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Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 2. La Realeza

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 2. La Realeza

Biblioteca Julius Evola.- Contrariamente a Guénon, Evola sostenía que en la Edad de Oro, en la figura del Rey y Emperador se unía tanto el poder sacerdotal como el poder guerrero. Solamente en ciclos posteriores de decadencia, estos poderes se separaron y dieron vida a la casta sacerdotal y a la casta guerrera. La síntesis de ambas constituye el principio de la Realeza cuyo estudio Evola aborda en este segundo capítulo. El repaso a este tema en todas las tradiciones de Oriente y Occidente, puede calificarse como exhaustivo.

 

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LA REALEZA

Todas las formas tradicionales de civilización se han  caracterizado por la presencia de seres que, por el hecho de su  "divinidad", es decir, de una superioridad, innata o adquirida,  en relación a las condiciones humanas y naturales, encarnan la  presencia viviente y eficaz del principio metafísico en el seno  del orden temporal. Tal es, conforme a su sentido etimológico  profundo y al valor original de su función, el pontifex, el  "constructor de puentes" o de "vías" (el sentido arcaico de pons  era también el de "vía" entre lo natural y lo sobrenatural).  Tradicionalmente, el pontifex se identificaba, por otra parte,  con el rex, según el concepto único de una divinidad real y de  una realeza sacerdotal. "Era conforme a la costumbre de nuestros  ancestros que el rey fuera igualmente pontífice y sacerdote",  refiere Servius([1]), y, en la tradición nórdica, encontramos esta  fórmula: "que aquel que es el jefe sea, para nosotros, el puente"  ([2]). Así los verdaderos reyes encarnaban, de forma estable, esta  vida que está "más allá de la vida". Sea por su simple presencia,  sea por su mediación "pontifical", sea en virtud de la fuerza de  los ritos, convertidos en eficaces por su poder y las  instituciones de las que ellos constituían el centro,   influencias espirituales irradiaban en el mundo de los hombres,  injertándose en sus pensamientos, sus intenciones y sus actos,  conteniendo a las fuerzas oscuras de la naturaleza inferior,  ordenando el conjunto de la vida en vistas a volverla apta para  servir de base virtual a realizaciones de luz, favoreciendo las  condiciones generales de prosperidad, de "salud" y de "fortuna".

 

El primer fundamento de la autoridad y del derecho de los reyes y de los jefes, la razón por la cual eran obedecidos, temidos, y venerados en el mundo de la Tradición, era esencialmente su  cualidad trascendente y no humana, considerada, no como una  expresión vacía, sino como una poderosa y terrible realidad. En  la medida misma en que se reconocía la preeminencia ontológica de lo que es anterior y superior a lo visible y a lo temporal, se reconocía inmediatamente a estos seres un derecho soberano,  natural y absoluto. Existe una concepción que no se encuentra en  ninguna civilización tradicional y que no ha aparecido más que en los tiempos de decadencia que siguieron: es la concepción  puramente política de la autoridad suprema, la idea que se funda  sobre la simple fuerza y la violencia, o sobre cualidades  naturales y seculares, como la inteligencia, la sabiduría, la  habilidad, el valor físico, la solicitud minuciosa para la  felicidad material colectiva. Esta base siempre ha tenido, sin  embargo, un carácter metafísico. Así pues, la idea según la cual  los poderes son conferidos al jefe por aquellos a quienes  gobierna, según la cual su autoridad es la expresión de la  colectividad y debe ser sometida al querer de ésta, es  completamente ajena a la Tradición. Es Zeus quien da a los reyes  de nacimiento divino la            , o        , en tanto que ley  de lo alto, no tiene nada que ver con lo que se convertirá luego  en el        , la ley política de la comunidad([3]). En la raíz de  todo poder temporal, se encontraba pues la autoridad espiritual,  considerada, de alguna manera, como la de una "naturaleza divina  bajo una forma humana". Según la concepción indo‑aria, por  ejemplo, el soberano no es un "simple mortal", sino más bien,  "una gran divinidad bajo forma humana"([4]). En el rey egipcio, se veía, en el origen, una manifestación de Ra o de  Horus. Los reyes de Alba y de Roma personificaban a Júpiter; los  reyes asirios a Baal; los reyes iranios al Dios de la luz; los  príncipes germánicos y del Norte eran de la misma raza que Tiuz,  Odín y los Ases; los reyes griegos del ciclo dórico‑aqueo se  llamaban               o            en relación con su origen  divino. Más allá de la gran diversidad de las formulaciones  míticas y sagradas, el principio constantemente afirmado es el de  la realeza, en tanto que "trascendencia inmanente", es decir  presente y actuante en el mundo. El rey ‑no hombre, sino ser  sagrado‑ con su "ser", con su presencia, es ya el centro, el  apex. Al mismo tiempo, se encuentra  en él la fuerza que vuelve   eficaces las acciones rituales que puede realizar y en las cuales  se veía la contrapartida del verdadero "reino" y los apoyos  sobrenaturales del conjunto de la vida, en el marco de la  tradición([5]). Es por ello que la realeza se imponía y era  reconocida de una forma natural. No era sino a título accesorio  que tenía necesidad de recurrir a la fuerza material. Se imponía  primero e irresistiblemente, a través del espíritu. "Espléndida  es la dignidad de un dios sobre la tierra ‑dice un texto indo‑  ario([6])pero difícil de alcanzar para los débiles. Solo es digno de convertirse en rey aquel cuya alma está hecha para esto". El soberano aparece como un "adepto de la disciplina de aquellos que son dioses entre los hombres"([7]).

 

En la Tradición, la realeza ha ido asociada a menudo con el  símbolo solar. Se reconoce en el rey la "gloria" y la "victoria"  propias al sol y a la luz ‑símbolos de la naturaleza superior‑  que triunfan cada mañana sobre las tinieblas. "Todos los días se  alza como un rey sobre el trono de Horus de los vivientes, al  igual que su padre Ra (el Sol). Yo establezco que tu te alces en  calidad de rey del Sur y del Norte, sobre el trono de Horus, como  el sol, eternamente"... son expresiones de la antigua tradición  real egipcia([8]). Coinciden, por otra parte, exactamente con las  expresiones iranias, donde el rey es considerado "de la misma  raza que los dioses", "tiene el mismo trono que Mithra, se alza  con el Sol"([9]) y es llamado particeps siderum, "Señor de paz,  salud de los hombres, hombre eterno, vencedor que se alza con el  sol"([10]). Mientras que la fórmula de consagración es la  siguiente: "Sé el poder, sé la fuerza de la victoria, sé  inmortal... Hecho de oro, surgidos ambos, Indra y el Sol, a la  luz de la aurora"([11]), se dice, en la tradición indo‑aria, a  propósito de Rohita "la fuerza conquistadora", personificación de  un aspecto de la solaridad y del fuego divino (Agni): "Avanzando, (Agni) ha creado la realeza en este mundo. Te ha aportado la realeza, ha dispersado a tus enemigos"([12]). En algunas antiguas representaciones romanas es el dios Sol quien remite al Emperador una esfera, emblema del imperio universal, y expresiones relativas a la estabilidad y al imperio de Roma, aluden a su solaridad: sol conservator, sol dominus romani imperii([13]). "Solar" fue también la postrera profesión de fé romana, cuando el último representante de la antigua tradición, el Emperador Juliano, relacionó su dinastía, nacimiento y dignidad real, con la solaridad en tanto que fuerza espiritual irradiante del "supra‑mundo"([14]). Un reflejo de tal concepción se ha  conservado hasta los Emperadores gibelinos, pudiéndose hablar de  una deitas solis a propósito de Federico II Hohenstaufen([15]).

 

Esta "gloria" o "victoria" solar ligada a la realeza no se  reducía por otra parte a un simple símbolo, sino que era una  realidad metafísica, se identificaba con una fuerza no‑humana  actuante, de la que el rey, en tanto que tal, era considerado  como el detentador. En el mazdeismo se encuentra una de las  expresiones simbólicas tradicionales más características de esta  idea: aquí el hvarenô (designaciones posteriores: hvorra o farr)  ‑la "gloria" que el rey posee‑ es un fuego sobrenatural propio de  las entidades celestes, pero sobre todo solares, que le da la  inmortalidad y le concede el testimonio de la victoria([16]),  victoria que es preciso entender ‑como veremos‑ de forma que los  dos sentidos, uno místico, el otro militar (material), no  solamente no se excluyan, sino que se impliquen recíprocamente([17]). Este hvarenô se confunde más tarde entre los pueblos no  iranios, con la "fortuna"          , que reaparece, en la tradición romana, bajo la especie de esta "fortuna real" que los césares se trasmitían ritualmente y en la cual se pudo reconocer una asunción activa, "triunfal" del "destino" personificado de la ciudad ‑                   ‑ determinada por el rito de su fundación. El atributo real romano de felix debe ser referido al mismo contexto, a la posesión de una virtus eficaz extra‑normal. Igualmente romana era la idea que la autoridad legítima no se desprende de la herencia o del voto del Senado, sino de los "dioses" (es decir de un elemento sobrenatural) y que se manifiesta mediante la victoria([18]). En la tradición védica aparece una noción equivalente: el agni vaiçvânara, concebida  como un fuego espiritual que guía a los reyes conquistadores  hacia la victoria.

 

En el antiguo Egipto, el rey era llamado no solo Horus, sino  "Horus combatiente" ‑Hor âhâ‑ para designar este carácter de  victoria o de gloria del principio solar presente en el rey: en  Egipto este era no solo "descendiente divino", sino que estaba  "constituido" como tal, y luego, periódicamente confirmado por  medio de ritos que reproducían la victoria del dios solar Horus  sobre Typhon‑Set, demonio de las regiones inferiores([19]). Se  atribuía a estos ritos el poder de evocar una "fuerza" y una  "vida" que "abrazaba" sobrenaturalmente las facultades del rey([20]). Uas ‑la "fuerza"‑ tiene por lo demás como ideograma el cetro llevado por los dioses y por el rey, ideograma que, en los  textos más antiguos, corresponde a otro cetro en forma de línea  quebrada, donde se puede reconocer el zig‑zag del rayo. La  "fuerza" real aparece así como una manifestación de la fuerza  celeste fulgurante, y la unión  de los signos "vida‑fuerza",  anshûs, forma una palabra que designa también la "leche de llama"  de la que se alimentan los Inmortales y que, a su vez, no está  carente de relación con el uraeus, la llama divina, tanto  vivificante como terriblemente destructora, cuyo símbolo, en  forma de serpiente, ciñe la cabeza del rey egipcio. En esta  expresión tradicional, los diversos elementos convergen pues  hacia la idea única de un poder o fluido no terrestre ‑sa‑ que  consagra y certifica la naturaleza solar‑triunfal del rey y que  de un rey se "lanza" hacia otro ‑sotpu‑ determinando la cadena  ininterrumpida y "áurea" de la raza divina, legítimamente  designada para "reinar"([21]). Uno de los "nombres" del rey  egipcio es, además, "Horus hecho de oro", en tanto que el oro  significa el fluido "solar" que es la materia del cuerpo incorruptible de los inmortales([22]). En fin, no deja de tener interés señalar que la "gloria" se representa, en el mismo  cristianismo, como atributo divino ‑gloria in excelsis Deo‑ y  que, según la teología mística católica, es en la "gloria" donde  se realiza la visión beatífica. La iconografía cristiana la  representa habitualmente como una aureola en torno a la cabeza,  aureola cuyo sentido corresponde manifiestamente a la del uraeus  egipcio y a la corona irradiante de la realeza solar irano‑romana.

 

Muchas tradiciones caracterizan igualmente la naturaleza de los  reyes diciendo que no han nacido de un nacimiento mortal. Esta  idea, frecuentemente relacionada con algunas representaciones  simbolicas (virginidad de la madre, divinidades que se unen a una  mujer, etc.) significa que la verdadera vida del rey divino, aun  estando injertada sobre una vida personal y limitada que empieza  con el nacimiento terrestre y termina con la muerte del  organismo, no se reduce a esta vida, sino que emana de una  influencia supra‑individual que no sufre ninguna solución de  continuidad y con la cual se identifica esencialmente. Es en la  doctrina relativa a los reyes sacerdotes  tibetanos (los "Dalai  Lama") que esta idea se presenta de forma más clara y consciente([23]).

 

Según la tradición extremo‑oriental, el rey "hijo del cielo" ‑  t'ien‑tze‑, es decir, considerado precisamente como no nacido de  un simple nacimiento mortal, posee el "mandato celeste" t'ieng‑  ming([24]) que implica igualmente la idea de una fuerza real  extra‑natural. La forma de manifestación de esta fuerza "del  cielo" es, según la expresión de Leo‑Tsé, el actuar‑sin‑actuar  (wei‑wu‑wei), es decir, la acción inmaterial por la pura  presencia([25]). Es invisible como el viento y sin embargo su acción presenta el carácter ineluctable de las energías de la  naturaleza: las fuerzas de los hombres ordinarios ‑dice Meng‑seu‑  se inclinan ante ella como briznas de hierba bajo el viento([26]).  En relación con el actuar‑sin‑actuar, se lee también en un texto:  "Los hombres soberanamente perfectos, por su amplitud y la  profundidad de su virtud, son parecidos a la Tierra; por la  altura y esplendor de esta virtud, son similares al Cielo; por su  extensión y su duración, son como el espacio y el tiempo sin  límite. Aquel que se encuentra en este estado de alta perfección  no se muestra y sin embargo, como la Tierra se revela por sus  beneficios; es inmóvil y sin embargo, como el Cielo, opera  numerosas transformaciones; no actúa, y sin embargo, como el  espacio y el tiempo, conduce sus obras a la culminación pefecta".  Solo tal hombre "es digno de poseer la autoridad soberana y  mandar a los hombres"([27]).

 

El simbolismo que sitúa sobre el trono la sede del Dragón  celeste([28]), indica que se reconoce en el rey la misma potencia  terrible que representa el hvarenô iranio y el uraenus faraónico.  Estableciendo en esta fuerza o "virtud", el soberano, wang, tenía, en la China antigua, una función suprema de centro, de tercer poder entre el cielo y la tierra. Se estimaba que de su comportamiento dependían, ocultamente, no solo la felicidad o las desgracias de su reino y las cualidades morales de su pueblo (es la "virtud" inmovil emanada del "ser" del soberano, y no de sus acciones, que vuelve buena o mala la conducta de su pueblo), sino también la marcha regular y favorable de los fenómenos naturales mismos([29]). Esta función de centro presuponía sin embargo su  estabilidad en este modo de ser interior, "triunfal", del que  hemos hablado, y al que corresponde, aquí, el sentido de la  expresión conocida; "invariabilidad en el medio", así como la  doctrina según la cual "es en la invariabilidad en el medio donde  se manifiesta la virtud del Cielo"([30]). Siendo así, nada impedía,  en principio, contra su "virtud", el poder de cambiar el curso  ordenado de las cosas humanas, del Estado y de la misma  naturaleza. El soberano debía pues buscar en sí, no en tanto que  soberano, sino en tanto que hombre, la causa primera y la  responsabilidad oculta de todo acontecimiento anormal([31]).   

 

Desde un punto de vista más general, la noción de operaciones  sagradas por medio de las cuales el hombre sostiene, con ayuda de sus poderes profundos, el orden natural y renovado ‑por así  decirlo‑ la vida misma de la naturaleza, pertenece a una  tradición arcaica que, muy frecuentemente, se confunde con la  tradición Real([32]). En todo caso, la concepción según la cual el rey o el jefe tiene por función primera y esencial la realización de estas acciones rituales y sacrificiales que constituyen el centro de gravedad de la vida del mundo tradicional, reaparece frecuentemente en un vasto ciclo de civilizaciones tradicionales, desde el Perú precolombino y el Extremo‑Oriente, hasta las ciudades griegas y Roma: lo que confirma el carácter inseparable de la dignidad real y de la dignidad sacerdotal o pontifical, de la que ya hemos hablado. "Los reyes ‑dice Aristóteles([33])deben su dignidad al hecho de que son los sacerdotes del culto común". La primera de las atribuciones de los reyes de Esparta era la realización de los sacrificios; se podría decir otro tanto de los primeros soberanos de Roma, así como de la mayor parte de los del período imperial. El rey, provisto de una fuerza no terrestre, arraigada en el "más‑que‑vida", aparecía, de una forma natural; como aquel que podía eminentemente poner en acción el poder de los ritos y abrir las vías al mundo superior. Es por ello que en las formas de tradición, donde se encuentra una casta sacerdotal distinta, el rey, en virtud de su dignidad y de su función original, forma parte de ella y, a decir verdad, es su jefe. Tal fue el caso en la Roma de los orígenes, y también en el Egipto antiguo (para  poder volver propicios los ritos, el faraón repetía cada día el culto al cual se atribuía la renovación de la fuerza divina que albergaba en sí mismo) y en Irán donde, como se lée en Firduzi y como refiere Jenofonte ([34]), el rey, que, en virtud de su función, era considerado como la imagen del dios de la luz sobre la tierra, pertenecía a la casta de los Magos, de la que era su jefe. Simétricamente, la costumbre en algunos pueblos, de deponer e incluso suprimir al jefe cuando sobrevenía un accidente o una grave calamidad ‑ya que esto significaba para ellos el debilitamiento de la fuerza mística de "fortuna" que daba el derecho de ser jefe([35])‑ debe ser considerado como el reflejo de una concepción que, aun bajo una forma degenerada y  supersticiosa, se refiere al mismo orden de ideas. Entre las  razas nórdicas, hasta el período de los godos, y aunque el  principio de la divinidad real permaneciera firmemente  establecido (el rey era considerado como un As y un semi‑dios ‑  semideos id est ansis‑ que triunfaba en virtud de su fuerza de  "fortuna" ‑quorum quasi fortuna vincebat)([36])‑ y un  acontecimiento funesto, como una hambruna o la peste, o la  destrucción de la cosecha, era imputada, menos a la desaparición  del poder místico de la "fortuna", instaurado en el rey, que a un acto que debía de haber cometido en tanto que individuo mortal y  que había paralizado la eficacia objetiva([37]). Por ejemplo,  según la Tradición, por haber faltado a la virtud aria  fundamental ‑la verdad‑ y haberse mancillado con la mentira, el  antiguo rey iranio Yima([38]) habría sido abandonado por la  "gloria", por la virtud mística de la eficacia. Hasta la Edad  Media franco‑carolingia y en los marcos del cristianismo mismo,  fueron convocados concilios de obispos para buscar a qué  representantes de la autoridad temporal, o incluso eclesiástica,  podía ser atribuida la causa de una enfermedad determinada. Son  las últimas resonancias de la idea en cuestión.

 

Era pues necesario que el rey mantuviese la cualidad simbólica y  solar del invictussol invictus,                   ‑ y en  consecuencia el estado de "centralidad" impasible y no humana al  cual corresponde precisamente la idea extremo‑oriental de la  "invariabilidad en el medio". Además, la fuerza y con ella la  función, pasaban a aquel que mejor sabía asumirla. Se trataba de  uno de los casos donde el concepto de "victoria" se convertía en  el punto de interferencia de diversos significados. A este  respecto, y a condición de comprenderla en su sentido más profundo, es interesante referirse a la leyenda arcaica del Rey de los Bosques de Nemi, cuya dignidad, real y sacerdotal al mismo  tiempo, pasaba a aquel que había sabido sorprenderlo y matarlo.  Frazer ha intentado referir a esta leyenda algunas tradiciones  del mismo tipo, extendidas a través del mundo.

 

Aquí, la "prueba" contemplada bajo el aspecto de un combate físico ‑suponiendo que se trate de tal caso‑, no es más que la  trasposición materialista de algo a lo que se atribuye un  significado superior, o que debe ser referido a la idea general  de los "juicios divinos", de los que hablaremos más adelante. En  cuando al sentido profundo encerrado en la leyenda del rey‑  sacerdote de Nemi, es preciso recordar que, según esta tradición,  solo un "esclavo fugitivo" (es decir, esotéricamente, un ser  escapado de los lazos de la naturaleza inferior) que había  conseguido recoger una rama del  roble sagrado, tenía el derecho a enfrentarse al Rex Nemorensis. El roble equivalía al "árbol del  Mundo" que, en muchas otras tradiciones, simboliza la fuerza de  la victoria([39]); el sentido es que solo un ser que ha llegado a  participar en esta fuerza, puede aspirar a arrebatar su alta  dignidad al Rex Nemorensis. A propósito de esta dignidad,  conviene señalar que el roble, al igual que el bosque del cual el sacerdote real de Nemi era "rex", tenían relaciones con Diana y que Diana era al mismo tiempo "la esposa" del Rey de los Bosques. En las antiguas tradiciones del Mediterráneo oriental, las grandes diosas asiáticas de la vida eran a menudo representadas por árboles sagrados: luego desde el mito helénico de las Hespérides hasta el mito nórdico de la diosa Idun, y al mito gaélico del Mag Mell, residencia de dioses de una espléndida  belleza y del "Arbol de la Victoria", aparecían siempre lazos  simbólicos tradicionales  entre mujeres o diosas, potencias de  vida, de inmortalidad o de la sabiduría, y árboles.

 

En lo que concierne el Rex Nemorensis, lo que se manifiesta  también, a través de los símbolos, es la idea de una realeza que  extrae su origen de haber esposado o poseído la fuerza mística  de la "vida" ‑que es también la fuerza de sabiduría trascendente  y de inmortalidad‑ personificada, sea por la diosa, sea por el  Arbol([40]). Es por ello que el significado general de la leyenda  de Nemi, que se reencuentra en muchas otras leyendas o mitos  tradicionales, es la de un vencedor o héroe, que toma, como tal,  posesión de una mujer o diosa([41])  que, en otras tradiciones  tiene, sea el sentido indirecto de una guardiana de frutos de  inmortalidad (tales son las imágenes femeninas que se encuentran  en relación con el árbol simbólico en los mitos de Hércules, de  Jasón, de Gilgamesh, etc.), sea directo de personificación de la  fuerza oculta del mundo y de la vida, o aun de personificación de  la ciencia no humana. Esta mujer o diosa puede presentarse en fin  como expresión misma del principio de la soberanía (imagen del  caballero o el héroe desconocido de las leyendas, que se  convierte en rey, cuando hace suya a una misteriosa princesa)([42]).

 

Es posible interpretar en el mismo sentido algunas tradiciones  antiguas relativas a un origen femenino del poder real([43]). Su  significado es entonces exactamente opuesto a la interpretación  ginecocrática de la que hablaremos en su momento. Respecto al  "Arbol" es interesante señalar que, en las leyendas medievales  también, está en relación con la idea imperial: el último  Emperador, antes de morir, suspenderá el cetro, la corona y el  escudo en el "Arbol Seco" situado, habitualmente, en la región  simbólica del "preste Juan"([44]), al igual que Rolando, muriendo,  suspendió en el "Arbol" su espada invencible. Otra convergencia  de los contenidos simbólicos: Frazer ha revelado la relación  existente entre la rama que el esclavo fugitivo debe arrancar al  roble sagrado de Nemi para poder combatir con el Rey de los  Bosques, y el ramillete de oro que permite a Eneas descender vivo  a los Infiernos, es decir, penetrar, viviendo, en lo invisible.  Uno de los dones recibidos por Federico II del misterioso "preste  Juan" será precisamente un anillo que vuelve invisible (es decir  que trasporta en la inmortalidad y en lo invisible: en las  tradiciones griegas, la invisibilidad  de los héroes es  frecuentemente sinónimo de su paso a la naturaleza inmortal) y  asegura la victoria([45]) : igualmente Siegfried, en el  Nibelungenlied (VI), gracias al mismo poder simbólico de volverse  invisible, somete y conduce a las bodas reales a la mujer divina  Brunhilde. Brunhilde, al igual que Siegfried, en el Sigrdrîfumâl  (4‑6) aparece como quien confiere a los héroes que la  "despiertan", las fórmulas de sabiduría y de victoria contenidas  en las Runas.

 

Restos de tradiciones, en los que se repiten los temas contenidos  en la leyenda arcaica del Rey de los Bosques, subsisten hasta el  fin de la edad Media, e incluso mas tarde, siempre asociados a la idea antigua de que la realeza legítima es susceptible de  manifestar, incluso de una forma específica y concreta ‑casi  diríamos "experimental"‑ signos de su naturaleza sobrenatural. Un solo ejemplo: tras la guerra de los Cien Años, Venecia pide a Felipe de Valois facilitar la prueba de su derecho efectivo para ser rey, por uno de los medios siguientes: el primero, la  victoria sobre un adversario contra el cual Felipe debería de  combatir en campo cerrado, rememora al Rex Nemorensis y al  restimonio místico inherente a cada "victoria"([46]). En cuanto a  los otros medios, se lee en un texto de la época: "Si Felipe de  Valois es, como afirmam, verdaderamente rey de Francia, que lo  demuestre exponiéndose a leones hambrientos; pues los leones  jamás hieren a un verdadero rey; o bien que realice el milagro de  la curacion de las enfermedades, como tienen costumbre de  realizar los verdaderos reyes. En caso de fracasar, se  reconocería indigno del reino". Un poder sobrenatural,  manifestándose por la victoria o la virtud taumatúrgica, incluso  en tiempos como los de Felipe de Valois, que pertenecen ya a la  era moderna, permanece pues inseparable de la idea que  tradicionalmente se tenía de la realeza verdadera y legítima([47]). Abstracción hecha de la cualificación real de cada persona para representar el principio y ejercer la función, la convicción sigue siendo "que en el origen de la veneración inspirada por los reyes, figuran principalmente las virtudes y poderes divinos descendidos solo sobre ellos, y no solo los demás hombres"([48]). Joseph de Maistre escribe([49]): "Dios hace los Reyes, al pié de la letra. Prepara las razas reales; las madura en medio de una nube que esconde su origen. Parecen luego coronados de gloria y de honor; se imponen; y tal es  el mayor signo de su legitimidad. Avanzan como por sí mismos, sin violencia, de una parte, y sin deliberación marcada, de la otra: es una especie de tranquilidad magnífica que no resulta fácil de expresar. Usurpation légitimae me parecería la expresión apropiada (si no fuera demasiado atrevida) para caracterizar esta especie de orígen, que el tiempo se preocupa de consagrar"([50]).

 



([1])Cf. SERVIUS, Aeneid., III, 268.

([2])En los Mabinogion.

([3])Cf. Handbuch der klassich. Altertumswissens, Berlin, 1887,  tomo IV, pg. 5‑25.

([4])Mânaradharmashastra (Leyes de Manú), VII, 8: VII, 4‑5.

 

([5])Por el contrario, en Grecia y Roma, si el rey de volvía  indigno del cargo sacerdotal, que oficiaba el rex sacrorum, el  primero y supremo, celebrando los ritos para la colectividad, del cual era al mismo tiempo el jefe político, no podía ser rey. Cf. Fuster de COULANGES, La Cité antique, París, 17, 1900, pag. 204.

([6])Nitisâra, IV, 4.

([7])Ibid., I, 63.

([8])A. MORET, Le rituel du culte divin en Egypte, París, 1902,  pag. 26‑27; Du caractère religieux de la Royauté pharaonique,  París, 1902, pag. 11.

([9])F. CUMONT, Textos et Mon, figués relatifs aux mysterères de  Mithra, v. II, pag. 27; v. II, pag. 123 donde se explica como  este simbolismo pasa más tarde en la Romanidad imperial. En  Caldea también, se discierne al rey el título de "sol del  conjunto de los hombres" (Cf. G. MASPERO, Histoire ancienne des  Peuples de l'Orient class., París, 1895, v.II, pag. 622).

([10])F. SIEGEL, Eranische Altertumskunde, Leipzig, 1871, v. III,  pag. 608‑9.

([11])A. WEBER, Rayasurya, pag. 49.

([12])Arthara‑Veda, XIII, I ‑ 4‑5.

([13])SAGLIO, Dict. des Antiquités grecques et romaines, v. IV,  pags. 1384‑1385.

([14])EMPEREUR JULIEN, Helios, 131 b, a comparar de 134 a‑b, 158  bc.

([15])Cf. E. KANTOROWICZ, Kaiser Friedrich II, Berlín, 1927, pag.  629.

([16])Cf. SPIEGEL, op. cit., v. II, pag. 42‑44, v. III, pag. 654;  F. CUMONT, Les Mystères de Mithra, Bruxelles, 1913, pag. 96 y  sigs.

([17])Sobre el hvarenô cf. Yasht, XIX passim y 9: "Sacrificamos a  la terrible gloria ‑haveêm hvarenô‑ creado por Mazda, suprema  fuerza conquistadora, de alta acción, a la cual se relacionan la  salvación, la sabiduría y la felicidad, en la destrucción más  potente de cualquier cosa".

([18])Cf. FIRMICUS MAT., Mathes., IV, 17, 10; MAMERT., Paneg.  Max., 10‑11.

 

([19])MORET, Royauté Phar., op. cit., pag. 21, 98, 232. Una fase  de tales ritos era el "movimiento circular", corresponden a la  forma como el sol se desplaza en el cielo. Sobre el camino del  rey, se sacificaba un animal tifónico, evocación mágico‑ritual de  la victoria de Horus sobre Tifón‑Set.

([20])Cf. ibid, pag. 255, la expresión hieroglífica: "He abrazado  tus carros con la vida y la fuerza, el fluido está tras de tí por  toda tu vida, tu salud, para tu fuerza". Dirigida por el dios al  rey en el momento de su consagración; y pag. 108‑9: "Ven hacia el templo de tu padre Amon‑Ra para que te dé la eternidad como rey de las dos tierras y a fin de que abrace tus carros con la vida y la fuerza".

([21])Cf. MORET, ibid, pag. 42‑3, 45, 48, 293, 300.

([22])Ibid, pag. 23. Hemos indicado, en una cita anterior, esta  misma significado del oro, igualmente en relación con la realeza,  en la tradición hindú.

([23])Cf. A. DAVID‑NEEL, Mystiques et Magiciens du Tibet, París,  1929.

([24])C. MASPERO, La Chine antique, París, 1925, pag. 144‑145.

([25])Cf. Tao‑te‑king XXXVII; a confrontar con LXXIII, donde son  mencionados los atributos siguientes: "vencer sin lucha, hacerse  obedecer, atraer sin llamar, actuar sin hacer".

([26])Lun‑yû, XII, 18‑19. Respecto al género de "virtud" del cual  el soberano es detentador, Cf. también Tshung‑yung, XXXIII, 6,  donde se dice que las acciones secretas del Cielo se caracterizan  por el más extremo grado de inmaterialidad ‑"no tienen ni sonido,  ni olor", son sutiles "como la pluma más ligera".

([27])Tshung‑yung, XXVI, 5‑6, XXXI, 1.

 

([28])Cf. A. REVILLE, "La Regligion Chinoise", París, 1889, pag.  164‑5.

([29])En el Tshgung‑yung (XXII, I, XXIII,I) se dice hombres  perfectos o trascendentes "que si pueden ayudar el Cielo y la Tierra a transformar y a mantener los seres para que alcancen su desarrollo completo, es porque forman un tercer poder con el cielo  y a tierra".

([30])Cf. Lun‑Yu, VI, 27: "La invariabilidad en el medio es lo que constituye la Virtud. Los hombres raramente permanecen en ella".

([31])Cf. REVILLE, LA RELIGION CHINOISE, París, 1889, pag. 58‑60,  137: "Los chinos distinguen netamente la función imperial de la persona misma del emperador. La unción es divina, transfigura y diviniza la persona tanto como la investidura. El emperador, mostrando sobre el trono, abdica de su nombre personal y se hace nombre con un título imperial que elige o que se elije para él. El Emperador, en China, es menos una persona que un elemento, una de las grandes fuerzas de la naturaleza, algo como el sol o la estrella polar". Toda desgracia, la revuelta de las masas, significa que "el individuo ha traicionado el principio  que, le mantiene en pié"; es un signo del "cielo" de la  decadencia del soberano, no en tanto que soberano, como  individuo.

([32])Cf. . FRAZER, The golden bough, cit., I.

([33])ARISTOTELES, Pol. VI, 5, 11; cf. 111, 9.

 

([34])Cyrop, VIII, v. 26; VI, v. 17.

 

([35])Cf. FRAZER, The Golden Bough., trad. ital., Roma, 1925, v.  II, pag. 11, sg. LEVY‑BRUHL (La mentalidad primitiva, París 1925, pag. 318‑337, 351) pone en claro la idea de que los pueblos llamados "primitivos", segun la cual "cada desgracia descalifica místicamente", correlativamente a la otra idea según la cual el  éxito no se debe nunca solo a las causas naturales. Por lo que es  de la misma concepción, contemplada bajo una forma superior, es decir, al hvarenô o gloria mazdea cf. SPIEGEL, Eran. Altern; op. cit., III, pág. 598-654.

([36])JOURDANES, XIII, apud W. GOLTHER, Handbuch der germanischen Mythologie, Leipzig, 1895, pág. 194

([37])Cf. M. BLOCH, Les Rois thaumaturges, Strasbourg, 1924, pág. 55-58.

([38])Yasht, XIX, 34‑35. El hvarenô se retira tres veces, en

 relación con la triple dignidad de Yima como sacerdote, guerrero  y "agricultor".

 

([39])El árbol ashvattha de la tradición hindú tiene las raices en lo alto, es decir, en los cielos, en lo invisible (cf. Kâthaka‑Upanishad, VI, 1, 2). En el primero de estos textos, el árbol, al ser puesto en relación con la fuerza vital (prana) y con el "rayo", remite entre otros a los carácteres de la "fuerza" representada por el cetro faraónico. Por lo que está en relación con la fuerza de victoria, cf. Atharva‑Veda (III, 6, 1‑3, 4) donde el ashvattha es llamada el aliado de Indra, el dios guerrero, en tanto que matador de Vrtra, es invocada en estos términos: "Contigo, vencedor como el toro irresistible, contigo, o Ashvattha, podemos vencer a nuestros enemigos".

 

([40])En la tradición egipcia, el "nombre" del rey está escrito  por los dioses sobre el árbol sagrado ashed donde está  "eternamente fijado" (cf. MORET, Royauté Pharaon.,  103). En la tradición irania existe una relación entre Zaratustra, prototipo de la realeza divina de los persas y un árbol celeste, trasnsplantado a la cumbre de una montaña (Cf. SPIEGEL, r. Altert., I, pag. 688). Para los significados de ciencia, inmortalidad y de vida ligados al árbol y a las diosas, cf., en  general, GOBLET d'ALVIELLA ‑ La migration des Symboles, París,  1891, pag 151‑206. Respecto al árbol iranio, Gaokema, que  confiere la inmortalidad, ver Bundehesh, XIX, 19; XLII, 14; LIX,  5. Recordemos enfin la planta del ciclo heroico de Gilgamesh del cual se dice: "He aquí la planta que apaga el deseo inagotado. Su nombre es: eterna juventud".

 

 

([41])Cf. FRAZER, Gold. Bough., I, pag. 257‑263.

 

([42]) Cf. P. FOLL‑WINDEGG, Die Gekrönten. Stuttgart, 1985, pag.  114, sigs. Respecto a la asociación entre la mujer divina, el  árbol y la realeza sagrada cf. también las expresiones del Zohar (III, 50b; III, 51a ‑ y también: II, 144b, 145a. La tradición romana de la gens Julia, que hacía remontar su origen a la Venus  genitrix, y a la Venus victrix, se refiere, en parte, al mismo  orden de ideas. En la tradición japonesa, tal como se había  perpetuado, sin cambio, hasta ayer, el origen del poder imperial era atribuido a una diosa solar ‑Amaterasu Omikami‑ y el momento  central de la ceremonia de accesión al poder ‑dajo‑sai‑ correspondía a la relación que el emperador establecía con la diosa con "la ofrenda del nuevo alimento".

([43])Por ejemplo, en la India antigua, la esencia de la realeza se condensaba, en su esplendor, en una figura de mujer divina o semi‑divina ‑Shri, Lakshimi, Padma, etc.‑ que elegía o "abrazaba" al rey y se convierte en su esposa, fuera de sus esposas humanas. Cf. The cultural heritage of Indias, Calcutta,  s.d., v. III, pag. 252 sigs.

 

 

([44])Cf. A. GRAF, Roma nelle memorie e nelle imaginazioni del  Medioevo, Torino, 1883, v. V. p. 488; J. EVOLA, Il mistero del  Graal, Milán, 1952.

([45])Cf. GRAF, cit., II, pag. 467.

([46])Este concepto será aclarado más adelante. Aquí ‑como, de un  forma más general, en "el combate judicial" en uso durante la  edad media caballeresca‑ no aparece más que bajo una forma  materializada. Tradicionalmente, el vencedor  reporta la  victoria en tanto que se encarnaba en él una energía no  humana‑ y una energía no humana o se encarnaba en él  en la  medida en que era victorioso: dos momentos de un acto únido, el  reencuentro de un "descenso" con un "ascenso".

([47])Cf. BLOCH, Reois thaumat., cit., pag. 16. La Tradición  atestigua igualmente el poder taumaturgico de los emperadores romanos Adriano y Vespasiano (TACITO, Hist., IV, 81; SUETONIO, Vespas.VII). Entre los carolingios, se encuentra uana huella según la cual el poder curador impregna, incluso materialmente, hasta los vestidos reales; a partir de Roberto el Piadosa para los reyes de Francia y de Eduardo el Confesor para los reyes de  Inglaterra, hasta en la época de la revolución, el poder  taumatúrgico se transmitiría por vía dinástica; se traducía  primeramente por la curación de todas las enfermedades, luego se restringió a algunas, se manifestaba en miles de casos, hasta el punto de aparecer, según la expresión de Pierre Mathieu, como "el  único milagro perpetuo en la región de los cristianos" (cf. BLOCH, op. cit., passim, y pag. 33, 40, 410). Ver también C. AGRIPPA Occ. phil., III, 35) que escribía: "Es por ello que los reyes pontífices, si son justos, representan la divinidad sobre la tierra y participan de su poder. Es así que incluso si se contentan con tocar a los enfermos, los sanan de sus enfermedades..."

([48])C. d'ALBON, De la Majesté royale, Lyon, 1575, pag. 29.

([49])J. de MAISTRE, Essais sur le principe générateur des  constitutions politiques, Lyon, 1843, pag. XII ‑ XIII.

([50])Según la tradición iránia igualmente, la naturaleza de un  ser real debe, antes o despues, afirmarse iresistiblemente (cf.  SPIEGEL, Eran. Altert.,  III, pag. 599). En el fragmento de J. de  MAISTRE, reaparece la concepción mística de la victoria, en este  sentido que "imponerse" es presentado, aquí, como "el mayor signo  de la legitimidad" de los reyes.

 

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