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Cabalgar el Tigre. El callejón sin salida del existencialismo. 12.- Ser y existencia inauténtica

Cabalgar el Tigre. El callejón sin salida del existencialismo. 12.- Ser y existencia inauténtica

Como es sabido, existen dos géneros de existencialismo. El uno es el de un grupo de filósofos profesionales, cuyo pensamiento hasta hace poco sólo era conocido en ambientes intelectuales bastante restringidos. Luego viene el otro, el existencialismo vivido, puesto de moda después de la segunda guerra mundial, con grupos que han re­cogido algunos temas de los existencialistas filosóficos para adaptarlos al plano literario o para extraer los principios, la justificación doctrinal de un comportamiento anticonformista, anarcoide o rebelde como el caso bien conocido de los existencialistas de St. Germain des Prés de ayer o de otros ambientes parisinos inspirados básicamente por Sartre.

Tanto un tipo de existencialismo como el otro tienen el valor de signos de los tiempos. Todo aquello de forzado y snob que ha pre­sentado a menudo el segundo existencialismo, no le impide haber te­nido un valor indicativo en no menor medida que el existencialismo "serio" filosófico. En efecto, los existencialistas de orientación prácti­ca son presentados o se presentan de aquella generación de la huida, golpeada por la crisis final del mundo moderno, de la que ya habla­mos. Por ello superan a los existencialistas filosóficos, generalmente profesores, cuyas especulaciones de tertulia y de universidad, si bien han reflejado algunos motivos de la crisis contemporánea, no han afectado a su vida cotidiana, típicamente pequeño burguesa, alejada de todo lo que precisamente caracterizaba la conducta práctica perso­nal anticonformista de los diversos exponentes de la alta corriente exis­tencialista.

A pesar de ello será del existencialismo filosófico del que nos ocupemos aquí. Pero ha de quedar bien claro que no intentamos dis­cutir "filosóficamente" las posiciones, ni ver si especulativamente son "verdaderas" o "falsas". Además de que ello implicaría una exten­sión mucho mayor de la consentida, el asunto incluso carecería de in­terés para nuestros fines. En su lugar examinaremos algunos de los motivos más típicos del existencialismo subrayando su significado sim­bólico y, precisamente "existencial", esto en cuanto testimonio indi­recto en el plano abstracto y discursivo de la sensación de la existencia de un determinado tipo humano de nuestros días. Por añadidura la razón de este examen es el trazar una linea de demarcación entre las posiciones que hemos definido precisamente y las ideas de los existen­cialistas, cosa tanto más oportuna cuando el uso de cierta terminología por nuestra parte podría hacer nacer la idea errónea de una afinidad inexistente.

Aparte de la sistematicidad y un arsenal filosófico más elabora­do, la situación de los existencialistas filosóficos es análoga a la de Nietzsche: ellos también son hombres cortados del mundo de la Tra­dición, privados de todo conocimiento o comprensión del mundo de la Tradición. Trabajan con las categorías del "pensamiento occidental" , lo que casi equivale a decir profano, abstracto y sin raíces. Es significativo el caso de Jaspers, que fue el único, entre los existencialistas, que hizo alguna referencia superficial a la "metafísica", que confunde con misticismo; pues bien, al mismo tiempo, exalta la "iluminación racional" , la "libertad e independen­cia del hombre filosofante", no soporta ningún tipo de autoridad temporal y espiritual y rechaza todo tipo de obediencia a los "Hombres supuestos micrófonos de Dios" , como si ninguna otra cosa fuera concebible. Son los horizontes típicos del intelectual de extrac­ción burguesa-liberal. Esto es lo contrario de nosotros, que aunque consideremos algún problema moderno, no es con las categorías del mundo moderno como vamos a aplicarnos a clarificarlo o a eliminarlo. Si a pesar de todo, alguna vez los existencialistas encuentran algún tra­mo del buen camino, ello ocurre casi por casualidad, no partiendo de bases sólidas, lo que les lleva a inevitables oscilaciones, carencias y mezcolanzas, cogidos en un desmoronamiento interior. Por último, hay que acusar a los filósofos existencialistas de una terminología ar­bitraria inventada a propósito, que especialmente en Heidegger llega a ser inconcebible e insoportablemente superflua y abstrusa.

El primer punto que interesa poner en relieve en los existen­cialistas es la afirmación del primado "ántico-ontológico" de este ser concreto e irrepetible que siempre somos. Esto se expresa también di­ciendo que "la existencia precede a la esencia" . La "esencia" equiva­le aquí a todo lo que podría ser juicio, valor, nombre. En cuanto a la "existencia" es asociada a "la situación" en el espacio, el tiempo, la historia, en los cuales cada individuo se encuentra concretamente. La expresión usada por Heidegger es "el existir" . Él la conecta estrecha­mente con "el existir en el mundo" , al extremo de ver en ello un ele­mento constitutivo esencial del ser humano. Reconocer las condiciones impuestas por "la situación" sería la premisa para no caer en la mixti­fiación y el autoengaño.

En lo que tienen de válido, las consecuencias de este primer te­ma básico existencialista, poco añaden a lo que nosotros ya habíamos establecido acerca de la afirmación de la propia naturaleza y el rechazo de todas las doctrinas y normas que puedan tener una validez univer­sal, abstracta y normativa. De cualquier modo se confirma la dirección en la cual debe buscarse el único apoyo en un clima de disolución. Jas­pers, en particular, muestra que todo examen "objetivo" , aislado de "la situacionalidad" de los problemas y de las visiones del mundo lle­va inevitablemente al relativismo, al escepticismo, y, por último, al nihilismo. La única vía que se ofrece es la de "la elucidación" (Erhellung) de las ideas y de los principios a partir de su fundamento existencial, a saber la verdad del "ser" que está en cada uno. Es en­cerrarse en un círculo. Sin embargo, respecto a ello, Heidegger, dice acertadamente que lo importante no es salir del círculo, sino estar en él de manera justa.

La relación que existe entre esta orientación y un ambiente ya carente de sentido es ilustrado por la oposición existencialista entre "autenticidad" e "inautenticidad" Heidegger habla del estado de inautenticidad, de fallo, de "velarse" a sí mismo, o de esta huida de uno mismo que consiste justamente en ser arrojado a la existencia co­mún, banal rcotidiana, con sus "evidencias", sus habladurías. Sus equívocos, sus embrollos, sus utilidades, sus formas de "tranquiliza­ción" y de "relajamiento", sus diversiones escapistas. La existencia auténtica se anuncia y se inicia cuando se siente que el trasfondo de es­ta vida es la nada y se es reclamado por el problema del ser más pro­fundo, más allá del YO social y de sus categorías. En ello tenemos una recapitulación de todas las críticas que concluyen en la constatación de lo absurdo e insignificante de la vida moderna.

Sin embargo la afinidad de este orden de ideas con las posiciones definidas ya por nosotros es relativa porque el existencialismo se caracteriza por una inaceptable sobrevaloración de la "situacionalidad" . El "existir" sería para Heidegger, siempre, "un ser en el mundo". El destino de la "finiquitud situacional" sería para Jaspers, como para Marcel, un hecho-límite, un dato frente al cual el pensamiento se detiene y naufraga. Heidegger repite que el carácter de "ser en el
mundo" no es accidental para el Sí, éste no puede existir sin aquello, el hombre no es primero para luego tener una relación con el mundo, relación accidental, ocasional y arbitraria relativamente a lo que es.

Ahora bien, todo ello sólo podrá ser válido para un tipo diferente del que nos interesa. Como sabemos, en éste una distancia interior hace que, aunque cogido por una total asunción de lo que él tiene como condicionantes, se limite el impacto de todo condicionamiento ''situacional" y, desde un punto de vista superior lo minimiza hasta hacerlo aparecer como una cosa contingente, a todo "ser en el mundo" . Sin embargo los existencialistas demuestran una total incongruencia, pues al mismo tiempo plantean una ruptura de este "aprisionamiento" del individuo y de esta simple inmanencia, que, como hemos visto, perjudica gravemente las posturas de Nietzsche.

Ya en Soren Kierkegaard, considerado como el padre espiritual de los existencialistas, la "existencia" esta presentada como un problema porque el autor emplea la palabra alemana Existenz en el sentido muy particular de un punto paradójico donde lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno están presentes al mismo tiempo, se encuentran, pero también se excluyen el uno al otro. Parecería que así se reconozca en el hombre también la presencia de la dimensión de la trascendencia (los existencialistas, que filosofan de una manera abstracta, hablan ellos también, del hombre en general, cuando se debería referirse siempre a un tipo del hombre determinado). Sin embargo la concepción de la Existenz, a la vez presencia física del yo en el mundo (bajo una forma y una situación determinada, concreta y única —uno debe reportarse aquí a la teoría de la naturaleza y la ley personal cf. pág. 44 del origi­nal "Ser uno mismo"—  y presencia metafísica del Ser (de la trascen­dencia) en el yo, permanece válida para nosotros también.

En esta perspectiva, un cierto existencialismo podría igualmen­te coincidir con otro punto que ya hemos establecido, concerniente a un antiteismo positivo y la superación existencial del Dios personal, objeto de fe o duda. Siendo el centro del yo, también, misteriosamen­te, el centro del Ser, "Dios" (la trascendencia) debe ser afirmada, no como en contenido de una fe o de un dogma, si no en tanto que pre­sencia en la existencia y en la libertad. La frase de Jaspers: "Dios es se­guro para mí en la medida en la que yo existo auténticamente" nos lleva, a un cierto sentido, al estado del que ya hemos hablado, en don­de poner en duda el Ser equivaldría a ponerse en duda a sí mismo.

De este primer examen de las ideas existencialistas podemos sacar como positivo que ellas han puesto en evidencia la estructura dual de un cierto tipo de hombre (no del hombre en general) y la rup­tura del nivel "vida" mediante la admisión de una presencia de orden superior. Pero ahora vamos a ver el problema que todo ello suscita y que el existencialismo no resuelve.

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