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Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 28.- Las relaciones entre los sexos

Cabalgar el Tigre. Disolución en el dominio social. 28.- Las relaciones entre los sexos

Nos hemos cuidado de distinguir el problema de la familia y del matrimonio, en tanto que problema social, de la cuestión sexual en tanto que problema personal. Todavía, una vez más, esta es una distinción que no es normal ni legítima en un mundo normal, salvo ciertos casos especiales, pero que se impone, al contrario, en un mun­do en disolución. Vamos, pues, aquí a considerar las relaciones entre hombre y mujer en sí mismas y por sí mismas.

También aquí, lo más importante es extraer los aspectos positivos que ofrecen, potencialmente al menos, ciertos procesos actuales de disolución en la medida en que atacan, no solamente lo que pertenece al mundo burgués, sino también, de manera más general, ciertas dis­torsiones y opacas concreciones que, sobre las cosas del sexo, han deri­vado de la religión impuesta en Occidente.

En primer lugar, podemos referirnos aquí a un conjunto de características determinado por ciertas interfetencias entre la morali­dad y la sexualidad, ya que no entre espiritualidad y sexualidad, Es necesario, en efecto, considerar como una anomalía la importancia concedida a las cuestiones sexuales en el ámbito de los valores éticos y espirituales, hasta el extremo de emplearlas frecuentemente como patrón de estas últimas.

El asunto es todavía más singular cuando es raro encontrar en la civilización occidental precedente —queremos decir en la anti­güedad clásica— cualquier cosa análoga.

Pareto ha podido hablar de una "religión sexual" que, en el siglo pasado, se ha sustituido, con sus tabús, sus dogmas y su intole­rancia, a la religión propiamente dicha y que se han manifestado bajo formas particularmente virulentas en los países anglosajones, en don­de ha tenido y todavía tiene, en cierta medida, como adecuadas com­pañeras, otras dos religiones dogmáticas y laicas de un nuevo género: la religión humanitaria y progresista y la religión de la democracia. Pe­ro, aparte de esto, existen distorsiones que afectan a un campo mucho más amplio. Una de ellas, por ejemplo, concierne al sentido que ha tomado el término "virtud" . Como se sabe, virtus en la antigüedad e incluso hasta el Renacimiento tenía un significado de fuerza de áni­mo, cualidad viril, potencia, mientras que, paulatinamente, ha ido tomando un sentido sexual, tanto que el mismo Pareto ha podido for­jar el término de "virtuismo" para caracterizar a la religión puritana que acabamos de mencionar. Otro caso típico de la interferencia entre la sexualidad y la ética y de la deformación resultante se refiere a la no­ción de honor. Es cierto que se trata aquí, sobre todo, del sexo femeni­no; sin embargo la cosa no es, por ello, menos significativa. Durante mucho tiempo se ha considerado y se considera todavía en ciertas ca­pas sociales y regiones que una mujer pierde su "honor" , no solamen­te cuando ha tenido experiencias sexuales libres fuera del matrimonio, sino incluso cuando ha sido violada. Semejante absurdo incluso ha da‑

do origen a algunos temas de cierto "gran arte", el colmo de lo gro­tesco fue alcanzado, quizás, por Lope de Vega en su tragedia El mejor alcalde, el rey: en él se nos muestra a una chica que, al haber sido rap­tada y violada por un señor feudal, había perdido el "honor" , vol­viéndolo a encontrar repentinamente, cuando el rey hace ejecutar al que la ha violado y la casa con su prometido. Por lo demás, la concep­ción según la cual el hombre estaría herido en su "honor" si su mujer le engaña —cuando más bien sería cierto lo contrario— no es menos absurdo: de los dos, en el adulterio, es la mujer y no el hombre quien pierde el "honor" , no debido al hecho sexual en sí, sino desde un punto de vista superior, pues si el matrimonio es algo serio y profun­do, la mujer al casarse, se une libremente a un hombre y, por el adul­terio, rompe este vínculo ético de fidelidad y se degrada en primer lugar ante sus propios ojos. Podemos hacer notar, de paso, cuán estúpido es hacer recaer el ridículo sobre el marido engañado, siendo de este mo­do, también habría que hacerlo recaer sobre el que ha sido víctima de un robo o sobre el jefe al que sus soldados, rompiendo su fe jurada, traicionan o abandonan; a menos que se quiera, a lo mejor, unir la de­fensa del "honor" con el desarrollo de las cualidades de carcelero o de déspota en el marido, ciertamente incompatibles con una concepción superior de la dignidad viril.

Incluso ejemplos tan banales son suficientes para mostrar hasta qué punto los valores morales han sido contaminados por los pre­juicios sexuales. Ya hemos hecho referencia anteriormente a los pre­ceptos de una "gran moral" que, debido a su relación con una especie de raza interior, no pueden ser mellados por las disoluciones nihilis­tas: de tal modo que la verdad, la rectitud, la lealtad, la valentía inte­rior, el sentimiento verdadero, no socialmente condicionado, del ho­nor y de la vergüenza, el dominio de uno mismo, permanecen invul­nerables. Todo ello es "virtud"; los hechos sexuales no tienen apenas relación con ellos, salvo indirectamente, es decir, en el solo caso en donde empujan a una conducta que se aparta de estos valores. Por lo demás, la moral estoica, que desde luego no puede ser tachada de ti­bia, colocaba los placeres sexuales en la categoría de las cosas que des­de el punto de vista del sabio, eran indiferentes. En general, en la an­tigüedad, no existía gran preocupación por las cuestiones sexuales, sal­vo cuando dañaban la conducta digna y mesurada a la que se debían el patricio y el hombre libre. Es con el cristianismo, en parte también bajo la influencia de concepciones soteriológicas de pueblos exóticos de Asia Menor y de Levante que establecieron lazos estrechos entre la sexualidad y el pecado cuando el sexo se puso a infectar, no solamente el dominio ético, sino también el dominio espiritual.

Esto se relaciona con lo que ya hemos dicho a propósito de la imposibilidad intrínseca para el catolicismo de asentar una concep­ción superior del matrimonio y de dar una orientación que conduzca, no a negar y a reprimir, sino a transfigurar y a sacralizar la experiencia sexual. Dentro de este ámbito a los ejemplos aberrantes ya citados, po­demos añadir otro: el del valor atribuido a la virginidad (31). Este va­lor ha sido puesto en evidencia en el plano teológico, por la importan­cia y el relieve, completamente incomprensible (a menos de permane­cer en el plano puramente simbólico) dados a la virginidad de María, de la "Madre de Dios"), pero esto también queda demostrado de una forma más específica por muchas "opiniones probables" (es decir, que hay que seguir porque son predominantes y defendidas por teólo­gos célebres) de la teología moral católica: aquella, por ejemplo, según la cual sería preferible que una mujer se suicidara antes que dejarse violar (idea que ha conducido recientemente a la canonización de María Goretti), o según la cual tendría el derecho de matar a su agre­sor si ello le permitiera salvaguardar su integridad física. Igualmente, según la opinión defendida por la casuística de la teología moral, si el enemigo para no saquear una ciudad, reclama el sacrificio de un ino­cente, éste puede e incluso debe inmolarse y la ciudad debe consentir entregarlo: pero no si se reclama a una mujer para abusar de ella. Por lo tanto se da más peso al tabú sexual que a la vida. Sería fácil multiplicar los ejemplos de este tipo. Pero cuando, por un régimen de prohibiciones y anatemas, se muestra una tal preocupación por las cosas del sexo, es evidente que uno depende tanto de él como si lo exaltara crudamente. De forma general es así como —paralelamente a la desaparición, en la relación positiva, de la dimensión de la contemplación, de la orientación hacia la trascendencia, de la alta áscesis y de la verdadera sacralidad— el dominio de la moral ha sido infectado, en la Europa cristianizada, por la idea del sexo, hasta el punto de desembo­car en los complejos ya mencionados.

Si bien esta situación anormal no es reciente, el signo característico del período burgués es que había asumido los carácteres particulares, disociados y autónomos, de una "moral social": precisa­mente con la "virtuosidad" vejada por Pareto, el cual, en cierta medi­da, ya no se refería a las premisas de la moral religiosa mencionada en los párrafos anteriores. Pero ha sido y es, justamente esa moral basada sobre el sexo y la sexofobia el objeto principal de los procesos disoluti­vos recientes. En diversas regiones, en los países anglosajones y protes­tantes, al igual que en los países latinos y católicos, subsisten, sin du­da, formas organizadas de ostracismo social de base sexual. Además, es necesario tener en cuenta la acción consiguiente, inconsciente, pero no por ello despreciable, que ejercen a menudo las interferencias que se han producido en el curso del tiempo, entre la moralidad y la se­xualidad, incluso cuando el individuo ya no reconoce ningún valor a los principios que le corresponden y que numerosos vínculos exte­riores, sociales, son quebrantados. Tal es una de las causas del carácter neurótico, insano, dividido e inquieto, que presenta frecuentemente la vida sexual actual, mientras estos rasgos eran casi inexistentes en épocas más rigurosas (32). Se ha hablado de una "revolución sexual" en curso, tendiente a superar las inhibiciones interiores, y los tabús represivos sociales. De hecho, en el mundo de hoy la "libertad sexual" se afirma cada vez más, como práctica corriente. Pero a este respecto hay que hacer algunas precisiones.

Sea como fuere los procesos en curso llevan a una eliminación de las inhibiciones, a una vida sexual libre que, evidentemente, tiene un sentido muy diferente al de una vida libre del sexo. Es como si esta obsesión sexual que se había manifestado anteriormente, con la men­talidad puritana, bajo un signo negativo, manifestándose a través de inhibiciones, tomara, hoy en día, incluso adoptando un carácter más agudo, un signo positivo. Que una característica particular de la época actual sea un demonismo del eros (33), que sexo y mujer sean los mo­tivos dominantes en la sociedad actual, es un hecho evidente que, por lo demás, pertenece a la fenomenología normal de toda fase final y crepuscular de un ciclo de civilización (34).

Allí donde el sexo se pone de relieve, es natural que la mujer, su dispensadora y su objeto, domine la situación, como puede consta­tarse hoy en día: a esta especie de "demonismo" , de intoxicación se­xual crónica, característica de la época actual, manifestada de mil ma­neras en la vida pública y en las costumbres, corresponde una gine­cocracia virtual, una tendencia sexualmente orientada a la prepotencia de la mujer, prepotencia que, a su vez, está en relación directa con la involución materialista y utilitaria del sexo masculino; por ello el fenó­meno se manifiesta particularmente en los países como Estados Uni­dos, cuyo proceso involutivo está más adelantado, gracias al "progre­so" . Habiendo analizado en diferentes ocasiones esta cuestión no nos detendremos aquí sobre el tema (35). Nos limitaremos a señalar el ca­rácter colectivo y, en cierto sentido, abstracto del, erotismo y del tipo de fascinación que se concentra actualmente en los ídolos femeninos más recientes, en una atmósfera alimentada de mil maneras: cine, re­vistas ilustradas, televisión, espectáculos, concursos de belleza y de­más. Aquí la persona real de la mujer es frecuentemente una especie de soporte casi enteramente desprovisto de alma, un centro de cristali­zación de esta atmósfera de sexualidad difusa y crónica, de tal modo que la mayor parte de las "estrellas" de rasgos fascinantes, "mujeres fatales" , en realidad, como personas, tienen cualidades sexuales muy mediocres y decadentes, siendo su fondo existencial, más o menos, el de mujeres ordinarias desviadas, con rasgos neuróticos. Respecto a ellas, ha sido empleada muy justamente la imagen de las medusas con sus magníficos colores iridiscentes que se reducen a una masa gelatino­sa y se evaporan cuando se las coloca al sol, fuera del agua; el agua correspondería, en este caso a una atmósfera de sexualidad difusa y co­lectiva (36). Es la contrapartida en la mujer de los numerosos hombres que se distinguen hoy en día por su fuerza, por su masculinidad pura­mente atlética o deportiva, como "duros" , "machos" , etc. (37).

Volvamos ahora a los problemas que nos interesan. Los proce­sos de disolución que se han manifestado en las costumbres sexuales podrían presentar un aspecto positivo cuando contribuyen a eliminar las interferencias anormales entre ética y sexualidad, entre espirituali­dad y sexualidad de las que ya hemos hablado. Por lo tanto, en princi­pio, no hay que lamentar que todo lo que en las costumbres de ayer se fundaba sobre estas interferencias, pierda cada vez más su fuerza y tampoco hay que quedar impresionado por el hecho de lo que era con­siderado, erróneamente, como una corrupción se haya vuelto normal en una gran parte de la sociedad contemporánea. Podríamos repetir aquí lo que ya hemos dicho respecto a cierta literatura corrosiva y "pervertidora" de nuestro tiempo. Lo importante sería sacar partido de esta nueva situación para hacer valer, más allá de las costumbres burguesas, una concepción más sana de la existencia, liberando los va­lores éticos de sus conexiones sexuales. Todo lo que hemos dicho res­pecto a la contaminación que estas interferencias ha hecho sufrir a las concepciones de la virtud, el honor, la fidelidad podrían indicar ya la dirección positiva. Por lo tanto habría que reconocer que los principios.

Es así como en nuestra-época la libertad acrecentada en el do­minio sexual no está unida, ni a una nueva toma de conciencia de los valores que vuelven poco importantes las cosas sexualmente importan­tes, no a una toma de posiciones contra la "fetichización" de las rela­ciones intersexuales, procediendo, al contrario, a un debilitamiento general de todos los valores y de todos los vínculos. Los aspectos positi­vos que hemos mencionado que, teóricamente, podrían extraerse de los procesos en curso, son solamente virtuales y no deben hacer nacer ilusiones sobre las direcciones que tomará la vida moderna. Además de la atmósfera de intoxicación erótica, pandémica y difusa de la que ya hemos hablado, el sexo disociado y liberado puede conducir prácti­camente a una banalización y a un "naturalismo" de las relaciones entre hombre y mujer, a un materialismo y a un inmoralismo expedi­tivo y fácil en un régimen de matter of fact (38) en donde faltan las condiciones más elementales para realizar experiencias sexuales de al­gún interés o intensidad.

Puede considerarse aquí como un detalle no desprovisto de in­terés algún rasgo de la crisis del pudor femenino. Aparte de los casos en los que la desnudez femenina casi completa sirve para alimentar la atmósfera de sexualidad abstracta y colectiva de nuestra época, es pre­ciso estudiar el caso de una desnudez que ha perdido su carácter "fun­cional" serio, que, porque es pública y habitual, habitúa el ojo a la castidad, vuelve capaz de mirar a una muchacha completamente des­nuda casi con el mismo interés puramente estético que si se observa a un pescado o a un gato siamés. De esta despolarización de los sexos —que confirma, por lo demás, el regimen de la vida moderna, en donde la juventud de un sexo se apretuja con la del otro, se mezcla con el otro con "naturalidad" , prácticamente sin ninguna tensión, como coles y nabos en un huerto. Es evidente que el resultado particu­lar, tanto de la crisis de las costumbres precedentes, como la acción de los procesos de disolución, nos remite a lo que dijimos a propósito del "ideal animal". Aquí también hay una correspondencia entre Orien­te y Occidente pues la vida erótica primitiva, tan frecuente en Améri­ca, no está muy alejada de la promiscuidad en la cual viven "camara­das" masculinos y "camaradas" femeninos en la zona comunista, li­berados de los "accidentes individualistas del decadentismo burgués", terminan por interesarse poco por las cosas del sexo, pues sus intereses más importantes, convenientemente orientados, se diri­gen hacia otras direcciones, hacia la vida colectiva y de clase.

También ocurre que, hoy en día, el sexo entra en gran parte en la categoría de los sucedáneos: en un clima de erotismo difuso y cons­tante, se busca en la pura sexualidad, más o menos del mismo modo que con los estupefacientes, sensaciones exasperadas que cubran el vacío de la existencia moderna. A este respecto, los testimonios de ciertos elementos de la beat generation y de grupos análogos son signi­ficativos: muestran el papel que juegan en ellos la búsqueda del puro orgasmo sexual, asociado a una especie de angustia que hace nacer la idea de no llegar a alcanzarlo perfectamente, uno mismo y la compa­ñera.

En esta utilización del sexo se trata de formas negativas y casi caricaturescas, que, sin embargo pueden indicarnos algo más serio, pues la experiencia sexual pura tiene también sus valencias metafísicas, una ruptura existencial de nivel y aberturas más allá de la simple conciencia ordinaria, puede efectivamente producirse a través del trauma del orgasmo. Con la sacralización del sexo, estas posibili­dades fueron claramente reconocidas en el mundo tradicional. Hemos tratado de esta cuestión en otra obra (Metafisica del sexo); será, por lo tanto, suficiente recordar brevemente algunos puntos que conciernen al tipo de hombre diferenciado que nos interesa.

Como ya hemos dicho, la situación actual excluye la posibili­dad de integrar el sexo en una vida llena de sentido que transcurra dentro de marcos institucionales. Solamente pueden plantearse algu­nos casos, excepcionales y esporádicos, comportando, a pesar de todo, una convergencia de situaciones favorables. Ha de quedar bien claro que no puede haber lugar en este tipo de hombre- para una concep­ción romántica y burguesa del amor en tanto que unión de "almas" con un fondo patético o dramático. El significado que tomarán para él las relaciones humanas será relativo y tampoco entontrará el sentido de la vida en una mujer o en la familia y los hijos. Podrá, en particular, renunciar a la idea o a la ambición de una posesión humana, de "te­ner" completamente al otro en tanto que persona. A este respecto la actitud natural podrá ser, al contrario, la de una distancia correspon­diente a un respeto mutuo. Podrán convertirse en valores positivos, la libertad acrecentada de las fuerzas más modernas y la transforma­ción más moderna de la mujer, gracias a relaciones que, sin ser super­ficiales o "naturalistas" , sean claras y se funden, en el plano social y ético, sobre la lealtad, la camaradería, la independencia y la valentía, guardando siempre, el hombre y la mujer, la conciencia de ser dos se­res con vías distintas que en un mundo en disolución sólo pueden sobrepasar o superar su aislamiento existencial y fundamental gracias a lo que proviene de la pura polaridad sexual. No se tratará de la necesi­dad de "poseer" el otro ser humano, y tampoco se hará de la mujer un simple objeto de placer y una fuente de sensaciones buscada para confirmarse uno mismo. El ser integrado ya no necesita tal confirma­ción; necesita, a lo más, un "alimento" y todo lo que pueda nacer de la polaridad en cuestión, asumido de la manera adecuada, puede constituir uno de los principales alimentos de esta embriaguez parti­cular, activa y vivificadora, que ya hemos mencionado numerosas veces, en particular a propósito de ciertos aspectos de la experiencia dionisíaca.

Esto nos lleva a decir unas palabras sobre la otra posibilidad ofrecida por una sexualidad que, en cierta manera, se ha vuelto autó­noma, se ha liberado. Hemos visto que la primera posibilidad corres­ponde a la degeneración "naturalista". Se le puede, por tanto, opo­ner la segunda posibilidad, la de la elementareidad, la posibilidad de asumir la experiencia sexual en su elementareidad. Una de las inten­ciones de nuestra obra, mencionada precedentemente, Metafisica del Sexo, ha sido definida de la manera siguiente: "Hoy, cuando el psi­coanálisis, con su inversión casi demoníaca, ha subrayado la primor­dialidad infrapersonal del sexo, hay que oponer a éste otra primor­dialidad, metafísica esta, de la cual, la primera es una forma degrada­da" . Con esta intención hemos examinado, por una parte, ciertas di­mensiones de la trascendencia que, bajo una forma latente o encubier­ta, no están ausentes en el mismo amor profano y, por otra parte, he­mos recogido en el mundo de la tradición, numerosos testimonios de una utilización del sexo en el sentido ya indicado, cuando hablábamos de qué manera un orden de influencias superior debía transformar las uniones ordinarias entre hombre y mujer. Sin embargo, en la medida en donde no se trata de simples nociones abstractas, sino también de la actualización práctica de estas posibilidades, sólo se puede hablar hoy en día de experiencias esporádicas inhabituales, eventualmente accesibles solamente al hombre diferenciado, porque dependen de una condición previa: la constitución interior y especial que este hombre posee y conserva.

Otra condición previa concerniente a la mujer sería que la cualidad erótica y fascinadora, difusa en el ambiente actual, se con­densara completamente y se "precipitara" (en el sentido químico de la palabra) en ciertos tipos de mujer, precisamente bajo la forma de una cualidad "elemental" . Entonces el contacto de estas mujeres crearía, en el plano sexual, la situación que ya hemos enfocado más de una vez: una situación peligrosa que exige, al que quiera contestar ac­tivamente, una superación de sí mismo, la superación de un límite in­terior. Entonces, aunque con cierta exasperación o crudeza debida a la diferencia del ambiente, el significado que tenía originalmente la po­laridad de los sexos cuando ello todavía no estaba ahogado por la reli­ gión puritana del "espíritu" , cuando todavía no estaba debilitada por la sentimentalidad y aburguesada, ni tampoco se reducía a un sencillo primitivismo, ni a una corrupción decadente, este significado, en tal contexto, podría reaparecer. Ella se manifiesta en gran cantidad de le­yendas, mitos y sagas pertenecientes a las más diversas tradiciones. En la mujer verdadera —típica, absoluta— se reconocía la presencia de al­go espiritualmente peligroso, de una fuerza fascinadora, al mismo tiempo que disolvente; ello explica la actitud y los preceptos de esta áscesis que rechazaba al sexo y a la mujer para cortar el peligro. El hombre que no ha escogido ni la vía de renuncia al mundo, ni la de un desapego impasible en el mundo, puede enfrentarse al peligro y, aquí también, todavía, extraer del tóxico, un alimento de vida, si usa del sexo sin volverse su esclavo y sabe activar las dimensiones profun­das, elementales, que en cierto sentido, son suprabiológicas.

Tal como hemos dicho, estas posibilidades son excepcionales en el mundo actual y sólo pueden presentarse debido a un afortunado azar ya que presuponen cualificaciones, asímismo, excepcionales. Las circunstancias son completamente desfavorables debido al debilita­miento que caracteriza frecuentemente a la mujer moldeada por la ci­vilización actual. No es fácil, en efecto, imaginarse una "mujer abso­luta" bajo los rasgos de una chica "moderna" , más o menos america­nizada. De una manera más general, todavía, tampoco es fácil imagi­nar la coexistencia de las cualidades precisadas en la mujer, tal como han sido mencionadas precedentemente, con aquellas que exigen la relación que, como hemos dicho, deben ser también "modernas" , o sea libres, claras e independientes. Sería para ello necesaria una forma­ción muy especial de la mujer, formación paradójica pues, en cierto sentido, debería reproducir la estructura "dual" del tipo masculino diferenciado: lo que a pesar de ciertas apariencias está muy lejos de corresponder a la orientación que toma generalmente la vida de la mujer moderna.

En realidad, la entrada de la mujer con igualdad de derechos, en la vida práctica moderna, su nueva libertad, el hecho de que se co­dee con hombres en las calles, en las oficinas, en las profesiones, en las fábricas, en los deportes e incluso en la vida política o en el ejército, forma parte de estos fenómenos de disolución de la época de los cuales es difícil ver la contrapartida constructiva. Esencialmente, lo que se manifiesta en todo ello es la renuncia de la mujer a su derecho de ser mujer. La promiscuidad de los sexos en la vida moderna sólo puede "descargar" a la mujer en gran medida de la fuerza de la que ella era portadora, llevando a relaciones ciertamente más libres, pero primiti­vas, obstaculizadas por todos los factores y los intereses prácticos que dominan la vida moderna. De este modo los procesos en curso en la sociedad actual, con la nueva situación de la mujer, si bien pueden ser favorables a una de las dos exigencias que ya hemos mencionado —la que concierne a relaciones más claras, libres y esenciales, más allá del moralismo, así como las delicuescencias sentimentales y del "idealis­mo" burgués— sólo puede ser contraria a la segunda, concerniente a la activación de las fuerzas más profundas que definen a la mujer ab­soluta.

El problema del sentido de la existencia, no sólo para el hombre, sino también para la mujer, no entra dentro del marco de es­te libro. Ciertamente, en una época de disolución la respuesta a este problema es más difícil para la mujer que para el hombre. Es necesario tener en cuenta, a partir de ahora, las consecuencias irreversibles del equívoco que ha permitido a la mujer creer que iba a conquistar una "personalidad" propia tomando la del hombre por modelo; del hombre, por decirlo de alguna manera, porque hoy en día las formas de actividad típicas son casi todas anodinas, ponen en juego facultades "neutras" de orden, sobre todo, intelectual y práctico que no tienen ningún lazo específico con el uno o el otro sexo, así como tampoco con una raza o una nacionalidad determinada y porque ellas se ejercen ba­jo el signo de lo absurdo que caracteriza todo el sistema de vida con­temporáneo. Uno se encuentra en un mundo en donde la existencia está desprovista de cualidades y de máscaras simples, en donde la mu­jer, en el mejor de los casos, sólo guarda entre esas máscaras y cuida su máscara cosmética, pero en donde está íntimamente disminuida y des­fasada porque no se han cumplido las condiciones previas que impli­can esta despersonalización activa y "esencializadora" de la cual he­mos hablado a propósito, precisamente, de las relaciones entre perso­na y máscara.

En una existencia inauténtica, la búsqueda sistemática de di­versiones, sucedáneos o tranquilizantes que caracteriza tantos "diver­ timentos" y "atracciones" de hoy, todavía no deja presentir a la mu­jer la crisis que la espera cuando se dé cuenta de cómo las ocupaciones masculinas para las cuales ha luchado tanto están desprovistas de sen­tido, cuando se desvanezcan sus ilusiones y la euforia que le da la satis­facción de sus reivindicaciones, cuando constatará por otro lado, que, debido al clima de disolución, familia e hijos ya no pueden dar un sentido satisfactorio a su vida, mientras que, debido al descenso de la tensión ocurrido, hombre y mujer ya no podrán significar tampoco gran cosa, no podrán constituir ya, como lo hicieron para la mujer ab­soluta y tradicional, el centro natural de su existencia, no representa­rán para ella más que uno de los elementos de una existencia dispersa y exteriorizada que irá a la par con la vanidad, el deporte, el culto nar­cisista del cuerpo, los intereses prácticos y otras cosas del mismo géne­ro, Es necesario tener en cuenta los efectos destructores que están pro­duciendo en la mujer moderna una vocación falseada, ambiciones des­viadas y, por añadidura, las condiciones objetivas. Así, cuando incluso la raza de los hombres verdaderos no hubiera casi desaparecido entera­mente, ya que el hombre moderno conserva muy poco de lo que es propiamente la virilidad en el sentido superior del término, lo que se dijo respecto a la capacidad del hombre verdadero de "rescatar" , de "salvar a la mujer dentro de la mujer" permanecería problemático. Es de temer que, en la mayoría de los casos, sea otro precepto el que el hombre verdadero tenga que seguir hoy en día, el que proponía la. vieja a Zaratustra: "¿Vas a ver una mujer?. No te olvides tu látigo.", admitiendo que fuera posible, en estos tiempos progresistas, aplicarlo impunemente y con provecho. La posibilidad de devolver al sexo, aunque sólo fuera esporádicamente, su carácter elemental y trascen­dente, y si se quiere, su peligrosidad, en el contexto indicado, parece comprometida, pues, por todos estos factores.

En resumen, el cuadro general de la sociedad actual en el ám­bito sexual está particularmente marcado por los aspectos negativos de un período de transición. El régimen de residuos que se inspira, en los países latinos, en el conformismo católico y burgués, o en los países protestantes, en el puritanismo, todavía conserva cierta fuerza. La vida sexual toma frecuentemente formas neuróticas cuando sólo las inhibi­ciones exteriores han sido eliminadas.

 

(31) Este párrafo fue suprimido en la segunda edición italiana (N.d.T.).

(32) Este párrafo entre paréntesis fue suprimido dela segunda edición italiana (N.d.T.).

(33) La palabra italiana demonismo habitualmente empleada por Evola quiere significar el crecimiento del poder desmesurado y obsesivo de una fuer­za, en este caso, del sexo (N.d.T.).

(34)        Cfr. "Formas tradicionales y ciclos cósmicos", René Guenon. Ediciones Obelisco. Barcelona, 1985.

(35)       Cfr. "Metafísica del sexo", Julius Evola. Ed. Heliodoro. Madrid, 1982 (N.d.T.).

(36)       "La estrella" representa un valor del cual el individuo puede gozar en la medida en que permanece alejado de ella y en donde es evidente para él que su admiración y deseo se confunden con millones de otros seres. Este valor se reduce a cero cuando quiere gozar privadamente de ella o sencillamente apo­derarse de ella mediante el matrimonio. Del mismo modo que una espléndida medusa flota, multicolor, sobre el mar, y se transforma, una vez pescada, en un insípido mucílago, del mismo modo, los espejismos de la sexualidad de masas se vuelven insignificantes y muy aburridos en privado; en efecto, la pro­miscuidad a la que se entregan los ídolos entre ellos evoca una jaula con mo­nos... Es un influjo a distancia que exalta sexualmente la atmósfera" (E. Kuby).

(37)       Párrafo suprimido en la segunda edición italiana (N.d.T.). de continencia y castidad, sólo tienen su justo lugar en el marco de un cierto tipo de áscesis y de las correspondientes vocaciones, tal como ha Pensado siempre el mundo tradicional. Siempre dentro del mismo or­den de ideas, más allá del "virtuosismo" , la eventualidad de una vida sexual libre, en personajes de una estatura excepcional, no debería atentar de ningún modo a su valor intrínseco (de lo cual la historia es rica en ejemplos). Debería poder concebirse, entre hombre y mujer, incluso dentro de la perspectiva de una vida en común, relaciones más claras, más importantes y más interesantes que las que corresponden a las costumbres burguesas y a la intransigencia sexual. Esto implicaría, entre otras cosas, que ya no debería atribuirse a la integridad de la mujer, comprendida en términos puramente físicos, algo más que un valor relativo. Por lo tanto, para un tipo de hombre particular, los pro­cesos de disolución en curso podrían, en principio, favorecer numero­sas rectificaciones de este tipo. Sin embargo, en la práctica, para la mayoría de las personas, estas posibilidades permanecen como muy hipotéticas, porque les faltan las premisas existenciales y generales ne­cesarias.

(38)       matter of fact: hecho consumado. En inglés en el original (N.d.T.).

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