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Existiría la "segunda muerte", por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Existiría la "segunda muerte", por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

En ciertas civilizaciones antiguas, aunque también aun hoy en algunos pueblos exóticos, la más terrible maldición que se podía proferir era. “¡Ojalá puedas morir en la segunda muerte!”, mientras que en cambio el más feliz augurio era: “¡Qué tú puedas escapar de la segunda muerte!”.

Resulta una noción sumamente interesante la de la ‘segunda muerte’, cuya comprensión presupone sin embargo la familiaridad con ciertos horizontes espirituales ya desde hace mucho tiempo oscurecidos durante el desarrollo de la civilización occidental. Veamos ahora cómo orientarnos al respecto.

El punto de partida es una concepción del ser humano mucho más compleja y profunda de la que hoy en día las mismas teorías ‘espiritualistas’ profesan. Hoy cuanto más nos remitimos al binomio cuerpo-alma, permaneciendo por lo demás como sumamente inciertos sobre aquello que propiamente debe comprenderse como ‘alma’. Casi todas las antiguas tradiciones admitían en vez la existencia de elementos y de fuerzas intermedias, comprendidas entre el polo de la materialidad visible y física y el de la pura inmaterialidad. A todo aquello que para el hombre moderno  posee un carácter tan sólo ‘psicológico’, ‘interior’, -pensamientos, sentimientos, instintos, recuerdos, deseos- le era atribuida también una realidad objetiva sui generis en una zona que, aun no siendo más la de la corporeidad, no es sin embargo aun la del alma o del espíritu en sentido propio y absoluto.

Ahora bien, todo aquello que corrientemente fue concebido como muerte fue comprendido por parte de las tradiciones a las que nos estamos refiriendo como el desapego de todos los principios no materiales respecto del cuerpo y como la disolución de la unidad que los mismos formaban con el cuerpo. El elemento corpóreo abandonado constituye el cadáver: y puesto que en el mismo no se encuentra más presente la íntima fuerza que lo animaba y mantenía juntos a los miembros, el cadáver muy pronto se vuelve a disolver en sus elementos los que pasan a obedecer exclusivamente a las leyes químicas y físicas de la materia. Es en esto en lo que consiste el fenómeno de la ‘primera muerte’.

El cual, en tales términos, no tendría aun un carácter verdaderamente destructivo. Se ha disuelto la unidad psico-física del hombre, pero subsiste aun la unidad psíquica, es decir la unidad del Yo y de todos aquellos elementos de la vida interior, afectiva y volitiva que, tal como hemos dicho recién, de acuerdo a las tradiciones aludidas poseen una realidad propia objetiva sui generis y se mantienen apegados al alma aun luego de la muerte, aun luego del menoscabo del cuerpo. Sin embargo se mantienen apegados tan sólo por un tiempo que difiere en los casos según su duración. En la inmensa mayoría de los seres humanos este mismo apego terminaría con la disolución: y ésta sería la ‘segunda muerte’. La segunda muerte consistiría pues en la separación del principio propiamente espiritual e inmaterial de la personalidad de este conjunto de fuerzas psíquicas, de impulsos, de pensamientos, con el cual el mismo en la vida ordinaria terrestre hacía una misma cosa, respecto del cual casi no se distinguía. No tanto la primera muerte cuanto esta segunda constituiría la crisis más peligrosa y temible, pudiendo en este punto verificarse un menoscabo de la continuidad de la conciencia a la cual le son ahora quitados todos sus habituales apoyos, es decir todo aquello con lo cual era identificada durante las experiencias de la vida terrenal. De aquí pues el sentido de la maldición: “Morir en la segunda muerte” y del augurio: “Salvarse de la segunda muerte”.

Es interesante hacer alusión a una concepción complementaria a la hasta ahora indicada. De la misma manera que la primera muerte da lugar a un cadáver físico, la segunda muerte daría también lugar a un cadáver, digámoslo así, psíquico, constituido por los elementos psíquicos que se separan del núcleo puramente espiritual del Yo. Y puesto que luego de un cierto período el cadáver físico se disuelve, acontece lo mismo (aunque quizás luego de un período mucho más largo) con el cadáver psíquico: los pensamientos, las tendencias, los recuerdos, los deseos, los impulsos dinámicos se disocian y pasan a una vida independiente y automática la que en una zona que en Extremo Oriente es denominada como la de las ‘influencias errantes’. Y son justamente estos elementos disociados, variables en cuanto a su intensidad y persistencia de acuerdo a los individuos y a la vida por ellos desarrollada, que bajo especiales condiciones pueden también manifestarse en el mundo de los vivientes: de allí los fenómenos llamados ‘espiritistas’, fenómenos de las ‘casas frecuentadas’ y de tantos otros del mismo tipo.

Es pura superstición e ingenuidad reputar que en todo esto actúan las almas de los muertos, y que por lo tanto fenómenos extranormales de tal tipo puedan valer como una especie de prueba experimental de la inmortalidad del alma. A alguien que refirió cómo en Inglaterra se creyese en tales cosas, ciertos lamas tibetanos manifestaron estupefactos: “¡Y ésta es la gente que conquistó la India!” En realidad, en aquellos fenómenos se manifiestan y actúan simples residuos psíquicos, liberados con la ‘segunda muerte’: no se trata para nada del alma en sentido propio.

Podrá entonces preguntarse qué es lo que acontece finalmente con esta alma en sentido propio. Habrá que agregar: si ella escapa de la ‘segunda muerte’. Pero lamentablemente no podemos aquí referirnos a tal tema que pertenece al plano de la metafísica. Aquellos lectores que siguen alguna de las religiones históricas podrán hallar una respuesta en los dogmas de la misma. Nosotros hemos querido tan sólo hacer referencia a una especial fenomenología de la ultratumba, cuya teoría ha sido perdida totalmente en el Occidente moderno, el que se ha manifestado tan accesible en cambio a cualquier divagación espiritista y pseudo espiritual.

Roma, 9 de marzo de 1934

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