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Biblioteca Evoliana

Homenaje a Evola (II) Julius Evola y la Masonería

Homenaje a Evola (II) Julius Evola y la Masonería

Biblioteca Evoliana.- Uno de los puntos de divergencia entre Julius Evola y René Guènon se centra en el papel de la masonería como fenómeno iniciático específicamente occidental. M. Rick en su aportación al número especial de la revista "Totalité" dedicado a conmemorar el décimo aniversario del fallecimiento de Julius Evola, resume las posiciones que siempre sostuvo éste a lo largo de su vida. El rechazo que la masonería y sus pretensiones iniciáitcas siempre provocó en Evola no nace de una obsesión conspiranoica, sino de una perfecta coherencia con sus posiciones tradicionales. Por lo demás, Evola conoció perfectamente a la masonería italiana de su época y en el Grupo de Ur participaron algunos de los masones más notables de su época, como su amigo Arturo Reghini.

 

II

JULIUS EVOLA Y LA FRANC-MASONERIA

"(...) No existe en la fracmasonería de una iniciación
real y experimental, sino de vestigios decépitos
y de un ritualismo artificial e inoperante,
por no decir, mucho peor"

(El Arco y la Maza)

A diferencia de otros pensadores tradicionales y en especial de Guenón, Julius Evola no ha consagrado una parte importante de su obra al estudio crítico de la franc-masonería. Parece que este tema, cuya mención se encuentra en la mayor parte de sus obras, verdaderamente, jamás ha sido objeto, que sepamos, de un análisis más profundo, ni haya suscitado mayor interés para el autor de la "Tradición Hermética". Esto puede extrañar en un hombre para quien las nociones de Tradición e iniciación han sido centro primordial de reflexión.

Preguntándonos sobre esta actitud, hemos intentado comprender, a través de la vida y de la obra de Evola, su visión personal de la naturaleza de la Francmasonería y su posición en cuanto a la legitimidad iniciática de esta.

Uno de los primeros encuentros importantes para Evola, cuando acababa de ser publicado "El hombre como potencia", es, sin duda, el de Arturo Reghini, en 1925. Este alto dignatario masónico (33? del rito escocés) le facilitó interesantes ideas sobre la Tradición Romana y lo puso en contacto con Guenón. Evola reconoció en Reghini como un serio exponente provisto de una objetividad raramente igualada en los medios ocultistas de la época. Escribirá luego (El camino del Cinabrio, 1983) que Reghini le ha permitido liberarse de "ciertas escorias" que precisamente procedían de los medidos ocultistas.

Puede verdaderamente pensarse que algunos colaboradores del Grupo de Ur formanan parte de la francmasonería y ocupaban sin duda puestos importantes en el seno de las obediencias italianas. La escisión de este grupo en 1928, provocada por estos elementos, que deseaban mantener con vida la organización entonces prohibida por el régimen fascista, aparecía como un amargo recuerdo para Evola, quien no juzgó conveniente explicarse a este respecto. En la obra "Introducción a la Magia", se encuentran sin embargo, algunas precisiones cuanto menos ácidas, bajo la forma de flechas disparadas a los francmasones por el autor: "En realidad, conocemos demasiado el caso de personas, y no solamente occidentales, que se encuentran verdaderamente en regla con la "regularidad iniciática" en el sentido guenoniano del término y en primera línea todos los masones) pero que dan prueba de tal incomprensión y de tal confusión a propósito de todo lo que es verdaderamente esotérico y espiritual, que aparecen muy por debajo de personas que no han recibido este don, pero que están dotadas de una intuición precisa y de un espíritu suficientemente abierto" ["Introducción a la magia" cap. "Límites de la regularidad iniciática, publicado como opúsculo por la C.S.Z. en octubre de 1976].

En esta misma obra. Evola no teme añadir, en lo qque respecta a las sociedades masónicas contemporáneas de cocación iniciática: "Las escuelas que, en Occidente presumen de ser tales (...), cuyos iniciados, si hace falta, colocan sus cualificciones en tarjeta de visita, son vulgares mistificaciones (...)". El tono es este...

En la lectura de lo que precede y a la vista de numerosas y frecuentes referencias a Guenón en toda la obra de Evola, sobre todo en los que concierne al problema de la regularidad iniciática y sus límites, conviene mantener y clasificar esta noción de "regularidad" situando comparativamente los análisis de ambos autores sobre el tema. Esto a fin de comprender mejor las reticencias de Evola en lo que respecta a la eficacia de las iniciaciones contemporáneas, en general, y a la iniciación masónica en particular.

Para René Guenón, la iniciación es imposible solo con los medios del individuo: una intervención exterior, bajo la forma de influencias espirituales, es indispensable y no puede ser transmitida mas que por una organización "debidamente autorizada", es decir, relacionada con un centro espiritual y único. Aunque Guenón reconoce explícitamente que, en nuestros días no subsisten más que organizaciones degeneradas, víctimas del modernismo: "es a propósito que empleamos esta palabra para designar a la tendencia muy extendida que en la Masonería como por todas partes, se caracteriza por el abuso de la crítica, el rechazo del simbolismo, la negación de todo lo que constituye la ciencia esotérica y tradicional (...) Existen hoy, en Francia y en Italia, particularmente, olvidar verdaderamente imperdonables (...)". [Estudios sobre la masonería y el compañerismo, 1981. T.II, pág. 262-4]. Este autor estima que la realización exacta de los rituales (sea en el maarco de la Iglesia como de la Masonería), incluso siendo mal comprendidos por los iniciadores y por el iniciado, bastan para insuflar al postulante la influencia espiritualmente en los ritos.

Para Evola, por el contrario, la continuidad de las "influencias espirituales" es, de hecho, ilusoria cuando no existen representantes dignos y conscientes de una cadena dada y cuando la transmisión se ha vuelto mecánica (..) Lo que queda y lo que es transmitido no es algo más que algo degradado, un simple "psiquísmo", incluso abierto a fuerzas oscuras (artículo citado).

La necesidad de un lazo "horizontal" con un grupo determinado, además, no aparece como una exigencia en el espíritu de Evola: se reencuentra, sin duda, aquí el aspecto solitario del amante de las cumbres, más sensible a la contemplación silenciosa y más atraído por la meditación y la praxis individuales que por la hermandad, a veces disolvente de los conglomerados humanos. "(...) Lo esencial no es pues un enlace "a lo largo de la horizontal", es decir como una participación interior en los principios y en los estados supra-individuales (...)" (op. cit).

En 1937, Evola en su "Misterio del Grial y la Tradición Gibelina del Imperio", Evola va más lejos en su crítica a la Franc-masonería, viendo en esta una empresa subversiva y revolucionaria moderna, continuación bastardizada de organizaciones antiguos de tipo tradicional: "Se debe pues pensar que se trata aquí de un proceso de involución llegado a un punto tal, que tras la retiradda del principio animador origina de estas organizaciones, pudo producirse, una verdadera inversión de polaridad (...)" (Ed. de 1972, pág. 253) "Evola volverá a tocar este tema, años más tarde, en Orientaciones, hablando de "heterogéneris de los efectos": "Todo sucede como si fuerzas habiendo escapado de manos de quienes les habían invocado, dando lugar a procesos que han conducido a direcciones muy diversas de las que perseguían los fines originarios, en un juego de acciones y reacciones, y de choques con retroceso" (Ed. de 1980, pág. 2).

Para Evola, la fundación de la Gran Logia de Londres, en 1717, constituía el punto de partida de esta inversión de polaridad que hace de la masonería moderna un ejemplo de esta "segunda religiosidad" descrita por Spengler. Esta segunda religiosidad, fenómeno característico de las fases finales de civilización, se manifiesta por un aumento de las corrientes espirituales y místicas. Respuestas simplistas a los miedos existenciales, refugios ilusorios para sedientos de evasión y de compensación, estos sobresaltos de seudoreligiosidad recuerdan la ffase final de evolución de la vida de los organismos vivientes, la de la descomposición del cadáver... Una sola condición, estima Evola, permitiría aun a la franc-masonería de conservar su papel iniciático: tal sería el caso, muy improbable, de una supervivencia de algunos núcleos de la Antigua Masonería operativa. En cuanto a la masonería moderna, "no tiene - al menos para los cuatro quintas partes- absolutamente nada de iniciático, siendo un sistema fantasioso de grados construido sobre la base de un sincretismo inorgánico, hasta tal punto que representa un caso típico de lo que Guenón llama la seudo-iniciación" (op.cit).

A partir de 1934, fecha de la aparición de "Revuelta contra el mundo moderno", J. Evola no va a cesar de estoquear a una franc-masonería laicizada, responsable a sus ojos de acciones subversivos: estigmatiza, por lo demás, en esta obra, la "unidad juramentada de las logias masónicas en vistas a la preparación de revoluciones del Tercer Estado y del advenimiento de la democracia (...)" (tr. fr., 1972, p.453).

En 1944, Evola trabaja sobre un proyecto de una "historia secreta de las sociedades secretas", utilizan numerosos materiales puestos a disposición por las autoridades alemanas. Piensa mostrar así, pruebas en apoyo, el papel de subversión antitradicional operada por la inmensa mayoría de la Franc-masonería antes y después de 1789. Esta obra no será acabada por las circunstancias...

En "Los hombress y las ruinas", aparecido en 1953, Evola fustiga lo que llama "la guerra oculta", matizando sin emabargo sus análisis precedentes en cuanto al papel oculto de la franc-masonería y poniendo en guardia a los que estarían tentados de ver por toddas partes y en toda ocasión un transfondo oculto. La franc-masonería le aparece sin embargo siempre "como guardiana de los principios del Ministro y la Revolución Francesa, sus doctrinas cosntituyen una especie de religión laica de la democracia moderna, donde se ejerce y continua ejerciéndose, su acción militantte, sea confesada o semi-secreto" (tr.fr., 1972, pág. 191). Pero Evola precisa con mucha firmeza: "es preciso rechazar con mucha firmeza la tesis antisemita según la cual, la masonería sería una creación y con instrumento Israel", declaración que va a contracorriente de muchas posiciones de la época... No deja de tener utilidad recordar aquí que la explotación del mecanismo revolucionario, por el nuevo juego subterráneo de una judeo masonería empeñada en destruir el antiguo régimen, hizo las delicias de una derecha reaccionaria que no se privó en la época, por pereza intelectual, de servirse de un chivo expiatorio para no tener que contemplar su propia responsabilidad.

En "Cabalgar al Tigre", aparecido en 1961, Evola resume en algunas líneas las posibilidades, hoy contemplables, de una restauración tradicional: "(...) la nueva perspectiva que queda es la de una unidad invisible en el mundo, más allá de las fronteras, de estos raros individuos que tienen en común una misma naturaleza, diferente de los del hombre de hoy, y de una misma ley interior" (trad. franc. de 1964, pág. 227). Algunas frases más lejos concluye: "Si de nuevos procesos debían desarrollarse a fines del ciclo, es precisamente en unidades de este tipo que encontrarían quizás su punto de partida".

Este llamamiento a la re-creación de una Orden reagrupando, más allá de las fronteras y de las razas, una caballería del espíritu, podríamos ya oirla en los últimos parágrafos de "Orientaciones", cuando Evola escribía: "(...) Es importante y esencial que se constituya una élite, la cual, con su intensidad, definiera (...) la "Idea" en función de la cual se tenga el derecho de estar unidos (...)" (p.24).

"El arco y la maza", aparecido en 1968 parece ser una nueva ocasión para Evola de ajustar cuentas con las corrientes iniciáticas masónicas, ya que escribe: "Si se habla de iniciación n nuestros días, fuera de los sepulcros blanqueados y ritualistas de la franc-masonería", reconociendo sin embargo que "para quienes han hecho un balance absolutamente negativo de todos los valores culturales y sociales, ideológicos o religiosos de nuestra época, y que se reencuentran en el punto cero; para ellos, la libertad superior prometida en todo tiempo a aquel que se compromete en "la vía iniciática quizás la única alternativa" (el subrayado es nuestro) en relación a las formas de revuelta revelan un nihilismo destructor, irracional e incluso criminal" (pág. 125-126).

Terminando este artículo, gracias al cual pensamos poder mejor comprender los sentimientos de Evola cuando a esta Orden tan controvertidas como es la francmasonería, nos damos cuenta de que la interrogación subsiste: el juicio de Evola nos ha aparecido tras revisar estas obras, frecuentmente de manera terminante, en ocasiones mas atenuado. Fiel en esto a la línea que se marcó de denuncias siempre los avatares del mundo moderno, denunciando las más caras del espiritualismo de bazar, aplicándose a clarificar las nociones de Tradición e iniciación, explorando sin apriorismo las posibilidades actuales de restauración espiritual auténtica, Evola no ha dejado de denunciar una francmasonería "horizontal", exangüe, desespiritualizada y, por así deccir, caricaturesca. Si estos juicios, a menudo duros, nos parecen en gran parte justificados en lo que respecta a la masonería moderna, conviene señalar que Evola ha conservado en estatua por numerosos representantes masónicos que han trabajado para procurar restaurar esta corriente iniciática. Aunque no parece haber tenido ilusión sobre las posibilidades reales de tal restauración, pensamos que Evola ha conservado un cierto respeto a la Orden Masónica, aunque no sea más que por lo que fue. Es significativo, a este respecto, el leer esta nota publicada en "El Misterio del Grial" (...): "No quisiéramos que el lector sospechara que tenemos la menos animosidad preconcebida hacia la masonería. Personalmente hemos tenido relaciones amistosas con algunos altos dirigentes masones (...) Sabemos que existen algunas logias (...), que no se entregan a acctividades político-sociales (...). Pero debemos a la verdad no modificar al marco general que hemos presentado de la masonería moderna contemplada desde el punto de vista histórico y tomando en consideración la dirección predominante, real y atestada de su acción" (p. 261).

Entonces ¿rechazo categórico? ¿juicio más moderado?. A diferencia de la mayor parte de las críticas exteriores a la franc-masonería, que amalgaman la Orden y las obediencias, Evola a denunciado con justeza las organizaciones seudo-iniciáticas vueltas contra-tradicionales en sus manifestaciones temporales. El Espiritu, por su parte, continua soplando para aquellos que quieren superar las contingencias.

M. Rick

 

Homenaje a Evola (I) Julius Evola y la Magia

Homenaje a Evola (I) Julius Evola y la Magia

Biblioteca Evoliana.-  Daniel Frot, colaborador de la revista "Totalité", publicó este artículo sobre las relaciones de Evola con la Magia en el número especial de esa revista consagrado a Julius Evola y que apareció en 1984. Es evidente que el peso central del artículo recae sobre las concepciones y los trabajos del Grupo de Ur, fundado por Evola a finales de los años 20 y que se preocupó de reunir todo el material disponible en la época sobre magia operativa y aplicarlo dentro de un esquema orgánico y coherente. 

 

 

III

JULIUS EVOLA Y LA MAGIA

Daniel Frot

 

El término "mágia" no reviste, en absoluto, hoy, un sentido bien preciso y parece designar un conjunto heteróclito que a todos luces parece un "cajón de sastre": artes adivinatorias, brujería, "magia blanca" o de la "psicología". La palabra "magia" señala Guenón en los "Aperçues sur l'initiation", ejerce una "extraña fascinación" sobre el hombre moderno. Es necesario constatar que la obsesión de lo invisible y de las fuerzas sutiles jamás ha dejado de reinar en los cerebros contemporáneos y aterriza ahora en el racionalismo nacido de los que ha sido ligeramente llamado "libre-pensamiento".

Sobre el plano doctrinario, Guenón considera que la magia "entre las ciencias tradicionales es una de las pertenecientes al orden más inferior (...) sin duda por ello, quizás, es entre todos la que es más proclive a desviaciones y degeneraciones". "Es una "ciencia física" en el sentido etimológico de esta palabra, ya que se trata de leyes y de la producción de algunos fenómenos". Las fuerzas que intervienen son de orden sutil.

Las causas de esta falta de interés por esta "cienccia" son claras: "Las ciencias tradicionales, cualesquiera que sean, pueden siempre servir de "soportes" para elevarse a un conocimiento de orden superior, y esto es, más que ellas en si mismas, lo que les confiere un valor propiamente doctrinario; pero, como hemos dicho en otra parte, tales "soportes", de manera general, deben volverse cada vez más contingentes, a medida que avanza el ciclo y su pendiente se acentúa, a fin de seguir adaptados a las posibilidades humanas de cada época. El desarrollo de las ciencias tradicionales inferiores, no es pues, en suma, más que un caso particular de esta "materialización" necesaria de los "soportes" de los que hemos hablado; pero, al mismo tiempo, ello implica que los peligros de desviaciones se vuelven tanto más grandes cuanto más lejos se va en este sentido, y es por elo que, una ciencia como la magia se encuantra manifiestamente entre las que más fácilmente dan lñuagr a todo tipo de deformacciones y usos legítimos; la desviación, en todos los casos, no es imputable, en definitiva, más que a las condiciones mismas de este período de "obscurecimiento", que es el Kali-yuga".

En la óptica guenoniana, la preponderancia del punto de vista "mágico" es el resultado de la alteración de las ciencias tradicionales separadas de su principio metafísico, el producto, pues, de tradiciones disminuidas y desviadas, nacidas de la revuelta de la Kali Yuga. La contra-iniciación encuentra ahí un terreno abonado.

La "utilidad" de la magia no es pues contestada (especialmente en el tantrismo que enfatiza el papel de "potencia" en la "liberación") tanto que esta última no se vuelve un fin en sí misma, pues, "refierendose exclusivamente al dominio "psiquismo", no tiene nada de iniciátivo.

Si hemos recordado el punto de vista de Guenon, es por que nos parece complementario al de Evola, que es, como demuestra ampliamente su obra, el de la acción. Por ideosincrasia, Evola se ha sentido siempre más próximo del "guerrero" que del "contemplativo". Occidente ha nacido bajo el signo de la acción, es preciso pues proponer al hombre occidental una vía que convenga a su propia esencia y que deba tener en cuenta los aspectos "heróico" y "mágico". Pero la "magia" se vuelve en Evola un "continente" cuyos límites parecen inciertos: en "Revuelta contra el mundo moderno", es definida como "una actitud especial frente a la realidad espiritual, una actitud de "centralidad" que (...) posee relaciones estrechas con la tradición y con la iniciación real".

En "El Camino del Cinabrio", Evola, evocando la experiencia del grupo de Ur, escribe: "Hablando de magia se quería más bien significar que la atención del grupo se ponía esencialmente en la formulación especial del saber iniciático que obedece a una actitud activa, soberana y dominadora en relación a lo espiritual".

La magia, pues, lejos de ser una ciencia tradicional de orden inferior, como sostiene Guenon (y Evola contesta explícitamente este punto), remite a una actitud del espíritu. "Expresa una forma de integración hipernormal de la personalidad, en la cual el elemento viril y activo sse encuentra en primer plano: razón por la cual, en el fondo, no viene particularmente subrayado en ella más que por que, en general, la realización iniciática, se opone a todas las formas extáticas, panteístas y vagamente espiritualistas, pues aquí la eliminación de este "Yo" que barre el acceso a fuerzas más profundas del ser, no provoca una superación descendente, sino ascendente (...). Esta "alta magia" reconduce, en consecuencia, a la disciplina que, en la tradición hermética, lleva el nombre de "Ars Regia", aún teniendo cierta relación, también, con la "Teurgia" antigua y con esta magia que, en el curso de los siglos precedentes, fue especificamente entendida como "magia divina", en oposición a la magia "natural" e incluso a la magia "celeste".

Abstracción hecha del debate fundamental ?existe una "pasividad" en el terreno de la espiritualidad?. Es preciso señalar que Evola no ha alimentado en absoluto ilusiones sobre las posibilidades de "ascesis mágica" para el occidente moderno: "Así, frente a exposiciones concernientes a la iniciación y a la "magia", aspira a no crearse ilusiones. Deben servir como divisoria, como puntos extremos de referencia -para fijaar bien las distancias- y no como instrumentos de su vanidad".

La perspectiva "mágica" en Evola ha sido dominada por tales líneas de fuerza que el rechazo del "pathos" religioso y del "sentimentalismo", el nietzcheanismo, el anticristianismo y la valorización de los misterios antiguos. Los imperativos del Grupo de Ur en el momento de su nacimiento eran conocimiento, "potencia" y experimentalización. Parece sin embargo que el accidente de abril de 1945 provocará luego la afirmación de orientaciones mucho más modernas, tal como lo atestigua la última edición de "Rostro y máscara del espsiritualismo contemporáneo".

La "voluntad de poder" continúa siendo la peor de las ilusiones modernas: Evola insiste en el hecho de que la "potencia" parece ser el propio "mito" de este siglo: "La verdadera magia, en el sentido de alta magia, o de teurgia, es un valor sobrenatural, la aspiración moderna a la potencia es, por el contrario, en todo y por todo, naturalista y profana".

La acusación de "luciferismo" que puede ser hecha a una parte de la obra de Evola parece descansar solo sobre interpretaciones tendenciosas. Por otra parte, Evola, si bien se ha interesado en figuras controvertidas como Eliphas Levi, Gustav Meyrinjk, Guiliano Kremmey y Aleister Crowley, no fue partidario de un "experimentalismo desenfrenado": "La magia no se improvisa desenterrándola extemporáneamente, gracias al empleo de antiguas situaciones, descubiertos en grimonios o en el fondo de las bibliotecas". Los escritos evolianos sobre la magia remiten mas a la exigencia del mundo antiguo que al esteticismo de ceremonias rituales.

Por su posición original y seductora, la experiencia del "grupo de Ur" puede llamar y retener la atención, aunque no falte la necesidad de diferenciar lo que pertenece en propiedad a las doctrinas auténticamente tradicionales y lo que emana del pensamiento moderno. Al término de estas breves consideraciones sobre el concepto de "magia" en la obra de Evola ¿que balance puede hacerse de las actividades de este "grupo operativo"?.

Con el "grupo de Ur", las distancias están netamente marcados en relación al ocultismo de tipo "fin de siglo". El grupo, escribe Evola en "El Camino del Cinabrio", recupero la exigencia de Arturo Reghini que "se había propuesto estudiar las disciplinas esotéricas e iniciáticas, con seriedad y rigor, refiriendose a fuentes auténticas y con un espíritu crítico" en el marco de dos revistas: "Atanor e Ignia". Es por lo demás bastante notorio que en Francia, en la misma época. René Guenon haya dado pruebas del mismo rigor intelectual (como se sabe colaboró en las revistas dirigidas por Reghini) en el estudio de las doctrinas esotéricas.

Si el grupo hizo conocer textos tradicionales de Oriente y Occidente, su ambición ffue primeramente insistir sobre el "lado práctico y experimental". Esta orienttación privilegiada por los fundadores del grupo parece haber sido la fuente de malentendidos. Lo que tendería a mostrarlo es que Evola haya sido llevado con el tiempo, a juzgar con toda distancia posible el ttrabajo "operativo" del grupo. Hizo "reservas respecto a cualquier forma de operación colectiva" y constata que "algunos fenómenos referidos en la Introducción en relación con el grupo, deben ser puestos en el activo del grupo"

La "restauración" de los "valores" occidentales teniendo por fundamentos los "ideales paganos y romanos" no tuvo efecto. En cuanto a los problemas planteados, en los años 1927-29, por Evola ¿no muestran más bien interrogantes modernos que cuestiones de metafísica tradicional?. La afirmación del yo y de la individualidad ¿no demuestran obsesiones modernas?

El punto de vista de Evola en los años de la pre-guerra está ligada, parece, a una sobreestimación del hombre occidental y de la vía de los Khsatriyas. Un texto del año 1927 de la revista UR es bastante revelador.

"Ningún infinito, sino relaciones precisas, orden, cosmos, jerarquía de los seres solares y autosuficientes, una raza de Señores con la mirada profunda, terrible, lejanía, que son por si mismos, que no toman nada sino que dan por exceso de luz y de potencia (...)" .

Paradójicamente, la obra de Evola reviste muchos accesis humanos mientras que el hombre parece haber abandonado el sentido de lo humano en su juventud. Pues Evola, tras 1945, atenuó algo sus ideas de pre-guerra. Sin embargo, el punto de vista "realista" de "Cabalgar el Tigre" no debe hacer olvidar que el espíritu tradicional es llamado a mantenerse hasta el fin del presente ciclo cósmico y quqe ninguna vía tiene la exclusividad de la verdad. Pues tal como escribió Guenon a Roger Maridost: "La diversidad de los métodos responde a la diversidad misma de las naturalezas individuales paara las cuales estan hechas: es la multiplicidad de las vias que conducen a un fin único".

Daniel Frot

III

JULIUS EVOLA Y LA MAGIA

Daniel Frot

 

El término "mágia" no reviste, en absoluto, hoy, un sentido bien preciso y parece designar un conjunto heteróclito que a todos luces parece un "cajón de sastre": artes adivinatorias, brujería, "magia blanca" o de la "psicología". La palabra "magia" señala Guenón en los "Aperçues sur l'initiation", ejerce una "extraña fascinación" sobre el hombre moderno. Es necesario constatar que la obsesión de lo invisible y de las fuerzas sutiles jamás ha dejado de reinar en los cerebros contemporáneos y aterriza ahora en el racionalismo nacido de los que ha sido ligeramente llamado "libre-pensamiento".

Sobre el plano doctrinario, Guenón considera que la magia "entre las ciencias tradicionales es una de las pertenecientes al orden más inferior (...) sin duda por ello, quizás, es entre todos la que es más proclive a desviaciones y degeneraciones". "Es una "ciencia física" en el sentido etimológico de esta palabra, ya que se trata de leyes y de la producción de algunos fenómenos". Las fuerzas que intervienen son de orden sutil.

Las causas de esta falta de interés por esta "cienccia" son claras: "Las ciencias tradicionales, cualesquiera que sean, pueden siempre servir de "soportes" para elevarse a un conocimiento de orden superior, y esto es, más que ellas en si mismas, lo que les confiere un valor propiamente doctrinario; pero, como hemos dicho en otra parte, tales "soportes", de manera general, deben volverse cada vez más contingentes, a medida que avanza el ciclo y su pendiente se acentúa, a fin de seguir adaptados a las posibilidades humanas de cada época. El desarrollo de las ciencias tradicionales inferiores, no es pues, en suma, más que un caso particular de esta "materialización" necesaria de los "soportes" de los que hemos hablado; pero, al mismo tiempo, ello implica que los peligros de desviaciones se vuelven tanto más grandes cuanto más lejos se va en este sentido, y es por elo que, una ciencia como la magia se encuantra manifiestamente entre las que más fácilmente dan lñuagr a todo tipo de deformacciones y usos legítimos; la desviación, en todos los casos, no es imputable, en definitiva, más que a las condiciones mismas de este período de "obscurecimiento", que es el Kali-yuga".

En la óptica guenoniana, la preponderancia del punto de vista "mágico" es el resultado de la alteración de las ciencias tradicionales separadas de su principio metafísico, el producto, pues, de tradiciones disminuidas y desviadas, nacidas de la revuelta de la Kali Yuga. La contra-iniciación encuentra ahí un terreno abonado.

La "utilidad" de la magia no es pues contestada (especialmente en el tantrismo que enfatiza el papel de "potencia" en la "liberación") tanto que esta última no se vuelve un fin en sí misma, pues, "refierendose exclusivamente al dominio "psiquismo", no tiene nada de iniciátivo.

Si hemos recordado el punto de vista de Guenon, es por que nos parece complementario al de Evola, que es, como demuestra ampliamente su obra, el de la acción. Por ideosincrasia, Evola se ha sentido siempre más próximo del "guerrero" que del "contemplativo". Occidente ha nacido bajo el signo de la acción, es preciso pues proponer al hombre occidental una vía que convenga a su propia esencia y que deba tener en cuenta los aspectos "heróico" y "mágico". Pero la "magia" se vuelve en Evola un "continente" cuyos límites parecen inciertos: en "Revuelta contra el mundo moderno", es definida como "una actitud especial frente a la realidad espiritual, una actitud de "centralidad" que (...) posee relaciones estrechas con la tradición y con la iniciación real".

En "El Camino del Cinabrio", Evola, evocando la experiencia del grupo de Ur, escribe: "Hablando de magia se quería más bien significar que la atención del grupo se ponía esencialmente en la formulación especial del saber iniciático que obedece a una actitud activa, soberana y dominadora en relación a lo espiritual".

La magia, pues, lejos de ser una ciencia tradicional de orden inferior, como sostiene Guenon (y Evola contesta explícitamente este punto), remite a una actitud del espíritu. "Expresa una forma de integración hipernormal de la personalidad, en la cual el elemento viril y activo sse encuentra en primer plano: razón por la cual, en el fondo, no viene particularmente subrayado en ella más que por que, en general, la realización iniciática, se opone a todas las formas extáticas, panteístas y vagamente espiritualistas, pues aquí la eliminación de este "Yo" que barre el acceso a fuerzas más profundas del ser, no provoca una superación descendente, sino ascendente (...). Esta "alta magia" reconduce, en consecuencia, a la disciplina que, en la tradición hermética, lleva el nombre de "Ars Regia", aún teniendo cierta relación, también, con la "Teurgia" antigua y con esta magia que, en el curso de los siglos precedentes, fue especificamente entendida como "magia divina", en oposición a la magia "natural" e incluso a la magia "celeste".

Abstracción hecha del debate fundamental ?existe una "pasividad" en el terreno de la espiritualidad?. Es preciso señalar que Evola no ha alimentado en absoluto ilusiones sobre las posibilidades de "ascesis mágica" para el occidente moderno: "Así, frente a exposiciones concernientes a la iniciación y a la "magia", aspira a no crearse ilusiones. Deben servir como divisoria, como puntos extremos de referencia -para fijaar bien las distancias- y no como instrumentos de su vanidad".

La perspectiva "mágica" en Evola ha sido dominada por tales líneas de fuerza que el rechazo del "pathos" religioso y del "sentimentalismo", el nietzcheanismo, el anticristianismo y la valorización de los misterios antiguos. Los imperativos del Grupo de Ur en el momento de su nacimiento eran conocimiento, "potencia" y experimentalización. Parece sin embargo que el accidente de abril de 1945 provocará luego la afirmación de orientaciones mucho más modernas, tal como lo atestigua la última edición de "Rostro y máscara del espsiritualismo contemporáneo".

La "voluntad de poder" continúa siendo la peor de las ilusiones modernas: Evola insiste en el hecho de que la "potencia" parece ser el propio "mito" de este siglo: "La verdadera magia, en el sentido de alta magia, o de teurgia, es un valor sobrenatural, la aspiración moderna a la potencia es, por el contrario, en todo y por todo, naturalista y profana".

La acusación de "luciferismo" que puede ser hecha a una parte de la obra de Evola parece descansar solo sobre interpretaciones tendenciosas. Por otra parte, Evola, si bien se ha interesado en figuras controvertidas como Eliphas Levi, Gustav Meyrinjk, Guiliano Kremmey y Aleister Crowley, no fue partidario de un "experimentalismo desenfrenado": "La magia no se improvisa desenterrándola extemporáneamente, gracias al empleo de antiguas situaciones, descubiertos en grimonios o en el fondo de las bibliotecas". Los escritos evolianos sobre la magia remiten mas a la exigencia del mundo antiguo que al esteticismo de ceremonias rituales.

Por su posición original y seductora, la experiencia del "grupo de Ur" puede llamar y retener la atención, aunque no falte la necesidad de diferenciar lo que pertenece en propiedad a las doctrinas auténticamente tradicionales y lo que emana del pensamiento moderno. Al término de estas breves consideraciones sobre el concepto de "magia" en la obra de Evola ¿que balance puede hacerse de las actividades de este "grupo operativo"?.

Con el "grupo de Ur", las distancias están netamente marcados en relación al ocultismo de tipo "fin de siglo". El grupo, escribe Evola en "El Camino del Cinabrio", recupero la exigencia de Arturo Reghini que "se había propuesto estudiar las disciplinas esotéricas e iniciáticas, con seriedad y rigor, refiriendose a fuentes auténticas y con un espíritu crítico" en el marco de dos revistas: "Atanor e Ignia". Es por lo demás bastante notorio que en Francia, en la misma época. René Guenon haya dado pruebas del mismo rigor intelectual (como se sabe colaboró en las revistas dirigidas por Reghini) en el estudio de las doctrinas esotéricas.

Si el grupo hizo conocer textos tradicionales de Oriente y Occidente, su ambición ffue primeramente insistir sobre el "lado práctico y experimental". Esta orienttación privilegiada por los fundadores del grupo parece haber sido la fuente de malentendidos. Lo que tendería a mostrarlo es que Evola haya sido llevado con el tiempo, a juzgar con toda distancia posible el ttrabajo "operativo" del grupo. Hizo "reservas respecto a cualquier forma de operación colectiva" y constata que "algunos fenómenos referidos en la Introducción en relación con el grupo, deben ser puestos en el activo del grupo"

La "restauración" de los "valores" occidentales teniendo por fundamentos los "ideales paganos y romanos" no tuvo efecto. En cuanto a los problemas planteados, en los años 1927-29, por Evola ¿no muestran más bien interrogantes modernos que cuestiones de metafísica tradicional?. La afirmación del yo y de la individualidad ¿no demuestran obsesiones modernas?

El punto de vista de Evola en los años de la pre-guerra está ligada, parece, a una sobreestimación del hombre occidental y de la vía de los Khsatriyas. Un texto del año 1927 de la revista UR es bastante revelador.

"Ningún infinito, sino relaciones precisas, orden, cosmos, jerarquía de los seres solares y autosuficientes, una raza de Señores con la mirada profunda, terrible, lejanía, que son por si mismos, que no toman nada sino que dan por exceso de luz y de potencia (...)" .

Paradójicamente, la obra de Evola reviste muchos accesis humanos mientras que el hombre parece haber abandonado el sentido de lo humano en su juventud. Pues Evola, tras 1945, atenuó algo sus ideas de pre-guerra. Sin embargo, el punto de vista "realista" de "Cabalgar el Tigre" no debe hacer olvidar que el espíritu tradicional es llamado a mantenerse hasta el fin del presente ciclo cósmico y quqe ninguna vía tiene la exclusividad de la verdad. Pues tal como escribió Guenon a Roger Maridost: "La diversidad de los métodos responde a la diversidad misma de las naturalezas individuales paara las cuales estan hechas: es la multiplicidad de las vias que conducen a un fin único".

Daniel Frot

 

 

José Antonio Primo de Rivera y Julius Evola

José Antonio Primo de Rivera y Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Julius Evola no conocio personalmente a José Antonio Primo de Rivera, ni seguramente éste tuvo conocimiento de la obra de Evola. Sin embargo, existen entre ambas formas de pensamiento, ciertas similitudes que nuestro amigo Eduard Alcántara se encarga de exponer en este artículo.  En los años 80, la revista Totalité publicó algunos comentarios delbido a Antonio Medrano sobre las relaciones entre el pensamiento y la simbología falangista y el pensamiento tradicional. Eduard Alcántara completa aquellos primeros trabajos y cierra la cuestión.

 

 

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA Y JULIUS EVOLA

Eduard Alcántara

    

Los innumerables trabajos que, a lo largo de tantas décadas, se han realizado alrededor del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, primer Jefe Nacional de la F.E. de las J.O.N.S., han solido analizar los planteamientos que, el que fuera uno de los fundadores de Falange Española, defendía a propósito de cuestiones relacionadas con las esferas de lo político (así, en minúsculas), de lo social y de lo económico. No han faltado tampoco ensayos –eso sí, en menor número- sobre sus posicionamientos en materias cuyo abanico podría oscilar entre lo, digámoslo así, filosóficocultural y lo religioso.

     A nuestro entender prácticamente todos estos trabajos adolecen de algo esencial, pues no han sabido, o no han podido, atisbar que todo el pensamiento de José Antonio tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho más allá del

momento histórico y político en el que fue formulado e incluso mucho más allá de las etapas históricas en las que empiezan a aparecer los primeros conatos serios de lo que acabarían siendo los pilares de nuestro actual mundo moderno; pilares en forma de contravalores y de instituciones y corrientes ideológicoculturales antitradicionales. Sí, contrarios a la Tradición, así, con mayúsculas. Esto es, contrarios a una manera de vivir y percibir el mundo y la existencia que entiende de Realidades que superan el plano meramente material (1).

     No sólo constatamos el hecho de que “el pensamiento de José Antonio tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho más allá del momento histórico y político en el que fue formulado…” sino que incluso afirmamos que no tan sólo “van mucho más allá” retrocediendo en el tiempo, sino que se encuentran por encima del tiempo, por encima del devenir, por encima del fluir continuo de lo perecedero, del mundo manifestado y condicionado, por encima –según el decir de los textos sagrados del hinduismo- del samsara. Y esto ocurre porque al estar en sintonía con la esencia de la Tradición atesoran una naturaleza intemporal, eterna e imperecedera.

    

     Como hemos encontrado una ingente y, quizás para algunos, sorprendente similitud entre el pensamiento de José Antonio y la manera en que el italiano Julius Evola entiende y nos transmite cuál es el núcleo y cuáles son los entresijos de la Tradición, no estará de más que sea el propio autor transalpino el que nos aclare qué es lo que debemos de entender por Tradición. Así en “Los hombres y las ruinas” -1.954- (2) escribe que:

      "En su significado verdadero y vivo, tradición no es un supino conformismo a todo lo que ha sido, o una inerte persistencia del pasado en el presente. La Tradición es, en su esencia, algo metahistórico y, al mismo tiempo, dinámico: es una fuerza general ordenadora en función de principios poseedores del carisma de una legitimidad superior -si se quiere, puede decirse también: de principios de lo alto- fuerza que actúa a lo largo de generaciones, en continuidad de espíritu y de inspiración, a través de instituciones, leyes, ordenamientos que pueden también presentar una notable variedad y diversidad".

     La adhesión de Evola a la cosmovisión inherente a la Tradición responde a un impulso hacia lo Trascendente que ya desde temprana edad sintió en su interior. Este impulso le corrió paralelo a otro que le adhería a una manera activa de entender la existencia. Él habla en “El camino del cinabrio” -1.974- (3) de esta doble ecuación personal que desde buen principio le marcó las pautas de lo que acabaría siendo su manera de percibir y de vivir el mundo. Ecuación personal que le haría defender ´la vía de la acción´ como el más óptimo camino a elegir para transitar por el sendero del descondicionamiento y del desapego del yo previo para aspirar a su transfiguración o palingénesis interior y a su identificación con el Principio Supremo, con lo Absoluto incondicionado.

     ´Vía de la acción´, ´vía del guerrero´ o (volviendo a echar mano de la terminología del hinduismo) ´vía del shatriya´ que más que entenderla desde la óptica de la acción exterior hay que entenderla bajo el prisma de la acción interior. Hay que entenderla como ascesis, como trabajo interno metódico, riguroso, como ejercicios constantes tendentes a conseguir la autarquía del practicante con respecto al mundo de las pasiones, de las aprensiones, de los sentimientos, de los impulsos, de los instintos y de los sentidos. Trabajo interno que, tras este disciplinado proceso de –permítasenos la expresión- profilaxis del alma y, por tanto, de autodominio y autocontrol tendrá como siguiente objetivo el conocimiento de realidades cada vez más sutiles y alejadas de la realidad física que perciben nuestros sentidos y como fin último la Gnosis de la Realidad Suprema, incondicionada y eterna que se halla en el origen de todo el mundo manifestado, a la par que también tendrá como fin último la identificación total de la Persona con dicha Realidad Suprema; esto es, la Iluminación o Despertar de la que nos habla el budismo.

     Todos los valores y atributos consustanciales al tipo humano del guerrero lo hace más propicio que cualquier otro para transitar por este arduo camino, por el cual pocos pasos (o ninguno) se podrán dar sin esas buenas dosis (tan indisociables al shatriya) de espíritu de sacrificio, de voluntad, de marginación del yo en aras de la consecución de un objetivo no particular, de heroísmo y de una valentía que comporta la superación de miedos, pavores y complejos; miedos que irán apareciendo en algunos estadios de este proceso iniciático de descondicionamiento y desapego por cuanto dicho proceso implica el ir desligándose de los soportes existenciales en los que el hombre vulgar suele apoyar su condicionado discurrir por la vida.

     Es por todo esto por lo que la ´vía de la acción´ ha sido asociada al arquetipo del guerrero y por todo esto por lo que la consideramos como la única viable para emprender la empresa consistente en lograr la autonomía del alma -o mente- con respecto a todo lo que la puede mediatizar; autonomía que convertirá al iniciado en estas lides en Autarca o Señor de sí mismo.

     El camino opuesto a éste no puede, por oposición, ser otro que el de la ´vía pasiva´ (quizás confusamente muchos han llamado a este camino opuesto como ´vía contemplativa´) y que no puede nunca aspirar a nada más que no sea la simple fe, creencia o devoción en la divinidad o, a lo sumo, a estados de arrebato y arrobamiento extático-místico en los que el alma, lejos de ser Señora de sí misma, es objeto de perturbador enceguecimiento.

     La preeminencia de la dimensión interior de la ´vía del guerrero´ comentada algunos párrafos más arriba no nos debe hacer ignorar su dimensión exterior y no nos debe, por tanto, hacer olvidar aquellas sagas en las que el guerrero y/o el caballero iban pasando por todo tipo de aventuras y superando una serie de pruebas que no eran ni más ni menos que el reflejo externo de aquellos cambios descondicionadores y transmutadotes que en su interior iba experimentando; a la vez que estas pruebas externas le servían de apoyo para facilitarle dichos cambios internos. No podemos, en consecuencia, olvidarnos, por ejemplo, del ciclo artúrico y del Grial y no podemos, tampoco, olvidarnos de aquellos caballeros monjes que en órdenes religiosomilitares del Medievo, como lo fueron la del Temple, optaron por la ´vía de la acción´ como camino a seguir en aras a la consecución de la transustanciación del yo condicionado en Ser descondicionado.

     Y en consonancia con este modelo humano del caballero a la búsqueda del Espíritu que podemos ver profundamente tratado por Evola en su obra “La leyenda del Grial y la tradición gibelina del Imperio” -1.937- (4) podemos tener bien presente aquella definición hecha por José Antonio a propósito del hombre nuevo que se pretendía forjar como “mitad monje, mitad soldado” o reproducir otras sentencias suyas como la efectuada el 6 de noviembre en el Parlamento español en la que afirmaba que “Es cierto; no hay más que dos maneras serias de vivir: la manera religiosa y la manera militar –o, si queréis, una sola, porque no hay religión que no sea una milicia ni milicia que no esté caldeada por un sentimiento religioso-“ (5).

     José Antonio, al igual que Evola, pareció haber sentido en su interior la misma doble fuerza formativa: la de la acción y la de la espiritualidad. Así, por lo que respecta a la acción y en relación directa con el arquetipo del guerrero, reza el punto 26 de la Norma Programática de la Falange que “Su estilo (el de la Falange) preferirá lo directo, ardiente y combativo. La vida es milicia y ha de vivirse con espíritu acendrado de servicio y sacrificio.” (Norma programática firmada por José Antonio y que transpira su personal estilo.) Y por lo que hace referencia a la espiritualidad ya en el discurso de fundación (29 de octubre de 1.933) del movimiento político que acabaría liderando decía que “…sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros les estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse” (6). Y, en la misma tónica, se puede leer en los llamados “Puntos Iniciales” de la Falange, publicados el 7 de diciembre de 1.933 y que también rezuman del estilo y del pensamiento de José Antonio, se puede leer, decíamos, que “Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores eternos.”

    

     Bien es sabido que el tipo de espiritualidad que reivindica Julius Evola se halla reñido con aquél que comportó el cristianismo de los orígenes y, en buena medida, con el que esta religión ha defendido en las últimas centurias. Al cristianismo primigenio lo llegó a definir como “anarquismo de los orígenes” y denostó sin paliativos su carácter de pacifismo pusilánime, de igualitarismo antijerárquico y su moral de esclavos. No obstante lo cual Evola pudo ver en el catolicismo de la Edad Media apuntes de compenetración con la esencia y con los valores de la Tradición: con la idea de jerarquía, con la ética caballeresca y con el elemento esotérico; si bien, sobre todo este último asunto, al margen y a pesar de la Iglesia oficial. La actitud no cerril de nuestro autor italiano hacia el cristianismo se puede cotejar en reflexiones suyas como las efectuadas durante su estancia en la cartuja de Hain (Alemania, febrero de 1.943), donde escribía que “…no buscando compromisos con el pensamiento ´moderno´ e incluso con las ciencias profanas de hoy en día, sino desapegándose decididamente, insistiendo tan sólo en el punto de vista de la ascesis, de la pura contemplación y de la trascendencia, que la Iglesia podría quizás, dentro de determinados límites, volver a convertirse verdaderamente en una fuerza y asegurarse así una inviolable autoridad.” (7)

     Posiciones semejantes se pueden observar también en José Antonio cuando, por un lado, se puede leer en el punto 25 de la ya aludida Norma Programática que “Nuestro movimiento incorpora el sentido católico –de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”, pero por otro lado afirmaba, en el curso de una conferencia pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en Valladolid, que “…el cristianismo era la negación de los principios romanos; la religión de los humildes y de los perseguidos, capaz de negar al César su divinidad y aun su dignidad sacerdotal. El cristianismo minó los cimientos de la Roma agitada…”.

    

     Coinciden igualmente Evola y José Antonio en su admiración por la Roma antigua. Para el primero en su fundación y en buena parte de su discurrir histórico concurren la fuerza y los valores formativos de la Tradición e instituciones adaptadas a esta última y servidoras de la misma. Mientras que para el segundo Roma representa medida y geometría. José Antonio es un clasicista y Roma es la encarnación de ese clasicismo en oposición a un romanticismo con respecto al cual su talante personal se encuentra en las antípodas.

     Como detalle ilustrativo de esta adhesión a la romanidad, en el seno de la Falange a éste su primer Jefe Nacional se le refiere siempre con su nombre de pila, no con su apellido. Se hace así tal cual se hacía con los césares de Roma: con Julio César, con Octavio,…

   

     Acabamos de hacer alusión al distanciamiento de José Antonio con respecto al romanticismo y aquí estriban algunas discrepancias que mantuvo con relación a los fundamentos del nacionalsocialismo, afirmando  que “El movimiento alemán es de tipo romántico; su rumbo, el de siempre; de allí partió la Reforma e incluso la Revolución Francesa, pues la declaración de los derechos del hombre es copia calcada de las Constituciones norteamericanas, hijas del pensamiento protestante alemán.” (Conferencia, ya citada, del 3 de marzo de 1.935.)

     Evola, asimismo, contempla al romanticismo como un producto más del deletéreo y disolvente mundo moderno. Esas pasiones y sentimientos que el Hombre Diferenciado de la Tradición ha conseguido dominar son exacerbados y encumbrados por el romanticismo. Como botón de muestra significativo de la oposición de Evola hacia esta corriente cultural podemos recordar la expeditiva crítica que en su libro de 1.961 “Cabalgar el tigre” (8) realiza a la música de Wagner, por, entre otras cosas, melodramática y a la de Beethoven por trágico-patética.   

    

     Sacado, como hemos hecho, el tema del nacionalsocialismo deberíamos de indicar que Evola interpreta que la gran importancia que durante el III Reich se le dio, por parte de ciertos ideólogos, al tema de la raza biológica conlleva un elemento igualitarista, por cuanto la pertenencia a determinado tipo racial es la que otorga la principal legitimidad como ciudadanos del Reich. Para Evola se debería, por el contrario, superponer a la ´raza del cuerpo´ la ´raza del alma´ y a ésta ´la raza del espíritu´. Así pues, se crearían, de este modo, otros criterios diferenciadores en el seno de la comunidad. Se crearían criterios que acabarían conformando una clara jerarquía en la que por encima de los individuos que únicamente cumplieran con los atributos y requisitos establecidos para ´la raza del cuerpo´, se encontrarían escalonadamente situados aquellos miembros de la comunidad que, en mayor o menor grado, cumplieran con los valores propios de ´la raza del alma´; como pueden serlo el heroísmo, el valor, el espíritu de servicio y de sacrificio, la abnegación, la sinceridad, la voluntad, la fortaleza de ánimo, la constancia,… Y aun por encima de aquéllos que hubieran desarrollado convenientemente los valores propios de ´la raza del alma´ se hallarían las personas que hubieran sido capaces de actualizar las potencialidades de ´la raza del espíritu´ o, dicho en otros términos, de conseguir recorrer el trayecto entero que lleva (tras el descondicionamiento con respecto a lo externo y al subconsciente y el inconsciente) al Conocimiento y a la identidad total con el Principio Supremo y eterno. Los pocos que consiguieran llegar a esta meta ocuparían la cúspide de la pirámide social en que se debería de vertebrar el Estado, tal como siempre ocurrió en el mundo Tradicional (9).

     Se tienen, pues, así, criterios antiigualitarios y diferenciadores en oposición al nivelador e igualitario que supone el de la fijación en la raza biológica o ´raza del cuerpo´. Criterio igualitario que hace que la totalidad de la comunidad se halle, repetimos, legitimada en el seno del Estado y, en consecuencia, en igual medida representada. Y criterio que, en el mismo discurso varias veces citado (y pronunciado en Valladolid), le hizo decir, en sentido crítico, a José Antonio que “Alemania vive una superdemocracia” y que a Evola hacía hablar de la prevalencia y la exaltación del demos; o lo que es lo mismo, de la masa indiferenciada.

     En armonía con esta posición, digámoslo así, antidemocrática mantenida por José Antonio y en consonancia con las pretensiones de querer articular el tejido social de manera jerárquica, desde lo alto de la pirámide y teniendo como punto de referencia los más altos valores, al igual que de acuerdo con la mentalidad clasicista de la que ya hemos hablado, éste que fue uno de los fundadores de la Falange asevera, en dicha misma conferencia, refiriéndose a la Italia del período fascista que “Roma pasa por la experiencia de poseer un genio de mente clásica, que quiere configurar un pueblo desde arriba”.

     Lo que se ha venido comentando en los últimos párrafos no queremos que se interprete como pinceladas que denotarían por parte de nuestros dos autores una oposición integral al mundo cultural y político que dirigió y/o que se desarrolló en el seno del III Reich y/o formó parte de su amplio entramado. Y no pretendemos que se puedan extraer estas conclusiones de rechazo general puesto que tanto Evola como José Antonio supieron encontrar elementos, intenciones, objetivos e instituciones válidos en la Alemania nacionalsocialista. Pero si hemos analizado deteminados factores que resultan conflictivos en la opinión de los dos autores ha sido, básicamente, para resaltar nuevos puntos en común en la cosmovisión que ambos compartían.(10)

     Sin dejar el hilo del clasicismo afín a José Antonio y definido por lo exacto, por lo severo, por la línea o por lo recto, bien debemos de hablar del concepto de Patria que él defiende, pues se trata de un concepto alejado de lo sensual y del apego a la tierra (alejado, por ende, de cualquier veleidad afín al romanticismo) y cercano a la idea clásica del Imperium. Lo podemos comprobar en un artículo por él escrito bajo el título de “La gaita y la lira” y publicado el 11 de enero de 1.934 en el que podemos leer: “…¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? (…) Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. (…) Es elemental impregnación en lo telúrico. (…) (El patriotismo) tiene que ser lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual. (…) Veamos (en la patria) un destino, una empresa… Sin empresa no hay patria. (…) Calla la lira y suena la gaita (…:) Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura- para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”.

      Asimismo afirmaba José Antonio en un “Ensayo sobre el nacionalismo” datado el 16 de abril de 1.934 que “(para el romanticismo) lo que determinaba una nación eran sus caracteres étnicos, lingüísticos, topográficos, climatológicos.”

     Evola escribía en el capítulo titulado “El espacio. El tiempo. La tierra” de “Rebelión contra el mundo moderno” que “En tales seres (entiéndanse los hombres vulgares) predomina lo colectivo, sea como ley de la sangre y de la estirpe, sea como ley del suelo. Aunque se despierte sin embargo en ellos el sentido místico de la región a la cual pertenecen, tal sentido no irá más allá del nivel del mero ´telurismo´.”

     Hay otra cuestión que Evola nos presenta en “Los hombres y las ruinas” y que él denomina como ´elección de las tradiciones´ de cuya tesis podemos ver un buen ejemplo en uno de los considerados como ´papeles póstumos´ (escritos en prisión) de José Antonio, cuya cabecera es la de “germanos contra bereberes”. Habla el Tradicionalista italiano de que en la extensa historia de los países se suelen hallar hechos, momentos y períodos históricos que vienen marcados por el sello de una concepción del mundo y de la existencia determinada o bajo el sello de otra de índole diametralmente opuesta. Habla de que, en ocasiones, es lo que él denomina como ´luz del norte´ lo que impregna el tejido social, las instituciones, los valores, los hechos y, en definitiva, la cosmovisión en una comunidad dada y, por el contrario, en otros casos y períodos históricos es la ´luz del sur´ la que deja su impronta en el seno de dicha comunidad. Habla de que la denominada como ´luz del norte´ vendría asociada a conceptos como el de la jerarquía, la diferencia, lo vertical, lo solar, lo estable, lo inmutable, lo eterno, lo imperecedero, lo patriarcal y a valores como el honor, el valor, la disciplina, el heroísmo, la fidelidad,… Y de que la denominada como ´luz del sur´ abanderaría conceptos como el del igualitarismo, lo uniforme y amorfo, lo horizontal, lo lunar, lo inestable, lo mutable, lo caduco, lo perecedero, lo matriarcal, lo sensual, lo instintivo, lo hedonista, lo concupiscente,… Y habla de que una de las funciones de un verdadero Estado debe de ser la de efectuar una acertada ´elección de las tradiciones´ que sirva de referente constructivo y de fuerza formativa para los seres a los que dirige y vertebra. Es decir, que el Estado debe saber discriminar qué períodos, hechos o personajes de su historia deben de ser reivindicados y cuáles han de ser descartados; no cabe aclarar que se debe optar por aquéllos marcados por la ´luz del norte´.

     Evola reivindica para la historia de Italia buena parte de la antigua Roma y, por ejemplo, descarta, por liberal y antitradicional, el período decimonónico del Risorgimento que acabará con la unificación de la Península Trasalpina. Además achaca a la hegemonía y reaparición del espíritu consustancial al substrato preindoeuropeo existente en tierras italianas antes de la aparición y triunfo de Roma, le achaca, señalábamos, los momentos crepusculares de la misma Roma y el resto de etapas históricas y episodios negativos -desde la óptica de la Tradición- para Italia.

     José Antonio, en el citado escrito “Germanos contra bereberes” coloca detrás de las grandes gestas de la historia de España el espíritu germánico (´luz del norte´) presente en ella y, en esta línea, a él atribuye la Reconquista de una Península Ibérica que había caído bajo la égida musulmana y a él atribuye, también, la conquista de América. Mientras que otros períodos nefastos de la histórica hispánica (coincidentes con su decadencia como potencia mundial) y ciertas decadentes tendencias políticoculturales las atribuye al influjo preponderante de cierto substrato de mentalidad levantina; impregnado, por tanto, por la ´luz del sur´.

     En este orden de cosas, y como fiel reflejo de ´la luz del sur´, Evola, en el capítulo XIV de “Los hombres y las ruinas”, habla de “la Italita de las mandolinas, (…), del ´sole mio´…” Con la misma intención que cuando José Antonio critica la “España zarzuelera” o la “ de charanga y pandereta”, al igual como “aquel provincialismo de tute y achicoria y ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre Madrid y San Martín de Valdeiglesias ”, de lo cual, en forma de brindis, escribía un 25 de febrero de 1.935 homenajeando al poeta Eugenio Montes.

     Frente a esto se alza un tipo humano reivindicado por ambos y que reúne los atributos afectos a la ´luz del norte´, siempre, como no podía ser de otro modo, acordes con la filiación clásica de nuestros dos autores. Así, mientras José Antonio en la “Carta a los militares de España” –de fecha 4 de mayo de 1.936- nos recuerda al “antiguo pueblo español (severo, valeroso, generoso)”, o en un discurso pronunciado en Sevilla, el 22 de diciembre de 1.935, nos alude a “esa vena inextinguible del heroísmo individual que conquistó América”, así como en un escrito (“El sentido heroico de la milicia”) de 15 de julio de 1.935 habla “del corazón, ansioso de lucha y de sacrificio”, al igual que en otras ocasiones ensalza “el laconismo militar de nuestro estilo” o “el espíritu de servicio y de sacrificio” (discurso fundacional del 29 de octubre de 1.933), o aclara que el estilo de la Falange “preferirá lo directo, ardiente y combativo” (“Norma Programática”, de noviembre de 1.934), así, por otro lado, en la misma tónica y siempre como atributos de ´la raza del alma´, podemos leer en Evola que el antiguo tipo romano de raza nórdico-aria se caracterizaba por “la audacia constante, el dominio de sí mismo, el gesto conciso y ordenado, la resolución tranquila y meditada, el sentido del mando audaz”, cultivaba “la ´virtus´ como virilidad intrépida y fuerza, la constancia, la sabia reflexión, la disciplina, la dignidad y serenidad interior, la fidelidad, el gusto por la acción precisa y sin ostentación,…” (“Orientaciones para una educación racial”, capítulo “El arquetipo de nuestra raza ´ideal´”). (11)

     Muchas de las posturas angulares expuestas, de manera constante, en el corpus doctrinal presentado por Evola como lo son el basamento metafísico del mismo o su rechazo a excrecencias del mundo moderno como el positivismo, el dogma de la ´voluntad popular´ o la idea de progreso, las podemos encontrar en José Antonio sin tener que dispersarnos en la búsqueda de diferentes textos, pues en pocas líneas aserta que en el siglo XIX “hasta menospreciaban, por obra del positivismo, a la Metafísica. Así fueron elevados a absolutos los valores relativos, instrumentales: la libertad –que antes sólo era respetada cuando se encaminaba al bien-, la voluntad popular –a la que siempre se suponía dotada de razón, quisiera lo que quisiera-, el progreso –entendido en su manifestación material técnica.” (discurso celebrado el 21 de enero de 1.935 en Valladolid.)

     Y ya que acaba de aparecer la idea de ´libertad´ podríamos apuntar otra, que tal vez puede resultar curiosa, coincidencia que, a propósito del liberalismo, vuelve a unir los pensamientos expuestos por nuestros dos hombres. Y es que partiendo de la base del rechazo frontal, por parte de los dos, del liberalismo como uno de los subproductos más disolventes que ha generado el mundo moderno y que en las revoluciones americana y francesa encuentra su consolidación y empuje definitivos, partiendo, escribíamos, de ese rechazo puede llegar a llamar la atención el hecho de que ambos autores considerasen la existencia de un primer liberalismo que tuvo su justa razón de ser. Podemos comprobar este extremo cuando José Antonio defiende que aquel inicial liberalismo aspiraba “no a otra cosa que a levantar una barrera contra la tiranía ” (conferencia pronunciada en Madrid, el 9 de abril de 1.935) y cuando Evola explica que “Es sabido que tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra, y puede decirse que los antecedentes del liberalismo fueron feudales y aristocráticos: hay que hacer referencia a una nobleza local celosa de sus privilegios y de sus libertades, la cual, desde el Parlamento, trató de defenderse de cualquier abuso de la Corona.”  (artículo aparecido en la publicación Il Borghese, con fecha 10-10-1968 y titulado “Los dos rostros del liberalismo”; del cual existe una traducción al castellano facilitada por el Centro de Estudios Evolianos).

         Este primigenio liberalismo positivo habría de degenerar en doctrina subversiva y destructora de cualquier resto de idea, valor o institución Tradicional que, por entonces, pudieran subsistir. Por lo cual ante los conceptos, las estructuras, el sistema político y los postulados corrosivos que de dicha doctrina deletérea se derivaron José Antonio aboga por “un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden” (discurso fundacional datado el 29 de octubre de 1.933). Ideas, estas tres, muy recurrentes en la obra evoliana, hasta tal punto que –como botón de muestra de ello- aparecen en títulos de capítulos de libros como el de “Los hombres y las ruinas”.

     Y hablando de “un Sistema de autoridad, de jerarquía y de orden”, es en este mismo libro, en su capítulo IV, donde se nos dice que Orgánico es un Estado cuando éste posee un centro, y este centro es una idea que informa a partir de sí en modo eficaz a los diferentes dominios: es orgánico cuando el mismo ignora la escisión y la autonomización de lo particular y, en virtud de un sistema de participaciones jerárquicas, cada parte en su relativa autonomía tiene una funcionalidad y una íntima conexión con el todo”. También en defensa del Estado Orgánico José Antonio confía en que “se llegará a formas más maduras en que tampoco se resuelva la disconformidad anulando al individuo, sino en que vuelva a hermanarse el individuo en su contorno por la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos.” (discurso pronunciado en Madrid, el 17 de noviembre de 1.935).

     En este mismo orden de cosas, en el que lo político se encuentra tan íntimamente ligado a lo metapolítico, y sin dejar “Los hombres y las ruinas” escribe Evola, en el capítulo II,  que “Las nociones de nación, patria y pueblo, no obstante el halo romántico e idealista que puede circundarlas, pertenecen en esencia al plano naturalista y biológico, no al político, y remiten a la dimensión ´materna´ y física de una determinada colectividad”. También señala que “en la romanidad antigua la idea del Estado y del ´imperium´ se vinculó estrechamente al culto simbólico de divinidades viriles del cielo, de la luz y del supramundo. (…) Más adelante en la historia tal línea conduce allí donde, si no de ´imperium´ , se habló de derecho divino de los Reyes.” José Antonio, por su lado, nos dice que “De aquí que sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad de geografía, de raza o de lengua; lo importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico. Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras ´patria´ y nación en el sentido romántico, ni clavaron las anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes bien, prefirieron las expresiones como ´Imperio´ o ´servicio del rey (“Ensayo sobre el nacionalismo”, datado el 16 de abril de 1.934). (12)

     Podríamos continuar exponiendo, hasta límites difíciles de otear, las precisas e incontestables semblanzas que existen entre el llamado pensamiento joseantoniano y la doctrina que, a lo largo de su extensa obra, Evola nos ha hecho llegar, pero pensamos que ya hemos cumplido sobradamente -y modestamente- con el objetivo que nos habíamos trazado a la hora de pensar en redactar el presente escrito. Es por ello por lo nos queda el preguntarnos sobre el origen de tanta coincidencia. ¿Llegaron a conocerse en el transcurso de la visita que José Antonio realizó, en mayo de 1.935, a Italia? José Antonio fue a Italia invitado por los C.A.U.R. (Comités de Acción por la Universalidad de Roma), a los cuales se había afiliado en el año 1.933 (año de la fundación de este organismo; el cual tenía una componente cultural muy importante que, seguramente, no era ajena a la obra que Evola había, por aquel entonces, publicado). El presidente de esta institución, el general Coselschi ejerció de anfitrión y quién sabe si una de las personas con quien le puso en contacto no pudo ser el mismo Evola; más teniendo en cuenta

que -aunque no hemos podido confirmar este extremo- en algún lugar hemos podido leer (en un artículo anónimo de desacertado título: “Julius Evola, el mago negro del fascismo”) que nuestro autor italiano fue, a partir de 1.936, director de los C.A.U.R., no así su presidente, que siempre lo fue el citado general Coselschi desde el año de la fundación de este organismo, en 1.933, hasta el de su disolución en 1.943. (13)

     Si no se llegaron a conocer personalmente no hay que descartar la posibilidad de que un hombre con las inquietudes culturales que tenía José Antonio hubiera tenido acceso a algunas de las obras que Evola había publicado antes de la trágica muerte –el 20 de noviembre de 1.936- del jefe de la Falange; obras como “Imperialismo pagano” (14), “La tradición hermética” (15), “Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo” (16) y, sobre todo, su fundamental “Rebelión contra el mundo moderno”.

     ¿Desconocía Evola, por aquel entonces, el pensamiento de José Antonio? No se puede ni afirmar ni descartar esta posibilidad. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que en 1.937 no era ajeno a la ideología falangista y a los fines que este movimiento perseguía, puesto que de 1.937 data un artículo suyo que lleva por título “¿Qué es lo que quiere el falangismo?” (17) en el que demuestra conocer la esencia, el programa de dicho movimiento.

     De todos modos, y al margen de las anteriores hipótesis, lo que sí se deduce de la sorprendente similitud que presentan las cosmovisiones y las posturas políticas y/o metapolíticas de ambos autores es que compartían una misma llama interior que tiene mucho de innata y que dejó una huella indeleble en sus respectivos actos, comportamientos y realizaciones externas.

                                                             NOTAS

(1) Tal como en su día aclaramos al redactar el escrito “Los fascismos y la Tradición Primordial” “no pretendemos en absoluto hablar de esta corriente (el ´tradicionalismo´) que, por ejemplo, en España como doctrina política, social y económica va, desde hace cerca de dos centurias, indisociablemente ligada al carlismo.”  De paso aprovechamos para recordar que en el citado escrito se hacen referencias al falangismo -íntimamente relacionadas con José Antonio- que se hallan en estrecha conexión con el contenido de nuestro presente texto.

(2) Publicado en castellano por Ediciones Alternativa (1.984) y por Ediciones Heracles (1.994).

(3) Existe traducción al castellano por Ediciones Heracles (1998).

(4) Obra publicada en castellano por la editorial Plaza & Janés en 1.977.

(5) Es de destacar cómo José Antonio aúna sus dos valencias personales (la guerrera y la espiritual) hasta en su misma concepción de la ultratumba. Así expone en un discurso celebrado en Madrid el 9 de mayo de 1.935 que “…queremos que la dificultad siga hasta el final y después del final; que la vida nos sea difícil antes del triunfo y después del triunfo”. Para continuar más adelante diciendo que “…el Paraíso no es el descanso. El Paraíso está contra el descanso. En el Paraíso no se puede estar tendido; se está verticalmente, como los ángeles. Pues bien: nosotros que ya hemos llevado al camino del Paraíso las vidas de nuestros mejores, queremos un Paraíso difícil, erecto, implacable; un Paraíso donde no se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas.”

Se desprende de estas líneas que al Paraíso del que nos habla José Antonio no es fácil llegar: que sólo unos pocos, los mejores, lograrán acceder a él. No se parece en nada a esa eternidad que determinadas religiones prometen para prácticamente todos, con tal de que hayan practicando, en vida, una serie de ritos desprovistos de poder transmutador del interior del practicante y con tal de que hayan seguido con cierta fidelidad un cierto número de dogmas y prescripciones morales; una concepción, en suma, democrática de la eternidad, por cuanto la mayoría puede acceder a ella sin demasiados sacrificios, méritos ni cualificaciones innatas. Y sí se parece, en mucho, el Paraíso al que se refiere José Antonio a la idea que sobre la inmortalidad defiende Evola cuando habla en el capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su obra “Rebelión contra el mundo moderno” *, de que tras la muerte física son dos las vías que se lepresentan al fallecido: una sería la ´vía de los antepasados´ o pitra-yana y la otra sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La primera de ellas sería el destino de la mayoría de los individuos cuya existencia no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del devenir y que consistiría en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que hicieron posible la vida de dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del funcionamiento de su  entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos, en la descendencia de su mismo clan, gens, sippe o zadruga** pasando a formar parte (dichas fuerzas o energías) del genio, manes, tótem, demon o dáimon que confiere la peculiaridad y el impulso particular que caracterizan al mencionado clan. Esta vía, en realidad, no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o, mejor dicho, ´sus´ fuerzas o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la corriente del mundo manifestado,  del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda de las vías, la de los dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la persona que en su existencia terrena supo desligarse de todo aquello que condiciona al individuo y  experimentó una auténtica transubstanciación o transfiguración que espiritualizó  su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir la Esencia Suprema de aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial que se halla en el origen del  Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no antes, el Yo Superior o el Alma Espiritualizada de la persona habrá conquistado la inmortalidad, la eternidad y habrá escapado de la cadena de transmutaciones y cambios que son propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una minoría conquistará el ´paraíso´; logro, pues, de carácter aristocrático y nada democrático.

     *Traducida al castellano bajo este título, en 1994, por Ediciones Heracles. Escrita originariamente, en 1.934, como “Rivolta contra il mondo moderno”.

     **Clan, gens, sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero referido, respectivamente, a las tradiciones celta, romana, germánica y eslava.

      (6) Esta libertad total que José Antonio le supone al hombre para decidir su propio destino, para ´condenarse´ o ´salvarse´, encuentra su paralelismo en la que  también le presupone Evola para optar por dejarse arrastrar por las fuerzas y  energías que abocan al individuo hacia lo bajo (fuerzas denominadas con el  vocablo tamas por el tantrismo) o, al contrario, para conquistar la inmortalidad, la eternidad. Libertad que se obtiene una vez el alma se ha desligado de las  ataduras que lo encadenan a los embrujos y a la existencia ciega del mundo  manifestado. Y libertad, en definitiva, que no se encuentra irremisiblemente sujeta a ningún tipo de determinismo fatalista; ya sea éste de naturaleza física, psíquica o relativo a ciclos cósmicos como los descritos por las doctrinas sagradas del hinduismo (los cuatro yugas) o del mundo grecorromano y del nórdico (las cuatro edades: de oro, plata, bronce y hierro o del lobo).

     (7) Publicado en ´La Stampa´, en febrero de 1.943 y traducido al castellano por el Centro de Estudios Evolianos de Argentina.

     (8) Publicado en castellano por Ediciones de Nuevo Arte Thor -1987- y por Ediciones Heracles.

     (9) Evola desarrolló esta doctrina de ´las tres razas´ en el libro “Síntesis de doctrina de la raza” (1.941), que ha sido traducido al castellano bajo el título “La raza de espíritu” por Ediciones Heracles en 1.996 y reeditado por esta misma editorial. Asimismo hemos tratado este tema con más amplitud en nuestro escrito “Evola y la cuestión racial”.

     (10) Julius Evola consideraba que el régimen fascista italiano no logró terminar del todo con la dinámica de clases sociales que acabó imponiéndose con la Revolución francesa, puesto que considera que el Corporativismo que se aplicó seguía considerando de manera separada a patrones y obreros, aunque existieran, con el objetivo de resolver conflictos laborales, mecanismos de enlace entre ambos. Evola sostenía que esta dinámica de clases es propia del mundo liberalcapitalista y sostenía, asimismo, que ambas clases sociales en el mundo Tradicional formaban parte de un mismo estamento o de una misma función social: la económicoproductiva y que la verdadera jerarquía no es la que pueda hallarse entre empresarios y obreros, sino la que viene determinada por la preeminencia de la función regiosacra sobre la guerrera y, más todavía, sobre la productora .(Se pueden consultar, al respecto, nuestros “Debates metafísicos (VII): jerarquía y trifuncionalidad”.) Por el contrario el gran intérprete de la Tradición italiano consideró que en el seno del III Reich sí se acabó con esta dinámica clasista; logro que se debió, en parte, a la inclusión de empresarios, técnicos y obreros, sin ningún tipo de distinción organizativa, en las filas del Frente del Trabajo Alemán. (Se puede contrastar lo dicho consultando el capitulo IX de “El fascismo visto desde la derecha” y en el capítulo III de las “Notas sobre el II Reich”, trabajos que, en un único volumen,  fueron publicados en 1.964 y de los cuales existen un par de traducciones al castellano: la publicada en Barcelona por Ediciones Alternativa y la que elaboró Ediciones Heracles, en Buenos Aires, en l.995 bajo el título “Más allá del fascismo”.)

     Pues bien, José Antonio también mantiene la misma postura que Evola acerca del corporativismo fascista al exponer, hablando del mismo, que “Existe, para procurar la armonía entre patronos y obreros, algo así como nuestros  Jurados Mixtos, agigantados: una Confederación de patronos y otra de obreros, y encima una pieza de enlace. Hoy día el Estado corporativo ni existe ni se sabe si es bueno.” (Conferencia pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en Valladolid.)

    (11) Obra publicada en 1.941 y de la cual existe alguna traducción al castellano   como la efectuada por “S.O.S. libros”.

     (12) Las numerosas citas textuales de escritos, actos, conferencias,... de José Antonio que en este ensayo se han efectuado han sido extractadas de las “Obras de José Antonio Primo de Rivera”, según recopilación hecha por Agustín del Río Cisneros y edición de 1971.   

     (13) Sobre el tema de José Antonio y los C.A.U.R. se puede consultar el capítulo  “José Antonio, miembro fundador de los C.A.U.R.” del libro de José Luis Jerez Riesco “José Antonio, fascista”, publicado por Ediciones Nueva República el  año 2.003.

    (14) Publicado en 1.928 y traducido al castellano por Ediciones Heracles (2.001).

    (15) Publicado en 1.931 y traducido al castellano por la editorial Martínez Roca en 1.975.

    (16) Publicado en 1.932 y traducido al castellano por Ediciones Alternativa y por Ediciones Heracles.

    (17) Publicado en la revista Lo Stato y que ha sido editado en castellano, en 2.005,  por la asociación cultural Tierra y Pueblo dentro del “Cuaderno Evoliano I”.

                                                                                      Eduard Alcántara

 

 

 

 

 

 

 
 

Etica Aria (III) FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

Etica Aria (III) FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

Biblioteca Evoliana.- El tercer y último artículo publicado en la recopilción "Ética Aria" supone una insistencia habitual, no solo en Evola, sino en toda la filosofía clásica: "¿Quién soy yo?". Algunas escuelas sapienciales aseguran en que solamente la respuesta a esta pregunta es suficiente para alcanzar la iluminación. Por otra parte, se dice que en las dos columnas de acceso al templo de Delfos se encontraban inscritas estas dos frases: "Nada de más" como símbolo de la austeridad necesaria en la vida y "Sé tu mismo", como recuerdo de la necesidad del ser humano de encontrarse a sí mismo. Evola escribió estas líneas cuando Italia vivía los momentos más trágicos de su historia. En efecto, el artículo fue publicado en la revista "La Vita Italiana", en marzo de 1943.

III

FIDELIDAD A LA PROPIA NATURALEZA

 

Hoy más que nunca sería preciso comprender, que incluso los problemas sociales, en su esencia, siempre remiten a problemas problemas éticos y que afectan a la visión general de la vida. Quien aspira a solucionar los problemas sociales en un plano puramente técnico, sería algo parecido a un médico que únicamente se dedicara a combatir los síntomas epidérmicos de un mal, en lugar de indagar y llegar hasta la raíz profunda del problema. La mayor parte de las crisis, de los desórdenes, de los desequilibrios que caracterizan a la sociedad occidental moderna si bien, en parte, dependen de factores materiales, al menos en la misma medida también dependen de la silenciosa sustitución de una visión general de la vida por otra, de una nueva aptitud con respecto a sí mismos y a la propia suerte, celebrada como una conquista, cuando en realidad supone una desviación y una degeneración.

En el orden de cosas que aquí queremos tratar, tiene un relieve particular la oposición existente entre la ética “activista” e individualista moderna y la doctrina tradicional y su espacio dedicado a la “propia naturaleza".

En todas las civilizaciones tradicionales -aquéllas que la vacua presunción "historicista" considera "superadas" y que la ideología masónica juzga "obscurantistas"- el principio de la igualdad de la naturaleza humana siempre fue ignorado y considerado como una aberración. Cada ser tiene, con el nacimiento, una "naturaleza propia", lo que equivale a decir un rostro, una cualidad, una personalidad, siempre, más o menos, diferenciada. Según las más antiguas enseñanzas arias y también clásicas, esto no fue “casual”, sino que se consideraba como efecto de una especie de elección o determinación anterior al mismo estado humano de existencia. La constatación de la "propia naturaleza" no fue nunca el producto de la suerte o del azar. Se nace incontestablemente con ciertas tendencias, con ciertas vocaciones e inclinaciones, en ocasiones sin que sean patentes ni precisas, pero que afloran y salen a la superficie en determinadas circunstancias o pruebas. Frente a este elemento innato y distinto en cada uno de nosotros, ligado al nacimiento, si no incluso -como sugieren las enseñanzas ya señaladas- a algo que viene de más lejos, e incluso que precede al mismo nacimiento, cada uno tiene un margen de libertad.

Y esto aquí desemboca en la oposición entre las “vías” y las “éticas”: las primeras son tradicionales, las segundas son "modernas". El punto esencial de la ética tradicional es “ser uno mismo y permanecer fiel a uno mismo”. Es preciso reconocer y querer lo que se es, en vez de intentar realizarse de manera diferente a lo que se es. Eso no significa para nada pasividad y quietismo. Ser uno mismo siempre es, en cierta medida, una tarea, una forma de "mantenerse firme". Implica una fuerza, una determinación, un desarrollo. Pero esta fuerza, esta determinación, este desarrollo, tienen una base, amplía las predisposiciones innatas, se relaciona con un tipo de carácter, se manifiesta con rasgos de armonía, de coherencia consigo mismo, de organicidad en definitiva. El hombre se va construyendo, es decir, va pasando a ser “de una pieza”. Sus energías son dirigidas a potenciar y refinar su naturaleza y su carácter, a defenderlo contra cada tendencia extraña, contra cada influencia que pretenda alterarlo. 

Así la antigua sabiduría formuló principios como éste: "Si los hombres hacen una norma de acción no conforme a su naturaleza, no deberá ser considerada como norma de acción". Y también: "Mejor cumplir el propio deber aunque de forma imperfecta, que el deber de otro bien ejecutado. La muerte en cumplir el propio deber es preferible; el deber de otro tiene peligros mucho mayores". Esta fidelidad al propio modo de ser ascendió hasta alcanzar un valor religioso: "El hombre alcanza la perfección –se dice en un antiguo texto ario- adorando a aquel del cual proceden todo los vivientes y que penetra todo el universo, a través del cumplimiento del propio modo de ser". Y, finalmente: “Siempre haz lo que tenga que ser hecho, de conformidad con tu propia naturaleza, sin experimentar apego, porque el hombre que actúa con desinterés activo alcanza lo Supremo".

Todo esto se ha convertido en horrible e insoportable para la civilización moderna, especialmente cuando se hace alusión al régimen de castas. Pero se elude completamente hablar de castas y casi no se habla siquiera de "clases" y apenas se realizan alusión a "categorías sociales". Hoy se hacen saltar los "compartimentos estancos" y se "va hacia el pueblo"... Tales prejuicios son el fruto de la ignorancia y a lo sumo se explican por el hecho que, en lugar de considerar los principios de un sistema, se pasa a formas extraviadas, vacías o degeneradas del mismo. Hay que recordar que la "casta", en sentido tradicional, no tiene absolutamente nada a ver con las "clases"; la clase es una distribución completamente artificial realizada sobre una base esencialmente materialista y economicista, mientras que las castas se relacionan con la teoría de la “propia naturaleza” y la ética de la fidelidad a ella.

Por esta razón -en segundo lugar- frecuentemente aparece un régimen de castas de facto, sin fundamentación doctrinal y, por lo tanto, sin tampoco que fuera usada la palabra "casta" o una palabra parecida: tal como en cierta medida ocurrió durante la Edad Media.

Reconociendo la misma naturaleza, el hombre tradicional también reconoció su "lugar", su función y las justas relaciones de superioridad e inferioridad. Las castas o los equivalentes de las castas, antes de definir grupos sociales, definieron funciones, modos típicos de ser y de actuar. El hecho de que la casta correspondiera a las tendencias innatas y aceptadas y a la naturaleza propia de los individuos vinculados a estas funciones, determinó su pertenencia a la casta correspondiente, de modo que, en los deberes propios a ellas, cada uno pudo reconocer el cumplimiento normal de su propia naturaleza. Por eso, en el mundo tradicional, el régimen de las castas tuvo una calma y una serenidad institucional, evidente a los ojos de todos, y no se asentó sobre ningún exclusivismo, sobre abusos de autoridad o sobre la voluntad de unos pocos. En el fondo, el principio romano bien conocido “suum cuique tribuere” [dar a cada uno lo suyo. NdT] remite exactamente a la misma idea. En tanto que los seres eran considerados fundamentalmente desiguales, resulta absurdo que todo fuera accesible a todos y a cada uno; se consideraba que cada casta tenía sus elementos y leyes adecuadas a su función específica. No tenerlas implicaba una desnaturalización y una deformación.

Las dificultades que surgen en quienes viven en las condiciones actuales -muy diferentes del sistema que estamos describiendo- se relaciones con individuos que manifiestan vocaciones y aptitudes diferentes a las del grupo en el que se encuentran por nacimiento y tradición. En un mundo “normal” -esto es, tradicional- tales casos son una excepción y ello por una razón precisa: porque en aquellos tiempos los valores de sangre, de raza y de familia fueron reconocidos de forma natural y por ello se realizaba, en gran medida, una continuidad biológico hereditaria, vocacional, de cualificaciones y de tradiciones. Precisamente, ésta es la contrapartida de la ética del ser uno mismo: reducir a lo mínimo la posibilidad de que el nacimiento sea verdaderamente una casualidad y que el individuo en un momento dado de su vida se encuentre desarraigado, en disonancia con su entorno, con su familia, e incluso consigo mismo, con el propio cuerpo y la propia raza. Además, hay que señalar que el factor materialista y utilitario en estas civilizaciones y sociedades estuvo notablemente reducido y estaba subordinado a valores más altos, íntimamente experimentados. Nada parecía más digno que seguir a la propia actividad natural, que la vocación que realmente estuviera conforme al propio modo de ser, por humilde o modesta que fuera: hasta tal punto, que pudo concebirse, que quien se mantenía de conformidad a su propia función y seguía la ley de la casta, cumpliendo con impersonalidad y pureza los deberes inherentes a la misma, tenía la misma dignidad que el miembro de cualquier casta "superior": un artesano, igual a un miembro de la aristocracia guerrera o un príncipe.

De aquí también procede aquel sentido de dignidad, de calidad y de diligencia que se ha descubierto en todas las organizaciones y profesiones tradicionales; de aquí, aquel estilo, que hacía de un herrero, un carpintero o un zapatero no hombres embrutecidos por su condición sino casi como "Señores", personas que libremente tenían elección y ejercían su actividad, con amor y entrega, siempre dejando en su trabajo una huella personal y cualitativa, manteniéndose desapegados de la pura preocupación por las ganancias y los beneficios.

El mundo "moderno", sin embargo, ha optado por seguir el principio opuesto, la vía un olvido sistemático de la naturaleza propia, la vía del individualismo, del "activismo" y del arribismo. El ideal ya no es ser aquello que realmente se es, sino "construirse", aplicándose a cada actividad, al azar, o bien por consideraciones completamente utilitarias. No es actuar con fidelidad y pureza, el propio ser, sino usar todas las energías para ser lo que no se es. El individualismo, está en la base de tales puntos de vista, es decir el hombre atomizado, sin nombre ni rostro, sin raza y, sin tradición, ha pregonado, lógicamente, la pretensión de la igualdad, ha reivindicado el derecho a poder ser todo lo que cualquier otro también pueda ser, y no ha querido reconocer diferencia más verdadera y justa que la construida por sí mismo de manera artificial, en el seno de una una civilización materializada y secularizada. Como sabemos, esta desviación ha llegado al límite en los Países anglosajones y puritanos. Haciendo frente común la Ilustración masónica, la democracia y el liberalismo, se ha alcanzado un punto en el que para muchos, cada diferencia innata y natural aparece como un feo elemento "naturalista", cada punto de vista tradicional es juzgado como algo oscurantista y anacrónico y no se oye más que la absurda idea de que todo está abierto a todos, que se tengan iguales derechos e iguales deberes, que exista una única moral, común para todos que debería incluso imponerse, permaneciendo indiferentes sino hostiles antes las individuales naturales y las diferentes dignidades. De aquí, también, procede todo antirracismo, la negación de los valores de la sangre o de la familia concebida tradicionalmente. En rigor podríamos hablar, sin eufemismos, de una real "civilización" compuestas por los "excluidos de las casta", por los parias felices con su condición.

Precisamente en el marco de tal seudocivilización surgen las “clases”, grupos sociales que no tienen nada que ver con las castas, carentes de base orgánica y verdadero sentido tradicional. Las clases son agrupaciones sociales artificiales, determinadas por factores extrínsecos y casi siempre materialistas. La clase, casi siempre, tiene una base individualista; es el "lugar" que recoge a todos los que han alcanzado una misma posición social, con independencia de aquello que por naturaleza realmente son. Estas agrupaciones artificiales tienden luego a cristalizar, engendrando tensiones interclasistas. En la disgregación propia a este tipo de "civilización", también se produce la degradación de las "artes" que se convierten en simple "trabajo", el antiguo artífice o artesano se convierte en el "obrero" proletarizado, cuya tarea únicamente sirve como medio para obtener un jornal, que sabe sólo pensar en términos de "sueldos" y "horas de trabajo" y, poco a poco, va a despertar en su interior necesidades artificiales, ambiciones y resentimientos, puesto que las "clases superiores", finalmente, no muestran ningún rasgo que justifique su superioridad, sino, tan solo, una mayor posesión de bienes materiales. Por tanto, la lucha de clase es una de las consecuencias extremas de una sociedad que se ha desnaturalizado y ha terminado considerando proceso de desconocimiento de la propia naturaleza y de pérdida de la tradición, como una conquista y como un progreso.

También aquí se puede considerar una perspectiva racial. La ética individualista corresponde indudablemente a un estado de mezcla de los linajes, en la misma medida en que la ética del ser uno mismo corresponde, por otra parte, a un estado de pureza racial predominante. Allí dónde las sangres se cruzan, las vocaciones se confunden y cada vez resulta más difícil ver claramente la propia naturaleza, crece cada vez más la volubilidad interior, señal inequívoca de la falta de verdaderas raíces. Las mezclas étnicas propician el surgir y el potenciarse como conciencia del hombre como mero individuo, mientras uqe también favorecen todo lo que es actividad "libre", "creativa", en sentido anárquico, "habilidad" irónica, "inteligencia" en sentido racionalista o estérilmente crítica: todo eso, a expensas de las calidades del carácter, de un debilitamiento del sentimiento de la dignidad, del honor, de la verdad, de la rectitud, de la lealtad. Se determina así también, a nivel espiritual una situación oblicua y caótica, que para muchos de nuestros contemporáneos resulta normal; por ello, los casos de individuos llenos de contradicciones, que ignoran lo que significa vivir, que no saben lo que quieren, más allá de los bienes materiales, en contraste con la tradición, el nacimiento y su destino natural, ya no aparecen como anomalías, sino como si se tratara del orden natural de las cosas, que refutaría y demostraría lo artificial, absurdo y opresivo de la tradición, la raza y el nacimiento. 

Los que aluden habitualmente a problemas sociales y predican “justicia social”, deberían preocuparse más intensamente de los problemas éticos y de la visión general de la vida, si desean tener éxito en la lucha contra los males que, de buena fe, combaten.

El punto de partida de un proceso de rectificación no puede partir de la absurda idea clasista, sino de su superación a través de una vuelta a la ética de la fidelidad a la naturaleza propia y por lo tanto a un sistema social bien distinto y articulado. A menudo hemos dicho que el marxismo no ha surgido porque existiera una real indigencia proletaria, sino al revés: es el marxismo quien ha creado una clase social, la clase obrera proletarizada por desnaturalización, llena de resentimiento y de ambiciones contra natura. Las formas más externas del mal pueden curarse con la "justicia social", en el sentido de una distribución de los bienes materiales más equitativa que la actual; pero estas medidas nunca alcanzarán a la raíz interior sino se actúa enérgicamente afirmando y sosteniendo una visión general de la vida; si no se despierta el amor por la calidad, la personalidad y la naturaleza propia; si no se devuelve su prestigio al principio, desconocido solamente en los tiempos "modernos", de una justa diferencia conforme a la realidad y si de tal principio no se extraen, en todos los terrenos, las justas consecuencias, respecto al tipo de civilización que prevalece en el mundo moderno. 

 

Publicado en “La Vita Italia” marzo de 1943.

(c) Fundazione Julius Evola.

(c) Edizioni Il Settimo Sigillo

(c) Por la traducción en lengua española: Ernesto Milà - infokrisis

[revisado]

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (IV). EL TRECE Y EL ELEGIDO

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (IV). EL TRECE Y EL ELEGIDO

Biblioteca Evoliana.- Este cuarto artículo sobre simnbolismo, alude a algo que en nuestro ámbito cultural es sinónimo de mala suerte y desgracia asegurada. Pero no siempre ha sido así. Por caminos que Evola analiza breveme pero brillantemente, el número 13 pasó de ser el símbolo del caballero "elegido" en la temática del Grial, a símbolo de mala suerte. Y, sin embargo, este proceso se ha realizado siguiendo una lógica extrema que Evola analiza en este artículo publicado inicialmnete en la revista "Il Regime Fascista" correspondiente al 9 de agosto de 1939.

 

IV

EL TRECE Y EL ELEGIDO

 

Una precisión de Guenon, de capital importan cia para toda nueva orientación de los estudios etnológicos y folkloristas, dice en sustancia que el primitivismo y la expontaneidad atribuidos comunmente a las tradiciones populares, usos, costumbres y leyendas de las capas sociales y de las poblaciones inferiores, no es más que una fábula. No hay en todo esto, a parte de algunas raras excepciones, más que una forma involutiva y degenerada de elementos y significados que pertenecieron, en su origen a un plano más elevado. Las autotituladas supersticiones populares deben ser consideradas desde este ángulo. Por su misma etimología, la palabra lo confirma: superstición significa supervivencia, lo que sobrevive y subsiste. Las supersticiones populares frecuentemente no son más que restos de las concepciones superiores de antaño, actualmente incomprendidas y, en consecuencia, degradadas que subsisten como algo mecánico y sin alma, que continúa ejerciendo cierta fascinación, movilizando fuerzas irracionales e instintivas de fé, mediante una especie de atavismo, sin poder facilitar una explicación inteligible.

Queremos ofrecer aquí un simple ejemplo que podrá servir de aclaración. Nadie ignora las supersticiones populares relativas a la cifra trece. Son comunes a más de una nación. La cifra trece tiene una naturaleza ambigua: trae desgracia y fortuna. El elemento negativo de desgracia predomina frecuentemente (y no por casualidad como veremos). Pero existe otro aspecto: la cifra trece es también portadora de fortuna, tanto y tan bien que figura entre los amuletos modernos, que atraen sobre todo al sexo débil, un poco por diversión y un poco por convicción. )De dónde viene pues esta creencia o superstición?

Al desvelarse su origen primigenio, la mayor parte permanecerá estupefacta, pues es preciso hacer referencia a muy antiguas tradiciones de carácter metafísico, sagrado e incluso imperial. El punto de partida es el simbolismo del doce. El "doce" es una especie de signo que se encuentra en todas partes donde se constituyó el centro de una gran tradición hist6rica de tipo "solar", en función de precisas analogías. En efecto, el zodiaco se compone de doce signos que definen el circuito solar. Un ciclo completo de] astro de la luz comprende doce fases que están marcadas por las constelaciones zodiacales, a las cuales estuvieron así atribuidos otros tantos modos de ser y, sobre otro plano, otras tantas funciones de la "solaridad" en el ciclo. Es por ello que, por analogía y por vías misteriosas, las tradiciones que en la antiquedad encarnaron sobre la tierra y en la historia una función "solar", nos hacen encontrar siempre la "sigla" del doce. Así, el más antiguo código ario, el de las Leyes de Manú, se divide en doce partes; los grandes dioses y anfictorios helénicos eran doce, al igual que los miembros de numerosos colegios sacerdotales romanos (los Arvales y los Salienos, por ejemplo y era doce el número de líctores); doce: los discípulos de Lao-Tsé, los héroes divinos de los Ases del Mitgard de la tradición nórdica, los miembros del Consejo Circular del Dalai-lama en el Tibet, los principales caballeros de la Cort del Rey Arturo y del Grial, los trabajos simbólicos de Hércules, etc. El cristianismo refleja también el mismo orden de ideas: doce apóstoles... pero ADEMAS, el TRECEAVO. En la reunión de los Doce el Trecreavo es aquel que encarna el principio solar, es pues el centro y el jefe supremo de todos; los otros, en relación a él no corresponden más que a funciones aspectos derivados del ciclo solar de la tradición civilización o religión de la que nos ocupamos.

Ya hemos tenido ocasión de exponer como, en el mundo de los orígenes allí donde faltan los llamados "testimonios positivos" o ante su ambiguedad, el SIMBOLO y el MITO pueden facilitar un hilo conductor precioso para una exploración más en profun didad que en superficie. Esto fue admitido, y no solo hoy por el "racismo alemán", sobre todo cuan do se propuso completar sus investigaciones antropológicas y biológicas por una espiritualidad y una "visión del mundo" que le permitieran afirman de nuevo los principios en el dominio de la historia de las religiones, de la mitología comparada, de las tradiciones primordiales y de las sagas. En Italia, este terreno aun permanece casi virgen. Y sin embargo, en un mundo como el de la antigua peninsula itálica que, desde la más lejana prehistoria, ha sufrido la influencia de civilizaciones y pueblos muy diversos y que raramente ofrece un paralelismo riguroso entre pureza étnica y las tradiciones correspondientes, una búsqueda asimilando el símbolo y el mito a un documento podría tener resultados de una singular importancia.

Naturalmente para esto es preciso una cualificación adecuada y un ojo particularmente avezado. Como la lengua, el símbolo y el mito de una raza pueden pasar a otras razas, de unas civilizaciones a otras, cambian de alguna manera, de FUNCION, sirven de soporte a otros significados que los que tenían normalmente en el origen. Es preciso pues saber orientarse e integrar todo lo que este género de encuesta puede aportar de sólidos conocimientos de orden tradicional.

Este será nuestro punto de partida para algunas consideraciones que deseamos hacer aquí a propósito de algunos símbolos cuya presencia en el antiguo mundo itálico y luego romano, atestiguan a su manera la existencia de una tradición de origen y de tipo netamente nórdico-ario o, como preferimos llamar, HIPERBOREO. Preferimos utilizar este térmi no para prevenir cualquier falsa interpretación o aprensión justificada. Hablando de "nórdico ario", podría creerse que nos adherimos a las tesis pan germanistas y que, por ello, reconocemos que lo que hay de más válido en nuestro pueblo y en nuestra tradición derivó de razas puramente nórdicas o nórdico-germánicas. Utilizado como hacemos, "hiperbóreo" tiene una extensión muy diferente. Hace referencia a un tronco absolutamente primordial, base del grupo GLOBAL de los pueblos y de las civil( zaciones arias, cuyas razas nórdico-germánicas no son más que una ramificación particular. Las fuerzas originales creadoras de las civilizaciones de la antigua India, del Irán, de la primera Hélade y de Roma misma pueden reivindicar un origen idéntico y, al menos, una misma dignidad.

Precisado este punto, los principales símbolos de la antigua red que deseamos examinar y penetrar en su significado más puro y profundo son: el HACHA, el LOBO, el CISNE, el AGUILA y la CRUZ RADIADA. Para este examen es necesario emplear el método comparativo aplicándolo al conjunto del ciclo de las civilizaciones y de los mitos aríos: lo que nos ofrece una de estas tradiciones arias, lo que se encuentra en otra y está entonces integrado confirmado o ulteriormente aclarado.

El presente artículo se limitará al HACHA. El hacha es uno de los símbolos más característicos de la tradición hiperbóreo primordial. Sus rasgos no llevan a la más lejana prehistoria según unos, a la última época glaciar segun otros, al menos al período paleolítico. En una obra reciente, Paulsen ha dirigido, entre otros, mapas que ilustran la amplia difusión del hacha hiperbóreo, según los diferentes yacimientos prehistóricos europeos. El tipo más antiguo es el "hacha sideral", en silex, o hierro meteórico, es decir, una "sustancia caída del cielo". El uso de estas hachas siderales, era sobre todo, ritual y sagrado. Dada la sustancia de la que estaban hechas, nos llevarán finalmente al simbolismo más general de las "piedras divinas" , "piedras caidas del cielo" que tuvieron tan gran importancia por todas partes donde se creo en la antiquedad un centro tradicional: del OMPHALOS de Delfos a la "piedra del destino" -LIA GSIL- de las antiguas tradiciones británicas, de los ANCILIA, confeccionados en la Roma antigua con piedras caidas del cielo cuyo significado era de instrumento de soberanía, PIGNUN IMPERII, hasta el Grial que, según la tradición que nos ha conservado Wolfram von Eschembach, es igualmente una piedra caida del cielo.

En el caso del Hacha, este símbolo genérico toma un significado especial en relación más estrecha con una tradición heróica y sagrada. Las piedras de los aerolitos simbolizan el "rayo" (de aquí la expresión "piedra de rayo") la fuerza celeste fulminante, significa que se extiende al Hacha side ral prehistórica: como el rayo, rompe y rasga. Tal es la base de] significado que el Hacha, arma simbólica, tuvo en las tradiciones arias y nórdico arias de los hiperbóreos primordiales hasta la Roma antigua y a la época de los vikingos.

En la concepción aria de la guerra -de la que hemos hablado en ocasiones- el elemento material era inseparable del elemento espiritual, trascendente. En toda lucha o conquista, el antiguo ario veía el reflejo de una lucha metafísica, del eterno conflicto entre las potencias olímpicas y celestes de la luz y las potencias oscuras y salvajes de la materia y del caos. El Hacha como arma y símbolo, está estrechamente ligado a estos significados. El Hacha aparece como un arma "celeste" empuñada, sea por el guerrero o conquistador hiperbóreo, sea por el sacrificador o el sacerdote. En los graffiti, que se remontan a una lejana antiquedad, en Fossum (Suecia) puede verse a numerosas figuras que empuñan el hacha, próximos a los símbolos solares. Es interante notar estas convergencias. Estos antiguos símbolos nórdicos corresponden a rasgos aún más antiguos, los de la civilización franco-cantábrica de la Madeleine o de Cro-Magnon (10.000 años antes de nuestra era aproximadamente), llamada "Civilización del reno" que, en nuestra opinión, ha llegado hasta la región ligur. Por otra parte en las huellas arcaicas de la civilización ítalo-ligur se vuelve a encontrar el hacha acompañada de símbolos solares e hiperbóreos como el cisne, la cruz radial (la svástika). Franz Altheim recientemente ha demostrado la correspondencia de los restos prehistóricos de Val Camónica y los yacimientos suecos. Se encuentran igualmente en esta región italiana graffiti en los que figuran el hacha simbólica y el símbolo solar y astral análogo. A este respecto, Altheim ha hablado incluso de una verdadera "Migración dórica en Italia" y le ha parecido evidente la similitud de la civilización que ha dejado estas huellas en el Norte de Italia, y que debla concluir por enigmáticas vías, en la creación de Roma, con la de los dorios en Grecia, cuya conclusión debía ser Esparta.

En cuanto al significado espiritual del "hacha sideral", la encontramos nuevamente en el culto nórdico-ario de Thor. Thor es una figura divina cuyo atributo eran dos armas que, en el fondo, son equivalentes: el hacha y el martillo de dos cabezas, MJOLNIR. Las dos armas son análogas, pues el martillo representa también la potencia del rayo como el hacha; además, el doble martillo por su forma incluso se confunde con el Hacha bipene con dos filos que emanan del mismo simbolismo y nos, lleva especificamente a la tradición hiperbóreo. Thor combate con este arma a las "fuerzas celestiales", los ELEMENTARWESSEN, que intentan apropiarse de las potencias celestes (simbólicamente: la "Luna" y el "Sol"); es también con ella que, en la tropa de los "Héroes divinos" o ASES, lucha contra el "oscurecimiento de lo divino", el RAGNA-ROCK, que es preciso no confundir con el "crepúsculo de los dioses" como Wagner, sino considerar como el eco mítico del fin trágico de un ciclo de civiliza ci6n y de tradición de origen hiperbóreo, del mito.

En la historia, hasta la época de los vikingos Thor aparecía como un dios guerrero. Los vikingos admitían que las virtudes divinas de Thor, su potencia y su fuerza, se transmitían de cierta manera a los que habrían tomado su emblema, el Hacha, como símbolo de la presencia de la divinidad. Esta creencia era la base de la realeza nórdica. Los reyes nórdicos, daneses y suecos, tenían el hacha como símbolo de su poder y de su dinastía; se la puede ver sobre los estandartes de las tropas de Sven de Dinamarca al marchar para la conquista de Inglaterra en una miniatura de Mathieu de París; ha sido conservada entre las armas reales de Noruega, en donde el hacha y no el león, es el elemento más significativo y original. El prestigio místico del símbolo hiperbóreo fue tan grande en el norte que cuando la cristianización, la nueva fe no pudo des terrarlo: pensemos en unos cultos muy extendidos en el Norte, el de San Olaf, quien es una especie de reencarnación cristiana de Thor. Como Thor, tiene una barba dorada y lleva el hacha y como él, es el protector mítico del país y como este santo rey se convirtió en el "rey eterno de Noruega" -PERPETUUS REX NORVEGAIAE- hasta el punto de que los soberamos que le sucedieron pensaron reinar bajo su hombre.

De otra parte, la relación de1 poder supremo con la consagración trascendente por el signo hiperb6reo del Hacha se encuentra en Italia, a través de los ligures, entre los que el Hacha estaba igual mente en relación con la realeza; en fin, el Hacha formaba parte del símbolo de los líctores de la Ro ma antigua; símbolo del poder y del derecho del cual muchos ignoran el significado primordial y sagrado y que no interpretan más que en términos jurídicos y políticos, es decir, profanos y seculares.

Se encuentra la confirmación de estos significados en otras tradiciones arias. Recordaremos la de Parashu-Rama (indo-aria): Rama tiene el hacha. Es con el Hacha hiperbóreo de doble filo como -según las tradiciones transmitidas de una manera más o menos mitica por el MAHABARATA- este héroe divino, o jefe creador de civilización, mientras que los progenitores de los conquistadores habitaban aún en una región septentrional, habría exterminado a los MLECCHAS, raza de titanes, casta guerrera degradada, que habla intentado usurpar la suprema autoridad espiritual.

En el ciclo mediterráneo, la figura de Zeus Labraundos, o Júpiter con la doble hacha, recuerda la relación existente entre el Hacha y el Rayo, arma articular del dios olímpico. El rayo es la fuerza utilizada por Zeus para abatir a los Titanes y a los Gigantes tras su intento de apropiarse del Olimpo, mito que refleja también el tema de la "guerra metafísica eterna", característica de la espiritualidad heróica y aria y del recuerdo de los conflictos entre las diferentes espiritualidades y las diversas razas de la más antigua Hélade. Sobre estas bases, el Hacha fue efectivamente considerada como un símbolo de la espiritualidad heróica aria. Los troncos arios primordiales lo utilizaron en sus empresas guerreras, que eran, para ellos, la dramatización y la continuación de la lu cha metafísica velada por el mito. Figura en la misma época en los ritos destinados a evocar y a determinar gracias al sacrificio, las fuerzas invisibles. Más tarde, cuando el concepto "sagrado" se desplazo, identificándose, en otro orden de ideas, con el de "santo", el Hacha perdió poco a poco su significado primigenio y se relegó al rango de arma y de instrumento sin alma.

Volviendo al antiguo mundo mediterráneo, es muy significativo el encontrar el Hacha, pero ROTA, en los más antiguos yacimientos y cultos de la CIVILIZACION PELASGA: hachas rotas son ofrecidas a la divinidad en una inversión de significados que, en relación al culto ario, es casi satánica. En realidad, la civilización pelasga pertenece al Medite rráneo pre-ario y pre-helénico, a un ciclo religioso dominado por la figura de una mujer divina, en cuyo culto las mujeres y los hombres afeminados te ntan un lugar fundamental. En este ciclo, Zeus cesa de ser un dios olímpico para convertirse en una especie de demonio sujeto a la muerte (en Creta se mostraba en la tumba). Aquí la figura del dios de las aguas o del fuego subterráneo se mezcla con el culto y las costumbres semitico-asiáticas, marca das por la violencia confusa, dionislaca y afroditica de un éxtasis desordenado.

El Hacha, en el mundo mediterráneo antiguo y pre-ario, es anexionado a divinidades femeninas y a AMAZONAS; detalles significativos cuando se sabe que las Amazonas, "mujeres viriles" y querreras,no son más que la representación mítica, a través de un símbolo, del intento de formas "femeninas" de la espiritualidad por suplantar a la tradición heróico-solar y "urania" (celeste) de origen hiperbóreo. Pero el mito nos habla también de Herakles, el héroe particularmente representativo de las capas dorio-aqueas Y de los otros héroes aliados de la potencia olímpica, que combatieron a las amazonas matando a la reina y entre los trofeos de sus victimas recuperaron -entre otros- el Hacha, símbolo hiperbóreo usurpado. El mito no nos podía hablar más claramente.

Sería fácil indicar trastornos análogos en la trama de la antigua historia itálica y en la de Roma: conflictos entre las fuerzas profundas de las razas, las fuerzas humanas y divinas que, mientras se manifestaron bajo formas diferentes, políticas, sociales, religiosas. Por ejemplo, la civilización etrusca es considerada generalmente como pertene ciente al ciclo mediterráneo-oriental de las razas pre-arias contra las cuales la Hélade aquea y doria tuvo que luchar ya. Roma, que incluyó el hacha símbolo etrusco, en el emblema de los líctores, signo del poder, repite casi idénticamente el gesto vengador que el mito atribuye a Herakles y que acabamos de recordar. Todo lo que Roma realiza de grande, lo realiza por un esfuerzo tenaz de purifi cación y superación de los elemento itálicos no-arios mezclados, en el origen, con las fuerzas de la tradición aria y nórdico-aria. Hacha, Lobo, Aguila, Cruz Radiada, etc. -símbolos de los con quistadores hiperbóreos- hacen su reaparición en el seno de la grandeza romana como los signos silenciosos de su "misterio".

 

 

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (III). EL GUERRIN MESCHINO

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (III). EL GUERRIN MESCHINO

Biblioteca Evoliana.- En el siglo XV, Andres de Berberino publicó un relato sobre el "Guerrin Meschino". Evola analiza este relato y descubre tras su aparente banalidad un tema metafísico: el de nuestros orígenes. Hemos recordado quienes somos y cuál es nuestro origen. En España, algunos cuentos aluden también a este tema: el individuo que vive una vida miserable, porque no conoce que es hijo de un Rey. Este tema no es sino la perífrasis simbólica de un tema eterno: la necesidad que el ser humano tiene de buscarse a sí mismo y de conocer cuál es su verdadero origen y naturaleza. El artículo fue inicialmnete publicado en la revista "Il Regime Fascista", el 24 de diciembre de 1939.

 

 

III

EL GUERRIN MESCHINO

Lo que nos ha llegado bajo la forma de folklore, es decir, de tradiciones populares extraídas de leyendas o fábulas, podría ser comparado a esos conglomerados minerales que, junto a una ganga inutilizable contienen ricos filones. Este material no es menos precioso sobre el plano estético y literario, y todavía lo es más sobre el plano espiritual, pues se trata de hecho, de la forma involutiva, casi inconsciente, en la que sobreviven los significados trascendentes, base de ciertos ciclos de civilización.

El folklore medieval (o de origen medieval) es, a este respecto, más interesante. En una de nuestras obras, EL MISTERIO DEL GRIAL Y LA TRADICION GIBELINA DEL IMPERIO, ya hemos tenido ocasión de individualizar lo que revelan en varias tradiciones o canciones de gesta de la Edad Media, figuras como la del Rey Arturo, el Preste Juan, Perceval, Ogiero, "Federico", etc. Aquí nos proponemos estudiar breve mente un ciclo de civilización análogo que conoció también en Italia, una amplia audiencia popular (antes que la literatura policíaca y pornográfica toca se la delantera), sin que sea comparable a la de nuestros clásicos o a la DIVINA COMEDIA. Queremos hablar de los relatos que tuvieron por héroe al "Guerrin" llamado "Meschino" (el pobre Guerin) juzgados hoy como muy adecuados para divertir a los niños y considerados como literatura de escasa calidad.

En verdad estos relatos pueden figurar más que legítimamente entre aquellos en los que la vocación oscura demos incluso decir, "el misterio" de lo Occidental de la Edad Media, intenta expresarse figurativamente. El "Guerrino" no es un tipo de caballero inventado, es un símbolo. Simboliza el alma medieval en su esfuerzo por conocerse a sí misma. Para comprender el sentido oculto de los relatos fantásticos o pueriles de este ciclo, es preciso conocer el resto de ciclos con los que se emparenta e interfiere frecuentemente. Lo importante es que estos temas fundamentales nos refieren a lejanas tradiciones, a un mundo y a una espiritualidad anteriores al cristianismo.

El Guerrino está representado como un individuo que ignora sus orígenes "nobles", que conquista su nobleza en tanto que ser, combatiendo y mostrándose como el caballero más valeroso y que, devorado por un irresistible deseo de conocer su extracción (figurativamente, de conocer y encontrar a sus propios "padres"), es impulsado a realizar toda una serie de empresas y aventuras alegóricas. Llegaremos incluso a ver un elemento racial además del elemento tradicional. El nombre italiano de Guerrino corresponde al de Guerin o Garin en francés [o incluso Garí, en catalán, nombre del protagonista de una leyenda montserratina muy difundida en al Cataluña tardomedieval. NdT], tipo de caballero simbólico que interfiere con el caballero llamado Helias, Helios, Lohengrin o Loengrin, en definitiva, "Caballero del Cisne". Se trata del caballero que llega de una tierra misteriosa, y en ocasiones de la del Rey Arturo o del Grial, en ocasiones la de Venus incluso el mismo Paraiso. En nuestro libro "El Misterio del Grial" hemos demostrado que esta tierra no es otra que la llamada "tierra de los Hiperbóreos", del extremo norte, consagrada a Apolo, dios solar de la raza dórico-aria; tierra que debe ser considerada como el centro y el lugar de origen de las diversas razas blancas que se han replegado sucesivamente hacia el sur a causa de la glaciación.

Podemos, por consiguiente, considerar a "Guerrino" el cual se presenta así: "Soy de este mundo, no sé de donde vengo ni a donde voy", como una especie de "Caballero del Cisne", de Lohengrin, que ha perdido el recuerdo de sus orígenes; bajo el símbolo, siempre es el hombre de la civilización nórdico-aria medieval quien va a la búsqueda del hilo perdido de su más alta tradición y de su oscura herencia.

No es el caso esbozar aquí los diversos viajes simbólicos de Guerrino hacia Oriente. Se ha dicho que allí el Preste Juan podrá aclararle algo sobre sus orígenes. El legendario reino del Preste Juan no es, a su vez, más que una de las representaciones donde se encarna, en la imaginación popular medieval, el recuerdo de la "tierra sagrada" primordial y sobre todo de la suprema función real y sacerdotal, natural y sobrenatural, al mismo tiempo, que ejerce la tradición hiperbóreo que le corresponde. En las representaciones medievales, este centro está localizado frecuentemente en diversos lugares, pero con preferencia hacia el Oriente. En los relatos del Guerrino se encuentra "al final de la tierra, hacia Levante". Es descrito como situado sobre "una montaña cuya cima parece alcanzar el cielo", símbolo de su función relacionadora, en cierta forma, del elemento terrestre humano, con el elemento sobrehumano. Pero el hecho más importante es que la montaña de su reino sea un centro de culto y del oráculo de Apolo, es decir, un enclave no cristiano, sino ario-helénico, venido de la región hiperbóreo, aunque el Preste Juan, rey de esta tierra "de la verdad y el bienestar", por reverencia hacia la religión dominante, sea descrito como rey y sacerdote cristiano.

En las diferentes tradiciones legendarias, el motivo de los conquistadores que han emprendido un recorrido análogo al de Guerrino en la tierra del Preste Juan o en otros lugares similares, se repite frecuentemente. Todos estos lugares están marcados por los mismos árboles "Solares", típicos del oráculo apolíneo, recibiendo así la consagración sobrenatural del poder que resulta y, casi se estaría tentado de decir, para recuperar el contacto con los orígenes, obscuramente presentido por su grandeza. Se reencuentra este motivo en los relatos del Guerrino que durante cierto lapso de tiempo, va a asumir el poder del Preste Juan en su aspecto específicamente guerrero, ya que convirtiéndose en general en jefe es venerado por todos, según el deseo del Preste Juan, como si se tratase de él mismo. Pero la búsqueda de sus orígenes en el reino del Preste Juan solo tiene éxito a medias. Guerrino consigue solamente saber que sus antepasados y su linaje es regio. Para conocer realmente a sus padres, debe desplazarse hacia Occidente y hacia el Norte, tras haber sufrido diversas pruebas, sobre todo el paso a través del reino del hada Alcina. En el fondo, Alcina personifica el principio genérico de las seducciones y de las renuncias antiviriles, sugestiones venusianas y ginecocráticas que constituyen un tema central en las civilizaciones pre-arias del Sur. Por otra parte, el hecho de que Guerrino regrese hacia Occidente compensa, por así decir, la deformación de la imaginación popular y de las circunstancias contingentes de localización en Oriente de un centro que en realidad es la imagen del centro realmente nórdico-occidental, lugar de origen del linaje de conquistadores arios primordiales.

Es así como en una de las versiones del relato, es en Irlanda, en el "Pozo de San Patrick" donde Guerrino tiene al fin una información definitiva sobre sus orígenes. Una vez más, se asiste a una situación de asimilación cristiana que oculta un significado más profundo, dado que la Irlanda prehistórica tiene efectivamente testimonios entre los más característicos de la tradición prehistórica nórdico-occidental. De todas formas, es en Occidente donde se realiza la odisea de Guerrino, quien al fin reencuentra a sus padres. Pero elige renunciar a la dignidad real y a las grandezas de este mundo para consagrarse a la vida ascética. "Hijo de Dioses" lo llaman sus adversarios. "Raza de Dioses" era el nombre de la raza legendaria venida de Avallon hasta Irlanda, según las antiguas tradiciones irlandesas de la raza de los Tuatha-da-Danan; Avallon no es más que uno de los nombres que designaban el mismo centro primordial nórdico-atlántico. Los símbolos hablan claramente a propósito del sentido último de esta aventura. La vía del regreso a los orígenes, al menos para la raza de los conquistadores occidentales, resucitados bajo el signo del Sacro Romano Imperio Germánico (las aventuras de Guerrino parecen desarrollarse bajo el reinado de Carlomagno) no es el que -según las absurdas teorías "evolucionistas" llevaría a condiciones animales de existencia-, sino que, poco a poco, lleva de la tierra al cielo y, en consecuencia, -en términos dantescos- de la VIDA ACTIVA a la vida contemplativo. No como evasión, sino como realización final, tras toda clase de pruebas heróicas, finaliza pues, bajo este signo ascético, la odisea del Guerrino. Esta "canción de gesta" tan popular, delicia de la juventud de generaciones precedentes, resume pues, según una lógica perfecta, las etapas funda mentales de un itinerario espiritual completo, válida también como vocación de un individuo aislado o como tradición de toda una raza.

Con esto disponemos de lo necesario para compren der la cifra trece como número positivo, benéfico y "solar". Cómo ha podido convertirse, más específicamente, en el número de la felicidad y más frecuente mente de la desgracia, es algo que vamos a comprender a continuación.

Una tradición puede sufrir un obscurecimiento, una decadencia, de forma que, aun dejando sobrevivir las formas, se haya retirado la fuerza suprema que debería penetrarla y reanimarla. Una de las formas simbólicas más expresivas de este estadio es la reunión de los doce a quien falta, sin embargo, el treceavo. Si nos referimos a la fórmula medieval de estas ideas, nos encontramos con la representación muy interesante de la Tabla Redonda en torno a la cual se sientan los doce caballeros, pero cuyo treceavo lugar está vacío y lleva el nombre significativo de ASIENTO PELIGROSO. Nadie puede sentarse en él sin deber enfrentarse a una prueba terrible. Está reservado a un caballero elegido, predestinado, mejor que todos los demás, cuyo nombre, en las novelas de caballería es en ocasiones Galahad, en otras Perceval o Gawain. La cualificación particular de este caballero le da derecho a ocupar la plaza, es decir, encarnar la función solar suprema y ser el jefe de los. otros doce, es decir, de la tradición, organización, o del ciclo que les reunía. Si cualquier otro caballero quisiera ocupar la plaza sin ser digno, encontrarla la desgracia: sería fulminado o la tierra se abrirla bajo sus pues. Por el contrario, el caballero elegido a pesar de estos fenómenos permanecería indemne. Se presenta a menudo como el que es capaz de reparar, a diferencia de los otros, una espada rota, símbolo evidente de la decadencia a la cual va a poner término. He aquí como puede aclararse el doble significado de felicidad y desgracia de la cifra trece. El aspecto maléfico debe evidentemente prevalecer, por la simple razón que, sobre el plano que ya hemos indicado, es natural que la mayor parte de los que intentan ocupar el treceavo puesto, no estén a la altura de la prueba.

Júzguese con este ejemplo lo que puede subsistir de manera obtusa, nocturna, subconsciente, en las supersticiones populares. La potencia de la superstición no es más que la automatización y la materialización de lo que, en el origen, se relacionaba con significados espirituales. La Edad Media en Occidente, es el último período en donde tradiciones, como las relativas al doce, al trece, al puesto peligro so, conservaron aun significados de éste género. Para apreciar la distancia que existe entre ellas y su supervivencia supersticiosa evocaremos una vez más nuestro libro EL MISTERIO DEL GRIAL Y LA TRADICION GIBELINA DEL IMPERIO. Hemos ilustrado y demostrado que las leyendas de caballería de las que acabamos de hablar, tenían un estrecho lazo con el problema político-espiritual del imperio gibelino. El héroe del Grial, que habría debido restituir a su antiguo esplendor un reino misterioso y se identificaba con el caballero elegido, capaz de sentarse sin temor en el "lugar peligroso", el treceavo lugar vacío, no es más que el dominador que todo el mundo gibelino esperaba para poner fin a la usurpación y realizar íntegramente en el mundo entero el Sacro Imperio Romano Germánico. Corresponde también, más o menos, al misterioso DUX y al VELTRO dantesco, que tenía mucha más relación de lo que generalmente se cree con las tradiciones a las que nos hemos referido, mientras que Richard Wagner ha falseado de la forma más lamentable, su verdadero sentido.

Pero esta esperanza, como se sabe, se vio decepcionada. Tras una breve culminación todo se hundió: Renacimiento, Humanismo, Reforma, crecimiento anárquico y violento de las naciones, absolutismo y, en fin revolución y democracia. Puede imaginarse hasta que punto hoy el treceavo lugar está vacío. El símbolo que encierra, corresponde rigurosamente a aquel muy conocido, del emperador gibelino, jamás muerto, que duerme un sueño secular y que espera que los tiempos "hayan llegado" para despertar y combatir a la cabeza de los que no lo han olvidado y que le son fieles en la última batalla.

 

 

 

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (II). LA NAVEGACION

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (II). LA NAVEGACION

Biblioteca Evoliana.- El artículo "Simbolismo de la Navegación" fuepublicado el 26 de abril de 1933, en la revista "Il Regime Fascista". En esa época, Evola empezaba a pensar en la posibilidad de actuar en los márgenes del régimen político italiano. Mussolini, en aquel momento había recordado que el Mediterráneo era el "Mare Nostrum" e incluso había recordado en uno de sus discursos, el famoso adagio latino "Vivir no es necesario, navegar es una necesidad". A partir de estas consideraciones, Evola compone este artículo en el que asume y amplía todos estos significados

 

II

SIMBOLISMO DE LA NAVEGACION

Si algo caracteriza a las nuevas generaciones es la superación de todo romanticismo y el retorno a lo EPICO.

Las grandes frases, las complicaciones seudo-psico lógicas e intelectualistas solicitan infinitamente menos que las ACCIONES, pues en el fondo lo que sucede es esto: al encuentro de lo que es propio, al fanatismo y a las desviaciones "deportivas" de los pueblos anglosajones, nuestras nuevas generaciones tienden a superar el aspecto puramente material de la acción. Buscan integrar y clarificar este aspecto mediante un elemento espiritual, volviendo -más o menos conscientemente- a esta acción que es liberación, toma de contacto real (y no escepticismo o sen timentalismo) con las grandes potencias de las cosas y de los elementos.

Hoy existen medios naturales más particularmente propicios para estas posibilidades de liberación y reintegración en la épica de la acción: la alta montaña. ALTA MONTAÑA, y la ALTA MAR con los dos símbolos de ascenso Y de navegación. Aquí, de una forma más inmediata, la lucha contra las dificultades y los peligros materia un medio de realizar simultáneamente un proceso de superación interior incon los elementos que pertenecen a la naturaleza inferior de hombre y que deben ser dominados y transfigurados.

Supersticiones positivistas y materialistas han relegado al olvido durante algunas generaciones las profundas tradiciones de la antiquedad o bellas y las han colocado al nivel de curiosidad para eruditos: ignoran y hacen ignorar el significado superior que pueden asumir y que puede ser siempre reencontrado y revivido.

Esto, por ejemplo, es válido para el antiguo simbo lo de la navegación, uno de los más extendidos en todas las civilizaciones pre-modernas, reconocible en estos caracteres de una inquietante uniformidad que obliga a pensar hasta qué punto algunas experiencias espirituales han debido ser universales y profundas ante las grandes fuerzas de los elementos. Pensamos que no es inútil consagrarle algunas anotaciones.

La navegación y en particular la travesía de aguas tumultuosas, ha sido tradicionalmente elevada a valor de símbolo en la medida en que las aguas -las de los océanos y los ríos- siempre han figurado como el elemento inestable, contingente, de la vida terrestre, de la vida sujeta al nacimiento y a la muerte. Además representan al elemento pasional e irra cional que altera la vida. Si la tierra firme, bajo cierto aspecto, era sinónimo de mediocridad, de existencia tímida y mezquina, apoyándose sobre certidumbres y apoyos cuya estabilidad no es más que ilusión -el dejar la tierra firme, tomar lo amplio, afron tar intrépidamente las corrientes o la alta mar, "navegar", en suma, aparecía como el acto épico por excelencia, no en el sentido inmediato, sino en el espiritual.

El navegante es pues el homóloga del héroe y del iniciado, el sinónimo de aquel que, abandonando el simple "vivir" quiere ardientemente un "mas que vivir", un estado superior a la caducidad y a la pasión. Entonces se impone el concepto de OTRA tierra firme, la verdadera, la que se identitica con el fin del "navegante", con la conquista propia a la misma épica, de la mar: y la "otra rivera" es la tierra, primero desconocida, inexplotada, inaccesible, dada por las antiguas mitologias y tradiciones con los símbolos más diversos, entre los cuales aparece bastante frecuentemente el de la ISLA, imagen de firmeza interior, de calma y del Imperio sobre sí de quien, feliz y victoriosamente, ha navegado sobre las olas o las corrientes impetuosas, sin convertirse en víctima de las mismas.

Atravesar un río a nado o pilotar un navío era la fase simbólica fundamental en la "iniciación real" que se celebraba en Eleusis y Janus, la antigua divinidad de la romanidad, dios de los comienzos y luego, por excelencia de la iniciación como "vida nueva", era también el dios de la navegación. Entre sus atributos característicos figuraba la BARCA. la barca de Janus como sus dos atributos, las llaves, han pasado luego a la tradición católica, como barca de Pedro y en el simbolismo de las funciones pontificales. Se podría señalar también que la palabra PONTIFEX, etimológicamente significa "hacedor de puentes" y que PONS tenía, arcaicamente, el sentido de vía; el mar era concebido como "vía" y el Puente fue así llamado por esta razón. Vemos pues como tramas ocultas, en las palabras y en los signos,hoy casi incomprensibles, han podido transmitir los ele mentos de la antigua concepción de la navegación como símbolo.

En el mito caldeo del héroe Gilgamesh, encontra mos un FACSIMIL del Herakles dorio que toma el fruto de la inmortalidad en el jardín de las Hespérides tras haber atravesado el mar guiado por el titán Atlante. Gilgamesh también afronta la vía del mar, despliega la vela, toma la vía occidental, es decir, atlántica, hacia una tierra o ISLA donde busca el "árbol de la vida" mientras que el océano es significativamente comparado a las "aguas oscuras de la muerte". Si nos desplazamos hacia Oriente y Extremo-Oriente, encontraremos ecos de estas expe riencias espirituales, idénticas y ligadas a los símbolos heróicos de la navegación, del cruce a nado y de la travesía por mar.

Igualmente el asceta budista fue comparado frecuentemente con aquel que afronta, atraviesa y alcanza la orilla, la cruza a nado, navega gloriosa mente contra la corriente, pues las aguas representan todo lo que procede de una sed de vida animal y de placer, de los lazos del agoismo y del apego a los hombres, al igual que en extremo-oriente, se en cuentra el tema helénico de la "travesía y del abordage" en las "islas" donde la vida no está sujeta a la muerte como el Avallon o el Mag Mell atlántico de las leyendas irlandesas o celtas.

Del Egipto antiguo hasta el Méjico precolombino: directa o indirectamente encontramos elementos parecidos. Los encontraremos también en las leyendas nórdico-arias. El éxito del héroe Sigfrido en la isla de Brunilda procede esencialmente del símbolo de la navegación a través del mar: Sigfrido, según el NIBELUNGENLIED es quien dice: "Las verdaderas vías del mar me son conocidas. Puedo conduciros sobre las olas".

Podríamos demostrar que el éxito de Cristóbal Colón no estuvo sin relación, contrariamente a lo que generalmente se piensa, con ciertas ideas poco claras concernientes a una tierra que, según ciertas leyendas medievales, abrigarla a los "profetas jamás muertos", en un "Elíseo trasanlántico", bastante conforme a nuestro simbolismo. Además, podríamos demostrar por que el concepto de THALASOCRATA "dueño de los mares" o de las "aguas", está frecuen temente relacionado con el de LEGISLADOR en el sentido más alto (por ejemplo, en el mito pelásgico de Minos); podríamos desarrollar la idea contenida en las representaciones de aquel que "está sobre las aguas" (de Narayana a Moisés, de Rómulo a Cristo), pero todo esto nos llevaría muy lejos y quizás volvamos en otra ocasión.

"Vivir no es necesario. Navegar es una necesidad" tales palabras viven todavía hoy, plenamente sentidas y ofrecen uno de las mejores desembocaduras a la épica de la acción - "Debemos volver a amar los mares, a sentir la embriaguez por la mar, por que VIVERE NON NECESSE SED, NAVIGARE NECCESSE SED" declaró Mussolini. Y en esta fórmula, tomada en su aspecto más alto )no está implicito el eco de antiguos significados?

La idea del navegante como ser "más que vivo", como actitud heróica, como encaminamiento hacia formas superiores de existencia )no subsiste acaso? Aquí o allí reina el gran, el libre viento de lo ancho, donde se siente toda la fuerza de lo que está sin limite -en su calma potente y profunda o en su terrible elementareidad- que sobre los mares y océanos nuevas generaciones sepan vivir "épicamente" la aventura, navegar y tomar lo amplio en una perspectiva metafísica capaz de conferir al heroismo y al ardor el valor de una transfiguración, resucitando así lo que velaban las antiguas tradiciones del símbolo de la navegación y de la mar como vía hacia algo que no es solo humano.

 

 

 

 

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (I). EL AGUILA

Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental (I). EL AGUILA

Biblioteca Evoliana.- El artículo que lleva como único título "El Águila" fue publicado inicialmente por Evola el 30 de noviembre de 1941 e incluido posteriormente en 1977 en la recopilación "Símbolos de la Tradición Occidental" y posteriormente en "Símbolos y Mitos de la Tradición Occidental" publicado en 1980 por las Ediciones Arché. Los artículos sobre simbolismo no son habituales en la obra de Evola. Sin embargo, en los años 40 publicó una serie de artículos sobre esta materia y, especialmente en su relación con la tradición romana. Los iremos publicando sucesivamente en esta Biblioteca virtual

 

 

I

SIMBOLISMO DEL AGUILA

 

El simbolismo del Aguila tiene un carácter eminentemente tradicional. Inspirándose en precisas analogías, entre los símbolos y los mitos de todas las civilizaciones de tipo tradicional, es uno de los que mejor atestiguan una impronta invariable e inmutable fuera de las diferentes formulaciones de que fue objeto según las razas. Precisemos a continuación que en la tradición aria, el simbolismo del Aguila siempre ha tenido un carácter olímpico y heroico. Tal es lo que vamos a intentar demostrar mediante referencias y aproximaciones.

El carácter olímpico del simbolismo del Aguila está directamente relacionado con la consagración de este animal al dios olímpico por excelencia, Zeus quién entre los ario-helenos (al igual que Júpiter entre los ario-romanos) es la representación de la divinidad de la luz y de la realeza, venerado con otro símbolo, el del rayo, elemento que no puede olvidarse pues, como veremos, este atributo complementará muy frecuentemente el simbolismo del Aguila. Recordemos también que, según la antigua visión aria del mundo, el elemento olímpico se definía por su antítesis con el elemento titánico, telúrico y prometéico. Además es con el rayo que Zeus, en el mito abate a los titanes. Entre los Arios que vivían toda lucha como un reflejo de la lucha metafísica entre las potencias olímpicas y las fuerzas titánicas, considerándose como la milicia de los primeros, vemos el Aquila, el rayo como símbolos y enseñanzas cuyo profundo significado se olvida generalmente.

Según la antigua visión aria de la vida, la inmortalidad es un privilegio: no significa simplemente supervivencia tras la muerte, sino participación heróica y real en el estado de conciencia que define a la divinidad olímpica. Establezcamos alguna s correspondencias. La concepción de la inmortalidad se reencuentra en la antigua tradición egipcia. Solo una parte de] ser humano está destinado a una existencia eterna y celeste en estado de gloria -BA- que está representada por un águila o halcón (en función de las condiciones ambientales, el halcón es aquí el sucedáneo del águila, el soporte más próximo ofrecido por el mundo físico para expresar la misma idea. Es bajo la forma de halcón que, en el ritual contenido en el LIBRO DE LOS MUERTOS el alma transfigurada del muerto asusta a los dioses pronunciando estas soberbias palabras: "Soy coronado como Halcón Divino a fin de que yo pueda penetrar en la Región de los Muertos y tomar posesión del dominio de Osiris..." Esta herencia ultra-terrestre corresponde exactamente al elemento olímpico. En efecto, en el mito egipcio, Osiris es una figura divina que, tras haber sufrido alteración y corrupción (muerte y descuartizamiento de Osiris), es resucitado por Horus. El muerto, participando en la fuerza resurrectora de Horus, obtiene pues la inmortalidad que lleva Osiris y que provoca el "renacimiento" o la "recomposición".

Es pues fácil constatar las múltiples correspondencias de las tradiciones y los símbolos. En el mito helénico, se comprende que seres como Ganímedes sean llevados por ''águilas" y conducidos al Olimpo. Es gracias a un águila que, en la antigua tradición persa, el rey, Kei-Kaus intenta, a la manera de Prometeo, subir al cielo. En la tradición indo-aria, es el Aquila quien lleva a Indra la bebida mágica que lo volverá dueño de los dioses. la tradición clásica añade aquí un detalle sugestivo: para ella, aunque sea inexacto, el Aguila era el único animal que podía mirar el sol sin bajar los ojos.

Esto aclara el papel del Aquila en algunas versiones de la leyenda de Prometeo. Prometeo aparecía no como aquel que está realmente cualiticado para hacer suyo el fuego olímpico, sino como aquel que, permane ciendo con la naturaleza titánica, quiere usurpar yhacer no una cosa de los dioses sino de los hombres. Como expiación, en estas versiones de la leyenda, Prometeo encadenado, tiene el hígado continuamente devrado por un Aquila. El Aquila, el animal sagrado del Dios Olímpico, asociado al rayo que abate a los titanes, se nos presenta como una representación equivalente al mismo fuego, este fuego del que Prometeo deseaba apropiarse. Se trata pues de una especie decastigo inmanente. Prometeo no tiene la naturaleza del Aguila que debe mirar "olímpicamente" a la tuz absoluta. Esta fuerza que quiere hacer suya se convierte en el principio de su tormento y de su castigo. Esto podría ayudarnos a comprender la tragedia interior de los diferentes representantes modernos de la doctrina del "superhombre" titánico. Obsesiona la romanidad y el ideal olímpico. En este rito, el vuelo de un Aquila por encima de la pira funeraria simbolizaba el tránsito del alma del emperador muerto al estado de "Dios". Recordemos los detalles de este rito que fue codificado sobre el modelo del ritual original celebrado a la muerte de Augusto.

El cuerpo del emperador difunto era depositado en un féretro recubierto de púrpura, llevado sobre una litera de oro y márfil, luego situado sobre la pira rodeada de sacerdotes que se levantaba en el Campo de Marte. Entonces tenía lugar la DECURSIO. Tras haber encendido la pira, un Aquila se elevaba entre las llamas y se pensaba que, en ese instante, el alma del muerto se elevaba simbólicamente hacia las regiones celestes, para ser acogido en el seno de los Olímpicos.

La DECURSIO era una ceremonia de soldados, caballeros y jefes en torno a la pira imperial en la cual lanzaban las recompensas que hablan recibido por sus acciones. Hay en este rito un significado profundo Arios y romanos creían que sus jefes posetan en si mismos la verdadera fuerza de la victoria, no en tanto que individuos sino como portadores de un elemento sobrenatural, olímpico, que les era atribuido. Es por, esto que, en la ceremonia romana del triunfo, el general vencedor se atribuía los símbolos del dios olímpico, Júpiter, y que era en su templo donde depositaba su corona de laurel, honrando as! al verdadero autor de la victoria, bien distinto de la partida simplemente humana. En el curso de la DECURSIO, se producía una REMISSIO del mismo orden: los soldados y los jefes restituían sus condecoraciones, pruebas de su valor y de su fuerza victoriosa, al emperador como a aquel que, en su potencialidad olímpica, en el momento de liberarse y de trascenderse sobre el plano divino, era el verdadero agente.

Esto nos lleva a examinar el segundo testimonio del espíritu olímpico de la romanidad, marcado también por el simbolismo del Aquila. Era tradicionalmente admítido que aquel sobre el cual se posaba un Aguila estaba predestinado por Zeus a un alto destino o a la realeza, signo de la legitimidad olímpica o de una u otra. Pero era igualmente admitido por la tradición clásica y más especificamente aún por la tradici6n romana, que el Aguila era un presagio de victoria, es decir, la idea que, a través de la victo ria de la "raza" aria y romana, son las fuerzas de la divinidad olímpica, del dios de la luz, quienes son victoriosas. La victoria de los hombres refleja la victoria de Zeus sobre las fuerzas anti-olímpicas y bárbaras, era pronosticada por la aparición del animal de Zeus, el Aguila.

Esto permite comprender bien en relación con el significado profundo de origen tradicional y sagrado y no como una alegoría cualquiera, el papel que tenía el Aguila en las enseñas romanas entre los SIGNA y los VEXILIA de los orígenes. Ya en la época repu blicana, en Roma, el Aguila era la enseña de las legiones, se decía: "un Aquila por legión y ninguna legión sin Aguila".

En general la enseña se componía de un Aquila con las alas desplegadas que mantenía un rayo entre las garras. Así se encuentra confirmado el simbolismo olímpico: el signo de la fuerza de Júpiter se une con el animal que le es consagrado, pues es con el rayo que el dios combate y extermina a los titanes.

Detalle que merece ser subrayado, las enseñas de las tropas bárbaras no tenían Aquila: en los SIGNA AUXILIARIUM encontramos por el contrario animales sagrados o totémicos referidos a otras influencias, como el toro o el carnero. No fue sino más tarde cuan do estos signos se infiltraron en la romanidad, asociándose al Aquila y dando lugar frecuentemente a un doble simbolismo: el segundo animal añadido al Aguila en las enseñas de una legión representaba su característica, mientras que el Aquila permanecía como símbolo general de Roma. En la época imperial, la en seña militar se convirtió a menudo en el símbolo mismo del IMPERIUM.

Sabemos el papel que juega el Aquila en la historia sucesiva de los pueblos nórdicos y germánicos. Este símbolo parece haber abandonado por un largo periódo el suelo romano y transportado a las razas germánicas, hasta el punto de aparecer como un simboli mo genuinamente nórdico. Esto no es exacto. Se ha olvidado el origen del Aquila que figura aun hoy como emblema de Alemania, como lo fue también del Imperio Austríaco, último heredero del Sacro Imperio Romano Germánico. El Aquila germánica es simplemente el águila romana. Fue Carlomagno quien, en el año 800, en el instante de declarar la RENOVATION ROMANII IMPERII recuperó el símbolo fundamental, el Aguila y lo declaró emblema de su Imperio. Históricamente, es el águila romana quien se ha conservado hasta hoy como símbolo del Reich. Sin embargo esto no impide que desde un punto de vista más profundo, supra-histórico, pueda pensarse en algo más que en una simple importación. En efecto, el Aguila figuraba ya en la mitología nórdica, como uno de los animales sagrados consagrados a Odin-Wotan y este animal fue añadido a las enseñas romanas de las legiones, incluso figuraba sobre las cimeras de los antiguos jefes germánicos. Puede pues concebirse que Carlomagno, tomando el Aquila como símbolo del Imperio resucitado, tuvie ra presente a la Roma antigua y, simultáneamente de forma inconsciente, recuperaba también un símbolo de la antigua tradición ario-nórdica, conservado solo bajo la forma fragmentaria y crepuscular por diferen tes pueblos del período de las invasiones. Fuera como fuese, posteriormente el Aquila terminó por no tener más que un valor exclusivamente heráldico y se olvidó su significado originario y profundo.

Como muchos otros se convirtió en un símbolo que se sobreviviría y en consecuencia se convertirla en susceptible de servir de soporte a ideas y formas diferentes. Sería pues absurdo suponer la presencia "fonanbulesca" de concepciones como las que acabamos de recordar, por todas partes donde hoy se ven Aquilas sobre estandartes de emblemas europeos. Para no sotros, herederos de la antigua romanidad, podría ser diferente, igual que para el pueblo, hoy a nuestro lado, que es el heredero del Sacro Imperio Germánico. El conocimiento del significado original de simbolismo ario del Aquila, emblema resucitado de nuestros pueblos, podría incluso marcar el sentido más alto de nuestra lucha y relacionarse con esta tarea que repite en esto, en cierta medida, la aventura idéntica en la cual el antiguo pueblo ario, bajo el signo olímpico y evocador de la fuerza olimpica exterminadora de las entidades oscuras y titánicas, podría sentirse como la milicia de las fuerzas de lo alto, afirmar un derecho y una función superiores de potencia y orden.