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Cabalgar el Tigre (17) Disolución del Individuo. Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Cabalgar el Tigre (17) Disolución del Individuo. Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Biblioteca Julius Evola.- Evola aborda en este parágrafo una temática que le resulta muy querida y que le ha inspirado Ernest Júnger: el papel liberador de las destrucciones en la modernidad. Las destrucciones, especialmente las que tienen lugar en períodos bélicos o las grandes catástrofes naturales, destruye a los débiles y da la ocasión a los fuerte para que muestren su naturaleza. La idea general es que si el ser humano no puede hacer nada para detener las destrucciones, se trata de que esas mismas destrucciones no puedan nada contra los fuertes.

 

 

17.- Destrucción y liberaciones en el nuevo realismo

Hemos dicho que la crisis de los valores del individuo y de la persona está destinada, en el mundo moderno, a revestir el carácter de un proceso irreversible y general, a pesar de la existencia de "islas" o "reservas" residuales, donde, relegadas al dominio de la "cultura" o de las ideologías huecas, estos valores conservan aún una apariencia de vida.  Prácticamente, todo lo que está ligado al materialismo, al mundo de las masas, de las grandes ciudades modernas, pero también y sobre todo, todo lo que pertenece propiamente al reino de la técnica, a la mecanización, a las fuerzas elementales despertadas y controladas por procesos objetivos -en fin, los efectos existenciales de catastr6ficas experiencias colectivas, tales como guerras totales con sus frías destrucciones, todo ello golpea mortalmente al "individuo", actúa de forma "deshumanizadora", reduce, cada vez más, lo que el mundo burgués de ayer, ofrecía de variado, de "personal", de subjetivo, de arbitrario y de intimista.

Ernst Junger, es quizás, quien en su libro "Der Arbeiter", ha puesto más y mejor en evidencia estos procesos.  Podemos seguirlo sin titubear, e incluso prever que el proceso en curso en el mundo actual tendrá por consecuencia que el "tipo" reemplazará al individuo al mismo tiempo que se empobrecerá el carácter y el modo de vida de cada uno y que se desintegrarán los "valores culturales" humanistas y personales.  En su mayor parte, la destrucción es sufrida por el hombre de hoy, simplemente como un objeto.  Desemboca entonces en el tipo de hombre vacío, repetido en serie, que corresponde a la "normalización", a la vida uniformada, que es "máscara" en sentido negativo: producto multiplicable e insignificante.

Pero estas mismas causas, este mismo clima y las mismas destrucciones espirituales pueden imprimir un curso activo y positivo a la desindividualización.  Es esta la posibilidad que nos interesa y que debe considerar el tipo de hombre diferenciado de] que tratamos. Junger había ya hecho alusión a lo que había surgido en ocasiones en medio de "temperaturas extremas que amenazan la vida", particularmente en la guerra moderna, guerra de materiales donde la técnica se vuelve contra el hombre, utilizando un sistema de medios de destrucción y la activación de fuerzas elementales, fuerzas a las que el individuo que combate, si no quiere ser destruido -destruido físicamente, pero sobre todo espiritualmente- no puede mantenerse sino pasando a una nueva forma de existencia. Ésta se caracteriza primeramente por una lucidez y una objetividad extremas, luego por una capacidad de actuar y de "mantenerse en pie" sostenido por fuerzas profundas, que se sitúan más allá de las categorías del "individuo", de los ideales, de los "valores" y de los fines de la civilización burguesa.  Es importante que aquí se una de forma natural con el riesgo, más allá del instinto de conservación, ya que pueden presentarse situaciones en las que seria a través de la destrucción física misma como se alcanzaría el sentido absoluto de la existencia y se realizaría la "persona absoluta".  Podríamos hablar en este caso de un aspecto limite del "cabalgar al tigre".

Junger ha creido encontrar un símbolo de este estilo en el "soldado desconocido" (añadiendo, sin embargo, que no sólo existen soldados, sino también jefes desconocidos); aparte de situaciones de las que ningún comunicado jamás ha dado cuenta, en acciones anónimas que han quedado sin espectadores, que no han pretendido ni el reconocimicnto, ni la gloria, que no han sido motivadas por ningún heroismo romántico, aunque el individuo físico arriesgara su vida, fuera de estos casos, Junger subraya que en el curso de este género de procesos, hombres de un nuevo tipo tienden a formarse y diferenciarse, que se reconoce en su comportamiento, es decir en sus rasgos físicos, en su "máscara".  Este tipo moderno, tiene la destrucción tras de sí, no puede ser comprendido a partir de la noción de "individuo" y es ajeno a los valores del "humanismo".

Lo esencial es, sin embargo, reconocer la realidad del proceso que se manifiesta, con una intensidad particular, en la guerra total moderna, repitiéndose bajo formas diferentes y en grados diversos de intensidad, incluso en tiempos de paz, en toda la existencia moderna altamente mecanizada, cuando encuentran una materia adecuada: tienden paralelamente a abatir al individuo y a suplantarlo por un "tipo" impersonal e intercambiable que caracteriza una cierta uniformidad -rostros de hombres y mujeres que revisten precisamente el carácter de máscaras, "máscaras metálicas los unos, máscaras cosméticas los otros": algo, en los gestos, en la expresión, como una "crueldad abstracta" que corresponde al lugar, cada vez más grande, ocupado en el mundo actual por todo lo que es técnica, número, geometría y se refiere a valores objetivos.

Indudablemente estos son algunos de los aspectos esenciales de la existencia contemporánea a propósito de los cuales se ha hablado de una nueva barbarie.  Pero, una vez más ¿cuál es la "cultura" que podría ser opuesta y debería servir de refugio a la persona?.  Aquí n hay puntos de referencia verdaderamente válidos. Junger se hacía verdaderamente ilusiones pensando que el proceso activo de "despersonalización" tópico corresponde al sentido principal de la evolución d un mundo que está en trance de superar la época burguesa (él mismo debía, por otra parte, por una especie de regresión, llegar a un punto de vista completamente diferente).  Son, por el contrario, los procesos destructivos pasivos actualmente en curso los e ejercen y ejercerán cada vez más, una acción determinante, de la que no puede nacer más que una pálida uniformalizaci6n, una " tipificaci6n " privada de la dimensi6n de la profundidad y de toda "metafísica" y que se sitúa así a un nivel existencia¡ más bajo que el ya problemático de¡ individuo y de la persona.

Las posibilidades positivas no pueden concernir más que a una minoría ínfima compuesta únicamente de seres en quienes precisamente, preexiste o puede despertarse la dimensión de la trascendencia.  Y esto nos lleva, como se ve, al único problema que nos interesa.  S61o estos seres pueden proceder a una evaluación muy diferente del "mundo sin alma" de las máquinas, de la técnica, de las grandes ciudades modernas, de todo lo que es pura realidad y objetividad, que aparece frío, inhumano, amenazante, desprovisto de intimidad, despersonalizante, "bárbaro".  Es precisamente aceptando esta realidad y estos problemas como el hombre diferenciado puede esencializarse y formarse según la ecuación personal válida; activando en él la dimensión de la trascendencia y quemando las escorias de la individualidad, puede extraer la persona absoluta.

No es necesario, para esto, considerar exclusivamente situaciones excepcionales y extremas.  Puede tratarse del estilo general de un nuevo realismo activo que libera y abre las vías incluso en el seno del caos y de la mediocridad.  La máquina misma puede convertirse aquí en un símbolo, así corno todo lo que, en ciertos sectores del mundo moderno, se ha creado con un espíritu puramente funcional (en arquitectura especialmente).  Como símbolo, la máquina encarna una forma nacida de medios adaptados exactamente y objetivamente a un fin, donde lo que es superfluo, arbitrario, "dispersante" o subjetivo, está excluido; es una forma que realiza con precisión una idea (la idea aquí del fin al cual está destinada).  En su plano tiene, pues, de alguna manera, el mismo valor que la forma geométrico en el mundo clásico, la cifra en tanto que entidad y el principio d6rico del "nada de más".  Se ha hablado de una "metafísica" de la máquina y de nuevos "arquetipos" que se anuncian en las formas mecánicas y funcionales perfectas de nuestro tiempo.  Si esto no tiene ningún sentido en el plano prosaico de la realidad material y cotidiana moderna, sí tiene uno precisamcnte en el lano simbólico ¡ano sobre el cual no consideramos en absoluto la "mecanización", la "racionalización"- y lo utilitario, sino más bien, el valor de la forma y el amor a la forma donde no hay que confundir la objetividad con la carencia de alma y donde incluso se puede encontrar la via, ya indicada, de la perfección impersonal en toda obra.

Es interesante notar que entre los diversos movimientos que se han manifestado tras la primera guerra mundial, una tendencia de este género se había esbozado, que tenía por consigna "la nueva objetividad " (Neue sachíichkeit).  Un libro como el de F. Matzke, Jugen beketínt: So sindwir! (9) "muestra que no se trata de aspiraciones susceptibles de satisfacerse sobre el plano de las artes y de la literatura, sino de la forma interior que procesos objetivos y generales de la época habían impreso a un cierto tipo de hombre de la nueva generación sin que este lo hubiera querido.  Sobre este plano un realismo podría definirse en términos de frialdad, de claridad, de seriedad y de pureza: ruptura con el mundo de los sentimientos, de los "problemas de¡ yo", de lo trágico melodramático, de toda la herencia crepuscularista, del romanticismo, del idealismo y del "expresionismo" -un realismo comportando el sentimiento de la vanidad del Yo y el rechazo de darse importancia en tanto que individuo, Matzke escribía: "Somos objetivos porque, para nosotros, la realidad de las cosas es grande, infinita y todo lo que es humano es muy pequeño, condicionado y ensuciado por el "alma" ". Hablaba del lenguaje de las cosas y de los actos que era preciso sustituir al de los sentimientos, de una forma interior que no tiene. nada que ver con los libros, la cultura o la ciencia, de forma que pueda ser mucho más neta en el "bárbaro" que en el  “civilizado" mundo burgués.  Es por ello por lo que se ha hablado de ,'objetividad ascética" y recordando la fórmula de Stravinsky: "Helar las cosas".

Importa subrayar que en la base de esta actitud, no hay, ni pesísimo, ni "filosofía de la desesperanza" encubierta: no es que se hayan perseguido valores y fines que ahora son reconocidos como ilusorios, impotentes, para dirigir la realidad o inadecuados en relación a esta: es su sentido mismo el que es inexistente y es por ello por lo que la acción es libre, en una atmósfera pura Y fría.  Matzke, para encontrar analogías en el dominio del arte se refería a los criterios sobre los cuales se había regido Albrecht Schaffer cuando traducía a Homero: devolver "la altura de lo lejano, de lo diferente, de lo extranjero", poner de relieve "no lo que es episódico y sentimental, sino la monumental grandeza, lacónica, rígida, más que conmovedora, enigmática más que familiar, oscura y grave más que lisa y llana".  En efecto, los rasgos esenciales de esta nueva actitud consistían precisamente en la distancia, la "extrañeidad", la altura, la monumentalidad, el laconismo, el distanciamiento en relación a todo lo que es cálida vecindad, "humanidad", efusión, "expresionismo": el estilo de la objetividad en las figuras, de la frialdad y la grandeza en las formas.

Pero, fuera del arte, se trataba de rasgos generales de un comportamiento y del sentimiento de la existencia, pues en el fondo la tesis según la cual el arte sería una de las posibilidades humanas más altas y revelaría la esencia del universo parecía, con justicia, superada y anacrónico.  El amor por la claridad forma parte del estilo objetivo: "Vale más feo y limpio, que bello y sucio".  Es preciso que el mundo vuelva a ser estable, sereno y desnudo.  "En último análisis, incluso la vida del alma, cuenta para nosotros a título de cosa, dado que existe, con los mismos caracteres de objetividad y fatalidad", escribía Matzke. "Antes que mirar el mundo partiendo del alma, es del mundo del que mirarnos al alma.  Y entonces todo nos parece más claro, más natural, más evidente y lo que no es más que subjetivo nos parece cada vez más insignificante y risible".

Tras la primera guerra mundial, la arquitectura funciona] recibe su impulso de corrientes análogas a las de la Neue Sachíichkeit.  Son corrientes donde ha aparecido, en general, el tema de un nuevo clasicismo, comprendido precisamente como una tendencia a la forma y a la simplificación, al "dórico" lineal y esencial, afirmado en oposición a lo arbitrario, a lo fantástico y a lo "gracioso" del arte burgués individualista que prevalecía anteriormente.  Puede recordarse también el espiit nouveau que, en Francia, tuvo lazos particulares con los representantcs de la arquitectura funcional.  Y esto en el momento en que Bontempelli lanzaba el "novecentismo", una exigencia análoga se hacía eco en Italia también, aunque se vio limitada por el dilettantismo de hombres de letras. permaneciendo en el capítulo de las simples " intenciones ". Bontempelli había opuesto a la "edad romántica que va desde jesucristo a los ballets rusos (?) ", la edad nueva que habría debido desarrollarse bajo el signo de un "realismo mágico" y de un l. nuevo clasicismo", mientras que otros hablan de un nuevo estilo dórico de la época de los rascacielos, de los metales blancos y del cristal (10).

Aunque no haya, intrínsecamente, más que poca relación con lo que nos interesa, este nuevo realismo contiene "valencias" que pueden ser referidas a un plano superior, espiritual, cuando se compromete en la tarea de reorie.ntar, en un sentido positivo, las experiencias del mundo más moderno.  Existen hoy procesos objetivos que representan indudablemente un empobrecimiento en relación al mundo precedente de¡ individuo y de la "persona" y a sus supervivencias.  En cambio, para quienes mantienen la tensión interior propia a la dimensión de la trascendencia, este empobrecimiento puede adquirir el carácter positivo de una simplificación y de una "esencialización" del ser en un mundo espiritual en descomposición.

Ya que hemos juzgado bueno hablar de "valencias" del nuevo realismo, aunque éstas estén, en general, completamente "encubiertas", es preciso trazar rápidamente una línea de demarcación muy neta entre el realismo susceptible de contener en potencia la significación de lo que hemos hablado y estos subproductos, pertenecientes al nihilismo puro que son el neo-realismo y el realismo marxista; distinción que se impone tanto más cuanto que han habido connivencias entre el primero y los otros dos.

En general, estos subproductos se han manifestado casi exclusivamente en el dominio del arte y de la crítica literaria y, este, en funci6n de la política.  Es inútil hablar del neo-realismo que ha aparecido en Italia tras la segunda guerra mundial.  Se caracteriza por una tendencia muy neta a presentarse como una realidad humana (en el dominio artístico se ha agotado gracias a un feliz concurso de circunstancias), los aspectos más triviales y mezquinos de la existencia, ligándolos con preferencia a las capas sociales más bajas y vulnerables.  Este realismo desprovisto de toda profundidad, incluso virtual, ha servido de fórmula sofisticado a ciertos intelectuales burgueses ataviados de hombres de la calle.  Cuando no son los tópicos del pasos de los miserables, a menudo no es más que el gusto por la fealdad y el autosadismo, manifestándose en la exhibición complaciente de todo lo que, en el hombre, es abyección, corrupción y quiebra.  Existe toda una clase de novelas -es inútil citar nombres- en donde esta tendencia se manifiesta sin equívoco, mezclada en ocasiones con las variedades más irracionales y oscuras del existencialismo.  Es de tal forma evidente que el carácter de "realidad" ha sido abusivamente monopolizado por lo que, incluso en la vida actual, no es más que una parte de realidad total, que más vale no insistir.

Es más importante subrayar el uso tendencioso que se hace de lo que debería llamarse más que realismo, un "verismo" de alcance muy limitado, el "nuevo realismo" de observancia marxista.  Este pone en evidencia los aspectos unilaterales de la existencia de la que acabamos de hablar, con fines de propaganda y de acción político-social, partiendo de la rebatida fórmula según la cual "el deterioro de la humanidad es consecuencia de la estructura económico-social burguesa y capitalista".  Hemos explicado ya lo que es la "integridad humana" que se contempla aquí: es la del "último hombre", de Nietzsche, es la del hato de bueyes socializados.  El "realismo" y el anti-idealismo que le corresponden deben ser juzgados de esta manera.  La polémica antiburguesa y antiindividualista que inspiran tienen como solo objetivo la regresión del individuo a una vida puramente colectiva ("social") dominada por valores materiales y económicos; regresión presentada como una "integración" y un "nuevo humanismo proletario" (Lukacs deja escapar el verdadero término cuando habla de un "humanismo plebeyo").  El realismo aquí parecería identificarse a un primitivismo trivial (es la forma particular, en el mundo en que Dios ha muerto, de la anestesia existencias de la que ya hemos hablado).  Pero la verdad, es que, como se sabe, el realismo en cuestión extrae su carácter específico de la teoría del materialismo histórico y de otras concepciones que, cuando pretendiendo ser objetivas y "científicas", no son, en realidad, más que "mitología" y pura ideología, exactamente del mismo grado que las que corresponden a las "grandes palabras despreciadas", escritas en letras mayúsculas del "idealismo burgués".  Las palabras de este género no son verdaderamente eliminadas del fondo del "nuevo realismo" marxista, sino que son reemplazadas por otras, de nivel aún más bajo, que sirven de centro a una mística nihilista su¡ geneiis traduciéndose en ideas-fuerza destinadas a actuar sobre las capas sub-intelectuales de las masas.  Esto resta todo carácter "realista" al "realismo marxista" y demuestra que está muy lejos de haber alcanzado el punto cero de los valores y permanece pues ajeno a lo que puede nacer a la vez de una incapacidad positiva, existencias a someterse aún a mitos de cualquier tipo que sean y a la vez, de una visión clara, distanciada, objetiva de la existencia.  Este último rasgo corresponde por el contrario, a la exigencia más profunda del "nuevo realismo" del que nos hemos ocupado anteriormente, de la neue Schíichkeit y de otras tendencias próximas de @ cuales podemos retener lo que, desde nuestro punto de vista, tiene un contenido positivo: una simplificación que, aunque comporte un empobrecimiento y decoloración en relación a los "valores de la persona" no está necesariamente ligado a una caida de nivel y puede dar lugar, en el hombre libre, a una forma de comportamiento adaptada a las estructuras objetivas del mundo contemporáneo.

 

 

 



. (9).  "La juventud se conoce: así somos nosotros" N.d.T. .

 

   . (10). Véase al traductor de J. Evola al alemán, Gottftied Benn.  Un artículo biográfico sobre este autor puede encontrarse en "Thule- 1 ", Ed.  Wotan.  Bar c lona 1 80.

 

 

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