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Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y amor sexual. 12. Condicionalidad y formas de la atracción erótica

Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y amor sexual. 12. Condicionalidad y formas de la atracción erótica

Para lograr una definición completa de los factores que inter­vienen en la elección sexual, es necesario considerar con mayor detalle la estructura del ser humano, relacionándolo más con las enseñanzas tradicionales que con los estudios modernos.

Si hace poco distinguíamos dos partes o capas principales del ser humano (esencia y persona exterior), ahora debemos dividir a su vez el primero de esos elementos, el de los estratos esenciales más profundos. En conjunto, resultarán tres niveles. El primero es el nivel del individuo externo como construcción social, individuo cuya forma es bastante arbitraria, "libre" y flotante, precisamente a causa de su carácter fabricado.

El segundo nivel ya pertenece al ser profundo o dimensión en profundidad del ser, y es el lugar que en filosofía se ha llama­do el principium individuationis. Es ahí donde actúan las fuerzas mediante las cuales un ser es lo que es, física o psíquicamente, y se distingue de los restantes de su especie; además, también es la sede de la "naturaleza propia", o naturaleza innata de cada uno. En la tradición hindú se llama a estas fuerzas formadoras samskára o vásaná; no se reducen a los meros factores heredita­rios o genéticos, sino que son concebidos de forma que incluyen herencias, causas, preformaciones e influencias, cuyo origen puede estar situado antes de los límites de una vida humana particular (45). Todo lo que es carácter y naturaleza propia del hombre, lo que llamamos su "cara" en oposición a su "máscara", en el terreno psicológico, se halla relacionado con este plano. Contrariamente a lo que es característico del primero de los tres niveles, del más exterior, todo cuanto se relaciona con el segundo tiene un notable grado de determinación y de fijeza. Eso fue lo que indujo a Kant y a Schopenhauer a hablar de un "carácter trascendental" de cada individuo como de un hecho "nouménico", es decir, relativo a los asuntos que se hallan detrás de todo el orden de los fenómenos percibidos en el espacio y en el tiempo.

El tercer nivel, el más profundo, abarca las formas elementa­. les superiores y anteriores a la individualización, que, sin embar­go, constituyen el fondo extremo del individuo. Ahí se encuentra asimismo la primera raíz del sexo, y ahí se despierta la fuerza originaria del ecos. En sí mismo, este plano es anterior a la forma, a la determinación. Cada proceso asume una forma y una deter­minación a medida que la energía aborda los otros dos planos o estratos para continuar en ellos el proceso.

Con este encuadre puede observarse en todos sus aspectos cuanto se produce en la atracción sexual. En el plano más profundo, esta atracción es algo que va más allá del individuo; las formas extremas de la experiencia erótica en la relación sexual, con traumatismo, alcanzan a este plano. Refiriéndonos a él, es válida la expresión ya citada de que todas las mujeres aman a un solo hombre y todos los hombres aman a una sola mujer. Existe ahí un principio de indiferencia o de permutabilidad. En virtud de las correspondencias analógicas que se producen entre el límite superior y el límite inferior, esté vigente este principio bien por lo que respecta al impulso ciego que empuja a un ser hacia otro del sexo opuesto, propio de las formas "bestiales" y brutales del eros (la llamada "carencia bestial de elección"), o bien en las formas positivamente desindividualizadas del eros que figuran, por ejemplo, en una experiencia dionisíaca. Sin embargo, no siempre es cierto que la forma más vulgar y bestial del amor sea aquella en que no se ama a una mujer, sino a la mujer. Puede darse exactamente el caso contrario (46). Otro tanto cabe decir acerca del hecho de que el hombre pierde casi su individualidad en la crisis del acto sexual: puede perderla de dos maneras opues­tas, ya que hay dos posibilidades contrarias de desindividuali­zación, relacionadas con una apertura "descendente" y otra "ascendente", con una ebriedad anagógica y con otra catagó­gica. La "sustitución de la especie al individuo" en tales momen­tos es un puro mito. En fin, cuando se dice que el amor nace desde el primer momento o ya no nace nunca, cuando se habla de "flechazos", se alude a los casos en que la fuerza del estrato más profundo interviene de una manera directa, sin obstáculos, predominante, gracias a circunstancias especiales.

La primera ley que domina el proceso del sexo en el nivel más profundo, es la ya señalada del complementarismo, de la reintegración de la cualidad masculina pura y de la cualidad femenina pura, en la unión de un hombre con una mujer. Las . condicionalidades o vínculos propios de la individualización o naturaleza propia de un ser dado, intervienen casi inmediatamente en el límite entre el tercer y el segundo estrato, entre el nivel profundo y el nivel intermedio. En esta nueva fase no es indiferente para avivar la pasión y la inclinación erótica todo lo que es una mujer dada, además de ser una mujer y además de presentar el complemento elemental ontológico del que ya hemos habla­do. Aquí, por ejemplo, la elección está influenciada primero por los condicionamientos de la raza, después por otros condiciona­mientos más particulares, de orden somático y caracterológico individual, y el todo puede acentuarse y fijarse hasta el punto de parecer que es insustituible (47): es la creencia en el "amor único", esto es, que se puede amar y que se puede haber amado sólo a una mujer dada como individuo, una mujer única muy determinada (un hombre determinado, en el caso de la mujer). Y cuando toda la fuerza elemental, propia del estrato más profun­do y del proceso primario, se queda y se fija en ese plano interme­dio, que es el de la individualización y el "carácter trascendental", se produce la "pasión fatal", que, según veremos, si se queda en la esfera humana y profana no es casi nunca feliz, porque se activan una fuerza y una "carga" que sobrepasan al individuo; de donde frecuentemente surgen verdaderos cortocircuitos y situaciones como las ilustradas por el Tristán e Iseo wagneriano.

En general, el nivel intermedio es también el de las "idealiza­ciones" de la mujer amada: ahí nace la ilusión de que se ama a una mujer por determinadas cualidades, cuando lo que se ama realmente, y lo que arraiga, es su ser, su ser desnudo. Por el contrario, cuando la fuerza profunda del eros no recae directa­mente en el plano intermedio y no se fija por completo en él (lo que sucede en la mayoría de los casos), queda cierto margen de indeterminación: en vez de la "mujer única" e irremplazable, la condición precisa para que se produzca una atracción suficiente­mente intensa estará constituida por un tipo dado aproximativo ("el propio tipo") encarnado por más de un ser femenino (o masculino, según los casos). Pero esta mayor libertad de movi­mientos y de desplazamiento del eros puede tener también otra causa: la individualización imperfecta de un ser dado. Si el rostro interno de un ser no es muy preciso, en la misma medida será el objeto de su deseo más indeterminado y, entre los límites señalados, permutable. Por eso la multiplicación de las experien­cias amorosas puede contribuir a que se pierda la fijeza adecuada en un primer período de la vida erótica. Así, Balzac señaló que en la primera mujer amada se ama todo, como si ella fuese lo único; más tarde se ama a la mujer en cada mujer.

Pasando al último nivel, el del individuo externo, cuando cae sobre él el centro de gravedad del ser, alcanzan un grado muy alto la permutabilidad y la indeterminación de su complemento sexual en las elecciones. Según dijimos, en este plano todo es inorgánico, sin raíces profundas. Así, por un lado, puede encua­drar el tipo del libertino que sólo busca el "placer" y valora a una mujer según la medida que supone capaz de proporcionarla a este respecto, por lo que una mujer equivale para él sobre poco más o menos a cualquier otra. En algunas ocasiones, los factores determinantes pueden ser sociales y ambientales: la clase, la moda, las tradiciones, la vanidad, etcétera. Surgen entonces nuevos condicionamientos para todo lo referente al eros que alcanza este plano y se fija en él: y el amor normal, "civilizado" y burgués, se define en buena parte codellos. Basta, sin embargo, que el eros recupere de un golpe el carácter y siga los condiciona­mientos característicos de las capas más profundas, para que intervenga de forma catastrófica en todo lo que se haya formado respecto a relaciones intersexuales en ese campo más exterior del individuo social. Ya las afinidades determinadas por el plano de la propia naturaleza y de los samskára, en el caso de que se encuentre a la persona complementaria, pueden hacer explotar o minar todo lo que se ha creado el individuo social en el marco de las instituciones de la civilización y de la sociedad a la que pertenece. Tales son los casos que permitieron a Chamfort hablar de un "derecho divino del amor": lis s'appartiennent (los aman­tes) de droit divin malgré les lois et les conventions humaines (48). Y en la vida moderna tales casos son numerosísimos y han pro­porcionado la materia predilecta de una cierta clase de teatro y de novela: precisamente porque en la civilización moderna se tuvo la ilusión de que era posible centrar y sistematizar en el plano externo, social, inorgánico y artificial, las relaciones entre los sexos (49).

En los mismos términos que las catástrofes ahora comentadas debemos explicar el caso de los libertinos que acaban convirtién­dose en víctimas de su juego y enamorándose de una mujer dada, lo que termina con la permutabilidad del objeto de su eros; o bien que sucumben a formas sexuales maníacas, por haber jugado con fuego, esto es, por haber provocado en cierto momento la activa­ción del "voltaje" propio en el plano más profundo, tras el plano de los samskára y de la individualización.

Es claro que tales manifestaciones eventuales pueden inter­venir de manera catastrófica en el mismo plano del "amor único", así como la ley de las afinidades que rige este plano —en el nivel intermedio— puede actuar desastrosamente cuando encuentra su complemento sobre el campo del individuo social y de sus conci­liaciones. Entonces queda abolida la "unicidad" nuevamente, incluso la unicidad de la "pasión fatal". Pero en el terreno profa­no estos casos son extremadamente raros, y casi nunca se les reconoce según su auténtica naturaleza cuando se verifican.

Otro caso que debe relacionarse con este concepto se refiere a una pasión y una atracción sexual elemental que puede ir acompañada de desprecio e incluso de odio entre los amantes: se debe a la energía del plano más profundo, que mina todos los factores de afmidad entre los caracteres y todos los valores que serían determinantes de haberse concentrado el proceso en el plano intermedio. El caso es simétrico de ese otro ya comentado en que las afinidades propias de ese plano, a su vez, pueden olvi­dar todo lo que pertenece al campo externo de la moral social y de las instituciones.

En este contexto, conviene aludir al hecho de que existen medios artificiales para despertar a un estado más o menos libre la fuerza elemental del dos, por exclusión de las capas menos profundas, donde sufre habitualmente los condicionamientos ya mencionados en la experiencia de los hombres y mujeres ordina­rios, cuando atraviesa esas capas uniéndose casi a ellas. Podemos citar la acción del alcohol y de algunos estupefacientes, y desde ahora hemos de consignar que en el empleo sagrado del sexo (dionisismo, tantrismo), las sustancias de esta clase suelen desem­peñar el papel de auxiliares. En la misma línea se encuentran los filtros de amor, cuya naturaleza es ignorada completamente por los contemporáneos, y desde ahí, según veremos, el camino puede conducir a ciertas formas de la demonología con base erótica aparte de la magia sexual en sentido estricto.

En todo lo que llevamos dicho no hay que confundir nunca el papel de lo que condiciona con el papel de lo que determina. Para que una máquina produzca determinados efectos y consiga un rendimiento es forzoso que esté compuesta de unas determina­das partes, y que tales partes se hallen convenientemente ajusta­das; es imprescindible. Pero si falta la energía motriz, hasta la máquina más perfecta se mantendrá parada. Lo mismo hay que pensar de todos los condicionamientos que, en los dos planos menos profundos del ser, pueden corresponder teóricamente al optimum para la atracción sexual: hace falta que, aparte todos esos factores, la fuerza primaria del eros se alerte, de acuerdo con un "voltaje" u otro, y que establezca el estado magnético o mági­co que hemos definido como el sustrato de cualquier amor sexual verdadero.

En el individuo vulgar, y sobre todo en las civilizaciones occi­dentales, la experiencia erótica se alinea entre las que presentan un mayor carácter pasivo. Es como si los procesos correspondien­tes se pusieran en marcha y se desarrollasen solos, sin la inter­vención de la voluntad de la persona, que ni siquiera es capaz de concentrarlos en uno de los tres campos o niveles indicados. Esta situación se considera natural y normal, hasta el extremo de que cuando no se verifica, cuando falta la coacción, la impotencia de' sentir o actuar de otro modo, se duda de la sinceridad y de la profundidad de un sentimiento o de un deseo. Las palabras más usuales demuestran ese carácter: la "pasión" expresa en las lenguas de raíz latina precisamente la condición del que sufre. Lo mismo se puede decir respecto a la palabra alemana Leidens­chaft, derivada de leiden, que significa sufrir.

Tal fenómeno adopta un carácter más o menos señalado según los individuos y su diferenciación interna. Además, con­vendría hacer unas inducciones respecto a la psicología diferen­cial, basándose en las diferentes instituciones. Por ejemplo, la poligamia tiene como condición primaria natural un tipo masculi­no cuyo Yo supere al eros (con un mayor grado de desplazamien­to y un menor grado de fijeza como consecuencia); además, un tipo en el cual la experiencia erótica en sí misma tiene más impor­tancia que la relación con una mujer u otra como persona (según un refrán árabe: "Un fruto, y en seguida otro"). Puesto que no se ha dicho que esto corresponde siempre a situaciones idénticas a las externas e inorgánicas, propias de la orientación libertina, es posible admitir que el paso de la poligamia (o del matrimonio antiguo que permitía el concubinato como su integración legíti­ma) a la monogamia, a pesar de las vías conformistas que prevale­cen en nuestros días, no indica de ninguna manera la sustitución de un tipo viril superior por uno inferior; sino exactamente lo contrario; es más bien el síntoma de una mayor servidumbre potencial del hombre al eros y a la mujer, y sin embargo no contradice la mayor civilización (50).

En cuanto a los elementos de una técnica dispuesta a actuar sobre los diferentes condicionamientos existenciales del eros, podemos encontrarlos especialmente en el mundo antiguo o en los pueblos primitivos. De momento no citaremos más que un ejemplo: la circunstancia de que a menudo en estos últimos se identifican los ritos matrimoniales con encantamientos amorosos que despiertan la fuerza de atracción entre los dos sexos como un poder irresistible (51). Según nuestro esquema, despiertan y hacen intervenir al eros en el plano elemental, incluso con peligro de alimentar una especie de demonismo o de posesión.

* * *

Antes de continuar, revisemos el camino recorrido. Hemos rechazado cualquier interpretación biológica finalista del hecho erótico, y en cuanto a la explicación según el freudiano "principio del placer", no la hemos juzgado satisfactoria, igual que esa otra que considera al "instinto de reproducción" el hecho inicial del impulso erótico. Nos ha parecido más real la teoría "magnética"; hemos profundizado en ella por medio de los datos extraídos de las enseñanzas tradicionales que hablan de un estádo o fluido capaz de impulsar "catalíticamente" a los amantes, por la presen­cia de las fuerzas básicas (yin y yang) que delimitan la polaridad sexual y la, sexualización en general; es correlativo un desplaza­miento del plano de la consciencia, lo cual motiva a su vez una alerta mágica del podér de imaginación y un monideísmo más o menos intenso. La vieja teoría de que cuando alguien es domina­do por el eros se produce un cambio invisible en su sangre, ha quedado revaluada. Por fin, hemos examinado los condiciona­mientos unidos al complementarismo existencial de los seres enamorados, en el marco de una doctrina que tiene en cuenta las múltiples capas de la persona; sin embargo, resaltamos que siempre debe considerarse la base y la fuerza primaria de todo el proceso lo que proviene directamente de la relación de la masculinidad pura con la femineidad pura. Y a este respecto, el proceso será más intenso cuanto más neta sea la diferenciación de los sexos, es decir, la sexualización.

Pero al llegar a este punto se podría pensar que en lo concer­niente a lo esencial apenas se ha avanzado algo. ¿Acaso no hemos reconocido que, por regla general, cuanto se alega para explicar el hecho erótico es inútil, porque en realidad se explica por sí mismo? Inevitablemente, hemos tropezado con el problema fundamental: por encima de todo, ¿por qué se sienten atraídos el hombre y la mujer mutuamente? Obligados a reconocer en el eros un hecho elemental e irreductible, hay que encontrar el significado de ese hecho. Esto equivale asimismo a preguntarse por el significado del sexo en cuanto tal. Hemos llegado al centro de la metafísica del sexo en sentido estricto. De ello trataremos en el capítulo siguiente.

Notas

(45) Sobre los samskára y los vásaná, cf. EVOLA: Lo Yoga della potenza, Roma2, 1968, págs. 102-05, y ELIADE: Yoga..., cit., págs. 61, 92, 103, 54 y s., y 60.

(46) Algunos ritos de magia sexual colectiva son denominados colinuirga, de acuerdo con el nombre de una especie de corpiño que llevan las muchachas y que sirve para lo siguiente: al elegir un vestido al azar, el hombre escoge a la mujer que le servirá de compañera en el rito; las refe­rencias, en ELIADE, Op. cit., pág. 402, y en EVOLA: Lo Yoga della poten­za, cit., por lo que respecta al ritual secreto tántrico: cf., entre otras, págs. 336 y s. Además, hay que mencionar la promiscuidad intencional mante­nida en algunas fiestas estacionales, en las bacanales y en las saturnales.

(47) Existe cierta lejana analogía con la distinción freudiana entre el "proceso psíquico primario", en el cual la carga de la libido aún está libre y flotante, y el "proceso psíquico secundario", en el que está ligada a una representación dada y difícilmente se separa de ella.

(48) Apud SCHOPENHAUER, Op. cit., pág. 110.

(49) Otra consecuencia es el uso endémico de los divorcios y de los casamientos continuados en las civilizaciones "monogámicas" más especí­ficamente "modernas", debido a las posibilidades de desplazamiento del eros, propias de las capas más superficiales del ser. Las civilizaciones prece­dentes de carácter orgánico, al poner siempre en primer plano lo que, por el contrario, pertenece a la capa más profunda e individualizada de la "naturaleza propia", de una manera normal, esto es, abstrayendo incluso la fuerza coercitiva de las instituciones, garantizaban mayor grado de estabilidad en las uniones intersexuales, cuando el sistema vigente no era poli­gámico, con las diversas premisas que ya veremos más adelante.

(50) Cf. J. EVOLA: L'Arco e la Clava, Milán, 1968, cap. XII ("Li­bertad del sexo y libertad por el sexo").

(51) E. CRAWLEY: Mystic Rose, Nueva York, 1902, pág. 318.

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