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Rebelión contra el mundialismo moderno. Carlo Terracciano

Rebelión contra el mundialismo moderno. Carlo Terracciano

Bilioteca Evoliana.-  Uno de los intentos de poner al día la obra de Evola se debe al llorado Carlos Terracciano que escribió este pequeño ensayo "Rebelión contra el mundialismo moderno". Terracciano, fallecido en 2005, es consider$ado como uno de los intérpretes de la obra de Evola. Reproducimos este artículo por su interés intrínseco, aun a pesar de que no compartimos algunos de los puntos de vista del autor. La traducción ha sido realizada por Santyago Rivas. 

 

 

Rebelión contra el mundialismo moderno.

Actualidad revolucionaria de la obra de Julius Evola
en la Era de la Globalización

Carlo Terracciano
[Traducción de Santyago Rivas]



“...Y aunque no se verifique la catástrofe temida por algunos en relación al uso de las armas atómicas, al cumplirse tal destino, toda esta civilización de titanes, de metrópolis de acero, cristal y cemento, de masas pululantes, de álgebras y máquinas que encadenan las fuerzas de la materia, de los dominadores de los cielos y los océanos, aparecerá como un mundo que oscila de su órbita para perderse definitivamente en los espacios, donde ya no vea más ninguna luz, fuera de aquella que produce la aceleración de su propia caducidad...”

“...Solamente podrá salvar a Occidente un retorno al espíritu Tradicional en una NUEVA CONSCIENCIA UNITARIA EUROPEA...”

(Julius Evola, “Rebelión contra el mundo moderno”)


“...También sobre el plano de la acción puede ponerse en evidencia el lado positivo de la superación de la idea de Patria, sea como mito del período romántico burgués, sea como hecho naturalista casi irrelevante frente a una unidad de tipo diverso: al ser de una misma patria o tierra, se contrapone entonces el ser o no ser por una misma Causa...”

(Julius Evola, “Cabalgar el tigre”)


“Conozco mi destino. Un día se pronunciará mi nombre como recordando algo enorme, una crisis como no la hubo tal en la Tierra, el más formidable hurto de conciencia, una declaración de guerra a todo aquello que hasta entonces era creído y santificado. Es la hora en que el concepto de política entra en su plena fase revolucionaria, y todas las formaciones de la vieja sociedad saltarán por los aires, porque todas reposan sobre la mentira: haremos una guerra como no la ha visto el mundo. DESPUÉS DE MÍ COMENZARÁ SOBRE LA TIERRA LA GRAN POLÍTICA.”

(Friedrich Nietzsche, “Ecce Homo”)


“Rebelión contra el mundo moderno”, la obra fundamental de Julius Evola, vio su primera edición italiana en 1934, y al año siguiente ya fue publicada en la Alemania Nacionalsocialista. Es un texto revolucionario que ha representado, para hombres de lugares lejanos y de distintas generaciones, una verdadera y propia “fulminación”, un cambio radical de perspectivas y expectativas, de “Visión del Mundo” desde la época de la “decadencia de Occidente” hasta el fin del ciclo epocal, el “Kali-Yuga” de la tradición hinduista, la era del “Ragna-Rökkr” u “Oscurecimiento de los Dioses” de las sagas nórdicas, “la Edad del Hierro” de la Teogonía de los griegos.

Los años fatales

Un año importante, 1934, mitad de un decenio que representó un vuelco en los destinos de Europa y del planeta entero.

En Alemania, Hitler, recién nombrado Canciller del Reich, se apresta a gestar las bases de una renovada potencia alemana mitteleuropea, dispuesta a conseguir ese “Lebensraum” necesario, aun a costa de incendiar de nuevo el continente, esa Europa que todavía representaba, geopolíticamente hablando, el motor de la política mundial.

Aquí residían todavía los centros políticos, militares, económicos e intelectuales de pequeñas naciones que poseían grandísimos imperios coloniales: Gran Bretaña, como siempre más volcada a los mares abiertos que a los espacios continentales; Francia, que formaba en sus propias escuelas y universidades a las futuras élites revolucionarias de Asia y África, aquellas  que, mediado ya el siglo XX, acaudillarán las luchas de liberación nacional en sus respectivos países precisamente en nombre de la “Libertè” y la “Egalitè” (para la “Fraternitè” siempre habría tiempo...), de los “Inmortales Principios” que hicieron potente a París ante los ojos del mundo. Italia, por su parte, bajo el signo del fascio romano, buscaba su espacio en la geopolítica marítima, a la búsqueda de un imperio unitario mediterráneo-africano que le abriese las puertas del Océano Índico y de las grandes rutas comerciales y políticas.

Al este, el “Hombre de Acero”, Stalin, liquidaba, purga tras purga, los residuos cosmopolitas de una revolución trotskista que había intentado utilizar el Imperio Ruso como trampolín del marxismo mundial, transformando, a la inversa, al bolchevismo en la bandera del patriotismo y el expansionismo político y militar de la Rusia Soviética en Eurasia y otros lugares. Con acero y sangre, el Padrecito de la Santa Rusia Roja daba a luz las bases de la industrialización y la modernización de un imperio elevado al rango de co-potencia mundial, capaz de disputar el mundo entero durante medio siglo al vencedor final.

En el Extremo Oriente era el Imperio Nipón quien elevaba la bandera solar en nombre de la unidad asiática antioccidental, también en antítesis con el gigante chino, gravemente enfermo por guerras intestinas y ocupaciones extranjeras de grandes porciones del territorio nacional, mientras Mao, acosado, emprendía una Larga Marcha buscando refugio...

Pero he aquí que, protegida por la anchura de los dos mayores océanos del globo, la joven nación americana observaba y aguardaba, y al final será ella quien impondrá al planeta entero el dominio de su propia potencia militar y política, de la tecnología, de la propia moneda, de la lengua inglesa, del “way of life” americano, en fin, del control mediático sobre los instrumentos de comunicación de masas; en una sola palabra condensada: GLOBALIZACIÓN.

América, el mito americano del progreso tecnológico y de la eficiencia fordista, representaba y representa la coronación de aquel proceso de modernización contra el cual Julius Evola había escrito el texto más completo y exhaustivo del punto de vista de la visión del mundo Tradicional.

Ya en el prólogo, el autor indicaba que el concepto “modernización” debía ser entendido no solamente en su sentido “técnico-científico”, sino ante todo como una visión “idealtípica” de lo real, de la Historia y de la vida. Escribía Julius Evola:
“Mundo moderno y mundo tradicional son aquí considerados como dos tipos universales, dos categorías apriorísticas de la Civilización”.

Con esta afirmación, por inciso, se quería decapitar de golpe toda la polémica sobre las relaciones entre hombre y máquina, entre ser hombres de la Tradición y usar la tecnología más avanzada.

Con la implosión de la URSS, último anillo de una cadena plurisecular, no sólo se despejaba el campo para una ideología concurrente con sus pretensiones de universalismo y cientificismo, sino que también:

“Se afirmaba una nueva filosofía de la Historia: la idea de que el camino de la humanidad tenía un sentido. A este sentido le fue dado el nombre de globalización”.

Determiniso y globalización

Esta idea de un FATALISMO MONOCÉNTRICO Y UNIDIRECCIONAL del destino de todos los pueblos, en marcha (según el orden indicado de sus varios niveles de “progreso”) hacia una única meta de “redención, que instaure el paraíso en la Tierra”, no es ciertamente nueva. Estamos ante la enésima reproposición de la concepción bíblica lineal-progresista de una historia entendida unitariamente, obviamente sobre el modelo de Occidente.

En sus líneas generales, esta idea es parte de aquel creacionismo que se manifiesta en la perfección de un Edén originario, en el cual el Hombre, que es la criatura por antonomasia, pasando por una Caída (en el pecado original, en la división del trabajo, en la ruptura del Pacto con Dios etc...), y a través de una redención (Cristo, Marx, el Mesías...), accede de nuevo a la perfección, mediante el trámite de una catarsis purificadora (del Holocausto, de la Lucha de Clases, del Juicio Universal...).
Esta ideología de impronta judeocristiana encontró, laicizada, en América su tierra de máxima arraigo, deviniendo la infraestructura ideológica portadora, el instrumento propagandista indiscutido e indiscutible para la afirmación del imperialismo capitalista, del expansionismo económico y político de los EEUU, siguiendo las directrices delineadas de la Geopolítica por la más grande potencia talasocrática que jamás apareció sobre el orbe terráqueo. El “Destino Manifiesto” logró   que los americanos no duden ni por un instante ser los portavoces y los ejecutores de la Voluntad de Dios en la Tierra.

Quien se opone a ellos se opone al mismo Dios, y es entonces más que un criminal, es el Mal personificado, o cuando menos su instrumento en el mundo, en contraste con los “predestinados” del Segundo Israel: los EEUU. Acusando una vez y otra a los enemigos demonizados de turno, Hitler o Stalin, Mao o Jomeini, Saddam Hussein o Milosevic, nazi-fascismo, comunismo o islamismo, de querer “conquistar el mundo”, las élites económicas, políticas e intelectuales estadounidenses logran precisamente la justificación de aquello que dicen combatir... CONQUISTAR EL MUNDO.

Creer que la Globalización sea una NECESIDAD INELUDIBLE de la Historia, un proceso natural y automático impersonal y autogenerado en el camino del Progreso, no solamente es la aceptación sin crítica de un falso reflejo ideológico, también representa una derrota ideológica determinada por la asunción acrítica de la visión del mundo del adversario.

Quien da por descontado los axiomas que pertenecen al otro, aun cuando se presenten laicizados e historizados, ya está preso antes de comenzar a luchar, porque realmente pertenece al otro. Si se implantan mentalmente los axiomas ideológicos del enemigo contra el que se quiere combatir, la batalla está perdida de antemano; y el primero de estos axiomas es la utopía igualitaria y absolutamente niveladora, exactamente funcional a los proyectos de globalización total del Capitalismo, al término de su proceso expansivo.

Proceso degenerativo que hoy día se identifica con la destrucción de las economías subalternas, de los recursos energéticos y con el ecosistema en su conjunto: etnocidio es igual a genocidio, tout court.

El mito MOVILIZANTE del “Progreso” indefinido y necesario, idea-fuerza mayor en la fase de la secularización y laicización del Pensamiento Único, radicado en el biblismo particular de raíz protestante-calvinista, en estos inicios del III Milenio se ha vuelto en su contrario, pero nunca en su “opuesto”.

El "progreso" que mata

Biotec, clonación, mutaciones genéticas de animales y vegetales, manipulaciones del ADN con la excusa de mejorar y prolongar la vida, desastres climáticos y ambientales, desaparición de especies animales y de culturas humanas diferenciadas, etc... están convenciendo cada vez a más personas que el llamado “progreso”, impuesto por Occidente al resto del mundo, se ha revelado en realidad en la perspectiva de una catástrofe incontrolada y cada vez más incontrolable. No es un progreso por lo tanto sino un regreso, que tiene determinada una perversa desintegración de todo tejido social y comunitario, un cáncer devastador que calcifica toda estructura orgánica de la sociedad hasta en los lugares más recónditos del planeta, hasta que una autofagocitación de la especie humana devenga en lo que ha sido definida como la “Sexta Extinción”, tras la cinco precedentes que las especies que le precedieron en el dominio de la Tierra.

El modernismo, el progreso técnico, el maquinismo, pueden ser vistos en perspectiva como los elementos destructores del planeta; los científicos, cada vez más incontrolables, se han convertido en una casta intocable de aprendices de brujos y agentes de la destrucción: “Si esto es el progreso, queremos volver al pasado”, dijo el jefe de la tribu de los Masai al contemplar los efectos de la implacable sequía y a la desertificación que arrasa el África, causadas por los cambios climáticos.

El periodista y escritor Massimo Fini comparó el mundo globalizado con un tren en marcha, cargado de explosivos, que aumenta exponencialmente su velocidad, sin luces en una noche de niebla, destinado fatalmente a descarrilar y hacer perecer a sus ocupantes, a extinguir la Tierra misma y todas las formas de vida que cobija.
Y los maquinistas responsables del futuro desastre preparan las armas para defenderse de la reacción de los pueblos, pensando ingenuamente que la supuesta inexpugnabilidad de la fortaleza continental norteamericana podrá preservarles del desastre.

A tan lenta y confusa falta de conciencia de los peligros de la globalización no corresponde de la otra parte un claro conocimiento de las causas, próximas y remotas, del fenómeno y de sus agentes; ni mucho menos un proyecto realista de resistencia y reconquista.

A lo máximo se está contra los efectos de la globalización, pero nadie se opone a sus verdaderas causas.

Al contrario, por parte de las miles realidades genéricamente etiquetadas como “antiglobal” (portavoces de los intereses y exigencias más dispares, desconectadas y conflictuales entre sí), no se propone sino una “globalización de las bases”, que contemple la mejora del nivel de vida de la mayoría pobre del planeta, preservando contemporáneamente el hábitat, que salve las culturas que son la riqueza del mundo pero abatiendo al tiempo los confines y llevando hasta su culminación el proceso de eliminación de las diferencias nacionales.

Todo y lo contrario de todo: definición aritmética de la Nada.

El rostro inhumano de la globalización

Una “globalización de rostro humano” es una absurdidad que se contradice en su misma formulación de base; la enésima reformulación de un reformismo interno del Sistema Global que no quiere perpetuar las injusticias, pero que desprecia la instintiva rebelión autodefensiva de los pueblos como vehículo ciego.
La Banca, las instituciones financieras, los lobbies industriales y los supergobiernos mundiales sólo de demuestran “humanos” con aquello en donde ven coincidir sus intereses.
Un solo ejemplo: la anulación de la deuda es ciertamente una causa justísima, un acto mínimo reparador de los países depredadores por las riquezas que han sustraído durante decenios.

El débito total de las naciones en vías de...  “subdesarrollo” ha superado con largueza la astronómica cifra de 2.500 millardos de dólares, pero... esto no es un “don humanitario” de los gobiernos sino una necesidad vital de la Banca Mundial que determina las políticas interiores y exteriores. El crédito en verdad, lo sabe la banca, es inexigible, aunque sólo sea en sus intereses acumulados, dadas las condiciones desastrosas de las economías al Sur del Mundo.
Una declaración general de quiebra de la mayoría de los países de la Tierra provocaría el pánico de los mercados y podría determinar la caída de todo el sistema financiero, acelerando la irresistible decadencia del capitalismo, cada vez más frágil en cuanto más enorme y global.

La condonación “humanitaria” del débito no tiene otro fin que evitar escenarios apocalípticos para la Alta Finanza Mundial, y su contrapartida es la aceptación por parte de los estados deudores de vínculos ulteriores, también políticos, y el compromiso de abatir toda defensa contra la liberalización de los mercados, que es la causa primera que ha determinado su miseria y sus deudas.

Es necesario recordar que Ceaucescu fue abandonado a su suerte en Rumanía una semana después de haber saldado hasta el último centavo de la deuda exterior rumana. El Fondo Monetario Internacional, la Banca Mundial, los Estados Unidos y los países ricos no pueden permitir a ningún Estado alcanzar su propia independencia financiera, la nueva forma de esclavitud del capitalismo en los siglos XX y XXI.

La utopía de la igualdad mundial en el bienestar y en la bonanza, propia de los que pretenden la globalización por lo bajo, no está sólo en sintonía con los intereses de las multinacionales en su expandir el mercado en vertical, en profundidad, sino que también determinaría una nivelación cultural y política total, junto a la destrucción última del ecosistema.

Debe quedar bien claro al Norte del mundo que una más justa redistribución de bienes y servicios en el mundo para solamente a través de un proceso revolucionario, local y general, que derribe los parámetros culturales y económicos de referencia también en los países ricos; revolución que habrá de renunciar a la “riqueza” en términos consumistas para dar fórmula a modos más “espartanos” en el vivir, pero también más libres de los potentados mundiales, bajo el fondo de la renovación de las relaciones armoniosas con la naturaleza desde las propias comunidades de pertenencia.

La “cura” propuesta por los “antiglobales” comúnmente entendidos acabará... por matar al paciente. La astucia de un sistema global que proclama la mejora de las condiciones de vida de las clases y de los pueblos es reducirlos a todos al común de productores-consumidores del sistema capitalista global, para alargar así el mercado único de los productos estandarizados, no sólo en el sentido horizontal y geográfico, sino también vertical interclasista, aumentando en sus mínimos aceptables para el mismo Sistema el crédito y la disponibilidad monetaria para la adquisición de nuevos bienes y servicios.

En términos marxistas: disminuir la “pauperización absoluta” es un imperativo para aumentar la expansión del mercado, y para ello hay que alargar la “pauperización relativa”.

O en términos informáticos: el “Digital Divide” de los inputs tecnológicos e informáticos permitirá   a los estratos sociales y populares el acceso o no a la realidad virtual y al telemercado.

Los antiglobalizadores de la “izquierda” moderada (por continuar con ciertas definiciones decimonónicas ya hace tiempo superadas), reciclados del internacionalismo proletario al liberalistas de mercado, están de acuerdo en querer y/o aceptar (que es lo mismo desde el lado práctico) la globalización.
Porque lo que proponen es sólo una GLOBALIZACIÓN DE SIGNO CONTRARIO, y no lo CONTRARIO DE LA GLOBALIZACIÓN.

En términos políticos son los reformistas internos del Sistema Global y no los revolucionarios a él opuestos.

Mundialismo y globalización

La primera batalla del combate es la terminológica, porque ahí es donde se asumen los valores sustanciales en la elección de una contraposición realmente antagonista al Nuevo Orden Mundial.

La globalización, lejos de ser una “fatal necesidad”, una etapa irreversible del “camino del progreso”, no es sino el efecto de una causa, o si se quiere menos genéricamente determinista, el instrumento de una estrategia mundial conducida, CONSCIENTE Y VOLUNTARIAMENTE durante decenios cuando no por siglos.
Y si se debe hablar de determinismo, es sobre un plano metapolítico y por lo tanto metafísico donde debe ponerse atención, como señalaremos cuando toque hablar de la concepción Cíclica de la Historia.

La globalización de los mercados no hubiera podido realizarse sin una obra preventiva preparatoria política y cultural, impuesta por el uso de las armas y las invasiones militares: en el pasado se dieron dos guerras “mundiales” y decenas de decenas de guerras locales, golpes de estado, estragos y genocidios, que terminaron por realizar el “One World” americanocéntrico.

Nosotros definimos ya a este proceso de dominio planetario, desde sus inicios con el nombre de MUNDIALISMO.

Una de las más completas explicaciones de este término es la que ofrece Giuseppe Santoro en su obra “Dominio global. Librecambismo y globalización”, volumen de un centenar de páginas que debiera ser el “libro rojo” de todos los verdaderos revolucionarios antimundialistas.

Escribe Santoro:

“El Mundialismo, en síntesis, es una ideología (y una praxis cultural, social y política) universalista promovida por instituciones internacionales político-militares (principalmente la ONU y la OTAN), por consorcios privados (Council on Foreign Relations, Trilateral, Bilderberg, masonería etc..), asociaciones religiosas (la “capilla” vaticana del Opus Dei, el Consejo Mundial Judío, las numerosas sectas protestantes...) y por una compleja y amplísima red de lobbies y organizaciones internacionales de “presión” política-social-cultural-massmediática (agencias de información, industria cinematográfica, etc.), cuya base principal táctica se localiza en el territorio de los Estados Unidos”.

Y sigue:

“El objetivo del mundialismo es la creación de un gobierno o administración única (el Nuevo Orden Mundial), de una única disposición política institucional y social (el liberalismo), un único sistema de valores (el individualismo igualitario de la doctrina de los “Derechos Humanos”) y un único conjunto de costumbres y estilo de vida (el consumismo) extendidos a toda la Tierra sobre el dominio absoluto de todas las fuerzas políticas, económicas y culturales que lo encarnan: las élites de la finanza mundial”.

Santoro es también autor de “El mito del libremercado”, donde profundiza en el estudio de las “clases económicas”.

Es evidente que lo escrito concluye en que el Mundialismo no es un mecanismo anónimo, sin cabeza, sin dirección ni motor, que pueda autorreproducirse metastáticamente, sino un hecho objetivo producto de la intervención de ideas de unos pocos hombres y unas bien identificadas instituciones, que en conjunto son objeto y no sujeto del mismo proceso globalizador. Quien no lo crea así razona en términos de un ferviente determinismo mecanicista que no es sino otro de los devastadores efectos de la más amplia falsificación histórico-ideológica de los siglos: el Iluminismo, matriz del liberalismo y del marxismo, filtrados por los hegelianismos de “derecha” y de “izquierda”.

La raza de los amos

Del resto, daremos un solo ejemplo, también en términos de crédito; pocos son los supercapitalistas que poseen fortunas en mucho superiores a múltiples estados: los americanos Bill Gates, Larry Hallison Warren Buffet y Paul Allen son propietarios de fortunas que equivalen a la de las 42 naciones más pobres del planeta, y que abarcan una población de 600 millones de almas, un sexto de los habitantes del planeta.

Los “decisión makers” de la política mundial, poseedores de todos los sistemas bancarios, de completos sectores industriales y comerciales, de las fuentes energéticas y estratégicas, son quienes sugieren más o menos de forma soterrada la política de los gobiernos y de las instituciones internacionales. Sucintamente pueden agruparse en 13 clanes familiares. En orden alfabético: Astor, Bundy, Collins, Dupont, Freeman, Kennedy, Li, Onassis, Rockfeller, Rothschild, Russell, Van Duyn y Windsor.

La “raza mundialista de los amos” habita en reductos exclusivos, frecuentados sólo por sus propios iguales, salvo cuando debe condescender a escuchar los “hosannas” populares; se cruzan endogámicamente entre sí y deciden por todos.
La raza de los amos no tiene patria, sólo pasaportes, uno para cada rincón que visitan. Su patria es el mundo.

Son exhibidores del lujo, cosmopolitas por vocación e interés, antiguos parias que, en la época de la caída de las castas, se elevaron a los vértices de la pirámide política y social. Son los anfitriones de las mansiones donde se celebran las reuniones del Bilderberg, de la Trilateral, del CFR. Algunos han guiado directamente estados y gobiernos, como los Kennedy y los Windsor. Para ellos todo está permitido, desde las guerras y las crisis económicas y financieras provocadas, hasta los más prosaicos homicidios por motivos de faldas (¿quién recuerda el caso Palme?).

Para ellos, la reserva, la mentira y el secreto son los instrumentos absolutamente indispensables de dominio.

Hablar de la necesidad “objetiva” y amorfa del proceso de globalización es otro de sus mejores instrumentos para esconder la causa, manifestando sólo el efecto. En la más generosas de las hipótesis imponen al mundo los propios parámetros de referencia, la propia visión cosmopolita de las relaciones internacionales. Católicos, protestantes o judíos, pero también musulmanes o confucianos o simples agnósticos y ateos, son todos portadores de una única visión y estilo de vida, exactamente aquella del “Mundo Moderno”, contra el cual Evola escribió su “Rebelión”.

El semiólogo judío-americano Noam Chomsky, teórico de la antiglobalización desde su cátedra del MIT (Massachussets Institute of Technology), ha sido desde siempre uno de los más feroces críticos del capitalismo y del imperialismo, y a él corresponde la definición de los padrones de la finanza mundial como un “Senado Virtual”, al cual los gobiernos del mundo deben rendir cuantas completamente al margen de los ciudadanos que los han elegido:

“El Senado Virtual es un grupo de auto-investidos capaces de gobernar naciones a través del control de los flujos de capital, las oscilaciones bursátiles y las regulaciones de las tasas de interés. Apenas un estado anuncia la elección del interés colectivo, la amenaza de la retirada absoluta de capitales es inmediata. Todos los gobiernos del mundo, incluso los propios EEUU, son fantoches manipulados por estos senadores enmascarados. Pero a diferencia de los más feroces dictadores, no tienen responsabilidades públicas”.

Aquí nos encontramos en la buena compañía de un hombre que no será acusado de “conspiracionismo complotista”.

A nosotros nos toca añadir que el “Senado Virtual”, para domeñar a los pueblos y los gobiernos, posee otras armas además de las financieras: desde los mass media a la informática, pasando por los golpes palaciegos y militares, hasta la guerra declarada con el uso de “armas inteligentes”.

En Serbia, por ejemplo, usaron de todo: revueltas étnicas, guerrillas montañesas y urbanas, guerra de intervención humanitaria, tráfico de drogas y de blancas, uso de sicarios a sueldo, de uranio empobrecido, de difamaciones y mentiras massmediáticas, de retoque informático de fotografías... hasta la compra literal, con dinero contante y sonante, del Jefe de Estado.

Regresemos de nuevo a Santoro, quien nos ofrece un juicio más neto sobre la “impersonalidad” del proceso histórico que estamos viviendo:

“La denominada globalización (económica, política, cultural y de modos de vida de todos los pueblos de la Tierra) no es de ningún modo un proceso “natural” ni “necesario”, determinado por las leyes internas de un irresistible “desarrollo” del mundo (desde un punto de partida a uno de llegada: Nuevo Orden Mundial, Fin de la Historia, Reino de Dios, Sociedad sin Clases o cualquier otro delirio apocalíptico) y de la lógica de las cosas (¿qué cosas?... y ¿qué lógica?). La globalización es la condición objetiva y autónoma a la que debemos adecuarnos como a una irrevocable voluntad divina, sino sólo el objetivo práctico y deliberado de un grupo de hombres concretos, objetivo tramitado por organizaciones con número de registro leal y que cotizan impuestos, que cuentan con nombre propio, sistemas informativos, massmediáticos y editoriales privados, no necesariamente oscuros ni ocultos en las inmensidades del Universo. En estos grupos no se excluye ni la presencia de conflictos internos ni de resistencias externas”.

(Giuseppe Santoro, “Banqueros y camareros. Soberanía monetaria y soberanía política”).

Simple, ¿no?...

“Derecha” e “izquierda” en el mundo globalizado

Sobre el plano práctico de la acción, la pretendida impersonalidad y necesidad del proceso de globalización determina voluntariamente en las masas un fatalismo impotente, camuflado por los intelectuales orgánicos del Sistema liberal-capitalista como una aprehensión metapolítica e intelectual de la “realidad”. La enésima reproposición, y con mucho la más innoble, es la llamada general a la “apolitización” y la desidia (el pasotismo), a la no-acción. Algo que ya denunciara Evola en obras como “El arco y la maza” y “Cabalgar el tigre”.

Si antaño los militantes de derecha e izquierda pugnaban por la conquista del Poder para así afirmar sus esperanzas en un Mundo Nuevo, hoy día, mucho más burguesamente, se contentan con “gestionar” el poder desde el “ocaso de las ideologías”.

El minimalismo y la localización devienen las coartadas del desempeño y del refugio en lo privado, haciéndolos pasar por el máximo empeño posible contra los poderes fuertes, como si en el mundo moderno hubiese ya lugar para los oasis y las islas de un vivir alternativo, ajeno a la sociedad circundante y alternativa a la misma. ¿Quién recuerda ya las “comunas” del sesentaiocho?

Pero en esta nueva versión tenemos el agravante que esta fuga incapacitante del mundo ya no se dirige a los establos ni los pueblos abandonados, sino a los palacios de cristal y las torres de marfil de los complejos residenciales del extrarradio: comunitarismo sin comunidad, abierto sólo a los pocos elegidos que han podido entenderlo todo (?) y no han hecho nada (!). Aquí crecen y se propagandan las religiones del egoísmo y la falsificación del espíritu: desde la “new age” hasta la contemplación apática del Nirvana... sin cojones para entrar en él.

La izquierda, junto a buena parte de la derecha, que contesta la globalización por lo alto, acepta sin embargo apriorísticamente la filosofía de fondo, la necesidad de las tesis, los principios filosóficos y las utopías niveladoras; son un ala más del fenómeno globalizador, al que critican errores y horrores... y ni siquiera lo saben.

El internacionalismo proletario de ayer se llama hoy “antiglobal”, aun cuando es cierto que es más global que “anti”.

La derecha (1), que en su origen poseía otros instrumentos conceptuales de comprensión y oposición, partiendo de los estudios sobre el Mundialismo, sobre la Geopolítica, sobre las tradiciones, desarrollados en las obras de los maestros como Evola Guènon, Nietzsche Spengler, Sorokin, Lorenz, Sombart, Weber y otros muchos, se abandonó bien pronto a la NO COMPRESIÓN del fenómeno y a subirse al barco de los ganadores (siempre fue así su proceder), en una regresión política e ideológica respecto a los análisis y las acciones políticas anticipadoras de los años 70 y 80.

Contra todos los nostálgicos

El Fascismo, como fenómeno histórico y político europeo, murió DEFINITIVAMENTE en mayo de 1945, cayendo honrosamente con las armas en la mano, a diferencia del comunismo marxista eslavo-europeo que medio siglo después implotará junto a la URSS y sus satélites.

Y es un hecho irreversible que estas dos formas de modernización y movilización de masas sucumbieron en sus pugnas contra América. Es el modelo americano el que ha triunfado en el siglo XX, dando su impronta a todo el Mundialismo globalizador que hoy arrasa la Tierra.

Geopolíticamente es Eurasia (+ África y América Latina) quien ha perdido, por ahora, en sus confrontaciones contra el “Nuevo Mundo” por un Nuevo Orden Mundial.

El llamado “neofascismo” o “neonazismo” de la segunda posguerra ha sido un gran equívoco, unas veces heroico, otras trágico, y otras también cómico, alimentado en sus puntos más oscuros por los intereses de sus enemigos.

Aquellos que comúnmente viene definido como “extrema derecha” no es sino la expresión del trauma de la derrota militar, de sus caudillos muertos y/o masacrados, abandonados por todos a la orgía del Apocalipsis. La imagen de Mussolini junto a sus jerarcas con los pies hacia el cielo ha pesado como losa en más de una generación política. El 8 de septiembre no sólo representó un vuelco epocal, sino también el fin de Italia como Nación, pasando a ser una simple expresión geográfica ocupada por el atlantismo donde unas pocas decenas de millones de personas hablan más o menos la misma lengua.
La propaganda martilleante de los vencedores señaló a los fascismos como el Mal personificado, hasta el punto que ha hecho a muchos identificarse en este rol invertido, como forma extrema de contestación y auto-reproducción.

La nostalgia, las formalidad exterior, la castrante exaltación de la derrota, los cultos necrófilos del pasado, el “caudillismo” sin Caudillo unido al expontaneismo anarcoide (armado y desarmado), son la expresión de diferentes factores de impotencia política y social, mientras el mundo cambiaba vertiginosamente marginalizando cada vez más a la extrema derecha en los ghettos construidos por sus propias manos. El nostalgismo neofascista es la NEGACIÓN MISMA DEL FASCISMO histórico como movimiento de movilización revolucionaria de las masas, trampolín de las juventudes revolucionarias de toda Europa, basado en el ímpetu vitalista de la mirada puesta en el futuro, en la fanática determinación de morir o vencer en su COMPETENCIA REVOLUCIONARIA con el comunismo bolchevique también revolucionario.

Ambos tienen como referencia el mundo de la primera mitad del siglo pasado. Y consideremos también que estamos hablando de las mejores partes de la derecha y de la izquierda, de aquellas minorías que jamás aceptaron “tout court” alinearse junto al Sistema, convertirse en los guardias de la porra del orden constituido.
Pero aquí y ahora, en los inicios del III Milenio, derecha e izquierda han entendido perfectamente en qué dirección  marcha el mundo, y simplemente han abandonado toda batalla histórica y cultural para pasarse al campo del adversario, del Liberal-Capitalismo, de América, del Sionismo y del Mundialismo.

Estos arribistas no son ciertamente el enemigo principal, pero sí el más cercano, a quienes es típica la máxima ambición de los neófitos mercenarios que desean demostrar al nuevo amo la plena fidelidad del siervo adquirido recientemente.
Las recientes jornadas de Génova, la exaltación de la más bestial represión policíaca, de esos policías cobardes y nocturnos que no tienen el coraje suficiente de descender a la plaza para la batalla directa, el anticomunismo sin  comunistas, la alineación acrítica de todas las iniciativas antipopulares y la perfecta identificación en la política exterior americana y sionista, son hechos claros y evidentes de la mentalidad subyacente al gobierno Berlusconi y sus aliados de la Alianza Nacional, los “postfascistas del neofascismo”.

En otros casos es la representación operística de la acción nostálgica e integrista del mantel y la sacristía, de las cenas y los homenajes cada vez más escondidos para evitar los encuentros con las extrema izquierda parapolicial del Régimen y del Sistema, una confrontación que bien pudiera ser funcional al Sistema si no fuese tan anacrónica e inutilizable por los “servicios” que la gestan dentro y fuera de Italia. Ridículo ese antifascismo de cierta izquierda en tanto que también ridículo el nostalgismo (¿pero a qué demonios se refieren con el “anticomunismo”?) de la derecha más o menos extrema.

Todo a mayor gloria de la raza de los amos que traza los destinos de Italia y de Europa, del mundo entero.

Actualidad de Julius Evola

Habíamos recordado que Julius Evola escribe su “Rebelión contra el mundo moderno” hacia la mitad de los años 30, en un mundo que era bien diferente de nuestros inicios del III Milenio: no existía la energía nuclear y todavía era una hipótesis el uso de la más devastadora ara de ingenio humano; no había televisión, ni ordenadores, ni internet era siquiera imaginado. La aventura del espacio exterior, el hecho de pisadas humanas sobre la Luna o las misiones exploradoras a Marte sólo eran fruto de la imaginación ferviente de los escritores de fantaciencia. No se conocía la estructura helicoidal del ADN, ni podían imaginarse tecnociencias como la biotecnología. La etología estaba por nacer, y los estudios sobre ecología eran cosa de marginales ociosos.

La era de la industrialización avanzaba con pasos de gigante sólo en América y Europa Occidental, donde todavía la mayor parte de la población vivía de la agricultura y habitaba e ciudades a la medida del hombre.

Europa, orgullosa, ocupaba el centro del mundo, con sus imperios coloniales, su cultura decadente, su burguesía.

La globalización estaba en sus inicios, frenada por la existencia de políticas decididas y economías vitales. América todavía estaba lejos de realizar su proyecto de dominio mundial, aunque sus líneas esenciales ya fueron trazadas ideológica y geopolíticamente en los inicios del siglo XIX.

La Iglesia Romana, aunque ya daba los primeros pasos de su irresistible decadencia, era aun un formidable dique de contención detrás del cual se refugiaban pueblos enteros de millones y millones de almas devotas. La economía estaba dominada por los estados “totalitarios” más importantes: Rusia, Alemania, Japón e Italia. Son 70 años de distancia en lo temporal, pero centurias enteras en lejanía mental, organización social, tecnología, relaciones entre economía y política.

Pero aquellos que se atrevan a releer las páginas de Evola descubrirán de golpe la actualidad de sus análisis, especialmente los apuntados en la segunda parte de la obra, la titulada “Génesis y rostro del mundo moderno”.

Sus conclusiones sobre la “decadencia de Occidente”, al igual que aquellas de Spengler, sus juicios categóricos sobre Rusia como patria del capitalismo de Estado y América como hogar del marxismo social realizado, simplemente, aparecen más como profecías que como aserciones, más si tenemos en cuenta que sus profecías no tienen nada de mágico en el sentido banal del término, pero son fruto de un Conocimiento que se funda en los solas cimientos de la Tradición, en la concepción cíclica de la historia.

Esa concepción según la cual nuestro futuro ya está escrito en el más remoto pasado, según la cual nuestras espaldas no están detrás, sino DELANTE de nosotros, en un a-venir más próximo al fin que al inicio de nuestro actual ciclo de existencia, cuya conclusión y cierre determinará un nuevo y radical Inicio.

Como sabemos, Tradición significa “tradere”, transmisión de aquellos Valores que son eternos en cuanto que no son simplemente humanos, que el hombre no ha “inventado”, sino que ha “recibido”; “Tradición” que se actualiza en la historia en forma de manifestaciones diversas, pero muy fácilmente identificables en toda época y en todo lugar. Tradición que es el opuesto metafísico a toda especie de “tradicionalismo”.

Tradición y revolución

LA TRADICIÓN ES REVOLUCIÓN, etimológica y realmente. “Revolución” es “re-volver”, es decir regresar a los Orígenes, pero no antes de haber completado su Ciclo, su rotación su astronómica “re-evolución”.

La verdadera Tradición no tiene nada que conservar, sino que desea destruirlo todo para dar a sí cumplimiento “revolucionario” del ciclo, para preparar un nuevo inicio, una nueva Edad de Oro.

La Conservación es el contrario de la Tradición/Revolución, si es entendida no en el sentido de los Valores sino en aquel del mantenimiento, de la defensa de las estructuras del pasado, de las formas ya superadas, de los reductos vacíos y banales, de las fórmulas y las formas que el tiempo ha reducido a cenizas. Y esto también es válido para las fórmulas políticas y sociales como para las religiones y las culturas que una vez vueltas residuales e inútiles se perpetúan en vanos simulacros. Repetimos: en el mundo moderno no hay nada que conservar, sino todo que destruir.

Comenzando por cuanto de fosilizado hay en instituciones de un pasado apenas distante, que no fueron sino frutos del modernismo de su tiempo: desde los nacionalismos gestados por la “Revolución” Francesa y por los “Inmortales Principios” del 89.

Si la conservación es el contrario de la Tradición revolucionaria, la SUBVERSIÓN, como todos los fenómenos de revuelta en el mundo moderno, es una revolución de signo contrario, una CONTRA-REVOLUCIÓN, siempre en el sentido tradicional del término.

La subversión, en el mismo momento que pretende destruir las formas del presente (y este es su aspecto más positivo), lo hace en nombre y bajo el signo de la “modernidad”, como categoría mental y espiritual.

Esto se traduce no en una aceleración hacia el fin de la presente decadencia y por lo tanto en la precipitación del punto catárquico que señala el paso revolucionario cíclico, sino en un perpetuarse bajo nuevas formas de decadencia, que tenderán naturalmente a cristalizarse en la enésima conservación, hasta la llegada de una ulterior honda subversiva. La subversión tiende a borrar las formas del pasado para conservar la esencia del presente, esto es, el modernismo antitradicional, tratando así de detener el verdadero proceso revolucionario que pueda cerrar el ciclo para abrir uno nuevo. La subversión es, en definitiva, otra forma de conservación.

Una serpiente que continúa mordiéndose la cola

Conservación y Subversión son funcionales la una con la otra en la actual fase del ciclo; también cuando desde un elevado punto de vista metahistórico, el cumplimiento revolucionario de la última fase cíclica está escrito en el Destino: como siempre, “fata volentes ducunt, nolestes trahunt”.

Las consecuencias de estas dos actitudes mentales son diversas y comunes, para los que no quieren ser simples espectadores comunes de los eventos, quienes observan en su misma naturaleza la marca de una impersonalidad activa, la fiereza del guerrero de la Tradición que hoy no puede sino manifestarse en el combatiente político revolucionario.

Valores a parte, lo repetiremos por tercera vez: en el mundo moderno no ha nada que salvar y todo está por destruir. En el mundo moderno, a este final de ciclo, toda destrucción del pasado y del presente es propedéutica al cumplirse el mismo ciclo histórico.

Dos frentes, muchas trincheras

Bajo este punto de vista es consecuente que un verdadero revolucionario vea en todo joven contestatario de la actual situación mundial y nacional un aliado táctico en la obra de destrucción de las instituciones mundialistas, en el asalto contra los gobiernos colaboracionistas del ocupante americano; de “derecha” o de “izquierda”, poco importa en el desenmascaramiento de todo engaño sobre la piel de los pueblos, de TODOS los pueblos.

Motivaciones y fines pueden ser divergentes, pero el Enemigo es único y supera toda barrera ideológica. Sólo quien así razona es un verdadero revolucionario, al prescindir de la revolución que tienen en mente, sin fingir, sin saltos de campo para agradar a quien nos considerará siempre un extraño o un neófito convertido.

Es la teorización de los DOS FRENTES Y MUCHAS TRINCHERAS.

Que cada uno combata al Mundialismo, la globalización, también si tiene una visión limitada de los problemas globales, de aspectos parciales, desde el propio punto de vista ideológico, ideal o existencial: desde la propia trinchera. Pero teniendo al menos bien clara la identificación de mismo Enemigo, que es el enemigo global.
Quien tenga más claros los términos políticos y metapolíticos del combate planetario es también quien tendrá una mayor panorámica del campo de batalla y sabrá mejor conducir una lucha más radical y determinada.

Y el primer paso consiste en dar un nombre y un rostro a un fenómeno que no es anónimo ni hijo de nadie, como quieren hacernos creer los teorizadores del desempeño político, de la retirada a lo “privado”, entre los inputs metapolíticos y prosaicos de la vida del pequeño burgués.

El nombre de la mundialización: Amerika

El Mundialismo moderno es la fase extrema del imperialismo capitalista americanocéntrico en su manifestación más degenerativa, antitradicional, conservadora y subversiva al mismo tiempo.

Los Imperios tradicionales de Europa, después de haber sido la máxima expresión de las formas político-sociales del mundo tradicional, manifestación de la metafísica en el plano físico, se transformaron al final de su ciclo vital en imperialismos y nacionalismos coloniales, invadiendo e infectando el mundo. Ahora, la ley del contrapeso ha querido que sea Europa la vencida y sometida por un veneno que se ha instalado en su seno: América ha vencido a Europa, a toda Europa, también a la de los aliados de ayer, la ha privado de su poder y sus colonias, sustituyendo un neoimperialismo político, económico y mediático.

En términos geopolíticos, el “Mar” ha vencido a la “Tierra”, y continúa avanzando en su interior.

América, en efecto, se ha impuesto también a su rival, Rusia, y los confines de la OTAN avanzan cada vez más hacia el corazón de Eurasia, el HEARTLAND logístico de ex-potencia antagonista.

El Mundialismo, y su manifestación económica y mental, la globalización no podrían existir sin el dominio de una y sola superpotencia que ha impuesto al mundo su predominio militar sobre la tierra, sobre todos los mares, sobre los cielos y sobre el espacio exterior. No existiría sin una moneda única válida en todos los pagos internacionales, sin una lengua común de comunicación, de la diplomacia y de los ordenadores, sin una pseudocultura aceptada y asumida por todos, sin un dominio total de la televisión, el cine, la prensa, internet, etc., por los altos lobbies y las multinacionales con base en los EEUU, fortaleza continental aislada por dos océanos de vasta extensión, brazo armado mundial del SIM, el Superestado Imperialista de las Multinacionales.

“Los Estados Unidos son los grandes defensores de la globalización, y allí donde ésta se ha puesto en práctica, como en las relaciones con México, han aportado un gran bien (...)   Pienso que los Estados Unidos son los primeros en beneficiarse de la globalización, desde el punto de vista de la concurrencia, desde una posición más fuerte respecto a los demás”.

Son palabras de Henry Kissinger, “el judío errante” de las administraciones republicanas, premio Nóbel de la paz (después de haber provocado la guerra Irán-Iraq, con un millón de muertos; o la invasión de Timor Oriental, con el exterminio de un tercio de la población local), autor del reciente libro “¿Tiene América necesidad de una política exterior?”, y sponsor del actual ministro de exteriores italiano en el gobierno Berlusconi.

En el fondo son un eco de las manifestaciones de su compadre literal, George Soros, judío de origen húngaro, especulador capaz de hundir en una sola operación bursátil la economía de países enteros (en el 92 le costó a Italia una pérdida de 40 millardos de liras) y actual co-presidente del World Economic Forum di Salsburgo (“hermano menos estival del Foro de Davos”):

“Creo que la globalización traerá grandes beneficios a un gran número de hombres y mujeres... La liberalización de los mercados y del movimiento de los capitales produce sobre todo beneficios privados a los privados. No se preocupa de quien no puede hacerlo “per se”, de los beneficios colectivos”.

(De su artículo: “La globalizzazione è un bene, i governi imparino a usarla”, “Repubblica”, 3.07.2001).

¡¡¡ Viva la sinceridad !!!

Para el señor Soros y sus afines la globalización, ciertamente, es un verdadero maná del cielo. Últimamente anuncia que desea abandonar las finanzas y dedicarse a “los problemas de la democracia en la Europa del Este”. ¡¡¡ Pobres Eslavos !!!
Del resto, es preciso anotar que uno de los instrumentos que tiene América para imponer su política económica al mundo, además del dólar, es la llamada GLOBALIZACIÓN ASIMÉTRICA, que mientras impone a las economías más débiles (comprendidas también las de los “partners” ricos del Norte del mundo) el liberalismo absoluto en los intercambios internacionales, aplica por el contrario fortísimas tarifas a las mercancías extranjeras más competitivas en el mercado interno estadounidense, en defensa de los intereses lobbisticos de los productores americanos. Una política económica que aplicada a los productos del Tercer y Cuarto Mundo resulta devastadora para las economías más débiles, obligándolas a importar productos made in USA sobre los cuales América se niega a pagar impuestos.  
Los alegres muchachos de Robin Hood robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Amerika roba a los pobres para dárselo a los ricos.

Cómo prepara América la III Guerra Mundial

Pero existe un nuevo peligro, que viene acentuándose en los hechos recientes de la nueva Administración republicana de Bush II: el relanzamiento de la carrera armamentista para sostener el gigantesco complejo militar-industrial de los EEUU.
Esta es una deuda que busca sobre todo favorecer a los lobbies bélicos y al Pentágono, que han abastecido de personal al nuevo Bush con el viejo staff republicano del padre y otros predecesores.

Se busca así prescindir de los riesgos evidentes de una política de paz y estabilidad internacional, el riesgo de hacer colapsar una economía que estaba en plena crisis, con la creación de un arsenal costosísimo e hipertrófico, a más de completamente inútil en un sistema internacional que ve en los EEUU al día de hoy la única superpotencia mundial.

Esta es la tesis de Chalmers Johnson en su obra “Los últimos días del imperio americano”.

En este libro se proyecta un posible fin de los Estados Unidos muy similar al colapso implosivo de la URSS, en el momento en que se hizo evidente que su esfuerzo militar no era compatible con las estructuras económicas internas y se había demostrado inadaptado a la estrategia contemporánea (derrota en Afganistán, Polonia, Medio Oriente, etc.).

La caída del imperio americano no sería ciertamente una pérdida para el resto del mundo, sino al contrario el inicio de un nuevo renacimiento de los pueblos y de las naciones, si no fuese por el hecho que la globalización americanocéntrica lo ha vinculado todo a la economía y a la política estadounidense, hasta el punto que la crisis general del capitalismo USA representaría contemporáneamente LA Crisis Mundial por antonomasia, frente a la cual aquella del 29 sería una tempestad en un vaso de agua.

Es seguro que América, frente a la perspectiva del desastre económico interno que, simplemente, en aquel tipo de sociedad representaría el fin de los EEUU como entidad política unitaria, estaría dispuesta a desencadenar un conflicto mundial sobre el cual descargar las tensiones internas y en el cual desgastar los armamentos cuya construcción habría determinado la misma crisis (3).

El libro de Johnson había anticipado la crisis con China por la cuestión crucial de Taiwán y el control del Pacífico Nororiental.

En estos momentos, una vuelta al imperialismo militarista e intervensionista sería la válvula de escape del capitalismo en su fase extrema y más agresiva, con la variante que esta vez sería la Alta Finanza quien conduciría el juego y el teatro sería más o menos todo el planeta en su conjunto, planeta que amenaza con la caída en el completo caos seguido de la caída del imperio americano.

Si el Mundialismo es también fruto degenerado del nacionalismo, del imperialismo colonial vuelto en su aparente opuesto, pero en realidad interno a la lógica mercantilista antitradicional que presidió el nacimiento y la afirmación de los imperios coloniales europeos, la solución al problema no puede sino regresar a su lugar de partida: EUROPA.

Europa, Imperio y geopolítica

Es decir, en un IMPERIO EUROPEO autocrático, autárquico, armado. En una concepción imperial, tradicional, revolucionaria y geopolítica como respuesta al imperialismo del mundo unipolar, “modernista”, conservador del estado global actual.
Recordemos las palabras de Evola:

“Después, los imperios serían suplantados por los “imperialismos”, y ya no sabrán nada del Estado si no fuera como organización temporal particular, nacional y después plebeya”.

Una Europa Unida que retorne a sus raíces más profundas, a sus orígenes polares, que encuentre en su Tradición las fuerzas para levantar la bandera de la liberación continental y planetaria contra el Mundialismo. Y que tenga en la visión GEOPOLÍTICA, es decir, en la conciencia histórica y geográfica de sus élites y de sus pueblos, el arma con la que combatir las utopías del mundo moderno y las amenazas de los potentados mundiales.

Una Europa similar ciertamente no tiene nada que compartir con la actual Unión Europea, apéndice atlántico de la talasocracia americana; la geopolítica, la historia, la ideología de nuestros actuales ocupantes son necesariamente conflictivas y antagonistas con las de Europa.

En términos geográficos, históricos y culturales, la unidad del continente Europa abarca también su parte oriental, especialmente con Rusia, quien representa en la perspectiva geopolítica las garantías necesarias en términos militares y la complementariedad en los aspectos económicos: la potencialidad del ESPACIO VITAL.

La Europa desde Brest, desde Lisboa y desde Reykiavik hasta Vladivostok, Desde Thule, en Groenlandia, hasta Bering, en la punta extrema oriental de Siberia, con eventuales bases avanzadas más allá del estrecho, no es una Utopía, sino una simple necesidad para garantizar nuestra misma existencia.

Sólo entonces tendremos la ocasión de verificar una reacción vital de los pueblos europeos. Y ciertamente no es quizás de Occidente, sino de Oriente y de Rusia de donde puede llegar la esperanza; y por la otra parte Rusia es impotente sin el concurso de Europa Occidental, única salida a los mares cálidos de la potencia del Heartland continental. Estamos unidos en una misma suerte.

Si, como hemos dicho, el Mundialismo actual se identifica total y completamente con el imperialismo americano, hasta el punto de hacer conmutativa la ecuación Mundialismo = Americanismo, loa respuesta POSIBLE no puede sino ser una Europa Unida e Independiente, soberana y autárquica en sus necesidades primarias.
El “One World” que se proyecta como el mejor de los mundos posibles tiene un centro: el ombligo del mundo unificado está en los EEUU. En particular, el financiero y político en la franja costera que va desde Nueva York a Washington; el cultural entre Los Angeles y San Francisco; y el económico-industrial en la región de los Grandes Lagos de Chicago y el Texas.

Si la amenaza destructiva de la superpotencia USA, como instrumento del plan mundialista de dominio, es global, también global debe ser la lucha de los pueblos libres, reunidos en áreas geopolíticas y culturales afines.

La nueva Tricontinental

Europa, para ser libre, deberá ponerse a la vanguardia de las luchas de liberación del Sur del mundo: de América Latina, hoy reducida a patio trasero del imperialismo gringo; del África “negra” Subsahariana; del Asia Exterior “amarilla”, con China a la cabeza; del Subcontinente Indoario; de la Umma Islámica.
Por lo tanto es también nuestra la lucha del pueblo palestino, árabe, contra la presencia sionista en Palestina y en Medio Oriente.

Israel es el portaviones armado del imperialismo talasocrático USA en el mismo corazón de la masa continental eurasiático-africana, en la confluencia de los estrechos de los mares internos y de las rutas del oro negro de la energía mundial.
La misma existencia de Israel representa un peligro mortal para la Unidad Europea, igual que para la Árabe, la Indoaria o la Africana.

La eliminación del bastión sionista en el Mediterráneo es y será una prioridad estratégica para todo gobierno y estado que pretenda combatir contra el Mundialismo, por la unidad continental geopolítica.

En el mundo global no pueden ignorarse situaciones geoestratégicas aberrantes también en las antípodas del planeta.

Pero las pequeñas naciones siete-ochocentistas no pueden ciertamente competir con las grandes potencias continentales.

Mario Vargas Llosa, por otra parte uno de los grandes intelectuales orgánicos apologistas de la globalización, ha afirmado recientemente:

“La realidad de nuestro tiempo es la de un mundo en el cual las antiguas fronteras nacionales se han difuminado gradualmente hasta establecer en los países de los cinco continentes unas interdependencias que se oponen frontalmente a la vieja idea del Estado-nación y a sus prerrogativas tradicionales”.

(De su artículo: “Quello che resterà del nuovo Sessantotto” – Repubblica, 7/8/2001)

El escritor politicastro no se olvida de anotar que el sistema democrático (es decir: los EEUU) ha derrotado a los grandes regímenes totalitarios del siglo XX, el Fascismo y el Comunismo, señalados aquí como las únicas serias tentativas antimundialistas, respecto a las utópicas veleidades del “pueblo de Seattle”, destinado a ser reabsorbido en el Sistema como ya lo fueron los contestatarios del 68. Un Sistema del cual Vargas Llosa se reconoce como componente interna aun disintiendo de los medios.

Añadiremos por nuestra parte que los mismos “fascismos” y “comunismos” deben en gran parte su derrota al hecho de nunca haber comprendido en su plena totalidad la globalidad de la lucha, ni las intenciones reales de la potencia americana en el mundo. Acabaron destruyéndose entre sí, permitiendo al imperialismo USA batirse, en tiempos separados y con instrumentos diversos, con el único objetivo histórico de dominar la tierra.

Que las unidades geopolíticas y culturales en el futuro de la política mundial no son una mera hipótesis de estudio, fruto de un academicismo politológico o una utopía incapacitante, son los mismos teóricos de la supremacía americana quienes vienen a decirlo. El trilaterista Samuel P. Huntington es el portavoz de varias asociaciones americanas que trazan las líneas estratégicas generales de las barras y las estrellas para el siglo XXI.

En su celebérrimo ensayo “El choque de las civilizaciones y el Nuevo Orden Mundial”, el autor diseña el cuadro de un mundo futuro dividido en grandes áreas geográfico-culturales, en cuyo ámbito prima el principio de “no ingerencia” por parte de las potencias externas. Escribe Huntington:

“Bajo el empuje de la modernización, la política planetaria se está reestructurando según el modelo de la líneas culturales. Los pueblos y los países con culturas similares se avecinan. Las alianzas determinadas por motivos ideológicos o por las relaciones entre las superpotencias dejarán el campo a las alianzas definidas según culturas y civilizaciones”.

“Los límites políticos serán rediseñados afín de que coincidan con las grandes áreas de civilización. Las comunidades culturales sustituirán a los bloques de la Guerra Fría y las puntos donde se intercepten las líneas entre las civilizaciones estarán los puntos conflictivos de la política global”.

Ciertamente Hungtinton escribe como un americano, y su concepto de Civilización tiene muy poco que ver con aquel de la tradición europea o sinojaponesa o árabe-islámica etc. Es más, según la lógica geopolítica atlantista de sus patrocinadores, Europa debe estar unida a los EEUU y separada de su “Hinterland” natural oriental del mundo eslavo-ortodoxo.

Por lo demás, ya la escuela geopolítica de Haushofer había previsto un mundo de unidades continentales (en el sentido que la geopolítica da al término “continente”, que no coincide necesariamente con la subdivisión escolástica en la cual fuimos todos adoctrinados en la enseñanza primaria); pero Huntington, obviamente, no menciona este hecho en ninguna palabra.

Geopolítica y lucha de liberación

Las unidades geopolíticas y culturales de tipo imperial son pues la realidad de la subdivisión planetaria del futuro, y responden a una exigencia real de la Historia y de la Geografía.

La geopolítica, criminalizada durante años como “pseudociencia nazi” ha conocido un nuevo auge tras el fin del bipolarismo USA-URSS y el nacimiento de nuevas naciones y nuevas realidades supranacionales, como el Islam Revolucionario, el despertar de China o la nueva y asombrosa vitalidad del Hinduismo.
En el momento actual, a la inversa, Europa, englobada en la OTAN, no es otra cosa que un territorio de ocupación, “tercera orilla” oceánica de la potencia aéreo-marítima dominante, frente avanzado del imperialismo talasocrático americano en su penetración hacia el corazón continental de Eurasia: el Heartlan rusosiberiano.
En un contexto tal, TODOS los ejércitos y policías, TODOS los servicios y las estructuras políticas de las naciones europeas están al servicio de Washington, estructurados y armados en función de los intereses estratégicos de intervención rápida del imperialismo americano en todos los ángulos del mundo.
Y como tal deben ser considerados por todo verdadero revolucionario y patriota europeo: como COLABORACIONISTAS DEL ENEMOGO OCUPANTE; y tratados como tales.

En el fondo, la guerra contra Europa aun está por concluir.

La OTAN, lejos de ser una garantía de defensa, es la materialización del instrumento de dominio americano sobre Europa, en particular ahora que ya no tiene justificación el baluarte anticomunista y antisoviético.

La experiencia de las guerras balcánicas y el ataque criminal a Serbia son sólo los últimos trágicos hechos expuestos a los ojos de todos. Y la vergüenza del Tribunal Internacional que La Haya consiste en procesar a los vencidos en nombre de los verdaderos criminales de guerra mundiales, como no otra cosa representó la otra vergüenza histórica de los tribunales de Nuremberg y Tokio.

Con la teorización de las “intervenciones humanitarias”, los Estados Unidos se han autoproclamado policías mundiales contra los “criminales” internacionales de turno, elegidos sobre la base de los intereses de la estrategia militar y política del Pentágono: ayer fueron Hitler, Mussolini, Stalin y el Japón; hoy son Irán, Libia, Corea o más simplemente Saddam Husein, Milosevic o Bin Laden.

La globalización

Para retornar a las proposiciones de la unidad geopolítica autocentrada, señalamos que ésta también representa la respuesta al falso problema de la dicotomía entre GLOBALIZACIÓN y LOCALIZACIÓN.

El mundo moderno siempre ha tendido a abatir toda barrera nacional (internacionalismo, gobierno único mundial...) cultural (uniformismo de las costumbres, de las modas, de la música, de la comida, de internet, etc.), económica (globalización de los mercados, liberalismo absoluto) religiosa (sincretismo, fraternidad universal, modelo monoteísta único), etc...; y en tal sentido se expresa el proyecto mundialista de una cultura unipolar, modelada bajo el “american way of life”.

Por otra parte, la natural resistencia de los hombre sanos y de los pueblos todavía vitales va en el sentido aparentemente opuesto: el localismo, el retorno a los valores de la tierra, cuando no de la sangre.

Se recomponen usos y costumbres, tradiciones locales o recetas, se restablecen los modos vivenciales de relaciones armónicas con la naturaleza propias del precristianismo.

Hasta acabar con las reivindicaciones de autonomía o independencia de las “patrias chicas”, con el renacimiento de lenguas perdidas, el estudio de la historia perdida y de los símbolos y las banderas olvidada.

Un fenómeno en gran parte positivo, pero en muchísimas ocasiones instrumentalizado por los lobbies mundialistas, unas veces siendo utilizado como simple folklore pasadista y otras como instrumentos de debilitación interna de la política nacional, cuando ésta no se pliega completamente a los deseos y valores de los autonombrados patrones del mundo.

El teórico de esta tendencia “localista”, junto a los varios Iván Illich, Vandana Shiva o Bové, es el ecologista inglés Edward Goldsmith, autor del ensayo “Glocalismo”, donde apunta la tendencia global al localismo en el mundo.

En una reciente entrevista (“La Stampa”, 15/7/2001), el teorizador de las comunidades estables, territoriales, tradicionalistas, autorreguladas y con tendencia al crecimiento cero, afirma:

“Se quiere crear un paraíso para las multinacionales, disolviendo las reglas y leyes que protegen a los pobres y a las comunidades locales. El G8 lo hace sistemáticamente... Creo en los deberes hacia la familia y hacia la comunidad de pertenencia, el las ideas de religión y de tradición. Me parece Horrible la sociedad individualista, atomizada, masificada. No existe libertad que pueda oponerse al consumo de Coca-Cola, a los organismo genéticamente modificados, al MacDonald´s”.

Y sigue:

“La globalización es un fenómeno temporal, que no puede durar... La política de Bus avanza hasta la extinción de la humanidad; pero en tal caso no quedará ni siquiera la economía... no quedará nada... Debemos preparar a las gentes para el colapso de este Sistema, porque éste llegará inevitablemente según su propia lógica.”

Palabras donde nos identificamos completamente y que lanzamos a quienes nos acusan de catastrofismo apocalíptico.

Habrá que ver cómo conciliar las ideas de Goldsmith con las de los globalizadores de lo bajo, los postmarxistas, los internacionalistas y los cristianos de base, es decir, con las ideologías internacionalistas y mundialistas por excelencia... Y también con las de Bové o del subcomandante Marcos, llegado como revolucionario desde la selva lacandona de Chiapas con “El Capital” bajo el brazo... para convertirse a las visiones del “Popol-Vuh”, el texto sagrado de los mayas.

Es noto que, entre los padres nobles del movimiento antiglobal, se insertan también nombres bastardos, viejos y nuevos, en un “totum revolutum” de Marx a Keynes, de Rousseau a Russell, de Morel a Marcuse, de Tolstoi a Trostki, hasta acabar con los más actuales McLuhan y Jeremy Rifkin, quien ha popularizado el término “Ecocidio”, Vandana Shiva Luther Blisset y, obviamente Noam Chomsky y Naomi Klein, la iluminada autora del libro y de la campaña contra los “copyrights”, “No Logo”.

No podemos olvidar a los religiosos y teólogos, desde la Madre Teresa de Calcuta (inolvidable, por cierto, en todas las salsas) a Hans Küng y Leonardo Boff. Extraño que... no se hable mucho de Hakim Bey (alias de Peter Lamborn Wilson), teorizador de las “TAZ” (“Zonas Temporalmente Autónomas”), una de las lecturas preferidas en las franjas duras del anarco-insurreccionismo del movimiento antagonista; un sufí que propone una lectura anarco-nihilita del materialismo marxista pero también de... la diosa Kali, bajo el signo de la destrucción total de todo aquello que el pensamioento tradicional define como el “Kali-Yuga” la Era de Kali, esposa de Shiva, destructora pero también restauradora (4).

Y nos queda el hecho que el “DIFERENCIALISMO IDENTITARIO”, la localización, el particularismo etnogeográfico no puede contrastar la Globalización impuesta, el proyecto Mundialista, sólo recluyéndose en lo particular, oponiendo las pequeñas comunidades y las economías aldeanas al extrapoder económico y político, por no decir militar del mundialismo y de sus siervos. Sólo proyectando una obra de destrucción total (absolutamente necesaria, y prioritariamente indispensable) de las estructuras del mundo moderno, se podrá proyectar y preparar la alternativa a la globalización, y no la globalización alternativa.

Comunidad, nación, Imperio

Ni, al contrario, podemos quedarnos en la espera de la crisis estructural del Sistema mundialista, que, ciertamente, ES el destino del Capitalismo Financiero Internacional, el cual tiende por su propia lógica al colapso, como justamente dice Goldsmith.

Las naciones nacidas de la Revolución Francesa y de la descolonización de la posguerra son instrumentos políticos inadecuados para afrontar el fenómeno; por cuanto menos lo son entonces las microcomunidades de cualquier género, si no se insertan en una unidad orgánica más grande, más compleja y completa, garante de las especificidades locales y de la defensa común.

Sobre el problema de las relaciones entre “nacionalidad”, “nacionalismo” e “imperio”, es necesario regresar a la obra de Evola “Rebelión contra el mundo moderno”, que también en este campo anticipaba en decenios las críticas al nacionalismo que, entre el histerismo de las masas y de las guerras civiles europeas, ya excavaba la fosa del siglo en curso.

Y sobre esa fosa, el Mundialismo ha colocado su lápida.

La solución al problema de superar la Globalización Mundialista, de la defensa de las particularidades locales frente a la homologación planetaria final del capitalismo, no puede ser otra sino la Europa Unida del Atlántico al Pacífico, del Polo Norte al Mediterráneo, de Brest a Vladivostok y de Narvik a Gibraltar; la Europa de las cien banderas y de las estructuras sistémicas de las comunidades particulares, de la familia a la ciudad, de la ciudad a la región, de la región a la nación y de la nación al Imperio, en una Europa unitaria en sus raíces étnicas y espirituales, ocupando un vasto espacio geopolítico delineado y económicamente autárquico, dotada de los medios de defensa necesarios para garantizar su soberanía.

Esta es la esencia del IMPERIUM tradicional, descrito por Evola y conocido por todas las auténticas Civilizaciones.

Porque la unidad del Imperio viene ante todo dada por las élites espirituales, políticas y militares de los pueblos componentes del mismo Imperio, portadoras de una visión anagógica, espiritual, geopolítica, metapolítica y metafísica, que compenetra y supera los intereses de los pueblos comprendidos en los confines imperiales, cada uno dotado de su propio DOMINIUM, de sus modos y vidas y de su propio espacio geográfico particular subsidiario.

La solución más realista del drama de nuestro tiempo reside en la sabiduría de los principios de la Tradición que, en cuanto tal, no es ni antigua ni moderna, porque es eterna. “No sigo a los antiguos, busco lo que ellos buscaron”, es el lema del hombre de la Tradición.

El retorno de la Gran Política

Se habla mucho del retorno de la política, de su reconquista del puesto que le corresponde sobre la economía.

Pero sólo si se comprende la verdadera naturaleza del Mundialismo, que no es sólo ni mucho menos sobretodo un fenómeno de naturaleza económica, podrá oponerse una alternativa válida, política y socioeconómica, al proyecto de dominio de una restringida, “electa” oligarquía plutocrática, pero también portadora de una bien específica “contra-tradición” religiosa y cultural: una “visión del mundo” global y globalmente antagonista a la de los pueblos.

Sobre el tipo de lucha a contraponer nos permitimos aconsejar al lector a otros trabajos precedentes, en particular al titulado “Doctrina de las Tres Liberaciones” (5): Liberación Nacional – Liberación Social – Liberación Cultural en el cuadro geopolítico europeo y en una perspectiva de guerra total Mundial-Tricontinental de los pueblos contra el imperialismo americano.

Pero antes de toda acción en el campo práctico será necesario aclarar inequívocamente los términos del problema, los actores reales sobre la escena nacional y mundial diferenciándolos de los ficticios, los hombres y las instituciones, los partidos y movimientos que están al servicio del proyecto mundialista.
Y para este análisis las viejas y abusivas terminologías ya no tienen sentido, no sirven para el fin que un día sirvieron: “derecha”, “izquierda” fascismo/antifascismo, comunismo - anticomunismo, democracia - totalitarismo, nacionalsimo - internacionalismo, son todas palabras que pertenecen a una época y a una política del siglo pasado.

El que ahora se utilicen con fines polémicos y/o apologéticos, sólo tienen la finalidad de desviar la atención de la realidad actual, de las perspectivas de agregación y de la lucha del mañana.

El cuadro del conflicto y sus protagonistas

Evola ha mostrado cómo, al contrario, también los términos exactos pertenecen a la Tradición Una, en cuanto desvinculados de las contingencias de lo temporal y lo pasajero, de lo provisorio y lo inesencial, que pueden transmutarse de época en época en “palabras de orden” para la lucha, en “Mitos de referencia capacitantes” en las perspectivas reales de lucha, para aquellos que quieran ser protagonistas de su propio tiempo, también en la época de la disolución y del fin de ciclo, cuya duración, por otra parte, no podemos determinar.

Estemos siempre atentos frente a aquellos que niegan la existencia de los “mitos capacitantes”, como anuncian los hombres incapaces de actualizar una Realidad precisamente por su propia naturaleza atemporal y metapolítica, aquellos cuyo limitado horizonte mental les resguarda en un estéril nostalgismo y en la impotencia política, cuando en la defensa de las instituciones del pasado. Estas limaduras de hierro preceden a la calamidad cuando no saben ejercitar su fuerza natural atractiva.

Y aquí hay que incluir a todos los que exaltan un pasado lejano del cual son indignos representantes, pues lo niegan en los hechos llevando agua y energías al molino de un enemigo secular, el mismo de ayer, de hoy del próximo mañana.
No son útiles los partidarios de una contestación humanista, reformista cristiano-laico-progresista, en cuyos últimos principios ya se manifiestan claramente los gérmenes y las patologías del mal que se quiere combatir.

No son útiles los partidarios de la lucha simplemente destructiva de los “casseurs”, de los anarquistas y nihilistas de toda especie, cuyo verdadero límite no está en la modalidad de acción (¿Qué son y qué cuentan, respondemos a los que se escandalizan, cuatro cristales rotos de oficinas de banca o de dos MacDonalds en el conjunto de los crímenes de la banca y las entidades financieras?), sino en la falta de perspectivas revolucionarias y en la fisiológica negación de una alternativa posible.

También si, en este casi, las convergencias tácticas son posibles y auspiciadles, pero sin retar la propia identidad política y Cultural en sentido lato.
Si las derechas del Sistema forman parte del frente enemigo del Mundialismo en el poder, los antiglobalizadores, en sus variantes de todos los colores del arcoiris, representan una contestación INTERNA al Sistema globalista, lo cual no es propiamente una contestación.

En el esquema ideal de los “dos frentes muchas trincheras” mientras la derecha reaccionaria se coloca claramente en el frente opuesto, los jóvenes contestatarios lo hacen en nuestras trincheras vecinas, pero carecen de un cuadro claro y general de las fuerzas en lucha y de las estrategias a emplear. Esto lo saben muy bien los estrategas del enemigo mundialista y lo usan para desviar las energías revolucionarias positivas hacia falsos objetivos.

Para los que son conscientes de todo esto se trata ahora de asumir una posición lo más firme y RADICAL contra todas las expresiones políticas, sociales, científicas, espirituales... del moderno mundo globalizado. Un tradicionalista revolucionario, lo repetiremos hasta la nausea, no tiene nada que salvar del mundo moderno, sino todo que destruir, comenzando por los residuos y las ruinas de un pasado que no pertenece al mundo de la Tradición sino a una fase precendente y ya superada de la decadencia.

Fuertes en una recta Doctrina y en un análisis racional histórico y geopolítico, conscientes de saberse en batalla por la justa causa de los pueblos, en una visión global del mundo y de la historia ofrecida en las enseñanzas tradicionales de los maestros como Evola, Guénon, Béla Hamvas (el autor de  “Scientia Sacra”), y tantos otros, los jóvenes revolucionarios antimundialistas del mañana deben colocarse a la vanguardia y no en la cola de la guerra contra la globalización, en todas sus formas de manifestación, que obviamente no son sólo económicas y políticas, sino también existenciales, espirituales y naturales.

Hemos de dar respuestas y propuestas a todas las protestas, en todos los campos: en la salud ambiental, en el mundo laboral, en la inmigración y en el débito mundial, en la alimentación y en el comercio, en la genética y en la ecología, en la informática y en la etología, en el animalismo y en mil campos más... en todos en su conjunto y en la visión del mundo en general. Sin seguir histéricamente al último capitoste que aparezca en escena, porque los líderes deben ser pasar los firmes y férreos procesos de selección antes de ser reconocidos como portadores de la “potestas”.

De cualquier forma que se lo quiera llamar, debe nacer una COORDINADORA ANTAGONISTA  REVOLUCIONARIA entre todos aquellos que coincidan en una visión tradicional, anagógica de la vida y del mundo, y que tengan la voluntad de aplicarla en la lucha cotidiana; una cotidianidad que sea vivida bajo el sello de lo Absoluto, no el empeño de un día o de un año, sino la determinación de toda una vida.
Quien sepa portar en sí mismo tal determinación puede estar seguro de verse acompañado de un número siempre creciente de jóvenes y menos jóvenes, que verán en él un signo, un impulso, una bandera por la cual lanzarse a la batalla.

Evola como maestro de lucha y victoria

Evola no fue el ideólogo de la retirada estratégica, del olvido, de la reclusión monástica, del gesto desesperado, valeroso, pero sin fin en sí mismo, no fue ningún anarquista místico. Toda su vida y su obra, antes y después de las Guerra Mundiales, son un testimonio de empeño, sin exaltaciones improvisadas.

Evola fue un verdadero revolucionario, también mientras estuvo inmóvil, incapacitado en su silla de ruedas, y lo demuestra el hecho que supo mirar a lo lejos y prever la realidad en la cual estamos hoy inmersos. Prever y prevenir, ofreciéndonos los instrumentos teóricos para combatir el mundo y el mundialismo modernos.

El Sistema mundial es mucho más frágil de lo que pretende hacernos creer. Su caída no será prolongada en el tiempo, no será una larga decadencia, sino un derrumbarse inmediato, más veloz que ese gigante con pies de barro que fue la extinta URSS al finalizar el pasado milenio.

Se trata ahora de acelerar en lo posible las contradicciones internas del Sistema, contradicciones que siempre se presentan en todo fenómeno de mutación histórica.
Exponer las contradicciones, aportar las contraposiciones, trasladar las contraposiciones EN el Sistema a oposiciones AL sistema. Mostrar a los pueblos toda la fragilidad estructural de este mundo globalizado y asqueroso.
Primer imperativo: cambiar el signo de la movilización; del “-“ de una globalización al negativo, a lo bajo, al “+”, positivo, de una lucha sin tregua al Mundialismo, empezando POR la Liberación Nacional, Social, Cultural, europea y mundial.
Y no antes de haber hecho limpieza general en la plaza de todo presente y pasado.
Este es el verdadero “nihilismo activo”.

Siempre Evola, en las conclusiones de “Rebelión contra el mundo moderno” afirmaba:

“Se trataría de asumir, con una especial orientación interior, los procesos más destructivos de la era moderna para usarlos a los fines de una liberación, como en una acción de retorcer el veneno en contra de sí mismo o en un “cabalgar el tigre”.

¿Y qué puede ser más radical y toral en la lucha contra el mundialismo moderno que tener un firme punto de referencia, bien diferente de las contingencias históricas del momento?

Aquel que no se resguarda entre los confines del espacio y del tiempo, sino que se percibe como un anillo de la cadena ininterrumpida de la una concepción circular de la Historia, ése sabrá siempre ser la VANGUARDIA de las nuevas generaciones que, justo en el momento de las mayores tinieblas de la homologación y de la aniquilación, sientan ahora la llamada de la “Rebelión...”, la necesidad ética del empeño en la defensa de los oprimidos, la necesidad física de vivir para luchar y luchar para vivir.

Ezra Pound definió al comunismo como una ética y al fascismo como una estética, y al capitalismo como una práctica.

Ahora sen trata de fundir ética y estética en la lucha contra el capitalismo, redefinido como una “práctica” suicida para todos, también para aquellos que lo defienden, sea consciente o inconscientemente.

Como bien dijo uno de los verdaderos revolucionarios del siglo XX, Ernesto “Che” Guevara:

“Necesitamos sentir como si fuese en el propio rostro el bofetón dado a todos los hombres, y obrar en consecuencia”.

Para el resto, quieran o no quieran, la generalidad de los problemas y los peligros ahora globales, hará inútil que se refugien en su mísero egoísmo, en su vivir pequeñoburgués ideológico y social, porque el suicidio colectivo a todos incumbe, y las grandes revoluciones a todos dividen en dos categorías: los revolucionarios y los contrarrevolucionarios.

Hombres como Julius Evola, como Friedrich Nietzsche y tantos otros que nos han dado los instrumentos de estudio, de análisis del mundo actual, pueden ser transformados en armas válidas de lucha y victoria.

¿Quién sabrá asumir su legado con verdadera IMPERSONALIDAD ACTIVA, con ánimo noble y voluntad adamantina, en comunión con otros tantos hombres y pueblos del planeta que en todos los rincones alzan la cabeza, elevan la vos y levantan el puño al cielo?

La posibilidad, también la necesidad, de un nuevo calarse en Lo Político, en el empeño militante total, en la guerra contra el mundialismo moderno, traspasa los límites geográficos y mentales, asumiendo el dicho que “allí donde se combate por la idea, allí está la Patria”, con firmeza y coraje, en el convencimiento de vencer al burgués que se anida en cada uno y que es preciso exorcizar rechazando todas las poses retóricas, los heroísmos de opereta, los escenarios de juego de rol.
“Propiciar –escribía Evola- experiencias de una vida superior, una superior libertad... Es la prueba”.

“Y que ella sea completa, resolutiva, es lo propio de una vocación heroica, capaz de afrontar la ola más alta sabiendo que dos destinos posibles están a igual distancia: el de los que terminarán con la misma disolución del mundo moderno, y el de quienes verán el surgir de la nueva corriente”.

Y ahora, dejemos las palabras y vayamos a los hechos.

 

Notas

(1) Carlo Terracciano escribe aquí, en el original, “Destra” con mayúscula, evidentemente refiriéndose a la antigua “área misina” italiana, y en particular al grupo de Gianfranco Fini, la “Alleanza Nazionale”, a la que acusa de entreguismo al Sistema. En ocasión semejante, Terracciano ha escrito: “Y este es el juicio definitivo y sin apelación para los “postfascistas” del “neofascismo”, aquellos que apelan al “área” precisamente en cuanto que lanzan palabras al aire” (N. del T.)

(2) El término “Amerika”, con “k”, es nuevo y corriente en Italia como calificación despectiva de los EEUU (N. del T.)

(3) Profético, si se considera que este artículo tiene una fecha de redacción de pocos meses antes de los sucesos del 11 de septiembre.

(4) Carlo Terracciano nos relata que estos datos han sido extraídos del forum telemático de Luigi Leonini, donde se dio nota de las críticas del “izquierdista” Blisset a Hakim Bey, considerado casi un “nazifascista”.

(5) En el original italiano, en la dirección electrónica: http://utenti.tripod.it/ArchivEurasia/terracciano_rr.htm

 

 

Evola, pintor futurista y dadaista.

Evola, pintor futurista y dadaista.

Biblioteca Evoliana.- El dadaismo no fue una asualidad en la vida de Evola. Encontró en el dadaismo algo que resonaba en el interior de su espíritu. De hecho, en su autobiografía -"El camino del Cinabrio"- dedica los mejores elogios al fundador de esta corriente estética, Tristán Tzara al que valora muy por encima de otras corrientes vanguardistas de la época, como el surrealismo. Percibe -y esto es lo que encontró eco en Evola- un "impulso a la trascendencia". Y por ello, a principios de los años 20 se convirtió en un pintor y poeta dadaista. El artículo, escrito por Carlo Fabrizio Carli ha sido traducido por José Antonio Hernández García.

 

 

 

EVOLA, PINTOR FUTURISTA Y DADAÍSTA

Carlo Fabrizio Carli

Traducción del italiano de José Antonio Hernández García

 

Giulio Cesar Evola (1898-1974) siempre mostró aptitudes para el diseño y, apenas a los diecisiete años, estuvo a punto de iniciar sus estudios de ingeniería en la Universidad de Roma. Se aproximó al mundo del arte de vanguardia e incursionó en las manifestaciones futuristas que, más allá del clamor y los escándalos que suscitaron en su momento entre los “bienpensantes” de cortas miras, cobraron forma concreta en la Galería Sprovieri de Roma, donde les imbuyeron un aliento internacional. Allí, Evola se sumó a la patrulla de jóvenes artistas  -Prampolini, Depero, Marchi, y los dos hermanos Ginanni Corradini- que se reunían en el estudio de Giacomo Balla. De este último -figura central de la vida artística romana del primer cuarto del siglo veinte- Evola fue, como ha escrito Crispolti, “prácticamente su discípulo”1.

Quienes han leído El camino del cinabrio, la autobiografía intelectual evoliana, saben cómo el futuro autor de la Rebelión contra el mundo moderno pronto tomó distancia respecto del movimiento marinettiano, del cual se alejó por la conducta que asumió (“de él me fastidiaba su sensualismo, su ausencia de interioridad, toda su parte estruendosa y exhibicionista; su grosera exaltación de la vida y del instinto, mezclada curiosamente con el maquinismo y con una especie de americanismo; mientras que, por otro lado, conducía a una forma chauvinista de nacionalismo”)2 y, sobre todo, por el giro intervencionista que adquirió en contra del Imperio central que, no obstante su juventud y la generalizada infatuación nacionalista de su tiempo, Evola la advertía como la oposición a la vieja Europa, a sus tradiciones y a su primacía mundial (Evola recuerda cómo Marinetti, después de leer un artículo de un joven amigo en el que exponía más o menos esta idea, le replicaba: "Tu idea está muy alejada de la mía, más que la de un esquimal”).3

Sin embargo, en un primer período que se circunscribe al cuatrienio 1915-1918, Evola estuvo fuertemente influido por el dinamismo plástico futurista y, de modo particular, por la búsqueda de Balla, no exenta de connotaciones de espiritualismo órfico, que tendrían en él, paulatinamente, una decantación en clave alquímico-mágica.

A este primer período futurista (definido por Evola como de “idealismo sensorial”) pertenecen obras como el célebre -y espléndido por su vivaz cromatismo- Manojo de flores, estilísticamente muy consistente; Fiesta; Forja, estudio de los ruidos; FIve o’clock tea. Secuencia dinámica; Tropas envueltas bajo la lluvia, que es una extraordinaria acuarela.

Es posible que sea aún más original y significativa la obra que se configura en la segunda fase de la pintura evoliana, esa que el artista definió como de “abstractismo místico” y que cubre el trienio 1918-1921.

Al desaparecer cualquier elemento figurativo, se comprende mejor la importancia de Balla, que en la práctica lo había introducido en el repertorio pictórico futurista, que fundamentalmente era figurativo y había adquirido también en la posguerra -basta pensar en la aeropintura- una  dimensión abstracta, lo que suscitó el diferendo con Boccioni.

Para Evola, el tiempo de su participación en el dadaísmo -del que puede ser considerado su mayor exponente italiano- fue un período en el que se delinean afinidades con la implantación del constructivismo purista que aparecerá en todo un elaborado repertorio de formas abstractas, de clara alusión simbólica, pero que siempre estará marcado por el cromatismo, como en el período futurista. Pero no se pueden negar tampoco trazos sugerentes de la sección vienesa, reconocible por su utilización de barnices metálicos, sobre todo de plata.

Hay que tener presente que la línea que separa los dos momentos de la pintura evoliana no es fácilmente discernible: de hecho, para el artista debió tratarse de un período de agitado aprendizaje técnico e intelectual; por eso nos sorprende por su elevada calidad (que en su momento cumbre fue realmente excepcional), porque se aprecia una vertiginosa maduración del jovencísimo artista que se reveló en las pinturas que nos han llegado hasta hoy, y que son unas cuarenta -prescindiendo de réplicas tardías de los años sesenta, y de unas pocas pinturas nuevas hechas entre los años sesenta y setenta. Pero no debemos confundirnos con esta especie de pruebas y tentativas, y cualquiera de sus cuadros debe ser, con muchas probabilidades, cuidadosamente investigado hoy.

Su fase dadaísta se articula en un estrecho repertorio temático: los Paisajes; el Paisaje interior; la Abstracción; la Composición; y los Paisajes dadá; y señala  una sorprendente sintonía con las más avanzados movimientos del mundo, aunque la tarea de coordinar la vanguardia centroeuropea se pospuso debido a las búsquedas de Schad y Arp, o de Richter e Itten.

Sabemos que Evola entró en contacto con el grupo dadaísta de Zurich ya en el año 1918, y que sostuvo correspondencia al menos con Tzara, Arp y Schad. Desafortunadamente, el archivo evoliano está disperso casi en su totalidad; existen importantes cartas de Evola en el archivo Tzara de París, publicado hace algunos años por Elisabetta Valento, y que es la única traducción italiana4. Otros documentos dadaístas evolianos fueron conservados en el archivo de Hans Richter y se pueden buscar en archivos públicos alemanes.

Las crónicas periodísticas de su época, y algún catálogo que con el tiempo se ha vuelto una herencia valiosa, nos informan de la actividad de Evola como expositor, que en los breves años en que se dedicó a la pintura no fue, de ninguna manera, clandestina ni marginal: una exposición personal en la Galería Bragaglia, en Roma, en el año 1920; otra en Berlín, al año siguiente de la realizada en la celebérrima galería Der Sturm de Erwart Walden; también en 1921, un “tríptico” dadaísta, con Fiozzi y Cantarelli, en Bragaglia; así como su participación en las tres grandes exposiciones colectivas: la Futurista de 1919 en el Palacio Cova de Milán; la Muestra Internacional de Arte de Vanguardia de Ginebra (1920-1921); y el “Salón Dadá” de París (1922). Esto sin mencionar el gran mural de cinco metros por tres con el que Evola había colaborado para la decoración del cabaret Grotte dell’ Augusteo (1921).

La actividad pictórica no agotó el compromiso de Evola en el campo dadaísta y, en un sentido más amplio, con la vanguardia. La colaboración en las revistas Bleu y Noi, las plaquetas poéticas Raâga-Blanda y La palabra obscura del paisaje interior, el lúcido ensayo Arte abstracto, así como sus artículos y conferencias, son una especie de introducción a su obra.5

Auque Evola se colocó en el ideal del filón "constructivo" del dadaísmo, evitando con ello la pendiente subversiva y nihilista, nos clarificó el significado último del movimiento fundado por Tzara. Al punto de poder conciliar el más arduo entendimiento en una sola persona, sobre la base de un complejo itinerario intelectual, del cual teoriza desde el grado cero de la expresión estética hasta su célebre interpretación de los valores de la Tradición.

Hecho esto, en 1921 Evola decide decir irrevocablemente adiós a la paleta y al pincel. La pintura parece resurgir esporádicamente en el curso de los años sesenta, cuando hace algunas reproducciones de sus antiguas obras, no obstante el estancamiento teórico en el que podrían encuadrarse: la interrupción de su actividad pictórica continuó, en efecto, de manera sustancial.

Probablemente, a esto se debió el consistente éxito del propio dadaísmo, destinado después a la autodisolución: "el verdadero dadá está en contra de dadá". Queda el hecho de que Julius Evola abandonó su actividad para emprender diversos estudios y diversas experiencias existenciales, búsquedas y  aproximaciones en las que otros, con una actitud intelectual menos inexorable y exigente, habrían vivido tranquilamente y se quedarían instalados durante veinte años.

No está de más recordar que el abandono evoliano precedió cuatro años a la defección de Marcel Duchamp de Dadá -una posición programática pura- efectuada en 1925.

            Por su parte, Evola no buscó separarse de modo preciso ni contraponerse frontalmente, como lo hizo la mayoría del grupo dadaísta (Breton, Aragon, y más tarde el mismo Tzara), que se embarcaron en la aventura surrealista, con su exaltación del inconsciente freudiano, su instintivismo infrarracional e, incluso, su disociación esquizofrénica, que coincidirán -en el plano político- con una declarada militancia comunista.

Completamente diversa fue la posición de Evola, quien conservó con interés el radicalismo del punto cero dadaísta, no como una aproximación nihilista, sino como un instrumento con el cual combatir el materialismo opresivo que satisface a la mentalidad burguesa, y poder incidir, como fuera, contra la decadencia espiritual inherente al discurrir de la modernidad.

__________________________

 

1 Enrico Crispolti, «Giulio Evola», aparecido en La Medusa, n° 40, noviembre de 1963 (publicación del Estudio de Arte Contemporáneo La Medusa de Roma).

2 Julius Evola, Il cammino del cinabro, Milán, Scheiwiller, 1972², pag. 17.

3 Julius Evola, Il cammino del cinabro, cit, p. 18.

4 “Lettere di Julius Evola a Tristan Tzara (1919-1923)”, a cargo de Elisabetta Valento, Quaderni di testi evoliani, n. 25, Roma, Fundación Julius Evola, 1991.

5 Julius Evola, Scritti sull’arte d’avanguardia, obra compilada por Elisabetta Valento, Roma, Fundación Julius Evola, 1994. El volumen recoge gran parte de los escritos evolianos sobre el tema.

 

Julius Evola, por Alain de Benoist

Julius Evola, por Alain de Benoist

Biblioteca Evoliana.-  El presente artículo escrito por Alain de Benoist a mediados de los años 70, fue incluido en la recopilación "Vû de Droit". Este artículo evidencia el interés de la Nouvelle Droite por la obra de Evola, especialmente en el aspecto ético. La mayor parte de intelectuales que figuraban en la ND estuvieron en mayor o menor medida influidos por Evola. Editions Copernic, vinculadas al GRECE editaron también un texto biográfico-recopilatorio sobre Evola y Guillaume Faye lo tuvo muy presente en la redacción de su obra "Arqueofuturismo". El artículo ha sido traducido por Santyago Rivas

 

 

 

Julius Evola

Alain de Benoist

[Traducción: Santyago Rivas]

 

“Lo que sigue concierne únicamente al hombre que, comprometido en el mundo actual y para el cual la vida moderna está más allá del punto problemático y paroxístico, no pertenece interiormente a este mundo y se siente, por su esencia, miembro de una raza diferente a aquella de la mayor parte de los hombres de hoy en día” (Julius Evola, Cabalgar el tigre).

Talla alta, porte aristocrático, paralítico de las dos piernas tras un bombardeo durante la guerra, el filósofo Julius Evola escribió para un pequeño número de hombres, para aquellos que aun permanecen “de pie, entre las ruinas”. Murió el 11 de junio de 1974, a la edad de 76 años. Exactamente a las 15,15 horas, tal y como él mismo había predicho, dos años antes, a su amigo y discípulo Georges Gondinet. Sus cenizas fueron depositadas por su hijo Vittorio en la cumbre del Monte Rossa, en los Alpes italianos. Sobre la urna, siguiendo sus indicaciones, fue grabada una inscripción: "Non é caduto, é morto" ("Murió, no es un caído").

Julius Evola fue, en Italia, el más eminente representante de un pensamiento "tradicional" que él mismo hacía remontar a Joseph de Maistre, José Donoso Cortés, Taparelli d´Azeglio y Solaro della Margherita. Se le ha comparado con el alemán Ernst Jünger o, más justamente, con el francés René Guènon.

En el viejo conflicto entre los güelfos, partidarios exclusivos del papado, y los gibelinos, para quienes el Imperio Romano Germánico fue, mucho antes que la Iglesia, una institución de carácter sobrenatural, el corazón de Julius Evola militaba con los segundos.

Rebelión contra el mundo moderno

Nacido huérfano en Roma, el 19 de mayo de 1898, el barón Julius Evola fue educado desde la infancia en lengua alemana, y ya en su temprana juventud estaba familiarizado con las obras de Nietzsche, Michelstädter y Otto Weininger. Durante la Primera Guerra Mundial luchó como oficial de artillería en el frente alpino contra los austríacos. Tomó parte activa en los movimientos estéticos y culturales de vanguardia que se desarrollaron en Italia, especialmente el dadaísmo de Tristan Tzara y, en menor medida, el futurismo de Marinetti, como poeta y como pintor. En 1920 publicó, en Munich, un artículo sobre El arte abstracto, que supuso su consagración dentro del dadaísmo.

Pero su formación científica le impulsa a mirar más lejos. Una primera serie de ensayos traduce su interés por la filosofía (Fenomenología del individualismo absoluto, 1920), el esoterismo (La tradición hermética, 1931)) y el movimiento de las ideas (Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo, 1932).

Entre 1927 y 1929 fue el director de la revista "Ur". Un año más tarde, anima la revista "La Torre". <<La palabra "Ur" –explicará–, es una vieja denominación del "fuego". Pero también se relaciona con lo que es "primordial" u "original", sentido que aun conserva en la lengua alemana>>.

El año 1934 estará marcado por la publicación de la que sería su obra fundamental: Rebelión contra el mundo moderno. Se trata de una especie de manifiesto en donde Evola describe, para oponerles, <<dos tipos universales, dos categorías a priori de la civilización>>: el mundo moderno y el mundo de la tradición –una tradición que asocia al esoterismo occidental (la aventura templaria y el misterio del Grial) y a un retorno a las fuentes de la antigüedad precristiana y de un pasado "hiperbóreo": <<Nuestras consideraciones se dirigen constantemente alrededor de una oposición entre el mundo moderno y el mundo de la tradición, entre el hombre moderno y el hombre tradicional, la cual más que histórica es ideal: morfológica e incluso metafísica>>.

De entrada, la idea de "progreso", con todos sus matices, es rechazada: <<Nada es tan absurdo como esta idea de progreso que, con su corolario de superioridad de la civilización moderna, se ha creado sus coartadas "positivas" falsificando la historia, insinuando en los espíritus mitos deletéreos, proclamando su superioridad en los mercados de la ideología plebeya, de la que forma parte>>.

Para Evola, el mundo moderno es <<un bosque petrificado en cuyo centro se encuentra el caos>>. Por consiguiente, la historia de los últimos dos milenios no es la de un progreso, sino la una involución.

Evola compara Occidente con un cuerpo: <<Después de haber estado vivos y ser móviles, los organismos son asaltados por la rigidez que transforma el cuerpo el cadáver, antes de llegar a la fase terminal de descomposición>>. <<Hemos entrado –precisa– en el último estado de un ciclo. El reino de la máquina, la expansión del materialismo, el igualitarismo invasor son sus signos manifiestos. Sobre la cultura europea se cierne el rodillo del americanismo, fundado, como el marxismo, sobre una concepción económica de la vida. Vivimos en la Era de las Sombras anunciada por los vedas hindúes (Kali-Yuga), la Edad de Hierro de la tradición clásica grecolatina, la Edad del Lobo del antiguo mundo nórdico. La tradición ha sido olvidada>>.

Habiendo así invertido la perspectiva histórica, Evola no disimula su prejuicio metodológico: <<En general, el orden de cosas del que nos ocuparemos, principalmente es aquel en el cual cada material que valga "históricamente" y "científicamente" es en cambio el material que menos vale; en donde aquello que en tanto mito, leyenda, saga, es destituido de su verdad histórica y de su fuerza demostrativa, adquiere en cambio justamente por esto una validez superior y se convierte en fuente para un conocimiento más real y más cierto (…) No sólo la roma de la leyenda nos hablará con palabras más claras que la temporal, sino también las sagas de Carlomagno nos dirán del rey de los Francos más que las crónicas y los conocimientos positivos de la época (…) Las verdades que pueden hacer comprender el mundo de la Tradición no son aquellas que se "aprenden" y se "discuten". Ellas son o no son: solamente nos podemos acordar de ellas>>.

Y concluye: <<Solamente un retorno tradicional en una nueva conciencia unitaria europea puede salvar al Occidente>>.

Desde el mismo momento de su salida, el libro hizo un gran ruido. El poeta Gottfried Benn, después de su lectura, se declaró "transformado". En Italia las reacciones son más mitigadas. Aunque vinculado de alguna forma a Mussolini, Julius Evola cuenta con un gran número de adversarios en las filas del partido fascista. El filósofo Giovanni Gentile le es particularmente hostil. El pesimismo aristocrático que se desprende de su obra no es el más conveniente para una época que practica el triunfalismo del mando. Su Imperialismo pagano, obra publicada en 1928, ya había enfurecido a los católicos e hizo enseñar los dientes a los medios concordatarios.

Evola continúa interesándose por el esoterismo. Después de La tradición hermética, publica El Santo Grial y la tradición gibelina del Imperio (1937), donde estudia los fundamentos de la mística caballeresca y de la concepción medieval del Imperio. La doctrina del despertar (1943) es un análisis sobe la ascesis del budismo; El yoga del poder, publicado el mismo año [traducido al español como El yoga tántrico. NdT], analiza los principios del tantrismo como doctrina adaptada al hombre del "Kali-Yuga". Sienta también las bases de una "antropología espiritual" y emprende, siguiendo el ejemplo de Ludwig Ferdinand Clauss (Rasse und Seele, 1933), una definición de la raza basándose en criterios no exclusivamente biológicos (El mito de la sangre, 1937; Síntesis de la doctrina de la raza, 1943).

En 1945 se encuentra en Viena mientras la ciudad sufre un violento bombardeo angloamericano. El techo de la habitación se derrumba y una viga le aplasta la columna vertebral. Evola es hospitalizado durante dos años. Sus miembros inferiores han quedado paralizados.

Regresa a Italia en 1948. Dos años más tarde, en un panfleto titulado Orientaciones, presenta una serie de nuevas ideas que más tarde desarrollará en Los hombres y las ruinas (1953). El panfleto le vale ser conducido a juicio acusado de "intentar reconstruir el partido fascista". La defensa de Evola se realiza en un clima altamente emotivo, en una inmensa sala repleta de partidarios y detractores. Las obras se suceden: Metafísica del sexo (1958), Cabalgar el tigre (1961), El camino del cinabrio, su autobiografía (1963), El arco y la maza (1968), etc.

El Estado orgánico

En Los hombres y las ruinas, Evola aborda directamente la cuestión política. Dirigiéndose a la joven "Destra" italiana, propone <<una visión general de la vida y una doctrina rigurosa del Estado>>. Al Estado moderno opone el ideal del Estado orgánico ya avanzada por Vico y Fustel de Coulanges, pero también por De Maistre y Donoso Cortés: el Estado en donde cada uno tiene su lugar –como, en un organismo, cada órgano tiene la suya. El Estado, dice, es un conjunto tan espiritual como físico. No es el "reflejo" de la sociedad. Es el agente que transforma y estructura la sociedad y que, asignándole un destino, hace de un agregado sin cohesión un verdadero conjunto elevado a la dignidad política.

<<El fundamento de todo verdadero Estado –escribe Evola– es la transcendencia de su principio; es decir, del principio de la soberanía, de la autoridad y de la legitimidad. La antigua definición romana de Imperium, por ejemplo, pertenecía esencialmente al dominio de lo sagrado: antes de expresar un sistema de hegemonía territorial supranacional, designaba la pura potencia del mando, la fuerza casi mística y la auctoritas propias a aquel que ejerce las funciones y ejerce la cualidad de jefe, tanto en el orden religioso y guerrero como en el de la familia patricia (gens) y del Estado (Res publica).

El Estado aparece así como una noción esencialmente masculina. Sus relaciones con el pueblo (la Patria, la Nación) son análogas a las del hombre con la mujer, del pater familias con su familia y también, sobre el plano de las creencias indoeuropeas, del cielo con la tierra. <<Así, en la Roma antigua, las nociones de Estado e Imperium, de potencia sagrada, estaban estrechamente vinculadas al culto simbólico de las divinidades del cielo, de la luz y del mundo superior, opuesto a la región oscura de las Madres y las divinidades ctónicas>>.

Cuando se agotaron los recursos del Imperium, cuando la población ya no fue capaz de percibir el sentido, cuando los jefes de Estado ya no pudieron extraer su legitimidad de "lo alto", intentaron extraerla de "lo bajo". Fue la democracia, el cesarismo, la dictadura y la tiranía: sistemas diferentes pero que, todos, extraen su poder y su legitimidad del demos, la masa amorfa cuyo ideal más profundo es la supresión del Estado.

De paso, Julius Evola denuncia la ilusión igualitaria como un simple absurdo lógico: <<Muchos seres iguales no serían "muchos", sino uno. Pretender la "igualdad de todos" implica una contradicción en los términos>>. Al contrario, en una sociedad jerarquizada pueden perfectamente concebirse diferentes <<niveles de igualdad>>: <<Mientras la idea jerárquica fue reconocida, las nociones de "par" y de "igual" fueron ideales aristocráticos. En Esparta, el título de omoioi, "los iguales", estaba exclusivamente reservado a la élite que detentaba el poder, y era revocable en caso de indignidad. Por lo mismo, en Inglaterra, el título de "par" (peer) estuvo, como se sabe, reservado a los lords>>.

Jean-Baptiste Vico, inspirador de Montesquieu, ya había dicho: <<Los hombres desean en primer lugar la libertad de los cuerpos, y después la de las almas; es decir, la libertad de pensamiento y la igualdad con los otros; quieren enseguida sobresalir sobre sus iguales y, finalmente, colocar a sus superiores por debajo de ellos>> (Sciencia nuova. II, 23).

Al mismo tiempo, Julius Evola distingue entre el verdadero elitismo y el bonapartismo y el maquiavelismo. En Bonaparte ve al sucesor de los condottieri del Renacimiento, de los tribunos de la plebe romana y de los <<tiranos populares>> surgidos en la Grecia antigua tras el declive de las aristocracias. Existe un bonapartismo cada vez que el jefe extrae su autoridad de un conjunto, cada vez que se presenta como un "hijo del pueblo" y no como representante de una humanidad consumada, afirmando un <<principio superior>>.

<<Mientras el concepto tradicional de soberanía y autoridad implica la distancia –escribe Evola–, tal sentimiento de la distancia despierta en los inferiores la veneración, el respeto natural y una disposición instintiva a la obediencia y la lealtad hacia el jefe, todo ocurre aquí a la inversa: por una parte del poder, abolición de la distancia; por la otra, aversión por la distancia (…) El jefe bonapartista ignora el principio según el cual, contra más vasta es la base, más debe elevarse la cúspide. Sucumbe al complejo de "popularidad", a las manifestaciones que le inspiran el sentimiento, ilusorio, de que el pueblo le sigue y le aprueba. Aquí, es el superior quien tiene necesidad del inferior para probar el sentimiento de su valor, y no al contrario, como sería lo normal>>.

Evola se posiciona así a favor de una ascesis del poder: <<Es bueno que la superioridad y el poder estén asociados, pero a condición de que el poder se funde sobre la superioridad y no la superioridad sobre el poder>>. También cita a Platón: <<Los verdaderos jefes son aquellos que no asumen el poder sino por necesidad, pues saben que únicamente a los mejores puede ser confiada esta tarea>> (La República, 347 c).

Deber militar y derecho a las armas

Por lo mismo, el <<estilo militar>>, que es uno de los aspectos de los valores heroicos, no debe ser confundido con el militarismo o con la guerra: <<La idea guerrera no conduce a un materialismo, no es sinónimo de exaltación de un uso brutal de la fuerza y de la violencia destructora. La formación calmada, consciente y dominada del ser interior y del comportamiento, el amor a la distancia, la jerarquía, el orden, la facultad de subordinar el elemento pasional e individual de sí mismo a principios y a fines superiores, siempre bajo el signo del honor y del deber, son los elementos esenciales de esta idea y el fundamento de un estilo preciso que debían en gran parte perderse cuando, los Estados en que todo esto correspondía a una larga y severa tradición de casta, fueron sustituidos por democracias nacionalistas, en donde el deber del servicio militar reemplazó al derecho a las armas>>.

Hoy en día, recuerda Julius Evola, las guerras están lejos de haber desaparecido. Al contrario, han devenido totales. Involucran a todo el conjunto de la población civil, forzada, en virtud del principio igualitario, a llevar el uniforme.

El hombre de élite, para Evola, no es pues el hombre de excepción, el genio ni mucho menos el excéntrico. Es <<aquel en el cual se expresa una tradición y una "raza del espíritu", que debe su grandeza no al hombre, sino al principio, a la idea –en una cierta impersonalidad soberana>>. Los criterios decisivos son así el carácter, la forma de espíritu, antes que la inteligencia. Porque <<la visión del mundo (Weltanschauung) puede ser más precisa en un hombre sin instrucción que en un escritor, más firme en el soldado, el miembro de una estirpe aristocrática o el campesino fiel a la tierra que en el intelectual burgués, el profesor o el periodista>>.

La visión del mundo no es (no puede ser) algo individual. Necesariamente, procede de una tradición. Es la <<resultante orgánica de fuerzas a las cueles un cierto tipo de civilización debe la forma que le es propia>>.

<<La cultura –precisa Evola– no deja de ser un peligro para aquel que ya posee una visión del mundo. Precisamente, porque dispone de una configuración interior que le sirve de guía para discernir, como en todos los procesos de asimilación orgánica, lo que puede ser asimilado y lo que debe ser rechazado (…) Una de las peores consecuencias de la "libre cultura" está en que los espíritus incapaces de discriminar según un juicio recto, los espíritus que no poseen una forma propia, se encuentran fundamentalmente desarmados, en el plano espiritual, frente a las influencias de todo género>>.

De nuevo, Julius Evola reafirma que él no se dirige a las masas, sino a los "egregori" (los "guardianes", en griego clásico): a aquellos que llevan en sí mismos la idea de una regeneración; a aquellos que son capaces de permanecer siempre de pie entre las ruinas. A los hombres bien nacidos Evola les dice que es inútil resistir directamente al caos ambiente: la corriente es demasiado fuerte para ser encauzada. Es mejor esforzarse en tomar el control de un proceso ya inevitable. <<Es necesario –escribe– determinar hasta qué punto se puede tomar partido en los trastornos destructores; hasta qué punto, gracias a una firmeza interior y una orientación hacia la trascendencia, lo no-humano del mundo moderno, en lugar de conducir hacia la infrahumanidad (como es el caso para la mayoría de sus formas actuales), puede favorecer las experiencias de una vía superior, de una libertad superior>>.

Una fórmula china resume este consejo: Cabalgar el tigre. Para así evitar ser mordido y, pudiera ser, para dirigir su curso.

Alcanzar una superación por lo alto

Lo que propone Evola, pues, es una contestación radical a la sociedad burguesa, pero una contestación inversa a la que vemos expresarse en la actualidad –que no es sino su antítesis relativa. No es a la burguesía en tanto que clase a la que se ataca, sino a la burguesía en tanto que forma de espíritu, <<a todo lo que revela la mentalidad burguesa, con su conformismo, sus repercusiones psicológicas y románticas, su moralismo y su deseo de una pequeña vida segura y un materialismo fundamental que encuentra su compensación en el sentimentalismo y la grandilocuencia humanitaria y democrática>>.

Por lo mismo, precisa, <<la burguesía, en toda forma de civilización tradicional, ocupa una posición social intermediaria entre la aristocracia guerrera y política y el pueblo, por lo cual existen dos maneras –una positiva y otra negativa– de superarla en tanto que categoría, de tomar posición contra el tipo, la civilización, los valores y el espíritu burgués. La primera posibilidad consiste en seguir una dirección que conduce hacia lo bajo; es decir, hacia los valores sociales marxistas o anarquistas opuestos a lo que llaman "decadentismo burgués" (…) El resultado no puede ser otro que una nueva regresión: hacia algo situado por debajo de la persona, no por encima de ella>>.

<<Pero existe otra posibilidad, a saber: una exigencia y una lucha contra el espíritu burgués, contra el individualismo y el falso idealismo, más decididas que la de los movimientos de izquierda, pero orientadas, esta vez, hacia lo alto. Esta segunda posibilidad está vinculada a un retorno de los valores heroicos y aristocráticos, asumidos de una forma clara y natural, sin retórica ni grandilocuencia. Porque se puede conservar la distancia frente a todo lo que no es sino subjetivo, se puede despreciar el conformismo burgués, su pequeño egoísmo y su pequeño moralismo, adhiriéndose a un estilo de impersonalidad activa, amar lo que es esencial y real en sentido superior, desligado de las brumas del sentimentalismo y de las estructuras intelectuales, consagrándose a una desmitificación radical, manteniéndose de pie, sintiendo la evidencia de aquello que, en la vida, va más allá de la vida, teniendo reglas precisas para la acción y para el comportamiento>>.

El partido de la Estrella Polar

En el momento de su desaparición, Julius Evola vivía en reclusión después de treinta años con las piernas muertas, entre sus mesas y sus libros, recibiendo a los amigos y cuantos pedían verlo. Convertido en el "maestro" de una parte de la "Destra" italiana, sobre todo de un creciente número de jóvenes, nunca dejó de ser atacado tanto por la extrema izquierda como por la democracia cristiana, que decía ver en él al ideólogo del neofascismo y de la subversión del sistema. Pero Evola siempre permaneció impasible, habiendo dejado dicho una sola vez, durante el juicio de 1950, que nunca se dejaría arrastrar al terreno de la polémica.

<<Las verdades de la tradición no se razonan ni se discuten: son o no son>>, repetía. <<El hombre de virtud no discute>>, dijo Lao Tse.

Animada por Gianfranco de Turris y por Vittorio Evola, la Fundación Julius Evola se ha propuesto velar por la conservación de los libros y los manuscritos dejados por Evola, así como <<defender los valores de una cultura conforme a la Tradición>>. La Fundación está instalada en el antiguo domicilio del maestro (Corso Vittorio Emanuele 197, Roma). En el interior, sobre la antigua mesa de trabajo de Evola, un pergamino enmarcado recuerda las palabras de Georges Gondinet pronunciadas durante su incineración: <<Pertenece al partido de la Estrella Polar>>.

["Figuras", Vu de Droite]

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Julius Evola: un filósofo de la Edad del Lobo

Julius Evola: un filósofo de la Edad del Lobo

Biblioteca Evoliana.-  El artículo que reproducimos a continuación se debe a la pluma de Martin Schwarz y fue publicado originariamente en la revista "Deutsche Stimme", órgano del Partido Nacional Demócrata alemán. Nos ha llegado traducido por José Antonio Hernández García. Como se sabe, desde el principio, la obra de Evola despertó interés en Alemania hasta el punto de que Gottfried Benn prologó "Revuelta contra el Mundo Moderno". Este artículo demuestra que ese interés sigue vigente treinta años después de su muerte..

Julius Evola:
un filósofo de la Edad del Lobo

 

Una valoración a treinta años de su muerte

 
Martin Schwarz
(Publicado originalmente en el Deutsche Stimme)
Traducción de José Antonio Hernández García
 

 

El Barón Julius Evola, cuyo centenario recordamos en 1998 y de cuyo fallecimiento conmemoraremos el 11 de junio del 2004 su 30° aniversario, es justamente apreciado como la figura intelectual de vanguardia de la derecha italiana. Aunque la propaganda antifascista diga lo contrario, nunca fue la "eminencia gris de Mussolini" pero, por encima de todos, rivaliza con la influencia del Duce en varias generaciones de italianos de derecha. El líder del Movimiento Social Italiano (MSI), Giorgio Almirante, lo ha designado con los memorables términos de "nuestro Marcuse, pero mejor". Aunque quizá sería más apropiado llamarlo el "anti-Marcuse", pues Evola, como Marcuse, diagnosticó como "unidimensional" al hombre moderno, pero no buscó reemplazarlo con nuevas ilusiones: en lugar de la Utopía, él ofreció la Tradición.

En Francia, la influencia de Evola ha aumentado desde los años setenta, gracias al círculo de pensadores de la "Nueva Derecha". En Alemania, en contraste, los trabajos más importantes de Evola sólo han estado disponibles muy recientemente, y en algunos casos se han impreso apenas por primera vez; pero aquí también su nombre -y no siempre su obra- ha inspirado a una nueva generación de intelectuales de derecha. En los años treinta, fue de hecho en Alemania donde tuvo una recepción similar a la que tuvo en Italia. El gran poeta alemán Gottfried Benn escribió con entusiasmo sobre el libro de Evola Rebelión contra el mundo moderno:

 

Es un libro cuyas ideas y supuestos amplían los horizontes de casi cualquier problema europeo a grados hoy desconocidos y nunca vistos. Quien haya leído el libro verá a Europa de una manera diferente. Es la primer presentación de envergadura de uno de los impulsos básicos espirituales que se encuentran activos aún en la Europa de hoy -por “activo” quiero decir que hace época, más allá de la destrucción de los sentimientos sobre el mundo, cambiando y reorientando: es el impulso que se opone a la historia. Por esta razón, es un libro de importancia clave para Alemania, porque la historia es un problema específicamente alemán, y la filosofía de la historia una forma alemana de auto-comprendernos (Die Literatur, 1935).

 

El mismo Evola buscó contactos no sólo en los círculos nacionalsocialistas, sino también y preferentemente con los representantes de la "Revolución Conservadora" que mostraban sólidos fundamentos religiosos: Wilhelm Stapel, quien intentó dotar al nacionalsocialismo de una base teológica; Carl Schmitt, el católico "Juez con Corona del Tercer Reich"; Othmar Spann, el teórico vienés del Estado combinado, que ejerció una gran influencia en el movimiento nacionalista de los estudiantes alemanes; el Príncipe Rohan, un nacionalista de mirada europea. Estos eran los interlocutores y los contactos que Evola había elegido en Alemania. Pero Evola no estaba completamente a gusto en este terreno. Más que otros, le gustaba ser llamado "solitario", un pensador aislado en un paisaje abandonado: el filósofo de la Era del Lobo.

Junto a la influencia de ciertas corrientes de su época, como el dadaísmo y el existencialismo, que Evola rápidamente dejó tras de sí,  fue sobre todo la lectura de Nietzsche la que compartió con muchos otros de su generación, al igual que la experiencia vital de la acción en el frente de batalla en la Primera Guerra Mundial.

Evola descubrió en el tradicionalista francés René Guénon a un gran maestro. Al igual que Evola, Guénon había frecuentado varios círculos de culto esotérico y teosófico, y se sintió alejado de las distorsiones neo-espiritualistas de las antiguas tradiciones y religiones (tal y como lo hace hoy la llamada "New Age") que desarrollaron sus propias doctrinas "tradicionales". El carácter común de las tradiciones indo-germánicas y asiáticas lo condujo a descubrir la Tradición Primordial que había sustentado la oscilación del universo antes de la caída en la historia. Especialmente en el Vedanta de la India, esta tradición es claramente perceptible. El mundo tradicional difiere del mundo moderno porque éste se orienta por un sentido desalmado de la cantidad y por el poder desbordante de las masas.

Además, Evola estuvo muy influido por las investigaciones en la prehistoria, como las llevadas a cabo por Herman Wirth, que le permitieron corroborar los antiguos mitos nórdicos y el origen solar de la cultura. Sin embargo, en la reconstrucción conceptual que Evola hizo de la Tradición Primordial esto tuvo un significado distinto al que Wirth le había conferido.

Jerarquía, forma, virilidad, trascendencia, autoridad, soberanía: estos son algunos de los componentes de la imagen solar del mundo que Evola intenta preservar a través de la incontenible involución de la que forma parte el ciclo cósmico. Su primera acometida magnífica sobre esta condición tomó forma en su libro Rebelión contra el mundo moderno (1934), cuya imago-mundi fue comentada así por Gottfried Benn:

 

¿Qué es, entonces, este mundo de la Tradición? Primero, es una nueva y evocativa representación; no es un concepto naturalista o histórico, sino una visión, una edificación, un encantamiento. Evoca al mundo como algo universal, supra-terreno, supra-humano. Pero esta evocación solamente puede elevarse y tener efecto cuando hay remanentes de esta universalidad presente, de tal manera que sólo pueda aproximarse y asirlo alguien excepcional: la élite, los elegidos. Este concepto permite a las culturas liberarse de la humanidad y de la historia, y elevar sus diferencias a un plano metafísico,  en donde puedan reconstruir en libertad y dar nacimiento a una nueva imagen del hombre: el antiguo, elevado y trascendente hombre que es el portador de la Tradición.

 

Evola se había dado cuenta que su propuesta previa para un "imperialismo pagano" (Imperialismo pagano, 1928) no era viable y la había abandonado. Pensó que había sido forzado en una estrecha dirección anticatólica bajo la influencia de la francmasonería. De igual forma juzgó errónea su fijación monotemática por la "cuestión judía" de los gobiernos de entreguerras, identificable en los poderes ocultos que sólo así pudieron continuar con sus propias actividades tras bambalinas.  

El movimiento Gibelino, tal y como Evola lo presenta, tenia aparejado como prioridad al Emperador, un Lord secular con sus propias exigencias sacras, opuesto al Papado como portador de valores sacerdotales. Su supremacía no significaba anticlericalismo, porque cualquier anticlericalismo tiende a negar cualquier valor sagrado, incluyendo los del guerrero y del jefe militar.

Esto nos lleva a la siguiente obra mayor de Evola, El misterio del Grial (1937), que tiene que ver precisamente con la realeza sacra, tal y como se vivió en la épica del Grial. Evola señala claramente los orígenes no cristianos de estas sagas: la leyenda del Grial es la Saga del Imperio. Y este Imperio es el Imperium que había sido adoptado por la cristiandad: en última instancia, es el mundo ordenado de acuerdo con los valores tradicionales. Cuando el mundo cae en el desorden, la caballería secreta que continúa y restaura el Orden Solar del Imperio Interior se oculta otra vez, hasta que el Grial sea nuevamente encontrado.

De todas estas obras resulta absolutamente claro que Evola no asumía ninguna posición política, sino una posición que estaba en contra de la política,  en contra de la mercantilización operada por los partidos políticos, en contra del cortejo de las masas de votantes, en contra del predominio de lo económico sobre los valores culturales. En consecuencia, él nunca perteneció a ningún partido y nunca emitió ni un voto. De aquí deriva su epíteto de "pensador fascista". Pero entonces los fascistas deberían de haber aspirado a esto, a concretarlo. ¿Fue éste su caso?

Ciertamente hubo esfuerzos en esta dirección en Italia y Alemania, pero hubo muchos más que intentaron nulificarlos. Evola hizo un balance a este respecto en su opúsculo El Fascismo visto desde la Derecha (1964).

Sus dos libros El hombre entre ruinas (1953) y Cabalgar el tigre (1961) tenían que ver con la nueva situación derivada del triunfo total del americanismo y el bolchevismo: dan una orientación para aquellos pocos que todavía tienen la valentía de mantenerse de pie en medio de un mundo en ruinas. El requisito para esta actitud interna es la apoliteia, que se niega a involucrarse en el negocio del alboroto político. Rechaza el ser utilizado por cualquiera de las dos superpotencias materialistas. No hay satisfacción interna por el colapso de las instituciones existentes, porque fueron construidas sobre las arenas de la democracia -hechas por francmasones con el mortero barato del Iluminismo. Estas instituciones, que son ya una caricatura de las tradicionales, merecen perecer. Parafraseando a Nietzsche: si se están cayendo, basta con darles un empujón. Aunque no se puedan esperar éxitos directos, se trata más bien del ámbito de las acciones propias. Evola no es un pensador pasivo que gimotea incesantemente sobre las miserias del mundo, sino un hombre que convoca a la acción. No es precisamente el hombre que se resigna a una situación desesperada sino que actúa, que se muestra a sí mismo como un guerrero -un Kshatriya. Si Evola señala todos los falsos caminos y los obstáculos, no lo hace para impedir la acción, sino para evitar las ilusiones. 

Acción sin ilusión y la renuncia a todas las utopías: esa es la esencia de lo que ha sido llamado el "anarquismo de derecha". Evola inspiró, por lo tanto, a una nueva generación de la derecha italiana que ya no pudo encontrar nada valioso que defender en la Italia de la posguerra. La cabeza rutilante de este grupo, Giorgio Freda, proclamó el grito de batalla en su estudio La Desintegración del Sistema. Freda quería crear un Estado popular a través de la destrucción del sistema, que debía reconstruir las jerarquías y las estructuras tradicionales. Había nacido el "nazi-maoísmo".

Otra dirección fue la de la Nueva Derecha, que llegó a una conclusión absolutamente contraria de su alejamiento de la política: la metapolítica. Se supone que los centros de estudio y los periódicos culturales debían dominar el discurso en nombre de la Derecha, y sólo después de eso se podría cuestionar el poder. Los representantes de esta tendencia, como Alain de Benoist, Robert Steuckers y Marco Tarchi se refieren a menudo a Evola... pero también a muchos otros, incluyendo a pensadores modernos absolutamente incompatibles, como los biólogos sociales, los “investigadores conductuales” y los tecnócratas -algo que de alguna manera pudo ser asimilado por la Derecha.

Recientemente, Evola se ha convertido en una figura importante de una subcultura juvenil completamente apolítica: es el elemento intelectual de la ola Dark y Gótica en escena. La música y la moda por sí solas aquí han sido insuficientes. Evola es presentado como un modelo para un estilo de vida superior sin ninguna conexión política directa. Podemos apreciar una expresión de esto en el CD que reunió a diferentes grupos musicales para el centenario de Evola en 1998 (Cavalcare la Tigre). Este es un síntoma de su nueva popularidad, cuyo aspecto más afortunado puede ser la moda de publicar sus trabajos en alemán, si todo no fuera hecho tan lamentablemente como la pésima traducción de Cabalgar el tigre. Se ha llegado al punto de traducir a Evola no de los originales italianos sino de las ediciones estadounidenses, en un síntoma más del desesperanzador colapso europeo. ¡Evola tiene que ser importado de América debido a que, aparentemente, no hay nadie en Europa que hable italiano ni alemán!

¿Habría esperado Evola ser tan popular en sus aniversarios? ¿Qué significado le habría atribuido a ese hecho? ¿Es la moda de Evola otra estrategia para desvincularlo de su contenido tradicional y distorsionarlo? ¿Resulta Evola como icono más importante que sus enseñanzas sobre la Tradición?

¡Acción, no preguntas! Pero tampoco ilusiones.

 

Julius Evola: el último gibelino. (La cultura de la otra Europa)

Julius Evola: el último gibelino. (La cultura de la otra Europa)

Biblioteca Evoliana.- El artículo titulado "Julius Evola: el último gibelino" fue incluido en la recopilación "Thule: la cultura de la otra Europa", publicado en 1980 por Ediciones de Nuevo Arte Thor. Se trataba de uno de los primeros artículos consagrados a Evola y fue realizado rápidamente por el autor que debió escribir otros artículos para esa misma recopilación. Así pues, es inevitable que se trata de un texto de divulgación, con todo lo que ello implica. Sin embargo este texto ha sido reproducido en muchas ocasiones desde entonces y recuperado para varias webs. 

 

 

Julius Evola: el último gibelino

Ernesto Milá

 

En los medios nacional-revolucionarios, el pensamiento tradicional se asocia inmediatamente con el barón Julius Evola. Y esto no es extraño: Evola ha sido precisamente el único que ha intentado dar una formulación política al pensamiento tradicional. Preocupado con encontrarle un carácter operativo, no tanto para que el poder estuviera imbuido del mismo, sino por que la lucha para la defensa y el mantenimiento de los principios tradicionales pudiera crear una élite nueva, Evola ha encontrado, a partir de los años 1968-69, una audiencia masiva. Es claro que no todos han comprendido a Evola, es claro que en los últimos años se ha gestado un fenómeno extraño y extravagante que podríamos llamar "la evolomanía", es decir, "los sacerdotes de Evola" para los que todo empieza y termina en el maestro, que olvidan cualquier otra realidad porque para ellos la única realidad es Evola. Una exageración, evidentemente. El pensamiento tradicional es esencialmente impersonal, nada se crea porque ya está todo creado, nada se inventa porque todo está inventado y nada se dice de nuevo porque lo que había que decir ya se ha dicho, y a lo más se recopila, se difunde y se predica. No puede existir un culto al "evolianismo", ni es conveniente utilizar citas de Evola como "argumentos definitivos". Evola jamás pretendió esto y quien esto hace no ha detenido el mensaje que quiso damos.

Nacido en Roma el 15 de mayo de 1898, sus primeras andanzas intelectuales se orientaron hacia los movimientos vanguardistas. Adherido durante un tiempo al dadaismo y el futurismo, escribió una serie de poemas dadaistas y un ensayo sobre la pintura abstracta. La guerra europea paralizó momentáneamente su producción. Sus primeras influencias las recibió de Papini, a través de la revista "Leopardo", y más tarde, después de haber participado en el conflicto europeo como teniente de artillería, conoció la obra de Guenon, leyó a Nietzsche y a Otto Weininger y en su primer libro de importancia, "La teoría del individuo absoluto" (1925), combatió las posiciones idealistas en aras de un "realismo tradicional".

Apenas interesado por la política, vio en el advenimiento del fascismo aquel vehículo del que hablara Guenon para restaurar la tradición en Occidente. Por aquellas fechas, el Partido Nacional Fascista era un conjunto variopinto de intelectuales neo-hegelianos, escuadristas poco interesados en la reflexión política, ex-anarquistas, antiguos socialistas y comunistas, gentes venidas de la derecha más reaccionaria y, naturalmente, arribistas. El conjunto difícilmente podía ser homogéneo -como de hecho no lo fue hasta la República Social Italiana, veinte años después- y Evola prefirió mantenerse al margen, dedicándole si bien algunas obras de tono menor, "Imperialismo Pagano", por ejemplo, tenía como función recuperar y dar forma coherente a todo el verbalismo mussoliniano sobre la Roma Imperial y clásica. Si Mussolini y el fascismo habían explícita referencia a Roma y al ideal humano e imperial encarnado en él, era posible (tal era el razonamiento de Evola) pasar del mero verbalismo a la realidad concreta y revestir al fascismo de los ideales romanos, con lo cual el proceso de restauración tradicional habría avanzado un paso. Esta idea, plasmada en el libro anteriormente citado y más tarde en la revista "La Torre", no tuvo sino un éxito muy discreto. Mussolini conocía la obra de Evola y la apreciaba. Por otra parte, Evola escribió varios ensayos en la revista "Crítica Fascista", órgano oficioso del régimen.

Quizás el ensayo más celebrado de Evola en este tiempo fuera el titulado "El fascismo como voluntad de imperio y el cristianismo", en el que sin ningún tipo de diplomacia denunciaba al cristianismo pauliano como un precursor y sucedáneo del bolchevismo pues idéntica es su matriz humanitaria, pacifista e igualitaria. Este ensayo aparecido en "Crítica Fascista" suscitó una viva polémica, ya que vino a aparecer en el momento en que Mussolini firmaba los acuerdos de Letrán y evidentemente estaba muy poco interesado en avivar una polémica políticamente perjudicial. "La Torre" dejó de publicarse el décimo número por todo tipo de problemas legales. Evola empezará a mirar las nuevas corrientes que surgían en Alemania con fuerza inusitada a partir de 1927-29.

Sus primeros contactos en Alemania tuvieron lugar con los exponentes del "Herren-Klub" y los 'jóvenes conservadores revolucionarios". En "Diorama Filosófico", expondrá y divulgará los principios y las tesis de esta corriente alemana de la que ya hemos hablado en otra parte. Alemania tenía la ventaja sobre Italia de una tradición guerrera y activista arribada hasta entonces casi en estado puro: el prusianismo. Por esas fechas Evola estaba ya convencido de que la guerra era inevitable y que el destino de Europa era su unificación o su muerte.

Las colaboraciones de Evola en revistas fascistas o más o menos ligadas al régimen no supusieron su absorción por el aparato fascista. Siempre distinguió entre Estado Orgánico y Estado totalitario. El fascismo era totalitario, anteponía el poder y la razón del Estado a las personas, y en el origen de todo el pensamiento evoliano vamos a encontrar la persona en contraposición al individuo, es decir el ser humano diferenciado y con unos caracteres propios que lo hacen fundamentalmente desigual. El individuo (y por consecuencia el individualismo) es la reducción del ser humano a la dimensión de mero ente atómico y como tal exactamente igual a otros átomos con los que choca, se enfrenta y está obligado a convivir.

El totalitarismo, en su consideración evoliana, es fundamentalmente centralizador, el organicismo es su antítesis: centralizado en su principio y en su referencia tradicional superior, sus órganos y partes son autónomas; lo que en el fascismo es la figura del Duce y en el nacional-socialismo el Führer, está sustituido en el organicismo por la noción de influencia paretiana de "clase política dirigente" y, en ocasiones, de "élite". Evola consideró siempre al fascismo "demasiado plebeyo" y demagógico, masificador en algunas de sus manifestaciones, y hablaba de él como de la "última consecuencia del liberalismo". Pensaba, y no sin razón, que tal y como estaba planteado el fascismo italiano, debía de acabar necesariamente en la burocratización total y absoluta, paralela a un sucedáneo del escultismo.

Todas estas tesis y algunas otras fueron expuestas ampliamente después de la guerra en "El fascismo visto desde la derecha", seguido del apéndice "Consideración sobre el IlIer Reich". En efecto, los juicios de Evola sobre el fascismo se extendían también a parte del N.S.D.A.P., pero no a su totalidad. Próximo a algunos ambientes de las S.S., estuvo trabajando con la "orden negra" en la revisión de los archivos de la masonería requisados en Europa y depositados en Viena, hasta que una bomba americana le lesionó irreparablemente la columna vertebral. Más próximo al nacionalsocialismo alemán, especialmente por sus referencias a la "doctrina de la raza", Evola dió varias conferencias en la Alemania Nacional-Socialista y sus más importantes libros hasta entonces publicados fueron traducidos y editados allí.

Pero fue Codreanu y su Guardia de Hierro la que más vivamente impresionó a Evola. En Codreanu encontró al líder místico que establecía una comunicación supranormal entre él y la base; la reorganización del partido era más la de una orden guerrera que la de un movimiento político; la fidelidad de Codreanu hacia las ancestrales tradiciones rumanas y su concepción racial-espiritual le hacían la imagen ideal del "conductor" de una "élite" a través de las ruinas del mundo moderno. Conoció personalmente a Codreanu y lo entrevistó, publicando sus conclusiones en un pequeño ensayo sobre la Guardia de Hierro.

Tras la guerra colaboró con los "F.A.R." (Fascios de acción revolucionaria), por lo que sufrió cárcel y procesamiento. Comprobó como existía entre la juventud italiana un sentimiento de rechazo hacia la democracia traida por los angloamericanos y decidió "orientar" a aquella juventud con una serie de consejos y consideraciones publicadas en una revista de carácter nacional-revolucionario de la época. "Orientaciones" fue el germen de lo que más tarde sería la obra capital sobre el terreno político-crítico, "Los hombres y las ruinas", de la misma forma que "Revuelta contra el mundo moderno" lo fue sobre el plano existencial y filosófico.

Hacia finales de la década de los 60, la obra de Evola experimentó una revaluación. En primer lugar, porque muchas de sus tesis -especialmente las que se referían al consumismo, a la masificación, a la identidad entre el mundo soviético y el mundo americano, etc. - se habían cumplido y porque otras, aun siendo enunciadas en forma distinta por la "nueva izquierda" y el marcusianismo, representaban en última instancia adaptaciones y recuperaciones izquierdistas de los criterios evolianos. En Italia, el nombre de Evola se convirtió en estandarte de batalla de la "nueva contestación" y de la "lucha contra el sistema". Adriano Romualdi -prematuramente muerto en accidente automovilista- y Claudio Mutti, entre otros, supieron completar y ampliar algunos de los trabajos de Evola. Romualdi, en especial, publicó un ensayo de síntesis de la obra de Evola titulado "El hombre y la obra" y por otra parte siguió dando formulaciones políticas al pensamiento tradicional tal y como fue expuesto y resumido por Evola. Así, por ejemplo, vale la pena citar el ensayo titulado "Sobre el problema de una Tradición Europea", una breve historia filosófica de Europa, así como dos pequeños opúsculos, "Ideas para una cultura de derecha" y "La derecha y la crisis del nacionalismo".

¿Derecha? ¿la derecha? ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Acaso la derecha no representa un vector del sistema, acaso no es el equivalente político de la izquierda? Creemos necesario aclarar este punto. Evola, Romualdi y tan tos otros tradicionalistas, hablan de derecha pero ¿sobre qué plano? No precisamente sobre el plano político en el que la derecha representa hoy: mero conservadurismo demo-liberal desprovisto de sentido en un mundo en el que muy poco merece ser conservado. En el lenguaje tradicional, algunos símbolos son representados por palabras y algunas palabras por símbolos. Estamos ahora sobre el plano ideológico y metafísico, y sobre este plano es sobre el que Evola se autocalifica con un hombre de "derecha", frente a la izquierda (no en vano, en italiano "sinistra", alude a "lo siniestro", mientras que derecha es equivalente a "lo recto"). Y sobre el plano ideológico, el pensamiento tradicional es la antítesis del pensamiento izquierdista y marxista. Precisamente cuando Evola habla de "el fascismo visto desde la derecha", no lo hace desde la óptica de un observador burgués y reaccionario, sino desde el punto de vista de un revolucionario tradicional, situado ideológicamente a la derecha y políticamente más allá del juego de vectores que hacen parte del sistema y se contrarrestan mutuamente.

"Los hombres y las ruinas" representa la definición de una línea política y de actuación de aquéllos que se 'sitúan políticamente fuera y contra el sistema. Partiendo de una definición exacta y amplia: "revolucionario" en la medida en que se trata de "volver a poner" y "conservador" en la medida en que se trata de "volver a poner" una tradición que merece ser conservada. Evola pasa a criticar el principio liberal (Igualdad y libertad) y señala el origen del error liberal (la confusión entre individuo y persona). Recuperando la línea de "Orientaciones", desarrollará la idea de que el marxismo no es sino la consecuencia del liberalismo, que aquél no hubiera existido sin éste, de la misma forma que éste no habría existido sin la ilustración y ésta a su vez sin el humanismo. Son relaciones de causa y efecto y, por este camino, nos remontamos, ya en "Revuelta...... por la teoría de los ciclos cósmicos, en la que nos demuestra que el desorden actual, examinado en una óptica más amplia, no es sino la prueba palpable del orden superior tradicional puesto que "escrito estaba" que existiría un período de luz y otro de oscuridad y que no se podría acceder a un nuevo período luminoso más que cuando el ciclo hubiera cerrado.

"Para que algo nuevo nazca es preciso que lo anterior muera". Y éste es el destino de nuestra civilización: la muerte. Triste destino, ¿Qué debe hacer un hombre afecto a los principios tradicionales en un momento en el que nada puede hacerse puesto que esta civilización ineluctablemente cae por la pendiente con una velocidad imparable?. Resistir.

Aquí el famoso consejo de Evola recupera toda su grandeza: permanecer en pie en un mundo en ruinas. Hoy por hoy, la restauración de un modo de ser tradicional es a corto plazo prácticamente imposible, pero el hombre, la persona, aquél que ha comprendido el mensaje de la tradición, está obligado a "cabalgar el tigre", es decir, a no dejarse llevar por la adversidad, a no capitular frente a ella sino a utilizarla. ¿Utilizarla? ¿Para qué? ¿Os habeis preguntado alguna vez por qué en los medios nacional-revolucionarios está tan difundida la imagen del "caballero del Graal"? Todo esto enlaza y tiene una explicación tan coherente como ética. Hoy no se trata tanto de luchar por la victoria política como de luchar por conseguir la realización plena de la persona, para obrar dentro del militante la transformación que lo llevará del estado de un ser copartícipe de la realidad actual a un ser que, por la vía de la acción, superará al mundo trascendente y se colocará en el plano de una realidad superior. Así, como los caballeros del Graal consagraban su vida, no tanto a la búsqueda de la copa santa como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar un fin, su transformación interior, así hoy el militante nacional-revolucionario debe ser un nuevo caballero del Graal: luchar porque la lucha debe continuar, porque sólo así se podrá forjar una nueva raza de hombres libres que preparen el advenimiento del nuevo amanecer.

Esta idea de "cabalgar al tigre" fue plasmada en un libro del mismo título que, al igual que "El arco y la clava", reune una serie de orientaciones existenciales, imprescindibles en la sociedad moderna, ya que el militante por muy afecto que esté a los principios tradicionales está obligado a vivir y compartir una irrealidad cotidiana, la del mundo moderno, de la cual muy difícilmente se puede sustraer y a la que debe juzgar y valorar en sus distintas manifestaciones.

En "Revuelta......” Evola se preocupa de desnudar las distintas tradiciones occidentales de lo que tienen de accesorio y recrear y descubrir la tradición común a todos los pueblos europeos. Dividido en dos partes, el libro dedica la primera a enunciar los principios tradicionales y la segunda a realizar una breve y apresurada historiografía crítica de la historia de Occidente partiendo de los ciclos míticos y terminando con las consideraciones que ya conocemos sobre el capitalismo e imperialismo ruso-americano.

El modelo ideal de sociedad que Evola propone se identifica en tres momentos históricos: los imperios antiguos, las órdenes medievales y la concepción gibelina del imperio. En todos estos casos existen unos puntos de coincidencia: la autoridad está justificada por su trascendencia, existe un punto de unión entre la autoridad espiritual y el poder temporal, aquélla justifica a éste. El punto de unión se rompe cuando Jesús de Nazaret habla de "dad al césar lo que es el césar y a dios lo que es de dios". Los sacerdotes-gobemantes ceden su turno a los guerreros - estamos en la Edad Media-, las órdenes militares basadas en los inmemoriales principios tradicionales reconstruyen Occidente partiendo de un nuevo tipo humano (el monje guerrero).

Cuando son disueltas, el gibelismo, es decir, la doctrina que sintoniza el imperio (poder temporal) con el poder espiritual y los une en franca armonía, recupera la llama. Dante será uno de los que más espléndidamente, en la "Divina Comedia", plasmaron el ideal gibelino. Llegado el Renacimiento, viene la reducción de todo a la medida del hombre: el humanismo abrió camino al racionalismo, éste a la enciclopedia y a la sociedad iluminista. El desastre definitivo llegó en 1789 con el advenimiento de la burguesía sobre las castas guerreras degeneradas. La ruptura con la tradición se había obrado y sólo faltaba que el dios Cronos hiciera que la burguesía, con un insensato afán de lucro y de usura, engendrara el fenómeno del proletariado, cuyo advenimiento como cuarta casta dominante se produce tras la guerra europea en Rusia. La teoría de la regresión de las casta obra en la Edad Oscura, y en la que nos encontramos actualmente, tiende a llegar a sus últimas consecuencias.

En 1974, Evola falleció. Sus cenizas depositadas en una uma fueron enterradas en la cima del Monte Rosa por dos escaladores ambos miembros del Centro de Estudios Evolianos. Hoy sus obras y trabajos siguen prendiendo cada vez con mayor interés y profundidad en el seno de la juventud nacional-revolucionaria, que advierte que la única alternativa al mundo moderno es la lucha contra el sistema y la edificación por la vía del combate de una nueva éste.

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El legado de un tradicionalista europeo. Julius Evola en perspectiva

El legado de un tradicionalista europeo. Julius Evola en perspectiva

Biblioteca Evoliana.-Hemos elegido este artículo de Guido Stucco para iniciar los posts de prueba en esta Biblioteca Evoliana. Stucci, profesor de teología en Seaton Hall, ha traducido al inglés diversas obras de Julius Evola y es un perfecto conocedor de su obra. Este ensayo apareció originariamente en la revista "The Occidental Quaterly, vol. 2, nº 3, correspondiente a otoño de 2002. Ha sido traducido al castellano porJosé Antonio Hernández García

 

 

 

El legado de un tradicionalista europeo.

Julius Evola en perspectiva

 

Guido Stucco *

Traducción de José Antonio Hernández García

_________________________________

 

Este artículo es una breve introducción a la vida y a las ideas centrales del controvertido pensador italiano Julius Evola (1898-1974), uno de los más importantes representantes de la derecha europea y del “movimiento tradicionalista”1 en el siglo veinte.  Este movimiento, junto con la Sociedad Teosófica, jugó un papel fundamental en la promoción del estudio de la antigua sabiduría occidental, así como de las doctrinas esotéricas y la espiritualidad. A diferencia de la Sociedad Teosófica, que abanderó la visión democrática e igualitaria, así como una perspectiva optimista del progreso y la creencia en una evolución espiritual2, el  movimiento tradicionalista adoptó una posición elitista y anti-igualitaria, una visión pesimista de la vida cotidiana y de la historia, y asumió un drástico rechazo al mundo moderno. El movimiento tradicionalista se inició con René Guénon (1886-1951), un filósofo y matemático francés que se convirtió al Islam y se mudó a El Cairo en 1931, después de la muerte de su primera esposa.  Guénon revivió el interés por el concepto de Tradición, es decir, por las enseñanzas y doctrinas de las antiguas civilizaciones y religiones, enfatizando su valor perenne sobre y en contra del “mundo moderno” y sus ilustres vástagos: el humanitarismo, el individualismo, el relativismo, el materialismo y el cientificismo. Otros tradicionalistas importantes del siglo pasado son Ananda Coomaraswamy, Frithjof Schuon y Julius Evola.

Este artículo está dirigido a las personas que se consideran conservadoras y de convicciones de derecha.  Es mi intención que la visión política de Evola ayude a la derecha estadounidense a adquirir una mayor relevancia intelectual para así escapar de su provincialismo y sus estrechos horizontes. La crítica más frecuente que la “Nueva Derecha” europea endilga a los conservadores estadounidenses es que la pobreza ideológica de la derecha estadounidense reside en que engancha sus vagones a una agenda conservadora, así como por su incapacidad para apreciar las cosas a la luz de un esquema más amplio3. Al mostrar a los lectores la validez y el valor del mundo de la Tradición, Evola puso de relieve que ser de derecha implica mucho más que tomar posición respecto de problemas cívicos y sociales tales como el aborto, la pena de muerte, la fortaleza militar, la libre empresa, la disminución de los impuestos, la reducción del aparato de gobierno, el patriotismo feroz y el derecho a portar armas, y se orienta más bien hacia aspectos más cruciales que tienen que ver con la raza, la etnicidad, la eugenesia, la inmigración y la naturaleza del estado-nación.

En segundo lugar, a los lectores con un vivo interés por los asuntos metafísicos y espirituales les puede resultar muy provechoso el profundo pensamiento de Evola y su exposición de las antiguas técnicas esotéricas. Además, sus posiciones, aunque a veces parezcan discriminatorias, poseen el potencial de transformarse en catalizadores de una transformación personal y de  crecimiento espiritual.

A la fecha, la obra de Evola ha sido objeto de un silenciamiento interesado. Cuando no es ignorado, generalmente es difamado por estudiosos e intelectuales de izquierda, quienes lo demonizan como un mal maestro, un racista y un rabioso antisemita; como la mente maestra tras el terrorismo de derecha; como un gurú fascista o como un racista tan sucio que resulta repugnante de sólo mencionarlo. El escritor Martin Lee, cuyo conocimiento sobre Evola es de lo más superficial, lo llama “filósofo nazi” y afirma que “Evola ayudó a confeccionar las tardías leyes racistas italianas hacia el final del régimen fascista”4. Sin embargo, otros han minimizado su contribución. Walter Laqueur, en su Fascismo: pasado, presente, futuro, no duda en llamarlo un “charlatán versado; un ecléctico, no un innovador”, y sugiere que “existen elementos de sinsentido puro en sus últimos trabajos”5. Umberto Eco motejaba sarcásticamente a Evola llamándolo “Othelma, el mago”.

Los más valiosos resúmenes para ubicar la vida y el trabajo de Evola en inglés han sido escritos por Thomas Sheehan y Richard Drake6.  Hasta el momento en que se publique una biografía o la autobiografía de Evola en el mundo angloparlante, estos artículos serán la única fuente de referencia para su vida y su obra. Ambos son estudiosos muy informados en la cultura, la política y la lengua italianas. Aunque no simpatizan con las ideas de Evola, ellos fueron los primeros en introducir la visión del pensador italiano al público estadounidense. Desafortunadamente, sus interpretaciones de la obra de Evola son muy limitadas. Sheehan y Drake sucumben a la propaganda izquierdista según la cual Evola es un “mal maestro” porque supuestamente proporcionó la justificación ideológica a la sangrienta campaña de los terroristas de derecha en Italia durante la década de los ochenta7. Lamentablemente, ambos autores han subestimado el spissitudo spiritualis de Evola como esoterista y tradicionalista, y han escrito sobre Evola simplemente como un estudio de caso en sus ámbitos de competencia: la filosofía y la  historia, respectivamente8.

A pesar de sus numerosos detractores, Evola ha experimentado cierta revitalización en los últimos veinte años.  Sus trabajos han sido traducidos al francés, alemán9, español e inglés, así como al portugués, rumano, japonés, árabe, húngaro y ruso. Las conferencias dedicadas a algún aspecto de su pensamiento se propagan por toda Europa10. Así, parafraseando el título de la novela de Edward Albee, nos podríamos preguntar: “¿Quién le teme a Julius Evola?” Y lo más importante, ¿por qué?

 

La vida de Julius Evola

Julius Evola falleció de un paro cardiaco en su apartamento de Roma el 11 de junio de 1974, a los setenta y seis años de edad. Antes de morir, pidió que lo sentaran en su escritorio para recibir la luz del sol que llegaba a través de su ventana. Siguiendo su voluntad, su cuerpo fue cremado y la urna que contenía sus cenizas fue depositada en la cima del Monte Rosa, en los Alpes italianos.

La carrera de Evola como escritor cubre más de medio siglo. Es posible  distinguir tres períodos en su desarrollo intelectual. Primero vino un período  artístico (1916-1922), durante el que se adhirió al dadaísmo y al futurismo, escribió poesía y pintó en un estilo abstracto. El lector puede recordar que el dadaísmo fue un movimiento de vanguardia fundado por Tristan Tzara, y que se caracterizó por un anhelo de libertad absoluta así como por su rebelión contra todos los cánones lógicos, éticos y estéticos prevalecientes.

Después, Evola se volcó al estudio de la filosofía (1923-1927), desarrollando una ingeniosa perspectiva que podría denominarse “trans-idealista”, o sea, un desarrollo solipsista dentro de la corriente principal del idealismo. Después de aprender alemán para poder leer los textos originales de los principales filósofos idealistas (Schelling, Fichte y  Hegel), Evola asimiló su premisa fundamental: que el ser es producto del pensamiento. Aún así, intentó sobrepasar la pasividad del sujeto hacia la “realidad”, típica de la filosofía idealista y de sus epígonos italianos -representados por Giovanni Gentile y Benedetto Croce- y perfiló el camino que conducía al “Individuo Absoluto”, al estado que goza quien lo logra y se vuelva libre (ab-solutus) del condicionamiento del mundo empírico. Durante este período, Evola escribió Ensayo sobre el idealismo mágico, Teoría del individuo absoluto y Fenomenología del individuo absoluto, un enorme trabajo que utiliza valores como la libertad, la voluntad y el  poder para exponer su filosofía de la acción. El filósofo italiano Marcello Veneziani escribió en su disertación doctoral:

 

El Yo absoluto de Evola nació de las cenizas del nihilismo, con ayuda de sus intuiciones derivadas de la magia, la teurgia, la alquimia y el esoterismo, y asciende a las cumbres más elevadas del conocimiento en busca de la sabiduría que descubrió en los caminos de las doctrinas iniciáticas11.

 

En la tercera fase, o final, de su formación intelectual, Evola se involucró en el estudio del esoterismo y el ocultismo (1927-1929).  Durante esta etapa fue cofundador y dirigió el llamado grupo Ur, que mensualmente publicó monografías dedicadas a la presentación de la enseñanza de las disciplinas esotéricas e iniciáticas. “Ur” deriva de la raíz arcaica de la palabra alemana “fuego”; en teutón también significa “primordial” u “original.”  En 1955 estas monografías fueron compiladas y publicadas en tres volúmenes bajo el título Introducción a la magia como ciencia del Yo 12.  En los cerca de veinte artículos que escribió para el grupo Ur, bajo el pseudónimo de “EA” (Ea en la mitología acadia antigua era el dios del agua y de la sabiduría) y en los nueve artículos que escribió para Bylichnis (nombre que significa “lámpara de dos mecheros”), un diario bautista italiano, Evola cimentó los fundamentos espirituales de su visión del mundo.

Durante los años treinta y cuarenta, Evola escribió en diversos diarios y publicó varios libros.  En la era fascista simpatizó con Mussolini y la ideología fascista, pero su arraigado sentido de independencia y su alejamiento de los asuntos y las instituciones humanas le evitaron ser un miembro con carnet del Partido Fascista. Debido a su creencia en la supremacía de las ideas sobre la política y a sus observaciones aristocráticas y anti-populistas, que a veces lo confrontaron con la política gubernamental -como su oposición al concordato de 1929 entre el Estado italiano y el Vaticano, y la “campaña demográfica” llevada a cabo por Mussolini para incrementar la población de Italia- Evola escapó de las represalias fascistas que acallaron La Torre -publicación quincenal que él había fundado- tan sólo después de diez números (febrero-junio 1930)13.

Evola dedicó cuatro libros al tema de la raza, criticó el racismo biológico nacionalsocialista y desarrolló una doctrina de la raza sobre la base de las enseñanzas de la Tradición: El mito de la sangre; Síntesis de una doctrina de la raza; Tres aspectos del problema hebraico; Elementos para una educación racial.  En estos libros el autor delineó su antropología tripartita de cuerpo, alma y espíritu. El espíritu es el principio que determina la actitud de cada uno hacia lo sagrado, el destino, la vida y la muerte. Así, de acuerdo con Evola, el culto a la “raza espiritual” debe preceder a la selección de la raza somática, que está determinada por las leyes de la genética y es con la que los nazis estaban obsesionados. La percepción anti-materialista y no biológica de Evola sobre la raza ganó la entusiasta aprobación de Mussolini.  Por su lado, los nazis fueron muy suspicaces -y aún críticos- respecto de las “nebulosas teorías” de Evola,  y lo acusaron de promover una visión abstracta, espiritualista y semi-católica de la raza en detrimento del elemento biológico y empírico.

Antes y durante la Segunda Guerra Mundial, Evola viajó y dio conferencias en diversos países europeos y, en su tiempo libre, practicó el montañismo y se ejercitó espiritualmente. Después de que Mussolini fuera liberado de su cautiverio italiano gracias a una intrépida acción alemana -dirigida por el SS-Hauptsturmführer Otto Skorzeny- Evola se encontró entre los fieles seguidores que lo recibieron en los cuarteles de Hitler en Rastenburgo, en la Prusia oriental, el 14 de septiembre de 1943.  Aunque simpatizó con el recién creado gobierno fascista en el norte de Italia, que continuó luchando del lado alemán en contra de los aliados, Evola rechazó su agenda republicana y socialista, su estilo populista y sus sentimientos antimonárquicos.

Cuando los aliados entraron a Roma en junio de 1944, sus servicios secretos intentaron arrestar a Evola, quien entonces vivía allí. Mientras su anciana madre dormía, Evola cruzó el umbral de la puerta de su casa sin que nadie lo notara y tomó rumbo al norte de la península, para después dirigirse a Austria. Ya en Viena, comenzó a estudiar los archivos secretos confiscados por los alemanes a varias logias masónicas europeas.

Un día de 1945, mientras Evola caminaba por las desiertas calles de la capital austriaca durante los ataques aéreos soviéticos, una bomba estalló a pocos metros de él. La explosión lo arrojó hacia una barda de madera.  Evola cayó de espaldas y se despertó en el hospital. Había sufrido una lesión de la médula espinal que lo paralizó de la cintura parta abajo. El sentido común nos señala que alguien que camina por las calles desiertas de una ciudad durante un bombardeo aéreo es un loco o un suicida.  Pero a Evola le gustaba coquetear con el peligro. O, como él lo había dicho, seguir la norma de no evitar los peligros sino, por el contrario, buscarlos, afrontarlos, lo que es una “forma implícita de cuestionar al destino”14.

Lo que no significaba que creyera en un destino “ciego”. Alguna vez escribió:

 

No hay duda de que nacemos con ciertas tendencias, vocaciones y predisposiciones que a veces son muy obvias y específicas, aunque a veces estén ocultas y probablemente  sólo emerjan en circunstancias particulares o en ciertas tentativas. Todos tenemos un margen de libertad respecto de este elemento innato, diferenciado15.

 

Evola estaba determinado a cuestionar el destino, especialmente en el tiempo en que una era estaba llegando a su fin16. Pero lo que él había intuido durante la incursión aérea era su muerte o el logro de una nueva perspectiva de vida, no la parálisis. Él se esforzó durante mucho tiempo con ese resultado tan peculiar, tratando de dar sentido a su "karma":

 

Recordando por qué me había pasado esto [es decir, la parálisis] y de entender su significado más profundo, la única cosa que finalmente interesaba era algo mucho más importante que simplemente "recuperarme", algo a lo que, de ninguna manera, nunca conferí demasiada importancia17.

 

Evola se había aventurado durante el ataque aéreo para probar su destino, con la firme creencia en la doctrina clásica, tradicional, de que los mayores eventos que ocurren en nuestras vidas no son sólo producto de la casualidad o de nuestros esfuerzos, sino el resultado deliberado de nuestra elección prenatal, algo que ha sido ordenado por “nosotros” antes de que naciéramos.

Tres años antes de su parálisis escribió:

 

La vida aquí en la tierra no puede ser vista como una coincidencia. Tampoco puede ser vista como algo que podamos aceptar o rechazar a voluntad, ni como una realidad que se nos impone a nosotros y ante la cual sólo podemos permanecer pasivos o desplegar una actitud de obtusa resignación. Más bien, lo que sobresale en ciertas personas es la sensación de que la vida terrena es algo a lo que, antes de volvernos seres terrenos, nos comprometemos como una aventura, una misión o una tarea previamente asignada, emprendiendo un complejo conjunto de elementos problemáticos, y trágicos también18.

 

A esto siguió un período de cinco años de inactividad. Primero, Evola pasó año y medio en un hospital de Viena. En 1948, y gracias a la intervención de un amigo en la Cruz Roja Internacional, fue repatriado a Italia. Estuvo en un hospital en Bologna al menos otro año, donde se sometió a una infructuosa laminectomía (un procedimiento quirúrgico en el que parte de la vértebra es removida para aliviar la presión de los nervios de la médula espinal).  Evola regresó a su residencia romana en 1949, donde vivió como parapléjico los siguientes veinticinco años.

Estando en Bologna, Evola fue visitado por su amigo Clemente Rebora, un poeta que se volvió cristiano y después predicador católico de la orden de los padres rosminianos. Después de leer sobre su amistad en los trabajos de Evola, en 1997 visité la sede de la orden para conversar -con cualquier persona que los tuviera a su cargo- sobre los archivos del padre Rebora, con la esperanza de descubrir alguna correspondencia previa desconocida. No había correspondencia alguna, pero el clérigo encargado del archivo fue muy amable al proporcionarme una copia de un par de cartas que Rebora escribió a un amigo donde hablaba sobre Evola. El siguiente resumen de esas cartas revela la visión de Evola sobre la religión, y sobre el cristianismo en particular19.

En 1949, un compañero sacerdote, Goffredo Pistoni, solicitó a Rebora visitar a Evola.  Rebora pidió permiso a su superior provincial; después de permitírselo, viajó desde Rovereto hasta el hospital donde se encontraba Evola  en Bologna.  A Rebora le animaba el deseo de ver a Evola abrazar la fe cristiana y que se convirtiera en un buen testigo de la palabra de Dios. En una carta a Pistoni, Rebora le pidió su asistencia para que no estropeara los “infinitos y misericordiosos caminos del Amor, y si [mi visita] no es de mucha ayuda, al menos [que no sea] perjudicial”.

El 20 de marzo de 1949, Rebora escribió a su amigo Pistoni en el capítulo superior del Instituto Salesiano de Bologna:

 

Acabo de regresar de ver a nuestro Evola: hablamos largo y tendido y cada quien de manera cariñosa, a pesar de que no descubrí ningún cambio visible de su parte que, desde luego, no esperaba. Lo sentí un poco anhelante de “unirse al resto del ejército” como él lo dijo, mientras esperaba a ver qué sucedía con él… Me he dado cuenta de su sed de absoluto, no obstante que elude a Aquel que dijo: "Permitan que cualquiera que tenga sed, que venga hacia mí y beba”20.

 

La frustración de Rebora respecto de de la renuencia de Evola de abandonar sus opiniones y acogerse a la fe cristiana, es evidente en el comentario con el que cierra la primera mitad de la carta:

 

Recemos porque sus libros anteriores, que están a punto de reimprimirse, y algunos nuevos títulos que pronto se publicarán, no lo encadenen en vista del éxito que tienen, y que no dañen las almas de las personas, desencaminándolos en la dirección de una falsa espiritualidad como si “siguieran falsas imágenes del Bien.” [Probablemente una cita de la Divina Comedia de Dante: -G. S.]

 

Rebora concluía su carta del 12 de mayo de 1949 añadiendo lo siguiente:

 

Habiendo regresado a la oficina principal, finalmente concluyo esta carta diciéndole que está creciendo en mi corazón una ternura sobrenatural hacia él. Él [Evola] me habló sobre un evento interno que le ocurrió durante el bombardeo en Viena que -agregó- todavía es misterioso para él, mientras padece la presente prueba. Por el contrario, confío en que puedo descubrir el significado providencial y decisivo de este acontecimiento para su alma.

 

Rebora le escribió nuevamente a Evola, preguntándole si deseaba viajar a Lourdes en un tren especial en el que Rebora le serviría como director espiritual. Evola decentemente se excusó y el contacto entre los dos prácticamente finalizó.  Evola nunca se convirtió a la cristiandad. En una carta de 1935 escrita a uno de sus amigos, Girolamo Comi -otro poeta que se volvió católico- Evola le explicaba:

 

Por lo que a mí concierne, respecto de la “conversión” que realmente sucede y no de los sentimientos o de una fe religiosa, he estado bien desde hace trece años [desde 1922, el año de transición entre los períodos artístico y filosófico] 21.

 

René Guénon escribió al convaleciente Evola22 sugiriéndole que había sido víctima de una maldición o de un hechizo mágico lanzado por algún enemigo poderoso. Evola replicó que lo consideraba poco probable porque por las circunstancias que concurrieron (por ejemplo, el momento exacto en que arrojaron la bomba, el lugar donde Evola debería de estar en ese preciso instante), se habría requerido de un poderoso conjuro.

Mircea Eliade, el reconocido historiador de las religiones, que sostuvo correspondencia con Evola a lo largo de su vida, en alguna ocasión le señaló a uno de sus estudiantes: “Evola fue herido en el tercer chakra, ¿no resulta eso significativo?23 Pues las fuerzas afectivas que corresponden al tercer chakra son la ira, la violencia y el orgullo, y nos preguntamos si lo que quería decir Eliade era que la herida sufrida por Evola podría haber tenido un efecto purificador en el pensador italiano, o si fue consecuencia de su arrogancia.  En cualquier caso, Evola rechazó la idea de que su parálisis fuera una especie de “castigo” por sus esfuerzos “prometeicos” en el terreno espiritual. Durante el resto de su vida soportó su condición con admirable estoicismo, en rigurosa coherencia con sus convicciones24.

Las siguientes dos décadas Evola recibió visitantes, amigos y jóvenes que se veían a sí mismos como sus discípulos. De acuerdo con Gianfranco de Turris, quien lo vio por primera vez en 1967, se tenía la sensación de que era una “persona de elevado calibre,” a pesar de que no era presuntuoso ni asumía actitudes esnobs.  Evola usaba un monóculo que se sostenía en su mejilla prendido con un broche, y observaba a su interlocutor con curiosidad. Le desagradaba la idea de tener “discípulos” y sarcásticamente se refería a sus admiradores como “evolómanos”. Nunca pretendió reclutar seguidores, y probablemente seguía con atención el mandato de Buda de proclamar la verdad sin intentar persuadir o disuadir:

 

Se debe conocer la aprobación y se debe conocer la desaprobación, y habiendo conocido la aprobación y habiendo conocido la desaprobación, no hay que aprobar ni desaprobar, sino simplemente debemos aprender el dhamma.25

 

Los temas centrales en el pensamiento de Evola

 

En la producción literaria de Evola es posible circunscribir tres temas mayores,  que están íntimamente relacionados y son mutuamente dependientes. Estos temas representan tres facetas de su filosofía de la acción. He designado estos temas con términos tomados de la antigüedad griega. El primer tema es la xeniteia, una palabra que se refiere a la condición de vivir en el exterior, o de estar ausente de la propia patria.  En los trabajos de Evola se puede fácilmente detectar el sentido de enajenación, de no pertenecer a lo que él ha llamado el “mundo moderno.”  De acuerdo con los pueblos antiguos, la xeniteia no era una condición envidiable.  Vivir rodeado por gente y costumbres bárbaras, lejos de nuestra polis, cuando no era debido a una elección personal, era generalmente el resultado de una sentencia judicial.  Podemos recordar el exilio al que eran condenados los elementos indeseables de la sociedad antigua, por ejemplo, así como la efímera práctica del ostracismo en la antigua Atenas; el destino que corrieron muchos antiguos romanos, incluyendo al filósofo estoico Séneca; y la deportación de familias y poblados enteros, etcétera.

Durante toda su vida, Evola nunca “encajó bien”. Durante sus fases artística, filosófica o esotérica, él siempre se sintió como alguien extraviado buscando unirse al “resto del ejército”.  Denunció al mundo moderno en su obra maestra Rebelión contra el mundo moderno, quien a su vez cobro venganza: al final de la guerra, se encontraba rodeado por un mundo en ruinas, aislado, marginado y vilipendiado. Y aún así mantuvo una posición digna, de entereza, y continuó en su tarea auto-impuesta de observador nocturno.

El segundo tema es la apoliteia, es decir, abstenerse de participar activamente en la construcción de polis humana. La recomendación de Evola era que mientras se viviera en el exilio del mundo de la Tradición y de la Edad de Oro, se debería evitar el abrazo invasor de las multitudes y era menester  sofrenar la participación activa en los asuntos humanos ordinarios.  Apoliteia, de acuerdo con Evola, es esencialmente una actitud interna de indiferencia y desapego, lo que no implica necesariamente una abstención práctica de la política en la medida en que alguien se comprometa enteramente con una actitud desapegada: “La apoliteia es la irrevocable distancia interior de la sociedad y de sus valores: consiste en no aceptar ser limitado por la sociedad o por cualquier atadura espiritual o moral”26. Esta actitud se encomienda porque, de acuerdo con Evola, hoy y en esta era no hay ideas, causas ni metas valiosas con las que alguien se pueda comprometer.

Finalmente, el tercer tema es la autarkeia, la autosuficiencia. La búsqueda de la independencia espiritual condujo a Evola lejos de la saturada encrucijada de la interacción humana, para explorar y exponer las vías de la perfección y el ascetismo. Se volvió un estudioso del esoterismo antiguo y de las enseñanzas ocultas de la “liberación,” y publicó sus hallazgos en diversos libros y artículos.

 

Xeniteia

 

Las siguientes palabras, dichas por el Espíritu Benevolente al Espíritu Destructivo en el Yasna -una compilación de himnos y plegarias zoroastrianas- puede servir para caracterizar la actitud de Evola hacia el mundo moderno:

 

Ni nuestros pensamientos, ni nuestras enseñanzas, ni nuestras intenciones, ni nuestras preferencias ni nuestras palabras, ni nuestras acciones ni nuestros conceptos, ni nuestras almas están de acuerdo27.

 

A lo largo de su vida Evola vivió de una forma coherente y consistente que sólo de una manera simplista podría calificarse de esnobismo intelectual o incluso de misantropía. Pero las razones del rechazo de Evola al orden sociopolítico en el que vivió deben ser buscadas en otra parte, a saber, en una bien articulada Weltanschauung o visión del mundo.

A decir verdad, el sentido de inadecuación de Evola en la sociedad en la que vivía era recíproco. Quien rehúsa reconocer la legitimidad del “Sistema” o participar en la vida de la comunidad que a él mismo lo desconoce, profesando una mayor obediencia y la ciudadanía en otra tierra, mundo o ideología, está obligado a vivir como los metecos en la antigua Grecia, rodeado por la sospecha y la hostilidad28. Para entender las razones de la intransigente actitud de Evola, necesitamos primero definir los conceptos de “Tradición” y “mundo moderno” tal y como Evola los utilizó en sus obras.

En términos generales, la palabra tradición puede ser entendida de diversas maneras:

 

1) como un mito arquetípico (algunos miembros de la derecha política en Italia han rechazado esta visión como un “mito paralizante”);

2) como forma de vida de una época particular, por ejemplo, la Edad Media, el Japón feudal, el Imperio romano;

3) como la suma de tres principios: “Dios, Patria, Familia”;

4) como una anamnesis o memoria histórica en general; y

5) como un conjunto de enseñanzas religiosas que debe ser preservado y transmitido a las futuras generaciones.

 

Evola entendió la tradición principalmente como un mito arquetípico, esto es, como la presencia de lo Absoluto en formas históricas y políticas específicas. El Absoluto de Evola no es un principio religioso o un noumenon, mucho menos el Dios del teísmo, sino más bien un dominio misterioso o poder dunamis.  La Tradición de Evola está caracterizada por el “Ser” y la estabilidad, mientras que el mundo moderno se caracteriza por el “Devenir”. En el mundo de la tradición las instituciones políticas estables encuentran su lugar. El mundo de la Tradición, de acuerdo con Evola, estaba ejemplificado por la antigua Roma y por las civilizaciones de Grecia, India China y Japón.  Estas civilizaciones se erigieron sobre un estricto sistema de castas, estuvieron gobernadas por la nobleza guerrera y emprendieron guerras para expandir los límites de sus imperios. En palabras de Evola:

 

El mundo tradicional conoció la realeza divina. Supo del puente que se tiende entre los dos mundos, es decir, la iniciación. Conoció las dos grandes maneras de aproximarse a lo trascendente: la acción heroica y la contemplación. Supo de la mediación, o sea, los ritos y la fidelidad.  Entendió el fundamento social, es decir, la ley tradicional y el sistema de castas. Y supo del símbolo político terreno: el imperio.29

 

Evola afirmaba que la creencia subyacente del mundo tradicional era “invisible”.  Sostuvo que la mera existencia física, o “vivir”, carece de sentido al menos que nos aproximemos al mundo más alto o a lo que es “más que vida”, por lo que nuestra más elevada ambición consiste en participar en la hyperkosmia y en obtener una liberación final y activa del límite que representa la condición humana30.

Evola poseía una visión cíclica de la historia, una visión filosófica y religiosa con una rica herencia cultural. Aunque la podamos rechazar, su visión merece tanto respeto como la visión lineal de la historia sostenida por el teísmo, que es a que yo suscribo, o la visión progresiva abanderada por el “materialismo científico” de Engels, o la perspectiva esperanzadora y optimista típica de varios movimientos de la New Age, de acuerdo con los cuales el universo avanza en una constante e irreversible evolución espiritual.  Según la visión cíclica de la historia expuesta por el hinduismo, el cual Evola adoptó y modificó para armonizar sus visiones, vivimos en la cuarta era de un ciclo completo, en el llamado Kali-yuga, una era caracterizada por la decadencia y la ruptura. De acuerdo con Evola, las fases más notables de este “Yuga” (o era) incluyen la irrupción de la filosofía pre-socrática (caracterizada por el rechazo al mito y por un énfasis magnificado en la razón); el nacimiento de la Cristiandad; el Renacimiento; el Humanismo; la Reforma Protestante; el Iluminismo; la Revolución Francesa; las revoluciones europeas de 1848; el advenimiento de Revolución Industrial; y el Bolchevismo.  Así, para Evola el “mundo moderno” no comenzó en el año 1600, sino en el siglo IV a. C.

 

Evola y Eliade

 

El rechazo de Evola al mundo moderno puede contrastarse con la aceptación tácita de Mircea Eliade (1907-1986), el reconocido historiador de las religiones con quien Evola se encontró personalmente en varias ocasiones y sostuvo correspondencia hasta su muerte en 1974. Los dos se encontraron por primera vez en 1937.  Por ese tiempo, Eliade había acumulado un impresionante currículum académico que incluía una licenciatura en filosofía por la Universidad de Bucarest, y una maestría y un doctorado en sánscrito y filosofía india por la Universidad de Calcuta.  Evola ya era un escritor consumado y había escrito algunos de sus más importantes trabajos, tales como La Tradición Hermética (1931), Rebelión contra el Mundo Moderno (1934) y El Misterio del Grial (1937)31.

Eliade había leído los primeros trabajos filosóficos de Evola durante la década de los veinte, y “admiró su inteligencia y, aún más, la densidad y la claridad de su prosa”32. Una amistad intelectual pronto se desarrolló entre el joven profesor rumano y el filósofo italiano que era ocho años mayor que Eliade. Su interés común por el yoga llevó a Evola a escribir L’uomo come  potenza (El hombre como potencia) en 1925 (revisado en 1949 con un nuevo título, La yoga de la potencia33) y a Eliade a redactar su aclamado trabajo académico: Yoga: inmortalidad y libertad (1933).  En sus diarios Eliade recuerda:

 

Recibí cartas de él cuando estaba en Calcuta (1928-31) e instantáneamente me rogó que no le hablara del yoga, o de “poderes mágicos” excepto para indicarle hechos precisos de los que yo hubiera sido testigo. En la India también recibí varias de sus publicaciones, pero solamente recuerdo algunos números de la revista Krur.34

 

El primer encuentro de Evola y Eliade fue en Rumanía, en un almuerzo en el que fueron invitados por el filósofo Nae Ionesco. Evola viajaba entonces por toda Europa, estableciendo contactos y dando conferencias, “en un intento por coordinar los elementos que, en cierta medida, representaban el pensamiento Tradicional en el plano político-cultural”35. Eliade recordaba la admiración de Evola por Corneliu Codreanu (1899-1938), el fundador del movimiento nacionalista cristiano conocido como la “Guardia de Hierro”. Evola y Codreanu se conocieron la mañana del almuerzo.  Codreanu le platicó a Evola los efectos que el encarcelamiento había producido en su alma, así como el descubrimiento de la contemplación en la soledad y en el silencio de su celda. En su autobiografía, Evola describía a Codreanu como “una de las personas más valiosas y mejor orientadas espiritualmente que conocí en los movimientos nacionalistas de ese período36. Eliade escribió sobre ese almuerzo

 

Evola todavía estaba deslumbrado por él [por Codreanu]. Vagamente recuerdo los señalamientos que hizo sobre la desaparición de las disciplinas contemplativas en la lucha política de Occidente”37.

 

Pero cada uno de los estudiosos se centró en asuntos diferentes. Así, Eliade escribió en su diario:

 

Un día recibí una amarga carta de él donde me reprochaba por no citarlo nunca, no más de lo que lo había hecho con Guénon. Le respondí lo mejor que pude, y algún día debo dar las razones y las explicaciones a las que se debía esa respuesta. Mi argumento no podía ser más sencillo. Los libros que escribo son para los lectores de hoy, no para los iniciados. A diferencia de Guénon y sus émulos, creo que no tengo nada que escribir que les interesara especialmente a ellos38.

 

De los señalamientos de Eliade debo concluir que a él no le gustaba, no compartía o no le interesaban las inclinaciones ni las perspectivas esotéricas de Evola.  Pienso que existen tres razones para la aversión de Eliade.  Primero, Evola, como todos los tradicionalistas, asumía la existencia de una elevada tradición esotérica primordial, solar y real, y dedicó su vida a describirla, a estudiarla y a encomiarla en todas sus formas y variedades. También colocó esa tradición por encima y en contra de lo que reproducían las culturas y las civilizaciones populares modernas (como la de Rumanía, a la que pertenecía  Eliade). En Rebelión contra el mundo moderno se pueden leer numerosos ejemplos de esta asociación. Además, Eliade rechazó poner cualquier énfasis sobre el esoterismo, porque pensó que tenía un efecto que minimizaba el espíritu humano.  Eliade sostuvo que limitar exclusivamente el valor de las creaciones espirituales europeas a sus “significados esotéricos” reproducía a la inversa el reduccionismo del enfoque materialista adoptado por Marx y Freud.  Tampoco creyó en la existencia de una tradición primordial: “Sospecho de su carácter ahistórico, artificial”, escribió39.

En segundo lugar, Eliade no aceptó la visión negativa o pesimista del mundo y de la condición humana que caracterizaron el pensamiento de Guénon y Evola. A diferencia de Evola, quien creía en la prolongada “putrefacción” de la cultura occidental contemporánea, Eliade deslindaba:

 

en la medida en que... crea en la creatividad del espíritu humano, no puede desaparecer: la cultura, aún en una era crepuscular, es el único medio de comunicar ciertos valores y de transmitir cierto mensaje espiritual. Una nueva Arca de Noé, por cuyos medios se podría salvar la creación espiritual del Occidente, no es sólo incluir El esoterismo de Dante de René Guénon; debe existir también el entendimiento histórico, filosófico y poético de La Divina Comedia.40

 

Finalmente, el entorno socio-cultural que Eliade encomiaba era muy distinto al que Evola favorecía.  Mientras la India reconquistaba su independencia, Eliade llegó a creer que Asia estaba a punto de reingresar a la historia y a la política mundial, y que su propio pueblo, el rumano, podría “jugar un papel definitivo en el diálogo futuro entre el Occidente, Asia y las culturas de los pueblos arcaicos”41. Reconocía las raíces campesinas de la cultura rumana como promotoras del universalismo y del pluralismo, más que del nacionalismo y el provincialismo. Eliade escribió:

 

Me pareció que era el inicio para discernir los elementos de unidad de todas las culturas campesinas, desde China y el sureste de Asia hasta el Mediterráneo y Portugal. Por todas partes he encontrado lo que más tarde llamé “religiosidad cósmica”: esto es, el papel fundamental jugado por los símbolos y las imágenes, el respeto religioso por la tierra y la vida, la creencia de que lo sagrado se manifiesta directamente mediante el misterio de la fecundidad y la repetición cósmica...42

 

Estas conclusiones no podrían ser más opuestas a la visión de Evola, especialmente a las que formuló en Rebelión contra el mundo moderno.  De acuerdo con la doctrina de este ultimo, la religiosidad cósmica es una forma corrupta e inferior de la espiritualidad o, como él la llamaba, de “espiritualidad lunar” (la luna, a diferencia del sol, no es una fuente de luz, y solamente refleja la luz de éste; es contingente a Dios, al Todo y a cualquier otra versión metafísica del Absoluto) caracterizada por el abandono místico.

En su autobiografía El camino del cinabrio, Evola describe su trayectoria intelectual y espiritual a través de distintos panoramas: religiosos (cristiandad,  teísmo), filosóficos (idealismo, nihilismo, realismo) y políticos (democracia, fascismo, la Italia de la posguerra).  Para los lectores que no estén familiarizados con el hermetismo, les podemos recordar que el cinabrio es un metal rojo que representa el rubedo o rojo, que es la tercera etapa y final de la transformación interior.  Evola explica al inicio de su autobiografía:

 

Mi natural sentido de desprendimiento respecto de lo que es humano, especialmente en el terreno afectivo, y de tantas otras cosas que generalmente son vistas como algo “normal”, se manifestó en mí a una edad muy tierna.43

 

Autarkeia

 

Diversas religiones y filosofías consideran la condición humana como altamente problemática, similar a una enfermedad que requiere cura. Esta enfermedad está caracterizada por muchos rasgos, que incluyen cierta “pesantez” espiritual o jalón gravitacional que nos empuja hacia “abajo”.  Los humanos somos prisioneros de la insignificancia de las rutinas diarias; de hábitos perniciosos desarrollados por años de beber, fumar, jugar juegos de azar así como de la adicción al sexo y al trabajo, que responden a presiones externas; de una pereza intelectual y espiritual que nos impide desarrollar nuestro potencial para volvernos seres vivientes, vibrantes; y de una inconstancia que a veces resulta dolorosamente obvia con los buenos propósitos de Año Nuevo. Con cuanta frecuencia nos comprometemos con nosotros mismos a practicar algo diariamente durante un plazo, pero pronto llega el día en que lo olvidamos, encontramos excusas para abandonar el compromiso o simplemente lo dejamos de hacer. No se trata simplemente de inconsistencia o de falta de perseverancia de nuestra parte: es un síntoma de nuestra incapacidad para dominarnos a nosotros mismos y a nuestras vidas.

Además, por naturaleza no podemos mantener nuestras mentes centradas en un objeto de meditación. Nos distraemos fácilmente y nos aburrimos. Pasamos nuestros días hablando de detalles insignificantes y sin importancia. La mayoría de nuestras conversaciones no son sino simples intercambios y monólogos.

Estamos ocupados en trabajos que no nos interesan, y gastar la vida es nuestro interés supremo. Nos sentimos aburridos, vacíos y frustrados sexualmente por la incapacidad de nuestras parejas para llegar al clímax. Queremos más: más dinero, más ocio, más “juguetes” y más realizaciones, cosas de las que raramente obtenemos algo. Sucumbimos a toda clase de indulgencias y pequeños placeres para resarcir nuestra conciencia embotada y dañada. Y aún todas estas cosas son sólo síntomas del problema real que acecha la condición humana. Nuestro verdadero problema no es que seamos seres deficientes, sino que no sabemos y no deseamos ser diferentes, Cada día abrazamos la vida y la llamamos “algo real,” pero lenta e inexorablemente sofocamos el anhelo de trascendencia oculto profundamente dentro de nosotros. Al final, esto comprueba nuestra verdadera destrucción; no somos distintos de los fumadores que, después de diagnosticárseles que padecen enfisema, continúan fumando hasta que llega su amargo final. El problema es que negamos que haya un problema. Somos como el psicótico que niega su dolencia mental, o como el sociópata que, después de cometer un horrible crimen, insiste en que realmente tiene conciencia, y llora y exhibe su remordimiento para probarlo.

En el pasado, movimientos como el pitagorismo, el gnosticismo, el maniqueísmo, el mandeísmo y el catarismo medieval planteaban que el problema que limitaba a los seres humanos era el cuerpo mismo, o la materia física para ser precisos. Estos movimientos sostenían que el alma o el espíritu se mantiene prisionero dentro de la caja de lo material esperando su liberación. (Evola rechazó esta interpretación por su escasa sofisticación y por ser producto de una visión telúrica o femenina.)  El budismo prescribió que la “contaminación” y la “falta de iluminación mental” era el verdadero problema, y desarrolló en el curso de  los siglos una ciencia real de la mente para intentar la cura de la enfermedad desde sus raíces.  El teísmo cristiano identificó la raíz del sufrimiento humano y de la maldad con el pecado. Como remedio, el catolicismo y la iglesia ortodoxa oriental proponen la incorporación a la Iglesia mediante el bautismo y la participación activa en la vida litúrgica. Muchos protestantes defienden, en cambio, una relación viviente y personal con Jesucristo como Señor Único y Salvador, que debe cultivarse a través de la oración, los estudios bíblicos y los compañeros de la iglesia.

Evola consideraba la aceptación de la condición humana como el verdadero problema, y la autarquía o autosuficiencia, como la cura.  Según los antiguos cínicos, la autarkeia es la capacidad de satisfacer la vida entera con la menor cantidad de bienes materiales y placeres. Un ser autárquico (el hombre ideal) es una persona capaz de crecer espiritualmente aún en ausencia de lo que otros consideran necesidades vitales (i.e.: salud, riqueza y relaciones humanas cordiales).  Los estoicos igualaban la autarquía con la virtud (arête), a la que consideraban la única cosa necesaria para la felicidad.  Incluso los epicúreos que, a pesar de su búsqueda del placer, consideraban a la autarkeia como un “gran bien, no con el objetivo de conformarse con poco, sino de que si son muchas las carencias, nos satisfaremos con poco” 44.

Evola avaló la noción de autarkeia fuera de su rechazo a la condición humana y a la vida ordinaria que de ella se deriva.  Como Nietzsche antes de él, Evola esgrimió que la condición humana y la vida diaria no debe complacernos sino superarse: nuestro valor reside en ser un “proyecto” (en latín projectum, “lanzarse hacia adelante").  Así, lo que verdaderamente interesa a los seres humanos no es quiénes somos sino lo que podemos y debemos llegar a ser. Los humanos lograrán ser iluminados o no dependiendo de si aceptan esta fundamental verdad metafísica.  No fue por esnobismo que Evola llegó a la conclusión de que los seres humanos son “esclavos” atrapados en el samsara, igual que los cuyos que corren en una rueda dentro de su jaula. Según Evola, comparten esta situación todos los que se encuentran en el día a día, no sólo las personas con bajos salarios, sino también los compañeros de trabajo, los miembros de la familia y, especialmente, las personas sin una educación formal. Esto, desde luego, es difícil de reconocer. Evola estaba consumido por el anhelo que los alemanes llaman mehr als leben (“más que vida”), que inevitablemente resulta frustrado por las contingencias de la existencia humana. Leemos en los ensayos de Evola sobre el ascenso a la montaña:

 

En ciertas cumbres existenciales, así como el calor se transforma en luz, la vida se vuelve ella misma libertad; no en el sentido de muerte de la individualidad o de alguna especie de naufragio místico, sino en el sentido de afirmación trascendente de la vida, en que la ansiedad, el deseo interminable -anhelando y preocupándonos-, la búsqueda de fe religiosa, de soportes humanos y de metas, todo conduce a un dominado estado de tranquilidad. Hay algo más grandioso que la vida, dentro de la vida misma, pero no fuera de ella. Esta experiencia heroica es valiosa y buena por sí misma, mientras que la vida corriente sólo está dirigida por intereses, por cosas externas y convencionalismos humanos. 45

 

De acuerdo con Evola, la condición humana no puede y no debe ser adoptada sino, más bien, superada. La cura no consiste en más dinero, más educación o en la rectitud moral, sino en un sólido y radical compromiso para perseguir la liberación espiritual. El pasado ofrece numerosos ejemplos de la distinción entre la vida “corriente” y la vida “diferenciada”. Los antiguos griegos aludían a la vida corriente, material y física utilizando el término bios, y usaban el término zoe para describir la vida espiritual. Los escritos budistas e hindúes establecen una distinción entre el samsara o la vida de las necesidades,  las ansias, las pasiones y los deseos, y el nirvana, un estado, condición o extinción del sufrimiento (dukka).  Las escrituras cristianas disciernen entre la “vida de la carne” y la “vida del Espíritu.”  Los estoicos diferencian entre la “vida acorde a la naturaleza” y la vida dominada por las pasiones.  Heidegger distinguía ente vida auténtica e inauténtica.

Kierkegaard hablaba de vida estética y de vida ética. Los zoroastrianos zanjan  la diferencia entre el Bien y el Mal.  Los esenios dividen a la humanidad en dos grupos: los seguidores de la Verdad y los seguidores de la Mentira.

Los autores que introducen a Evola a las nociones de autosuficiencia y del “individuo absoluto” (un ideal, un estado inalcanzable) fueron Nietzsche y Carlo Michelstaedter. Este ultimo fue un joven estudiante judío-italiano de veintitrés años que se suicidó en 1910, un día después de finalizar su disertación doctoral que se publicó por vez primera en 1913 con el título de La persuasione e la retorica (La persuasión y la retórica)46. En su tesis, Michelstaedter afirma que la condición humana está dominada por el remordimiento, la melancolía, el fastidio, el miedo, la ira y el sufrimiento. Las acciones del hombre revelan que es un ser pasivo.  Debido a que le atribuye valor a las cosas, el hombre se distrae también por ellas o por su afán de conseguirlas. De esta manera, el hombre busca fuera de él un punto estable de referencia pero no lo encuentra, y permanece como desafortunado prisionero de su ilusoria individualidad. Las dos únicas vías posibles para vivir la condición humana, según Michelstaedter, son la Vía de la Persuasión y la Vía de la Retórica. La persuasión es un objetivo inalcanzable; consiste en conquistar la posesión total e incondicional de uno mismo, y en no necesitar ninguna cosa más.  Esto significa tener la vida en nosotros.  En palabras de Michelstaedter:

 

La Vía de la Persuasión, a diferencia del camino de un autobús, carece de señales que se puedan leer, estudiar o comunicar a otros.  Sin embargo, todos sentimos en nosotros mismos la necesidad de encontrar eso; debemos alumbrar nuestro propio sendero porque cada uno de nosotros está solo y no puede esperar ayuda desde el exterior. En la Vía de la Persuasión solamente hay una estipulación: no conformarse con lo que se nos ha dado.47

 

Por el contrario, la Vía de la Retórica designa los paliativos o sucedáneos que adopta el hombre en lugar de una auténtica persuasión. De acuerdo con Evola, el camino de la Retórica es seguido por “aquéllos que rechazan con desprecio la posesión real de sí mismos, apoyándose en otras cosas, buscando a otra gente, confiando en otros para liberarlos, según una necesidad oscura y un anhelo incesante e indefinido”48.  O como escribió Nietzsche:

 

Para eso, ustedes como multitud, junto a sus prójimos, tienen hermosas palabras. Pero yo os digo: el amor a su prójimo es amor dañino para ustedes mismos. Huyen de su prójimo como de ustedes mismos y le gustaría hacer una virtud de ello: pero puedo ver su desinterés...desearía más bien que no pudieran soportar a cualquier clase de prójimo o al prójimo de su prójimo; entonces tendrían que fomentar a un amigo y su corazón se desbordará de ustedes mismos.49

 

La meta de la autarquía aparece a lo largo de la obra de Evola.  En su búsqueda de esta condición privilegiada, expuso los caminos que fueron iluminados en varios momentos del pasado por el tantrismo, el budismo, el mithraísmo y el hermetismo.

A principios de la década de los veinte, Decio Calvari, presidente de la Liga Teosófica Independiente Italiana, introdujo a Evola al estudio del tantrismo.  Pronto, Evola comenzó a sostener correspondencia con el erudito orientalista británico y divulgador del tantrismo, Sir John Woodroffe (quien también escribía con el pseudónimo de “Arthur Avalon”), y cuyos trabajos y traducciones de textos tántricos utilizó prolijamente.  Mientras René Guénon señalaba al Vedanta como la quintaesencia de la sabiduría hindú en El hombre y su devenir según el Vedanta (1925), enfatizando la primacía de la contemplación o el conocimiento sobre la acción, Evola adoptó una perspectiva diferente. Para rechazar que la visión de una autoridad espiritual fuera más valiosa que el poder real, Evola escribió L’uomo come potenza en 1925.  En la tercera edición revisada (1949) el título se cambió por el de Lo yoga della potenza (La yoga de la potencia)50.  Este libro es un vínculo entre sus trabajos filosóficos y el resto de sus obras que se centran en temas tradicionales.

La tesis de La yoga de la potencia es que las condiciones sociales y políticas que caracterizan al Kali-yuga han disminuido enormemente la efectividad de la pureza intelectual, contemplativa, así como las vías rituales.  En esta era de decadencia, el único camino abierto para buscar la “gran liberación” es solo la acción resuelta51.  El mismo tantrismo es definido como un sistema basado en la práctica, en el que el hatha-yoga y el kundalini-yoga constituyen el adiestramiento mental y psicológico de los seguidores del tantrismo en su búsqueda por la liberación.  Al criticar el viejo prejuicio occidental de acuerdo con el cual las espiritualidades orientales se caracterizan por su actitud escapista (opuestas a las del Occidente, que promueven un supuesto vitalismo, el activismo y la voluntad de poderío), Evola reafirmó su creencia en el primado de la acción al señalar la vía seguida por el tantrismo. Varias décadas después, una renombrada escritora miembro de la Academia Francesa, Marguerite Yourcenar, rindió homenaje a La yoga de la potencia.  Escribió sobre “el gran beneficio que un lector atento puede obtener de una exposición como la de Evola”52, y concluía que: “el estudio de La yoga de la potencia resulta particularmente provechoso en un tiempo en que cualquier forma de disciplina es torpemente desacreditada”53.

Pero el interés por Evola no se circunscribe al yoga.  En 1943 escribió La doctrina del despertar, en la que trata las enseñanzas del budismo primitivo.  Veía en Buda el mensaje original de una vía ascética aria para los “guerreros” espirituales que buscaban la liberación de un mundo condicionado. En este libro, ponía énfasis en la visión anti-teísta y anti-monista de Buda. Buda enseñó que la devoción a este o a aquél dios o divinidad, el ritualismo y el estudio de los Vedas no conducían necesariamente a la iluminación, ni tampoco la experiencia de la identidad del alma particular con el “Todo cósmico” llamado brahmán, pues, de acuerdo con Buda, tanto el “alma” como el “brahmán” son invenciones de nuestras mentes engañadas.

Evola delinea meticulosamente en La doctrina del despertar las cuatro jhanas, o etapas meditativas que experimenta un practicante serio de este camino que conduce al nirvana.  La mayoría de las fuentes utilizadas por Evola provienen de traducciones alemanas e italianas del Sutta Pitaka, parte del antiguo canon pali de las escrituras budistas en las que se encuentran los sermones de Buda. Al exaltar la pureza y la fidelidad del budismo primitivo al mensaje de Buda, Evola presentó al budismo Mahayana como una desviación tardía y como una corrupción de las enseñanzas de Buda, aunque reconoció en el Zen54 y en la doctrina de vacío (sunyata) uno de los logros más grandes del budismo Mahayana.  En La doctrina del despertar Evola exalta la figura del ahrat como aquel que logra la iluminación. Tal persona se libera del ciclo del renacimiento al superar cualitativamente la existencia samsárica. De acuerdo con Evola, el logro del ahrat puede ser comparado con el del jivan-mukti del tantrismo, con la iniciación mithraica, con la sabiduría gnóstica y con la “inmortalidad” taoísta”.

Este es uno de los más agudos textos de Evola.  En parte debido a su lectura, dos miembros de la OSS se convirtieron en monjes budistas. El primero fue H. G. Musson, quien también tradujo el libro de Evola del italiano al inglés. El segundo fue Osbert Moore, quien se volvió un distinguido profesor de pali y tradujo numerosos textos budistas al inglés. En una acotación personal me gustaría agregar que La doctrina del despertar de Evola avivó mi interés por el budismo, me condujo a la lectura del Sutta Pitaka y a buscar la compañía de los monjes theravada, así como a practicar la meditación.

En La Metafísica del sexo (1958) Evola estudió el tema bajo tres visiones de la sexualidad humana. La primera es la naturalista.  De acuerdo con esta perspectiva la vida erótica es concebida como una extensión de los instintos animales o simplemente como un medio para perpetuar la especie.  Esta visión fue defendida recientemente por el antropólogo Desmond Morris, tanto en sus libros como en el documental El animal humano. La segunda visión Evola la denominó “amor burgués”: se caracteriza por la respetabilidad y la santificación mediante el matrimonio. Los rasgos más importantes de este tipo de sexualidad son el compromiso mutuo, el amor y los sentimientos. La tercera perspectiva del sexo es el hedonismo. Según esta visión, la gente busca el placer como un fin en sí mismo. Este tipo de sexualidad se cierra desesperadamente a las posibilidades transcendentes intrínsecas a la comunión sexual, y por lo tanto no es digno de ser seguido. Evola continúa explicando entonces cómo la comunión sexual puede volverse un camino que conduce a conquistas espirituales.

Apoliteia

 

En 1988, un apasionado campeón de la libertad de expresión y la democracia, el periodista y escritor I. F. Stone, escribió un provocador libro titulado El juicio de Sócrates.  En este texto, Stone arguye que Sócrates, a diferencia de Xenofonte y Platón, quienes reivindicaron la vida de su amado maestro, no fue injustamente conducido a la muerte por un régimen democrático maligno y corrupto. Según Stone, Sócrates era culpable de muchas actitudes cuestionables que eventualmente condujeron a su caída.

En primer lugar, Sócrates personalmente se abstuvo -y desalentó a otros a hacerlo- de involucrarse en la política para cultivar “la perfección del alma”.  Stone encuentra reprobable esta actitud pues supone que en una ciudad todos los ciudadanos tienen obligaciones y derechos. Al rehusar cumplir con sus responsabilidades cívicas, Sócrates fue acusado de “corrupción cívica”, especialmente durante la dictadura de los Treinta.  En esa época, en lugar de unirse a la oposición, Sócrates mantuvo una actitud pasiva: “el hombre de mayor facundia en Atenas guardó silencio cuando más se necesitaba su voz”55.

En segundo lugar, Sócrates idealizó a Esparta, tuvo opiniones aristocráticas y pro-monárquicas y menospreció la democracia ateniense; también gastó mucho tiempo denigrando al hombre mediocre. Finalmente, Sócrates podría haber sido exonerado si no se hubiese opuesto al jurado con cierta divertida condescendencia y, en su lugar, hubiera invocado el principio de la libertad de expresarse.

Evola recuerda a Sócrates en la actitud hacia la política descrita por Stone. Evola también profesó la apoliteia 56. Desalentaba a la gente para que no se involucrara apasionadamente en la política.  Nunca fue miembro de un partido político y se abstuvo de adherirse al Partido Fascista durante sus años en el poder. Debido a eso fue dado de baja cuando intentó alistarse en el ejército al estallar la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que se presentó como voluntario para servir en el frente. También desalentaba la participación en la “vida agoral”.  La antigua ágora o plaza pública era el lugar donde los atenienses libres se reunían para discutir la política, cerrar tratos comerciales y cultivar las relaciones sociales. Como dijo Buda:

 

De hecho, Ananda, no es posible que el bikkhu [monje] que disfruta la compañía y que le encanta la sociedad en la que nunca entrará y morará, disfrute la liberación de la mente que es temporal y deleitable o la liberación de la mente que es perpetua e inquebrantable. Pero se puede esperar que cuando el bikkhu viva solo, alejado de la sociedad, entrará y morará en la liberación de la mente temporal y deleitable o en la liberación de la mente que es perpetua e inquebrantable... 57

 

Igual que Sócrates, Evola encomiaba los valores cívicos, los logros espirituales y políticos y el valor metafísico de las antiguas monarquías, de las aristocracias guerreras y de las civilizaciones tradicionales y no democráticas.  Sólo sentía desprecio por la ignorancia de la gente atrabiliaria, por las masas rebeldes, por el insignificante hombre común.

Finalmente, como Sócrates, Evola nunca apeló a valores democráticos como los “derechos humanos”, la “libertad de expresión” o la “igualdad”, y fue “sentenciado” a lo que los alemanes llamaron “muerte por silencio”.  En otras palabras, fue relegado al olvido académico.

El rechazo de Evola a involucrarse en la arena sociopolítica también debe atribuirse a su filosofía de la desigualdad.  Norberto Bobbio, senador italiano y profesor emérito en el Departamento de Filosofía de la Universidad de  Turín, escribió un pequeño libro titulado Right and Left: The Significance of a Political Distinction58. Allí, Bobbio -un comprometido intelectual de izquierda- pretende identificar el elemento clave que diferencia a la derecha política de la izquierda (una díada que se da en la arena no ideológica de la política estadounidense en términos de la dicotomía “conservadores y liberales,” o “corriente principal y extremistas”). Después de discutir diversas objeciones sobre la relevancia contemporánea de la díada derecha-izquierda seguida por el descenso y caída de las grandes ideologías políticas, Bobbio concluye que la yuxtaposición de derecha e izquierda es aún legítima y viable, aunque algún día se agotará, igual que otras díadas del pasado, como “patricios y plebeyos” en la antigua Roma, “güelfos y gibelinos” durante la Edad Media, y “corona y parlamento” en la Inglaterra del siglo diecisiete.

Al finalizar su libro, Bobbio sugiere que “el principal criterio para distinguir la derecha de la izquierda es la diferente actitud que tienen respecto del ideal de igualdad” 59.

Así, según Bobbio, los puntos de vista de la derecha y la izquierda sobre la “libertad” y la “fraternidad” (los otros dos valores en la terna revolucionaria francesa) no difieren tanto como de su posición respecto de la igualdad. Bobbio explica:

 

Podemos denominar propiamente “igualitarios” a aquellos que, al ser conscientes de que los seres humanos son iguales y desiguales, dan más relevancia en cuanto los juzgan y reconocen según sus derechos y deberes -que es lo que los hace iguales- en lugar de hacerlos desiguales; mientras que los “no igualitarios” son los que, partiendo de la misma premisa, dan mayor importancia a lo que los hace desiguales que a lo que los hace iguales.60

 

Evola, como representante de la derecha europea, puede ser considerado como uno de los principales filósofos anti-igualitarios del siglo veinte. Los argumentos de Evola trascienden el añejo debate entre quienes afirman que la clase, la raza, la educación y el género son las que establecen las diferencias entre las personas que generan las injusticias estructurales de la sociedad, y aquellos que, por otra parte, creen que estas diferencias son genéticas. De acuerdo con Evola, son razones ontológicas y espirituales las únicas que cuentan para diferenciar la vida de la gente. En los escritos de Evola, la dicotomía  se da entre iniciados y “seres superiores”, por un lado, y la masa por el otro.

Las dos obras que ilustran mejor la apoliteia de Evola son El hombre y las ruinas (1953) y Cabalgar el tigre (1961).  En el primero, expone sus puntos sobre el Estado orgánico y deplora la primacía de la economía sobre la política que emergió en Europa y en América en la posguerra. Evola escribió este libro para proporcionar un punto de referencia a quienes, habiendo sobrevivido a la guerra, no dudaron en considerarse unos “reaccionarios” profundamente hostiles a las emergentes fuerzas subversivas intelectuales y políticas que transformaron a Europa:

 

Otra vez, podemos ver que las diferentes facetas del caos social y político contemporáneo están interrelacionadas y que sólo es posible compararlas volviendo a los orígenes.  Para retornar a los medios originales, simple y sencillamente hay que rechazar todo en cualquier plano -sea político, económico o social- pues está relacionado a los “principios inmortales” de 1789 bajo el disfraz del pensamiento libertario, individualista e igualitario, y se opone a la visión jerárquica.  Es únicamente dentro del contexto de tal visión que el valor de la libertad del hombre como persona no es sólo una palabra o un pretexto para un trabajo de destrucción y subversión.61

 

Evola alienta a sus lectores a permanecer como espectadores pasivos en el proceso de reconstrucción de Europa, y a buscar su pertenencia en otra parte:

 

La Idea, sólo la Idea, debe ser nuestra verdadera patria. No es nacer en el mismo país, hablar la misma lengua o pertenecer al mismo linaje racial lo que importa; compartir la misma Idea debe ser el factor que una y nos diferencie de los demás.62

 

En Cabalgar el tigre Evola delinea las estrategias existenciales e intelectuales para vivir en el mundo moderno sin sucumbir a él.  El título está tomado de un proverbio chino, y sugiere que la forma para evitar que nos devore un tigre es saltar sobre su espalda y cabalgarlo sin que nos derribe. Evola arguye que la no participación del “hombre diferenciado” en la construcción social y política de la polis humana debe acompañarse por un sentido de empatía hacia aquellos que, de distinta manera, viven a la zaga de la sociedad, rechazando sus convenciones y sus dogmas.

La “persona diferenciada” se siente como alguien ajeno a esta sociedad y no siente ninguna obligación moral por la presión de la sociedad para que participe en lo que considera un sistema absurdo. Tal persona puede entender no solamente a quien vive fuera de los parámetros de la sociedad, sino incluso a quienes están en contra de la sociedad o, mejor aún, en contra de esta sociedad.63

Esta es la razón por la cual, en su libro de 1968 El arco y la clava, Evola expresó cierto aprecio por la “generación beat” y los hippies, aunque señaló la ausencia de un sentido propio de trascendencia y la carencia de puntos firmes de referencia espiritual, desde los cuales podrían haber proyectado una efectiva “revuelta” espiritual interna en contra de la sociedad.

 

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Notas

 

1 Para una buena introducción a este movimiento y a sus ideas, véase: William Quinn, The Only Tradition, Albany: State University of New York Press, 1997.

2 El primero de los tres objetivos declarados por la Sociedad Teosófica era promover la hermandad de todos los hombres sin importar raza, credo, nacionalidad o casta.

3 Tomislav Sunic, Against Democracy and Equality: The European New Right, New York: Peter Lang, 1991; Ian B. Warren, entrevista con Alain de Benoist, “The European New Right: Defining and Defending Europe’s Heritage,” The Journal of Historical Review, vol.13, n°. 2, marzo-abril de 1994, pp. 28-37; y el número especial “The French New Right,” Telos, Invierno de 1993-Primavera de 1994.

4 Martin Lee, The Beast Reawakens, Boston: Little, Brown, 1997.

5 Walter Laqueur, Fascism: Past, Present, Future, New York: Oxford University Press, 1996, pp. 97-98.  A pesar de la mala prensa de Evola en los Estados Unidos, sus trabajos han sido favorablemente reseñados por Joscelyn Godwin, “Evola: Prophet against Modernity,” Gnosis Magazine, Verano de 1996, pp. 64-65; y por Robin Waterfield, “Baron Julius Evola and the Hermetic Tradition”, Gnosis Magazine, Invierno de 1990, pp. 12-17.

6 El primero en escribir sobre Evola en Estados Unidos fue Thomas Sheehan, “Myth and Violence: The Fascism of Julius Evola and Alain de Benoist,” Social Research, vol. 48, Primavera de 1981, pp. 45-73.  Véase también Richard Drake, “Julius Evola and the Ideological Origins of the Radical Right in Contemporary Italy,” en Peter Merkl [ed.], Political Violence and Terror: Motifs and Motivations, Berkeley: University of California Press, 1986, pp. 61-89;  “Julius Evola, Radical Fascism, and the Lateran Accords,” The Catholic Historical Review, vol. 74, 1988, pp. 403-19; y el capítulo “The Children of the Sun,” en The Revolutionary Mystique and Terrorism in Contemporary Italy, Bloomington: Indiana University Press, 1989, pp. 116-134.

7 Philip Rees, en su Biographical Dictionary of the Extreme Right since 1890, New York: Simon & Schuster, 1991, dedica apenas página y media a Evola, y descaradamente concluye, sin aducir ninguna evidencia, que la “violencia de inspiración evoliana condujo al bombazo de la estación Bologna el 2 de agosto de 1980”. Gianfranco De Turris, presidente de la Fundación Julius Evola en Roma y uno de los principales discípulos de Evola, sugirió que en el caso de Evola, más que un “mal maestro”, se debe hablar de “malos discípulos”.  Véase su Elogio e difesa di Julius Evola: il barone e i terroristi, Roma: Edizioni Mediterranee, 1997, en el que saca a relucir lo infundado del cargo de que Evola fuese responsable, directa o indirectamente, de actos de terrorismo perpetrados en Italia.

8 Véase por ejemplo el controvertido artículo de Sheehan “Diventare Dio: Julius Evola and the Metaphysics of Fascism,” Stanford Italian Review, vol. 6, 1986, pp. 279-92, en el que trata de demostrar que Nietzsche y Evola se reflejan uno al otro en un espejo.  Sheehan debería haber hablado más bien de la superación de la filosofía de Nietzsche por parte de Evola, quien rechazó la noción del “eterno retorno” al considerarla “sólo un mito”, así como su vitalismo porque se encontraba cerrado a la trascendencia y era desesperadamente inmanentista. Tampoco admitió la “voluntad de poder” porque “el poder por sí mismo es amorfo e insignificante si carece de un fundamento dado por el ser, de una dirección interna, de una unidad esencial” (Julius Evola, Cavalcare la tigre, Milán: Vanni Scheiwiller, 1971, p. 49). También se opuso al nihilismo de Nietzsche, al que señaló como un proyecto que se había quedado a medias.

9 H.T. Hansen, pseudónimo de T. Hakl, es un estudioso austriaco que obtuvo su licenciatura en leyes en 1970. Es socio de la prestigiosa casa editora suiza Ansata Verlag y uno de los estudiosos más importantes de Evola en los países germano-parlantes. Hakl ha traducido muchos trabajos de Evola al alemán y, en su mayoría, los ha provisto de extensas introducciones.

10 Véanse, por ejemplo, los temas de la conferencia realizada en Francia con motivo del centenario de su nacimiento: «Julius Evola 1898-1998: Eveil, destin et expériences de terres spirituelles» (“Julius Evola 1898-1998: despertar, destino y experiencias en las tierras espirituales”) en el sitio web:  http://perso.wanadoo.fr/collectif.ea/langues/anglais/acteesf.htm

11 Marcello Veneziani, Julius Evola tra filosofia e tradizione, Roma: Ciarrapico Editore, 1984, p. 110.

12 Este trabajo se tradujo al francés, al alemán y, casi en su totalidad, al español. Mi traducción al inglés del primer volumen apareció a inicios del 2003 en la editorial Inner Traditions, bajo el título Introduction to Magic: Rituals and Practical Techniques for the Magus.

13 Marco Rossi, una autoridad importante sobre Evola en Italia, escribió un artículo sobre el supuesto anti-fascismo anti-democrático de Evola, en Storia contemporanea, vol. 20, 1989, pp. 5-42.

14 Julius Evola, Il cammino del cinabro, Milán: Vanni Scheiwiller, 1972, p. 162.

15 Julius Evola, Etica aria, Roma: Europa, srl, 1987, p. 28.

16 Cuando Evola y algunos amigos se dieron cuenta de que el Eje iba a perder la guerra, comenzaron a diseñar planes para la creación de un “Movimiento para el Renacimiento de Italia”. Se supone que este movimiento organizaría un partido político de derecha capaz de enfrentar la influencia de la izquierda después de la guerra. Nada de eso sucedió.

17 Julius Evola, Il Cammino del cinabro, p. 183.

18 Julius Evola, Etica aria, p. 24.

19 Al inicio de su autobiografía, Evola sostiene que de su lectura de Nietzsche nació su oposición al cristianismo, una religión que nunca le atrajo. Sentía que las teorías del pecado y la redención, del amor divino y de la gracia eran “ajenas” a su espíritu.

20 Rebora citaba imprecisamente de memoria lo dicho por Jesús y que aparece en Juan 7:37.  La cita exacta es “Dejad que quien tenga sed venga a mí, y que quien crea en mí beba”. (Edición standard revisada en inglés.)

21 Julius Evola, Lettere di Julius Evola a Girolamo Comi, 1934-1962, Roma: Fondazione Julius Evola, 1987, p. 17. En 1922 Evola estuvo a punto de suicidarse. Había experimentado con drogas alucinógenas y estaba consumido por un ferviente deseo de extinción.  En una carta del 2 de julio de 1921, Evola escribía a su amigo Tristan Tzara: “Me encuentro en tal estado de fatiga interna, que aún pensar y sostener una pluma requiere de un esfuerzo del que no siempre soy capaz. Vivo en un estado de atonía y de estupor inmóvil, en el que cada actividad y acto de voluntad se congela...Cualquier acción me provoca repulsión. Soporto estas sensaciones como una enfermedad. También estoy aterrado de sólo pensar el tiempo que viene delante de mí y que no sé cómo utilizarlo. En todas las cosas percibo un proceso de descomposición, como si colapsaran internamente, volviéndose viento y arena”. Lettere di Julius Evola a Tristan Tzara, 1919-1923, Roma: Fondazione Julius Evola, 1991, p. 40.  Evola fue capaz de superar esta crisis después de leer una traducción italiana del texto budista Majjhima-Nikayo, los llamados “proverbios medianos de Buda”. En uno de esos discursos, Buda enseñaba la importancia del desprendimiento de las percepciones sensoriales y los sentimientos de cada uno, incluyendo el anhelo personal por extinguirse.

22 Para un breve recuento de su correspondencia, véase Julius Evola, René Guénon: A Teacher for Modern Times, trad. de Guido Stucco, Edmonds, WA: Holmes Publishing Group, 1994.

23 Joscelyn Godwin, Arktos: The Polar Myth in Science, Symbolism, and Nazi Survival, Grand Rapids, MI: Phanes Press, 1993, p. 61.

24 En dos cartas a Comi, Evola escribió: “Desde un punto de vista espiritual, mi situación no tiene mayor significado que el de la llanta ponchada de un automóvil”; y: “El asunto menor de la condición de mis piernas sólo me ha puesto algunas limitaciones a algunas actividades profanas, pero en el plano intelectual y espiritual continuo en el mismo camino y sostengo la misma visión,” Lettere a Comi, pp. 18, 27.

25 The Middle Length Sayings, vol. III, trad. de I. B. Horner, London: Pali Text Society, 1959, p. 278.

26 Julius Evola, Cavalcare la tigre, p. 175.

27 Yuri Stoyanov, The Hidden Tradition in Europe, New York: Penguin, 1994, p. 8.

28 El vocablo latino hostis significa tanto “invitado” como “enemigo”. Esto es muy revelador de cómo veían los antiguos romanos a los extranjeros en general.

29 Julius Evola, Revolt against the Modern World, Rochester, VT: Inner Traditions, 1995, p. 6.  La primera parte del libro se refiere al concepto que aparece en el extracto citado. La segunda, al mundo moderno.

30 Ibid.

31 Todos estos trabajos han sido traducidos y publicados en inglés por Inner Traditions.

32 Mircea Eliade, Exile’s Odyssey, Chicago: University of Chicago Press, 1988, p. 152.

33 Julius Evola, The Yoga of Power, trad. de Guido Stucco, Rochester, VT: Inner Traditions, 1992.

34 Mircea Eliade, Journal III, 1970-78, Chicago: University of Chicago Press, 1989, p. 161.

35 Julius Evola, Il cammino del cinabro, p. 139.

36 Ibid.

37 Eliade, Journal III, 1970-78, p. 162.

38 Ibid., pp. 162-63.

39 Mircea Eliade, Exile’s Odyssey, pp. 152. Véase también a Alain de Benoist, quien lo cita extensamente.

40 Ibid. Esta crítica fue reiterada por S. Nasr en una entrevista a la revista Gnosis.

41 Mircea Eliade, Journey East, Journey West, San Francisco: Harper & Row, 1981-88, p. 204.

42 Eliade, Journey East, Journey West, p. 202.

43 Evola, Il cammino del cinabro, p. 12.

44 Epicuro, Carta a Menoeceo, p. 47.

45 Julius Evola, Meditations on the Peaks, trad. de Guido Stucco, Rochester, VT: Inner Traditions, 1998, p. 5.

46 Carlo Michelstaedter, La persuasione e la retorica, Milan: Adelphi Edizioni, 1990.

47 Ibid., p. 104.

48 Il cammino del cinabro, p. 46.

49 F. Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, trad. de R.J. Hollingdale, London: Penguin Books, 1969, p. 86.

50 Evola, The Yoga of Power, trad. de Guido Stucco, Rochester, VT: Inner Traditions, 1992.

51 A Evola probablemente le habrían gustado estas palabras de Jesús (Lucas 16:16): “La ley y los profetas duraron hasta Juan; pero desde entonces y hasta el reino de Dios se proclamará, y a cada uno que entre, con violencia.”

52 Marguerite Yourcenar, Le temps, ce grand sculpteur, Paris: Gallimard, 1983, p. 201.

53 Ibid., p. 204.

54 Julius Evola, The Doctrine of Awakening, Rochester, VT: Inner Traditions, 1995.

55 I. F. Stone, The Trial of Socrates, New York: Doubleday, 1988, p. 146.

56 Julius Evola, Cavalcare la tigre, pp. 174-78.

57 Mahajjima Nikayo, p. 122.

58 Norberto Bobbio, Destra e sinistra: ragioni e significati di una distinzione politica, Roma: Donzelli Editore, 1994. Este libro se publicó en inglés con el título Left and Right: The Significance of a Political Distinction, Cambridge, England: Polity Press, 1996.

59 Ibid., p. 80.

60 Ibid., p. 74.

61 Julius Evola, Gli uomini e le rovine, Roma: Edizioni Settimo Sigillo, 1990, p. 64.

62 Ibid., p. 41.

63 Julius Evola, Cavalcare la tigre, p. 179.

 

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* Guido Stucco es Maestro en Teología Sistemática por el Seaton Hall y es Doctor en Teología Histórica por la Universidad de St. Louis. Ha traducido al inglés seis libros de Julius Evola: René Guénon: A Teacher for Modern Times; Revolt against the Modern World; Meditations on the Peaks; The Yoga of Power; The Doctrine of Awakening; y el primer volumen de Introduction to Magic: Rituals and Practical Techniques for the Magus.

 

Este ensayo apareció publicado originalmente en The Occidental Quarterly, otoño del 2002, vol. 2, n. 3.