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Reyes que curan. Por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Reyes que curan. Por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Un fenómeno que en la historia occidental medieval y hasta en el mismo comienzo de la era moderna ha impactado en muchos estudiosos por su carácter de singularidad, pero que tiene también un significado particular, es el de los reyes taumaturgos.

Existen testimonios precisos de que los reyes de Francia y de Inglaterra tuvieron el poder de curar a través de la imposición de sus manos o bien permitiendo al enfermo que los tocara. En Francia tal poder se manifestó primeramente en Roberto el Piadoso, y sus sucesores, comprendido san Luis, lo heredaron. Al transmitirse, el mismo se especificó de virtud de curar o aliviar a todas las enfermedades indistintamente al de curar la escrofulosis, una enfermedad en ese entonces sumamente difundida.

En Inglaterra tal poder taumatúrgico se afirmó en ciertos casos en contra de la misma peste. La fórmula era: "Le Roi te touche, Dieu te guérit", es decir, si el Rey te toca, Dios te cura. Y si en las antiguas crónicas se conservan rastros de tal creencia, de que ya los reyes merovingios poseían una fuerza milagrosa que impregnaba casi materialmente sus mismas vestimentas, la Inglaterra medieval conoció los denominados cramps-rings, anillos consagrados por los reyes, a los cuales se les atribuía un poder de curar la epilepsia y ciertas enfermedades musculares incluso más allá de la frontera del propio país.

En cuál medida el poder curativo estuviese asociado a la idea de la verdadera dignidad regia, lo dice el hecho de que Venecia, durante la guerra de los Cien Años, invitó a Felipe de Valois a decidir el conflicto dinástico entre Francia e Inglaterra demostrando la propia legitimidad justamente por el hecho de poder curar enfermos, "tal como suelen hacerlo los verdaderos reyes".

Pierre de Blois pudo escribir: "Lo confieso: asistir al Rey es para el sacerdote cumplir con algo santo. Él es el Cristo del Señor y no es en vano que él ha recibido el sacramento de la unción, cuya eficacia, si es que alguno lo ignorara o lo pusiese en duda, se encuentra ampliamente demostrada por la curación de esta especial peste y de la escrofulosis". El fenómeno taumatúrgico fue así constante en modo tal que alguien lo pudo llamar "el único milagro perpetuo, hereditario, de la religión cristiana".

Del lado gibelino, en contra de la tesis gregoriana, se insistió en afirmar que los soberanos recababan este poder no de su eventual santidad, sino de su simple condición de reyes. Hasta los siglos XIV y XV el milagro regio fue ampliamente utilizado por los defensores del carácter sagrado de la realeza.

En efecto, tal como lo resalta M. Bloch, al cual se le debe un estudio profundizado y bien documentado sobre el tema, "el milagro regio se presenta sobre todo como la expresión de una cierta concepción del supremo poder político". Esta concepción relativa al carácter sagrado de la realeza corresponde, tal como es sabido, a una tradición universal: el mismo testimonio concreto, bajo la forma de un poder sanador de tal carácter se encuentra también afuera del mundo cristiano y en épocas anteriores al mismo cristianismo.

En el cristianismo el carácter sagrado de los reyes se vinculó con el rito de la unción, que ya en el judaísmo había valido como aquel en virtud del cual un ser era investido de sacralidad, como profeta o vidente. Por lo demás, en la Edad Media aquel rito tuvo el carácter de un verdadero sacramento, diferente tan sólo por algunos detalles al rito de ordenación de los obispos. Fue tan sólo en el siglo XIII que, al haberse definido la doctrina de los sacramentos, la unción regia fue excluida, por lo cual la consagración asumió un carácter formal y externo, casi como una simple ceremonia: no fue más una acción que, otorgando al rey una fuerza real proveniente de lo Alto, le confería una dignidad paralela a la del sacerdote o del obispo regularmente ordenados, tal como anteriormente había sido sin más reconocido. Antes, en la exégesis de figuras como Golein, a la unción regia le era atribuido un poder de regeneración espiritual igual al del bautismo. De acuerdo a un texto de la Iglesia oriental, la misma habría incluso borrado la mancha del homicidio, estableciendo, como en el sacerdote, un character indelebilis, una cualidad que no se puede borrar. Y en la lucha en contra de la Iglesia, entre los emperadores suabos se asomó la doctrina de la "sangre real" como una sangre sagrada en sí misma, independientemente de la persona y del derecho formal.

Es de tal orden de ideas que deriva la concepción de los reyes que curan. La misma subraya justamente el carácter de sacralidad de los reyes, carácter comprendido no como una simple palabra o como un oropel retórico de cortesano, sino como algo real, real incluso físicamente. Aun en 1575 D’Albon escribía: "Aquello que ha hecho de los reyes objeto de tanta veneración han sido principalmente las virtudes y potencias divinas descendidas sobre ellos solamente y no sobre los demás hombres".

Éstos son horizontes que hoy en día a la gran mayoría de las personas les resultarán extravagantes e incluso supersticiosos. Aquella virtud taumatúrgica será cuanto más puesta en la cuenta de la sugestión. Pero esto no es sino rehuir el problema, porque el hecho mismo de una sugestión que en ciertos casos, a diferencia de los otros, se demuestra eficaz, se lo tendría que explicar: es la misma cuestión que se presenta respecto de las curaciones que acontecen en Lourdes y en otros lados. De cualquier forma, tal como justamente afirma Bloch, aquí interesa el testimonio de una determinada idea del supremo poder político, idea que, ya universalmente reconocida en el mundo tradicional, se supo conservar durante un cierto tiempo en los mismos marcos del cristianismo. Por lo demás, si hoy todo italiano siente todavía, aunque sea confusamente y en modo instintivo, que entre la dignidad de un rey y la de un presidente de la república cualquiera, de un dictador o un tribuno de la plebe existe un abismo insuperable, en esto se conserva todavía un último reflejo de aquella concepción.

 

Roma, 16 de febrero de 1955.

 

(16 de febrero de 2009, los tiempos últimos, es decir a 54 años de la redacción de esta nota, nos muestran que esa capacidad aun instintiva que pudieran expresar las comunidades de percibir la sacralidad del Estado ha desaparecido totalmente. En los mismos el poder político ha definitivamente asumido un carácter material y anti-metafísico, en donde el gobernante es uno más ’de los nuestros’; habiendo sido su antecedente primero en el proceso de decadencia de nuestra cultura el momento en el cual se derogó el rito de la unción regia y la ceremonia de coronación pasó a tener un carácter meramente formal, del mismo modo de lo que sucede hoy en día con los restantes ritos religiosos, los cuales son cada vez más meras instancias recordatorias carentes de carácter real y efectivo de transformación. El Estado ha dejado de ser por lo tanto un ente formativo y soberano para transformarse en una mera expresión de la voluntad general encargada simplemente de plasmar la naturaleza física de los habitantes de una comunidad a los cuales no debe modificar, sino simplemente garantizarles una buena administración de los servicios públicos, lo cual por otro lado en muchos casos ni siquiera llega a suceder de manera pasable. Ésta es pues la democracia o era de la decadencia terminal a la que se ha llegado en preciso contraste con la edad áurea en donde los gobernantes eran seres seres sagrados casi de otra naturaleza... Basta tan sólo mirar alrededor para percibir la profunda diferencia en donde quienes gobiernan, en vez de curar, más bien enferman.  M.G.)

La Mujer trata de valer tanto como el hombre. Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

La Mujer trata de valer tanto como el hombre. Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Hace poco hemos escuchado casualmente en una transmisión radial a un conocido director de revistas que presentaba a nuevos poetas. Se trataba finalmente de presentar también a poetisas. El aludido entonces manifestó que el término "poetisa" ya se  encuentra superado. Así como se ha reconocido como conveniente denominar "embajador" y no "embajadora" a la Señora Luce, del mismo modo -nos dijo- yo llamo arquitecto y no arquitecta a una sobrina mía y no hablaré entonces de "poetisas", sino de poetas, poniendo a un lado así estas "sofisticaciones gramaticales".

El tema nos ha sorprendido y se nos ocurriría preguntarle si al verse a una joven del tipo de Sofía Loren en reducida malla de baño junto a un hombre en orden consigo mismo, reputara que toda diferencia de sexos se redujese a una soslayable sofisticación gramatical. Permaneceremos en vez en el campo de las denominaciones para señalar diferentes equívocos.

Es posible -y agregaríamos que deseable- que al llaamar a Luce ’embajador’ y no embajadora no se hayan tenido susceptibilidades feministas, sino que se haya tenido presente el hecho de que en el uso corriente de la lengua ’embajadora’ ha significado la esposa del embajador. Lo mismo vale por ejemplo para el término ’presidenta’. Pero todavía nadie ha pensado en llamar profesor a una profesora o doctor a una doctora. Es en las profesiones en las cuales la mujer ha podido hace poco acceder, que por una especie de complejo de inferioridad se tiende a masculinizar el título: por ejemplo se ha dado el caso de que algunas abogadas han encontrado desagradable no ser llamadas ’abogado’.

Sin embargo, para subrayar tan sólo la cualidad ’neutra’ de ciertas profesiones, sería necesario que nuestra lengua tuviese, del mismo modo que la alemana, un género neutro, además del masculino y femenino. Porque, si fuese en vez con intención que por ejemplo se dice en masculino ’abogado’ en vez que ’abogada’, es evidente que en el fondo se arriba a lo opuesto de la tesis feminista: es decir, se continúa considerando como masculina a la esencia de algunas ocupaciones, hayan sido o no accedidas por mujeres.

El denominado ’problema de la mujer’ es de vieja data, y hoy se considera falsamente superado. Para toda persona dotada de un justo discernimiento algunos puntos deben quedar claros. Todo ser humano se compone de dos partes, la una externa, cerebral, social, práctica; la otra profunda, esencial. La primera podemos definirla como su máscara, la otra como su rostro. La primera es en gran medida algo construido, adquirido. Ella se define con dotes y facultades en gran medida ’neutras’ y generales. La segunda, es la naturaleza propia de cada uno, su verdadera personalidad. En los individuos, sea una como otra parte puede estar en mayor o menor medida desarrollada. Pero ello no está sin relación con el tipo de civilización en la cual ellos viven.

Existen en efecto civilizaciones que dan preeminencia  a todo lo que es práctico, exterior, cerebral, adquirible, no cualitativo. En tales civilizaciones resulta fatal una hipertrofia del aspecto ’máscara’ (de la individualidad exterior) en detrimento del aspecto ’rostro’ (la verdadera personalidad); siempre menos son requeridas en éstas las cualidades condicionadas por el propio ser más profundo, de aquello que hace en modo tal que un determinado ser sea justamente aquel ser, y no otro; en suma, justamente lo relativo a la ’personalidad’. En tal marco también las diferencias entre los sexos se convierten en irrelevantes, secundarias. Ahora bien, la civilización moderna es justamente de este tipo, y por ser así las mujeres han invadido casi todos los campos. En efecto, debido a la primacía de lo práctico, de lo cerebral, de la estandarización y tecnificación de casi todas las ocupaciones modernas, no se ve más por qué éstas deban ser monopolio de los hombres. Considerando aquello que para esto se requiere, también las mujeres, con un poco de buena voluntad y de aplicación, pueden ponerse en un mismo plano. Es justamente aquello que están haciendo, en especial en los países en donde el verbo de la democracia absoluta reina de manera soberana.

Pero en cuanto al significado interno de estas ’conquistas’ femeninas, no hay que ilusionarse: representa un significado de renuncia. Ya en lo relativo al feminismo se ha dicho justamente  que el mismo no ha realmente combatido por los ’derechos de la mujer’, sino más bien, sin darse cuenta, por el derecho de la mujer de hacerse igual al hombre, es decir por el derecho de la mujer a desnaturalizarse, a traicionarse a sí misma. Resulta curioso cómo la mujer moderna no haya para nada entendido que al no soportar, al considerar casi como ofensivo el ser considerada como ’tan sólo mujer’, la misma ha demostrado un verdadero complejo de inferioridad, ella misma ha pronunciado inconscientemente un juicio negativo injusto sobre la feminidad: lo cual es lo opuesto a toda verdadera reivindicación relativa a aquello que ella es justamente como mujer y no como hombre. Y un reflejo residual de esta actitud errada y renunciataria se lo tiene justamente en el rechazo respecto a que las denominaciones de las mismas profesiones en sí mismas ’neutras’, se encuentren en femenino, es decir que nos recuerden en todos los casos de ser mujer, en vez que en masculino.

Para los seres anacrónicos como nosotros todos éstos son síntomas de que más que encontrarnos con una civilización ’evolucionada’, estamos yendo a paso agigantado hacia una civilización de ’sin casta’, de parias: puesto que así deberían ser llamados todos aquellos que por analogía no son más fieles a sí mismos, a su naturaleza más profunda, a la cual siempre corresponden funciones específicas y vocaciones no permutables. No se entiende que es en el ser y en el deseo de ser tan sólo mujer y no en descender hacia el plano en el que las diferencias son borradas o no son más requeridas, que la mujer puede valer exactamente de la misma manera que el hombre, e incluso si no más, por la misma razón que un campesino fiel a su tierra que realiza plenamente su función es superior a un príncipe incapaz de realizar la propia.

Todo esto es cuestión de sensibilidad: de una sensibilidad que hoy tiende cada vez más a desaparecer.

 
Roma, 15 de septiembre de 1955


(Hoy el feminismo, es decir aquella corriente por la cual la mujer trata de emanciparse del señorío del hombre, del ’machismo’, ha dado un paso más hacia la disolución. Del deseo por ser iguales señalado aquí por el uso del género masculino para referirse al ejercicio de una profesión con independencia del sexo al que se pertenezca, se ha pasado a la idea de la superioridad de la mujer respecto del hombre, la que sería capaz de realizar mejor los fines de la sociedad, en este caso concebida en forma matriarcal, moderna y ’materialista’ (de mater = madre), el que sería mejor llevado a cabo por alguien perteneciente a tal sexo. Esto es lo que explica entre otras cosas el énfasis con el cual nuestra presidente exigió que se la denominara con el género femenino, es decir ’presidenta’, a pesar de que ello pudiese haberse confundido con quien ejerce la función de esposa del presidente. En fin, 54 años más tarde el feminismo ha profundizado su tendencia, del anhelo por la igualdad absoluta requerida en un primer momento, ha pasado a la consecuencia lógica de todo impulso hacia la disolución: la superioridad pretendida esta vez poniendo énfasis en el ’género’ al señalar el ejercicio de la función. M.G.)

Cosmovisiones cíclicas y cosmovisiones lineales (por Eduard Alcántara)

     Vamos a confrontar las insalvables diferencias existentes entre el Mundo Tradicional y el mundo moderno por medio del contraste entre la manera de entender y vivir la existencia del hombre a lo largo del parámetro tiempo en uno y otro mundos.

     Primeramente deberíamos señalar que, aunque nos hallemos en plena vigencia de la disoluta  modernidad, la bandera de la restauración de los valores de la Tradición debería ser nuestro referente y no tendría, en consecuencia, que hacernos considerarla como a una realidad periclitada.

     También conviene aclarar que no es éste un espacio dedicado a fijar qué se entiende, o qué entendemos, por Tradición, por cuanto el tema central a tratar es el que viene definido por el título. De todos modos ciertos rasgos definitorios suyos aparecerán en algunos de los párrafos que irán sucediéndose.

     Apuntado lo cual pasaremos a constatar que el Hombre Tradicional siempre concibió el transcurrir del tiempo bajo un prisma cíclico. Así pues, a lo largo del año conmemoraba y revivía mitos de contenido Trascendente a través de la ejecución en fechas determinadas de ritos y ceremonias de carácter mágicooperativos que propiciaban su transformación interior y su identificación sustancial con la Esencia Metafísica que se hallaba en la base y en el origen de dichos mitos rememorados. Lo importante era, pues, propiciar esta identificación con el Ser o Principio Supremo de manera cíclica a través de la realización de estos ritos sagrados que se iban, pues, repitiendo periódicamente; por esta razón se ha hablado del ´mito del eterno retorno´. Primaba, pues, el Ser a diferencia del devenir que prevalece omnímodamente en nuestro deletéreo mundo moderno; devenir que arrastra a nuestro contemporáneo y desarraigado hombrecillo-espantajo en medio de una vorágine sin rumbo y sin sentido.

     En el mismo orden de cosas la Tradición entendió que la humanidad siempre pasaba, a lo largo de sus sucesivas generaciones, por una serie de edades o etapas diferentes que, una vez completado el ciclo, volvían a repetirse bajo el signo de unas premisas concretas aunque adaptadas a las nuevas situaciones espaciotemporales. En el mundo indoeuropeo siempre se habló en sus textos sagrados de las cuatro consabidas edades: las de oro, plata, cobre y hierro de la tradición grecorromana o las de los cuatro yugas de la indoaria. Cada una de estas etapas suponía una regresión del hombre en cuanto se alejaba paulatinamente de su origen divino para ir, poco a poco, materializando su manera de entender y de vivir la existencia; regresión opuesta a la idea de progreso continuo de que se vanagloria el mundo moderno y que en realidad no se trata más que de un proceso progresivo y acelerado de desespiritualización y de bestialización, esto es, de una fuga del hombre hacia adelante en su enfermiza obsesión de alimentar, alentar y sobresaturar sus apetencias fisiológicas y de dar rienda suelta y desenfrenada a sus apetitos, instintos y pasiones más bajos y animalescos. Estamos, por ende, hablando, por un lado, del Hombre-Dios que, según el pensamiento Tradicional, se va bestializando paulatinamente y, por otro lado, del animal simiesco que, según uno de los subproductos de la modernidad –el evolucionismo-, progresa hasta convertirse en humano; y es que esta idea de ´progreso´ continuo emana de la concepción lineal que de la historia de la humanidad hace gala el mundo moderno.(1)

      Dentro de esta concepción marcada por la fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´ la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo. La dinámica  económica, social, cultural y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable, consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .

     El ´mito del eterno retorno´ al que aludíamos anteriormente o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación  en el terreno de la inmanencia. Así pues cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se demuestra que, según los parámetros de la Tradición, es un ser activo sino que también deja bien patente dicha cualidad cuando desvaloriza el interés por su devenir histórico y convierte en puntal de su existencia su aspiración  a desarrollar su Ser, su esencia metafísica, apoyándose, a menudo, en los rituales sacros que anual y cíclicamente se iban repitiendo en fechas determinadas y a los que hemos aludido en alguno de los anteriores párrafos del presente escrito.

      Podemos también hacer recordar, como muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde la Edad de Oro o Satya-yuga hasta la de Hierro, del Lobo, Oscura o Kali-yuga puede ser, aunque sea temporalmente, truncado por él, tal como se puede constatar con los llamados Ciclos Heroicos, en los cuales la casta de los guerreros supera su simple condición de poseedora de fuerza física, es decir, su sola condición humana para impregnarse de sacralidad y aspirar a la misma inmortalidad de los dioses y a la restauración del Orden de la Edad Primordial ante las fuerzas amenazantes del caos: así nos lo narran las sagas aqueas con los Hércules, Aquiles, Teseo,…y así nos lo cuentan los ciclos artúricos con el mismo Arturo y con sus Caballeros de la Tabla Redonda. Se trata de un intento contracorriente de restaurar la unidad del Hombre Primordial, del Hombre de los Orígenes cuyo cuerpo y cuya alma formaban un todo armónico con su espíritu; cuya llama divina e inmortal se hallaba todavía lejos de extinguirse.

      Llegados a este punto nos imponemos la siguiente pregunta: ¿dónde deberíamos remontarnos para encontrar los orígenes de la moderna concepción lineal del existir? Y para facilitar una respuesta medianamente diáfana bien nos vendrá el recurso de la comparación. Así pues, como hemos hecho constar párrafos más arriba, mientras la Tradición de los pueblos indoeuropeos hacía frente común con aquella percepción cíclica o esférica de la existencia que queda bien definida en la doctrina de las cuatro edades, hubo –y sigue habiendo- pueblos como el hebreo que ya desde tiempos muy remotos concibió linealmente su transcurrir en el tiempo. Y este pasivo dejarse llevar por un movimiento de inercia hacia adelante, esta ausencia de posibilidad de modificar este rumbo que no suponía, ni supone, más que una especie de caída ´libre´ en el vacío no podía ser cortocircuitado –permítasenos el vocablo- más que con el advenimiento del mesías, del salvador. Esta posibilidad de modificación no surgió, en el seno de las creencias de dicho pueblo, sino en un momento bastante tardío de su discurrir en el tiempo: concretamente en la época de sus profetas y por boca de ellos.

     Del judaísmo, y con algunas lógicas variantes, esta cosmovisión lineal pasó a un cristianismo que fue desplazando, allá donde fue consolidándose, a la visión cíclica Tradicional del existir. El cristianismo, el judaísmo, el islamismo, al igual que otras religiones, ya periclitadas, del mundo antiguo y de naturaleza pelásgica, ctonia, telúrica,… crearon un hiato ontológico insalvable entre lo Trascendente y el hombre, puesto que le desposeyeron a éste de su espíritu, de su nous, de la naturaleza divina que, para la Tradición, anida en él y no le dejaron más vía de relación con lo divino que la que ofrece toda religión que rechaza cualquier tipo de esoterismo: la vía pasiva de la devoción, de la fe, del creer y de la sumisión a un dios o a unos dioses cuya esencia suprasensible él no posee y no puede, por tanto, compartir. El hombre no se encontrará, pues, más en una posición de tú a tú con la divinidad sino que se deberá de humillar ante ella, puesto que es un ser inferior que ya no comparte su misma esencia metafísica y que ha perdido la posibilidad de, a través de la iniciación, despertar la semilla divina que anida en su interior  para transformarse y poder tener acceso a la Gnosis o Conocimiento de la Trascendencia y al Despertar o Iluminación espiritual.

     A este hombre al que se le ha amputado su estrato sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel. Ya no podrá entender más sobre lo Trascendente, tal como anteriormente sí le era posible gracias a lo que él poseía de más que humano; de sobrehumano, diríamos. Sin espíritu únicamente le queda el alma, la psyqué, la mens para vivir ´en orden´ con su/s dios/es. Es decir, que ya sólo cuenta con medios meramente humanos que su mente pone a su disposición, a través de la fe y la creencia, para ser ahora no más que un fiel devoto de su/s divinidad/es. Y cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva a nadie le puede extrañar que la facultad racional que en ella está inmersa pueda interrogarse, poner en tela de juicio y dudar de cualquier realidad: incluida la Realidad Trascendente. Estamos, pues, en los albores del racionalismo y en la antesala del agnosticismo y del materialismo. Estamos, en definitiva, en un punto en el cual el ser humano ha perdido referentes espirituales que le proporcionaban solidez y se aturde y sufre si se pone a meditar y a tomar conciencia sobre su vacío interno. La angustia existencial puede llegarle a tal nivel que opta por enterrar cualquier viso de lucidez mental -que le podría llevar a reflexionar sobre el páramo interno que alberga- por un lado inflamando hasta la turbación sus sentimientos y sus pasiones y/o, por otro lado, dándole rienda suelta a sus pasiones e instintos más bajos e intentando alimentar en la medida de sus posibilidades sus necesidades más primarias y materiales, como consecuencia de todo lo cual ya tenemos a nuestro hombre de este disoluto y disolvente mundo moderno abocándose a esta fuga frenética hacia adelante sin rumbo fijo, sin valores y sin referentes Superiores que puedan sustraerlo de la vorágine en que de una manera pasiva es arrastrado dentro de esta lógica lineal que caracteriza a nuestra deletérea época actual.

     Para que veamos aún con más claridad las relaciones existentes entre estas religiones devocionales y la nefasta modernidad podemos resaltar la naturaleza materialista que las mismas revisten. Podemos, por este camino,  poner en evidencia cómo la religión mosaica no fue sino hasta épocas no muy alejadas de las del nacimiento de Jesús cuando, de manera ni mucho menos generalizada, empezó a admitir una especie de mundo celestial tal como, más o menos, lo concibe el cristianismo. A pesar de lo cual, su tema central es el de un ´paraíso terrenal´  al que se accederá ´al final de los tiempos´ una vez acontecida la resurrección de la carne. El hombre carece, según el hebraísmo, de espíritu, por lo que tras la muerte física nada le sobrevive al cuerpo y no queda más que esperar a los citados y lejanos tiempos en los que la carne resucite. Hemos de señalar que la consideración de la existencia de una sola componente en el ser humano corresponde a una concepción monista de la vida que como mucho permite la licencia de poder hablar de ´cuerpos espiritualizados´. Se nos permitirá que cambiemos, por un momento, de plano para ilustrar con un ejemplo muy esclarecedor lo que estamos señalando: véase con qué celo los judíos más ortodoxos recogen y reúnen en bolsas los restos separados y/o esparcidos de algún cadáver de un correligionario suyo muerto de manera violenta; pues no olvidemos que, para el hebraísmo, es la carne la que resucitará en un futuro.
 
    Estas creencias mosaicas impregnaron en un muy considerable grado a un cristianismo que también habla de la ´resurrección de la carne´ y de la ´resurrección de los muertos´ y que utiliza fórmulas como aquella empleada en la ceremonia matrimonial de ´hasta que la muerte os separe´, pareciendo, así, vetar la posibilidad de la continuación, más allá de la muerte física, del vínculo sacramental creado entre los dos cónyuges; y es que, una vez más, la vida de  la  materia -del cuerpo- parecería la única existente.

     Esta concepción materialista se repite también en el islamismo. ¿O no es chocante que una religión ofrezca a quien es capaz de inmolarse por ella, de morir combatiendo por Allah, un paraíso en el que poseerá y disfrutará de lujosos palacios de jade, repletos de numerosísimos harenes y en el que gozará de un estado de erección permanente, eterna…? ¿Hablamos de espiritualidad o hablamos de líbido y de instintos primarios? ¿Hablamos de un estado del Ser que debería de haber superado el mundo de los sentidos –es decir, de un estado Suprasensible del Ser- o hablamos de materialismo en sentido estricto?

     Podríamos concluir estas líneas con un poco de terminología e indicar cómo después de haber expuesto muchas de las reflexiones de este escrito se verá lo acertado de algunos autores al emplear la expresión ´Civilizaciones del Ser´ -las cíclicas de la Tradición- y su opuesta ´Civilizaciones del devenir´ –las lineales del mundo moderno-.
 
(1) En otro artículo al que titulamos ´Contra el darwinismo´ se podrá encontrar una extensión de nuestro alegato antievolucionista.

(c) Eduard Alcántara - Septentrionis Lux
    
     

El Islam y la Tradición (por Eduard Alcántara)

     Frente a los procesos disolventes y corrosivos que le son inherentes a este nuestro mundo moderno, hay quien desde posiciones propias a las de la Tradición contempla el actual resurgir de la fe islámica y el fortalecimiento de las tesis integristas musulmanas como el rescoldo principal en el que ella –la Tradición- pervive o se testimonia. Ante la desacralización de la vida y de la existencia que azota, con cada vez mayor virulencia, sobre todo a Occidente, los hay que ven la actual eclosión del fundamentalismo mahometano como una revuelta integral protagonizada por los valores sacros y perennes.

     Ante lo cual nos formulamos la siguiente pregunta:

     ¿Se parangona la religiosidad islámica con los parámetros básicos que informan lo que conocemos como Tradición o, más bien, la fe sarracena se colocaría al nivel de los primeros peldaños que, desmarcándose ya de dicha Tradición, hacen descender al hombre por los vericuetos sombríos del mundo moderno?

     Y nuestra respuesta apunta hacia la segunda opción. Y apunta hacia ella porque en el mundo Tradicional al hombre que atesoraba en su interior potencialidades de desapego con respecto a todo aquello que pudiese condicionarlo y mediatizarlo, a ese hombre se le ponía a su alcance la posibilidad de emprender el arduo y metódico camino del descondicionamiento interno que representaba el paso previo para la posterior adquisición del Conocimiento de lo Trascendente e Incondicionado, gracias, esto último, a lo que algunas doctrinas sagradas han denominado como el Despertar.

     Y si consideramos al hombre integralmente en sus tres dimensiones –a saber: cuerpo, alma o psique y Espíritu- este Despertar acontecía en el plano del Espíritu, es decir, en el plano de lo que es más que humano. En un plano que si se consigue ser activado nos abre la visión y el Conocimiento de la Realidad Suprasensible y Metafísica que nos Trasciende y que, por otro lado, se halla ignota para el hombre mutilado de nuestras petrificadas civilizaciones.

    Y esta dimensión del Espíritu empezó a ser amordazada por los primeros embites del mundo moderno. Empezó a ser anestesiada hasta llegar a sumírsela en un sueño casi perpetuo. Se imposibilitó el que el hombre con potencialidades Superiores pudiese optar a su transformación ontológica interior.

     ¿Y qué le fue quedando a este hombre mutilado de Ser; mutilado de lo Trascendente que anida en su fuero interno, pero ya en eterno letargo? Pues le fue quedando lo que de mero hombre tiene; lo que le conforma como un ser condicionado. Le fue, tan sólo, quedando su cuerpo y su alma o mente. Y, en consecuencia, si quería seguir sacralizando –ahora con minúsculas- su vida y su existencia –o, al menos, parte de ellas- se tenía que empezar a conformar con sentir piadosa devoción por lo divino y con profesarle fe a la divinidad. Ya no podía más Conocer y hacerse uno con lo Trascendente, pues la semilla Espiritual que anidaba en su interior, y que compartía la misma esencia con lo Trascendente, se hallaba fatalmente adormecida.

    Su alma o psique era un conglomerado de naturaleza humana y perecedera y no era, pues, una herramienta que le pudiese acceder a lo Sobrehumano e imperecedero, sino que sólo le podía servir para creer en ello. Las doctrinas sapienciales, esotéricas e iniciáticas habían sido, de esta manera, olvidadas y el hombre se limitó a formas de simple devoción, religiosidad; a formas, en definitivas exotéricas. Se ciñó al mero cumplimiento de normas morales y de ritos vacíos, con el simple fin de estar a bien con la divinidad y conseguir, así, una salvación que se hacía fácilmente accesible a todos. Un salvación, pues, de carácter igualitario, pues para conseguirla era suficiente con cumplir como un buen creyente dichos preceptos morales y dichos rituales, como decíamos, vacíos y carentes de poder –como soporte y símbolo- de transformación interior. Anótese, pues, que el Despertar o Iluminación al que en el Mundo Tradicional únicamente podían tener acceso unos pocos seres Superiores –en cuanto a su cualificación interior se refiere-, tenía, pues, un carácter aristocrático (de ´aristos´= los mejores), mientras que la doctrina de la salvación, propia de una religiosidad inherente a la caída de nivel del mundo moderno, tiene unas connotaciones igualitarias y, por ende, democráticas, debido a una promiscuidad (=cantidad) que es producto de la facilidad que existe para alcanzarla.

     No cabe duda de que el Islam encaja totalmente en este tipo de religiosidad descrita como consustancial al mundo moderno. Hablamos de religiosidad y no de espiritualidad, pues la dimensión del Espíritu hemos, ya, explicado, cómo fue siendo domeñada coincidiendo con los estertores de la Tradición. Y hablamos de una religiosidad, como la musulmana, que hemos de definir como de pasiva y devocional y, en consecuencia, opuesta, a aquella Espiritualidad que definió al Mundo Tradicional y que hay que calificar como de activa, por cuanto era el Hombre Superior el que consciente y soberanamente emprendía el difícil y riguroso camino de la autotransformación y autorrealización interiores. Camino que le iba convirtiendo en señor de sí mismo y dominador mayestático de miedos, bajos impulsos, instintos primarios, emociones, sentimientos desatados y
pasiones turbadoras. Y señor de sí mismo que contrasta con el ideal de sumisión que predica el Islam; cuya etimología es precisamente ésa: sumisión.

     Un Islam, por tanto, que representa un tipo de religiosidad -por ser pasiva y meramente devota- lunar. En contraposición a una Tradición cuya Espiritualidad siempre fue –por su esencia activa- Solar y Olímpica.

     No está en lo cierto aquel que quiera hacer partícipe al Islam de un tipo de Espiritualidad activa, argumentando que en su seno se desarrollaron corrientes de carácter esotérico y, por tanto, de genuina transustanciación interna de la persona. Y no está en lo cierto porque siempre se trató de corrientes que, tras la cortina de una aparente obediencia musulmana, eran portadoras de una cosmovisión y de unos objetivos ajenos a los de la religiosidad oficial existente en los territorios en los que tomaron cuerpo. Y tomaron cuerpo precisamente en zonas de población de origen eminentemente, o considerablemente, indoeuropeo en las que unos pocos siglos antes el Islam no había hecho todavía acto de presencia en forma de invasión militar y en las que la fe mahometana no había conseguido aún barrer algunos de los restos de una Espiritualidad Superior y Solar que habían subsistido hasta el momento de dicha irrupción militar. Y nos referimos a la zona ocupada de la Península Ibérica –Al Andalus- y a Persia. Y como algunos de sus más destacados representantes resaltaríamos al maestro sufí murciano Ibn Arabí (siglos XII y XIII) y al también sufí persa Al Hallaj  (siglos IX y X); quien, como dato significativo, fue torturado y ejecutado por salirse de la ortodoxia marcada por la religión musulmana (esto es, por transitar por la vía Olímpica del Despertar y del Conocimiento de lo Absoluto). Igualmente Persia fue testigo de la aparición de otra orden de naturaleza esotérica e iniciática: la de los ismaelitas.

     Es bien significativo que estas vetas de Espiritualidad Superior no se desarrollaran en el seno de etnias de extracción no indoeuropea, pues hemos de tener bien presente que pueblos como los semitas -entre los que mayoritariamente se expandió inicialmente el Islam- siempre se adhirieron, y se siguen adhiriendo, a un tipo de religiosidad pasiva y lunar; y esto es debido a su idiosincrasia particular y a sus nulas potencialidades de cara a emprender vías iniciáticas de elevación hacia una Conciencia Superior.

     Quede, pues, claro que ante el embrutecimiento extremo representado por el actual Occidente plutocrático, hedonista, tecnocrático, consumista, deletéreo y disoluto, el Islam no representa al Mundo de la Tradición, sino que se enmarca dentro de la fisonomía y los rasgos generales de los primeros procesos de decadencia que acontecieron en el devenir de lo que conocemos como el mundo moderno. Primeros procesos de decadencia que, como hemos visto, cercenaron la dimensión Trascendente del hombre y le abocaron a que su psique, alma o mente se quedara sin su Superior referente Espiritual y se recluyera en lo máximo a lo que
podía, ahora, aspirar si miraba hacia lo Alto: en la simple devoción y pía y sumisa creencia.

     Y tengamos presente que cuando la mente se ha quedado sin este referente Superior –el Espíritu-, su autonomía resultante y su falta de guía y eje Supremo le puede ir abocando –como así ha ido aconteciendo, especialmente, en Occidente- a la creación de monstruos como lo son el racionalismo –como absolutización y degradación de la razón-, el iluminismo del período de la Ilustración, el positivismo o el más abyecto materialismo propio de esta etapa crepuscular por la que transita el mundo moderno.

PRO TRADITIO OMNIA

(c) Eduard Alcántara -Septentrionis Lux

 

    

 

          

 

 

Doctrina y Etica Aria, Julius Evola

Ha aparecido en Argentina, editado por Sieghels, el volumen Doctrina y Ética Aria de Julius Evola. El volumen incluye distintos textos que en su mayoría ya se encuentran incluidos en esta Biblioteca Julius Evola. Reproducimos la nota introductoria y el sumario

 

El término "ario" se refiere, en general, a una "raza del espíritu" de origen hiperbóreo empeñada en una especie de lucha metafísica y que tiene como propio un especial ideal de Imperium, concibiendo al jefe como el "rey de reyes"; más en particular, en su extrema pureza, el mismo comprende en primer lugar el ideal de una alta pureza biológica y de una nobleza de la raza del cuerpo; en segundo lugar, la idea de una raza del espíritu, de tipo "solar", con rasgos sacrales y simultáneamente de realeza y dominadores: raza de verdaderos superhombres.
El símbolo ario es solar, en el sentido de una pureza que es fuerza y de una fuerza que es pureza, de naturaleza radiante que tiene la luz en sí.
Finalmente, por lo que se refiere a los principios éticos correspondientes, son característicamente arios el principio de la libertad y de la personalidad por un lado, de la fidelidad y del honor por el otro. El Ario tiene el placer por la independencia y por la diferencia, tiene una repugnancia por todo tipo de promiscuidad; pero ello no le impide obedecer virilmente, de reconocer a un jefe, de tener el orgullo de servirlo según un lazo libremente establecido, guerrero, irreductible al interés, a todo lo que se puede vender y comprar y, en general, reducir a los valores del oro.
En su conjunto, se trata de un clasicismo del dominio y de la acción, de un amor por la claridad, por la diferencia y por la personalidad, de un ideal "olímpico" de la divinidad y de la suprahumanidad heroica, junto a un ethos de la fidelidad y del honor, aquello que caracteriza al espíritu ario.
Es esencial que la expresión "ario" no decaiga en una simple designación negativa. Es necesario mantener siempre presentes los supremos puntos de referencia, los conceptos-límite, las líneas de altura. Esta orientación, inalcanzable o fantasiosa para algunos, puede en cambio despertar en los otros una tensión creadora, suscitadora de superiores posibilidades.
A ese sentido está orientado el presente libro.

(Doctrina y Ética Aria - Julius Evola - Ediciones Sieghels - Argentina)

 

ÍNDICE

Prólogo...............................7
Qué quiere decir “ario”...............................17
El elemento solar y heroico de la antigua raza aria...............................21
Espiritualidad aria o solar o viril...............................25

Doctrina aria de lucha y victoria...............................31
Ética aria...............................45
I- Rostros del heroísmo...............................45
Subpersonalidad bolchevique ...............................46
La mística japonesa del combate ...............................47
La “devotio” romana ...............................49
II- El derecho sobre la vida...............................51
Enseñanzas arias...............................53
¿Es “mía” la vida? ...............................54
Pruebas de reacción sobre el destino ...............................55
III- Fidelidad a la propia naturaleza...............................57

Metafísica de la Guerra...............................65
La espiritualidad pagana en el seno de la edad media católica...............................87
I. Introducción...............................87
II. El despertar nórdico-ario de la romanidad...............................89
III. El ethos pagano del feudalismo...............................91
IV. La Tradición secreta del Imperio...............................93
VI. El “Graal” y la “Dama” ...............................102
VII. Conclusión...............................107

Las malas interpretaciones del neo-paganismo...............................109
Acerca de la Tradición Hiperbórea...............................117
La Tradición Nórdico-Aria...............................127
Acerca de la “Fidelidad”...............................143
Raza y Cultura...............................147
La determinación ario-romana de la Italia Fascista...............................153
La Contribución de la romanidad a la nueva Alemania...............................167
La luz del Norte................................168
El afecto antirromano................................170
Dos nostalgias................................171

Simbolismo del Águila...............................173
El doble rostro del epicureísmo ...............................179
Virilidad espiritual - máximas clásicas -...............................183
Navidad Solar...............................197

 

El tiempo cíclico - 3 clips sobre la concepción tradicional del tiempo





 

 

Tres interesantes vídeos sobre la concepción cíclica del tiempo que muestran con bastante precisión y exactitud las mismas tesis que compartieron Evola, Guénon y Eliade.

 

 

 

Libros de Julius Evola impresos en Argentina

En el siguiente enlace de Librería Argentina se puede encontrar una relación de los libros de Julius Evola que actualmente se encuentran a disposición del público de lengua castellana. La propia distribuidora advierte que no dispone de todos los títulos, sin embargo la web constituye un interesante aproximación a la obra de Evola en castellno impresa.

Prólogo a El mito de la sangre de Julius Evola.

La obra que aquí editamos por vez primera en nuestra lengua representa el más fundamentado y extenso trabajo que se ha escrito sobre el movimiento racista desde sus mismos orígenes en la Antigüedad hasta la concepción que lo hiciera famoso a Adolfo Hitler. Si bien dicho texto posee una finalidad principalmente expositiva, pueden hallarse en el mismo varias pinceladas de lo que nuestro autor manifestará más tarde en otra obra suya La raza del espíritu en la que aparecen expuestas sus posturas críticas respecto de las corrientes racistas de su tiempo, sin por ello incurrir en una postura moderna y ambientalista. Con la edición de este importante texto de Julius Evola Ediciones Heracles continúa con su esfuerzo por publicar las principales obras del pensamiento tradicional alternativo, expresamente silenciado por el poder moderno.(Ediciones Heracles)