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Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 58. La Myriam y la "Piromagia"

Metafísica del Sexo. Capítulo VI. EL SEXO EN EL DOMINIO DE LAS INICIACIONES Y DE LA MAGIA. 58. La Myriam y la "Piromagia"

Ya la designación es interesante de por sí. También la teolo­gía mística cristiana ha concebido a María, la Virgen theotokos (= "Madre de Dios"), como la personificación de la Iglesia que, donadora de vida sobrenatural, hace nacer a Dios, el "Cristo en nosotros"; y, en el esoterismo hebraico, se encuentra una idea análoga al respecto de la Shekinah, que fue identificada con la fuerza mística y eficaz de las comunidades iniciáticas. L. Valli hace notar que ya en el lenguaje secreto de los "Fieles de Amor" se llamaba "mujer" no solamente a la "Santa Sabiduría", sino también a la organización portadora y administradora de esta fuerza. En la Escuela de Kremmerz, en una significativa corres­pondencia, reencontramos la misma concepción: si cada uno tiene su Myriam, su "mujer", que es el ser fluídico o doble vital de su ser, existe, además, una Myriam colectiva que es la cadena misma o, por mejor decir, la fuerza fluídica de vida de la organiza­ción, invocada como una entidad o influencia espiritual superior para cada uno de sus participantes, por la integración espiritual y operativa y para un fin de iluminación (108).

Aparte de esto, en lo que Kremmerz ha dejado por escrito, las referencias a la vía de Venus parecen limitarse al alumbra­miento de un fuego psíquico ("piromagia") por medio de una relación sin contactos físicos entre dos individuos de sexo dife­rente; la orientación parecería pues análoga a la de las formas medievales especiales de las que hemos hablado en su momento. En general, al respecto de la "magia", dice Kremmerz (109): "La magia, estado activo de conquista de la voluntad, es de la competencia absoluta del varón, pero el varón no sería tal si la mujer no se prestase al impulso del varón como una recipien­daria", siendo aquí lo femenino esencialmente la parte que sumi­nistra el "fluido" para activar y magnetizar la voluntad del hombre y llevarla, una vez integrada, a un estado de androginia. Volveremos sobre estas posibilidades o aplicaciones operativas. Ahora nos detenemos para tratar del uso de la mujer como de una especie de medium guiada por el hombre, hasta el punto de convertirse en su complemento vidente, partiendo de una situa­ción de sintonía y de amor "que debe excluir todo pensamiento impuro" (110). En general, Kremmerz admite que, en magia, el que actúa puede no observar la continencia "sólo en el caso de poseer su contrario fluídico en una mujer" (111); este es un desa‑ rrollo de la idea del complementarismo o polaridad especial, como condición de todo estado de magnetismo erótico intenso.

La idea de que quien puede distinguir dónde comienza el espí­ritu y dónde acaba la carne no sabe todavía lo que es el amor (112), esta idea parece hacernos avanzar un paso. He aquí como descri­be Kremmerz el progreso hacia la "piromagia": "El amor comien­za a adquirir un carácter sagrado cuando pone al alma humana en estado de mag o de trance. Materia más pesada y materia más sutil son aprehendidas en el hombre por un estado de magne­tismo tan profundo, que primeramente comienza la intuición y después la sensación de un mundo que no es humano, pero que en la hipersensibilidad de un estado especial de ser extrae agua de un manantial humano" (113). Kremmerz hace notar que en todo amor diferenciado se produce por momentos justamente este estado; pero "la dificultad consiste en hacerlo durar intensa y definitivamente"; ella consiste, además, en impedir que se despierte el deseo carnal, que lo paralizaría. Según la terminolo­gía de Kremmerz, están el estado de mag si es activo (éxtasis activo) y de trance, si es pasivo. En estos estados, el elemento sutil del hombre no sólo entra en contacto con el de la mujer, sino que también se ofrece la posibilidad de una relación con todo lo que, en general, tanto en fuerzas como en influencias, perte­nece al plano hiperfísico (114).

Nos encontraremos en seguida con un motivo que ya cono­cemos, cuando Kremmerz dice que, "a través de esta puerta del amor", comienza verdaderamente la magia si, "permaneciendo todo en la intensidad más inverosímil del Pyr, o mujer mágica", el hombre separa, en la amante que ve con los ojos físicos, una entidad que pertenece al plano al que se ha llegado (veniet sine veste Diana). Pero, con la unión con esta entidad, comienza, al mismo tiempo que la "magia", el riesgo de la locura (115). En resumen, Kremmerz formula los secretos de este arte en los siguientes términos: 1.° Cómo mantener intensamente encendido el fuego sagrado; 2.° Cómo perpetuarlo y con qué carbones ati­zarlo; 3.° Cómo, con el sello de Salomón (signo compuesto de dos triángulos entrelazados, uno con el vértice hacia arriba y el otro con el vértice hacia abajo, representando respectivamente lo masculino y lo femenino, lo activo y lo pasivo, el Fuego y las Aguas), unirse con la entidad de la que ha hablado (116). Una inscripción de la "Puerta Hermética", monumento romano ador­nado de inscripciones y de símbolos, que Kremmerz ha estudiado en uno de sus libros —Rex igne redit et conjugo gaudet occulto­podría relacionarse con la realización indicada.

A continuación encontramos detalles sobre la "unión fluí­dica" y el amor mágico en dos monografías, en buena parte de inspiración kremmerziana, contenida en una antología que ya hemos citado (117). En la primera, se habla de la necesidad de que "el eros, que es el instrumento de la obra, no sea ya deseo sexual, avidez sexual, sino justamente amor, algo más amplio y sutil, sin polarización física, por causa de lo cual la intensidad no debe sin embargo ser menor. Yo puedo decirte también: debes desear el alma, el ser del otro, de la misma manera como se puede desear su cuerpo". Partiendo de este estado, en la rela­ción sin contactos físicos, "el eros te favorece el contacto fluídi­co, y el estado fluídico, a su vez, exalta el eros. Así puede produ­cirse una intensidad-vértigo, casi inconcebible para el hombre y la mujer ordinarios. Amarse, desearse así, sin movimiento, de una manera contínua, aspirándose recíprocamente y vampires­camente, en una exaltación que avanza sin temor por zonas de posible vértigo. Tú experimentarás una sensación de amalgama­ción efectiva, sentirás al otro en todo tu cuerpo, no por contacto, sino en una unión sutil que sientes en cada punto y te penetra como una embriaguez que se apodera de la sangre de tu sangre. Esto te lleva al límite, al umbral de un estado de éxtasis".

En la segunda monografía, titulada "Magia de las uniones", el mismo autor anónimo, o se refiere a enseñanzas kremmer­zianas no divulgadas por el Maestro, o bien, más que en Krem­merz, se inspira directamente en prácticas tántricas, sirviéndose sin embargo de los símbolos de la tradición hermético-alquímica. En este escrito (118), la unión fluídica sin contactos físicos de la que acabamos de hablar toma la forma de una fase o condi­ción preliminar. Después de su realización, la unión puede desa­rrollarse sobre el plano material: "Habituado como estás a esta operación, que quiere solamente conducir al estado mágico por medio del eros retenido y alimentado en el cuerpo fluídico, en un segundo momento tú puedes hacer descender el amor y el deseo sin contactos hasta la profundidad del sexo, es decir, de la fuerza-vida que se arroja a la generación y que se despierta a través de la unión de los cuerpos." A fin de que esto no produzca un síncope del estado mágico, sino su ulterior intensificación hasta el punto de realizar el "amor que mata", se indica sin embargo la misma condición que la observada por nosotros en el tantrismo hindú, en las prácticas taoistas y entre los árabes: alcan­zar el acmé sin verter el semen.

No nos detendremos en otros detalles de orden ritual apor­tados por el autor. Anotaremos solamente un importante punto, a saber, la distinción que hace entre dos fases de la experiencia, que pone en relación con los dos regímenes —del Agua y del Fuego, de la Mujer y del Hombre, de la Luna y del Sol— de que hablan los hermetistas. El autor dice (119): "Cuando los dos moran en la unidad y cuando la crisis-espasmo se resuelve en un estado continuo, puedes experimentar lo que se llama una suerte de beatitud cósmica exaltada... Ten en cuenta sin embargo que este estado no es el estado supremo, por irresistible que pueda entonces ser en ti el impulso a fijarte en él y a confundirte en él. Si tú actuaras así, si no hubieras dominado el lazo cósmico, tu camino acabaría allí donde se detiene el misticismo erótico. Debes renunciar a esta beatitud casi nirvánica empleando el poder del Fuego (que otros llaman Fuego contra natura), si el régimen de las Aguas debe verdaderamente acabar, si la Mujer debe ser completamente vencida y la materia purificada de toda su humedad." Se trata del retorno a la condición de actividad pura después de la disolución obtenida al unirse, por medio de la mujer, "con su veneno"; en correspondencia con el plan de los Grandes Misterios, el proceso se continúa en el sentido anti­extático (o mejor supraextático) del que ya hemos hablado citando también un pasaje de la Madúkya-upanishad. Justamente a propósito de esto habría una diferencia esencial entre lo que las dos partes, el hombre y la mujer, pueden respectivamente extraer, por principio, de la experiencia: "El limite de participación de la mujer, quiero decir el limite de su realización cuando, unida a tí, ella te sigue, es el éxtasis donde culmina y se desarrolla el acmé de la unión sexual. Por una ley irrevocable de su naturaleza, la mujer no puede ir más lejos." Estas ideas concuerdan con lo que ya hemos anotado a propósito de lo que se puede adivinar a través de la simbología y la terminología polivalente del Vajra­yána (del tantrismo budista), así como también con lo que se puede deducir de la doctrina taoísta cuando pone como fin esencial de la técnica sexual la destilación y el reforzamiento del puro yang.

En fin, al igual que Krammerz, el autor que acabamos de citar aconseja para la operación el uso de una cámara aislada que solamente visitarán los dos, cámara que debe ser "saturada", por los "medios propios de la magia, de perfumes y de signos consagrantes", hasta el punto de convertirla en "un lugar fatal en el que percibirás casi un cambio de personalidad de la mujer y donde, ya al entrar, sentirás de golpe un principio de vértigo y de rapto que tu doble operación de unión sexual psíquica y material alumbrará" (120). Esto nos lleva al ámbito del áropa, es decir, de las transubstanciaciones tántricas y de la interven­ción de las "presencias reales".

En el conjunto de los escritos de este género, las dos mono­grafías que acabamos de citar son quizá aquéllas en las cuales las enseñanzas secretas de magia sexual de finalidad iniciática son expuestas con el mínimo de velos. Fácilmente se puede llegar a esta verificación confrontándolas con todo lo que se ha filtrado en los tiempos modernos de un orden dé cosas semejante, aunque sean meras mistificaciones. Todavía daremos otras dos refe­rencias.

 

 

(107) Cfr. las figuras reproducidas en C. G. JUNG, Psychologie und Alchemie, Zürich, 1944, figs. 167, 226, 268.

(108)       Sobre este tema, se encuentran noticias sobre todo en el número IV de los. Fascicoli della Myriam, que son fuera de comercio. Un pasaje de una invocación reza así: " ¡Que sea grande el prodigio — que aparezca Myriam — que el destino de triunfo — sea rápido como mil — veces el relámpago, como cien —veces y más— la luz!"

(109)       Opera Omnia, ed. "L'Universale di Roma", Roma, 1951, v. I, págs. 351-352.

(110)       Sobre esto, ibid., v. I, págs. 190 sgg.

(111)       Ibid., v. I, pág. 146.

• (112) Ibid., v. II, pág. 327.

(113)       Ibid., v. II, pág. 326.

(114)       Ibid., v. II, pág. 327.

(115)       Ibid., pág. 329.

(116)       Ibid., pág. 332.

Introduzione olla Magia quale scienza denlo, cit., v. I, págs. 248 sgg.

(117)            Ibid., v. II, págs. 363-368.

(119) Ibid., 317-372.

(120)       Ibid., pág. 376.

(121)       M. DE NAGLOWSKA, Le rite sacré de l'amour magique, París, 1932, págs. 16-18.

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