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Biblioteca Evoliana

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 13. El alma de la Caballería

Revuelta contra el Mundo Moderno (I Parte) 13. El alma de la Caballería

Biblioteca Julius Evola.- Evola reconoe en la ordenación caballeresca una renovación de la antigua "vía heróica" del mundo clásico greco-latino. En este capítulo, Evola realiza una profundo estudio sobre la caballería y su naturaleza más profunda que le lleva a introducir un elemento interesante, el de la contemplación de la mujer como aspecto femenino del cosmos. Evola resume en este capítulo lo esencial de su obra "El Misterio del Grial": la defensa del caballero del honor y de la imagen de su dama, suponen una traslación expontánea de la doctrina del tantrismo hindú sobre las relaciones entre el principio masculino y el femenino.

 

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EL ALMA DE LA CABALLERIA

Ya hemos dicho que en el origen fue un elemento espiritual el que  definió no solo la realeza, sino también la nobleza tradicional.  Como para la realeza, se puede contemplar el caso en que este  elemento no es innato en la nobleza, sino por el contrario  adquirido. Así encontraremos una diferencia análoga a la que existe entre iniciación e investidura. A la investidura  corresponde, en Occidente, la ordenación caballeresca y, por otra  parte, la iniciación ritual propia a la casta guerrera; a la  iniciación ‑realización de una naturaleza más interior, directa e individual‑ corresponde la acción heroica en el sentido  tradicional, es decir, sagrado, ligado a doctrinas como la de la  "guerra santa" y la mors triunphalis.

Examinaremos separadamente esta segunda posibilidad y trataremos  solo aquí, como ejemplo de la primera, del espíritu y el secreto  de la caballería medieval.

Es preciso, ante todo, señalar la diferencia que existía, en la Edad Media europea, entre la aristocracia feudal y la aristocracia caballeresca. La primera estaba ligada a una tierra y a la fidelidad ‑fides‑ a un príncipe dado. La caballería aparece, por el contrario, como una comunidad supraterritorial y supranacional cuyos miembros, habiéndose consagrado al sacerdocio militar, no tenían patria y debían ser fieles, no a una persona, sino, a una ética cuyos valores fundamentales son el honor, la verdad, el corage y la lealtad([1]) y, por otra parte, a una autoridad espiritual de tipo universal, que era esencialmente la del Imperio. En el universo cristiano, la caballería y las grandes órdenes caballerescas entraban, por esencia, en el marco del Imperio, donde representaban la contrapartida de lo que el clero  y el monacato eran en el orden de la Iglesia. La caballería no tenía un carácter necesariamente hereditario: era posible convertirse en caballero. Para esto el aspirante debía realizar empresas que demostraran a la vez su desprecio heroico por la vida y la doble fidelidad que acabamos de mencionar. En las formas más antiguas de la ordenación caballeresca, el caballero ordenaba al caballero, sin la intervención de sacerdotes, casi como si existiera en el guerrero una fuerza "parecida a un fluido", capaz de hacer surgir nuevos caballeros por transmisión directa: este uso se encuentra igualmente en la tradición indo‑aria: "guerreros que consagran a guerreros"([2]). Solo con posterioridad se recurrió a un rito especial para la ordenación caballeresca([3]).

Pero esto no es todo. Se puede descubrir, en efecto, en la  caballería europea, un aspecto más profundo y secreto, al cual se refiere exteriormente el hecho de que los caballeros ofrecían a una dama sus empresas heroicas y que el culto de la mujer en  general revestía, en ocasiones en la caballería europea, formas  susceptibles de parecer absurdas y aberrantes, tomadas al pie de la letra. El juramento de fidelidad incondicional a una "dama" fue uno de los temas más constantes en las cortes caballerescas y no había ninguna duda, según la teología de los castillos, de que el caballero muerto por su "dama" participaba en el mismo destino de bienaventurada inmortalidad que el Cruzado que moría por la liberación del "Templo". En realidad, la fidelidad a Dios y la fidelidad a la "dama" parecían amenudo equivalentes. Se puede también notar que la "dama" del caballero neófito debía, según algunos rituales, desvestirlo y conducirlo al baño, para que se purificase antes de recibir la ordenación([4]). Por otra parte, los héroes de aventuras, en ocasiones escabrosas, en las que figura la "dama", como Tristan (sir Tristem) y Lancelot, son al mismo tiempo caballeros del Rey Arturo volcados a la búsqueda del Graal, miembros de la Orden, incluso "caballeros celestes" a la cual pertenece el hiperbóreo "caballero del cisne".

En todo esto se escondían amenudo, en realidad, significados

esotéricos que no estaban destinados ni a los jueces de la  Inquisición, ni a las gentes comunes; por ello se expresaban bajo la cobertura de costumbres extrañas y cuentos eróticos. En algunos casos, lo que se dice a propósito de la "dama" de la caballería se aplica también a la "dama" de los "Fieles de Amor" gibelinos y se refiere, por otra parte, a un simbolismo tradicional uniforme y preciso. La dama a la cual el caballero jura una fidelidad incondicional y a la que se entrega a menudo también el Cruzado, la dama que conduce a la purificación, que el caballero considera como su recompensa y que lo volverá inmortal cuando muera por ella, es esencialmente, ‑como ha aparecido tras nuevas investigaciones, en el caso de los "Fieles de Amor"([5])‑ una representación de la "Santa Sabiduría", una encarnación, más o menos precisa, de la "mujer trascendente" o  "divina", del poder, de una espiritualidad transfigurante y de  una vida que no está mezclada con la muerte. El tema se incluye por otra parte en un conjunto tradicional bien caracterizado, pues existe un amplio ciclo de leyendas  y de mitos, en los que  la "mujer" tiene este mismo valor simbólico. Desde Hebe, la eterna juventud, que se convierte en la esposa del héroe Hércules en la residencia olímpica, ó Idun (que significa renovación, rejuvenecimiento) y Gunnlöd, detentadora del brevage mágico Odrerir, a Freya, diosa de la luz, codiciada constantemente por los "seres elementales" que buscan en vano obtenerla, a Sigrdrifa‑Brunhilde, destinada por Wotan a ser la esposa terrestre del héroe que franqueará la barrera del "fuego"([6]); de la dama de la "Tierra de los Vivientes" y del "Victorioso" (Boagad) que atrae al héroe gaélico Condla Cain, a las mujeres egipcias que aportan, con la "llave de la vida", el loto de la resurrección y al azteca Teoyamiqui que guía a los guerreros caidos hacia la "Casa del Sol"; de la "hija fuerte y hermosa" que conduce a los espíritus, sobre el punto celeste Kinvad([7]), al Ardvi Sura Anâhita, "fuerte y santo, procedente del dios de la luz", a la cual se pide "la gloria perteneciente a la raza aria y al santo Zarathustra", es decir, la sabiduría y la victoria([8]); de la "esposa" de Guesar, el héroe tibetano, emanación de "Dolma la conquistadora", relacionada con el doble sentido significativo de la palabra sáncrita shakti que quiere decir tanto "esposa" como "potencia", a las fravashi, mujeres divinas que son (como las walkyrias) las partes trascendentales del alma humana y "dan la victoria a quien las invoca, favores a aquel que las ama, la salud a los enfermos"([9]), por todas partes se refleja el mismo tema.

Este tema pude hacernos penetrar en la dimensión esotérica de una  parte de la literatura caballeresca relativa a la "dama" y a su  culto. En la tradición indo‑aria, se dice: "No es por amor a la  cualidad de guerrero [en el sentido material] que es querido el  estado de guerrero, sino es por amor del atma [del principio "todo  luz, todo inmortalidad" del Yo] que es querido el estado de  guerrero... Aquel que cree que la dignidad de guerrero procede de otra cosa que el atma será abandonado por la casta de los guerreros"([10]). Esta idea puede servir de trasfondo al aspecto de la caballería que consideramos aquí. Conviene sin embargo llamar la atención sobre el hecho que, en algun caso, el  simbolismo de la "dama" puede revestir un carácter negativo ‑"ginecocrático"‑ del que hablaremos más adelante (II, 6),  diferente del que se refiere a la veta central de la caballería,  en donde corresponde, por el contrario, al ideal de "virilidad  espiritual" que ya hemos mencionado hablando de las relaciones  entre el clero y la realeza. El empleo constante, insistente, de  representaciones femeninas, propia de los ciclos de tipo heroico  no quiere decir otra cosa sino esto: frente a la fuerza que  puede iluminarlo y conducirlo a algo más que humano, el ideal del  héroe y del caballero supone la actitud activa y afirmativa que, en toda civilización normal, caracteriza al hombre frente a la mujer. Tal es el "misterio" que, bajo una forma más o menos  latente y encubierto, ha inspirado una parte de la literatura  caballeresca medieval y no ha sido ajena a las "Cortes de Amor",  dando por ejemplo un significado profundo a la cuesión, tan  amenudo debatida, de saber si la "dama" debe dar preferencia a  un "clérigo" o a un caballero([11]). Las singulares declaraciones  de algunos códigos de caballería, relativos al derecho del  caballero, considerado como investido de una dignidad casi  sacerdotal o incluso como "caballero celeste", de hacer suyas las  mujeres de otros, comprendida la de su soberano, a condición de que sepa mostrarse más fuerte, la posesiónde la "dama" deriva automáticamente de su victoria([12]), pueden tener un sentido esotérico próximo al que hemos ya mencionado hablando de la leyenda del Rey de los Bosques de Nemi (pág. 44 y sigs.)

Entramos aquí en un terreno de experiencias vividas, que nos impide pensar que se trata solo de símbolos abstractos e inoperantes. En particular, el lector encontrará expuesto, en nuestra obra "Metafísica del Sexo", el caso en que la "mujer iniciática" o la "mujer secreta" puede ser evocada en una mujer real y donde el héroe, el amor y el sexo fueron conocidos y  utilizados en función de sus posibilidades reales de  transcendencia, posibilidades señaladas por numerosas enseñanzas  tradicionales, hasta el punto de contemplar una vía especial permitiendo separar, en un éxtasis fulminante, las fronteras del Yo y participar en formas superiores del ser. Existencialmente, la naturaleza misma del guerrero, podía cualificarlo particularmente para esta vía. No podemos, detenernos más tiempo sobre este punto.

Por otra parte, es posible, aquí como en otra parte, que en  algunos casos y en algunas representaciones se conserven  fragmentos materializados y esparcidos de un antiguo simbolismo:  que el hecho de cabalgar confiera un prestigio especial; que el  caballero parezca, en ocasiones, unido al caballo hasta el punto de compartir con él los peligros y la gloria y ser ritualmente  degradado cuando es derribado de su montura, esto puede tener un  alcance que trasciende el mero plano material y corresponde a  prolongaciones del antiguo simbolismo del caballo([13]). En  efecto, es como una naturaleza alada que se eleva hacia los cielos y  que los héroes divinos debían mostrar a titulo de prueba, que el caballo aparece en los mitos de Perseo y Belerofonte. El simbolismo se hace más transparente aun en el mito platónico, en donde la lucha entre el caballo blanco y  el caballo negro, con el alma como auriga, decide el destino  trascendental de esta última([14]); otro tanto ocurre en el mito  de Faetón, conducido a la perdición por el impulso de su auriga que quiere alcanzar a Helios. En sus relaciones tradicionales con  Poseidón, dios del elemento líquido, el caballo aparece en  realidad como un símbolo de la fuerza elemental de la vida; en  sus relacioes con Marte ‑el otro dios equestre de la antigüedad  clásica‑ el caballo fue la expresión de la misma fuerza,asumida  aquí en función del principio guerrero. Esto aclara igualmente el sentido de dos representaciones que tienen, en este contexto, una particular importancia. Primeramente, en algunas representaciones clásicas, el alma "heroizizada" es decir, transfigurada, fue presentada como un caballero acompañado de un caballo([15]). Se trata también del Kalki‑avatara; según una  tradición indo‑aria, bajo la forma de un caballo blanco se  encarnará la fuerza que pondrá fin a la "edad oscura",  destruyendo a los malvados y, en particular los mlecchas, que no  son otros que guerreros degradados y separados de lo sagrado([16]); la llegada del Kalki‑avatara se traduce por la restauración de la espiritualidad primordial. Quizás podría seguirse el filón de estos temas simbólicos a través de la romanidad y, poco a poco, hasta la Edad Media caballeresca.

Sobre un plano más relativo e histórico, el elemento sagrado de  la aristocracia caballeresca europea recibió un estatuto formal  en el rito de la ordenación, tal como fue definido hacia el siglo  XII. Tras un doble período septenal de servicio a un príncipe,  que se prolongaba de siete a catorce años y de catorce a  ventiuno, y en el curso del cual se debían dar pruebas de lealtad, fidelidad y valor, tenía lugar este rito, en una fecha, preferentemente en Pascuas o Pentecostés([17]), y evocaba ya la idea de una resurrección o de un "descenso del Espíritu". Comportaba ante todo un período de ayuno y "penitencia" cuyo sentido es bastante próximo al del período inicial de recogimiento y aislamiento previsto en la iniciación real de  Eleusis y al rito de la entronización imperial que, hasta hace  poco, se celebraba, sin cambios, en el Japón (en este rito se permanecía en vela nocturna y durante un período purificador preparando el contacto con los "dioses del sol"). Una purificación simbólica intervenía luego bajo la forma de un baño, a fin ‑dice Redi‑ que "estos caballeros... adopten una nueva vida y nuevas costumbres".  La "vela de las armas" seguía ‑o en ocasiones precedía‑ a este rito purificador: el futuro caballero pasaba la noche en la iglesia, en pié o de rodillas, sin sentarse un solo instante, rogando para que la divinidad favoreciera la obtención de lo que faltaba para su cualificación. Tras el baño, revestía un vestido blanco similar al de los antiguos neófitos de los Misterios, símbolo de su naturaleza renovada y purificada([18]), en ocasiones también un chaleco negro, para recordar la disolución de la naturaleza mortal, y otro vestido rojo, alusión a las tareas por las cuales, si era preciso, debía estar dispuesto a verter su sangre([19]). Finalmente, tenía lugar la consagración sacerdotal de las armas colocadas sobre el altar, con lo cual el rito terminaba, y cuyo objeto era atraer una influencia espiritual determinada para sostener la "nueva vida" del guerrero elevado a la dignidad caballeresca y convertido en miembro de la orden ecuménica que representaba la caballería([20]). En la Edad Media, florecieron por otra parte numerosos tratados donde cada arma y cada objeto utilizados por el caballero eran presentados como símbolos de cualidades espirituales o éticas, símbolos destinados a recordarle de una forma sensible estas virtudes y también a relacionar toda acción caballeresca con una acción interior. Sería fácil encontrar un simbolismo comparable en la mística de las armas de otras civilizaciones tradicionales. Nos limitaremos a recordar el ejemplo de la nobleza guerrera japonesa, que considera el sable de guerra como algo sagrado. Su fabricación estaba sometida a reglas inviolables: los armeros debían revestir hábitos rituales y purificar la forja. La técnica del templado de las armas era absolutamente secreta, trasmitida solo de maestro a discípulo. La hoja del sable era el símbolo del alma del Samurai([21]) y el uso del arma comportaba reglas precisas; incluso, el  entrenamiento con el sable y otras armas (tales como el arco)  podía alcanzar una dimensión iniciática, en relación,  especialmente, con el Zen.

En la lista de las virtudes caballerescas enumeradas por Redi, la primera es la "sabiduría"; y en segundo lugar son mencionadas la "fidelidad, la generosidad, el valor, etc..."([22]). Así mismo, según la leyenda, Rolando aparece también como un campeón de la ciencia teologal que se entrena en esta ciencia, antes del combate, con su adversario Ferragus. Godefredo de Bouillon fue llamado por algunos de sus contemporáneos lux monachorum y Hugo de Tabaria, en su Orden de Caballería, hace del caballero un "sacerdote armado" que, en virtud de su doble cualidad, tiene el derecho de entrar en la iglesia y mantener el orden con su espada santa([23]). Y es precisamente en el dominio de la sabiduría donde se ve ‑en la tradición indo‑aria‑ a miembros de la aristocracia guerrera rivalizar victoriosamente con brahamana, es decir, con los representantes de la casta sacerdotal (p. ej.: Ajatashatru con Gargya Balaki, Pravahana Jaivali con Aruni, Sanatkumana con  Narada, etc...) y convertirse en brahamanes, o ser ya, en tanto que tales, "los que guardan la llama sagrada"([24]). Esto confirma  de nuevo el aspecto interior de la caballería y, más  generalmente, de la casta guerrera, en el mundo de la Tradición.

Con el declive de la caballería, la nobleza, en Europa, termina  por perder también el elemento espiritual como punto de  referencia de su más alta "fidelidad" incorporándose a simples  organismos políticos, como fue el caso de las aristocracias de  los Estados nacionales que sucedieron a la civilizaicón ecuménica  de la Edad Media. Los príncipios de honor y fidelidad  subsisten, incluso cuando el noble sea solo un "empleado del  rey"; pero la  fidelidad es vana, esteril, privada de luz, cuando se refiere más o menos de una forma mediata, a algo que no se sitúa más alláde lo humano. Por ello las cualidades conservadas, por vía hereditaria, en la nobleza europea, que no eran renovados por nada en su espíritu original, debían sufrir una degeneración fatal: al declive de la espiritualidad real no podía suceder sino el de la nobleza misma y la aparición de fuerzas pertenecientes a un nivel más bajo.

Tal como hemos dicho, la caballería, tanto por su espíritu como  por su ethos, entra orgánicamente en el marco del Imperio, más  que en el de la Iglesia. Es cierto que el caballero incluía casi  siempre en sus votos la defensa de la fé. Pero debe verse en esta expresión, más bien una facultad genérica de subordinación heroica a algo supra‑individual que una profesión de fé consciente con un sentido específico y teologal. Y por poco que se vaya más allá de la superficie, es evidente que las ramas más lujuriosas de la floración caballeresca extrajeron su sabia de Ordenes y movimientos sospechosos de "herejía" por la Iglesia, hasta el punto de ser perseguidos y en ocasiones incluso destruidos por ella. Las doctrinas albigenses no pueden ser considerados, de ninguna manera, conformes al punto de vista tradicional; sin embargo es incontestable, especialmente a propósito de Federico II y de los Aragoneses, que existió un lazo con los albigenses y una corriente de la caballería que defendió la idea imperial contra las pretensiones de la curia de Roma, avanzando con los cruzados, intencionadamente, hacia Jerusalén, como centro de una espritualidad más alta que la que encarnaba la Roma papal([25]). El caso más típico es sin embargo el de los Templarios, estos ascetas guerreros que habían renunciado a todos los placeres del mundo y de la carne por una disciplina que no se ejercía en los monasterios, sino en los campos de batalla, y cuya fé se encontraba consagrada primeramente por la sangre y la victoria antes que por las oraciones. Los Templarios poseían su iniciación secreta, cuyas particularidades, coloreados con un tinte blasfeno por los acusadores son muy significativas. Entre otras, los candidatos a la iniciación templaria debían, en un grado preliminar del rito, rechazar el símbolo de la cruz, reconocer que el Cristo es un falso profeta y que su doctrina no conduce a la salvación. Además se acusaba a los templarios de compromisos secretos con los "infieles", celebrar ritos infames, en el curso de los cuales, especialmente, se habría quemado a recién nacidos. Todo esto, tal como fue continua, pero inútilmente, declarado en el proceso, eran solo símbolos. Igualmente el hecho de quemar un recién nacido correspondía verosímilmente al "bautismo del fuego" del re‑generado, mientras el hecho de rechazar la cruz, suponía, con toda seguridad, reconocer el caracter inferior de la tradición exotérica propia del cristianismo devocional, rechazo era necesario para poder elevarse luego a una forma de espiritualidad más alta. En general, como alguién ha señalado con justicia, el mero nombre de "Templario" hace pensar en una superación: "El Templo es una denominación más augusta, más vasta, más completa que la de Iglesia. El Templo domina a la Iglesia...  Las Iglesias se hunden, el Templo permanece, como un símbolo del parentesco de las religiones y de la perpetuidad de su espíritu"([26]).

Otro punto de referencia característico de la caballería europea,  fue el Graal([27]). La leyenda del Graal es una de las que reflejan mejor la aspiración secreta de la caballería gibelina. Pero esta leyenda se relaciona igualmente con vetas ocultas, que no pueden converger ni con la Iglesia, ni, de forma general, con el cristianismo. No sola la tradición católica, en tanto que tal, no conocía el Graal, sino que los elementos esenciales de la leyenda se referían a tradiciones pre‑cristianas e incluso nórdico‑ hiperbóreas, como las de los Tuatha, raza "dominadora de la vida y de sus manifestaciones". El Graal mismo, en las formas más significativas de la leyenda, aparecía, no como un cáliz místico, sino como una piedra, piedra de luz y piedra luciferina; las aventuras que se refieren a él, tienen, casi sin excepción, un carácter, frecuementemente, mas heroico e iniciático que cristiano y eucarístico; Wolfram von Eschembach  emplea para designar a los caballeros del Graal la palabra "Templeisen" y la enseña templaria ‑cruz roja sobre campo blanco‑ se encuentra en los hábitos de algunos caballeros del Graal y sobre la vela de la nave sobre la que Perlesvaux (Parsifal) parte para no volver; puntos todos estos que pueden multiplicarse y que debemos contentarnos con señalar aquí. Interesa recordar que, incluso en las formas mas cristianizadas de la leyenda, subsiste el aspecto extraclerical y suprasacerdotal. Se quiere que el Graal, cáliz luminoso cuya presencia provoca una animación mágica, presentimiento y anticipación de una vida no humana, haya sido transportada al cielo por los ángeles tras la última cena y la muerte de Jesús, y no habría descendido más que cuando apareció sobre la tierra un linaje de héroes capaces de guardarla. El jefe de este linaje constituyó, para este fin, una orden de "caballeros perfectos" o "celestes". Encontrar el Graal en su nueva morada terrestre y formar parte de esta Orden ‑que se confunde a menudo con la caballería del Rey Arturo‑ fue el "mito" y el ideal más elevado de la caballería medieval. El hecho que la Iglesia católica se perpetuase directamente y sin interrupción desde el cristianismo de los orígenes, mientras  que el Graal cristianizado desapareció hasta la constitución de una orden no sacerdotal, sino precisamente caballeresca, atestigua evidentemente el desarrollo de una tradición diferente de la católica y apostólica. Pero hay más: en casi todos los textos del Graal se va más allá del símbolo, en el fondo aun sacerdotal, del "Templo" y se le sustituye por el símbolo más claro de una Corte o de un castillo real para designar el lugar misterioso, difícilmente accesible y defendido, donde está guardado el Graal. Y en el "misterio" del Graal, además de la prueba consistente en volver a soldar una espada rota, el tema central es ua restauración real: se espera a un caballero que hará florecer un reino caido, que vengará o curará a un rey herido, o paralizado, o que no vive más que en apariencia. Relaciones trasversales unen pues estos temas con el mito imperial en general como con la idea misma del centro supremo, invisible, solar y "polar" del mundo. Esta claro que a través de todo esto, a través de este ciclo que tuvo tan profundas resonancias en el mundo caballeresco medieval, actúa una tradición que tiene muy poca relación con la religión dominante, aun cuando para expresarse ‑y también para ocultarse‑ adopte, aquí y allí, elementos del cristianismo. El Graal, en realidad, es un mito de la "religión real", confirmando lo que ha sido dicho a propósito del alma secreta de la caballería.

Si se quiere considerar un dominio más exterior, el de la visión general de la vida y de la ética, se debe reconocer todo el alcance de la acción formadora y rectificadora que el  cristianismo ha sufrido por parte del mundo caballeresco. El  cristianismo no pudo conciliarse con el ethos caballeresco y  formular la idea misma de "guerra santa" más que faltando a los  principios dictados por la concepción dualista y evasionista de  la espiritualidad, que le da su carácter específico en relación al mundo tradicinal clásico. Debió olvidar las palabras  agustinianas: "Aquel que puede pensar en la guerra y soportarla  sin gran dolor, es que ha perdido verdaderamente el sentido humano"([28]) o las expresiones aun más violentas de Tertuliano([29]) y su advertencia: "El Señor, ordenando a Pedro guardar la espada en su vaina, ha desarmado a los soldados"; así mismo es significativo, el martirio de un San Maximiliano o de un San Teógono, que prefieren la muerte a la milicia y las palabras de San Martín antes de una batalla: "Soy  soldado de Cristo, no me está permitido desenvainar la espada"...  El cristianismo debió también dar al principio caballeresco del honor un lugar bien diferente del que permitía el principio cristiano del amor y debió, a pesar de todo, conformarse con una moral de tipo heroico‑pagano antes que evangélico, capaz de no encontrar nada herético en las expresiones como estas de Juan de Salisbury: "La profesión de las armas, tan digna como necesaria, ha sido instituida por el mismo Dios" y capaz incluso de ver, en la guerra, una vía posible de ascesis y de inmortalización.

Por otra parte, es precisamente en razón de esta desviación de  la Iglesia en relación a los temas preponderantes del  cristianismo de los orígenes, como en más de un aspecto Europa  conoció, en la Edad Media, la última imagen de un mundo de tipo  tradicional.



([1])Cf. HUE LE MAINE: "Quien teme más a la muerte que a la  vergüenza, no tiene derecho al señorío"; AYE D'AVIGNON: "Mejor  vale morir que vivir con vergüenza" (apud L. GAUTIER, La  Chevallerie, París, 1884, pag. 29). A propósito del culto a la  verdad, el juramento de los caballeros era: "Por Dios, que no  miente nunca", lo que remite directamente al culto ario a la  verdad: Mithra era igualmente el dios del juramento y la  tradición irania quiere que la "gloria" mística abandone al rey  Yima en cuanto este hubo mentido. Así mismo, en el  Mânavadharmashastra (IV, 237) se dice que el poder de la acción  sacrificial es destrozado por la mentira.

([2])GAUTIER, op. cit., pag. 257, Shapatha‑brâm, XII, VIII, 3, 19.

([3])Cf. GAUTIER, op. cit., pag. 250 y 255.

([4])Cf. MICHAUD, Hist. des Croisades, París, 1825.

([5])Cf. E. AROUX, Les mysteres de la chevalerie, París, 1858; L.  VALLI, Dante e il linguaggio segreto dei "Fedeli d'Amore, Rom,  1928; A. RICOLFI, Studi sui Fedeli d'Amore, Milán, 1933.

([6])Cf. en el EDDA, Gylfaginning, 26, 42; Havama, 105;  Sigrdrîfumâl, 4‑8. Gunnlöd, al mismo tiempo que la bebida divina, detenta como las Hespérides (entre las que Hércules realiza la empresa que le conferirá la inmortalidad olímpica), la manzada de  oro. Sigrdrifa, frente a Sigurd, que la "Despierta", aparece como la detentadora de la sabiduría que transmite entre otros a los héroes el conocimiento de las runas de la victoria. Recordemos,  finalmente, siempre en la misma tradición, a la "mujer  maravillosa" que espera sobre el "monte" a "aquel que resplancede  como el sol", que vivirá eternamente con ella (Fiösvinsmal, 35‑  36, 42, 48‑50). La barrera de fuego entorno a la "mujer" dormia  recuerda la que, según la teología, prohibe a la mayor parte el acceso al paraíso, tras la caida de Adán.

([7])Vendidad, XIX, 30.

([8])Yashna, X, 7 y sigs.; 42, 85‑86.

([9])Yasht, XII, 23‑24.

([10])Cf. RICOLFI (Studi sui fedeli d'Amore, cit., pag. 30) quien  señala "que en el siglo XIII la inteligencia divina es  habitualmente femenina, no masculina": se la llama Sabiduría,  conocimiento o "nuestra Señora la Inteligencia"; en algunas  representaciones el símbolo de lo que es activo está, por el  contrario, referido al hombre (pags. 50‑51). Esto expresa un  ideal que corresponde precisamnte a la verdad del "guerrero" y no  del "clérigo".

 

 

([11])Cf. RICOLFI (Studi sui Fedeli d'Amore, cit. pág. 30), quien señala "que en el siglo XIII la inteligencia divina es habitualmente femenina, no masculina": se la llama Sabiduría, conocimiento o "nuestra Madona la Inteligencia"; en algunas representaciones el símbolo de lo que es activo es, por el contrario, referido al hombre (pág. 50-51). Esto expresa un ideal que corresponde precisamente a la verdad del "guerrero" y no del "clérigo".

([12])Cf. DELECRUZE, Roland ou la chevalerie, París, 1845, v. I,  pags. 132‑3.

([13])Cf. V.E. MICHELET, Le secret de la chevalerie, París, 1930,  pags. 8‑12.

([14])PLATON, Phéd. 264b.

([15])Así en el bajo‑relieve de Tanagra y de Tirea (cf.  FURTWAENGLER, Sammlung Sabouforff, tabl. XXXIV, Nº 1; I, pag. 28;  SAGLIO, Dict., etc., v. V, pags. 153‑4).

([16])Vishnu‑purana, IV, 24; cf. IV, 3.

([17])Cf. GAUTIER, op. cit., pag. 251. Mucho antes que el  cristianismo, el día de Pascua, no fue escogido de forma  arbiraria, y correspondería ya, en muchos pueblos, a la  celebración del rito del "alumbrado del fuego", elemento cuya  relación con tradiciones de tipo "solar" ya hemos visto. A  propósito de los dos períodos septenales del noviciado  caballeresco, es preciso recordar que en Grecia, la educación  seguía un ritmo idéntico (cf. PLATON, Alcib., I, 121 e; Axiochos,  366 d) y no sin razones profundas, el número siete, según las  enseñanzas tradicionales, presidía los ritmos de desarrollo de  las fuerzas del hombre y de las cosas.

([18])Respecto al simbolismo del baño, ya hemos dicho que, según  algunos rituales, es por medio de a "dama" que el caballero es "desvestido" y conducido a un baño. Una tradición extremo‑oriental relativa al baño real, iba acompañada de esta inscripción: "Renuévate completamente cada día; hazlo de nuevo y nuevamente otra vez, siempre" (Ta‑hio, II, 1),

([19])Estos tres colores, en ocasiones incluso en el simbolismo de  los tres vestidos (p. ej. en Bernardo TREVISANO), aparecen en el  centro del Arte Real hermético, en el sentido preciso de tres  momentos de la palingenesia iniciátca: al "rojo" corresponde el  "Oro" y el "Sol".

([20])Cf. L. GAUTIER, La Chevalerie, cit., pags. 288‑299; G. DE  CASTRO. Fratellanze segrete, cit., pags. 127‑129; C. MENUSTRIER  De la chevalerie ancienne et moderne, París, 1683, c. I, pag. 21  y sigs. La "bofetada" y el "espaldarazo" fueron también usuales y  si la palabra "adoubler" [en francés en el original], para la  ordenación caballeresca, procede del anglo‑sajón dubban, golpear,  corresponde recisamente al golpe violento que el caballero  recibía de su padrino, es preciso comprender esto como una  "mortificación" ritual ‑ recordada, a menudo, en términos de  moralidad cristiana (cf. DELECLUZE, op. cit., v. I, pag. 77‑78)  que la naturaleza humana del caballero debía sufrir antes de  poder participar en la naturaleza superior. En el lenguaje  secreto de los "Fieles de Amor" se dirá, de forma similar, que se  es "herido" o "golpeado como por la muerte" por el "Amor" o por  la visión de la "Dama".

([21])Cf. P. PASCAL, In morte di un Samurai, Roma, 1930, pag. 151.

([22])Cf. DE CASTRO, Fr. segr., cit., ag. 128.

([23])Cf. DELECRUZE, op. cit., v. I, pag. 17, 28, 84‑5. Entre los  doce palatinos figura un sacerdote armado, el obispo Turpin a quien se debe el crito: "Gloria a nuestra nobleza, ¡Montjoie!" Montjoie corresponde al monte del Graal; es una expresión del símbolo de la "altitud" que se aplica, como ya hemos explicado, a los estados trascendentes. Se puede así hacer corresponder el paso legendario del rey Arturo por Montjoie, antes de ser coronado solemnemente en Roma, a la ascensón eleusina del "monte" (cf. DELECRUZE. Op. cit., I, pag. 47) y no es necesario subrayar la importancia del hecho que la etimología de Montjoie es Mons Jovis, el monte olímpico (etimología que nos ha sido señalada  personalmente por R. GUENON).

([24])Vishnu‑purama, IV; IV, 19.

([25])Cf. E. AROUX, Les Mysteres de la Chevalerie, op. cit., pag.  93.

([26])Cf. DE CASTRO, op. cit., pag. 237‑245; L. CIBRARIO,  Descrizione storica degli Ordini cavallereschi, Torino, 1850, v. II, pag. 236 y sigs. Para el ethos de los Templarios, se puede  referir al cap. IV de De Laude nov. militiae de Sn. BERNARDO, que hace visiblemente alusión a ellos: "Viven en una sociedad agradable, pero frugal; sin mujeres, sin hijos, sin tener nada propio, ni siquiera su voluntad... Son habitualmente descuidados en su vestimenta, cubiertos de polvo, el rostro quemado por los ardores del sol y el aspecto fiero y severo. Ante la proximidad del combate, se arman con la fe por dentro y de hierro por fuera, sin ornamentos, ni sobre sus hábitos, ni en sus cabellos. Sus armas son su único bagage y se sirven de ellas con valor en los mayores peligros, sn temer ni el número, ni la fuerza de los bárbaros. Toda su confianza está en el Dios de los ejèrcitos, y combatiendo por El, buscan una victoria cierta o una muerte santa y honorable".

([27])Lo que vamos a decir, respecto al Graal (como lo que acaba  de ser dicho en relación a los templarios) no es más que un  esbozo de lo que hemos expuesto ampliamente en nuestra obra  citada: El misterio del Grial y la idea imperial gibelina.

([28])AGUSTIN, De Civ. Dei, XIX, 7.

([29])TERTULIANO, De corona, XI.


 

 

 

 

 

 

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