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Biblioteca Evoliana

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 47. Proceso de evocación en el amor caballeresco medieval

Metafísica del Sexo. CAPITULO QUINTO. 47. Proceso de evocación en el amor caballeresco medieval

Es conveniente, de entrada, circunscribir convenientemente las corrientes que nos interesan aquí. Ciertamente, ha existido un trovadorismo y un "amor cortés" a los cuales cuadra en gran parte el juicio corriente de los historiadores de las costumbres y la literatura medieval. Existieron verdaderas "Cortes de Amor", como las que, entre 1150 y 1200, tuvieron por centro a mujeres que verdaderamente existieron y eran bien conocidas, como la reina Eleonor, la condesa de Flandes, la condesa de Champagne, Hermenegilda vizcondesa de Narbona, Stéphanette des Baux, Odalasie vizcondesa de Aviñón, etc. En estas Cortes, el culto a la mujer tuvo un carácter estereotipado y convencional; pero no está excluido, al menos en parte, que derivaba de la incompresión de ciertos medios respecto a una doctrina esotérica que tomaron al pie de la letra, no captando el dominio con el que en realidad se relacionaba. El papel que representó la mujer en el marco de la caballería, más que en el de las Cortes y los trovadores, fue diferente, como verdaderamente vivido a menudo hasta las últimas consecuencias. Es conveniente poner de manifiesto el contraste existente entre el papel de la mujer y el estado real de las costumbres predominantes en la época. La mujer real, en la Edad Media, aparecía muy poco "idealizada" y fue tratada muy poco idealmente. El comportamiento marital fue generalmente muy rudo, cuando no auténticamente brutal. Las costumbres de las mujeres podían ser bastante libres, en absoluto conformes con un dechado de modestia, de pudor, de idealidad mogigata; en los relatos épicos de la primera Edad Media se encuentran mujeres que toman iniciativas amorosas y galantes, mientras los hombres permanecen indiferentes o son simplemente condescendientes. Sin hablar de la promiscuidad de los baños, no había el menor escrúpulo en que, en los castillos, las muchachas desnudasen a los caballeros que se alojaban en ellos o le hiciesen compañía en el lecho durante la noche. Guilbert de Nogent, en el siglo XII, deplo-raba el grado alcanzado por la impudicia femenina. En cuanto al comportamiento de los hombres, C. Meiners hace notar que, "durante la Edad Media, nunca fueron raptadas y violadas tantas nobles damas ni tantas doncellas como en los siglos XIV y XV, cuando la caballería estaba en todo su apogeo. Cuando, en estas dos centurias, los guerreros desenfrenados conquistaban ciudades o se apoderaban de ciudadelas, se consideraba como derecho de guerra hacer violencia a las mujeres y a las muchachas que a menudo, después de esto, eran muertas. Y los caballeros que violaban y mataban a las mujeres y a las hijas de sus enemigos y sus súbditos, por lo general se preocupaban poco del hecho de que así exponían a sus mujeres y a sus hijas al derecho de represalia (38).

Si un tal cuadro resulta quizá un poco exagerado, sin embargo en el conjunto es incontestable, dada la diferencia existente entre las relaciones reales predominantes entre los dos sexos en la Edad Media y el papel que, por el contrario, tuvo la mujer en ciertas costumbres caballerescas. Es pues bastante verosímil que éstas tuvieran por centro menos mujeres que existían realmente, que una "mujer del espíritu" asociada a un régimen de evocaciones: una "Dama" que, teniendo en el fondo una realidad autónoma, independiente de la persona física de la que, como mujer real, podía eventualmente servirle de soporte y, de una cierta manera, encarnarla. Era en la imaginación donde vivía y residía esencial-mente esta mujer; en consecuencia, era sobre un plano sutil donde el caballero hacía actuar su amor, su deseo y su exaltación. Sólo así se puede comprender todo cuanto hemos revelado con ante-rioridad, es decir, que la mujer a la cual se consagraba la vida y por la cual se cumplían toda suerte de empresas peligrosas, era a menudo elegida de tal manera que la posibilidad de poseerla realmente estaba ya excluida de antemano; podía también tratarse de la mujer de otro, con la que no podía esperarse contraer matrimonio, o de una mujer inaccesible cuya "crueldad" era aceptada e inclusive exaltada; podía, en fin, ser la simple imagen que uno se había formado de una mujer existente, sí, pero sin embargo nunca vista (la "princesa lejana"). Sin embargo, esta mujer alimentaba un deseo e incitaba a un servicio hasta la muerte de los hombres que, como guerreros, feudatarios y caballeros, tenían por ley a otros respectos su propia voluntad, no estaban acostumbrados al menor renunciamiento ni coacción y estaban lejos de todo sentimentalismo. Bajo el nombre de donnoi o domnei, en ciertos medios provenzales, fue exactamente entendido un tipo de relación erótica que, por principio, evitaba la posesión física de la mujer. En el grabado muy sugestivo que ilustra un manuscrito, el hombre tiene las manos atadas simbólicamente, y uno de los representantes de esta corriente dice abiertamente: "El que quiere poseer enteramente a su Dama, no sabe nada del donnoi." En otros casos, se tenía y se poseía a una mujer, pero el objeto de un tal eros no era ella (39). De una parte, ya lo hemos dicho, es preciso aquí pensar también en una voluntad tácita de evitar que las relaciones eróticas concretas marquen el fin o la crisis de la alta tensión interior despierta (así, lo que hace notar R. M. Rilke es justo, a saber, que lo que se tenía casi más que ninguna otra cosa era el éxito del cortejamiento); pero, de otra parte, como contrapartida objetiva de todo esto, se debe también pensar en los hechos que forman parte de lo que nosotros hemos llamado el régimen de la evocación de lo femenino en sí, de su absorción y de la integración con ello sobre un plano superfísico, invisible. Estas son, si se quiere, aproximaciones confusas a la posesión de la "mujer interior", paralelas a un impulso constante a la autosuperación (empresas heroicas, peligros, aventuras y todo lo demás que se hacía casi fanáticamente por su "Dama"). En particular, el hecho de que entre estas proezas entrase a menudo la participación en las Cruzadas es significativo. La teología de los castillos y de las Cortes de Amor prescribía la doble fidelidad a Dios y a la "mujer" y afirmaba que no había la menor duda sobre la salvación espiritual del caballero que moría por la dama de sus pensamientos: cosa que, en esencia, conduce también a la idea del poder inmortalizante propio, en el límite, del eros. Y en cuanto a la integración oculta, androgínica, a la cual hemos hecho alusión, hemos obtenido una noticia interesante, relativa a los Templarios: se suponía que los "demonios" venían a casa de los Templarios -caballeros que, sin embargo, practicaban la castidad- en forma de mujer y que cada caballero tenía su mujer (40). En esto, es bastante visible precisamente el tema de la unión con lo femenino sobre un plano no físico, tema que, por lo demás, se encuentra también en ciertas tradiciones de magia y a las cuales hace también alusión Paracelso. Y es preciso hacer notar que el "ídolo" que servía de centro en los ritos secretos de los Templarios -Bafomet- tuvo, según algunos, la apariencia, entre otras, de una figura andrógina o también de una Virgen.

Pasando ahora a los Fieles de Amor, se debe señalar que ellos, como los templarios (con los cuales tuvieron relaciones reales, históricas), constituían una organización iniciática. Recientemente, una investigación crítica sistemática y bien documentada, que esencialmente se debe a L. Valli y a A. Ricolfi, ha confirmado y hecho de dominio público lo que en círculos muy cerrados se conocía desde hace mucho tiempo por tradición, sobre el tema del fondo de lo que se llama la poesía del "dolce stile nuovo", a saber, que esta poesía emplea en granparte un lenguaje secreto, completamente inteligible solamente pósr los iniciados que pose-yeran su clave. El amor que se exaltaba en esta poesía no era la pasión profana más o menos idealizada o sublimizada, y las muje-res glorificadas no eran mujeres verdaderamente reales: esto a par-tir de la Beatrice de Dante y del amor del que se habla en la Vita Nuova.

Ya hemos tenidos ocasión de tratar este tema en otra parte; por eso nos limitaremos a una puesta a punto del problema según la especial perspectiva que aquí nos interesa.

L. Valli ha expuesto en síntesis su tesis en el pasaje siguiente: "Estos poetas, al vivir en un ambiente místico e iniciático, y al cultivar un arte que no tenía nada que ver con el arte por el arte o con la expresión por la expresión, tenían la costumbre de hacer de todos sus sentimientos de amor emociones verdaderas que tenían materia en su vida amorosa, para expresar pensamientos místicos e iniciáticos. Si la realidad de sus amores de hombres suministraba alguna ocasión concreta o algunas imágenes a sus versos, ella era sin embargo filtrada a través del simbolismo, de manera que esta materia de amor iba a tener un "verace intendimento", es decir, una significación de verdad profunda que era mística e iniciática. Una corriente de pensamientos iniciáticos se introducía en un cierto momento en la poesía de amor [en la poesía corriente de los trovadores] y poco a poco la invadía hasta el punto de que el gran nudo central de los poetas del amor, el que vivió alrededor de Dante, terminó por escribir, ’según la regla’, en un lenguaje simbólico de amor, con una jerga artificial" (41). Así era, según Valli. Por nuestra parte, añadiremos las precisiones siguientes.

En primer lugar, Valli otorga demasiado relieve a lo que, en esta poesía, puede haber tenido conexiones con el lado militante de la organización de los Fieles de Amor -porque estos poetas, a partir de Dante, fueron al mismo tiempo casi todos hombres de partido, gibelinos adversarios de las intrigas hegemónicas de la Iglesia. En lo que concierne al nudo más esencial de sus escritos, es preciso excluir que se trataba de una suerte de correspondencia de información entre los miembros de la secta, bajo el aspecto de un disfraz poético (como piensa Valli). Sin tener necesidad de esperar la inspiración y de ponerse a escribir versos, otros modos de comunicación secreta hubiesen resultado mucho más cómodos y seguros que el de unas poesías cifradas, sí, pero sin embargo accesibles siempre a todo el mundo.

El segundo punto, el más importante, es la necesidad de no sobrepasar los límites que se imponen a una interpretación puramente simbólica, como hace Valli. Las diferentes mujeres cantadas por. los Fieles de Amor, cualquiera que fuese su nombre, no eran mál que una mujer única, imagen del "Santo Conocimiento" o de la Gnosis, es decir, de un principio de iluminación, de salvación y de conocimiento trascendente. No se debe pensar sin embargo que se trata de alegorías y de simples abstracciones doctrinales personificadas, según lo que, en los estudios corrientes sobre Dante, se había ya supuesto respecto de Beatriz. El plano con el que se debe relacionar es, por el contrario, el de una experiencia efectiva, como en los Misterios antiguos y en los ritos secretos de los Templarios. Al mismo tiempo, se debe pensar que la elección del simbolismo de la mujer y del amor no era accidental e insignificante en estos medios, si bien ellos habrían podido emplear cualquier otra materia para expresar lo que tenían inten-ción de decir y, al mismo tiempo, para despistar al profano, corno hacían los hermetistas hablando de metales y de operaciones alquímicas. Al contrario de lo que Valli ha supuesto (y, con él, Rossetti, Aroux y Guénon), la experiencia de los amantes, en este caso, no se limitaba a suministrar la materia casual en un lenguaje artificial y simbólico con, todo lo más, alguna relación de analogía con un contenido secreto, que en sí no tuviese nada que ver con el eros (como, por ejemplo, en el empleo eclesiástico del lenguaje amoroso del Cantar de los Cantares); así pues, no se debe pensar tampoco en la transposición de los mismos términos de un sentido erótico a un sentido místico, a la que, en particular, se prestan algunos textos orientales, hasta el punto de que se ha podido traducir el título de un tratado de una erótica más que cruda como el Ananga Ranga por The bodiless One or the Hindu Art of Love y se ha podido afirmar que cada tina de sus estancias, además de un sentido literal, admite un sentido sagrado (42).

Aunque se trate esencialmente de la "mujer iniciática", de la "gloriosa mujer del espíritu" (como la llama Dante, que añade: "ella fue llamada Beatrice por muchos, que no sabían llamarla más que así"), en los Fieles de Amor, esta mujer no se reducía a un símbolo; todo hace pensar que aquí un régimen de contactos con la fuerza oculta de la femineidad representaba un papel esencial, régimen que puede tomar eventualmente por punto de partida el amor suscitado por mujeres reales, pero llevándole a actuar y a desarrollarse en una dirección iniciática. Solamente considerando las cosas así es como se puede, entre otras cosas, dar razón de todo lo que, aparte el el ento cifrado y simbólico de los "versos extraños", estas creacione poéticas presentan como contenido humano no del todo árido, sino vivo y natural, evidente, espontáneo, a menudo inclusive dramático. La interpretación de la "mujer" como el Santo Conocimiento personificado, o la pura doctrina secreta considerada como abstracta (hasta como la organización que la guardaba: Valli), no podría dar cuenta de hechos casi traumáticos de una experiencia emotiva intensa y a veces de fulguraciones, tan a menudo descritas de una manera sugestiva en esta literatura. Es improbable que entre los Fieles de Amor se llegue a experiencias similares mediante el empleo concreto, sexual, de la mujer, como en los ritos tántricos o dionisíacos; no nos ha llegado ninguna información susceptible de hacer de alguna manera verosímil esta suposición y, en cuanto a la terminología, las referencias eróticas en casi todos estos poetas están expurgadas, carecen por completo de un carácter excesivo cualquiera.

Debía pues tratarse del dominio intermedio que hemos indicado -ni de simple amor humano sublimado, ni de técnicas sexuales-, en el que la mujer real es importante, pero pasa al segundo rango, porque sirve de simple soporte para la toma inma-terial de contacto con el poder del que, en principio, es la encarnación viviente. Al contrario de la devoción caballeresca por la mujer y de los estados "exaltados" correspondientes, en los Fieles de Amor la fenomenología y la estructura iniciática son suficien-temente visibles y, como hemos dicho, no se trata ya aquí de casos aislados, dispersos, tan a menudo desprovistos de una conciencia exacta de lo que se había puesto en movimiento, sino de la orientación de una cadena entera, de la que quizá no conocemos siquiera toda la extensión, de las individualidades que no han dejado detrás de sí ni poesías, ni otros rastros tangibles, que han podido pertenecer a él e incluso haber desempeñado un papel importante.

Notas a pie de página:

(38) C. MEINERS, Geschichte des weiblichen Geschlechtes, Hannover, 1899, pág. 58; cf. también P. LA CROIX, Moeurs, usages et coutumes au Moyen Age et á l’époque de la Renaissance, París, 1873.

(39) Cf. C. FAUREL, Histoire de la poésie provenvale, París, 1896.

(40) G. GARIMET, Histoire de la magie en France, París, 1818, pág. 292.

(41) L. VALLI, Il linguaggio segreto di Dante e dei Fedeli d’Amore, Roma, 1928, págs. 205-206.

(42) Cf. R. SCHMIDT, Indische Erotik, cit., págs. 30-31.

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