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El fascismo visto desde la derecha (XIIi) Lo que es preciso retener del fascismo

El fascismo visto desde la derecha (XIIi) Lo que es preciso retener del fascismo

Biblioteca Evoliana.- En este último capítulo de "El Fascismo Visto desde la Derecha", Evola recapitula los elementos esenciales de su análisis. Los doce capítulos anteriores han evidenciado la presencia de elementos diversos en la médula del fascismo. Evola destaca algunos de los elementos positivos: la elevación de la jerarquía y la autoridad nuevamente a principios del Estado y la "voluntad de Imperio". Por el contrario, Evola percibe elementos problemáticos en el fascismo, especialmente su carácter de movimiento de masas y la importancia del "demos". Con este capítulo termina la obra.

 

CAPITULO XIII

LO QUE ES PRECISO RETENER DEL FASCISMO

 

Tras estas consideraciones marginales, podemos concluir aquí nuestro estudio que, incluso siendo sumario, facilita quizás la base necesaria para un juicio crítico sobre las estructuras y el significado del fascismo desde un punto de vista superior al de una exaltación confusa y unilateral, o de un denigramiento sistemático. Lo esencial es hacer intervenir criterios que van más allá del horizontes restringido de estos dos puntos de vista.

En relación con esto, el momento ha llegado de hacer alusión el carácter singular de las "leyes excepcionales" que ha sido promulgadas en Italia contra el fascismo y la apología del fascismo y que están aún en vigor, aunque hayan sido algo revisadas.

Puede admitirse que una democracia se defienda con medidas legislativas, si se entiende por estas una forma política de enjuiciamiento, y no un sistema doctrinal dogmático y unívoco. Pues, en este segundo caso, las definiciones de la "democracia" son múltiples y contradictorias; quien quiera ir más allá se encontrará entonces ante una singular contradicción. Por paradójico que pueda parecer, la democrática "libertad de opinión" debería comportar el reconocimiento de la legitimidad de profesor e incluso de defender ideas antidemocráticas de signo opuesto (por lo demás, numerosos son los autores que han notado que hay pocos regímenes tan intolerantes y fanáticos como los que predican la "libertad").

Sobre el plano del método, lo que la democracia podría tener derecho a combatir sería solamente a quienes practicasen una conquista del poder por métodos violentos, persiguiendo como un delito, la reconstitución del partido fascista, no tendiera más que a esto, no habría nada que decir (no debe olvidarse que en Italia el fascismo llegó en definitiva al poder porque el soberano confió el gobierno a Mussolini y que en Alemania, el nazismo se abrió camino gracias a una mayoría parlamentaria y plebiscitaria).

Pero cuando la legislación en cuestión se propone, no solo reprimir ciertas manifestaciones exteriores (saludo fascista, camisa negra, himnos fascistas, etc.), sino también castigar como un crimen la "apología del fascismo", se presenta el absurdo jurídico consistente en fijar penas sin definir antes de manera rigurosa los términos del delito; en nuestro caso: sin definir rigurosamente, primeramente lo que debe entenderse por "fascismo". Sin embargo, este absurdo procede también de una imposibilidad práctica. En efecto, parecerá bien claro a los que nos han seguido hasta aquí que si se quiere condenar o golpear en bloque al fascismo se estaría igualmente obligado a condenar las ideas y los principios que no fueron propios del fascismo solamente sino que jugaron también un papel importante en sistemas precedentes. Así, se estaría obligado a decir que la mayor parte de los estados que la historia nos presenta desde tiempos antiguos eran, más o menos, "fascistas", ya que se apoyaban sobre un principio de autoridad y jerarquía y no admitían nada similar a la democracia absoluta, al liberalismo o al socialismo.

Para ser coherente, para no dar muestras de un espíritu falaz manifiesto, una legislación sería de autodefensa de la democracia debería proceder de otra forma: debería partir de la definición de un sistema general constitucionalmente inaceptable, del cual el fascismo (evidentemente, el fascismo bajo ciertos de sus aspectos) no es más que un caso particular. Un sistema que pudiera llamarse, si se quiere, "totalitario" en el sentido inferior que hemos precisado ya. La definición debería tener un carácter rigurosamente estructural y objetivo, sin etiquetas. Pero quien contempla una legislación sería establecida sobre tales bases debería golpear en primer lugar el comunismo y llegar a la disolución inmediata y a la prohibición del partido comunista en un Estado democrático.

El hecho de que en Italia se hayan promulgado leyes contra el fascismo sin una contrapartida precisa y una legislación aún más severa contra el comunismo y su propaganda (mientras que cada uno sabe todo lo que puede ser cargado al partido comunista en materia de organización activista y de entrenamiento de fuerzas de intervención, depósitos de armas, "células", financiación extranjeros, etc. y que exigiría medidas bien diferentes de las tomadas contra la temible "reconstrucción del partido fascista"), esto da muestras de una orientación política determinada y no de un pensamiento jurídico riguroso, pero por el espíritu de partido y que se está en presencia de una democracia víctima, en realidad, de las fuerzas de izquierda y del comunismo.Se sabe que una de estas tácticas consiste en emplear la democracia para enterrar más tarde a la democracia, aprovechando la infatuación de la necedad y la dejadez de los representantes de esta última.

Si este espíritu partidario, esta infatuación y esta idiotez no alcanzaran en la Italia actual el límite de una verdadera irresponsabilidad, sería natural reconocer la importancia de la aparición y organización de un movimiento nacional como antídoto de un mal ahora difuso y albergo en todas las estructuras del país. Dos sociólogos eminentes, Pareto y Mosca, han subrayado justamente que tras el advenimiento de una sociedad de masas, industrializada, con un gran desarrollo de los servicios públicos, el Estado moderno se encuentra peligrosamente paralizado en los medios de que disponía precedentemente para defender su autoridad. En caso de urgencia, a causa de la organización de las masas laborables, huelgas y sabotajes pueden bloquear, tras una consigna, toda la vida nacional. En caso de este género, la intervención de las fuerzas de policía y del ejército mismo podría no estar a la altura de las tareas necesarias. Dado el grado alcanzado por la gangrena comunista en Italia, es claro que sería preciso un movimiento nacional creado gradualmente en torno a una red capilar destinada a facilitar rápidamente elementos de intervención para afrontar por todas partes en caso de urgencia ‑en las fábricas, en los servicios públicos, en las oficinas, etc.‑ al bloque comunista. El objetivo sería ante todo defender al estado y la autoridad del estado (incluso cuando este sea un "Estado vacío"), y no negar lo uno y lo parece escapar a los dirigentes actuales de la Italia democrática ‑una clase política muy inferior a todas las precedentes‑ pues esta no conoce más que la psicosis del "fascismos" y no ha sabido fabricar más que "leyes excepcionales" con carácter superficial y unilateral.

Hemos dicho al principio que no se nos podía pedir el exponer en este libro una doctrina política de Derecha completa, este estudio crítico solo nos ha facilitado algunos puntos de referencia. Pensamos que esto se ha verificado en efecto. Pero el resultado será quizás desconcertante para numerosos lectores. Se deberá medir en efecto la distancia que separa una doctrina de derecha intransigente de todo lo que existe hoy sobre el plano de la realidad política y también como de lo que contemplamos a nivel ideológico. Fuera del movimiento nacional al cual hemos hecho alusión antes, que valdría sobre todo como fuerza de intervención para una defensa prácticamente física, había lugar a preguntarse que grupos o qué hombres tendrían hoy el valor de recuperar y defender los contenidos positivos que hemos seleccionado en el fascismo.Tanto los que no están sin relación con una importancia particular conferida a la idea monárquica y aristocrática, como a los que hemos formulado reparando lo negativo e integrado de manera adecuada exigencias aparecidas bajo el fascismo.

Tal como están hoy las cosas es permisible pensar que un estudio crítico como el que hemos desarrollado en las páginas precedentes  no tiene más que un valor teórico. Su interés reside en el hecho siguiente: por lo que parece, no solo en Italia, sino también en el resto de Europa, una búsqueda de este género, desvinculada de las pasiones partidistas y de todo lo que significa contingencia, adherido a las ideas a menudo olvidadas de una tradición superior, no ha sido aun emprendido. En lo que concierne no a un simple testimonio, sino más bien a un enfoque político, las cosas no podrían presentarse de otra forma más que en la eventualidad siguiente, por otra parte deseable: a saber, que en lugar de un hundimiento definitivo obtenido por los medios que la legalidad democrática pone a disposición de las fuerzas de la subversión mundial, se llegue a una verdadera crisis. Una crisis frente a la cual, gracias a una reacción del organismo físico individual amenazado en sus últimas fuerzas vitales, la única alternativa nos aparecería estar ya prevista por Donoso Cortés y mencionada por nosotros mismos, entre las "negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas". Pero hoy nada permite pronunciarse sobre todo esto y además toda intención práctica particular sale de lo que tienen por objeto de estudio el presente ensayo.

En conclusión del mismo, podemos indicar, para resumir, los rasgos más importantes del tipo de Estado y de Régimen que podría definirse hablando de un movimiento de carácter "fascista": un movimiento que superaría, en una dirección resueltamente orientada hacia la Derecha, las diversas  dudas y confusiones precedentes corrientes de reconstrucción. En consecuencia, no bastaría tomar como punto de referencia lo que el fascismo italiano y los movimientos vecinos fueron en su realidad de hecho, en su simple "historicidad" no susceptible de repetirse. Lo que sobrevive del "fascismo", aquello que puede conservar su valor y actualidad, son sus potencialidades ‑así como un autor ha dicho justamente lo que "podía y debía ser", si algunas condiciones se hubieran realizado.

Una toma de posición precisa contra toda forma de democracia y de socialismo es la primera característica del Estado del que hablamos. Podrá fin a la infatuación estúpida, a la dejadez y a la hipocresía de todos los que no tienen hoy en la boca más que la palabra "democracia"; que proclaman la democracia, que exaltan la democracia. Esto no es más que un fenómeno regresivo y crepuscular.

El Estado verdadero será, luego, orientado también contra el capitalismo, como en contra del comunismo. En el centro de este Estado, habrá un principio de autoridad y un símbolo trascendente de soberanía. La necesidad de conferir un carisma a esta trascendencia reviste una importancia fundamental.

La monarquía no es incompatible con una "dictadura legal", según la expresión del derecho romano. El soberano puede confiar poderes excepcionales y unitarios a una persona de estatura y cualificación particulares, siempre sobre una base lealista, cuando sea preciso superar situaciones especiales afrontar tareas poco comunes.

Se puede aceptar la fórmula del "constitucionalismo autoritario". Implica la superación del fetichismo y de la mitología del "Estado Soberano de Derecho". El derecho no nace de la nada, dispuesto a servir y con caracteres eternamente inmutables y válidos. Hay una relación de fuerzas en el origen de todo derecho. Este poder que está en el origen de todo  derecho puede intervenir suspendiendo y modificando las estructuras en vigor, cuando la situación lo exija; atestigua incluso que hay siempre en el organismo político una voluntad y una soberanía, que este organismo no está reducido a algo abstracto, mecánico e inanimado.

El estado es el elemento primario frente a la nación, al pueblo, a la "sociedad. Se define esencialmente ‑y con él todo lo que es propiamente orden y realidad política‑ sobre la base de una idea y no sobre factores naturalistas y contractuales.

No es el contrato, son las relaciones de fidelidad y de obediencia de libre subordinación y de honor que sirven de fundamento al estado verdadero. Ignora la demagogia y el populismo.

Es orgánico y uno, sin ser sin embargo, totalitario. Las relaciones que acabamos de citar son las premisas necesarias para un buen margen de descentralización. La libertad y las autonomías parciales están en relación, en consecuencia, con la fidelidad y la responsabilidad, según una reciprocidad precisa. Cuando estas relaciones son rotas, el poder reunido en el centro, manifestando su propia naturaleza, intervendrá pues tan severamente y durante cuanto mayor sea la libertad concedida.

El Estado verdadero no conoce el sistema de la democracia parlamentaria y el régimen de los partidos. No puede admitir más que representaciones corporativas diferentes y articuladas en función de una Cámara de Base o Cámara Corporativa. Por encima, como instancia supra‑ordenada garante de la preeminencia del principio político y de los fines superiores, ni materiales ni inmediatos, habrá una Cámara Alta.

Se debe pues reaccionar resueltamente contra el aberrante sistema del sufragio universal, ciegamente concedido a todos, comprendidas las mujeres. La fórmula "politizar a las masas" debe ser removida. La mayor parte de una nación sana no debe ocuparse de la política. El trinomio fascista "autoridad, orden, justicia" guarda para el estado verdadero, una validez indiscutible.

El partido político, órgano necesario para un movimiento en un período de transición y de lucha no debe dar nacimiento a un "partido único" cuando el poder ha sido conquistado y la estabilidad realizada. Por el contrario, habrá lugar para constituir algo parecido a una Orden participando de la dignidad y de la autoridad reunidas en el centro. esta Orden recuperará algunas funciones que la nobleza cuando era una clase política, ocupó en los precedentes regímenes tradicionales, en los puntos‑ clave del estado: ejército, diplomacia, con una ética más severa y un estilo de vida particulares, a modo de contrapartida. Este núcleo será también el guardián de la idea del estado y prevendrá el aislamiento "cesarista" de aquel que posee la autoridad suprema.

La esfera política, del poder, debe ser, por su naturaleza y función, libre de condicionamientos económicos, independiente de los grupos o intereses económicos. Se podría recordar oportunamente la frase de Sila, quien decía que su ambición no era la de poseer una vajilla de oro, sino tener el poder de disponer de quienes la poseían.

La reforma corporativa debe ir hasta la realidad concreta del mundo del trabajo y de la producción, es decir, en las empresas, para la reorganización orgánica y para la eliminación radical del clasismo, de la lucha de clases, también de la mentalidad "capitalista" y de la proletaria o marxista. El sindicalismo, principal instrumento de todas las subversiones de nuestro tiempo, verdadero cáncer del Estado democrático, no puede ser sino apartado. Al igual que según la concepción fascista, es el Estado quien jugará el papel de árbitro, de elemento moderador y que resolverá en caso de conflictos o enfrentamientos. La objetividad y el rigor de esta instancia superior, que será preciso concretizar en estructuras adecuadas, permitirán también abolir el instrumento de la huelga, cuyos abusos, empleo del chantaje con objetivos políticos, son ahora convertidos en cada vez más evidentes e insolubles.

La defensa del principio de una verdadera justicia comportará la denuncia de lo que hoy es esencialmente agitado bajo el nombre de "justicia social"; una justicia al servicio exclusivo de las capas más bajas de la sociedad, de las "clases trabajadoras" y en detrimento de las otras clases hasta el punto de que da nacimiento a una injusticia efectiva. El estado verdadero será jerárquico también y sobre todo por que sabrá reconocer y hacer respetar la jerarquía de los valores auténticos, dando primacía a los valores de carácter superior, ni material ni utilitario y admitiendo desigualdades o diferencias legítimas de posición social, de posibilidad, de dignidad. Apartará como aberrante la fórmula del Estado del Trabajo aunque este estado sea o no presentado como "nacional".

La condición vital del Estado verdadero es un clima bien determinado. Es el clima engendrado por una tensión tan alta como sea posible y no por una agitación forzada. Se deseará que cada uno en su puesto, encuentre satisfacción en una actividad conforme a su naturaleza profunda y a sus vocaciones; una actividad que será pues libre y deseada por sí misma antes de serlo por fines utilitarios y por el afán insensato de vivir encima de su condición. No se podrá pedir a todo el mundo seguir una "visión ascética y militar de la vida", pero se podrá buscar un clima de intensidad recogida, de vida personal, que hará  preferir un margen  de libertad mayor a un bienestar y a una PROSPERITY pagadas al precio de la limitación subsiguiente de esta libertad debida a los inevitables condicionamientos económicos y sociales. La autarquía, tal como la hemos descrito en este libro, es una fórmula fascista válida. La elección de una austeridad mesurada y viril lo es también, así como una disciplina interior a la cual se toma gusto y una orientación antiburguesa de la vida. Ninguna ingerencia más o menos pedagógica e impertinente de lo que es público en el dominio de la vida privada. Aquí también es preciso poner de relieve, al nivel de orientación general, los principios de la "gran moral" contra los de la "pequeña moral" conformista.

En sustancia, el clima del estado verdadero debe ser personalizante, animador y libre. Una fuerza interior debe producir una gravitación potencial de los individuos, grupos, unidades parciales y hombres de la Orden en torno al centro. Es una gravitación cuyo carácter "anagógico" e integral debería reconocerse: integralmente por el hecho nada paradójico de que la verdadera personalidad no se realiza más que allí donde actúan referencias a algo que supera a la persona. En definitiva, sobre este plano, "imponderables", casi como predestinaciones, entran en juego en el nacimiento y la vida del estado verdadero. Pues ninguna inicitativa pesada y directa puede crear y mantener el clima del que hemos hablado.

En el marco de tal estado y bajo el signo de la concepción de la vida que corresponde, un pueblo puede desarrollarse y encontrar calma, fuerza interior y estabilidad: una estabilidad que no quiere decir estancamiento o paro, sino equilibrio de un poder concentrado. A una llamada, este puede hacer levantar rápidamente a todos los miembros del Estado y puede volverlos capaces de un comportamiento irresistible y de un compromiso absoluto.

Una doctrina del Estado no puede por más que proponer valores para poner a prueba afinidades electivas y vocaciones dominantes o latentes de una nación. Si un pueblo no sabe o no quiere reconocer los valores que hemos llamado "tradicionales " y que definen una Derecha auténtica, merece ser abandonado a sí mismo. Se puede, como máximo, apelar a ilusiones y sugestiones debidas a una acción a menudo organizada de manera sistemática y a procesos regresivos, de los que ha sido o es víctima. Si incluso esto no da resultado sensible, este pueblo sufrirá el destino que se ha creado haciendo uso de su "libertad".

 

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