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El fascismo visto desde la derecha (XII) Política Exterior del Fascismo

El fascismo visto desde la derecha (XII) Política Exterior del Fascismo

Bbilioteca Evoliana.- La política exterior del fascismo es tenida en alta estima por Evola que considera que puede reforzar la componente tradicional del fascismo. El "Pacto Tripartito" firmado entre Alemania, Japón e Italia, introducía dos elementos interesantes para Evola: el Japón de los Samurais y una Alemania vertebrada por la componente Prusiana. Eso podía suponer el establecimiento de un pacto entre potencias "guerreras", frente a un amplio frente de "mercaderes". Evola hubiera deseado que estuviera más presente en la propaganda Fascista el tema del "Sacro Imperio Romano Germánico".

 

CAPITULO XII

POLITICA EXTERIOR DEL FASCISMO


Algunas consideraciones finales deben ser consagradas a la idea fascista en la medida en que fue determinante en las alianzas y coaliciones de las fuerzas políticas mundiales.

Puede indicarse, en primer lugar, la contrapartida posible de los desarrollo de la política exterior italiana, que condujeron al reaproximamiento de Italia y Alemania, al Eje Berlín‑Roma, al "Pacto Tripartito" a principios de la segunda guerra mundial.

Sobre este punto igualmente, el juicio de varias personas que no son antifascistas por principio se resiente de una especie de complejo. No es, ni siquiera necesario ocultar que en Italia, las maniobras diplomáticas de alto nivel colocadas al margen, la aproximación a Alemania no fue muy popular. Esto se debió, en parte, a la ideología precedente que había terminado por influir la forma de pensar de varias capas de la nación. Una cierta "historia patriótica" de inspiración masónica y liberal, nacida con el Risorgimento, había pintado al alemán (confundido además con el austriaco) como una especie de enemigo secular del pueblo italiano (las mistificaciones de esta historiografía llegaron a atribuir ‑cosa absurda‑ un significado "nacional" a la revuelta de las Comunas contra el Sacro Imperio Romano y su representante, Federico I. Dado esto, es preciso también tener en cuenta todo lo que procedía de un rechazo de la "materia" italiana hacia la "forma" que el fascismo quería imprimirle.

Hemos hecho alusión a las afinidades reales que existieron, sobre el plano de la orientación de la vida y las virtudes típicas, entre Esparta y Roma antigua y los pueblos germánicas. Por el contrario, la diferencia es manifiesta entre lo que es romano y lo que "latino" y, en parte, italiano, sobre el plano del temperamento, del estilo y de la visión de la existencia. En la medida en que el fascismo recuperó el símbolo romano intentando asegurarle una acción formadora en los niveles político y ético, era natural que desembocase en una revisión del mito "latino" y del mito anti‑alemán. Respecto al primero, Mussolini habla de "hermandades bastardas"; respecto al segundo, no pudo sino ver en las cualidades de disciplina, orden, aspecto militar, amor por la autoridad y seriedad representadas por los pueblos de Europa central (con una referencia particular al espíritu prusiano), las cualidades más próximas de lo que había caracterizado a la Roma antigua en su período originario y más brillante; mientras que estos venían a predominar en la sustancia de los pueblos latinos y, por eso, igualmente en el pueblo italiano, se habían alejado. Se trataba aquí de aspectos individualistas, indisciplinados, superficiales, pequeño‑burgueses, con el telón de fondo de la Italia para turistas, de las mandolinas y los gondolieros, los museos y las ruinas, del SOLEMMIO y compañía, en perjuicio de la existencia de gentes simples y laboriosas, fieles a antiguas costumbres.

Así desde el punto de vista de los ideales, se podía hablar con propiedad de un conjunto de afinidades intrínsecas. "Romanizar y fascistizar" la nación (por todas partes en las que podía darse un sentido positivo a este último término), esto contribuía a dar, en cierto sentido, una impronta PRUSIANA.  En cuanto a la orientación política, la historia italiana podía ofrecer, por lo demás, un precedente con el gibelinismo, del que Dante fue uno de los partidarios más activos y que tal como representante a una gran parte de la nobleza italiana. Es extraño, incluso, que durante el período del Eje, el fascismo no hubiera jamás hecho uso del mito gibelino; esto es debido quizás a la formación intelectual y a la extracción social de Mussolini y de todos los que estuvieron próximos a él.

De todas formas, estas consideraciones demuestran que las maniobras diplomáticas con Alemania hasta el Eje Berlín‑Roma podían tener  una contrapartida menos contingente, más profunda, de vocación, sobre el plano de los ideales (1). Pero al mismo tiempo se revela el sentido oculto que tuvieron, en una parte de la "raza italiana" e incluso en diferentes representantes del fascismo (caso típico: Galeazzo Ciano), el rechazo, la resistencia y la poca simpatía por una aproximación con Alemania. Pero no queremos forzar las cosas en un sentido único: en la perspectiva de esta aproximación, es preciso tener en cuenta también intereses comunes muy concretos, simpatía entre los dos "dictadores", afinidades entre los dos movimientos fascista y nacional‑socialista, según sus aspectos populistas sobre los que ya hemos hecho constar nuestra opinión. Esto no resta nada al hecho de que lo que asombró particularmente a Mussolini, fue la continuación evidente, en la Alemania hitleriana, de la ética, de las tradiciones y la concepción del estado germano‑prusiano.

Por el contrario, lo que venía directamente de la naturaleza doctrinal y de la visión de la vida afirmadas por el fascismo, era una imposición espontánea tanto al mundo de las democracias occidentales y del capitalismo (del que los EEUU son la expresión extrema) que al mundo comunista, a la Rusia Soviética. En consecuencia, el alineamiento militar de Italia en la Segunda Guerra Mundial, vino de la lógica misma de la ideológica fascista y de los valores que afirmaba. En teoría no hay nada que decir a este respecto.

Las consideraciones de otro género que podrían hacerse sobre la guerra nos alejarían de nuestro tema. Hemos ya indicado que es injustificable extraer de la salida de la guerra un juicio cualquiera sobre el valor intrínseco de la ideología que llegó a Italia a participar junto a Alemania y bajo el signo de la Alianza Tripartita. El problema a plantear, no solamente para Italia, sino también y sobre todo para Alemania sería más bien el siguiente: en qué medida se está comprometido con un perfecto conocimiento de posibilidades y con un cierto sentido del límite. Seguramente, no se rehace el mundo con "sies". Pero no puede contestarse más que tras el hundimiento del frente aliado occidental y con solo una Inglaterra que resistía a la desesperada, atenta a la invasión inminente, solo una minoría podía dudar que la partida no finalizaría en breve en un sentido favorable para Alemania y podía prever una espiral que Mussolini no debía ya estar en condiciones de dirigir y frenar cualquier forma.

No debe olvidarse que Mussolini había puesto sin embargo todo en marcha para evitar, en el último momento, el desencadenamiento de la guerra con una inciativa que no encontró ninguna buena voluntad, particularmente de parte francesa. No debe olvidarse tampoco  que Mussolini había propuesto anteriormente la fórmula del "Pacto Cuatripartito" ‑acuerdo con Alemania, Inglaterra, Italia y Francia‑ fórmula que habría podido tener una importancia fundamental en Europa, pero que se entraba con el egoísmo, los prejuicios ideológicos y la estrechez de miras de los demás parteners.

Además, estimamos que si los dos frentes de la segunda guerra mundial aparecían claros ideológicamente, si se ven las cosas de manera global y abstracta, por el contrario es preciso subrayar las consecuencias funestas de la falta del sentido del límite, de un fanatismo y, en fin, de una megalomanía efectiva en Hitler. En realidad, la causa primera que provoca el conflicto, es la obsesión del mito del pueblo‑raza, con la fórmula de la unidad de éste en un solo Reich y bajo un único führer ("EIN VOLK, EIN REICH, EIN FUHRER"). Si Alemania se hubiera contentado con remontar la pendiente para salir de la situación donde la había colocado el desastre de la primera guerra mundial, hasta convertirse en una gran potencia europea; si, en su ascensión y expansión, hubiera tenido un sentido del límite, si hubiera sabido detenerse, incluso sin perder de vista las oposiciones irreductibles y aun esperando eventualmente coyunturas favorables para tomar posiciones, caso por caso, contra las fuerzas Hitler veía oponerse a su proyecto nacional, por el contrario, consigue atraer a todas contra él, comprometido con él a Italia; si todo esto hubiera sucedido de otra forma el rostro de Europa no hay duda de que sería diferente.

Naturalmente nada como esto hubiera disgustado tanto a los diferentes elementos que anhelaban ardientemente ‑en Alemania y aun más en Italia‑ el desastre militar de sus países, eventualmente su ruina, por que así los regímenes odiados serían desmantelados(2). Y desgraciadamente, en las visicitudes de la guerra italiana, no faltaron casos en que es difícil, aun hoy, decir hasta que punto el sabotaje, por no decir la traición, se asociaba a la impreparación y a la incapacidad de ciertos altos mandos.

Pero las cosas deben presentarse bajo una panorámica diferente para quienes no son antifascistas por principio. Primeramente, no se podían excluir posibles desarrollos rectificadores que si la guerra hubiera sido ganada habrían podido producirse en ambos regímenes, hasta el punto de hacer prevalecer los aspectos positivos. Es sobre todo la aportación del espíritu de los combatientes, tras la primera guerra mundial, que reaccionaron contra el clima político y social que habían encontrado en sus países, dando así nacimiento a un movimiento renovador, igualmente es muy probable que otros elementos hubieran sido templados por la nueva guerra y luego su regreso provocasen una renovación de cuadros del régimen y la eliminación de ciertos aspectos negativos del sistema y de ciertas individualidades, permaneciendo las mismas ideas fundamentales.

Se sabe que existe una propaganda, organizada en proporciones sin precedentes para presentar, en relación sobre todo a Alemania, lo que ocurrió en el período precedente como un conjunto de desviaciones, abyecciones y horrores, estando, en primer lugar, naturalmente, la Gestapo y la Ovra, los campos de concentración y demás, todo repleto de exageraciones, de generalizaciones abusivas e incluso, en ocasiones de invenciones puras y simples útiles para el fin propuesto. No queremos afirmar que todo era perfecto ayer, que diferentes cosas no merecen una severa condena. Pero no hay evolución o  guerra que no haya tenido su parte sombría y no se ve por que se debería solo reprochar al Tercer Reich lo que se calla gustosamente, de manera interesada, respecto, por ejemplo, a las guerras de religión, la revolución francesa o bolchevique y del régimen soviético. Además, el método consistente en atribuir a los adversarios todos los horrores y los crímenes ocultando o negando los propios es bien conocida y no ha sido nunca aplicada tan sistemáticamente y con tanta impudicia como durante y tras la segunda guerra mundial. Y recordando siempre lo que hemos dicho respecto a posibles rectificaciones y normalizaciones del sistema, hay lugar a decir que ningún precio habría sido bastante elevado si, tras una guerra ganada por algún prodigio (dada la enorme desproporción de fuerzas materiales que se produjo al final) se hubiera tenido los siguientes resultados: romper la espira dorsal de la URSS provocando probablemente por lo mismo, la crisis del comunismo (en lugar de la "sovietización" de todos los países europeos situados más allá del telón de acero" y la guerra fría actual entre el "Este" y el "Oeste", guerra que existe aún, quiérase o no); humillar a los EEUU y expulsarlos de la política europea (en lugar de una Europa occidental más o menos a la merced, para defenderse, de los EEUU y de sus presidentes); disminuir la potencia británica pero, asegurando a pesar del paso de algunas de sus colonias a otras manos, en una medida mucho menor de lo que le ha sucedido a la Inglaterra "victoriosa" que ha visto disolverse su Imperio (cosa que sucedió también a la Francia igualmente "victoriosa"); prevenir cuando aún era posible la instauración del comunismo en China gracias a la victoria del Japón y, en consecuencia, el nacimiento de un nuevo foco, potente y peligroso de subversión mundial en Asia; impedir la insurrección de los pueblos de color y el fin de la hegemonía europea, pues nunca bajo el "Nuevo Orden" que debía ser instaurado en el marco de las ideas defendidas  por los pueblos del Eje, hubiera podido afirmarse la psicosis masoquista del anti‑colonialismo y esta revolución no habría podido contar con apoyos de parte soviética. Cualquiera con sentimientos no obligatoriamente "fascistas", sino de Derecha, si permite a su imaginación asomarse sobre estas perspectivas y superar los prejuicios más extendidos, no puede dejar de hacer balance y medir de forma justa la distancia que separa esta situación aquí descrita, de la del mundo actual que se presenta ante sus ojos.

 

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