Blogia
Biblioteca Evoliana

El Islam y la Tradición (por Eduard Alcántara)

     Frente a los procesos disolventes y corrosivos que le son inherentes a este nuestro mundo moderno, hay quien desde posiciones propias a las de la Tradición contempla el actual resurgir de la fe islámica y el fortalecimiento de las tesis integristas musulmanas como el rescoldo principal en el que ella –la Tradición- pervive o se testimonia. Ante la desacralización de la vida y de la existencia que azota, con cada vez mayor virulencia, sobre todo a Occidente, los hay que ven la actual eclosión del fundamentalismo mahometano como una revuelta integral protagonizada por los valores sacros y perennes.

     Ante lo cual nos formulamos la siguiente pregunta:

     ¿Se parangona la religiosidad islámica con los parámetros básicos que informan lo que conocemos como Tradición o, más bien, la fe sarracena se colocaría al nivel de los primeros peldaños que, desmarcándose ya de dicha Tradición, hacen descender al hombre por los vericuetos sombríos del mundo moderno?

     Y nuestra respuesta apunta hacia la segunda opción. Y apunta hacia ella porque en el mundo Tradicional al hombre que atesoraba en su interior potencialidades de desapego con respecto a todo aquello que pudiese condicionarlo y mediatizarlo, a ese hombre se le ponía a su alcance la posibilidad de emprender el arduo y metódico camino del descondicionamiento interno que representaba el paso previo para la posterior adquisición del Conocimiento de lo Trascendente e Incondicionado, gracias, esto último, a lo que algunas doctrinas sagradas han denominado como el Despertar.

     Y si consideramos al hombre integralmente en sus tres dimensiones –a saber: cuerpo, alma o psique y Espíritu- este Despertar acontecía en el plano del Espíritu, es decir, en el plano de lo que es más que humano. En un plano que si se consigue ser activado nos abre la visión y el Conocimiento de la Realidad Suprasensible y Metafísica que nos Trasciende y que, por otro lado, se halla ignota para el hombre mutilado de nuestras petrificadas civilizaciones.

    Y esta dimensión del Espíritu empezó a ser amordazada por los primeros embites del mundo moderno. Empezó a ser anestesiada hasta llegar a sumírsela en un sueño casi perpetuo. Se imposibilitó el que el hombre con potencialidades Superiores pudiese optar a su transformación ontológica interior.

     ¿Y qué le fue quedando a este hombre mutilado de Ser; mutilado de lo Trascendente que anida en su fuero interno, pero ya en eterno letargo? Pues le fue quedando lo que de mero hombre tiene; lo que le conforma como un ser condicionado. Le fue, tan sólo, quedando su cuerpo y su alma o mente. Y, en consecuencia, si quería seguir sacralizando –ahora con minúsculas- su vida y su existencia –o, al menos, parte de ellas- se tenía que empezar a conformar con sentir piadosa devoción por lo divino y con profesarle fe a la divinidad. Ya no podía más Conocer y hacerse uno con lo Trascendente, pues la semilla Espiritual que anidaba en su interior, y que compartía la misma esencia con lo Trascendente, se hallaba fatalmente adormecida.

    Su alma o psique era un conglomerado de naturaleza humana y perecedera y no era, pues, una herramienta que le pudiese acceder a lo Sobrehumano e imperecedero, sino que sólo le podía servir para creer en ello. Las doctrinas sapienciales, esotéricas e iniciáticas habían sido, de esta manera, olvidadas y el hombre se limitó a formas de simple devoción, religiosidad; a formas, en definitivas exotéricas. Se ciñó al mero cumplimiento de normas morales y de ritos vacíos, con el simple fin de estar a bien con la divinidad y conseguir, así, una salvación que se hacía fácilmente accesible a todos. Un salvación, pues, de carácter igualitario, pues para conseguirla era suficiente con cumplir como un buen creyente dichos preceptos morales y dichos rituales, como decíamos, vacíos y carentes de poder –como soporte y símbolo- de transformación interior. Anótese, pues, que el Despertar o Iluminación al que en el Mundo Tradicional únicamente podían tener acceso unos pocos seres Superiores –en cuanto a su cualificación interior se refiere-, tenía, pues, un carácter aristocrático (de ´aristos´= los mejores), mientras que la doctrina de la salvación, propia de una religiosidad inherente a la caída de nivel del mundo moderno, tiene unas connotaciones igualitarias y, por ende, democráticas, debido a una promiscuidad (=cantidad) que es producto de la facilidad que existe para alcanzarla.

     No cabe duda de que el Islam encaja totalmente en este tipo de religiosidad descrita como consustancial al mundo moderno. Hablamos de religiosidad y no de espiritualidad, pues la dimensión del Espíritu hemos, ya, explicado, cómo fue siendo domeñada coincidiendo con los estertores de la Tradición. Y hablamos de una religiosidad, como la musulmana, que hemos de definir como de pasiva y devocional y, en consecuencia, opuesta, a aquella Espiritualidad que definió al Mundo Tradicional y que hay que calificar como de activa, por cuanto era el Hombre Superior el que consciente y soberanamente emprendía el difícil y riguroso camino de la autotransformación y autorrealización interiores. Camino que le iba convirtiendo en señor de sí mismo y dominador mayestático de miedos, bajos impulsos, instintos primarios, emociones, sentimientos desatados y
pasiones turbadoras. Y señor de sí mismo que contrasta con el ideal de sumisión que predica el Islam; cuya etimología es precisamente ésa: sumisión.

     Un Islam, por tanto, que representa un tipo de religiosidad -por ser pasiva y meramente devota- lunar. En contraposición a una Tradición cuya Espiritualidad siempre fue –por su esencia activa- Solar y Olímpica.

     No está en lo cierto aquel que quiera hacer partícipe al Islam de un tipo de Espiritualidad activa, argumentando que en su seno se desarrollaron corrientes de carácter esotérico y, por tanto, de genuina transustanciación interna de la persona. Y no está en lo cierto porque siempre se trató de corrientes que, tras la cortina de una aparente obediencia musulmana, eran portadoras de una cosmovisión y de unos objetivos ajenos a los de la religiosidad oficial existente en los territorios en los que tomaron cuerpo. Y tomaron cuerpo precisamente en zonas de población de origen eminentemente, o considerablemente, indoeuropeo en las que unos pocos siglos antes el Islam no había hecho todavía acto de presencia en forma de invasión militar y en las que la fe mahometana no había conseguido aún barrer algunos de los restos de una Espiritualidad Superior y Solar que habían subsistido hasta el momento de dicha irrupción militar. Y nos referimos a la zona ocupada de la Península Ibérica –Al Andalus- y a Persia. Y como algunos de sus más destacados representantes resaltaríamos al maestro sufí murciano Ibn Arabí (siglos XII y XIII) y al también sufí persa Al Hallaj  (siglos IX y X); quien, como dato significativo, fue torturado y ejecutado por salirse de la ortodoxia marcada por la religión musulmana (esto es, por transitar por la vía Olímpica del Despertar y del Conocimiento de lo Absoluto). Igualmente Persia fue testigo de la aparición de otra orden de naturaleza esotérica e iniciática: la de los ismaelitas.

     Es bien significativo que estas vetas de Espiritualidad Superior no se desarrollaran en el seno de etnias de extracción no indoeuropea, pues hemos de tener bien presente que pueblos como los semitas -entre los que mayoritariamente se expandió inicialmente el Islam- siempre se adhirieron, y se siguen adhiriendo, a un tipo de religiosidad pasiva y lunar; y esto es debido a su idiosincrasia particular y a sus nulas potencialidades de cara a emprender vías iniciáticas de elevación hacia una Conciencia Superior.

     Quede, pues, claro que ante el embrutecimiento extremo representado por el actual Occidente plutocrático, hedonista, tecnocrático, consumista, deletéreo y disoluto, el Islam no representa al Mundo de la Tradición, sino que se enmarca dentro de la fisonomía y los rasgos generales de los primeros procesos de decadencia que acontecieron en el devenir de lo que conocemos como el mundo moderno. Primeros procesos de decadencia que, como hemos visto, cercenaron la dimensión Trascendente del hombre y le abocaron a que su psique, alma o mente se quedara sin su Superior referente Espiritual y se recluyera en lo máximo a lo que
podía, ahora, aspirar si miraba hacia lo Alto: en la simple devoción y pía y sumisa creencia.

     Y tengamos presente que cuando la mente se ha quedado sin este referente Superior –el Espíritu-, su autonomía resultante y su falta de guía y eje Supremo le puede ir abocando –como así ha ido aconteciendo, especialmente, en Occidente- a la creación de monstruos como lo son el racionalismo –como absolutización y degradación de la razón-, el iluminismo del período de la Ilustración, el positivismo o el más abyecto materialismo propio de esta etapa crepuscular por la que transita el mundo moderno.

PRO TRADITIO OMNIA

(c) Eduard Alcántara -Septentrionis Lux

 

    

 

          

 

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres