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Biblioteca Evoliana

Metafísica del Sexo: 15. Biologización y caída del eros

Metafísica del Sexo: 15. Biologización y caída del eros

En el Banquete platónico, Diotima parece primeramente polemizar con Aristófanes. Dice que, a través del amor, todos los hombres tienden hacia el bien y que "la esencia eterna del amor consiste en poseer el bien", no la mitad de la que se carece o el todo (21). Pero, en realidad, se trata de lo mismo, aunque expre¬sado en términos diferentes, al tener el "bien", en la concepción helénica, un significado no moral, sino ontológico, hasta el punto de identificarse con el estado de aquello que "es" en sentido eminente, de aquello que es perfecto y completo. Y es a esto a lo que se hace alusión con el mito del andrógino bajo la forma de una fábula. Diotima dice después que "la ardiente solicitud y la tensión" del que tiende a aquel fin toma la figura específica de amor en relación con la "fuerza creadora innata en todos los hombres, según el cuerpo y según el alma", que mira al "acto de la procreación en la belleza"; lo que es el caso "también en la unión del hombre con la mujer". Y afirma: "En el viviente que, sin embargo, es mortal, esta unión es raíz de inmortalidad" (22).

El significado, ya indicado, de la metafísica del sexo recibe aquí, por un lado, confirmación: aspiración a la eterna posesión del bien, el amor es también aspiración a la inmortalidad (23); pero, por otro lado, en la doctrina de Diotima se pasa a una físi¬ca del sexo que curiosamente casi anticipa los puntos de vista de Schopenhauer y de los darwinistas. La naturaleza mortal, al ser atormentada y transportada por el ímpetu del amor, busca alcan¬zar la inmortalidad en forma de continuación de la especie, engendrando. "Por este solo medio —dice Diotima— se puede conseguir aquí [la inmortalidad] por el acto de la. generación, en cuanto siempre ella no deja sobrevivir uno diferente, en el puesto del ser antiguo." Y habla de un hombre casi superindi¬vidual que, a través de la cadena ininterrumpida de las generacio¬nes, se continúa, gracias al eros procreador. "Respecto a cada ser viviente... se afirma que él no conserva jamás en sí las mismas cualidades; sin embargo, se le considera como una personalidad siempre idéntica, mientras va renovándose continuamente, a pesar de la destrucción de algunas de sus partes, en sus cabellos, en sus carnes, en sus huesos, en su sangre, en todo su organismo... Análogo a este es el procedimiento mediante el cual cada ser mortal no perece: no en el conservarse perfectamente igual a sí mismo, como ocurriría a un dios", sino en el hecho de que el individuo que envejece, se desgasta y muere sea siempre sustituido por otro individuo. Es justamente la inmortalidad como perennidad de la especie (24). Y Diotima habla verdaderamente como un darwinis¬ta, explicando en estos términos el sentido más profundo, no sola¬mente del impulso natural de los hombres a actuar de forma que su raza no se extinga, sino también del impulso que, directamente, sin estar dictado por ningún razonamiento, impulsa a los animales, además de al acoplamiento, a sacrificios de todo género para ali¬mentar, proteger y defender la primogenitura (25).

No es casual que esta teoría fuera puesta en boca de una mujer, en primer lugar, y, en segundo lugar, de Diotima de Manti¬nea, iniciada en los Misterios que bien se podrían llamar "los Misterios de la Madre" y que remiten al substrato prehelénico, preindoeuropeo de una civilización telúricamente y ginecocráti¬camente orientada. Reservándonos volver sobre esto, diremos aquí solamente que, para una tal civilización, que pone el misterio de la generación física casi en la cima de su concepción religiosa, el individuo no tiene una existencia en sí; él es caduco y efímero, siendo eterna en él solamente la sustancia maternal cósmica en la que se disuelve de nuevo pero en la que eternamente pululará: de la misma manera que en el árbol nuevas hojas volverán a brotar en el lugar de las hojas muertas. Esto es lo opuesto al concepto de la inmortalidad verdadera y olímpica que, por el contrario, implica la rescisión del vínculo naturalístico y telúrico-materno, la salida del círculo eterno de la generación, la ascensión hacia la región de la inmutabilidad y del ser puro (26). Más allá de los aspectos de una desconcertante modernidad darwiniana, lo que se trasluce en la erotología expuesta por Diotima es pues el espíritu de la arcai¬ca religión pelásgica y telúrica de la Madre. Cuales sean "los más altos misterios reveladores" a los que ella hace alusión (27), lo veremos más adelante. Aquí, es esencial hacer notar que con la teoría del andrógino y con la de la supervivencia en la especie se tienen dos teorías efectivamente antitéticas, la una de espíri¬tu metafísico, uraniano, viril y, eventualmente, prometeico; la otra de espíritu telúrico-maternal y "físico".

Pero, aparte estas antítesis, todavía más importantes es considerar el punto de transición ideal de una hacia la otra, y el sentido de tal traspaso. Es evidente que la "inmortalidad telú¬rica" o "temporal" es una pura ilusión. A este nivel, el ser absolu¬to escapa al individuo, indefinidamente: al engendrar, éste dará siempre de nuevo la vida a otro ser afectado por su mismo esfuer¬zo impotente, en una reiteración sin fin (28). 0, por mejor decir, con un fin posible, en sentido negativo, porque una casta puede extinguirse, un cataclismo puede poner fin a la existencia no sola¬mente de la sangre a la que se pertenece, sino también de toda una raza, por lo cual el espejismo de aquella inmortalidad es tanto más mendaz. Y en tal punto se puede muy bien hacer inter¬venir al mítico, shopenhaueriano demonio de la especie y decir que los amantes son engañados por él; que el placer es el cebo de la generación, y que también es un cebo la fascinación y la belleza de la mujer; que mientras que en la ebriedad de su unión sexual los amantes creen vivir una vida superior y asir la unidad, de hecho están al servicio de la generación. Kierkegaard, haciendo ver precisamente que, en la unión, los amantes forman un solo Yo, sin embargo son engañados, porque en el mismo punto la especie triunfa sobre el individuo —contradicción, dice, más ridí¬cula que todo aquello por lo que Aristófanes encontraba el amor ridículo— hace notar, con razón, que inclusive en este marco una perspectiva superior no quedaría excluida, en el caso en que se podría pensar que, si los amantes no llegan a la realización por sí mismos de una existencialidad ya no dividida y mortal, por el hecho de aceptar servir de instrumentos para la generación, y casi de sacrificarse ellos mismos, verían al menos realizarse este fin en el ser engendrado. Pero no es así: el hijo no es engendrado como un ser inmortal que interrumpa la serie y ascienda, sino como un ser idéntico a ellos (29). Es el eterno, inútil henehimiento del tonel de las Danaides; el eterno, inútil trenzado de la cuerda de Oknos, que el asno del mundo inferior siempre roe de nuevo (30).

Pero esta desesperada y vana vicisitud en el "círculo de la generación" esconde, ella también, una metafísica: el impulso hacia el ser absoluto, degradándose, desviando, traspasa en lo que se cela detrás del acoplamiento animal y la procreación, con el sentido de la búsqueda de un sucedáneo para la necesidad de confirmación metafísica de sí. Y la fenomenología del eros sigue este descenso, esta disgregación: el eros, de embriaguez que era, se hace cada vez más deseo extravertido, sed, ansia carnal; se animaliza, deviene puro instinto sexual. Entonces hay un síncope en el espasmo y en el consecutivo abatimiento a la voluntad física, la cual, particularmente en el macho, está siempre más condicionada por un proceso fisiológico esencial¬mente orientado hacia la fecundación. La onda se hincha, se llega al acmé, se alcanza el momento fulgurante de la unión sexual, de la destrucción de la diada, pero como arrebatados por la expe¬riencia, como sumergidos y disueltos en lo que, precisamente, es llamado "placer". Liquida voluptas, fenómeno de disolución, es la expresión latina, oportunamente recordada por Michelstae¬der (31). Sin embargo, es como si la fuerza se escapase de la mano del que la ha puesto en movimiento: ella pasa al dominio del bios, se convierte en "instinto", proceso casi impersonal y automático. Inexistente como hecho de la conciencia erótica, el instinto genésico se hace real en los términos de un `Es" (por usar este término del psicoanálisis), de una oscura gravitación, de una coacción vital que se sustrae a la conciencia y eventualmente la socava y revuelve. Esto, no porque exista "la voluntad de la especie", sino porque la voluntad del individuo de superar su
finitud no puede jamás ser extirpada, reducida al silencio o repri¬mida; ella sobrevive desesperadamente en esta forma oscura y demoníaca, según la cual suministra la dinamis, el impulso primordial al círculo eterno de la generación: aquí, en la misma relación con que la temporalidad está con la eternidad, en el sucederse y reiterarse de los individuos según la "inmortalidad en la Madre", se puede aún recoger un último reflejo engañoso de lo inmortal. Pero sobre este plano, el límite mismo entre el mundo humano y el mundo animal se borra poco a poco.

Como decíamos al principio, el proceso explicativo habitual debe pues ser invertido: lo inferior se deduce de lo superior, lo superior explica lo inferior. El instinto físico procede de un instinto metafísico. La tendencia primordial es hacia ser; es una tendencia, precisamente, metafísica, cuyo instinto biológico tanto a la autoconservación como a la reproducción, son "preci¬pitados", materializaciones que se crean, sobre su plano, su deter-minismo físico. Agotada la fenomenología humana, que partien¬do de la embriaguez hiperfísica, de una exaltación transfigurante y anagógica, encuentra su límite inferior en el orgasmo propia¬mente carnal en función genesíaca, se pasa a las formas de sexua¬lidad propias de los animales. Y, como en las diferentes especies animales, se pueden ver especializaciones degenerativas de posibilidades latentes en el ser humano, especializaciones acabadas en callejones sin salida, correspondientes a tipos que representan de¬sarrollos disociados, grotescos, obsesivos; del mismo modo debe ser considerada cada posible correspondencia entre la vida del sexo y del amor, en el hombre de una parte, en el reino animal de la otra: disociaciones, absolutizaciones oscuras y extremas de uno u otro aspecto del eros humano, he aquí lo que se encuentra en el reino animal.

Así vemos el magnetismo del sexo impulsar y guiar —a veces telepáticamente— especies en migraciones nupciales que cubren distancias inauditas, que comportan privaciones extremas y situa¬ciones que hacen perder la vida por el camino a una gran parte de los emigrantes, para alcanzar el lugar en el que los gérmenes pueden ser fecundados y los huevos depositados. Vemos las múltiples tragedias de la selección sexual entre las bestias feroces, el impulso ciego y a menudo destructor de la lucha sexual que, a pesar de las apariencias, no es por la posesión de la hembra, sino por la posesión del ser buscado tanto más salvajemente cuanto más lejano es el plano sobre el que se le puede encontrar. Vemos la crueldad metafísica de la mujer absoluta "macroscopizarse" en la manta que mata al macho en la cópula inmediatamente después de haberlo utilizado, y fenómenos análogos en la vida de los himenópteros y de otras especies: bodas mortales, machos cuya vida se termina inmediatamente después del acto procrea¬dor, o bien que son matador y devorados en el acto mismo del sexo; hembras que mueren después de haber puesto los huevos fecundados... En los batracios, vemos el abrazo absoluto que no interrumpen ni heridas ni mutilaciones mortales, y, en la erótica de los caracoles, el límite extremo de necesidad de contacto prolongado y del sadismo de la penetración multiforme. Vemos la fecundidad "proletaria" humana devenir pandemia y pulula-miento indefinido en las especies más bajas, hasta aproximarnos al plano donde, con el hermafroditismo de los moluscos y los tuniceros y la partenogenesis de los organismos monocelulares, de los protozoos y de algunos de entre los últimos metazoos, se encuentra, invertido, perdido en el bios ciego e indiferenciado, el mismo principio que está en el inicio de toda la serie descendente. Son todas las formas que un Rémy de Gourmont ha descrito en su Physique de l’Amour (32). Pero todo este mundo de corres¬pondencias se nos ilumina ahora con una luz diferente: no son ya los antecedentes del eros humano, sus estadios evolutivos infe¬riores, los que aquí se nos revelan, sino más bien las formas limi¬nales de su involución y desintegración bajo la forma de impulsos automatizados, demonizados, lanzados en lo ilimitado y en lo insensato. Pero ¿cómo no reconocer que en ciertos caracteres de este eros animal —allí donde se querría hablar del carácter absoluto de la "voluntad de la especie"— su raíz metafísica se hace incluso más visible que en muchas formas flácidas y "espirituales" del amor humano? Porque, según un reflejo invertido, se lee en ellos lo que, más allá de la vida efímera del individuo, es trans-portado por la voluntad del ser absoluto.

Estas ideas ofrecen también auténticos puntos de referencia para asir el impulso más profundo actuante detrás de la existencia humana de cada día. Sobre el plano de la vida de relación, el hombre tiene necesidad del amor y de la mujer, para escapar a la angustia existencial y fingirse un sentido para su existencia; inconscientemente, busca un sucedáneo cualquiera aceptando y alimentando cada ilusión. Se ha hablado justamente de la "sutil atmósfera emitida por el sexo femenino, que no se advierte cuan¬do se está inmerso en ella; pero cuando desaparece, se siente en la existencia un vacío creciente y se siente uno atormentado por una vaga aspiración a algo muy poco definido, que no se puede explicar" (Jack London). Este sentimiento sirve de fondo a la sociolo¬gía del sexo, al sexo como factor de la vida asociada: del matrimonio al deseo de tener familia, prole y descendencia, deseo tanto más vivo por cuanto se desciende del plano mágico del sexo y se advierte oscuramente la desilusión del deseo más profundo del ser, más allá del espejismo que centellea en el momento de los primeros contactos y en el vértice de la pasión. Este dominio en el cual el hombre domesticado encierra habitualmente el sexo se puede bien considerar el de los subproductos de segundo grado de la metafísica del sexo y, en el sentido dado por Michelstaedter a estas tales expresiones, un mundo de "retórica" que se sustituye al de la "persuasión" y la verdad (33). Aún más al margen, y como una dirección personal, se encuentra la búsqueda abstracta y viciosa del placer venéreo, como estupefaciente y lenitivo liminal por la falta de sentido de la existencia finita. Sobre esto tendremos que volver.

Notas a pie de página

(21)     Banquete, 205 d, 206 a.

(22)     Ibid., 206 b.

(23)     Ibid., 207 a

(24)     Ibid., 207 d, 208 b.

(25)    bid., 207 b, 208 b.

(26)    Es significativo que, al hablar de la "eternidad temporal" (en la especie) SCHOPENHAUER (Op. cit., c. 41, págs. 25-26) usa exactamen¬te la imagen de las hojas caducas, tomada de Homero —qualis folia genera¬tio, talis et bominum— en la cual J. J. BACHOFEN (Das Mutterrecht, Basel, 1897, § 4, cfr. § 15) ha visto justamente la base de la concepción físico-maternal y telúrica de las antiguas civilizaciones mediterráneas.

(27)    Banquete, 209 e.

(28)    Cfr. C. MAUCLAIR, Op. cit.: "¿Qué es una filiación, sino la proyección en el nuevo ser del mismo deseo de infinito que a su vez tino experimentará cuando sea adulto?" M contrario, es sólo en el mejor de los casos que lo experimentará, oscuramente, como dice PLATON (Feclro, 225 d): "El ama y no sabe que ama, no sabe siquiera cuál es su sentimien¬to... El no se da cuenta de que se mira a sí mismo en el amante como en un espejo."

(29)         S. KIERKEGAARD, In vino ventas, tr. it. Lanciano, 1910, págs. 52, 53, 55.

(30)    Si E. CARPENTER (Love’s coming-of-age, Manchester, 1896, Pág. 18) tiene razón cuando afirma que la finalidad principal del amor es tender a la unidad, él no está sin embargo más que en parte en lo cierto cuando dice que la creación sobre el plano físico, es decir, la procreación, es el efecto. del estado de unión íntima en la unión sexual, estado que susci¬ta el poder creador. Sea la posibilidad de que un hijo nazca de una mujer violada sin ninguna participación en el placer por su parte, sea, en el límite, la de la fecundación artificial, demuestran por el contrario que el hecho generador puede prescindir por completo del estado de unión extática de un abrazo sexual. La idea apuntada por Carpenter sigue siendo verdadera sólo en los casos de algunas aplicaciones especiales de la magia sexual (cfr. sobre esto más abajo, § 60).

(30)    C. MICHELSTAEDTER, La persuasione e la retorica, Firen¬ze, 1922, pág. 58.

(31)    R. de GOURMONT, La physique de l’Amour, París, 1912, pág. 120: "Las invenciones sexuales de la humanidad son casi todas ante¬riores o exteriores al hombre. No hay ninguna cuyo modelo, inclusive per-feccionado, no le sea ofrecido por los animales, hasta por los más humil¬des." Pág. 141: "No hay ningún tipo de lujuria [humanal que no tenga su tipo en la naturaleza en términos de normalidad", es decir, que no figure como manera de ser espontánea y fija de determinadas especies animales. Naturalmente, DE GOURMONT usa todas las correspondencias verificadas para lo opuesto, o sea, para incluir el eros humano en el conjunto del eros animal.

(32)    A este contexto se pueden referir las palabras del Corán (LXIV, 14): "Oh vosotros que creéis, en verdad que en vuestras mujeres y vuestros hijos hay un enemigo vuestro: guardaos de ellos."

(33)    Banquete. 180 d-e.

El Amor por lo Lejano, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

El Amor por lo Lejano, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

En el campo de las reacciones interiores y de aquella disciplina que, con un neologismo, ha sido denominada la etología, se pueden distinguir dos formas fundamentales, marcadas respectivamente con las fórmulas de “amor por lo cercano” y “amor por lo lejano” (que no es otra que la nietzscheana Liebe der Ferne). En el primer caso uno se siente atraído por aquello que se le encuentra cerca, en el segundo en cambio por lo que le resulta lejano. Lo primero tiene que ver con la “democracia”, en el sentido más amplio y sobre todo existencial del término; lo segundo en cambio tiene relación con un tipo humano más alto, rastreable en el mundo de la Tradición.

En el primer caso, a fin de que una persona, un jefe, sea seguido, es necesario que se lo sienta como “uno de los nuestros”. Así pues alguien ha acuñado a tal respecto la feliz expresión de “nuestrismo”. Las relaciones de éste con la “popularidad”, con el “ir hacia el pueblo” o “entre el pueblo”, así como también, consecuentemente, con su insufribilidad hacia todo lo que signifique diferencias cualitativas, resultan sumamente evidentes. Casos recientes y significativos de tal orientación son conocidos por todos nosotros, pudiéndose incluir entre los mismos también a la insípida vocación “viajera” de los mismos Pontífices, allí donde lo normal hubiera sido en cambio alimentar una casi-inaccesibilidad, esa misma por la cual ciertos soberanos aparecieron ante el pueblo como “alturas solitarias”. Hay que subrayar aquí el pathos de las situación, puesto que puede existir una cercanía física que no excluye sino que mantiene la distancia interior.

Se sabe del papel relevante que el “nuestrismo” ha tenido aun en los regímenes totalitarios de ayer y de hoy en día. Son patéticas las escenas, que no se han dejado de resaltar por doquier, de dictadores que se complacen por figurar entre el “pueblo”. Allí donde la base del poder es en gran medida demagógica, ello resulta por lo demás casi una necesidad. El “Gran Compañero” (Stalin) no ha cesado de ser el compañero. Todo esto pertenece a un preciso clima colectivo. Hace ya más de un siglo y medio que Donoso Cortés, filósofo y hombre de Estado español, tuvo ocasión de escribir con amargura que ya no existen soberanos que pretendan presentarse verdaderamente como tales; y que si ellos lo hicieran, quizás casi nadie los seguiría. De modo tal que parece como si se impusiera hoy en día una especie de prostitución, ya puesta en relieve por Weiniger en el mundo de la política. No es azaroso afirmar que si hoy existiesen jefes en un auténtico sentido aristocrático, éstos muchas veces estarían obligados a esconder su naturaleza y a presentarse bajo la vestimenta de agitadores democráticos de masas, si es que pretendiesen ejercer una influencia. El único sector que en parte ha permanecido aun inmune de tal contaminación es el del ejército, aun si ya no es fácil hallar allí el estilo severo e impersonal que caracterizó por ejemplo al prusianismo.

Al “nuestrismo” le corresponde un tipo humano esencialmente plebeyo. El tipo opuesto es aquel al cual se le puede referir la fórmula del “amor por lo lejano”. No la cercanía “humana”, sino la distancia suscita en él un sentimiento que en el fondo lo eleva y, al mismo tiempo, lo impulsa a seguir y a obedecer, en términos sumamente diferentes del otro tipo. Antiguamente se pudo hablar de la magia o de la fascinación de la “superioridad olímpica”. Vibran aquí otras cuerdas del alma. En un dominio diferente, nosotros no podemos por cierto ver un progreso en el pasaje del hombre-dios del mundo clásico (por más símbolo o ideal que fuese) al dios-hombre del judeo-cristianismo, a aquel dios que se hace hombre y funda una religión de fondo humano, con un amor que debería mancomunar a todos los hombres así como hacerlos cercanos el uno con el otro. No equivocadamente Nietzsche denunció en esto a lo opuesto de lo que designó con la palabra vornehm, que se traduce por “distinto” o “aristocrático”.

El cielo nocturno estrellado por encima de sí era exaltado por Kant por su indecible lejanía, y tal sentimiento es probado por muchos seres no vulgares, en manera totalmente natural. Nos encontramos aquí en el límite. Sin embargo un reflejo puede ser resaltado también en planos infinitamente más condicionados. A la distancia “anagógica” (es decir, a la distancia que eleva), se le puede oponer en cambio aquello que se esconde bajo la vestimenta de una cierta humildad. Es de Séneca el dicho de que no existe un orgullo más detestable que el de los humildes. Este dicho deriva de un agudo análisis del fondo de la humildad ostentada por personas que, en el fondo, se complacen consigo mismas, sintiéndose en cambio sumamente insufribles hacia todo lo que es superior a ellas. El sentirse juntas en éstas es natural y remite a lo que hemos dicho más arriba.

Como en muchos otros casos, las consideraciones aquí expuestas son comprendidas con la finalidad de establecer criterios de discriminación, de medida, y se encuentran en verdad en una posición de contracorriente con lo actual.

Respecto  de la manía de popularidad de los grandes, no resistimos a la tentación de referir un episodio personal. Años atrás hicimos llegar uno de nuestros libros a un soberano respetando las normales reglas de etiqueta, es decir, no de manera directa, sino a través de un intermediario. Y bien, nosotros decimos la pura verdad cuando afirmamos haber probado casi un shock al recibir una carta de agradecimiento que comenzaba con las palabra “Querido (!) Evola”, sin que yo hubiese conocido nunca personalmente a tal personaje o le hubiese ni siquiera escrito. Esta “democraticidad” parece estar muy en boga. En cambio hoy en día disgusta aquella persona que aun tiene una sensibilidad por los antiguos valores.

En un dominio sumamente banal se podría recordar como índice de una línea similar, un uso muy difundido en los Estados Unidos, el país más plebeyo de la Tierra. En especial en la nueva generación no se puede intercambiar un par de palabras con alguien sin que éste nos invite a tutearlo y a llamarlo con su nombre de pila, Al, Joe, etc. En contraste con esto podemos recordar a aquellos hijos que trataban de Usted a sus mismos padres y de una cierta persona, a nosotros sumamente cercana, la cual continuaba tratando de Usted a chicas (chicas bien) aun luego de haberse acostado con ellas, mientras que películas, que seguramente reflejan las costumbres del más allá del océano, nos presentan al estereotipo de aquel que, luego de un simple e insípido beso enseguida tutea a la mujer.

(De Il Conciliatore, septiembre de 1972)

(Publicado originariamente en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Lejano.htm)

El mayor peligro, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

El mayor peligro, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

No hay duda alguna de que, desde un punto de vista material y político, Rusia con sus derivaciones comunistas constituye hoy para nosotros el mayor enemigo: ello por el mero hecho de que un triunfo del mismo equivaldría a la inmediata eliminación física de todos aquellos que en Europa aun defienden una superior idea de la existencia humana y del Estado. Por tal razón, debido al actual encuadramiento internacional, quedan totalmente justificadas desde el punto de vista práctico, todas aquellas medidas defensivas y de profilaxis que, a través de un bloqueo capitaneado por Estados Unidos, puedan marginar el peligro ruso. E incluso se puede estar también del lado de tal país, al no estarnos concedida, por el momento, otra alternativa posible. Las premisas para una “tercera fuerza” que pueda desarrollarse en el campo de la gran política mundial, son lamentablemente inexistentes hoy en día.

Sin embargo las cosas se encuentran en una manera distinta si del plano material se pasa al espiritual. En tal plano, para todo aquel que se encuentre orientado en el sentido de una verdadera Derecha tradicional, debería mantenerse firme lo que fue reconocido en manera clara durante el período del Eje, es decir, que Rusia y Estados Unidos representan dos caras de un mismo mal, dos aspectos de una misma negación. Así pues el hecho de que materialmente y militarmente por el momento no podamos no apoyarnos en el encuadramiento “atlántico” no nos debería llevar a formular entre nosotros y Norteamérica, una distancia interior menor que la que nos separa de la Rusia soviética. Las tácticas político-militares antes mencionadas no nos deberían llevar en manera alguna a un vasallaje intelectual.

En efecto, en el domino de la cultura, defenderse de Norteamérica es sumamente más importante que defenderse de todo aquello que proviene de Rusia. Afuera de un campo estrictamente material, el peligro comunista es efectivamente mínimo. A pesar de las veleidades de unos pocos intelectuales cuyo encuadramiento se hace siempre más exiguo, una “cultura” comunista puede reputarse como inexistente. La nueva “civilización proletaria” existe tan sólo como un slogan de agitadores. Se sabe que en los países no dominados por parte de la Rusia soviética, el “comunista”, prácticamente, no es sino el obrero que aspira a hacer propios los modos y los tenores de vida del “burgués”; y aquí es donde comienza y termina todo el potencial sugestivo de la propaganda correspondiente, lo cual es sumamente ostensible para todos nosotros. En los mismos países comunistas, empezando por Rusia, no es el caso de hablar de un “hombre nuevo”, si se prescinde de estrecho círculo de un minúsculo grupo de “puros” y de fanáticos. Por su carácter rudimentario y su craso materialismo, las mismas condiciones marxistas son tales que es suficiente con tener un mínimo de forma interna y de sensibilidad espiritual para advertir todo su carácter bárbaro y ajeno a cualquier sentido mínimamente superior. Así pues, mientras no tengamos que padecer una ocupación, para nosotros la Rusia soviética y el comunismo no representan culturalmente un peligro verdadero. Sumamente diferentes se encuentran las cosas si tenemos que remitirnos a Norteamérica. La americanización de nuestro continente se encuentra en pleno desarrollo y –lo que es más preocupante– posee un carácter que parece espontáneo y natural. A tal respecto es dable decir que quizás sea Italia el país que se encuentra a la vanguardia de todas las demás naciones europeas en su actitud de aceptar pasiva y obtusamente la influencia norteamericana en la cual ella ve la quintaesencia de todo aquello que es verdaderamente “moderno”, interesante, grandioso, digno de ser imitado e importado. Esta fascinación, cuyas formas son múltiples, no ahorra casi a ningún estrato de la población. Cine, radio, televisión, prensa escrita, son los principales focos de todo esto. Y puesto que se trata del dominio de la vida ordinaria de los ciudadanos, nadie se preocupa políticamente de esta intoxicación, nadie se preocupa de perder el amor propio, ningún límite es puesto para asegurar al italiano medio un mínimo de dignidad, de decoro, de independencia interior y también, de libertad y de reflexión. Con respecto a esto último no queremos decir para nada que en una época como la actual tengamos que permanecer cerradamente apegados a lo nuestro sin importar su valor. Podemos también abrirnos a experiencias propias de una vida más vasta, pero eligiendo, discriminado, teniendo una medida propia, no lanzándonos hacia un solo lado, como acontece en cambio hoy en día con relación a la influencia norteamericana.

Un ejemplo típico, si bien archisabido, nos es dado con la llamada música ligera y con el jazz. A tal respecto entre nosotros circula casi con exclusividad mercadería norteamericana o de tal tenor. En la R.A.I., por lo menos en los dos tercios de sus programas, no se siente cantar en otra lengua que no sea el inglés, y no se escuchan sino orquestas norteamericanas o del estilo. Se ha llegado hasta el límite de que se difunden ejecuciones y “arreglos” norteamericanos incluso en temas italianos y vieneses. Una de las más bellas danzas del Príncipe Igor se ha hecho popular entre nosotros a través de un pegajoso “arreglo” aparecido en una película norteamericana, y los ejemplos abundan. Ante tal pasividad, todo aquello de interesante, de menos estereotipado, de más variado y de mucho más cercano a nuestra naturaleza que podrían ofrecernos por ejemplo la Europa central o centro-oriental, vale como inexistente para los compiladores de los programas. Aun desde el punto de vista de la lengua no se entiende cómo al italiano no le repela el inglés (en especial el inglés yanqui), en cuanto a la pronunciación y cadencia, y no se haya sentido más alejado del mismo que de cualquier otra lengua.

Y resulta a su vez sumamente triste y exasperante que ante tal estado de cosas no haya surgido ninguna reacción espontánea, popular para hacer frente a semejante esnobismo y mal gusto de usos ya difundidos que “hacen mucha América”, por parte de una cierta jerga existente en los modales y en las vestimentas, en especial cuando se trata del sexo femenino. A ciertas jóvenes fanáticas de los pantalones y de los blue jeans se los haríamos endosar no en habitaciones lujosas o en halls de hoteles, sino en un campo de concentración, en donde en verdad los mismos corresponden, dado que en su origen tal indumentaria, incluso en los Estados Unidos, era usada exclusivamente en el más duro mundo del trabajo. En ciertos casos especiales un gobierno serio se sentiría obligado a intervenir. En cambio no se ha encontrado nada para decir, por ejemplo, en el hecho de que un grupo de jóvenes de la aristocracia italiana haya ido en tournée a América, poniendo bien de relieve justamente su carácter de nobles, pero tan sólo para exhibirse como modelos, al servicio de una clientela yanqui bien provista de dólares.

En el mismo campo de la literatura, serían sumamente deseables ciertas reacciones. Así pues hallamos la novela norteamericana acompañada de una inflación de traducciones italianas que muchas veces se trata de obras de un nivel ínfimo, vinculadas a ambientes extraños y mezquinos, privados para nosotros de cualquier interés. Debería ser a su vez advertido el peligro de los denominados “intercambios culturales”. Es sabido que sobre la base de un grupo de leyes –la Fullbright y la Smith-Mundt Law– los Estados Unidos han abierto créditos en Europa y especialmente en Italia para estadías y sueldos de jóvenes en ambientes y colleges norteamericanos: con relación a ello hay justamente una oficina especial en la embajada de los Estados Unidos. Y como si esto no bastara, el gobierno italiano ha aportado su cuota, para incrementar tales intercambios, que se resuelven generalmente en otras tantas ocasiones de intoxicación intelectual. En efecto, lamentablemente sobre el joven que no tenga una forma mentis propia, unos principios verdaderos y buen sentido, puede impactar mucho todo aquello que Norteamérica nos presenta en el campo práctico y con su aparente facilidad de vida. Hemos comprobado varias veces esta experiencia respecto de quienes han regresado de los Estados Unidos. Y ello no tan sólo entre gente común, sino entre alguien perteneciente a la más antigua nobleza europea hemos escuchado decir tranquilamente que así como en la antigua área imperial se iba a Roma para formarse, de la misma manera acontecía hoy en día con Norteamérica comprendida como la nueva nación-guía.

Dado el clima de irresponsable democracia hoy vigente en Italia, es imposible que hablemos de un sistema organizado de defensa de tal tipo. Ello puede ser tan sólo algo perteneciente a unos pocos que se encuentran aun espiritualmente de pié. A éstos les correspondería dar el ejemplo con energía. Sin polémicas ni animosidad debe considerarse todo lo yanqui con una fría curiosidad, invirtiendo los roles: remitiendo a Norteamérica al rango de una provincia, de una excrescencia periférica en donde se ha centralizado y desarrollado hasta el absurdo todo aquello que de negativo había producido la civilización última de Europa. Y cuando algo perteneciente a lo norteamericano tuviese que ser admitido, se lo tendría que hacer manteniendo la mirada libre, considerando simultáneamente otras perspectivas, otras posibilidades, otros valores, en un marco tal en el cual, cualitativamente, Norteamérica represente tan sólo un episodio, y su pretensión de ser la portadora de la forma más alta alcanzada por la civilización humana, al cual el resto del mundo debe ser elevado bajo el signo de la democracia, se nos aparezca como una broma de mal gusto.

(de Il Conciliatore, Noviembre 1958)

(Publicado originariamente en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Peligro.htm)

 

El peligro wagneriano, por Julius Evola (traducido porMarcos Ghio)

El peligro wagneriano, por Julius Evola (traducido porMarcos Ghio)

Acontece casi siempre que no se pueda profesar un antiwagnerismo, sin que se piense enseguida en una animadversión hacia la música de Wagner en nombre de tradiciones artísticas anteriores, o de música italiana, o de música sinfónica clásica. Por cuenta nuestra, no consentiremos nunca entrar en tal dominio, puesto que, a nuestro parecer, todo se reduce a preferencias en gran medida personales y sentimentales, Existe en efecto un “caso Wagner” que hoy en día se encuentra muy lejos de haber perdido su actualidad: pero en un plano diferente y por lo tanto no en relación con el significado que tiene el arte de Wagner en sí mismo, sino con respecto a gran parte del material y de las tradiciones de las cuales él recabó, tal como se suele decir, su inspiración.

Decir algo a tal respecto es útil desde un punto de vista que no es simplemente abstracto y doctrinal. R. Wagner, con la poderosa influencia ejercida en sus contemporáneos y aun no apagada hoy en día, se encuentra entre los mayores responsables de equívocos muchas veces graves, los cuales han determinado más de una antítesis artificial. Si por ejemplo, entre nosotros Manacorda, con muchos otros, ha formulado en lo referente al antiguo mundo nórdico, la broma de mal gusto de la “selva” por contraposición con el “templo”, ello no habría sido posible sin la deformación y la romantización de aquel mundo, debida en gran medida justamente a Wagner. Por supuesto, en esto Wagner no ha sido un caso aislado: ya existía en Alemania un ambiente en gran medida preparado para acoger su punto de vista y, a tal respecto, su influencia, por decirlo así “avanzó por sí misma”. Si también hoy en día examinamos las concepciones de los “neopaganos” más facinerosos, de aquellos que querrían lanzar todo hacia el mar, no sólo Roma católica, sino el mismo mundo imperial gibelino, y volver a los puros orígenes, al puro mito nórdico y a la pura leyenda heroica germánica, sería fácil reconocer, en tales construcciones, no algo verdaderamente originario, sino un romanticismo fantasioso, que no conduce demasiado más allá de las ideas y las interpretaciones difundidas por Wagner, revelándose así como un producto totalmente reciente y “moderno”, que tiene como principio no una realidad, sino un “mito”.

Aquí no puede tratarse de un análisis aun sumario del mundo wagneriano, sino sólo de lo que se refiere a las relaciones que se establecen entre arte y tradición. En un mundo marcado por la tradición –es decir, según el sentido que nosotros siempre damos a este término, por un sentido de conocimientos, de principios y de símbolos de origen y validez no simplemente “humanos”– en un tal mundo el arte no puede tener sino una función subordinada, y las pretensiones de un “arte puro”, fin en sí mismo, no pueden no aparecer sino heréticas y absurdas: aquí, el arte está destinado a conferir, con los medios específicos propios, vida y evidencia a un contenido tradicional, sin alterarlo en modo alguno, dándole tan sólo una especial expresión y sensibilización, de modo tal de convertirlo en accesible también a aquellos que son incapaces de una comprensión intelectual directa. Por esto, en los tiempos más antiguos el artista tuvo siempre algo de “vate”: se le solicitaba no tanto la función de “crear” o de “inventar” sobre la base de una originalidad, sino la de elevarse hasta un determinado conocimiento supraracional, al cual su genialidad y humanidad de artista le debía luego permanecer estrechamente fiel.

Justamente lo contrario es lo que ha acontecido en el mundo moderno, el cual por lo tanto puede ser llamado en forma indiferenciada como “antitradicional” como “humanista”. Sobre todo, tal como es sabido, el arte, del mismo modo que lo demás, se emancipa y se humaniza. Hasta aquí poco es malo: es poco malo aun que el arte se reduzca a crear fantasmas subjetivos, a suscitar “estados de ánimo”, más o menos elevados y líricos, a ser el mediador complaciente de la sentimentalidad humana. El verdadero mal comienza allí donde el arte moderno, luego de haberse emancipado y humanizado de esta forma, echa mano a formas tradicionales, utilizándolas como nuevos “temas” y nuevas fuentes de inspiración. En una tal coyuntura toda relación normal resulta invertida, y como resultado se tiene una profanación, en el sentido más riguroso del término: aquello que no es “humano” –la tradición– se convierte en instrumento y medio para lo que es humano, es decir, para la creación artística; en el centro se encuentra la “personalidad del artista”, lo demás se le encuentra subordinado, no adquiere vida sino en función de la misma, es decir, en función de algo puramente subjetivo. Allí donde el arte tradicional o “sagrado” (“sagrado” sin embargo no en sentido simplemente religioso y eclesiástico: epopeyas, mitologías, símbolos, etc. entran en tal idea más vasta de lo “sagrado”) espiritualizaba a lo humano, el arte, del cual hablamos aquí, viene en cambio a humanizar y a deformar incluso lo espiritual.

Y tal es en modo característico, también el caso de Wagner. Se dice que él ha revelado a sus contemporáneos el antiguo y olvidado mundo nórdico del Eda, de los Nibelungos, del Grial. Lo contrario es lo opuesto: él ha perjudicado toda comprensión efectiva de un tal mundo con su interpretación romántica, fumosamente “heroica”, místico-erotizante e ininterrumpidamente “humanista”, en suma, con un espíritu, lejano como cielo de la tierra, del que es propio del tema, y por lo tanto llevado a asumir, en las diferentes tradiciones, sólo los aspectos más condicionados, y tradicionalmente insignificantes. Y naturalmente, la música, entre las diferentes artes, es la que más podía prestarse para propiciar una tal desviación.

Para mostrar las divergencias que los mismos temas poseen en la ópera wagneriana por un lado, en las tradiciones originarias por el otro, o bien lo que en la primera se encuentra como arbitrariamente agregado o inventado, no se terminaría más, y  nosotros ya hemos dicho que no es éste el lugar para entrar en detalles. Haremos tan sólo mención a que sobre todo en lo relativo al antiguo mundo nórdico (ciclo de los nibelungos, Parsifal, Lohengrin) la ópera de Wagner tiene, desde el punto de vista en el cual nosotros nos ubicamos, los caracteres de una verdadera y propia adulteración. Todo es llevado exactamente al nivel de un escenario operístico, el elemento humano y pasional suplanta violentamente todo elemento simbólico y metafísico, todo se convierte en oscuro, inestable, fatalista, turbiamente “heroico” por un lado, malamente “místico” por el otro, no sólo en las circunstancias de los seres morales, sino incluso en las de los celestes; se habla románticamente de “Crepúsculo de los dioses”, allí donde en cambio se trata simplemente del “cumplimiento de un ciclo” en conformidad con leyes cíclicas, que cualquier tradición conoció: oscurecimiento temporáneo de lo divino que retomará la vida olímpica en otra era. Se lleva la historia del Grial desde el plano del misterio “solar” e imperial de la “piedra de luz” al de una historieta místico-cristiana moralizada por el obligado complejo culpa-amor-redención. La verdadera misión de Lohengrin desaparece en puras divagaciones inficionadas de erotismo. El cual naturalmente  sumerge todo en otra leyenda, el contenido más profundo de la cual se sustrae mayormente al ojo inexperto, la de Tristán e Isolda, y se proyecta en el místico epílogo de estilo happy end americano, privado de cualquier vínculo con la leyenda, del “Buque Fantasma. Y así se podría fácilmente continuar.

Pero aquí se nos objetará que una cosa es hacer arte, y otra darse a especulaciones metafísicas y a exégesis tradicionales; y que no se pretenderá que un teatro o una sala de conciertos se transformen en una alta escuela. Ello es cierto. Sin embargo hay que saber entonces qué es lo que verdaderamente se quiere. En tanto existiese con la debida autoridad una élite en posesión del justo conocimiento, desarrollos arbitrarios de tal tipo no serían tan peligrosos, todos sabrían que se trata tan sólo de “arte” y con el goce estético cual hoy se lo concibe, todo concluiría. No es lo mismo en un mundo que efectivamente parece haber perdido totalmente sus verdaderas tradiciones y que lo demuestra, creyendo acercarse a través de interpretaciones, como por ejemplo las wagnerianas. ¿Y no se ha visto acaso a Schuré y a Steiner llegar hasta el límite de declarar a Wagner como un “iniciado”? En tal circunstancia el arte se muestra tanto más un instrumento de perversión, en tanto más alta, supraestética, es la misión reveladora que la misma supone desarrollar. No repetiremos lo que hemos revelado al comienzo, es decir que justamente a influencias de tal tipo se debe buena parte de la desviación ideológica de ciertos ambientes alemanes contemporáneos, tal como el de Chamberlain y de su interpretación del germanismo. Insistiremos más bien en decir que de todo esto se está formando un “mito” (identificado con una presunta tradición nórdica) el cual, de acuerdo a lo que suele acontecer en cada procedimiento hipnótico, termina convirtiéndose en verdadero. A un mito entonces se le contrapone otro, a la historia de la “selva” la del “templo”, al mundo nibelúngico, otro mundo por igual fantástico, “construido”, inexistente y, en su carácter puramente polémico, por igual alejado de aquella atmósfera de claridad, de controlada visión y de universalidad, de la cual, en cada pueblo, antes de adaptarse a las condiciones específicas propias del mismo, recaba su origen toda forma verdaderamente tradicional.

 
(De Corriere Padano, 6 de marzo de 1937)

(Traducido originariamente en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Wagner.htm)

La cultura de Derecha, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

La cultura de Derecha, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Hoy suele hablarse en Italia de una "cultura de Derecha"; sin embargo resulta difícil sustraerse a la sensación de que en todo esto no se trata de otra cosa que de un ’fenómeno de coyuntura’. Debido al avance que ha tenido la Derecha en el campo político, evidentemente se trata de levantar una contraparte cultural a fin de integrarla. Sin embargo surgen aquí una serie de problemas.

En primer lugar habría que precisar qué es lo que se entiende por cultura. Nos podemos referir al campo creativo o bien al de las ideas y de las doctrinas. Ahora bien, el campo creativo (de la literatura, de las novelas, del teatro, etc.) es tal que no se soportan allí ni fórmulas ni recetas; aquí toda producción auténtica y válida depende esencialmente de la existencia de un clima adecuado. La inconsistencia de una creatividad elaborada sobre ciertas medidas u ordenada ha dado por resultado por ejemplo la nulidad de las producciones en el marco del denominado ’realismo marxista’ o ’socialista’.

Es en el segundo sector en el que se debería y podría precisar el contenido de una cultura de Derecha, para los distintos dominios. Pero aparte del apelativo coyuntural ’de Derecha’, en la esencia habría que referirse a orientaciones intelectuales y críticas preexistentes, y se trataría tan sólo de retomarlas y desarrollarlas ulteriormente. El ataque en contra del marxismo, en contra de su historiografía y de su metodología resultaría obvio, pero en una cierta medida puede definírselo como algo descontado. Son muy raros aquellos que todavía se atienen a los dogmas apolillados del marxismo: el cual, si hoy representa un peligro, no lo es tanto en el dominio cultural, sino más bien en el político-práctico, en donde, más que ser necesaria una polémica es necesaria una acción decidida.

En una cultura de Derecha no puede no existir una crítica de la ciencia y del cientificismo, respecto de lo cual son notorios los embates en contra del marxismo. La desmitificación de la ciencia es aquí una tarea fundamental y en una perspectiva más vasta sería necesario sopesar por un lado el aporte positivo de la ciencia en el campo material y por el otro la contraparte consistente en las devastaciones espirituales derivadas de la visión científica del mundo.

Un campo más importante de trabajo para una cultura de Derecha es el de la historiografía. Es un hecho irrebatible que la historiografía de nuestra patria ha sido escrita casi sin excepción en clave anti-tradicional, masónico-liberal y en gran medida ’progresista’. La así llamada ’historia patria’ y no tan sólo la más estereotipada, está caracterizada por poner de relieve y glorificar como ’nuestra’ historia todo lo que ha tenido un carácter prevalecientemente anti-tradicional: todo esto partiendo de la rebelión de las Comunas en contra de la autoridad imperial hasta aquellos aspectos del Resurgimiento que tuvieron una innegable relación con las ideas del 89’, hasta la intervención en la primera guerra mundial. Algo de tal tipo se podría decir no tan sólo en relación a la ’historia patria’, sino también respecto de toda la historia en general.

Respecto de esto último faltan lamentablemente antecedentes para desarrollar. Hay quien hace poco ha querido resaltar los nombres de Machiavelli y de Vico, respecto de los cuales, sinceramente no sabemos qué tendrán que ver en un contexto similar, al disponer entre otras cosas de los mismos un material sumamente diversificado y limitado. De Vico, cuanto más, se podrían recabar la interpretación de la historia en sentido regresivo, a través del alejamiento del nivel de aquellas que él denominaba las "estirpes heroicas", hacia una nueva barbarie. Esto sin embargo en Vico se refiere a su teoría de los ciclos, de los ’cursos y recursos’ de la historia: algo similar vale también para las teorías más actualizadas de Oswald Spengler con su Ocaso de Occidente.

De Machiavelli no sabemos en verdad qué es lo que se pueda recabar para una historiografía de Derecha. Ante algunos que, aparte de la historiografía, quieren poner a Machiavelli entre los pensadores de Derecha, nosotros queremos contraponer estas reservas precisas. No por nada Machiavelli ha dado su nombre al ’maquiavelismo’, y aun dejando a un lado el aspecto menos simpático del mismo, es decir el uso desperjuiciado de los medios para alcanzar un fin, debemos decir que no estamos de acuerdo para nada con definir como de Derecha la simple ’manera fuerte’, un poder que se afirma con dureza, en tanto tal poder sea sin forma y se encuentre privado de un crisma y de una superior legitimación: de otra forma existiría el peligro de tener que incluir en ello a no pocos regímenes actuales de más allá de la cortina (1).

Para una consideración de Derecha de la historia, aparte de ciertos esbozos presentes en Burke, en Tocqueville, en De Maistre, en Burckhardt, la única contribución válida reciente que nosotros conocemos es el libro La Guerra Oculta de L. Poncins y E. Malinski (2). El mismo es sumamente ilustrativo respecto de los procesos, muchas veces desarrollados por detrás de los bastidores de la historia conocida, que han llevado a la disgregación de la civilización tradicional europea. Lamentablemente la exposición se detiene tan sólo  con el advenimiento del bolchevismo. Queda por lo tanto, para llegar hasta nuestros días, un período sumamente vasto, denso como nunca de acontecimientos, en el cual el análisis debería ser continuado.

También la sociología ofrece al pensamiento de Derecha un importante campo de trabajo. En efecto, tal disciplina, cuando es desarrollada en clave abiertamente marxista, tiene siempre un componente pervertidor, de reducción de lo superior en lo inferior y las corrientes de la sociología norteamericana nos han dado un claro ejemplo de todo esto. En fin, también la antropología, en el sentido de teoría general del ser humano, debería valer como un objeto  importante. Por ejemplo  se debería estudiar aquí y rechazar la orientación, lamentablemente tan difundida y aceptada, que opera como premisa del psicoanálisis, en sus diferentes variedades, para señalar y rechazar la concepción mutilada y distorsionada  del hombre que constituye su fundamento principal.

Con esto creemos que algunas direcciones esenciales han sido precisadas.

 

(1) Se refiere aquí a los regímenes comunistas de la Cortina de Hierro que existían todavía en su tiempo. Hoy en día hay personas que, remitiéndose a Evola de manera maliciosa y tendenciosa al mismo tiempo,  además de haberle hecho decir (cosa que como vemos nunca hizo) que estimaba y concordaba con el pensamiento de Maquiavelo, hacen consecuentemente también la apologética del nuevo régimen capitalista-bolchevique de Putin, asumiendo incluso el nombre de nacional-comunistas. Lo repudiable en todo esto es que además se digan evolianos y lleguen a rendirle homenajes a J. Evola sin que les caiga la cara de la vergüenza.

(2) Esta obra ha sido traducida al castellano por Ediciones Heracles, Buenos Aires, 1999.


Roma, 29 de agosto de 1972.

(Publicado originariamente en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Roma6.htm)

Ser de Derecha, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Ser de Derecha, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Derecha e Izquierda son designaciones que se refieren a una sociedad política en crisis. En los regímenes tradicionales las mismas eran inexistentes, por lo menos si eran tomadas en su significado actual; en los mismos podía haber una oposición, aunque no revolucionaria, esto es que pusiera en jaque al sistema, sino lealista y de algún modo funcional: así en Inglaterra se pudo hablar de una His Majesty’s most loyal, es decir de una "lealísima oposición a su Majestad". Las cosas han cambiado luego de la aparición de los movimientos subversivos en los tiempos más recientes, y se sabe que en su origen la Izquierda y la Derecha se definieron en base al lugar ocupado respectivamente en el parlamento por parte de los partidos opuestos.

De acuerdo a los planos, la Derecha asume significados diferentes. Existe una Derecha económica de base capitalista no privada de legitimación si la misma no prevarica y si su antítesis es el socialismo y el marxismo.

En cuanto a una Derecha política la misma en rigor adquiere su pleno significado si existe una monarquía en un Estado orgánico: tal como ha sucedido sobre todo en la Europa central, en parte también en la Inglaterra conservadora.

Pero se puede también prescindir de presupuestos institucionales y hablar de una Derecha en los términos de una orientación espiritual y de una concepción del mundo. Entonces ser de Derecha significa, además de estar en contra de la democracia y en contra de todas las mitologías ’socialistas’, defender los valores de la Tradición como valores espirituales, aristocráticos y guerreros (de manera derivada, también con referencia a una severa tradición militar, como, por ejemplo ha acontecido con el prusianismo). Significa además alimentar un cierto desprecio hacia el intelectualismo y respecto del fetichismo burgués del ’hombre culto’ (el exponente de una antigua familia piamontesa tuvo ocasión de decir en forma paradojal: "Yo divido a nuestro mundo en dos clases: la nobleza y los que tienen un diploma" y Ernst Jünger valorizó el antídoto constituido por un "sano analfabetismo").

Ser de Derecha significa también ser conservadores, aunque no en un sentido estático. El presupuesto obvio es que existe algo subsistente digno de ser conservado, lo cual sin embargo nos pone frente a un difícil problema en el momento en que uno se refiera a aquello que ha constituido el inmediato pasado de Italia luego de su unificación: la Italia del ochocientos no nos ha dejado por cierto una herencia de valores superiores a ser tutelados, aptos para servir como base. También elevándose más hacia atrás, en la historia italiana no se encuentran sino esporádicas posturas de derecha; ha faltado una fuerza unitaria formativa tal como existiera en otras naciones, desde hace tiempo convertida en firme y sólida por parte de antiguas tradiciones monárquicas de una elite aristocrática.

De cualquier modo, al afirmar que una Derecha no debe estar caracterizada por un conservadorismo estático quiere decirse que deben más bien existir ciertos valores o ciertas ideas-base operando como un firme terreno, pero que a los mismos deben dárseles diferentes expresiones, adecuadas al desarrollo de los tiempos, para no dejarse sobrepasar, para retomar, controlar e incorporar todo aquello que se va manifestando a medida que las situaciones varían. Éste es el único sentido en el cual un hombre de Derecha puede concebir el "progreso"; no se trata del simple movimiento hacia delante, como demasiadas veces se piensa sobre todo entre las izquierdas; de una "fuga hacia delante" ha podido hablar al respecto con razón Bernanos ("où fuyez-vous en avant, imbécils?"). El "progresismo" es una quimera extraña a toda posición de Derecha. También lo es porque en una consideración general del curso de la historia, con referencia a los valores espirituales, no a los materiales, a las conquistas técnicas, etc., el hombre de Derecha es llevado a reconocer un descenso, no un progreso y un verdadero ascenso. Los desarrollos de la sociedad actual no pueden sino confirmar esta convicción.

Las posturas de una Derecha son necesariamente anti-societarias, anti-plebeyas y aristocráticas; en modo tal que la contraparte de todo esto será la afirmación del ideal de un Estado bien estructurado, orgánico, jerárquico, regido por un principio de autoridad. A este último respecto se asoman sin embargo dificultades en orden a aquello de lo cual tal principio puede recabar su fundamento y su crisma. Es obvio que el mismo no puede venir desde lo bajo, del demos, en el cual, a pesar de lo que manifiesten los mazzinianos de ayer y de hoy, no se expresa para nada la vox Dei, sino más bien lo contrario exacto. Y deben excluirse también las soluciones dictatoriales y "bonapartistas", las cuales pueden valer tan sólo transitoriamente, en situaciones de emergencia y en términos contingentes y coyunturales.

Nuevamente nos vemos obligados a referirnos en vez a una continuidad dinástica, siempre y cuando, considerando un régimen monárquico, se tenga al menos en vista lo que ha sido denominado como el "constitucionalismo autoritario", es decir un poder no puramente representativo, sino también activo y regulador, sobre el plano de aquel "decisionismo" del cual ya hablaron De Maistre y Donoso Cortés, con referencia a decisiones que constituyen la extrema instancia, con todas las responsabilidades que se le vinculan y que son asumidas en persona, cuando nos encontramos ante la necesidad de una intervención directa porque el orden existente ha entrado en crisis o nuevas fuerzas urgen sobre la escena política.

Sin embargo repetimos que el rechazo en estos términos de un "conservadorismo estático" no se refiere al plano de los principios. Para el hombre de Derecha son los principios lo que siempre constituye la base de su acción, la tierra firme ante la mutación y la contingencia, y aquí la "contra-revolución" debe valer como una consigna muy precisa. Si se quiere, nos podemos referir en vez a la fórmula, tan sólo en apariencias paradojal, de una "revolución conservadora". La misma concierne a todas las iniciativas que se imponen para la remoción de situaciones negativas fácticas, necesarias para una restauración, para una asunción adecuada de aquello que posee un valor intrínseco y que no puede ser objeto de discusión. En efecto, en condiciones de crisis y de subversión, puede decirse que nada tiene un carácter tan revolucionario como la sustentación de tales valores. Un antiguo dicho es usu vetera novant, es decir las antiguas costumbres renuevan, y ello pone en evidencia el mismo contexto: la renovación que puede realizar la asunción de lo "antiguo", es decir de la herencia inmutable y tradicional.

Con esto creemos que las posiciones propias del hombre de la Derecha quedan esclarecidas en forma suficiente.

(Publicado originariamente en http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Roma7.htm)

 

Aceptar y entender, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Aceptar y entender, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Un interesante campo, para quien observe con la debida distancia a la civilización contemporánea, se refiere a la manera como resulta ‘fabricada’ la así llamada opinión pública, esta presunta soberana del mundo de las democracias, así como también el misterio que se esconde detrás del éxito de ésta o de aquella teoría, a través del eco que suscita una u otra de las consignas hoy en boga. Ya al usar en el primer caso el término ‘fabricar’, hemos querido significar que tales procesos en gran parte no son ‘espontáneos’ o determinados por factores contingentes. En especial en lo referente a los ejemplos más importantes podemos decir que los mismos son provocados o dirigidos por medio de oportunas sugestiones o por acciones efectuadas, por así decirlo, por detrás de los bastidores.

Pero además de este dominio que tiene relación sobre todo con el mundo de la política y de las ideas o de las ideologías predominantes, entra aquí en cuestión, para el mencionado estudio, un dominio menor, referido al arte, a la cultura y a la literatura. También aquí quien es capaz de una mirada distanciada no puede no ser impactado por el papel que cumplen los factores irracionales y las corrientes en gran medida fabricadas por la moda, por el gusto y el interés. Es en los tiempos modernos que, por efecto de todo aquello que ha sido considerado como la apertura y difusión de la cultura, este fenómeno ha tenido un carácter esencial, lo cual por lo demás es natural: es una consecuencia por un lado del incremento de los órganos de información y de difusión en manos de camarillas de críticos y de intelectuales, por la otra, justamente por el acrecentamiento democrático del público, mucho más allá de los restringidos círculos más calificados de aquellos que anteriormente disfrutaban verdaderamente de los bienes de la cultura y del arte.

Para considerar el estado actual de las cosas en el uno y el otro de los dos dominios mencionados, no se pude no sonreír por las extravagancias de aquellos para los cuales la humanidad moderna sería aquella que por fin habría arribado intelectualmente a la mayoría de edad y a la capacidad de juzgar por sí misma. La verdad es en cambio que raramente un grado semejante de pasividad, de labilidad y de influenciabilidad  se ha jamás registrado en nuestra historia. Comenzando por un fenómeno muy típico de nuestros días cual es el increíble dominio que tiene la publicidad y la existencia en función de la misma de una verdadera y propia ciencia de base psicoanalítica (la MR = motivational research) usada en Norteamérica para influir sobre la parte inconsciente, afectiva e irracional del público y de las masas. Usada primeramente para la venta de productos, se ha podido notar que estas mismas técnicas se han ido utilizando también para el ‘lanzamiento’ de una novela o de un actor y en una campaña presidencial, sin rasgos muy distintos de lo que podría emplearse para promocionar un dentífrico o un electrodoméstico. Que este fenómeno y estas técnicas, que tienen como presupuesto para su éxito una pasividad que arriba incluso a la credulidad y sugestión infantil, sean típicos de la ‘civilización-guía’ que se encuentra a la cabeza del ‘progreso democrático’, es decir de América US, es todo esto también algo natural y significativo.

Pero deteniéndonos un instante en el campo del arte, en especial en sus variedades modernas, vemos aquí una contraparte irracional de su éxito y fama, aun en el caso de obras y de corrientes notabilísimas que tienen una aceptación indiscutida.

Un ejemplo entre los tantos. Hace muy poco tuvo lugar un concierto de música exclusivamente atonal y dodecafónica en un gran teatro a precios altísimos y con un agotamiento total de localidades. No cuestionamos aquí el significado de tal música: la misma lo pudo tener en sus orígenes, como señal de un determinado clima espiritual, y puede conservarlo aun para un muy restringido público especializado. Lo cierto es que entre todos los que presenciaban tal concierto con seguridad ni un 10% de los presentes estaba en condiciones de vivir tal música, salvo que como un fastidioso conjunto de ruidos. El 90% restante habría tenido que admitirlo, si hubiese sido sincero consigo mismo, en vez de dar a entender que le gustaba y que la entendía para demostrar encontrarse à la page.

NI qué decir de ciertas novelas. Es increíble todo lo que se traduce en italiano, sobre todo del anglosajón. La producción es aluvional en el seno de grandes editoriales como Mondadori, Rizzoli o Bompiani. Aquí la falta de discriminación resulta impresionante. Pero ello significa que si libros de tal tipo son traducidos e impresos, los mismos son leídos. Por lo cual hay que preguntarse nuevamente qué es lo que impulsa al lector corriente a comprarlos, en todos los numerosísimos casos en los cuales no son ni siquiera algo artístico, ni tampoco se trata de temas excitantes o morbosos, sino simplemente estúpidos, banales, aburridos, ligados a pequeños ambientes y a mediocres figuras de más allá del océano, que el italiano debería considerar como ajenos a él y privados de cualquier interés.

Personalmente iremos más lejos todavía. Por ejemplo no tenemos dificultad en confesar que no logramos terminar nunca la lectura del famoso Ulises de Joyce (como tampoco lo pudimos hacer con la Montaña encantada de T. Mann) y que hemos decididamente cerrado los libros de Faulkner cuando se ha sentido autorizado a dejar a un lado cualquier forma sensata de expresión en la narrativa, de escribir frases sin signos de puntuación que se desarrollan por páginas enteras, y así sucesivamente. Un público consciente y activo, con un preciso rechazo, habría hecho perderle las ganas a una praxis semejante.

La función más deletérea en todo esto la tiene la “crítica”, verdadero flagelo del mundo cultural actual. Es ella la que marca lo bueno y lo malo a través de la ‘gran prensa’, rodeada por mentes pequeñas y por un público bovino. Aquí alguien ha hecho recordar oportunamente la historia de Til Eulenspiegel, cuando fue contratado como pintor por la corte de un rey. Él presentó telas en blanco diciendo que, en razón de un sortilegio, solamente aquellos que no habían tenido un nacimiento honesto no habrían visto nada. La consecuencia fue que todos se entregaron a admirar y a comentar aquellas telas en blanco. Es así como las cosas hoy se encuentran en la mayoría de los casos. Y si alguien protesta en nombre de la verdad y de la inteligencia, enseguida se lo acusará de ‘no entender’, casi como si ‘aceptar’ y ‘entender’ fuesen una misma cosa, casi como si no se pudiese rechazar una obra no ya porque no se la entiende, sino justamente porque como se la entiende uno se rebela a las cábalas de la ‘crítica’ y de todos aquellos que se le someten en buena o mala fe.

Dado que Picasso no era alguien carente de buen humor, seguramente podría ser verdadera esta pequeña anécdota. Picasso habría donado un cuadro suyo a una persona respecto de la cual se sentía en deuda. Pero luego de habérselo dado se percató de que no lo había firmado y entonces fue que dijo: “Espere un momento que lo firmo, pues de lo contrario no valdría nada, pues cualquiera lo podría haber hecho”.

Ayer las cosas se desarrollaban de manera muy distinta en este campo. Que aquello que antes era pertinencia de un arte de excepción, representado como tal y apreciado por pocos, y rechazado en cambio por los más, hoy se ha convertido en cambio en una moda, ello es una señal indubitable de un conformismo nuevo y peor del anterior, dado que en esto estaban por lo menos en juego algunos factores y valores tradicionales; y señala en cambio el poder de los procesos artificiales y de comercialización de ‘fabricación’ de las reputaciones, en el marco de una fundamental carencia de sinceridad y fatuidad.

Roma, 21 de octubre de 1973.

(traducido por Marcos Ghio, http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Roma5.htm)

Lar hordas de Gog y Magog, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

Lar hordas de Gog y Magog, por Julius Evola (traducido por Marcos Ghio)

La esencia de todo esfuerzo civilizador y de todo Estado verdadero consiste en dar una forma superior a aquello que en la humanidad resulta informe, instintivo, sub-personal, salvaje, ligado al elemento masa, materia y número: por lo tanto consiste también en cerrarle los caminos a aquellas fuerzas que, libradas a sí mismas, producirían tan sólo destrucción y caos. Sin embargo, aun frenadas, estas fuerzas subsisten siempre, como una amenaza latente, por debajo de las diferentes instituciones informadas por un principio de jerarquía, de orden, de justicia, de espiritual autoridad. En las antiguas tradiciones a la función ordenadora de lo alto se le vinculó siempre el símbolo de un Soberano que, de acuerdo a los distintos pueblos, se manifiesta de maneras diferentes, pero que en su esencia reproduce siempre un único tipo o "arquetipo". El punto de partida puede, a tal respecto, estar dado por una determinada figura histórica. Pero en la imaginación popular tal figura en su significado de representante de la función mencionada no tarda en asumir aspectos míticos que, en una cierta medida, la separan de la historia y la universalizan. Esto ha acontecido por ejemplo, además que con algunos soberanos orientales, con Alejandro Magno, con Carlomagno, con Federico de Hohenstauffen. La India había ya esencializado tal idea en una concepción metafísica, la del Chakravarti, o "Rey del Mundo".

Un tema sugestivo que en un grupo de antiguas leyendas se asocia a estas concepciones se refiere a las denominadas hordas de Gog y de Magog. La denominación proviene del Antiguo Testamento. En el mismo las mismas nos son presentadas como hordas salvajes convocadas por Dios desde el fondo del Asia, hordas que luego de haber sembrado la destrucción en Israel, estaban destinadas a ser ellas mismas exterminadas. Pero la idea más profunda que se esconde en esta representación no se refiere tanto a invasores extranjeros bárbaros y destructores, cuanto justamente al sustrato oscuro, demónico, salvaje que, encerrado dentro de las formas de una superior civilización y de un gran Estado, está siempre listo para volver a brotar, a emerger destructivamente en cada momento de crisis.

Este significado es sumamente manifiesto en la redacciones bizantinas de la leyenda de Alejandro Magno. En éstas Alejandro les cierra las vías con una muralla de hierro a las hordas de Gog y de Magog. Y esta función la vemos atribuida por parte del Corán también a Dhu l-Qurnain, volviendo a presentarse luego dicha temática en las sagas relativas a una figura que en el Medioevo tuvo una gran popularidad, al rey-sacerdote Juan, el cual, si bien hubiese sido pensado como el soberano de un misterioso reino oriental, es en el fondo también una de las representaciones de la mencionada función del "Rey del Mundo". El Preste Juan es descrito como aquel que, entre otras cosas, tiene bajo su poder a las estirpes de Gog y de Magog. Sería fácil indicar las correspondencias que existen con otras tradiciones; así pues en la nórdica de los Edda se habla de los "seres elementales" -Elementarwesen- y del pueblo de los Rimthursi, enemigos de los hombres, cuya vía es cerrada por una muralla que ellos tratan constantemente de abatir.

Ahora bien, a las leyendas de las cuales hablamos se les asocia un tema apocalíptico. Un día la muralla cederá, las hordas de Gog y de Magog irrumpirán; un tal día en las formas cristianizadas de la saga es habitualmente identificado con la venida del Anticristo. Un detalle resulta interesante: la emergencia acontecerá en el momento en el cual las hordas de Gog y de Magog se darán cuenta de que las trompetas que hacían sonar antes  aquellos que custodiaban la muralla protectora todavía lo hacen pero  solamente porque es el viento el que sopla, en tanto que no hay más nadie que las haga resonar. Es éste un símbolo profundo: las masas se desencadenan cuando se darán cuenta de que, en realidad, los representantes del principio opuesto son una simple supervivencia, que no se encuentra más nada detrás de su voz: tan sólo el viento. Con su irrupción más allá de la muralla arribará también la hora de las decisiones últimas.

En efecto, un tema todavía toma forma en estas sagas: es el tema de la "última batalla". Se habla de un volver a manifestarse de aquel que ya había sido el representante de las fuerzas de lo alto, el refrenador de las fuerzas del caos: figura ésta muchas veces dada en los rasgos de un Rey o héroe que se creía muerto, pero que en cambio sólo "dormía" o se había retirado en una sede invisible. Es él quien hace frente a las hordas de Gog y de Magog, o a otras fuerzas que poseen un significado similar, y combate la "última batalla". Si son tomadas en su conjunto, las sagas de los "tiempos últimos" dejan como problemática la resolución final. La última batalla puede ser vencida, pero también perdida. El renacido "Federico" puede vencerla, haciendo reverdecer el Árbol del Imperio (el mismo del cual habla también Dante). Sin embargo la saga sabe también de un "Alejandro" o de un "emperador romano" que se despierta del Sueño, pero que luego de un breve reino debe finalmente restituir la corona al Señor, dejando que el hecho se cumpla. Y en la antigua saga nórdica el tema del "crepúsculo de los dioses", del ragna-rökkr, tan maltratado por Wagner, tiene un significado no muy diferente.

Todos estos temas legendarios encierran un significado profético profundo sumamente visible. Hoy las hordas de Gog y de Magog representan en última instancia a las masas sin rostro, al reino de la cantidad, a la humanidad colectivizada y materializada, al anti-Estado afirmado por el frente de la subversión mundial. La época moderna -la época del "progreso"- ha conocido su emergencia como una marea, su destrucción sistemática de todas aquellas instituciones basadas en un superior principio de soberanía, jerarquía y autoridad, su escalamiento de las estructuras de un Estado degradado, su tender al dominio de la tierra. Y la "última batalla" de la leyenda con su enigmático resultado es sumamente menos una ficción apocalíptica que una realidad de aquello que un futuro no muy lejano con seguridad nos reserva.

Roma, 22 de Febrero de 1956

(traducido por Marcos Ghio http://www.geocities.com/Athens/Troy/1856/Roma5.htm)