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Metafísica del Sexo. Capítulo III. Fenómenos de trascendencia en el amor profano. 26. Sobre la experiencia de la unión sexual

Metafísica del Sexo. Capítulo III. Fenómenos de trascendencia en el amor profano. 26. Sobre la experiencia de la unión sexual

Diferentes autores consideran significativo el hecho de la seriedad que penetra a los amantes en el momento de la unión de los cuerpos. En estos momentos, cesa cualquier broma, cualquier futilidad, cualquier vana galantería, cualquier expansión senti­mental. El libertino y la prostituta misma, cuando no está aneste­siada por un régimen de prestación pasiva e indiferente desde el comienzo hasta el fin, no constituyen en esto una excepción. "Cuando se ama, no se ríe; quizá se sonríe apenas... En el espas­mo se está serio corno en la muerte" (66). Toda distracción cesa. Además de seriedad, la unión sexual comporta un grado de con­centración particularmente elevado, aunque a menudo sea una forma de concentración involuntaria, impuesta al amante por el mismo desarrollo del próceso. Por esta razón, todo lo que a pesar de todo le distrae puede tener sobre él un efecto inmediato eróticamente inhibitorio, inclusive psicológicamente inhibitorio. Emotivamente, y figuradamente, es esto lo que implica el "don" de un ser al otro en la cópula; inclusive cuando el todo tiene el carácter de una unión fortuita y sin continuación. Estos rasgos, esta seriedad, esta concentración, son reflejos del sentido más profundo del acto de amor, del misterio en él incluído.

Ya hemos hablado en la Introducción de la dificultad de recoger testimonios a propósito de los estados que el hombre y la mujer experimentan en el límite de la unión sexual: no sola­mente es debida esta dificultad al natural escrúpulo en hablar, sino a menudo también al hecho de que el climax, el acmé, corresponde a condiciones de conciencia reducida, a veces inclusi­ve a soluciones de continuidad, es decir, a interrupciones de la conciencia. Y es natural: no se puede esperar otra cosa de un estado de parcial, pero sin embargo brusca, "trascendencia", en el caso de seres en los cuales toda conciencia equivale a la condi­ción de ser conscientes como individualidades finitas, empíricas, condicionadas. La conciencia ordinaria sabe conservarse intacta en el momento de la unión casi tan poco como ella puede sobrepasar lúcidamente el umbral del sueño lleno de sueños con el que se realiza un cambio de estado semejante, una ruptura de nivel análoga. Entre los dos casos, habría sin embargo, en princi­pio, la diferencia debida a la exaltación, a la embriaguez, al raptus propio del estado erótico en general y, por el contrario, ausente en el tránsito al estado de sueño, al que de costumbre se entrega uno presa de la fatiga y con disposición a perder la conciencia. Esta exaltación provocada en el punto de partida por el magnetismo sexual podría servir de punto de apoyo, podría constituir una condición favorable para la continuidad de la conciencia y, por tanto, para su "apertura" eventual a través de la unión. Pero cuándo ocurre esto, y en qué medida, en el amor profano, es difícil de precisar. Para un estudio desde el exterior, científico u objetivo, sobre bases diferenciales, es extremadamen­te insuficiente la documentación de que disponemos. A esto se añade que, en rigor, no habría por qué limitarse a las experien­cias de los hombres y las mujeres de nuestra raza y de nuestro tiempo. Sería preciso igualmente tomar en consideración otros pueblos y épocas diferentes, en los cuales hay lugar a suponer que las posibilidades de experiencia interior no fueron idénticas a la de la humanidad moderna europeizada. Por otra parte, la utili­zación directa del material recogido personalmente por el autor no se ajusta al carácter de este libro. En las consideraciones que seguirán, no olvidaremos este material, pero lo haremos valer indirectamente. Hemos aludido al posible valor de documento que presenta cierta materia ofrecida por la literatura de tono eró­tico. Pues bien, allí donde esta literatura nos ha parecido expresar de cerca lo que nos ha sido dado oir directamente de una u otra persona, y allí donde, por otra parte, ella parece resultar suficien­temente atendible en base a consideraciones generales, recurrire­mos a ella.

Ya en los Upanishades (67) se hace alusión al raptus extáti­co, a la posibilidad de la "supresión de la conciencia del mundo exterior tanto como del mundo interior", cuando "el hombre es abrazado por la mujer"; de una cierta manera, se establece una analogía entre esta experiencia y aquélla que interviene con la manifestación del átmá, es decir, del Yo trascendente ("así el espíritu, cuando es abrazado por el átmá, que es el conocimiento mismo, no ve ya ni las cosas exteriores ni las cosas interiores"). Cuando, en Werther, el protagonista de la novela dice: "Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden continuar tranqui­lamente su curso, yo no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí", estamos sobre el plano de la litera­tura romántica, pero hay también algo más, porque la dirección hacia el raptus indicada es idéntica a la que se concretiza y tiene lugar en la unión sexual, según este pasaje del Upanishad. Desde el principio del orgasmo sexual se produce un cambio —ulterior potencia de aquél que intervino tendencialmente con el enamora­miento— y, en el límite, con el espasmo, tiene lugar un trauma­tismo en el individuo, una intervención, sufrida en lugar de ser asumida, del poder "que mata". Es sin embargo algo que "atra­viesa" el ser en lugar de ser asido y asimilado.

Respecto a los estados que se manifiestan en la constitución más profunda del individuo, en general es preciso establecer una diferencia entre el caso de la unión real de un hombre con una mujer según un magnetismo engendrado por su existencialidad polarmente diferenciada, y el caso de, podríamos decir, un empleo consentido del cuerpo para un fin en el fondo autoeróti­co, poco diferente de la masturbación; es decir, para llegar al puro espasmo orgánico de una satisfacción individual del hombre o de la mujer, o de ambos, sin una comunicación o compenetración afectivas. Esta última es la situación que, en el fondo, se realiza cuando se está orientado hacia la simple "búsqueda del placer", cuando el "principio del placer" domina la unión, hasta el punto de darle ese carácter extrínseco al que hemos aludido cuando hemos negado que dicho principio sea el resorte más profundo del eros. En este caso, cada uno de los dos amantes es alcanzado por una especie de impotencia; goza sólo para sí, ignorando la realidad del otro ser, no llegando a ese contacto con la sustancia íntima, sutil y "psíquica" de lo que, solo, puede alimentar una intensidad disolvente y propiciadora del éxtasis. Es posible que, en la Biblia, la expresión "conocer" a una mujer, empleada como sinónimo de poseerla, haga alusión a la orientación de la unión opuesta a esa, mientras que es interesante que inclusive en el Káma-sútra (II, x) la unión con una mujer de casta inferior que no dura más que hasta que el placer del hombre sea satisfecho, se llame "la cópula de los eunucos".

Un testimonio interesante es aquél de una joven que, en el espasmo sexual, tenía la impresión de "ser transportada, por así decir, a una esfera superior", "como al principio de una narco­sis por cloroformo" (68). La imaginación no tiene más que una parte accesoria en descripciones como la siguiente, que es una de las que podemos presentar como ilustración de testimonios directos recogidos por nosotros mismos: "El y ella eran, ahora, una sola persona... El no era ya él mismo. Era la mitad de un nue­vo cuerpo; por esto, todo era tan extraño, arriba, arriba, arriba. Una luz cegadora brilla repentinamente con un rumor ensorde­cedor que no era enteramente un rumor; se encontraban lanzados en la eternidad, en un torbellino de colores y de formas; después tuvo lugar un choque súbito y cayeron hacia abajo, hacia abajo. El cerró los ojos con terror, hacia abajo, hacia abajo; ellos conti­nuaron cayendo por siempre, hacia abajo, hacia abajo" (L. Lan­gley). La noción de un "rumor ensordecedor" figura de hecho en la fenomenología de la conciencia iniciática, como asimismo figu­ra en ella la sensación de hundirse. Pero es preciso hacer notar que frecuentemente esta sensación interviene de forma de provocar un sobresalto instintivo, como cuando se está a punto de quedarse dormido, y en una fase de tránsito de las experiencias provocadas por el haschich, como recuerda el mismo Baudelaire en Paraísos artificiales. Por la convergencia evidente del contenido, podemos añadir también el testimonio de una persona mortalmente alcan­zada por una explosión, experiencia de encaminarse a un efectivo "abrirse" y "salir" en el caso de que la muerte hubiese sobreveni­do: "La explosión fue tan próxima que no la sentí, casi podría decir que no me apercibí de ella. De golpe, la conciencia ordinaria de vigilia quedó interrumpida. La conciencia, bien clara, de un precipitarse cada vez más abajo: con movimiento acelerado, pero sin tiempo. Yo sentía que, al término de aquella caída, que no me suscitaba miedo, se abriría algo muy grande; como un hecho defi­nitivo. Por el contrario, de improviso, la caída se interrumpió. En el mismo instante, volví en mí, me encontré en el suelo entre los escombros, los árboles arrancados, etc." Se trata aquí de las sensaciones típicas que acompañan el cambio de estado o de nivel de conciencia. Con la sensación referida un poco más arriba, concuerda la sensación siguiente en la que, por ende, además de la caída es interesante la segunda fase, por la referencia a una iniciativa positiva de la mujer: "Le pareció que se precipitaba vertiginosamente con ella como en un ascensor cuyos cables de acero se hubieran roto. De un momento a otro, quedarían aplas­tados. Continuaban por el contrario hundiéndose en lo infinito, y cuando ella le enlazó el cuello con sus brazos, no fue ya un hundimiento, sino una caída y, al mismo tiempo, una ascensión más allá de toda conciencia" (F. Thiess).

He aquí otra cita a la que tenemos motivos para atribuirle igual valor testimonial: "Había dos cuerpos, después un solo cuerpo; un cuerpo en el otro, una vida en la otra vida. No había más que una necesidad, una búsqueda, una penetración hacia aba­jo, hacia abajo, cada vez más profundamente, hacia arriba, hacia arriba, cada vez más arriba, a través de la carne, a través de la blanda, ardiente tiniebla, que crecía ilimitada, In tiempo" (J. Ramsey Ullman). En más de un caso, en la penetración cada vez más profunda en el regazo femenino, en el hundimiento en él, está atestiguado un sentimiento de unión con una sustancia sin límites, con una oscura "materia prima", y es por esto por lo que, en una especie de embriaguez disolvente (y, en algunos, con una aceleración paroxística del orgasmo), se haya sentido arrastra­do al límite de la inconsciencia. Veremos que el contenido de experiencias de este tipo, no del todo excepcionales, que se pueden discernir cuando se les presta un lenguaje adecuado y cuando se las despoja de hechos emocionales más superficiales, presenta una correspondencia significativa con los símbolos ele­mentales activados en el régimen mágico e iniciático de la unión sexual. Quizá pueda ser interesante también esta otra cita: "Los latidos de mi corazón se hicieron cada vez más rápidos. Después sobrevino una crisis que me dio la sensación de un voluptuoso sofocamiento qpe se transformó, finalmente, en una terrible convulsión durante la cual perdí el uso de los sentidos y sentí que me hundía" (J. J. Le Faner. Se trata de una joven).

Novalis, en una de sus obras (69), dice que "la mujer es el supremo alimento visible que forma el punto de transición del cuerpo al alma" y hace notar que, en la experiencia erótica, convergen dos series en dos direcciones opuestas. Partiendo de la mirada, el lenguaje, la unión de las bocas, el abrazo, el contacto y así sucesivamente hasta la unión sexual, "son los grados de una escala por la cual desciende el alma" hacia el cuerpo. Pero simul­táneamente —dice Novalis— hay otra escala, "a lo largo de la cual el cuerpo sube" hacia el alma. En el conjunto, se podría pues hablar de la experiencia tendencia) de una "corporeización" del espíritu que tiene lugar al mismo tiempo que una sutilización del cuerpo, hasta el establecimiento de una condición intermedia, ni espiritual ni corporal, a la que —como ya hemos dicho— corres­ponde exactamente el estado de ebriedad erótica. Cuando esto se verifica, a través de la mujer se llega, en una cierta medida, a superar la frontera entre el alma y el cuerpo, en un principio de expansión integradora de la conciencia en las zonas profundas habitualmente obstruidas por el umbral del inconsciente orgánico. Sobre esta línea, la expresión "unirse con la vida" podría adqui­rir un significado notable (70). En otro pasaje, el mismo Novalis habla efectivamente de la iluminación vertiginosa, comparable a la de la unión sexual, en la cual "el alma y el cuerpo se tocan" y que es el comienzo de una transformación profunda. En el amor profano, las experiencias de este género a través del uso de la mujer son raras y fugitivas, pero no por esto menos reales ni menos desprovistas de un valor indicativo. Transcribimos ahora un pasaje de un escritor que encierra indicaciones que tienen un valor signalético positivo: "En él ocurrió algo misterio­so, algo que jamás le había ocurrido... Esto penetró todo su ser, como si, en la médula de sus huesos, hubiesen vertido un bálsamo mezclado con un vino muy fuerte que le embriagaba al instante. Como en una borrachera, pero sin impurezas... Esta sensación no tenía ni principió ni fin; era tan poderosa que el cuerpo la seguía, sin ninguna relación con el cerebro... No eran los cuerpos los que estaban unidos, sino la vida. El había perdido su indivi­dualidad. Era transportado a un estado cuya duración no podía asir. No se ha inventado ningún lenguaje para expresar este momento supremo de la existencia, donde se podía ver toda la vida desnuda e inteligible... Después descendieron de nuevo" (Liam O'Flaherty).

La idea de que, bajo un otro aspecto, la idea liberada por el sexo en lá unión sexual puede actuar de una manera purificadora, catártica, pertenece al dionisismo y a toda otra corriente de la misma dirección. Pero a ello pueden corresponder también momentos que a veces intervienen en la misma experiencia del amor profano. De Lawrence, no se puede decir ciertamente que fuera un iniciado; pero él no hace sólo literatura ni se limita a teorizar cuando hace decir a uno de sus personajes: "Sentía haber tocado el estado más salvaje de su naturaleza... ¡Cuánto mienten los poetas y todos los demás! Os hacen creer que tienen necesi­dad del sentimiento, cuando de lo que tienen verdadera necesidad es de otra sensualidad aguda, destructora, terrible... Inclusive para purificar e iluminar el espíritu es precisa la sensualidad sin frases, la pura, ardiente sensualidad." Ya hemos hecho notar que, en general, este escritor se queda en una mística aberrante de la carne, y las frases que acabamos de citar se refieren a la experien­cia saludable que, para un tipo sexualmente desviado —cual corresponde a la gran mayoría de las mujeres anglosajonas moder­nas—, puede representar un uso del sexo sin frenos ni inhibicio­nes. A pesar de esto, aquí puede darse también un testimonio respecto a lo que experiencias de este género pueden otorgar, además, como purificación, como abolición o neutralización de todo lo que en la vida del individuo exterior, social, crea un obstácu­lo objetivo impidiendo el contacto con las capas más profundas del ser: inclusive cuando falta un verdadero elemento transfigu­rante, conviene hablar, justamente como lo hace Lawrence, de simple "sensualidad". Naturalmente, en una tal experiencia los aspectos positivos son fortuitos y raros, nunca reconocidos en su justo valor por el sujeto, por lo cual siguen no siendo susceptibles de un desarrollo ulterior, de cualquier "cultura". Antes bien puede nacer el equívoco de Lawrence, el de•una religión "pagana" de la carne, mientras que en tal sentido es Spengler quien ha sabi­do ver con justeza, cuando dijo que la orgía dionisíaca tiene en común con la ascesis el hecho de ser enemiga del cuerpo.

Estudiando determinados testimonios suministrados por amantes, se encuentran frecuentemente situaciones que conducen a lo que ya hemos dicho respecto a un caso de hebefrenia referido por Marro. Personas que han intentado prolongar el espasmo sexual más allá de un cierto límite, insistiendo en uno u otro procedimiento de excitación, hablan de la sensación insoporta­ble de una fuerza —"como una electricidad"— que viene de los riñones o corre a lo largo de la espina dorsal, con una tendencia ascendente. En este punto, la experiencia deja ya de ser deseable para la mayoría, parece presentar solamente un carácter físico doloroso, no se soporta, se interrumpe el acto (71). En estos casos, se debe pensar en las consecuencias de un comportamiento interior tal, que no permite otra cosa que precisamente percep­ciones que se han vuelto físicas. Es como si, en un momento dado, en el individuo, el circuito psíquico de embriaguez sexual exaltada fuese sustituido por un circuito exclusivamente físico. De ahí la degradación del proceso: solamente sensaciones negati­vas llegan al umbral de la conciencia. Pero detrás de una tal feno­menología, no es arriesgado suponer la de las formas parciales, esbozadas, del despertar de la kundalini, de la fuerza basal, al cual se dirigen sobre todo las prácticas del Yoga tántrico, pero que —se dice— pueden también manifestarse incidentalmente con ocasión de la unión sexual. Y "el estremecimiento, el fuego rápi­do y devorante, más fugaz que el relámpago", del que habló J. J. Rousseau al referirse a sus experiencias más íntimas, no deja de guardar relación con hechos análogos vividos por más de una persona.

Es preciso hacer notar además, que esbozos de una acción, por así decir, evocadora e incitante, dirigida al despertar de la fuerza basal, están contenidos también en algunas costumbres de tradición no europea, por ejemplo, en lo que se llama la danza del vientre, en particular cuando es la mujer quien la ejecuta, con un trasfondo erótico. Es cierto que con esto nos encontramos ya más allá del dominio del eros simplemente profano, porque esta danza, de la que el Occidente no tiene más que una idea banal de café-concierto, tiene un carácter sacral y tradicional. Ella comprende tres tiempos marcados por la altura de los movimien­tos de los brazos y por la expresión del rostro, que corresponden a otros tantos períodos de la vida de la mujer. El último tiempo hace alusión a la función erótica de la mujer, potencial desperta­dora de la fuerza basal durante la unión sexual, y es en este últi­mo tiempo en el que se figura el movimiento basal, típico, rítmi­co, del vientre y del pubis. Puede ser interesante conocer el siguiente testimonio de una persona (G. de Giorgio) que asistió a una ejecución de esta danza en sus formas auténticas: "Yo he asistido a' una verdadera danza del vientre: una árabe y varios árabes acuclillados que sincopaban el ritmo; yo, el único europeo.

Inolvidable. Esta danza, naturalmente sagrada, es un desenvolvi­miento de la kundalini, con evasión hacia lo alto. Simbólica­mente, es formidable, puesto que es la mujer la que la ejecuta y en ella sufre bastante, casi como (pues es dificilísima la verda­dera danza) en un parto, y es que es un parto: pero la cosa más bella, más conmovedora, es el acompañamiento, con su canto, de la mujer misma; cantos que transportan, que acompasan la evasión, el ciclo de desenvolvimiento, la deificación ascensional, el tránsito de anillo en anillo, desde el primero hasta el último centro" (72). Si el material etnológico no fuera recogido por gente incompetente, que tienen el mismo espíritu que un colec­cionista de sellos, los testimonios de este género podrían multi­plicarse fácilmente y los "civilizados" encontrarían probable­mente razones para avergonzarse al constatar a lo que, por lo general, se reducen sus amores.

En el campo positivo, médico, se testifican casos en que, en el acmé de la unión física, las mujeres se desvanecen o caen en estados semicatalépticos susceptibles de durar horas y horas. Casos de este tipo fueron ya señalados por Mantegazza en el capí­tulo VIII de su Fisiología de la mujer; pero en los tratados de erótica hindú son presentados como normales y constitutivos en determinados tipos de mujeres (73). Algunas fatales conse­cuencias debidas a síntomas de este género, semejantes a aquéllas de que habla Barbey d'Aurevilly en su novela Le rideau cramoisi, han dejado recientemente su eco en la misma crónica negra. No se trata aquí de "hechos histéricos" —término genérico que nada explica, y que a menudo no hace otra cosa que sustituir un pro­blema por otro problema—, sino más bien de fenómenos que resultan perfectamente comprensibles en el marco, presentado por nosotros, de la metafísica del sexo. Pero allí donde no se verifica la interrupción de la conciencia, a menudo ciertos estados que incidentalmente acompañan el "placer" o que se muestran  como repercusiones sucesivas del acmé de la unión sexual, son en sí mismos bastante significativos. Se trata de estados que el pasaje siguiente expresa bastante bien: "A veces, entre sus brazos, ella se sentía invadida de una especie de torpor casi clarividente, en el cual creía convertirse, por transfusión de otra vida, en una criatu­ra diáfana, fluida, penetrada de un elemento inmaterial y muy puro" (D'Annunzio, en 11 Piacere). Ya Balzac, con un mayor margen literario idealizante, se refirió a una sensación de este género: "Cuando, perdido en el infinito del agotamiento, el alma separada del cuerpo voltea fuera de la tierra, estos placeres pare­cen un medio de abolir la materia y rendir el espíritu a su vuelo sublime." En realidad, en los amantes, es bastante frecuente una especie de trance muy lúcido, paralelo a un estado de agotamien­to físico, después de la cópula. Es una especie de eco difuso posi­ble del cambio de estado intervenido objetivamente, es decir, cuando no ha sido percibido como tal en el acmé de la unión: una especie de franja de resonancia de este acmé. De costumbre, el elemento sutil, hiperfísico, de este eco es sin embargo neutra­lizado súbitamente, porque se vuelve en sí, o bien porque es alte­rado por sentimientos de simple proximidad amorosa humana.

 

(65)       Trad. Rückert (apud KLAGES, pág. 68). En una obra de Goe­the, hay un testimonio interesante de la sensación que, en su primera apa­rición, despierta el vals, danza en la que se podría ver un reflejo bastante mundaneizado de la técnica de los antiguos vertiginatores. Presa del movi­miento vertigionoso de esta danza, el protagonista experimenta una tal posibilidad de embriaguez y de posesión interior de la mujer, que ello le hace encontrar insoportable la idea de que su amante pueda bailar con otros. Cfr. también las reacciones de Byron al valsar, aunque sobre un pla­no, ya, moralizante.

(66)       PIOBB, Venus, cit., pág. 80.

(67)       Brhadáranyaka-upanishad, IV, iii, 21.

(68)       H. ELLIS, Studies, cit., V, v, pág. 161.

(69)       Fragm. págs. 101-102.

(70)       "Te siento mía hasta lo más profundo, te siento en mí como el alma se confunde con el cuerpo" (D'ANNUNZIO, en 11 Fuoco). El Werther de Goethe, para indicar el efecto que sobre él hace la mujer, dice: "Es como si el alma penetrara en todos mis nervios."

(71)       Fuera del contexto específico del que hemos hablado, es inte­resante una referencia al Káma-sútra (II, 1). Se habla allí de los casos en que la mujer, en los grados exaltados de la pasión, durante la unión sexual, "acaba por no tener ya conciencia de su cuerpo", y "entonces, finalmente, experimenta el deseo de cesar el coito".

(72)       Al mismo tiempo viene recordada la aplicación de este esquema simbólico visivo a una unión sexual en la postura en la cual la mujer tiene la parte activa, situándose sobre el hombre, que permanece inmóvil "y se desata en una espiral de abajo hacia arriba atrayente". Cfr. más arriba el viparita-maithuna tántrico.

(73)       En las clasificaciones escolásticas de los tratados eróticos hindúes se mencionan tres tipos de mujeres que se desvanecen en el momen­to supremo de la unión sexual, un cuarto tipo que pierde ya el conocimien­to al principio del acto, otro tipo aún al que le ocurre, "en la gran pasión, fundirse casi con el cuerpo del amante", de suerte que ella ya no sabes ape­nas decir "quién es él, quién es ella, que es la voluptuosidad en el amór" (textos en R. SCHMIDT, Indische Erotik, Berlín, 1910, págs. 191-193).

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