la contemplación apática del Nirvana... sin cojones para entrar en él.

La izquierda, junto a buena parte de la derecha, que contesta la globalización por lo alto, acepta sin embargo apriorísticamente la filosofía de fondo, la necesidad de las tesis, los principios filosóficos y las utopías niveladoras; son un ala más del fenómeno globalizador, al que critican errores y horrores... y ni siquiera lo saben.

El internacionalismo proletario de ayer se llama hoy “antiglobal”, aun cuando es cierto que es más global que “anti”.

La derecha (1), que en su origen poseía otros instrumentos conceptuales de comprensión y oposición, partiendo de los estudios sobre el Mundialismo, sobre la Geopolítica, sobre las tradiciones, desarrollados en las obras de los maestros como Evola Guènon, Nietzsche Spengler, Sorokin, Lorenz, Sombart, Weber y otros muchos, se abandonó bien pronto a la NO COMPRESIÓN del fenómeno y a subirse al barco de los ganadores (siempre fue así su proceder), en una regresión política e ideológica respecto a los análisis y las acciones políticas anticipadoras de los años 70 y 80.

Contra todos los nostálgicos

El Fascismo, como fenómeno histórico y político europeo, murió DEFINITIVAMENTE en mayo de 1945, cayendo honrosamente con las armas en la mano, a diferencia del comunismo marxista eslavo-europeo que medio siglo después implotará junto a la URSS y sus satélites.

Y es un hecho irreversible que estas dos formas de modernización y movilización de masas sucumbieron en sus pugnas contra América. Es el modelo americano el que ha triunfado en el siglo XX, dando su impronta a todo el Mundialismo globalizador que hoy arrasa la Tierra.

Geopolíticamente es Eurasia (+ África y América Latina) quien ha perdido, por ahora, en sus confrontaciones contra el “Nuevo Mundo” por un Nuevo Orden Mundial.

El llamado “neofascismo” o “neonazismo” de la segunda posguerra ha sido un gran equívoco, unas veces heroico, otras trágico, y otras también cómico, alimentado en sus puntos más oscuros por los intereses de sus enemigos.

Aquellos que comúnmente viene definido como “extrema derecha” no es sino la expresión del trauma de la derrota militar, de sus caudillos muertos y/o masacrados, abandonados por todos a la orgía del Apocalipsis. La imagen de Mussolini junto a sus jerarcas con los pies hacia el cielo ha pesado como losa en más de una generación política. El 8 de septiembre no sólo representó un vuelco epocal, sino también el fin de Italia como Nación, pasando a ser una simple expresión geográfica ocupada por el atlantismo donde unas pocas decenas de millones de personas hablan más o menos la misma lengua.
La propaganda martilleante de los vencedores señaló a los fascismos como el Mal personificado, hasta el punto que ha hecho a muchos identificarse en este rol invertido, como forma extrema de contestación y auto-reproducción.

La nostalgia, las formalidad exterior, la castrante exaltación de la derrota, los cultos necrófilos del pasado, el “caudillismo” sin Caudillo unido al expontaneismo anarcoide (armado y desarmado), son la expresión de diferentes factores de impotencia política y social, mientras el mundo cambiaba vertiginosamente marginalizando cada vez más a la extrema derecha en los ghettos construidos por sus propias manos. El nostalgismo neofascista es la NEGACIÓN MISMA DEL FASCISMO histórico como movimiento de movilización revolucionaria de las masas, trampolín de las juventudes revolucionarias de toda Europa, basado en el ímpetu vitalista de la mirada puesta en el futuro, en la fanática determinación de morir o vencer en su COMPETENCIA REVOLUCIONARIA con el comunismo bolchevique también revolucionario.

Ambos tienen como referencia el mundo de la primera mitad del siglo pasado. Y consideremos también que estamos hablando de las mejores partes de la derecha y de la izquierda, de aquellas minorías que jamás aceptaron “tout court” alinearse junto al Sistema, convertirse en los guardias de la porra del orden constituido.
Pero aquí y ahora, en los inicios del III Milenio, derecha e izquierda han entendido perfectamente en qué dirección  marcha el mundo, y simplemente han abandonado toda batalla histórica y cultural para pasarse al campo del adversario, del Liberal-Capitalismo, de América, del Sionismo y del Mundialismo.

Estos arribistas no son ciertamente el enemigo principal, pero sí el más cercano, a quienes es típica la máxima ambición de los neófitos mercenarios que desean demostrar al nuevo amo la plena fidelidad del siervo adquirido recientemente.
Las recientes jornadas de Génova, la exaltación de la más bestial represión policíaca, de esos policías cobardes y nocturnos que no tienen el coraje suficiente de descender a la plaza para la batalla directa, el anticomunismo sin  comunistas, la alineación acrítica de todas las iniciativas antipopulares y la perfecta identificación en la política exterior americana y sionista, son hechos claros y evidentes de la mentalidad subyacente al gobierno Berlusconi y sus aliados de la Alianza Nacional, los “postfascistas del neofascismo”.

En otros casos es la representación operística de la acción nostálgica e integrista del mantel y la sacristía, de las cenas y los homenajes cada vez más escondidos para evitar los encuentros con las extrema izquierda parapolicial del Régimen y del Sistema, una confrontación que bien pudiera ser funcional al Sistema si no fuese tan anacrónica e inutilizable por los “servicios” que la gestan dentro y fuera de Italia. Ridículo ese antifascismo de cierta izquierda en tanto que también ridículo el nostalgismo (¿pero a qué demonios se refieren con el “anticomunismo”?) de la derecha más o menos extrema.

Todo a mayor gloria de la raza de los amos que traza los destinos de Italia y de Europa, del mundo entero.

Actualidad de Julius Evola

Habíamos recordado que Julius Evola escribe su “Rebelión contra el mundo moderno” hacia la mitad de los años 30, en un mundo que era bien diferente de nuestros inicios del III Milenio: no existía la energía nuclear y todavía era una hipótesis el uso de la más devastadora ara de ingenio humano; no había televisión, ni ordenadores, ni internet era siquiera imaginado. La aventura del espacio exterior, el hecho de pisadas humanas sobre la Luna o las misiones exploradoras a Marte sólo eran fruto de la imaginación ferviente de los escritores de fantaciencia. No se conocía la estructura helicoidal del ADN, ni podían imaginarse tecnociencias como la biotecnología. La etología estaba por nacer, y los estudios sobre ecología eran cosa de marginales ociosos.

La era de la industrialización avanzaba con pasos de gigante sólo en América y Europa Occidental, donde todavía la mayor parte de la población vivía de la agricultura y habitaba e ciudades a la medida del hombre.

Europa, orgullosa, ocupaba el centro del mundo, con sus imperios coloniales, su cultura decadente, su burguesía.

La globalización estaba en sus inicios, frenada por la existencia de políticas decididas y economías vitales. América todavía estaba lejos de realizar su proyecto de dominio mundial, aunque sus líneas esenciales ya fueron trazadas ideológica y geopolíticamente en los inicios del siglo XIX.

La Iglesia Romana, aunque ya daba los primeros pasos de su irresistible decadencia, era aun un formidable dique de contención detrás del cual se refugiaban pueblos enteros de millones y millones de almas devotas. La economía estaba dominada por los estados “totalitarios” más importantes: Rusia, Alemania, Japón e Italia. Son 70 años de distancia en lo temporal, pero centurias enteras en lejanía mental, organización social, tecnología, relaciones entre economía y política.

Pero aquellos que se atrevan a releer las páginas de Evola descubrirán de golpe la actualidad de sus análisis, especialmente los apuntados en la segunda parte de la obra, la titulada “Génesis y rostro del mundo moderno”.

Sus conclusiones sobre la “decadencia de Occidente”, al igual que aquellas de Spengler, sus juicios categóricos sobre Rusia como patria del capitalismo de Estado y América como hogar del marxismo social realizado, simplemente, aparecen más como profecías que como aserciones, más si tenemos en cuenta que sus profecías no tienen nada de mágico en el sentido banal del término, pero son fruto de un Conocimiento que se funda en los solas cimientos de la Tradición, en la concepción cíclica de la historia.

Esa concepción según la cual nuestro futuro ya está escrito en el más remoto pasado, según la cual nuestras espaldas no están detrás, sino DELANTE de nosotros, en un a-venir más próximo al fin que al inicio de nuestro actual ciclo de existencia, cuya conclusión y cierre determinará un nuevo y radical Inicio.

Como sabemos, Tradición significa “tradere”, transmisión de aquellos Valores que son eternos en cuanto que no son simplemente humanos, que el hombre no ha “inventado”, sino que ha “recibido”; “Tradición” que se actualiza en la historia en forma de manifestaciones diversas, pero muy fácilmente identificables en toda época y en todo lugar. Tradición que es el opuesto metafísico a toda especie de “tradicionalismo”.

Tradición y revolución

LA TRADICIÓN ES REVOLUCIÓN, etimológica y realmente. “Revolución” es “re-volver”, es decir regresar a los Orígenes, pero no antes de haber completado su Ciclo, su rotación su astronómica “re-evolución”.

La verdadera Tradición no tiene nada que conservar, sino que desea destruirlo todo para dar a sí cumplimiento “revolucionario” del ciclo, para preparar un nuevo inicio, una nueva Edad de Oro.

La Conservación es el contrario de la Tradición/Revolución, si es entendida no en el sentido de los Valores sino en aquel del mantenimiento, de la defensa de las estructuras del pasado, de las formas ya superadas, de los reductos vacíos y banales, de las fórmulas y las formas que el tiempo ha reducido a cenizas. Y esto también es válido para las fórmulas políticas y sociales como para las religiones y las culturas que una vez vueltas residuales e inútiles se perpetúan en vanos simulacros. Repetimos: en el mundo moderno no hay nada que conservar, sino todo que destruir.

Comenzando por cuanto de fosilizado hay en instituciones de un pasado apenas distante, que no fueron sino frutos del modernismo de su tiempo: desde los nacionalismos gestados por la “Revolución” Francesa y por los “Inmortales Principios” del 89.

Si la conservación es el contrario de la Tradición revolucionaria, la SUBVERSIÓN, como todos los fenómenos de revuelta en el mundo moderno, es una revolución de signo contrario, una CONTRA-REVOLUCIÓN, siempre en el sentido tradicional del término.

La subversión, en el mismo momento que pretende destruir las formas del presente (y este es su aspecto más positivo), lo hace en nombre y bajo el signo de la “modernidad”, como categoría mental y espiritual.

Esto se traduce no en una aceleración hacia el fin de la presente decadencia y por lo tanto en la precipitación del punto catárquico que señala el paso revolucionario cíclico, sino en un perpetuarse bajo nuevas formas de decadencia, que tenderán naturalmente a cristalizarse en la enésima conservación, hasta la llegada de una ulterior honda subversiva. La subversión tiende a borrar las formas del pasado para conservar la esencia del presente, esto es, el modernismo antitradicional, tratando así de detener el verdadero proceso revolucionario que pueda cerrar el ciclo para abrir uno nuevo. La subversión es, en definitiva, otra forma de conservación.

Una serpiente que continúa mordiéndose la cola

Conservación y Subversión son funcionales la una con la otra en la actual fase del ciclo; también cuando desde un elevado punto de vista metahistórico, el cumplimiento revolucionario de la última fase cíclica está escrito en el Destino: como siempre, “fata volentes ducunt, nolestes trahunt”.

Las consecuencias de estas dos actitudes mentales son diversas y comunes, para los que no quieren ser simples espectadores comunes de los eventos, quienes observan en su misma naturaleza la marca de una impersonalidad activa, la fiereza del guerrero de la Tradición que hoy no puede sino manifestarse en el combatiente político revolucionario.

Valores a parte, lo repetiremos por tercera vez: en el mundo moderno no ha nada que salvar y todo está por destruir. En el mundo moderno, a este final de ciclo, toda destrucción del pasado y del presente es propedéutica al cumplirse el mismo ciclo histórico.

Dos frentes, muchas trincheras

Bajo este punto de vista es consecuente que un verdadero revolucionario vea en todo joven contestatario de la actual situación mundial y nacional un aliado táctico en la obra de destrucción de las instituciones mundialistas, en el asalto contra los gobiernos colaboracionistas del ocupante americano; de “derecha” o de “izquierda”, poco importa en el desenmascaramiento de todo engaño sobre la piel de los pueblos, de TODOS los pueblos.

Motivaciones y fines pueden ser divergentes, pero el Enemigo es único y supera toda barrera ideológica. Sólo quien así razona es un verdadero revolucionario, al prescindir de la revolución que tienen en mente, sin fingir, sin saltos de campo para agradar a quien nos considerará siempre un extraño o un neófito convertido.

Es la teorización de los DOS FRENTES Y MUCHAS TRINCHERAS.

Que cada uno combata al Mundialismo, la globalización, también si tiene una visión limitada de los problemas globales, de aspectos parciales, desde el propio punto de vista ideológico, ideal o existencial: desde la propia trinchera. Pero teniendo al menos bien clara la identificación de mismo Enemigo, que es el enemigo global.
Quien tenga más claros los términos políticos y metapolíticos del combate planetario es también quien tendrá una mayor panorámica del campo de batalla y sabrá mejor conducir una lucha más radical y determinada.

Y el primer paso consiste en dar un nombre y un rostro a un fenómeno que no es anónimo ni hijo de nadie, como quieren hacernos creer los teorizadores del desempeño político, de la retirada a lo “privado”, entre los inputs metapolíticos y prosaicos de la vida del pequeño burgués.

El nombre de la mundialización: Amerika

El Mundialismo moderno es la fase extrema del imperialismo capitalista americanocéntrico en su manifestación más degenerativa, antitradicional, conservadora y subversiva al mismo tiempo.

Los Imperios tradicionales de Europa, después de haber sido la máxima expresión de las formas político-sociales del mundo tradicional, manifestación de la metafísica en el plano físico, se transformaron al final de su ciclo vital en imperialismos y nacionalismos coloniales, invadiendo e infectando el mundo. Ahora, la ley del contrapeso ha querido que sea Europa la vencida y sometida por un veneno que se ha instalado en su seno: América ha vencido a Europa, a toda Europa, también a la de los aliados de ayer, la ha privado de su poder y sus colonias, sustituyendo un neoimperialismo político, económico y mediático.

En términos geopolíticos, el “Mar” ha vencido a la “Tierra”, y continúa avanzando en su interior.

América, en efecto, se ha impuesto también a su rival, Rusia, y los confines de la OTAN avanzan cada vez más hacia el corazón de Eurasia, el HEARTLAND logístico de ex-potencia antagonista.

El Mundialismo, y su manifestación económica y mental, la globalización no podrían existir sin el dominio de una y sola superpotencia que ha impuesto al mundo su predominio militar sobre la tierra, sobre todos los mares, sobre los cielos y sobre el espacio exterior. No existiría sin una moneda única válida en todos los pagos internacionales, sin una lengua común de comunicación, de la diplomacia y de los ordenadores, sin una pseudocultura aceptada y asumida por todos, sin un dominio total de la televisión, el cine, la prensa, internet, etc., por los altos lobbies y las multinacionales con base en los EEUU, fortaleza continental aislada por dos océanos de vasta extensión, brazo armado mundial del SIM, el Superestado Imperialista de las Multinacionales.

“Los Estados Unidos son los grandes defensores de la globalización, y allí donde ésta se ha puesto en práctica, como en las relaciones con México, han aportado un gran bien (...)   Pienso que los Estados Unidos son los primeros en beneficiarse de la globalización, desde el punto de vista de la concurrencia, desde una posición más fuerte respecto a los demás”.

Son palabras de Henry Kissinger, “el judío errante” de las administraciones republicanas, premio Nóbel de la paz (después de haber provocado la guerra Irán-Iraq, con un millón de muertos; o la invasión de Timor Oriental, con el exterminio de un tercio de la población local), autor del reciente libro “¿Tiene América necesidad de una política exterior?”, y sponsor del actual ministro de exteriores italiano en el gobierno Berlusconi.

En el fondo son un eco de las manifestaciones de su compadre literal, George Soros, judío de origen húngaro, especulador capaz de hundir en una sola operación bursátil la economía de países enteros (en el 92 le costó a Italia una pérdida de 40 millardos de liras) y actual co-presidente del World Economic Forum di Salsburgo (“hermano menos estival del Foro de Davos”):

“Creo que la globalización traerá grandes beneficios a un gran número de hombres y mujeres... La liberalización de los mercados y del movimiento de los capitales produce sobre todo beneficios privados a los privados. No se preocupa de quien no puede hacerlo “per se”, de los beneficios colectivos”.

(De su artículo: “La globalizzazione è un bene, i governi imparino a usarla”, “Repubblica”, 3.07.2001).

¡¡¡ Viva la sinceridad !!!

Para el señor Soros y sus afines la globalización, ciertamente, es un verdadero maná del cielo. Últimamente anuncia que desea abandonar las finanzas y dedicarse a “los problemas de la democracia en la Europa del Este”. ¡¡¡ Pobres Eslavos !!!
Del resto, es preciso anotar que uno de los instrumentos que tiene América para imponer su política económica al mundo, además del dólar, es la llamada GLOBALIZACIÓN ASIMÉTRICA, que mientras impone a las economías más débiles (comprendidas también las de los “partners” ricos del Norte del mundo) el liberalismo absoluto en los intercambios internacionales, aplica por el contrario fortísimas tarifas a las mercancías extranjeras más competitivas en el mercado interno estadounidense, en defensa de los intereses lobbisticos de los productores americanos. Una política económica que aplicada a los productos del Tercer y Cuarto Mundo resulta devastadora para las economías más débiles, obligándolas a importar productos made in USA sobre los cuales América se niega a pagar impuestos.  
Los alegres muchachos de Robin Hood robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Amerika roba a los pobres para dárselo a los ricos.

Cómo prepara América la III Guerra Mundial

Pero existe un nuevo peligro, que viene acentuándose en los hechos recientes de la nueva Administración republicana de Bush II: el relanzamiento de la carrera armamentista para sostener el gigantesco complejo militar-industrial de los EEUU.
Esta es una deuda que busca sobre todo favorecer a los lobbies bélicos y al Pentágono, que han abastecido de personal al nuevo Bush con el viejo staff republicano del padre y otros predecesores.

Se busca así prescindir de los riesgos evidentes de una política de paz y estabilidad internacional, el riesgo de hacer colapsar una economía que estaba en plena crisis, con la creación de un arsenal costosísimo e hipertrófico, a más de completamente inútil en un sistema internacional que ve en los EEUU al día de hoy la única superpotencia mundial.

Esta es la tesis de Chalmers Johnson en su obra “Los últimos días del imperio americano”.

En este libro se proyecta un posible fin de los Estados Unidos muy similar al colapso implosivo de la URSS, en el momento en que se hizo evidente que su esfuerzo militar no era compatible con las estructuras económicas internas y se había demostrado inadaptado a la estrategia contemporánea (derrota en Afganistán, Polonia, Medio Oriente, etc.).

La caída del imperio americano no sería ciertamente una pérdida para el resto del mundo, sino al contrario el inicio de un nuevo renacimiento de los pueblos y de las naciones, si no fuese por el hecho que la globalización americanocéntrica lo ha vinculado todo a la economía y a la política estadounidense, hasta el punto que la crisis general del capitalismo USA representaría contemporáneamente LA Crisis Mundial por antonomasia, frente a la cual aquella del 29 sería una tempestad en un vaso de agua.

Es seguro que América, frente a la perspectiva del desastre económico interno que, simplemente, en aquel tipo de sociedad representaría el fin de los EEUU como entidad política unitaria, estaría dispuesta a desencadenar un conflicto mundial sobre el cual descargar las tensiones internas y en el cual desgastar los armamentos cuya construcción habría determinado la misma crisis (3).

El libro de Johnson había anticipado la crisis con China por la cuestión crucial de Taiwán y el control del Pacífico Nororiental.

En estos momentos, una vuelta al imperialismo militarista e intervensionista sería la válvula de escape del capitalismo en su fase extrema y más agresiva, con la variante que esta vez sería la Alta Finanza quien conduciría el juego y el teatro sería más o menos todo el planeta en su conjunto, planeta que amenaza con la caída en el completo caos seguido de la caída del imperio americano.

Si el Mundialismo es también fruto degenerado del nacionalismo, del imperialismo colonial vuelto en su aparente opuesto, pero en realidad interno a la lógica mercantilista antitradicional que presidió el nacimiento y la afirmación de los imperios coloniales europeos, la solución al problema no puede sino regresar a su lugar de partida: EUROPA.

Europa, Imperio y geopolítica

Es decir, en un IMPERIO EUROPEO autocrático, autárquico, armado. En una concepción imperial, tradicional, revolucionaria y geopolítica como respuesta al imperialismo del mundo unipolar, “modernista”, conservador del estado global actual.
Recordemos las palabras de Evola:

“Después, los imperios serían suplantados por los “imperialismos”, y ya no sabrán nada del Estado si no fuera como organización temporal particular, nacional y después plebeya”.

Una Europa Unida que retorne a sus raíces más profundas, a sus orígenes polares, que encuentre en su Tradición las fuerzas para levantar la bandera de la liberación continental y planetaria contra el Mundialismo. Y que tenga en la visión GEOPOLÍTICA, es decir, en la conciencia histórica y geográfica de sus élites y de sus pueblos, el arma con la que combatir las utopías del mundo moderno y las amenazas de los potentados mundiales.

Una Europa similar ciertamente no tiene nada que compartir con la actual Unión Europea, apéndice atlántico de la talasocracia americana; la geopolítica, la historia, la ideología de nuestros actuales ocupantes son necesariamente conflictivas y antagonistas con las de Europa.

En términos geográficos, históricos y culturales, la unidad del continente Europa abarca también su parte oriental, especialmente con Rusia, quien representa en la perspectiva geopolítica las garantías necesarias en términos militares y la complementariedad en los aspectos económicos: la potencialidad del ESPACIO VITAL.

La Europa desde Brest, desde Lisboa y desde Reykiavik hasta Vladivostok, Desde Thule, en Groenlandia, hasta Bering, en la punta extrema oriental de Siberia, con eventuales bases avanzadas más allá del estrecho, no es una Utopía, sino una simple necesidad para garantizar nuestra misma existencia.

Sólo entonces tendremos la ocasión de verificar una reacción vital de los pueblos europeos. Y ciertamente no es quizás de Occidente, sino de Oriente y de Rusia de donde puede llegar la esperanza; y por la otra parte Rusia es impotente sin el concurso de Europa Occidental, única salida a los mares cálidos de la potencia del Heartland continental. Estamos unidos en una misma suerte.

Si, como hemos dicho, el Mundialismo actual se identifica total y completamente con el imperialismo americano, hasta el punto de hacer conmutativa la ecuación Mundialismo = Americanismo, loa respuesta POSIBLE no puede sino ser una Europa Unida e Independiente, soberana y autárquica en sus necesidades primarias.
El “One World” que se proyecta como el mejor de los mundos posibles tiene un centro: el ombligo del mundo unificado está en los EEUU. En particular, el financiero y político en la franja costera que va desde Nueva York a Washington; el cultural entre Los Angeles y San Francisco; y el económico-industrial en la región de los Grandes Lagos de Chicago y el Texas.

Si la amenaza destructiva de la superpotencia USA, como instrumento del plan mundialista de dominio, es global, también global debe ser la lucha de los pueblos libres, reunidos en áreas geopolíticas y culturales afines.

La nueva Tricontinental

Europa, para ser libre, deberá ponerse a la vanguardia de las luchas de liberación del Sur del mundo: de América Latina, hoy reducida a patio trasero del imperialismo gringo; del África “negra” Subsahariana; del Asia Exterior “amarilla”, con China a la cabeza; del Subcontinente Indoario; de la Umma Islámica.
Por lo tanto es también nuestra la lucha del pueblo palestino, árabe, contra la presencia sionista en Palestina y en Medio Oriente.

Israel es el portaviones armado del imperialismo talasocrático USA en el mismo corazón de la masa continental eurasiático-africana, en la confluencia de los estrechos de los mares internos y de las rutas del oro negro de la energía mundial.
La misma existencia de Israel representa un peligro mortal para la Unidad Europea, igual que para la Árabe, la Indoaria o la Africana.

La eliminación del bastión sionista en el Mediterráneo es y será una prioridad estratégica para todo gobierno y estado que pretenda combatir contra el Mundialismo, por la unidad continental geopolítica.

En el mundo global no pueden ignorarse situaciones geoestratégicas aberrantes también en las antípodas del planeta.

Pero las pequeñas naciones siete-ochocentistas no pueden ciertamente competir con las grandes potencias continentales.

Mario Vargas Llosa, por otra parte uno de los grandes intelectuales orgánicos apologistas de la globalización, ha afirmado recientemente:

“La realidad de nuestro tiempo es la de un mundo en el cual las antiguas fronteras nacionales se han difuminado gradualmente hasta establecer en los países de los cinco continentes unas interdependencias que se oponen frontalmente a la vieja idea del Estado-nación y a sus prerrogativas tradicionales”.

(De su artículo: “Quello che resterà del nuovo Sessantotto” – Repubblica, 7/8/2001)

El escritor politicastro no se olvida de anotar que el sistema democrático (es decir: los EEUU) ha derrotado a los grandes regímenes totalitarios del siglo XX, el Fascismo y el Comunismo, señalados aquí como las únicas serias tentativas antimundialistas, respecto a las utópicas veleidades del “pueblo de Seattle”, destinado a ser reabsorbido en el Sistema como ya lo fueron los contestatarios del 68. Un Sistema del cual Vargas Llosa se reconoce como componente interna aun disintiendo de los medios.

Añadiremos por nuestra parte que los mismos “fascismos” y “comunismos” deben en gran parte su derrota al hecho de nunca haber comprendido en su plena totalidad la globalidad de la lucha, ni las intenciones reales de la potencia americana en el mundo. Acabaron destruyéndose entre sí, permitiendo al imperialismo USA batirse, en tiempos separados y con instrumentos diversos, con el único objetivo histórico de dominar la tierra.

Que las unidades geopolíticas y culturales en el futuro de la política mundial no son una mera hipótesis de estudio, fruto de un academicismo politológico o una utopía incapacitante, son los mismos teóricos de la supremacía americana quienes vienen a decirlo. El trilaterista Samuel P. Huntington es el portavoz de varias asociaciones americanas que trazan las líneas estratégicas generales de las barras y las estrellas para el siglo XXI.

En su celebérrimo ensayo “El choque de las civilizaciones y el Nuevo Orden Mundial”, el autor diseña el cuadro de un mundo futuro dividido en grandes áreas geográfico-culturales, en cuyo ámbito prima el principio de “no ingerencia” por parte de las potencias externas. Escribe Huntington:

“Bajo el empuje de la modernización, la política planetaria se está reestructurando según el modelo de la líneas culturales. Los pueblos y los países con culturas similares se avecinan. Las alianzas determinadas por motivos ideológicos o por las relaciones entre las superpotencias dejarán el campo a las alianzas definidas según culturas y civilizaciones”.

“Los límites políticos serán rediseñados afín de que coincidan con las grandes áreas de civilización. Las comunidades culturales sustituirán a los bloques de la Guerra Fría y las puntos donde se intercepten las líneas entre las civilizaciones estarán los puntos conflictivos de la política global”.

Ciertamente Hungtinton escribe como un americano, y su concepto de Civilización tiene muy poco que ver con aquel de la tradición europea o sinojaponesa o árabe-islámica etc. Es más, según la lógica geopolítica atlantista de sus patrocinadores, Europa debe estar unida a los EEUU y separada de su “Hinterland” natural oriental del mundo eslavo-ortodoxo.

Por lo demás, ya la escuela geopolítica de Haushofer había previsto un mundo de unidades continentales (en el sentido que la geopolítica da al término “continente”, que no coincide necesariamente con la subdivisión escolástica en la cual fuimos todos adoctrinados en la enseñanza primaria); pero Huntington, obviamente, no menciona este hecho en ninguna palabra.

Geopolítica y lucha de liberación

Las unidades geopolíticas y culturales de tipo imperial son pues la realidad de la subdivisión planetaria del futuro, y responden a una exigencia real de la Historia y de la Geografía.

La geopolítica, criminalizada durante años como “pseudociencia nazi” ha conocido un nuevo auge tras el fin del bipolarismo USA-URSS y el nacimiento de nuevas naciones y nuevas realidades supranacionales, como el Islam Revolucionario, el despertar de China o la nueva y asombrosa vitalidad del Hinduismo.
En el momento actual, a la inversa, Europa, englobada en la OTAN, no es otra cosa que un territorio de ocupación, “tercera orilla” oceánica de la potencia aéreo-marítima dominante, frente avanzado del imperialismo talasocrático americano en su penetración hacia el corazón continental de Eurasia: el Heartlan rusosiberiano.
En un contexto tal, TODOS los ejércitos y policías, TODOS los servicios y las estructuras políticas de las naciones europeas están al servicio de Washington, estructurados y armados en función de los intereses estratégicos de intervención rápida del imperialismo americano en todos los ángulos del mundo.
Y como tal deben ser considerados por todo verdadero revolucionario y patriota europeo: como COLABORACIONISTAS DEL ENEMOGO OCUPANTE; y tratados como tales.

En el fondo, la guerra contra Europa aun está por concluir.

La OTAN, lejos de ser una garantía de defensa, es la materialización del instrumento de dominio americano sobre Europa, en particular ahora que ya no tiene justificación el baluarte anticomunista y antisoviético.

La experiencia de las guerras balcánicas y el ataque criminal a Serbia son sólo los últimos trágicos hechos expuestos a los ojos de todos. Y la vergüenza del Tribunal Internacional que La Haya consiste en procesar a los vencidos en nombre de los verdaderos criminales de guerra mundiales, como no otra cosa representó la otra vergüenza histórica de los tribunales de Nuremberg y Tokio.

Con la teorización de las “intervenciones humanitarias”, los Estados Unidos se han autoproclamado policías mundiales contra los “criminales” internacionales de turno, elegidos sobre la base de los intereses de la estrategia militar y política del Pentágono: ayer fueron Hitler, Mussolini, Stalin y el Japón; hoy son Irán, Libia, Corea o más simplemente Saddam Husein, Milosevic o Bin Laden.

La globalización

Para retornar a las proposiciones de la unidad geopolítica autocentrada, señalamos que ésta también representa la respuesta al falso problema de la dicotomía entre GLOBALIZACIÓN y LOCALIZACIÓN.

El mundo moderno siempre ha tendido a abatir toda barrera nacional (internacionalismo, gobierno único mundial...) cultural (uniformismo de las costumbres, de las modas, de la música, de la comida, de internet, etc.), económica (globalización de los mercados, liberalismo absoluto) religiosa (sincretismo, fraternidad universal, modelo monoteísta único), etc...; y en tal sentido se expresa el proyecto mundialista de una cultura unipolar, modelada bajo el “american way of life”.

Por otra parte, la natural resistencia de los hombre sanos y de los pueblos todavía vitales va en el sentido aparentemente opuesto: el localismo, el retorno a los valores de la tierra, cuando no de la sangre.

Se recomponen usos y costumbres, tradiciones locales o recetas, se restablecen los modos vivenciales de relaciones armónicas con la naturaleza propias del precristianismo.

Hasta acabar con las reivindicaciones de autonomía o independencia de las “patrias chicas”, con el renacimiento de lenguas perdidas, el estudio de la historia perdida y de los símbolos y las banderas olvidada.

Un fenómeno en gran parte positivo, pero en muchísimas ocasiones instrumentalizado por los lobbies mundialistas, unas veces siendo utilizado como simple folklore pasadista y otras como instrumentos de debilitación interna de la política nacional, cuando ésta no se pliega completamente a los deseos y valores de los autonombrados patrones del mundo.

El teórico de esta tendencia “localista”, junto a los varios Iván Illich, Vandana Shiva o Bové, es el ecologista inglés Edward Goldsmith, autor del ensayo “Glocalismo”, donde apunta la tendencia global al localismo en el mundo.

En una reciente entrevista (“La Stampa”, 15/7/2001), el teorizador de las comunidades estables, territoriales, tradicionalistas, autorreguladas y con tendencia al crecimiento cero, afirma:

“Se quiere crear un paraíso para las multinacionales, disolviendo las reglas y leyes que protegen a los pobres y a las comunidades locales. El G8 lo hace sistemáticamente... Creo en los deberes hacia la familia y hacia la comunidad de pertenencia, el las ideas de religión y de tradición. Me parece Horrible la sociedad individualista, atomizada, masificada. No existe libertad que pueda oponerse al consumo de Coca-Cola, a los organismo genéticamente modificados, al MacDonald´s”.

Y sigue:

“La globalización es un fenómeno temporal, que no puede durar... La política de Bus avanza hasta la extinción de la humanidad; pero en tal caso no quedará ni siquiera la economía... no quedará nada... Debemos preparar a las gentes para el colapso de este Sistema, porque éste llegará inevitablemente según su propia lógica.”

Palabras donde nos identificamos completamente y que lanzamos a quienes nos acusan de catastrofismo apocalíptico.

Habrá que ver cómo conciliar las ideas de Goldsmith con las de los globalizadores de lo bajo, los postmarxistas, los internacionalistas y los cristianos de base, es decir, con las ideologías internacionalistas y mundialistas por excelencia... Y también con las de Bové o del subcomandante Marcos, llegado como revolucionario desde la selva lacandona de Chiapas con “El Capital” bajo el brazo... para convertirse a las visiones del “Popol-Vuh”, el texto sagrado de los mayas.

Es noto que, entre los padres nobles del movimiento antiglobal, se insertan también nombres bastardos, viejos y nuevos, en un “totum revolutum” de Marx a Keynes, de Rousseau a Russell, de Morel a Marcuse, de Tolstoi a Trostki, hasta acabar con los más actuales McLuhan y Jeremy Rifkin, quien ha popularizado el término “Ecocidio”, Vandana Shiva Luther Blisset y, obviamente Noam Chomsky y Naomi Klein, la iluminada autora del libro y de la campaña contra los “copyrights”, “No Logo”.

No podemos olvidar a los religiosos y teólogos, desde la Madre Teresa de Calcuta (inolvidable, por cierto, en todas las salsas) a Hans Küng y Leonardo Boff. Extraño que... no se hable mucho de Hakim Bey (alias de Peter Lamborn Wilson), teorizador de las “TAZ” (“Zonas Temporalmente Autónomas”), una de las lecturas preferidas en las franjas duras del anarco-insurreccionismo del movimiento antagonista; un sufí que propone una lectura anarco-nihilita del materialismo marxista pero también de... la diosa Kali, bajo el signo de la destrucción total de todo aquello que el pensamioento tradicional define como el “Kali-Yuga” la Era de Kali, esposa de Shiva, destructora pero también restauradora (4).

Y nos queda el hecho que el “DIFERENCIALISMO IDENTITARIO”, la localización, el particularismo etnogeográfico no puede contrastar la Globalización impuesta, el proyecto Mundialista, sólo recluyéndose en lo particular, oponiendo las pequeñas comunidades y las economías aldeanas al extrapoder económico y político, por no decir militar del mundialismo y de sus siervos. Sólo proyectando una obra de destrucción total (absolutamente necesaria, y prioritariamente indispensable) de las estructuras del mundo moderno, se podrá proyectar y preparar la alternativa a la globalización, y no la globalización alternativa.

Comunidad, nación, Imperio

Ni, al contrario, podemos quedarnos en la espera de la crisis estructural del Sistema mundialista, que, ciertamente, ES el destino del Capitalismo Financiero Internacional, el cual tiende por su propia lógica al colapso, como justamente dice Goldsmith.

Las naciones nacidas de la Revolución Francesa y de la descolonización de la posguerra son instrumentos políticos inadecuados para afrontar el fenómeno; por cuanto menos lo son entonces las microcomunidades de cualquier género, si no se insertan en una unidad orgánica más grande, más compleja y completa, garante de las especificidades locales y de la defensa común.

Sobre el problema de las relaciones entre “nacionalidad”, “nacionalismo” e “imperio”, es necesario regresar a la obra de Evola “Rebelión contra el mundo moderno”, que también en este campo anticipaba en decenios las críticas al nacionalismo que, entre el histerismo de las masas y de las guerras civiles europeas, ya excavaba la fosa del siglo en curso.

Y sobre esa fosa, el Mundialismo ha colocado su lápida.

La solución al problema de superar la Globalización Mundialista, de la defensa de las particularidades locales frente a la homologación planetaria final del capitalismo, no puede ser otra sino la Europa Unida del Atlántico al Pacífico, del Polo Norte al Mediterráneo, de Brest a Vladivostok y de Narvik a Gibraltar; la Europa de las cien banderas y de las estructuras sistémicas de las comunidades particulares, de la familia a la ciudad, de la ciudad a la región, de la región a la nación y de la nación al Imperio, en una Europa unitaria en sus raíces étnicas y espirituales, ocupando un vasto espacio geopolítico delineado y económicamente autárquico, dotada de los medios de defensa necesarios para garantizar su soberanía.

Esta es la esencia del IMPERIUM tradicional, descrito por Evola y conocido por todas las auténticas Civilizaciones.

Porque la unidad del Imperio viene ante todo dada por las élites espirituales, políticas y militares de los pueblos componentes del mismo Imperio, portadoras de una visión anagógica, espiritual, geopolítica, metapolítica y metafísica, que compenetra y supera los intereses de los pueblos comprendidos en los confines imperiales, cada uno dotado de su propio DOMINIUM, de sus modos y vidas y de su propio espacio geográfico particular subsidiario.

La solución más realista del drama de nuestro tiempo reside en la sabiduría de los principios de la Tradición que, en cuanto tal, no es ni antigua ni moderna, porque es eterna. “No sigo a los antiguos, busco lo que ellos buscaron”, es el lema del hombre de la Tradición.

El retorno de la Gran Política

Se habla mucho del retorno de la política, de su reconquista del puesto que le corresponde sobre la economía.

Pero sólo si se comprende la verdadera naturaleza del Mundialismo, que no es sólo ni mucho menos sobretodo un fenómeno de naturaleza económica, podrá oponerse una alternativa válida, política y socioeconómica, al proyecto de dominio de una restringida, “electa” oligarquía plutocrática, pero también portadora de una bien específica “contra-tradición” religiosa y cultural: una “visión del mundo” global y globalmente antagonista a la de los pueblos.

Sobre el tipo de lucha a contraponer nos permitimos aconsejar al lector a otros trabajos precedentes, en particular al titulado “Doctrina de las Tres Liberaciones” (5): Liberación Nacional – Liberación Social – Liberación Cultural en el cuadro geopolítico europeo y en una perspectiva de guerra total Mundial-Tricontinental de los pueblos contra el imperialismo americano.

Pero antes de toda acción en el campo práctico será necesario aclarar inequívocamente los términos del problema, los actores reales sobre la escena nacional y mundial diferenciándolos de los ficticios, los hombres y las instituciones, los partidos y movimientos que están al servicio del proyecto mundialista.
Y para este análisis las viejas y abusivas terminologías ya no tienen sentido, no sirven para el fin que un día sirvieron: “derecha”, “izquierda” fascismo/antifascismo, comunismo - anticomunismo, democracia - totalitarismo, nacionalsimo - internacionalismo, son todas palabras que pertenecen a una época y a una política del siglo pasado.

El que ahora se utilicen con fines polémicos y/o apologéticos, sólo tienen la finalidad de desviar la atención de la realidad actual, de las perspectivas de agregación y de la lucha del mañana.

El cuadro del conflicto y sus protagonistas

Evola ha mostrado cómo, al contrario, también los términos exactos pertenecen a la Tradición Una, en cuanto desvinculados de las contingencias de lo temporal y lo pasajero, de lo provisorio y lo inesencial, que pueden transmutarse de época en época en “palabras de orden” para la lucha, en “Mitos de referencia capacitantes” en las perspectivas reales de lucha, para aquellos que quieran ser protagonistas de su propio tiempo, también en la época de la disolución y del fin de ciclo, cuya duración, por otra parte, no podemos determinar.

Estemos siempre atentos frente a aquellos que niegan la existencia de los “mitos capacitantes”, como anuncian los hombres incapaces de actualizar una Realidad precisamente por su propia naturaleza atemporal y metapolítica, aquellos cuyo limitado horizonte mental les resguarda en un estéril nostalgismo y en la impotencia política, cuando en la defensa de las instituciones del pasado. Estas limaduras de hierro preceden a la calamidad cuando no saben ejercitar su fuerza natural atractiva.

Y aquí hay que incluir a todos los que exaltan un pasado lejano del cual son indignos representantes, pues lo niegan en los hechos llevando agua y energías al molino de un enemigo secular, el mismo de ayer, de hoy del próximo mañana.
No son útiles los partidarios de una contestación humanista, reformista cristiano-laico-progresista, en cuyos últimos principios ya se manifiestan claramente los gérmenes y las patologías del mal que se quiere combatir.

No son útiles los partidarios de la lucha simplemente destructiva de los “casseurs”, de los anarquistas y nihilistas de toda especie, cuyo verdadero límite no está en la modalidad de acción (¿Qué son y qué cuentan, respondemos a los que se escandalizan, cuatro cristales rotos de oficinas de banca o de dos MacDonalds en el conjunto de los crímenes de la banca y las entidades financieras?), sino en la falta de perspectivas revolucionarias y en la fisiológica negación de una alternativa posible.

También si, en este casi, las convergencias tácticas son posibles y auspiciadles, pero sin retar la propia identidad política y Cultural en sentido lato.
Si las derechas del Sistema forman parte del frente enemigo del Mundialismo en el poder, los antiglobalizadores, en sus variantes de todos los colores del arcoiris, representan una contestación INTERNA al Sistema globalista, lo cual no es propiamente una contestación.

En el esquema ideal de los “dos frentes muchas trincheras” mientras la derecha reaccionaria se coloca claramente en el frente opuesto, los jóvenes contestatarios lo hacen en nuestras trincheras vecinas, pero carecen de un cuadro claro y general de las fuerzas en lucha y de las estrategias a emplear. Esto lo saben muy bien los estrategas del enemigo mundialista y lo usan para desviar las energías revolucionarias positivas hacia falsos objetivos.

Para los que son conscientes de todo esto se trata ahora de asumir una posición lo más firme y RADICAL contra todas las expresiones políticas, sociales, científicas, espirituales... del moderno mundo globalizado. Un tradicionalista revolucionario, lo repetiremos hasta la nausea, no tiene nada que salvar del mundo moderno, sino todo que destruir, comenzando por los residuos y las ruinas de un pasado que no pertenece al mundo de la Tradición sino a una fase precendente y ya superada de la decadencia.

Fuertes en una recta Doctrina y en un análisis racional histórico y geopolítico, conscientes de saberse en batalla por la justa causa de los pueblos, en una visión global del mundo y de la historia ofrecida en las enseñanzas tradicionales de los maestros como Evola, Guénon, Béla Hamvas (el autor de  “Scientia Sacra”), y tantos otros, los jóvenes revolucionarios antimundialistas del mañana deben colocarse a la vanguardia y no en la cola de la guerra contra la globalización, en todas sus formas de manifestación, que obviamente no son sólo económicas y políticas, sino también existenciales, espirituales y naturales.

Hemos de dar respuestas y propuestas a todas las protestas, en todos los campos: en la salud ambiental, en el mundo laboral, en la inmigración y en el débito mundial, en la alimentación y en el comercio, en la genética y en la ecología, en la informática y en la etología, en el animalismo y en mil campos más... en todos en su conjunto y en la visión del mundo en general. Sin seguir histéricamente al último capitoste que aparezca en escena, porque los líderes deben ser pasar los firmes y férreos procesos de selección antes de ser reconocidos como portadores de la “potestas”.

De cualquier forma que se lo quiera llamar, debe nacer una COORDINADORA ANTAGONISTA  REVOLUCIONARIA entre todos aquellos que coincidan en una visión tradicional, anagógica de la vida y del mundo, y que tengan la voluntad de aplicarla en la lucha cotidiana; una cotidianidad que sea vivida bajo el sello de lo Absoluto, no el empeño de un día o de un año, sino la determinación de toda una vida.
Quien sepa portar en sí mismo tal determinación puede estar seguro de verse acompañado de un número siempre creciente de jóvenes y menos jóvenes, que verán en él un signo, un impulso, una bandera por la cual lanzarse a la batalla.

Evola como maestro de lucha y victoria

Evola no fue el ideólogo de la retirada estratégica, del olvido, de la reclusión monástica, del gesto desesperado, valeroso, pero sin fin en sí mismo, no fue ningún anarquista místico. Toda su vida y su obra, antes y después de las Guerra Mundiales, son un testimonio de empeño, sin exaltaciones improvisadas.

Evola fue un verdadero revolucionario, también mientras estuvo inmóvil, incapacitado en su silla de ruedas, y lo demuestra el hecho que supo mirar a lo lejos y prever la realidad en la cual estamos hoy inmersos. Prever y prevenir, ofreciéndonos los instrumentos teóricos para combatir el mundo y el mundialismo modernos.

El Sistema mundial es mucho más frágil de lo que pretende hacernos creer. Su caída no será prolongada en el tiempo, no será una larga decadencia, sino un derrumbarse inmediato, más veloz que ese gigante con pies de barro que fue la extinta URSS al finalizar el pasado milenio.

Se trata ahora de acelerar en lo posible las contradicciones internas del Sistema, contradicciones que siempre se presentan en todo fenómeno de mutación histórica.
Exponer las contradicciones, aportar las contraposiciones, trasladar las contraposiciones EN el Sistema a oposiciones AL sistema. Mostrar a los pueblos toda la fragilidad estructural de este mundo globalizado y asqueroso.
Primer imperativo: cambiar el signo de la movilización; del “-“ de una globalización al negativo, a lo bajo, al “+”, positivo, de una lucha sin tregua al Mundialismo, empezando POR la Liberación Nacional, Social, Cultural, europea y mundial.
Y no antes de haber hecho limpieza general en la plaza de todo presente y pasado.
Este es el verdadero “nihilismo activo”.

Siempre Evola, en las conclusiones de “Rebelión contra el mundo moderno” afirmaba:

“Se trataría de asumir, con una especial orientación interior, los procesos más destructivos de la era moderna para usarlos a los fines de una liberación, como en una acción de retorcer el veneno en contra de sí mismo o en un “cabalgar el tigre”.

¿Y qué puede ser más radical y toral en la lucha contra el mundialismo moderno que tener un firme punto de referencia, bien diferente de las contingencias históricas del momento?

Aquel que no se resguarda entre los confines del espacio y del tiempo, sino que se percibe como un anillo de la cadena ininterrumpida de la una concepción circular de la Historia, ése sabrá siempre ser la VANGUARDIA de las nuevas generaciones que, justo en el momento de las mayores tinieblas de la homologación y de la aniquilación, sientan ahora la llamada de la “Rebelión...”, la necesidad ética del empeño en la defensa de los oprimidos, la necesidad física de vivir para luchar y luchar para vivir.

Ezra Pound definió al comunismo como una ética y al fascismo como una estética, y al capitalismo como una práctica.

Ahora sen trata de fundir ética y estética en la lucha contra el capitalismo, redefinido como una “práctica” suicida para todos, también para aquellos que lo defienden, sea consciente o inconscientemente.

Como bien dijo uno de los verdaderos revolucionarios del siglo XX, Ernesto “Che” Guevara:

“Necesitamos sentir como si fuese en el propio rostro el bofetón dado a todos los hombres, y obrar en consecuencia”.

Para el resto, quieran o no quieran, la generalidad de los problemas y los peligros ahora globales, hará inútil que se refugien en su mísero egoísmo, en su vivir pequeñoburgués ideológico y social, porque el suicidio colectivo a todos incumbe, y las grandes revoluciones a todos dividen en dos categorías: los revolucionarios y los contrarrevolucionarios.

Hombres como Julius Evola, como Friedrich Nietzsche y tantos otros que nos han dado los instrumentos de estudio, de análisis del mundo actual, pueden ser transformados en armas válidas de lucha y victoria.

¿Quién sabrá asumir su legado con verdadera IMPERSONALIDAD ACTIVA, con ánimo noble y voluntad adamantina, en comunión con otros tantos hombres y pueblos del planeta que en todos los rincones alzan la cabeza, elevan la vos y levantan el puño al cielo?

La posibilidad, también la necesidad, de un nuevo calarse en Lo Político, en el empeño militante total, en la guerra contra el mundialismo moderno, traspasa los límites geográficos y mentales, asumiendo el dicho que “allí donde se combate por la idea, allí está la Patria”, con firmeza y coraje, en el convencimiento de vencer al burgués que se anida en cada uno y que es preciso exorcizar rechazando todas las poses retóricas, los heroísmos de opereta, los escenarios de juego de rol.
“Propiciar –escribía Evola- experiencias de una vida superior, una superior libertad... Es la prueba”.

“Y que ella sea completa, resolutiva, es lo propio de una vocación heroica, capaz de afrontar la ola más alta sabiendo que dos destinos posibles están a igual distancia: el de los que terminarán con la misma disolución del mundo moderno, y el de quienes verán el surgir de la nueva corriente”.

Y ahora, dejemos las palabras y vayamos a los hechos.

 

Notas

(1) Carlo Terracciano escribe aquí, en el original, “Destra” con mayúscula, evidentemente refiriéndose a la antigua “área misina” italiana, y en particular al grupo de Gianfranco Fini, la “Alleanza Nazionale”, a la que acusa de entreguismo al Sistema. En ocasión semejante, Terracciano ha escrito: “Y este es el juicio definitivo y sin apelación para los “postfascistas” del “neofascismo”, aquellos que apelan al “área” precisamente en cuanto que lanzan palabras al aire” (N. del T.)

(2) El término “Amerika”, con “k”, es nuevo y corriente en Italia como calificación despectiva de los EEUU (N. del T.)

(3) Profético, si se considera que este artículo tiene una fecha de redacción de pocos meses antes de los sucesos del 11 de septiembre.

(4) Carlo Terracciano nos relata que estos datos han sido extraídos del forum telemático de Luigi Leonini, donde se dio nota de las críticas del “izquierdista” Blisset a Hakim Bey, considerado casi un “nazifascista”.

(5) En el original italiano, en la dirección electrónica: http://utenti.tripod.it/ArchivEurasia/terracciano_rr.htm

 

 

Metafísica de la Guerra.

Metafísica de la Guerra.

Biblioteca Evoliana.- Esta serie de artículos pueblos publicados en el año 1969 en la revista tradicionalista italina "ll Conciliatore". Las ideas que se encuentran contenidas en esta serie de artículos que se han reeditado en varias ocasiones con el título de "Metafísica de la Guerra", ya habían sido detalladas especialmente en "Revuelta contra el Mundo Moderno". Estos artículos son interesantes en la medida en que resumen de manera extraordinariamente precisa las distintas tradiciones guerreras y el sentido de la "guerra santa". En este sentido, tanto la recopilación como el título que la preside son extraordinariamente ajustados y precisos. Es una exposición de la doctrina de la guerra en las civilizaciones tradicionales.

 

METAFISICA DE LA GUERRA

I

El principio general al cual apelar para justificar la guerra en el plano de lo humano es el "heroismo". La guerra, según esto, ofrece al hombre la ocasión de redescubrir al héroe que anida en él. Rompe la rutina de la vida cómoda y, a través de las más duras pruebas, favorece un conocimiento transfigurante de la vida en función de la muerte. El instante final en el cual un individuo debe comportarse como un héroe es el último de su vida terrestre y pesa infinitamente más en la balanza que toda su existencia vivida monótonamente en la agitación incesante de las ciudades. Esto es lo que compensa, en términos espirituales, los aspectos negativos y destructivos de la guerra que el paternalismo pacifista pone unilateral y tendenciosamente de relieve. La guerra, estableciendo y realizando la relatividad de la vida humana, estableciendo y realizando también el derecho de un "más allá de la vida", tiene siempre un valor anti-materialista y espiritual.

Estas consideraciones tienen un peso indiscutible y dejan cortas todas las demagogias del humanitarismo, los lloriqueos sentimentales y las protestas de los paladines de los "inmortales principios" y de la internacional de los "héroes de la pluma". Mientras tanto, es preciso reconocer que para definir bien las condiciones por las cuales la guerra se presenta realmente como un fenómeno espiritual, se debe proceder a un examen ulterior, esbozar una especie de "fenomenología de la experiencia guerrera", distinguir las diferentes formas y jerarquizarlas para dar todo su relieve al punto absoluto que servirá de referencia a la experiencia heroica.

Para ello es preciso referirse a una doctrina que no tiene la estructura de construcción filosófica particular y personal, sino que es, a su manera, una referencia de hecho positiva y objetiva. Se trata de la doctrina de la cuatripartición en todas las civilizaciones tradicionales que da origen a cuatro castas diferentes: siervos, burgueses, aristocracia guerrera y detentadores de la autoridad espiritual. No debe entenderse por casta, como hace la mayoría, una división artificial y arbitraria, sino el lazo que une a los individuos de una misma naturaleza, un tipo de interés y de vocación idéntica, una cualificación original. Normalmente, una verdad y una función determinada definen cada casta y no lo contrario. No se trata pues de privilegios y de formas de vida erigidas en monopolio y basadas en una constitución social conocida, más o menos, artificialmente. El verdadero principio del que proceden estas instituciones, bajo formas históricas más o menos perfectas, es que no existe un modo único y genérico de vivir su propia vida, sino un modo espiritual, es decir, como guerrero, burgués, siervo y, cuando las funciones y reparticiones sociales corresponden ciertamente a esta articulación, según la expresión clásica, estamos ante una organización "procedente de la verdad y de la justicia".

Esta organización se convierte en jerárquica cuando implica una dependencia natural -y con la dependencia la participación- de modos inferiores de vida de aquellos que son superiores, siendo considerado como superior toda personalización de un punto de vista puramente espiritual. Solamente en este caso, existen relaciones claras y normales de participación y subordinación, como lo ilustra la análoga ofrecida por el cuerpo humano: allí donde no hay condiciones sanas y normales, cuando el elemento físico (siervos) o la vida vegetativa (el burgués), o la voluntad impulsiva y no controlada (guerreros), asumen la dirección o la decisión en la vida del hombre, aparece el caos; pero cuando el espíritu constituye el punto central y último de referencia para las facultades restantes, a las cuales no les es negada por tanto una autonomía parcial, una vida propia y un derecho diferenciado en el conjunto de la unidad, allí aparece el Orden.

Si bien no debemos hablar genéricamente de jerarquía, aunque se trate de la verdadera jerarquía en la que quien está en lo alto y dirige es verdaderamente superior, es preciso hablar y hacer una referencia a los sistemas de civilización basados en una élite espiritual y en donde el modo de vivir del siervo, del burgués y del guerrero terminan por inspirarse en este principio para la justificación de las actividades en que se manifiestan materialmente. Por el contrario, se encuentra en un estado anormal cuando el centro se desplaza y el punto de referencia no es el principio espiritual sino el de la clase servil, burguesa o simplemente guerrera. En cada uno de estos casos, si existe igualmente jerarquía y participación no se trata de algo natural. Se convierte en deformante y subversiva y termina por exceder los límites transformándose en un sistema en donde la visión de la vida, propia de un siervo, orienta y compenetra todos los elementos del conjunto social.

En el plano político, este proceso involutivo es particularmente sensible en la historia de Occidente hasta nuestros días. Los Estados de tipo aristocrático-sacral han sido reemplazados por Estados monárquico-guerreros, ampliamente secularizados y luego ellos mismos a su vez, han sido reemplazados y suplantados por Estados apoyados sobre oligarquías capitalistas (casta de los burgueses y de los mercaderes) y finalmente por tendencias socialistas, colectivistas y proletarias que han encontrado su eclosión en el bolchevismo (casta de los siervos).

Este proceso es paralelo al cambio de un tipo de civilización por otro, de un significado fundamental de la existencia a otra, si bien en cada fase particular de estos conceptos, cada principio, cada institución forma e imprime un sentido diferente, conforme a la nota preponderante.

Esto es igualmente válido para la guerra. Y he aquí como vamos a poder abordar positivamente la tarea que nos propusimos al principio de este ensayo: especificar los diversos significados que pueden asumir el combate y la muerte heroicas. Según se decante bajo el signo de una u otra casta,la guerra se justificaba por motivos espirituales, considerándose como una vía de realización sobrenatural y de inmortalización para el héroe (tema de la Guerra Santa), en el de las aristocracias guerreras se luchaba por el honor y por un principio de lealtad que no se asociaba al placer de la guerra por la guerra. Con el paso del poder a manos de la burguesía se produce una profunda transformación. El concepto mismo de nación se materializa; se crea una concepción anti-aristocrática y natural de la patria y el guerrero da paso al soldado y al "ciudadano" que lucha simplemente por defender o conquistar una tierra, estando los guerreros en general, fraudulentamente guiados por razones o primacías de orden económico o industrial. En fín,allí donde el último estadio ha podido ser alcanzado abiertamente, es en una organización en manos de siervos,tal como expresó perfectamente Lenin: "La guerra entre naciones es un juego pueril, una supervivencia burguesa que no nos atañe. La verdadera guerra, nuestra guerra, es la revolución mundial para la destrucción de la burguesía, y el triunfo de la clase proletaria".

Establecido esto, es evidente que el "héroe" puede ser denominador común que abrace los tipos y significados más diversos. Morir, sacrificar su vida, puede ser válido solamente en el plano técnico-colectivo, incluso en el plano de aquello que se llama hoy brutalmente "material humano". Es evidente que no es en tal plano donde la guerra puede reivindicar un auténtico valor espiritual para el individuo, cuando éste se presenta no como "material", sino -a la manera romana- como personalidad. Esto no se producen a no ser que exista una doble relación entre medio y fin, cuando el individuo es solo un medio en relación con la guerra y con sus fines materiales, sino simultáneamente, cuando la guerra y su entorno deriva como medio en relación con el individuo, ocasión o vía cuyo fin es la realización espiritual, favorecida por la experiencia heroica. Entonces existe síntesis, energía y máxima eficacia. En este orden de ideas y en función de eso que hemos dicho anteriormente, es evidente que todas las guerras no ofrecen las mismas posibilidades. Y ello en razón de analogías en absoluto abstractas, sino positivamente activas, según las vías, invisibles para la mayoría, que existen entre el carácter colectivo preponderante en los diferentes ciclos de civilización y el elemento que corresponde a este carácter en el todo de la entidad humana. Si la era de los mercaderes y siervos es aquella en la que predominan las fuerzas correspondientes a las energías que definen en el hombre el elemento pre-personal, físico, instintivo, telúrico o simplemente orgánico-vital, en la era de los guerreros y en la de los jefes espirituales se expresan fuerzas que corresponden respectivamente, en el hombre al carácter y a la personalidad espiritualizada, realizada según su destino sobrenatural. Según todo lo que desarrolla de trascendente en el individuo es evidente que en una guerra, la mayoría no puede más que sentir colectivamente el despertar correspondiente, más o menos, con la influencia preponderante de esa guerra. En función de cada caso, la experiencia heroica conduce a puntos diversos y, sobre todo, de tres formas.

En el fondo, corresponden a las tres posibilidades de relación que pueden verificarse por la casta guerrera y su principio respecto a las otras articulaciones ya examinadas. Puede verificarse el estado normal de una subordinación al principio espiritual, en donde el heroismo como desencadenamiento conduce a la supra-vida y a la supra-personalidad. Pero el principio guerrero puede ser un fin en sí rechazando reconocer aquello que hay de superior en él, entonces la experiencia heroica dará lugar a un tipo "trágico", arrogante y templado como el acero, pero sin luz. La personalidad permanece -está incluso reforzada- como le ordena el límite de su lado naturalista y humano. Siempre este tipo de héroe ofrece una cierta garantía de grandeza y naturalmente, para los tipos jerárquicamente inferiores, "burgueses" o "siervos", este heroismo y esta guerra significan superación, elevación, y realización.

El tercer caso se refiere al principio guerrero degradado, al servicio de elementos jerárquicamente inferiores (última casta). Aquí la experiencia heroica se alínea casi fatalmente con una evocación, un desencadenamiento de fuerzas instintivas, personales, colectivistas, irracionales, provocando finalmente una lesión y una regresión en la personalidad del individuo, el cual, rebajado a tal nivel, está condicionado a vivir el acontecimiento de manera pasiva o bajo la sugestión de impulsos pasionales. Por ejemplo, las célebres novelas de Eric María Remarque no reflejan más que una posibilidad de este género: gentes llevadas a la guerra por falsos idealismos constatan que la realidad es otra cosa. No desertan o abandonan, pero en medio de terribles pruebas, son sostenidos por fuerzas elementales, impulsos instintivos, reacciones apenas humanas, sin conocer un solo instante de luz.

Para preparar una guerra, tanto en el plano material como en el espiritual, es preciso ver clara y firmemente todo esto, afín de poder orientar almas y energías hacia la solución más elevada, la única que conviene a las ideas tradicionales. Luego sería preciso espiritualizar el principio guerrero. El punto de partida podría ser el desarrollo virtual de una experiencia heroica en el sentido de la más elevada de las tres posibilidades que hemos analizado.

Mostrar como esta posibilidad, más alta, más espiritual, ha sido plenamente vivida en las grandes civilizaciones que nos han precedido ilustrando así su aspecto constante y universal es algo que no depende de la simple erudición. Es precisamente lo que nos proponemos hacer a partir de las tradiciones propias a la romanidad antigua y medieval.

II

Hemos visto como el fenómeno del heroísmo guerrero ha podido revestir varias formas y obedecer a diferentes significados una vez fijados los valores de auténtica espiritualidad que lo diferencian profundamente.

Por ello vamos a comenzar examinando ciertas concepciones relativas a las antiguas tradiciones romanas.

En general, no hay más que un concepto laico del valor de la romanidad en la antigüedad. El romano no fue más que un soldado en el sentido estricto de la palabra y gracias a sus virtudes militares unidas a una feliz concurrencia de circunstancias hubo conquistado el mundo.

Antes que nada, el romano alimentaba la íntima convicción de que Roma, su "Imperium" y su "Aeternitas" se debían a fuerzas divinas. Para considerar esta convicción romana bajo un ángulo exclusivamente "positivo", es preciso sustituir esta creencia por un misterio: misterio de como un puñado de hombres, sin ninguna necesidad de "tierra" o "patria", sin estar poseídos por ninguno de estos mitos o pasiones que tanto acarician los modernos y con las que justifican la guerra y promueven acciones heroicas, sino bajo un extraño e irresistible impulso, fueron arrastrados cada vez más lejos, de país en país, reduciéndolo todo a una "ascesis de poderío". Según testimonios de todos los clásicos, los primeros romanos eran muy religiosos -"nostri maiores religiosissimi mortales"- pero esta religiosidad no permanecía sólo dentro de una esfera abstracta y aislada desbordada en la práctica hacia el mundo de la acción y en consecuencia , abarcaba también la experiencia guerrera.

Un colegio sagrado formado por los "Festivos" presidía en Roma un sistema bien determinado de ritos que servían de contrapartida mística a cualquier guerra, desde su declaración hasta su conclusión. De una manera general, es cierto que uno de los principios del arte militar romano era evitar librar batallas antes que los signos místicos hubiesen, por así decirlo, indicado el "momento".

Con las deformaciones y prejuicios de la educación moderna no se querrá ver en esto más que una superestructura extrínseca hecha a base de un fatalismo extravagante. Pero no era ni lo uno ni lo otro. La esencia del arte augural practicado por el patriciado romano, así como otras disciplinas análogas de carácter más o menos idéntico en el ciclo de las grandes civilizaciones indo- europeas no era descubrir el "destino" a base de una supersticiosa pasividad, sino, por el contrario, descubrir por adelantado los puntos de conjunción con influencias invisibles, para concentrar las fuerzas de los hombres y hacerlas más poderosas, actuando igualmente sobre el plano superior con el fin de barrer, cuando la concordancia era perfecta, todos los obstáculos y resistencias en el plano material y espiritual. Es difícil, pues, a partir de eso, dudar del valor romano, la ascesis romana de la potencia no era sólo en su contrapartida espiritual y sacra, instrumento de la grandeza militar y temporal, sino también un contacto y una unión con las fuerzas superiores.

Si fuese este el momento, podríamos citar numerosa documentación para basar esta tesis. Nos limitaremos sin embargo a recordar que la ceremonia del triunfo tuvo en Roma un carácter mucho más religioso que laico-militar y numerosos elementos permiten deducir que el romano atribuía la victoria de sus "duces" más a un fuerza trascendente, que se manifestaba real y eficazmente a través de ellos en su heroismo e incluso por medio de su sacrificio (como en el rito de la "devotio" en el que los jefes se inmolaban), que a sus cualidades simplemente humanas. De esta forma, el vencedor, revistiendo la "dignitas" del Dios capitolino supremo, a parte del triunfo, se identificaba con él, era su imagen, e iba a depositar en las manos de éste el laurel de su victoria, en homenaje al verdadero vencedor.

En fin, uno de los orígenes de la apoteosis imperial, el sentimiento que bajo la apariencia del Emperador se escondía un "numen" inmortal, está incontestablemente derivado de la experiencia guerrera: el "Imperator", originariamente era el jefe militar aclamado sobre el campo de batalla en el momento de la victoria, pero en ese instante aparecía también como transfigurado por una fuerza llegada de lo alto, terrible y maravillosa, que daba la impresión del "numen". Esta concepción, por otro lado, no es exclusivamente romana, se la encuentra en toda la antigüedad clásico-mediterránea y no se limitaba a los generales vencedores, se extendía a los campeones olímpicos y a lo supervivientes de los combates sangrientos del circo. En Hélade, el mito de los Héroes se confunde con las doctrinas místicas, como el orfismo, identificando al guerrero vencedor con el iniciado, vencedor de la muerte.

Testimonios precisos sobre un heroismo y un valor emanaban más o menos conscientemente de las vías espirituales, benditos no solo por las conquistas materiales y gloriosas a donde conducían, sino también por su aspecto de evocación ritual y de conquista espiritual.

Pasemos a otros testimonios de esta tradición que, por su naturaleza, es metafísica y en donde, en consecuencia, el elemento "raza" no puede tener más que una parte secundaria y contingente. Decimos eso, pues más adelante trataremos de la "Guerra Santa" que fue practicada en el mundo guerrero del Sacro Imperio Romano-Germánico. Esta civilización se presentaba como un punto de confluencia creadora de tres elementos romano uno, cristiano otro y, un último, nórdico.

Respecto al primero, ya hemos hecho alusión a él en el contexto que nos interesa. El elemento cristiano se manifestará bajo los rasgos de un heroismo caballeresco supranacional con las cruzadas. Queda el elemento nórdico. Con objeto de que nadie se llame a engaño al respecto, señalamos que se trata de un carácter esencialmente suprarracial, por lo tanto incapaz de valorizar o denigrar un pueblo en relación a otro. Para hacer alusión a un plano en el cual nos autoexcluimos de momento, nos limitaremos a decir que en las evocaciones nórdicas más o menos frenéticas que se celebran hoy en día "ad usum delphini" en la Alemania Nazi, por sorprendente que pueda parecer, se asiste a una deformación y a una depreciación de las auténticas tradiciones nórdicas tal como fueron originariamente y tal como se perpetuaron en los Príncipes que tenían por gran honor el poder denominarse "Romanos" aun no siéndolo de raza. Por el contrario, para numerosos escritores "racistas" de hoy, "nórdico" no significa más que "anti-romano" y "romano" tendría más o menos un significado equivalente a "judío".

Dicho esto, es interesante reproducir una significativa fórmula guerrera de la tradición celta: "Combatid por vuestra tierra y aceptad la muerte si es preciso: pues la muerte es una victoria y una liberación del alma". Idéntico concepto corresponde en nuestras tradiciones clásicas a la expresión "mors triunphalis". En cuanto a la tradición realmente nórdica nadie ignora lo relacionado con el Walhalla (literalmente: reino de los elegidos). El Señor de este lugar simbólico es Odín-Wotan que nos aparece en la Ynglingasaga, como aquel que, por su sacrificio simbólico en el "árbol del mundo", habría indicado a los héroes el modo de esperar el divino descanso en el lugar donde se vive eternamente sobre una cima luminosa y resplandeciente, más allá de las nubes. Según esta tradición, ningún sacrificio, ningún culto eran tan gratos a Dios, ni más ricos en recompensa en el otro mundo, como aquel realizado por el guerrero que combate y muere luchando. Aún hay más: el ejército de los héroes muertos en combate debe reforzar la falange de los "héroes celestes" que luchan contra el Ragna-rök, es decir, contra el destino del "obscurecimiento de lo divino" que, según las enseñanzas, como en el caso de las clásicas (Hesíodo) pesa sobre el mundo desde las edades más remotas. Encontramos este tema bajo formas diferentes en las leyendas medievales concernientes a la "ultima batalla" que librará el emperador jamás muerto. Aquí, para percibir el elemento universal, tenemos que sacar a la luz la concordancia de antiguos conceptos nórdicos (que, digamos de paso, Wagner desfiguró con su romanticismo ampuloso, confuso y teutónico) con las antiguas concepciones iranias y persas. Algunos se sorprenderán al saber que las famosas Walkirias no son quienes recogen las almas de los guerreros destinados al Walhalla, sino la personificación de la parte trascendente de estos guerreros cuyo equivalente exacto son las fravashi que en la tradición irano-persa están representadas como mujeres de luz y vírgenes arrebatadas de las batallas. Personifican más o menos a fuerzas sobrenaturales en que las fuerzas humanas de los guerreros "fieles al Dios de la Luz" pueden transfigurarse y producir un efecto terrible y turbulento en las acciones sangrientas. La tradición irania contenía igualmente la concepción simbólica de una figura divina, Mithra, concebida como el "guerrero sin sueño", que al frente de las fravashi de sus fieles, combate contra los emisarios del dios de las tinieblas, hasta la aparición del Saoshyant, señor de un reino que ha de llegar de "paz triunfal".

Estos elementos de la antigua tradición indo-europea repiten siempre los temas de la sacralidad de la guerra y del héroe que no muere realmente, sino que pasa a ser soldado de un ejército místico en una lucha cósmica, interfiriendo visiblemente con los elementos del cristianismo que puede asumir la divisa "Vita est militia super terram" y reconocer que no solamente con la humildad, caridad, esperanza y demás, sino también con una especie de violencia -la afirmación heroica- es posible acceder al "Reino de los Cielos". Es precisamente de esta convergencia de temas como la nación la concepción espiritual de la "gran guerra" propia de la Edad Media de las Cruzadas y que vamos a analizar decantándonos por adelantado sobre el aspecto interior individual siempre actual de estas enseñanzas.

III

Examinamos de nuevo las formas de la Tradición heroica que permiten a la guerra asumir el valor de una vía de realización espiritual en el sentido más riguroso del término, es decir, de justificación y finalidad trascendental. Ya hemos hablado de las concepciones que, desde este punto de vista, fueron las del antiguo mundo romano. Luego hemos dado un vistazo a las tradiciones nórdicas y al carácter inmortalizante de toda muerte realmente heroica sobre el campo de batalla.

Nos hemos referido necesariamente a estas concepciones para llegar al mundo medieval, a la Edad Media como civilización resultante de la antítesis de tres elementos: el primero romano, seguido del nórdico y finalmente del elemento cristiano. Nos proponemos ahora examinar la idea de la sacralidad de la guerra, tal como fue concebida y cultivada a lo largo de la Edad Media.

Evidentemente deberemos referirnos a las Cruzadas tomadas en un significado más profundo, es decir, no reducidas a determinismos económicos o étnicos, como suelen hacer los historiadores materialistas y mucho menos a un fenómeno de simple superstición y de exaltación religiosa, tal como pretenden algunos espíritus "avanzados", dejándolo en fin como un fenómeno simplemente cristiano.

Sobre este último punto no hemos de perder de vista la relación justa entre fin y medio. Se dice también que en las Cruzadas la fe cristiana se sirvió del espíritu heroico y de la caballería occidental, cuando precisamente fue todo lo contrario. La fe cristiana y sus fines relativos y contingentes de lucha religiosa contra el "infiel, de "liberación del Templo" y de "Tierra Santa", no fueron más que los medios que permitieron al espíritu heroico manifestarse, afirmarse, realizarse en una especie de ascesis distinta de la contemplación, pero no menos rica en frutos espirituales. La de los caballeros que dieron sus fuerzas y su sangre por la "guerra santa" no tenían más que una idea y un conocimiento teologal de lo más vago sobre la doctrina por la cual combatían.

Por otra parte, el contexto de las Cruzadas era rico en elementos susceptibles de conferir un valor y un significado superiores. A través de las vías del subconsciente, mitos trascendentales reafloran en el alma de la caballería medieval: la "conquista de la "Tierra Santa" situada "más allá de los mares" presenta, en efecto, infinitamente más referencias reales que las supuestas por los historiadores con la antigua saga según la cual "en el lejano oriente, en donde se alza el sol, se encuentra la ciudad sagrada en donde la muerte no reina sino que los valerosos héroes que saben esperarla gozan de una celestial serenidad y de una vida eterna". Por encontrar otra analogía diremos que la lucha contra el Islam revistió, por su naturaleza, desde el principio, el significado de una prueba ascética.

"No se trata de combatir por los reinos de la tierra -escribió Kluger, el célebre historiador de las Cruzadas- sino por el reino de los cielos; las Cruzadas no tuvieron como resorte a los hombres sino a Dios, (...) no se deben pues considerar como el resto de los acontecimientos humanos". La guerra santa debía, según la expresión de un antiguo cronista, compararse "con el bautismo semejante al fuego del purgatorio antes de la muerte". Los Papas y los predicadores comparaban simbólicamente aquellos que morían en las Cruzadas con el "oro tres veces ensayado y tres veces purificado por el fuego" que podía conducir al Dios supremo".

"No olvidéis jamás este oráculo -decía San Bernardo- ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Qué gloria para vosotros salir de la confrontación cubiertos de laureles.Pero qué alegría más grande la de ganar sobre el campo de batalla una corona inmortal... Oh, condición afortunada, en la que se puede afrontar la muerte sin temor, incluso desearla con impaciencia y recibirla con el corazón firme". La gloria absoluta estaba prometida al cruzado - gloria asolue, en provenzal- pues, a parte de la imagen religiosa se le ofrecía la conquista de la supravida, del estado sobrenatural de la existencia. Así Jerusalén, fin codiciado de la conquista, se presentaba simbólicamente, como ciudad celeste e inmaterial, pero también como una ciudad terrestre, es decir, que ante este doble aspecto la Cruzada tomaba un valor interior, independiente de todos sus aparatos, sus soportes y sus motivaciones aparentes.

Por lo demás, fueron las órdenes de caballería quienes ofrecieron el tributo más grande a las Cruzadas, con la Orden del Temple y la de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, compuestas por hombres que, como el monje cristiano, tendían a despreciar la vanidad de esta vida; en tales órdenes se encontraban guerreros fatigados por el mundo, que habían visto y gustado de todo, prestos a una acción total que no sostenían ningún interés por la vida material temporal ni por la política ordinaria, en el sentido más estricto. Urbano II se dirigió a la caballería como a la comunidad supranacional de aquellos "dispuestos a partir hacia donde estallara una guerra, a fin de llevar el terror de sus armas para defender el honor y la justicia"... con más razón debían escuchar y atender la llamada de las Cruzadas y de la "Guerra Santa", guerra que, según la apropiación de uno de los escritores de la época, no tiene por recompensa un feudo terrestre, revocable y contingente, sino un "feudo celeste".

Pero el desarrollo mismo de las Cruzadas, en capas más amplias y en el plano ideológico general provocó una purificación y una interiorización del espíritu de iniciativa. Tras la convicción inicial de que la guerra por la "verdadera" fe no podía tener más que una salida victoriosa, los primeros fracasos militares sufridos por los ejércitos cruzados fueron un foco de sorpresas y asombro, pero a la postre sirvieron, no obstante, para sacar a la luz su aspecto más elevado.

El resultado desastroso de una Cruzada era comparado por los clérigos de Roma al destino de la virtud desgraciada que no es juzgada y recompensada más que en función de otra vida. Y esto anunciaba el reconocimiento de algo superior tanto en la victoria como en derrota, la colocación en el primer plano del aspecto propio a la acción heroica cumplimentada independientemente de los frutos visibles y materiales, casi como una ofrenda transformando el holocausto viril de toda la parte humana en "gloria absoluta" inmortalizante.

Es evidente que de esta manera se debía terminar por esperar un plano, por así decir, supratradicional, tomando la palabra "tradición" en su sentido más estrecho, más histórico y religioso. La fe religiosa en particular, los fines inmediatos, el espíritu antagonista, se convertían entonces como lo es la naturaleza variable de un combustible destinado solamente a producir y alimentar una llama. El punto central seguía siendo el valor santo de la guerra, pero se prefiguraban igualmente la posibilidad de reconocer que aquellos que inicialmente eran adversarios, parecían atribuir a este combate el mismo significado.

Este es uno de los elementos gracias al cual los Cruzados sirvieron, a pesar de todo, para facilitar un intercambio cultural entre el Occidente gibelino y el Oriente árabe (punto de reencuentro, a su vez, de elementos tradicionales más antiguos), pues la tendencia a esta convergencia va más allá de lo que la mayoría de los historiadores han demostrado hasta el presente. Las órdenes de caballería árabes, análogas a las occidentales en el plano de la ética, las costumbres y la simbología, se encontraron frente a las órdenes de caballería cristianas, y por ello la "guerra santa" que había dirigido a las dos civilizaciones, una contra otra en nombre de sus religiones respectivas, permitió igualmente su reencuentro y hablando en nombre de dos creencias diferentes, cada una terminó por dar a la guerra un valor espiritual análogo.

A partir de este momento, fuerte en su fe, el caballero árabe se elevó; se elevó al mismo nivel supratradicional que el caballero cruzado mediante su ascetismo heroico.

Este es otro punto a aclarar. Aquellos que juzgan las Cruzadas remitiéndolas a uno de los episodios más extravagantes de la "oscura" Edad Media, no suponen que lo que definen como "fanatismo religioso" es la prueba tangible de la presencia y de la eficacia de una sensibilidad y de un tipo de decisión cuya ausencia caracteriza la barbarie auténtica, ya que el hombre de las Cruzadas sabía todavía dirigirse, combatir y morir por un motivo que, en su esencia, era suprapolítico y suprahumano. Se asociaba así a una unión basada no sobre lo particular sino sobre lo universal.

Naturalmente no puede confundirse esto pensando que la motivación trascendente pudiera ser una excusa para hacer al guerrero indiferente, negligente a los deberes inherentes a su pertenencia a una raza y a una patria. Por el contrario, esencialmente se trataba de significados profundamente diferentes según los cuales, acciones y sacrificios pueden ser vividos y vistos desde el exterior, siendo absolutamente los mismos.

Existe una diferencia radical entre quien hace simplemente la guerra y quien, por el contrario, en la guerra hace también la "Guerra Santa", viviendo una experiencia superior, deseada, deseable y esperada para el espíritu. Si tal diferencia es, ante todo, interior, bajo el impulso de todo lo que interiormente tiene una fuerza, traduciéndose también hacia el exterior, derivando efectos, sobre otros planos y, más particularmente, en los términos de "irreductibilidad" del impulso heroico: quien vive espiritualmente el heroismo está cargado de una tensión metafísica, estimulado por un aliento cuyo objeto es "infinito" y superará siempre aquello que anima a quien combate por necesidad, por oficio o bajo el impulso de instintos o sugestiones.

En segundo lugar, quien combate en una "Guerra Santa" espontáneamente se sitúa más allá de todo particularismo, viviendo un clima espiritual que, en un momento dado, puede muy bien dar nacimiento a una unidad supranacional de acción. Es precisamente esto lo que se verificó en las Cruzadas, cuando príncipes y jefes de todos los países se unieron para la empresa heroica y santa, más allá de sus intereses particulares y utilitarios y de las divisiones políticas, realizando por vez primera una unidad europea conforme a su civilización común y al principio mismo del Sacro Imperio Romano Germánico.

Si debemos abandonar el "pretexto" y aislar lo esencial de lo contingente, encontraremos un elemento precioso que no se limita a un período histórico determinado. Rechazar, conducir la acción sobre un plano "ascético", justificarla también en función de este plano, significa separar todo antagonismo condicionado por la materia, preparar el lugar de las grandes distancias y los amplios frentes, para redimensionar, poco a poco, los fines exteriores de la acción en su nuevo significado espiritual: tal como se verifica cuando no es sólo por un país o por ambiciones temporales que uno combate, sino en nombre de un principio superior de civilización, de una tentativa de eso que, por ser metafísico, nos hace ir hacia delante, más allá de todo límite, más allá de cualquier peligro y de no importa que destrucción.

IV

No se encontrará extraño que tras haber examinado un conjunto de tradiciones occidentales relativas a la guerra santa, es decir, a la guerra como valor espiritual, nos propongamos ahora examinar este concepto tal como ha sido formulado por la tradición islámica. En efecto, nuestro fin, tal como hemos señalado en varias ocasiones, es poner de relieve el valor objetivo de un principio a través de la demostración de su universalidad, de su conformidad quid ubique, quiod ad imnibus et quod semper. Solamente así, se puede tener la sensación de que ciertos valores tienen una categoría absolutamente diferente de lo que pueden pensar unos y otros, sino también que en su esencia son superiores a las formas particulares que han asumido para manifestarse en las tradiciones históricas. Contra más se reconozca la correspondencia interna de estas formas y su principio único, más se podrá profundizar en su propia tradición, hasta poseerla y comprenderla íntegramente partiendo de su punto original y especialmente metafísico.

Históricamente es preciso subrayar que la tradición islámica, en el tema que nos interesa, es de alguna manera heredera de la persa, es decir, de una de las más altas civilizaciones indo- europeas. La concepción mazdeista del Dios de la Luz y de la existencia sobre la tierra como una lucha incesante para arrancar seres y cosas al poder del anti-dios, es el centro de la visión persa de la vida. Es precisamente capital considerarla como la contrapartida metafísica y el fondo espiritual de las hazañas guerreras en cuyo apogeo tuvo lugar la edificación persa del imperio del "Rey de Reyes". Tras la caida de la civilización árabe medieval, bajo formas más materiales y en ocasiones exasperadas, pero sin anular jamás el motivo original de la espiritualidad islámica, todos estos contenidos subsistieron.

Así nos referiremos a tradiciones de éste género, sobre todo porque ponen de manifiesto un concepto muy útil para aclarar ulteriormente el orden de ideas que nos proponemos exponer. Se trata del concepto de la "Guerra Santa", distinto de la "pequeña guerra", pero al mismo tiempo ligada a esta última según una correspondencia particular. La distinción se basa en un hadith del Profeta, el cual, llegado de una expedición guerrera había dicho: "Hemos vuelto de la pequeña guerra santa para la gran guerra santa".

La "pequeña guerra" corresponde a la guerra exterior, a la que, siendo sangrienta,se hacía con armas materiales contra el enemigo, contra el "bárbaro", contra una raza inferior frente a la cual se reivindicaba un derecho superior o en fin, cuando la empresa estaba dirigida por una motivación religiosa, contra el "infiel". Por terribles y trágicas que puedan ser las incidencias, por monstruosas como sean las destrucciones no deja de ser menos cierto que esta guerra, metafísicamente, es siempre la "pequeña guerra". La "Gran Guerra Santa" es, al contrario, de orden interior e inmaterial,es el combate que se libra contra el enemigo, el "bárbaro" o el "infiel" que cada uno abriga en sí y que ve aparecer en sí mismo en el momento en que ve sometido todo su ser una ley espiritual: tal es la condición para esperar la liberación interior, la "paz triunfal" que permite participar en ella a aquel que está más allá de la vida y de la muerte, pues en tanto que deseo, tendencia, pasión, debilidad, instinto y lasitud interior, el enemigo que está en el hombre debe ser vencido, quebrado en su resistencia, encadenado, sometido al hombre espiritual.

Se dirá que esto es simplemente ascetismo. La Gran Guerra Santa es la ascesis de todos los tiempos. Y alguno estará tentado de añadir: es la vía de aquellos que huyen del mundo y que, con la excusa de una lucha interior se transforman en un tropel de pacifistas. No es nada de todo esto. Tras la distinción entre las dos guerras, expongamos ahora su síntesis. Lo propio de las tradiciones heróicas es prescribir la "pequeña guerra", es decir, la verdadera guerra, sangrienta, como un instrumento para la "Gran Guerra Santa", hasta el punto de que, finalmente, las dos no terminan siendo más que una sola cosa.

Así, en el Islam, "guerra Santa", guiad y "Vía de Dios" son utilizados indiferentemente. Quien combate lo hace sobre la "Vía de Dios". Un célebre hadith característico de esta tradición dice: "La sangre de los Héroes está más cerca del Señor que la tinta de los sabios y las oraciones de los devotos". Aquí también, como en las tradicionales de las que ya hemos hablado, la acción asume el exacto valor de una superación interior y de acceso a una vida liberada de la obscuridad, de lo contingente, de la incertidumbre y de la muerte. En otros términos, las situaciones y los riesgos inherentes a las hazañas guerreras provocan la aparición del "enemigo interior", el cual, en tanto que instinto de conservación, dejadez, crueldad, piedad o furor ciego, sirve como aquello que es preciso vencer en el acto mismo de combatir al enemigo exterior. Esto muestra que el aspecto central está constituido por la orientación interior, la permanencia inquebrantable de aquello que es espíritu en la doble lucha: sin participación ciega, ni transformación en una brutalidad desencadenada, sino, por el contrario, dominio de las fuerzas más profundas, control para no estar jamás arrastrado interiormente sino permaneciendo siempre como dueño de sí mismo, lo que permite afirmarse más allá de cualquier límite. Abordaremos ahora una imagen de otra tradición en donde esta situación está representada por un símbolo característico: un guerrero y un ser divino impasible, el cual, sin combatir, sostiene y conduce al soldado junto al cual se encuentra sobre el mismo carro de combate. Es la personificación de la dualidad de los principios que el verdadero héroe posee, ya que las emanaciones tienen siempre algo de eso sagrado de lo que es portador. En la tradición islámica, se lee en uno de sus textos: "El combate es la vía de Dios (es decir, la guerra santa) aquel que sacrifica la vida terrestre por la del más allá, combate por la vía de Dios, ya resulte muerto o vencedor y recibirá una inmensa recompensa". La premisa metafísica según la cual se prescribe: Combatid según la guerra santa a aquellos que hagan la guerra", "matadles donde los encontréis y aplastadlos", "no os mostréis débiles, no les invitéis a la paz", pues "la vida terrestre es solamente fuego que se extingue" y "quien se muestra avaro no es avaro más que consigo mismo". Este último principio evidentemente puede compararse a aquel otro evangélico: "El que quiere salvar su propia vida la perderá y quien la pierda obtendrá la vida eterna", confirmado por este texto: "?Qué hicisteis vosotros que creéis cuando se os ordenó: descended a la batalla para la guerra santa? Os quedasteis inmóviles. Habéis, pues, preferido este mundo a la vida futura" por lo tanto "vosotros ?esperáis de nosotros recompensa y no las dos supremas, victoria o sacrificio?"

Este otro fragmento es digno de atención: "La guerra os ha sido ordenada, aunque os disguste. Pero algo que es bueno para vosotros puede disgustaros y gustaros lo que es malo. Dios sabe, entonces que vosotros no sabéis nada".

Aquí tenemos una especie de "amor fati", una intuición misteriosa, evocación y realización heroica del destino, con la íntima certeza de que, cuando hay "intención justa", cuando la inercia y la lasitud son vencidas, al álito va más allá de la propia vida y de la de los otros, más allá de la felicidad y de las aflicciones guiando en el sentido de un destino espiritual y de una sed de existencia absoluta, dando nacimiento a una fuerza de la que no podrá carecer el fin absoluto. La crisis de una muerte trágica y heroica se vuelve una contingencia sin interés, lo que, en términos religioso está expresado así: "Para aquellos que mueren en la vía de Dios (en la Guerra Santa) su realización no se perderá. Dios los guiará y dispondrá de su alma haciéndolos entrar en el paraíso revelado".

De esta manera el lector se encuentra de nuevo con ideas expuestas anteriormente, basadas en las tradiciones clásicas o nórdico- medievales relativas a una inmortalidad privilegiada reservada a los héroes, los únicos que, según Hesiodo, habitan en las islas simbólicas en las que se desarrolla una existencia luminosa e intangible a imagen de la de los dioses olímpicos. En la tradición islámica existen frecuentemente alusiones al hecho de que ciertos guerreros, muertos en combate no estarían realmente muertos, afirmación no simbólica sino real, como también es real la existencia de ciertos estados supra-humanos, separados de las energías y de los destinos de los vivientes. Es cierto que aun hoy y precisamente en España e Italia, los ritos por los cuales una comunidad guerrera declara "presentes" a sus muertos en el campo del honor ha conseguido una fuerza singular. Es la idea del héroe que no está verdaderamente muerto, como la de los vencedores que, a la imagen del César romano, permanecen como "vencedores perpetuos" en el centro de la raza.

V

Finalizaremos este breve estudio consagrado a la guerra como valor espiritual, refiriéndonos a una última tradición del ciclo heroico indo-europeo, el Bhagavad-Gita, el más célebre texto seguramente de la antigua sabiduría hindú, escrito esencialmente para la casta guerrera.

Su elección no es arbitraria y no se debe en absoluto al exotismo. Al igual que la tradición islámica nos ha permitido formular, en lo universal, la idea de la "guerra santa", contrapartida posible y alma de una guerra exterior, la tradición transmitida por el texto hindú nos permitirá encuadrar definitivamente nuestro tema de análisis en una visión metafísica.

En un plano más exterior, está referencia al Oriente hindú, nos parece igualmente útil para rectificar las opiniones y los criterios, así como la comprensión supratradicional, pues tales son los fines que perseguimos. Durante mucho tiempo han prevalecido las antítesis artificiales entre Oriente y Occidente: artificiales porque están basadas en el último Occidente, en el Occidente moderno y materialista que, finalmente, tiene muy poco que ver con el que le precedió, con la verdadera y gran civilización occidental. El Occidente moderno se opone tanto al Oriente como al antiguo Occidente. Si nos remitimos a los tiempos antiguos encontraremos efectivamente un patrimonio étnico y cultural ampliamente común, que corresponde a un único denominador indo-europeo. Las formas originales de vida, de espiritualidad, de instituciones de los primeros colonizadores de la India y del Irán tienen muchos puntos de contacto con aquellos pueblos helénicos y nórdicos e incluso con los antiguos romanos.

Vamos a abordar ahora las tradiciones que nos dan un ejemplo de la afinidad de la concepción espiritual común del combate, de la acción y de la muerte heroica, contrariamente a la idea recibida que nos hace pensar, al oír hablar de la civilización hindú, en el nirvana, el fakirismo, la evasión del mundo, y la negación de los "valores de la personalidad".

El Bhagavad-Gita está construido en forma de diálogo entre un guerrero, Arjuna y un dios, Khrisna, su maestro espiritual. El diálogo tiene lugar con ocasión de una batalla en la que Arjuna vacila en lanzarse a la acción frenado por escrúpulos humanitarios. Interpretados en clave esotérica, estas dos figuras de Arjuna y Khrisna no son, en realidad, más que una sola, pues representan las dos partes del ser humano: Arjuna, el principio de la acción, Khrisna el del conocimiento trascendente. El diálogo se transforma en una especie de monólogo con una finalidad tanto de clarificación interior y resolución heroica como espiritual del problema de la acción guerrera que se había impuesto a Arjuna en el mismo momento de descender al campo de batalla.

Pues la piedad que impide al guerrero combatir cuando descubre en las filas enemigas a viejos amigos y a algunos parientes, es calificada por Khrisna (el principio espiritual) de trastorno indigno de los arios que cierra las puertas del Cielo y solo depara la vergüenza. De esta manera surge el tema que ya habíamos encontrado a menudo en las enseñanzas tradicionales de Occidente: "Si mueres ganarás el cielo; si lograr la victoria, poseerás la tierra... levántate, hijo de Kunti para combatir firme y resuelto".

Al mismo tiempo que se perfila el tema de una "guerra interior" que es preciso llevar contra sí mismo: "Sabiendo pues que la razón es más fuerte, afírmate en ti mismo y mata al enemigo de las formas mutables". El enemigo exterior tiene por paralelo a un enemigo interior, que es la pasión, la sed animal de la vida. He aquí como es definida la justa orientación: "Refiere en mí todas las obras, piensa en el Alma Suprema; y sin esperanza, sin inquietud de ti mismo, combate sin un ápice de tristeza".

Es preciso asaltar la llamada a la lucidez, supraconsciente, supra-apasionada de heroismo, que no debe pasar desapercibida en este fragmento donde se subraya el carácter de pureza, de absoluto, que debe tener la acción y que solo puede tener en términos de "guerra santa": "Ten por igual placer y plenitud, ganancia y pérdida, victoria y derrota y sé íntegro en la batalla: así evitarás el pecado". De esta forma se impone la idea de un "pecado" referido a un estado de voluntad incompleta y de acción, interiormente todavía alejado de la elevación en relación a la cual la vida significa poco, tanto la propia como la de los otros y en donde ninguna medida humana tiene valor. Si se permanece en este plano, el anterior texto ofrece consideraciones de orden absolutamente metafísico, intentando demostrar como en tal nivel, termina por actuar sobre el guerrero una fuerza más divina que humana. La enseñanza que Khrisna (principio del conocimiento) dispensa a Arjuna (principio de la acción) para poner fin a sus vacilaciones, tiende sobre todo a realizar la distinción entre lo que es incorruptible como espiritualidad absoluta y lo que existe solo de una manera ilusoria como elemento humano y material: "Aquel que no es, no puede ser y aquel que es no puede dejar de ser (...) se sabe indestructible aquel por quién ha sido desarrollado este universo (...) quien cree que mata o que es muerto se equivoca; no mata, no es muerto, ni siquiera cuando se mata el cuerpo (...) combate pues, oh Bharata".

Pero eso no es todo. A la conciencia de la irrealidad metafísica de lo que se puede perder o hacer perder, como vida caduca o cuerpo mortal, conciencia que encuentra su equivalente en una de las tradiciones que ya hemos examinado, donde la existencia humana es definida como "juego y frivolidad", se asocia la idea de que el espíritu, en su absoluto, en su trascendencia ante todo lo que es limitado e incapaz de superar este límite, no puede presentarse más que como una fuerza destructora. Es por ello que se plantea el problema de ver en qué términos en el ser, instrumento necesario de destrucción y muerte, el guerrero puede evocar al espíritu, justamente bajo ese aspecto, hasta el punto de identificarse a él.

El Bhagavad-Gita nos lo dice exactamente cuando el dios declara: "Yo soy la virtud de los fuertes exenta de virtud y deseo (...) en el fuego el esplendor; la vida en todos los seres; la continencia en los ascetas (...) la ciencia en los sabios; el valor en los valientes".

Luego el dios se manifiesta a Arjuna bajo su forma trascendental, terrible y fulgurante, ofreciendo una visión absoluta de la vida: tales como lámparas sometidas a una luz demasiado intensa, los circuitos poseedores de un potencial demasiado alto, los seres vivientes caen solo por que en ellos arde una fuerza que transciende a su perfección, que va más allá de todo lo que pueden y quieren. Es por esto que se convierten, esperan en una cima y, como arrastrados por las olas a las cuales se abandonan y que les habían conducido hasta cierto punto, se funden, se disuelven, mueren, retornando a lo no-manifestado. Pero aquel que no teme a la muerte, que sabe asumir su muerte llegado el momento y todo lo que le destruye, le esclaviza, le rompe, termina por franquear el límite, llega a mantenerse sobre la cresta de las olas, no se hunde, sino que, por el contrario, está más allá de la vida que se manifiesta en él. Por ello Khrisna, la personificación del principio espiritual, tras haberse revelado en su totalidad a Arjuna, puede decir: "Excepto tú, no quedará uno solo de los soldados que constituyen estos dos ejércitos, levántate y busca la gloria; triunfa sobre tus enemigos y adquiere un gran Imperio. Yo estoy seguro de su pérdida: son solo el instrumento (...) mátalos pues; no te preocupes; combate y vencerás a tus rivales.

Encontramos pues la identificación de la guerra, con la "Vía de Dios" que ya habíamos visto en páginas precedentes. El guerrero cesa de actuar en tanto persona. Una gran fuerza no humana, a este nivel, transfigura la acción, la vuelve absoluta y "pura", allí precisamente donde debe ser más extrema. He aquí una imagen muy elocuente, perteneciente a ésta tradición: "La vida es como un arco, el alma como una flecha, el espíritu como la flecha proyectada que se clava en el blanco". Es una de las más elevadas formas de la justificación metafísica de la guerra, una de las imágenes más completas de la guerra como "guerra santa".

*          *          *

Para terminar esta disgresión sobre las formas de la tradición heroica tal como nos la han presentado épocas y pueblos diversos añadiremos algunas palabras a modo de conclusión.

Esta excursión en un mundo que podrá parecer a algunos insólito y carente de relaciones con el nuestro, no la hemos hecho por curiosidad o para desplegar nuestra erudición. La hemos hecho, al contrario, con el fin preciso de demostrar lo sagrado de la guerra, es decir, como la posibilidad de justificar la guerra espiritualmente y su necesidad constituye, en el sentido más elevado del término, una tradición. Esto es algo que se ha manifestado siempre y en todo lugar en los ciclos ascendentes de todas las grandes civilizaciones.

En este punto debemos regresar a aquello que escribimos al principio de este estudio, mostrando que existen diversas maneras de "ser héroe" (incluso aquella animal y subpersonal) por lo tanto lo que cuenta no es tanto la posibilidad vulgar de lanzarse a la batalla y sacrificarse, sino el espíritu según el cual se puede vivir una aventura de éste género. Nosotros tenemos, a partir de ahora, todos los elementos para precisar, entre los diferentes aspectos de la experiencia heroica, aquellos que pueden considerarse como absolutos, que pueden verdaderamente identificar la guerra con la "Vía de Dios", y en los héroes, puede dejar entrever realmente una manifestación divina.

Pero es preciso recordar también que el punto donde la vocación guerrera aspiraba realmente a una altura metafísica, reflejando la plenitud de lo universal,es aquel en que una raza tendía a una manifestación y a una finalidad igualmente universales. Lo que significa que no pueda sino predestinar a esta raza o Imperio. Pues solo el Imperio como tal es un orden superior en donde reina la "Pax Triunphalis", reflejo terrestre de la soberanía del supramundo, comparable a las fuerzas que, en el terreno del espíritu manifiestan las mismas características de pureza, de poderío, de ineluctabilidad, de trascendencia en relación a todo lo que de pathos, pasión y limitación humana, se refleja en las grandes y libres energías de la naturaleza.

Il Conciliatore (15 de marzo de 1969).

El obrero en el pensamiento de Jünger (I) PRESENTACION

El obrero en el pensamiento de Jünger (I) PRESENTACION

Biblioteca Evoliana. Una de las obras mas turbadoras de la producción de Evola es este pequeño libro publicado por Giovanni Volpe en 1967 con el título de "El Obrero en el Pensamiento de Ernst Jünger". Se trata, sin duda, de una de las exégesis críticas más interesantes que se han publicado sobre el escritor alemán. Evola insiste particularmente en el papel de la técnica en la modernidad y define las relaciones entre el concepto que Jünger se forja de "el obrero" y sus relaciones con una concepción tradicional del mundo y de la vida. Esta obra no ha sido traducida al castellano hasta la fecha. En esta primera entrega incluimos la Presentación. La traducción ha sido realizada por Ernesto Milà

 

 

El Obrero en el pensamiento de Ernst Jünger

Julius Evola

 

 

PRESENTACIÓN

 

Ernst Júnger es considerado como uno de los mayores escritores alemanes vivientes, y también es conocido en Italia por diferentes obras suyas traducidas y publicadas por importantes editoriales. La mayor parte de estas obras fueron producidas en su segundo período, de carácter literario y ensayista. 

El presente ensayo expone y analiza en cambio la obra principal del Júnger del primer período, en el que estaba todavía vivo el eco de sus experiencias existenciales como combatiente del frente pluricondecorado, y que afronta esencialmente el problema de la visión y el sentido de la vida en la época moderna, y sobre todo en la era de la técnica. El “obrero”, para Jünger, no es una clase social y aún menos corresponde al concepto del “proletario”. Es un símbolo. Es el símbolo de un nuevo tipo humano capaz de volver en beneficio suyo y transformar espiritualmente en fuerza formadora, todo lo que de aparentemente destructivo y de peligroso presenta esta última época. 

Agudo y esmerado diagnóstico del mundo contemporáneo, esta búsqueda está alejada de todo pesimismo o de cualquier optimismo acrítico, y se expresada con la fuerza de la fantasía dramatizadora de un gran artista. Es un análisis vivo, no sólo en la época en que apareció (1935), sino especialmente en la actualidad; hoy, la obra de Jünger tiene todavía mucho que decir. Cuando nos encontramos en medio de la Guerra Fría, en la que los términos "oriente" y "occidente" asumen un sentido cósmico, Jünger les indica hoy a los hombres más responsables, a los verdaderos antiburgueses, la vía de un heroísmo capaz de levantarlos del estado de abandono en el que se han precipitado con la llegada del Cuarto Estado, del mundo de la técnica, de la máquina. La obra de Jünger se opone al materialismo económico y a los ideales de una prosperidad propia del ganado bovino, al burguesismo que paradójicamente ostentan los que dicen “luchar contra la clase burguesa”, mientras sobre que en términos constructivos afirma la necesidad de una educación capaz de formar un nuevo tipo de hombre, dispuesto a dar mucho más que a preguntar, para superar la crisis en la que se revuelve el mundo moderno. 

A su tiempo, la obra del Jünger ha despertado una amplia resonancia y la discusión se ha reavivado con ocasión de la reimpresión de las obras completas de tal autor. Los problemas que plantea interesarán especialmente al público italiano, dadas las perspectivas delineadas en el campo de la crítica y la previsión del tiempo futuro o en el de las nuevas categorías intelectuales, éticas y espirituales que se proponen por de los nuevos élítes. 

Roma,1960 

 

Rostros y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo. Capítulo VI. El neomisticismo: Khrisnamurti

Rostros y Máscara del Espiritualismo Contemporáneo. Capítulo VI. El neomisticismo: Khrisnamurti

En relación a las diferenciaciones de las que nos ocupamos, es oportuno considerar brevemente el fenómeno "mís­tico" en una acepción más amplia.

El término "místico" procede del mundo de los misterios antiguos, pero ha sido usado sucesivamente para designar una orientación del hombre religioso cuando busca tener alguna ex­periencia interior sobre el objeto de su fe, constituyendo el éxtasis su límite. Por último, se ha procedido a una generalización en base a la cual la "mística" se convierte en sinónimo de ensi­mismamiento fervoroso sin reducirlo al campo religioso en sentido propio y positivo.

No se trata aquí de profundizar en el misti­cismo religioso, que por lo demás presenta muchas variantes[1]. Para nuestros fines bastará recordar la distinción sumaria entre dos actitudes diferentes ante lo "espiritual" y dos modalidades de la misma experiencia.  Puede decirse que el "misticismo" está caracterizado por un acentuado elemento subjetivo, irracional y "estático". La experiencia vale esencialmente por su con­tenido de sensación y por embeleso que se le añade. En general, toda exigencia de control lúcido y claridad, está ausente y queda excluido. El principio agente es el "alma" más que el "espíritu" y por ello puede considerarse como lo opuesto al estado mís­tico, el de la "intuición intelectual"; éste es como un fuego que consume la forma "mística" de una experiencia, recogiendo ob­jetivamente su contenido, según la claridad, y no como inmersión en una "revela­ción" de trascendencia inefable. Además, es activa, mientras que la experiencia mística es pasiva y "estática".

En general, un principio de la sabiduría tradicional sostiene que para conocer la esencia de una cosa es necesario que se llegue a ser era misma cosa.  "Sólo se conoce aquello con lo cual es posible identificarse", superando la ley de la dualidad que gobierna la experiencia común. A propósito de esto mismo debe tenerse pre­sente la acentuada distinción entre un dominio lúcido de la ex­periencia y su clara percepción suprarracional y el per­derse en ella. Por consiguiente a la experiencia mística, como tal, no se le puede reconocer un verdadero carácter "noético". Para ella puede aplicarse lo que dijo Schelling al valorizar actitudes semejantes: al místico le sucede lo que lo sucede; no sabe fijar su objeto delante de él, no sabe el modo como conseguir que se refleje en sí mismo, como si fuera en un límpido espejo. Muy cerca de lo "inefable", en lugar de adueñarse del objeto, se vuelve, él mismo, un "fe­nómeno", es decir, algo que tiene necesidad de ser explicado[2]. A nuestros efectos al hablar de éxtasis tratamos de indicar fenómenos que, a pesar de no tener relación con ho­rizontes religiosos y trascendentes, afectan a un plano diferente al material. En esta misma dirección podemos continuar exponiendo las ideas desarrolladas por P. Tillich[3].

Tillich se ha percatado de que en el mundo físico toda rea­lidad existe con su forma y con su unidad, unidad y forma que están impresas visiblemente en el ser y como ser, como realidad de las cosas. No ocurre así en el mundo interior. Lo que en este mundo corresponde a la forma y a la unidad presentada por las cosas materiales -la personalidad, el yo- es un principio invisible que tiende a completarse y mientras se completa y se contrapone al ser, tiende a la independencia del ser y a la libertad.

Pero puede suceder que, de la misma forma que una corriente más fuerte y veloz, cuando irrumpe en otra más débil, puede absor­berla y arrastrarla consigo, asi también, en ciertas condiciones especiales, un determinado objeto o ideal puede provocar en el hombre una especie de ruptura en la tendencia principal, concentrándose sobre sí mismo. El objeto suministra un centro y el pro­ceso de la formación interna se interrumpe. Tal es la identifica­ción "mística" con un objeto: proporciona a la personalidad el modo de liberarse y de salir efectivamente de sí. Es, pues, como una liberación y una destrucción al mismo tiempo. Aquello que transporta da también un sentido de liberación, despierta una más elevada y seductora sensación de la fuerza vital, desligada de la forma.

Se comprende, entonces, cómo puede surgir el misticismo aun de cosas profanas.  Cualquier objeto, en el fondo, puede producir una identificación mística y un correlativo grado de arrobamien­to "estático", un entusiasmo que, por otra parte, puede también ser creativo. La estructura del fenómeno queda al margen. El he­cho de que el objeto místico no sea una divinidad sino una ideología, un partido político, una cierta personalidad y hasta un deporte o una de las "religiones profanas" de nuestros días, no es indiferente desde el punto de vista de la naturaleza de las in­fluencias a las cuales el estado "místico" abre los caminos, pero desde el punto de vista objetivo, no constituye una diferencia. Se da siempre una destrucción espiritual, la sustitución de una forma y de una unidad que no es la del sujeto, con el sentido de separación, de detenerse y de animación estática.

La consideración del fenómeno místico considerado desde este punto de vista nos conduciría muy lejos: desde el psicoanálisis a la psicología de masas, pasando por las variedades del nuevo colecti­vismo y las técnicas de subversión y demagogia. Nos limitaremos, en este campo, a algunas indicaciones.

Un fenómeno reconocido oficialmente y necesario en la prác­tica psicoanalítica es el llamado transfert. En él, el psicoanalista, como se dijo, va en cierto modo a sustituir al sujeto, proporcionándole un punto de referencia para liberar­se de las tensiones que desgarran su personalidad, para "vomitar fuera" todo lo que se ha acumulado y reprimido en su subconsciente. Aparte de los resultados terapéuticos, desde el punto de vista espiritual, la contraposición de todo esto puede ser precisamente el abandono y la interrupción de la tensión ha­cia un verdadero complemento de la personalidad y es intere­sante que semejantes "identificaciones" pueden acompañarse del fenómeno de la ambivalencia: amor que se mezcla con odio o que desemboca en odio. El fenómeno es significativo porque en pequeñas dimensiones toma el sentido de lo que muchas veces sucede en los fenómenos colectivos de transfert y de "éxtasis". También ellos pueden permitir cierta "ambivalencia", porque el sentimiento subconsciente de la violación íntima puede afirmarse como odio después del arrobamiento y el embeleso que despierta la identificación liberadora. La historia reciente nos mues­tra también ejemplos característicos.

La técnica de la demagogia se apoya generalmente en un transfert sobre la liberación "estática". Las hipótesis explicativas de los psicoanalistas que recurren a la la interpretación sexual de las experiencias de los salvajes, tenidas como supuestos antepasados de toda la humanidad, no son más que tonterías.  Sin embargo, queda el esquema del transfert y de la proyección fuera de sí del propio centro con el concomitante y muy visible fenómeno de pasar al estado libre de un enorme potencial psíquico-vital. Ahí donde los principios demagógicos revistiendo el carácter llamado "carismá­tico" logran producir la identificación mística, nacen movimien­tos arrolladores de multitudes, que no se detienen ante nada y en los cuales cada uno cree vivir una vida más elevada. Libre de1 propio yo, gozoso de transferir a otros hasta la capacidad de pensar, de juzgar y de mandar, puede manifestar efectivamen­te dotes de valor, de sacrificio v de heroísmo que van más allá de cuanto es posible a toda persona normal y a él mismo como parte desprendida del todo. En los tiempos modernos, tal vez de la Revolución Francesa en adelante, fenómenos semejantes han presentado un carácter siniestro porque los que determinan y guían por un cierto tiempo estas corrientes colectivas, son ellos mismos, más o menos, instrumentos de fuerzas ocultas.

Un caso particular de "misticismo" está constituido por el fenómeno mesiánico. El Mesías, como salvador, no es en el fon­do más que un ideal inconsciente que se presenta a cada uno como realizado en otro ser. También en este caso se produce el fenómeno del transfert, con síncope del proceso de formación y de integración del yo y con el consiguien­te ya indicado sentido de descarga y de liberación (es la atmósfera de liberación que se forma en torno al Mesías).

Naturalnte, no está excluido el caso de personalidades su­periores cuyas fuerzas pueden unirse a aquellas que se mantie­nen a la expectativa "mesiánica", en forma tal de no alterar ,;¡no de completar el proceso de formación interna, guiando pues a los individuos hacia sí mismos, hacia la conquista de su forma.  Este caso es así real como el de una efectiva elevación de cada uno "por participación", cuando conscientemente toma parte de una jerarquía tradicional centrada en representaciones efectivas de la autoridad espiritual.

En pocas palabras, el fenómeno mesiánico es muy poco fre­cuente en nuestros días, cuando por todas partes se va en busca de gurus y similares. En la mayoría de las corrientes espiritualistas, cuanao no es la rareza Y el atractivo de doctrinas "ocultas" para atraer a las almas, se trata precisamente de un vago deseo mesiánico, que se concentra en principios de sectas y escuelas a las que circunda la aureola milagrosa de "maestro" y de "adepto". En el teosofismo la cosa había tomado un carácter consciente y sistemático. Convencidos de la necesidad de un nuevo "Instructor del Mundo", se dieron a preparar el ad­venimiento, estableciendo para ese objeto una asociación mun­dial, la Orden de la Estrella de Oriente, la cual, según el oráculo de Besant, terminó con designar apto a un joven hindú para encarnar a la esperada entidad.

Se trata de Jiddu Krishnamurti, quien, por otra parte, llegado a la mayor edad y al conocimiento de sí mismo, con una innegable fuerza de carácter dió un inesperado golpe de escena adoptando resueltamente una nueva dirección. En esta etapa mantuvo la misma ambigüedad en su doctrina llamada "espiritualismo", por lo cual vale la pena examinarla desde su principio, aunque solo sea en forma sucinta.

*     *     *

En el campamento veraniego de Ommen, Holanda, en el año de 1929, Krishnamurti disolvió la Orden de la Estrella declarando al mismo tiempo su credo, sin atenuantes.  He aquí al­gunas de sus palabras: "Yo no tengo más que una meta: liberar al hombre, ayudarlo a romper las barreras que lo limitan, por­que solamente esto le dará la felicidad eterna, el conocimiento incondicionado y la expresión de su yo. Desde el momento en que seguís a alguien, dejáis de seguir a la verdad, estáis habitua­dos a la autoridad o a una atmósfera de la autoridad. Creéis, es­peráis que otros, por medio de poderes extraordinarios y milagros, os transporten a la región de la libertad eterna.  Deseáis nuevos dioses en el lugar de los antiguos, nuevas religiones en el lugar de las antiguas, nue­vas formas en lugar de las anteriores, todas igualmente sin valor, todas ellas barreras, limitaciones, muletas. Desde hace die­ciocho años habéis preparado mi venida al mundo. Y cuando yo vengo a deciros que es necesario arrojar todo eso y buscar por vosotros mismos la iluminación, la gloria, la pureza y la incorruptibilidad del yo, ni uno solo de vosotros acepta hacerlo. ¿Para qué pues, tener una organización? Yo sostengo que la ver­dad es un páramo salvaje y que no es posible llegar ahí por alguna vía trazada, ya sea una religión o una secta. Pera aquellos que verdaderamente desean comprender, que se esfuerzan por en­contrar lo que es eterno, sin principio ni fin, marcharán juntos con más fervor y serán un peligro para todo aquello que no es esencial, para la irrealidad, para los espectros"[4].

En sí misma, ésta hubiera sido una saludable reacción, no sólo contra el mesianismo teosófico, sino también, y de forma más ge­neral, contra la actitud extravagante de la que ya hemos hablado.  A pesar de todo es necesario hacer notar dos puntos.

El primero es que, a pesar de todo, después de las declara­ciones de Krishnamurti las cosas han cambiado poco; al igual que antes se han celebrado reuniones y asambleas con gran entusias­mo, teniéndolo como centro; ha sido creada una "Fundación Krishnamurti" que se propone adquirir un fondo en Inglaterra para establecer allí, según el deseo del mismo Krishna­murti, un centro para la difusión de sus ideas; se han editado libros con títulos como Krishnamurti, el instructor del mundo (de L. Renault), Krishnamurti, el espejo de los hombres (de Y. Achard), Krishnamurti, psicólogo de la nueva era (de R. Linswn) y otros por el estilo. Así el mito ha ido reconstruyéndose con singular rapidez y Krishnamurti sigue ejerciendo de maestro y predicador de una nueva visión de la vida. Se ha pretendido que esto no es exacto, porque el nuevo Krishnamurti no quiere sustituir a cada uno, sino que desea estimularlos a tomar de forma autónoma, una conciencia más profunda de sí mismos, presentándose sólo como un ejemplo y actuando únicamen­te como "catálisis espiritual" sobre los que acuden a escu­charlo.

Algo por el estilo puede concebirse en el caso de centros reducidos y pequeñas reuniones en algunos asram hindúes y grupos iniciáticos en los que una personalidad superior puede efectivamente crear una atmósfera casi magnética, sin predicar. En cambio, es muy dificil concebirlo cuando se pone a impartir conferencias en todos los rincones del mundo profano y para un pú­blico muy numeroso, incluso en teatros y universidades, habien­do llegado, finalmente, a interesar a un público tanto intelectual como mundano. Lo menos que puede decirse es que Krishnamurti se ha prestado a todo eso, utilizando el acostumbrado título de "maestro" y proclamando, paralelamente,  que no es necesario buscar un maestro.

El segundo punto consiste en que Krishnamurti, a pesar de todo, expone una enseñanza y una doctrina, que desde su prin­cipio hasta hoy ha permanecido prácticamente invariable, carac­terizada por acusadas ambigüedades, muy peligrosas por lo demás, debido a que nunca aclara la verdad de su ideología.

Liberar a la vida del yo, es, en el fondo, lo que Krish­narnurti anuncia. Verdad, para él, significa vida; y vida significa felicidad, pureza, eternidad y otras cosas más, sinónimos de éstas. Además, liberar la vida y liberar el yo son casi sinónimos, porque Krishnamurti insiste en la dis­tinción entre un falso yo personal y un yo eterno, el cual,  es uno con la vida y con el principio de todas las cosas. El hombre ha impuesto toda clase de limitaciones a este yo, es decir, a la vida: creencias, preferencias, hábitos atávicos del corazón y de la mente, aficiones, escrúpulos religio­sos, temores, prejuicios, teorías, vínculos y exclusivismos de todo género. Todas las barreras que se deben superar para volver a encontrarse a sí mismas, para realizar lo que Krishnamurti, llama la "unicidad individual" (the individual uniqueness). ¿Pero este "a sí mismo" -dado que después equivale al "yo de todo, a la unidad absoluta con todas las cosas, al fin del sentido de sepa­ración"[5]- se distingue mucho de cualquier cosa semejante al élan vital de Bergson y al objeto de las novísimas religiones del irracionalismo y del idealismo más o menos panteistas y naturalistas? ¿Con qué derecho llamarlo "yo"? ¿Y aquello que precisamente se puede llamar "yo" según Krishnamurti, en el fondo ¿acaso no es sólo un principio negativo, una superestructura que, crea­da por agregación de prejuicios, temores y pactos, sofoca lo que sería solamente real, la vida, exactamente como en el psicoanálisis y en el irracionalismo?

Krishnamurti no dice nada para hacernos entender qué sen­tido tienen algunas expresiones utilizadas por él -"a sí mismo" o "unicidad indivi­dual"- en donde la perfección y la meta son concebidas sim­plemente sin diferencias de muchas y variadas formas, semejantes -según sus mismas palabras[6]- al agua corriente que avanza siem­pre y nunca está quieta, a la llama que no tiene forma definida, débil, inconstante de momento a momento, y por lo mismo indescriptible, en ningún modo posible de limitar, indomable. Dar a la vida, sobre esta base, la cualidad de felicidad, de alegría libre y estática cuando toda oposición es superada, cuan­do ningún límite, ningún dique la contiene, ciertamente es posible que puede manifestase y extenderse sin esfuerzo con legítima espontaneidad. Pero no lo es hablar al mismo tiempo de incorruptibilidad, de eternidad, de verdadera liberación de la ley, del tiempo. No se puede querer simultáneamente aquello que está por venir y aquello que ya existe, aquello que continuamen­te cambia y aquello que es eterno e invariable. Siempre, las enseñanzas sapienciales han señalado dos regiones, dos estados: mun­do y sobremundo, vida y supervisa, fluidez y fuga de las formas (samsára) y permanencia del centro.  Krishnamurti mezcla las dos cosas en una extraña amalgama, en una especie de traducción de la enseñanza hindú de la identidad entre atma y brahmán en términos de irracio­nalismo idealista occidental. Y decir que si ésta era su más pro­funda exigencia, en una de las tradiciones de su país, en el maháyána habría podido encontrar todo lo necesario para pre­sentir en qué sentido podría efectivamente existir algo superior a aquella oposición.

Krishnamurti tiene razón al decir que el hombre debe su­primir la distancia entre sí mismo y la meta, convirtiéndose él mismo en meta[7], no dejando escapar como una sombra situada entre el pasado y el futuro, aquello que sólo es real y en lo cual únicamente puede poseerse y despertarse: el momento presente, el mo­mento del cual nunca se sale. Esta podría ser también una sa­ludable reacción contra la ya denunciada ilusión evolucionista, que rechaza llegar al final de la meta, que en realidad, sólo puede alcanzarse más allá del tiempo y de la historia.

Pero, ¿acaso no podría reducirse también lo estático a lo meramente instantáneo, a la embriaguez de una identificación que destruye toda distinción y toda sustancialidad espiritual?

Indicar el principio de no depender de nada, fuera de sí mismo, no es suficiente. Es necesario explicar qué relación se mantiene con este "sí mismo"; es necesario establecer si se es capaz, respecto a sí mismo, de dominio, de conocimiento y libre direc­ción, o bien si se es incapaz de ser diferente de aquel que mo­mento a momento, conforme a la espontaneidad pura, la "vida liberada" desea, actúa y crea en nosotros una disposición para elegir tal estado incluso como ideal[8]. Y si esto se refiere a la tarea de dar una forma y una ley a un ser personal puede también suceder que constituya también, en cierto plano, el límite para declarar la libertad.

Krishnamurti habla, ciertamente, de aquella rebelión que es ilusoria, porque expresa una velada autoindulgencia e intoleran­cia[9]. Dice que para comprender lo que entiende por libertad de la vida, es preciso prefijarse aquella nota, que es liberación hasta de la vida[10]. Acentúa que si la verdadera perfección no tiene leyes, eso no debe ser interpretado como un estado de caos, sino con superioridad de la ley y del caos, como convergencia el origen de todo, de donde surge toda transformación y depen­den todas las cosas[11]. En fin, afirma que debemos crear un milagro de orden en este siglo de desorden y de superstición, pero sobre la base de un orden interior nuestro y no sobre el de una autoridad, de un temor o de una tradición." Pero estas alusiones que en general podrían indicamos una justa dirección espiritual son poco convincentes, dado el espíritu del conjunto sin ser corroboradas por ninguna indicación concreta de método y de disciplina porque, como se ha visto ya, Krishnamurti es opuesto a cualquier vía prefijada: piensa que no existen senderos para la realización de la verdad, es decir de la vida; que un deseo y una aspiración de felicidad tan intensos como para eliminar uno o todo objeto particular, un amor sin límites, no individual, no para una vida, sino para la vida, no para un determinado ser, sino para cualquier ser, bastan para conducir a la meta.

Más allá de todo esto, como único camino está indicada la suspensión de los automatismos del yo y de sus represiones, el cesar del flujo mental en una especie de "solución de continui­dad" espiritual.  Cuando caen por tierra todas las barreras, cuan­do no hay nada en nosotros que sea determinado por el pasado o por lo ya conocido, nada que tienda hacia algo, en ese momen­to podría tenerse conocimiento del verdadero sí, la aparición de lo que Krishnamurti alguna vez llama n-ásticamente "lo desconocido", como un hecho espontáneo y con carácter de imprevisto, y no como el "resultado" de una disciplina, de un método y de una iniciativa del yo, porque sería absurdo que el mismo yo pu­diera "suspenderse" y "matarse" a sí mismo; cada esfuerzo vol­vería a encerrarlo en sí mismo. Después de este despertar hipo­tético el yo desaparece, no es ya el yo, "se convierte en la vida".

Tales ideas parecerían presentar analogías, no sólo con la doctrina mística cristiana que lleva resignación al espíritu (don­de, sin embargo, el concepto de gracia tiene una parte esencial), sino con las del taoísmo y con una de las dos escuelas principales del zen, las cuales parece ser que Krishnamurti conoce muy poco, ya que en una declaración reciente incluyó al mismo zen (junto con el hinduismo, con el método cristiano y con "todos los sistemas") entre las "patrañas", diciendo que una mente que se ejercita en base a cualquier sistema o método "es incapaz de comprender lo que es verdadero".  De hecho, las citadas analo­gías son relativas, el taoísmo y zen tienen un cimiento e impli­caciones histórico-existenciales muy diversos. Tal vez sea nece­sario tener en cuenta el exceso, en parte explicable, de una reacción contra el confuso engranaje del teosofismo y el relativo bagaje de creencias, de "iniciaciones", de "ejercicios", de tratos", de "cuerpos" y así sucesivamente.

En cuanto a las confusiones indicadas anteriormente, tam­bién es posible que las palabras traicionen el pensamiento de Krishnamurti y que el mismo carácter de su experiencia per­sonal unido a la falta de una sólida preparación doctrinal ha­yan impedido fórmulas más adecuadas.  Sin embargo, las con­fusiones expresivas podrían también reflejar la ambigüedad de su misma experiencia, con el resultado de que no da ninguna verdadera orientación.

En general, quedan como características en Krishnamurti el rechazo absoluto e indiscriminado de toda autoridad (hecho que hasta podría ser explicado sicoanalíticamente en el sentido de que Krishnamurti tuvo que soportar en su familia un torpe des­potismo paterno); la negación de toda tradición, por consiguien­te, un individualismo y un anarquismo en el campo espiritual, pero también, al mismo tiempo, una especie de encarnizamiento contra todo aquello e es " o". él coloca la construcción del yo, de "aquella ilusión que es el yo", en el mismo plano del "pecado original" del cual hablan los cristianos.  Es necesario entenderse sobre este punto.  La referencia justa podría ser pro­porcionada por la máxima iniciática: "Pregúntate si eres tú quien tiene al yo, o si el yo es quien te tiene a ti".  No hay duda de que es necesario liberarse de un cierto yo; la vía remotionis (el camino de remoción), la destrucción del "hombre antiguo" (el cual luego, desde otro punto de vista, no es más que el "hombre nuevo", el más reciente) es una condición que ha sido siempre reconocida para la reintegración espiritual.  Pero al mis­mo tiempo es preciso subrayar una continuidad fundamental y no insistir sobre rígidas antítesis.  Sería oportuno volver al sim­bolismo del hermetismo alquimista el cual considera más bien un baño en un "agua de vida" que destruye y disuelve advirtiendo sin embargo que las sustancias a las cuales se somete a tal baño deben contener un grano de oro indestructible (el símbolo del oro se refiere al principio yo) destinado a reafirmarse en aque­llo que lo ha disuelto, y a volver a surgir su potencia en forma superior; sin que por esto deje de conseguirse la perfección de la "grande obra", que se detiene en la llamada fase de la blan­cura que se halla bajo el signo de la mujer, más bien del dominio femenino sobre el hombre[12]. Este esquema orienta mejor y pone en su lugar lo que está entremezclado con las ambigüas ideas de Krishnamurti, en el orden de las cuales la negación del yo de­rivaría del hecho de que ello sería un factor estático, "un paquete inerte" que se opone a aquel cambio y a aquella continua trans­formación que constituirían la esencia siempre nueva e incoercible de lo real.

En un plano más contingente, Krishnamurti no habiía de­bido olvidar una máxima (e la tradición de su misma tierra que, juntamente con otras, quiere arrojar al mar: "Que el sa­bio no turbe con su sabiduría la mente de los ignorantes".  Venir a proponer ideas, que son verdaderas, si acaso, al nivel de un verdadero "liberado", a aquellos desorienta­dos que, como los hombres modernos, tienen demasiados incentivos que los lanzan al caos y a la anarquía, no es ciertamente una cosa sabia. El hecho de que frecuentemente tradiciones espiri­tuales y sabias, símbolos estructuras rituales y ascéticas no sean otra cosa que formas vacías que aún sobreviven, no debería im­pedir el reconocimiento de la función positiva que pueden haber tenido y que siempre pueden tener en el marco de una civilización más normal, y en relación con los pocos que todavía saben entender, vale la pena hablar para ellos, para que puedan también concebir una autoridad, la cual no sea nunca un prin­cipio de represión o de enajenación. Puede pasar por alto las sobrestructuras, los apoyos y los vínculos (muchas veces desti­nados solamente a sostener) quien ya se siente con fuerzas su­ficientes para ponerse de pie. Parece que Krishnamurti no se preocupa de esto: incita democráticamente a todos a la gran rebelión y no a aquellos pocos para quienes solamente ella puede ser saludable y verdaderamente liberadora.

Es muy significativo el hecho de que después del año de 1968 se haya podido advertir una particular receptívidad de las ideas de Krishnamurti en ambientes estudiantiles de muchas grandes universidades cuyos estudiantes integraron la "contestación", rechazando todos los sistemas y valores tradicionales en nombre de una "li­bre explicación del propio ser"[13]. Por otra parte, antes había aparecido el fenómeno que se conoció como mystic beat (golpe mís­tico) y el movimiento de la beat generation que se vió seducido por los aspectos irra­cionales del zen y su negación casi nihilista e iconoclasta de esta doctrina iniciática. Ello confirma el sentido inquietante y distorsionado en el cual pueden funcionar hoy algunas ideas, cuando no se entiende el plano que condiciona cada una de sus legítimas fórmulas.

Esta alusión a ciertos ambientes de jóvenes occidentales que recientemente han sido atraídos por las ideas de Krishnamurti surdas realizadas al margen de aquel mundo deberían expli­carse refiriéndose a ella, si en lugar de ser atribuidas al individuo y a las influencias de una ideología que niega todo concepto de culpa, conduciendo hacia el plano de una vida verdaderamente "liberada".

 



     [1]Sobre este asunto cfr. nuestro libro L’Arco e la clava, Milán, y el ensayo contenido en Introduzione alla Magia, cit., vol.  III, pp. 274 os.

 

     [2]W. J. SCHELLING, Zur Geschichte der neuren Philosophie, S.  W. (I), Y. X, pp. 187-189.

 

     [3]P. TILLICH Das Dimonische, Tübingen, 1926.

     [4]La Dissolution de l’Ordre de I’Etoile.  Una declaración de J. Krirh­namurti, Ommen, 1929.

 

     [5]      J. KRISHNAMURTI, La Vita Liberata, Trieste, 1931, p. 28.

     [6]Ibid, pp. 113, 122.

     [7]Ibid., p. 17.

     [8]Ibid., p. 69.

     [9]Revista Ananda, 1, p. 5.

     [10]La Vita Liberata, cit., p. 49.

     [11]En el apéndice de L. de MANZIARLY y C. SUARES, Saggio su Krishnamurti, Génova, 1929, p. 83.

     [12]Sobre esta enseñanza del hermetismo, cfr. nuestra obra La tradición Hermética. Martínez Roca, Barcelona 1976.

     [13]R. LINSSEN, Krishnamurti, psychologue de l’Ere nouvelle, París, 1971, p. 41. A. NIEL ha escrito también un libro intitulado Krishnamurti et la revolte.

 

Etica Aria (II) El derecho sobre la vida

Etica Aria (II) El derecho sobre la vida

Biblioteca Evoliana.- El segundo artículo que incluye la recopilación "Ética Aria", "El derecho sobre la vida" es una reflexión sobre "El derecho sobre la vida", publiado en la revista "Il Regime Fascista", el 17 de mayo de 1942. A Evola le llamó la atención el hecho de que solamente algunas doctrinas orientales y el estoicismo de Séneca, consideraban lícito el suicidio. En este artículo se preocupa por analizar bajo qué circunstancia el suicidio es una "salida honorable". El artículo inspira un capítulo entero de "Cabalgar el Tigre" que reproduce las mismas reflexiones y evidencia la tendencia que ya tenía Evola en los años 40 a transgredir las fronteras de lo politicamente correcto.

 

Queremos tratar aquí, brevemente, no sobre el derecho sobre la vida en general, sino sobre el derecho sobre la misma vida, según la trasposición de la antigua fórmula ius vitaes necisque, que equivaldría a la potestad de aceptar la existencia humana o bien de ponerle fin. 

Vamos a considerar este problema desde el punto de vista puramente espiritual, por tanto nos situaremos más allá de las consideraciones de carácter social. Debe pues entenderse esta responsabilidad frente a uno mismo, en lugar de restringirla a los estrechos horizontes de la vida individual, considerando el sentido general de la propia existencia terrestre y supraterrestre. Nuestras consideraciones se mantendrán igualmente alejadas de cualquier referencia de carácter devocional, del plano condicionado y poco iluminado, al que habitualmente se alude. Aspiramos a mantenernos fieles a criterios propios de un realismo de carácter superior. 

La opinión de Séneca 

Sobre tal plano, la forma más severa y viril en la que se ha afirmado el derecho absoluto a disponer de la propia vida, ha sido afirmado por el estoicismo, especialmente en las formulaciones de Séneca. En los puntos de vista de esa filosofía se percibe –a ojos de muchos- un espíritu típico, no sólo romano, sino también ario-romano, aun cuanto se vea limitado por cierto entumecimiento y exasperación. 

Para entender el alcance del punto de vista de Séneca -y, en. general, la esencia de las ideas que aquí queremos exponer- hace falta condenar cualquier justificación del derecho a quitarse la vida, en casos en los que intervenga un motivo pasional. El hombre que se suicida impulsado por un sentimiento pasional es digno de ser condenado y despreciado. Es un vencido, un derrotado. Su acto de suicidio solamente atestigua su pasividad, su incapacidad para afirmarse y responder a los impulsos de la vida sensitiva, por encima de la cual es preciso situarse para poder considerarse verdaderamente hombre. No vale la pena, pues, dedicar ninguna línea a estos casos. 

La justificación de Séneca del derecho al suicidio, en cambio, es interesante, porque se sitúa, decididamente, más allá de ese plano. La visión general de la vida de Séneca y el estoicismo romano se basa en la idea de que la vida es una lucha y una prueba. Según Séneca, el hombre verdadero está por encima de los mismos dioses porque estos, por naturaleza, no están expuestos a la adversidad y a las desgracias, mientras que el ser humano si está expuesto a ellas y, por tanto, tiene el poder de triunfar. Infeliz no es quien ha conocido la desgracia y el dolor, nos dice Séneca, porque no ha tenido ocasión de experimentar y de conocer su propia fuerza. A los hombres les ha sido concedido algo más que estar exento de males; se le ha dado la fuerza para triunfar sobre ellos. Y las personas más golpeadas por el destino deben ser consideradas como las más dignas, de la misma forma que durante las batallas, se encomienda la defensa de las posiciones más expuestas y difíciles y las misiones más peligrosas a los elementos más fuertes y calificados, mientras que los menos osados, atrevidos y fuertes, los menos fuertes, son destinados a la retaguardia. 

Ahora, en función de esa precisa afirmación de una visión viril y combativa de la vida, Séneca justifica el matarse. La justificación la pone en boca de la divinidad en De providentia, VI, 7-9, cuando escribe que dice no sólo se ha concedido al hombre verdadero, al sabio, una fuerza más fuerte que cualquier contingencia, sino que se le ha dado la posibilidad de abandonar el terreno de juego cuando lo desea: la vía de "salida" está siempre abierta, pater exitus. "Cuando no queráis combatir, siempre os es posible la retirada. Nada os ha sido dado más fácil que morir." 

Enseñanzas arias

La expresión “si pugnare no vultis, licet fugere”, aludía a la muerte voluntaria que el sabio tenía derecho a darse a mismo, en el espíritu del texto no debe ser entendida como una cobardía, en tanto que fuga. No se trata de apartarse de la vida porque uno no se siente lo bastante fuerte como para afrontarla como prueba. Implica, por el contrario, decir basta a un juego, cuyo sentido ya no se comparte, tras haber demostrado así mismo tener la capacidad para superar pruebas similares. Se trata de una “separación de la vida” fría, casi podríamos decir “olímpica”, realizada por quien no se ha dejado dominar por los elementos que han ido apareciendo en su vida. 

En las antiguas tradiciones arias se encuentran justificaciones para "salir" voluntariamente de la vida terrenal, con evidentes afinidades a la vía del estoicismo romano. Allí donde se ha renunciado a la vida en nombre de la vida misma, es decir cuando algo nos impide gozar o encontrar satisfacción (una carencia, una situación personal desesperada, un desengaño, un fracaso) el suicidio es condenado sin paliativos. En tales casos, este acto no significa una “liberación”, sino justo lo contrario: la forma más extrema, aunque bajo la apariencia de un rechazo, de apego a la vida, de dependencia de la vida y de sometimiento a los "deseos". Ningún "más allá" espera a quien utiliza tal violencia contra sí mismo; la ley de una existencia sin “luz” se reafirmará en torno a quien haya optado por esta vía. 

Tendría, en cambio, derecho a poner fin a la vida terrenal quien permaneciera en una situación de distanciamiento y separación frente a la vida, hasta el punto de que le daría igual vivir o no-vivir. En esos casos, se podría plantear la pregunta de qué es lo movería a una persona en tal coyuntura interior a asumir la iniciativa del suicidio. Tanto más por el hecho de que quien ha alcanzado tal estado de perfección interior ha asumido también en uno alguna medida el sentido suprapersonal de su existencia en tierra, sintiendo, al mismo tiempo, que el conjunto de esta existencia no es sino un breve tránsito, un episodio, el aparecer para una misión dada o una prueba particular, un viaje durante las horas "a través de la noche", como dicen los orientales. Advertir un aburrimiento absoluto, una impaciencia o una intolerancia ante el paso del tiempo y lo que todavía tenemos por adelante ¿acaso no sería un resto humano, una debilidad, algo todavía no “resuelto" y aún no aplacado por el sentido de la eternidad, o, al menos, por las "grandes distancias" no-terrenales y no-temporales?

¿Es “mía” la vida?  

Dicho esto, hay otra consideración de principio que es posible realizar. Se puede tener realmente derecho sólo sobre aquello que nos pertenece. El derecho a dar fin a la propia vida está condicionado por lo tanto a que esta vida pueda ser verdaderamente “mía”. Y hablando de "vida", no podemos reducirla solamente al cuerpo, el organismo fisico-psíquico sobre el que,  generalmente, se juzga que se tiene el derecho de poner término a su duración; ni se tiene que excluir la misma vida de los sentimientos y las sensaciones. 

Ahora, en términos absolutos, ¿puede decirse que, verdaderamente, todo eso es "mío" o se refiere a "yo mismo"?. Aquí cada cual se forja sus propias ilusiones que, sin embargo, un instante de reflexión bastan para disipar. Un texto de la tradición aria, sitúa el problema de modo muy tangible en forma de diálogo. El sabio pregunta: “¿Tiene un soberano poder para ejecutar, exiliar o amnistiar a quién quiera en su reino"? -"Ciertamente". "Que piensas entonces sobre esto: ¿el cuerpo soy yo mismo? O también, qué dices: La sensación soy yo mismo, la percepción soy yo mismo, puede realizarte este deseo: Así debe ser mi sensación o percepción, así no debe ser?” La respuesta al interrogatorio debe ser por fuerza negativa. No se puede hablar de "mi cuerpo" o de "mi vida", porque entonces debería tratarse de cosas sobre las que no tengo poder, mientras que, de hecho, tal poder o es nulo, o bien mínimo. No es el principio y la causa de "nuestra" vida, aquello que nosotros recibimos, sino que en las antiguas tradiciones arias todo esto es considerado como un "préstamo" que va parejo al deber restituir a otro tal vida, engendrando a un hijo. De aquí que el primogénito fuera llamado "el hijo del deber." 

Por lo demás, allá dónde la vida fuera de nuestra propiedad, debería ser posible separarse de la existencia terrenal a través de un puro acto del espíritu o la voluntad, sin actos violentos exteriores, algo imposible para la casi totalidad de los hombres, porque sólo algunas tradiciones antiguas consideraron la posibilidad de una "salida" de este tipo en figuras absolutamente excepcionales. Suicidándose y matando al cuerpo físico, se ejerce por tanto violencia sobre algo que no puede decirse que sea nuestro, algo que no depende de nosotros mismos: algo sobre lo que no puede decirse que tengamos, en derecho, jus vitae necisque: menos incluso que sobre los propios hijos, que, al menos, han sido engendrados por nosotros. 

Aquí sin embargo puede presentarse una objeción. Puede decirse que, precisamente porque no hemos querido ni creado nuestra vida, no estamos obligados a aceptar o conservar en todos los casos este “préstamo” o “regalo” y, por tanto, en un momento determinado tenemos el derecho a ponerle fin. Para aceptar este razonamiento, naturalmente, deberemos presuponer que se ha realizado la condición ya señalada, es decir, que se ha operado un distanciamiento con la vida misma, capaz de demostrarse a sí mismo con pruebas positivas y no con simples palabras o sugestiones. De otra forma, considerar la vida como algo extraño que se puede conservar o devolver a quién sin nuestro consentimiento, nos la ha dado, sería una simple ficción mental. Así pues, seguimos, en el terreno aplicable solo a casos excepcionales. 

Pruebas de reacción sobre el destino 

La solución de esta dificultad está condicionada por los puntos de vista que derivan de la visión general del mundo. La  mayor parte de los occidentales modernos, a causa de la religión predominante, se han acostumbrado a considerar el nacimiento físico como el principio de su vida. Para ellos el problema, naturalmente, es bastante grave, porque allí dónde el nacimiento, y por tanto la vida terrenal, no son consideradas como efecto de una causa o de una confluencia de circunstancias externas, el nacimiento queda vinculado únicamente a la voluntad divina. 

Tanto en un caso como en el otro, la voluntad propia no juega ningún papel, por lo que, allí dónde no se sea lo suficientemente devoto para aceptar la vida por amor de Dios, con resignación y obediencia, puede aparecer siempre la actitud de quien reivindica la misma libertad frente a lo que él no ha deseado. 

Pero el examen de la mayor parte de las más antiguas tradiciones indo europeos no coinciden con este punto de vista. Afirmaban, inicialmente, una preexistencia con respecto a la vida terrenal y una relación de causa y efecto -a veces incluso de elección-, entre la fuerza preexistente al nacimiento físico y la misma vida. Ésta, en tal caso, no pudiendo ser atribuida a una voluntad exterior y humana del individuo, va a representar un orden penetrado por un determinado sentido, algo que tiene su significado para el Yo, como una serie de experiencias importantes no en sí mismos, sino respecto a nuestra realización. En una palabra, entonces aquí abajo, la vida ya no es una casualidad, sino que más bien puede considerarse como algo a aceptar o rechazar según mi libre albedrío, ni como una realidad que se impone frente a la que solamente se puede permanecerse pasivo, bien con una resignación obtusa o manifestando una constante resistencia. Surge en cambio la sensación de que la vida terrenal es algo, sobre lo que nosotros, antes de ser seres terrenales, nos hemos, por así decirlo, "comprometido" y, en cierta medida, implicado, incluso como en una aventura o como en una misión o una elección, asumiendo los aspectos problemáticos y trágicos de la misma. 

Es difícil que esta superioridad o, también, sencillamente aquel distanciamiento frente a la vida, que permitiría arrojarla, no se acompañe, como ya hemos señalado, por un sentido de la existencia, el cual, en muy pocos casos, induciría a comprender la decisión de “acabar” con ella. Todos sabemos que antes o después el fin vendrá, por lo tanto, la actitud más sabia frente a las contingencias sería descubrir el sentido oculto, la parte que tiene en el todo, que en el fondo -según el punto de vista señalado- se basa en nosotros y está contenido en nuestro deseo de trascendencia. Y allí dónde fuera sincera y decisiva nuestra impaciencia ante lo eterno, por conocer la existencia más allá de la terrenal, daría sentido a la frase de una mística española: “en tan alta vida espero, que muero porqué no muero”; a partir de ese momento, se concibe la vida como prueba, en lugar de interrumpirla con una intervención directa y violenta. Mediante las intervenciones heroicas en un conflicto bélico, o en las ascensiones en alta montaña, o en exploraciones y misiones arriesgadas, hay miles de posibilidades para interrogar a la vida sobre el “destino” y obtener respuestas sobre las razones profundas para proseguir aquí una vida humana. 

Publicado en la sección “Diorama mensile” de la revista “Il Regime Fascista”, 17 de mayo de 1942.

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

[revisado]

Correspondencia Evola-Guenon: 11 extractos

Correspondencia Evola-Guenon: 11 extractos

Biblioteca Evoliana.- Como se sabe, Evola y René Guénon intercambiaron correspondencia durante varios años. Evola puede considerarse "discípulo" de Guénon, pertenecientes ambos a la misma escuela del Tradicionalismo integral. Sin embargo, en algunos extremos ambos disintieron. Evola es, pues, un discípulo con personalidad propia que identificó y planteó algunos de los puntos débiles del planteamiento de Guenon (sobre las doctrinas hindúes, sobre el catolicismo y la masonería, y sobre la iniciación particularmente). Esta correspondencia, lamentablemente, recoje solamente 11 cartas de Guénon a Evola, algunas de las cuales son suficientemente ilustrativas de la relación que mantuvieron, pero dejan intuir las polémicas que albergaron.

 

11 EXTRACTOS DE CARTAS A JULIUS EVOLA

Fuentes:

-Lettere a Julius Evola, Sear Edizioni, Borzano, 1996,150 p.

-Extracto del 21 de noviembre de 1933. En Julius Evola, Révolte contre le monde moderne, Éditions de l´Homme, 1972, p. 489, nota 2.

-Extracto del 27 de enero de 1934

-Carta del 30 de diciembre de 1947.

-Extractos del 28-2-48; 13-6-48; 24-6-48; 18-4-49; 13-6-49; 20-7-49 y 25-7-50. En Evola, Un maestro dei tempi moderni: René Guénon, Fondazione Evola, Roma, 1984.

-Extracto de 1948 en "La Destra", marzo de 1972. Reproducido en Cahier L 'Herne

Extracto del 21 de noviembre de 1933

"...nunca he creído en una restauración efectiva del espíritu tradicional en Occidente sobre la base del Catolicismo; debéis pensar que no soy tan ingenuo como para eso; pero, por razones que desgraciadamente no me es posible explicar por carta, era necesario decir lo que he dicho y considerar esta posibilidad, aunque no fuese más que para establecer una situación clara; y eso ha tenido plenamente el resultado (negativo) que esperaba"

En Julius Evola, Révolte contre le monde moderne, Éditions de l´Homme, 1972, p. 489, nota 2.

27 de enero de 1934. (Sobre su participación en "II regime fascista" de Cremona)

"Quizá todo esto sea un esfuerzo vano, dada la mentalidad de esa gente, pero igualmente es posible que algo llegue a algunas personas susceptibles de comprender"

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Carta del 30 de diciembre de 1947

El Cairo

Estimado señor,

He recibido su carta hace algún tiempo ya, a pesar de la lentitud e irregularidad de las comunicaciones postales; habría querido escribirle más pronto, pero nunca encuentro tiempo suficiente para todo lo que tengo que hacer... He recibido bien su primera carta, debe hacer algo más de un año, si recuerdo bien, y había respondido a al dirección que me indicó por entonces; me sorprende que esta respuesta nunca le haya llegado.- Me había apenado mucho lo que os ocurrió, y ahora lo estoy más aún al saber que su estado permanece el mismo desde entonces; deseo muy vivamente que se mejore al fin y pueda restablecerse ¡lo antes posible! En cuanto a lo que me dice que los médicos parecen no comprender nada, no me sorprende, pues, de modo general, jamás he tenido gran confianza en la medicina moderna...

Veo que a pesar de eso, continuáis siempre trabajando, puesto que me decís estar preparando nuevas ediciones mejoradas de vuestros libros.- He recibido "La dottrina del risveglio"; debo deciros francamente que he quedado un poco decepcionado, porque me parece que habéis seguido demasiado de cerca las ideas de los orientalistas sobre el Budismo, mientras que hubiese sido menester tener primero en cuenta la reinterpretación de A. Coomaraswamy, que hace aparecer el Budismo original con un aspecto completamente diferente. Es cierto que probablemente no habéis podido conocer uno de sus recientes libros, "Hinduism and Buddhism", que es uno de los más importantes a este respecto; una traducción francesa está ya hecha y aparecerá próximamente. Con relación a esto, es necesario que os diga, pues quizá todavía no lo sabéis, que desgraciadamente Coomaraswamy ha muerto en septiembre último, de manera totalmente súbita e inesperada; justamente acababa de cumplir 70 años. Tenía la intención de retirarse a la India afines del próximo año, tras haber terminado todavía diferentes trabajos; no habrá podido realizar este proyecto al cual parecía atender mucho...

En cuanto a mí, durante los años que las comunicaciones con casi todos los países estaban completamente interrumpidas, como naturalmente no tenía ni correspondencia ni artículo que escribir, he aprovechado para preparar cuatro nuevos libros, que han aparecido sucesivamente en 1945 y 1946: "Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps", que es en cierto modo una continuación a la "Crise du Monde Moderne", pero de un carácter mucho más doctrinal; "Les Principes du Calcul Infinitésimal"; "Aperçus sur l'Initiation", sobre los cuales ahora volveré y, en fin, "La Grande Triade", que, como indica el título, se relaciona sobre todo con la tradición extremo-oriental.- Desde que he conocido su dirección por la anterior carta, he pedido a París si sería posible haceroslos enviar; preguntado el servicio postal, ha contestado que, para Austria, solamente se aceptaban las cartas, y parece que sea ahora lo mismo todavía; en todo caso, se ha tomado nota para que se os envíen en cuanto sea posible.

Sobre la reforma de '"Ur" que proyectáis, de muy buena gana hubiera aceptado lo que me proponéis, pero desgraciadamente no es posible ahora, y he aquí la razón: he retomado los artículos de que se trata, así como muchos otros todavía, en las "Aperçus sur l'Initiation", completándolos y dándoles una forma "seguida". Ahora bien, la traducción italiana de este volumen está lista y va a aparecer próximamente, y precisamente también en Bocca; es evidentemente imposible que las mismas cosas aparezcan así doblemente, bajo firmas diferentes y, por añadidura, ¡en el mismo editor! El autor de esta traducción es Corrado Rocco, que, como debéis recordar, ya ha hecho la de "L'homme et son devenir" hace diez años.- Por otra parte, sabéis sin duda que Piero Cola había traducido la '"Introduction Générale", pero, tras su muerte, está traducción se ha perdido; ahora, dos de sus amigos, los ing. Frigieri y Rossi, que también conocéis y que habían trabajado con él, han reemprendido la traducción, y ya se ha convenido que será editada por Laterza. Durante la guerra, han aparecido varias traducciones inglesas: "Orient et Occident", la "Crise du Monde moderne", '"Introduction générale", y también una nueva traducción del '"Homme et son devenir". Ha habido igualmente, en Argentina, una traducción española de la "Introduction générale"; y una traducción portuguesa de la "Crise du Monde moderne" debe aparecer estos días en Brasil.

Por lo que hace a las traducciones alemanas, el Dr. Otto, que había hecho la de la "Crise du Monde moderne", ha podido salvarla, aunque había perdido muchas cosas cuando la evacuación de Gorlitz. No tengo su dirección actual, pero Préau ha reanudado la correspondencia con él, y, según las últimas noticias que he tenido, debe enviar su traducción a Suiza, donde se continua con intención de publicar la de varios de mis libros. Solamente que parece que las dificultades de edición son muy grandes ahora y que sobre todo hay que esperar que las fronteras, con Alemania y Austria, estén más ampliamente abiertas que ahora, para que haya posibilidades de difusión suficientes. Es T. Burckhardt quien se ocupa más particularmente de esta cuestión; yo había pensado que quizás podríais escribirle al respecto, pero he sabido que había dejado Basilea recientemente y que vive ahora en Berna, y no sé todavía su nueva dirección; sin embargo, podríais también escribir al Dr. J.A. Cuttat, Département Politique Fédéral, en Berne.

Los "Etudes Traditionnelles" han retomado su publicación desde finales de 1945; pero, a causa de las dificultades y del costo actual de la impresión y del papel, sólo puede hacerse que aparezcan dos números por trimestre, pues de otro modo habría sido preciso aumentar excesivamente el precio de suscripción.- Calvelle continúa siempre allí, pero ahora hay que dirigirle la correspondencia a la Librería Chacornac. Ha preparado un libro sobre el Ocultismo, pero todavía querría ponerlo a punto, y, como sólo dispone de muy poco tiempo, no sé cuando podrá conseguirlo, ni por consiguiente cuando estará listo para aparecer.

Un libro de F. Schuon está en impresión y aparecerá pronto; actualmente termina la preparación de otro volumen; la traducción italiana del primero, hecha también por Rocco, no tardará sin duda mucho, y va a ser editada por Laterza.

Se ocupan en este momento de reeditar mis antiguas obras, que estaban todas agotadas desde hacía largo tiempo ya; las nuevas ediciones de "Autorité spirituelle" y de los "Etats multiples de l'etre" han salido el último mes, pero, por la lentitud inverosímil del correo, aún no las he visto. "L'Homme et son devenir", ya reeditado en 1941 (sólo lo he sabido tras la reanudación de las comunicaciones), está en este momento imprimiéndose, y he recibido últimamente una parte de las pruebas de '"Orient et Occident".- A este propósito, olvidaba deciros que el "Règne de la Quantité", aparecido en 1945, se ha agotado en menos de tres meses, de modo que ha hecho falta reeditarlo ya el último año.

He aquí, creo, casi, todas las novedades interesantes; espero igualmente que mi carta os llegará esta vez.

Mis mejores votos por su restablecimiento, y siempre muy cordiales saludos

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28 de febrero de 1948

"Ciertamente, no es tampoco imposible que "algo" se haya aprovechado de la ocasión para actuar contra usted; pero lo que se ve poco claro es de dónde ha venido eso y el porqué. Sobre esto, en lo que me dice hay cosas que me hacen recordar lo que a mí mismo me ocurrió en 1939, cuando durante seis meses estuve tumbado en el lecho sin poderme girar ni hacer ningún movimiento. Para todos, se habría tratado de una crisis reumática, pero en realidad se trataba de muy otra cosa y sabemos muy bien quién hacía inconscientemente de vehículo para una influencia maléfica (era la segunda vez que aquello ocurría, pero la primera vez la cosa había sido menos grave). Se tomaron medidas para alejarlo y a fin de que no pudiese ya retornar a Egipto y desde entonces no se ha comprobado nada semejante. Os digo esto para que veáis si no podría haber ocurrido algo similar en torno a usted, pero, naturalmente, a distancia temporal no es posible darse cuenta exactamente de ello.

(...)

Yo también he estado mucho tiempo sin noticias de De Giorgio, pero finalmente me ha escrito de nuevo y hemos retomado nuestra correspondencia; parece que siga siendo el mismo siempre, con su estado de salud que desgraciadamente deja mucho que desear(...)

"Por lo referente a los maleficios, hay una gran diferencia entre los verdaderos brujos, como aquellos con los que se ha relacionado, y los simples "ocultistas"; estos, a pesar de sus pretensiones, nunca consiguen resultados reales. Cuando me dice que estas acciones no deberían poder alcanzar a aquellos que tienen elevada estatura espiritual, hay que distinguir. Si se refiere al dominio psíquico y mental, tiene completamente razón, pero las cosas son distintas en el dominio corpóreo, en el cual puede ser alcanzado cualquiera. Por lo demás, dado que, según la tradición, unos brujos lograron enfermar al mismo Profeta, no veo realmente quién podría enorgullecerse de quedar al margen de sus ataques"

"Puesto que me pide informaciones sobre mi edad, tengo ahora 62 años: sabía que debía de ser usted más joven que yo, pero no creía que la diferencia fuese tan grande. En lo concerniente a la fotografía, lamento no poder contentarle, pero la verdad es que no tengo ninguna, y ello por múltiples razones. Antes que nada, está lo que podría llamarse la cuestión de principio, que me compromete, como usted dice, a desechar todo aquello que tiene un carácter simplemente individual; pero, además de eso, me he percatado de que la cosa podía ser peligrosa: hace quince años, fui informado de que cierto abogado buscaba procurarse una foto mía, diciendo que estaba dispuesto a pagarla a cualquier precio: nunca he sabido lo que quisiera verdaderamente hacer con ella, pero, en todo caso, es cierto que sus intenciones no eran benévolas; puesto que nunca se sabe demasiado dónde puede perderse una fotografía, ¡he concluido que era mucho más prudente no hacerse ninguna!"

13 de junio de 1948

"En el fondo, el problema doctrinal del que me habla, es menos difícil de lo que puede parecer a primera vista. Todo Hombre Verdadero ha realizado todas las posibilidades del estado humano, pero cada uno en un modo que le es propio y en virtud del cual él se diferencia de los otros. Además, si no fuese así, ¿cómo podría haber sitio incluso para seres que no han alcanzado tal grado? A un nivel diferente, eso vale también para el Hombre Trascendente (otro ideal extremo-oriental) y para el jîvan-mukta (el "liberado en vida" hindú); pero se trata entonces de la totalidad de posibilidades de todos los estados sólo que, aunque pueda parecer singular, es un hecho que los seres que han alcanzado un mismo grado tal vez pueden ser, en cierto sentido, indiscernibles desde el exterior, hasta en lo referente a la apariencia corpórea; en efecto, hay quienes encarnan un "tipo" no teniendo ya nada de individual, lo que ocurre principalmente en aquellos que explican ciertas funciones especiales; el "tipo" entonces es el de la misma función, lo que puede hacer creer incluso que sea siempre el mismo ser el que la ejercita en el curso de un período de diversos siglos, mientras, en realidad, se trata de algo bastante diverso".

24 de junio de 1948

"Sobre lo que me dice acerca del fin de un ciclo, se trata ciertamente de algo difícil de exponer con toda la claridad deseable. Pero lo que hace falta comprender bien es que se trata, en cierto modo, de un "vuelco" imprevisto, con vistas a un nuevo inicio, y no de un reascenso gradual; ello, por el hecho mismo de que el punto más bajo (del ciclo) va a reunirse con el punto más alto. Por lo demás, no pueden existir ciclos verdaderamente cerrados, porque, siendo infinita la Posibilidad universal, no puede comportar ninguna repetición. La concepción de los ciclos cerrados sería, en el plano macrocósmico, el equivalente de lo que es la teoría de la reencarnación en el plano microcósmico, y una y otra caen ante las mismas objeciones. En cuanto a una representación en términos de espirales no cerradas de modo que el inicio y el final estén solamente en correspondencia, sin confundirse, no creo que se pueda asimilar a una doctrina evolucionista porque sólo simbólicamente los ciclos vienen presentados como sucesivos, y ello basta evidentemente para que no sea cuestión de una evolución. Al respecto, puede presentar dificultad solamente la tendencia, demasiado difundida, a extender el punto de vista temporal a dominios a los cuales no puede ser aplicado en modo alguno".

18 de abril de 1949

"Por mi parte, como he estado vinculado desde los 22 o los 23 años a organizaciones iniciáticas, tanto orientales como occidentales, podéis daros cuenta por ello que la suposición que consideráis no podría aplicárseme en modo alguno en lo que me concierne".

(...)

La manera paródica y caricaturesca con la cual (Gustav Meyrink) ha presentado frecuentemente esos datos, da una impresión verdaderamente siniestra (es de lamentar que no pueda contaros por carta todas las dificultades que he tenido para reparar ciertas consecuencias maléficas de su Rostro Verde); además, sus relaciones con la escuela de Bô Yin Râ (...) no son tampoco, desde luego, un indicio muy favorable"

13 de junio de 1949

"Con relación a lo que dije la última vez referente a mi vinculación a organizaciones iniciáticas, (si bien no me agrada en absoluto el hablar de estas cosas que en suma no pueden interesar a ninguno aparte de mí) respondía a esta frase de su precedente carta: " ... lo más frecuentemente fuera de esa secta se ha encontrado quien ha sido capaz de mayor comprensión de hecho de cosas iniciáticas, cosa que quizás se ha verificado en sus mismas relaciones " Esto me había hecho temer que pensase después que, en mi caso, pudiese tratarse de una de aquellas pretendidas iniciaciones carentes de cualquier vinculación regular, las cuales, por mi parte, no puedo considerar mas que como puramente imaginarias. Incidentalmente, le señalaré que, en los Aperçus, he dedicado un capítulo entero para explicar las razones según las cuales la palabra "secta" es absolutamente inadmisible en casos como aquellos a los cuales usted la aplica en la frase en cuestión.

Usted dice que, en los Aperçus, no se habla de organizaciones hermético-cristianas; pero al contrario, las he mencionado expresamente en la misma nota a la cual usted se refiere, y si no he hablado más largamente, es porque aquellas de las que he podido conocer su existencia, no admiten más que un número de miembros tan restringido que se las puede considerar como prácticamente inaccesibles. Veo también que usted no había comprendido exactamente en qué sentido hablaba de "cuestiones complejas"; con eso quería solamente decir que abarca en realidad muchos otros elementos además de los que puedan conocerse con un estudio hecho "desde el exterior"; por lo tanto, es todo lo contrario de una reserva como usted había pensado"

(...)

Hay ciertamente casos en los cuales una influencia de la contra-iniciación es claramente visible, y hay que incluir en ellos los casos en los cuales datos tradicionales son presentados de una forma intencionalmente "paródica"; y, en particular, el caso de Meyrink, lo que, entiéndase bien, no quiere decir que él haya tenido conciencia clara de la influencia que se ejercía así sobre él. Me sorprende, por ello, que parezca usted tener cierta estima por Meyrink, y también porque, además, él se había adherido al movimiento de Bô Yin Râ, por el cual no habéis manifestado ninguna consideración. A este propósito, es necesario que yo haga una rectificación: existe ciertamente en Bô Yin Râ una parte de charlatanería y de mistificación, pero hay también alguna otra cosa, ya que él había estado ligado a una organización muy singular, cuya sede se encontraba en alguna parte del Turquestán, y que representaba una especie de Tantrismo más o menos desviado. Puedo afirmarlo con certeza (y soy quizá el único) porque, cuando el futuro Bô Yin Râ no se llamaba aún más que Joseph Schneider y estudiaba pintura en París, algunos miembros de la susodicha organización me lo presentaron un día como el único Europeo que formaba parte de ella. Más tarde, he visto también el retrato que Bô Yin Râ había hecho de su "Maestro", y que era perfectamente reconocible para mí; en aquella ocasión, por lo demás, pude comprobar que los mismos discípulos suyos más cercanos no conocían absolutamente nada de todo eso, y yo ¡me he cuidado bien de hacerles saber lo que conocía!".

(...)

"Cuando hablo de la Masonería sin especificar, me refiero a la Masonería propiamente dicha, comprendiendo exclusivamente los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los cuales se pueden añadir solamente los grados ingleses de Mark y Royal Arch, grados totalmente desconocidos en la Masonería "continental". En cuanto a la multiplicidad de grados a la que aludís, es evidente que las conexiones que se han querido establecer entre ellos son del todo artificiales. Cualquiera que sea el modo en el cual han venido, por así decir, a injertarse en torno a la Masonería, no forman parte integrante de ella. Otro punto sobre el que querría atraer vuestra atención es que cuando decís que las logias que no se han adherido al "cisma" (que dio origen a la Masonería politizada e ideológica) no han hecho nada para detener o rectificar sus consecuencias, parece que no tenéis en cuenta cosas que tienen cierta importancia, como el restablecimiento del grado de Maestro, del todo ignorado por la Masonería de 1717, o la acción de la "Gran Logia de los Antiguos", cuya existencia independiente continuó hasta 1813. Tengo la impresión que tenéis únicamente en cuenta aquello en lo que se ha convertido la Masonería a partir de cierto período en Francia y en Italia y que no conocéis todo lo referente a la Masonería anglosajona".

Carta del 20 de julio de 1949

"Sobre el problema de la Masonería creo que es muy difícil entendernos. En lo que me decís al respecto hay algunas cosas que en cierto modo me dejan perplejo. Primeramente, me hacéis decir (sin ninguna restricción, mientras que yo he precisado que se trataba sólo del Occidente) que las únicas organizaciones iniciáticas existentes son el Compañerazgo y la Masonería. Parece que no tenéis en cuenta organizaciones iniciáticas orientales que existen, algunas de las cuales tienen miembros más o menos numerosos en la misma Europa. Otro punto: he dicho que en el mismo mundo occidental subsisten (además de la Masonería) ciertas organizaciones vinculadas con el esoterismo cristiano y procedentes del Medioevo. No he insistido sobre ellas porque son tan cerradas (una de las que conozco más particularmente tiene un número de componentes rigurosamente limitado a doce) que la posibilidad de ser admitidos allí está prácticamente fuera de lugar (...). La fecha de 1717 no señala el origen de la Masonería sino de su degeneración, lo que es muy distinto. Por otro lado, para poder hablar de la utilización de "residuos psíquicos" (de vestigios) en aquel período, habría que suponer que la Masonería operativa hubiese por entonces cesado de existir, cosa que no es cierta, porque existe todavía en diversos países, mientras que en Inglaterra entre 1717 y 1813 interviene eficazmente para completar ciertas cosas y regular otras, al menos en la medida en que ello era posible en una Masonería reducida a no ser ya más que especulativa... Por otra parte, cuando hay una filiación regular y legítima la degeneración no interrumpe la transmisión iniciática; ésta reduce solamente su eficacia, al menos en general, porque a pesar de todo puede haber excepciones. En cuanto a la acción anti-tradicional de la Masonería de la que habláis, habría que hacer algunas diferenciaciones, por ejemplo, entre la Masonería anglosajona y la latina, pero, en todo caso, ello sólo demuestra la incomprehensión de los miembros de una u otra organización masónica: pura cuestión de hecho, y no de principio. En el fondo, lo que se podría decir es que la Masonería ha sido la víctima de infiltraciones del espíritu moderno, como en el orden exotérico la misma Iglesia católica lo es actualmente, y cada vez más. Entiéndase bien, no quiera buscar el convencer a nadie, sino sólo mostraros que el problema es bastante más complejo que cuanto parecéis creer".

25 de julio de 1950

"Por lo que se refiere a la constitución de una Orden y a vuestro proyecto, no sé verdaderamente qué decir, porque si no es posible establecer una vinculación tradicional auténtica y regular, no se trataría más que de una asociación como tantas otras incluso aunque se considerase un lado "esotérico", en tal caso podría dar lugar solamente a un simple "grupo de estudios" sin que corresponda a ninguna realidad efectiva. No creo que, cualesquiera que puedan ser las intenciones, asociaciones más o menos exteriores, puedan dar resultados más o menos serios y, a mi parecer, habría más bien una pérdida de tiempo y de esfuerzos. En casos semejantes, de contentarse con una especie de "simulacros" creo que sea preferible el no hacer nada. Naturalmente, otra cosa sería si hubiese vinculación con una verdadera "cadena iniciática", pero no veo más que usted su posibilidad".

Extracto de 1948

"Puesto que me pide informaciones sobre mi edad, tengo ahora 62 años. Sabía que era usted más joven pero sin embargo no creía que la diferencia de edad fuese tan grande entre nosotros. Por lo que hace a mi fotografía, estoy desolado por no poder satisfaceros, pero la verdad es que no tengo ninguna, y esto por importantes razones (...) me he dado cuenta también de que eso podía ser peligroso; hace unos quince años fui informado de que cierto (...) buscaba procurarse mi fotografía diciendo que estaba dispuesto a dar cualquier precio; nunca he sabido lo que quería verdaderamente hacer, pero, de todas maneras, es cierto que sus intenciones no eran bienhechoras. Como nunca se sabe demasiado donde puede terminar una fotografía, he concluido que era mucho más prudente no hacérmelas.

 

Citas de Julius Evola (II) sobre la CONTESTACION GLOBAL CONTRA EL MUNDO MODERNO

Citas de Julius Evola (II) sobre la CONTESTACION GLOBAL CONTRA EL MUNDO MODERNO

Biblioteca Evoliana.- La segunda entrega de la selección de citas de Evola está dedicada a la "Contestación Global contra el mundo moderno". Un parte importante de las citas han sido extraída de la obra cumbre de Evola "Rivolta contro il mondo moderno", sin embargo, abundan también las incluidas en "Imperialismo Pagano" y en artículos publicados en los años 30. Resulta significativo que la mayor parte de estas citas hayan sido escritas en la que podemos llamar "segunda etapa" de su producción, la que tiene lugar entre la disolución del Grupo de Ur (1930) y el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). En este período, Evola fiha las ideas centrales que inspirarán su obra. 

 

 

II

CONTESTACION GLOBAL CONTRA EL MUNDO MODERNO

 

Para Evola el concepto de decadencia indica una neta fractura con el mundo que llama "de la Tradición": su doctrina de la regresión no es, por otra parte, una incitación al fatalismo, vale en relación a puntos de referencia absolutos y a la escala de las grandes distancias históricas: por ello quien hoy opera positivamente sobre el plano concreto de la acción no puede, ni debe, dejarse impresionar.

El título mismo del capítulo sugiere inmediatamente el de la obra más importante del autor, Rivolta contro il mondo moderno (1934): esta obra bastaría por sí misma para atestiguar como, ya hace sesenta años, y precisamente en Italia, contra la decadente civilización actual, se alzó una "contestación", la cual, apoyándose sobre el sólido fundamento de lo que, en todos los tiempos, tradicionalmente puede revestir un carácter de normalidad en sentido superior, va mucho más allá y en profundidad que las que le han seguido. Crítico agudo de muchos aspectos del mundo moderno -cuya carrera hacia el desastre ha denunciado en sus libros durante casi cincuenta años- Evola invita a la reacción, a no dejarse condicionar ante la omnipotencia y el triunfo aparente de las fuerzas dominantes de la época. Evola rechaza todo reconocimiento con el mantenimiento de esta sociedad, sus estructuras, sus mitos y sus seudo-valores, una distancia interior exenta de compromisos y con el no aceptar estar ligada a ningún vínculo de naturaleza espiritual o moral.

Además de Revuelta contra el mundo moderno, los fragmentos ordenados en el capítulo presente, están extraídos de: Imperialismo pagano, Los hombres y las ruinas, Metafísica del Sexo, El "obrero" en el pensamiento de Ernst Jünger, Cabalgar el Tibre, L'Arco e la clava, como también de escritos aparecidos en periódicos diversos.

"Oponerse a cualquier consagración y "racionalización" del estado de hecho, no conceder ningún reconocimiento a fuerzas y corrientes que hayan tomado la mano, tal debe ser el principio"

Los hombres y las ruinas (II ed. 1967)

 

Europa ha creado un mundo que en todas sus partes constituye una antítesis irremediable y completa con lo que fue el mundo tradicional. No existen compromisos o conciliaciones posibles, las dos concepciones están enfrentadas una contra otra, separadas por un abismo sobre el que cualquier puente resulta ilusorio. Por otra parte, la civilización occidental, el mundo cristiano, está procediendo de forma vertiginosa hacia su lógica consecuencia, y la conclusión, sin querer ser profeta, no se hará esperar mucho. Aquellos que entrevén esta conclusión y consiguen sentir todo el absurdo y toda la tragicidad, deben buscar pues en si mismo el valor para decir no a todo.

Imperialismo pagano (1928)

 

Nos encontramos ante la ley misma que domina toda la cultura y la sociedad de hoy: en el plano inferior, el orgasmo industrializador, los medios que se convierten en fines, la mecanización, el sistema de los determinismos económicos y materialistas a los que la ciencia marca el ritmo -conectado con el arribismo, la carrera hacia el éxito que hombres que no viven, sino que son vividos- y, en el límite, los novísimos mitos del "progreso indefinido" sobre la base del "servicio social" y del trabajo convertido en fin en si mismo y deber universal; sobre el plano superior, el conjunto de las doctrinas fausticas, deveniristas y bergsonianas (...) No es acción, sino fiebre de acción. Y el correr vertiginoso de aquellos que han sido arrojados fuera del eje de la rueda y cuya carrera era tanto más loca en cuanto mayor es su distancia del centro. Tanto esta carrera, como la dependencia de las leyes sociales en el ámbito económico, industrial, cultural y científico son inevitabes, fatales en todo y por todo, en el orden interior de cosas que han creado, una vez que el individuo se haya vuelto ajeno y exterior a sí mismo, una vez que con el sentido de la centralidad, de la estabilidad y de la suficiencia interior haya perdido el sentido de lo que constituye verdaderamente el valor de la individualidad. La decadencia de Occidenta procede incuestionablemente de la decnadencia del inviduo como tal.

Imperialismo pagano (1928)

 

La infinidad de hombres sobre la tierra desierta de luz, reducidos a mera cantidad -solamente a cantidad-, convertidos en iguales en su identidad material como partes dependientes de un mecanismo abandonado a sí mismo, dejado en el vacío sin que nadie pueda hacer nada... esta es la tendencia que está en el fondo de la dirección económico-industrialista que triunfa en todo Occidente. Y quien siente que ésta es la muerte de la vida y el advenimiento de las leyes de la materia, el triunfo de un hecho tanto más terrible en tanto que ya no existe mas persona, sin que pueda considerarse más que un remedio: destrozar el juego del oro, superar el fetiche de la sociedad y las leyes de la interdependencia, restaurar los valores aristocráticos, los valores de la cualidad, la diferencia, el heroismo, el sentido de la realidad metafísica a la que hoy todo resulta contrario.

Imperialismo pagano (1928)

 

La onda oscura y bárbara, enemiga de sí y del mundo, que en la subversión frenética de toda jerarquía, en la exaltación de los débiles, de los desheredados, de los sin-nacimiento y sin-tradición agitados por la necesidad de "amar", de "creer", de abandonarse, en el rencor hacia todo lo que es fuerza, suficiencia, sabiduría, aristocracia, en el fanatismo intransigente y proselitista constituyó un veneno para la grandeza del Imperio Romano, y la causa máxima de la decadencia de Occidente. El cristianismo -recuérdese- no es lo que hoy subsiste como religión cristiana -tronco muerto carente de un impulso más profundo. Tras haber disgregado el conjunto de Roma, con la Reforma pasó a infectar la raza de los rubios bárbaros germáncos para luego penetrar también más arriba, tenaz e invisible: el cristianismo hoy está en acto en el liberalismo y en el democratismo europeo, y en todos los otros frutos de la revolución francesa, hasta el anarquismo y el bolchevismo; el cristianismo de hoy está activo en la estructura misma de la sociedad moderna-tipo -la anglosajona- y en la ciencia, el derecho, en la ilusión de poder de la técnica. En todo esto se conserva igualmente la voluntad niveladora, la voluntad del número, el odio hacia la jerarquía, la cualidad y la diferencia y el vínculo colectivo, impersonal, hecho de mutua insuficiencia, propio de las organizaciones de una raza de esclavos en revuelta.

Imperialismo pagano (1928)

 

El mundo tradicional fue jerárquico: en un sentido, sagrado, sobre la base de la realidad metafísica situada como principio, centro y fin de la existencia, como estado supremo del ser, como estado de verdad. Y donde la ordenación temporal secundó este esquema, a través de los grados de luz, se formó un tránsito espontáneo entre lo humano y lo no-humano, una visión simbólica de las cosas, de la naturaleza y de los acontecimientos, de la cual tomaron vida las "superadas" ciencias tradicionales, y en la cual el demonismo elemental de la naturaleza inferior en perpetuo devenir era detenido por formas de liberación y de luz. La ruptura de la relación entre ambos mundos, la concentración de toda posibilidad en uno solo de estos, el del hombre, la sustitución del supramundo con fantasmas efímeros y momentáneas exaltaciones de la naturaleza mortal, tal es el sentido del mundo moderno.

La Torre (10 marzo 1930)

 

La idea de la pluralidad de civilizaciones y la de la relatividad de la civilización moderna, se presenta para muchos con los rasgos de una herética e impensable extravagancia. Pero esto no basta: es necesario saber reconocer que la civilización moderna no solo podrá también desaparecer como tantas otras sin dejar rastro, sino que pertenece al tipo de las que, una vez desaparecida, igual que la vida momentánea, respecto al orden de las "cosas que son" y de cualquier otra civilización adherida a las "cosas que son", tiene un valor de mera contingencia.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

La sociedad moderna se presenta precisamente como un organismo que desde el tipo humano ha pasado al subhumano, en el cual toda actividad y toda reacción es determinada por las necesidades y las tendencias de la pura vida corporal. Sus principios dominantes corresponden exactamente a la parte animal y orgánico-vital de las jerarquías tradicionales (mercaderes y siervos): el oro y el trabajo. Tal como se han orientado las cosas, estos dos elementos van a condicionar casi sin excepción toda posibilidad de la vida para forjarse ideologías y mitos, mediante los cuales resultaría más clara la profundidad de la moderna perversión de todos los valores.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Partiendo de estas premisas, de esta devastación cientifista, racionalista y maquinista, la civilización moderna ha cerrado gradualmente cualquier vía para la defensa de la personalidad frente a la agresión de lo colectivo. Y así hemos visto, en el terreno político, como -arrollada la diferencia aristocrático-feudal, eliminada cualquier tradición de sangre y de casta, destruido a través de una única ley niveladora y "pública" cualquier jus singulare, todo privilegio, cualquier franquicia, el individuo laico, revolucionario, liberal e iluminista haya reclamado inmediatamente la reacción: como el grupo, la patria, la raza, el Estado sean poco a poco reducidos al valor de personas independientes que exigen del individuo, que forma parte entrega y subordinación incondicionada no solo como ser natural y "político" sino también en cuanto ser ético y espiritual; que pretendan pues que toda forma de actividad se nacionaliza o se "socializa", cesa de ser un soporte para una cultura, es decir, para una libre formación de la persona, y se convierte en parte dependiente del ente político y temporal. Al mismo tiempo se fomenta demagógicamente el odio hacia cualquier personalidad superior y dominadora; los jefes no son admitidos, más que en cuanto son meros "exponentes" al servicio de la colectividad, del pueblo, de la patria en forma de jefes de partido democráticos o de tribunos de la plebe.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

En el nacionalismo, habitualmente se consideran solamente los aspectos particulares, la oposición entre la conciencia de un pueblo y la de otros pueblos. Este aspecto es real y al considerar el nacionalismo como fenómeno surgido de la disgregación de la anterior edad ecuménica y espiritual europea. Pero también es importante considerar el aspecto colectivista que el nacionalismo, en tanto que emancipación particularista de un principio universal, lleva en sí mismo y que resulta claro cuando se toma por punto de referencia la relación entre la personalidad y el grupo. Bajo esta óptica el nacionalismo se muestra como un espíritu de locura, una dictadura del demos, unida a la incapacidad del individuo para valorizarse, muy frecuentemente unida a factores sub y pre-personales.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

El "progreso" de la historia más allá del medievo se compendia esencialmente en un desarrollo del elemento burgués y de los intereses y actividades propias de la burguesía y nada más que de ella, ignorando a los demás elementos superiores de la jerarquía medieval: desarrollo que ha asumido los rasgos de un verdadero cáncer. El burgués ha cubierto de ridículo los ideales de la ética caballeresca precedente. El burgués, como la "gente nova" despreciada por Dante, ha estimulado la revuelta antitradicional, usurpando el derecho de las armas, fortificando los centros de una impura potencia económica, levantando estandartes propios, oponiendo -con las Comunas- una anárquica pretensión de autonomía a la autoridad imperial. Es el burgués quien poco a poco ha dado la apariencia de cosas naturales a lo que en otros tiempos -en tiempos de normalidad- hubiera sido considerado como una absurda herejía: el pensar que la economía es nuestro destino y el beneficio es el fin, el pensar que el comerciar y traficar es "actuar", el traducir cualquier cosa en términos de "rendimiento", de prosperity, de confort, de algo susceptible de especulación, de compra y venta, es la esencia de la civilización.

Régimen Fascista (3 abril 1934)

 

Quien ama los contrastes, también en relación con la guerra, debería considerar aquello en lo que se ha convertido la "civilización" moderna. Pasando a través del grado, aun no privado de cierta nobleza, del guerrero que combate por el honor de su príncipe, descendiendo hasta el tipo de mero "soldado" o militar, se ha unido, poco a poco, la idea, que es algo "medieval" y de bárbaros y fanáticos, luchar por la "vía de Dios" y por similares fantasías metafísicas; algo santísimo, sin embargo, es luchar por un trozo de tierra, por el "orgullo de la nación" o por el "porvenir de la patria" según el "deber" de todo buen ciudadano.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

El mundo moderno nos muestra también en algunos de sus desarrollos más singulares el retorno a los temas propios a las antiguas civilizaciones ginecocráticas meridionales. El socialismo y el comunismo en la sociedad moderna ?acaso no son más que reapariciones materializadas y mecanizadas del antiguo principio telúrico-meridional de la igualdad y de la promiscuidad de la Madre Tierra? Puramente físico y fálico es, en el mundo moderno, el ideal de la virilidad, propio de la ginecocracia afrodítica. El sentimiento plebeyo de la Patria afirmado con la revolución francesa y desarrollado por las ideologías nacionalistas como mística de la estirpe y, precisamente, de la Madre Patria, sagrada y omnipotente, es efectivamente la reminiscencia de una forma de totemismo femenino. Y los reyes y los jefes de gobierno privados de toda real autonomía, "primeros servidores de la nación", son productos de la desaparición del principio absoluto de la soberanía paterna y del retorno de aquellos que tienen en la Madre -en el gran totem materno de la "raza"- el origen de su poder. Hetairismo y amazonismo están igualmente presentes, bajo formas nuevas: es el disgregarse de la familia, es el sensualismo moderno, la continua búsqueda de la mujer y del placer; luego, es el neutralizarse y el masculinizarse de la mujer misma, la lucha por su emancipación y por la paridad de sus derechos en todos los terrenos, su bastardización deportiva. Aún hoy la amazona y la hetaira han suplantado a la madre y dominan sobre el hombre esclavo o animal de rendimiento práctico.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Se ha considerado una conquista lo que es una abdicación. Tras siglos de "esclavitud" la mujer ha querido ser libre, ser por sí misma. Pero el considerado "feminismo" no ha sabido concebir para la mujer una personalidad, si no a imitacion de la masculina, a pesar de que sus "reivindicaciones" enmascaren una desconfianza fundamental de la mujer nueva hacia si misma, la impotencia de esta para ser y valer como lo que es: como mujer y no como hombre.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

La plebe no habría nunca podido irrumpir en todos los terrenos de la vida social y de la civilización si existieran aristocrátas realmente capaces de enpuñar la espada y ceñirse el cetro; así mismo en una sociedad constituida por hombres verdaderamente tales, la mujer nunca habría debido y podido tomar la via de la actual degeneración feminista. Si consideramos los períodos en los que la mujer ha unido una autonomía y un primado, vemos que coinciden casi siempre con épocas de cadencia evidente de las civilizaciones más antiguas. Así la verdadera reacción contra el feminismo y contra cualquier otra desviación femenina no debería desarrollarse contra la mujer, sino es contra el hombre.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

En un texto tradicional, escrito dos mil quinientos años antes del nacimiento de Nietzsche, se lee: "Perdida la Vía (es decir la inmediata adhesión a la espiritualidad pura) queda la Virtud; perdida la Virtud queda la ética; perdida la ética queda el moralismo. El moralismo es solo la cáscara exterior de la ética y la firma del principio de la decadencia". En este fragmento son enunciadas de forma concisa y exacta las varias etapas del proceso de caida que ha conducido hasta el ídolo burgués: el moralismo. Tal ídolo no fue nunca conocido en las grandes civilizaciones tradicionales; swolo lo ha sido en un sistema de domesticación y conformismo basado sobre la convención, el compromiso, la hipocreacia y la vellaquería, y justificado solo en función de un utilitarismo socializado.

Regime fascista (3 abril 1934)

 

Los puntos de divergencia entre Rusia y América no tienen apenas importancia para quienes miran la esencialidad. Al igual que Rusia, América, en los temas centrales de su "civilización" y de su forma de considerar la vida y el mundo, ha creado algo, que representa la precisa contradicción de la antigua tradición europea, en el seno de la cual todavía penetra deletéreamente (...). Los puntos de correspondencia, nos permiten ver en Rusia y América dos rostros de la misma cosa, dos movimientos que parten de los dos mayores centros de poder del mundo y que convergen, poco a poco, hacia un mismo punto. Una -realidad en vias de formarse, bajo el puño de hierro de una dictadura, a través del método de una estatización y de una racionalización inexorable. La otra -realización espontánea (y por tanto más preocupante) de una generación que acepta ser y querer ser lo que es, que se siente sana, libre y fuerte y añade por sí a los mismos puntos, sin la sombra casi personificada del "hombre colectivo", que aun tiene en su red, sin la dedicación fanático-fatalista del eslavo-bolchevizado. Pero tras una como la otra "civilización", tras una y otra grandeza, quien ve reconoce igualmente el preludio del advenimiento de la "Bestia sin nombre", "el mundo nuevo que viene".

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Podrá también suceder que la capitulación ante la tenaza que se cierra de Oriente y Occidente no sea siquiera advertida, que el hundimiento no tenga siquiera la grandeza de una tragedia. Rusia y América, pensando en una misión universal, traducen la sensación de un destino real. Centralizan las fuerzas, por la vía de las cuales se podrá realizar la última fase de la involución y del descenso del poder de una a otra de las antiguas castas hasta la última y el despertar del demonismo de lo colectivo. Y si tal destino deberá realizarse, y la tenaza, de Oriente y Occidente, cerrarse, toda esta espléndida civilización de titanes, de metrópolis de acero y cemento, de masas tentaculares, de álgebras y máquinas encadenadas las fuerzas de la materia, de dominadores de cielos y de océanos, aparecerá como un mundo que se tambalea en su órbita y tiende a desprenderse y alejarse definitivamente en los espacios, donde no existe ninguna luz, fuera de aquella siniestra encendida por la aceleracion de su misma caída.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

Así puede pensarse en la necesidad de que los destinos se cumplan. Ya lo hemos dicho: habiendo calcado el penúltimo grado, estando en el umbral del advenimiento universal de la verdad y del poder de la última de las antiguas castas, no debe realizarse aun más que aquello que queda por tocar el fondo de aquella "edad oscura" -kay yuga- o "edad del hierro", preconizada por las enseñanzas tradicionales, los rasgos generales de la cual corresponden extrañamente al rostro de la época contemporánea. Como los hombres, así también las civilizaciones tienen su ciclo, un principio, un desarrollo y un fin, y contra más ancladas están en lo contingente, más fatal es esta ley (...) Solo la estupidez de los modernos ha hecho creer por un momento que su civilización, radicada más que cualquier otra en lo temporal y en lo contingente, pueda tener un destino diferente y privilegiado.

Revuelta contra el mundo moderno (1934)

 

No es una paradoja afirmar que el idealismo, es decir la abusiva retórica de los "ideales sagrados", de las "ideas sublimes", de las "fes", es algo completamente burgués; algo vano que enmascara la ausencia de una silenciosa y verdadera fuerza creativa. Nosotros diremos pues que no es la ausencia, sino la presencia de los "ideales" y de las "fes", tomada en tal sentido, lo que caracteriza una época burguesa. "Ideales" y "fes" estuvieron verdaderamente ausentes allí donde fueron sentidos como demasiado poco, allí donde el hombre es central respecto a sí mismo, allí donde rige la fuerza pura, la potencia y la verdadera creacion. Civilización ascética, civilización guerrera, civilización creadora, tienen muy poco lugar para "ideales" y "fes", como por el "moralismo" y el "sentimentalismo".

Regime Fascista (3 abril 1934)

 

Si ha existido alguna civilización de esclavos, esta es precisamente la civilización moderna. Ninguna civilización tradicional vió jamás masas tan grandes condenadas a un trabajo vacío, desalmado, automático: esclavitud, que no tiene siquiera como contrapartida la estatura y la realidad tangible de la figura de los señores y de los dominadores, sino que viene impuesta anodinamente a través de la tiranía del factor económica y de las estructuras de una sociedad más o menos colectivizada. Y ya que la visión moderna de la vida, en su materialismo, ha restado al individuo toda posibilidad de conferir al propio destino algo de transfigurante, de verse un signo y un símbolo, así la esclavitud de hoy es la más dura y desesperada de las que se han conocido.

Revuelta contra el mundo moderno (II ed. 195)

 

El problema fundamental de nuesros días, respecto al cual cualquier otro es considerado como subordinado y accesorio, es el de la contra-revolución. Se trata de ver si existen aun hombres que sean capaces de decir no a todas las ideologías y seudoprincipios, los movimientos, los partidos y las instituciones que derivan de la revolución francesa, es decir de todo lo que va del liberalismo hasta el bolchevismo. Se trata, en segundo lugar, de agrupar a tales hombres, de darles una orientación, la sólida base de una visión general de la vida y de una rigurosa doctrina política.

Los hombres y las ruinas (1935)

 

Todos los aspectos exteriores de poder y progreso técnico-industrial de la civilización contemporánea no cambian nada el carácter involutivo de la misma. Digamos más, no dependen de esto, por que todo este aparente "progreso" ha sido realizado casi exclusivamente en función del interés económico, hegemónico en relación a cualquier otro. Hoy puede hablarse sin mas de un demonismo de la economía, la base del cual es la idea que en la vida sea individual o colectiva, el factor económico es el único importante, real, decisivo, que la concentración de todo valor e interés sobre el plano económico y productivo no es una aberración sin precedentes del hombre occidental moderno, sino algo normal y natural, no una eventual sucia necesidad, sino algo que es aceptado y exaltado.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

Se reconoce que el desorden actual es debido a infecciones ideológicas. No es cierto que el marxismo hays surgido y sea antitético porque existe una cuestión social real (esto ha podido verificarse como máximo en la época industrial); se trata precisamente de lo contrario: la cuestión social en amplia medida surje, en el mundo de hoy, solo por que existe un marxismo, es decir, artificialmente, por obra de agitadores, de los considerados "despertadores de la conciencia de clase", sobre los cuales un Lenin se expresó muy claramente al contestar el carácter expontáneo de los movimientos proletarios y en el asignar al partido comunista la tarea, no de sostener tales movimiento donde existan de forma natural, sino provocarlos y suscitarlos por cualquier medio.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

Conviene denunciar otra fijación patógena de la era económica, otro de sus slogans fundamentales. Aludimos a la superstición moderna del trabajo, que es propia tanto de las corrientes de "derecha" como a las de "izquierda". Como el "pueblo", así también el "trabajo" se ha convertido en una de aquellas entidades sagradas e intangibles, sobre las cuales el hombre moderno no sabe decir nada mas que loas y alabanzas. Una de las características de la era económica según en su aspecto más opaco y plebeyo es precisamente esta especie de autosadismo, que consiste en glorificar el trabajo como valor ético y deber humano esencial, y en el concebir bajo forma de trabajo cualquier tipo de actividad. En un futura humanidad más normal, no existirá esta perversión que aparecerá entre las más singulares.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

Completamente moderno, extraño a cualquier civilización normal, es el realce dado al concepto de "Historia"; aun más extraño es la personificación de la historia en una especie de entidad mística, convertida en objeto de una supersticiosa religión, tanto que, como muchas otras abstracciones personificadas puestas de moda en una época que se dice "positiva" y "científica", que incluso suelen escribir con letras mayúsculas.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

En la época de las democracias, la guerra misma se degrada, se acompaña de una exasperación y de un radicalismo que la época del presunto militarismo y de los "Estados militares" jamás conoció. Además, las guerras aparecen cada vez más desencadenadas por factores incontrolables, precisamente por que tales son las pasiones y los intereses que predominan en los Estados democráticos y nacionalistas, privados de un principio de pura soberanía,. Y la inevitable consecuencia de esto es que los conflictos adquieran un carácter cada vez más irracional, que conduzcan a lo que menos se ha previto y querido, que su trágico balance se cierre siempre en negativo, incluso en los términos de una "inútil carnicería", o también de una ulterior contribución al desorden universal.

Los hombres y las ruinas (1953)

 

Es evidente que hoy, por regresión, se vive en una civilización en la cual el interés predominante no es el intelectual o espiritual, no es tampoco el heroico o el referido a manifestaciones superiores de la afectividad, sino a aquello, subpersonal, determinado por el vientre y el sexo. El vientre es, hoy, el fondo de las luchas sociales y económicas más características y calamitosas. Su contrapartida es la importancia que, en nuestros días, tiene la mujer, el amor y el sexo.

Metafísica del sexo (1958)

 

Hoy se desarrollan procesos destructivos que se vuelven contra el mismo instrumento que el hombre ha creado para el dominio sobre la naturaleza, la técnica, a guisa del Golem. El hombre ya no puede huir de una situación de guerra material abierta y a las tempestades de hierro y de fuego que él mismo desencadena. La situación se repite: para hacer frente a esta realidad, creada cuando está apunto de volverse señor de la tierra y de realizar casi el bíblico: "Serás igual a Dios", pero separado de él, toma forma una nueva figura humana. Y aquella de quien, ante el desafío de la destrucción y de la mecanización, responde con un acto interno absoluto, hace suya una nueva ética y una nueva visión de la existencia.

L'"Operaio" nel pensiero di Ernst Jünger (1960)

 

Cuando hoy se habla de crisis, para la mayoría el punto efectivo de referencia es precisamente el mundo burgués: son las bases de la civilización y de la sociedad burguesa las que sufren esta crisis y son objeto inmediado de la disolución. No es el mundo que nosotros hemos llamado de la Tradición. Socialmente, política y culturalmente, está deshaciéndose el mundo que había cobrado forma a partir de la revolución del Tercer Estado y de la primera revolución industrial.

Cabalgar el Tigre (1961)

 

Por su tosquedad, por sus referencias explícitas al motivo de base -a la economía- en el mito comunista son más fácilmente reconocibles los elementos que indican el sentido final (...). En sus formas radicales este mito -que allí donde se ha afirmado controlando movimientos, organizaciones y pueblos, se une a una correspondiente educación, a una especie de lobotomía psíquica tendente a neutralizar metódicamente incluso en la infancia cada forma de sensibilidad y de interés superior, toda forma de pensar que no sea en términos de economía y de procesos económico-sociales- tiene tras de sí el vacío más pavoroso y presenta el valor del opiáceo más deletéreo hasta ahora suministrado para una humanidad desarraigada.

Cabalgar el Tigre (1961)

 

El absurdo propio del sistema de vida moderna se evidencia con toda crudeza precisamente en aquellos aspectos económicos que, esencial y regresivamente, la determinan. Por un lado, de una economía de lo necesario se ha pasado decididamente a una economía de lo superfluo, debido a la superproducción y al progreso de la técnica industrial. La superproducción exige, por el volumen de negocios de las fábricas, que sea alimentado o suscitado en las masas un máximo volumen de necesidades: a través de estas necesidades, convertidas en habituales y "normales", comportan un creciente condicionamiento del individuo. Aquí el primer factor es pues la naturaleza misma del proceso productivo disociado, que ha tomado casi de la mano al hombre moderno, como un "gigante desencadenado" incapaz de detenerse y capaz de volver verdadero el "Fiat productio, pereat homo!" (W. Sombart)

Cabalgar el tigre (1961)

 

Los últimos tiempos nos han ofrecido el espectáculo de la deserción y de la traición de los clérigos: estos -como observó Benda- han abandonado sus posiciones y han ido a converger con la intelectualidad, el pensamiento y han renunciado a su misma autoridad poniéndola al servicio de la realidad material, de los procesos y de las fuerzas que se afirman en el mundo moderno, proporcionando su justificación, un derecho, un valor. Lo que ha acelerado y potenciado aquellas fuerzas y procesos.

L'Italiano (junio-julio 1963)

 

Es innegable la caída de nivel de la iglesia moderna por el hecho de que ella tiene preocupaciones de carácter social y moralista de mucho más peso que el atribuido a la vía sobrenatural, con el ascesis y la contemplación, puntos esenciales de referencia de toda forma superior de religiosidad (...). De hecho, hoy las preocupaciones principales del catolicismo parecen ser un pequeño moralismo virtuosista sexual burgués y un inadecuado paternatismo asistencial.

Los hombres y las ruinas (IIed. 1967)

 

La revuelta puede ser legítima cuando se orienta contra una civilización en la que casi nada tiene ya una justificación superior, que es vacía y absurda, que, mecanizada y estandarizada tiende ella misma hacia lo subpersonal, en el mundo amorfo de la cantidad. Pero cuando se trata de "rebeldes sin bandera", cuando la revuelta es, por así decirlo, un fin en sí misma, el resto sirve apenas de pretexto, cuando se acompaña a formas de desencadenamiento, de primitivismo, de abandono a lo que es elemental en el sentido inferior (sexo, jazz negro, embriaguez, violencia gratuita e incluso criminal, exaltación complacida de lo vulgar y lo anárquico), entonces no es arriesgado establecer un nexo entre estos fenomenos y los otros que sobre un plano diferente atestiguan la acción de fuerzas del caos que afloran desde lo bajo a través de las grietas más visibles del orden subsistente.

Il Conciliatores (15 de noviembre 1967)

 

La perversión de la cultura moderna ha comenzado con el advenimiento de la ciencia, a la cual se han asociado el racionalismo y el materialismo. A tal respecto también puede hablarse de procesos autonomizados, los cuales han dado la mano al hombre que, por así decirlo, no consigue seguir al paso con sus mismas creaciones. No se trata, naturalmente, de negación práctica sino de lo que ha incidido sobre la visión del mundo, la cual desde hace tiempo, ha estado precisamente condicionada por la ciencia, la filosofía y las mismascreencias religiosas habiendo pasado prácticamente en un plano secundario e irrelevante. El "mito" de la ciencia es el que debería combatirse, es decir, la idea que conduce a lo que es verdaderamente digno de ser conocido, que ella en sus aplicaciones vaya más allá del dominio de los simples medios y dé alguna contribución a la solución de los problemas fundamentales de la existencia y del mundo. "Progresismo" y cientifismo van, por lo demás, de la mano.

Il Borghese (5 de septiembre 1968)

 

Es casi humorístico incluir entre las "reivindicaciones sociales", entre los "derechos inalienables de la persona humana", la libertad sexual próxima a la libertad de opinión, de culto, libertad de reunión, de residencia y de cualquier otra hermosa "conquista" de la democracia, desde el punto de vista de la cual, sin embargo, poco se podría objetar contra esta ulterior "reivindicación". Aquí, como en otros lugares, podría recordarse las palabras de Zarathustra nietzscheano, el cual interesaba no el ser libre DE alguna cosa (de las restricciones) sino el ser libre PARA algo, es decir el uso de la libertad, y recordaba como muchos pierden el último de sus valores en el momento de sacudirse todo yugo.

L'arco e la clava (1968)

 

El advenimiento de la democracia significa algo más serio y más grave de lo que hoy puede parecer desde el punto de vista símplemente político, es decir como el error y la estupidísima infatuación de una sociedad que prepara por sí mismo su propia fosa. No es erróneo afirmar que el clima "democrático" es tal que no puede dejar de ejercer, a la larga, una acción en sentido regresivo también sobre el hombre como personalidad y en términos "existenciales": precisamente tras las correspondencias antes indicadas entre el individuo como pequeño organismo y el Estado como gran organismo. Tal idea puede encontrar confirmación si se examinan varios aspectos de la sociedad más reciente. Platón dijo que aquellos que no tienen un señor en sí mismos, mucho menos lo tendrán fuera de sí mismos. Pues bien, lo que ha sido llamado "liberación" de uno o de otro pueblo, mezclado frecuentemente con la violencia (como tras la guerra mundial), con el "progreso democrático" que elimina todo principio de soberanía y de verdadera autoridad y toda ordenación de lo alto, hoy se establece en un número cada vez más relevante de individuos una "liberación" que significa la eliminación de cualquier "forma" interna, de todo carácter y rectitud: en una palabra, el declive o la carencia en el individuo de aquel poder central por el cual hemos recordado con la sugestiva denominación clásica de egemonikon.

L'Arco e la clava (1968)

 

Puede constatarse esta singular inversión: la antigua humanidad ha sido acusada de ser "mítica", es decir de haber vivido y actuado subyacendo a simples complejos fantásticos e irracionales. La verdad es, sin embargo, que nunca ha existido una humanidad "mítica" en sentido negativo, salvo, ciertamente, la humanidad contemporánea, que vive de aquellas grandes palabras escritas con mayúscula -empezando por Pueblo, Progreso, Humanidad, Sociedad, Libertad y tantas otras que han suscitado increíbles movimientos de masas y que conduce a una parálisis de toda capacidad de juicio lúcido y de crítica en el individuo, con las consecuencias más desastrosas- todas estas palabras presentan hoy el carácter de mitos, si bien, mejor sería caracterizarlos como "fábulas", por que etimológicamente "fábula", derivada de HACER, significa lo que corresponde a un simple hablar, es decir, palabras vacías. Esto es el nivel sobre el cual se encuentra la considerada humanidad evolucionada e iluminada de nuestros días

L'arco e la clava (1968)

 

Precisamente por que el saeculum, el mundo, hoy se ha llenado frenética y ciegamente en la inmanencia, la Iglesia habría debido defender, con reforzada intransigencia y decisión, el "supranaturalismo" y todo lo que tiene un carácter trascendente y verdaderamente sacro, partiendo de los valores de la contemplación y de la alta ascesis. Sin embargo la preocupación por "ponerse al día" ha llevado a las supremas jerarquías católicas en dirección opuesta, buscando una adaptación tácita a aquello que puede "necesitar" el hombre de nuestro tiempo.

Il Conciliatore (15 junio 1969)

 

Uno de los signos del agotamiento de la cultura actual es la atención que se concede al llamado "movimiento contestatario", en general, y en su forma particular al "movimiento estudiantil". No es que tal movimiento carezca de importancia, por el contrario: pero lo tiene solo como un índice de los tiempos (...). Las conexiones del contestatario con la llamada revolución sexual en los aspectos más espúreos y promiscuos de esta, su colusión con "melenudos", drogados y similares, son significativas, como es significativo el espectáculo ofrecido por muchos sectores en los cuales el "sistema" represivo está siendo sustituido por otro cada vez más el "permisivo". ¿Qué uso se hace de este nuevo espacio, de esta nueva libertad? Los síntomas, aquí, se multiplican, evidenciando que toda la "revuelta" está condicionada por lo bajo; la "contestación" aparece como lo opuesto a aquella revuelta, de fondo aristocrático, que aun podía caracterizar algunas individualidades de la generación precedente, a partir de Nietzsche, del mejor Nietzsche.

Il Conciliatore (15 abril 1970)

 

Dejando aparte el sector clínico, de validez restringida, si en un ámbito más amplio se aceptan sugestiones, los mitos y la jerga del psicoanálisis, se está aceptando implicitamente una imagen mutilada, degradada, desfigurada del ser humano que impide, a la inversa de lo que pretendía, una verdadera integración de la personalidad. Por otra parte, la infección psicoanalitica, el papel que el psicoanálisis ha tomado en la cultura, deben considerar como un signo poco confortante de los tiempos, de aquellos tiempos que ya antiguas tradiciones habían anunciado definiéndola como una "edad oscura". En lugar de tributar respeto y admiración a los psicoanalistas, deberían verse en ellos a personas necesitadas de un tratamiento, al ser afectadas por una verdadera y, más o menos, aguda paranoia que haría muy oportuno su aislamiento.

Il Conciliatore (15 noviembre 1970)