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La encrucijada del Islam, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

La encrucijada del Islam, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Desde hace mucho tiempo se habla del problema del Islam en forma general y de manera particular de los pueblos de tal contexto cultural, en especial con relación al significado que el uno y los otros pueden tener en el conflicto entre el bloque oriental y el occidental. No es desde este punto de vista político, sino desde el espiritual que nosotros querríamos encuadrar de modo sumario el problema. No pocas veces los movimientos irredentistas de los pueblos árabes y las mismas iniciativas egipcias han sido vistas con simpatía por nuestros ambientes 'nacionales'. Pero a tal respecto es necesario tener el coraje de la verdad y analizar el real motivo de tales simpatías. Al tener las cuentas que saldar con las potencias que  nos han quitado las colonias y nos impusieron imposibles tratados de paz, puede producirnos placer ver amenazado el prestigio de tales potencias, casi como si se tratara de una reparación histórica, por parte de los movimientos nacionalistas árabes y de otros pueblos no europeos. Pero no por tal razón nos tenemos que lanzar indiscriminadamente en contra del colonialismo, olvidando cómo al mismo, hasta el día de ayer, estuviese vinculado el principio mismo de la hegemonía de la raza blanca. Preguntémonoslo de manera franca: hagamos de cuenta que todavía tuviésemos Libia y Etiopía. Pues bien, si en tales países se desarrollaran movimientos independentistas como los que ahora se están desarrollando en el África Septentrional, ¿los seguiríamos acaso con la misma simpatía, para mayor gloria del principio de las 'libres nacionalidades'?

El problema verdadero es diferente. Ya Mussolini, en un discurso que creemos de 1930 que sostuviera ente estudiantes orientales arribados a Roma, subrayó el punto esencial: se trata de revisar el fundamento de aquel derecho, que fue la tácita premisa del colonialismo, y de manera general de la moderna hegemonía de la raza blanca. Este fundamento no debe derivar de una civilización materialista que en las tierras de otros pueblos ve exclusivamente fuentes de materia prima y potenciales mercados a fin de explotar sin escrúpulos a los fines del capitalismo, pudiendo ello hacerlo en razón de contar con medios adecuados en razón de una superioridad tecnológica y organizativa. Impersonalmente, se puede también aprobar que, en especial pueblos dotados de auténticas y seculares tradiciones espirituales y culturales, como el caso de los islámicos, vuelvan a poner en discusión el derecho de hegemonía basado sobre tales bases, se rebelen en contra del colonialismo y contra cualquier tipo de tutela, y que anhelen su independencia. Pero el problema no concluye aquí. El punto esencial es el de ver en cuáles términos tal independencia es reivindicada y qué significado la misma puede tener en la lucha actual entre el "Oriente" y el "Occidente". Es sumamente evidente el peligro de que dichos movimientos de independencia confluyan de manera natural en las aguas del comunismo en tanto el problema sea considerado en términos puramente materiales. En efecto se sabe muy bien que el comunismo mantiene lista, como un instrumento táctico, una extensión de la teoría de la lucha de clases en el plano internacional, al ser aquí equiparados los pueblos coloniales o sujetos a influjos occidentales con el proletariado oprimido que debe poner fin a la explotación capitalista. Por tal causa los Soviéticos sostienen en tales pueblos aquel nacionalismo que en cambio en su área es estigmatizado como "contra-revolucionario" y combatido en forma decidida. Ahora bien, esta orientación debe ser considerada también por parte de aquellos que, entre nosotros, se detienen en el concepto moderno de nación. El punto esencial es éste: los mismos pueblos islámicos actualmente se están haciendo independientes del Occidente occidentalizándose, es decir en tanto padecen espiritual y culturalmente la invasión occidental: ellos no se emancipan material y políticamente sino abandonando las propias tradiciones y constituyéndose en facsímiles en gran medida imperfectos de los Estados occidentales. Aquí el comunismo los espera en la otra orilla: espera que la industrialización y la tecnificación creen en su seno un proletariado privado de raíces, el cual no tardará en organizarse y seguir el mismo camino de las "reivindicaciones sociales" en cadena que nosotros conocemos bien y que conduce siempre más lejos del ideal de un Estado nacional que se encuentre jerárquicamente articulado y ordenado por valores superiores, mientras que prepara aquella vía apropiada para el marxismo pasando por la fase intermedia del "Estado nacional del trabajo".

Se ha dicho que un bloque de pueblos islámicos, que abarcaría unas 360 millones de almas, representaría una potencia mundial y una especie de baluarte en contra de Rusia. Ello es verdad. Pero hay que preguntarse cuál "Islâm" es el que prevalecerá, o más aun prevalece entre los pueblos islámicos, dado su incesante proceso de occidentalización. Luego de la Turquía de Kemal Ataturk, justamente el Egipto de Nasser se encuentra entre tales países, como el más avanzado en el impulso a conformarse en el marco del ideal occidental moderno del Estado laico, que se encuentra en plena contradicción con la tradición islámica. A ésta por lo demás, ya el concepto de 'nación' en sentido nuestro le resulta extraño: es un concepto que ha sido importado en los países árabes, sobre todo a través de elementos locales occidentalizados. El Islam ortodoxo es todavía defendido en Arabia Saudita y por la organización de los "Hermanos Musulmanes", organización que sin embargo en Egipto ha sido prohibida por su manifiesta aversión al nuevo régimen y que, por lo demás,  en su programa más reciente tenía incluso ideas socialistas reformistas y radicales mucho más avanzadas, por lo cual en Siria se debe a la misma la formación de un "Frente islámico socialista". A través de la instrucción de tipo moderno, entre la juventud y la intelectualidad árabe hacen cada vez más pié el indiferentismo, el agnosticismo, el racionalismo y el ateísmo. La universidad Al Ashar, que en su momento había sido árbitra en materia de formación islámica del derecho y de las costumbres sociales, tiene ya muy poco que ver con el tema. En más de un Estado árabe el derecho islámico no es considerado más como la única fuente de la ley; los tribunales religiosos muchas veces han sido abolidos o desautorizados, y han sido aprobadas reformas en estridente contraste con la ley islámica, típicas entre todas ellas las relativas a la emancipación de la mujer, hasta haber llegado a un límite tal que en Siria se ha revindicado para las mujeres el derecho no solamente al voto sino también a ser elegidas y que Pakistán, imitando a Norteamérica, tuvo ocasión de designar a una mujer como 'embajadora' *. Además el Presidente de los Ministros de tal Estado en 1955 fue objeto de violentos ataques por parte de las mujeres de su país porque, en plena conformidad con la ley islámica, se había tomado una segunda esposa. Estos pueblos hoy se occidentalizan y desislamizan en los modos de vida, en la alimentación, en las viviendas. Sus diarios y sus revistas recaban casi exclusivamente todo su material y las mismas fotos de agencias europeas o yanquis. A lo cual debe agregarse la influencia de la radio y del cine, con películas casi sin excepción del mismo origen no árabe. Si por el momento tales modificaciones más sensibles que son fatal consecuencia de todo esto se refieren a los centros urbanos y a los estratos medios y superiores, sin embargo no debe pensarse que esto se detenga aquí, mientras que también debe ser considerado el otro factor, la occidentalización en términos marxistas del estrato más bajo una vez que éste tome paulatinamente la forma de una masa obrera.

Junto a la falta de una autoridad tradicional espiritual verdaderamente reconocida, en el área islámica un peligro ulterior se encuentra constituido por diferentes tendencias reformistas en ambientes que, mientras que padecen pasivamente las ideas occidentales, es decir de la decadencia europea -democracia, socialismo, sociedad sin clases, a veces incluso marxismo- tales ideas se presentan como conciliables con la propia tradición. Es la contraparte de lo que se ha verificado entre nosotros con aquel catolicismo político de izquierdas que se esfuerza por descubrir un fondo esencialmente cristiano y evangélico no sólo en la democracia, sino en los mismos movimientos obreros comunistoides.

Todo esto debe ser adecuadamente considerado. Un mundo islámico que se organice, se emancipe y se haga fuerte como una mala copia del Occidente materialista, a nosotros no nos interesa para nada. Y en la balanza de los valores el mismo no se encuentra en modo alguno como más ventajoso respecto del mundo de las potencias coloniales de las cuales se sacudiría el yugo, pero sin un verdadero y superior derecho. Las cosas serían sumamente diferentes si la contrapartida fuese un despertar del Islâm como potencia espiritual y religiosa, no a los fines agresivos, como en épocas lejanas, sino en aras de una consolidación interna, para una defensa ante la infección de ideas occidentales, ideas que, si son aceptadas ligeramente por carecer de una forma interna o por el impulso de necesidades externas, en muy corto plazo llevarían a aquellos pueblos hacia la misma crisis que padecemos nosotros y en las cuales se encentra nuestra debilidad ante la amenaza comunista.

Tal como se ve, el verdadero problema no vierte sobre el plano puramente político. Se trata del mismo problema que debemos resolver nosotros en base a nuestras tradiciones. Resolviéndolo, sería simultáneamente puesta la base para una colaboración, cuyos efectos también políticos en la actual lucha por la conquista del mundo serían por cierto decisivos.

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