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Biblioteca Evoliana

Metafísica del Sexo. Capítulo IV. 40. Piedad, sexualidad y crueldad en la mujer

Metafísica del Sexo. Capítulo IV. 40. Piedad, sexualidad y crueldad en la mujer

En una leyenda persa, se indican, entre los ingredientes de que estaría compuesta la mujer, "la dureza del diamante y la dulzura de la miel, la crueldad del tigre, el esplendor cálido del fuego y la frescura de la nieve". Son las mismas ambivalencias que habíamos encontrado en el arquetipo de la Mujer Divina y que están en la base de otro rasgo de la psicología femenina: la coexistencia en la mujer de la disposición a la piedad con la disposición a una particular crueldad. Ya Lombroso y Ferrero habían notado que la mujer es, al mismo tiempo, más piadosa y más cruel que el hombre, porque a la capacidad de una compasión amante y protectora, a menudo corresponde una crueldad, una insensibilidad y una violencia destructora de la mujer que, si se desencadenan, superan las de los hombres; es cosa atestiguada también históricamente en las formas colectivas, en casos de revoluciones o de linchamientos (107). Si es fácil e inclusive banal atribuir, junto con los dos autores citados, la piedad femenina a la disposición maternal, es decir, al elemento demetriano de la Mujer, la crueldad, por el contrario, se explica por referencia al otro de sus aspectos, a la esencia más profunda de la sexualidad femenina.

La asociación entre crueldad y sexualidad fue ya dramatizada en más superficial de los sexos. Para la considerar bien las cosas, hay que distingnuir dos formas del tipo femenino afrodisiano: la forma inferior que correspondea la "fémina" en el sentido primitivo y, si se quiere, "dionisíaco" (en la acepción popular de tal término); y la superior, teniendo rasgos sutiles, lejanos, ambiguos, aparentemente castos. La figura de Dolores que Swinburne llama "Nuestra Señora del Espasmo" e "hija de la Muerte y de Priapo" y refiriéndose a la cual escribe lo siguiente: "He penetrado, desde el último portal, al santuario donde el pecado es una plegaria: ¿qué importa si el rito es mortal, oh, Nuestra Señora del Espasmo? ¿Qué importa? Enteramente tuyo es el cáliz que vertimos, atroz y lujuriosa Dolores, Nuestra Señora del Espasmo"; una tal figura es en buena parte una hipóstasis cerebral de un romanticismo literario decadente y "perverso" (108). Estamos ya más cerca de situaciones reales cuando D'Annunzio escribe: "La crueldad es latente en el fondo de su amor, pensó él. Algo de destructivo hay en ella, más evidente cuanto más fuerte es su orgasmo en las caricias... y volvía a contemplar en la memoria la imagen aterradora, casi gorgónea, de la mujer, tal como ella se le había aparecido varias veces, a través de sus párpados semicerrados, a él, convulso en un espasmo o inerte, en un agotamiento extremo" (en Trionfo della Morte) (109). Aquí no se trata de ningún modo de una crueldad debida a una inversión, es decir, a un rasgo masculino de alguna mujer, sino de todo lo contrario. El hecho es que, por dulce y amante que sea, la expresión de toda mujer, en el momento del deseo, tiene algo de cruel, de duro, de despiadado: junto a la dulzura, el abandono, la ternura, coexisten la insensibilidad, un egoismo sutil; esto más allá de la persona, en una relación esencial con su substancia elemental "dúrgica" de amante. Viazzi hace notar con razón que estos rasgos no son extraños siquiera al tipo más ideal de muchacha, de la romántica Mimí tal como la describe Muger: "Tenía veintidós años... Su rostro parecía el esbozo de una figura aristocrática; pero los rasgos de una finura extrema y dulcemente esclarecidos por la luz de los ojos límpidos y azules tomaban en ciertos momentos de fastidio y de mal humor un carácter de brutalidad casi salvaje, tal que un fisonomista hubiera tal "Vez percibido en ellos los signos de un profundo egoismo y de una gran insensibilidad..." Y Viazzi hace notar cuán a menudo algo similar se puede sorprender "en las actitudes más genuinas de la mujer que ama" (110). Aquello de más sutil y profundo que actúa en el mismo "abandono" de la mujer raramente es comprendido o percibido. Pero es una mujer y, por ende, psicoanalista, quien hace esta observación: "Es bastante raro encontrar hombres que permanezcan fríos en una situación erótica; pero son innumerables las mujeres que, inclusive cuando llevan una vida erótica, se muestran frías como un agente de bolsa. la frialdad de la luna y la dureza del corazón de la Diosa Luna simbolizan este aspecto de la naturaleza femenina. A despecho de su ausencia de calor y de su insensibilidad, quizá a causa inclusive de su indiferencia, este erotismo impersonal, en una mujer, atrae a menudo al hombre" (111).

Por lo demás, sobre el plano de la vida ordinaria no se sabría decir si depende solamente de circunstancias externas, económico-sociales, el hecho de que, a pesar de todo, en el amor, la mujer es capaz de encarar un aspecto positivo, mostrandouna actitud calculadora, más que el hombre, el cual, en determinados casos, puede ser acusado sólo de instintividad y de irresponsable búsqueda del placer. Esto aparte, el elemento de crueldad y frialdad multe puede manifestarse sobre el plano moral, porque si existe la mujer orgullosa de cuanto el hombre hace por su amor cual heroe y realizador de cosas extraordinarias (porque todo ello indirectamente la valoriza), está también la mujer que siente como suprema prueba de amor la renuncia por ella a todo valor viril superior y eventualmente inclusive la ruina de su amante. Un personaje de Don Byrne dice: "El hombre que se pierde completamente en una mujer, por fuerte que sea su amor, no es un hombre; y la mujer -experimentará desprecio por él." La mujer responde: "Yo lo despreciaría, es cierto; pero también lo amaría más." No es respecto a la llamada "mujer fatal", sino a la mujer en general, respecto a quien Remarque ha empleado el apólogo del peñasco que amaba a la ola: "La ola espumeaba y giraba alrededor del peñasco, lo besaba noche y día, lo abrazaba con sus blancos brazos y le suplicaba que fuera a su casa. Lo amaba y se ondulaba en su torno, y así lentamente lo minaba; y un día el peñasco, enteramente corroído en su base, cedió y cayó en los brazos de la ola. Y, de golpe, ya no fue un peñasco con el que jugar, a quien amar, con quien soñar. No fue más que una masa de piedra en el fondo del mar, sumergido en el mar. La ola se sintió decepcionada y se pusoa buscar otro peñasco". "Las mujeres -escribe Martín- son despiadadas con el mal que hacen a los hombres que aman".

Notas a pie de página:

(107) LOMBROSO-FERRERO, La donna delincuente, la prostituta e la donna normale, Torino3, 1915, págs. 55-59, 79. En el domino de la patología, confróntese, para la manifestación predominante en las mujeres de "explosiones espasmódicas de salvaje violencia destructora" cf. KRAFFTEBING, Psychopathia sexualis, cit., pág. 361.

(108) M. PRAZ, La carne, la morte e il diavolo nella letteratura romantica, cit., págs. 233-234.

(109) Cf. también en Forse che force .che no: Mientras que en el hombre el deseo era esta "elección irrevocable", el "deseo de ella era sin cerco, sin límite, infinito como el mal del ser y la melancolía de la tierra". "El descubría a través de sus pestañas, en ella, una mirada más lejana que la mirada humana, que parecía ser expresada por el carácter terrible de un instinto más antiguo que los astros."

(110) P. VIAllI, Psicologia dei sessi, Milano, pág. 72.

(111) E. HARDING, Les Mystéres de la Femme, París, 1953, págs. 125-126.

 

 

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