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Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) . 14. La doctrina de las castas

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) . 14. La doctrina de las castas

Biblioteca Julius Evola.- Schuon decía que la raza era la forma y la casta el espíritu. Evola realiza en este capítulo una introducción general al estudio del sistema de castas propio de todo el universo indo-ario. Apunta también el origen de las castas y las razones por las que estas civilizaciones atribuían a la casta una función superior. El complemento ideal de este capítulo es, desde luego la lectura del libro "Castras y Razas" de F. Schuon y "Autoridad Espiritual y Poder Temporal" de René Guénon.

 

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LA DOCTRINA DE LAS CASTAS

La organización tradicional, en tanto que "forma" victoriosa  sobre el caos y encarnación de la idea metafísica de estabilidad y justicia, ha encontrado una de sus principales expresiones en el sistema de castas. La distribución de los individuos en castas, o grupos similares, en función de su naturaleza y del rango jerárquico de su actividad en relación a la espiritualidad pura, se encuentra con rasgos constantes en todas las formas mas elevadas de civilización tradicional y constituye la esencia de la legislación primordial y del orden según la justicia. Adecuarse a la casta pareció a la humanidad tradicional, como el primero de los deberes.

Bajo su aspecto más completo ‑tal como se presentó especialmente  en el antiguo sistema indo‑ario‑ la jerarquía de las castas  corresponde visiblemente a la de las diversas funciones propias a todo organismo regido por el espíritu. En el límite inferior, se encuentran, en este organismo, energías aun indiferenciadas e impersonales de la materia y de la simple vitalidad: pero estas  sufren ya la acción reguladora de las funciones de intercambio y de economía orgánica en general, que a su vez, encuentran en la voluntad la fuerza que mueve y dirige el cuerpo como un todo en el espacio y en el tiempo. El alma, en fin, es centro, poder  soberano y luz de todo el organismo. Otro tanto ocurre en las  castas: las actividades de los siervos o trabajadores, shudra,  luego de la burguesía, vaisha, más arriba, de la nobleza guerrera, khsatriya y finalmente, los representantes de la autoridad y del poder espiritual (los brahamana, en el sentido original y los jefes en tanto que pontifices), constituían una jerarquía equivalente a la de todo organismo de tipo superior.

Tal era la estructura indo‑aria, a la cual se emparentaba estrechamente la organización irania, articulada en torno a los  cuatro pishtra: Señores del fuego ‑athreva‑, guerreros ‑  rathaestha‑, jefes de familia ‑vastriya‑fshuyant‑ y servidores  destinados al trabajo manual ‑huti‑. Un esquema análogo se vuelve  a encontrar en otras civilizaciones, comprendida la Edad Media  europea, que conoció la distribución en siervos, burgueses,  nobleza y clero. En la concepción platónica, las castas  corresponden a poderes del alma y a virtudes determinadas: a los  dominadores, a los guerreros y a los trabajadores, corresponden el espíritu y la cabeza, el animus, y el torso, la facultad  del deseo y la parte inferior del cuerpo: sexo y nutrición. El orden y la jerarquía exteriores corresponden, en justicia, a un orden y a una jerarquía interiores([1]). La idea de la correspondencia orgánica se encuentra también en la imagen védica bien conocida según la cual las diferentes castas proceden de las partes distintas del cuerpo del "hombre primordial"([2]).

Las castas, antes de definir grupos sociales, definían funciones  y modos típicos de ser y de actuar. La correspondencia existente  en las posibilidades naturales fundamentales del individuo y una  u otra de estas funciones determinaba su pertenencia a la casta  correspondiente: aunque podía encontrar en los deberes propios a  su casta, en todo lo que esta era tradicionalmente llamado a  realizar, la explicación normal de su propia naturaleza([3]) y,  además la posibilidade de desarrollarse, su consagración en el  conjunto del orden "de lo alto". Por ello el régimen de las castas, reinó y apareció al mundo tradicional como una apacible institución natural, fundada sobre algo que resultaba evidente a los ojos de todos y no sobre la tiranía, la violencia o, por emplear la jerga de los tiempos modernos, sobre una "injusticia social". Reconociendo su naturaleza, el hombre tradicional reconocía también su "lugar", su función y las justas relaciones de superioridad e inferioridad: sucedía que si el vaisha no  reconocía la autoridad de un khsatriya o si este no mantenía  firmemente su superioridad respecto del vaisha o el shudra,  esto se consideraba, menos una falta que una manifestación de ignorancia. En la jerarquía, no se trataba de voluntad humana, sino de una ley natural: tan impersonal como la que quiere que el lugar de un líquido más ligero no pueda estar por encima de un líquido más denso, a menos que intervengan causas perturbadoras. Se consideraba como un principio inquebrantable que "si los hombres se dan una regla de acción no conforme a su naturaleza, esta no debe ser considerada como una regla de acción"([4]).

Lo que choca con la mentalidad de los modernos en el régimen de  castas, es la ley de la herencia y de su "cierre". Parece  "injusto" que el nacimiento debe determinar como una fatalidad la  posición social y el género de actividad a la cual el hombre  deberá consagrarse y que no deberá abandonar, para una forma de  actividad inferior, ni siquiera superior, bajo pena de convertirse en un "fuera de casta", un paria, que todo el mundo evitaría.

Pero si se alude a la visión tradicional general de la vida,  estas objeciones desaparecen.

La estanqueidad de las castas se asentaba sobre dos principios  fundamentales. El primero deriva del hecho que el hombre  tradicional, tal como hemos dicho, no consideraba todo lo que es  visible y terrestre más que como el efecto de causas de un orden  superior. Por ello el hecho de nacer en tal o cual condición, hombre o mujer, en una casta o en otra, en una raza o en otra, tener algunos dones o algunas disposiciones determinadas, etc., no era considerado como un "azar", como una circunstancia puramente accidental que no debía prejuzgar nada. Para el hombre tradicional, por el contrario, todo esto se explicaba, sin embargo, como una correspondencia con la naturaleza de lo que  el principio convertido en "Yo" humano quiso o fue  trascendentalmente, en el acto de proceder hacia un nacimiento  terrestre. Es este uno de los aspectos de la doctrina hindú del karma, aunque no corresponde a lo que se entiende vulgarmente por reencarnación([5]), implica sin embargo, la idea general de una pre‑existencia de causas y el principio segun el cual "los seres son herederos de sus acciones: del ser nace el re‑ser y así fue la acción, así será el nuevo ser". Doctrinas de este tipo no aparecieron solo en Oriente. Se enseñaba en Grecia, que "el alma ha escogido  primeramente su demonio y su vida", y que "el cuerpo ha  sido formado a imagen del alma que encierra"([6]). Según algunos puntos de vista ario‑iranios que se transmitieron a Grecia y luego a Roma, la doctrina de la realeza sagrada se relacionaba con la concepción según la cual las almas se orientaban por afinidad hacia un planeta determinado; a este planeta corresponderían las cualidades predominantes y el rango del nacimiento humano; el rey era considerado como domus natus,  precisamente por que había recorrido la línea de las influencias  solares([7]). Para los que aman las justificaciones  "filosóficas", se puede recordar que la teoría de Kant y de  Schopenhauer relativa a lo que se llama el "carácter inteligible"  ‑carácter "nouménico" anterior al mundo de los fenómenos‑ y se emparenta con el mismo orden de ideas.

Dadas estas premisas, si se excluye pues la idea de un nacimiento debido al azar, la doctrina de las castas se presenta bajo una luz distinta. Según Plotino, "el plan general es uno: pero se  subdivide en partes desiguales, de tal suerte que el conjunto  comporta diferentes regiones, unas mejores, las otras menos  agradables y las almas, desiguales también, residen en lugares  diferentes que convienen a sus propias diferencias. Así todo se  armoniza y la diferencia de situaciones corresponde a la  desigualdad de las almas"([8]). Se puede pues decir que no es el  nacimiento el que determina la naturaleza, sino la naturaleza  quien determina el nacimiento; más precisamente, se posee un  espíritu determinado porque se ha nacido en una casta  determinada, pero al mismo tiempo se nace en una casta determinada por que ‑trascendentalmente‑ se poseee ya un espíritu  determinado. De ahí resulta que la desigualdad reglamentada de las  castas, lejos de ser artificial, injusta y arbitraria, no era más que el reflejo y la institucionalización de una desigualdad preexistente, más profunda y más íntima, una aplicación superior del principio: suum cuique.

Las castas, en el orden de una tradición viviente, representaban  por decirlo así, el "lugar" natural, aquí abajo, de voluntades o vocaciones afines; y la transmisión hereditaria, regular y  cerrada, prepara a un grupo homogéneo de inclinaciones orgánico‑  vitales e incluso psíquicas propicias al desarrollo regular por  los individuos, sobre el plano de la existencia humana, de estas  determinaciones o disposiciones prenatales. El individuo no  "recibía" su naturaleza de la casta: esta le daba el medio de reconocer o "recordar" su propia naturaleza y  voluntad, ofreciéndole al mismo tiempo una forma de patrimonio oculto ligado a la sangre para ayudarlo a realizarlo armoniosamente. En cuanto a las atribuciones, funciones y deberes de la casta, servían de marco para el desarrollo regular de sus posibilidades en el conjunto social. En las castas superiores, la iniciación completaba este proceso, despertando y suscita

 

rsonal y una  incomparable habilidad; no solo las disposiciones desarrolladas  por el ejercicio de un oficio, registrada en el organismo, se  transmitían con la sangre bajo forma de actitudes innatas y  profundas... además existía también la transmisión, sino de una  iniciación propiamente dicha, si al menos de una tradición  interna del arte, guardada como algo sagrado y secreto ‑arcanum  magisterium‑ aunque se delate por los numerosos detalles y   reglas, ricas en elementos simbólicos y religiosos, que  caracterizan las producciones artesanales tradicionales,  orientales, mexicanas, árabes, romanas, medievales y demás([9]).  La introducción en los secretos de un arte, no tenía nada en  común con la enseñanza empírica o racionalizada de los modernos.  Incluso en este terreno se atribuían algunos conocimientos de  origen no humano, tal como lo atestiguan, bajo una forma  simbólica, las tradiciones relativas a dioses, demonios o héroes ‑Baldr, Hermes, Vulcano, Prometeo, etc.‑ que habrían iniciado en el origen a los hombres en una de las artes. Es significativo, por otra parte, que el dios de los Collegia Fabrorum en Roma, fuera Jano, al mismo tiempo dios de la iniciación. Se puede hacer entrar en el mismo contexto a las misteriosas hermandades de forjadores que, venidas de Oriente a Europa, habrían llevado una nueva civilización: casi siempre, en los lugares donde surgieron los más antiguos templos de Hera, Cypris, Afrodia‑Venus, Heracles‑Hercules y Eneas, se encontraron  huellas  arqueológicas del trabajo del cobre y del bronce; finalmente,  hay que recordar que los misterios órficos y dionisíacos  utilizaron temas  extraidos del arte de la hilatura y del tejido([10]). Estas  concepciones recibieron su más alta consagración práctica en los  casos, frecuentes sobre todo en Extremo‑Oriente, en que la  obtención del dominio efectivo de un arte determinado tuvo el  valor de símbolo, reflejo, o signo, considerado  como la contrapartida y la consecuencia de la culminación de una  realización interior paralela.

Hay que señalar que incluso allí donde el régimen de castas no  tuvo este carácter de rigor y precisión que conoció en la India  aria, por ejemplo, se alcanzó expontáneamente algo similar  incluso en lo que respecta a las actividades inferiores. Tal es  el caso de las antiguas corporaciones o hermandades artesanales  que se encuentran en casi todo el mundo tradicional, comprendido  México. En Roma, se remontan a los tiempos prehistóricos y  reproducían, en su plano, la constitución propia a la gens y a  la familia patricia. El lazo y el orden que se desprendían, en las castas superiores, de la tradición aristocrática de la sangre y del rito, son reemplazados aquí por los que se derivan del  arte y de la actividad común. El collegium y la corporación no  estaban desprovistos por tanto de un carácter religioso y de una  constitución de tipo viril y casi militar. En Esparta, el  culto a un "héroe" servía de lazo ideal entre los miembros  de una profesión, incluso de tipo inferior([11]). En cada ciudad y  en cada gens, toda corporación ‑constituida originalmente por  hombre libres- tenía, en Roma, su demonio o dios lar; le era consagrado un tiempo y practicaba un culto común a los difuntos que  creaba una unidad en la vida y en la muerte; tenía sus ritos  sacrificiales que el magister realizada para la comunidad de los  soldes o collegae y este, gracias a las fiestas, ágapes y juegos,  confería un carácter místico a algunos acontecimientos o  aniversarios. El hecho que el aniversario del collegium o  corporaciones ‑natalis collegi‑ se confundíera con el de su dios  tutelar ‑natalis dei‑ y el de la "inauguración" o consagración  del templo ‑natalis templi‑ demuestra que a los ojos de los  sodales el elemento sagrado jugaba un papel central y era la  fuente de vida interior de la corporación([12]).

La corporación romana nos facilita un ejemplo del aspecto viril y  orgánico que acompaña amenudo al elemento sagrado en las  instituciones verdaderamente tradicionales; jerárquicamente  constituida, ad exemplum republicae, estaba animado por un  espíritu militar. El conjunto de los sodales se llamaba populus u  ordo y, al igual que el ejército y el pueblo, estaban organizados,  en las asambleas solemnes, en centurias y decurias. Cada centuria  tenía su jefe, o centurión y un teniente, optio, como las  legiones. Distintos de los maestres,los  otros miembros llevaban el nombre  de plebs y corporati pero también de caligati o milites caligati  como simples soldados. Y el magister era, no solo el maestro del  arte, el sacerdote de la corporación, cerca de su "fuego", sino  también el administrador de la justicia y el guardián de las  costumbres del grupo([13]).

Las comunidades profesionales medievales, sobre todo en los  paises germánicos, presentaron carácteres análogos: al mismo  tiempo que la comunidad del arte,  un elemento ético‑religioso  servía de cimiento a los guías y a los Zünften. En estas  organizaciones corporativas, los miembros estaban unidos "por la  vida", como en un rito común, antes que en función de intereses  económicos y fines exclusivamente orientados hacia la producción;  y todas las formas de la existencia cotidiana se encontraban  penetradas por los efectos de esta íntima solidaridad que se  apropiaba del hombre entero y no solo de su aspecto particular de artesano. Al igual que los colegios profesionales romanos tenían su dios lar o demonio, las guildas alemanas, constituidas también como imágenes en reducción de la ciudad, tenían no solo su "santo protector" o su "patrón", sino también su altar, su culto funerario común, sus enseñas simbólicas, sus conmemoraciones  rituales, sus reglas éticas y sus jefes ‑Vollgenossen‑ llamados también a dirigir el ejercicio del oficio más que a hacer respetar las normas generales y los deberes de los miembros de la corporación. Para ser admitido en las guildas, hacía falta un nombre sin tacha y un nacimiento honorable: se descartaba a los hombres que no eran libres y en ocasiones, a los que pertenecían a razas extranjeras([14]). Estas asociaciones profesionales se caracterizan por el sentido del honor, la pureza y la impersonalidad en el trabajo, cualidades bastante próximas de los principios arios de la bhakti y del nishkama‑karma: cada uno se ocupaba silenciosamente de su propio trabajo, haciendo  abstracción de su persona, pero permaneciendo activo y libre, y  era este un aspecto del gran anonimato propio a la Edad Media, al igual que a cualquier otra civilización tradicional. Además, se separaba todo lo que podía engendrar una concurrencia ilícita o un monopolio y todo lo que de una forma o de otra, podía  alterar, por consideraciones económicas, la pureza del "arte":  el honor de la guilda y el orgullo que inspiraba su actividad  constituían las bases sólidas, inmateriales de estas  organizaciones([15]) que, aun no siendo institucionalmente  hereditarios, amenudo se convertían en tales, demostrando así la  fuerza y el carácter natural del principio generador de las  castas([16]).

Así se reflejaba, incluso en el orden de las actividades inferiores ligadas a la materia y a las condiciones materiales de  la vida, el modo de ser de una acción purificada y libre,  teniendo su fides, su alma viviente, que la liberaba de los lazos  del egoismo y del interés vulgar. Además, se establecía un lazo natural en las corporaciones, entre la casta de los vaishas ‑que en términos modernos, equivaldría a los empleadores‑ y la casta de los shudra, que correspondería a la clase obrera. El espíritu de solidaridad casi miliar, sentida y querida, que, en una empresa común, hacía aparecer el vaisha como el jefe y el shudra como el simple soldado, excluían la antítesis marxista entre el capital y el trabajo, entre empleadores y empleados. Cada uno realizaba su función y ocupaba su justo lugar. En las guildas alemanas, a la fidelidad del inferior correspondía el orgullo que extraía el superior de un personal dedicado con celo a su tarea. Aquí también, la anarquía de los "derechos" y las "reivindicaciones" no apareció más que cuando la orientación espiritual íntima declinó, y la acción realizada por sí misma, fue sustituida por los  intereses materiales e individualistas, la fiebre multiforme y  vana engendrada por el espíritu moderno y por una civilización  que ha hecho de la economía un "demonio" y un destino.

Por otra parte, cuando la fuerza íntima de una fides cesa de  estar presente, cada actividad pasa a definirse según su aspecto  puramente material, mientras que la diversidad de las vías unidas por una misma dignidad, es sustituida por una diferenciación real según el tipo de actividad. Esto explica el carácter de las  formas intermedias que revisten algunas organizaciones sociales,  como por ejemplo, la esclavitud antigua. Por paradójico que esto pueda parecer a los ojos de algunos, en el marco de las civilizaciones donde la esclavitud fue más ampliamente practicada, era el trabajo lo que definía la condición de esclavo y no lo contrario. Cuando la actividad en los estratos más bajos  de la jerarquía social, no fue dirigida  por un significado espiritual, cuando en lugar de acción existió solamente trabajo, el criterio material no podía dejar de tomar la iniciativa y estas actividades, en tanto que ligadas a la materia y unidas a las necesidades materiales de la vida, debían  aparecer como  degradantes e indignas para un hombre libre. El "trabajo  podía ser, en consecuencia solo un asunto de esclavos, casi un castigo y, recíprocamente, no se podía contemplar para un esclavo otro dharma que el trabajo. El mundo antiguo no despreció el trabajo porque conoció la esclavitud y porque fueran los esclavos quienes trabajaban, sino al contrario, es por despreciar al trabajo, que desprecia al esclavo; ya que aquel que "trabaja" no puede ser más que esclavo, este mundo quiso esclavos y distinguió, constituyó y estableció una clase social cerrada  para la masa de aquellos cuya forma de existencia no podía expresarse más que mediante el trabajo([17]). Al trabajo como pena oscura relacionada con las necesidades de la carne, se oponía la acción: uno, polo material, pesado, animal, el otro, polo espiritual libre, separado de la necesidad, de las posibilidades humanas. En los hombres libres y entre los esclavos, en el fondo, no se encuentra sino la cristalización social de las dos maneras de vivir una acción ‑según su materia o bien ritualmente‑ de la que ya hemos hablado: es aquí donde hay que buscar la base ‑reflejando ciertamente algunos valores tradicionales‑ del desprecio al trabajo y del concepto de jerarquía propias a las constituciones de tipo intermedio de los que se trata aquí y que se encuentran sobre todo en el mundo clásico, donde fueron la actividad especulativa, el ascesis, la contemplación ‑el "juego" en ocasiones y la guerra‑ quienes expresan el polo de la acción frente al polo servil del trabajo.

 

Esotéricamente, los límites impuestos por el estado de esclavitud  a las posibilidades del individuo que nacía en este  estado, corresponden a un "destino" determinado, del que el nacimiento  debe ser considerado como una consecuencia. Sobre el plano de las  transposiciones mitológicas, la tradición hebraica no está muy  alejada de una concepción similar, cuando considera el trabajo  como la consecuencia de la "caida" de Adán y, al mismo tiempo,  como la "expiación" de esta falta transcendental en el estado  humano de existencia. En cuanto al catolicismo, busca, sobre esta  base, hacer del trabajo un instrumento de purificación, lo que  corresponde en parte a la noción de ofrenda ritual de la acción  conforme a la naturaleza de cada ser (en este caso, a la naturaleza de un  "caido" según el aspecto de la visión hebraico‑cristiana de la  vida), ofrenda concebida como vía de liberación.

 

En la antigüedad, frecuentemente eran los vencidos quienes debían  asumir las funciones de los esclavos. ¿Se debió a un puro  materialismo de costumbres bárbaras? Si y no. Una vez más, no  hay que olvidar esta verdad que impregnaba el mundo de la Tradición: nada sucede aquí abajo, que no sea un símbolo y un efecto concordante de acontecimientos espirituales; entre el espíritu y la realidad (y también la potencia) hay una íntima relación. Como consecuencia particular de esta verdad, ya hemos indicado que la victoria o la derrota no fueron nunca considerados como un mero azar. La victoria, tradicionalmente,  implicaba siempre un significado superior. Entre las poblaciones  salvajes subsiste aun, y con un relieve particular, la idea  antigua que el desgraciado es siempre un culpable([18]): los  desenlaces de cada lucha y también cada guerra, son siempre  signos místicos, resultados, por así decir, de un "juicio  divino", capaces de revelar o realizar, un destino humano.  Partiendo de aquí, si se quiere, se puede ir más lejos, y ver  una convergencia trascendental de sentidos entre la noción del  "vencido" y la noción hebraica del "culpable", de la que acabamos  de hablar, uno y otro ligados al destino que conviene al dharma del esclavo, el trabajo. Esta convergencia se evidencia también  en que la "falta" de Adán puede referirse a la "derrota" sufrida por él en una aventura simbólica (intento de apropiarse del fruto del "Arbol") que habría podido tener un desenlace victorioso. Existen, en efecto, mitos donde la conquista de los frutos del "arbol", o cosas simbólicamente equivalentes (por ejemplo la  "mujer", el "toison de oro", etc...) se consigue y conduce a  otros héroes (por ejempo Heracles, Jason, Siegfried), no a la maldición, como en el mito hebraico‑cristiano, sino a la inmortalidad o a la sabiduría trascendente([19]).

En el mundo moderno, se ha denunciado la "injusticia" del régimen de  castas, se han estigmatizado aun más las civilizaciones antiguas que conocieron la esclavitud, y se ha considerado como un mérito de los tiempos nuevos haber afirmado el principio de la "dignidad humana". Pero se trata, aquí también, de pura retórica. Se olvida que los europeos mismos reintrodujeron y mantuvieron hasta el siglo XIX, en los territorios de ultra‑mar, una forma de esclavitud a menudo odiosa, que el mundo antiguo casi nunca conoció ([20]). Lo que es  preciso poner de relieve, es que jamás una civilización practicó la esclavitud en tan gran escala,como la civilización moderna. Ninguna civilización tradicional tuvo jamás masas tan numerosas condenadas a un trabajo oscuro, sin alma, automático, a una esclavitud que no tiene siquiera en contrapartida la alta estatura y la realidad tangible de figuras de señores y dominadores, sino que se encuentra impuesta de una forma anodina por la tiranía del factor económico y las estructuras absurdas de una sociedad más o menos colectivizada. Y el hecho es que la visión moderna de la vida, en su materialismo, ha restado al individuo toda posibilidad de introducir en su destino un elemento de transfiguración, un signo y un símbolo, y la esclavitud de hoy es la más lúgrube y  desesperada  que jamás se haya conocido. No es pues sorprendente que las fuerzas oscuras de la subversión mundial hayan encontrado en las masas de esclavos modernos un instrumento dócil, adaptado para la consecución de los fines: aquí donde han triunfado los inmensos "campos de trabajo", se quiere practicar metódica, satánicamente, la servidumbre física y moral del hombre en vistas a la colectivización y al desarraigo de todos los valores de la personalidad.

Para terminar, añadiremos a nuestras consideraciones anteriores  sobre el trabajo contemplado en tanto que arte, en el mundo de la Tradición, algunas breves indicaciones sobre la cualidad orgánica y funcional de los objetos producidos. Gracias a esta cualidad constante, lo bello aparecía no como algo separado o limitado a una categoría privilegiada de objetos artísticos, y nada presentaba un carácter puramente utilitario y mercantil. Todo objeto tenía una belleza propia y un valor cualitativo, al igual que tenía su función en tanto que objeto útil. Mientras que, de un lado, se verificaba "el prodigio de la unificación de los contrarios", "las más absoluta sumisión a la regla consagrada, en la cual parecería deber morir, ahogado, todo impulso personal, conciliándose con la más franca manifestación de la espiritualidad, tan duramente comprimida, en una auténtica  creación personal", de otro lado se ha podido justamente decir:  "Todo objeto no lleva ciertamente la impronta de una personalidad  artística individual, como ocurre hoy con los "objetos  artísticos", sino que revela sin embargo un gusto "coral" que hace  del objeto una de las innumerables expresiones similares, imprimiéndoles el sello de una autenticidad espiritual que impide llamarlo copia([21]). Tales productos atestiguaban una  personalidad estilística única desarrollada durante siglos  enteros; incluso cuando se ha podido conocer un nombre, real, o bien ficticio y simbólico, esto carecía de importancia: el anonimato no desaparecía([22]), sino que albergaba un carácter no sub‑personal sino supra‑personal. Tal era el terreno sobre el cual podían nacer y proliferar, en todos los dominios de la vida,  creaciones artesanales tan alejadas del triste "utilitarismo" plebeyo como de la belleza "artística" extrínseca y afuncional,  escisión que refleja el carácter inorgánico de la civilización  moderna.

 



([1])Cf. También Rep., 580‑1, 444, a, b.

 

([2])Rg‑Veda ‑ X, 90, 11‑12. La cuatripartición fue reemplazada  por la tripartición en el caso en que la nobleza fue concebida como reuniendo en sí tanto el elemento guerrero como el elemento espiritual y allí donde subsistieron, a título residual, restos materializados de esta situación original. Otro tanto ocurrió verosimilmente con la tripartición nórdica en jarls, karls y traells  y la tripartición helénica en eupatrides, geomores y demiurges,  donde la primera casta puede corresponder a los geleontes según el sentido antiguo de "espléndidos" y "resplande-cientes", de esta palabra.

 

([3])Cf. Bhagavad‑gita, XVIII, 41: "Los deberes de los brahamana,  guerreros, burgueses y sirvientes son distribuidos según su  naturaleza".

 

([4])Tshung‑yung, XIII, I. Es en términos idénticos que PLATON  (Rep., 433 d, 434 c) definió el concepto de "justicia".

 

([5])La idea según la cual un mismo principio personal ha vivido  otras existencias humanas y vivirá otras tras la muerte, está  sujeta a caución. Sobre este punto, cf. R. GUENON, L'Erreur  Spirite, París 1923, passim y EVOLA, La dottina del risveglio,  cit., pag. 41 y 129. Históricamente, la idea de la reencarnación  no aparece más que en relación a la visión de la vida propia al  sustrato de algunas razas pre‑arias y con la influencia que ha  ejercido; desde el punto de vista de la doctrina, no es más que  un simple mito al uso de las masas. No solo no se trata de un  saber esotérico, sino que exactamente es lo contrario. Cf. tomo  II, cap. 8 y 9 a. La idea de la reencarnación, era, por ejemplo,  completamente ajena a los Vedas.

([6])PLOTINO, Enn., III, iv, 5; i, II. Cf. PLATON, Rep., X, 617 a.  "No es un demonio quien os elegirá, sino que vosotros mismos  elegireis vuestro demonio. Sois vosotros mismos quien elegireis  el destino de esta vida, en el cual os encontrareis acosados por  la necesidad".

 

([7])Cf. F. CUMONT, Myst de Mithra, cit., pag. 102‑3; PLATON,  Fedro, X, 15‑16; 146‑148b; JULIANO EMP., Helios, 131b. A esta indicación general es reciso añadir que la naturaleza de los elementos que determina un nacimiento dado es complejo, como lo es el de los elementos de los que se compone el ser humano, frecuentmente procedentes de herencias divrsas, si es contemplado en su integralidad. A este respecto, cf. EVOLA, La dottirna del risveglio, cit. pag. 124 y sigs.

 

([8])PLOTINO, Enn., III, iii, 17. No podemos detenernos en estas  enseñanzas; señalaremos solo que Plotino dice que las almas toman como residencia los lugares que les corresponden y no los que escojen arbitrariament según su gusto; en la mayor parte de los casos la fuerza de las "correspondencias" actúa en los estados incorpóreos de forma tan impersonal como, en los estados corpóreos, la ley relativa a las valencias químicas.

 

([9])BOUGLE, Rég. des Cast., cit., pag. 43, 47, 226; DE CASTRO,  Frat. Segr., cit. pag. 370 y sigs. Los "rasgos" medievales que  nos han llegado hablan frecuentemente de prácticas misteriosas  que se refieren a la obra de construcción; diversas leyendas se  refieren a maestros del arte muertos por haber faltado al  juramento del secreto. Cf. DE CASTRO, Frat. Segr., cit., pag.  275‑6.

 

([10])Cf. P. PERALI, La logica del lavoro nell'antichità, Ginebra,  1933, pag. 18, 28. Se puede también recordar el papel que jugó en  la masonería la figura enigmática de Tubalcain, que se refiere al  arte del trabajo de los metales.

 

([11])HERODOTO, VI, 60.

 

([12])Cf. J.P. WALTZING. Les corporations professionnelles chez  les Romains. Lovaina, 1895, v. I, pag. 62, 196, 208, sigs. 231, 256. Según la tradición, Numa, instituyendo los colegios, habría querido que "cada oficio celebrase el culto divino que le conviniera" (PLUTARCO,Numa, XVII y sigs.). En India también a cada uno de los oficios que reaizaban las castas inferiores correspondía frecuentemente un culto especial rendido a los patronnes divinos o legendarias (cf. SENART, Las castes dans l'Inde, cit., pag. 70). Otro tanto ocurrió en Grecia, entre los pueblos nórdicos, en los aztecas, en el Islam, etc.

 

([13])WALTZING, op. cit., v. I, pag. 257, sigs.

 

([14])O. GIERKE, Rechtsgeschichte der deutschen Genossenschaften,  cit., v. I, pag. 220, 226, 228, 362‑5, 284.

 

([15])GIERKE, Op. cit., v. I, pag. 262‑5, 390‑1.

 

([16])En Roma los colegios profesionales se convirtieron en  hereditarios en el curso del siglo III a. J.C. Cada miembro  transmitió entonces a sus herederos, con la sangre, su profesión  y sus bienes, condicionados por el ejercicio de esta profesión. Cf. WALTZING, op. cit., v. II, pag. 4‑5, 260‑265. Pero esto fue realizado por vía de la autoridad, por medio de leyes centralizadas impuestas por el Estado romano y no se puede decir que las castas, así constituidas, hayan sido verdaderamente conformes al esíritu tradicional.

 

([17])ARISTOTELES (Pol., I, iv, y sigs.) fundaba la esclavitud  sobre el postulado de que hay hombres aptos solo para el trabajo  psíquico y que deben ser dominados y dirigidos por los otros. Según él, esta relación era la del "bárbaro" frente al "Heleno". Así mismo, la casta hindú de los shudra (los siervos) correspondía en el origen a la raza negra aborigen ‑o "raza enemiga" dominada por los arya‑ a la cual no se reconocía otra posibilidad mejor que la de servir a las castas de "los dos veces nacidos".

 

([18])Cf. LEVY‑BRUHL, La mentalité primitive, cit., pag. 316‑331.

 

([19])Cf. EVOLA, La Tradición hermética, cit. introd.

 

([20])Es preciso señalar, por lo demás, que en América la  verdadera miseria de los Negros empezó cuando fueron  liberados y  se encontraron en la situación de proletarios sin raices en el  seno de una sociedad industrializada. Como "esclavos", bajo un  régimen paternalista, gozaron en general de una mayor seguridad  económica y de una mayor protección. Es por ello que algunos  estiman que la condición de los trabajadores blancos "libres", en  Europa, fue, en la época, peor que la suya. (Cf. p. ej. R.  BASTIDE, Les religions africaines au Brésil, passim.

 

([21])G. VILLA, La filosofia del mito secundo G. B. Vico, Milán,  1949, pag. 98‑99.

 

([22])Cf. Ibid., pag. 102.

 

 

 

 

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