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Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y amor sexual. 10. Los grados de la sexualización

Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y amor sexual. 10. Los grados de la sexualización

Al comentar las enseñanzas tradicionales del Extremo Orien­te dijimos ya que el estado de eros nace potencialmente de la relación entre la cualidad yang y la cualidad yin de dos seres humanos; el contacto de la "atmósfera magnética" de dos indi­viduos de sexo contrario, que según Eliphas Levi es la causa de ese estado, tiene el mismo sentido. Conviene profundizar este punto, lo que nos llevará a considerar también el problema de las elecciones sexuales.

Los conceptos de hombre y mujer que utilizamos corriente­mente no son más que aproximados. En efecto, el proceso de sexualización tiene grados múltiples, y no se es hombre o mujer en la misma medida. Desde el punto de vista biológico, es sabi­do que en las primeras fases embrionarias existe el androginismo. Orchansky ya reconoció que la glándula genital primitiva, deri­vada del cuerpo de Wolff, es hermafrodita. En la formación del nuevo ser, pronto se hace siempre más precisa la acción de una fuerza que produce la diferenciación sexual de la materia orgánica; por consiguiente, mientras se desarrollan las posibilidades relativas a un sexo, quedan eliminadas las del sexo opuesto, o quedan en estado embrionario o latente, o bien quedan presen­tes en función de las que predominan desde entonces y que defi­nen el tipo masculino o femenino final. Es análogo, pues, a lo que sucede en la ontogénesis: así como el proceso de la indivi­dualización del ser humano deja tras sí esbozadas las posibili­dades a las que corresponden las diferentes especies animales, así el proceso de sexualización deja en el hombre y en la mujer tras de sí, igualmente esbozadas o corno rudimentos de órganos atrofiados, las posibilidades del sexo opuesto presentes en el estado originario.

Producida la sexualización, suelen distinguirse diversos órdenes en los caracteres sexuales: los caracteres primarios, que se unen a las glándulas genitales y a los órganos de reproduc­ción; los caracteres secundarios, que atañen a los rasgos somá­ticos típicos masculinos y femeninos con sus correspondencias anatómicas y humorales; los caracteres terciarios, que la mayo­ría de los sexólogos relaciona sobre todo con la esfera psicoló­gica, la del comportamiento, las disposiciones mentales, morales, afectivas y similares del hombre y de la mujer. Todo esto se refie­re a los efectos; la base es, por el contrario, el sexo como fuerza formadora diferenciante.

Puesto que ya han obtenido carta de ciudadanía en biología el vitalismo de Driesch y de otros autores, no resultará herético tener en cuenta las fuerzas de esta clase. Se ha recuperado —ha sido forzoso recuperar— el concepto aristotélico de la entelequia como principio heurístico biológico, y la entelequia es precisa­mente una fuerza formadora que actúa en el interior, biológica y física sólo en sus manifestaciones; es la "vida de la vida". Antiguamente se la consideró como el alma o "forma" del cuer­po; así, tiene un carácter hiperfísico, inmaterial.

Queriendo profundizar en el problema de la diferenciación sexual, Weininger se preguntó si no sería oportuno aceptar una teoría ya defendida por Steenstrup, quien había supuesto en las personas de uno y. otro sexo la existencia de un plasma diferen­ciado, para el cual ha propuesto el mismo Weininger las denomi­naciones de retroplasma y de teleplasma: el que produciría el sexo actual incluso en cada célula del organismo (32). Unas investigaciones más profundas de carácter biológico confirmarán o no estas hipótesis. Sea como fuere, con ella se ha aplicado una intuición indiscutiblemente exacta a un plano que no es el exacto; porque el sustrato del sexo es superfísico, reside en lo que los antiguos llamaron el alma del cuerpo, ese "cuerpo sutil" intermedio entre la materia y lo inmaterial, que figura con dife­rentes nombres en los conocimientos tradicionales de muchos pueblos (por ejemplo, el súkshma-cartra de los hindúes y el "cuerpo astral" de Paracelso). De nuevo hemos de pensar en algo comparable a un "fluido" que rodea, penetra y cualifica el cuerpo del hombre y de la mujer, no sólo en los aspectos físi­cos, dando a todos los órganos, todas las funciones, todos los tejidos, todos los humores, una impronta sexual, sino también en los aspectos más íntimos, copo manifestación directa de una entelequia diferente. Si fuera real la diferencia del plasma en el hombre y la mujer, ahí tendría su origen. Por eso, cuando dijo Weininger que el sexo se halla presente en cualquier parte del cuerpo del hombre y de la mujer, tenía razón, con tal que no se reduzca sólo al plano biológico. En efecto, ya traspasó ese plano al alegar como prueba de su tesis el hecho de que cada parte del cuerpo de un sexo produce una excitación erótica sobre el otro; para explicarlo hay que poner en juego evidentemente un factor hiperfísico.

Con todo esto nos acercamos al concepto de "atmósfera magnética de los individuos de sexo opuesto" del que ya hemos hablado antes; en términos orientales, se trata del principio yang o del principio yin que penetra el ser interior y la corporeidad del hombre y de la mujer, bajo las especies de un fluido y de una energía formadora elemental.

Uno de los nombres dados al "cuerpo sutil" es el de "cuerpo aromático". La relación con el olor tiene una gran importancia sexológica. Es bien sabido el papel que desempeñó el sudor en los sortilegios populares (33). El olfato es muy importante en el magnetismo del amor físico y en la "intoxicación fluídica" de los amantes. En la antigüedad se pensó, y aún lo piensan algunos pueblos primitivos, que el fluido de una persona penetra hasta impregnar los vestidos además del cuerpo (con esta creencia se debe relacionar algún caso de "fetichismo de los vestidos"). De ahí vienen ciertas prácticas que se han mantenido en las costumbres de los amantes y de los pueblos primitivos (para estos últimos, aspirar el olor y ponerse los vestidos usados por uno u otro es un medio de mantener las relaciones y la fidelidad cuando los amantes deben separarse; así sucede en Filipinas, por ejemplo). Estas prácticas sólo ofrecen un carácter supers­ticioso o sencillamente simbólico si se desdeña el hecho "psí­quico" que puede producirse en el olfato paralelamente al hecho físico. El caso extremo es una intoxicación erótica que además de realizarse por medio de la mirada se realice asimismo por el olfato: "El la miró y la aspiró, ella lo miró y lo aspiró", escribió Maugham (34). Conviene resaltar, por otra parte, que la palabra latina fascinum tuvo en un principio y literalmente una relación especial con las cuestiones del olfato. Cualquier persona que posea una sensibilidad refinada reconoce el papel que desempeña, en las relaciones amorosas, una especie de vampirismo psíquico, una de cuyas bases está en el hecho olfativo. Ahí, el olor de un hombre y el olor de una mujer, en términos puramente materia­les, secretorios, sólo importan de manera secundaria: cuando se trata de seres humanos, la posibilidad, bien demostrada, de un efecto psíquico correspondiente no puede explicarse más que en función de una contrapartida igualmente psíquica, "sutil". Este hecho presenta notoriamente unos caracteres instintivos más groseros, aunque con frecuencia mucho más acentuados, en las diferentes especies animales. En este caso, como en tantos otros, lo que en principio pertenece en el hombre a un plano superior, se macroscopia y se concentra entre los animales con la forma de una especie de demonismo del bios. Y se puede también suponer el fondo que tal vez temía la creencia supersticiosa mexicana antigua, de que la fecundación era debida a una mezcla de las respiraciones del hombre y de la mujer.

Tras esta disgresión, muy útil, volvamos al problema de la sexualización. Ya hemos dicho que la sexualización tiene dife­rentes grados, y que es una realidad fisioanatómica que en cada persona de un sexo figuran también rudimentos del otro, por lo que es muy posible una sexualización incompleta de los sexos, lo que motiva 1 existencia de seres que no son puramente hom­bres o puramente mujeres, sino que son grados intermedios. Esto equivale a decir que en cada individuo determinado están presen­tes la cualidad masculina y la cualidad femenina juntas en dosifi­cación diferente, aunque la fuerza vital, el fluido del ser de un sexo dado, en tanto que perteneciente a pesar de todo a ese sexo, es, por expresarlo en términos chinos, fundamentalmente yang o yin; es decir, fundamentalmente cualificada según el principio masculino o según el principio femenino. El mérito de Weininger reside sobre todo en haber puesto de relieve esto y haber formulado también un criterio metodológico corres­pondiente: hay que comenzar por definir al hombre absoluto y la mujer absoluta, lo masculino y lo femenino en sí, en estado puro, como "idea platónica" o arquetipo, a fin de determinar el grado de sexualización efectiva de los llamados en conjunto hombres y mujeres (35). Del mismo modo, el estudio del trián­gulo abstracto como pura entidad geométrica puede facilitar unos conocimientos susceptibles de aplicación a las numerosas formas triangulares de la realidad, que sólo son aproximaciones del triángulo perfecto, con objeto de su distinción y clasifica­ción. La reserva que debe señalarse aquí, sobre la que volveremos en seguida, es que a diferencia del caso geométrico, el hombre absoluto y la mujer absoluta no deben ser concebidos única­mente a título heurístico, como medidas abstractas para la mascu­linidad y la femineidad de los hombres y de las mujeres, sino también en términos ontológicos y metafísicos, como potencias primordiales reales que, si en los hombres y las mujeres concretos poseen un grado de manifestación mayor o menor, sin embargo se hallan siempre e indivisiblemente presentes y activos en ellos.

De todas formas, excepto en los casos extremos (o en las experiencias límites, es muy importante añadir esto), el cuadro que presenta cada hombre y cada mujer ordinarios es una dosi­ficación distinta de la pura cualidad masculina y de la pura cualidad femenina. Ya. Platón esbozó esta ley, al situar en su base un complemento, para el que utiliza la imagen del símbo­lon (36), nombre que designaba un objeto partido en dos mita­des, como se usaba antiguamente para que sirviera de signo de reconocimiento entre dos personas, cuando la parte mostra­da por una de ellas se adaptaba perfectamente a la conservada por la otra. De la misma manera, dice Platón, cada ser porta en sí un signo distintivo y busca instintivamente y sin cesar "la mitad que le corresponde, que lleva los mismos signos distin­tivos", es decir, los complementos que equiparan las dos par­tes (37). Se encuentra la misma idea más detallada en Scho­penhauer (38), quien dijo que para la existencia de una gran pasión es necesario que dos personas se neutralicen recíproca­mente, como lo hacen un ácido y una base cuando forman una sal; puesto que la sexualización tiene diversos grados, se realiza esta situación cuando un cierto grado de virilidad encuentra su pareja en un grado correspondiente de femineidad en el otro ser. Por su parte, Weininger ha propuesto una verdadera fórmula adecuada para el primer fundamento de la atracción sexual (39). Partiendo precisamente de la idea de que cuando se toma como modelo el hombre absoluto y la mujer absoluta hay en general algo del hombre en la mujer y de la mujer en el hombre, mantie­ne que la máxima atracción se da entre un hombre y una mujer tales que sumando las partes de masculinidad y de femineidad presentes en ambos, se obtiene como total el hombre absoluto y la mujer absoluta. Por ejemplo, el hombre que tuviese tres cuartas partes de hombre (yang) y una cuarta parte de mujer (yin), encontraría su complemento sexual natural, que le atrae­ría irresistiblemente y en contacto con el cual se desarrollaría una enorme intensidad de magnetismo, en una mujer que tuvie­se una cuarta parte de hombre (yang) y tres cuartas partes de mujer (yin): con la suma de esas partes se restablecerían el hombre absoluto completo y la mujer absoluta completa (40). En realidad, estos últimos son los que se hallan en la base de la polaridad primordial de los sexos y provocan en seguida la pri­mera chispa del ecos; se puede afirmar que éstos son los que se aman y tratan de unirse a través de cada hombre y cada mujer, por lo que es cierta la máxima de que las mujeres aman a un solo hombre y los hombres aman a una sola mujer (41). La fórmula propuesta por Weininger fija, pues, una de las condi­ciones imprescindibles de las elecciones sexuales, que compro­meten las capas más profundas del ser.

Notas:

(32) 0. WEININGER: Geschiecht und Charakter, Vienall, 1918, cap. II, págs. 14 y s.

(33) H. PLOSS y M. BARTELS: Das Weib in der Natur-und Vól­kerkunde, Leipzig5, 1897, v. I, pág. 469.

(34) Suelen citarse los casos de Enrique III y Enrique IV de Francia que al parecer sufrían unas pasiones súbitas e irresistibles por las mujeres cuyas prendas íntimas habían olido después de llevarlas puestas ellas; en el caso de Enrique III, se dice que su pasión, originada así, por María de Cléves, sobrevivió a la trágica muerte de ésta. Cf. R. von KRAFFT­EBING: Psychopathia Sexualis, Stuttgart10, pág. 25. Cuando este autor pone en duda (pág. 18) que puedan verificarse efectos de esta clase ligados a los centros olfativos "entre individuos normales", es evidente que identi­fica a los individuos normales con los que poseen una sensibilidad "sutil" bastante reducida. PLOSS-BARTELS aluden asimismo a las creencias popu­lares de que el olor del cuerpo (nosotros diríamos: del ser) de una persona puede tener efectos tóxicos sobre otra si es del sexo opuesto (Op. cit., v. I, págs. 467 y s.).

(35) WEININGER: Geschlecht und Charakter, cit., 1, cap. I, págs., 7-14.

(36)PLATON: El banquete, 191 d.

(37) Id.

(38) Metaphysik der Geschlechtsliebe, cit., pág. 102.

(39) Op. cit., 1, cap. 111, págs. 31-52.

(40) En el fondo, hay una idea análoga también en la base de la vieja teoría astrológica según la cual la atracción recíproca exigiría que alterna­sen el Sol y la Luna en los horóscopos del hombre y de la mujer (es decir, que él debiera tener el Sol en los signos, y ella la Luna: el Sol es yang y la Luna es yin).

(41) (41) Este parece ser el significado contenido en el rito nupcial según el cual los esposos son coronados y tratados como el rey y la reina.

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