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Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 60. Los presupuestos de la magia sexualis operativa

Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 60. Los presupuestos de la magia sexualis operativa

No nos queda ya más que hablar de la magia sexual en senti­do propio, es decir, "operativo": de la posibilidad de actuar sobre los otros o sobre el medio, de otra forma que según las leyes físi­cas y los determinismos materiales o psicológicos conocidos en nuestros días. A este título, dejamos abierta la cuestión de si una tal posibilidad es o no real. Examinaremos solamente los que son sus presupuestos según todos aquellos que han admitido y aun hoy siguen admitiendo su realidad, cuando las técnicas uti­lizadas tienen por base el sexo.

Si es cierto que, desde el punto de vista metafísico, a través del eros tiende a cumplirse el Misterio del Tres, es decir, la reinte­gración del ser Uno en el mismo mundo condicionado de la diada, de esta idea a la teoría del poder mágico no habrá un paso dema­siado grande. Lo que paraliza al hombre es la ruptura de su exis­tencialidad. La división de los sexos es un modo particular de manifestación del principio diádico que condiciona también la división entre espíritu y naturaleza, entre Yo y No-Yo. Si hay una relación metafísica o una solidaridad entre todo esto —y ya hemos visto que Escoto Erígena así lo reconocía— es posible que exista igualmente entre la experiencia de trascendencia favorecida por el sexo y una no-dualidad que permite una acción directa, extranormal, sobre el no-Yo, sobre la naturaleza, sobre la trama exterior de los acontecimientos. Recordemos que en la versión clásica platónica del mito del andrógino originario se atribuye a este ser, antes de que fuera dividido, un poder capaz de inspirar terror a los dioses.

Esto, desde el punto de vista metafísico. Desde el punto de vista psíquico, las tradiciones mágicas están de acuerdo en afirmar que toda acción eficaz dentro de las formas extranormales tiene por premisa un estado de exaltación, de "manía", de embriaguez o éxtasis activo, que desprende la imaginación de sus condiciona­mientos físicos y pone al Yo en contacto con lo que Paracelso llama "Luz de la Naturaleza", con el substratum psíquico de la realidad, donde cada imagen o verbo formado adquiriría un poder objetivo. Ahora bien, si de una manera natural el eros transporta a un estado de exaltación de este género, se puede comprender cómo se ha podido pasar también del erotismo místico o iniciá­tico al erotismo mágico en sentido propio. La dinamización excepcional o vitalización de la fantasía que produce el eros es un hecho bien conocido inclusive en el dominio profano; en su momento, ya hemos hablado de ello. De una cierta manera y en un cierto grado, en todo amor actúa ya una "fantasía mágica viviente". No hay pues por qué asombrarse de que una técnica mágica particular haya empleado el sexo como medio, sometido a un régimen especial.

Y es bastante comprensible que sea más bien rara la docu­mentación existente sobre este orden de cosas, mientras que las formas degradadas o tendentes a la brujería, como las locali­zables entre los primitivos, no tengan mucho interés aquí. Es nuevamente del tantrismo hindú del que se pueden extraer algu­nas referencias generales. Se trata de los cakra, es decir, de las cadenas (literalmente: ruedas) compuestas de parejas de hombres y mujeres dispuestos en círculo, que cumplen juntos la unión sexual ritual. En el centro del círculo se encuentra el "señor de la rueda", cakrervara, con su 9akti; él oficia y dirige la operación colectiva. Para ejercer esta función, dicen que es preciso ser un adepto, haber recibido una iniciación perfecta. En el conjunto, se trata de una evocación colectiva —en parte orgiaca— de la diosa como fuerza ya latente en el grupo operante, activada al presente por la realización de los mismos actos y de la visualización de las mismas imágenes por parte de las parejas particulares, hasta crear un torbellino fluídico o "psíquico" que se emplea para la opera­ción. Todo esto ha podido entrar inclusive en un cuadro de magia profesional, como rito mágico cumplido por cuenta de tercero.

Ha llegado a ocurrir que determinados cakras tántricos han sido convocados por príncipes con fines especiales de orden profano, como propiciar el éxito de expediciones guerreras (149).

No poseemos ningún detalle relativo al procedimiento sexual seguido en semejantes contextos, luego ignoramos si, aquí, la unión sexual sigue su curso natural como en la promiscuidad de los ritos orgíacos, o si ella obedece al régimen de la no-emisión del semen como en los ritos iniciáticos, o, en fin, si, como en las operaciones de magia colectiva en general, corresponde, no a los asistentes —destinados únicamente a acumular una fuerza psíqui­ca y a crear un climax—, sino sólo al jefe de la cadena, cumplir las operaciones decisivas con la mujer que le es reservada.

De las prácticas de este mismo tipo que han continuado hasta los tiempos modernos, inclusive en el seno de nuestra civilización, se puede extraer, con una cierta verosimilitud, algo más a propó­sito de las condiciones internas de la magia sexual. A este respec­to, el documento más significativo es quizá el constituido por el libro Magia Sexualis, de Pascal Bewerly Randolph (150). Bewerly Randolph fue una enigmática figura de escritor y de "ocultista" de fines del siglo XVIII. Primeramente estuvo afiliado a la Herme­tic Brotherhood of Luxor, organización que tuvo su sede en Boston, de un nivel bastante diferente del mixtificador y divagan-te de la casi totalidad de las sectas similares. Luego, hacia 1870, creó un centro al que dio el nombre de Eulis Brotherhood. El libro Magia Sexualis parece ser que fue compuesto después de su muerte, a partir de las notas de una obra manuscrita para uso personal de los miembros de este centro: más precisamente, se trataría de la segunda sección de las enseñanzas reservadas al segundo grado. Su publicación se debe a la tal María de Naglows­ka, de la que hemos hablado con anterioridad. Se puede suponer que, en diferentes puntos, el contenido se resienta de interpo­laciones y arreglos debidos a esta mujer. •

Randolph empieza por reconocer que "el sexo es la más grande y principal fuerza mágica de la naturaleza". Y cuando él dice que "todas las fuerzas y potencias provienen de la femi­neidad de Dios" (151), reencontramos en él la bien conocida teoría metafísica de la Cakti. Una enseñanza particular concierne a la polaridad inversa de los dos sexos: el hombre y la mujer cons­tituyen, el uno el polo positivo y la otra el polo negativo sobre el plano material y corporal, pero, sobre "el plano mental, la mujer es el polo activo y el hombre es el polo negativo". Se especifica también que si el órgano del sexo es positivo en el hombre y negativb en la mujer, lo opuesto es válido para "el órgano de las manifestaciones mentales" situado en la cabeza de ambos (152). Stanislas de Guaita ha aportado algo semejante al dar, de una manera más bien desviada, una enseñanza que, sustan­cialmente, reenvía a lo que nosotros decíamos a propósito de la pasividad, o polarización negativa, propia del hombre cuando se encuentra en un estado de deseo ávido, y a propósito de la positi­vidad de lo femenino donde se considera su poder natural sutil, atractivo, succionante y "no actuante". Es dentro de este espí­ritu como, en un ensayo ya citado (153), se indica, cómo pre­misa esencial para la unión sexual con finalidad iniciática, la inversión de la polaridad y el establecimiento de una polari­zación positiva del hombre de cara a la mujer, también sobre el plano espiritual y sutil. Hablar de la cabeza como del órgano de las "manifestaciones mentales", como lo hace Randolph, es, por el contrario, inexacto. Ello hace pensar en el simple domi­nio de la psicología y de la intelectualidad, dominio que no entra en cuestión aquí, y en el que por lo demás no es cierto que el hombre sea polarizado negativamente y la mujer positiva y activamente, sino más bien al contrario. La inversión indicada con la positivación de la polaridad negativa masculina (cambio al que ya hemos asociado el simbolismo de la unión sexual inver­tida), concierne a capas más profundas del ser. En términos extremoorientales, ella equivale a la enucleación del puro yang en sí, y es forzoso llegar a esto si debe realizarse ocultamente el precepto non des mulieri potestatem animae tuae, dado que se posee un cuerpo. Si Randolph no habla de esta condición, está bastante claro que las cualidades que él dice que es necesario poseer y desarrollar para la magia sexualis la implican.

A la primera de estas cualidades la denomina volancia, la cual se liga a la capacidad de dominarse en todas circunstancias, de querer de una manera firme y constante. Según Randolph, "su ejemplo (su analogía) se encuentra en la fuerza irresistible del rayo, que rompe y quema, pero no se cansa. El alumno debe desarrollar en sí esta fuerza elemental —volancia—, que es pasiva, porque obedece el mandato de la inteligencia, y es fría, porque está exenta de toda pasión (154).

La segunda cualidad, que, en cierto modo, sirve de contrapar­tida positiva a la precedente, es el "decretismo", la "cualidad dictatorial, poder positivo del ser humano sin el cual no se puede cumplir ningún bien o mal real", "la capacidad de lanzar órdenes perentorias (comenzando por darse a sí mismo), tranquilamente y con seguridad, sin alimentar ninguna duda a propósito de la realización del efecto querido". Ya hemos visto que, en el tantris­mo indo-tibetano, con el principio masculino se relaciona el vajra, palabra que tiene también el sentido de cetro. Para ejercer esta facultad es preciso que la "imaginación esté exenta de toda preocupación y que ninguna emoción llegue a influenciar el orden dado" (155).

La tercera facultad a desarrollar es el "posismo", que consiste en actitudes, gestos o posiciones del cuerpo que sean encarna­ciones, expresiones plásticas o siglas de un pensamiento determi­nado. Aparte el neologismo, se trata aquí de lo que, en general, constituye el fundamento de cada ritualismo seriamente compren­dido y que ha tenido una importante expresión en la doctrina yóguica, ya citada, de los asan y los medra, es decir, de las posturas especiales del cuerpo y de los miembros a las que se atri­buye no sólo un valor simbólico, sino también el concominante valor de un cierre de circuitos de determinadas corrientes de la energía sutil del organismo. Naturalmente, la premisa es que el gesto, "pose", sea "realizado", sea vivido en su significado, como un incipiente objetivarse de este último (156).

Esto conduce a una última cualidad, a la cual Randolph da el nombre de tiroclerismo y que es el poder de evocar y formar imágenes muy netas y firmes con la mirada interior.

No es cosa de detenerse aquí en la consideración de los dife­rentes detalles que el libro suministra sobre la magia de los olores, los sonidos, los colores o los datos astrológicos y horoscópicos correspondientes. Respecto a las operaciones sexuales mágicas, entre los fines que, según Randolph, se pueden realizar con ellas, se encuentra la realización de un proyecto, deseo y orden precisa del operador. Seguidamente la provocación de visiones supersen­sibles (como en las operaciones a las que se entregaba Crowley). En tercer lugar, la regeneración .de la energía vital y el reforza­miento de la "potencia magnética" (lo que podría corresponder a uno de los fines que, como se ha visto, se proponen los taois­tas). En cuarto lugar, la' producción de una influencia con vistas a someter la mujer al hombre o el hombre a la mujer. En fin, se habla de "cargas" de fuerza psíquica y fluídica que se podría liberar por esta vía para saturar de ella determinados objetos... Esta última posibilidad sobrepasa ya con mucho los límites de la capacidad de creer que un hombre de hoy podría admitir.

Sobre el régimen de la unión sexual que es preciso observar para perseguir estos fines, el autor no aclara muchas cosas y lo que dice no resulta convincente tampoco. Es natural que se decla­re que "la voluptuosidad y el placer no deben constituir el fin principal" (157). Sin embargo, es difícil imaginar cómo, en un tal orden de ideas, más allá del placer se pueda tender a la "unión de las almas", dado que toda la situación es un medio empleado para un fin, que este fin es un fin concreto y que la mujer repre­senta el papel de un simple instrumento. Todo lo más, se podría hablar de una amalgamación fluídica. Podemos leer también que la unión sexual debe ser considerada "como una plegaria", con su objeto formulado e imaginado muy netamente: pero si la volancia y el "decretismo" (158) tienen que entrar en acción, la elección de la palabra "plegaria" nos parece cuando menos extraña. Aparte de esto, en la unión sexual parecería decisivo el hecho de "abis­marse" y de sentirse llevado hacia arriba "en el momento en que, con todas las fuerzas unidas, se toca la raíz del sexo opuesto". En este instante, debería insertarse el acto mágico. "Es mejor si el hombre y la mujer imaginan el mismo objeto o desean la misma cosa; pero la plegaria de sólo uno de los dos es igualmente eficaz, porque en el espasmo amoroso ella transporta la potencia creado­ra del otro." Para que la "plegaria" sea eficaz "es preciso el paro­xismo de ambos. También es preciso que el momento del goce de la mujer coincida con el momento expulsivo del hombre, porque solamente así se efectuará la magia" (159). Se habla explícita­mente del momento "en que el semen del hombre pasa al cuerpo de la mujer que acepta". Inclusive si se previene, en este instante, contra la "pasión carnal", contra el "instinto bestial", que es casi un "suicidio para el hombre" (160), el conjunto no resulta por ello menos problemático, porque estas últimas instrucciones están en evidente contraste con la mayor parte de las enseñanzas esotéricas auténticas, anteriormente aportadas por nosotros. Como ya hemos visto, en estas enseñanzas la crisis emisora del orgasmo sexual es considerada como un síncope de toda la expe­riencia en sus posibilidades supersensibles y como un "descenso" peligroso.

Si se deben tomar como auténticas las susodichas instruc­ciones de Randolph, no hay que pensar siquiera en la posibilidad de que la fuerza mágica del semen, la vitya, pueda ser separada de la substancia física; después de que, en general, la posesión de la mujer despierte la fuerza, en el momento liminal del orgas­mo la inserción de la voluntad conduciría a separar y a lanzar la fuerza viril mágica sobre el plano de la operación preestablecida, convirtiéndose entonces el semen vertido en la mujer y captado por su carne sólo en una cosa sin vida, privada de su contrapartida hiperbiológica. En esencia, se habría operado la desviación del poder de crear inclusive del plano sacralizado del engrendra­miento (como en la ritualización del acto conyugal procreador conocido por las religiones creatistas como el Islam) hacia un plano diferente, mágico, en el momento en que el determinismo biológico eyaculatorio, no entorpecido, estaría en acción. Además, se podría considerar la extrema vitalización y dinamización que puede tener en este momento la imaginación, si se mantiene uno tan dueño de sí mismo como para poderse servir de ella. Esta sería la única manera de hacer inteligibles las indicaciones de Randolph sobre el régimen de la unión sexual, siempre en el caso de que fueran fielmente reproducidas en el libro. De paso, hay que recalcar por otra parte que el estado de unión y de crisis erótica simultánea en el hombre y la mujer no puede interpretarse eventualmente en el sentido de un estado creador más que en semejante conjunto, no sobre el plano material y en el marco de las uniones sexuales ordinarias. Se sabe en efecto —y ya lo hemos recordado— que ningún estado unitivo de este género es indis­pensable para la fecundación animal; una muchacha frígida o violada, en modo alguno fundida con el hombre cuando él la ha poseido, puede quedar encinta, y la biología nos enseña que la penetración fecundante del espermatozoide en el óvulo puede producirse mecánicamente, inclusive horas después del espasmo de la pareja; por no hablar de la fecundación artificial.

Randolph ofrece algunos esquemas de las formas especiales o posiciones de la unión sexual, en relación con uno u otro de los fines que la operación mágica se proponga; es sobre todo en este punto en el que, verosímilmente, entra en juego el "posis­mo". En el libro, todo se reduce sin embargo a algunas indica­ciones generales y fragmentarias. Para nuestro trabajo, sólo nos puede interesar el hecho de que estas prolongaciones de antiguas tradiciones secretas, llegadas hasta nuestros días, parecerían corro­borar una hipótesis que ya hemos enunciado, a saber, que en el origen, o en ciertos casos, muchas posiciones de la unión sexual consideradas por los tratados de erótica profana o libertina pueden tener también un sentido ritual, hasta incluso mágico.

Es evidente que las operaciones de magia sexual demandan una cualificación muy especial y casi un desdoblamiento para­dójico, porque, mientras por un lado debería tener pleno curso un proceso .de disolución y amalgamación extática con la mujer que impregna todo su ser —siendo este proceso condición para la realización del estado no-dual y, por tanto, premisa para la eficacia eventual de la operación—, por otro lado debería estar presente y atento casi un segundo Yo, que piensa en otra cosa enteramente distinta, que está fijo en la imagen correspondiente al fin a realizar, al objeto de la "plegaria mágica", objeto que puede ser también completamente profano, tanto que podríamos preguntarnos si, a la larga, sería interesante hasta el punto de subordinar a él lo que la experiencia en sí misma, con una orienta­ción diferente, podría dar.

Volviendo a Randolph, vemos que, para algunos fines parti­culares, considera un período de preparación de siete días, segui­do de un período operativo de cuarenta días, durante los cuales el rito debe ser cumplido cada tres (161). Es preciso preparar un lugar conveniente. La mujer debe dormir en un dormitorio apar­te; no se la debe ver demasiado a menudo, inclusive no se la debe ver más que cuando sea preciso encender en ambos un estado de vibración magnética. Después de cada operación, la mujer debe alejarse en silencio. Todo esto subraya el papel puramente instru­mental que la mujer representa en este conjunto,.

Para terminar, Randolph pone en guardia contra los "íncubos y los súcubos, que reflejan vuestros deseos y vuestros vicios ocul­tos"; porque se puede llegar a convertirse irreparablemente en esclavos suyos (162). Ya hemos encontrado una advertencia aná­loga en Kremmerz, mientras que hemos oído hablar a otros de "pactos tácitamente establecidos". Por su lado más serio y obje­tivo, este eventual peligro no tiene sin embargo ninguna auténtica relación con los "vicios y los deseos". Como ya hemos dicho, este peligro viene más bien de que en las experiencias de este género se producen desnudamientos y objetivaciones de la fuerza elemental del sexo, en una u otra de sus polarizaciones. Una situación de pasividad en quien se entrega a estas prácticas comporta el fenó­meno de la posesión, la destrucción de su personalidad o "alma" en sentido casi teológico, porque se abren o son activados estados del ser mucho más profundos que los que se tocan cuando, en el amor profano, un hombre "se vuelve loco" por una .mujer (o una mujer por un hombre) y por ella (o por él) va hacia la ruina e incluso hacia la muerte.

(149)   Cf. WOODROFFE, Shakti and Shákta, cir., pág. 583.

(150)      Magia Sexualis, París, 1952.

(151)      Ibid., págs. 81-82.

(152)    Ibid., págs. 23-24.

(153)    Introduzione alía Magia, etc. v. II, págs. 373-374.

(154)    Magia Sexualis, págs. 33 sgg.

(155)       Ibid., págs. 39-40, 59.

(156)       Ibid., págs. 41-49.

(157)       Ibid., pág. 77.

(158)       Ibid., pág. 88: "Por medio del decretismo, de la volancia y del "posismo", acentuar el deseo en el momento de la eyaculación y pensar fuertemente en la cosa deseada antes, durante y después del acto."

(159)       Ibid., págs. 76-78, 81. Un paralelismo hindú podría quizá venir indicado en el Tankasara (tr. it. Torino, 1960, págs. 280-281) donde se habla de la unión del vira con su compañera: en el abrazo, "sustanciados como son el uno de la otra, cooperan recíprocamente al despertar de la potencia de Shiva, del primer movimiento de la magia si no de la emisión creadora.

(160) Ibid., pág. 80.

(161) Ibid., págs. 86-89.

(162) Ibid., pág. 210. Aquí sin embargo se refiere sobre todo a la práctica con el "espejo mágico".

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