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Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y Amor Sexual. 9. La teoría magnética del amor

Metafísica del Sexo. Capítulo I. Eros y Amor Sexual. 9. La teoría magnética del amor

Más adelante intentaremos explorar la significación trascendente del sexo. Por ahora prestaremos atención a un asunto intermedio que iluminará el estrato elemental de cada eros; para ello habremos de comenzar a utilizar las nociones de "metafísica" en el otro sentido de la palabra: conocimiento del lado hiperfísico e invisible del ser humano.

Según vimos, ni el finalismo biológico, ni el impulso genésico, ni la idea aislada del placer como fin explican el eros. Por encima de todo ello, hay que considerar al eros el estado directamente determinado por la polaridad de los sexos, lo mismo que la presencia de un polo positivo y de un polo negativo determina el fenómeno magnético y todo lo relacionado con un campo magnético. Mediante hechos empíricos, materiales y hasta sencillamente psicológicos se cree posible explicar ese fenómeno "magnético" elemental, cuando en realidad no se hace más que suponerlo y hace falta explicarlo por sí mismo, ya que no sólo está condicionado, sino también determinado (21).
Esto no es una especulación personal. Corresponde al saber de tradiciones antiguas. Puede referirse, por ejemplo, a la enseñanza tradicional del Extremo Oriente. Según ella, mediante la frecuentación de individuos de uno y otro sexo, incluso sin contacto físico, nace en el ser más profundo de cada uno de ellos una energía especial o "fluido" inmaterial llamado tsing. Deriva únicamente de la polaridad del yin y del yang —sobre estos términos volveremos en seguida, y vamos a darles provisionalmente el significado de principios puros de la sexualidad. Esta energía tsing es una especificación de la fuerza vital radical, tsri, y crece proporcionalmente el grado del yang y del ying presentes en cada uno de ellos como individuos. Esta fuerza especial magnéticamente inducida tiene como contrapartida psicológica el estado de vibración, de embriaguez difusa y de deseo caracte-rístico del eros humano. La intervención de tal estado origina un primer desplazamiento del nivel habitual de la consciencia individual en vigilia. Se trata de un primer estado que puede ser continuado por otros. La simple presencia de la mujer ante el hombre suscita, pues, el grado elemental de la fuerza tsing y del estado correspondiente. Por otro lado, en esto hay que ver la base, no moral, sino existencial, de las costumbres de algunos pueblos (también europeos), en los que permanece el sentimiento de la fuerza elemental del sexo. Así, por ejemplo, la norma de que una - mujer no pueda tratar a un hombre como no sea delante de otro, especialmente si se trata de un casado. Esta regla concierne a todas las mujeres, porque el sexo carece de edad, y el infringirla, aunque sea de la manera más inocente, equivale a pecar: el hecho de encontrarse solo con una mujer, aun sin contactos íntimos, equivale a haberlos tenido. Todo esto nos lleva, en el fondo, precisamente al magnetismo elemental, al primer aviso de la fuerza tsing (22). El segundo, ya más intenso, interviene con el contacto corporal en general (desde la presión de las manos y el roce ligero hasta el beso y sus equivalentes o derivados). El tercer grado se alcanza cuando el hombre penetra en la mujer y queda envuelto por la carne de la mujer, o en los casos equivalentes de esta situación. En la experiencia amorosa corriente, este grado es el límite del desarrollo "magnético". En el régimen sexual propio de las formas sacralizadas y evocatorias, o en la magia sexual en sentido específico, éste no es el límite, sino que intervienen aún otros estadios. Unas modificaciones "sutiles" relativas sobre todo a la respiración y a la sangre, acompañan y sustentan esos diferentes grados. El correlativo psíquico se presenta esencialmente como un estado de vibración y de "exaltación" en el exacto sentido de la palabra.

Hay que hablar, por tanto, de una magia natural del amor como un hecho hiperpsíquico totalmente positivo, que interviene en la vida de los seres más vulgares, más materializados o más primitivos. Y si las opiniones indicadas hasta aquí pueden encontrar dificultades en los modernos psicólogos, la sabiduría popular las confirma. Aunque no se tenga un concepto claro del contenido del término, suele reconocerse que la atracción entre el hombre y la mujer nace solamente cuando se establece entre ellos "como un fluido". Incluso los casos del deseo brutal e inmediato por una mujer habremos de considerarlos en función de una especie de cortocircuito y de "caída de potencial" de esa relación fluidica inmaterial, faltando la cual también falta el arrebato de un sexo hacia el otro, desde sus formas más groseras hasta las más sublimadas y espiritualizadas. Suele hablarse corrientemente de la fascinación de una mujer; el uso de esta palabra lleva al hablante, sin que se dé cuenta de ello, precisamente a la dimensión mágica del amor: fascinum era el término técnico empleado antiguamente para designar una clase de encantamiento y de sortilegio.

Por otra parte, esta idea componía una teoría del amor profesada en Occidente sobre poco más o menos hasta el Renacimiento, pero que asimismo fue conocida por otras civilizaciones, especialmente en el Islam. Se halla expuesta, entre otros, por Lucrecio y Avicena, Marsilio Ficino y Della Porta. Así, Ficino dijo que la base de la fiebre amorosa consiste en una perturbado y en una especie de infección de la sangre provocada en las mismas condiciones que el llamado "mal de ojo", porque se realiza esencialmente por el ojo y la mirada. Esto, si no lo entendemos en el plano material, sino en el plano "sutil", es rigurosamente exacto. El estado fluídico, la fuerza tsing de los chinos, se enciende en principio por la mirada y a continuación invade la sangre. A partir de este momento, el enamorado lleva a la, amada en su sangre y viceversa, sin tener en cuenta la distancia que pueda separarlos (23). Al margen de las teorías, el lenguaje universal de los amantes demuestra espontáneamente este conocimiento: "Te llevo en la sangre", "te siento en mi sangre", "tu deseo me quema la sangre", I have got you under my skin, y tantas otras expresiones, son muy conocidas, están muy extendidas y casi estereotipadas; traducen un hecho mucho más esencial y positivo que todos los considerados por la sexología vulgar (24). Sin embargo, conviene recordar que cuando se habla de sangre en las antiguas tradiciones, casi siempre se alude a una doctrina transfisiológica. La idea tradicional está bastante bien expresada en los términos siguientes, aunque por el momento parecerán "sibilinos" a los lectores medios: "La sangre es el gran agente simpático de la vida, es el motor de la imaginación; es el substrato animado de la luz magnética, o luz astral, polarizada en los seres vivos, es la primera encarnación del fluido universal; es la fuerza vital materializada" (25).

Modernamente ha expuesto Mauclair una "teoría magnética del amor", ignorando las teorías que acabamos de indicar. Mauclair ha señalado que esta teoría ayuda a sobrepasar la vieja antítesis entre lo físico y lo espiritual, entre la carne y el alma, antítesis que en la experiencia erótica no existe, efectivamente, puesto que todo se desenvuelve en un plano intermedio en el que los dos elementos se funden y se atraen uno en función de otro. (Que los sentidos atraigan al alma o que el alma atraiga a los sentidos es algo que depende de la constitución particular de los individuos; pero en ambos casos el estadio final contiene, fundi-dos en uno, los dos elementos, y a la vez los trasciende.) Esta condición intermedia puede ser legítimamente calificada de estado "magnético" directamente percibido. La hipótesis magnética, advierte Mauclair, es la que mejor explica el estado insólito de hiperestesia de la pareja arrebatada por el amor, confirmando "la experiencia diaria de que el estadio amoroso no es espiritual ni carnal, y no entra en ninguna categoría de la moral habi-tual." Y añade: "Las razones magnéticas son las únicas verdaderas, y permanecen secretas y a veces ignoradas por los amantes, que no pueden facilitar los motivos precisos de su amor, y que si se les interroga ofrecen una serie de alegaciones... que no son sino razones subordinadas a la razón esencial, que es inexplicable. Un hombre no ama a una mujer porque sea bella, agradable o inteligente o simpática, o porque prometa una enorme, excepcional voluptuosidad. Todas esas explicaciones se dan sólo para satisfacer la lógica ordinaria... Un hombre ama porque ama, más allá de cualquier lógica, y ese misterio revela precisamente el magnetismo del amor" (26).

Ya en el siglo pasado había distinguido Lolli tres clases de amor: el amor "platónico", el amor sensual y físico, y el amor magnético, y decía que el amor magnético partícipe del uno y del otro, es ferozmente poderoso, se extiende por todos los órganos del cuerpo, pero tiene su sede principal en el álito (27). Sin embargo, este último no es en realidad una clase especial de amor, sino el final de cada amor.

Es fácil integrar estas ideas en los conocimientos tradicionales expuestos hace un momento: aclaran un hecho que debemos considerar elemental, es decir, primario, en su terreno (sólo lo será ya para una consideración específicamente metafísica del argumento): la estructura "magnética" del eros. Y así como sólo hay atracción entre el hombre y la mujer cuando se establece entre los dos, de hecho o potencialmente, una especie de "fluido", así el amor sexual cesa cuando disminuye el mencionado magnetismo. En tal caso, todas las tentativas para conservar una relación amorosa serán tan vanas como el intento de mantener en acción una máquina cuando falta la energía motriz, o, por emplear una imagen más acorde con el simbolismo magnético, como el intento de conservar unido un metal a un imán electromagnético cuando falta la corriente creadora del campo magnético. Pueden mante-nerse las condiciones exteriores: juventud, prestancia, simpatía, afinidades intelectuales, etcétera; pero cuando cesa el estado de magnetismo, cesan también irremediablemente el eros y el deseo. Y si no acaba todo, si no decae todo el interés del uno por el otro, se pasará del amor en sentido propio y completo a unas relaciones basadas en el afecto, en la costumbre, en los factores sociales, etcétera, lo que no representa una sublimación, sino, como ya indicamos, un sucedáneo, una suplantación, y en el fondo una otra cosa en comparación con todo lo condicionado por la polaridad elemental de los sexos.

Importa advertir que si bien resulta espontáneo entre los amantes el hecho magnético o mágico o de fascinación, también suelen éstos alimentar y desarrollar intensamente esta magia. Es muy conocida la imagen de Stendhal acerca de la "cristalización" en el amor: así como las ramas desnudas de un árbol se cubren a veces de cristales en la atmósfera salina de la región de Salzburgo, así el deseo del amante al concentrarse sobre la imagen de la amada hace que cristalice alrededor de él algo como una aureola, compuesta por varios contenidos psíquicos (28). Lo que llamamos fascinación magnética desde un punto de vista objetivo puede ser denominado en términos psicológicos con las palabras cristalización, monoideísmo o imagen coactiva —Zwangsvorstellung Este es un elemento esencialísimo en cualquier relación amorosa: el pensamiento de uno de ellos es cogido de una manera más o menos obsesiva por el otro, en una especie de esquizofrenia parcial (repárese en las expresiones comunes por el estilo de "estar loco de amor", "amar locamente", "estar loco por ti", etcétera, que son muy significativas). Este fenómeno de la concentración mental, como observa exactamente Pin, "es un hecho casi automático, aparte por completo de la personalidad y de la voluntad. Cuando alguien, abúlico o enérgico, sabio o ignorante, pobre o rico, ocioso o atareado, se enamora, siente que su pensamiento en determinado instante se encuentra literalmente encadenado a una persona dada, sin posibilidad de escape. La concentración es, pues, un fenómeno en cierta manera hermético (29), masivo, uniforme, poco discutible, poco razonable, poco modificable, extremadamente fuerte" (30). Ahora bien, este hecho representa para los amantes una especie de barómetro. El "¿piensas en mí?", "¿pensará siempre en mí?", "¿has pensado en mí?" y preguntas semejantes pertenecen a su lenguaje habitual. Pero además se desea que ese hecho no sólo dure, sino que se intensifique, como si ello diera la medida del amor: y los amantes cuentan con varios recursos para aumentar y hacer continua la concentración durante el mayor tiempo posible. El "te tengo siempre en mi pensamiento" es correlativo del "te tengo en mi sangre". Así, inconscientemente, los amantes ponen en práctica una verdadera técnica que se incorpora al primer hecho mágico, provocando su desarrollo ulterior, con las variedades de la "cristalización" estendhaliana como consecuencia. En su Liber de arte amandi ya definía el amor Andreas Capellanus como una especie de agonía debida a una extrema meditación sobre una persona del sexo opuesto.
Un autor que, al contrario de los citados antes, se declara con mayor o menor razón especialista en ciencias ocultas y en la Cábala, Eliphas Levi, dijo que el encuentro de la atmósfera magnética de dos personas de sexo opuesto provoca una absoluta briaguez de "luz astral", cuyas manifestaciones son el amor y la pasión. La embriaguez especial causada por la congestión de "luz astral" constituiría la base de la fascinación amorosa (31). Tales ideas están tomadas de las tradiciones que ya hemos citado con anterioridad, y pueden aclarar otro aspecto del fenómeno aquí considerado; teniendo en cuenta que la terminología de Eliphas Levi sería sibilina para el lector medio si no le añadiéramos algunos comentarios por nuestra parte.

La congestión de luz astral es la contrapartida objetiva de lo que hemos llamado "exaltación". "Luz astral" es sinónimo de lux naturae, término empleado especialmente por Paracelso. El ákáza de la tradición hindú, el aor del cabalismo y muchas otras expresiones de las enseñanzas esotéricas tienen el mismo sentido. Con todas ellas se alude al fondo hiperfísico de la vida y de la naturaleza, a un "éter vital" comprendido como "vida de la vida" —en los Himnos órficos el éter es el "alma del mundo" de donde provienen todas las fuerzas vitales. Respecto a la expresión lux naturae, puede comprobarse que la asociación entre la luz y la vida es frecuente en las tradiciones de los más diversos pueblos, y se encuentra también en las primeras líneas del Evangelio de San Juan. Lo que nos interesa aquí es que esta "luz" a cierto grado puede ser objeto de una experiencia, sólo 'en un estado de consciencia distinto del estado ordinario de vigilia, en un estado correspondiente a lo que en el hombre vulgar es el sueño. Y lo mismo que en sueños la imaginación actúa en estado libre, cualquier desplazamiento de la consciencia, causado por una congestión o embriaguez de "luz astral", comporta una forma, mágica a su manera, de imaginación.
A este último lugar, por extraño que resulte para los que sólo conocen las ciencias modernas, hay que llevar los hechos fundamentales indicados antes. En los amantes actúa esta imaginación magnetizada o "exaltación" más que el pensamiento. Así como es muy significativa la expresión inglesa to fancy one another para describir el hecho de estar prendados uno de otro, así la definición del amor dada por Chamfort: "El amor es el contacto de dos epidermis y el intercambio de dos fantasías", roza involuntariamente algo esencial, porque mientras el contacto corporal lleva a un grado intensivo ulterior la fuerza ya despertada por la simple polaridad sexual, la acción de dos fantasías activadas por "exaltación" y por "embriaguez sutil", a un nivel de consciencia ya distinto al de la experiencia normal de vigilia, constituye un factor muy importante. (Ya veremos cómo sobre esto, entre otras cosas, se basa la magia sexual operativa.) También aquí son significativas las expresiones del lenguaje corriente de los enamorados, tomadas en general sólo desde una comprensión sentimental, romántica y blanda: en ellas suele darse una asociación frecuente entre soñar y amar. Husson no comprendió la profunda verdad que tocaba al decir que los amantes viven entre el sueño y la muerte. "Sueño de amor", "soñar contigo", "como un sueño", etcétera, son lugares comunes conocidos por todos. El típico aspecto de "soñador" es muy frecuente entre los enamorados. No cuenta la repetición estereotipada de esas expresiones yon las revistas del corazón. El contenido positivo, objetivo, es la sensación oscura, la sospecha de un desplazamiento del plano de la consciencia por "exaltación", desplazamiento unido en varios grados al eros. Estas expresiones, pues, son "índices intersticiales" lo mismo que el hecho de conti- nuar empleando, a pesar de todo, palabras como fascinación "fluido", charme, encantamiento, etcétera, cuando se habla de las relaciones entre los dos sexos. Cualquiera puede comprender la extravagancia que representarían estos hechos si el amor no tuviese más que una pura finalidad biológica.

Notas a pie de página:

(20) Así, puede resultar que no es un chiste lo que se hace decir por la muchacha americana a su compañero después del acto sexual: Do you feel better now, darling?

(21)    Como traducción de los reflejos del hecho existencial, pueden citarse estas palabras puestas por E. M. REMARQUE en boca de uno de sus personajes: "Entonces vi de golpe que yo podía ser algo para un ser humano por el mero hecho de estar cerca de él. Cuando se dice esto, parece muy sencillo, pero si se reflexiona se advierte que es una cosa inmensa, ilimitada: una cosa que puede destruirnos y transformarnos por completo. Es el amor, que es otra cosa" (Drei Kameraden, Düseldorf, 1955, pág. 187).

(22) Unas interesantes observaciones al respecto en algunas poblaciones de la Italia meridional se encuentran en el libro de Carlo LEVI: Cristo si è fermato a Eboli, Turín4, 1946, pág. 93. Se puede presentir así el fondo extremo de la regla islámica del purdah, relativa a la segregación femenina.

(23)    M. FICINO: Sopra lo amore, ed. Levasti, VII, 7: "Con justicia ponemos la fiebre del amor en la sangre." Con relación al proceso, cf. VII, 4-7 y 10, aunque debe ignorarse la concepción ingenua de las imágenes casi materialmente transportadas por la mirada de un ser a otro. VII, 11: en el amor vulgar (que entenderemos como el amor usual, opuesto al amor platónico) "la agonía de los Amantes dura tanto como dura esa turbación (= perturbatio) inducida en las venas por el mencionado mal de ojo." Cf. G. B. DELLA PORTA: Magia naturalis, 1, XV. PLATON (Fedro, 251, a, b) habla del "efluvio de la belleza que entra por los ojos" y que al extenderse produce "un escalofrío, convirtiéndose ea sudor y en un calor insólito". No hay que entender el calor en un sentido puramente físico, ya que entra en la fenomenología, antes mencionada, de la "exaltación" erótica. En él se basa lo que Kremmerz denomina precisamente "piromagia", según veremos más adelante, § 57.

(24)    G. D'ANNUNZIO: "Parecía que entraba en él una parcela de la fascinación amorosa de esa mujer, lo mismo que entra en el hierro algo de la virtud del imán. Es realmente una sensación magnética de placer, una de esas sensaciones agudas y profundas que casi no se conocen más que en los comienzos del amor, que no parecen tener una sede física ni una sede espiritual como ocurre con las restantes, sino que tiene su sede en un elemento neutro de nuestro ser, en un elemento que yo llamaría casi intermedio, de naturaleza desconocida, menos simple que un espíritu, más sutil que una forma, donde la pasión se recoge como en un receptáculo" (Il Piacere, ed. nacional, pág. 69). "El hombre sentía fluir la presencia de ella y mezclarse con su sangre, hasta que la sangre de él llegó a ser la vida de ella, y la sangre de ella, la vida de él" (íd., pág. 87). Frecuentemente, las percepciones de este género suelen ser distintas después de la unión corporal; pero si ésta se conduce de forma primitiva puede apagarlas incluso. D. H. LAWRENCE escribe en una carta: "Cuando me uno a una mujer, es intensa la percepción por medio de la sangre, es suprema... Se produce un paso, ignoro exactamente cómo, entre su sangre y la mía en el momento de la unión. Y aunque se aleje de mí. queda entre nosotros esta manera de conocernos a través de la sangre, por más que se interrumpe la percepción a través del cerebro" (MOORE, Op. cit.).

(25) Eliphas LEVI: La science des esprits, París, 1865, pág. 213.
 
(26) C. MAUCLAIR: La magie de l'amour, cit., págs. 56, 51, 52-53.

(27) M. LOLLI: Sulle passioni, Milán, 1856, cap. III.

(28) STENDHAL: "En mi opinión, esta palabra expresa el fenómeno principal de la locura llamada amor." "Entiendo por cristalización cierta fiebre de la imaginación que hace irreconocible un objeto por lo general común, y que lo convierte en un ser propio" (De l'amour, I, 15).

(29) Es interesante que, sin quererlo y sin analizar su alcance, se haya visto inducido un filósofo a emplear esta palabra.

(30) PIN: Psicologia dell'amore, cit., pág. 139; cf. también págs. 121-24. "Sabed que en el instante en que pudiera distraerme, en que vuestra imagen desapareciera por un instante de mí, no volvería a amaros" (Ninon de Lenclos, en el libro de B. DANGENNES: Lettres d'Amour, París, s. d., pág. 55).

(31) Eliphas LEVI: Dogme et rituel de Haute Magie (cit. por trad. it., Roma, págs. 58 y 84).

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