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Metafísica del Sexo. Capítulo IV. 41. Sobre la fascinación femenina. Actividad y pasividad en el amor sexual

Metafísica del Sexo. Capítulo IV. 41. Sobre la fascinación femenina. Actividad y pasividad en el amor sexual

Al rasgo metafísico de la mujer eterna como maga, como Maya y máyá-cakti, magia consmWñica del Üno, corresponde en general la fascinación femenina. La asociación del tipo afrodisiano con el tipo de la maga es frecuentísimo en el mito y en la leyenda. Los dos aspectos se atribuyeron, por ejemplo, a Calipso, a Circe, Medea, Isolda y, en ciertas versiones de la saga, a la misma Brunilda. En Roma, Venus Vertocordia era concebida como experta en las artes mágicas. Son notables las figuras minoicas de mujeres sosteniendo en la mano la vara mágica. Sería fácil recoger otros muchos testimonios similares. Que la mujer esté más ligada que el hombre a la "tierra", al elemento cósmico-natural, es un hecho demostrado también en el orden más material por las influencias que, a diferencia del hombre, siente de los ritmos periódicos del universo (por ejemplo, en el ciclo de las menstruaciones). Pero, en la antigüedad, esta conexión se refería más bien al aspecto yin de la naturaleza, al dominio suprasensible nocturno e inconsciente, irracional y abisal, de las fuerzas vitales. De ahí, ciertas disposiciones, en la mujer, videntes y mágicas en sentido estricto (opuestas a la línea masculina y apolínea de alta magia y de teurgia), susceptibles de degenerar en brujería. En los procesos de la Inquisición, el sexo femenino figuró en aplastante mayoría; en 1500, Bodin indicaba un porcentaje de cincuenta mujeres contra un solo hombre en los procesos concernientes a brujería y artes ocultas. Uno de los tratados de demonología más difundidos en aquellos tiempos, el Malreus Maleficorum, se detiene a explicar por qué la brujería sería sobre todo obra de mujeres. Y en las tradiciones de numerosos pueblos, por ejemplo en China, las artes mágicas en sentido estricto que acabamos de indicar, se refieren a una tradición arcaica femenina y lunar. Precisamente para la China antigua es interesante que el carácter wu, empleado para designar al individuo que ejerce las artes mágicas en sentido estricto ("chamánico"), originariamente se aplicaba exclusivamente a las personas del sexo femenino. Las técnicas empleadas por la wu para entrar en relación con las fuerzas suprasensibles tenían un carácter ya ascético, ya orgíaco; en el segundo caso, parece que originariamente las wu oficiaban completamente desnudas. Es igualmente interesante que, como requisitos preliminares para su actividad se exigía a las wu la juventud y la belleza fascinante y que los caracteres yao y miao, significándo lo "extraño", lo "inquietante", lo "misterioso", reenviaban al tipo y a la cualidad de las wu (112), mientras que para la naturaleza no uránica de las fuerzas que estas jóvenes hacían descender, un significativo texto dice que, atraídas por sus ritos, estas fuerzas "oscurecían el sol".

Pero lo que aquí nos interesa es la magia de la mujer, fuera de estas específicas referencias a lo suprasensible, y el sentido de su natural fascinación y de su poder de seducción.

En Daudet se encuentra esta frase: "Me sentía invenciblemente atraído hacia ella; sólo un abismo puede provocar una tal fascinación." Ya hemos hablado tanto del simbolismo como del rito del desnudamiento y de la expresión más drástica que este último, sobre la línea femenina, tuvo en determinadas formas, como la danza de los siete velos. Se trata del desnudamiento de la mujer no de sus vestidos materiales que celan su cuerpo, sino de su individuación como ser empírico y particular persona, hasta mostrarse en su substancia elemental y abisal, como la Virgen, como Durgá, como la Mujer anterior a las múltiples variedades de mujeres mortales. En su raíz última, la fascinación ejercida por toda desnudez femenina se basa sobre el hecho de que ésta hace presentir de una cierta manera oscura, percibida solamente por los sentidos, la otra desnudez. No es cuestión de "belleza" ni de atracción animalmente carnal, y sólo en parte es apropiado lo que escribió Paul Valéry: "El prestigio del desnudo debería necesariamente resultar del valor de secreto y de peligro cercano que le viene conferido por su cualidad de revelación nefasta y de medio mortal de seducción." En la fascinación del desnudo femenino hay un aspecto de vértigo semejante al provocado por el vacío, por lo sin fondo, en el signo de la ilé, substancia primera de la creación y de la ambigüedad de su no-ser. Este rasgo pertenece únicamente al desnudo femenino. El efecto del desnudo masculino sobre la mujer es, en comparación, no solamente muy reducido, sino especializado, de orden esencialmente físico y fálico; esta desnudez no actúa sobre ella más que en los términos banales de sugerirle la eficiencia muscular y animal del "macho". No es lo mismo en el caso de la mujer: en la mujer completamente desnuda es "Durgá" quien viene oscuramente sentida por el hombre; es ella quien, diosa de las fiestas orgíacas, es también la "Inaccesible"; es la Prostituta y la Madre que es también la Virgen, la Inviolable, la Inagotable. Justamente esto es lo que suscita en el hombre un deseo elemental unido al vértigo; y también lo que impulsa el deseo al paroxismo, lo que acelera los ritmos, hasta donde el hombre priápico se abate, preso del éxtasis sutil y "succionante" de la mujer inmóvil. Si en general el hombre tiene el placer de la desfloración y del estupro, todo lo que en tal placer puede ser llevado al instinto o al orgullo de la primera posesión no es más que un elemento superficial; el hecho más profundo es la sensación, aunque ilusoria, que el gesto físico le da de violar lo inviolable, de poseer a la que en su raíz última, en su "desnudez", no será jamás poseída a través de la carne; es el deseo de poseer a esta "virgen" el que oscuramente está presente en el deseo de poseer a la mujer físicamente, anatómicamente intacta, o a la mujer que opone resistencia. Y no es diversa tampoco la raíz de un elemento específico de sadismo ligado no solamente al acto de la desfloración, sino que acompaña a toda unión sexual: es algo distinto de la "algolaguia" ambivalente citada más arriba, es algo bastante más profundo, es una crueldad y una ferocidad que constituye la contrapartida de la sensación trascendental de la intangibilidad fascinante, de la "frialdad", de la incolmabilidad de la substancia femenina elemental. Se quiere "matar" a la mujer oculta, a la mujer absoluta contenida en cada ser femenino, en un vano sadismo de "poseso" (113). Y es también por esto por lo que, en general, nada
excita más al hombre que el sentir, en el abrazo sexual, a la mujer agotada hasta la muerte bajo su delirio hostil.

Retomando el mito de Pandora, Kierkegaard (114) ha escrito que los últimos dones hechos, como coronamiento de todos los demás, por los dioses envidiosos a la "mujer del deseo" enviada a Epitemeo, para acrecentar su poder, fueron su inocencia, su modestia, su resistencia. Ya hemos dicho que, en la mujer, el pudor tiene un carácter no ético, sino puramente funcional, sexual; de la misma manera, sería banal poner en evidencia que, en la mujer, todo lo que es reserva y resistencia juega casi siempre el mismo papel de excitante sexual (115). Estos rasgos pertenecen sin embargo en gran parte al dominio del comportamiento individual consciente. Además, más allá de la coquetería, del pudor y de la astucia racionalizada en el darse, propia de una experta femineidad, hay algo de más sutil y de más impersonal, constithido precisamente por el elemento sexual fascinante, propio de la inocencia y de la castidad misma. Si el hecho de que una mujer manifieste abiertamente su deseo, en lugar de excitar, puede inclusive desarmar y disgustar a cualquier hombre no animalizado, que sería por el contrario atraído por la inocencia (116), si este hecho, por una parte, en su significado más profundo, conduce a la situación antes indicada —la muchacha "pura" incorporando mayormente el contenido de provocación para el hombre, inherente a la substancia "Durgá"—, por otra parte se debe considerar un aspecto objetivo y completamente impersonal de este conjunto. La ignorancia de una ley de carácter oculto no hace reconocer el verdadero significado de la pureza femenina y el secreto de su potencial fascinación. Según esta ley, toda energía inhibida o retenida se potencia, se traduce en una influencia que, aun siendo invisible, es mucho más eficaz. En la terminología hindú, es lo que se llama su transformación en fuerza ojas. Pues bien, en la pureza y la castidad de una muchacha que no es anormal no hay nada de lo que se cree comúnmente, en ella no se manifiesta en absoluto la "tendencia innata de la naturaleza femenina a la pureza" imaginada por ciertos escritores católicos modernos, que se olvidan de la bien diversa opinión de sus predecesores. La mujer sigue siendo en todo caso la kámini, la que por substancia tiene la sexualidad, la que, más allá del umbral de la conciencia más periférica, "piensa en el sexo, piensa sobre el sexo, piensa sexo, se complace en el sexo". La inhibición impersonal, "natural", de esta disposición la vuelve activa bajo la forma de un poder sutil, mágico, que constituirá la aureola de fascinación que rodea al tipo de la mujer "casta" e "inocente" y que sobre un hombre diferenciado hace más efecto que cualquier comportamiento femenino groseramente sensual, impúdico y lujurioso. La mujer dispone de esta fuerza mucho más peligrosa, precisamente cuando todo esto no es querido, cuando no se trata de un ardid ni de una inhibición consciente de base moralística, sino de un dato de su naturaleza, de algo elementalmente existencial cuya raíz arquetípica es la que hemos indicado más arriba (117).

Esto lleva a considerar un último punto fundamental por lo que concierne al lado menos visible de las relaciones ordinarias entre los dos sexos. Si metafísicamente lo masculino corresponde al principio activo y lo femenino al principio pasivo, tales relaciones se invierten en todo el dominio de la sexualidad corriente, es decir, en el dominio que se puede llamar "natural", en el que bien raramente el hombre va hacia la mujer como efectivo portador del puro principio "ser", emanación del poder del Uno, pero en general aparece como el que sufre la magia de la mujer. Las relaciones de hecho, en este contexto, se invierten pues y son indicadas de una manera precisa por una fórmula de Titus Burckhardt: la mujer es activamente pasiva, el hombre es pasivamente activo. La cualidad "activamente pasiva" de la mujer es la substancia de su fascinación, y ella es activada en sentido superior. El lenguaje corriente hace alusión a ello cuando califica a una mujer de "atractiva", atracción que es el poder del imán. A este respecto, la mujer es activa; el hombre es pasivo. "Se dice y se admite generalmente que en la lucha amorosa la mujer es casi pasiva. Esta pasividad, sin embargo, está muy lejos de ser real. Es la pasividad del imán que, en su aparente inmovilidad, hace precipitar en sus torbellinos al hierro que se le aproxima" (118). La tradición extremooriental que ha conocido el concepto del "actuar sin actuar" (wi-wu-wei), es también la que en relación con esto, en el marco de un sistema social no obstante netamente androcrático, ha sabido reconocer: "En su pasividad y su aparente inferioridad, lo femenino es superior a lo masculino" (119). Por paradójico que esto parezca, siempre es el hombre el que es "seducido", en sentido riguroso, es decir, etimológico de la palabra; su iniciativa activa se reduce a aproximarse a un campo magnético; apenas entrado en su órbita, sufrirá su fuerza (120). Frente al hombre que desea, es decir, frente a la pura necesidad sexual masculina, la mujer tiene siempre una superioridad. Ella no tanto se da cuanto se hace tomar. Una expresión adecuada ha sido dada a este contexto por A. Charmel en su Derniére semaine de Don Juan: todas las mujeres que Don Juan ha "poseído" se le revelan como otros tantos aspectos de una mujer única sin rostro (la mujer eterna, Durgá), que ha querido exactamente las palabras y los gestos por los cuales él ha "seducido" a cada una de ellas. El ha deseado a todas estas mujeres "como el hierro desea el imán". Es haciendo surgir en Don Juan este conocimiento como el Comendador hace que se mate.

Así el hombre priápico se ilusiona mucho cuando cree y se jacta de haber "poseído" a una mujer porque ella se ha acostado con él. Un rasgo elemental, que apenas merece una mención, es el placer que la mujer experimenta al ser "poseída"; "ella no es tomada, sino que ella acoge y, en ese acoger, triunfa y absorbe" (G. Pistoni) (121). En estos casos, hay inclusive una analogía biológica, un paralelismo entre lo que pasa entre los dos sexos y lo que se produce entre las células germinales: el movimiento, la actividad, la iniciativa del espermatozoide fecundante, desprovisto en sí de substancia vital, de plasma nutritivo que, después de haber conseguido avanzar sobre todos los otros espermatozoides vertidos en la vagina, penetra en el óvulo femenino casi inmóvil, rico de alimentos vitales, por el que es atraido, abre en él una brecha que se volverá a cerrar sobre él y lo aprisionará cuando haya entrado por completo; después de lo cual tiene lugar la destrucción recíproca de los dos genes, masculino y femenino, entrados en contacto en el interior del útero. La mujer "conoce una rendición tan completa, que se la debe considerar como más activa que el asalto del hombre" (A. Huxley). En fin, considerando por su lado psicológico más íntimo la experiencia de la unión sexual, se repite muy a menudo la situación del "imán": esto resulta del hecho de que el hombre más diferenciado es en mayor parte pasivo, en el sentido de que se olvida de sí mismo y, como en una fascinación, toda su atención es irresistiblemente captada por los estados psico-físicos que se producen en la mujer en el curso de la experiencia sexual, especialmente en sus reflejos sobre su fisionomía (the tragic mask of her, labouring under the rythmic caress — A. Koestler): y justamente esto constituye el afrodisíaco más intenso para la embriaguez y el orgasmo del hombre .

En el ciclo mediterráneo de la Gran Diosa, el mencionado poder "no actuante", o magia, de la mujer fue representado por la Potnia Theron, por la Diosa que, señora de los animales salvajes, cabalga el toro o tiene al toro atrapado, Cibeles que se hace transportar en su carro por dos leones domados, como símbolo de su dominación; Durgá sentada sobre un león y con el lazo en la mano es la correspondencia hindú de lo mismo. El mismo tema reaparece en el simbolismo, de inspiración cabalística, de la lámina XI del Tarot: la Emperatriz, representada por una mujer que, sin esfuerzo, mantiene abierta las fauces de un león furioso. Y toda mujer, en cuanto participa de la "mujer absoluta", posee esta fuerza en una cierta medida. El hombre se apercibe de ello a menudo y es frecuentemente por una supercompensación neuropática inconsciente del complejo, si no de angustia, de inferioridad que deriva de ello, por lo que él desfoga ante la mujer una ostentosa masculinidad, indiferencia, e inclusive brutalidad y desprecio (122), cosas todas ellas que no le llevan ni un solo paso adelante en lo que concierne a las relaciones más sutiles entre los sexos, sino más bien todo lo contrario. Que en cuanto individuo la mujer se convierta a menudo en la víctima, sobre el plano exterior, material, sentimental o social, de esta fuerza que ella usa —de donde, a veces, un instintivo "miedo de amar"—no cambia en nada la estructura fundamental de la situación.

No es necesario especificar que, sobre el plano sutil, la condición de pasividad del hombre es tanto más grande cuanto más se desarrollan y predominan en él los aspectos materiales del "macho", los rasgos instintivos, violentos y sensuales de la virilidad. El mismo tipo en el cual el Occidente más reciente ha reconocido siempre el ideal de la virilidad, el hombre activista preso del hacer y del producir, el Leistungsmensch, el hombre atlético de la "voluntad de hierro", en general es el menos rico de virilidad interior; en consecuencia, está entre los más desarmados frente al poder más sutil de la mujer. Son civilizaciones diferentes de la civilización occidental moderna, como por ejemplo la civilización extremo-oriental, la hindú y la árabe, las que han tenido una percepción más exacta de lo que es efectivamente viril, expresando tal sensación a través de un ideal de hombre bastante diverso, tanto por sus rasgos somáticos como por sus rasgos internos, caracteriológicos y espirituales, del prototipo europeo y americano del hombre "macho".

En general, podemos resumir las formas posibles de las relaciones interiores entre los dos sexos, diciendo que la actividad del hombre y la pasividad de la mujer no concierne más que al plano más exterior; sobre el plano sutil, es la mujer la que es activa y el hombre el que es 'pasivo (la mujer es "activamente pasiva"; el hombre, "pasivamente activo"); especialmente cuando la unión de los sexos conduce a la procreación, es la mujer la que absorbe y posee. Bien poco se supera esta situación en todo el dominio del eros profano; de ahí su ambigüedad. Sobre la base de situaciones de este género, el éxtasis erótico sólo casual y tangencialmente comporta los fenómenos de trascendencia a que nos hemos referido en el capítulo tercero y de los que, de hecho, los amantes ordinarios son habitualmente tan poco conscientes. Solamente en el ámbito del eros sacralizado las relaciones de actividad y de pasividad cambian fundamentalmente, hasta el punto de reflejar el status propio de los dos principios en el plano metafísico, haciéndose el hombre verdaderamente activo ante la mujer. La cosa es evidente en sí misma, porque solamente en el espíritu, en la sacralidad, puede volver a ser despertado de una u otra manera aquello que signa la dignidad superior potencial del hombre. Entonces la polaridad se invierte y se define una tercera situación, un tercer nivel de experiencia erótica, a la cual el simbolismo tántrico, ya señalado, del viparfta-maithuna, de la unión sexual invertida, puede ofrecer una expresión simbólico-ritual muy adecuada. Esta inmovilidad del hombre es el carisma de la actividad superior, de la presencia de la vfrya, para la cual la magia de la mujer no constituye ya un peligro y la misma visión de la "Diana desnuda" no es ya mortal. Esto conduce de una manera natural al dominio de lo que resta por tratar en este libro.

En lo que concierne a la psicología de los sexos esbozada en las páginas precedentes, conviene recordar de nuevo el fondo ontológico. Queremos decir que hemos hablado menos de cualidades o "características" individuales que de componentes objetivos, de manifestaciones en cada uno de la naturaleza de la femineidad absoluta y de la virilidad absoluta, según los aspectos fundamentales del uno y del otro, metafísicamente deducibles y dramatizadas por el mito. Estos "elementos" o "constantes" superindividuales del sexo pueden estar presentes en los individuos en diferentes grados de pureza y de intensidad; por otra parte, admiten formas variadas de manifestación según las razas y el tipo predominante de civilización. Se puede hablar también de estructuras o posibilidades de la conciencia profunda, que la conciencia más superficial y social —aquélla del plano donde se define precisamente la "persona (cfr. § 12)— no siempre reconoce y admite, que casi nunca ella actualiza completamente en el dominio profano. Así, Harding (123) dice justamente respecto a las mujeres, que es demasiado peligroso para ellas reconocer lo que son en el fondo; ellas prefieren creer que son lo que parecen, en la fachada de la conciencia exterior que se han construído.
Asimismo será conveniente volver sobre otro punto, recordando que todo cuanto hemos constatado sobre tal línea, como diferencia de naturaleza en el hombre y en la mujer no implica en modo alguno una diferencia de valor. La cuestión de la superioridad o inferioridad de un sexo respecto al otro está completamente desprovista de sentido, como ya hemos dicho. Cualquier juicio sobre el mayor o menor valor de ciertos aspectos de la naturaleza o de la psique masculina comparada con la femenina o viceversa, se resiente de un prejuicio, es decir, del punto de vista unilateral propio de uno u otro sexo. Y lo mismo hay que decir también a propósito de algunos aspectos de la psicología de la "mujer absoluta", que parecerían comportar de por sí un disvalor: la tendencia a mentir, por ejemplo, la "pasividad", fluidez, carencia del imperativo lógico y ético, la extraversión. Repitámoslo: el disvalor es relativo; se presenta como tal sólo porque, en una sociedad androcrática, se está acostumbrado al punto de vista del hombre. Para expresarse en términos extremoorientales, la "perfección pasiva" no es menos perfecta que la "perfección activa", y tiene su lugar al lado de aquélla. Lo que puede parecer negativo tiene su positividad si es considerado en función de su propio principio, es decir, en términos ontológicos de "naturaleza propia" y de conformidad con ella.

Finalmente se debe tener presente que, aparte su sexualización elemental, casi ningún hombre es solamente y bajo todos los aspectos un hombre, y ninguna mujer es solamente y bajo todos los aspectos una mujer. Ya hemos dicho que los casos de una sexualización completa son muy raros, que casi cada hombre lleva en sí residuos de femineidad y cada mujer residuos de masculinidad, en proporciones que presentan un gran margen de oscilación. Es necesario tener en cuenta todo lo que deriva de este hecho, en particular cuando se considera el dominio psíquico, en que la indicada oscilación puede tener una notable amplitud. Así, los rasgos que habíamos considerado típicos de la psique femenina pueden ser encontrados no solamente en las mujeres; especialmente en las fases regresivas de la civilización, tales rasgos pueden presentarlos también muchos hombres. Weininger, que sin embargo ha puesto bien en evidencia la realidad y la importancia de las "formas sexuales intermedias", no ha tenido esto lo suficientemente en cuenta. Un solo ejemplo: Weininger ha creido poder atribuir a la mujer la mentira interior (en el caso límite: la mentira histérica o neurótica) debido a su asumir pasivo, a través del ambiente, de valores y de normas no conformes a su naturaleza sensual. Ahora bien, el psicoanálisis ha sacado perfectamente a la luz cuári a menudo es éste también el caso para el hombre, especialmente para el hombre moderno; ha llegado inclusive a afirmar que, lo que según algunos constituiría el núcleo esencial de la psique masculina, el llamado "super-Yo" dominador, censor y vengador de la vida instintiva, no es más que el producto artificial de convenciones sociales recibidas e "introyectadas" (asimiladas): hasta el punto de ser causa de neurosis y de desgarramientos interiores de todo género. Y si nosotros mismos habiamos podido hablar, respecto a los rasgos caracterológicos, psicológicos y morales típicos del hombre de la última postguerra, de una "raza del hombre fugitivo" (124), se ve cuán poco la característica "líquida" de lo femenino puede ser atribuida solamente a las mujeres.

Un punto sin embargo se debe tener por seguro, o sea, que si es arbitrario juzgar a la mujer en función del hombre o viceversa, cuando se consideran los dos sexos en sí mismos, un tal juicio es legítimo cuando se trata de los componentes o disposiciones del otro sexo que un hombre o una mujer puede acoger o desarrollar en sí. En este caso, se trata en efecto de imperfecciones del tipo de una privación de la "forma", del hibridismo que caracteriza a un ser inacabado o degenerado. Y desde el punto de vista de la ética tradicional es mal y no-valor lo que en la mujer es hombre y lo que en el hombre es mujer.

Notas a pie de página:

(112) E. ERKES, Credenze religiose della Cina (aldea, Roma, 1958, págs. 10-13.

(113) Cf. Una notte a Bucarest (in "Roma", 9, III, 1951): "El sordo ritmo base [de la música] se acelera y entonces un violín pasa a un motivo que se define sobre notas altísimas: y a medida que el ritmo de acompañamiento se hace convulsivo, se transporta a límites que parecen finales, pero que de repente, soluciones nuevas e inesperadas remueven y superan como un andar extremo sobre una cuerda tensa o sobre el filo de una navaja de afeitar. De nuevo grita: " ¡Baskie!" Entonces una joven se acerca finalmente, esboza algunos pasos de danza, estorbada por los largos vestidos, lanza una mirada alrededor, luego arroja los vestidos y las prendas íntimas hasta la completa desnudez de un cuerpo aceitunado. La música continúa, pujante: y ahora es como si un vórtice hubiese encontrado un centro en aquella muchacha desnuda. Carreras bruscas de aquel cuerpo que finalmente se detiene, los brazos levantados, inmóvil, excepto por un estremecimiento y el juego de una expresión de sensualidad elemental mezclada a un algo de ambiguamente intangible. Sólo aquel estremecimiento y aquel leve gesto, y un destello de los ojos entreabiertos, acompañan y exasperan el demonismo de la musa gitana, hasta una tensión insostenible que parece demandar, que exige un acto elemental, una violencia absoluta; el matar, más que la violencia de la posesión carnal.

(114) In vino veritas, cit., pág. 25.

(115) Cf. OVIDIO, De arte amandi, I, 658: "Pugnando vici se tamen illa volet."

(116) El mismo Káma-sútra (I, ii), entre los tipos de mujeres que no se deben gozar, incluye "aquellas mujeres que expresan abiertamente su deseo comercio sexual".

(117) Justamente escribe H. ELLIS (Studies, v. III, Philadelphia, 1908, pág. 47): "La aparente resistencia de la mujer no está dirigida a inhibir la actividad sexual en el varón o en sí misma, sino a acrecentarla en ambos. La pasividad no es pues real sino aparente y esto permanece siendo cierto, ya en el caso de nuestra especie ya en la de los animales inferiores... Una intensa energía se oculta detrás de tal pasividad, una preocupación enteramente concentrada sobre el fm a alcanzar." No hace falta hacer notar que la inhibición de la que se habla aquí no tiene nada que ver con la inhibición neuropática estudiada por los psicoanalistas, a causa de la cual se rechaza históricamente la sexualidad; es por el contrario un momento interior, normal, de la sexualidad femenina integral.

(118) A. MARRO, La puhertá, cit., pág. 453.

(119) Cf. LAO-TSE, Tao-te-King, 61. Retomando la idea de Aristóteles, ESCOTO ERIGENA (Divis, Naturae, I, 62) dirá que "el que ama o desea sufre, quien es amado es activo".

(120) No es solamente humorístico el dicho americano de que el hombre persigue a la mujer hasta que ella lo atrapa (the man chases the woman as long as she catches him). Acerca de una cierta "violencia" masculina, VIAZI (Op. cit., pág. 148) emplea a justo título la imagen de quien asaltase, arrollando la resistencia de todos los carceleros y guardianes, una penitenciaría, sólo para conseguir ser encerrado.

(121) "Se deben considerar victoriosas a las mujeres si ellas se dejan vencer por ellos" (JAMBLICO, De vita pythag., XI).

(122) Cf. HARDING, Op. cit., pág. 45: "La actitud despreciativa que muchos hombres adoptan hacia las mujeres, testimonia una tentativa inconsciente de dominar una situación en que ellos sienten estar en desventaja." En el mismo contexto se pueden aceptar diferentes ideas formuladas por A. ADLER a propósito del carácter neuropático de muchas afectadas demostraciones masculinas de superioridad frente a la mujer (cf. Op. cit., passim e, por ejemplo, pág. 70).

(123) Les Mystéres de la femme, cit., pág. 46.

(124) Cf. EVOLA, L'Arco e la Clava, cit., c. III.

 

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